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Los relojes muertos

de Teresa Caballero

La primera y única vez que viuna semilla de "rududendrus" me acuerdo que fue uno de esos tristesviernes de otoño en que hacía su entrada en mi casa aquel extraño personajetodo vestido de negrode aspecto solemnesilenciosocontratado por mi abuelapara darle cuerda a los relojes. Recuerdo que sonó el timbre y mi abuela ordenó:"Abran la puertaes el Señor Zupagni". El Señor Zupagni me teníafascinada y más fascinada aún me tenía su maletínde donde extraía unalarga y plateada cuerda con la que inyectaba nueva vida a los agonizantesrelojes. Yo me moría por revisar el maletínpor darlo vuelta de adentro paraafuerapero el misterioso relojero sólo abría el cierre hasta menos de lamitadintroducía dos de sus dedos haciendo pinza y sacaba la llave sin que yopudiera ver nada más. Lo seguía por todas las habitaciones y en todos susmovimientos. Primero al comedorallí estaba el reloj más lindo de la casaelque más le gustaba a Zupagni; parecía enamorado de ese relojlo tocabasuavemente como si fuera una frágil porcelana. Después de darle cuerda sesentaba en uno de los sillones a escuchar las campanadas. Fue en una de esasesperasembelesado con el "tan-tan-tan"cuando yo aproveché parameter la mano en el maletín del señor Zupagni. Mis dedos curiosos y más quecuriosospresurososresbalaron y tropezaron con una cantidad de objetos rarísimospor lo menos al tacto; unos duros y otros blandosperode repentesentí queatrapaba algo muy pequeñosuave. Lo extraje y sin mirarlo siquiera lo guardéen un bolsillo de la tricota. En realidad estaba cometiendo un acto de robo yera perfectamente consciente de ellopero no me importaba. El sólo pensar quehabía podido penetrar en el misterioso maletín y aún más: sustraer algo queéste encerraraera para mí un orgulloun triunfo.
    Cuando se fue Zupagni volví al lado de mi abuela puesya se acercaba la hora de rezar el rosario. Siempre lo rezábamos con mi hermanoy a veces se nos unía la gallega Angustiasa quien mi abuela tenía siempre altrote porque era tan torpe que rompía cuanto tocabavolcaba cuanto florero ovaso de agua pasaba por sus manos y hacía estropicios con todo lo que teníacerca. Varias veces mi abuela la echó de la casa y luegoarrepentidalesuplicó que se quedara tratando de tocarle el corazón al decirle que no ladejara asívieja y enferma. La gallegapor supuestose hacía rogartraíatodos sus petates delante de mi abuela para que los revisara y viera que no sellevaba nada que no le perteneciera (por aquello de "las honras") y sedespedía de todospara aparecer a los cinco minutoscon el delantal puestoapreguntar si había algo para hacer o simplemente a cerrar las persianas.
    Aquel rosario fue muy especial. Con una mano pasaba yolas cuentas repitiendo cada avemaría y con la otra rozaba apenas el misteriosoobjeto robado del maletín del relojero. Tendría que hacerlo cómplice a mihermano porque sola con toda esa aventura a cuestas no podría continuar. Fueronlos cinco misterios dolorosos más largos que haya rezado jamás. Cada avemaríaparecía durar diez minutos. (Además los misterios dolorosos son aterrantes depor sí y parecen los más largos de los quince).
    Pocos minutos después de terminar la Salve quedamoslibres. Entraron mis tíos y mis padres al cuarto y Angustias nos llevó alnuestro para prepararnos el baño. Cuando me desnudé tuve la precaución deextraer de mi bolsillo el pequeño tesoro hurtado al relojero. Cual no fue misorpresa al descubrir que el tal tesoro no era más que una simple y burdasemilla.
    Algo así como una semilla de zapallo o de girasolparduzcainsignificante. Sin embargono sé si porque me acordaba de"Jack and the beanstalk" o simplemente porque quería hacer unexperimentola guardé en una cajita en el cajón de mi mesa de luz.
