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Diario de un testigo de la Guerra de África

Pedro Antonio de Alarcón


 

 

AL EXCMO. SEÑOR

  
 

D. ANTONIO ROS DE OLANO

  
 

CONDE DE LA ALMINATENIENTE GENERAL DE LOS EJÉRCITOS NACIONALESGENERAL COMANDANTE EN JEFE DEL TERCER CUERPO DEL EJÉRCITO DE ÁFRICA YESCLARECIDO POETA

  
 

dedicó este libro

  
  

EL AUTOR.

 



 

 

Tomo primero

 

Historia de este libro I

Nacido al pie de Sierra-Nevadadesde cuyas cimas se alcanza a ver la tierradonde de la morisma duerme su muerte histórica; hijo de una ciudad que conservaclarísimos vestigios de la dominación musulmanacomo que fue una de susúltimas trincheras en el siglo XV y figuró después grandemente en larebelión de los moriscos; amamantado con las tradiciones y crónicas de aquellaraza quecomo las aguas del Diluvioanegó a España y la abandonó luegopero dejando en montes y llanuras señales indelebles del cataclismo; habiendopasado mi niñez en las ruinas de alcázaresmezquitas y alcazabasyacariciado los sueños de la adolescencia al son de cantos de los morosinspirado por su poesíaquizá bajo los mismos techos que cobijaron susúltimos placeresnatural era que desde mis primeros años me sintiesesolicitado por la proximidad del África y anhelase cruzar el Mediterráneo paratocardigámoslo asíen aquel continentela increíble realidad de lo pasado.

Más tardecuando los movimientos de mi corazón y los delirios de mifantasía se convirtieron en ideas; cuando mi afición a lo extraordinario ymaravilloso se trocó en amor a la patriacifrándose en ardiente afán de suprosperidad y de su gloria; cuandomás español y cristiano que poeta amantede los morosmis propensiones individuales principiaron a convertirse enaspiraciones colectivas y a dilatarse por el horizonte políticoya no fue merodeseo de cumplir una peregrinación romántica lo que me llevó a soñar denuevo con la cercana morería; fue el convencimiento de que en África estaba elcamino de aquella verdadera grandeza nacional que los españoles perdimos porresultas del descubrimiento de América y del casamiento de la hija de los ReyesCatólicos con un príncipe de la Casa de Austria; fue el pensar que todos lostesoros que nos llegaron de las Indias y todos los triunfos alcanzados enItaliaen Flandes y en Alemania por Carlos V y Felipe IIde nada sirvieronpara impedir que España decayera miserablemente el día que a la expulsión delos judíos sucedió la de los moriscos; fue el ver tan claro como la luz delsol que la política exterior de la nación española debía reducirse a unaconstante expansión material o moralguerrera o políticacomercial oreligiosacivilizadoraen una palabrahacia aquel continente que se percibíadesde nuestras costas y en el que ya teníamos asentada la planta; fueporúltimoel temor de queen otro casoFrancia o Inglaterrao las dos juntasnos arrebatasen esa misión providencialdejándonos bloqueados entre los maresy el Pirineoy privados de todo horizonte en que desenvolver la actividad denuestro puebloque no siempre ha de estar condenado a destrozarse en guerrasciviles.



II

Ahí tenéis recapitulados en compendio los sentimientos que me impulsarondesde primera hora en 1859 a tomar parte en la Guerra de Áfricaprimero encalidad de aficionado y de cronistay muy luego como soldado voluntario;sentimientos que ya había yo formulado años antes en prosa o versoy queestallaron en mi almacomo explosión de júbilo y entusiasmocuando declaróal fin España la guerra al ensoberbecido imperio de Marruecos.

Los antecedentes históricos y diplomáticos del conflictoasí comola relación de los combates que se riñeron cerca de Ceuta antes de mi llegadaa África con el Tercer Cuerpo de ejércitoiránpor vía de Apéndiceal final de la obrapara que resulte completo el relato de aquella inmortalcampaña. Tócame aquí (y tal es el humilde objeto de este Prólogo) respondera innumerables preguntas que durante veinte años se me han hechoy deshacermuchas equivocaciones en que varios escritores han incurridoacerca de miverdadero papel en la Guerra de África; con lo que todos quedarán ya enteradosde cómo pude ser juntamente historiador de lo que cada día iba sucediéndonosy soldado raso del Batallón Cazadores de Ciudad-Rodrigo; de cómo iba casisiempre a caballosiendo de infantería; de cómo senté plazacuandoni por mi casa ni por mi modo de vivir era del todo pobre; de qué puestoocupaba en las filas los días de acciónetcéteraetc.

Escasísimo interés ofrecerían tales pormenoresy yo no entretuviera hoycon ellos al públicosi no constituyesen una especie de auténtica delDIARIO DE UN TESTIGOsirviendo de base a la autoridad de mi testimonio y a lamayor o menor fe que hayan de prestarle los lectores; cosa importante a sumogradocuando se considera que este DIARIO es hasta hoy la única historiacircunstanciada y completa de la Guerra de Áfricay que en todo tiempotendrán que consultarlo y seguirlo los verdaderos historiadoresmáxime siestán seguroscomo en justicia pretendo que lo esténde que efectivamentefue redactado en el campamentobajo la tiendaen el teatro mismo de cadacombatey en ocasiones durante la misma luchao sea en presencia del enemigocomo pueden acreditarlo miles de jefes y oficiales que un día y otro me vieronescribir hojas y hojas de mi libro de memoriasya sobre la trincheraya en lasguerrillasya en los armones de nuestra artillería metida en fuegoya sobreel arzón de la silla de mi caballoya en los hospitales de sangretodo locual compaginaba yo a la nocheo al día siguientesi nos tocaba descansarylo remitía a Madriden donde se daba a la estampa...

Para mayor prueba de que así se escribió el DIARIO DE UN TESTIGO DE LAGUERRA DE ÁFRICA y de quepor consiguientees un documento auténtico omejor dichouna especie de fotografía de la campañainserto al fin de estePrólogo mi Licencia absoluta y Hoja de serviciosde las cualesresulta oficialmente comprobado que asistí a diez acciones y dos batallas; locualsi bien no constituye ningún méritopues cuarenta mil españoleshicieron otro tantoo mucho másen aquellos memorables díasdemuestra loque me importa dejar fuera de toda duda con relación al presente libro; a saberque su denominación está justificadadado que vi con mis propios ojos todaslas cosas que en él refiero... Peroaun así y todobueno será explicarcontestando a las mencionadas preguntas y equivocacionescómo y de qué maneramarché a la Guerra de Áfricay cuál fue mi posición y estado en aquelejército.

Lo diré con la mayor rapidez posible.



III

En octubre de 1859cuando España alzó banderas contra el morotenía yoveintiséis años. Por mi nacimientopor el bienestar de mi casa paterna y pormi buena estrella literaria en Madridno me hallaba en el casoni teníacomosi dijéramosla hechura social de las personas que suelen sentarplaza... Libre de quintas desde que a los veinte años me tocó la suerte desoldado y fui redimido de ellavivía con cierta holgura (tal vez con demasiadagirando siempre sobre el porvenira fuer de buen ambicioso)y frecuentaba lamás alta sociedad de la cortecomo acontece en nuestra caballeresca España atodo el que viste con limpieza y acaricia ensueños de gloria o de fortuna. Demis repentinos y fugaces pujos democráticos de la adolescenciaque comenzaronen 1854 y acabaron en 1855y de aquella bohemia literaria que corrimosrecién llegados a las orillas del Manzanareslos individuos de la célebre Coloniagranadina (casi todos hijos pródigos fugados del hogar paterno)no mequedaba ya más que una alegre memoriamezclada en lo político a ciertoremordimientodado que mis ideas habían cambiado de rumboen virtud de mejorapreciación de los hombres y de las cosas.

Entre mis amigos más respetables y más íntimos figuraba ya el tenientegeneral D. Antonio Ros de Olano (quiero decirel insigne vatecamarada deEsproncedaa quien este dedicó El Diablo Mundoy que a su vezescribió el prólogo de tan aplaudido poema...); y como a dicho general seconfiriese el mando en jefe del Tercer Cuerpo del Ejército de Áfricapor unaparte dimos de mano a los estudios literarios que solíamos hacer juntosy porotra quedó convenido que yo iría con él a la guerra en calidad de aficionadopudiendo contar con su alta protección para arrostrar los rigores de lacampaña en todo aquello que no logran suplir los recursos particulares ypecuniarios de ningún individuo. Fuepuesmi primer proyecto ir a África depaisanoo sea sin sentar plazacon ánimo de escribir cuanto viera y se meocurriesepero no en modo alguno de matar moros; vestido y armado según mejorme conviniera; con caballo propio y con un criado o escudero a misexpensasy seguido de un borriquillo moruno que llevase sobre su lomo mi tienday mi batería de cocina... ¡Verdadera salida de Don Quijoteque hoypróximoya a las heladas cumbres de la vejezrecuerdo con entusiasmo y orgullosintiendo únicamente no haber de experimentar ya nunca las poéticas emocionesde aquellos días!...

Con tales propósitos dije adiós a Madrid y a las madrileñas lanoche de la víspera de Difuntos (¡me parece que fue ayer!)y emprendí elcamino de Málagaen donde había de organizarse el Tercer Cuerpo de ejércitoy donde ya se encontraba el general Ros de Olano. Allí compré el caballo y elburro; allí me proporcioné el escuderohijo legítimo de aquellaespecialísima tierra; allí me procuré tienda y los demás enseres necesariospara vivaquear; todo ello en comandita y bajo la dirección de un distinguidojoven malagueñoD. Eduardo Rombadoque había hechopor aficiónlacampaña de Crimea y que se disponía también a hacer la de Áfricapor lo quedesde que nos vimosnos asociamos fraternalmente. En cuanto a mi traje yarmamentoque había sacado de Madridera pantalónlevita y ponchode unmismo paño oscurosin vivos ni divisas; polainas de charol negro; una especiede ros; espada española y revólver al cintoy un gran cartapacio por vía decartucherapara los papeleslibros de memoriasplumaslápices y tinteropropios de mi oficio de cronista ambulante. ¡Lo que yo experimenté al verpendiente de mi costado la espada de Toledono es para dicho así como quiera!Los poetas de corazón que lean estas líneas podrán adivinarlo fácilmente.

Otro preparativo mucho más singular llevé a cabo en Málagaque me costóbastante dinero y no me dio al fin gran resultado en África. Tal fue la reclutaque hice de un fotógrafocon su máquina y demás útiles de artemediante unajuste alzadoa fin de sacar panoramas de los terrenos que recorriéramosretratos de cristianosmoros y judíosy vistas de las ciudades queconquistásemos. Cábeme la gloria de que aquel aparato fotográficollevadopor mí al imperio de Marruecosfuese el primero que funcionara en élasícomo tengo a dicha el haber sido yo también el primero que utilizó en aquellatierra el nobilísimo arte de la imprentapublicandocomo publiquéunperiódico en Tetuánsegún se refiere más adelante... En cuanto a lafotografíatuve que desistir de mis esperanzas a poco de acampar enSierra-Bullonespues las continuas lluvias y otros contratiempos me demostraronque era casi imposible sacar vistas en aquellos parajes y circunstancias.

Volviendo a Málaga y al relato que iba haciendodiré quemientras elTercer Cuerpo de ejército seguía organizándoseel Primero y el Segundohabían comenzado a batirse en África. Por las tardesespecialmentellegabahasta nosotrosal través del marel remoto trueno del cañónyvislumbrábamosa la luz horizontal del sol ponientela brava costa deÁfrica...

Al día siguiente o a los dos días de haber oído el lejano cañoneosolíallegar a Málaga algún barco con heridoshermanos y compatriotas nuestroscubiertos de sangremutiladosvendadospero animosos y satisfechospensandosin dudaen que otros muchos quedaban enterrados en la tierra enemiga omejordichoen la tierra conquistada. Nuestro dolor por no participar de aquellostriunfosnuestro remordimiento por no compartir aquellos peligrosnuestroentusiasmo hacia los que nos precedían en la gloriosa empresano teníanlímites... Yprecisamenteen uno de aquellos momentos de emociónpatrióticafue cuando me ocurrió la idea de sentar plaza de soldadovoluntario durante la campaña. «¿He de contentarme (exclaméy escritas ypublicadas están estas palabras mías en los periódicos de aquella fecha) conser mero testigodonde tengo la obligación de ser actor? ¿Puedopermanecer ociosoindiferenteavaro de mi sangremientras que mis hermanosluchan ante mis ojos por nuestra madre España? ¿No soy yo también español?»

En virtud de estas reflexionessenté plaza de soldado voluntario en elBatallón Cazadores de Ciudad-Rodrigo el 22 de noviembrey fui agregado alCuartel Generalcomo ordenanza del general Ros de Olanoquien me dio permisopara usar caballovivir en mi tienda particular y llevar mi criadomis burrosmi fotografíaetc.

Tan anómala situación en el ejército me diociertamentemucha libertadde acción; pero me creó más obligaciones que a los demás soldados. Por deprontotenía que acudir a todas las operaciones mandadas por el generaldequien era ordenanzayfuera de estotenía el deber moral de incorporarme ami batallón cuando entraba en fuego. Así lo hicesegún consta en mi Licenciahasta que más tarde fui nombrado ordenanza del general O'Donnellen cuyoseguimiento asistí a todos los combates del Llano de Tetuán y desempeñéalgunas comisiones que se dignó encomendarmecual si fuese Ayudante suyo deÓrdenesy no un simple soldado raso. Es decirque figuré juntamente en elejército con la Infantería y con la Caballería; en el Estado Mayor y en lasguerrillas; y así se comprende que en mi Licencia se hable de que toméparte en alguna carga a la bayonetamientras que en otras jornadas figuro acaballocomo en la batalla de Castillejos; resultando de todo ello lo que mepropongo demostrar con estas explicacionesy es que pude muy bien sercomofuitestigo... aun de aquellos combates en que no entró en fuego mibatallón.

Sin jactancia alguna hablo hoy de estas cosas (pues repito que cuarenta milsoldados corrieron los mismos peligros que yoy nadie se acuerda ya de ellos);y si no las referí en mi DIARIOfue por ahorrar a mis padresque lo ibanleyendo como toda Españalos sustos y zozobras consiguientescuando yo leshacía creer en mis cartas particulares que nunca me ponía al alcance de lasbalas. En la segunda edición indiqué ya algo de mis hechos personalesno solopor dar autoridad al relatosino también para justificar el que adornen mipechoademás de la Cruz pensionada de María Isabel Luisala tan codiciada deSan Fernandocon que me agració el inmortal O'Donnell sobre el campo debatalla el día del sangriento combate de Guad-el-Jelú. Yen finsi taljactancia hubieralícita debe serle a quienviejo ya y valetudinariocargadode hijos y de obligacionestiene que recordar sus valentías de la juventudpara que los mozos sin historiao los hombres sin raíces ni complacencias enla vidasepan que puede haber quien haya comprado el derecho a la paz y alreposoa cuyo fin pagó al mundo lo que era del mundoantes de retirarse acuarteles de invierno.

1880.



 

Licencia y hoja de servicios del autor

Hay un escudo de Armas Reales.=Notado al número 1.348. =Hay un sello quedice: «Batallón de Cazadores de Ciudad-Rodrigo.» Número 9.=Don BernardoTaulet Tarratscaballero de las Reales y Militares Órdenes de San Hermenegildoy de San Fernando de 1.ª clasey coronelteniente coronelprimer jefe delBatallón Cazadores de Ciudad-Rodrigonúm. 9.=Por la presente concedo licenciaabsoluta para separarse del servicio a D. Pedro Antonio Alarcónsoldadovoluntario de la 1.ª Compañía de este Batallónmediante haber cumplido eltiempo de su empeño en el servicio. Es hijo de D. Pedro y de D.ª JoaquinaArizanatural de Guadixprovincia de Granadaavecindado en Madridsu estadosolteroedad veintisiete añosestatura de cinco pies y seis líneas; susseñales: pelo entreveradocejas castañasojos negrosnariz regularbarbapobladacolor bueno. Por tantoy para que pueda retirarse al pueblo de sunaturaleza (o donde más le convenga)pido y encargo a las autoridades pordonde transitare no le pongan impedimento en su viajeantes bien le presten elauxilio necesario. Dada en Tetuán a veintidós de abril de mil ochocientossesenta.=Bernardo Taulet.

Don Antonio Losada y Periáñezsegundo comandante de este Batallóndelque es primer jefe el coronelteniente coronelD. Bernardo Taulet y Tarratsetc.=Certifico: Que D. Pedro Antonio Alarcóna favor de quien se hallaextendida la anterior licencia absolutafue voluntario para servir a S. M.durante la Guerra de África. Ingresó en este batallón en veintidós denoviembre de mil ochocientos cincuenta y nueveprocedente de la clase depaisanohabiendo prestado los servicios siguientes: 1859.=Hizo el juramento defidelidad a las banderas en la revista de diciembre del mismo año.=En larevista de dicho mesy con fecha veintidós de noviembrefue alta en la 1.ªCompañía de este batallóncomo voluntariodurante la Guerra de África.=Enonce de diciembre se embarcó en Málaga para Ceutaformando parte con subatallón de la 2.ª Brigada1.ª División del Tercer Cuerpo de operaciones deÁfricaa las órdenes del Excmo. Sr. teniente general D. Antonio Ros de Olanoy comandante general de la 1.ª Divisióna que pertenecía su batallónelexcelentísimo Sr. Mariscal de Campo D. José Antonio Turón.=El doce de dichomes desembarcó en Ceuta.=El catorce entró en operaciones con el Cuerpo deejércitoquedando acampados en el campamento de la Concepción.=Se halló enla acción del quince de diciembre. En la del diecisiete del mismososteniendola retirada del Cuerpo de reserva sobre las alturas de los Castillejosa lasórdenes del Excmo. Sr. General D. José Antonio Turón. En las ocurridas alfrente de dicho campamento los días veinteveintidósveinticinco yveintinueve de dicho mesa las órdenes del Excmo. Sr. capitán general y enjefe del Ejército de África; y por el mérito que contrajo en dichas accionesfue agraciado con la Cruz de María Isabel Luisapensionada con diez realesmensuales.=El día 30 del mismo se halló con su compañía en la brillantedefensa hecha en la primera avanzada del expresado campamentoa las órdenesdel excelentísimo sr. mariscal de campo D. José Antonio Turónsiendo contusode bala en un pie.=El segundo ComandanteGrases.=1860.=Habiendo pasadoal Cuartel General del General Jefe en calidad de ordenanzaexento de servicioa fin de que se dedicase a la continuación de su obra titulada DIARIO DE UNTESTIGO DE LA GUERRA DE ÁFRICAa pesar de hallarse contusoasistió a caballoa la batalla de los Castillejosde donde le retiraron gravemente enfermo aCeutadonde permaneció hasta el día once de eneroque volvió a ser alta enel Ejército.=El doce y catorce del mismo mes asistió a los combates del ríoCapitanes y Cabo Negro.=El día veintitrés tomó parte en la acción de la Vegade Tetuán y sobre las lagunas.=El día treinta y uno se halló otra vez con subatallón en el combate de Guad-el-Jelú y en las dos cargas a la bayoneta quedio el mismo a la Caballería e Infantería enemigasa las órdenes del Excmo.Sr. capitán general y en jefe del Ejército de Áfricay por su buencomportamiento en este último díafue agraciado sobre el campo de batalla conla Cruz de San Fernando.=Se encontró en la batalla del cuatro de febrero yentrada en el atrincheramiento enemigo al envolverse la trinchera por la derechay tomarse a la bayoneta los campamentos enemigos.=En veintidós de marzo obtuvolicencia temporal y marchó a Españaen donde permaneció hasta fin de abrilque fue baja en este cuerpo con motivo de haberse concluido la Guerra deÁfrica.=El segundo ComandanteFernández.

Y para que constefirmo la presente en Tetuán a los veintidós días delmes de abril de mil ochocientos sesenta.=Antonio Losada.=V.º B.ºTaulet.



 

- I - Embárcase en Málaga el Tercer Cuerpo del Ejército de África.-Hospitalidad y despedida del pueblo malagueño. -Adiós a España. -La noche enel mar.

¡Al fin amaneció el día de nuestra marcha! ¡Al fin vamos a participar delos peligros y de la gloria de nuestros hermanosque luchan y mueren comoleones al otro lado del Estrecho! ¡Al fin se mecen las navesprontas a surcarlas tendidas olas y a transportar el TERCER CUERPO de ejército de África alteatro de la guerra!

Málaga lo ve hoycomo ayer lo vieron CádizValencia y Algeciras: el díadel embarco es un día de fiesta para nuestras tropas; quedar en España era suúnico sobresaltovivir y morir obscuramentesu único terror; el miedo a lapaz (¡sólo este miedo!) había conturbado durante un mes todos los corazones.En vano llegaban lúgubres noticias de amigos y parientes que dormían ya elsueño eterno en las arenas africanas; en vano cien y cien heridos arribaban aeste puertopocas horas después de haber salido de él llenos de vida y deconfianza; en vano se describía la fanática crueldad y bárbaro heroísmo delos moros... Soldadosgenerales y jefes sentían cada vez mayor impaciencia porvolar al combate. «¿Cuándo? ¿Cuándo? (decían la palabrael saludola mirada de todos). ¿Cuándo vengaremos la sangre derramada? ¿Cuándoayudaremos a nuestros nobles compatriotas? ¿Cuándo moriremos o triunfaremoscomo ellos?»

¡Hoyhoy es el suspirado día!

Todo está pronto: los caballoscon su equipo de guerrapiafan ardorosos enlos buques que han de servirnos de móvil puente entre Europa y África. Armasvíveresmunicionesequipajestodo se halla a bordo. Para ello han sidoprecisos verdaderos milagros... ¡Pero nada falta ya! El talento de unoslaactividad de otrosel patriotismo de todoslos donativos del pueblola mismadesesperaciónhan prestado servicios inverosímilesrecursos inesperados; yen un mesen menos tiempose ha organizado el TERCER CUERPO de tal maneraquepuede competir con los que ya se han cubierto de gloria en el africanocontinente.

¡En marchapues! Despidámonos de los buenos amigos que dejamos en estanoble ciudaddespidámonos del suelo y del aire patrio; y ocupando nuestrolugar en la legión expedicionariavolemos a África a realizar el sueño detoda nuestra vida.

A las tres de la tarde.

El embarco principió hace algunas horas. Una muchedumbre inmensa ocupa elmuellelas playaslos balcones y las azoteas. El mar se halla cubierto de lalanchas y botes empavesadosque rodean y acompañan a las barcas en que lastropas son transportadas a los vapores. ¡Es el resto de la población de Málagaque nos seguirá hasta la salida del puerto!

Lágrimas de placerde pena y de entusiasmo humedecen todos los semblantes.El pueblo despide a los soldados agitando en el aire pañuelos y sombreros...Los soldados responden a estas demostraciones con una sonrisa de sublimealborozocual si quisiesen consolar a los que se quedan. Y todos parece que seprometen algo: estosir; aquellosvolver; unos y otros¡sacrificarse por lapatria! «¡Aquí quedamos!» (dice la fisonomía de los quepermanecerán en sus hogarescomo significando a sus hermanos): «Nosotrosiremos a reemplazaros y vengarossi morís; nosotros os recogeremos ypremiaremossi volvéis heridos; nosotros cuidaremos de que nada os falte en laguerray velaremos además por la viuda y por los huérfanos del militar quemuera en campaña.» Y los que se vancomprendiendo con la intuición delsentimiento estas mudas protestasresponden con su radiante mirada: «Sabemosla gran responsabilidad que llevamos. Honravida y fortuna: todo lo habéisfiado a nuestro esfuerzola patria nos ha entregado su bandera; cuanto hay desagrado y de inviolable en una naciónse encuentra en nuestras manos; no bastamorires menester triunfar. Descansad en nosotros... ¡El corazón nos dice quetriunfaremos!» ¡Tal es en estos momentos solemnes el tácito coloquio delas almas!

Por lo demástodos los que parten dejan ya en Málaga amigos yfamilia: lazos estrechados por la zozobra de un mes de despedida continua; dulcecaloralentado primero por un irresistible afecto patrióticofomentadodespués por el trato y la gratitud. Así es que de este nobilísimo sueloquedara en el corazón del soldado una tierna memoriaque durará tanto como suvida. Aquíen vez de alojamientoencontró obsequiosa hospitalidad: el patrónlo agregó a su familia y lo sentó a su mesamejoró su equipo y lesiguió a la revista hasta penetrarse de su bélica actitud. Llevoleadonde de balde afilasen sus armasy además añadió a ellas alguna navaja delpaís para que hiciese juego con la gumía de los moros. ¡Y hoyen el momentode separarse de su huéspedle arranca promesas de que si vuelve heridosehará conducir a aquella misma casa; de que le escribirá después de cadaacción; de que se acordará de él en el fuegoy de que será tan prudentecomo valeroso! Entretantolas compasivas mujeres llenan de hilas y vendajes losbolsillos de sus alojados; cuelgan a su cuello santos relicarios que losdefiendan en los peligros; unas les ofrecen dinerootras víveres; éstas lesdan consejosaquéllas bendiciones...y los soldadossiempre sonriendoperoenternecidos profundamentese contentan con los relicarios y un abrazoyparten a todo correrdiciendo: «¡Hasta la vistapatrona!»a lo quecontestan las pobres mujeres levantando al cielo los lagrimosos ojos...

¡Adiósadiósbella y generosa Málaga. Tú has dado con manoliberal al ejército expedicionario tu pan y tu pechotu admiración y tucariño. Hoy tus hermosas hijas se aprestan a dispensarle nuevos favorescreando magníficos hospitalesmientras tus nobles hijos ceden sus palaciospara el mismo fin misericordioso. Asídespués de vestirte de fiesta paraalegrar la partida del soldado¡te vistes de luto para recibirlo cuando vuelvaherido! ¡Oh!insigne ciudad! ¡Túantes que élhas merecido bien de lapatria!

En el mara las cinco de la tarde

Henos a bordo y en franquía. Dentro de una hora levaremos anclas.

Componen nuestra escuadra veinte magníficos vapores: Vasco Núñez deBalboaIsabel IILeónSantaIsabelAlertaSan QuintínVille de LyonAbatuciAveniHelvetieTorinoBresilPelayoMarie StuardBizantínCataluñaWifredoNegritoBretagne y Cid. En ellos estánembarcados diez mil hombreso sean: los batallones Cazadores de SegorbedeBazade Ciudad-Rodrigode Llerenay de Barcelona;los regimientos de Zamoray de Albuferaun batallón del Infanteotro de San Fernandootro de la Reinaotro de Áfricaotro de Almansay otro de Asturias. Un escuadrón deCaballería va además con nosotros. La Artillería nos seguirá mañana.

El general comandante en jefe de este cuerpo del ejércitoD. Antonio Ros deOlanoy el general de MarinaD. Segundo Herrerajefe de esta escuadrasehallan ya en el Vasco Núñez de Balboa. Las músicas militares tocan laMarcha Realcuyos ecos se dilatan por la tersa superficie del Mediterráneo...El pueblo nos sigue saludando desde lejos con redoblados vivas. El obispo deMálaga bendice las tropas y las navesy un religioso silencio reina por unmomento en el espacio... Luego vuelve a resonar la magnífica armonía de loscombatesy el aire y las olas se estremecen de entusiasmopalpitando alcompás de mil y mil agitados corazones... ¡Momento melancólico y sublime!

¡Oh! Séame dado en esta solemne hora penetrar en lo recóndito de lasalmas. Hace unos minutosal dejar de sentir bajo mis pies el adorado suelo deEspañaun mundo de recuerdos y de afecciones ha inundado tumultuosamente mipechoy he comprendido que igual emoción estarían experimentando cuantosforman parte en esta cruzada. ¡Ohsí!... Ni el júbilo del patricioni elentusiasmo del soldadopueden ahogar los lúgubres sobresaltos del hijodelpadredel esposodel hermanodel amigo que dejatal vez para siemprea lasmascaras prendas de su alma. Así es que he leído en todos los semblantes yhallado en mi imaginación una dolorosa ideadesatendida por nosotros mismospero que levantaba muy alta su poderosa voz: ¡Los que nos vamos podemos novolver! La guerrala pestela intemperielas privaciones: he aquí lo quevamos a encontrar en la inhospitalaria costa moruna. ¡Ni panni techonidescansoni abrigo! ¡La guerra con todos sus horrores y sin más consuelos quelos propios! Natural espuesque en estos momentos el alma atribulada recuerdelos serenos días de la niñez y los caros sitios donde pasaron sus primerosalborozos. Natural es que todos volvamos una mirada de despedidaunos al hogarpaternootros al nido conyugal; estos a la inconsolable madreaquellos a laabandonada esposa; quién a su amorquién a sus hijos; cuál a las blandaslides del arte o de las letras. Sabedlosípobres ancianosdébiles mujerestiernos niñosque lloráis en esta misma hora por los objetos de vuestro amorpor el sostén de vuestra casapor el amparo y la gloria de vuestra familia...¡Sabedlo! En medio de la noble ira que sentimosnuestro pecho da tambiénlugar y cabida a las más dulces y suaves emociones... ¡Vuestros son losúltimos pensamientos del soldado al perder de vista las costas españolas;vuestras son sus últimas despedidas; vuestra la última lágrima de ternura quese seca en su corazóninflamado por el fuego del patriotismo!

Y ahora¡que Dios sea con nosotros! ¡Adiós a todo! ¡Adiós a nosotrosmismos! ¡No más idea en la menteno más grito en los labios que España yGuerra! Si nuestra vida es precisa para alcanzar la victoriael sacrificioestá ya aceptado. Nada importa un hombre más o menoscon tal que viva ytriunfe la patria de todos. ¡Morir! ¿Qué mejor muerte que la que allípodemos encontrar? ¿Qué hora más solemne? ¿Qué lugar más sagrado?

Al anochecer.

Hemos levado anclas.

Los vapores empiezan a moverse en línea de batallacoronados por luengospenachos de humo negro que van a perderse en el cielo de la tarde.

El sol se ha hundido ya en Occidente... ¡La luz del nuevo día nosencontrará en las playas africanas!

Aún se distingue a Málaga a lo lejosesmaltada de luces que sereflejan en el agua... ¡El último adióspatria mía! ¡El último adióspadres y hermanos!...

......................................................................................................................................................

Ya es de noche...¡Ohcuán lentas van a deslizarse tus horasnocheinolvidablenoche suprema que precedes al día tan deseado! ¡Pasad prontomomentos adormecidosolas espumantesráfagas de viento; pasad pronto! ¡Luzcaen el cielo la soñolienta auroray contemplen al fin nuestros ávidos ojos elafricano continente!...



 

- II - A la vista de África.

A bordo12 de diciembrepor la mañana.

Quedé anoche en medio de las tinieblas y de las olasentre Europa yÁfricaentre la paz y la guerravacilante el ánimo a merced de encontradosafectosy hasta ignorando a qué puerto nos dirigíamos.

Todo desapareció con las tinieblas de la noche; yal rayar el alba del díade hoyfijose el cuadro que ensoñaba en indefinible expectativay que ahorano se cansan de contemplar mis ojos.

En torno nuestro se dilataba el marplateado por la agonizante luna ysonrosado hacia levante por el reflejo de la aurora. Los veinte vapores denuestra escuadra estaban esparcidos en una legua de radioostentando cada cualuna pálida luz en el tope del palo mayormenos la nave capitanaque sedistinguía por otra luz colocada en el trinquete. A nuestra izquierda sepercibía un elevadísimo peñónque salía bruscamente de entre las aguaspartido verticalmente en dos mitades... ¡Era Gibraltar! Por la parte deproa dilatábase hasta perderse de vista un brazo de aguasemejante apoderosísimo río... ¡Era el Estrecho; el camino del Océano; latemerosa puerta del por tantos siglos desconocido Occidente! A nuestra derechapor últimoalzábase entre la bruma matutina un extenso y bravío litoralerizado de formidables rocasque se perdían de vista hacia levantey queporel lado de ponienteterminaban en otro peñón parecido al de Gibraltar... ¡Erala costa de África! ¡Era Ceuta!

No diré mi rubor al contemplar la colonia extranjera enclavada en territorioespañol; no recordaré la historia de las vicisitudes por que ha pasado aquelpeñón aborrecidoni la manera como llegó a manos de sus actualesposeedores... ¡Permítasemepor el contrarioapartar de sus artilladascumbres mi triste y rencorosa miraday fijarla con mayor o menor equidadperosiempre con júbilo y ufaníaen la ciudad de Ceuta y en su campo!...

Decía que estaba acabando de amanecer... En tal momento percibimos lejano yconfuso clamor de cornetas y tamboresy luego los entremezclados ecos de muchasmúsicas militares. ¡Era la diana del campamento español!... Micorazón retembló de amor y de alegría. ¡Al fin encontrábamos a nuestroshermanos! ¡Allí estaban! ¡Salud a los valientes que ya habían luchado por lapatriay cuyas proezas habíamos festejado al lado de sus familias! ¡Gloria ypaz a los muertos en el campo del honor!

El sol apareciópor últimoy a sus primeros resplandores divisamos lafortaleza del Hacho: después el famoso Presidiorecinto de laexpiación y de la tristezavisión de los insomnios de tantas madres y esposase hijas de infelices penadosyfinalmentela ciudad de Ceutadispuesta en escalonesgraciosa y bella en su conjuntorodeada de jardinesyhuertosy limpia y cuidada como todos los pueblos encerrados en estrechoslímites.

Luegoal otro lado de sus recias murallasvimos una verde praderateatroayer de las algaradas y provocaciones de los morosy perteneciente a Españadesde hace un mes... En aquella pradera pacían tranquilamente muchas vacas(propias de nuestra administración militar)y por cierto que la bucólicaquietud de aquellos animales chocaba a la vista y a la imaginaciónpreparadasa cuadros trágicos y tumultuosos.

Más allá distinguimos como otro rebaño blanco que formaba líneasregulares en la ladera de una colina: encima de este se veía otro másnumerosoy después otro mayorrodeando un gran edificio medio arruinadoenuna de cuyas torres ondeaba la bandera española... ¡Aquellos rebaños eran lastiendas de campaña de nuestro ejércitoacampado en las alturas del Oteroy al lado del Serrallo!

Filialmentecerraba este pintoresco cuadro una doble cadena de montañasverde la de delante y blanca y escarpada la de detráshendida estaverticalmente en su parte más abrupta. ¡Aquella hendedura era el temido Boquetede Aughera!

En cuanto al nombre de todas las alturas que he citadoy quearrancando dela misma orilla del marvan a eslabonarse con las derivaciones del atlasnuestra historia lo registra ya con letras de sangre: se llaman colectivamente Sierra-Bullonesy son el lugar de los reñidos combates en que hace un mes se cubre de glorianuestro ejército. Tal fue el espectáculo que contemplamos esta mañana alsalir el sol...y quelo repitono nos hemos cansado todavía de mirar...Ahoraque son las nueve de la mañanarecibimos al fin la orden dedesembarco... ¡Una idea culminante me domina en tan solemne momento!... ¡Voy apisar el suelo de África!



 

- III - Al saltar en tierra.

Teneo teÁfrica.

¡Estoy en ÁFRICA!... Es decirno sólo me encuentro fuera de Españasino fuera de Europa; en otro continenteen otra de las cinco partes en que sedivide nuestro planeta.

No me mueve a reparar en ello un pueril orgullo... Me he alejado demasiado demis lares patrios y por demasiado tiempopara engreírme hoy de encontrarme aalgunas leguas de la Sierra en que nacícuyas nevadas cimas pudiera divisarcon un anteojo desde lo alto del Hacho. Hablo de tal modo porquealsentir bajo mis pies la tierra africanano ha podido menos de surgir ante miimaginación la disforme grandeza de esta parte del mundoque mide un millóndoscientas mil leguas cuadradas; atravesada por el ecuadorpor los dostrópicos y por mucho espacio de las zonas templadas austral y boreal;inconmensurable islapobremente enlazada al Asia por un débil istmo que serácortado en brevey llena de misterios para todas las ciencias: para laGeografíaque aún no puede fijar sus reinossus montañassus ríos ni susciudades; para la Geologíaque ignora la naturaleza y estructura de sumonstruosa constitución; para la Lingüísticaque desconoce en ella másdialectos que idiomas conoce en el resto del mundo; para la Botánicaque nuncaherborizará en sus mortíferos bosques; para la Zoologíaque aún no hapodido trazar el cuadro sinóptico de las familias de fieras y reptiles querecorren las envenenadas márgenes de los lagos de la Cafrería y el Congo; parala Iconologíaque no está iniciada en el dogma de todas sus creencias ni enla significación de todos sus ídolos y monumentos; para la Historiaque noregistra los días ni los siglos vividos por aquella parte del género humano;para la Diplomaciaque no tiene noticias de aquellos reinos ni de aquellasdinastías; para el Arte Militarque no sabe a qué atenerse en punto alnúmero y calidad de sus ejércitos; para las ciencias todasvuelvo a decirdesde las más abstractas a las más precisas; para todas y para siempre...¡pues el África guarda en su corazón los caracteres del misteriola duda yla desesperaciónla eternidad y lo infinito!

Tal concibo y admiro yo la vasta región que empieza aquí y termina en elcabo Tormentario; la tierra cuyos límites eran desconocidos hace cuatrocientosañosa tal punto que los geógrafos la creían interminable; tierra ferozquese me presenta tapada por cerradas malezas como una bestia velluda; tierramalditaque llega a hundir su faz aun por debajo del nivel de los maresmientras alza por otro lado sus gigantescas cimas a las regiones congeladas dela atmósfera; tierra deformedonde la raza humana se afea y embrutece hasta elextremo de que los irracionales la superen en inteligencia y hermosura; tierraindomableen finque ha devorado estérilmente la civilización de losfaraonesla de Alejandrola de Aníballa de Escipión y la de Cisneros¡yque hoy rehúsa y desdeña la que el mediodía de Europa le brinda por Argel ypor Marruecos!

Ycon todoÁfrica es el más ancho campo que aún ofrece la tierra a lafantasía de los poetas: ¡África es la inmensidad! La Mitologíasiemprereveladoranos la representa en una mujer bizarrade porte orientalcasidesnudasentada sobre un elefante (símbolo de sus interminables desiertos )teniendo en una mano el cuerno de la abundanciacomo recordando su vivaz yopulenta vegetacióny un escorpión en la otrapara significar que en ellatodos los dones de la naturalezalejos de producir la vidadan la muerteyque su airesu tierrasu aguasu sol y sus habitantestodo es nocivoespantable y ponzoñoso. De esta maneraÁfrica será siempre el imán de lasimaginaciones febriles: en ella reside lo nuevolo temerosolo extrañolodesconocido. Desde que Colón redujo el mundo en vez de dilatarlo (segúnla expresión de Leopardi); desde que KoetzebueCookDavis y otros navegantesatrevidos recorrieron todos los maresllegaron cerca de los polostrazaronsobre el mapa el continente austral e hicieron brotar de entre las olas unmillar de archipiélagos ignoradosel espíritu soñador de los vates quedócomo prisionero en un peñasco de nueve mil leguas de circunferenciay el afánde lo maravilloso se abatió postradocomo Prometeocontra la roca que sirvióde pedestal a su soberbia. Y también desde entonces la aventurera poesía fijósus ojos en las dos regiones vírgenesen los dos únicos recintos noprofanados aún por el compás de la ciencia: en los hielos inmaculados delnortey en las arenas inexploradas del África.

¡En África especialmente! ¡Aquí todo es grande y estupendo; aquí la viday la muerte luchan el titánico combate; aquí la naturaleza ostenta todo sulujo de hermosura y todo su poder de destrucción; crea con lo mismo que mata;devora los ríos que engendranegándose a devolvérselos al mar; ofrece en elSaharacomo su mayor gloriaun océano desecado por perpetua canícula; da tansólo cariñoso albergue al leóna la panteraal tigreal cocodriloalhipopótamoa la hiena y a todos los abortos del amor y de la ira; y si bienpor el lado del Septentrión luce los atractivos de la más benigna primaveraes como sirena engañadora que atrae con dulces cantos al confiado navegantepara que se pierda y naufrague en un golfo erizado de escollos y remolinos!

De cualquier modoal asentar mi planta en esta parte del mundodonde fueCartagodonde batalló Aníbaldonde nació San Agustíndonde vencieronGonzalo de Córdoba y Pedro Navarrodonde brilló Hipatía y existiófloreciente Alejandríay duermen los faraonesy escribió Raimundo Lulioycruzaron César y Marco Antonioy encontró Napoleón el talismán de sufortunayo no puedo menos de doblar la rodillaponiendo el pensamiento en miDios y en mi madre patriay exclamar como Escipión el Africanoaunque contono bien diferente: ¡Áfricaya eres mía!



 

- IV - Aspecto interior de Ceuta.

Ceuta12 de diciembreal mediodía.

Hasta aquí el poeta. Vengamos ahora al tiempo actual y al cuadro que ofrece Ceutaen este momentomientras que yo espero a que desembarquen mi caballo.

Imaginaos una ciudad cuyas plazas cubiertas de hierba indican el reposo enque ha vegetado largos siglos; imaginaos diez mil hombres acampados en lascalles; una indescifrable algarabía de músicas que baten marchay de cornetasque tocan llamadabotasillasorden o asamblea; por una parte camillas deenfermos; por otra recuas enteras de acémilas cargadas de provisiones yvíveres; por aquí fogones establecidos en el suelodonde el uno guisaelotro parte leñaeste llega con aguaaquel se cose y se remienda; por allí uncaballo en cada rejaun vivac en cada puertauna cama improvisada en cadarincónun bosque de fusiles en cada plaza; por un lado equipajespor otrocañones; acá los unos que gritanallá los otros que cantano estos quejurano aquellos que se quejany cada cual atendiendo solamente a sí propioo sea cuidando al mismo tiempo de síde su vestidode su camade su casadesus animalesde las órdenes recibidas y de las que dan las cornetas; alguienponiéndose a escribir sobre una pila de balas; algún otro lavándose en mediode la calle; quién pensando en España y en el correo; quién en los camaradasque le aguardan en el Campamento (y de los que no sabe si son muertos ovivos); cuálesen finlamentando la pérdida de su casaque consistía en unlienzo; de su camaque se reducía a un pañoy de su despensacomprendida enuna lata de sardinas...

¡Ohes el cuadro más vivomás animadomás pintoresco que puedeimaginarse! ¡Qué variedad de tiposde caracteresde dialectosde uniformes!El catalán irascibleel sosegado gallegoel locuaz andaluzel conciso yterminante aragonés y el serio castellanocada uno con distinto acentovaliéndose de distintas interjecciones y muletillasusando de diverso génerode oratoriaperorandeclamanvotanrefierenarguyense amenazanseinsultanse reconcilian; todos tuteándose sin conocersemandándose unos aotros como hermanosayudándose y facilitándoselo todoa trueque de otroservicioy (lo que es más que nada propio de soldados) hablándose a largadistancia y a grandes gritos de cosas sin importanciapero cuyo doble sentidoenvuelve sangrientos epigramas (que solo ellos comprenden) contra el que ordenómalcontra el que nació feocontra el que inventó la guerra y es causa deque tal olla tenga poco o mucho aliñocontra el paisano que pasa por la calley no se ve obligado a pelear por las mañanas como un hombre y a guisar por lasnoches como una mujer; contra los objetos inanimados y contra los mismoselementos...

Lo repito: es el desorden más armonioso que puede verse. Ni ellápizni la plumani la misma fotografía bastarían a reproducir susmultiplicadas fases. Forjáoslo en la mente con auxilio de mis indicacionesypreparaos a salir conmigo al Campamentodonde el espectáculosi no tanvariadoserá más severoconmovedor y digno.



 

- V - El Campamento. -Veo a lo lejos una acción.

El mismo día por la noche.

Eran las doce de la mañanay seguía yo esperando el desembarque de micaballo para salir a recorrer el campo de Ceutacuando supe que los morosacababan de atacar el CUERPO DE RESERVAmandado por el general Prim.

Este avisoque muchosfamiliarizados ya con la guerraoyeron sininmutarseme impresionó a mí tan vivamenteque abandoné caballoequipaje yalmuerzo a merced de la casualidady emprendí a pie el camino del Serrallodeseoso de ver a los marroquíes y de presenciar una acción.

Salípuesde Ceutaatravesando sus inexpugnables fortificacionessusanchos fosos -alguno de ellos henchido de agua por el mar- y sus redobladaspuertasacribilladas a balazos por las espingardas morasy me encontré en el PrimerCampamentoocupado hoy por el PRIMER CUERPOque se ha bajado a aquel puntoa descansar de las rudas fatigas con que inauguró esta campaña(1) <notas.htm>.

Allía las puertas de sus tiendasestaban tendidoso entregados ainocentes juegoso paseando pensativos en compañía del inseparable cigarrolos héroes del día 25 de noviembrelos que habían sufrido el primer empujede los moros y toda la inclemencia del más deshecho temporallos que habíansoportado sin inclinar la cabeza todos los rigores de la guerratodas lasprivaciones del despoblado y el azote implacable de la peste... Yo los miré conamor y veneración; ycreyendo encontrar entre sus filas el hueco de los queyacían en los vecinos bosquesles tributé el sufragio de mi religiosa pena.Luego pensé en sus enlutadas familiasque ya no verán ni tan siquiera latumba de aquellas nobles prendas de su casay mi corazón se afligió más delo que es costumbre en estos lugares...

Remotos disparos de fusileríaque me trajo una ráfaga de vientoalejarontales ideas de mi imaginación... Apreté el pasoy llegué a las alturas del Otero.

Desde este lugar alcancé a ver a lo lejos dos o tres líneas de humo en losalrededores de un bosque muy cerradodel cual salía otra humareda menosregularizada. Los secos estampidos de la pólvora menudeaban cada vez más. Lalínea de combate abarcaría un frente de media leguao sea desde nuestro Reductomás avanzadoque se llama del Príncipe de Asturias hastala misma orilla del mar. Lo áspero del terrenoy el encontrarme en punto desdeel cual descubría todos los movimientos de nuestras tropasme hicierondesistir de mi propósito de seguir adelante; ysentándome en una piedrapasé horas cruelescontemplando el primer hecho de armas de que era testigo entoda mi vida.

La calidad del combate que he divisado desde allí quedará definida condecirte que en toda la tarde no he visto ni tan siquiera un moroal paso quedistinguía perfectamente a nuestros soldados. Tal sucede en una batida dejabalíes mirada desde lejos: que ve uno a los cazadorespero jamás a lasfieras.

Y en efecto: esto no es guerra; es cazaes una lucha en que nuestroejército pelea a cara descubiertamientras que los enemigos combaten en ellugar que les parece mejorsiempre ocultos o parapetadosvaliéndose deemboscadas y sorpresasy aprovechando la retirada forzosa del anochecer paradejar sus guaridas y picarnos la retaguardia. Afortunadamenteen estos combatesdesiguales ganamos siempre magníficas posiciones que protegerán nuestrasoperaciones sucesivas.

Por ejemploen la acción de hoya pesar de todas sus desventajaselresultado no ha podido ser más favorable a nuestro plan de campaña. Losbatallones del conde de Reus han desalojado a los moros de los bosques en quehabían estado parapetados todo el díay han ocupado posiciones queconservaremos y que nos serán muy útiles para proteger la construcción del caminode Tetuán... ¡Masayque hemos pagado con muchas nobles vidasy conalguna muy preciosael laurel de la jornada! En este momento oigo decir queentre nuestros muertos figura el bizarro coronel de artillería Sr. Molinsdequien se cuenta quehace tres díascontemplando los inanimados restos de doscazadores que acababan de caer a su ladoexclamó lúgubremente: «¡Cuántospadres no volveremos a abrazar a nuestros hijos!»

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Terminemos por hoy. Escribo estas líneas en la Plaza de la ConstitucióndeCeuta. Son las ocho de la noche... Es decirya acabó este larguísimograndiosoinolvidable día en que ha dado principio mi vida de soldado. Laplaza está llena de hogueras: dos o tres músicas tocan la retretay lossoldados aplauden medio dormidos... Yo tengo mi vivac en unas vigas(pertenecientes al parque de ingenieros) que he encontrado cerca de una pared.Sobre dos de ellas he extendido al aire libre mi cama de campaña. De otra estáatado mi pobre caballomareado todavía de resultas de la navegación; otra meha servido de mesa para cenar y para escribir; las restantes han sido mi sofámi ropero y mi lavabo... Por lo demáslas estrellas y la luna decoran ya lasazules cortinas de mi lecho. Buenas noches.

¡Ahse me olvidaba!... En África los serenos dicen también «AveMaría Purísima»como en el Reino de Granadaantes de cantar la hora...

Si tenéis corazón de hijode español y de cristianoadivinaréis misúltimos pensamientos de este día.



 

- VI - El toque de diana. -Un entierro. -O'Donnell. -La Mezquita. -El Serrallo.-Aspecto de un ejército acampado. -Los Reductos. -El Boquete deAnghera.

Ceuta13 de diciembre.

Heme acampado en el mismo sitio que anoche a estas horas. El TERCER CUERPOsigue vivaqueando en las calles y plazas de Ceutamientras le designanel punto a que ha de trasladarse. La acción de ayer y el dificilísimodesembarque de caballos y acémilas nos han impedido marchar hoy.

Yo me alegropues este día de huelga me ha permitido recorrer todos los Campamentosvisitar el terreno conquistado hasta ahorasubir a nuestros Reductos yconocer los sitios de las primeras acciones.

Para dar completa idea de todoempezaré por el toque de dianaquesonó poco antes de amanecersacándome de un sueño delicioso. El toque dedianapero de la diana de campañaes lo más vivoanimado yretozón que puede imaginarse... Figuraos un aire alegremonótonoejecutivoapremianteque hace el efecto de esos despertadores mecánicoso de esosconocedores de nuestro sueñoque nos apuran con la repetición de una mismallamadahasta que nos hacen sentarnos en la cama llenos de furiaperocompletamente desperezados; tened presente que ese aire lo repiteny glosanyabandonany vuelven a coger todas las bandas de tambores y cornetas y todas lasmúsicas y charangas; añadid la gritería de los soldadosque aclaman ypalmotean a la banda que lo toca con más animacióny decidme si concebís quenadie que no sea sordo permanezca con los ojos cerrados después de esasinfonía. Por lo demásal toque de diana sigue siempre una grandeexplosión de cantos de galloadmirablemente imitados por la tropa; cosa ya deordenanza en los ejércitos españolessegún me han dicho algunos veteranos.

Quedamospuesen que me levanté antes del día. Los soldados hacían ya sucafé en los fogones que anoche les sirvieron para cocer el rancho. Yo escribíhasta las siete. Pasose lista a las ocho. Almorzó luego todo el mundocomo Dios le dio a entender; y yo monté a caballo a eso de las nuevey toméel camino de los Campamentos.

Hacía un día magnífico. En el último foso de las fortificaciones de Ceutame encontré de manos a boca con cuatro artilleros que conducían en hombros unataúd galoneadodetrás del cual marchaban muchos jefesoficiales y soldadosde todas armas... Dentro del ataúd iba D. Juan Molins y Cabanyescoronel deArtilleríaquecomo dijemurió en la acción de ayer tarde...

Yo espero que dentro de algunos días me habré acostumbrado a ver estascosas con indiferencia... Pero hoy no ha podido menos de imponerme el considerarque aquel cadáver era ayer un hombre lleno de vidade gloria y de esperanza...

Y a propósito: nuestras pérdidas en la acción que presencié a lo lejosayer tardefueron cinco muertos y cincuenta y nueve heridos. Las de losmoros... ¿quién las sabe? Ello es que seguimos estableciendo reductosganandoterreno y abriendo camino a la artillería... con dirección a Tetuán.

Subí al Otero admirable punto de vistadesde donde se divisapor un lado toda la península de Ceutaelegantemente dibujada sobre el marypor el otro los Campamentos de Prim y de Zabalael Cuartel General deO'Donnelly el Serrallodestacándose sobre la Sierra.

En el Cuartel General me detuve algunos momentos. O'Donnell se paseabaa la puerta de su tienda con algunos otros generales.

Era el hombre de las luchas políticas y parlamentarias; el adalid de laoposición o el mantenedor del gobierno; el senador cuya mente fríacarácterigual y conducta enigmática había yo estudiado durante largos años desde latribuna de periodistas; era el conspirador que sirve de eje hace mucho tiempo anuestras vicisitudes políticas; aquel quellamándose conservador del ordenesen mi conceptoel conservador de nuestra Revolución Constitucionalque yaiba siendo palabra vana cuando él levantó su estandarte en 1854; era el únicode nuestros gobernantes que hasta ahora ha demostrado bastante fuerza parasujetar con una mano a la reincidente tiraníay con la otra a la impacientelibertad; pero del que aún no se sabe si tendrá la alta inteligencia necesariapara establecer entre la autoridad y el derecho aquel equilibrio que reclamanpor una parte los adelantos de nuestra épocay por otra el atraso de nuestropueblo; eraen finD. Leopoldo O'Donnellacerca del cual todos hemos formadomuchos y diferentes juiciosdesfavorables unosapologéticos otrostodosanticipadosy a quien sólo la historia (según su frase favorita) podrájuzgar definitivamenteapreciando el conjunto y resultado de sus hechos.

No lo ocultaré: jamás hombre público alguno me ha parecido tan digno deadmiración y respetocomo el conde de Lucena en aquel instante. No soy suadepto; peroaunque hubiera sido su enemigo más encarnizadome habríainfundido este mismo sentimiento al reflexionarcomo reflexionéen el enormepeso que gravitaba sobre aquel soldado; en la inmensa responsabilidad que habíacontraído a los ojos de Españade Europa y del mundo enteroy en la cuentaque tenía que dar a cuarenta mil familias de la vida de los que estaban bajosus órdenes; a la naciónde su honrade su nombrede su bandera; a losextranjerosde la importancia de Españade su fuerzade su poderde surespetabilidad; y a Isabel IIdel lustre de su reinadocuya mejor páginapuede sery creo que serála campaña comenzada el día de Santa Isabelalgrito de ¡Viva la Reina!

Es decir: que aquel hombre tenía que atenderdesde su tienda de lienzoenmedio de las balas y contrariado por los más crudos temporalesa los negociosde Españacuya política dirige como presidente del Consejo de Ministros; alos partidos que lo combaten; a sus émulosque lo acechan; a las potencias deEuropaque empiezan otra vez a acordarse de nosotros; a los planes de losmarroquíesque inventan cada día un nuevo método para atacarnos o una nuevaastucia para sorprendernosy al ejército españolque reclama de élvíveresmunicionestransporteshospitalesgloriaaunque le pese aInglaterray vientos favorablespara que no nos abandone nuestra escuadra.

¡Y cual si todo esto no fuera bastanteen el fondo de un horizonte nubladopor tantas inquietudes se levanta el tremendo fantasma del cóleraintroduciéndose silencioso entre las filasapagando mil generosas existenciasmatando obscuramente al que no encontró una muerte heroica en los campos debatalla!

¿Cómo no respetar y admirar a ese hombre en semejantes circunstancias?¡Diga de mí lo que se le antoje la ruin injusticia; pero yo he sentidoverdaderamente cuanto proclamo aquí en alta vozy a los cielos pido queilumine la mente de ese soldado y corone de fortuna sus pensamientos; pues suserrores de hoysi bien pudieran servir de miserables trofeos a los partidos quelo hostilizanserían al propio tiempoy por muchos añosgrandes calamidadespara la patria!

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Desde el Cuartel General de O'Donnell seguí mi marcha hacia el Serrallo;pero bien pronto tuve que detenerme delante de un Morabito (o ermita deun asceta moro) que hay a poca distancia del Oteroy al cual llamanvulgarmente la Mezquita.

Lo que quiera que seaconsiste en un edificio de piedra y caldividido endos aposentos. El primero es una especie de vestíbulo cuadrilongoy el otro unhexágono cubierto con una cúpula. Se entra al primer recinto por un arcoárabe de mala arquitecturasin que su interior ofrezca nada de notablecomono sean dos nichostambién en forma de herraduracuyo destino debió ser elde babucherosa fin de que dejasen allí el calzado los que entrasen avisitar al Santón que erigió este Morabito y yace dentro de él.

En una pared del segundo recinto se leen las siguientes inscripcionesárabescuyos caracteresde un verde claroparecen trazados con algunahierba:

 

En los peligros de la espada

 

Tú eres la espada.

 

¡OhSeñoryo creo en ti!

En el nombre de Dios clemente y misericordioso

 

Debo estas traducciones a mi antiguo amigo Aníbal Rinaldya quien heencontrado en África agregado al Cuartel General de O'Donnellencalidad de intérprete. Con este maravilloso niñoque habla más idiomas queaños tiene de edady con su sapientísimo maestro Mustafá Abderramánpenséy hasta preparé hace cuatro años un viaje a Marruecosque se frustródesgraciadamente. ¡Calcúlesepuescon cuánto gozo los habré encontrado enesta tierra!

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Para ir desde la Mezquita al Serrallo hay que atravesar unextenso bosque de arbustos y malezastalado ya en gran parte por nuestrastropasque alimentan con él sus hogueras.

Dentro de este bosque cerradísimo serpea un camino árido y amarillentoabierto y trillado por la babucha mahometana. ¿En dónde termina aquella sendamisteriosa? Yo lo ignoro. Lo que sí puedo asegurar es queal pisar talescaminosel conquistador o el viajero experimenta una especie de pavorreligiosocual si profanase la vivienda ajena aprovechando la ausencia de sudueño... Yo veía allí las huellas de los que ayer eran pacíficos habitantesde estas comarcas... Pero ¿dónde se hallaban hoy tales gentes? Allí estaba elrastro...pero ¿dónde se encontraba la fiera? ¡La fiera rugía alláen elvecino monteencolerizada al mirarnos remover la cama en que por tanto tiempocalentó a sus cachorros!

No nos apoque ni desarme la intensidad de su muy merecida tribulación; peroseamos circunspectos con el infortunio de quien lucha por la independencia de supatria. Más claro: aunque nosotros atentamos a este sagrado sentimiento de losmarroquíesen represalias de haber atentado ellos a un sentimiento igualmentesagradocual es el honor de Españatal consideración no obsta para que nosduelan el dolor y la tribulación que les causamos hoypor más quealafligirlosobremos en justicia. «Odia el delitoy compadece al delincuente»dicen los legisladores.

Mas por este camino no llegaremos nunca al Serrallo. Perdónensemetantas digresionesy penetrad conmigo en el campamento del SEGUNDO CUERPOqueha relevado al PRIMERO en estas alturasdespués de compartir con él variosdías los laureles de la victoria.

Aquí está la tienda del animoso general Zabalaen quien se conserva eltipo de aquellos nuestros antiguos capitanes (por ejemploGarcía de Paredes)cuyo esfuerzo y bizarría personal los constituía de hecho en caudillos de sustropas. En torno de su albergue de lona se agrupany luego van extendiéndosepor los declives de la montañacien y cien tiendas másque mezcladas yconfundidas con las peñas y matorrales del terrenoofrecen muy pintorescogolpe de vistahaciendo que el edificio del Serrallo se levante entreellas majestuosocomo fuerte navío entre frágiles barquichuelos.

El Serrallo ha sido indudablemente un soberbio alcázarsi no tanvistoso por fuera (lo cual es propio de las construcciones árabes) como los quehabitan nuestros soberanos europeosmuy bien acondicionado para llevar una vidaparadisíaca. Hoy solo quedan allí cimientos y algunos patios medio derruídosen cuyos cenadores se conserva algún alicatadoalgún calado primorosoalgúnmosaicoalgún revestimiento de ataurique que indica la pasada belleza deledificio. El estilo arábigo dominante en sus galerías y miradores es el delAlcázar de Sevilla; pero en la parte más viejaque sin duda fue la mássuntuosase notan vestigios de aquel otro gusto puro y elegante que ostenta laAlhambra de Granada.

En una habitación llena de escombrosy que debió de ser el bañoprincipalhe visto un fragmento de bóveda estalactítica del mayor méritoyun trozo de inscripción quea pesar de la lluvia y del vientoaún conservareflejos de oro y del carmín más delicado. No faltan allí tampoco extensospatios con cisternaajimeces de artísticas proporcionescolumnatasbabucherosy tal o cual indicio del destino de cada aposentode lo que fueharénde lo que fue palacio públicode la parte que ocupaban las fortalezasdel lugar del jardínetc.etc. Pero todo ello se encuentra ruinosocambiadoutilizado para vivac por el beduinoy hoy para reducto por nuestrastropasdespués de haber sido restauradovuelto a destruir y remendadogroseramente. Sin embargocon un poco de conocimiento de lo que son lospalacios de los morospuede reconstruir la imaginación aquel fantásticoalcázarcolocado en un paraje deliciosodesde donde se divisan verdesbarrancos surcados por cristalinos torrentes; el mar que se dilata en tornosuyo; las costas de Españaque se presentan a lo lejos como un sueño dorado ocomo una dulce memoria para los árabesy el litoral del norte de Áfricaquese pierde de vista hacia orientecon dirección a la tumba del Profeta.

En lo demásel aspecto exterior del Serrallo y sobre todo por ellado que sigue en pieque es el que mira a Ceutapoco ofrece departicular para el vulgofuera de la elegante torre morisca en que ondea hacepocas semanas la bandera española.

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Detrás del Serrallo hay (según dije ayer) dos cadenas de montañasque corren paralelamentedestacándose la una sobre la otra: la primera estácubierta de bosque; la segunda es de peña pelada y blanquecina: la máspróxima nos pertenecey se ve coronada por nuestros Reductos; la otrase halla todavía en poder de los musulmanes.

Media entre ambas un barrancoque termina por los dos lados en el mary quees el teatro de las últimas acciones y lo ha de ser de cuantas se riñan hastaque emprendamos nuestra marcha por la izquierda. En ese barranco han caídoheridos y muertos centenares de españoles y marroquíes. Calcúlesepuesconcuanta impaciencia y curiosidad subiría yo a los Reductosconstándomecomo me constabaque desde allí había de dominar perfectamente todo aquelpavoroso valle.

La aspereza de la subida me obligaba a caminar muy despacio y a parar elcaballo muchas veces: así es que a cada paso volvía la cabeza hacia el terrenoque se escalonaba debajo de mícubierto todo él de tiendas de campañadepabellones de fusiles y de trenes de artilleríacomplaciéndome en contemplarminuciosamente la actitudel aspectolas distracciones y las faenas deaquellos cuarenta mil hombres regidos lejos de su patria en improvisadasociedad.

He aquí un rápido bosquejo del cuadro que tenía ante mis ojos.

Los días quecomo hoyno hay fuegovulgomoroselcampamento y el ejército ofrecen una apariencia que de todo tiene menos debelicosa. En primer lugar (y que esto no llegue a conocimiento del Ministrointerino de la Guerra)casi nadie viste el uniforme que le está prescritosino el traje que le parece más propio de la hora y del estado atmosférico. Yesto no quiere decir que nadie haya traído ropa de paisanoni más equipo queel que buenamente puede llevarse sobre los hombros o a la grupa del caballosino que cada cual se envuelve en lo primero que encuentra a mano: ya en lamanta de la camaya en la de su rocinante; ora en un gabán de gomaora en unsaco de lienzomientras que otros van en mangas de camisaolo que es lomismovestidos de encarnado de pies a cabeza (pues la mayoría de las camisasparticularmente las de los jefes y oficialesson de franela del rojo mássubido); otros liados en fajas y bufandas; cuál con chaqueta amarilla; cuálcon polainas de charol y zapatos blancos; quién con zapatillas de tapicería;quién con capucha de colores. Pero de lo que se nota más variedad es de gorrasy gorros: desde el de seda negro con que dormían nuestros mayores y el blancode los hospitaleshasta el griego de la oficina y el inglés paraviajar en diligencia; desde la gorra de cuartel y la cofia de lanahasta elrosel quepisel quepis-ros (estrenado en esta guerra)el fezlamanga catalana y el casquete clericaltodasabsolutamente todas las variedadesde la especie han sido sacadas a relucir en el Campamento. Adviertoparaconcluir en este punto (pero aconsejando también la reserva)que todosdesdelos reclutas hasta los generalesse han dejado la barba.

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Los Reductos (fortificaciones improvisadas por nuestros ingenieros)que protegen el terreno conquistado y dominan el campo de los morosllevan losnombres de Isabel IIFrancisco de Asís y Príncipe Alfonso. Lostres son importantísimas posiciones atinadamente elegidasdesde las cualespuede tenerse a raya al enemigoaunque cien veces intentaracomotemerariamente lo ha intentadodesalojar de ellos a nuestras tropas.

Enfrente del Reducto Isabel II está el famoso Boquete de Angheraque tanto y con tanto terror hemos oído nombrar en España desde que principióesta guerra... y quepor lo mismoyo no he podido contemplar hoy sin profundointerésal verlo tan de cerca.

El Boquete de Anghera es la misma hendedura de que hablaba ayerqueparte verticalmente y hasta su base la muralla de rocas calcinadas que limita ycierra nuestro horizonte hacia el oeste. Por aquella angosta y formidablegargantacuya sola configuración causa asombrose penetracomo por un canalfortificadoen un golfo de peñas y de bosques que jamás ha recorrido plantacristiana. De los misterios a que da paso ese pavoroso caminosolo se haalcanzado a saber que en sus tremendas fauces se asienta el pueblecillo de Angheraespecie de aduana avanzadadonde se toma razón de todo el que entra y sale enel laberinto de Sierra-Bullones. Sábeseo conjetúrase tambiénque por este Boquetese llega a encontrar veredas que conducen a Tánger y a Tetuánasí como un senderotransitable solo para la serpiente o para el beduinoqueva a buscaral otro lado de la Sierraaquella gran hospedería de caravanasllamada el Fondacque señala la mitad del camino de Tetuán a Tánger.Lo que sí ve todos los días es que por dicho portillo desembocan a millareslas diversas tribus y razas que el fanatismo musulmán ha concitado contra losespañoles; lo que sí resulta cierto es que ningún ejército se arriesgaría apenetrar por estrecho tan temerososin conquistar antes las por aquíinexpugnables cumbres de sus dos flancos; lo que sí consta es que esas sonaccesibles por la parte de adentrosirviendo como de trinchera a los infielesque sueñan y soñarán siempre con la reconquista de Ceuta; loindudableen fines que en el Boquete de Anghera está la calladaesfingedepositaria del enigma de la verdadera Áfricadel África misteriosae independienteque empieza en él y no en las costas. Allí ha fijado la mismanaturaleza la frontera de lo desconocido; por allí fluye y refluye ese marinterior de gentes ignoradasque nuestra civilización trata nuevamente deexplorar; allípor últimopudiera escribirse también la tenebrosa frase delpoeta:

Per me si va tra la perduta gente.

Otro fue el espectáculo que absorbió mi atención en el ReductoFrancisco de Asís. Allá en los extremos límites de un bosque que iba aterminar en un desfiladero de la sierrapercibíanse dos o tres tiendas de unablancura que la obscuridad de los matorrales hacía deslumbradora... A primeravista se las hubiera tomado por grandes palomas de albo plumaje que descansabande un largo vuelo: también se asemejaban a esas gacelas de vanguardia que seasoman a la cima de los oteros para avisar al rebaño de sus compañeras si hayo no peligro que temer... Y estoy no otra cosahacían allí las tiendas quedigopuesto que eran las avanzadas del campamento moro (que debe hallarsesituado a dos leguas de nuestro campo). ¡Ohsí!... ¡Eran ellos!

Yo no los percibía; pero aquella era su moradano su improvisado vivac deguerracomo lo son las tiendas para nuestros soldados¡sino su único hogarsu casa ambulanteel amovible aduar del peregrino de los desiertos!

¡Conque era verdad! ¡Conque no era fantástica creación de los poetas!¡Conque había realmente en nuestro siglo nivelador y desencantadoa laspuertas de Españaun pueblo primitivode costumbres bíblicasviviendo ensociedad patriarcaldividido en tribusapegado a la naturalezaindependientede la civilizacióngrande sólo por su carácter y por su denuedo! ¡Viéndoloestaba y me parecía un delirio de artista!

Mis observaciones desde el tercer Reducto limitáronse a contemplar uncadáver sin cabezaenteramente desnudo y blanco como la nieveque yacía allado allá del barrancoy quepor estar allí y en una actitud que me parecióirrisoria (tendido a la largacon los pies juntos y los brazos abiertos como uncrucificado)deduje que sería español. A ser moro no permaneciera insepultoen su campo (ni en el nuestro). Pero era cristianoy nos lo habían presentadoallí en ignominiacomo diciéndonos: Ecce homo!

Tal ha sido mi día de hoy. Ahoraque son las ocho de la nocheme aguardanlos precitados maderos de la plaza de Ceuta; maderos quesegún lofatigado que me hallovan a saberme a mullidas plumas.



 

- VII - Marcha para acampar. -Formación de un campamento.

Campamento de la Concepción (en el camino de Tetuán)14 dediciembre.

Ya estamos acampados. Hace tres horaseste valledenominado el Tarajary los dos montes que lo sombreaneran una selva cerradasilenciosaperteneciente a la morismay donde apenas se veía huella de pie humano. Eneste momento es una colonia españolauna ciudad cristianadeslindada yfortificada completamentedividida en dos barrios separados por un arroyosubdividida en manzanas atravesadas por callescon su fuente públicasulavaderosu abrevadero para los caballossu hospitalsu iglesiasu palaciosu boulevardsus oficinassu fondasu casa-tribunalsus murallassuspuertassus hileras de casassu cuartel de Guardia Civilsus caballerizasycomo podrá verse en la fecha de este capítulohasta con su nombre.

Tal milagroque un exceso de hipérboles hace aparecer inverosímiles unaverdad más o menos relativay se ha realizado de la siguiente manera:

Esta mañana recibió el TERCER CUERPO de ejército la orden de salir de Ceutapor batallonescon todo su inmenso materialy formar a la falda del Oteroa fin de trasladarse desde allí al punto que se le designaríaoportunamente.

¡Emprendimospuesla marcha a cosa de las diezy solo entonces cundiópor las filas la fausta nueva de que debíamos dírigirnos por el camino de Tetuán!...

En efectopasamos al lado de la piedra divisoria que antes de estaguerra señalaba los límites de nuestro campo (la misma piedra que losmoros derribaron hace algunos meses y que repuso en su lugar el día de la Reinael arrojado general Echagüe); dejamos a nuestra izquierda la Mezquitaya la derecha el Serrallo y los Reductos; tomamos por un barrancoque se inclinaba hacia el mary al poco tiempo pusimos la planta sobre unacarretera recién construidao sea improvisada por nuestros ingenierosmilitares en las laderas de una áspera montaña.

¡Magnífica y sorprendente fue entonces la vista que presentaron aquellosdiez mil hombresescalonados en una interminable y no interrumpida líneaqueseguía las revueltas ondulaciones del terrenohaciéndoles asemejarse a unalarguísima serpiente de vivos colores y relucientes escamas! Hubo un momento enque pude ver completa aquella formidable procesiónque ocupaba el vistosoanfiteatro de una verde laderacruzada redobladas veces por un camino queparecía cimentado sobre el aire... ¡Era ciertamente un espectáculomaravilloso!

Todo contribuía a embellecerlo: la luz de un sereno y resplandeciente día;el aseado aspecto de las tropasarmadas y equipadas de nuevo para esta guerra;la variedad de sus uniformes; los capotes celestes de los unos; los ponchospardos de los otros; las mantas encarnadas de estos; las grises aplomadas deaquellos; aquí los pantalones colorados; allí los azules; los roses forradosde blanco de tal regimiento; las músicasrespondiendo como ecos desde la basehasta la cúspide del monte; la gallarda caballería; la misma feracidadmonstruosa del suelo que pisábamos: todorepitoconspiraba a hacer más varioy pintoresco el aspecto de tan interesante marcha.

En cuanto al orden con que se verificaba estaera el siguiente:

Marchaba a vanguardiay como explorando el caminoel batallón Cazadoresde Segorbellevando detráscomo cada cuerposus veinticinco camillas ycinco cargas de repuesto de municiones; seguían una Brigada de Artilleríade Montaña y una Compañía de Ingenieros con su parquey en pos deella iba el General Comandante en Jefe de este cuerpo de ejércitoconsu Cuartel General y Estado Mayortodos a caballoescoltados poralgunos Cazadores y Guardias civiles de Caballería. Despuéscaminaba la Primera Divisiónal mando del general D. José Turónyendo al frente de cada una de sus respectivas brigadas los brigadieres Cervinoy Mogrovejo. En seguida marchaba la Segunda Divisiónmandada por elgeneral D. Jenaro Quesaday al frente de sus brigadas respectivas iban losbrigadieres Otero y Muretaformando la retaguardia un escuadrón del Regimientode Caballería Cazadores de Albuera y un largo séquito de acémilascargadas de víveresmueblestiendas y equipajes.

Vulgar y prosaica parecerá la Beocia de mi poema; pero no lo habríasido menos la del Cantor de Aquiles si la hubiera escrito en la tienda dePatroclopara ser leída por los asistentes de Agamenón. La poesía sólosuena bien a larga distancia de las cosas: las figuras retóricascomo lasgrandes montañasson para vistas desde lejos. Yo no comprendo la poesíaépica de actualidad; dadme dos siglos de intervaloo matad a todos lostestigos presenciales de esta Guerrapegando además fuego a cuantosperiódicos la sigan al díay ya veréis cómo escribo enumeraciones en todaregladiciendo que los gallegos beben las aguas del Miño y llamando a losnavarros «hijos del Pirene». ¡Puede que entonces encontrara muchos Diomedes yAyaxes en esos capitanes y coroneles que se han batido ya contra tres o cuatromoros cada unopero que tienen la desgracia de ser contemporáneos de lahistoria!

Continúo. Eran ya las doce del día y seguía marchando el TERCER CUERPO.Las primeras avanzadas de los otros campamentos se habían quedado atrásynosotros caminábamos todavía. Todos se miraban como para comunicarse una mismaidea y un mismo regocijo. ¡Nuestra buena suerte nos destinaba a ocupar la vanguardiade todo el ejército! La carretera continuaba amarilleando ante nuestrosojos... Habíamos andado ya mucho más de una legua... El marque siempreteníamos a nuestra izquierdaparecía como llamarnos hacia Tetuán... Ycompletaba esta ilusión nuestra el ver que a poca distancia de la costaseguían lentamente nuestra marcha algunas lanchas cañonerasprontas aauxiliarnos con sus fuegos en el caso de que el enemigo saliese a disputarnos elpaso...

Yo no sé cuántas leguas hubiéramos andado en esa dirección sin sentir lamenor fatiga: ¡tanto nos atraía la tierra que se dilataba ante nuestros ojos!Por lo demásel terreno que pisábamos era sumamente pintoresco a fuerza deser enmarañado y salvaje. Las regiones superiores de las montañas estabancubiertas de romero y tomillo o de ásperos carrascalesmientras que en lasvertientes crecían palmeras enanasalcornoquesjaras y enebrosasí comoalgunas hierbas de singulares floresque no recuerdo haber visto en nuestraEuropa. Relucía y murmuraba el agua en el fondo de todos los barrancosdesatándose por entre caprichosas guijas; saltaba bajo nuestros pies la cazacomo en un coto realy en la azulada y radiante atmósfera se mecían todasaquellas aves que abandonan a España por este tiempo.

Llegamosal fina unas alturasy desde ellas divisamos cuatro o seisjinetesque allá recorrían un alto monteopuesto enteramente al que nosotrosocupábamos. Hicimos alto y en esto vimos bajar por la derechay con direccióna nuestras filasotro jineteque traía su caballo a todo escape. Era unamigo... Era un oficial de Estado Mayory venía a avisarnos que aquelladistante cabalgata era la del general Garcíajefe de Estado Mayorquienvolvía de reconocer las posiciones en que iba a acampar nuestro cuerpo deejército. Descendimospuesunos y otros al valle interpuesto entre los dosmontes: el infatigable y valeroso general García conferenció con nuestrogeneraly entonces supimos quepor hoyno debíamos pasar más adelante.

-¡Aquí tienen ustedes buen agua! -dijo el jefe de Estado Mayor deO'Donnellcomo si dijera: Aquí tienen de todo.

Y en efectopara comprender el valor y la importancia del aguaes necesarioacamparcomo nosotros acampábamosen país deshabitado y desconocido. Fuepuesel primer cuidado del general García llevar a Ros de Olano al nacimientodel valle y enseñarle aquel tesoro de vidade salud y de limpieza. El aguabajaba de un obscuro e intransitable barrancopresentándose sosegada y alalcance de la mano cerca de las ruinas de una casa moraen la cual se dispusocolocar centinelasa fin de que la provisión del líquido precioso se hiciesecon orden y economía; es decirque el primer aguao sea la más altasetornase para beber y guisar; la segunda se destinase a los escrupulososcaballos; la tercera se emplease en lavary la restante sirviese para fregar.De este modoaquella flaca corriente podrá subvenir al consumo de diez milhombres y mil caballerías.

Terminada tan interesante operaciónGarcía trazó en el aire con el dedoel perímetro de nuestro Campoy partió hacia los otros Campamentosdondecomo veréis despuéssu presencia era también muy necesaria.

El recinto que se nos había señaladoy desde el cual escribo estaslíneasconsistía en el estrecho valle citado antes y en las dos laderas demonte que descienden a él; o lo que es más clarodebíamos plantar nuestrastiendas en la cavidad del barrancoasomando nuestras avanzadas por las crestasfronteras al llano de Castillejostodavía en poder de los morosydejando nuestra retaguardia en comunicación y contacto con los demás Campamentosespañolas. Situados asíla defensa de nuestro frente quedaba confiada anosotros mismos; a la espalda teníamos el terreno conquistado y ocupado por losotros Cuerpos de Ejército; nuestro flanco derecho podía ser protegido por el ReductoPríncipe Alfonsoy nuestro flanco izquierdo estaba guardado por el mar.Debíamospor tantoatendersobre todoa fortificar nuestro frentevulnerable por muchos puntosa causa de la elevación de los cerros de Castillejosy de los espesos bosques que los tapan.

Se comprenderápor esta explicaciónque el Camino nuevo de Tetuán quedaráa nuestra izquierdaencerrado entre las olas nuestro Campamentoy quetambién está encomendado a nuestra vigilancia evitar que el enemigo se corrapor ese lado y ataque la retaguardia de nuestros cuatro cuerpos de ejércitoconsiderados en conjunto... En cuanto a la fragosidad de los montes en quehabíamos de acamparsolo diré queluego que los recorríme parecióimposible que allí lograra sostenerse de pie cosa algunacomo no fuesen susseculares malezasni transitar otra planta que la del moro o de la zorra. Yaun si esto se concebíaera en vista de sus recientes huellas...

