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AVELINO VICTOR COUCEIRO.

 

PENITO
 
Penito era un ni˝o como muy pocos: casi todo lo avergonzaba. Trabajo le costaba acercarse a mý,cada vez que me veia salir al portal para escribir y quedarme pensando largas horas, pluma en mano. Y Ŕl,desde su cuarto en la casa de al lado, me espiaba, porque conocia mis costumbres. Asý, mientras yo me llenaba con cada puesta de sol o con la lluvia fresca, o incluso con alg¨n amanecer en que no habýa logrado conciliar el sue˝o, s˛lo el conocia de sus vigilias tras sus persianas, como si apostara con sus mu˝ecos acerca de lo que yo escribýa. Pero como todas las personas de extrema vergŘenza, en ocasiones se armaba de valor y resultaba temible. Fue asi como una tarde, ensayando yo un personaje de teatro en base a mis ¨ltimos escritos, descubrý un eco que no me perdýa ni pie ni pisada, una mirada fija en lo mas profundo de mi alma que me hacia perder concentraci˛n, lo cual resultaba harto extra˝o en mý. Y al volver halle sus ojos en el umbral de mi puerta, sus ojos grandes y vivos en cuya existencia yo jamÓs habýa reparado, en medio de un rostro infantil tan rojo de vergŘenza que se le erizaban los pelos de la cabeza, pero firme ante la sorprendida e inquisitiva expresi˛n de mi mirada.
- " ┐SerÓ acaso el personaje que debe contestarme en escena?" - recuerdo que preguntŔ para mý.
Como todo artista que estudia la sociedad, yo buscaba por aquel entonces aislarme del mundo entre mis cuatro paredes del campo para poder crear. Mas a aquel curioso que con tanta admiraci˛n seguia mis pasos uno por uno, yo no podia echarlo a la calle... Sin necesidad de eso ya estaba en los limites extremos de su pena, y pronto comprendý que su presencia, e incluso su di logo, oscilante entre la extrema medida y el mÓs indiscreto y agresivo desenfreno en sus arranques de altiva y posesiva honestidad, no constituian en lo absoluto un obstÓculo a mi creatividad, sino que todo lo contrario, completaba mi mundo de forma tal con sus aciertos y desaciertos que mi inspiraci˛n se sinti˛ mÓs capaz y fecunda que nunca, y me confiaba en si misma. Y no porque Penito me alentara directamente ni estimulara mi ego natural. En ocasiones subvaloraba hasta la nulidad mi talento artýstico y mis investigaciones sociales, y hasta llegaba a hacerme la competencia, por cierto que no lo hacia nada mal. Pero hasta eso para Ŕl era un juego, y esforzandome yo en depurar mi estilo o el acabado estŔtico de mis obras, me hallaba de pronto cual juguete entre sus manos de ni˝o y s˛lo su sonrisa comprensiva e indulgente me salvaban de la desaz˛n, cuando me se˝alaba lo que mÓs le habýa gustado de mi obra del momento de esa forma creada entre los dos, lleno de un orgullo profesoral que a duras penas contenýa por una modestia facilmente reconocible en su parentezco con la vergŘenza.
Todos los dias - y muchas noches - Penito se escapaba de su casa tan pronto tenia una oportunidad, y empezo a traer consigo una perra recien nacida en los alrededores que alguien habýa abandonado a su suerte, y que tuvo la fortuna de convertirse en nuestro tercer c˛mplice. Al principio, yo le daba la comida y le llenaba una latica de leche, y luego la obviaba, sin darme cuenta de que el peque˝o cachoro se hartaba para quedar finalmente con la panza inflada patas arriba, las orejas paradas mirandome y la cola incontrolable, y fue Penito nuevamente quien me ense˝o que nuestra perrita no solamente era para cuidarla, sino adem s para compartir nuestras aventuras e incluso, nuestro arte y nuestras investigaciones sociales. Asý, pronto llegue a acostumbrarme a ver a Penito discutiendo con la perra sobre el empleo de los artýculos en un determinado poema o tratando de montar una nueva coreografýa para sus ejercicios de danza aerobia. Una vez tuve que ponerme a su altura, y contar seriamente con el animal en el gui˛n que querýa escribir para una pelýcula.
