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Antecedentesjuveniles

Peñaloza había nacido en Huajapequeña población situada a treinta y cincoleguas al sur de La Riojaen el departamento de la Costa Altaen los Llanos.Huaja es hoy una población de 500 habitantesmás o menoscompuesta deranchos diseminados y alguna que otra casa de adobe.
Nuestros lectores podrán calcular lo que sería aquello el año [180]6época a que remonta nuestro relato.
Cerca de Huajaa unas tres leguas más o menosvivía Quirogael tremendoQuirogaque en aquella época había empezado a sacar las uñas y a mostrarseen toda la deformidad de su alma. Ya Quiroga acaudillaba grupos de muchachosgrandesa los que trataba duramentecastigándolos como se puede castigar a unsoldado. Quiroga se había impuesto por su valor y su maldadal extremo de quesus compañeros lo obedecían ciegamente como si fuera una autoridad suprema.
Peñaloza era hijo de gente pobrepero de cierta importancia porque estabaemparentado con lo mejor de La Riojay contaba con un cura en la familia queera lo mismo que decir un sumo pontífice.
Bastaba que una familia tuviera un hijo cura para que fuera mirada como unafamilia celeste que disponía a su antojo de la voluntad de Dios. El cura era laprimera autoridad de los pueblospues a ellos se les consultaba desde la cosa mássencilla e inocente hasta la más grave disposición de gobiernobastando su másleve indicación para que se cambiara la más firme determinación.
Los padres de Peñaloza tenían honor con ese hijo quesiendo el protegido delcura Peñalozasu tíoera el mimado de todo el departamento. Desde que tuvodiez años el curasu tíose había hecho cargo de él con el proyecto deeducarlo para la Iglesia.
Pero aunque Peñaloza era de un carácter dulcísimo y bondadoso no mostrabaninguna inclinación por la carrera que quería darle su tío. El preferíaandar acaudillando muchachos como Quiroga y montando a caballo para pasear porsu departamento que conocía palmo a palmo.
Así como Quiroga se había hecho de prestigio por su crueldad sin límitesPeñalozaempezaba a tenerlo por la proverbial bondad de su carácter y la generosidad desu corazón hidalgo. Si alguna vez se veía en la necesidad de pelear por algunade tantas cuestiones entre muchachossiempre lo hacía sin la menor ventajaytratando de que tres o cuatro cayeran sobre élporque le parecía una cobardíapelear contra uno solo. Es que Peñaloza tenía una fuerza terrible y tal tinopara dar trompis queno bien empezaba la peleaya su adversario estabachocolata de fuera.
Cuando Peñaloza tenía uno de estos estragosera él quien se acercaba a sumal parado adversario manifestándole el profundo pesar que sentía de haberlecausado daño. Y lo ayudaba a estancar la sangrey si era poseedor de algunosrealesse los daba tambiénpara que se consolara y olvidara más pronto.
Y como tenía conciencia de su poder por el resultado de las primeras riñasleparecía que pelear contra sólo uno era una acción cobardey no aceptabacombate si su adversario no se juntabapor lo menoscon uno más. Entonces Peñalozapeleaba duro y era cosa sabida que a los pocos minutos de lucha sus adversariosquedaban derrotados y con la chocolata de fuera.
Algunos muchachos mal intencionados y que pretendían tener prestigio de másvalienteshabían llegado hasta atacarlo con armaspero no por esto lo habíanintimidado ni vencido. Sin más que sus puñ os famososhabía desarmado a susadversarios y los había golpeado de firmepero sin causarles el menor mal.
Los muchachos habían concluido por convencerse de que Peñaloza era el másvaliente y el más fortacho y lo habían dejado en paz.
Su tíoel curalo reprendía severamente cuando tenía conocimiento de estaspeleaspero Peñaloza se disculpaba con grandezademostrando a su tío cómolo habían obligado a pelear.
El sabía disculpar las debilidades ajenas y sus labios tenían siempre unapalabra cariñosa aun para aquel que más hondamente lo había ofendido.
Era de un natural bondadoso y humildeen el que su tío el cura había sabidograbar el sentimiento del bien y la generosidad llevado a su último límite.
El cura le decía habitualmente muchachoy cuando andaba en el campoparallamarlohacía sonar las dos últimas sílabasgritando¡chachoooo! El hábitode oírlo llamar siempre asífue acostumbrando a sus compañeros y amigos queno lo nombraban sino por Chachoy Chacho se le fue quedandosin que élprotestara jamás del apodo. Cuando Peñalozaya mozo y hombre de bailesempezóa figurar ya no se le conocía sino por Chachoy el Chacho decían los que a élquerían referirse.
No había reunión alegre ni fiesta completasin la presencia del Chachoporque además de su bondad naturalera su carácter sumamente alegre ysonriente.
Su tíoel curaquería instruirlo como se instruía en aquella épocaenseñándoloa leer y escribir lo menos malamente que le fuera posiblepero para esto era elChacho rebelde como un demonio.
-¿Para qué quiero yo saber todo esto? -decía asombrado el Chacho-. ¿Si notengo qué leer ni a quien escribirle? Déjemetíomontar a caballo y andarrastreandoque es más entretenido.
-Es que con eso solo no pasarás de ser un salvajey yo quiero quecuandomuerapuedas reemplazarme tú en mi santo oficio.
-Queda eso de ser cura para los buenos y sabios como usted- respondía sonriendoel Chacho-¿qué voy a ser curaun animal como yo que apenas puedo darmecuenta de lo que es Huaja? ¡Ni siquiera conozco los alrededores del cielo!
-Yo te los haré conocermuchachopara que seas un hombre útil a la humanidady a tus conciudadanos.
