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Diario de un testigo de la Guerra de África

Pedro Antonio de Alarcón


 

 

AL EXCMO. SEÑOR

   
 

D. ANTONIO ROS DE OLANO

   
 

CONDE DE LA ALMINA, TENIENTE GENERAL DE LOS EJÉRCITOS NACIONALES, GENERAL COMANDANTE EN JEFE DEL TERCER CUERPO DEL EJÉRCITO DE ÁFRICA Y ESCLARECIDO POETA,

   
 

dedicó este libro

   
   

EL AUTOR.

 



 

 

Tomo primero

 

Historia de este libro I

Nacido al pie de Sierra-Nevada, desde cuyas cimas se alcanza a ver la tierra donde de la morisma duerme su muerte histórica; hijo de una ciudad que conserva clarísimos vestigios de la dominación musulmana, como que fue una de sus últimas trincheras en el siglo XV y figuró después grandemente en la rebelión de los moriscos; amamantado con las tradiciones y crónicas de aquella raza que, como las aguas del Diluvio, anegó a España y la abandonó luego, pero dejando en montes y llanuras señales indelebles del cataclismo; habiendo pasado mi niñez en las ruinas de alcázares, mezquitas y alcazabas, y acariciado los sueños de la adolescencia al son de cantos de los moros, inspirado por su poesía, quizá bajo los mismos techos que cobijaron sus últimos placeres, natural era que desde mis primeros años me sintiese solicitado por la proximidad del África y anhelase cruzar el Mediterráneo para tocar, digámoslo así, en aquel continente, la increíble realidad de lo pasado.

Más tarde, cuando los movimientos de mi corazón y los delirios de mi fantasía se convirtieron en ideas; cuando mi afición a lo extraordinario y maravilloso se trocó en amor a la patria, cifrándose en ardiente afán de su prosperidad y de su gloria; cuando, más español y cristiano que poeta amante de los moros, mis propensiones individuales principiaron a convertirse en aspiraciones colectivas y a dilatarse por el horizonte político, ya no fue mero deseo de cumplir una peregrinación romántica lo que me llevó a soñar de nuevo con la cercana morería; fue el convencimiento de que en África estaba el camino de aquella verdadera grandeza nacional que los españoles perdimos por resultas del descubrimiento de América y del casamiento de la hija de los Reyes Católicos con un príncipe de la Casa de Austria; fue el pensar que todos los tesoros que nos llegaron de las Indias y todos los triunfos alcanzados en Italia, en Flandes y en Alemania por Carlos V y Felipe II, de nada sirvieron para impedir que España decayera miserablemente el día que a la expulsión de los judíos sucedió la de los moriscos; fue el ver tan claro como la luz del sol que la política exterior de la nación española debía reducirse a una constante expansión material o moral, guerrera o política, comercial o religiosa, civilizadora, en una palabra, hacia aquel continente que se percibía desde nuestras costas y en el que ya teníamos asentada la planta; fue, por último, el temor de que, en otro caso, Francia o Inglaterra, o las dos juntas, nos arrebatasen esa misión providencial, dejándonos bloqueados entre los mares y el Pirineo, y privados de todo horizonte en que desenvolver la actividad de nuestro pueblo, que no siempre ha de estar condenado a destrozarse en guerras civiles.



II

Ahí tenéis recapitulados en compendio los sentimientos que me impulsaron desde primera hora en 1859 a tomar parte en la Guerra de África, primero en calidad de aficionado y de cronista, y muy luego como soldado voluntario; sentimientos que ya había yo formulado años antes en prosa o verso, y que estallaron en mi alma, como explosión de júbilo y entusiasmo, cuando declaró al fin España la guerra al ensoberbecido imperio de Marruecos.

Los antecedentes históricos y diplomáticos del conflicto, así como la relación de los combates que se riñeron cerca de Ceuta antes de mi llegada a África con el Tercer Cuerpo de ejército, irán, por vía de Apéndice, al final de la obra, para que resulte completo el relato de aquella inmortal campaña. Tócame aquí (y tal es el humilde objeto de este Prólogo) responder a innumerables preguntas que durante veinte años se me han hecho, y deshacer muchas equivocaciones en que varios escritores han incurrido, acerca de mi verdadero papel en la Guerra de África; con lo que todos quedarán ya enterados de cómo pude ser juntamente historiador de lo que cada día iba sucediéndonos, y soldado raso del Batallón Cazadores de Ciudad-Rodrigo; de cómo iba casi siempre a caballo, siendo de infantería; de cómo senté plaza, cuando ni por mi casa ni por mi modo de vivir era del todo pobre; de qué puesto ocupaba en las filas los días de acción, etcétera, etc.

Escasísimo interés ofrecerían tales pormenores, y yo no entretuviera hoy con ellos al público, si no constituyesen una especie de auténtica del DIARIO DE UN TESTIGO, sirviendo de base a la autoridad de mi testimonio y a la mayor o menor fe que hayan de prestarle los lectores; cosa importante a sumo grado, cuando se considera que este DIARIO es hasta hoy la única historia circunstanciada y completa de la Guerra de África, y que en todo tiempo tendrán que consultarlo y seguirlo los verdaderos historiadores, máxime si están seguros, como en justicia pretendo que lo estén, de que efectivamente fue redactado en el campamento, bajo la tienda, en el teatro mismo de cada combate, y en ocasiones durante la misma lucha, o sea en presencia del enemigo, como pueden acreditarlo miles de jefes y oficiales que un día y otro me vieron escribir hojas y hojas de mi libro de memorias, ya sobre la trinchera, ya en las guerrillas, ya en los armones de nuestra artillería metida en fuego, ya sobre el arzón de la silla de mi caballo, ya en los hospitales de sangre, todo lo cual compaginaba yo a la noche, o al día siguiente, si nos tocaba descansar, y lo remitía a Madrid, en donde se daba a la estampa...

Para mayor prueba de que así se escribió el DIARIO DE UN TESTIGO DE LA GUERRA DE ÁFRICA y de que, por consiguiente, es un documento auténtico o, mejor dicho, una especie de fotografía de la campaña, inserto al fin de este Prólogo mi Licencia absoluta y Hoja de servicios, de las cuales resulta oficialmente comprobado que asistí a diez acciones y dos batallas; lo cual, si bien no constituye ningún mérito, pues cuarenta mil españoles hicieron otro tanto, o mucho más, en aquellos memorables días, demuestra lo que me importa dejar fuera de toda duda con relación al presente libro; a saber, que su denominación está justificada, dado que vi con mis propios ojos todas las cosas que en él refiero... Pero, aun así y todo, bueno será explicar, contestando a las mencionadas preguntas y equivocaciones, cómo y de qué manera marché a la Guerra de África, y cuál fue mi posición y estado en aquel ejército.

Lo diré con la mayor rapidez posible.



III

En octubre de 1859, cuando España alzó banderas contra el moro, tenía yo veintiséis años. Por mi nacimiento, por el bienestar de mi casa paterna y por mi buena estrella literaria en Madrid, no me hallaba en el caso, ni tenía, como si dijéramos, la hechura social de las personas que suelen sentar plaza... Libre de quintas desde que a los veinte años me tocó la suerte de soldado y fui redimido de ella, vivía con cierta holgura (tal vez con demasiada, girando siempre sobre el porvenir, a fuer de buen ambicioso), y frecuentaba la más alta sociedad de la corte, como acontece en nuestra caballeresca España a todo el que viste con limpieza y acaricia ensueños de gloria o de fortuna. De mis repentinos y fugaces pujos democráticos de la adolescencia, que comenzaron en 1854 y acabaron en 1855, y de aquella bohemia literaria que corrimos, recién llegados a las orillas del Manzanares, los individuos de la célebre Colonia granadina (casi todos hijos pródigos fugados del hogar paterno), no me quedaba ya más que una alegre memoria, mezclada en lo político a cierto remordimiento, dado que mis ideas habían cambiado de rumbo, en virtud de mejor apreciación de los hombres y de las cosas.

Entre mis amigos más respetables y más íntimos figuraba ya el teniente general D. Antonio Ros de Olano (quiero decir, el insigne vate, camarada de Espronceda, a quien este dedicó El Diablo Mundo, y que a su vez escribió el prólogo de tan aplaudido poema...); y como a dicho general se confiriese el mando en jefe del Tercer Cuerpo del Ejército de África, por una parte dimos de mano a los estudios literarios que solíamos hacer juntos, y por otra quedó convenido que yo iría con él a la guerra en calidad de aficionado, pudiendo contar con su alta protección para arrostrar los rigores de la campaña en todo aquello que no logran suplir los recursos particulares y pecuniarios de ningún individuo. Fue, pues, mi primer proyecto ir a África de paisano, o sea sin sentar plaza, con ánimo de escribir cuanto viera y se me ocurriese, pero no en modo alguno de matar moros; vestido y armado según mejor me conviniera; con caballo propio y con un criado o escudero a mis expensas, y seguido de un borriquillo moruno que llevase sobre su lomo mi tienda y mi batería de cocina... ¡Verdadera salida de Don Quijote, que hoy, próximo ya a las heladas cumbres de la vejez, recuerdo con entusiasmo y orgullo, sintiendo únicamente no haber de experimentar ya nunca las poéticas emociones de aquellos días!...

Con tales propósitos dije adiós a Madrid y a las madrileñas la noche de la víspera de Difuntos (¡me parece que fue ayer!), y emprendí el camino de Málaga, en donde había de organizarse el Tercer Cuerpo de ejército, y donde ya se encontraba el general Ros de Olano. Allí compré el caballo y el burro; allí me proporcioné el escudero, hijo legítimo de aquella especialísima tierra; allí me procuré tienda y los demás enseres necesarios para vivaquear; todo ello en comandita y bajo la dirección de un distinguido joven malagueño, D. Eduardo Rombado, que había hecho, por afición, la campaña de Crimea y que se disponía también a hacer la de África, por lo que, desde que nos vimos, nos asociamos fraternalmente. En cuanto a mi traje y armamento, que había sacado de Madrid, era pantalón, levita y poncho, de un mismo paño oscuro, sin vivos ni divisas; polainas de charol negro; una especie de ros; espada española y revólver al cinto, y un gran cartapacio por vía de cartuchera, para los papeles, libros de memorias, plumas, lápices y tintero, propios de mi oficio de cronista ambulante. ¡Lo que yo experimenté al ver pendiente de mi costado la espada de Toledo, no es para dicho así como quiera! Los poetas de corazón que lean estas líneas podrán adivinarlo fácilmente.

Otro preparativo mucho más singular llevé a cabo en Málaga, que me costó bastante dinero y no me dio al fin gran resultado en África. Tal fue la recluta que hice de un fotógrafo, con su máquina y demás útiles de arte, mediante un ajuste alzado, a fin de sacar panoramas de los terrenos que recorriéramos, retratos de cristianos, moros y judíos, y vistas de las ciudades que conquistásemos. Cábeme la gloria de que aquel aparato fotográfico, llevado por mí al imperio de Marruecos, fuese el primero que funcionara en él, así como tengo a dicha el haber sido yo también el primero que utilizó en aquella tierra el nobilísimo arte de la imprenta, publicando, como publiqué, un periódico en Tetuán, según se refiere más adelante... En cuanto a la fotografía, tuve que desistir de mis esperanzas a poco de acampar en Sierra-Bullones, pues las continuas lluvias y otros contratiempos me demostraron que era casi imposible sacar vistas en aquellos parajes y circunstancias.

Volviendo a Málaga y al relato que iba haciendo, diré que, mientras el Tercer Cuerpo de ejército seguía organizándose, el Primero y el Segundo habían comenzado a batirse en África. Por las tardes, especialmente, llegaba hasta nosotros, al través del mar, el remoto trueno del cañón, y vislumbrábamos, a la luz horizontal del sol poniente, la brava costa de África...

Al día siguiente o a los dos días de haber oído el lejano cañoneo, solía llegar a Málaga algún barco con heridos, hermanos y compatriotas nuestros, cubiertos de sangre, mutilados, vendados, pero animosos y satisfechos, pensando, sin duda, en que otros muchos quedaban enterrados en la tierra enemiga o, mejor dicho, en la tierra conquistada. Nuestro dolor por no participar de aquellos triunfos, nuestro remordimiento por no compartir aquellos peligros, nuestro entusiasmo hacia los que nos precedían en la gloriosa empresa, no tenían límites... Y, precisamente, en uno de aquellos momentos de emoción patriótica, fue cuando me ocurrió la idea de sentar plaza de soldado voluntario durante la campaña. «¿He de contentarme (exclamé, y escritas y publicadas están estas palabras mías en los periódicos de aquella fecha) con ser mero testigo, donde tengo la obligación de ser actor? ¿Puedo permanecer ocioso, indiferente, avaro de mi sangre, mientras que mis hermanos luchan ante mis ojos por nuestra madre España? ¿No soy yo también español?»

En virtud de estas reflexiones, senté plaza de soldado voluntario en el Batallón Cazadores de Ciudad-Rodrigo el 22 de noviembre, y fui agregado al Cuartel General,como ordenanza del general Ros de Olano, quien me dio permiso para usar caballo, vivir en mi tienda particular y llevar mi criado, mis burros, mi fotografía, etc.

Tan anómala situación en el ejército me dio, ciertamente, mucha libertad de acción; pero me creó más obligaciones que a los demás soldados. Por de pronto, tenía que acudir a todas las operaciones mandadas por el general, de quien era ordenanza, y, fuera de esto, tenía el deber moral de incorporarme a mi batallón cuando entraba en fuego. Así lo hice, según consta en mi Licencia, hasta que más tarde fui nombrado ordenanza del general O'Donnell, en cuyo seguimiento asistí a todos los combates del Llano de Tetuán y desempeñé algunas comisiones que se dignó encomendarme, cual si fuese Ayudante suyo de Órdenes, y no un simple soldado raso. Es decir, que figuré juntamente en el ejército con la Infantería y con la Caballería; en el Estado Mayor y en las guerrillas; y así se comprende que en mi Licencia se hable de que tomé parte en alguna carga a la bayoneta, mientras que en otras jornadas figuro a caballo, como en la batalla de Castillejos; resultando de todo ello lo que me propongo demostrar con estas explicaciones, y es que pude muy bien ser, como fui, testigo... aun de aquellos combates en que no entró en fuego mi batallón.

Sin jactancia alguna hablo hoy de estas cosas (pues repito que cuarenta mil soldados corrieron los mismos peligros que yo, y nadie se acuerda ya de ellos); y si no las referí en mi DIARIO, fue por ahorrar a mis padres, que lo iban leyendo como toda España, los sustos y zozobras consiguientes, cuando yo les hacía creer en mis cartas particulares que nunca me ponía al alcance de las balas. En la segunda edición indiqué ya algo de mis hechos personales, no solo por dar autoridad al relato, sino también para justificar el que adornen mi pecho, además de la Cruz pensionada de María Isabel Luisa, la tan codiciada de San Fernando, con que me agració el inmortal O'Donnell sobre el campo de batalla el día del sangriento combate de Guad-el-Jelú. Y, en fin, si tal jactancia hubiera, lícita debe serle a quien, viejo ya y valetudinario, cargado de hijos y de obligaciones, tiene que recordar sus valentías de la juventud para que los mozos sin historia, o los hombres sin raíces ni complacencias en la vida, sepan que puede haber quien haya comprado el derecho a la paz y al reposo, a cuyo fin pagó al mundo lo que era del mundo, antes de retirarse a cuarteles de invierno.

1880.



 

Licencia y hoja de servicios del autor

Hay un escudo de Armas Reales.=Notado al número 1.348. =Hay un sello que dice: «Batallón de Cazadores de Ciudad-Rodrigo.» Número 9.=Don Bernardo Taulet Tarrats, caballero de las Reales y Militares Órdenes de San Hermenegildo y de San Fernando de 1.ª clase, y coronel, teniente coronel, primer jefe del Batallón Cazadores de Ciudad-Rodrigo, núm. 9.=Por la presente concedo licencia absoluta para separarse del servicio a D. Pedro Antonio Alarcón, soldado voluntario de la 1.ª Compañía de este Batallón, mediante haber cumplido el tiempo de su empeño en el servicio. Es hijo de D. Pedro y de D.ª Joaquina Ariza, natural de Guadix, provincia de Granada, avecindado en Madrid, su estado soltero, edad veintisiete años, estatura de cinco pies y seis líneas; sus señales: pelo entreverado, cejas castañas, ojos negros, nariz regular, barba poblada, color bueno. Por tanto, y para que pueda retirarse al pueblo de su naturaleza (o donde más le convenga), pido y encargo a las autoridades por donde transitare no le pongan impedimento en su viaje, antes bien le presten el auxilio necesario. Dada en Tetuán a veintidós de abril de mil ochocientos sesenta.=Bernardo Taulet.

Don Antonio Losada y Periáñez, segundo comandante de este Batallón, del que es primer jefe el coronel, teniente coronel, D. Bernardo Taulet y Tarrats, etc.=Certifico: Que D. Pedro Antonio Alarcón, a favor de quien se halla extendida la anterior licencia absoluta, fue voluntario para servir a S. M. durante la Guerra de África. Ingresó en este batallón en veintidós de noviembre de mil ochocientos cincuenta y nueve, procedente de la clase de paisano, habiendo prestado los servicios siguientes: 1859.=Hizo el juramento de fidelidad a las banderas en la revista de diciembre del mismo año.=En la revista de dicho mes, y con fecha veintidós de noviembre, fue alta en la 1.ª Compañía de este batallón, como voluntario, durante la Guerra de África.=En once de diciembre se embarcó en Málaga para Ceuta, formando parte con su batallón de la 2.ª Brigada, 1.ª División del Tercer Cuerpo de operaciones de África, a las órdenes del Excmo. Sr. teniente general D. Antonio Ros de Olano, y comandante general de la 1.ª División, a que pertenecía su batallón, el excelentísimo Sr. Mariscal de Campo D. José Antonio Turón.=El doce de dicho mes desembarcó en Ceuta.=El catorce entró en operaciones con el Cuerpo de ejército, quedando acampados en el campamento de la Concepción.=Se halló en la acción del quince de diciembre. En la del diecisiete del mismo, sosteniendo la retirada del Cuerpo de reserva sobre las alturas de los Castillejos, a las órdenes del Excmo. Sr. General D. José Antonio Turón. En las ocurridas al frente de dicho campamento los días veinte, veintidós, veinticinco y veintinueve de dicho mes, a las órdenes del Excmo. Sr. capitán general y en jefe del Ejército de África; y por el mérito que contrajo en dichas acciones, fue agraciado con la Cruz de María Isabel Luisa, pensionada con diez reales mensuales.=El día 30 del mismo se halló con su compañía en la brillante defensa hecha en la primera avanzada del expresado campamento, a las órdenes del excelentísimo sr. mariscal de campo D. José Antonio Turón, siendo contuso de bala en un pie.=El segundo Comandante, Grases.=1860.=Habiendo pasado al Cuartel General del General Jefe en calidad de ordenanza, exento de servicio, a fin de que se dedicase a la continuación de su obra titulada DIARIO DE UN TESTIGO DE LA GUERRA DE ÁFRICA, a pesar de hallarse contuso, asistió a caballo a la batalla de los Castillejos, de donde le retiraron gravemente enfermo a Ceuta, donde permaneció hasta el día once de enero, que volvió a ser alta en el Ejército.=El doce y catorce del mismo mes asistió a los combates del río Capitanes y Cabo Negro.=El día veintitrés tomó parte en la acción de la Vega de Tetuán y sobre las lagunas.=El día treinta y uno se halló otra vez con su batallón en el combate de Guad-el-Jelú y en las dos cargas a la bayoneta que dio el mismo a la Caballería e Infantería enemigas, a las órdenes del Excmo. Sr. capitán general y en jefe del Ejército de África, y por su buen comportamiento en este último día, fue agraciado sobre el campo de batalla con la Cruz de San Fernando.=Se encontró en la batalla del cuatro de febrero y entrada en el atrincheramiento enemigo al envolverse la trinchera por la derecha y tomarse a la bayoneta los campamentos enemigos.=En veintidós de marzo obtuvo licencia temporal y marchó a España, en donde permaneció hasta fin de abril, que fue baja en este cuerpo con motivo de haberse concluido la Guerra de África.=El segundo Comandante, Fernández.

Y para que conste, firmo la presente en Tetuán a los veintidós días del mes de abril de mil ochocientos sesenta.=Antonio Losada.=V.º B.º, Taulet.



 

- I - Embárcase en Málaga el Tercer Cuerpo del Ejército de África. -Hospitalidad y despedida del pueblo malagueño. -Adiós a España. -La noche en el mar.

¡Al fin amaneció el día de nuestra marcha! ¡Al fin vamos a participar de los peligros y de la gloria de nuestros hermanos, que luchan y mueren como leones al otro lado del Estrecho! ¡Al fin se mecen las naves, prontas a surcar las tendidas olas y a transportar el TERCER CUERPO de ejército de África al teatro de la guerra!

Málaga lo ve hoy, como ayer lo vieron Cádiz, Valencia y Algeciras: el día del embarco es un día de fiesta para nuestras tropas; quedar en España era su único sobresalto, vivir y morir obscuramente, su único terror; el miedo a la paz (¡sólo este miedo!) había conturbado durante un mes todos los corazones. En vano llegaban lúgubres noticias de amigos y parientes que dormían ya el sueño eterno en las arenas africanas; en vano cien y cien heridos arribaban a este puerto, pocas horas después de haber salido de él llenos de vida y de confianza; en vano se describía la fanática crueldad y bárbaro heroísmo de los moros... Soldados, generales y jefes sentían cada vez mayor impaciencia por volar al combate. «¿Cuándo? ¿Cuándo? (decían la palabra, el saludo, la mirada de todos). ¿Cuándo vengaremos la sangre derramada? ¿Cuándo ayudaremos a nuestros nobles compatriotas? ¿Cuándo moriremos o triunfaremos como ellos?»

¡Hoy, hoy es el suspirado día!

Todo está pronto: los caballos, con su equipo de guerra, piafan ardorosos en los buques que han de servirnos de móvil puente entre Europa y África. Armas, víveres, municiones, equipajes, todo se halla a bordo. Para ello han sido precisos verdaderos milagros... ¡Pero nada falta ya! El talento de unos, la actividad de otros, el patriotismo de todos, los donativos del pueblo, la misma desesperación, han prestado servicios inverosímiles, recursos inesperados; y, en un mes, en menos tiempo, se ha organizado el TERCER CUERPO de tal manera, que puede competir con los que ya se han cubierto de gloria en el africano continente.

¡En marcha, pues! Despidámonos de los buenos amigos que dejamos en esta noble ciudad, despidámonos del suelo y del aire patrio; y ocupando nuestro lugar en la legión expedicionaria, volemos a África a realizar el sueño de toda nuestra vida.

A las tres de la tarde.

El embarco principió hace algunas horas. Una muchedumbre inmensa ocupa el muelle, las playas, los balcones y las azoteas. El mar se halla cubierto de la lanchas y botes empavesados, que rodean y acompañan a las barcas en que las tropas son transportadas a los vapores. ¡Es el resto de la población de Málaga, que nos seguirá hasta la salida del puerto!

Lágrimas de placer, de pena y de entusiasmo humedecen todos los semblantes. El pueblo despide a los soldados agitando en el aire pañuelos y sombreros... Los soldados responden a estas demostraciones con una sonrisa de sublime alborozo, cual si quisiesen consolar a los que se quedan. Y todos parece que se prometen algo: estos, ir; aquellos, volver; unos y otros, ¡sacrificarse por la patria! «¡Aquí quedamos!» (dice la fisonomía de los que permanecerán en sus hogares, como significando a sus hermanos): «Nosotros iremos a reemplazaros y vengaros, si morís; nosotros os recogeremos y premiaremos, si volvéis heridos; nosotros cuidaremos de que nada os falte en la guerra, y velaremos además por la viuda y por los huérfanos del militar que muera en campaña.» Y los que se van, comprendiendo con la intuición del sentimiento estas mudas protestas, responden con su radiante mirada: «Sabemos la gran responsabilidad que llevamos. Honra, vida y fortuna: todo lo habéis fiado a nuestro esfuerzo, la patria nos ha entregado su bandera; cuanto hay de sagrado y de inviolable en una nación, se encuentra en nuestras manos; no basta morir, es menester triunfar. Descansad en nosotros... ¡El corazón nos dice que triunfaremos!» ¡Tal es en estos momentos solemnes el tácito coloquio de las almas!

Por lo demás, todos los que parten dejan ya en Málaga amigos y familia: lazos estrechados por la zozobra de un mes de despedida continua; dulce calor, alentado primero por un irresistible afecto patriótico, fomentado después por el trato y la gratitud. Así es que de este nobilísimo suelo quedara en el corazón del soldado una tierna memoria, que durará tanto como su vida. Aquí, en vez de alojamiento, encontró obsequiosa hospitalidad: el patrón lo agregó a su familia y lo sentó a su mesa, mejoró su equipo y le siguió a la revista hasta penetrarse de su bélica actitud. Llevole adonde de balde afilasen sus armas, y además añadió a ellas alguna navaja del país para que hiciese juego con la gumía de los moros. ¡Y hoy, en el momento de separarse de su huésped, le arranca promesas de que si vuelve herido, se hará conducir a aquella misma casa; de que le escribirá después de cada acción; de que se acordará de él en el fuego, y de que será tan prudente como valeroso! Entretanto, las compasivas mujeres llenan de hilas y vendajes los bolsillos de sus alojados; cuelgan a su cuello santos relicarios que los defiendan en los peligros; unas les ofrecen dinero, otras víveres; éstas les dan consejos, aquéllas bendiciones..., y los soldados, siempre sonriendo, pero enternecidos profundamente, se contentan con los relicarios y un abrazo, y parten a todo correr, diciendo: «¡Hasta la vista, patrona!», a lo que contestan las pobres mujeres levantando al cielo los lagrimosos ojos...

¡Adiós, adiós, bella y generosa Málaga. Tú has dado con mano liberal al ejército expedicionario tu pan y tu pecho, tu admiración y tu cariño. Hoy tus hermosas hijas se aprestan a dispensarle nuevos favores, creando magníficos hospitales, mientras tus nobles hijos ceden sus palacios para el mismo fin misericordioso. Así, después de vestirte de fiesta para alegrar la partida del soldado, ¡te vistes de luto para recibirlo cuando vuelva herido! ¡Oh!, insigne ciudad! ¡Tú, antes que él, has merecido bien de la patria!

En el mar, a las cinco de la tarde

Henos a bordo y en franquía. Dentro de una hora levaremos anclas.

Componen nuestra escuadra veinte magníficos vapores: Vasco Núñez de Balboa, Isabel II, León, Santa, Isabel, Alerta, San Quintín, Ville de Lyon, Abatuci, Aveni, Helvetie, Torino, Bresil, Pelayo, Marie Stuard, Bizantín, Cataluña, Wifredo, Negrito, Bretagne y Cid. En ellos están embarcados diez mil hombres, o sean: los batallones Cazadores de Segorbe, de Baza, de Ciudad-Rodrigo, de Llerena, y de Barcelona; los regimientos de Zamora, y de Albufera, un batallón del Infante, otro de San Fernando, otro de la Reina, otro de África, otro de Almansa, y otro de Asturias. Un escuadrón de Caballería va además con nosotros. La Artillería nos seguirá mañana.

El general comandante en jefe de este cuerpo del ejército, D. Antonio Ros de Olano, y el general de Marina, D. Segundo Herrera, jefe de esta escuadra, se hallan ya en el Vasco Núñez de Balboa. Las músicas militares tocan la Marcha Real, cuyos ecos se dilatan por la tersa superficie del Mediterráneo... El pueblo nos sigue saludando desde lejos con redoblados vivas. El obispo de Málaga bendice las tropas y las naves, y un religioso silencio reina por un momento en el espacio... Luego vuelve a resonar la magnífica armonía de los combates, y el aire y las olas se estremecen de entusiasmo, palpitando al compás de mil y mil agitados corazones... ¡Momento melancólico y sublime!

¡Oh! Séame dado en esta solemne hora penetrar en lo recóndito de las almas. Hace unos minutos, al dejar de sentir bajo mis pies el adorado suelo de España, un mundo de recuerdos y de afecciones ha inundado tumultuosamente mi pecho, y he comprendido que igual emoción estarían experimentando cuantos forman parte en esta cruzada. ¡Oh, sí!... Ni el júbilo del patricio, ni el entusiasmo del soldado, pueden ahogar los lúgubres sobresaltos del hijo, del padre, del esposo, del hermano, del amigo que deja, tal vez para siempre, a las mascaras prendas de su alma. Así es que he leído en todos los semblantes y hallado en mi imaginación una dolorosa idea, desatendida por nosotros mismos, pero que levantaba muy alta su poderosa voz: ¡Los que nos vamos podemos no volver! La guerra, la peste, la intemperie, las privaciones: he aquí lo que vamos a encontrar en la inhospitalaria costa moruna. ¡Ni pan, ni techo, ni descanso, ni abrigo! ¡La guerra con todos sus horrores y sin más consuelos que los propios! Natural es, pues, que en estos momentos el alma atribulada recuerde los serenos días de la niñez y los caros sitios donde pasaron sus primeros alborozos. Natural es que todos volvamos una mirada de despedida, unos al hogar paterno, otros al nido conyugal; estos a la inconsolable madre, aquellos a la abandonada esposa; quién a su amor, quién a sus hijos; cuál a las blandas lides del arte o de las letras. Sabedlo, sí, pobres ancianos, débiles mujeres, tiernos niños, que lloráis en esta misma hora por los objetos de vuestro amor, por el sostén de vuestra casa, por el amparo y la gloria de vuestra familia... ¡Sabedlo! En medio de la noble ira que sentimos, nuestro pecho da también lugar y cabida a las más dulces y suaves emociones... ¡Vuestros son los últimos pensamientos del soldado al perder de vista las costas españolas; vuestras son sus últimas despedidas; vuestra la última lágrima de ternura que se seca en su corazón, inflamado por el fuego del patriotismo!

Y ahora, ¡que Dios sea con nosotros! ¡Adiós a todo! ¡Adiós a nosotros mismos! ¡No más idea en la mente, no más grito en los labios que España y Guerra! Si nuestra vida es precisa para alcanzar la victoria, el sacrificio está ya aceptado. Nada importa un hombre más o menos, con tal que viva y triunfe la patria de todos. ¡Morir! ¿Qué mejor muerte que la que allí podemos encontrar? ¿Qué hora más solemne? ¿Qué lugar más sagrado?

Al anochecer.

Hemos levado anclas.

Los vapores empiezan a moverse en línea de batalla, coronados por luengos penachos de humo negro que van a perderse en el cielo de la tarde.

El sol se ha hundido ya en Occidente... ¡La luz del nuevo día nos encontrará en las playas africanas!

Aún se distingue a Málaga a lo lejos, esmaltada de luces que se reflejan en el agua... ¡El último adiós, patria mía! ¡El último adiós, padres y hermanos!...

......................................................................................................................................................

Ya es de noche...¡Oh, cuán lentas van a deslizarse tus horas, noche inolvidable, noche suprema que precedes al día tan deseado! ¡Pasad pronto, momentos adormecidos, olas espumantes, ráfagas de viento; pasad pronto! ¡Luzca en el cielo la soñolienta aurora, y contemplen al fin nuestros ávidos ojos el africano continente!...



 

- II - A la vista de África.

A bordo, 12 de diciembre, por la mañana.

Quedé anoche en medio de las tinieblas y de las olas, entre Europa y África, entre la paz y la guerra, vacilante el ánimo a merced de encontrados afectos, y hasta ignorando a qué puerto nos dirigíamos.

Todo desapareció con las tinieblas de la noche; y, al rayar el alba del día de hoy, fijose el cuadro que ensoñaba en indefinible expectativa, y que ahora no se cansan de contemplar mis ojos.

En torno nuestro se dilataba el mar, plateado por la agonizante luna y sonrosado hacia levante por el reflejo de la aurora. Los veinte vapores de nuestra escuadra estaban esparcidos en una legua de radio, ostentando cada cual una pálida luz en el tope del palo mayor, menos la nave capitana, que se distinguía por otra luz colocada en el trinquete. A nuestra izquierda se percibía un elevadísimo peñón, que salía bruscamente de entre las aguas, partido verticalmente en dos mitades... ¡Era Gibraltar! Por la parte de proa dilatábase hasta perderse de vista un brazo de agua, semejante a poderosísimo río... ¡Era el Estrecho; el camino del Océano; la temerosa puerta del por tantos siglos desconocido Occidente! A nuestra derecha, por último, alzábase entre la bruma matutina un extenso y bravío litoral, erizado de formidables rocas, que se perdían de vista hacia levante, y que, por el lado de poniente, terminaban en otro peñón parecido al de Gibraltar... ¡Era la costa de África! ¡Era Ceuta!

No diré mi rubor al contemplar la colonia extranjera enclavada en territorio español; no recordaré la historia de las vicisitudes por que ha pasado aquel peñón aborrecido, ni la manera como llegó a manos de sus actuales poseedores... ¡Permítaseme, por el contrario, apartar de sus artilladas cumbres mi triste y rencorosa mirada, y fijarla con mayor o menor equidad, pero siempre con júbilo y ufanía, en la ciudad de Ceuta y en su campo!...

Decía que estaba acabando de amanecer... En tal momento percibimos lejano y confuso clamor de cornetas y tambores, y luego los entremezclados ecos de muchas músicas militares. ¡Era la diana del campamento español!... Mi corazón retembló de amor y de alegría. ¡Al fin encontrábamos a nuestros hermanos! ¡Allí estaban! ¡Salud a los valientes que ya habían luchado por la patria, y cuyas proezas habíamos festejado al lado de sus familias! ¡Gloria y paz a los muertos en el campo del honor!

El sol apareció, por último, y a sus primeros resplandores divisamos la fortaleza del Hacho: después el famoso Presidio, recinto de la expiación y de la tristeza, visión de los insomnios de tantas madres y esposas e hijas de infelices penados, y, finalmente, la ciudad de Ceuta, dispuesta en escalones, graciosa y bella en su conjunto, rodeada de jardines, y huertos, y limpia y cuidada como todos los pueblos encerrados en estrechos límites.

Luego, al otro lado de sus recias murallas, vimos una verde pradera, teatro ayer de las algaradas y provocaciones de los moros, y perteneciente a España desde hace un mes... En aquella pradera pacían tranquilamente muchas vacas (propias de nuestra administración militar), y por cierto que la bucólica quietud de aquellos animales chocaba a la vista y a la imaginación, preparadas a cuadros trágicos y tumultuosos.

Más allá distinguimos como otro rebaño blanco que formaba líneas regulares en la ladera de una colina: encima de este se veía otro más numeroso, y después otro mayor, rodeando un gran edificio medio arruinado, en una de cuyas torres ondeaba la bandera española... ¡Aquellos rebaños eran las tiendas de campaña de nuestro ejército, acampado en las alturas del Otero y al lado del Serrallo!

Filialmente, cerraba este pintoresco cuadro una doble cadena de montañas, verde la de delante y blanca y escarpada la de detrás, hendida esta verticalmente en su parte más abrupta. ¡Aquella hendedura era el temido Boquete de Aughera!

En cuanto al nombre de todas las alturas que he citado, y que, arrancando de la misma orilla del mar, van a eslabonarse con las derivaciones del atlas, nuestra historia lo registra ya con letras de sangre: se llaman colectivamente Sierra-Bullones, y son el lugar de los reñidos combates en que hace un mes se cubre de gloria nuestro ejército. Tal fue el espectáculo que contemplamos esta mañana al salir el sol..., y que, lo repito, no nos hemos cansado todavía de mirar... Ahora, que son las nueve de la mañana, recibimos al fin la orden de desembarco... ¡Una idea culminante me domina en tan solemne momento!... ¡Voy a pisar el suelo de África!



 

- III - Al saltar en tierra.

Teneo te, África.

¡Estoy en ÁFRICA!... Es decir, no sólo me encuentro fuera de España, si no fuera de Europa; en otro continente, en otra de las cinco partes en que se divide nuestro planeta.

No me mueve a reparar en ello un pueril orgullo... Me he alejado demasiado de mis lares patrios y por demasiado tiempo, para engreírme hoy de encontrarme a algunas leguas de la Sierra en que nací, cuyas nevadas cimas pudiera divisar con un anteojo desde lo alto del Hacho. Hablo de tal modo porque, al sentir bajo mis pies la tierra africana, no ha podido menos de surgir ante mi imaginación la disforme grandeza de esta parte del mundo, que mide un millón doscientas mil leguas cuadradas; atravesada por el ecuador, por los dos trópicos y por mucho espacio de las zonas templadas austral y boreal; inconmensurable isla, pobremente enlazada al Asia por un débil istmo que será cortado en breve, y llena de misterios para todas las ciencias: para la Geografía, que aún no puede fijar sus reinos, sus montañas, sus ríos ni sus ciudades; para la Geología, que ignora la naturaleza y estructura de su monstruosa constitución; para la Lingüística, que desconoce en ella más dialectos que idiomas conoce en el resto del mundo; para la Botánica, que nunca herborizará en sus mortíferos bosques; para la Zoología, que aún no ha podido trazar el cuadro sinóptico de las familias de fieras y reptiles que recorren las envenenadas márgenes de los lagos de la Cafrería y el Congo; para la Iconología, que no está iniciada en el dogma de todas sus creencias ni en la significación de todos sus ídolos y monumentos; para la Historia, que no registra los días ni los siglos vividos por aquella parte del género humano; para la Diplomacia, que no tiene noticias de aquellos reinos ni de aquellas dinastías; para el Arte Militar, que no sabe a qué atenerse en punto al número y calidad de sus ejércitos; para las ciencias todas, vuelvo a decir, desde las más abstractas a las más precisas; para todas y para siempre..., ¡pues el África guarda en su corazón los caracteres del misterio, la duda y la desesperación, la eternidad y lo infinito!

Tal concibo y admiro yo la vasta región que empieza aquí y termina en el cabo Tormentario; la tierra cuyos límites eran desconocidos hace cuatrocientos años, a tal punto que los geógrafos la creían interminable; tierra feroz, que se me presenta tapada por cerradas malezas como una bestia velluda; tierra maldita, que llega a hundir su faz aun por debajo del nivel de los mares, mientras alza por otro lado sus gigantescas cimas a las regiones congeladas de la atmósfera; tierra deforme, donde la raza humana se afea y embrutece hasta el extremo de que los irracionales la superen en inteligencia y hermosura; tierra indomable, en fin, que ha devorado estérilmente la civilización de los faraones, la de Alejandro, la de Aníbal, la de Escipión y la de Cisneros, ¡y que hoy rehúsa y desdeña la que el mediodía de Europa le brinda por Argel y por Marruecos!

Y, con todo, África es el más ancho campo que aún ofrece la tierra a la fantasía de los poetas: ¡África es la inmensidad! La Mitología, siempre reveladora, nos la representa en una mujer bizarra, de porte oriental, casi desnuda, sentada sobre un elefante (símbolo de sus interminables desiertos ), teniendo en una mano el cuerno de la abundancia, como recordando su vivaz y opulenta vegetación, y un escorpión en la otra, para significar que en ella todos los dones de la naturaleza, lejos de producir la vida, dan la muerte, y que su aire, su tierra, su agua, su sol y sus habitantes, todo es nocivo, espantable y ponzoñoso. De esta manera, África será siempre el imán de las imaginaciones febriles: en ella reside lo nuevo, lo temeroso, lo extraño, lo desconocido. Desde que Colón redujo el mundo en vez de dilatarlo (según la expresión de Leopardi); desde que Koetzebue, Cook, Davis y otros navegantes atrevidos recorrieron todos los mares, llegaron cerca de los polos, trazaron sobre el mapa el continente austral e hicieron brotar de entre las olas un millar de archipiélagos ignorados, el espíritu soñador de los vates quedó como prisionero en un peñasco de nueve mil leguas de circunferencia, y el afán de lo maravilloso se abatió postrado, como Prometeo, contra la roca que sirvió de pedestal a su soberbia. Y también desde entonces la aventurera poesía fijó sus ojos en las dos regiones vírgenes, en los dos únicos recintos no profanados aún por el compás de la ciencia: en los hielos inmaculados del norte, y en las arenas inexploradas del África.

¡En África especialmente! ¡Aquí todo es grande y estupendo; aquí la vida y la muerte luchan el titánico combate; aquí la naturaleza ostenta todo su lujo de hermosura y todo su poder de destrucción; crea con lo mismo que mata; devora los ríos que engendra, negándose a devolvérselos al mar; ofrece en el Sahara, como su mayor gloria, un océano desecado por perpetua canícula; da tan sólo cariñoso albergue al león, a la pantera, al tigre, al cocodrilo, al hipopótamo, a la hiena y a todos los abortos del amor y de la ira; y si bien por el lado del Septentrión luce los atractivos de la más benigna primavera, es como sirena engañadora que atrae con dulces cantos al confiado navegante para que se pierda y naufrague en un golfo erizado de escollos y remolinos!

De cualquier modo, al asentar mi planta en esta parte del mundo, donde fue Cartago, donde batalló Aníbal, donde nació San Agustín, donde vencieron Gonzalo de Córdoba y Pedro Navarro, donde brilló Hipatía y existió floreciente Alejandría, y duermen los faraones, y escribió Raimundo Lulio, y cruzaron César y Marco Antonio, y encontró Napoleón el talismán de su fortuna, yo no puedo menos de doblar la rodilla, poniendo el pensamiento en mi Dios y en mi madre patria, y exclamar como Escipión el Africano, aunque con tono bien diferente: ¡África, ya eres mía!



 

- IV - Aspecto interior de Ceuta.

Ceuta, 12 de diciembre, al mediodía.

Hasta aquí el poeta. Vengamos ahora al tiempo actual y al cuadro que ofrece Ceuta en este momento, mientras que yo espero a que desembarquen mi caballo.

Imaginaos una ciudad cuyas plazas cubiertas de hierba indican el reposo en que ha vegetado largos siglos; imaginaos diez mil hombres acampados en las calles; una indescifrable algarabía de músicas que baten marcha, y de cornetas que tocan llamada, botasillas, orden o asamblea; por una parte camillas de enfermos; por otra recuas enteras de acémilas cargadas de provisiones y víveres; por aquí fogones establecidos en el suelo, donde el uno guisa, el otro parte leña, este llega con agua, aquel se cose y se remienda; por allí un caballo en cada reja, un vivac en cada puerta, una cama improvisada en cada rincón, un bosque de fusiles en cada plaza; por un lado equipajes, por otro cañones; acá los unos que gritan, allá los otros que cantan, o estos que juran, o aquellos que se quejan, y cada cual atendiendo solamente a sí propio, o sea cuidando al mismo tiempo de sí, de su vestido, de su cama, de su casa, de sus animales, de las órdenes recibidas y de las que dan las cornetas; alguien poniéndose a escribir sobre una pila de balas; algún otro lavándose en medio de la calle; quién pensando en España y en el correo; quién en los camaradas que le aguardan en el Campamento (y de los que no sabe si son muertos o vivos); cuáles, en fin, lamentando la pérdida de su casa, que consistía en un lienzo; de su cama, que se reducía a un paño, y de su despensa, comprendida en una lata de sardinas...

¡Oh, es el cuadro más vivo, más animado, más pintoresco que puede imaginarse! ¡Qué variedad de tipos, de caracteres, de dialectos, de uniformes! El catalán irascible, el sosegado gallego, el locuaz andaluz, el conciso y terminante aragonés y el serio castellano, cada uno con distinto acento, valiéndose de distintas interjecciones y muletillas, usando de diverso género de oratoria, peroran, declaman, votan, refieren, arguyen, se amenazan, se insultan, se reconcilian; todos tuteándose sin conocerse, mandándose unos a otros como hermanos, ayudándose y facilitándoselo todo, a trueque de otro servicio, y (lo que es más que nada propio de soldados) hablándose a larga distancia y a grandes gritos de cosas sin importancia, pero cuyo doble sentido envuelve sangrientos epigramas (que solo ellos comprenden) contra el que ordenó mal, contra el que nació feo, contra el que inventó la guerra y es causa de que tal olla tenga poco o mucho aliño, contra el paisano que pasa por la calle y no se ve obligado a pelear por las mañanas como un hombre y a guisar por las noches como una mujer; contra los objetos inanimados y contra los mismos elementos...

Lo repito: es el desorden más armonioso que puede verse. Ni el lápiz, ni la pluma, ni la misma fotografía bastarían a reproducir sus multiplicadas fases. Forjáoslo en la mente con auxilio de mis indicaciones, y preparaos a salir conmigo al Campamento, donde el espectáculo, si no tan variado, será más severo, conmovedor y digno.



 

- V - El Campamento. -Veo a lo lejos una acción.

El mismo día por la noche.

Eran las doce de la mañana, y seguía yo esperando el desembarque de mi caballo para salir a recorrer el campo de Ceuta, cuando supe que los moros acababan de atacar el CUERPO DE RESERVA, mandado por el general Prim.

Este aviso, que muchos, familiarizados ya con la guerra, oyeron sin inmutarse, me impresionó a mí tan vivamente, que abandoné caballo, equipaje y almuerzo a merced de la casualidad, y emprendí a pie el camino del Serrallo, deseoso de ver a los marroquíes y de presenciar una acción.

Salí, pues, de Ceuta, atravesando sus inexpugnables fortificaciones, sus anchos fosos -alguno de ellos henchido de agua por el mar- y sus redobladas puertas, acribilladas a balazos por las espingardas moras, y me encontré en el Primer Campamento, ocupado hoy por el PRIMER CUERPO, que se ha bajado a aquel punto a descansar de las rudas fatigas con que inauguró esta campaña (1) <notas.htm>.

Allí, a las puertas de sus tiendas, estaban tendidos, o entregados a inocentes juegos, o paseando pensativos en compañía del inseparable cigarro, los héroes del día 25 de noviembre, los que habían sufrido el primer empuje de los moros y toda la inclemencia del más deshecho temporal, los que habían soportado sin inclinar la cabeza todos los rigores de la guerra, todas las privaciones del despoblado y el azote implacable de la peste... Yo los miré con amor y veneración; y, creyendo encontrar entre sus filas el hueco de los que yacían en los vecinos bosques, les tributé el sufragio de mi religiosa pena. Luego pensé en sus enlutadas familias, que ya no verán ni tan siquiera la tumba de aquellas nobles prendas de su casa, y mi corazón se afligió más de lo que es costumbre en estos lugares...

Remotos disparos de fusilería, que me trajo una ráfaga de viento, alejaron tales ideas de mi imaginación... Apreté el paso, y llegué a las alturas del Otero.

Desde este lugar alcancé a ver a lo lejos dos o tres líneas de humo en los alrededores de un bosque muy cerrado, del cual salía otra humareda menos regularizada. Los secos estampidos de la pólvora menudeaban cada vez más. La línea de combate abarcaría un frente de media legua, o sea desde nuestro Reducto más avanzado, que se llama del Príncipe de Asturias, hasta la misma orilla del mar. Lo áspero del terreno, y el encontrarme en punto desde el cual descubría todos los movimientos de nuestras tropas, me hicieron desistir de mi propósito de seguir adelante; y, sentándome en una piedra, pasé horas crueles, contemplando el primer hecho de armas de que era testigo en toda mi vida.

La calidad del combate que he divisado desde allí quedará definida con decirte que en toda la tarde no he visto ni tan siquiera un moro, al paso que distinguía perfectamente a nuestros soldados. Tal sucede en una batida de jabalíes mirada desde lejos: que ve uno a los cazadores, pero jamás a las fieras.

Y en efecto: esto no es guerra; es caza, es una lucha en que nuestro ejército pelea a cara descubierta, mientras que los enemigos combaten en el lugar que les parece mejor, siempre ocultos o parapetados, valiéndose de emboscadas y sorpresas, y aprovechando la retirada forzosa del anochecer para dejar sus guaridas y picarnos la retaguardia. Afortunadamente, en estos combates desiguales ganamos siempre magníficas posiciones que protegerán nuestras operaciones sucesivas.

Por ejemplo, en la acción de hoy, a pesar de todas sus desventajas, el resultado no ha podido ser más favorable a nuestro plan de campaña. Los batallones del conde de Reus han desalojado a los moros de los bosques en que habían estado parapetados todo el día, y han ocupado posiciones que conservaremos y que nos serán muy útiles para proteger la construcción del camino de Tetuán... ¡Mas, ay, que hemos pagado con muchas nobles vidas, y con alguna muy preciosa, el laurel de la jornada! En este momento oigo decir que entre nuestros muertos figura el bizarro coronel de artillería Sr. Molins, de quien se cuenta que, hace tres días, contemplando los inanimados restos de dos cazadores que acababan de caer a su lado, exclamó lúgubremente: «¡Cuántos padres no volveremos a abrazar a nuestros hijos!»

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Terminemos por hoy. Escribo estas líneas en la Plaza de la Constitución, de Ceuta. Son las ocho de la noche... Es decir, ya acabó este larguísimo, grandioso, inolvidable día en que ha dado principio mi vida de soldado. La plaza está llena de hogueras: dos o tres músicas tocan la retreta, y los soldados aplauden medio dormidos... Yo tengo mi vivac en unas vigas (pertenecientes al parque de ingenieros) que he encontrado cerca de una pared. Sobre dos de ellas he extendido al aire libre mi cama de campaña. De otra está atado mi pobre caballo, mareado todavía de resultas de la navegación; otra me ha servido de mesa para cenar y para escribir; las restantes han sido mi sofá, mi ropero y mi lavabo... Por lo demás, las estrellas y la luna decoran ya las azules cortinas de mi lecho. Buenas noches.

¡Ah, se me olvidaba!... En África los serenos dicen también «Ave María Purísima», como en el Reino de Granada, antes de cantar la hora...

Si tenéis corazón de hijo, de español y de cristiano, adivinaréis mis últimos pensamientos de este día.



 

- VI - El toque de diana. -Un entierro. -O'Donnell. -La Mezquita. -El Serrallo. -Aspecto de un ejército acampado. -Los Reductos. -El Boquete de Anghera.

Ceuta, 13 de diciembre.

Heme acampado en el mismo sitio que anoche a estas horas. El TERCER CUERPO sigue vivaqueando en las calles y plazas de Ceuta, mientras le designan el punto a que ha de trasladarse. La acción de ayer y el dificilísimo desembarque de caballos y acémilas nos han impedido marchar hoy.

Yo me alegro, pues este día de huelga me ha permitido recorrer todos los Campamentos, visitar el terreno conquistado hasta ahora, subir a nuestros Reductos y conocer los sitios de las primeras acciones.

Para dar completa idea de todo, empezaré por el toque de diana, que sonó poco antes de amanecer, sacándome de un sueño delicioso. El toque de diana, pero de la diana de campaña, es lo más vivo, animado y retozón que puede imaginarse... Figuraos un aire alegre, monótono, ejecutivo, apremiante, que hace el efecto de esos despertadores mecánicos, o de esos conocedores de nuestro sueño, que nos apuran con la repetición de una misma llamada, hasta que nos hacen sentarnos en la cama llenos de furia, pero completamente desperezados; tened presente que ese aire lo repiten, y glosan, y abandonan, y vuelven a coger todas las bandas de tambores y cornetas y todas las músicas y charangas; añadid la gritería de los soldados, que aclaman y palmotean a la banda que lo toca con más animación, y decidme si concebís que nadie que no sea sordo permanezca con los ojos cerrados después de esa sinfonía. Por lo demás, al toque de diana sigue siempre una grande explosión de cantos de gallo, admirablemente imitados por la tropa; cosa ya de ordenanza en los ejércitos españoles, según me han dicho algunos veteranos.

Quedamos, pues, en que me levanté antes del día. Los soldados hacían ya su café en los fogones que anoche les sirvieron para cocer el rancho. Yo escribí hasta las siete. Pasose lista a las ocho. Almorzó luego todo el mundo como Dios le dio a entender; y yo monté a caballo a eso de las nueve, y tomé el camino de los Campamentos.

Hacía un día magnífico. En el último foso de las fortificaciones de Ceuta me encontré de manos a boca con cuatro artilleros que conducían en hombros un ataúd galoneado, detrás del cual marchaban muchos jefes, oficiales y soldados de todas armas... Dentro del ataúd iba D. Juan Molins y Cabanyes, coronel de Artillería, que, como dije, murió en la acción de ayer tarde...

Yo espero que dentro de algunos días me habré acostumbrado a ver estas cosas con indiferencia... Pero hoy no ha podido menos de imponerme el considerar que aquel cadáver era ayer un hombre lleno de vida, de gloria y de esperanza...

Y a propósito: nuestras pérdidas en la acción que presencié a lo lejos ayer tarde, fueron cinco muertos y cincuenta y nueve heridos. Las de los moros... ¿quién las sabe? Ello es que seguimos estableciendo reductos, ganando terreno y abriendo camino a la artillería... con dirección a Tetuán.

Subí al Otero, admirable punto de vista, desde donde se divisa por un lado toda la península de Ceuta, elegantemente dibujada sobre el mar, y por el otro los Campamentos de Prim y de Zabala, el Cuartel General de O'Donnell, y el Serrallo, destacándose sobre la Sierra.

En el Cuartel General me detuve algunos momentos. O'Donnell se paseaba a la puerta de su tienda con algunos otros generales.

Era el hombre de las luchas políticas y parlamentarias; el adalid de la oposición o el mantenedor del gobierno; el senador cuya mente fría, carácter igual y conducta enigmática había yo estudiado durante largos años desde la tribuna de periodistas; era el conspirador que sirve de eje hace mucho tiempo a nuestras vicisitudes políticas; aquel que, llamándose conservador del orden, es, en mi concepto, el conservador de nuestra Revolución Constitucional, que ya iba siendo palabra vana cuando él levantó su estandarte en 1854; era el único de nuestros gobernantes que hasta ahora ha demostrado bastante fuerza para sujetar con una mano a la reincidente tiranía, y con la otra a la impaciente libertad; pero del que aún no se sabe si tendrá la alta inteligencia necesaria para establecer entre la autoridad y el derecho aquel equilibrio que reclaman por una parte los adelantos de nuestra época, y por otra el atraso de nuestro pueblo; era, en fin, D. Leopoldo O'Donnell, acerca del cual todos hemos formado muchos y diferentes juicios, desfavorables unos, apologéticos otros, todos anticipados, y a quien sólo la historia (según su frase favorita) podrá juzgar definitivamente, apreciando el conjunto y resultado de sus hechos.

No lo ocultaré: jamás hombre público alguno me ha parecido tan digno de admiración y respeto, como el conde de Lucena en aquel instante. No soy su adepto; pero, aunque hubiera sido su enemigo más encarnizado, me habría infundido este mismo sentimiento al reflexionar, como reflexioné, en el enorme peso que gravitaba sobre aquel soldado; en la inmensa responsabilidad que había contraído a los ojos de España, de Europa y del mundo entero, y en la cuenta que tenía que dar a cuarenta mil familias de la vida de los que estaban bajo sus órdenes; a la nación, de su honra, de su nombre, de su bandera; a los extranjeros, de la importancia de España, de su fuerza, de su poder, de su respetabilidad; y a Isabel II, del lustre de su reinado, cuya mejor página puede ser, y creo que será, la campaña comenzada el día de Santa Isabel, al grito de ¡Viva la Reina!

Es decir: que aquel hombre tenía que atender, desde su tienda de lienzo, en medio de las balas y contrariado por los más crudos temporales, a los negocios de España, cuya política dirige como presidente del Consejo de Ministros; a los partidos que lo combaten; a sus émulos, que lo acechan; a las potencias de Europa, que empiezan otra vez a acordarse de nosotros; a los planes de los marroquíes, que inventan cada día un nuevo método para atacarnos o una nueva astucia para sorprendernos, y al ejército español, que reclama de él víveres, municiones, transportes, hospitales, gloria, aunque le pese a Inglaterra, y vientos favorables, para que no nos abandone nuestra escuadra.

¡Y cual si todo esto no fuera bastante, en el fondo de un horizonte nublado por tantas inquietudes se levanta el tremendo fantasma del cólera, introduciéndose silencioso entre las filas, apagando mil generosas existencias, matando obscuramente al que no encontró una muerte heroica en los campos de batalla!

¿Cómo no respetar y admirar a ese hombre en semejantes circunstancias? ¡Diga de mí lo que se le antoje la ruin injusticia; pero yo he sentido verdaderamente cuanto proclamo aquí en alta voz, y a los cielos pido que ilumine la mente de ese soldado y corone de fortuna sus pensamientos; pues sus errores de hoy, si bien pudieran servir de miserables trofeos a los partidos que lo hostilizan, serían al propio tiempo, y por muchos años, grandes calamidades para la patria!

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Desde el Cuartel General de O'Donnell seguí mi marcha hacia el Serrallo; pero bien pronto tuve que detenerme delante de un Morabito (o ermita de un asceta moro) que hay a poca distancia del Otero, y al cual llaman vulgarmente la Mezquita.

Lo que quiera que sea, consiste en un edificio de piedra y cal, dividido en dos aposentos. El primero es una especie de vestíbulo cuadrilongo, y el otro un hexágono cubierto con una cúpula. Se entra al primer recinto por un arco árabe de mala arquitectura, sin que su interior ofrezca nada de notable, como no sean dos nichos, también en forma de herradura, cuyo destino debió ser el de babucheros, a fin de que dejasen allí el calzado los que entrasen a visitar al Santón que erigió este Morabito y yace dentro de él.

En una pared del segundo recinto se leen las siguientes inscripciones árabes, cuyos caracteres, de un verde claro, parecen trazados con alguna hierba:

 

En los peligros de la espada,

 

Tú eres la espada.

 

¡Oh, Señor, yo creo en ti!

En el nombre de Dios clemente y misericordioso

 

Debo estas traducciones a mi antiguo amigo Aníbal Rinaldy, a quien he encontrado en África agregado al Cuartel General de O'Donnell, en calidad de intérprete. Con este maravilloso niño, que habla más idiomas que años tiene de edad, y con su sapientísimo maestro Mustafá Abderramán, pensé y hasta preparé hace cuatro años un viaje a Marruecos, que se frustró desgraciadamente. ¡Calcúlese, pues, con cuánto gozo los habré encontrado en esta tierra!

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Para ir desde la Mezquita al Serrallo hay que atravesar un extenso bosque de arbustos y malezas, talado ya en gran parte por nuestras tropas, que alimentan con él sus hogueras.

Dentro de este bosque cerradísimo serpea un camino árido y amarillento, abierto y trillado por la babucha mahometana. ¿En dónde termina aquella senda misteriosa? Yo lo ignoro. Lo que sí puedo asegurar es que, al pisar tales caminos, el conquistador o el viajero experimenta una especie de pavor religioso, cual si profanase la vivienda ajena aprovechando la ausencia de su dueño... Yo veía allí las huellas de los que ayer eran pacíficos habitantes de estas comarcas... Pero ¿dónde se hallaban hoy tales gentes? Allí estaba el rastro..., pero ¿dónde se encontraba la fiera? ¡La fiera rugía allá, en el vecino monte, encolerizada al mirarnos remover la cama en que por tanto tiempo calentó a sus cachorros!

No nos apoque ni desarme la intensidad de su muy merecida tribulación; pero seamos circunspectos con el infortunio de quien lucha por la independencia de su patria. Más claro: aunque nosotros atentamos a este sagrado sentimiento de los marroquíes, en represalias de haber atentado ellos a un sentimiento igualmente sagrado, cual es el honor de España, tal consideración no obsta para que nos duelan el dolor y la tribulación que les causamos hoy, por más que, al afligirlos, obremos en justicia. «Odia el delito, y compadece al delincuente», dicen los legisladores.

Mas por este camino no llegaremos nunca al Serrallo. Perdónenseme tantas digresiones, y penetrad conmigo en el campamento del SEGUNDO CUERPO, que ha relevado al PRIMERO en estas alturas, después de compartir con él varios días los laureles de la victoria.

Aquí está la tienda del animoso general Zabala, en quien se conserva el tipo de aquellos nuestros antiguos capitanes (por ejemplo, García de Paredes), cuyo esfuerzo y bizarría personal los constituía de hecho en caudillos de sus tropas. En torno de su albergue de lona se agrupan, y luego van extendiéndose por los declives de la montaña, cien y cien tiendas más, que mezcladas y confundidas con las peñas y matorrales del terreno, ofrecen muy pintoresco golpe de vista, haciendo que el edificio del Serrallo se levante entre ellas majestuoso, como fuerte navío entre frágiles barquichuelos.

El Serrallo ha sido indudablemente un soberbio alcázar, si no tan vistoso por fuera (lo cual es propio de las construcciones árabes) como los que habitan nuestros soberanos europeos, muy bien acondicionado para llevar una vida paradisíaca. Hoy solo quedan allí cimientos y algunos patios medio derruídos, en cuyos cenadores se conserva algún alicatado, algún calado primoroso, algún mosaico, algún revestimiento de ataurique que indica la pasada belleza del edificio. El estilo arábigo dominante en sus galerías y miradores es el del Alcázar de Sevilla; pero en la parte más vieja, que sin duda fue la más suntuosa, se notan vestigios de aquel otro gusto puro y elegante que ostenta la Alhambra de Granada.

En una habitación llena de escombros, y que debió de ser el baño principal, he visto un fragmento de bóveda estalactítica del mayor mérito, y un trozo de inscripción que, a pesar de la lluvia y del viento, aún conserva reflejos de oro y del carmín más delicado. No faltan allí tampoco extensos patios con cisterna, ajimeces de artísticas proporciones, columnatas, babucheros, y tal o cual indicio del destino de cada aposento, de lo que fue harén, de lo que fue palacio público, de la parte que ocupaban las fortalezas, del lugar del jardín, etc., etc. Pero todo ello se encuentra ruinoso, cambiado, utilizado para vivac por el beduino, y hoy para reducto por nuestras tropas, después de haber sido restaurado, vuelto a destruir y remendado groseramente. Sin embargo, con un poco de conocimiento de lo que son los palacios de los moros, puede reconstruir la imaginación aquel fantástico alcázar, colocado en un paraje delicioso, desde donde se divisan verdes barrancos surcados por cristalinos torrentes; el mar que se dilata en torno suyo; las costas de España, que se presentan a lo lejos como un sueño dorado o como una dulce memoria para los árabes, y el litoral del norte de África, que se pierde de vista hacia oriente, con dirección a la tumba del Profeta.

En lo demás, el aspecto exterior del Serrallo y sobre todo por el lado que sigue en pie, que es el que mira a Ceuta, poco ofrece de particular para el vulgo, fuera de la elegante torre morisca en que ondea hace pocas semanas la bandera española.

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Detrás del Serrallo hay (según dije ayer) dos cadenas de montañas que corren paralelamente, destacándose la una sobre la otra: la primera está cubierta de bosque; la segunda es de peña pelada y blanquecina: la más próxima nos pertenece, y se ve coronada por nuestros Reductos; la otra se halla todavía en poder de los musulmanes.

Media entre ambas un barranco, que termina por los dos lados en el mar, y que es el teatro de las últimas acciones y lo ha de ser de cuantas se riñan hasta que emprendamos nuestra marcha por la izquierda. En ese barranco han caído heridos y muertos centenares de españoles y marroquíes. Calcúlese, pues, con cuanta impaciencia y curiosidad subiría yo a los Reductos, constándome, como me constaba, que desde allí había de dominar perfectamente todo aquel pavoroso valle.

La aspereza de la subida me obligaba a caminar muy despacio y a parar el caballo muchas veces: así es que a cada paso volvía la cabeza hacia el terreno que se escalonaba debajo de mí, cubierto todo él de tiendas de campaña, de pabellones de fusiles y de trenes de artillería, complaciéndome en contemplar minuciosamente la actitud, el aspecto, las distracciones y las faenas de aquellos cuarenta mil hombres regidos lejos de su patria en improvisada sociedad.

He aquí un rápido bosquejo del cuadro que tenía ante mis ojos.

Los días que, como hoy, no hay fuego, vulgo, moros, el campamento y el ejército ofrecen una apariencia que de todo tiene menos de belicosa. En primer lugar (y que esto no llegue a conocimiento del Ministro interino de la Guerra), casi nadie viste el uniforme que le está prescrito, sino el traje que le parece más propio de la hora y del estado atmosférico. Y esto no quiere decir que nadie haya traído ropa de paisano, ni más equipo que el que buenamente puede llevarse sobre los hombros o a la grupa del caballo, sino que cada cual se envuelve en lo primero que encuentra a mano: ya en la manta de la cama, ya en la de su rocinante; ora en un gabán de goma, ora en un saco de lienzo, mientras que otros van en mangas de camisa, o, lo que es lo mismo, vestidos de encarnado de pies a cabeza (pues la mayoría de las camisas, particularmente las de los jefes y oficiales, son de franela del rojo más subido); otros liados en fajas y bufandas; cuál con chaqueta amarilla; cuál con polainas de charol y zapatos blancos; quién con zapatillas de tapicería; quién con capucha de colores. Pero de lo que se nota más variedad es de gorras y gorros: desde el de seda negro con que dormían nuestros mayores y el blanco de los hospitales, hasta el griego de la oficina y el inglés para viajar en diligencia; desde la gorra de cuartel y la cofia de lana, hasta el ros, el quepis, el quepis-ros (estrenado en esta guerra), el fez, la manga catalana y el casquete clerical, todas, absolutamente todas las variedades de la especie han sido sacadas a relucir en el Campamento. Advierto, para concluir en este punto (pero aconsejando también la reserva), que todos, desde los reclutas hasta los generales, se han dejado la barba.

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Los Reductos (fortificaciones improvisadas por nuestros ingenieros) que protegen el terreno conquistado y dominan el campo de los moros, llevan los nombres de Isabel II, Francisco de Asís y Príncipe Alfonso. Los tres son importantísimas posiciones atinadamente elegidas, desde las cuales puede tenerse a raya al enemigo, aunque cien veces intentara, como temerariamente lo ha intentado, desalojar de ellos a nuestras tropas.

Enfrente del Reducto Isabel II está el famoso Boquete de Anghera, que tanto y con tanto terror hemos oído nombrar en España desde que principió esta guerra... y que, por lo mismo, yo no he podido contemplar hoy sin profundo interés, al verlo tan de cerca.

El Boquete de Anghera es la misma hendedura de que hablaba ayer, que parte verticalmente y hasta su base la muralla de rocas calcinadas que limita y cierra nuestro horizonte hacia el oeste. Por aquella angosta y formidable garganta, cuya sola configuración causa asombro, se penetra, como por un canal fortificado, en un golfo de peñas y de bosques que jamás ha recorrido planta cristiana. De los misterios a que da paso ese pavoroso camino, solo se ha alcanzado a saber que en sus tremendas fauces se asienta el pueblecillo de Anghera, especie de aduana avanzada, donde se toma razón de todo el que entra y sale en el laberinto de Sierra-Bullones. Sábese, o conjetúrase también, que por este Boquete se llega a encontrar veredas que conducen a Tánger y a Tetuán, así como un sendero, transitable solo para la serpiente o para el beduino, que va a buscar, al otro lado de la Sierra, aquella gran hospedería de caravanas, llamada el Fondac, que señala la mitad del camino de Tetuán a Tánger. Lo que sí ve todos los días es que por dicho portillo desembocan a millares las diversas tribus y razas que el fanatismo musulmán ha concitado contra los españoles; lo que sí resulta cierto es que ningún ejército se arriesgaría a penetrar por estrecho tan temeroso, sin conquistar antes las por aquí inexpugnables cumbres de sus dos flancos; lo que sí consta es que esas son accesibles por la parte de adentro, sirviendo como de trinchera a los infieles, que sueñan y soñarán siempre con la reconquista de Ceuta; lo indudable, en fin, es que en el Boquete de Anghera está la callada esfinge, depositaria del enigma de la verdadera África, del África misteriosa e independiente, que empieza en él y no en las costas. Allí ha fijado la misma naturaleza la frontera de lo desconocido; por allí fluye y refluye ese mar interior de gentes ignoradas, que nuestra civilización trata nuevamente de explorar; allí, por último, pudiera escribirse también la tenebrosa frase del poeta:

Per me si va tra la perduta gente.

Otro fue el espectáculo que absorbió mi atención en el Reducto Francisco de Asís. Allá en los extremos límites de un bosque que iba a terminar en un desfiladero de la sierra, percibíanse dos o tres tiendas de una blancura que la obscuridad de los matorrales hacía deslumbradora... A primera vista se las hubiera tomado por grandes palomas de albo plumaje que descansaban de un largo vuelo: también se asemejaban a esas gacelas de vanguardia que se asoman a la cima de los oteros para avisar al rebaño de sus compañeras si hay o no peligro que temer... Y esto, y no otra cosa, hacían allí las tiendas que digo, puesto que eran las avanzadas del campamento moro (que debe hallarse situado a dos leguas de nuestro campo). ¡Oh, sí!... ¡Eran ellos!

Yo no los percibía; pero aquella era su morada, no su improvisado vivac de guerra, como lo son las tiendas para nuestros soldados, ¡sino su único hogar, su casa ambulante, el amovible aduar del peregrino de los desiertos!

¡Conque era verdad! ¡Conque no era fantástica creación de los poetas! ¡Conque había realmente en nuestro siglo nivelador y desencantado, a las puertas de España, un pueblo primitivo, de costumbres bíblicas, viviendo en sociedad patriarcal, dividido en tribus, apegado a la naturaleza, independiente de la civilización, grande sólo por su carácter y por su denuedo! ¡Viéndolo estaba y me parecía un delirio de artista!

Mis observaciones desde el tercer Reducto limitáronse a contemplar un cadáver sin cabeza, enteramente desnudo y blanco como la nieve, que yacía al lado allá del barranco, y que, por estar allí y en una actitud que me pareció irrisoria (tendido a la larga, con los pies juntos y los brazos abiertos como un crucificado), deduje que sería español. A ser moro no permaneciera insepulto en su campo (ni en el nuestro). Pero era cristiano, y nos lo habían presentado allí en ignominia, como diciéndonos: Ecce homo!

Tal ha sido mi día de hoy. Ahora, que son las ocho de la noche, me aguardan los precitados maderos de la plaza de Ceuta; maderos que, según lo fatigado que me hallo, van a saberme a mullidas plumas.



 

- VII - Marcha para acampar. -Formación de un campamento.

Campamento de la Concepción (en el camino de Tetuán), 14 de diciembre.

Ya estamos acampados. Hace tres horas, este valle, denominado el Tarajar, y los dos montes que lo sombrean, eran una selva cerrada, silenciosa, perteneciente a la morisma, y donde apenas se veía huella de pie humano. En este momento es una colonia española, una ciudad cristiana, deslindada y fortificada completamente, dividida en dos barrios separados por un arroyo, subdividida en manzanas atravesadas por calles, con su fuente pública, su lavadero, su abrevadero para los caballos, su hospital, su iglesia, su palacio, su boulevard, sus oficinas, su fonda, su casa-tribunal, sus murallas, sus puertas, sus hileras de casas, su cuartel de Guardia Civil, sus caballerizas, y, como podrá verse en la fecha de este capítulo, hasta con su nombre.

Tal milagro, que un exceso de hipérboles hace aparecer inverosímil, es una verdad más o menos relativa, y se ha realizado de la siguiente manera:

Esta mañana recibió el TERCER CUERPO de ejército la orden de salir de Ceuta por batallones, con todo su inmenso material, y formar a la falda del Otero, a fin de trasladarse desde allí al punto que se le designaría oportunamente.

¡Emprendimos, pues, la marcha a cosa de las diez, y solo entonces cundió por las filas la fausta nueva de que debíamos dírigirnos por el camino de Tetuán!...

En efecto, pasamos al lado de la piedra divisoria que antes de esta guerra señalaba los límites de nuestro campo (la misma piedra que los moros derribaron hace algunos meses y que repuso en su lugar el día de la Reina el arrojado general Echagüe); dejamos a nuestra izquierda la Mezquita, y a la derecha el Serrallo y los Reductos; tomamos por un barranco que se inclinaba hacia el mar, y al poco tiempo pusimos la planta sobre una carretera recién construida, o sea improvisada por nuestros ingenieros militares en las laderas de una áspera montaña.

¡Magnífica y sorprendente fue entonces la vista que presentaron aquellos diez mil hombres, escalonados en una interminable y no interrumpida línea, que seguía las revueltas ondulaciones del terreno, haciéndoles asemejarse a una larguísima serpiente de vivos colores y relucientes escamas! Hubo un momento en que pude ver completa aquella formidable procesión, que ocupaba el vistoso anfiteatro de una verde ladera, cruzada redobladas veces por un camino que parecía cimentado sobre el aire... ¡Era ciertamente un espectáculo maravilloso!

Todo contribuía a embellecerlo: la luz de un sereno y resplandeciente día; el aseado aspecto de las tropas, armadas y equipadas de nuevo para esta guerra; la variedad de sus uniformes; los capotes celestes de los unos; los ponchos pardos de los otros; las mantas encarnadas de estos; las grises aplomadas de aquellos; aquí los pantalones colorados; allí los azules; los roses forrados de blanco de tal regimiento; las músicas, respondiendo como ecos desde la base hasta la cúspide del monte; la gallarda caballería; la misma feracidad monstruosa del suelo que pisábamos: todo, repito, conspiraba a hacer más vario y pintoresco el aspecto de tan interesante marcha.

En cuanto al orden con que se verificaba esta, era el siguiente:

Marchaba a vanguardia, y como explorando el camino, el batallón Cazadores de Segorbe, llevando detrás, como cada cuerpo, sus veinticinco camillas y cinco cargas de repuesto de municiones; seguían una Brigada de Artillería de Montaña y una Compañía de Ingenieros con su parque, y en pos de ella iba el General Comandante en Jefe de este cuerpo de ejército, con su Cuartel General y Estado Mayor, todos a caballo, escoltados por algunos Cazadores y Guardias civiles de Caballería. Después caminaba la Primera División, al mando del general D. José Turón, yendo al frente de cada una de sus respectivas brigadas los brigadieres Cervino y Mogrovejo. En seguida marchaba la Segunda División, mandada por el general D. Jenaro Quesada, y al frente de sus brigadas respectivas iban los brigadieres Otero y Mureta, formando la retaguardia un escuadrón del Regimiento de Caballería Cazadores de Albuera y un largo séquito de acémilas cargadas de víveres, muebles, tiendas y equipajes.

Vulgar y prosaica parecerá la Beocia de mi poema; pero no lo habría sido menos la del Cantor de Aquiles si la hubiera escrito en la tienda de Patroclo, para ser leída por los asistentes de Agamenón. La poesía sólo suena bien a larga distancia de las cosas: las figuras retóricas, como las grandes montañas, son para vistas desde lejos. Yo no comprendo la poesía épica de actualidad; dadme dos siglos de intervalo, o matad a todos los testigos presenciales de esta Guerra, pegando además fuego a cuantos periódicos la sigan al día, y ya veréis cómo escribo enumeraciones en toda regla, diciendo que los gallegos beben las aguas del Miño y llamando a los navarros «hijos del Pirene». ¡Puede que entonces encontrara muchos Diomedes y Ayaxes en esos capitanes y coroneles que se han batido ya contra tres o cuatro moros cada uno, pero que tienen la desgracia de ser contemporáneos de la historia!

Continúo. Eran ya las doce del día y seguía marchando el TERCER CUERPO. Las primeras avanzadas de los otros campamentos se habían quedado atrás, y nosotros caminábamos todavía. Todos se miraban como para comunicarse una misma idea y un mismo regocijo. ¡Nuestra buena suerte nos destinaba a ocupar la vanguardia de todo el ejército! La carretera continuaba amarilleando ante nuestros ojos... Habíamos andado ya mucho más de una legua... El mar, que siempre teníamos a nuestra izquierda, parecía como llamarnos hacia Tetuán... Y completaba esta ilusión nuestra el ver que a poca distancia de la costa, seguían lentamente nuestra marcha algunas lanchas cañoneras, prontas a auxiliarnos con sus fuegos en el caso de que el enemigo saliese a disputarnos el paso...

Yo no sé cuántas leguas hubiéramos andado en esa dirección sin sentir la menor fatiga: ¡tanto nos atraía la tierra que se dilataba ante nuestros ojos! Por lo demás, el terreno que pisábamos era sumamente pintoresco a fuerza de ser enmarañado y salvaje. Las regiones superiores de las montañas estaban cubiertas de romero y tomillo o de ásperos carrascales, mientras que en las vertientes crecían palmeras enanas, alcornoques, jaras y enebros, así como algunas hierbas de singulares flores, que no recuerdo haber visto en nuestra Europa. Relucía y murmuraba el agua en el fondo de todos los barrancos, desatándose por entre caprichosas guijas; saltaba bajo nuestros pies la caza como en un coto real, y en la azulada y radiante atmósfera se mecían todas aquellas aves que abandonan a España por este tiempo.

Llegamos, al fin, a unas alturas, y desde ellas divisamos cuatro o seis jinetes, que allá recorrían un alto monte, opuesto enteramente al que nosotros ocupábamos. Hicimos alto y en esto vimos bajar por la derecha, y con dirección a nuestras filas, otro jinete, que traía su caballo a todo escape. Era un amigo... Era un oficial de Estado Mayor, y venía a avisarnos que aquella distante cabalgata era la del general García, jefe de Estado Mayor, quien volvía de reconocer las posiciones en que iba a acampar nuestro cuerpo de ejército. Descendimos, pues, unos y otros al valle interpuesto entre los dos montes: el infatigable y valeroso general García conferenció con nuestro general, y entonces supimos que, por hoy, no debíamos pasar más adelante.

-¡Aquí tienen ustedes buen agua! -dijo el jefe de Estado Mayor de O'Donnell, como si dijera: Aquí tienen de todo.

Y en efecto, para comprender el valor y la importancia del agua, es necesario acampar, como nosotros acampábamos, en país deshabitado y desconocido. Fue, pues, el primer cuidado del general García llevar a Ros de Olano al nacimiento del valle y enseñarle aquel tesoro de vida, de salud y de limpieza. El agua bajaba de un obscuro e intransitable barranco, presentándose sosegada y al alcance de la mano cerca de las ruinas de una casa mora, en la cual se dispuso colocar centinelas, a fin de que la provisión del líquido precioso se hiciese con orden y economía; es decir, que el primer agua, o sea la más alta, se tornase para beber y guisar; la segunda se destinase a los escrupulosos caballos; la tercera se emplease en lavar, y la restante sirviese para fregar. De este modo, aquella flaca corriente podrá subvenir al consumo de diez mil hombres y mil caballerías.

Terminada tan interesante operación, García trazó en el aire con el dedo el perímetro de nuestro Campo, y partió hacia los otros Campamentos, donde, como veréis después, su presencia era también muy necesaria.

El recinto que se nos había señalado, y desde el cual escribo estas líneas, consistía en el estrecho valle citado antes y en las dos laderas de monte que descienden a él; o lo que es más claro, debíamos plantar nuestras tiendas en la cavidad del barranco, asomando nuestras avanzadas por las crestas fronteras al llano de Castillejos, todavía en poder de los moros, y dejando nuestra retaguardia en comunicación y contacto con los demás Campamentos españolas. Situados así, la defensa de nuestro frente quedaba confiada a nosotros mismos; a la espalda teníamos el terreno conquistado y ocupado por los otros Cuerpos de Ejército; nuestro flanco derecho podía ser protegido por el Reducto Príncipe Alfonso, y nuestro flanco izquierdo estaba guardado por el mar. Debíamos, por tanto, atender, sobre todo, a fortificar nuestro frente, vulnerable por muchos puntos, a causa de la elevación de los cerros de Castillejos y de los espesos bosques que los tapan.

Se comprenderá, por esta explicación, que el Camino nuevo de Tetuán quedará a nuestra izquierda, encerrado entre las olas nuestro Campamento, y que también está encomendado a nuestra vigilancia evitar que el enemigo se corra por ese lado y ataque la retaguardia de nuestros cuatro cuerpos de ejército considerados en conjunto... En cuanto a la fragosidad de los montes en que habíamos de acampar, solo diré que, luego que los recorrí, me pareció imposible que allí lograra sostenerse de pie cosa alguna, como no fuesen sus seculares malezas, ni transitar otra planta que la del moro o de la zorra. Y, aun si esto se concebía, era en vista de sus recientes huellas...

A eso de las cuatro vime obligado a volver a Ceuta, en busca de mi equipaje; pero no bien trepé a la primera altura que dominaba los sitios que yo había recorrido hacía tres horas, empecé a desconocer el terreno que pisaba y a no atinar con el camino que debía seguir. Y era que durante nuestra marcha, y a consecuencia de ella, habíase variado completamente la disposición de los otros Campamentos. Más de cuatro mil tiendas de campaña habían sido removidas de un lugar a otro, realizándose, en pos nuestro un gran movimiento de avance hacia el este, al abrigo de las posiciones que nosotros acabábamos de ocupar.

Pero si grande fue mi sorpresa al ver el cambio ocurrido en tan poco tiempo en las alturas del Otero y del Serrallo, mayor fue mi admiración cuando, al volver de Ceuta, avisté a lo lejos, sobre las cumbres selváticas en que nos alojó el general García, el Campamento del TERCER CUERPO completamente terminado.

Era ya cerca del anochecer, y, a la dudosa luz del crepúsculo, surgía ante mis ojos, como evocada por un mago, la Ciudad improvisada, de que hablaba hace poco. ¡Y qué graciosa y pintoresca perspectiva presentaba desde lejos! Imaginaos un terreno que bajaba en rápido declive desde los gigantescos picos de la Sierra de Anghera hasta las arenas de una playa enteramente lisa; figuraos un mar tranquilo, cobijado por un hermoso cielo, cuyo azul hacían más obscuro hacia levante las primeras sombras de la noche, mientras que los últimos fulgores del día lo abrillantaban hacia poniente; fingíos en la imaginación montañas que una vegetación tupida cubre de una capa sombría; y, escalonadas en sus flancos, mirad aquellas blancas tiendas, que parecen un rebaño de corderos o una banda de palomas. Añadid el brillo de alguna anticipada hoguera, el humo que se elevaba al horizonte, el cordón de soldados que bajaba por agua o subía con ella por la silueta de una loma, marcando la senda con sus propios cuerpos, como vemos en los ejércitos de hormigas; figuraos, en fin, la animación y la gritería de todos; las cornetas que llamaban a orden general; los caballos que relinchaban corriendo sueltos por el valle; las acémilas subiendo pesadamente por las cuestas pendientísimas; los golpes del mazo y de la pala; el remoto cañoneo de Ceuta, dando la oración; los de los buques que la repetían desde el puerto; la hora, el sitio, la lejanía de la patria, tantas y tantas extraordinarias sensaciones, y comprenderéis la profunda impresión que hizo en mi mente un espectáculo tan nuevo, tan solemne, tan inesperado.

Llegué, por último, a penetrar en este pueblo recién nacido (y ya bautizado con el místico nombre de La Concepción); lo recorrí por completo, y quedé maravillado al ver lo que se había hecho en menos de tres horas. Todo el espacio ocupado por las tiendas había sido descuajado, un bosque entero había desaparecido, enormes pedregales eran ya blancos collados, y todo este material inmenso formaba una sólida muralla en la extensa línea de vanguardia, de modo que nuestro Campamento quedaba perfectamente atrincherado y defendido por un parapeto de primer orden, del que se destacaban algunos pequeños reductos, fortificados también, en los cuales habían de pasar la noche cinco grandes Guardias avanzadas.

Para que se comprenda cómo ha podido verificarse semejante prodigio de actividad, va a serme forzoso dar a conocer una de las personas más distinguidas que figuran en este cuerpo de ejército; pero no lo haré sin protestar antes de mi firme resolución de escasear cuanto me sea posible en estos apuntes los nombres propios, pues obrar de otro modo fuera cuento de nunca acabar, tratándose de una campaña en que todos rivalizan en celo, desinterés, arrojo y patriotismo. La persona a quien aludo es el Sr. D. José Ignacio de la Puente, coronel jefe de Estado Mayor del TERCER CUERPO. ¿Recordáis la descripción que hice en Málaga de los sobrehumanos esfuerzos que se habían necesitado para organizar, equipar, aprovisionar y remover estas dos divisiones? ¿Recordáis que hablé de la laboriosidad incansable, de recursos inesperados, de medios inverosímiles, de resultados milagrosos? Pues la mitad, cuando menos, de todas aquellas maravillas se debieron al desvelo constante, a la fecunda inventiva, a la previsión, a la ubicuidad, a la multiplicación de ese entendido jefe, en quien todos cuantos lo vieron durante tan difíciles circunstancias, reconocen, como yo, un portento de movilidad y una gran inteligencia organizadora. Y él ha sido también quien, secundando acertadamente los pensamientos del general Ros de Olano, y utilizando la pericia de nuestros entendidos ingenieros, el don improvisador de nuestros soldados y el buen deseo y la actividad de todos, ha dirigido y llevado a feliz término la obra de titanes, de convertir en menos de tres horas una enmarañada selva en una ciudad fortificada.

Pero insisto demasiado en lo de ciudad, y esto me recuerda que hace algunas páginas ofrecí trasladar a humilde prosa aquellas figuras poéticas con que tracé el plano de nuestro Campamento. Hablaba yo allí de boulevard, de palacio, de iglesia y de no sé cuántas cosas más... Pues bien, oíd la explicación de este misterio. Llamé, palacio a la tienda de nuestro general, y ciertamente que merece tan pomposo nombre si se la compara con los restantes edificios de La Concepción. La tienda de Ros de Olano, a diferencia de las demás que la rodean (que son de cáñamo liso y constan de una sola estancia), es de una tela listada a grandes rayas blancas y de color de rosa, y se divide en un atrio o porche, y en un aposento interior. Tantas comodidades (¡algo mayores la tiene un pastor de Sierra-Nevada!) justifican que yo tome por un palacio la tienda de mi ilustre amigo. Di el nombre de boulevard, y debí darle el de faubourg, al terreno ocupado por el Cuartel General y por el Estado Mayor; pues además de sobresalir del resto de la población por sus hileras de altas tiendas, acudirán a él al cabo del día todos los jefes y oficiales de los demás barrios, viniendo ya a tomar órdenes, ya de visita, ya a consultas, ya de paseo. La iglesia es una capilla ambulante, que ya describiré cuando la abran y digan misa en ella algún día festivo; el hospital se reduce a algunas vastísimas tiendas, donde se hará la primera cura o se darán las primeras medicinas a los heridos y enfermos, después de lo cual serán trasladados a Ceuta, o a otros puntos; las puertas de la ciudad son unos portillos abiertos en la trinchera para salir al campo enemigo; la casa-tribunal es la tienda de la Auditoria de guerra, las manzanas de casas las forman los grupos de tiendas de cada compañía; las calles, cada batallón; y por este orden sigue siendo exacta la pintura que hice más arriba.

Tal es, torpemente bosquejado, el paraje en que hemos de permanecer no sé cuántos días. Ya esta tarde (según acaban de decirme) algunos destacamentos de moros se han asomado a las montañas más próximas a nuestro campo, con objeto, sin duda, de examinar a los nuevos enemigos que ha arrojado la mar sobre sus costas, y estudiar las posiciones que hemos ocupado. Es de presumir que esta noche formen su plan de ataque, y que mañana, al amanecer nos veamos frente a frente. Tampoco fuera extraño que vinieran dentro de algunas horas, protegidos por las tinieblas, creyéndonos desprevenidos y entregados al sueño... No ha sido, pues, inútil nuestra celeridad en fortificarnos. Por lo demás, nadie dormirá esta noche (es la orden que se ha dado); y a pesar de tener un cordón de avanzadas y de escuchas en torno de la frontera, el Campamento será recorrido de hora en hora hasta por los jefes que no estén de servicio.

En tal estado de inquietud, de curiosidad y de expectativa trazo estos renglones. perdóneseme de una vez para siempre su desaliñado y bárbaro lenguaje, en gracia de la precipitación y de la fatiga con que los escribo.

A las doce de la noche.

Vengo de recorrer la trinchera. Hace luna. ¡El más profundo silencio reina en nuestro campo, y, sin embargo, nadie está dormido! Creo que los moros no nos inquietarán por esta noche. Hacia la parte por donde pudieran venir, tampoco se siente rumor alguno... Sólo el gemido de las olas turba la solemne calma de la naturaleza.

Al pasar por ciertos parajes hemos visto moverse alguna cosa entre las matas, pero sin hacer ningún ruido... Eran nuestros escuchas, que se incorporaban al sentirnos llegar.

-¡Cuidado con dormirse! -les decía entonces algún jefe.

-¡No hay cuidado! -murmuraban ellos.

Y volvían a sentarse, liados en sus mantas, con la carabina terciada sobre las piernas.

Nada tan fantástico como aquellas figuras, medio ocultas por las tinieblas, medio dibujadas por el astro de la noche... A veces se las confundía con una peña o con la sombra de un árbol; otras veces, los árboles y las peñas tomaban a nuestros ojos la forma de emboscados vigilantes.

De cualquier modo, creo que es cosa de dormirse, y venga lo que viniere.



 

- VIII - Moros y cristianos.

Día 15 de diciembre.

Los moros no se han hecho esperar. Veinticuatro horas hace que acampamos en estas posiciones, y ya nos han visitado en son de guerra. El TERCER CUERPO ha recibido el bautismo de sangre: el ejército español registra una nueva fecha de gloria. ¡Dios ha oído los votos de aquellos soldados que ardían de impaciencia dentro de los muros de Málaga, al ver comenzada la guerra sin que ellos tomasen parte en sus triunfos y en sus peligros! Sí hoy han tenido el placer de batirse al lado de las insignes y venturosas tropas que inauguraron esta campaña, y, como ellas, han hecho huir espantados a los audaces marroquíes, que con tanto aparato y en tal número habían atacado a las nuevas huestes españolas.

Oíd ahora la relación de lo sucedido, hecha por un profano en la ciencia militar, que hasta hoy no había presenciado una acción de guerra.

Pasó sin novedad nuestra primera noche de campaña, y a eso de las seis de la mañana oyose a lo lejos la diana del cuartel general de O'Donnell. Repitiéronla todos los cuerpos de ejército, acompañándola de los vivas y aplausos de costumbre, y todos sacamos la cabeza fuera de nuestra tienda.

Aún hacía luna, pero una franja de oro extendida por la lontananza del mar indicaba la proximidad del sol. Reaviváronse las hogueras del Campamento; los soldados empezaron a preparar su café, y las grandes guardias comenzaron a hacer las descubiertas.

Esta operación es otra de las más solemnes de un ejército en campaña, y tiene por objeto averiguar si durante la obscuridad de la noche se ha emboscado el enemigo cerca de las trincheras. Hácese, pues, luego que ha amanecido completamente, y con las más minuciosas precauciones... Después se colocan centinelas en los puntos avanzados, y se retiran a sus tiendas los escuchas; o, lo que es igual, la vigilancia de la vista sustituye a la del oído.

Todo esto se llevó hoy a cabo sin novedad pero a cosa de las ocho, y precisamente en el momento que se daba orden a los cuerpos de formar con vista al campamento del general O'Donnell, donde se celebraba una misa de réquiem en sufragio de los muertos en esta campaña, recibiose aviso de que por la parte de Tetuán se presentaban fuerzas enemigas...

Un movimiento de júbilo y curiosidad circuló por todo nuestro campo, y el general Ros subió a la trinchera rápidamente, seguido de su Estado Mayor y Cuartel General, dictando al paso disposiciones preventivas.

¡Mas, para el TERCER CUERPO, lo primero era verlos!... -Pronto los vimos-. Allá, sobre la cumbre de una montaña, que distaría un cuarto de legua de nosotros, percibíase, efectivamente, destacada en silueta sobre el cielo, una línea de extrañas figuras, a pie y a caballo, todas vestidas con largas ropas blanquecinas y formando una procesión clásica y severa, que parecía copiada de una escena de teatro. Nada faltaba para completar la ilusión: ni el brillo de sus largas armas; ni la bandera amarilla, llevada a la grupa por algún jinete; ni los ondulantes albornoces; ni el gallardo andar de los caballos, que así corrían entre peñas y matorrales como si pisasen arena del desierto...

¿Quiénes eran? ¿Cuántos venían? ¿Cómo se llamaban sus jefes? Todos lo ignorábamos... ¡Y ésta es la causa del prestigio que ejercen sobre nuestra imaginación!

En las demás guerras, se sabe el número y calidad del enemigo; se conocen sus recursos, su procedencia y sus intenciones; se tiene idea del camino que ha traído y del lugar en que dejó su campo... Pero, al ver aparecer a los moros, no se sabe sino que están allí; que lo mismo pueden ser un millón de hombres que una guerrilla de ciento; que la tierra que pisamos los cría, y que nuestra presencia los levanta de sus madrigueras; que vienen contra nosotros, como vinieron ayer y como vendrán mañana, sin que tantas derrotas consecutivas los desalienten, ni tan enormes pérdidas los aminoren, ni nuestra superioridad los intimide, ni nuestro valor los acobarde.

Tales pensamientos me inspiraron a primera vista aquellas gentes, que nos revelaban su existencia con su hostilidad. Su número se aumentaba entretanto de una manera prodigiosa. Cada mata, cada piedra vomitaba uno de aquellos seres fantásticos; los bosques se cuajaban de ellos; descolgábanse de las cordilleras, cual copos de lana; surgían como niebla del fondo de los valles; erizaban materialmente la línea del horizonte... En seguida desaparecieron a nuestros ojos, corriéndose sin duda por ocultos barrancos.

En efecto: media hora después, una de aquellas extrañas figuras asomó la mitad del cuerpo por detrás de unas piedras situadas a quinientos pasos de nuestra trinchera; extendió hacia nosotros su larga espingarda..., y, antes de que apareciese el humo de su disparo, dos o tres detonaciones habían resonado ya en una de nuestras avanzadas, donde se hallaba la 3.ª compañía de Cazadores de Segorbe. Un nutrido fuego partió entonces de la línea enemiga, y ya no se vieron más que dos largas bandas de humo, marcando la posición de cada fuerza contendiente...

Y he aquí todo lo que un pintor de batallas puede trasladar al lienzo en este linaje de acciones: un croquis topográfico y más o menos humareda. Añadid los silbidos de las balas, ásperos y breves como un siseo cuando el proyectil va caliente; largos y quejumbrosos cuando va frío; figuraos los alaridos de los moros, que gritan de una manera bufona, inocente, infantil; imaginaos, finalmente, alguna que otra sombra humana moviéndose o cayendo entre aquella nube engendrada por la pólvora, y tendréis completa idea de los combates a fuego graneado, que son los que hasta ahora abundan más en esta guerra. En otra ocasión, si llego a verme sumido en el báratro de furor y agonía que suelen velar esos remolinos de humo, os escribiré sus interioridades.

Los moros fueron rechazados por la mencionada Compañía de Segorbe (que tenía orden expresa de permanecer a la defensiva), y entonces, desesperanzados de atraernos a los bosques y cañadas, donde prefieren combatir por serles más ventajoso, creyeron conveniente correrse a la derecha, a ver si eran más afortunados con nuestros compañeros del PRIMER CUERPO.

Pero salioles mal la cuenta: el Reducto Príncipe Alfonso empezó a cañonearlos vivamente, luego que los tuvo a tiro, y el intrépido general Gasset, famoso ya en esta guerra, y el general García, que es tan bravo en la lid como prudente en el consejo, los rechazaron valerosamente, expulsándolos del bosque en que se parapetaban. Un batallón del Rey, el de Simancas y el primero de Granada, con su bizarro coronel a la cabeza, bastaron para alcanzar tan señalado triunfo contra los miles de moros allí emboscados.

Volvieron, pues, estos nuevamente a intentar caer sobre la derecha del TERCER CUERPO; ¡pero como en aquel intervalo el general O'Donnell nos hubiese enviado una compañía de Artillería de Montaña, aquí principia la parte divertida de la acción de hoy!

Ros de Olano dejó acercarse a los moros cuanto quisieron, sin inquietarse de sus alaridos ni de las banderas que tremolaban ante nuestros ojos; pero luego que los vio a distancia y apiñados como manada de ovejas, mandó hacer fuego a la artillería, que por más señas era rayada...

La puntería no dejó nada que desear; los proyectiles cayeron precisamente sobre la caballería agarena; y si grande fue el desorden y la dispersión que introdujeron en sus filas, mayor fue el alboroto que movieron en nuestro campo, donde los soldados, no pudiendo contener su rencorosa alegría, estallaron en vítores y palmadas. Siguieron los disparos: los moros huían en todas direcciones, sin lograr sustraerse al alcance de nuestras piezas; los infantes, con los jaiques recogidos, como damas que andan sobre lodo, corrían por los cerros con la ligereza de liebres perseguidas; los jinetes, tendidos sobre el cuello de sus caballos, desaparecían en la espesura de los bosques; alguno que otro, sin reparar en que no nos encontrábamos a tiro, asomaba por una ladera, revolvía el corcel con las rodillas, disparaba su espingarda, y se marchaba a todo escape por donde había venido; y tampoco faltaba quien se encarase con nosotros, desplegara y sacudiera su blanca vestidura, como si quisiera volar, y gritara con una voz muy semejante al maullido del gato: «¡Perros! ¡Perros!»

Lo repito: fue aquel un rato de verdadera fiesta; el soldado se divirtió honestamente, y yo... ¡yo no hacía más que pugnar por imaginarme lo que pensarían y hablarían de nosotros aquellos infortunados circuncisos!...

En tal situación, Ros de Olano recibió orden del general O'Donnell de hacer avanzar algunas fuerzas por su frente, a fin de envolver la derecha enemiga. Salieron al efecto los batallones de Baza, Ciudad-Rodrigo, Segorbe y uno del Infante, mandados por el bravo brigadier Cervino; pero los moros huyeron precipitadamente, no sin batirse algunos en retirada con dos o tres de nuestras guerrillas... Como yo iba con mi batallón en este ataque, he tenido ocasión de examinar de cerca aquel cadáver sin cabeza que vi hace dos días desde el Reducto Príncipe Alfonso. Era, en efecto, un español. Sus blancas y delgadas piernas, revelaban a uno de esos gallardos cazadores, igualmente admirables en la revista que en la pelea... Al verlo allí, tan perdido y abandonado, sin nombre ni historia, sin que palabras de consuelo hubiesen endulzado su agonía, ni nadie después lo reconociese y lo llorase, pensé en que aquel infortunado tendría en alguna parte una familia o, cuando menos, amigos que lo despedirían al partir para la guerra, un corazón que latiría por él, una cuna que lo recordara, una página de un libro bautismal..., ¡y que, sin embargo, nunca se sabría cómo, ni dónde, ni cuándo había terminado su vida! ¡Ah! Por lo menos, su mutilado cadáver dormirá ya en el sello de la madre tierra, y su alma cristiana, al desaparecer del mundo, ha obtenido la santa bendición que recibió al venir a él. ¡Descanse en paz el mártir de la patria!

Cuando regresamos a nuestro Campamento, los ecos triunfales de la Marcha Real resonaron en nuestros oídos. Era O'Donnell, que llegaba seguido de su Estado Mayor, Cuartel General y brillante escolta, cuyos lujosos uniformes y bruñidas armas resplandecían a la luz del sol, próximo a ocultarse...

El conde de Lucena, había asistido personalmente al combate del PRIMER CUERPO, y, como observase que el enemigo se corría hacia nuestro lado, acudía a presenciar allí otra victoria.

Desde luego comprendió que el brigadier Cervino la había conseguido ya con creces, y le mandó retirar sus guerrillas, dando así por terminada la acción de hoy. Permaneció después algunos instantes viendo cómo se alejaban los moros, hasta que, repentinamente y con muy expresivo ademán, volvió el caballo hacia el campamento del Otero, adonde se encaminó sin hablar palabra.

En cuanto a los africanos, pronto se perdieron en las sombras de la noche. ¡Allá iban, liados en sus jaiques, subiendo la montaña en larga procesión, sin mover los brazos para andar, caminando (según la expresión de nuestro grande artista Vallejo) con paso bíblico, y volviéndose de vez en cuanto, quizá para maldecirnos, tal vez para jurarnos una pronta vuelta!



 

- IX - Día de huelga. -El Campamento por dentro.

16 de diciembre.

El día de hoy ha sido de completa paz; y como la paz es protectora del trabajo, nuestros soldados se han entretenido desde esta mañana en concluir los caminos interiores del Campamento, en acondicionar mejor sus viviendas, en lavar ropa, en cazar conejos y liebres y en perseguir zorras por entre los matorrales. También se ha cosido, se ha planchado (a nuestra manera), se han limpiado las armas, se ha hecho gran provisión de leña, ha salido a relucir el negligé de cada uno, se nos han presentado expendedores de vino, de tabaco y de otros artículos preciosos, y, lo que es más importante que nada, se ha descubierto que esta selvática soledad no es por completo improductiva.

Primeramente, tenemos el susodicho ramo de liebres y conejos, con más algunas perdices, algo distintas de las de Europa, y dos o tres perros, agregados al cuartel general, que se encargan de levantarlas. Tenemos también exquisita pesca en la vecina mar, y mariscos en las colindantes rocas. Tenemos heno para los caballos y para nuestras camas, y jazmines silvestres muy olorosos para el ojal de la levita... Hemos encontrado, además, un prado sembrado de cebollas y otro de maíz, todo ello a muy poca distancia... ¡De las cebollas dicen los soldados que están en buen uso, y del maíz ya sólo quedan las cañas!

Hay, en fin, aquí muchos alacranes y demasiadas moscas para la estación en que nos hallamos. Y a propósito: disfrutamos, a la sombra, de una temperatura inmejorable (12 grados Reaumur), y hasta hoy son muy contadas las bajas que experimentamos por enfermedad, aunque lo húmedo del terreno nos hace presentir que el cólera, reinante en los otros campamentos, no tardará mucho en visitarnos.

Los soldados toman esta vida por el lado alegre, alejando, cuanto les es posible, su imaginación de toda idea lúgubre y dolorosa... Verdad que otras veces, al referirse a su existencia pasada, todos lo hacen con aquel acento de supremo juicio que se emplea en la redacción de los testamentos, cual si ya mirasen el mundo a gran distancia, y hablan de los afectos y de las pasiones con la severa frialdad característica de los ascetas o de los ancianos... Pero todo ello es muy natural: la inminencia de la muerte, el constante peligro que se arrostra, el abandono y soledad en que cada uno se encuentra, hacen que la vida se reconcentre en el propio corazón, apartándose de todos los objetos exteriores. ¡El náufrago que lucha con las olas no se acuerda de los tesoros que ha perdido hasta que toca la orilla con sus manos!

Conque prescindamos también nosotros de estas consideraciones, que hoy es día de paz y de contento. Y digo de contento, porque la vida de campaña ofrece verdaderos atractivos, aun prescindiendo de su novedad y de su poesía.

En el Campamento no hay mujeres, y esto, que a primera vista parece, y lo es en cierto modo, su mayor contrariedad, constituye también su especial encanto y la esencia de sus peculiares goces. Desde luego, nótase entre los hombres más concordia, más buena fe, más confianza: son, como quien dice, unos... Adanes libres de Evas y de serpientes tentadoras. El amor propio no se halla excitado a cada momento, como acontece en el mundo, por los fallos y sentencias de la mujer, juez inapelable, y casi siempre injusto, del torneo de la sociedad.

Las verdaderas prendas del individuo, su bondad o su talento, su valor o su honradez, se sobreponen a otras cualidades secundarias muy estimadas en el mundo: a la elegancia, por ejemplo, a la hermosura, a la celebridad, al dinero. Como no hay que agradar a ninguna hembra, nadie se cuida de su adorno personal, de su rostro ni de sus movimientos. El hombre es más hombre, en fin, y, por consiguiente, más verdad.

Sin embargo, no seré yo quien se conforme con la supresión del bello sexo. Mucha, muchísima, quizá demasiada tranquilidad nos proporciona su ausencia; pero, ¡ay!, en cambio, ¡de qué suaves inquietudes nos priva! La sociedad de hombres solos es árida, seca, ruda, descortés. La mujer pule, suaviza, redondea las asperezas del trato. Ella es el primoroso engaste de los afectos, el blanco pasto del alma. Sin ella, nuestra voluntad, nuestra actividad, nuestros esfuerzos no van más allá de lo útil, de lo necesario, de lo cómodo, de lo real y tangible. Su mágica influencia es la que nos abre horizontes ideales, la que nos revela un mundo, superior. Porque esta es la verdad: nuestro espíritu se encuentra aquí completamente ocioso; nuestras mas nobles facultades duermen sin empleo; nuestros cuidados son puramente materiales; nuestros sentimientos pudieran llamarse instintos. ¡La mujer es la belleza, es el pudor, es el arte, y donde ella falta, todo es naturalidad; quiero decir, todo es desaliño, todo es desnudez, todo es abandono! Aquí somos más libres, porque somos más salvajes; aquí estamos más tranquilos, porque existimos menos; aquí se revela más nuestra naturaleza, porque somos menos artistas. La mujer, por consiguiente, es la inspiradora del arte y el alma de la sociedad.

Dicho esto, solo me resta entreabrir los lienzos de mi tienda e invitaros a pasar conmigo dos horas de velada, a fin de que acabéis de conocer todos los secretos de bastidores que son anejos al gran espectáculo de la guerra.

Empiezo por confesar, no sin cierto rubor, que la tienda en que os introduzco, aunque habitada por dos soldados rasos, Rombado y yo, ostenta más comodidades que las de nuestros oficiales y jefes. Prefiero revelaros esta debilidad a mentir unos méritos que no me he atrevido a contraer. Los trabajos y privaciones del simple soldado son superiores a mi viciada naturaleza, y ¡gracias que pueda sufrir lo que aquí se entiende por regalo!

Supongo que apenas tendréis idea muy vaga de lo que es una tienda: yo, por lo menos, cuando salí de Madrid, sólo las había visto pintadas. Una tienda es una especie de paraguas sin puño, cuyo bastón descansa (pero no se clava) en el suelo, mientras que toda la circunferencia de la tela está sujeta a la tierra por medio de cuerdas y de estacas. El palo de las de modelo español, o sea de la que describo, forma por arriba una especie de T, y su base traza sobre el suelo una elipse no muy prolongada. El espacio comprendido en esta especie de enagua medirá, por la parte mas extensa, unos seis pasos; pero de ellos solo pueden andarse tres sin inclinar la cabeza, ni más ni menos que acontece en las buhardillas. La elevación del techo por en medio de la tienda no llegará a tres varas, y desde esta altura va menguando hasta llegar a cero. La tela es casi igual al velamen de los barcos, de cáñamo muy tupido; que se moja, pero no deja paso al agua; y, en cuanto al viento, para mayor garantía contra él, arrancan desde lo alto del edificio cuatro largas cuerdas, que van a fijarse en el suelo, cada una en dirección de un punto cardinal. Estas cuerdas toman el nombre del enemigo que combaten: se llaman vientos. La entrada de semejante choza se cierra poco más o menos como el corsé de una dama, o sea por medio de cordones y ojetes, y para los días de calor, tiene además el lienzo algún postigo, que recuerda... los pantalones de nuestros antepasados.

El ajuar de esta tienda (que repito es de lujo) consiste en tres banquillos de tijera, por el estilo de los que llevan a misa algunas señoras; en una mesa, también de tijera, cuya tabla se quita y se dobla, y en dos camas de hierro y lona, que se abren y se cierran como las cartas. A esto se reduce lo permanente; pero ahora entran los arreglos e invenciones.

Una botella que ayer tuvo vino, sirve hoy de candelero. Un hoyo, abierto en medio de la alfombra (la alfombra es de verde hierba), hace las veces de chimenea y encierra algunas brasas... que nos envían de la cocina (ya hablaré de la cocina). El palo de la tienda es percha y armería: de él penden anteojos, estuches, espadas, revólveres, carteras, impermeables... Un caballete, improvisado con tres ramas de enebro, sostiene los arreos de los caballos, menos los maletines de grupa, que hacen oficio de almohadas. Algunas latas que contuvieron conservas suplen por los jarros que no tenemos, y cada uno de nosotros lleva en el bolsillo su cuchara y hasta su tenedor y navajilla, a fin de no encontrarse nunca desprevenido. ¡La verdad ante todo: poseemos también una aljofaina de metal, que no venderíamos por todo el oro del mundo, y una máquina para hacer café, que no descansa en todo el día!

En cuanto a la cocina, excuso decir que se halla a nuestra puerta, y que consiste en una gran fogata, donde siempre arde medio alcornoque. Allí andan por el suelo cuatro o seis platos y tazas de cine, que sirven para el té, para el café, para el agua, para el vino, para la sopa, para las entradas y para los postres. Un cántaro con agua, un tonel con vino, algunas botellas sueltas y un par de capachos llenos de víveres completan nuestro precioso haber...

La verdadera cuadra de nuestros caballos la forman el pienso y la querencia. Las de los dos burros encargados de transportar esta casa, se extiende a todo el Valle del Tarajar, donde no les falta hierba en que pacer.

Por último, tenemos un criado malagueño, que se llama Soriano, y que guisa, según que Dios le da a entender, nuestras raciones de soldados y las provisiones que, a peso de oro, podemos agenciar, hoy que todavía nos comunicamos con Ceuta.

Nuestra postura favorita es la horizontal. Tendidos en la cama, ya sea boca arriba, ya boca abajo, se lee, se escribe, se dibuja, se contempla el mar, el campamento, el camino de Tetuán y el camino de España. ¡Mirado desde aquí, el Mediterráneo se nos presenta en toda su longitud, o sea de poniente a levante; lo cual quiere decir que la lontananza imaginaria de nuestro horizonte es la Tierra Santa, la cuna del cristianismo, el teatro de las guerras de las cruzadas!

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Conque hablemos ya de cosas más importantes.

Hoy ha desembarcado en Ceuta, mucha artillería nuestra (así acaban de decírnoslo los asistentes que han estado allá). El SEGUNDO CUERPO se ha ocupado en talar arbolado, para que los moros tengan menos guaridas desde donde asesinarnos alevosamente. El CUERPO DE RESERVA, al mando de Prim, ha protegido los trabajos del Camino de Tetuán. El PRIMER CUERPO ha estado a la vista de la construcción de un nuevo Reducto, llamado del Cardenal Cisneros. Y nosotros hemos pasado en huelga todo el día, viendo cruzar barcos españoles, que andan reconociendo esta costa, por donde ha de marchar el ejército de que hoy somos vanguardia. Dichos barcos nos surtirán de víveres y municiones, y recogerán nuestros heridos y enfermos el día que nos incomuniquemos con Ceuta... Su vista, pues, nos ha regocijado como si viésemos que la madre patria se nos acercaba...

Pero dejemos esto. Ahora es de noche; ahora no se ve desde la cama sino el sudario de lona que nos envuelve, ocultándonos todos los horizontes de la vida...

Por eso, al sonar el toque de retreta, se tapa uno la cabeza con la manta; apaga la luz, y, con espuelas y todo, da media vuelta y se queda dormido, no sin recordar antes hacia qué lado está la empuñadura de la espada, por si hay alarma a media noche.

Finalmente: ¡el que no se duerme pronto suele pensar en varias cosas, cuyo valor sólo conoce en aquel momento; v. gr., en el placer de desnudarse, en el de dormir entre sábanas, en el de meterse en un baño, y en otros muchos placeres que no agradeció a Dios ni al diablo cuando se los brindaba con mano pródiga!

 

- X - Alarma. -Otra acción. -Carga a la bayoneta. -La vuelta al Campamento.

17 de diciembre, por la mañana.

Anoche, a poco de dormirme, me despertaron algunos tiros. Salté de la cama, y partí en busca del general Ros.

Terrible agitación reinaba en el Campamento. Los soldados salían de debajo de sus tiendas, arrastrándose silenciosamente. Los oficiales corrían en todas direcciones, encargando que no se disparara ni un solo tiro, a fin de que nuestros soldados no se fusilasen unos a otros. La obscuridad era densísima.

-¿Qué sucede? -pregunté al primero que pasó cerca de mí.

-¡Ya no es nada! -respondió-. Los moros han intentado sorprender nuestro campo por dos partes a un mismo tiempo: por el nacimiento del agua y por el mar; pero nuestros escuchas les han hecho fuego, y los muy perros han huido...

Un cuarto de hora después salió la luna. Practicose un escrupuloso reconocimiento en nuestras avanzadas: no se encontró a nadie, y todas las tropas que no estaban de servicio volvieron a sus tiendas.

Yo me acosté también, y volví a mi interrumpido sueño, confiado en la vigilancia de los que estaban de trinchera y en el benéfico fulgor del astro de la noche.

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Ahora, que son las nueve de la mañana, acaba de saberse que el general Prim va a ser atacado de un momento a otro por los marroquíes, a quienes ha visto dirigirse contra los batallones de Reserva.

El general Ros de Olano recibe orden de proteger a Prim, y, en su virtud, dispone que algunos batallones, al mando del general Turón, vayan a establecerse por escalones en las montañas de la izquierda. Por otra parte, los vapores de nuestra escuadra, que siguen todas las operaciones del ejército en cuanto el fondo del mar se lo consiente, empiezan ya a disparar algunos cañonazos hacia la llanura de Castillejos.

Decididamente, los moros tienen nuevas municiones que gastar.

A las ocho de la noche.

La acción de hoy se ha parecido mucho a la de anteayer, como probablemente se parecerá a la de mañana.

El combate, que termina ahora mismo, comenzó en el terreno ocupado por el general Prim, y vino a formalizarse contra el TERCER CUERPO. Porque es el caso que la construcción del camino de Tetuán sigue a cargo del conde de Reus, quien no sólo la protege con sus batallones, sino que a veces la dirige personalmente, dando órdenes inmediatas a los ingenieros. El acierto y la energía con que hace ambas cosas han dado lugar (y esto me lo ha contado hoy el mismo Prim con graciosa ufanía) a que el general O'Donnell lo proclame el primer peón caminero de España.

Pues bien: esta tarde, a las tres, los moros, persistiendo en su empeño de estorbar los trabajos de dicho camino (que por cierto adelantan rápidamente), atacaron por el centro y la derecha al conde de Reus; pero este los rechazó sin gran dificultad, pudiendo retirarse tranquilamente a su Campamento, luego que dio de mano a sus trabajos.

Los moros habían cambiado entretanto el movimiento y atacado rudamente a nuestras fuerzas, que, según ya dije, habían avanzado a proteger al general Prim. El aguerrido y austero general Turón recibió al enemigo con cuatro batallones, el de Zamora, el de Baza, el de Ciudad-Rodrigo y el segundo de Albuera, los cuales bastaron para tenerlos a raya a hasta muy entrada la noche, que volvieron a nuestro Campamento.

En cuanto a mí, juzgo de bastante interés relatar algunos pormenores de cosas que he visto esta tarde con mis propios ojos en uno y otro cuerpo de ejército; pues advierto que hoy me he aventurado a ir de un lado a otro, sin más dirección ni garantía que mi instinto, lo cual me ha costado cariñosos regaños de mis superiores...

En los comienzos de la acción, el estruendo lejano de la fusilería me hizo comprender que el fuego era hacia la orilla del mar; y recordando los avisos de por la mañana, tomé resueltamente la dirección de la costa en busca del camino de Tetuán.

Mucho terreno anduve sin encontrarme a nadie, después que rebasé las avanzadas de nuestro campo; y si la flamante novedad de la carretera no me hubiese convencido de que era la construida por nuestras tropas, y de que la División de Prim debía de encontrarse más adelante, indudablemente habría vuelto grupas, temeroso de haberme metido donde nada bueno me pudiera acontecer.

Al cabo de algún tiempo divisé al fin gente en el fondo de un barranco cruzado por un puentecillo de madera recién construido. Eran cuatro soldados nuestros que traían un herido en una camilla y la habían dejado en tierra para descansar.

El herido pertenecía al regimiento del Príncipe; tenía un balazo en una pierna, y refería a sus conductores el comienzo de la acción que se estaba dando. Por él supe que no iba descaminado, y que a dos tiros de carabina de aquel lugar (esta fue su frase), me encontraría en el cuartel general de Prim.

Nuevos heridos y muchos ingenieros que volvían de los trabajos me sirvieron después de guía, y al fin llegué a incorporarme a aquellas tropas, precisamente en el instante en que un batallón del Príncipe daba una carga a la bayoneta allá sobre levantada loma.

El conde de Reus se había apeado y miraba ansiosamente con los anteojos aquella enérgica arremetida.

Dos veces se oyó a lo lejos un ardentísimo ¡viva la Reina!, y dos veces también vi trepar a nuestros soldados por la empinada ladera hasta que desaparecieron por el otro lado. Cesó el fuego un momento, en prueba de que huía el enemigo; volvió a resonar más distante, como señal de que se había refugiado en otra altura, y los del Príncipe reaparecieron, efectivamente, en la loma que acababan de conquistar, desde donde empezaron otra vez el fuego.

-¡Camillas! ¡Camillas! -gritábase entretanto desde aquella altura...

-¡Este grito sigue siempre a las cargas a la bayoneta! (me dijo un jefe al verme fruncir el entrecejo). ¡Y se comprende bien (añadió): cargar a la bayoneta es arrostrar el fuego enemigo a boca de jarro, con la cabeza baja, sin más escudo que la buena suerte! ¡Algunos han de caer!... Pero ¿qué importa, si en un minuto se ahorran las pérdidas y el trabajo de una hora de tiroteo?

Las camillas partieron, y yo detrás de ellas. Los que las conducían me enteraron del camino que debía seguir para encontrar las guerrillas del TERCER CUERPO (que no debían de estar distantes, a juzgar por sus disparos); y, en efecto, un poco más allá encontré a un soldado, herido en un brazo, que se retiraba por su pie en busca de un médico.

-¿De dónde eres tú? -le pregunté.

-Del segundo de Albuera -me respondió con cierta vanidad.

-Y ¿llevas mucho? -volví a preguntarle.

(Esta es la fórmula acostumbrada.)

-Poca cosa: un chaspón en este brazo... -me contestó sonriendo.

La mano le chorreaba sangre.

-¿Quieres un pañuelo? -le dije entonces.

-¡Quia! -exclamó, poniéndose colorado-. Mañana vuelvo por otra.

Y se marchó tan satisfecho, como si en vez de una herida llevase en el brazo tres galones.

Siguiendo la dirección que había traído aquel soldado, di por último con una compañía que estaba sentada entre unos matorrales, y que por sus capotes celestes conocí ser Cazadores de Baza.

El general Turón, el brigadier Cervino y algunos otros jefes se hallaban también allí.

Era aquél un paraje comprometidísimo, pero que no se podía abandonar hasta que se retirasen las guerrillas, so pena de que los moros se situasen en él y las envolviesen completamente.

Anochecía: las balas silbaban sobre nuestras cabezas o se aplastaban en las rocas que había a nuestro alrededor.