Ni que decir tiene que cuando decidý llevar a Penito conmigo a la radio - y a la perra, por supuesto - para una entrevista que nos permitiera hacer gala de un di logo interesante y provechoso entre un adulto y un ni˝o inmersos en la creaci˛n artýstica, me hizo quedar mal, pues no se atrevi˛ a pronunciar palabra cuando sali˛ al aire, y aquel ni˝o - genio que yo querýa presentar s˛lo contestando con resoplidos a mis preguntas, viendome obligado a comentar mis propias observaciones y transformar el pretendido di logo en un mon˛logo. Ni siquiera la perra, tan inquieta de costumbre, dej˛ emitir un ladrido.
Claro,los padres de Penito toleraban esta relaci˛n sin mucha simpatýa: para ellos yo era un loco inofensivo, y Ŕl no era nada mÓs que un ni˝o con una perra de cuya raza ademÓs tenian dudas, para colmo. Yo lo veia bien diferente: para mi, Penito no era nada menos que un ni˝o, con una verdadera amiga. Ellos nunca supieron leer como yo el genio que vislumbraba en sus dibujos y en su fino y agudo sentido del humor, en su disposici˛n y sensibilidad a las diversas artes y sobre todo, en su absoluta capacidad de amar, ocupados como estaban en su propio prestigio profesional, en sus oraciones de cada dýa y en las cosas del mercado y las tiendas.
Y una ma˝ana Penito no lleg˛. Preocupado a mas no poder por la tarde, me asomŔ a su ventana y descubrý su casa sellada. Sus padres se habýan ido sorpresivamente, y por supuesto se lo habýan llevado a Ŕl. Como siempre, no le habýan preguntado su opini˛n a la hora de marcharse ni mucho menos, y estoy seguro que para Penito fue una sorpresa tan desagradable como para mý, sobre todo cuando no le dieron ni tiempo para correr a avisarme para darme su nueva direcci˛n, y a so˝ar juntos aunque fuera por ¨ltima vez. No le habian dejado ni el derecho a so˝ar por sý mismo, pero eso, bien lo sabemos, nunca podrýan quitarselo.
Allý en la carretera, estaba la perra, desde la ma˝ana, mirando tal vez al punto preciso por donde se habia esfumado el carro que llevaba a Penito. Ese fue nuestro ¨nico consuelo mutuo, y su ¨ltima prueba de valores. Con tal de no dejarme tan desorientado y abatido, Penito se sacrific˛ y se abstuvo de llevar consigo aquel ser que tanto amabamos ambos, para que entre la perra y yo, la soledad fuera mas pasajera. Fue entonces ella quien me ayud˛, mirandome con su cabeza ladeada y sus ojos grandes y vivos, tal y como descubrý los de Penito aquella primera tarde en el umbral de mi puerta, esperandome para crear juntos mi pr˛xima obra; fue ella - bendita sea esa "ni˝a" quien me ayud˛ a escribir estas memorias de aquel ni˝o singular, mientras ambos esperamos a¨n con la puerta abierta a que Penito se escape de donde quiera que estŔ, como siempre,y vuelva a nosotros para continuar labrando juntos entre los tres el infinito mundo de fantasýas y amor que nadie tiene derecho a truncar, ni siquiera nosotros.
Sus padres no lo entendieron, no lo consideraron nada mÓs que un ni˝o y no le prestaron ojos ni oidos, pero Penito, que era todo un ni˝o,lo sabe. S˛lo por eso pudo robarse mi coraz˛n que se llev˛ consigo, y con su avergonzada sinceridad habitual vendrÓ a restaurarmelo sin falta, para escribir entre los tres mi propio cuento.