Y durante dos o tres días lograba tenerlo a su lado trasmitiéndole suslecciones. Pero el cuarto día el Chacho se le disparaba a sus correríasycuando volvía a echarle el guante las había olvidado de tal manera que norecordaba la diferencia que había entre una a y una i .
Y no era que el Chacho fuera rudo o tuviera mala memoria. Por el contrariosuinteligencia era clara y despejada y su memoria extraordinarialo que podíaconocerse en el recuerdo que tenía de los sucesos más remotos.
Es que el tío tenía una manera de enseñar que lo fastidiaba horriblementealextremo de mirar el estudio de sus lecciones como el castigo más horrible quepudiera darle. El cura se desesperaba pensando que nunca saldría un cura de Peñalozay lo encerraba días enteros haciéndole estudiar las letras. Pero entonces elChacho se ponía a pensar en tal o cual caballo o en tal o cual muchachay loque menos le preocupaba era la forma de las letras que tenía por delante. Asícuando el tío iba a tomarle la lección para apreciar los adelantos hechosseencontraba con que no acertaba con la o .
-Es una desesperación -decía-: ¿por qué no han estudiado una cosa tan fácilcomo ésta?
A la edad de las parrandas el Chacho salía de la Costa Alta y se pasaba una odos semanas recorriendo otros departamentosdonde lo habían invitado a unbailey de esta manera iba echando también su prestigio fuera de Huajay haciéndosede toda clase de relaciones. Estas excursiones ponían en alarma al cura Peñalozaque echaba al Chacho formidables discursosdemostrándole que aquella era lavida del infierno y que era necesario rompiera con aquellos hábitospues de locontrario rompería él entregándole a su destino.
Sumiso y obedientepor el doble motivo de ser su tío y ser curael Chachoprometía no andar más en los bailes y no moverse de Huaja sino con su expresopermiso.
El buen cura temía que detrás del baile viniera el juego y la bebida y que susobrino se hiciera un perdido de cuenta y trataba de impedir por los medios a sualcance que esto sucedieraevitando que el Chacho se juntara con ciertosperdidos o jóvenes de mala reputación.
Pero el Chacho se veía acosado por sus amigos de tal manera que olvidaba laspromesas hechas a su tíoy cuando aquél menos acordaba ya salía en excursióna la hacienda de tal o cual familia amiga que lo mandaba invitar para su fiesta.
Su tío lo reprendía agriamentepero el Chacho pedía perdón con tal humildady prometía con tal seriedad no volvería a incurrir en la mismaque se leperdonaba sobre tablas bajo la condición expresa de no volver a caer en pecado.Hombre viejo yateniendo idolatría por aquel sobrinono se conformaba con laaversión que el Chacho mostraba por el estudioy con admirable pacienciapersistía en sus proyectos de enseñanzapero el Chacho se sentía másinclinado por el lado de la milicia y no quería saber nada de misas ni dehistoria sagrada. Su natural inclinación eran las armasy cuando pensaba quealgún día podía llegar a ser capitán de miliciasse sentía completamentefeliz. Su tío perdió la esperanza de verlo cura algún día y se concretó aenseñarle a leer y escribir.
El Chachono teniendo nada mejor que hacerformaba sus amigos en grupos y hacíagrandes simulacros de batallas contra los grupos de algún otro capitán que deentre ellos surgía. Estas siempre eran luchas de caballeríaen que los ejércitosesgrimían sendas ramas de algarrobo que simulaban lanzas o sables. Y el Chachoobtenía siempre la victoria contra sus contrarios queacosados de todos modosconcluían por abandonarle el campo.
El Chacho mostraba una particular tendencia a proteger siempre al desvalido y alpobre que le pedía amparo contra los desmanes de la justicia.
Entonces el alcalde de un pueblo era una especie de déspota que por la mayorfruslería metía a un hombre de cabeza en el cepo y lo tenía así tanto tiempocomo le daba la gana. El cepoen las provincias del Norteera un tronco dealgarrobo aserrado a lo largo y con algunos agujeroscolocado a campo raso bajoalgún algarrobopara evitar que el sol ardiente derritiera los sesos delpreso. Muchas veces el cepo se hallaba colocado a más de una legua de la casadel alcaldey allí penaba el preso sin la menor vigilancia y sin que nadie seatreviera a sacarlo o llevarle algún alimento o vaso de agua por temor dedespertar las iras del supremo alcalde.
No hace muchos años que vimos nosotros mismos en la provincia de Santiago unhombre trincado así en uno de estos cepos originalesy que puesto en libertadpor nosotros se negó a salir porque el alcaldedijoera capaz de matarlo aazotes.
Los que se encontraban en situación semejante se empeñaban con el Chacho paraque hiciera jugar la influencia de su tío en su favory como no había alcaldeque resistiera al pedido del cura Peñalozael Chacho conseguía siempre lalibertad de los presosque quedaban obligados a él de todos modos. De aquívenía que en cada rancho tenía el Chacho un amigo dispuesto a pagarle elservicio con la vida si era posible.
Si el delito era muy grave y necesitaba hacer a la justicia alguna untada demano para que quedara conformeel Chacho no trepidaba en deshacerse de algunaprenda o algún animal que llenara la codicia del alcalde obteniendo así lalibertad del preso.
Así el Chacho se había hecho de un gran prestigio entre la gente del puebloque lo miraba como un protector celeste contra todos los desmanes de aquellasautoridades miserables. Y estas tales autoridadesconociendo el desinterés delChacho y el poco apego que tenía a sus cosasno le soltaban ya los presos sinopor medio de alguna dádiva.
Así el Chachocon su sagacidad asombrosacomprendía el manejoy aunque nadadecíahabía concluido por cobrar un profundo desprecio por todo lo que sellamaba justicia.
-La mejor y más mansa de las justicias -decía-son los pesos y las mulas;tenga uno reales disponibles y podrá hacer todo aquello que le dé la gana.Pero que aquel que no tenga no se meta a zonzo porque la pagará por todos.