A eso de las cuatro vime obligado a volver a Ceutaen busca de miequipaje; pero no bien trepé a la primera altura que dominaba los sitios que yohabía recorrido hacía tres horasempecé a desconocer el terreno que pisaba ya no atinar con el camino que debía seguir. Y era que durante nuestra marchaya consecuencia de ellahabíase variado completamente la disposición de losotros Campamentos. Más de cuatro mil tiendas de campaña habían sidoremovidas de un lugar a otrorealizándoseen pos nuestro un gran movimientode avance hacia el esteal abrigo de las posiciones que nosotros acabábamos deocupar.

Pero si grande fue mi sorpresa al ver el cambio ocurrido en tan poco tiempoen las alturas del Otero y del Serrallomayor fue mi admiracióncuandoal volver de Ceutaavisté a lo lejossobre las cumbresselváticas en que nos alojó el general Garcíael Campamento delTERCER CUERPO completamente terminado.

Era ya cerca del anochecerya la dudosa luz del crepúsculosurgía antemis ojoscomo evocada por un magola Ciudad improvisadade que hablabahace poco. ¡Y qué graciosa y pintoresca perspectiva presentaba desde lejos!Imaginaos un terreno que bajaba en rápido declive desde los gigantescos picosde la Sierra de Anghera hasta las arenas de una playa enteramente lisa; figuraosun mar tranquilocobijado por un hermoso cielocuyo azul hacían más obscurohacia levante las primeras sombras de la nochemientras que los últimosfulgores del día lo abrillantaban hacia poniente; fingíos en la imaginaciónmontañas que una vegetación tupida cubre de una capa sombría; yescalonadasen sus flancosmirad aquellas blancas tiendasque parecen un rebaño decorderos o una banda de palomas. Añadid el brillo de alguna anticipada hoguerael humo que se elevaba al horizonteel cordón de soldados que bajaba por aguao subía con ella por la silueta de una lomamarcando la senda con sus propioscuerposcomo vemos en los ejércitos de hormigas; figuraosen finlaanimación y la gritería de todos; las cornetas que llamaban a orden general;los caballos que relinchaban corriendo sueltos por el valle; las acémilassubiendo pesadamente por las cuestas pendientísimas; los golpes del mazo y dela pala; el remoto cañoneo de Ceutadando la oración; los de losbuques que la repetían desde el puerto; la horael sitiola lejanía de lapatriatantas y tantas extraordinarias sensacionesy comprenderéis laprofunda impresión que hizo en mi mente un espectáculo tan nuevotan solemnetan inesperado.

Lleguépor últimoa penetrar en este pueblo recién nacido (y yabautizado con el místico nombre de La Concepción); lo recorrí porcompletoy quedé maravillado al ver lo que se había hecho en menos de treshoras. Todo el espacio ocupado por las tiendas había sido descuajadoun bosqueentero había desaparecidoenormes pedregales eran ya blancos colladosy todoeste material inmenso formaba una sólida muralla en la extensa línea devanguardiade modo que nuestro Campamento quedaba perfectamenteatrincherado y defendido por un parapeto de primer ordendel que se destacabanalgunos pequeños reductosfortificados tambiénen los cuales habían depasar la noche cinco grandes Guardias avanzadas.

Para que se comprenda cómo ha podido verificarse semejante prodigio deactividadva a serme forzoso dar a conocer una de las personas másdistinguidas que figuran en este cuerpo de ejército; pero no lo haré sinprotestar antes de mi firme resolución de escasear cuanto me sea posible enestos apuntes los nombres propiospues obrar de otro modo fuera cuento de nuncaacabartratándose de una campaña en que todos rivalizan en celodesinterésarrojo y patriotismo. La persona a quien aludo es el Sr. D. José Ignacio de laPuentecoronel jefe de Estado Mayor del TERCER CUERPO. ¿Recordáis ladescripción que hice en Málaga de los sobrehumanos esfuerzos que se habíannecesitado para organizarequiparaprovisionar y remover estas dos divisiones?¿Recordáis que hablé de la laboriosidad incansablede recursos inesperadosde medios inverosímilesde resultados milagrosos? Pues la mitadcuando menosde todas aquellas maravillas se debieron al desvelo constantea la fecundainventivaa la previsióna la ubicuidada la multiplicación de eseentendido jefeen quien todos cuantos lo vieron durante tan difícilescircunstanciasreconocencomo youn portento de movilidad y una graninteligencia organizadora. Y él ha sido también quiensecundandoacertadamente los pensamientos del general Ros de Olanoy utilizando la periciade nuestros entendidos ingenierosel don improvisador de nuestros soldados y elbuen deseo y la actividad de todosha dirigido y llevado a feliz término laobra de titanesde convertir en menos de tres horas una enmarañada selva enuna ciudad fortificada.

Pero insisto demasiado en lo de ciudady esto me recuerda que hacealgunas páginas ofrecí trasladar a humilde prosa aquellas figuras poéticascon que tracé el plano de nuestro Campamento. Hablaba yo allí de boulevardde palaciode iglesia y de no sé cuántas cosas más... Puesbienoíd la explicación de este misterio. Llamépalacio a la tiendade nuestro generaly ciertamente que merece tan pomposo nombre si se la comparacon los restantes edificios de La Concepción. La tienda de Ros de Olanoa diferencia de las demás que la rodean (que son de cáñamo liso y constan deuna sola estancia)es de una tela listada a grandes rayas blancas y de color derosay se divide en un atrio o porchey en un aposento interior. Tantascomodidades (¡algo mayores la tiene un pastor de Sierra-Nevada!) justifican queyo tome por un palacio la tienda de mi ilustre amigo. Di el nombre de boulevardy debí darle el de faubourgal terreno ocupado por el CuartelGeneral y por el Estado Mayor; pues además de sobresalir del restode la población por sus hileras de altas tiendasacudirán a él alcabo del día todos los jefes y oficiales de los demás barriosviniendoya a tomar órdenesya de visitaya a consultasya de paseo. La iglesiaes una capilla ambulanteque ya describiré cuando la abran y digan misaen ella algún día festivo; el hospital se reduce a algunas vastísimastiendasdonde se hará la primera cura o se darán las primeras medicinas a losheridos y enfermosdespués de lo cual serán trasladados a Ceutao aotros puntos; las puertas de la ciudad son unos portillos abiertos enla trinchera para salir al campo enemigo; la casa-tribunal es la tiendade la Auditoria de guerralas manzanas de casas las forman losgrupos de tiendas de cada compañía; las callescada batallón;y por este orden sigue siendo exacta la pintura que hice más arriba.

Tal estorpemente bosquejadoel paraje en que hemos de permanecer no sécuántos días. Ya esta tarde (según acaban de decirme) algunos destacamentosde moros se han asomado a las montañas más próximas a nuestro campoconobjetosin dudade examinar a los nuevos enemigos que ha arrojado la mar sobresus costasy estudiar las posiciones que hemos ocupado. Es de presumir que estanoche formen su plan de ataquey que mañanaal amanecer nos veamos frente afrente. Tampoco fuera extraño que vinieran dentro de algunas horasprotegidospor las tinieblascreyéndonos desprevenidos y entregados al sueño... No hasidopuesinútil nuestra celeridad en fortificarnos. Por lo demásnadiedormirá esta noche (es la orden que se ha dado); y a pesar de tener uncordón de avanzadas y de escuchas en torno de la fronterael Campamentoserá recorrido de hora en hora hasta por los jefes que no estén deservicio.

En tal estado de inquietudde curiosidad y de expectativa trazo estosrenglones. perdóneseme de una vez para siempre su desaliñado y bárbarolenguajeen gracia de la precipitación y de la fatiga con que los escribo.

A las doce de la noche.

Vengo de recorrer la trinchera. Hace luna. ¡El más profundo silencio reinaen nuestro campoysin embargonadie está dormido! Creo que los moros no nosinquietarán por esta noche. Hacia la parte por donde pudieran venirtampoco sesiente rumor alguno... Sólo el gemido de las olas turba la solemne calma de lanaturaleza.

Al pasar por ciertos parajes hemos visto moverse alguna cosa entre las mataspero sin hacer ningún ruido... Eran nuestros escuchasque seincorporaban al sentirnos llegar.

-¡Cuidado con dormirse! -les decía entonces algún jefe.

-¡No hay cuidado! -murmuraban ellos.

Y volvían a sentarseliados en sus mantascon la carabina terciada sobrelas piernas.

Nada tan fantástico como aquellas figurasmedio ocultas por las tinieblasmedio dibujadas por el astro de la noche... A veces se las confundía con unapeña o con la sombra de un árbol; otras veceslos árboles y las peñastomaban a nuestros ojos la forma de emboscados vigilantes.

De cualquier modocreo que es cosa de dormirsey venga lo que viniere.



 

- VIII - Moros y cristianos.

Día 15 de diciembre.

Los moros no se han hecho esperar. Veinticuatro horas hace que acampamos enestas posicionesy ya nos han visitado en son de guerra. El TERCER CUERPO harecibido el bautismo de sangre: el ejército español registra una nueva fechade gloria. ¡Dios ha oído los votos de aquellos soldados que ardían deimpaciencia dentro de los muros de Málagaal ver comenzada la guerra sin queellos tomasen parte en sus triunfos y en sus peligros! Sí hoy han tenido elplacer de batirse al lado de las insignes y venturosas tropas que inauguraronesta campañaycomo ellashan hecho huir espantados a los audacesmarroquíesque con tanto aparato y en tal número habían atacado a las nuevashuestes españolas.

Oíd ahora la relación de lo sucedidohecha por un profano en la cienciamilitarque hasta hoy no había presenciado una acción de guerra.

Pasó sin novedad nuestra primera noche de campañay a eso de las seis dela mañana oyose a lo lejos la diana del cuartel general de O'Donnell.Repitiéronla todos los cuerpos de ejércitoacompañándola de los vivas yaplausos de costumbrey todos sacamos la cabeza fuera de nuestra tienda.

Aún hacía lunapero una franja de oro extendida por la lontananza del marindicaba la proximidad del sol. Reaviváronse las hogueras del Campamento;los soldados empezaron a preparar su caféy las grandes guardias comenzarona hacer las descubiertas.

Esta operación es otra de las más solemnes de un ejército en campañaytiene por objeto averiguar si durante la obscuridad de la noche se ha emboscadoel enemigo cerca de las trincheras. Hácesepuesluego que ha amanecidocompletamentey con las más minuciosas precauciones... Después se colocancentinelas en los puntos avanzadosy se retiran a sus tiendas los escuchas;olo que es igualla vigilancia de la vista sustituye a la del oído.

Todo esto se llevó hoy a cabo sin novedad pero a cosa de las ochoyprecisamente en el momento que se daba orden a los cuerpos de formar convista al campamento del general O'Donnelldonde se celebraba una misa de réquiemen sufragio de los muertos en esta campañarecibiose aviso de que por laparte de Tetuán se presentaban fuerzas enemigas...

Un movimiento de júbilo y curiosidad circuló por todo nuestro campoy elgeneral Ros subió a la trinchera rápidamenteseguido de su Estado Mayor yCuartel Generaldictando al paso disposiciones preventivas.

¡Maspara el TERCER CUERPOlo primero era verlos!... -Pronto losvimos-. Allásobre la cumbre de una montañaque distaría un cuarto de leguade nosotrospercibíaseefectivamentedestacada en silueta sobre el cielouna línea de extrañas figurasa pie y a caballotodas vestidas con largasropas blanquecinas y formando una procesión clásica y severaque parecíacopiada de una escena de teatro. Nada faltaba para completar la ilusión: ni elbrillo de sus largas armas; ni la bandera amarillallevada a la grupa poralgún jinete; ni los ondulantes albornoces; ni el gallardo andar de loscaballosque así corrían entre peñas y matorrales como si pisasen arena deldesierto...

¿Quiénes eran? ¿Cuántos venían? ¿Cómo se llamaban sus jefes? Todos loignorábamos... ¡Y ésta es la causa del prestigio que ejercen sobre nuestraimaginación!

En las demás guerrasse sabe el número y calidad del enemigo; se conocensus recursossu procedencia y sus intenciones; se tiene idea del camino que hatraído y del lugar en que dejó su campo... Peroal ver aparecer a los morosno se sabe sino que están allí; que lo mismo pueden ser un millón de hombresque una guerrilla de ciento; que la tierra que pisamos los críay que nuestrapresencia los levanta de sus madrigueras; que vienen contra nosotroscomovinieron ayer y como vendrán mañanasin que tantas derrotas consecutivas losdesalientenni tan enormes pérdidas los aminorenni nuestra superioridad losintimideni nuestro valor los acobarde.

Tales pensamientos me inspiraron a primera vista aquellas gentesque nosrevelaban su existencia con su hostilidad. Su número se aumentaba entretanto deuna manera prodigiosa. Cada matacada piedra vomitaba uno de aquellos seresfantásticos; los bosques se cuajaban de ellos; descolgábanse de lascordillerascual copos de lana; surgían como niebla del fondo de los valles;erizaban materialmente la línea del horizonte... En seguida desaparecieron anuestros ojoscorriéndose sin duda por ocultos barrancos.

En efecto: media hora despuésuna de aquellas extrañas figuras asomó lamitad del cuerpo por detrás de unas piedras situadas a quinientos pasos denuestra trinchera; extendió hacia nosotros su larga espingarda...yantes deque apareciese el humo de su disparodos o tres detonaciones habían resonadoya en una de nuestras avanzadasdonde se hallaba la 3.ª compañía de Cazadoresde Segorbe. Un nutrido fuego partió entonces de la línea enemigay ya nose vieron más que dos largas bandas de humomarcando la posición de cadafuerza contendiente...

Y he aquí todo lo que un pintor de batallas puede trasladar al lienzo eneste linaje de acciones: un croquis topográfico y más o menos humareda.Añadid los silbidos de las balasásperos y breves como un siseo cuandoel proyectil va caliente; largos y quejumbrosos cuando va frío; figuraos losalaridos de los morosque gritan de una manera bufonainocenteinfantil;imaginaosfinalmentealguna que otra sombra humana moviéndose o cayendo entreaquella nube engendrada por la pólvoray tendréis completa idea de loscombates a fuego graneadoque son los que hasta ahora abundan más en estaguerra. En otra ocasiónsi llego a verme sumido en el báratro de furor yagonía que suelen velar esos remolinos de humoos escribiré susinterioridades.

Los moros fueron rechazados por la mencionada Compañía de Segorbe(que tenía orden expresa de permanecer a la defensiva)y entoncesdesesperanzados de atraernos a los bosques y cañadasdonde prefieren combatirpor serles más ventajosocreyeron conveniente correrse a la derechaa ver sieran más afortunados con nuestros compañeros del PRIMER CUERPO.

Pero salioles mal la cuenta: el Reducto Príncipe Alfonso empezó acañonearlos vivamenteluego que los tuvo a tiroy el intrépido generalGassetfamoso ya en esta guerray el general Garcíaque es tan bravo en lalid como prudente en el consejolos rechazaron valerosamenteexpulsándolosdel bosque en que se parapetaban. Un batallón del Reyel de Simancasy el primero de Granadacon su bizarro coronel a la cabezabastaronpara alcanzar tan señalado triunfo contra los miles de moros allí emboscados.

Volvieronpuesestos nuevamente a intentar caer sobre la derecha del TERCERCUERPO; ¡pero como en aquel intervalo el general O'Donnell nos hubiese enviadouna compañía de Artillería de Montañaaquí principia la partedivertida de la acción de hoy!

Ros de Olano dejó acercarse a los moros cuanto quisieronsin inquietarse desus alaridos ni de las banderas que tremolaban ante nuestros ojos; pero luegoque los vio a distancia y apiñados como manada de ovejasmandó hacerfuego a la artilleríaque por más señas era rayada...

La puntería no dejó nada que desear; los proyectiles cayeron precisamentesobre la caballería agarena; y si grande fue el desorden y la dispersión queintrodujeron en sus filasmayor fue el alboroto que movieron en nuestro campodonde los soldadosno pudiendo contener su rencorosa alegríaestallaron envítores y palmadas. Siguieron los disparos: los moros huían en todasdireccionessin lograr sustraerse al alcance de nuestras piezas; los infantescon los jaiques recogidoscomo damas que andan sobre lodocorrían por loscerros con la ligereza de liebres perseguidas; los jinetestendidos sobre elcuello de sus caballosdesaparecían en la espesura de los bosques; alguno queotrosin reparar en que no nos encontrábamos a tiroasomaba por una laderarevolvía el corcel con las rodillasdisparaba su espingarday se marchaba atodo escape por donde había venido; y tampoco faltaba quien se encarase connosotrosdesplegara y sacudiera su blanca vestiduracomo si quisiera volarygritara con una voz muy semejante al maullido del gato: «¡Perros! ¡Perros!»

Lo repito: fue aquel un rato de verdadera fiesta; el soldado se divirtióhonestamentey yo... ¡yo no hacía más que pugnar por imaginarme lo quepensarían y hablarían de nosotros aquellos infortunados circuncisos!...

En tal situaciónRos de Olano recibió orden del general O'Donnell de haceravanzar algunas fuerzas por su frentea fin de envolver la derecha enemiga.Salieron al efecto los batallones de BazaCiudad-RodrigoSegorbey uno del Infantemandados por el bravo brigadier Cervino; pero losmoros huyeron precipitadamenteno sin batirse algunos en retirada con dos otres de nuestras guerrillas... Como yo iba con mi batallón en este ataquehetenido ocasión de examinar de cerca aquel cadáver sin cabeza que vi hace dosdías desde el Reducto Príncipe Alfonso. Eraen efectoun español.Sus blancas y delgadas piernasrevelaban a uno de esos gallardos cazadoresigualmente admirables en la revista que en la pelea... Al verlo allítanperdido y abandonadosin nombre ni historiasin que palabras de consuelohubiesen endulzado su agoníani nadie después lo reconociese y lo llorasepensé en que aquel infortunado tendría en alguna parte una familia ocuandomenosamigos que lo despedirían al partir para la guerraun corazón quelatiría por éluna cuna que lo recordarauna página de un librobautismal...¡y quesin embargonunca se sabría cómoni dóndenicuándo había terminado su vida! ¡Ah! Por lo menossu mutilado cadáverdormirá ya en el sello de la madre tierray su alma cristianaal desaparecerdel mundoha obtenido la santa bendición que recibió al venir a él.¡Descanse en paz el mártir de la patria!

Cuando regresamos a nuestro Campamentolos ecos triunfales de laMarcha Real resonaron en nuestros oídos. Era O'Donnellque llegaba seguido desu Estado MayorCuartel General y brillante escoltacuyos lujosos uniformes ybruñidas armas resplandecían a la luz del solpróximo a ocultarse...

El conde de Lucenahabía asistido personalmente al combate del PRIMERCUERPOycomo observase que el enemigo se corría hacia nuestro ladoacudíaa presenciar allí otra victoria.

Desde luego comprendió que el brigadier Cervino la había conseguido ya concrecesy le mandó retirar sus guerrillasdando así por terminada la acciónde hoy. Permaneció después algunos instantes viendo cómo se alejaban losmoroshasta querepentinamente y con muy expresivo ademánvolvió el caballohacia el campamento del Oteroadonde se encaminó sin hablar palabra.

En cuanto a los africanospronto se perdieron en las sombras de la noche.¡Allá ibanliados en sus jaiquessubiendo la montaña en larga procesiónsin mover los brazos para andarcaminando (según la expresión de nuestrogrande artista Vallejo) con paso bíblicoy volviéndose de vezen cuantoquizá para maldecirnostal vez para jurarnos una pronta vuelta!



 

- IX - Día de huelga. -El Campamento por dentro.

16 de diciembre.

El día de hoy ha sido de completa paz; y como la paz es protectora deltrabajonuestros soldados se han entretenido desde esta mañana en concluir loscaminos interiores del Campamentoen acondicionar mejor sus viviendasen lavar ropaen cazar conejos y liebres y en perseguir zorras por entre losmatorrales. También se ha cosidose ha planchado (a nuestra manera)se hanlimpiado las armasse ha hecho gran provisión de leñaha salido a relucir elnegligé de cada unose nos han presentado expendedores de vinodetabaco y de otros artículos preciososylo que es más importante que nadase ha descubierto que esta selvática soledad no es por completo improductiva.

Primeramentetenemos el susodicho ramo de liebres y conejoscon másalgunas perdicesalgo distintas de las de Europay dos o tres perrosagregados al cuartel generalque se encargan de levantarlas. Tenemos tambiénexquisita pesca en la vecina mary mariscos en las colindantes rocas. Tenemosheno para los caballos y para nuestras camasy jazmines silvestres muy olorosospara el ojal de la levita... Hemos encontradoademásun prado sembrado decebollas y otro de maíztodo ello a muy poca distancia... ¡De las cebollasdicen los soldados que están en buen usoy del maíz ya sólo quedanlas cañas!

Hayen finaquí muchos alacranes y demasiadas moscas para la estación enque nos hallamos. Y a propósito: disfrutamosa la sombrade una temperaturainmejorable (12 grados Reaumur)y hasta hoy son muy contadas las bajas queexperimentamos por enfermedadaunque lo húmedo del terreno nos hace presentirque el cólerareinante en los otros campamentosno tardará mucho envisitarnos.

Los soldados toman esta vida por el lado alegrealejandocuanto les esposiblesu imaginación de toda idea lúgubre y dolorosa... Verdad que otrasvecesal referirse a su existencia pasadatodos lo hacen con aquel acento desupremo juicio que se emplea en la redacción de los testamentoscual si yamirasen el mundo a gran distanciay hablan de los afectos y de las pasiones conla severa frialdad característica de los ascetas o de los ancianos... Pero todoello es muy natural: la inminencia de la muerteel constante peligro que searrostrael abandono y soledad en que cada uno se encuentrahacen que la vidase reconcentre en el propio corazónapartándose de todos los objetosexteriores. ¡El náufrago que lucha con las olas no se acuerda de los tesorosque ha perdido hasta que toca la orilla con sus manos!

Conque prescindamos también nosotros de estas consideracionesque hoy esdía de paz y de contento. Y digo de contentoporque la vida de campañaofrece verdaderos atractivosaun prescindiendo de su novedad y de su poesía.

En el Campamento no hay mujeresy estoque a primera vista pareceylo es en cierto modosu mayor contrariedadconstituye también su especialencanto y la esencia de sus peculiares goces. Desde luegonótase entre loshombres más concordiamás buena femás confianza: soncomo quien diceunos... Adanes libres de Evas y de serpientes tentadoras. El amor propio no sehalla excitado a cada momentocomo acontece en el mundopor los fallos ysentencias de la mujerjuez inapelabley casi siempre injustodel torneo dela sociedad.

Las verdaderas prendas del individuosu bondad o su talentosu valor o suhonradezse sobreponen a otras cualidades secundarias muy estimadas en elmundo: a la eleganciapor ejemploa la hermosuraa la celebridadal dinero.Como no hay que agradar a ninguna hembranadie se cuida de su adorno personalde su rostro ni de sus movimientos. El hombre es más hombreen finyporconsiguientemás verdad.

Sin embargono seré yo quien se conforme con la supresión del bello sexo.Muchamuchísimaquizá demasiada tranquilidad nos proporciona su ausencia;pero¡ay!en cambio¡de qué suaves inquietudes nos priva! La sociedad dehombres solos es áridasecarudadescortés. La mujer pulesuavizaredondea las asperezas del trato. Ella es el primoroso engaste de los afectosel blanco pasto del alma. Sin ellanuestra voluntadnuestra actividadnuestros esfuerzos no van más allá de lo útilde lo necesariode locómodode lo real y tangible. Su mágica influencia es la que nos abrehorizontes idealesla que nos revela un mundosuperior. Porque esta es laverdad: nuestro espíritu se encuentra aquí completamente ocioso; nuestras masnobles facultades duermen sin empleo; nuestros cuidados son puramentemateriales; nuestros sentimientos pudieran llamarse instintos. ¡La mujer es labellezaes el pudores el artey donde ella faltatodo es naturalidad;quiero decirtodo es desaliñotodo es desnudeztodo es abandono! Aquí somosmás libresporque somos más salvajes; aquí estamos más tranquilosporqueexistimos menos; aquí se revela más nuestra naturalezaporque somos menosartistas. La mujerpor consiguientees la inspiradora del arte y el alma de lasociedad.

Dicho estosolo me resta entreabrir los lienzos de mi tienda e invitarosa pasar conmigo dos horas de veladaa fin de que acabéis de conocer todos lossecretos de bastidores que son anejos al gran espectáculo de la guerra.

Empiezo por confesarno sin cierto ruborque la tienda en que osintroduzcoaunque habitada por dos soldados rasosRombado y yoostenta máscomodidades que las de nuestros oficiales y jefes. Prefiero revelaros estadebilidad a mentir unos méritos que no me he atrevido a contraer. Los trabajosy privaciones del simple soldado son superiores a mi viciada naturalezay¡gracias que pueda sufrir lo que aquí se entiende por regalo!

Supongo que apenas tendréis idea muy vaga de lo que es una tienda:yopor lo menoscuando salí de Madridsólo las había visto pintadas. Unatienda es una especie de paraguas sin puñocuyo bastón descansa (pero no seclava) en el suelomientras que toda la circunferencia de la tela está sujetaa la tierra por medio de cuerdas y de estacas. El palo de las de modeloespañolo sea de la que describoforma por arriba una especie de Ty su basetraza sobre el suelo una elipse no muy prolongada. El espacio comprendido enesta especie de enagua medirápor la parte mas extensaunos seis pasos; perode ellos solo pueden andarse tres sin inclinar la cabezani más ni menos queacontece en las buhardillas. La elevación del techo por en medio de la tiendano llegará a tres varasy desde esta altura va menguando hasta llegar a cero.La tela es casi igual al velamen de los barcosde cáñamo muy tupido; que semojapero no deja paso al agua; yen cuanto al vientopara mayor garantíacontra élarrancan desde lo alto del edificio cuatro largas cuerdasque van afijarse en el suelocada una en dirección de un punto cardinal. Estas cuerdastoman el nombre del enemigo que combaten: se llaman vientos. La entradade semejante choza se cierra poco más o menos como el corsé de una damao seapor medio de cordones y ojetesy para los días de calortiene además ellienzo algún postigoque recuerda... los pantalones de nuestros antepasados.

El ajuar de esta tienda (que repito es de lujo) consiste en tres banquillosde tijerapor el estilo de los que llevan a misa algunas señoras; en una mesatambién de tijeracuya tabla se quita y se doblay en dos camas de hierro ylonaque se abren y se cierran como las cartas. A esto se reduce lo permanente;pero ahora entran los arreglos e invenciones.

Una botella que ayer tuvo vinosirve hoy de candelero. Un hoyoabierto enmedio de la alfombra (la alfombra es de verde hierba)hace las veces dechimenea y encierra algunas brasas... que nos envían de la cocina (ya hablaréde la cocina). El palo de la tienda es percha y armería: de él pendenanteojosestuchesespadasrevólverescarterasimpermeables... Uncaballeteimprovisado con tres ramas de enebrosostiene los arreos de loscaballosmenos los maletines de grupaque hacen oficio de almohadas. Algunaslatas que contuvieron conservas suplen por los jarros que no tenemosy cada unode nosotros lleva en el bolsillo su cuchara y hasta su tenedor y navajillaafin de no encontrarse nunca desprevenido. ¡La verdad ante todo: poseemostambién una aljofaina de metalque no venderíamos por todo el oro del mundoy una máquina para hacer caféque no descansa en todo el día!

En cuanto a la cocinaexcuso decir que se halla a nuestra puertayque consiste en una gran fogatadonde siempre arde medio alcornoque. Allíandan por el suelo cuatro o seis platos y tazas de cineque sirven para el tépara el cafépara el aguapara el vinopara la sopapara las entradas ypara los postres. Un cántaro con aguaun tonel con vinoalgunas botellassueltas y un par de capachos llenos de víveres completan nuestro preciosohaber...

La verdadera cuadra de nuestros caballos la forman el pienso y la querencia.Las de los dos burros encargados de transportar esta casase extiende a todo elValle del Tarajardonde no les falta hierba en que pacer.

Por últimotenemos un criado malagueñoque se llama Sorianoy que guisasegún que Dios le da a entendernuestras raciones de soldados y lasprovisiones quea peso de oropodemos agenciarhoy que todavía noscomunicamos con Ceuta.

Nuestra postura favorita es la horizontal. Tendidos en la camaya sea bocaarribaya boca abajose leese escribese dibujase contempla el marelcampamentoel camino de Tetuán y el camino de España. ¡Mirado desde aquíel Mediterráneo se nos presenta en toda su longitudo sea de poniente alevante; lo cual quiere decir que la lontananza imaginaria de nuestro horizontees la Tierra Santala cuna del cristianismoel teatro de las guerras de lascruzadas!

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Conque hablemos ya de cosas más importantes.

Hoy ha desembarcado en Ceutamucha artillería nuestra (asíacaban de decírnoslo los asistentes que han estado allá). El SEGUNDO CUERPO seha ocupado en talar arboladopara que los moros tengan menos guaridas desdedonde asesinarnos alevosamente. El CUERPO DE RESERVAal mando de Primhaprotegido los trabajos del Camino de Tetuán. El PRIMER CUERPO ha estadoa la vista de la construcción de un nuevo Reductollamado del CardenalCisneros. Y nosotros hemos pasado en huelga todo el díaviendo cruzarbarcos españolesque andan reconociendo esta costapor donde ha de marchar elejército de que hoy somos vanguardia. Dichos barcos nos surtirán de víveres ymunicionesy recogerán nuestros heridos y enfermos el día que nosincomuniquemos con Ceuta... Su vistapuesnos ha regocijado como siviésemos que la madre patria se nos acercaba...

Pero dejemos esto. Ahora es de noche; ahora no se ve desde la cama sino elsudario de lona que nos envuelveocultándonos todos los horizontes de lavida...

Por esoal sonar el toque de retretase tapa uno la cabeza con lamanta; apaga la luzycon espuelas y tododa media vuelta y se queda dormidono sin recordar antes hacia qué lado está la empuñadura de la espadapor sihay alarma a media noche.

Finalmente: ¡el que no se duerme pronto suele pensar en varias cosascuyovalor sólo conoce en aquel momento; v. gr.en el placer de desnudarseen elde dormir entre sábanasen el de meterse en un bañoy en otros muchosplaceres que no agradeció a Dios ni al diablo cuando se los brindaba con manopródiga!

 

- X - Alarma. -Otra acción. -Carga a la bayoneta. -La vuelta al Campamento.

17 de diciembrepor la mañana.

Anochea poco de dormirmeme despertaron algunos tiros. Salté de la camay partí en busca del general Ros.

Terrible agitación reinaba en el Campamento. Los soldados salían dedebajo de sus tiendasarrastrándose silenciosamente. Los oficiales corrían entodas direccionesencargando que no se disparara ni un solo tiroa fin de quenuestros soldados no se fusilasen unos a otros. La obscuridad era densísima.

-¿Qué sucede? -pregunté al primero que pasó cerca de mí.

-¡Ya no es nada! -respondió-. Los moros han intentado sorprender nuestrocampo por dos partes a un mismo tiempo: por el nacimiento del agua y por el mar;pero nuestros escuchas les han hecho fuegoy los muy perros han huido...

Un cuarto de hora después salió la luna. Practicose un escrupulosoreconocimiento en nuestras avanzadas: no se encontró a nadiey todaslas tropas que no estaban de servicio volvieron a sus tiendas.

Yo me acosté tambiény volví a mi interrumpido sueñoconfiado en lavigilancia de los que estaban de trinchera y en el benéfico fulgor del astro dela noche.

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Ahoraque son las nueve de la mañanaacaba de saberse que el general Primva a ser atacado de un momento a otro por los marroquíesa quienes ha vistodirigirse contra los batallones de Reserva.

El general Ros de Olano recibe orden de proteger a Primyen su virtuddispone que algunos batallonesal mando del general Turónvayan aestablecerse por escalones en las montañas de la izquierda. Por otra partelosvapores de nuestra escuadraque siguen todas las operaciones del ejército encuanto el fondo del mar se lo consienteempiezan ya a disparar algunoscañonazos hacia la llanura de Castillejos.

Decididamentelos moros tienen nuevas municiones que gastar.

A las ocho de la noche.

La acción de hoy se ha parecido mucho a la de anteayercomo probablementese parecerá a la de mañana.

El combateque termina ahora mismocomenzó en el terreno ocupado por elgeneral Primy vino a formalizarse contra el TERCER CUERPO. Porque es el casoque la construcción del camino de Tetuán sigue a cargo del conde deReusquien no sólo la protege con sus batallonessino que a veces la dirigepersonalmentedando órdenes inmediatas a los ingenieros. El acierto y laenergía con que hace ambas cosas han dado lugar (y esto me lo ha contado hoy elmismo Prim con graciosa ufanía) a que el general O'Donnell lo proclame elprimer peón caminero de España.

Pues bien: esta tardea las treslos morospersistiendo en su empeño deestorbar los trabajos de dicho camino (que por cierto adelantan rápidamente)atacaron por el centro y la derecha al conde de Reus; pero este los rechazó singran dificultadpudiendo retirarse tranquilamente a su Campamentoluegoque dio de mano a sus trabajos.

Los moros habían cambiado entretanto el movimiento y atacado rudamente anuestras fuerzasquesegún ya dijehabían avanzado a proteger al generalPrim. El aguerrido y austero general Turón recibió al enemigo con cuatrobatallonesel de Zamorael de Baza el de Ciudad-Rodrigoy el segundo de Albueralos cuales bastaron para tenerlos a raya ahasta muy entrada la nocheque volvieron a nuestro Campamento.

En cuanto a míjuzgo de bastante interés relatar algunos pormenores decosas que he visto esta tarde con mis propios ojos en uno y otro cuerpo deejército; pues advierto que hoy me he aventurado a ir de un lado a otrosinmás dirección ni garantía que mi instintolo cual me ha costado cariñososregaños de mis superiores...

En los comienzos de la acciónel estruendo lejano de la fusilería me hizocomprender que el fuego era hacia la orilla del mar; y recordando los avisos depor la mañanatomé resueltamente la dirección de la costa en busca delcamino de Tetuán.

Mucho terreno anduve sin encontrarme a nadiedespués que rebasé las avanzadasde nuestro campo; y si la flamante novedad de la carretera no me hubieseconvencido de que era la construida por nuestras tropasy de que la Divisiónde Prim debía de encontrarse más adelanteindudablemente habría vueltogrupastemeroso de haberme metido donde nada bueno me pudiera acontecer.

Al cabo de algún tiempo divisé al fin gente en el fondo de un barrancocruzado por un puentecillo de madera recién construido. Eran cuatro soldadosnuestros que traían un herido en una camilla y la habían dejado en tierra paradescansar.

El herido pertenecía al regimiento del Príncipe; tenía un balazo enuna piernay refería a sus conductores el comienzo de la acción que se estabadando. Por él supe que no iba descaminadoy que a dos tiros decarabina de aquel lugar (esta fue su frase)me encontraría en el cuartelgeneral de Prim.

Nuevos heridos y muchos ingenieros que volvían de los trabajos me sirvierondespués de guíay al fin llegué a incorporarme a aquellas tropasprecisamente en el instante en que un batallón del Príncipe daba unacarga a la bayoneta allá sobre levantada loma.

El conde de Reus se había apeado y miraba ansiosamente con los anteojosaquella enérgica arremetida.

Dos veces se oyó a lo lejos un ardentísimo ¡viva la Reina!y dosveces también vi trepar a nuestros soldados por la empinada ladera hasta quedesaparecieron por el otro lado. Cesó el fuego un momentoen prueba de quehuía el enemigo; volvió a resonar más distantecomo señal de que se habíarefugiado en otra alturay los del Príncipe reaparecieronefectivamenteen la loma que acababan de conquistardesde donde empezaron otravez el fuego.

-¡Camillas! ¡Camillas! -gritábase entretanto desde aquella altura...

-¡Este grito sigue siempre a las cargas a la bayoneta! (me dijo un jefe alverme fruncir el entrecejo). ¡Y se comprende bien (añadió): cargar a labayoneta es arrostrar el fuego enemigo a boca de jarrocon la cabeza bajasinmás escudo que la buena suerte! ¡Algunos han de caer!... Pero ¿qué importasi en un minuto se ahorran las pérdidas y el trabajo de una hora de tiroteo?

Las camillas partierony yo detrás de ellas. Los que las conducíanme enteraron del camino que debía seguir para encontrar las guerrillas delTERCER CUERPO (que no debían de estar distantesa juzgar por sus disparos); yen efectoun poco más allá encontré a un soldadoherido en un brazoque seretiraba por su pie en busca de un médico.

-¿De dónde eres tú? -le pregunté.

-Del segundo de Albuera -me respondió con cierta vanidad.

-Y ¿llevas mucho? -volví a preguntarle.

(Esta es la fórmula acostumbrada.)

-Poca cosa: un chaspón en este brazo... -me contestó sonriendo.

La mano le chorreaba sangre.

-¿Quieres un pañuelo? -le dije entonces.

-¡Quia! -exclamóponiéndose colorado-. Mañana vuelvo por otra.

Y se marchó tan satisfechocomo si en vez de una herida llevase en el brazotres galones.

Siguiendo la dirección que había traído aquel soldadodi por último conuna compañía que estaba sentada entre unos matorralesy que por sus capotescelestes conocí ser Cazadores de Baza.

El general Turónel brigadier Cervino y algunos otros jefes se hallabantambién allí.

Era aquél un paraje comprometidísimopero que no se podía abandonar hastaque se retirasen las guerrillasso pena de que los moros se situasen en él ylas envolviesen completamente.

Anochecía: las balas silbaban sobre nuestras cabezas o se aplastaban en lasrocas que había a nuestro alrededor.

Ysin embargoaquella compañía se veía imposibilitada de contestar aeste fuegoya porque no se divisaba el enemigo en ningún ladoya porque seexponía a fusilar a sus compañeros.

Así se pasó media hora.

Durante ella oímos cerca de nosotros cinco gritos ahogados: los dieron cincocazadores de los que estaban sentados en torno nuestroal sentirse heridos porlas invisibles balas.

Vuelvo adecirlo: un solo grito se oía por cada uno que recibía un balazo;grito sordoprudentede resignaciónpaciencia y heroísmo. Sus compañeroslevantaban silenciosamente al infortunado y se lo llevaban al Campamentosin que ni el generalni el compañeroni el camarada se diesen por entendidosdel caso. Ysin embargotodos lo sabían y lo deploraban.

Súposeal finque podíamos retirarnospor haberlo hecho ya nuestrasguerrillasy si mucho admiré la actitud de aquellos soldadosinmóviles bajouna lluvia de plomomás asombro me causó ver el orden con que emprendieron suretiradaen medio de las tinieblaspor un terreno intransitable.

Lector: ¿has entrado en tu pueblo natal después de muchos años deausencia? ¿Has encontrado posadalumbre y humanos seresdespués de haberperdido el camino y de haberte hallado desamparado y soloen medio de la nocheluchando con la nieve o con la tormenta? ¿Has visto a tu madre abandonar ellecho después de una larga enfermedad?

Pues una cosa semejante a la que sentiste en aquellas circunstanciasexperimentarías al ganar de noche la trinchera de tu campamento después de undía de tribulación y combate... ¡Sólo entonces comprendes que aquel es tupuebloque aquella es tu casa! Allí estas ya seguro... ¡Sólo en aquelmomento conoces los riesgos que has corrido y te regocijas de tu buenasuerte!... Sólo entonces sientes hambre si no has comido en todo el díaysueño si no has dormido en dos nochesy cansancio si has fatigado valles ycerros con tu intranquila planta.

¿Y qué te diré del resoplido de alborozo que da tu caballoel compañerofiel de tus peligrosal reconocer los lugares en que su instinto maravilloso letiene ya enseñado que no corre riesgo alguno?

¿Qué te diré del placer con que vas encontrando sano y salvo a uno y otroamigode los que sabes que han estado expuestos a perecery de quienes nadiete daba razón al terminar el combate?

¿Qué te diréfinalmentede la dolorosa impresión que causa en tu ánimoel ver pasar lista en las compañías para averiguar sus bajasy oíren medio de las tinieblasdespués de un nombre que ya te es conocidosi noamadoestas desgarradoras palabras: Ha muerto. Está herido. No se sabe deél?

Atiende a esta copla que oí cantar en Málaga a un asistentepocos díasantes de embarcarnos:

 

Yo no tengo quien me llore

 

Sino la triste campana:

 

Si yo me muero esta noche

 

Me entierran por la mañana.



 

- XI - El Diluvio.

18 y 19 de diciembre.

¡Jesús! ¡Jesús! Yo creía haber visto llover en los años que llevo sobrela tierra; pero estaba muy equivocado. En Europa no llueve: cuando másllovizna. Una deshecha tempestad de veranode esas que nos parecen ahí el findel mundoes apenas blando rocío en comparación del aguacero que ha caídosobre nosotros. ¡Bien decía yo el otro día! ¡Todo lo perteneciente alÁfrica tiene un carácter descomunalatrozenormecomo su estructura!

¡Esto no ha sido lloversino hundirse el cielo! ¡Desde anteanochecuandodejé la plumahasta el momento en que la vuelvo a cogerhan pasado treinta yseis horasdurante las cuales las nubes han estado volcando incesantementesobre estos montes una masa de aguacompactaunidaponderosacomo el primertercio de la catarata del Niágara; como las inundaciones de Holandacuando elmar rompe los diques; como el Diluvio universal!

¿A qué debemos nuestra salvación? ¡Yo no lo sé! ¡Las tiendas se hancaídoy el agua se las ha llevado al fondo del barranco; se han ahogadocaballos y mulas; el terreno ha cambiado de fisonomía; un ríoopor mejordecirun lagosepara esta mitad de nuestro Campamento de la otra mitad;el propio mar parece más repletoy una larga faja amarilla señala sobre suscristales el paso del aluvión que ha recibido!

¡Nadanada absolutamente hay enjuto en el ejército! Armasmunicionesvituallasequipajescamaslibrospapelestodo se encuentra hecho unasopa... ¡El desastre ha sido general! ¡Oh espantosaoh terribleoh salvajeMauritania!¡cómo te defiendes de la invasión española!

La última nochesobre todorayó en lo extra-natural. No ya solamente lalluviasino un viento horribleun huracán rabiosoazotaba a la tremantetierra. El mar unía sus bárbaros rugidos a tan fragoroso concierto; losárboles y las malezas crujían y se tronchaban; rodaban las peñasabandonandosus asientos seculares; y todoen fincuanto tiene voz en la naturaleza sequejaba furioso ante la inclemencia de los elementos.

¡Y en verdad os digo quea pesar de todoesta escena era imponente ymagnífica! El corazón parecía medir su violencia con la del vendavalygozaba al hallarse enfrente de un aliento tan poderoso como el suyo. Soloapenaba el ánimo considerar los desastres y padecimientos que produciría ennuestro campo una noche tan espantosa; puespor lo demásera cosa deagradecer al cielo aquel majestuoso espectáculoque venía a turbar lamonotonía de nuestra existencia... También parecía propicia aquella ocasiónpara pedirle que aumentase el estragodesencadenando los truenos y losterremotosy haciendo más total y devastador el cataclismo. ¿Acaso no era unatierra enemiga laque bramaba bajo el azote de la tormenta? Los mismossarracenosacampados en las montañas próximas¿no sufrirían también elrigor de la catástrofe? ¡Vinieranpuescontrariedades y plagas sobre los dosejércitos beligerantesque de fijo no sería el nuestro el que más perdieseen la general tribulación!

Yopor lo menosjustificaba de este modo el cruel entusiasmo con quepresenciaba aquella orgía de los elementosaquella revolución del mundo.¡Oh! ¡Qué poderqué fuerzaqué intensidad de vida revelaba anoche estanaturaleza salvaje! ¡Cómo se comprendían aquellas tremendas convulsiones queabrieron el estrecho de Gibraltar! ¡Y cómo parecía natural y llano que lasnubesdespués de rendir al Atlas tan copioso tributolleguen desprovistas deagua al horizonte de los desiertos!

Pero dejémonos de poesía (que acaso no merezca a todos entera fe)y creedbajo mi palabra de honorque anteanoche estuvo lloviendo sin un solo instantede tregua; que así amaneció y obscureció el día de ayery que así hapasado la última noche y llegado la mañana de hoy... ¡Sonpuestreinta yseis horas de aguacero continuosin escampar a ratoscomo en Europasino enprogresión ascendente! ¡Son treinta y seis horas de una lluvia reciatenazimplacablecayendo de bajas y negras nubes sobre una tierra que vomitacomo siya estuviese ahogada! ¡Sonfinalmentetreinta y seis horas semejantes a lasnovecientas sesenta que conoció Noé!

Ahoraque son las nueve de la mañanael nublado comienza a abrirse. Eltemporal ha resuelto ceder. El viento ha cambiado... La mar duermeprofundamentecomo descansando de sus malas noches.

¡Ohdesvergüenza! ¡Aquí tenéis al sol! Los soldados lo reciben con unasoberana silbaque le está muy bien empleada. Yen efecto: ¿por quéen vezde salir hoyno salió ayer? ¡Así se deja vencer por las nubes todo un rey delos astros!!!

A la noche.

Hoy se ha empleado todo el día en colocar de nuevo las tiendas; en enjugaral sol o al fuego los equipajes; en abrir zanjas y acequiasa fin de desaguarel Campamento y prepararlo contra otra inundacióny en descargar ylimpiar las armas de fuegoque estaban llenas de agua hasta la boca.

Es de presumir que los moros habrán tenido que hacer la misma operación: locierto es que no hemos visto ni sombra de ellos en todo el día. ¡Quiera Diosque nos dejen dormir esta noche!

También hemos recibido el correo de Españade dos díasdurante loscuales no ha sido posible pasar el Estrecho...

¡AhPedro Fernández! ¡Conque tan buen invierno se prepara enMadrid! ¡Conque ya se abren los salonesy se empieza a bailary contáis conla Ristoriy habrá concierto en casa de la condesa del Montijo! Ya ves quetambién aquí se leen tus Cartas Madrileñas... ¡Y si supieras quépenosa impresión nos causan! ¡No sé cómo el general Ros de Olanotancuidadoso de la alegría de sus tropasno ha prohibido a La Época laentrada en el Campamento!



 

- XII - Vuelven los moros.

20 de diciembre.

La mañana de hoy se presentó fría y nebulosa; los soldadosaburridosdespués de tres días sin morosencontrábanse algo macilentos:dispúsosepuesque la música de cada cuerpo sacase a relucir los airesnacionales más conocidos de su gente; y asíen los batallones compuestos deandaluces se tocó el fandangoen los regimientos donde abundaban losaragoneses resonaron bulliciosas jotasen los que tenían muchosgallegos se escuchó la muñeiray así en los demáshasta produciruna discordante sinfonía que ensordeció los ámbitos del valle...

Los soldados cayeron en el lazo: cada uno empezó a entonar su cantofavorito; enviose al diablo el mal humory el Campamento adquirió denuevo su animación acostumbrada.

Para que la alegría fuese completasúpose a cosa de las diez que elenemigo daba señales de vida. Algunos cañonazos empezaron a resonar hacia los ReductosFrancisco de Asís e Isabel IIy poco después se empezó un vivo fuego defusilería.

Los morosen número de siete u ocho milhabían amagado nuestra derecha ynuestra izquierdapara formalizar el ataque por el centro... Pero el generalGasset y el brigadier Lasaussaye los rechazaron por la derecha con fuerzas delPRIMER CUERPOespecialmente con los Cazadores de Barbastroque dieronuna brillante carga a la bayonetaapoyados por los batallones de las NavasdeChiclana y de Borbón... Al mismo tiemponuestro cuerpo deejército los castigaba y hacía huir por la izquierdadistinguiéndose en estaoperación el general D. Jenaro Quesada y el brigadier Oterocon los batallones2.º del Infante y 1.º de San Fernando... Y en cuanto alataque del centrofue rechazado por la artillería; por los cazadores de Méridaque estuvieron heroicos; por los carabineros de infantería de la escolta deO'Donnellyúltimamente por una furiosa carga a la bayoneta de los cazadoresde Simancas.

Alejáronsepueslos marroquíescomo siemprecastigadospero noarrepentidossin haber logrado adelantar una línea de terreno ni hacernosretroceder un solo paso. ¡Sin embargovolverán!

Yo tengo para mí que esos hombresal venir a hostilizarnosno traen laesperanza de vencernos. Ellos deben de saber que son impotentes contra nosotrosy que ni recobrarán por la fuerza el territorio que les arrebatamosniestorbarán nuestra marchani quebrantarán nuestra decisión. Nueve combatessucesivosen que siempre han sido deshechos o rechazadosbastaban yaparaconvencerles de esta verdad. ¡Ycon todohan venido hoy! Esto me prueba queesa raza fanática combate por placer o por devoción: no con ilusionespatrióticas ni con plan de campañasino porque lo creen su necesidadsuobligación o su destino. Diríase que su fe les trae a nuestro campo quemarpólvora en honor a su Dioscomo nosotros quemamos incienso en los altares.Así se explica que vayan pasando ante nuestro ojos tribus y tribushambrientasy medio desnudasindependientes de toda autoridadlibres de toda coacciónyque unas tras otras se acerquen a nuestra líneasin reparar en la naturalezade nuestras posiciones ni en el alcance de nuestras piezasy disparen suespingarday mueran en seguida sobre el mismo terreno que el día anteriorregaron otros con su sangre.

Y si tampoco es esto¡digo que esas gentes son más aficionadas a matar quelas fieras a sus montañas!

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Nuestras bajas en el combate de hoy ascienden a ochenta y seis entre heridosy muertos.

El general Echagüecurado de la herida que recibió en la acción del 25ha vuelto a tomar el mando del PRIMER CUERPO.



 

- XIII - El lado feo del asunto.

21 de diciembre.

De hoy no pasa sin que refiera toda la verdad. La he ocultado hasta aquí eneste mi DIARIO por evitar a mi familia horas muy amargas; pero habiendo leídoen los periódicos que en España son conocidas nuestras penalidadesvoy adescribirlas francamente. ¡Ah! ¡Bien lo dijobien lo anunció el generalO'Donnell en su primera proclama!... ¡La campaña que hemos emprendido es lamás ruda y penosa que haya hecho ejército alguno y primeramentenosencontramosno sólo en país extranjerosino en país enemigoyparamayor complicaciónen país deshabitado. Añadid ahora los rigores delclimaengañosamente apacibledonde los continuos temporales dejan en laatmósfera gérmenes de mil dolencias. Considerad el agua potable encenagada porlas lluvias; la constante humedadque todo lo destruye; la imposibilidad dedesnudarse; la consiguiente falta de aseo; la incomodidad de las mejorestiendas; la mala calidad y peor preparación de los alimentos; el tedio queapesar de todono puede menos de asaltarnos muchas horas del día y de la noche;las fatigas de tan repetidos encuentros con los moros en un terreno quebradointransitabledesconocido; las escenas de sangreagonía y muerte quepresenciamos en la lucha; la soledad de espíritula nostalgiala dudosaperspectiva del porvenir...ycomo si todo esto no fuera nada (¡que nadaseríay con todo ello contábamos al salir de nuestra patria para la guerra!)agregad lo que nadie esperabalo que ninguno aceptalo que es verdaderamentehorriblepavorosoinsoportable: ¡El cólera!... ¡El cóleraagostando en flor tantas vidas; haciendo más víctimas en los días de paz quelas balas en los días de fuego; postrando el ánimo del que se metió sonriendoentre una lluvia de encendido plomo; llevándose hoy al entendido jefemañanaal intrépido soldado; privando de gloria y recompensa al que todo lo abandonópor alcanzarlas; reteniendo en lóbrego hospital al que soñaba con defender lahonra española; distrayendo una atenciónuna fuerza y unos recursos quepudieran emplearse contra el enemigo; exigiendoen finmás resignaciónvalor y entusiasmo de los que fueran menester para alcanzar cien victorias osufrir mil reveses de la fortuna!

¡Es horrible! ¡Es horrible! ¡Hay que verlo para imaginarlo! ¡Hay queobservar todas las mañanas las hileras de camillas que salen del Campamento;hay que recorrer uno y otro hospital atestado de lívidas cabezasmarchitadaspor la peste; hay que mirar cómo se reducen poco a poco las compañíascómoclarean los regimientoscómo desaparece el amigocómo falta de su lugar eljefecómo van los batallones mandados por un capitáncómo andan loscaballos sin jinetecómo quedan las tiendas desocupadascómo lloran losasistentes la pérdida de sus amos!...

¡Ah! ¡Si leísteis la Farsaliay recordáis los horroresque laimaginación de Lucano acumuló sobre esta maldita tierraaún no podréisfiguraros la realidad del infortunio que hemos encontrado aquí los españoles!Ysin embargonadie vacilanadie retrocede. ¡Ninguno acusa a nadie! Ni¿cómo habían de hacerlo? ¡Todos han deseadoexigidohasta suplicado tomarparte en esta cruzada patriótica; todos recuerdan la impaciencia con que hacíacargos al gobierno por su morosidad; recuerdan el ansia ardiente con quebuscaron estas playas; recuerdan la noble ira que dominaba a España cuando sedespidieron de ellay la palabra que empeñaron de rehabilitar su nombre;recuerdanen finque en esta empresa va la honra de la patria; que no haytregua posible; que no hay transacción aceptable; que es menester triunfar atoda costa; seguir adelante a todo riesgoy llegar al término de la vía deamarguracoronados de espinaspero también de gloria!

Por eso callan; por eso se ocultan sus padecimientos; por eso se animan unosa otrosdiciéndose: «¡Adelante! ¡No importa! ¡Adelantey vivaEspaña!» Y por eso he querido yo que sea notoria toda la extensión de tannoble sacrificio. ¡Así podrá agradecerlo la madre patria y recompensarlo consu amor! ¡Así sabrá en días de nuevos riesgos hasta qué punto puede contarcon la firmeza y la intrepidez de sus soldados! ¡Así conocerá todo eluniverso (que en este momento tiene las miradas fijas en las costas africanas)cuánto respeto y consideración merece un pueblo que compra a tan alto preciola reparación de sus agravios!

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Pero apartemos ya la mente de estas consideraciones. El haber presenciadoalgunos casos de cólera fulminantey visto el camino de Ceuta cubiertode camillasha turbado hoy un poco la serenidad de mi ánimoque ya se hatranquilizado muchosolamente con haber escrito la presente enumeración denuestras penas.

Esta mañanapor ser día de Santo Tomasoyose misa dando frente al Campamentodel Serrallodonde la decía el dignísimo vicario del ejército D.Joaquín Ortega. Las cornetashaciendo las veces de campanillasnos avisaban acada momento por dónde iba el Santo Sacramento; la Marcha Real saludó laConsagracióny algunos momentos después nos dimos los buenos díascomo cristianos y caballerosno sin mirar antes con cierta pena hacia losmontes vecinoshabitados por míseros hermanos nuestros que desconocen todaslas dulzuras de la religión del Crucificado.

En seguida unos se marcharon a la orilla del mar a mirar las olas; otros arecoger conchas en la arena de la playa; muchos se pusieron a leer en tal o cualperiódico su propia historiamaravillándose de ver en letras de molde lo queellos habían ejecutado sin reparar en sí mismosy no pocos sacaron a relucirplumapapel y tinteroy escribieron a sus familiasa sus amadas o a susamigos algunas de aquellas preciosas cartas tan ansiosamente deseadas comojubilosamente recibidasque llevan el contento y el orgullo a enamoradoscorazones.

En ellastodos describen esta vida al través de la propia personalidadquees precisamente lo que más importa al que ha de leerlas; despuésel soldadose extiende a hablar de su compañíay quizá un poco de lo que le hanparecido los moros; el oficial va más lejosy se identifica con su batallónllegando hasta describir la índole de esta guerra y a compararla con la civil ycon los pronunciamientos: este mismo oficialsi es hombre de pretensionesemite su dictamen sobre la Campañaanalizándola críticamente; y de aquípara arribatodos hablan de propuestas y de ascensosde sushechos particulares en tal o cual accióndel país que han recorridode laépoca en que volverán a sus hogaresdel heroísmo de las tropasy de losmás ocultos pensamientos del general O'Donnell y del emperador de Marruecos.

Peroreal y verdaderamenteyo soy quien está pretendiendo leer en elpensamiento de los demás tan temerarias suposiciones; y dejando a un lado lascosas que me figurosigamos hablando de las que veo...

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Hoy ha desembarcado en Ceuta D. Félix Alcalá Galianocomandante general dela división de caballería que formará parte del ejército cuando marchemoshacia Tetuán. Cerca de la mitad de los escuadrones que han de componerlahállase ya entre nosotrosy el resto llegará muy en breve. Con el generalAlcalá Galiano ha desembarcado todo su cuartel general.

Entretanto los ingenieros han terminado un nuevo Reductoal que se hapuesto el nombre de Piniésen conmemoración del jefe del batallón Cazadoresde MadridD. Antonio Piniés de la Sierramuerto gloriosamente en el campode batalla el día 25 del mes pasado.

Nada más por hoy. Esta tarde ha habido lista en todos los batallones;algunas bandas tocaron piezas del Trovador o de Hernaniy lacharanga de Ciudad-Rodrigo repitiócomo tiene de costumbreaquelgracioso tango de El último mono:

 

Aguanta cachete y calla;

 

Si te dan otroserá peor...

lo cualtraído a colación al día siguiente de un combatees de uncómico sublimeque dirían los franceses.

En cuanto a los trozos de óperasiquier hayan sido todos de Verdi¡figuraos los dulces recuerdos que habrán despertado en los parroquianos delTeatro Real!... Pero¿qué digo? ¡En este mismo instante (las ocho y media dela noche)mientras que tantos y tantos madrileños se dirigían a aquel templodel buen gusto y del buen tonoalgunos de sus amigos se dirigen aquí a latrincheradonde pasarán el resto de la noche sin oír más música que elcanto de las ranas!

Sin embargolo general será pedir al sueño sus alas invisibles para volarcon ellas a las vecinas costas y visitar cada uno a sus personas queridas...¡Así el caprichoso Morfeo me lleve a mí esta noche a los lugares y tiemposcuya dulce memoria iluminacomo vago crepúsculoel enlutado horizonte de miexistencia!

 

 

 

 

- XIV - El general Ros de Olano. -Vuelven los moros. -Cambia la decoración.

22 de diciembrepor la mañana.

El general Ros de Olano tiene el cólera desde anoche. Una gran tienda blancaha sido colocada sobre la suyaa fin de librar de la intemperie al ilustreenfermoy esta veladuraque nuestro supersticioso cariño encuentra lúgubre yfuneralha nublado completamente la alegría del campamento.

Dejo a vuestra consideración la angustia y el sobresalto de mi alma: ¡todoel mundo sabe hasta qué extremo me es cara y preciosa la vida de ese nobleamigo y constante favorecedor! Por lo demáscuantos militan a sus órdenesconocen igualmente los sentimientos del ilustre amigo del soldadoo seadel héroe anónimosegún él suele llamarle; aprecian su valor comotácticocomo organizadorcomo caudillo; estiman su elevado talentoy hacenjusticia a su modesto carácter. ¡Calculadpuesla honda impresión quehabrá causado esta mañana en nuestro campamento la noticia de que ha sidoatacado del cólera!

El más doloroso espanto se refleja en todas las fisonomías. A nadie seoculta la gran desgracia que sería para este CUERPO DE EJÉRCITO la pérdida detan distinguido jefe. Su hijoque es también su ayudantevela a la puerta desu tiendadonde una expresa orden de su general y padre le ha prohibido laentrada. Los amigos del laureado paciente nos miramos a la caracomodiciéndonos: «¿Permitirá Dios tamaña desventura? ¿En esto vinieron a pararnuestras soñadas empresas? ¿Adónde iremos sin nuestro generalni quiénquenos sea tan querido y nos estime tantopodrá reemplazarle? ¿Y ha deeclipsarse así la estrella del que había unido su suerte a la nuestra? ¿Ha demorir aquí de mala muertesin llegar a ver el día del triunfo y de la gloriacuyos albores primeros nos sonríen ya detrás de esas montañas?»

Afortunadamenteen esta como en otras horas de melancolíael son marcialde la cornetatocando llamada generalha venido a fortificar nuestroánimo. El enemigo se nos echa encimay todos sacudimos nuestra pena paraempuñar las armas. ¡Muerte por muertepreferimos la que allí viene ennuestra busca! ¡Salgamos a su encuentroy sea a lo menos nuestro fin de algunautilidad a la patria!

El mismo díaal obscurecer.

¡Al fin he visto a los moros en campo abierto! Esto me ha costado nopresenciar la acción de hoy por el lado que ocupaba mi CUERPO DE EJÉRCITO;pero creo haber perdido poco desde el punto de vista artísticopues (según measeguran) el combate ha sido por aquí una reproducción exacta de los que ya oshe reseñado. No ha ocurrido del mismo modo en el llano de los Castillejosde donde llego en este instante.

Pero alegrémonos ante todo. Nuestro general no se agravay presentasíntomas de reacción. El general O'Donnell se halla ahora con élprodigándole todo género de cuidadosdespués de haber hecho traerle unacamaque medio lo parecedonde el conde de la Almina estará a lo menos entresábanas. ¡Por este detalle podréis venir en conocimiento de la verdad quehabía ayer en mis lamentacionescuando os hablaba de la rudeza de esta vida!

Conque volvamos a mi excursión de hoy.

En el comienzo es enteramente semejante a la del día 17. Dijéronme que losmoros habían bajado a impedir los trabajos del Camino de Tetuány queel denodado general Prim se las había ya con ellos; supe luego que se habíavisto pasar un escuadrón de Húsares de la Princesa con dirección aaquel puntoy que se esperaba cargasen a los moros; busqué a Rombado; montamosa caballoy las camillas de heridos y muertos nos encaminaron al lugar de laaccióndonde encontramos al conde de Reus rechazando al enemigo por un ladomientras que nuestros ingenieros trabajaban por otro.

Una vez allísupimos que el llano de los Castillejosdistante pocomás de un kilómetrohabía sido invadido aquella mañana por los marroquíesy que la Artillería de Montaña y una Compañía de presidiarios loshabían contenido durante todo el díasin permitirles llegar al camino nuevoque eracomo siempresu objetivo.

En aquel instantehallándose la derecha de la RESERVA protegida por ladivisión del general Quesaday arrinconados los moros en una estribación deSierra-Bullonesque se llama Monte-verdeel general Prim juzgóoportuno tentar la paciencia y probar el valor de tan decantada caballeríaárabeque sabía se hallaba escondida por aquellos barrancosy mandó saliral llano y avanzar hacia las posiciones del enemigo al precitado escuadrón de Húsaresde la Princesa. Un movimiento de entusiasmo y curiosidad circuló por lasfilas al ver partir a nuestros gallardos jinetesque ibancomo quien dicearomper el enigma del ejército africano.

Rombadoel capitán Hermoso y yoque estábamos allí como merosaficionados (pues no pertenecíamos a aquel cuerpo de ejército)aprovechamosla libertad que esta circunstancia nos proporcionabay pusimos nuestroscaballos al galope hasta ingresar en el Escuadrón de Húsaresloscuales nos hicieron lado con mucho gusto: y así descendimos a la llanuraenmedio de la cual nos paramos todos.

El llano o valle de los Castillejos es mucho más ancho que el de Tarajardonde se levanta nuestro campo. Desde la playa penetra tierra adentroestrechando siemprehasta reducirse a una especie de cañada que da un rodeo yva a perderse en Sierra-Bullones. Este triángulo de llanurasverde y risueño a sumo gradoestá guarnecido de altas arboledasque subenluegoescalonándosea los montes vecinos. Dos únicos accidentes ofrece lasoledad de este valle: las ruinas de una antigua casa fortificadaque se llamadel Primer Castillejoy un Morabitotambién ruinosoque debióser parecido a la Mezquitaque vi cerca de Ceuta. Este Morabitose levanta sobre una ligera colinay ha sido tomado y abandonado variasveces por el conde de Reussegún que le ha sido o no necesario estos últimosdías para defender la construcción del Camino de Tetuán.

Al llegar los Húsares a aquel campo abiertono se percibía porninguna parte ni un solo marroquí. En la altura del mencionado Morabito hallábasesituada todavía la Compañía de presidiariosmandada por un tenientedel regimiento de Borbónque por cierto dio muestras de ser hombre arrojado yde gran serenidad. Hacíaen finun día magníficoy el cielo y elMediterráneo competían en radiante esplendidez. ¡Aquel desafío reunía todoslos caracteres de una fiesta!

De prontoy como obedeciendo a misteriosa consignadesprendiose de lasarboledas de lo alto del valle un vistoso pelotón de caballeros morosqueavanzaron hacia nosotros abriéndose en anchuroso semicírculo... ¡No pasaríande cien jinetesy llenaban materialmente la llanura!

Yo no he visto jamás figuras tan airosastan elegantestan gallardas. Suscaballos caracoleabanse arremolinaban y se dispersaban de nuevomidiendograndes extensiones de tierra en un instantecon lo cual aquellos caballeroscubiertos de blancos albornocesiban y venían sobre la verde hierba comobandada de gaviotas sobre las azules olas del mar... ¡Era un cuadromaravilloso! ¡Era el espectáculo soñado por todos los que han divertido sufantasía con héroes orientales! Yo creo firmemente que hubiera dejado llegarhasta mí aquella graciosa y extraña apariciónsin acordarme de que veníacontra nosotros en son de guerrao no sacarme de mi arrobamiento la voz con queel comandante de nuestros Húsares mandaba avanzar a la primera sección.

Adelantose esta en formación apretada y correcta; contrastando su ordenadamarcha con el desorden de la línea enemigaque seguía aproximándose a ladesbandadacomo si se propusiese envolvernos. Llegamos al fin a estar adistancia (y digo llegamosporque HermosoRombado y yo nosagregamos a la sección que avanzaba); pero cuando creíamos que los morosharían uso de sus largas espingardas y nosotros nos disponíamos a cargarlesespada en manovímosles de pronto volver sus dóciles corceles con un ligeromovimiento de rodillascual si las abandonadas riendas solo fuesen inútiladornoy escapar arremolinadamente hacia la cañada en que termina la llanura.

Allí se pararon; yviendo que no les seguía nadie (pues nuestro comandanteno tenía orden de dar la cargasino de amagarla solamente)volvieronsobre sus pasos y se colocaron otra vez en semicírculocomo a trescientospasos de nuestra línea.

Nosotros comprendíamos perfectamente la estratagema de los moros (queconsistía en atraernos hacia los bosques y cañadasdonde indudablementetendrían apostada infanteríapara hacernos fusilar allí por adversariosinvisibles); sin embargosu provocación era tan irritantela bandera amarillaque tremolaban ante nuestros ojos fascinaba de tal manera a nuestro jefequedecidió dar la carga a todo riesgoy por segunda vez mandó avanzar al trote alos briosos Húsares...

Pero los moros huyeron nuevamentecomo sombras que se disipany al mismotiempo un ayudante del general Prim nos transmitió la orden de retirada.

Esta disposición no pudo ser más oportuna: la infantería enemiga (queenefectohabía estado hasta entonces oculta en la malezadispuesta a disparar amansalva sobre nuestro escuadróncaso de que hubiera tenido la temeridad deseguir en su fuga a los jinetes árabes)aparecía ya por nuestros dos flancosdando furiosos alaridos y cruzando sus fuegos sobre nuestras cabezas(2) <notas.htm>.

Los Húsares se retiraron con el mayor ordenprotegidos solamente porla Compañía de presidiariosla cual tuvo a raya durante un cuarto dehora a la caballería enemigaque avanzaba por tercera vez hacia el mar. Elcorneta de los animosos penados cayó heridoy estosdespués de derribar atres o cuatro caballeros morosse replegaron finalmente hacia las posicionesocupadas por el general Prim. Yo tomé camino de mi campamento.

Aquí he sabido que el batallón Cazadores de Llerena ha dado estatarde una carga a la bayonetasangrienta para nosotrosy mucho más para elenemigoal cual arrojó por fin de una posición muy importante que habíaocupado todo el día. También se elogia mucho el comportamiento de unacompañía de Almansa.

Sin embargo¡quiera Dios que pronto pueda nuestro ejército abandonar lasmontañas y salir a terreno franco; pues mientras permanezca en esta sierrapoblada de forajidos en acechonuestras pérdidas serán tanto mayores cuantomayor sea el valor con que penetremos en desconocidos bosques y barrancosdondenos aguarda un enemigo ocultocuyo número y situación se ignoran casisiempre!

¡Por lo demásya he tenido el gusto de ver una muestra de la famosacaballería árabe! Si el resto se le parecefuerza será decir que los jinetesmarroquíes son más peligrosos como traicioneros que temibles como soldados.



 

- XV - Vísperas solemnes.

23 de diciembre

El general Ros sigue en camaaunque muy aliviado de su ataque de cólera.

En cambiolos generales Prim y García se hallan también enfermos.

Indudablementelas fatigas y méritos de esta guerra no están allá arribaen la línea de fuego de los combatessino aquí abajoen la vida delcampamento. ¡Cómo ha de ser!... «Estaría escrito»que diríannuestros contrarios.

Esta tarde ha desembarcado en Ceuta mucha artillería y caballería.Los escuadrones de este armallegados ayer y hoyson Coraceros del ReyLanceros de Farnesio y Coraceros de la Reina del Príncipey de Borbón. El día del avance hacia Tetuán debe de estarpróximo... Prim acabará el camino para fin de año.

Nada nuevo ha ocurrido en nuestro campo. Hemos mandado a Ceuta uncentenar de coléricosy los moros no han parecido. Las horaspuesse handeslizado lentas y monótonas.

Ademáshoy es víspera de Nochebuenay así como en esa corte se dejaráya sentir a esta hora cierta animación y cierto bullicioque harán presentira los corazones y a los estómagos las clásicas alegrías que les aguardanaquí se va levantando yo no sé qué marejada de tristezano sé qué nube demelancolíano sé qué aire de mal ahogados suspirosque hace adivinar a losmás lerdos el día de pena que nos prepara el almanaque.



 

- XVI - La Nochebuena del soldado.

 

La Nochebuena se viene

 

La Nochebuena se va

 

Y nosotros nos iremos

 

Y no volveremos más.

Son las nueve de la noche del 24 de diciembre del año 1859 del nacimiento deJesucristoy en el campamento del ejército cristiano que invadió el Áfricahace veinticinco días no ha resonado aún el toque de retreta. En vez de estemarcial trompeteoque los moros están ya acostumbrados a oír todas las nochesal punto de las ocholos ecos de las montañas llegan hoy a sus escondidastiendas un confuso rumor de risas y cantaresunido a los lamentos melancólicosde una flauta y al bullicioso repiqueteo de muchas panderetas.

Los sectarios de Mahoma míranse acaso a la luz de sus hoguerasllenos decuriosidad y de miedocomo prenguntándose qué ocurre en el campamento de loscristianosque así entregan a las húmedas brisas de la noche los acentos desus alegrías; y no será mucho que recelen si nuestro júbilo les presagiaránuevos dañosya porque anuncie que hemos recibido algún poderoso refuerzo odestructora máquinaya porque signifique que festejamos de antemano el totalhundimiento de la morisma.

¿Quién sabe? ¿Quién puede imaginar todo lo que la ignorancia y lasuperstición de los atribulados moros habrán creído oír en la lejanagritería que llega a turbar su sueño? Quizá en este momento se asoman a lascumbres de los montes que nos separan de ellosy fijan su ávida mirada ennuestro campoque percibirán aislado en la obscuridad y en la nieblatachonado todo él de rojizas lumbresentre cuyos inmensos resplandores verána veces fantásticas figurasmientras que el múltiple cántico de tanmisterioso regocijo se dilata cada vez más sonoro por las cañadas ocultas enla sombra.

Entonces algún santónmorador de esta comarcavecina a la católica Ceutales contará con agorero acentocómo esta noche celebramos los hijos de Maríael Nacimiento de nuestro Profeta; cómo tal algazara recuerda una fiestatradicional en que la abundancia y el contento bajan en toda la cristiandad a lamesa del monarca y del mendigo; cómo los cristianos tenemos también nuestraPascua; cómopor últimoes llegada para los amigos del Corán la mejor horade sorprendernos y de convertir en sangre el sacrílego vino que llevamos a loslabios...

Después de estoy en tanto que asoma el díay con él la señal de unnuevo ataqueel desheredado judío y el abominable renegado referirán a losmoros con despreciativo acento la misteriosa leyenda de Ana y de JoaquíndeJosé y de Maríade Juan y de Jesús. Peroa medida que avancen en surelaciónel israelita sentirá inflamarse en su pecho aquella voz de profecíaque le hace sospechar constantemente si el Jesús que crucificaron sus padressería el verdadero Hijo de Diosy el renegado volverá a oír en su alma losecos lejanos de la voz paterna y a recordar la fe sublime con que una mujerquelo había llevado en sus entrañasle enseñabacuando él era tierno niño ydormía en tan dulce regazolos inefables misterios de aquella religión queahora aparenta descreer... Se inflamarápuesla palabra de uno y otronarrador; y los moros cerrarán los ojos como huyendo de la luz; y el silencio yla meditación descenderán sobre aquella mísera gentey los ángeles pasarána su lado sin miedo algunocuando dentro de tres horas vayan cantando de monteen monte: «¡Gloria a Dios en las alturasy en la tierra paz a los hombresde buena voluntad!»

Al mismo tiempo que se hable y se piense de este modo en la infielSierra-Bulloneslos barcos de todos los pueblos de Europaal cruzar esta nocheel Estrecho de Gibraltarverán a lo lejos las hogueras del ejércitoespañol acampado a cielo raso en las soledades de África; y así los rudosmarinos como los impresionables pasajerossea cualquiera su religiónsupatria o su idiomaenviarán un saludo de entusiasmo y simpatía a los noblessoldados del evangelioa los mantenedores de la civilizacióna los heroicoshijos de la inmortal Iberia.

¡También desde Gibraltar se divisarán nuestros hogares de campaña!Pero ¿quién puede adivinar lo que pensarán allí los amigos de los moros?Hago demasiado honor a sus virtudes domésticasa su buen sentido y a sunotoria religiosidadpara no creer que en esta hora solemne sentirán rubor yhasta remordimientos por los públicos consejos y secreta ayuda que están dandoen contra nuestra a un pueblo que es horror y escándalo de las naciones. ¡Oh!Sí... ¡No puedo dudarlo ni un momento! Nuestros ocultos enemigos nos haránjusticia siquiera por esta nochey se confesarán a sí misinosno sin ciertobochornoque nuestra conducta es más noblemas dignamás honrosa que lasuya. ¡Perosi yo me engañoy ni aun de este arranque de generosidad soncapacescompadezcamos su pobreza de almay busquemos con la imaginación seresmás privilegiados!

AlgecirasTarifa y otros pueblos compatriotas nuestros noscontemplan también en este instante desde la costa vecina...¡Cuanto interéscuánta ternura y cuánta pena nos enviarán sus moradores en alas de losvientos! ¡Con qué afán demandarán al cielo que aleje de nuestro horizontelas nubes que ya principian a encapotarlo! ¡Con qué placer nos cederían eltechola mesael hogar y la cama! ¡Con qué verdadero júbilo pasarían estanoche a nuestro lado! ¡Cómo nos compadecencómo nos amancómo nosbendicen!

¡Ay! Y si extiendo más la vista; si dejo volar la imaginación sobre todaESPAÑA; si penetro en cada provinciaen cada ciudaden cada aldeaen cadacortijoen cada casa¿qué es lo que veréque sólo de pensarlo laslágrimas acuden a mis ojos y la pluma desmaya entre mis dedos?... ¡Madrespadreshermanoshijosesposasenamoradas vírgenes!¡os vemos con los ojosdel corazón!¡os estamos mirando como nos miráis vosotros! ¡Solo quenosotrosdesde aquípodemos veros más distintamentesabiendocomo sabemosdónde os encontráisqué vida hacéiscuáles son vuestros sitios ycostumbresqué lugar ocupáis en el hogar y en la mesay hacia dónde cae elvidrio cubierto de escarcha al cual os asomáis para bendecirnos! ¡Todotodolo sabemos! ¡Vuestra Nochebuena es de llanto y luto! ¡Un crespón de duelocubreen vez de mantella mesa abandonada! «¿Cómo estarán? (exclamáisa cada instante). ¿Habrán muerto? ¿Morirán esta noche? ¿La pasaránbatiéndose? Tendré un hambre y frío. ¿Se acordarán de nosotros?» ¡Oh!No; esto no lo preguntáis: ¡esto lo sabéis!

Pero demos tregua a tan inmortal congojay tornemos los ojos al expatriadoejércitoolo que es lo mismoprescindamos de perspectivasy tracemos elprimer término de nuestro cuadro.

He aquí el espectáculo que presenta el campamento...

Empieza a llover. La obscuridad es densísima. Del próximo mar solo seperciben las lúgubres lamentaciones... El cielo parece haberse desvanecido.Todo es frías tinieblas en torno nuestro.

El soldadoverdadero protagonista de todas las guerrastiene hoy dobleración de vino y dos horas de prórroga para acostarse. Con esto y con suindustria le basta para pasar una velada deleitosa.

Muchas veces he salido de mi tienda para contemplar el aspecto de nuestrocampoy todas ellas he visto y oído cosas tan interesantesque no bastaríaun volumen para referirlas. ¡Qué grupos! ¡Qué conversaciones! ¡Quéepisodios tan tiernos y tan peregrinos!

Las hogueras tienen también doble y hasta cuádruple ración de leña.Alrededor de cada una se encuentran diez o doce soldados cociendoasando yfriendo todo lo que hoy les ha proporcionado la administración militarconmás lo que ellos han podido procurarse particularmente. En una parte serefieren historias; en otra cuentos; aquí se razona sobre el origencurso yresultado de la guerra; allí se hacen biografías de jefes u oficiales... Perola generalidad de las conversaciones gira sobre las costumbres del pueblo decada unosobre el modo cómo en ellos se suele pasar la Nochebuenay sobre losparajes en que este o el otro se hallaban tal o cual año durante las solemneshoras del 21 de diciembre.

Por este caminonada es más natural que venir a caer en los recuerdos defamilia. El uno dice cuántos hermanos tieney cómo se llaman; el otro saca deuna pobre cartera la última carta de su padre; este describe a su noviaponiéndola sobre todas las mujeres del universo; aquel dice qué haría sifuese pájarohacia dónde tendería su vuelopor qué chimenea penetraría ya quién iría a darle la primera sorpresa. ¡Ni es mucho ver que aquel reposadocoloquio termine con un Padrenuestrocuando no con sentidas coplasqueasí pueden ser de jota como de rondeñalo mismo seguidillas manchegas quezorcicos!