Y, sin embargo, aquella compañía se veía imposibilitada de contestar a este fuego, ya porque no se divisaba el enemigo en ningún lado, ya porque se exponía a fusilar a sus compañeros.

Así se pasó media hora.

Durante ella oímos cerca de nosotros cinco gritos ahogados: los dieron cinco cazadores de los que estaban sentados en torno nuestro, al sentirse heridos por las invisibles balas.

Vuelvo a, decirlo: un solo grito se oía por cada uno que recibía un balazo; grito sordo, prudente, de resignación, paciencia y heroísmo. Sus compañeros levantaban silenciosamente al infortunado y se lo llevaban al Campamento, sin que ni el general, ni el compañero, ni el camarada se diesen por entendidos del caso. Y, sin embargo, todos lo sabían y lo deploraban.

Súpose, al fin, que podíamos retirarnos, por haberlo hecho ya nuestras guerrillas, y si mucho admiré la actitud de aquellos soldados, inmóviles bajo una lluvia de plomo, más asombro me causó ver el orden con que emprendieron su retirada, en medio de las tinieblas, por un terreno intransitable.

Lector: ¿has entrado en tu pueblo natal después de muchos años de ausencia? ¿Has encontrado posada, lumbre y humanos seres, después de haber perdido el camino y de haberte hallado desamparado y solo, en medio de la noche, luchando con la nieve o con la tormenta? ¿Has visto a tu madre abandonar el lecho después de una larga enfermedad?

Pues una cosa semejante a la que sentiste en aquellas circunstancias experimentarías al ganar de noche la trinchera de tu campamento después de un día de tribulación y combate... ¡Sólo entonces comprendes que aquel es tu pueblo, que aquella es tu casa! Allí estas ya seguro... ¡Sólo en aquel momento conoces los riesgos que has corrido y te regocijas de tu buena suerte!... Sólo entonces sientes hambre si no has comido en todo el día, y sueño si no has dormido en dos noches, y cansancio si has fatigado valles y cerros con tu intranquila planta.

¿Y qué te diré del resoplido de alborozo que da tu caballo, el compañero fiel de tus peligros, al reconocer los lugares en que su instinto maravilloso le tiene ya enseñado que no corre riesgo alguno?

¿Qué te diré del placer con que vas encontrando sano y salvo a uno y otro amigo, de los que sabes que han estado expuestos a perecer, y de quienes nadie te daba razón al terminar el combate?

¿Qué te diré, finalmente, de la dolorosa impresión que causa en tu ánimo el ver pasar lista en las compañías para averiguar sus bajas, y oír, en medio de las tinieblas, después de un nombre que ya te es conocido, si no amado, estas desgarradoras palabras: Ha muerto. Está herido. No se sabe de él?

Atiende a esta copla que oí cantar en Málaga a un asistente, pocos días antes de embarcarnos:

 

Yo no tengo quien me llore,

 

Sino la triste campana:

 

Si yo me muero esta noche,

 

Me entierran por la mañana.



 

- XI - El Diluvio.

18 y 19 de diciembre.

¡Jesús! ¡Jesús! Yo creía haber visto llover en los años que llevo sobre la tierra; pero estaba muy equivocado. En Europa no llueve: cuando más, llovizna. Una deshecha tempestad de verano, de esas que nos parecen ahí el fin del mundo, es apenas blando rocío en comparación del aguacero que ha caído sobre nosotros. ¡Bien decía yo el otro día! ¡Todo lo perteneciente al África tiene un carácter descomunal, atroz, enorme, como su estructura!

¡Esto no ha sido llover, sino hundirse el cielo! ¡Desde anteanoche, cuando dejé la pluma, hasta el momento en que la vuelvo a coger, han pasado treinta y seis horas, durante las cuales las nubes han estado volcando incesantemente sobre estos montes una masa de agua, compacta, unida, ponderosa, como el primer tercio de la catarata del Niágara; como las inundaciones de Holanda, cuando el mar rompe los diques; como el Diluvio universal!

¿A qué debemos nuestra salvación? ¡Yo no lo sé! ¡Las tiendas se han caído, y el agua se las ha llevado al fondo del barranco; se han ahogado caballos y mulas; el terreno ha cambiado de fisonomía; un río, o, por mejor decir, un lago, separa esta mitad de nuestro Campamento de la otra mitad; el propio mar parece más repleto, y una larga faja amarilla señala sobre sus cristales el paso del aluvión que ha recibido!

¡Nada, nada absolutamente hay enjuto en el ejército! Armas, municiones, vituallas, equipajes, camas, libros, papeles, todo se encuentra hecho una sopa... ¡El desastre ha sido general! ¡Oh espantosa, oh terrible, oh salvaje Mauritania!, ¡cómo te defiendes de la invasión española!

La última noche, sobre todo, rayó en lo extra-natural. No ya solamente la lluvia, sino un viento horrible, un huracán rabioso, azotaba a la tremante tierra. El mar unía sus bárbaros rugidos a tan fragoroso concierto; los árboles y las malezas crujían y se tronchaban; rodaban las peñas, abandonando sus asientos seculares; y todo, en fin, cuanto tiene voz en la naturaleza se quejaba furioso ante la inclemencia de los elementos.

¡Y en verdad os digo que, a pesar de todo, esta escena era imponente y magnífica! El corazón parecía medir su violencia con la del vendaval, y gozaba al hallarse enfrente de un aliento tan poderoso como el suyo. Solo apenaba el ánimo considerar los desastres y padecimientos que produciría en nuestro campo una noche tan espantosa; pues, por lo demás, era cosa de agradecer al cielo aquel majestuoso espectáculo, que venía a turbar la monotonía de nuestra existencia... También parecía propicia aquella ocasión para pedirle que aumentase el estrago, desencadenando los truenos y los terremotos, y haciendo más total y devastador el cataclismo. ¿Acaso no era una tierra enemiga laque bramaba bajo el azote de la tormenta? Los mismos sarracenos, acampados en las montañas próximas, ¿no sufrirían también el rigor de la catástrofe? ¡Vinieran, pues, contrariedades y plagas sobre los dos ejércitos beligerantes, que de fijo no sería el nuestro el que más perdiese en la general tribulación!

Yo, por lo menos, justificaba de este modo el cruel entusiasmo con que presenciaba aquella orgía de los elementos, aquella revolución del mundo. ¡Oh! ¡Qué poder, qué fuerza, qué intensidad de vida revelaba anoche esta naturaleza salvaje! ¡Cómo se comprendían aquellas tremendas convulsiones que abrieron el estrecho de Gibraltar! ¡Y cómo parecía natural y llano que las nubes, después de rendir al Atlas tan copioso tributo, lleguen desprovistas de agua al horizonte de los desiertos!

Pero dejémonos de poesía (que acaso no merezca a todos entera fe), y creed, bajo mi palabra de honor, que anteanoche estuvo lloviendo sin un solo instante de tregua; que así amaneció y obscureció el día de ayer, y que así ha pasado la última noche y llegado la mañana de hoy... ¡Son, pues, treinta y seis horas de aguacero continuo, sin escampar a ratos, como en Europa, sino en progresión ascendente! ¡Son treinta y seis horas de una lluvia recia, tenaz, implacable, cayendo de bajas y negras nubes sobre una tierra que vomita, como si ya estuviese ahogada! ¡Son, finalmente, treinta y seis horas semejantes a las novecientas sesenta que conoció Noé!

Ahora, que son las nueve de la mañana, el nublado comienza a abrirse. El temporal ha resuelto ceder. El viento ha cambiado... La mar duerme profundamente, como descansando de sus malas noches.

¡Oh, desvergüenza! ¡Aquí tenéis al sol! Los soldados lo reciben con una soberana silba, que le está muy bien empleada. Y, en efecto: ¿por qué, en vez de salir hoy, no salió ayer? ¡Así se deja vencer por las nubes todo un rey de los astros!!!

A la noche.

Hoy se ha empleado todo el día en colocar de nuevo las tiendas; en enjugar al sol o al fuego los equipajes; en abrir zanjas y acequias, a fin de desaguar el Campamento y prepararlo contra otra inundación, y en descargar y limpiar las armas de fuego, que estaban llenas de agua hasta la boca.

Es de presumir que los moros habrán tenido que hacer la misma operación: lo cierto es que no hemos visto ni sombra de ellos en todo el día. ¡Quiera Dios que nos dejen dormir esta noche!

También hemos recibido el correo de España, de dos días, durante los cuales no ha sido posible pasar el Estrecho...

¡Ah, Pedro Fernández! ¡Conque tan buen invierno se prepara en Madrid! ¡Conque ya se abren los salones, y se empieza a bailar, y contáis con la Ristori, y habrá concierto en casa de la condesa del Montijo! Ya ves que también aquí se leen tus Cartas Madrileñas... ¡Y si supieras qué penosa impresión nos causan! ¡No sé cómo el general Ros de Olano, tan cuidadoso de la alegría de sus tropas, no ha prohibido a La Época la entrada en el Campamento!



 

- XII - Vuelven los moros.

20 de diciembre.

La mañana de hoy se presentó fría y nebulosa; los soldados, aburridos después de tres días sin moros, encontrábanse algo macilentos: dispúsose, pues, que la música de cada cuerpo sacase a relucir los aires nacionales más conocidos de su gente; y así, en los batallones compuestos de andaluces se tocó el fandango, en los regimientos donde abundaban los aragoneses resonaron bulliciosas jotas, en los que tenían muchos gallegos se escuchó la muñeira, y así en los demás, hasta producir una discordante sinfonía que ensordeció los ámbitos del valle...

Los soldados cayeron en el lazo: cada uno empezó a entonar su canto favorito; enviose al diablo el mal humor, y el Campamento adquirió de nuevo su animación acostumbrada.

Para que la alegría fuese completa, súpose a cosa de las diez que el enemigo daba señales de vida. Algunos cañonazos empezaron a resonar hacia los Reductos Francisco de Asís e Isabel II, y poco después se empezó un vivo fuego de fusilería.

Los moros, en número de siete u ocho mil, habían amagado nuestra derecha y nuestra izquierda, para formalizar el ataque por el centro... Pero el general Gasset y el brigadier Lasaussaye los rechazaron por la derecha con fuerzas del PRIMER CUERPO, especialmente con los Cazadores de Barbastro, que dieron una brillante carga a la bayoneta, apoyados por los batallones de las Navas, de Chiclana y de Borbón... Al mismo tiempo, nuestro cuerpo de ejército los castigaba y hacía huir por la izquierda, distinguiéndose en esta operación el general D. Jenaro Quesada y el brigadier Otero, con los batallones 2.º del Infante y 1.º de San Fernando... Y en cuanto al ataque del centro, fue rechazado por la artillería; por los cazadores de Mérida, que estuvieron heroicos; por los carabineros de infantería de la escolta de O'Donnell, y, últimamente por una furiosa carga a la bayoneta de los cazadores de Simancas.

Alejáronse, pues, los marroquíes, como siempre, castigados, pero no arrepentidos, sin haber logrado adelantar una línea de terreno ni hacernos retroceder un solo paso. ¡Sin embargo, volverán!

Yo tengo para mí que esos hombres, al venir a hostilizarnos, no traen la esperanza de vencernos. Ellos deben de saber que son impotentes contra nosotros, y que ni recobrarán por la fuerza el territorio que les arrebatamos, ni estorbarán nuestra marcha, ni quebrantarán nuestra decisión. Nueve combates sucesivos, en que siempre han sido deshechos o rechazados, bastaban ya, para convencerles de esta verdad. ¡Y, con todo, han venido hoy! Esto me prueba que esa raza fanática combate por placer o por devoción: no con ilusiones patrióticas ni con plan de campaña, sino porque lo creen su necesidad, su obligación o su destino. Diríase que su fe les trae a nuestro campo quemar pólvora en honor a su Dios, como nosotros quemamos incienso en los altares. Así se explica que vayan pasando ante nuestro ojos tribus y tribus, hambrientas y medio desnudas, independientes de toda autoridad, libres de toda coacción, y que unas tras otras se acerquen a nuestra línea, sin reparar en la naturaleza de nuestras posiciones ni en el alcance de nuestras piezas, y disparen su espingarda, y mueran en seguida sobre el mismo terreno que el día anterior regaron otros con su sangre.

Y si tampoco es esto, ¡digo que esas gentes son más aficionadas a matar que las fieras a sus montañas!

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Nuestras bajas en el combate de hoy ascienden a ochenta y seis entre heridos y muertos.

El general Echagüe, curado de la herida que recibió en la acción del 25, ha vuelto a tomar el mando del PRIMER CUERPO.



 

- XIII - El lado feo del asunto.

21 de diciembre.

De hoy no pasa sin que refiera toda la verdad. La he ocultado hasta aquí en este mi DIARIO por evitar a mi familia horas muy amargas; pero habiendo leído en los periódicos que en España son conocidas nuestras penalidades, voy a describirlas francamente. ¡Ah! ¡Bien lo dijo, bien lo anunció el general O'Donnell en su primera proclama!... ¡La campaña que hemos emprendido es la más ruda y penosa que haya hecho ejército alguno y primeramente, nos encontramos, no sólo en país extranjero, sino en país enemigo, y, para mayor complicación, en país deshabitado. Añadid ahora los rigores del clima, engañosamente apacible, donde los continuos temporales dejan en la atmósfera gérmenes de mil dolencias. Considerad el agua potable encenagada por las lluvias; la constante humedad, que todo lo destruye; la imposibilidad de desnudarse; la consiguiente falta de aseo; la incomodidad de las mejores tiendas; la mala calidad y peor preparación de los alimentos; el tedio que, a pesar de todo, no puede menos de asaltarnos muchas horas del día y de la noche; las fatigas de tan repetidos encuentros con los moros en un terreno quebrado, intransitable, desconocido; las escenas de sangre, agonía y muerte que presenciamos en la lucha; la soledad de espíritu, la nostalgia, la dudosa perspectiva del porvenir...,y, como si todo esto no fuera nada (¡que nada sería, y con todo ello contábamos al salir de nuestra patria para la guerra!), agregad lo que nadie esperaba, lo que ninguno acepta, lo que es verdaderamente horrible, pavoroso, insoportable: ¡El cólera!... ¡El cólera, agostando en flor tantas vidas; haciendo más víctimas en los días de paz que las balas en los días de fuego; postrando el ánimo del que se metió sonriendo entre una lluvia de encendido plomo; llevándose hoy al entendido jefe, mañana al intrépido soldado; privando de gloria y recompensa al que todo lo abandonó por alcanzarlas; reteniendo en lóbrego hospital al que soñaba con defender la honra española; distrayendo una atención, una fuerza y unos recursos que pudieran emplearse contra el enemigo; exigiendo, en fin, más resignación, valor y entusiasmo de los que fueran menester para alcanzar cien victorias o sufrir mil reveses de la fortuna!

¡Es horrible! ¡Es horrible! ¡Hay que verlo para imaginarlo! ¡Hay que observar todas las mañanas las hileras de camillas que salen del Campamento; hay que recorrer uno y otro hospital atestado de lívidas cabezas, marchitadas por la peste; hay que mirar cómo se reducen poco a poco las compañías, cómo clarean los regimientos, cómo desaparece el amigo, cómo falta de su lugar el jefe, cómo van los batallones mandados por un capitán, cómo andan los caballos sin jinete, cómo quedan las tiendas desocupadas, cómo lloran los asistentes la pérdida de sus amos!...

¡Ah! ¡Si leísteis la Farsalia, y recordáis los horrores, que la imaginación de Lucano acumuló sobre esta maldita tierra, aún no podréis figuraros la realidad del infortunio que hemos encontrado aquí los españoles! Y, sin embargo, nadie vacila, nadie retrocede. ¡Ninguno acusa a nadie! Ni ¿cómo habían de hacerlo? ¡Todos han deseado, exigido, hasta suplicado tomar parte en esta cruzada patriótica; todos recuerdan la impaciencia con que hacía cargos al gobierno por su morosidad; recuerdan el ansia ardiente con que buscaron estas playas; recuerdan la noble ira que dominaba a España cuando se despidieron de ella, y la palabra que empeñaron de rehabilitar su nombre; recuerdan, en fin, que en esta empresa va la honra de la patria; que no hay tregua posible; que no hay transacción aceptable; que es menester triunfar a toda costa; seguir adelante a todo riesgo, y llegar al término de la vía de amargura, coronados de espinas, pero también de gloria!

Por eso callan; por eso se ocultan sus padecimientos; por eso se animan unos a otros, diciéndose: «¡Adelante! ¡No importa! ¡Adelante, y viva España!» Y por eso he querido yo que sea notoria toda la extensión de tan noble sacrificio. ¡Así podrá agradecerlo la madre patria y recompensarlo con su amor! ¡Así sabrá en días de nuevos riesgos hasta qué punto puede contar con la firmeza y la intrepidez de sus soldados! ¡Así conocerá todo el universo (que en este momento tiene las miradas fijas en las costas africanas) cuánto respeto y consideración merece un pueblo que compra a tan alto precio la reparación de sus agravios!

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Pero apartemos ya la mente de estas consideraciones. El haber presenciado algunos casos de cólera fulminante, y visto el camino de Ceuta cubierto de camillas, ha turbado hoy un poco la serenidad de mi ánimo, que ya se ha tranquilizado mucho, solamente con haber escrito la presente enumeración de nuestras penas.

Esta mañana, por ser día de Santo Tomas, oyose misa dando frente al Campamento del Serrallo, donde la decía el dignísimo vicario del ejército D. Joaquín Ortega. Las cornetas, haciendo las veces de campanillas, nos avisaban a cada momento por dónde iba el Santo Sacramento; la Marcha Real saludó la Consagración, y algunos momentos después nos dimos los buenos días como cristianos y caballeros, no sin mirar antes con cierta pena hacia los montes vecinos, habitados por míseros hermanos nuestros que desconocen todas las dulzuras de la religión del Crucificado.

En seguida unos se marcharon a la orilla del mar a mirar las olas; otros a recoger conchas en la arena de la playa; muchos se pusieron a leer en tal o cual periódico su propia historia, maravillándose de ver en letras de molde lo que ellos habían ejecutado sin reparar en sí mismos, y no pocos sacaron a relucir pluma, papel y tintero, y escribieron a sus familias, a sus amadas o a sus amigos algunas de aquellas preciosas cartas tan ansiosamente deseadas como jubilosamente recibidas, que llevan el contento y el orgullo a enamorados corazones.

En ellas, todos describen esta vida al través de la propia personalidad, que es precisamente lo que más importa al que ha de leerlas; después, el soldado se extiende a hablar de su compañía, y quizá un poco de lo que le han parecido los moros; el oficial va más lejos, y se identifica con su batallón, llegando hasta describir la índole de esta guerra y a compararla con la civil y con los pronunciamientos: este mismo oficial, si es hombre de pretensiones, emite su dictamen sobre la Campaña, analizándola críticamente; y de aquí para arriba, todos hablan de propuestas y de ascensos, de sus hechos particulares en tal o cual acción, del país que han recorrido, de la época en que volverán a sus hogares, del heroísmo de las tropas, y de los más ocultos pensamientos del general O'Donnell y del emperador de Marruecos.

Pero, real y verdaderamente, yo soy quien está pretendiendo leer en el pensamiento de los demás tan temerarias suposiciones; y dejando a un lado las cosas que me figuro, sigamos hablando de las que veo...

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Hoy ha desembarcado en Ceuta D. Félix Alcalá Galiano, comandante general de la división de caballería que formará parte del ejército cuando marchemos hacia Tetuán. Cerca de la mitad de los escuadrones que han de componerla, hállase ya entre nosotros, y el resto llegará muy en breve. Con el general Alcalá Galiano ha desembarcado todo su cuartel general.

Entretanto los ingenieros han terminado un nuevo Reducto, al que se ha puesto el nombre de Piniés, en conmemoración del jefe del batallón Cazadores de Madrid, D. Antonio Piniés de la Sierra, muerto gloriosamente en el campo de batalla el día 25 del mes pasado.

Nada más por hoy. Esta tarde ha habido lista en todos los batallones; algunas bandas tocaron piezas del Trovador o de Hernani, y la charanga de Ciudad-Rodrigo repitió, como tiene de costumbre, aquel gracioso tango de El último mono:

 

Aguanta cachete y calla;

 

Si te dan otro, será peor...,

lo cual, traído a colación al día siguiente de un combate, es de un cómico sublime, que dirían los franceses.

En cuanto a los trozos de ópera, siquier hayan sido todos de Verdi, ¡figuraos los dulces recuerdos que habrán despertado en los parroquianos del Teatro Real!... Pero, ¿qué digo? ¡En este mismo instante (las ocho y media de la noche), mientras que tantos y tantos madrileños se dirigían a aquel templo del buen gusto y del buen tono, algunos de sus amigos se dirigen aquí a la trinchera, donde pasarán el resto de la noche sin oír más música que el canto de las ranas!

Sin embargo, lo general será pedir al sueño sus alas invisibles para volar con ellas a las vecinas costas y visitar cada uno a sus personas queridas... ¡Así el caprichoso Morfeo me lleve a mí esta noche a los lugares y tiempos cuya dulce memoria ilumina, como vago crepúsculo, el enlutado horizonte de mi existencia!

 

 

 

 

- XIV - El general Ros de Olano. -Vuelven los moros. -Cambia la decoración.

22 de diciembre, por la mañana.

El general Ros de Olano tiene el cólera desde anoche. Una gran tienda blanca ha sido colocada sobre la suya, a fin de librar de la intemperie al ilustre enfermo, y esta veladura, que nuestro supersticioso cariño encuentra lúgubre y funeral, ha nublado completamente la alegría del campamento.

Dejo a vuestra consideración la angustia y el sobresalto de mi alma: ¡todo el mundo sabe hasta qué extremo me es cara y preciosa la vida de ese noble amigo y constante favorecedor! Por lo demás, cuantos militan a sus órdenes conocen igualmente los sentimientos del ilustre amigo del soldado, o sea del héroe anónimo, según él suele llamarle; aprecian su valor como táctico, como organizador, como caudillo; estiman su elevado talento, y hacen justicia a su modesto carácter. ¡Calculad, pues, la honda impresión que habrá causado esta mañana en nuestro campamento la noticia de que ha sido atacado del cólera!

El más doloroso espanto se refleja en todas las fisonomías. A nadie se oculta la gran desgracia que sería para este CUERPO DE EJÉRCITO la pérdida de tan distinguido jefe. Su hijo, que es también su ayudante, vela a la puerta de su tienda, donde una expresa orden de su general y padre le ha prohibido la entrada. Los amigos del laureado paciente nos miramos a la cara, como diciéndonos: «¿Permitirá Dios tamaña desventura? ¿En esto vinieron a parar nuestras soñadas empresas? ¿Adónde iremos sin nuestro general, ni quién, que nos sea tan querido y nos estime tanto, podrá reemplazarle? ¿Y ha de eclipsarse así la estrella del que había unido su suerte a la nuestra? ¿Ha de morir aquí de mala muerte, sin llegar a ver el día del triunfo y de la gloria, cuyos albores primeros nos sonríen ya detrás de esas montañas?»

Afortunadamente, en esta como en otras horas de melancolía, el son marcial de la corneta, tocando llamada general, ha venido a fortificar nuestro ánimo. El enemigo se nos echa encima, y todos sacudimos nuestra pena para empuñar las armas. ¡Muerte por muerte, preferimos la que allí viene en nuestra busca! ¡Salgamos a su encuentro, y sea a lo menos nuestro fin de alguna utilidad a la patria!

El mismo día, al obscurecer.

¡Al fin he visto a los moros en campo abierto! Esto me ha costado no presenciar la acción de hoy por el lado que ocupaba mi CUERPO DE EJÉRCITO; pero creo haber perdido poco desde el punto de vista artístico, pues (según me aseguran) el combate ha sido por aquí una reproducción exacta de los que ya os he reseñado. No ha ocurrido del mismo modo en el llano de los Castillejos, de donde llego en este instante.

Pero alegrémonos ante todo. Nuestro general no se agrava, y presenta síntomas de reacción. El general O'Donnell se halla ahora con él, prodigándole todo género de cuidados, después de haber hecho traerle una cama, que medio lo parece, donde el conde de la Almina estará a lo menos entre sábanas. ¡Por este detalle podréis venir en conocimiento de la verdad que había ayer en mis lamentaciones, cuando os hablaba de la rudeza de esta vida!

Conque volvamos a mi excursión de hoy.

En el comienzo es enteramente semejante a la del día 17. Dijéronme que los moros habían bajado a impedir los trabajos del Camino de Tetuán, y que el denodado general Prim se las había ya con ellos; supe luego que se había visto pasar un escuadrón de Húsares de la Princesa con dirección a aquel punto, y que se esperaba cargasen a los moros; busqué a Rombado; montamos a caballo, y las camillas de heridos y muertos nos encaminaron al lugar de la acción, donde encontramos al conde de Reus rechazando al enemigo por un lado, mientras que nuestros ingenieros trabajaban por otro.

Una vez allí, supimos que el llano de los Castillejos, distante poco más de un kilómetro, había sido invadido aquella mañana por los marroquíes, y que la Artillería de Montaña y una Compañía de presidiarios los habían contenido durante todo el día, sin permitirles llegar al camino nuevo, que era, como siempre, su objetivo.

En aquel instante, hallándose la derecha de la RESERVA protegida por la división del general Quesada, y arrinconados los moros en una estribación de Sierra-Bullones, que se llama Monte-verde, el general Prim juzgó oportuno tentar la paciencia y probar el valor de tan decantada caballería árabe, que sabía se hallaba escondida por aquellos barrancos, y mandó salir al llano y avanzar hacia las posiciones del enemigo al precitado escuadrón de Húsares de la Princesa. Un movimiento de entusiasmo y curiosidad circuló por las filas al ver partir a nuestros gallardos jinetes, que iban, como quien dice, a romper el enigma del ejército africano.

Rombado, el capitán Hermoso y yo, que estábamos allí como meros aficionados (pues no pertenecíamos a aquel cuerpo de ejército), aprovechamos la libertad que esta circunstancia nos proporcionaba, y pusimos nuestros caballos al galope hasta ingresar en el Escuadrón de Húsares, los cuales nos hicieron lado con mucho gusto: y así descendimos a la llanura, en medio de la cual nos paramos todos.

El llano o valle de los Castillejos es mucho más ancho que el de Tarajar, donde se levanta nuestro campo. Desde la playa penetra tierra adentro, estrechando siempre, hasta reducirse a una especie de cañada que da un rodeo y va a perderse en Sierra-Bullones. Este triángulo de llanuras, verde y risueño a sumo grado, está guarnecido de altas arboledas, que suben luego, escalonándose, a los montes vecinos. Dos únicos accidentes ofrece la soledad de este valle: las ruinas de una antigua casa fortificada, que se llama del Primer Castillejo, y un Morabito, también ruinoso, que debió ser parecido a la Mezquita, que vi cerca de Ceuta. Este Morabito se levanta sobre una ligera colina, y ha sido tomado y abandonado varias veces por el conde de Reus, según que le ha sido o no necesario estos últimos días para defender la construcción del Camino de Tetuán.

Al llegar los Húsares a aquel campo abierto, no se percibía por ninguna parte ni un solo marroquí. En la altura del mencionado Morabito hallábase situada todavía la Compañía de presidiarios, mandada por un teniente del regimiento de Borbón, que por cierto dio muestras de ser hombre arrojado y de gran serenidad. Hacía, en fin, un día magnífico, y el cielo y el Mediterráneo competían en radiante esplendidez. ¡Aquel desafío reunía todos los caracteres de una fiesta!

De pronto, y como obedeciendo a misteriosa consigna, desprendiose de las arboledas de lo alto del valle un vistoso pelotón de caballeros moros, que avanzaron hacia nosotros abriéndose en anchuroso semicírculo... ¡No pasarían de cien jinetes, y llenaban materialmente la llanura!

Yo no he visto jamás figuras tan airosas, tan elegantes, tan gallardas. Sus caballos caracoleaban, se arremolinaban y se dispersaban de nuevo, midiendo grandes extensiones de tierra en un instante, con lo cual aquellos caballeros, cubiertos de blancos albornoces, iban y venían sobre la verde hierba como bandada de gaviotas sobre las azules olas del mar... ¡Era un cuadro maravilloso! ¡Era el espectáculo soñado por todos los que han divertido su fantasía con héroes orientales! Yo creo firmemente que hubiera dejado llegar hasta mí aquella graciosa y extraña aparición, sin acordarme de que venía contra nosotros en son de guerra, o no sacarme de mi arrobamiento la voz con que el comandante de nuestros Húsares mandaba avanzar a la primera sección.

Adelantose esta en formación apretada y correcta; contrastando su ordenada marcha con el desorden de la línea enemiga, que seguía aproximándose a la desbandada, como si se propusiese envolvernos. Llegamos al fin a estar a distancia (y digo llegamos, porque Hermoso, Rombado y yo nos agregamos a la sección que avanzaba); pero cuando creíamos que los moros harían uso de sus largas espingardas y nosotros nos disponíamos a cargarles espada en mano, vímosles de pronto volver sus dóciles corceles con un ligero movimiento de rodillas, cual si las abandonadas riendas solo fuesen inútil adorno, y escapar arremolinadamente hacia la cañada en que termina la llanura.

Allí se pararon; y, viendo que no les seguía nadie (pues nuestro comandante no tenía orden de dar la carga, sino de amagarla solamente), volvieron sobre sus pasos y se colocaron otra vez en semicírculo, como a trescientos pasos de nuestra línea.

Nosotros comprendíamos perfectamente la estratagema de los moros (que consistía en atraernos hacia los bosques y cañadas, donde indudablemente tendrían apostada infantería, para hacernos fusilar allí por adversarios invisibles); sin embargo, su provocación era tan irritante, la bandera amarilla que tremolaban ante nuestros ojos fascinaba de tal manera a nuestro jefe, que decidió dar la carga a todo riesgo, y por segunda vez mandó avanzar al trote a los briosos Húsares...

Pero los moros huyeron nuevamente, como sombras que se disipan, y al mismo tiempo un ayudante del general Prim nos transmitió la orden de retirada.

Esta disposición no pudo ser más oportuna: la infantería enemiga (que, en efecto, había estado hasta entonces oculta en la maleza, dispuesta a disparar a mansalva sobre nuestro escuadrón, caso de que hubiera tenido la temeridad de seguir en su fuga a los jinetes árabes), aparecía ya por nuestros dos flancos, dando furiosos alaridos y cruzando sus fuegos sobre nuestras cabezas (2) <notas.htm>.

Los Húsares se retiraron con el mayor orden, protegidos solamente por la Compañía de presidiarios, la cual tuvo a raya durante un cuarto de hora a la caballería enemiga, que avanzaba por tercera vez hacia el mar. El corneta de los animosos penados cayó herido, y estos, después de derribar a tres o cuatro caballeros moros, se replegaron finalmente hacia las posiciones ocupadas por el general Prim. Yo tomé camino de mi campamento.

Aquí he sabido que el batallón Cazadores de Llerena ha dado esta tarde una carga a la bayoneta, sangrienta para nosotros, y mucho más para el enemigo, al cual arrojó por fin de una posición muy importante que había ocupado todo el día. También se elogia mucho el comportamiento de una compañía de Almansa.

Sin embargo, ¡quiera Dios que pronto pueda nuestro ejército abandonar las montañas y salir a terreno franco; pues mientras permanezca en esta sierra, poblada de forajidos en acecho, nuestras pérdidas serán tanto mayores cuanto mayor sea el valor con que penetremos en desconocidos bosques y barrancos, donde nos aguarda un enemigo oculto, cuyo número y situación se ignoran casi siempre!

¡Por lo demás, ya he tenido el gusto de ver una muestra de la famosa caballería árabe! Si el resto se le parece, fuerza será decir que los jinetes marroquíes son más peligrosos como traicioneros que temibles como soldados.



 

- XV - Vísperas solemnes.

23 de diciembre

El general Ros sigue en cama, aunque muy aliviado de su ataque de cólera.

En cambio, los generales Prim y García se hallan también enfermos.

Indudablemente, las fatigas y méritos de esta guerra no están allá arriba, en la línea de fuego de los combates, sino aquí abajo, en la vida del campamento. ¡Cómo ha de ser!... «Estaría escrito», que dirían nuestros contrarios.

Esta tarde ha desembarcado en Ceuta mucha artillería y caballería. Los escuadrones de este arma, llegados ayer y hoy, son Coraceros del Rey, Lanceros de Farnesio y Coraceros de la Reina, del Príncipe y de Borbón. El día del avance hacia Tetuán debe de estar próximo... Prim acabará el camino para fin de año.

Nada nuevo ha ocurrido en nuestro campo. Hemos mandado a Ceuta un centenar de coléricos, y los moros no han parecido. Las horas, pues, se han deslizado lentas y monótonas.

Además, hoy es víspera de Nochebuena, y así como en esa corte se dejará ya sentir a esta hora cierta animación y cierto bullicio, que harán presentir a los corazones y a los estómagos las clásicas alegrías que les aguardan, aquí se va levantando yo no sé qué marejada de tristeza, no sé qué nube de melancolía, no sé qué aire de mal ahogados suspiros, que hace adivinar a los más lerdos el día de pena que nos prepara el almanaque.



 

- XVI - La Nochebuena del soldado.

 

La Nochebuena se viene,

 

La Nochebuena se va,

 

Y nosotros nos iremos

 

Y no volveremos más.

Son las nueve de la noche del 24 de diciembre del año 1859 del nacimiento de Jesucristo, y en el campamento del ejército cristiano que invadió el África hace veinticinco días no ha resonado aún el toque de retreta. En vez de este marcial trompeteo, que los moros están ya acostumbrados a oír todas las noches al punto de las ocho, los ecos de las montañas llegan hoy a sus escondidas tiendas un confuso rumor de risas y cantares, unido a los lamentos melancólicos de una flauta y al bullicioso repiqueteo de muchas panderetas.

Los sectarios de Mahoma míranse acaso a la luz de sus hogueras, llenos de curiosidad y de miedo, como prenguntándose qué ocurre en el campamento de los cristianos, que así entregan a las húmedas brisas de la noche los acentos de sus alegrías; y no será mucho que recelen si nuestro júbilo les presagiará nuevos daños, ya porque anuncie que hemos recibido algún poderoso refuerzo o destructora máquina, ya porque signifique que festejamos de antemano el total hundimiento de la morisma.

¿Quién sabe? ¿Quién puede imaginar todo lo que la ignorancia y la superstición de los atribulados moros habrán creído oír en la lejana gritería que llega a turbar su sueño? Quizá en este momento se asoman a las cumbres de los montes que nos separan de ellos, y fijan su ávida mirada en nuestro campo, que percibirán aislado en la obscuridad y en la niebla, tachonado todo él de rojizas lumbres, entre cuyos inmensos resplandores verán a veces fantásticas figuras, mientras que el múltiple cántico de tan misterioso regocijo se dilata cada vez más sonoro por las cañadas ocultas en la sombra.

Entonces algún santón, morador de esta comarca, vecina a la católica Ceuta, les contará con agorero acento, cómo esta noche celebramos los hijos de María el Nacimiento de nuestro Profeta; cómo tal algazara recuerda una fiesta tradicional en que la abundancia y el contento bajan en toda la cristiandad a la mesa del monarca y del mendigo; cómo los cristianos tenemos también nuestra Pascua; cómo, por último, es llegada para los amigos del Corán la mejor hora de sorprendernos y de convertir en sangre el sacrílego vino que llevamos a los labios...

Después de esto, y en tanto que asoma el día, y con él la señal de un nuevo ataque, el desheredado judío y el abominable renegado referirán a los moros con despreciativo acento la misteriosa leyenda de Ana y de Joaquín, de José y de María, de Juan y de Jesús. Pero, a medida que avancen en su relación, el israelita sentirá inflamarse en su pecho aquella voz de profecía que le hace sospechar constantemente si el Jesús que crucificaron sus padres sería el verdadero Hijo de Dios, y el renegado volverá a oír en su alma los ecos lejanos de la voz paterna y a recordar la fe sublime con que una mujer, que lo había llevado en sus entrañas, le enseñaba, cuando él era tierno niño y dormía en tan dulce regazo, los inefables misterios de aquella religión que ahora aparenta descreer... Se inflamará, pues, la palabra de uno y otro narrador; y los moros cerrarán los ojos como huyendo de la luz; y el silencio y la meditación descenderán sobre aquella mísera gente, y los ángeles pasarán a su lado sin miedo alguno, cuando dentro de tres horas vayan cantando de monte en monte: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!»

Al mismo tiempo que se hable y se piense de este modo en la infiel Sierra-Bullones, los barcos de todos los pueblos de Europa, al cruzar esta noche el Estrecho de Gibraltar, verán a lo lejos las hogueras del ejército español acampado a cielo raso en las soledades de África; y así los rudos marinos como los impresionables pasajeros, sea cualquiera su religión, su patria o su idioma, enviarán un saludo de entusiasmo y simpatía a los nobles soldados del evangelio, a los mantenedores de la civilización, a los heroicos hijos de la inmortal Iberia.

¡También desde Gibraltar se divisarán nuestros hogares de campaña! Pero ¿quién puede adivinar lo que pensarán allí los amigos de los moros? Hago demasiado honor a sus virtudes domésticas, a su buen sentido y a su notoria religiosidad, para no creer que en esta hora solemne sentirán rubor y hasta remordimientos por los públicos consejos y secreta ayuda que están dando en contra nuestra a un pueblo que es horror y escándalo de las naciones. ¡Oh! Sí... ¡No puedo dudarlo ni un momento! Nuestros ocultos enemigos nos harán justicia siquiera por esta noche, y se confesarán a sí misinos, no sin cierto bochorno, que nuestra conducta es más noble, mas digna, más honrosa que la suya. ¡Pero, si yo me engaño, y ni aun de este arranque de generosidad son capaces, compadezcamos su pobreza de alma, y busquemos con la imaginación seres más privilegiados!

Algeciras, Tarifa y otros pueblos compatriotas nuestros nos contemplan también en este instante desde la costa vecina...¡Cuanto interés, cuánta ternura y cuánta pena nos enviarán sus moradores en alas de los vientos! ¡Con qué afán demandarán al cielo que aleje de nuestro horizonte las nubes que ya principian a encapotarlo! ¡Con qué placer nos cederían el techo, la mesa, el hogar y la cama! ¡Con qué verdadero júbilo pasarían esta noche a nuestro lado! ¡Cómo nos compadecen, cómo nos aman, cómo nos bendicen!

¡Ay! Y si extiendo más la vista; si dejo volar la imaginación sobre toda ESPAÑA; si penetro en cada provincia, en cada ciudad, en cada aldea, en cada cortijo, en cada casa, ¿qué es lo que veré, que sólo de pensarlo las lágrimas acuden a mis ojos y la pluma desmaya entre mis dedos?... ¡Madres, padres, hermanos, hijos, esposas, enamoradas vírgenes!, ¡os vemos con los ojos del corazón!, ¡os estamos mirando como nos miráis vosotros! ¡Solo que nosotros, desde aquí, podemos veros más distintamente, sabiendo, como sabemos, dónde os encontráis, qué vida hacéis, cuáles son vuestros sitios y costumbres, qué lugar ocupáis en el hogar y en la mesa, y hacia dónde cae el vidrio cubierto de escarcha al cual os asomáis para bendecirnos! ¡Todo, todo lo sabemos! ¡Vuestra Nochebuena es de llanto y luto! ¡Un crespón de duelo cubre, en vez de mantel, la mesa abandonada! «¿Cómo estarán? (exclamáis a cada instante). ¿Habrán muerto? ¿Morirán esta noche? ¿La pasarán batiéndose? Tendré un hambre y frío. ¿Se acordarán de nosotros?» ¡Oh! No; esto no lo preguntáis: ¡esto lo sabéis!

Pero demos tregua a tan inmortal congoja, y tornemos los ojos al expatriado ejército, o, lo que es lo mismo, prescindamos de perspectivas, y tracemos el primer término de nuestro cuadro.

He aquí el espectáculo que presenta el campamento...

Empieza a llover. La obscuridad es densísima. Del próximo mar solo se perciben las lúgubres lamentaciones... El cielo parece haberse desvanecido. Todo es frías tinieblas en torno nuestro.

El soldado, verdadero protagonista de todas las guerras, tiene hoy doble ración de vino y dos horas de prórroga para acostarse. Con esto y con su industria le basta para pasar una velada deleitosa.

Muchas veces he salido de mi tienda para contemplar el aspecto de nuestro campo, y todas ellas he visto y oído cosas tan interesantes, que no bastaría un volumen para referirlas. ¡Qué grupos! ¡Qué conversaciones! ¡Qué episodios tan tiernos y tan peregrinos!

Las hogueras tienen también doble y hasta cuádruple ración de leña. Alrededor de cada una se encuentran diez o doce soldados cociendo, asando y friendo todo lo que hoy les ha proporcionado la administración militar, con más lo que ellos han podido procurarse particularmente. En una parte se refieren historias; en otra cuentos; aquí se razona sobre el origen, curso y resultado de la guerra; allí se hacen biografías de jefes u oficiales... Pero la generalidad de las conversaciones gira sobre las costumbres del pueblo de cada uno, sobre el modo cómo en ellos se suele pasar la Nochebuena, y sobre los parajes en que este o el otro se hallaban tal o cual año durante las solemnes horas del 21 de diciembre.

Por este camino, nada es más natural que venir a caer en los recuerdos de familia. El uno dice cuántos hermanos tiene, y cómo se llaman; el otro saca de una pobre cartera la última carta de su padre; este describe a su novia, poniéndola sobre todas las mujeres del universo; aquel dice qué haría si fuese pájaro, hacia dónde tendería su vuelo, por qué chimenea penetraría y a quién iría a darle la primera sorpresa. ¡Ni es mucho ver que aquel reposado coloquio termine con un Padrenuestro, cuando no con sentidas coplas, que así pueden ser de jota como de rondeña, lo mismo seguidillas manchegas que zorcicos!

Sin embargo, el canto nacional que domina esta noche es el de los Aguinaldos, con el estribillo de lo que dijo Melchor, acompañado de zambomba, imitada con la garganta. Según tengo indicado, hay entre nosotros algunas panderetas, que no sé de dónde diablos han salido, las cuales no descansan ni un segundo, percibiéndose a más, dentro de cierta tienda de oficiales, el lánguido suspiro de una flauta. En fin, y como resumen de tantos placeres y alegrías, diré la frase que acabo de oír a un centinela: «¡Chicos!... Si vuelvo a mi tierra, juro a Dios que al oír nombrar a África, aunque me pille comiendo, echo a correr y me meto en la cama.» Creo que esto lo dice todo.

Hasta aquí los soldados. Ahora penetremos en las tiendas de jefes y oficiales. En una, alegres jóvenes han dispuesto la cena más opípara que se puede imaginar, no ciertamente por la calidad y condimento de los manjares, sino por los nombres pomposos que les han puesto: arroz a la Muley-Abbas, sardinas a la bayoneta, almendras de espingarda, vino del Serrallo, higos del Morabito, pasas de Castillejos. En otra tienda se juega pacíficamente al tresillo. En la inmediata, se pasa revista a óperas enteras, cuyos dúos, y hasta las mismas arias, se cantan a coro. En la de más allá, algunos hombres melancólicos duermen o velan en la cama desde que se puso el sol. Pero en todas ellas, en medio del juego o de las conversaciones más animadas, sobresaliendo entre el canto y las risas, óyense constantemente los mismos dolorosos estribillos: ahora en mi casa; el año pasado a estas horas; cuando yo era niño; si escapo de la guerra; cuando vuelva a España; el día que me despedí; me escribe mi mujer; mi padre, que esté en gloria; y lo demás que podéis figuraros.

Conque hagamos punto. Creo haber demostrado que también aquí ha sido hoy día de Nochebuena. ¿Cómo no, si esto es ya territorio español, suelo cristiano, patrimonio de Jesucristo?

¡Dulce es pensarlo, y más dulce asistir a ello! Un ejército católico, avanzando por país agareno, ha establecido sus reales en el imperio musulmán de Marruecos y saludado en él la venida del Mesías. ¡Una colonia militar española tremolará mañana su pabellón de triunfo sobre las crestas de Sierra-Bullones; y, a la hora en que toda la cristiandad escuchara los acentos de alegría que extiendan las campanas por la estremecida atmósfera, la voz de nuestros cañones repetirá como un eco tan venturosa señal, que irá sonando de cima en cima hasta las cumbres del gigantesco Atlas!

Ha mediado la noche. ¡Silencio! Es la hora más grande de los siglos. ¡Calle la pluma, y hable tan sólo el corazón! ¡Jesús está ya sobre la tierra!



 

- XVII - El enemigo nos felicita las Pascuas. -Cadáveres moros. -La noche rivaliza con el día.

26 de diciembre.

Ayer no he escrito. Ni ¿cómo escribir? ¡Oh, qué primer día de Pascua! ¡Qué fecha tan horrible y tan gloriosa! ¡Qué día y qué noche pasó este pobre ejército!

Hoy cojo la pluma para continuar mi DIARIO; y en verdad os digo que sólo yo, y tratándose de cumplir solemne promesa, encontraría fuerzas en el cuerpo y en el alma para añadir una página más a esta crónica, empapada en mi sudor, en mis lágrimas y en mi sangre; ¡que sangre mía es, y como tal la lloro, toda la que mis hermanos derraman diariamente ante mi vista!

Escribo, sí, las presentes líneas, bajo un lienzo húmedo; hundidos los pies en cenagoso charco; sentado en un lecho que destila agua; calado ya hasta los huesos; fatigado de la acción de ayer, en que estuve a caballo diez horas, postrado por el insomnio de la noche última, que he pasado sosteniendo el palo de mi tienda, a fin de que el viento y el agua no lo derribasen.

Pero ¿qué importa todo? ¡Cerremos los ojos al espectáculo presente, y abrámoslos a los recuerdos del espectáculo pasado!; Nuestro triunfo de ayer bien vale todo género de sacrificios!

He aquí su memorable historia:

Apenas amanecía, y ya el toque de diana había expulsado al sueño de todas las tiendas, cuando empezose a oír en este campamento del TERCER CUERPO de ejército un tiroteo cercano. Mucho más cercano que nunca, y que resonaba a un mismo tiempo en toda la extensa línea de las trincheras de la izquierda.

Nadie se sorprendió: todos esperábamos que los moros celebrarían la solemnidad del nacimiento de Jesús atacando furiosamente por un lado o por otro a los perros cristianos, y así es que todo el ejército pasó la segunda mitad de la Nochebuena con las armas por almohada y el oído atento a la menor señal de acometida.

No se hallaron, pues, los marroquíes (como lo esperaban indudablemente) con unas hordas ebrias y aletargadas, sino con soldados vigilantes que sondeaban las últimas tinieblas de la noche y esperaban los primeros fulgores del día para hacer la acostumbrada descubierta.

Ahora bien, el fuego que estalló de pronto sobre nuestras avanzadas hízonos comprender que el enemigo, en desusado número, estaba encima y envolvía materialmente nuestro campo desde el centro derecho, o sea desde el Reducto Francisco de Asís, hasta la extrema izquierda, o sea hasta la orilla del mar. La situación era crítica y tremenda: ¡un momento de vacilación, y los moros invadían nuestro campamento!

Pero, ¡ah!, la serena impavidez de Ros de Olano y de sus generales y jefes fue igual en aquella hora al arrojo y empuje que demostraron luego. Nadie se movió de la trinchera, ni para avanzar ni para retroceder: contestose con balas a las balas, y, entretanto, fueron avanzando nuestros batallones en apretadas columnas por las laderas de los barrancos, y situándose de modo que pudieran en determinado momento rechazar al enemigo por todos lados y hacerle pagar cara su osadía.

Así fue, a cosa de las nueve, el general de nuestra 2.ª división, D. Jenaro Quesada, con su cuartel general, se puso a la cabeza del batallón de Barcelona y de algunas fuerzas de Asturias, África y la Reina; y, espada en mano (así como sus ayudantes, Estado Mayor y el denodado brigadier Otero), embistió contra los marroquíes, entre vivísimo fuego, gritando a sus soldados: «¡No tirar! ¡No tirar! ¡Están cortados! ¡A la bayoneta! ¡Viva la Reina!»

¡Están cortados! Esta es la frase más tremenda que se pronuncia en la lid. (¡Nunca salga de labios de los moros!) Ayer, dicha por el general Quesada, significaba, como siempre, que el enemigo había perdido parte de sus fuerzas para no recobrarlas más, dado que esta parte se hallaba encerrada en un círculo de hierro.

Los moros estaban efectivamente cortados. ¡Érales imposible huir! ¡Y, sin embargo, lo intentaron! Pero ¿cómo? ¡Precipitándose desde las rocas a la playa, arrojándose luego al mar, o corriendo hacia nuestro campo; todo lo cual equivalía a trocar muerte por muerte!

Llegó esta para todos, porque todos prefirieron morir a rendir las armas. ¡Matando y rugiendo, sí, como verdaderos leones, exhalaron el último suspiro, y sus cadáveres, cosidos a bayonetazos, quedaron a la espalda de nuestras victoriosas huestes!

Entretanto el general Ros, enfermo todavía, abandonaba el lecho y subía a la trinchera, desde donde dirigía la acción con esa elevada táctica y fría inteligencia que conserva en medio de las balas, y que le valió este día la admiración de todo el ejército. El general Turón, encargado de defender nuestra derecha, adonde había cargado el enemigo buscando el desquite, sostenía reñido combate, que cubrió al fin de gloria a los batallones de Asturias, la Reina, Baza, Llerena, Zamora, Ciudad-Rodrigo y Albuera. Allí los coroneles Bohorques, Alaminos, Pino y Ulibarri se batieron entre los oficiales, y los brigadieres Cervino, Moreta y Mogrovejo dejaron a veces la espada del caudillo por la carabina del soldado. Allí los jefes de todos los dichos cuerpos (Novella, Cos-Gayón, y aquellos cuyos nombres no sé, pero cuyo valor pude admirar) estuvieron delante de sus tropas, dándoles ejemplo de intrepidez y de desprecio a la muerte. Allí, por último, los soldados rivalizaron en denuedo y en amor a sus oficiales, a los que pugnaban inútilmente por servir de escudo con su pecho. ¡Oh! ¡Fue un día de heroísmo, que valió al TERCER CUERPO mil plácemes y felicitaciones del conde de Lucena y de su cuartel general.

Porque O'Donnell había acudido, como siempre, al punto de mayor peligro, y dirigía ya el combate personalmente. ¡Qué admirable serenidad la suya! ¡Qué golpe de vista! ¡Qué inteligencia de la guerra! El general en jefe dice que no oye las balas; y así debe de ser, pues no se comprende de otro modo la indiferencia con que va y viene en medio del fuego, cuando todos las oyen silbar y las ven herir. ¡Oigalas, pues, aunque solo sea por patriotismo, nuestro general en jefe, o apártelas Dios de su amenazado pecho!

Mientras O'Donnell se echaba así en brazos de su buena estrella, Ros de Olano era llevado en los de sus ayudantes a la tienda del coronel duque de Gor. Nuestro general, mal repuesto del cólera y a rigurosa dieta hacía muchos días, había perdido el sentido sobre la trinchera, con no menor gloria que aquellos pobres soldados que volvían de las guerrillas bañados en sangre. El uno, como los otros, caía en su puesto de honor.

Pero he citado dos veces en una misma página un ilustre nombre, sin detenerme, como debía, a considerar su significado en esta guerra. El duque de Gor, a cuya tienda habían conducido a Ros de Olano, es el mismo coronel Bohorques de que hablaba antes con tanto elogio. Es decir, que un grande de España de primera clase, una persona a quien sus mayores legaron gloria y caudal al transmitirle su apellido, no satisfecho con la posición debida a su nacimiento, procura (y lo ha logrado ya seguramente) conquistarse otra por sí mismo, acreciendo así, en vez de aminorarlos, los timbres de su escudo. Ni es él solamente la honrosa personificación que tiene la grandeza en este ejército. ¡Las casas de Corres, Ahumada, Fuente-Pelayo, la Concordia, Amarillas, la Cimera, Malpica, Fernández de Córdoba, Salazar, Noblejas, Mirasol, Villadarias y otras que no recuerdo, han enviado también nobilísimos vástagos a esta grandiosa lucha!

Conque volvamos al día de ayer.

A las tres de la tarde el combate había terminado, y no se veía ni un solo moro por estas cercanías. Su temeridad se había vuelto contra ellos mismos. Nuestra infantería los expulsó primero de sus posiciones; la artillería los persiguió y destrozó en su retirada, y la lluvia, finalmente, les obligó a transponer el horizonte.

Por mi parte, durante la jornada, tuve ocasión de ver tranquila y detenidamente (¡como que estaban muertos a mis pies!) una grande y variada colección de los extraños personajes que luchan con España hace tantos días; y, si he de decir toda la verdad, el primer sentimiento que me inspiró su vista fue cierto desprecio, considerándolos indignos de medir sus armas con las nuestras, o sea juzgándolos más salvajes y fieros que patriotas. Luego cambiaron súbitamente mis ideas, y sentí noble compasión hacia aquellos bárbaros, de cuya tierra éramos seculares invasores y contumaces enemigos. Y, por último, sobreponiéndose en mí a toda otra idea la devoción artística, los hallé tan grandes, tan denodados, tan hermosos y tan inocentes, que me entristecía el considerar el odio con que me hubiesen mirado ellos, caso de volver la vida a alumbrar sus inanimados ojos.

Eran las diez de la mañana. El día estaba nubladísimo, y la mar empezaba a embravecerse bajo el látigo del Levante. En la playa no había alma viviente, aunque acababa de ser teatro de espantosas luchas... Nadie más que yo tenía en aquel momento libertad de acción para ir allí en busca de los cuarenta cadáveres enemigos que, según noticias, nuestros cazadores habían dejado a retaguardia. El lugar era melancólico de suyo, y yo caminaba sin más compañía que un sordo remordimiento por la cruel curiosidad que me guiaba en aquel instante.

Figuraos un arenal rojizo, estrecho y largo, limitado a mi izquierda por las espumantes olas, y a mi derecha por altos peñascos, áridos y adustos, tajados verticalmente sobre la playa. De aquellas empinadas rocas habían caído o sido precipitados los moros cortados en la carga a la bayoneta, y allí estaban sus ensangrentados cadáveres: unos, colgados por los jaiques de los picos y matorrales de la ladera; otros, estrellados contra las peñas del suelo; algunos, tendidos sobre la blanca arena, y no pocos dentro del agua, yendo y viniendo de la mar a la orilla a merced del espumoso oleaje. ¡Era el cuadro de mayor desolación que nadie haya contemplado nunca! ¡Sobrepujaba en horror al más angustioso naufragio!

¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Quién los echaría de menos en el mundo? ¿Hacia qué sombras queridas tendieron los brazos al tiempo de morir?

Sorprendía desde luego la variedad de tipos, y aun de razas, que se veía representada en cuarenta individuos segregados al acaso del ejército marroquí. La mayor parte eran indudablemente rifeños, a juzgar por sus pardos jaiques rayados de blanco y por sus cabezas afeitadas escrupulosamente, salvo un largo mechón que conservaban hacia el occipucio, como los chinos. Pero los había también de raza árabe, y negros y mulatos.

Recuerdo de entre los árabes a uno, joven y hermoso, cuya vestimenta, como la de casi todos sus compañeros, se reducía al largo jaique de gran capucha. Hallábase tendido en el borde mismo de las aguas: sus negrísimos ojos, aunque nublados para siempre, miraban aún enfurecidos, y su obscura, correcta y callosa mano, ennegrecida por la pólvora, se remontaba sobre su cabeza, como si amenazase todavía. Obscura barba, rala y partida en dos, rodeaba como un festón de terciopelo su pálido rostro de singular belleza, sombreando artísticamente el cuello, atravesado por espantosa herida. Uno de sus pies conservaba la redonda babucha de cordobán; el otro, completamente descalzo, ostentaba la fortaleza del hierro y las graciosas proporciones de los pies del sur. Notábase, en fin, en todo aquel hombre medio desnudo, algo que recordaba los contornos finos y acerados de los caballos árabes. El arte antiguo lo hubiera tomado para modelo de sus famosos gladiadores.

Al lado de este gallardo tipo vi otro en quien todo era rudeza y ferocidad. Sus mismas bárbaras heridas le hacían parecer más horroroso, pues tenía deshecha la cabeza por un bayonetazo, y los dos hombros atravesados por las balas. Era de estatura colosal; chato como un tigre; con las rodillas más recias y nudosas que viéronse nunca en ser humano, y sobre su piel lustrosa y curtida blanqueaban muchas cicatrices, que revelaban toda una vida de combates. Una especie de tuniquilla tejida con pelo de camello defendía meramente el pudor: se hallaba descalzo, y pendiente de su cintura se veía una bolsa de tafilete rojo, de la cual se habían volcado algunas balas y una gran cantidad de pólvora muy gruesa. Por último, entre las municiones asomaban algunos mendrugos de galleta, ennegrecidos por la dicha pólvora... ¡Era el alimento natural y propio de una criatura semejante!

También recuerdo a un mulato, feo, cobrizo, imberbe, largo de brazos, parecido en todo a un ídolo egipcio.

Contrastando con él, y colgado de una jara como otro Absalón, vi a un joven de quince o dieciséis años, blanco y endeble, cuyo rostro conservaba aún el sello del espanto, y cuyo desnudo seno vomitaba todavía caliente sangre por una tremenda herida de bayoneta. Este no debía de ser rifeño: parecía un moro de ciudad; su jaique estaba limpio, llevaba alguna ropa interior, y sus babuchas ostentaban graciosos arabescos.

Por lo demás, allí había hombres de todas edades; lo mismo tiernos adolescentes, como el que acabo de describir, que viejos canosos, de arrugada piel y desmedrados remos; pero la mayoría, era de varones fuertes, en la plenitud de la virilidad. Entre ellos vi dos negros: el uno hermoso y reluciente como un cafre, y el otro deforme y pardusco como un hotentote. La verdadera casta mora, se revelaba en muchos por el trazo diagonal de las cejas y por la depresión de la nariz roma, así como la clásica raza árabe parecía indicada en otros por el noble perfil de sus semblantes ovalados, por la finura de sus músculos de acero y por la esbeltez de sus delgadas cinturas.

¡Vi hasta cuarenta!... -Lo repito.- ¡Nunca, jamás, olvidaré aquella hora, aquel lugar, aquellos muertos! Los estremecimientos de mi caballo me los anunciaban antes de que yo los descubriera, y cuando me alejé del ensangrentado arenal para subir a la montaña vecina, un alegre resoplido del noble bruto pareció como que me advertía que habíamos estado solos demasiado tiempo...

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Réstame hablar de la noche que sucedió a tal día. Ya he dicho que a las tres de la tarde empezó a llover. Pues bien, a las cinco estábamos ya en pleno diluvio, ni más ni menos que la célebre noche del 18. Creímos también perecer, y hubo tiendas en el suelo, bestias ahogadas y todo linaje de averías. «¡Qué primer día de Pascua!», habíamos exclamado por la mañana. «¡Qué noche de descanso, después de tan fatigoso día!», exclamábamos a la noche.

Un ejemplo, y concluyo. A cosa de las cuatro de la madrugada, desesperando ya de que el turbión cediese, y viendo que era imposible permanecer dentro de la tienda, encendí mi linterna sorda y me marché en busca de otra luz que se divisaba a lo lejos; pues recordé que a un amigo mío le tocaba esta noche el servicio de trinchera, y pensé en hacerle una visita. Subí, por tanto, a lo alto del monte... Y he aquí el cuadro que contemplé:

En medio de una pequeña explanada, y rodeado por algunos oficiales y soldados (envueltos los primeros en largas capas de goma, y los segundos en mantas grises), veíase, a la luz de otra linterna que chisporroteaba en el suelo, a un hombre sentado sobre una piedra, el cual resistía inmóvil y como insensible todo el furor del viento y de la lluvia. A sus pies había unos carbones apagados y nadando ya sobre el agua, y cubría su cabeza y todo su cuerpo un albornoz de paño obscuro, en cuya capucha relucía el entorchado de general.

¡Era Turón, el general-soldado, como lo denomina la fama hace mucho tiempo!

¡Tocábale anoche al noble anciano mandar el servicio de trinchera, y descansaba de las fatigas de la lid sentado en aquella peña dura, bajo el azote del huracán!

¡Allí lo dejé resignado y silencioso, pasando quizá revista en su imaginación a tantas y tantas noches como habrá velado enfrente del enemigo desde el año de 1823, en que se ciñó la espada! ¡Allí lo encontraría la primera luz del día de hoy!



 

- XVIII - Vacaciones de Pascua.

26 por la noche.

Nada nuevo.

Se han enterrado los muertos de la acción de ayer (así los nuestros como los enemigos, pero no juntos), y los heridos han sido trasladados a Ceuta o a la Península.

Nuestras bajas, entre heridos y muertos, fueron ochenta y siete.

También han sido embarcados hoy para España muchos atacados del cólera...

Los que aquí quedamos pedimos a Dios salir pronto de este apestado valle, transponer esos montes, llegar a la llanura, ver Tetuán.

27 de diciembre.

Seguimos lo mismo. Llueve, arrecia el cólera y se trabaja en el Camino de Tetuán.

Verdaderamente, nuestras Pascuas no pueden ser más aburridas. Casi nadie espera ya que los moros vuelvan a atacarnos en estas posiciones, y, en cambio, todos tememos que la epidemia nos lleve a una fosa obscura, negándonos la gloria y el placer de contemplar a Tetuán y de tomar parte en las grandes luchas en terreno franco que nos reserva el porvenir. Reina, pues, en el campamento una tristeza profunda, que nada podrá disipar, como no sea la orden de marcha.

De noche se juega al tresillo; y por cierto que en mi partida interviene un tipo que acaso describa alguna vez. Aludo al capellán del Regimiento.

Sépase, por de pronto, que todo clérigo en campaña llega a ser más militar que Napoleón, mientras que su asistente pierde la hechura de soldado y se convierte en un verdadero sacristán, místico y devoto como una monja.

Por lo demás, nuestro compañero de tresillo es un ángel de paz en toda acción de guerra, y una guerra andando aquellos días que no hay acción.

28 de diciembre.

¡Otras veinticuatro horas de aburrimiento y de impaciencia!

Los marroquíes han cambiado de plan indudablemente, comprendiendo al fin que serán inútiles cuantos esfuerzos hagan para estorbar los trabajos del Camino de Tetuán. Ello es que han dejado de atacarnos.

Posdata. Los generales Ros, Prim y García están ya completamente buenos.



 

- XIX - Por mar y por tierra.

19 de diciembre, por la mañana.

¡Magnífico, espléndido, delicioso día! Desde que resonó el toque de diana, conocí en las melódicas vibraciones del aire que el cielo estaba limpio de nubes y que la mar dormía tranquila. Además, los cantos de alegría de los soldados saludaban elocuentemente la vuelta del buen tiempo.

Salté, pues, de la cama, ansioso de luz, de aire y de calor; abrí mi tienda, y salí a la que todos no podemos menos de llamar la calle.

¡Qué animación, qué vida, qué regocijo respiraba el campamento! Todas las tiendas estaban abiertas de par en par: camas, ropas, monturas, mantas, víveres, armas, municiones, todo se veía desdoblado, extendido, desparramado a la puerta de cada habitación de lona, a fin de que el sol lo secase cuando sus rayos adquiriesen fuerza. Unos se marchaban a lavar, otros hacían su toilette al aire libre, después de muchos días de irremediable incuria; estos describían con pintorescas frases el detrimento que el temporal había causado en su equipo; aquellos exclamaban, desperezándose y mirando su carabina: «¡Hoy hace un buen día de moros!...» Ni más ni menos que los cazadores dicen en España: «¡Hoy hace un buen día de liebres!»

En este momento comienzan a bajar compañías a la playa para que descarguen sus armas y las limpien. El general Prim pasa por la izquierda de nuestro campo, dirigiéndose con sus tropas al Camino de Tetuán, a fin de reconstruir algunos puentes que el temporal ha derribado. Los cantineros y mercaderes acuden de Ceuta con vino, fósforos, cigarros, papel de escribir, velas y otros artículos preciosos. Los caballos relinchan, como diciendo que están prontos a dar un paseo. Y la tropa, tan macilenta ayer, revela en su semblante la esperanza de que un sol tan claro mejore la salubridad del campamento y acelere la hora de nuestra marcha.

Llegan, en fin, juntos los correos de dos o tres días, y con ellos los efluvios de amor y entusiasmos de la madre patria. Un aluvión de cartas y periódicos inunda el valle; todos tienen noticias de sus familias; todos se animan a seguir adelante al ver la noble actitud del pueblo español; todos se hacen la cuenta de que las penalidades pasadas han sido un mal ensueño, y procuran imaginarse que hoy es cuando verdaderamente empieza la campaña.

Para que el día sea completo, preséntanse en la lontananza de nuestro horizonte, como viniendo de Gibraltar o de Algeciras, dos, cuatro, seis..., hasta nueve buques de vapor y de vela que se dirigen hacia estas costas...

Todos los anteojos se ponen en movimiento... ¿Qué escuadra es aquella? ¡Aquí de las conjeturas, de las suposiciones y de las grandes mentiras!

¡Quién dice que son barcos ingleses que van a socorrer a los moros; quién anuncia que es la escuadra francesa, decidida a cañonear de nuevo el Fuerte-Martín, situado en la playa de Tetuán; cuál da por seguro que aquellas embarcaciones traen a bordo la división del general Ríos, que al fin viene a reforzar nuestro ejército; cuál otro jura y perjura que su anteojo es el mejor del universo, y que distingue a dos pasos de distancia las boinas rojas de los tercios vascongados; quién, por último, sabe de buena tinta que aquello sólo puede ser una escuadrilla rusa que ha bajado de los mares del norte a fiscalizar las operaciones de los buques de la Gran Bretaña!..

En esto levántase un rumor, que llega a hacerse general y acaba con tan peregrinas versiones: «¡Es el pabellón de España! ¡Es la bandera roja y amarilla!», exclaman los oficiales, llenos de regocijo, ofreciendo sus anteojos a todo el mundo, a fin de que nadie deje de ver la enseña de la patria...

Y, entretanto, los buques siguen cruzando ante nuestros ojos, como a media legua de esta playa, con la proa puesta a la rada de Tetuán, cuya entrada nos determinan claramente el promontorio fortificado de Cabo Negro y, más allá de él, otro cabo sobre cuya cima se percibe una blanca atalaya.

Queda, sin embargo, por averiguar qué van a hacer aquellos barcos en el puerto marroquí. Yo, por mi parte, no puedo resistir a tan justificada curiosidad, y dejo la pluma para ir en busca de noticias al cuartel general de O'Donnell.

Cerca de las doce.

¡Oh felicidad, amigos míos! ¡Buen susto vamos a dar a los moros!

Sabréis cómo esta pobre gente ha remediado los daños que la escuadra francesa causó al Fuerte Martín el día 29 de noviembre (hoy hace precisamente un mes), y sabréis cómo ciertos ingenieros (3) <notas.htm> han vuelto a colocar los cañones en su sitio y construido además en la playa baterías rasantes. Pues bien, nuestra escuadra se dirige hoy a la rada de Tetuán a demostrar a los sectarios y aliados del profeta que han perdido su tiempo lastimosamente.

Describamos cuanto alcanzamos a percibir de este solemne acto.

Son las doce de la mañana... Todo nuestro ejército se halla abocado a la orilla del mar, bien sea en la arenosa playa, bien en las alturas de la costa...

Las naves españolas avanzan majestuosamente, trazando en el mar y en el viento estelas de azulado humo o de reluciente plata. Los vapores remolcan a los buques de vela, formando dos divisiones.

Los nombres de unos y otros son: Isabel II, Vasco Núñez de Balboa, Blanca, Princesa de Asturias, Colón, Villa de Bilbao, León, Santa Isabel y Vulcano.

La insignia capitana va en el Vasco Núñez de Balboa, desde el cual mandará el bombardeo el general de Marina D. Segundo Herrera.

Ya dejan a su derecha a Cabo Negro y forman enfrente de la rada...

Ya se encuentran a la vista de Tetuán...

Ya van desapareciendo a nuestros ojos...

¡Ya están todos dentro del puerto, bajo los fuegos enemigos!...

¡Dios sea con España!

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Ahora nada se ve, nada se oye. En nuestro mismo campo reina un silencio religioso... ¡Pero de fijo que todos oyen el alborotado latido de su corazón!

¡Ah! ¡Es la primera vez, después de mucho tiempo, que nuestra Marina, tan temida y respetada en otras épocas, rompe el largo silencio de sus cañones y toma la ofensiva contra los enemigos de España! ¡Yo lo creo firmemente! La empresa que nuestros barcos acometen en este momento, por limitada que sea, puede considerarse como el principio de la nueva historia de nuestra armada; como la señal de que España reaparece sobre los mares; como un aviso dado al mundo de que no se ha extinguido la raza de los Bazanes, Ulloas y Gravinas.

Pero ¿qué es esto? ¡Todos aguardábamos oír un lejano cañoneo hacia la derecha, y toque oímos es un próximo ruido de fusilería hacia el opuesto lado! ¡Decididamente, hoy es día de gran fortuna para nosotros, pues vamos a tener a un tiempo función por mar y función por tierra!

Mas se me dice que el fuego es hacia el Camino de Tetuán, en el campamento del TERCER CUERPO...

¡Si vierais qué extraño efecto me produce esta noticia! No parece sino que oigo tocar a fuego en mi parroquia y vienen a anunciarme que es en mi calle, cerca de mi casa... Corro, pues, en su busca, arrastrado, no sólo por el deber, sino por un raro sentimiento que tiene otro nombre no menos raro: por el espíritu de Cuerpo.

A las nueve de la noche.

Voy a completar la historia del día de hoy; día de honor y gloria para nuestra patria, que ha alcanzado, durante él y a una misma hora, dos diferentes triunfos sobre el imperio de Marruecos: uno en su mar, y otro en sus montañas; el primero atacando, y el segundo resistiendo; aquel contra sus fuertes y baterías, y este contra la ferocidad de sus hijos. ¡Feliz yo, que he podido presenciar esta doble victoria de las armas españolas! Contentaos vosotros con la relación que voy a haceros de lo que he visto a lo lejos y de lo que he tocado muy de cerca.

A lo lejos, y en tanto que avanzaba hacia el campamento de la Concepción, vi aparecer algunos torbellinos de humo por detrás de Cabo Negro, hacia el punto donde debe de caer la Ría de Tetuán, y otra humareda más espesa, que salía de en medio de la rada... Pocos instantes después percibí sordas detonaciones parecidas a lejanos truenos... El cañoneo del mar había principiado, y su estruendo remoto servía como de acompañamiento al estrépito del combate que se reñía en tierra, y que, por cierto, era más vivo y animado que ningún día.

Al llegar yo al teatro de esta lucha, había terminado ya su prólogo, que hoy, como siempre, ha consistido en amagar los moros un ataque por un lado para darlo formalmente por el lado opuesto.

Lo ocurrido hasta entonces era lo siguiente:

Al punto de las doce, algunas fuerzas marroquíes habían roto el fuego contra el batallón Cazadores de Vergara, perteneciente a la RESERVA, que apoyaba a una compañía de Ingenieros ocupada en los trabajos del Camino de Tetuán. El general Quesada se encargó de proteger a este batallón, y, al efecto, hizo avanzar a aquel punto a los Cazadores de Llerena, con el brigadier Moreta a su frente. Ahora bien, si los de Vergara estaban sosteniendo solos y a pie firme una arremetida de fuerzas triplicadas..., ¡puede calcularse cuál sería la situación de los moros desde el momento que nuestros bravos vieron duplicadas sus filas! Básteos saber que al poco tiempo no se oía ni un solo tiro hacia nuestra izquierda...

En cambio (y esto ya lo vi yo), una copiosa multitud de enemigos salió repentinamente de los enmarañados bosques que se extienden a nuestra derecha, dando espantosos gritos, corriendo en todas direcciones, arengándose, amenazándose y como arreándose unos a otros; pero todos tan elegantes como siempre; todos airosos y fantásticos, con sus largas ropas blancas, sus ágiles movimientos y sus innumerables banderines. En cuanto a su música militar, reducíase a un tamboril y a una dulzaina, cuyos lejanos ecos me recordaron las festetas de Valencia.

De este modo se adelantaron hacia el regimiento de Albuera, que había avanzado para salir a su encuentro. Empezó un fuego vivísimo. Los nuestros combatían en guerrilla, y los enemigos a la desbandada, buscando matas y piedras en que apoyar la espingarda, levantándose al tiempo de tirar, como espectros que salen de la tumba, y arrojándose después al suelo con tal presteza, que nunca se sabía si era que huían el bulto o que caían heridos por nuestras balas.

Pero este combate no duró mucho tiempo. La parte del regimiento de Albuera que aún permanecía de reserva, hizo un hábil movimiento de flanco, y se colocó a la derecha del enemigo; entonces resonó el toque de ataque de nuestras cornetas, ese toque vehemente, delirante, vertiginoso, que tanto asusta a los moros, y que no cesa ni un momento durante las cargas a la bayoneta. Cargaron, en efecto, nuestros cazadores entre redoblados vivas, y los marroquíes viéronse obligados a correr hacia su izquierda.

-¡Que avance Baza! -exclama entonces el general Ros, con tanto mayor júbilo cuanto que, previendo semejante contingencia, había apostado desde por la mañana a dicho batallón en un barranco, invisible al enemigo, a fin de que le saliese al encuentro en su fuga...

La orden es transmitida por un ayudante (a quien acompaño yo como ordenanza), y cuando llegamos al barranco, vemos que el brigadier Cervino avanza ya a la cabeza de Baza, cuerpo que mandó desde su fundación, y al que ama todavía como a su familia militar.

El brigadier Mogrovejo se adelanta por otro lado con los de Zamora, y el brigadier Moreta con los de Barcelona y Llerena. Entre ellos van los coroneles Pino y Ulibarri, jefes de Media Brigada, este último con un brazo en cabestrillo, no convaleciente aún de una contusión de bala recibida hace cuatro días.

Entretanto, Alaminos, coronel de Albuera, es herido en un pie, y ocultándolo a sus soldados, permanece al frente de ellos. Las cornetas siguen tocando ataque; el grito de ¡viva la Reina! se repite en una línea de seis batallones; nuestras tropas arrollan el bosque, asaltan las peñas, dominan en todas partes, y los moros huyen despavoridos y desordenados.

¿Cómo seguirlos? ¿Quién les iguala en agilidad? Inténtanlo los nuestros..., pero sus jefes les gritan: ¡Alto! Y ¡Alto! repiten las cornetas.

Nada más racional. ¿Hemos de ir tras ellos hasta el fin del mundo? Ya estamos a media legua de nuestro campo, y el sol empieza a descender al occidente... Hora es de pensar en la retirada.

Hay, pues, un momento de descanso.

Durante él, todos se recuestan sobre las peñas, extenuados de fatiga. La cantinera de Baza, la madre de los soldados, Ignacia la benemérita, la aguerrida, la veterana, va y viene entonces por entre las filas repartiendo agua y aguardiente a todo el mundo, enjugando con su delantal la frente bañada de sudor, del jefe o del soldado, dándoles cigarros y lumbre, sonriendo a todos, alegre y enternecida, infundiendo respeto y entusiasmo con su semblante varonil, tostado por el sol de las batallas, y noble y hermoso en aquel momento en que ejercita la más bella virtud de la mujer... ¡La Caridad!

Viéndola de aquel modo, yo no puedo menos de recordar a la Verónica. Su dura fisonomía, su edad provecta, su elevada estatura, su traje militar, todo me infunde veneración. Recibo con inefable gratitud el agua que me ofrece aquella otra Rebeca; y viendo en torno mío algunos jazmines silvestres, grandes y olorosos, que blanquean entre los obscuros matorrales, hago con ellos un rústico ramillete y se lo presento a Ignacia.

-¡Hermosos jazmines! -exclama ella, colocándolos en el ojal de su levita-. Pero mira, hijo mío..., ¡están llenos de sangre!

Era verdad... Yo no lo había visto... Pero ¿qué hacer ya?

-Déjalo, Ignacia -le contestó-, ¡será de los moros!

-¡Será de los moros! -repite ella, encogiéndose de hombros y sonriendo siempre con bondad.

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En aquel momento (las cuatro y media de la tarde) empezaron a salir por detrás de Cabo Negro los buques de nuestra escuadra. El bombardeo de Fuerte-Martín había terminado.

Contamos las naves según fueron apareciendo... ¡Eran nueve..., las mismas que entraron en la rada! Habíamos vencido, por consiguiente, y nuestras averías, caso de haber sufrido algunas, debían ser insignificantes.

-¡Salud, salud a la Marina española! -exclamamos todos entonces, señalando a los vencedores buques; y, volviendo luego cara al enemigo, que se había rehecho y nos hostilizaba al ver que nadie lo seguía, rompimos de nuevo el fuego contra él.

¡Pero se acercaba la noche, y era forzoso retirarnos!...

La guerra que hacemos ofrecerá esta gran contrariedad mientras estemos a la defensiva. Los moros, por cálculo o por pereza, atacan generalmente al mediodía. Lo de menos es rechazarlos... ¡A las dos de la tarde lo hemos conseguido siempre! Mas, entonces, ¿qué hacer? Emprender movimientos importantes para envolver al enemigo sería una locura, pues las tinieblas nos sorprenderían a los primeros pasos. Permanecer hasta la noche en las posiciones conquistadas cada tarde, fuera comprometerse a un combate diario en la obscuridad. Quedarnos definitivamente en ellas, claro es que no nos conviene, cuando no hemos plantado allí nuestras tiendas desde el primer día. No nos queda, pues, otro arbitrio que retroceder a la trinchera después de haberlos rechazado.

Ahora bien, los moros, que saben perfectamente todo esto, esperan siempre nuestra retirada para volar sobre nosotros y molestarnos con sus disparos. Por consiguiente, la hora de prueba es siempre la última del combate, y también es durante ella cuando tenemos que lamentar pérdidas más dolorosas.

En cuanto a la retirada de hoy, ofrecía un nuevo inconveniente: ¡la absoluta imposibilidad de emprenderla sin inmolar toda una compañía! Y era que cien españoles y cien marroquíes estaban parapetados en dos alturas muy próximas entre sí, de tal modo, que en el instante mismo en que los nuestros descendiesen de la suya, podían ocuparla los enemigos y fusilar desde allí a mansalva a cuantos cruzasen el barranco. La compañía a que me refiero era la 7.ª de Baza.

El general O'Donnell podía verla, y la veía, en tan supremo trance, desde el Campamento del Otero. El general Ros la seguía, también con el alma desde el suyo. El general Turón, avanzando al ángulo de nuestras posiciones, no apartaba sus ojos de ella. Los brigadieres, coroneles, jefes y oficiales de nuestra primera división, mezclados y confundidos bajo un horrible tiroteo, permanecían en las guerrillas con el ánimo pendiente del compromiso en que se hallaban aquellos bravos.

De nada podían valer auxilios ni refuerzos... Allí estaban los batallones de la Reina, Ciudad-Rodrigo, África y Segorbe, protegiendo denodadamente la retirada, también difícil, del resto de la división; pero a la compañía de Baza, asediada en lugar tan avanzado y en terreno tan inaccesible, no se le podía prestar socorro alguno sin comenzar de nuevo la acción en grande escala, cosa que hacía imposible lo apremiante de la hora. No le quedaba, pues, otro refugio que su propio esfuerzo...

Escuchad, y participaréis del asombro que aún me domina en este instante.

Aquellos leones acosados empezaron por fingir que se retiraban; pero no hicieron más que ocultarse detrás de las crestas de la colina. Los moros entonces, creyéndolos ya en el barranco, se pasan de su posición a la nuestra; mas no bien asoman los primeros, cuando los de Baza surgen delante de sus ojos. Los infieles dan un grito de espanto, que la muerte hiela en los labios de algunos. Nuestras bayonetas los precipitan al barranco opuesto, y nuestras balas los alcanzan en su huida. Desaparecen, por último, y nuestros cazadores emprenden con el mayor orden su verdadera retirada.

Pero los africanos no están escarmentados todavía, y tornan a la carga y reaparecen en la altura que acaban de abandonar los españoles. ¡Ah! Sus disparos abrasan materialmente a la fatigada compañía...

-¡Cazadores..., a ellos! ¡No dejemos ni uno vivo! -exclama entonces el capitán, volviendo la cara al fuego...

Pero una bala lo derriba en aquel instante.

-¡A ellos! -repite toda la compañía.

Y ésta gana por tercera vez la cúspide, y se abalanza contra los marroquíes, recibiendo sus disparos a quemarropa, y lucha cuerpo a cuerpo, brazo a brazo, rostro con rostro, y maneja el fusil como una clava, y rueda sobre los heridos enormes piedras, y llena de cadáveres la hondonada, y se aleja finalmente, harta de venganza y de carnicería, bien segura ya de que el enemigo no intentará nada contra ella.

Mas estaba escrito que aquellos héroes llegasen al colmo del afán y de la gloria. Uno de sus compañeros se ha quedado atrás, herido en una pierna, y los llama con lastimeros gritos... Los moros han olido la presa, y se adelantan cautelosamente para cogerla y descuartizarla...

Los nuestros no vacilan; dejan en el suelo las camillas que llevan atestadas de heridos y aun de muertos, y vuelven una vez más sobre sus pasos; recomienzan la lid, y rescatan con su sangre generosa la vida de su abandonado compañero.

¡Ah! ¡Ya están aquí! Helos que vienen a nosotros..., que llegan a juntársenos..., que se incorporan a su batallón. Han sido mermados..., es verdad; de sus cuatro oficiales, uno solo traen ileso; entre muertos y heridos han perdido la tercera parte de su fuerza... Pero ¡qué inmensa gloria han alcanzado!, ¡qué dura lección han dado a los moros!, ¡qué alta han dejado la bandera de BAZA!

A las diez de la noche.

En este momento los hospitales de sangre del TERCER CUERPO remiten al general Ros de Olano el parte de la entrada que ha habido en ellos...

Nuestras pérdidas son ocho muertos, noventa y siete heridos y cincuenta contusos.

Creíamos que habían sido más... ¡Aún nos queda gente para muchas acciones!



 

- XX - Acción del 30 de diciembre. -Mi batallón. -Un hospital de sangre. -Otra mujer piadosa. -Un entierro. -Fin de año.

1 de diciembre.

Anteayer había sido el día del batallón de Baza... Ayer fue el día de Ciudad-Rodrigo, el día de mi batallón. ¡Él, sólo él, sostuvo el fuego durante tres horas y media contra doble o triple número de moros!

Pero no fue esta la única circunstancia particular de la refriega. Primeramente, ningún día se habían presentado los moros a hora tan avanzada de la tarde, ni retirándose tan entrada ya la noche, y por otro lado, jamás los habíamos tenido tan cerca tanto tiempo, ni notado tal vocerío durante la lucha. Yo creo, que su Campo debe de estar ahora muy próximo al nuestro, apostado quizá en el camino que hemos de seguir al abandonar estas posiciones, y que sus ataques de ayer y hoy son llamadas que nos hacen a un terreno en que desean medirse con nosotros. Pronto les daremos gusto, pues el camino de Tetuán está concluido.

Ayer, por ejemplo, eran las tres y media o las cuatro de la tarde, y nadie esperaba ya a los africanos, cuando estalló de pronto un nutridísimo tiroteo hacia Castillejos; pero tan cercano y ejecutivo, que al poco rato se encontraban sobre nuestra trinchera, no solo los generales Ros de Olano, Turón y Quesada, de este cuerpo de ejército, sino también el general en jefe, los generales Prim, Zabala, García, Rubín, y otros que no recuerdo, seguidos de un sinnúmero de jefes y oficiales de todas armas. El público, pues, no podía ser más competente. Veamos cómo se portaron los actores.

El combate había principiado del siguiente modo: como a doscientos pasos de este campamento, montaba la gran guardia de la izquierda una compañía del regimiento de Albuera, establecido al efecto en uno de nuestros parapetos avanzados, sobre una pequeña altura. De pronto, y sin tener de ello el menor aviso ni haber sentido el más ligero rumor, ven nuestros soldados coronarse de moros la loma fronteriza, y una granizada de balas viene a estrellarse en rededor suyo. A esta descarga sigue otra, y otra, y ciento; los enemigos se relevan ligeramente, y mientras cargan unos, otros hacen fuego sobre nuestra avanzada.

La idea no era mala del todo; pero la compañía de Albuera, no se retira... Deja, sí, sobre el parapeto bastantes muertos o heridos, con lo que tiene a raya a los marroquíes durante media hora, bien que debilitándose ella por momentos.

Acuden entonces a reforzar a los de Albuera cuatro compañías de Ciudad-Rodrigo, mandadas por el comandante fiscal del batallón, don Ramón Fajarnés. Entre ellas va la primera la mía, con su bravo capitán D. Pedro Alegre.

El momento era crítico. Al asomarnos al parapeto, nos encontramos de mano a boca con los moros, que ya asaltaban nuestra posición... Cruzáronse las carabinas y las espingardas, y parten plomos mortíferos en todas direcciones. El enemigo vuelve a refugiarse en su colina. Nosotros tenemos orden terminante de no rebasar la nuestra. ¡Es muy tarde, y se trata de evitarlas pérdidas de la retirada, o sea un conflicto semejante al del día anterior!...

Los africanos conocen que se las han con tropas de refresco, cuyo número ignoraban todavía, y se baten ya parapetados, y no con la insolencia de antes.

Las cuatro compañías de Ciudad-Rodrigo no desplegamos en una extensa línea, y los mantenemos en respeto durante el resto de la tarde.

Entretanto, había principiado un fuego no menos nutrido por la derecha y por la extrema izquierda.

En la izquierda defendían una importante y arriesgada posición otras dos compañías de Ciudad-Rodrigo, la 7.ª y la 2.ª Mandábanlas el coronel D. Antonio Ulibarri, jefe de la media brigada a que pertenece mi batallón, y su segundo comandante, D. Ángel Grases. El bravo teniente coronel, D. Ángel Cos-Gayón, se encontraba enfermo en su tienda, y no podía presenciar la hazaña más gloriosa de sus soldados. De la manera como se portaron aquellas dos compañías, sólo diré que el general en jefe, situado en nuestra trinchera, ascendió en aquel mismo instante a Grases, a un teniente y a un sargento, y colmó de alabanzas a cuantos se batían en aquel peligroso sitio.

Al mismo tiempo sostenían la derecha las fuerzas restantes del batallón, que eran las compañías 3.ª y 4.ª, y allí también arreciaba una lid sangrienta.

El general Ros de Olano cruza una y otra vez de un extremo a otro del teatro de la acción, y las balas parecen apartarse para dejarle libre el paso. A su lado es herido el coronel D. Federico Fernández San Román, segundo jefe de su Estado Mayor; otros jefes y oficiales que lo siguen muestran sus ponchos y levitas, que las balas acaban de atravesar; por todas partes óyense, en fin, ahogadas exclamaciones, que indican otras tantas bajas.

Pero nadie se cuida de esto. ¡Lo importante, lo insólito, por mejor decir, es que anocheció hace media hora, y que los moros no se retiran; que el combate continúa, y que en nuestra línea no se hace fuego!...

¿Qué significa esto último? ¿Qué ha sucedido?

¡Oh! Ha sucedido una cosa horrible, si hay cosa que pueda ser horrible para soldados españoles. ¡Desde el obscurecer se han acabado las municiones a todas las compañías de Ciudad Rodrigo!

-¡Cartuchos! ¡Cartuchos! -exclaman los cazadores, armando la bayoneta y recostándose sobre los parapetos, decididos a morir allí todos antes que ceder paso a los moros.

Advertidos estos de lo que sucede, avanzan entonces... Pero los más audaces, los que levantan el pie para saltar las peñas y matas del parapeto, ruedan al otro lado, partidos por nuestras bayonetas. Los que vienen detrás nos tiran a boca de jarro..., y entonces, ¡ay!, cae gente nuestra... Mas sobre ella se levanta otra, ¡nuestra también! Las bayonetas rechinan al tropezar con las espingardas, cuya puntería se pierde en el choque... Entretanto, algunos soldados nuestros sueltan sus armas y se ponen a derribar el parapeto y a lanzarlo sobre los moros. Enormes piedras ruedan sobre ellos, aplastando a los que se encuentran en la hondonada. Lúchase, en fin, a brazo partido; échanse unos a otros mano a la garganta; dispáranse piedras; aporréanse con ellas sin soltarlas; rugen, aúllan, braman los mismos heridos, en vez de lamentarse. En ambos lados, en los españoles y en los marroquíes, es igual la furia, igual el encarnizamiento (4) <notas.htm>.

Tal fue la parte que yo vi en el combate de ayer; pero mis observaciones se extendieron algo más lejos, y voy a revelarlas. Todavía no hemos entrado en un Hospital de sangre la noche después de una acción, y a la verdad que allí se contempla un cuadro digno de ser copiado, sobre todo por quien, como yo, se ha propuesto referir al público la historia privada de la guerra.

Sí, amigos lectores: es un espectáculo interesantísimo el que presentan las camillas llegando entre las tinieblas, por caminos impracticables, conducidas en hombres de cuatro nobles y compadecidos soldados, los cuales animan y consuelan al pobre herido, o anuncian con su triste silencio que no hay esperanza para él. Y es un espectáculo tierno y angustioso el que ofrece la gran tienda llamada Hospital de sangre, apenas alumbrada por temblorosas velas, llena de camillas depositadas en el suelo y medio perdidas en la sombra, de las cuales salen a veces hondos gemidos, mientras que la voz del sacerdote habla de Dios a tal o cual infortunado que va a morir lejos de su familia y de su patria.

En este momento nos hallamos en el hospital de sangre de Ciudad-Rodrigo. El local está completamente lleno. En otras tiendas celebrarán ahora el lado bello de la acción de hoy, su parte luminosa, la gloria, el triunfo, el esplendor de nuestras armas... Aquí se ve solamente la faz sombría del asunto, la impiedad de la guerra, las lágrimas de la sangre, la viudez, la orfandad, el eterno luto de los padres. ¡Cuánta juventud agotada en flor! ¡Cuánto infeliz inutilizado para toda su vida! ¡Cuanto desastre para los que veían en ellos el único sostén, la única esperanza!

En medio de todos estos episodios, y figurando noblemente en cada uno de ellos, vese a una mujer piadosa que va de cama en cama, ofreciendo a los heridos cierta tisana refrigerante que los conforta y reanima...

Esta mujer es francesa, no cantinera, ni hermana de la caridad, ni aun soltera, como juzgaríais a primera vista, sino una peregrina casada, que con su marido va viajando de guerra en guerra; que estuvo en la de Crimea y viene ahora de la de Italia; que cumple quizá un voto, tal vez una penitencia; que pasa el día entre las balas, dando su tisana a los heridos... (solo a los heridos), y la noche en los hospitales de sangre... Tendrá treinta años; su figura es noble y hasta hermosa; viste largo sayal morado; se expresa como persona distinguida, y todo en ella es dulce, cariñoso, angelical. El respeto que inspira sólo puede compararse al cuidado con que se oculta los días que no son de sangre ni de lágrimas... Y no sé más acerca de esta persona.

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Conque vengamos a mi tienda de campaña.

En el momento que hoy escribo estas líneas, he aquí el espectáculo que me rodea.

Son las once de la mañana. Hace un día espléndido y apacible. Me encuentro en cama; pero desde ella alcanzo a ver las últimas verduras de este valle, algunas colinas erizadas de arbustos y peñascos, la arenosa playa y el mar azul y transparente, por el que cruzan algunos barquichuelos...

Allá, cerca del monte, distingo un apretado grupo de soldados y oficiales sin armas, que forman un cuadro perfecto...

Dentro de este cuadro se agitan algunos hombres que entran y salen, van y vuelven, y que al cabo conducen hasta catorce camillas...

¡Ay, ya sé lo que es! Están enterrando a los catorce muertos que tuvo ayer mi batallón. Un teniente y trece soldados dormirán eternamente en esa fosa común...

¡Ahí quedarán cuando nosotros nos marchemos a España, es decir, cuando se marchen los que sobrevivan a esta dificultosa guerra!...

A la una de la madrugada.

¡Gran noticia! En este momento acabo de saberla, y no quiero dejar de comunicarla a España por el correo que partirá al amanecer...

¡El primer acto de la campaña ha terminado con el año de 1859; el combate de ayer será el último que sostengamos a la defensiva! Dentro de algunas horas, antes que raye el alba del 1.º de enero, la DIVISIÓN DE RESERVA pasará a vanguardia y marchará por el Camino de Tetuán, a cuya construcción tanto ha contribuido.

El SEGUNDO CUERPO partirá en pos de ella, con el general O'Donnell, para servirle de refuerzo, caso de entablarse allí, como se cree, una gran batalla.

El PRIMER CUERPO permanecerá definitivamente enfrente de Ceuta, guarneciendo las fortificaciones del Serrallo y nuestra línea de Reductos, e incomunicado por ahora con el general en jefe.

Y el TERCER CUERPO quedará acampado aquí dos días (como retaguardia del ejército expedicionario), cuyo movimiento no seguirá desde luego, por no dejar descubierta esta parte de nuestra línea, mientras no se hayan conquistado otras posiciones defendibles más allá de los Castillejos.

En cuanto a mí, tengo ya formado mi plan para ver todo lo que ocurra en lo sucesivo...; y lo veré, Dios mediante, a pesar del mal estado en que me encuentro... ¡De algo le ha de servir a un obscuro soldado ser amigo íntimo de tanto general!



 

- XXI - Batalla de los Castillejos.

Ceuta, 1.º de enero de 1860, a las once de la noche.

¡Qué día! ¿Cuándo, dónde principió? Yo no lo recuerdo... Una nube de sangre y fuego envuelve toda mi alma... La embriaguez del horror y del entusiasmo embarga aún mi corazón...

Ni es esto todo... Estoy muy enfermo; tengo fiebre, me hallo en cama no sé para cuantos días. Unos brazos, mucho más crueles que piadosos, me han arrancado del seno del ejército y me han traído a esta ciudad apestada. Además, he perdido mi caballo..., o, más bien dicho, he sido abandonado por él..., se me ha escapado, no sé hacia dónde..., no sé en qué momento... Hállome, en fin, en una casa que no conozco, entre unas nobles personas que nunca he visto, en una situación de que no acierto a darme cuenta...

Necesito hacerme luz en tanto caos. ¡Ahora nada veo, nada oigo, nada distingo, sino el conjunto desordenado de la batalla, el estampido de un millón de tiros, el cúmulo de los muertos, los arroyos de sangre, los torbellinos de humo, el volar de los caballos, el relucir de las armas, los gritos de dolor y de cólera, y, sobre esta confusión, sobre este infierno, siempre la misma atmósfera inflamada, el mismo sol ardiente, la misma luz abrasadora!

¡Siete horas hace que expiró en el ocaso la última lumbre de ese día, y yo la veo brillar aún, y me quema los ojos, y enciende la sangre de mis venas!

Algunas leguas me separan ya del teatro del combate; estoy solo, en una sosegada casa de Ceuta, rodeado de paz y de silencio, ¡y creo aún encontrarme allí, en aquel valle, sobre aquella montaña; y oigo el estruendo de la pólvora, y el silbido de las balas, y las voces de mando, el rodar de la artillería, y los golpes del pico y de la pala, y el bárbaro concierto de tanta furia, de tanta destrucción, de tanto estrago!...

Voy a coordinar mis recuerdos... Voy a tomar desde su principio este larguísimio día, que abulta en mi imaginación tanto como un año... Voy a conduciros al través de sus tumultuosas horas, a fin de que veáis, como yo los vi, unos acontecimientos que vivirán tanto como la historia. Y bien haya la fiebre, si ella contribuye a darme energía para seguir escribiendo toda la noche.

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El día de hoy amaneció purísimo y sereno. Era el primero de un nuevo año, y el ejército español lo festejaba tomando la ofensiva contra los marroquíes.

Desde antes de rayar la aurora empezaron a desfilar por la playa del Tarajar la división mandada por el general Prim, con dos escuadrones de Húsares y dos baterías. Detrás de estas fuerzas, sabíamos que habían de pasar el SEGUNDO CUERPO y el cuartel general del general en jefe.

Cuando ya fue día claro, hice abrir mi tienda; y desde la cama, donde me retenía un ligero accidente, contemplé durante una hora aquella marcha importantísima, cuyo resultado no podía menos de ser (esto lo preveía todo el mundo) una nueva acción, y quizá toda una batalla.

Desapareció, en fin, el último soldado con dirección al nuevo camino, cuya solemne inauguración se verificaba en aquel instante, y yo me quedé solo, en la cruel ansiedad que podéis suponer, mientras que todo el TERCER CUERPO se hallaba formado en las trincheras (de orden del general O'Donnell), dispuesto a marchar de frente y caer en el Valle de los Castillejos por su mayor altura, si así lo requerían los acontecimientos.

Transcurrió una hora más, y eran ya las ocho, cuando empecé a oír un cañoneo lejano y bastante vivo...

-¡Esto es hecho! -le dije a mi criado, pidiéndole ayuda.

Y me levanté de la cama como pude, y salí a la puerta de la tienda.

¡Ni una persona en el valle! Todo era tranquilidad y reposo en torno mío... Nadie iba ni venía por el Camino de Tetuán. En cuanto al TERCER CUERPO de ejército, todo él estaba allá arriba, como he dicho, atento a la batalla que sus compañeros reñían en aquel instante a una legua de distancia, y esperando, arma al brazo, la orden de correr en su defensa.

Así permanecí largo tiempo, oyendo un fuego cada vez más vivo...

Al cabo empezaron a aparecer a un mismo tiempo, de un lado camillas de heridos, que venían del teatro de la acción, y del otro el SEGUNDO CUERPO, que se encaminaba a él. Las tropas de refresco y las que ya habían quedado fuera de combate, se cruzaban, por consiguiente, en las arenas de la playa o en la estrecha carretera de los Castillejos, el soldado que se dirigía en busca de gloria veía antes que nada a sus compañeros y amigos, que ya regresaban hacia el hospital o hacia la tumba.

-Anda -le dije a Soriano-, y pregunta a aquellos heridos cómo va la acción.

Entretanto, el general en jefe y su cuartel general pasaron también por la orilla del mar con dirección al fuego, y en pos de todas aquellas fuerzas iban tiendas, equipajes, víveres, municiones y toda la impedimenta de los dos cuerpos de ejército que habían avanzado.

Esto me tranquilizó, por cuanto revelaba seguridad de vencer en el combate ya principiado, y resolución de acampar en el sitio que más nos conviniera.

En aquel momento volvió mi criado, descompuesto el rostro y presa de la mayor agitación.

-¡Se da una gran batalla! -me dijo-. Los Húsares de la Princesa han cargado, llegando hasta el Campamento moro... ¡Tenemos muchos muertos..., muchos! ¡El enemigo no quiere dejarnos pasar por los Castillejos!... Allí esperaba a los nuestros toda la morería; pero el general Prim se está portando como un héroe... Los Húsares han hecho el gasto... Los dos escuadrones están reducidos a la mitad.

¡Figuraos mi agonía! La imaginación, que todo lo abulta, me hizo temer todo linaje de complicaciones... ¡Había llegado, pues, el caso de realizar mi plan de la víspera, el cual era abandonar mi ya inactivo cuerpo de ejército, para ir a unirme a los que marchaban de vanguardia!... Ros de Olano me perdonaría.

Monté, pues, a caballo como Dios me dio a entender, y partí... ¿A dónde? ¡En busca de la patria en peligro!...¿Para qué? ¡Para nada, triste de mí, que de nada podía valerle!... ¡Para morir por ella, en todo caso!

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A poco que anduve me encontré a un jinete que subía lentamente por en medio del valle del Tarajar.

Venía muy pálido, y regía su caballo con la mano derecha. La izquierda la traía oculta bajo los pliegues de su poncho.

Era D. Cándido Pieltaín, el coronel del Príncipe, que se retiraba del combate con el brazo izquierdo atravesado por una bala.

Por él supe que la batalla no se presentaba tan mal como se me había hecho suponer, pero que era reñidísima; que el general Prim avanzaba siempre sobre los enemigos, y que los escuadrones de Húsares se habían rehecho después de devolver a la alevosa morisma daño por daño, muerte por muerte, y de haberle arrebatado una bandera.

El bravo coronel siguió a caballo por el camino de Ceuta, impávido, sereno, excitando tanta piedad como admiración, y yo continué mi marcha hacia los Castillejos, algo más alegre y confiado.

Toda la carretera (de una legua de longitud) se hallaba cubierta de heridos que venían en camillas, en mantas, sobre los hombros de sus compañeros, y hasta sentados en cruces, de fusiles...

Por aquella gente fui sabiendo pormenores y episodios, o sea triunfos y desgracias particulares, que no me daban verdadero conocimiento del comienzo y desarrollo de la batalla.

Cerca ya de los Castillejos encontré cinco moros heridos, escoltados por guardias civiles, que los defendían de la cólera de algunos soldados rencorosos, quienes, recordando quizá la muerte de algún hermano o amigo, mostraban deseos de vengarla.

Con este motivo presencié discusiones acaloradísimas entre los feroces y los compasivos, en que acababan siempre por triunfar los últimos; pues nadie se atrevía a contestar a las siguientes preguntas que hacían llenos de nobleza:

«¿Somos nosotros tan salvajes como los africanos? ¿No nos hemos de diferenciar de ellos? ¿Es hazaña propia de españoles cebarse en un hombre indefenso, en un herido, en un moribundo? ¡El que quiera vengarse que busque moros armados! Ese tiroteo que oís os indica que aún quedan muchos y que se encuentran cerca... ¡Marchad, pues, en su busca, y sed generosos con los que ya están vencidos!»

Estas o parecidas palabras no podían menos de encontrar eco en pechos cristianos, y los heridos marroquíes pasaban al fin confundidos con los nuestros, sin que los guardias civiles tuviesen que intervenir en el asunto.

Por lo demás, los pobres prisioneros eran tan miserables como los cadáveres moros que vi el día 25. Sólo uno de ellos se distinguía por llevar un poco más de ropa, y otro por su rostro imberbe y por su larga cabellera negra.

Esta circunstancia hizo que muchos, acostumbrados a ver a los moros completamente rapados y con toda la barba, tomasen a aquel individuo por una mujer; pero lo cierto, según he sabido esta noche (pues los cinco cautivos se encuentran también en Ceuta), es que la pretendida mora y efectivo moro dan por resultado un derviche, especie de peregrino o monje muy respetado por los musulmanes.

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Cátanos ya entre nubes de humo y ensordecidos por el estruendo del cañón. Hemos dado vista al Valle de los Castillejos... Son las doce de la mañana.

Ya he descrito este valle, abierto entre ásperos montes que bajan hasta la playa, situada a nuestra izquierda, y que suben por la derecha, juntándose hasta formar cierta angosta cañada...

Desde estos montes era facilísimo estorbar la marcha de nuestro ejército, y de aquí la necesidad de ocuparlos previamente, como también la tenacidad con que los han defendido hoy los moros.

Muy cerca del camino se levanta la casa del Morabito, sobre una colina aplanada, y en ella se encontraba va situado el cuartel general de O'Donnell, quien dirigía la acción con su impasibilidad acostumbrada.

Abarquemos también nosotros desde allí todo el teatro del combate.

Estamos de espaldas al mar, desde donde algunos vapores y lanchas cañoneras barren a cañonazos la llanura de la izquierda, teniendo a raya a los moros por aquel lado. Entretanto, embárcanse por la derecha heridos y más heridos, que dentro de algunas horas se encontrarán en Algeciras, en Cádiz, en Málaga y otros puertos. En medio del llano se ven formados los dos escuadrones de Húsares que tanta gloria han alcanzado hoy, siquier a precio de tanta sangre... Los huecos de sus filas se han embebido al rehacer la formación; pero no por ello deja de notarse lo muy mermada que ha quedado esa legión de héroes... Enfrente de los mismos Húsares, ofrécese a la vista el principio de la retorcida cañada en que penetraron hace pocas horas, y donde han quedado tantos de sus compañeros... ¡Aún se ven a la entrada de aquel misterioso antro algunos caballos muertos, algún cadáver de moro, algunos rastros de sangre!

A nuestra derecha se alzan, asomadas ya a este valle, cuya posesión nos están disputando los moros, las primeras tiendas del nuevo campamento, en que O'Donnell, su cuartel general y el SEGUNDO CUERPO están seguros de dormir esta noche.

Por último, enfrente de nosotros se levantan en progresión ascendente tres corpulentas lomas, a las cuales sube una columna interminable de soldados y acémilas con cargas de municiones y artillería llevada a lomo, y de las cuales desciende un cordón continuo de heridos... Torrente de sangre que, vomitado por el monte, cruza el llano y va a morir a la mar. Mas lejos se percibe allá arriba una espesa humareda, y, entre el humo, vense brillar a veces nuestras bayonetas, que un sol de fuego hiere desde el meridiano. Y, en fin, en medio de aquella parte de la montaña preséntase una garganta anchurosa, formada por dos alturas gemelas, que es en este momento el verdadero foco de la lucha, y sobre la cual se cruzan los fuegos. Ahora, lo que yo no puedo haceros ver ni oír es la luz y la vida de este cuadro, su animación, su estruendo, su ardiente colorido, sus fantásticas proporciones...

Contentémonos, pues, con referir lo sucedido, tal y como me lo refirieron a mí testigos presenciales.

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Serían las ocho de la mañana cuando la vanguardia de las fuerzas mandadas por el general Prim (compuesta del batallón Cazadores de Vergara y del regimiento del Príncipe, y mandada por el coronel de este, D. Cándido Pieltaín, a quien yo había visto luego pasar herido por el campamento de la Concepción) pisó las alturas que dominan el Valle de los Castillejos; aquellas mismas alturas que, durante las obras del Camino de Tetuán, habían sido teatro de tan sangrientos y señalados combates.

También por esta vez los aguardaban allí los moros, resueltos a impedirles bajar a la llanura; pero aunque hoy eran muchos más que de ordinario, y su fuego más nutrido, los soldados de Vergara y el Príncipe arremetieron con tal ímpetu, que pocos momentos después la posesión quedó por suya.

Entretanto, algunas compañías de Cuenca atacaban por la derecha unas ásperas rocas, desde donde el enemigo, perfectamente parapetado, hacía fuego sobre los de Vergara; y, en poco tiempo también, todas las rocas eran nuestras, mientras que huían dispersos sus defensores.

Dueño, pues, el conde de Reus de aquella amenazadora meseta, hizo avanzar las demás fuerzas de su mando, y situó la Artillería de tal modo que protegiese el descenso de las otras armas a la llanura, donde se habían acumulado numerosas huestes enemigas, al amparo de la colina y casa del Morabito de los espesos jarales que se extienden hasta aquel sitio desde los cerros de la derecha. El general en jefe mandó entonces al general Prim que bajase al valle y tomase la dicha casa, mientras que enviaba una brigada del SEGUNDO CUERPO a las órdenes del brigadier Serrano, seguida de una Batería de Montaña, a que flanquease un bosque que ocupaban los moros y los arrojase de él a todo trance.

Esta segunda operación se llevó a término en pocos momentos, merced a la inteligencia y arrojo con que la ejecutó el brigadier Serrano y al acierto con que jugó la artillería.

No menos pronta y bizarramente se cumplió la parte encomendada a la división de reserva; pero algunos memorables episodios la hacen digna de más especial mención.

El conde de Reus dispuso que descendiesen simultáneamente a la llanura, por el lado derecho, el batallón de Cuenca, al mando de su bizarro coronel, D. José Estremera; los escuadrones de Húsares por el opuesto lado, y los batallones de Vergara y del Príncipe, a quienes protegía el de Luchana, por en medio, yendo a su frente el propio general. Así llegaron al valle y atacaron a la morisma, en tanto que la Artillería de Montaña seguía disparando desde la meseta que acababa de conquistarse.

Entonces tuvo efecto un rasgo interesantísimo. Nuestra Armada, que, siempre arrimada a la costa, seguía los movimientos del E

ejército, no contenta hoy con prestarle el auxilio de sus cañones, que no cesaban de lanzar granadas sobre las hordas enemigas, le envió algunos de sus valientes hijos, quienes, mandados por el capitán de fragata D. Miguel Lobo, saltaron a tierra armados de sus rifles, y corrieron al encuentro de nuestras guerrillas, embistiendo y arrollando a los asombrados marroquíes, hasta que, al fin, unos y otros españoles se reunieron en la altura del Morabito, que habían asaltado por dos puntos diferentes.

Al llegar allí, se dieron la mano los nobles compatriotas, tendiendo los ufanos ojos por el suelo que acababan de conquistar juntos...

-¡Viva la Marina! -exclaman los soldados de tierra.

-¡Viva el ejército! -responden los soldados de mar.

-¡Viva España! ¡Viva la Reina! -gritan, finalmente, unos y otros.

Ya estaban en nuestro poder el Valle de los Castillejos, su fortaleza arruinada, y la casa del Morabito... Los moros habían desaparecido como por ensalmo, y la acción parecía terminada definitivamente.

El conde de Reus aprovechó aquel momento de tregua para colocar sus batallones en algunos puntos importantes, y después esperó nuevas órdenes del conde de Lucena.

Pero los moros se anticiparon a indicarle lo que debía hacer. Durante aquel intervalo habíanse reunido todas sus fuerzas, desparramadas antes por los montes y bosques vecinos, y aumentadas ahora con las feroces hordas de Anghera, a quienes el general Echagüe, desde su campamento del Serrallo, vio pasar al amanecer con dirección a Sierra-Bermeja. En cuantiosa multitud, pues, y en grupos más numerosos y apretados que acostumbran, aparecieron sobre la primera y más próxima de las tres lomas consecutivas que, según ya he indicado, se levantan enfrente del Morabito; y aunque desde allí hubieran alcanzado sus tiros a nuestras tropas, tenían hoy tal confianza en la superioridad de sus posiciones y de su número, que se descolgaron sobre la llanura llevando terciadas a la espalda sus largas escopetas y blandiendo sus cortantes y puntiagudas gumías, entre unos gritos espantosos.

Nuestra infantería salió al encuentro de aquella impetuosa catarata, que parecía querer inundar el valle, en tanto que los escuadrones de Húsares de la Princesa se adelantaron a contener a la caballería africana, que desembocaba al mismo tiempo por la cañada de la izquierda, tratando de recobrar el llano.

Mandaban a los Húsares los comandantes don Juan Aldama y marqués de Fuente-Pelayo. Eran dos bizarros escuadrones, compuestos de soldados escogidos por su valor y gallardía, y de una distinguida oficialidad, en que figuraban todas las aristocracias: la del heredado valor, la del dinero, la del apellido. Yo les había acompañado algunos días antes (bien lo recordaréis), al intentar en este mismo sitio la temeraria empresa que han acometido hoy; yo los vi en correcta formación avanzar contra la caballería árabe, que ya tenía meditada la alevosía que, por último, ha perpetrado, y yo creo verlos también recoger esta mañana el guante que les arrojaron en mitad del llano los jinetes moros, y atacarlos de frente y perseguirlos en su simulada fuga, y desaparecer tras ellos por la tremenda garganta, cuyo término desconocían...

¡Allá van con sus blancos dormanes, con sus impetuosos trotones, con sus fulminantes espadas! La infantería marroquí, que ya asomaba por aquella formidable angostura, es atropellada, acuchillada al paso, puesta en dispersión..., sin que los Húsares se detengan a rematarla. Los caballeros árabes siguen huyendo, por su parte, cada vez más despacio y como extenuados de fatiga... ¡Estos, estos son los adversarios que nuestros jinetes buscan y con los que quieren medir sus armas! Ya los tienen cerca... ¡Ya esperan alcanzarlos!...

Pero en tal momento, al torcer un rodeo de la cañada, encuéntranse sin enemigos delante de sí... Los árabes se han desvanecido como el humo. En cambio, ven blanquear a poca distancia un numeroso y apiñado campamento, todo de tiendas crónicas, encerrado en una depresión que forman cuatro montañas confluentes... ¡Es el campamento musulmán, el cubil de los lobos, la madriguera de los tigres!

Esta inesperada aparición los suspende un punto.

-¡El campamento moro -exclaman, llenos de glorioso júbilo y de mayor denuedo.

-¡Adelante! ¡Adelante! -resuena a todo lo largo de las filas.

Y espolean sus ardorosos brutos, y avanzan con temerario arrojo, sin pensar en lo que allí puede sucederles, ni recordar que detrás de ellos dejan mil enemigos emboscados...

De pronto, la tierra falta bajo sus pies; húndense caballos y caballeros en profundas zanjas, cubiertas de ramas y de hierbas; un jinete rueda sobre otro, y sobre aquel un tercero; fórmanse pilas de miembros palpitantes, que sirven como de puente a los que vienen detrás (y que no pueden contenerse en su desbocada marcha, por empujarlos y precipitarlos los que les siguen), sucediendo, por último, que los que logran salvar una de aquellas cortaduras caen en la inmediata, o, si no, en la tercera, ¡pues tres son los fosos disimulados que estorban el paso a los imprudentes Húsares!...

Al mismo tiempo estalla sobre ellos una tempestad de tiros. ¡Por los dos lados, por la espalda, por arriba, por todas partes, les hacen fuego! Detrás de cada árbol y de cada piedra reluce una espingarda o se ve una nube de humo..., y gritos salvajes acompañan a los disparos, como diciendo a nuestros compatriotas: «¡Os hemos burlado! ¡Estáis perdidos sin remedio!»

Semejantes voces enardecen aún más a los desamparados Húsares... Salen, pues, a duras penas de los fosos, ayudándose, protegiéndose, sosteniéndose, como tiernos hermanos; y, en tanto que unos escoltan y defienden la retirada de los heridos y contusos, llevando los cadáveres sobre el arzón de sus caballos, otros cargan furiosamente a la morisma, acometiéndola por todas partes, revolviéndose entre ella, sembrando la muerte dondequiera que alcanzan sus aceros, y abriéndose camino hasta el llano de los Castillejos por entre densa nube de enemigos.

¡Ni es esto todo! ¡Algunos de aquellos doscientos leones prefirieron morir a emprender esta retirada sin haber realizado antes su loca empresa de profanar el campamento enemigo: avanzaron, pues, hacia él; metiéronse entre sus tiendas; batiéronse allí a pistoletazos y cuchilladas; apoderáronse de una bandera, y volvieron a recorrer aquel pavoroso desfiladero bajo un diluvio de balas, saltando los tres fosos milagrosamente, rescatando aún a alguno de sus camaradas (desnudo ya y en poder de los inhumanos marroquíes), y saliendo, por último, al ancho valle, mermados, sí, pero no vencidos, con la palma del martirio en una mano y con la palma de la victoria en la otra!

En este heroico hecho de armas fueron heridos los comandantes de los dos escuadrones; muertos dos oficiales, y heridos casi todos los demás. Muchos húsares de la clase de tropa exhalaron también su último aliento en aquel campo de honor, y más de treinta lo regaron con su sangre... Pero a todos, cualquiera que haya sido su suerte en tan alevosa asechanza, cabe la misma prez y corresponde igual aplauso, pues todos pelearon como buenos y merecieron bien de la patria.

Entretanto, nuestra infantería había entablado por la derecha una lucha no menos formidable. Los batallones del Príncipe, Vergara, Luchana y Cuenca, capitaneados, que no mandados, por el general Prim, lejos de retroceder ante la formidable avenida de enemigos que se precipitaba de las alturas sobre el llano, opusieron a ella el dique de sus bayonetas y de sus pechos; empezaron por resistirla; la contuvieron después; la estrecharon y quebrantaron en porfiada lucha, y acabaron por rechazarla, por arrojarla al otro lado del monte.

Quedó, pues, nuevamente todo el valle por nuestro. El general Prim eligió entonces la posición en que debía atrincherarse, a fin de acampar en ella esta noche, pues se había hecho muy tarde para continuar nuestra marcha; pero como aquella loma estuviese dominada por la altura siguiente, y los moros comenzaron a disparar desde allí sobre nuestras tropas, hizo avanzar nuevamente al batallón del Príncipe, dejando al de Vergara en el lugar que había de ser campamento... Y aquí principia la parte más ruda y peligrosa de esta empecatada batalla.

Fácilmente, aunque no sin lucha, tomaron los del Príncipe la segunda loma, y nuestra bandera quedó clavada en el terreno que ocupaban antes los marroquíes... Pero habiendo subido allí el conde de Reus, divisó el Campamento moro que acababan de visitar los Húsares; y sintiendo la misma noble codicia de caer sobre él y plantar sobre sus profanas tiendas la cruz de Jesucristo, se preparó para el ataque.

Bien meditado, todo el objeto del movimiento de hoy no era batir al enemigo ni apoderarse de su campo, sino marchar hacia Tetuán. Aparte de esto, la posición de dicho campo era más fuerte de lo que a primera vista parecía, enclavado como estaba en el fondo de cuatro apiñados montes, cuya toma nos había costado larga y sangrienta lucha y distraer nuestras fuerzas de su verdadera dirección... Así lo declaró el general O'Donnell, templando con su inalterable sangre fría la impetuosidad del conde de Reus, quien había bajado al Morabito a consultar el caso.

Desistiose, pues, del ya preparado ataque; pero los moros, que mucho lo temían, sobre todo después de la acometida de los Húsares, emprendieron desesperadamente la defensa de su campo, viniendo contra nosotros con renovado y supremo brío, y empeñando una lid tanto más sangrienta, cuanto que versaba sobre un error. Es decir, que los moros tomaron nuestra resistencia por obstinado ataque, cuando los que atacaban eran ellos, mientras que nosotros nos limitábamos a defender unas posiciones necesarias para cubrir la marcha del ejército por la orilla del mar. Así se explica la tenacidad con que han luchado hoy ambos ejércitos; la mucha sangre vertida en uno y otro lado, y el empeño con que todos pelearon por ser dueños de una cumbre que han abandonado al anochecer, no solo los vencidos, sino también los vencedores.

Pero no adelantemos los sucesos...

Cuando llegué yo al teatro de la batalla, que fue en lo más recio del ataque de los moros contra los batallones del general Prim, la situación comenzaba a ser algo comprometida.

Falto de fuerzas el conde de Reus (pues la línea de batalla se había hecho muy extensa, y él contaba solamente con los fatigados batallones de Vergara, Cuenca, Luchana y Príncipe, muy reducidos ya por tantas horas de mortífero fuego), apeló a todos los recursos para contener al enemigo, cada vez en mayor número; y mientras el Príncipe cargaba briosamente y desalojaba a los moros de sus nuevas posiciones, hizo avanzar a un batallón del 5.º Regimiento de Artillería, a pie, a las órdenes del coronel D. Ignacio Berrueta, dando así lugar a que aquellos entendidos artilleros, que tan brillantemente se habían portado ya, al lado de sus cañones, conquistasen nuevos y muy sangrientos laureles como soldados de infantería.