    Cuando las luces se apagaron y Angustias nos despidiócomo todas las nochesdecidí contarle todo a mi hermano. El me contemplabafascinado a través de la velita "nochebuena" que nos hacía encendermi abuela antes de dormirnos. Me había convertido en heroína con motivo delhurto del maletín. Cuidadosamente abrí el cajón y saqué la cajita que conteníala misteriosa semilla. Mi hermano seguía con la mirada todos mis movimientos.Me arrodillé al lado de su camacoloqué la cajita sobre sus rodillas y procedía abrirla. Me estremecí en el primer instante porque hubiera jurado que lasemilla había crecido. Claro está que mi hermano no tenía por qué creerme.Después de todoél no la había visto antes.
    -- ¿Y por esa porquería hacés tanto lío? --me dijoen tono burlón y algo desinteresado.
    -- Callate¿vos qué sabés? Esta semilla tiene magiavas a ver --le dijeaunque no muy convencida.-- Por ahora guardémosla en estacajitamañana la llevamos a la azotea y la plantamos en alguna de esas macetasque tiene la tía Maluchi.
    Maluchinuestra tía más queridatenía debilidad porlas plantas y había instalado en la azotea de la casa un inmenso vivero con lasplantas más variadas y pintorescas. Nosotros podíamos subir siempre quehubiera sol y el tiempo estuviera templadoy nos quedábamos jugando una o doshoras hasta que las sirvientas hubieran limpiado la casa. Angustias nos cuidabamientras lavaba la ropacanturreando divertidísimas gallegadas. Así fue que ala mañana siguienteque por suerte fue de un sol radiantedespués de tomarel desayunocuando Angustias apareció en el comedorcito diario a buscarnospara llevarnos como siempre a la azoteani mi hermano ni yo esperamos comootras veces que repitiera la invitación. Ni siquiera aguardamos que recolectaralos perros de la casa. La azotea era nuestro solarel paraíso de la tíaMaluchi yal mismo tiempoel desagotadero de las necesidades de los perros dela familia. Llegamos hasta el último escalónaunque parezca mentiraantesque los perros y eso que éstos cuando se trataba de sus "necesidades"corrían como saetas. Cuando Angustias abrió la puerta para hacernos pasarunovillo de niños y perros la arrastró al suelo ypor finestábamos en laazotea. Corrimos presurosos al vivero y en la primera maceta que no teníaplanta arrojé la semilla. La tapamos con un poco de tierra y nos fuimos a jugar.Confieso que me olvidé de la semilla por varios días. Incluso dejamos de verlaalgo así como por una semanaa raíz del mal tiempo. Comenzaba el invierno y lógicamentelos estudiosaunque con maestra particular en casase hacían más pesados.Después de algún tiempouna mañana no muy fríamamá ordenó a Angustiasque me llevara a la azotea. Como mi hermano estaba resfriado se quedó ennuestro centro de estudio jugando con el "meccano" . Lo mirécon cara de complicidad y allí fuí con la gallega.
    La tía Maluchi estaba en el vivero contemplando susplantas y poniendo cartelitos. Grande fue mi sorpresa cuando vi la maceta queencerraba nuestra semilla. Asomaba una pequeña e insignificante plantita yclavado en la tierraun palito con un letrero que leía: "RUDUDENDRUSORLOGIUS". -- "¿Cómo diablos se le ocurrió a la tía Maluchieste nombre?" --pensé. -- "Y más aúnsi no ha plantado ella laplanta¿acaso piensa que creció sola?". Estas conjeturas me distrajeronun largo ratotanto que cuando Angustias me llamó a la realidaddiciendo quedebía bajarme pareció que no había estado allí ni diez minutos. Maluchi sequedó con sus plantas y los perrosy yo bajé ansiosa por contarle a mihermano. El hecho de que hubieran bautizado nuestro hurto me tenía muyintrigada. Esa tardecomo todos los viernesvino Zupagni a dar cuerda a losrelojes. Lo acompañé como siempre aunque sintiéndome bastante incómoda. Nohabía traído el maletín y se le veía muy pálidoenfermo diría yo. Despuésde dar cuerda al reloj de la estatua de Napoleón que era el último delrecorridome pidió que lo condujera hasta mi abuela. No se me ocurrió pensarque iba a pedir su cheque porque los niños no pensamos nunca en cheques o endineropero si se me hubiera ocurrido no habría acertadopues lo que fueZupagni a decirle a mi abuela era que no vendría más a casaque se sentíafatigado y enfermoy que se retiraríaque dejaría su trabajo. El asunto nopareció tener mayor importancia o por lo menos eso creí yo. La cuestión eraque los relojes andarían una semana más y después habría que aprender adarles cuerda. Mi tío Francisco era el más indicado para hacerlo.