Sucedió una vez que por asuntos de mujeres un joven dio unos trompis al alcaldepor lo que éste resolvió secarlo en el cepo de cabeza. El preso se mandó empeñarcon el Chachoy éste puso en juego todos sus recursos y todas sus mulas parasacarlo en libertadpero esta vez se estrelló con el rencor del alcalde y lavenganza que quería ejercer a todo trance.
Esta vez los empeños del cura y las ofertas del Chacho se estrellaron contra eldeseo de vengarse que tenía el alcalde y el interés en mantener preso al jovenno sólo por vengar los trompis sino para quedar dueño de la mujer que de talestrompis había sido causa. El Chacho se convenció de que por esta vez no valíanlos ruegos y los regalossintió que por primera vez la mostaza se le subía alas narices y se encaprichó en que el alcalde había de poner en libertad alpreso o lo pondría él mismo. El alcalde se sulfuró y dijo al Chacho que si sele volvía a poner por delante a él también lo iba a meter de cabeza en elcepo.
El Chacho se fue adonde estaba el cepo y puso en libertad al presocomprometiéndoloa pelear contra el alcalde si persistía en su empeño y quería prenderlo denuevo.
Aquello fue un acontecimiento fabuloso en Huajaque vino a conmover todo eldepartamento. Era la primera vez que un hombre se permitía desacatar laautoridad al extremo de poner en libertad los presos desafiando sus iras.
El alcalde mandó en el acto prender al Chacho o traerlo a su presenciacon lasanta intención de ponerlo en el cepo y castigar así el desacato cometido.Pero esto era cosa más difícil de realizar por el cariño que al Chacho teníany porque ya sabían que éste se resistiría a mano armada.
Toda la fuerza de que disponía el alcalde para hacerse respetar eran doshombres erigidos en soldados de la ley y con el derecho de usar una cosa que habíasido sable en sus mocedades. Los dos representantes de la ley se apersonaron alChacho y le intimaron orden de prisión en nombre del alcaldepero seencontraron con que éste se negó redondamente a obedecer. Quisieron hacer usode la fuerzapero el Chacho les dijo que les iba a romper la crisma si insistíany que se retiraran a llevar su contestación.
Decidido a resistirse de todas manerasel Chacho juntó al que había puesto enlibertad dos amigos más para pelear al alcalde y no dejarse prender. El escándaloestaba dado y la población de Huaja pendiente de lo que iba a suceder.
El alcaldeprofundamente irritado con la contestación de sus soldadosdecidióir en persona a prender al Chachoy con ese objeto se armó hasta los dientes yacompañado de sus dos soldados salió en busca de éste.
El Chacho y sus amigos se habían armado de garrotes de algarrobo para dar conellos una soberana paliza a la autoridad.
Y como los dos enemigos se buscabanno tardaron en encontrarsedeseosos devenirse a las manos. En cuanto se encontraronel alcalde intimó al Chacho quese entregara preso y entregara también al causante de todo aquel escándalo.
-Mireamigo -dijo el Chacho- ¿por qué está embromando? Es mejor que seretire y se deje de caprichosporque puede sucederle algo malo; en cuanto austedesno se metan a guapos -dijo a los soldados-porque el asunto puedesalirles caro por sus huesos.
-Si no se entregan -gritó el alcalde completamente sulfurado-soy yo quien losva a moler a garrotazosy a algo más si fuera necesario.
Algunos mozos que sabían lo que pasaba se habían juntado por allí cercadispuestos a tomar parte a favor del Chacho si la cosa se formalizabade modoque todas las probabilidades estaban contra el alcalde.
Como el Chacho y sus amigos soltaron una gran carcajada ante la amenazaelalcalde arremetió lata en mano contra el gruposeguido de sus dos milicos.Guapos todospues en La Rioja no hay hombres flojosempezaron a menudearsecada garrotazo que sonaban los huesos de una manera formidable.
El Chacho se había trenzado con el mismo alcaldemientras los compañerosvapuleaban a los milicos con su garrote de algarrobo.
El Chacho no tardó mucho en avasallar al alcalde; le sacudió el garrotazo degracia y lo echó al suelo desmayándolo sobre tablasacudiendo en auxilio desus amigosdos de los cuales habían recibido contusiones serias. La justiciaquedó completamente en derrota y mal parada sobre el campo de batalla. En vanoel alcalde pedía favor a los vecinos que miraban; todos habían rodeado alChachocomplacidos de que hubiera acogotado a aquel trompeta.
Aquel fue un colmo en el tranquilo pueblo de Huaja. Pelear a la autoridad delpueblo y ponerla en derrota era cosa que jamás había sucedidoera algo comouna revolución inverosímil que la imaginación se resistía a creer. Elalcalde se quejaríael juez de paz pondría el grito en el cielo y elgobernador citaría la Guardia Nacional para castigar de firme tan terriblecrimen.
El mismo Chacho hizo llevar a su domicilio al alcalde y sus milicos para que loscuraran como Dios les diera a entenderporque debían tener los huesosdescangalladospensando en seguida en los amigosque no estaban mucho mejor.
Cuando el cura supo lo sucedidose quería morir de pura desesperaciónporqueaquel escándalo dejaba a su sobrino como un bandido y lo hacía acreedor a unserio castigo.
-¿Es posible que seas tú quien cometa un barro de esta naturaleza rebelándotecontra la autoridad del pueblo y peleándote como una cuadrilla de forajidos?
-¿Y por qué andan embromando? -contestaba Chacho que no daba a la cosa tantaimportancia-. ¿Por qué no quiso poner en libertad a Agenor que no le habíahecho nadacuando yo le ofrecí pagar lo que fuera necesario?