En cuanto a los moros, perdían sus hombres a centenares. Los encuentros empezaron a tiro de pistola y concluían a boca de jarro; la bala y la bayoneta los herían al mismo tiempo; la carnicería era espantosa; desenfrenado el combate; atroz y nunca vista la manera de pelear.

Mas no bastaba todo esto. Los enemigos se reproducían como la hidra de la fábula. De Tetuán, de Anghera, de todas partes les llegaban refuerzos. Por cada uno que caía se levantaban diez nuevos combatientes. La fuerza que se acababa de rechazar volvía a la carga al cabo de un instante, tan entera y briosa como al principio... ¡No imaginemos ni por un momento lo que ha podido sucedernos hoy!

Por fortuna, el general en jefe, que seguía desde el Morabito todas las vicisitudes de la batalla, comprendió el apurado trance en que se encontraba el general Prim, y le envió el regimiento de Córdoba, perteneciente al cuerpo de ejército del general Zabala, y a las órdenes del brigadier Angulo.

Este refuerzo no pudo acudir más a tiempo. Los del Príncipe se replegaban ya, no pudiendo resistir al número de los contrarios, que habían apelado a sus cuantiosas y descansadas reservas, mientras que ellos estaban fatigadísimos después de cinco horas de continua lucha...

Llega, en fin, el regimiento de Córdoba. El conde de Reus le manda soltar en tierra las mochilas; deja de reserva un batallón; pónese a la cabeza del otro, y avanza a contener la catarata de enemigos que amenaza sepultar bajo su mole los restos del regimiento del Príncipe.

¡Inútil esfuerzo! El batallón de Córdoba cede también ante las huestes africanas, sin poder avanzar un palmo de terreno. ¡El que lo intenta, muere! Los jefes y oficiales, puestos a la cabeza de sus tropas, pugnan por arrastrarlas en pos de sí... Pero, al primer paso, caen ellos atravesados por las balas enemigas, y su heroísmo sirve únicamente para demostrar que la resistencia es imposible.

Yo vi a Prim en aquel supremo instante (pues me encontraba allí, en compañía del gran dibujante Vallejo), y en verdad os digo que la actitud del conde de Reus era tremenda. Estaba lívido; sus ojos lanzaban rayos; su boca, contraída, dejaba escapar una especie de rugido salvaje. Hallábase al frente de los de Córdoba, delante de todos, con el caballo vuelto hacia ellos, con la espada desnuda, retorcido el musculoso cuerpo bajo el anchuroso uniforme, entero y arrebatado a un mismo tiempo su corazón, como debe de estarlo el del hombre que va a atentar contra su vida.

Ya lo había apurado todo: arengas, amenazas, órdenes, palabras de camarada y de amigo... Por segunda vez había intentado aquella arremetida, y por segunda vez el regimiento de Córdoba se había estrellado contra una bocanada de viento cuajado de mortífero plomo... ¡Y el enemigo avanzaba entretanto!..., ¡y las posiciones conquistadas a precio de tanta sangre española iban a quedar por suyas!, ¡y el equipo de aquellos dos batallones caería en poder de los marroquíes!, ¡y España sería vencida por vez primera en el africano continente!...

¡Oh! No. ¡Esto no podía ser! ¡Los leones de Castilla harán un esfuerzo desesperado! ¡El corazón de nuestros valientes responderá al acento supremo del patriotismo!

El conde de Reus ve ondear ante sus ojos la bandera de España, que conduce el abanderado de Córdoba... El semblante del general se ilumina con el fuego de una súbita inspiración... Lánzase sobre la bandera: cógela en sus manos; tremólala en torno suyo, como si quisiese identificarse con ella, y rigiendo su caballo hacia los marroquíes y volviendo la cabeza hacia los batallones que deja detrás, exclama con tremebundo acento:

-¡Soldados! Vosotros podéis abandonar esas mochilas, que son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera, que es de la patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas... ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejaréis morir solo a vuestro general! ¡Soldados!... ¡Viva la Reina!

Dice, y da espuelas a su caballo. Y sin reparar en si va solo o le sigue su infantería, cierra contra las huestes contrarias, con la bandera amarilla y roja desplegada al viento, suspendiendo por un instante la furia de los marroquíes, que asombrados contemplan tan impertérrita figura...

Los batallones de Córdoba no han sido sordos a aquella voz irresistible. ¡Viva nuestro general!, gritan vigorosamente, y se abalanzan en pos suyo sobre los moros, y arrostran una muerte segura, y caen cadáveres sobre cadáveres, y siguen arremetiendo, y las bayonetas se cruzan con las gumías, y mézclase la sangre infiel con la cristiana, y la victoria ciérnese indecisa sobre los revueltos combatientes.

Las cornetas siguen tocando ataque; los marroquíes asordan el espacio con sus gritos; el arma blanca y la de fuego juegan indistintamente; el humo se hace tan denso, que no permite distinguir al amigo del adversario; ¡pero la bandera española reluce siempre sobre la tormenta, y siempre en manos de nuestro afortunado caudillo! ¡Afortunado, sí! ¡Las balas, que silban y cruzan a su alrededor, que siembran la muerte por todos lados, que hieren a sus ayudantes, que alcanzan a su caballo, respetan la vida de aquel soldado vestido de general, de aquel que es el alma de la lucha, de aquel que sobresale entre todos y ostenta en su mano nuestra adorada y venerable enseña! Diríase que está dotado de la virtud de Aquiles.

¡Horribles son las pérdidas de los moros en aquella hora! Los soldados del SEGUNDO CUERPO los persiguen, sedientos de venganza, y la sangre vertida en torno del general Prim es más que lavada por la que hacen derramar a los moros, en unión del regimiento de Córdoba, los batallones de Simancas, León, Arapiles y Saboya, a las órdenes del general Zabala.

Este esforzado y jamás vencido general había llegado con las dichas fuerzas, precisamente en el instante en que el conde de Reus echaba su vida en la balanza, a fin de inclinar la victoria al lado de nuestro pabellón. Desde las alturas de la derecha, por donde avanzaba al frente de sus tropas, vio el peligro y se dirigió a él. Mas para llegar a aquel punto érale forzoso atravesar una cañada interpuesta entre sus posiciones y las de Prim, y defendida de un modo formidable por una infinidad de moros, que enfilaban a lo largo de ella sus disparos... Intentar cruzarla era otra temeridad semejante a la que acababa de acometer el regimiento de Córdoba con éxito tan glorioso y memorable. No vacila, empero, el conde de Paredes; y sacrificando también a los bizarros jefes y oficiales que componen su cuartel general, pónese a la cabeza de aquellos heroicos batallones, que tanto se distinguieron el día 9 de noviembre en las alturas del Serrallo, y llega, a todo trance, a la codiciada posición.

Tan noble intrepidez no pudo menos de ser grande en resultados. Las tropas del general Zabala, firmes en aquel punto, bajo el fuego enemigo, impidieron que los moros se corriesen por la cañada y envolvieran al general Prim.

Pero aun faltaba uno de los episodios más notables de la batalla de hoy; episodio que me impresionó extraordinariamente, y que jamás olvidaré.

Después del heroico trance de la bandera y del ataque del regimiento de Córdoba, Vallejo y yo habíamos abandonado aquellas peligrosas alturas y bajado a la explanada que conduce al Morabito, siendo tan apretado el cordón de heridos que descendía por aquella senda, que nos vimos obligados a marchar fuera de camino, y por en medio de unos jarales recién quemados, a fin de no estorbar a los camilleros.

En tal instante arreció nuevamente la lucha allá en las alturas ocupadas por Prim y Zabala... Diríase que los moros se habían recobrado de su espanto y volvían a la carga por tercera vez... Descargas cerradas atronaban nuestros oídos; caballos corriendo a escape iban de uno a otro lado; los aullidos de los infleles apagaban los acentos de las cornetas; una confusión horrible reinaba otra vez en el lugar del combate...

Entonces oímos cerca de nosotros una voz que, con la violencia del trueno y con un poder magnético irresistible, se acercaba gritando: ¡A ellos! ¡Terminemos de una vez! ¡A la bayoneta, soldados! ¡Viva la Reina!

Vuelvo la cabeza, y veo adelantarse un jinete a todo el correr de su caballo, con la espada desnuda, avanzando sobre la silla, inflamado, terrible como la desesperación que lo arrastraba...

Era el general en jefe: era O'Donnell.

¡Magnífico iba en aquel instante el conde de Lucena! Su elevada estatura, su porte militar, su misma categoría, todo le daba extraordinarias proporciones. Era la primera vez que veía yo aparecer al guerrero debajo del general en jefe, del presidente del Consejo de Ministros, del ministro de la guerra. ¡Su arrojo y decisión de aquel instante revelaban su anterior vida, justificaban su alta posición, recordaban al general del Ejército del Norte, al insurgente de Vicálvaro, al mantenedor del Trono en las calles de Madrid, al caudillo de tantas temerarias luchas, al que nació y morirá en la guerra, donde nacieron y murieron, o donde al presente viven, sus deudos y antepasados, sus hermanos y sus herederos, cuantos llevan su noble apellido!

Aquella resuelta actitud de O'Donnell ejerció en las tropas una fascinación indescriptible: los batallones de la Princesa, con el brigadier Hediger a su frente, marchaban en pos de él como arrebatados por un vértigo, aclamándolo y vitoreándolo, blandiendo sus armas con desusado brío, volando a la muerte como al festín de la inmortalidad.

¡Minutos después, aquella tromba incontrastable dominaba las alturas, y yo también, como absorbido por ella! ¡La curiosidad y el miedo me habían conducido otra vez a aquel paraje! ¡Conocedor ya del infierno en que había penetrado el general O'Donnell; habiendo visto llover allí las balas pocos momentos antes, acudía a saber si aquel era de nuevo el reino de la muerte!

Por fortuna, el conde de Reus salió al encuentro del general O'Donnell, y con tanto respeto como franqueza, le dijo estas hermosas palabras: Mi general, aquí mando yo. Este no es su puesto de usted. Su vida no le pertenece, y aquí la expondría sin necesidad. Todo está ya terminado.

En efecto, el estruendo y tumulto que se habían oído desde el valle fueron el último esfuerzo de los moros por recuperar las posiciones perdidas. Rechazados nuevamente por Zabala y por Prim, y amenazados por el general García, que reforzaba ya la derecha con los batallones de Chiclana y de Navarra, al mando del general D. Enrique O'Donnell, batíanse ya en retirada y muy débilmente; tanto, que nuestros soldados no los persiguieron, contentándose con permanecer firmes en las posiciones conquistadas, de las que nada había bastado a desposeerlos, y en las cuales dormirá esta noche el valeroso conde de Reus a la sombra de la bandera de Castilla.

Esta ha sido la sangrienta Batalla de los Castillejos, ganada por menos de ocho mil españoles contra todo el ejército marroquí, compuesto hoy de más de veinte mil combatientes, mandados por el príncipe Muley-el-Abbas, hermano del emperador de Marruecos. (Así se afirmaba esta tarde en el cuartel general de O'Donnell.) La lucha ha durado de sol a sol, y en ella han tomado parte muy gloriosa todas nuestras armas: la Artillería, la Infantería, la Caballería, los Ingenieros y hasta la Marina..., la cual ha peleado, no solo desde el mar, sino también en tierra. El enemigo ha empleado también todos sus medios de destrucción, su renombrada caballería, sus tropas de Rey, sus cabilas montaraces. Hemos arrebatado a los moros una legua de terreno y todas las posiciones en que se han presentado; hemos penetrado en su campamento, bien que rápidamente, y obligándoles, según parece, a levantarlo; les hemos cogido sus muertos y algunos prisioneros, y, en fin, nos hemos apoderado de una de sus banderas, dando muerte al que la conducía; por lo que la historia escribirá en letras de oro el nombre de Pedro Mur, soldado de Húsares de la Princesa, que ha tenido la gloria de realizar tan grande hazaña.

Hay además en el combate de hoy una rara circunstancia que hacer valer, y es que su brillante éxito se ha debido, sobre todo, al valor personal de los generales. Sin el arrojo temerario de Prim, sin la actitud audaz de Zabala, sin la furia arrebatadora de O'Donnell, ningunas tropas de cuantas sostiene el mundo hubieran intentado empeños tan inauditos, tan imprudentes, tan insensatos a primera vista y tan gloriosos en los resultados, como cerrar uno contra veinte, penetrar en un torbellino de balas, meterse entre dos fuegos, luchar a la vez con armas blancas y a tiros, y arrostrar una muerte segura en empresa de que tal vez desconfiaban. Así es que, después de tal batalla, los generales podrán muy bien decir: Con soldados como éstos, no hay nada imposible; y los soldados responder: Con tales generales se va siempre a la victoria.

Concluyamos; pero antes permítaseme recordar otra vez el aspecto de aquel valle, donde todo será silencio y sombra en este momento.

La última vez que me detuve a contemplar su magnífico panorama, fue en el instante de ponerse el sol, cuando ya terminaba la lucha. Hallábame en el Morabito, adonde me habían bajado, viendo que no podía con la debilidad, el dolor y la fiebre. Caído sobre mi caballo, esperaba la terminación del combate para venirme a Ceuta, cediendo a las instancias de los médicos y de mi buen amigo el afamado escritor Carlos Navarro y Rodrigo, quien me ofrecía muy bien acondicionada hospitalidad y sus solícitos cuidados.

Tres días de dicta y dos de agudos sufrimientos habían acabado por postrarme... Pero, ¡ay!, temía no volver a ver otro día tan grande y refulgente... ¡Parecíame que aquel sol no iba a tornar al horizonte, que yo no iba a tornar a la guerra! Respiraba, pues, con ansia aquel aire de gloria, y me sentía avaro de sus últimas encendidas ráfagas.

¡Allí, a mis pies, había una pila de cadáveres -más de veinte- amontonados unos encima de otros! Todos eran artilleros, y sus grandes y confundidas ropas obscuras los hacían asemejarse a un cadáver descomunal, envuelto en un sudario de mil pliegues...

Cuando levantaba los ojos para no ver tan fúnebre espectáculo, divisaba allá, sobre las montañas, otro cuadro no menos espantoso, y que me parecía un delirio de la calentura. El sol, que se ponía por aquel paraje, teñía de color de escarlata las nubes de humo que envolvían a los últimos combatientes. De pie sobre las cumbres, destacándose en el cielo, danzando en medio de aquella atmósfera inflamada, percibíanse algunos moros con los jaiques desplegados, yendo y viniendo, aullando, silbando, disparando sus relucientes espingardas, y cayendo y levantándose, como salamandras que se retuercen en un horno encendido, como demonios que saltan sobre las llamas del infierno...

Todo esto no era más que ilusión óptica, ocasionada por aquel crepúsculo rojizo, por aquella luz sangrienta, por aquel horizonte de lumbre, que recortaban, digámoslo así, unos montes sombríos en que ya reinaba la noche... ¡Pero nunca, nunca olvidaré aquella perspectiva roja y negra, semejante a los cobres de Rembrandt, a los cuentos de Hoffmann, a las profecías del Apocalipsis!

Tales son mis últimos recuerdos...

- XXII - Diez días en Ceuta. -Nuestro ejército a lo lejos. -Visita a los heridos moros. -El gran temporal.-Temores y zozobras.

2 de enero.

Heme aquí arrepentido con toda mi alma de haber dejado el Campamento para venir a Ceuta. Llevo veinticuatro horas de reclusión entre cuatro paredes, y ya me parece transcurrido un siglo que no estoy en el mundo. Todos los cuidados y atenciones de que soy objeto no bastan a compensarme la gloria y la felicidad que he perdido al separarme de mis compañeros.

¿Qué me importa haber vuelto a acostarme entre sábanas, si el sueño no acude ni acudirá a cerrar mis ojos? ¿Qué me importa restaurar la quebrantada salud de mi cuerpo, si mi espíritu ha enfermado desde que penetré en esta prisión? ¿Cómo permanecer aquí, sabiendo que en los cercanos montes se hallan comprometidos el porvenir y el honor de España? ¿Cómo resignarme a no seguir la suerte de mis hermanos, de mis camaradas, de mis amigos?

Un silencio de muerte me rodea; la soledad me oprime el corazón... ¿Quién sabe lo que ocurrirá ahora mismo en nuestro campamento?

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Acaban de decirme que el TERCER CUERPO ha levantado también su campo, atravesado el Valle de los Castillejos y plantado sus tiendas en la vanguardia, sobre el Camino de Tetuán.

Ha desaparecido, pues, de sobre la faz de la tierra mi ciudad de la Concepción, tornando a quedar desierto el Valle del Tarajar.

¡Ya no volveré a ver los lugares donde he pasado dieciocho días de tan vivas agitaciones, donde he sentido y meditado tanto, donde quedan enterrados tantos amigos míos, donde he presenciado tantas escenas inolvidables!

Mi caballo, mas fiel que yo a la religión de la guerra, o quizá escarmentado por el tremendo día que le di ayer, se escapó anoche de esta plaza.

Yo tengo para mí que se iría al campamento, en busca de sus camaradas; pero lo que no puedo presumir es qué determinación tomaría el noble bruto al encontrarse desierto el Valle del Tarajar.

¡Con tal que no se haya pasado al enemigo!...

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La sangre española que corrió ayer en los Castillejos ha salpicado el litoral andaluz, y riega además todos los hospitales de Ceuta. Nuestras pérdidas fueron cerca de ochocientos hombres...; y ha sido menester enviar heridos a Cádiz, a Algeciras, a Málaga...

Ceuta, sobre todo, se halla atestada de ellos. Además, la terrible furia del cólera ha acumulado dentro de sus muros tal número de enfermos, que pudiera llamarse a esta ciudad «la antesala de la muerte».

El general Zabala encuéntrase también aquí. Cuando anoche, después de la batalla, quiso echar pie a tierra, sintiose como atado a su caballo, o sea como clavado en la silla... ¡No parecía sino que la fatalidad le negaba el descanso después de tan gigantesca lucha!... ¡Estaba baldado! Su animoso espíritu lo había sostenido hasta entonces; pero, cuando ya no tuvo enemigos que combatir y pensó en sí propio, hallose con que sólo su corazón conservaba movimiento y vida, mientras que el resto de su cuerpo se había paralizado,

¡Qué glorioso infortunio! Esto recuerda en cierto modo la batalla ganada a los moros por el cadáver del Cid, montado sobre su huérfano Babieca.

3 de enero.

Desde la elevadísima torre llamada El Hacho, que domina a Ceuta, el vigía ha visto hoy a nuestro ejército acampado más allá de los Castillejos, y por la tarde hemos sabido que el PRIMER CUERPO ha regresado a su campamento del Serrallo, separándose definitivamente de las demás fuerzas, a quienes había estado cubriendo la retaguardia desde el día 1.º.

Es decir, que desde hoy queda cortada toda comunicación entre el ejército expedicionario que marcha hacia Tetuán, y dicho PRIMER CUERPO y esta plaza. ¡Es decir, que O'Donnell, Ros de Olano, Prim y los veinte mil hombres que van con ellos, se han entregado en brazos de la suerte, no contando ya con más base de operaciones, con más auxilios, con más hospitales, con más víveres, con más municiones, que los que pueda procurarles nuestra escuadra! ¡Es decir, que su destino dependerá en adelante de los vientos y de la mar!

¡Dios vaya con nuestros heroicos compañeros, y haga que pronto pueda yo volver a unir mi suerte a la suya!

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Hoy ha muerto en esta ciudad, víctima del cólera, el coronel D. José Ignacio de la Puente, jefe de Estado Mayor del TERCER CUERPO; el mismo de quien hace quince días escribí en este DIARIO tantos justos elogios.

Últimamente vivía en mi tienda, y una misma mesa nos reunía después de los combates. ¡La Nochebuena presidió él nuestra colación de campaña!

Mi corazón, acostumbrado ya a todo género de horrores, después de veinte días de familiaridad con la muerte, siéntese penetrado como de una espada de hielo al dar aquí un eterno adiós al hombre eminente que vi lleno de vida y de inteligencia hace cuarenta y ocho horas.

Yo no sabía que hubiese abandonado el campamento... Dejelo anteayer en su tienda, y hoy me dicen que acaba de expirar a pocos pasos de esta casa. ¡Tal es la guerra!... De este modo vivimos... ¡Tan abandonado y solo puedo morir yo dentro de algunos instantes!

Puente, el honrado caballero, el bravo militar, el hombre millonario, a quien Dios conservaba una esposa, y cariñosos hijos, muere en un rincón ignorado, diciendo a una mujer desconocida: ¡Sálveme usted! Esto es horrible, amigos míos; e insisto en hacéroslo comprender, a fin de que forméis idea del tenebroso abismo en que caen los que tienen la desgracia de quedarse atrás en esta senda de amargura.

En la Torre del Hacho, 4 de enero.

Contra la opinión de los médicos, he decidido levantarme hoy y hacerme subir a esta torre, a fin de ver a nuestro ejército en marcha. Esta mañana noticiáronme que, al amanecer, aquellos valientes abatieron tiendas y continuaron su camino hacia el sur... ¡Desde entonces no he podido dominar mi afán por verlos, aunque a tanta distancia, a fin de darles un adiós, que puede ser el último!

¡Oh! ¡Helos allí!... ¡Adelantan! ¡Se alejan! ¡Con qué amor y con cuánta envidia contemplo desde aquí aquella gran caravana, aquella errante ciudad española, aquel bando de águilas que vuela de monte en monte, en busca de la presa imperial que ha columbrado!

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Son las cinco de la tarde cuando vuelvo a coger la pluma.

El ejército acaba de plantar sus tiendas a una legua del valle de los castillejos, sobre las llamadas Alturas de la Condesa. ¡Allí pasará la noche!

A eso de las cuatro de la tarde hemos oído algunos disparos de cañón y divisado el humo de la fusilería... Pero la acción ha sido breve, y ha estado circunscrita a poco espacio de terreno. Seguramente los moros han tratado de impedir a nuestras tropas acampar en aquellas posiciones; lo cual se ha verificado a pesar de ellos, como de costumbre... ¡Reconozco a nuestros valientes hermanos!

El ejército marroquí de retira también hacia el sur, flanqueando los movimientos de O'Donnell y conservándose siempre a la derecha y a su vista. La noche siguiente a la batalla de los Castillejos levantó sus profanadas tiendas y las colocó sobre las primeras estribaciones de la sierra inmediata... Ayer, el vigía del Hacho le vio volver a alzar el vuelo y posarse sobre el camino que por lo alto de las montañas conduce a Tetuán. Hoy parece haberse fijado sobre el Monte Negrón.

Aquélla es una posición fortísima, desde la cual puede disputarse el paso a nuestro ejército y hacerle comprar muy cara la victoria. ¡Yo tiemblo! ¡Ah! Creedme. ¡En medio de los más ardientes combates no se experimenta nada parecido a la cobardía pueril con que se ven desde tan larga distancia las maniobras de dos ejércitos enemigos! ¡Tengo la seguridad de que si yo estuviera ahora mismo al lado de mis compañeros, el Monte Negrón me parecería uno de tantos cerros como han tomado a la bayoneta nuestros soldados siempre que les ha convenido! ¡Visto desde aquí, me parece insuperable!

¡Todo lo temo; todo lo recelo! ¡Y lo que más que nada me aterra, es la idea de seguir ignorando lo que por allí sucede! ¡Yo quiero partir!... ¡Yo quiero unirme a mis hermanos y correr su misma suerte!...

Estoy decidido. ¡Cualquiera que sea mi estado de salud, me embarcaré en el primer buque que salga para aquellas playas!

5 enero, por la tarde.

Bajo en este momento de la Torre del Hacho. Nuestros campamentos siguen en el mismo sitio. Yo estoy peor y desesperado.

Sin embargo, hoy he pasado una hora agradable hablando con los moros heridos en Castillejos, que se encuentran en uno de los hospitales de esta plaza.

He aquí, con todos sus curiosos pormenores, tan interesante escena.

La habitación ocupada por los prisioneros es un mal pabellón de un desmantelado cuartel, donde no entra más luz que la que pasa por la puerta.

Cinco tablados, con un jergón de paja cada uno, y las correspondientes sábanas y mantas, constituyen los lechos de los vencidos marroquíes.

Dos presidiarios (de los cuales uno habla el árabe por haberse pasado al moro en cierto tiempo) sirven de enfermeros a los pobres pacientes

El centinela encargado de que nadie penetre en la estancia sin la competente autorización, hallábase dentro de ella, atraído por una curiosidad muy justificada.

Mr. Chevarrier, corresponsal de Le Constitutionnel, de París, me acompañaba en esta visita.

Mr. Chevarrier ha permanecido largo tiempo en la Argelia; conoce mucha parte de la guerra de los franceses con los árabes, y habla el idioma de estos como el suyo propio. Él, pues, llevaba la palabra; y por cierto que a su astucia y claro talento se ha debido el que los adustos y recelosos mahometanos estén hoy con nosotros mucho más expansivos que acostumbran.

Pero empecemos por el principio.

Cuando entramos en el pabellón, los cinco árabes parecían dormidos, pues ninguno de ellos movió la cabeza para ver quién llegaba...

Sin embargo, me atrevo a asegurar que los cinco estaban despiertos, aunque todos tenían tapado el rostro con la sábana.

A la cabecera de cada lecho veíase colgado de una percha el jaique blanco del herido correspondiente...

Este detalle no carecía de significación. Aquellas prendas estaban allí a petición de los mismos moros, después de haber sido depositadas en otro aposento, a fin de que no se extraviaran. Pero, temerosos sin duda de que pensáramos vestirlos a la europea cuando se levantasen, y fieles como siempre a sus usos y tradiciones, pusiéronse muy tristes y suplicaron que les trajesen sus ropas, viendo quizá en ellas una garantía de futura libertad.

Mr. Crevarrier fue de cama en cama preguntandoles por la salud, y ellos, conociendo que no había más remedio que darse a partido, levantaron sus pálidas cabezas, y el que pudo (porque sus heridas no se lo impidieron) se sentó en el jergón, sonriendo falsamente.

Uno solo permaneció con la cabeza tapada y sin respirar siquiera.

De los otros cuatro, el 1.º (fuerza es numerarlos) era un viejo de fisonomía innoble, pero muy inteligente. Desde luego se mostró afable con nosotros, y nos pidió cigarros, lumbre y una manta más para la cama.

El 2.º, joven, fuerte y bien parecido, sufría mucho... ¡Como que el día anterior le habían amputado un brazo! Este pidió otro jergón, indicando que fuese de lana. Ya lo tendrá a estas horas.

El 3.º, tosco y feroz, pareciome tan diligente montañés como terrible soldado. Un gorro blanco de lienzo (el gorro de nuestros hospitales) cubría su cabeza, haciendo resaltar los vigorosos rasgos de su moreno rostro.

Finalmente, el 4.º (del 5.º hablaremos más adelante) era un verdadero árabe de leyenda; fino, pálido, hermoso; con la tez mate, los dientes de marfil, los ojos obscuros y melancólicos, y la barba negra, sedosa y bien delineada.

Este fue nuestro hombre. Tenía un balazo en una pierna; pero el plomo no había tocado al hueso, y los facultativos calificaban su herida de no grave. Habíase incorporado un poco, apoyando un codo sobre la almohada, y la cabeza sobre la mano. Finísima toca de lana blanca envolvía sus hombros y su cabeza, dejando solamente descubierto su rostro, ovalado y expresivo. Con la mano izquierda nos llamaba y nos ofrecía cigarros de papel de nuestras fábricas, que sin duda le habían regalado los enfermeros. Su amable sonrisa y su mirada franca y luciente nos atrajeron de tal modo, que nos sentamos en su cama y entramos en conversación.

Ante todo dímonos la mano a su usanza, que es tocando dedos con dedos, sin estrecharlos, como entre nosotros se da el agua bendita, y besándose luego cada cual a sí mismo los dedos propios.

Esta pantomima va siempre acompañada de una inclinación de cabeza. Si después os lleváis la mano a la frente, significa respeto; y si os la colocáis sobre el corazón, es muestra de cariño, de gratitud o de entusiasmo. El súbdito besa a su señor en el hombro izquierdo; y dos que se juramentan, se dan la mano encajando dedos entre dedos y cruzándolos con energía.

Hecha aquella salutación, preguntamos al moro por su salud. Nuestro interlocutor, que se llamaba Omar-ben-Mohamed, nos dijo que él y los demás heridos se encontraban muy mejorados, admirando a cada momento la generosidad de los españoles, tan formidables en la pelea como tiernos con los vencidos. (Mr. Chevarrier servía de intérprete en ese coloquio.)

Yo le dije a Omar que aquellas virtudes no eran solamente propias de los españoles, sino de todos los pueblos cristianos...

-¡Es verdad! (replicó el árabe). Yo fui herido y hecho prisionero por los franceses hace muchos años, y me trataron con igual misericordia.

-¿Cuándo y dónde fuiste herido? -le preguntó Mr. Chevarrier.

-Hace dieciséis años.

-¿En la batalla de Isly?

-No; cuatro días antes: en la acción de Ouchda. ¡Mira!

Y levantándose la toca, nos mostró una larga cicatriz que le atravesaba toda la frente.

-¡Oh! ¿Cómo no moriste? -exclamamos al ver aquella espantosa señal.

-La bala se deslizó sobre el hueso -respondió el moro con su eterna sonrisa.

-Pero tú serías muy joven en 1844...

-¡Oh! ¡No! Tenía ya diecisiete años...

-¿Y qué eras entonces?

-Simple caballero. Hoy soy Caíd.

Caíd (me dijo Chevarrier) significa capitán de ciento.

-¿Y siempre sirves en caballería?

-¡Siempre! Pero el día de la pelea con vosotros, mis soldados y yo habíamos dejado los caballos en Anghera, y nos batimos a pie, pues debíamos atacar por la mañana...

-¿Y te has batido muchas veces con nosotros?

-Solamente esta. El día antes había llegado con mi gente.

-¿De muy lejos?

-De Mequínez.

-¿Cuántos días habíais caminado?

-Catorce, sin parar.

-¿Y es buen país Mequínez?

El rostro del Caíd se iluminó de alegría.

-¡Muy hermoso! -respondió, cerrando los ojos para verlo.

-¿Qué hay allí que ver y que admirar?

-¡Todo! -exclamó Omar con viveza.

Con viveza digo, y no es esta la palabra. El tono, el ademán y el gesto con que los moros adornan su discurso, merece otra calificación. Cuanto dicen lleva el sello de una convicción inalterable. Ya nieguen, afirmen o duden, parecen ser el eco de una verdad eterna, de una revelación divina. Y es que, para ellos, las cosas más insignificantes no pueden menos de ser lo que son.

Vaya un ejemplo. No sé cuál de nuestros generales, que visitó hace algunos años a Tetuán, encargó a cierto moro un caballo árabe de pura raza.

-¿Cuándo he de traerlo? -dijo el moro.

-Dentro de cinco días -respondió el general.

-¡Bueno! -replicó el mahometano.

Y contando por los dedos como nuestros campesinos, añadió:

-Mira, general: mañana... no. -Y doblaba un dedo-. Mañana... no. -Y doblaba, otro-. Mañana... no. Mariana... no. ¡Mañana... sí!

Y permaneció un momento con el quinto dedo levantado, como diciendo: «Tan cierto es que tendrás caballo, como que yo tengo quinto dedo.»

Conque volvamos a Omar-ben-Mohamed.

El Caíd habló largamente de su patria. Elogió la riqueza y hermosura de su tierra..., las grandes llanuras que rodean a Mequínez, sembradas de trigo y pobladas de olivares; las praderas llenas de carneros, camellos y caballos; los montes cuajados de gacelas y de jabalíes, y los valles abundantes en perdices y avutardas, que él, como todos los grandes señores, tenía licencia para cazar, ora con halcón, ora con lebreles...

Después nos dijo que fuéramos a aquellas comarcas, donde seríamos bien recibidos y se nos daría la más noble hospitalidad, añadiendo que la causa principal del odio preferente que los moros tienen a los españoles, es el miedo o el desdén con que estos miran al imperio de Marruecos, en el que no se internan nunca, aunque lindan con él, mientras que ingleses, franceses, portugueses y alemanes lo recorren con micha frecuencia.

-Dicho miedo -añadió el moro- nos hace suponer que nos consideráis como enemigos, y que, si nosotros fuéramos a España, correríamos los mismos peligros que vosotros teméis hallar en nuestro suelo.

-¡Eres injusto! -repuse yo-. En Ceuta no se hacía daño a ningún moro de los muchos que entraban diariamente por sus puertas antes de que la guerra se declarase...

-¡Ah! -respondió el marroquí-. ¡Tú has pronunciado la palabra fatal!... ¡Ceuta! Ni Ceuta ni Melilla son España... ¡Son África!

-Y tú no me negarás -repliqué yo- que los moros nos aborrecéis porque recordáis que estuvisteis siete siglos en España, de la cual os creéis injustamente desposeídos...

-¡Oh! ¡Garnata! -dijo Omar de la manera que lo escribo-. ¡Garnata.!... De allí venimos nosotros.

Y se sonrió, como para que le disimulase el que cambiara la conversación tan bruscamente.

-Allí he nacido yo... -respondí, sonriendo también.

-¡Ah! -murmuró el Caíd.

Y me miró intensamente.

-Yo soy de la tribu de los Bokarts -añadió al cabo de un momento.

-Mi pueblo se llama Guadix.

-Nombre de río... -replicó el moro.

-¿Quieres venir a España? -le pregunté yo entonces con efusión.

En este instante, el 5.º prisionero, el que todavía no había hablado ni una palabra, sacó un poco la cabeza de debajo del embozo, y murmuró una frase que mi bondadoso intérprete no comprendió, pero en la que hasta yo mismo percibí el acento de la ira, del imperio, de la amenaza...

Volvime hacia él, y encontreme con que era aquel derviche de la melena negra que vi en el camino de los Castillejos, y a quien muchos tomaron por una mujer.

-Este moro -dijo el presidiario conocedor del árabe, señalando al nuevo interlocutor-; este moro gasta muy mal genio, y no quiere ni que respiren los demás. ¡Los tiene metidos en un puño! Cuando vienen... así... señores como ustedes, y les hacen hablar, luego les riñe y les insulta, diciéndoles que son unos cobardes y unos tontos. En mi entender, es un cura, pues les amenaza con Alá y con Mahoma cuando no lo respetan; pero este otro se ríe de todo, y hace lo que le parece.

Las últimas palabras las decía señalando a Omar, quien efectivamente nos indicaba por señas que no reparásemos en el pobre derviche, o sea en el cura, como le llamaba el confinado.

Continuó, pues, nuestra conversación, a pesar de la frase imperiosa del derviche, repitiendo yo a Omar la pregunta de si quería acompañarme a España.

El buen capitán se puso serio, y hasta sombrío, al oír por segunda vez esta pregunta. Comprendíase que se le había ocurrido si aquello sería una fórmula suave de advertirle que, luego que estuviese mejor de sus heridas, se le internaría en España, en vez de ponerlo en libertad, como él esperaba...

Me apresuré, pues, a decirle:

-Bien comprendo que tú desearás ver a tu familia antes que todo...

-¡Sí..., sí!... -respondió con infinita dulzura.

-¿Tienes hijos?

-¡Nueve hijos! -respondió con el mismo júbilo humilde, con la misma alegría modesta, como si pidiera perdón de ser tan venturoso fuera de España.

-¿Y padres?

-Padre, no -contestó con cierta naturalidad, exenta de ternura y de dolor, como quien dice: «Mahoma lo llamó a su lado, y allá me espera...»- Pero tengo madre.

Nada le hablé de otras mujeres, porque sabía que la mayor ofensa que se puede hacer a un musulmán es nombrarle a sus esposas o a sus esclavas o aludir a ellas en la conversación...

-«¿Cómo te va de salud?» -se preguntan los moros más amigos y allegados.

-«Bien, o mal.»

-«¿Y tus hijos, Fulano, Mengano, Zutano?», etcétera.

Y los nombran todos, aunque sean ciento.

-«Fulano, bueno; Mengano, malo: el uno está aquí, el otro está allá», etc.

-«¿Y... tu casa

-«Soy feliz, o soy desgraciado» -responden con indiferencia aparente.

Y no se desciende a más pormenores.

-Omar, adiós... (le dije al Caíd, levantándome para irme, en vista de que, a pesar de todos sus esfuerzos por disimularlo, se le notaba que le había asaltado profunda tristeza). Mejórate pronto. La reina de España te dejará en libertad, y verás a tu familia, y vivirás donde mejor te plazca, hasta que Dios disponga de ti.

El Caíd se llevó la mano a los labios y luego a la frente, para saludar a la Reina. Después me tendió la misma mano, nos saludamos como al entrar, y partí, sin entablar conversación con los otros moros.

Ceuta, 6 de enero, por la mañana.

¡Estoy maravillado! Vengo de presenciar una cosa extraordinaria, inconcebible. ¡Ah, la más pura alegría inunda mi corazón!

Nuestras tropas han desfilado por delante del campamento de los moros; han forzado la línea enemiga; han atravesado el Monte Negrón..., ¡y todo esto sin combate de ningún género, sin disparar ni un solo tiro, con el mayor orden y tranquilidad!...

¡Yo no lo comprendo! ¡Figuraos que el Monte Negrón era uno de los obstáculos que más en cuenta tenían nuestros generales siempre que se hablaba de la marcha hacia Tetuán! Allí estaban hace dos días los marroquíes en sus blancas tiendas, esperando la llegada de nuestro ejército, sin duda para cerrarle el paso, pues aquella era la llave de las llanuras que se suceden hasta Cabo Negro... ¡Y, sin embargo, por allí acaban de pasar nuestras tropas sin inconveniente alguno!

Repito que no lo comprendo; acabo de verlo desde la Torre del Hacho, y se me figura ilusión o efecto de magia. ¡De seguro que O'Donnell ha hecho hoy un grande prodigio de estrategia para alcanzar tan peregrino resultado! ¡Ello es que sus tiendas están al otro lado de las erizadas cimas del Monte Negrón!

Espero en Dios poder oír muy pronto de boca de mis camaradas la explicación de lo ocurrido... Mañana saldrá de aquí un buque con provisiones para nuestro ejército, y yo me embarcaré en él, cualquiera que sea el estado de mi salud.

A las cuatro de la tarde.

Principia a llover, y el viento muge formidablemente...

¡Oh, valeroso Ejército de África! ¡Mala noche te espera! ¡Ahora, que el soldado estaría acondicionando el nuevo campamento para pasar la noche; ahora, que había ido por leña para preparar su pobre rancho, comienza a diluviar de este modo!...

¡Ah! Venid aquí, políticos desgraciados, que no habéis sentido todavía inflamarse en vuestro corazón el fuego del patriotismo... ¡Venid aquí, y veréis cómo vuestra envidia se convierte en amor y entusiasmo al percibir desde tan lejos a aquellos heroicos caminantes, que se agrupan en torno de la bandera de Castilla para pasar la noche a campo raso, bajo todos los rigores de los elementos!

Día 7.

Sigue el temporal.

Un denso nublado y una espesa lluvia impiden hoy completamente divisar las tiendas cristianas.

Sopla el Sudeste, muy inclinado al Levante, y la mar revienta con ímpetu espantoso sobre las playas en que acamparon ayer nuestros soldados.

Todos los buques que se hallaban en el puerto del sur de Ceuta se han pasado al puerto del norte.

Los viejos marinos anuncian una tempestad deshecha.

Los vapores que siguen por la costa la marcha de nuestro ejército, empiezan a presentarse y a pasar por delante de estas aguas, para buscar abrigo en la bahía de Algeciras...

Algunos no juzgan conveniente cruzar el Estrecho, y se guarecen en este puerto, atestado de lanchas cañoneras, de chalanas, de botes, de faluchos y de buques de alto bordo.

¡Es decir, que el Ejército se queda solo y abandonado a cinco leguas de esta plaza, es un triste desierto, en un terreno completamente salvaje!

¡Es decir, que a estas horas aquella bendecida caravana de compatriotas nuestros se encuentra incomunicada por mar y por tierra con el resto del mundo, sin noticias de la patria, sin serle dado recibirlas, desprovista de medios de subsistencia, y persuadida de que por ningún lado pueden llegarle!

¡Oh, qué situación tan terrible si el temporal continúa! ¡Todo el poder y toda la ciencia de los hombres no bastarían a socorrer por mar a nuestro ejército!... ¡Cuántos buques se acercasen a aquellas playas, naufragarían desastrosamente!

¿Y cómo socorrerlo por tierra? ¿Y con qué? ¿Y por cuántos días? Los verdaderos almacenes están en los buques, y los buques son hoy completamente inaccesibles. ¡En cuanto a los víveres que puede haber en Ceuta, los necesita el cuerpo de ejército del general Echagüe; los necesita la población de la plaza; los necesitan cuatro mil enfermos y heridos que residen en ella; los necesita la guarnición!

Sin embargo, todo se sacrificaría a la más urgente, a la más sagrada necesidad... El ejército que está en camino, y que es depositario de la honra de la patria, sería preferido a todo...

Pero ¿cómo llegar hasta él? Yo lo creo también imposible. Los moros (que, desde el instante en que avanzaron nuestras tropas, se corrieron por retaguardia hasta la orilla del mar, cortándoles la retirada y la comunicación con Ceuta) son demasiado astutos para haber dejado de comprender el grande aprieto en que puede encontrarse nuestro ejército por falta de víveres, y tengo por seguro, como si lo viera, que en este momento ocupan ya todas las posiciones que les hemos arrebatado en tantas reñidas luchas, y están decididos a impedir el paso de cualquier convoy que se dirija en auxilio de nuestros compatriotas. Ahora bien: suponiendo que el general Echagüe marchase a la cabeza de la mitad de sus batallones, dejando la otra mitad en el Serrallo (que no puede abandonarse), ¿llegarían los víveres a tiempo? ¿Le sería posible al héroe del 25 de noviembre sostener seis o siete combates consecutivos, desde el Otero hasta Monte Negrón? Y, dado que los sostuviera y venciese en todos ellos, ¿se lograría el objeto de una empresa tan temeraria? ¿No habría tenido O'Donnell que retirarse antes?

Según los marinos llegados hoy, el ejército incomunicado contaba anteayer con cinco raciones. Esto quiere decir que podrá sostenerse tres días a lo sumo; pues el imprudente soldado no piensa nunca en el día de mañana, y habrá desperdiciado víveres antes de arreciar el peligro, en que ya se halla, de huir ante el espectro del hambre... Además, la lluvia lo avería e inutiliza todo... La galleta mojada se corrompe... El arroz se hincha y se malea... El tocino se pudre... ¡Es decir, que antes de tres días no tendrán absolutamente nada!

¡Y el temporal amenaza ser de los más terribles! ¡El Levante puede durar, ha durado muchas veces, quince días seguidos!

Pues ¿y los enfermos? ¿Qué será de los infelices a quienes ataque el cólera? ¿Tendrán que permanecer dentro de las tiendas, acostados en un lodazal, al lado de sus camaradas?... ¡Y cundirá la tristeza, cundirá el horror, cundirá el contagio!

Además, puede haber combates; tendremos heridos..., ¡y no habrá ni un barco que los recoja, ni un asilo que los libre de la intemperie!

Entretanto, se mojarán las armas y las municiones; se inutilizará la pólvora; atacarán los moros, que ahora estarán guarecidos en sus aduares o en Tetuán, y en tan desigual lucha...

¡Oh! ¡Esto no se puede pensar! ¡Es horrible! ¡Es horrible!

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¿Y qué? ¿Retrocederán? ¿Volverán a Ceuta? ¡Me atrevo a asegurar que nunca! ¡Antes quedarán todos tendidos en aquellas playas! ¡Conozco al general O'Donnell!

¿Y acaso fuérale permitido obrar de otra manera? ¿Se riegan de sangre cinco leguas de terreno para desandarlas en seguida? Volver, pies atrás, ¿no es la deshonra? ¿No sería producir el luto en nuestra patria, el júbilo en el ejército enemigo, la censura, la compasión y hasta el sarcasmo en las demás naciones?

¡Oh!... No. ¡No retrocederán! ¡La bandera de España permanecerá clavada allí donde la llevaron sus valientes hijos! ¡Allí iremos a redimirla con nuestra sangre todos los que nacimos españoles! ¡Allí iremos a rescatarla al precio de mil vidas que tuviéramos!

A las diez de la noche.

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¡Oh, qué noche tan horrorosa! Los truenos parecen indicar que se desquicia y hunde el firmamento. El rayo hiende la atmósfera en todas direcciones. Tiembla la tierra como si la mar amenazase romper el débil istmo de esta península, y arrancar a Ceuta de sus cimientos de granito, y hacerla zozobrar y hundirse en apartadas soledades, como navío que ha roto sus amarras.

Torrentes de lluvia y de granizo caen con una violencia incontrastable sobre la espantada ciudad. Húndense algunas casas; las calles son ríos sonorosos; una laguna cada patio. El viento azota y conmueve todo lo que encuentra por delante... ¡El mismo mar no le gana esta noche en furia y poderío!...

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Pasan horas y horas y el huracán no cede: antes se enrabia y desencadena más.

Llega el día..., y, lejos de serenarse los elementos, encolerízanse de nuevo, cual si proclamasen que no hay poder ni ley que tenga fuerza sobre ellos, y que no desisten de su propósito de aniquilar todo lo creado.

¡Dios tenga piedad de España!

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Día 8.

Han pasado veinticuatro horas, y ni el viento, ni el mar, ni la lluvia han depuesto su irresistible ira...

Todo el día ha sido igual a la noche...

¡Y seguimos sin noticias del campamento ni de España!

Solo se sabe (por los despojos que el mar arroja sobre la muralla de este puerto) que han perecido muchos barcos...

Las varias veces que he ido hoy a ver el mar, han pasado ante mis ojos, arrebatados por las olas, restos de cien naufragios; ora jarcias y velas, ora quillas y mástiles; aquí bueyes y caballos muertos, allá sacos de mercancías o de víveres; todo género de ruinas. ¡Es un espectáculo desolador!

La mar causa espanto, sobre todo hacia el lado del Estrecho. La línea de agua del horizonte semeja una áspera cadena de montañas. ¡Son las alborotadas olas, que se amontonan bramando como titanes enfurecidos!... El agua presenta un color terroso que da miedo, y la inmensa nube que entenebrece el aire acércase tanto a la tierra, que parece fácil tocar el cielo con la mano. ¡Y qué fragor, qué estruendo, qué bramidos en la atmósfera! ¡Qué roncos truenos submarinos! ¡Oh! No sería mayor el tumulto de los elementos el ignorado día en que, venciendo Hércules a los gigantes Calpe y Abila, abrió paso al océano y separó para siempre África de Europa.

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Día 9.

¡Un día más, y la tempestad no calma, y el cataclismo continúa, y los desastres aumentan! ¡Desventurado ejército! ¡Infortunada España! ¿Qué habrá sido de los miles de mártires abandonados y solos en aquella inhospitalaria arena?

¡Todo..., todo es ya posible! Que los aluviones procedentes de las montañas hayan arrastrado al mar a nuestras tropas; que el hambre las haya rendido; que los moros hayan caído sobre ellas; que el rayo y el granizo las hayan destrozado... ¡Todo, todo lo tememos ya los que (por un triste privilegio que abominamos y maldecimos) nos encontramos lejos de nuestras banderas, a cubierto de tanto peligro, libres y salvos en naufragio tan pavoroso!

Como toda tribulación común reúne en un solo sentimiento y hace confraternizar a cuantos experimentan igual zozobra, resulta que en estos tremendos días nos buscamos con ansia todos los que vivimos, aislados también y como prisioneros, dentro de los muros de Ceuta, a fin de comunicarnos nuestros sobresaltos y temores, y demandarnos unos a otros consuelo y esperanza... Ahora bien, entre las muchas escenas de este género que he presenciado ayer y hoy, merece especial mención el espectáculo que ofrecía hace pocas horas la alcoba del general Zabala.

Este noble y bizarro militar se encuentra también aquí (como ya sabéis desde la noche del 1.º de enero, baldado completamente de la pierna derecha; y puede suponerse que, en el terrible conflicto que hoy atraviesan nuestras armas, todos acuden a su lado pidiéndole órdenes y consejos, ofreciéndole hacienda y vida, por si las cree necesarias para remediar un mal tan grande, y demandando, en fin, a su experiencia de los azares de la guerra algunas reflexiones tranquilizadoras, algún asomo de consolación y esperanza.

Pero, ¡ah!, el conde de Paredes está acaso más desesperado y afligido que cuantos rodean su lecho. Cerca de él hay una ventana que mira precisamente hacia al sur, esto es, hacia el Camino de Tetuán, hacia los sitios donde estarán acampadas nuestras tropas..., y el ilustre paciente no separa su vista de aquella ventana.

La niebla, la lluvia, el viento y el alborotado mar no le permiten distinguir otra cosa que un ceniciento caos sin forma ni perspectiva... Levanta, pues, de vez en cuando los ojos al cielo, y exclama con una ternura que parte el corazón

-¡Hijos míos!

El veterano general piensa en sus soldados.

Otras veces procura incorporarse en la cama, y habla de marchar en auxilio del Ejército, y pregunta cuántos víveres hay en la plaza, y manda a sus amigos y a sus ayudantes que vayan a ponerse a las órdenes del general Echagüe, y llora, y se enfurece, y llama a Dios en auxilio de España..., hasta que, postrado y rendido, inclina la cabeza sobre la almohada con la atonía de la desesperación, con el desaliento de la muerte.

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¡He aquí ya la noche, y todo sigue lo mismo!

¡Ah, yo no he sabido hasta hoy cuánto amaba a España! ¡Me ha sido menester verla en tan supremo trance, expuesta a perder en una hora el fruto de tantos sacrificios, para conocer la intensidad de aquel vago afecto, negado por algunos filósofos, que se denomina amor patrio! ¡He necesitado ver a la nación en riesgo inminente de ser vencida, humillada, desacreditada por muchos años, para comprender que el individuo y la familia son accidentes secundarios e indignos de atención, cuando se trata de esa entidad sagrada que muchos han llamado convencional y gratuita, y que yo proclamo legítima, providencial, eterna, como las leyes naturales, como los instintos del corazón!

¡Así es que la más penosa angustia se ha apoderado de mi alma! ¡Y llueve!..., ¡llueve siempre! ¡Y van tres días y cuatro noches! ¡Y el nublado sigue impidiéndonos divisar el campamento de los expedicionarios! ¡Y ni una noticia de ellos! ¡Ni un socorro de nuestra parte!

¡Oh, Dios mío! ¿Qué gran pecado ha cometido el pueblo español en sus días de prosperidad y de grandeza, que así concitas contra él los elementos cuando la fuerza de los hombres no es bastante a contenerlo en el camino de la gloria? ¿Por qué estorbas su regeneración? ¿Por qué le impides levantarse del polvo donde le hundió tu ira hace tres centurias? ¡Oh, Señor! En la tribulación que sufrimos reconozco la mano omnipotente que sepultó en los mares aquella escuadra Invencible, cuyo armamento difundiera el terror por toda Europa. ¡Tremendo fue nuestro castigo en aquellos días! Pero dese ya tu justicia por satisfecha. ¡Gracia, Señor! ¡Misericordia! ¡Aplaca tu cólera! ¡No nos tornes a la nada! ¡Mira que nuestra penitencia ha sido larga, dolorosa, áspera como el más duro cilicio! ¡Mira que hemos llevado la corona y el cetro de la ignominia durante trescientos años! ¡Mira que todos los pueblos que antes nos rendían pleito homenaje, nos han escarnecido, nos han befado, nos han dado a probar la hiel y el vinagre más acerbos!... ¡Señor, piedad para España! ¡Piedad para tus hijo! ¡Piedad para tus soldados!

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Día 10. En la Torre del Hacho.

Soñaba yo hace una hora que veía un cielo azul y un sol brillante...

Habíame dormido al amanecer, oyendo aún los silbidos del viento y el estruendo del mar y de la lluvia...

Desperté, y la más profunda obscuridad reinaba en mi aposento.

Sin embargo, no sé qué bienestar del alma (permítaseme la frase) me hizo creer que seguía soñando o que el sueño era realidad.

Luego percibí algunos cantos de gorriones y el eco de varias campanas que resonaba puro, vibrante, elástico...

-¡He aquí un hermoso día! -exclamé alborozadamente.

Y abrí el balcón, y un océano de luz brilló ante mis ojos.

El sol de una mañana de primavera; un cielo azul y limpio como si acabara de salir de las manos del Creador; un jardín verde, fresco y brillante, siquier destrozado por el temporal; bandadas de palomas revolando sobre las azoteas de las casas; columnas de humo elevándose rectamente, pues tanta era la serenidad de la atmósfera...; he aquí el espectáculo que se ofrecía a mi vista, ávida de claridad y de colores...

Mi primer pensamiento fue dar gracias a Dios por la vuelta del buen tiempo... En seguida me vine a la Torre del Hacho, empuñé el anteojo del vigía, y..., ¡oh ventura!, ¡vi que nuestras tiendas no habían desaparecido durante el temporal...; vi que seguían plantadas al lado allá del Monte Negrón, y aún más lejos de donde quedaban el día 6...; vi que allí también se alzaba tranquilamente al cielo humo de los hogares...; vi, en fin, que nuestro ejército vivía..., que relumbraban sus armas..., que ondeaba su bandera!

¡Y aquí me tenéis desde entonces, arrobado, extasiado, contemplando aquella remota perspectiva!

Por lo demás, el Levante ha cesado completamente; la tenue brisa que mueve los árboles viene del sur...

La mar sigue todavía muy revuelta, tanto, que ningún barco se atreve a salir... Pero esto será ya asunto de algunas horas... ¡Nada más natural que tan fuerte marejada después de un temporal tan deshecho!

Y prueba de que no me equivoco, es que algunos vapores de los fondeados en este puerto principian ya a encender sus máquinas... ¡Con qué alegría saludarán nuestros soldados el primer humo que divisen en las soledades del mar! ¡Les parecerá ver la mística paloma, portadora de paz y de bonanza, después de los horrores del Diluvio!

Voy a disponerlo todo para marchar yo también en el primer buque que salga.

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¡Esto es hecho! ¡Un barco va a arriesgarse a cruzar desde Ceuta hasta Río Azmir, que es como dicen que se llama el punto de la costa en que está acampado nuestro ejército...

Partamos... ¡No hay que vacilar! Allí acabaré de curarme.

¡Oh, dicha! ¡Dentro de cuatro o cinco horas estaré otra vez entre mis amigos, para no abandonarlos ya más sino cuando me trague la tierra! ¡Cuántas veces me he arrepentido de haberlos dejado durante estos diez días tan horribles!

¡Adiós, pues, cuitada Ceuta; mansión del dolor y de la agonía; albergue de moribundos y de penados; causa y testigo de la guerra; muda espectadora y fiel confidente de innumerables infortunios!... ¡Adiós! ¡Adiós!



 

- XXIII - En el mar.

El mismo día. A bordo del Barcelona.

A poco de salir este vapor del puerto de Ceuta empezamos a oír todos los que íbamos a bordo un lejano y vivo cañoneo hacia el sur...

-¡Tienen acción! -fue el grito general.

Y una misma alegría se reflejó en todos los semblantes.

¿Cómo no? Después de los terrores supersticiosos por que habíamos pasado acerca de la suerte del ejército, aquellos disparos eran una seguridad infalible de su vida, de su actividad, de su fuerza. El poderoso aliento de los bronces parecía revelarnos que no había disminuido el de las tropas..., y, prescindiendo de esta lógica de la sensibilidad y limitándonos a la de los hechos materiales, siempre nos demostraba aquel estruendo que la pólvora no se había mojado durante tan horroroso temporal, y que ni los elementos, ni las privaciones, ni las enfermedades habían dado en tierra con nuestros hermanos.

Pero los recelos y los temores han vuelto a empezar luego.

-¿Será que avanzan? -exclama uno.

-¿Pasarán hoy el Cabo Negro? -pregunta otro.

-¿Llegaremos a tiempo de unirnos a las filas por estas playas? -interroga un tercero.

-Llegarán ustedes..., ¡sí, señor! -contesta al fin un veterano-. ¡Antes de emprender otra marcha tiene que racionarse nuestra gente para algunos días!...

-Es verdad... ¡Llegaremos a tiempo! -gritan todos.

-¡Diablo! ¡Que no estemos ya allí!

-Capitán, ¿falta mucho?

-Con esta resaca tardaremos aún cerca de tres horas.

-¡Tres horas todavía!...

Mientras se sostienen tales conversaciones, avanzamos penosamente sobre una mar dura y turbulenta, que hace muy trabajosa la marcha del vapor.

Pero ¿qué vemos? ¡Algunos barcos, procedentes de Algeciras, han anclado ya enfrente de nuestro campamento!...

Esto nos alegra y disgusta juntamente. ¡Ya tendrán víveres frescos las tropas, pero no somos nosotros los primeros que se los llevamos!

Otros muchos vapores siguen apareciendo por la punta del Hacho en nuestra misma dirección... ¡Siquiera llegaremos antes que ellos!

Entretanto, hemos pasado por delante del valle del Tarajar, de inolvidable memoria para mí. Hoy se halla desierto completamente.

Pocos momentos después cruzamos a la vista del llano de los Castillejos...

También allí buscan mis ojos parajes y perspectivas que vivirán eternamente en mi imaginación... Pero el Barcelona sigue adelante en su inflexible rumbo, como indicándome que no es ocasión de pensar en cosas pasadas...

Sin embargo, alcanzo a distinguir sobre las arenas de aquella orilla, que tanta sangre tragó hace pocos días, un hermoso buque náufrago, embarrado y medio tendido, como titán moribundo que aún se defiende de la saña de las olas...

¡Es nuestra goleta de guerra Rosalía, víctima del horrendo temporal, que brama aún en torno de ella!

Pero escuchemos... Ya se empieza a oír, merced al viento que sopla de aquel lado, el tiroteo de la fusilería, por cierto muy animado y vivo...

¡Oh! El combate debe de ser importante... Percíbense hasta descargas cerradas, y los estampidos del cañón van también aumentando...

¡No importa! Tenemos tal costumbre de ver triunfar a nuestra gente en las más desventajosas luchas, que ni por un instante nos preocupa el resultado de esa acción que se libra a lo lejos...

A lo menos yo estoy tan seguro del triunfo de nuestras armas, que, en vez de pensar en el combate de hoy, doy vueltas en mi imaginación al más arduo e importante que habremos de reñir el día que pasemos a Cabo Negro, tremendo promontorio cuya gigante mole se adelanta hacia el mar, viniendo de muy dentro de tierra, como una muralla levantada por la naturaleza para cerrar el paso al valle de Tetuán.

¡Cabo Negro! Esa es la clave del enigma. Terminarán estos combates alevosos sostenidos entre la sombra de los arboles o entre las breñas de los montes. Luego empezaran las luchas francas y leales. Doblada esa posición; vencido ese último coloso, la luz será hecha en esta campaña; conoceremos y contaremos a nuestros enemigos; podremos desplegar toda nuestra fuerza, y la numerosa y célebre caballería musulmana dejará de ser un fantasma que dé tormento a nuestra exaltada imaginación...

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Son las cuatro de la tarde, y ya vamos llegando al término de la travesía. Solo nos falta doblar la punta del Monte Negrón para que el campamento cristiano aparezca de nuevo a nuestros ojos.

Y, al llegar aquí, necesito advertiros que no confundáis a Monte Negrón con Cabo Negro, según veo en los periódicos que acontece a muchas personas y hasta a los geógrafos de punta...

Bien que en materia de Geografía nos hallamos completamente a obscuras desde el comienzo de esta campaña. Ningún mapa de los que traigo en mi cartera ha podido indicarme precisamente el lugar donde nos encontramos. Ríos corren sobre el papel que no veo correr sobre la tierra, y otros que el geógrafo no conocía ocupan el sitio en que, por ejemplo, colocó una montaña. Todo esto es muy natural. ¡Nosotros recorremos una comarca que jamás holló planta europea reposada y tranquilamente, y de modo que pudieran levantarse planos!

Pero, volviendo a Monte Negrón, digo y repito que nada tiene que ver con Cabo Negro.

Cabo Negro es el verdaderamente importante, pues determina el límite de la gran playa que principia en Ceuta, al par que da comienzo a la anchurosa rada de Tetuán. Por consiguiente, sus levantadas lomas cortan el horizonte hacia el sur, y son el único estorbo que impide percibir desde Monte Negrón, la codiciada ciudad y las llanuras regadas por el Guad-el-Jelú. En cambio, dejan ver a lo lejos las primeras cúspides del Pequeño Atlas, que, pequeño y todo, asoma su encanecida frente por encima de las cumbres de Cabo Negro, al través de diez leguas de distancia.

Mas henos ya a la altura del campamento... He allí las tiendas, todavía húmedas, y, por consiguiente, pardas... He allí la bandera española, plantada a la puerta de la tienda del general en jefe... He allí la playa, cubierta de soldados que se abocan al mar recibiendo víveres... ¡He allí todo lo que he creído ver aniquilado y muerto en mis noches de soledad y de insomnio!

Entretanto, sigue el fuego a lo lejos, muy intermitente y desmayado, se conoce que la acción toca a su fin... Un momento después, las cornetas transmiten de monte en monte el toque de retirada.

-Nosotros anclamos..., ¡pero se nos prohíbe saltar a tierra hasta mañana, en vista de que algunos temerarios marinos acaban de ahogarse al llevar provisiones a las tropas! ¡En verdad, la reventazón de las olas sobre la arena es todavía formidable, irresistible!

Mas ¿qué me importa esta separación de unas horas, si ya sabemos que están vivos; si ellos saben también que tienen a la vista todo género de socorros; si la mar va sosegándose cada vez más, y si mañana al amanecer podremos saltar a tierra?

Pero me llaman a la cámara del capitán, el cual me ha dispensado la honra de convidarme a comer...

Hasta luego, que terminaré estos apuntes.

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Hemos comido y nos paseamos sobre cubierta.

Son las ocho menos cuarto de la noche.

Nuestro campo se halla todo esmaltado de hogueras, que relucen turbiamente entre la bruma...

¡Conozco este momento!... Es el más delicioso de la guerra. Los que han luchado durante el día, vuelven a su tienda satisfechos de haber cumplido con su deber... Allí les aguardan la amiga lumbre y el pobre rancho preparado por sus compañeros... La ufanía del triunfo y el regocijo de haber escapado vivos despiertan un apetito de todos los diablos... Alguna sobria libación acaba de entonar el cuerpo y el alma... ¡Y se fuma, se charla, se ríe y se juega, como si estuviera uno en el Casino del Príncipe, de Madrid.... o poco menos!

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Las ocho. El remoto son de varias músicas llega hasta mí, en alas de las brisas del mar... Es la retreta, la serenata diaria con que se despide el soldado de sus jefes.

¡Ah, bravos españoles! ¿Cómo llegué a dudar de vuestra indomable resistencia? ¿No os conocía ya? ¿No os había visto en lances muy apurados? ¿Cómo habían de venceros cuatro días de lluvia?

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Un agudo, solo y prolongado punto de corneta da la orden de silencio.

Es que son las nueve.

Las hogueras empiezan a apagarse... Nuestro campamento queda sumergido en las tinieblas de los montes..., donde todo calla y todo duerme en apariencia...

Ya no oímos más que el ronco murmullo de las olas, así en la distante playa como en torno de los buques anclados en este fondeadero.

La cubierta del Barcelona está cuajada de soldados y de marinos que duermen liados en sus mantas. Únicamente vela el capitán, sentado en el alcázar de popa, enfrente del cuadrante, con la taza del café en una mano y el cigarro en la otra.

Es un bravo y amable catalán, que me ha cedido su cámara por esta noche. ¡Dios se lo pague!

En ella os escribo y os saludo, despidiéndome hasta mañana.

¡Y tú, Dios mío, que te has apiadado del ejército español, recibe la humilde acción de gracias de este pobre soldado! ¡Señor, bendito seas!



 

- XXIV - Impresiones poéticas. Mirada retrospectiva. Marchas y combates a que no he asistido. El Campamento del Hambre.

Lagunas del Río Azmir, 11 de enero.

Heme ya de vuelta en mi tienda, o sea, de regreso en mi casa. Reconozco las paredes de lienzo, los muebles de campaña, las menores particularidades del hogar... La cama ocupa el acostumbrado sitio; las armas el suyo; allí están las provisiones; aquí mi pícaro criado Soriano...

Solo ha cambiado el paisaje que se extendía delante de la puerta... Cierto que también ahora, como en anteriores campamentos, se distingue el mar a lo lejos; pero la playa es otra, y la perspectiva de las montañas muy diferente. He aquí, por ejemplo, a mi derecha, unas Lagunas que no existían cuando abandoné esta morada... El promontorio de Cabo Negro se nos ha acercado también lo menos doce millas... Mas ¿qué digo? ¡Hasta el suelo de la tienda ha variado, trocándose de arcilloso en arenoso!

Y es que las paredes de mi casa son las mismas, pero no así la tierra en que se levantan. El suelo ha caminado, y hoy me encuentro en un paraje desconocido. Estoy, pues, dentro de mi hogar, y, sin embargo, no sé dónde me hallo, ni quiénes son mis vecinos ahora, ni por dónde se va a ninguna parte.

Pero dejémonos de estas pequeñeces, y hablemos de nuestro desembarco de esta mañana.

Al ser de día me despertó la luz del alba, penetrando hasta mi camarote al través de recio cristal, el que a veces se estrellaba la espuma de las olas, mientras que otras veces solo me permitía ver el cielo, según que el balanceo del barco enfilaba la ventana hacia el cenit o hacia el abismo. Dudaba yo si aquella claridad sería del sol o de la luna, cuando los ecos remotos de la diana del campamento llegaron a mis oídos, anunciándome que la tierra saludaba ya al nuevo día. No de otra manera, cuando se vive en el campo, se conoce la llegada del amanecer por el concierto de las aves.

Levantéme, pues, y subí sobre cubierta.

¡Qué vista la de nuestros Reales! ¡Qué cuadro tan fantástico y pintoresco! No recuerdo quién dijo a mi lado, señalando a la banda del vapor que miraba a tierra: Si este balcón estuviese en Madrid, ¡qué caras se pagarían sus vistas!... Y, en efecto, el espectáculo que se distinguía desde aquel balcón no podía ser más interesante para todo buen hijo de la patria.

Amanecía, como digo. La faja de oro que a nuestra espalda esclarecía el oriente, reverberaba en las aguas y venía a reflejarse en las brumas de la parte occidental del horizonte, tiñéndolas de un ligero carmín. La mar azul, bordada de anchurosas espumas, recortaba los contornos de la cercana tierra. Una neblina desigual, y próxima a romperse, envolvía entre sus impalpables gasas las hogueras del campamento, haciéndolas aparecer como astros moribundos. Las inmóviles lagunas reflejaban pálidamente aquellas lumbres rojizas, y la claridad refractada daba a su vez un tinte de violeta a los vapores que habían emanado de aquellas muertas aguas... Entretanto, las cumbres de los montes asomaban por encima de la niebla su noble frente, en que ya daba el sol, asemejándose a otras tantas islas levantadas sobre un mar de nubes. En el azul de la despejada atmósfera se destacaban las tiendas y las figuras humanas que coronaban aquellas alturas, y en el fondo de los barrancos se veían brillar algunas filas de bayonetas, que centelleaban entre la bruma como largas saetas de brillantes. A esta decoración de tan maravillosas luces y vistosos colores, añadidle el atractivo patriótico, el prisma de las penalidades pasadas y de mis once días de ausencia; los cuarenta o cincuenta buques que nos rodeaban, ansiosos de derramar en aquella playa todo género de auxilios y socorros; el cadencioso estrépito de la mar, no recobrada aún de su prolongado exceso de ira, y la armonía lejana de las músicas que saludaban al sol de los combates..., y alcanzaréis a imaginar un pálido trasunto de tan hermoso panorama.

A cosa de las ocho se disipó la niebla completamente, y pudimos distinguir en la vecina playa un numerosísimo hormiguero de soldados que procuraban comunicarse con los botes y lanchas que ya se acercaban a la orilla; pero tal comunicación era aún más difícil, a causa del ímpetu con que reventaban las olas en la arena.

Sin embargo, los soldados, por una parte (metidos en el agua hasta la cintura), y los marineros por otra (haciendo prodigios de valor), lograban pasar a tierra algunas provisiones de las más urgentes...

Las más urgentes eran tres: tabaco para la tropa, que no se acordaba del pan y clamaba por un cigarro; heno para los caballos y acémilas, que se morían materialmente de hambre, y el correo de España, pasto y vida de todos los corazones...

He de advertir que esto lo veía yo ya desde un botecillo que corría de un lado a otro de la playa buscando algún punto de fácil acceso, o sea, paraje en que atracar con algunas probabilidades de no irse a pique.

Tenemos mar de tres olas... -me dijo el patrón del bote-: la primera nos acercará a la orilla; la segunda nos pondrá sobre la arena; la tercera nos hará varar. ¡Entonces (se lo prevengo a usted) tendrá que darse prisa a saltar sobre los hombros de un marinero que lo ponga en seco, antes de que vengan otras tres olas y le obliguen a tomar un baño! Conque, vamos allá. ¡Agarrarse!

Todo sucedió como había dicho el marinero. Los remos permanecieron ociosos un instante, y el bote se dejó ir a merced de la triplicada ola. Hubo entonces algunos segundos en que nos vimos sepultados en golfos de espuma; pero el último golpe de mar sepultó en la arena la quilla del barquichuelo, y antes de que volviese el monstruo en busca de su presa, ya había yo sido cogido en volandas por un remero, y me encontraba en brazos de mis amigos.

¡Imaginaos la escena que seguiría!

-¡Vives, vives! -nos decíamos unos a otros.

-¡Aquí no te esperábamos ya!

-¿Es cierto que murió Fulano?

-¡Aquí se dijo que habías muerto tú!...

-¡Ya te hacíamos en España!...

-Y ¿te quedas ya entre nosotros?

-¿Conque murió Marinas?

-¿Conque murió Puente?

Y nada más. A eso se reduce el vivir y el morir a estas alturas de la campaña. Ni más duelo, ni más pésame, ni más epitafio... «Murió» o «no murió»: he aquí lo único que ya se habla del que sale del campamento en una camilla. Pero volver... ¡Ah! Volver es otra cosa... Volver es hacer de nuevo... Volver es resucitar.

Después de estas explicaciones, encontraréis justificado lo que sigue:

-¿Y mi tienda? -pregunté, pasados algunos instantes, a mis camaradas más íntimos.

-Fulano la heredó... Pero ambos cabéis en ella.

-¿Y mi cama?

-Tu cama..., ¡agradécemela a mí! Nadie tenía dónde llevarla, y si no la recojo yo, ya estaría en poder de los moros. Dormiremos juntos.

-¿Y tu caballo? -me preguntaron ellos a su vez con mucha sorna.

-¡Se me ha perdido! -respondí yo inocentemente.

-¡Estás en un error! Tu caballo se presentó en Monte Negrón a la Guardia Civil. El hambre y el olfato le hicieron dar con el ejército español. Cuando le vimos llegar tan solo y malparado, y reconocimos en él a tu África (así se llama mi jaca), te contamos entre los difuntos.

-Pero, en fin, ¿dónde está ahora mi África? La monta un guardia civil... ¡Y por cierto que ayer ha entrado en fuego con ella!

-¡Oh, animal modelo de virtudes!

-Sin embargo, te aconsejamos que no reclames ese animal...

-¿Por qué?

-Porque te saldrá más barato comprar otro...

-No lo entiendo...

-Pues es muy sencillo. África se habrá comido estos días una fanega de cebada; la misma que tendrás que abonar al guardia civil...

-¿Y qué?

-¡Poca cosa! Que una fanega de cebada valía ayer tanto como doce caballos, puesto que por falta de pienso se murieron muchísimos...

-¡Idos al diablo! Pero habladme formalmente de eso último...

-¿De qué?

-De vuestras privaciones...

-¡Será difícil!

-¿Por qué?

-Porque aquí las hemos tomado a broma.

-Sin embargo, debéis de haber sufrido mucho...

-¡Lo que no es decible! Con todo, el soldado no ha perdido ni un instante su alegría. Porque has de saber que el cólera nos ha dejado descansar desde que abandonamos aquellos pícaros campamentos de las cercanías de Ceuta... ¡Lo único que la tropa echaba de menos era el tabaco, y por cierto que era una delicia oír sus chistes y ocurrencias cuando se acordaba de él! Nuestro verdadero apuro ha sido por los caballos y las acémilas, que se comían recíprocamente sus monturas. ¡Ya verás..., ya verás esos arenales sembrados de caballerías muertas!

-Pero ¿y vosotros?

-Nosotros hemos comido galleta mojada en agua llovediza y mariscos, que abundan en esta costa. ¡De algo nos había de servir el temporal! La mar ha arrojado millones de millones de almejas sobre esas playas. No obstante, el negocio se iba poniendo tan feo, que ayer mañana estuvo ya a caballo el general Prim, a la cabeza de una división, para ir por víveres a Ceuta.

-¡A Ceuta! ¿Cómo?

-¡Ah! No es para contado... ¡Has debido verlo!

-Contádmelo, sin embargo...

-Pues escucha:

«La situación se comprende fácilmente, y ya la habrás adivinado desde Ceuta. Éramos veinte mil hombres atascados en un lodazal, azotados de día y de noche por el viento y la lluvia, bloqueados a la izquierda por un mar furioso en que no se veía ni un solo buque hacía cuatro días, y amenazados a la derecha por el ejército enemigo, que esperaba la primera hora de bonanza para caer sobre nosotros. No podíamos avanzar ni retroceder, y el hambre dejaba ya sentir su aguijón envenenado. Los enfermos se morían dentro de sus tiendas... Los heridos (pues hemos sostenido dos combates en esta situación) pasaban la calentura consiguiente a su estado liados en sus mojadas mantas... ¡Ah! ¡Mejor es no acordarse!»

-Seguid... Seguid...

«Pues bien, figúrate el momento supremo en que iba a partir el convoy en busca de víveres. Aquella expedición, ¿mejoraría nuestra suerte, o la empeoraría? ¿Saldrían los moros al encuentro de la columna volante? ¿Nos quedaríamos sin acémilas? ¿Permitiría el temporal ir y volver por esos montes a nuestros valerosos compañeros?

»Todas las mulas servibles estaban ya preparadas; los soldados, formados; los brigaderos, decididos a morir defendiendo las provisiones; el general Prim, disponiendo el orden de marcha. El resto del ejército rodeaba a los expedicionarios, despidiéndolos, envidiándolos, agradeciéndoles de antemano su sacrificio... La mar seguía revuelta y sola, ligeramente esclarecida por las primeras luces de la mañana... No llueve.

»En esto una voz grita:

»-¡Vapor! ¡Vapor!

»-¿Hacia qué lado?

»-¡Dobla la punta de Ceuta!...

»Todo el mundo mira...

»En efecto, se percibe allí un punto negro y un poco de humo.

»El día aclara entretanto...

»¡Es un vapor..., no hay duda! Con los anteojos se distingue nuestra bandera... ¡Nos hemos salvado!

»¡Entonces, y sólo entonces, echamos de ver que no corre viento alguno; que las nubes se entreabren, y que en las regiones altas de la atmósfera sopla el sur, en lugar del Levante!...

»¡La misma mar ha cedido un poco!

»-¡Alto la expedición! ¡Viva la Marina Española! -exclama el general Prim.

»Pero, ¡ay!, a lo mejor, el barco desaparece... ¡Nadie lo ve ya por ningún lado!

»-¡No puede! ¡Se ha vuelto! -exclaman veinte mil voces.

»¡Oh!... ¡Qué momento aquel de desesperación y de agonía!

»Así pasa media hora.

»¡Nada!... Se ha vuelto... Es cosa hecha... No hay otro remedio que despachar la brigada...

»Y la brigada parte para Ceuta.

»Pero algunos minutos después se oye decir:

»-El vapor no se ha vuelto... El vapor avanza...

»-¿Por dónde? -pregunta el conde de Reus.

»-Viene pegado a la costa... -responden los soldados, que siempre ven más sin anteojos que los generales con ellos.

»Era verdad. Una ilusión óptica había impedido verlo mientras se destacaba sobre el promontorio del Hacho; pero el audaz y generoso buque se dibujaba ya sobre las olas, airoso, altivo, solitario, adelantando siempre hacia estas playas y rodeado de ancha orla de espumas.

»¡Hurra tres veces al denodado barco! Era el Duero, cuyo nombre vivirá siempre en nuestra memoria... ¡Y qué titánica lucha sostenía con la marejada!

»Entretanto, empezaron a aparecer por detrás de Ceuta otros muchos buques, y algunas horas después fondeaban ya todos enfrente de nosotros con esos almacenes flotantes en cuyos costados se leen los consoladores nombres de: harina, arroz, hospital de heridos, heno, cebada, hospital de enfermos, tabaco y tocino.

»Por lo que toca a Prim y a su columna expedicionaria, si bien tuvieron que volverse por carecer de objeto su viaje, no perdieron enteramente el tiempo, puesto que, habiendo divisado en la playa de Castillejos la goleta náufraga Rosalía, varada en la arena, dirigiéronse a ella, la abordaron, y extrajeron la caja de fondos, las banderas y algunas armas, con las cuales regresaron pronto a este campamento, entre los aplausos de veinte mil hombres.»

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Hasta aquí el primer relato de mis amigos. Ahora paso a contar sumariamente los demás sucesos importantes de estos últimos días, según me los han narrado testigos presenciales y de mayor excepción.

Primeramente, hácese aquí lenguas todo el mundo elogiando el comportamiento del batallón de Ciudad-Rodrigo, que sostuvo durante cinco horas un reñido combate la tarde del 4 de enero, mientras que el resto del ejército acampaba en las alturas llamadas de la Condesa, nombre que recuerda la dominación de los portugueses en este litoral.

He aquí algunos pormenores del encuentro.

A las seis de la mañana de aquel día nuestras tropas habían continuado su marcha hacia Tetuán desde el valle de los Castillejos, en que yo las dejé atrincherándose.

El enemigo no opuso al principio oposición alguna, y el movimiento se verificó ordenada y lentamente hasta dar vista al Valle M'nuel, así llamado desde los tiempos de D. Manuel el Grande y el muy feliz, rey de Portugal.

Una vez en aquella posición, nuestros soldados descubrieron a lo lejos y delante de sí las ásperas lomas de Monte Negrón, adonde se había refugiado el campamento moro.

Mandose, pues, hacer alto y plantar tiendas, lo que se realizó en seguida, quedando, por ende, situados los dos ejércitos beligerantes el uno enfrente del otro, cada cual sobre un extenso monte, y separados solamente por un estrecho y mal conformado valle. La única diferencia que existía entre nuestra posición y la suya, era que los moros habían elegido para acampar un punto alto y distante de la costa, mientras que nosotros nos apoyábamos en la misma orilla del mar.

Ambas situaciones estaban perfectamente entendidas, pues el enemigo tenía su base de operaciones, o sea su punto de retirada, sus víveres y repuestos, en el interior, y nuestro ejército recibía todos sus socorros y se descartaba de heridos y de enfermos por medio de la escuadra.

La posición escogida por nosotros era tan ventajosa como fácil de defender. Con todo, a fin de establecer el camino y levantar las trincheras mas desahogadamente, se mandó marchar en observación hacia el ejército agareno a dos escuadrones de Húsares.

Esta precaución no fue injustificada. Dos mil moros de caballería y como quinientos de infantería, avanzaban ya a estorbar nuestras operaciones, y muy pronto se rompió el fuego entre la vanguardia de los Húsares y los primeros grupos de los marroquíes.

Entonces fue cuando O'Donnell, viendo que las fuerzas contrarias superaban diez veces en número a los acreditados Húsares, envió en apoyo de estos al batallón de Ciudad-Rodrigo.

Mandábalo su teniente coronel, D. Ángel Cos-Gayón, repuesto ya de la dolencia que le aquejaba el 30 de diciembre; y es fama que recobró el tiempo perdido habiéndoselas desembarazadamente con numerosas huestes moras de caballería e infantería combinadas, y mostrando a su bizarro batallón que tenía un jefe digno de mandarlo.

También se encontraba allí este día el coronel D. Antonio Ulibarri, herido ya en otro encuentro, como creo haberos dicho, y que convalecía de su lesión, yendo de aficionado a las batallas; pero otra bala le atravesó la pierna derecha al principio del combate que refiero, y tuvo al fin que regresar a la península.

Cerca de cinco horas duró aquella desigual pelea, en la cual acabó Ciudad-Rodrigo por rechazar a los moros, causándoles muchas pérdidas, que vino a aumentar nuestra artillería con sus disparos. Cinco soldados y un sargento muertos; un capitán, un teniente y treinta y ocho soldados heridos, regaron con su sangre el lauro que alcanzó mi batallón en este celebrado hecho de armas.

Entretanto, todo el resto de nuestro ejército vivaqueaba ya en su nuevo campo, cerca de las lagunas formadas por el río M'nuel; la escuadra, aumentada con las fragatas de hélice Princesa de Asturias y Blanca, recogía nuestros heridos y enfermos, y nos suministraba víveres y municiones, y la noche caía sobre las últimas faenas de tan feliz jornada.

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No lo fue menos la siguiente.

Verificose esta dos días después, siendo aquella que yo califiqué de milagrosa al divisarla con un anteojo desde lo alto del Hacho.

Aludo a la famosa marcha de flanco y paso del Monte Negrón, brillante y afortunado movimiento, que, al decir de todos los inteligentes, constituirá una de las mayores glorias de esta campaña.

Pero dejemos hablar a uno que lo presenció.

«Te has perdido (me dice) el gran día de júbilo y de sorpresa para las tropas, el gran día de ciencia y habilidad de nuestro general en jefe.

»Imagínate que al emprender la marcha aquella mañana (el día 6) para asaltar el Monte Negrón, donde, como sabes, se habían situado los moros, decididos a estorbarnos el paso, todo el mundo esperaba una verdadera batalla, en que, si bien había seguridad de vencer, pues esta arrogante confianza no la hemos perdido jamás, se contaba con tener muchas más bajas que en el mayor de los combates anteriores.

»¿Cómo no? Los moros estaban posesionados de sus inaccesibles alturas, que nosotros nos veíamos obligados a atacar desde el valle para pasar al otro lado, mientras que ellos habían tenido tiempo de atrincherarse, de acumular medios de defensa, de establecer obstáculos al paso de la artillería y de los equipajes, y contaban además con numerosa caballería que lanzar sobre nuestra retaguardia tan luego como emprendiéramos la operación.

»Era, pues, uno de aquellos días en que, al oír el toque de diana, se pregunta cada cual muy formalmente si llegará a oír el toque de retreta... Figúrate, por tanto, nuestro asombro cuando aquella noche nos encontramos dueños del Monte Negrón y con toda nuestra impedimenta pasada al lado de acá, sin haber perdido un solo hombre...»

-Pero ¿cómo sucedió eso?

«Verás. Dos días antes de esta operación (la tarde del 4), mientras que un batallón sostenía al enemigo por la derecha, el general García había practicado un audaz reconocimiento a todo lo largo de la playa, entre sus arenas y las lagunas en que muere el río M'nuel, llamado también río Capitanes, llegando bajo una lluvia de balas hasta los primeros estribos del Monte Negrón.

»Un soldado de su escolta fue herido levemente; el caballo que montaba el bravo general recibió dos balazos, y el de uno de sus ordenanzas resultó también herido; pero, en cambio, había hecho un importantísimo descubrimiento. ¿El Monte Negrón, no moría inmediatamente en el mar, sino que entre las olas y la montaña quedaba una estrechísima fajo de arena, que abría fácil acceso a estos otros valles!

»Deslizarse por aquella angosta playa; pasar por allí la artillería rodada y todos nuestros bagajes; escaparse, como quien dice, lamiendo el pie de la fortaleza natural que cerraba el camino, ¡tal fue desde entonces el atrevido y dichoso pensamiento del general O'Donnell!

»El mismo general jefe de Estado Mayor, como más práctico de aquel terreno que tan denodadamente había reconocido, se encargó de dirigir el movimiento, el cual se haría de manera que los moros no comprendiesen nuestra intención sino cuando ya fuese tarde para contrarrestarla. ¡Ah! Si ellos la hubieran adivinado, solo con arrojar piedras desde la altura sobre el arenoso pasaje, nos habrían causado horribles destrozos, imposibilitando el tránsito de nuestro ejército.

»El general García, pues, emprendió la marcha antes de rayar la aurora, a fin de ganar tiempo a los desprevenidos moros, seguido del SEGUNDO CUERPO (mandado interinamente por el general D. José Orozco), tres Baterías de Montaña y dos escuadrones de Lanceros, avanzando todos lo más silenciosamente posible por en medio de las todavía densas tinieblas.

»Al romper el día ya habían atravesado el Valle M'nuel, y eran nuestras, una detrás de otra, las primeras colinas de la temida sierra en que se hallaban acampados los moros, sin que estos notaran que los estábamos flanqueando o que ya los habíamos flanqueado...

»Un momento después, todas las cumbres que dominaban el camino estaban coronadas por los batallones del SEGUNDO CUERPO; ¡y cuando los moros se volvieron a oriente para saludar al sol, que salía temblando por entre las olas del mar, lo primero que hirió sus ojos fue el reluciente brillo de nuestras bayonetas, que erizaban materialmente las alturas!

»Entretanto, nuestra caballería había pasado ya al otro lado del Monte Negrón por la susodicha faja de arena; y los ingenieros, con ese ardor e inteligencia que tantos elogios les valen todos los días, preparaban rápidamente cómodo camino a la artillería rodada, la cual se deslizaba poco a poco por detrás de ellos, a la vista de los asombrados musulmanes...

»Estos permanecieron largo tiempo sin saber qué hacerse, sumidos en la mayor perplejidad. Su primera idea, la más obvia, debió ser indudablemente adelantarse a todo lo largo del monte, con dirección al mar, para arrojar a nuestras tropas de los puntos a que habían subido y estorbar el paso de las otras por la playa. Pero también esto había sido previsto por el general O'Donnell, y el cuerpo de ejército del general Ros avanzaba ya valle arriba, como si intentara atacar el campamento de los moros o situarse a su retaguardia.

»El enemigo no podía, pues, moverse sin grave riesgo de ser envuelto por el general Ros, quien iría a encontrarse con el SEGUNDO CUERPO detrás de Monte Negrón, dejando así encerradas este monte, las tiendas de los marroquíes y todas sus fuerzas en una especie de círculo de hierro.

«Semejante estratagema era demasiado familiar a los moros para que cayesen en la red, pues equivalía a la famosa media luna que constituye la base de su táctica, y que tan completos resultados les diera hace tres siglos contra el heroico e infortunado rey D. Sebastián... Guardáronse muy bien, por consiguiente, de avanzar hacia la costa; y, resignándose a dar por perdido el Monte Negrón, acudieron a impedir que continuase avanzando el TERCER CUERPO, del que temían intentase una embestida contra sus tiendas...

»El general Ros comprendió este recelo de los moros; y, ciñéndose a las instrucciones que tenía del general en jefe, los mantuvo en su error todo el día, simulando ataques y exagerando sus operaciones hacia la derecha; hasta que, a la caída de la tarde, cuando ya no vio en el valle ni un solo soldado de los demás cuerpos de ejército, emprendió una retirada habilísima, que los moros no echaron de ver sino cuando el último batallón del TERCER CUERPO tomaba el camino de la playa y se escapaba, como todo el mundo, por el desfiladero de arena.

»Tal fue aquella graciosa cuanto memorable jornada.»

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Comprendo que el anterior relato os haya sorprendido tan agradablemente como a mí. Creo que no puede darse mayor fortuna ni mejor inteligencia de la guerra... ¡Ahí tenéis una gran batalla ganada por el arte militar, sin derramamiento de sangre, y doblemente ventajosa, por tanto!

Ni terminan aquí las cosas notables que han ocurrido durante mi enfermedad.

Además de las mencionadas acciones del 4 y del 6, y de la que ayer 10 contemplé yo a lo lejos desde el vapor Barcelona, tenemos aún otra del 8. Referiré ligeramente estas últimas, aunque no sea más que para conservar la ilación de la marcha de nuestro ejército desde Ceuta a Tetuán, y para que mi DIARIO encierre la cronología completa de los hechos memorables de esta campaña.

Pero antes permitidme que os cuente una interesantísima escena, ocurrida el día del paso de Monte Negrón, y la cual he oído referir lleno de orgullo, como español y como cristiano.

Fue el caso que cierta guerrilla nuestra divisó una humilde choza al pie del monte, y corrió a ella, con el fin de saber si daba albergue a más o menos enemigos agazapados.

En efecto, era así. No bien nuestros soldados estuvieron cerca de la choza, cuando salió de ella un moro armado de su espingarda; hízoles fuego, aunque sin herir a ninguno, y huyó por las cumbres del monte con dirección al campamento mahometano...

Los nuestros siguieron avanzando impasiblemente hacia la choza; y ya tocaban a ella, cuando vieron aparecer a una mujer, joven aún y de rostro simpático, la cual llevaba de la mano a dos tiernos niños, que lloraban desconsoladamente, asiéndose a la pobre túnica de su madre.

Esta se adelantó hacia nuestros soldados pálida y llorosa, pidiéndoles piedad con reiteradas súplicas en palabras árabes que ellos no entendían, pero cuyo sentido tono llegaba a su corazón...

Los españoles, por toda respuesta, abrieron sus morrales, sacaron galleta, y la repartieron entre la madre y sus hijos. En seguida hicieron seña a la agradecida mujer de que les siguiera por la montaña arriba; pusiéronla a la vista de su esposo; indicaron a este, también por señas, que bajase sin cuidado a recoger a su familia, y se despidieron de los asombrados africanos, haciendo antes algunos cariños a los pequeñuelos...

Estos reían y saltaban ya, comiéndose la galleta; el padre bajaba lentamente del monte, como si le pesase sobre el corazón el remordimiento de haber disparado su espingarda contra aquella gente tan buena; la madre lloraba de gratitud y señalaba al cielo, repitiendo el nombre de Alah, y los sencillos cazadores se incorporaban a su Batallón, contándose unos a otros el hecho, como si no lo hubieran realizado juntos.

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Conque vamos a la acción del 8, tal y como acaban de referírmela mis compañeros de tienda.

Sabéis ya que, después del paso de Monte Negrón, nuestros soldados acamparon del lado acá de dicho promontorio, cerca de la playa, y los marroquíes una legua más arriba, sobre la misma sierra.

Así se pasó la -noche del 6.

La mañana del 7, y ya con un temporal horrible, levantó otra vez el vuelo nuestro ejército, adelantándose entre la mar y las famosas Lagunas de las sanguijuelas (que tanto producto rinden al emperador de Marruecos), hasta venir a colocarse en las colinas que preceden al pantanoso valle en que escribo, llamado Río Azmir por los moros, y Campamento del Hambre por nuestras tropas.

El enemigo siguió paralelamente el movimiento, siempre a una legua de nuestro flanco derecho, plantando sus tiendas al mismo tiempo que nosotros, cual si ambos ejércitos caminasen en busca de un terreno bien acondicionado para volver a medir sus fuerzas.

(Todos estos movimientos y los sucesos posteriores hasta el día 10, deben ya ser vistos al través del aguacero espantoso que ya conocéis. Tenedlo en memoria, ahorrándome así continuas advertencias.)

El 8, a la una de la tarde, presentáronse algunos grupos de moros por las alturas fronterizas al campamento del SEGUNDO CUERPO, cuyo mando se había conferido la víspera al general Prim, a causa de la enfermedad del conde de Paredes, entrando a mandar la DIVISIÓN DE RESERVA el general D. Leoncio Rubín.

El intento del enemigo parecía ser apoderarse de nuestras acémilas (que, por la escasez de cebada, pastaban en los vecinos valles); y, para ello, fingió un ataque por el lado opuesto, ocupando unas alturas a nuestra espalda.

El general Prim adivinó aquel propósito, y, desentendiéndose por el momento de la falsa e inútil acometida, dispuso que el regimiento de Castilla avanzase a ocupar los cerros de nuestro frente, mientras que los cazadores de Alba de Tormes se encaminaban a los valles en que pastaban las acémilas.

Ya era tiempo, los rapaces moros se habían apoderado de algunas caballerías y procuraban volver a ganar, sin ser vistos, los montes de la derecha. Pero una compañía de dichos cazadores, desplegada en guerrilla, obligoles con sus disparos a huir en precipitada fuga y a abandonar el robo.

Entretanto los enemigos se presentaban en mayor número que al principio, como si aquella ligera escaramuza les hubiese metido en ganas de pelear. Rompieron, pues, un fuego desordenado en varios puntos de una extensa línea, al que solo contestaron nuestras guerrillas; pero con tal éxito, que tuvieron a raya toda la tarde a fuerzas muy superiores de Infantería y de a caballo.

Este tiroteo duró hasta después de las cinco, hora en que la artillería del TERCER CUERPO metió algunas granadas entre la caballería enemiga, cuya extraordinaria movilidad fatigaba a los de Alba de Tormes. Convencidos entonces los jinetes árabes de que nuestros proyectiles corrían más que los mejores caballos, tuvieron por conveniente volver a su campamento, llevándose por delante a su castigada infantería.

Nuestras pérdidas fueron un soldado muerto, dos oficiales y veintiocho soldados heridos, y diez contusos, entre ellos un oficial.

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El combate de ayer, 10, fue mucho más serio, aunque bastante parecido al anterior.

El teatro era el mismo, e igual también el plan de ataque y defensa de ambos ejércitos; pero todo se verificó en mayor escala, constituyendo un hermoso triunfo para nuestra bandera.

Según me refieren, este combate (que nosotros vislumbramos desde el vapor Barcelona) dejará memoria por las brillantes acometidas de los batallones de Castilla y de Toledo, quienes cargaron en masa a un mismo tiempo por dos puntos distintos, arrollando cuanto encontraron delante y entrando cinco veces a la bayoneta, dos de ellas contra la caballería marroquí.

Los generales Prim, Orozco y D. Enrique O'Donnell dirigieron este audaz movimiento, que decidió de la acción, siendo tan completo nuestro triunfo, que, contra la costumbre de los moros, ni uno solo persiguió a nuestras tropas cuando estas se retiraron a la noche de las remotísimas posiciones que habían ocupado.

Nuestras bajas fueron bastantes; pero las eclipsa la gloria que alcanzaron los regimientos de Castilla y de Toledo. Y, por lo demás, los ciento sesenta heridos y trece muertos que tuvimos que lamentar, costaron a los moros quintuplicadas pérdidas; pues, aparte de las que les causó nuestra infantería, hubo momentos en que treinta y cuatro cañones vomitaron a la vez sobre el enemigo una verdadera lluvia de granadas.

¡Y, sin embargo, volverán!

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Conque henos ya al corriente de todo lo acontecido durante mi ausencia del ejército.

Hoy no ha ocurrido novedad digna de mención, como no sea el desembarque de víveres de que ya hemos hablado. Puedo, pues, daros las buenas noches.

¡Ah! Se me olvidaba... El guardia civil me ha regalado mi caballo, o, lo que es lo mismo, me ha perdonado generosamente el fabuloso precio de la fanega de cebada. He vuelto, pues, a abrazar a mi pobre África, no como señor, sino como amigo.

¡Nadie sabe cuánto llega uno a amar en la guerra a su caballo; a este compañero de penas y fatigas, tan humilde y resignado para servirnos, como valeroso y soberbio en la pelea; que participa de todos nuestros peligros, y que no disfruta ninguna de nuestras glorias!

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Aún cojo la pluma por segunda vez, después de haberla soltado, para deciros en confianza que, prescindiendo del patriotismo y de la poesía, mi calabozo alfombrado de Ceuta era mucho más confortable que mi templo pantanoso de Río Azmir...

¡Qué frío!, ¡qué viento!, ¡qué humedad!..., y ¡qué mala cena!

Sin embargo, prefiero dormir aquí.



 

- XXV - El Río Azmir. -Curiosidad del poeta. -Nostalgia del hombre. -Otro combate. -Más prisioneros. -Preparativos de marcha. -Conjeturas.

12 de enero, por la mañana.

Río Azmir... Así se llama (según parece) el pantanoso valle que dominan nuestros reales, y con tal nombre se aparecerá toda la vida a la imaginación de los que han padecido o batallado en estos sitios. ¡Dos combates, y el que principiará dentro de una hora (pues los moros empiezan a asomar por las alturas); un temporal sin ejemplo; las privaciones y las enfermedades que aquí se han sufrido, son recuerdos imperecederos que pasarán de padres a hijos, y que la historia inscribirá en sus páginas!

Por lo demás, muy pronto (quizá mañana) abandonaremos estos lugares, que ya no volveremos a ver sino en sueños. Sus fragosos montes y anchos pantanos seguirán solitarios y desatendidos. Una vez dominado Cabo Negro, nos encontraremos en país habitado, entre una ría navegable y una ciudad populosa, en contacto inmediato con nuestras naves y cerca del término de nuestra peregrinación.

Entonces acabará el laborioso prólogo de esta campaña. Dígolo, porque ni las acciones dadas en el Serrallo y Sierra-Bullones, ni la misma batalla del día 1.º de enero nos han revelado por completo la índole, el número ni los planes de los marroquíes. Vendrán, pues, sucesos y espectáculos que nos hagan olvidar estos accidentales campamentos. El verdadero drama no ha principiado todavía. La curiosidad del artista y del poeta ha carecido, por lo menos hasta ahora, de emociones y misterios extraños a la civilización del occidente. Aparte de los mismos moros, de sus trajes y fisonomías, de su aspecto exterior y manera de combatir, nada hemos encontrado que nos sorprenda y maraville, sino montes desiertos y algún que otro morabito arruinado. Los hogares, los muebles, las costumbres, los niños, las tierras cultivadas, la religión, la industria, la mayor o menor civilización de estas gentes, su vida, en fin, es aún para nosotros un secreto.

Hablo como vulgo, como humilde soldado; prescindo de lo que haya podido leer en otros tiempos acerca de este país, olvido completamente lo aprendido, desconfío de ello. Yo vengo aquí, como la generalidad de mis compatriotas, libre de perjuicios, desprovisto de datos, decidido a no subordinar mi criterio al ajeno, dispuesto a observar por mi propia cuenta, a creer solamente lo que vea y toque, a reflejar sencillamente aquello que me salga al paso, sea regla o excepción, mera apariencia o indubitable realidad.

Yo, por mi, no sé más sino que en España hubo moros durante setecientos años; que vivieron en mi pueblo nativo; que creían en Mahoma; que lo escribieron así sobre los muros de la Alhambra; que los Reyes Católicos los destronaron; que Felipe III los arrojó de la península, y que se refugiaron aquí, donde tenían su parentela. Recuerdo además que mi imaginación de niño se forjaba a los musulmanes y su vida y costumbres de un modo determinado y preciso, cuyos componentes eran: trajes blancos, talares, rostros atezados, ojos de fuego, barbas negras, lujosas armas, indolentes posturas, muelle existencia, voluptuosas danzas, techos calados, columnatas aéreas, blandos cojines, frescos patios, aguas bullidoras, silenciosas mujeres, humeantes pebeteros, aire cargado de terror y deleite, calor, silencio, puñaladas, caricias...

Averiguar si en pleno siglo XIX puede ser realidad corresponder a tanta poesía, tal es mi curiosidad en África, tal el empeño de mi imaginación, por más que mi corazón de español y de soldado persiga ideales más severos.

Ahora bien, cuanto llevo observado hasta ahora confirma mis ilusiones y esperanzas... ¡El misterio musulmán subsiste todavía, y mañana o pasado mañana, al dar vista al valle de Tetuán, empezará a hablar la esfinge sarracena!

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Pero volvamos a lo presente.

Los moros siguen coronando los vecinos montes, y los indicios de un próximo combate son cada vez más seguros.

El general en jefe sale de su tienda con los anteojos en la mano; busca un punto que domina todo el espacio en que puede entablarse la acción, y se pasa veinte minutos estudiando la disposición del terreno, las idas y venidas del enemigo, su número y sus intenciones.

Entretanto, cunde por el campamento la noticia de que va a haber fuego; pero no cunde en son de alarma, ni rápida y atribuladamente, sino de un modo natural y sencillo, como si se tratara de que el tiempo amenazase lluvia.

Esta comparación es exactísima. Mirad, si no, a los soldados y a los oficiales consultando las montañas, como pudieran consultar la atmósfera. Casi todos han salido de sus tiendas, o avanzado a los parapetos, desde donde examinan el horizonte.

Los asistentes, sin que nadie lo mande, empiezan a ensillar los caballos; otros se apresuran a hacer el almuerzo, y algunos se frotan las manos con cierto gusto, adivinando que su capitán o su coronel pasarán todo el día fuera de casa, y que ellos, con motivo de tener que guardarla, se quedarán campando por su respeto. En cambio, otros, más guerreros que marmitones, abandonan el fogón y requieren sus armas, contando con que sus amos les permitirán tomar parte en la refriega.

En esto, el general en jefe ha formado ya juicio acerca del ataque que medita el enemigo y del plan más conveniente para rechazarlo.

Dos o tres de sus ayudantes parten con órdenes para los generales de cuerpo de ejército. En su consecuencia, uno se pondrá sobre las armas, otro permanecerá indiferente como si no hubiera acción; este adelantará fuerzas a tal altura; aquel las situará donde no las vea el enemigo hasta cierta hora, etc., etc.

Mientras tanto, los moros no pierden su tiempo. Largas y tortuosas hileras de blancos fantasmas se deslizan por entre las rocas y los árboles, fraccionándose en pequeños grupos; todas las alturas y laderas importantes son a arcadas por su extensísima línea semicircular; algunos jinetes con banderines corren por valles y cerros transmitiendo órdenes, y el Cuartel General, o como se llame entre ellos, se sitúa lejos del alcance de la fusilería, sobre un punto que domina el campo de batalla, y del cual no se moverá... hasta que lo echemos a cañonazos.

¡Atención! Nuestras cornetas empiezan a tocar llamada y tropa.

Ármase un verdadero remolino en los campamentos. Los soldados, revueltos y confundidos antes, corren en varias direcciones buscando su fusil y su manta.

No todos los cuerpos son llamados a las filas... Por eso cada uno tiene su contraseña de corneta, y al oír el toque todo el mundo pone el oído al viento...

-¡No es a mí!... -dicen algunos, sin alegrarse por ello, y tornando al grupo de los ociosos...

-¡Eso va conmigo!... -exclaman otros sin entristecerse...

Y corren hacia una muerte muy posible, sin decir «adiós» a sus compañeros.

Ya se ven muchas masas compactas y uniformes, alineadas del propio modo que sus respectivas tiendas... Las bayonetas relucen a sol, formando grandes cuadros de acero. Un silencio solemne ha sucedido al alboroto de la holganza.

Algunos coroneles y comandantes andan a caballo de un lado a otro, disponiendo el orden de salida de las tropas, eligiendo las que han de marchar delante y las que han de ir de reserva, designando su puesto a las guerrillas, situando los batallones de modo que se muevan y desenvuelvan desembarazadamente, y dando tiempo a los que no han comido el rancho de que tomen un frugal desayuno, con el fusil en una mano y la cuchara de boj en la otra.

La artillería, por su parle, monta los cañones sobre las mulas o engancha los tiros a las baterías de posición, y pasa una ligera revista de municiones. Los ingenieros cogen sus herramientas, para abrir caminos en caso necesario. Los facultativos se cuelgan sus grandes carteras, provistas de instrumentos quirúrgicos, hilas y vendajes. Alístanse los botiquines. Los capellanes sacan de su pecho la imagen del Crucificado. El dibujante afila sus lápices. El cronista escribe en su libro la fecha y la hora en que principia la nueva acción. Las camillas, en fin, son armadas en un momento. ¡Nada falta ya para dar principio al espectáculo!

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Una hora después.

Son las doce y media de la mañana; hace un apacible y esplendoroso día de sol; la temperatura convida al esparcimiento por los campos, a las excursiones deleitosas, al amor y a la dicha.

El mar, el cielo, los húmedos y verdes prados, todo reverbera una plácida luz que predispone el alma al olvido de las penas ni a la esperanza de otros venturosos días...

Es la hora de pasear en Granada por la Carrera de las Angustias o de tomar el sol en el camino de Huétor, la hora de seguir por los bosques de naranjos de las Delicias de Arjona a las arrogantes sevillanas; la hora de lucir un caballo inglés por la Fuente Castellana de Madrid, o de buscar la soledad con una mujer querida, ya por la Ronda, ya por la Moncloa, dejando parada la berlina en alguna alameda melancólica y deshojada. Es la hora de salir de casa, limpio, paquete, rozagante, con el segundo cigarro del almuerzo entre los dedos, y la apuntación en el bolsillo de las visitas agradables que se pueden hacer. Es la hora, es la estación, es el día propio para recibir miradas de amor, o para acompañar a tiendas a la reciente esposa, o para llevar a los pequeñuelos al parterre del Retiro, o para tenderse perezosamente en solitarias praderas y colocar sobre la marchita hierba el libro predilecto o el pliego de papel blanco que ha de convertirse en una anacreóntica...

¡Oh Patria! ¡Oh, dulce nombre! Aire, luz y cielo que presenciasteis mis pasadas agitaciones; astros eclipsados en el horizonte de mi vida..., amores, esperanzas, entusiasmos, llantos y furores..., ¡heme aquí separado de vosotros por el mar, sin otra felicidad que la bárbara armonía de los combates, sin lágrimas en los ojos ni blandura en el corazón; sentado en la hierba de un suelo enemigo, cuya posesión tenemos que disputar con las armas a sus dueños; escribiendo estos renglones en mi álbum de viaje, en tanto que comienza una nueva lucha, y sólo dispuesto a comprender y elogiar la ira, la fuerza, el exterminio y la crueldad!...

Pero ya suenan los primeros tiros... Adiós, amigos... Hasta la noche... ¡Y perdonad al pobre soldado el que se haya acordado un momento de que es poeta!

A las ocho de la noche.

¡Adelante, por Cristo y por Santiago! ¡Estoy de un humor excelentísimo!... ¡Buena lección acaban de recibir los moros!

¡Oh, sí!... La jornada de hoy ha sido magnífica. ¡Y mejor aún será la que nosotros preparamos para dentro de un par de días! ¡Decididamente, los combates afortunados constituyen la verdadera alegría de la guerra!

Ahora son las ocho de la noche, es decir, hace dos horas y media que anocheció, y este es el momento en que regresa el general Prim a nuestro campo.

El incendio de algunas chozas próximas al campamento marroquí ha alumbrado la vuelta de nuestros victoriosos batallones, verificada con el mayor orden, a pesar de que emprendieron la retirada mucho después de anochecido.

Los pertinaces moros, que con tanto aparato vinieron a atacarnos esta mañana, han sido corridos por el bravo conde de Reus, que no los ha dejado descansar, llevándolos de monte en monte y de barranco en barranco hasta legua y media de nuestras avanzadas.

¡Y milagro es que tan pronto hayan vuelto nuestros batallones! Los soldados, cerca ya de anochecer, distinguieron el campamento enemigo como a media legua de distancia, y, lo mismo que en la batalla de los Castillejos, entraron en codicia de apoderarse de él...

Ha sido, pues, necesaria la experiencia de lo ocurrido aquel día para no ceder a la tentación y al deseo manifiesto de las tropas. Pero el conde de Reus oyó los consejos de su buen sentido, y, viendo que era de noche y que estaba muy alejado de sus trincheras y del camino que ha deseguir el ejército pasado mañana para ganar a Cabo Negro, despidiose con pena de aquellas blanquísimas tiendas cónicas que, por segunda vez en esta campaña, le convidaban al asalto, y tomó pensativo el camino de su tienda, a retaguardia de sus batallones, cuya vanguardia ocupaba siete horas antes, cuando iba en busca del enemigo.

Estas siete horas han sido de tribulación para los temerarios islamitas. Yo no los he visto huir ningún día tan desesperadamente como hoy. Mientras que la acción estuvo limitada a un tiroteo de guerrillas, la actitud de sus infantes y jinetes fue audaz y decidida como en todas ocasiones; pero desde que sonó el toque de ataque y los batallones de Arapiles y Llerena se lanzaron a todo correr en pos de ellos, cabilas y moros de rey, peones y caballeros, apelaron a la fuga, seguidos de nuestros bizarros cazadores.

¡Vive Dios que era un magnífico espectáculo! Por la primera vez veía yo a nuestras tropas atacar en masa... Figuraos seiscientos u ochocientos hombres, formando un cuadro perfectamente, moviéndose como un solo ser, corriendo sin descomponerse, subiendo y bajando a merced del terreno, y arrollando cuanto se opone a su camino... Hay momentos en que imagináis estar marcado, pues veis caminar la superficie de la tierra; otros en que os parece que el batallón va embarcado en un extenso trineo; otros, en fin, en que, al ver relucir y marchar tantas bayonetas hacinadas, recordáis las torres y catapultas de las antiguas guerras.

Dos han sido los batallones que han atacado de esta manera en la acción de hoy: Arapiles y LIerena,; los mismos que ya he mencionado. En la acción del día 10 ofrecieron, según me dicen, el mismo imponente aspecto los de Toledo y Castilla. Y, en una y otra acción, a voto de los oficiales extranjeros que van entre nosotros, nuestra infantería ha eclipsado a todas las de Europa por el orden, brío, ligereza y marcialidad del ataque.

¡Oh! ¡Si supierais cómo electrizan el alma y enardecen el corazón tales momentos! El vehemente alarido de las cornetas hace perder el juicio; los vivas a España y a cuanto la representa inundan el pecho de afectuoso y santo júbilo, los estampidos de la pólvora entonan y vigorizan los nervios; la carrera precipitada dilata, y enciende la sangre en las venas; la proximidad del enemigo anima al brazo de tal modo, que parece que vive y palpita uno hasta en la punta misma de su espada. Si vais a pie, a cada paso creéis haber hecho esclava vuestra a la tierra que dejáis atrás; si vais a caballo, se os figura que el noble bruto experimenta lo mismo que vosotros, y que ni siente la fatiga, ni el hambre, ni el castigo, sino que desprecia las balas y la muerte, se cree superior a toda resistencia, y no se ve en el campo de batalla otro peligro que la ignominia del ocio o la vergüenza, de la fuga...

¡Grato es cenar, por mal que se cene, después de experimentar todas estas cosas, y, en verdad sea dicho, no comprendo como estaba yo de mal humor esta mañana!... ¿Qué dicha mayor, para el que leyó febril y enternecido la Ilíada o la Jerusalén, el Robinsón o La Araucana, Los Lusiadas o la Conquista de Méjico, que ver presentes y vivientes aquellas empresas extraordinarias, aquellas lides con misteriosos ejércitos, aquellas aventuras de los paladines de Cristo en tierra infiel, aquellas luchas con la naturaleza y con lo desconocido, aquellos poemas, en fin, en que todo se sacrificaba a la gloria?

Pero os hablaba de cenar... Esto quiere decir que tengo mucha hambre, y que os escribo mientras allá guisan un potaje que, si lo vierais, os haría llorar, no comprendiendo que personas medianamente criadas lo consideren una especie de ambrosía, digna de los inmortales del Olimpo... Basta, pues, de música celestial, y acabemos por hoy.

Nuestras pérdidas han sido un muerto y cien heridos... Las del enemigo, tremendas. ¡Sólo la artillería les habrá hecho arrepentirse de su nueva intentona! Todos hemos visto caer nuestras granadas en medio de su caballería, haciendo rodar a hombres y bridones en espantosa confusión...

Recuerdo, en particular (por lo fantástico del asunto), un caballo blanco, herido y sin jinete, que ha estado toda la tarde de pie y sin moverse en lo alto de una colina... ¡Si vierais qué efecto hacía aquel pobre animal, inmóvil y como petrificado, sobre la redonda cumbre de la montaña, destacando su trágica silueta en los esplendores del crepúsculo! Parecíase a Pegaso, pronto a remontar su vuelo; o parecía más bien el monumento conmemorativo de una batalla perdida por algún gran pueblo, y recordé aquellos versos de Dante en que compara a Italia a un caballo ensillado y apercibido a la lucha, pero sin dueño que lo guíe a la victoria...

Mas sin querer vuelvo a la poesía... Tornemos a la realidad, y, pues que se tarda la cena, hablemos de otra cosa que os interesará mucho.

En el combate de hoy se han hecho tres prisioneros. A los tres los he visto, y a cuál me ha maravillado más.

El primero fue un adolescente, casi un niño; pero fuerte ya y recio como una encina de pocos años. Tres soldados le trajeron a la presencia del general en jefe, abriéndose paso con dificultad por entre un remolino de curiosos que se agolpaba a contemplarlo.

Venía herido de bala y de bayoneta; toda su vestimenta se reducía a un jaique que había sido blanco; su cabeza, descubierta y pelada, estaba materialmente bañada en sangre, y una de sus orejas colgaba sobre el hombro de una manera horrible.

Era mulato, pero de rostro bello y expresivo. La fortaleza de sus miembros y su atroz apostura sólo podían compararse a la inocencia de su límpida mirada y a la suavidad de su semblante infantil. Tendría, a lo más, dieciséis años.

El pobre mozo olvidaba sus hondas heridas en medio de la curiosidad infantil que le infundía nuestro campamento. Marchaba por su pie, con cierta impavidez indeliberada y sencilla, como si para él fuese cosa natural ver destrozado su cuerpo; y, lejos de quejarse, sonreía con gracia a nuestras tropas...

Ya cerca del cuartel general de O'Donnell, ocurriósele a un soldado que el prisionero debía de tener hambre, y le alargó una galleta, diciéndole en español, como si el marroquí hubiese de entenderlo:

-¡Anda, cómetela, que no tiene, nada malo!...

El joven musulmán no había esperado a que le instasen, y devoraba ya con ansia la galleta.

A mí me causó admiración y lástima, aquel inocente hijo de lobos, que a tan tierna edad se batía ya por su patria, con heroísmo, sufría el hambre con indiferencia, derramaba su sangre sin reparar en ello, penetraba por entre nuestras tiendas sin recelo alguno, y comía tranquilamente el pan del enemigo, bendiciendo acaso al que se lo diera.

Así llegó delante del general en jefe.

O'Donnell empezó por sonreírse benévolamente, como todo el mundo, al encontrarse enfrente de semejante militar.

-Pero, hombre, si esto es un niño -exclamó, volviéndose a su Estado Mayor.

El marroquí, entretanto, miraba a un lado y a otro, sin apartarse la galleta de los dientes.

-¿De dónde eres? -le preguntó el general por medio del intérprete Rinaldy, no menos niño que el prisionero.

-Nací cerca de Orán -respondió el mulato.

-¿Y han venido muchos contigo?

-Pocos -contestó el herido, mordiendo siempre la galleta.

-¿Y allá arriba? ¿Hay mucha gente? -preguntó O'Donnell, señalando al lugar del combate.

-Poca, muy poca.

-¿Y en Tetuán?

-Poca también.

-¡Vaya! -exclamó O'Donnell, sonriéndose-. ¡Aunque tan joven, sabes tu obligación!

-Te digo que hay poca -repitió el prisionero, sonriéndose a su vez.

-¡Nos es igual!... -exclamó graciosamente el conde de Lucena.

En seguida continuó:

-¿Tenéis muy lejos vuestro campamento?

-Cerca..., cerca..., cerca... -contestó el astuto moro, mirando hacia poniente, y como atrayendo los sitios con un ademán lleno de expresión.

-¿Y cómo se llama el general que os ha mandado hoy?

El marroquí vaciló un momento.

El intérprete repitió la pregunta dos o tres veces.

-Muley-el-Abbas, el hermano del Emperador -respondió al fin el joven, con visible respeto.

-¡Gracias a Dios que has dicho algo que sea cierto! -repuso O'Donnell-. Anda, y que te curen.

Y volviéndose a los soldados que lo habían traído:

-¿Quién cogió este prisionero? -preguntó afablemente.

-Mi general -dijo un cabo, terciando con gran respeto en el asunto-: primero lo hirió aquél, luego lo persiguió este, y por último le echó mano este otro.

O'Donnell mandó recompensar a los tres y volvió a la trinchera reposadamente.

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Al segundo prisionero lo vi en el hospital de sangre. Tenía destrozado el muslo derecho, y debía de padecer mucho. Era un verdadero moro, esto es, un moro de novela. Su cabeza bellísima estaba pálida como la muerte. Sus ojos negros miraban con recelo y amargura. Sus dientes de marfil, apretados convulsivamente, no dejaban escapar ni el más leve grito. Tenía una hermosa barba, negra como el azabache, y vestía con cierto lujo: calzón blanco, ropón encarnado y jaique de lana un poco ceniciento. Su espingarda, también lujosa, estaba aún en manos del soldado que lo había herido y hecho prisionero.

Primero pidió agua y luego pan, alegando que no había comido hacía dos días.

Mientras le curaron la fractura del fémur miraba ansiosamente al facultativo, como significándole que le mortificase lo menos posible; y los soldados que asistían a esta escena (esperando a que enrasen a los moros para mostrar sus propias heridas) exclamaban con generosa naturalidad:

-¡No le haga usted mucho daño, que es un valiente!

El médico, por su parte, le sonreía con bondad; le enjugaba el sudor del rostro; le daba a oler sales vivificantes, y empleaba en la operación el mismo cuidado que si se tratara de un hijo suyo... ¡Fue tal esta escena, que el duro y salvaje prisionero sintió ablandarse su bárbaro corazón, y, cogiendo la mano del facultativo, se la besó repetidas veces!

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El tercer prisionero era un anciano de blanquísima barba y austero semblante.

Venía agonizando, y la cura de la ancha herida que le atravesaba el pecho acabó de agotar sus fuerzas. ¡Tampoco se quejaba!

Una vez terminada la dolorosa operación, el viejo moro se envolvió en la manta con que lo cubrieron, y se acomodó en la camilla como un hombre que se dispone a dormir...

Poco después fue a preguntarle un intérprete si quería algo, y le encontró inmóvil y frío como una estatua. Estaba muerto.

Conque hasta mañana, que la sopa está en la mesa; o, por mejor decir, el potaje está en el suelo.

Día 13.

Lo pasamos racionándonos y disponiendo armas y bagajes para el ataque y paso de Cabo Negro.

La mar está tranquila, y nuestros buques han descargado ya sobre esta playa montes enteros de sacos de arroz, de cajones de galleta, de cajas de municiones y de fardos llenos de tocino, bacalao y otros preciosísimos artículos...

Decididamente partiremos mañana, antes de ser de día.

Imaginaos, pues, la doble expectativa de temor y curiosidad que nos agitará hoy a todos... Mañana va a romperse el enigma... Mañana, a estas horas ya habrán visto a lo lejos a Tetuán los que no hayan cerrado sus ojos a la vida en las fragosidades de Cabo Negro.