 
TRUCO TIRAPIEDRAS
 Para Maykel y sus amiguitos,
sobre todo aquellos que aprenden cada dýa,
que cuando dejan de tirarpiedras,
crecen en el mundo de los buenos.
 
!Dale! !Týrale!
Gritaron a su espalda. Truco se sentýa emocionado cada vez que encabezaba a los chiquillos del barrio, en las aventuras mas diversas. Corrýan por las calles y los parques tras Ŕl toda una gama de criaturas, varones casi todos, cuya excitaci˛n favorita era la que conocýan durante lo que llamaban "la cacerýa".
- Allý estÓ, silencio... Que no espante a volar... Que no se vaya...
Seg¨n los dýas, se dedicaban a crucificar lagartijas, a echar a pelear perros entre sý en luchas encarnizadas, o a torturar gatos amarrados. Todo ello se lo habýan ense˝ado algunos mayores, aunque otros no lo aprueban. Ellos no entendýan por quŔ, y todo dependýa de la výctima que en ese momento le pasara por delante. Hallaban particular placer cuando apaleaban ratones, muy estimulados por varios adultos, que constantemente los invitaban a ello.
Pero en estos precisos momentos se entregaban a la difýcil tarea de tirarle piedras a los gorriones y otras aves similares, mientras corrýan jadeantes, por el cŔsped, destruyendo jardines completos de flores distintas y arrancando pedazos de los Órboles, mientras provocaban la risa de alguna madre o hermano mayor por lo que llamaban "las travesuras del ni˝o".
- !Ahora!!!
Truco solt˛ la piedra que habýa en su peque˝a arma. Sin ver siquiera el recorrido que la misma hacýa mientras surcaba el aire, pudo percibir un golpe seco entre las ramas y algunas plumas que se desprendýan al aire; algo caýa al piso... Pero a Truco no le di˛ tiempo de verlo llegar a tierra.
Inesperadamente, un fuerte dolor le cruz˛ totalmente el pecho. Truco no podýa respirar, y rod˛ por el pavimento. Quiso pedir ayuda a sus compa˝eros de juego, que lejos de atenderlo continuaron gritando cada vez mÓs fervientemente, y corrýan hacia Ŕl con un aire que a Truco, en vez de tranquilizarlo, lo llen˛ de terror.
- !Al fin! !Al fin! !Lo cogimos!
Espantado, Truco descubri˛ que estaba lleno de sangre. Apenas podýa moverse... Tenýa deseos de volar, pero el dolor en el pecho no le permitýa siquiera tomar el aire necesario a sus pulmones, y se ahogaba.
El pie de uno de sus amigos que corrýan se le afinc˛ de un golpe sobre la misma columna vertebral, y el dolor que alcanz˛ el climax le arranc˛ lÓgrimas de sangre. Al momento recobr˛ todo el movimiento por el mismo dolor, y mÓs Ógil que nunca, Truco se levant˛ a todo correr, intentando llegar primero que todos los demÓs.
- ┐QuŔ te pasa, tropezaste? - Le pregunt˛ alguien.
Pero Truco no tenýa ahora m s que un pensamiento fijo, como si toda su vida dependiera de Ŕl. Ya los ni˝os mayorcitos, que habýan llegado primero, se agachaban con rostros frenŔticos para recoger algo del piso... Sin embargo, en un gigantesco salto, Truco se lanz˛ a arrebatarles la presa herida.