-¿Y qué tienes que meterte tú en esas cosas? Si él estaba presosu delitohabría cometido; ¡cuántas veces te dije yo que tus amigos habían de ser tuperdición! Vamos a ver cómo sales de ésta.
-Bienno más; ¿cómo quiere que salga? Este alcalde no sabe más que haceriniquidades para sacar plata por la libertad de los presosy alguna vez habíade sucederle un descalabro. La chacarera que le hemos bailado en los huesossela tenía que bailar algunode todos modosporque ya sus procederes no se podíanaguantar.
-Pero es que ahora el juez de paz del Departamento te va a mandar buscar preso yvan a hacerte alguna atrocidad.
-Es que no he de iry si se empeñacomo el alcaldeen llevarmehayalgarrobos para él tambiény le hemos de menear duro y parejo para que no semeta a apoyar pícaros.
-Pero ésa es la revoluciónAngely tú no tienes fundillos pararevolucionario.
-¡Y por eso se ha de dejar uno llevar por delante! Está bien ser buenotíopero no tanto que se parezca a zonzo.
-¡AyAngel! Quiera Dios protegerte y protegernosporque me parece que vamos apasar un mal rato.
Tan grave era la situación para el buen curaque por primera vez llamaba alChacho por su nombre propio. Ya se lo figuraba preso como un criminal famoso ycubierto de heridas y grillos.
Todos los jóvenes de Huaja no sólo encontraban que el Chacho había tenido razónsino que se felicitaban de la paliza que había dado a aquel alcalde a quientodos odiaban a muerte por bárbaro y por injusto. Para ninguno era un misterioque el juez mandaría a prender a Peñalozay que éste se resistiríaperotodosen este casoestaban dispuestos a sostener al Chacho y librar unabatalla antes que permitir que lo prendieran y lo llevaran. Aquella paliza dadaal alcalde había acentuado su prestigio de un modo fabulosohasta el extremode creerlo invencible.
-¡Ah! Si nosotros tuviéramos armas -exclamaban-: ni aunque vinieran con un ejércitollevaban al Chacho; hemos de pelearlos hasta que reventemos.
Por fin sucedió lo que tanto temía el cura Peñaloza; el alcalde mandó a darcuenta de lo que sucedía al juez de paz del Departamentoy éste mandóordenar al Chacho que inmediatamente se presentara preso.
-¡Ya voy a ir! -exclamó el Chacho- ¡Ya voy a ir por el aire! Como si uno notuviera más que hacer que obedecer a cuanta burrada le manden. Diga asted aljuez que no he de ir nadaque no quiero iry que es en vano que mande chasquesporque tendrían que volver como han venido.
El juez de pazque estaba acostumbrado a que sus órdenes se obedecieran sobretablas sin discutirlas ni observarlassintió que el diablo se lo llevabacuando le dieron la respuesta del Chacho.
-¿Que no ha de venir? -exclamó lleno de ira-. ¿Que no ha de venir? Pues loharé traer atado codo con codo y a garrotazos; yo le he de preguntar si soy yocomo el alcalde o algún trompeta como él.
Y previendo que el Chacho se le pudiera resistirmandó seis hombres y unoficial con la orden de traerle preso al Chacho de cualquier modoamarrándoloen caso de que se resistiera.
El oficial y los soldados llegaron a Huaja dispuestos a cumplir al pie de laletra la orden que habían recibidopero no contaron con el recibimiento que seles preparaba.
El Chachosuponiendo que el juez no se había de tragar su respuesta así no másy que alguna medida seria había de tomarse había preparado a una resistenciaen toda regla. Había juntado quince mozosque se habían armado de gruesosgarrotes de algarrobodispuestos a romperles el bautismo a los que allíaparecieran en son de guerraaunque viniera con ellos el mismo juez de paz.
En vano el cura se empeñó con el Chacho para que no resistiera y obedecieralas órdenes de la autoridad: éste declaró terminantemente que no se entregabaporque sus amigos no querían que se entregaray que estaba dispuesto a nodejarse atropellar por la justicia.
-No te entregues -le decían sus amigos-; nosotros te hemos de sostener hasta elúltimo aliento y no te han de llevar.
Esta era la disposición en que estaba el Chacho y su gente cuando llegaron losenviados del juez de paz.
El oficial que venía conocía al Chacho como lo conocían todos los habitantesde la Costa Alta por lo que quiso hablar con él antes que emplear los mediosviolentos.
-Yocomo amigo -le dijo-le aconsejo que nos acompañe y arregle con el juezesta cuestiónsin necesidad de complicarla más todavía. Con buena voluntadtodo se arreglay entre usted y el juez se han de entender debidamente.
-Yo no voy nadaporque no he dado motivo para que me pongan preso y porque noquiero. Si el juez de paz quiere arreglar algo conmigo o averiguar cómo ha sidoel suceso del alcaldepuede venir no más que yo tendré muchísimo gusto enrecibirlopero eso de ir yo preso es una fantasía que debe quitarse de lacabeza porque no ha de suceder.
-Es que yo tengo orden de llevarlo de todos modos; y si no quiere venir a buenastendrá que venir a malasporque así es la orden que traigo.
-Buenoamigoy antes de venirnos a las manos quiero darle un consejoqueespero seguirá por la cuenta que le tiene. Ya he dicho que no quiero iry siustedes me esfuerzanvan a obligarme a sacudirlesy cuando yo pego soy muygrosero; ya ve lo que le ha sucedido al alcalde por haberse metido a zonzo.
-Yo me iría -contestó el oficial-porque lo estimo a usted en lo que valepero es el caso que me han dado orden de llevarlo de todos modosy yo no mepuedo ir sin usted.
-Pues la única compañía que de aquí pueden llevar serán los chirlos que yoles sacudaporque otra cosa no es posible.
