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El retorno del brujo que pinta





El viaje me pareció lento y cada vez que aterrizábamos me parecía más extraña esta posibilidad de volver a la civilización. Recordaba el día que partí y las horas que preciedieron al viaje, la inquietud, y el tiempo, que venían desde lejos, desde una calle de mi ciudad donde los chicos se sentaban en rueda para hablar de los indios y soñábamos con las grandes hogueras y no había dimensión para las cosas más extrañas.Era el domingo 14 de julio de 1963; Alberto Cedrón escribía estas líneas entre las sacudidas del aviónmientras cruzaban las calientes tierras del Brasil y el Matto Grosso quedaba atráscomo una pesadilla inapresable. Alguna vez entendería esas líneas hechas con temblorescapadas a la objetividad con que había llevado el diario de ese Viaje al Alto Xinguentre tres médicosun dentistaun radiotécnico y un vacunador brasileños. Alguna vez lo entenderíamos nosotros también.
   Le quedaban cosas por hacer: ordenar sus bocetosentregar todos sus dibujos al gobierno brasileñorescatar la última cara de un borracho en un amanecer de San Pablo. Cuando llegó a Buenos Aires vivíamos épocas de fervor: Jorge Cedrón acababa de asomarse con su primer cortometraje al mundo hostil de la Isla MacielJuan Cedrón buscaba desde sus tangos el ritmo de la poesíaya nos asistían los versos de Juan Gelmany todavía nos inclinábamos asombradostemerososrebeldessobre ese texto de Pavese que empieza: "Entre los signos que me advierten que mi juventud ha terminadoel principal es el percatarme de que la literatura ya no me interesa verdaderamente". Cuando Alberto Cedrón llegó venían enloquecido de colores; tramaba cuadros que eran una tormenta de colorcon hombres que parecían musitar una letanía de miedoy eran un eco tal vez monstruoso de aquellos hombres que en sus carbonillas anteriores cruzaban un crepúsculogrisesturbiosaferrados a una bicicleta o a una botella de vino.
   Hablaba del "Matto"; narraba historias siniestras o risueñasse dilataba en palabras como íburduna" —esa espada de madera filosa—o "sucurí" —esa boa siniestra que nada en el Amazonas—o convocaba las altas hogueras de la nocheen la selva. Los tambores del Mato tronaban todavía en élpero no entendíamos. Hasta que habló de una india que tenía un hijo de pecho y era joven. Al amanecer la habían encontrado muerta; su niño jugaba encima del cadáver. Cuando llegaron a la aldealos indios cantaban y estaban enterrando al niñoque llorabajunto al cuerpo de su madre. Mientras contaba esto trazabacomo al descuidoalgunas líneas en una hoja. Lo miramos.
   —Algo así —dijo.
   Entonces supimos —y Alberto Cedrón supo— que las palabras finales de su diario eran la síntesis de su encuentro definitivo con el mito. Que había cruzado la selva para rescatar aquel muchacho que hablaba de los indios en las rondas de Saavedrael barrio en el que nació en 1937para enriquecer su imaginación estrellándola con la realidadpara encontrar su voz. No suscribiría tarde esa frase de Pavese; ya sabía que el arte es posterior a los hombresuna manera de consuelo o de gritoun modo de la fiebre de quienes luchan contra la fiebre que azota al mundo. Eso decía el dibujo.