!Es mýo! - grit˛ con tal firmeza, que todos se callaron al momento y un silencio inexpicable y profundo, como el vacýo, cambi˛ el curso de la vida de aquel parque. Al centro, Truco no sabýa quŔ hacer; era el punto de atenci˛n de todo el mundo: ahora estaba mÓs calmado, mÓs pensativo, aunque tambiŔn un poco nervioso. Entre las palmas de sus manos abiertas estaba el gorrioncito herido, pero vivo, que lo miraba en busca de protecci˛n. El hueco de su mano se habýa convertido en nido perfecto para darle calor y cari˝o de vida a aquel peque˝o ser emplumado, y Truco sinti˛ la fuerza nueva y singular de una gran alegrýa, una experiencia excitable que nunca antes habýa conocido en la vida y que lo hacýa por primera vez, inmensa y verdaderamente felýz.
- No, no es mýo- dijo a todos con voz mÓs suave, pero tambiŔn mÓs firme.
- T¨ lo cazaste, Truco... Te pertenece, es tuyo...
- No, no es mýo. No es verdad que sea mýo. Pero tampoco es de ustedes. Nadie es de nadie, no se dan cuenta que no puede ser? Nadie pertenece a nadie...Ni nadie tiene derecho de atacar a nadie... Ahora siento mucha vergŘenza de haberle tirado piedras, de haberle herido...De haber hecho tantas cosas que... s˛lo ahora... Siento vergŘenza...
A Truco se le trababan las palabras ahogado por el sollozo. Sentýa clavados en el alma los ojos del avecilla.
- No es mýo, y le he hecho da˝o. Por lo menos vive, menos mal que no lo matŔ. Y me lo voy a llevar para curarlo. Ustedes no vuelvan a buscarme nunca para estos juegos, nunca, nunca... Son juegos tontos y malos. Ni siquiera son juegos. Puedo seguir jugando con ustedes y seguir como jefe si quieren, pero no asý. Voy a hacer juegos nuevos, donde seremos los buenos de verdad, los que defienden animales asý de los ni˝os y de los adultos,que los han perseguido,y cuidamos a los animales con hambre y frýo en la calle, y buscamos que curen a los que estÓn enfermos y que no los maten los carros, no los dejamos que crucen con peligro, como dicen en trÓnsito. Voy a ser el jefe de la banda contraria ahora, me entienden? Hay muchos, muchos otros juegos que nos pueden divertir mucho, sin da˝ar a nadie, comprenden?
Dos o tres de los chicos que lo escuchaban, bajaron la cabeza avergonzados; otros soltaron los palos y los tirapiedras que tenýan en la mano, mientras dos de ellos salieron del cŔsped e hicieron retroceder a una pareja de adultos que para atravesar el parque iban a caminar sobre toda el  rea verde, y mucho menos permitieron al hombre que arrancara flores para su compa˝era: cuando vieron que tenýa esa intenci˛n, varios chicos mÓs se sumaron a los dos primeros para impedirlo. La pareja, molesta y sin entender, se fueron de mala gana por otro camino pavimentado. Una ni˝a cerca sec˛ sus ojos y retir˛ la lata que habýa amarrado a la cola de un peque˝o perrito de la calle, al que prefiri˛ darle de sus galleticas que comýa y acariciarlo ahora con un poco mÓs de respeto y cari˝o, y sobre todo, con mucho cuidado, con delicadeza, como nunca antes habýa hecho. Otra ni˝a rechaz˛ la flor que la madre ya tenýa arrancada para ponerle en la cabeza; la madre, por supuesto, tampoco entendi˛ nada, y la acus˛ de"mal criada".
Ya los amiguitos de Maikel no recordaban con admiraci˛n, si no con horror, a aquellos vecinos adultos que les ponýan a hervir agua para que lanzaran a los perros que pasaban por la calle y a los gatos, que maullan al anochecer con hambre.
Pero una se˝ora de tez cobriza que lo habýa visto todo, pas˛ su mano con amor sobre la cabeza de Truco, que al retirarse del parque en silencio, pasaba por su lado.