Sin embargoel canto nacional que domina esta noche es el de los Aguinaldoscon el estribillo de lo que dijo Melchoracompañado de zambombaimitada con la garganta. Según tengo indicadohay entre nosotros algunaspanderetasque no sé de dónde diablos han salidolas cuales no descansan niun segundopercibiéndose a másdentro de cierta tienda de oficialesellánguido suspiro de una flauta. En finy como resumen de tantos placeres yalegríasdiré la frase que acabo de oír a un centinela: «¡Chicos!... Sivuelvo a mi tierrajuro a Dios que al oír nombrar a Áfricaaunque me pillecomiendoecho a correr y me meto en la cama.» Creo que esto lo dice todo.

Hasta aquí los soldados. Ahora penetremos en las tiendas de jefes yoficiales. En unaalegres jóvenes han dispuesto la cena más opípara que sepuede imaginarno ciertamente por la calidad y condimento de los manjaressinopor los nombres pomposos que les han puesto: arroz a la Muley-Abbassardinas a la bayonetaalmendras de espingardavino del Serrallohigos del Morabitopasas de Castillejos. En otra tienda se juegapacíficamente al tresillo. En la inmediatase pasa revista a óperas enterascuyos dúosy hasta las mismas ariasse cantan a coro. En la de más alláalgunos hombres melancólicos duermen o velan en la cama desde que se puso elsol. Pero en todas ellasen medio del juego o de las conversaciones másanimadassobresaliendo entre el canto y las risasóyense constantemente losmismos dolorosos estribillos: ahora en mi casa; el año pasado a estashoras; cuando yo era niño; si escapo de la guerra; cuandovuelva a España; el día que me despedí; me escribe mi mujer;mi padreque esté en gloria; y lo demás que podéis figuraros.

Conque hagamos punto. Creo haber demostrado que también aquí ha sido hoydía de Nochebuena. ¿Cómo nosi esto es ya territorio españolsuelocristianopatrimonio de Jesucristo?

¡Dulce es pensarloy más dulce asistir a ello! Un ejército católicoavanzando por país agarenoha establecido sus reales en el imperio musulmánde Marruecos y saludado en él la venida del Mesías. ¡Una colonia militarespañola tremolará mañana su pabellón de triunfo sobre las crestas deSierra-Bullones; ya la hora en que toda la cristiandad escuchara los acentosde alegría que extiendan las campanas por la estremecida atmósferala voz denuestros cañones repetirá como un eco tan venturosa señalque irá sonandode cima en cima hasta las cumbres del gigantesco Atlas!

Ha mediado la noche. ¡Silencio! Es la hora más grande de los siglos.¡Calle la plumay hable tan sólo el corazón! ¡Jesús está ya sobre latierra!



 

- XVII - El enemigo nos felicita las Pascuas. -Cadáveres moros. -La nocherivaliza con el día.

26 de diciembre.

Ayer no he escrito. Ni ¿cómo escribir? ¡Ohqué primer día de Pascua!¡Qué fecha tan horrible y tan gloriosa! ¡Qué día y qué noche pasó estepobre ejército!

Hoy cojo la pluma para continuar mi DIARIO; y en verdad os digo que sólo yoy tratándose de cumplir solemne promesaencontraría fuerzas en el cuerpo y enel alma para añadir una página más a esta crónicaempapada en mi sudorenmis lágrimas y en mi sangre; ¡que sangre mía esy como tal la llorotoda laque mis hermanos derraman diariamente ante mi vista!

Escribosílas presentes líneasbajo un lienzo húmedo; hundidos lospies en cenagoso charco; sentado en un lecho que destila agua; calado ya hastalos huesos; fatigado de la acción de ayeren que estuve a caballo diez horaspostrado por el insomnio de la noche últimaque he pasado sosteniendo el palode mi tiendaa fin de que el viento y el agua no lo derribasen.

Pero ¿qué importa todo? ¡Cerremos los ojos al espectáculo presenteyabrámoslos a los recuerdos del espectáculo pasado!; Nuestro triunfo de ayerbien vale todo género de sacrificios!

He aquí su memorable historia:

Apenas amanecíay ya el toque de diana había expulsado al sueño de todaslas tiendascuando empezose a oír en este campamento del TERCER CUERPO deejército un tiroteo cercano. Mucho más cercano que nuncay que resonaba a unmismo tiempo en toda la extensa línea de las trincheras de la izquierda.

Nadie se sorprendió: todos esperábamos que los moros celebrarían lasolemnidad del nacimiento de Jesús atacando furiosamente por un lado o por otroa los perros cristianosy así es que todo el ejército pasó la segundamitad de la Nochebuena con las armas por almohada y el oído atento a la menorseñal de acometida.

No se hallaronpueslos marroquíes (como lo esperaban indudablemente) conunas hordas ebrias y aletargadassino con soldados vigilantes que sondeaban lasúltimas tinieblas de la noche y esperaban los primeros fulgores del día parahacer la acostumbrada descubierta.

Ahora bienel fuego que estalló de pronto sobre nuestras avanzadas hízonoscomprender que el enemigoen desusado númeroestaba encima y envolvíamaterialmente nuestro campo desde el centro derechoo sea desde el ReductoFrancisco de Asíshasta la extrema izquierdao sea hasta la orilla delmar. La situación era crítica y tremenda: ¡un momento de vacilacióny losmoros invadían nuestro campamento!

Pero¡ah!la serena impavidez de Ros de Olano y de sus generales y jefesfue igual en aquella hora al arrojo y empuje que demostraron luego. Nadie semovió de la trincherani para avanzar ni para retroceder: contestose con balasa las balasyentretantofueron avanzando nuestros batallones en apretadascolumnas por las laderas de los barrancosy situándose de modo que pudieran endeterminado momento rechazar al enemigo por todos lados y hacerle pagar cara suosadía.

Así fuea cosa de las nueveel general de nuestra 2.ª divisiónD.Jenaro Quesadacon su cuartel generalse puso a la cabeza del batallón de Barcelonay de algunas fuerzas de AsturiasÁfrica y la Reina;yespada en mano (así como sus ayudantesEstado Mayor y el denodado brigadierOtero)embistió contra los marroquíesentre vivísimo fuegogritando a sussoldados: «¡No tirar! ¡No tirar! ¡Están cortados! ¡A la bayoneta!¡Viva la Reina!»

¡Están cortados! Esta es la frase más tremenda que se pronuncia en lalid. (¡Nunca salga de labios de los moros!) Ayerdicha por el general Quesadasignificabacomo siempreque el enemigo había perdido parte de sus fuerzaspara no recobrarlas másdado que esta parte se hallaba encerrada en uncírculo de hierro.

Los moros estaban efectivamente cortados. ¡Érales imposible huir! ¡Ysinembargolo intentaron! Pero ¿cómo? ¡Precipitándose desde las rocas a laplayaarrojándose luego al maro corriendo hacia nuestro campo; todo lo cualequivalía a trocar muerte por muerte!

Llegó esta para todosporque todos prefirieron morir a rendir las armas.¡Matando y rugiendosícomo verdaderos leonesexhalaron el último suspiroy sus cadáverescosidos a bayonetazosquedaron a la espalda de nuestrasvictoriosas huestes!

Entretanto el general Rosenfermo todavíaabandonaba el lecho y subía ala trincheradesde donde dirigía la acción con esa elevada táctica y fríainteligencia que conserva en medio de las balasy que le valió este día laadmiración de todo el ejército. El general Turónencargado de defendernuestra derechaadonde había cargado el enemigo buscando el desquitesostenía reñido combateque cubrió al fin de gloria a los batallones de Asturiasla Reina BazaLlerenaZamoraCiudad-Rodrigo y Albuera.Allí los coroneles BohorquesAlaminosPino y Ulibarri se batieron entre losoficialesy los brigadieres CervinoMoreta y Mogrovejo dejaron a veces laespada del caudillo por la carabina del soldado. Allí los jefes de todos losdichos cuerpos (NovellaCos-Gayóny aquellos cuyos nombres no sépero cuyovalor pude admirar) estuvieron delante de sus tropasdándoles ejemplo deintrepidez y de desprecio a la muerte. Allípor últimolos soldadosrivalizaron en denuedo y en amor a sus oficialesa los que pugnabaninútilmente por servir de escudo con su pecho. ¡Oh! ¡Fue un día deheroísmoque valió al TERCER CUERPO mil plácemes y felicitaciones del condede Lucena y de su cuartel general.

Porque O'Donnell había acudidocomo siempreal punto de mayor peligroydirigía ya el combate personalmente. ¡Qué admirable serenidad la suya! ¡Quégolpe de vista! ¡Qué inteligencia de la guerra! El general en jefe dice queno oye las balas; y así debe de serpues no se comprende de otro modo laindiferencia con que va y viene en medio del fuegocuando todos las oyen silbary las ven herir. ¡Oigalaspuesaunque solo sea por patriotismonuestro general en jefeo apártelas Dios de su amenazado pecho!

Mientras O'Donnell se echaba así en brazos de su buena estrellaRos deOlano era llevado en los de sus ayudantes a la tienda del coronel duque de Gor.Nuestro generalmal repuesto del cólera y a rigurosa dieta hacía muchosdíashabía perdido el sentido sobre la trincheracon no menor gloria queaquellos pobres soldados que volvían de las guerrillas bañados en sangre. Elunocomo los otroscaía en su puesto de honor.

Pero he citado dos veces en una misma página un ilustre nombresindetenermecomo debíaa considerar su significado en esta guerra. El duque deGora cuya tienda habían conducido a Ros de Olanoes el mismo coronelBohorques de que hablaba antes con tanto elogio. Es decirque un grande deEspaña de primera claseuna persona a quien sus mayores legaron gloria ycaudal al transmitirle su apellidono satisfecho con la posición debida a sunacimientoprocura (y lo ha logrado ya seguramente) conquistarse otra por símismoacreciendo asíen vez de aminorarloslos timbres de su escudo. Ni esél solamente la honrosa personificación que tiene la grandeza en esteejército. ¡Las casas de CorresAhumadaFuente-Pelayola ConcordiaAmarillasla CimeraMalpicaFernández de CórdobaSalazarNoblejasMirasolVilladarias y otras que no recuerdohan enviado también nobilísimosvástagos a esta grandiosa lucha!

Conque volvamos al día de ayer.

A las tres de la tarde el combate había terminadoy no se veía ni un solomoro por estas cercanías. Su temeridad se había vuelto contra ellos mismos.Nuestra infantería los expulsó primero de sus posiciones; la artillería lospersiguió y destrozó en su retiraday la lluviafinalmenteles obligó atransponer el horizonte.

Por mi partedurante la jornadatuve ocasión de ver tranquila ydetenidamente (¡como que estaban muertos a mis pies!) una grande yvariada colección de los extraños personajes que luchan con España hacetantos días; ysi he de decir toda la verdadel primer sentimiento que meinspiró su vista fue cierto desprecioconsiderándolos indignos de medir susarmas con las nuestraso sea juzgándolos más salvajes y fieros que patriotas.Luego cambiaron súbitamente mis ideasy sentí noble compasión hacia aquellosbárbarosde cuya tierra éramos seculares invasores y contumaces enemigos. Ypor últimosobreponiéndose en mí a toda otra idea la devoción artísticalos hallé tan grandestan denodadostan hermosos y tan inocentesque meentristecía el considerar el odio con que me hubiesen mirado elloscaso devolver la vida a alumbrar sus inanimados ojos.

Eran las diez de la mañana. El día estaba nubladísimoy la mar empezaba aembravecerse bajo el látigo del Levante. En la playa no había almavivienteaunque acababa de ser teatro de espantosas luchas... Nadie más que yotenía en aquel momento libertad de acción para ir allí en busca de los cuarentacadáveres enemigos quesegún noticiasnuestros cazadores habían dejadoa retaguardia. El lugar era melancólico de suyoy yo caminaba sin máscompañía que un sordo remordimiento por la cruel curiosidad que me guiaba enaquel instante.

Figuraos un arenal rojizoestrecho y largolimitado a mi izquierda por lasespumantes olasy a mi derecha por altos peñascosáridos y adustostajadosverticalmente sobre la playa. De aquellas empinadas rocas habían caído o sidoprecipitados los moros cortados en la carga a la bayonetay allí estaban susensangrentados cadáveres: unoscolgados por los jaiques de los picos ymatorrales de la ladera; otrosestrellados contra las peñas del suelo;algunostendidos sobre la blanca arenay no pocos dentro del aguayendo yviniendo de la mar a la orilla a merced del espumoso oleaje. ¡Era el cuadro demayor desolación que nadie haya contemplado nunca! ¡Sobrepujaba en horror almás angustioso naufragio!

¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Quién los echaría de menos en el mundo?¿Hacia qué sombras queridas tendieron los brazos al tiempo de morir?

Sorprendía desde luego la variedad de tiposy aun de razasque se veíarepresentada en cuarenta individuos segregados al acaso del ejército marroquí.La mayor parte eran indudablemente rifeñosa juzgar por sus pardos jaiquesrayados de blanco y por sus cabezas afeitadas escrupulosamentesalvo un largomechón que conservaban hacia el occipuciocomo los chinos. Pero los habíatambién de raza árabey negros y mulatos.

Recuerdo de entre los árabes a unojoven y hermosocuya vestimentacomola de casi todos sus compañerosse reducía al largo jaique de gran capucha.Hallábase tendido en el borde mismo de las aguas: sus negrísimos ojosaunquenublados para siempremiraban aún enfurecidosy su obscuracorrecta ycallosa manoennegrecida por la pólvorase remontaba sobre su cabezacomo siamenazase todavía. Obscura barbarala y partida en dosrodeaba como unfestón de terciopelo su pálido rostro de singular bellezasombreandoartísticamente el cuelloatravesado por espantosa herida. Uno de sus piesconservaba la redonda babucha de cordobán; el otrocompletamente descalzoostentaba la fortaleza del hierro y las graciosas proporciones de los pies delsur. Notábaseen finen todo aquel hombre medio desnudoalgo que recordabalos contornos finos y acerados de los caballos árabes. El arte antiguo lohubiera tomado para modelo de sus famosos gladiadores.

Al lado de este gallardo tipo vi otro en quien todo era rudeza y ferocidad.Sus mismas bárbaras heridas le hacían parecer más horrorosopues teníadeshecha la cabeza por un bayonetazoy los dos hombros atravesados por lasbalas. Era de estatura colosal; chato como un tigre; con las rodillas másrecias y nudosas que viéronse nunca en ser humanoy sobre su piel lustrosa ycurtida blanqueaban muchas cicatricesque revelaban toda una vida de combates.Una especie de tuniquilla tejida con pelo de camello defendía meramente elpudor: se hallaba descalzoy pendiente de su cintura se veía una bolsa detafilete rojode la cual se habían volcado algunas balas y una gran cantidadde pólvora muy gruesa. Por últimoentre las municiones asomaban algunosmendrugos de galletaennegrecidos por la dicha pólvora... ¡Era el alimentonatural y propio de una criatura semejante!

También recuerdo a un mulatofeocobrizoimberbelargo de brazosparecido en todo a un ídolo egipcio.

Contrastando con ély colgado de una jara como otro Absalónvi a un jovende quince o dieciséis añosblanco y endeblecuyo rostro conservaba aún elsello del espantoy cuyo desnudo seno vomitaba todavía caliente sangre por unatremenda herida de bayoneta. Este no debía de ser rifeño: parecía un moro deciudad; su jaique estaba limpiollevaba alguna ropa interiory sus babuchasostentaban graciosos arabescos.

Por lo demásallí había hombres de todas edades; lo mismo tiernosadolescentescomo el que acabo de describirque viejos canososde arrugadapiel y desmedrados remos; pero la mayoríaera de varones fuertesen laplenitud de la virilidad. Entre ellos vi dos negros: el uno hermoso y relucientecomo un cafrey el otro deforme y pardusco como un hotentote. La verdaderacasta morase revelaba en muchos por el trazo diagonal de las cejas y por ladepresión de la nariz romaasí como la clásica raza árabe parecía indicadaen otros por el noble perfil de sus semblantes ovaladospor la finura de susmúsculos de acero y por la esbeltez de sus delgadas cinturas.

¡Vi hasta cuarenta!... -Lo repito.- ¡Nuncajamásolvidaré aquella horaaquel lugaraquellos muertos! Los estremecimientos de mi caballo me losanunciaban antes de que yo los descubrieray cuando me alejé del ensangrentadoarenal para subir a la montaña vecinaun alegre resoplido del noble brutopareció como que me advertía que habíamos estado solos demasiado tiempo...

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Réstame hablar de la noche que sucedió a tal día. Ya he dicho que a lastres de la tarde empezó a llover. Pues biena las cinco estábamos ya en plenodiluvioni más ni menos que la célebre noche del 18. Creímos tambiénperecery hubo tiendas en el suelobestias ahogadas y todo linaje de averías.«¡Qué primer día de Pascua!»habíamos exclamado por la mañana. «¡Quénoche de descansodespués de tan fatigoso día!»exclamábamos a la noche.

Un ejemploy concluyo. A cosa de las cuatro de la madrugadadesesperando yade que el turbión cediesey viendo que era imposible permanecer dentro de latiendaencendí mi linterna sorda y me marché en busca de otra luz que sedivisaba a lo lejos; pues recordé que a un amigo mío le tocaba esta noche elservicio de trincheray pensé en hacerle una visita. Subípor tantoa loalto del monte... Y he aquí el cuadro que contemplé:

En medio de una pequeña explanaday rodeado por algunos oficiales ysoldados (envueltos los primeros en largas capas de gomay los segundos enmantas grises)veíasea la luz de otra linterna que chisporroteaba en elsueloa un hombre sentado sobre una piedrael cual resistía inmóvil y comoinsensible todo el furor del viento y de la lluvia. A sus pies había unoscarbones apagados y nadando ya sobre el aguay cubría su cabeza y todo sucuerpo un albornoz de paño obscuroen cuya capucha relucía el entorchado degeneral.

¡Era Turónel general-soldadocomo lo denomina la fama hace muchotiempo!

¡Tocábale anoche al noble anciano mandar el servicio de trincheraydescansaba de las fatigas de la lid sentado en aquella peña durabajo el azotedel huracán!

¡Allí lo dejé resignado y silenciosopasando quizá revista en suimaginación a tantas y tantas noches como habrá velado enfrente del enemigodesde el año de 1823en que se ciñó la espada! ¡Allí lo encontraría laprimera luz del día de hoy!



 

- XVIII - Vacaciones de Pascua.

26 por la noche.

Nada nuevo.

Se han enterrado los muertos de la acción de ayer (así los nuestros comolos enemigospero no juntos)y los heridos han sido trasladados a Ceutao a la Península.

Nuestras bajasentre heridos y muertosfueron ochenta y siete.

También han sido embarcados hoy para España muchos atacados del cólera...

Los que aquí quedamos pedimos a Dios salir pronto de este apestado valletransponer esos montesllegar a la llanuraver Tetuán.

27 de diciembre.

Seguimos lo mismo. Lluevearrecia el cólera y se trabaja en el Camino deTetuán.

Verdaderamentenuestras Pascuas no pueden ser más aburridas. Casi nadieespera ya que los moros vuelvan a atacarnos en estas posicionesyen cambiotodos tememos que la epidemia nos lleve a una fosa obscuranegándonos lagloria y el placer de contemplar a Tetuán y de tomar parte en lasgrandes luchas en terreno franco que nos reserva el porvenir. Reinapuesen elcampamento una tristeza profundaque nada podrá disiparcomo no sea la ordende marcha.

De noche se juega al tresillo; y por cierto que en mi partida interviene untipo que acaso describa alguna vez. Aludo al capellán del Regimiento.

Sépasepor de prontoque todo clérigo en campaña llega a ser másmilitar que Napoleónmientras que su asistente pierde la hechura de soldado yse convierte en un verdadero sacristánmístico y devoto como una monja.

Por lo demásnuestro compañero de tresillo es un ángel de paz en todaacción de guerray una guerra andando aquellos días que no hay acción.

28 de diciembre.

¡Otras veinticuatro horas de aburrimiento y de impaciencia!

Los marroquíes han cambiado de plan indudablementecomprendiendo al fin queserán inútiles cuantos esfuerzos hagan para estorbar los trabajos del Caminode Tetuán. Ello es que han dejado de atacarnos.

Posdata. Los generales RosPrim y García están ya completamente buenos.



 

- XIX - Por mar y por tierra.

19 de diciembrepor la mañana.

¡Magníficoespléndidodelicioso día! Desde que resonó el toque dedianaconocí en las melódicas vibraciones del aire que el cielo estaba limpiode nubes y que la mar dormía tranquila. Ademáslos cantos de alegría de lossoldados saludaban elocuentemente la vuelta del buen tiempo.

Saltépuesde la camaansioso de luzde aire y de calor; abrí mitienday salí a la que todos no podemos menos de llamar la calle.

¡Qué animaciónqué vidaqué regocijo respiraba el campamento! Todaslas tiendas estaban abiertas de par en par: camasropasmonturasmantasvíveresarmasmunicionestodo se veía desdobladoextendidodesparramado ala puerta de cada habitación de lonaa fin de que el sol lo secase cuando susrayos adquiriesen fuerza. Unos se marchaban a lavarotros hacían su toiletteal aire libredespués de muchos días de irremediable incuria; estosdescribían con pintorescas frases el detrimento que el temporal había causadoen su equipo; aquellos exclamabandesperezándose y mirando su carabina: «¡Hoyhace un buen día de moros!...» Ni más ni menos que los cazadores dicen enEspaña: «¡Hoy hace un buen día de liebres!»

En este momento comienzan a bajar compañías a la playa para que descarguensus armas y las limpien. El general Prim pasa por la izquierda de nuestro campodirigiéndose con sus tropas al Camino de Tetuána fin de reconstruiralgunos puentes que el temporal ha derribado. Los cantineros y mercaderes acudende Ceuta con vinofósforoscigarrospapel de escribirvelas y otrosartículos preciosos. Los caballos relinchancomo diciendo que están prontos adar un paseo. Y la tropatan macilenta ayerrevela en su semblante laesperanza de que un sol tan claro mejore la salubridad del campamento y acelerela hora de nuestra marcha.

Lleganen finjuntos los correos de dos o tres díasy con ellos losefluvios de amor y entusiasmos de la madre patria. Un aluvión de cartas yperiódicos inunda el valle; todos tienen noticias de sus familias; todos seaniman a seguir adelante al ver la noble actitud del pueblo español; todos sehacen la cuenta de que las penalidades pasadas han sido un mal ensueñoyprocuran imaginarse que hoy es cuando verdaderamente empieza la campaña.

Para que el día sea completopreséntanse en la lontananza de nuestrohorizontecomo viniendo de Gibraltar o de Algecirasdoscuatroseis...hasta nueve buques de vapor y de vela que se dirigen hacia estas costas...

Todos los anteojos se ponen en movimiento... ¿Qué escuadra es aquella?¡Aquí de las conjeturasde las suposiciones y de las grandes mentiras!

¡Quién dice que son barcos ingleses que van a socorrer a los moros; quiénanuncia que es la escuadra francesadecidida a cañonear de nuevo el Fuerte-Martínsituado en la playa de Tetuán; cuál da por seguro que aquellasembarcaciones traen a bordo la división del general Ríosque al fin viene areforzar nuestro ejército; cuál otro jura y perjura que su anteojo es el mejordel universoy que distingue a dos pasos de distancia las boinas rojas de lostercios vascongados; quiénpor últimosabe de buena tinta que aquello sólopuede ser una escuadrilla rusa que ha bajado de los mares del norte a fiscalizarlas operaciones de los buques de la Gran Bretaña!..

En esto levántase un rumorque llega a hacerse general y acaba con tanperegrinas versiones: «¡Es el pabellón de España! ¡Es la bandera roja yamarilla!»exclaman los oficialesllenos de regocijoofreciendo susanteojos a todo el mundoa fin de que nadie deje de ver la enseña de lapatria...

Yentretantolos buques siguen cruzando ante nuestros ojoscomo a medialegua de esta playacon la proa puesta a la rada de Tetuáncuya entrada nosdeterminan claramente el promontorio fortificado de Cabo Negro ymásallá de élotro cabo sobre cuya cima se percibe una blanca atalaya.

Quedasin embargopor averiguar qué van a hacer aquellos barcos en elpuerto marroquí. Yopor mi parteno puedo resistir a tan justificadacuriosidady dejo la pluma para ir en busca de noticias al cuartel general deO'Donnell.

Cerca de las doce.

¡Oh felicidadamigos míos! ¡Buen susto vamos a dar a los moros!

Sabréis cómo esta pobre gente ha remediado los daños que la escuadrafrancesa causó al Fuerte Martín el día 29 de noviembre (hoy haceprecisamente un mes)y sabréis cómo ciertos ingenieros(3) <notas.htm> han vuelto a colocar los cañones en su sitio yconstruido además en la playa baterías rasantes. Pues biennuestra escuadrase dirige hoy a la rada de Tetuán a demostrar a los sectarios y aliados delprofeta que han perdido su tiempo lastimosamente.

Describamos cuanto alcanzamos a percibir de este solemne acto.

Son las doce de la mañana... Todo nuestro ejército se halla abocado a laorilla del marbien sea en la arenosa playabien en las alturas de la costa...

Las naves españolas avanzan majestuosamentetrazando en el mar y en elviento estelas de azulado humo o de reluciente plata. Los vapores remolcan a losbuques de velaformando dos divisiones.

Los nombres de unos y otros son: Isabel IIVasco Núñez de BalboaBlancaPrincesa de AsturiasColónVilla de BilbaoLeónSanta Isabel y Vulcano.

La insignia capitana va en el Vasco Núñez de Balboadesde el cualmandará el bombardeo el general de Marina D. Segundo Herrera.

Ya dejan a su derecha a Cabo Negro y forman enfrente de la rada...

Ya se encuentran a la vista de Tetuán...

Ya van desapareciendo a nuestros ojos...

¡Ya están todos dentro del puertobajo los fuegos enemigos!...

¡Dios sea con España!

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Ahora nada se venada se oye. En nuestro mismo campo reina un silencioreligioso... ¡Pero de fijo que todos oyen el alborotado latido de su corazón!

¡Ah! ¡Es la primera vezdespués de mucho tiempoque nuestra Marinatantemida y respetada en otras épocasrompe el largo silencio de sus cañones ytoma la ofensiva contra los enemigos de España! ¡Yo lo creo firmemente! Laempresa que nuestros barcos acometen en este momentopor limitada que seapuede considerarse como el principio de la nueva historia de nuestra armada;como la señal de que España reaparece sobre los mares; como un aviso dado almundo de que no se ha extinguido la raza de los BazanesUlloas y Gravinas.

Pero ¿qué es esto? ¡Todos aguardábamos oír un lejano cañoneo hacia laderechay toque oímos es un próximo ruido de fusilería hacia el opuestolado! ¡Decididamentehoy es día de gran fortuna para nosotrospues vamos atener a un tiempo función por mar y función por tierra!

Mas se me dice que el fuego es hacia el Camino de Tetuánen elcampamento del TERCER CUERPO...

¡Si vierais qué extraño efecto me produce esta noticia! No parece sino queoigo tocar a fuego en mi parroquia y vienen a anunciarme que es en micallecerca de mi casa... Corropuesen su buscaarrastradono sólo por eldebersino por un raro sentimiento que tiene otro nombre no menos raro: por el espíritude Cuerpo.

A las nueve de la noche.

Voy a completar la historia del día de hoy; día de honor y gloria paranuestra patriaque ha alcanzadodurante él y a una misma horados diferentestriunfos sobre el imperio de Marruecos: uno en su mary otro en sus montañas;el primero atacandoy el segundo resistiendo; aquel contra sus fuertes ybateríasy este contra la ferocidad de sus hijos. ¡Feliz yoque he podidopresenciar esta doble victoria de las armas españolas! Contentaos vosotros conla relación que voy a haceros de lo que he visto a lo lejos y de lo que hetocado muy de cerca.

A lo lejosy en tanto que avanzaba hacia el campamento de la Concepciónvi aparecer algunos torbellinos de humo por detrás de Cabo Negrohacia elpunto donde debe de caer la Ría de Tetuány otra humareda más espesaquesalía de en medio de la rada... Pocos instantes después percibí sordasdetonaciones parecidas a lejanos truenos... El cañoneo del mar habíaprincipiadoy su estruendo remoto servía como de acompañamiento al estrépitodel combate que se reñía en tierray quepor ciertoera más vivo y animadoque ningún día.

Al llegar yo al teatro de esta luchahabía terminado ya su prólogoquehoycomo siempreha consistido en amagar los moros un ataque por un lado paradarlo formalmente por el lado opuesto.

Lo ocurrido hasta entonces era lo siguiente:

Al punto de las docealgunas fuerzas marroquíes habían roto el fuegocontra el batallón Cazadores de Vergaraperteneciente a la RESERVAqueapoyaba a una compañía de Ingenieros ocupada en los trabajos del Caminode Tetuán. El general Quesada se encargó de proteger a este batallónyalefectohizo avanzar a aquel punto a los Cazadores de Llerenacon elbrigadier Moreta a su frente. Ahora biensi los de Vergara estabansosteniendo solos y a pie firme una arremetida de fuerzas triplicadas...¡puede calcularse cuál sería la situación de los moros desde el momento quenuestros bravos vieron duplicadas sus filas! Básteos saber que al poco tiempono se oía ni un solo tiro hacia nuestra izquierda...

En cambio (y esto ya lo vi yo)una copiosa multitud de enemigos saliórepentinamente de los enmarañados bosques que se extienden a nuestra derechadando espantosos gritoscorriendo en todas direccionesarengándoseamenazándose y como arreándose unos a otros; pero todos tan elegantescomo siempre; todos airosos y fantásticoscon sus largas ropas blancassuságiles movimientos y sus innumerables banderines. En cuanto a su músicamilitarreducíase a un tamboril y a una dulzainacuyos lejanos ecos merecordaron las festetas de Valencia.

De este modo se adelantaron hacia el regimiento de Albuera quehabía avanzado para salir a su encuentro. Empezó un fuego vivísimo. Losnuestros combatían en guerrillay los enemigos a la desbandadabuscando matasy piedras en que apoyar la espingardalevantándose al tiempo de tirarcomoespectros que salen de la tumbay arrojándose después al suelo con talprestezaque nunca se sabía si era que huían el bulto o que caían heridospor nuestras balas.

Pero este combate no duró mucho tiempo. La parte del regimiento de Albueraque aún permanecía de reservahizo un hábil movimiento de flancoy secolocó a la derecha del enemigo; entonces resonó el toque de ataque denuestras cornetasese toque vehementedelirantevertiginosoque tanto asustaa los morosy que no cesa ni un momento durante las cargas a la bayoneta.Cargaronen efectonuestros cazadores entre redoblados vivasy losmarroquíes viéronse obligados a correr hacia su izquierda.

-¡Que avance Baza! -exclama entonces el general Roscon tanto mayorjúbilo cuanto quepreviendo semejante contingenciahabía apostado desde porla mañana a dicho batallón en un barrancoinvisible al enemigoa fin de quele saliese al encuentro en su fuga...

La orden es transmitida por un ayudante (a quien acompaño yo comoordenanza)y cuando llegamos al barrancovemos que el brigadier Cervino avanzaya a la cabeza de Bazacuerpo que mandó desde su fundacióny al queama todavía como a su familia militar.

El brigadier Mogrovejo se adelanta por otro lado con los de Zamoray el brigadier Moreta con los de Barcelona y Llerena. Entreellos van los coroneles Pino y Ulibarrijefes de Media Brigadaeste últimocon un brazo en cabestrillono convaleciente aún de una contusión de balarecibida hace cuatro días.

EntretantoAlaminoscoronel de Albueraes herido en un pieyocultándolo a sus soldadospermanece al frente de ellos. Las cornetas siguentocando ataque; el grito de ¡viva la Reina! se repite en una línea deseis batallones; nuestras tropas arrollan el bosqueasaltan las peñasdominanen todas partesy los moros huyen despavoridos y desordenados.

¿Cómo seguirlos? ¿Quién les iguala en agilidad? Inténtanlo losnuestros...pero sus jefes les gritan: ¡Alto! Y ¡Alto! repitenlas cornetas.

Nada más racional. ¿Hemos de ir tras ellos hasta el fin del mundo? Yaestamos a media legua de nuestro campoy el sol empieza a descender aloccidente... Hora es de pensar en la retirada.

Haypuesun momento de descanso.

Durante éltodos se recuestan sobre las peñasextenuados de fatiga. Lacantinera de Bazala madre de los soldadosIgnacia la beneméritalaaguerridala veteranava y viene entonces por entre las filas repartiendo aguay aguardiente a todo el mundoenjugando con su delantal la frente bañada desudordel jefe o del soldadodándoles cigarros y lumbresonriendo a todosalegre y enternecidainfundiendo respeto y entusiasmo con su semblante varoniltostado por el sol de las batallasy noble y hermoso en aquel momento en queejercita la más bella virtud de la mujer... ¡La Caridad!

Viéndola de aquel modoyo no puedo menos de recordar a la Verónica. Sudura fisonomíasu edad provectasu elevada estaturasu traje militartodome infunde veneración. Recibo con inefable gratitud el agua que me ofreceaquella otra Rebeca; y viendo en torno mío algunos jazmines silvestresgrandesy olorososque blanquean entre los obscuros matorraleshago con ellos unrústico ramillete y se lo presento a Ignacia.

-¡Hermosos jazmines! -exclama ellacolocándolos en el ojal de su levita-.Pero mirahijo mío...¡están llenos de sangre!

Era verdad... Yo no lo había visto... Pero ¿qué hacer ya?

-DéjaloIgnacia -le contestó-¡será de los moros!

-¡Será de los moros! -repite ellaencogiéndose de hombros y sonriendosiempre con bondad.

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En aquel momento (las cuatro y media de la tarde) empezaron a salir pordetrás de Cabo Negro los buques de nuestra escuadra. El bombardeo de Fuerte-Martínhabía terminado.

Contamos las naves según fueron apareciendo... ¡Eran nueve...las mismasque entraron en la rada! Habíamos vencidopor consiguientey nuestrasaveríascaso de haber sufrido algunasdebían ser insignificantes.

-¡Saludsalud a la Marina española! -exclamamos todos entoncesseñalando a los vencedores buques; yvolviendo luego cara al enemigoque sehabía rehecho y nos hostilizaba al ver que nadie lo seguíarompimos de nuevoel fuego contra él.

¡Pero se acercaba la nochey era forzoso retirarnos!...

La guerra que hacemos ofrecerá esta gran contrariedad mientras estemos a ladefensiva. Los morospor cálculo o por perezaatacan generalmente almediodía. Lo de menos es rechazarlos... ¡A las dos de la tarde lo hemosconseguido siempre! Masentonces¿qué hacer? Emprender movimientosimportantes para envolver al enemigo sería una locurapues las tinieblas nossorprenderían a los primeros pasos. Permanecer hasta la noche en las posicionesconquistadas cada tardefuera comprometerse a un combate diario en laobscuridad. Quedarnos definitivamente en ellasclaro es que no nos convienecuando no hemos plantado allí nuestras tiendas desde el primer día. No nosquedapuesotro arbitrio que retroceder a la trinchera después de haberlosrechazado.

Ahora bienlos morosque saben perfectamente todo estoesperan siemprenuestra retirada para volar sobre nosotros y molestarnos con sus disparos. Porconsiguientela hora de prueba es siempre la última del combatey también esdurante ella cuando tenemos que lamentar pérdidas más dolorosas.

En cuanto a la retirada de hoyofrecía un nuevo inconveniente: ¡laabsoluta imposibilidad de emprenderla sin inmolar toda una compañía! Y era quecien españoles y cien marroquíes estaban parapetados en dos alturas muypróximas entre síde tal modoque en el instante mismo en que los nuestrosdescendiesen de la suyapodían ocuparla los enemigos y fusilar desde allí amansalva a cuantos cruzasen el barranco. La compañía a que me refiero era la7.ª de Baza.

El general O'Donnell podía verlay la veíaen tan supremo trancedesdeel Campamento del Otero. El general Ros la seguíatambién con el almadesde el suyo. El general Turónavanzando al ángulo de nuestras posicionesno apartaba sus ojos de ella. Los brigadierescoronelesjefes y oficiales denuestra primera divisiónmezclados y confundidos bajo un horrible tiroteopermanecían en las guerrillas con el ánimo pendiente del compromiso en que sehallaban aquellos bravos.

De nada podían valer auxilios ni refuerzos... Allí estaban los batallonesde la ReinaCiudad-RodrigoÁfrica y Segorbe protegiendodenodadamente la retiradatambién difícildel resto de la división; pero ala compañía de Bazaasediada en lugar tan avanzado y en terreno taninaccesibleno se le podía prestar socorro alguno sin comenzar de nuevo laacción en grande escalacosa que hacía imposible lo apremiante de la hora. Nole quedabapuesotro refugio que su propio esfuerzo...

Escuchady participaréis del asombro que aún me domina en este instante.

Aquellos leones acosados empezaron por fingir que se retiraban; pero nohicieron más que ocultarse detrás de las crestas de la colina. Los morosentoncescreyéndolos ya en el barrancose pasan de su posición a la nuestra;mas no bien asoman los primeroscuando los de Baza surgen delante de susojos. Los infieles dan un grito de espantoque la muerte hiela en los labios dealgunos. Nuestras bayonetas los precipitan al barranco opuestoy nuestras balaslos alcanzan en su huida. Desaparecenpor últimoy nuestros cazadoresemprenden con el mayor orden su verdadera retirada.

Pero los africanos no están escarmentados todavíay tornan a la carga yreaparecen en la altura que acaban de abandonar los españoles. ¡Ah! Susdisparos abrasan materialmente a la fatigada compañía...

-¡Cazadores...a ellos! ¡No dejemos ni uno vivo! -exclama entoncesel capitánvolviendo la cara al fuego...

Pero una bala lo derriba en aquel instante.

-¡A ellos! -repite toda la compañía.

Y ésta gana por tercera vez la cúspidey se abalanza contra losmarroquíesrecibiendo sus disparos a quemarropay lucha cuerpo a cuerpobrazo a brazorostro con rostroy maneja el fusil como una clavay ruedasobre los heridos enormes piedrasy llena de cadáveres la hondonaday sealeja finalmenteharta de venganza y de carniceríabien segura ya de que elenemigo no intentará nada contra ella.

Mas estaba escrito que aquellos héroes llegasen al colmo del afán y de lagloria. Uno de sus compañeros se ha quedado atrásherido en una piernay losllama con lastimeros gritos... Los moros han olido la presay se adelantancautelosamente para cogerla y descuartizarla...

Los nuestros no vacilan; dejan en el suelo las camillas que llevan atestadasde heridos y aun de muertosy vuelven una vez más sobre sus pasos; recomienzanla lidy rescatan con su sangre generosa la vida de su abandonado compañero.

¡Ah! ¡Ya están aquí! Helos que vienen a nosotros...que llegan ajuntársenos...que se incorporan a su batallón. Han sido mermados...esverdad; de sus cuatro oficialesuno solo traen ileso; entre muertos y heridoshan perdido la tercera parte de su fuerza... Pero ¡qué inmensa gloria hanalcanzado!¡qué dura lección han dado a los moros!¡qué alta han dejadola bandera de BAZA!

A las diez de la noche.

En este momento los hospitales de sangre del TERCER CUERPO remiten al generalRos de Olano el parte de la entrada que ha habido en ellos...

Nuestras pérdidas son ocho muertosnoventa y siete heridos y cincuentacontusos.

Creíamos que habían sido más... ¡Aún nos queda gente para muchasacciones!



 

- XX - Acción del 30 de diciembre. -Mi batallón. -Un hospital de sangre.-Otra mujer piadosa. -Un entierro. -Fin de año.

1 de diciembre.

Anteayer había sido el día del batallón de Baza... Ayer fue el díade Ciudad-Rodrigoel día de mi batallón. ¡Élsólo élsostuvo elfuego durante tres horas y media contra doble o triple número de moros!

Pero no fue esta la única circunstancia particular de la refriega.Primeramenteningún día se habían presentado los moros a hora tan avanzadade la tardeni retirándose tan entrada ya la nochey por otro ladojamáslos habíamos tenido tan cerca tanto tiemponi notado tal vocerío durante lalucha. Yo creoque su Campo debe de estar ahora muy próximo al nuestroapostado quizá en el camino que hemos de seguir al abandonar estas posicionesy que sus ataques de ayer y hoy son llamadas que nos hacen a un terreno en quedesean medirse con nosotros. Pronto les daremos gustopues el camino de Tetuánestá concluido.

Ayerpor ejemploeran las tres y media o las cuatro de la tardey nadieesperaba ya a los africanoscuando estalló de pronto un nutridísimo tiroteohacia Castillejos; pero tan cercano y ejecutivoque al poco rato seencontraban sobre nuestra trincherano solo los generales Ros de OlanoTuróny Quesadade este cuerpo de ejércitosino también el general en jefelosgenerales PrimZabalaGarcíaRubíny otros que no recuerdoseguidos de unsinnúmero de jefes y oficiales de todas armas. El públicopuesnopodía ser más competente. Veamos cómo se portaron los actores.

El combate había principiado del siguiente modo: como a doscientos pasos deeste campamentomontaba la gran guardia de la izquierda una compañíadel regimiento de Albueraestablecido al efecto en uno de nuestrosparapetos avanzadossobre una pequeña altura. De prontoy sin tener de elloel menor aviso ni haber sentido el más ligero rumorven nuestros soldadoscoronarse de moros la loma fronterizay una granizada de balas viene aestrellarse en rededor suyo. A esta descarga sigue otray otray ciento; losenemigos se relevan ligeramentey mientras cargan unosotros hacen fuego sobrenuestra avanzada.

La idea no era mala del todo; pero la compañía de Albuerano seretira... Dejasísobre el parapeto bastantes muertos o heridoscon lo quetiene a raya a los marroquíes durante media horabien que debilitándose ellapor momentos.

Acuden entonces a reforzar a los de Albuera cuatro compañías de Ciudad-Rodrigomandadas por el comandante fiscal del batallóndon Ramón Fajarnés. Entreellas va la primera la míacon su bravo capitán D. Pedro Alegre.

El momento era crítico. Al asomarnos al parapetonos encontramos de mano aboca con los morosque ya asaltaban nuestra posición... Cruzáronse lascarabinas y las espingardasy parten plomos mortíferos en todas direcciones.El enemigo vuelve a refugiarse en su colina. Nosotros tenemos orden terminantede no rebasar la nuestra. ¡Es muy tardey se trata de evitarlas pérdidas dela retiradao sea un conflicto semejante al del día anterior!...

Los africanos conocen que se las han con tropas de refrescocuyo númeroignoraban todavíay se baten ya parapetadosy no con la insolencia de antes.

Las cuatro compañías de Ciudad-Rodrigo no desplegamos en una extensalíneay los mantenemos en respeto durante el resto de la tarde.

Entretantohabía principiado un fuego no menos nutrido por la derecha y porla extrema izquierda.

En la izquierda defendían una importante y arriesgada posición otras doscompañías de Ciudad-Rodrigola 7.ª y la 2.ª Mandábanlas el coronelD. Antonio Ulibarrijefe de la media brigada a que pertenece mi batallóny susegundo comandanteD. Ángel Grases. El bravo teniente coronelD. ÁngelCos-Gayónse encontraba enfermo en su tienday no podía presenciar lahazaña más gloriosa de sus soldados. De la manera como se portaron aquellasdos compañíassólo diré que el general en jefesituado en nuestratrincheraascendió en aquel mismo instante a Grasesa un teniente y a unsargentoy colmó de alabanzas a cuantos se batían en aquel peligroso sitio.

Al mismo tiempo sostenían la derecha las fuerzas restantes del batallónque eran las compañías 3.ª y 4.ªy allí también arreciaba una lidsangrienta.

El general Ros de Olano cruza una y otra vez de un extremo a otro del teatrode la accióny las balas parecen apartarse para dejarle libre el paso. A sulado es herido el coronel D. Federico Fernández San Románsegundo jefe de suEstado Mayor; otros jefes y oficiales que lo siguen muestran sus ponchos ylevitasque las balas acaban de atravesar; por todas partes óyenseen finahogadas exclamacionesque indican otras tantas bajas.

Pero nadie se cuida de esto. ¡Lo importantelo insólitopor mejor decires que anocheció hace media horay que los moros no se retiran; que el combatecontinúay que en nuestra línea no se hace fuego!...

¿Qué significa esto último? ¿Qué ha sucedido?

¡Oh! Ha sucedido una cosa horriblesi hay cosa que pueda ser horrible parasoldados españoles. ¡Desde el obscurecer se han acabado las municiones a todaslas compañías de Ciudad Rodrigo!

-¡Cartuchos! ¡Cartuchos! -exclaman los cazadoresarmando labayoneta y recostándose sobre los parapetosdecididos a morir allí todosantes que ceder paso a los moros.

Advertidos estos de lo que sucedeavanzan entonces... Pero los más audaceslos que levantan el pie para saltar las peñas y matas del parapetoruedan alotro ladopartidos por nuestras bayonetas. Los que vienen detrás nos tiran aboca de jarro...y entonces¡ay!cae gente nuestra... Mas sobre ella selevanta otra¡nuestra también! Las bayonetas rechinan al tropezar con lasespingardascuya puntería se pierde en el choque... Entretantoalgunossoldados nuestros sueltan sus armas y se ponen a derribar el parapeto y alanzarlo sobre los moros. Enormes piedras ruedan sobre ellosaplastando a losque se encuentran en la hondonada. Lúchaseen fina brazo partido; échanseunos a otros mano a la garganta; dispáranse piedras; aporréanse con ellas sinsoltarlas; rugenaúllanbraman los mismos heridosen vez de lamentarse. Enambos ladosen los españoles y en los marroquíeses igual la furiaigual elencarnizamiento (4) <notas.htm>.

Tal fue la parte que yo vi en el combate de ayer; pero mis observaciones seextendieron algo más lejosy voy a revelarlas. Todavía no hemos entrado en unHospital de sangre la noche después de una accióny a la verdad queallí se contempla un cuadro digno de ser copiadosobre todo por quiencomoyose ha propuesto referir al público la historia privada de la guerra.

Síamigos lectores: es un espectáculo interesantísimo el que presentanlas camillas llegando entre las tinieblaspor caminos impracticablesconducidas en hombres de cuatro nobles y compadecidos soldadoslos cualesaniman y consuelan al pobre heridoo anuncian con su triste silencio que no hayesperanza para él. Y es un espectáculo tierno y angustioso el que ofrece lagran tienda llamada Hospital de sangreapenas alumbrada por temblorosasvelasllena de camillas depositadas en el suelo y medio perdidas en la sombrade las cuales salen a veces hondos gemidosmientras que la voz del sacerdotehabla de Dios a tal o cual infortunado que va a morir lejos de su familia y desu patria.

En este momento nos hallamos en el hospital de sangre de Ciudad-Rodrigo. Ellocal está completamente lleno. En otras tiendas celebrarán ahora el ladobello de la acción de hoysu parte luminosala gloriael triunfoelesplendor de nuestras armas... Aquí se ve solamente la faz sombría del asuntola impiedad de la guerralas lágrimas de la sangrela viudezla orfandadeleterno luto de los padres. ¡Cuánta juventud agotada en flor! ¡Cuánto infelizinutilizado para toda su vida! ¡Cuanto desastre para los que veían en ellos elúnico sosténla única esperanza!

En medio de todos estos episodiosy figurando noblemente en cada uno deellosvese a una mujer piadosa que va de cama en camaofreciendo a los heridoscierta tisana refrigerante que los conforta y reanima...

Esta mujer es francesano cantinerani hermana de la caridadni aunsolteracomo juzgaríais a primera vistasino una peregrina casadaque con sumarido va viajando de guerra en guerra; que estuvo en la de Crimea y viene ahorade la de Italia; que cumple quizá un vototal vez una penitencia; que pasa eldía entre las balasdando su tisana a los heridos... (solo a los heridos)yla noche en los hospitales de sangre... Tendrá treinta años; su figura esnoble y hasta hermosa; viste largo sayal morado; se expresa como personadistinguiday todo en ella es dulcecariñosoangelical. El respeto queinspira sólo puede compararse al cuidado con que se oculta los días que no sonde sangre ni de lágrimas... Y no sé más acerca de esta persona.

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Conque vengamos a mi tienda de campaña.

En el momento que hoy escribo estas líneashe aquí el espectáculo que merodea.

Son las once de la mañana. Hace un día espléndido y apacible. Me encuentroen cama; pero desde ella alcanzo a ver las últimas verduras de este vallealgunas colinas erizadas de arbustos y peñascosla arenosa playa y el mar azuly transparentepor el que cruzan algunos barquichuelos...

Allácerca del montedistingo un apretado grupo de soldados y oficialessin armasque forman un cuadro perfecto...

Dentro de este cuadro se agitan algunos hombres que entran y salenvan yvuelveny que al cabo conducen hasta catorce camillas...

¡Ayya sé lo que es! Están enterrando a los catorce muertos que tuvo ayermi batallón. Un teniente y trece soldados dormirán eternamente en esa fosacomún...

¡Ahí quedarán cuando nosotros nos marchemos a Españaes decircuando semarchen los que sobrevivan a esta dificultosa guerra!...

A la una de la madrugada.

¡Gran noticia! En este momento acabo de saberlay no quiero dejar decomunicarla a España por el correo que partirá al amanecer...

¡El primer acto de la campaña ha terminado con el año de 1859; el combatede ayer será el último que sostengamos a la defensiva! Dentro de algunashorasantes que raye el alba del 1.º de enerola DIVISIÓN DE RESERVA pasaráa vanguardia y marchará por el Camino de Tetuána cuya construccióntanto ha contribuido.

El SEGUNDO CUERPO partirá en pos de ellacon el general O'Donnellparaservirle de refuerzocaso de entablarse allícomo se creeuna gran batalla.

El PRIMER CUERPO permanecerá definitivamente enfrente de Ceutaguarneciendolas fortificaciones del Serrallo y nuestra línea de Reductoseincomunicado por ahora con el general en jefe.

Y el TERCER CUERPO quedará acampado aquí dos días (como retaguardia delejército expedicionario)cuyo movimiento no seguirá desde luegopor no dejardescubierta esta parte de nuestra líneamientras no se hayan conquistado otrasposiciones defendibles más allá de los Castillejos.

En cuanto a mítengo ya formado mi plan para ver todo lo que ocurra en losucesivo...; y lo veréDios mediantea pesar del mal estado en que meencuentro... ¡De algo le ha de servir a un obscuro soldado ser amigo íntimo detanto general!



 

- XXI - Batalla de los Castillejos.

Ceuta1.º de enero de 1860a las once de la noche.

¡Qué día! ¿Cuándodónde principió? Yo no lo recuerdo... Una nube desangre y fuego envuelve toda mi alma... La embriaguez del horror y delentusiasmo embarga aún mi corazón...

Ni es esto todo... Estoy muy enfermo; tengo fiebreme hallo en cama no sépara cuantos días. Unos brazosmucho más crueles que piadososme hanarrancado del seno del ejército y me han traído a esta ciudad apestada.Ademáshe perdido mi caballo...omás bien dichohe sido abandonado porél...se me ha escapadono sé hacia dónde...no sé en qué momento...Hállomeen finen una casa que no conozcoentre unas nobles personas quenunca he vistoen una situación de que no acierto a darme cuenta...

Necesito hacerme luz en tanto caos. ¡Ahora nada veonada oigonadadistingosino el conjunto desordenado de la batallael estampido de un millónde tirosel cúmulo de los muertoslos arroyos de sangrelos torbellinos dehumoel volar de los caballosel relucir de las armaslos gritos de dolor yde cóleraysobre esta confusiónsobre este infiernosiempre la mismaatmósfera inflamadael mismo sol ardientela misma luz abrasadora!

¡Siete horas hace que expiró en el ocaso la última lumbre de ese díayyo la veo brillar aúny me quema los ojosy enciende la sangre de mis venas!

Algunas leguas me separan ya del teatro del combate; estoy soloen unasosegada casa de Ceutarodeado de paz y de silencio¡y creo aúnencontrarme allíen aquel vallesobre aquella montaña; y oigo el estruendode la pólvoray el silbido de las balasy las voces de mandoel rodar de laartilleríay los golpes del pico y de la palay el bárbaro concierto detanta furiade tanta destrucciónde tanto estrago!...

Voy a coordinar mis recuerdos... Voy a tomar desde su principio estelarguísimio díaque abulta en mi imaginación tanto como un año... Voy aconduciros al través de sus tumultuosas horasa fin de que veáiscomo yo losviunos acontecimientos que vivirán tanto como la historia. Y bien haya lafiebresi ella contribuye a darme energía para seguir escribiendo toda lanoche.

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El día de hoy amaneció purísimo y sereno. Era el primero de un nuevo añoy el ejército español lo festejaba tomando la ofensiva contra los marroquíes.

Desde antes de rayar la aurora empezaron a desfilar por la playa del Tarajarla división mandada por el general Primcon dos escuadrones de Húsaresy dos baterías. Detrás de estas fuerzassabíamos que habían de pasar elSEGUNDO CUERPO y el cuartel general del general en jefe.

Cuando ya fue día clarohice abrir mi tienda; y desde la camadonde meretenía un ligero accidentecontemplé durante una hora aquella marchaimportantísimacuyo resultado no podía menos de ser (esto lo preveía todo elmundo) una nueva accióny quizá toda una batalla.

Desaparecióen finel último soldado con dirección al nuevo caminocuyasolemne inauguración se verificaba en aquel instantey yo me quedé soloenla cruel ansiedad que podéis suponermientras que todo el TERCER CUERPO sehallaba formado en las trincheras (de orden del general O'Donnell)dispuesto amarchar de frente y caer en el Valle de los Castillejos por su mayoralturasi así lo requerían los acontecimientos.

Transcurrió una hora másy eran ya las ochocuando empecé a oír uncañoneo lejano y bastante vivo...

-¡Esto es hecho! -le dije a mi criadopidiéndole ayuda.

Y me levanté de la cama como pudey salí a la puerta de la tienda.

¡Ni una persona en el valle! Todo era tranquilidad y reposo en torno mío...Nadie iba ni venía por el Camino de Tetuán. En cuanto al TERCER CUERPOde ejércitotodo él estaba allá arribacomo he dichoatento a la batallaque sus compañeros reñían en aquel instante a una legua de distanciayesperandoarma al brazola orden de correr en su defensa.

Así permanecí largo tiempooyendo un fuego cada vez más vivo...

Al cabo empezaron a aparecer a un mismo tiempode un lado camillas deheridosque venían del teatro de la accióny del otro el SEGUNDO CUERPOquese encaminaba a él. Las tropas de refresco y las que ya habían quedadofuera de combatese cruzabanpor consiguienteen las arenas de la playa o enla estrecha carretera de los Castillejosel soldado que se dirigía enbusca de gloria veía antes que nada a sus compañeros y amigosque yaregresaban hacia el hospital o hacia la tumba.

-Anda -le dije a Soriano-y pregunta a aquellos heridos cómo va la acción.

Entretantoel general en jefe y su cuartel general pasaron también por laorilla del mar con dirección al fuegoy en pos de todas aquellas fuerzas ibantiendasequipajesvíveresmuniciones y toda la impedimenta de los doscuerpos de ejército que habían avanzado.

Esto me tranquilizópor cuanto revelaba seguridad de vencer en el combateya principiadoy resolución de acampar en el sitio que más nos conviniera.

En aquel momento volvió mi criadodescompuesto el rostro y presa de lamayor agitación.

-¡Se da una gran batalla! -me dijo-. Los Húsares de la Princesa hancargadollegando hasta el Campamento moro... ¡Tenemos muchosmuertos...muchos! ¡El enemigo no quiere dejarnos pasar por los Castillejos!...Allí esperaba a los nuestros toda la morería; pero el general Prim seestá portando como un héroe... Los Húsares han hecho el gasto... Losdos escuadrones están reducidos a la mitad.

¡Figuraos mi agonía! La imaginaciónque todo lo abultame hizo temertodo linaje de complicaciones... ¡Había llegadopuesel caso de realizar miplan de la vísperael cual era abandonar mi ya inactivo cuerpo de ejércitopara ir a unirme a los que marchaban de vanguardia!... Ros de Olano meperdonaría.

Montépuesa caballo como Dios me dio a entendery partí... ¿A dónde?¡En busca de la patria en peligro!...¿Para qué? ¡Para nadatriste de míque de nada podía valerle!... ¡Para morir por ellaen todo caso!

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A poco que anduve me encontré a un jinete que subía lentamente por en mediodel valle del Tarajar.

Venía muy pálidoy regía su caballo con la mano derecha. La izquierda latraía oculta bajo los pliegues de su poncho.

Era D. Cándido Pieltaínel coronel del Príncipeque se retirabadel combate con el brazo izquierdo atravesado por una bala.

Por él supe que la batalla no se presentaba tan mal como se me había hechosuponerpero que era reñidísima; que el general Prim avanzaba siempre sobrelos enemigosy que los escuadrones de Húsares se habían rehechodespués de devolver a la alevosa morisma daño por dañomuerte por muerteyde haberle arrebatado una bandera.

El bravo coronel siguió a caballo por el camino de Ceuta impávidoserenoexcitando tanta piedad como admiracióny yo continué mi marcha hacialos Castillejosalgo más alegre y confiado.

Toda la carretera (de una legua de longitud) se hallaba cubierta de heridosque venían en camillasen mantassobre los hombros de sus compañerosyhasta sentados en crucesde fusiles...

Por aquella gente fui sabiendo pormenores y episodioso sea triunfos ydesgracias particularesque no me daban verdadero conocimiento del comienzo ydesarrollo de la batalla.

Cerca ya de los Castillejos encontré cinco moros heridosescoltados porguardias civilesque los defendían de la cólera de algunos soldadosrencorososquienesrecordando quizá la muerte de algún hermano o amigomostraban deseos de vengarla.

Con este motivo presencié discusiones acaloradísimas entre los feroces ylos compasivosen que acababan siempre por triunfar los últimos; pues nadie seatrevía a contestar a las siguientes preguntas que hacían llenos de nobleza:

«¿Somos nosotros tan salvajes como los africanos? ¿No nos hemos dediferenciar de ellos? ¿Es hazaña propia de españoles cebarse en un hombreindefensoen un heridoen un moribundo? ¡El que quiera vengarse que busquemoros armados! Ese tiroteo que oís os indica que aún quedan muchos y que seencuentran cerca... ¡Marchadpuesen su buscay sed generosos con los que yaestán vencidos!»

Estas o parecidas palabras no podían menos de encontrar eco en pechoscristianosy los heridos marroquíes pasaban al fin confundidos con losnuestrossin que los guardias civiles tuviesen que intervenir en el asunto.

Por lo demáslos pobres prisioneros eran tan miserables como los cadáveresmoros que vi el día 25. Sólo uno de ellos se distinguía por llevar un pocomás de ropay otro por su rostro imberbe y por su larga cabellera negra.

Esta circunstancia hizo que muchosacostumbrados a ver a los moroscompletamente rapados y con toda la barbatomasen a aquel individuo por unamujer; pero lo ciertosegún he sabido esta noche (pues los cinco cautivos seencuentran también en Ceuta)es que la pretendida mora y efectivo morodan por resultado un derviche especie de peregrino o monje muyrespetado por los musulmanes.

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Cátanos ya entre nubes de humo y ensordecidos por el estruendo del cañón.Hemos dado vista al Valle de los Castillejos... Son las doce de lamañana.

Ya he descrito este valleabierto entre ásperos montes que bajan hasta laplayasituada a nuestra izquierday que suben por la derechajuntándosehasta formar cierta angosta cañada...

Desde estos montes era facilísimo estorbar la marcha de nuestro ejércitoyde aquí la necesidad de ocuparlos previamentecomo también la tenacidad conque los han defendido hoy los moros.

Muy cerca del camino se levanta la casa del Morabitosobre una colinaaplanaday en ella se encontraba va situado el cuartel general de O'Donnellquien dirigía la acción con su impasibilidad acostumbrada.

Abarquemos también nosotros desde allí todo el teatro del combate.

Estamos de espaldas al mardesde donde algunos vapores y lanchas cañonerasbarren a cañonazos la llanura de la izquierdateniendo a raya a los moros poraquel lado. Entretantoembárcanse por la derecha heridos y más heridosquedentro de algunas horas se encontrarán en Algecirasen Cádizen Málaga yotros puertos. En medio del llano se ven formados los dos escuadrones de Húsaresque tanta gloria han alcanzado hoysiquier a precio de tanta sangre... Loshuecos de sus filas se han embebido al rehacer la formación; pero no por ellodeja de notarse lo muy mermada que ha quedado esa legión de héroes... Enfrentede los mismos Húsaresofrécese a la vista el principio de la retorcidacañada en que penetraron hace pocas horasy donde han quedado tantos de suscompañeros... ¡Aún se ven a la entrada de aquel misterioso antro algunoscaballos muertosalgún cadáver de moroalgunos rastros de sangre!

A nuestra derecha se alzanasomadas ya a este vallecuya posesión nosestán disputando los moroslas primeras tiendas del nuevo campamentoenque O'Donnellsu cuartel general y el SEGUNDO CUERPO están seguros de dormiresta noche.

Por últimoenfrente de nosotros se levantan en progresión ascendente trescorpulentas lomasa las cuales sube una columna interminable de soldados yacémilas con cargas de municiones y artillería llevada a lomoy de las cualesdesciende un cordón continuo de heridos... Torrente de sangre quevomitado porel montecruza el llano y va a morir a la mar. Mas lejos se percibe alláarriba una espesa humaredayentre el humovense brillar a veces nuestrasbayonetasque un sol de fuego hiere desde el meridiano. Yen finen medio deaquella parte de la montaña preséntase una garganta anchurosaformada por dosalturas gemelasque es en este momento el verdadero foco de la luchay sobrela cual se cruzan los fuegos. Ahoralo que yo no puedo haceros ver ni oír esla luz y la vida de este cuadrosu animaciónsu estruendosu ardientecoloridosus fantásticas proporciones...

Contentémonospuescon referir lo sucedidotal y como me lo refirieron amí testigos presenciales.

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Serían las ocho de la mañana cuando la vanguardia de las fuerzas mandadaspor el general Prim (compuesta del batallón Cazadores de Vergara y delregimiento del Príncipey mandada por el coronel de esteD. CándidoPieltaína quien yo había visto luego pasar herido por el campamento de la Concepción)pisó las alturas que dominan el Valle de los Castillejos; aquellasmismas alturas quedurante las obras del Camino de Tetuánhabían sido teatrode tan sangrientos y señalados combates.

También por esta vez los aguardaban allí los morosresueltos a impedirlesbajar a la llanura; pero aunque hoy eran muchos más que de ordinarioy sufuego más nutridolos soldados de Vergara y el Príncipearremetieron con tal ímpetuque pocos momentos después la posesión quedópor suya.

Entretantoalgunas compañías de Cuenca atacaban por la derecha unasásperas rocasdesde donde el enemigoperfectamente parapetadohacía fuegosobre los de Vergara; yen poco tiempo tambiéntodas las rocas erannuestrasmientras que huían dispersos sus defensores.

Dueñopuesel conde de Reus de aquella amenazadora mesetahizo avanzarlas demás fuerzas de su mandoy situó la Artillería de tal modo queprotegiese el descenso de las otras armas a la llanuradonde se habíanacumulado numerosas huestes enemigasal amparo de la colina y casa del Morabitode los espesos jarales que se extienden hasta aquel sitio desde los cerros de laderecha. El general en jefe mandó entonces al general Prim que bajase al valley tomase la dicha casamientras que enviaba una brigada del SEGUNDO CUERPO alas órdenes del brigadier Serranoseguida de una Batería de Montañaa que flanquease un bosque que ocupaban los moros y los arrojase de él a todotrance.

Esta segunda operación se llevó a término en pocos momentosmerced a lainteligencia y arrojo con que la ejecutó el brigadier Serrano y al acierto conque jugó la artillería.

No menos pronta y bizarramente se cumplió la parte encomendada a ladivisión de reserva; pero algunos memorables episodios la hacen digna de másespecial mención.

El conde de Reus dispuso que descendiesen simultáneamente a la llanuraporel lado derechoel batallón de Cuencaal mando de su bizarro coronelD. José Estremera; los escuadrones de Húsares por el opuesto ladoylos batallones de Vergara y del Príncipea quienes protegía elde Luchanapor en medioyendo a su frente el propio general. Asíllegaron al valle y atacaron a la morismaen tanto que la Artillería deMontaña seguía disparando desde la meseta que acababa de conquistarse.

Entonces tuvo efecto un rasgo interesantísimo. Nuestra Armadaquesiemprearrimada a la costaseguía los movimientos del E

ejércitono contenta hoy con prestarle el auxilio de sus cañonesque nocesaban de lanzar granadas sobre las hordas enemigasle envió algunos de susvalientes hijosquienesmandados por el capitán de fragata D. Miguel Lobosaltaron a tierra armados de sus riflesy corrieron al encuentrode nuestras guerrillasembistiendo y arrollando a los asombrados marroquíeshasta queal finunos y otros españoles se reunieron en la altura del Morabitoque habían asaltado por dos puntos diferentes.

Al llegar allíse dieron la mano los nobles compatriotastendiendo losufanos ojos por el suelo que acababan de conquistar juntos...

-¡Viva la Marina! -exclaman los soldados de tierra.

-¡Viva el ejército! -responden los soldados de mar.

-¡Viva España! ¡Viva la Reina! -gritanfinalmenteunos y otros.

Ya estaban en nuestro poder el Valle de los Castillejossu fortalezaarruinaday la casa del Morabito... Los moros habían desaparecido comopor ensalmoy la acción parecía terminada definitivamente.

El conde de Reus aprovechó aquel momento de tregua para colocar susbatallones en algunos puntos importantesy después esperó nuevas órdenes delconde de Lucena.

Pero los moros se anticiparon a indicarle lo que debía hacer. Durante aquelintervalo habíanse reunido todas sus fuerzasdesparramadas antes por losmontes y bosques vecinosy aumentadas ahora con las feroces hordas de Angheraa quienes el general Echagüedesde su campamento del Serrallovio pasar alamanecer con dirección a Sierra-Bermeja. En cuantiosa multitudpuesy engrupos más numerosos y apretados que acostumbranaparecieron sobre la primeray más próxima de las tres lomas consecutivas quesegún ya he indicadoselevantan enfrente del Morabito; y aunque desde allí hubieran alcanzadosus tiros a nuestras tropastenían hoy tal confianza en la superioridad de susposiciones y de su númeroque se descolgaron sobre la llanura llevandoterciadas a la espalda sus largas escopetas y blandiendo sus cortantes ypuntiagudas gumíasentre unos gritos espantosos.

Nuestra infantería salió al encuentro de aquella impetuosa catarataqueparecía querer inundar el valleen tanto que los escuadrones de Húsares dela Princesa se adelantaron a contener a la caballería africanaquedesembocaba al mismo tiempo por la cañada de la izquierdatratando de recobrarel llano.

Mandaban a los Húsares los comandantes don Juan Aldama y marqués deFuente-Pelayo. Eran dos bizarros escuadronescompuestos de soldados escogidospor su valor y gallardíay de una distinguida oficialidaden que figurabantodas las aristocracias: la del heredado valorla del dinerola del apellido.Yo les había acompañado algunos días antes (bien lo recordaréis)alintentar en este mismo sitio la temeraria empresa que han acometido hoy; yo losvi en correcta formación avanzar contra la caballería árabeque ya teníameditada la alevosía quepor últimoha perpetradoy yo creo verlos tambiénrecoger esta mañana el guante que les arrojaron en mitad del llano los jinetesmorosy atacarlos de frente y perseguirlos en su simulada fugay desaparecertras ellos por la tremenda gargantacuyo término desconocían...

¡Allá van con sus blancos dormanescon sus impetuosos trotonescon susfulminantes espadas! La infantería marroquíque ya asomaba por aquellaformidable angosturaes atropelladaacuchillada al pasopuesta endispersión...sin que los Húsares se detengan a rematarla. Loscaballeros árabes siguen huyendopor su partecada vez más despacio y comoextenuados de fatiga... ¡Estosestos son los adversarios que nuestros jinetesbuscan y con los que quieren medir sus armas! Ya los tienen cerca... ¡Yaesperan alcanzarlos!...

Pero en tal momentoal torcer un rodeo de la cañadaencuéntranse sinenemigos delante de sí... Los árabes se han desvanecido como el humo. Encambioven blanquear a poca distancia un numeroso y apiñado campamentotodode tiendas crónicasencerrado en una depresión que forman cuatro montañasconfluentes... ¡Es el campamento musulmánel cubil de los loboslamadriguera de los tigres!

Esta inesperada aparición los suspende un punto.

-¡El campamento moro -exclamanllenos de glorioso júbilo y de mayordenuedo.

-¡Adelante! ¡Adelante! -resuena a todo lo largo de las filas.

Y espolean sus ardorosos brutosy avanzan con temerario arrojosin pensaren lo que allí puede sucederlesni recordar que detrás de ellos dejan milenemigos emboscados...

De prontola tierra falta bajo sus pies; húndense caballos y caballeros enprofundas zanjascubiertas de ramas y de hierbas; un jinete rueda sobre otroysobre aquel un tercero; fórmanse pilas de miembros palpitantesque sirven comode puente a los que vienen detrás (y que no pueden contenerse en su desbocadamarchapor empujarlos y precipitarlos los que les siguen)sucediendoporúltimoque los que logran salvar una de aquellas cortaduras caen en lainmediataosi noen la tercera¡pues tres son los fosos disimulados queestorban el paso a los imprudentes Húsares!...

Al mismo tiempo estalla sobre ellos una tempestad de tiros. ¡Por los dosladospor la espaldapor arribapor todas partesles hacen fuego! Detrás decada árbol y de cada piedra reluce una espingarda o se ve una nube de humo...y gritos salvajes acompañan a los disparoscomo diciendo a nuestroscompatriotas: «¡Os hemos burlado! ¡Estáis perdidos sin remedio!»

Semejantes voces enardecen aún más a los desamparados Húsares... Salenpuesa duras penas de los fososayudándoseprotegiéndosesosteniéndosecomo tiernos hermanos; yen tanto que unos escoltan y defienden la retirada delos heridos y contusosllevando los cadáveres sobre el arzón de sus caballosotros cargan furiosamente a la morismaacometiéndola por todas partesrevolviéndose entre ellasembrando la muerte dondequiera que alcanzan susacerosy abriéndose camino hasta el llano de los Castillejos por entredensa nube de enemigos.

¡Ni es esto todo! ¡Algunos de aquellos doscientos leones prefirieron morira emprender esta retirada sin haber realizado antes su loca empresa de profanarel campamento enemigo: avanzaronpueshacia él; metiéronse entre sustiendas; batiéronse allí a pistoletazos y cuchilladas; apoderáronse de unabanderay volvieron a recorrer aquel pavoroso desfiladero bajo un diluvio debalassaltando los tres fosos milagrosamenterescatando aún a alguno de suscamaradas (desnudo ya y en poder de los inhumanos marroquíes)y saliendoporúltimoal ancho vallemermadossípero no vencidoscon la palma delmartirio en una mano y con la palma de la victoria en la otra!

En este heroico hecho de armas fueron heridos los comandantes de los dosescuadrones; muertos dos oficialesy heridos casi todos los demás. Muchoshúsares de la clase de tropa exhalaron también su último aliento en aquelcampo de honory más de treinta lo regaron con su sangre... Pero a todoscualquiera que haya sido su suerte en tan alevosa asechanzacabe la misma prezy corresponde igual aplausopues todos pelearon como buenos y merecieron biende la patria.

Entretantonuestra infantería había entablado por la derecha una lucha nomenos formidable. Los batallones del PríncipeVergaraLuchana y Cuencacapitaneadosque no mandadospor el general Primlejos de retroceder ante la formidable avenida de enemigos que se precipitaba delas alturas sobre el llanoopusieron a ella el dique de sus bayonetas y de suspechos; empezaron por resistirla; la contuvieron después; la estrecharon yquebrantaron en porfiada luchay acabaron por rechazarlapor arrojarla al otrolado del monte.

Quedópuesnuevamente todo el valle por nuestro. El general Prim eligióentonces la posición en que debía atrincherarsea fin de acampar en ella estanochepues se había hecho muy tarde para continuar nuestra marcha; pero comoaquella loma estuviese dominada por la altura siguientey los moros comenzarona disparar desde allí sobre nuestras tropashizo avanzar nuevamente albatallón del Príncipedejando al de Vergara en el lugar quehabía de ser campamento... Y aquí principia la parte más ruda y peligrosa deesta empecatada batalla.

Fácilmenteaunque no sin luchatomaron los del Príncipe la segundalomay nuestra bandera quedó clavada en el terreno que ocupaban antes losmarroquíes... Pero habiendo subido allí el conde de Reusdivisó el Campamentomoro que acababan de visitar los Húsares; y sintiendo la misma noblecodicia de caer sobre él y plantar sobre sus profanas tiendas la cruz deJesucristose preparó para el ataque.

Bien meditadotodo el objeto del movimiento de hoy no era batir alenemigo ni apoderarse de su camposino marchar hacia Tetuán. Aparte deestola posición de dicho campo era más fuerte de lo que a primera vistaparecíaenclavado como estaba en el fondo de cuatro apiñados montescuyatoma nos había costado larga y sangrienta lucha y distraer nuestras fuerzas desu verdadera dirección... Así lo declaró el general O'Donnelltemplando consu inalterable sangre fría la impetuosidad del conde de Reusquien habíabajado al Morabito a consultar el caso.

Desistiosepuesdel ya preparado ataque; pero los morosque mucho lotemíansobre todo después de la acometida de los Húsaresemprendieron desesperadamente la defensa de su campoviniendo contra nosotroscon renovado y supremo bríoy empeñando una lid tanto más sangrientacuantoque versaba sobre un error. Es decirque los moros tomaron nuestra resistenciapor obstinado ataquecuando los que atacaban eran ellosmientras que nosotrosnos limitábamos a defender unas posiciones necesarias para cubrir la marcha delejército por la orilla del mar. Así se explica la tenacidad con que hanluchado hoy ambos ejércitos; la mucha sangre vertida en uno y otro ladoy elempeño con que todos pelearon por ser dueños de una cumbre que han abandonadoal anochecerno solo los vencidossino también los vencedores.

Pero no adelantemos los sucesos...

Cuando llegué yo al teatro de la batallaque fue en lo más recio delataque de los moros contra los batallones del general Primla situacióncomenzaba a ser algo comprometida.

Falto de fuerzas el conde de Reus (pues la línea de batalla se había hechomuy extensay él contaba solamente con los fatigados batallones de VergaraCuencaLuchana y Príncipemuy reducidos ya por tantashoras de mortífero fuego)apeló a todos los recursos para contener alenemigocada vez en mayor número; y mientras el Príncipe cargababriosamente y desalojaba a los moros de sus nuevas posicioneshizo avanzar a unbatallón del 5.º Regimiento de Artilleríaa piea las órdenes del coronelD. Ignacio Berruetadando así lugar a que aquellos entendidos artillerosquetan brillantemente se habían portado yaal lado de sus cañonesconquistasennuevos y muy sangrientos laureles como soldados de infantería.

En cuanto a los morosperdían sus hombres a centenares. Los encuentrosempezaron a tiro de pistola y concluían a boca de jarro; la bala y la bayonetalos herían al mismo tiempo; la carnicería era espantosa; desenfrenado elcombate; atroz y nunca vista la manera de pelear.

Mas no bastaba todo esto. Los enemigos se reproducían como la hidra de lafábula. De Tetuánde Angherade todas partes les llegaban refuerzos. Porcada uno que caía se levantaban diez nuevos combatientes. La fuerza que seacababa de rechazar volvía a la carga al cabo de un instantetan entera ybriosa como al principio... ¡No imaginemos ni por un momento lo que ha podidosucedernos hoy!

Por fortunael general en jefeque seguía desde el Morabito todaslas vicisitudes de la batallacomprendió el apurado trance en que seencontraba el general Primy le envió el regimiento de Córdobapertenecienteal cuerpo de ejército del general Zabalay a las órdenes del brigadierAngulo.

Este refuerzo no pudo acudir más a tiempo. Los del Príncipe sereplegaban yano pudiendo resistir al número de los contrariosque habíanapelado a sus cuantiosas y descansadas reservasmientras que ellos estabanfatigadísimos después de cinco horas de continua lucha...

Llegaen finel regimiento de Córdoba. El conde de Reus le mandasoltar en tierra las mochilas; deja de reserva un batallón; pónese a la cabezadel otroy avanza a contener la catarata de enemigos que amenaza sepultar bajosu mole los restos del regimiento del Príncipe.

¡Inútil esfuerzo! El batallón de Córdoba cede también ante lashuestes africanassin poder avanzar un palmo de terreno. ¡El que lo intentamuere! Los jefes y oficialespuestos a la cabeza de sus tropaspugnan porarrastrarlas en pos de sí... Peroal primer pasocaen ellos atravesados porlas balas enemigasy su heroísmo sirve únicamente para demostrar que laresistencia es imposible.

Yo vi a Prim en aquel supremo instante (pues me encontraba allíencompañía del gran dibujante Vallejo)y en verdad os digo que la actitud delconde de Reus era tremenda. Estaba lívido; sus ojos lanzaban rayos; su bocacontraídadejaba escapar una especie de rugido salvaje. Hallábase al frentede los de Córdobadelante de todoscon el caballo vuelto hacia elloscon la espada desnudaretorcido el musculoso cuerpo bajo el anchuroso uniformeentero y arrebatado a un mismo tiempo su corazóncomo debe de estarlo el delhombre que va a atentar contra su vida.

Ya lo había apurado todo: arengasamenazasórdenespalabras de camaraday de amigo... Por segunda vez había intentado aquella arremetiday por segundavez el regimiento de Córdoba se había estrellado contra una bocanada deviento cuajado de mortífero plomo... ¡Y el enemigo avanzaba entretanto!...¡y las posiciones conquistadas a precio de tanta sangre española iban a quedarpor suyas!¡y el equipo de aquellos dos batallones caería en poder de losmarroquíes!¡y España sería vencida por vez primera en el africanocontinente!...

¡Oh! No. ¡Esto no podía ser! ¡Los leones de Castilla harán un esfuerzodesesperado! ¡El corazón de nuestros valientes responderá al acento supremodel patriotismo!