   Los trabajos y los días. —Eso dice él. Claro que es más fácil ponerse cronológicoinformar que es el mayor de los Cedrón —cinco hermanos que ya dan que hablar—que hacia sus doce años mudó a Mar del Plata e ingresó en la Escuela de Artesaníaque a los quince años instaló con su padre y sus hermanos un taller de cerámicaque a los dieciocho años empezó a dibujar. O queentre ellos —sus hermanossu padre— levantaron en el barrio de Camet una casa que aún hoy los arquitectos se detienen a mirar. Más difícil es referir un díauna nocheclaves. El día (la noche) en que sus dibujos deben saltar los alambres provincianosextenderseser mostrados. Y él decide irse a Europa y vende la casa. A Europano a Buenos Aires. Pero Buenos Aires es el primer puerto; no hay vueltas para ese axioma inalterable. Una sola noche —la central— le basta para perder en la ruleta todo su viaje. Una sola bola —la última— lo arroja a las calles de la ciudadordena su primera exposición en la galería Guernicaenfrenta sus trazos con los ojos de Antonio Bernique compra sus primeros cuadros. "Yo estaba influido por Brueguel"recuerda. "Por el clima de sus cuadros¿por su técnica?"se le pregunta. íNonopor todo —dicesimplemente—. Yo me dejaba influir por él". Pero también andaban por él los versos de un González Tuñónlos personajes de Roberto Arlt. "Tal vez lo más importante de la neofiguración argentina —dice— salió de esos hombresde esa literatura. Ellos nos mostraban la otra cara del mundo". Hay premios: el Segundo de dibujo en el Salón de Otoño de 1960; el Primero del Salón de Dibujantes del diario El Mundo; el Salón Nacional de la Cámara de Diputados en el 62; el Tercero en el Salón Nacional de Mar del Plata; el Segundo de Dibujo en el Braque de 1966. Hayen el medioese viaje al Matto Grosso y esa pasión por la escultura que deja sus huellas en algunas ciudades del Brasil. Haysobre todoun trabajo tenazsecretoque elude la publicidad y lo sumepor mesesen el anonimato o la mitología.
   Llega el muralesa dimensión implacableese territorio de la plástica donde las firmas quedan como para siempre y no hay bajada de cuadros que cierre el telón. Ya había ensayado en Río; en Buenos Airesun premio por concurso de la Fiat Concord le da la pared necesaria. Ahí exalta hasta la perfección su talento de imaginerose pelea con el barroestampa su exasperado universo en la cerámica. Enloquecidosdensos como un verso de Blakesus caballossus carassus hombres deformados como desde adentroocupan veinte muros más a lo largo de la ciudadcantan una tragedia desorbitada e íntima como la sangreson impiadosos para mirar y ser miradosse degüellancorrencruzan la mar.

   Del lado de acá. —Son cuatro: uno parece no tener cara; el otro es un típico porteño nacido en Avellaneda; el otro es la mitad de lo que fue: le faltan las piernas y hay que sentarlo sobre una silla alta cuando juegan al truco para matar el tiempo de la travesíay se llama Carlitos. A vecestirando una cartael de Avellaneda dice: "CheCarlitosno pitiés por abajo de la mesa". Cuando cruzan la línea del trópicoel de Avellaneda saca un paquete del bolsilloy dice: "Carlitosen esta hora solemnepor ser tan buen compañerohemos decidido hacerte un regalo". Carlitos lo abretembloroso; es un par de medias tres cuartos.
   "El otro era yo —dice Alberto Cedrónrecordando su travesía Barcelona-Buenos Aires—. Entonces entendí esta ciudadeste país." Venía de las tumultuosas ciudades de Europa: del París ancestralplagado de pintores y cultura; de la Alemania industrial; de la provinciana España —donde clavó sus murales y vendió dos exposiciones enteras—de los Siglos. Había visto cuadros importantes y barrios de prostitutas y manifestaciones estudiantiles. Y ahí estaban esos argentinos. "Este país es la agresióny el aprendizaje de la agresión para la defensa. Pero también es el tumultoy el encontronazoy en eso está nuestra fuerzanuestra riquezanuestras diversas maneras de atacar y por lo tanto reflejar el mundo." Ahí está la fuerza —dice Cedrón— que debe aprovechary está aprovechandola plástica argentina.
   Ahí naciótal vezuna nueva concepción del muraly del dibujoy de la pintura. En esa ironía y en esa nueva capacidad para reírnos de nosotros mismosen la negación y en la exaltación de la plásticaen el duro trabajo del artesano que impone cosas al mundo.
   Alberto Cedrón vio Europa; tal vez desde allá midió Buenos Aires. No se sabe si han vuelto sus caballos y sus hombres retorcidos y sus caras abiertas en un grito. Pero un día cualquiera —lo presagian los bocetos amontonados en su taller— el eco de esas imágenes va a asaltarnos desde algún lugar de la ciudaddesde una pared o desde un marco. Puede ser peligrososorpresivo; en el fondo de su horno de cerámicaen el costado más oculto de sus frascos de tinta chinaalgo se está gestando implacable.




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