Y desde la esquina y antes de desaparecer de vista, Truco se vir˛ y grit˛ nuevamente, ya en la distancia, como para que lo oyeran todos:
- !Nos vemos ma˝ana, para nuevos juegos! Ya les contarŔ c˛mo sigue el gorri˛n. Los que quieran ayudarme a cuidarlo, como un nuevo juego, vayan por mi casa. !Ah, y ya tendrÓ un nombre entre nosotros! Se llamarÓ Truquito. Asý que ya saben... !los esperamos!
 
Domingo 21.6.1992.
12:00 del dýa a 1:45pm,
 
CINDRA
 
Mi amigo la comprendýa, la justificaba incluso, hasta cierto punto; yo, en verdad, no puedo.
Claro, Ŕl nunca la aprob˛ tampoco. Pero sý la conocýa mejor que nadie, y decýa que habýa que ver en su coraz˛n para entenderla, que podýa llegÓrsele a querer, o a tenerle lÓstima, seg¨n.
Porque Cindra era de pocas palabras, como toda serpiente, y su apariencia denotaba cierta malignidad, un algo misterioso que apenas pudiŔramos explicar. Pero dice el boabab que tambiŔn entre las serpientes podemos hallar los mayores contrastes.
Por supuesto, algo tuvo que inducirle a seleccionar el tronco de mi amigo entre tantos Órboles ajenos para enroscarse, y establecer allý su vida sedentaria. Algo, que le hacýa identificarse con el noble y desinteresado coraz˛n del boabab. No, no recuerdo jamÓs que nadie haya contado que Cindra hubiera cometido ninguna fechorýa, nada sucio, ning¨n crimen, excepto quizÓs...
Fue viviendo en el boabab donde conoci˛ aquella oruga que, como toda oruga, no era linda en lo absoluto, pero despertaba un profundo sentimiento de ternura, de ingenuidad, ,un candor especial que s˛lo el alma podýa leer. Y entre tanta belleza que en el bosque criaba la Naturaleza, s˛lo a la oruga Cindra miraba sin pesta˝ear, horas y horas enteras, sin moverse, como si guardara el mÓs absoluto reposo, esperando por algo que definiera la vida. Cualquiera hubiera dicho que estaba pr˛xima a saltar sobre su výctima, o sobre el futuro...
La oruga temblaba de pÓnico,con solo presentirla. Pens˛ que aquella mirada obsesiva, y peligrosa, clavada sobre sý como una amenaza constante, era peor que si la exterminara ya de una vez. Le aterrrorizaba cada atenci˛n de la serpiente, que sin hablar ni dejar de mirarla sin la mÓs mýnima expresi˛n, corrýa a alcanzarle el alimento o el agua, a protegerla del sol o de la lluvia, de cualquier enemigo... Cada capricho de su pensamiento lo complacýa Cindra al instante, sin que se lo pidiera, y eso la llenaba de horror, prejuiciada por su constante sombra sobre sý, y aquella apariencia diab˛lica y mal afamada. Y para evitar los sufrimientos innecesarios, fue el mismo boabab quien le confes˛ que Cindra ya amaba, tal vez como nadie llegarýa a amarla jamÓs, (lejos de ninguna mala intenci˛n) tal vez como muy pocas veces se habýa conocido el amor.
La confianza de la oruga en la sabidurýa del boabab le hizo despejar un poco sus temores. Estaba dispuesta a conocer esos sentimientos, pero a¨n algo en su propio instinto la refrenaba, y no se llegaba a establecer la debida comprensi˛n que ¨nicamente el tiempo puede lograr. Cindra era incapaz de expresarle todo lo que sentýa por temor a no saberlo hacer, y no hacýa mÓs que mirarla y mirarla dýa y noche, dejÓndose balancear un poco, como si la sola esperanza la llevara al Ŕxtasis del placer. Y la oruga, týmida e inexperta, no sabýa tampoco c˛mo romper aquella barrera de hielo que se habýa establecido, hasta que un dýa, intentando obtener garantýa de aquel amor, decidi˛ de alguna forma, fuera cual fuera, determinar la situaci˛n. No sabýa que esa forma era tan importante cuando de amor se trata, no sabýa que habýa que ajustarla a cada individuo seg¨n su carÓcter, a cada pareja, que el amor no admite mÓs garantýas que su propia existencia, y que representaba el mÓs alto eslab˛n de la necesidad del alma, demasiado sublime y delicado para determinarlo asý como asý de superficial, tan a la manera de los demÓs. No entendi˛ al boabab cuando decýa que todabýa debýan comprenderse mucho mÓs antes de exigir mejores adaptaciones entre sý, pero valýa la pena esperar un poco, modificar los instintos formales...