¡Tetuán!... He aquí la Atlántida que perseguimos hace dos meses; he aquí el término de nuestra peregrinación, he aquí la ciudad que se nos aparece en sueños todas las noches.

-Por Tetuán hallaremos el camino para volver a España -dicen unos.

-Por Tetuán ascenderá España a la cumbre de su gloria -exclaman otros.

-En Tetuán terminará la guerra -opinan algunos.

Tetuán o la muerte! -murmuran todos.

Considérese, pues, el afán que sentiremos por llegar a la cúspide de esos montes, por asomarnos al próximo valle, por fijar los ojos en la ciudad ansiada, en la ciudad prometida...

Aparte de esto (y aquí entra la parte de temor), el paso de Cabo Negro ha de ser disputadísimo. Los moros habrán conocido que anduvieron muy torpes en la defensa de Monte Negrón, y tratarán de remediar mañana su falta. Por otra parte, ahora no cuenta el general O'Donnell con un istmo de arena por donde pasar la artillería rodada y todo el ejército, valiéndose de estratagemas y simulados ataques; pues Cabo Negro se levanta como una muralla cortada a pico sobre el mar, y está adherido por el otro lado a Sierra Bermeja.

Será, pues, menester asaltarlo de frente, abrirse paso a viva fuerza, buscar el desfiladero más suave, construir un camino para la artillería..., y todo ello bajo el fuego del enemigo... ¡Es, ni más ni menos, el paso de las Termópilas; y los moros no son trescientos, como los espartanos que acaudilló Leónidas, sino millares y millares, que se aumentan diariamente!

¿Y después? ¡Después... lo desconocido! Desde que se pensó en esta guerra estamos oyendo hablar de legiones fabulosas de caballería árabe. Al salir de Ceuta se nos anunciaban doce mil negros de la guardia del Emperador. Al avistar el Llano de Castillejos va se nos había hecho esperar doble número, que por cierto no pareció por ningún lado, o que se convirtieron en infantes a causa del terreno. Y desde entonces hasta hoy, hemos llegado a oír hablar de veinte mil jinetes árabes, de treinta mil, hasta de cuarenta mil, contando a las cabilas y a los bereberes...

Nada de esto se ha realizado todavía... Dos mil o tres mil caballos: he aquí lo más que hemos visto hasta ahora siempre mezclados con numerosas huestes de infantería y batiéndose a tiros como ella...

Pero se dice que esto ha consistido en lo quebrado de las sierras, y que las grandes masas de caballería, la Guardia Negra, los belicosos jinetes del Riff, los nobles caballeros de Fez y de Mequínez nos aguardan reunidos en el anchuroso Llano de Tetuán, en número de treinta y cinco mil...

¡Treinta y cinco mil caballos! ¡Verdaderamente serán dignos de verse, sobre todo teniendo en cuenta los elegantes albornoces y gallardo cabalgar de los marroquíes!... Pero, ¡diablo!, ¿quién los resiste, aunque solo sean veinte mil.

-¡El cuadro! -responden tranquilamente los veteranos-. ¡El cuadro de Infantería!

Y todo es hablar de Isly, de las pirámides, de Alina, de Balaklava y de otras batallas famosas...

¡El cuadro! Pero este es otro problema. Yo os hablo con mi franqueza acostumbrada... ¿Mantendrán el cuadro nuestras tropas nuestros quintos de veinte a veintitrés años?

-Un solo soldado que flaquee; uno solo que deje brecha en la muralla de acero; una leve vacilación; un instante de perplejidad y bullicio, acaba con el cuadro y con cuantos se encuentren en él...

Esto dicen también los veteranos.

-El cuadro -continúan- es una apretada masa de hombres, que presenta cuatro caras de bayonetas, cuatro líneas de fuego. Una pieza de artillería ocupa cada ángulo. La música, la sanidad y los jefes se encierran dentro. Al aproximarse la caballería contraria se la espera a pie quieto. Si envuelve, si rodea completamente el cuadro, tanto peor para ella, con tal que nadie se mueva de su sitio. Si los enemigos se acercan por todos lados como desatados huracanes, se les deja llegar. Una vez vistos a tiro, la primera fila de cada frente se arrodilla, después de hacer fuego, y aguarda el choque con la bayoneta calada. La segunda fila dispara entretanto; y mientras esta carga, hace fuego la tercera por entre las cabezas de la segunda. Toda la caballería del mundo no es bastante a asaltar esta formidable fortaleza. Poco importa su número. Los primeros jinetes y caballos que ruedan por el suelo sirven de estorbo a los que vienen detrás, y a la segunda o tercera arremetida, ya se ha formado un parapeto de cadáveres alrededor del cuadro. Rara es la vez en que este llega a usar de la bayoneta; pero, aun en ese caso, si la infantería se mantiene firme, la misma violencia de los acometedores hace más segura su muerte, pues se clavan en el muro de acero de la primera fila, mientras que las otras los asan a boca de jarro. Ahora, ¡si flaquea una fila, si se entreabre, si no se llena instantáneamente el hueco que deja cada infante herido, si penetra un solo caballo enemigo dentro del cuadro, la turbación, el desorden y el tumulto sobrevienen en seguida; trábase un combate informe y desigual; mézclanse los combatientes de uno y otro bando, y la derrota de la infantería es inevitable, total, aterradora!

Ya veis si hay razón para estar impacientes y hasta preocupados. ¡Resistan nuestras tropas a esta última prueba, y la campaña de África es cuestión decidida y fallada en nuestro favor!

Hasta aquí los soldados han dado grandes muestras de arrojo y de impetuosidad... ¡Si su valor pasivo, o, por mejor decir, su confianza en la ciencia de sus jefes, raya a igual altura, podremos ir con ellos hasta el fin del mundo, abriéndonos paso por entre mares de hombres!

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Revolviendo en la mente estas y otras conjeturas, vemos llegar la última hora de la tarde.

Ya están hechos los equipajes y repartidas seis raciones por cabeza.

Entretanto los ingenieros improvisan un puente de barriles sobre el río Azmir, cuya operación terminarán esta noche a la luz de la luna.

El general de Marina Bustillo (que ha reemplazado en el mando de la escuadra al general Díaz Herrera) se dirige en el vapor Vulcano a la rada de Tetuán, llevando a bordo al general Makenna, segundo jefe del Estado Mayor General del Ejército, a fin de reconocer la ría y llanura de Tetuán. Algunos cañonazos suenan allí, a los pocos minutos de doblar el Vulcano la punta de Cabo Negro; pero no tarda en regresar nuestro buque sano y salvo, después de cumplido su intento. El fuego de cañón que hemos escuchado lo ha sostenido con una batería que defiende la entrada de Río Martín.

El Estado Mayor y los ayudantes de los generales no cesan de llevar órdenes e instrucciones la todos los cuerpos.

Las tropas se municionan cuidadosamente, después de haber descargado y limpiado sus armas.

Compónense las camillas rotas; embárcanse los enfermos, aun los que ofrecen menos cuidado; provéense de nuevo los botiquines; alístanse las mermadas acémilas; inutilízanse las chozas y cuadras construidas durante la semana que ha permanecido aquí el ejército; desaparecen las cantinas y los fonduchos plantados por algunos impertérritos negociantes que han unido su suerte a la nuestra; échase doble pienso a los caballos; vístese de limpio quien tiene posibilidad de hacerlo, y, finalmente, acuéstase todo el mundo con la toilette de guerra: con la espuela calzada los jinetes; con la bayoneta al cinto los infantes.

La orden general es arrancar nuestras tiendas a las tres de la madrugada y pasar el río antes de que despunte la luz del día.

- XXVI - Acción y paso de Cabo Negro. -Un aduar. -Divisamos Tetuán.

Día 14 de enero.

 

"Descendía ya el Abencerraje por la Cuesta de los Almendros, admirando la luz inmensa de aquellos horizontes interminables que se agrandan y multiplican a cada paso desde aquel punto. Deseaba ver Granada antes que el sol cayese del todo... La ciudad de las mil torres se presenta a sus ojos, como por encanto, toda entera. ¡GRANADA!, gritó el guía, agitando en el aire su sombrero. Aben-Hamet quiere hablar y no puede; dos torrentes de lágrimas obscurecen su vista; el sol se pone; el cañón de la fortaleza anuncia el fin del día; la ciudad va a cerrarse pronto."

 

(CHATEAUBRIAND.)

Hago el primer alto a un cuarto de legua del lugar en que hemos estado acampados estos últimos días.

El camino que he seguido hasta aquí corre por la misma orilla del mar, entre sus vívidas ondas y las inmóviles aguas de las lagunas del Azmir.

Apenas es de día.

El ejército está en movimiento hace cerca de dos horas.

Delante de mí distingo todo el SEGUNDO CUERPO (dieciséis batallones), marchando en ordenadas columnas. Pronto llegará a los primeros estribos de Cabo Negro.

Detrás de mí quedan el TERCER CUERPO y el de reserva, la artillería rodada, la caballería y los equipajes.

El general en jefe y su cuartel general pasan en este momento el puente de barriles de que ya he hablado. Los aguardaré aquí, donde estoy enteramente solo, en medio de una extensa playa, escribiendo sobre el arzón del caballo...

El día amanece claro y apacible; pero creo que lloverá esta tarde, según el color de algunas nubecillas.

En el suelo de esta desierta playa yacen tendidos de techo algunos soldados del SEGUNDO CUERPO, que se han quedado rezagados por serles imposible seguir la marcha... El color de su rostro basta a justificar su conducta. ¡Están atacados del cólera!

Y ¡qué lástima causa verlos, acostados cerca del camino; tapada la cara con el ros (como si se avergonzasen de su mala suerte y no quisiesen ser conocidos); reclinada la cabeza sobre el fusil (ya inútil), que tan cuidadosamente prepararon anoche; vencidos sin gloria; derribados antes de la lucha, y confiando en que los batallones que vengan en pos de ellos los recogerán y trasladarán a bordo de alguna nave!...

A propósito de naves, parte de nuestra escuadra ha emprendido también un movimiento paralelo al de las fuerzas de tierra, y se dirige hacia la ensenada de Cabo Negro, donde recibirá esta noche los heridos y el parte de la acción que hemos de reñir; cargamento de dolor y gloria que llegará mañana al amanecer a la madre patria.

Entretanto los moros han notado ya que avanzamos, y empiezan a correrse por las montañas de la derecha, también con dirección al sur...

¿Qué dirán al vernos caminar, ellos que ya deben de saber que siempre llegamos adonde nos proponemos? ¡Grande será su desesperación al darse cuenta de que ni los rudos temporales de estos últimos días, ni las privaciones que nos causaron, ni el cólera, ni tan repetidas luchas, han bastado a quebrantar el tesón de O'Donnell!

¡Cuán lenta..., sí, pero cuán segura, cuán irrevocable es nuestra marcha! ¡Siempre adelante! ¡Siempre ganando, terreno! ¡Aquí se esquiva una laguna, allá se domina un monte; ora se tienden puentes, ora se terraplenan cortaduras; ya se desecan pantanos, ya se remueven peñas de sus asientos seculares!... ¡Pero nunca un paso atrás! ¡Nunca la inacción ni la duda! ¡Jamás una derrota!

He aquí ya al general O'Donnell y a su Cuartel General, que se dirigen a indudable teatro de una nueva acción...

-Mucho va usted a tener que escribir hoy... -me dicen algunos al verme lápiz en mano.

Pronto los seguiré... Las guerrillas de la División Orozco, que empiezan a ocupar las primeras alturas, no nos llevan más que un cuarto de legua de delantera, y, al primer tiro, podré trasladarme allí de un galope, a fin de verlo todo por mis propios ojos.

Entretanto acabaré de bosquejar el cuadro de esta importantísima marcha.

La artillería, negra y pesada, con sus reatas de mulas cargadas de municiones, pudo al fin pasar también por el inseguro y larguísimo puente de barriles, que los ingenieros tienen que componer a cada instante.

Como escolta de la artillería, viene la primera brigada del TERCER CUERPO, mandada por el brigadier Cervino.

Las acémilas, es decir, los equipajes, adelantan asimismo por la playa. Tiendas, muebles, armas de repuesto, ropas; el vidriado, las ollas, las camas, las sillas y mesas de tijera, las maletas, los cajones de víveres, los sacos de cebada, los mazos de heno, los cartuchos, la pólvora de cañón, nuestro poder, nuestras riquezas, nuestro hogar, nuestra patria..., todo, todo ha sido levantado, todo cambia hoy de sitio; todo entra en acción, corriendo el azar de la lucha.

Dentro de un instante el famoso campamento de Río Azmir existirá únicamente en la historia. Ya solo se ven ir y venir por él algunos asistentes... Ya no debe de quedar nadie dentro, pues ha comenzado a arder la trinchera, y un círculo de llamas indica la demarcación de la que ha sido durante algunos días colonia militar española...

Pero partamos... ¡Acaba de romperse el fuego en las fragosidades de Cabo Negro, y el tiroteo es cada vez más nutrido!... ¡Dios proteja a los suyos!

Una hora después.

Vamos triunfando... ¡A lo menos, hasta ahora todo se declara en nuestro favor!

La División Orozco ha logrado penetrar por cierta cañada que da fácil acceso a unas medianas posiciones, desde las cuales podremos combatir más ventajosamente que esperábamos.

Este paso ha sido de una audacia increíble. ¡Figuraos que ha consistido en meterse en un laberinto de bosques y cerros, sin visible salida, dominado en todas direcciones por cordilleras más elevadas!

Es decir, que nuestro ataque se ha dirigido al corazón de la sierra, al foco del peligro, al amenazado desfiladero, en vez de pensar en limpiarlo antes de enemigos tomando las montañas de la derecha.

Esta inconcebible osadía ha dado los más ventajosos resultados, pues la cuestión queda ya reducida a cortar rectamente la sierra, a abrirse en dos caras desde su centro, y a atacar simultáneamente las alturas de la derecha y las de la izquierda.

Las de la izquierda son más fáciles de tomar por nosotros, y, sobre todo, de conservar, en atención que los enemigos que quedasen de este lado, al verse cogidos entre nuestros soldados y el mar, tendrían que refugiarse al llano de Tetuán, dejándonos dueños hasta de la Atalaya que se levanta al extremo mismo del promontorio.

Las de la derecha son escabrosísimas; están cubiertas de ásperos y obscuros bosques; se encadenan hasta una gran distancia con otras alturas sucesivas de Sierra Bermeja, y será necesario sostener hoy no sé cuántos renovados combates para quedar tranquilos por este lado...

Con todo, yo doy ya por cosa hecha el temido paso de Cabo Negro. ¿Cómo no, si estoy viendo trepar a nuestros soldados por entre setos y malezas, tanteando el terreno por todas partes, enseñándose unos a otros el camino, volviendo apenas el rostro para mirar al que cae atravesado por una bala, cobrando nuevo brío al ver correr sangre española, ocultandose a veces detrás de las peñas, surgiendo de pronto ante el enemigo con la formidable bayoneta relumbrando al sol, ardientes, impetuosos, penetrados de lo que están haciendo, del objeto de la operación, de la idea del general y del éxito seguro de la empresa? ¿Cómo no, si la bandera española empieza a correr de colina en colina, y si cuando dejo de verla un momento, es para distinguirla más allá, sobre un monte elevado, donde la saludan marciales himnos y la aclaman vivas arrebatadores?

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He hecho un nuevo alto, a fin de apuntar detalladamente en mi cartera el cuadro que tengo ante la vista. Hay lugares y acontecimientos que no quiero fiar a la memoria, pues nuevas impresiones los eclipsarían o harían palidecer, y, cuando a la noche tratara de recordarlos, habrían ya perdido aquel color, aquella animación, aquella luz en que consisten la verdad y la elocuencia de ciertos espectáculos. Así es que, muchas veces prefiero dar, aunque desaliñados, los rápidos bocetos escritos con lápiz en presencia de los sucesos, a transmitir luego sosegada y ordenadamente débiles reflejos de una claridad medio extinguida.

Oídme, pues; observad, sentid y reflexionad conmigo en el interesante lugar a que he llegado hace un momento...

Estamos en la cañada de que ya he hablado; en la entrada de Cabo Negro, y a nuestro alrededor se elevan corpulentos montes exuberantes de vegetación, que ocultan y sombrean varios hogares africanos... Es decir, estamos en medio de un aduar, hemos penetrado ya en los escondidos lares de algunos moros; hemos sorprendido el secreto de sus apartadas viviendas... Para muchos, esta primera avanzada de la población marroquí, esta pobrísima cortijada, esta aldehuela miserable, carecerá de importancia y de encanto. Para mí, que vivo de ilusiones, como suele decirse; que veo visiones, según otra frase vulgar, este asilo de una tribu de pastores

árabes ofrece más interés, más belleza, más poesía que todas las capitales de Europa.

Ya, antes de penetrar aquí, algunos pedazos de tierra cultivada en las laderas más suaves de los cerros me indicaron la cercanía de país habitado; después, un alborozado relincho de mi buena África, me dio a entender que había olido algo semejante a su bello ideal, o sea a una cuadra abrigada y cómoda; por último, al revolver una ligera colina, me encontré con este primer nido de moros, con este primer cubil de panteras...

Como supondréis, todos sus habitantes han huido. Los fuertes varones quizá guerrean allá arriba en este instante. Las hembras y los niños, con los ganados y lo más indispensable del ajuar, emigrarían a las fragosidades de Sierra Bullones, desde que el ejército cristiano asomó por encima del Río Azmír. Aquí quedan tan solo doce o quince cabañas de grandes dimensiones, construidas con cañas y ramaje, y apoyada cada una en sólido muro de piedra y lodo.

En medio de ellas tiénese aún de pie un viejísimo Morabito, igual al del Otero y al de los Castillejos; especie de ermita o mausoleo edificado hace muchos siglos; que atrajo después a su alrededor a alguna familia errante de pastores; que dio carácter religioso y acaso nombre a esta exigua población, y que hoy se hunde, coronado de hiedra y de flores campesinas, entre el respeto de los que nacieron a su sombra.

Cerca de él, y en el centro de una pequeña explanada, hay un pozo con su alto brocal de piedra y una gran pila o abrevadero. El agua del pozo casi se toca con la mano, y el brocal, aunque tosco por la materia y por la forma, no carece de cierta elegancia. Tiene algo de clásico, de monumental, de bíblico. Un artista inspirado no lo pintaría de otra manera al trazar el cuadro de Rebeca y Eliezer.

Dentro de las chozas no ha quedado ningún objeto que responda a mi curiosidad de ver o adivinar la vida doméstica de los moros. Sólo algún zarzo de cañas, cubierto de largas pajas de cebada, constituyendo un lecho; algún cesto de palma, que habrá sido pesebre, y varios cántaros rotos, de barro cocido y de la forma más común en Andalucía, además de huellas recientes de ganado lanar, de camellos, de bueyes y de asnos, revelan que hace pocas horas moraban aquí en paz unos sencillos labriegos y pastores, cuya sangre habrá ya regado tal vez la verde sierra en que se criaron...

Pero la belleza efectiva de este paraje no reside en sus accidentes y pormenores, sino en su gracioso y pintoresco conjunto. Es necesario abarcar de una sola mirada y en un solo pensamiento el ruinoso Morabito, a la vez templo y sepulcro; las prolongadas y parduscas viviendas, que parecen arrancadas de un paisaje de Lacroix; el solitario pozo y la extensa pila, rodeados de humedad y de frescura; los corrales, demarcados con frágiles setos de entretejidas ramas; los escasos frutales, deshojados por el invierno, que se levantan entre las diseminadas chozas; los salvajes alcornoques, que obscurecen y cubren de terror y de misterio las ásperas laderas; el reducido pedazo de cielo azul que cobija esta cañada; el sol matutino que penetra hoy en el abandonado aduar, tan gozosa y apaciblemente como en los pasados días de tranquilidad y ventura; la intensa luz que se proyecta sobre las cabañas; las largas sombras que quedan detrás; el vago claroscuro del interior de ellas; la falta de lontananzas; el silencio de aquí; el estruendo del combate, que sigue rugiendo allá arriba; esta soledad; aquel tumulto; las desiertas comarcas que hemos atravesado hasta ahora; el asomo de población, de sociedad, de familia, que ya nos sale aquí al paso..., es menester, digo, considerar todo esto a un mismo tiempo y condensarlo en la imaginación, para sentir y comprender sus indefinibles encantos.

Yo, a lo menos, al escribir en mi álbum de viajero estas incoherentes frases; apoyado en el rudo brocal del benéfico pozo que tantas veces habrá templado la sed de las caravanas; de pie sobre esta tierra que acaban de abandonar los que la llamaban suya y se la agradecían al cielo, viendo a mi caballo apurar el agua que algún árabe depositó en esa pila, y en que hace algunas horas bebió su ágil trotón que se deja atrás el viento; mirando allá, silencioso y mustio, un perro fiel echado a la puerta de aquella choza que guarda aún el calor de la tribu fugitiva..., yo, repito, no puedo menos de recordar mil solemnes escenas del Antiguo Testamento, los viajes extraordinarios por olvidadas regiones que leía o proyectaba en mi niñez, las mágicas leyendas de nuestro inmortal Zorrilla, y, sobre todo, aquellos versos de Espronceda, que tanto han hecho soñar a los adolescentes de mi tiempo:

 

Distante un bosque sombrío;

 

El sol cayendo en el mar;

 

En la playa un adüar,

 

Y a lo lejos un navío

 

Viento en popa caminar...

Pero esta parada se hace larga, y nuevas tropas nuestras llegan a interrumpirme... Es el TERCER CUERPO de ejército.

Dejemos el Arte, y volvamos a la guerra. La tempestad arrecia sobre esas cumbres, y muy pronto nuestras guerrillas darán vista a la llanura de Tetuán.

¡No quiero ser de los últimos que saluden la ciudad codiciada!... ¡Adiós, pues, hasta dentro de una hora!

A las nueve de la mañana.

Todavía no hemos dominado completamente la complicada y abrupta cordillera; todavía no hemos podido llegar a sus últimas cumbres y extender nuestra vista por el llano.

¡Y eso que cualquiera diría que todos los soldados se hallan poseídos, como yo, de un afán de poetas, de una curiosidad de viajeros! ¡Tal es su impaciencia por divisar Tetuán!...

¡Qué ardor, qué vehemencia en el ataque! No parece sino que la acción de hoy se da más bien por el gusto de ver un horizonte nuevo que por tomar una fuerte posición al enemigo.

Ya falta poco. Los moros huyen de cerro en cerro, batiéndose en retirada... ¡Un esfuerzo más, y estamos al otro lado de este formidable promontorio!

-¡Cobardes, cobardes! -oigo gritar a nuestras tropas, que ven huir a los marroquíes...

¡Inocentes! debieran decir. Esta belicosa raza está dando hoy muestras de su completa impericia militar. ¡Cualquier guerrillero de Europa, con un solo batallón, hubiera disputado días y días el paso por tan quebrado monte a los ejércitos de Jerjes, lo cual no es negar que nos esté costando mucha y muy preciosa sangre cada colina que conquistamos! ¡Ah! Sí... ¡A la sombra de esos corpulentos matorrales gimen ya o duermen el sueño eterno cien denodados Españoles...

Pero la corneta vuelve a tocar ataque...

¡Ah, valientes! Los dos batallones de Castilla y el de Cazadores de Simancas se lanzan de nuevo a la carrera... ¡Sigámosles!...

¡Oh gloria! ¡Ya arremeten a la última posición..., a la cumbre más elevada!...

¡Arriba! Arriba! Llegó el decisivo momento!

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Ya diviso las agrias y colosales crestas del gigantesco Atlas... La nieve cubre entretanto sus umbrías, y, por consiguiente, la descomunal espalda del Titán aparece rayada de blanco y negro como la piel de una pantera... Ya veo, ya mido el espacio y el aire que median entre las dos sierras, cuyas aguas descienden al valle de Tetuán... Ya empiezo a distinguir la nebulosa explanada que se extiende del otro lado del Río Martín, llamado por los moros Guad-el-Jelú.

Un paso más, y...

Pero fuerza es detenernos otra vez... ¡Nutridísimo fuego vuelve a estallar en todas partes!... Es el esfuerzo supremo de la desesperación...

¡Ah! ¡Cuánta sangre generosa enrojece nuevamente la tierra!

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¡Adelante! Los vivas de nuestros soldados ahogan el estruendo de los mil tiros y de los mil lamentos que resuenan por todas partes...

Dos o tres banderas españolas ondean en señal de triunfo en medio de las balas...

¡Oh! ¡Aquellos han llegado ya!... ¡Tetuán y su campo han aparecido ya a la vista de algunos de nuestros cazadores!...

-¡Viva España! ¡Viva la Reina! -gritan locos de entusiasmo.

-¡Camillas! ¡Camillas! -repiten en tanto lúgubremente los de la derecha.

¡Desgraciados! ¡Caer en el último momento! ¡Caer a dos pasos del término de sus afanes! ¡Cerrar los ojos a la vida cuando ya se entreabría el horizonte mostrándoles el anhelado premio de sus trabajos!

Mas ¿quién repara en un hombre más o menos en el momento que la patria resucita? Allá, en las cumbres más excelsas de Cabo Negro, resuena la Marcha Real... Nuestros cañones disparan ya sobre el Llano... El horizonte se cubre todo de humo denso...

¡Arriba! ¡Arriba! ¡Un minuto más, y venga después la muerte!

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¡TETUÁN!... El Llano, el Río, el Mar. la Aduana, Fuerte Martín, otro río..., otro aún..., huertas, quintas, aduares.... la torre de Geleli,

la Alcazaba.... ¡todo ha surgido de una vez ante mis ojos!

¡Todo, todo lo abarco de una mirada! ¡Todo se dilata bajo mis pies! ¡Todo lo encierro entre mis brazos cuando los tiendo hacia la llanura, murmurando en lo íntimo de mi alma!: ¡Gracias, Dios mío!

La ciudad no se descubre completamente; pero allá se ven sus torres... ¡Allá está medio escondida y como sepultada en los verdes cojines donde se recuesta!

Unas suaves colinas, adelantandose por en medio de la llanura, sirven como de almohada a la muelle deidad. Solo se distingue su almenada frente, reclinada sobre un blando collado... El resto de su hermosura queda púdicamente escondido en las ondulaciones del terreno.

¡Pero es ella! En torno suyo agrúpanse jardines y casas de campo, artilladas torres, verdes y pintorescos cercados llenos de árboles, dilatadísimas vegas, tres refulgentes ríos; toda la pompa y magnificencia de una ciudad soberana.

¡Es ella! Montes altísimos la guardan por todos lados, y, adormecida dulcemente a la cabeza del extenso valle, parece presidir desde su trono el esplendoroso espectáculo que ofrecen la llanura, la ría, el mar y los gigantescos promontorios que forman su anchurosa rada.

Al llegar a este punto, mil escenas análogas acuden a mi memoria y exaltan mi fantasía.

Ya recuerdo el momento en que los israelitas avistaron la Tierra de Promisión después de su largo destierro; ya aquel otro en que Atila asomó con sus hordas bárbaras por la cumbre de los Alpes y detuvo su caballo para contemplar las fértiles llanuras de la Italia que se extendía a sus pies; ya el instante en que los indios descubren la gran pagoda de Jagrenat, después de un largo viaje en que les habían servido de guía los blancos huesos de los millares de peregrinos muertos en anteriores expediciones; ya la alegría con que los mahometanos, después de una peregrinación de ochocientas o mil leguas, divisaran las torres de la Meca o de Medina, que tantas veces se les aparecieron en sueños...

Pero la verdadera imagen de mi gozo, de mi entusiasmo y alegría, no debe buscarse en ninguna de esas religiones. Un gran poeta, Torcuato Tasso, los ha descrito inmejorablemente en su Jerusalén libertada, cuando los cruzados dan vista a la sacrosanta ciudad:

 

Ali ha ciascuno al core ed ali al piede,

 

Nè del suo ratto andar però s'accorge:

 

Ma quando il sol gli aridi campi flede

 

Con raggi assai ferventi, e in alto sorge,

 

Ecco apparir GERUSALEM si vede,

 

Ecco additar GERUSALEM si scorge:

 

Ecco da mille voce unitamente

 

GERUSALEM salutar si sente!

¡Ay! ¡Cuantos, cuántos compatriotas nuestros salieron de Ceuta ansiosos de descubrir a Tetuán, y han quedado enterrados en el camino! ¡Cuántos que ven desde aquí la ciudad no penetrarán dentro de sus muros!

Yo no me canso de mirarla... Una leve niebla, que se alza perezosamente del húmedo llano, empieza a ocultarme su poética imagen... Diríase que un blanco albornoz morisco envuelve a la bellísima sultana...

Ni sé cómo describirla para que la veáis, para que os la imaginéis tal cual es, con sus montes y sus campiñas, con su cielo y su arbolado, con su ambiente fantástico sus vivísimos colores...

Mas ¿qué dudo? ¿Visteis a Granada desde las alturas de Fajalauza? ¿Leísteis, a lo menos, El último Abencerraje y la descripción que hace allí Chateaubriand de la Damasco de Occidente? ¡Pues Tetuán es Granda!

La llanura, los términos de su horizonte, su colorido, su aire, su luz, la comarca en conjunto, todo recuerda completamente la vega granadina. El mismo verdor obscuro, igual lujo de frutales, idénticos caseríos en el campo... !Ah! La ilusión es completa. El atlas es Sierra Nevada; Cabo Negro es Sierra-Elvira; Sierra Bermeja y la Torre de Geleli representan las alturas de la Alhambra; esos tres ríos son el Darro, el Genil y el Beiro...

Pero deliro efectivamente. Demos de mano a las comparaciones y exageraciones poéticas, y oíd la descripción real y positiva del cuadro que hemos descubierto al asomarnos a esta montaña.

Sabéis desde luego que nosotros llegamos a la llanura por en medio de uno de sus lados. A la izquierda, y como a una legua de aquí, está el mar. A la derecha, y a la misma distancia, se encuentra Tetuán, a la cabeza, por decirlo así, se encuentra Tetuán, a la cabeza del valle, aunque bastante inclinado al sur. Desde Cabo Negro a los montes de enfrente habrá unas tres leguas, y atravesados en este intermedio, corren los tres ríos de que he hecho mención. Uno de ellos, que debe de ser el Martín, desemboca en el mar, allá, lejos, por una anchurosa y potente ría. De los otros dos, el uno, pobre y humilde, da sus aguas al Martín cerca de la Aduana, y el otro, algo más rico y mucho más sobarbo, se comunica directamente con el mar, al que rinde tributo no lejos de este promontorio. Por lo demás, el centro del llano y mucha parte de su zona oriental están cuajados de pantanos y lagunas; ya francas y limpias como lucientes espejos, ya repletas de hierbas que apenas asoman a flor de agua.

En el mar no se ve ni un solo barco. Fuerte Martín se distingue allá como un fantasma parado en medio de la playa. Cerca de él se divisa otro edificio más pequeño, también sumamente blanco, y que llaman el Almacén. Media legua más arriba veo la Aduana, solitaria, espaciosa, mirándose en el Martín o Guad-el-Jelú. Por todos lados elévanse corpulentas pitas, mucho mayores que cuantas recuerdo haber visto en los reinos de Valencia y de Granada. Subiendo aún más por el llano, y cerca ya de las montañas, encuéntranse bosques espesísimos, que desde aquí parecen de naranjos, y entre ellos vense asomar cien pintorescas quintas, o, como si dijéramos, cármenes al estilo de mi tierra. Después empiezan las huertas, los cercados, los brazales, las acequias, los cañaverales apretados, los caminos llenos de sombra, los setos insuperables, todo lo cual constituye las afueras de la escondida ciudad. Por último, cerrando esta decoración al mediodía, álzase el Atlas, descomunal cordillera que estoy citando a cada momento, y que, así por su renombre como por su importancia real, describiré detenidamente cuando la vea a menor distancia.

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Mas ya que vemos tanto, bueno será que nos dejemos ver un poco. Quiero decir, bueno será que nos imaginemos lo que se dirá de nosotros al vernos asomar por esta altura. Para ello bastará con que nos pongamos en el caso de los habitantes de este territorio. Dos meses van a cumplirse desde que principió la guerra. Durante este tiempo habrán llegado a Tetuán mil contradictorias noticias acerca de lo que ocurría al otro lado de Cabo Negro. «Los españoles avanzan», dirían unos.«Los cristianos han sido derrotados» dirían otros. «Ya se acercan»... «Ya retroceden»... «Van a morir de hambre...» «No pueden proseguir...» Todo esto se habrá contado al día siguiente de cada combate... ¡Y los pacíficos moradores de la ciudad y de su llanura habrán abrigado alternativamente temores y esperanzas!...

Hoy ya sabrán a qué atenerse. Esta mañana oirían los primeros tiros a la entrada del valle; después verán huir sus tropas; luego habrán distinguido nuestra bandera en la cumbre de los montes, y ahora escucharán nuestros gritos de triunfo y nuestros himnos de gloria, percibirán nuestras relucientes bayonetas que relumbran en las cúspides más elevadas, sentirán el largo trueno de nuestros cañones, y comprenderían, en fin, que hemos vencido siempre, que hemos vencido hoy, y que nada ha podido ni podrá detenernos...

¡Cuál será, pues, el susto, la tristeza, la desesperación de los vecinos de Tetuán! ¡Cuanto les impondrá nuestra aparición inesperada! ¡Qué grandes y poderosos figuraremos en su imaginación! ¡Qué impotente y desgraciado les parecerá su ejército! ¡Cómo exagerarán la tribulación y el infortunio que les traemos con nuestras armas!

Mas no por eso os figuréis que ha penetrado el desaliento en las huestes enemigas... Yo hablo solamente de lo que dirán los ancianos, las mujeres y los niños. En cuanto a los guerreros marroquíes, pertinaces y tercos como nunca, pugnan todavía y pugnarán hasta última hora por rechazarnos, o, cuando menos, por cobrarnos muy caras nuestras victorias.

¡Y, si no, ahí los tenéis aún, escalonados en las colinas descendentes que van a morir en la llanura! Miles de ellos corren de un lado a otro, luchando con el tesón de siempre... De cada bosque, de cada barranco sale una lluvia incesante de mortífero plomo. El combate está muy lejos de haberse concluido.

Pero, así y todo, compadezcamos una vez más a nuestros inocentes adversarios. Los infelices no desconocían la importancia militar de Cabo Negro..., no. Lo que acontece es que no han sabido aprovecharla. Fijemos, si no, la atención allá abajo, y veremos un Reducto construido en toda forma... Pero ¿dónde? ¡Sobre la llanura! ¡En verdad os digo que no se comprende torpeza semejante! ¡Nos ceden el paso al través de media legua de pavorosos desfiladeros, y acumulan sus medios de resistencia en la salida de la tremenda garganta, en una suave colina dominada por todas partes, en el último escalón del monte, donde el terreno no les presenta ya punto alguno a que retirarse en el caso de ser rechazados!... ¡Qué obcecación tan inconcebible!

Por lo demás, el Reducto es de primer orden, pues tiene su parapeto de tierra y árboles y sus aspilleras perfectamente colocadas. En este momento lo ocupan unos cien moros de a pie, y en torno suyo giran como quinientos jinetes, al parecer muy ufanos de tan risible fortificación...

¡Pronto verán el caso que hacemos de ella! Nuestros ingenieros se ocupan en allanarle el camino a la artillería, y dentro de un rato podremos continuar desahogadamente el ataque hasta bajar a la llanura.

En ella nos aguardan numerosísimas huestes de caballería mora..., pero no aquellas fabulosas legiones de que nos habían hablado. Sin duda se habrán quedado de reserva para otro día.

En esto, ya han dado vista al llano por todas partes los restantes batallones del SEGUNDO CUERPO, el general en jefe y su cuartel general. El TERCER CUERPO, que forma hoy la retaguardia, empieza también a invadir estos montes, viniendo a su frente el general Ros de Olano, que se hallaba enfermo a bordo de un vapor, y ha dejado una vez más el lecho en que le retienen sus pertinaces dolencias, para montar a caballo y buscar al enemigo.

Ocupan la extrema izquierda, o sea la altura que linda con el mar, los Cazadores de Figueras, mandados por el comandante Don Francisco Anchorena; sigue el segundo batallón de Castilla, con su jefe, D. Antonio Archeaga, y a continuación se encuentra el primero de Córdoba, y a su frente el coronel comandante don José Claver.

En la derecha se han establecido los batallones primero de Saboya, con su jefe, el coronel Santa Pau; el segundo de Córdoba, al mando de su coronel, D. Vicente Vargas; el de Cazadores de Simancas y el de Arapiles, con sus respectivos jefes, D. Joaquín Cristón y D. Romualdo Crespo, y el primero de Castilla, mandado por su comandante D. Alejandro Villegas.

Cada uno de estos cuerpos ha necesitado para llegar adonde se encuentra sostener una porfiada lucha, y dos de los citados jefes, Crespo y Villegas, han mezclado su sangre con la de los soldados. Mas no por esto dejan de estremecer el aire los himnos patrióticos, ni es menor el orgullo y la alegría con que se celebra la primera parte de la victoria de hoy...

Y digo la primera parte, porque todo empieza a indicar que la lid va a recrudecerse con mayor violencia.

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El primitivo ejército moro, que, después de combatirnos en el Serrallo y la Concepción, ha venido flanqueándonos desde los Castillejos; el mismo que hemos visto siempre acampado cerca de nosotros; el que nos ha seguido como una sombra por Monte Negrón, las alturas de la Condesa, y Río Azmir, atacándonos todos los días pares de este mes, a contar desde el 4; ese ejército, digo, principia a asomar por las últimas cordilleras de nuestra derecha. Esta mañana levantaría su campo al ver que nosotros levantamos el nuestro; pero, sea que los moros hagan esta operación con más lentitud que nuestros soldados, sea que hayan traído peor camino, ello es que las huestes acaudilladas por Muley-el-Abbas llegan tarde para ayudar al otro ejército moro que nos esperaba hoy en Cabo Negro, y que tan fácilmente hemos derrotado.

Y digo que el refuerzo llega tarde, porque nuestros ingenieros han tenido ya tiempo de construir trincheras en los puntos más descubiertos de nuestra línea, y la cien veces benemérita artillería de montaña ha penetrado por intrincados laberintos y subido por ásperas laderas hasta situarse en posición ventajosa, dando cara a los enemigos...

Para esto (¡asombraos!) ha sido menester transportar algunos cañones en hombros de los mismos artilleros. ¡Acabo de verlo, y apenas me atrevo a escribirlo, temeroso de que no lo creáis!...

Mas ya se rompe el fuego por la derecha entre las nuevas fuerzas moras que entran en acción y la segunda división del SEGUNDO CUERPO, a cuyo frente marcha el general Prim, con su cuartel general.

Sigámosle.

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Su llegada no puede ser más oportuna. El enemigo, en crecidísimo número, trataba de forzar nuestras posiciones y sostenía un fuego certero y nutrido que nos causaba muchas bajas; pero la primera acometida de nuestros batallones le obliga a retirarse al segundo estribo de la cordillera.

Allí se rehace aceleradamente, empeñando un nuevo combate que dura más de media hora... En él luchan con sin igual denuedo los soldados de Simancas, Chiclana, Arapiles, Alba de Tormes, Córdoba, Saboya, Toledo y Princesa; es decir, menos de seis mil hombres (que tan mermados están ya estos valerosos cuerpos) contra cuadruplicadas fuerzas, esto es, contra todo el ejército que Muley-el-Abbas mandaba anteayer tarde frente a las lagunas del Azmir. El segundo estribo es tomado como el anterior.

Pero aún ofrece la cordillera a los pertinaces marroquíes un tercer accidente en que situarse para volver a la carga. Detienen en él su precipitada fuga, y, reforzados ahora con un considerable número de caballos, que ya pueden maniobrar, por ser estas laderas más suaves, intentan sostenerse y hasta piensan en atacarnos... ¡Verdaderamente, tan indómito valor es digno de alabanza!

Por tercera vez son rechazados y puestos en dispersión. Nuestros soldados pisan ya la tierra en que los imprudentes circuncisos los desafiaban hace pocos momentos, y el general D. Enrique O'Donnell, que ha cargado bizarramente a la cabeza de un batallón, desciende al fin a una especie de meseta avanzada sobre el llano, donde puede jugar fáci1niente la caballería...

Entonces consulta el conde de Reus con el de Lucena, y queda decidido dar un ataque combinado de las dos armas, en el caso de que los moros pretendan asaltar esta última posición, tan valerosamente adquirida.

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La ocasión no tarda en presentarse. Una verdadera nube de enemigos, compuesta de infantes y jinetes revueltos en horrible confusión, avanza con salvajes alaridos y feroces demostraciones contra la descubierta meseta...

El general Prim los deja aproximarse y llegar a medio tiro de fusil... Entonces, y solo entonces, resuena en nuestra línea un multiplicado toque de ataque general, que repiten todas las cornetas de infantería y de caballería, y los escuadrones de Villaviciosa y de Húsares de la Princesa salen al escape de sus caballos por la derecha y por la izquierda, en tanto que los batallones de Simancas, Toledo, Princesa, Saboga y Chiclana se lanzan a la bayoneta con su ímpetu acostumbrado.

El enemigo, aunque tan superior en número, ni siquiera intenta resistir esta formidable acometida. ¡Desde que oyó resonar las cornetas volvió grupas atribuladamente, y allá corre por el llano con dirección a Tetuán, dejando en nuestro poder sus infantes heridos, que no quieren rendirse y mueren a hierro, maldiciendo y peleando!

Rápido, enérgico, brillantísimo ha sido este momento de la acción. El general en jefe, que tan impasible contempla los más solemnes espectáculos, se ha dejado arrebatar, como todos, por el movimiento de nuestras tropas, y, metiendo espuelas a su caballo, ha pasado por entre los batallones, bajo un diluvio de balas, gritando en medio de la refriega:

-¡Viva la infantería española!

A esta exclamación, y al entusiasta saludo con que la acompaña, responden mil y mil ecos gritando:

-¡Viva el general en jefe! ¡Viva O'Donnell!

Entonces el caudillo se descubre, y contesta... lo que ha contestado siempre en África al oírse vitorear:

-¡Soldados, viva la Reina!

Entretanto, el famoso Reducto de los enemigos ha caído en poder del general Ros de Olano, quien ha cargado con el regimiento de Albuera, hasta llegar a la llanura, desalojando a los moros de sus últimos parapetos...

Cabo Negro está vencido.

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¡Ah, nos parece un sueño! ¡Se acabaron las sierras! ¡Se acabaron las luchas desiguales y alevosas!

Cerca de dos meses ha tardado nuestro ejército en batir veinte leguas cuadradas de monte, pero ya ha dado fin tan espantosa tarea. ¡Treinta o cuarenta mil enemigos han sido ojeados, expulsados o muertos en los barrancos y malezas de tan agrestes montañas!... ¡Qué estupenda, qué grandiosa, qué descomunal cacería!

Mañana podremos descender tranquilamente a ese llano; correr en nuestros caballos por esas praderas; pasear, esparcirnos; vivir con libertad y desahogo...

¡Ah! Sí...; pero, entretanto, aun hemos de pasar una noche en la cumbre de estas montañas (atrincherados convenientemente y prevenidos contra cualquier sorpresa), y cata aquí que, aprovechando la ocasión, las densas nubes que nos han acompañado en tan larga y fatigosa travesía vienen a despedirse de nosotros, sin duda para que no olvidemos los buenos ratos que nos han dado en estas sierras.

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Llueve a mares. Nuestras tiendas se plantarán, como siempre, sobre charcos de agua; y cuando nos preparábamos a comer y a descansar después de un día entero de dieta y de combate, tenemos que empezar a luchar con la lluvia y con el viento.

Es más, ni los equipajes ni las tiendas asoman todavía por ningún lado... ¡Bonita noche nos espera, en lo alto de un promontorio, a seiscientos metros sobre el mar, luchando con un temporal deshecho, y acaso, acaso, sin cama ni albergue!...

Tengamos paciencia..., y hasta mañana.

¡Ah! Se me olvidaba deciros que el aduar por donde hemos pasado hoy se llama Medik...

Así acaba de asegurármelo un antiguo desertor del presidio de Ceuta, que hoy nos sirve de guía.

En mi tienda a las diez de la noche.

Hace cuatro horas me despedí de vosotros hasta mañana, y tal mañana no ha llegado todavía. Sin embargo, cojo otra vez la pluma para daros las buenas noches antes de acostarme, y deciros que, gracias a Dios, llegaron nuestras tiendas y equipajes un poco antes de obscurecer.

Mi cama se ha mojada mucho en el camino... Pero ¿qué importa, si ya me he secado en una hermosa hoguera, acabo de cenar como un rey y tengo un sueño que envidiaría un bienaventurado.

¡Solo sigue preocupándome una cosa, y es el afán de adivinar lo que estarán diciendo a estas horas en la ciudad vecina al ver las hogueras de nuestro campo!

¡Imaginémonos el efecto que producirán estas mil luces, tachonando el crespón de una noche tan tenebrosa!...

Cabo Negro parecerá inmenso catafalco cubierto de enlutadas cortinas y coronado de antorchas funerales.

-¡Madre, madre!... -preguntarán los niños a las siervas de los moros- ¿Qué iluminación es aquella?

-¡Calla, hijo mío! -responderán las angustiadas mujeres-. ¡Son los cristianos!

¡Y el humillado musulmán, que restaña la sangre de sus heridas de hoy para volver mañana a la lucha, rechinará los dientes en las tinieblas al oír el nombre de sus mortales enemigos!



 

- XXVII - Un paseo por el llano.

Cabo Negro, 15 de enero.

Aquí nos tenéis en el mismo sitio que anoche. El día de hoy se ha empleado en pasar la artillería rodada y toda la impedimenta por los desfiladeros que atravesamos ayer tarde; pues ya comprenderéis que, para bajar a establecernos en la playa, en Fuerte Martín y en la Aduana (puntos que distan de aquí una legua por mino medio), necesitábamos ante todo poner a salvo tan importante bagaje.

Ya lo tenemos a vanguardia; pero todavía nos es preciso aguardar otra cosa que asegurará más y más nuestra bajada a la llanura...

Lo que ahora aguardamos es a que se presente por mar una nueva división de ocho batallones que viene a reforzar nuestro ejército, al mando del general D. Diego de los Ríos, la cual se embarcó en Ceuta ayer mañana y ha pasado la noche en la ensenada de Cabo Negro, protegida por los mejores buques de nuestra escuadra y por seis u ocho lanchas cañoneras de muy poco calado.

En dicha ensenada, separada ya hoy de nosotros por este promontorio, tuvimos la base de operaciones durante todo el combate de ayer, y por allí recogió nuestros heridos y enfermos la otra escuadra que nos ha seguido siempre en nuestra marcha por la costa, prestándonos todo género de auxilios. Hoy mismo nos comunicarnos con el mar por aquel punto, si bien esta comunicación es ya muy precaria y fácil de interrumpir. En cambio, mañana, cuando los buques que traen a la División Ríos doblen el cabo y entren en la rada de Tetuán, tendremos en sus aguas nuestra base de operaciones.

Hoy no ha aparecido el enemigo en la vastísima llanura que se ve desde aquí, y de la cual han tomado posesión particularmente (ya que no oficial o militarmente) muchos individuos de nuestro ejército, ansiosos de pasearse por terreno llano, y, sobre todo, de reconocer tierras moras.

La única señal de vida que han dado los marroquíes ha sido pintar muchísimas tiendas, como a una legua de distancia, delante de Tetuán, sobre las segundas estribaciones de Sierra Bermeja... ¡Ah, señores moros! ¡Ya nos veremos cara a cara! ¡Terminó la guerra del acecho y la alevosía! ¡Ya os veremos venir cuando nos busquéis! ¡Ya sabemos dónde estáis para cuando nos toque buscaros!

Nuestras bajas de ayer fueron veinticinco muertos en el campo de batalla, cuatrocientos heridos y ciento cincuenta contusos. Afortunadamente, tanta preciosa sangre no ha sido perdida... ¡Mañana será nuestra la llanura de Tetuán, sin disparar acaso ni un solo tiro!

En cuanto al cólera, podemos decir que nos ha abandonado... ¡Pero él volverá! El cólera es como los moros: así que nos ve parados dos o tres días en un mismo campamento, viene y nos ataca.

Conque ahí tenéis el Boletín, del día de hoy. Hablando ahora de mis operaciones personales, os diré que he dado un paseo a caballo por la llanura, hasta media legua de nuestro campo, en compañía de cierto amigo.

La tarde ha sido apacible y resplandeciente, y durante mi cabalgata he encontrado muchos objetos curiosos que voy a ver de recordar.

Al principio, todos ellos eran despojos marroquíes de la acción de ayer: espuelas, bolsas de municiones, caballos muertos, monturas, cadáveres, ropas ensangrentadas y algunas armas de escaso mérito.

Las espuelas se parecen a nuestros antiguos acicates, con la diferencia de que la púa con que se aguijonea el caballo es de una longitud extraordinaria. ¡Las he visto de cerca de una cuarta! Las bolsas son de tafilete rojo o amarillo, con flecos y adornos de seda o de la misma piel. Las monturas, generalmente forradas de paño encarnado, parapetan, por decirlo así, al jinete dentro de la silla: tan altos son sus labrados borrenes. Debajo de ellas lleva cada caballo hasta siete mantillas de paño fino, y de un color diferente. Los caballos, enjutos y de poca alzada, no tienen nada de bellos como forma, si bien su traza y contextura justifican las cualidades que habíamos, admirado en ellos, al verlos correr, saltar, subir por las laderas y revolverse en todas direcciones, obedeciendo, no a la mano del jinete (que a cada momento abandona las riendas), sino a la más ligera presión de sus rodillas. ¡Indudablemente, hay que reconocer en estos afamados corceles africanos no sé qué superioridad o privilegio físico, semejante al que caracteriza a sus dueños, verdaderos Caínes, hijos primogénitos de la Naturaleza!

También he visto y examinado prolijamente unas huertas y un aduar, en que no faltaba nada; de donde saqué en consecuencia que sus moradores murieron en la acción de ayer; pues, de no ser así, se hubieran llevado consigo, al abandonar sus chozas, muchos de los objetos que han dejado en ellas.

Cada una de las huertas está cercada por un seto de cañas, y encierra verdes hazas de trigo muy bien cuidadas, higueras, naranjos y otros frutales como los de Europa, enormes chumbas y cuadros sembrados de nabos y patatas. Una hermosa acequia atravesaba estas heredades.

En medio de las chozas del aduar, y en vez de pozo, como el que vi en el del Cabo Negro, había un manantial de agua cristalina, que hacía bullir la arena al tiempo de brotar. Una fina alfombra de suaves hierbas rodeaba aquella bienhechora fuente, cuyo blando murmullo convidaba a la paz y al descanso...

No lejos percibíase la era de pan trillar, como se dice en Andalucía, empedrada con mucho esmero, y, en fin, en dos o tres puntos he visto algunos pedazos de terreno con grandes matas de tabaco...

A todo esto, dos soldados, acaso los primeros que habían visitado el aduar, salían muy ufanos de una de sus chozas cargados de útiles de cocina, siendo lo más gracioso que uno de ellos, sin duda en señal de toma de posesión, hizo asta-bandera de una caña que encontró por allí, a la cual ató su único pañuelo, dejándola clavada sobre la misma choza.

-El espíritu de conquista es innato en los españoles... -exclamó mi amigo.

En aquella y otras cabañas hallamos puertas de madera con goznes de hierro, semejantes en todo a las de nuestros cortijos; candiles de barro para aceite, de una forma que tenía algo de clásica o de antigua, en el sentido artístico de esta palabra; mazas dentadas para desgranar el maíz; un molinillo grande dentro de un mortero de barro, que no dudé se emplearía para hacer el alcuzcuz; grandes artesas, rastrillos y arados muy parecidos a los nuestros; algunas albardas por el estilo de las que han traído las acémilas regaladas al ejército por los aragoneses; cucharas de palo; mariscos; miel blanca; una cabeza de cordero, cuya sangre fresca indicaba que el animal había sido degollado ayer; muchas semillas de melón, calabaza, sandía, mijo y tabaco; alguna galleta de pésima calidad, y muchas tinajas, ollas y jarros de tierra cocida, cuya configuración no carecía de cierta gracia.

Añadid ahora algunas camas de hierbas secas; dos o tres otomanas de palma llenas de paja; espuertas de la misma materia llenas de sal, y varias esteras de junco, y tendréis completamente inventariado el ajuar de aquellas pobres viviendas.

Al regresar a este nuestro campamento (satisfecho ya en parte mi afán de arabizar), he fijado más mi atención en la naturaleza... ¡Qué vegetación! ¡Qué verdura tan deslumbradora, no obstante la estación en que nos hallamos! ¡Qué gigantescas pitas, qué desmesuradas hierbas, que enormes juncos y cañas!

Por lo demás, el canto de los millones de ranas que moran en tanto y tanto charco asorda completamente el valle; la intensa luz del sol, más viva aquí en invierno que en Francia durante la canícula, deslumbra y produce vértigos; las acres o narcóticas emanaciones de las plantas, o excitan los sentidos, o los adormecen; el viento del sur, que baja sonando del gigantesco Atlas, parece como que corta la circulación de la sangre..., y todas estas agitaciones o este letargo producen no sé qué estado febril, que fatiga y postra a un tiempo mismo.

No lo dudéis: consisten semejantes fenómenos en que este es otro mundo, en que esta no es la que pudierais llamar vuestra patria zoológica, vuestra región, nuestro medio; en que este aire, esta tierra, este sol, no fueron hechos para los hijos de Europa, en que os sentís aquí exóticos, intrusos, extranjeros... en el orden de la naturaleza.

Pero dejémonos de temerarias lucubraciones; y volvamos a las cosas de la guerra...

Orden del día para mañana: desembarco de la División Ríos. Traslación de nuestro campamento al puerto de Tetuán, punto de comunicación con el mundo civilizado, y los demás asuntos pendientes.



 

- XXVIII - Desembarco de la División Ríos. -El Reto. -¡Los moros no tienen cañones!

Cabo Negro, 16 de enero, por la noche.

«¡Aún en Cabo Negro!» diréis.

¡Sí, señor; aún en Cabo Negro! ¡No se puede hacer todo tan de prisa como se desea, ni las cosas de la guerra son tan fáciles de realizar como se figuran los políticos, recostados en blanda butaca al amor de juguetona lumbre!

Oíd la causa de nuestra detención.

Ayer tarde, cerca de anochecer, bajáronse unos doce mil moros al pie de Sierra Bermeja, donde acamparon resueltamente.

-¡Ya están ahí! -dijimos todos con cierta mezcla de alegría y de zozobra-. ¡Mañana al amanecer nos presentarán batalla campal y estrenaremos esta llanura!

Y así nos acostamos.

Pocos serían, empero, los que durmiesen a pierna suelta, ya porque nuestra extensa y mal acondicionada línea requería cuádruples guardias, ya porque la proximidad del enemigo y la expectativa de un gran combate, diferente en todo de los sostenidos hasta el día, preocupaban fuertemente los ánimos.

De mí sé decir que más de una vez salí anoche de mi tienda para ver las hogueras de los campamentos enemigos, sobre todo las del recién plantado, que allá lucían entre las sombras como otros tantos ojos que nos espiasen...

Aún era de noche, y hacía bastante frío, cuando nos despertó la diana.

-¡Abajo esas tiendas! ¡Abajo esas tiendas! -gritaban los jefes por todos lados, no dando la orden a son de corneta para no prevenir a los moros.

Salí, pues, de mi casa, a fin de que la derribasen; y por pronto que quise volver a verla, ya no pude encontrar el sitio en que había estado edificada, y en que yo había pasado la noche.

Entretanto, hacíanse equipajes por todos lados, a la luz de las fogatas y de algunas linternas de mala muerte; cargábanse las acémilas; dábase orden a los brigaderos de marchar con ellas por la llanura, a lo largo de Cabo Negro, hacia la orilla del mar; y todo el mundo apresurábase a tomar un bocado y un poco de café, preparándose así, aunque tan fuera de hora, contra las eventualidades del próximo día...

Juntamente con su primera luz esperábamos recibir a un mismo tiempo un ataque por la derecha y un refuerzo por la izquierda. Del ataque, ya se notaban algunos síntomas: las hogueras del campamento moro se habían reanimado, y otras nuevas brillaban en la llanura. En cuanto al refuerzo, consistía en la División Ríos, cuyo desembarco no podía tardar, puesto que los buques tenían orden de doblar a Cabo Negro al amanecer.

¡Ah, con qué impaciencia aguardábamos la aparición de nuestros barcos en la rada de Tetuán! Creedme, la expectativa de este placer nos hacía olvidar el peligro que nos amenazaba por el lado opuesto...

En lo demás, la operación simultánea de avanzar nosotros desde estas alturas y de aparecer nuestra escuadra con la División Ríos, nos haría instantáneamente dueños del llano, de la ría y de sus fortificaciones; lo cual prueba el gran acierto del plan llevado, a cabo por nuestro general en jefe.

Y, si no, poneos a pensar qué podían hacer hoy los pobres moros, cogidos por segunda vez en las redes de nuestra estrategia...

¿Bajar a la playa, a servirse de los medios de defensa que han acumulado allí, y estorbar el desembarco de Ríos? ¡Tanto mejor para nosotros, que en este caso marcharíamos de frente, cortaríamos la llanura hasta llegar a Río Martín y dejaríamos aisladas y presas entre dos fuegos, sin comunicación con Tetuán, y envueltas por nuestros batallones, todas las fuerzas enemigas que se hubiesen acercado a la orilla del mar!

¿Atacar nuestros campamentos? El general Ríos desembarcaría entonces tranquilamente, subiría por la orilla del Martín, ocuparía la Aduana, y desde allí protegería nuestra bajada de flanco por las faldas de Cabo Negro, hasta colocarnos a retaguardia de su división, sin que los moros pudiesen seguirnos.

¡Ah! ¡Bien dijo el que dijo que más vale maña que fuerza! ¡Cuánta y cuán dolorosa iba a ser la perplejidad de los pobres marroquíes!

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Mientras discurríamos así esta madrugada, formados e inmóviles en los últimos escalones de la sierra, la luz del día se abría paso por entre una espesa bruma que no ocultaba las olas del mar. Nuestros relojes apuntaban las siete cuando ya empezó a verse claro en todas direcciones.

Entonces pudimos observar que, durante la noche, los moros habían plantado una infinidad de tiendas en todas las alturas que rodean a Tetuán.

¿Eran nuevos ejércitos?¿Era la población de Tetuán que salía de la plaza para defenderla?

-¡Mirad el Atlas! -exclamaron en esto algunos circunstantes.

El Atlas se había nevado espantosamente durante la noche. ¡No era para menos el frío que habíamos pasado bajo las tiendas! Y ¡qué severo y hermoso estaba el hercúleo gigante con aquella vestidura de ancianidad!

Por último, a las siete y media, un largo murmullo de alborozo cundió por todas las filas...

-¡Un barco!... ¡Se ve un barco! -gritamos todos, según que lo íbamos descubriendo.

Era una lancha cañonera... Después apareció otra, y luego otra, y, en fin, hasta seis o siete...

-¡Ya está ahí Ríos! -fue la exclamación general.

Y todo el mundo se hacía ojos para no perder ni un solo detalle del desembarco.

Entretanto los buques de alto bordo iban también apareciendo lentamente y poblando el solitario fondeadero.

Algunos minutos después, la rada estaba materialmente cubierta de naves. Entre grandes buques de guerra, vapores de transporte, barcos de vela, cañoneras y guardacostas, contamos más de ciento...

El encargo de las cañoneras era batirse en primera línea contra las baterías rasantes que los moros habían construido en la playa... con ayuda de vecinos... Los otros buques de guerra de alto bordo dispararían contra Fuerte Martín y la Aduana. En los vapores-transportes venían los ocho batallones de la División Ríos. Y, en fin, los guardacostas tenían orden de penetrar oportunamente en la ría, o sea en el río Martín (que, como ya he dicho, es navegable), con gran dotación de tiradores protegidos por cañoneras, y disparar de flanco contra los moros, caso de empeñarse una batalla.

Cuantos conocíamos semejantes pormenores del programa de hoy, estábamos deshechos por ver cómo iban sucediendo las cosas previstas...

En esto se oyó un cañonazo, que resonó en nuestros corazones más que en nuestros oídos... ¿Quién lo había disparado? ¿Las baterías de los moros o nuestros buques?

Un largo silencio vino a demostrarnos que el cañonazo había sido nuestro. A ser de los moros, nuestra escuadra le hubiera contestado inmediatamente.

En el ínterin (¡oh desdicha!), la bruma que desde el amanecer cubría las olas se había extendido y hecho más espesa, hasta borrar, por decirlo así, del panorama que contemplábamos, primero la escuadra, luego la costa, después los fuertes del llano, y por último Tetuán y todo cuanto nos rodeaba... ¡Quedamos, pues, como en medio de las tinieblas!

A las ocho y media sonaron dos o tres cañonazos más, que nos alarmaron bastante; pero ni el fuego continuó, ni nuestras avanzadas dieron aviso de ver moverse al enemigo por la llanura...

-Todo va bien... -pensamos entonces.

A las nueve seguía la niebla; pero a veces se aclaraba por algunos puntos, como si el viento la desgarrase, y nos dejaba distinguir, medio veladas, dos o tres embarcaciones que parecían flotar en las nubes, muchas bayonetas reluciendo en la playa, y la mancha cuadrada y negra de algún batallón formado... ¡Indudablemente, las tropas de la División Ríos desembarcaban sin dificultad!

Por último, cerca ya de las diez, oímos el son de las músicas y de redoblados vivas...

Al mismo tiempo aclarose algo y vimos ondear la bandera encarnada y amarilla en Fuerte Martín y en el Almacén inmediato.

¡Ríos había desembarcado, en efecto!

Entonces se dio orden de avanzar hacia la playa a nuestros equipajes, que, acompañados de una batería de montaña, esperaban al pie de Cabo Negro a que la orilla del mar estuviese por nosotros.

Disipose al fin la niebla completamente cerca ya de las once... Mi primera mirada fue para la División Ríos, que allá se vela formada cerca de Río Martín... Pero la segunda fue para los ejércitos moros, cuyas operaciones durante aquellas cuatro horas de absoluta ceguera no habíamos podido adivinar...

Pronto nos tranquilizamos; su cautela había sobrepujado a nuestra prudencia; pues, comprendiendo el pensamiento de O'Donnell de cortarles la retirada a Tetuán, caso de permanecer en la playa estorbando el desembarco del general Ríos, habían regresado a sus altos campamentos, no atreviéndose a intentar cosa alguna hasta que el aire hubiese recobrado su transparencia.

En este momento recibiose el primer Parte del mar, traído por un ayudante de estado mayor. Los ocho batallones del general Ríos estaban ya en tierra... En Fuerte Martín se habían cogido siete cañones de a 18 y 24, tres cureñas, una cabria inglesa y muchas municiones... Los disparos que habíamos oído fueron efectivamente nuestros, sin que a ellos hubiese contestado el enemigo..., a pesar de tener dos buenas baterías enterradas en la playa, con cañones enteramente nuevos... ¡Ni un solo moro había parecido por ningún lado!

«Por todas partes y en todas direcciones (dijo además un testigo presencial) se veían huellas recientes de caballos, bueyes, camellos y cabras. ¡La aparición de nuestros buques había ahuyentado de allí hombres y rebaños!»

El general de Marina D. José María del Bustillo, no satisfecho con el silencio de las baterías marroquíes, entró en una canoa y subió por la ría hasta Fuerte Martín, cuyos aposentos reconoció por sí propio; después de lo cual avisó al general Ríos que ya podía comenzar el desembarco.

Éste se verificó rápidamente al pie de Cabo Negro; y no habían saltado a tierra los últimos soldados, cuando ya estaban reunidos a la nueva fuerza la batería de montaña y los conductores de equipajes procedentes de nuestro ejército...

Al avistarse los veteranos y los recién llegados, se dirigieron entusiastas aclamaciones, en las cuales se hubiera dicho que España saludaba a España.

Después se dedicó todo el mundo a desembarcar los efectos pertenecientes a la nueva división, así como víveres para todo el ejército, mientras que las lanchas cañoneras, los cruceros y los guardacostas penetraban en la ría y surcaban las agridulces aguas del Martín, entre la torre de este nombre y la Aduana... Semejante relato no podía ser más satisfactorio. Ya teníamos un puerto... Ya éramos dueños de la llave de la llanura, de la verdadera puerta de Tetuán. Nos dimos, pues, todos la enhorabuena, y preparamos nuestra imaginación a los espectáculos, curiosos que disfrutaríamos allá abajo en cuanto recibiésemos, la deseada orden de trasladarnos a la orilla del mar.

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Pero el hombre propone y Dios dispone... Dígolo porque los señores moros comenzaron a moverse y a tomar posiciones amenazadoras partiendo de una torre que domina a Tetuán, y que los guías llaman Torre Jeleli.

De aquel punto y de todas las colinas adyacentes bajaban sin cesar a la llanura grandes rebaños de infantes, que no otra cosa parecían los marroquíes, vestidos casi todos de blanco, y marchando en revueltos pelotones alrededor de sus montados jefes, o bien desfilaban por altos cerros en largas comitivas, asemejándose a numerosas comunidades de dominicos. Al verlos así, nadie hubiera dicho que marchaban en son de guerra. Sus espingardas no brillaban sino muy rara vez, pues las llevaban horizontalmente tendidas, como se lleva el cirio en un entierro o procesión; y aunque su andar parecía lento, echaban el paso tan largo, que adelantaban tanta tierra como si corriesen.

Al mismo tiempo empezó a presentarse por todas partes su blanca y aérea caballería; y así como cuando nieva, vense primero algunos copos diseminados acá y allá, hasta que poco a poco va desapareciendo la obscura tierra bajo un manto cada vez más espeso, del propio modo aquellas pintas de caballería, que aparecieron como por encanto en mil diferentes parajes de la llanura, fueron dilatándose, extendiéndose, espesándose también, hasta que al cabo de algunos minutos tapaban verdaderamente los prados...

No creáis, empero, que teníamos enfrente la anunciada fabulosa nube... Ocho mil caballos habría, cuando más a nuestra vista... ¡Pero en cuanto a efecto visual, era el mismo que si se nos hubieran presentado ochenta mil!

Me explicaré. Mil caballos nuestros, formados, como van siempre, en sólidas masas o columnas, no aparentan más de lo que son... Pero mil jinetes árabes, corriendo sin cesar de un lado a otro, esto es, multiplicándose por sí mismos, dispersos, airosos, gallardos, representan cien veces su propio número, y ocupan una legua cuadrada de terreno... Ahora bien, ¡imaginaos el bulto que harían aquellos ocho mil fantásticos caballeros y los diez o doce mil peones que se arremolinaban en torno suyo! ¡Espectáculo verdaderamente soberbio, verdaderamente inolvidable!

El ejército agareno se extendía desde los contrafuertes de Sierra Bermeja basta las orillas del Martín; pero sin avanzar por la llanura y como esperando un ataque nuestro contra Tetuán... No era este, ni podía ser todavía, el plan del general O'Donnell; mas, con todo, proporcionábase la ocasión, y aun el compromiso de honra, de venir a las manos en campo abierto y cara a cara, y demostrar cada uno su fuerza y poderío... Decidió, por tanto, presentarles la batalla en aquellas anchurosas praderas.

Para ello empezó por situar en el llano doce piezas en batería, apoyadas por la división de reserva y unos mil quinientos caballos: total, cosa de seis mil hombres.

En seguida colocose él en una colina, al frente de los CUERPOS SEGUNDO y TERCERO, capitaneados por Prim y Ros de Olano (cuyas fuerzas ascenderían a doce mil infantes), y mandó avanzar a los de la llanura en demanda del enemigo.

Anduvieron los nuestros como un cuarto de legua ordenada y tranquilamente, formando la caballería dos líneas de batalla y marchando la infantería en recias y simétricas columnas.

-¡Alto! -mandó el general en jefe.

Y esperó nuevamente las operaciones de los moros.

Solemne y majestuoso era aquel instante. Todo el mundo callaba, observando los movimientos de los moros. O'Donnell, silencioso también y con los anteojos fijos en el horizonte, calculaba sus fuerzas y las contrarias; medía el terreno; graduaba las eventualidades de la lucha, daba alguna orden en voz baja a sus ayudantes, que partían como exhalaciones; se paseaba a veces tranquilo, y otras con visible impaciencia, y, en uno y otro caso, demostraba más que nunca aquella naturalidad, aquella sencillez, aquella distinguida llaneza que forman la base de su carácter militar y político.

El enemigo recogió al fin el guante y acudió a nuestro reto. Copiosas huestes de infantería y caballería destacáronse de su largo frente de batalla, y avanzaron derechamente contra nosotros, dando feroces alaridos y blandiendo las espingardas sobre su cabeza. De vez en cuando hacían un alto y se apelotonaban... Pero luego volvían a caminar, dejando a los de las alas que anduviesen más de prisa; lo cual daba por resultado la media luna de siempre.

Nosotros no nos movíamos ni hacíamos fuego, a pesar de tenerlos ya a distancia, no sólo de nuestros cañones, sino también de nuestras carabinas.

En cambio, ellos empezaron a dispararnos...

¡Oh momento! Cada vez contábamos más enemigos... Cada vez los teníamos más cerca... ¡Qué nube de Caballería! ¡Qué enjambres de tumultuosos peones!... ¡Y todos venían de frente, a pecho descubierto..., sin parapeto ni defensa alguna! ¡Al fin iba a resolverse definitivamente el problema de la campaña!

Pues bien, todo fue asunto de un instante. Abriéronse nuestras filas, dejando descubiertas las doce piezas; tronaron estas con formidable estampido; antes que la última hubiese disparado, ya estaba cargada de nuevo la primera; siempre había dos o tres granadas en el aire; una detonación ahogaba a otra; la lluvia de fuego no cesaba ni un solo punto...

Entretanto, dos escuadrones de nuestra caballería avanzaban por la derecha, tratando de envolver un ala de la infantería marroquí; nuestros cazadores se desplegaban en guerrilla por el centro, y la reserva de nuestros caballos adelantaba lentamente por la izquierda, a fin de cortar la retirada, a los que avanzasen por aquel punto...

No fue menester más la orden de ¡sálvese el que pueda! cundió como un relámpago por la extensa línea enemiga, y volviéndonos la espalda resueltamente, peones y caballeros apelaron a la más desesperada fuga, perseguidos por nuestras granadas, que les causaban visibles pérdidas, mientras que en nuestras filas no había corrido ni una sola gota de sangre.

Huyeron..., sí, llenos de espanto. Fue la dispersión más descompuesta y antimilitar que puede imaginarse... Los unos se amparaban de las colinas de nuestro frente; los otros se dirigían a Tetuán, estos remontaban el llano con dirección a Sierra Bermeja; aquellos pasaban el río Martín y se perdían en la llanura de la otra banda...

¡Y nuestros cañones disparaban siempre, adelantando cada vez más hacia el campamento enemigo! ¡Y ora caían las granadas en las lagunas, levantando palmas de agua; ora reventaban en medio de un grupo de fugitivos, derribando caballos y caballeros y sembrando la consternación en cuantos los seguían; unas veces estallaban en el aire, y sus cascos descendían como horrorosa granizada sobre los atribulados musulmanes; otras las perdíamos de vista en fuerza de su fabuloso alcance; pero conocíamos que habían ido a caer al otro lado del campamento moro, por detrás de las colinas, donde más seguros se creían los que no habían entrado en acción!... ¡Ah! Esto no era ya glorioso... ¡Esto era cruel!

-¡Hagamos fuego sobre sus tiendas antes que las levanten! -exclamaban al mismo tiempo muchas voces, demostrando una ferocidad que solo puede sentirse en tales casos...

¡Y nuestras granadas cayeron entre las tiendas moras; y fueron más lejos; y debieron de llegar a las puertas de Tetuán; y no hubo punto del valle adonde no llevaran la destrucción y la muerte, y ya no se veía ni un moro por ningún lado!

¿Me atreveré a decíroslo? Todo esto ha despertado en mi corazón no sé qué extraño remordimiento... ¡Los Moros no tienen cañones!

Esta superioridad nuestra se halla más que compensada (lo sé bien) por otras muchas ventajas que les dan a ellos el guerrear en su país, los auxilios que este les presta a todas horas, su numerosa caballería, el contar siempre con fuerzas mayores que las nuestras, y otras muchas circunstancias ya mencionadas... Sin embargo, yo no puedo menos de compadecer o respetar la derrota del valeroso enemigo que hoy ha sido rechazado antes de que pudiese hacer uso de sus armas. ¡Ellos nos buscaban a nosotros y se han encontrado con nuestros cañones!...

-¡Tanto peor para ellos! -dirá la madre patria.

Y la madre patria dirá perfectísimamente.

En fin, terminemos...

Eran ya las tres de la tarde. El llano entero había quedado por nuestras tropas. Los equipajes y las tiendas se hallaban en la playa hacía mucho tiempo, y nosotros contábamos con ir a dormir allí esta noche... Pero he aquí que, en el momento mismo de emprender la marcha en aquella dirección, sábese que entre nuestras actuales posiciones y la orilla del mar hay algunos puntos pantanosos, por donde no podrán rodar nuestros cañones... hasta que se tiendan ciertos puentecillos, que estarán (dicen) habilitados mañana por la mañana... Desístese, pues, de la marcha, y envíase orden a los brigaderos de volver a subir a Cabo Negro las acémilas con las tiendas, para acampar en el mismo sitio que anoche y anteanoche.

En esto comenzó a llover..., ¡y no digo más! Mientras fue la orden a la playa y los equipajes tornaron a Cabo Negro, pasaron cinco horas..., todas de viento y lluvia, y de absoluta dieta, a contar desde las seis de la mañana!

Pero estamos ya tan acostumbrados a mojarnos y a no comer, que a nadie se le ocurrió proferir ni una sola queja. El que llevaba espada se apoyó en la espada, y el que tenía fusil se apoyó en el fusil, y de este modo aguantamos de pie derecho, inmóviles y silenciosos, aquellas cinco horas de hambre y agua, durante las cuales debió de ponerse el sol, llegó la noche, salió o debió salir la luna, perdiose por la nublada atmósfera, y aun nos quedó tiempo de pensar en un millón de cosas presentes y pasadas, y quién sabe si también futuras...

Llegaron, por último, las tiendas. Cada uno había procurado hallar el sitio que ocupó la suya ayer y anteayer; plantáronse todas casi sobre las huellas que dejaron esta mañana, y hay hombre que se considera feliz en este momento sólo de pensar que ya no le entra el agua por el cuello y le sale por los pies, como le ha sucedido toda la tarde.

En cambio, víveres, ropas, suelo, tiendas, camas, todo está chorreando... ¡Dios nos lo tome en cuenta! ¡Y agradecédmelo vosotros también; pues tal es la situación en que os escribo, a las doce y pico de la noche y en la alto de Cabo Negro, para que no os falten noticias de nuestras aventuras de hoy!



 

- XXIX - Bajamos a la playa. -Vista general de Tetuán. -Fuerte Martín. -Campamento de Guad-el-Jelú.

17 de enero.

San Antón..., gran fiesta popular en toda España.

(Los soldados celebraron anoche sus vísperas encendiendo dobles hogueras: una, para atender a las necesidades del campamento; la otra, para seguir la costumbre de la patria...)

A las cinco todo el mundo está ya de pie, y todas las tiendas por el suelo.

Cárganse de nuevo los equipajes, y, al amanecer, nos encontramos como ayer a la misma hora: con la casa en camino, y nosotros vivaqueando junto a las hogueras, sobre la montaña que ha dejado de ser nuestro campamento.

Los puentes para la artillería están concluidos, y nada nos impide salir para la playa.

Así las cosas, ¡empieza a llover a cántaros!

Recíbese contraorden: mándase volver pies atrás al convoy de equipajes, y plántanse por tercera vez las tiendas en el mismo sitio que pensábamos abandonar.

¡Esto es ya demasiado!

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A las diez escampa: múdase el viento, rómpense las nubes y aparece el sol...

Las cornetas tocaron otra vez orden general.

-¡Abajo las tiendas, y en macha! -repítese por todas partes.

¡Vuelta a la misma operación! Los asistentes toman el cielo con las manos... Pero luego acaban por echarlo a broma.

Partimos al fin.

El terreno, pantanoso y blando de suyo, está casi intransitable a causa de tan recientes aguaceros.

Salimos de Escila y entramos en Caribdis; dejamos la montaña y nos metemos en los pantanos. ¡El teatro de esta maldita guerra no puede ser más dificultoso!

Yendo y viniendo, bordeando lagunas y hundiéndose, sin embargo, en lodo los infantes hasta la rodilla, llegamos, por último, a la playa, por el punto en que desemboca en el mar cierto río que unos llaman de la Judería y otros El-Lit.

Entra este río en el mar tan suave y desmayadamente, que la mejor manera de vadearlo es como nosotros lo hacemos, metiendo los caballos en las olas, del Mediterráneo y trazando un ancho semicírculo hasta encontrarnos a la otra orilla de la mansa corriente. Esta cabalgata por en medio de las saladas ondas me recuerda el milagroso paso del mar Rojo.

Pero aquí no hay prodigio alguno. La playa de Tetuán es tan suave, y la mar se encuentra hoy tan en calma, que los caballos se mojan apenas las cinchas.

Una vez al otro lado de este río, sepáranos del muy caudaloso Martín o Guad-el-Jelú una playa ancha, seca y lisa, que bien tendrá media legua de largo.

Yo parto al escape. ¡Desde Fuerte Martín debe de verse a Tetuán entero, y aun puedo disponer de una hora de sol!...

El arenal que recorro está limitado a la derecha por murallas de pitas, tan elevadas y espesas, que me ocultan completamente el llano. A la izquierda, en la orilla del mar, empiezo a ver las baterías enterradas o rasantes que habían construido los... moros para evitar nuestro desembarco en esta playa.

Las tales baterías (a juicio de los inteligentes) son de primer orden. Las empalizadas, el foso, las aspilleras, todo revela que los ingenieros que han dirigido estas obras se hallan al corriente de los últimos adelantos del arte militar europeo...

¡Tanto mejor..., supuesto que no han servido para nada!

A las cuatro y media llego, por último, a Fuerte Martín.

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Hasta ahora he tenido la paciencia de no mirar ni una sola vez siquiera hacia poniente, a fin de ver a Tetuán de una sola ojeada, completamente descubierto, en toda la plenitud de su hermosura.

¡Es el momento!... ¡Vuélvome de pronto, y surge ante mi vista toda la ciudad, como a legua y media de distancia!

¡Hela, allí! Ahora no la ocultan ni los montes ni la niebla... ¡Hela allí desvelada, entera, desnuda, sorprendida en medio de su sueño!

¡Yo no he contemplado jamás, ni creo que haya en el mundo, ciudad tan vistosa, tan artísticamente situada, de tan seductora apariencia! Engarzada, por decirlo así, en dos verdes colinas de perezoso declive, ella las reúne y encadena cual broche cincelado de refulgente plata. ¡Nada tan puro como las líneas que proyectan sus torres sobre el cielo de la tarde! ¡Nada tan blanco como sus casas cubiertas de azoteas, como sus muros, como su alcazaba! ¡Parece una ciudad de marfil! Ni una sombra, ni una mancha, ni una tinta obscura interrumpe la cándida limpieza de su apiñado caserío. Desde aquí se la ve en perfecta silueta sobre el horizonte, trazando una larga y estrecha línea que ondula a merced del terreno. Y esta ondulación es tan lánguida y graciosa, que se pudiera comparar a la que formaría un chal blanco tirado al desgaire sobre un monte de esmeralda.

Materializando más mi descripción, todavía encontraréis sumamente poética la codiciada ciudad al imaginárosla en lo alto de la llanura; defendida por una cadena de erizadas rocas; dominada por la alcazaba; ostentando un altísimo y elegante alminar, que sobresale entre otros muchos, como entre los mimbres el ciprés; teniendo a sus plantas, escalonadas en anfiteatro, mil pintorescas huertas, que parecen rendirle pleito homenaje; iluminada intensamente por el sol moribundo, que se pone detrás de ella, ciñendo a su sien una aureola de enrojecida lumbre; silenciosa, ignorada, dormida aún en la noche de los siglos, con la blanca bandera de Mahoma sobre su cabeza, como yacía Granada hace cuatrocientos años; como por mucho tiempo ha de yacer todavía la inexplorada Fez, hija preciada del Profeta...

Debajo de Tetuán, divisase el campamento enemigo, como bandada de palomas posada en los verdes árboles de las huertas. Allí lo han plantado definitivamente, después de levantarlo tantas veces delante de nuestros pasos...

Esa será, ya su última etapa, su última posición...

-Cuando se vean forzados a alzar otra vez el vuelo, Tetuán caerá en nuestro poder.

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Después de contemplar largo tiempo la ciudad y la llanura, doy un paseo, lápiz en mano, por los alrededores de Fuerte Martín, examinando minuciosamente todos los parajes y objetos que excitan mi curiosidad.

Primeramente subo a esta torre, que tantas veces se ha nombrado de dos meses a esta parte...

Fuerte Martín es un castillejo de graciosos contornos, sólidamente construido, y situado de manera que defiende la boca de la ría. No tiene puerta, y súbese a él por una escala de cáñamo colgada de una estrecha ventana del que pudiéramos llamar segundo piso, artillado con siete piezas de hierro, antiguas y raras, cuyas cureñas no se parecen a las de Europa. Dos barriles de pólvora, uno de aceite, varias cajas de municiones y muchísimos cartuchos de artillería, ocupan las reducidas habitaciones de la fortaleza. Por todas partes vense huellas de los dos bombardeos que ha sufrido últimamente. Escombros y cascos de granada, balas de grueso calibre, materiales que han sobrado de las recientes obras, y muchos papeles de cartuchos quemados, cubren el suelo en las cercanías del melancólico fuerte, desde cuyas almenas habrán amenazado tantas veces al Mediterráneo los temidos corsarios tetuaníes...

Un cárabo en construcción, que encuentro tendido en un arenal lindante con el río, recuérdame también mil y mil piraterías leídas en historias o en periódicos. La nave moruna está apenas medio armada, y ofrece ya aquel aspecto de agilidad y fuerza que encontramos en un polluelo de buitre aún no cubierto de plumas.

Cerca de Fuerte Martín, hay otro edificio, que ya hemos divisado desde lejos. Efectivamente, es un Almacén, como nos dijeron anteayer mañana. La forma y materiales de su construcción son completamente europeos. La albañilería, la carpintería y la herrería han hecho aquí puertas, paredes, rejas, techos y pavimentos iguales en todo a los de Andalucía la Alta. Dentro de este Almacén, se han encontrado doce tiendas cónicas con adornos azules, y una cantidad de leña.

En cuanto al río Martín o Guad-el-Jelú (río dulce), nada de particular tengo que contaros, pues no presenta ningún accidente que lo distinga o embellezca. Es muy ancho en su desembocadura, ancho también y caudaloso antes de amargar sus aguas; corre sosegadamente entre dos márgenes lisas, bajas y desprovistas de árboles o malezas, y no lanza ni el más leve gemido al abandonar la tierra en que nació.

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Conque basta por hoy de observaciones, que tiempo tendremos de estudiar todas estas comarcas palmo a palmo.

Hablemos ahora de asuntos de casa.

Los jefes de estado mayor señalan en este instante a cada cuerpo el lugar en que han de plantar sus tiendas.

El cuartel general se situara al pie de Fuerte Martín.

A su derecha, el SEGUNDO CUERPO (esto de la derecha y de la izquierda entiéndase mirando a Tetuán).

Delante de uno y de otro, la artillería y la caballería.

Más arriba, el TERCER CUERPO.

Y a la derecha de este, la DIVISIÓN DE RESERVA.

El general Ríos ocupa ya la Aduana con sus ocho batallones.

Es decir, que nuestro campo está defendido: a retaguardia, por el mar; al flanco derecho, por la artillería; al izquierdo, por Río Martín, y a vanguardia, por la Aduana, por las trincheras que construirá el TERCER CUERPO, y por un reducto que se ha de levantar en el ángulo que ocupa la RESERVA.

Todo esto me parece muy bien. Cuidemos, sin embargo, de que mi tienda tenga vistas al mar, a Tetuán, o cuando menos al río Martín, y, para ello, hagamos un poco la corte al general García.



 

- XXX - Historia de un hispano-africano. - Soy trasladado al cuartel general. -El Valle de Tetuán antes de la guerra. -Costumbres moras. -La Aduana. -El Cementerio cristiano. -¡Los moros tienen cañones!

Campamento de Guad-el-Jelú, 18 de enero.

La casualidad, mi buena suerte, y algo también de mi activo empeño por adquirir noticias acerca de la vida de los marroquíes, me han proporcionado un verdadero tesoro de datos y conocimientos, al par que un inmejorable cicerone para andar por este país como Pedro por su casa.

Estoy asombrado de mi felicidad. Felicitaos también vosotros, pues hoy mismo vais a saber más cosas del Valle de Tetuán que todos los geógrafos, historiadores y viajeros habidos y por haber, y a oír una explicación histórica de cuanto aquí existe, como no podrán hacérosla ni los periódicos, ni los partes oficiales, ni ninguno de mis compañeros de expedición.

Es el caso que acabo de conocer y de alojar en mi tienda a un antiguo español (no renegado), que ha vivido siete años en Tetuán, dedicado al comercio de ganado, trigo y lanas; dueño de tres faluchos, que paseaban diariamente por la ría; amigo de los gobernadores y administradores del Sultán; protegido por ellos constantemente..., aunque no de balde; conocedor del árabe como del castellano; relacionado con los principales moros y judíos de la ciudad; propietario de una magnífica casa en la Judería, y dueño de una hermosa mujer (andaluza por señas), y de tantos caballos, camellos, bueyes, ovejas, tiendas de campaña, dependientes, criados, huertas y jardines, como un bajá de tres colas...

Santiago (que así se llama mi hombre) fue marino en su juventud y hacía el comercio entre Ceuta y la península. No sé qué comandante general de aquella plaza lo envió hace muchos años a Tetuán a ver si podían establecerse relaciones mercantiles entre ambas ciudades para proveer de víveres baratos la guarnición de Ceuta. Santiago penetró denodadamente en este desconfiado país; halló que era imposible plantear dicho comercio a la luz del día y en forma regular, por la repugnancia de los moros a tratar con España: participóselo así al comandante general de Ceuta, y ya no se pensó más en el asunto.

Pero Santiago no es hombre que pierde su tiempo ni que se ahoga en un vaso de agua. Como buen andaluz, tenía lo que suele llamarse don de gentes; como habitante de Ceuta, conocía a las mil maravillas el carácter de los moros y aun chapurraba el árabe, y como negociante y mercader nato, tenía manga ancha en materias, religiosas. Así fue que aprovechó su viaje a Tetuán para trabar conocimiento con algunos comerciantes hebreos, argelinos y hasta marroquíes; hizo varios regalos a las autoridades y al administrador de la Aduana; besó a los niños; oyó con admiración a los viejos; sentose, fumó y tomó café a la oriental; habló de las muchas cosas, agradables al paladar y a la vista, que podía traer de España; no demostró intención de llevarse nada de marruecos; elogió el caballo de este, la espingarda de aquel, la musculatura de uno, la noble barba de otro; y, en consecuencia de todo ello, los serios y respetables hijos del Profeta le dijeron, con cierta cariñosa solemnidad: «Santiago querer venir, Santiago poder venir. Moro y Santiago estar amigos.»

Santiago aprovechó la licencia que se le daba. Y volvió. Y regresó a Ceuta en su barca. Y tornó a Tetuán con un falucho. Y se marchó de nuevo. Y apareció al cabo de quince días con un falucho mas. ¡Y siempre pretextaba... que, pasando por aquellos mares con rumbo a la Argelia, había tocado en Río Martín... sólo por ver a sus amigos y traerles tal o cual cosa que había prometido regalarles!...

Y los moros se acostumbraron a ver los barcos de Santiago, y moro y Santiago estar cada vez más amigos.

Y Santiago subió entonces sus tres faluchos hasta la misma Aduana; y el administrador y él se entendieron; y corrió el oro; y el comercio de víveres, que no pudo plantearse oficial y públicamente, empezó a hacerse de un modo privado y clandestino, no ya por cuenta de nuestro gobierno, sino por cuenta de Santiago; y Santiago se enriqueció; y penetró en Tetuán; y se quedó allí algunos días, fingiendo encontrarse enfermo, y todo el mundo simpatizó con él; y compró una casa; y la obró a su modo; y desparramó un centenar de duros con cierto tino; ¡y cátate a Santiago establecido en Tetuán con su mujer y toda su parentela!

Pero pasaron los siete años que llevo dichos, y España declaró la guerra a Marruecos.

-¡Santiago es un espía! -exclamó entonces un envidioso, indudablemente judío.

-¡Santiago nos vende! -repitió un moro patriota.

-Santiago es español... -meditó el gobernador de la plaza.

-¡Santiago es cristiano! -dijo un fanático rechinando los dientes.

-¡Muera Santiago! ¡Muera el perro español! -gritaron, finalmente, todos los hebreos, que no dormían pensando en la fortuna del andaluz.

Pero Santiago había adivinado todo eso muchos días antes de publicarse la declaración de guerra, y escapádose la víspera con su mujer y sus deudos, todos disfrazados de moros, escalando la muralla de la ciudad a favor de las tinieblas de la noche, bajando por el Martín con sus tres faluchos y ganando la mar antes de rayar el día.

Se llevaba todo su dinero, y dejaba confiados sus ganados y lo mejor de sus muebles a algunos amigos leales, de quienes dice que no recela una traición. Su casa, en fin, quedó a merced del primero, que quisiera entrar y robarla...

-De este modo -dice Santiago con mucho talento- habrán tenido algo en que cebar su furia, y olvidado que yo poseía también huertas y rebaños.

Tal es mi hombre; tal es el guía, el intérprete, el diccionario, el mapa, el cronicón y el amigo que mi buena suerte me ha deparado en una pieza. Sus faluchos han venido en pos de la División Ríos, y ayer penetraron triunfantes en la misma ría de que salieron fugitivos hace poco más de tres meses. Santiago se propone entraren Tetuán con el ejército, y se pasa el día y la noche haciendo cálculos, no sobre lo que habrá sido de su casa o de las personas a quienes confió sus bienes, sino sobre la indemnización que pedirá por todo ello el día que se firme la paz... ¡Creo que no puede darse mayor previsión!

En cuanto a mis relaciones con este hispano-africano, debo decir que son consecuencia de una novedad que ha ocurrido en mi vida de soldado. Desde anoche habito en el cuartel general, como ordenanza del general O'Donnell (5) <notas.htm>; lo cual quiere decir que he tenido que separarme, y no sin profundo sentimiento, del TERCER CUERPO de ejército, al que he pertenecido desde que salí de España, y seguiré perteneciendo de derecho, como individuo, que no he dejado de ser, del batallón de Ciudad Rodrigo. Este cambio de domicilio me ha parecido indispensable para la mejor continuación de la presente obra.

Ahora bien, al incorporarme al cuartel general del general en jefe, me he arranchado con aquellos amigos míos de que ya os hablé en la Mezquita, Aníbal Rinaldy y su sapientísimo maestro, filólogos del Oriente e intérpretes oficiales del conde de Lucena; y estos preciosos compañeros de tienda (muy más preciosos para quien, como yo, escribe una guerra hispano-arábiga) me han proporcionado, entre otras ventajas fáciles de comprender, la importante amistad del buen Santiago, con quien ellos la habían contraído hace dos meses en Ceuta.

Háblase, pues, el árabe en mi tienda a todas horas, y háblase ademas el francés. Porque he de advertir que también habitará en ella desde hoy el afamado dibujante parisiense Mr. Charles Iriarte, que se encuentra en África desde el principio de la guerra como corresponsal del Monde Illustré, y a cuyo lápiz se deben la mayor parte de los croquis con que aparece ilustrado el presente libro (6) <notas.htm>.

Santiago, por su parte, había resuelto habitar en uno de sus faluchos, anclado en la ría, a pocos pasos del cuartel general; pero notando yo que deseaba vivir con nosotros, a fin de estar en más inmediato contacto con gentes que podrán servirle mañana para redimir sus bienes de Tetuán, le he dado hospitalidad en mi tienda, a condición de que la cocina, y el comedor de la casa estén en el falucho, donde puede guisarse con más aseo y comodidad. Para ello, el sirio Rinaldy, el francés Iriarte, el cosmopolita Mustafá, el africano Santiago y el español que vuestra mano besa, han reunido en dicho barco los víveres que llevan consigo y las raciones que les da la Administración Militar, todo lo cual promete unos espléndidos festines marítimo-guerreros y artístico-literarios que, a juzgar por el de hoy, harán más llevadera algunos días esta durísima vida de campaña.

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Conque vamos a las prometidas noticias.

Acabo de dar un gran paseo por estos contornos acompañado de Santiago, quien me ha ido explicando la significación de muchos sitios y objetos a medida que excitaban mi curiosidad.

Cuando emprendimos nuestro paseo (él en mi borriquillo moruno y yo a caballo) serían las diez de la mañana... Adivino que os ha asaltado el recuerdo de Don Quijote y de Sancho Panza. Yo también los he recordado hoy muchas veces, al ver a Santiago (que, por señas, es gordo y de pequeña estatura) caballero en su reacio pollino, y al considerarme a mí (que soy flaco) con la tizona al cinto y molidos los huesos de tanto cabalgar, buscando aventuras sin ejemplo a costa de regalo y de mi salud.

El día estaba hermoso, y el sol calentaba mis mojadas vestiduras, alumbrando de paso el Universo Mundo...

Tetuán... (¡siempre Tetuán!) parecía encontrarse más cerca a causa de la diafanidad del aire. Las líneas de sus casas aplanadas y blanquísimas, de sus torres y de sus fortificaciones, se dibujaban con una precisión y una limpieza tales, que más que un gran pueblo remoto, figurábaseme estar viendo, al alcance de la mano, una ciudad en miniatura.

¡Y yo la miraba siempre! Y al considerarla, tan sola, tan quieta, tan silenciosa, sin humos durante el día y sin luces durante la noche, creíala una ciudad muerta y osificada, símbolo perfecto de la vida social de los moros, refractaria a todo progreso, sumida en el sueño letal de un estúpido fatalismo... O bien discurría más humildemente, viniendo a la cuestión del momento, al interés de la campana, y me imaginaba que en Tetuán no se divisan luces ni humo porque la ha abandonado completamente la población... Y entonces temía verla volar en escombros el día que penetre nuestro ejército en ella, y hasta me fingía al esclavo negro que velaría con la mecha en la mano, dentro de un subterráneo lleno de pólvora, esperando a que resuenen nuestras cornetas por las calles de la ciudad, para destruirla, nuevo Sansón, sobre los enemigos de su fe...

En tanto que yo me devanaba así los sesos, mi cicerone estaba melancólico. ¡Era la primera vez que recorría el llano después de su precipitada fuga, y cada lugar, cada cosa, le recordaba goces de la juventud, la familia ausente, su hacienda abandonada y tal vez deshecha!

Sin embargo, a veces tenía ratos de entusiasmo y alegría, y era que, como español, no podía menos de ufanarse de recorrer triunfante, dominador y libre, la tierra en que hace pocos meses pesaba el despotismo musulmán, y donde le trataban como de peor condición que un caballo o que un judío, la tierra en que mil veces había oído insultar a su patria y desconocer su poder y su grandeza; la tierra, en fin, donde antes se escarnecía impunemente la religión de Cristo...; religión que, en medio de todo, era la de Santiago, o al menos la de su familia... o la de sus mayores.

-¿Quién diría que es este el Valle de Tetuán? -exclamó al fin mi amigo en un momento de conmiseración hacia los moro.

Este era el tono en que yo quería oírle hablar.

-¿Qué pasaba aquí antes de la guerra? -le pregunté, pues, apresuradamente.

-Todas estas praderas -me respondió- estaban cubiertas materialmente de ganado particular y del gobierno. Por todas partes se veían yeguadas, rebaños de cabras y de ovejas, vacadas enormes, piaras de cerdos...

-¿Cómo de cerdos? -exclamé con extrañeza-. Pues ¿no los aborrecen los moros?

-Los aborrecen, sí, y hasta les tienen un miedo cerval, sobre todo los fanáticos, las mujeres y los niños... Pero aquellos cerdos eran míos, y mi habilidad se cifraba en obligar a los mahometanos con regalillos a que me permitiesen criar aquellos monstruos, y llevármelos después a Gibraltar, donde los vendía. Fuera de esto, y para que forme usted idea del horror que a los fanáticos les causa el ganado porcuno, bastará decirle que, cuando los grandes cazadores de la comarca (pobres miserables muchos de ellos) mataban un jabalí en la próxima sierra, porque les salía al paso, y no tenían otro remedio, en lugar de traerse la fiera a su casa y mitigar con ella el hambre de su familia, abandonaban la pieza muerta, me buscaban a mí o a algún otro cristiano, y nos decían: «¿Qué me regalas si te digo dónde acabo de dejar tendido un jabalí?» «Te regalo tanta pólvora, o tantas balas, o tanto café...» (respondíamos nosotros). Y el cazador nos llevaba entonces a la sierra; nos enseñaba desde lejos una masa cerdosa que se veía entre las jaras, y huía como si hubiera cometido un gran pecado.

-Y ¿por qué decían «qué me regalas», y no «qué me das en cambio»?

-Porque su Ley (en eso es justa) no les permite enajenar por dinero las cosas que les prohíbe poseer. Un moro no puede poseer ni cerdos, ni monas, ni otros semovientes; y como para vender una cosa es preciso tener antes dominio sobre ella...

-A propósito de monas -interrumpí yo-: ¿dónde diablos se esconden esas célebres hijas de Tetuán, que no las vemos por ningún lado?

-No están muy lejos... ¿Ve usted aquellos cerros nevados? Pues allí hay miles de ellas.

-¡Ah! En el Atlas.

-Sí, señor. Allí tenía yo mis ganados durante el estío; y al empezar el otoño, veía bajar las monas a las viñas de los valles de Benimadán, que linda con este.

-¡Cómo! ¿Aquí hay viñas? Pues ¿no es pecado... moro beber vino?

-Pecado moro es; pero ¿hablamos de las viñas o de las monas?

-Primero de las monas.

-Pues bien, las monas bajaban a las viñas a comer uvas, y los moros se divertían entonces en correrlas a caballo, como nosotros hacemos con las liebres. Una vez en tierra llana, las monas se cansan pronto... Echábanles, pues, mano sus perseguidores, y las cogían vivas. Pero como tampoco pueden poseerlas, las traspasaban (no diré las vendían) a los judíos, quienes se las llevaban a Gibraltar, donde los ingleses las pagan muy caras.

-Hablemos ahora de las viñas...

Santiago se sonrió.

-Mire usted... -exclamó al cabo de un momento-. Aquí, como en todas partes, los libros mandan una cosa y los hombres hacen otra...

-Sin embargo, los musulmanes son muy fieles a su religión...

-Si, ¡más que nosotros a la nuestra! Pero eso no quita para tengan también sus herejes, por lo demás, ya sabe usted que las uvas, antes de ser vino, son uvas, y a los moros no les está prohibido comerlas. Muchos las convierten en pasas, y otros las venden a los judíos, quienes pueden emborracharse sin faltar a su religión, con tal que el vino esté hecho por su propia mano... Y, en fin... (ya se lo he dicho a usted), los mismos moros beben de contrabando...

¡Cuando entremos en Tetuán, brindaremos con algunos de ellos, y verá usted qué cosa tan particular es un moro medio alegre!...

En esta forma continuó nuestra plática, que no transcribiré letra a letra por no hacer interminable mi relación; pero allá va un resumen de lo demás que me ha referido Santiago y de lo que yo he visto durante nuestro paseo.

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Este feracísimo valle mide dos leguas de ancho y dos de largo; y, aparte de la ganadería (que, como habéis oído, era aquí cuantiosa), la agricultura y hasta la industria pedían a esta tierra su inagotable savia. Así es que, por donde quiera que se camine, vense chozas de labradores, eras, corrales, cortijos, sembrados y aperos de labranza. Los principales productos de estos terrenos eran melones, maíz, trigo, sandías, patatas y tabaco. Los tres ríos que cruzan el valle se llaman el Martín, el de la Judería y el Alcántara.

El Martín baja por la izquierda, pasando cerca de la aldea de Benimadán, pueblo disperso y diseminado, al modo de algunos de la montaña de Santander. Es navegable hasta la Aduana, y aun durante las grandes lluvias se ha subido hasta las huertas de Tetuán en botes de poco calado. La barra que forma al desembocar en el mar es muy peligrosa, e inaccesible cuando reina el levante, pues la cubre muy poca agua; pero tiene una especie de portillo, por donde han entrado alguna vez buques de alto bordo.

El río de la Judería, que también muere en el mar, baja por la derecha del llano, y entre él y el Martín forman casi todas las lagunas. En ellas se cazan patos por el otoño, y en todos tiempos es irresistible el canto de los millones de ranas que contienen.

Del río Alcántara hablaré después.

Al lado allá del río de la Judería, hay unas salinas bastante ricas, propias de algunos vecinos de Tetuán, sobre todo de un personaje importantísimo llamado El Santo. En cuanto a las Lagunas, aunque están más bajas que el nivel del mar, todas son de agua dulce, y ninguna medirá arriba de quinientos pasos de diámetro.

En los cerros de Benimadám (estribaciones del Atlas) me ha hecho columbrar Santiago señales de minas que allí hubo. Eran plomizas y muy buenas; pero, cuando empezaron a producir, el difunto emperador de Marruecos dio dinero a los franceses que las laboraban, con tal que las abandonasen, como en efecto las abandonaron, y entonces las mandó cegar completamente.

-¡Hubiera usted visto esa playa los veranos! -exclamó luego Santiago en otro acceso de melancolía-. Toda ella se poblaba de tiendas de campaña de familias acomodadas de Tetuán, que bajaban a bañarse en el Mediterráneo. Durante las horas de calor, todo el mundo dormía..., pero a la tarde, ¡qué animación, qué fiesta, qué alborozo! Las mujeres se reunían a jugar en un lado, y, a mucha distancia de ellas, hacían lo mismo los hombres.

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Las pobres moras gritaban, bailaban, cantaban o corrían por la orilla del mar, agitando sus blancos mantos, como gaviotas que quisieran tender el vuelo y visitar otros horizontes. ¡Quizá habían oído hablar de que, a la opuesta orilla del Mediterráneo, la mujer era más libre, más querida y respetada, y soñaban con escapar de la tiranía de sus actuales esquivos dueños!...

Entretanto, los moros fatigaban el llano con sus agiles corceles; corrían la pólvora; luchaban; se ejercitaban en el manejo de la gumía, o bien fumaban perezosamente, mirando con ojos codiciosos aquellas naves que cruzaban hacia el estrecho de Gibraltar, o aquellas costas que se extendían al término del horizonte... ¡Naves y costas eran cristianas: unas y otras europeas; unas y otras, enemigas irreconciliables de los agarenos y de su Dios! ¡Ah! ¿Qué se habían hecho los grandes piratas, mahometanos?

Luego salía la luna, la bella luna del estío de África... Y el hombre buscaba a la mujer; y el mar y la ría se poblaban o parecían poblarse de tritones y nereidas...

¡Y nosotros estábamos alla, en la vecina costa, a un paso de tales misterios, entregando nuestra alma en los desabridos goces de nuestra decrépita civilización!...

Comprenderéis que estas últimas cosas no me las decía Santiago al pie de la letra, sino que las pensaba yo, glosando a mi manera sus revelaciones y noticias.

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En esto habíamos llegado a la Aduana.

La Aduana es un vasto edificio, mal conformado, casi nada oriental en su aspecto, cuyas puertas, ventanas y alacenas parecen hechas por nuestros andaluces. Sus puertas son cuatro, y cada una da entrada a cierto número de habitaciones, incomunicadas con las demás.

Los patios y los extensos aposentos bajos revelan claramente que estaban destinados a almacenes de mercancías. Las escaleras, pinas y angostas, y las puertas, sumamente estrechas, tienen mucho carácter morisco. En los pavimentos y en el zócalo de las paredes vense algunos groseros alicatados que recuerdan el estilo de las losetas valencianas.

Los muchos corredores que atraviesan el edificio en todos sentidos, dan entrada a más de cincuenta tugurios o pequeñísimas celdas nada interesantes. En ellas se alojaban los mercaderes, mientras que la Administración de Rentas del Imperio examinaba sus géneros y les marcaba los derechos de importación o exportación.

Tosco vidriado voto, esteras de junco, utensilios de palma, lechos de hierbas secas, vestigios de víveres y de pólvora, y algunos harapos que habían sido turbantes y albornoces, hacían hoy de aquellos abandonados aposentos unas verdaderas pocilgas. Y (!singular contraste!) al lado de semejante suciedad llamaba la atención el ver admirablemente blanqueado hasta el último rincón de la más obscura estancia. Particularidad es esta que he notado en todos los edificios moros.

La cal (me dice Santiago al oírme hablar de ello) es la manía de los marroquíes. El más sucio y miserable mendigo blanquea su vivienda todas, las semanas.

En el edificio de que tratamos hay un departamento independiente que merece especial mención, por ser mas artístico y lujoso que los otros, y por haberlo habitado (probablemente hasta hace dos días) el administrador del Sultán.

Aquel departamento de preferencia se reduce a una escalera revestida de alicatados y alizares, a una azotea, a un cuartito y a una gran sala cuadrada.

Esta sala (la del diván, según la llamó Santiago) tiene en medio una esbelta columna del más puro gusto árabe, que sostiene un precioso y labrado techo. El pavimento es de mosaico de colores, así como la parte inferior de las paredes. Dos ventanas con cristales y de bien trabajadas maderas dan luz a la habitación cerca del suelo. De este modo, el señor administrador, sentado sobre sus pies, podía ver el magnífico paisaje que se descubre desde ellas.

-Aquí -me decía mi amigo- se reunían a fumar y callar algunos moros ricos y dos o tres ingleses que componían la tertulia del alto funcionario marroquí. Alrededor de toda la sala había una especie de cama corrida o sofá muy bajo (un diván, en fin) de damasco verde, y sobre él gran multitud de almohadas y cojines de todos tamaños y figuras. ¡Cuántas veces he venido yo a esta habitación a dejarme desollar por aquél perro, y he encontrado más de veinte haraganes tendidos a la larga en torno mío, mirándome con ojos estúpidos, envueltos en el humo de sus pipas, y aspirando los olores narcóticos que despedían los braserillos, atestados de mirra y de benjuí! ¡Cuántas veces me he apoyado en esa columna, embriagado materialmente por semejante atmósfera, y confundido ante aquellas miradas, ante aquel silencio y ante la sonrisa irónica del administrador!... Siempre que me veía (eran sus palabras), «se ponía a calcular qué le sería más conveniente: si hacerme cortar la cabeza y robarme todos mis bienes y tesoros, o dejarme vivir hasta que los acrecentase más». ¡Ira de Dios! ¡Que no me lo encontrase ahora!

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Salimos de la Aduana en ocasión precisamente de pasar por allí el general García con sus ayudantes y una pequeña escolta.

El infatigable jefe de estado mayor iba a practicar un reconocimiento en la parte alta del llano; es decir, a enterarse de cuál será el mejor camino para avanzar en su día sobre Tetuán con la artillería rodada y con un tren de sitio que recibiremos pronto de Sevilla.

La coyuntura no podía ser más a propósito para que Santiago y yo continuásemos sin riesgo alguno, por el lado allá de nuestras avanzadas, el reconocimiento artístico que íbamos haciendo... Me agregué, pues, al general García, y, pasados unos pocos minutos, hollábamos ya terrenos todavía vírgenes de pisadas de nuestras tropas...

-¡Buena ocasión para ver el Cementerio Cristiano! -me dijo entonces Santiago, llamándome aparte.

-¡Cómo! ¿Qué cementerio?

-El destinado por los moros a recoger los restos de los católicos y protestantes que mueren en esta tierra.

-¿Qué dice usted? ¿Los moros entierran a los cristianos?

-Sí, señor; lo cual es tanto más de agradecer, cuanto que (como usted sabe) si algún mahometano muriese en España, no encontraría ni la sombra de un árbol en que dormir el sueño eterno...

-¡Oh.... sí! ¡Los moros son hospitalarios hasta con la muerte! -dije yo por decir algo.

En esto habíamos llegado ya a un pequeño recinto cercado de pitas, cubierto de copiosa hierba, y atravesado de norte a sur y de oriente a poniente por dos fajas de empedrado que se cruzan en el centro de la final morada.

-¡Ahí tiene usted el famoso Cementerio Cristiano! -exclamó mi amigo.

No le respondí. Yo había formado ya una composición de lugar, y encontrado que nuestro enterramiento era inmejorable. Aquella extensa cruz, trazada con menudas y blancas piedras sobre toda su superficie, parece como que estrecha entre sus brazos a los fieles que yacen en aquel suelo enemigo... Creyérasela un escudo que los protege, una madre que los cobija, la espada de un querubín que los guarda.

Anchos y profundos fosos, abiertos por la parte interior de la cerca, rodean completamente el lugar sagrado, convirtiéndolo en una especie de isla... (¡así debía ser!); y el Martín, que pasa besando aquella fúnebre colonia de europeos, suspira blandamente al alejarse de ella, como si llevase a la mar algún mensaje de cariñosas memorias, o cual si compadeciese a los que bajaron a la tumba lejos de la patria.

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Pocos pasos más alla vi en el suelo algunos surcos circulares.

-Aquí ha habido tiendas... -exclamé.

-¡Y no pocas! -respondió Santiago-. Mire usted por esta otra parte...

Era indudable que los moros habían tenido allí un gran campamento durante muchos días.

-Acamparían en este llano -observó el astuto mercader- cuando creían que los Españoles iban a empezar la campaña desembarcando en Río Martín...

-¡Nos llama los Españoles! -reflexioné yo con disgusto.

Millares de cáscaras de naranjas alfombraban, por decirlo así, el lugar que había ocupado el campo moro. La cebada esparcida por los sitios en que estuvieron sus caballos había nacido ya, y algunas manchas negras que se veían en el suelo eran de pólvora, disuelta por la lluvia... ¡Pobres marroquíes!

Más adelante, marchamos por una estrecha carretera empedrada. Esta carretera, o, mejor dicho, esta calzada, construida sobre un terreno muy pantanoso, se prolonga como un cuarto de legua, pasando sobre dos puentecillos de un solo ojo, labrados con piedra y cal, y echados, el uno sobre el Río Alcántara, y el otro sobre una cenagosa acequia.

Al fin del empedrado empiezan unas praderas extensas y lozanas, muy encharcadas casi todas; pero con tal disimulo, que no lo echa uno de ver hasta que el caballo se ha atascado en ellas.

Finalmente, volvimos a dar otra vez en el Río Alcántara, que culebrea mucho por el valle.

Allí se había detenido el general García buscando un vado, que acabó por hallar, y que le condujo a terreno más consistente.

Yo seguí en pos suyo, mientras que Santiago, por el bien parecer, o por no ser muy dado a aventuras bélicas, quedaba con su humilde cabalgadura a la orilla del río.

En cuanto a nuestros caballos, fatigados de luchar con el lodo o de resbalarse con las piedras, complaciéronse mucho en correr y caracolear sobre aquel prado, terso y mullido como una alfombra de terciopelo.

Así adelantamos otro cuarto de legua, siempre examinando el horizonte, donde no aparecía sombra viviente, o devorando con la vista a Tetuán, que iba agrandándose a nuestros ojos... De las tiendas moras estaríamos ya unos 1.700 metros.

En esto vimos alzarse blanca y espesa humareda al pie de las más bajas; oímos un lejano estruendo; percibimos en el aire una trepidación parecida al ruido de la locomotora, y vimos caer cerca de nosotros y sumergirse en la tierra una voluminosa bala de cañón.

-¡Tienen cañones! -fue nuestra primera frase.

Y yo sentí cierto patriótico remordimiento por haberlo deseado.

-Tiran de la llanura -dijo el general García.

-Es que han atrincherado, y artillado su campamento -añadió un ayudante, alargándole el anteojo.

Durante estas reflexiones había caído otro pesado proyectil al pie de nuestros caballos.

-¡No apuntan mal! -exclamaron los que habían corrido más cercano riesgo.

-Vamos adelante... -añadió tranquilamente el jefe de estado mayor.

Y aun avanzamos 500 metros andando al paso, mientras que los moros dispararon seis u ocho cañonazos más.

-¡Si creerán que vamos a tomarles el campamento veinte hombres solos! -iba yo pensando.

El general García se detuvo al fin.

Desde aquel paraje se distinguía perfectamente toda la llanura. Estudió, pues, la dirección de los tres ríos; el lugar de cada pantano; la naturaleza del terreno, y la disposición relativa de Tetuán y de los campamentos enemigos; y, después de ver venir otros dos o tres disparos muy bien graduados, y que, a haber sido hechos con proyectiles huecos, nos hubieran estropeado indudablemente, volvió grupas sin hablar palabra, y emprendió la marcha a Fuerte Martín.

Ya era tiempo, pues empezaba a llover. ¡Media hora había bastado para convertir la más transparente atmósfera en un celaje nebuloso!

¡Pero hoy, a lo menos, nos ha cogido el turbión con las tiendas plantadas!

En este momento, que son las once de la noche, llueve todavía con tanto ímpetu como si no hubiese caído una gota de agua hace diez años... ¡Pícaro Alá! ¡Cómo se conoce que es nuestro enemigo!

Sin embargo, yo estoy muy contento: 1.º, por haber conocido a Santiago; 2.º, por las muchas cosas que he averiguado hoy; 3.º, porque ya he oído zumbar sobre mi cabeza balas de cañón, y 4.º, porque ya sé que los moros tienen cañones...



 

- XXXI - Contemplación.

En el río, a bordo del San Cayetano. Día 19.

No ocurre novedad.

Desembárcanse muchos miles de raciones.

Empréndense las obras de fortificación de la Aduana (destinada a gran almacén de víveres, por si la mar vuelve a incomunicarnos con nuestros barcos) y la construcción de un Reducto en la extrema derecha de nuestra vanguardia, casi en el centro de la llanura.

(Se llamará Reducto de la Estrella, por tener la forma de tal.)

Tetuán sigue durmiendo, y los moros no se presentan por ninguna parte. Pero su campamento, cercado de trincheras, crece diariamente, apoyándose en el mismísimo llano, o sea en las las huertas de Tetuán.

Por lo demás, todo el resto del valle está por nosotros, y nuestros soldados se alejan durante el día hasta una legua de sus tiendas, sin encontrar ni un solo enemigo.

Vivimos con más comodidad, aseo y abundancia que antes. La proximidad de un gran río, la cercanía de un buen fondeadero y la curiosidad que inspira esta comarca, nos proporcionan recursos y distracciones, así como visitas de Gibraltar y del litoral español...

Todos los días llegan nuevos industriales y comerciantes, y va estableciéndose en la playa un gran Mercado, en el cual, si bien a peso de oro, hallamos muchas cosas de que carecíamos.

A mayor abundamiento, cerca de mi tienda se alza una Fonda Francesa, instalada en una barraca enorme, donde se pasan ratos muy agradables...

En fin, ya no hay cólera, sino muy poco y muy ligero en la División Ríos, que, como recién llegada, sufre los efectos de la aclimatación.

La campaña, pues, ha templado ya sus rigores.

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Iriarte, los intérpretes y yo nos venimos por las tardes con Santiago a bordo de su falucho San Cayetano (anclado en Río Martín, muy cerca de nuestro campamento), donde nos aguarda una de aquellas estimulantes y sabrosas comidas que hacen célebre la cocina marinera.

Aquí, tendidos sobre cubierta, bajo un toldo hecho con una vela latina, aplicamos el vaso de cine a un voluminoso tonel de rico mosto, y hablamos indistintamente de España o de Marruecos, entre bocado y bocado, entre libación y libación.

Por la parte de proa se ve a Tetuán; por la de popa se extiende la Ría y el Mediterráneo.

A estribor se alzan todos nuestros campamentos, donde resuenan en este instante los acordes de una banda militar que toca la sinfonía de la Semíramis; detrás de las tiendas asoma el bosque de mástiles de tantos y tantos buques surtos en la rada.

Mirada así la playa, a la indecisa luz del crepúsculo, hace el efecto de una grande y populosa ciudad marítima. Las tiendas parecen más altas... El humo de los vivaques semeja salir de otras tantas chimeneas. Los rumores de mil conversaciones, el relincho de los caballos, los golpes de los mazos sobre las estacas, los gritos remotos de las maniobras de los marineros: todo remeda el ruido de los talleres, el estruendo de las fábricas, el eco de tareas, urbanas, y pacíficas.

En primer término se distingue el cuartel general del general en jefe, anchísima calle formada por corpulentas tiendas, en la cual se pasean, ahora mismo, como si fuera en el salón del Prado, O'Donnell y Prim, departiendo tranquilamente; varios oficiales extranjeros; el conde d'Eu (príncipe de la familia de Orleans), que ha llegado hoy, vestido con el honroso uniforme de húsar de la Princesa, y que militará a las inmediatas órdenes del general en jefe; muchos otros generales y oficiales; algunos paisanos; más de cien personas, en fin... Es completamente un simulacro de la vida social, que nos recuerda antiguas costumbres, llevando nuestra imaginación a Madrid, donde en este momento se estarán paseando tantos amigos nuestros, y tantas amigas...

A babor, o sea al otro lado del río, se descubre una campaña verde, sola, dilatada, que muere al pie de adustos montes velados ya por la vespertina niebla. En medio de esa campaña se ven unas trescientas vacas de nuestra propiedad, que pacen sosegadamente. Semejante cuadro pastoril tiene también su encanto, y habla al alma el dulce lenguaje de otros recuerdos más o menos bucólicos y permitidos...

Las estrellas empiezan a tachonar de puntos de oro la inmensidad del espacio. La luz del día se extingue lentamente. El mar, hoy apacible, reluce como un espejo de acero. Las aguas de la ría toman, por el contrario, cierto color de ópalo, cuya suavidad se refleja en mi fatigado espíritu...