Ya hemos dicho que en la provincia de La Rioja no hay hombres flojosasí esque el oficialaunque sabía que la empresa era peligrosa y arriesgadaintimóal Chacho que lo siguiera. Para él no había otro camino que éste: cumplir laorden que había recibido.
El Chacho se sentó en el suelocon el garrote entre las piernasy miró aloficial con la expresión bondadosa y tranquila de su mirada.
-Carambasiento muchopero veo que no hay más remedio -dijo el oficialy bajándosedel caballo se acercó al Chacho como para tomarlo de un brazo.
La escena tenía lugar en medio del camposiendo testigo de ella toda lapoblación de Huajaque al ver llegar fuerzas del juzgado había acudidopreviendo lo que iba a suceder. Y esta cantidad de público obligaba al oficiala echar el resto en el cumplimiento de sus órdenes.
Cuando el Chacho vio que el oficial iba a ponerle la mano encimase puso de piey le dio un leve empujón en el pecho diciéndole:
-Cuidado con lo que se hace porque cada uno tiene la paciencia puesta en sulugar y yo siento que la mía se me va acabando.
El oficial se demudópalideció intensamente y volvió sobre el Chacho siempreen ademán de tomarlo de un brazo. El Chacho entonces le dio un empujón tanviolento que por poco no lo voltea de espalda.
Esta fue la señal de la luchalucha terrible porque tenía lugar entre hombresbravos y dispuestos a salirse con la suya o dejar allí el pellejo.
-Puesentoncesy ya que no hay más remediofirme y no se quejen -dijo eloficial cargando sobre el Chacho espada en mano.
Los soldados sacaron su simulacro de sable y se aproximaron para secundar laacción de su oficial. Pero no habían aún llegado adonde él estaba cuando elChacho le hacía volar la espada de un garrotazo. El combate empezaba por lascabezascon una enorme desventaja para el oficial que no tenía más que surebenque para hacer frente al garrote del Chacho.
Los soldados avanzaron en protección del oficial; el Chacho se vio en el actorodeado de sus amigos y la batalla empezó violentísima por una y otra parte.Los milicos tiraban cada sablazo capaz de dividir hasta el estómago al quetomaran por la cabeza. Pero los amigos del Chachoágiles y jóveneslosevitaban como podíandevolviendo por cada uno de ellosgarrotazosverdaderamente matadores.
Este género de luchas no son muy largasporque tratando los combatientes deherir antes que cubrirsese reciben golpes terribles y los combatientes sesienten muy pronto postrados. El primero que cayó bajo los golpes del garrotedel Chacho fue el oficialque había recibido un golpe en la cabeza y otrogolpe en el brazo derecho que se lo había roto de la manera más dolorosa. ElChacho acudió al grupo donde más recio se peleabadecidiendo bien pronto sugarrote la victoria por parte de los suyosque eran más numerosos y peleabanapasionados.
Como sucede siempre que los combatientes son igualmente bravoslos heridos ycontusos eran muchoscasi todos lo estaban. Quien tenía la cabeza abierta deun sablazoquien la nariz rota de un paloquien una mano fuera de su lugar ola dentadura fuera. Los combatientes se habían pegado firmeasí es que cadapalo había levantado una contusión terrible. El único que no estaba heridoera el Chachoy esto porque era el más hábil y práctico de todos ellos. ElChacho cuerpeaba los golpes con una limpieza de pruebista y los devolvía conuna rapidez endiablada.
La derrota no podía ser más famosa ni completapues no había un solo milicoquepor lo menosno hubiera recibido un par de garrotazoscon excepción deloficial que había recibido una paliza de primera fuerza.
Todo el pueblo de Huajasin excepción de sexos y edadeshabía acudido alcampo de batalla y presenciado la pelea. Los viejos no estaban conformes conaquel acto revolucionarioque podía tener malas consecuenciaspero los jóvenesentusiasmadosfelicitaban a los amigos que habían tomado parte en la jornada yse disponían a pelear ellos mismos si el juez insistía en llevarse al Chacho.El Chachocon estose había hecho célebreaumentando su prestigio decumplido capitán.
Los vencedores habían querido rematar la función con una gran paliza aplicadaal lomo de los vencidospero el Chacho se opusomostrando que aquello no erageneroso ni noble y que hartos golpes habían recibido para remacharles el clavocon otros nuevos. Las mismas muchachas felicitaban a los vencedorespues parael pueblo de Huaja aquella era una balalla formidable.
El cura Peñaloza se quería morir de espantopues creía quepor lo menoselChacho sería fusilado. La sagrada autoridad de un alcalde no había sido jamásdesconociday el hecho de apalear al alcalde y a las fuerzas del juzgado debíaser un crimen digno de algú n castigazo bárbaro.
Así Huajacélebre hasta entonces por su mazamorra especialempezaba ahacerse célebre por el Chacho y la guapeza fabulosa de sus hijos.
-¡Qué sería si estos diablos tuvieran armas! -exclamaban los viejos- ¡cuandoa garrote limpio han hecho tanto destrozo! No hubiera vuelto uno solo con vida.
Los que podían andarse habían vuelto a llevar el parte del desastrequedando los más estropeados en Huajapara allí curarse como Dios les diera aentender.
-¿Y ahora qué vas a hacer? -preguntaba el cura al Chachoafligidísimo-. Miraque esto no va a quedar así y que la fiesta puede costarte cara.
-¿Y qué he de hacer? Esperar no más a que vengan otros para que lleven tambiénsu parte.
-Pero ése es un desatinomi hijoporque al fin y al cabo ellos tienen lafuerza y la posibilidad de embromarte. Es preciso que te escondas por lo menosdonde no te vean ni sepan que estásmira que es el juez de paz y puede venirél mismo.