El conde de Reus ve ondear ante sus ojos la bandera de Españaque conduceel abanderado de Córdoba... El semblante del general se ilumina con elfuego de una súbita inspiración... Lánzase sobre la bandera: cógela en susmanos; tremólala en torno suyocomo si quisiese identificarse con ellayrigiendo su caballo hacia los marroquíes y volviendo la cabeza hacia losbatallones que deja detrásexclama con tremebundo acento:

-¡Soldados! Vosotros podéis abandonar esas mochilasque son vuestras; perono podéis abandonar esta banderaque es de la patria. Yo voy a meterme conella en las filas enemigas... ¿Permitiréis que el estandarte de España caigaen poder de los moros? ¿Dejaréis morir solo a vuestro general! ¡Soldados!...¡Viva la Reina!

Dicey da espuelas a su caballo. Y sin reparar en si va solo o le sigue suinfanteríacierra contra las huestes contrariascon la bandera amarilla yroja desplegada al vientosuspendiendo por un instante la furia de losmarroquíesque asombrados contemplan tan impertérrita figura...

Los batallones de Córdoba no han sido sordos a aquella vozirresistible. ¡Viva nuestro general!gritan vigorosamentey seabalanzan en pos suyo sobre los morosy arrostran una muerte seguray caencadáveres sobre cadáveresy siguen arremetiendoy las bayonetas se cruzancon las gumíasy mézclase la sangre infiel con la cristianay la victoriaciérnese indecisa sobre los revueltos combatientes.

Las cornetas siguen tocando ataque; los marroquíes asordan el espacio consus gritos; el arma blanca y la de fuego juegan indistintamente; el humo se hacetan densoque no permite distinguir al amigo del adversario; ¡pero la banderaespañola reluce siempre sobre la tormentay siempre en manos de nuestroafortunado caudillo! ¡Afortunadosí! ¡Las balasque silban y cruzan a sualrededorque siembran la muerte por todos ladosque hieren a sus ayudantesque alcanzan a su caballorespetan la vida de aquel soldado vestido de generalde aquel que es el alma de la luchade aquel que sobresale entre todos yostenta en su mano nuestra adorada y venerable enseña! Diríase que estádotado de la virtud de Aquiles.

¡Horribles son las pérdidas de los moros en aquella hora! Los soldados delSEGUNDO CUERPO los persiguensedientos de venganzay la sangre vertida entorno del general Prim es más que lavada por la que hacen derramar a los morosen unión del regimiento de Córdobalos batallones de SimancasLeónArapiles y Saboya a las órdenes del general Zabala.

Este esforzado y jamás vencido general había llegado con las dichasfuerzasprecisamente en el instante en que el conde de Reus echaba su vida enla balanzaa fin de inclinar la victoria al lado de nuestro pabellón. Desdelas alturas de la derechapor donde avanzaba al frente de sus tropasvio elpeligro y se dirigió a él. Mas para llegar a aquel punto érale forzosoatravesar una cañada interpuesta entre sus posiciones y las de Primydefendida de un modo formidable por una infinidad de morosque enfilaban a lolargo de ella sus disparos... Intentar cruzarla era otra temeridad semejante ala que acababa de acometer el regimiento de Córdoba con éxito tanglorioso y memorable. No vacilaemperoel conde de Paredes; y sacrificandotambién a los bizarros jefes y oficiales que componen su cuartel generalpónese a la cabeza de aquellos heroicos batallonesque tanto se distinguieronel día 9 de noviembre en las alturas del Serralloy llegaa todotrancea la codiciada posición.

Tan noble intrepidez no pudo menos de ser grande en resultados. Las tropasdel general Zabalafirmes en aquel puntobajo el fuego enemigoimpidieron quelos moros se corriesen por la cañada y envolvieran al general Prim.

Pero aun faltaba uno de los episodios más notables de la batalla de hoy;episodio que me impresionó extraordinariamentey que jamás olvidaré.

Después del heroico trance de la bandera y del ataque del regimiento de CórdobaVallejo y yo habíamos abandonado aquellas peligrosas alturas y bajado a laexplanada que conduce al Morabito siendo tan apretado el cordónde heridos que descendía por aquella sendaque nos vimos obligados a marcharfuera de caminoy por en medio de unos jarales recién quemadosa fin de noestorbar a los camilleros.

En tal instante arreció nuevamente la lucha allá en las alturas ocupadaspor Prim y Zabala... Diríase que los moros se habían recobrado de su espanto yvolvían a la carga por tercera vez... Descargas cerradas atronaban nuestrosoídos; caballos corriendo a escape iban de uno a otro lado; los aullidos de losinfleles apagaban los acentos de las cornetas; una confusión horrible reinabaotra vez en el lugar del combate...

Entonces oímos cerca de nosotros una voz quecon la violencia del trueno ycon un poder magnético irresistiblese acercaba gritando: ¡A ellos!¡Terminemos de una vez! ¡A la bayonetasoldados! ¡Viva la Reina!

Vuelvo la cabezay veo adelantarse un jinete a todo el correr de su caballocon la espada desnudaavanzando sobre la sillainflamadoterrible como ladesesperación que lo arrastraba...

Era el general en jefe: era O'Donnell.

¡Magnífico iba en aquel instante el conde de Lucena! Su elevada estaturasu porte militarsu misma categoríatodo le daba extraordinariasproporciones. Era la primera vez que veía yo aparecer al guerrero debajo delgeneral en jefedel presidente del Consejo de Ministrosdel ministro de laguerra. ¡Su arrojo y decisión de aquel instante revelaban su anterior vidajustificaban su alta posiciónrecordaban al general del Ejército del Norteal insurgente de Vicálvaroal mantenedor del Trono en las calles de Madridalcaudillo de tantas temerarias luchasal que nació y morirá en la guerradonde nacieron y murierono donde al presente vivensus deudos y antepasadossus hermanos y sus herederoscuantos llevan su noble apellido!

Aquella resuelta actitud de O'Donnell ejerció en las tropas una fascinaciónindescriptible: los batallones de la Princesacon el brigadier Hediger asu frentemarchaban en pos de él como arrebatados por un vértigoaclamándolo y vitoreándoloblandiendo sus armas con desusado bríovolando ala muerte como al festín de la inmortalidad.

¡Minutos despuésaquella tromba incontrastable dominaba las alturasy yotambiéncomo absorbido por ella! ¡La curiosidad y el miedo me habíanconducido otra vez a aquel paraje! ¡Conocedor ya del infierno en que habíapenetrado el general O'Donnell; habiendo visto llover allí las balas pocosmomentos antesacudía a saber si aquel era de nuevo el reino de la muerte!

Por fortunael conde de Reus salió al encuentro del general O'Donnellycon tanto respeto como franquezale dijo estas hermosas palabras: Migeneralaquí mando yo. Este no es su puesto de usted. Su vida no le pertenecey aquí la expondría sin necesidad. Todo está ya terminado.

En efectoel estruendo y tumulto que se habían oído desde el valle fueronel último esfuerzo de los moros por recuperar las posiciones perdidas.Rechazados nuevamente por Zabala y por Primy amenazados por el generalGarcíaque reforzaba ya la derecha con los batallones de Chiclana y de Navarraal mando del general D. Enrique O'Donnellbatíanse ya en retirada y muydébilmente; tantoque nuestros soldados no los persiguieroncontentándosecon permanecer firmes en las posiciones conquistadasde las que nada habíabastado a desposeerlosy en las cuales dormirá esta noche el valeroso conde deReus a la sombra de la bandera de Castilla.

Esta ha sido la sangrienta Batalla de los Castillejosganada pormenos de ocho mil españoles contra todo el ejército marroquícompuesto hoyde más de veinte mil combatientesmandados por el príncipe Muley-el-Abbashermano del emperador de Marruecos. (Así se afirmaba esta tarde en el cuartelgeneral de O'Donnell.) La lucha ha durado de sol a soly en ella han tomadoparte muy gloriosa todas nuestras armas: la Artilleríala InfanteríalaCaballeríalos Ingenieros y hasta la Marina...la cual ha peleadono solodesde el marsino también en tierra. El enemigo ha empleado también todos susmedios de destrucciónsu renombrada caballeríasus tropas de Reysuscabilas montaraces. Hemos arrebatado a los moros una legua de terreno y todaslas posiciones en que se han presentado; hemos penetrado en su campamentobienque rápidamentey obligándolessegún parecea levantarlo; les hemos cogidosus muertos y algunos prisionerosyen finnos hemos apoderado de una de susbanderasdando muerte al que la conducía; por lo que la historia escribirá enletras de oro el nombre de Pedro Mursoldado de Húsares de la Princesaqueha tenido la gloria de realizar tan grande hazaña.

Hay además en el combate de hoy una rara circunstancia que hacer valery esque su brillante éxito se ha debidosobre todoal valor personal de losgenerales. Sin el arrojo temerario de Primsin la actitud audaz de Zabalasinla furia arrebatadora de O'Donnellningunas tropas de cuantas sostiene el mundohubieran intentado empeños tan inauditostan imprudentestan insensatos aprimera vista y tan gloriosos en los resultadoscomo cerrar uno contra veintepenetrar en un torbellino de balasmeterse entre dos fuegosluchar a la vezcon armas blancas y a tirosy arrostrar una muerte segura en empresa de que talvez desconfiaban. Así es quedespués de tal batallalos generales podránmuy bien decir: Con soldados como éstosno hay nada imposible; y lossoldados responder: Con tales generales se va siempre a la victoria.

Concluyamos; pero antes permítaseme recordar otra vez el aspecto de aquelvalledonde todo será silencio y sombra en este momento.

La última vez que me detuve a contemplar su magnífico panoramafue en elinstante de ponerse el solcuando ya terminaba la lucha. Hallábame en el Morabitoadonde me habían bajadoviendo que no podía con la debilidadel dolor yla fiebre. Caído sobre mi caballoesperaba la terminación del combate paravenirme a Ceutacediendo a las instancias de los médicos y de mi buenamigo el afamado escritor Carlos Navarro y Rodrigoquien me ofrecía muy bienacondicionada hospitalidad y sus solícitos cuidados.

Tres días de dicta y dos de agudos sufrimientos habían acabado porpostrarme... Pero¡ay!temía no volver a ver otro día tan grande yrefulgente... ¡Parecíame que aquel sol no iba a tornar al horizonteque yo noiba a tornar a la guerra! Respirabapuescon ansia aquel aire de gloriay mesentía avaro de sus últimas encendidas ráfagas.

¡Allía mis pieshabía una pila de cadáveres -más de veinte-amontonados unos encima de otros! Todos eran artillerosy sus grandes yconfundidas ropas obscuras los hacían asemejarse a un cadáver descomunalenvuelto en un sudario de mil pliegues...

Cuando levantaba los ojos para no ver tan fúnebre espectáculodivisabaallásobre las montañasotro cuadro no menos espantosoy que me parecía undelirio de la calentura. El solque se ponía por aquel parajeteñía decolor de escarlata las nubes de humo que envolvían a los últimos combatientes.De pie sobre las cumbresdestacándose en el cielodanzando en medio deaquella atmósfera inflamadapercibíanse algunos moros con los jaiquesdesplegadosyendo y viniendoaullandosilbandodisparando sus relucientesespingardasy cayendo y levantándosecomo salamandras que se retuercen en unhorno encendidocomo demonios que saltan sobre las llamas del infierno...

Todo esto no era más que ilusión ópticaocasionada por aquel crepúsculorojizopor aquella luz sangrientapor aquel horizonte de lumbrequerecortabandigámoslo asíunos montes sombríos en que ya reinaba la noche...¡Pero nuncanunca olvidaré aquella perspectiva roja y negrasemejante a los cobresde Rembrandta los cuentos de Hoffmanna las profecías del Apocalipsis!

Tales son mis últimos recuerdos...

- XXII - Diez días en Ceuta. -Nuestro ejército a lo lejos. -Visita alos heridos moros. -El gran temporal.-Temores y zozobras.

2 de enero.

Heme aquí arrepentido con toda mi alma de haber dejado el Campamentopara venir a Ceuta. Llevo veinticuatro horas de reclusión entre cuatroparedesy ya me parece transcurrido un siglo que no estoy en el mundo.Todos los cuidados y atenciones de que soy objeto no bastan a compensarme lagloria y la felicidad que he perdido al separarme de mis compañeros.

¿Qué me importa haber vuelto a acostarme entre sábanassi el sueño noacude ni acudirá a cerrar mis ojos? ¿Qué me importa restaurar la quebrantadasalud de mi cuerposi mi espíritu ha enfermado desde que penetré en estaprisión? ¿Cómo permanecer aquísabiendo que en los cercanos montes sehallan comprometidos el porvenir y el honor de España? ¿Cómo resignarme a noseguir la suerte de mis hermanosde mis camaradasde mis amigos?

Un silencio de muerte me rodea; la soledad me oprime el corazón... ¿Quiénsabe lo que ocurrirá ahora mismo en nuestro campamento?

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Acaban de decirme que el TERCER CUERPO ha levantado también su campoatravesado el Valle de los Castillejos y plantado sus tiendas en lavanguardiasobre el Camino de Tetuán.

Ha desaparecidopuesde sobre la faz de la tierra mi ciudad de la Concepcióntornando a quedar desierto el Valle del Tarajar.

¡Ya no volveré a ver los lugares donde he pasado dieciocho días de tanvivas agitacionesdonde he sentido y meditado tantodonde quedan enterradostantos amigos míosdonde he presenciado tantas escenas inolvidables!

Mi caballomas fiel que yo a la religión de la guerrao quizáescarmentado por el tremendo día que le di ayerse escapó anoche de estaplaza.

Yo tengo para mí que se iría al campamentoen busca de sus camaradas; perolo que no puedo presumir es qué determinación tomaría el noble bruto alencontrarse desierto el Valle del Tarajar.

¡Con tal que no se haya pasado al enemigo!...

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La sangre española que corrió ayer en los Castillejos ha salpicado ellitoral andaluzy riega además todos los hospitales de Ceuta. Nuestraspérdidas fueron cerca de ochocientos hombres...; y ha sido menester enviarheridos a Cádiza Algecirasa Málaga...

Ceutasobre todose halla atestada de ellos. Ademásla terrible furiadel cólera ha acumulado dentro de sus muros tal número de enfermosquepudiera llamarse a esta ciudad «la antesala de la muerte».

El general Zabala encuéntrase también aquí. Cuando anochedespués de labatallaquiso echar pie a tierrasintiose como atado a su caballoo sea comoclavado en la silla... ¡No parecía sino que la fatalidad le negaba el descansodespués de tan gigantesca lucha!... ¡Estaba baldado! Su animoso espíritu lohabía sostenido hasta entonces; perocuando ya no tuvo enemigos que combatir ypensó en sí propiohallose con que sólo su corazón conservaba movimiento yvidamientras que el resto de su cuerpo se había paralizado

¡Qué glorioso infortunio! Esto recuerda en cierto modo la batalla ganada alos moros por el cadáver del Cidmontado sobre su huérfano Babieca.

3 de enero.

Desde la elevadísima torre llamada El Hachoque domina a Ceutaelvigía ha visto hoy a nuestro ejército acampado más allá de los Castillejosy por la tarde hemos sabido que el PRIMER CUERPO ha regresado a su campamentodel Serralloseparándose definitivamente de las demás fuerzasaquienes había estado cubriendo la retaguardia desde el día 1.º.

Es decirque desde hoy queda cortada toda comunicación entre el ejércitoexpedicionario que marcha hacia Tetuány dicho PRIMER CUERPO y esta plaza.¡Es decirque O'DonnellRos de OlanoPrim y los veinte mil hombres que vancon ellosse han entregado en brazos de la suerteno contando ya con más basede operacionescon más auxilioscon más hospitalescon más víveresconmás municionesque los que pueda procurarles nuestra escuadra! ¡Es decirquesu destino dependerá en adelante de los vientos y de la mar!

¡Dios vaya con nuestros heroicos compañerosy haga que pronto pueda yovolver a unir mi suerte a la suya!

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Hoy ha muerto en esta ciudadvíctima del cólerael coronel D. JoséIgnacio de la Puentejefe de Estado Mayor del TERCER CUERPO; el mismo de quienhace quince días escribí en este DIARIO tantos justos elogios.

Últimamente vivía en mi tienday una misma mesa nos reunía después delos combates. ¡La Nochebuena presidió él nuestra colación de campaña!

Mi corazónacostumbrado ya a todo género de horroresdespués de veintedías de familiaridad con la muertesiéntese penetrado como de una espada dehielo al dar aquí un eterno adiós al hombre eminente que vi lleno de vida y deinteligencia hace cuarenta y ocho horas.

Yo no sabía que hubiese abandonado el campamento... Dejelo anteayer en sutienday hoy me dicen que acaba de expirar a pocos pasos de esta casa. ¡Tal esla guerra!... De este modo vivimos... ¡Tan abandonado y solo puedo morir yodentro de algunos instantes!

Puenteel honrado caballeroel bravo militarel hombre millonarioa quienDios conservaba una esposay cariñosos hijosmuere en un rincón ignoradodiciendo a una mujer desconocida: ¡Sálveme usted! Esto es horribleamigos míos; e insisto en hacéroslo comprendera fin de que forméis idea deltenebroso abismo en que caen los que tienen la desgracia de quedarse atrás enesta senda de amargura.

En la Torre del Hacho4 de enero.

Contra la opinión de los médicoshe decidido levantarme hoy y hacermesubir a esta torrea fin de ver a nuestro ejército en marcha. Esta mañananoticiáronme queal amaneceraquellos valientes abatieron tiendas ycontinuaron su camino hacia el sur... ¡Desde entonces no he podido dominar miafán por verlosaunque a tanta distanciaa fin de darles un adiósque puede ser el último!

¡Oh! ¡Helos allí!... ¡Adelantan! ¡Se alejan! ¡Con qué amor y concuánta envidia contemplo desde aquí aquella gran caravanaaquella erranteciudad españolaaquel bando de águilas que vuela de monte en monteen buscade la presa imperial que ha columbrado!

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Son las cinco de la tarde cuando vuelvo a coger la pluma.

El ejército acaba de plantar sus tiendas a una legua del valle de loscastillejossobre las llamadas Alturas de la Condesa. ¡Allí pasarála noche!

A eso de las cuatro de la tarde hemos oído algunos disparos de cañón ydivisado el humo de la fusilería... Pero la acción ha sido brevey ha estadocircunscrita a poco espacio de terreno. Seguramente los moros han tratado deimpedir a nuestras tropas acampar en aquellas posiciones; lo cual se haverificado a pesar de elloscomo de costumbre... ¡Reconozco a nuestrosvalientes hermanos!

El ejército marroquí de retira también hacia el surflanqueando losmovimientos de O'Donnell y conservándose siempre a la derecha y a su vista. Lanoche siguiente a la batalla de los Castillejos levantó sus profanadas tiendasy las colocó sobre las primeras estribaciones de la sierra inmediata... Ayerel vigía del Hacho le vio volver a alzar el vuelo y posarse sobre elcamino que por lo alto de las montañas conduce a Tetuán. Hoy parecehaberse fijado sobre el Monte Negrón.

Aquélla es una posición fortísimadesde la cual puede disputarse el pasoa nuestro ejército y hacerle comprar muy cara la victoria. ¡Yo tiemblo! ¡Ah!Creedme. ¡En medio de los más ardientes combates no se experimenta nadaparecido a la cobardía pueril con que se ven desde tan larga distancia lasmaniobras de dos ejércitos enemigos! ¡Tengo la seguridad de que si yoestuviera ahora mismo al lado de mis compañerosel Monte Negrón meparecería uno de tantos cerros como han tomado a la bayoneta nuestros soldadossiempre que les ha convenido! ¡Visto desde aquíme parece insuperable!

¡Todo lo temo; todo lo recelo! ¡Y lo que más que nada me aterraes laidea de seguir ignorando lo que por allí sucede! ¡Yo quiero partir!... ¡Yoquiero unirme a mis hermanos y correr su misma suerte!...

Estoy decidido. ¡Cualquiera que sea mi estado de saludme embarcaré en elprimer buque que salga para aquellas playas!

5 eneropor la tarde.

Bajo en este momento de la Torre del Hacho. Nuestros campamentossiguen en el mismo sitio. Yo estoy peor y desesperado.

Sin embargohoy he pasado una hora agradable hablando con los moros heridosen Castillejosque se encuentran en uno de los hospitales de esta plaza.

He aquícon todos sus curiosos pormenorestan interesante escena.

La habitación ocupada por los prisioneros es un mal pabellón de undesmantelado cuarteldonde no entra más luz que la que pasa por la puerta.

Cinco tabladoscon un jergón de paja cada unoy las correspondientessábanas y mantasconstituyen los lechos de los vencidos marroquíes.

Dos presidiarios (de los cuales uno habla el árabe por haberse pasado almoro en cierto tiempo) sirven de enfermeros a los pobres pacientes

El centinela encargado de que nadie penetre en la estancia sin lacompetente autorizaciónhallábase dentro de ellaatraído por unacuriosidad muy justificada.

Mr. Chevarriercorresponsal de Le Constitutionnelde Parísmeacompañaba en esta visita.

Mr. Chevarrier ha permanecido largo tiempo en la Argelia; conoce mucha partede la guerra de los franceses con los árabesy habla el idioma de estos comoel suyo propio. Élpuesllevaba la palabra; y por cierto que a su astucia yclaro talento se ha debido el que los adustos y recelosos mahometanos estén hoycon nosotros mucho más expansivos que acostumbran.

Pero empecemos por el principio.

Cuando entramos en el pabellónlos cinco árabes parecían dormidospuesninguno de ellos movió la cabeza para ver quién llegaba...

Sin embargome atrevo a asegurar que los cinco estaban despiertosaunquetodos tenían tapado el rostro con la sábana.

A la cabecera de cada lecho veíase colgado de una percha el jaique blancodel herido correspondiente...

Este detalle no carecía de significación. Aquellas prendas estaban allí apetición de los mismos morosdespués de haber sido depositadas en otroaposentoa fin de que no se extraviaran. Perotemerosos sin duda de quepensáramos vestirlos a la europea cuando se levantaseny fieles como siempre asus usos y tradicionespusiéronse muy tristes y suplicaron que les trajesensus ropasviendo quizá en ellas una garantía de futura libertad.

Mr. Crevarrier fue de cama en cama preguntandoles por la saludy ellosconociendo que no había más remedio que darse a partidolevantaron suspálidas cabezasy el que pudo (porque sus heridas no se lo impidieron) sesentó en el jergónsonriendo falsamente.

Uno solo permaneció con la cabeza tapada y sin respirar siquiera.

De los otros cuatroel 1.º (fuerza es numerarlos) era un viejo defisonomía innoblepero muy inteligente. Desde luego se mostró afable connosotrosy nos pidió cigarroslumbre y una manta más para la cama.

El 2.ºjovenfuerte y bien parecidosufría mucho... ¡Como que el díaanterior le habían amputado un brazo! Este pidió otro jergónindicando quefuese de lana. Ya lo tendrá a estas horas.

El 3.ºtosco y ferozpareciome tan diligente montañés como terriblesoldado. Un gorro blanco de lienzo (el gorro de nuestros hospitales) cubría sucabezahaciendo resaltar los vigorosos rasgos de su moreno rostro.

Finalmenteel 4.º (del 5.º hablaremos más adelante) era un verdaderoárabe de leyenda; finopálidohermoso; con la tez matelos dientes demarfillos ojos obscuros y melancólicosy la barba negrasedosa y biendelineada.

Este fue nuestro hombre. Tenía un balazo en una pierna; pero el plomono había tocado al huesoy los facultativos calificaban su herida de nograve. Habíase incorporado un pocoapoyando un codo sobre la almohadayla cabeza sobre la mano. Finísima toca de lana blanca envolvía sus hombros ysu cabezadejando solamente descubierto su rostroovalado y expresivo. Con lamano izquierda nos llamaba y nos ofrecía cigarros de papel de nuestrasfábricasque sin duda le habían regalado los enfermeros. Su amable sonrisa ysu mirada franca y luciente nos atrajeron de tal modoque nos sentamos en sucama y entramos en conversación.

Ante todo dímonos la mano a su usanzaque es tocando dedos con dedossinestrecharloscomo entre nosotros se da el agua benditay besándose luego cadacual a sí mismo los dedos propios.

Esta pantomima va siempre acompañada de una inclinación de cabeza. Sidespués os lleváis la mano a la frentesignifica respeto; y si os lacolocáis sobre el corazónes muestra de cariñode gratitud o de entusiasmo.El súbdito besa a su señor en el hombro izquierdo; y dos que se juramentansedan la mano encajando dedos entre dedos y cruzándolos con energía.

Hecha aquella salutaciónpreguntamos al moro por su salud. Nuestrointerlocutorque se llamaba Omar-ben-Mohamednos dijo que él y losdemás heridos se encontraban muy mejoradosadmirando a cada momento lagenerosidad de los españolestan formidables en la pelea como tiernos con losvencidos. (Mr. Chevarrier servía de intérprete en ese coloquio.)

Yo le dije a Omar que aquellas virtudes no eran solamente propias de losespañolessino de todos los pueblos cristianos...

-¡Es verdad! (replicó el árabe). Yo fui herido y hecho prisionero por losfranceses hace muchos añosy me trataron con igual misericordia.

-¿Cuándo y dónde fuiste herido? -le preguntó Mr. Chevarrier.

-Hace dieciséis años.

-¿En la batalla de Isly?

-No; cuatro días antes: en la acción de Ouchda. ¡Mira!

Y levantándose la tocanos mostró una larga cicatriz que le atravesabatoda la frente.

-¡Oh! ¿Cómo no moriste? -exclamamos al ver aquella espantosa señal.

-La bala se deslizó sobre el hueso -respondió el moro con su eternasonrisa.

-Pero tú serías muy joven en 1844...

-¡Oh! ¡No! Tenía ya diecisiete años...

-¿Y qué eras entonces?

-Simple caballero. Hoy soy Caíd.

Caíd (me dijo Chevarrier) significa capitán de ciento.

-¿Y siempre sirves en caballería?

-¡Siempre! Pero el día de la pelea con vosotrosmis soldados y yohabíamos dejado los caballos en Angheray nos batimos a piepuesdebíamos atacar por la mañana...

-¿Y te has batido muchas veces con nosotros?

-Solamente esta. El día antes había llegado con mi gente.

-¿De muy lejos?

-De Mequínez.

-¿Cuántos días habíais caminado?

-Catorcesin parar.

-¿Y es buen país Mequínez?

El rostro del Caíd se iluminó de alegría.

-¡Muy hermoso! -respondiócerrando los ojos para verlo.

-¿Qué hay allí que ver y que admirar?

-¡Todo! -exclamó Omar con viveza.

Con viveza digoy no es esta la palabra. El tonoel ademán y el gestocon que los moros adornan su discursomerece otra calificación. Cuanto dicenlleva el sello de una convicción inalterable. Ya nieguenafirmen o dudenparecen ser el eco de una verdad eternade una revelación divina. Y es quepara elloslas cosas más insignificantes no pueden menos de ser lo que son.

Vaya un ejemplo. No sé cuál de nuestros generalesque visitó hace algunosaños a Tetuánencargó a cierto moro un caballo árabe de pura raza.

-¿Cuándo he de traerlo? -dijo el moro.

-Dentro de cinco días -respondió el general.

-¡Bueno! -replicó el mahometano.

Y contando por los dedos como nuestros campesinosañadió:

-Mirageneral: mañana... no. -Y doblaba un dedo-. Mañana... no. -Ydoblabaotro-. Mañana... no. Mariana... no. ¡Mañana... sí!

Y permaneció un momento con el quinto dedo levantadocomo diciendo: «Tancierto es que tendrás caballocomo que yo tengo quinto dedo.»

Conque volvamos a Omar-ben-Mohamed.

El Caíd habló largamente de su patria. Elogió la riqueza yhermosura de su tierra...las grandes llanuras que rodean a Mequínezsembradas de trigo y pobladas de olivares; las praderas llenas de carneroscamellos y caballos; los montes cuajados de gacelas y de jabalíesy los vallesabundantes en perdices y avutardasque élcomo todos los grandes señorestenía licencia para cazarora con halcónora con lebreles...

Después nos dijo que fuéramos a aquellas comarcasdonde seríamos bienrecibidos y se nos daría la más noble hospitalidadañadiendo que la causaprincipal del odio preferente que los moros tienen a los españoleses el miedoo el desdén con que estos miran al imperio de Marruecosen el que no seinternan nuncaaunque lindan con élmientras que inglesesfrancesesportugueses y alemanes lo recorren con micha frecuencia.

-Dicho miedo -añadió el moro- nos hace suponer que nos consideráis comoenemigosy quesi nosotros fuéramos a Españacorreríamos los mismospeligros que vosotros teméis hallar en nuestro suelo.

-¡Eres injusto! -repuse yo-. En Ceuta no se hacía daño a ningúnmoro de los muchos que entraban diariamente por sus puertas antes de que laguerra se declarase...

-¡Ah! -respondió el marroquí-. ¡Tú has pronunciado la palabra fatal!... ¡Ceuta!Ni Ceuta ni Melilla son España... ¡Son África!

-Y tú no me negarás -repliqué yo- que los moros nos aborrecéis porquerecordáis que estuvisteis siete siglos en Españade la cual os creéisinjustamente desposeídos...

-¡Oh! ¡Garnata! -dijo Omar de la manera que lo escribo-. ¡Garnata.!...De allí venimos nosotros.

Y se sonriócomo para que le disimulase el que cambiara la conversacióntan bruscamente.

-Allí he nacido yo... -respondísonriendo también.

-¡Ah! -murmuró el Caíd.

Y me miró intensamente.

-Yo soy de la tribu de los Bokarts -añadió al cabo de un momento.

-Mi pueblo se llama Guadix.

-Nombre de río... -replicó el moro.

-¿Quieres venir a España? -le pregunté yo entonces con efusión.

En este instanteel 5.º prisioneroel que todavía no había hablado niuna palabrasacó un poco la cabeza de debajo del embozoy murmuró una fraseque mi bondadoso intérprete no comprendiópero en la que hasta yo mismopercibí el acento de la iradel imperiode la amenaza...

Volvime hacia ély encontreme con que era aquel derviche de lamelena negra que vi en el camino de los Castillejosy a quien muchostomaron por una mujer.

-Este moro -dijo el presidiario conocedor del árabeseñalando al nuevointerlocutor-; este moro gasta muy mal genioy no quiere ni que respiren losdemás. ¡Los tiene metidos en un puño! Cuando vienen... así... señores comoustedesy les hacen hablarluego les riñe y les insultadiciéndoles que sonunos cobardes y unos tontos. En mi entenderes un curapues les amenazacon Alá y con Mahoma cuando no lo respetan; pero este otro se ríe de todoyhace lo que le parece.

Las últimas palabras las decía señalando a Omarquien efectivamente nosindicaba por señas que no reparásemos en el pobre dervicheo sea en elcuracomo le llamaba el confinado.

Continuópuesnuestra conversacióna pesar de la frase imperiosa del dervicherepitiendo yo a Omar la pregunta de si quería acompañarme a España.

El buen capitán se puso serioy hasta sombríoal oír por segunda vezesta pregunta. Comprendíase que se le había ocurrido si aquello sería unafórmula suave de advertirle queluego que estuviese mejor de sus heridassele internaría en Españaen vez de ponerlo en libertadcomo él esperaba...

Me apresurépuesa decirle:

-Bien comprendo que tú desearás ver a tu familia antes que todo...

-¡Sí...sí!... -respondió con infinita dulzura.

-¿Tienes hijos?

-¡Nueve hijos! -respondió con el mismo júbilo humildecon la mismaalegría modestacomo si pidiera perdón de ser tan venturoso fuera deEspaña.

-¿Y padres?

-Padreno -contestó con cierta naturalidadexenta de ternura y de dolorcomo quien dice: «Mahoma lo llamó a su ladoy allá me espera...»- Perotengo madre.

Nada le hablé de otras mujeresporque sabía que la mayor ofensa que sepuede hacer a un musulmán es nombrarle a sus esposas o a sus esclavas o aludira ellas en la conversación...

-«¿Cómo te va de salud?» -se preguntan los moros más amigos y allegados.

-«Bieno mal.»

-«¿Y tus hijosFulanoMenganoZutano?»etcétera.

Y los nombran todosaunque sean ciento.

-«Fulanobueno; Menganomalo: el uno está aquíel otro está allá»etc.

-«¿Y... tu casa

-«Soy felizo soy desgraciado» -responden con indiferencia aparente.

Y no se desciende a más pormenores.

-Omaradiós... (le dije al Caídlevantándome para irmeen vistade quea pesar de todos sus esfuerzos por disimularlose le notaba que lehabía asaltado profunda tristeza). Mejórate pronto. La reina de España tedejará en libertady verás a tu familiay vivirás donde mejor te plazcahasta que Dios disponga de ti.

El Caíd se llevó la mano a los labios y luego a la frenteparasaludar a la Reina. Después me tendió la misma manonos saludamos como alentrary partísin entablar conversación con los otros moros.

Ceuta6 de eneropor la mañana.

¡Estoy maravillado! Vengo de presenciar una cosa extraordinariainconcebible. ¡Ahla más pura alegría inunda mi corazón!

Nuestras tropas han desfilado por delante del campamento de los moros; hanforzado la línea enemiga; han atravesado el Monte Negrón...¡y todoesto sin combate de ningún génerosin disparar ni un solo tirocon el mayororden y tranquilidad!...

¡Yo no lo comprendo! ¡Figuraos que el Monte Negrón era uno de losobstáculos que más en cuenta tenían nuestros generales siempre que se hablabade la marcha hacia Tetuán! Allí estaban hace dos días los marroquíesen sus blancas tiendasesperando la llegada de nuestro ejércitosin duda paracerrarle el pasopues aquella era la llave de las llanuras que se suceden hastaCabo Negro... ¡Ysin embargopor allí acaban de pasar nuestras tropassin inconveniente alguno!

Repito que no lo comprendo; acabo de verlo desde la Torre del Hachoyse me figura ilusión o efecto de magia. ¡De seguro que O'Donnell ha hecho hoyun grande prodigio de estrategia para alcanzar tan peregrino resultado! ¡Elloes que sus tiendas están al otro lado de las erizadas cimas del MonteNegrón!

Espero en Dios poder oír muy pronto de boca de mis camaradas la explicaciónde lo ocurrido... Mañana saldrá de aquí un buque con provisiones para nuestroejércitoy yo me embarcaré en élcualquiera que sea el estado de mi salud.

A las cuatro de la tarde.

Principia a llovery el viento muge formidablemente...

¡Ohvaleroso Ejército de África! ¡Mala noche te espera! ¡Ahoraque elsoldado estaría acondicionando el nuevo campamento para pasar la noche; ahoraque había ido por leña para preparar su pobre ranchocomienza a diluviar deeste modo!...

¡Ah! Venid aquípolíticos desgraciadosque no habéis sentido todavíainflamarse en vuestro corazón el fuego del patriotismo... ¡Venid aquíyveréis cómo vuestra envidia se convierte en amor y entusiasmo al percibirdesde tan lejos a aquellos heroicos caminantesque se agrupan en torno de labandera de Castilla para pasar la noche a campo rasobajo todos los rigores delos elementos!

Día 7.

Sigue el temporal.

Un denso nublado y una espesa lluvia impiden hoy completamente divisar lastiendas cristianas.

Sopla el Sudestemuy inclinado al Levantey la mar revientacon ímpetu espantoso sobre las playas en que acamparon ayer nuestros soldados.

Todos los buques que se hallaban en el puerto del sur de Ceuta se hanpasado al puerto del norte.

Los viejos marinos anuncian una tempestad deshecha.

Los vapores que siguen por la costa la marcha de nuestro ejércitoempiezana presentarse y a pasar por delante de estas aguaspara buscar abrigo en labahía de Algeciras...

Algunos no juzgan conveniente cruzar el Estrechoy se guarecen en estepuertoatestado de lanchas cañonerasde chalanasde botesde faluchos y debuques de alto bordo.

¡Es decirque el Ejército se queda solo y abandonado a cinco leguas deesta plazaes un triste desiertoen un terreno completamente salvaje!

¡Es decirque a estas horas aquella bendecida caravana de compatriotasnuestros se encuentra incomunicada por mar y por tierra con el resto del mundosin noticias de la patriasin serle dado recibirlasdesprovista de medios desubsistenciay persuadida de que por ningún lado pueden llegarle!

¡Ohqué situación tan terrible si el temporal continúa! ¡Todo el podery toda la ciencia de los hombres no bastarían a socorrer por mar a nuestroejército!... ¡Cuántos buques se acercasen a aquellas playasnaufragaríandesastrosamente!

¿Y cómo socorrerlo por tierra? ¿Y con qué? ¿Y por cuántos días? Losverdaderos almacenes están en los buquesy los buques son hoy completamenteinaccesibles. ¡En cuanto a los víveres que puede haber en Ceutalosnecesita el cuerpo de ejército del general Echagüe; los necesita lapoblación de la plaza; los necesitan cuatro mil enfermos y heridos que residenen ella; los necesita la guarnición!

Sin embargotodo se sacrificaría a la más urgentea la más sagradanecesidad... El ejército que está en caminoy que es depositario de la honrade la patriasería preferido a todo...

Pero ¿cómo llegar hasta él? Yo lo creo también imposible. Los moros (quedesde el instante en que avanzaron nuestras tropasse corrieron por retaguardiahasta la orilla del marcortándoles la retirada y la comunicación con Ceuta)son demasiado astutos para haber dejado de comprender el grande aprieto en quepuede encontrarse nuestro ejército por falta de víveresy tengo por segurocomo si lo vieraque en este momento ocupan ya todas las posiciones que leshemos arrebatado en tantas reñidas luchasy están decididos a impedir el pasode cualquier convoy que se dirija en auxilio de nuestros compatriotas. Ahorabien: suponiendo que el general Echagüe marchase a la cabeza de la mitad de susbatallonesdejando la otra mitad en el Serrallo (que no puedeabandonarse)¿llegarían los víveres a tiempo? ¿Le sería posible al héroedel 25 de noviembre sostener seis o siete combates consecutivosdesde el Oterohasta Monte Negrón? Ydado que los sostuviera y venciese en todosellos¿se lograría el objeto de una empresa tan temeraria? ¿No habríatenido O'Donnell que retirarse antes?

Según los marinos llegados hoyel ejército incomunicado contaba anteayercon cinco raciones. Esto quiere decir que podrá sostenerse tres días a losumo; pues el imprudente soldado no piensa nunca en el día de mañanay habrádesperdiciado víveres antes de arreciar el peligroen que ya se hallade huirante el espectro del hambre... Ademásla lluvia lo avería e inutiliza todo...La galleta mojada se corrompe... El arroz se hincha y se malea... El tocino sepudre... ¡Es decirque antes de tres días no tendrán absolutamente nada!

¡Y el temporal amenaza ser de los más terribles! ¡El Levante puededurarha durado muchas vecesquince días seguidos!

Pues ¿y los enfermos? ¿Qué será de los infelices a quienes ataque elcólera? ¿Tendrán que permanecer dentro de las tiendasacostados en unlodazalal lado de sus camaradas?... ¡Y cundirá la tristezacundirá elhorrorcundirá el contagio!

Ademáspuede haber combates; tendremos heridos...¡y no habrá ni unbarco que los recojani un asilo que los libre de la intemperie!

Entretantose mojarán las armas y las municiones; se inutilizará lapólvora; atacarán los morosque ahora estarán guarecidos en sus aduares o enTetuány en tan desigual lucha...

¡Oh! ¡Esto no se puede pensar! ¡Es horrible! ¡Es horrible!

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¿Y qué? ¿Retrocederán? ¿Volverán a Ceuta? ¡Me atrevo a asegurarque nunca! ¡Antes quedarán todos tendidos en aquellas playas! ¡Conozco algeneral O'Donnell!

¿Y acaso fuérale permitido obrar de otra manera? ¿Se riegan de sangrecinco leguas de terreno para desandarlas en seguida? Volverpies atrás¿noes la deshonra? ¿No sería producir el luto en nuestra patriael júbilo en elejército enemigola censurala compasión y hasta el sarcasmo en las demásnaciones?

¡Oh!... No. ¡No retrocederán! ¡La bandera de España permanecerá clavadaallí donde la llevaron sus valientes hijos! ¡Allí iremos a redimirla connuestra sangre todos los que nacimos españoles! ¡Allí iremos a rescatarla alprecio de mil vidas que tuviéramos!

A las diez de la noche.

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¡Ohqué noche tan horrorosa! Los truenos parecen indicar que se desquiciay hunde el firmamento. El rayo hiende la atmósfera en todas direcciones.Tiembla la tierra como si la mar amenazase romper el débil istmo de estapenínsulay arrancar a Ceuta de sus cimientos de granitoy hacerla zozobrar yhundirse en apartadas soledadescomo navío que ha roto sus amarras.

Torrentes de lluvia y de granizo caen con una violencia incontrastable sobrela espantada ciudad. Húndense algunas casas; las calles son ríos sonorosos;una laguna cada patio. El viento azota y conmueve todo lo que encuentra pordelante... ¡El mismo mar no le gana esta noche en furia y poderío!...

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Pasan horas y horas y el huracán no cede: antes se enrabia y desencadenamás.

Llega el día...ylejos de serenarse los elementosencolerízanse denuevocual si proclamasen que no hay poder ni ley que tenga fuerza sobre ellosy que no desisten de su propósito de aniquilar todo lo creado.

¡Dios tenga piedad de España!

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Día 8.

Han pasado veinticuatro horasy ni el vientoni el marni la lluvia handepuesto su irresistible ira...

Todo el día ha sido igual a la noche...

¡Y seguimos sin noticias del campamento ni de España!

Solo se sabe (por los despojos que el mar arroja sobre la muralla de estepuerto) que han perecido muchos barcos...

Las varias veces que he ido hoy a ver el marhan pasado ante mis ojosarrebatados por las olasrestos de cien naufragios; ora jarcias y velasoraquillas y mástiles; aquí bueyes y caballos muertosallá sacos de mercancíaso de víveres; todo género de ruinas. ¡Es un espectáculo desolador!

La mar causa espantosobre todo hacia el lado del Estrecho. La líneade agua del horizonte semeja una áspera cadena de montañas. ¡Son lasalborotadas olasque se amontonan bramando como titanes enfurecidos!... El aguapresenta un color terroso que da miedoy la inmensa nube que entenebrece elaire acércase tanto a la tierraque parece fácil tocar el cielo con la mano.¡Y qué fragorqué estruendoqué bramidos en la atmósfera! ¡Qué roncostruenos submarinos! ¡Oh! No sería mayor el tumulto de los elementos elignorado día en quevenciendo Hércules a los gigantes Calpe y Abilaabriópaso al océano y separó para siempre África de Europa.

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Día 9.

¡Un día másy la tempestad no calmay el cataclismo continúay losdesastres aumentan! ¡Desventurado ejército! ¡Infortunada España! ¿Quéhabrá sido de los miles de mártires abandonados y solos en aquellainhospitalaria arena?

¡Todo...todo es ya posible! Que los aluviones procedentes de las montañashayan arrastrado al mar a nuestras tropas; que el hambre las haya rendido; quelos moros hayan caído sobre ellas; que el rayo y el granizo las hayandestrozado... ¡Todotodo lo tememos ya los que (por un triste privilegio queabominamos y maldecimos) nos encontramos lejos de nuestras banderasa cubiertode tanto peligrolibres y salvos en naufragio tan pavoroso!

Como toda tribulación común reúne en un solo sentimiento y haceconfraternizar a cuantos experimentan igual zozobraresulta que en estostremendos días nos buscamos con ansia todos los que vivimosaislados tambiény como prisionerosdentro de los muros de Ceutaa fin de comunicarnosnuestros sobresaltos y temoresy demandarnos unos a otros consuelo yesperanza... Ahora bienentre las muchas escenas de este género que hepresenciado ayer y hoymerece especial mención el espectáculo que ofrecíahace pocas horas la alcoba del general Zabala.

Este noble y bizarro militar se encuentra también aquí (como ya sabéisdesde la noche del 1.º de enerobaldado completamente de la pierna derecha; ypuede suponerse queen el terrible conflicto que hoy atraviesan nuestras armastodos acuden a su lado pidiéndole órdenes y consejosofreciéndole hacienda yvidapor si las cree necesarias para remediar un mal tan grandey demandandoen fina su experiencia de los azares de la guerra algunas reflexionestranquilizadorasalgún asomo de consolación y esperanza.

Pero¡ah!el conde de Paredes está acaso más desesperado y afligido quecuantos rodean su lecho. Cerca de él hay una ventana que mira precisamentehacia al suresto eshacia el Camino de Tetuánhacia los sitios dondeestarán acampadas nuestras tropas...y el ilustre paciente no separa su vistade aquella ventana.

La nieblala lluviael viento y el alborotado mar no le permiten distinguirotra cosa que un ceniciento caos sin forma ni perspectiva... Levantapuesdevez en cuando los ojos al cieloy exclama con una ternura que parte el corazón

-¡Hijos míos!

El veterano general piensa en sus soldados.

Otras veces procura incorporarse en la camay habla de marchar en auxiliodel Ejércitoy pregunta cuántos víveres hay en la plazay manda a susamigos y a sus ayudantes que vayan a ponerse a las órdenes del generalEchagüey lloray se enfurecey llama a Dios en auxilio de España...hastaquepostrado y rendidoinclina la cabeza sobre la almohada con la atonía dela desesperacióncon el desaliento de la muerte.

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¡He aquí ya la nochey todo sigue lo mismo!

¡Ahyo no he sabido hasta hoy cuánto amaba a España! ¡Me ha sidomenester verla en tan supremo tranceexpuesta a perder en una hora el fruto detantos sacrificiospara conocer la intensidad de aquel vago afectonegado poralgunos filósofosque se denomina amor patrio! ¡He necesitado ver a lanación en riesgo inminente de ser vencidahumilladadesacreditada por muchosañospara comprender que el individuo y la familia son accidentes secundariose indignos de atencióncuando se trata de esa entidad sagrada que muchos hanllamado convencional y gratuitay que yo proclamo legítimaprovidencialeternacomo las leyes naturalescomo los instintos del corazón!

¡Así es que la más penosa angustia se ha apoderado de mi alma! ¡Yllueve!...¡llueve siempre! ¡Y van tres días y cuatro noches! ¡Y el nubladosigue impidiéndonos divisar el campamento de los expedicionarios! ¡Y ni unanoticia de ellos! ¡Ni un socorro de nuestra parte!

¡OhDios mío! ¿Qué gran pecado ha cometido el pueblo español en susdías de prosperidad y de grandezaque así concitas contra él los elementoscuando la fuerza de los hombres no es bastante a contenerlo en el camino de lagloria? ¿Por qué estorbas su regeneración? ¿Por qué le impides levantarsedel polvo donde le hundió tu ira hace tres centurias? ¡OhSeñor! En latribulación que sufrimos reconozco la mano omnipotente que sepultó en losmares aquella escuadra Invenciblecuyo armamento difundiera el terrorpor toda Europa. ¡Tremendo fue nuestro castigo en aquellos días! Pero dese yatu justicia por satisfecha. ¡GraciaSeñor! ¡Misericordia! ¡Aplaca tucólera! ¡No nos tornes a la nada! ¡Mira que nuestra penitencia ha sido largadolorosaáspera como el más duro cilicio! ¡Mira que hemos llevado la coronay el cetro de la ignominia durante trescientos años! ¡Mira que todos lospueblos que antes nos rendían pleito homenajenos han escarnecidonos hanbefadonos han dado a probar la hiel y el vinagre más acerbos!... ¡Señorpiedad para España! ¡Piedad para tus hijo! ¡Piedad para tus soldados!

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Día 10. En la Torre del Hacho.

Soñaba yo hace una hora que veía un cielo azul y un sol brillante...

Habíame dormido al amaneceroyendo aún los silbidos del viento y elestruendo del mar y de la lluvia...

Despertéy la más profunda obscuridad reinaba en mi aposento.

Sin embargono sé qué bienestar del alma (permítaseme la frase) me hizocreer que seguía soñando o que el sueño era realidad.

Luego percibí algunos cantos de gorriones y el eco de varias campanas queresonaba purovibranteelástico...

-¡He aquí un hermoso día! -exclamé alborozadamente.

Y abrí el balcóny un océano de luz brilló ante mis ojos.

El sol de una mañana de primavera; un cielo azul y limpio como si acabara desalir de las manos del Creador; un jardín verdefresco y brillantesiquierdestrozado por el temporal; bandadas de palomas revolando sobre las azoteas delas casas; columnas de humo elevándose rectamentepues tanta era laserenidad de la atmósfera...; he aquí el espectáculo que se ofrecía a mivistaávida de claridad y de colores...

Mi primer pensamiento fue dar gracias a Dios por la vuelta del buen tiempo...En seguida me vine a la Torre del Hachoempuñé el anteojo del vigíay...¡oh ventura!¡vi que nuestras tiendas no habían desaparecido duranteel temporal...; vi que seguían plantadas al lado allá del Monte Negróny aún más lejos de donde quedaban el día 6...; vi que allí también sealzaba tranquilamente al cielo humo de los hogares...; vien finque nuestroejército vivía...que relumbraban sus armas...que ondeaba su bandera!

¡Y aquí me tenéis desde entoncesarrobadoextasiadocontemplandoaquella remota perspectiva!

Por lo demásel Levante ha cesado completamente; la tenue brisa quemueve los árboles viene del sur...

La mar sigue todavía muy revueltatantoque ningún barco se atreve asalir... Pero esto será ya asunto de algunas horas... ¡Nada más natural quetan fuerte marejada después de un temporal tan deshecho!

Y prueba de que no me equivocoes que algunos vapores de los fondeados eneste puerto principian ya a encender sus máquinas... ¡Con qué alegríasaludarán nuestros soldados el primer humo que divisen en las soledades delmar! ¡Les parecerá ver la mística palomaportadora de paz y de bonanzadespués de los horrores del Diluvio!

Voy a disponerlo todo para marchar yo también en el primer buque que salga.

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¡Esto es hecho! ¡Un barco va a arriesgarse a cruzar desde Ceutahasta Río Azmirque es como dicen que se llama el punto de la costa enque está acampado nuestro ejército...

Partamos... ¡No hay que vacilar! Allí acabaré de curarme.

¡Ohdicha! ¡Dentro de cuatro o cinco horas estaré otra vez entre misamigospara no abandonarlos ya más sino cuando me trague la tierra! ¡Cuántasveces me he arrepentido de haberlos dejado durante estos diez días tanhorribles!

¡Adióspuescuitada Ceuta; mansión del dolor y de la agonía;albergue de moribundos y de penados; causa y testigo de la guerra; mudaespectadora y fiel confidente de innumerables infortunios!... ¡Adiós!¡Adiós!



 

- XXIII - En el mar.

El mismo día. A bordo del Barcelona.

A poco de salir este vapor del puerto de Ceuta empezamos a oír todoslos que íbamos a bordo un lejano y vivo cañoneo hacia el sur...

-¡Tienen acción! -fue el grito general.

Y una misma alegría se reflejó en todos los semblantes.

¿Cómo no? Después de los terrores supersticiosos por que habíamos pasadoacerca de la suerte del ejércitoaquellos disparos eran una seguridadinfalible de su vidade su actividadde su fuerza. El poderoso aliento de losbronces parecía revelarnos que no había disminuido el de las tropas...yprescindiendo de esta lógica de la sensibilidad y limitándonos a la de loshechos materialessiempre nos demostraba aquel estruendo que la pólvora no sehabía mojado durante tan horroroso temporaly que ni los elementosni lasprivacionesni las enfermedades habían dado en tierra con nuestros hermanos.

Pero los recelos y los temores han vuelto a empezar luego.

-¿Será que avanzan? -exclama uno.

-¿Pasarán hoy el Cabo Negro? -pregunta otro.

-¿Llegaremos a tiempo de unirnos a las filas por estas playas? -interroga untercero.

-Llegarán ustedes...¡síseñor! -contesta al fin un veterano-. ¡Antesde emprender otra marcha tiene que racionarse nuestra gente para algunosdías!...

-Es verdad... ¡Llegaremos a tiempo! -gritan todos.

-¡Diablo! ¡Que no estemos ya allí!

-Capitán¿falta mucho?

-Con esta resaca tardaremos aún cerca de tres horas.

-¡Tres horas todavía!...

Mientras se sostienen tales conversacionesavanzamos penosamente sobre unamar dura y turbulentaque hace muy trabajosa la marcha del vapor.

Pero ¿qué vemos? ¡Algunos barcosprocedentes de Algecirashan anclado yaenfrente de nuestro campamento!...

Esto nos alegra y disgusta juntamente. ¡Ya tendrán víveres frescos lastropaspero no somos nosotros los primeros que se los llevamos!

Otros muchos vapores siguen apareciendo por la punta del Hacho ennuestra misma dirección... ¡Siquiera llegaremos antes que ellos!

Entretantohemos pasado por delante del valle del Tarajardeinolvidable memoria para mí. Hoy se halla desierto completamente.

Pocos momentos después cruzamos a la vista del llano de losCastillejos...

También allí buscan mis ojos parajes y perspectivas que viviráneternamente en mi imaginación... Pero el Barcelona sigue adelante en suinflexible rumbocomo indicándome que no es ocasión de pensar en cosaspasadas...

Sin embargoalcanzo a distinguir sobre las arenas de aquella orillaquetanta sangre tragó hace pocos díasun hermoso buque náufragoembarrado ymedio tendidocomo titán moribundo que aún se defiende de la saña de lasolas...

¡Es nuestra goleta de guerra Rosalíavíctima del horrendotemporalque brama aún en torno de ella!

Pero escuchemos... Ya se empieza a oírmerced al viento que sopla de aquelladoel tiroteo de la fusileríapor cierto muy animado y vivo...

¡Oh! El combate debe de ser importante... Percíbense hasta descargascerradasy los estampidos del cañón van también aumentando...

¡No importa! Tenemos tal costumbre de ver triunfar a nuestra gente en lasmás desventajosas luchasque ni por un instante nos preocupa el resultado deesa acción que se libra a lo lejos...

A lo menos yo estoy tan seguro del triunfo de nuestras armasqueen vez depensar en el combate de hoydoy vueltas en mi imaginación al más arduo eimportante que habremos de reñir el día que pasemos a Cabo Negrotremendo promontorio cuya gigante mole se adelanta hacia el marviniendo de muydentro de tierracomo una muralla levantada por la naturaleza para cerrar elpaso al valle de Tetuán.

¡Cabo Negro! Esa es la clave del enigma. Terminarán estos combatesalevosos sostenidos entre la sombra de los arboles o entre las breñas de losmontes. Luego empezaran las luchas francas y leales. Doblada esa posición;vencido ese último colosola luz será hecha en esta campaña; conoceremos ycontaremos a nuestros enemigos; podremos desplegar toda nuestra fuerzay lanumerosa y célebre caballería musulmana dejará de ser un fantasma que détormento a nuestra exaltada imaginación...

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Son las cuatro de la tardey ya vamos llegando al término de la travesía.Solo nos falta doblar la punta del Monte Negrón para que el campamentocristiano aparezca de nuevo a nuestros ojos.

Yal llegar aquínecesito advertiros que no confundáis a Monte Negróncon Cabo Negrosegún veo en los periódicos que acontece a muchaspersonas y hasta a los geógrafos de punta...

Bien que en materia de Geografía nos hallamos completamente a obscuras desdeel comienzo de esta campaña. Ningún mapa de los que traigo en mi cartera hapodido indicarme precisamente el lugar donde nos encontramos. Ríos corren sobreel papel que no veo correr sobre la tierray otros que el geógrafo no conocíaocupan el sitio en quepor ejemplocolocó una montaña. Todo esto es muynatural. ¡Nosotros recorremos una comarca que jamás holló planta europeareposada y tranquilamentey de modo que pudieran levantarse planos!

Perovolviendo a Monte Negróndigo y repito que nada tiene que vercon Cabo Negro.

Cabo Negro es el verdaderamente importantepues determina el límite dela gran playa que principia en Ceutaal par que da comienzo a laanchurosa rada de Tetuán. Por consiguientesus levantadas lomas cortanel horizonte hacia el sury son el único estorbo que impide percibir desde MonteNegrónla codiciada ciudad y las llanuras regadas por el Guad-el-Jelú.En cambiodejan ver a lo lejos las primeras cúspides del Pequeño Atlasquepequeño y todoasoma su encanecida frente por encima de las cumbres de CaboNegroal través de diez leguas de distancia.

Mas henos ya a la altura del campamento... He allí las tiendastodavíahúmedasypor consiguientepardas... He allí la bandera españolaplantadaa la puerta de la tienda del general en jefe... He allí la playacubierta desoldados que se abocan al mar recibiendo víveres... ¡He allí todo lo que hecreído ver aniquilado y muerto en mis noches de soledad y de insomnio!

Entretantosigue el fuego a lo lejosmuy intermitente y desmayadoseconoce que la acción toca a su fin... Un momento despuéslas cornetastransmiten de monte en monte el toque de retirada.

-Nosotros anclamos...¡pero se nos prohíbe saltar a tierra hasta mañanaen vista de que algunos temerarios marinos acaban de ahogarse al llevarprovisiones a las tropas! ¡En verdadla reventazón de las olas sobre la arenaes todavía formidableirresistible!

Mas ¿qué me importa esta separación de unas horassi ya sabemos queestán vivos; si ellos saben también que tienen a la vista todo género desocorros; si la mar va sosegándose cada vez másy si mañana al amanecerpodremos saltar a tierra?

Pero me llaman a la cámara del capitánel cual me ha dispensado la honrade convidarme a comer...

Hasta luegoque terminaré estos apuntes.

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Hemos comido y nos paseamos sobre cubierta.

Son las ocho menos cuarto de la noche.

Nuestro campo se halla todo esmaltado de hoguerasque relucen turbiamenteentre la bruma...

¡Conozco este momento!... Es el más delicioso de la guerra. Los que hanluchado durante el díavuelven a su tienda satisfechos de haber cumplido consu deber... Allí les aguardan la amiga lumbre y el pobre rancho preparado porsus compañeros... La ufanía del triunfo y el regocijo de haber escapado vivosdespiertan un apetito de todos los diablos... Alguna sobria libación acaba deentonar el cuerpo y el alma... ¡Y se fumase charlase ríe y se juegacomosi estuviera uno en el Casino del Príncipede Madrid.... o poco menos!

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Las ocho. El remoto son de varias músicas llega hasta míen alas de lasbrisas del mar... Es la retretala serenata diaria con que se despide elsoldado de sus jefes.

¡Ahbravos españoles! ¿Cómo llegué a dudar de vuestra indomableresistencia? ¿No os conocía ya? ¿No os había visto en lances muy apurados?¿Cómo habían de venceros cuatro días de lluvia?

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Un agudosolo y prolongado punto de corneta da la orden de silencio.

Es que son las nueve.

Las hogueras empiezan a apagarse... Nuestro campamento queda sumergido en lastinieblas de los montes...donde todo calla y todo duerme en apariencia...

Ya no oímos más que el ronco murmullo de las olasasí en la distanteplaya como en torno de los buques anclados en este fondeadero.

La cubierta del Barcelona está cuajada de soldados y de marinos queduermen liados en sus mantas. Únicamente vela el capitánsentado en elalcázar de popaenfrente del cuadrantecon la taza del café en una mano y elcigarro en la otra.

Es un bravo y amable catalánque me ha cedido su cámara por esta noche.¡Dios se lo pague!

En ella os escribo y os saludodespidiéndome hasta mañana.

¡Y túDios míoque te has apiadado del ejército españolrecibe lahumilde acción de gracias de este pobre soldado! ¡Señorbendito seas!



 

- XXIV - Impresiones poéticas. Mirada retrospectiva. Marchas y combates aque no he asistido. El Campamento del Hambre.

Lagunas del Río Azmir11 de enero.

Heme ya de vuelta en mi tiendao seade regreso en mi casa. Reconozco las paredesde lienzolos muebles de campañalas menores particularidades delhogar... La cama ocupa el acostumbrado sitio; las armas el suyo; allí estánlas provisiones; aquí mi pícaro criado Soriano...

Solo ha cambiado el paisaje que se extendía delante de la puerta... Ciertoque también ahoracomo en anteriores campamentosse distingue el mar a lolejos; pero la playa es otray la perspectiva de las montañas muy diferente.He aquípor ejemploa mi derechaunas Lagunas que no existían cuandoabandoné esta morada... El promontorio de Cabo Negro se nos ha acercadotambién lo menos doce millas... Mas ¿qué digo? ¡Hasta el suelo de la tiendaha variadotrocándose de arcilloso en arenoso!

Y es que las paredes de mi casa son las mismaspero no así la tierraen que se levantan. El suelo ha caminadoy hoy me encuentro en un parajedesconocido. Estoypuesdentro de mi hogarysin embargono sé dónde mehalloni quiénes son mis vecinos ahorani por dónde se va a ninguna parte.

Pero dejémonos de estas pequeñecesy hablemos de nuestro desembarco deesta mañana.

Al ser de día me despertó la luz del albapenetrando hasta mi camarote altravés de recio cristalel que a veces se estrellaba la espuma de las olasmientras que otras veces solo me permitía ver el cielosegún que el balanceodel barco enfilaba la ventana hacia el cenit o hacia el abismo. Dudaba yo siaquella claridad sería del sol o de la lunacuando los ecos remotos de ladiana del campamento llegaron a mis oídosanunciándome que la tierra saludabaya al nuevo día. No de otra maneracuando se vive en el campose conoce lallegada del amanecer por el concierto de las aves.

Levantémepuesy subí sobre cubierta.

¡Qué vista la de nuestros Reales! ¡Qué cuadro tan fantástico ypintoresco! No recuerdo quién dijo a mi ladoseñalando a la banda del vaporque miraba a tierra: Si este balcón estuviese en Madrid¡qué caras sepagarían sus vistas!... Yen efectoel espectáculo que se distinguíadesde aquel balcón no podía ser más interesante para todo buen hijo de lapatria.

Amanecíacomo digo. La faja de oro que a nuestra espalda esclarecía elorientereverberaba en las aguas y venía a reflejarse en las brumas de laparte occidental del horizontetiñéndolas de un ligero carmín. La mar azulbordada de anchurosas espumasrecortaba los contornos de la cercana tierra. Unaneblina desigualy próxima a romperseenvolvía entre sus impalpables gasaslas hogueras del campamentohaciéndolas aparecer como astros moribundos. Lasinmóviles lagunas reflejaban pálidamente aquellas lumbres rojizasy laclaridad refractada daba a su vez un tinte de violeta a los vapores que habíanemanado de aquellas muertas aguas... Entretantolas cumbres de los montesasomaban por encima de la niebla su noble frenteen que ya daba el solasemejándose a otras tantas islas levantadas sobre un mar de nubes. En el azulde la despejada atmósfera se destacaban las tiendas y las figuras humanas quecoronaban aquellas alturasy en el fondo de los barrancos se veían brillaralgunas filas de bayonetasque centelleaban entre la bruma como largas saetasde brillantes. A esta decoración de tan maravillosas luces y vistosos coloresañadidle el atractivo patrióticoel prisma de las penalidades pasadas y demis once días de ausencia; los cuarenta o cincuenta buques que nos rodeabanansiosos de derramar en aquella playa todo género de auxilios y socorros; elcadencioso estrépito de la marno recobrada aún de su prolongado exceso deiray la armonía lejana de las músicas que saludaban al sol de loscombates...y alcanzaréis a imaginar un pálido trasunto de tan hermosopanorama.

A cosa de las ocho se disipó la niebla completamentey pudimos distinguiren la vecina playa un numerosísimo hormiguero de soldados que procurabancomunicarse con los botes y lanchas que ya se acercaban a la orilla; pero talcomunicación era aún más difícila causa del ímpetu con que reventaban lasolas en la arena.

Sin embargolos soldadospor una parte (metidos en el agua hasta lacintura)y los marineros por otra (haciendo prodigios de valor)lograban pasara tierra algunas provisiones de las más urgentes...

Las más urgentes eran tres: tabaco para la tropaque no se acordaba del pany clamaba por un cigarro; heno para los caballos y acémilasque se moríanmaterialmente de hambrey el correo de Españapasto y vida de todoslos corazones...

He de advertir que esto lo veía yo ya desde un botecillo que corría de unlado a otro de la playa buscando algún punto de fácil accesoo seaparaje enque atracar con algunas probabilidades de no irse a pique.

Tenemos mar de tres olas... -me dijo el patrón del bote-: la primeranos acercará a la orilla; la segunda nos pondrá sobre la arena; la tercera noshará varar. ¡Entonces (se lo prevengo a usted) tendrá que darse prisa asaltar sobre los hombros de un marinero que lo ponga en secoantes de quevengan otras tres olas y le obliguen a tomar un baño! Conquevamos allá.¡Agarrarse!

Todo sucedió como había dicho el marinero. Los remos permanecieron ociososun instantey el bote se dejó ir a merced de la triplicada ola. Hubo entoncesalgunos segundos en que nos vimos sepultados en golfos de espuma; pero elúltimo golpe de mar sepultó en la arena la quilla del barquichueloy antes deque volviese el monstruo en busca de su presaya había yo sido cogido envolandas por un remeroy me encontraba en brazos de mis amigos.

¡Imaginaos la escena que seguiría!

-¡Vivesvives! -nos decíamos unos a otros.

-¡Aquí no te esperábamos ya!

-¿Es cierto que murió Fulano?

-¡Aquí se dijo que habías muerto tú!...

-¡Ya te hacíamos en España!...

-Y ¿te quedas ya entre nosotros?

-¿Conque murió Marinas?

-¿Conque murió Puente?

Y nada más. A eso se reduce el vivir y el morir a estasalturas de la campaña. Ni más dueloni más pésameni más epitafio... «Murió»o «no murió»: he aquí lo único que ya se habla del que sale delcampamento en una camilla. Pero volver... ¡Ah! Volver es otra cosa...Volver es hacer de nuevo... Volver es resucitar.

Después de estas explicacionesencontraréis justificado lo que sigue:

-¿Y mi tienda? -preguntépasados algunos instantesa mis camaradas másíntimos.

-Fulano la heredó... Pero ambos cabéis en ella.

-¿Y mi cama?

-Tu cama...¡agradécemela a mí! Nadie tenía dónde llevarlay si no larecojo yoya estaría en poder de los moros. Dormiremos juntos.

-¿Y tu caballo? -me preguntaron ellos a su vez con mucha sorna.

-¡Se me ha perdido! -respondí yo inocentemente.

-¡Estás en un error! Tu caballo se presentó en Monte Negrón a laGuardia Civil. El hambre y el olfato le hicieron dar con el ejército español.Cuando le vimos llegar tan solo y malparadoy reconocimos en él a tu África(así se llama mi jaca)te contamos entre los difuntos.

-Peroen fin¿dónde está ahora mi África? La monta unguardia civil... ¡Y por cierto que ayer ha entrado en fuego con ella!

-¡Ohanimal modelo de virtudes!

-Sin embargote aconsejamos que no reclames ese animal...

-¿Por qué?

-Porque te saldrá más barato comprar otro...

-No lo entiendo...

-Pues es muy sencillo. África se habrá comido estos días una fanegade cebada; la misma que tendrás que abonar al guardia civil...

-¿Y qué?

-¡Poca cosa! Que una fanega de cebada valía ayer tanto como doce caballospuesto que por falta de pienso se murieron muchísimos...

-¡Idos al diablo! Pero habladme formalmente de eso último...

-¿De qué?

-De vuestras privaciones...

-¡Será difícil!

-¿Por qué?

-Porque aquí las hemos tomado a broma.

-Sin embargodebéis de haber sufrido mucho...

-¡Lo que no es decible! Con todoel soldado no ha perdido ni un instante sualegría. Porque has de saber que el cólera nos ha dejado descansar desde queabandonamos aquellos pícaros campamentos de las cercanías de Ceuta... ¡Loúnico que la tropa echaba de menos era el tabacoy por cierto que era unadelicia oír sus chistes y ocurrencias cuando se acordaba de él! Nuestroverdadero apuro ha sido por los caballos y las acémilasque se comíanrecíprocamente sus monturas. ¡Ya verás...ya verás esos arenales sembradosde caballerías muertas!

-Pero ¿y vosotros?

-Nosotros hemos comido galleta mojada en agua llovediza y mariscosqueabundan en esta costa. ¡De algo nos había de servir el temporal! La mar haarrojado millones de millones de almejas sobre esas playas. No obstanteelnegocio se iba poniendo tan feoque ayer mañana estuvo ya a caballo el generalPrima la cabeza de una divisiónpara ir por víveres a Ceuta.

-¡A Ceuta! ¿Cómo?

-¡Ah! No es para contado... ¡Has debido verlo!

-Contádmelosin embargo...

-Pues escucha:

«La situación se comprende fácilmentey ya la habrás adivinado desdeCeuta. Éramos veinte mil hombres atascados en un lodazalazotados de día y denoche por el viento y la lluviabloqueados a la izquierda por un mar furioso enque no se veía ni un solo buque hacía cuatro díasy amenazados a la derechapor el ejército enemigoque esperaba la primera hora de bonanza para caersobre nosotros. No podíamos avanzar ni retrocedery el hambre dejaba ya sentirsu aguijón envenenado. Los enfermos se morían dentro de sus tiendas... Losheridos (pues hemos sostenido dos combates en esta situación) pasaban lacalentura consiguiente a su estado liados en sus mojadas mantas... ¡Ah! ¡Mejores no acordarse!»

-Seguid... Seguid...

«Pues bienfigúrate el momento supremo en que iba a partir el convoy enbusca de víveres. Aquella expedición¿mejoraría nuestra suerteo laempeoraría? ¿Saldrían los moros al encuentro de la columna volante? ¿Nosquedaríamos sin acémilas? ¿Permitiría el temporal ir y volver por esosmontes a nuestros valerosos compañeros?

»Todas las mulas servibles estaban ya preparadas; los soldadosformados;los brigaderosdecididos a morir defendiendo las provisiones; el generalPrimdisponiendo el orden de marcha. El resto del ejército rodeaba a losexpedicionariosdespidiéndolosenvidiándolosagradeciéndoles de antemanosu sacrificio... La mar seguía revuelta y solaligeramente esclarecida por lasprimeras luces de la mañana... No llueve.

»En esto una voz grita:

»-¡Vapor! ¡Vapor!

»-¿Hacia qué lado?

»-¡Dobla la punta de Ceuta!...

»Todo el mundo mira...

»En efectose percibe allí un punto negro y un poco de humo.

»El día aclara entretanto...

»¡Es un vapor...no hay duda! Con los anteojos se distingue nuestrabandera... ¡Nos hemos salvado!

»¡Entoncesy sólo entoncesechamos de ver que no corre viento alguno;que las nubes se entreabreny que en las regiones altas de la atmósfera soplael suren lugar del Levante!...

»¡La misma mar ha cedido un poco!

»-¡Alto la expedición! ¡Viva la Marina Española! -exclama el generalPrim.

»Pero¡ay!a lo mejorel barco desaparece... ¡Nadie lo ve ya porningún lado!

»-¡No puede! ¡Se ha vuelto! -exclaman veinte mil voces.

»¡Oh!... ¡Qué momento aquel de desesperación y de agonía!

»Así pasa media hora.

»¡Nada!... Se ha vuelto... Es cosa hecha... No hay otro remedio quedespachar la brigada...

»Y la brigada parte para Ceuta.

»Pero algunos minutos después se oye decir:

»-El vapor no se ha vuelto... El vapor avanza...

»-¿Por dónde? -pregunta el conde de Reus.

»-Viene pegado a la costa... -responden los soldadosque siempre ven mássin anteojos que los generales con ellos.

»Era verdad. Una ilusión óptica había impedido verlo mientras sedestacaba sobre el promontorio del Hacho; pero el audaz y generoso buquese dibujaba ya sobre las olasairosoaltivosolitarioadelantando siemprehacia estas playas y rodeado de ancha orla de espumas.

»¡Hurra tres veces al denodado barco! Era el Duerocuyo nombrevivirá siempre en nuestra memoria... ¡Y qué titánica lucha sostenía con lamarejada!

»Entretantoempezaron a aparecer por detrás de Ceuta otros muchos buquesy algunas horas después fondeaban ya todos enfrente de nosotros con esosalmacenes flotantes en cuyos costados se leen los consoladores nombres de: harinaarrozhospital de heridoshenocebadahospital de enfermostabaco y tocino.

»Por lo que toca a Prim y a su columna expedicionariasi bien tuvieron quevolverse por carecer de objeto su viajeno perdieron enteramente el tiempopuesto quehabiendo divisado en la playa de Castillejos la goleta náufraga Rosalíavarada en la arenadirigiéronse a ellala abordarony extrajeron la caja defondoslas banderas y algunas armascon las cuales regresaron pronto a estecampamentoentre los aplausos de veinte mil hombres.»

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Hasta aquí el primer relato de mis amigos. Ahora paso a contar sumariamentelos demás sucesos importantes de estos últimos díassegún me los hannarrado testigos presenciales y de mayor excepción.

Primeramentehácese aquí lenguas todo el mundo elogiando el comportamientodel batallón de Ciudad-Rodrigoque sostuvo durante cinco horas unreñido combate la tarde del 4 de eneromientras que el resto del ejércitoacampaba en las alturas llamadas de la Condesanombre que recuerda ladominación de los portugueses en este litoral.

He aquí algunos pormenores del encuentro.

A las seis de la mañana de aquel día nuestras tropas habían continuado sumarcha hacia Tetuán desde el valle de los Castillejos enque yo las dejé atrincherándose.

El enemigo no opuso al principio oposición algunay el movimiento severificó ordenada y lentamente hasta dar vista al Valle M'nuelasíllamado desde los tiempos de D. Manuel el Grande y el muy feliz rey dePortugal.

Una vez en aquella posiciónnuestros soldados descubrieron a lo lejos ydelante de sí las ásperas lomas de Monte Negrónadonde se habíarefugiado el campamento moro.

Mandosepueshacer alto y plantar tiendaslo que se realizó en seguidaquedandopor endesituados los dos ejércitos beligerantes el uno enfrente delotrocada cual sobre un extenso montey separados solamente por un estrecho ymal conformado valle. La única diferencia que existía entre nuestra posicióny la suyaera que los moros habían elegido para acampar un punto alto ydistante de la costamientras que nosotros nos apoyábamos en la misma orilladel mar.

Ambas situaciones estaban perfectamente entendidaspues el enemigo tenía subase de operacioneso sea su punto de retiradasus víveres y repuestosen elinteriory nuestro ejército recibía todos sus socorros y se descartaba deheridos y de enfermos por medio de la escuadra.

La posición escogida por nosotros era tan ventajosa como fácil de defender.Con todoa fin de establecer el camino y levantar las trincheras masdesahogadamentese mandó marchar en observación hacia el ejército agareno ados escuadrones de Húsares.

Esta precaución no fue injustificada. Dos mil moros de caballería y comoquinientos de infanteríaavanzaban ya a estorbar nuestras operacionesy muypronto se rompió el fuego entre la vanguardia de los Húsares y losprimeros grupos de los marroquíes.

Entonces fue cuando O'Donnellviendo que las fuerzas contrarias superabandiez veces en número a los acreditados Húsaresenvió en apoyo deestos al batallón de Ciudad-Rodrigo.

Mandábalo su teniente coronelD. Ángel Cos-Gayónrepuesto ya de ladolencia que le aquejaba el 30 de diciembre; y es fama que recobró el tiempoperdido habiéndoselas desembarazadamente con numerosas huestes moras decaballería e infantería combinadasy mostrando a su bizarro batallón quetenía un jefe digno de mandarlo.

También se encontraba allí este día el coronel D. Antonio Ulibarriheridoya en otro encuentrocomo creo haberos dichoy que convalecía de su lesiónyendo de aficionado a las batallas; pero otra bala le atravesó la piernaderecha al principio del combate que refieroy tuvo al fin que regresar a lapenínsula.

Cerca de cinco horas duró aquella desigual peleaen la cual acabó Ciudad-Rodrigopor rechazar a los moroscausándoles muchas pérdidasque vino a aumentarnuestra artillería con sus disparos. Cinco soldados y un sargento muertos; uncapitánun teniente y treinta y ocho soldados heridosregaron con su sangreel lauro que alcanzó mi batallón en este celebrado hecho de armas.

Entretantotodo el resto de nuestro ejército vivaqueaba ya en su nuevocampocerca de las lagunas formadas por el río M'nuel; la escuadraaumentada con las fragatas de hélice Princesa de Asturias y Blancarecogía nuestros heridos y enfermosy nos suministraba víveres y municionesy la noche caía sobre las últimas faenas de tan feliz jornada.

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No lo fue menos la siguiente.

Verificose esta dos días despuéssiendo aquella que yo califiqué demilagrosa al divisarla con un anteojo desde lo alto del Hacho.

Aludo a la famosa marcha de flanco y paso del Monte Negrón brillantey afortunado movimientoqueal decir de todos los inteligentesconstituiráuna de las mayores glorias de esta campaña.

Pero dejemos hablar a uno que lo presenció.

«Te has perdido (me dice) el gran día de júbilo y de sorpresa para lastropasel gran día de ciencia y habilidad de nuestro general en jefe.

»Imagínate que al emprender la marcha aquella mañana (el día 6) paraasaltar el Monte Negróndondecomo sabesse habían situado losmorosdecididos a estorbarnos el pasotodo el mundo esperaba una verdaderabatallaen quesi bien había seguridad de vencerpues esta arroganteconfianza no la hemos perdido jamásse contaba con tener muchas más bajas queen el mayor de los combates anteriores.

»¿Cómo no? Los moros estaban posesionados de sus inaccesibles alturasquenosotros nos veíamos obligados a atacar desde el valle para pasar al otro ladomientras que ellos habían tenido tiempo de atrincherarsede acumular medios dedefensade establecer obstáculos al paso de la artillería y de los equipajesy contaban además con numerosa caballería que lanzar sobre nuestra retaguardiatan luego como emprendiéramos la operación.

»Erapuesuno de aquellos días en queal oír el toque de dianasepregunta cada cual muy formalmente si llegará a oír el toque de retreta...Figúratepor tantonuestro asombro cuando aquella noche nos encontramosdueños del Monte Negrón y con toda nuestra impedimenta pasada allado de acásin haber perdido un solo hombre...»

-Pero ¿cómo sucedió eso?

«Verás. Dos días antes de esta operación (la tarde del 4)mientras queun batallón sostenía al enemigo por la derechael general García habíapracticado un audaz reconocimiento a todo lo largo de la playaentre sus arenasy las lagunas en que muere el río M'nuel llamado también río Capitanesllegando bajo una lluvia de balas hasta los primeros estribos del MonteNegrón.