Estos momentos de calma y de reposo, me infunden la más grata melancolía. Véome en posesión de un bien soñado, y experimento aquella plácida tranquilidad que produce la dicha a los que no están acostumbrados a ella. Aquí recuerdo aquella otra tarde que pasé hace mes y medio en los montes de Málaga, a la puerta de un cortijo, viendo a lo lejos el litoral de África, y oyendo el sordo eco de los cañonazos de la acción del 9 de noviembre... El deseo que me asaltó entonces de venir a la guerra, a seguir la suerte de mis compatriotas, y el anhelo anterior, que ha llenado toda mi vida, de visitar la tierra de los moros, vense ya realizados afortunadamente. ¡Esta es África!, ¡Aquel es Tetuán!... La espada del soldado aventurero me asiste ahora, como a ver la lira del trovador apesarado, como antes el báculo del peregrino que buscaba un nombre. ¡Todo es verdad en la vida!... ¡Quizá lo único que hay falso en ella es la idea de la muerte!

¡Morir!... ¡Yo no lo comprendo! Cuando todas las ilusiones terrenales se realizan; cuando toda necesidad tiene su satisfacción en la naturaleza; cuando todas las esperanzas mundanas llegan aquí abajo a seguro cumplimiento, ¿cómo no ha de realizarse, satisfacerse y cumplirse nuestro deseo de inmortalidad, nuestra ansia de conocer a Dios? El amor, la gloria, la ambición, los ensueños del artista y del poeta, todo llega a convertirse, al fin, en hechos evidentes y tangibles, en logros materiales... ¿Cómo ha de ser vana quimera el ideal más sublime, la inspiración más constante de nuestra alma?

¡Ah, sí! ¡La muerte es mentira! La muerte es despertar de un sueño, como dijo nuestro gran poeta.



 

- XXXII - De cómo celebró el ejército de África los días del príncipe de Asturias. -Combate solemne. -Nuestra Infantería forma un cuadro. -El conde d'Eu. -La Caballería española y la marroquí. -Gran Parada.

Campamento de Guad-el-Jelú, 24 de enero.

Después de tres días de completo descanso para todo el ejército (menos para los ingenieros, quienes han trabajado sin cesar en el Reducto de la Estrella), despertonos ayer, 23, la poderosa voz de cien cañones, que, resonando en mar y tierra con redoblados ecos, nos hizo sospechar si se habría prolongado nuestro sueño más de lo permitido, e irían ya muchas horas de reñirse una gran batalla a que estaríamos faltando ignominiosamente.

Empero poco después observamos que el alegre toque de diana se unía al ronco son de tan extraño cañoneo, lo cual quería decir que estaba amaneciendo en aquel instante... (Y, en efecto, el lienzo de nuestras tiendas filtraba apenas una dudosa claridad.) ¿Qué significaban, pues, aquellos cañonazos tirados tan a deshora?

Pronto supimos que estábamos a 23 de enero, día de San Ildefonso, y día, por consiguiente, del presunto heredero de la Corona de España... Aquellos cañonazos eran, por consiguiente, salvas de pólvora sola.

Todos opinábamos lo mismo. Un día semejante no podía pasar como cualquiera otro. Los moros acudirían, como siempre, al reclamo de nuestros cañones: si sabían que celebraban una fiesta, para turbarla, y si habían tomado los disparos por un segundo desafío, para recoger el guante y sostener el duelo al abrigo de sus nuevas trincheras.

Equipose, pues, de guerra todo el mundo desde la primera hora del día; ensilláronse los caballos preventivamente; diose la orden de acelerar los ranchos; requirió sus armas cada uno, y cundió, en fin, por todo el campamento aquella febril animación y bárbara alegría que son ya entre nosotros indicio cierto de la proximidad del combate.

Y el caso fue que nuestros presentimientos se cumplieron.

-!A caballo! -se oyó decir en el cuartel general a eso de las nueve-. ¡El general O'Donnell va a montar!... ¡Parece que se ven moros!

Montaron, pues, también los cuarenta o cincuenta jefes, oficiales y agregados que constituyen el cuartel general, y seguido de ellos y de su escolta de carabineros y guardias civiles, tomó el general en jefe el camino del Reducto de la Estrella, atravesando por todos los campamentos, que le batieron Marcha Real, según es de ordenanza.

El Reducto se halla bastante adelantado. Constrúyese con tierra y hojas de pita, y su destino es conservar la comunicación entre la escuadra y el ejército el día que éste avance hacia Tetuán. Protegían ayer los trabajos dos escuadrones de caballería, un batallón de línea y un escuadrón de artillería de a caballo, a las órdenes del renombrado brigadier Villate.

Más de una hora permaneció el general O'Donnell en aquel Reducto, dando instrucciones para su pronta terminación y estudiando los intentos del enemigo. Pero este no se separaba de sus artilladas trincheras, como si, en lugar de prepararse a atacarnos, esperara una acometida de nuestra parte; lo cual nos hizo discurrir del siguiente modo:

«Los moros recuerdan sin duda, que nuestro ejército celebró el día de la Reina inaugurando la campaña, y temen que hoy, por ser día del príncipe de Asturias, demos el ataque a Tetuán

Con gran placer (me atrevo a asegurarlo) lo hubiera hecho así el general O'Donnell: pero aún necesitaba y necesita preparar muchas cosas antes de volver a tomar la ofensiva (entre otras, recibir y montar el tren de sitio). Por consiguiente, ayer mañana, viendo a los moros a la defensiva, regresó a Fuerte Martín, no sin profundo sentimiento del ejército.

Una hora habría pasado desde que volvimos a nuestras tiendas, y proyectaba ya cada uno la mejor manera de emplear el ocio cuando volvió a escucharse la misma voz que por la mañana:

-¡A caballo! ¡el general O'Donnell va a salir!... ¡Parece que nos atacan los moros!

A todo esto serían las doce, y brillaba con gran esplendor uno de esos hermosísimos días de enero que tan frecuentes son aquí y en Andalucía.

Todos volvimos a montar, teniendo que meter espuelas para alcanzar al general O'Donnell, quien ya atravesaba nuestros campamentos dando órdenes por sí mismo. Al general Ros le mandó que lo siguiese con su cuerpo de ejército; al general Galiano, que avanzase también con la división de caballería, y al general Ríos, que adelantase algunos batallones por la izquierda, para protegerla en caso necesario, mientras que dos escuadrones de artillería de a caballo y una compañía del Tercero de Posición emprendían la marcha rápidamente.

Entretanto, el enemigo, cansado de esperarnos delante de sus tiendas, se nos venía encima por todos lados, proponiéndose quizá apoderarse de las nuestras, o meramente con el santo fin de verter sangre española.

Al llegar O'Donnell al Reducto de la Estrella, ya se encontraban a tiro de fusil numerosos enjambres de infantería mora, mientras que su caballería (más copiosa y regular que nunca) descendía por la derecha, rebasando nuestro frente, y nos amenazaba por aquel flanco, bien que desde el lado allá del río de la Judería, que aún no se había atrevido a pasar. ¡Siempre la media luna! ¡Siempre el afán de envolvernos!

El animoso brigadier Villate esperaba tranquilo la llegada del general en jefe, defendiendo el Reducto con sus escasas fuerzas; pero tan hábil y valerosamente, que tenía a raya por todas partes los intentos del enemigo, sin apartarse del puesto que estaba llamado a sostener.

La situación podía ser crítica, y no debía perderse ni un momento... Mientras llegaba la infantería (que, naturalmente, no había podido seguir el galope del cuartel general), el conde de Lucena mandó avanzar por el blanco derecho al general García con doscientos caballos y con unas guerrillas de cazadores, que el general Ustáriz situó convenientemente, quedándose con ellas y dirigiendo sus comprometidas operaciones en medio de un incesante tiroteo. Porque hay que advertir que entre nuestras posiciones y el ejército enemigo había una larga serie de pantanos y lagunas, y que la acción estaba empeñada entonces de margen a margen; lo cual no podía dar otro resultado que mayores o menores bajas en unas u otras filas.

La caballería árabe, que seguía corriéndose hacia el mar por la derecha, volvió pies atrás y se replegó al centro del llano no bien vio avanzar aquella recia, aunque reducida falange de jinetes nuestros. Y fue que los moros comprendieron que nosotros, caminando siempre transversalmente, hubiéramos concluido por cortar su línea y dejar aislados y prisioneros (entre nuestros caballos, el mar, Cabo Negro y nuestro Campamento) a cuantos se habían atrevido a aproximarse a la playa.

Condensose, pues, el enemigo sobre nuestro frente, en tanto que nuevas fuerzas, viniendo del lado de Tetuán, nos amenazaban ya por la izquierda. Es decir, que en un instante cambió por completo la mutua posición de los combatientes y el plan de ataque de los marroquíes.

Estas continuas y rápidas mudanzas de los moros son, indudablemente, habilísimas, y ponen a prueba la previsión y la paciencia de los generales más experimentados. ¡Nadie sabe cómo se las componen unas tropas tan desorganizadas para comunicar a cada momento nuevos designios; para obrar concertadamente en las circunstancias más imprevistas; para ir y venir, variar de objeto, volver al intento que abandonaron, o disiparse como el humo, y todo ello uniforme y simultáneamente, según las peripecias de la lucha! Acaso no es ciencia ni obedecen a premeditadas instrucciones, sino que todos y cada uno se guían por un maravilloso instinto, semejante al de los ejércitos de abejas o de hormigas.

De cualquier modo, el general O'Donnell no había distraído sus fuerzas por la derecha, cuando parecía formalizarse allí la lucha, ni menos dejado desamparada su izquierda; antes bien había previsto la nueva evolución de los moros, y los aguardaba por el centro, con la artillería dispuesta, apuntando precisamente al sitio en que habían de intentar el segundo ataque.

Vinieron, pues, contra nosotros millares de infantes y de jinetes, lanzando bárbaros gritos, y llegaron a la orilla de las lagunas del frente, haciendo vivísimo fuego... Pero en esto empieza a tronar nuestra artillería: una espesa cortina de humo nos roba por un instante la vista del enemigo; y, cuando se aclara la atmósfera, vemos huir por todos lados a peones y caballeros, mientras que algunos se afanan, con riesgo de su vida, por arrastrar a los muertos y heridos que acaban de morder la tierra...

Sin embargo, no se ha acabado la acción... ¡Vive Dios, que la morisma es una brava gente!... ¡Apenas repuestos de la primera sorpresa, estudian la colocación de nuestros cañones; aclaran sus filas y vuelven al mismo lugar que acaban de bañar en sangre, esgrimiendo sobre su cabeza las argentadas espingardas y tirando contra nosotros en el momento de revolver sus caballos!... Los de infantería, por su parte, se arrastran cautelosamente entre la hierba, surgen de pronto ante nuestra vista; hacen fuego con la presteza del relámpago, y vuelven a arrojarse al suelo, tal y como los fantasmas se hunden por escotillón en los teatros...

Por lo demás, así entre los jinetes como entre los peones, había ayer gentes nuevas, o que, a lo menos, no recordábamos haber visto hasta entonces. Una pintoresca variedad de trajes había sucedido a la antigua uniformidad de sus blancas o pardas vestimentas. Quiénes vestían largos ropones encarnados, quiénes alquiceles azules y casquetes rojos; había muchos con jaique negro, y no pocos con abultados turbantes y ancho calzón amarillo o verde; pero todavía la generalidad llevaba la clásica y monumental vestidura blanca, siquier en todos se notara más lujo y ostentación que en los demás combates... Indudablemente, ayer nos las hubimos con tropas de rey, con soldados imperiales, con la flor del ejército marroquí.

Nuestros cañones acabaron de despejar el frente. El general O'Donnell se corrió entonces un poco a la izquierda para seguir los movimientos del enemigo (que el humo le impedía ver en el otro lado), y desde allí percibimos todo el ejército moro, disperso ya por la llanura, y en actitud devolverá sus reales, cual si ya se hubiese penetrado de la inutilidad de sus acometidas...

Pero, en esto, cierta guerrilla de la división del general Ríos pasó temerariamente una laguna próxima a la Aduana, y, llevada de un excesivo ardor, cargaba, o, por mejor decir, perseguía a la caballería mora; lo cual, si era cierto modo una imprudencia, no dejaba de ser al mismo tiempo un alarde de valor heroico que nos hizo palpitar de orgullo. ¡Ah! Nuevos en esta guerra; ansiosos de recibir el bautismo del fuego y de la gloria, aquellos soldados veían alejarse al enemigo sin haber tenido ocasión de demostrarle y demostrarnos a nosotros que eran dignos de figurar al lado de los vencedores de tantos combates; y, llenos de noble impaciencia, buscaban una ocasión de luchar con él separadamente y de vencerlo por sí solos.

Los marroquíes vieron a aquellos valientes separados de sus compañeros por una ancha laguna; y, creyendo llegada la hora de la venganza, volvieron sobre sus pasos y se dirigieron en considerable número contra la incomunicada guerrilla...

Pero el general Ríos volaba ya también en su auxilio, después de haber tratado (algo tarde) de contener tan intempestivo arrojo. Lanzose, pues, en la laguna a la cabeza de un batallón del regimiento de Cantabria; atravesó las ondas a paso de carga, con el agua hasta la mitad del cuerpo, y, unidos ya todos a la guerrilla, corrieron al encuentro de los musulmanes.

Mas si el general Ríos había sextuplicado la fuerza aislada que trataban de aniquilar los moros, estos, en cambio, habían centuplicado las huestes con que venían contra ella... ¡Puede decirse que todo su ejército se dirigía ya hacia aquel atrevido batallón, rodeándolo, envolviéndolo, acosándolo ferozmente, sin consideración alguna al fuego de nuestra artillería... ¿Qué les importaba morir, si ya estaban seguros de matar? ¡Mermarán en buen hora nuestras granadas sus enfurecidas huestes; pero el batallón de Cantabria había caído en su poder, y no dejarían escapar la presa ni aun a costa de toda la sangre marroquí!

¡Vana ilusión! ¡Quimérica jactancia! ¡El batallón se defenderá por sí mismo del formidable enemigo que lo cerca, y el general O'Donnell castigará a los insensatos que amenazan destruirlo!

O'Donnell había empezado por mandar al general Ríos que se detuviera, viendo mejor, sin duda, desde el lugar en que se encontraba situado, el espantoso riesgo que iban a correr los de Cantabria..., pero las lagunas impiden que la orden llegue con oportunidad. Decide entonces correr en su socorro, y aun aprovechar aquella ocasión para derrotar nuevamente a los africanos, haciéndoles pagar caro su intento...

Su plan es instantáneo, enérgico, decisivo, como las circunstancias. El general Galiano, jefe de la caballería, saldrá al escape por la derecha con los dos escuadrones de Lanceros de Farnesio, con una sección del regimiento de albuhera, y con la escolta del general en jefe, compuesta de carabineros y guardias civiles de caballería; lo arrollará todo; pasará por pantanos y lagunas; envolverá el llano, trazando un ancho semicírculo, y cruzará como una tromba por en medio del ejército marroquí, hasta colocarse al lado del batallón de Cantabria. El general Ríos, entretanto, avanzará de frente con su cuerpo de ejército; se arrojará también por en medio de las lagunas, y volverá en auxilio del general Ros cuando se halle a la misma altura que él. El brigadier Morales de Rada, de la División Ríos, seguirá el movimiento iniciado por Cantabria, y protegerá a Galiano, cargando con su brigada de infantes al mismo tiempo que la caballería. La artillería, en fin, marchará también de frente; salvará todos los obstáculos; penetrará en el agua como todo el mundo, y se colocará en terreno sólido al lado de la Infantería del TERCER CUERPO.

Comunicado el plan a los que han de ejecutarlo, las cornetas tocan ataque; las trompetas de caballería repiten la tremebunda señal; parten nuestros jinetes por la derecha a galope tendido, y el TERCER CUERPO se lanza al agua sin vacilar un punto. El general en jefe, con su cuartel general, va al frente de la infantería...

Mil vivas, mil voces de «¡Adelante, y a ellos!» resuenan en todas partes. Los soldados caminan cubiertos por el agua hasta la cintura..., pero conservan la formación y avanzan impetuosamente. Alguno cae..., y desaparece bajo los turbios cristales de la laguna; mas, entretanto que consigue levantarse, vese aún sobrenadar su brazo derecho empuñando la carabina...

-¡Cuidado con las armas! -gritan los jefes-. ¡Que no se mojen!

-¡No hay cuidado! -responden los que cayeron, alzándose con el semblante lleno de lodo, pero inflamado y sonriente.

-Ya queda poco... ¡Adelante! -gritan más allá los oficiales.

-Ya queda poco... -repiten los soldados para infundirse ánimos unos a otros.

Y así llegan a la orilla opuesta. Y, según van llegando, se alinean como en una parada.

La forma de los pies y el color de botines y pantalones desaparecen bajo la masa de barro que han sacado de las lagunas... ¡Y así emprenden el paso de carga!... ¡Así corren al encuentro del enemigo!

La artillería, en tanto, cruza los pantanos al trote, con agua hasta los cubos de las ruedas, y ocultándose enteramente entre los borbotones de espuma que saltan a su alrededor... Las mulas bracean en las ondas y en el fango, sin encontrar fondo duro en que apoyar las manos. Pero cruje el látigo de los artilleros; mil gritos de ¡Hala! ¡Hala! alientan al ganado..., y todas las piezas pasan milagrosamente, sin que haya volcado ni una sola.

Con todo, ¡en un tránsito semejante se han empleado ocho, diez, doce minutos! ¿Qué ha sido durante este tiempo del amenazado batallón de Cantabria?

¡Oh dicha! ¡Oh gloria! ¡El batallón de Cantabria ha formado el cuadro!

El general Ríos y su estado mayor están encerrados dentro de él. Una legión inmensa de jinetes árabes lo rodea, acometiéndole por los cuatro lados al mismo tiempo, pero sin decidirse a asaltar aquella viviente fortaleza. En todas partes se encuentran frente a frente de redobladas filas de soldados, que (con la bayoneta calada unos y en actitud de resistirles cuerpo a cuerpo, y otros con las carabinas a la cara, haciendo un fuego nunca interrumpido) forman cuatro murallas de fuego y hierro, a las que no osan acercarse los asombrados moros! ¡Algunos temerarios que se atrevieron a lanzarse contra ellas a todo el correr de sus corceles, esperando conmoverlas y desordenarlas, se revuelcan ya en su propia sangre y en la de sus nobles brutos, dentro de la región de fuego que rodea el cuadro!

¡Loor a los valientes de Cantabria, los primeros que decidieron ayer la cuestión de si nuestros soldados se mantendrían inmóviles en medio de la caballería enemiga! ¡Loor al bisoño batallón y a sus bravos jefes y oficiales!

Allí, vuelvo a decir, dentro del cuadro, estaban el general Ríos y su cuartel general, y así mismo se habían encerrado en él la sanidad, la música, el capellán y el ilustre coronel Naneti, que mandaba el batallón de Cantabria. Entre ellos veíase a los heridos (que también los hubo), a los cuales hacían tranquilamente los médicos la primera cura (7) <notas.htm>. Nosotros aplaudíamos en lo íntimo de nuestro corazón a todos aquellos valientes, mientras que los escuadrones de lanceros y nuestra restante caballería, que acometió por la derecha, cargaban ya impetuosamente a los jinetes enemigos... Estos corren... Aquellos los persiguen, los alcanzan, pasan por en medio de ellos, y los alancean y acuchillan sin piedad. En pos de los nuestros cae una lluvia de balas que les dispara la vil morisma. ¡Pero adelantan siempre, y, para un español que cae, ruedan por el polvo diez marroquíes! Así recorren todo el llano, que los moros abandonan, por último, apartándose del heroico y ya libertado batallón de Cantabria... Y así llega la fuerza española al pie del campamento enemigo, donde se para y se rehace en formación, esperando nuevas órdenes del general en jefe.

Un lancero se presenta entonces al valeroso brigadier D. Francisco Romero Palomeque, que ha capitaneado esta brillantísima carga, y le entrega un estandarte que ha cogido a la caballería mora, dando muerte al que lo llevaba... ¡Bien por nuestra caballería! Era la segunda vez que luchaba cuerpo a cuerpo con la árabe; y ayer, como el día de Castillejos, recogía en prenda de victoria una bandera mahometana! (8) <notas.htm>

Al mismo tiempo daban parte de que un joven, casi un niño, de bella y suave fisonomía, vestido con el uniforme de alférez de Húsares de la princesa, se había incorporado a los lanceros y tomado parte en la carga, distinguiéndose por su arrojo y bravura. Era el conde d'Eu, nieto del último rey de los franceses, Luis Felipe I de Orleans.

Dejamos a nuestra caballería muy cerca de los campamentos moros, y allí se reunieron también a los pocos instantes el TERCER CUERPO y la artillería con el general en jefe y su cuartel general...

De buena gana hubiera mandado el conde de Lucena dar un asalto a las tiendas de los marroquíes... ¡Todos los semblantes expresaban este deseo, y la solemnidad del día estimulaba los ánimos a tan gloriosa empresa! Pero eran las cuatro de la tarde: dos horas después sería de noche, y estábamos a más de una legua de nuestro campo, sin víveres, con pocas municiones y sin nada dispuesto para tan importante operación, que implicaba un cambio total en nuestros propios campamentos, en el plan de campaña y en los cálculos prudentísimos de O'Donnell; el cual no quiere fiar nada a la suerte, como lo fió en mal hora el imprudente D. Sebastián de Portugal...

No había, por tanto, otro remedio que renunciar una vez más a apoderarnos de un campamento que teníamos casi bajo la mano...

-¡Dejémoslo! ¡Otra vez sera! -decían los jefes a las tropas, para consolarlas del sacrificio que se les pedía de no empeñar ayer tarde otra refriega-. ¡Es cuestión de algunos días! Cuando el general en jefe dice que no conviene, sus razones le asistirán para ello. ¡Pero no tengáis duda de que pronto dormiréis dentro de esas tiendas!

Ordenose, pues, la retirada, de cuya dirección se encargó el general García... Y aquí principia la parte más solemne de la jornada de ayer. La tarde era tan apacible y deliciosa como había sido la mañana. El sol se ocultaba detrás de Tetuán, haciendo reverberar los elegantes alminares de sus mezquitas y resaltar más y más la blancura de las casas sobre el verde purísimo de las colinas o sobre el azul intenso de los cielos.

Algunas granadas pasaban zumbando por encima de nuestras cabezas, para ira a caer en el campamento enemigo, que no respondía a nuestro fuego. Aquellos disparos parecían los últimos truenos de una tormenta pasada, y eran el único rumor que interrumpía el silencio de la naturaleza, sumida en no sé qué sueño majestuoso.

La retirada de la infantería había principiado, y nosotros, desde lo alto de la llanura, veíamos moverse por las praderas remotas nuestros compactos batallones, que marchaban ordenada y tranquilamente, reflejando los últimos rayos de sol en sus triunfantes bayonetas.

Por otro lado, la caballería, inmóvil y tendida en batalla, como protegiendo aquella operación, entregaba a la suave brisa de la tarde las vistosas banderolas de sus lanzas, que ondulaban graciosamente como las amapolas entre los trigos.

La artillería, en fin, después de haber cañoneado muchas veces el campamento africano, y moviendo ya por ninguna parte enemigos que dispersar, tornaba lentamente hacia la playa, asemejándose sus largos y macizos trenes, dibujados en obscura silueta sobre el verde luminoso de los prados, a aquellas comitivas de carros griegos que se ven en los bajorrelieves de Fidias, y que representan el bélico poderío de Agesilao o de Epaminondas.

¡Ah! ¡Yo no he visto en toda la campaña un cuadro de guerra tan clásico y aparatoso como el de ayer! La amplitud del terreno, las grandes distancias ocupadas por nuestras tropas, y la pura diafanidad del ambiente, prestaban fantástica grandeza a la perspectiva.

Partimos, por último, también nosotros. El cuartel general de O'Donnell, se había aumentado con el de Ros de Olano, con el de Ríos y con Prim y algunos ayudantes suyos que habían acudido como espectadores al teatro de la acción. Éramos, pues, más de cien jinetes, de variado uniforme, de distintas armas, de diversas graduaciones, paisanos algunos, otros extranjeros, todos amigos...

Marchábase sin formación ni orden, en animado y revuelto grupo, al trote de los impacientes caballos, alegres como nosotros con la expectativa de un próximo descanso... Los generales iban reunidos, al frente de tan lucida cabalgata.

De pronto hizo alto el general en jefe, con lo que ya supondréis se detuvo también todo el mundo, y buscando con la vista al conde d'Eu, que formaba parte de la comitiva, exclamó ceremoniosamente:

-Monseñor...

El Príncipe llevó su mano a la visera, y se acercó a O'Donnell.

-Monseñor -prosiguió este-: Vuestra Alteza ha hecho hoy sus primeras armas con la bizarría propia de los que llevan el ilustre apellido de Orleans, habiendo añadido un nuevo timbre a los muchos que distinguen su augusta Casa. Yo me ufano de que V. A. haya recibido bajo mis órdenes el bautismo de fuego, y tengo la honra de nombrar a V. A., en uso de las facultades que me ha conferido S. M. la Reina de España, caballero de la Orden Militar de San Fernando.

Así diciendo, el general en jefe pidió a uno de sus ayudantes una placa de dicha cruz que llevaba al pecho, y la entregó al joven conde d'Eu.

Este, ruborizado y conmovido, dio las gracias al general O'Donnell, y colocó en su dormán de húsar la insignia española, con tanto orgullo como alegría.

......................................................................................................................................................

Volvimos a pasar las Lagunas.

Una vez a la otra orilla, empezamos a encontrar los batallones que regresaban del combate, y que, a la aproximación del general en jefe, se iban formando en recias masas. Con gallardía, pues, y un aire marcial que no les hubiera dado el mejor artista, presentaron las armas al que tantas veces los había llevado a la victoria; y al mismo tiempo las músicas tocaban la marcha real, cuyos magníficos ecos se prolongaban por la serena atmósfera, hasta resonar en las montañas vecinas...

¡Era, sí, una gran parada! ¡Era, casualmente, la celebración de la fiesta nacional del día!

Y el cuartel general avanzaba; y allá, de muy lejos, otros batallones, que caminaban hacia su campo, le enviaban el mismo saludo; y la armonía triunfal no cesaba ni un momento, sino que, por el contrario, resonaba a la vez en diferentes regiones de la Llanura...

Anochecía ya. Detrás de nosotros iba estableciéndose el cordón de escuchas o de centinelas que guardan nuestros campamentos por la noche. Es decir, de trecho en trecho quedaba un soldado solo, con su arma al brazo, inmóvil y como clavado en su puesto. Aquello, visto a cierta distancia, de oriente a poniente, como nosotros lo veíamos, en la hora fantástica del obscurecer, y en una planicie tan desarbolada, producía un efecto misterioso, pues se dijera que aquella fila de hombres solitarios, cuyos sombríos cuerpos se destacaban y perfilaban en negro sobre el diáfano ambiente del crepúsculo, era una serie de gigantes que tocaban con la cabeza en el cielo, o una hilera de espectros luctuosos que venían del campo enemigo a reclamarnos la vida que acabábamos de arrebatarles.

Ganamos, al fin, las trincheras por un punto donde, en virtud de orden del general en jefe, se aguardaba el batallón de Cantabria, formado en masa y con la bandera desplegada al viento...

O'Donnell paró su caballo frente al bizarro batallón, y lo arengó de esta manera:

«¡Cantabria! El primer día que habéis entrado en fuego os habéis conducido como un batallón de aguerridos veteranos. Estoy muy satisfecho de vuestro esforzado comportamiento. Soldados: ¡Viva la Reina!»

Este viva fue contestado unánime y ardientemente, y seguido de otro al general O'Donnell.

Un momento después descansábamos todos en nuestras tiendas.

Así terminó aquel paseo militar y dio fin la jornada del 23 de enero, que nos costó ocho muertos, cincuenta heridos y cuarenta contusos.

Réstame decir que el ejército de África ha deseado que la bandera cogida ayer a los moros sea regalada al príncipe de Asturias, a quien se dedicó desde el primer momento la acción, a fin de solemnizar sus días.

XXXIII - La noche después de una acción.

El mismo día.

Con motivo de esta propia festividad, anoche hubo en algunas tiendas un rato de animada, soirée, en que se cantaron coros, se bebió alguna botella de buen vino, se jugó con moderación, se contaron cuentos, se refirieron historias de amores, se ensayaron las fuerzas echando el pulso, se escribieron versos aun por los más profanos, se disfrazaron de moros algunos hombres graves, y se rió, en fin, a más no poder, y con razón o sin ella, hasta que sonó el toque de silencio.

Yo asistí a la tertulia de los jefes y oficiales de carabineros de la escolta. A uno le habían matado el caballo; otro había perdido el sargento de toda su confianza; el de más allá se curaba una ligera herida; algunos nombraron dos o tres veces a cierto compañero que acababa de morir del cólera en Ceuta, y de quien se hablaba a propósito de su cama o de su caballo (no me acuerdo bien), que había quedado vacante... pero todos estaban de muy buen humor.

Son estos carabineros una bizarra y cordialísima gente, acostumbrada a sufrir en tiempo de paz trabajos no menos rudos que los que soportamos todos ahora. Los servicios que prestan, siempre en despoblado, persiguiendo contrabandistas o ladrones, les han hecho connaturalizarse con la soledad, con la intemperie, con la hoguera del pastor, con la desmantelada venta, con el miserable cortijo. Para ellos, pues, la tienda es un palacio, la vida de campaña una festividad, y la pelea una feliz ocasión de repetir en público (como, por ejemplo, esta tarde) los mismos hechos de armas que tantas veces acometieron en secreto. ¡Qué serenidad la suya!, ¡qué llaneza!, ¡qué conocimiento de todo género de peligros!, ¡qué experiencia del mundo y de los hombres!, ¡qué resistencia contra el sueño, contra el hambre, contra las enfermedades, contra las inclemencias de la atmósfera!

Yo no olvidaré nunca el efecto que me producían anoche aquellos hombres curtidos por toda una vida de ásperos afanes, al verlos en apiñado grupo y fatigosas posturas, bajo el lienzo de su reducida tienda, tan contentos y satisfechos como si no esperaran ni recordaran un momento de mayor bienestar y reposo.

Llamó, sobre todo, mi atención un teniente de bastante edad, fuerte como una encina centenaria, que bebía en silencio, echado boca abajo sobre un cajón que había tenido municiones. Cuando se entonó el coro en que vinieron a parar las libaciones, todo el mundo cantaba una estrofa, cuyo principio era:

¡A beber! ¡A beber!, etc.

El viejo carabinero (catalán, si no me equivoco), en vez de repetir lo mismo que los demás, decía con una voz desapacible y ronca:

¡A vivir! ¡A vivir!, etc.

Fuera intencional o casual esta variante, siempre revelaba un consuetudinario apego a la vida tan franco y natural, que me hacía reír y entristecerme al propio tiempo y mirar con cierto respeto a aquel valeroso anciano que brindaba modestamente por la conservación de su existencia.

Tal fue la noche de ayer. En cuanto al día de hoy, ha transcurrido monótonamente, sin añadir ni una sola línea importante a mi libro de memorias.



 

- XXXIV - Juramentos y promesas de dos moros.

25 de enero.

Anoche hubo una ligera alarma: los moros vinieron en medio de las sombras, a derribar los trabajos hechos en el Reducto de la Estrella; pero nuestros centinelas los avistaron y les hicieron fuego, con lo que terminó el incidente.

Hoy han llegado de Ceuta dos de los prisioneros moros que visité hace dos semanas, y se les ha encerrado en el Fuerte Martín, por cuya plataforma se paseaban esta tarde, dirigiendo a Tetuán miradas de afectuosa pena...

Ambos se han ofrecido espontáneamente a servirnos de espías si se les pone en libertad; y aunque la proposición tiene todos los visos de estratagema esencialmente moruna, el general en jefe ha accedido a soltar a uno de ellos, considerando que lo peor que puede sucedernos si no vuelve, es tener un cuidado menos y un enemigo más; pero enemigo que aterrará a sus compatriotas cuando les describa nuestra fuerza, nuestro poder, el número de nuestros cañones, la fabulosa abundancia de municiones y víveres que tenemos de repuesto, y otras muchas cosas que habrá observado en Ceuta, en el mar y en nuestros reales.

Sin embargo, el prisionero no ha sido puesto en libertad sin ciertas condiciones, que han dado margen a interesantísimas escenas...

Primeramente, se sometió a los dos moros la cuestión de cuál de ellos había de quedarse en nuestro poder como garantía de la próxima vuelta del campamento africano... Los prisioneros de que se trata son el primero y el tercero (siguiendo el mismo orden con que os los fui describiendo en Ceuta): esto es, el viejo de fisonomía innoble, pero muy inteligente, que dije entonces, y aquel moreno tosco y feroz, que parecía tan diligente montañés como terrible soldado. El viejo se llama Abdalla y habla español, y el otro se llama Aben-Amurat.

El apuro en que poníamos a los dos era muy grave. El que partiera debía fingir que se había escapado de su prisión; pasar un día en el campamento de Muley-Abbas; adquirir todos los datos posibles acerca de los planes de este, del número de sus tropas y del espíritu que las anima, y volverse a los tres días a nuestro campo, en cuyas avanzadas lo aguardaría la escolta que había de acompañarlo al salir. La recompensa de tan infame traición consistiría en una gruesa cantidad de dinero (¡cosa de unos 1.000 reales a cada uno!), con la cual pasarían a establecerse en la Argelia, adonde nosotros nos encargaríamos de conducirlos. En cambio, el que se quedara aquí respondería con su cabeza del cumplimiento de la palabra empeñada por el otro.

Dicho se está que semejante amenaza no pasaba de ser una frase de efecto, y que a nadie se le ha ocurrido degollar al que se ha quedado, aunque el otro falte a su promesa..., que es lo más verosímil... Pero ellos tomaron el asunto por lo serio, y conferenciaron más de una hora en presencia de Aníbal Rinaldy.

¡Yo los veía también! Estaban sentados sobre las piernas, frente a frente, o, por mejor decir, rodillas contra rodillas, en un ángulo de la prisión, y de las anchurosas mangas de sus jaiques salían los desnudos brazos a animar y como a solemnizar el diálogo con aquellos lentos, enfáticos y severos ademanes que caracterizan las conversaciones de los agarenos.

A cada instante colocaba el uno su mano derecha sobre el pecho del otro, y se la llevaba después a la frente o a los labios, como dando a entender que lo que decía la boca debía ser la verdadera idea de la cabeza y el verdadero sentimiento del corazón. Otras veces el viejo dejaba caer sus dos manos sobre los muslos tendidos del joven, y lo miraba intensamente, como si quisiera leer en sus ojos las intenciones. Por último, diéronse la mano de la manera que ya sabéis (como entre nosotros se da el agua bendita), besándose después las yemas de los dedos, y se levantaron.

-¿Estáis convenidos? -les preguntó Aníbal Rinaldy.

Por toda contestación diéronse la mano nuevamente, encajando dedos entre dedos y cruzándolos con ahínco; abrazáronse primero con el brazo derecho, luego con el izquierdo, y Abdalla murmuró algunas frases en árabe, cerrando los ojos como si experimentase una especie de éxtasis.

-¿Qué dice? -le pregunté a Rinaldy.

-Ha recitado estos versículos del capítulo XVI del Corán:

«106. En verdad, Dios no dirige a los que no creen en sus signos; pero los reserva un castigo cruel.

»107. Los que no creen en los signos, cometen una mentira y son unos embusteros.

»108. El que después de haber creído se haga infiel, siendo obligado a ello, y no tomando parte su corazón, no es culpable. Pero la cólera de Dios caerá sobre el que abra su corazón a la infidelidad, y un castigo terrible le aguarda.

......................................................................................................................................................

»111. Pero Dios es indulgente y está lleno de misericordia con aquellos que han abandonado su país después de haber sufrido desgracias, y que luego han combatido por causa de Dios soportándolo todo con paciencia.»

-Me admira -exclamé yo- que este endemoniado salvaje sepa tanto.

-¡Quizá no sabrá otra cosa! -me respondió Aníbal- Todos los moros tienen en la memoria el Corán, verso por verso. Vea usted, si no, cómo repite las mismas palabras este otro musulmán, no menos endemoniado ni salvaje...

En efecto, Aben-Amurat repetía el sagrado texto citado por Abdalla.

-Conque ¿cuál se queda? -les preguntó nuestro joven intérprete.

-¡Me quedo yo! -respondió el anciano, cuya vulgar fisonomía se revistió de cierta grandeza-. Yo me quedo, y este se marcha; después vuelve este, y nos marchamos yo y él; y ya no volvemos aquí nunca ni él ni yo, ni los dos juntos.

-¡Eso es! -respondió Aníbal, respetando aquella singular retórica, a que estaba tan acostumbrado-. Cuando vuelva Amurat, los dos sois libres.

-¡Libres! -repitieron ambos moros, extendiendo las manos, cual si ya divisaran horizontes ilimitados.

-Y si Amurat no vuelve -dijo Abdalla, cogiendo mi mano, y obligándome a figurar que yo le cortaba el cuello con ella al otro moro, como con una gumía-, los cristianos le cortarán la cabeza dentro de tres soles.

-Amurat vuelve -respondió Amurat, besándose la mano, después de llevársela al corazón.

Abdalla, levantó los ojos y las manos al cielo, como pidiendo a Dios que fuese testigo de aquella promesa.

-¿Volverá? -le pregunté yo a Rinaldy en castellano.

-¡Si puede, sí! -respondió mi amigo-. Pero es muy fácil que los moros lo maten al verlo, sospechando todo lo que está sucediendo en este instante.

-¡Mira!... -le dijo a Aníbal el viejo Abdalla, interrumpiendo nuestra conversación y llevándonos aparte-. No le deis ahora dinero a Amurat, pues los moros le preguntarían de dónde lo había sacado, y él se pondría triste para mentir, y ellos le cortarían la cabeza, y vosotros me la cortaríais a mí dentro de tres soles. Dadle un duro nada más, para que coma, y dadme a mí los otros 49 duros suyos y los 50 míos, que hacen 100 duros menos uno; y si no vuelve Amurat y vosotros me cortáis la cabeza, os podéis quedar otra vez con todo el dinero; pues, como yo estaré entretanto encerrado en esta torre, no habré podido esconderlo en el campo debajo de una piedra, ni cerca de un árbol, ni en el sepulcro de un moro muerto, y marcharme al Rif, para volver dentro de muchos años, cuando ya os hubieseis ido a España, a buscar mi tesoro..., sino que el día de mi muerte encontraréis todo el dinero en esta prisión, donde no puedo esconderlo, pues el centinela lo vería, aunque yo lo escondiera de noche, y os lo contaría por la mañana.

-Todo eso está muy bien -respondió Aníbal- pero hasta que vuelva Amurat y te declaremos libre, ¿qué falta te hace el dinero? Si es que no te fías de nosotros, ¿no se te ocurre que siempre podríamos quitártelo a la media hora de habértelo dado? Y, por otra parte, ¿qué te propones tú al querer conservar el dinero de tu amigo?

-¡Te diré! -respondió el moro con una sonrisa astuta y delicada-. Si vosotros me dais ahora el dinero, y Amurat vuelve antes de tres soles (como yo le pido a Alá y espero de la formalidad de mi amigo), vosotros, aunque tengáis muy mala memoria, no podréis ya olvidaros de pagarnos; ni, aunque tengáis más ocupaciones que hoy, os veréis obligados a dejarlas para contar el dinero de los pobres moros; ni, aunque te mueras tú y todos los cristianos, quedará nuestro trato sin cumplimiento por falta de testigos que declaren que nos debéis esa cantidad; ni podrá haber pleito con vosotros sobre si el espionaje se ajustó en tanto o en cuanto, puesto que nosotros no pediremos más de lo que hayamos recibido, si lo hemos recibido todo, ni vosotros nos lo daríais, aunque lo pidiéramos. En cuanto al dinero de Amurat, deseo conservarlo en mi poder porque nos hemos instituido recíprocamente nuestros herederos, y él pudiera morir o faltar a su promesa, y vosotros perdonarme la vida. ¿Qué nuevos despropósitos puedes responder a todo esto?

-Que tienes mucha razón, pero que hasta que vuelva Amurat no se os dará lo prometido.

-¡Bueno!... -respondió Abdalla, con el estoicismo del sabio que desespera de que lo comprendan.

Y, sentándose en sus pies, se puso a fumar tranquilamente.

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Al anochecer ha partido para la aduana, escoltado por dos guardias civiles. Desde allí, antes de rayar el día, se dirigirá al campamento moro, y nuestras avanzadas le harán fuego, aunque sin apuntarle, a fin de que su simulada fuga tenga alguna verosimilitud.

La despedida de los moros ha sido solemne, rápida, silenciosa. Hanse dado la mano de muchas maneras distintas, y Amurat ha marchado sin hablar palabra.

El solitario Abdalla fumaba reposadamente cuando yo le dejé hace un instante.

¡Pobre viejo! ¡Qué ganas se me han pasado de darle a entender que su vida no correrá peligro aunque Amurat no vuelva! Ya cuidaré de que se lo diga pronto quien tenga autoridad para ello.



 

- XXXV - Tetuán despierta.

Día 26 de enero

Esta mañana a las cuatro se oyeron dos o tres tiros hacia la aduana.

-¡Ya es libre Amurat! -dije yo en mis adentros, mientras que algunos de mis compañeros de tienda, que no estaban en el secreto de lo que sucedía, se preparaban a levantarse, creyendo que se trataba de un ataque matutino como el del primer día de Pascua.

-¡Ya es libre Amurat! -volví a decirme, en tanto que reconciliaba el sueño, y esta palabra libre resonó en mi imaginación de una manera tan vibrante, que desde aquel momento no he vuelto a abrigar confianza alguna en que el libertado moro torne a parecer por nuestro campo. Quizá él abjuraba en aquel mismo instante todas sus promesas, comprendiendo que la libertad es preferible a un puñado de plata; que la patria no vale menos que un juramento, y que O'Donnell es incapaz de quitar la vida al pobre viejo que se ha quedado en rehenes.

Ahora, que son las dos de la tarde, oímos nutridas descargas en el campamento enemigo...

¿Cuál puede ser su causa? ¿ Festejarán a algún gran personaje recién llegado? ¿Habrá venido el Emperador en persona a tomar el mando de su ejército?

Esto es más posible, e induce a creerlo el ver sobre el alminar de la Mezquita Mayor de Tetuán una bandera blanca y un extenso gallardete amarillo, que ondean a merced del viento...

Como quiera que sea, este brusco despertar de Tetuán ha excitado fuertemente mi fantasía.

-¡Conque la ciudad está habitada! -me he dicho-. ¡Conque existe! ¡Conque se adhiere al ejército acampado a sus puertas!

Empiezo, pues, a imaginarme nuevos y desconocidos sucesos. Adivino la defensa de la plaza; veo en lontananza el bombardeo, el asalto, el escalamiento, la brecha, la entrada a saco, el incendio, los ayes de las víctimas, el cuadro completo, en fin, el pavoroso y magnífico cuadro tantas veces descrito por los poetas de todas las edades...

Y, sin embargo, todo esto me parece mejor que mis anteriores presentimientos. Tetuán vigilante es menos pavoroso que Tetuán dormido. La expectativa de una toma a viva fuerza no me aterra tanto como la de encontrar desiertas sus calles y sus casas. El negro de la mecha; la pólvora inflamada; Tetuán volando en escombros, y nuestro ejército aniquilado por ellos, atormentaban continuamente mi imaginación...

Ello dirá. El día no puede tardar mucho, y yo lo aguardo con la pluma en ristre. ¡Diérame Dios el numen de Tasso o la fácil vena de nuestro Ercilla, y no en humilde y desbarajustada prosa, sino en acordadas cláusulas y numerosos versos, te cantaría los últimos libros de esta epopeya! Y, aun careciendo de tan especiales dotes, tal vez ensayara algunas veces dejar la péñola por la lira, si las fatigas de la campaña, y el tumulto que me rodea a todas horas, me acordasen treguas de soledad y descanso en que departir a solas con mi pobre musa.

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Nada más por hoy.

Ha hecho bastante calor, a pesar de la fecha; y ahora, que principia a anochecer, empieza a sentirse un relente sumamente nocivo, que tiene ya en el hospital a muchos de nuestros soldados. ¡En todo es igual esta naturaleza formidable! Pero ¡qué bella y resplandeciente, en medio de todos sus horrores!... ¡Qué cielo, qué montes, qué campiñas!

Está anocheciendo, como digo. La luna de enero, la más plácida y luminosa del año, muestra ya un estrecho limbo de oro, tendido en el cielo de poniente, sirviendo como de simbólico remate a la torre de la mezquita mayor de Tetuán. Más alto y esplendoroso que la creciente luna, tiembla sobre la alcazaba el lucera de la tarde, el melancólico Héspero, el dios que preside a las tristezas de los que vagan solos por el campo, llenos de lúgubres memorias o de irrealizables anhelos.

Entretanto, cánticos españoles resuenan al otro lado del río... Será algún soldado que vuelve cargado de leña y que, al verse solo y en la penumbra, fuera de nuestras trincheras, previene de ese modo a los centinelas avanzados: «que no tiren, que el que llega es compatriota y amigo»...

Por lo demás, figuraos el efecto que producirá la rondeña que viene cantando aquel hijo de alguien, aquel antiguo habitante de algún pueblo, aquel español expatriado...

La copla última que le he oído esta tarde decía así:

 

Algún día llorarás,

 

Cuando ya no haya remedio:

 

Me verás y te veré,

 

Pero no nos hablaremos.

Concluyo dándoos la noticia de que el viejo Abdalla sabe ya que nada tiene que temer por su pobre cabeza, aunque Amurat no regrese a nuestro campo.



 

- XXXVI - Fortificaciones. -El vapor, el ferrocarril y el telégrafo en Marruecos. -Reconocimiento. -Un espía. -El general Zabala. -El gobernador de Gibraltar. -El tren de sitio.

Día 27 de enero.

Pasó otro hermosísimo día de sol, que no ha alumbrado nada nuevo.

Como viernes que ha sido, hanse visto banderas sobre todas las mezquitas de Tetuán.

-Hoy es el domingo de los moros... -ha exclamado muchas veces Santiago.

Nuestras fortificaciones adelantan de una manera maravillosa. Ya están concluidos los fosos y parapetos que han de defender a Fuerte Martín el día que levantemos el campo. La aduana ha sido rodeada también por una extensa y sólida trinchera. Dentro de ella quedan encerrados algunos edificios de tablas, que se han construido para almacenar municiones, así como dos grandes tinglados, en que hay ya de repuesto un millón de raciones, además de las que se desembarcan incesantemente para la provisión diaria del ejército.

Formando ángulo recto con estos dos fuertes se encuentra el Reducto de la Estrella, de que ya os he hablado, llamado así por tener la forma de una estrella de seis puntas. Largas trincheras enlazan estas tres soberbias posiciones, que, unidas a los ríos y lagunas, constituyen una respetable defensa de nuestra base de operaciones.

También se ha planteado esta semana un ligero parque de artillería, y se ha alistado todo lo necesario para desembarcar y montar el tren de sitio, luego que llegue, que dicen será mañana sin falta.

En cuanto a los moros, trabajan también incesantemente. Su campamento, centinela avanzado de la ciudad, está rodeado de baterías, fosos, parapetos y trincheras. La espuerta y la pala no descansan tampoco entre ellos. Pasan de mil hombres los que, merced a los anteojos, vemos ir y venir continuamente alrededor de sus posiciones, cargados de ramajes, pitas, piedras y cuanto puede servirles para fortificarse.

Indudablemente se preparan grandes sucesos.

Día 28.

Terrible alarma antes de amanecer... Los moros trataban de inutilizar las obras del Reducto de la Estrella, creyéndolo desguarnecido; pero habiéndose hallado con que, no obstante lo extraordinario de la hora, los recibíamos a balazos, han huido en precipitada fuga.

Llega el tren de sitio.

De los buques en que ha venido se le ha trasladado a grandes lanchones, remolcados por vapores de poco calado, que han podido pasar la barra, hender las aguas de la ría y subir hasta la aduana.

Es la primera vez, según Santiago, que penetra en el Martín un barco de vapor. ¿Qué dirán los moros al ver subir por el río esas columnas de negro humo?

Nosotros contemplamos esta inauguración con patriótico regocijo, envaneciéndonos de que sea España la primera que despliegue en marruecos el lujo de la cultura europea. Y no es que nadie atribuya a estos hechos más importancia de la que realmente tienen; ni tan siquiera es que yo confíe en que pueda arraigarse la posesión que hoy tomamos de esta comarca... ¡No! Si tal esperanza pude concebir antes de venir a Marruecos, ya la he modificado o aplazado indefinidamente.

Con todo (lo repito), nos entusiasma considerar que los españoles hemos traído a este caduco y estacionario imperio los más opimos frutos de la civilización. Un barco de vapor rompe hoy las ondas del Guad-el-Jelú..., y esta nave ostenta el pabellón amarillo y rojo. Ayer quedó establecido un telégrafo eléctrico entre Fuerte Martín y la aduana, y el vívido alambre, al transmitir el pensamiento humano, lo hacía en el habla de Castilla. Mañana quedará tendido un ferrocarril sobre este llano, y será también España la que dé su nombre a ese camino.

«Pero ¿qué significa todo eso? (diréis acaso). ¿A qué sellar tan solemnemente un suelo que no nos proponemos conservar, que para nada necesitamos, y que sería hoy un gravamen en nuestro poder?»

Vamos por partes, señores míos. Estas grandes y costosas obras (como las llaman los periódicos madrileños) no se construyen para empeñar prendas con el porvenir, sino para satisfacer urgentes necesidades de la guerra. El camino de hierro, v. gr., no pasa de un par de kilómetros, y es, en resumen, un medio cómodo y decente de trasladar nuestro inmenso material de guerra a través de esa pantanosa llanura... El telégrafo es también necesario, estrictamente necesario, para mantener una rápida inteligencia entre el cuartel general y la escuadra el día que marchemos sobre Tetuán... En cuanto a los barcos de vapor..., no creo que estábamos en el caso de anularlos, a fin de no comprometernos con la historia.

Y es todo lo que tengo que responder por la presente.

Las satisfacciones mencionadas no han sido las únicas que hemos experimentado hoy.

Otra muy tierna hemos sentido al ver desembarcar en Fuerte Martín al general Zabala, de regreso de Ceuta, muy aliviado de su parálisis y dispuesto a continuar la campaña. En seguida se ha vuelto a encargar del mando del SEGUNDO CUERPO, que con tal bizarría ha desempeñado internamente el general Prim, y en este mismo instante las músicas de los regimientos que ambos caudillos han llevado a la victoria, dan al uno la serenata de despedida y al otro la felicitación por su llegada.

El conde de Reus volverá a encargarse del mando de la división de reserva, que, unida a la del general Ríos, formará un CUARTO CUERPO de ejército.

Día 20.

Domingo.

Se dice misa sobre la plataforma de la Aduana, y la oye todo el ejército, formado en la llanura.

Llegan nuevos oficiales extranjeros a estudiar esta guerra, e ingresan en el cuartel general de O'Donnell. Ya los hay suecos, austríacos, bávaros y rusos.

Al fin de la misa, se hace un gran reconocimiento loor todo el llano. El cuartel general cruza las lagunas con agua hasta las cinchas de los caballos. Vadéase el Río Alcántara por diferentes puntos, y se eligen aquellos en que han de echarse puentes el día de nuestro ataque.

El general García, algunos ayudantes y la escolta llegan hasta cerca de las huertas de Tetuán. Yo voy con ellos. Los moros nos hacen fuego de cañón, y el agua que levantan los proyectiles al caer cerca de nosotros, nos salpica de pies a cabeza. Estamos a tiro de fusil de las trincheras enemigas, cuya importancia y disposición observa escrupulosamente nuestro animoso jefe de estado mayor general. Los cañonazos que nos disparan desde allí le sirven para conocer la colocación, número, calibre y alcance de las piezas que los marroquíes han puesto en batería sobre la llanura.

Algunos de sus infantes coronan aquellos parapetos y nos hacen fuego con las espingardas. Nosotros no contestamos ni nos movemos, y, afortunadamente, no tenemos baja ninguna.

Las huertas de Tetuán son amenísimas: rodéanlas setos de cañas, y encierran muchos y muy variados frutales. Entre ellos vemos, algunas casas de campo, de dos pisos, con azoteas y miradores. Por los alrededores de la ciudad distinguimos, con auxilio de los anteojos, mucha gente que va de un lado a otro, y largas recuas de camellos, mulos y asnos...

A eso de las dos de la tarde óyense frecuentes salvas en los campamentos enemigos, y el viento nos trae a veces altos gritos que nos parecen de gesta y alegría...

Indudablemente acontece algo extraño a las puertas de Tetuán. ¿Habrá llegado otro ejército? Como quiera que sea, enterados ya de todo lo que necesitábamos saber, regresamos a nuestro campo.

A la noche, o, por mejor decir, al obscurecer, aparece en nuestras avanzadas un muchacho moro (que nadie había visto atravesar por el llano), y agitando las mangas de su jaique blanquizco, y riendo bondadosamente, da a entender a los centinelas que viene de paz y que quiere ver a nuestro rey.

O'Donnell le habla unos momentos, y luego le entrega a la curiosidad de su estado mayor.

El muchacho tendrá catorce o dieciséis años; es de fisonomía alegre, viva y maliciosa, y trae mucha hambre, como todos los prisioneros que hemos hecho hasta ahora.

-¿De dónde vienes? -le preguntan varios intérpretes de los muchos con que ya contamos.

-De Tetuán.

-¿Y por dónde has venido?

-Por entre la hierba.

-¿Qué te trae a nuestro campo?

-Traía una carta de un comerciante de Tetuán para vuestro rey.

-¿Y dónde está esa carta? Tú no le has dado ninguna al general O'Donnell.

-Se me ha perdido. ¡Créelo, cristiano!

-¿Cuándo se te perdió?

-Al pasar el río.

-¿Y por qué no te volviste?

-Porque deseaba conoceros. ¡Créeme, cristiano!

Y así diciendo, mira al cielo y se lleva la mano al corazón.

Luego se sonríe, y arranca enormes bocados a un pan que acabamos de darle.

-¿Y qué decía la carta?

-No lo sé.

-Pero sabrás cómo se llama el comerciante que te la ha dado...

-No lo sé tampoco.

-¿Y tú, cómo te llamas?

-¿Eres soldado?

-No, soy mozo de mulas.

-¿Has pasado por el campamento de los moros?

-¡Ca! No... He venido por el otro lado.

-De modo que no sabrás la causa de los festejos de hoy...

-¡Sí que la sé! Es que ha llegado Muley-Ahmed con mucha caballería.

-¿Y quién es Muley-Ahmed?

-Un hermano del Emperador y de Muley-el-Abbas.

-¿Cuánta gente ha traído?

-Ocho mil moros.

-¿De dónde viene?

-De Fez.

-Y Muley-el-Abbas, ¿cuánta fuerza tiene?

-Le quedaban veinticinco mil hombres el día de la última batalla; pero anteayer llegaron cinco mil soldado de rey.

-Son treinta y ocho mil entre todos.

-Treinta y ocho mil, y los que van a llegar de muy lejos -responde el musulmán, sentándose en el suelo al lado de una hoguera.

En esto vienen a buscarle para encerrarle en Fuerte Martín.

-¡Es un espía! -se asegura en todo nuestro campamento.

El pobre muchacho se aterra mucho cuando le dicen que suba por la escala que sirve para entrar en Fuerte Martín; pero el intérprete le tranquiliza asegurándole que allí encontrará otro moro y que su vida no corre peligro.

Por lo demás, creo inútil decir que Amurat no ha vuelto, en lo cual hace perfectísimamente.

Día 30.

Anoche atacaron otra vez los moros el Reducto de la Estrella. Su número era más considerable que en las anteriores intentonas nocturnas; pero la guarnición de la fortaleza (ya merece este nombre) estaba en acecho, y bastaron algunos tiros para que desistiesen de su propósito.

Esta mañana, al amanecer, todos creíamos que íbamos a tener acción. Los enemigos, que, según parece, han terminado ya sus obras de atrincheramiento y defensa, coronaban todas las alturas de Sierra Bermeja, mientras que algunos jinetes paseaban por el llano, bien que lejos del alcance de nuestros cañones.

Todos estos son indicios seguros de próxima tempestad. Dijérase que los moros nos desafían.

O'Donnell los ha estado observando largo tiempo, mientras que a la orilla del Martín se trabajaba con indecible actividad para desembarcar y montar el tren de sitio... ¡Ah! ¡Dentro de dos o tres días estaremos en disposición de marchar sobre Tetuán, rápida, enérgica, decididamente, provistos de todo lo necesario para librar una gran batalla, poner sitio a la ciudad y destruirla en veinticuatro lloras!

Sin embargo, opínase generalmente que antes habremos de rechazar otra arremetida del forzado ejército moro, no menos impaciente que el nuestro por venir a las manos. Según confidencias de hoy, la llegada de Muley-Ahmed y de su gente, con nuevas instrucciones del Emperador, con proclamas de los santos y derviches de lejanas tierras y con grandes repuestos de víveres y municiones, ha envalentonado mucho a Muley-el-Abbas, haciéndole recobrar la esperanza, que ya casi había perdido, de vencernos alguna vez.

Por lo demás, la posición de los marroquíes es ahora más fuerte que nunca. Nosotros hemos de avanzar por el llano a pecho descubierto, y ellos nos aguardan en altas colinas defendidas por parapetos y cañones, fosos y lagunas. La artillería de la alcazaba y de las puertas de Tetuán, con más la que tienen en la Torre de Jeleli y sobre el llano, nos acribillará a balazos tan luego como nos acerquemos al campamento enemigo, mientras que sus miles de caballos y ágil y numerosa infantería podrán acometernos por varias partes y presentarnos una segunda batalla a retaguardia en el momento que nos alejemos del mar...

Bien sé que nuestro insigne caudillo estudia hace días todas estas contingencias, y que no dará el paso decisivo y supremo de la campaña sin asegurarse antes de su buen éxito; pero ello no obsta para que, al mismo tiempo que ansiamos el combate, experimentemos todos cierta impaciencia, mezclada de sobresalto, por conocer el plan del general en jefe. ¡Oh! ¡Dios le ilumine como hasta aquí! ¡Un desastre a las puertas de Tetuán, por pequeño que fuera, anularía toda la campaña, haría estériles los pasados triunfos, y sumiría a la patria en horroroso desconsuelo!

Conque mudemos de conversación.

Hoy hemos recibido una importante y rara visita, que ha sido objeto de muchos y diversos comentarios aun entre la gente más lega de nuestro ejército. Mister Codringthon, famoso general inglés y actual gobernador de la plaza de Gibraltar, llegó esta mañana en un vapor a la boca de la ría y pidió permiso al conde de Lucena para desembarcar con algunos oficiales y recorrer nuestro campamento.

O'Donnell le contestó mandándole a la playa doce caballos ensillados, para él y su acompañamiento, y una escolta de guardias civiles.

-¡Qué curioso es Mister Codringthon! -han exclamado algunas personas, sonriendo epigramáticamente-. ¡Con tal que lo que vea en nuestro campo no se publique mañana en la Crónica de Gibraltar!

Pero ¿qué nos importa que se publique, o que llegue por otro conducto a conocimiento de los moros? ¿Ni qué podrá ver en nuestros reales el ilustre general de los Tres Reinos Unidos? ¡Verá treinta mil hombres apercibidos al combate, y un tren de sitio capaz de hacer polvo a Tetuán! ¡Y verá también que sin el centenar de millones que nos reclamó su gobierno hace pocos días con tan dudosa oportunidad, y que le hemos pagado en veinticuatro horas, enviándoselos envueltos en un boletín de nuestros triunfos, no nos hemos quedado tan pobres que carezcamos de vastos almacenes llenos de municiones y víveres!

Dios nos libre, pues, de enfadarnos con quien ha venido a honrar nuestra soledad y a saludar nuestra victoriosa bandera. Por el contrario, imitemos la afabilidad y galantería con que el general O'Donnell le ha mostrado todos nuestros medios de ataque y de defensa.

De todo ello, lo que más ha llamado la atención de Mister Codringthon ha sido el tren de sitio, que, por confesión suya y de los oficiales de artillería e ingenieros que lo acompañaban, así como en el sentir de otros oficiales extranjeros agregados al estado mayor de nuestro general en jefe, es el más completo, lujoso y bien acondicionado que pudiera presentarse en Europa. Todas las piezas estaban ya montadas. Pasan de sesenta. Las hay de todas clases y calibres: enanos y sólidos obuses, recios morteros, pedreros formidables. Alineadas entre los cañones vense altas pirámides de balas, bombas y granadas de todos tamaños. En otra parte encuéntranse enormes pilas de barriles de pólvora, botes de metralla, espeques, ruedas de repuesto, cadenas de hierro y otros mil enseres que completan el tremendo cuadro de tanta fuerza destructora.

Séame lícito dudar del gusto con que habrá visto todas estas cosas el señor general inglés.

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Paso a hablar de la profunda pena que he experimentado hoy al penetrar en la tienda del general Zabala y hallarlo otra vez tendido en su humilde lecho, con la expresión de una suprema angustia en los nublados ojos.

El conde de Paredes estaba otra vez baldado. Dos noches de tienda en esta húmeda llanura, han bastado a determinar tan inesperada recaída, y, por consecuencia de ella, esta es la hora en que el bizarro general, desesperado ya del todo, ha hecho entrega definitiva de su mando, dado un adiós tristísimo al campamento y partido esta tarde de las playas marroquíes con rumbo a la costa de España.

¡Vaya tranquilo! El batallador del 30 de noviembre y del 9 de diciembre en las acciones del Serrallo, arrogante auxiliar del conde de Reus en la batalla de los Castillejos, puede estar satisfecho y orgulloso de la parte de gloria y penalidades que le ha cabido en esta guerra. Él ha dado a la patria cuanto puede darle un buen hijo: primero, su poderosa ayuda; después, su salud, y últimamente, su alegría.

El general Prim ha tomado en propiedad el mando del SEGUNDO CUERPO, y, por resultas de ello, las dos divisiones de reserva seguirán a las órdenes del general Ríos.



 

- XXXVII - Combate de Guad-el-Jelú, o del 31 de enero.

Escrito en mi tienda el 1.ºde febrero.

 

De pantanos procuran guarecerse,

 

Por el daño y temor de los caballos,

 

Donde suelen a veces acogerse

 

Si viene a suceder desbaratallos:

 

Allí pueden seguros rehacerse,

 

Ofenden sin que puedan enojallos,

 

Que el falso sitio y gran inconveniente

 

Impide la llegada a nuestra gente.

 

(ERCILLA, Araucana, C. I.)

Nuestros presentimientos se han cumplido: la tempestad que hace algunos días se cuajaba en la atmósfera, estalló al fin de un modo formidable... ¡Bendigamos a Dios! Los nuevos ejércitos marroquíes han sido rechazados también por nuestras tropas, y el príncipe Muley-Ahmed comparte ya con su hermano Muley-el-Abbas las amarguras del vencimiento.

Ayer por la mañana, ambos caudillos salieron de su campo con el temerario propósito de venir a dormir al nuestro; y, puestos al frente de sus bárbaras y copiosas legiones, atacaron este campamento por tres distintas líneas de batalla. A la tarde estábamos ya nosotros al pie del suyo, amenazándolo muy de cerca, después de haber visto a sus infantes y jinetes huir cubiertos de sangre y de ignominia. Anoche, en fin (a la hora en que terminaba este inolvidable mes, cuyo primer so1 iluminó la batalla de los Castillejos), nuestros soldados regresaban a sus inviolables tiendas, mientras que O'Donnell seguía ideando otra próxima batalla en que nos tocara a nosotros acometer y a los moros resistir; en que iremos a asaltar su campo, como ellos han venido a lanzarse sobre el nuestro, y en que haremos conocer al tigre de Libia cuánto le aventaja en valor y fuerza el león castellano.

No obstante lo dicho, el combate de ayer fue tremendo. ¡Toda una noche ha pasado sobre él, y aún se dibujan en mi imaginación sus principales episodios y terrible conjunto! Tanto batalló nuestra gente, que la diana se ha tocado hoy muy tarde, para que todos tengan algunas horas más de reposo; y aun así, los individuos del cuartel general estamos todavía rendidos, por consecuencia de las doce horas de continuo ajetreo que pasamos, recorriendo (varias veces por en medio de empantanadas aguas) una línea de más de una legua, ora siguiendo cargas de caballería, ora acompañando cañones que corrían a escape, ya envueltos entre masas de infantería, y siempre bajo un sol abrasador, totalmente en ayunas, mojados y cubiertos de lodo, y luchando con nuestros caballos, que se asustaban de los cohetes a la Congreve. En cambio, pocos días habré podido contar una acción con tanta copia de datos como hoy. ¡Todo, todo lo vi ayer! La amplitud del terreno, liso y despejado, permitiome estudiar sucesivamente la lucha por la derecha, por la izquierda y por el centro. ¡Dígalo, si no, mi pobre África, que no podía dar un paso al final del combate!

Pero entremos ordenadamente en materia.

Serían las siete de la mañana, o poco más. El sol naciente doraba ya la superficie del Mediterráneo; daba horizontalmente en nuestras húmedas tiendas, de las que su calor extraía azulados vapores; realzaba todos los árboles, matas y hierbas que bordan el llano, y resplandecía, en fin, sobre las tiendas del campamento moro y sobre los blancos muros de Tetuán y de su Alcazaba.

Cuando el sol empezó a calentar y despejose la atmósfera, es decir, a eso de las nueve; advirtiose que el ejército enemigo estaba en movimiento, y pronto se le vio, tendido ya en un semicírculo de legua y media, venir resueltamente contra nosotros.

Nadie se maravilló en nuestro campo, pues desde hace muchos días todos esperábamos este ataque. Sin embargo, no pudimos menos de admirar nuevamente la osadía de los moros, as como su terquedad o su constancia. Verdad es que el número y la actitud en que se presentaban ayer eran más alarmantes que nunca... ¡Indudablemente, los príncipes marroquíes iban a hacer un esfuerzo desesperado, tomándonos la delantera, por decirlo así, en vista de que nosotros estábamos terminando nuestros preparativos para atacarles resuelta y definitivamente!

En aquel momento habían desplegado ya en batalla, más de veinte mil hombres, la tercera parte de ellos de caballería, formando dos ejércitos separados, cada uno de los cuales se movía independientemente del otro. El que se extendía a nuestra derecha, mandado por Muley-Abbas (según supimos luego), se apoyaba en la Torre de Jeleli y en estribo avanzado de Sierra Bermeja. Era el más numeroso, y conocíase además que dejaba a retaguardia grandes reservas escondidas en las primeras ondulaciones de la montaña. El otro ejército, mandado por Muley-Ahmed, y fuerte de unos seis mil infantes y dos mil caballos, cubría nuestra izquierda, apoyandose en las huertas de Tetuán y extendiéndose hasta las orillas de Guad-el-Jelú.

Es decir, que lo más recio de la caballería enemiga nos amenazaba por el flanco derecho, o sea por el Reducto de la Estrella, como si su intento fuese atacar por aquel lado nuestra retaguardia cuando avanzásemos llano arriba; cortarnos la comunicación con el mar y apoderarse de nuestras tiendas. Para ello bajaban incesantemente masas de caballería a colocarse a nuestra derecha, llegando algunos temerarios jinetes hasta muy cerca de la playa, por el lado alla del río de la Judería, a media legua de nuestro campo.

¡Grandioso era, en verdad, el cuadro que ofrecían tantos y tan fantásticos caballeros, esparcidos por la dilatada llanura, marchando, ora a la desfilada, ora en lucidos pelotones, tan reposadamente como si fuesen de paseo, parándose a veces para mirarnos, retrocediendo otras, desparramándose en ocasiones como una bandada de palomas que se dispersa, reuniéndose en seguida para continuar su atrevida marcha, y cautivando siempre nuestra atención con su gracioso cabalgar y fantásticas vestiduras! ¡Parecía imposible que aquella gente, pudiese hacernos daño alguno, ni que una nube, al parecer tan impalpable y vaga, encerrase tantos rayos de fuego y tan infernales propósitos!

El general O'Donnell adivinó desde el primer instante cuáles eran estos, y se apercibió a un tiempo mismo a la defensa de su amenazado campo y a dar a los marroquíes el condigno castigo. A este fin encargó al general Ríos que sostuviera nuestro flanco izquierdo con sus batallones, con un escuadrón de Lanceros de Villaviciosa y una compañía de artillería de montaña; y el bravo general ejecutó la orden rápidamente, escalonando en masa todo el CUERPO DE RESERVA, apoyado en el puentecillo por donde la carretera empedrada, de que hablé el otro día, atraviesa el Río Alcántara. Al mismo tiempo la DIVISIÓN DE CABALLERÍA, al mando del general D. Félix Alcalá Galiano, formó en dos líneas de batalla, y, siguiendo la dirección que le marcaba el conde de Lucena con su desnudo acero, avanzó oblicuamente por la derecha en busca de la caballería enemiga, a fin de estorbar que siguiera corriéndose por aquel lado y obligarla a retroceder si no prefería quedar aislada y presa entre nuestra caballería y el mar.

Los astutos moros no tardaron en darse cuenta de su situación, y retrocedieron efectivamente antes de que el general Galiano hubiese podido interponerse entre ellos y Sierra Bermeja. Quedó, pues, limpio de adversarios y asegurado por entonces el flanco derecho de nuestra línea; pero, en cambio, fortalecido el centro enemigo con la llegada de los jinetes rechazados, ofreció a la vista un verdadero mar de gente, que amenazaba inundar el llano en cuanto se desbordase.

Nuestra caballería se replegó por su parte al Reducto de la Estrella, una vez frustrado el intento de la contraria, y esperó allí nuevas órdenes de O'Donnell, que no tardaron en llegar.

Pero antes diré que el TERCER CUERPO, mandado a la izquierda por el general Turón, a la derecha por el general Quesada, y en el centro por su comandante en jefe Ros Olano, había avanzado entretanto hacia el enemigo, llevando de reserva seis baterías (tres de ellas de posición, y las otras tres del segundo regimiento montado), mientras que el SEGUNDO CUERPO, mandado por el general Prim, quedaba formado a la derecha de nuestros campamentos, con orden de avanzar cuando lo creyese necesario.

Estaban, pues, en guardia uno y otro ejército. Aún no había sonado un tiro. Eran las diez de la mañana.

En este momento rompiose el fuego por la izquierda, entre las guerrillas del general Ríos y las avanzadas de Muley-Ahmed; y como si el incendio latente que cundía por ambas líneas sólo hubiera esperado una chispa para estallar, el primer tiro puso en conflagración todo el llano... Al fuego de la izquierda respondieron mil detonaciones en la derecha y en el centro; y, pasado un minuto, va no se veía en ninguna parte sino humo, cadáveres, ráfagas de lumbre, charcos de sangre, tacos quemados, cartuchos rotos, fusiles por el suelo. El cañón unió, en fin, su grave y pavoroso acento a la confusa y barbara armonía de la refriega. ¡La suerte estaba echada, y Dios iba a decidir una vez más el destino de los pueblos!

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Al principio, lo más fuerte del combate fue hacia la Aduana, esto es, a nuestra izquierda.

Allí se veía marchar al general Ríos al frente del regimiento de Iberia, de un batallón de Cantabria y del Provincial de Málaga, llevando consigo una compañía de artillería de montaña, mandada por un bravo capitán que se ha distinguido extraordinariamente en esta guerra, y de quien se habla, entre justos elogios, en los partes de todas las acciones dadas hasta hoy: por D. José López Domínguez, en fin, que ha hecho las campañas de Crimea y de Italia, comisionado por nuestro gobierno cerca del ejército francés, y cuyas proezas en África celebran desde los generales hasta los soldados de todas las armas e institutos.

El general Ríos penetra el primero en los pantanos, adonde le siguen las tropas llenas de ardor y de alegría. La infantería infiel, que se había atrevido a acercarse a la nuestra más que de costumbre, contando con que el terreno que las separaba era intransitable, deja de hacer fuego al ver a los intrépidos españoles marchar hacia ella por el pantano adelante, y retrocede en busca de parapetos desde donde batirse a mansalva... Pero nosotros no la dejamos volver la cabeza, ni pararse, ni rehacerse, sino que vamos en su seguimiento hasta las mismas huertas de Tetuán.

Allí salen moros de reserva y nos hacen cara. Ríos los cuenta todos con la vista... ¡Son demasiados!... ¡Lo menos triplican nuestra fuerza!... Pero ¿qué importa? Manda, pues, tocar ataque, y los nuestros se lanzan en columna sobre aquel revuelto enjambre de infantería, que huye atribuladamente, cual si tratase de ganar los próximos setos y matorrales.

Pero, en esto, brotan de aquellos laberintos de ramas y cañas numerosos grupos de caballería mora, lujosamente ataviada, compuesta de extraños seres adornados con vestimentas rojas y turbantes blancos, o con jaiques blancos y altos casquetes rojos; mulatos en su mayoría, negros algunos, armados de pistolas, gumías y espingardas, y caballeros en ágiles, flacos y pequeños bridones, que apenas tocan el suelo con los pies... Parece que un conjuro les ha hecho salir del seno de la tierra. Por aquí aparecen veinte; por allí cincuenta; por un lado ciento; por otro cien y cien más... ¡Ya pasan de mil! Es la famosa Guardia Negra!...

¡No importa! Ríos manda hacer alto a sus batallones; los arenga; les ordena formar cuadros oblicuos, y espera tranquilo el formidable choque.

Acércanse los jinetes árabes dando espantosos aullidos y blandiendo sus espingardas como leves juncos. ¡Fuego!, grita el general Ríos; y de dos caras del cuadro brotan descargas cerradas, que siembran la muerte en rededor...

Muley-Ahmed recuerda sin duda entonces la lúgubre historia de su hermano el actual emperador de Marruecos la batalla de los cuadros de infantería francesa..., y no insiste más en sus ataques contra los reductos vivientes formados por nuestros batallones. Huyen, pues, las hordas montadas, como acababan de huir las de a pie; y el general Ríos completa su obra destacando de los cuadros unas guerrillas de cazadores, que persiguen a la Guardia Negra hasta obligarla a refugiarse en los bosquecillos que rodean la Torre de Jeleli.

O'Donnell, que lo ve todo muy de cerca, mándale detener sus fuerzas en aquel punto. Hácelo así Ríos, recomponiendo sus cuadros, y espera nuevas órdenes, libre ya de enemigos, si bien

enviando algunas granadas a los bosques y barrancos en que se albergan y hacia donde los empuja por otro lado nuestra caballería.

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Pero no abandonemos este ala del ejército, para volver los ojos hacia el centro de nuestra línea (donde tuvo lugar lo más recio y encarnizado de la acción de ayer), sin referir un terrible episodio en que figuró más tarde el mismo CUERPO DE RESERVA, completando su parte de gloria, en tan memorable jornada.

Fue el caso que a eso de las tres de la tarde, cuando más arreciaba la lid al pie de Sierra Bermeja, algunas fuerzas moras de infantería se corrieron a todo lo largo de Guad-el-Jelú, a fin de cortar la retirada al general Ríos, interponiéndose entre él y nuestro campamento.

El bizarro general Ríos, que se hallaba al frente de la primera línea por aquel lado, se penetró en seguida de las intenciones de los moros, y las previno mandando a un escuadrón de Lanceros de Villaviciosa que avanzase diagonalmente, cargase a los enemigos y los obligase a retroceder...

Así lo ofrece el escuadrón, sin reparar en el número de los adversarios. Sale, pues, hacia ellos, los alcanza, los alancea y les hace huir como espantados corzos. Pero, ¡ah!, no contentos con esto, nuestros bravos siguen en su persecución, y cata aquí que repentinamente míranse en el mismo o peor trance que los Húsares el día de Castillejos... ¡El terreno se hunde bajo los pies de los caballos! ¡Han dado en un lodazal blando y profundo! ¡Han caído en él! ¡Están atascados! ¡Están perdidos!

En efecto, los moros, que los han llevado arteramente a aquel paraje, se agrupan al otro lado del foso de cieno, y comienzan a fusilarlos con entera impunidad...

Los de Villaviciosa, no piensan al principio en retroceder, como lo aconseja la prudencia, sino en avanzar, salvar el estorbo, ganar la opuesta orilla y vengar la sangre que derramaban en tan malhadada situación... Pronto se convencen, sin embargo, de que es imposible adelantar una pulgada de terreno, e intentan volver grupas... Pero ya es tarde, los caballos no pueden bracear, no pueden moverse: ¡están materialmente clavados en el lodo! ¿Qué hacer?

Más de la mitad del escuadrón encuéntrase todavía sobre un suelo medio firme, y puede emprender fácilmente la retirada... Pero ¿cómo abandonar a una muerte segura, alevosa, cruelísima, a sus infelices compañeros, que van cayendo uno a uno sobre el ceniciento fango, atravesados por las balas enemigas?

¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Pasan algunos momentos de perplejidad y de agonía... Los moros se burlan diabólicamente desde el lado allá del lodazal, cada vez que hieren a un lancero... Sus espantosos gritos se mezclan a los tremendos juramentos de nuestros soldados... ¡Ah! ¡Qué horror! Ya han caído veinte... ¡Así van a caer todos!... ¡Oh, cruel y bárbaro sacrificio!

Pero no... ¡Eso es imposible! El compañerismo y la caridad van a hacer un milagro... Los batallones del general Ríos han visto desde lejos el tremendo apuro en que se encuentran sus hermanos..., y el Provincial de Málaga (¡honor a él!) viene a la carrera en auxilio de los Lanceros de Villaviciosa....

Llega, penetra resueltamente en el pantano y, lo que no han podido hacer los caballos, lo hacen los hombres... Remueven el lodo con pies y manos; los unos se ayudan a los otros; saltan, brincan, nadan, por decirlo así, dentro del cieno; y, cayendo y levantando, heridos algunos de ellos, llegan a la otra orilla, con el fusil inútil, es verdad; cubiertos de barro hasta la cabeza..., es cierto...; pero con la bayoneta calada, con la terrible bayoneta, que se limpia de fango al atravesar el cuerpo de los asesinos.

¡Ya ha quedado a retaguardia de los andaluces el comprometido escuadrón; ya pueden bajar de sus caballos los de Villaviciosa y sacar del lodazal a los muertos, a los heridos y a los que aguardan su última hora enhiestos sobre las sillas; ya están redimidos; ya están vengados! ¡Vengados, sí!... ¡Los de Málaga no se han contentado con servir de escudo a nuestros lanceros, sino que van en pos de los asombrados africanos, hiriéndolos, matándolos, desbaratándolos a golpes y puñaladas, haciendo arma de la culata de la carabina, de la llave, del cañón, de la bayoneta, y empleando además la terrible navaja de su país!...

En esto se retiraban ya los de Villaviciosa, cubiertos de infortunio, pero también ceñidos de laurel, y el general Rubio, juzgando ya inconveniente tener distraídas sus fuerzas en aquel flanco, tocó alto y retirada al denodado Provincial.

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Veamos lo que sucedía entretanto por nuestro frente.

Como llevo dicho, el fuego se había hecho general en toda la línea. La numerosa caballería de los dos príncipes moros, reconcentrada en torno de la Torre de Jeleli, acechaba ocasión oportuna de acometernos, mientras que su desparramada y cuantiosa infantería nos hacía fuego por mil lados, cansándonos muchas y muy sensibles pérdidas. Verdad es que nuestras guerrillas y las granadas y la metralla vengaban con usura a cada español que cala; pero semejante compensación era insuficiente... Mandó, pues, O'Donnell al general Galiano que se metiera con casi toda nuestra caballería en aquel mar de enemigos y pusiese término a tan costoso tiroteo.

¡Momento solemne fue aquel para todos! Nuestros caballos se lanzaron al trote en las allí diáfanas lagunas, y yo marché en pos de ellos, arrastrado por no sé qué vaga inquietud. Afortunadamente, debajo del agua había poco lodo, y no tardamos en ganar la otra orilla.

El brigadier Villate y los coraceros de su mando caminaban como a una fiesta. Detrás de aquellos escuadrones, que eran los del Príncipe y los de la Reina, iban de reserva uno del Rey y el primero de Húsares, desplegado en guerrilla, a fin de tener a raya a algunos grupos de caballos moros que caracoleaban por la llanura. Mandaba la Reina D. Eulogio Albornoz, y el Príncipe era acaudillado por D. Federico de Soria Santa Cruz.

Los coraceros, mandados por Villate, fueron los que cargaron en primera línea, e hiciéronlo a fondo, penetrando como un huracán en el lleno del ejército enemigo. Sus centelleantes espadas descargaban tajos y reveses a diestro y siniestro... Un ancho reguero de sangre señalaba su paso al través de las huestes marroquíes.

¿Necesitaré decirlo una vez más? ¡Ni los infantes ni los jinetes moros osaron hacer frente a aquella briosa acometida! Los otros se declararon en precipitada fuga, dejando sus muertos en nuestro poder, y amparándose en una hondonada o vallecillo situado al pie de Sierra Bermeja, especie de abrigado golfo, formado por la prolongación de dos estribaciones de la montaña.

¡Qué temeridad!... Los coraceros, que ven reunidos en aquel paraje a millares de fugitivos, olvidan lo sucedido en los Castillejos a los Húsares de la Princesa, y penetran en el barranco... Pero, ¡ah!, no bien se acercan a tiro de fusil, rodéales una nube de humo y oyen silbar miles de balas, mientras que algunos dóblanse sobre el caballo, murmurando con varonil conformidad: «Estoy muerto.»

¿De dónde vienen aquellos tiros? ¿Quién los dispara?

¡Ah! ¡Es que los moros tienen allí una trinchera oculta!

-¡Adelante, coraceros! -grita Villate-. ¡Saltemos ese parapeto, y no quedará un infiel con vida!...

Así lo hacen aquellos bravos.

La trinchera es de poca importancia, y los marroquíes la abandonan también al ver el arrojo de nuestros jinetes...

Sáltanla estos; déjanla atrás, y caen como un torrente desencadenado sobre la acorralada morisma... Óyense gritos de terror, de espanto, de agonía... Las espadas de los coraceros se hartan de sangre y de exterminio. Los jinetes moros, se defienden muy mal con sus gumías, y los infantes no tienen espacio ni serenidad para cargar sus espingardas...

Mas, de pronto, aquellos lamentos de los vencidos truécanse en aullidos de júbilo y furor... Mil quinientos caballos, casi todos de la Guardia Negra, que estaban escondidos en un pliegue del monte, han dado la vuelta y aparecido a retaguardia de los coraceros, envolviéndolos completamente, cortándoles la retirada, encerrándolos en el mismo golfo donde ellos tenían encerrados a sus enemigos.

¡Desastroso momento! Los acosados moros cobran valor y ánimo con aquel refuerzo formidable. Por todos lados caen sobre nosotros miles y miles de adversarios armados de gumías y de unos chuzos por el estilo de lanzas... Hácennos fuego a quema ropa... Sus infantes pululan entre los pies de los caballos... ¡Cada español tiene que luchar con una jauría de marroquíes!

No se abaten, sin embargo, nuestros escuadrones. Antes se revuelven con mayor furia, trazando en torno suyo círculos de muerte con sus largas espadas... Van, vienen, tornan, atropellan, derriban a los jinetes que les estorban el paso, y salen, al fin, de aquella lúgubre hondonada a todo el escape de sus corceles, llevándose por delante una revuelta turba de moros y de caballos sin jinete, que aquí tropiezan, allí caen; ora huyen con dirección a nuestra línea (esto es, con dirección a otra muerte), ora se esparcen por la llanura, buscando su salvación en la distancia.

Muchos de los nuestros vienen heridos; muchísimos han caído muertos... ¡Pero de los que vuelven, ni uno solo ha dejado de verter sangre africana! Todas las espadas están rojas de sangre: éstas melladas, aquéllas rotas. ¡Oh, sí! La refriega había sido horrible. Yo recuerdo haber contemplado algo semejante en cuadros que representaban el Paso del Gránico, Maratón, Los Campos catalánicos o Queronea... Nada faltaba ayer para completar mi ilusión. La lucha con arma blanca; los caballos encabritados sobre los muertos; los grupos de miembros palpitantes; los cascos de los coraceros; los clásicos trajes de los moros; la faz horrible de los negros; la forma antigua de las espadas y lanzas; las banderas; la trompeta vibrante de nuestra caballería tocando a degüello...; todo, todo era artístico, monumental, clásico, como Yugurta luchando contra Roma, como Julio César en las Galias, como Aníbal en la Lombardía, como Napoleón en las Pirámides... Fue un momento no más; fue un rápido episodio..., pero tan terrible y épico como las historias pasadas, como el fabuloso poema, como el increíble bajo relieve.

Pues añadid ahora la segunda parte, o sea el lúgubre momento de nuestra salida al llano. Figuraos el turbión de los deshechos escuadrones, que pugnan inútilmente por rehacerse... Figuraos aquel escape desordenado... Oíd las trompetas, las imprecaciones, las voces de mando, los gemidos de los que ruedan por el polvo... Y, como vanguardia de este ruidoso torbellino, imaginad diez o doce caballos árabes, sin jinete, enjaezados con grandes caparazones de color de escarlata, corriendo sin dirección fija, heridos unos, ensangrentados todos, con la crin erizada, relinchando como si buscasen a sus dueños o lamentasen tanto infortunio... ¡Ah! ¡Ciertamente, la guerra tiene su poesía peculiar, una poesía que sobrepuja en ciertos momentos a todas las inspiraciones del arte y de la naturaleza!

Al desembocar a campo abierto aquel huracán desencadenado, encontrose con otro que corría en dirección opuesta, lo cual aumentó la confusión de tan tremendo cuadro. Era nuestra formidable artillería montada, que venía a todo escape, con estridente ruido, saltando y botando, ora sobre pantanos y lagunas, ora sobre zanjas y malezas, ansiosa de ahogar con su ronco estruendo la feroz alegría de los moros. Crúzanse, pues, y confúndense caballos y cañones; cruje el látigo de los artilleros sobre las espantadas mulas, y únense en bárbara armonía los gritos a los juramentos, los golpes a los relinchos, las órdenes a los ayes...

En semejante tribulación, en tal infierno, vemos pasar un extraño grupo, que nos arranca al mismo tiempo carcajadas y aplausos... Mr. Iriarte, el artista francés, falto de más cómoda caballería, corría la posta montado en un cañón, a fin de llegar antes al teatro de la lucha... Llevaba su álbum de dibujo debajo del brazo, el sombrero tirado atrás y un revólver en la mano derecha; y en aquel idioma ilustre que tantas veces animó los campos de batalla, en el francés de la Argelia, de Italia y de Crimea, excitaba a las millas para que corriesen más de prisa... Por cierto que el noble extranjero, tan ansioso de presenciar el combate, regresó de él no menos gloriosamente; pues cuando, pasadas tres horas, me retiraba yo a nuestro campamento, volví a encontrarle prestando su hombro a una camilla en que iba herido cierto oficial...

Mas volvamos a nuestra historia.

Los denodados coraceros lograron al fin rehacerse y formar de nuevo por escuadrones. Sus pérdidas eran cincuenta y cinco hombres muertos o heridos, entre ellos ocho jefes y oficiales, y muchos caballos inutilizados o muertos...

Entretanto, los moros, tomando aquella retirada por una definitiva derrota, salieron del barranco en persecución de nuestros jinetes, y hubo necesidad de volver a la carga, como suele decirse. Así lo mandó el brigadier Villate, lanzándose el primero contra los pertinaces africanos, llevando en pos a sus coraceros y a los lanceros de Santiago y de Villaviciosa... Pero los moros no se atreven esta vez a aguardarnos, sino que vacilan..., deliberan entre sí, y al cabo huyen...

Emprendemos entonces la retirada (protegida por el bizarro brigadier conde de la Cimera, el cual había arrollado mientras tanto, en el lado izquierdo, grandes fuerzas moras con su Brigada de Lanceros; sostenida por un Escuadrón de Húsares y por otro de Cazadores de la Albuera), y termina al fin aquel terrible episodio de la batalla, en que tanto había padecido nuestra impetuosa caballería. Mas no por esto podía darse el asunto como terminado. Los marroquíes; vuelven siempre al ataque con la misma facilidad que huyen; cuando no encuentran manera de conseguir su objeto, se contentan con causarnos bajas, y, si son tantos en número como en el combate de ayer, unas fuerzas relevan a otras y acometen varias veces la misma empresa, basta que todos se convencen de la inutilidad de sus esfuerzos. Rehiciéronse, pues, los islamitas, luego que se vieron libres de nuestros escuadrones, y vinieron por tercera vez sobre nuestro frente, ocupado ya por algunos batallones del TERCER CUERPO, que se habían colocado en primera línea, llevando a su cabeza a los generales Ros de Olano y Turón y al brigadier Cervino.

El general O'Donnell mandó a nuestra caballería echar pie a tierra y mantenerse un poco a retaguardia, y él esperó tranquilamente a los moros, en medio de los batallones de Ciudad Rodrigo, Baza y la Albuera, decidido a dejarles llegar tan cerca como quisiesen, a fin de dar a su terco orgullo el último y decisivo golpe.

La primera fuerza que entró en fuego contra nuestros infantes, fue una copiosísima legión de jinetes moros... Pero los aguerridos batallones de la Albuera, Baza y Ciudad-Rodrigo formaron cuadros con admirable serenidad y prontitud, y todos los que estábamos a caballo nos encerramos dentro de ellos. Era la primera vez que yo me veía en semejante situación, y en verdad os digo que es imponente a sumo grado encontrarse dentro de una fortaleza de carne humana, rodeado de enemigos por todas partes, sintiendo cruzarse las balas en direcciones opuestas, cercado de un anchuroso círculo de humo, y escuchando por intervalos sordos lamentos, que revelan otras tantas bajas en el grupo de que forma uno parte...

También esta vez respetó la caballería árabe nuestros cuadros, y se mantuvo a cierta distancia, sin atreverse a caer sobre ellos, viendo lo cual el general O'Donnell, ordenó que saliesen algunas guerrillas a contestar el fuego diseminado del enemigo, marchando él entretanto, con su cuartel general, a recorrer toda nuestra línea, para formar juicio exacto de la situación de cada fuerza antes de mandar el ataque general y en grande escala que había de poner fin a la lucha; ataque que constituye uno de los más bellos espectáculos de esta guerra...

Pero no adelantemos los sucesos.

El estado de nuestra línea era el mismo que por la mañana; y nada había ocurrido allí, salvo el siguiente lance, digno de especialísima mención:

El animoso general D. Jenaro Quesada avanzaba por la extrema derecha con los batallones de San Fernando y el Infante, al mando del brigadier Moreta, sostenidos por otros tres batallones que capitaneaba el brigadier Otero, cuando, al pasar cerca de un bosquecillo muy espeso que hay en medio de la llanura, y que parece (por lo aislado) un gran ramillete de árboles, cuyo nombre de Campo Santo y algunas lápidas que se ven por el suelo demuestran ser un cementerio árabe, reparó en que unos cuatrocientos musulmanes vivos hacían compañía a los difuntos... ¡Es decir, observó que cuatrocientos jinetes estaban allí emboscados esperando alevosamente un a ocasión de sorprender nuestra retaguardia!...

Tan luego como los descubrió el general Quesada, fuese derecho a ellos sin disparar ni un tiro..., y los moros, creyendo que se trataba de un simple tiroteo, mantuviéronse firmes algunos minutos... Pero conociendo al poco rato que nuestra infantería trataba nada menos que de cargarles a la bayoneta..., terciaron las espingardas sobre el arzón, desalojaron el cementerio y esparciéronse por la llanura.

Quesada, entusiasmado con su infantería, que, de progreso en progreso, no se contentaba ya con resistir a pie quieto a la caballería árabe, sino que osaba arremeter contra ella, tomó posesión del bosquecillo; apoyó en él sus masas, y destacó algunas guerrillas en todas direcciones, a fin de que respondiesen a los disparos de los desparramados jinetes, quienes, comprendiendo que aquella lucha les era desventajosa, marcharon a reunirse al grueso de su ejército.

Nuestro general, por su parte, dejó cuatro compañías en dicho cementerio, apoyadas por un escuadrón de Húsares que acababa de incorporársele, y marchó con el resto de su división en pos de los marroquíes, hasta que, al rebasar nuestro frente, recibió orden de hacer alto y esperar allí a que se determinase el ataque general.

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Así las cosas, y revistado ya por el general en jefe todo nuestro ejército, hubo un momento de pausa, en que estudió las posiciones del enemigo...

Serían las tres de la tarde. Hacía mucho calor. No corría ni una ráfaga de viento, y el humo del combate se elevaba lentamente a la serena atmósfera, como nube de incienso portadora del último suspiro de los que morían.

Iban cinco horas de incesante fuego. De la Torre de Jeleli y de las baterías rasantes que los moros habían establecido a su pie, alzábanse por momentos blanquecinas y solitarias humaredas. Eran otros tantos cañonazos, cuyos proyectiles no nos alcanzaban, pero cuyos estampidos oíamos al modo de lejanos truenos. En cambio, nuestra artillería, no cesaba de vomitar granadas y metralla dentro de las revueltas haces agarenas, mientras que la infantería de uno y otro bando se tiroteaban vivamente en una extensión de cerca de una legua. ¡Qué ruido! ¡Qué agitación! ¡Qué infierno! ¡Y cuán numeroso era todavía el ejército marroquí, cuán pertinaz y temerario!

Yo había vuelto a reunirme al cuartel general de O'Donnell, y una vez a su lado, tuve ocasión de lamentar más que nunca el excesivo valor, la imprudente serenidad de nuestro caudillo. Hallábase a caballo en primera línea, entre las guerrillas de tiradores, presentando el pecho a las balas, olvidado de sí mismo y de la muerte, observando con sus anteojos los movimientos del enemigo. ¡En menos de cinco minutos fueron heridas varias personas de las que estaban a su lado o detrás de él, todas pertenecientes a su cuartel general!

-¿Qué es eso? -preguntaba sin volverse, al oír un golpe o un gemido, o al notar que bajaban del caballo a este o aquel individuo de su comitiva.

-Nada... Que han herido a Fulano... -le respondía el que se encontraba más cerca de él, no sin añadir respetuosamente: Mi general, usted no está bien aquí...

Pero O'Donnell no le oía ya, y continuaba sus observaciones desde el primer puesto o adelantaba algunos pasos más hacia el enemigo...

Así cayeron en torno suyo un correo de gabinete, herido en un brazo; un guardia civil de su escolta, con un muslo partido; el auditor de guerra Sr. Castillo, con una fuerte contusión en el pecho, y dos ordenanzas, gravemente herido.

Por último, el anciano brigadier, comandante general de artillería, Sr. Dolz, que se hallaba precisamente al lado del general O'Donnell, lanza un suspiro ahogado, y exclama con una voz que condolió a todo el mundo:

-¡No veo! ¡No veo!... ¡Me han matado!

Y, llevándose las manos a los ojos, cae sobre el cuello del caballo, mientras su espada rueda por el suelo.

Corremos a incorporarlo, y vemos que tiene un balazo en la frente. La sangre que sale a borbotones de la herida enrojece ya todo su rostro y su blanca y majestuosa barba... La lesión es mortal, pero el noble anciano respira todavía.

Una honda piedad enternece nuestro corazón... ¡Del corazón de O'Donnell se apodera, en cambio, espantosa ira! Él, como todos, había visto caer al infortunado Dolz; pero, en vez de pensar en aquella pérdida que ya no tenía remedio resuelve tomar en sangre de los moros pronta y tremebunda venganza. Inflámanse, pues, sus mejillas; lanzan rayos sus ojos; busca con la vista a sus ayudantes, y les da rapidísimas órdenes.

Yo no las oigo; pero veo que el caudillo señala con su espada a las ultimas alturas ocupadas por los marroquíes.

-¡Hasta allí hemos de llegar! -decimos algunos con admiración.

Y razón teníamos para admirarnos. ¡Entre aquellas alturas y nosotros había un cuarto de legua, poblado por veinte mil moros, casi todos de caballería!...

Ya, en esto, cundía por nuestra frente cierta sacudida de entusiasmo, como si el mismo riesgo de la empresa fuese parte a alborozar los corazones...

-¡A ellos, a ellos!... -murmuraban nuestros soldados, produciendo un sordo rumor, semejante al que precede a la tormenta.

-¡A ellos, muchachos!... ¡A la bayoneta!... ¡Viva España! -gritaban los jefes, agradecidos de antemano a sus valerosas tropas.

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Suena, al fin, el ardiente y vertiginoso toque de ataque..., y muévense nuestras columnas: primero lentamente, luego más de prisa, por último a la carrera...

Ciudad-Rodrigo y Baza cargan en primera línea. En pos de ellos van los batallones de la Albuera. Ros de Olano, Turón y Cervino capitanean aquel enérgico avance. La bandera de mi batallón ondea sobre un mar de bayonetas. Los vivas y las aclamaciones ahogan el estruendo de mil tiros.

¡Oh, qué momento! Los moros no piensan ni remotamente en resistirnos. ¡Conocen demasiado estos ataques de nuestra infantería, para intentar defenderse en campo raso! Saltan, pues, de entre los cañaverales, de los pliegues de la sierra, de todas las posiciones en que estaban ocultos, y trepan a la montaña o se refugian en atrincherado campamento, como tímidas liebres; corren atribulados por todas partes; se agarran a las matas para subir; se derrumban de lo alto de las peñas; se arrastran, como sierpes, por el suelo, o andan con pies y manos entre las jaras, como bestias feroces en sus soledades. ¡Sublime, arrebatadora era la vista que presentaban aquellos batallones, corriendo en masa y llevándose por delante, barriendo materialmente, a miles y miles de moros de a pie y de a caballo, revueltos en desesperada fuga! ¡Yo no había visto nunca (y lo mismo decían los veteranos) carga tan audaz, y tan enérgica. «¡Bravo!... ¡Bien por los cazadores!...» -exclamaban jefes, oficiales, y soldados, al ver a Ciudad-Rodrigo y Baza arrollarlo todo sin detenerse: fosos, trincheras, malezas, barrancos y colinas.

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En tal momento tengo ocasión de presenciar una escena que me interesa en alto grado...

El general Ros, que ve avanzar a sus batallones más de lo conveniente, llevados de su excesivo denuedo, vuélvese al primer ayudante que ve cerca de sí, y le dice con energía:

-¡Al escape!, ¡Al momento! ¡Que se detengan aquellas fuerzas!

El ayudante que recibe la orden es su hijo..., el joven teniente D. Gonzalo Ros de Olano.

Saluda este a su padre y general con silencioso y militar respeto, y parte como una exhalación.

Para llegar adonde se le ha mandado hay dos caminos: uno muy largo, haciendo un rodeo y pasando por la retaguardia de nuestras tropas; otro cortísimo, faldeando la montaña y cruzando por entre los dos fuegos que, de arriba abajo y de abajo arriba, se hacen los marroquíes y nuestros cazadores...

El bizarro ayudante comprende que no hay tiempo que perder, y elige este último.

¡Es decir, que su padre lo ve desaparecer entre un diluvio de balas!... ¡Pero no el dolor, no la zozobra se pinta en el rostro del guerrero poeta, sino un gozoso y resplandeciente orgullo!

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Algunos momentos después vese venir por el opuesto lado, flanqueando la posición enemiga, un jinete a todo escape... Los moros, que lo distinguen, le hacen fuego... Pero no le tocan, y el jinete se incorpora a nosotros.

Es el mismo ayudante; es el teniente Ros de Olano.

-Mi general -dice, plantando su caballo delante del de su padre, y saludando a este con la más severa etiqueta-, la orden está cumplida.

-Hijo mío -responde tranquilamente el general-, estoy muy satisfecho de ti.

Y, con una profunda mirada, pregunta a su joven heredero si está herido. Este le significa que no con una sonrisa tierna... Y los que presenciamos aquel mudo y patético coloquio, sentimos enternecido nuestro corazón y fortalecida nuestra alma.

Al mismo tiempo el general Mackenna escalaba con dos batallones el extremo del cerro en que se apoyaban los moros, y el general Quesada subía con San Fernando y el Infante por detrás de la empinada posición, mientras que el brigadier Otero tomaba a la bayoneta otras alturas aún más distantes, sobre el extenso aduar de Mel-lely. ¡Por cierto que, para llegar a aquel punto, la División Quesada ha tenido que pasar entre pantanos muy profundos y que cargar otra vez a la caballería enemiga! Pero la oportunidad con que aparece casi a retaguardia de los moros, le vale las alabanzas de todo el ejército.

Los pobres marroquíes, cogidos entre dos fuegos, rodeados, perseguidos por todas partes, tienen que retroceder en su fuga, y descubren de pronto a nuestra vista sus numerosísimas huestes, que buscan otra salida hacia su campo por un barranco próximo a la Torre de Jeleli... ¡Cuántos!... ¡Cuántos eran todavía! ¡Y qué total, qué ignominioso vencimiento! ¡Qué patente y general su derrota!

Aguardábales, sin embargo, una nueva amargura. La Batería de Cohetes ve enfrente de sí aquel enjambre de acobardados monstruos, y empieza a lanzar en medio de ellos sus espantosos proyectiles...

Parten los cohetes como centellas, hendiendo el aire con estridente ruido; penetran como culebras de fuego en las haces infieles; serpean, saltan y vibran su larga cola, azotando con ella a peones y caballeros, y revientan, en fin, sembrando el estrago y la muerte por todas partes.

-¡Esto es fuego del cielo! -exclamaban los marroquíes-. ¡Los cristianos disponen a su antojo de las exhalaciones de lo alto!... (9) <notas.htm>

Entretanto, nuestra artillería vomitaba andanadas continuas de granadas y metralla sobre los aterrados agarenos, sobre su campo, sobre las huertas de Tetuán, sobre sus quintas y aduares... ¡Qué desolación! ¡Qué castigo! ¡Cómo debieron de arrepentirse de habernos provocado tan temerariamente! ¡Qué lúgubres presagios harían en aquel momento sobre la suerte de su ciudad querida!.

Finalmente, músicas y aclamaciones resonaban allá en las alturas que el general O'Donnell designó con su espada al ordenar el ataque... Aquellos himnos celebraban nuestra, completa victoria. La bandera de España ondeaba sobre todas las cumbres de Sierra Bermeja, que ocupaba poco antes el enemigo, el cual ocultaba su dolor y despecho en las fragosidades de las montañas próximas o en el que hoy consideran, seguro de sus trincheras y parapetos.

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Concluyamos.

Dicho se esta que el general en jefe y su cuartel general habían subido los primeros a las posiciones tan valerosamente conquistadas. Desde allí, desde aquellas empinadas lomas, abarcábase de una sola ojeada toda la llanura que acabábamos de recorrer. Por un lado veíamos el CUERPO DE RESERVA, formado en cuadros; por otro, la brigada Mogrovejo, escalonada en columnas; allá nuestra Caballería, tendida en batalla; más cerca, la Artillería, tronando aún y coronada de blancas humaredas... Por todas partes guerrillas; grupos sueltos de soldados que conducían heridos; jefes y ayudantes que corríau en varias direcciones; cargas de cartuchos que venían de la remota Aduana; camilleros de las Compañías de Sanidad, que buscaban nuestros muertos entre la alta hierba, y acaso, acaso, alguna que otra tertulia de oficiales, que almorzaban a aquella hora, pan y queso, salchichón y vino, sobre la tierra que acababan de ensangrentar sus compañeros... ¡Qué alegre, qué animada, qué marcial perspectiva!

Pero ¿qué rumor de músicas y tambores se percibe a lo lejos? ¿Qué ejército es aquel que avanza por la otra solitaria planicie que atraviesa el río de la Judería? ¡Ah! ¡Son los batallones del SEGUNDO CUERPO; es el general Prim, que acude al teatro de la victoria!

¡Imponente y magnífico alarde! Aquellas aguerridas fuerzas, que hoy han permanecido ociosas, vienen a banderas desplegadas y tambor batiente, en perfecta y vistosa formación, completando nuestro dominio sobre todo el anchuroso valle, y como diciendo a los caudillos mahometanos: «Aún quedábamos nosotros; aún estábamos de reserva para lo que pudiese ocurrir.»

El conde de Reus, adelantándose a su ejército, llega a todo escape a incorporarse al cuartel general de O'Donnell, y a cumplimentar a este por el hermoso triunfo que acaba de obtener; después de lo cual le refiere un notable hecho de armas que ha tenido lugar allá abajo, mientras que nosotros tomábamos estas posiciones.

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Fue el caso que, estando parada en la llanura la división del general O'Donnell (D. Enrique), un jinete árabe, vestido de grana, que había dirigido por la derecha las fuerzas enemigas durante toda la lucha, se adelantó (con seis jinetes más, que parecían constituir su escolta) hacia aquella división inmóvil, como en son de desafío o de parlamento...

El hermano de nuestro general en jefe hizo avanzar entonces a su ayudante el Sr. Maturana, seguido de cuatro guardias civiles y dos ordenanzas, con el solo encargo de observar las intenciones de los que venían; pero al llegar nuestros jinetes al sitio que se les había señalado (a gran distancia ya de nuestros batallones), encuéntranse enfrente del extraño caballero moro, que había reforzado su escolta con veinte jinetes más. ¡Nadie había visto llegar a aquel refuerzo, que sin duda estaba escondido entre los altos juncales de las lagunas!...

Sin vacilar ni un punto, el Sr. Maturana carga entonces a los treinta agarenos con los seis valientes que le acompañan, y por un momento quedan revueltos y confundidos moros y cristianos... Mas los nuestros se dan tal arte, que logran infundir miedo a los marroquíes.

Retíranse éstos casi sin luchar..., y Maturana y los suyos, viendo que nuevas fuerzas moras vienen por la derecha tratando de envolverlos, emprenden también la retirada para incorporarse al grueso de nuestras tropas...

Pero uno de los guardias civiles, cuyo caballo acababa de recibir un balazo, cae en esto a tierra, sin que lo noten sus compañeros, y Maturana oye su voz, que pide auxilio con tanta mayor vehemencia, cuanto que el jefe encarnado y seis o siete moros más lo cercan ya, tratando de llevárselo vivo...

Maturana lo ve, y retrocede solo, armado de su revólver. Llega al grupo de moros, que salen a su encuentro esgrimiendo afiladas gumías: apunta contra el jefe, y lo mata; dispara tres tiros más, y hiere a otros dos infieles, con lo cual huyen los restantes, dejando prisioneros en poder del bravo oficial a los dos heridos.

Bien quisieran rescatarlos y castigar al audaz Maturana las fuerzas que acudían en auxilio del ya difunto jinete rojo; pero al mismo tiempo llegan en ayuda de los nuestros dos compañías, de la Princesa y una de Toledo, visto lo cual desisten de su intento los marroquíes, pronunciándose en retirada.

Salvo ya el guardia civil, y recogidos los dos prisioneros, estos declararon que el jefe muerto era de elevadísima graduación, cosa que también revelaban su rico traje de lana y seda y su excelente caballo..., que en adelante montará el general Prim.

Por lo demás, esta marcha del conde de Reus al través de la llanura, sin caballería ni cañones, ha sido tan osada como aplaudida. Muchas veces viose obligado a formar cuadros para hacer frente a los jinetes moros (que no se atrevieron a acercársele); otras destacó guerrillas (en su seguimiento, causándoles algunas bajas, y, a no haberle detenido la mala condición del terreno, su llegada al teatro de la acción por la retaguardia del enemigo habría hecho aún más sangrienta la vergonzosa fuga de este.

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Pero he dicho que iba a terminar por hoy. Describamos rápidamente nuestra retirada.

Esta se verificó con el mismo disgusto de las tropas y del general en jefe que la del día del príncipe de Asturias. ¡Estábamos tan cerca del campamento enemigo! ¡Nos había costado tanta sangre llegar allí!... Sin embargo, era forzoso volver a nuestros reales. El ataque a Tetuán debe verificarse por el otro lado de la llanura, por la orilla del Río Martín, asaltando de frente los grandes parapetos guarnecidos de cañones que allí han construido los marroquíes..., y O'Donnell no improvisa ni cambia nunca sus planes..., por lo cual los realiza siempre...

Nos retiramos, pues. Los moros trataron varias veces de picarnos la retaguardia luego que la noche cubrió el valle de tinieblas; pero el general Quesada por un lado, y los brigadieres Villate y Cervino por otro, cargaron nuevamente al enemigo, quien se resignó al fin a dejarnos, marchar ufanos con nuestra victoria...

El cuartel general pasó a su vuelta por el teatro de las cargas de caballería. Aún se veían algunos muertos nuestros, y muchos, innumerables mahometanos... Algunos caballos de uno y otro ejército agonizaban de pie, con el cuello tendido al aire y desangrándose lentamente... Otros yacían al lado de sus jinetes exánimes... Las armas descansaban también en tierra, como cansadas de matar... ¡Qué cuadro de tan lúgubre poesía!

Entre los despojos del reciente combate encontrose una bandera roja, al lado del que la había paseado todo el día por el campo de batalla. Era este un mulato corpulento, vestido con túnica encarnada, pantalón azul y turbante blanco. Dormía el sueño de la muerte con la faz al cielo, y su brazo derecho, extendido hacia la bandera, parecía pugnar por defenderla todavía...

En fin, cerca ya de nuestro campo, habló rápidamente O'Donnell con uno de los prisioneros hechos en la jornada, mísero anciano medio desnudo, de melancólica y grave fisonomía.

-¿Erais muchos hoy? -le preguntó, entre otras cosas, el general en jefe.

-¡Muchos! ¡Muchos! -respondió el moro, extendiendo las manos y agitando los dedos, como si viese ante sí las numerosas haces que había contemplado reunidas aquella mañana-. ¡Muchos!... ¡Muchos!... Pero ¿de qué nos ha servido?

Y al pronunciar esta frase expresaba el rostro del anciano tan profunda desesperación, que su patriotismo y su desgracia nos causaron respeto...

Concluyo diciendo que nuestras bajas en el combate de ayer consistieron en ochenta muertos y sobre quinientos cincuenta heridos. ¡Las de los moros... (todos pudimos verlas) fueron atroces! Solamente los muertos pasaron de trescientos.

Por lo que a mí toca, no tengo lo valor para dejar la pluma sin dar cuenta de la alegría y orgullo que me embargan... El general O'Donnell me concedió ayer la Cruz de San Fernando en el Campo de batalla, recompensando así con usura la parte insignificante que tomé en los trabajos y peligros de tan memorable refriega.

Es decir, que, mientras exista, adornarán mi pecho los colores amarillo y rojo, ¡los colores de la bandera nacional, y que después de terminarse esta guerra y mi compromiso de soldado, aún permaneceré unido con lazo tan hermoso al bizarro ejército español!

¡Sea en buen hora! ¡Luzca sobre mi corazón el mas sagrado símbolo de la patria, la más honrosa recompensa militar, la noble enseña española, y ella me inspire en todo tiempo sentimientos de amor y adoración entusiasta hacia la ilustre nación que bendigo ausente, y de quien me envanezco de ser hijo!



 

- XXXVIII - Día de la Candelaria. -Misa solemne. -Reconocimiento. -Conferencia de los generales, y plan de próxima batalla.

2 de febrero.

El día de ayer (que yo pasé escribiendo la batalla del 31) dedicose al embarque de heridos, al municionamiento de las tropas y a los preparativos de nuestro próximo ataque al campo atrincherado de Tetuán.

Emprenderemos la acometida pasado mañana al amanecer; las órdenes están dadas, y todo dispuesto con la más escrupulosa previsión.

En cuanto al día de hoy, ha sido solemnísimo.

Primeramente, esta mañana oyó misa todo el ejército. El ser día de la Purificación motivó realmente la santa ceremonia; pero el hecho de encontrarnos abocados a una grande y decisiva batalla; la evidente proximidad de nuestra entrada en una ciudad infiel, y el temor, que no podíamos menos de abrigar todos y cada uno, sobre si aquella misa sería la última que oyésemos antes de comparecer en la Eternidad, han dado al acto religioso de hoy no sé qué grandiosidad austera y melancólica, que no podía menos de contrastar con el humilde aparato y militar desaliño del templo, del altar, del sacerdote y de los fieles.

Celebrábase la misa en la plataforma del torreón de la Aduana, bajo la severa bóveda del cielo. El altar se apoyaba en el muro; y, cerca de él, asomado a las almenas aspilleradas, hallábase un corneta de cazadores, quien, con agudas señales, iba indicando a las numerosas huestes tendidas por la llanura la marcha silenciosa del incruento sacrificio. Yo no pude menos de volver muchas veces la cabeza para contemplar el magnífico cuadro que presentaban nuestras tropas en aquel momento. En una parte se veían obscuras masas de batallones formados entre los claros de sus tiendas; en otra, columnas apretadas de caballería, cuyas espadas centelleaban al sol, o cuyas lanzas entregaban al manso viento sus banderines; aquí un grupo aislado de jinetes, allá cuatro o seis guardias civiles alineados en otro sentido; ora algún soldado solo que había interrumpido su marcha, ora los ingenieros, apoyados en sus herramientas; en un lado el cuartel general de tal o cual cuerpo de ejército, parado en pintoresco pelotón, con los generales y brigadieres a la cabeza; en otro los acemileros y las gentes de mar, descubierta la frente, pero colocados también en regulares filas; ya una escolta, ya un regimiento, ya una masa de artillería, va un centinela solitario..., y todos silenciosos, todos inmóviles, todos atentos a un punto fijo: ¡al torreón arábigo en que se celebraba la misa!

No había semblante que no revelara juntamente marcialidad y ternura... Dijérase que, al través de la dura y amenazadora expresión que los rigores de la campaña y crueles hábitos de la guerra han prestado a todas las fisonomías, fulguraba la suave luz del Evangelio... Las dulces memorias de la patria, los recuerdos de la familia, los cuidados del alma, la cercanía de la vida eterna, todo conspiraba a enternecer y mejorar el corazón, a exaltar el sentimiento religioso, a inflamar el amor divino... Todos rezaban, pues, o sostenían con el Ser Supremo más íntimos coloquios. Quién le rendía fervorosa acción de gracias por haberle protegido hasta entonces y conservádole para su atribulada familia; quién le rogaba que fuese su escudo y su defensa en los próximos combates; quién le encomendaba la custodia de ser queridos que temía no volver a ver; quién, en fin, conmovido por más grandes agitaciones, pedía para las armas españolas la ayuda y el favor del Dios de los ejércitos, ofreciéndole, en cambio, una desdichada vida, si necesaria era, para la felicidad de la patria.

Grave y austera música poblaba en tanto de melodías la pura atmósfera de la mañana; el sol enviaba sus más cariñosos rayos a los que vio en otro tiempo pacíficos moradores de lejanos hogares, y hoy encontraba en extranjero suelo dando su vida en defensa de la honra nacional. Dios, rey del universo, acudía, en fin, gozoso a la nueva tierra donde sus hijos se reunían en su nombre y le llamaban... ¡Tetuán, y sus guardadores debieron de sentir el frío de la muerte en tan augusto y misterioso instante!

Veinticinco mil soldados españoles estábamos de rodillas, presentando las armas con humildad al Dios de Sabaoth, al caudillo del pueblo de Israel. Los jinetes, firmes sobre sus bridones, llevábanse al corazón la cruz de la espada, como ofreciendo la fuerza de su brazo y la sangre de sus venas a la víctima que veían inmolar. Todos los ecos del valle resonaron entonces con los acordes del himno triunfal de España, repetido por mil marciales instrumentos. La consagrada hostia brilló al sol y eclipsó su lumbre, y el cáliz misterioso, al alzarse sobre la cabeza del sacerdote, destacose sobre el azul del cielo, como si en aquel sacrosanto brindis se hubiese unido la eternidad a lo creado.

Al fin de la misa, el general en jefe, que durante toda ella había permanecido con la cabeza baja y la empuñadura del acero apoyada en el corazón, emprendió silenciosamente el camino de los campamentos moros, seguido de su numeroso cuartel general y del de todos los generales del ejército.

El objeto de O'Donnell era reconocer nuevamente el camino que hemos de recorrer pasado mañana, y enterar a los demás generales de las observaciones hechas por el general García en anteriores reconocimientos, designándoles al paso los sitios por donde habrán de conducir sus tropas, a fin de esquivar en lo posible los sitios pantanosos.

Llegamos, pues, hoy, como los días precedentes, hasta muy cerca de los parapetos del enemigo, quien no dejó por su parte de recibirnos a cañonazos, pero tampoco por esta vez nos causaron perjuicio las voluminosas balas rasas que caían en ocasiones a los pies de nuestros caballos...

Terminado el reconocimiento, el general O'Donnell invitó a los demás generales a que subiesen con él a la plataforma de la Aduana, desde donde, como tengo dicho, se abarca perfectamente toda la llanura... A nadie se le ocultó que el general en jefe iba a revelar y explicar su plan de batalla a los que pasado mañana han de secundar sus órdenes dando el anhelado ataque a los campamentos enemigos.

Los generales Ros de Olano, Prim, García, Ríos, O'Donnell (D. Enrique), Orozco, Turón, Quesada, Galiano, Ustáriz, Mackenna y Rubio, así como los comandantes generales de artillería y de ingenieros, componían aquella asamblea al aire libre, que nosotros divisábamos desde abajo con la curiosidad que puede imaginarse... La plataforma en que tenía lugar aquella importante escena, era la misma en que pocos momentos antes se había celebrado la misa de campaña. O'Donnell, avanzando a las almenas del oeste, designaba a los demás caudillos varios parajes de la llanura, mientras el general García, como jefe de estado mayor general, mostraba el plano del terreno, y Ros de Olano y Prim, agentes principales que han de ser de la obra, se ponían de acuerdo sobre los puntos que han de acometer con sus respectivas fuerzas.

¡Porque (sabedlo, como ya lo sabemos todos) el plan del conde de Lucena consiste en atacar a un mismo tiempo de frente y de flanco las posiciones enemigas, y tomar a la bayoneta parapetos, cañones, tiendas y todo cuanto encierran los campamentos moros! La idea no puede ser más sencilla, mas grande ni más atrevida. Ninguna tampoco más del gusto de nuestros soldados.

-¡Al fin (dicen) vamos a apoderarnos de la presa que hemos tenido al alcance de la mano en Castillejos, en Monte Negrón y en Río Azmir; y que tan de cerca amenazábamos en los combates del 23 y del 31 de enero!

Y una vertiginosa alegría reina en toda la extensión de este campo...

De nuestras inquietudes acerca de la próxima lucha, hablaré mañana con más viveza y propiedad que pudiera hacerlo hoy, pues mañana es la verdadera víspera del día solemne, y nada tendremos que hacer sino filosofar con el pie en el estribo...



 

- XXXIX -

La víspera de la batalla. -Molendris, víctima política. -Los Voluntarios Catalanes. -Arenga de Prim. -Despedidas.

Día 3 de febrero.

El día de hoy me lo había yo imaginado muchas veces antes de venir a la guerra. Quiero decir que sus peculiares emociones, su solemne expectativa, sus terrores y sus regocijos, corresponden exactamente a lo que yo había presentido siempre que pugnaba por figurarme la víspera de una decisiva batalla.