-Pues si viene él mismo peor para élporque si ellos tienen la fuerzayotengo los amigosque valen mássegún se ha visto ya. Lo que es a mími tíono me llevan presoporque yo no he nacido para que nadie se limpie las manos enmi cueroni para que me metan de cabeza al cepo como a cualquier perdido. Paraesotíoes preciso que me mueray gracias a Dios tengo la vida bien pegada alos huesos.
-Es que yo me voy a morir del disgustoporque desde que andas en esto no mellega la camisa al cuerpo.
-Confórmese tíopues mucho peor sería que me llevaran e hicieran conmigoalguna herejía; ya sabe usted lo que es esta gente de justicia y lo que seaprovechan cuando a uno lo tienen seguro de la cabeza.
-Dios nos ayudehijo mío -exclamó el cura-. Quiera que esto no concluya enalguna desgracia horrible.
-Hasta ahora no ha habido ninguna desgracia mayorpuesto que no ha habido ningúnmuerto; esperemos que no suceda nada grave.
La población de Huaja seguía cada vez más conmovidaporque comprendía queaquello no podía concluir asíy que el juez de paz persistiría en prender alChacho y lo mandaría llevar con mayores fuerzas.
Unos cuarenta jóvenes y paisanos habían rodeado al Chachoconstituyéndose enregimiento y poniéndose bajo sus órdenesy pasaban el día y la noche en laconfección de grandes garrotes destinados a dragonear de sables. Estas eran lasarmas con que esperaban el segundo avance de la Justicia de Paz. Algunos se habíanprovisto de piedrascon las que hacían ejercicio mañana y tardepara tenermejor puntería el día del combate. Y el Chachosemejante a un gran generalse ponía a la cabeza del escuadrónimprovisando los movimientos que se leocurríanporque no tenía la menor teoría de lo que era la milicia.
En el Juzgado de Paz tenían lugar los mismos preparativospues la conducta delChacho había conmovido a todo el Departamento. Cuando el juez tuvo conocimientopor los contusos que volvieron de lo que había hecho el Chachosu indignaciónno reconoció límites. No sólo no reconocían su autoridad y desobedecían susórdenessino que apaleaban a los agentes que había mandado para que lasejecutaran. Aquello era para él el colmo del ridículopues lo exponía a laburla de toda la población y a que todos se creyeran con el derecho de hacer lomismo y desobedecerloarmando partidas para pelear con sus milicos.
-Aunque tenga que ir yo mismo y aunque tenga que dejar el pellejo en la demandaes preciso que yo traiga aquí al Chacho y a los que lo han ayudado en suinsolenciay los castigue de una manera ejemplarpara que nadie se atreva arepetir la misma.
-Es que todo Huaja ha tomado el partido del Chacho -le decían-y estándispuestos a sostenerlo a todo trance.
-¿Y qué son esos cuatro inservibles para poder conmigo? Es que la partida quefue estaba compuesta de fregadosque no han sido capaces ni siquiera de traermelas orejas de uno de ellos. Esta vez iré yo mismo y veremos si los traigo o nolos traigo.
El juez de paz era un hombre de genio fuerte y atropelladoestaba ensoberbecidocon la autoridad que revestíay se sentía capaz de colgar en los algarrobosdel camino a todos los que se habían levantado en su contra.
Si hoy mismo un juez de paz en las provincias del Norte se cree con tantaautoridad como un monarcaya se podrá calcular lo que serían entoncesen quesus actos no tenían control y hacían su más brutal capricho sin dar cuenta anadie. Habían tomado los puntos a las despóticas y soberbias autoridades españolasy no podían convencerse de que los tiemposel año 25habían cambiado de unamanera radical. Y estos atropellos y pequeñas iniquidades de las autoridades mássubalternas era precisamente lo que había precipitado la acción del Chacho.
-No es que yo pelee por mí ni por librarme de algún castigo que haya merecido-decía Peñaloza-sino para enseñar a esta canalla que no somos una majada dechivos y que tenemos nuestros derechos tambiénque ellos están obligados arespetar y hacer respetar. ¿A dónde iríamos a parar si para sus negociosprivados o pequeñas venganzascada alcalde de éstos tuviera el derecho desecar a un hombre en el cepo? Eso es tratarnos peor que esclavos y es bueno quesepan que esto no es posible; que somos hombres que tenemos también nuestrosderechos y la libertad de hacer lo que nos da la gana sin que nadie se meta connosotrosmientras no ofendemos a nadie.
Estas eran las ideas que sostenía el Chachoarrastrando con ellas a todo aquelque tenía fuerzas para enarbolar un garrote. Y cada uno se sentía fuerte en suderechopues defendía su libertad personal y colectiva contra los desmanes yavances de la justiciajusticia sólo en la palabrapues en el hecho no erasino el capricho de las autoridades.
El juez de paz de la Costa Alta juntó los ocho milicos que representaban todala fuerza de su autoridadcitando a unos doce vecinos a quienes ordenó que leprestaran su concurso para ir a prender al Chacho. Estos vecinos simpatizabanprofundamente por la causa del Chachopero no se atrevían a resistir las órdenesdel juez; y tomando los viejos sables que éste les dabase dispusieron amarchar con la peor voluntad de este mundopero firmemente resueltos a no usarde estas armas contra el Chachocuya causa era la de todos.
Con estos veinte hombres armados de sable y uno que otro fusil de chispaeljuez se creyó bastante fuerteporque creyó que sólo tendría que vérselacon los ocho o diez perdidos que habían atacado a su oficialy marchó sobreHuaja. De todos modos aquéllos no tenían otra arma que sus garrotesy consemejantes armas no era posible luchar. Y frotándose las manos de satisfacciónal pensar que volvería con un revoltoso en anca del caballo de cada milico y elChacho a las ancas del suyotomó la dirección de Huaja.