»Un soldado de su escolta fue herido levemente; el caballo que montaba elbravo general recibió dos balazosy el de uno de sus ordenanzas resultótambién herido; peroen cambiohabía hecho un importantísimodescubrimiento. ¿El Monte Negrónno moría inmediatamente en el marsino que entre las olas y la montaña quedaba una estrechísima fajo de arenaque abría fácil acceso a estos otros valles!

»Deslizarse por aquella angosta playa; pasar por allí la artillería rodaday todos nuestros bagajes; escaparsecomo quien dicelamiendo el pie de lafortaleza natural que cerraba el camino¡tal fue desde entonces el atrevido ydichoso pensamiento del general O'Donnell!

»El mismo general jefe de Estado Mayorcomo más práctico de aquel terrenoque tan denodadamente había reconocidose encargó de dirigir el movimientoel cual se haría de manera que los moros no comprendiesen nuestra intenciónsino cuando ya fuese tarde para contrarrestarla. ¡Ah! Si ellos la hubieranadivinadosolo con arrojar piedras desde la altura sobre el arenoso pasajenoshabrían causado horribles destrozosimposibilitando el tránsito de nuestroejército.

»El general Garcíapuesemprendió la marcha antes de rayar la auroraafin de ganar tiempo a los desprevenidos morosseguido del SEGUNDO CUERPO(mandado interinamente por el general D. José Orozco)tres Baterías deMontaña y dos escuadrones de Lancerosavanzando todos lo mássilenciosamente posible por en medio de las todavía densas tinieblas.

»Al romper el día ya habían atravesado el Valle M'nuely erannuestrasuna detrás de otralas primeras colinas de la temida sierra en quese hallaban acampados los morossin que estos notaran que los estábamosflanqueando o que ya los habíamos flanqueado...

»Un momento despuéstodas las cumbres que dominaban el camino estabancoronadas por los batallones del SEGUNDO CUERPO; ¡y cuando los moros sevolvieron a oriente para saludar al solque salía temblando por entre las olasdel marlo primero que hirió sus ojos fue el reluciente brillo de nuestrasbayonetasque erizaban materialmente las alturas!

»Entretantonuestra caballería había pasado ya al otro lado del MonteNegrón por la susodicha faja de arena; y los ingenieroscon ese ardor einteligencia que tantos elogios les valen todos los díaspreparabanrápidamente cómodo camino a la artillería rodadala cual se deslizaba poco apoco por detrás de ellosa la vista de los asombrados musulmanes...

»Estos permanecieron largo tiempo sin saber qué hacersesumidos en lamayor perplejidad. Su primera ideala más obviadebió ser indudablementeadelantarse a todo lo largo del montecon dirección al marpara arrojar anuestras tropas de los puntos a que habían subido y estorbar el paso de lasotras por la playa. Pero también esto había sido previsto por el generalO'Donnelly el cuerpo de ejército del general Ros avanzaba ya valle arribacomo si intentara atacar el campamento de los moros o situarse a su retaguardia.

»El enemigo no podíapuesmoverse sin grave riesgo de ser envuelto por elgeneral Rosquien iría a encontrarse con el SEGUNDO CUERPO detrás de MonteNegrón dejando así encerradas este montelas tiendas de losmarroquíes y todas sus fuerzas en una especie de círculo de hierro.

«Semejante estratagema era demasiado familiar a los moros para que cayesenen la redpues equivalía a la famosa media luna que constituye la basede su tácticay que tan completos resultados les diera hace tres siglos contrael heroico e infortunado rey D. Sebastián... Guardáronse muy bienporconsiguientede avanzar hacia la costa; yresignándose a dar por perdido el MonteNegrón acudieron a impedir que continuase avanzando el TERCERCUERPOdel que temían intentase una embestida contra sus tiendas...

»El general Ros comprendió este recelo de los moros; yciñéndose a lasinstrucciones que tenía del general en jefelos mantuvo en su error todo eldíasimulando ataques y exagerando sus operaciones hacia la derecha; hastaquea la caída de la tardecuando ya no vio en el valle ni un solo soldado delos demás cuerpos de ejércitoemprendió una retirada habilísimaque losmoros no echaron de ver sino cuando el último batallón del TERCER CUERPOtomaba el camino de la playa y se escapabacomo todo el mundopor eldesfiladero de arena.

»Tal fue aquella graciosa cuanto memorable jornada.»

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Comprendo que el anterior relato os haya sorprendido tan agradablemente comoa mí. Creo que no puede darse mayor fortuna ni mejor inteligencia de laguerra... ¡Ahí tenéis una gran batalla ganada por el arte militarsinderramamiento de sangrey doblemente ventajosapor tanto!

Ni terminan aquí las cosas notables que han ocurrido durante mi enfermedad.

Además de las mencionadas acciones del 4 y del 6y de la que ayer 10contemplé yo a lo lejos desde el vapor Barcelonatenemos aún otra del8. Referiré ligeramente estas últimasaunque no sea más que para conservarla ilación de la marcha de nuestro ejército desde Ceuta a Tetuány para que mi DIARIO encierre la cronología completa de los hechos memorablesde esta campaña.

Pero antes permitidme que os cuente una interesantísima escenaocurrida eldía del paso de Monte Negróny la cual he oído referir lleno deorgullocomo español y como cristiano.

Fue el caso que cierta guerrilla nuestra divisó una humilde choza al pie delmontey corrió a ellacon el fin de saber si daba albergue a más o menosenemigos agazapados.

En efectoera así. No bien nuestros soldados estuvieron cerca de la chozacuando salió de ella un moro armado de su espingarda; hízoles fuegoaunquesin herir a ningunoy huyó por las cumbres del monte con dirección alcampamento mahometano...

Los nuestros siguieron avanzando impasiblemente hacia la choza; y ya tocabana ellacuando vieron aparecer a una mujerjoven aún y de rostro simpáticola cual llevaba de la mano a dos tiernos niñosque lloraban desconsoladamenteasiéndose a la pobre túnica de su madre.

Esta se adelantó hacia nuestros soldados pálida y llorosapidiéndolespiedad con reiteradas súplicas en palabras árabes que ellos no entendíanpero cuyo sentido tono llegaba a su corazón...

Los españolespor toda respuestaabrieron sus morralessacaron galletayla repartieron entre la madre y sus hijos. En seguida hicieron seña a laagradecida mujer de que les siguiera por la montaña arriba; pusiéronla a lavista de su esposo; indicaron a estetambién por señasque bajase sincuidado a recoger a su familiay se despidieron de los asombrados africanoshaciendo antes algunos cariños a los pequeñuelos...

Estos reían y saltaban yacomiéndose la galleta; el padre bajabalentamente del montecomo si le pesase sobre el corazón el remordimiento dehaber disparado su espingarda contra aquella gente tan buena; la madre llorabade gratitud y señalaba al cielorepitiendo el nombre de Alahy lossencillos cazadores se incorporaban a su Batallóncontándose unos a otros elhechocomo si no lo hubieran realizado juntos.

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Conque vamos a la acción del 8tal y como acaban de referírmela miscompañeros de tienda.

Sabéis ya quedespués del paso de Monte Negrónnuestros soldadosacamparon del lado acá de dicho promontoriocerca de la playay losmarroquíes una legua más arribasobre la misma sierra.

Así se pasó la -noche del 6.

La mañana del 7y ya con un temporal horriblelevantó otra vez el vuelonuestro ejércitoadelantándose entre la mar y las famosas Lagunas de lassanguijuelas (que tanto producto rinden al emperador de Marruecos)hastavenir a colocarse en las colinas que preceden al pantanoso valle en que escribollamado Río Azmir por los morosy Campamento del Hambre pornuestras tropas.

El enemigo siguió paralelamente el movimientosiempre a una legua denuestro flanco derechoplantando sus tiendas al mismo tiempo que nosotroscualsi ambos ejércitos caminasen en busca de un terreno bien acondicionado paravolver a medir sus fuerzas.

(Todos estos movimientos y los sucesos posteriores hasta el día 10deben yaser vistos al través del aguacero espantoso que ya conocéis. Tenedlo enmemoriaahorrándome así continuas advertencias.)

El 8a la una de la tardepresentáronse algunos grupos de moros por lasalturas fronterizas al campamento del SEGUNDO CUERPOcuyo mando se habíaconferido la víspera al general Prima causa de la enfermedad del conde deParedesentrando a mandar la DIVISIÓN DE RESERVA el general D. Leoncio Rubín.

El intento del enemigo parecía ser apoderarse de nuestras acémilas (quepor la escasez de cebadapastaban en los vecinos valles); ypara ellofingióun ataque por el lado opuestoocupando unas alturas a nuestra espalda.

El general Prim adivinó aquel propósitoydesentendiéndose por elmomento de la falsa e inútil acometidadispuso que el regimiento de Castillaavanzase a ocupar los cerros de nuestro frentemientras que los cazadoresde Alba de Tormes se encaminaban a los valles en que pastaban lasacémilas.

Ya era tiempolos rapaces moros se habían apoderado de algunas caballeríasy procuraban volver a ganarsin ser vistoslos montes de la derecha. Pero unacompañía de dichos cazadoresdesplegada en guerrillaobligoles con susdisparos a huir en precipitada fuga y a abandonar el robo.

Entretanto los enemigos se presentaban en mayor número que al principiocomo si aquella ligera escaramuza les hubiese metido en ganas de pelear.Rompieronpuesun fuego desordenado en varios puntos de una extensa líneaalque solo contestaron nuestras guerrillas; pero con tal éxitoque tuvieron araya toda la tarde a fuerzas muy superiores de Infantería y de a caballo.

Este tiroteo duró hasta después de las cincohora en que la artilleríadel TERCER CUERPO metió algunas granadas entre la caballería enemigacuyaextraordinaria movilidad fatigaba a los de Alba de Tormes. Convencidosentonces los jinetes árabes de que nuestros proyectiles corrían más que losmejores caballostuvieron por conveniente volver a su campamentollevándosepor delante a su castigada infantería.

Nuestras pérdidas fueron un soldado muertodos oficiales y veintiochosoldados heridosy diez contusosentre ellos un oficial.

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El combate de ayer10fue mucho más serioaunque bastante parecido alanterior.

El teatro era el mismoe igual también el plan de ataque y defensa de ambosejércitos; pero todo se verificó en mayor escalaconstituyendo un hermosotriunfo para nuestra bandera.

Según me refiereneste combate (que nosotros vislumbramos desde el vapor Barcelona)dejará memoria por las brillantes acometidas de los batallones de Castillay de Toledo quienes cargaron en masa a un mismo tiempo por dospuntos distintosarrollando cuanto encontraron delante y entrando cinco veces ala bayonetados de ellas contra la caballería marroquí.

Los generales PrimOrozco y D. Enrique O'Donnell dirigieron este audazmovimientoque decidió de la acciónsiendo tan completo nuestro triunfoquecontra la costumbre de los morosni uno solo persiguió a nuestras tropascuando estas se retiraron a la noche de las remotísimas posiciones que habíanocupado.

Nuestras bajas fueron bastantes; pero las eclipsa la gloria que alcanzaronlos regimientos de Castilla y de Toledo. Ypor lo demáslosciento sesenta heridos y trece muertos que tuvimos que lamentarcostaron a losmoros quintuplicadas pérdidas; puesaparte de las que les causó nuestrainfanteríahubo momentos en que treinta y cuatro cañones vomitaron a la vezsobre el enemigo una verdadera lluvia de granadas.

¡Ysin embargovolverán!

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Conque henos ya al corriente de todo lo acontecido durante mi ausencia delejército.

Hoy no ha ocurrido novedad digna de mencióncomo no sea el desembarque devíveres de que ya hemos hablado. Puedopuesdaros las buenas noches.

¡Ah! Se me olvidaba... El guardia civil me ha regalado mi caballoolo quees lo mismome ha perdonado generosamente el fabuloso precio de la fanega decebada. He vueltopuesa abrazar a mi pobre Áfricano como señorsino como amigo.

¡Nadie sabe cuánto llega uno a amar en la guerra a su caballo; a estecompañero de penas y fatigastan humilde y resignado para servirnoscomovaleroso y soberbio en la pelea; que participa de todos nuestros peligrosy queno disfruta ninguna de nuestras glorias!

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Aún cojo la pluma por segunda vezdespués de haberla soltadopara decirosen confianza queprescindiendo del patriotismo y de la poesíami calabozoalfombrado de Ceuta era mucho más confortable que mi templo pantanoso deRío Azmir...

¡Qué frío!¡qué viento!¡qué humedad!...y ¡qué mala cena!

Sin embargoprefiero dormir aquí.



 

- XXV - El Río Azmir. -Curiosidad del poeta. -Nostalgia del hombre.-Otro combate. -Más prisioneros. -Preparativos de marcha. -Conjeturas.

12 de eneropor la mañana.

Río Azmir... Así se llama (según parece) el pantanoso valle quedominan nuestros realesy con tal nombre se aparecerá toda la vida a laimaginación de los que han padecido o batallado en estos sitios. ¡Doscombatesy el que principiará dentro de una hora (pues los moros empiezan aasomar por las alturas); un temporal sin ejemplo; las privaciones y lasenfermedades que aquí se han sufridoson recuerdos imperecederos que pasaránde padres a hijosy que la historia inscribirá en sus páginas!

Por lo demásmuy pronto (quizá mañana) abandonaremos estos lugaresqueya no volveremos a ver sino en sueños. Sus fragosos montes y anchos pantanosseguirán solitarios y desatendidos. Una vez dominado Cabo Negronosencontraremos en país habitadoentre una ría navegable y una ciudad populosaen contacto inmediato con nuestras naves y cerca del término de nuestraperegrinación.

Entonces acabará el laborioso prólogo de esta campaña. Dígoloporque nilas acciones dadas en el Serrallo y Sierra-Bullonesni la mismabatalla del día 1.º de enero nos han revelado por completo la índoleelnúmero ni los planes de los marroquíes. Vendránpuessucesos yespectáculos que nos hagan olvidar estos accidentales campamentos. El verdaderodrama no ha principiado todavía. La curiosidad del artista y del poeta hacarecidopor lo menos hasta ahorade emociones y misterios extraños a lacivilización del occidente. Aparte de los mismos morosde sus trajes yfisonomíasde su aspecto exterior y manera de combatirnada hemos encontradoque nos sorprenda y maravillesino montes desiertos y algún que otro morabitoarruinado. Los hogareslos muebleslas costumbreslos niñoslas tierrascultivadasla religiónla industriala mayor o menor civilización de estasgentessu vidaen fines aún para nosotros un secreto.

Hablo como vulgocomo humilde soldado; prescindo de lo que haya podido leeren otros tiempos acerca de este paísolvido completamente lo aprendidodesconfío de ello. Yo vengo aquícomo la generalidad de mis compatriotaslibre de perjuiciosdesprovisto de datosdecidido a no subordinar mi criterioal ajenodispuesto a observar por mi propia cuentaa creer solamente lo quevea y toquea reflejar sencillamente aquello que me salga al pasosea regla oexcepciónmera apariencia o indubitable realidad.

Yopor mino sé más sino que en España hubo moros durante setecientosaños; que vivieron en mi pueblo nativo; que creían en Mahoma; que loescribieron así sobre los muros de la Alhambra; que los Reyes Católicos losdestronaron; que Felipe III los arrojó de la penínsulay que se refugiaronaquídonde tenían su parentela. Recuerdo además que mi imaginación de niñose forjaba a los musulmanes y su vida y costumbres de un modo determinado yprecisocuyos componentes eran: trajes blancostalaresrostros atezadosojosde fuegobarbas negraslujosas armasindolentes posturasmuelle existenciavoluptuosas danzastechos caladoscolumnatas aéreasblandos cojinesfrescospatiosaguas bullidorassilenciosas mujereshumeantes pebeterosaire cargadode terror y deleitecalorsilenciopuñaladascaricias...

Averiguar si en pleno siglo XIX puede ser realidad corresponder a tantapoesíatal es mi curiosidad en Áfricatal el empeño de mi imaginaciónpormás que mi corazón de español y de soldado persiga ideales más severos.

Ahora biencuanto llevo observado hasta ahora confirma mis ilusiones yesperanzas... ¡El misterio musulmán subsiste todavíay mañana o pasadomañanaal dar vista al valle de Tetuánempezará a hablar la esfingesarracena!

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Pero volvamos a lo presente.

Los moros siguen coronando los vecinos montesy los indicios de un próximocombate son cada vez más seguros.

El general en jefe sale de su tienda con los anteojos en la mano; busca unpunto que domina todo el espacio en que puede entablarse la accióny se pasaveinte minutos estudiando la disposición del terrenolas idas y venidas delenemigosu número y sus intenciones.

Entretantocunde por el campamento la noticia de que va a haber fuego; perono cunde en son de alarmani rápida y atribuladamentesino de un modo naturaly sencillocomo si se tratara de que el tiempo amenazase lluvia.

Esta comparación es exactísima. Miradsi noa los soldados y a losoficiales consultando las montañascomo pudieran consultar la atmósfera. Casitodos han salido de sus tiendaso avanzado a los parapetosdesde dondeexaminan el horizonte.

Los asistentessin que nadie lo mandeempiezan a ensillar los caballos;otros se apresuran a hacer el almuerzoy algunos se frotan las manos con ciertogustoadivinando que su capitán o su coronel pasarán todo el día fuera decasay que elloscon motivo de tener que guardarlase quedarán campando porsu respeto. En cambiootrosmás guerreros que marmitonesabandonan el fogóny requieren sus armascontando con que sus amos les permitirán tomarparte en la refriega.

En estoel general en jefe ha formado ya juicio acerca del ataque que meditael enemigo y del plan más conveniente para rechazarlo.

Dos o tres de sus ayudantes parten con órdenes para los generales de cuerpode ejército. En su consecuenciauno se pondrá sobre las armasotropermanecerá indiferente como si no hubiera acción; este adelantará fuerzas atal altura; aquel las situará donde no las vea el enemigo hasta cierta horaetc.etc.

Mientras tantolos moros no pierden su tiempo. Largas y tortuosas hileras deblancos fantasmas se deslizan por entre las rocas y los árbolesfraccionándose en pequeños grupos; todas las alturas y laderas importantes sona arcadas por su extensísima línea semicircular; algunos jinetes conbanderines corren por valles y cerros transmitiendo órdenesy el CuartelGeneralo como se llame entre ellosse sitúa lejos del alcance de lafusileríasobre un punto que domina el campo de batallay del cual no semoverá... hasta que lo echemos a cañonazos.

¡Atención! Nuestras cornetas empiezan a tocar llamada y tropa.

Ármase un verdadero remolino en los campamentos. Los soldadosrevueltos yconfundidos antescorren en varias direcciones buscando su fusil y su manta.

No todos los cuerpos son llamados a las filas... Por eso cada uno tiene sucontraseña de cornetay al oír el toque todo el mundo pone el oído alviento...

-¡No es a mí!... -dicen algunossin alegrarse por elloy tornando algrupo de los ociosos...

-¡Eso va conmigo!... -exclaman otros sin entristecerse...

Y corren hacia una muerte muy posiblesin decir «adiós» a suscompañeros.

Ya se ven muchas masas compactas y uniformesalineadas del propio modo quesus respectivas tiendas... Las bayonetas relucen a solformando grandes cuadrosde acero. Un silencio solemne ha sucedido al alboroto de la holganza.

Algunos coroneles y comandantes andan a caballo de un lado a otrodisponiendo el orden de salida de las tropaseligiendo las que han de marchardelante y las que han de ir de reservadesignando su puesto a las guerrillassituando los batallones de modo que se muevan y desenvuelvan desembarazadamentey dando tiempo a los que no han comido el rancho de que tomen un frugaldesayunocon el fusil en una mano y la cuchara de boj en la otra.

La artilleríapor su parlemonta los cañones sobre las mulas o enganchalos tiros a las baterías de posicióny pasa una ligera revista demuniciones. Los ingenieros cogen sus herramientaspara abrir caminos en casonecesario. Los facultativos se cuelgan sus grandes carterasprovistas deinstrumentos quirúrgicoshilas y vendajes. Alístanse los botiquines. Loscapellanes sacan de su pecho la imagen del Crucificado. El dibujante afila suslápices. El cronista escribe en su libro la fecha y la hora en que principia lanueva acción. Las camillasen finson armadas en un momento. ¡Nada falta yapara dar principio al espectáculo!

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Una hora después.

Son las doce y media de la mañana; hace un apacible y esplendoroso día desol; la temperatura convida al esparcimiento por los camposa las excursionesdeleitosasal amor y a la dicha.

El marel cielolos húmedos y verdes pradostodo reverbera una plácidaluz que predispone el alma al olvido de las penas ni a la esperanza de otrosventurosos días...

Es la hora de pasear en Granada por la Carrera de las Angustias o de tomar elsol en el camino de Huétorla hora de seguir por los bosques de naranjos delas Delicias de Arjona a las arrogantes sevillanas; la hora de lucir uncaballo inglés por la Fuente Castellana de Madrido de buscar la soledad conuna mujer queridaya por la Rondaya por la Moncloadejando parada laberlina en alguna alameda melancólica y deshojada. Es la hora de salir de casalimpiopaqueterozagantecon el segundo cigarro del almuerzo entre los dedosy la apuntación en el bolsillo de las visitas agradables que se pueden hacer.Es la horaes la estaciónes el día propio para recibir miradas de amoropara acompañar a tiendas a la reciente esposao para llevar a los pequeñuelosal parterre del Retiroo para tenderse perezosamente en solitariaspraderas y colocar sobre la marchita hierba el libro predilecto o el pliego depapel blanco que ha de convertirse en una anacreóntica...

¡Oh Patria! ¡Ohdulce nombre! Aireluz y cielo que presenciasteis mispasadas agitaciones; astros eclipsados en el horizonte de mi vida...amoresesperanzasentusiasmosllantos y furores...¡heme aquí separado de vosotrospor el marsin otra felicidad que la bárbara armonía de los combatessinlágrimas en los ojos ni blandura en el corazón; sentado en la hierba de unsuelo enemigocuya posesión tenemos que disputar con las armas a sus dueños;escribiendo estos renglones en mi álbum de viajeen tanto que comienza unanueva luchay sólo dispuesto a comprender y elogiar la irala fuerzaelexterminio y la crueldad!...

Pero ya suenan los primeros tiros... Adiósamigos... Hasta la noche... ¡Yperdonad al pobre soldado el que se haya acordado un momento de que es poeta!

A las ocho de la noche.

¡Adelantepor Cristo y por Santiago! ¡Estoy de un humor excelentísimo!...¡Buena lección acaban de recibir los moros!

¡Ohsí!... La jornada de hoy ha sido magnífica. ¡Y mejor aún será laque nosotros preparamos para dentro de un par de días! ¡Decididamenteloscombates afortunados constituyen la verdadera alegría de la guerra!

Ahora son las ocho de la nochees decirhace dos horas y media queanochecióy este es el momento en que regresa el general Prim a nuestro campo.

El incendio de algunas chozas próximas al campamento marroquí ha alumbradola vuelta de nuestros victoriosos batallonesverificada con el mayor ordenapesar de que emprendieron la retirada mucho después de anochecido.

Los pertinaces morosque con tanto aparato vinieron a atacarnos estamañanahan sido corridos por el bravo conde de Reusque no los ha dejadodescansarllevándolos de monte en monte y de barranco en barranco hasta leguay media de nuestras avanzadas.

¡Y milagro es que tan pronto hayan vuelto nuestros batallones! Los soldadoscerca ya de anochecerdistinguieron el campamento enemigo como a media legua dedistanciaylo mismo que en la batalla de los Castillejosentraron en codiciade apoderarse de él...

Ha sidopuesnecesaria la experiencia de lo ocurrido aquel día para noceder a la tentación y al deseo manifiesto de las tropas. Pero el conde de Reusoyó los consejos de su buen sentidoyviendo que era de noche y que estabamuy alejado de sus trincheras y del camino que ha deseguir el ejército pasadomañana para ganar a Cabo Negrodespidiose con pena de aquellasblanquísimas tiendas cónicas quepor segunda vez en esta campañaleconvidaban al asaltoy tomó pensativo el camino de su tiendaa retaguardiade sus batallonescuya vanguardia ocupaba siete horas antescuando iba enbusca del enemigo.

Estas siete horas han sido de tribulación para los temerarios islamitas. Yono los he visto huir ningún día tan desesperadamente como hoy. Mientras que laacción estuvo limitada a un tiroteo de guerrillasla actitud de sus infantes yjinetes fue audaz y decidida como en todas ocasiones; pero desde que sonó eltoque de ataque y los batallones de Arapiles y Llerena se lanzarona todo correr en pos de elloscabilas y moros de reypeones y caballerosapelaron a la fugaseguidos de nuestros bizarros cazadores.

¡Vive Dios que era un magnífico espectáculo! Por la primera vez veía yo anuestras tropas atacar en masa... Figuraos seiscientos u ochocientos hombresformando un cuadro perfectamentemoviéndose como un solo sercorriendo sindescomponersesubiendo y bajando a merced del terrenoy arrollando cuanto seopone a su camino... Hay momentos en que imagináis estar marcadopues veiscaminar la superficie de la tierra; otros en que os parece que el batallón vaembarcado en un extenso trineo; otrosen finen queal ver relucir y marchartantas bayonetas hacinadasrecordáis las torres y catapultas de las antiguasguerras.

Dos han sido los batallones que han atacado de esta manera en la acción dehoy: Arapiles y LIerena; los mismos que ya he mencionado. En la accióndel día 10 ofrecieronsegún me dicenel mismo imponente aspecto los de Toledoy Castilla. Yen una y otra accióna voto de los oficiales extranjerosque van entre nosotrosnuestra infantería ha eclipsado a todas las de Europapor el ordenbríoligereza y marcialidad del ataque.

¡Oh! ¡Si supierais cómo electrizan el alma y enardecen el corazón talesmomentos! El vehemente alarido de las cornetas hace perder el juicio; los vivasa España y a cuanto la representa inundan el pecho de afectuoso y santojúbilolos estampidos de la pólvora entonan y vigorizan los nervios; lacarrera precipitada dilatay enciende la sangre en las venas; la proximidad delenemigo anima al brazo de tal modoque parece que vive y palpita uno hasta enla punta misma de su espada. Si vais a piea cada paso creéis haber hechoesclava vuestra a la tierra que dejáis atrás; si vais a caballose os figuraque el noble bruto experimenta lo mismo que vosotrosy que ni siente la fatigani el hambreni el castigosino que desprecia las balas y la muertese creesuperior a toda resistenciay no se ve en el campo de batalla otro peligro quela ignominia del ocio o la vergüenzade la fuga...

¡Grato es cenarpor mal que se cenedespués de experimentar todas estascosasyen verdad sea dichono comprendo como estaba yo de mal humor estamañana!... ¿Qué dicha mayorpara el que leyó febril y enternecido la Ilíadao la Jerusalénel Robinsón o La AraucanaLosLusiadas o la Conquista de Méjicoque ver presentes y vivientesaquellas empresas extraordinariasaquellas lides con misteriosos ejércitosaquellas aventuras de los paladines de Cristo en tierra infielaquellas luchascon la naturaleza y con lo desconocidoaquellos poemasen finen que todo sesacrificaba a la gloria?

Pero os hablaba de cenar... Esto quiere decir que tengo mucha hambrey queos escribo mientras allá guisan un potaje quesi lo vieraisos haría llorarno comprendiendo que personas medianamente criadas lo consideren una especie deambrosíadigna de los inmortales del Olimpo... Bastapuesde músicacelestialy acabemos por hoy.

Nuestras pérdidas han sido un muerto y cien heridos... Las del enemigotremendas. ¡Sólo la artillería les habrá hecho arrepentirse de su nuevaintentona! Todos hemos visto caer nuestras granadas en medio de su caballeríahaciendo rodar a hombres y bridones en espantosa confusión...

Recuerdoen particular (por lo fantástico del asunto)un caballo blancoherido y sin jineteque ha estado toda la tarde de pie y sin moverse en lo altode una colina... ¡Si vierais qué efecto hacía aquel pobre animalinmóvil ycomo petrificadosobre la redonda cumbre de la montañadestacando su trágicasilueta en los esplendores del crepúsculo! Parecíase a Pegasopronto aremontar su vuelo; o parecía más bien el monumento conmemorativo de unabatalla perdida por algún gran puebloy recordé aquellos versos de Dante enque compara a Italia a un caballo ensillado y apercibido a la luchapero sindueño que lo guíe a la victoria...

Mas sin querer vuelvo a la poesía... Tornemos a la realidadypues que setarda la cenahablemos de otra cosa que os interesará mucho.

En el combate de hoy se han hecho tres prisioneros. A los tres los he vistoy a cuál me ha maravillado más.

El primero fue un adolescentecasi un niño; pero fuerte ya y recio como unaencina de pocos años. Tres soldados le trajeron a la presencia del general enjefeabriéndose paso con dificultad por entre un remolino de curiosos que seagolpaba a contemplarlo.

Venía herido de bala y de bayoneta; toda su vestimenta se reducía a unjaique que había sido blanco; su cabezadescubierta y peladaestabamaterialmente bañada en sangrey una de sus orejas colgaba sobre el hombro deuna manera horrible.

Era mulatopero de rostro bello y expresivo. La fortaleza de sus miembros ysu atroz apostura sólo podían compararse a la inocencia de su límpida miraday a la suavidad de su semblante infantil. Tendríaa lo másdieciséis años.

El pobre mozo olvidaba sus hondas heridas en medio de la curiosidad infantilque le infundía nuestro campamento. Marchaba por su piecon cierta impavidezindeliberada y sencillacomo si para él fuese cosa natural ver destrozado sucuerpo; ylejos de quejarsesonreía con gracia a nuestras tropas...

Ya cerca del cuartel general de O'Donnellocurriósele a un soldado que elprisionero debía de tener hambrey le alargó una galletadiciéndole enespañolcomo si el marroquí hubiese de entenderlo:

-¡Andacómetelaque no tienenada malo!...

El joven musulmán no había esperado a que le instaseny devoraba ya conansia la galleta.

A mí me causó admiración y lástimaaquel inocente hijo de lobosque atan tierna edad se batía ya por su patriacon heroísmosufría el hambre conindiferenciaderramaba su sangre sin reparar en ellopenetraba por entrenuestras tiendas sin recelo algunoy comía tranquilamente el pan del enemigobendiciendo acaso al que se lo diera.

Así llegó delante del general en jefe.

O'Donnell empezó por sonreírse benévolamentecomo todo el mundoalencontrarse enfrente de semejante militar.

-Perohombresi esto es un niño -exclamóvolviéndose a su Estado Mayor.

El marroquíentretantomiraba a un lado y a otrosin apartarse la galletade los dientes.

-¿De dónde eres? -le preguntó el general por medio del intérpreteRinaldyno menos niño que el prisionero.

-Nací cerca de Orán -respondió el mulato.

-¿Y han venido muchos contigo?

-Pocos -contestó el heridomordiendo siempre la galleta.

-¿Y allá arriba? ¿Hay mucha gente? -preguntó O'Donnellseñalando allugar del combate.

-Pocamuy poca.

-¿Y en Tetuán?

-Poca también.

-¡Vaya! -exclamó O'Donnellsonriéndose-. ¡Aunque tan jovensabes tuobligación!

-Te digo que hay poca -repitió el prisionerosonriéndose a su vez.

-¡Nos es igual!... -exclamó graciosamente el conde de Lucena.

En seguida continuó:

-¿Tenéis muy lejos vuestro campamento?

-Cerca...cerca...cerca... -contestó el astuto moromirando haciaponientey como atrayendo los sitios con un ademán lleno de expresión.

-¿Y cómo se llama el general que os ha mandado hoy?

El marroquí vaciló un momento.

El intérprete repitió la pregunta dos o tres veces.

-Muley-el-Abbasel hermano del Emperador -respondió al fin el jovenconvisible respeto.

-¡Gracias a Dios que has dicho algo que sea cierto! -repuso O'Donnell-.Anday que te curen.

Y volviéndose a los soldados que lo habían traído:

-¿Quién cogió este prisionero? -preguntó afablemente.

-Mi general -dijo un caboterciando con gran respeto en el asunto-: primerolo hirió aquélluego lo persiguió estey por último le echó mano esteotro.

O'Donnell mandó recompensar a los tres y volvió a la trincherareposadamente.

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Al segundo prisionero lo vi en el hospital de sangre. Tenía destrozado elmuslo derechoy debía de padecer mucho. Era un verdadero moroesto esunmoro de novela. Su cabeza bellísima estaba pálida como la muerte. Sus ojosnegros miraban con recelo y amargura. Sus dientes de marfilapretadosconvulsivamenteno dejaban escapar ni el más leve grito. Tenía una hermosabarbanegra como el azabachey vestía con cierto lujo: calzón blancoropónencarnado y jaique de lana un poco ceniciento. Su espingardatambién lujosaestaba aún en manos del soldado que lo había herido y hecho prisionero.

Primero pidió agua y luego panalegando que no había comido hacía dosdías.

Mientras le curaron la fractura del fémur miraba ansiosamente alfacultativocomo significándole que le mortificase lo menos posible; y lossoldados que asistían a esta escena (esperando a que enrasen a los moros paramostrar sus propias heridas) exclamaban con generosa naturalidad:

-¡No le haga usted mucho dañoque es un valiente!

El médicopor su partele sonreía con bondad; le enjugaba el sudor delrostro; le daba a oler sales vivificantesy empleaba en la operación el mismocuidado que si se tratara de un hijo suyo... ¡Fue tal esta escenaque el duroy salvaje prisionero sintió ablandarse su bárbaro corazónycogiendo lamano del facultativose la besó repetidas veces!

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El tercer prisionero era un anciano de blanquísima barba y austerosemblante.

Venía agonizandoy la cura de la ancha herida que le atravesaba el pechoacabó de agotar sus fuerzas. ¡Tampoco se quejaba!

Una vez terminada la dolorosa operaciónel viejo moro se envolvió en lamanta con que lo cubrierony se acomodó en la camilla como un hombre que sedispone a dormir...

Poco después fue a preguntarle un intérprete si quería algoy leencontró inmóvil y frío como una estatua. Estaba muerto.

Conque hasta mañanaque la sopa está en la mesa; opor mejordecirel potaje está en el suelo.

Día 13.

Lo pasamos racionándonos y disponiendo armas y bagajes para el ataque y pasode Cabo Negro.

La mar está tranquilay nuestros buques han descargado ya sobre esta playamontes enteros de sacos de arrozde cajones de galletade cajas de municionesy de fardos llenos de tocinobacalao y otros preciosísimos artículos...

Decididamente partiremos mañanaantes de ser de día.

Imaginaospuesla doble expectativa de temor y curiosidad que nos agitaráhoy a todos... Mañana va a romperse el enigma... Mañanaa estas horas yahabrán visto a lo lejos a Tetuán los que no hayan cerrado sus ojos a lavida en las fragosidades de Cabo Negro.

¡Tetuán!... He aquí la Atlántida que perseguimos hace dos meses; heaquí el término de nuestra peregrinaciónhe aquí la ciudad que se nosaparece en sueños todas las noches.

-Por Tetuán hallaremos el camino para volver a España -dicen unos.

-Por Tetuán ascenderá España a la cumbre de su gloria -exclamanotros.

-En Tetuán terminará la guerra -opinan algunos.

Tetuán o la muerte! -murmuran todos.

Considéresepuesel afán que sentiremos por llegar a la cúspide de esosmontespor asomarnos al próximo vallepor fijar los ojos en la ciudadansiadaen la ciudad prometida...

Aparte de esto (y aquí entra la parte de temor)el paso de Cabo Negro hade ser disputadísimo. Los moros habrán conocido que anduvieron muy torpes enla defensa de Monte Negróny tratarán de remediar mañana sufalta. Por otra parteahora no cuenta el general O'Donnell con un istmo dearena por donde pasar la artillería rodada y todo el ejércitovaliéndose deestratagemas y simulados ataques; pues Cabo Negro se levanta como unamuralla cortada a pico sobre el mary está adherido por el otro lado a SierraBermeja.

Serápuesmenester asaltarlo de frenteabrirse paso a viva fuerzabuscarel desfiladero más suaveconstruir un camino para la artillería...y todoello bajo el fuego del enemigo... ¡Esni más ni menosel paso de lasTermópilas; y los moros no son trescientoscomo los espartanos que acaudillóLeónidassino millares y millaresque se aumentan diariamente!

¿Y después? ¡Después... lo desconocido! Desde que se pensó en estaguerra estamos oyendo hablar de legiones fabulosas de caballería árabe. Alsalir de Ceuta se nos anunciaban doce mil negros de la guardia delEmperador. Al avistar el Llano de Castillejos va se nos había hechoesperar doble númeroque por cierto no pareció por ningún ladoo que seconvirtieron en infantes a causa del terreno. Y desde entonces hasta hoyhemosllegado a oír hablar de veinte mil jinetes árabesde treinta milhasta decuarenta milcontando a las cabilas y a los bereberes...

Nada de esto se ha realizado todavía... Dos mil o tres mil caballos: heaquí lo más que hemos visto hasta ahora siempre mezclados con numerosashuestes de infantería y batiéndose a tiros como ella...

Pero se dice que esto ha consistido en lo quebrado de las sierrasy que lasgrandes masas de caballeríala Guardia Negralos belicosos jinetes del Rifflos nobles caballeros de Fez y de Mequínez nos aguardan reunidos en elanchuroso Llano de Tetuánen número de treinta y cinco mil...

¡Treinta y cinco mil caballos! ¡Verdaderamente serán dignos de versesobre todo teniendo en cuenta los elegantes albornoces y gallardo cabalgar delos marroquíes!... Pero¡diablo!¿quién los resisteaunque solo seanveinte mil.

-¡El cuadro! -responden tranquilamente los veteranos-. ¡El cuadrode Infantería!

Y todo es hablar de Islyde las pirámidesde Alinade Balaklava y deotras batallas famosas...

¡El cuadro! Pero este es otro problema. Yo os hablo con mi franquezaacostumbrada... ¿Mantendrán el cuadro nuestras tropas nuestros quintosde veinte a veintitrés años?

-Un solo soldado que flaquee; uno solo que deje brecha en la muralla deacero; una leve vacilación; un instante de perplejidad y bullicioacaba con elcuadro y con cuantos se encuentren en él...

Esto dicen también los veteranos.

-El cuadro -continúan- es una apretada masa de hombresque presentacuatro caras de bayonetascuatro líneas de fuego. Una pieza de artilleríaocupa cada ángulo. La músicala sanidad y los jefes se encierran dentro. Alaproximarse la caballería contraria se la espera a pie quieto. Si envuelvesirodea completamente el cuadro tanto peor para ellacon tal que nadie semueva de su sitio. Si los enemigos se acercan por todos lados como desatadoshuracanesse les deja llegar. Una vez vistos a tirola primera fila de cadafrente se arrodilladespués de hacer fuegoy aguarda el choque con labayoneta calada. La segunda fila dispara entretanto; y mientras esta cargahacefuego la tercera por entre las cabezas de la segunda. Toda la caballería delmundo no es bastante a asaltar esta formidable fortaleza. Poco importa sunúmero. Los primeros jinetes y caballos que ruedan por el suelo sirven deestorbo a los que vienen detrásy a la segunda o tercera arremetidaya se haformado un parapeto de cadáveres alrededor del cuadro. Rara es la vez enque este llega a usar de la bayoneta; peroaun en ese casosi la infanteríase mantiene firmela misma violencia de los acometedores hace más segura sumuertepues se clavan en el muro de acero de la primera filamientras que lasotras los asan a boca de jarro. Ahora¡si flaquea una filasi se entreabresi no se llena instantáneamente el hueco que deja cada infante heridosipenetra un solo caballo enemigo dentro del cuadrola turbaciónel desorden yel tumulto sobrevienen en seguida; trábase un combate informe y desigual;mézclanse los combatientes de uno y otro bandoy la derrota de la infanteríaes inevitabletotalaterradora!

Ya veis si hay razón para estar impacientes y hasta preocupados. ¡Resistannuestras tropas a esta última pruebay la campaña de África es cuestióndecidida y fallada en nuestro favor!

Hasta aquí los soldados han dado grandes muestras de arrojo y deimpetuosidad... ¡Si su valor pasivoopor mejor decirsu confianza en laciencia de sus jefesraya a igual alturapodremos ir con ellos hasta el findel mundoabriéndonos paso por entre mares de hombres!

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Revolviendo en la mente estas y otras conjeturasvemos llegar la últimahora de la tarde.

Ya están hechos los equipajes y repartidas seis raciones por cabeza.

Entretanto los ingenieros improvisan un puente de barriles sobre el río Azmircuya operación terminarán esta noche a la luz de la luna.

El general de Marina Bustillo (que ha reemplazado en el mando de la escuadraal general Díaz Herrera) se dirige en el vapor Vulcano a la rada deTetuánllevando a bordo al general Makennasegundo jefe del Estado MayorGeneral del Ejércitoa fin de reconocer la ría y llanura de Tetuán. Algunoscañonazos suenan allía los pocos minutos de doblar el Vulcano lapunta de Cabo Negro; pero no tarda en regresar nuestro buque sano ysalvodespués de cumplido su intento. El fuego de cañón que hemos escuchadolo ha sostenido con una batería que defiende la entrada de Río Martín.

El Estado Mayor y los ayudantes de los generales no cesan de llevar órdenese instrucciones la todos los cuerpos.

Las tropas se municionan cuidadosamentedespués de haber descargado ylimpiado sus armas.

Compónense las camillas rotas; embárcanse los enfermosaun los queofrecen menos cuidado; provéense de nuevo los botiquines; alístanse lasmermadas acémilas; inutilízanse las chozas y cuadras construidas durante lasemana que ha permanecido aquí el ejército; desaparecen las cantinas y losfonduchos plantados por algunos impertérritos negociantes que han unido susuerte a la nuestra; échase doble pienso a los caballos; vístese de limpioquien tiene posibilidad de hacerloyfinalmenteacuéstase todo el mundo conla toilette de guerra: con la espuela calzada los jinetes; con labayoneta al cinto los infantes.

La orden general es arrancar nuestras tiendas a las tres de lamadrugada y pasar el río antes de que despunte la luz del día.

- XXVI - Acción y paso de Cabo Negro. -Un aduar. -Divisamos Tetuán.

Día 14 de enero.

 

"Descendía ya el Abencerraje por la Cuesta de los Almendrosadmirando la luz inmensa de aquellos horizontes interminables que seagrandan y multiplican a cada paso desde aquel punto. Deseaba ver Granadaantes que el sol cayese del todo... La ciudad de las mil torres sepresenta a sus ojoscomo por encantotoda entera. ¡GRANADA!gritó elguíaagitando en el aire su sombrero. Aben-Hamet quiere hablar y nopuede; dos torrentes de lágrimas obscurecen su vista; el sol se pone; elcañón de la fortaleza anuncia el fin del día; la ciudad va a cerrarsepronto."

 

(CHATEAUBRIAND.)

Hago el primer alto a un cuarto de legua del lugar en que hemos estadoacampados estos últimos días.

El camino que he seguido hasta aquí corre por la misma orilla del marentresus vívidas ondas y las inmóviles aguas de las lagunas del Azmir.

Apenas es de día.

El ejército está en movimiento hace cerca de dos horas.

Delante de mí distingo todo el SEGUNDO CUERPO (dieciséis batallones)marchando en ordenadas columnas. Pronto llegará a los primeros estribos de CaboNegro.

Detrás de mí quedan el TERCER CUERPO y el de reservala artilleríarodadala caballería y los equipajes.

El general en jefe y su cuartel general pasan en este momento el puente debarriles de que ya he hablado. Los aguardaré aquídonde estoy enteramentesoloen medio de una extensa playaescribiendo sobre el arzón del caballo...

El día amanece claro y apacible; pero creo que lloverá esta tardesegúnel color de algunas nubecillas.

En el suelo de esta desierta playa yacen tendidos de techo algunos soldadosdel SEGUNDO CUERPOque se han quedado rezagados por serles imposible seguir lamarcha... El color de su rostro basta a justificar su conducta. ¡Estánatacados del cólera!

Y ¡qué lástima causa verlosacostados cerca del camino; tapada la caracon el ros (como si se avergonzasen de su mala suerte y no quisiesen serconocidos); reclinada la cabeza sobre el fusil (ya inútil)que tancuidadosamente prepararon anoche; vencidos sin gloria; derribados antes de laluchay confiando en que los batallones que vengan en pos de ellos losrecogerán y trasladarán a bordo de alguna nave!...

A propósito de navesparte de nuestra escuadra ha emprendido también unmovimiento paralelo al de las fuerzas de tierray se dirige hacia la ensenadade Cabo Negrodonde recibirá esta noche los heridos y el parte de laacción que hemos de reñir; cargamento de dolor y gloria que llegará mañanaal amanecer a la madre patria.

Entretanto los moros han notado ya que avanzamosy empiezan a correrse porlas montañas de la derechatambién con dirección al sur...

¿Qué dirán al vernos caminarellos que ya deben de saber quesiempre llegamos adonde nos proponemos? ¡Grande será su desesperación aldarse cuenta de que ni los rudos temporales de estos últimos díasni lasprivaciones que nos causaronni el cólerani tan repetidas luchashanbastado a quebrantar el tesón de O'Donnell!

¡Cuán lenta...sípero cuán seguracuán irrevocable es nuestramarcha! ¡Siempre adelante! ¡Siempre ganandoterreno! ¡Aquí se esquiva unalagunaallá se domina un monte; ora se tienden puentesora se terraplenancortaduras; ya se desecan pantanosya se remueven peñas de sus asientosseculares!... ¡Pero nunca un paso atrás! ¡Nunca la inacción ni la duda!¡Jamás una derrota!

He aquí ya al general O'Donnell y a su Cuartel Generalque se dirigen aindudable teatro de una nueva acción...

-Mucho va usted a tener que escribir hoy... -me dicen algunos al verme lápizen mano.

Pronto los seguiré... Las guerrillas de la División Orozcoque empiezan aocupar las primeras alturasno nos llevan más que un cuarto de legua dedelanterayal primer tiropodré trasladarme allí de un galopea fin deverlo todo por mis propios ojos.

Entretanto acabaré de bosquejar el cuadro de esta importantísima marcha.

La artilleríanegra y pesadacon sus reatas de mulas cargadas demunicionespudo al fin pasar también por el inseguro y larguísimo puente debarrilesque los ingenieros tienen que componer a cada instante.

Como escolta de la artilleríaviene la primera brigada del TERCER CUERPOmandada por el brigadier Cervino.

Las acémilases decirlos equipajesadelantan asimismo por la playa.Tiendasmueblesarmas de repuestoropas; el vidriadolas ollaslas camaslas sillas y mesas de tijeralas maletaslos cajones de vívereslos sacos decebadalos mazos de henolos cartuchosla pólvora de cañónnuestro podernuestras riquezasnuestro hogarnuestra patria...todotodo ha sidolevantadotodo cambia hoy de sitio; todo entra en accióncorriendo el azar dela lucha.

Dentro de un instante el famoso campamento de Río Azmir existiráúnicamente en la historia. Ya solo se ven ir y venir por él algunosasistentes... Ya no debe de quedar nadie dentropues ha comenzado a arder latrincheray un círculo de llamas indica la demarcación de la que ha sidodurante algunos días colonia militar española...

Pero partamos... ¡Acaba de romperse el fuego en las fragosidades de CaboNegroy el tiroteo es cada vez más nutrido!... ¡Dios proteja a los suyos!

Una hora después.

Vamos triunfando... ¡A lo menoshasta ahora todo se declara en nuestrofavor!

La División Orozco ha logrado penetrar por cierta cañada que da fácilacceso a unas medianas posicionesdesde las cuales podremos combatir másventajosamente que esperábamos.

Este paso ha sido de una audacia increíble. ¡Figuraos que ha consistido enmeterse en un laberinto de bosques y cerrossin visible salidadominado entodas direcciones por cordilleras más elevadas!

Es decirque nuestro ataque se ha dirigido al corazón de la sierraal focodel peligroal amenazado desfiladeroen vez de pensar en limpiarlo antes deenemigos tomando las montañas de la derecha.

Esta inconcebible osadía ha dado los más ventajosos resultadospues lacuestión queda ya reducida a cortar rectamente la sierraa abrirse en doscaras desde su centroy a atacar simultáneamente las alturas de la derecha ylas de la izquierda.

Las de la izquierda son más fáciles de tomar por nosotrosysobre todode conservaren atención que los enemigos que quedasen de este ladoal versecogidos entre nuestros soldados y el martendrían que refugiarse al llano deTetuándejándonos dueños hasta de la Atalaya que se levanta al extremo mismodel promontorio.

Las de la derecha son escabrosísimas; están cubiertas de ásperos yobscuros bosques; se encadenan hasta una gran distancia con otras alturassucesivas de Sierra Bermejay será necesario sostener hoy no sécuántos renovados combates para quedar tranquilos por este lado...

Con todoyo doy ya por cosa hecha el temido paso de Cabo Negro.¿Cómo nosi estoy viendo trepar a nuestros soldados por entre setos ymalezastanteando el terreno por todas partesenseñándose unos a otros elcaminovolviendo apenas el rostro para mirar al que cae atravesado por unabalacobrando nuevo brío al ver correr sangre españolaocultandose a vecesdetrás de las peñassurgiendo de pronto ante el enemigo con la formidablebayoneta relumbrando al solardientesimpetuosospenetrados de lo que estánhaciendodel objeto de la operaciónde la idea del general y del éxitoseguro de la empresa? ¿Cómo nosi la bandera española empieza a correr decolina en colinay si cuando dejo de verla un momentoes para distinguirlamás allásobre un monte elevadodonde la saludan marciales himnos y laaclaman vivas arrebatadores?

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He hecho un nuevo altoa fin de apuntar detalladamente en mi cartera elcuadro que tengo ante la vista. Hay lugares y acontecimientos que no quiero fiara la memoriapues nuevas impresiones los eclipsarían o harían palidecerycuando a la noche tratara de recordarloshabrían ya perdido aquel coloraquella animaciónaquella luz en que consisten la verdad y la elocuencia deciertos espectáculos. Así es quemuchas veces prefiero daraunquedesaliñadoslos rápidos bocetos escritos con lápiz en presencia de lossucesosa transmitir luego sosegada y ordenadamente débiles reflejos de unaclaridad medio extinguida.

Oídmepues; observadsentid y reflexionad conmigo en el interesante lugara que he llegado hace un momento...

Estamos en la cañada de que ya he hablado; en la entrada de Cabo Negroy a nuestro alrededor se elevan corpulentos montes exuberantes de vegetaciónque ocultan y sombrean varios hogares africanos... Es decirestamos en medio deun aduarhemos penetrado ya en los escondidos lares de algunos moros;hemos sorprendido el secreto de sus apartadas viviendas... Para muchosestaprimera avanzada de la población marroquíesta pobrísima cortijadaestaaldehuela miserablecarecerá de importancia y de encanto. Para míque vivode ilusionescomo suele decirse; que veo visionessegún otra frase vulgareste asilo de una tribu de pastores

árabes ofrece más interésmás bellezamás poesía que todas lascapitales de Europa.

Yaantes de penetrar aquíalgunos pedazos de tierra cultivada en lasladeras más suaves de los cerros me indicaron la cercanía de país habitado;despuésun alborozado relincho de mi buena Áfricame dio a entenderque había olido algo semejante a su bello idealo sea a una cuadra abrigada ycómoda; por últimoal revolver una ligera coliname encontré con esteprimer nido de moroscon este primer cubil de panteras...

Como supondréistodos sus habitantes han huido. Los fuertes varones quizáguerrean allá arriba en este instante. Las hembras y los niñoscon losganados y lo más indispensable del ajuaremigrarían a las fragosidades de SierraBullonesdesde que el ejército cristiano asomó por encima del RíoAzmír. Aquí quedan tan solo doce o quince cabañas de grandes dimensionesconstruidas con cañas y ramajey apoyada cada una en sólido muro de piedra ylodo.

En medio de ellas tiénese aún de pie un viejísimo Morabito igualal del Otero y al de los Castillejos; especie de ermita o mausoleoedificado hace muchos siglos; que atrajo después a su alrededor a algunafamilia errante de pastores; que dio carácter religioso y acaso nombre a estaexigua poblacióny que hoy se hundecoronado de hiedra y de florescampesinasentre el respeto de los que nacieron a su sombra.

Cerca de ély en el centro de una pequeña explanadahay un pozo con sualto brocal de piedra y una gran pila o abrevadero. El agua del pozo casi setoca con la manoy el brocalaunque tosco por la materia y por la formanocarece de cierta elegancia. Tiene algo de clásicode monumentalde bíblico.Un artista inspirado no lo pintaría de otra manera al trazar el cuadro deRebeca y Eliezer.

Dentro de las chozas no ha quedado ningún objeto que responda a micuriosidad de ver o adivinar la vida doméstica de los moros. Sólo algún zarzode cañascubierto de largas pajas de cebadaconstituyendo un lecho; algúncesto de palmaque habrá sido pesebrey varios cántaros rotosde barrococido y de la forma más común en Andalucíaademás de huellas recientes deganado lanarde camellosde bueyes y de asnosrevelan que hace pocas horasmoraban aquí en paz unos sencillos labriegos y pastorescuya sangre habrá yaregado tal vez la verde sierra en que se criaron...

Pero la belleza efectiva de este paraje no reside en sus accidentes ypormenoressino en su gracioso y pintoresco conjunto. Es necesario abarcar deuna sola mirada y en un solo pensamiento el ruinoso Morabitoa la veztemplo y sepulcro; las prolongadas y parduscas viviendasque parecen arrancadasde un paisaje de Lacroix; el solitario pozo y la extensa pilarodeados dehumedad y de frescura; los corralesdemarcados con frágiles setos deentretejidas ramas; los escasos frutalesdeshojados por el inviernoque selevantan entre las diseminadas chozas; los salvajes alcornoquesque obscureceny cubren de terror y de misterio las ásperas laderas; el reducido pedazo decielo azul que cobija esta cañada; el sol matutino que penetra hoy en elabandonado aduartan gozosa y apaciblemente como en los pasados días detranquilidad y ventura; la intensa luz que se proyecta sobre las cabañas; laslargas sombras que quedan detrás; el vago claroscuro del interior de ellas; lafalta de lontananzas; el silencio de aquí; el estruendo del combateque siguerugiendo allá arriba; esta soledad; aquel tumulto; las desiertas comarcas quehemos atravesado hasta ahora; el asomo de poblaciónde sociedadde familiaque ya nos sale aquí al paso...es menesterdigoconsiderar todo esto a unmismo tiempo y condensarlo en la imaginaciónpara sentir y comprender susindefinibles encantos.

Yoa lo menosal escribir en mi álbum de viajero estas incoherentesfrases; apoyado en el rudo brocal del benéfico pozo que tantas veces habrátemplado la sed de las caravanas; de pie sobre esta tierra que acaban deabandonar los que la llamaban suya y se la agradecían al cieloviendo a micaballo apurar el agua que algún árabe depositó en esa pilay en que hacealgunas horas bebió su ágil trotón que se deja atrás el viento;mirando allásilencioso y mustioun perro fiel echado a la puerta de aquellachoza que guarda aún el calor de la tribu fugitiva...yorepitono puedomenos de recordar mil solemnes escenas del Antiguo Testamentolos viajesextraordinarios por olvidadas regiones que leía o proyectaba en mi niñezlasmágicas leyendas de nuestro inmortal Zorrillaysobre todoaquellos versosde Esproncedaque tanto han hecho soñar a los adolescentes de mi tiempo:

 

Distante un bosque sombrío;

 

El sol cayendo en el mar;

 

En la playa un adüar

 

Y a lo lejos un navío

 

Viento en popa caminar...

Pero esta parada se hace largay nuevas tropas nuestras llegan ainterrumpirme... Es el TERCER CUERPO de ejército.

Dejemos el Artey volvamos a la guerra. La tempestad arrecia sobre esascumbresy muy pronto nuestras guerrillas darán vista a la llanura de Tetuán.

¡No quiero ser de los últimos que saluden la ciudad codiciada!... ¡Adióspueshasta dentro de una hora!

A las nueve de la mañana.

Todavía no hemos dominado completamente la complicada y abrupta cordillera;todavía no hemos podido llegar a sus últimas cumbres y extender nuestra vistapor el llano.

¡Y eso que cualquiera diría que todos los soldados se hallan poseídoscomo yode un afán de poetasde una curiosidad de viajeros! ¡Tal es suimpaciencia por divisar Tetuán!...

¡Qué ardorqué vehemencia en el ataque! No parece sino que la acción dehoy se da más bien por el gusto de ver un horizonte nuevo que por tomar unafuerte posición al enemigo.

Ya falta poco. Los moros huyen de cerro en cerrobatiéndose en retirada...¡Un esfuerzo másy estamos al otro lado de este formidable promontorio!

-¡Cobardescobardes! -oigo gritar a nuestras tropasque ven huir alos marroquíes...

¡Inocentes! debieran decir. Esta belicosa raza está dando hoy muestrasde su completa impericia militar. ¡Cualquier guerrillero de Europacon un solobatallónhubiera disputado días y días el paso por tan quebrado monte a losejércitos de Jerjeslo cual no es negar que nos esté costando mucha y muypreciosa sangre cada colina que conquistamos! ¡Ah! Sí... ¡A la sombra de esoscorpulentos matorrales gimen ya o duermen el sueño eterno cien denodadosEspañoles...

Pero la corneta vuelve a tocar ataque...

¡Ahvalientes! Los dos batallones de Castilla y el de Cazadoresde Simancas se lanzan de nuevo a la carrera... ¡Sigámosles!...

¡Oh gloria! ¡Ya arremeten a la última posición...a la cumbre máselevada!...

¡Arriba! Arriba! Llegó el decisivo momento!

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Ya diviso las agrias y colosales crestas del gigantesco Atlas... Lanieve cubre entretanto sus umbríasypor consiguientela descomunal espaldadel Titán aparece rayada de blanco y negro como la piel de una pantera... Yaveoya mido el espacio y el aire que median entre las dos sierrascuyas aguasdescienden al valle de Tetuán... Ya empiezo a distinguir la nebulosaexplanada que se extiende del otro lado del Río Martínllamado por losmoros Guad-el-Jelú.

Un paso másy...

Pero fuerza es detenernos otra vez... ¡Nutridísimo fuego vuelve a estallaren todas partes!... Es el esfuerzo supremo de la desesperación...

¡Ah! ¡Cuánta sangre generosa enrojece nuevamente la tierra!

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¡Adelante! Los vivas de nuestros soldados ahogan el estruendo de los miltiros y de los mil lamentos que resuenan por todas partes...

Dos o tres banderas españolas ondean en señal de triunfo en medio de lasbalas...

¡Oh! ¡Aquellos han llegado ya!... ¡Tetuán y su campo han aparecidoya a la vista de algunos de nuestros cazadores!...

-¡Viva España! ¡Viva la Reina! -gritan locos de entusiasmo.

-¡Camillas! ¡Camillas! -repiten en tanto lúgubremente los de laderecha.

¡Desgraciados! ¡Caer en el último momento! ¡Caer a dos pasos del términode sus afanes! ¡Cerrar los ojos a la vida cuando ya se entreabría el horizontemostrándoles el anhelado premio de sus trabajos!

Mas ¿quién repara en un hombre más o menos en el momento que la patriaresucita? Alláen las cumbres más excelsas de Cabo Negroresuena la Marcha Real... Nuestros cañones disparan ya sobre el Llano...El horizonte se cubre todo de humo denso...

¡Arriba! ¡Arriba! ¡Un minuto másy venga después la muerte!

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¡TETUÁN!... El Llanoel Ríoel Mar. la AduanaFuerte Martínotro río...otro aún...huertasquintasaduares.... la torre de Geleli

la Alcazaba.... ¡todo ha surgido de una vez ante mis ojos!

¡Todotodo lo abarco de una mirada! ¡Todo se dilata bajo mis pies! ¡Todolo encierro entre mis brazos cuando los tiendo hacia la llanuramurmurando enlo íntimo de mi alma!: ¡GraciasDios mío!

La ciudad no se descubre completamente; pero allá se ven sus torres...¡Allá está medio escondida y como sepultada en los verdes cojines donde serecuesta!

Unas suaves colinasadelantandose por en medio de la llanurasirven como dealmohada a la muelle deidad. Solo se distingue su almenada frentereclinadasobre un blando collado... El resto de su hermosura queda púdicamente escondidoen las ondulaciones del terreno.

¡Pero es ella! En torno suyo agrúpanse jardines y casas de campoartilladas torresverdes y pintorescos cercados llenos de árbolesdilatadísimas vegastres refulgentes ríos; toda la pompa y magnificencia deuna ciudad soberana.

¡Es ella! Montes altísimos la guardan por todos ladosyadormecidadulcemente a la cabeza del extenso valleparece presidir desde su trono elesplendoroso espectáculo que ofrecen la llanurala ríael mar y losgigantescos promontorios que forman su anchurosa rada.

Al llegar a este puntomil escenas análogas acuden a mi memoria y exaltanmi fantasía.

Ya recuerdo el momento en que los israelitas avistaron la Tierra dePromisión después de su largo destierro; ya aquel otro en que Atila asomó consus hordas bárbaras por la cumbre de los Alpes y detuvo su caballo paracontemplar las fértiles llanuras de la Italia que se extendía a sus pies; yael instante en que los indios descubren la gran pagoda de Jagrenatdespués deun largo viaje en que les habían servido de guía los blancos huesos de losmillares de peregrinos muertos en anteriores expediciones; ya la alegría conque los mahometanosdespués de una peregrinación de ochocientas o mil leguasdivisaran las torres de la Meca o de Medinaque tantas veces se les aparecieronen sueños...

Pero la verdadera imagen de mi gozode mi entusiasmo y alegríano debebuscarse en ninguna de esas religiones. Un gran poetaTorcuato Tassolos hadescrito inmejorablemente en su Jerusalén libertadacuando los cruzadosdan vista a la sacrosanta ciudad:

 

Ali ha ciascuno al core ed ali al piede

 

Nè del suo ratto andar però s'accorge:

 

Ma quando il sol gli aridi campi flede

 

Con raggi assai ferventie in alto sorge

 

Ecco apparir GERUSALEM si vede

 

Ecco additar GERUSALEM si scorge:

 

Ecco da mille voce unitamente

 

GERUSALEM salutar si sente!

¡Ay! ¡Cuantoscuántos compatriotas nuestros salieron de Ceuta ansiosos dedescubrir a Tetuány han quedado enterrados en el camino! ¡Cuántosque ven desde aquí la ciudad no penetrarán dentro de sus muros!

Yo no me canso de mirarla... Una leve nieblaque se alza perezosamente delhúmedo llanoempieza a ocultarme su poética imagen... Diríase que un blancoalbornoz morisco envuelve a la bellísima sultana...

Ni sé cómo describirla para que la veáispara que os la imaginéis talcual escon sus montes y sus campiñascon su cielo y su arboladocon suambiente fantástico sus vivísimos colores...

Mas ¿qué dudo? ¿Visteis a Granada desde las alturas de Fajalauza?¿Leísteisa lo menosEl último Abencerraje y la descripción quehace allí Chateaubriand de la Damasco de Occidente? ¡Pues Tetuán es Granda!

La llanuralos términos de su horizontesu coloridosu airesu luzlacomarca en conjuntotodo recuerda completamente la vega granadina. El mismoverdor obscuroigual lujo de frutalesidénticos caseríos en el campo... !Ah!La ilusión es completa. El atlas es Sierra Nevada; Cabo Negro es Sierra-Elvira;Sierra Bermeja y la Torre de Geleli representan las alturas de la Alhambra; esostres ríos son el Darroel Genil y el Beiro...

Pero deliro efectivamente. Demos de mano a las comparaciones y exageracionespoéticasy oíd la descripción real y positiva del cuadro que hemosdescubierto al asomarnos a esta montaña.

Sabéis desde luego que nosotros llegamos a la llanura por en medio de uno desus lados. A la izquierday como a una legua de aquíestá el mar. A laderechay a la misma distanciase encuentra Tetuána la cabezapordecirlo asíse encuentra Tetuána la cabeza del valleaunquebastante inclinado al sur. Desde Cabo Negro a los montes de enfrentehabrá unas tres leguasy atravesados en este intermediocorren los tres ríosde que he hecho mención. Uno de ellosque debe de ser el Martíndesemboca en el marallálejospor una anchurosa y potente ría. De losotros dosel unopobre y humildeda sus aguas al Martín cerca de la Aduanay el otroalgo más rico y mucho más sobarbose comunica directamente con elmaral que rinde tributo no lejos de este promontorio. Por lo demásel centrodel llano y mucha parte de su zona oriental están cuajados de pantanos ylagunas; ya francas y limpias como lucientes espejosya repletas de hierbas queapenas asoman a flor de agua.

En el mar no se ve ni un solo barco. Fuerte Martín se distingue allácomo un fantasma parado en medio de la playa. Cerca de él se divisa otroedificio más pequeñotambién sumamente blancoy que llaman el Almacén.Media legua más arriba veo la Aduanasolitariaespaciosamirándoseen el Martín o Guad-el-Jelú. Por todos lados elévansecorpulentas pitasmucho mayores que cuantas recuerdo haber visto en los reinosde Valencia y de Granada. Subiendo aún más por el llanoy cerca ya de lasmontañasencuéntranse bosques espesísimosque desde aquí parecen denaranjosy entre ellos vense asomar cien pintorescas quintasocomo sidijéramoscármenes al estilo de mi tierra. Después empiezan lashuertaslos cercadoslos brazaleslas acequiaslos cañaverales apretadoslos caminos llenos de sombralos setos insuperablestodo lo cual constituyelas afueras de la escondida ciudad. Por últimocerrando estadecoración al mediodíaálzase el Atlasdescomunal cordillera queestoy citando a cada momentoy queasí por su renombre como por suimportancia realdescribiré detenidamente cuando la vea a menor distancia.

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Mas ya que vemos tantobueno será que nos dejemos ver un poco.Quiero decirbueno será que nos imaginemos lo que se dirá de nosotros alvernos asomar por esta altura. Para ello bastará con que nos pongamos en elcaso de los habitantes de este territorio. Dos meses van a cumplirse desde queprincipió la guerra. Durante este tiempo habrán llegado a Tetuán milcontradictorias noticias acerca de lo que ocurría al otro lado de Cabo Negro.«Los españoles avanzan»dirían unos.«Los cristianos han sidoderrotados» dirían otros. «Ya se acercan»... «Yaretroceden»... «Van a morir de hambre...» «No puedenproseguir...» Todo esto se habrá contado al día siguiente de cadacombate... ¡Y los pacíficos moradores de la ciudad y de su llanura habránabrigado alternativamente temores y esperanzas!...

Hoy ya sabrán a qué atenerse. Esta mañana oirían los primeros tiros a laentrada del valle; después verán huir sus tropas; luego habrán distinguidonuestra bandera en la cumbre de los montesy ahora escucharán nuestros gritosde triunfo y nuestros himnos de gloriapercibirán nuestras relucientesbayonetas que relumbran en las cúspides más elevadassentirán el largotrueno de nuestros cañonesy comprenderíanen finque hemos vencidosiempreque hemos vencido hoyy que nada ha podido ni podrá detenernos...

¡Cuál serápuesel sustola tristezala desesperación de los vecinosde Tetuán! ¡Cuanto les impondrá nuestra aparición inesperada! ¡Quégrandes y poderosos figuraremos en su imaginación! ¡Qué impotente ydesgraciado les parecerá su ejército! ¡Cómo exagerarán la tribulación y elinfortunio que les traemos con nuestras armas!

Mas no por eso os figuréis que ha penetrado el desaliento en las huestesenemigas... Yo hablo solamente de lo que dirán los ancianoslas mujeres y losniños. En cuanto a los guerreros marroquíespertinaces y tercos como nuncapugnan todavía y pugnarán hasta última hora por rechazarnosocuando menospor cobrarnos muy caras nuestras victorias.

¡Ysi noahí los tenéis aúnescalonados en las colinas descendentesque van a morir en la llanura! Miles de ellos corren de un lado a otroluchandocon el tesón de siempre... De cada bosquede cada barranco sale una lluviaincesante de mortífero plomo. El combate está muy lejos de haberse concluido.

Peroasí y todocompadezcamos una vez más a nuestros inocentesadversarios. Los infelices no desconocían la importancia militar de CaboNegro...no. Lo que acontece es que no han sabido aprovecharla. Fijemossinola atención allá abajoy veremos un Reducto construido en todaforma... Pero ¿dónde? ¡Sobre la llanura! ¡En verdad os digo que no secomprende torpeza semejante! ¡Nos ceden el paso al través de media legua depavorosos desfiladerosy acumulan sus medios de resistencia en la salida de latremenda gargantaen una suave colina dominada por todas partesen el últimoescalón del montedonde el terreno no les presenta ya punto alguno a queretirarse en el caso de ser rechazados!... ¡Qué obcecación tan inconcebible!

Por lo demásel Reducto es de primer ordenpues tiene su parapetode tierra y árboles y sus aspilleras perfectamente colocadas. En este momentolo ocupan unos cien moros de a piey en torno suyo giran como quinientosjinetesal parecer muy ufanos de tan risible fortificación...

¡Pronto verán el caso que hacemos de ella! Nuestros ingenieros se ocupan enallanarle el camino a la artilleríay dentro de un rato podremos continuardesahogadamente el ataque hasta bajar a la llanura.

En ella nos aguardan numerosísimas huestes de caballería mora...pero noaquellas fabulosas legiones de que nos habían hablado. Sin duda se habránquedado de reserva para otro día.

En estoya han dado vista al llano por todas partes los restantes batallonesdel SEGUNDO CUERPOel general en jefe y su cuartel general. El TERCER CUERPOque forma hoy la retaguardiaempieza también a invadir estos montesviniendoa su frente el general Ros de Olanoque se hallaba enfermo a bordo de un vapory ha dejado una vez más el lecho en que le retienen sus pertinaces dolenciaspara montar a caballo y buscar al enemigo.

Ocupan la extrema izquierdao sea la altura que linda con el marlos Cazadoresde Figuerasmandados por el comandante Don Francisco Anchorena; sigue elsegundo batallón de Castillacon su jefeD. Antonio Archeagay acontinuación se encuentra el primero de Córdobay a su frente elcoronel comandante don José Claver.

En la derecha se han establecido los batallones primero de Saboyaconsu jefeel coronel Santa Pau; el segundo de Córdobaal mando de sucoronelD. Vicente Vargas; el de Cazadores de Simancas y el de Arapilescon sus respectivos jefesD. Joaquín Cristón y D. Romualdo Crespoy elprimero de Castillamandado por su comandante D. Alejandro Villegas.

Cada uno de estos cuerpos ha necesitado para llegar adonde se encuentrasostener una porfiada luchay dos de los citados jefesCrespo y Villegashanmezclado su sangre con la de los soldados. Mas no por esto dejan de estremecerel aire los himnos patrióticosni es menor el orgullo y la alegría con que secelebra la primera parte de la victoria de hoy...

Y digo la primera parteporque todo empieza a indicar que la lid va arecrudecerse con mayor violencia.

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El primitivo ejército moroquedespués de combatirnos en el Serralloy la Concepciónha venido flanqueándonos desde los Castillejos;el mismo que hemos visto siempre acampado cerca de nosotros; el que nos haseguido como una sombra por Monte Negrónlas alturas de la Condesay Río Azmiratacándonos todos los días pares de este mesa contardesde el 4; ese ejércitodigoprincipia a asomar por las últimas cordillerasde nuestra derecha. Esta mañana levantaría su campo al ver que nosotroslevantamos el nuestro; perosea que los moros hagan esta operación con máslentitud que nuestros soldadossea que hayan traído peor caminoello es quelas huestes acaudilladas por Muley-el-Abbas llegan tarde para ayudar al otroejército moro que nos esperaba hoy en Cabo Negroy que tan fácilmentehemos derrotado.

Y digo que el refuerzo llega tardeporque nuestros ingenieros han tenido yatiempo de construir trincheras en los puntos más descubiertos de nuestralíneay la cien veces benemérita artillería de montaña ha penetrado porintrincados laberintos y subido por ásperas laderas hasta situarse en posiciónventajosadando cara a los enemigos...

Para esto (¡asombraos!) ha sido menester transportar algunos cañones enhombros de los mismos artilleros. ¡Acabo de verloy apenas me atrevo aescribirlotemeroso de que no lo creáis!...

Mas ya se rompe el fuego por la derecha entre las nuevas fuerzas moras queentran en acción y la segunda división del SEGUNDO CUERPOa cuyo frentemarcha el general Primcon su cuartel general.

Sigámosle.

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Su llegada no puede ser más oportuna. El enemigoen crecidísimo númerotrataba de forzar nuestras posiciones y sostenía un fuego certero y nutrido quenos causaba muchas bajas; pero la primera acometida de nuestros batallones leobliga a retirarse al segundo estribo de la cordillera.

Allí se rehace aceleradamenteempeñando un nuevo combate que dura más demedia hora... En él luchan con sin igual denuedo los soldados de SimancasChiclanaArapilesAlba de TormesCórdobaSaboyaToledo y Princesa;es decirmenos de seis mil hombres (que tan mermados están ya estos valerososcuerpos) contra cuadruplicadas fuerzasesto escontra todo el ejército queMuley-el-Abbas mandaba anteayer tarde frente a las lagunas del Azmir. Elsegundo estribo es tomado como el anterior.

Pero aún ofrece la cordillera a los pertinaces marroquíes un terceraccidente en que situarse para volver a la carga. Detienen en él su precipitadafugayreforzados ahora con un considerable número de caballosque ya puedenmaniobrarpor ser estas laderas más suavesintentan sostenerse y hastapiensan en atacarnos... ¡Verdaderamentetan indómito valor es digno dealabanza!

Por tercera vez son rechazados y puestos en dispersión. Nuestros soldadospisan ya la tierra en que los imprudentes circuncisos los desafiaban hace pocosmomentosy el general D. Enrique O'Donnellque ha cargado bizarramente a lacabeza de un batallóndesciende al fin a una especie de meseta avanzada sobreel llanodonde puede jugar fáci1niente la caballería...

Entonces consulta el conde de Reus con el de Lucenay queda decidido dar unataque combinado de las dos armasen el caso de que los moros pretendan asaltaresta última posicióntan valerosamente adquirida.

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La ocasión no tarda en presentarse. Una verdadera nube de enemigoscompuesta de infantes y jinetes revueltos en horrible confusiónavanza consalvajes alaridos y feroces demostraciones contra la descubierta meseta...

El general Prim los deja aproximarse y llegar a medio tiro de fusil...Entoncesy solo entoncesresuena en nuestra línea un multiplicado toque deataque generalque repiten todas las cornetas de infantería y de caballeríay los escuadrones de Villaviciosa y de Húsares de la Princesa salenal escape de sus caballos por la derecha y por la izquierdaen tanto que losbatallones de Simancas ToledoPrincesaSaboga y Chiclanase lanzan a la bayoneta con su ímpetu acostumbrado.

El enemigoaunque tan superior en númeroni siquiera intenta resistir estaformidable acometida. ¡Desde que oyó resonar las cornetas volvió grupasatribuladamentey allá corre por el llano con dirección a Tetuándejando en nuestro poder sus infantes heridosque no quieren rendirse y muerena hierromaldiciendo y peleando!

Rápidoenérgicobrillantísimo ha sido este momento de la acción. Elgeneral en jefeque tan impasible contempla los más solemnes espectáculosseha dejado arrebatarcomo todospor el movimiento de nuestras tropasymetiendo espuelas a su caballoha pasado por entre los batallonesbajo undiluvio de balasgritando en medio de la refriega:

-¡Viva la infantería española!

A esta exclamacióny al entusiasta saludo con que la acompañarespondenmil y mil ecos gritando:

-¡Viva el general en jefe! ¡Viva O'Donnell!

Entonces el caudillo se descubrey contesta... lo que ha contestado siempreen África al oírse vitorear:

-¡Soldadosviva la Reina!

Entretantoel famoso Reducto de los enemigos ha caído en poder delgeneral Ros de Olanoquien ha cargado con el regimiento de Albuerahastallegar a la llanuradesalojando a los moros de sus últimos parapetos...

Cabo Negro está vencido.

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¡Ahnos parece un sueño! ¡Se acabaron las sierras! ¡Se acabaron lasluchas desiguales y alevosas!

Cerca de dos meses ha tardado nuestro ejército en batir veinte leguascuadradas de montepero ya ha dado fin tan espantosa tarea. ¡Treinta ocuarenta mil enemigos han sido ojeadosexpulsados o muertos en los barrancos ymalezas de tan agrestes montañas!... ¡Qué estupendaqué grandiosaquédescomunal cacería!

Mañana podremos descender tranquilamente a ese llano; correr en nuestroscaballos por esas praderas; pasearesparcirnos; vivir con libertad ydesahogo...

¡Ah! Sí...; peroentretantoaun hemos de pasar una noche en la cumbre deestas montañas (atrincherados convenientemente y prevenidos contra cualquiersorpresa)y cata aquí queaprovechando la ocasiónlas densas nubes que noshan acompañado en tan larga y fatigosa travesía vienen a despedirse denosotrossin duda para que no olvidemos los buenos ratos que nos han dado enestas sierras.

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Llueve a mares. Nuestras tiendas se plantaráncomo siempresobre charcosde agua; y cuando nos preparábamos a comer y a descansar después de un díaentero de dieta y de combatetenemos que empezar a luchar con la lluvia y conel viento.

Es másni los equipajes ni las tiendas asoman todavía por ningún lado...¡Bonita noche nos esperaen lo alto de un promontorioa seiscientos metrossobre el marluchando con un temporal deshechoy acasoacasosin cama nialbergue!...

Tengamos paciencia...y hasta mañana.

¡Ah! Se me olvidaba deciros que el aduar por donde hemos pasado hoyse llama Medik...

Así acaba de asegurármelo un antiguo desertor del presidio de Ceutaquehoy nos sirve de guía.

En mi tienda a las diez de la noche.

Hace cuatro horas me despedí de vosotros hasta mañanay tal mañana noha llegado todavía. Sin embargocojo otra vez la pluma para daros las buenasnoches antes de acostarmey deciros quegracias a Diosllegaron nuestrastiendas y equipajes un poco antes de obscurecer.

Mi cama se ha mojada mucho en el camino... Pero ¿qué importasi ya me hesecado en una hermosa hogueraacabo de cenar como un rey y tengo un sueño queenvidiaría un bienaventurado.