- ┐De veras no quieres hacerme da˝o?
Nada respondýa el semblante de Cindra. S˛lo el boabab se dolýa con ella de que bastara su actitud callada pero honesta y constante, su mudo e inexpresivo cari˝o minuto a minuto. S˛lo reparaba en la confianza del Órbol, pero no en su intranquilidad con respeto al mŔtodo y con cierta simpleza irreparable os˛ espetar:
- Necesito que me demuestres francamente lo que sientes. Si de veras me amas, entrŔgame tu amor hoy mismo. Quiero sentir algo de ese amor tuyo. Aunque sea, Ómame hoy por primera vez.
El boabab se estremeci˛ hasta la ¨ltima hoja; la oruga no habýa entendido nada. Aquel no era un amor del dýa, sino el amor, el ¨nico y verdadero amor al que dedicaba la misma existencia. Tampoco Cindra podýa ajustar a su comprensi˛n la medida exacta de aquella demostraci˛n que le pedýa embargada de felicidad cuando por primera vez oy˛ a su amada oruga proposici˛n semejante. El baobab quiso temblar fuertemente para evitar el trÓgico final de lo que podýa ser una relaci˛n de ejemplar belleza, pero la simplicidad habýa desatado pasiones fuertemente arraigadas en toda la magnitud de su profundidad y nada podýa detener ahora las consencuencias. S˛lo en aquella oportunidad Cindra se sinti˛ feliz, rompi˛ incluso su frývola apariencia y decidi˛ demostrar toda su ardiente vehemencia de la manera que mejor sabýa.
En el ¨ltimo instante la oruga presinti˛ el peligro, y tuvo miedo. Pero ya era demasiado tarde. Cindra la abrazaba fuertemente, tan fuerte como su coraz˛n latýa de dicha por aquella demostraci˛n de amor tal y como se la habýan pedido, para no fracasar. Nada entendi˛ cuando al desenroscarse, la oruga no respondýa.
Nadie dese˛ saber nada mÓs de Cindra. Aquel hecho le propici˛ el mÓs absoluto rechazo de todas las criaturas del bosque, y debo decir que el mýo tambiŔn. El triste final de la oruga me impide conmoverme con el boabab cuando me describýa que nadie rechaz˛ tanto a Cindra, como la propia Cindra... y eso era lo m s terrible. S˛lo el boabab intent˛ darle  nima para seguir viviendo, pero Cindra estaba contra si misma. Sencillamente, no le interesaba vivir.
Sin hablar jamÓs, qued˛ Cindra como siempre, frente al cuerpo yacente de
la oruga, sin dejar de mirarla ni por un instante. No sŔ, porque nadie la vi˛ llorar en ning¨n momento, dice el boabab que los ojos de las serpientes son demasiado frios para expresar los sentimientos de Cindra, pero por dentro... !Horror! No habýa cuadro mÓs infernal que el alma vacýa y torturada de Cindra contra sý misma, por la pŔrdida del objeto de su vida.
Sin balancearse mÓs nunca, totalmente recostada sobre la rama, Cindra qued˛ como siempre, hasta que sus ojos dejaron de ver, sin cerrarse jamÓs. En vano trat˛ el boabab de que probara bocado, de que se apegara a la vida, que todo habýa sido un problema de incomprensi˛n, de falta de experiencia,y que no bastaba con querer tan intensamente, si no se sabýa amar a¨n... Eso suele pagarse muy caro, y ya a Cindra no le quedaba instinto de supervivencia. Ya no habýa remedio.
