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NOTICIAS SECRETAS DE AMÉRICA

 

   Elmapa estaba en la cancha de fútbol. Era el más grande del mundo. Noventametrosdecían. Entrando por la costaneradabas pronto con Tierra del Fuego.El otro lado del mapao sea la Quebrada de Humahuacallegaba hasta lasinmediaciones del arcopero el territorio se desplegaba todavía más allátal vez hasta Chuquisacapuede que hasta Rincón de los Muertostal vez hastaLimaquién sabe. Esta era una zona difusaapenas marcada en la cancha conalgunos arroyos de compromiso. Lo mejor estaba en el Surcon sus cordillerasnevadas y los lagos azul profundo. A las maestras podías verlas sobre el Atlánticode Samborombón para abajolo más lejos posible del Chancho. Es decircuandoles tocaba poner en escena sus estampas patrióticas. Ahora estaban ahí desdelas nueve de la mañanaesperando la llegada del Ministro. Una nieblainoportuna se había posado en la pampajunto con la humareda proveniente de laquema. Cuando todo el mundo ocupaba su sitioa Atahuallpa le vinieron ganas demearlo cual desató un revuelo. Hubiera sido horroroso que justo cayera elMinistro.
     El Chancho controlaba todo cerca de Cabo Polonio. Salvoel olor a basura quemadano molestaba mucho aquel efecto brumoso. Disimulabaciertas imperfecciones. A dos o tres mamarrachos les daba un toque fantasmagórico.A Namuncurápor ejemplolo había arreglado la hermana. Buenomás bienparecía un travesti. Mientras tantoel Chancho barría la escena con su perfilde aguilucho. De pronto captó una brocha olvidada en las Cataratasante locual cruzó el Uruguay en dos saltos y procedió a retirarla. Siguió unintervalo tranquilocon algunas desgracias menores (a Beresford se le salíanlas botasa Pizarro se ]e venía el yelmo sobre la cara). Estaba programado queel Ministro haría su ingreso por Humahuaca. Unos gauchos de Güemes le saldríanal encuentro. En eso la Chela advirtió que Gonzalo de Abreu estaba mal ubicado."Corrélo para Tucumán. ¿No ves que está en Catamarca?"le gritóa la de tercero. Los vecinos miraban desde la calle. La escuela era el orgullodel barrio. Pero se estaba arruinando el tiempo. Un aire frío disipaba labruma. Casi podía leerse el cartel que atravesaba la entrada. "BienvenidoSeñor Ministro." La vieja de Castellano apareció con un termo. Erachocolate caliente. "No te volqués encima"te dijo. No la pasabastan mal bajo tu poncho de mazorquero. En cambio los indios diaguitas estabanmedio morados. "Que se jodan por boludos"murmuró el almirante Brown."Ellos mismos se la buscaron." Ahora el cartel de la puerta podíaleerse completo: "Instituto Moderno de Buenos Aires. 1925".

***

En elcolegio ya no te patrioteaban como antes. Para empezarno tenías obligaciónde pararte cada vez que oías decir San Martín. Cantabas un himno más lightcomo regía desde principios de siglo. Lo habían lijado un poco. ¿Quéotra cosa podían hacer? Necesitaban cortarla con los insultoscomo explicó ensu momento un operador del Ministro. "Tigres sedientos de sangre" ytodo eso. Culpa del himno el embajador no pisaba la presidenciasobre todo los9 de julio. A decir verdadtampoco mostraban mucho aspecto de tigres los vascosy los gallegos que desembarcaban todos los días frente al Hotel de Inmigrantespero ésta era otra cuestión. Resultaba inútil decirle al embajador que lo de"vil invasor" no corría para los españoles hermanos. La letra serefería más bien a los americanos traidores. Había dosen principioquebien podían ser los del himnounos arequipeños que terminaron a la cabeza delejército español. Pero el embajador no cejaba. Preguntaba esto y aquello. ¿"Asus plantas rendido un león"? ¿Y eso qué coño significaba? ¿Quién serindió? ¿De dónde sacaban tantas mentiras? España jamás se rindió. Ese erael fondo de la cuestión.
     Por eso la presidencia estaba tan apurada. Era urgenteaflojar con el himno. ¿Hasta cuándo los argentinos seguirían haciendo elpapel de pendejos? ¿Acaso los españoles no estaban poniendo en el diccionariolos americanismos y eso? Pero el plan de meter mano en el himno desató un escándaloen el Congreso. Al final el Presidente firmó un decreto que suprimía laspartes duras. Con dos cuartetas ya estaba buenodijo el Zorro del Desierto. Enadelante deberías conformarte con eso. ¿A qué remover las heridas? El gestofue celebrado con un banquete. Al cabo de tanta ausencialos españoles podíanvolver a la Casa Rosada a brindar por la libertad.