En cuanto se movió el jueztuvo avisos el Chacho y formó y preparó suimprovisada tropaesperando al enemigo en son de guerra. Eran más o menoscuarenta mocetones dispuestos a triunfar a toda costa; el resto de la poblaciónse preparaba a presenciar la batallala más formidable y descomunal que hastaentonces se había librado en las cercanías de Huaja.
Cuando el juez vio semejante ala de caballería tan superior a la suyaseconmovió profundamenteno por el peligro que corría sino por el fiasco quepodía dar. Peroesperanzado en la desventaja de las armasdesplegó susveinte jinetes sable en mano y avanzó resueltamente.
-¿Quién de ustedes es Angel Peñalozaconocido por el Chacho? -preguntó entono de amenaza.
-Presente y para lo que usted guste mandar -contestó el Chacho avanzando a suvez y secándose el sombrero-. ¿En qué puedo serle ú til? -añadió sonriendo.
Aquella sacada de sombrero y aquel respeto en el modo de hablar fue de muy buenaugurio para el juezque se había figurado que el Chacho era un guapoinsolente y camorrista que lo recibiría con palabras descomedidas agrediéndoloen seguida.
-¿Usted es -preguntó- el que ha lastimado al alcalde de este punto y el que hapeleado con la comisión con la que yo lo mandé buscar?
-El mismosí señor -contestó el Chacho con igual comedimiento como siagradeciera un elogio-; el mismo. Yo no quise ir porque no soy ningún criminalno he dado motivo para que se me lleve preso como un trompetay como mequisieron llevar a la fuerzano he tenido más remedio que defenderme. Es estotodo lo que ha habido y nada más; nadie tiene el derecho de pegar a nadie y elque pega se expone a recibir también.
-¿ Y no sabésbribónque es preciso respetar la autoridad y que el que lehace armas se hace acreedor a un castigo?
-¿Y no sabés pillo -respondió el Chacho tomando el mismo tono que el juez-que es preciso respetar a los hombres y que quien no los respeta se expone a queuno haga uso de sus medios de defensa y les rompa el alma? Nosotros no somosperrosamigo juez -concluyó con una energía soberbia-; somos hombres ytenemos derechos que no se pueden atropellarso pena de exponerse a seratropellado también.
-¡Bravomuy bientiene razón! -gritaron los amigos del Chacho-. No somoscarneros para que se nos atropelle y nos hemos de defender.
El juez se iba calentando poco a pocopero no quería precipitarse y conteníasu genio hasta ver dónde paraba aquello.
-¿Y por qué no han acudido a mí en demanda de justiciaantes que sublevarsecontra la autoridad?
-¿Y por qué no han venido a averiguar lo que pasaba antes de mandarnosprender? -preguntó el Chacho-. En cuanto a pedir justicia ya sé yo cómo seadministray no será el hijo de mi madre quien vaya a pedirla; la comprarécuando tenga plata y sanseacabó.
Aquello ya era inaguantableel juez estaba haciendo un papel ridículopuesera el Chacho quien lo retaba en vez de ser él quien retara al Chacho. Perdidaentonces toda pacienciatoda reflexiónel juez dijo al Chacho que lo siguierahasta el juzgadodonde debía quedar hasta tanto averiguara él cómo habíanpasado los hechos.
-Para eso no hay necesidad de que yo vayapuesto que ya usted está aquí;puede tomar las declaraciones que quiera sin necesidad de que yo vaya hasta allí.
-Es que yo quiero que venga porque así debe ser -exclamó el juez perdiendo lapaciencia-; yo quiero que vengas y te prevengo que dejés a un lado las bravatasy manotadasporque yo soy el juez de paz y como tal sé hacerme obedecer.
-Mande en justicia y seré yo el primero en obedecerlopero eso de que he de irpresonada más que porque usted lo quiereno puede ser; no voy nada y déjemede andar embromando.
Los de Huaja aplaudieron con entusiasmodando en alta voz la razón al Chacho ydiciendo que aquello era una injusticia.
-¿Quiere decir que te resistes a obedecerme -preguntó el juez- y quieresobligarme a que use de la fuerza?
-Use todo lo que quiera -respondió el Chacho alegremente-pero lo que es a míyo le garanto que no me va a usar.
-Pues entonces te he de llevar del cogotey veremos si cualquier compadrito hade hacer lo que le dé gusto y gana.
Y dirigiéndose a sus milicosmandó a dos que fueran a atar al Chacho.
-No seáis zonzos -les dijo el Chacho-y no lleguéis hasta míporque al queme venga a agarrar le rompo el mate. ¿Por qué no viene ustedpuesya que estan malo y compromete a esos infelices echándomelos para que les pegue?
-Atenlo y átenlo bien -dijo el juez a los suyos-que ahora verá ese sinvergüenzaquién pega a quién.
El primero que se acercó al Chacho dio dos vueltas en el aire como quien bailaun valsy cayó de espaldas al suelo. Peñaloza le había pegado una deaquellas cachetadas que parecían dadas con mano de hierropreguntando enseguida:
-¿Quién quiere el par?
Aquella era la señal del combate y no había qué hacer. Los amigos de Peñalozalo rodearon en el acto y revolcaron sus largas macanas de algarrobo en señal dereto. El juez se puso a la cabeza de los suyos y les cayó a sable sin ningúnmiramientopues a su modo de ver era preciso escarmentar de firme a aquellagentey la mejor manera de escarmentarla era matar cuatro o cinco y colgarlosde los algarrobos para escarmiento de los demás. Pero es que los de Huaja noeran muñecosya habían dado pruebas de que tampoco eran mancos para elgarrote. Los milicosguiados por el mismo juezcargaroncreyendo que a losdos o tres sablazos todo habría terminadopero fueron recibidos con talbravura que se contuvieron un poco sin poder avanzar. Aquello era una lluviaespantosa de garrotazosimposibles de evitar.