Hasta hoy nos eran desconocidas estas inquietudes; y es que, hasta hoy, nunca hemos tenido completa seguridad de combatir a determinada hora; nunca hemos atacado con premeditación; nunca hemos buscado al enemigo. Pero hoy sabemos todos (lo mismo los jefes que los oficiales y los soldados) que mañana al amanecer iremos sobre las huestes contrarias a batirlas, a asaltar su campo, a apoderarnos de él...; huestes y campo que no podrán huirnos ni trasladarse a otro punto, sino que están ahí, a nuestra vista, esperándonos hace mucho tiempo, con sus trincheras y cañones, con sus fosos y parapetos. ¡La lid, por consiguiente, será segura, inevitable, tremenda, y tenemos absoluta, indeclinable necesidad de triunfar!

Porque no hay arreglo posible... Al ser de día decamparemos: los soldados marcharán con sus tiendas a la espalda, provistos de raciones y con todo su equipo en las mochilas. Las acémilas nos seguirán con municiones y víveres, con hospitales y oficinas, botiquines y material de ingenieros... ¡O vencer o morir; o ganarlo o perderlo todo!... Tal será mañana nuestra situación. ¡O dormimos en las tiendas de Muley-el-Abbas, o vamos de cabeza al Mediterráneo!... ¡O mañana Tetuán es nuestro, o tenemos el trágico fin del ejército de D. Sebastián de Portugal!

Ni creáis que abulto la importancia de los peligros que vamos a correr con el pueril o poético propósito de que luego parezca mayor nuestra victoria... Casualmente tenemos noticias frescas del campamento moro, las cuales no dejan lugar a duda acerca del formidable aparato y desesperada furia con que nos aguardan los

marroquíes. Las enormes pérdidas que tuvieron en el último combate han sido repuestas y hasta superadas por tres o cuatro mil voluntarios que Muley-el-Abbas ha reclutado entre los pacíficos vecinos de Tetuán, obligándoles a tomar las armas y a seguirlo. Al mismo tiempo el belicoso príncipe ha recibido de su hermano el Emperador un considerable convoy de víveres y municiones, que empezaban a escasear (sobretodo los primeros) en las filas enemigas. Unido esto a que los moros saben también que mañana se juega el todo por el todo; que la batalla decidirá de la suerte de Tetuán, y que lo que no consigan en tan fuerte posición, con artillería, parapetos y casi doble número de combatientes que nosotros, no lo conseguirán ya nunca, hace que hayan recobrado la moral perdida; que su confianza en la victoria sea mayor que en los últimos encuentros, y que su natural fiereza esté sobrexcitada con el deseo de vengar tantas derrotas.

Así se expresa, a lo menos, un pobre moro, enfermo y casi moribundo, que se nos ha pasado esta mañana, poseído también de un terrible espíritu de venganza..., no contra nosotros, sino contra sus compatriotas y hermanos en religión.

Parece ser que este infeliz (hombre de unos cuarenta años, flaco y amarillo como un espectro, y vestido de modo y forma que revela su pasado bienestar) ha recibido en dos años cinco mil palos, todos por causas políticas, o sea en virtud de un odio encarnizado que la familia imperial profesa a la suya hace medio siglo. Su padre y sus hermanos fueron degollados, so pretexto de desobediencia a las órdenes soberanas; pero realmente por ser amigos y allegados de cierto pretendiente al trono que quitó mucho tiempo el sueño al difunto Abderramán. El desgraciado de que se trata ha pasado casi toda su vida en obscuros calabozos. El actual emperador lo soltó hace pocas semanas, en vista de que se moría, a fin de que recobrase la salud y tuviese fuerzas para padecer algunos años más; pero con motivo de no haber tomado las armas (como se le mandó) en el reciente combate de Guad-el-Jelú, acaba de recibir otros doscientos palos, que han redondeado la mencionada cifra de cinco mil. Ansioso de venganza, como dejo dicho, y deseando favorecernos en contra de un soberano que no ha sido sino su verdugo, llega hoy a nosotros el desventurado Molendris (este es su nombre), y nos da con febril acento y sanguinaria complacencia todos los datos y noticias que estima pueden sernos de utilidad para la grande empresa de mañana...

¡Dios se lo pague! Como quiera que sea, todo está pronto. Los equipajes se hallan empaquetados: solo falta quitar las tiendas y hacer las cargas. Los caballos tienen hoy doble ración de cebada y heno. Nuestros criados y asistentes preparan la frugal comida de mañana, a fin de que no ayunemos como otros días de acción. Las armas están prontas; los cañones, las carabinas y los revólvers han sido inspeccionados especialísimamente, o sea con mayor escrupulosidad que en una solemne revista. Las treinta mil cartas consabidas (las que preceden a toda marcha o encuentro que medio se haya sospechado) encuéntranse ya en la tienda del correo. ¡Apostaría cualquier cosa a que de todas esas cartas ni la mitad siquiera dan la noticia de que mañana atacamos al enemigo. Pero ¡cómo se dejará adivinar en los dulces adioses que precederán a cada firma!

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Son las cinco de la tarde, y vengo de presenciar una escena verdaderamente sublime.

Las compañías de Voluntarios Catalanes que la noble y patriótica tierra de Roger de Flor envía al ejército de África, como precioso e inestimable donativo, han desembarcado hace una hora.

¡Afortunados aventureros! Más felices que los Tercios Vascongados, a quienes en balde estamos esperando desde que principió la campaña, llegan a tiempo de participar de los mayores peligros y más gloriosos laureles de esta guerra.

Son cerca de quinientos hombres. Visten el clásico traje de su país: calzón y chaqueta de pana azul, barretina encarnada, botas amarillas, canana por cinturón, chaleco listado, pañuelo de colores anudado al cuello, y manta a la bandolera. Sus armas son el fusil y la bayoneta de reglamento. Sus cantineras, bellísimas. Traen por jefe a un comandante, todavía joven, llamado D. Victoriano Sugranés. Tres cruces de San Fernando adornan su pecho, lo cual es felicísimo anuncio de nueva gloria. Los demás oficiales se han distinguido también en muchas ocasiones, y alguno de ellos ha militado voluntariamente bajo las banderas de Pellisier y de Mac-Mahon.

La tropa toda ostenta en su fisonomía aquel aire de dureza, atrevimiento y astucia que distingue a la raza catalana. Facciones angulosas, cabellos castaños o rubios, recia musculatura y ágiles movimientos, propios de gente montañesa; he aquí los principales caracteres de los generosos voluntarios.

El general Prim, como paisano suyo, ha deseado que ingresen en su cuerpo de ejército, a lo cual ha accedido el general en jefe, mientras que ellos han pedido por su parte al conde de Reus ir mañana en la vanguardia. También se les ha otorgado esta merced.

Pero vamos a la sublime escena indicada.

Los catalanes iban formando, según que saltaban a tierra, al pie de Fuerte Martín. Todos los hijos del Principado que ya militaban en este ejército habían acudido a saludarlos. Mil abrazos, mil votos y ternos, mil diálogos en cerrado catalán seguían a cada encuentro de amigos o conocidos... Entretanto, la música de no sé qué regimiento del CUERPO mandado por Prim, llegaba a dar la bienvenida a nuestros nuevos camaradas, y el dicho general acudía en pos de ella, tan contento y ufano como si fuese al encuentro de sus hijos.

El héroe de los Castillejos montaba aquel caballo árabe, cogido a un jefe moro, de que hablé el día pasado. Vestía, como casi siempre, ancho pantalón rojo; levita azul, sin más adorno que dos grandes placas; kepís de paro (con la visera levantada, al estilo francés, y con los dos entorchados de teniente general), y un sable muy corvo, parecido a una cimitarra.

Luego que estuvieron reunidas las cuatro compañías de voluntarios, Prim se colocó en medio de ellas, y en dialecto catalán, en aquel habla enérgica y expresiva que recuerda los romances heroicos de la poesía provenzal, les arengó del siguiente modo:

«Catalanes:

»Acabáis de ingresar en un ejército bravo y aguerrido: en el ejército de África, cuyo renombre llena ya el universo.

»Vuestra fortuna es grande, pues habéis llegado a tiempo de combatir al lado de estos valientes. Mañana mismo marcharéis con ellos sobre Tetuán.

»Catalanes: vuestra responsabilidad es inmensa; estos bravos que os rodean, y que os han recibido con tanto entusiasmo, son los vencedores de veinte combates; han sufrido todo género de fatigas y privaciones; han luchado con el hambre y con los elementos; han hecho penosas marchas con el agua hasta la cintura; han dormido meses enteros sobre el fango y bajo la lluvia; han arrostrado la tremenda plaga del cólera, y todo, todo lo han soportado sin murmurar, con soberano valor, con intachable disciplina. Así lo habéis de soportar vosotros. No basta ser valientes: es menester ser humildes, pacientes, subordinados; es menester sufrir y obedecer sin murmurar; es necesario que correspondáis con vuestras virtudes al amor que yo os profeso, y que os hagáis dignos con vuestra conducta de los honores con que os ha recibido este glorioso ejército; de los himnos que os ha entonado esa música, y del general en jefe bajo cuyas órdenes vais a tener la honra de combatir; del bravo O'Donnell, que ha resucitado a España y reverdecido los laureles patrios; y también es menester que os hagáis dignos de llamar camaradas a los soldados del SEGUNDO CUERPO, con quienes viviréis en adelante, pues he alcanzado para vosotros tan señalada honra...

»Y no queda aquí la responsabilidad que pesa sobre vosotros. Pensad en la tierra que os ha equipado y enviado a esta campaña; pensad en que representáis aquí el honor y la gloria de Cataluña; pensad en que sois depositarios de la bandera de vuestro país..., y que todos vuestros paisanos tienen los ojos fijos en vosotros para ver cómo dais cuenta de la misión que os han confiado.

»Uno solo de vosotros que sea cobarde, labrará la desgracia y la mengua de Cataluña. Yo no lo espero. Recordad las glorias de vuestros mayores, de aquellos audaces aventureros que lucharon en oriente con reyes y emperadores; que vencieron en Palestina, en Grecia y en Constantinopla. A vosotros os toca imitar sus hechos y demostrar que los catalanes son en la lid los mismos que fueron siempre.

»Y si así no lo hiciereis; si alguno de vosotros olvidase sus sagrados deberes y diese un día de luto a la tierra en que nacimos, yo os lo juro por el sol que nos está alumbrando, ¡ni uno solo de vosotros volverá vivo a Cataluña!

»Pero si correspondéis a mis esperanzas y a las de todos vuestros paisanos, pronto tendréis la dicha de abrazar otra vez a vuestras familias, con la frente coronada de laureles; y los padres, las madres, las mujeres, los amigos, dirán llenos de orgullo, al estrecharos en sus brazos: Tú eres un bravo catalán.»

Imposible es que os figuréis ni que yo describa con exactitud la manera que tuvo el conde de Reus de pronunciar esta brillante alocución.

Al principio la interrumpieron vivas y aclamaciones. Al final todo el mundo lloraba (todos llorábamos), mientras que el gran batallador, de pie sobre los estribos árabes, rígido, trémulo, espantoso, parecía transportado a los antiguos tiempos, a los días de los Jaimes y Berengueres, y comunicaba a todos los corazones el entusiasmo patriótico de su alma, el calor de su belicosa sangre y la extrema energía de su temperamento. ¡Cuán fulminante en la amenaza! ¡Qué arrebatador en el elogio! ¡Qué persuasivo en la promesa! ¡Qué sublime al evocar la pasada historia!

¡Llorábamos todos, sí, viejos y jóvenes, generales, jefes y soldados! ¡Todos comprendíamos en tal instante aquel idioma extraño; todos palpitábamos a compás con aquel corazón embravecido; todos ansiábamos ardientemente la llegada del nuevo día, la hora de la refriega, el momento de la embestida y el asalto!

¡Eterno, inolvidable será el día que nos espera! ¡Húndase pronto en occidente el sol de hoy, y luzca sin tardanza la nueva aurora!

A las nueve de la noche.

Aún cojo la pluma para copiar algunas frases (me oigo ahora mismo, y que os revelarán, mejor que yo pudiera hacerlo, el estado de los ánimos y las preocupaciones que nos agitan en esta solemne noche.

A dos pasos de mi tienda hay una fonda francesa, de que creo haber hablado. En ella se reúnen ordinariamente muchos jefes y oficiales a beber y a conversar, hasta las nueve de la noche, en que resuena el toque de silencio, se apaga la luz y todo el mundo se va a dormir.

Es esa hora: los cornetas han dado la última señal, y la tertulia de la fonda se disuelve cerca de mi tienda.

-¡Adiós! -dice uno-. Hasta mañana a la noche, si estamos vivos.

-Que no hagas locuras... -responde otro.

-Mándame al asistente, después de la batalla, con noticias de tu persona...

-¡Permita Dios que nos veamos!...

-Y si a mí me ocurre alguna cosa, no olvides los encargos que te tengo hechos...

-Adiós: ¡buena suerte!

-Adiós: ¡hasta el valle de Josaphat!

-Adiós, ¡y viva España!

-Adiós, y sea lo que Dios quiera...

Este murmullo de tiernos y alegres adioses se aleja poco a poco, apagándose con el rumor de los sables y de las espuelas...

Ya no se oye en todo el campamento más ruido que la palpitación eterna del vecino mar, el canto de las insomnes ranas, y el ¿Quién vive? de algunos centinelas.

Yo me despido también de vosotros, como acabo de hacerlo de mi familia, prometo escribiros mañana a la noche si no me lo estorba algún accidente, además del cansancio de la batalla; y apago la luz, murmurando en lo íntimo de mi corazón la última frase que resonó hace poco detrás de esa pared de lienzo: «¡Sea lo que Dios quiera!»

FIN DEL TOMO PRIMERO

Tomo segundo

 

- I - Batalla de Tetuán.

Del campamento enemigo, a 4 de febrero de 1860.

 

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena

 

cayó vencido el reino lusitano

 

y se acabó su generosa historia,

 

no estés alegre y de ufanía llena

 

porque tu temerosa y flaca mano

 

alcanzó tal victoria, indina de memoria;

 

que si el justo dolor mueve a venganza

 

alguna vez el español coraje,

 

despedazada con aguda lanza

 

compensarás muriendo el hecho ultraje,

 

y Luco, amedrentado, al mar inmenso pagará

 

de africana sangre el censo.

 

(HERRERA.)

¡Victoria! ¡Victoria! ¡Dios ha combatido con nosotros! ¡Tetuán será nuestro dentro de algunas horas!

¡Echad las campanas a vuelo!, ¡vestíos de gala!, ¡corred a los templos y alzad himnos de gratitud al Dios de las misericordias! ¡Regocijaos, españoles! ¡Pasead en triunfo, por ciudades y aldeas, por campos y montañas, el pabellón morado de Castilla! ¡Empavesad los barcos! ¡Prended de los balcones vistosas colgaduras; recorred las calles con músicas y danzas; visitad los sepulcros de nuestros mayores; despertad de su sueño eterno a los once Alfonsos, a los Sanchos y Fernandos, a Isabel la Católica y a Cisneros, al Cid y a D. Juan de Austria; encomendad al padre Tajo que lleve la fausta nueva a nuestro hermano el Portugal; repique gozosamente la campana de la Vela, cubrid de negros paños el alcázar de Sevilla y la Alhambra; sembrad de flores las llanuras del Salado, de las Navas y Clavijo; resuenen desde Irún a Trafalgar y desde Reus a Finisterre salvas y aplausos, vítores y serenatas; canten los poetas; entonen un Tedéum los sacerdotes; enjuguen su llanto las madres, las huérfanas y las viudas que han perdido en esta guerra las más queridas prendas de su alma, y sea la tierra leve, y gloriosa la resurrección a los ínclitos héroes que han muerto a nuestro lado!

Pero dejemos ya la poesía de las palabras y vengamos a la poesía de los hechos. La mera fecha de este capítulo lo dice todo... ¡Hemos vencido una vez más! ¡Hemos vencido una vez para siempre! ¡Hemos coronado nuestra larga obra! Estamos a las puertas de Tetuán: los campamentos enemigos han caído en nuestro poder; los ejércitos marroquíes huyen deshechos y atribulados por esas montañas. ¡Sus cañones, sus tiendas, sus equipajes, sus víveres todo lo han dejado en nuestras manos! Escribo en la tienda del Príncipe y general Muley-Ahmed. Nuestros más humildes soldados dormirán esta noche sobre las alfombras y bajo las tiendas de los vencidos jefes del imperio. ¡El pabellón de España ondea sobre la Torre de Jeleli, sobre la tienda de Muley-Abbas, sobre cien quintas y caseríos! Los himnos que tocan en este instante nuestras músicas son repetidos por los ecos de las murallas de Tetuán. Nuestros cañones, puestos ya en batería, amenazan a la ciudad infiel, y solo la inclemencia y el respeto a la desgracia nos impiden reducirla a escombros... ¡Qué triunfo tan rápido, tan completo, tan maravilloso! Anoche a estas horas (bien lo recordaréis) nos hallábamos a dos leguas de aquí, en la arenosa playa, agitados por mil ocultos temores. Hoy... ya está todo terminado. La misma guerra acaso ha concluido. El sitio de la plaza será de todo punto innecesario. ¿Qué puede hacer sino rendirse? ¡Se acabó, pues, la sangre! ¡Terminó el largo martirio de nuestras tropas! ¡Oh, qué dichosa será España dentro de algunos momentos! ¡Patria del corazón! ¡Cómo nos gozamos desde ahora en tu alegría!

Pero demos tregua por un instante a tan noble entusiasmo. Recordemos el día de hoy; retrocedamos a nuestro antiguo campamento; describamos la portentosa batalla, antes de que nuevas impresiones borren o empalidezcan sus vivísimas imágenes; hagamos, en fin, que vuelva a aparecer en oriente el fausto sol que acaba de ocultarse, y alumbre otra vez su bendecida llama este venturoso 4 de FEBRERO, que vivirá eternamente en las páginas de la historia.

* * *

Toda la noche de ayer sopló un helado viento del norte, que por vez primera nos hizo probar este año el riguroso frío del invierno. Antes del día nevó un poco, después de lo cual mudose el viento en manso levante, que dulcificó la temperatura y convirtió la nieve en ligera llovizna. Por último, al amanecer de hoy observamos que todos los buques surtos en la rada se hallaban ya en franquía, dispuestos a abandonarnos si arreciaba el viento; en cuya virtud, y visto el cariz que presentaba la atmósfera, revocose la orden de decampar, y se mandó a todo el ejército esperar armado y con los equipajes corrientes hasta recibir nuevo aviso. ¡Figuraos nuestra desesperación!...

Pero, dichosamente, a eso de las ocho y media quiso Dios que se cambiara de pronto el levante en poniente seco y apacible: despejose inmediatamente el cielo; salió el sol, y los vapores apagaron en el acto sus calderas.

Diose, pues, resueltamente la orden de marcha, y la más dulce alegría volvió a todos los corazones.

Un momento después no había otras tiendas a las orillas del Martín que las del CUERPO DE RESERVA, el cual debía permanecer allí defendiendo los fuertes últimamente construidos y protegiendo nuestra retaguardia. Las demás tiendas desaparecieron como por encanto, y una larga hilera de acémilas empezó a desfilar río arriba con dirección a Tetuán. Es decir, que jugábamos el todo por el todo.

Entretanto, la tropa había tomado un ligero rancho y se formaba ya por batallones en el lugar que antes ocupaban sus tiendas. El general en jefe y su cuartel general recorrían la llanura en observación del enemigo, y los oficiales de estado mayor iban de un lado a otro, a todo escape, transmitiendo órdenes y organizando la expedición.

En el campamento moro notábase también alguna novedad. El número de sus tiendas se había aumentado, y muchas habían cambiado de lugar durante la noche, ocupando ahora las crestas de las montañas, cual si se hubiesen puesto también en franquía... Indudablemente, los moros sabían que les atacábamos hoy.

Dada la señal de partir, las tropas atravesaron el río Alcántara por cuatro puentes que el cuerpo de ingenieros había echado anoche al amparo de las tinieblas, y a los pocos minutos de marcha aparecían formadas a la vista del enemigo, en el mismo orden que debían conservar durante toda la refriega.

Este orden era el siguiente:

El SEGUNDO CUERPO, al mando del general Prim, marchaba por la derecha, con dos brigadas escalonadas por batallones, y las otras dos, a retaguardia, en columnas cerradas. Entre unas y otras iban dos baterías de montaña y dos del segundo regimiento montado.

El TERCER CUERPO, mandado por el general Ros, caminaba a la izquierda en la misma forma, llevando en su centro tres escuadrones del regimiento de artillería de a caballo.

Entre ambos cuerpos de ejército iba el regimiento de Artillería de Reserva, precedido de los Ingenieros.

Y detrás de estos extendíase toda nuestra CABALLERÍA en dos líneas, como cerrando la marcha y escoltando a las masas de batallones.

En cuanto al CUERPO DE RESERVA, a las órdenes del general D. Diego de los Ríos, ya dejo indicado que debía avanzar independientemente por nuestro flanco derecho, hasta la altura del Reducto de la Estrella, en donde permanecería amenazando de continuo la extrema izquierda del campamento moro; pero sin empeñar acción, a menos que el enemigo cayese sobre él o intentase atacar nuestra retaguardia.

Quedaban con este cuarto cuerpo dos baterías, una de ellas de montaña, y la otra del quinto regimiento montado (10) <notas.htm>.

Cerca de una hora pasaría aún sin escucharse ni un solo tiro. El SEGUNDO y el TERCER CUERPO adelantaban lentamente por el llano, con el arma al hombro y en la más correcta formación. Un silencio imponente y majestuoso reinaba en las filas, interrumpido tan solo por el acompasado andar de las masas sobre la hierba y por el áspero crujir de las ruedas de los cañones.

A eso de las diez se saludaron al fin los dos ejércitos. Una de las lanchas cañoneras que subían por el Martín protegiendo nuestro flanco izquierdo contra el daño que a mansalva hubiera podido hacérsenos desde el lado allá del río, avistó algunos moros que venían por aquel lado y les hizo fuego. Este primer cañonazo bastó para alejarlos; pero, como si aquella hubiese sido una señal aguardada con impaciencia, a nuestro disparo respondieron inmediatamente los cañones de las trincheras moras, y diose por principiada la batalla.

Los gruesos proyectiles que nos lanzaba el enemigo alcanzaban a nuestros batallones, si bien no les causaban gran daño. Los artilleros marroquíes tiraban por elevación, y las balas caían en los claros de nuestras filas. Seguimos, pues, caminando, sin atender a aquel mal dirigido fuego ni contestarles por entonces.

Así llegamos a situarnos a unos mil setecientos metros de las baterías contrarias. Su cañoneo era cada vez más vivo; la Torre de Jeleli había unido sus disparos a los de la llanura; los globos de plomo pasaban zumbando sobre nuestra frente, como aerolitos atraídos por la tierra; las columnas de aire que conmovían azotaban a veces nuestro rostro, y el golpe brusco y ahogado que daban al sepultarse en el suelo se parecía al último resoplido del toro cuando fenece o de la locomotora cuando se para.

Los moros entretanto, viendo que nuestro movimiento era siempre de frente y con dirección al extremo sur de sus trincheras, comprendieron en parte nuestro plan; y, dejando a sus cañones y a sus infantes el cuidado de defender los amenazados campamentos, avanzaron por nuestro flanco derecho en número de cuatro cinco mil jinetes, con el visible propósito de interponerse entre nosotros y el terreno que acabábamos de abandonar, y atacarnos por retaguardia cuando más empeñados estuviésemos por el frente.

Pero al general O'Donnell no le inquietó aquella maniobra. Lo admirable de su plan era haber adivinado y prevenido todo lo que los mahometanos habían de intentar hoy. El CUARTO CUERPO, que permanecía inmóvil y sobre las armas en el Reducto de la Estrella, tenía precisamente otro encargo que evitar: el que los moros nos envolviesen de la manera que ya procuraban hacerlo. Dejó, pues, el conde de Lucena al general Ríos el cuidado de entenderse con la caballería marroquí, y continuó marchando hacia el campamento de Muley-el-Abbas.

Llegamos, en fin, a encontrarnos a un kilómetro de las baterías enemigas, y solo entonces se mandó hacer alto a nuestras masas y avanzar a la Artillería de Reserva. Diez y seis cañones ocuparon instantáneamente la vanguardia, y rompieron vivísimo fuego contra la posición enemiga. Densa cortina de humo nos robó un instante la vista del campamento moro, largo trueno ensordeció el espacio, y la salvaje soledad de los montes circunvecinos se estremeció hondamente con el fragor de la descomunal batalla... ¡Magnífica, soberbia sinfonía; digno prólogo de la espantosa tragedia que se preparaba!

Ya en adelante, la ruidosa tempestad fue aumentado en rápido crescendo. A la Artillería de Reserva, que empezó a ganar terreno, marchando por baterías, unió pronto sus bárbaros estampidos la Artillería Rayada de a cuatro, de la que un regimiento entero salió al galope por nuestra izquierda, principiando a batir el flanco derecho de los atrincherados marroquíes.

Aflojó, en su consecuencia, un poco el fuego de las piezas enemigas. El nuestro, en cambio, se duplicó en breves instantes. Dos nuevos regimientos de artillería entraron juntos en fuego, vomitando granadas encendidas, mientras que dos baterías más, del segundo regimiento montado, cañoneaban el extremo norte del campamento moro y rechazaban las fuerzas de infantería y caballería que bajaban a apoyar a los seis mil jinetes agrupados en torno de las posiciones del general Ríos.

Por lo que allí pudiera acontecer, mandó entonces el conde de Lucena al brigadier Villate que se corriese por aquel lado con sus escuadrones de Lanceros, y obrase en combinación con el CUERPO DE RESERVA si los moros insistían en atacar nuestra retaguardia; dispuesto lo cual, nosotros continuamos marchando por nuestra parte en el seno de una verdadera tormenta.

Aún no se había disparado un tiro de fusil o de espingarda. Sólo el cañón tronaba reciamente en la llanura. Así llegamos a unos seiscientos metros de las fortificaciones enemigas. En este momento se presentaron por nuestra izquierda, siguiendo el curso del Guad-el-Jelú, algunos moros de a pie y de a caballo; pero el general Mackenna se adelantó a su encuentro con dos batallones, y el fuego de nuestras guerrillas bastó para rechazar a los agarenos hacia la plaza. Sin embargo, el bravo general (ya protegido por la Brigada de Lanceros, que mandaba en persona el general Galiano) permaneció hasta el fin del combate en aquella comprometida posición, interpuesto entre la ciudad y el campo de batalla. En el ínterin, el TERCER CUERPO se adelantaba al SEGUNDO, que había vuelto a hacer alto; seguía un recodo del Martín; rebasaba denodadamente el ángulo de la trinchera enemiga; hacía un cambio de frente sobre la derecha, y amenazaba el flanco izquierdo de los moros, a cuatrocientos metros de distancia de sus cañones...

A igual altura se puso por el frente el SEGUNDO CUERPO. Es decir, que el campamento de Muley-Ahmed estaba medio envuelto. ¡Acercábase, por tanto, el momento de la suprema embestida!... Nuestras columnas se pararon por tercera vez.

Tratábase de apagar los fuegos de la artillería enemiga antes de emprender la lucha de unos infantes contra otros. Pero las trincheras de los musulmanes, construidas con tierra, y arregladas a los adelantos del arte, no permitían a nuestras piezas desmontar las suyas. Causaban, sí, grandes destrozos en las fortificaciones; introducían la muerte y el espanto en los que las custodiaban; hacían callar a veces a todas sus bocas de fuego..., mas al poco rato volvían estas a bramar sedientas de matanza, mientras que desde la Torre de Jeleli, desde la alcazaba de Tetuán y desde las artilladas puertas de la misma plaza nos enviaban una incesante lluvia de sólidos proyectiles...

Nuestros bizarros artilleros no desisten, sin embargo, de su propósito; y adelantados a todo el ejército, a pecho descubierto (y no detrás de espesas murallas, como los marroquíes), colocan en batería cuarenta piezas, y rompen un cañoneo horroroso, cerrado, incesante, contra los fuertes enemigos. ¡Nunca faltan del aire diez o doce granadas! ¡Nunca se interrumpe el prolongado trueno de los bronces!

En esto principian a alzarse nubes de polvo revueltas con el humo de las baterías contrarias. ¡Es la trinchera que se derrumba! Además, muchas granadas entran en el campo contrario y revientan a nuestra vista, incendiando las tiendas y destrozando a los hombres, cuyos cuerpos vemos volar en pedazos... ¡Todo inútil, sin embargo! ¡Nada quebranta hoy el desesperado valor de los agarenos!

De pronto, elévase una anchísima, densa y aplomada columna de humo, que, arrancando de entre las tiendas islamitas, sube a nublar el infinito cielo; y un estruendo nunca oído, superior al estampido de mil truenos, resuena al mismo tiempo en aquel lugar, haciendo estremecerse hasta el húmedo suelo que pisamos... ¡Oh, ventura! ¡Es que una granada nuestra ha caído en un repuesto de pólvora, y lo ha volado! ¡Qué regocijo en nuestras filas! ¡Cómo se adivinan los estragos que habrá producido esta catástrofe en el ejército enemigo!

Y nuestra artillería avanza siempre, corriendo y disparando, estrechando cada vez más en un círculo de bronce el codiciado campamento... Las Baterías de a caballo se baten en guerrilla... Hay una, la del capitán Alcalá, que gallardea vistosamente delante de los cañones marroquíes... En pos de ellas avanzan las restantes con pasmosa serenidad. Y por los claros de las piezas adelántanse también los batallones, paso a paso, porque así lo mandan los jefes; pero agitados, impacientes, fogosos, enardecidos hasta el frenesí, por el olor de la pólvora, por el estallido de los cañones, por la proximidad de la presa...

-¿Cuándo?¿Cuándo? -parece que dicen nuestros soldados, nuestros bizarrísimos infantes, requiriendo sus bayonetas...

-¿Cuándo? ¿Cuándo? -parece que preguntan Ros de Olano y Prim, refrenando sus impacientes bridones, a la cabeza de las ordenadas tropas...

-¿Cuándo? ¿Cuándo? -exclama todo el mundo, viendo caer deshechos a algunos de nuestros soldados bajo las poderosas balas de los cañones enemigos...

-¡Ahora! ¡Ya! ¡Viva la Reina! ¡A la bayoneta! ¡A ellos! -grita de pronto el general O'Donnell, cuando calcula que nuestra infantería puede llegar de un solo aliento, de una sola carrera, a las trincheras moras, y saltarlas, y penetrar en los campamentos.

-¡A la bayoneta! ¡A ellos! -contestan veinte mil voces. Y todas las músicas, todas las cornetas, todos los tambores, repiten la señal de ataque; y los treinta y dos batallones, y la caballería, y el cuartel general, y la artillería, y los ingenieros, ¡todos, en fin!, acometen furiosamente a las posiciones enemigas, como impulsados por un solo y único resorte, como un pantano que rompe su dique, como la mar, cuando la vuelca sobre la playa un terremoto. ¡Oh momento! ¡Yo no sé describirlo! Su mero recuerdo inflama mis sentidos y agolpa a mis ojos lágrimas de entusiasmo... ¡Qué embriaguez!, ¡qué vértigo!, ¡qué locura aquella! ¡La alegría, el furor, la soberbia española, el miedo de que los moros tuvieran tiempo de rehacerse, y nuestros soldados para cansarse; la súbita aparición de la patria, regocijada por tan hermoso triunfo; la admiración y la gratitud que los unos sentíamos hacia los otros; la curiosidad de conocer el campamento árabe: todo nos enardecía, todo nos arrebataba a tal punto, que jóvenes y viejos, próceres y reclutas, nos saludábamos y hablábamos sin conocernos, como para transmitirnos tanta felicidad!

¡Y, sin embargo, aquel momento era horrible, mortal, desastroso! Corriendo como íbamos, entre músicas y aclamaciones, entre vivas y jubilosa fiesta, mil y mil tiros nos recibían a boca de jarro. ¡Treinta mil enemigos guarnecían las dilatadas trincheras! ¡Treinta mil espingardas nos apuntaban al corazón!

Y ¡cómo caían nuestros jefes, nuestros oficiales, nuestros soldados! ¡Cuántos, cuántos, Dios mío! Fueron treinta minutos de lucha, treinta minutos solamente..., ¡y más de mil españoles se bañaban ya en su sangre generosa!

Pero ¿qué importaba? Y ¿quién reparó en ello? ¿Qué importaba, si nuestras tropas habían acometido de frente y de flanco, escalado el muro de tierra con manos y pies, derribado a las numerosas huestes que lo guardaban, tomado los cañones a la bayoneta (después de recibir sus últimos y mortíferos disparos a quemarropa), invadido el campamento como una inundación, luchado cuerpo a cuerpo fuera y dentro de las tiendas, sembrado de muertos su triunfal camino, y puesto en vergonzosa fuga a todo el ejército mahometano?

¿Y he de decir yo quién mereció más, quién penetró el primero, quién derramó más sangre enemiga? ¡Todos fueron iguales! ¡Todos eran uno solo! ¡Todos acometieron con igual brío! ¡Nadie pensó en sí propio, sino en el resto del ejército! ¡Nadie deseó triunfar por sí mismo, sino que triunfase España! ¡Nadie trató de llegar al término de aquella carrera, sino de que llegase el estandarte nacional!

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Y, con todo, ¿cómo pasar en silencio los más culminantes episodios de la jornada? ¿Cómo callar los hechos inmortales que he tenido la felicidad de ver?

Diré, pues, en primer lugar, el arrojo y bravura del general en jefe, de D. Leopoldo O'Donnell, del héroe de la batalla... Desde el día de los Castillejos, nadie le había vuelto a ver convertido de ordenador de la lid en instrumento de ella, de jefe supremo en batallador, de caudillo en soldado... ¡Hoy sí! Hoy volvió el entusiasmo a su alma, el fuego bélico a sus venas, la ardiente poesía del combate a su corazón. ¡Hoy, como nunca, inflamado, vehemente, impetuoso, dominaba con su talla marcial y arrogante las masas de infantería y caballería; hoy, como en sus heroicos tiempos de coronel, de brigadier y de mariscal de campo, lanzábase a las balas con el acero desnudo; buscando al enemigo, arengando a las tropas, lleno de actividad y fuerza, resplandeciente el rostro de júbilo y ternura, con el llanto de amor patrio en los ojos!

-En avant! En avant! (¡Adelante! ¡Adelante!) ¡Viva la Reina! -gritaba, saltando la trinchera, metiendo su caballo en lo más recio de la lid, y penetrando de los primeros en el campamento enemigo.

-¡Soldados! ¡Viva España! -exclamaba otras veces, dirigiéndose a los que luchaban y a los que morían.

-¡Viva la Infantería española! -añadía, por último, volviéndose hacia el cuartel general, también entusiasmado al ver la violencia irresistible de nuestros batallones.

Y la voz, el gesto, la actitud del noble capitán nos arrebataban a todos; nos subyugaban materialmente; nos hubieran hecho despreciar mil vidas que tuviéramos.

-¡Viva O'Donnell! -gritaban generales y soldados.

-¡Viva la Reina! -gritaba el general en jefe.

-¡VIVA EL DUQUE DE TETUÁN! -se oyó por primera vez en las filas de no sé qué regimiento.

-¡VIVA EL DUQUE DE TETUÁN! -repitieron mil y mil voces, saludando espontánea y cariñosamente al antiguo vencedor de Lucena, al actual vencedor del moro.

Y los acordes de la Marcha Real, confundidos con el toque de ataque que resonaba en una extensión de legua y media, solemnizaban aquella augusta aclamación, la más verdadera, la más legítima y soberana de cuantas he presenciado en toda mi vida.

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Diré también de los Voluntarios Catalanes la singular hazaña con que en un solo día han levantado su nombre a la altura del merecimiento de que ya gozaban los más afortunados héroes de toda esta guerra.

Según solicitaron ayer, los nobles hijos del Principado iban de vanguardia, capitaneados por el general Prim; pero en el instante crítico de la carrera y del ataque, cuando ya les faltaban veinte pasos para llegar a la artillada trinchera, viéronse cortados por una zanja pantanosa, que altas hierbas acuáticas disimulaban completamente.

Caen, pues, dentro las primeras filas de Voluntarios Catalanes, y no bien lo notan los moros (que contaban con semejante accidente), pónense de pie sobre sus parapetos, y fusilan sin piedad a nuestros hermanos. ¡Pero estos no retroceden! ¡Sobre los primeros que se han hundido pasan otros, y los muertos y heridos sirven como de puente a sus camaradas!...

¡Vano empeño! ¡Inútil heroísmo! Los moros siguen cazándolos a mansalva, y ya no apuntan sino a aquellos que penosamente logran salvar el pantano y pasar a la otra orilla... ¡Así van cayendo, uno detrás de otro, aquellos bravos!...

Y, a pesar de esto, no desisten... Aunque la zanja está llena de muertos y heridos, han logrado juntarse al otro lado unos cien Catalanes... Intentan, pues, avanzar hacia la próxima trinchera; pero los moros, que han crecido en número por aquella parte, los aniquilan con descargas cerradas... ¿Qué partido tomar? Los Voluntarios se paran, como preguntándose si deben morir todos inútilmente en lucha tan desigual y bárbara, o si les será lícito retroceder...

El general Prim, que estaba a retaguardia de los Catalanes, alentándolos para que ninguno dejase de pasar el tremendo foso, ve aquella perplejidad y oscilación de los que ya han saltado a la otra orilla, y corre a ellos, a todo escape de su caballo moro; pónese a su frente, sin cuidarse de las balas, y, con voz mágica, tremenda, irresistible:

-¡Adelante, Catalanes! -grítales en su lengua-. ¡No hay tiempo que perder!... ¡Acordaos de lo que me habéis prometido!

¡No fue menester más! Los Voluntarios bajan la cabeza y acometen como ciegos toros a la formidable trinchera.

Prim va delante, como el día de los Castillejos... Llega, ve un portillo en el muro, y mete por él su caballo, cayendo como una exhalación en el campo enemigo.

Espántanse los moros ante aquella aparición... Algunos retroceden... Uno, más osado, llega blandiendo su gumía a dar muerte a nuestro bizarro general...

Este se convierte en soldado: blande su corvo acero, y derriba a sus pies al insolente moro.

¡Simultáneamente, los Voluntarios se encaramaban como gatos por la muralla de tierra; penetraban por las troneras de los cañones; ensangrentaban bayonetas hasta el cubo; vengaban, en fin, a sus compañeros, asesinados poco antes a mansalva.

¡Brava gente! La tierra que los ha criado puede envanecerse de ellos. La primera vez que han entrado en fuego han perdido la cuarta parte de su fuerza. ¡Su jefe, el comandante Sugrañés, ha muerto como bueno a las veinte horas de desembarcar en África, cumpliendo al general Prim la palabra empeñada de dar su vida por el honor de Cataluña! ¡Honor a él y a sus valientes soldados! ¡Gloria a la tierra de Roger de Flor! ¡Vítores sin cuento a la madre España!

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Mientras así se portaban los Catalanes, los batallones de León y Saboya hacían iguales prodigios por su lado.

Saboya acometió de frente a un cañón..., al último que pudieron cargar los moros... Ya le tocaba con la mano, cuando el formidable monstruo vomitó un torrente de metralla sobre la compañía de granaderos; y, ¡ay!, ¡la mitad de ella fue barrida, deshecha, bárbaramente mutilada! Un teniente (D. Miguel Castelo), todos los sargentos y treinta y cinco soldados, cayeron muertos o espantosamente heridos. El teniente murió en el acto.

Mandaba la compañía el capitán D. José Bernad y Tabuenca. Mi General (había dicho este a Prim pocos momentos antes), ¡quíteme usted de delante esa guerrilla! Y, una vez despejado su frente, entró en columna por la tronera, perdiendo la mitad de su tropa del modo que he dicho. ¡Pero la primera persona que Bernad encontró en el campamento moro fue al mismo general Prim, quien le tendió la mano, felicitándole ardorosamente!

Proezas semejantes realizaban en otros puntos del parapeto el regimiento de León, los cazadores de Alba de Tormes, el primer batallón de la Princesa y los dos de Córdoba. ¡Todos iban penetrando en los reales enemigos bajo el más espantoso fuego, ora disparando sus carabinas, ora empleándolas como mazas, ora acometiendo a la bayoneta! ¡Prim, estaba henchido de gratitud y de entusiasmo al verse a la cabeza de tales hombres!

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Al mismo tiempo que se tomaba de este modo el frente de la trinchera, el cuerpo de ejército del general Ros de Olano, con el cual iba el general O'Donnell, penetraba como un torbellino por el flanco izquierdo... ¡También allí encontramos fosos, acequias y parapetos; también allí el aire estaba cuajado de balas, y la muerte se cernía sobre todas las cabezas; también allí cada paso costaba una preciosa vida, y cada grito de ¡España! ¡España! celebraba prodigios de valor, arranques de heroísmo!

El regimiento de Albuera, mandado por el intrépido Alaminos; Ciudad-Rodrigo, mi ilustre batallón; el de Zamora, y uno de Asturias, entran los primeros en aquel teatro de gloria y de matanza... Cada tienda mora, cada árbol en flor, cada cañaveral, cada seto, presencia un desafío, un lance personal, una lucha cuerpo a cuerpo. Los jefes ensangrientan sus espadas; los oficiales responden a pistoletazos a las espingardas marroquíes. El fuego es a quema ropa... El arma blanca y la de fuego se emplean a igual distancia. Los gritos de triunfo y los de agonía resuenan en discordante confusión. La Muerte, ciega va y fatigada, no escoge sus víctimas, sino que blande su segur a diestro y siniestro, y así derriba a moros como a cristianos, y acaso muchas veces una misma bala hiere al adversario y al amigo, o un moro mata a otro, o un español derrama sin querer la sangre de su hermano...

¡Horror! ¡Horror! Una escena semejante no podía durar mucho tiempo sin acabar con una y otra hueste... ¡No duró! Fue, según he dicho, una tempestad de treinta minutos... ¡Treinta minutos en que más de tres mil hombres quedaron fuera de combate!

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Llegó al cabo un momento en que los moros se vieron envueltos materialmente. El temerario general García, con algunos guardias civiles, llegaba por retaguardia... El general Mackenna los estrechaba más arriba... Ros de Olano, Turón y Quesada arremetían por toda la extensión de sus posiciones... Prim y Orozco avanzaban de tienda en tienda, siempre de frente y cada vez con mayor brío... Don Enrique O'Donnell subía ya por la derecha, con su división, apoderándose del campamento de Muley-el-Abbas y encaminándose a la Torre de Jeleli. Nuestros cañones, en fin, volvían a tronar, lanzando una lluvia de granadas sobre los barrancos en que podían estar escondidos los musulmanes tratando de rehacerse... ¡Un minuto más de resistencia, y aquel anillo se cerraba y todo su ejército era nuestro prisionero!... ¡Ceder o morir! ¡Abandonar su campo o entregarse con él!... A tal alternativa habíamos reducido al enemigo.

Decidiose, pues, por la fuga... Pero ¡de qué modo! ¡Nadie la vio nunca más resuelta, más declarada, más lastimosa! Alguien debió de dar la voz de «¡Sálvese el que pueda! ¡Estamos envueltos! ¡Estamos cortados!...» Ello es que, repentinamente, aquellos indómitos luchadores, que sabían pelear como acosados jabalíes y que parecían hoy decididos a perder la última gota de su sangre antes que abandonar sus campamentos, depusieron las armas, prorrumpieron en gritos de terror, saltaron de entre los setos y la loma, y huyeron por todos lados, levantando las manos al cielo, y volviendo la cabeza para maldecirnos o para saludar sus amadas tiendas, en que dejaban todo su haber, y además su honra y su esperanza...

Este pánico cundió por todas partes. La caballería mora, tendida por la llanura (y que no había osado rebasar el Reducto de la Estrella, temerosa de verse envuelta por los batallones del general Ríos), salió también a todo el escape de sus corceles, dispersa, desordenada, despavorida, y se amparó de las montañas colindantes, por cuyas crestas desapareció bien pronto. ¡Todos..., todos huyeron! Y nadie les seguía, y ellos continuaban su cobarde fuga...

Dijérase que los habían abandonado a un mismo tiempo la fe, el valor, la dignidad, el patriotismo, ¡todo!... ¡Está escrito!, habrían exclamado probablemente; y corrían, corrían a ocultar su desventura, a reconciliarse con su Dios, a hacer penitencia, a llorar a solas, o tal vez a matarse los unos a los otros, en fratricida contienda, para no ver su mutuo dolor, o para demostrarse recíprocamente que aún quedaba en sus almas abatidas un resto de ferocidad africana.

¡Y cuán numeroso era el miserable enjambre de los fugitivos! Y cuánto nuestro orgullo al verlos desaparecer atropelladamente! ¡Ya no podrían negarse a sí mismos, ni ocultar a su emperador, ni disfrazar a los ojos de sus compatriotas el desastroso sentimiento que había castigado su soberbia! ¡Ya no podrían menos de confesar que siempre los habíamos derrotado; que todas las fuerzas del imperio eran nada contra nosotros, que su Dios temblaba ante nuestro Dios; que Marruecos debía rendir homenaje a España!

-«¿Qué ha sido de vuestras tiendas, de vuestros cañones, de vuestra pólvora, de vuestras vituallas? -les preguntarán mañana las ciudades en que irán a guarecerse-. ¿Por qué tenéis hambre? ¿Por qué pedís pan? ¿Por qué lloráis? ¿Qué habéis hecho de nuestros hermanos y de nuestros hijos?»

Y ellos tendrán que responder:

-«¡Todo, todo ha caído en poder de los españoles! ¡Dios no quiere que podamos resistir a los cristianos!»

* * *

Pero olvidemos a los moros por un momento... ¡Volved, amigos míos, volved las miradas a nuestras vencedoras tropas, que recorren los cuatro campamentos enemigos al son de la Marcha Real!

¡Ah! ¡Qué glorioso botín! ¡El ejército marroquí ha dejado de merecer este nombre! Ochocientas tiendas de campaña de gran tamaño, muchas con adornos de colores, y entre ellas las de los dos príncipes y las de todos los jefes, están en nuestro poder. En las de los muleyes había ricas alfombras, blandos divanes, lujosos muebles y vajillas de mucho precio. Algunas se hallaban atestadas de víveres: las había llenas completamente de naranjas, de harina, de cebada, de galleta, de dátiles y de maíz; en otras encontramos grandes provisiones de pólvora, de balas y de metralla; en todas había mantas, esteras, jaiques, arneses, espingardas, gumías, pistolas, puñales, jarros, morteros de piedra, mil y mil objetos de que se ha incautado al paso nuestra regocijada tropa, como señora y dueña, por derecho de conquista, de lo que ha ganado en buena lid.

Yo me he contentado con una guzla estrecha y larga (una especie de bandurria de dos cuerdas), sumamente melódica, construida con madera de olivo y piel de cordero, y en cuyo mástil torneado se ven misteriosas inscripciones. Pienso conservarla toda mi vida, formando trofeo con mi vieja espada toledana. ¡Será una reliquia que legaré a mis hijos, si Dios me los concede en su gracia! Y cruzados en humilde panoplia, ambos instrumentos encerrarán toda mi pobre historia de poeta y de soldado, admirador y enemigo de los moros...

En la trinchera y en la Torre de Jeleli hemos tomado nueve cañones. A la puerta de varias tiendas pacían mansamente algunos jumentos enanos y hasta veintiséis camellos, que nos servirán de acémilas. Infinidad de granadas y bombas han sido encontradas en el campamento del oeste; y, por último, Nuestra Señora de Atocha ha enriquecido su museo heroico con dos hermosísimas banderas, azul la una y la otra amarilla, cogidas en el real del príncipe Muley-el-Abbas.

Pero nada de esto es lo que yo quería deciros. Lo que yo quisiera que os imaginarais es la impresión que nos produjo esta tarde el aspecto general de los campamentos. Desearía, sí, haceros ver el pintoresco cuadro que presentaban las tiendas entre los floridos árboles; los cañaverales donde estaban atados los asnos y los camellos; las vistosas ropas y raros muebles esparcidos por tierra; las pilas de naranjas y los cajones ingleses llenos de pólvora; la regia hermosura de la tarde, y las flores silvestres que ya decoran algunos parajes de estas antiguas huertas; y desearía además que comprendieseis el encanto que nos causaba el pensar que todo aquello había pertenecido a los moros hasta pocos minutos antes; que cada objeto acreditaba nuestra victoria, la documentaba, la materializaba, por decirlo así; que podríamos mandar a España aquellos trofeos como testimonio de nuestro completo triunfo; que lo habíamos ganado, en fin, al glorioso juego de las armas, y que nada semejante habían conseguido de nosotros los africanos cuando atacaban nuestros campamentos del Serrallo, de la Concepción, del Río Azmir y de Guad-el-Jelú.

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Pero, ¡ay!, aún nos estaba reservada hoy una impresión de tristeza, digna de mención por sus especialísimas circunstancias.

Hallábase parado O'Donnell con su cuartel general en medio del campamento de Muley-Ahmed, dictando medidas para guarnecer las posiciones que rodean estas huertas y las muchas casas de labor que se ven por todos lados.

Ya no se oía ni un solo tiro... Todos los individuos y agregados del cuartel general estábamos en torno del conde de Lucena, llenos de júbilo y entusiasmo, dándonos el parabién como españoles antes que como militares.

Allí se encontraban también los periodistas extranjeros, que hablan llegado a cumplimentar a O'Donnell; los corresponsales de La Época y de La Iberia, Sres. D. Carlos Navarro y Rodrigo y D. Gaspar Núñez de Arce, que nos habían acompañado todo el día y asaltado la trinchera, como todo el mundo; el Sr. D. Jorge Díez Martínez, distinguidísimo caballero, que no se ha separado un instante del general en jefe durante toda la campaña; el conde d'Eu; los oficiales extranjeros; todo el cuartel general, en fin, verdadera tertulia amistosa, en que el continuo trato y la comunidad de penas y alegrías han unido con inextinguibles afectos todos los corazones.

De pronto óyese un tiro próximo, y percibese el silbido de una bala, que pasa por entre nuestras apiñadas cabezas, y al mismo tiempo siéntese un golpe seco, como el de una aldaba, seguido de un ¡ay! entrecortado por la muerte...

Miramos y vemos a un respetable anciano, correo de gabinete, que ha hecho toda la campaña, doblarse pausadamente sobre la silla... De su cerebro cae un caño de sangre sobre la grupa del caballo, y la barba blanca de la infortunada víctima levántase lentamente, a medida que su cabeza, atravesada de parte a parte, va inclinándose hacia atrás...

-Muerto... Está muerto... -murmura, el general O'Donnell- Quitémonos de aquí.

Y, mientras pronuncia estas palabras, pasa otra bala por en medio de nosotros; pero sin tocar a nadie... Indudablemente, un marroquí se había quedado escondido en alguna tienda, decidido a asesinar al general O'Donnell.

En tanto que se le buscaba (y por cierto que no se le encontró), nos alejamos de aquel sitio, tristemente afectados por una desgracia tan estéril y por la consideración de que aquellas balas habían podido matar, después de su gran victoria, al que ya denominábamos todos EL DUQUE DE TETUÁN; bajamos a la trinchera mora, prudentes y egoístas por la primera vez, como si el triunfo hubiese despertado en nuestro corazón cierta codicia de vivir.

En aquel lugar nos aguardaba otro espectáculo mucho más espantoso, pero que no por eso nos conmovió en manera alguna. Veíase allí el efecto producido por nuestra artillería en el campamento de Muley-Ahmed. Tiendas incendiadas, armas rotas, centenares de cadáveres destrozados; aquí una mano, allá una cabeza; en este lado un cuerpo hecho carbón, en el otro charcos de sangre; huellas de pólvora inflamada, jirones de ropas berberiscas, caballos muertos, vituallas y municiones esparcidas al acaso... ¡Oh! Era una cosa horrible; pero era también una patente de gloria y de fortuna para nuestra artillería. Sobre los parapetos y las trincheras veíanse también los muertos por la bayoneta o la carabina de nuestros infantes, y muchos heridos que se quejaban lastimosamente. A estos se les curó; pero ninguno tenía remedio.

En cuanto a nuestros muertos y heridos, habían sido ya retirados a las casas de campo inmediatas. No nos amargó, pues, las alegres horas de esta tarde el cuadro de nuestras lamentables pérdidas, que (según acaban de decirme) han consistido en mil ciento quince hombres.

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Voy a concluir.

En este momento son las nueve de la noche.

Nuestras tiendas han sido levantadas entre las de los moros; pero muchos dormiremos en las de ellos..., más por ufanía que por comodidad.

Nuestros caballos están atados con los mismos cordeles y en las mismas estacas que les servían a los agarenos para amarrar los suyos, y se comen el pienso que tenían preparado para esta noche.

En fin, las reses recién muertas (vacas y ovejas) con que pensaban refocilarse los marroquíes después de la batalla, han sido condimentadas y consumidas por nuestros soldados...

¡Ah! ¿Qué será entretanto de nuestros desgraciados enemigos? ¿Cómo pasarán la noche? ¿Qué comerán? ¿Dónde encontrarán amparo?

Infelices! ¡Allá se fueron, por lo más áspero de esas montañas, desprovistos de todo, solamente cargados de vergüenza y de infortunio! ¡Qué frío pasarán, qué hambre, qué desesperación!

Pero a todo esto no os he dicho lo más importante que está ocurriendo mientras dejo correr la pluma sobre el papel. ¡Admiraos de nuestro valor, y ved si somos o no somos ya soldados aguerridos!... ¡Es el caso que los cañones de la Alcazaba de Tetuán no dejan de lanzar balas rasas a este campamento! ¡Cuatro horas hace que terminó la lid, y desde entonces, de minuto en minuto, caen entre nuestras tiendas pesados proyectiles, que afortunadamente no nos han causado todavía daño alguno, pero que bien pudieran más tarde convertir nuestro reposo temporal en sueño eterno!...

Creemos, sin embargo, que estos disparos cesarán muy pronto... Los habitantes de la ciudad se habrán reunido en consejo al vernos acampados a sus puertas, y no podrán menos de resolver la rendición de la plaza, con lo cual dejará de hostilizarnos la vigilante fortaleza.

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Son las diez de la noche y los cañones de Tetuán siguen haciendo fuego...

Que yo sepa, hasta ahora no nos lla causado ninguna baja; pero, moralmente, esos cañonazos nos incomodan mucho, pues nos revelan que los marroquíes son tan tercos que van a obligarnos a reducir a cenizas, en cuanto amanezca, la ciudad que idolatran tanto...

Yo, sin embargo, espero todavía en su prudencia... ¡Ah! ¡Fuera horrible que entrásemos en Tetuán a sangre y fuego!

Y seré franco... No es solo la piedad o miedo lo que me mueve a pensar así. Es curiosidad artística. ¡Yo tiemblo a la idea de que todos sus habitantes tomen el camino de la montaña! Yo quiero ver la población, las costumbres, los trajes, los ritos, las fisonomías de los moros. Quiero hablarles; ser amigo de ellos; penetrar el fondo de su alma; sorprender el misterio de su extraña vida.

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¡Las diez y media, y todo sigue lo mismo!

Voy a apagar la luz, no sea que el lienzo de la tienda deje paso a la claridad, y esta sirva de blanco a los cañones moros...

¡Adiós..., amigos míos; y adiós, cuatro de febrero! ¡Oh! ¡Qué día tan largo! ¡Qué día tan grande! ¡Él sera eterno en nuestra historia!

A estas horas sabrá ya toda España el triunfo que han alcanzado hoy sus hijos. ¡Quién estuviera ahí! ¡De placer y entusiasmo se me eriza el cabello cuando me imagino la alegría que va a experimentar nuestra bendita patria!...

¡Ah, noble madre; viuda de ínclitos reyes y capitanes! ¡Arroja tus crespones de luto; rejuvenécete, y haz alarde de la antigua fiereza! ¡Tenías hijos..., y estos han mirado por tu honra y alegrado su triste ancianidad! ¡Tenías hijos, y ellos te vuelven a hacer soberana! ¡Gloria a ti, que no a ellos! ¡Gloria a ti, que fuiste el modelo de sus virtudes y de su gloria!

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Vuelvo a encender la luz. ¡El cañón ha dejado de sonar! Son las once, y hace ya más de un cuarto de hora que no dispara.

Es cosa hecha: el titán ha muerto... Tetuán se rinde... La guerra ha concluido. Mañana lucirá la paz en oriente, traída de la mano por la dulce y sonrosada Aurora.



 

- II - Primeros parlamentarios moros. -Intimación a la plaza, Tetuán capitula.-Los renegados.

Día 5 de febrero, antes de amanecer.

¡Qué grato ha sido esta noche el sueño de los que algo hemos dormido! Diríase que nuestra alma, libre ya de todo recelo acerca de los enemigos que acabábamos de aniquilar, ha aprovechado las horas del reposo para volver a España y tomar parte en su alegría. Hemos dormido, en fin, como patriarcas, debajo de estas tiendas imperiales, y aún dormiríamos si no nos hubiese despertado el ya extemporáneo toque de diana.

Al escuchar los primeros sones hemos abierto los ojos con cierta pena, creyendo que la total victoria de ayer había sido muy un sueño, y que los clarines matutinos nos avisaban, como otras veces, la hora del combate; pero pronto, el mismo júbilo que respira hoy la conocidísima tocata nos ha recordado a todos la brillante realidad de nuestra fortuna, y de aquí el largo aplauso y gozoso vocerío con que saludan en este momento las tropas (ni más ni menos que al principio de la campaña) los madrugadores acentos de tambores, músicas y cornetas.

Por lo demás, aún no lucen en el oriente señales del amanecer. Son las cinco, y la más densa obscuridad reina en el campamento. Solo se ve alguna leve claridad al través del lienzo de tal o cual tienda, cuyos moradores acaban de encender luz, mientras que muchos soldados soplan a los mal apagados tizones de las hogueras en que anoche guisaron, a fin de reanimarlos y hacer el café. Cesa, por último, la diana: pasa un cuarto de hora, y principia a clarear el día sobre las olas del remoto mar...

Suena entonces una nueva diana, que no habíamos oído hasta ahora en los inhospitalarios parajes que hemos habitado. Hablo del canto de los pájaros. Ni los montes bravíos ni los estériles arenales son sitios a propósito para que los ruiseñores y las alondras entonen su matutina música; pero en este alegre campamento, poblado de tantos árboles como tiendas; en este jardín de Marte; en este verdadero oasis, lleno de flores y de verdura, los cantores del aire saludan el primer albor de la mañana, sin sospechar que los guerreros aquí acampados que oyen hoy sus gorjeos no son ya africanos, sino españoles; como a nosotros nos parece oír los mismos suaves conciertos que escuchábamos algún día en las alamedas del país nativo.

Amanece al fin. El cielo está azul y transparente. Ni una nube, empaña su lucidez. Torna, por último, a nuestro horizonte el padre Sol, gloria y alegría de los mundos, y con él renace en todos los pechos el ansia de nuevas emociones.

Ni los cañones de la alcazaba ni los de las puertas de Tetuán han vuelto a hacer disparo alguno en toda la noche ni en lo que va de mañana. Es, pues, seguro que la ciudad se rinde.

Sin embargo, nuestros artilleros lo disponen todo para un bombardeo inmediato, mientras que en la tienda del general en jefe se determina alguna cosa de gran importancia que yo necesito averiguar inmediatamente.

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¡Ya lo sé todo! ¡Se trata de enviar a Tetuán un mensaje intimando la rendición!

Los comisionados elegidos son el preceptor de Aníbal Rinaldy, o sea, el cosmopolita Mustafá Abderramán (que, como sabéis, habita en la misma tienda que yo), y un moro de cierta categoría, hecho prisionero en la batalla de ayer, y llamado Sidi Mahommad. Mustafá Abderramán va vestido a la europea, y usa hoy su primitivo nombre, que es Pedro Dejean; lo cual indica que este hombre, hoy universal, fue francés en sus primeros años.

La intimación a la plaza está redactada de una manera sencilla y solemne, propia del capitán que la suscribe, de las circunstancias que la ocasionan y del mísero pueblo que ha de leerla.

Dice así:

«Al Gobernador de la plaza de Tetuán.

»Habéis visto a vuestro ejército (mandado por los hermanos del Emperador) batido, y su campamento, con la artillería, municiones, tiendas y cuanto contenía, ocupado por el ejercito español, que está a vuestras puertas con todos los medios para destruir esa ciudad en cortas horas.

»No obstante, un sentimiento de humanidad me hace dirigirme a vos.

»Entregad la plaza, para la que obtendréis condiciones razonables, entre las que estarán el respeto a las personas, a vuestras mujeres, a las propiedades y a vuestras leyes y costumbres.

»Debéis conocer los horrores de una plaza bombardeada y tomada por asalto: evitadlos a Tetuán, o, de otro modo, cargad con la responsabilidad de verla convertida en ruinas y desaparecer la población rica y laboriosa que la ocupa.

»Os doy veinticuatro horas para resolver: después de ellas, no esperéis otras condiciones que las que imponen la fuerza y la victoria.

»El capitán general y en jefe del ejército español,

»LEOPOLDO O'DONNELL.

»Campamento junto a la plaza, 5 de febrero de 1860.»

Al mismo tiempo se ha leído a nuestras tropas la siguiente orden del día, documento no menos notable que el anterior:

«Soldados: En el día de ayer habéis conseguido una completa victoria, tomando al enemigo sus reductos y atrincheramientos, su artillería y sus cuatro campamentos con todas sus tiendas y bagajes. Habéis correspondido dignamente a lo que la Reina y la Patria esperaban de vosotros, y habéis elevado a una grande altura la gloria y el nombre del Ejército Español.

»Soldados: Continuad con la misma constancia con que habéis luchado durante tres meses contra los elementos de un clima duro y en un país inhospitalario, hasta que obliguemos al enemigo a pedir gracia, dando a España satisfacción cumplida de sus agravios e indemnización de los sacrificios que ha hecho.

»Vuestro general en jefe,

»O'DONNELL.»

Volviendo a la intimación, habéis de saber que Iriarte y yo hemos resuelto seguir extraoficialmente a nuestros mensajeros, saliendo antes que ellos por una senda que nos han indicado. Una vez fuera de las avanzadas de nuestro ejército, nos uniremos a la embajada, y mi amigo Pedro Dejean nos hará penetrar con él y con el moro en la Ciudad Santa de los marroquíes... ¡Figuraos, pues, nuestra alegría! ¡En este momento no nos cambiaríamos por ningún monarca de la tierra!

-¡Que lleves tu álbum de dibujo! -le digo yo a Iriarte.

-¡Que lleves tu libro de memorias! -me dice él a mí.

Y apenas nos acordamos de almorzar, ni de que esta expedición nos puede costar la vida. ¡Para el uno como para el otro, lo primero de todo es el arte; es ver a Tetuán, es verlo habitado; es contemplar sus seculares misterios..., antes de que los profanen nuestros cañones!

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Son las nueve de la mañana, y Mustafá Abderramán, y Sidi Mahommad están ya listos...

Van a pie... ¡Tanto mejor! Nosotros dejamos también nuestros caballos, y penetramos en unos cañaverales muy intrincados, que no recorreríamos con tanta calma a no respirarse paz y amistad en el ambiente de esta mañana inolvidable. Sin embargo, vamos armados de revólvers, por lo que pueda acontecer.

Sidi Mahommad nos ha dicho que los aguardemos donde terminan estos cañaverales. El general O'Donnell ignora nuestra determinación, para la cual no le hemos pedido permiso, adivinando que nos lo hubiera negado, como a todos, pues dicho se está que el ejército entero querría formar parte de la embajada.

Acompañan a nuestros parlamentarios cuatro guardias civiles, más bien con objeto de evitar que les siga nadie, que como escolta de seguridad contra el enemigo. Así es que, no bien se encuentran ambos comisionados fuera de nuestras avanzadas y en la estrecha senda empedrada que conduce a la ciudad, los guardias hacen alto para contener a los curiosos, mientras que Mustafá y Mahommad siguen, ya solos, por el camino.

Nosotros damos entonces un gran rodeo hacia la izquierda, y nos unimos a ellos.

El moro lleva un pañuelo blanco izado en una baqueta, como señal de parlamento...

De nuestro campo a la plaza habrá poco más de un cuarto de legua. Todo este espacio es un laberinto de árboles, acequias, puentecillos, casas de campo, setos y bardales, vestidos ya de gala por una primavera precoz.

Descubrirnos, al fin, completamente a Tetuán. Sobre sus murallas aparecen algunas cabezas adornadas de blancos turbantes, las cuales se ocultan a medida que nos ven avanzar. Ya percibimos distintamente los cañones, la bandera verde del Profeta levantada en la alcazaba, los arcos de herradura de dos puertas de la ciudad, los alicatados de colores que revisten los alminares, las agujas que los coronan, las blancas azoteas, a que dan acceso estrechos y bajos postigos; mil y mil accidentes de arquitectura, impregnados del más genuino orientalismo, del más característico gusto árabe... ¡Ah! ¡Nos parece un sueño!

¡Y qué silencio! ¡Qué calma en derredor! ¡Qué mañana tan apacible! Solo las flores de los árboles frutales y los pájaros que saludan la vuelta de la estación amorosa parecen habitar en estas comarcas. Respírase un ambiente cargado de balsámicos aromas. El sol hermosea con sus caricias, piedras, aguas, troncos, praderas, edificios, montañas, cuanto su luz cariñosa alumbra... ¡Y el corazón, con su fiel instinto late alborozado dentro del pecho, como adivinando largos días de felicidad y reposo, de gloria y bienandanza!...

-¡Escribe! -me dice Iriarte.

-¡Dibuja! -le digo yo a él.

Y, al par que andamos, vamos tomando apuntes de cuanto vemos...

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Mas ¿qué gente es aquella que viene hacia acá por entre unos cañaverales? ¡Forzosamente, ha salido de Tetuán al mismo tiempo que nosotros de nuestro campo!... ¡Ah! ¡Traen también bandera blanca! ¡Bendigamos a Dios! ¡La ciudad capitula, anticipándose a nuestra intimación...! ¿Qué otra cosa pudiera significar ese mensaje?

Nuestros enviados se paran y dejan avanzar a los del enemigo.

Estos son cinco. De ellos, cuatro vienen a pie, y el otro encaramado, que no montado, en una mula, enjaezada vistosamente.

Tan raro caballero constituye la retaguardia. A vanguardia camina el de la bandera, que es un tosco morazo, vestido con jaique blanquecino.

De los otros tres, uno viste con lujo, y más bien al estilo de Argel que al de Marruecos. Los dos restantes parecen moros de rey, o sea soldados regulares.

Sin embargo, los cinco vienen sin armas.

No bien divisa esta comitiva a la nuestra, los cuatro de a pie empiezan a agitar sus arremangados jaiques y a tremolar la bandera blanca...

-¿Qué significa eso? -preguntamos a Mahommad.

-Significa paz y buena intención -responde el moro.

-Pues guardemos nuestra carta, y recibamos la que indudablemente traerán ellos -responde el sabio cosmopolita Pedro Dejean.

Y se mete en el pecho el mensaje de O'Donnell.

Mahommad responde entretanto a las señas de los marroquíes con otras semejantes; hecho lo cual, nos adelantamos los unos hacia los otros y se entabla en árabe el siguiente diálogo entre Pedro Dejean y el moro de la mula.

-¡Alá te guarde! -dice este último.

-¡El te conserve! -responde nuestro enviado-. ¿Qué mensaje es el tuyo?

-De paz.

-Bien venido seas.

-Busco al Gran Cristiano...

(Así designan los moros al general O'Donnell.)

-¿De parte de quién?

-De parte de los vecinos de Tetuán. ¿Quieres llevarme a la tienda de tu emir?

(Emir significa General en Jefe.)

-Vamos andando -responde Dejean.

Y todos nos dirigimos hacia el cuartel general de O'Donnell.

Los moros vienen tristes, pálidos, con el sello de un profundo terror en el semblante. Durante el camino, trábase naturalmente conversación entre ambas embajadas, y de todo ello, y de mis indagatorias y observaciones, resulta lo que sigue:

El parlamentario principal de los moros (el de la mula) es un anciano de severa y trabajada fisonomía, alto, flaco y duro como una palma combatida muchos años por los vientos. Viste ancho calzón azul, media blanca europea, babucha amarilla, jubón de merino negro bordado de seda, largo caftán de paño de color de café y gran turbante blanco, como la faja redoblada que envuelve su cintura. Llámase el Hach-Ben-Amet.

Este ilustre moro desempeña en el imperio el cargo de cónsul de Austria. Ha viajado mucho, y habla algo el español. Acompáñale un niño de poca edad, que parece ser su hijo, el cual se quedó atrás cuando nos descubrieron, y no ha tardado en agregársenos al ver que también nosotros veníamos de buenas.

De los otros cuatro personajes, el único digno de mención es el que viste a la argelina. (El traje argelino recuerda, más que ningún otro, al moro tradicional de España, o sea al que sale todavía en nuestras mascaradas y teatros. Las prendas que lo componen son: calzón anchuroso de color muy vivo, albornoz ondulante, vistoso chaleco, lujosa faja y muchos alamares y bordados en toda la ropa.) Este enviado, viejo también, habla el español a las mil maravillas, según nos dice con expresivas señas el de la bandera blanca, y aun paréceme entender que es tan español como yo, o, por mejor decir, que lo ha sido... Sin duda se trata de algún ex presidiario andaluz, renegado o sin renegar. Entretanto, Dejean habla con el cónsul de Austria, el cual le cuenta las grandes cosas que ocurren en Tetuán. He aquí la traducción libre de su relato:

«La ciudad se halla en la mayor tribulación. Muley-el-Abbas y Muley-Ahmed entraron en ella ayer tarde, después de la pérdida de los campamentos, a todo el escape de sus corceles y seguidos de algunos jefes principales.

»-¡El cristiano está a las puertas! -dijo Muley-Abbas-. ¡El que me quiera, el que sea fiel al Emperador, que me siga! Nosotros no podemos defender a Tetuán. ¡Dios ha abandonado nuestras huestes! Dejemos a Tetuán como una isla (11) <notas.htm>. ¡Que el cristiano no encuentre nada en ella!... Pero el que quiera quedarse, que se quede. ¡Dios Todopoderoso lo juzgará en su día!

»Después de pronunciar estas palabras en medio de la plaza, el Emir entró en casa del gobernador. Cargáronse de dinero y alhajas hasta treinta mulas; sacó de la cárcel, para que no quedasen impunes, algunos presos políticos, casi todos alcaides que habían sido; proveyose de una tienda y de algunos víveres, y partió por la puerta que da al camino de Tánger. ¡Según su cuenta, anoche mismo debíais dormir dentro de nuestros muros!...

»Muchas familias de Tetuán han seguido hoy en su fuga a los príncipes y jefes militares del imperio, sobre todo las mujeres y la gente rica. El camino de Tánger esta cubierto por una larga caravana de camellos, caballos, mulas y asnos, cargados de muebles, ropas y víveres. La emigración es espantosa...

»Los príncipes y los pocos servidores que aún les permanecen fieles, acamparon anoche en otra llanura que hay del lado allá de Tetuán. Con ellos van los susodichos presos. En cuanto al ejército derrotado, vivaqueó anoche en la Sierra; pero a las dos de la madrugada el hambre y el frío les hicieron acercarse a Tetuán.

»Vieron entonces las feroces, y desesperadas cabilas que los cristianos no ocupaban todavía la ciudad, y acordaron aprovechar la noche saqueando el barrio de los judíos...

»-Todo lo hemos perdido esta tarde -dijeron-; pero la Judería nos ofrece abundante desquite. ¡A la Judería! ¡A la Judería!

»Asaltaron, pues, las murallas del norte, hacia donde cae el barrio de los judíos..., ¡y yo no podría explicaros lo que ha pasado allí esta noche! Sólo sé que hemos oído tristes lamentos, confundidos con el golpe del hacha sobre las puertas... Por las azoteas de las casas vagaban doloridas sombras, que elevaban los brazos al cielo... El incendio alumbraba a veces aquel cuadro... ¡La sangre ha debido correr como un desatado torrente! ¡El saqueo y la violencia habrán sido espantosos! Nosotros, los pacíficos habitantes de Tetuán, que no podemos abandonarla porque la amamos demasiado y tenemos en ella grandes intereses, estábamos entretanto reunidos en consejo... ¡Ah..., ninguno ha dormido! ¿Qué hacer en tamaña tribulación? ¡Si estuviéramos solos, os entregaríamos la plaza; pero las cabilas nos observan; Muley-el-Abbas acecha nuestros movimientos desde la otra llanura, y no bien comprendan que nos rendimos, antes que vosotros hayáis penetrado por una puerta, nuestros cadáveres habrán salido arrastrando por otra! Al fin, esta mañana nos hemos resuelto los que aquí ves a demandaros consejo y protección... Tetuán quiere entregarse, pero no puede. Nosotros hemos venido sin que nos vea la gente de guerra; pero la gente de paz lo sabe, y nos bendice. Si vosotros nos hicierais el favor de acometer hoy nuevamente a Muley-el-Abbas y a las cabilas, todos se irían mucho más lejos, y la ciudad os abriría sus puertas, porque nosotros sabemos que los cristianos no queman, ni roban, ni matan al moro desarmado, ni hacen llorar a las mujeres... Pero a lo que no nos atrevemos, en el actual estado de cosas, es a seguir entre dos fuegos.»

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Por aquí va en su discurso el Hach-Ben-Amet cuando llegamos a nuestras avanzadas.

Por consiguiente, ya no nos es posible entendernos con ellos, ni pensar más que en la propia conservación...

Innumerable multitud de soldados nuestros se apiña al paso de los marroquíes...

Tetuán se rinde! -gritan mil y mil gozosas voces, al ver la bandera blanca de los enviados de la ciudad.

Y la alegría, la curiosidad, la sorpresa, mil afectos que podéis figuraros, agitan nuestros campamentos, haciendo salir de sus tiendas a generales y soldados.

Los parlamentarios moros miran con terror y admiración esta muchedumbre vencedora, tantos y tantos pabellones de fusiles, tantas largas hileras de artillería, todo este cúmulo de poder y de fuerza amontonado a las puertas de su ciudad amada... Cruzan, pues, tristes y pensativos uno y otro campamento. ¡Las tiendas moras se levantan aún entre las nuestras! ¡Qué espectáculo para los míseros islamitas!...

«Este... (dirán), este ha sido el teatro de la batalla que ayer ensordecía los vientos... Estos son los vencedores de nuestros príncipes... Estos son los indomables guerreros de que hemos oído contar tantas hazañas... Estos son los que nuestros Santones y Derviches nos dieron tantas veces por derrotados... ¡Estos son los que luchaban allá abajo con las tormentas, con la epidemia, con el Levante y con las privaciones! ¡Y aquí, aquí mismo, han aniquilado hace pocas horas a nuestro soberbio ejército! Este suelo, está húmedo todavía de sangre de nuestros hermanos... ¡Nuestro ha sido cuanto nos rodea! ¡La marea creciente que se desbordó de Ceuta hace dos meses y medio ha subido hasta el Boquete de Anghera, ha devorado después seis leguas de costa, ha invadido una llanura de dos leguas, penetrado en las huertas de Tetuán, inundado los campamentos musulmanes, y hoy amenaza tragarse a nuestra ciudad santa, a nuestra ciudad querida!...»

Y solo ahora comprenderán los tetuaníes toda la extensión del infortunio que ha militado bajo el estandarte del Profeta, y las derrotas sucesivas que ha experimentado Muley-el-Abbas desde el principio de la guerra.

Pero henos junto a la tienda de O'Donnell.

El general en jefe no se encuentra en ella. Dícese que montó a caballo hace una hora, y que recorre todas las posiciones ganadas ayer al enemigo desde la orilla del Guad-el-Jelú a la Torre de Jeleli.

Búscasele, pues, por todas partes, a fin de que reciba a los enviados de la plaza; pero no se le encuentra en ningún lado...

Esta circunstancia da tiempo a que se ordene y solemnice en cierto modo la entrevista de nuestro caudillo y de los embajadores africanos. La gran calle que, como en todos nuestros anteriores campamentos, trazan las tiendas del cuartel general del general en jefe ha sido despejada, y está cubierta por dos filas de carabineros. A la puerta de la tienda del general O'Donnell hállanse alineados los cinco parlamentarios, en actitud humilde, pero digna. Cerca de ellos forman un grupo todos nuestros generales. La habitual comitiva de O'Donnell y una infinidad de jefes y oficiales de todas armas componen otro grupo más a la derecha; y, a los dos lados de esta explanada, vense oscilar millares de cabezas, agitadas por vivísima curiosidad... ¡Son los soldados..., los beneméritos soldados, a quienes interesa tanto o más que a nadie el resultado de la entrevista que se prepara!

Así pasan algunos minutos de inmovilidad y silencio. Solo se escucha de vez en cuando alguna orden para que se busque al general en jefe por este o por aquel camino.

Al fin resuenan de pronto las majestuosas armonías de la marcha real; los centuplicados centinelas presentan las armas, y el general O'Donnell aparece a caballo por un lado de la extensa vía, seguido de un solo ayudante.

Apéase el victorioso caudillo delante de su tienda; saluda con grave y cortés ademán a los enviados, y penetra en ella el primero, indicando al paso a los embajadores, con otra acción llena de exquisita superioridad, que pueden penetrar en pos de él.

Hácenlo así los moros, no sin clavar antes a la puerta de la tienda la bandera blanca, y un nuevo silencio, que deja adivinar la preocupación de todos, reina en nuestros dilatados campamentos durante los breves minutos, a que se reduce aquella conferencia tan solemne.

Los que estamos más cerca de la tienda percibimos algunas palabras de O'Donnell y de los parlamentarios. Todos hablan en español. El general en jefe se produce con sentido enojo, con severa fortaleza, con cierta mezcla de rigor y lástima. Las palabras crueldad, inhumanidad, barbarie, salen de sus labios. (Alude sin duda a la sana feroz con que los moros han tratado a nuestros prisioneros, degollándolos despiadadamente.) Luego habla de generosidad, de perdón, de tolerancia con los vencidos, de Tetuán reducido a escombros, de bombardeo, de plazo improrrogable...

Los marroquíes tartamudean excusas; hablan en voz baja, se quejan, repiten mucho las palabras Cristiano..., piedad..., protección..., y protestan de su buena fe, de la verdad de sus palabras, de la lealtad de su mensaje.

Al fin el general en jefe llama a un ayudante, y le pide el pliego que Dejean y Mahommad se habían encargado de llevar a la plaza.

Vuelve el pliego a poder de O'Donnell, y al cabo de un momento los marroquíes salen, trayéndolo en la mano.

Es decir, que ellos mismos harán en nuestro nombre la intimación a Tetuán.

-Mañana a las diez tiraré el primer cañonazo -dice O'Donnell al cónsul de Austria cuando este le saluda para marcharse.

-Antes de las diez tendrás la contestación... -responde el moro-; pero desde el amanecer debes mirar a la alcazaba. ¡Si no ves en ella nuestra bandera, es señal de que Tetuán se rinde!

-Pues hasta mañana -concluye el general en jefe.

Parten, finalmente, los marroquíes escoltados por algunos caballos nuestros, mientras que mil y mil voces preguntan en nuestro campo:

-¿Qué hay? ¿Qué dicen? ¿Qué se ha resuelto?

Entonces corre de boca en boca el siguiente resumen auténtico de la conferencia:

-La ciudad quiere entregarse, pero no se atreve a hacerlo por miedo a las cabilas. Los tetuaníes nos ruegan que vayamos a ayudarles contra su mismo ejército. Nosotros hemos contestado que si mañana a las diez no ha abierto la ciudad sus puertas, a las once será un montón de escombros. ¡Allá arreglen los marroquíes sus desavenencias domésticas! ¡El ejército y el vecindario de Tetuán verán, pues, lo que más les conviene! Por nuestra parte, no estamos dispuestos a fiar la vida de un solo soldado a la lealtad de cuatro moros oficiosos...

Reprodúcense, pues, las cavilaciones y las conjeturas. La rendición de Tetuán (pensamos todos), aún dado caso de que se verifique, no traerá forzosamente consigo, como creíamos antes, la terminación de la guerra, puesto que el ejército marroquí, o, por decir mejor, Muley-el-Abbas, representante del imperio, protesta contra la entrega de la plaza, lejos de capitular con ella... Es decir, que quien demanda paz no es el enemigo que combatíamos; no es el Emperador, no son sus tropas, sino los habitantes inermes de una ciudad desguarnecida. ¡Es decir, que tantas derrotas no han quebrantado aún el fiero orgullo de nuestros adversarios; los cuales, o esperan todavía en su valor, o están resueltos a perecer desde el primero hasta el último, sin confesarse vencidos!...

Ciertamente, nada peor podía sucedernos... Las guerras de desesperación, o, por mejor decir, las guerras a la desesperada (como la de la Independencia, que sostuvimos nosotros contra los franceses hace cincuenta años), no tienen término ni límite, y si llegan a concluir es por consunción de los ejércitos que comienzan triunfando. Cuando un pueblo se resuelve a no capitular con el invasor, las victorias son vanas quimeras, máxime si se trata de una nación desorganizada, sobria, que carece de industria y de grandes intereses colectivos, como el imperio de Marruecos.

Aquí, donde casi no existe unidad social; donde cada individuo se rige y sostiene por su propia cuenta; donde apenas se reconocen otras necesidades que el comer, y el comer se limita a tragar un poco de maíz triturado; aquí, digo, casi no tendría trascendencia nacional la pérdida de una plaza, de una provincia o de la mitad del imperio. La población, arrojada de sus hogares, se replegaría al sur, y, provista de pólvora y de balas, volvería todos los días sobre nosotros, y lucharía años y años sin debilitarse, mientras que nosotros empobreceríamos lentamente nuestra hacienda y aniquilaríamos nuestro ejército.

Aquí no hay ejército ni hacienda: todos son soldados voluntarios, y todos viven de recursos propios...

Para herir, pues, de muerte al Estado tendríamos que extirpar toda la raza; que hacerla desaparecer; que matar diez millones de hombres, y ocupar veinte mil leguas cuadradas de territorio... ¡Yo me estremezco, por consiguiente, a la idea de que el enemigo no se dé ya por dominado; de que no se alarme por la pérdida de Tetuán; de que se resuelva, en fin, a hacer la guerra indefinidamente!

Pero ¿adónde vamos a parar? Volvamos a nuestra relación, y esperemos los sucesos. ¡Quién sabe si todas estas reflexiones serán anticipadas y prematuras! ¡Muley-el-Abbas y su hermano el Emperador podrían muy bien abrir los oídos a los consejos de la prudencia!...

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Decía que acaban de marcharse los parlamentarios de Tetuán. Nosotros, aunque poco satisfechos de su mensaje, no estamos, sin embargo, tan serios y preocupados como pudierais deducir de las precedentes reflexiones; pues lo cierto es que, a lo menos por ahora, se acabó la sangre; que el ejército enemigo está deshecho; que hemos coronado felizmente la campaña; que nos hallamos vivos en el momento dichoso de la victoria; que el cólera ha desaparecido casi completamente; que Tetuán nos abrirá sus puertas de un modo o de otro dentro de veinticuatro horas, y que allí nos aguardan curiosísimos espectáculos... Si más adelante es menester volver a pelear, ¡pelearemos!

Por otra parte, el regocijo que ahora mismo conmoverá a toda España parece que vibra ya en el ambiente que respiramos... ¡Fuera pues, melancólicos pensamientos! ¡Abandonémonos al placer de nuestra fortuna; bendigamos a Dios, que nos ha sacado salvos y con honra de tan multiplicados peligros, y creamos y esperemos en mayores felicidades!

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A cosa de las doce vienen a visitarnos otros cuatro vecinos de Tetuán. Este segundo parlamento no tiene ningún carácter oficial ni oficioso, guerrero ni municipal. La curiosidad solamente trae a nuestras tiendas a los cuatro africanos.

Dos de ellos son argelinos, y todos parecen gente pacífica y de mediana posición. Nos agasajan mucho, y ponderan el deseo que tenían de que ganásemos la ciudad. Describen los malos tratos que han recibido de las autoridades imperiales; nos ponderan la oposición de los tetuaníes a la continuación de la guerra, y nos hablan de futuras concordias, de alianzas entre moros y españoles, del odio que sienten hacia los ingleses y de otra porción de falsedades...

«¡Los ingleses nos han engañado! ¡Nos han vendido! (dicen). Primero nos aseguraron que erais muy pocos y muy cobardes; que no teníais cañones ni comida, y que al cabo de ocho días de penas, os veríais obligados a volver a España, o quedaríais todos aquí muertos y prisioneros, como el antiguo ejército del rey D. Sebastián. ¡Después nos prometieron ayuda y protección contra vosotros, y ya veis que nos han abandonado! Español..., bueno y valiente... (concluye uno, que medio habla castellano). Moro..., también valiente y bueno. Inglés..., falso, y tú y yo cortar cabeza de inglés.»

En esta segunda diputación viene también un renegado, el cual ha tenido la franqueza de confesarnos que lo es. Llámase Robles; fue relojero en Cádiz, y vive en el imperio hace más de veinte años. Cualquiera le hubiera tomado, por un árabe puro y neto... ¡Tan mora es su fisonomía!

En lo demás, la aparición de cada uno de estos desenterrados o resucitados que van surgiendo a nuestra vista a medida que turbamos el largo silencio en que ha yacido el imperio de Marruecos, quiero decir, la contemplación de cada renegado que encontramos en estas tierras no pertenecientes al mundo conocido, nos produce una emoción extraordinaria muy digna de análisis.

En efecto, experiméntase no sé qué asombro parecido al que os causaría hallar vivo al tiempo de derribar una casa a un hombre que hubiese sido emparedado muchos años atrás, o a la impresión que os produciría descubrir repentinamente una ciudad subterránea, ignorada de los geógrafos y arqueólogos, y habitada por gentes incomunicadas siglos y siglos con el resto de los humanos.

Digo más, al encontrar en esta inexplorada región semejantes personas, olvidadas del mundo en que se agitaron algún día, muertas civilmente, muertas también para sus parientes y amigos, perdidas en el tiempo como fantasmas disipados en el espacio, y al encontrarlas vivas, con memoria de lo que fueron, hablando la lengua patria con cierto rubor, cual si creyesen ofender el venerable idioma de sus padres (aquel idioma que abandonaron, que procuraron olvidar, que no ha resonado en sus oídos durante tanto tiempo, pero que dormía en su alma, vívido, inalterable, incorruptible, como un remordimiento en la conciencia); al oír a estos miserables decir: «Yo soy, o (más bien) YO ERA Fulano»; al oírlos citar su nombre, que ya no es su nombre; hablar de su pueblo, que ya no es su pueblo; referirse a una esposa, que han reemplazado con varias; aludir a sus hijos o a sus padres, de los que ignoran (¡viles, inicuos, desalmados como fieras!) ¡hasta si existen todavía!...; al oír todo esto, digo, acuden a mi mente mil maravillosas escenas ideadas por la fantasía de los yates...

Y ya recuerdo la bajada de Eneas a las regiones plutónicas, y sus encuentros con los pasados griegos y los futuros romanos; ya el paseo de Dante por los tres Reinos de la Muerte; ya el prodigioso descubrimiento de Pompeya y Herculano; ya la exhumación de las seculares momias egipcias; o bien presiento las supremas entrevistas del Valle de Josaphat, el día de la gran cita de los pecadores, y los diálogos que luego tendrán lugar, en la gloria, en el infierno o en el purgatorio, entre los hijos de todas las edades...

Pero veo que estoy por demás hablador. Reservemos para mañana tan felices disposiciones; pues mañana no han de faltarme interesantísimos asuntos en que emplearlas si, como creo, se verifica nuestra entrada en Tetuán.



 

- III - Entrada del ejército español en Tetuán.

TETUÁN, 6 de febrero.

¡Al fin llegamos! ¡Al fin puedo fechar estas cartas en Tetuán, después de haberlas fechado en tantos puntos del áspero camino! Ceuta, el Serrallo, la Concepción, Castillejos, Río Azmir, Cabo Negro, Guad-el-Jelú, las tiendas enemigas..., todos estos nombres, teñidos de sangre, con que he encabezado tantas veces mi DIARIO, me parecen ya ensueños de la imaginación. Aquellas móviles ciudades de lona han desaparecido como vanas quimeras. Nuestros campamentos solo viven ya en la historia. Tantas noches pasadas bajo la tienda o al amor de la lumbre, en la cima de las agrias montañas, en ignorados bosques, en solitarias llanuras, a la margen de olvidados ríos; el triste invierno en que hemos vivido, a la intemperie, como las fieras, en parajes despoblados y melancólicos; esos dos meses de peregrinación, de lucha con los elementos, de incomodidades y privaciones. ¡todo ha concluido! Mi dura penitencia ha terminado. Mi alejamiento de la sociedad y del mundo entero; mi vida sin hogar; aquella soledad y desamparo en que pasé la Nochebuena, el Año Nuevo, el día de Reyes, el de San Antón, el de la Candelaria, todo queda relegado a la región de los recuerdos inmortales; todo huyó para no volver... ¡Ya me cobija un techo; ya me alberga una ciudad; ya estoy otra vez en el mundo!

Pero ¡en qué mundo! ¡En un mundo no civilizado! ¡En el mundo islamita! ¡En el inundo de los misterios! ¡En una ciudad musulmana!

¡Tetuán! ¡Estoy en Tetuán! La poética aspiración de toda mi juventud se ha convertido en un hecho, y mi ardiente deseo de toda la campaña, en viva y palpable realidad... Pero ¿qué importo yo? Ni ¿qué es mi júbilo en comparación del de la madre Patria?

«¡Tetuán por España!» He aquí lo que debemos exclamar todos. Siglos hace que no han resonado en oídos españoles palabras semejantes. ¡La bandera amarilla y roja ondea sobre una ciudad extranjera! ¡Feliz la generación que asiste a esta vuelta de nuestras antiguas glorias! El día de hoy, para sumarse o hallar consonancia, busca otros días análogos en apartados tiempos, y a su vivo fulgor se divisan los muros de Nápoles, de Oran, de Bruselas, de Pavía, de San Quintín, de Méjico, de Roma, de Breda y de otras mil y mil ciudades tomadas por nuestros ilustres antepasados. ¡Venturosos los que presenciamos esta magnífica resurrección!... Las horas de hoy serán eternamente las más grandes y luminosas de nuestra vida. ¡Nada tan digno y noble tendremos que recordar en los días de nuestra vejez, por larga y gloriosa que Dios haga nuestra existencia! Siempre, siempre diremos, llenos de orgullo y de entusiasmo, y como una prueba de que nuestro destino no se ha deslizado inútil y obscuramente: «¡Yo fui uno de los que entraron en Tetuán

Y ahora séame lícito volver a hablar de mis emociones personales. ¡Qué día el de hoy! Aun prescindiendo de lo que he gozado en él como español y como cristiano, todavía es el más sublime de mi existencia si lo considero por el lado artístico y poético, y atiendo a los maravillosos cuadros que he visto, y a las sorprendentes escenas que han herido mi imaginación. ¡Hoy sí que desconfío de tener fuerzas para describir los múltiples y solemnes espectáculos a que he asistido! ¡Hoy sí que desearía la pluma de Jenofonte, el arpa de Virgilio o el pincel de Rubens, a fin de poder fijar ciertas impresiones y eternizar ciertos instantes!... Pero, aunque no sea mas que reseñados en mi humilde prosa, paso a referir todos los pormenores y accidentes de nuestra feliz entrada en Tetuán y de cuantos objetos extraordinarios llevo vistos en este inolvidable día.

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Cuando al amanecer resonó el toque de diana, casi todo el ejército estaba ya de pie.

Dos razones justificaban tanta diligencia: primeramente, todos ansiábamos ver si ondeaba la bandera marroquí sobre las almenas de la alcazaba; y en segundo lugar, queríamos tener dispuesto nuestro equipaje para el momento en que el general en jefe diese la orden de marchar a Tetuán.

La mañana se presentó al principio fría y nublada; pero a eso de las siete salió el sol, y sus primeros rayos disiparon la bruma que empañaba la atmósfera...

Todos fijamos los ojos en la alcazaba de Tetuán...

¡Oh, dicha!... ¡La bandera mora no estaba izada! Con anteojos y sin ellos, percibíase claramente el asta, desnuda, lisa, escueta, trazando una delgada línea sobre el azul del cielo...

¡Tetuán se rendía, por consiguiente!... ¡Los emisarios de la plaza no podían tardar!...

Almorzó, pues, rápidamente todo el mundo, y diose prisa a liar su equipaje, mientras que los que ya estábamos libres de estos quehaceres montábamos a caballo y nos dirigíamos a escape a nuestras avanzadas, a fin de ver llegar a la indefectible diputación mora.

Una vez allí, preguntamos a diferentes oficiales, que habían pasado la noche en la trinchera, si había ocurrido algo de particular mientras nosotros dormíamos...

-Creo -díjome uno-, y lo mismo cree toda mi compañía, haber escuchado algunos tiros dentro de Tetuán y al otro lado de sus muros. También nos ha parecido oír (pero esto puede ser una preocupación, nacida de lo que nos contó ayer mañana el Hach) lejanos lamentos y lúgubres ruidos que turbaban el silencio de la alta noche. No sé qué había en la atmósfera o en mi corazón..., pero yo he respirado con dificultad en medio de las tinieblas; he sentido vago terror y secreta angustia, y cuando esta mañana rayó el día vi a Tetuán en su sitio, tan blanco y tan inmóvil como cuando anoche lo perdí de vista, me sorprendió extraordinariamente, pues me habría parecido mucho más natural no encontrar piedra sobre piedra o hallarme con que la ciudad se había desvanecido como por arte de magia...

-¡Lo de los tipos es seguro, mi capitán! -exclamó un soldado-. Yo estaba de escucha allá, bien lejos, y he oído más de veinte en toda la noche. ¡Y debían de ser en las calles de Tetuán, pues retumbaban mucho, y los tiros en campo abierto retumban poco!

En esto ya eran las ocho menos cuarto, y empezamos a notar cierta agitación en nuestro campamento, como si desde alguna altura y con ayuda de anteojos hubiese visto alguien salir por las puertas de Tetuán a la ansiada comitiva.

Entonces nosotros (una docena de curiosos que teníamos libertad para ello) metimos espuelas a los caballos y avanzamos hacia la ciudad...

Pocos pasos habíamos andado, cuando, al revolver de unos cañaverales muy espesos, distinguimos como a medio cuarto de legua un jinete con traje blanco, que avanzaba al trote hacia nuestro campamento.

-¡Trae bandera blanca! -exclamó uno de mis compañeros de descubierta.

-No viene a caballo... Viene en mula... -añadió otro al cabo de un momento.

-¡No viene solo, le acompaña otro moro a pie! -dijo un tercero, cuando hubieron pasado algunos instantes.

-¡Es Robles! ¡Es el renegado de ayer! -repuso al fin el que primero había divisado al tetuaní de la mula.

Entretanto, el tal jinete había llegado ya a pocos pasos de nosotros. En efecto, era Robles.

Respondimos con los pañuelos a las señales que él nos hizo con su bandera blanca, y entonces se acercó sonriendo.

-Buenos días, caballeros -nos dijo en intachable español.

-Buenos días, paisano... -le respondimos-. ¿Qué hay de nuevo?

La pregunta era excusada. El semblante de Robles, pálido y demudado; su jaique manchado de sangre, y su mirada torva y afligida, nos revelaron los horrores que habían ocurrido en Tetuán la noche última.

-¡Mucho malo para los moros! ¡Mucho bueno para España! -respondió Robles con indefinible expresión.

A todo esto íbamos marchando hacia el cuartel general de O'Donnell, y rodeaba ya al enviado copiosísima muchedumbre.

-Pero ¡bien! ¿Se entrega la plaza o no se entrega? -le preguntamos en confianza.

-¡Se entrega! -contestó el renegado en voz baja, llevándose una mano al pecho, como indicando que entre sus ropas traía un importantísimo documento.

¡Figuraos nuestro regocijo!

-Hace bien Tetuán en entregarse -observó un soldado de artillería-, pues nuestro general tiene puestos ya en batería, doce morteros como doce rosas, con abundante dotación de municiones...

-¡No quiera Dios que hagáis uso de vuestra fuerza contra la infortunada ciudad! -replicó Robles-. Tetuán es a estas horas un mar de sangre y llanto. ¡Qué noche! Si la de anteayer fue horrible, la de ayer ha sido desastrosa... Y aun en el momento que os hablo, ahora mismo..., ¡Dios sabe lo que estará sucediendo dentro de aquellos muros!... Cuando yo salía por una puerta, las cabilas volvían a la carga por otra... El robo y la matanza de dos noches no les han bastado... Buscan nuevo botín y nuevas víctimas... ¡Están locos de furor!... ¡Ya no son hombres!... ¡Son perros rabiosos! ¡Después de haberse ensañado con los hebreos, ahora atacan también las casas de los moros pacíficos! ¡Ah! ¡Por humanidad solamente, no debéis tardar ni un momento en ocupar a Tetuán!

Al llegar a este punto, hizo alto la cabalgata.

Estábamos en el cuartel general de O'Donnell.

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El general en jefe, que se paseaba en aquel sitio, entró en su tienda seguido de Robles, quien ya había sacado una carta de su jubón...

La conferencia duró breves instantes.

El conde de Lucena volvió a aparecer, visiblemente afectado por el espantoso relato que acababa de oír.

-¡A caballo! -dijo-. ¡Que formen todas las fuerzas para marchar!

No había acabado de pronunciar estas palabras, cuando todas las tiendas habían desaparecido... Y ¡qué júbilo, qué entusiasmo demostraba el ejército!... «¡A Tetuán!» «¡A Tetuán!», decían treinta mil soldados.

O'Donnell daba, entretanto, varias órdenes... Prim, que estaba acampado en las alturas de Sierra Bermeja, faldearía la montaña con sus batallones, y ocuparía la alcazaba, situada al norte de la ciudad, en una altura. Ríos marcharía por el camino que había traído Robles, y entraría en la plaza por una puerta que encontraría abierta, al decir del pobre mensajero. En pos de él iría el mismo general en jefe, con el TERCER CUERPO, mandado este por Ros de Olano.

Emprendiose, pues, el movimiento en tal forma.

Eran las nueve de la mañana.

-¿Qué dice el pliego que ha traído Robles? -nos preguntábamos unos a otros.

-Lo que ya saben ustedes -respondió uno que se había enterado de todo-: que Tetuán gime bajo la violencia y el saqueo, y que la escasa población pacífica que allí ha quedado nos pide auxilio con la mayor angustia. Nosotros, pues, vamos a entrar en la plaza de grado o por fuerza, es decir, a todo riesgo. ¡Un deber de humanidad nos impone semejante conducta, por imprudente que pueda parecer!

Hablando así, avanzamos lentamente hasta la ciudad.

Yo tenía formado propósito de no separarme del cuartel general de O'Donnell en tan solemnes momentos. El conde de Lucena era la representación del ejército y la personificación de España, y solo aquellos que entrasen a su lado en la ciudad marroquí presenciarían la verdadera toma de posesión y verían los episodios más importantes de tan supremo acto. Renuncié, pues, al gusto, muy peligroso por otra parte, de ser de los primeros que penetrasen en la plaza, y caminé siempre lo más cerca posible de nuestro afortunado caudillo.

Delante de nosotros iba un batallón de la infantería mandada por el general Ríos; y, como las sendas eran muy estrechas, nos veíamos obligados a llevar nuestros caballos muy lentamente y a pararlos a cada instante, detenidos por aquella gente de a pie.

La mañana, aunque fresca, estaba deliciosa. El sol brillaba más alegremente que nunca, y parecía sentirse la palpitación de la tierra, ansiosa de desarrollar los tesoros de flores, de hojas y de frutos, que ya germinaban en su seno...

En cuanto a nosotros..., ¡imaginaos el alborozo que sentiríamos, el placer que inundaría nuestra alma! La misma inquietud, el mismo sobresalto que aún nos agitaban respecto de la sinceridad de los emisarios moros o renegados, eran parte a conmover y exaltar todos los corazones, y la febril impaciencia que experimentamos hacía locuaces a los más taciturnos, y convertía en alegres y decidores a los más graves y circunspectos.

¿Cómo olvidar nunca este paseo matinal tan interesante? ¡Yo creo firmemente que será uno de los recuerdos que conservaremos todos en la memoria durante el resto de nuestra vida!

El general O'Donnell, excitado como el que más por tan varios y poderosos afectos, abandonábase a una expansión franca y cordial, y nos refería episodios de la Guerra Civil de los Siete Años, en que también mandó en jefe. La mariana de hoy le recordaba otras semejantes... Él lo decía del modo más sencillo, fijándose solamente en la lentitud de nuestra marcha y en la circunstancia de ir detenido el cuartel general por una columna de infantería; pero todos los que lo escuchábamos comprendíamos que el general O'Donnell, sin darse cuenta de ello, se veía a sí mismo esta mañana a la fulgente claridad de su propia gloria, y coordinaba instintivamente los más célebres días de su vida de soldado, uniendo por primera vez a sus pasados hechos de armas las grandiosas jornadas de esta guerra, ya coronadas por una brillante y definitiva victoria.

Entretanto, veíamos cómo iban ganando las alturas de la próxima sierra las tropas del general Prim, con dirección a la Alcazaba. Los voluntarios catalanes se distinguían por sus gorros encarnados... ¡Iban en la vanguardia como anteayer, y trepaban y corrían por las escarpadas peñas con la agilidad propia de todos los hijos de montaña!...

En cuanto a los batallones que nosotros seguíamos, su cabeza debía de encontrarse ya muy cerca de Tetuán, y cada vez que se paraba la columna, obligándonos a detener nuestros caballos, experimentábamos cierta emoción de placer, como si aquello nos indicase que habíamos llegado ya al pie de los muros de la ciudad...

Pronto, empero, volvía a moverse dicha columna, y nosotros seguíamos en pos de ella, devorados de curiosidad acerca de lo que sucedería allá delante y de lo que ya verían los que marchaban en la vanguardia...

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Por lo demás, el camino que recorríamos no podía ser más pintoresco. A veces pasábamos bajo bóvedas de naranjos; otras teníamos que ir a la deshilada a lo largo de estrechos y sombríos callejones formados por altos y verdes setos o espesos y sonantes cañaverales, y en todas partes veíamos, ya recientes fosas, de las que salía un pie, una mano o la cabeza de un cadáver mal enterrado por los moros durante la batalla del 4; ya caballos o camellos muertos; ya instrumentos de labor, ya casas de campo abandonadas; aquí pozos, allá acequias; en un lado prados de flores, en otro crecidos sembrados; ora puentecillos rústicos, ora chozas y cuevas de tan gracioso como miserable aspecto...: ¡mil señales, en fin, de la antigua paz y de la reciente guerra!

Era aquel un espectáculo tan alegre como melancólico, que predispuso nuestro ánimo a la piedad para con los vencidos musulmanes, por lo mismo que a todos nos recordaba los alrededores de nuestro pueblo natal... En cuanto a mí, declaro que hallaba maravilloso parecido entre aquellos lugares y los callejones de Gracia, por donde se entra en Granada yendo del Norte; o bien creía recorrer, como en tiempos inolvidables, las afueras de aquella otra ciudad morisca en que rodó mi cuna y florecieron todas mis esperanzas...


Eran las nueve y media cuando salimos al fin de tales laberintos y volvimos a descubrir a Tetuán. Ya sólo distaba de nosotros unos cuatrocientos metros... ¡Su blancura nos deslumbraba enteramente! En aquel momento habíamos hecho alto para dejar avanzar a los que nos cortaban el paso, y todos mirábamos a los altos de las mezquitas y a los muros de la Alcazaba, esperando a cada instante ver ondear encima de ellos la nobilísima bandera española...

¡Qué momentos tan largos y tan solemnes! ¡Qué emoción la nuestra! ¡Qué hora para España!... ¡Para España, que nada sabía de lo que estaba sucediéndonos!

Reinaba un silencio religioso. ¡Era el instante crítico!... ¿Habían encontrado nuestras tropas algún obstáculo? ¿Las aguardaba una traición? ¿Íbamos a ver volar la ciudad?... Nada se oía tampoco en nuestra remota vanguardia... Sólo algún tiro (o a veces dos o tres) se escuchaba a grandes intervalos. Todos aquellos tiros eran de espingardas, según lo ronco de la detonación... Sin embargo, no podían significar resistencia, sino protestas aisladas o emboscadas individuales, como las que siempre abundan en los alrededores de Melilla... Aquellos disparos nos arrullaban, pues, como lamentos de un enemigo moribundo.

-¡Veo gente en la Alcazaba! -exclamó en esto uno de nuestra comitiva.

-¡Son los Catalanes! -dijo otro.

-¡Tratan de izar una bandera!... -añadió un tercero.

-¡Sí!... ¡Sí!... ¡La Alcazaba está en nuestro poder!...

-También se ve gente en las murallas de Tetuán... ¡Y otra bandera!... Ved... ¡Es la española!...

-¿Dónde?

-¡Sobre la puerta de la ciudad! ¡Ya estamos dentro! ¡Tetuán por España!

Era cierto, lejanos vivas y los ecos de la Marcha Real, que allá tocaban músicas, tambores y cornetas, no nos dejaron lugar a duda... ¡Y, para colmo de dicha, un momento después ondeaba ya la misma enseña vencedora sobre el asta bandera de la Alcazaba, sobre los muros, sobre las azoteas, sobre las torres de la ciudad!...

Entonces hubo una gran explosión de júbilo en los batallones que nos precedían, y aun en el cuartel general...

-¡Viva España! ¡Viva, O'Donnell! -se oyó gritar por todas partes.

Eran las diez.

En tal instante sonó a lo lejos un cañonazo...

Todos nos miramos sorprendidos...

Un sombrío recelo anubló el rostro de O'Donnell...

Cesaron las músicas, y un nuevo cañonazo, y luego otro, y hasta cinco o seis, resonaron dentro de la ciudad...

¿Qué era aquello? Mil confusos temores nos asaltaron en tropel... Sin embargo, nadie hablaba.

-¡Adelante! -gritó, por último, el conde de Lucena.

Y, poniendo su caballo al galope, se dirigió a Tetuán, pasando por medio de la columna de infantería.

Todos echamos detrás de él.

El trozo de camino que recorrimos a escape era una carretera empedrada, que pasaba luego por una calzada o puente y terminaba bajo los propios muros de la ciudad. Los caballos producían un estrépito formidable sobre las gruesas y desnudas piedras, y este marcial ruido inflamó de nuevo en el corazón de todos el espíritu bélico, amortiguado hacía ya dos días...

-¡Si se resisten, tanto peor para ellos! -nos dijimos unos a otros-. ¡Tendremos drama, y venceremos como siempre!

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Llegamos, por último, a la puerta.

Era esta un arco de herradura, con dos ajimeces encima, por los que asomaban dos cañones.

El arco formaba el principio de una calle embovedada y retorcida, que nada nos permitía ver del interior de la ciudad.

En el dintel había centinelas españoles y un oficial de estado mayor.

-¿Qué cañonazos son esos? -le preguntó a este el general O'Donnell.

-Son los voluntarios catalanes, que disparan los cañones de la Alcazaba contra fuerzas rezagadas del fugitivo ejército marroquí...

-Pues ¿dónde está ese ejército?

-Estaba en un nuevo llano que hay al otro lado de Tetuán, y amenazaba entrar de nuevo a saco en la ciudad por la puerta de Tánger. Pero ya han salido a rechazarlo y perseguirlo algunos batallones nuestros con piezas de montaña...

-¿Dónde está el general Ríos?

-En el Zoco o plaza principal.

-¿Y el conde de Reus?

-En la Alcazaba. Tengo orden de decir a V. E. que nuestras tropas van recorriendo toda la ciudad sin encontrar resistencia alguna.

Y entonces el oficial le refirió a O'Donnell, con más pormenores, todo cuanto había sucedido en aquellos minutos, que era lo siguiente:

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Los generales Ríos y Mackenna llegaron los primeros al pie de las murallas, seguidos de algunos batallones y acompañados de Robles, el parlamentario de la ciudad.

Contra lo prometido, la puerta estaba cerrada y no se veía a nadie por ningún lado.

-¿Qué significa esto? -preguntó Ríos al mensajero, que se hallaba pálido como la muerte.

-Señor..., ¡no sé! Quizá habrán vuelto los moros...

-¡Tanto mejor! -replicó Ríos-. ¡A ver! ¡Que avancen dos cañones y derriben esa puerta!

En esto se vio aparecer la cabeza de un moro sobre un cañón de los que guarnecían los altos ajimeces...

Mackenna y Ríos se miraron con asombro. Aquello tenía todos los aires de la más negra traición.

-Descuida, señor... -dijo Robles-. Ese moro no va a hacer fuego... Es un amigo mío.

-¡Dile que abra la puerta, o teme por tu vida! -exclamaron nuestros generales.

El moro, montado en el cañón, daba entretanto, en árabe, unas voces que nadie entendía...

-Dice ese moro -balbuceó Robles- que el gobernador acaba de huir, llevándose todas las llaves de la ciudad.

-¡Que abra la puerta..., o ponemos fuego a Tetuán! -respondió el general Ríos.

Nuestros artilleros llegaban ya con dos cañones y los cargaban con bala rasa.

Al mismo tiempo se asomaron algunos judíos por lo alto de las almenas, gritando desaforadamente:

-¡Entrad pronto! ¡Entrad pronto!... ¡Los moros están penetrando por la otra puerta! ¡Vienen a matarnos!... ¡Viva la reina de España!

Mientras tenían lugar estas conversaciones, algunos soldados del Regimiento de Zaragoza pugnaban por forzar con sus bayonetas y a pedradas la cerradura de la puerta, a lo cual conocieron que les ayudaban por la parte de adentro...

-¿Quién anda ahí? -preguntaban nuestros soldados.

-¡Somos judíos! ¡Somos amigos! -respondían algunas voces en español, a través de las ferradas tablas.

Y los golpes de adentro y los de fuera se respondían como ecos.

Saltaron, al fin, las cerraduras, y la puerta se abrió de par en par...

Al otro lado de ella no había nadie. Los judíos habían desaparecido llenos de miedo.

Pero los de la muralla, más audaces porque tenían asegurada la fuga caso de que nuestras tropas se hubiesen manifestado hostiles, exclamaron con grandes voces:

-¡Tocad la música! ¡Tocad los tambores! ¡Tocad las trompetas, para que huyan los Morios!

(Así nombran los hebreos a los moros.)

-¡Adelante! -gritó Ríos a sus tropas.

Y las músicas entonaron la Marcha Real; y, acompañado de Mackenna, avanzó resueltamente por las tortuosas calles de la ciudad, seguido del Regimiento de Zaragoza, que fue el primero a quien cupo la gloria de pisar las calles de la ciudad musulmana.

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Diez minutos habrían transcurrido después de todo esto, cuando nosotros llegamos a la misma puerta.

O'Donnell hizo allí alto.

-Nadie me siga -dijo.

Y, acompañado de un solo ayudante, pasó bajo el profundo arco o torcida bóveda de la puerta. Y entró en Tetuán, sin que nadie pudiera seguirle con la vista, por la cautelosa configuración de tal entrada.

Veinte minutos después estaba de vuelta.

Aquello habla sido una mera fórmula oficial de toma de posesión; y, una vez realizada, tornó el caudillo a colocarse a nuestro frente, pronunciando estas palabras:

-¡Es un espectáculo horrible! Vamos ahora por aquí...

Y, apeándose del caballo, empezó a subir una empinada cuesta en que se apoya la muralla por aquella parte. Cauto y previsor como siempre, quería, antes de penetrar en la ciudad con nuevas tropas, estudiar la estructura de esta y las posiciones que la rodeaban.

La cuesta susodicha hallábase cubierta de escombros, de menudos cimientos y de algunas diminutas construcciones. Todo esto nos hizo creer, a primera vista, que allí había habido un barrio extramuros; pero, considerando aquel paraje más de cerca y con más detenida atención, conocimos que era un antiguo Cementerio.

Y en verdad que nadie habrá visto campo santo tan primoroso y alegre como aquel. Su posición en anfiteatro, y vasta extensión sobre la montaña, me recordaron el Enterramiento del Padre La Chaisse, de París, aunque la forma oriental de las sepulturas, sus arcos árabes, sus filigranados doseletes y todo el ornamento de recintos y panteones, semejantes en cierta manera a grandes muebles góticos, le dan un carácter monumental, religioso, exquisitamente artístico, que no se nota en ningún cementerio de nuestra Europa. Entre los sepulcros, de una blancura deslumbrante, crecen el jazmín y la hiedra, festoneándolos con gracia. Flores silvestres, higueras, pitas, algarrobos y otros árboles sombrean los panteones más lujosos. En cambio, no vimos sobre ninguno de ellos ni un nombre, ni una fecha, ni una inscripción... La muerte es allí tan muda y elocuente como en la imaginación del hombre...

Por lugar tan sagrado subíamos nosotros, indiferentes y sacrílegos, saltando de tumba en tumba, escalándolas materialmente, y haciendo resonar sobre sus losas el regatón nuestras espadas. A este rumor de armas extranjeras, de aceros cristianos, debieron de estremecerse en su eterno lecho las pasadas generaciones tetuaníes, los nobles moros que nacieron en Granada y vinieron a morir en esta tierra, los antiguos guerreros, los fanáticos santones, los difuntos alcaides de esta ciudad hoy conquistada, que nunca imaginaron llegase un día de tanta mengua y tribulación para los descendientes y adoradores del Profeta...

-¡Oh! ¡Si despertaran!... -pensaba yo con cierta mezcla de cruel orgullo y de respeto religioso-. ¡Si levantaran la cabeza y nos viesen, con la cruz al pecho y ociosa al cinto la vencedora espada, cansada ya de triunfos sobre ejércitos marroquíes!... ¡Si supiesen hasta dónde ha llegado el infortunio de sus hijos!...

Trepamos, al fin, a la cumbre del cementerio, a lo alto de la montaña... El vasto panorama que desde allí se descubría nos dejó completamente absortos. Todo Tetuán se desarrollaba a nuestros pies. A un lado veíamos entera la llanura del Guad-el-Jelú, teatro de los últimos combates, y, como término de ella, el mar. Al opuesto lado de la ciudad se nos presentaba una nueva planicie, no tan ancha pero más larga que la anterior, y muy más verde, graciosa y pintoresca. Es decir, que la ciudad, engarzada entre las dos montañas que forman el lecho del Martín, es la divisoria de dos llanos; los domina; se enseñorea sobre ellos, y presenta a los que vienen de Tánger o de Fez una perspectiva semejante (siquier invertida) a la que nos había ofrecido a nosotros hasta entonces por la parte del Mediterráneo.

Tetuán, contemplado así, a vista de pájaro, era todavía interesantísimo. Su planta tiene la forma de una estrella. Las calles son tan angostas, y el caserío tan apiñado, que toda la población parece componerse de un solo edificio. Una vastísima azotea, dividida en pequeños cuadros, más altos o más bajos, la cubre por completo. El piso de esta azotea, o de estas mil azoteas yuxtapuestas, hállase escrupulosamente bañado de cal, y su blancura es tan deslumbradora, que daña a los ojos y hace que Tetuán parezca revestido de una chapa de plata acabada de cincelar por primoroso artífice. Nada más monótono que semejante aspecto de ciudad; pero nada tampoco más misterioso y característico. Solo interrumpen de acá o allá la uniformidad de aquella enorme colmena de marfil (donde no hay balcones ni casi ventanas) los altos alminares de las mezquitas, cubiertos por lo regular de alicatados de vivísimos colores. El de la Mezquita Mayor es elegante a sumo grado, y recuerda la Giralda de Sevilla. Todos los demás lucen por su esbeltez y artísticas proporciones.

De buena gana me hubiera pasado horas y horas contemplando a Tetuán desde aquella altura. Ciertamente, nada habría visto que no hubiese observado a la primera ojeada... Pero ¿era acaso la materialidad de un conjunto de edificios lo que yo consideraba con tal avidez, con tal emoción, con tal recogimiento. ¡Oh..., no! ¡La ciudad que yo miraba no era aquella que se extendía bajo mis pies, sino la ciudad de mis recuerdos, la de mi soñadora fantasía, la de mis amores de poeta! ¡Era la ciudad oriental, la ciudad árabe, cualquiera que ella fuese, llamárase de este o de aquel modo; era el secreto albergue de una raza apartada del mundo; era el misterio de una olvidada historia; era la Granada del siglo XIV; era Damasco; era Medina; era Ispahan...; era la díscola civilización mahometana, que no va ya nunca a visitarnos a Europa, que quiere pasar por muerta, que vive escondida y solitaria!... Suelen los vates llamar la desposada del conquistador a cualquiera ciudad que abre sus puertas al extranjero... ¡Imagen exactísima! ¡Ella traduce perfectamente lo que he sentido hoy al tocar con la mano la verdad, la presencia, el ser del orientalismo!

En tanto que mi imaginación viajaba de este modo mis ojos se entretenían en seguir un bando de palomas blancas que revolaba sobre la ciudad. Estrepitosas músicas, vivas y otras voces resonaban allá abajo en las invisibles calles; las tímidas aves vagaban en el espacio, no sabiendo en dónde guarecerse. Al fin hicieron lo que suelen hacer los humanos en sus grandes tribulaciones: se refugiaron en un templo. El alto alminar de la Mezquita Mayor las albergó a todas, y allí, sin recelo de ningún peligro, y ajenas al gran tumulto que las había asustado, descansaron de sus temores y de su vuelo.

Al mismo tiempo (y hasta quizá por idéntico motivo) aparecieron en varias azoteas algunas personas, que así podían ser hombres como mujeres; pues como unos y otras llevan aquí faldas, no era fácil determinar desde tan lejos el sexo de cada figura... Solo puedo decir que todas aquellas personas vestían jaiques blancos.

Ni una ráfaga de humo empañaba la transparencia del aire azul, donde se destacaba la limpia silueta de los muros que ciñen a Tetuán con estrechísimo abrazo. Del lado afuera de ellos veíanse huertas y jardines, cubiertos ya de verdor y de flores. El Martín corría a poca distancia de la ciudad por la parte del sur, poniendo en comunicación los dos llanos que he dicho. Pasado el río, empezaban a escalonarse, hasta perderse en las altas quiebras de arbusta montaña, mil caseríos medio ocultos en la arboleda, graciosos aduares y algunos sembrados. En fin, la mañana era hermosa; el aire sano y ligero, el sol estaba alegre como nosotros; los campos esperaban vestidos de gala la llegada de la primavera; los montes proyectaban largas sombras que convidaban a la siesta y al placer... ¡Todo, todo sonreía en la comarca, menos sus antiguos moradores!