     Eso les pasa de puro jodidosrezongó el embajador enprivadoalgo quea su juicioles venía a los argentinos desde la época enque odiaban a los españoles como a nadie en el mundo y les daban el mote desarracenos. En pocas partes de América ese sentimiento fue tan intenso. Losparaguayospor dar un casose mostraron mucho más fríos. Recién a veinte añosde terminada la guerra se les había ocurrido buscar un poeta en Montevideo quepudiera escribirles el himno. Contrataron a Pancho Acuña de Figueroauntraductor de La Marsellesa que venía de hacer el himno uruguayo. Desdesu Oda al Silfo de MontevideoAcuña era el poeta de moda. Pero en elParaguay cayó mal que ni siquiera se tomara el trabajo de conocer el país.Todavía faltaba la músicapero aquella gente llena de sentido común no queríaperder un minuto para el estreno. Ya que compartían el mismo poeta decidieroncantarlo con la música del himno uruguayoaunque otras veces usaban el himnoargentino que también le iba como anillo al dedo. Finalmente los paraguayostuvieron SU propia canción de la patria con el auxilio de Francois Sauvageod deDupuisun francés contratado por Asunción para organizar sus bandas de música.Del trabajo de Sauvageod no pudo salvarse ni una corcheapues todo fue reducidoa cenizas cuando los brasileños quemaron la capital. Eso fue al acabar laguerra de la Triple Alianza. Allí se perdieron los últimos papeles que lequedaban al Paraguay. Para entoncesa decir verdadapenas veías carpetas enlos archivosya que todo el papelerío sobrante terminaba en manos del Cabichuí.Este era el diario que aparecía en el frente. Funcionaba en una carreta yel gobierno le remitía hasta las leyes escritas de un solo lado. Lo malo fueque tampoco llegaron a publicar la letra. Cien veces habían estado a punto dehacerlopero siempre surgía otra urgencia. Así que luego de la derrota elhimno cayó en el olvido. Un día se descubrió que en veinte años nadie habíavuelto a cantarlo. Cuando por fin entendieron que la letra no estaba en ningunapartese lanzaron a la tarea de reconstruirlo. Fue preciso visitar a los viejosy sacarles los versos con tirabuzón e incluso hacerlos cantar un poco para irrehaciendo la partitura.
     En el Paraguay resultaba difícil tomarse las cosas ala tremenda. Al embajador español nunca se le hubiera ocurrido quejarse delhimno. Vista desde Asunciónla guerra con los sarracenos parecía unadesmesuratal vez un malentendidouna mera guerra civil que se hubiera podidoarreglar de otra forma. En realidadlos paraguayos habían tenido milatenciones con la Patria Vieja. Recibieron la revolución con calma y despuésnadie tuvo que rectificarse. Se quitaron por ley sus apellidos indígenas ypronto hicieron lo mismo con la nomenclatura guaraní de sus pueblosquereemplazaron por buenas palabras en castellano. Nada que ver con los yanquiscomo recordaba oportunamente un embajador veterano. Luego de haberse sacado deencima a Inglaterraesos tipos no hacían más que criticar el idioma y vivíanamenazando con pasarse al ídish.
     En cambio las Provincias Unidas debieron reconocer pordecreto que no hay enemigos para siempre. La reconciliación tardó demasiado.La guerra había durado una eternidad. Desde la primera deportaciónla vida delos colonos se había vuelto un calvario. Los primeros en ser fletados fueronlos funcionarios del rey. ¿La verdad? No se la vieron venir. Los rebeldes loshabían invitado al fuerte a conferenciar con la Junta. Los españoles creyeronque iban a restituirles el mando. Por eso llegaron en coche y con bastones de puñode oroque era su insignia de autoridad. En cambio fueron conducidos al muellecon escolta militar. Fue una procesión dolorosa en mitad de la nochecomocuadraba al entierro de la administración colonial. Un buque inglés aguardabapara llevarlos a las Canarias. Tenía severas órdenes de hacer un viaje directo.Prohibido recalar en Montevideo o tocar cualquier otro punto de América. Enpago de aquel servicioal capitán Bayfield le permitieron desembarcar todo elr apé que traía. También pudo bajar cien mil pesos en géneros y llevarseotro tanto en mercadería localsiempre libre de impuestos. El trueque conBayfield fue muy sencillo porque su consignatario de Buenos Aires integraba lajunta rebelde. Se llamaba Juan Larrea. Este le aclaró al Capitán que siviolaba el acuerdo no volvería a ver un centavo de la plata que le debía. Apartir de entonceslos colonos se transformaron en parias. Tenían prohibidodesde poner un negocio y casarse con una americana (salvo que fuera negra) hastamontar a caballo o andar por la calle de noche. El Indio llegó a echarlos deLima y repartió sus mejores fincas entre veinte oficiales del ejército. Loscolonos ya no podían con su alma. Era visible que a cierta gente se le estabayendo la mano.