¡Solo sigue preocupándome una cosay es el afán de adivinar lo queestarán diciendo a estas horas en la ciudad vecina al ver las hogueras denuestro campo!

¡Imaginémonos el efecto que producirán estas mil lucestachonando elcrespón de una noche tan tenebrosa!...

Cabo Negro parecerá inmenso catafalco cubierto de enlutadas cortinas ycoronado de antorchas funerales.

-¡Madremadre!... -preguntarán los niños a las siervas de losmoros- ¿Qué iluminación es aquella?

-¡Callahijo mío! -responderán las angustiadas mujeres-. ¡Son loscristianos!

¡Y el humillado musulmánque restaña la sangre de sus heridas de hoy paravolver mañana a la lucharechinará los dientes en las tinieblas al oír elnombre de sus mortales enemigos!



 

- XXVII - Un paseo por el llano.

Cabo Negro15 de enero.

Aquí nos tenéis en el mismo sitio que anoche. El día de hoy se ha empleadoen pasar la artillería rodada y toda la impedimenta por los desfiladeros queatravesamos ayer tarde; pues ya comprenderéis quepara bajar a establecernosen la playaen Fuerte Martín y en la Aduana (puntos que distande aquí una legua por mino medio)necesitábamos ante todo poner a salvo tanimportante bagaje.

Ya lo tenemos a vanguardia; pero todavía nos es preciso aguardar otra cosaque asegurará más y más nuestra bajada a la llanura...

Lo que ahora aguardamos es a que se presente por mar una nueva división deocho batallones que viene a reforzar nuestro ejércitoal mando del general D.Diego de los Ríosla cual se embarcó en Ceuta ayer mañana y ha pasadola noche en la ensenada de Cabo Negroprotegida por los mejores buquesde nuestra escuadra y por seis u ocho lanchas cañoneras de muy poco calado.

En dicha ensenadaseparada ya hoy de nosotros por este promontoriotuvimos la base de operaciones durante todo el combate de ayery por allírecogió nuestros heridos y enfermos la otra escuadra que nos ha seguido siempreen nuestra marcha por la costaprestándonos todo género de auxilios. Hoymismo nos comunicarnos con el mar por aquel puntosi bien esta comunicación esya muy precaria y fácil de interrumpir. En cambiomañanacuando los buquesque traen a la División Ríos doblen el cabo y entren en la rada de Tetuántendremos en sus aguas nuestra base de operaciones.

Hoy no ha aparecido el enemigo en la vastísima llanura que se ve desdeaquíy de la cual han tomado posesión particularmente (ya que no oficial omilitarmente) muchos individuos de nuestro ejércitoansiosos de pasearse porterreno llanoysobre todode reconocer tierras moras.

La única señal de vida que han dado los marroquíes ha sido pintarmuchísimas tiendascomo a una legua de distanciadelante de Tetuánsobrelas segundas estribaciones de Sierra Bermeja... ¡Ahseñores moros!¡Ya nos veremos cara a cara! ¡Terminó la guerra del acecho y la alevosía!¡Ya os veremos venir cuando nos busquéis! ¡Ya sabemos dónde estáis paracuando nos toque buscaros!

Nuestras bajas de ayer fueron veinticinco muertos en el campo de batallacuatrocientos heridos y ciento cincuenta contusos. Afortunadamentetantapreciosa sangre no ha sido perdida... ¡Mañana será nuestra la llanura de Tetuánsin disparar acaso ni un solo tiro!

En cuanto al cólerapodemos decir que nos ha abandonado... ¡Pero élvolverá! El cólera es como los moros: así que nos ve parados dos o tres díasen un mismo campamentoviene y nos ataca.

Conque ahí tenéis el Boletíndel día de hoy. Hablando ahora demis operaciones personalesos diré que he dado un paseo a caballo por lallanurahasta media legua de nuestro campoen compañía de cierto amigo.

La tarde ha sido apacible y resplandecientey durante mi cabalgata heencontrado muchos objetos curiosos que voy a ver de recordar.

Al principiotodos ellos eran despojos marroquíes de la acción de ayer:espuelasbolsas de municionescaballos muertosmonturascadáveresropasensangrentadas y algunas armas de escaso mérito.

Las espuelas se parecen a nuestros antiguos acicatescon ladiferencia de que la púa con que se aguijonea el caballo es de una longitudextraordinaria. ¡Las he visto de cerca de una cuarta! Las bolsas son detafilete rojo o amarillocon flecos y adornos de seda o de la misma piel. Las monturasgeneralmente forradas de paño encarnadoparapetanpor decirlo asíal jinetedentro de la silla: tan altos son sus labrados borrenes. Debajo de ellas llevacada caballo hasta siete mantillas de paño finoy de un color diferente. Loscaballosenjutos y de poca alzadano tienen nada de bellos como formasi biensu traza y contextura justifican las cualidades que habíamosadmirado enellosal verlos corrersaltarsubir por las laderas y revolverse en todasdireccionesobedeciendono a la mano del jinete (que a cada momento abandonalas riendas)sino a la más ligera presión de sus rodillas. ¡Indudablementehay que reconocer en estos afamados corceles africanos no sé qué superioridado privilegio físicosemejante al que caracteriza a sus dueñosverdaderosCaíneshijos primogénitos de la Naturaleza!

También he visto y examinado prolijamente unas huertas y un aduarenque no faltaba nada; de donde saqué en consecuencia que sus moradores murieronen la acción de ayer; puesde no ser asíse hubieran llevado consigoalabandonar sus chozasmuchos de los objetos que han dejado en ellas.

Cada una de las huertas está cercada por un seto de cañasyencierra verdes hazas de trigo muy bien cuidadashiguerasnaranjos y otrosfrutales como los de Europaenormes chumbas y cuadros sembrados de nabos ypatatas. Una hermosa acequia atravesaba estas heredades.

En medio de las chozas del aduary en vez de pozocomo el que vi enel del Cabo Negrohabía un manantial de agua cristalinaque hacíabullir la arena al tiempo de brotar. Una fina alfombra de suaves hierbas rodeabaaquella bienhechora fuentecuyo blando murmullo convidaba a la paz y aldescanso...

No lejos percibíase la era de pan trillarcomo se dice enAndalucíaempedrada con mucho esmeroyen finen dos o tres puntos he vistoalgunos pedazos de terreno con grandes matas de tabaco...

A todo estodos soldadosacaso los primeros que habían visitado el aduarsalían muy ufanos de una de sus chozas cargados de útiles de cocinasiendo lomás gracioso que uno de ellossin duda en señal de toma de posesiónhizoasta-bandera de una caña que encontró por allía la cual ató su únicopañuelodejándola clavada sobre la misma choza.

-El espíritu de conquista es innato en los españoles... -exclamó mi amigo.

En aquella y otras cabañas hallamos puertas de madera con goznes de hierrosemejantes en todo a las de nuestros cortijos; candiles de barro para aceitedeuna forma que tenía algo de clásica o de antiguaen el sentidoartístico de esta palabra; mazas dentadas para desgranar el maíz; un molinillogrande dentro de un mortero de barroque no dudé se emplearía para hacer el alcuzcuz;grandes artesasrastrillos y arados muy parecidos a los nuestros; algunasalbardas por el estilo de las que han traído las acémilas regaladas alejército por los aragoneses; cucharas de palo; mariscos; miel blanca; unacabeza de corderocuya sangre fresca indicaba que el animal había sidodegollado ayer; muchas semillas de melóncalabazasandíamijo y tabaco;alguna galleta de pésima calidady muchas tinajasollas y jarros de tierracocidacuya configuración no carecía de cierta gracia.

Añadid ahora algunas camas de hierbas secas; dos o tres otomanas depalma llenas de paja; espuertas de la misma materia llenas de saly variasesteras de juncoy tendréis completamente inventariado el ajuar de aquellaspobres viviendas.

Al regresar a este nuestro campamento (satisfecho ya en parte mi afán de arabizar)he fijado más mi atención en la naturaleza... ¡Qué vegetación! ¡Quéverdura tan deslumbradorano obstante la estación en que nos hallamos! ¡Quégigantescas pitasqué desmesuradas hierbasque enormes juncos y cañas!

Por lo demásel canto de los millones de ranas que moran en tanto y tantocharco asorda completamente el valle; la intensa luz del solmás viva aquí eninvierno que en Francia durante la canículadeslumbra y produce vértigos; lasacres o narcóticas emanaciones de las plantaso excitan los sentidoso losadormecen; el viento del surque baja sonando del gigantesco Atlasparece comoque corta la circulación de la sangre...y todas estas agitaciones o esteletargo producen no sé qué estado febrilque fatiga y postra a un tiempomismo.

No lo dudéis: consisten semejantes fenómenos en que este es otro mundoen que esta no es la que pudierais llamar vuestra patria zoológicavuestra regiónnuestro medio; en que este aireesta tierraeste solno fueron hechos para los hijos de Europaen que os sentís aquí exóticosintrusosextranjeros... en el orden de la naturaleza.

Pero dejémonos de temerarias lucubraciones; y volvamos a las cosas de laguerra...

Orden del día para mañana: desembarco de la División Ríos. Traslación denuestro campamento al puerto de Tetuánpunto de comunicación con elmundo civilizadoy los demás asuntos pendientes.



 

- XXVIII - Desembarco de la División Ríos. -El Reto. -¡Los moros no tienencañones!

Cabo Negro16 de eneropor la noche.

«¡Aún en Cabo Negro!» diréis.

¡Síseñor; aún en Cabo Negro! ¡No se puede hacer todo tande prisa como se deseani las cosas de la guerra son tan fáciles de realizarcomo se figuran los políticosrecostados en blanda butaca al amor de juguetonalumbre!

Oíd la causa de nuestra detención.

Ayer tardecerca de anochecerbajáronse unos doce mil moros al pie de SierraBermejadonde acamparon resueltamente.

-¡Ya están ahí! -dijimos todos con cierta mezcla de alegría y dezozobra-. ¡Mañana al amanecer nos presentarán batalla campal y estrenaremosesta llanura!

Y así nos acostamos.

Pocos seríanemperolos que durmiesen a pierna sueltaya porque nuestraextensa y mal acondicionada línea requería cuádruples guardiasya porque laproximidad del enemigo y la expectativa de un gran combatediferente en todo delos sostenidos hasta el díapreocupaban fuertemente los ánimos.

De mí sé decir que más de una vez salí anoche de mi tienda para ver lashogueras de los campamentos enemigossobre todo las del recién plantadoqueallá lucían entre las sombras como otros tantos ojos que nos espiasen...

Aún era de nochey hacía bastante fríocuando nos despertó la diana.

-¡Abajo esas tiendas! ¡Abajo esas tiendas! -gritaban los jefes portodos ladosno dando la orden a son de corneta para no prevenir a los moros.

Salípuesde mi casaa fin de que la derribasen; y por pronto quequise volver a verlaya no pude encontrar el sitio en que había estadoedificaday en que yo había pasado la noche.

Entretantohacíanse equipajes por todos ladosa la luz de las fogatas y dealgunas linternas de mala muerte; cargábanse las acémilas; dábase orden a losbrigaderos de marchar con ellas por la llanuraa lo largo de Cabo Negrohacia la orilla del mar; y todo el mundo apresurábase a tomar un bocado y unpoco de cafépreparándose asíaunque tan fuera de horacontra laseventualidades del próximo día...

Juntamente con su primera luz esperábamos recibir a un mismo tiempo un ataquepor la derecha y un refuerzo por la izquierda. Del ataque yase notaban algunos síntomas: las hogueras del campamento moro se habíanreanimadoy otras nuevas brillaban en la llanura. En cuanto al refuerzoconsistía en la División Ríoscuyo desembarco no podía tardarpuesto quelos buques tenían orden de doblar a Cabo Negro al amanecer.

¡Ahcon qué impaciencia aguardábamos la aparición de nuestros barcos enla rada de Tetuán! Creedmela expectativa de este placer nos hacíaolvidar el peligro que nos amenazaba por el lado opuesto...

En lo demásla operación simultánea de avanzar nosotros desde estasalturas y de aparecer nuestra escuadra con la División Ríosnos haríainstantáneamente dueños del llanode la ría y de sus fortificaciones; locual prueba el gran acierto del plan llevadoa cabo por nuestro general enjefe.

Ysi noponeos a pensar qué podían hacer hoy los pobres moroscogidospor segunda vez en las redes de nuestra estrategia...

¿Bajar a la playaa servirse de los medios de defensa que han acumuladoallíy estorbar el desembarco de Ríos? ¡Tanto mejor para nosotrosque eneste caso marcharíamos de frentecortaríamos la llanura hasta llegar a RíoMartín y dejaríamos aisladas y presas entre dos fuegossin comunicacióncon Tetuány envueltas por nuestros batallonestodas las fuerzasenemigas que se hubiesen acercado a la orilla del mar!

¿Atacar nuestros campamentos? El general Ríos desembarcaría entoncestranquilamentesubiría por la orilla del Martínocuparía la Aduanay desde allí protegería nuestra bajada de flanco por las faldas de CaboNegrohasta colocarnos a retaguardia de su divisiónsin que los morospudiesen seguirnos.

¡Ah! ¡Bien dijo el que dijo que más vale maña que fuerza! ¡Cuánta ycuán dolorosa iba a ser la perplejidad de los pobres marroquíes!

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Mientras discurríamos así esta madrugadaformados e inmóviles en losúltimos escalones de la sierrala luz del día se abría paso por entre unaespesa bruma que no ocultaba las olas del mar. Nuestros relojes apuntaban lassiete cuando ya empezó a verse claro en todas direcciones.

Entonces pudimos observar quedurante la nochelos moros habían plantadouna infinidad de tiendas en todas las alturas que rodean a Tetuán.

¿Eran nuevos ejércitos?¿Era la población de Tetuán que salía dela plaza para defenderla?

-¡Mirad el Atlas! -exclamaron en esto algunos circunstantes.

El Atlas se había nevado espantosamente durante la noche. ¡No erapara menos el frío que habíamos pasado bajo las tiendas! Y ¡qué severo yhermoso estaba el hercúleo gigante con aquella vestidura de ancianidad!

Por últimoa las siete y mediaun largo murmullo de alborozo cundió portodas las filas...

-¡Un barco!... ¡Se ve un barco! -gritamos todossegún que lo íbamosdescubriendo.

Era una lancha cañonera... Después apareció otray luego otrayen finhasta seis o siete...

-¡Ya está ahí Ríos! -fue la exclamación general.

Y todo el mundo se hacía ojos para no perder ni un solo detalle deldesembarco.

Entretanto los buques de alto bordo iban también apareciendo lentamente ypoblando el solitario fondeadero.

Algunos minutos despuésla rada estaba materialmente cubierta de naves.Entre grandes buques de guerravapores de transportebarcos de velacañoneras y guardacostascontamos más de ciento...

El encargo de las cañoneras era batirse en primera línea contra lasbaterías rasantes que los moros habían construido en la playa... con ayuda devecinos... Los otros buques de guerra de alto bordo dispararían contra FuerteMartín y la Aduana. En los vapores-transportes venían los ochobatallones de la División Ríos. Yen finlos guardacostas tenían orden depenetrar oportunamente en la ríao sea en el río Martín (quecomo yahe dichoes navegable)con gran dotación de tiradores protegidos porcañonerasy disparar de flanco contra los moroscaso de empeñarse unabatalla.

Cuantos conocíamos semejantes pormenores del programa de hoyestábamosdeshechos por ver cómo iban sucediendo las cosas previstas...

En esto se oyó un cañonazoque resonó en nuestros corazones más que ennuestros oídos... ¿Quién lo había disparado? ¿Las baterías de los moros onuestros buques?

Un largo silencio vino a demostrarnos que el cañonazo había sido nuestro. Aser de los morosnuestra escuadra le hubiera contestado inmediatamente.

En el ínterin (¡oh desdicha!)la bruma que desde el amanecer cubría lasolas se había extendido y hecho más espesahasta borrarpor decirlo asídel panorama que contemplábamosprimero la escuadraluego la costadespuéslos fuertes del llanoy por último Tetuán y todo cuanto nos rodeaba...¡Quedamospuescomo en medio de las tinieblas!

A las ocho y media sonaron dos o tres cañonazos másque nos alarmaronbastante; pero ni el fuego continuóni nuestras avanzadas dieron aviso de vermoverse al enemigo por la llanura...

-Todo va bien... -pensamos entonces.

A las nueve seguía la niebla; pero a veces se aclaraba por algunos puntoscomo si el viento la desgarrasey nos dejaba distinguirmedio veladasdos otres embarcaciones que parecían flotar en las nubesmuchas bayonetasreluciendo en la playay la mancha cuadrada y negra de algún batallónformado... ¡Indudablementelas tropas de la División Ríos desembarcaban sindificultad!

Por últimocerca ya de las diezoímos el son de las músicas y deredoblados vivas...

Al mismo tiempo aclarose algo y vimos ondear la bandera encarnada y amarillaen Fuerte Martín y en el Almacén inmediato.

¡Ríos había desembarcadoen efecto!

Entonces se dio orden de avanzar hacia la playa a nuestros equipajesqueacompañados de una batería de montañaesperaban al pie de Cabo Negroa que la orilla del mar estuviese por nosotros.

Disipose al fin la niebla completamente cerca ya de las once... Mi primeramirada fue para la División Ríosque allá se vela formada cerca de RíoMartín... Pero la segunda fue para los ejércitos moroscuyas operacionesdurante aquellas cuatro horas de absoluta ceguera no habíamos podidoadivinar...

Pronto nos tranquilizamos; su cautela había sobrepujado a nuestra prudencia;puescomprendiendo el pensamiento de O'Donnell de cortarles la retirada a Tetuáncaso de permanecer en la playa estorbando el desembarco del general Ríoshabían regresado a sus altos campamentosno atreviéndose a intentar cosaalguna hasta que el aire hubiese recobrado su transparencia.

En este momento recibiose el primer Parte del martraído por unayudante de estado mayor. Los ocho batallones del general Ríos estaban ya entierra... En Fuerte Martín se habían cogido siete cañones de a 18 y24tres cureñasuna cabria inglesa y muchas municiones... Los disparos quehabíamos oído fueron efectivamente nuestrossin que a ellos hubiesecontestado el enemigo...a pesar de tener dos buenas baterías enterradas enla playacon cañones enteramente nuevos... ¡Ni un solo moro había parecidopor ningún lado!

«Por todas partes y en todas direcciones (dijo además un testigopresencial) se veían huellas recientes de caballosbueyescamellos y cabras.¡La aparición de nuestros buques había ahuyentado de allí hombres yrebaños!»

El general de Marina D. José María del Bustillono satisfecho con elsilencio de las baterías marroquíesentró en una canoa y subió por la ríahasta Fuerte Martíncuyos aposentos reconoció por sí propio; despuésde lo cual avisó al general Ríos que ya podía comenzar el desembarco.

Éste se verificó rápidamente al pie de Cabo Negro; y nohabían saltado a tierra los últimos soldadoscuando ya estaban reunidos a lanueva fuerza la batería de montaña y los conductores de equipajes procedentesde nuestro ejército...

Al avistarse los veteranos y los recién llegadosse dirigieronentusiastas aclamacionesen las cuales se hubiera dicho que España saludaba aEspaña.

Después se dedicó todo el mundo a desembarcar los efectos pertenecientes ala nueva divisiónasí como víveres para todo el ejércitomientras que laslanchas cañoneraslos cruceros y los guardacostas penetraban en la ría ysurcaban las agridulces aguas del Martínentre la torre de este nombrey la Aduana... Semejante relato no podía ser más satisfactorio. Yateníamos un puerto... Ya éramos dueños de la llave de la llanurade laverdadera puerta de Tetuán. Nos dimospuestodos la enhorabuenay preparamosnuestra imaginación a los espectáculoscuriosos que disfrutaríamos alláabajo en cuanto recibiésemosla deseada orden de trasladarnos a la orilla delmar.

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Pero el hombre propone y Dios dispone... Dígolo porque los señores moroscomenzaron a moverse y a tomar posiciones amenazadoras partiendo de una torreque domina a Tetuány que los guías llaman Torre Jeleli.

De aquel punto y de todas las colinas adyacentes bajaban sin cesar a lallanura grandes rebaños de infantesque no otra cosa parecían losmarroquíesvestidos casi todos de blancoy marchando en revueltos pelotonesalrededor de sus montados jefeso bien desfilaban por altos cerros en largascomitivasasemejándose a numerosas comunidades de dominicos. Al verlos asínadie hubiera dicho que marchaban en son de guerra. Sus espingardas no brillabansino muy rara vezpues las llevaban horizontalmente tendidascomo se lleva elcirio en un entierro o procesión; y aunque su andar parecía lentoechaban elpaso tan largoque adelantaban tanta tierra como si corriesen.

Al mismo tiempo empezó a presentarse por todas partes su blanca y aéreacaballería; y así como cuando nievavense primero algunos copos diseminadosacá y alláhasta que poco a poco va desapareciendo la obscura tierra bajo unmanto cada vez más espesodel propio modo aquellas pintas decaballeríaque aparecieron como por encanto en mil diferentes parajes de lallanurafueron dilatándoseextendiéndoseespesándose tambiénhasta queal cabo de algunos minutos tapaban verdaderamente los prados...

No creáisemperoque teníamos enfrente la anunciada fabulosa nube... Ochomil caballos habríacuando más a nuestra vista... ¡Pero en cuanto a efectovisualera el mismo que si se nos hubieran presentado ochenta mil!

Me explicaré. Mil caballos nuestrosformadoscomo van siempreen sólidasmasas o columnasno aparentan más de lo que son... Pero mil jinetes árabescorriendo sin cesar de un lado a otroesto esmultiplicándose por sí mismosdispersosairososgallardosrepresentan cien veces su propio númeroyocupan una legua cuadrada de terreno... Ahora bien¡imaginaos el bulto queharían aquellos ocho mil fantásticos caballeros y los diez o doce mil peonesque se arremolinaban en torno suyo! ¡Espectáculo verdaderamente soberbioverdaderamente inolvidable!

El ejército agareno se extendía desde los contrafuertes de Sierra Bermejabasta las orillas del Martín; pero sin avanzar por la llanura y comoesperando un ataque nuestro contra Tetuán... No era esteni podía sertodavíael plan del general O'Donnell; mascon todoproporcionábase laocasióny aun el compromiso de honrade venir a las manos en campo abierto ycara a caray demostrar cada uno su fuerza y poderío... Decidiópor tantopresentarles la batalla en aquellas anchurosas praderas.

Para ello empezó por situar en el llano doce piezas en bateríaapoyadaspor la división de reserva y unos mil quinientos caballos: totalcosa de seismil hombres.

En seguida colocose él en una colinaal frente de los CUERPOS SEGUNDO yTERCEROcapitaneados por Prim y Ros de Olano (cuyas fuerzas ascenderían a docemil infantes)y mandó avanzar a los de la llanura en demanda del enemigo.

Anduvieron los nuestros como un cuarto de legua ordenada y tranquilamenteformando la caballería dos líneas de batalla y marchando la infantería enrecias y simétricas columnas.

-¡Alto! -mandó el general en jefe.

Y esperó nuevamente las operaciones de los moros.

Solemne y majestuoso era aquel instante. Todo el mundo callabaobservandolos movimientos de los moros. O'Donnellsilencioso también y con los anteojosfijos en el horizontecalculaba sus fuerzas y las contrarias; medía elterreno; graduaba las eventualidades de la luchadaba alguna orden en voz bajaa sus ayudantesque partían como exhalaciones; se paseaba a veces tranquiloyotras con visible impacienciayen uno y otro casodemostraba más que nuncaaquella naturalidadaquella sencillezaquella distinguida llaneza que formanla base de su carácter militar y político.

El enemigo recogió al fin el guante y acudió a nuestro reto. Copiosashuestes de infantería y caballería destacáronse de su largo frente debatallay avanzaron derechamente contra nosotrosdando feroces alaridos yblandiendo las espingardas sobre su cabeza. De vez en cuando hacían un alto yse apelotonaban... Pero luego volvían a caminardejando a los de las alas queanduviesen más de prisa; lo cual daba por resultado la media luna desiempre.

Nosotros no nos movíamos ni hacíamos fuegoa pesar de tenerlos ya adistanciano sólo de nuestros cañonessino también de nuestras carabinas.

En cambioellos empezaron a dispararnos...

¡Oh momento! Cada vez contábamos más enemigos... Cada vez los teníamosmás cerca... ¡Qué nube de Caballería! ¡Qué enjambres de tumultuosospeones!... ¡Y todos venían de frentea pecho descubierto...sin parapeto nidefensa alguna! ¡Al fin iba a resolverse definitivamente el problema de lacampaña!

Pues bientodo fue asunto de un instante. Abriéronse nuestras filasdejando descubiertas las doce piezas; tronaron estas con formidable estampido;antes que la última hubiese disparadoya estaba cargada de nuevo la primera;siempre había dos o tres granadas en el aire; una detonación ahogaba a otra;la lluvia de fuego no cesaba ni un solo punto...

Entretantodos escuadrones de nuestra caballería avanzaban por la derechatratando de envolver un ala de la infantería marroquí; nuestros cazadores sedesplegaban en guerrilla por el centroy la reserva de nuestros caballosadelantaba lentamente por la izquierdaa fin de cortar la retiradaa los queavanzasen por aquel punto...

No fue menester más la orden de ¡sálvese el que pueda! cundió comoun relámpago por la extensa línea enemigay volviéndonos la espaldaresueltamentepeones y caballeros apelaron a la más desesperada fugaperseguidos por nuestras granadasque les causaban visibles pérdidasmientrasque en nuestras filas no había corrido ni una sola gota de sangre.

Huyeron...síllenos de espanto. Fue la dispersión más descompuesta yantimilitar que puede imaginarse... Los unos se amparaban de las colinas denuestro frente; los otros se dirigían a Tetuánestos remontaban elllano con dirección a Sierra Bermeja; aquellos pasaban el río Martíny se perdían en la llanura de la otra banda...

¡Y nuestros cañones disparaban siempreadelantando cada vez más hacia elcampamento enemigo! ¡Y ora caían las granadas en las lagunaslevantandopalmas de agua; ora reventaban en medio de un grupo de fugitivosderribandocaballos y caballeros y sembrando la consternación en cuantos los seguían;unas veces estallaban en el airey sus cascos descendían como horrorosagranizada sobre los atribulados musulmanes; otras las perdíamos de vista enfuerza de su fabuloso alcance; pero conocíamos que habían ido a caer al otrolado del campamento moropor detrás de las colinasdonde más seguros secreían los que no habían entrado en acción!... ¡Ah! Esto no era yaglorioso... ¡Esto era cruel!

-¡Hagamos fuego sobre sus tiendas antes que las levanten! -exclamaban almismo tiempo muchas vocesdemostrando una ferocidad que solo puede sentirse entales casos...

¡Y nuestras granadas cayeron entre las tiendas moras; y fueron más lejos; ydebieron de llegar a las puertas de Tetuán; y no hubo punto del valleadonde no llevaran la destrucción y la muertey ya no se veía ni un moro porningún lado!

¿Me atreveré a decíroslo? Todo esto ha despertado en mi corazón no séqué extraño remordimiento... ¡Los Moros no tienen cañones!

Esta superioridad nuestra se halla más que compensada (lo sé bien) porotras muchas ventajas que les dan a ellos el guerrear en su paíslos auxiliosque este les presta a todas horassu numerosa caballeríael contar siemprecon fuerzas mayores que las nuestrasy otras muchas circunstancias yamencionadas... Sin embargoyo no puedo menos de compadecer o respetar laderrota del valeroso enemigo que hoy ha sido rechazado antes de que pudiesehacer uso de sus armas. ¡Ellos nos buscaban a nosotros y se hanencontrado con nuestros cañones!...

-¡Tanto peor para ellos! -dirá la madre patria.

Y la madre patria dirá perfectísimamente.

En finterminemos...

Eran ya las tres de la tarde. El llano entero había quedado por nuestrastropas. Los equipajes y las tiendas se hallaban en la playa hacía mucho tiempoy nosotros contábamos con ir a dormir allí esta noche... Pero he aquí queenel momento mismo de emprender la marcha en aquella direcciónsábese que entrenuestras actuales posiciones y la orilla del mar hay algunos puntos pantanosospor donde no podrán rodar nuestros cañones... hasta que se tiendan ciertospuentecillosque estarán (dicen) habilitados mañana por la mañana...Desístesepuesde la marchay envíase orden a los brigaderos de volver asubir a Cabo Negro las acémilas con las tiendaspara acampar en elmismo sitio que anoche y anteanoche.

En esto comenzó a llover...¡y no digo más! Mientras fue la orden a laplaya y los equipajes tornaron a Cabo Negropasaron cinco horas...todas de viento y lluviay de absoluta dietaa contar desde las seis dela mañana!

Pero estamos ya tan acostumbrados a mojarnos y a no comerque a nadie se leocurrió proferir ni una sola queja. El que llevaba espada se apoyó en laespaday el que tenía fusil se apoyó en el fusily de este modo aguantamosde pie derechoinmóviles y silenciososaquellas cinco horas de hambre y aguadurante las cuales debió de ponerse el solllegó la nochesalió o debiósalir la lunaperdiose por la nublada atmósferay aun nos quedó tiempo depensar en un millón de cosas presentes y pasadasy quién sabe si tambiénfuturas...

Llegaronpor últimolas tiendas. Cada uno había procurado hallar el sitioque ocupó la suya ayer y anteayer; plantáronse todas casi sobre las huellasque dejaron esta mañanay hay hombre que se considera feliz en este momentosólo de pensar que ya no le entra el agua por el cuello y le sale por los piescomo le ha sucedido toda la tarde.

En cambiovíveresropassuelotiendascamastodo está chorreando...¡Dios nos lo tome en cuenta! ¡Y agradecédmelo vosotros también; pues tal esla situación en que os escriboa las doce y pico de la noche y en la alto de CaboNegropara que no os falten noticias de nuestras aventuras de hoy!



 

- XXIX - Bajamos a la playa. -Vista general de Tetuán. -FuerteMartín. -Campamento de Guad-el-Jelú.

17 de enero.

San Antón...gran fiesta popular en toda España.

(Los soldados celebraron anoche sus vísperas encendiendo dobles hogueras:unapara atender a las necesidades del campamento; la otrapara seguir lacostumbre de la patria...)

A las cinco todo el mundo está ya de piey todas las tiendas por el suelo.

Cárganse de nuevo los equipajesyal amanecernos encontramos como ayer ala misma hora: con la casa en caminoy nosotros vivaqueando junto a lashoguerassobre la montaña que ha dejado de ser nuestro campamento.

Los puentes para la artillería están concluidosy nada nos impide salirpara la playa.

Así las cosas¡empieza a llover a cántaros!

Recíbese contraorden: mándase volver pies atrás al convoy de equipajesyplántanse por tercera vez las tiendas en el mismo sitio que pensábamosabandonar.

¡Esto es ya demasiado!

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A las diez escampa: múdase el vientorómpense las nubes y aparece elsol...

Las cornetas tocaron otra vez orden general.

-¡Abajo las tiendasy en macha! -repítese por todas partes.

¡Vuelta a la misma operación! Los asistentes toman el cielo con lasmanos... Pero luego acaban por echarlo a broma.

Partimos al fin.

El terrenopantanoso y blando de suyoestá casi intransitable a causa detan recientes aguaceros.

Salimos de Escila y entramos en Caribdis; dejamos la montaña y nos metemosen los pantanos. ¡El teatro de esta maldita guerra no puede ser másdificultoso!

Yendo y viniendobordeando lagunas y hundiéndosesin embargoen lodo losinfantes hasta la rodillallegamospor últimoa la playapor el punto enque desemboca en el mar cierto río que unos llaman de la Judería yotros El-Lit.

Entra este río en el mar tan suave y desmayadamenteque la mejor manera devadearlo es como nosotros lo hacemosmetiendo los caballos en las olasdelMediterráneo y trazando un ancho semicírculo hasta encontrarnos a la otraorilla de la mansa corriente. Esta cabalgata por en medio de las saladas ondasme recuerda el milagroso paso del mar Rojo.

Pero aquí no hay prodigio alguno. La playa de Tetuán es tan suaveyla mar se encuentra hoy tan en calmaque los caballos se mojan apenas lascinchas.

Una vez al otro lado de este ríosepáranos del muy caudaloso Martíno Guad-el-Jelú una playa anchaseca y lisaque bien tendrá medialegua de largo.

Yo parto al escape. ¡Desde Fuerte Martín debe de verse a Tetuán enteroy aun puedo disponer de una hora de sol!...

El arenal que recorro está limitado a la derecha por murallas de pitastanelevadas y espesasque me ocultan completamente el llano. A la izquierdaen laorilla del marempiezo a ver las baterías enterradas o rasantes quehabían construido los... moros para evitar nuestro desembarco en esta playa.

Las tales baterías (a juicio de los inteligentes) son de primer orden. Lasempalizadasel fosolas aspillerastodo revela que los ingenieros quehan dirigido estas obras se hallan al corriente de los últimos adelantos delarte militar europeo...

¡Tanto mejor...supuesto que no han servido para nada!

A las cuatro y media llegopor últimoa Fuerte Martín.

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Hasta ahora he tenido la paciencia de no mirar ni una sola vez siquiera haciaponientea fin de ver a Tetuán de una sola ojeadacompletamentedescubiertoen toda la plenitud de su hermosura.

¡Es el momento!... ¡Vuélvome de prontoy surge ante mi vista toda laciudadcomo a legua y media de distancia!

¡Helaallí! Ahora no la ocultan ni los montes ni la niebla... ¡Hela allídesveladaenteradesnudasorprendida en medio de su sueño!

¡Yo no he contemplado jamásni creo que haya en el mundociudad tanvistosatan artísticamente situadade tan seductora apariencia! Engarzadapor decirlo asíen dos verdes colinas de perezoso decliveella las reúne yencadena cual broche cincelado de refulgente plata. ¡Nada tan puro como laslíneas que proyectan sus torres sobre el cielo de la tarde! ¡Nada tan blancocomo sus casas cubiertas de azoteascomo sus muroscomo su alcazaba! ¡Pareceuna ciudad de marfil! Ni una sombrani una manchani una tinta obscurainterrumpe la cándida limpieza de su apiñado caserío. Desde aquí se la ve enperfecta silueta sobre el horizontetrazando una larga y estrecha línea queondula a merced del terreno. Y esta ondulación es tan lánguida y graciosaquese pudiera comparar a la que formaría un chal blanco tirado al desgaire sobreun monte de esmeralda.

Materializando más mi descripcióntodavía encontraréis sumamentepoética la codiciada ciudad al imaginárosla en lo alto de la llanura;defendida por una cadena de erizadas rocas; dominada por la alcazaba; ostentandoun altísimo y elegante alminarque sobresale entre otros muchoscomo entrelos mimbres el ciprés; teniendo a sus plantasescalonadas en anfiteatromilpintorescas huertasque parecen rendirle pleito homenaje; iluminadaintensamente por el sol moribundoque se pone detrás de ellaciñendo a susien una aureola de enrojecida lumbre; silenciosaignoradadormida aún en lanoche de los sigloscon la blanca bandera de Mahoma sobre su cabezacomoyacía Granada hace cuatrocientos años; como por mucho tiempo ha de yacertodavía la inexplorada Fezhija preciada del Profeta...

Debajo de Tetuándivisase el campamento enemigocomo bandada depalomas posada en los verdes árboles de las huertas. Allí lo han plantadodefinitivamentedespués de levantarlo tantas veces delante de nuestrospasos...

Esa seráya su última etapasu última posición...

-Cuando se vean forzados a alzar otra vez el vueloTetuán caerá ennuestro poder.

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Después de contemplar largo tiempo la ciudad y la llanuradoy un paseolápiz en manopor los alrededores de Fuerte Martín examinandominuciosamente todos los parajes y objetos que excitan mi curiosidad.

Primeramente subo a esta torreque tantas veces se ha nombrado de dos mesesa esta parte...

Fuerte Martín es un castillejo de graciosos contornossólidamenteconstruidoy situado de manera que defiende la boca de la ría. No tienepuertay súbese a él por una escala de cáñamo colgada de una estrechaventana del que pudiéramos llamar segundo pisoartillado con sietepiezas de hierroantiguas y rarascuyas cureñas no se parecen a las deEuropa. Dos barriles de pólvorauno de aceitevarias cajas de municiones ymuchísimos cartuchos de artilleríaocupan las reducidas habitaciones de lafortaleza. Por todas partes vense huellas de los dos bombardeos que ha sufridoúltimamente. Escombros y cascos de granadabalas de grueso calibrematerialesque han sobrado de las recientes obrasy muchos papeles de cartuchos quemadoscubren el suelo en las cercanías del melancólico fuertedesde cuyasalmenas habrán amenazado tantas veces al Mediterráneo los temidos corsariostetuaníes...

Un cárabo en construcción que encuentro tendido en un arenallindante con el ríorecuérdame también mil y mil piraterías leídas enhistorias o en periódicos. La nave moruna está apenas medio armaday ofreceya aquel aspecto de agilidad y fuerza que encontramos en un polluelo de buitreaún no cubierto de plumas.

Cerca de Fuerte Martínhay otro edificioque ya hemos divisadodesde lejos. Efectivamentees un Almacéncomo nos dijeron anteayermañana. La forma y materiales de su construcción son completamente europeos.La albañileríala carpintería y la herrería han hecho aquí puertasparedesrejastechos y pavimentos iguales en todo a los de Andalucía la Alta.Dentro de este Almacénse han encontrado doce tiendas cónicas conadornos azulesy una cantidad de leña.

En cuanto al río Martín o Guad-el-Jelú (río dulce)nada departicular tengo que contarospues no presenta ningún accidente que lodistinga o embellezca. Es muy ancho en su desembocaduraancho también ycaudaloso antes de amargar sus aguas; corre sosegadamente entre dos márgeneslisasbajas y desprovistas de árboles o malezasy no lanza ni el más levegemido al abandonar la tierra en que nació.

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Conque basta por hoy de observacionesque tiempo tendremos de estudiar todasestas comarcas palmo a palmo.

Hablemos ahora de asuntos de casa.

Los jefes de estado mayor señalan en este instante a cada cuerpo el lugar enque han de plantar sus tiendas.

El cuartel general se situara al pie de Fuerte Martín.

A su derechael SEGUNDO CUERPO (esto de la derecha y de la izquierdaentiéndase mirando a Tetuán).

Delante de uno y de otrola artillería y la caballería.

Más arribael TERCER CUERPO.

Y a la derecha de estela DIVISIÓN DE RESERVA.

El general Ríos ocupa ya la Aduana con sus ocho batallones.

Es decirque nuestro campo está defendido: a retaguardiapor el mar; alflanco derechopor la artillería; al izquierdopor Río Martín ya vanguardiapor la Aduanapor las trincheras que construirá el TERCERCUERPOy por un reducto que se ha de levantar en el ángulo que ocupa laRESERVA.

Todo esto me parece muy bien. Cuidemossin embargode que mi tienda tengavistas al mara Tetuáno cuando menos al río Martínyparaellohagamos un poco la corte al general García.



 

- XXX - Historia de un hispano-africano. - Soy trasladado al cuartel general.-El Valle de Tetuán antes de la guerra. -Costumbres moras. -La Aduana.-El Cementerio cristiano. -¡Los moros tienen cañones!

Campamento de Guad-el-Jelú18 de enero.

La casualidadmi buena suertey algo también de mi activo empeño poradquirir noticias acerca de la vida de los marroquíesme han proporcionado unverdadero tesoro de datos y conocimientosal par que un inmejorable ciceronepara andar por este país como Pedro por su casa.

Estoy asombrado de mi felicidad. Felicitaos también vosotrospues hoy mismovais a saber más cosas del Valle de Tetuán que todos los geógrafoshistoriadores y viajeros habidos y por habery a oír una explicaciónhistórica de cuanto aquí existecomo no podrán hacérosla ni losperiódicosni los partes oficialesni ninguno de mis compañeros deexpedición.

Es el caso que acabo de conocer y de alojar en mi tienda a un antiguoespañol (no renegado)que ha vivido siete años en Tetuándedicado alcomercio de ganadotrigo y lanas; dueño de tres faluchosque paseabandiariamente por la ría; amigo de los gobernadores y administradores delSultán; protegido por ellos constantemente...aunque no de balde; conocedordel árabe como del castellano; relacionado con los principales moros y judíosde la ciudad; propietario de una magnífica casa en la Juderíay dueñode una hermosa mujer (andaluza por señas)y de tantos caballoscamellosbueyesovejastiendas de campañadependientescriadoshuertas y jardinescomo un bajá de tres colas...

Santiago (que así se llama mi hombre) fue marino en su juventud y hacíael comercio entre Ceuta y la península. No sé qué comandante general deaquella plaza lo envió hace muchos años a Tetuán a ver si podíanestablecerse relaciones mercantiles entre ambas ciudades para proveer devíveres baratos la guarnición de Ceuta. Santiago penetró denodadamente eneste desconfiado país; halló que era imposible plantear dicho comercio a laluz del día y en forma regularpor la repugnancia de los moros a tratar conEspaña: participóselo así al comandante general de Ceutay ya no se pensómás en el asunto.

Pero Santiago no es hombre que pierde su tiempo ni que se ahoga en un vaso deagua. Como buen andaluztenía lo que suele llamarse don de gentes; comohabitante de Ceutaconocía a las mil maravillas el carácter de los moros yaun chapurraba el árabey como negociante y mercader natotenía manga anchaen materiasreligiosas. Así fue que aprovechó su viaje a Tetuán paratrabar conocimiento con algunos comerciantes hebreosargelinos y hastamarroquíes; hizo varios regalos a las autoridades y al administrador de la Aduana;besó a los niños; oyó con admiración a los viejos; sentosefumó ytomó café a la oriental; habló de las muchas cosasagradables al paladar y ala vistaque podía traer de España; no demostró intención dellevarse nada de marruecos; elogió el caballo de estela espingarda de aquella musculatura de unola noble barba de otro; yen consecuencia de todo ellolos serios y respetables hijos del Profeta le dijeroncon cierta cariñosasolemnidad: «Santiago querer venirSantiago poder venir. Moro y Santiagoestar amigos.»

Santiago aprovechó la licencia que se le daba. Y volvió. Y regresó a Ceutaen su barca. Y tornó a Tetuán con un falucho. Y se marchó de nuevo. Yapareció al cabo de quince días con un falucho mas. ¡Y siempre pretextaba...quepasando por aquellos mares con rumbo a la Argeliahabía tocado en RíoMartín... sólo por ver a sus amigos y traerles tal o cual cosa que habíaprometido regalarles!...

Y los moros se acostumbraron a ver los barcos de Santiagoy moro y Santiagoestar cada vez más amigos.

Y Santiago subió entonces sus tres faluchos hasta la misma Aduana; yel administrador y él se entendieron; y corrió el oro; y el comercio devíveresque no pudo plantearse oficial y públicamenteempezó a hacerse deun modo privado y clandestinono ya por cuenta de nuestro gobiernosino porcuenta de Santiago; y Santiago se enriqueció; y penetró en Tetuán; yse quedó allí algunos díasfingiendo encontrarse enfermoy todo el mundosimpatizó con él; y compró una casa; y la obró a su modo; y desparramó uncentenar de duros con cierto tino; ¡y cátate a Santiago establecido en Tetuáncon su mujer y toda su parentela!

Pero pasaron los siete años que llevo dichosy España declaró la guerra aMarruecos.

-¡Santiago es un espía! -exclamó entonces un envidiosoindudablementejudío.

-¡Santiago nos vende! -repitió un moro patriota.

-Santiago es español... -meditó el gobernador de la plaza.

-¡Santiago es cristiano! -dijo un fanático rechinando los dientes.

-¡Muera Santiago! ¡Muera el perro español! -gritaronfinalmentetodoslos hebreosque no dormían pensando en la fortuna del andaluz.

Pero Santiago había adivinado todo eso muchos días antes de publicarse ladeclaración de guerray escapádose la víspera con su mujer y sus deudostodos disfrazados de morosescalando la muralla de la ciudad a favor de lastinieblas de la nochebajando por el Martín con sus tres faluchos yganando la mar antes de rayar el día.

Se llevaba todo su dineroy dejaba confiados sus ganados y lo mejor de susmuebles a algunos amigos lealesde quienes dice que no recela una traición. Sucasaen finquedó a merced del primeroque quisiera entrar y robarla...

-De este modo -dice Santiago con mucho talento- habrán tenido algo en quecebar su furiay olvidado que yo poseía también huertas y rebaños.

Tal es mi hombre; tal es el guíael intérpreteel diccionarioel mapael cronicón y el amigo que mi buena suerte me ha deparado en una pieza. Susfaluchos han venido en pos de la División Ríosy ayer penetraron triunfantesen la misma ría de que salieron fugitivos hace poco más de tres meses.Santiago se propone entraren Tetuán con el ejércitoy se pasa el díay la noche haciendo cálculosno sobre lo que habrá sido de su casa o de laspersonas a quienes confió sus bienessino sobre la indemnización que pedirápor todo ello el día que se firme la paz... ¡Creo que no puede darse mayorprevisión!

En cuanto a mis relaciones con este hispano-africanodebo decir que sonconsecuencia de una novedad que ha ocurrido en mi vida de soldado. Desde anochehabito en el cuartel generalcomo ordenanza del general O'Donnell(5) <notas.htm>; lo cual quiere decir que he tenido quesepararmey no sin profundo sentimientodel TERCER CUERPO de ejércitoal quehe pertenecido desde que salí de Españay seguiré perteneciendo de derechocomo individuoque no he dejado de serdel batallón de Ciudad Rodrigo.Este cambio de domicilio me ha parecido indispensable para la mejorcontinuación de la presente obra.

Ahora bienal incorporarme al cuartel general del general en jefeme he arranchadocon aquellos amigos míos de que ya os hablé en la MezquitaAníbalRinaldy y su sapientísimo maestrofilólogos del Oriente e intérpretesoficiales del conde de Lucena; y estos preciosos compañeros de tienda (muy máspreciosos para quiencomo yoescribe una guerra hispano-arábiga) me hanproporcionadoentre otras ventajas fáciles de comprenderla importanteamistad del buen Santiagocon quien ellos la habían contraído hace dos mesesen Ceuta.

Háblasepuesel árabe en mi tienda a todas horasy háblase ademas elfrancés. Porque he de advertir que también habitará en ella desde hoy elafamado dibujante parisiense Mr. Charles Iriarteque se encuentra en Áfricadesde el principio de la guerra como corresponsal del Monde Illustréya cuyo lápiz se deben la mayor parte de los croquis con que apareceilustrado el presente libro (6) <notas.htm>.

Santiagopor su partehabía resuelto habitar en uno de sus faluchosanclado en la ríaa pocos pasos del cuartel general; pero notando yo quedeseaba vivir con nosotrosa fin de estar en más inmediato contacto con gentesque podrán servirle mañana para redimir sus bienes de Tetuánle hedado hospitalidad en mi tiendaa condición de que la cocinay el comedorde la casa estén en el faluchodonde puede guisarse con más aseo ycomodidad. Para elloel sirio Rinaldyel francés Iriarteel cosmopolitaMustafáel africano Santiago y el español que vuestra mano besahan reunidoen dicho barco los víveres que llevan consigo y las raciones que les da laAdministración Militartodo lo cual promete unos espléndidos festinesmarítimo-guerreros y artístico-literarios quea juzgar por el de hoyharánmás llevadera algunos días esta durísima vida de campaña.

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Conque vamos a las prometidas noticias.

Acabo de dar un gran paseo por estos contornos acompañado de Santiagoquienme ha ido explicando la significación de muchos sitios y objetos a medida queexcitaban mi curiosidad.

Cuando emprendimos nuestro paseo (él en mi borriquillo moruno y yo acaballo) serían las diez de la mañana... Adivino que os ha asaltado elrecuerdo de Don Quijote y de Sancho Panza. Yo también los he recordado hoymuchas vecesal ver a Santiago (quepor señases gordo y de pequeñaestatura) caballero en su reacio pollinoy al considerarme a mí (que soyflaco) con la tizona al cinto y molidos los huesos de tanto cabalgarbuscandoaventuras sin ejemplo a costa de regalo y de mi salud.

El día estaba hermosoy el sol calentaba mis mojadas vestidurasalumbrandode paso el Universo Mundo...

Tetuán... (¡siempre Tetuán!) parecía encontrarse más cerca a causade la diafanidad del aire. Las líneas de sus casas aplanadas y blanquísimasde sus torres y de sus fortificacionesse dibujaban con una precisión y unalimpieza talesque más que un gran pueblo remotofigurábaseme estar viendoal alcance de la manouna ciudad en miniatura.

¡Y yo la miraba siempre! Y al considerarlatan solatan quietatansilenciosasin humos durante el día y sin luces durante la nochecreíala unaciudad muerta y osificadasímbolo perfecto de la vida social de los morosrefractaria a todo progresosumida en el sueño letal de un estúpidofatalismo... O bien discurría más humildementeviniendo a la cuestión delmomentoal interés de la campanay me imaginaba que en Tetuán no sedivisan luces ni humo porque la ha abandonado completamente la población... Yentonces temía verla volar en escombros el día que penetre nuestro ejércitoen ellay hasta me fingía al esclavo negro que velaría con la mecha en lamanodentro de un subterráneo lleno de pólvoraesperando a que resuenennuestras cornetas por las calles de la ciudadpara destruirlanuevo Sansónsobre los enemigos de su fe...

En tanto que yo me devanaba así los sesosmi cicerone estabamelancólico. ¡Era la primera vez que recorría el llano después de suprecipitada fugay cada lugarcada cosale recordaba goces de la juventudlafamilia ausentesu hacienda abandonada y tal vez deshecha!

Sin embargoa veces tenía ratos de entusiasmo y alegríay era quecomoespañolno podía menos de ufanarse de recorrer triunfantedominador y librela tierra en que hace pocos meses pesaba el despotismo musulmány donde letrataban como de peor condición que un caballo o que un judíola tierra enque mil veces había oído insultar a su patria y desconocer su poder y sugrandeza; la tierraen findonde antes se escarnecía impunemente la religiónde Cristo...; religión queen medio de todoera la de Santiagoo al menos lade su familia... o la de sus mayores.

-¿Quién diría que es este el Valle de Tetuán? -exclamó al fin miamigo en un momento de conmiseración hacia los moro.

Este era el tono en que yo quería oírle hablar.

-¿Qué pasaba aquí antes de la guerra? -le preguntépuesapresuradamente.

-Todas estas praderas -me respondió- estaban cubiertas materialmente deganado particular y del gobierno. Por todas partes se veían yeguadasrebañosde cabras y de ovejasvacadas enormespiaras de cerdos...

-¿Cómo de cerdos? -exclamé con extrañeza-. Pues ¿no los aborrecen losmoros?

-Los aborrecensíy hasta les tienen un miedo cervalsobre todo losfanáticoslas mujeres y los niños... Pero aquellos cerdos eran míosy mihabilidad se cifraba en obligar a los mahometanos con regalillos a que mepermitiesen criar aquellos monstruosy llevármelos después a Gibraltardondelos vendía. Fuera de estoy para que forme usted idea del horror que a losfanáticos les causa el ganado porcunobastará decirle quecuando los grandescazadores de la comarca (pobres miserables muchos de ellos) mataban un jabalíen la próxima sierraporque les salía al pasoy no tenían otro remedioenlugar de traerse la fiera a su casa y mitigar con ella el hambre de su familiaabandonaban la pieza muertame buscaban a mí o a algún otro cristianoy nosdecían: «¿Qué me regalas si te digo dónde acabo de dejar tendido unjabalí?» «Te regalo tanta pólvorao tantas balaso tanto café...»(respondíamos nosotros). Y el cazador nos llevaba entonces a la sierra; nosenseñaba desde lejos una masa cerdosa que se veía entre las jarasy huíacomo si hubiera cometido un gran pecado.

-Y ¿por qué decían «qué me regalas»y no «qué me das encambio»?

-Porque su Ley (en eso es justa) no les permite enajenar por dinero las cosasque les prohíbe poseer. Un moro no puede poseer ni cerdosni monasni otrossemovientes; y como para vender una cosa es preciso tener antes dominio sobreella...

-A propósito de monas -interrumpí yo-: ¿dónde diablos se esconden esascélebres hijas de Tetuánque no las vemos por ningún lado?

-No están muy lejos... ¿Ve usted aquellos cerros nevados? Pues allí haymiles de ellas.

-¡Ah! En el Atlas.

-Síseñor. Allí tenía yo mis ganados durante el estío; y al empezar elotoñoveía bajar las monas a las viñas de los valles de Benimadánque linda con este.

-¡Cómo! ¿Aquí hay viñas? Pues ¿no es pecado... moro beber vino?

-Pecado moro es; pero ¿hablamos de las viñas o de las monas?

-Primero de las monas.

-Pues bienlas monas bajaban a las viñas a comer uvasy los moros sedivertían entonces en correrlas a caballocomo nosotros hacemos con lasliebres. Una vez en tierra llanalas monas se cansan pronto... Echábanlespuesmano sus perseguidoresy las cogían vivas. Pero como tampoco puedenposeerlaslas traspasaban (no diré las vendían) a los judíosquienesse las llevaban a Gibraltardonde los ingleses las pagan muy caras.

-Hablemos ahora de las viñas...

Santiago se sonrió.

-Mire usted... -exclamó al cabo de un momento-. Aquícomo en todas parteslos libros mandan una cosa y los hombres hacen otra...

-Sin embargolos musulmanes son muy fieles a su religión...

-Si¡más que nosotros a la nuestra! Pero eso no quita para tengan tambiénsus herejespor lo demásya sabe usted que las uvasantes de ser vinosonuvasy a los moros no les está prohibido comerlas. Muchos las convierten enpasasy otros las venden a los judíosquienes pueden emborracharse sin faltara su religióncon tal que el vino esté hecho por su propia mano... Yenfin... (ya se lo he dicho a usted)los mismos moros beben de contrabando...

¡Cuando entremos en Tetuánbrindaremos con algunos de ellosyverá usted qué cosa tan particular es un moro medio alegre!...

En esta forma continuó nuestra pláticaque no transcribiré letra a letrapor no hacer interminable mi relación; pero allá va un resumen de lo demásque me ha referido Santiago y de lo que yo he visto durante nuestro paseo.

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Este feracísimo valle mide dos leguas de ancho y dos de largo; yaparte dela ganadería (quecomo habéis oídoera aquí cuantiosa)la agricultura yhasta la industria pedían a esta tierra su inagotable savia. Así es quepordonde quiera que se caminevense chozas de labradoreserascorralescortijossembrados y aperos de labranza. Los principales productos de estosterrenos eran melonesmaíztrigosandíaspatatas y tabaco. Los tres ríosque cruzan el valle se llaman el Martínel de la Judería y el Alcántara.

El Martín baja por la izquierdapasando cerca de la aldea de Benimadánpueblo disperso y diseminadoal modo de algunos de la montaña de Santander. Esnavegable hasta la Aduanay aun durante las grandes lluvias se ha subidohasta las huertas de Tetuán en botes de poco calado. La barra queforma al desembocar en el mar es muy peligrosae inaccesible cuando reina ellevantepues la cubre muy poca agua; pero tiene una especie de portillopordonde han entrado alguna vez buques de alto bordo.

El río de la Juderíaque también muere en el marbaja por laderecha del llanoy entre él y el Martín forman casi todas laslagunas. En ellas se cazan patos por el otoñoy en todos tiempos esirresistible el canto de los millones de ranas que contienen.

Del río Alcántara hablaré después.

Al lado allá del río de la Juderíahay unas salinas bastantericaspropias de algunos vecinos de Tetuánsobre todo de un personajeimportantísimo llamado El Santo. En cuanto a las Lagunasaunqueestán más bajas que el nivel del martodas son de agua dulcey ningunamedirá arriba de quinientos pasos de diámetro.

En los cerros de Benimadám (estribaciones del Atlas) me hahecho columbrar Santiago señales de minas que allí hubo. Eran plomizas y muybuenas; perocuando empezaron a producirel difunto emperador de Marruecos diodinero a los franceses que las laborabancon tal que las abandonasencomo enefecto las abandonarony entonces las mandó cegar completamente.

-¡Hubiera usted visto esa playa los veranos! -exclamó luego Santiago enotro acceso de melancolía-. Toda ella se poblaba de tiendas de campaña defamilias acomodadas de Tetuánque bajaban a bañarse en elMediterráneo. Durante las horas de calortodo el mundo dormía...pero a latarde¡qué animaciónqué fiestaqué alborozo! Las mujeres se reunían ajugar en un ladoya mucha distancia de ellashacían lo mismo los hombres.

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Las pobres moras gritabanbailabancantaban o corrían por la orilla delmaragitando sus blancos mantoscomo gaviotas que quisieran tender el vuelo yvisitar otros horizontes. ¡Quizá habían oído hablar de quea la opuestaorilla del Mediterráneola mujer era más libremás querida y respetadaysoñaban con escapar de la tiranía de sus actuales esquivos dueños!...

Entretantolos moros fatigaban el llano con sus agiles corceles; corrían lapólvora; luchaban; se ejercitaban en el manejo de la gumíao bien fumabanperezosamentemirando con ojos codiciosos aquellas naves que cruzaban hacia elestrecho de Gibraltaro aquellas costas que se extendían al término delhorizonte... ¡Naves y costas eran cristianas: unas y otras europeas; unas yotrasenemigas irreconciliables de los agarenos y de su Dios! ¡Ah! ¿Qué sehabían hecho los grandes piratasmahometanos?

Luego salía la lunala bella luna del estío de África... Y el hombrebuscaba a la mujer; y el mar y la ría se poblaban o parecían poblarse detritones y nereidas...

¡Y nosotros estábamos allaen la vecina costaa un paso de talesmisteriosentregando nuestra alma en los desabridos goces de nuestra decrépitacivilización!...

Comprenderéis que estas últimas cosas no me las decía Santiago al pie dela letrasino que las pensaba yoglosando a mi manera sus revelaciones ynoticias.

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En esto habíamos llegado a la Aduana.

La Aduana es un vasto edificiomal conformadocasi nada oriental ensu aspectocuyas puertasventanas y alacenas parecen hechas por nuestrosandaluces. Sus puertas son cuatroy cada una da entrada a cierto número dehabitacionesincomunicadas con las demás.

Los patios y los extensos aposentos bajos revelan claramente que estabandestinados a almacenes de mercancías. Las escaleraspinas y angostasy laspuertassumamente estrechastienen mucho carácter morisco. En los pavimentosy en el zócalo de las paredes vense algunos groseros alicatados que recuerdanel estilo de las losetas valencianas.

Los muchos corredores que atraviesan el edificio en todos sentidosdanentrada a más de cincuenta tugurios o pequeñísimas celdas nada interesantes.En ellas se alojaban los mercaderesmientras que la Administración de Rentasdel Imperio examinaba sus géneros y les marcaba los derechos de importación oexportación.

Tosco vidriado votoesteras de juncoutensilios de palmalechos de hierbassecasvestigios de víveres y de pólvoray algunos harapos que habían sidoturbantes y albornoceshacían hoy de aquellos abandonados aposentos unasverdaderas pocilgas. Y (!singular contraste!) al lado de semejante suciedadllamaba la atención el ver admirablemente blanqueado hasta el último rincónde la más obscura estancia. Particularidad es esta que he notado en todos losedificios moros.

La cal (me dice Santiago al oírme hablar de ello) es la manía de losmarroquíes. El más sucio y miserable mendigo blanquea su vivienda todaslassemanas.

En el edificio de que tratamos hay un departamento independiente que mereceespecial menciónpor ser mas artístico y lujoso que los otrosy por haberlohabitado (probablemente hasta hace dos días) el administrador del Sultán.

Aquel departamento de preferencia se reduce a una escalera revestida dealicatados y alizaresa una azoteaa un cuartito y a una gran sala cuadrada.

Esta sala (la del divánsegún la llamó Santiago) tiene en mediouna esbelta columna del más puro gusto árabeque sostiene un precioso ylabrado techo. El pavimento es de mosaico de coloresasí como la parteinferior de las paredes. Dos ventanas con cristales y de bien trabajadas maderasdan luz a la habitación cerca del suelo. De este modoel señor administradorsentado sobre sus piespodía ver el magnífico paisaje que se descubredesde ellas.

-Aquí -me decía mi amigo- se reunían a fumar y callar algunos moros ricosy dos o tres ingleses que componían la tertulia del alto funcionario marroquí.Alrededor de toda la sala había una especie de cama corrida o sofá muy bajo(un divánen fin) de damasco verdey sobre él gran multitud de almohadas ycojines de todos tamaños y figuras. ¡Cuántas veces he venido yo a estahabitación a dejarme desollar por aquél perroy he encontrado más de veinteharaganes tendidos a la larga en torno míomirándome con ojos estúpidosenvueltos en el humo de sus pipasy aspirando los olores narcóticos quedespedían los braserillosatestados de mirra y de benjuí! ¡Cuántas veces mehe apoyado en esa columnaembriagado materialmente por semejante atmósferayconfundido ante aquellas miradasante aquel silencio y ante la sonrisa irónicadel administrador!... Siempre que me veía (eran sus palabras)«se ponía acalcular qué le sería más conveniente: si hacerme cortar la cabeza y robarmetodos mis bienes y tesoroso dejarme vivir hasta que los acrecentase más».¡Ira de Dios! ¡Que no me lo encontrase ahora!

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Salimos de la Aduana en ocasión precisamente de pasar por allí elgeneral García con sus ayudantes y una pequeña escolta.

El infatigable jefe de estado mayor iba a practicar un reconocimiento en laparte alta del llano; es decira enterarse de cuál será el mejor camino paraavanzar en su día sobre Tetuán con la artillería rodada y con un trende sitio que recibiremos pronto de Sevilla.

La coyuntura no podía ser más a propósito para que Santiago y yocontinuásemos sin riesgo algunopor el lado allá de nuestras avanzadaselreconocimiento artístico que íbamos haciendo... Me agreguépuesal generalGarcíaypasados unos pocos minutoshollábamos ya terrenos todavíavírgenes de pisadas de nuestras tropas...

-¡Buena ocasión para ver el Cementerio Cristiano! -me dijo entoncesSantiagollamándome aparte.

-¡Cómo! ¿Qué cementerio?

-El destinado por los moros a recoger los restos de los católicos yprotestantes que mueren en esta tierra.

-¿Qué dice usted? ¿Los moros entierran a los cristianos?

-Síseñor; lo cual es tanto más de agradecercuanto que (como ustedsabe) si algún mahometano muriese en Españano encontraría ni la sombra deun árbol en que dormir el sueño eterno...

-¡Oh.... sí! ¡Los moros son hospitalarios hasta con la muerte! -dije yopor decir algo.

En esto habíamos llegado ya a un pequeño recinto cercado de pitascubiertode copiosa hierbay atravesado de norte a sur y de oriente a poniente por dosfajas de empedrado que se cruzan en el centro de la final morada.

-¡Ahí tiene usted el famoso Cementerio Cristiano! -exclamó miamigo.

No le respondí. Yo había formado ya una composición de lugary encontradoque nuestro enterramiento era inmejorable. Aquella extensa cruztrazada conmenudas y blancas piedras sobre toda su superficieparece como que estrechaentre sus brazos a los fieles que yacen en aquel suelo enemigo... Creyéraselaun escudo que los protegeuna madre que los cobijala espada de un querubínque los guarda.

Anchos y profundos fososabiertos por la parte interior de la cercarodeancompletamente el lugar sagradoconvirtiéndolo en una especie de isla...(¡así debía ser!); y el Martínque pasa besando aquella fúnebrecolonia de europeossuspira blandamente al alejarse de ellacomo si llevase ala mar algún mensaje de cariñosas memoriaso cual si compadeciese a los quebajaron a la tumba lejos de la patria.

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Pocos pasos más alla vi en el suelo algunos surcos circulares.

-Aquí ha habido tiendas... -exclamé.

-¡Y no pocas! -respondió Santiago-. Mire usted por esta otra parte...

Era indudable que los moros habían tenido allí un gran campamento durantemuchos días.

-Acamparían en este llano -observó el astuto mercader- cuando creían que losEspañoles iban a empezar la campaña desembarcando en Río Martín...

-¡Nos llama los Españoles! -reflexioné yo con disgusto.

Millares de cáscaras de naranjas alfombrabanpor decirlo asíel lugar quehabía ocupado el campo moro. La cebada esparcida por los sitios en queestuvieron sus caballos había nacido yay algunas manchas negras que se veíanen el suelo eran de pólvoradisuelta por la lluvia... ¡Pobres marroquíes!

Más adelantemarchamos por una estrecha carretera empedrada. Estacarreteraomejor dichoesta calzadaconstruida sobre un terreno muypantanosose prolonga como un cuarto de leguapasando sobre dos puentecillosde un solo ojolabrados con piedra y caly echadosel uno sobre el RíoAlcántaray el otro sobre una cenagosa acequia.

Al fin del empedrado empiezan unas praderas extensas y lozanasmuyencharcadas casi todas; pero con tal disimuloque no lo echa uno de ver hastaque el caballo se ha atascado en ellas.

Finalmentevolvimos a dar otra vez en el Río Alcántaraqueculebrea mucho por el valle.

Allí se había detenido el general García buscando un vadoque acabó porhallary que le condujo a terreno más consistente.

Yo seguí en pos suyomientras que Santiagopor el bien parecero por noser muy dado a aventuras bélicasquedaba con su humilde cabalgadura a laorilla del río.

En cuanto a nuestros caballosfatigados de luchar con el lodo o deresbalarse con las piedrascomplaciéronse mucho en correr y caracolear sobreaquel pradoterso y mullido como una alfombra de terciopelo.

Así adelantamos otro cuarto de leguasiempre examinando el horizontedondeno aparecía sombra vivienteo devorando con la vista a Tetuánque ibaagrandándose a nuestros ojos... De las tiendas moras estaríamos ya unos 1.700metros.

En esto vimos alzarse blanca y espesa humareda al pie de las más bajas;oímos un lejano estruendo; percibimos en el aire una trepidación parecida alruido de la locomotoray vimos caer cerca de nosotros y sumergirse en la tierrauna voluminosa bala de cañón.

-¡Tienen cañones! -fue nuestra primera frase.

Y yo sentí cierto patriótico remordimiento por haberlo deseado.

-Tiran de la llanura -dijo el general García.

-Es que han atrincheradoy artillado su campamento -añadió un ayudantealargándole el anteojo.

Durante estas reflexiones había caído otro pesado proyectil al pie denuestros caballos.

-¡No apuntan mal! -exclamaron los que habían corrido más cercano riesgo.

-Vamos adelante... -añadió tranquilamente el jefe de estado mayor.

Y aun avanzamos 500 metros andando al pasomientras que los moros dispararonseis u ocho cañonazos más.

-¡Si creerán que vamos a tomarles el campamento veinte hombres solos! -ibayo pensando.

El general García se detuvo al fin.

Desde aquel paraje se distinguía perfectamente toda la llanura. Estudiópuesla dirección de los tres ríos; el lugar de cada pantano; la naturalezadel terrenoy la disposición relativa de Tetuán y de los campamentosenemigos; ydespués de ver venir otros dos o tres disparos muy bien graduadosy quea haber sido hechos con proyectiles huecosnos hubieran estropeadoindudablementevolvió grupas sin hablar palabray emprendió la marcha a FuerteMartín.

Ya era tiempopues empezaba a llover. ¡Media hora había bastado paraconvertir la más transparente atmósfera en un celaje nebuloso!

¡Pero hoya lo menosnos ha cogido el turbión con las tiendas plantadas!

En este momentoque son las once de la nochellueve todavía con tantoímpetu como si no hubiese caído una gota de agua hace diez años... ¡PícaroAlá! ¡Cómo se conoce que es nuestro enemigo!

Sin embargoyo estoy muy contento: 1.ºpor haber conocido a Santiago;2.ºpor las muchas cosas que he averiguado hoy; 3.ºporque ya he oídozumbar sobre mi cabeza balas de cañóny 4.ºporque ya sé que los moros tienencañones...



 

- XXXI - Contemplación.

En el ríoa bordo del San Cayetano. Día 19.

No ocurre novedad.

Desembárcanse muchos miles de raciones.

Empréndense las obras de fortificación de la Aduana (destinada agran almacén de víverespor si la mar vuelve a incomunicarnos con nuestrosbarcos) y la construcción de un Reducto en la extrema derecha de nuestravanguardiacasi en el centro de la llanura.

(Se llamará Reducto de la Estrellapor tener la forma de tal.)

Tetuán sigue durmiendoy los moros no se presentan por ninguna parte.Pero su campamentocercado de trincherascrece diariamenteapoyándose en elmismísimo llanoo sea en las las huertas de Tetuán.

Por lo demástodo el resto del valle está por nosotrosy nuestrossoldados se alejan durante el día hasta una legua de sus tiendassin encontrarni un solo enemigo.

Vivimos con más comodidadaseo y abundancia que antes. La proximidad de ungran ríola cercanía de un buen fondeadero y la curiosidad que inspira estacomarcanos proporcionan recursos y distraccionesasí como visitas deGibraltar y del litoral español...

Todos los días llegan nuevos industriales y comerciantesy vaestableciéndose en la playa un gran Mercado en el cualsi biena peso de orohallamos muchas cosas de que carecíamos.

A mayor abundamientocerca de mi tienda se alza una Fonda Francesainstalada en una barraca enormedonde se pasan ratos muy agradables...

En finya no hay cólerasino muy poco y muy ligero en la División Ríosquecomo recién llegadasufre los efectos de la aclimatación.

La campañapuesha templado ya sus rigores.

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Iriartelos intérpretes y yo nos venimos por las tardes con Santiago abordo de su falucho San Cayetano (anclado en Río Martínmuy cerca de nuestro campamento)donde nos aguarda una de aquellas estimulantesy sabrosas comidas que hacen célebre la cocina marinera.

Aquítendidos sobre cubiertabajo un toldo hecho con una velalatinaaplicamos el vaso de cine a un voluminoso tonel de rico mostoyhablamos indistintamente de España o de Marruecosentre bocado y bocadoentrelibación y libación.

Por la parte de proa se ve a Tetuán; por la de popa se extiende la Ríay el Mediterráneo.

A estribor se alzan todos nuestros campamentosdonde resuenan en esteinstante los acordes de una banda militar que toca la sinfonía de la Semíramis;detrás de las tiendas asoma el bosque de mástiles de tantos y tantos buquessurtos en la rada.

Mirada así la playaa la indecisa luz del crepúsculohace el efecto deuna grande y populosa ciudad marítima. Las tiendas parecen más altas... Elhumo de los vivaques semeja salir de otras tantas chimeneas. Los rumores de milconversacionesel relincho de los caballoslos golpes de los mazos sobre lasestacaslos gritos remotos de las maniobras de los marineros: todo remeda elruido de los talleresel estruendo de las fábricasel eco de tareasurbanasy pacíficas.

En primer término se distingue el cuartel general del general en jefeanchísima calle formada por corpulentas tiendasen la cual se paseanahoramismocomo si fuera en el salón del PradoO'Donnell y Primdepartiendotranquilamente; varios oficiales extranjeros; el conde d'Eu (príncipe de lafamilia de Orleans)que ha llegado hoyvestido con el honroso uniforme dehúsar de la Princesay que militará a las inmediatas órdenes del general enjefe; muchos otros generales y oficiales; algunos paisanos; más de cienpersonasen fin... Es completamente un simulacro de la vida socialque nosrecuerda antiguas costumbresllevando nuestra imaginación a Madriddonde eneste momento se estarán paseando tantos amigos nuestrosy tantas amigas...

A baboro sea al otro lado del ríose descubre una campaña verdesoladilatadaque muere al pie de adustos montes velados ya por la vespertinaniebla. En medio de esa campaña se ven unas trescientas vacas de nuestrapropiedadque pacen sosegadamente. Semejante cuadro pastoril tiene también suencantoy habla al alma el dulce lenguaje de otros recuerdos más o menosbucólicos y permitidos...

Las estrellas empiezan a tachonar de puntos de oro la inmensidad del espacio.La luz del día se extingue lentamente. El marhoy apaciblereluce como unespejo de acero. Las aguas de la ría tomanpor el contrariocierto color deópalocuya suavidad se refleja en mi fatigado espíritu...

Estos momentos de calma y de reposome infunden la más grata melancolía.Véome en posesión de un bien soñadoy experimento aquella plácidatranquilidad que produce la dicha a los que no están acostumbrados a ella.Aquí recuerdo aquella otra tarde que pasé hace mes y medio en los montes deMálagaa la puerta de un cortijoviendo a lo lejos el litoral de Áfricayoyendo el sordo eco de los cañonazos de la acción del 9 de noviembre... Eldeseo que me asaltó entonces de venir a la guerraa seguir la suerte de miscompatriotasy el anhelo anteriorque ha llenado toda mi vidade visitar latierra de los morosvense ya realizados afortunadamente. ¡Esta es África!¡Aquel es Tetuán!... La espada del soldado aventurero me asiste ahoracomo a ver la lira del trovador apesaradocomo antes el báculo del peregrinoque buscaba un nombre. ¡Todo es verdad en la vida!... ¡Quizá lo único quehay falso en ella es la idea de la muerte!

¡Morir!... ¡Yo no lo comprendo! Cuando todas las ilusiones terrenales serealizan; cuando toda necesidad tiene su satisfacción en la naturaleza; cuandotodas las esperanzas mundanas llegan aquí abajo a seguro cumplimiento¿cómono ha de realizarsesatisfacerse y cumplirse nuestro deseo de inmortalidadnuestra ansia de conocer a Dios? El amorla gloriala ambiciónlos ensueñosdel artista y del poetatodo llega a convertirseal finen hechos evidentes ytangiblesen logros materiales... ¿Cómo ha de ser vana quimera el ideal mássublimela inspiración más constante de nuestra alma?

¡Ahsí! ¡La muerte es mentira! La muerte es despertar de un sueñocomo dijo nuestro gran poeta.



 

- XXXII - De cómo celebró el ejército de África los días del príncipede Asturias. -Combate solemne. -Nuestra Infantería forma un cuadro. -El conded'Eu. -La Caballería española y la marroquí. -Gran Parada.

Campamento de Guad-el-Jelú24 de enero.

Después de tres días de completo descanso para todo el ejército (menospara los ingenierosquienes han trabajado sin cesar en el Reducto de laEstrella)despertonos ayer23la poderosa voz de cien cañonesqueresonando en mar y tierra con redoblados ecosnos hizo sospechar si se habríaprolongado nuestro sueño más de lo permitidoe irían ya muchas horas dereñirse una gran batalla a que estaríamos faltando ignominiosamente.

Empero poco después observamos que el alegre toque de diana se unía alronco son de tan extraño cañoneolo cual quería decir que estaba amaneciendoen aquel instante... (Yen efectoel lienzo de nuestras tiendas filtrabaapenas una dudosa claridad.) ¿Qué significabanpuesaquellos cañonazostirados tan a deshora?

Pronto supimos que estábamos a 23 de enerodía de San Ildefonsoy díapor consiguientedel presunto heredero de la Corona de España... Aquelloscañonazos eranpor consiguientesalvas de pólvora sola.

Todos opinábamos lo mismo. Un día semejante no podía pasar como cualquieraotro. Los moros acudiríancomo siempreal reclamo de nuestros cañones: sisabían que celebraban una fiestapara turbarlay si habían tomado losdisparos por un segundo desafíopara recoger el guante y sostener el duelo alabrigo de sus nuevas trincheras.

Equiposepuesde guerra todo el mundo desde la primera hora del día;ensilláronse los caballos preventivamente; diose la orden de acelerar losranchos; requirió sus armas cada unoy cundióen finpor todo el campamentoaquella febril animación y bárbara alegría que son ya entre nosotros indiciocierto de la proximidad del combate.

Y el caso fue que nuestros presentimientos se cumplieron.

-!A caballo! -se oyó decir en el cuartel general a eso de las nueve-. ¡Elgeneral O'Donnell va a montar!... ¡Parece que se ven moros!

Montaronpuestambién los cuarenta o cincuenta jefesoficiales yagregados que constituyen el cuartel generaly seguido de ellos y de su escoltade carabineros y guardias civilestomó el general en jefe el camino del Reductode la Estrellaatravesando por todos los campamentosque le batieronMarcha Realsegún es de ordenanza.

El Reducto se halla bastante adelantado. Constrúyese con tierra yhojas de pitay su destino es conservar la comunicación entre la escuadra y elejército el día que éste avance hacia Tetuán. Protegían ayer lostrabajos dos escuadrones de caballeríaun batallón de línea y un escuadrónde artillería de a caballoa las órdenes del renombrado brigadier Villate.

Más de una hora permaneció el general O'Donnell en aquel Reductodando instrucciones para su pronta terminación y estudiando los intentos delenemigo. Pero este no se separaba de sus artilladas trincherascomo sienlugar de prepararse a atacarnosesperara una acometida de nuestra parte; locual nos hizo discurrir del siguiente modo:

«Los moros recuerdan sin dudaque nuestro ejército celebró el día de laReina inaugurando la campañay temen que hoypor ser día del príncipe deAsturiasdemos el ataque a Tetuán

Con gran placer (me atrevo a asegurarlo) lo hubiera hecho así el generalO'Donnell: pero aún necesitaba y necesita preparar muchas cosas antes de volvera tomar la ofensiva (entre otrasrecibir y montar el tren de sitio). Porconsiguienteayer mañanaviendo a los moros a la defensivaregresó a FuerteMartínno sin profundo sentimiento del ejército.

Una hora habría pasado desde que volvimos a nuestras tiendasy proyectabaya cada uno la mejor manera de emplear el ocio cuando volvió a escucharse lamisma voz que por la mañana:

-¡A caballo! ¡el general O'Donnell va a salir!... ¡Parece que nos atacanlos moros!

A todo esto serían las docey brillaba con gran esplendor uno de esoshermosísimos días de enero que tan frecuentes son aquí y en Andalucía.

Todos volvimos a montarteniendo que meter espuelas para alcanzar al generalO'Donnellquien ya atravesaba nuestros campamentos dando órdenes por símismo. Al general Ros le mandó que lo siguiese con su cuerpo de ejército; algeneral Galianoque avanzase también con la división de caballeríay algeneral Ríosque adelantase algunos batallones por la izquierdaparaprotegerla en caso necesariomientras que dos escuadrones de artillería de acaballo y una compañía del Tercero de Posición emprendían la marcharápidamente.

Entretantoel enemigocansado de esperarnos delante de sus tiendasse nosvenía encima por todos ladosproponiéndose quizá apoderarse de las nuestraso meramente con el santo fin de verter sangre española.