Dice el boabab que nunca se pudo quebrar aquel sentimiento. Todavýa hoy dýa, ocultos por el espeso follage de mi amigo, yace la serpiente sobre una rama con sus pupilas dilatadas, fija en un cuerpo de oruga sin vida, pero impreso de amor.
Dice mi amigo que hubiera podido llegar mucho mÓs lejos, pero allý se mantiene al menos, como protagonista del amor que nunca muere. S˛lo el boabab interpreta asý esta historia, s˛lo Ŕl se ha percatado de que Cindra no sobrevivi˛ a su amor. Y aunque no la aprueba, Ŕl la comprende, la justifica incluso: yo, en verdad si que no puedo...No puedo.
 
4:45am 2-3-1987
 
EL ETERNO AMOR DE LA LUNA NUESTRA
 
Tan pronto naci˛ abri˛ sus ojos al Universo, admir˛ su infinito, busc˛ su procedencia y, decidida como era, seleccion˛ de inmediato el objeto a entregar su amor, sincera y profundamente extasiada. Era asý, no le interesaban las experimentos y, convencida de que el planeta de donde procedýa era capaz de satisfacer todo lo que necesitaba en su vida, decidi˛ consagrarle por siempre su mÓs honda pasi˛n.
Tanto am˛ a la tierra, pero tanto, que s˛lo podýa girar en el espacio alrededor de su bien amado, sin poder jamÓs darle la espalda. Pero algo comenz˛ a contrariarla muy seriamente: a pesar de su dedicaci˛n, no recibýa en lo absoluto respuesta. Y esto le produjo un intenso dolor para el que no hallaba consuelo ni mucho menos, remedio. Desesperada, la Luna comprendýa que la tierra que tanto admiraba, a su vez, se encandilaba hasta la vista del sol, al que adoraba tan fervientemente que s˛lo podýa girar en el espacio a su alrededor, de la misma forma en que aparentemente ignorante, recibýa el callado y ferviente amor de la Luna, que quedaba sumida en la mÓs absoluta desolaci˛n, sintiŔndose despechada por ese sol que sin embargo, erraba orgulloso el Universo,irradiando indistintamente a unos y otros.
Pero la amada sin lugar a dudas. Asumi˛ sus propios sentimientos e,incapÓz de renegar de ellos, mantuvo alimentando lo mÓs hermoso de su exitencia. Y presta al menor detalle del objeto que amaba, lleg˛ a descubrir en cierta ocasi˛n y presa de terror que se acercaba a un grado de aproximaci˛n tan peligroso entre su adorada y el sol, que pronto la tierra se quemarýa por los rayos del sabio y astro rey quien, apenas sin darse cuenta, asý la amenazaba. No lo pens˛ dos veces, y siguiendo sus mÓs naturales instintos como siempre, interpuso su propio cuerpo a las quemaduras, beneficiando con su sombra a la tierra amada.
Asý evit˛ las posibles quemaduras perjudiciales, sobre aquella que amaba sin que nunca le hubiese demostrado la menor atenci˛n. No esperaba ya en ese momento ninguna reacci˛n, por supuesto, ninguna recompensa: no se daba cuenta que la tierra, aunque giraba alrededor del Sol como siempre, jamÓs se separaba tampoco de su presencia, mucho mÓs cercana e ýntima. Nunca.
S˛lo comenz˛ a comprenderlo felýz cuando de su objeto amado recibi˛ las primeras visitas, y solo entonces conoci˛ tanto mundo de leyendas y fantasýas que la tierra habýa tejido por milenios de paciente amor, para regalarle un dýa.
 
Domingo 12/11/1990 7:04pm