 

Pero estoera ya historia antigua. Cuando pasó lo del himnolos viejos ogros desalmadosestaban en otra cosa. Ahora tenían el Club Español y la Sociedad de SocorrosMutuos. Incluso habían organizado una suscripción popular para regalarle unbuque de guerra a España. Pensaban mandarlo a Cuba para aplastar a losinsurgentes. Era lo último que les quedaba en América. Por otra parte lograronque volara la estrofa del león rendido. ¿Qué más podían pedir? Organizaronuna fiesta monstruosa para agradecer el gesto del Presidente y el nuevo himnofue interpretado por una orquesta de mil instrumentos.
     Un español que había vivido en La Habana siguió la remakedel himno con lágrimas en los ojos. "Me hace acordar a La Noche delos "Trópicos"le comentó a su mujer. Se refería al estreno dela sinfonía de Moreau Gottschalk en el Teatro Tacón de La Habana. Entonces habíanparticipado cuarenta pianosochocientos ochenta músicos y una batería detambores tocados por negros. Moreau Gottschalk era un músico de Nueva Orleánsque según Chopin iba camino de convertirse en el mejor pianista del mundo. Enesa gira por Sudamérica tocó en Santiago y en Buenos Aires. Pero aquí agarróla epidemia de cólera y luego la guerra del Paraguayde modo que su conciertono llegó a compararse con el que dieron los españoles.
     La cirugía del himno sirvió para sellar la paz. Sevenía el Centenario y era preciso abuenarse para que uno de los Borbonesllegara a presidir los festejos y el pendón de Castilla volviera a pasear porlos bulevares. El embajador estaba radiante. Los españoles llevabancuatrocientos años de guerra y manifestaban cierta fatiga. Julián Juderíasun madrileño que se había pasado la vida defendiendo el honor de los españolesanunció que había llegado la hora de silenciar a los perros que vivíanladrando contra el pasado de España. ¿Acaso no habremos hecho algo más en lavida que arrasar civilizaciones enteras?reflexionó Juderías. Resolvió saliral cruce de aquellos campeones de la mala lecheque en vez de conquistadoresheroicos sólo veían degenerados que andaban llevando la sífilis de aquí paraallásin molestarse en tomar una nota mientras demolían Tenochtitlán. Sededicó a escribir un libro destinado a pulverizar la Leyenda Negraprobando deentrada que España recién empezó a quemar sus herejes cuando en Parísfaltaba la leña de tanta bruja incinerada. Luego demostró en dos patadas quela conquista de América fue una empresa típicamente caballerescadigna deaquellos cultos adelantados que entre poema y poema se despachaban con algúntratado sobre el arte de las batallas.
     Mientras tantoaquí comenzaba a reverdecer una viejadiscusión: ¿quién debería contarte la verdad de la milanesa? Es decir: ¿aquién podía tocar el papel de hacerte amar a la Patria más que a tu propiavida sino a la señorita Chela? ¿Podías pensar en alguien mejor que tuabnegada maestra para revelar los viejos entretelones? ¿Era posibleentoncesque arrojáramos nuestras criaturas a extranjeros sospechosos? Porque eso era loque estaba ocurriendo. Las colectividades abrían escuelas todos los días yreservaban un lugar más que modesto al pasado criollo. Los párvulos de la Bocasabían más de Giuseppe Garibaldi que del Negro Falucho. La respuesta oficialbrotó como un rayo: al despuntar este sigloúnicamente ciudadanos autorizadospodían dedicarse a enseñar la auténtica y excitante historia de los padres dela República.
     Con tanta polémica al fuegohasta el idioma de laIglesia cayó en la volteadacuando el ministro de Educación se mandó contralos latines durante la presidencia del Zorro. Osvaldo Magnasco provocó la furiade medio país al arremeter de pasada sobre la sagrada figura de los bachilleres.Menos Licenciados en griego y más técnicos en Lechería. ¿Qué pretendía elMinistro? Que la acabaran con tanto colegio al pedo. A ver si entendías de unavez por todas que la filosofía no basta. Podías recitar de memoria el CódigoTribonianopero para soldar una sembradora debían llamar a un gringo. Sinembargo Magnasco era un latinista finocapaz de pasar al castellano hasta la última"Oda" de Horacio. Pero había tenido la tonta idea de criticarle alGeneralísimo su traducción de La Divina Comedia. ¿Qué necesidad hayde meterse con el tipo más importante de la República?le reprochaba suesposa. "Está plagada de errores"refunfuñaba Magnasco. "Esote pasa al meterte con autores intraducibles"añadió comprensivamente.Los acólitos del Generalísimo jamás se lo perdonaronmientras los diariosaprovechaban para remover el cuchillo. Al final los diputados destrozaron elproyecto y el Zorro echó su ministro a las fieras.
     Era funesto meterse con eso. Los flacos de las mejoresfamilias tenían que leerlo de corrido. Si pretendías ser abogadola mitad detu carrera se la llevaba el latín. Sólo ingresabas en la Academia si dabas tuconferencia (mínimo cuarenta páginas) sin comerte una sola declinación. Poreso convenía empezar cuanto antes. Los chabones del Colegio eran conscientes dela envidia que desataban. Andaban chapurreando a Virgilio hasta al salir depaseo. Tan insufribles como sus colegas ingleses de Etonpasaban los jueves ylos domingos de uniforme reglamentario: levitasombrero de copa y chalecoblanco. Llegaban caminando por el bajo y hasta los crotos de la ribera loscontemplaban maravillados.
     Pero aunque tuviera padrinos tan poderososel latínestaba realmente muerto y sólo faltaba echarlo a la fosa. Incluso los alemanesque adoraban las cosas viejasdecían que precisabas alma de acero para sortearsu mortal aprendizajea cambio de beneficios más que dudosos. Los latinistaspalidecían como si acabaras de vomitar por el inodoro la llave del saber humano.Rogaban al menos que se mostrara cierto respeto por la madre del castellano. Latribuna se meaba de la risa. ¿La madre de quién? ¡Si cualquiera sabía que lamadre del castellano era el vasco!
     La ola abolicionista provocó unos cuantos incendios.En Santiago de Chile las discusiones tomaban estado público y era precisollamar a la policía. Los canallas de la barra puteaban a Tito Livio y tachabana Cicerón de homosexual ignorante. Los latinistas empezaron a batirse enretiradapensando que había una conspiración destinada a transformar sulengua en algo tan triste e ingrato que con sólo vertir su nombre sacudiríasde horror a los niños. A la cabeza de los herejes figuraba el infaltable VicuñaMackennaque acusaba a los jesuitas de haber torturado con el latín hasta alos indios del Paraguay. Para Vicuña todo estaba muy claro. Aún te cruzabas enplena selva con guaraníes que hablaban latín de corrido pero que no sabíanuna palabra en la gloriosa lengua de la conquista.