Al llegar O'Donnell al Reducto de la Estrellaya se encontraban atiro de fusil numerosos enjambres de infantería moramientras que sucaballería (más copiosa y regular que nunca) descendía por la derecharebasando nuestro frentey nos amenazaba por aquel flancobien que desde ellado allá del río de la Juderíaque aún no se había atrevido apasar. ¡Siempre la media luna! ¡Siempre el afán de envolvernos!

El animoso brigadier Villate esperaba tranquilo la llegada del general enjefedefendiendo el Reducto con sus escasas fuerzas; pero tan hábil yvalerosamenteque tenía a raya por todas partes los intentos del enemigosinapartarse del puesto que estaba llamado a sostener.

La situación podía ser críticay no debía perderse ni un momento...Mientras llegaba la infantería (quenaturalmenteno había podido seguir elgalope del cuartel general)el conde de Lucena mandó avanzar por el blancoderecho al general García con doscientos caballos y con unas guerrillas decazadoresque el general Ustáriz situó convenientementequedándose conellas y dirigiendo sus comprometidas operaciones en medio de un incesantetiroteo. Porque hay que advertir que entre nuestras posiciones y el ejércitoenemigo había una larga serie de pantanos y lagunasy que la acción estabaempeñada entonces de margen a margen; lo cual no podía dar otro resultado quemayores o menores bajas en unas u otras filas.

La caballería árabeque seguía corriéndose hacia el mar por la derechavolvió pies atrás y se replegó al centro del llano no bien vio avanzaraquella reciaaunque reducida falange de jinetes nuestros. Y fue que los moroscomprendieron que nosotroscaminando siempre transversalmentehubiéramosconcluido por cortar su línea y dejar aislados y prisioneros (entre nuestroscaballosel marCabo Negro y nuestro Campamento) a cuantos se habíanatrevido a aproximarse a la playa.

Condensosepuesel enemigo sobre nuestro frenteen tanto que nuevasfuerzasviniendo del lado de Tetuánnos amenazaban ya por laizquierda. Es decirque en un instante cambió por completo la mutua posiciónde los combatientes y el plan de ataque de los marroquíes.

Estas continuas y rápidas mudanzas de los moros sonindudablementehabilísimasy ponen a prueba la previsión y la paciencia de los generalesmás experimentados. ¡Nadie sabe cómo se las componen unas tropas tandesorganizadas para comunicar a cada momento nuevos designios; para obrarconcertadamente en las circunstancias más imprevistas; para ir y venirvariarde objetovolver al intento que abandonarono disiparse como el humoy todoello uniforme y simultáneamentesegún las peripecias de la lucha! Acaso no esciencia ni obedecen a premeditadas instruccionessino que todos y cada uno seguían por un maravilloso instintosemejante al de los ejércitos de abejas ode hormigas.

De cualquier modoel general O'Donnell no había distraído sus fuerzas porla derechacuando parecía formalizarse allí la luchani menos dejadodesamparada su izquierda; antes bien había previsto la nueva evolución de losmorosy los aguardaba por el centrocon la artillería dispuestaapuntandoprecisamente al sitio en que habían de intentar el segundo ataque.

Vinieronpuescontra nosotros millares de infantes y de jineteslanzandobárbaros gritosy llegaron a la orilla de las lagunas del frentehaciendovivísimo fuego... Pero en esto empieza a tronar nuestra artillería: una espesacortina de humo nos roba por un instante la vista del enemigo; ycuando seaclara la atmósferavemos huir por todos lados a peones y caballerosmientrasque algunos se afanancon riesgo de su vidapor arrastrar a los muertos yheridos que acaban de morder la tierra...

Sin embargono se ha acabado la acción... ¡Vive Diosque la morisma esuna brava gente!... ¡Apenas repuestos de la primera sorpresaestudian lacolocación de nuestros cañones; aclaran sus filas y vuelven al mismo lugar queacaban de bañar en sangreesgrimiendo sobre su cabeza las argentadasespingardas y tirando contra nosotros en el momento de revolver sus caballos!...Los de infanteríapor su partese arrastran cautelosamente entre la hierbasurgen de pronto ante nuestra vista; hacen fuego con la presteza del relámpagoy vuelven a arrojarse al suelotal y como los fantasmas se hunden porescotillón en los teatros...

Por lo demásasí entre los jinetes como entre los peoneshabía ayergentes nuevaso quea lo menosno recordábamos haber visto hasta entonces.Una pintoresca variedad de trajes había sucedido a la antigua uniformidad desus blancas o pardas vestimentas. Quiénes vestían largos ropones encarnadosquiénes alquiceles azules y casquetes rojos; había muchos con jaique negroyno pocos con abultados turbantes y ancho calzón amarillo o verde; pero todavíala generalidad llevaba la clásica y monumental vestidura blancasiquier entodos se notara más lujo y ostentación que en los demás combates...Indudablementeayer nos las hubimos con tropas de reyconsoldados imperialescon la flor del ejército marroquí.

Nuestros cañones acabaron de despejar el frente. El general O'Donnell secorrió entonces un poco a la izquierda para seguir los movimientos del enemigo(que el humo le impedía ver en el otro lado)y desde allí percibimos todo elejército morodisperso ya por la llanuray en actitud devolverá sus realescual si ya se hubiese penetrado de la inutilidad de sus acometidas...

Peroen estocierta guerrilla de la división del general Ríos pasótemerariamente una laguna próxima a la Aduanayllevada de un excesivoardorcargabaopor mejor decirperseguía a la caballería mora; lo cualsi era cierto modo una imprudenciano dejaba de ser al mismo tiempo un alardede valor heroico que nos hizo palpitar de orgullo. ¡Ah! Nuevos en esta guerra;ansiosos de recibir el bautismo del fuego y de la gloriaaquellos soldadosveían alejarse al enemigo sin haber tenido ocasión de demostrarle ydemostrarnos a nosotros que eran dignos de figurar al lado de los vencedores detantos combates; yllenos de noble impacienciabuscaban una ocasión de lucharcon él separadamente y de vencerlo por sí solos.

Los marroquíes vieron a aquellos valientes separados de sus compañeros poruna ancha laguna; ycreyendo llegada la hora de la venganzavolvieron sobresus pasos y se dirigieron en considerable número contra la incomunicadaguerrilla...

Pero el general Ríos volaba ya también en su auxiliodespués de habertratado (algo tarde) de contener tan intempestivo arrojo. Lanzosepuesen lalaguna a la cabeza de un batallón del regimiento de Cantabria; atravesólas ondas a paso de cargacon el agua hasta la mitad del cuerpoyunidos yatodos a la guerrillacorrieron al encuentro de los musulmanes.

Mas si el general Ríos había sextuplicado la fuerza aislada que trataban deaniquilar los morosestosen cambiohabían centuplicado las huestes con quevenían contra ella... ¡Puede decirse que todo su ejército se dirigíaya hacia aquel atrevido batallónrodeándoloenvolviéndoloacosándoloferozmentesin consideración alguna al fuego de nuestra artillería... ¿Quéles importaba morirsi ya estaban seguros de matar? ¡Mermarán en buen horanuestras granadas sus enfurecidas huestes; pero el batallón de Cantabriahabía caído en su podery no dejarían escapar la presa ni aun a costa detoda la sangre marroquí!

¡Vana ilusión! ¡Quimérica jactancia! ¡El batallón se defenderá por símismo del formidable enemigo que lo cercay el general O'Donnell castigará alos insensatos que amenazan destruirlo!

O'Donnell había empezado por mandar al general Ríos que se detuvieraviendo mejorsin dudadesde el lugar en que se encontraba situadoelespantoso riesgo que iban a correr los de Cantabria...pero las lagunasimpiden que la orden llegue con oportunidad. Decide entonces correr en susocorroy aun aprovechar aquella ocasión para derrotar nuevamente a losafricanoshaciéndoles pagar caro su intento...

Su plan es instantáneoenérgicodecisivocomo las circunstancias. Elgeneral Galianojefe de la caballeríasaldrá al escape por la derecha conlos dos escuadrones de Lanceros de Farnesiocon una sección delregimiento de albuheray con la escolta del general en jefecompuesta decarabineros y guardias civiles de caballería; lo arrollará todo; pasará porpantanos y lagunas; envolverá el llanotrazando un ancho semicírculoycruzará como una tromba por en medio del ejército marroquíhasta colocarseal lado del batallón de Cantabria. El general Ríosentretantoavanzará de frente con su cuerpo de ejército; se arrojará también por enmedio de las lagunasy volverá en auxilio del general Ros cuando se halle a lamisma altura que él. El brigadier Morales de Radade la División Ríosseguirá el movimiento iniciado por Cantabriay protegerá a Galianocargando con su brigada de infantes al mismo tiempo que la caballería. Laartilleríaen finmarchará también de frente; salvará todos losobstáculos; penetrará en el agua como todo el mundoy se colocará en terrenosólido al lado de la Infantería del TERCER CUERPO.

Comunicado el plan a los que han de ejecutarlolas cornetas tocan ataque;las trompetas de caballería repiten la tremebunda señal; parten nuestrosjinetes por la derecha a galope tendidoy el TERCER CUERPO se lanza al agua sinvacilar un punto. El general en jefecon su cuartel generalva al frente de lainfantería...

Mil vivasmil voces de «¡Adelantey a ellos!» resuenan entodas partes. Los soldados caminan cubiertos por el agua hasta la cintura...pero conservan la formación y avanzan impetuosamente. Alguno cae...ydesaparece bajo los turbios cristales de la laguna; masentretanto que consiguelevantarsevese aún sobrenadar su brazo derecho empuñando la carabina...

-¡Cuidado con las armas! -gritan los jefes-. ¡Que no se mojen!

-¡No hay cuidado! -responden los que cayeronalzándose con elsemblante lleno de lodopero inflamado y sonriente.

-Ya queda poco... ¡Adelante! -gritan más allá los oficiales.

-Ya queda poco... -repiten los soldados para infundirse ánimos unos aotros.

Y así llegan a la orilla opuesta. Ysegún van llegandose alinean como enuna parada.

La forma de los pies y el color de botines y pantalones desaparecen bajo lamasa de barro que han sacado de las lagunas... ¡Y así emprenden el paso decarga!... ¡Así corren al encuentro del enemigo!

La artilleríaen tantocruza los pantanos al trotecon agua hasta loscubos de las ruedasy ocultándose enteramente entre los borbotones de espumaque saltan a su alrededor... Las mulas bracean en las ondas y en el fangosinencontrar fondo duro en que apoyar las manos. Pero cruje el látigo de losartilleros; mil gritos de ¡Hala! ¡Hala! alientan al ganado...y todaslas piezas pasan milagrosamentesin que haya volcado ni una sola.

Con todo¡en un tránsito semejante se han empleado ochodiezdoceminutos! ¿Qué ha sido durante este tiempo del amenazado batallón de Cantabria?

¡Oh dicha! ¡Oh gloria! ¡El batallón de Cantabria ha formado el cuadro!

El general Ríos y su estado mayor están encerrados dentro de él. Unalegión inmensa de jinetes árabes lo rodeaacometiéndole por los cuatro ladosal mismo tiempopero sin decidirse a asaltar aquella viviente fortaleza. Entodas partes se encuentran frente a frente de redobladas filas de soldadosque(con la bayoneta calada unos y en actitud de resistirles cuerpo a cuerpoyotros con las carabinas a la carahaciendo un fuego nunca interrumpido) formancuatro murallas de fuego y hierroa las que no osan acercarse los asombradosmoros! ¡Algunos temerarios que se atrevieron a lanzarse contra ellas a todo elcorrer de sus corcelesesperando conmoverlas y desordenarlasse revuelcan yaen su propia sangre y en la de sus nobles brutosdentro de la región de fuegoque rodea el cuadro!

¡Loor a los valientes de Cantabrialos primeros que decidieron ayerla cuestión de si nuestros soldados se mantendrían inmóviles en medio de lacaballería enemiga! ¡Loor al bisoño batallón y a sus bravos jefes yoficiales!

Allívuelvo a decirdentro del cuadroestaban el general Ríos ysu cuartel generaly así mismo se habían encerrado en él la sanidadlamúsicael capellán y el ilustre coronel Nanetique mandaba el batallón de Cantabria.Entre ellos veíase a los heridos (que también los hubo)a los cuales hacíantranquilamente los médicos la primera cura (7)<notas.htm>. Nosotros aplaudíamos en lo íntimo de nuestrocorazón a todos aquellos valientesmientras que los escuadrones de lanceros ynuestra restante caballeríaque acometió por la derechacargaban yaimpetuosamente a los jinetes enemigos... Estos corren... Aquellos los persiguenlos alcanzanpasan por en medio de ellosy los alancean y acuchillan sinpiedad. En pos de los nuestros cae una lluvia de balas que les dispara la vilmorisma. ¡Pero adelantan siempreypara un español que caeruedan por elpolvo diez marroquíes! Así recorren todo el llanoque los moros abandonanpor últimoapartándose del heroico y ya libertado batallón de Cantabria...Y así llega la fuerza española al pie del campamento enemigodonde se para yse rehace en formaciónesperando nuevas órdenes del general en jefe.

Un lancero se presenta entonces al valeroso brigadier D. Francisco RomeroPalomequeque ha capitaneado esta brillantísima cargay le entrega unestandarte que ha cogido a la caballería moradando muerte al que lollevaba... ¡Bien por nuestra caballería! Era la segunda vez que luchaba cuerpoa cuerpo con la árabe; y ayercomo el día de Castillejosrecogía en prendade victoria una bandera mahometana! (8)<notas.htm>

Al mismo tiempo daban parte de que un jovencasi un niñode bella y suavefisonomíavestido con el uniforme de alférez de Húsares de la princesase había incorporado a los lanceros y tomado parte en la cargadistinguiéndose por su arrojo y bravura. Era el conde d'Eunieto del últimorey de los francesesLuis Felipe I de Orleans.

Dejamos a nuestra caballería muy cerca de los campamentos morosy allí sereunieron también a los pocos instantes el TERCER CUERPO y la artillería conel general en jefe y su cuartel general...

De buena gana hubiera mandado el conde de Lucena dar un asalto a las tiendasde los marroquíes... ¡Todos los semblantes expresaban este deseoy lasolemnidad del día estimulaba los ánimos a tan gloriosa empresa! Pero eran lascuatro de la tarde: dos horas después sería de nochey estábamos a más deuna legua de nuestro camposin víverescon pocas municiones y sin nadadispuesto para tan importante operaciónque implicaba un cambio total ennuestros propios campamentosen el plan de campaña y en los cálculosprudentísimos de O'Donnell; el cual no quiere fiar nada a la suertecomo lofió en mal hora el imprudente D. Sebastián de Portugal...

No habíapor tantootro remedio que renunciar una vez más a apoderarnosde un campamento que teníamos casi bajo la mano...

-¡Dejémoslo! ¡Otra vez sera! -decían los jefes a las tropasparaconsolarlas del sacrificio que se les pedía de no empeñar ayer tardeotra refriega-. ¡Es cuestión de algunos días! Cuando el general en jefe diceque no convienesus razones le asistirán para ello. ¡Pero no tengáis duda deque pronto dormiréis dentro de esas tiendas!

Ordenosepuesla retiradade cuya dirección se encargó el generalGarcía... Y aquí principia la parte más solemne de la jornada de ayer. Latarde era tan apacible y deliciosa como había sido la mañana. El sol seocultaba detrás de Tetuánhaciendo reverberar los elegantes alminaresde sus mezquitas y resaltar más y más la blancura de las casas sobre el verdepurísimo de las colinas o sobre el azul intenso de los cielos.

Algunas granadas pasaban zumbando por encima de nuestras cabezaspara ira acaer en el campamento enemigoque no respondía a nuestro fuego. Aquellosdisparos parecían los últimos truenos de una tormenta pasaday eran el únicorumor que interrumpía el silencio de la naturalezasumida en no sé quésueño majestuoso.

La retirada de la infantería había principiadoy nosotrosdesde lo altode la llanuraveíamos moverse por las praderas remotas nuestros compactosbatallonesque marchaban ordenada y tranquilamentereflejando los últimosrayos de sol en sus triunfantes bayonetas.

Por otro ladola caballeríainmóvil y tendida en batallacomoprotegiendo aquella operaciónentregaba a la suave brisa de la tarde lasvistosas banderolas de sus lanzasque ondulaban graciosamente como las amapolasentre los trigos.

La artilleríaen findespués de haber cañoneado muchas veces elcampamento africanoy moviendo ya por ninguna parte enemigos que dispersartornaba lentamente hacia la playaasemejándose sus largos y macizos trenesdibujados en obscura silueta sobre el verde luminoso de los pradosa aquellascomitivas de carros griegos que se ven en los bajorrelieves de Fidiasy querepresentan el bélico poderío de Agesilao o de Epaminondas.

¡Ah! ¡Yo no he visto en toda la campaña un cuadro de guerra tan clásico yaparatoso como el de ayer! La amplitud del terrenolas grandes distanciasocupadas por nuestras tropasy la pura diafanidad del ambienteprestabanfantástica grandeza a la perspectiva.

Partimospor últimotambién nosotros. El cuartel general de O'Donnellsehabía aumentado con el de Ros de Olanocon el de Ríos y con Prim y algunosayudantes suyos que habían acudido como espectadores al teatro de la acción.Éramospuesmás de cien jinetesde variado uniformede distintas armasdediversas graduacionespaisanos algunosotros extranjerostodos amigos...

Marchábase sin formación ni ordenen animado y revuelto grupoal trote delos impacientes caballosalegres como nosotros con la expectativa de unpróximo descanso... Los generales iban reunidosal frente de tan lucidacabalgata.

De pronto hizo alto el general en jefecon lo que ya supondréis se detuvotambién todo el mundoy buscando con la vista al conde d'Euque formaba partede la comitivaexclamó ceremoniosamente:

-Monseñor...

El Príncipe llevó su mano a la viseray se acercó a O'Donnell.

-Monseñor -prosiguió este-: Vuestra Alteza ha hecho hoy sus primeras armascon la bizarría propia de los que llevan el ilustre apellido de Orleanshabiendo añadido un nuevo timbre a los muchos que distinguen su augusta Casa.Yo me ufano de que V. A. haya recibido bajo mis órdenes el bautismo de fuegoytengo la honra de nombrar a V. A.en uso de las facultades que me ha conferidoS. M. la Reina de Españacaballero de la Orden Militar de San Fernando.

Así diciendoel general en jefe pidió a uno de sus ayudantes una placa dedicha cruz que llevaba al pechoy la entregó al joven conde d'Eu.

Esteruborizado y conmovidodio las gracias al general O'Donnelly colocóen su dormán de húsar la insignia españolacon tanto orgullo como alegría.

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Volvimos a pasar las Lagunas.

Una vez a la otra orillaempezamos a encontrar los batallones que regresabandel combatey quea la aproximación del general en jefese iban formando enrecias masas. Con gallardíapuesy un aire marcial que no les hubiera dado elmejor artistapresentaron las armas al que tantas veces los había llevado a lavictoria; y al mismo tiempo las músicas tocaban la marcha realcuyosmagníficos ecos se prolongaban por la serena atmósferahasta resonar en lasmontañas vecinas...

¡Erasíuna gran parada! ¡Eracasualmentela celebración de la fiestanacional del día!

Y el cuartel general avanzaba; y alláde muy lejosotros batallonesquecaminaban hacia su campole enviaban el mismo saludo; y la armonía triunfal nocesaba ni un momentosino quepor el contrarioresonaba a la vez endiferentes regiones de la Llanura...

Anochecía ya. Detrás de nosotros iba estableciéndose el cordón deescuchas o de centinelas que guardan nuestros campamentos por la noche. Esdecirde trecho en trecho quedaba un soldado solocon su arma al brazoinmóvil y como clavado en su puesto. Aquellovisto a cierta distanciadeoriente a ponientecomo nosotros lo veíamosen la hora fantástica delobscurecery en una planicie tan desarboladaproducía un efecto misteriosopues se dijera que aquella fila de hombres solitarioscuyos sombríos cuerposse destacaban y perfilaban en negro sobre el diáfano ambiente del crepúsculoera una serie de gigantes que tocaban con la cabeza en el cieloo una hilera deespectros luctuosos que venían del campo enemigo a reclamarnos la vida queacabábamos de arrebatarles.

Ganamosal finlas trincheras por un punto dondeen virtud de orden delgeneral en jefese aguardaba el batallón de Cantabria formadoen masa y con la bandera desplegada al viento...

O'Donnell paró su caballo frente al bizarro batallóny lo arengó de estamanera:

«¡Cantabria! El primer día que habéis entrado en fuego os habéisconducido como un batallón de aguerridos veteranos. Estoy muy satisfecho devuestro esforzado comportamiento. Soldados: ¡Viva la Reina!»

Este viva fue contestado unánime y ardientementey seguido de otroal general O'Donnell.

Un momento después descansábamos todos en nuestras tiendas.

Así terminó aquel paseo militar y dio fin la jornada del 23 de eneroquenos costó ocho muertoscincuenta heridos y cuarenta contusos.

Réstame decir que el ejército de África ha deseado que la bandera cogidaayer a los moros sea regalada al príncipe de Asturiasa quien se dedicó desdeel primer momento la accióna fin de solemnizar sus días.

XXXIII - La noche después de una acción.

El mismo día.

Con motivo de esta propia festividadanoche hubo en algunas tiendas un ratode animadasoiréeen que se cantaron corosse bebió alguna botellade buen vinose jugó con moderaciónse contaron cuentosse refirieronhistorias de amoresse ensayaron las fuerzas echando el pulsoseescribieron versos aun por los más profanosse disfrazaron de moros algunoshombres gravesy se rióen fina más no podery con razón o sin ellahasta que sonó el toque de silencio.

Yo asistí a la tertulia de los jefes y oficiales de carabineros de laescolta. A uno le habían matado el caballo; otro había perdido elsargento de toda su confianza; el de más allá se curaba una ligera herida;algunos nombraron dos o tres veces a cierto compañero que acababa de morir delcólera en Ceutay de quien se hablaba a propósito de su cama o de su caballo(no me acuerdo bien)que había quedado vacante... pero todos estaban de muybuen humor.

Son estos carabineros una bizarra y cordialísima genteacostumbrada asufrir en tiempo de paz trabajos no menos rudos que los que soportamos todosahora. Los servicios que prestansiempre en despobladopersiguiendocontrabandistas o ladronesles han hecho connaturalizarse con la soledadconla intemperiecon la hoguera del pastorcon la desmantelada ventacon elmiserable cortijo. Para ellospuesla tienda es un palaciola vida decampaña una festividady la pelea una feliz ocasión de repetir en público(comopor ejemploesta tarde) los mismos hechos de armas que tantas vecesacometieron en secreto. ¡Qué serenidad la suya!¡qué llaneza!¡quéconocimiento de todo género de peligros!¡qué experiencia del mundo y de loshombres!¡qué resistencia contra el sueñocontra el hambrecontra lasenfermedadescontra las inclemencias de la atmósfera!

Yo no olvidaré nunca el efecto que me producían anoche aquellos hombrescurtidos por toda una vida de ásperos afanesal verlos en apiñado grupo yfatigosas posturasbajo el lienzo de su reducida tiendatan contentos ysatisfechos como si no esperaran ni recordaran un momento de mayor bienestar yreposo.

Llamósobre todomi atención un teniente de bastante edadfuerte comouna encina centenariaque bebía en silencioechado boca abajo sobre un cajónque había tenido municiones. Cuando se entonó el coro en que vinieron a pararlas libacionestodo el mundo cantaba una estrofacuyo principio era:

¡A beber! ¡A beber!etc.

El viejo carabinero (catalánsi no me equivoco)en vez de repetir lo mismoque los demásdecía con una voz desapacible y ronca:

¡A vivir! ¡A vivir!etc.

Fuera intencional o casual esta variantesiempre revelaba unconsuetudinario apego a la vida tan franco y naturalque me hacía reír yentristecerme al propio tiempo y mirar con cierto respeto a aquel valerosoanciano que brindaba modestamente por la conservación de su existencia.

Tal fue la noche de ayer. En cuanto al día de hoyha transcurridomonótonamentesin añadir ni una sola línea importante a mi libro dememorias.



 

- XXXIV - Juramentos y promesas de dos moros.

25 de enero.

Anoche hubo una ligera alarma: los moros vinieron en medio de las sombrasaderribar los trabajos hechos en el Reducto de la Estrella; peronuestros centinelas los avistaron y les hicieron fuegocon lo que terminó elincidente.

Hoy han llegado de Ceuta dos de los prisioneros moros que visité hace dossemanasy se les ha encerrado en el Fuerte Martínpor cuya plataformase paseaban esta tardedirigiendo a Tetuán miradas de afectuosa pena...

Ambos se han ofrecido espontáneamente a servirnos de espías si se les poneen libertad; y aunque la proposición tiene todos los visos de estratagemaesencialmente morunael general en jefe ha accedido a soltar a uno de ellosconsiderando que lo peor que puede sucedernos si no vuelvees tener un cuidadomenos y un enemigo más; pero enemigo que aterrará a sus compatriotas cuandoles describa nuestra fuerzanuestro poderel número de nuestros cañoneslafabulosa abundancia de municiones y víveres que tenemos de repuestoy otrasmuchas cosas que habrá observado en Ceutaen el mar y en nuestros reales.

Sin embargoel prisionero no ha sido puesto en libertad sin ciertascondicionesque han dado margen a interesantísimas escenas...

Primeramentese sometió a los dos moros la cuestión de cuál de elloshabía de quedarse en nuestro poder como garantía de la próxima vuelta delcampamento africano... Los prisioneros de que se trata son el primero y eltercero (siguiendo el mismo orden con que os los fui describiendo en Ceuta):esto esel viejo de fisonomía innoblepero muy inteligenteque dijeentoncesy aquel moreno tosco y ferozque parecía tan diligente montañéscomo terrible soldado. El viejo se llama Abdalla y habla españolyel otro se llama Aben-Amurat.

El apuro en que poníamos a los dos era muy grave. El que partiera debíafingir que se había escapado de su prisión; pasar un día en el campamento deMuley-Abbas; adquirir todos los datos posibles acerca de los planes de estedelnúmero de sus tropas y del espíritu que las animay volverse a los tres díasa nuestro campoen cuyas avanzadas lo aguardaría la escolta que había deacompañarlo al salir. La recompensa de tan infame traición consistiría en unagruesa cantidad de dinero (¡cosa de unos 1.000 reales a cada uno!)conla cual pasarían a establecerse en la Argeliaadonde nosotros nosencargaríamos de conducirlos. En cambioel que se quedara aquí responderíacon su cabeza del cumplimiento de la palabra empeñada por el otro.

Dicho se está que semejante amenaza no pasaba de ser una frase de efectoy que a nadie se le ha ocurrido degollar al que se ha quedadoaunque el otrofalte a su promesa...que es lo más verosímil... Pero ellos tomaron el asuntopor lo serioy conferenciaron más de una hora en presencia de Aníbal Rinaldy.

¡Yo los veía también! Estaban sentados sobre las piernasfrente a frenteopor mejor decirrodillas contra rodillasen un ángulo de la prisióny delas anchurosas mangas de sus jaiques salían los desnudos brazos a animar y comoa solemnizar el diálogo con aquellos lentosenfáticos y severos ademanes quecaracterizan las conversaciones de los agarenos.

A cada instante colocaba el uno su mano derecha sobre el pecho del otroy sela llevaba después a la frente o a los labioscomo dando a entender que lo quedecía la boca debía ser la verdadera idea de la cabeza y el verdaderosentimiento del corazón. Otras veces el viejo dejaba caer sus dos manos sobrelos muslos tendidos del joveny lo miraba intensamentecomo si quisiera leeren sus ojos las intenciones. Por últimodiéronse la mano de la manera que yasabéis (como entre nosotros se da el agua bendita)besándose después lasyemas de los dedosy se levantaron.

-¿Estáis convenidos? -les preguntó Aníbal Rinaldy.

Por toda contestación diéronse la mano nuevamenteencajando dedos entrededos y cruzándolos con ahínco; abrazáronse primero con el brazo derecholuego con el izquierdoy Abdalla murmuró algunas frases en árabecerrando los ojos como si experimentase una especie de éxtasis.

-¿Qué dice? -le pregunté a Rinaldy.

-Ha recitado estos versículos del capítulo XVI del Corán:

«106. En verdadDios no dirige a los que no creen en sus signos; pero losreserva un castigo cruel.

»107. Los que no creen en los signoscometen una mentira y son unosembusteros.

»108. El que después de haber creído se haga infielsiendo obligado aelloy no tomando parte su corazónno es culpable. Pero la cólera de Dioscaerá sobre el que abra su corazón a la infidelidady un castigo terrible leaguarda.

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»111. Pero Dios es indulgente y está lleno de misericordia con aquellos quehan abandonado su país después de haber sufrido desgraciasy que luego hancombatido por causa de Dios soportándolo todo con paciencia.»

-Me admira -exclamé yo- que este endemoniado salvaje sepa tanto.

-¡Quizá no sabrá otra cosa! -me respondió Aníbal- Todos los moros tienenen la memoria el Coránverso por verso. Vea ustedsi nocómo repitelas mismas palabras este otro musulmánno menos endemoniado ni salvaje...

En efectoAben-Amurat repetía el sagrado texto citado por Abdalla.

-Conque ¿cuál se queda? -les preguntó nuestro joven intérprete.

-¡Me quedo yo! -respondió el ancianocuya vulgar fisonomía se revistióde cierta grandeza-. Yo me quedoy este se marcha; después vuelve estey nosmarchamos yo y él; y ya no volvemos aquí nunca ni él ni yoni los dosjuntos.

-¡Eso es! -respondió Aníbalrespetando aquella singular retóricaa queestaba tan acostumbrado-. Cuando vuelva Amuratlos dos sois libres.

-¡Libres! -repitieron ambos morosextendiendo las manoscual si yadivisaran horizontes ilimitados.

-Y si Amurat no vuelve -dijo Abdallacogiendo mi manoyobligándome a figurar que yo le cortaba el cuello con ella al otro morocomocon una gumía-los cristianos le cortarán la cabeza dentro de tres soles.

-Amurat vuelve -respondió Amuratbesándose la manodespuésde llevársela al corazón.

Abdallalevantó los ojos y las manos al cielocomo pidiendo a Dios quefuese testigo de aquella promesa.

-¿Volverá? -le pregunté yo a Rinaldy en castellano.

-¡Si puedesí! -respondió mi amigo-. Pero es muy fácil que los moros lomaten al verlosospechando todo lo que está sucediendo en este instante.

-¡Mira!... -le dijo a Aníbal el viejo Abdallainterrumpiendonuestra conversación y llevándonos aparte-. No le deis ahora dinero a Amuratpues los moros le preguntarían de dónde lo había sacadoy él se pondríatriste para mentiry ellos le cortarían la cabezay vosotros me lacortaríais a mí dentro de tres soles. Dadle un duro nada máspara que comay dadme a mí los otros 49 duros suyos y los 50 míosque hacen 100 duros menosuno; y si no vuelve Amurat y vosotros me cortáis la cabezaos podéisquedar otra vez con todo el dinero; puescomo yo estaré entretanto encerradoen esta torreno habré podido esconderlo en el campo debajo de una piedranicerca de un árbolni en el sepulcro de un moro muertoy marcharme al Rifpara volver dentro de muchos añoscuando ya os hubieseis ido a Españaabuscar mi tesoro...sino que el día de mi muerte encontraréis todo el dineroen esta prisióndonde no puedo esconderlopues el centinela lo veríaaunqueyo lo escondiera de nochey os lo contaría por la mañana.

-Todo eso está muy bien -respondió Aníbal- pero hasta que vuelva Amuraty te declaremos libre¿qué falta te hace el dinero? Si es que no te fías denosotros¿no se te ocurre que siempre podríamos quitártelo a la media horade habértelo dado? Ypor otra parte¿qué te propones tú al quererconservar el dinero de tu amigo?

-¡Te diré! -respondió el moro con una sonrisa astuta y delicada-. Sivosotros me dais ahora el dineroy Amurat vuelve antes de tres soles(como yo le pido a Alá y espero de la formalidad de mi amigo)vosotrosaunquetengáis muy mala memoriano podréis ya olvidaros de pagarnos; niaunquetengáis más ocupaciones que hoyos veréis obligados a dejarlas para contarel dinero de los pobres moros; niaunque te mueras tú y todos los cristianosquedará nuestro trato sin cumplimiento por falta de testigos que declaren quenos debéis esa cantidad; ni podrá haber pleito con vosotros sobre si elespionaje se ajustó en tanto o en cuantopuesto que nosotros no pediremos másde lo que hayamos recibidosi lo hemos recibido todoni vosotros nos lodaríaisaunque lo pidiéramos. En cuanto al dinero de Amuratdeseoconservarlo en mi poder porque nos hemos instituido recíprocamente nuestrosherederosy él pudiera morir o faltar a su promesay vosotros perdonarme lavida. ¿Qué nuevos despropósitos puedes responder a todo esto?

-Que tienes mucha razónpero que hasta que vuelva Amurat no se osdará lo prometido.

-¡Bueno!... -respondió Abdallacon el estoicismo del sabio quedesespera de que lo comprendan.

Ysentándose en sus piesse puso a fumar tranquilamente.

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Al anochecer ha partido para la aduanaescoltado por dos guardias civiles.Desde allíantes de rayar el díase dirigirá al campamento moroy nuestrasavanzadas le harán fuegoaunque sin apuntarlea fin de que su simulada fugatenga alguna verosimilitud.

La despedida de los moros ha sido solemnerápidasilenciosa. Hanse dado lamano de muchas maneras distintasy Amurat ha marchado sin hablarpalabra.

El solitario Abdalla fumaba reposadamente cuando yo le dejé hace uninstante.

¡Pobre viejo! ¡Qué ganas se me han pasado de darle a entender que su vidano correrá peligro aunque Amurat no vuelva! Ya cuidaré de que se lodiga pronto quien tenga autoridad para ello.



 

- XXXV - Tetuán despierta.

Día 26 de enero

Esta mañana a las cuatro se oyeron dos o tres tiros hacia la aduana.

-¡Ya es libre Amurat! -dije yo en mis adentrosmientras que algunosde mis compañeros de tiendaque no estaban en el secreto de lo que sucedíase preparaban a levantarsecreyendo que se trataba de un ataque matutino comoel del primer día de Pascua.

-¡Ya es libre Amurat! -volví a decirmeen tanto que reconciliaba elsueñoy esta palabra libre resonó en mi imaginación de una manera tanvibranteque desde aquel momento no he vuelto a abrigar confianza alguna en queel libertado moro torne a parecer por nuestro campo. Quizá él abjuraba enaquel mismo instante todas sus promesascomprendiendo que la libertad espreferible a un puñado de plata; que la patria no vale menos que un juramentoy que O'Donnell es incapaz de quitar la vida al pobre viejo que se ha quedado enrehenes.

Ahoraque son las dos de la tardeoímos nutridas descargas en elcampamento enemigo...

¿Cuál puede ser su causa? ¿ Festejarán a algún gran personaje reciénllegado? ¿Habrá venido el Emperador en persona a tomar el mando de suejército?

Esto es más posiblee induce a creerlo el ver sobre el alminar de la MezquitaMayor de Tetuán una bandera blanca y un extenso gallardete amarilloqueondean a merced del viento...

Como quiera que seaeste brusco despertar de Tetuán ha excitadofuertemente mi fantasía.

-¡Conque la ciudad está habitada! -me he dicho-. ¡Conque existe!¡Conque se adhiere al ejército acampado a sus puertas!

Empiezopuesa imaginarme nuevos y desconocidos sucesos. Adivino la defensade la plaza; veo en lontananza el bombardeoel asaltoel escalamientolabrechala entrada a sacoel incendiolos ayes de las víctimasel cuadrocompletoen finel pavoroso y magnífico cuadro tantas veces descrito por lospoetas de todas las edades...

Ysin embargotodo esto me parece mejor que mis anteriores presentimientos.Tetuán vigilante es menos pavoroso que Tetuán dormido. Laexpectativa de una toma a viva fuerza no me aterra tanto como la deencontrar desiertas sus calles y sus casas. El negro de la mecha; la pólvorainflamada; Tetuán volando en escombrosy nuestro ejército aniquiladopor ellosatormentaban continuamente mi imaginación...

Ello dirá. El día no puede tardar muchoy yo lo aguardo con la pluma enristre. ¡Diérame Dios el numen de Tasso o la fácil vena de nuestro Ercillayno en humilde y desbarajustada prosasino en acordadas cláusulas y numerososversoste cantaría los últimos libros de esta epopeya! Yaun careciendo detan especiales dotestal vez ensayara algunas veces dejar la péñola por lalirasi las fatigas de la campañay el tumulto que me rodea a todas horasmeacordasen treguas de soledad y descanso en que departir a solas con mi pobremusa.

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Nada más por hoy.

Ha hecho bastante calora pesar de la fecha; y ahoraque principia aanochecerempieza a sentirse un relente sumamente nocivoque tiene ya en elhospital a muchos de nuestros soldados. ¡En todo es igual esta naturalezaformidable! Pero ¡qué bella y resplandecienteen medio de todos sushorrores!... ¡Qué cieloqué montesqué campiñas!

Está anocheciendocomo digo. La luna de enerola más plácida y luminosadel añomuestra ya un estrecho limbo de orotendido en el cielo de ponientesirviendo como de simbólico remate a la torre de la mezquita mayor de Tetuán.Más alto y esplendoroso que la creciente lunatiembla sobre la alcazaba ellucera de la tardeel melancólico Hésperoel dios que preside a lastristezas de los que vagan solos por el campollenos de lúgubres memorias o deirrealizables anhelos.

Entretantocánticos españoles resuenan al otro lado del río... Seráalgún soldado que vuelve cargado de leña y queal verse solo y en lapenumbrafuera de nuestras trincheraspreviene de ese modo a los centinelasavanzados: «que no tirenque el que llega es compatriota y amigo»...

Por lo demásfiguraos el efecto que producirá la rondeña que vienecantando aquel hijo de alguienaquel antiguo habitante de algún puebloaquelespañol expatriado...

La copla última que le he oído esta tarde decía así:

 

Algún día llorarás

 

Cuando ya no haya remedio:

 

Me verás y te veré

 

Pero no nos hablaremos.

Concluyo dándoos la noticia de que el viejo Abdalla sabe ya que nadatiene que temer por su pobre cabezaaunque Amurat no regrese a nuestrocampo.



 

- XXXVI - Fortificaciones. -El vaporel ferrocarril y el telégrafo enMarruecos. -Reconocimiento. -Un espía. -El general Zabala. -El gobernador deGibraltar. -El tren de sitio.

Día 27 de enero.

Pasó otro hermosísimo día de solque no ha alumbrado nada nuevo.

Como viernes que ha sidohanse visto banderas sobre todas las mezquitas de Tetuán.

-Hoy es el domingo de los moros... -ha exclamado muchas vecesSantiago.

Nuestras fortificaciones adelantan de una manera maravillosa. Ya estánconcluidos los fosos y parapetos que han de defender a Fuerte Martín eldía que levantemos el campo. La aduana ha sido rodeada también por una extensay sólida trinchera. Dentro de ella quedan encerrados algunos edificios detablasque se han construido para almacenar municionesasí como dos grandestingladosen que hay ya de repuesto un millón de racionesademás de las quese desembarcan incesantemente para la provisión diaria del ejército.

Formando ángulo recto con estos dos fuertes se encuentra el Reducto de laEstrellade que ya os he habladollamado así por tener la forma de unaestrella de seis puntas. Largas trincheras enlazan estas tres soberbiasposicionesqueunidas a los ríos y lagunasconstituyen una respetabledefensa de nuestra base de operaciones.

También se ha planteado esta semana un ligero parque de artilleríay se haalistado todo lo necesario para desembarcar y montar el tren de sitioluego quellegueque dicen será mañana sin falta.

En cuanto a los morostrabajan también incesantemente. Su campamentocentinela avanzado de la ciudadestá rodeado de bateríasfososparapetos ytrincheras. La espuerta y la pala no descansan tampoco entre ellos. Pasan de milhombres los quemerced a los anteojosvemos ir y venir continuamente alrededorde sus posicionescargados de ramajespitaspiedras y cuanto puede servirlespara fortificarse.

Indudablemente se preparan grandes sucesos.

Día 28.

Terrible alarma antes de amanecer... Los moros trataban de inutilizar lasobras del Reducto de la Estrellacreyéndolo desguarnecido; perohabiéndose hallado con queno obstante lo extraordinario de la horalosrecibíamos a balazoshan huido en precipitada fuga.

Llega el tren de sitio.

De los buques en que ha venido se le ha trasladado a grandes lanchonesremolcados por vapores de poco caladoque han podido pasar la barrahender las aguas de la ría y subir hasta la aduana.

Es la primera vezsegún Santiagoque penetra en el Martín un barcode vapor. ¿Qué dirán los moros al ver subir por el río esas columnas denegro humo?

Nosotros contemplamos esta inauguración con patriótico regocijoenvaneciéndonos de que sea España la primera que despliegue en marruecos ellujo de la cultura europea. Y no es que nadie atribuya a estos hechos másimportancia de la que realmente tienen; ni tan siquiera es que yo confíe en quepueda arraigarse la posesión que hoy tomamos de esta comarca... ¡No! Si talesperanza pude concebir antes de venir a Marruecosya la he modificado oaplazado indefinidamente.

Con todo (lo repito)nos entusiasma considerar que los españoles hemostraído a este caduco y estacionario imperio los más opimos frutos de lacivilización. Un barco de vapor rompe hoy las ondas del Guad-el-Jelú...yesta nave ostenta el pabellón amarillo y rojo. Ayer quedó establecido untelégrafo eléctrico entre Fuerte Martín y la aduanay elvívido alambreal transmitir el pensamiento humanolo hacía en el habla deCastilla. Mañana quedará tendido un ferrocarril sobre este llanoy serátambién España la que dé su nombre a ese camino.

«Pero ¿qué significa todo eso? (diréis acaso). ¿A qué sellar tansolemnemente un suelo que no nos proponemos conservarque para nadanecesitamosy que sería hoy un gravamen en nuestro poder?»

Vamos por partesseñores míos. Estas grandes y costosas obras (como lasllaman los periódicos madrileños) no se construyen para empeñar prendas conel porvenirsino para satisfacer urgentes necesidades de la guerra. El caminode hierrov. gr.no pasa de un par de kilómetrosy esen resumenun mediocómodo y decente de trasladar nuestro inmenso material de guerra a través deesa pantanosa llanura... El telégrafo es también necesarioestrictamentenecesariopara mantener una rápida inteligencia entre el cuartel general y laescuadra el día que marchemos sobre Tetuán... En cuanto a los barcos devapor...no creo que estábamos en el caso de anularlosa fin de nocomprometernos con la historia.

Y es todo lo que tengo que responder por la presente.

Las satisfacciones mencionadas no han sido las únicas que hemosexperimentado hoy.

Otra muy tierna hemos sentido al ver desembarcar en Fuerte Martín algeneral Zabalade regreso de Ceutamuy aliviado de su parálisis y dispuesto acontinuar la campaña. En seguida se ha vuelto a encargar del mando del SEGUNDOCUERPOque con tal bizarría ha desempeñado internamente el general Primy eneste mismo instante las músicas de los regimientos que ambos caudillos hanllevado a la victoriadan al uno la serenata de despedida y al otro lafelicitación por su llegada.

El conde de Reus volverá a encargarse del mando de la división de reservaqueunida a la del general Ríosformará un CUARTO CUERPO de ejército.

Día 20.

Domingo.

Se dice misa sobre la plataforma de la Aduanay la oye todo elejércitoformado en la llanura.

Llegan nuevos oficiales extranjeros a estudiar esta guerrae ingresan en elcuartel general de O'Donnell. Ya los hay suecosaustríacosbávaros y rusos.

Al fin de la misase hace un gran reconocimiento loor todo el llano. Elcuartel general cruza las lagunas con agua hasta las cinchas de los caballos.Vadéase el Río Alcántara por diferentes puntosy se eligen aquellosen que han de echarse puentes el día de nuestro ataque.

El general Garcíaalgunos ayudantes y la escolta llegan hasta cerca de lashuertas de Tetuán. Yo voy con ellos. Los moros nos hacen fuego decañóny el agua que levantan los proyectiles al caer cerca de nosotrosnossalpica de pies a cabeza. Estamos a tiro de fusil de las trincheras enemigascuya importancia y disposición observa escrupulosamente nuestro animoso jefe deestado mayor general. Los cañonazos que nos disparan desde allí le sirven paraconocer la colocaciónnúmerocalibre y alcance de las piezas que losmarroquíes han puesto en batería sobre la llanura.

Algunos de sus infantes coronan aquellos parapetos y nos hacen fuego con lasespingardas. Nosotros no contestamos ni nos movemosyafortunadamentenotenemos baja ninguna.

Las huertas de Tetuán son amenísimas: rodéanlas setos de cañasyencierran muchos y muy variados frutales. Entre ellos vemosalgunas casas decampode dos pisoscon azoteas y miradores. Por los alrededores de la ciudaddistinguimoscon auxilio de los anteojosmucha gente que va de un lado a otroy largas recuas de camellosmulos y asnos...

A eso de las dos de la tarde óyense frecuentes salvas en los campamentosenemigosy el viento nos trae a veces altos gritos que nos parecen de gesta yalegría...

Indudablemente acontece algo extraño a las puertas de Tetuán. ¿Habrállegado otro ejército? Como quiera que seaenterados ya de todo lo quenecesitábamos saberregresamos a nuestro campo.

A la nocheopor mejor deciral obscureceraparece en nuestras avanzadasun muchacho moro (que nadie había visto atravesar por el llano)y agitando lasmangas de su jaique blanquizcoy riendo bondadosamenteda a entender a loscentinelas que viene de paz y que quiere ver a nuestro rey.

O'Donnell le habla unos momentosy luego le entrega a la curiosidad de suestado mayor.

El muchacho tendrá catorce o dieciséis años; es de fisonomía alegrevivay maliciosay trae mucha hambrecomo todos los prisioneros que hemos hechohasta ahora.

-¿De dónde vienes? -le preguntan varios intérpretes de los muchos con queya contamos.

-De Tetuán.

-¿Y por dónde has venido?

-Por entre la hierba.

-¿Qué te trae a nuestro campo?

-Traía una carta de un comerciante de Tetuán para vuestro rey.

-¿Y dónde está esa carta? Tú no le has dado ninguna al general O'Donnell.

-Se me ha perdido. ¡Créelocristiano!

-¿Cuándo se te perdió?

-Al pasar el río.

-¿Y por qué no te volviste?

-Porque deseaba conoceros. ¡Créemecristiano!

Y así diciendomira al cielo y se lleva la mano al corazón.

Luego se sonríey arranca enormes bocados a un pan que acabamos de darle.

-¿Y qué decía la carta?

-No lo sé.

-Pero sabrás cómo se llama el comerciante que te la ha dado...

-No lo sé tampoco.

-¿Y túcómo te llamas?

-¿Eres soldado?

-Nosoy mozo de mulas.

-¿Has pasado por el campamento de los moros?

-¡Ca! No... He venido por el otro lado.

-De modo que no sabrás la causa de los festejos de hoy...

-¡Sí que la sé! Es que ha llegado Muley-Ahmed con mucha caballería.

-¿Y quién es Muley-Ahmed?

-Un hermano del Emperador y de Muley-el-Abbas.

-¿Cuánta gente ha traído?

-Ocho mil moros.

-¿De dónde viene?

-De Fez.

-Y Muley-el-Abbas¿cuánta fuerza tiene?

-Le quedaban veinticinco mil hombres el día de la última batalla; peroanteayer llegaron cinco mil soldado de rey.

-Son treinta y ocho mil entre todos.

-Treinta y ocho mily los que van a llegar de muy lejos -responde elmusulmánsentándose en el suelo al lado de una hoguera.

En esto vienen a buscarle para encerrarle en Fuerte Martín.

-¡Es un espía! -se asegura en todo nuestro campamento.

El pobre muchacho se aterra mucho cuando le dicen que suba por la escala quesirve para entrar en Fuerte Martín; pero el intérprete le tranquilizaasegurándole que allí encontrará otro moro y que su vida no corre peligro.

Por lo demáscreo inútil decir que Amurat no ha vueltoen lo cualhace perfectísimamente.

Día 30.

Anoche atacaron otra vez los moros el Reducto de la Estrella. Sunúmero era más considerable que en las anteriores intentonas nocturnas; perola guarnición de la fortaleza (ya merece este nombre) estaba en acechoybastaron algunos tiros para que desistiesen de su propósito.

Esta mañanaal amanecertodos creíamos que íbamos a tener acción. Losenemigosquesegún parecehan terminado ya sus obras de atrincheramiento ydefensacoronaban todas las alturas de Sierra Bermejamientras que algunosjinetes paseaban por el llanobien que lejos del alcance de nuestros cañones.

Todos estos son indicios seguros de próxima tempestad. Dijérase que losmoros nos desafían.

O'Donnell los ha estado observando largo tiempomientras que a la orilla delMartín se trabajaba con indecible actividad para desembarcar y montar eltren de sitio... ¡Ah! ¡Dentro de dos o tres días estaremos en disposición demarchar sobre Tetuánrápidaenérgicadecididamenteprovistos detodo lo necesario para librar una gran batallaponer sitio a la ciudad ydestruirla en veinticuatro lloras!

Sin embargoopínase generalmente que antes habremos de rechazar otraarremetida del forzado ejército morono menos impaciente que el nuestro porvenir a las manos. Según confidencias de hoyla llegada de Muley-Ahmed y de sugentecon nuevas instrucciones del Emperadorcon proclamas de los santosy derviches de lejanas tierras y con grandes repuestos de víveres ymunicionesha envalentonado mucho a Muley-el-Abbashaciéndole recobrar laesperanzaque ya casi había perdidode vencernos alguna vez.

Por lo demásla posición de los marroquíes es ahora más fuerte quenunca. Nosotros hemos de avanzar por el llano a pecho descubiertoy ellos nosaguardan en altas colinas defendidas por parapetos y cañonesfosos y lagunas.La artillería de la alcazaba y de las puertas de Tetuáncon más laque tienen en la Torre de Jeleli y sobre el llanonos acribillará abalazos tan luego como nos acerquemos al campamento enemigomientras que susmiles de caballos y ágil y numerosa infantería podrán acometernos por variaspartes y presentarnos una segunda batalla a retaguardia en el momento que nosalejemos del mar...

Bien sé que nuestro insigne caudillo estudia hace días todas estascontingenciasy que no dará el paso decisivo y supremo de la campaña sinasegurarse antes de su buen éxito; pero ello no obsta para queal mismo tiempoque ansiamos el combateexperimentemos todos cierta impacienciamezclada desobresaltopor conocer el plan del general en jefe. ¡Oh! ¡Dios le iluminecomo hasta aquí! ¡Un desastre a las puertas de Tetuánpor pequeñoque fueraanularía toda la campañaharía estériles los pasados triunfosysumiría a la patria en horroroso desconsuelo!

Conque mudemos de conversación.

Hoy hemos recibido una importante y rara visitaque ha sido objeto de muchosy diversos comentarios aun entre la gente más lega de nuestro ejército. MisterCodringthonfamoso general inglés y actual gobernador de la plaza deGibraltarllegó esta mañana en un vapor a la boca de la ría y pidió permisoal conde de Lucena para desembarcar con algunos oficiales y recorrer nuestrocampamento.

O'Donnell le contestó mandándole a la playa doce caballos ensilladosparaél y su acompañamientoy una escolta de guardias civiles.

-¡Qué curioso es Mister Codringthon! -han exclamado algunas personassonriendo epigramáticamente-. ¡Con tal que lo que vea en nuestro campo no sepublique mañana en la Crónica de Gibraltar!

Pero ¿qué nos importa que se publiqueo que llegue por otro conducto aconocimiento de los moros? ¿Ni qué podrá ver en nuestros reales el ilustregeneral de los Tres Reinos Unidos? ¡Verá treinta mil hombres apercibidos alcombatey un tren de sitio capaz de hacer polvo a Tetuán! ¡Y verátambién que sin el centenar de millones que nos reclamó su gobierno hace pocosdías con tan dudosa oportunidady que le hemos pagado en veinticuatro horasenviándoselos envueltos en un boletín de nuestros triunfosno nos hemosquedado tan pobres que carezcamos de vastos almacenes llenos de municiones yvíveres!

Dios nos librepuesde enfadarnos con quien ha venido a honrar nuestrasoledad y a saludar nuestra victoriosa bandera. Por el contrarioimitemos laafabilidad y galantería con que el general O'Donnell le ha mostrado todosnuestros medios de ataque y de defensa.

De todo ellolo que más ha llamado la atención de Mister Codringthon hasido el tren de sitioquepor confesión suya y de los oficiales deartillería e ingenieros que lo acompañabanasí como en el sentir de otrosoficiales extranjeros agregados al estado mayor de nuestro general en jefeesel más completolujoso y bien acondicionado que pudiera presentarse en Europa.Todas las piezas estaban ya montadas. Pasan de sesenta. Las hay de todas clasesy calibres: enanos y sólidos obusesrecios morterospedreros formidables.Alineadas entre los cañones vense altas pirámides de balasbombas y granadasde todos tamaños. En otra parte encuéntranse enormes pilas de barriles depólvorabotes de metrallaespequesruedas de repuestocadenas de hierro yotros mil enseres que completan el tremendo cuadro de tanta fuerza destructora.

Séame lícito dudar del gusto con que habrá visto todas estas cosas elseñor general inglés.

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Paso a hablar de la profunda pena que he experimentado hoy al penetrar en latienda del general Zabala y hallarlo otra vez tendido en su humilde lechoconla expresión de una suprema angustia en los nublados ojos.

El conde de Paredes estaba otra vez baldado. Dos noches de tienda en estahúmeda llanurahan bastado a determinar tan inesperada recaídayporconsecuencia de ellaesta es la hora en que el bizarro generaldesesperado yadel todoha hecho entrega definitiva de su mandodado un adiós tristísimo alcampamento y partido esta tarde de las playas marroquíes con rumbo a la costade España.

¡Vaya tranquilo! El batallador del 30 de noviembre y del 9 de diciembre enlas acciones del Serralloarrogante auxiliar del conde de Reus en la batalla delos Castillejospuede estar satisfecho y orgulloso de la parte de gloria ypenalidades que le ha cabido en esta guerra. Él ha dado a la patria cuantopuede darle un buen hijo: primerosu poderosa ayuda; despuéssu saludyúltimamentesu alegría.

El general Prim ha tomado en propiedad el mando del SEGUNDO CUERPOyporresultas de ellolas dos divisiones de reserva seguirán a las órdenes delgeneral Ríos.



 

- XXXVII - Combate de Guad-el-Jelúo del 31 de enero.

Escrito en mi tienda el 1.ºde febrero.

 

De pantanos procuran guarecerse

 

Por el daño y temor de los caballos

 

Donde suelen a veces acogerse

 

Si viene a suceder desbaratallos:

 

Allí pueden seguros rehacerse

 

Ofenden sin que puedan enojallos

 

Que el falso sitio y gran inconveniente

 

Impide la llegada a nuestra gente.

 

(ERCILLAAraucanaC. I.)

Nuestros presentimientos se han cumplido: la tempestad que hace algunos díasse cuajaba en la atmósferaestalló al fin de un modo formidable...¡Bendigamos a Dios! Los nuevos ejércitos marroquíes han sido rechazadostambién por nuestras tropasy el príncipe Muley-Ahmed comparte ya con suhermano Muley-el-Abbas las amarguras del vencimiento.

Ayer por la mañanaambos caudillos salieron de su campo con el temerariopropósito de venir a dormir al nuestro; ypuestos al frente de sus bárbaras ycopiosas legionesatacaron este campamento por tres distintas líneas debatalla. A la tarde estábamos ya nosotros al pie del suyoamenazándolo muy decercadespués de haber visto a sus infantes y jinetes huir cubiertos de sangrey de ignominia. Anocheen fin (a la hora en que terminaba este inolvidable mescuyo primer so1 iluminó la batalla de los Castillejos)nuestros soldadosregresaban a sus inviolables tiendasmientras que O'Donnell seguía ideandootra próxima batalla en que nos tocara a nosotros acometer y a los morosresistir; en que iremos a asaltar su campocomo ellos han venido a lanzarsesobre el nuestroy en que haremos conocer al tigre de Libia cuánto le aventajaen valor y fuerza el león castellano.

No obstante lo dichoel combate de ayer fue tremendo. ¡Toda una noche hapasado sobre ély aún se dibujan en mi imaginación sus principales episodiosy terrible conjunto! Tanto batalló nuestra genteque la diana se ha tocado hoymuy tardepara que todos tengan algunas horas más de reposo; y aun asílosindividuos del cuartel general estamos todavía rendidospor consecuencia delas doce horas de continuo ajetreo que pasamosrecorriendo (varias veces por enmedio de empantanadas aguas) una línea de más de una leguaora siguiendocargas de caballeríaora acompañando cañones que corrían a escapeyaenvueltos entre masas de infanteríay siempre bajo un sol abrasadortotalmente en ayunasmojados y cubiertos de lodoy luchando con nuestroscaballosque se asustaban de los cohetes a la Congreve. En cambiopocosdías habré podido contar una acción con tanta copia de datos como hoy.¡Todotodo lo vi ayer! La amplitud del terrenoliso y despejadopermitiomeestudiar sucesivamente la lucha por la derechapor la izquierda y por elcentro. ¡Dígalosi nomi pobre Áfricaque no podía dar un paso alfinal del combate!

Pero entremos ordenadamente en materia.

Serían las siete de la mañanao poco más. El sol naciente doraba ya lasuperficie del Mediterráneo; daba horizontalmente en nuestras húmedas tiendasde las que su calor extraía azulados vapores; realzaba todos los árbolesmatas y hierbas que bordan el llanoy resplandecíaen finsobre las tiendasdel campamento moro y sobre los blancos muros de Tetuán y de su Alcazaba.

Cuando el sol empezó a calentar y despejose la atmósferaes decira esode las nueve; advirtiose que el ejército enemigo estaba en movimientoy prontose le viotendido ya en un semicírculo de legua y mediavenir resueltamentecontra nosotros.

Nadie se maravilló en nuestro campopues desde hace muchos días todosesperábamos este ataque. Sin embargono pudimos menos de admirar nuevamente laosadía de los morosas como su terquedad o su constancia. Verdad es que elnúmero y la actitud en que se presentaban ayer eran más alarmantes quenunca... ¡Indudablementelos príncipes marroquíes iban a hacer un esfuerzodesesperadotomándonos la delanterapor decirlo asíen vista de quenosotros estábamos terminando nuestros preparativos para atacarles resuelta ydefinitivamente!

En aquel momento habían desplegado ya en batallamás de veinte milhombresla tercera parte de ellos de caballeríaformando dos ejércitosseparadoscada uno de los cuales se movía independientemente del otro. El quese extendía a nuestra derechamandado por Muley-Abbas (según supimos luego)se apoyaba en la Torre de Jeleli y en estribo avanzado de SierraBermeja. Era el más numerosoy conocíase además que dejaba a retaguardiagrandes reservas escondidas en las primeras ondulaciones de la montaña. El otroejércitomandado por Muley-Ahmedy fuerte de unos seis mil infantes y dos milcaballoscubría nuestra izquierdaapoyandose en las huertas de Tetuány extendiéndose hasta las orillas de Guad-el-Jelú.

Es decirque lo más recio de la caballería enemiga nos amenazaba por elflanco derechoo sea por el Reducto de la Estrellacomo si su intentofuese atacar por aquel lado nuestra retaguardia cuando avanzásemos llanoarriba; cortarnos la comunicación con el mar y apoderarse de nuestras tiendas.Para ello bajaban incesantemente masas de caballería a colocarse a nuestraderechallegando algunos temerarios jinetes hasta muy cerca de la playapor ellado alla del río de la Juderíaa media legua de nuestro campo.

¡Grandioso eraen verdadel cuadro que ofrecían tantos y tan fantásticoscaballerosesparcidos por la dilatada llanuramarchandoora a la desfiladaora en lucidos pelotonestan reposadamente como si fuesen de paseoparándosea veces para mirarnosretrocediendo otrasdesparramándose en ocasiones comouna bandada de palomas que se dispersareuniéndose en seguida para continuarsu atrevida marchay cautivando siempre nuestra atención con su graciosocabalgar y fantásticas vestiduras! ¡Parecía imposible que aquella gentepudiese hacernos daño algunoni que una nubeal parecer tan impalpable yvagaencerrase tantos rayos de fuego y tan infernales propósitos!

El general O'Donnell adivinó desde el primer instante cuáles eran estosyse apercibió a un tiempo mismo a la defensa de su amenazado campo y a dar a losmarroquíes el condigno castigo. A este fin encargó al general Ríos quesostuviera nuestro flanco izquierdo con sus batallonescon un escuadrón de Lancerosde Villaviciosa y una compañía de artillería de montaña; y el bravogeneral ejecutó la orden rápidamenteescalonando en masa todo el CUERPO DERESERVAapoyado en el puentecillo por donde la carretera empedradade quehablé el otro díaatraviesa el Río Alcántara. Al mismo tiempo la DIVISIÓNDE CABALLERÍAal mando del general D. Félix Alcalá Galianoformó en doslíneas de batallaysiguiendo la dirección que le marcaba el conde de Lucenacon su desnudo aceroavanzó oblicuamente por la derecha en busca de lacaballería enemigaa fin de estorbar que siguiera corriéndose por aquel ladoy obligarla a retroceder si no prefería quedar aislada y presa entre nuestracaballería y el mar.

Los astutos moros no tardaron en darse cuenta de su situaciónyretrocedieron efectivamente antes de que el general Galiano hubiese podidointerponerse entre ellos y Sierra Bermeja. Quedópueslimpio deadversarios y asegurado por entonces el flanco derecho de nuestra línea; peroen cambiofortalecido el centro enemigo con la llegada de los jinetesrechazadosofreció a la vista un verdadero mar de genteque amenazaba inundarel llano en cuanto se desbordase.

Nuestra caballería se replegó por su parte al Reducto de la Estrellauna vez frustrado el intento de la contrariay esperó allí nuevas órdenes deO'Donnellque no tardaron en llegar.

Pero antes diré que el TERCER CUERPOmandado a la izquierda por el generalTuróna la derecha por el general Quesaday en el centro por su comandante enjefe Ros Olanohabía avanzado entretanto hacia el enemigollevando de reservaseis baterías (tres de ellas de posicióny las otras tres del segundoregimiento montado)mientras que el SEGUNDO CUERPOmandado por el generalPrimquedaba formado a la derecha de nuestros campamentoscon orden de avanzarcuando lo creyese necesario.

Estabanpuesen guardia uno y otro ejército. Aún no había sonado untiro. Eran las diez de la mañana.

En este momento rompiose el fuego por la izquierdaentre las guerrillas delgeneral Ríos y las avanzadas de Muley-Ahmed; y como si el incendio latente quecundía por ambas líneas sólo hubiera esperado una chispa para estallarelprimer tiro puso en conflagración todo el llano... Al fuego de la izquierdarespondieron mil detonaciones en la derecha y en el centro; ypasado un minutova no se veía en ninguna parte sino humocadáveresráfagas de lumbrecharcos de sangretacos quemadoscartuchos rotosfusiles por el suelo. Elcañón unióen finsu grave y pavoroso acento a la confusa y barbaraarmonía de la refriega. ¡La suerte estaba echada y Dios iba adecidir una vez más el destino de los pueblos!

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Al principiolo más fuerte del combate fue hacia la Aduanaesto esa nuestra izquierda.

Allí se veía marchar al general Ríos al frente del regimiento de Iberiade un batallón de Cantabria y del Provincial de Málaga llevandoconsigo una compañía de artillería de montañamandada por un bravo capitánque se ha distinguido extraordinariamente en esta guerray de quien se hablaentre justos elogiosen los partes de todas las acciones dadas hasta hoy: porD. José López Domínguezen finque ha hecho las campañas de Crimea y deItaliacomisionado por nuestro gobierno cerca del ejército francésy cuyasproezas en África celebran desde los generales hasta los soldados de todas lasarmas e institutos.

El general Ríos penetra el primero en los pantanosadonde le siguen lastropas llenas de ardor y de alegría. La infantería infielque se habíaatrevido a acercarse a la nuestra más que de costumbrecontando con que elterreno que las separaba era intransitabledeja de hacer fuego al ver a losintrépidos españoles marchar hacia ella por el pantano adelantey retrocedeen busca de parapetos desde donde batirse a mansalva... Pero nosotros no ladejamos volver la cabezani pararseni rehacersesino que vamos en suseguimiento hasta las mismas huertas de Tetuán.

Allí salen moros de reserva y nos hacen cara. Ríos los cuenta todos con lavista... ¡Son demasiados!... ¡Lo menos triplican nuestra fuerza!... Pero¿qué importa? Mandapuestocar ataquey los nuestros se lanzan encolumna sobre aquel revuelto enjambre de infanteríaque huye atribuladamentecual si tratase de ganar los próximos setos y matorrales.

Peroen estobrotan de aquellos laberintos de ramas y cañas numerososgrupos de caballería moralujosamente ataviadacompuesta de extraños seresadornados con vestimentas rojas y turbantes blancoso con jaiques blancos yaltos casquetes rojos; mulatos en su mayoríanegros algunosarmados depistolasgumías y espingardasy caballeros en ágilesflacos y pequeñosbridonesque apenas tocan el suelo con los pies... Parece que un conjuro les hahecho salir del seno de la tierra. Por aquí aparecen veinte; por allícincuenta; por un lado ciento; por otro cien y cien más... ¡Ya pasan de mil!Es la famosa Guardia Negra!...

¡No importa! Ríos manda hacer alto a sus batallones; los arenga; les ordenaformar cuadros oblicuosy espera tranquilo el formidable choque.

Acércanse los jinetes árabes dando espantosos aullidos y blandiendo susespingardas como leves juncos. ¡Fuego!grita el general Ríos; y de doscaras del cuadro brotan descargas cerradasque siembran la muerte enrededor...

Muley-Ahmed recuerda sin duda entonces la lúgubre historia de su hermano elactual emperador de Marruecos la batalla de los cuadros de infanteríafrancesa...y no insiste más en sus ataques contra los reductos vivientesformados por nuestros batallones. Huyenpueslas hordas montadascomoacababan de huir las de a pie; y el general Ríos completa su obra destacando delos cuadros unas guerrillas de cazadoresque persiguen a la GuardiaNegra hasta obligarla a refugiarse en los bosquecillos que rodean la Torre deJeleli.

O'Donnellque lo ve todo muy de cercamándale detener sus fuerzas en aquelpunto. Hácelo así Ríosrecomponiendo sus cuadrosy espera nuevasórdeneslibre ya de enemigossi bien

enviando algunas granadas a los bosques y barrancos en que se albergan yhacia donde los empuja por otro lado nuestra caballería.

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Pero no abandonemos este ala del ejércitopara volver los ojos hacia elcentro de nuestra línea (donde tuvo lugar lo más recio y encarnizado de laacción de ayer)sin referir un terrible episodio en que figuró más tarde elmismo CUERPO DE RESERVAcompletando su parte de gloriaen tan memorablejornada.

Fue el caso que a eso de las tres de la tardecuando más arreciaba la lidal pie de Sierra Bermejaalgunas fuerzas moras de infantería secorrieron a todo lo largo de Guad-el-Jelúa fin de cortar la retiradaal general Ríosinterponiéndose entre él y nuestro campamento.

El bizarro general Ríosque se hallaba al frente de la primera línea poraquel ladose penetró en seguida de las intenciones de los morosy lasprevino mandando a un escuadrón de Lanceros de Villaviciosa que avanzasediagonalmentecargase a los enemigos y los obligase a retroceder...

Así lo ofrece el escuadrónsin reparar en el número de los adversarios.Salepueshacia elloslos alcanzalos alancea y les hace huir comoespantados corzos. Pero¡ah!no contentos con estonuestros bravos siguen ensu persecucióny cata aquí que repentinamente míranse en el mismo o peortrance que los Húsares el día de Castillejos... ¡El terreno se hunde bajo lospies de los caballos! ¡Han dado en un lodazal blando y profundo! ¡Han caídoen él! ¡Están atascados! ¡Están perdidos!

En efectolos morosque los han llevado arteramente a aquel parajeseagrupan al otro lado del foso de cienoy comienzan a fusilarlos con enteraimpunidad...

Los de Villaviciosano piensan al principio en retrocedercomo loaconseja la prudenciasino en avanzarsalvar el estorboganar la opuestaorilla y vengar la sangre que derramaban en tan malhadada situación... Prontose convencensin embargode que es imposible adelantar una pulgada de terrenoe intentan volver grupas... Pero ya es tardelos caballos no pueden bracearnopueden moverse: ¡están materialmente clavados en el lodo! ¿Qué hacer?

Más de la mitad del escuadrón encuéntrase todavía sobre un suelo mediofirmey puede emprender fácilmente la retirada... Pero ¿cómo abandonar a unamuerte seguraalevosacruelísimaa sus infelices compañerosque vancayendo uno a uno sobre el ceniciento fangoatravesados por las balas enemigas?

¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Pasan algunos momentos de perplejidad y deagonía... Los moros se burlan diabólicamente desde el lado allá del lodazalcada vez que hieren a un lancero... Sus espantosos gritos se mezclan a lostremendos juramentos de nuestros soldados... ¡Ah! ¡Qué horror! Ya han caídoveinte... ¡Así van a caer todos!... ¡Ohcruel y bárbaro sacrificio!

Pero no... ¡Eso es imposible! El compañerismo y la caridad van a hacer unmilagro... Los batallones del general Ríos han visto desde lejos el tremendoapuro en que se encuentran sus hermanos...y el Provincial de Málaga(¡honor a él!) viene a la carrera en auxilio de los Lanceros deVillaviciosa....

Llegapenetra resueltamente en el pantano ylo que no han podido hacer loscaballoslo hacen los hombres... Remueven el lodo con pies y manos; los unos seayudan a los otros; saltanbrincannadanpor decirlo asídentro del cieno;ycayendo y levantandoheridos algunos de ellosllegan a la otra orillaconel fusil inútiles verdad; cubiertos de barro hasta la cabeza...escierto...; pero con la bayoneta caladacon la terrible bayonetaque se limpiade fango al atravesar el cuerpo de los asesinos.

¡Ya ha quedado a retaguardia de los andaluces el comprometido escuadrón; yapueden bajar de sus caballos los de Villaviciosa y sacar del lodazal alos muertosa los heridos y a los que aguardan su última hora enhiestos sobrelas sillas; ya están redimidos; ya están vengados! ¡Vengadossí!... ¡Losde Málaga no se han contentado con servir de escudo a nuestros lancerossino que van en pos de los asombrados africanoshiriéndolosmatándolosdesbaratándolos a golpes y puñaladashaciendo arma de la culata de lacarabinade la llavedel cañónde la bayonetay empleando además laterrible navaja de su país!...

En esto se retiraban ya los de Villaviciosacubiertos de infortuniopero también ceñidos de laurely el general Rubiojuzgando ya inconvenientetener distraídas sus fuerzas en aquel flancotocó alto y retirada al denodadoProvincial.

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Veamos lo que sucedía entretanto por nuestro frente.

Como llevo dichoel fuego se había hecho general en toda la línea. Lanumerosa caballería de los dos príncipes morosreconcentrada en torno de la Torrede Jeleliacechaba ocasión oportuna de acometernosmientras que sudesparramada y cuantiosa infantería nos hacía fuego por mil ladoscansándonos muchas y muy sensibles pérdidas. Verdad es que nuestras guerrillasy las granadas y la metralla vengaban con usura a cada español que cala; perosemejante compensación era insuficiente... MandópuesO'Donnell al generalGaliano que se metiera con casi toda nuestra caballería en aquel mar deenemigos y pusiese término a tan costoso tiroteo.

¡Momento solemne fue aquel para todos! Nuestros caballos se lanzaron altrote en las allí diáfanas lagunasy yo marché en pos de ellosarrastradopor no sé qué vaga inquietud. Afortunadamentedebajo del agua había pocolodoy no tardamos en ganar la otra orilla.

El brigadier Villate y los coraceros de su mando caminaban como a una fiesta.Detrás de aquellos escuadronesque eran los del Príncipe y los de la Reinaiban de reserva uno del Rey y el primero de Húsaresdesplegadoen guerrillaa fin de tener a raya a algunos grupos de caballos moros quecaracoleaban por la llanura. Mandaba la Reina D. Eulogio Albornozy el Príncipeera acaudillado por D. Federico de Soria Santa Cruz.

Los coracerosmandados por Villatefueron los que cargaron en primeralíneae hiciéronlo a fondopenetrando como un huracán en el llenodel ejército enemigo. Sus centelleantes espadas descargaban tajos y reveses adiestro y siniestro... Un ancho reguero de sangre señalaba su paso al travésde las huestes marroquíes.

¿Necesitaré decirlo una vez más? ¡Ni los infantes ni los jinetes morososaron hacer frente a aquella briosa acometida! Los otros se declararon enprecipitada fugadejando sus muertos en nuestro podery amparándose en unahondonada o vallecillo situado al pie de Sierra Bermejaespecie deabrigado golfoformado por la prolongación de dos estribaciones de lamontaña.

¡Qué temeridad!... Los coracerosque ven reunidos en aquel paraje amillares de fugitivosolvidan lo sucedido en los Castillejos a los Húsaresde la Princesay penetran en el barranco... Pero¡ah!no bien se acercana tiro de fusilrodéales una nube de humo y oyen silbar miles de balasmientras que algunos dóblanse sobre el caballomurmurando con varonilconformidad: «Estoy muerto.»

¿De dónde vienen aquellos tiros? ¿Quién los dispara?

¡Ah! ¡Es que los moros tienen allí una trinchera oculta!

-¡Adelantecoraceros! -grita Villate-. ¡Saltemos ese parapetoy noquedará un infiel con vida!...

Así lo hacen aquellos bravos.

La trinchera es de poca importanciay los marroquíes la abandonan tambiénal ver el arrojo de nuestros jinetes...

Sáltanla estos; déjanla atrásy caen como un torrente desencadenado sobrela acorralada morisma... Óyense gritos de terrorde espantode agonía... Lasespadas de los coraceros se hartan de sangre y de exterminio. Los jinetes morosse defienden muy mal con sus gumíasy los infantes no tienen espacio niserenidad para cargar sus espingardas...

Masde prontoaquellos lamentos de los vencidos truécanse en aullidos dejúbilo y furor... Mil quinientos caballoscasi todos de la Guardia Negraqueestaban escondidos en un pliegue del montehan dado la vuelta y aparecido aretaguardia de los coracerosenvolviéndolos completamentecortándoles laretiradaencerrándolos en el mismo golfo donde ellos tenían encerrados a susenemigos.

¡Desastroso momento! Los acosados moros cobran valor y ánimo con aquelrefuerzo formidable. Por todos lados caen sobre nosotros miles y miles deadversarios armados de gumías y de unos chuzos por el estilo de lanzas...Hácennos fuego a quema ropa... Sus infantes pululan entre los pies de loscaballos... ¡Cada español tiene que luchar con una jauría de marroquíes!

No se abatensin embargonuestros escuadrones. Antes se revuelven con mayorfuriatrazando en torno suyo círculos de muerte con sus largas espadas... Vanvienentornanatropellanderriban a los jinetes que les estorban el pasoysalenal finde aquella lúgubre hondonada a todo el escape de sus corcelesllevándose por delante una revuelta turba de moros y de caballos sin jineteque aquí tropiezanallí caen; ora huyen con dirección a nuestra línea (estoescon dirección a otra muerte)ora se esparcen por la llanurabuscando susalvación en la distancia.

Muchos de los nuestros vienen heridos; muchísimos han caído muertos...¡Pero de los que vuelvenni uno solo ha dejado de verter sangre africana!Todas las espadas están rojas de sangre: éstas melladasaquéllas rotas.¡Ohsí! La refriega había sido horrible. Yo recuerdo haber contemplado algosemejante en cuadros que representaban el Paso del GránicoMaratónLos Campos catalánicos o Queronea... Nada faltaba ayer para completar miilusión. La lucha con arma blanca; los caballos encabritados sobre los muertos;los grupos de miembros palpitantes; los cascos de los coraceros; los clásicostrajes de los moros; la faz horrible de los negros; la forma antigua de lasespadas y lanzas; las banderas; la trompeta vibrante de nuestra caballeríatocando a degüello...; todotodo era artísticomonumentalclásicocomoYugurta luchando contra Romacomo Julio César en las Galiascomo Aníbal enla Lombardíacomo Napoleón en las Pirámides... Fue un momento no más; fueun rápido episodio...pero tan terrible y épico como las historias pasadascomo el fabuloso poemacomo el increíble bajo relieve.

Pues añadid ahora la segunda parteo sea el lúgubre momento de nuestrasalida al llano. Figuraos el turbión de los deshechos escuadronesque pugnaninútilmente por rehacerse... Figuraos aquel escape desordenado... Oíd lastrompetaslas imprecacioneslas voces de mandolos gemidos de los que ruedanpor el polvo... Ycomo vanguardia de este ruidoso torbellinoimaginad diez odoce caballos árabessin jineteenjaezados con grandes caparazones de colorde escarlatacorriendo sin dirección fijaheridos unosensangrentados todoscon la crin erizadarelinchando como si buscasen a sus dueños o lamentasentanto infortunio... ¡Ah! ¡Ciertamentela guerra tiene su poesía peculiaruna poesía que sobrepuja en ciertos momentos a todas las inspiraciones del artey de la naturaleza!

Al desembocar a campo abierto aquel huracán desencadenadoencontrose conotro que corría en dirección opuestalo cual aumentó la confusión de tantremendo cuadro. Era nuestra formidable artillería montadaque venía a todoescapecon estridente ruidosaltando y botandoora sobre pantanos y lagunasora sobre zanjas y malezasansiosa de ahogar con su ronco estruendo la ferozalegría de los moros. Crúzansepuesy confúndense caballos y cañones;cruje el látigo de los artilleros sobre las espantadas mulasy únense enbárbara armonía los gritos a los juramentoslos golpes a los relinchoslasórdenes a los ayes...

En semejante tribulaciónen tal infiernovemos pasar un extraño grupoque nos arranca al mismo tiempo carcajadas y aplausos... Mr. Iriarteel artistafrancésfalto de más cómoda caballeríacorría la posta montado en uncañóna fin de llegar antes al teatro de la lucha... Llevaba su álbum dedibujo debajo del brazoel sombrero tirado atrás y un revólver en la manoderecha; y en aquel idioma ilustre que tantas veces animó los campos debatallaen el francés de la Argeliade Italia y de Crimeaexcitaba a lasmillas para que corriesen más de prisa... Por cierto que el noble extranjerotan ansioso de presenciar el combateregresó de él no menos gloriosamente;pues cuandopasadas tres horasme retiraba yo a nuestro campamentovolví aencontrarle prestando su hombro a una camilla en que iba herido ciertooficial...