La mayor parte de estos huían en tropel por el llano de poniente, o sea hacia el Camino de Tánger, cuya descripción he reservado para lo último, por lo mismo que sospecho que es la que esperáis con más curiosidad.

¿Cómo no? Tetuán, la llanura del Guad-el-Jelú, el Serrallo, el Boquete de Anghera, los Castillejos; todo el terreno que habíamos recorrido hasta hoy se descubre a lo lejos desde los mares; lo ve todo el que pasa por este litoral; está mirando a Europa; es, por decirlo así, la fachada pública del África, y todo el mundo sabe que de nada se cuidan menos los moros que de las fachadas. El aliño de todos sus goces es el misterio; la mejor habitación de sus casas, la más oculta; su mujer más preciada, la que nadie haya visto; su más profunda convicción o puro sentimiento, el que nunca manifestaron a nadie. Yo sabía esto de antemano, y de aquí deducía que la verdadera patria de los moros debía de empezar allí donde nunca hubieren penetrado Miradas infieles, o sea en la llanura que principia detrás de Tetuán; llanura que no se descubre desde el Mediterráneo, y donde, por consiguiente, puede ya gozar el africano de su querida soledad, considerarse libre y vivir más en contacto con su alma, más cerca de su Dios...

Y, en efecto, aquella comarca aparecía más poblada y mejor cultivada que el llano de Guad-el-Jelú. Muchas casas de campo (algunas de ellas vistosísimas), aduares, morabitos y aldeas, veíanse esparcidos en los pliegues de las montañas. El Martín, serpeaba en medio de huertas y campiñas hasta desaparecer por el sur en busca de su origen. Una faja amarilla señalaba, en fin, sobre los verdes prados, el ancho camino del Fondak, camino que se perdía de vista al noroeste por entre dos elevados montes...

Marchando en esta dirección, y en confusa y numerosa caravana, alcanzamos a ver, con ayuda de los anteojos, la emigración tetuaní; los restos del ejército de Muley-el-Abbas; las feroces, cabilas enriquecidas por el saqueo; ¡todo aquel mundo que huía espantado ante nosotros!...

Las fuerzas que el general Ríos había enviado en seguimiento de los fugitivos acababan de recibir orden de volver, dejando en paz a aquella infortunada gente, en la cual figuraban casi todos los ancianos, mujeres y niños de la población mora de Tetuán...; y específico lo de mora, porque la población judía ha considerado más prudente quedarse con nosotros, los vencedores, que marcharse con los vencidos...

¡Ah! ¡Pobres moros! ¡Cuán interesante y conmovedor era el lejano aspecto de aquel pueblo, reducido de nuevo a la vida nómada, que fue su origen! Las mujeres, con sus pequeñuelos en los brazos; los viejos, llevando de la mano los niños; los heridos, atados sobre camellos o mulas; los guerreros, confundidos con los paisanos desarmados; los caballos de batalla, cargados de muebles, ropas y dinero, y los príncipes y los generales, cabalgando en medio de sus más humildes súbditos, traían a mi imaginación mil recuerdos de escenas semejantes, consagradas por la historia o por la poesía, siendo de todas ellas la que más vivamente representada veía allí, el desamparo de moriscos y judíos cuando fueron expulsados de España.

No se niegue que hay dignidad y grandeza en este modo de abrazarse a su infortunio. Los moros han sido vencidos, y saben que somos generosos en la victoria: en nuestra intimación a la plaza les prometíamos respetar su religión, sus costumbres, sus mujeres, sus propiedades..., y, sin embargo, prefieren todo género de trabajos, privaciones y miserias, a la humillación de aceptar su derrota y declararse dominados. Esto es heroico, antiguo, clásico, propio de la vieja Roma y de la inmortal Esparta. Hacer ilusorios los triunfos de la fuerza denota gran virtud, de que ya se ven raros ejemplos. Para ello es preciso poseer el temple de alma, que aún conservan los africanos: es necesaria su profunda y sincera fe religiosa y su sencillez de costumbres. Sólo el pueblo ruso, retirándose hacia el norte, según avanzaba Napoleón el Grande por aquel dilatado imperio, y quemando sus ciudades para que el conquistador no dominase sino sobre cenizas, ha dado modernamente en Europa pruebas de un patriotismo tan exaltado como Sagunto y Numancia las dieron en la antigüedad.

En tanto que yo me entregaba a estas fantasmagorías, el general en jefe había terminado sus observaciones militares cerca de Tetuán. Bajamos, pues, atravesando de nuevo el cementerio, hasta donde nos esperaban los caballos; montamos con el apresuramiento y el gusto que podéis suponer, y nos dirigimos, por último, a la ciudad, esperando que aún encontraríamos en ella algunos moros con quienes trabar amistad y adquirir confianza.



 

- IV - Dentro de Tetuán.

Desde que penetramos por la almenada y artillada puerta de Tetuán, ofreciéronse a nuestra vista lúgubres señales de los pasados horrores y claros indicios del tremendo espectáculo que nos aguardaba en el Zoco o plaza principal. La primera calle en que entramos era larga, desigual y sombría. Cubríanla espesos emparrados y zarzos de cañas, que impedían que el sol bajase a ella, y estaba muda y solitaria, como uno de aquellos barrios malditos de nuestras ciudades del siglo XIV, en que no habitaba nadie por miedo a duendes o a los demonios.

Era evidente que aquella calle había sido asiento del comercio, a juzgar por los miles de armarios, escaparates y cajones destrozados que se veían por el suelo, entre destruidos restos de mercancías. Vajilla rota, cristales quebrados, raíces de hierbas, semillas, muebles deshechos, ropas desgarradas, cofres descerrajados, pedazos de alfombra, de estera y de pintadas pieles; herramientas de varios oficios; multitud, en fin, de objetos inutilizados, como se ven en el Rastro de Madrid, formaban altos montones, o, por mejor decir, obstruían la calle, haciendo, sumamente difícil la marcha de nuestros caballos, que cada vez que sentaban un pie rompían o trillaban con melancólico estrépito aquellos despojos del saqueo, aquellos desperdicios del completo botín que se habían llevado las cabilas...

Por lo demás, la estructura de la tal calle y de cada uno de sus edificios, respondía exactamente a la idea que yo me había forjado de los pueblos árabes.

Las casas no tenían ventanas ni balcones, sino, cuando más, algunas estrechas hendeduras, como aspilleras, cubiertas de seculares telarañas. A cada paso, la vía pública se convertía en amigable cobertizo que ponía por arriba en comunicación las casas de una acera con las de la otra. Todas las puertas se hallaban cerradas, y no se veía alma viviente por ninguna parte. Las destrozadas tiendas no pertenecían al cuerpo de los edificios adyacentes, sino que eran adherencias exteriores por el estilo de nuestros puestos callejeros de libros, y habían sido como arrancadas de cuajo.

Al penetrar en la segunda calle, también llena de tiendas destruidas, encontramos al fin un ser humano. Érase un moro viejísimo, de luenga barba, blanca como la nieve, adornado con recio turbante y vestido con ancho jaique de lana. Estaba sentado a la puerta de una tiendecita, que indudablemente había sido suya, y cuya puerta y armarios veíanse también por el suelo...

Aquel anciano, de rostro patriarcal, tenía cruzadas las manos sobre las rodillas, y los ojos clavados en tierra, como sumido en la consideración de tantos desastres. Nuestra ruidosa marcha no le hizo levantar la cabeza para mirarnos, ni moverse a fin de evitar que los caballos lo pisasen. Todos lo compadecimos al pasar; todos lo contemplamos en silencio, mostrándonoslo unos a otros con la mano, y él siguió inmóvil, indiferente, yerto como una estatua, aguardando yo no sé qué..., ¡tal vez una muerte que apetecía, y que por lo mismo no llegaba!...

Más adelante empezaron a aparecérsenos flacas y pálidas mujeres o endebles y afeminados mancebos, vestidos con raros trajes de vivísimos colores. Eran judíos, apostados en los huecos de las puertas y en las esquinas de las calles para saludarnos al paso...

-¡Bien venidos! ¡Viva la Reina de España! ¡Vivan los señores! -gritaban en castellano aquellas gentes; pero con un acento especial, enteramente distinto del de todas nuestras provincias.

Y, diciendo así, las mujeres agitaban sus delantales, y los mancebos echaban al aire unos gorrillos negros como solideos, que apenas les tapaban la coronilla, y unas y otros se metían entre los pies de los caballos para besarnos las manos o las piernas, todo ello con falsa y aduladora sonrisa, ¡cuando sus ojos estaban marchitos de tanto llorar!...

Lo mismo sus figuras que su actitud, y que aquel estudiado alarde de hablar el español, me repugnaron desde luego profundamente... Yo les comparé con el anciano moro que más atrás habíamos encontrado, y conocí en seguida la profunda diferencia que hay entre raza y raza. ¡Cuánta dignidad en el agareno! ¡Qué miserable abyección en el israelita!

Al principio creí que aquellas palabras españolas las habían aprendido ayer para lisonjearnos; pero luego recordé que el castellano es el idioma habitual de todos los judíos establecidos en África, Italia, Alemania y otros países. De cualquier modo, la alegría que siempre causa oír la lengua patria en suelo extranjero, se eclipsaba hoy al reparar en la vileza de las personas extrañas que así se producían... ¡Y, con todo, aquello halagaba nuestro orgullo de españoles y de cristianos, ya que no nos ufanase por el momento! ¡Sin duda recordábamos glorias de nuestra raza y supremacías sobre la hebrea mayores que la toma de Tetuán!

-¡Viva! ¡Viva! -seguían gritando con desentonadas voces aquellas pobres gentes sin patria.

Su número crecía por momentos, y la variedad de sus trajes (que ya describiré) era cada vez más rara y sorprendente...

Las hembras llamaban, sobre todo, nuestra atención... ¡Ya veíamos mujeres! Habíalas muy bellas..., y chocábanos en particular la precoz pubertad de algunas muchachas, así como el que, tanto estas como otras mozas más formales, y hasta las mujeres hechas y derechas, estuviesen casi desnudas, especialmente de la cintura para arriba...

Según he sabido luego, tamaña desvergüenza es vicio inveterado de las hebreas, llevado hoy a la exageración por las de Tetuán, para afectar suma pobreza, en virtud de un miedo ruin a que las creyéramos ricas y acabásemos de robarles lo poco que, según aseguran, les han dejado los Morios... Como quiera, todas aquellas singularidades eran parte a aumentar el interés artístico y la ardiente curiosidad con que yo había entrado en la ciudad musulmana..., ¡y, de consiguiente, mi entusiasmo político no tenía límites!...

Por de pronto, la raza judía resultaba tal como yo me la había figurado..., ¡tal como me la habían o negros, cruzaban a veces de una casa a otra; lo cual quería decir que la ciudad no estaba completamente vacía de musulmanes. ¡Todo, pues, me ofrecía una larga temporada de observaciones, estudios y aventuras!

Entretanto, seguíamos marchando hacia el Zoco o plaza principal, cuya distante rumor me hacía comprender que allí nos esperaba el verdadero cuadro de la Toma de Tetuán, del que no eran sino episodios las cosas que iba viendo al paso. Y, sin embargo, ¡qué multitud de escenas interesantísimas, de espectáculos extraordinarios dejábamos atrás!... En cualquiera otra ocasión, ellos hubieran bastado a detenerme horas y horas.

Porque todavía no os he dicho que, sobre los escombros, hallábamos a veces el cadáver de un moro o de un judío, víctima de la tremenda pasada noche; todavía no os he hablado de los charcos de sangre que veíamos en las puertas de algunas casas; de las huellas de manos ensangrentadas que descubríamos en las paredes, ni del rescoldo de recientes incendios que había por doquier. Tampoco he hecho mención de las fuentes públicas que murmuraban bajo los emparrados, como en los días de paz y bienandanza; de las fachadas, elegantísimas por cierto, de algunas mezquitas, en que apenas teníamos tiempo de fijar los ojos, y de algunos preciosos patios que distinguíamos al través de las rotas puertas... Pero ya lo describiré todo en mejor ocasión.

Cerca de la plaza hízome reír y diome que pensar el siguiente diálogo, que acabó de revelarme la historia entera y el carácter de los judíos.

-¡Viva la Reina... inglesa! -exclamó un hebreo de diez o doce años, fingiendo un entusiasmo loco al vernos pasar.

-¡No digas eso! -le advirtió una muchacha, o, por mejor decir, una mujer de su misma edad.

-¡Viva la Reina... francesa! -rectificó entonces el chico con redoblada energía.

-¡Hombre, no!... -repuso la joven, llena de miedo.

-¡Viva la Reina... española! -exclamó, por último, el israelita, temblando, como un azogado.

Pero en esto llegábamos ya a la plaza.

Un ayudante se había adelantado a anunciar la llegada del general en jefe, y una corneta había lanzado dentro del Zoco (12) <notas.htm> el agudo toque de atención. Al tumulto y vocerío que poco antes escuchábamos, empezaba a suceder una tregua de silencio... Solo las sonoras pisadas de nuestros caballos se oían ya bajo los arcos de la Calle de la Meca.

Mi corazón latía aceleradamente... En aquel momento no pensaba ya tanto en lo que iba a ver, como en lo que verían los moros y judíos reunidos en el Zoco. Mi imaginación se transportó de nuevo a los antiguos tiempos, y, convirtiéndome de actor en espectador, creía encontrarme en Roma, el día que entraron en ella las tropas de Carlos V; en Granada, cuando la tomaron los Reyes Católicos, o más bien en Jerusalén, cuando llegó Tito a cumplir la profecía...

Penetramos, por último, dentro del Zoco.

El general O'Donnell iba delante. A su aparición, prorrumpen las músicas en solemnes armonías, y mil y mil vivas se unen a los acordes de la Marcha Real.

Algunos batallones del general Ríos están formados en medio de la extensa plaza. Todas las azoteas que la circuyen se ven coronadas de israelitas. Las aclamaciones de las mujeres resaltan sobre el universal estruendo. Las quejas, los lloros, las súplicas, los discursos de niños y viejos, de ancianos miserables y de jóvenes doncellas, forman en torno nuestro una infernal algarabía que nos aturde y vuelve locos... ¡Qué espectáculo! ¡Qué momento! ¡Qué confusión! ¡Qué desorden! ¿Por dónde principiar a pintarlo?

Declaro desde luego que yo no he visto ni espero ver en toda mi vida cuadro tan grande, tan imponente, tan lleno de animación y poesía, como el que pretendo copiar en este instante. El género artístico y literario a que pertenece, no es ya el clásico que entreví en la carga de caballería del 31 de enero; tampoco es el moderno con que Horacio Vernet ha pintado la epopeya napoleónica; menos aún recuerda el estilo romántico, el fantástico o el realista..., ¡no!... El espectáculo que tenemos enfrente pertenece a aquella gran pintura mural en que solemos ver representados asuntos como la Degollación de los Inocentes, el Paso del mar Rojo o el Escándalo de Babilonia; a la pintura de los tapices célebres; a la familia de los frescos más famosos.

Empezad por imaginaros las masas del pueblo, no a la manera que hasta ahora las conocéis, sino como fueron en la antigüedad, como se reunían en Jerusalén o en la plaza de Atenas. Fingíos a los hombres, no con nuestros trajes, refractarios a la estatuaria, sino todos con la ropa talar que tanto ennoblece a las figuras; no con sombreros de esta o de aquella forma, sino con la frente descubierta, como los Pericles, Alcibíades y Escipiones; no con la vulgar patilla o el prosaico bigote de nuestros tiempos, sino con toda la barba, al modo, monumental y mitológico; no, en fin, vestidos de negro o de gris, como estamos acostumbrados a ver a nuestras muchedumbres, sino ostentando los colores más vistosos: el amarillo, el verde, el rojo, el azul, el blanco y el violado. Figuraos venerables cabezas de ancianos israelitas verdaderas cabezas de patriarcas, llenas de una majestad en que no se descubre la vileza de los pensamientos; rostros de mujeres, envueltos en cándidas tocas, como nos pintan a las Dalilas, Rebecas y Saras; decrépitas abuelas, mostrando su desnudez entre los harapos; mancebos esbeltos, ciñendo luengas túnicas; impúdicas doncellas, cuyos ligeros y escasos vestidos marcan todas las formas del cuerpo, el seno, los hombros, los brazos, las caderas y las piernas, como vemos en las antiguas estatuas... Imaginaos todo esto, digo; y, cuando os lo hayáis imaginado, aunad todos esos personajes, inflamad todas esas cabezas, agitad todos esos rostros, dadles la expresión del terror, de la alegría, de la admiración, del sobresalto; las lágrimas falsas o la sonrisa mentida, el gesto hipócrita, la actitud del ruego, el ademán de la oración o la compostura del verdadero sentimiento... Aquí la virgen ultrajada, pálida aún y llorosa; allí la madre que estrecha a un hijo contra su corazón, mientras que otros dos o tres pequeñuelos se asen a sus faldas; acá el adolescente acobardado, allá la esposa de rostro dulce y enamorados ojos, herida en la frente por el bárbaro montañés; en este lado el viejo rabino que reza los salmos del Antiguo Testamento meciéndose como una caña batida por el aire; en aquel otro algún mahometano sombrío y taciturno, que pasa sin mirar a nadie por entre las oleadas de la multitud... ¡Formad un grupo inmenso con todas estas figuras, y decidme si puede darse cuadro de más vida, de mayor interés, de tan maravillosa grandilocuencia!

Pero donde la perspectiva se presenta con caracteres verdaderamente indescriptibles, es desde el arco que da entrada a la Judería... Por allí se descubre una larga calle cuajada de cabezas, que se asoman unas sobre otras... Miles de ojos ávidos se fijan en la plaza... Hace siglos que los hebreos viven encerrados en aquel barrio, de donde les estaba vedado salir en gran número y sin formal licencia... Todavía dudan muchos de ellos si los cristianos serán mas tolerantes... Todavía no se atreven a invadir el Zoco, lugar de honor en que jamás se les permitió esparcirse... ¡Qué espectáculo aquél! ¡Qué gritería en árabe, en español y en hebreo! ¡Qué río de gente! ¡Qué variedad de colores en los trajes! ¡Qué movimiento! ¡Qué drama! ¡Qué gestos! ¡Qué delirio!

Poco a poco va desembocando en la plaza aquella detenida corriente, y las primeras escenas habidas con las tropas de Ríos se reproducen con el cuartel general...

-¡Todo, señor! ¡Todo nos lo ha robado el Morio!... -exclaman lastimosamente los hijos de Israel.

-!Mire, señor! ¡Nos han dejado en cueros!...

-¿Por qué no vinisteis ayer mañana?

-¡Nos han saqueado los baúles!...

-¡Nos han matado los padres!...

-¡Nos han maltratado las mujeres!...

-¡Nos han quemado las casas!...

-¡Saúl ha muerto, señor!... ¡El virtuoso Saúl, que no hizo daño a nadie!...

Y hablando así, hombres y mujeres, viejos y niños, nos mostraban sus heridas, o sus cuerpos desnudos, o sus trajes rotos, mientras que algunas madres levantaban a sus hijos sobre la cabeza, diciendo con desgarradores gemidos:

-¡Mire, señor, al hijo de mis entrañas! ¡Tiene hambre!... ¡No ha comido en tres días!

Vierais entonces a nuestros oficiales vaciar sus bolsillos en las manos de los judíos; vierais a los judíos pelearse como furias del infierno por arrebatarse las monedas; vierais a los soldados entregar sus fusiles a las mujeres para abrir el morral y repartir todo su pan, toda su galleta, ¡su rancho de dos o tres días!..., entre los quejumbrosos hebreos...; vierais aquella santa y bendita escena, en que los ángeles del cielo debieron de llorar de gozo; en que la caridad cristiana bañó de una alegría divina el semblante de los vencedores; en que los afanados y adustos moros, que en escasísimo número por allí pasaban en virtud de urgentes asuntos, y que aún no se habían dignado mirarnos, levantaron la frente por primera vez y fijaron la vista en nuestras tropas, asombradas de tan noble comportamiento; y en que los judíos, comparando nuestra benignidad, con la inhumana fiereza de los musulmanes, nos abrazaban y besaban, gritando medio sincera, medio interesadamente:

-¡Dios os ha traído! ¡Ya era tiempo! ¡Vivan los españoles! ¡Viva la Reina del mundo! ¡Viva el general O'Donnell!...

Vierais luego a nuestros noblejones soldados, crédulos y llorosos, consolando a los judíos y a las judías, ofreciendo no hacerles daño alguno, y cobrando tales ofrecimientos con alguna mirada codiciosa dirigida a la desnudez de las doncellas... Vierais a los jefes contemplar extasiados la generosidad de las tropas, que se indemnizaban de tantas privaciones y sufrimientos socorriendo las necesidades del prójimo... Vierais tremolar pañuelos y tocas sobre las azoteas, hervir la muchedumbre en la plaza, combinarse artísticamente millares de grupos episódicos, dignos de los más sabios pinceles; grupos en que formaban primoroso contraste los conquistadores y los conquistados; aquéllos, relucientes, pardos, armados, caballeros en briosos trotones, ciñendo el duro casco, embrazando la robusta lanza, llenos de galones, cruces y otras insignias y adornos que entonaban fuertemente sus figuras, y éstos, humildes, descubierta la cabeza, inermes, a pie, con sus pacíficos trajes talares... Vierais, en fin, este lienzo inconmensurable, de contornos bíblicos, palpitante de realidad, alumbrado incesantemente por el sol, y animado por la gritería y por las músicas, y confesaríais, como yo confieso, que no hay palabras, que no hay imágenes, que no hay elocuencia suficiente en genio, humano para poder dar ni remota idea de tan múltiple acción, de tan variada tragedia, de epopeya tan descomunal y grandiosa.

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Pues aún había de punto el interés de esta escena; aún podía rayar más alto una situación tan culminante... Faltaba la catástrofe final.

Fue el caso que mientras algunos nos hallábamos en la puerta de la judería, en medio de aquellas masas, que no nos cansábamos de mirar, rodeados nuestros caballos por una multitud de desarrapados hebreos que nos referían tremendos episodios de la pasada noche, el conde de Lucena y su cuartel general habían penetrado en la casa del gobernador, situada al otro extremo de la plaza...

Este edificio es a la vez palacio y castillo, y sobre su plataforma había cañones y pertrechos de guerra. De pronto, y cuando más ajenos estábamos ya a ciertos temores de que varias veces os he hablado, óyese allí una espantosa detonación que estremece a todo Tetuán... Veinte mil alaridos de espanto resuenan al misma tiempo... Una dilatada y espesa humareda tapa la casa del gobernador... La muchedumbre se repliega, huyendo hacia la Judería... Los batallones se precipitan también sobre ella... Los caballos atropellan a los infantes... Los lamentos ensordecen el espacio...

-¡Pólvora! ¡Pólvora! -exclama todo el mundo.

Una segunda detonación y una segunda humareda aumentan la consternación general...

Yo me acuerdo de mi fatídico sueño... -¡Tetuán va a volar hecho cenizas! ¡Nuestras victorias terminarán al fin por un desastre!...

Ni es este el único peligro que nos amenaza. Hay otro más inmediato... ¡El atropello; la confusión; el tumulto; los caballos que se meten espantados entre las olas de la muchedumbre; el peligro, en fin, de ser aplastados o ahogados en aquel infierno!...

Yo creo perecer... Pero ¡ah! ¡Bien sabe Dios que no pienso en mí! ¡Sólo pienso en que el general en jefe se halla dentro del pavoroso edificio en que suenan aquellas horribles explosiones!... ¿Qué vale mi vida, qué valen mil vidas, comparadas con la de nuestro caudillo, con la del vencedor de África?

En esto, por un claro del humo que rodea la casa del gobernador, veo al general O'Donnell atravesar corriendo la plataforma, como quien huye de incontrastable riesgo... Otros generales y jefes del cuartel general corren también en varias direcciones por las azoteas inmediatas...

El terror obscurece mi vista... Y ya creo ver vacilar la casa... ya creo ver hundirse sus paredes, sepultando a nuestro general y a su comitiva... ¡Morir! ¡Morir tantos héroes en el momento del triunfo! ¡Ah, bárbaros marroquíes! ¡Desventurada España!...

-¡No es nada! ¡No es nada! ¡No correr! -gritan en este momento muchas voces desde el lugar de la catástrofe.

Y vemos aparecer en la puerta de la casa del gobernador al general O'Donnell seguido de su cuartel general.

La explicación de aquel pánico cunde entonces rapidísimamente. Ha ardido una cantidad insignificante de pólvora. El conflicto ha sido casual. Los moros no han tenido parte alguna en él. En la casa del gobernador había habido durante la guerra un almacén de municiones. Ayer, al escapar Muley-el-Abbas, se las llevó consigo; pero la operación se hizo tan de prisa, que el suelo quedó regado de pólvora. Un soldado nuestro tiró sobre ella inadvertidamente un cigarro encendido, y he aquí el origen de tan alarmante acontecimiento.

De él han resultado gravemente quemadas dos o tres personas, y muchas otras heridas y contusas, a causa del tropel que se movió en la plaza. Pero ¿qué es esto en comparación de lo que hemos temido?

Pasado aquel momento de angustia, procediose al alojamiento de la guarnición de Tetuán, y nosotros, los poetas de oficio, nos desparramamos por las calles, en busca de nuevas emociones y extraordinarias aventuras.



 

- V - Primer paseo por Tetuán. -Cristianos, moros y judíos. -El negro de mi sueño. -Hospitalidad hebrea.

Antes de entrar a referir los mil curiosos datos que he recogido y las peregrinas escenas que he presenciado durante mi primer paseo por esta rarísima ciudad, juzgo conveniente y hasta necesario dar una ligera idea de su conjunto, empezando por advertir que mi opinión acerca de Tetuán no es la de la mayoría de mis compañeros de armas. La generalidad de los individuos del ejército, incluso jefes y oficiales, están desencantados desde que han visto de cerca a la odalisca que tanto habían adorado desde lejos... ¡Yo, en cambio, estoy más enamorado de ella que nunca!

A todos nos sobra la razón, y la diferencia de nuestras opiniones en que consideramos la ciudad por diferente prisma.

Sus detractores, comparándola con los pueblos europeos, echan de menos en ella una porción de cosas que real y verdaderamente no tiene. «Tetuán (dicen) es peor que la última ciudad de España. Sus calles son sucias, irregulares, tortuosas y estrechas; están completamente desempedradas, y no tienen aceras, alcantarillas, nombre ni numeración. El aspecto de sus casas, totalmente desprovistas de balcones, es pobrísimo y miserable. Apenas se ve entre ellas un edificio que merezca llamarse tal. Aquí no hay monumentos, ni paseos públicos, ni teatros, ni fondas, ni cafés, ni casinos, ni mercados. La policía urbana no se ha imaginado siquiera. De noche no hay alumbrado ni serenos. ¡Esto es horrible! ¡Esto es detestable! ¡Aquí no se puede vivir! ¡Un pueblo de la Mancha ofrece más comodidades y recursos!...»

Todo esto es verdad; y, por lo mismo que lo es, encuentro yo a Tetuán delicioso, curiosísimo, inmejorable... ¡Si poseyera todos los encantos europeos que le faltan, sería para mí una de tantas ciudades como he visto en este mundo y como habría podido ver, sin necesidad de venir a África! ¡Para calles tiradas a cordel, soberbios edificios, suntuosos teatros, lindos paseos, buenas fondas y excelente policía, ahí están París y Londres, Marsella y Burdeos, Cádiz y Sevilla, Málaga, Bilbao y Barcelona, y mil y mil otras capitales! El mérito de Tetuán consiste precisamente en no parecerse a ninguna de ellas. ¡Desgraciado de mí si me las recordase en cualquier modo! ¡Adiós, entonces, mis ensueños africanos! ¡Adiós arte! !Adiós poesía! ¡Adiós originalidad! ¡Adiós orientalismo! ¡Adiós todo lo que he venido a buscar en esta tierra!

Comprenderéis, por lo ya dicho, que yo no considero a Tetuán utilitariamente, sino con ojos de poeta o de artista. Tetuán, es lo que debía ser, lo que yo deseaba que fuera: una ciudad completamente árabe; un pueblo diferente en todo de los de Europa; un nido de moros; una resurrección de la antigua Granada. La forma de sus calles, la disposición de sus casas, todo lo que encierra y aquello mismo de que carece, revelan la índole, la historia y las costumbres de sus moradores. Solamente los islamitas pudieran hallarse bien avenidos en una ciudad semejante: las preocupaciones de su espíritu y los afectos de su corazón se ven retratados en los menores accidentes de cada barrio, de cada vivienda, de cada aposento, así como en el aspecto general de la población en conjunto.

El moro desconoce o desprecia todos los goces sociales; es individualista; ama la soledad del campo y la del hogar, y pasa su vida entregado a sus propios pensamientos, sin cuidarse para nada de los del vecino. Por eso no decora con balcones buenos ni malos la fachada de su querido albergue; por eso hace pequeña la puerta y la sitúa en el lugar más escondido; por eso no repara en el estado de las calles ni se afana en construir puntos de reunión, tales como teatros y paseos, ni tan siquiera boulevards en que perder el tiempo conversando con sus amigos. Para él la calle es el camino de su casa, y nunca sale a ella sino para trasladarse de un lugar a otro. Procura que esta calle sea estrecha y retorcida, a fin de que esté fresca y llena de sombra durante los perdurables días de verano, y con este mismo objeto prodiga en ellas las bóvedas y los cobertizos. Las autoridades, por su parte, no piensan tampoco en el interés común, ni se les ha ocurrido que exista tal comunidad. Preocúpanse, sí, de los actos de este o de aquel individuo; mézclanse en sus negocios (acaso más de lo justo); fiscalizan sus operaciones, y hasta intervienen su particular hacienda; pero jamás les pasa por la imaginación la idea de adoptar ninguna medida de utilidad pública, ya higiénica, ya de ornato, ya de vigilancia general. De aquí el que no haya alumbrado ni otras muchas cosas. El que necesita luz de noche, la lleva, y el que no la tiene, marcha a obscuras: ni más ni menos que hace veinte años acontecía en muchas ilustres ciudades españolas. En cuanto a seguridad personal, cada uno cuida de la suya, y Dios de la de todos. Resumiendo: la calle no tiene existencia oficial; el vivir unos cerca de otros no causa estado; la vecindad no imprime carácter; la población no es una sociedad, es una muchedumbre, y todo ello, más que una ciudad, es un Campamento donde los acampados viven mutuamente de incógnito.

Los únicos sitios públicos de Tetuán, son las mezquitas, y consecuencia de esto es que sus fachadas sean ostentosas y que sus grandes y labradas puertas estén en lugar visible y despejado. Pero, en cuanto a las casas, fuera imposible discernir dónde concluye una ni principia otra. El exterior de cada manzana forma una pared desigual y tortuosa, que se prolonga como una muralla. De trecho en trecho, y siempre a bastante altura, vense unas rendijas muy parecidas a las aspilleras de un fuerte. Son las únicas ventanas que miran a la calle. Apenas cabe una mano por ellas, y, más que para dar aire o luz a las habitaciones, sirven de acechadero, a los recelosos marroquíes. Cuanto más lujosa y bella es una casa por dentro, tanto más pobre es su entrada y más deforme e insignificante su frente. Así, pues, nunca sabe uno si el edificio que tiene delante es un miserable tugurio, o un magnífico palacio, cuyas labradas estancias, frescos patios y sombríos cenadores constituyan verdaderas maravillas del arte.

De todo esto se deduce que los moros hacen amable únicamente la remota perspectiva de su ciudad y el interior de sus hogares, lo cual explica también su carácter y sus inclinaciones. Amantes de los placeres domésticos, de las felicidades solitarias y silenciosas, sitúan sus pueblos en distintos parajes y los blanquean cuidadosamente, a fin de que les sonrían desde lejos, de que los atraigan, de que les recuerden las dulzuras de su harén o de su baño; y una vez dentro de la ciudad, no encuentran en ella nada que les halague, que los entretenga, que les ofrezca comodidad ni reposo, sino el interior de su albergue, su mansión oculta, su blanco y amoroso nido.

Hay, sin embargo, dentro de Tetuán una excepción que hacer en todo lo enunciado. Aludo al Fondak, pequeñísima plazoleta cubierta por una gran parra, y en la que ciertos Argelinos han establecido la moda de los cafés tan renombrados de su tierra... Ya iré yo por allí a hacerles compañía, y describiré minuciosamente ciertas escenas (interrumpidas hoy), cuyos pormenores me ha hecho entrever el judío que me sirve a la vez de cicerone y de intérprete, y de quien también hablaremos a su debido tiempo.

En toda la ciudad (que es bastante grande y muy apiñada, y que, según me dicen, ha llegado a contener hasta cincuenta mil habitantes) solo hay dos plazas: la Mayor o el Zoco, de que ya hemos hablado, la cual es un extenso y no muy perfecto cuadrilongo, y la plaza Vieja, de forma irregular, que da entrada a la Alcaicería.

La Alcaicería (bien lo dice su nombre) es un barrio cerrado en que está, o, por mejor decir, estaba el comercio principal de la población. Cúbrela un espeso toldo de zarzos de cañas, y comprende más de trescientas tiendas, destrozadas y saqueadas todas, primero por las cabilas, y después por los judíos. Estas tiendas, como todas las de Tetuán, son una especie de alacenas embutidas en la pared, dentro de las cuales se sentaba el mercader sobre las piernas cruzadas, teniendo al alcance de la mano todas sus mercancías... ¡Y yo no los he visto así!... Pero el judío me asegura que llegaré a verlos.

En muchos parajes de la ciudad hay fuentes públicas, nada monumentales, que consisten en caños de agua cayendo en pilones de piedra. Con todo, fin blando y monótono murmullo presta un encanto particular a las silenciosas y entoldadas calles...

En resumen, Tetuán tiene sobre otras muchas capitales que le exceden en lujo y en belleza, el privilegio de hablar al alma del viajero, de contarle su historia, de hacerle comprender a primera vista el genio y naturaleza de sus moradores. Cierto es que carece de grandiosos monumentos por el estilo del Acueducto de Segovia o del Coliseo de Roma, que inspiren al alma la grave melancolía de lo pasado, haciéndole ver la huella del hombre antiguo sobreviviendo a imperios, razas y civilizaciones... Pero, en cambio, muestra la obra del tiempo: no lo que el tiempo destruyó, sino lo que ha creado; no edades desvanecidas, sino edades condensadas, superpuestas, fósiles, como vemos; en los cortes geológicos que se hacen en las montañas...

Y es que en estos pueblos islamitas, tan indiferentes al progreso, tan enemigos de toda variación, nada cambia de forma, nada se altera ni modifica. Un siglo no corrige a otro; jamás se derriba lo construido: nunca se atreve la mano del hombre a la fatalidad consumada de las cosas. Amontónanse, pues, hechos sobre hechos, vidas sobre vidas, pavesas sobre pavesas, polvo sobre polvo. Es decir, que lo muerto no se entierra; que la mugre no se barre; que lo que nace vive adherido a lo que ya pereció; que, levantando una y otra capa de ceniza, se encontrarían aún las raíces del primitivo Tetuán; que la humanidad aquí no debe ser representada por aquella vívida y simbólica serpiente que muda su piel de tiempo en tiempo, sino una especie de banco de moluscos, cuyas partículas están todas animadas, pero cuya suma es un pólipo sin vida.

Ahí tenéis la ciudad de Tetuán considerada en globo y por fuera. Si ahora fijamos rápidamente la vista en lo interior de sus casas, encontraréis algunas comprobaciones de todo lo que llevo asentado.

Las casas de Tetuán recuerdan en su mayor parte las de Andalucía. Su planta y disposición son completamente idénticas. El centro del edificio lo ocupa el patio, dando luz a casi todas las habitaciones. En medio de él hay una fuente, y en torno de esta cuatro cenadores, formados por arcos o por columnas. Largas cortinas aíslan aveces uno o dos de estos cenadores, convirtiéndolos en dormitorios de verano. En el piso superior hay cuatro corredores, también descubiertos, y con barandas que dan al mismo patio. El lujo de las casas principales consiste, sobre todo, en las puertas, en las ventanas interiores y en los techos, labrados exquisitamente con madera de varios colores, así como en los alicatados y mosaicos de que están revestidos los suelos, el tercio bajo de las paredes y los peldaños de las escaleras. Es muy frecuente que las grandes estancias, sobre todo las destinadas a las mujeres, reciban la luz por el techo y se dividan en dos partes, mediante una arcada o rompimiento de graciosos arcos de herradura. La parte anterior, o más próxima a la entrada, tiene pocos muebles. Desde los arcos para allá el piso forma un estrado, al que se sube por un escalón o dos, y allí está el diván, compuesto de mil lujosos colchoncillos, cojines, mantas y almohadones, que constituyen un vastísimo lecho. Desde la mitad de la pared hasta el suelo pende, alrededor de la habitación, una cortina de seda de colores, mientras que finísimas esteras de junco o ricos tapices de lana cubren el reluciente pavimento.

La mayor parte de las casas (aquí como en todo el universo) son pobres; quiero decir, que la gente acomodada está en minoría. Ya haremos detenidamente visitas especiales, y entraremos en pormenores más prolijos. Ahora, para concluir con las interioridades de Tetuán que he podido ver en mi primer paseo, diré que sus viviendas tampoco han defraudado mis esperanzas. Los muebles, las cortinas, las alfombras, las alacenas, la vajilla, todo lo que he examinado, es auténtico y artístico; tiene un carácter oriental sumamente marcado; está lleno de inscripciones y alegóricas figuras geométricas, y corresponde perfectamente a todos los objetos moriscos que se conservan en nuestra España, como restos de la prolongada dominación agarena. El arte, pues, los oficios, las costumbres, todo lo que se refiere a la vida de los moros, sigue en aquel statu quo que constituye la esencia de su civilización. ¡Nada ha variado! ¡Nada ha progresado! ¡Nada ha cambiado, ni en la materia ni en la forma! Visitar a Tetuán equivale a ver a Córdoba en el siglo XIII.

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Paso ahora a hablaros de algunas observaciones episódicas que he hecho hoy en la ciudad, además de las generales que acabáis de leer.

Empiezo consolándoos hasta cierto punto acerca de la suerte que ha cabido a los judíos con motivo del saqueo de Tetuán. Dígolo, porque al ver esta tarde entrar en la Judería un cordón interminable de hebreos, todos cargados de ropas, muebles, maderos, sacos de harina, vidriado, puertas, verjas de hierro y otras mil cosas, mientras que salía del mismo barrio otro cordón de hebreos con las manos vacías y al oír a unos y a otros gritar con monótono acento, como quien repite maquinalmente un estribillo: «¡Todo, todo nos lo han robado los Morios! Señor, déjeme pasar... ¡Todo nos lo han robado!», no hemos podido menos de preguntarnos: «¿De dónde procederán todos estos efectos que entran en la Judería? ¿Poseían algo los hebreos fuera de su barrio?» Y hemos caído en la cuenta de que los judíos están robando desde anoche a los moros ausentes de Tetuán, y completando el destrozo de las tiendas de la Alcaicería y de la calle de la Meca, como desquite de lo que las cabilas robaron ayer en la Judería.

Por lo demás, a poco que se medite en la actitud respectiva de las tres familias históricas que acaban de reunirse en esta ciudad, resultará que los cristianos tienen por qué enorgullecerse y dar gracias a Dios, que tan grandes los ha hecho en comparación de los musulmanes e israelitas. Aquí se ha verificado hoy una solemne entrevista de los tres pueblos bíblicos, cual si se hubiesen citado a través de los tiempos para darse cuenta de la eficacia de sus principios religiosos y de la dignidad que cada uno ha alcanzado sobre la tierra. Aquí se ve hoy a la Religión madre y a sus dos descendientes; al pueblo testador y a sus dos herederos; al viejo Abraham y a sus hijos Isaac e Ismael..., y el resultado de la comparación es el siguiente:

El decrépito hebraísmo arrastra una vida nula, parásita, miserable; adherido, por decirlo así, al más réprobo, vicioso de sus hijos, al que más se ha apartado del espíritu y la letra del Antiguo Testamento, al mahometismo, en fin, que parte con él la inhabilitación social, y que, como él, está proscrito de la historia, en cuya marcha ni el uno ni el otro tendrán ya influencia alguna.

Esto lo sabe el musulmán, y en la rabia de su impotencia, en su misantrópico aburrimiento, vuelve su ira y su desprecio contra el judío, más abyecto aún que él, más inútil y menguado. No de otro modo, el hijo pervertido por una mala educación hace responsables a sus indignos padres de todas las desgracias que sufre, e iniquidades que comete.

Ahora bien, al hallarse de nuevo los israelitas enfrente de su otro hijo, del bueno, del noble, del amigo de Dios, del José, que tanto ha trabajado por la verdad y la virtud, no pueden menos de ufanarse de haber engendrado tan ilustre vástago; cuéntanle las amarguras que han padecido bajo la tutela de aquel monstruo parricida que en mal hora concibieron las entrañas de Agar, y demandan al justo protección y amparo, invocando sórdida y cínicamente el lazo de consanguinidad que unía a los apóstoles con los deicidas.

El cristiano, por su parte, avergüénzase al ver el grado de vileza a que ha descendido el que le dio vida y cuna; respétalo, a pesar de todo; cumple sus deberes filiales, bien que sin entusiasmo; castiga severamente al pérfido hermanastro, al bárbaro agareno; y, por resultas de tanta desdicha como halla en uno y en otro pueblo, siente fortificarse dentro de su corazón la fe de Cristo.

¡Oh, sí! El espectáculo que ofrecen mahometanos y hebreos es la prueba más evidente que pudiera alegarse de las excelencias de nuestra religión, de los grandes bienes que ha reportado a la humanidad, de la obra de redención que cumple hace diecinueve siglos. La dignidad humana, ya se considere en el individuo, ya en la sociedad, solo puede alcanzarse bajo los auspicios del Evangelio. Por desconocer sus doctrinas, vive el moro sometido a la tiranía de la fuerza bruta, entregado al capricho de poderes arbitrarios, sin noción de sus derechos, en el solitario abandono de un individualismo salvaje. Por haber cerrado sus ojos a la misma Luz, vive el judío proscrito y desheredado, sin patria ni bandera, en grupos accidentales que nunca constituirán un pueblo, en aquella perpetua menor edad que relegan nuestras leyes al decrépito incapacitado, al criminal infame, al pródigo y al demente.

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Conque vamos a otra observación episódica.

Al pasar esta tarde por una calle próxima al Zoco, me llamó la atención un agitado grupo de soldados y judíos que había cerca de una puerta, y lleguéme a averiguar qué sucedía...

El centro de todas las miradas era un negro enorme (casi un gigante), de unos treinta años de edad, obscuro, recio y fornido como una encina carbonizada, vestido de blanco, no sin cierto lujo, y ornada la cabeza con una corona de conchas amarillas, de la cual le caía por cada lado de la cara una sarta de la misma materia.

Hallábase sentado en el tranco de la puerta, inmóvil y callado, mirando fijamente al concurso con unos ojos de león, en que no sé yo todavía qué era más horrible, si las pupilas, bañadas de siniestra y rutilante luz, o lo blanco del globo, inyectado de un tinte sanguinolento.

Aquella puerta daba entrada a cierta casilla de una sola estancia, obscura como la cueva de un demonio.

El negro tenía apoyada la cara en ambas manos, y sus brazos, adornados con pulseras de oro, descansaban indolentemente sobre sus robustas rodillas.

Nuestros soldados le lanzaban miradas amenazadoras; le enseñaban el puño, y le dirigían enérgicos apóstrofes.

Él permanecía indiferente, mirandolos de hito en hito, con la boca cerrada de la manera que la cierran los negros, esto es, como si sus gruesos y salientes labios estuviesen pegados o cosidos el uno al otro.

Finalmente, dos centinelas nuestros custodiaban al corpulento africano, cuya tranquilidad desdeñosa imponía no sé qué terror o superstición.

-¿Qué casta de animal es este? -le pregunté a un soldado.

-¡Cómo! ¿No sabe usted? -me respondió aquel compañero-. ¡Este bribón pensaba pegarle fuego a Tetuán y hacernos saltar a todos por el aire! Ahora poco íbamos con el general Ríos reconociendo todos los sitios en que los judíos nos indicaban que podía haber pólvora, cuando, al llegar a esta cama (que ahí, donde usted la ve, es un polvorín), encontramos la puerta cerrada por dentro... Llamamos, y ni respondía nadie, ni nos abrían. Entonces forzamos la puerta a culatazos, e íbamos a entrar, cuando se nos pone delante este Lucifer, armado de una gran pistola y de una gumía, y decidido a estorbarnos el paso. La pistola le dio falta; pero, antes de que pudiéramos apoderarnos de él, ya había herido levemente con la gumía a dos de mis amigos. Al fin lo atrapamos, y vimos que vivía aquí en amable compañía de algunos quintales de pólvora. Sin duda tenía encargo de incendiarla cuando nosotros entráramos en la ciudad, y, o no se ha atrevido a hacerlo, o no había creído llegado el momento oportuno!...

-¿Qué dijo cuando le prendisteis?

-¡Nada! ¡Sentarse como usted le ve y mirarnos a la cara con la mayor frescura!

-¿Y se sabe quién es?

-A este negro -respondió un judío- lo he visto yo muchas veces en Tetuán, cuando venían comisiones de Fez. Era esclavo del difunto Emperador...

Miré entonces con mayor atención a aquel ser espantoso, cuya existencia había yo adivinado, según sabéis, cuando temía que los moros volasen a Tetuán el día de nuestra entrada..., y causome verdadero espanto su fisonomía. Tenía la frente aplastada como las panteras. Dos rayas, que yo había tomado al principio por arrugas, atravesaban sus mejillas: eran dos largas cicatrices, simétricamente trazadas; lo cual quería decir que habían sido causadas adrede y por vía de adorno. Su nariz deprimida, que aquellas dos señales hacían aparecer mucho más ancha, tapaba casi completamente unos bigotes colgantes de un negro tan intenso que rayaba en azul. Llevaba un gran anillo de plata con una inscripción, y debajo del jaique, que era de lana blanquecina, vestía un ropaje de seda verde con bordados de oro y de colores. ¡Estaba horrible hasta rayar en la sublimidad!

Por graduar el temple de su espíritu, mirelo mucho rato con expresión de mofa y de furor...

Él sostuvo al principio aquella mirada sin pestañear; pero luego volvió los ojos a otra parte con soberano desdén.

Entonces, deseando irritarlo, llevé una mano a la empuñadura de mi espada, y con la otra hice la demostración de cortarle la cabeza.

Sus cárdenos labios palidecieron, poniéndose de color de lila; luego los despegó lentamente, animados por una sonrisa bárbara, y dejome ver unos dientes blancos y apretados que relucieron como el marfil bruñido.

-¡Dile -apunté a un judío- que dentro de una hora le habremos cortado la cabeza!

Pero el negro entendía sin duda el español pues antes de que el hebreo repitiese en árabe mis palabras, ya había cerrado el puño y descargado con él un fuerte golpe sobre la pared más inmediata.

Aquel movimiento y el gesto con que lo acompañó, solo podían traducirse de este modo.

«-¡Mi corazón es tan duro como esta pared!... ¡Conque no pretendas asustarme!»

O bien:

«-Cuando me estéis cortando la cabeza, mis labios no revelarán palabras ni se quejarán, sino que permanecerán tan mudos como esta pared.»

Luego se tranquilizó, tornó a su postura, y ya no conseguí que volviera a mirarme.

Inútil creo decir que aquel hombre, más bien que odio, me causaba admiración, y que, al tiempo de abandonarlo, lo adoraba como a un verdadero héroe.

Por lo demás, su vida no corre peligro alguno; y si he tenido la crueldad de hacerle temer otra cosa, ¡peor hizo él, apareciéndoseme en sueños, con la mecha en la mano, cuando no tenía yo aún la honra de conocerle!...

A estas horas está ya en libertad.

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A propósito de pólvora, pasan de setenta quintales los que hasta ahora se han encontrado en Tetuán, así como unos dos mil proyectiles de diferentes calibres y setenta y ocho cañones y morteros, casi todos antiquísimos... Cada una de estas piezas tiene una inscripción que indica su procedencia. Las hay regaladas a los emperadores de Marruecos por varios soberanos de Europa, así del mediodía como del apartado norte. Las hay también apresadas en las famosas piraterías de los antiguos tetuaníes. Las hay, por último (y estas han sido las que más me han interesado), tomadas a los portugueses en el llano de Alcazarkibir el día de la rota del heroico D. Sebastián.

Ninguna historia más elocuente pudiera escribirse del pasado poder de este imperio y del terror que ha infundido a todos los pueblos marítimos, que semejante crónica de bronce, tributo rendido a los sultanes moros (ora de grado, ora por fuerza; ya para derramar su ira, ya siendo víctimas de ella) por las primeras potencias del mundo. Entre los cañones que hemos cogido los hay españoles, franceses, ingleses, austriacos, griegos, dinamarqueses y belgas.

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Son las cuatro y media de la tarde, y estoy fatigadísimo de tanto como he andado, visto y sentido, y también de tanto borronear papel, en este inolvidable 6 de febrero. Me voy en busca de mi alojamiento, situado en la Judería. Allí descansaré, si me lo permiten (que no me lo permitirán) las muchas cosas nuevas que hallaré también en aquel barrio.

Hasta luego, pues... Pero antes de marcharme, quiero daros idea de las calles moras en que he escrito estos últimos apuntes, ora sentándome en el tranco de tal o cual puerta, ora apoyando contra la pared mi libro de memorias...

Hállome en un apartado barrio de la ciudad, al cual no llega el estruendo militar de los conquistadores. Mi cicerone judío me ha conducido hasta aquí, y él me sacará de este laberinto, por la cuenta que le tiene... Este barrio es, como si dijéramos, el Faubourg Saint-German de la población mora, donde viven los tetuaníes; más acomodados. Ni un alma transita por las calles... Todas las casas están cerradas... Me encuentro, pues, enteramente solo, dado que el vil judío no me serviría de nada en caso de apuro.

A veces oigo sordos pasos detrás de algunas puertas, y lamentos de niños, unidos al rumor del agua que fluye en ocultas fuentes, y voces ahogadas por el terror, o por la prudencia, o por la asechanza... Indudablemente, en casi todas estas viviendas hay moros ocultos... ¡Quizá me espían muchas miradas al través de las aspilleras que dan luz a sus apartadas habitaciones! ¡Quizá hago mal en permanecer tanto tiempo en este solitario paraje!

El saqueo no ha llegado hasta aquí. Los tímidos judíos no se hubieran atrevido así como quiera a penetrar en calles tan intrincadas, cuyo sosiego parece la máscara de mil peligros...

Aunque, como he dicho, solo son las cuatro y media de la tarde, los pasadizos embovedados empiezan a llenarse de sombra... Jacob (así se llama mi cicerone) está pálido y trémulo en medio de la calle, con el oído al viento, como ciervo asustado en un monte lleno de cazadores. No se atreve a decirme que debemos marcharnos; pero su inquietud, su angustiosa mirada, fija en mi revólver, y el sudor que le baña el rostro, hablan con mayor elocuencia que pudieran hacerlo sus descoloridos labios.

Decido, pues, marcharme, prometiéndome volver por aquí mañana mismo. ¡Esos niños que lloran detrás de las puertas me han llenado de interés y de curiosidad!

Nuestros pasos turban de nuevo el silencio de estos melancólicos sitios, y apenas hemos andado un poco, sentimos abrirse cautelosamente algunas puertas a nuestra espalda...

Jacob anda cada vez más de prisa, pegado a la pared, y arrastra sus babuchas amarillas con tal arte, que casi no suenan... ¡Y lo peor de todo es que este infame judío me ha pegado el miedo, y que yo tampoco vuelvo la cabeza para ver quién se asoma a aquellas puertas que se abren después que pasamos nosotros!...

Empezamos al fin a encontrar algunas comparsas de soldados nuestros, acompañados de judíos, que vienen a recorrer otros barrios de la ciudad... Jacob respira, y yo me avergüenzo de mi debilidad.

Llegamos, por último, al Zoco, donde aún es día claro y hierve parte de la muchedumbre que dejé en él... Jacob recobra la sonrisa y la palabra.

-¿Adónde va el señor? -me pregunta, pues, resplandeciente de felicidad, al ver que se ha ganado la propina sin detrimento de sus espaldas...

Yo le respondo con cierto énfasis:

-A mi alojamiento; a la Judería; a casa de Abraham.

Jacob (¡qué grandes nombres para tan pequeños seres!) emprende gustoso el camino de la Judería, en la cual entra delante de mí, saludando ufanamente a sus correligionarios, como si les dijera:

-¡Ya veis que me ha caído un gran negocio! En el bolsillo de esta persona que acompaño hay, por lo menos, una moneda de plata que va a pasar a mi poder dentro de un instante. ¡Yo os la enseñaré esta noche, para que envidiéis mi fortuna!...

Y, volviéndose hacia mí, exclama:

-¡Aquí no hay ya nada que temer!... Por la Judería se puede andar a todas horas sin peligro alguno... Los hebreos son una buena gente que no se mete con nadie.

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A las diez de la noche.

La Judería se diferencia de la ciudad mora en que sus calles son rectas y en que las casas tienen ventanas y hasta balcones. Por lo demás, su conjunto es tan pobre y desaseado como el resto de la población.

Hay, sin embargo, muchas casas perfectamente construidas... por dentro, y adornadas con bastante lujo. El mueblaje es, generalmente, a la antigua española; pero refleja en varios accidentes los usos y costumbres de los moros. En las viviendas más principales se ven muebles modernos, traídos de Gibraltar, como butacas, mesas de juego, camas doradas, sofás de muelles, etcétera, etc. Los judíos, a fuer de avaros, son pródigos consigo mismos, y no se escatiman las ropas de gran precio, ni las joyas, ni nada de lo que tenga valor seguro en venta. Es indudable que las cabilas han hecho grandes estragos en las más lujosas casas (cuyas puertas están destrozadas, y cuyos muebles y ropas se ven aún revueltos en patios y portales); pero ¿creéis vosotros que los judíos habrían dejado en sitio donde pudieran ser halladas, sus arcas llenas de dinero, sus alhajas y los trajes de gala de sus mujeres, tan suntuosos, que (al decir de ellos mismos) no habrían dado algunas sayas por 20.000 reales, ni algunas tocas por 2.000 duros? ¿Se puede concebir en los hebreos tamaña imprevisión cuando el enemigo llamaba a las puertas de Tetuán y la población morisca se amotinaba en calles y plazas? ¡De ninguna manera!

Sin embargo, desde que entré en la Judería no he dejado de oír las quejas y lamentaciones que nos recibieron por la mañana en el Zoco. Las mujeres, los ancianos, hasta los niños, me cogían de la ropa y me metían en sus casas para que viera «los destrozos causados por los Morios»...

Yo me dejaba llevar..., no porque dejase de ofenderme aquella estratégica confianza de que me daban muestras a fin de que yo no los robase también..., sino por estudiar la raza y la familia israelitas, por enterarme de sus costumbres privadas, y (seré completamente franco) por solazarme en la contemplación de gentiles talles y de lánguidos ojos negros. Es decir, que si yo no era un ladrón de la especie que temían los judíos, lo era de otra no menos grave, bien que a aquellos viles no les doliese en tal momento el que, mientras ellos me referían sus penas, mi hambrienta mirada piratease cínicamente en la hermosura de sus mujeres y de sus hijas.

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Allá va ahora, como muestra, la copia fiel de uno de los cuadros domésticos que he contemplado a mi sabor esta tarde...

Érase una casa de buen porte. En la puerta había un ancho boquete abierto a hachazos (por las cabilas, o por el propio dueño de la casa), hacia la parte de la cerradura. Pasado un estrecho corredor, hallábase el patio, cubierto por arriba con fortísima reja de hierro. Sólidas pilastras revestidas de losetas blancas y azules sostenían ocho arcos estalactíticos, en que se apoyaba el corredor del piso alto. El suelo y la escalera eran también de losetas de colores, brillantes a la sazón como espejos, por estar recién lavadas. De dos grifos de bronce caían sobre pilones de mármol recios caños de agua, cuyo alegre rumor esparcía deleitosos ecos por los solitarios cenadores. En el fondo del patio, una larga cortina de seda negra y roja, recogida por una punta, dejaba ver un arco, igual en todo a los de la sinagoga de Santa María la Blanca de Toledo, el cual servía de jambas y de dintel a una enorme y bien labrada puerta, cuyos pequeñísimos tableros estaban pintados de vivos colores. De esta puerta sólo había abierto un postigo, y por él se entraba en una sala muy amplia, que recibía la luz a través de un rosetón arábigo, calado sobre el recio muro, allá cerca del rico techo de madera.

Acompañábame el amo de la casa, hombre de unos cuarenta años, grueso, limpio, hermoso, cuanto puede serlo un israelita, y de modales sumamente corteses.

-¡Entre usted, señor; y verá espantos!... -me había dicho, al verme pasar por delante de su casa.

Y, una vez en presencia de su familia, que se encontraba reunida en aquella sala baja, doblando ropas y metiéndolas en unos grandes baúles descerrajados, añadió políticamente:

-Aquí tiene usted a mis padres, a los padres de mi mujer, a mi esposa, a mis diez hijos, a mis dos yernos, y a mis tres nietos.

-¡Bien venido, señor, bien venido! -exclamó toda aquella tribu con plañidero acento, fingiendo varias especies de sonrisas y mirando fijamente al dueño de la casa, como preguntándole qué clase de visita era yo; si tenían algo que temer por sus personas, o si, en fuerza de lo anormal de las circunstancias, iba a costarles mi presencia algún dispendio, aunque no fuese más que una onza, palabra con que designan ellos cierta moneda de cobre más pequeña que un ochavo.

Los ojos del interrogado (que se llamaba nada menos que Moisés) debieron de tranquilizarles completamente... ¡Tal vez aquel hombre deseaba tener algún alojado para que su vivienda fuera respetada por el resto de los invasores!

Ello es que toda la familia volvió a decirme.:

-¡Bien venido! ¡Viva la reina de España!

Yo les supliqué que no se movieran; pretexté hallarme muy cansado, y me senté en una silla que tenía por adorno una lámina del Quijote pintada en el respaldo.

La mujer de Moisés empezó entonces a hacerme prolijas descripciones del saqueo de la noche pasada, y yo, fingiendo que la oía y que la creía, me entregué a mis propios estudios.

La señora de Moisés frisaría en los treinta y ocho años; habría sido bella, pero hallábase ya marchita al modo de las flores que crecen en parajes húmedos. Sus ojos mustios y carnes deslavazadas revelaban una existencia pasada a la sombra, en aquel patio, mojado continuamente. Como todas las hebreas casadas, llevaba sobre el pelo una especie de peluca de seda negra, que caía en pabellón muy alisado por los dos lados de su cara. Larga toca celeste rodeaba su cabeza, luego su cuello, y, por último, su cintura. Vestía una saya morada muy angosta y un corpiño encarnado que dejaba descubrir sus brazos, sus hombros y casi todo su ajado seno. Estaba descalza de pie y pierna, como sus cuatro hijas, y, como las citadas, hallábase sentada sobre una alfombra, que habría sido de gran precio cuando nueva.

Los hombres vestían pantalones, o, por mejor decir, calzoncillos blancos. Tampoco llevaban medias; pero siquiera ellos calzaban babuchas rojas o amarillas. Dos túnicas cubrían su cuerpo: la de debajo blanca, muy bordada y cerrada por el pecho, y la de encima de merino castaño, o pajizo, abierta por delante y recamada de labores de seda negra, como los dormanes andaluces. Estas dos túnicas les llegarían poco más abajo de la rodilla, y las llevaban ceñidas a la cintura con fajas de vivos colores. Los ancianos (los padres de los amos de la casa) se diferenciaban de los demás en que usaban medias de hilo blanco, zapatos de cordobán negro y una tercera túnica suelta con grandes mangas perdidas y más larga que las de los otros. Los niños vestían exactamente lo mismo que sus padres...

Pero hablemos ya de las hijas de Moisés.

Como he dicho, eran cuatro. La mayor tenía veinte años, y la menor once. Las dos de en medio eran casadas, y, por tanto, ocultaban cuidadosamente sus cabellos bajo una peluca de seda como la de su madre.

La mayor de las casadas dormía a un pequeñuelo, hijo suyo, cantándole con voz dulcísima no sé qué estribillo monótono que se parecía a nuestra caña. Era alta, fuerte y bella como una Judith. Vestía saya y chal de paro negro con bordados de seda azul, y cubría su cabeza con toca de la misma tela, por el estilo de las que usaban nuestras damas del siglo XV.

Sus facciones eran más perfectas que lindas, más esculturales que seductoras.

La otra casada, pequeña y gruesa, no llamaba la atención sino por sus grandes y expresivos ojos, negros y lucientes como el azabache, y que contrastaban con el quebrado y plácido color de sus mejillas; ojos, en fin, voluptuosísimos, llenos de recuerdos y de promesas de placer.

La mayor era la más fea; pero, en cambio, tenía unos hombros, unos brazos, unas caderas y unas piernas de tan clásicos y opulentos contornos, que los griegos la hubieran tomado por modelo de Juno.

En cuanto a la menor, eclipsaba completamente a sus hermanas. Ya había dejado de ser niña, aunque, según he dicho, solo tenía once años. Los delgados miembros, harto a la vista, empezaban a redondearse. Su virgíneo seno brotaba ya al impulso de la pubertad, y una melancólica dulzura mitigaba la viva luz de sus ojos. Llamábase Lía.

Hallábase de rodillas, trasteando en el fondo de un cofre muy grande y antiguo, claveteado con innumerables tachuelas de metal. Vestía solamente una angostísima chilaba de color de rosa, sumamente limpia. Conocíase que la usaba hacía tiempo, pues se le había quedado muy corta, y el pobre jubón había tenido que estallar por todas las costuras, cediendo al impulso de las gracias primaverales de la joven, que ya se mostraban por todos lados.

Doblada como un junco sobre aquel baúl monumental, presentaba Lía una silueta tan pura y tan casta, en su misma desnudez, que halagaba más al alma que a los sentidos. Su negra cabellera, larga y abundante, partida en dos trenzas, caía sobre sus hombros y descansaba en el suelo cada vez que introducía los brazos en el cofre. Sus pies desnudos y blanquísimos, que, como los de las náyades, siempre habían estado metidos en el agua, remataban graciosamente aquel gracioso dibujo. Su cintura, en fin, que se hubiera podido abarcar con las manos, se cimbraba a cada movimiento, haciendo más correctas y artísticas las ondulaciones de su talle.

Y no era aún nada de esto lo que yo admiraba más en Lía. Admiraba, sí, extáticamente el noble perfil de su peregrino rostro; el exquisito pliegue de su boca, que parecía un clavel entreabierto; sus negros y adormecidos ojos, en que la pasión y la inocencia unían sus diversos encantos; su limpia y noble frente; sus cejas, suavemente dibujadas; su largo cuello, adelantado sobre los hombros con cierta osadía; su redonda cabeza, que parecía abrumada por pensamientos graves, impropios de semejante edad; su menuda oreja, semejante a una hoja de rosa medio plegada; su aguda barba, que prolongaba el óvalo del semblante, como vemos en las Vírgenes de Rafael; su blancura mate, en fin, esclarecida o sombreada por indefinibles tintas (según que transparentaba el rubor de la sangre o el azul de las venas), con la diafanidad propia de un cutis que nunca doró el sol ni orearon los vientos del campo...

Tal era Lía. Si me he complacido demasiado en su descripción, tened en cuenta mi empecatada edad y que llevaba ya mucho tiempo de no ver más que feroces guerreros, cadáveres y heridos, enfermos y moribundos. ¡Mi alma estaba, pues, sedienta de emociones dulces suaves, y nada más suave ni dulce que Lía, en quien se juntan todos los encantos de la debilidad, pues que a un propio tiempo tiene mucho de mujer, de niña, de pájaro y de flor!

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Abandonemos, sin embargo, la casa de Moisés, y vengamos a la mía, o sea a la de Abraham, donde atropelladamente escribo estas últimas líneas, pues estoy rendido de tanto como he trabajado hoy.

Abraham es antiguo ainigo de aquel Santiago a quien conocimos en Río Martín, el cual (dicho sea de paso) encuéntrase ya en posesión de los bienes que dejó en Tetuán y sus cercanías, menos de su casa, por haberla saqueado e incendiado..., no se sabe si los judíos o las cabilas. Ahora bien, Santiago ha conseguido mi admisión en casa de Abraham como alojado, o más bien como huésped, en tanto que aquel habilita una fonda que va a abrir en el antiguo Zoco, llamado ya hoy Plaza de España.

Y aquí debo decir que el CUARTO CUERPO de ejército ha quedado guarneciendo Tetuán, a las órdenes del general Ríos; que el general en jefe ha preferido la vida de la tienda y establecido el

cuartel general en una huerta situada entre esta ciudad y los campamentos tomados a los moros el dia 4, y que allí ha levantado también sus tiendas el TERCER CUERPO con Ros de Olano, en tanto que Prim y el SEGUNDO CUERPO han ido a situarse al otro lado de Tetuán, sobre el camino de Tánger.

Yo he optado por quedarme dentro de estos muros, arrostrando las epidemias que se anuncian, con tal de dedicarme más asiduamente a mis estudios y observaciones. He hecho, no obstante, plantar también mi tienda en el cuartel general, a fin de tener allí una especie de casa de campo y pasar entre mis camaradas todo el tiempo que me dejen libre los trabajos literarios.

Conque digamos cuatro palabras acerca de mi alojamiento, antes de entregar al sueño lo que resta del día de hoy.

Abraham vive solo con su mujer; mujer, por cierto, de edad respetable. Su casa es una de las mejores de la Judería, y está adornada medio a la oriental, medio a la inglesa. En cuanto a mi cama, necesito entrar en pormenores, pues verdaderamente merece particular atención.

Constitúyela un altísimo tablado de nogal, empotrado en recia pared, bajo elegante arco de herradura... Todo esto forma una especie de alcoba en el fondo de la sala principal. Amplias y largas cortinas ocultan a la vez el lecho y la alcoba. Gruesas alfombras dobladas sirven de colchón (por cierto muy blando), mientras que una soberbia y extensísinia colcha blanca de rico estambre suple a un mismo tiempo por las dos sábanas. Otras cuantas alfombras, dobladas o extendidas, hacen, en fin, las veces de almohadas y de abrigo. ¡Tan peregrino lecho podría contener holgadamente... seis personas; pero lo ocuparé yo solo, o, por mejor decir, lo ocupo ya!

En él acabo mis larguísimos apuntes de hoy, después de las doce de la noche; a la luz de una vela morisca bajo precioso artesonado; viendo el estrellado cielo y la blanca luna por un lindo ajimez abierto cerca del techo; oyendo el murmullo de dos fuentes que fluyen en el patio; respirando penetrantes esencias (entre las que a veces creo percibir el aroma de la rosa); satisfecho y triste como nunca: satisfecho, porque veo cumplidas mis más doradas ilusiones; porque recuerdo a Diego Marsilla, a Don Quijote de la Mancha, a los príncipes de las Mil y una noches y a cuantos caballeros han dormido en palacios encantados; triste..., quizá por lo nusmo que estoy satisfecho, o acaso más bien porque, en este continente extraño, en esta ciudad mora, en esta casa judía, echo de menos mi dulce sociedad cristiana, las amantes sombras que vagaron por el edén de mi adolescencia y todas aquellas constelaciones que veía brillar en el cielo de la vida, o sea en el techo de mi alcoba, cuando el sueño misericordioso bajaba a besar mis párpados entornados.

¡Estoy tan solo!... ¡Ah! No... Las piadosasmanos de mi madre y otras manos queridas colgaron de mi cuello hace tres meses dos santas medallas con la imagen de la Madre de los afligidos... ¡He aquí tan sagradas prendas! Y he aquí también que, por la primera vez después de muchos años... (reparen en esta confesión los jóvenes que hayan renegado de toda fe, embriagados por la soberbia de imaginarios dolores); por la primera vez, digo, después de muchos años de jactanciosa emancipación y sacrílega libertad, siento reanimarse en mi alma inefables afectos, volver a mi memoria santas oraciones, y despertarse en mi corazón plácidas esperanzas... ¡Dios sea bendito en el momento en que acerco a mis labios la celestial imagen de María, y bendita sea la madre que me llevó en sus entrañas y me enseñó a pronunciar el dulce nombre de la Reina de los Ángeles!

¿Significará todo esto que la guerra me ha hecho neocatólico?

¡Nada me importa lo que digan de mí, con tal que se crea en la sinceridad de estas emociones!

 

- VI - En que se ve por el revés la presente historia. -Planes de los moros; sus ejércitos; sus proclamas y pregones; sus pérdidas. -Nuestros prisioneros. -Situación de Tetuán durante las últimas acciones. -Muley-el-Abbas. -Muley-Ahmed. -Las cabilas. -Con lo demás que verá el curioso lector.

Tetuán, 7 de febrero.

Una de las infinitas razones que tenía yo para desear comunicarme con moros y judíos, era la viva curiosidad que me excitaba a romper el encanto y descifrar el misterio que han rodeado al ejército enemigo durante toda la campaña.

El número de sus legiones y de sus pérdidas; la procedencia de las hordas que hemos batido; el nombre de sus generales y jefes; lo que decían la víspera y al día siguiente de cada acción; la idea que tenían de nosotros; la explicación de sus maniobras; lo que hacían de sus heridos; el juicio que formaban los habitantes de Tetuán acerca del curso de la guerra: todo esto y otras muchas cosas, que solo hemos sabido por cálculos, o conjeturas, por adivinación o por el relato de falaces prisioneros, eran datos muy preciosos para la inteligencia de la presente historia, sin los cuales carecería de realidad y verosimilitud.

¡Pues todo esto lo he averiguado hoy!

Para ello he sometido a Abraham (mi huésped o patrón) a un prolijo interrogatorio, y escrito al paso todas sus respuestas. Después he salido a la calle y trabado conversación con cuantos moros y judíos he visto, llegando a convencerme de que el primero no me había engañado en cosa alguna.

Mi diálogo con Abraham acerca de la guerra, principió del siguiente modo:

-¡Pues, señor, me has dado un gran almuerzo! -exclamé, saboreando un rico chocolate, como no lo había tomado hace mucho tiempo-. En verdad te digo, mi querido Abraham, que no esperaba encontrar tan bien provista tu despensa...

-¡Gracias a Dios, los moros han respetado mi casa! -respondió el viejo judío, paladeando una taza de café.

-Eso habrá consistido en que tú serías amigo de algún moro...

-¡Amigo!... ¡No, señor! ¡Yo los detesto a todos!... Pero, en fin, me han tratado regular..., por recomendación de unos comerciantes ingleses. ¡De quien yo soy muy amigo es de usted, que tan cariñosamente se ha portado con el pobre Santiago!...

-Pues si eres mi amigo, hazme un favor que no te costará nada. Cuéntame todo lo que sepas de la guerra que acaba de pasar, empezando por referirme todas las habladurías de los moros...

«-La verdad, señor, es que esos perros no se han mordido la lengua para hablar mal de España. Odiábanla más que a ninguna otra nación, y despreciábanla al mismo tiempo, creyéndola incapaz de hacerles la guerra.

»A Francia la respetaban por resultas de la toma de Mogador y del bombardeo de Tánger en 1844, así como por las noticias que tenían de su creciente dominación en Argelia. Además, nadie había olvidado la gran derrota sufrida en Isly por Sidi-Mahommed (primogénito del emperador difunto, y emperador actual), y el recuerdo de aquel pavoroso día les hacía acatar y reverenciar el nombre francés de la manera que esta gente reverencia y acata todo lo que es fuerte y afortunado.

»Con Inglaterra sucedía otra coma muy diferente. También la aborrecían, como a todo el mundo; pero creían necesitarla y poder contar con su ayuda para el día que se viesen metidos en guerra con cualquiera otra nación. ¡Y ciertamente, Inglaterra se cuidaba tanto de los asuntos marroquíes como de los suyos propios! Daba instrucciones a los artilleros musulmanes; proporcionaba cañones a las principales plazas del Imperio; surtía de pólvora lo mismo a las cabilas que a las tropas de rey; defendía en los consejos de Europa la integridad del territorio de Marruecos, y, en cambio de todo esto, no había exigido nunca a Abderramán un tributo, una reforma civil o religiosa, ni un palmo de terreno; nada, en fin, que pudiera excitar su desconfianza.

»Pero hay más, si por acaso algún receloso santón echábase a investigar la causa de que la egoísta Inglaterra fuese tan desinteresada y gratuitamente amiga de los moros, no faltaba quien le saliera al encuentro con esta aduladora manifestación: "Nuestro interés es uno mismo: musulmanes e ingleses, todos somos enemigos de María; todos aborrecentos la misa, todos deseamos el exterminio del Papa"; y unido esto al espectáculo de fuerza que los ingleses presentaban en Gibraltar, y al poder marítimo que desplegaban frecuentemente en la bahía de Tánger, hacía que los marroquíes más díscolos y fanáticos llamasen a la Gran Bretaña su aliada, su amiga y su protectora. Gibraltar los consolaba de Ceuta.

»¡Ceuta! Aquí tiene usted la explicación del odio preferente que profesaban a España. ¡España era la única nación cristiana que ocupaba el territorio marroquí! Ceuta, Melilla y los demás presidios españoles de esta costa quitaban el sueño a los musulmanes hacía muchos años. Los Derviches, para hacerse populares, empezaban siempre por profetizar que estaba cercano el día en que ardería la Misa en todas las plazas españolas de Marruecos. Las gentes de armas no soñaban con mejor empresa que con reconquistar estas ciudades, y las cabilas fronterizas eran excitadas continuamente a hostilizar allí a los perros cristianos.

»¡Cómo se cumplía este encargo, usted lo sabe! Así las hordas rifeñas como las tribus de Anghera y de Benzú violaban todos los días la ley de los tratados, insultaban la bandera española, disparaban sus espingardas y sus cañones contra los muros de vuestras playas, y rara vez transcurría un año sin que alguna cabeza de soldado español fuese llevada como el más estimable presente a las gradas del trono de Abderramán. Vosotros reclamabais; este se excusaba; los moros fronterizos hacían falsas promesas; repetíase la agresión por orden del mismo Sultán; volvíais a quejaros diplomáticamente; Alcaides y generales reíanse de vuestras quejas; fingían castigar a los agresores, bien que dándoles premios secretamente..., y vosotros no os atrevíais nunca a tomaros la justicia por vuestra mano, a salir de Ceuta o de Melilla y escarmentar a vuestros desleales vecinos; a hacer, finalmente, lo que hubieran hecho en vuestro caso Francia o Inglaterra, o vuestros ilustres progenitores, los castellanos de otros tiempos.

»-¡No salen porque no pueden! -decían los moros-. Los españoles son cobardes como gallinas. Sus centinelas se esconden cuando nos acercamos a las murallas, y huyen despavoridos cuando les hacemos fuego. Los españoles tienen guerra en su casa sobre si ha de mandarlos una mujer o un hombre; carecen de barcos y de caballería, y son muy pocos, muy débiles y muy pequeños, mientras que los moros somos muchos, muy fuertes y muy grandes... La hora se aproxima en que los echemos de nuestra tierra para siempre. Después nos meteremos en naves inglesas, e iremos a desembarcar en el reino de Granada, que ha sido nuestro, y conquistaremos otra vez la Alhambra, y tomaremos a Córdoba, Sevilla y Toledo, donde duermen nuestros padres, y acabaremos con Isabel II y con los españoles, como acabamos en otro tiempo con D. Sebastián y con los portugueses.»

-¡Magnífico programa! -exclamé yo con tanta risa, como vergüenza me hubieran causado aquellas mismas palabras hace tres meses-. ¡Vive Dios que esos bárbaros tenían sobrada razón para juzgarnos de tal manera! ¡Pero no dirán ahora otro tanto!

-¡Ah! Ya lo creo... -replicó Abraham con su delicada sonrisa.

-Continúa. Veamos cómo se recibió en Tetuán la primera noticia de que los españoles queríamos guerra.

-Me acuerdo como de lo que hice ayer... Fue de la manera siguiente:

«Hará cosa de seis meses, un día de muchísimo calor, presentáronse en Tetuán, como unos veinte moros, pertenecientes a la grande y belicosa cabila de Anghera, y participaron al gobernador Ben-el-Hach (alcaide a la sazón de esta plaza) que se preparase, pues iba a haber guerra con los españoles.

»-¿Quién os ha dicho eso? -les preguntó Ben-el-Hach, lleno a la vez de susto y alegría.

»-Nosotros, que la hemos buscado, derribando la piedra divisoria del otero y pisoteando las armas españolas -respondieron los montaraces.

»-¡Eso es demasiado, y el Sultán os cortará la cabeza! -dijo un tal Fragí, administrador de la aduana de Río Martín, a quien le iba muy bien con este destino.

»-¡Hemos cumplido con nuestro deber! -replicaron los montañeses-. El cristiano se ha empeñado en edificar un cuerpo de guardia en terreno que no es suyo, y contra lo escrito en el tratado. Nosotros hemos derribado dos o tres veces la obra comenzada, sin lograr atraer a un campo neutral a nuestros enemigos, a fin de que las armas decidiesen quién tenía razón, hasta que, cansados ya de esperarlos y de que no acudan a nuestro desafío, hemos echado a rodar aquella piedra aborrecida, colocada en mal hora sobre el otero por la debilidad de nuestros padres y que es un monumento de ignominia para las ribus de Anghera y un desacato a las sagradas leyes de Mahoma.

»-¡Tenéis razón... -exclamaron el gobernador y otros cuantos moros que asistían a esta conferencia.

»-¡No tenéis razón, y el Sultán os degollará cuando lo sepa! -replicó el susodicho Fragí.

»-¡Pues hará mal! -respondieron los de Anghera-. ¡Si el Sultán nos mata, esos soldados menos tendrá para la inevitable lucha! Ceuta arde en este momento en furor y en indignación... Por Gibraltar sabemos que la noticia de nuestro insulto ha conmovido a toda España, y que los cristianos piden a voces la guerra contra el moro... Además, nuestros amigos de Sierra-Bullones, están decididos a morir antes que ceder en la demanda; y si el Emperador no quiere guerrear por la razón y la justicia, nosotros guerrearemos por cuenta propia y tomaremos a Ceuta, y quemaremos la misa el día de la Pascua de los cristianos.

»Así diciendo, saludaron al gobernador los veinte fronterizos, y esparciéronse por la ciudad, que ya había comprendido algo de lo que sucedía, y empezaba a agitarse sordamente... Fueron, pues, de casa en casa, arengaron a los tímidos, comprometieron a los prudentes, arrebataron en pos suyo a los audaces, atrajeron fácilmente a los Santones y Derviches, dirigiéronse a las mezquitas, hablaron largamente sobre el particular, leyeron con tremebundo acento todos los versos del Corán que hablan de la bienaventuranza de los que mueren en guerra con infieles, y sobre todo con cristianos; y cuando, ya anochecido, abandonaron a Tetuán, la fiebre patriótica y el fanatismo religioso enloquecían a tres cuartas partes de sus moradores. Ni los angherinos se contentaron con esto, sino que se desparramaron por esas montañas y llegaron hasta el Rif, comprometiendo en su empresa a todas las cabilas que encontraron y haciéndoles jurar "que si el Emperador no hacía la guerra, la harían ellas contra los cristianos y contra el Emperador".

»Después de estos sucesos transcurrieron algunas semanas, durante las cuales no se supo en Tetuán nada de fijo. Por una parte oíamos hablar de que el Sultán daba satisfacciones, y por otra veíamos hacer grandes armamentos. La gente del Gobierno (14) <notas.htm> hablaba mucho de paz; pero las cabilas seguían creyendo en la guerra, y los Santos y Santones la daban como cosa segura.

»En esto se recibió la noticia de la muerte del emperador Abderramán y de la subida al trono de su hijo primogénito, Sidi-Mahommed el de la mala estrella. ¡Nadie dudó ya entonces de que la guerra se llevaría a cabo! ¡Sidi-Mahommed era el más tremendo enemigo que tenían los cristianos en el Imperio! Cuando perdió la batalla de Isly, su padre le prohibió montar a caballo larguísimo tiempo, penitencia que soportó sin murmurar el príncipe vencido, bien que jurando por su parte no cortarse la barba ni el cabello hasta que recobrase su crédito de general ganando una gran batalla a los cristianos.

»Yo lo vi casualmente el año pasado en un viaje que hice a Mequínez. La barba, negra como las alas de un cuervo, le llegaba ya a la cintura, y la cabellera, crespa y erizada como la melena de un león, le caía sobre la espalda en broncos rizos. Su padre lo trataba todavía con desdén, y él hablaba a todas horas de tomar a Ceuta, y de lavar con sangre española la mancha que los franceses echaron sobre su honor quince años antes. Calcule usted, pues, si nos quedarían esperanzas de paz después que supimos que aquel príncipe había sido proclamado emperador de Marruecos.

»Por otra parte, aunque Sidi-Mahommed no hubiese deseado la guerra (como la deseaba, dijera lo que quisiese su ministro Sidi-Mohammed-el-Jetib, residente en Tánger), habríase visto precisado a hacerla o a abandonar el trono; pues un tío suyo, un tal Solimán, que se cree con derecho al Imperio, empezaba a crearse partidarios entre las gentes más belicosas, diciéndoles que su sobrino era un cobarde; que le hicieran a él emperador, y principiaría su reinado declarando la guerra a los españoles.

»En tal estado, vino a Tetuán un propio con una orden destituyendo a Fragí, el administrador de la aduana de Río Martín, quien, como le he dicho a usted, hablaba en contra de la guerra. Este hecho no dejó ya lugar a duda. Todo el mundo empezó a comprar armas; estas subieron a un precio fabuloso; los jóvenes se ejercitaban mañana y tarde en el manejo de la gumía y en tirar al blanco con las espingardas; las mujeres cosían y bordaban bolsas para la pólvora; hacíanse provisiones en grande escala; celebrábanse juntas en casa del gobernador; iban y venían correos de aquí a Sierra-Bullones; exhortaban los santones a los creyentes siempre que se reunían en las mezquitas; construíanse baterías de tierra y ramaje en la playa del Río Martín, y guarnecíanse de cañones por ingleses disfrazados de moros...

»Sin embargo, había órdenes terminantes del Emperador de no disparar ni un solo tiro ni intentar cosa alguna contra los cristianos hasta que él avisara oficialmente. Pero, al fin, un domingo, a mediados de octubre, y como a cosa de las tres de la tarde, salió un moro de casa del gobernador, acompañado de algunas tropas de rey, y dio un pregón en medio de la plaza, diciendo, de orden del Sultán, que había guerra con el cristiano; que todo el mundo se pusiese sobre las armas; que el que no tuviese espingarda la adquiriese inmediatamente, y que a los pobres se la daría el Gobierno.

»Imposible me fuera describirle a usted el entusiasmo con que se recibió esta noticia. Aquella tarde hubo salvas, carreras de caballos y grandes fiestas en las mezquitas; ayunose al día siguiente; los santones declararon que la guerra era santa, y ya en adelante todas las mañanas, a eso de las doce, se daba un largo pregón en medio del Zoco, contando al pueblo los preparativos que se hacían; las órdenes y consejos del Sultán; la manera cómo se debía pelear con los cristianos; lo que se sabía de España; el punto donde se reunía vuestro ejército, y los lugares en que se creía que ibais a desembarcar...

»Estas últimas noticias eran siempre contrarias a las del día anterior... Tan pronto se hablaba de que ibais a empezar por atacar a Tánger, como que os dirigíais contra Tetuán. ¡Unas veces se os esperaba por Ceuta; otras por la bahía de Jeremías, y hasta se dijo que pensabais desembarcar en Mogador, para encaminaros desde allí a Mequínez en busca del Tesoro!

»Todas estas cosas las oían los musulmanes con grandes risotadas. Lisonjeábanse desde luego con la esperanza de exterminaros en el primer choque; ridiculizaban vuestro modo de pelear; decían que, al veros tan pocos, habíais pedido auxilio a los franceses, quienes os lo habían negado; que los italianos os proporcionarían embarcaciones, y los ingleses os prestarían galleta y latas de carne; pero que unos y otros dejarían de socorreros cuando ya estuvieseis en África, a fin de que os murieseis aquí de hambre... En fin, señor, estaban tan orgullosos y soberbios estos bárbaros, que a mí se me quemaba la sangre de oírlos...»

-Muchas gracias. Prosigue.

«-Por entonces mandaba todas las tropas (lo mismo las de Anghera que las de aquí y las que acudían de muchos puntos del Imperio) el gobernador de Tetuán, quien envió a Sierra-Bullones, para que se pusiese a la cabeza de las cabilas, a un kadeb o comandante, llamado El-Crasí, en sustitución del que las había capitaneado los primeros días, que era un tal Ben-Yagiad, moro de rey, criado del cónsul de Inglaterra, sir Drumen Hayde, de quien usted tendrá noticias...

»En esto principió la guerra. Los judíos estábamos muy vigilados, pues se desconfiaba de nosotros, creyéndosenos afectos a España. Así es que hasta se nos prohibió salir de Tetuán y de nuestro barrio; pero desde aquí sabíamos sobre poco más o menos todo lo que pasaba...»

-¡Llegaban aquí los heridos de las primeras acciones? -interrumpí yo sobre este punto.

-No, señor. Como casi todos eran de aquel país, los curaban en Anghera y en otros aduares de Sierra-Bullones... Pero de aquí les enviaban municiones y víveres...

-¿Qué clase de víveres?

-Pan, manteca, pasas, higos, galleta, dátiles y naranjas.

-¿Y cómo les llevaban todo eso?

-En camellos y mulas del país. Después trajo consigo Muley-el-Abbas mil quinientas caballerías para transportar heridos... Pero este príncipe no había venido todavía...

-¿Y qué decían los moros acerca de los primeros encuentros?

-Que siempre ganaban; que no sabíais tirar, que no apuntabais, y que os habíais tenido que encerrar en Ceuta.

-¿Cuántos moros nos combatirían por entonces?

-Unos quince mil..., todos voluntarios y de cabilas, mandados ya por el bajá de Tánger. Porque las primeras tropas de Rey las trajo el Santo de Guazán...

-Hazme el favor de decirme qué clase de santo era ese.

-El Santo de Guazán era (y digo era, porque lo matasteis detrás del Serrallo) un hermosísimo moro de Rabat, que no habría cumplido todavía los treinta años, y un prodigio de valor y ciencia. Llamábase Hach-el-Arbi, y su categoría venía a ser la de Patriarca de todo el Imperio. Vestía con mucho lujo, y mandaba mil quinientos caballos de lo mejor del ejército imperial. Entró en Tetuán al mediodía, y permaneció en él unas dos horas, que empleó en visitar las mezquitas y conferenciar con el gobernador. Al tiempo de irse, dijo a los moros: «Hoy es viernes... ¡Acordaos!... ¡Cuando llegue otro viernes habrá ardido la misa en Ceuta, o yo habré dejado de existir!»

-¡Buen profeta, era ese santo!

-¡Ya ve usted si lo era! ¡Al viernes siguiente lo enterraron en esta ciudad! Marchose por la puerta del cementerio, y era tanta la gente que acudía a verlo y a besarle las rodillas y hasta el caballo, que no lo dejaban caminar. Entonces fue cuando dijo que, a ruegos suyos, Alá había enviado el cólera, no sin revelarle también el propio Dios que una tercera parte del ejército cristiano moriría de la peste, otra tercera en el mar, y la restante por fuego de las armas.

-¡Demonio! ¿Hacia cuándo pasó por Tetuán ese hombre?

-Le diré a usted. La primera acción a que asistió el Santo de Guazán (y en que quedó muerto con muchos de los jinetes que mandaba) fue una que hubo en el camino de Casa Blanca, un jueves por más señas..., mucho antes de la batalla de los Castillejos... Y recuerdo que era jueves, porque cuando, al siguiente día, entró en Tetuán el cadáver del Santo, los moros estaban celebrando su Sábado, que, como usted sabe, es en viernes...

-¡Un jueves!... -reflexioné y-. Esa debió de ser la acción del 15 de diciembre; la primera en que se encontró el TERCER CUERPO. Y, en verdad, recuerdo haber oído que aquel combate fue también el primero en que se presentó caballería marroquí... Nuestras granadas derribaron a la tarde muchos jinetes, entre los cuales había algunos con banderas verdes y amarillas...

-¡Justo! Aquel día tuvieron tanta pérdida los moros, que se vieron obligados a transportar a Tetuán doscientos heridos, además de los que se quedaron en Anghera y de los que murieron en la travesía por esos montes...

-Me has hablado de Muley-el-Abbas... -proseguí, después de un intervalo de silencio-. ¿Podrás tú calcular hacia cuándo se puso al frente de sus tropas?

-Voy a echar la cuenta. A los pocos días de morir el Santo de Guazán, supimos aquí que Muley-el-Abbas se encontraba en el Fondak con muchas fuerzas del Magreu, o sea de Magacenis...

-¿Y qué es eso?

-Es lo que vosotros llamáis Moros de Rey especie de ejército vitalicio, mixto de milicia nacional y de cuerpo de policía, compuesto de unos 25.000 hombres, ordinariamente desparramados por todo el Imperio, en el cual estos desempeñan muchos destinos y prestan grandes servicios administrativos y de todo género, teniendo como recompensa el usufructo de terrenos que les cede el Sultán por toda su vida. Los Magacenis o Moros de Rey llevan espingarda, gumía y pistolas, y son casi todos de infantería.

-Continúa.

-Muley-el-Abbas hizo alto con unos 12.000 hombres de esta gente en la encrucijada de los caminos de Tánger, Fez, Tetuán y Anghera, no atreviéndose a echar por ninguno de ellos hasta saber la dirección que tomaba el ejército cristiano, a fin de salirle al encuentro inmediatamente. Así permaneció cerca de una semana. Por último, díjose de público que vuestro proyecto era venir sobre Tetuán, y que para ello construíais un camino a todo lo largo de las playas del Tarajar y de los Castillejos... ¿Es así?

-Efectivamente.

-¡Pues entonces fue cuando pasó por Tetuán Muley-el-Abbas!

-¿No recuerdas el día?

-Usted lo adivinará. ¿Cuándo celebran su Pascua los cristianos?

-El 25 de diciembre.

-¿Tuvisteis un gran combate al amanecer de ese día?

-Sí que lo tuvimos...

-¿Sería domingo?...

-Justamente.

-Pues, entonces, Muley-el-Abbas estuvo en Tetuán el 22 de diciembre. Verá usted cómo saco la cuenta. Al tiempo de despedirse el Príncipe del gobernador, le dijo estas o semejantes palabras: «Llevo prisa, pasado mañana sábado celebran los españoles la víspera de su Pascua, y velarán toda la noche, cantando y bebiendo como tienen de costumbre; por lo cual he pensado sorprender su campamento al amanecer del domingo, cuando estén más ebrios y fatigados, y no dejar un cristiano con cabeza.»

-Así lo hizo; sólo que no estábamos ebrios, y los degollados fueron los moros. Pero, en fin, prosigue. Háblame de Muley-el-Abbas. Nuestro ejército lo estima mucho sin conocerle y sin darse cuenta del motivo... Quizá consiste en que sabemos que es de los príncipes que se baten. Cuéntame, con algunos pormenores, su entrada en Tetuán.

«-Fue muy sencillo. Cuando se supo que llegaba, estaba ya a las puertas de la ciudad. Las autoridades y el pueblo salieron a recibirlo. La Alcazaba lo saludó con veintiún cañonazos como a príncipe imperial, y nosotros, los judíos, fuimos encerrados en nuestro barrio para que no le viésemos...

»Yo le vi, sin embargo, desde una azotea que da a la plaza. Delante de él entraron veinte músicos tocando tambores y trompetas. (Estas trompetas son de cuerno, y no suenan tanto como las que traéis vosotros.) Después venía el Príncipe, montado en un caballo alazán, ricamente enjaezado, y seguido de tres caballos de mano, que conducían del diestro tres esclavos negros. Dos jóvenes jinetes cabalgaban cerca de él, cada uno a un lado, quitándole las moscas con pañuelos de seda, mientras que las gentes del pueblo (así los pequeños como los grandes) le besaban las rodillas con veneración y respeto. Era la primera vez que el Emir entraba en Tetuán y todo el mundo lo miraba con avidez; pues goza de mucho más partido que su hermano el Emperador, por sus virtudes, su arrojo y su modestia.

»Muley-el-Abbas (o, más bien dicho, Muley-el-Abbés) tendrá treinta y cinco años; es alto, un poco grueso, sumamente elegante y de color pálido muy obscuro. A diferencia de su hermano Sidi-Mahommed, tiene la barba fina, corta y suave. Vestía un jaique verde muy rico, bonete colorado, turbante blanco y botas amarillas. No llevaba armas sobre su cuerpo.

»Acompañábanle, como escolta, hasta mil caballos, que llenaron toda la plaza, mientras que el resto del nuevo ejército, consistente en diez mil infantes y otros mil caballos, pasó por fuera de la ciudad y estuvo acampado cerca de Cabo Negro las pocas horas que el Príncipe permaneció entre nosotros.

»Este conferenció largamente con el gobernador, reconoció las baterías del Martín y los fuertes de la ciudad; visitó las mezquitas una por una, orando devotamente en todas ellas, y se marchó al fin entre los aplausos y aclamaciones de los pacificos habitantes de Tetuán.

«La primera noticia que después hubo de él la trajeron trescientos heridos que llegaron a las tres noches, en medio de un espantoso temporal. Por aquellos heridos se supo (aunque los vecinos de Tetuán trataron de ocultarlo) que al amanecer del día de la Pascua cristiana había intentado, efectivamente, Muley-el-Abbas sorprender el campamento español, pero que vosotros estabais vigilantes y lo sorprendisteis a él, cortándole y matándole parte de sus fuerzas y rechazando las demás, después de hacer en ellas una espantosa carnicería con vuestros cañones de trampa... Usted sabrá si hay algo de verdad en lo que digo; pero yo lo cuento como me lo contaron los moros...»

-Abraham... ¡Estos ojos lo vieron! Fue una mañana horrible para los mahometanos. Continúa.

«-Pocos días después pasó por Tetuán un Alcaide muy poderoso, de tierra de Fez, llamado Ben-Auda, con otros mil quinientos hombres de infantería y de caballería. Eran cabilas.

»Luego pasaron muchas gentes del Rif, tan corpulentas y feroces, que daba miedo verlas. Estas no se detuvieron en Tetuán sino para comer, y me contaron que habían degollado al Alcaide de Gumara, pueblo que distará de aquí unas cuatro leguas, por no haber querido el pobre hombre reforzarlos con su cabila, que, entre paréntesis, es la mas pacífica y trabajadora de estas comarcas.

»Entonces emprendisteis vuestra marcha hacia Tetuán; y, al mismo tiempo que esta noticia, llegaron aquí otros setecientos heridos moros...»

-¡Eso fue el día de Año Nuevo!...

-Sí, señor; el día de la batalla de los Castillejos.

-¡Cuéntame! ¡Cuéntame!

-¿Veis cómo avanzan los cristianos? -preguntaban los tetuaníes pacíficos a los de armas tomar-. ¿Diréis todavía que vais ganando en la guerra? ¿Confesáis, al cabo, que no podéis con los españoles?

-¿Y qué contestaban a eso?

-Decían que os dejaban avanzar a fin de que, perdiendo vuestra comunicación con Ceuta, no pudieseis recibir socorro alguno sino por medio de los vapores. «Entonces (añadían) el Levante hará lo demás. Los barcos tendrán que irse, y esos perros perecerán de hambre.»

-¡Cerca anduvimos de que nos sucediera así!...

-Ya nos lo dijeron.

-¿Qué decían?

-Que llevabais tres días de estar incomunicados por mar y tierra; que se os habían acabado los víveres, y que os manteníais con hierba o con bichos de los que arrojaban las olas...

-¡Algo de verdad hay en eso! Dime... ¿Y prisioneros nuestros? ¿No venían a Tetuán?

-Vinieron después de la batalla de los Castillejos. Antes solo habían llegado... sus cabezas...

-¿Muchas?

-Diez o doce.

-¿Y qué hacían con ellas?

-Las salaban y se las mandaban al Emperador... Sin embargo, los muchachos del pueblo se apoderaron de una, y la estuvieron arrastrando todo un día por esas calles...

-¡Monstruos! -exclamé furiosamente.

-También ellos han padecido mucho... -se apresuró a decir Abraham por consolarme-. Sus heridos se morían casi todos, comidos de gangrena, por falta de cuidado. En Sierra-Bullones y en Río Azmir han pasado hambres espantosas, y hubo un día en que desertó una cabila entera, diciendo que no se podía con los españoles; que sonaba la corneta y salían los hombres de la tierra como gusanos; que por aquí bayonetas, por allí tiros, por este lado piedras, en aquél cañones..., en todas partes encontraban la muerte; que era inútil huir, puesto que las balas de trampa llegaban a todas partes, y que últimamente habíais inventado unos rayos que culebreaban por el suelo, como las exhalaciones por la atmósfera...

-¡Ah! Sí, los cohetes a la Congréve...

-¡Eso sería! Cuando estabais en las lagunas le matasteis el caballo a Muley-el-Abbas, y este se halló a punto de caer prisionero. En Cabo Negro le incendiasteis la tienda con una granada, en ocasión que él estaba dentro tomando café. Habéis matado una infinidad de jefes, derviches, alcaides y santones... ¡En fin, señor, se han cobrado los españoles con usura del daño que les hayan hecho los marroquíes!

-Dime, ¿y por qué no tienen artillería de campaña los moros?

-La tienen en Mequínez, compuesta de veinte piezas; pero no hay caminos para transportarla hasta aquí. Solo dos cañoncillos de montaña pudieron traer al principio, con los cuales hicieron fuego en los Castillejos; pero se inutilizaron en seguida. En lo que sí son ricos es en artillería de posición. Todas sus plazas terrestres y marítimas están defendidas por enormes cañones; muy antiguos, que manejan los renegados, procedentes de vuestra tierra. De unos dos mil hombres se compone este cuerpo de artillería, diseminado por todo el imperio, y que forma parte del Nizam.

-¿Qué es el Nizam?

-El Nizam es una fuerza de infantería a la europea, o, mejor dicho, a la turca, que hay en Fez, compuesta de unos dos mil hombres.

-Y ¿cómo no ha venido a esta guerra?

-Porque es lo más flojo del ejército marroquí. ¡Los moros no han nacido para pelear ordenadamente y en formación como vosotros! ¿Qué otra cosa quiere usted saber?

-Háblame más de nuestros prisioneros. ¿Cuántos habréis visto en Tetuán?

-Unos diez y ocho o veinte. Los primeros tratan chaquetas blancas...

-!Ah! Sí... ¡El día 1.º de enero!... Esos eran húsares...

-Trajeron tres... ¡Todos ellos heridos de gravedad! A los pocos días murieron, y sus chaquetas se vendieron en la judería. Pero el que me hizo reír fue un soldado vuestro muy joven, a quien oí tomar declaración en la plaza la misma tarde que le cogieron...

«-¿Cuántos sois? -le preguntó un jefe de caballería, grande amigo de Muley-el-Abbas.

»-Setenta mil -respondió muy formal el soldado-, y otros setenta mil que van a llegar de un momento a otro.

»-¿Y tenéis muchos cañones? -replicó el moro, frunciendo el ceño.

»-¡Quinientos nada más! Pero se esperan los principales.

»-¿Cuánto alcanzarán los mejores?

»-Cuatro leguas.

»Los moros se miraron llenos de asombro.

»-¿Y qué hacéis parados tanto tiempo en Río Martín, teniendo tan buenos cañones? -insistió el jefe de caballería, lleno de furia.

»-Estamos construyendo casas -contestó el soldado sin alterarse.

«-¡Todo eso es mentira! -exclamó un guerrero viejo-. Pero sirves bien a tu rey y eres un valiente. No temas por tu vida... Yo cuidaré de ti.»

-¿Y vive ese soldado? -le pregunté a Abraham con verdadero interés.

-Sí, señor; se lo llevaron a Fez con los demás prisioneros, y sabemos que allí no han matado a ninguno.

-¿Cómo los trataban aquí?

-Mal..., sobre todo en comida.

-Y ellos..., ¿qué tal estaban de humor?

-Al principio, muy apenados; pero después reían y bromeaban con los moros.

-Según eso, ¿los dejaban andar por la ciudad?...

-Sólo por el Zoco, y eso con testigos de vista. A la noche, los encerraban en los calabozos de la casa del gobernador.

-Volvamos a la historia. Íbamos por la batalla de los Castillejos. ¿Qué supisteis después?

«-Ya no supimos nada, sino que avanzabais siempre. Los heridos no cabían en las casas, y la ciudad era un puro lamento. Pasaron dos o tres días sin que se oyera hablar de vosotros ni del ejército de Muley-el-Abbas. Al cabo de ellos vimos llegar una infinidad de moros por las alturas de Sierra Bermeja, los cuales descendieron a la llanura de Guad-el-Jelú. Al principio creímos que eran nuevos refuerzos enviados del interior; pero pronto cundió la voz de que no eran sino las tropas de Muley-el-Abbas, rechazadas y vencidas en una infinidad de combates, que venían a tentar el último esfuerzo en Cabo Negro, por donde debíais asomar los españoles de un momento a otro...

»Con efecto, al día siguiente empezamos a oír desde el amanecer un vivísimo fuego hacia aquel lado, y vimos el humo del combate sobre todas las cimas del promontorio.

»-¡Los cristianos! ¡Los cristianos! -gritaron las mujeres y los niños, escondiéndose en los últimos rincones de sus casas.

»-¡Estamos perdidos! -exclamaron, por último, los tetuaníes menos belicosos.

»-¡Nos queda nuestra caballería! -dijeron los más arrojados.

»-Muley-Ahmed, el hermano mayor del Sultán, debe de llegar con refuerzos dentro de pocos días -añadió, por último, el gobernador-. Entonces vengaremos en una hora toda la sangre marroquí derramada por los españoles en dos ,meses. ¡Ahora principia la verdadera guerra!...

»Sin embargo, aquella noche entraron en Tetuán otros ochocientos moros heridos. La población estaba consternada. Nosotros, los hebreos, locos de alegría.

»Entretanto, Muley-el-Abbas escribía al Emperador diciéndole que ya ocupabais la aduana del Río Martín, y que, si no le enviaba fuerzas, no respondía de Tetuán.

»Dentro de esta plaza cundía la misma desanimación. Todas las obras construidas en la playa después que vuestros buques bombardearon el Fuerte Martín, habían sido completamente inútiles. Un nuevo ejército español acababa de desembarcar a la vista de los moros, sin que estos pudiesen impedirlo, merced a vuestro feliz pensamiento de apoderaros antes de la llanura. La numerosa caballería que os atacó el día 16 fue rechazada, y vuestros cañonazos la obligaron a refugiarse bajo los muros de Tetuán o en las montañas vecinas... ¡Proyectil hubo que llegó a las huertas, mientras que otros muchos causaron incendios y destrozos en las tiendas que circundaban la Torre de Jeleli! ¡Todo, todo era inútil contra vosotros!... La numerosa y flamante caballería en que tanto confiaba Muley-el-Abbas, no se había atrevido a atacar vuestros batallones. ¿A qué esperaban ya los pertinaces musulmanes para declararse vencidos?

»¡Pues, sin embargo, seguían obstinados en su empeño; y, en tanto que llegaban los refuerzos que habían pedido, consagráronse en cuerpo y alma a construir los parapetos y trincheras que tomasteis en la última batalla!... ¡En cambio, los pacíficos vecinos de Tetuán miraban con terror y desesperación aquel sinnúmero de tiendas que establecisteis desde el mar hasta la aduana! ¡Vistos desde aquí, vuestro campamento y vuestros barcos semejaban una gran ciudad mucho más grande y poderosa que la que veníais a combatir! Yo me pasaba los días en mi azotea con los ojos fijos en aquel maravilloso espectáculo, y desde allí he divisado, con auxilio de un buen anteojo, los tres últimos combates; vuestros reconocimientos: los cañonazos que os los tiraban los moros; vuestros ejercicios en días de paz, y, en fin, todo lo que ha pasado desde el 14 de enero hasta el día de ayer.»

-¿Viste, pues, la acción del 23 de enero...

«-¡Completamente! Al amanecer empezasteis a disparar cañonazos. Los moros no podían explicarse qué significaba aquello. Al fin, un prisionero que os habían cogido la tarde anterior en el río Jelú (donde estaba lavando), dijo que celebrabais los días del hijo de la reina de España...

»-¡Ayudémosles a celebrarlo! -exclamaron los moros, y se lanzaron a la llanura de la manera que usted recordará.

»Yo, desde mi azotea, vi aquella reñida lucha... El vivo fuego de los fusiles, las cargas de vuestros caballos, y, por último, el tremendo avance de la artillería, todo lo divisé perfectamente!...

»Ya estabais al pie de los campamentos moros... El cañón resonaba cada vez más cerca... Enormes masas de bayonetas relucientes ocupaban toda la llanura... Los mejores guerreros mahometanos corrían llenos de miedo por las cumbres de Sierra Bermeja, y el viento nos traía el son de vuestras músicas, unido al estruendo del combate y a los ardientes vivas a la reina de España...

«¡Que entran! ¡Que entran! ¡Los cristianos han vencido! -exclamaban los habitantes de esta plaza, disponiéndose también a la fuga.

»Yo mismo creí que os apoderabais aquella tarde de Tetuán...

»Luego fue alejándose poco a poco aquel estrépito... Ya solo se oían los ecos de las músicas y el redoblar de los tambores... El peligro había pasado por aquel día...

»A la noche entraron en Tetuán doscientos cincuenta heridos, los cuales olvidaban su propia desventura al considerar los muchos y bravos compañeros que habían sido enterrados en el mismo campo de batalla...

«-¡Muley-Ahmed! ¡Muley-Ahmed! -decían-. Tú sólo puedes salvarnos. ¡Ven pronto, Muley-Ahmed, o encontrarás a Tetuán en poder de los infieles!

»Pasaron algunos días de abatimiento y de tristeza... Pero el valor del árabe se rehace con facilidad, y la llegada de cinco mil Bojaris procedentes de Mequínez, que entraron en Tetuán el día 26 por la mañana, bastó a reanimar el espíritu de las tropas de Muley-el-Abbas.

»Los Bojaris son los que vosotros soléis llamar la Guardia Negra. En efecto, se compone en su mayor parte de negros, y está encargada de la custodia de la sagrada persona del Emperador. Compónese de unos quince mil hombres, casi todos de caballería; están dotados también con terrenos que disfrutan vitaliciamente, y usan espingarda con bayoneta, sable-gumía, puñal y pistolas.

»Por esta nueva gente (que venía llena de furor y de entusiasmo) se supo que el príncipe Ahmed estaba de camino con otros seis mil Bojaris, y que debía de llegar de un momento a otro... Festejaron, pues, los Magacenis y las cabilas con salvas y grandes voces a la primera división de Guardia Negra, y se dispusieron a recibir con mayores demostraciones de respeto y alegría al hermano de Muley-el-Abbas.

»El día 29 anunciose al fin que Muley-Ahmed asomaba por Wad-Rás. Todo el mundo subió a las azoteas, y muchos personajes de Tetuán salieron hasta el puente de Buceja a recibir al ansiado príncipe.

»Este penetró en Tetuán como a las once de la mañana. La alcazaba y las puertas de la ciudad lo saludaron con cuarenta cañonazos. Las mezquitas, adornadas con arcos de verduras; la muchedumbre, corriendo por las calles, ausiosa de verlo y de besar sus rodillas; los espingardazos disparados al aire; los gritos; las músicas; todas las señales del más frenético entusiasmo, indicaron a Muley-Ahmed la oportunidad con que llegaba, haciéndole imaginarse que él estaba llamado a salvar la honra del ejército y la integridad del territorio marroquí.

»Ufano, pues, y orgulloso (lo cual es propio de su carácter superficial y ligero) pasó por Tetuún sin detenerse un punto, y se dirigió al campamento de su hermano Abbas, seguido de sus peones y jinetes, que, en verdad, eran las mejores tropas del Imperio, las cuales no habían tomado aún parte en la guerra.

»Muley-Ahmed es mulato, y de los más obscuros. Tiene la misma edad que Muley-el-Abbas, pues creo que solo se llevan días; pero no se le parece ni en el caráeter ni en el rostro. Pasa por hombre atolondrado y de mala vida, muy dado a las zambras, al lujo, a la fantasía y a la mujer ajena. Hace inoportunos alardes de valor, y habla y miente tanto, como sus hermanos son formales y taciturnos.

»El día que cruzó por aquí iba muy bien vestido, todo de blanco, montado en una hermosísima yegua, blanca también, y seguido de tres caballos de mano para cuando quisiese o necesitase variar de cabalgadura. Acompañábanle once Alcaides muy poderosos, la mayor parte de avanzada edad, hombres unos acreditados en el consejo, y avezados los otros a largas luchas con las feroces cabilas del lado allá del Atlas. Entre ellos merecen ser nombrados Ben-Almda y Mahomed-Ben-Alí, que tantas proezas han hecho en los dos últimos combates.

»A eso de las dos de la tarde llegó esta lucida comitiva al campamento de Jeleli, donde la recibieron nuevas salvas y aclamaciones...»

-¡Las oímos desde Fuerte Martín!... -exclamé yo, que encontraba singular placer en mirar cómo tomaban cuerpo y realidad aquellas remotas apariencias que tanto me habían preocupado durante nuestra estancia en la llanura de levante.

»-Los dos muleyes -prosiguió Abraham- se abrazaron con efusión y cariño, y de la conferencia que tuvieron en seguida resultó que dos días después atacarían juntos vuestras posiciones, con el firme propósito (fueron sus palabras) "de morir todos en vuestras trincheras, o arrojaros de cabeza al mar y abrasaros con vuestros mismos cañones".

-¡Ah! Sí, ahora comprendo el terrible combate del día 31...

«-Figúrese usted que eran ya treinta y ocho mil hombres entre todos; que habían recibido gran cantidad de municiones y víveres, y que estaban desesperados por lo ocurrido hasta entonces, cuanto envalentonados por las jactanciosas arengas de Muley-Ahmed. Nosotros mismos, los que más desconfiábamos de la causa de los moros, empezamos a creer que conseguirían aquel día alguna ventaja... Tantos miles de caballos y peones eran capaces de cualquiera cosa, sobre todo cuando los mandaban sus príncipes; cuando jugaban el todo por el todo; cuando su amor propio estaba excitado por la emulación que ya mediaba entre los dos hermanos del Sultán; cuando tenían a la espalda una ciudad que los observaba; cuando había, en fin, más lejos un pretendiente al Imperio, que se prevaldría de las derrotas de Sidi-Mahommed, el de la mala estrella, para allegar partidarios a su causa. ¡Por eso aquella lucha fue tremenda, formidable, encarnizada como pocas!

»Yo la vi también, aunque a gran distancia. Mas ¿qué digo yo?... ¡Todo el vecindario de Tetuán, sabiendo lo que se jugaba en la contienda, hallábase asomado a las murallas, después de haber dispuesto sus familias y sus equipajes para una posible fuga!...

»Al principio, cuando se vio que la caballería árabe rebasaba vuestro campamento por la izquierda y se adelantaba casi hasta el mar; cuando se divisaron aquellas blancas nubes de infantes y jinetes que os acosaban por todas partes; cuando se os miró atascados en los pantanos y lagunas, y vimos a vuestra caballería correr valle abajo rechazada y casi dispersa, cundió por la ciudad la noticia de que estabais derrotados, de que la victoria era de los príncipes, de que ya levantabais vuestro campo..., ¡y no sé cuántas falsedades más! Pero, ¡ah!, de pronto pueblan el aire mil gritos de terror... Los cañonazos retumban como un continuado trueno... Esos cohetes que usted dice, cruzan como rayos de una parte a otra... Vuestras cornetas se oyen tan cerca, que parece que están debajo de estas murallas... Los moros huyen en todas direcciones... Los heridos que van entrando en la ciudad dan la voz de ¡Sálvese el que pueda!... Otros llegan después, diciendo que no hay cuidado, que no pensáis venir a la plaza todavía, pero que Muley-Ahmed y Muley-el-Abbas han sido derrotados... ¡Quién añade que han muerto! Las mujeres y los niños lloran y gimen, como yo no había visto nunca a la gente mora... Los vecinos de Tetuán se dirigen a orar a las mezquitas... Las mejores tropas del Imperio pasan a todo escape por los dos lados de Tetuán... Sus jefes las persiguen, gritándoles: "¡Cobardes, a la trinchera; que van a robarnos el campamento!" Y esta voz detiene a algunos, que vuelven al campo de batalla, donde sucumben miserablemente, destrozados por vuestros huecos proyectiles... ¡La verdad es que todos creímos que aquel día os apoderabais, cuando menos, de las tiendas enemigas!...»

-No era tiempo.

«-Vuestras bayonetas se veían relucir en todas las alturas de Sierra Bermeja. La Torre de Jeleli estaba materialmente cercada. Vuestras granadas llegaban a Tetuán..., tanto, que una de ellas mató a un moro en el mismo cementerio... ¡Qué consternación! ¡Qué agonía dentro de la plaza!... ¡Y qué secreto júbilo en nuestro cerrado barrio!

»En fin... ¿Qué más quiere usted que le diga? ¡Trescientos muertos enterraron los moros aquella tarde, y novecientos heridos entraron aquella noche en Tetuán!...»

-Pero ¿qué se ha hecho de tanto herido? -pregunté yo entonces al hebreo.

-Los de esa acción salieron para Tánger al día siguiente, pues aquí no había ya dónde tenerlos ni quién los asistiera. Los de la batalla última se los llevaron ayer los moros al evacuar a Tetuán...

-Sí, eso lo vi yo mismo...

-Pues bien, los demás, o se han muerto (que es lo que ha pasado a la mayoría), o están dentro de la ciudad...

-¿Dónde?

-¡En las casas de los moros! Pues ¿qué? ¿Cree usted que no hay moros en Tetuán? ¡Lo menos hay ocho mil encerrados en sus casas..., y, uno sí y otro no, todos tendrán sus armas escondidas!

-¡Mal quieres a los mahometanos!

-Medianamente.

-Pues hablemos de la batalla del 4.

-¡Ah! ¡Esa!... ¿Quién la podrá contar?

-¿También la viste?

-También; y desde que noté que erais vosotros los que atacabais sin provocación alguna, comprendí que ya no había remedio para los moros. ¡Por supuesto, que todo el mundo lo conoció aquí de la misma manera!... ¡La acción del 31 había acabado con todas las ilusiones!

-¿Qué decía Muley-el-Abbas después de esa acción?

-¿De cuál?

-De la del 31.

«-Ni él ni su hermano volvieron a poner los pies en Tetuán: les daba vergüenza; pero aquí supimos que Muley-Ahmed estaba desesperado, y que entonces era ya Muley-el-Abbas quien le infundía valor, diciéndole que no se había perdido todo; que sus trincheras artilladas y las posiciones de sus campamentos se podían calificar de inconquistables, y que antes de apoderarse de ellas os estrellaríais al pie de sus cañones y de los tiradores emboscados que defenderían el camino de Tetuán...

»Y, a la verdad, las obras construidas en aquellos parajes... (usted las habrá visto) eran imponentes. Fosos, lagunas, cañaverales, parapetos, la Torre de Jeleli, el río Jelú, árboles, malezas, caseríos, todo contribuía a dificultaros el paso. Vuestra artillería sería impotente una vez internados en tales laberintos... Había, en fin, muchos motivos, si no para confiar en que no penetraríais en la plaza, para suponer que el conseguirlo os costaría aún varios combates y muchos miles de hombres...

»¡Cuál sería, pues, el asombro de todo el mundo al ver entrar en Tetuán a los dos príncipes a las cuatro y media de aquella tremenda tarde, pálidos como la muerte, a todo el escape de sus caballos, gritando con descompuestas voces: "¡Huid..., huid!... ¡El que nos ame, que nos siga!... ¡Todo se ha perdido!... ¡Tetuán es de los cristianos!"»

-¿Quién decía eso? ¿Muley-el-Abbas?

-No, señor, ¡Muley-Ahmed! ¡Muley-el-Abbas, reposado y triste, se lamentaba de la cobardía de sus tropas, que habían abandonado todas las posiciones no bien perdieron las primeras, y daba órdenes de coger y degollar a los jefes de cabila que habían huido...

-¡Degollarlos!

-Así se hizo con algunos. Entretanto, la judería era asaltada por aquellas enfurecidas hordas... Nosotros...

-Sé lo demás... (le dije al hebreo, interrumpiéndole). Hemos concluido por hoy, amigo Abraham. Mañana podrás contarme las desventuras particulares de los judíos.

Y me despedí de él políticamente.



 

- VII - Actitud del pueblo vencido y del ejército vencedor. -El palacio de Erzini. -La Mezquita Grande.

El mismo día.

Estoy en el palacio de Erzini; pero antes de deciros quién es Erzini y de describiros su palacio, voy a apuntar algunas de las cosas que más han llamado hoy mi atención al venir desde la alborotada judería a este sosegado barrio moro.

Primeramente, cerca de la casa de Abraham encontreme una multitud de soldados nuestros a la puerta de otra casa hebrea, donde sonaban descompasados gritos de hombres y mujeres.

-Chicos, ¿qué es eso? -pregunté a los soldados, procurando hacerme lugar para ver lo que pasaba.

-¡Calle usted, hombre! -me respondió un granadero andaluz-. ¡Si es la cosa más particular que ha visto uno! ¿Oye usted ese jaleo y esas voces? ¡Pues es un duelo, o funeral, por un tal Saúl que anteayer mataron los moros!

-¡Mucho lo sienten, según veo!...

-¡Ca! No, señor. ¡Todo eso es pura ceremonia! Figúrese usted que ahora poco han entrado ahí más de cuarenta judíos, tan alegres y satisfechos como si tal cosa; se han sentado todos en el patio, y han empezado a gritar y a gemir de la manera que usted oye... ¡Mire usted!... ¡Mire usted cómo se arañan!

Hízome lado el granadero, y vi efectivamente a una porción de hebreos de ambos sexos, con el rostro chorreando lágrimas y sangre, y sollozando en coro, sin darse apenas tiempo para respirar.

-Dice aquí un judío -añadió el soldado-, que el luto dura tanto como los arañazos que se hacen en la cara, a lo que digo yo que algunas de esas muchachas se habrán cortado las uñas antes de venir al duelo...