***

¿Laverdad? Los colegiales porteños ya no la pasaban tan malo al menos les ibamejor que durante los días de la Mazorcacuando las escuelas de Buenos Airesllegaron a depender de la policía. Los planes educativos del Restaurador nuncafueron demasiado rumbosos. Meter a los pobres en el colegio le parecíaautoritarismo de baja estofalo cual no dejaba de sonar delicioso en su boca."Esto sólo les quita tiempo para buscarse el sustento y ayudar a suspadres"escribía desde Southampton a su amiga Pepita Gómezunaestanciera pudiente que vivía en la calle Potosí. Se ve que el tema lecontinuaba picando. Aunque estaba a punto de perder la granja por deudastodavíase mostraba con ánimo para repasar sus antiguas ocurrencias. ¿De qué sirve laescuela?se preguntaba. Sólo para llenar la cabeza del pobrerío con apetitosincontrolablescamino que fatalmente te conducía a la vagancia y al crimen.
     La Pepaque las pasaba negras para mandarle un girotodos los mesesno tenía tiempo para estas divagaciones. Cada vez le resultabamás arduo pasar la gorra por Buenos Aires. De los parientes de Rosas sólorecibía desplantes. Los Anchorenaque le debían hasta la última vacaahorase referían a él como si hablaran del capataz. Urquizasu viejo amigotambiénle había cortado los vívereseso que Rosas ya no le decía loco traidor y encambio le mandaba cartas muy respetuosas donde se la pasaba llamándolo señorpresidente y alabando su sabiduría y virtud. De modo quefuera de algún amigoapenas le quedaba un puñado de mujeres que aportaban todos los meses. Rosas leremitía un recibo a la Pepa para cada contribuyente. Una vez le propuso a suamiga que se cobrara una comisión y dedujera sus gastospero ella no se dignóa contestarle.
     La verdad es que Rosas se fue con lo puesto. Fuera dela Pepa y de su granja alquiladasólo le quedaba Manuelita en el mundoya queJuan Bautista apenas contaba. ¿Contaba Pedro Rosas y Belgranoel hijo que tuvoel General con una de sus siete cuñadas? Contaba hasta cierto punto: sutestamento no hablaba de ningún hijo adoptivo. ¿Y los cinco bastardos que tuvocon su amiga Eugenia Castro? Esa era una tribu insufrible de manguerosempedernidos. Una vez mandó algunas líneas con un pequeño regalo: "QueridaEugenia: Estos tres pañuelitos son para vosotro para Canora y otro para elSoldadito". Las dos chicas de Rosas trabajaban de sirvientasmientras queAdrián era pocero y otro muchacho era peón en Tres Arroyos.
     También le quedaban dos peones que trabajaban por horaun par de lecheras Jerseydoscientas cincuenta gallinas y un chanchoeternamente dispuesto a fugarse. Era una pampa de utilería ubicada en los aledañosde Burgess Street. El ex dueño de la Argentina la había redecorado conpalenques de roble y estratégicas enramadas. Ahorabarbudo y prácticamentesin pelorecorría a grandes zancadas su propiedad. Algún cazador furtivo searrimaba cada tanto a los cercos para espiar al nuevo landlordquesiempre andaba de espuelas y boleadoras en la cinturaacompañado por unnegrito que corría detrás con el mate. Esta era la imagen que difundían susenemigos de Buenos Airespero unos chilenos que pasaron por Southampton cuandoRosas orillaba los sesentase las vieron con un caballero a la inglesasinrastros de chiripá ni chaleco rojo. Lo de la barba era ciertopues sólo seafeitaba los sábados por razones de economía. Tenía un ama de llaves llamadaMary y soñaba que pronto le llegaría una carta rogándole que volviera parasalvar a la Patria.
     El Restaurador conservaba un grupo de seguidores enBuenos Aires que aún deliraban con eso. Desde su partida de la Argentinaellosvenían bregando para que tomara pasaje en un buque y simulara dirigirse al Pacífico.Proyectaban desembarcarlo cerca de Cabo Poloniodonde otro buque lo haríallegar hasta Lobería. Allí debía estar todo listo para el salto a BuenosAires. Pero Rosas no quiso saber palabra. Dicen que su apego a la autoridad eratan grande que nunca se hubiera mezclado en un golpe militar. Los franceses podíanllamarlo Calígula y acusarlo de planificar el degüello de todos los europeosdel Platapero tanto el Restaurador como el Foreign Office sabían que eso erauna estupidez. Para los residentes británicos de Buenos Airessu caída fueuna calamidad.
     Una vez nada máspodría decirsehabía estado apunto de perder la paciencia y de pasar a degüello a los residentes ingleses.Fue cuando el Foreign Office pretendió convertir a Montevideo en unprotectorado británico. El sitio ya llevaba nueve años. De no ser por la RoyalNavyRosas ya lo habría terminado. Nadie comprendía muy bien lo que sucedíaallí dentro. Casi todos los residentes eran de afuera. La defensa corría porcuenta de los italianoslos británicos y los franceses. Pero el jefe de laciudadela era un general argentinoenemigo jurado del Restaurador. Codo a codocon él peleaban todos los exiliados de Buenos Aires. Por el lado del río notenían problemaspues estaban la Royal Navy y los franceses. La escuadra delviejo Bruno tampoco representaba un peligropues los ingleses le teníanprohibido que se moviera del fondeadero. Al irlandés le bullía la sangre.Aunque había eliminado rápidamente a la flota montevideana comandada porGaribaldiahora los ingleses lo tenían neutralizado. Al primer cañonazo quedisparara contra Montevideole hundirían todos los barcos.
     Entre los franceses y los británicos las cosas tambiénandaban de culo. Cuando los barcos de Le Predour asediaban Buenos Aireselgerente de Baring Brothers exigió a su propio gobierno que declarara la guerraa Francia. Pero ésta sólo quería vender sus cositas en Buenos Aires a lamanera de los ingleses. El Restaurador decidió darle el gusto. Fue cuando elgeneral La Vallebien equipado por los francesesse hizo presente con un ejércitodispuesto a despedazarlo. Pero el Restaurador concedió esto y aquello y losfranceses dejaron colgado a La Valle a la vista de la ciudad. Luego se reavivóla pelea entre los ingleses y Buenos Airesde modo que no es posible decir queRosas pretendiera degollar a éste o aquél. En medio de las intrigas siempre caíael agente de Baring a reclamar algún pago.
     Los únicos que mantenían la calma eran Rosas v elembajador. Ya eran bastante amigos. Una noche terminaban de cenar en Palermocuando pasó una banda de música. Detrás marchaba una muchedumbre gritandomueras a los inglesesjusto cuando el Restaurador explicaba que resultaba tontoarriesgar a los residentes británicos por las macanas del almirantazgo. Sobrela pared de la sala desfilaban las sombras de las antorchas. El Restauradorpreguntó qué pasaba. Están festejando el aniversarioexplicó el coronel deturno. Qué aniversario ni nadase dijo el embajador. Pero guardó un precavidosilencio. No quería darles el gusto de mostrarse interesado. Al final no pudocontener la lengua y preguntó acerca de las banderas. La ciudad estabaembanderada de arriba abajo. El Restaurador replicó que nada tenía que ver coneso. Eran cosas del pueblo. Al embajador le parecía raro. En ningún otroaniversario había visto banderas. La gente ni recordaba las invasionesperoahora andaban como unos desaforados cagándose en Inglaterra. Rosas estabaencantado. No podía creer que su gente gritara esoexplicó delicadamentemientras ordenaba las damas sobre el tablero.
     Al día siguiente el embajador lo llevó al Calliopea ver Captain Steve. El barco estaba apostado en el río con el restode la flota británica. El guardiamarina Macleish tenía un grupo de teatrolocual significaba una forma interesante de escaparle al suicidio. Llevabanalrededor de tres años fondeados en el mismo lugar. El Restaurador habíaignorado tres convites anteriores para ver Lottery TickettJohn Bull y Elposadero de Abbeiville. Pero ahora estaba contento. Hubo un aperitivo conpoesía. El embajador le tradujo al oído. Era una noche con mucho clima. ElRestaurador se dejó arrastrar por las soledades brumosas de los poemas. "Algunavez debo ir a ese sitio"se dijo entornando los ojos. No soplaba una pizcade viento. Pudo sentir la lozana hierba en los pies descalzos y hasta rozó conlos dedos el pulido huevo de un mirlo y terminó por perderse en la sosegadanoche.
     "Este barco revienta de putos"murmuró elcoronel de turno cuando bajaban al bote. Por una vez el Restaurador prefirióguardarse sus mordaces comentarios. Casi había llegado a tragarse que lacultura junta a los pueblos.