El juez hizo cargar a los vecinos que traía de refuerzopero éstos lohicieron flojamenteno porque tuvieran miedo de pelearsino porque se tratabade pelear con el Chachoque era quien tenía todas sus simpatías. El juezapesar de la ira que lo dominabaempezó a comprender que se había metido enuna empresa dificilísimapero era demasiado tarde para retroceder sin menguade su autoridad.
El Chacho buscaba siempre encontrarse con el juez para medirle las costillaspero los combatientes se interponían y no lo dejaban llegar hasta él. Losmilicos habían herido ya a dos o tres jóvenespero éstos garroteaban con talfeque dentro de poco no iba a quedar milico sano. No era posible dudar deltriunfo del Chachoporque cada minuto que pasaba se le veía ganar terrenosobre sus enemigos. Todos habían echado pie a tierra para pelear mejorlo queprueba que ninguno tenía la intención de disparar.
El juez mandó a los vecinos que lo acompañaban que peleasende tal manera queéstos no tuvieron más remedio que obedecer y entrar en peleaaunque muyflojamente y nada más que por cumplir. A los cinco minutos de tan sin igualbatallael campo empezó a despejarse y a dejar ver a los del Chacho venciendoya sobre sus adversarios. En el suelo había cuatro o cinco milicos gravementelastimados y otros tantos amigos del Chacho heridos de sable.
De los vecinos que habían venido con el jueztres habían quedado mal paradosHabiéndose los demás retirado del combateviendo que la causa del juez estabaallí perdida.
Encerrado el juez de paz en un círculo de mozoshabía sido hecho prisionerode guerra a pesar de sus bravatas y terribles sablazos.
-No me toquen que soy el juez de paz y puede costarles caro-gritaba éstedesesperadamente.
-A ese pillo atenmelóatenmeló firme -dijo el Chacho-pero no le peguennopor lo que él valesino porque es bueno que vean la diferencia que hay entreellos y nosotros. Ellos en cuanto lo tienen a uno bien segurolo duermen apalos; no hagamos nosotros lo mismo y mostrémosles que somos generosos.
-Yo haría con ellos lo que ellos han querido hacer con nosotros-dijo uno-;los colgaría de un algarrobo.
-Bien lo merecían -contestó el Chacho-pero estos pobres no tienen la culpaporque los mandany no tienen más remedio que obedecer aunque no quieran. A élque es el que manda las iniquidades es a quien es preciso castigary yo meencargo de hacerlo de la manera que le sea más dolorosa y no nos comprometagravemente.
El juez de paz estaba ciego de irase debatía con todas sus fuerzas y tratabade escapárseles de todos modos. Pero entre todos lo tenían bien sujeto yapretadomientras los demás preparaban las cuerdas con que lo habían de atar.
-¡Bandidos! ¡Cobardes! -gritaba el juez de paztrémulo de coraje-. ¡Ya veránlo que esto les cuesta! ¡Ya verán cómo el Gobierno castiga este acto deverdaderos bandidoscolgándolos de los algarrobos!
-No nos han de hacer nadaporque no hemos hecho más que defendernosy laprueba es que pudiendo matarlos no hemos querido hacerlolimitándonos acastigarlos no más.
Como lo había dispuesto el Chachoel juez fue perfectamente atado con dosmaneadoresque le ligaban los brazos a la espalda. Y era tan ridícula laatadura del pobre juezamarrado como un ladrón y amenazando al cielo y latierra.
-Si no ha de hacer nada -decía el Chacho riéndose-si quien le va a hacer austed somos nosotrosseñor juez de injusticias.
Y era tan ridícula la actitud del juez que los mismos milicos contusosolvidaban sus dolores para reírse un poco. Y esto irritaba más y más a aquelhombrehaciéndolo prorrumpir en las palabras más soeces y groserascada unade las cuales levantaba un coro de carcajadas.
Una vez que estuvo atado y se hubieron divertido con los despropósitos que laira le hacía ensartarel Chacho mandó que trajeran el caballo del juezhaciéndolomontar con la cara hacia la cola. Las risotadas parecían un inmenso coro que noterminaba nunca.
El Chacho lo mandó atar de los pies por debajo de la barriga del caballocastigándole en seguida el mancarrónque rompió a galopar del lado de laquerencia. Aquel hombre enfurecidogalopando con la cara para atrás y amarradosobre el mancarrónofrecía la figura más endiablada y curiosa. Los mismosmilicossanos y contusosecharon a reír y palmotearaumentando aquel corotan terriblemente infernal. Y como no se movieron de allíel Chacho les dirigióla palabra diciéndoles:
-Los que quieran quedarse a curar aquí pueden hacerlopero los que esténbuenos o pueden andar que se vayan y que no me vuelvan a pisar por aquíaunquelos mande el mismo gobierno.
Los milicos que podían hacerlomontaron a caballo sin el menor apuro y sefueron al tranquilo detrás del enfurecido juez. Cuatro quedaban a curarse enHuajano pudiéndose mover a causa de los golpes recibidoshabiendo dos deellos que tenían la cabeza dividida en varias partes.
Los vecinos que habían acompañado al juez se quedaron en Huaja de visitaadisculparse por haber venidoexplicando que no habían tenido otro remediopero ya veían que no habían tomado una parte firme en el combate.
-Están disculpados -decía el Chacho sonriendo-; ya sé que los han de haberobligado a venir y que no han de haber tenido más remedio; lo que es ahora meparece que no intentarán volver a meterse con nosotros.
Inmediatamente los amigos empezaron a llevar los contusos a sus respectivascasashabiendo entre ellos algunos seriospues los milicos habían sacudidofuerte con sus sables que por lo mismo que eran poco filosos habían hechoheridas más dolorosas.
El Chacho ayudaba a acompañar a cada unodirigiéndole sus palabras másafectuosas. El no había recibido ni un rasguño.


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