-¡Saúl ha muerto, señor! ¡El virtuoso Saúl, que nunca hizo daño a nadie! -Estas palabras, que oí ayer, acudieron entonces a mi memoria, y me marché pensando en la rara índole del ser humano, que se afecta a medida de sus propias invenciones, y llora o se regocija, según la moda de cada país. Esto es obscuro, pero yo me entiendo. ¿No bailan las gitanas cuando se les muere un hijo de pocos años? ¿No mataban los hijos a sus padres (creo que en la antigua Lacedemonia) para librarlos de los achaques de la vejez?

Más adelante presencié escenas de otra naturaleza, que me distrajeron de tales reflexiones.

Por ejemplo, era graciosísimo oír a algunos soldados nuestros, plantados en medio de la calle, hablar con tal o cual judía, asomada a la azotea de su casa. Las descendientes de Caifás estaban más honestas que ayer, ora por haber desechado el temor de que les robemos sus ropas y alhajas, ora en obediencia de órdenes terminantes de nuestro general en jefe.

Por lo demás, en estas conversaciones amorosas al aire libre, oíanse a cada momento, como tema obligado, las palabras «mi ley» y «tu ley»... ¡Era la polémica religiosa de siempre entre la cautiva y el vencedor!

-Mi ley no me lo permite...

-Hazte cristiana...

-Reconoce a mi Dios...

-Mi religión me manda aborrecerte...

Las mismas o muy semejantes palabras había yo leído en el Gonzalo de Córdoba de Florián, en Matilde o Las Cruzadas, en Chateaubriand, en lord Byron, en Calderón, en Zorrilla... ¡Oh! ¡Cuántos dramas y novelas, cuántos poemas y romances he visto realizados, animados, vivos, desde que pisé esta tierra de África!... Y ¡qué grupos, qué cuadros tan cómicos ofrece Tetuán en este momento!...

El trío de moro, español y hebreo, conversando en el hueco de una puerta; los ajustes, ventas, compras y cambios; la relación que hace cada cual de sus peculiares usos y costumbres; el fiero musulmán, que pregunta mansamente si se le permitirá usar armas; el otro que, con un pase escrito en castellano por algún sargento, anda buscando al general Ríos para que se lo firme, y que, cuando lo encuentra, le tira de la levita, y le dice tuteándole: Oye, general. Yo, moro bueno, querer entrar y salir por puertas de la ciudad...; el noble guerrero que vuelve a la plaza sin mirar a nadie, penetra en su casa, coge sus ahorros, y nos indica que le dejemos salir, pues quiere marcharse para no volver; el moro de paz que llega a pedir justicia, trayendo a un judío cogido por el cuello; el judío que por la primera vez de su vida, se atreve a insultar a un moro, contando con el apoyo de nuestros soldados, que a veces se ponen de parte del que les habla en español; las explicaciones que se dan unos soldados a otros acerca de las peregrinas cosas que encuentran en la ciudad...; todo esto, digo, constituye otros tantos asuntos dignos del pincel, del romance o del sainete, e imposibles de describir en mi ya larguísima historia.

Fijémonos, si no, en cualquier cuadro: en el cambio de monedas, por ejemplo.

-¿Qué me das aquí? -pregunta un soldado nuestro, rechazando la vuelta de un duro, que le entrega un judío en cierto género de ochavos y de chapitas de plata que parecen cualquier cosa menos dinero.

-¡Todo eso es muy bueno! -dice el judío.

-¡Mira, tú, ven acá!... ¿Cuánto vale esto? -replica el soldado, cogiendo a un moro por el jaique y mostrándole aquel raro numerario.

El moro responde en árabe cualquier cosa, como si pudiese ser entendido por el español.

-¿Lo ves? -exclama el Judío-. ¡Dice lo mismo que yo decía!...

-¡No dice eso! ¿No es verdad que no dices eso? le pregunta de nuevo el soldado al moro.

Este mira al judío con desprecio, y por señas le dice al cristiano que tenga mucho cuidado con aquella gente.

-¡Dame mi duro! -grita entonces nuestro compatriota.

-Ya no lo tengo... Se lo debía a uno que pasó por aquí, y se lo he dado. Pero toma, si quieres, más ochavos morunos -añade el hebreo, sacando del bolsillo otro puñado de cobre.

El soldado, harto ya de aquella disputa, calcula a ojo el valor del metal y del que llena sus manos, y dice por último:

-¡Vaya! ¡Échame otros pocos, y sea lo que Dios quiera!

-Toma, ¡para que veas que no te engaño!... -concluye el judío, dándole dos ochavos más, y se escabulle ligeramente, aprovechándose de que el soldado tiene las manos ocupadas y no puede correr...

La verdad es que el hebreo no ha estafado al cristiano. Aquella infinidad de medallas de plata y cobre valen acaso más que el duro que representan. Sin embargo, el judío ha hecho un gran negocio. Diré por qué.

Nuestras monedas se cotizan en Marruecos como el papel del Estado entre nosotros. Los duros, v. gr., están hoy a veinticinco reales; mañana estarán a dieciocho, y pasado mañana a treinta, según su abundancia o escasez... Ahora bien, el judío acapara todos los duros que puede, y cuando ha subido su precio empieza a ponerlos en circulación, desplegando para ello una actividad y hasta un valor que solo se conciben en su carácter y tratándose de dinero.

Abraham, por ejemplo, cuando fue esta mañana a verme almorzar venía de vender duros a los pastores de la sierra de Samsa, que se los habían pagado nada menos que a treinta y cinco reales en cobre. Para ello había tenido que salir de Tetuán, antes del amanecer; atravesar nuestros campamentos, a riesgo de que lo creyésemos un traidor, llegar a terreno vigilado por los moros, que lo tomaron por un espía; sufrir vejámenes de unos y otros, y exponerse a morir, o, lo que es peor, a ser robado. ¡Oh, sí!... ¡Nada hay tan heroico como la avaricia, máxime si se tiene en cuenta que todos los avaros son cobardes!

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Una vez en los barrios moros, he notado que los tetuaníes principian a salir de sus casas. Hasta ahora no han pasado de la puerta, donde toman el sol acurrucados sobre el duro suelo. Pero, por más que las calles sean estrechísimas, y que, consiguientemente, se hallen unos muy cerca de otros, los vencidos no se dirigen todavía la palabra...

Otra observación he hecho. Cuando pasan nuestras vistosas cabalgatas (generales con su estado mayor y escolta, o cualquiera de las lucientes comitivas que cruzan a cada momento las calles de Tetuán), los taciturnos musulmanes recogen un poco las piernas a fin de que no los pisen nuestros caballos, y ni por casualidad siquiera alzan la cabeza para mirar a aquellos lucidos jinetes que tanto ruido van haciendo con sus bridones y sus armas... La única preocupación de los moros en tal momento parece ser evitar que les afecte materialmente aquel accidente fatal y mecánico que pasa cerca de ellos. Por eso encogen las piernas... ¡Pero levantar los ojos para mirarlo, sería reconocerlo en cierto modo; sería saberlo, darle cabida en la memoria, aceptarlo con la curiosidad, imposibilitarse para negarlo el día de mañana!...

Cuando ya ha pasado la cabalgata y se quedan solos (yo los espío con disimulo desde lejos), ni tan siquiera se miran. Mirarse, equivaldría a tratar de aquel asunto..., y el desprecio de los moros hacia el vencedor llega hasta el extremo de fingirse los unos a los otros que ignoran todo lo acontecido últimamente.

Por lo demás, ¿a qué mirarse, ni qué podrían decirse? ¿Acaso no tiene cada uno la seguridad de que todos están pensando en una misma cosa? ¿Pudieran revelarse algo que no fuese pálida y deficiente expresión del común sentimiento. ¡Hablar es explicar, y la explicación del dolor patrio, dada por cualquier lloro, ofendería la delicadeza de los restantes!

La elocuencia es plata, el silencio es oro, suelen decir los árabes. ¡Cuán justificado veo ahora este proverbio! ¡Silencio grande, orgullo digno, indiferencia majestuosa, desprecio heroico! ¡Ah! La actitud de estos salvajes es sublime. ¡Yo no he visto nunca llevar con tanta nobleza la desgracia! Sufren, y no lloran. Están indignados, y no se encolerizan. Se hallan resueltos a morir todos antes que transigir con nuestras leyes, nuestros ritos y nuestros hábitos, y no manifiestan su decisión con estériles alardes de patriotismo. Ni nos temen, ni nos provocan... ¡Bástales con su propia convicción de que jamás serán nuestros esclavos!

De todo esto se deduce que los moros son inconquistables por la fuerza, que su libertad de espíritu en el vencimiento los hace y los hará siempre independentes, y que ni aun a la vívida y expansiva cultura cristiana le sería dado asimilárselos, modificando en poco ni en mucho tan reconcentrados sentimientos patrióticos y religiosos.

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Entregado a tales cavilaciones, llegué por último a este palacio (famoso en Tetuán), y aquí, en los cenadores de un soberbio patio, me he pasado hora y media escribiendo al fresco (pues hoy hace muchísimo calor). Ahora voy a dar una vuelta por el edificio con el cancerbero moro que lo guarda y con el hebreo que me sirve de cicerone.

Erzini, el dueño de esta morada, es un banquero moro, no tan rico como otro hermano suyo, de quien hablaremos alguna vez. Sin embargo, el que aquí nos ocupa lo es tanto, que, al decir del judío, mide el oro por fanegas, y que, al marcharse ayer de Tetuán, cargó de dinero nueve mulas, tres camellos y ocho esclavos.

El palacio da claras señales de la creciente opulencia de su señor; pues, con ser tan extenso y grandioso, todavía le había parecido pequeño, y construíase a espaldas de él un segundo y más suntuoso edificio, cuyas obras paralizó la guerra. Los arcos ya levantados, las maderas reunidas, los montones de azulejos, coleccionados por tamaños y colores, y el trazado del vasto jardín que había de constituir el tercer patio, dejan comprender lo que hubiera sido esta mansión después de terminada.

En cuanto a la parte antigua en que nos encontramos, basta por sí propia para dar idea de la vida del potentado que aquí habitaba. Las estancias son espaciosas, y los techos, altísimos, ostentan ricos artesonados. Todos los pavimentos y paredes están cubiertos de gracioso mosaico. Las arcadas y columnatas de los cenadores bajos y corredores altos lucen su grandiosidad y esbeltez en el mejor estilo de arquitectura árabe, o sea en el que Alhamar empleó para adornar la Alhambra.

Aquí, en este primer patio, que es el que más me gusta, hay una luz, un aire, una cosa sin nombre, tan llena de calma, soledad y deleite, que entra uno en ganas de sentarse en el suelo (como yo me he sentado) y callar durante muchas horas... Y es que en las amplias y lisas paredes se provectan con gentil elegancia las sombras de los delgados fustes de las columnas; es que el sol acaricia suavemente los arabescos, llenos de leyendas, que cubren cada cornisa; es que el rumor del agua parece la lengua del alto silencio que reina en estos lugares; es que los naranjos plantados entre las losas del patio perfuman el ambiente con el rico olor de su azahar; es que las aves gorjean al revolar bajo blanquísimos arcos que parecen de encaje o de filigrana; es, en fin, que el gran cuadrado de cielo que sirve de techo a este asilo de paz y de poesía, contrasta con las blancas líneas que lo limitan, y aparece más azul, limpio y cariñoso que los ojos de cierta rubia, al sonreír de amor después de haber llorado de celos...

Y ved lo que son las cosas cuando se las deja llegar naturalmente... Aún no hemos pasado de los patios de esta mansión moruna, y ya pensamos en mujeres. ¿Cómo no, si la arquitectura árabe es hija del amor; si esta manera de disponer y adornar las casas ha sido inspirada por el deseo; si este aire está todavía impregnado de los perfumes del harén, y si, a veinte pasos de mí, hay un gran arco tapado por amplia cortina de seda, que oculta un cenador, donde acaban de resonar suavísimos cantos de mujer, unidos al llanto de un pequeñuelo?...

El guardián de palacio (viejo moro, muy adicto a Erzini, según dice Jacob, mi guía de siempre) pónese pálido al escuchar aquel canto y aquel lamento. Sin duda recela una profanación de nuestra parte; quizá teme que pretendamos penetrar en el cenador habitado...

Y hablo en plural, porque Mr. Iriarte, con quien me había citado para este palacio a las doce de la mañana, llegó hace un momento, y, como yo, siente invencible curiosidad por ver (nada más que por ver) el cuadro que se oculta detrás de aquel velo de seda...

-¡Aquí hay mujeres, Jacob! -advierto yo en voz baja a mi judío.

-¡Eso se dice en Tetuán! - responde el infame.

-¿Qué se dice?

-Que Erzini ha dejado aquí sus esclavas, sobre todo a las que tienen hijos, por miedo a las cabilas.

-¡Como hombre de mundo, conocería que nada tenía que temer de los cristianos, en lo cual ha acertado de medio a medio!...

El lloro y el canto continúan... Por último, cesa el lloro y no se oye más que el canto. Su melodía es tan sencilla y monótona, que parece la prolongada vibración de una cuerda de arpa. El agua, los pájaros y algún suspiro del viento en los altos cinamomos del segundo patio, sirven de acompañamiento a la cautiva...

El anciano moro (que tiene orden del general Ríos de enseñar el palacio a los que traigan ciertos pases que nos han repartido a los artistas, bien que encargando en ellos el respeto a las habitaciones cerradas, y, sobre todo, a las ocupadas por mujeres); el anciano moro, repito, sacude con impaciencia un manojo de llaves, como diciéndonos: «Aquí no hay nada raro que ver... ¡Vamos adelante!»

Yo no me muevo; yo me hago el sordo. La bondad de mis intenciones me impele al desacato; la curiosidad artística y poética me prensa el corazón... ¿Qué me importa la orden? ¡El general no sabrá nunca que la he infringido; pues, aunque el moro me acuse, no podrá decir cómo me llamo!... Además, Ríos me honra con su amistad, ya muy antigua... ¡Y la falta es tan leve! ¡Tan natural en un poeta!...

Iriarte, más fuerte que yo, domina su curiosidad, y me dice:

-Vámonos arriba: dejemos eso. ¡Estará escrito que no veamos un harén habitado!

-¡Vamos, arriba! -repito va maquinalmente.

Y empezamos a subir la escalera: yo detrás de todos.

El moro va muy contento con el triunfo que su fidelidad ha obtenido sobre nuestra irreverencia...

De pronto, me detengo; quédome atrás; deslízome otra vez por la escalera abajo, procurando no ser visto ni oído (pero observado, sin embargo, por Iriarte, que no se atreve a seguirme, y que se apresura a distraer al moro); llego al patio; tuerzo a la izquierda; me acerco al cenador famoso; levanto la cortina..., y encuéntrome en medio de la misteriosa estancia...

La primera impresión que siento es la de una atmósfera tibia y tan cargada de perfumes, que me trastorna materialmente...

Luego percibo una mujer, medio vestida con chilaba blanca y turbante del mismo color, sentada en grandes almohadones, al lado de una alta cuna, en la cual duerme un niño desnudo que parece vaciado en cobre...

¡Oh desencanto! ¡La Odalisca es negra! ¡No podía darse mayor desgracia! Mírola, sin embargo, con atención, y hallo que, dada la costumbre, puede agradar aquella mujer. Sus facciones son regulares y finas; su cuerpo, el de una Venus de azabache; su tocado, sumamente artístico; su actitud, la de una voluptuosa... pereza.

Yo creía que, al verme, daría un grito, echaría a correr, o, a lo menos, se llenaría de terror... ¡Nada de eso! Mírame a la cara con la tenacidad que miran los negros, y sonríese con dulzura, mostrando sus blanquísimos dientes, que, sobre la sombra de su cara, parecen una doble sarta de perlas.

Aquella sonrisa, medio salvaje, medio cariñosa, me revela estos pensamientos de la Nubia:

«La mora es negra; el moro se ha ido; el niño duerme; tú deseabas mirarme; yo estaba aquí; has entrado. Yo no había visto nunca a ningún español: el del palacio dice que no hacéis daño a nadie. Yo no tengo la culpa de que hayas levantado esa cortina; también soy curiosa; ¡gracias por haberte comprometido en beneficio de los dos! Tú sabrás cuándo has de irte: yo sé bien que a los cristianos no les gustan las moras negras; pero ¡si supiera Erzini que estás aquí!...»

O yo no entiendo de fisonomías, y no sé leer en los ojos, ni estoy dotado de un átomo de intuición, o la esclava me dice todo esto con su larga mirada y su continuada sonrisa.

En la habitación hay un lecho, verdaderamente regio, cubierto de almohadones de damasco rojo y de cortinas de lana y seda. Súbese a él por unos peldaños, alfombrados, como toda la habitación, con riquísimos y blandos tapices. Muchas otomanas, muchos cojines, muchas vistosas mantas forman un diván alrededor del aposento. Un pebetero dorado, colocado en medio de él, lo perfuma incesantemente. Cerca de la negra hay dos o tres de esas tacitas semiovales en que los moros toman el café, y a las que sirve como de peana un a modo de huevero de metal. Sobre cierto mueble que carece de equivalente entre nosotros; sobre una especie de tarima alta y pequeña (que a esto se asemeja más que a otra cosa), arquitectónicamente construida, y pintada luego de varios colores, vense más tazas como las que he descrito, una lámpara de metal de forma europea, algunos pedazos de una galleta negra que aman mucho los moros, dos o tres naranjas y un plato de cristal lleno de azúcar.

Mientras mis ojos aprecian tales pormenores y otros más nimios, mi aventurera imaginación abarca el conjunto de la estancia y fórjase a su antojo las escenas que en ella habrán tenido lugar. ¡Al fin, al fin entreveo el misterio de la vida agarena! Esta es la mujer de Oriente; este el innoble cuadro de la familia musulmana. Una joven prisionera y ociosa; su niño, que le asegura cierto respeto en el corazón de su esposo y amo; silencio, soledad, perfumes, sueño, placeres y tristezas confundidos; suspiros, cantos y sollozos que nadie oye ni compadece... Así había yo adivinado esta vida; así la había leído en poetas y viajeros; y así la canta lord Byron. ¡Nada tengo ya que desear!

Salgo, pues, de tal cenador, y subo a escape la escalera en busca de las otras gentes.

El viejo moro no me ha echado de menos. Iriarte me mira con envidia. El judío sonríe, como diciendo: «Guardaré el secreto si me aumenta usted hoy la propina...» Y yo pregunto a Iriarte qué objetos curiosos ha visto durante mi breve ausencia...

Él me responde: ¡Nada! Hemos pasado cerca de una puerta que el viejo moro no ha querido abrir. A la parte de adentro se oía hablar en voz baja... Jacob dice que allí estarán todas las mujeres y esclavas de Erzini. ¡Parece ser que la de abajo, la que tú acabas de visitar, era la favorita en estos últimos tiempos!

-¡Demonio! -le contesto yo en son equívoco, para atormentarle con su propia envidia.

Poquísimas cosas dignas de especial mención vemos después en esta casa. El moro no quiere enseñarnos los baños, y nos contentamos con ver los estanques del jardín. Este jardín no tiene nada de particular, ni lo tendrá hasta que terminen las obras que hoy se construyen en torno de él.

En muy escondida habitación hallamos una cama europea (esto es, una cama de bronce dorado, con sábanas, colchones, etc.), cuyas ropas desarregladas indican haber dormido en ella alguna persona. Cerca de la cabecera hay una taza que aún conserva un poco de café, una lamparilla de cobre derribada, y un reloj antiguo de sobremesa, que anda todavía...

-¡Aquí durmió Erzini la última noche! -exclamamos a un tiempo Iriarte y yo.

Por lo demás, en todas las habitaciones hay muebles europeos y africanos, que fuera interminable enumerar. Apuntaré, sin embargo, como muestra, ciertas grandes arcas labradas, altas como nuestras cómodas; unas tarimas, bajas como las de nuestros braseros, y que son las mesas de comer de los moros elegantes; otomanas y cojines hasta la profusión; alacenas henchidas de todo género de comestibles, muchos de ellos reprobados por el Corán; cajas llenas de botellas de vino; vajilla oriental e inglesa; grandes espejos modernos; ni una silla; ricas alfombras; esteras de junco y de palma; cortinajes de gran mérito; arañas de cristal; otras dos magníficas camas de bronce, dispuestas a nuestra usanza, e infinidad de objetos argelinos, franceses, marroquíes, ingleses y españoles, que revelan la despreocupación y el cosmopolitismo del diplomático moro, que, al decir de Jacob, ha viajado mucho y pasa por uno de los hombres más civilizados de este imperio (15) <notas.htm>.

Conque marchémonos a otra parte. Tiempo es ya de que visitemos una mezquita antes de que los moros logren, como pretenden, del general Ríos que no las visite ningún cristiano (ni tan siquiera los cronistas).

Vamos a la Mezquita Grande, o sea la Djama-el-Kebir, que dicen los creyentes.

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Para ir al templo mahometano atravesamos algunas calles solitarias, embovedadas todas, y llenas de sombra y de silencio.

Desde que Abraham me dijo que aún había miles de heridos dentro de Tetuán, saludo con el más profundo respeto a las cerradas casas de los barrios moros... Sin embargo, cuando encuentro una puerta entornada, miro, y a través de ella veo ondear algún jaique blanco que cruza por el estrecho pasillo que sirve de antepatio...

En otras ocasiones, asómase a la calle tal o cual niño; pero pronto se ve salir un brazo blanco o negro; coger de la chilaba al imprudente, tirar de él, y cerrar la puerta...

Únense entonces al ruido de la llave las palabras de reprensión que murmura en árabe una voz femenil. Los gritos del niño se alejan poco a poco por el interior de la casa, y yo siento hondo pesar al considerarme tan enemistado por las circunstancias con una gente que admiro y compadezco de todas veras, y a la que me liga desde mis primeros años la más ardiente devoción... literaria.

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Pero hemos llegado a la Gran Mezquita.

Un centinela nuestro guarda la puerta.

Mostramos el pase, y se nos deja entrar.

La puerta es un bello arco de herradura, abierto en una amplia pared, toda bordada o labrada de hermosas inscripciones. Aún decoran este arco algunos secos festones del ramaje con que fue adornado el día que Muley-Ahmed llegó a Tetuán.

Penétrase luego en un gran patio lleno de luz, rumor de agua y cantos de pájaros. En él, a mano izquierda, hay una extensa pila de mármol, donde los mahometanos se lavan los pies siempre que vienen a orar, y, no lejos, forma el suelo un pequeño estrado, en que dejan las babuchas para entrar descalzos en la casa de Dios. En fin, en medio del patio hay otra gran fuente, que es la que llena de blandos murmullos estos lugares.

A cada lado del patio vese un rompimiento de arcos elegantísimos que dan a dos anchos cenadores, a los cuales se sube por un doble escalón revestido de mosaico, como todo el pavimento; y en el fondo, o sea de frente a la calle, encuéntrase el verdadero templo.

Penétrase allí por una gran puerta primorosamente labrada, y desde luego impresionan el ánimo la gran capacidad de la nave, la altura del techo, las cien lámparas que penden de él, los atrevidos arcos y frágiles columnas que los sostienen, y la ausencia de todo ídolo, de toda figura, de todo símbolo material de la fe en Alá y su Profeta.

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De vuelta en el patio, nos sentamos Iriarte y yo en uno de los cenadores, y él saca sus carteras y sus lápices, y yo mi recado de escribir...

Él trata de fijar sobre la vitela los ángulos de luz y sombra que proyecta el sol del mediodía en las paredes y en el suelo; la perspectiva aérea de arcos y columnas, la silueta del alto cornisamento sobre el azul del espacio; el armonioso contorno de las arcadas, y su combinación con los planos obscuros o luminosos en que se destacan elegantísimamente...

Yo me esfuerzo en reflejar en el papel estos fugitivos instantes; por pasar el tiempo; por condensar la vaga meditación en que aquí se solaza el alma; por darme cuenta de mis indeterminadas emociones; por haceros sentir y comprender la extrañeza, el orgullo, la rara lástima, el cruel sarcasmo, la pueril complacencia y la involuntaria melancolía que experimenta el cristiano en el templo del Dios de Mahoma.

Es la vez primera que un pie calzado huella estas losas de colores; la primera vez que los ecos del techo repiten el rumor de armas y de espuelas... ¿Dónde está ese Alá (me pregunto), que no hunde sobre mí su profanada casa?

¡Ay! ¡Alá sólo vive en el corazón de los mahometanos; y, cuando ellos salen de este templo, aquí no queda nadie!

Pero ¡silencio! Un moro acaba de penetrar en la mezquita, y nos mira a Iriarte y a mí de tal manera, que nos conturba profundamente... La cólera del Dios de Mahoma puede no ser temible..., pero la religiosidad de un mahometano es muy digna de consideración y respeto...

El moro recién llegado tendrá unos cuarenta años. Su púlido y austero semblante luce una hermosa barba negra. Viste jaique blanco, y cubre su cabeza un enorme turbinte liado en un casquete rojo.

Primero se para y nos mira. Viendo luego que no nos marchamos, colócase cerca de la fuente; mide con la vista la sombra que su cuerpo traza sobre el suelo, y, volviéndose hacia nosotros, nos muestra, extendidos, dos dedos de su mano derecha, como diciendo:

-Son las dos... la hora de la segunda oración de los islamitas...

Al mismo tiempo oímos allá, sobre el altísimo minarete, la voz de otro moro que canta una salmodia lenta, vibrante y melodiosa como las notas interminables de nuestras canciones andaluzas...

-¡Alah!... ¡Alah!... -repite muchas veces el almuédano, entre otras palabras que no comprendemos, pero que significan, según Jacob, algo parecido a lo siguiente:

-Bendigamos a Dios: es la hora de la oración; acudid, creyentes, a bendecir a Dios.

-Vamos nosotros -le digo a Iriarte, que recogía ya sus dibujos-. Desde que esos hombres han penetrado aquí tan llenos de fe y de indignación, este lugar debe de ser sagrado para todo corazón generoso.

Cuando ponemos el pie en la calle, son ya muchos los moros que salen de sus casas o asoman por las esquinas con dirección al templo...

-¡Paz! -les decimos nosotros con el ademán que ya sabéis.

-¡Paz! -responden ellos del mismo modo.

Y el almuédano, desde lo alto de la torre, sigue llenando el espacio con el nombre de Dios, mil veces bendito...

Entretanto, ya habrán comenzado a tocar vísperas los esquilones de todas las catedrales del mundo católico.



 

- VIII - Mercaderes argelinos. -Moras tapadas. -El Job mahometano.

Día 8 de febrero.

Hoy se ha practicado un largo reconocimiento por el camino de Tánger. Según hemos visto, Muley-el-Abbas y los exiguos restos de su ejército (seis u ocho mil hombres) están acampados a dos leguas de aquí, o sea a la mitad del camino del Fondak. Casi todos los moradores de los aduares que hemos hallado al paso han huido al vernos... Pero después, observando que no íbamos en ademán de guerra, algunos se nos han acercado a vendernos huevos y gallinas.

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El general Ríos ha sido nombrado capitán general de Tetuán y gobernador de la plaza.

Por ahora solo se piensa en habilitar hospitales; rotular las calles, a fin de que sea fácil entenderse en su anónimo laberinto; sacar escombros; garantir las propiedades de los moros ausentes, y arbitrar medios de hacer menos incómoda a la guarnición de estancia en la ciudad.

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Yo he visitado esta tarde las tiendas de comercio de los argelinos, que, por estar situadas en habitaciones interiores, se han librado del saqueo.

El Moro argelino se diferencia del marroquí en que conoce más la vida europea, siquier no acepte sus goces ni sus hábitos. Explótala, sin embargo, para sus negocios, y es más trabajador y comerciante que su correligionario de Occidente. Todos los que hoy he visto hablaban francés, y no podían ocultar su júbilo al ver avasallados a los marroquíes, que tanto y tanto se habían engreído ante ellos, diciéndose inconquistables... Mas penetremos en sus bazares o casas de comercio.

En el piso principal hay grandes mostradores, sobre los cuales se ven extendidas las más ricas telas de Oriente, desde el damasco hasta el tisú, desde la lana tan suave como la seda, hasta el brocado y el terciopelo cubiertos de piedras preciosas. Riquísimos velos, exquisitas esencias, rosarios de ámbar, cucharas de concha y oro, babuchas guarnecidas de perlas, olorosas pastillas, primorosas fajas bordadas de colores, y otros mil objetos tan lujosos como raros, han pasado ante mi asombrada vista y dádome idea del fausto de los musulmanes, así como de lo preciosas que estarán las blancas hijas de los caballeros árabes cuando luzcan tan suntuosos atavíos.

Con los moros no se puede regatear. Venden severísimamente, y su formalidad contrasta en alto grado con la charla gitana del codicioso y artero judío.

-¿Cuánto vale esto? -se le pregunta a un moro.

-Veinte duros. Llevar o dejar.

-¿Quieres quince?

-No: déjalo... Otro me dará veinte.

-¿Quieres diecinueve?

-¡Mira, no! Compra cosas que valgan diecinueve. Pero esta vale veinte.

Y no hay quien los apee de aquí.

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A fuerza de dar vueltas por los barrios árabes he conseguido ver tres moras, o, por mejor decir, tres fantasmas, que, según me ha dicho Jacob, eran tres mujeres.

Llevaban la cara tapada con una especie de toca, rasgada horizontalmente a la altura de los ojos. Vestían de blanco, y se parecían a aquellos penitentes que aún salen en nuestras procesiones de Semana Santa.

A una me la encontré parada debajo de mi arco, acompañada de tres moros. Comprendí que se marchaba de Tetuán, pues no lejos había dos buenos caballos enjaezados. Era alta y de porte elegante. Un alquicel finísimo y onduloso la envolvía de pies a cabeza. Por la hendedura ardiente la máscara relucían unos ojos negros, ardientes, juveniles, cuya mirada se cruzó con la mía al tiempo que pasé rozando con su falda por el angosto arco...

En cambio, no me atreví a mirar a los moros que la acompañaban; y, por no parecer espía, me fui de aquella calle, dejándolos en libertad de despedir a la encubierta viajera según que tuvieran por conveniente.

Las otras moras las divisé a lo lejos, en ocasión que pasaban corriendo de una casa a otra...

-Irán a bañarse... -me dijo mi cicerone-. En la casa donde han entrado hay unos baños muy buenos...

-¿Públicos?

-No, señor: de familia.

Por mucho que apresuré el paso sólo llegué a tiempo de oír el portazo con que se encerraban y las risas, entrecortadas por el cansancio, con que festejaban la desaparición del peligro que creían haber corrido...

En la puerta había cinco agujeros muy pequeños, que hacían las veces del ventanillo de Madrid. Acerqueme a mirar por ellos, y lo único que vi fue dos ojos negros y lucientes, que me espiaban a su vez desde el otro lado de la tabla...

-¿Será el moro? -pensé, dando un paso atrás. Pero nuevas risas femeniles, que resonaron y se fueron alejando, unidas al leve rumor de pasos y de ropas, me convencieron de que aquellas donne belle bianco vestite campaban hoy por su respeto.

¡No interpretéis mal mis intenciones! No veáis en estos hechos pueriles, que tengo la sinceridad de confesaros, cosa alguna que signifique torpe afán o concupiscencia... Únicamente son resabios de antiguas lecturas, curiosidades artísticas, ansia de entrever aquellos lances maravillosos, idealizados por el peligro, que, según lord Byron, acontecieron en Grecia y en Turquía al pícaro hijo de Doña Inés... ¡Y nada más!

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Concluiré, por hoy, dándoos a conocer un raro personaje que completará en vuestra mente la idea que ya iréis formando del misticismo musulmán.

A cualquier hora del día o de la noche que atravieso las obscuras y retorcidas callejuelas que desde la Plaza Vieja conducen al palacio de Erzini, oigo, al pasar bajo un aplanado y retorcido arco, que sirve como de codo a dos calles, un triste y prolongado lamento, nunca interrumpido, y que es el único rumor que turba la quietud medrosa de aquel lóbrego y al parecer deshabitado barrio.

Este lamento sale de un arruinado poyo de cal y canto que se alza en la parte más obscura del solitario pasadizo; y lo lanza un pobre moro que vive hace muchos años tendido en aquel mismo lugar, y de quien sólo he podido saber que es uno de los Derviches más respetados del Imperio.

Cuando el sol luce en el mediodía, y penetra alguna claridad en aquel ángulo del embovedado recodo, colúmbrase vagamente la figura del hombre que se queja; mas, aun entonces, solo por su voz se viene en conocimiento de que aquel es un ser humano... Los ojos no perciben más que un puñado de mugre.

Y es que el Derviche, flaco como un esqueleto, sucio como toda una vida de incuria, acurrucado, o, por mejor decir, hecho un ovillo bajo sus mil veces desgarradas y remendadas vestiduras, oculta la cabeza entre las rodillas, abárcase las piernas, con los brazos, y permanece inmóvil horas y horas, llorando siempre desde lo profundo de su miseria.

Allí pasa el día y la noche; allí come lo que la piedad de algún transeúnte pone al alcance de su mano; allí duerme, si es que duerme; allí lo encuentran uno y otro estío, un invierno y otro invierno; allí parece que nació; allí morirá..., ¡si aquello puede llamarse vivir! Nadie recuerda haberlo visto en otra parte; nadie pasó bajo aquel arco a ninguna hora sin oír su acento plañidero; muy pocas personas lo han sorprendido en otra actitud...

Yo, por desdicha, lo vi incorporarse esta noche, a eso de las diez (que pasé por aquella rinconada, provisto naturalmente de una linterna). Mirome con calenturientos ojos... Estaba delirando... Habíase desarropado del todo, aunque hacía mucho frío. Su lamento era más lúgubre que nunca... ¡Tuve miedo!

El Dervich no pasa de los cuarenta años, a lo que todos aseguran; pero representa ochenta. Está loco, verdaderamente loco y su locura, como la de todos los musulmanes, consiste en hablar con Dios o de Dios...

Hace, pues, muchos años que solo sale de su boca esta palabra: ¡Alah!

-¡Alah! ¡Alah! (¡Dios! ¡Dios!) He aquí la idea, el acento, la chispa de vida, el rayo de luz que brota de aquella basura, de aquella escoria, de aquella podredumbre humana...

Recuérdame a Job. Solo así concibo un espíritu tan luciente, unido a una materia tan miserable. ¡Debajo de aquel estiércol hay escondida un alma, y en este alma reside el Autor de mundos y soles; mora el gran Dios, el Único, el Eterno, el Omnipotente; albérganse la eternidad y el infinito; alienta la Fe, sonríe la Esperanza, arde la Caridad!

¡Oh, Misericordia divina! ¡Tú no te desdeñas de habitar en tan inmundo seno! ¡Oh, espíritu inmortal, rayo del cielo, alma del hombre! ¡Tú eres incorruptible! ¡Tú fulguras lo mismo en el corazón del leproso que en la frente de Constantino! ¡Tú saliste tan inmaculada y pura del gangrenado pecho de Lázaro y de Job, como del casto corazón de los santos niños calcinados en el horno! ¡Tú eres como amianto!



 

- IX - Noticia del entusiasmo de España. -Parlamentarios de Muley-el-Abbas. -El Sábado de los judíos. -Tamo.

Día 11de febrero.

Después de tres días, durante los cuales (lo confieso ingenuamente) he pensado en todo, menos en la guerra que aquí nos ha traído y en la patria que nos ha enviado días de romancescas y artísticas emociones llenos de contemplaciones filosóficas y delirios poéticos, de prolijos estudios acerca del carácter y las costumbres de moros y judíos, de raros encuentros, de extrañas aventuras y de inocentes placeres; días, en fin, de poeta viajero, y con esto lo digo todo, amaneció el de hoy, que, por los singulares acontecimientos que en él se han verificado, me ha sustraído de mis éxtasis moriscos, desatinado amor a los africanos, para volver a inflamar en mi corazón el recuerdo de España, de nuestra bandera, de la causa que hemos venido a sostener en este imperio y de la nobilísima sangre que nos ha costado llegar a las puertas de Tetuán...

La primera cosa que me hizo pensar esta mañana en que era español y soldado, fue la llegada del correo, el cual nos traía ya noticias de la impresión producida en la madre patria por la batalla del 4 y por la toma de esta ciudad...

Al leer las cartas particulares en que familia y amigos me describía el entusiasmo de España, un escalofrío de inefable júbilo circuló por mi cuerpo... Los regocijos, las fiestas, las aclamaciones populares, las colgaduras, los himnos, las iluminaciones... ¡Todo lo vio mi imaginación! ¡Todo lo agradeció mi alma! La Patria entera ha respondido a nuestros gritos de triunfo... Madrid hierve en orgullo y alborozo... El nombre del ejército es repetido en todas partes con adoración... La noble, la grande, la heroica España nos considera dignos de ella..., nos proclama sus beneméritos hijos... ¡Ah! ¡Era demasiado para nuestra ambición! ¡La largueza del premio, la esplendidez de la recompensa, enternecía mis entrañas!... ¡Aquellas suaves caricias, después de tan rudas penalidades, arrasaban de lágrimas mis ojos!

En esto, ocurriome una idea. El correo seguía repartiéndose en medio del Zoco, en el mismolugar donde yo lo había recibido de los primeros... Por consiguiente, ¡cuantos se hallaban en la plaza estarían experimentando emociones iguales a la mía!

Alzo la vista... Y, en efecto, veo que paisanos, soldados, oficiales, jefes, ¡todos!, tienen cartas en una mano y el pañuelo en la otra... ¡Oh!... Sí... Todos los semblantes están conmovidos... El llanto del reconocimiento baña todas las mejillas... «¡España! ¡España!» murmuran innumerables voces con filial ternura.

Y, para todos, aquel es el verdadero momento de la victoria... Y, solo entonces, levantan la cabeza con arrogancia, cual si el voto patrio fuese la ansiada confirmación del triunfo... ¡Solo entonces se convencen de la grandeza de la obra que han llevado a feliz término! ¡Solo entonces prueban el soberano júbilo de la gloria!

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Arrobado estaba en esta contemplación, cuando notose en la misma plaza un gran movimiento de más activo júbilo, mezclado de sorpresa y curiosidad...

-¡Parlamento! ¡Parlamento! -exclamaron al par muchas voces-. ¡Por el camino de Tánger llegan emisarios de Muley-el-Abbas!... ¡Ya están en la tienda del general Prim! ¡Nos piden la paz!... ¡Marruecos reconoce, al propio tiempo que España, nuestras definitivas victorias!...

Estos acentos de alegría no deben extrañaros...

¡La paz es siempre grata después del triunfo, si el triunfo ha bastado a la satisfacción de las ofensas! Nosotros hemos venido a África a cobrar una antigua deuda de honra; a hacer comprender a los marroquíes que no se insulta impunemente el nombre español; a demostrar al mundo que aún sabemos morir por nuestro decoro, y a hacer ostentación de nuestra fuerza, primero a nuestros propios ojos (pues nosotros nos desconocíamos ya a nosotros mismos); segundo, a los ojos de los procaces mahometanos, que nos creían débiles y abyectos; y, últimamente, a los ojos de toda Europa, donde hace largos años se nos había rezado la oración fúnebre y se nos contaba en el número de los pueblos muertos, como a la heroica Grecia y a la cesárea Roma. Pues bien, todo esto lo hemos conseguido ya: España ha despertado de su postración; Europa nos saluda y aclama como a dignos herederos de nuestros antepasados, y Marruecos viene a pedirnos paz y amistad, proclamando el poderío y la fortuna de nuestras armas...

No necesitamos otra cosa; a eso venimos... ¡Dios ilumine al hombre de estado como ha asistido al general! ¡Dios tenga a raya la soñadora fantasía de nuestros compatriotas! ¡Quiera Dios que el engreimiento del triunfo no les lleve a empeñarse en conquistar todo el África! ¡Ay! ¡España se ha hundido muchas veces por sobra de aliento y de heroísmo!

Así pensaba yo, en tanto que me dirigía al cuartel general del conde de Lucena (ya duque de Tetuán, por real decreto), a fin de presenciar la llegada de los emisarios moros. Y sugeríame estas ideas el haber leído, en los periódicos que acabábamos de recibir, palabras tan fascinadoras como imprudentes, hijas quizá de un entusiasmo generoso, o tal vez fruto de miserables cálculos, formado por el odio de los partidos...

Aquellas palabras hablaban de conquista, de colonización, de que debíamos ir a Tánger, a Fez y hasta a Tafilete; de extirpar el islamismo en África; de improvisar una nueva España a este lado del Estrecho; de plantar la Cruz sobre el Atlas y convertir al cristianismo a diez millones de fanáticos musulmanes; de despoblar una vez más la Península Ibérica para poblar este inconmensurable continente; de reproducir, en fin, la política austriaca, tan brillante, tan poética, tan heroica, ¡pero tan fatal a España, tan temeraria en su origen, tan devastadora en su desarrollo, tan nula en sus resultados!

Llegué, al fin, al cuartel general de O'Donnell en ocasión que los parlamentarios de Muley-el-Abbas penetraban en él por el opuesto lado, precedidos de un corpulento Rifeño que llevaba en alto una bandera blanca.

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Los emisarios marroquíes eran cuatro, todos ellos señaladísimos generales del vencido ejército del Emperador.

Vestían nobles trajes, o sean largos caftanes obscuros, botas de tafilete amarillo, y turbantes y albornoces blancos. Los arneses de sus caballos eran de tanto gusto como valor, y lo mismo las pistolas enormes que llevaban los cuatro Moros de Rey de su escolta, cuyos altos gorros encarnados, feroz fisonomía y colosal estatura les daba un aire imponente por todo extremo...

De los cuatro ilustres generales ninguno contaría cuarenta años; y, según me ha dicho Rinaldy, llamábanse el-Alcaid el-Yas el-Mahchard, el-Yuis el-Charquí, el-Alcaid Ahmet-el-Batín y Aben-Abu.

Este último hablaba español, y venía en calidad de intérprete. Los de la escolta, que eran Rifeños, entendían también el castellano; pero no lo hablaban..., sin duda por encargo de sus señores.

Sin embargo, a Rinaldy le dijeron (en árabe) que el-Mahchard es gobernador del Rif; el-Charquí, segundo gobernador de Fez; Ahmet-el-Batín, gobernador de Tánger y lugarteniente o segundo de Muley-el-Abbas, y que Aben-Abu, hermano de este último, ha mandado la caballería mora en casi todos los combates de la presente guerra.

El semblante de estos guerreros, que tanto han sufrido y trabajado en el transcurso de la campaña, revelaba profundo quebranto, bien que llevado con tanta resignación conto dignidad. Así fue que, al ver pasar a nuestro lado a tan insignes caudillos, cuyo desesperado valor hemos podido apreciar cien veces, sentimos todos, en vez de odio o compasión, el más generoso respeto. Ellos, por su parte, nos saludaban ligeramente con la mano, adivinando, sin duda, la justicia que les hacíamos en lo profundo del corazón.

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La conferencia de los cuatro moros con nuestro general fue muy breve.

Preguntáronle ellos a qué había venido a África; qué quería; qué demandaba, y bajo qué condiciones haría la paz...

-Muley-el-Abbas la quiere... -añadieron, por último-, y nuestra patria la necesita.

-Yo he venido aquí -contestó el general O'Donnell- enviado por la reina de España con autorización para hacer la guerra; pero no para hacer la paz. Hoy marchará a Madrid uno de sus generales, y comunicará vuestra pregunta a Su Majestad. El jueves próximo podéis volver por su respuesta.

-El jueves próximo estaremos aquí sin falta -respondieron los marroquíes.

Después de esto mediaron entre los caudillos algunas explicaciones acerca del modo cómo se ha sostenido la guerra por una y otra parte, y los generales moros se apresuraron a demostrar reconocimiento por el clemente y caritativo empleo que hemos hecho de la victoria...

O'Donnell volvió a quejarse de la bárbara crueldad con que ellos han tratado a los españoles que han caído en su poder.

-¡No es culpa nuestra, sino de las feroces cabilas! -contestaron los musulmanes-. Por lo demás, nosotros no os conocíamos. ¡Se nos había engañado, haciéndonos creer que erais tan débiles en la lucha como inhumanos en la victoria! Hoy sabemos que tenéis tanto de generosos como de valientes, y Muley-el-Abbas quiere ser vuestro amigo.

-¡En su mano está el serlo! -replicó O'Donnell-. ¡Yo admiro también su valor, respetando la desgracia que ha militado bajo vuestras banderas!...

-¡Es verdad!... ¡Dios no quiere que venzamos!... -dijo Aben-Abu.

-Eso os dirá de parte de quién está la razón y la justicia...

-¡Nuestra pobre nación es barco que naufraga! -respondió el-Charquí con honda melancolía-. ¡Nos han engañado! ¡Nos han vendido!

-España no os engañará nunca. España tiene interés en vuestra felicidad, y también en vuestra independencia.

-El español y el moro estar llamados a hacer compañía -dijeron, por último, los africanos, levantándose para marchar.

No lo hicieron, con todo, tan pronto como deseaban. De la tienda de O'Donnell fueron conducidos a la del general Ustáriz, donde se les obsequió con café y cigarros, que aceptaron de muy buena voluntad.

Allí repitieron sus frases de admiración y simpatía por los españoles; elogiaron nuestra clemencia con los habitantes de Tetuán; manifestáronse resignados con la voluntad de Dios, que les había negado el triunfo, y partieron, al fin, seguidos de una lucida escolta de coraceros españoles.

Al pasar nuevamente por el campamento del SEGUNDO CUERPO, entraron en la tienda del general Prim, a fin de despedirse de él, y este correspondió a su cortesía acompañándoles a caballo, con todo su cuartel general, hasta mucho más allá de nuestras avanzadas.

En el camino, Prim regaló un revólver a uno de los parlamentarios, que miraba con suma curiosidad aquel arma, nueva para ellos. El moro rogó entonces al conde de Reus que aceptase una de las magníficas pistolas que llevaba ocultas, primorosamente incrustada de plata.

En seguida se despidieron muy afablemente hasta dentro de cinco días.

Al mismo tiempo se embarcaba para España el general Ustáriz, a fin de saber la voluntad de la Reina y de su gobierno acerca de las condiciones de paz.

Esto será muy cancilleresco, muy constitucional, muy delicado de parte de nuestro victorioso caudillo... Pero yo dudo que allá en Madrid hagan prudente uso del poder, siendo así que desconocen de todo punto lo que sólo visto de cerca puede conocerse. Y no digo más por hoy.

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Conque vamos a nuestras observaciones de artista y de viajero.

Hoy ha sido sábado, día solemne para los judíos, como el de ayer, viernes, lo fue para los moros, y como el de mañana, domingo, lo sera para nosotros los cristianos.

La fiesta religiosa de los moros se celebró en las mezquitas, a puerta cerrada y bajo la protección de centinelas nuestros, encargados de evitar que la curiosidad de las tropas turbase las ceremonias mahometanas.

Esta tolerancia de un caudillo español victorioso no puede menos de recordarme otros tiempos y otros héroes, y las atrocidades cometidas en nombre de Dios contra judíos, contra moriscos y contra hugonotes... ¡Abominable será desde el punto de vista de la devoción, de la poesía y del arte, nuestra civilización despreocupada; mas, si se la considera por el lado de la equidad, fuerza será reconocer que la historia del género humano no registra período de tanto respeto a la conciencia ajena como el presente siglo!

Solo es de lamentar que hoy se dé tan desmedida importancia a los intereses materiales, y que, al dejar de hacer la guerra en nombre de las religiones, se olviden los gobiernos de predicar la paz en nombre de Dios... Pero esto llegará con la segunda revolución; con la revolución económica que nos amenaza. ¡Las hordas populares pedirán un día los bienes de la tierra, como indemnización de los bienes del cielo que los modernos filósofos les han arrebatado (16) <notas.htm>, y entonces el fuego de la caridad derretirá el becerro de oro, so pena de que la sociedad se disuelva inmediatamente!

Conque sigamos hablando del sábado judío. Pensaba deciros que las fiestas religiosas de los hebreos no se celebran a puerta cerrada, como las de los moros, sino públicamente, permitiendo entrar a mahometanos y católicos en las sinagogas, las cuales, según ya hemos visto, están aquí establecidas en el piso bajo de la casa de los rabinos o sabios.

Allí, los hombres solos... (los judíos no permiten entrar a sus mujeres en el templo, en lo cual les imitan los musulmanes); los hombres solos, digo, de pie unas veces, y otras sentados en bancos de tosca madera, pero siempre meciéndose de atrás para adelante, leen o cantan los salmos durante muchas horas, mientras que el sacerdote, subido en una especie de cátedra, dirige la ceremonia con la faz vuelta al oriente.

El sábado judío se celebra también con varias abstinencias: v. gr., los israelitas no pueden trabajar este día, ni encender lumbre, ni comer cosa caliente, ni tocar dinero, ni pasar por puertas de ciudad, ni hacer otras operaciones que son lícitas el resto de la semana...

Pero lo que sí pueden hacer (las judías) es ataviarse con sus mejores galas y reunirse de tertulia en el piso superior de las sinagogas, desde donde oyen el canto de abajo, sin tomar parte en él... Con este motivo, he visto hoy a las más hermosas hebreas de Tetuán; pues, como ya supondréis, me he hecho presentar a algunas de estas tertulias, acompañado siempre de Iriarte, quien ha retratado a dos o tres de las más interesantes israelitas, con gran contentamiento de ellas, y previa la venia y licencia marital...

La aristocracia tetuaní del bello sexo del antiguo pueblo elegido hallábase reunida en casa de un tal Benjamín, Sabio centenario parecido a matusalén. Aquellas nobles damas lucían magníficas sayas recamadas de oro, plata y pedrería; petis de tisú; grandes arracadas o zarcillos de oro y perlas, que les llegaban hasta los hombros; unas tiaras, también de oro y plata, que les daban cierto aire salomónico o pontifical; encajes finísimos (bordados asimismo de oro y menudas piedras preciosas), que encubrían mal su garganta y su levantado seno; chapines de terciopelo, no menos recargados del metal precioso; brazaletes; collares; cinturones; sortijas por docenas; centenares, en fin, de valiosas joyas... ¡Y eso que todo se lo habían robado los Morios!

Peregrina y fascinadora resultaba, en verdad, la hermosura de algunas de aquellas mujeres tan suntuosamente ataviadas. Sara, Estrella y Mesoda o Fortunata, eran de las más lindas. A mí me recordaban las reinas del Antiguo Testamento que Rubens y Veronés han retratado en sus cuadros... Pero sobre todas ellas resaltaba, como la luna sobre los luceros, Tamo, la noble, la dulce, la pálida esposa de Samuel.

Este Samuel es comerciante de joyas, y se hallaba allí, casualmente o impulsado por sus celos, a costa de su religiosidad. Tiene sesenta años; es riquísimo, y viste con algún lujo; pero su incalificable avaricia lo ha llevado hasta el extremo de cuidar los caballos a algunos jefes nuestros por una peseta diaria. El trato se hizo ayer en mi presencia, en medio del Zoco... ¿Quién había de decirme que aquel inmundo viejo estaba casado con la reina de la judería?

Tamo no pasa de los diecisiete años, y tiene ya dos hijos (Jacob y Josué), según me dijo la pícara mujer de Benjamín. Hoy vestía algo más sencillamente que las otras, pero con mayor gusto y elegancia, tanto, que, mirada de perfil, parecía una estatua egipcia hecha por un griego. Su saya de paño verde, su chal blanco bordado de oro, su tiara adornada de esmeraldas, sus arracadas de corales y topacios, su cabellera de seda, todo conspiraba a engrandecer e idealizar tan voluptuosa figura. Su delicada carne contrastaba graciosamente con la dureza de los ribetes del corpiño. Aquella suave garganta; aquel seno medio desnudo; aquellos brazos, blancos como dos rayos de luna (que diría el poeta inglés), y aquel rostro de plácido color, cercado de piedras y metales, parecían formados de leche y hojas de rosa, y podían también ser comparados a miel del Himeto servida en amplia taza de oro... Pero hay más, sus negros ojos atraen cuanto miran, y piensan y presienten acerca de cuanto ven; su boca tiene la forma del beso, siempre que no se ríe; y, cuando Tamo se ríe, desfallece su ardiente mirada y márcanse dos hoyos en sus mejillas. ¡Solo que Tamo ríe pocas veces!...

Si fuese española, yo atribuiría aquel aire soñador y dolorido a penas sufridas en el orgullo, en sus ensueños de adolescente o en su dignidad de mujer, al verse enlazada con un ser tan despreciable como Samuel... Pero Tamo es hebrea..., y su mirada melancólica, su aire lánguido y majestuoso, y el timbre de su acento, dulce como los trinos más graves del ruiseñor, no pasan de ser fenómenos físicos, puramente materiales, debidos quizá a la circunstancia de estar criando, o a vulgarísimas desgracias ocurridas en sus intereses domésticos... Con todo, no puedo menos de confesar que Tamo, considerada como estatua o como pintura, es una mujer admirable, bellísima, encantadora.

-Dime tu nombre -le supliqué yo maravillado, en tanto que Iriarte hacía el retrato de su peregrina beldad.

Ruborizose, y miró a su marido.

-¿Para qué quieres saberlo? -me pregunto este con una tristeza que suplía por la cólera incompatible con las circunstancias y con su carácter.

-Para recordarlo -le respondí, afectando crueldad.

-Díselo... -murmuró el hebreo, mirando a su mujer con ojos de serpiente.

-Tamo -exclamó la hermosa judía, bajando los aterciopelados ojos, y sus largas pestañas negras sombrearon casi las enrojecidas mejillas.

Yo me ruboricé a mi vez, sin explicarme lo que acababa de oír...

-Tamo, en italiano, significa te amo, como todo el mundo sabe. ¡La bella israelita tenía, pues, por nombre, la más tierna frase del más dulce idioma!

-¿Te llamas Tamo? -repliqué yo maquinalmente, o por repetir el equívoco.

-Sí, Tamo.

-¡Tanto mejor! -murmuré al cabo con triste ironía.

Y aquella otra apariencia engañadora, que, como la de su hermosura, nada encerraba que fuese hijo del sentimiento, acabó por disgustarme de la hechicera joven, cuyo grotesco esposo y sucios hijos se aparecieron a mi imaginación en ridículo grupo... Y al fin y al cabo hube de suspirar por mis ausentes vírgenes cristianas, que, como no esperan ser madres del Mesías, se engríen en ostentar durante los años de la juventud, y aun algo después, la aureola de la pureza.

- X - Primera misa en Tetuán. -Nuestra Señora de las Victorias. -La nueva primavera. -Un domingo por la tarde. -Mi nueva casa.

Día 12 de febrero.

Quiero que el sublime cuadro que hoy ha contemplado la ciudad de Tetuán se refleje y perpetúe en esta humilde crónica con todos sus accidentes y pormenores; quiero que no se extinga nunca la luz de este día; quiero que las emociones que agitaron esta mañana al ejército cristiano, cuando se celebraba por primera vez el Sacrificio de la misa, pública y victoriosamente, dentro de los muros de la ciudad agarena, se graben en la historia de mi patria; duren más que nuestros mortales corazones; conmuevan en lo futuro a los hijos de nuestros hijos, y eternicen la alegría del más señalado triunfo que hemos alcanzado en África; cual ha sido proclamar en alta voz los nombres de Jesús y de María sobre las piedras regadas tantas veces con sangre de nuestros mártires y en presencia de los ya vencidos verdugos.

Desde que hoy, domingo, Dios echó sus luces, conociose en los campamentos españoles de uno y otro lado de la ciudad, y en las casas de la misma donde hay alojados, que se preparaba alguna gran función. Todos los soldados arreglaban de la mejor manera posible sus rotos y descoloridos uniformes; lavábanse cuidadosamente; limpiaban sus fusiles (no ya por dentro, para que funcionasen bien, sino por fuera, a fin de que brillasen al sol); peinaban sus crecidos cabellos, y hasta algunos se afeitaban la luenga barba con que tenían pensado llegar a su país en testimonio de la áspera vida que aquí habían llevado.

A eso de las diez, ya formaban en la Plaza de España diez o doce batallones, alguna caballería y mucha parte de la oficialidad del resto del ejército. Entretanto, acabábase de disponer un altar a la puerta de cierta pequeña mezquita, habilitada para templo católico, que debía de bendecirse e inaugurarse hoy.

¡Aquel altar estaba adornado con algunas floridas macetas, dos velas moriscas (puntiagudas y pintadas de colores), un crucifijo de cobre, y una estampa que representaba a la Virgen María! Nada más poseíamos con que glorificar a nuestro Dios; pero aquellos tiernos y sencillos homenajes no podrían menos de serle tan gratos como la magnificencia del templo de Jerusalén.

El interior del templo no era mucho más notable. Una alfombra turca; otras cuantas macetas; una fuente con el agua que había de bendecirle, y algunos chales y pañuelos morunos, con que formar pabellones en torno al sagrario, habían sido afanosamente buscados por todo Tetuán y encontrados, al fin, en la Judería. Por cierto que yo, a fuer de antiguo seminarista, he ayudado más que nadie al Padre Sabatel a erigir el altar y adornar la nueva iglesia.

El Padre Sabatel es un modelo de sacerdotes cristianos. Fue fraile francisco de la Orden de Descalzos, y hoy pertenece a esas beneméritas misiones de Filipinas que tantos servicios prestan al cristianismo y a la civilización. Nació en Cataluña; aún no tendrá cuarenta años, y es alto, fuerte y hermoso como un San Pablo. Su acendrada piedad, su modestia, su tolerancia, la pureza y sencillez de sus costumbres y su ardiente caridad con los desgraciados, lo hacen verdaderamente adorable. Ha recorrido todo el litoral de África y mucha parte del interior del imperio de Marruecos, predicando la doctrina de Jesús, y ha estado también en América, en Asia y en Oceanía. Ha sufrido todas las penalidades que los hombres y los elementos, los climas rigurosos y las necesidades humanas pueden acumular sobre una criatura. ¡Y, sin embargo, es tan feliz! Su rostro ostenta continuamente la más pura alegría; es afable, decidor, cariñoso, y no comprende las felicidades que se dice van unidas al poder y al dinero. Todo su caudal consiste en un hábito de lana, un Cristo de cobre y un breviario. Con ellos acudió a Ceuta, no bien supo que sus compatriotas estábamos en guerra contra infieles, y allí, en los hospitales de apestados, a la cabecera de los moribundos, ha pasado todo el tiempo de la campaña, dando tales muestras de fe en Dios y de amor al hombre, que son muchos, innumerables, los hermanos nuestros que le han debido una muerte suave, dulce, tranquila, regocijada por la expectación de las alegrías eternas. Tal es el hombre que estiba destinado a consagrar la nueva iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de las Victorias, nombre que llevó también el primer templo cristiano erigido en Orán por el cardenal Cisneros.

A las once, cuando ya estaba dispuesto el altar y completamente llena la plaza, no solo de tropas y gentes nuestras, sino también de moros y judíos, un agudo punto de corneta avisó la llegada del general en jefe.

Presentaron las armas los batallones, reinó un instante de silencio, y por el arco de la Meca apareció el que ya era por real nombramiento DUQUE DE TETUÁN. Todas las músicas entonaron la Marcha Real, y miles de vivas ensordecieron el espacio.

Por la primera vez desde que llegó a África, el vencedor vestía de gran uniforme. Acompañábanlo todos los generales, cada uno con su brillante estado mayor, y cercáronle muy luego cariñosamente, para felicitarlo, todos los paisanos agregados al ejército..., corresponsales, pintores, comerciantes, curiosos, gente marinera de los buques mercantes, cantineros, etc., etc.

O'Donnell, con su comitiva, y seguido del inmenso grupo que acabo de decir, se colocó cerca del altar, en un alto que forma allí el suelo desigual de la plaza.

Todas las azoteas estaban coronadas de judíos, cuyas figuras bíblicas, vestidas de azul, blanco y rojo, se destacaban en el cielo. Allá, lejos, veíase la gigantesca mole de la próxima Sierra de Samsa, cuya enorme cima semejaba una pirámide apoyada, sobre las casas mismas de Tetuán. Y, en fin, sobre la ciudad y sobre el monte dilatábase una apacible y despejada atmósfera, en que irradiaba el sol sus más alegres y cariñosas llamas... ¡Era un cuadro espléndido y gracioso, que mas parecía imaginado por el arte que obra de la casualidad!

Después de bendecida la nueva iglesia, el Padre Sabatel se revistió otros ornamentos sagrados, y principió la misa.

La tropa estaba firme sobre las armas. Todos los que ceñían espada hallábanse asimismo de pie, con el acero desnudo. Los paisanos se habían puesto de rodillas, y los judíos también..., por adularnos. En cuanto a los pocos moros que aún permanecían en la plaza, seguían apoyados en los quicios de las puertas, observando la ceremonia con más curiosidad de la que suelen sentir con relación a nuestros actos...

Después del Evangelio, el padre Sabatel predicó una sencilla e inspirada plática, que arrancó muchas lágrimas del corazón de nuestros soldados, pues les habló de todo lo que podía alegrar y mejorar su espíritu, concluyendo por vitorear a Dios, a la Virgen, a la patria, a la reina y al general en jefe...

Llegó la Consagración. Todo el ejército rindió las armas, dobló la rodilla y abatió la frente... Las bandas de música batieron Marcha Real... Los golpes de pecho producían un largo y sordo rumor que parecía el sollozo del ánimo contrito...

En aquel instante, dos o tres moros, únicos que ya quedaban en la plaza (pues los demás se habían ido marchando poco a poco), sintieron no sé qué extraña emoción, no sé qué respeto a aquel Dios a cuyas plantas veían humillarse tan poderosas legiones, no sé qué miedo, no sé qué ira... Ello fue que, súbitamente, en medio de la inmovilidad y el recogimiento de todo el concurso, echaron a correr, atravesando la extensa plaza, y desaparecieron por el ancho arco de la calle de la Meca, como si los persiguiera un fantasma aterrador...

-Fugite, doemones!... -murmuraron algunas voces en torno mío.

Y, en efecto, parecían demonios huyendo delante de la cruz.

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Después de la misa desfilaron las tropas por delante del duque de Tetuán.

¡Qué aire tan marcial el de aquellos aguerridos batallones! ¡Y con qué amor, con qué entusiasmo, con qué gratitud los veíamos pasar, fieros y tranquilos como en los recientes días de gloria y de matanza! Los judíos, pálidos y trémulos, se estrechaban unos contra otros, como diciéndose: «¡Estos son los que no temen a los Morios

Terminado el desfile, el general O'Donnell dio libertad a los prisioneros Moros que teníamos en nuestro poder. ¡Nada mejor que este acto de misericordia pudo excogitar nuestro caudillo para hacer sentir a los mahometanos el espíritu de aquella religión, cuyo más alto misterio acabábamos de celebrar por vez primera en la rendida ciudad musulmana!

Las restantes horas del solemne día de hoy han sido de asueto, de inocentes distracciones y de cierta melancólica alegría.

Los soldados están con la nueva iglesia como con una novia. Toda la tarde se les ha visto al pie del altar, ya arrodillados y en cruz, cumpliendo promesas que habrían hecho tal o cual día de acción; ya rezando por sus camaradas muertos; ora dirigiendo a la Virgen verdaderas letanías de requiebros y flores, a medida de la imaginación de cada cual; ora hablando de teología a su manera...

-¡Ya se ven los santos de España! -decía un artillero a otro al salir de la antigua mezquita-. ¡Ya se ve la gracia de Dios!

-¡Morena, Dios te lo pague por habernos sacado con bien! -exclamaba un húsar, dirigiéndose a la Virgen de las Victorias.

-¡Vamos a buscar flores para obsequiar a esta prenda! -añadía un cazador, enviando un beso con la mano a la Madre de Jesús.

¡Oh nobles soldados; piadosos cuanto fuertes; tan humildes y misericordiosos en la paz como arrogantes y terribles en la guerra! ¡Qué orgullosa debe estar de vosotros la patria que representáis tan dignamente!

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Yo he acabado de festejar el domingo pasando toda la tarde en el llamado Jardín del Gobernador, situado en la plaza, y perteneciente al palacio del mismo nombre, donde se aloja nuestro general en jefe los días que viene a la ciudad.

Allí, aspirando efluvios de vida y aromas de flores de la primavera de 1860, que ya sonríe en África; sentado a la sombra de corpulentos naranjos y limoneros; oyendo cantos de pájaros que me recordaban los cármenes granadinos y las arboledas de Aranjuez; viendo correr alegres chorros de agua que iban a reunirse en un gran estanque de alabastro; mirando en torno mío hiedras y jazmines, que vestían con su verde pompa los muros del vecino harén; allí, digo, he pensado (por la primera vez desde que vine a la guerra) en el día, acaso muy próximo, de mi regreso a España; me he visto solo, libre, lleno de vida, juventud y esperanza; me he transportado a otros domingos, ya de mi pasado, ya de mi porvenir; he contemplado toda mi existencia a la luz de una pasión inextinguible, de una fe inagotable, que vaga de cosa en cosa, que sobrevive a los objetos en que se cifra, y que triunfó ya muchas veces de la muerte de seres adorados; he sondeado, en fin, con la imaginación, los días futuros, y creído divisar deliciosos fantasmas que me sonreían con ternura y me llamaban a la bienaventuranza de la tierra, al hogar del amor, a la escondida y consagrada fuente de una nueva familia...

¡Oh! Yo no pudiera explicar todas las emociones que he sentido, toda la felicidad que he experimentado en aquella hora de melancolía... Los secretos latidos de la naturaleza, que despertaba también al amor y a la reproducción; los blandos conciertos de las aguas, de las aves y de las hojas; la fragancia de las nuevas flores; las desmayadas luces del sol poniente, dando el último adiós a las caladas torres de próxima mezquita..., ¡todo me hablaba el lenguaje dulcísimo de aquella pacífica tristeza que precede siempre a la resurrección de perdidas esperanzas, al retorno de afecciones por mucho tiempo no sentidas, a cada nuevo florecer del corazón, a cada nuevo nombre de mujer que se graba en nuestra alma!...

¡Por Dios bendito, no vayáis a creer que toda esta música celestial quiere decir que me he enamorado de Tamo o de cualquiera otra judía o agarena! ¡Ay! ¡Justo es decirlo! No hay más mujer que la cristiana, que la redimida, que la regenerada por el Evangelio...

Pero os hago gracia por hoy de una disertación sobre el particular. El hecho es que en el Jardín del Gobernador hay ya gran cosecha de violetas y jazmines; que me he pasado allí las horas muertas haciendo ramilletes, y que no tengo a quién regalárselos... He aquí explicada toda mi sublime melancolía.

¿Qué hacer con esas flores? Darlas a una hebrea o a una mora, sería desperdiciarlas. La hebrea preferiría un puñado de plata; la mora quedaría más contenta con un abrazo. Las guardaré, pues, aunque se marchiten, y las llevaré conmigo a Europa...

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Post escriptum. Los moros aman extraordinariamente las flores. Las aman tanto, que, así como nosotros, los españoles pedimos en la calle a cualquier desconocido la lumbre del cigarro, o tal como los italianos toman un polvo de rapé en la abierta caja de cualquier transeúnte, sin necesidad de conocerle, así ellos se acercan al que lleva flores, se apoderan de su mano, las huelen, y se alejan sin decir palabra.

Esto me ha pasado esta tarde con tres o cuatro adustos musulmanes.

Por cierto que yo ofrecí parte de mis flores al primer moro que se me acercó para olerlas... Pero él se desentendió de mi ofrecimiento, mientras que Jacob me advertía que no volviera a hacer tal cosa, pues la cortesía semítica consiste en conservar las flores en la mano y permitir a todo el mundo que disfrute de su aroma, sin aparentar uno mismo reparar en ello...

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El Palacio del Gobernador no merece ser escrito, después de haberos hecho ya admirar el del opulento moro Erzini. Prescindo, pues, de él, y paso a pintar el interesantísimo cuadro que tengo ante los ojos mientras escribo estas últimas líneas de la historia de hoy...

Desde el Jardín del Gobernador me he venido al Fondak, que, como llevo dicho, es una plazoleta donde concluyen tres calles, lo mismo que el pueblo llamado de igual modo es la encrucijada de tres caminos de herradura.

Casi todas las tardes suelo sentarme aquí, en una tienda de mercaderes de Túnez, con quienes me entiendo en francés.

En esta plaza hay dos cafés argelinos, es decir, dos portales rodeados de un poyo de cal y canto, cubierto de estera de palma, donde siempre se ven tendidos a la larga, o sentados con las piernas recogidas, seis u ocho marroquíes taciturnos, que ya fuman, ya toman polvo, ya alargan la tacita del café para que se la llenen de nuevo...

Los musulmanes toman el café asado, más bien que cocido. Digo esto, porque le hacen hervir en un cazo de hierro metido entre brasas, hasta que se forma una especie de barro tostado, sumamente oloroso y de un sabor exquisito para los inteligentes en la materia.

Yo, como muy aficionado al buen café, hago un verdadero abuso de estas pócimas, que, lejos de quitarme el sueño, como suele el café hervido a la europea, me produce una somnolencia deleitosa parecida a la del opio.

A lo que no me propaso es a sentarme en semejantes establecimientos, desaseados en grado superlativo, sino que mando traer la taza a la tienda de los tunecinos (donde se calla también más que se habla), y me abandono a mis contemplaciones filosófico-poéticas y melancólicos desvaríos..., o me pongo a escribir como en este momento.

Aquí veo apagarse hoy las luces de la tarde en los claros de cielo que se divisan al través del alto emparrado que cubre esta plaza; examino atentamente todo lo que me rodea, procurando que se graben en mi memoria hasta sus últimos perfiles; pienso otra vez en los días, que no sé cuándo llegarán, ni si han de llegar siquiera, en que, habiendo regresado a España y tornado a mis antiguas costumbres, recordaré estas horas de meditación, pasadas a la vista de tan extraños espectáculos; me esfuerzo por adivinar lo que piensa y siente cada uno de los musulmanes, que me miran también en silencio, y lo que harán y dirán cuando nos hayamos ido todos los españoles y recobren ellos la plena posesión de su ciudad amada; oigo, en fin, el monótono murmullo de un caño de agua que brota de cercana pared sobre una pila de tosca peña, y, entre su continuado rumor percibo el lejano lamento del Dervich del arco..., aquel eco fatal, incesante, misterioso, que, como todo lo que me cerca, habla de la inmutabilidad de los destinos humanos, de la repetición de las cosas y de los seres, de la lentitud de la vida, de la falacidad de las esperanzas cifradas en este mundo, y de esperanzas inefables en otro mundo superior, en otra vida eterna...

Como todas las noches, al regresar hoy desde la tienda tunecina a mi nueva casa, he tenido que venir a tientas por unas calles emparradas o embovedadas, obscuras como boca de lobo.

No hay noche en que no pase aquí algún susto; pues, a veces, en lugar de la pared, palpo el burdo jaique de tal o cual moro que se halla de pie en el hueco de una puerta, y que, al sentirse tocado, pronuncia ininteligibles palabras... Entonces yo, más muerto que vivo, me paso a la otra acera, deplorando mi temeridad de quedarme solo de noche en unos barrios tan apartados.

Mi encuentro de esta noche ha sido de otro género. Iba yo por el que llamaré mi camino, cuando descubrí dos figuras con la capucha calada, de las cuales la que iba delante alumbraba con un farol a la de atrás, mientras que esta llamaba desde luego la atención por su elevada estatura y larguísimo jaique negro.

Híceme a un lado para dejar paso libre a aquel personaje, sin acertar a darme cuenta de quién podría ser; pero figuraos mi sorpresa cuando vi que extendía una mano, hasta entonces oculta en la ancha manga de su jaique, y la dejaba caer sobre mi hombro, exclamando regocijadamente:

-¡Hola, amigo! ¿Qué hace usted aquí?

Era el padre Sabatel.

Su hábito de franciscano me había hecho confundirlo con un moro. Pero el que lo acompañaba, alumbrándole, era efectivamente musulmán...

El virtuoso sacerdote venía de ayudar a bien morir a un pobre soldado nuestro, alojado en casa del marroquí del farol. Dicho soldado acababa de expirar, víctima del cólera... (¡Porque sabréis que en Tetuán está el cólera desde hace tres días!)

Después de un minuto de conversación, el padre Sabatel siguió hacia la iglesia...

Yo permanecí inmóvil, contemplando de nuevo aquellos dos seres tan iguales en la forma y tan desemejantes en el fondo; y, solo cuando desaparecieron los dos encapuchados, continué mi marcha entre las tinieblas, hasta que, por último, logré dar con mi nueva casa.

Y a propósito, mi nueva casa no es ya la del judío Abraham, sino la Fonda que ha puesto Santiago en el Zoco, hoy Plaza de España. En cuanto al edificio, debo decir que es la antigua casa de un tal Achas, gobernador que fue de Tetuán hasta el año 1850 de la era cristiana (1238 de la hégira), en que el difunto emperador Abderramán dispuso de la persona y dinero de aquel ilustre personaje, ¡cuya sombra suele aparecérseme en sueños..., muy airada de que me atreva a dormir en su misma alcoba!...

Aquí doy punto por hoy, a las nueve de la noche, y métome en la cama a toda prisa, a fin de madrugar mañana, que probablemente no os escribiré, por estar invitado a jugar al tresillo en el campamento del general Prim...



 

- XI - Banquete moro. -Vuelven los parlamentarios. Soirée musulmana.

16 de febrero.

Han pasado cuatro días insignificantes; pero el de hoy dejará en mi imaginación indelebles recuerdos. ¿Cómo no, si desde su primera hasta su última hora ha sido para mí un verdadero día mahometano, que he pasado entre moros, haciendo su vida, comiendo en su mesa y hablando amigablemente con ellos?

Es el caso que esta mañana fui invitado por el conde d'Eu a una comida árabe (así me lo anunció) que le daba un rico moro de Argel, llamado Abd-el-Kader, sobrino de aquel famoso general del mismo nombre que tanto figura en el reinado de Luis Felipe.

El aristócrata argelino (que también tiene casa en Tetuán y en otros puntos) obsequiaba, por tanto, al conde d'Eu como a nieto de aquel gran monarca, que tan generoso fue con el vencido héroe de la Argelia.

Los convidados, además del joven príncipe, éramos seis: un moro, amigo de Abd-el-Kader; D. José María Pacheco, hermano del famoso orador y ex ministro; D. Carlos Coig y O'Donnell, sobrino del general en jefe; el Sr. Velarde, ayudante del Duque de Montpensier; Mr. Chevarrier, el periodista francés que conocimos en Ceuta, y vuestro humilde servidor. Total de comensales: ocho.

La cita era después de la oración del mediodía. A esta hora nos reunimos en la Plaza de España, y, precedidos del anfitrión, que llevaba en la mano (cosa muy común en los moros) la llave de su casa, nos dirigimos allá, poseídos todos de la ardiente curiosidad que podéis figuraros.

Después de muchas vueltas y revueltas por angostísimas calles, parose, al fin, Abd-el-Kader frente a una puertecilla; abriola, y penetró delante de todos, haciéndonos seña de que lo siguiéramos.

Atravesamos un estrecho pasadizo obscuro; franqueósenos otra puerta (sin que viéramos quién la franqueaba), y el sol volvió a brillar ante nuestros ojos.

Estábamos en un gran patio, fresco, limpio, sosegado, y de lujosa y elegante arquitectura. Sólo el rumor del agua interrumpía el silencio de aquel lugar. Parecía que nos hallábamos ya a muchas leguas del mundanal ruido.

Abd-el-Kader sonrió de placer al verse dentro de su casa. Todos sabíamos que tenía en ella mujeres y esclavas, y aun creímos escuchar leves pasos y misteriosos cuchicheos detrás de algunas puertas... Pero nadie se dio por entendido de ello. La casa estaba sola en apariencia... ¡Deber nuestro era considerarla sola en realidad!

Subimos una escalera muy pina, como todas las de Tetuán; atravesamos un corredor cubierto de primorosos artesonados, y llegamos, por último, a un lindo camarín, donde estaba preparado el banquete.

Antes de penetrar en él nos despojamos de las armas y de las espuelas, pidiendo al huésped que nos perdonara si no nos descalzábamos también, como él había hecho.

El sobrino del último héroe númida nos dispensó con una fina sonrisa.

El camarín estaba lujosamente alfombrado. En medio de él se hallaba la mesa, que, por lo baja y redonda, recordaba las tarimas de nuestros braseros; y en torno de ella había gran cantidad de almohadones y otomanas de riquísimo damasco o de otras telas de seda entretejidas de plata y oro...

El techo era estalactítico, y las dos puertas de la habitación consistían en dos graciosos arcos, de herradura artísticamente calados.

La mesa estaba ya servida. Cubríala primeramente un mantel de lana. Sobre él se veían tres fuentes de cristal de Trieste, una de ellas colmada de higos chumbos, y las otras dos llenas de alcuzcuz de dos diferentes clases. Por último, una especie de compotera de cristal, con arabescos de oro, contenía el agua... Y he aquí todo lo que el sobrino de un príncipe daba de comer al nieto de un rey.

En cambio, las cucharas que nos presentó eran de extraordinario mérito. Componíanse de muchas piezas: el mango de cada una de ellas tenía un trozo de coral, otro de plata, otro de cornalina, otro de ámbar y otro de marfil, mientras que la parte cóncava era de carey.

-¡Magníficas en cucharas! -exclamamos todos.

-Son de Constantinopla -respondió nuestro huésped.

Y se puso a servirnos.

Abd-el-Kader tendrá veintidós años, y es de pequeña estatura, rubio y sumamente elegante. Cada día ve le ve con un traje distinto. Sus fajas y sus turbantes volverían loca a una sultana. Tiene pies y manos de mujer, mirada soñadora, la boca triste, y corva nariz de orgulloso. Vive dedicado al comercio; pero no interviene directamente en él, sino que se conforma con el empleo que varios amigos dan a sus intereses.

El que hoy le acompañaba, joven de dieciocho años, imberbe, pálido, ligeramente grueso, blanco y rubio como un alemán, no tiene de moro sino el traje, la seriedad y las pocas palabras. No recuerdo su nombre, pero sí que habla el francés y el italiano admirablemente, así como Abd-el-Kader.

Ambos jóvenes han viajado por toda Europa y por Oriente; conocen a fondo las grandes cuestiones políticas que hoy conmueven el mundo, y confiesan que el islamismo es ya un cadáver; pero lo dicen en el tono de quien piensa ser enterrado con él.

La admiración de Abd-el-Kader por su ilustre y desventurado tío raya en adoración fanática. Cuando oyó al conde d'Eu elogiar el valor y la magnanimidad de aquel héroe, a quien la Francia debió primero tanto luto y después tanto agradecimiento, los ojos del mancebo argelino me nublaron de lágrimas.

-¡Abd-el-Kader no ha muerto todavía! -murmuró por último.

-¿Dónde está ahora? -le preguntamos nosotros.

-En Damasco, donde es querido y respetado como un ser superior al hombre. ¡Ahora duerme! ¡Yo espero que despertará algún día, y que su gran figura merecerá nuevos aplausos de toda la Europa civilizada!

El alcuzcuz es un alimento tan agradable como nutritivo. Lo había de dos clases: el que los moros nos aconsejaron que tomáramos primero resultaba más substancioso y más pesado, y componíase de harina, azúcar, manteca y otros ingredientes, que le hacían tan agradable al paladar como al olfato. El segundo, mucho más ligero, equivalía a un postre. Yo lo hallé demasiado dulce y aromático. Olía a celindas.

Después del alcuzcuz (que nos dejó tan satisfechos como pudiera el más opíparo banquete), probamos los higos chumbos, también exquisitos, y sacamos cigarros, como era de rigor entre españoles y moros.

Entonces se abrió una puerta, y apareció un negro, medio desnudo, medio vestido de blanco, con una mecha encendida en la mano derecha y la pipa de su señor en la izquierda...

-¿Queréis pipas? -nos preguntó Abd-el-Kader.

-No, preferimos los cigarros -le respondimos.

-Ya lo sabía, y por eso no las he hecho preparar -replicó el amigo del huésped.

Con gran extrañeza mía, no nos dieron café.

-El café no tiene nada que ver con la comida. Es un placer de otra naturaleza -me explicó en español Mr. Chevarrier.

-El café es, como si dijéramos, el alimento del alma... -añadí yo entonces por vía de comentario.

-Justamente, como para nosotros la lectura -replicó el ingenioso francés.

-Yo diría mejor la música... -repliqué por mi parte.

-La música celestial... -insistió Mr. Chevarrier con suma gracia.

-Después de esta discusión, fuerza será tomar café en alguna parte -interrumpió el conde d'Eu.

-En el café de mi amigo Ben-el-Sus... -exclamé yo.

-Es cosa convenida -respondieron todos.

En esto nos habíamos ya levantado con ánimo de ir al cuartel general del duque de Tetuán, pues recordábamos que hoy era el día en que los parlamentarios de Muley-el-Abbas habían prometido venir en busca de nuestras condiciones de paz.

Nos despedimos, por tanto, de los argelinos; tomamos café apresuradamente en el Fondak, en casa de Ben-el-Sus; montamos a caballo, y nos dirigimos al campamento de levante.

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Los enviados marroquíes llegaron efectivamente a eso de las tres.

Las avanzadas del SECUNDO CUERPO los condujeron a la tienda del general Prim.

Eran los mismos que vinieron el día 11, y acompañábalos un criado más, montado en un caballo negro, sobre dos pequeños capachos de tejido de palma. De estos capachos sacaron un cajón de dátiles, que regalaron al conde de Reus, y siguieron su camino hacia el cuartel general de O'Donnell, acompañados del teniente coronel Gaminde y de una escolta de lanceros.

Recibida la noticia de su aproximación, hubo en el campamento del general en jefe un movimiento de vivísima curiosidad y de patriótico interés; formó la guardia a la puerta de la tienda de nuestro caudillo, quien penetró en ella seguido del jefe del estado mayor general y del intérprete Rinaldy, y una muchedumbre inmensa de oficiales y soldados abrió paso a los embajadores del príncipe vencido.

Estos avanzaron con aquella gravedad que nunca pierden los moros, y que, unida a sus trajes talares, hace que aparezcan respetables y dignos aun en las situaciones más adversas.

Una vez dentro de la tienda del duque de Tetuán los generales moros, reinó profundo silencio en el ejército. ¡A nadie se le ocultaba la solemnidad de aquel instante! ¡Y era que todos sabíamos que O'Donnell recibió ayer de Madrid las condiciones con que nuestro gobierno accedería a firmar la paz con Marruecos..., y que entre ellas figuraba una en que se pedía la incorporación perpetua del Bajalato y de la ciudad de Tetuán a la nación española!

«¡Qué imprudencia!», fue ayer la exclamación de todo el ejército al saber esta noticia. «¡Qué imprudencia!» decía también la cara del general O'Donnell; lo cual no ha impedido que después se calle todo el mundo como prescribe la ordenanza, resignándose a batallar (con utilidad o sin ella) todo el tiempo que deseen los políticos de Madrid.

Pero yo no soy tan militar, o, por mejor decir, no estoy tan acostumbrado a serlo, que pueda guardar silencio al ver que mi patria, arrebatada por una fantasía poética, se lanza de ese modo a un abismo, y voy a decir mi opinión sobre el asunto.

Pedir a Tetuán es pedir la continuación indefinida de las hostilidades con Marruecos, ya nos ceda su emperador esta plaza, ya nos la niegue.

Si nos la niega (que nos la negará de seguro), la guerra será como hasta aquí, de potencia a potencia, franca y oficial; es decir, una guerra que nos cueste 100.000.000 de reales y cuatro mil soldados por mes. En ella alcanzaremos mucha gloria; pero nos arruinaremos miserablemente, y no lograremos otro resultado que dar un paseo por el interior de África, para volvernos después a España cargados de laureles y de deudas.

Y si el emperador de Marruecos nos concede a Tetuán, la guerra continuará también, pero mucho más desastrosa, porque será menos franca. Es decir, que estaremos oficialmente en paz, y, entretanto, todas las cabilas del imperio rodearán a Tetuán, mal que le pese a S. M. Sheriffiana (si es que antes no le arrojan del trono), y nos hostilizarán de día y de noche; nos bloquearán completamente, y con más facilidad que a Ceuta y a Melilla; nos obligarán a tener veinte mil hombres establecidos en reductos por las sierras de estos contornos; gastaremos los mismos 100.000.000 de reales y los mismos cuatro mil hombres por mes: ¡situación poco lisonjera, que no tendrá fin hasta que consigamos exterminar o convertir al cristianismo a los diez millones de habitantes que, según dicen, comprende el imperio de Marruecos!

Pues supongamos que nada de esto sucede: supongamos que desde el Emperador hasta el último de sus vasallos se conforman hoy, mañana y siempre, con que el Bajalato de Tetuán sea nuestro... ¿Qué habremos con seguido? Tener una colonia más en África. ¿Y de qué nos servirá esa colonia? ¿Será comercial? Con Marruecos no se comercia por la vía de las armas; ¡y, si no, dígaseme qué comercio hemos sostenido hasta ahora desde Melilla y Ceuta con el interior del Imperio! ¿Será agrícola la colonia? ¡Más que lejanos terrenos que cultivar, necesita España brazos que roturen los desiertos que dejaron en ella los que se marcharon a conquistar el mundo desde el siglo XVI en adelante!

Es, por tanto, una insigne locura empeñarse en la conservación de Tetuán..., y así lo comprende hasta el último de nuestros soldados. Dicho lo cual, sigo mi relación, repitiendo que en nuestro campo reinaba el más profundo silencio, en tanto el general O'Donnell leía a los enviados de Muley-el-Abbas las Condiciones de paz remitidas de Madrid.

Según luego he sabido, los marroquíes oyeron sin pestañear una y otra cláusula. España les pedía una fuerte indemnización de guerra; ensanche de territorio hacia el Serrallo, un tratado de comercio; tolerancia para el culto cristiano y protección a nuestros misioneros; permiso a nuestro embajador para residir en Fez; la ratificación del ensanche del campo de Melilla, y, finalmente, la plaza de Tetuán, su territorio y las leguas de playa recorridas por nuestro ejército...

Todo lo oyeron sin dar muestras de pesar ni de sorpresa; pero al llegar a la cesión de la ciudad, miráronse con muda desesperación, como diciendo: «¡Lástima que no pueda hacerse una paz tan necesaria!»

Terminada la lectura, dióseles el pliego de condiciones; guardáronlo ellos cuidadosamente, y pidieron los caballos a uno de los rifeños que había quedado a la puerta de la tienda.

En seguida mandaron descargar varios cajones de dátiles, suplicando al general O'Donnell que los aceptase, no sin advertirle que eran de las huertas del Emperador, y que se los remitía Muley-el-Abbas en testimonio de respeto y de cariño...

Por nuestra parte, los obsequiamos con café, dulces y cigarros; y habiendo sabido que los príncipes carecían de muchas cosas en su campamento del Fondak, preguntose a los parlamentarios si les sería grato recibir azúcar y café, de que son tan amantes los moros, a lo que contestaron afirmativamente.

En seguida pidieron permiso al general O'Donnell para pasar la noche en Tetuán, alegando que estaban muy cansados. O'Donnell accedió a ello con el mayor gusto, y los confió a la galantería del general Ríos, al lado del cual, y seguidos de una gran escolta, tomaron el camino de su ciudad amada.

Creo inútil decir que yo me arrimé a mi bondadoso amigo el general Ríos, resuelto a no separarme de él hasta que los caudillos moros hubiesen abandonado a Tetuán. ¡Y era que adivinaba el vasto campo que, durante esta tarde y esta noche, habían de ofrecer a mis observaciones y estudios aquellos insignes personajes!

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No me he engañado, ciertamente. Esta es la hora en que llamo ya mis amigos a los cuatro graves generales, mientras que mi libro de memorias está lleno de preciosísimos apuntes...

Pero vamos por partes.

La entrada de los parlamentarios en la plaza se verificó con toda solemnidad; pues excusado es decir que se les hicieron los honores que previene la ordenanza, sin contar los correspondientes al general Ríos. Batiéronles marcha las músicas desde que penetraron por la Puerta de la Reina; las tropas agrupadas a su paso los saludaron rigurosamente, cuadrándose como autómatas; formáronse las guardias donde las había, y todo, en fin, pudo dar idea a los moros de la severa disciplina de nuestro ejército.

Esta vez los mahometanos de Tetuán se dignaron fijar la vista en nuestra cabalgata, sin duda para leer en el semblante de los jefes marroquíes la sentencia que acababa de pronunciarse. «¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué habéis hecho? (parecían preguntarles). ¿Habéis vendido la patria? ¿Sabéis cuánto sufrimos? ¿Deberemos sublevarnos contra el invasor? ¿Hay esperanza para este desgraciado pueblo?»

Los generales moros caminaban con inalterable continente. Nada contestaban sus ojos ni sus labios a aquellas mil tácitas preguntas. Pero yo me atrevo a creer que este digno silencio pareció de buen agüero a los tetuaníes...

«Cuando el moro habla mucho, está mintiendo» -dice un adagio árabe.

El general Ríos paseó a los parlamentarios por todo Tetuán, tal vez con el fin de que formasen idea de los medios de ataque y defensa que poseemos, así como de nuestra cultura...

Llevolos, por ejemplo, a la oficina del telégrafo eléctrico que hemos establecido aquí para comunicarnos rápidamente con nuestra escuadra, y les explicó detenidamente el mecanismo y la teoría del aparato.

Ellos asintieron con la cabeza, aunque estoy seguro de que no habían comprendido ni una palabra. Verdad es que tampoco prestaron grande atención al maravilloso invento... ¿Qué les importaba la prontitud de las comunicaciones, si lo que desean es vivir incomunicados, no solo con el resto del mundo, sino entre sí mismos, y, sobre todo, con su temido emperador?

-¡Vamos!... Preguntad algo a la Aduana, y veréis qué pronto tenéis contestación. -les dijo el general Ríos.

-Nada deseamos saber -respondieron los musulmanes.

-Cualquier cosa... ¡Aunque no os importe saberla! -insistió el primero.

-Pregunta tú si sale algún buque para Gibraltar -exclamó el gobernador de Tánger.

Al oír estas palabras, todos nos miramos, como interrogándonos si habrían sido dichas con ánimo de humillar nuestro amor propio. Yo no puedo dudarlo: ¡el moro, de paso hoy en su ciudad perdida, no tiene para su orgullo otro consuelo que pensar en que los vencedores vemos también ondear un pabellón extranjero sobre los muros de una ciudad española! Además, era recordarnos que los marroquíes no están solos en el mundo, sino que cuentan con la diplomacia y con la marina inglesa para un caso de suprema necesidad...

La contestación telegráfica fue rapidísima.

Esto les admiró ya un poco... Pero no tanto como habían de sorprenderles nuestros magníficos hornos de campaña.

Con la más viva curiosidad oyeron la descripción que les hizo el general Ríos de la prontitud con que se provee al ejército de exquisito pan por medio de aquellos hornos. Y fue, sin duda, que recordaron las hambres que sus tropas habían pasado durante la guerra... Hubo, pues, que explicárselo todo prolijamente; examinaron los hornos de todas maneras, fríos, caldeados y funcionando; y vieron cocer unos panes destinados a ellos, a fin de que les sirviesen para el camino de mañana, y hasta comiéronse uno en probaturas...

-Ya veis que, en inedia hora, la masa se ha vuelto pan...-dijo Ríos.

-En mi huerta -le contestó el gobernador del Rif- tengo yo un horno que asa gallinas en menos tiempo.

-¡Mucho es que este hombre se atreva a revelarnos lo que tiene dentro de su huerta!... -reflexioné yo, trasladándome con la imaginación a aquella ignorada casa de aquel ignorado pueblo donde aquel raro personaje asaba gallinas cuando no tenía cristianos que degollar.

Acercábase con esto la noche, y los parlamentarios, invitados por el general Ríos a tomar café en su casa, le prometieron ir a las ocho, pidiéndole permiso para llegarse antes a su alojamiento..., o sea a la casa de Erzini, que describí el otro día.

-Id, pero no faltéis, que hemos de ser buenos amigos -les dijo nuestro general.

-Descuida, no faltaremos -contestaron los embajadores.

Y, saludándonos con un grave movimiento de cabeza, partieron sin escolta, pues así lo desearon, y se fueron a buscar, por entre aquellas calles que tanto conocían, algún rincón en que entenderse con los moros ocultos en Tetuán.

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Dos horas después hallábame en casa del general Ríos, o sea en el palacio del otro Erzini, esperando a los generales marroquíes. Los españoles convidados a esta fiesta éramos ocho.

La habitación, de lujosa arquitectura arábiga,estaba adornada con espejos de Venecia de la época del Renacimiento... (¿Cómo habían llegado a Tetuán aquellas antiquísimas lunas? Todos pensamos en los famosos piratas que hace tres siglos arrojaba el África sobre las costas de Europa.) Veíanse además en aquel aposento magníficos divanes y otoinanas de seda, lámparas turcas, cortinajes de gran mérito, enormes arcas labradas con exquisito primor, alfombras, pebeteros, mesas-tarimas y otros enseres del más riguroso estilo oriental.

Al mismo tiempo (y para uso de los españoles) veíanse allí muebles europeos, llevados de la judería: mesas altas, sillas y sillones de paja, candelabros con bujías de esperma, vajilla de porcelana y de cristal, y otros utensilios para el refresco, o café, que se preparaba.

Completaban aquel singularísimo cuadro ciertos perfiles guerreros (del menaje de campaña del general Ríos): espadas, gumías, revólveres, espingardas, carabinas, puñales, altas botas armadas de espuelas, grandes anteojos, la cama de hierro que sirvió en la tienda, etc.; todo ello disemiliado por los rincones, o sobre el diván, o colgado de las altas paredes.

Hacía frío, y se había preparado un brasero.

Dulces, bizcochos, frutas secas, cigarros, vinos y licores, componían el refresco, que esperaba sobre una mesa la hora del festín. A ellos se agregarla a su tiempo el café... et voilà tout.

Sin embargo, nosotros, y el mismo Ríos, acostumbrados ya a tantas privaciones, estábamos entusiasmados con la magnificencia que habíamos conseguido desplegar. ¡El agua estaba en botellas! ¡Se podía hacer ponche! ¡El café se tomaría en tazas! ¡El vino se bebería en copas de cristal! No podía darse mayor lujo.

A eso de las ocho y media, una banda de música, preparada al efecto en el patio, nos dio la señal de la llegada de los marroquíes.

Pocos momentos después, un niño moro, de ocho o diez años de edad, graciosamente vestido (y que no era sino aquel hijo del cónsul de Austria, que fue al campamento de Jeleli cuando la rendición de Tetuán), penetró resueltamente en la habitación, diciendo un ¡Hola! en perfecto castellano que nos hizo reír a todos.

Detrás entró su padre, que, como recordaréis, se llama el HACH-Ben-Amet, y el cual es hoy Alcalde de los Moros de Tetuán, nombrado por el general Ríos... Esta noche venía además con el carácter de intérprete.

Por último, aparecieron los cuatro embajadores, acompañados de otro moro, que yo no conocía sino de nombre. Era Erzini el menor; el más rico de los dos hermanos de este nombre; el dueño de la casa en que a la sazón nos encontrábamos.

Los cuatro enviados dejaron sus babuchas en la puerta de la sala, y entraron descalzos completamente, sin que bastasen a impedirlo todas las instancias del general. Erzini, no sólo no se quitó las babuchas, sino que llevaba medias. Al alcalde lo tenía ya dispensado Ríos de aquella ceremonia.

Después de decirnos adiós cuando salimos a los hornos de campaña, los parlamentarios habían ido a orar a la mezquita mayor, donde se habían lavado pies y cabeza, no por mundano aseo, sino por obligación religiosa. De cualquier modo, resultaba que iban muy limpios, que fue indudablemente lo que se propuso el ingeniosísimo Mahoma al prescribirles con tanto cuidado las abluciones.

Los siete musulmanes nos dieron la mano a todos los allí presentes, y después hubo una larga discusión en pantomima acerca del asiento que debía ocupar cada uno, resultando de ella lo que resulta siempre de los cumplidos: que todos hicimos lo contrario de lo que deseábamos, es decir, que los moros se sentaron en silla, a la europea, y que los cristianos nos sentamos en el suelo, o sea sobre cojines, a la oriental...

Sin embargo, los agarenos buscaron pronto su habitual postura, encaramándose poco a poco por los palos de las sillas, hasta cogerse los pies con las manos. El Kabo o gobernador de Fez, hombre serio si los hay, no encontró sin duda bastante digna esta actitud, y acabó por echarse al suelo y sentarse sobre las piernas.

Entretanto, la banda militar tocaba en el patio la jota aragonesa, atronándonos los oídos; y yo estudiaba minuciosamente a los cuatro generales y al rico banquero, mientras que una conversación superficial, entorpecida por la lentitud de duplicadas traducciones, procuraba llegar a ser interesante.

Ahntet-el-Batín (el segundo de Muley-el-Abbas) era quien más sostenía el diálogo. Joven, fino, nervioso, impresionable como un aristócrata andaluz, más parece hombre de ideas o de papeles, que guerrero tan esforzado como lo califica la fama. Su palabra es vibrante, su gesticulación viva, sus réplicas calurosas, y su movilidad extraordinaria..., sobre todo para un sarraceno.

El gobernador del Rif es el reverso de la medalla. Grave, atento, circunspecto, habla con cierta solemnidad, sonríe levemente cuando se le dirige la palabra, y piensa largo rato sus respuestas, que siempre vienen a interrumpir una nueva conversación. Su fisonomía, poco favorecida por la naturaleza, revela, sin embargo, mucho talento. Tiene fama de gran diplomático y hábil general. Por mi parte, he notado desde el primer día que sus compañeros lo tratan con marcadas deferencias, cual si fuese el principal enviado.

Su hermano, el general de la caballería, de quien ya he dicho que habla español, es un soldado vulgar, franco y sencillo; de fisonomía ruda, pero agradable; alegre, en cuanto lo permiten estas circunstancias; expansivo, como rara vez lo son los moros; hablador sempiterno cuando su ilustre hermano no le oye, y tímido y respetuoso como un párvulo, no bien éste le mira. Sin embargo, se profesan mucho cariño...

-¡Somos de una misma madre! -nos dijo con voz baja el general de la caballería, mirando con ternura al gobernador del Rif-. ¿No le he de querer? ¡Entre nosotros hay muy pocos hermanos nacidos de un mismo seno! Además, ese que veis ahí es tan sabio y tan valeroso, que yo le temo como a mi padre y lo quiero como a mi madre...

El cuarto enviado era el más interesante de todos, a lo menos para mí. Hablo del segundo gobernador de Fez. Este singular personaje no despegó sus labios en toda la noche. Parecía hallarse entre nosotros como un acusado impenitente en la barra del tribunal. La poca o mucha violencia que se hiciesen sus compañeros permaneciendo en nuestra compañía y sirviéndonos de espectáculo, era para él un verdadero tormento, una secreta rabia, una muda desesperación, que se revelaba en su actitud, en su gesto, en su mirada.

Nada comió ni bebió de cuanto le ofrecimos; ni por un instante cambió de postura luego que se echó al suelo; ni por casualidad dejó oír el acento de su voz inmóvil, adusto, erguido sobre el almohadón en que estaba sentado a la oriental; con los brazos cruzados bajo su albornoz negro; con la mirada fija ya en uno, ya en otro de aquellos locuaces infieles (vulgo cristianos) que tantas cosas hacían y decían sin proponerse nada importante; indiferente a las discusiones que se entablaban; insensible a los raptos de entusiasmo afectuoso (fingido o verdadero) que dio de sí la conversación; refractario a la alegría que reinó en algunos momentos, el poderoso Kabo protestaba con su silencio contra todo lo que allí sucedía, o formaba siniestros planes de venganza para cuando se reprodujese la guerra. ¡Y cuenta que parece el más joven de los parlamentarios!...

Por lo demás, su tétrica figura contribuía a hacerle sombrío y pavoroso. Es mulato pálido; tiene los labios gruesos y pensativos; los ojos de un negro aterciopelado; la barba muy bronca; torva la mirada; lúgubre el gesto, y vestía un traje obscuro, de severos pliegues, que contrastaba con los albornoces de sus compañeros. Parecía la imagen del dolor, la personificación del crimen, una alegoría de la noche, el genio del mal, el príncipe de los infiernos. Lord Byron, en sus más tenebrosos poemas, no imaginó figura tan romántica ni tan espantosa.

Réstanos pintar a Erzini, tipo físico y moral diametralmente opuesto; a Erzini, el acaudalado sibarita; el carácter deprimido bajo el peso del oro; el hombre galante, flexible, lisonjero, el espíritu conciliador, acomodaticio, utilitario a todas horas. Tendrá cuarenta y cinco años; es rubio como un irlandés; tiene ojos azules; gran nariz; flacas mejillas, pero muy encarnadas; barba prominente; alta y encorvada estatura; algún diente de menos, y un aire marcadísimo de astucia y penetración. Se parece a Francisco I de Francia.

Erzini hablaba y reía como un descosido. Estaba sumamente alegre, y sus motivos tenía para ello. ¡El general Ríos acababa de entregarle una cartera que el opulento comerciante había olvidado el día 5 en la precipitación de la fuga, y que el coronel Vargas se había encontrado sobre una mesa en la misma habitación que ocupábamos en aquel momento! La tal cartera contenía, treinta o cuarenta mil duros en letras al portador sobre Gibraltar.

Pasada medía hora, y para excitar la confianza, se había principiado a servir el café...

Los moros (exceptuando siempre al taciturno Kabo) hicieron los honores a todo lo que se les ofreció, comiendo bizcochos a dos carrillos, fumando como tudescos, y tomando repetidas tazas de moca.

El Alcalde, viejo ladino, que, so color de simpatizar con la causa de España, está favoreciendo cuanto puede a los míseros habitantes de Tetuán (en lo cual hace perfectísimamente), formuló, por vía de brindis, un gran elogio del carácter y proceder de los españoles, exponiendo a los generales marroquíes las grandes ventajas que reportaría su emperador de una franca y estrecha amistad con España...

El general Ríos insistió sobre esto, y con mucho tacto mezcló en su discurso una descripción de los grandes medios de que aún podemos disponer en el caso de continuarse la guerra...

Los musulmanes asentían a todo con la cabeza, y repetían una y otra vez «que Muley-elAbbas y su ejército querían la paz a toda costa y la amistad con España; pero que había gentes en el Imperio que se aprovecharían de cualquier cosa para conmover el trono del nuevo sultán, mal asegurado todavía, y que por ello se vería tal vez S. M. Sheriffiana en el caso de seguir, no la política de sus deseos, sino la que le impusieran las circunstancias»...

Era evidente que aludían a la continuación de la guerra con tal de no ceder a Tetuán.

Entonces el alcalde fue más explícito.

-Si el Emperador -dijo- pierde a Tetuán, los partidos derriban al Emperador, y si derriban al Emperador, habrá guerra civil en Marruecos, y desorden y anarquía de muchos años, vosotros no tendréis con quién tratar; y aunque tratéis con unos, otros dejarán de cumplir, y os veréis obligados a estar guerreando aquí toda la vida, sin resultado alguno para España.

-Querer a Tetuán es no querer la paz -añadió sentenciosamente el gobernador del Rif.

-¡Es que nosotros no le tememos a la guerra! -insistió el general Ríos-. Nosotros podemos...

-¡No sueñes, general! -dijo textualmente y con su acostumbrada llaneza el jefe de la caballería marroquí-. Vosotros no poder hacernos la guerra tres años seguidos, y nosotros poder hacérosla a vosotros durante cuarenta años. Moro estar en su casa, y español en la ajena. La guerra costar a España mucho dinero..., mucho dinero..., y el dinero tener fin, como la vida y todo lo del mundo. Lo que no tener fin es los moros... ¡Morir unos, y venir otros!... Muchos moros..., muchos..., muchos!

La tremenda verdad que encerraban estas palabras nos hizo mirarnos, asombrados de que un salvaje discurriera con tanto acierto.

-¡Todo eso se lo han enseñado los ingleses -murmuró uno de nosotros.

Aben-Abu comprendió la frase, y se sonrió con malicia.

Después se habló de la pasada campaña; del sistema de combate de uno y otro ejército; de las pérdidas sufridas por ellos y por nosotros...

Los marroquíes confesaron que las suyas habían sido inmensas.

-La bayoneta y la artillería -dijeron- son vuestras grandes ventajas.

Ríos hizo el elogio de Isabel II y de O'Donnell.

Ellos manifestaron gran respeto hacia nuestro caudillo, cuya pericia, en una guerra que le era nueva, dijeron haber sorprendido mucho a Muley-el-Abbas.

Nosotros creíamos que era más viejo -dijo el gobernador del Rif.

-¿Y por qué?

-Por la prudencia.

Con este motivo recayó la conversación en Muley-el-Abbas.

-Es muy valiente y muy generoso -dijeron-; pero tiene mala tropa.

-Yo mismo -añadió su segundo- tuve que matar por mi mano muchos jefes de cabila el día de la batalla del campamento...

-¿Y por qué?

-¡Por embusteros y cobardes! ¡Por haber huido más lejos de lo necesario!...

El Kabo de Fez estaba cada vez más sombrío.

Los otros moros habían llegado a entusiasmarse. La expansión era general; la franqueza animaba todas las fisonomías; cada cual había tomado la postura más de su gusto; casi todos estábamos sentados o medio tendidos en los divanes y otomanas; el humo de los cigarros envolvía por momentos algunas figuras...

¡Qué cuadro! Yo no me había atrevido nunca a soñar una escena tan poética y solemne... Aquellos siete magnates moros, con sus albornoces y sus turbantes blancos, con sus rostros graves y austeros, con su habla gutural, con sus clásicas actitudes; aquellos muebles orientales, aquellas alfombras y cortinas, aquella arquitectura; la ciudad en que nos encontrábamos; nuestra posición de soldados en campaña, de extranjeros, de vencedores; el ser nosotros los únicos, no solo de nuestro ejército, sino de nuestra nación, que habían asistido a una tertulia semejante; la hora; el asunto de las conversaciones; la idea de que aquellos generales habían estado enfrente de nosotros en los montes y en la llanura, uno y otro día de pelea; la consideración de que acababan de llegar del campa enemigo y de que mañana regresarían a él, y de que acaso jamás volveríamos ya a verlos, como no fuese tendidos en el campo de batalla; todo esto, digo, ¿no era mucho más de lo que pudo sonreír a mi imaginación cuando, nuevo Don Quijote, abandoné el seminario eclesiástico y salí de mi pueblo en busca de aventuras?

¡Ah! ¡Qué pocos poetas de nuestros tiempos habrían encontrado realidades tan maravillosas! ¡Qué pocos habrán gozado tan a sus anchas de lo fantástico, de lo extraordinario, de lo romancesco! ¡Afortunado yo mil veces! Pero ¡cuánto, cuanto hubieran ganado nuestras letras si Zorrilla o Fernández y González hubieran venido a África con sus liras de oro, en vez de venir yo, que sólo poseo una mal cortada pluma!

Por lo demás, casi todos los españoles que estábamos allí éramos andaluces, y nuestro carácter hablador, expansivo, entusiasta, exaltado por alguna libación y por la misma novedad de aquella escena, bastó para aturdir a los marroquíes, para marearlos, para derretir su máscara de hielo, hacerles reír, hablar alto y entrar en dudas acerca de si los europeos valdríamos efectivamente más que los africanos...

Alegres, pues, aunque cavilosos; con la faz encendida y los ojos ardiendo; desconcertados, llenos acaso de envidia, pero también de admiración hacia unos seres tan varios, tan complejos, tan móviles y fecundos, despidiéronse cordialmente de nosotros a eso de las once, alegando que tenían que madrugar para hacer antes de partir largas oraciones, en atención a ser mañana Viernes...

De todo lo dicho con respecto a animación y júbilo, hay que seguir exceptuando al Kabo de Fez, el cual siguió callado y tétrico, y se despidió del general Ríos de una manera, muy singular. Diole primero la mano naturalmente, como se usa entre nosotros; después cogiósela violentamente, cual si fuese a echar el pulso con él, y apretósela con una fuerza extraordinaria, mirándole fijamente y en silencio...

¡Era la primera señal de vida que daba en toda la noche; y aquella pantomima trágica lo mismo parecía un arranque de cariño largo tiempo refrenado, que un reto para el primer combate, que una misteriosa maldición! Ello es que se envolvió en su larguísimo albornoz negro y se marchó con el secreto de su idea...

¡Magnífico personaje! Shakespeare lo adivinó completamente cuando escribió su Otelo.

Comentando estábamos nosotros este y otros lances de la noche, cuando, al cabo de una media hora, se nos presentó de pronto el general de la caballería, trayendo debajo del brazo un saco de dátiles.

-¡Toma! -le dijo al general Ríos-. Al llegar a casa hemos visto que nos quedaban estos dátiles. Cómetelos en nuestro nombre.

-¡Extraña gente! -nos dijimos todos con una mirada.

E hicimos sentarse a Aben-Abu, quien, viéndose libre de su hermano, se abandonó a su natural llaneza, y nos dio un rato delicioso.

El bravo general habla el presidiario más bien que el español, por haberlo aprendido de nuestros renegados, y yo no podría transcribir aquí sus discursos sin faltar a todas las reglas de la sintaxis y del decoro...

Entre las cosas que nos refirió acerca de las interioridades de su ejército, fue sumamente notable el retrato del príncipe Muley-Ahmed.

-Hace como uno -dijo-, y cuenta como veinte. Corre mucho a caballo, y habla y ríe más de lo regular. ¡Es muy sevillano!

Figuraos el efecto que nos haría esta frase, teniendo presente que entre nosotros, había dos o tres hijos de Sevilla. Las carcajadas duraron un cuarto de hora, y Aben-Abu se reía con más ganas que ninguno.

Por él supimos pormenores interesantísimos acerca del estado actual del ejército moro que nos aguarda en el Fondak.

-Ahora tiene poca gente, pero se aguarda mucha. El Emperador desde su casa no puede comprender lo que sucede; pero ya lo comprenderá cuando reciba una larga carta de Muley-el-Abbas, en que le dice que todos los moros de Marruecos no pueden con las bayonetas y los cañones españoles... Habrá paz, porque todos la necesitamos -concluyó el moro-; pero no debéis pedir a Tetuán, ni esto os servirá de nada.

-Lo piden de Madrid -le contestamos.

-En Madrid pasará lo que en Mequínez -observó el musulmán-; como no ven las cosas de cerca, se figuran que todo es muy fácil.

Esta conversación se prolongó hasta las doce. Aben-Abu se despidió de nosotros muy cariñosamente, diciéndonos que, si había guerra y alguno de nosotros caía prisionero, nos trataría perfectamente; y que si había paz, fuéramos a visitarle a Fez, donde seríamos los dueños de su casa.

Repetímosle iguales ofrecimientos, y se alejó muy satisfecho de nosotros y de sí mismo.

No lo estoy yo tanto de la presente relación, al tiempo de daros las buenas noches, o, por mejor decir, los buenos días.

Dígolo, porque está amaneciendo cuando suelto la pluma.



 

- XII - Expectativa. -Conferencia de O'Donnell y de Muley-el-Abbas. -Retrato de este.

Día 17 de febrero.

Los parlamentarios se marcharon esta mañana a las diez.

Llevan un plazo de ocho días para contestar a las Condiciones de paz, que se les han entregado.

Ellos han prometido estar aquí el jueves próximo.

Entretanto, el general O'Donnell sigue preparándolo todo para emprender, en caso necesario, una segunda campaña, que consistirá, en la toma de Tánger.

Hácense, pues, grandes aprestos de víveres y municiones; espéranse los tercios vascongados, que ya deben de llegar de un momento a otro; danse órdenes para que aceleren su embarque los nuevos batallones que se hallan dispuestos en el litoral de Andalucía; repáranse las fortificaciones de Tetuán; practícanse reconocimientos por las llanuras y los montes de poniente, y arréglanse algunos pasos del nuevo camino, a fin de que pueda atravesarlos la artillería; hase mandado a Orán por camellos, y a la Península por mulas, a fin de aumentar extraordinariamente el número de acémilas que se necesitan para tan importante marcha; todo, en fin, se prepara como al principio de la guerra...

¿Y para qué? ¿Pelearemos, como hasta ahora, por el desagravio de nuestras ofensas, por la gloria de nuestras armas, por el crédito de nuestra nación, por humillar el orgullo sarraceno?

¿Será, en fin, una guerra por el honor de España?

¡No! ¡Será una guerra por la posesión de Tetuán!

¡Valiente vellocino de oro!

Día 18.

Viene la duquesa de Tetuán a saludar a su invicto esposo, y se aloja en el palacio de Erzini el mayor.

Acompañan a la animosa viajera el general Ustáriz y algunos hombres políticos.

El ejército recibe a su ilustre huéspeda con tanto respeto y agasajo como admiración y cariño profesa al victorioso capitán que ha coronado de gloria nuestros estandartes.

Día 20.

El simpático Aben-Abu, el general de caballería mora, se ha presentado esta tarde en nuestro campamento, caballero en una magnífica mula, ensillada con rica montura de terciopelo carmesí, y seguido de cuatro moros de rey.

Esta inesperada visita nos ha sorprendido mucho.

Viene a pedir que se prorrogue el plazo de ocho días que se le concedió a Muley-el-Abbas para aceptar o desechar nuestras condiciones de paz; pues el Príncipe las ha encontrado tan graves, que no se ha atrevido a resolver nada por sí mismo, y las ha trasladado al Emperador. Es decir, que la prórroga que solicita es el tiempo necesario para que pueda ir y volver un correo a Mequínez.

O'Donnell la ha negado rotundamente.

Sin duda teme, o le han inducido a temer, que estas idas y venidas de los moros no sean más que pretextos para ganar tiempo y reorganizar sus fuerzas...

El recelo no parece fundado, pero O'Donnell ha hecho bien.

Por lo demás. Aben-Abu, al tiempo de irse, ha indicado, si bien extraoficialmente, y no al general O'Donnell, sino al general Ríos, que Muley-el-Abbas tendría sumo placer en hablar con el Gran Cristiano en algún sitio que no fuese Tetuán.

-¿Crees tú -le ha preguntado Ríos- que eso sería de alguna utilidad para las dos naciones?

-Sí, lo creo; pues Muley-el-Abbas no acudirá a esa conferencia movido por una vana curiosidad, sino para ver de transigir este pleito, que ya no consiste en nada, y que, sin embargo, nos va a costar todavía mares de sangre.

-Pues si Muley-el-Abbas pide esa conferencia, yo no dudo que el general O'Donnell se la concederá con mucho gusto.

-Yo lo arreglaré todo -ha dicho el africano, encaramándose en su mula y tomando el camino del Fondak.

Día 23.

Hoy se ha verificado la anunciada entrevista de O'Donnell y Muley-el-Abbas.

El pintoresco y grandioso cuadro que ha presentado tan solemne escena, termina dignamente la galería de los que constituyen la historia de nuestra romántica campaña; galería en que ocupan lugares preferentes el embarco del tercer cuerpo de ejército en el puerto de Málaga; la batalla de los Castillejos; la gran parada después del combate del día del príncipe Alfonso; las cargas de caballería del 31 de enero; la misa solemne del día de la Candelaria, seguida del consejo de generales; la batalla de Tetuán y toma de los campamentos, y la entrada de nuestro ejército en la ciudad rendida.

La novedad del espectáculo de hoy; la desconocida llanura en que estábamos; la trascendencia de lo que allí sucedía; la hermosura de la naturaleza; el poético aspecto del ejército moro; la noble figura del príncipe vencido; las brillantes escoltas de ambos generales en jefe; la solitaria tienda en que la entrevista se verificaba, todo ha contribuido a realzar y embellecer este supremo acto, que la historia recordará eternamente.

He aquí ahora su detallada descripción.

Esta mañana, a eso de las doce, llegó Aben-Abu, y manifestó al general O'Donnell que el príncipe Muley-el-Abbas deseaba tener una conferencia con él, pero que, no creyendo decoroso penetrar en una ciudad que había perdido, lo estaba esperando en el Puente de Buceja, a menos de una legua de esta plaza, donde había hecho plantar una tienda, que le suplicaba honrase por una hora.

El Puente de Buceja se halla situado legua y media más acá del campamento moro; por consiguiente, Muley-el-Abbas había tenido que hacer una marcha casi doble de la que pedía a nuestro caudillo. Accedió, pues, este a su demanda, y montó a caballo inmediatamente, seguido de los generales García, Ríos, Prim, Ustáriz y Quesada, y de un numeroso estado mayor. Preguntole a Aben-Abu cuántas fuerzas acompañaban al Emir; y sabedor de que había traído mil moros entre infantes y jinetes, tomó, al pasar por el campamento de caballería, un escuadrón de Coraceros del Príncipe, esto es, menos de cien hombres. El cuartel general y la escolta de los generales compondrían otros cien jinetes.

Así emprendimos la marcha.

El camino era muy dificultoso; pues, limitado de una parte por el Guad-el-Jelú, y de la otra por los montes de Samsa, se deslizaba trabajosamente, de barranco, sobre hondos lodazales o peladas guijas.

Anoche había llovido, pero a la hora de nuestra caminata hacía un tiempo inmejorable. El sol bañaba de pura luz un despejado cielo, sin producir por eso excesivo calor. La verde alfombra de los prados, así como los árboles, que empiezan ya a cubrirse de hojas, lavados por la reciente lluvia, brillaban como esmeraldas. Las montañas más remotas se destacaban en el azul del firmamento con perfiles tan limpios y puros, que hacían entrever a la imaginación los horizontes que se escondían detrás de ellas. Era, en fin, una mañana de febrero tan hermosa como la mejor mañana de mayo de nuestras provincias septentrionales.

Desembocamos, al fin, en el valle fecundado por el Buceja, y, una vez en él, ofreciose a nuestros ojos el más interesante espectáculo que hemos contemplado en esta campaña.

Érase una redonda y dilatada llanura, perfectamente lisa, tapizada de verdes trigos, cerrada en todas direcciones por colinas y montes, uno de los cuales, tapado por cierto número de arboles frondosísimos, se levantaba al cielo tan súbita y atrevidamente, que parecía una gran pirámide.

Al pie de ella se veía una tienda sola, aislada, blanca como la nieve, y adornada con algunas labores de color azul turquí. Asemejábase a enorme paloma que descansaba de su vuelo.

Como a quinientos pasos, y por el lado de poniente, percibíase un apretado cordón de tropas árabes, coronando o festoneando los visos u oteros de las suaves colinas que limitaban allí el horizonte. Destacábanse, pues, en el cielo con limpios perfiles las bellas figuras de infantes y jinetes, mientras que el sol hacía relucir las armas y resaltar los vivos colores de tantos y tantos estandartes y banderines, unos azules, otros blancos, otros encarnados, otros verdes y otros amarillos, como ondeaban sobre aquella vistosísima hueste.