    -- Guarda estohijitaen el cajón del "tualé"--dijo la abuela mientras me alcanzaba la cuerda plateada que tanto me gustaba.--Dentro de una semana alguien tendrá que usarla con los relojes.
    La semana transcurrió sin mayores novedades. Mi hermanomejoró del resfrío y yoen cambiocaí en cama con fiebre. Por suerte mihermano hacía de emisario y me tenía al tanto de los adelantos de la planta.Estuve en cama varios días porque se me complicó con el oído ya raíz deesomi madre no me dejó ir a la azotea por algo así como un mes.
    La plantasegún mi hermanoestaba altísimaera la másgrande y la más linda del vivero. Maluchi la regaba todos los días como sisupiera que requería más cuidados que las demás. Mi hermano nunca le preguntónada y ellacomo si estuviera enterada de todojamás le hizo comentarioalguno. Sin embargole hablaba de las otras plantas y hasta le contó que iba asembrar unas semillas nuevaspues llegaba la primavera.
    Estábamos en pleno Septiembre cuando Francisco trajo lanoticia. Se había encariñado tanto con el manejo de los relojes que de cuandoen cuando estaba en contacto con el Señor Zupagni -- ¿Te acordás de Zupagniel relojerochica? --me dijo sonriendo. Siempre sonreía cuando iba a dar unamala noticia. No es que fuera de malos sentimientosera simplemente unacostumbre. Me acuerdo que cuando leía las noticias policiales o de accidentesen el diariocomentaba intercalando risitas"em... jeje... se cayó untranvía... jeje... con quince... jeje... obreros... a bordo... jeje... por elpuente Avellaneda... jeje... por la niebla... jeje...". Todos los dramas lecausaban graciapero sin maldad. Total que entre risitas y sonrisitas me espetóque el relojero había pasado al otro mundo. A mí me dió mucha lástimaperomás que nada confieso que tuve miedo. Mucho miedo porque pensé queahora queestaba muertome vería desde el más allá y sabría que yo le había robado.
    Cuando le conté a mi hermanotuvo el mismo susto queyo. --Destruyamos la planta --me dijo-- si no existe más la planta el muerto nose puede enterar. Me pareció muy acertada su reflexión y decidí que debíamosesperar el momento oportuno para subir a la azotea a quitarle la vida al "rududendrusmalditus". Esto fue en seguida del almuerzopues Maluchi se recostaba allado de mi abuelamamá se quedaba tejiendo en su cuartomi padre se iba alescritorio y las sirvientas dormían la siesta. Subimos de puntillas y llevamosa cabo nuestro crimen de la manera más rápida y sencilla. Arranqué la plantade un tirón y la arrojé lejos por arriba de la empalizada que separaba nuestroedificio del hotel vecino. Bajamos en un periquete y volvimos a nuestro cuartocomo dos angelitos. Nadie diría que acabábamos de cometer un crimen. Olvidadosya de la planta y del relojero nos pusimos a construir un garaje con el "meccano". No pudimosemperoconcentrarnos muchopues un extraño zumbido queprovenía de los otros cuartos distrajo nuestra atención del juego.
    -- Son campanadas --dijo mi hermano palideciendo.
    -- Son los relojes --realicé-- los relojes que estánsonando sin parar.
    Y así continuaron cerca de una hora. Los dosinmóvilesy consternadospodíamos oir el ir y venir de la gente por la casa con el lógiconerviosismo que el caso requeríapero las campanadas no cesabanhasta que derepente --no sabría describir el momento justo-- se hizo el silenciounsilencio sepulcral. No se oía ni el tic-tac de los relojesnada.
    Súbitamente se escuchó la voz de Franciscopausada ysonrientecomo vaticinando alguna desgracia.
    -- No caminan... jeje... están con toda la cuerda y sinembargo no caminan... jeje... es como si se hubieran detenido para siempre...jeje... los relojes están muertos... jeje... muertos como Zupagni... jeje...
    -- Y como la planta --pensé yo sin sonreir.




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