 

 

vienede página 1

***

Sólo habían pasado quince años de la funcióndel Callíopepero el Restaurador apenas guardaba un recuerdo vago de CaptainSteveaquella obra en tres actos donde el guardiamarina Macleish hacía denovia y el teniente Fletcher de posadera tetona. Ahora era un simple vecino deBurgess Street. A todo el mundo se le pelaba la lengua hablando del nuevo farmerllegado de Américaaunque éste ya contaba con el suficiente vocabulario comopara cruzar algunas palabras con las comadres del barrio. Para eso habíaestudiado inglés en el viaje. Como le había dicho a Manuelasi Catón seatrevió con el griego al cabo de los ochentaél no veía problemas en metersecon el inglés. Cada mañana en el Conflict se había sentado con su hijaa descifrar una vic ja gramática sobre la mesa de la cabina. Manuelita no eraninguna lumbrerapero el Restauradoraunque sólo llegó a cuarto gradopasaba por ser un lingüista nato que había sido capaz de escribir undiccionario español-araucano de setecientas carillas a lo largo de muchos años.
     En Londres siguió tomando lecciones particularesdemodo que pronto se defendía bastante. Nada que verpor lo tantocon elsupuesto gaucho ermitaño que sólo abría su casa a las putas de Southampton ylas hacía desnudarse por senas. Sin embargojamás alcanzó el nivelsuficiente como para mandar una carta al Times denunciando a losargentinos que llegaban con la misión de matarloni para redondear algunascuartillas con la historia del incendiario demente que redujo a cenizas su tambocon treinta y cinco lecheras adentro. A veces soñaba con ver sus memorias enuna vidriera de Covent Cardenpublicadas por alguna casa de Londres. Como buenporteño en Europa tampoco retaceaba su envidia por el Imperio. Ni siquiera lohabía hecho en Buenos Airescuando festejaba con sus ministros el cumpleañosde la reina Victoria o los obligaba a guardar medio luto por el fallecimientodel duque de Gloucester. Y los chismes que remitía a la Pepa sobre la educaciónde los pobres reflejaban bien las ideas que circulaban en Inglaterra mucho antesde su llegada.
     En 1806para ser precisos. El año que arribaron losbarcos con el tesoro de Sudamérica. Una mañana de otoñomientras unacaravana de carros desfilaba por Parliament Street con el botín de oro frescolos diputados cruzaban insultos en el recinto. El motivo era la creación de unaescuela. Desde afuera llegaban los vítores de la multitud congregada paracelebrar la irrupción del tesoro. Ocho carros con cuarenta caballos lo llevabanhasta el Banco de Inglaterra. Varios millones de dólares en efectivo y lingotes.Sobre los carros flameaban los gallardetes pintados con apelaciones bravías: Popham!Beresford! Buenos Ayres! Victory! Dos batallones de marineros cerraban lacomitiva. Era la dotación del Narcissusencargado del transporte. Lostripulantes del barco hacían ondear en sus manos las banderas capturadas. Peronada calentó tanto a la chusma como la palabra Treasure! estampada encada carro. Una vez arregladas sus diferencias por el reparto (cuyos detalles mássórdidos podían seguirse en el Times)el almirante Popham y el generalBeresford habían remitido a la patria los modestos tesoros del Plata. Cuando eltesoro dobló la esquina y se aquietó el populacholos diputados retornaron asus bancas muy animados y procedieron a rechazar el proyecto que los veníaocupando. ¿Una escuela más? Casi nadie votó por la afirmativa. El discursodel miembro informante persuadió a todo el mundo. Pocas cosas resultaban másperniciosas para la felicidad de los pobres que dejarlos ir al colegiodonde sóloaprendían a despreciar su lugar en la vida y a convertirse en resentidossociales. Durante los siguientes treinta añosentoncesla educación delpueblo británico seguiría librada a las leyes del mercadotal como sucedióen Buenos Aires durante los días del Restaurador.

 

El demonio de Southampton falleció de pulmoníauna mañana de marzo. En la Argentina recién comenzaban las clases. Es posibleque un viento helado haya corrido por los pupitres donde aún residía suinolvidable fantasma. Manuelita estaba junto a su padre. Ya no era la princesade Buenos Aires. Quedaba poco de aquella morocha cautivadora que los ministrosdel Restaurador arrastraban en su carroza luego de desatar los caballos. Ahoraera una gorda feliz. Estaba casada con su viejo amorcosa que jamás hubieralogrado en su patria. Rosas lo consideró una traición y la expulsó de sucasa. Pero el tiempo había limado todo esoaunque el Restaurador nunca pudotragar a sus dos nietos ingleses. Ahora ella había venido de Hampstead paradespedir a su padre. Manuelita lo agarró de las manos. "¿Cómo andatatita?"le preguntó. "No séniña"musitó el anciano. Fuelo último que dijo.
     Un maestro de Entre Ríos recordó por esos días quele había tocado ir a la escuela en tiempos de la Mazorca. Se llamaba OnésimoLeguizamón. Jamás olvidaría la escena que debió presenciar una vez. Dospequeños condiscípulos fueron ajusticiados en la plazoleta del puebloacusados de matar a un compañero. El comisario había dispuesto que todos loschicos del grado asistirían a la ejecución. Onésimo se acordaba muy bien delsofocón del maestro para hacerlos llegar a horario y para que mantuvieran lafila cuando empezara el fusilamiento.

La muerte iba a la escuelate acompañaba devuelta a tu casa. A vecespor el caminote aguardaba el consabido cadáver.Los chicos lo presentían de lejos y se iban quedando callados. Los cadáveresfrescos aún emanaban ese aroma dulzón que suele preceder a la muerte. Podíatratarse del cuerpo entero o simplemente de la cabeza. A veces bastaba con unamano clavada en un posteexcepcionalmente una lengua si se trataba de algúnconocido difamador. Todo estaba bien exhibido. La eficacia del castigo radicabaen su fina presentación.

Los chicos jugaban al Degollado y al Fusiladoal Date Preso y al Azotado. Al final terminaban peleándosepor el papel de verdugo. Jugaban también al sepelio y a ninguno le disgustabaque lo eligieran de muerto. Pero el papel de verdugo era el único que se dirimíaa trompadas. Como la insignia del gremio era una pequeña escalera para llevarcosida en la capael vencedor se la pintaba en la frente con un corchitoquemado.

 

Claro que el salvajismo en la escuela no fueinvento rosista. Los cordobeses tuvieron un pedagogo famoso que en vez demandarte al rincón te crucificaba en un gallinero y te dejaba colgado toda latarde a cargo de tres mastines. Los maestros se tomaban a pecho la disciplina.Entre las listas de material didáctico que pedían al Ministerio era comúnencontrar algún cepocomo lo prueba la nota elevada por un docente jujeño quecon toda nobleza ofrecía hacerse cargo del gasto. Otro tipo de Río Cuarto hacíasu entrada en el aula repartiendo bofetadas a manera de saludo y seguramente unaque otra patada en el culo. Y el tirón de orejas acostumbrado no era un regañocordial. Los castigos corporales estaban técnicamente prohibidospero seguíasvolviendo a tu casa con las orejas al rojo vivo. Dejando de lado al Restauradorque sobre esto nunca hizo declaraciones hipócritasa cualquier ministro leconvenía simular un furioso interés por la escuela. Esto venía desde lostiempos de los colonos. Ya en días de la Virreina Vieja (Juana del Pinolafutura suegra de Bernardino GonzálezRivadavia para los amigos) se anunciabapor el diario que el vástago más avispado de algún vecino influyente daríasus lecciones en públicocita a la cual concurrían desde los cabildanteshasta las tías del monstruo. En cuanto a los primeros gobiernos criollosnecesitados de pintarle al pueblo un futuro menos oscuro de lo que en realidadse veníapropiciaron las fiestas cívicomilitares en todas sus ceremonias. Ypara ellonada mejor que una escuelita bien apostada.
     Una buena mañanaal despuntar el inviernoun vascoque cinco años atrás había salvado a Buenos Aires de los ingleses fuefusilado en la Plaza delante de los escolares. Tal como decía el programaéstoslanzaron sus palomas al aire en el momento debidomientras el pueblo gritabaviva la libertad y las bandas rompían a tocar una marcha. Acusado decontrarrevolucionario y traidorcosa que jamás pudieron probarleMartín deAlzaga murió escarnecido por el mismo populacho que había llegado a vivarlohasta perder el aliento. Ya no era más el Constructor de la Independencia ni elGran Padre de la Patria. Aquel jubilado de canas revueltascon catorce hijos acargocayó vomitando sangreseguramente maldiciendo la hora en que se leocurrió colocarse al frente de los vecinos para echar a los ingleses. Su crimenfue urdido por un delirante que vivía imaginando conspiraciones. Le inventaronunos testigos y le prohibieron llevar abogado. Declaró a la madrugada y para elmediodía ya estaba muerto.
     Buenoquién sabe si fue una conjura inventada. Otrosdicen que estaba metido hasta las cachas en el golpe que urdía la princesaCarlota para ocupar el trono de Sudamérica. De cualquier modolo fusilaron. Noconsiguieron que delatara a nadie. Antes de sentarse frente al piqueteel exalcalde español limpió su banquito con el pañuelo. Había pedido que no levendaran los ojos ni dispararan sobre su rostro. Los tiradores cumplieron.Entonces volaron las gorras y las palomas alzaron vuelo cubiertas de escarapelas.Los chicos de los colegios estallaron en aplausos. El negro Bonifacio CalixtoSilvaverdugo suplente y conocido malandrase dispuso a colgar el cadáverpara tenerlo a la vista del pueblo durante cuatro horas adicionales. A lasiestacuando ya no quedaba nadiellegó Pepe Martínez de Hoz con unaescalera y se llevó a su íntimo amigo para sepultarlo. Fue el único en laciudad que se atrevió a acercarse al finado.
     Los colegiales en la placita se irían haciendocostumbrepues nadie resistía la tentación de llevarlos para meter un poco deatmósfera en sus mítines políticosfueran piedras fundamentalesdegollinaso golpes de Estado. Después del fusilamiento del españollos alumnos de laAcademia de Matemáticas descubrieron a su profesor favorito sacando la lenguaentre un nuevo lote de ejecutados. Era Felipe de Sentenachotro presuntoconspiradortambién célebre durante las invasiones por haberse metido en lafortaleza disfrazado de cura para poner una bomba en la santabárbara de losingleses. De nada le valió la protección de Belgranoque tiempo atrás lo habíadesignado en la escuela.
     De los políticos que sonaban entoncesBelgrano fue delos pocos que procuraban darte una mano. Era un tipo bastante cultodel grupitoautorizado por el Papa y la Inquisición para leer libros pornos y subversivos.Sin embargouna vez en el podereste general parecía empeñado en quitarle alclero el manejo de las escuelascosa que sorprendió a mucha gente pues nuncaosaba lanzarse al combate hasta que el último de sus soldados hubiera rezado elrosario.
     Cuando recién empezaba la guerramientras pasaba porSanta Fe a la cabeza de los rebeldestuvo la mala ocurrencia de hacerse unacorrida al tugurio donde funcionaba la escuela. Nadie supo explicarle por quéla clase era un páramo. Ese día todo el mundo se había hecho la rata.Belgrano mandó llamar a los padres y les dio una cepillada en público. Másadelanteen Jujuyla siguió con el asunto: resolvió que cada 25 de mayo elmaestro tendría un asiento de honor en el Cabildo y que sería tratado como unPadre de la Patria. En finninguno rugió de entusiasmo. Es que nadie parecíatomárselo en serio. En realidadno veían la hora de sacárselo de encima.Miraban a los rebeldes con odio e indiferencia. Rogaban que los españolesvolvieran a tomar la manija. Para ellosBelgrano era un tipo despótico quesiempre estaba inventando algo raro. Por eso nunca se molestaron en hacer unasescuelitas que había pagado de su bolsillo. De todas formascuando ya estabaremuertoun buen día empezaron a meterle su nombre a cuanta placita se lescruzaba por el camino.
     ¿Qué más podría decirse? Lo llamaban "Cotorrita"por unos adornos verdes que se ponía en el uniforme. Con los quilombos que teníaencimatodavía se dio tiempo para bajar a doce guascazos el máximo castigoposible. Eso siempre que te la dieran solas y mediando faltas horribles. Buenoaquí tampoco llegó a lucirsecon eso del castigo en privado. Dejarte solo conun psicópata era lo peor que podía pasarte. Ya podías verlo al taradomordisqueando la punta del látigo. "¿Así que nada más que doce azotes?Pero qué bien." Ahora estaba estrictamente prohibido que te pusieran encuatro patas. Sólo te podían pegar de rodillas.
     Pero ni aun estas cosas lo volvieron popular en laescuela. Es que el ciclo escolar de Belgrano era una pesadilla. Doce meses declase por año con apenas cinco feriadosen doble turno y sin vacaciones deningún tipo. Sábados y domingosactividadespero tenías libres los juevesdesde las dos de la tarde. En cuanto a su campaña contra el castigotampocoimpresionó mucho al público. Quien másquien menostodo el mundo pensabaque convenía apretar a esos guachos. Había una rica bibliografía al respecto.Un cardenal florentino recomendaba que te la dieran bajo cualquier circunstancia.Si resultabas culpabletodo estaría perfecto; en caso contrarioigual habríaservido para que aprendieras a ejercitar la paciencia. De cualquier formacomodecía un inglésla escuela servía para cualquier cosa menos para sacarcaballeros.
     Pero cada tanto llegaba alguno de buenos instintos.Después de Belgrano fue el Indio. En Mendoza éste dio marchas y contramarchaspero al final limitó los castigos a encierros y detenciones. Aquí las cosashabían llegado bastante lejos. El Ejército Libertador se aprestaba a cruzar lacordillera. El clima de guerra reinante obligó a poner prácticamente bajobandera a los colegialesque pronto empezaron a recibir instrucción militar.Como suele suceder en estos casoshubo maestros que se pusieron el cascoa locual se sumaron aquellos clérigos de armas llevar que nunca faltan en lafrontera. Para el propio Libertadorla brecha entre lo escolar y lo castrenseno debe haber sido muy ancha. Se tratabadespués de tododel mismo generalque había dispuesto los siguientes castigos para su tropa:

• Por insultar a Dios o a la Virgencuatrohoras diarias de mordaza durante ocho días seguidoscon el reo bien atadito aun poste.
• En caso de reincidenciaperforación de la lengua con un clavo al rojovivoseguido de la expulsión del ejército.
• Por encubrir a un vagotres años de cárcel.
• Por revelar secretos al enemigo y todo esopena de horca en dos horas.
• Por meterte en la casa de algún civilfusilamiento inmediatoaunque no tellevaras nada.
• Por protestar por cuestiones del serviciofusilamiento en el acto. (Sirezongabasdigamosporque te tocó una camisa chica. )
• Por levantar la mano contra un superiorte cortaban el miembro maldito.
• Por interceder por un condenado a muerteibas al paredón.

Etcétera. Eran cuarenta artículos por elestiloque nunca se aplicaban a rajatabla. En el Ejército de los Andes eramejor tomarse las cosas con calma. Las normas que reprimían el duelo fusilabanhasta a los padrinospero si mirabas para otro lado frente a un desafíoyapodías darte por despedido del cuerpo. El duelo figuraba al tope de los delitosque provocaban la baja de un oficialno tanto como agachar la cabeza en batallapero mucho más que mostrarse por la calle con alguna putarraca. Sin embargojamás ejecutaron a nadie por haberse batido a duelo. En cambio dos soldaditosde Cancharrayada que se apartaron de su columna para robarse unos pollosfueronobligados a arrodillarse en la huella mientras llamaban al capellán. La ordenera que nadie podía alejarse tres metros de los flanqueadores. Debe entenderseque aquella columna eran los restos de un ejército en desbandada que venía delpavor de la noche. El alto duró tres minutos. Estaba aún muy oscuro. Eran lasnueve de la mañanapero había niebla cerrada. ¿Por qué se habían salido?Pues porque estaban famélicos. Los pollos levantados al paso aún pendían delas monturas. Ni siquiera estaban pelados. El capellán cumplió su trabajo lo másrápidamente que pudo. Enseguida los fusilaron y la columna pasó a tamborredoblado por encima de sus cadáveres.
     La política de mano dura venía desde el principio.Eso podía advertirlo cualquiera. Bastaba llegarse alguna mañana por el fuertede Buenos Aires. A las ocho estaba perfecto. Allí recibían instrucciónmilitar los reclutas insurrectos. El portón permanecía cerradopero igual sepodía ver todo. La tropa ya estaba en el patio cuando llegaban los cabos. Losúltimos en presentarse eran el capitán y el mayor. Empezaban a redoblar lostambores. Frente a la tropa formadahabía unos tipos en bolas. Eran loscastigados de turno. En eso los cabos se les tiraban encima y llovían loschicotazos. Los cabos debían poner entusiasmo. Si el mayor los encontraba algoblandos los agarraba a fustazos hasta que recobraban el ritmo. Los alaridos delos reclutas llegaban hasta el cabildo. Un recluta podía recibir quinientosazotespor faltas que no merecían ni arresto. Si alguno gritaba más de lacuentala banda rompía a tocar un cielito. No era difícil que algunoescupiera el alma en el curso del castigo. El Mayor estaba a SUS anchas. Era eldueño de la función pues el Coronel nunca bajabani siquiera para ver lasejecuciones. Nadie podía ignorar que las condenas a muerte llevaban su firmapero todo el mundo se la agarraba con el Mayor.
     Vistas desde la calleestas tropas del fuerte hubieranpasado tranquilamente por un batallón francés. Mostraban el mismo temple antela humillación y el castigo. Pero ¿podías pedirles que se portaran comosoldados de Napoleón? ¿Serían capaces de marchar en orden bajo un fuego adiscreción? ¿O harían como los pampas y los cosacosque al tercer cañonazobien puesto salían a la desbandada? Eran las dudas que poco tiempo más tardecarcomían al Indio en Mendoza. Tenía esos interrogantes desde que estabafrente al Ejército. Necesitaba una gran batalla para saberlo. Por el momentosus esfuerzos se concentraban en pasar la cordillera. Debía lograr que su gentellegara viva a Santiago. Sabía por experiencia que los ejércitos se pierdenantes por mala logística que por las balas del enemigo. Era un organizadorobsesivo. Como Napoleóncapaz de pasarse dos noches buscando el modo de hacermarchar en silencio a un regimiento a caballoel Indio ensayó hasta la sopaque había inventado para sus hombres. Probó personalmente los varillones demimbre para golpear a los congelados. Reclutó a los mejores peluqueros de Cuyopara que los sables cortaran como navajas.
     Eso de la cordillera estaba convirtiéndose en algogordo. Durante los próximos doscientos años ibas a repetir hasta quedarteronco las intimidades del cruce. Ningún maestro en sus cabales hubiera idocontra la corriente. ¿Podrías imaginarte a la señorita Chela mascullando decostado que llevar cañones a Chile era tan simple como mandar pianolas aChuquisaca? (algo que los arrieros hacían todos los meses a lomo de mulapartiendo desde Cobijasin que anduvieran equiparándolos con Aníbal) . ¿Osugiriendo que el Indio fue un oficial tan chato que en veinte años con losespañoles ni siquiera llegó a coronel?
     La Chela se hubiera colgado del techo con una mediaantes de proferir semejante blasfemia. Ya vos te agarraba sífilis cerebral de sóloescuchar algo así. Sin embargoesto era precisamente lo que empezaba a decirse.Pero el autor de tales difamaciones no era un libertario cualquiera dispuesto avolarte con medio cartucho de dinamita sino el Padre de la ConstituciónNacionalcuyo panfleto fue publicado en Paríscomo cuadraba a todo libromaldito. Era una obrita en cuerina negra llamada Grandes y pequeños hijosdel Plataque los cabrones de Garnier Hermanos le publicaron a fin desiglo.
     ¿De qué genio me están hablando?preguntaba elPadre (designado en adelante sólo por sus iniciales). ¿Porque pasó unoscuantos cañones a través de la montaña? Por favorresoplaba Jota Be. ¡Silos españoles tenían domada la cordillera desde hacía trescientos años! ¿AcasoValdivia no la traspuso para lanzarse a la conquista de Chile...?preguntabaJota Be. ¿Y Hurtado no hizo el cruce al revés mientras marchaba hacia Cuyo?Para no hablar del célebre fraile que partía de Mendoza en la madrugada del sábadoy el domingo ya estaba diciendo misa en Apoquindo. BuenoJota Be no mencionabaestopero era vox pópuli en Cuyo. El cura salía el sábado de Guaymalléndaba misa detrás de la cordillera y para el lunes ya estaba de vuelta enMendoza. ¿Cómo se las arreglaba para cubrir setecientos kilómetros en apenasun par de días? Tenía un camino secretoprobablemente aquel mismo túnel queutilizaba Chanchaca para enloquecer a los españolesmostrándose a cada ladode la cordillera prácticamente en el mismo día.
     Lo cierto es que mucha gente vivía de cruzar lacordillera todo el tiempo. Cinco muchachos a pie resultaban suficientes paramandar doscientas vacas a Chiletrayecto que podía llevarles poco más dequince días. Pero el Ejército Libertador no era una tropilla de vacas.Cualquier cañoncito pequeño que no pasara del ocho andaba por los setecientoskilos. Debías envolverlo en vellones de oveja y forrarlo en cuero de vaca porsi rodaba peñas abajo. Se precisaban legiones de zapadores para cruzarlos conaparejos a través de los precipicios. Esto no era los Alpes ni los Pirineosque tenían sendas bien afirmadas por donde podían pasar trotando hasta laselefantas de Bonaparte.
     Al frente de los insurrectos iba un escuadrón demineros abriendo paso. Un cañón despeñado era un dramasobre todo para elcura a cargo. Este solía fundir los cañones con las campanas que él mismobajaba de las iglesiaslas cuales iban a parar al horno junto con otro millarde cadenasollascandelabrosescupideras de hierro y hasta las rejas de lasventanas. Era el cura Bertrand. Cada cañón desaparecido le daba una cosa en elpechopues entonces nadie se atropellaba para ponerse en la fila de Donacionesni las damas andaban arrancándose los collares para financiar la campaña. Lascontribuciones venían despacio. Mejor que no anduvieras diciendo estas cosaspero todo lo que entregaron las damas alcanzaba a gatas para comprar trescaballosincluso contando los aros de la señora del Indioque figuraban entrelas pocas piezas auténticas. El Indio no podía creerlo. Sacando la chafaloneríainserviblequedaban siete alhajitas como la gente. Un par de aros con dieciochotopacios. Dos pendientes de crisolita. Un anillo por el estilo. Un juego dezarcillos y rosicler con más de doscientos topacios. Unos pendientes de piedraspreciosas. Un collar de perlas. Un par de manillas de perlas finas.
     El resto se fundió en bloque. No parecía gran cosapero ellas llegaron en caravana para ponerlas en manos del Indio. El ocultó sudesilusión y recibió las contribuciones como si fuera el rescate del Incamientras pensaba a diez mil en un modo expeditivo de hacerles escupir el resto.Mientras las joyas iban a Buenos Aires decretó que el lujo debía ser vistocomo traición a la patriapero apenas consiguió seis zapallos que le hizollegar una vieja. El Indio mandó un oficio al cabildo solicitando su listacompleta de bienes. Resulta que doña Manuela Sáenz tenía una chacra padrísimay varias tropas de carros. El Indio sacó la cuenta y le metió una multa querepresentaba la mitad de su patrimonio. Entonces llovieron las donaciones.
     Los seis zapallos de doña Manuela terminaron en labasuraluego de ser destinados a ciertos experimentos que no arrojaron granresultado. El Indio seguía probando con la comida. Eso lo tenía muy loco. Denoche se despertaba pensando qué iría a pasar en la cordillera. Los cálculosde abastecimiento no le cerraban. Al Indio le gustaba marchar ligero. En eso losingleses eran campeones. Había visto volar a la infantería con las mochilasrepletas de biscocho fermentado y queso Cheshire para una semana. Era un antiguotruco de Cromwell. Pero el Indio se quedaba mil veces con la galleta y lastabletas de caldo. Unos veinte años atrásun francés de Buenos Aires se habíaganado la vida fabricando caldo instantáneo. Se llamaba "Sopa Liniers".Era un proceso muy simpleasí que trabajaba en su casa. Pero un día lodesignaron virrey y el caldo desapareció del mercado. Sin embargo la sopa delIndio era muy superior a los caldos del francéspues además de charqui molidocon grasa llevaba cebollasají quitucho y una pizca de comino. ¿Le metemos unpoco de ajo?preguntó el padre Bertrand. De ningún modo: el ajo ibadirectamente a las bolsas de los arrierosque cada tantoen medio de laneviscadesmontarían para frotar unos dientes en las fauces de las mulasapunadas. Se iba a precisar mucho ajoporque llevaban nueve mil mulas. Contantos preparativosel Indio ya no pegaba los ojos. ¿Estaría olvidando algo?¿Tenían suficiente pasto? ¿No quedarían cortos de leña? En toda lacordillera no había una puta hierba. Por si algo salía mal y algún caballerose mostraba remiso para el avanceorganizó finalmente un cuerpo de fusilerosque iría en la retaguardia. Al que retrocediera en combatetres tiros. Estabantodos notificados.

[...]

 




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