Mas volvamos a nuestra historia.

Los denodados coraceros lograron al fin rehacerse y formar de nuevo porescuadrones. Sus pérdidas eran cincuenta y cinco hombres muertos o heridosentre ellos ocho jefes y oficialesy muchos caballos inutilizados o muertos...

Entretantolos morostomando aquella retirada por una definitiva derrotasalieron del barranco en persecución de nuestros jinetesy hubo necesidad devolver a la cargacomo suele decirse. Así lo mandó el brigadier Villatelanzándose el primero contra los pertinaces africanosllevando en pos a suscoraceros y a los lanceros de Santiago y de Villaviciosa... Perolos moros no se atreven esta vez a aguardarnossino que vacilan...deliberanentre síy al cabo huyen...

Emprendemos entonces la retirada (protegida por el bizarro brigadier conde dela Cimerael cual había arrollado mientras tantoen el lado izquierdograndes fuerzas moras con su Brigada de Lanceros; sostenida por unEscuadrón de Húsares y por otro de Cazadores de la Albuera)ytermina al fin aquel terrible episodio de la batallaen que tanto habíapadecido nuestra impetuosa caballería. Mas no por esto podía darse el asuntocomo terminado. Los marroquíes; vuelven siempre al ataque con la mismafacilidad que huyen; cuando no encuentran manera de conseguir su objetosecontentan con causarnos bajasysi son tantos en número como en el combate deayerunas fuerzas relevan a otras y acometen varias veces la misma empresabasta que todos se convencen de la inutilidad de sus esfuerzos. Rehiciéronsepueslos islamitasluego que se vieron libres de nuestros escuadronesyvinieron por tercera vez sobre nuestro frenteocupado ya por algunos batallonesdel TERCER CUERPOque se habían colocado en primera líneallevando a sucabeza a los generales Ros de Olano y Turón y al brigadier Cervino.

El general O'Donnell mandó a nuestra caballería echar pie a tierra ymantenerse un poco a retaguardiay él esperó tranquilamente a los morosenmedio de los batallones de Ciudad RodrigoBaza y la Albueradecidido a dejarles llegar tan cerca como quisiesena fin de dar a su tercoorgullo el último y decisivo golpe.

La primera fuerza que entró en fuego contra nuestros infantesfue unacopiosísima legión de jinetes moros... Pero los aguerridos batallones de la AlbueraBaza y Ciudad-Rodrigo formaron cuadros con admirable serenidad yprontitudy todos los que estábamos a caballo nos encerramos dentro de ellos.Era la primera vez que yo me veía en semejante situacióny en verdad os digoque es imponente a sumo grado encontrarse dentro de una fortaleza de carnehumanarodeado de enemigos por todas partessintiendo cruzarse las balas endirecciones opuestascercado de un anchuroso círculo de humoy escuchando porintervalos sordos lamentosque revelan otras tantas bajas en el grupo de queforma uno parte...

También esta vez respetó la caballería árabe nuestros cuadrosyse mantuvo a cierta distanciasin atreverse a caer sobre ellosviendo lo cualel general O'Donnellordenó que saliesen algunas guerrillas a contestar elfuego diseminado del enemigomarchando él entretantocon su cuartel generala recorrer toda nuestra líneapara formar juicio exacto de la situación decada fuerza antes de mandar el ataque general y en grande escala que había deponer fin a la lucha; ataque que constituye uno de los más bellos espectáculosde esta guerra...

Pero no adelantemos los sucesos.

El estado de nuestra línea era el mismo que por la mañana; y nada habíaocurrido allísalvo el siguiente lancedigno de especialísima mención:

El animoso general D. Jenaro Quesada avanzaba por la extrema derecha con losbatallones de San Fernando y el Infanteal mando del brigadierMoretasostenidos por otros tres batallones que capitaneaba el brigadier Oterocuandoal pasar cerca de un bosquecillo muy espeso que hay en medio de lallanuray que parece (por lo aislado) un gran ramillete de árbolescuyonombre de Campo Santo y algunas lápidas que se ven por el suelodemuestran ser un cementerio árabereparó en que unos cuatrocientosmusulmanes vivos hacían compañía a los difuntos... ¡Es decirobservó quecuatrocientos jinetes estaban allí emboscados esperando alevosamente un aocasión de sorprender nuestra retaguardia!...

Tan luego como los descubrió el general Quesadafuese derecho a ellos sindisparar ni un tiro...y los moroscreyendo que se trataba de un simpletiroteomantuviéronse firmes algunos minutos... Pero conociendo al poco ratoque nuestra infantería trataba nada menos que de cargarles a la bayoneta...terciaron las espingardas sobre el arzóndesalojaron el cementerio yesparciéronse por la llanura.

Quesadaentusiasmado con su infanteríaquede progreso en progresono secontentaba ya con resistir a pie quieto a la caballería árabesino que osabaarremeter contra ellatomó posesión del bosquecillo; apoyó en él sus masasy destacó algunas guerrillas en todas direccionesa fin de que respondiesen alos disparos de los desparramados jinetesquienescomprendiendo que aquellalucha les era desventajosamarcharon a reunirse al grueso de su ejército.

Nuestro generalpor su partedejó cuatro compañías en dicho cementerioapoyadas por un escuadrón de Húsares que acababa de incorporárseleymarchó con el resto de su división en pos de los marroquíeshasta quealrebasar nuestro frenterecibió orden de hacer alto y esperar allí a que sedeterminase el ataque general.

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Así las cosasy revistado ya por el general en jefe todo nuestro ejércitohubo un momento de pausaen que estudió las posiciones del enemigo...

Serían las tres de la tarde. Hacía mucho calor. No corría ni una ráfagade vientoy el humo del combate se elevaba lentamente a la serena atmósferacomo nube de incienso portadora del último suspiro de los que morían.

Iban cinco horas de incesante fuego. De la Torre de Jeleli y de lasbaterías rasantes que los moros habían establecido a su piealzábanse pormomentos blanquecinas y solitarias humaredas. Eran otros tantos cañonazoscuyos proyectiles no nos alcanzabanpero cuyos estampidos oíamos al modo delejanos truenos. En cambionuestra artilleríano cesaba de vomitar granadas ymetralla dentro de las revueltas haces agarenasmientras que la infantería deuno y otro bando se tiroteaban vivamente en una extensión de cerca de unalegua. ¡Qué ruido! ¡Qué agitación! ¡Qué infierno! ¡Y cuán numeroso eratodavía el ejército marroquícuán pertinaz y temerario!

Yo había vuelto a reunirme al cuartel general de O'Donnelly una vez a suladotuve ocasión de lamentar más que nunca el excesivo valorla imprudenteserenidad de nuestro caudillo. Hallábase a caballo en primera líneaentre lasguerrillas de tiradorespresentando el pecho a las balasolvidado de sí mismoy de la muerteobservando con sus anteojos los movimientos del enemigo. ¡Enmenos de cinco minutos fueron heridas varias personas de las que estaban a sulado o detrás de éltodas pertenecientes a su cuartel general!

-¿Qué es eso? -preguntaba sin volverseal oír un golpe o un gemidoo alnotar que bajaban del caballo a este o aquel individuo de su comitiva.

-Nada... Que han herido a Fulano... -le respondía el que se encontraba máscerca de élno sin añadir respetuosamente: Mi generalusted no está bienaquí...

Pero O'Donnell no le oía yay continuaba sus observaciones desde el primerpuesto o adelantaba algunos pasos más hacia el enemigo...

Así cayeron en torno suyo un correo de gabineteherido en un brazo; unguardia civil de su escoltacon un muslo partido; el auditor de guerra Sr.Castillocon una fuerte contusión en el pechoy dos ordenanzasgravementeherido.

Por últimoel anciano brigadiercomandante general de artilleríaSr.Dolzque se hallaba precisamente al lado del general O'Donnelllanza unsuspiro ahogadoy exclama con una voz que condolió a todo el mundo:

-¡No veo! ¡No veo!... ¡Me han matado!

Yllevándose las manos a los ojoscae sobre el cuello del caballomientras su espada rueda por el suelo.

Corremos a incorporarloy vemos que tiene un balazo en la frente. La sangreque sale a borbotones de la herida enrojece ya todo su rostro y su blanca ymajestuosa barba... La lesión es mortalpero el noble anciano respiratodavía.

Una honda piedad enternece nuestro corazón... ¡Del corazón de O'Donnell seapoderaen cambioespantosa ira! Élcomo todoshabía visto caer alinfortunado Dolz; peroen vez de pensar en aquella pérdida que ya no teníaremedio resuelve tomar en sangre de los moros pronta y tremebunda venganza.Inflámansepuessus mejillas; lanzan rayos sus ojos; busca con la vista a susayudantesy les da rapidísimas órdenes.

Yo no las oigo; pero veo que el caudillo señala con su espada a las ultimasalturas ocupadas por los marroquíes.

-¡Hasta allí hemos de llegar! -decimos algunos con admiración.

Y razón teníamos para admirarnos. ¡Entre aquellas alturas y nosotroshabía un cuarto de leguapoblado por veinte mil moroscasi todos decaballería!...

Yaen estocundía por nuestra frente cierta sacudida de entusiasmocomosi el mismo riesgo de la empresa fuese parte a alborozar los corazones...

-¡A ellosa ellos!... -murmuraban nuestros soldadosproduciendo un sordorumorsemejante al que precede a la tormenta.

-¡A ellosmuchachos!... ¡A la bayoneta!... ¡Viva España! -gritaban losjefesagradecidos de antemano a sus valerosas tropas.

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Suenaal finel ardiente y vertiginoso toque de ataque...y muévensenuestras columnas: primero lentamenteluego más de prisapor último a lacarrera...

Ciudad-Rodrigo y Baza cargan en primera línea. En pos de ellosvan los batallones de la Albuera. Ros de OlanoTurón y Cervinocapitanean aquel enérgico avance. La bandera de mi batallón ondea sobre un marde bayonetas. Los vivas y las aclamaciones ahogan el estruendo de mil tiros.

¡Ohqué momento! Los moros no piensan ni remotamente en resistirnos.¡Conocen demasiado estos ataques de nuestra infanteríapara intentardefenderse en campo raso! Saltanpuesde entre los cañaveralesde lospliegues de la sierrade todas las posiciones en que estaban ocultosy trepana la montaña o se refugian en atrincherado campamentocomo tímidas liebres;corren atribulados por todas partes; se agarran a las matas para subir; sederrumban de lo alto de las peñas; se arrastrancomo sierpespor el suelooandan con pies y manos entre las jarascomo bestias feroces en sus soledades.¡Sublimearrebatadora era la vista que presentaban aquellos batallonescorriendo en masa y llevándose por delantebarriendo materialmentea miles ymiles de moros de a pie y de a caballorevueltos en desesperada fuga! ¡Yo nohabía visto nunca (y lo mismo decían los veteranos) carga tan audazy tanenérgica. «¡Bravo!... ¡Bien por los cazadores!...» -exclamabanjefesoficialesy soldadosal ver a Ciudad-Rodrigo y Baza arrollarlotodo sin detenerse: fosostrincherasmalezasbarrancos y colinas.

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En tal momento tengo ocasión de presenciar una escena que me interesa enalto grado...

El general Rosque ve avanzar a sus batallones más de lo convenientellevados de su excesivo denuedovuélvese al primer ayudante que ve cerca desíy le dice con energía:

-¡Al escape!¡Al momento! ¡Que se detengan aquellas fuerzas!

El ayudante que recibe la orden es su hijo...el joven teniente D. GonzaloRos de Olano.

Saluda este a su padre y general con silencioso y militar respetoy partecomo una exhalación.

Para llegar adonde se le ha mandado hay dos caminos: uno muy largohaciendoun rodeo y pasando por la retaguardia de nuestras tropas; otro cortísimofaldeando la montaña y cruzando por entre los dos fuegos quede arriba abajo yde abajo arribase hacen los marroquíes y nuestros cazadores...

El bizarro ayudante comprende que no hay tiempo que perdery elige esteúltimo.

¡Es decirque su padre lo ve desaparecer entre un diluvio de balas!...¡Pero no el dolorno la zozobra se pinta en el rostro del guerrero poetasinoun gozoso y resplandeciente orgullo!

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Algunos momentos después vese venir por el opuesto ladoflanqueando laposición enemigaun jinete a todo escape... Los morosque lo distinguenlehacen fuego... Pero no le tocany el jinete se incorpora a nosotros.

Es el mismo ayudante; es el teniente Ros de Olano.

-Mi general -diceplantando su caballo delante del de su padrey saludandoa este con la más severa etiqueta-la orden está cumplida.

-Hijo mío -responde tranquilamente el general-estoy muy satisfecho de ti.

Ycon una profunda miradapregunta a su joven heredero si está herido.Este le significa que no con una sonrisa tierna... Y los que presenciamosaquel mudo y patético coloquiosentimos enternecido nuestro corazón yfortalecida nuestra alma.

Al mismo tiempo el general Mackenna escalaba con dos batallones el extremodel cerro en que se apoyaban los morosy el general Quesada subía con SanFernando y el Infante por detrás de la empinada posiciónmientrasque el brigadier Otero tomaba a la bayoneta otras alturas aún más distantessobre el extenso aduar de Mel-lely. ¡Por cierto quepara llegar a aquelpuntola División Quesada ha tenido que pasar entre pantanos muy profundos yque cargar otra vez a la caballería enemiga! Pero la oportunidad con queaparece casi a retaguardia de los morosle vale las alabanzas de todo elejército.

Los pobres marroquíescogidos entre dos fuegosrodeadosperseguidos portodas partestienen que retroceder en su fugay descubren de pronto a nuestravista sus numerosísimas huestesque buscan otra salida hacia su campo por unbarranco próximo a la Torre de Jeleli... ¡Cuántos!...¡Cuántos eran todavía! ¡Y qué totalqué ignominioso vencimiento! ¡Quépatente y general su derrota!

Aguardábalessin embargouna nueva amargura. La Batería de Cohetes veenfrente de sí aquel enjambre de acobardados monstruosy empieza a lanzar enmedio de ellos sus espantosos proyectiles...

Parten los cohetes como centellashendiendo el aire con estridenteruido; penetran como culebras de fuego en las haces infieles; serpeansaltan yvibran su larga colaazotando con ella a peones y caballerosy revientanenfinsembrando el estrago y la muerte por todas partes.

-¡Esto es fuego del cielo! -exclamaban los marroquíes-. ¡Los cristianosdisponen a su antojo de las exhalaciones de lo alto!...(9) <notas.htm>

Entretantonuestra artillería vomitaba andanadas continuas de granadas ymetralla sobre los aterrados agarenossobre su camposobre las huertas de Tetuánsobre sus quintas y aduares... ¡Qué desolación! ¡Qué castigo! ¡Cómodebieron de arrepentirse de habernos provocado tan temerariamente! ¡Quélúgubres presagios harían en aquel momento sobre la suerte de su ciudadquerida!.

Finalmentemúsicas y aclamaciones resonaban allá en las alturas que elgeneral O'Donnell designó con su espada al ordenar el ataque... Aquellos himnoscelebraban nuestracompleta victoria. La bandera de España ondeaba sobre todaslas cumbres de Sierra Bermejaque ocupaba poco antes el enemigoel cualocultaba su dolor y despecho en las fragosidades de las montañas próximas o enel que hoy consideranseguro de sus trincheras y parapetos.

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Concluyamos.

Dicho se esta que el general en jefe y su cuartel general habían subido losprimeros a las posiciones tan valerosamente conquistadas. Desde allídesdeaquellas empinadas lomasabarcábase de una sola ojeada toda la llanura queacabábamos de recorrer. Por un lado veíamos el CUERPO DE RESERVAformado en cuadros;por otrola brigada Mogrovejoescalonada en columnas; allá nuestra Caballeríatendida en batalla; más cercala Artilleríatronando aún ycoronada de blancas humaredas... Por todas partes guerrillas; grupos sueltos desoldados que conducían heridos; jefes y ayudantes que corríau en variasdirecciones; cargas de cartuchos que venían de la remota Aduana;camilleros de las Compañías de Sanidadque buscaban nuestros muertosentre la alta hierbay acasoacasoalguna que otra tertulia de oficialesquealmorzaban a aquella horapan y quesosalchichón y vinosobre la tierra queacababan de ensangrentar sus compañeros... ¡Qué alegrequé animadaquémarcial perspectiva!

Pero ¿qué rumor de músicas y tambores se percibe a lo lejos? ¿Quéejército es aquel que avanza por la otra solitaria planicie que atraviesa elrío de la Judería? ¡Ah! ¡Son los batallones del SEGUNDO CUERPO; es elgeneral Primque acude al teatro de la victoria!

¡Imponente y magnífico alarde! Aquellas aguerridas fuerzasque hoy hanpermanecido ociosasvienen a banderas desplegadas y tambor batienteenperfecta y vistosa formacióncompletando nuestro dominio sobre todo elanchuroso valley como diciendo a los caudillos mahometanos: «Aúnquedábamos nosotros; aún estábamos de reserva para lo que pudiese ocurrir.»

El conde de Reusadelantándose a su ejércitollega a todo escape aincorporarse al cuartel general de O'Donnelly a cumplimentar a este por elhermoso triunfo que acaba de obtener; después de lo cual le refiere un notablehecho de armas que ha tenido lugar allá abajomientras que nosotros tomábamosestas posiciones.

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Fue el caso queestando parada en la llanura la división del generalO'Donnell (D. Enrique)un jinete árabevestido de granaque había dirigidopor la derecha las fuerzas enemigas durante toda la luchase adelantó (conseis jinetes másque parecían constituir su escolta) hacia aquella divisióninmóvilcomo en son de desafío o de parlamento...

El hermano de nuestro general en jefe hizo avanzar entonces a su ayudante elSr. Maturanaseguido de cuatro guardias civiles y dos ordenanzascon el soloencargo de observar las intenciones de los que venían; pero al llegar nuestrosjinetes al sitio que se les había señalado (a gran distancia ya de nuestrosbatallones)encuéntranse enfrente del extraño caballero moroque habíareforzado su escolta con veinte jinetes más. ¡Nadie había visto llegar aaquel refuerzoque sin duda estaba escondido entre los altos juncales de laslagunas!...

Sin vacilar ni un puntoel Sr. Maturana carga entonces a los treintaagarenos con los seis valientes que le acompañany por un momento quedanrevueltos y confundidos moros y cristianos... Mas los nuestros se dan tal arteque logran infundir miedo a los marroquíes.

Retíranse éstos casi sin luchar...y Maturana y los suyosviendo quenuevas fuerzas moras vienen por la derecha tratando de envolverlosemprendentambién la retirada para incorporarse al grueso de nuestras tropas...

Pero uno de los guardias civilescuyo caballo acababa de recibir un balazocae en esto a tierrasin que lo noten sus compañerosy Maturana oye su vozque pide auxilio con tanta mayor vehemenciacuanto que el jefe encarnado y seiso siete moros más lo cercan yatratando de llevárselo vivo...

Maturana lo vey retrocede soloarmado de su revólver. Llega al grupo demorosque salen a su encuentro esgrimiendo afiladas gumías: apunta contra eljefey lo mata; dispara tres tiros másy hiere a otros dos infielescon locual huyen los restantesdejando prisioneros en poder del bravo oficial a losdos heridos.

Bien quisieran rescatarlos y castigar al audaz Maturana las fuerzas queacudían en auxilio del ya difunto jinete rojo; pero al mismo tiempo llegan enayuda de los nuestros dos compañíasde la Princesa y una de Toledovisto lo cual desisten de su intento los marroquíespronunciándose enretirada.

Salvo ya el guardia civily recogidos los dos prisionerosestos declararonque el jefe muerto era de elevadísima graduacióncosa que también revelabansu rico traje de lana y seda y su excelente caballo...que en adelante montaráel general Prim.

Por lo demásesta marcha del conde de Reus al través de la llanurasincaballería ni cañonesha sido tan osada como aplaudida. Muchas veces vioseobligado a formar cuadros para hacer frente a los jinetes moros (que nose atrevieron a acercársele); otras destacó guerrillas (en su seguimientocausándoles algunas bajasya no haberle detenido la mala condición delterrenosu llegada al teatro de la acción por la retaguardia del enemigohabría hecho aún más sangrienta la vergonzosa fuga de este.

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Pero he dicho que iba a terminar por hoy. Describamos rápidamente nuestraretirada.

Esta se verificó con el mismo disgusto de las tropas y del general en jefeque la del día del príncipe de Asturias. ¡Estábamos tan cerca del campamentoenemigo! ¡Nos había costado tanta sangre llegar allí!... Sin embargoeraforzoso volver a nuestros reales. El ataque a Tetuán debe verificarsepor el otro lado de la llanurapor la orilla del Río Martínasaltandode frente los grandes parapetos guarnecidos de cañones que allí han construidolos marroquíes...y O'Donnell no improvisa ni cambia nunca sus planes...porlo cual los realiza siempre...

Nos retiramospues. Los moros trataron varias veces de picarnos laretaguardia luego que la noche cubrió el valle de tinieblas; pero el generalQuesada por un ladoy los brigadieres Villate y Cervino por otrocargaronnuevamente al enemigoquien se resignó al fin a dejarnosmarchar ufanos connuestra victoria...

El cuartel general pasó a su vuelta por el teatro de las cargas decaballería. Aún se veían algunos muertos nuestrosy muchosinnumerablesmahometanos... Algunos caballos de uno y otro ejército agonizaban de pieconel cuello tendido al aire y desangrándose lentamente... Otros yacían al ladode sus jinetes exánimes... Las armas descansaban también en tierracomocansadas de matar... ¡Qué cuadro de tan lúgubre poesía!

Entre los despojos del reciente combate encontrose una bandera rojaal ladodel que la había paseado todo el día por el campo de batalla. Era este unmulato corpulentovestido con túnica encarnadapantalón azul y turbanteblanco. Dormía el sueño de la muerte con la faz al cieloy su brazo derechoextendido hacia la banderaparecía pugnar por defenderla todavía...

En fincerca ya de nuestro campohabló rápidamente O'Donnell con uno delos prisioneros hechos en la jornadamísero anciano medio desnudodemelancólica y grave fisonomía.

-¿Erais muchos hoy? -le preguntóentre otras cosasel general en jefe.

-¡Muchos! ¡Muchos! -respondió el moroextendiendo las manos yagitando los dedoscomo si viese ante sí las numerosas haces que habíacontemplado reunidas aquella mañana-. ¡Muchos!... ¡Muchos!... Pero ¿dequé nos ha servido?

Y al pronunciar esta frase expresaba el rostro del anciano tan profundadesesperaciónque su patriotismo y su desgracia nos causaron respeto...

Concluyo diciendo que nuestras bajas en el combate de ayer consistieron enochenta muertos y sobre quinientos cincuenta heridos. ¡Las de los moros...(todos pudimos verlas) fueron atroces! Solamente los muertos pasaron detrescientos.

Por lo que a mí tocano tengo lo valor para dejar la pluma sin dar cuentade la alegría y orgullo que me embargan... El general O'Donnell me concedióayer la Cruz de San Fernando en el Campo de batallarecompensando asícon usura la parte insignificante que tomé en los trabajos y peligros de tanmemorable refriega.

Es decirquemientras existaadornarán mi pecho los colores amarillo yrojo¡los colores de la bandera nacionaly que después de terminarse estaguerra y mi compromiso de soldadoaún permaneceré unido con lazo tan hermosoal bizarro ejército español!

¡Sea en buen hora! ¡Luzca sobre mi corazón el mas sagrado símbolo de lapatriala más honrosa recompensa militarla noble enseña españolay ellame inspire en todo tiempo sentimientos de amor y adoración entusiasta hacia lailustre nación que bendigo ausentey de quien me envanezco de ser hijo!



 

- XXXVIII - Día de la Candelaria. -Misa solemne. -Reconocimiento.-Conferencia de los generalesy plan de próxima batalla.

2 de febrero.

El día de ayer (que yo pasé escribiendo la batalla del 31) dedicose alembarque de heridosal municionamiento de las tropas y a lospreparativos de nuestro próximo ataque al campo atrincherado de Tetuán.

Emprenderemos la acometida pasado mañana al amanecer; las órdenes estándadasy todo dispuesto con la más escrupulosa previsión.

En cuanto al día de hoyha sido solemnísimo.

Primeramenteesta mañana oyó misa todo el ejército. El ser día de la Purificaciónmotivó realmente la santa ceremonia; pero el hecho de encontrarnos abocados auna grande y decisiva batalla; la evidente proximidad de nuestra entrada en unaciudad infiely el temorque no podíamos menos de abrigar todos y cada unosobre si aquella misa sería la última que oyésemos antes de comparecer en laEternidadhan dado al acto religioso de hoy no sé qué grandiosidad austera ymelancólicaque no podía menos de contrastar con el humilde aparato y militardesaliño del templodel altardel sacerdote y de los fieles.

Celebrábase la misa en la plataforma del torreón de la Aduanabajola severa bóveda del cielo. El altar se apoyaba en el muro; ycerca de élasomado a las almenas aspilleradashallábase un corneta de cazadoresquiencon agudas señalesiba indicando a las numerosas huestes tendidas por lallanura la marcha silenciosa del incruento sacrificio. Yo no pude menos devolver muchas veces la cabeza para contemplar el magnífico cuadro quepresentaban nuestras tropas en aquel momento. En una parte se veían obscurasmasas de batallones formados entre los claros de sus tiendas; en otracolumnasapretadas de caballeríacuyas espadas centelleaban al solo cuyas lanzasentregaban al manso viento sus banderines; aquí un grupo aislado de jinetesallá cuatro o seis guardias civiles alineados en otro sentido; ora algúnsoldado solo que había interrumpido su marchaora los ingenierosapoyados ensus herramientas; en un lado el cuartel general de tal o cual cuerpo deejércitoparado en pintoresco pelotóncon los generales y brigadieres a lacabeza; en otro los acemileros y las gentes de mardescubierta la frenteperocolocados también en regulares filas; ya una escoltaya un regimientoya unamasa de artilleríava un centinela solitario...y todos silenciosostodosinmóvilestodos atentos a un punto fijo: ¡al torreón arábigo en que secelebraba la misa!

No había semblante que no revelara juntamente marcialidad y ternura...Dijérase queal través de la dura y amenazadora expresión que los rigores dela campaña y crueles hábitos de la guerra han prestado a todas lasfisonomíasfulguraba la suave luz del Evangelio... Las dulces memorias de lapatrialos recuerdos de la familialos cuidados del almala cercanía de lavida eternatodo conspiraba a enternecer y mejorar el corazóna exaltar elsentimiento religiosoa inflamar el amor divino... Todos rezabanpuesosostenían con el Ser Supremo más íntimos coloquios. Quién le rendíafervorosa acción de gracias por haberle protegido hasta entonces yconservádole para su atribulada familia; quién le rogaba que fuese su escudo ysu defensa en los próximos combates; quién le encomendaba la custodia de serqueridos que temía no volver a ver; quiénen finconmovido por más grandesagitacionespedía para las armas españolas la ayuda y el favor del Dios delos ejércitosofreciéndoleen cambiouna desdichada vidasi necesaria erapara la felicidad de la patria.

Grave y austera música poblaba en tanto de melodías la pura atmósfera dela mañana; el sol enviaba sus más cariñosos rayos a los que vio en otrotiempo pacíficos moradores de lejanos hogaresy hoy encontraba en extranjerosuelo dando su vida en defensa de la honra nacional. Diosrey del universoacudíaen fingozoso a la nueva tierra donde sus hijos se reunían en sunombre y le llamaban... ¡Tetuány sus guardadores debieron de sentirel frío de la muerte en tan augusto y misterioso instante!

Veinticinco mil soldados españoles estábamos de rodillaspresentando lasarmas con humildad al Dios de Sabaothal caudillo del pueblo de Israel.Los jinetesfirmes sobre sus bridonesllevábanse al corazón la cruz de laespadacomo ofreciendo la fuerza de su brazo y la sangre de sus venas a lavíctima que veían inmolar. Todos los ecos del valle resonaron entonces con losacordes del himno triunfal de Españarepetido por mil marciales instrumentos.La consagrada hostia brilló al sol y eclipsó su lumbrey el cálizmisteriosoal alzarse sobre la cabeza del sacerdotedestacose sobre el azuldel cielocomo si en aquel sacrosanto brindis se hubiese unido la eternidad alo creado.

Al fin de la misael general en jefeque durante toda ella habíapermanecido con la cabeza baja y la empuñadura del acero apoyada en elcorazónemprendió silenciosamente el camino de los campamentos morosseguidode su numeroso cuartel general y del de todos los generales del ejército.

El objeto de O'Donnell era reconocer nuevamente el camino que hemos derecorrer pasado mañanay enterar a los demás generales de las observacioneshechas por el general García en anteriores reconocimientosdesignándoles alpaso los sitios por donde habrán de conducir sus tropasa fin de esquivar enlo posible los sitios pantanosos.

Llegamospueshoycomo los días precedenteshasta muy cerca de losparapetos del enemigoquien no dejó por su parte de recibirnos a cañonazospero tampoco por esta vez nos causaron perjuicio las voluminosas balas rasas quecaían en ocasiones a los pies de nuestros caballos...

Terminado el reconocimientoel general O'Donnell invitó a los demásgenerales a que subiesen con él a la plataforma de la Aduana desdedondecomo tengo dichose abarca perfectamente toda la llanura... A nadie sele ocultó que el general en jefe iba a revelar y explicar su plan de batalla alos que pasado mañana han de secundar sus órdenes dando el anhelado ataque alos campamentos enemigos.

Los generales Ros de OlanoPrimGarcíaRíosO'Donnell (D. Enrique)OrozcoTurónQuesadaGalianoUstárizMackenna y Rubioasí como loscomandantes generales de artillería y de ingenieroscomponían aquellaasamblea al aire libreque nosotros divisábamos desde abajo con la curiosidadque puede imaginarse... La plataforma en que tenía lugar aquella importanteescenaera la misma en que pocos momentos antes se había celebrado la misa decampaña. O'Donnellavanzando a las almenas del oestedesignaba a los demáscaudillos varios parajes de la llanuramientras el general Garcíacomo jefede estado mayor generalmostraba el plano del terrenoy Ros de Olano y Primagentes principales que han de ser de la obrase ponían de acuerdo sobre lospuntos que han de acometer con sus respectivas fuerzas.

¡Porque (sabedlocomo ya lo sabemos todos) el plan del conde de Lucenaconsiste en atacar a un mismo tiempo de frente y de flanco las posicionesenemigasy tomar a la bayoneta parapetoscañonestiendas y todo cuantoencierran los campamentos moros! La idea no puede ser más sencillamas grandeni más atrevida. Ninguna tampoco más del gusto de nuestros soldados.

-¡Al fin (dicen) vamos a apoderarnos de la presa que hemos tenido al alcancede la mano en Castillejosen Monte Negrón y en Río Azmir;y que tan de cerca amenazábamos en los combates del 23 y del 31 de enero!

Y una vertiginosa alegría reina en toda la extensión de este campo...

De nuestras inquietudes acerca de la próxima luchahablaré mañana conmás viveza y propiedad que pudiera hacerlo hoypues mañana es la verdaderavíspera del día solemney nada tendremos que hacer sino filosofar con el pieen el estribo...



 

- XXXIX -

La víspera de la batalla. -Molendrisvíctima política. -Los VoluntariosCatalanes. -Arenga de Prim. -Despedidas.

Día 3 de febrero.

El día de hoy me lo había yo imaginado muchas veces antes de venir a laguerra. Quiero decir que sus peculiares emocionessu solemne expectativasusterrores y sus regocijoscorresponden exactamente a lo que yo había presentidosiempre que pugnaba por figurarme la víspera de una decisiva batalla.

Hasta hoy nos eran desconocidas estas inquietudes; y es quehasta hoynuncahemos tenido completa seguridad de combatir a determinada hora; nunca hemosatacado con premeditación; nunca hemos buscado al enemigo. Pero hoy sabemostodos (lo mismo los jefes que los oficiales y los soldados) que mañana alamanecer iremos sobre las huestes contrarias a batirlasa asaltar su campoaapoderarnos de él...; huestes y campo que no podrán huirnos ni trasladarse aotro puntosino que están ahía nuestra vistaesperándonos hace muchotiempocon sus trincheras y cañonescon sus fosos y parapetos. ¡La lidporconsiguienteserá segurainevitabletremenday tenemos absolutaindeclinable necesidad de triunfar!

Porque no hay arreglo posible... Al ser de día decamparemos: los soldadosmarcharán con sus tiendas a la espaldaprovistos de raciones y con todo suequipo en las mochilas. Las acémilas nos seguirán con municiones y víverescon hospitales y oficinasbotiquines y material de ingenieros... ¡O vencer omorir; o ganarlo o perderlo todo!... Tal será mañana nuestra situación. ¡Odormimos en las tiendas de Muley-el-Abbaso vamos de cabeza alMediterráneo!... ¡O mañana Tetuán es nuestroo tenemos el trágicofin del ejército de D. Sebastián de Portugal!

Ni creáis que abulto la importancia de los peligros que vamos a correr conel pueril o poético propósito de que luego parezca mayor nuestra victoria...Casualmente tenemos noticias frescas del campamento morolas cuales no dejanlugar a duda acerca del formidable aparato y desesperada furia con que nosaguardan los

marroquíes. Las enormes pérdidas que tuvieron en el último combate hansido repuestas y hasta superadas por tres o cuatro mil voluntarios queMuley-el-Abbas ha reclutado entre los pacíficos vecinos de Tetuánobligándoles a tomar las armas y a seguirlo. Al mismo tiempo el belicosopríncipe ha recibido de su hermano el Emperador un considerable convoy devíveres y municionesque empezaban a escasear (sobretodo los primeros) en lasfilas enemigas. Unido esto a que los moros saben también que mañana se juegael todo por el todo; que la batalla decidirá de la suerte de Tetuányque lo que no consigan en tan fuerte posicióncon artilleríaparapetos ycasi doble número de combatientes que nosotrosno lo conseguirán ya nuncahace que hayan recobrado la moral perdida; que su confianza en lavictoria sea mayor que en los últimos encuentrosy que su natural fierezaesté sobrexcitada con el deseo de vengar tantas derrotas.

Así se expresaa lo menosun pobre moroenfermo y casi moribundoque senos ha pasado esta mañanaposeído también de un terrible espíritu devenganza...no contra nosotrossino contra sus compatriotas y hermanos enreligión.

Parece ser que este infeliz (hombre de unos cuarenta añosflaco y amarillocomo un espectroy vestido de modo y forma que revela su pasado bienestar) harecibido en dos años cinco mil palostodos por causas políticaso seaen virtud de un odio encarnizado que la familia imperial profesa a la suya hacemedio siglo. Su padre y sus hermanos fueron degolladosso pretexto dedesobediencia a las órdenes soberanas; pero realmente por ser amigos yallegados de cierto pretendiente al trono que quitó mucho tiempo el sueño aldifunto Abderramán. El desgraciado de que se trata ha pasado casi toda su vidaen obscuros calabozos. El actual emperador lo soltó hace pocas semanasenvista de que se moríaa fin de que recobrase la salud y tuviese fuerzas parapadecer algunos años más; pero con motivo de no haber tomado las armas (comose le mandó) en el reciente combate de Guad-el-Jelúacaba de recibir otrosdoscientos palosque han redondeado la mencionada cifra de cinco mil.Ansioso de venganzacomo dejo dichoy deseando favorecernos en contra de unsoberano que no ha sido sino su verdugollega hoy a nosotros el desventurado Molendris(este es su nombre)y nos da con febril acento y sanguinaria complacenciatodos los datos y noticias que estima pueden sernos de utilidad para la grandeempresa de mañana...

¡Dios se lo pague! Como quiera que seatodo está pronto. Los equipajes sehallan empaquetados: solo falta quitar las tiendas y hacer las cargas. Loscaballos tienen hoy doble ración de cebada y heno. Nuestros criados yasistentes preparan la frugal comida de mañanaa fin de que no ayunemos comootros días de acción. Las armas están prontas; los cañoneslas carabinas ylos revólvers han sido inspeccionados especialísimamenteo sea conmayor escrupulosidad que en una solemne revista. Las treinta mil cartasconsabidas (las que preceden a toda marcha o encuentro que medio se hayasospechado) encuéntranse ya en la tienda del correo. ¡Apostaría cualquiercosa a que de todas esas cartas ni la mitad siquiera dan la noticia de quemañana atacamos al enemigo. Pero ¡cómo se dejará adivinar en los dulces adiosesque precederán a cada firma!

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Son las cinco de la tardey vengo de presenciar una escena verdaderamentesublime.

Las compañías de Voluntarios Catalanes que la noble y patrióticatierra de Roger de Flor envía al ejército de Áfricacomo precioso einestimable donativohan desembarcado hace una hora.

¡Afortunados aventureros! Más felices que los Tercios Vascongadosaquienes en balde estamos esperando desde que principió la campañallegan atiempo de participar de los mayores peligros y más gloriosos laureles de estaguerra.

Son cerca de quinientos hombres. Visten el clásico traje de su país:calzón y chaqueta de pana azulbarretina encarnadabotas amarillascananapor cinturónchaleco listadopañuelo de colores anudado al cuelloy manta ala bandolera. Sus armas son el fusil y la bayoneta de reglamento. Suscantinerasbellísimas. Traen por jefe a un comandantetodavía jovenllamadoD. Victoriano Sugranés. Tres cruces de San Fernando adornan su pecholo cuales felicísimo anuncio de nueva gloria. Los demás oficiales se han distinguidotambién en muchas ocasionesy alguno de ellos ha militado voluntariamente bajolas banderas de Pellisier y de Mac-Mahon.

La tropa toda ostenta en su fisonomía aquel aire de durezaatrevimiento yastucia que distingue a la raza catalana. Facciones angulosascabelloscastaños o rubiosrecia musculatura y ágiles movimientospropios de gentemontañesa; he aquí los principales caracteres de los generosos voluntarios.

El general Primcomo paisano suyoha deseado que ingresen en su cuerpo deejércitoa lo cual ha accedido el general en jefemientras que ellos hanpedido por su parte al conde de Reus ir mañana en la vanguardia.También se les ha otorgado esta merced.

Pero vamos a la sublime escena indicada.

Los catalanes iban formandosegún que saltaban a tierraal pie de FuerteMartín. Todos los hijos del Principado que ya militaban en este ejércitohabían acudido a saludarlos. Mil abrazosmil votos y ternosmil diálogos encerrado catalán seguían a cada encuentro de amigos o conocidos... Entretantola música de no sé qué regimiento del CUERPO mandado por Primllegaba a darla bienvenida a nuestros nuevos camaradasy el dicho general acudía en pos deellatan contento y ufano como si fuese al encuentro de sus hijos.

El héroe de los Castillejos montaba aquel caballo árabecogido a un jefemorode que hablé el día pasado. Vestíacomo casi siempreancho pantalónrojo; levita azulsin más adorno que dos grandes placas; kepís de paro (conla visera levantadaal estilo francésy con los dos entorchados de tenientegeneral)y un sable muy corvoparecido a una cimitarra.

Luego que estuvieron reunidas las cuatro compañías de voluntariosPrim secolocó en medio de ellasy en dialecto catalánen aquel habla enérgica yexpresiva que recuerda los romances heroicos de la poesía provenzallesarengó del siguiente modo:

«Catalanes:

»Acabáis de ingresar en un ejército bravo y aguerrido: en el ejército deÁfricacuyo renombre llena ya el universo.

»Vuestra fortuna es grandepues habéis llegado a tiempo de combatir allado de estos valientes. Mañana mismo marcharéis con ellos sobre Tetuán.

»Catalanes: vuestra responsabilidad es inmensa; estos bravos que os rodeany que os han recibido con tanto entusiasmoson los vencedores de veintecombates; han sufrido todo género de fatigas y privaciones; han luchado con elhambre y con los elementos; han hecho penosas marchas con el agua hasta lacintura; han dormido meses enteros sobre el fango y bajo la lluvia; hanarrostrado la tremenda plaga del cóleray todotodo lo han soportado sinmurmurarcon soberano valorcon intachable disciplina. Así lo habéis desoportar vosotros. No basta ser valientes: es menester ser humildespacientessubordinados; es menester sufrir y obedecer sin murmurar; es necesario quecorrespondáis con vuestras virtudes al amor que yo os profesoy que os hagáisdignos con vuestra conducta de los honores con que os ha recibido este gloriosoejército; de los himnos que os ha entonado esa músicay del general en jefebajo cuyas órdenes vais a tener la honra de combatir; del bravo O'Donnellqueha resucitado a España y reverdecido los laureles patrios; y también esmenester que os hagáis dignos de llamar camaradas a los soldados del SEGUNDOCUERPOcon quienes viviréis en adelantepues he alcanzado para vosotros tanseñalada honra...

»Y no queda aquí la responsabilidad que pesa sobre vosotros. Pensad en latierra que os ha equipado y enviado a esta campaña; pensad en que representáisaquí el honor y la gloria de Cataluña; pensad en que sois depositarios de labandera de vuestro país...y que todos vuestros paisanos tienen los ojos fijosen vosotros para ver cómo dais cuenta de la misión que os han confiado.

»Uno solo de vosotros que sea cobardelabrará la desgracia y la mengua deCataluña. Yo no lo espero. Recordad las glorias de vuestros mayoresdeaquellos audaces aventureros que lucharon en oriente con reyes y emperadores;que vencieron en Palestinaen Grecia y en Constantinopla. A vosotros os tocaimitar sus hechos y demostrar que los catalanes son en la lid los mismos quefueron siempre.

»Y si así no lo hiciereis; si alguno de vosotros olvidase sus sagradosdeberes y diese un día de luto a la tierra en que nacimosyo os lo juro por elsol que nos está alumbrando¡ni uno solo de vosotros volverá vivo aCataluña!

»Pero si correspondéis a mis esperanzas y a las de todos vuestros paisanospronto tendréis la dicha de abrazar otra vez a vuestras familiascon la frentecoronada de laureles; y los padreslas madreslas mujereslos amigosdiránllenos de orgulloal estrecharos en sus brazos: Tú eres un bravocatalán.»

Imposible es que os figuréis ni que yo describa con exactitud la manera quetuvo el conde de Reus de pronunciar esta brillante alocución.

Al principio la interrumpieron vivas y aclamaciones. Al final todo el mundolloraba (todos llorábamos)mientras que el gran batalladorde pie sobre losestribos árabesrígidotrémuloespantosoparecía transportado a losantiguos tiemposa los días de los Jaimes y Berengueresy comunicaba a todoslos corazones el entusiasmo patriótico de su almael calor de su belicosasangre y la extrema energía de su temperamento. ¡Cuán fulminante en laamenaza! ¡Qué arrebatador en el elogio! ¡Qué persuasivo en la promesa!¡Qué sublime al evocar la pasada historia!

¡Llorábamos todossíviejos y jóvenesgeneralesjefes y soldados!¡Todos comprendíamos en tal instante aquel idioma extraño; todospalpitábamos a compás con aquel corazón embravecido; todos ansiábamosardientemente la llegada del nuevo díala hora de la refriegael momento dela embestida y el asalto!

¡Eternoinolvidable será el día que nos espera! ¡Húndase pronto enoccidente el sol de hoyy luzca sin tardanza la nueva aurora!

A las nueve de la noche.

Aún cojo la pluma para copiar algunas frases (me oigo ahora mismoy que osrevelaránmejor que yo pudiera hacerloel estado de los ánimos y laspreocupaciones que nos agitan en esta solemne noche.

A dos pasos de mi tienda hay una fonda francesade que creo haber hablado.En ella se reúnen ordinariamente muchos jefes y oficiales a beber y aconversarhasta las nueve de la nocheen que resuena el toque de silenciose apaga la luz y todo el mundo se va a dormir.

Es esa hora: los cornetas han dado la última señaly la tertulia de lafonda se disuelve cerca de mi tienda.

-¡Adiós! -dice uno-. Hasta mañana a la nochesi estamos vivos.

-Que no hagas locuras... -responde otro.

-Mándame al asistentedespués de la batallacon noticias de tu persona...

-¡Permita Dios que nos veamos!...

-Y si a mí me ocurre alguna cosano olvides los encargos que te tengohechos...

-Adiós: ¡buena suerte!

-Adiós: ¡hasta el valle de Josaphat!

-Adiós¡y viva España!

-Adiósy sea lo que Dios quiera...

Este murmullo de tiernos y alegres adioses se aleja poco a pocoapagándose con el rumor de los sables y de las espuelas...

Ya no se oye en todo el campamento más ruido que la palpitación eterna delvecino marel canto de las insomnes ranasy el ¿Quién vive? dealgunos centinelas.

Yo me despido también de vosotroscomo acabo de hacerlo de mi familiaprometo escribiros mañana a la noche si no me lo estorba algún accidenteademás del cansancio de la batalla; y apago la luzmurmurando en lo íntimo demi corazón la última frase que resonó hace poco detrás de esa pared delienzo: «¡Sea lo que Dios quiera!»

FIN DEL TOMO PRIMERO

Tomo segundo

 

- I - Batalla de Tetuán.

Del campamento enemigoa 4 de febrero de 1860.

 

Túinfanda Libiaen cuya seca arena

 

cayó vencido el reino lusitano

 

y se acabó su generosa historia

 

no estés alegre y de ufanía llena

 

porque tu temerosa y flaca mano

 

alcanzó tal victoriaindina de memoria;

 

que si el justo dolor mueve a venganza

 

alguna vez el español coraje

 

despedazada con aguda lanza

 

compensarás muriendo el hecho ultraje

 

y Lucoamedrentadoal mar inmenso pagará

 

de africana sangre el censo.

 

(HERRERA.)

¡Victoria! ¡Victoria! ¡Dios ha combatido con nosotros! ¡Tetuánserá nuestro dentro de algunas horas!

¡Echad las campanas a vuelo!¡vestíos de gala!¡corred a los templos yalzad himnos de gratitud al Dios de las misericordias! ¡Regocijaosespañoles!¡Pasead en triunfopor ciudades y aldeaspor campos y montañasel pabellónmorado de Castilla! ¡Empavesad los barcos! ¡Prended de los balcones vistosascolgaduras; recorred las calles con músicas y danzas; visitad los sepulcros denuestros mayores; despertad de su sueño eterno a los once Alfonsosa losSanchos y Fernandosa Isabel la Católica y a Cisnerosal Cid y a D. Juan deAustria; encomendad al padre Tajo que lleve la fausta nueva a nuestro hermano elPortugal; repique gozosamente la campana de la Velacubrid de negros paños elalcázar de Sevilla y la Alhambra; sembrad de flores las llanuras del Saladodelas Navas y Clavijo; resuenen desde Irún a Trafalgar y desde Reus a Finisterresalvas y aplausosvítores y serenatas; canten los poetas; entonen un Tedéumlos sacerdotes; enjuguen su llanto las madreslas huérfanas y las viudasque han perdido en esta guerra las más queridas prendas de su almay sea latierra levey gloriosa la resurrección a los ínclitos héroes que han muertoa nuestro lado!

Pero dejemos ya la poesía de las palabras y vengamos a la poesía de loshechos. La mera fecha de este capítulo lo dice todo... ¡Hemos vencido una vezmás! ¡Hemos vencido una vez para siempre! ¡Hemos coronado nuestra larga obra!Estamos a las puertas de Tetuán: los campamentos enemigos han caído ennuestro poder; los ejércitos marroquíes huyen deshechos y atribulados por esasmontañas. ¡Sus cañonessus tiendassus equipajessus víveres todo lo handejado en nuestras manos! Escribo en la tienda del Príncipe y generalMuley-Ahmed. Nuestros más humildes soldados dormirán esta noche sobre lasalfombras y bajo las tiendas de los vencidos jefes del imperio. ¡El pabellónde España ondea sobre la Torre de Jelelisobre la tienda deMuley-Abbassobre cien quintas y caseríos! Los himnos que tocan en esteinstante nuestras músicas son repetidos por los ecos de las murallas de Tetuán.Nuestros cañonespuestos ya en bateríaamenazan a la ciudad infiely solola inclemencia y el respeto a la desgracia nos impiden reducirla a escombros...¡Qué triunfo tan rápidotan completotan maravilloso! Anoche a estas horas(bien lo recordaréis) nos hallábamos a dos leguas de aquíen la arenosaplayaagitados por mil ocultos temores. Hoy... ya está todo terminado. Lamisma guerra acaso ha concluido. El sitio de la plaza será de todo puntoinnecesario. ¿Qué puede hacer sino rendirse? ¡Se acabópuesla sangre!¡Terminó el largo martirio de nuestras tropas! ¡Ohqué dichosa seráEspaña dentro de algunos momentos! ¡Patria del corazón! ¡Cómo nos gozamosdesde ahora en tu alegría!

Pero demos tregua por un instante a tan noble entusiasmo. Recordemos el díade hoy; retrocedamos a nuestro antiguo campamento; describamos la portentosabatallaantes de que nuevas impresiones borren o empalidezcan sus vivísimasimágenes; hagamosen finque vuelva a aparecer en oriente el fausto sol queacaba de ocultarsey alumbre otra vez su bendecida llama este venturoso 4 deFEBREROque vivirá eternamente en las páginas de la historia.

* * *

Toda la noche de ayer sopló un helado viento del norteque por vez primeranos hizo probar este año el riguroso frío del invierno. Antes del día nevóun pocodespués de lo cual mudose el viento en manso levanteque dulcificóla temperatura y convirtió la nieve en ligera llovizna. Por últimoalamanecer de hoy observamos que todos los buques surtos en la rada se hallaban yaen franquíadispuestos a abandonarnos si arreciaba el viento; en cuya virtudy visto el cariz que presentaba la atmósferarevocose la orden de decamparyse mandó a todo el ejército esperar armado y con los equipajes corrienteshasta recibir nuevo aviso. ¡Figuraos nuestra desesperación!...

Perodichosamentea eso de las ocho y media quiso Dios que se cambiara depronto el levante en poniente seco y apacible: despejose inmediatamente elcielo; salió el soly los vapores apagaron en el acto sus calderas.

Diosepuesresueltamente la orden de marchay la más dulce alegríavolvió a todos los corazones.

Un momento después no había otras tiendas a las orillas del Martín quelas del CUERPO DE RESERVAel cual debía permanecer allí defendiendo losfuertes últimamente construidos y protegiendo nuestra retaguardia. Las demástiendas desaparecieron como por encantoy una larga hilera de acémilas empezóa desfilar río arriba con dirección a Tetuán. Es decirque jugábamosel todo por el todo.

Entretantola tropa había tomado un ligero rancho y se formaba ya porbatallones en el lugar que antes ocupaban sus tiendas. El general en jefe y sucuartel general recorrían la llanura en observación del enemigoy losoficiales de estado mayor iban de un lado a otroa todo escapetransmitiendoórdenes y organizando la expedición.

En el campamento moro notábase también alguna novedad. El número de sustiendas se había aumentadoy muchas habían cambiado de lugar durante lanocheocupando ahora las crestas de las montañascual si se hubiesen puestotambién en franquía... Indudablementelos moros sabían que les atacábamoshoy.

Dada la señal de partirlas tropas atravesaron el río Alcántara porcuatro puentes que el cuerpo de ingenieros había echado anoche al amparo de lastinieblasy a los pocos minutos de marcha aparecían formadas a la vista delenemigoen el mismo orden que debían conservar durante toda la refriega.

Este orden era el siguiente:

El SEGUNDO CUERPOal mando del general Primmarchaba por la derechacondos brigadas escalonadas por batallonesy las otras dosa retaguardiaencolumnas cerradas. Entre unas y otras iban dos baterías de montaña y dos delsegundo regimiento montado.

El TERCER CUERPOmandado por el general Roscaminaba a la izquierda en lamisma formallevando en su centro tres escuadrones del regimiento deartillería de a caballo.

Entre ambos cuerpos de ejército iba el regimiento de Artillería deReservaprecedido de los Ingenieros.

Y detrás de estos extendíase toda nuestra CABALLERÍA en dos líneascomocerrando la marcha y escoltando a las masas de batallones.

En cuanto al CUERPO DE RESERVAa las órdenes del general D. Diego de losRíosya dejo indicado que debía avanzar independientemente por nuestro flancoderechohasta la altura del Reducto de la Estrellaen dondepermanecería amenazando de continuo la extrema izquierda del campamento moro;pero sin empeñar accióna menos que el enemigo cayese sobre él o intentaseatacar nuestra retaguardia.

Quedaban con este cuarto cuerpo dos bateríasuna de ellas de montañay laotra del quinto regimiento montado (10)<notas.htm>.

Cerca de una hora pasaría aún sin escucharse ni un solo tiro. El SEGUNDO yel TERCER CUERPO adelantaban lentamente por el llanocon el arma al hombro y enla más correcta formación. Un silencio imponente y majestuoso reinaba en lasfilasinterrumpido tan solo por el acompasado andar de las masas sobre lahierba y por el áspero crujir de las ruedas de los cañones.

A eso de las diez se saludaron al fin los dos ejércitos. Una de las lanchascañoneras que subían por el Martín protegiendo nuestro flancoizquierdo contra el daño que a mansalva hubiera podido hacérsenos desde ellado allá del ríoavistó algunos moros que venían por aquel lado y les hizofuego. Este primer cañonazo bastó para alejarlos; perocomo si aquellahubiese sido una señal aguardada con impacienciaa nuestro disparorespondieron inmediatamente los cañones de las trincheras morasy diose porprincipiada la batalla.

Los gruesos proyectiles que nos lanzaba el enemigo alcanzaban a nuestrosbatallonessi bien no les causaban gran daño. Los artilleros marroquíestiraban por elevacióny las balas caían en los claros de nuestras filas.Seguimospuescaminandosin atender a aquel mal dirigido fuego nicontestarles por entonces.

Así llegamos a situarnos a unos mil setecientos metros de las bateríascontrarias. Su cañoneo era cada vez más vivo; la Torre de Jeleli habíaunido sus disparos a los de la llanura; los globos de plomo pasaban zumbandosobre nuestra frentecomo aerolitos atraídos por la tierra; las columnas deaire que conmovían azotaban a veces nuestro rostroy el golpe brusco y ahogadoque daban al sepultarse en el suelo se parecía al último resoplido del torocuando fenece o de la locomotora cuando se para.

Los moros entretantoviendo que nuestro movimiento era siempre de frente ycon dirección al extremo sur de sus trincherascomprendieron en parte nuestroplan; ydejando a sus cañones y a sus infantes el cuidado de defender losamenazados campamentosavanzaron por nuestro flanco derecho en número decuatro cinco mil jinetescon el visible propósito de interponerse entrenosotros y el terreno que acabábamos de abandonary atacarnos por retaguardiacuando más empeñados estuviésemos por el frente.

Pero al general O'Donnell no le inquietó aquella maniobra. Lo admirable desu plan era haber adivinado y prevenido todo lo que los mahometanos habían deintentar hoy. El CUARTO CUERPOque permanecía inmóvil y sobre las armas en elReducto de la Estrellatenía precisamente otro encargo que evitar: elque los moros nos envolviesen de la manera que ya procuraban hacerlo. Dejópuesel conde de Lucena al general Ríos el cuidado de entenderse con lacaballería marroquíy continuó marchando hacia el campamento deMuley-el-Abbas.

Llegamosen fina encontrarnos a un kilómetro de las baterías enemigasysolo entonces se mandó hacer alto a nuestras masas y avanzar a la Artilleríade Reserva. Diez y seis cañones ocuparon instantáneamente la vanguardiayrompieron vivísimo fuego contra la posición enemiga. Densa cortina de humo nosrobó un instante la vista del campamento morolargo trueno ensordeció elespacioy la salvaje soledad de los montes circunvecinos se estremecióhondamente con el fragor de la descomunal batalla... ¡Magníficasoberbiasinfonía; digno prólogo de la espantosa tragedia que se preparaba!

Ya en adelantela ruidosa tempestad fue aumentado en rápido crescendo.A la Artillería de Reservaque empezó a ganar terrenomarchando porbateríasunió pronto sus bárbaros estampidos la Artillería Rayada dea cuatrode la que un regimiento entero salió al galope por nuestra izquierdaprincipiando a batir el flanco derecho de los atrincherados marroquíes.

Aflojóen su consecuenciaun poco el fuego de las piezas enemigas. Elnuestroen cambiose duplicó en breves instantes. Dos nuevos regimientos deartillería entraron juntos en fuegovomitando granadas encendidasmientrasque dos baterías másdel segundo regimiento montadocañoneaban el extremonorte del campamento moro y rechazaban las fuerzas de infantería y caballeríaque bajaban a apoyar a los seis mil jinetes agrupados en torno de las posicionesdel general Ríos.

Por lo que allí pudiera acontecermandó entonces el conde de Lucena albrigadier Villate que se corriese por aquel lado con sus escuadrones deLancerosy obrase en combinación con el CUERPO DE RESERVA si los morosinsistían en atacar nuestra retaguardia; dispuesto lo cualnosotroscontinuamos marchando por nuestra parte en el seno de una verdadera tormenta.

Aún no se había disparado un tiro de fusil o de espingarda. Sólo elcañón tronaba reciamente en la llanura. Así llegamos a unos seiscientosmetros de las fortificaciones enemigas. En este momento se presentaron pornuestra izquierdasiguiendo el curso del Guad-el-Jelúalgunos moros de a piey de a caballo; pero el general Mackenna se adelantó a su encuentro con dosbatallonesy el fuego de nuestras guerrillas bastó para rechazar a losagarenos hacia la plaza. Sin embargoel bravo general (ya protegido por la Brigadade Lancerosque mandaba en persona el general Galiano) permaneció hasta elfin del combate en aquella comprometida posicióninterpuesto entre la ciudad yel campo de batalla. En el ínterinel TERCER CUERPO se adelantaba al SEGUNDOque había vuelto a hacer alto; seguía un recodo del Martín; rebasabadenodadamente el ángulo de la trinchera enemiga; hacía un cambio de frentesobre la derechay amenazaba el flanco izquierdo de los morosa cuatrocientosmetros de distancia de sus cañones...

A igual altura se puso por el frente el SEGUNDO CUERPO. Es decirque elcampamento de Muley-Ahmed estaba medio envuelto. ¡Acercábasepor tantoelmomento de la suprema embestida!... Nuestras columnas se pararon por terceravez.

Tratábase de apagar los fuegos de la artillería enemiga antes de emprenderla lucha de unos infantes contra otros. Pero las trincheras de los musulmanesconstruidas con tierray arregladas a los adelantos del arteno permitían anuestras piezas desmontar las suyas. Causabansígrandes destrozos en lasfortificaciones; introducían la muerte y el espanto en los que las custodiaban;hacían callar a veces a todas sus bocas de fuego...mas al poco rato volvíanestas a bramar sedientas de matanzamientras que desde la Torre de Jelelidesde la alcazaba de Tetuán y desde las artilladas puertas de la mismaplaza nos enviaban una incesante lluvia de sólidos proyectiles...

Nuestros bizarros artilleros no desistensin embargode su propósito; yadelantados a todo el ejércitoa pecho descubierto (y no detrás de espesasmurallascomo los marroquíes)colocan en batería cuarenta piezasy rompenun cañoneo horrorosocerradoincesantecontra los fuertes enemigos. ¡Nuncafaltan del aire diez o doce granadas! ¡Nunca se interrumpe el prolongado truenode los bronces!

En esto principian a alzarse nubes de polvo revueltas con el humo de lasbaterías contrarias. ¡Es la trinchera que se derrumba! Ademásmuchasgranadas entran en el campo contrario y revientan a nuestra vistaincendiandolas tiendas y destrozando a los hombrescuyos cuerpos vemos volar en pedazos...¡Todo inútilsin embargo! ¡Nada quebranta hoy el desesperado valor de losagarenos!

De prontoelévase una anchísimadensa y aplomada columna de humoquearrancando de entre las tiendas islamitassube a nublar el infinito cielo; y unestruendo nunca oídosuperior al estampido de mil truenosresuena al mismotiempo en aquel lugarhaciendo estremecerse hasta el húmedo suelo quepisamos... ¡Ohventura! ¡Es que una granada nuestra ha caído en un repuestode pólvoray lo ha volado! ¡Qué regocijo en nuestras filas! ¡Cómo seadivinan los estragos que habrá producido esta catástrofe en el ejércitoenemigo!

Y nuestra artillería avanza siemprecorriendo y disparandoestrechandocada vez más en un círculo de bronce el codiciado campamento... Las Bateríasde a caballo se baten en guerrilla... Hay unala del capitán Alcaláquegallardea vistosamente delante de los cañones marroquíes... En pos de ellasavanzan las restantes con pasmosa serenidad. Y por los claros de las piezasadelántanse también los batallonespaso a pasoporque así lo mandan losjefes; pero agitadosimpacientesfogososenardecidos hasta el frenesíporel olor de la pólvorapor el estallido de los cañonespor la proximidad dela presa...

-¿Cuándo?¿Cuándo? -parece que dicen nuestros soldadosnuestrosbizarrísimos infantesrequiriendo sus bayonetas...

-¿Cuándo? ¿Cuándo? -parece que preguntan Ros de Olano y Primrefrenando sus impacientes bridonesa la cabeza de las ordenadas tropas...

-¿Cuándo? ¿Cuándo? -exclama todo el mundoviendo caer deshechos aalgunos de nuestros soldados bajo las poderosas balas de los cañonesenemigos...

-¡Ahora! ¡Ya! ¡Viva la Reina! ¡A la bayoneta! ¡A ellos! -grita depronto el general O'Donnellcuando calcula que nuestra infantería puede llegarde un solo alientode una sola carreraa las trincheras morasy saltarlasypenetrar en los campamentos.

-¡A la bayoneta! ¡A ellos! -contestan veinte mil voces. Y todas lasmúsicastodas las cornetastodos los tamboresrepiten la señal de ataque; ylos treinta y dos batallonesy la caballeríay el cuartel generaly laartilleríay los ingenieros¡todosen fin!acometen furiosamente a lasposiciones enemigascomo impulsados por un solo y único resortecomo unpantano que rompe su diquecomo la marcuando la vuelca sobre la playa unterremoto. ¡Oh momento! ¡Yo no sé describirlo! Su mero recuerdo inflama missentidos y agolpa a mis ojos lágrimas de entusiasmo... ¡Qué embriaguez!¡qué vértigo!¡qué locura aquella! ¡La alegríael furorla soberbiaespañolael miedo de que los moros tuvieran tiempo de rehacersey nuestrossoldados para cansarse; la súbita aparición de la patriaregocijada por tanhermoso triunfo; la admiración y la gratitud que los unos sentíamos hacia losotros; la curiosidad de conocer el campamento árabe: todo nos enardecíatodonos arrebataba a tal puntoque jóvenes y viejospróceres y reclutasnossaludábamos y hablábamos sin conocernoscomo para transmitirnos tantafelicidad!

¡Ysin embargoaquel momento era horriblemortaldesastroso! Corriendocomo íbamosentre músicas y aclamacionesentre vivas y jubilosa fiestamily mil tiros nos recibían a boca de jarro. ¡Treinta mil enemigos guarnecíanlas dilatadas trincheras! ¡Treinta mil espingardas nos apuntaban al corazón!

Y ¡cómo caían nuestros jefesnuestros oficialesnuestros soldados!¡CuántoscuántosDios mío! Fueron treinta minutos de luchatreintaminutos solamente...¡y más de mil españoles se bañaban ya en su sangregenerosa!

Pero ¿qué importaba? Y ¿quién reparó en ello? ¿Qué importabasinuestras tropas habían acometido de frente y de flancoescalado el muro detierra con manos y piesderribado a las numerosas huestes que lo guardabantomado los cañones a la bayoneta (después de recibir sus últimos ymortíferos disparos a quemarropa)invadido el campamento como una inundaciónluchado cuerpo a cuerpo fuera y dentro de las tiendassembrado de muertos sutriunfal caminoy puesto en vergonzosa fuga a todo el ejército mahometano?

¿Y he de decir yo quién mereció másquién penetró el primeroquiénderramó más sangre enemiga? ¡Todos fueron iguales! ¡Todos eran uno solo!¡Todos acometieron con igual brío! ¡Nadie pensó en sí propiosino en elresto del ejército! ¡Nadie deseó triunfar por sí mismosino que triunfaseEspaña! ¡Nadie trató de llegar al término de aquella carrerasino de quellegase el estandarte nacional!

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Ycon todo¿cómo pasar en silencio los más culminantes episodios de lajornada? ¿Cómo callar los hechos inmortales que he tenido la felicidad de ver?

Dirépuesen primer lugarel arrojo y bravura del general en jefede D.Leopoldo O'Donnelldel héroe de la batalla... Desde el día de los Castillejosnadie le había vuelto a ver convertido de ordenador de la lid en instrumento deellade jefe supremo en batalladorde caudillo en soldado... ¡Hoy sí! Hoyvolvió el entusiasmo a su almael fuego bélico a sus venasla ardientepoesía del combate a su corazón. ¡Hoycomo nuncainflamadovehementeimpetuosodominaba con su talla marcial y arrogante las masas de infantería ycaballería; hoycomo en sus heroicos tiempos de coronelde brigadier y demariscal de campolanzábase a las balas con el acero desnudo; buscando alenemigoarengando a las tropaslleno de actividad y fuerzaresplandeciente elrostro de júbilo y ternuracon el llanto de amor patrio en los ojos!

-En avant! En avant! (¡Adelante! ¡Adelante!) ¡Viva la Reina!-gritabasaltando la trincherametiendo su caballo en lo más recio de la lidy penetrando de los primeros en el campamento enemigo.

-¡Soldados! ¡Viva España! -exclamaba otras vecesdirigiéndose a losque luchaban y a los que morían.

-¡Viva la Infantería española! -añadíapor últimovolviéndosehacia el cuartel generaltambién entusiasmado al ver la violencia irresistiblede nuestros batallones.

Y la vozel gestola actitud del noble capitán nos arrebataban a todos;nos subyugaban materialmente; nos hubieran hecho despreciar mil vidas quetuviéramos.

-¡Viva O'Donnell! -gritaban generales y soldados.

-¡Viva la Reina! -gritaba el general en jefe.

-¡VIVA EL DUQUE DE TETUÁN! -se oyó por primera vez en las filas de no séqué regimiento.

-¡VIVA EL DUQUE DE TETUÁN! -repitieron mil y mil vocessaludandoespontánea y cariñosamente al antiguo vencedor de Lucenaal actual vencedordel moro.

Y los acordes de la Marcha Realconfundidos con el toque de ataque queresonaba en una extensión de legua y mediasolemnizaban aquella augustaaclamaciónla más verdaderala más legítima y soberana de cuantas hepresenciado en toda mi vida.

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Diré también de los Voluntarios Catalanes la singular hazaña conque en un solo día han levantado su nombre a la altura del merecimiento de queya gozaban los más afortunados héroes de toda esta guerra.

Según solicitaron ayerlos nobles hijos del Principado iban de vanguardiacapitaneados por el general Prim; pero en el instante crítico de la carrera ydel ataquecuando ya les faltaban veinte pasos para llegar a la artilladatrincheraviéronse cortados por una zanja pantanosaque altas hierbasacuáticas disimulaban completamente.

Caenpuesdentro las primeras filas de Voluntarios Catalanesy nobien lo notan los moros (que contaban con semejante accidente)pónense de piesobre sus parapetosy fusilan sin piedad a nuestros hermanos. ¡Pero estos noretroceden! ¡Sobre los primeros que se han hundido pasan otrosy los muertos yheridos sirven como de puente a sus camaradas!...

¡Vano empeño! ¡Inútil heroísmo! Los moros siguen cazándolos a mansalvay ya no apuntan sino a aquellos que penosamente logran salvar el pantano y pasara la otra orilla... ¡Así van cayendouno detrás de otroaquellos bravos!...

Ya pesar de estono desisten... Aunque la zanja está llena de muertos yheridoshan logrado juntarse al otro lado unos cien Catalanes... Intentanpuesavanzar hacia la próxima trinchera; pero los morosque han crecido ennúmero por aquella partelos aniquilan con descargas cerradas... ¿Quépartido tomar? Los Voluntarios se parancomo preguntándose si debenmorir todos inútilmente en lucha tan desigual y bárbarao si les serálícito retroceder...

El general Primque estaba a retaguardia de los Catalanes alentándolospara que ninguno dejase de pasar el tremendo fosove aquella perplejidad yoscilación de los que ya han saltado a la otra orillay corre a ellosa todoescape de su caballo moro; pónese a su frentesin cuidarse de las balasycon voz mágicatremendairresistible:

-¡AdelanteCatalanes! -grítales en su lengua-. ¡No hay tiempo queperder!... ¡Acordaos de lo que me habéis prometido!

¡No fue menester más! Los Voluntarios bajan la cabeza y acometencomo ciegos toros a la formidable trinchera.

Prim va delantecomo el día de los Castillejos... Llegave un portillo enel muroy mete por él su caballocayendo como una exhalación en el campoenemigo.

Espántanse los moros ante aquella aparición... Algunos retroceden... Unomás osadollega blandiendo su gumía a dar muerte a nuestro bizarro general...

Este se convierte en soldado: blande su corvo aceroy derriba a sus pies alinsolente moro.

¡Simultáneamentelos Voluntarios se encaramaban como gatos por lamuralla de tierra; penetraban por las troneras de los cañones; ensangrentabanbayonetas hasta el cubo; vengabanen fina sus compañerosasesinados pocoantes a mansalva.

¡Brava gente! La tierra que los ha criado puede envanecerse de ellos. Laprimera vez que han entrado en fuego han perdido la cuarta parte de su fuerza.¡Su jefeel comandante Sugrañésha muerto como bueno a las veinte horas dedesembarcar en Áfricacumpliendo al general Prim la palabra empeñada de darsu vida por el honor de Cataluña! ¡Honor a él y a sus valientes soldados!¡Gloria a la tierra de Roger de Flor! ¡Vítores sin cuento a la madre España!

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Mientras así se portaban los Catalaneslos batallones de Leóny Saboya hacían iguales prodigios por su lado.

Saboya acometió de frente a un cañón...al último que pudieroncargar los moros... Ya le tocaba con la manocuando el formidable monstruovomitó un torrente de metralla sobre la compañía de granaderos; y¡ay!¡la mitad de ella fue barridadeshechabárbaramente mutilada! Un teniente(D. Miguel Castelo)todos los sargentos y treinta y cinco soldadoscayeronmuertos o espantosamente heridos. El teniente murió en el acto.

Mandaba la compañía el capitán D. José Bernad y Tabuenca. Mi General (habíadicho este a Prim pocos momentos antes)¡quíteme usted de delante esaguerrilla! Yuna vez despejado su frenteentró en columna por la troneraperdiendo la mitad de su tropa del modo que he dicho. ¡Pero la primera personaque Bernad encontró en el campamento moro fue al mismo general Primquien letendió la manofelicitándole ardorosamente!

Proezas semejantes realizaban en otros puntos del parapeto el regimiento de Leónlos cazadores de Alba de Tormesel primer batallón de la Princesa ylos dos de Córdoba. ¡Todos iban penetrando en los reales enemigos bajoel más espantoso fuegoora disparando sus carabinasora empleándolas comomazasora acometiendo a la bayoneta! ¡Primestaba henchido de gratitud y deentusiasmo al verse a la cabeza de tales hombres!

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Al mismo tiempo que se tomaba de este modo el frente de la trincheraelcuerpo de ejército del general Ros de Olanocon el cual iba el generalO'Donnellpenetraba como un torbellino por el flanco izquierdo... ¡Tambiénallí encontramos fososacequias y parapetos; también allí el aire estabacuajado de balasy la muerte se cernía sobre todas las cabezas; también allícada paso costaba una preciosa viday cada grito de ¡España! ¡España! celebrabaprodigios de valorarranques de heroísmo!

El regimiento de Albueramandado por el intrépido Alaminos; Ciudad-Rodrigomi ilustre batallón; el de Zamoray uno de Asturiasentran losprimeros en aquel teatro de gloria y de matanza... Cada tienda moracada árbolen florcada cañaveralcada setopresencia un desafíoun lance personaluna lucha cuerpo a cuerpo. Los jefes ensangrientan sus espadas; los oficialesresponden a pistoletazos a las espingardas marroquíes. El fuego es a quemaropa... El arma blanca y la de fuego se emplean a igual distancia. Los gritos detriunfo y los de agonía resuenan en discordante confusión. La Muerteciega vay fatigadano escoge sus víctimassino que blande su segur a diestro ysiniestroy así derriba a moros como a cristianosy acaso muchas veces unamisma bala hiere al adversario y al amigoo un moro mata a otroo un españolderrama sin querer la sangre de su hermano...

¡Horror! ¡Horror! Una escena semejante no podía durar mucho tiempo sinacabar con una y otra hueste... ¡No duró! Fuesegún he dichouna tempestadde treinta minutos... ¡Treinta minutos en que más de tres mil hombres quedaronfuera de combate!

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Llegó al cabo un momento en que los moros se vieron envueltos materialmente.El temerario general Garcíacon algunos guardias civilesllegaba porretaguardia... El general Mackenna los estrechaba más arriba... Ros deOlanoTurón y Quesada arremetían por toda la extensión de sus posiciones...Prim y Orozco avanzaban de tienda en tiendasiempre de frente y cada vez conmayor brío... Don Enrique O'Donnell subía ya por la derechacon su divisiónapoderándose del campamento de Muley-el-Abbas y encaminándose a la Torre deJeleli. Nuestros cañonesen finvolvían a tronarlanzando una lluvia degranadas sobre los barrancos en que podían estar escondidos los musulmanestratando de rehacerse... ¡Un minuto más de resistenciay aquel anillo secerraba y todo su ejército era nuestro prisionero!... ¡Ceder o morir!¡Abandonar su campo o entregarse con él!... A tal alternativa habíamosreducido al enemigo.

Decidiosepuespor la fuga... Pero ¡de qué modo! ¡Nadie la vio nuncamás resueltamás declaradamás lastimosa! Alguien debió de dar la voz de «¡Sálveseel que pueda! ¡Estamos envueltos! ¡Estamos cortados!...» Ello es querepentinamenteaquellos indómitos luchadoresque sabían pelear como acosadosjabalíes y que parecían hoy decididos a perder la última gota de su sangreantes que abandonar sus campamentosdepusieron las armasprorrumpieron engritos de terrorsaltaron de entre los setos y la lomay huyeron por todosladoslevantando las manos al cieloy volviendo la cabeza para maldecirnos opara saludar sus amadas tiendasen que dejaban todo su habery además suhonra y su esperanza...

Este pánico cundió por todas partes. La caballería moratendida por lallanura (y que no había osado rebasar el Reducto de la Estrellatemerosa de verse envuelta por los batallones del general Ríos)saliótambién a todo el escape de sus corcelesdispersadesordenadadespavoridayse amparó de las montañas colindantespor cuyas crestas desapareció bienpronto. ¡Todos...todos huyeron! Y nadie les seguíay ellos continuaban sucobarde fuga...

Dijérase que los habían abandonado a un mismo tiempo la feel valorladignidadel patriotismo¡todo!... ¡Está escrito!habrían exclamadoprobablemente; y corríancorrían a ocultar su desventuraa reconciliarse consu Diosa hacer penitenciaa llorar a solaso tal vez a matarse los unos alos otrosen fratricida contiendapara no ver su mutuo doloro parademostrarse recíprocamente que aún quedaba en sus almas abatidas un resto deferocidad africana.

¡Y cuán numeroso era el miserable enjambre de los fugitivos! Y cuántonuestro orgullo al verlos desaparecer atropelladamente! ¡Ya no podrían negarsea sí mismosni ocultar a su emperadorni disfrazar a los ojos de suscompatriotas el desastroso sentimiento que había castigado su soberbia! ¡Ya nopodrían menos de confesar que siempre los habíamos derrotado; que todas lasfuerzas del imperio eran nada contra nosotrosque su Dios temblaba ante nuestroDios; que Marruecos debía rendir homenaje a España!

-«¿Qué ha sido de vuestras tiendasde vuestros cañonesde vuestrapólvorade vuestras vituallas? -les preguntarán mañana las ciudades en queirán a guarecerse-. ¿Por qué tenéis hambre? ¿Por qué pedís pan? ¿Porqué lloráis? ¿Qué habéis hecho de nuestros hermanos y de nuestros hijos?»

Y ellos tendrán que responder:

-«¡Todotodo ha caído en poder de los españoles! ¡Dios no quiere quepodamos resistir a los cristianos!»

* * *

Pero olvidemos a los moros por un momento... ¡Volvedamigos míosvolvedlas miradas a nuestras vencedoras tropasque recorren los cuatro campamentosenemigos al son de la Marcha Real!

¡Ah! ¡Qué glorioso botín! ¡El ejército marroquí ha dejado de merecereste nombre! Ochocientas tiendas de campaña de gran tamañomuchas con adornosde coloresy entre ellas las de los dos príncipes y las de todos los jefesestán en nuestro poder. En las de los muleyes había ricas alfombrasblandosdivaneslujosos muebles y vajillas de mucho precio. Algunas se hallabanatestadas de víveres: las había llenas completamente de naranjasde harinade cebadade galletade dátiles y de maíz; en otras encontramos grandesprovisiones de pólvorade balas y de metralla; en todas había mantasesterasjaiquesarnesesespingardasgumíaspistolaspuñalesjarrosmorteros de piedramil y mil objetos de que se ha incautado al paso nuestraregocijada tropacomo señora y dueñapor derecho de conquistade lo que haganado en buena lid.

Yo me he contentado con una guzla estrecha y larga (una especie debandurria de dos cuerdas)sumamente melódicaconstruida con madera de olivo ypiel de corderoy en cuyo mástil torneado se ven misteriosas inscripciones.Pienso conservarla toda mi vidaformando trofeo con mi vieja espada toledana.¡Será una reliquia que legaré a mis hijossi Dios me los concede en sugracia! Y cruzados en humilde panopliaambos instrumentos encerrarán toda mipobre historia de poeta y de soldadoadmirador y enemigo de los moros...

En la trinchera y en la Torre de Jeleli hemos tomado nueve cañones. Ala puerta de varias tiendas pacían mansamente algunos jumentos enanos y hastaveintiséis camellosque nos servirán de acémilas. Infinidad de granadas ybombas han sido encontradas en el campamento del oeste; ypor últimoNuestraSeñora de Atocha ha enriquecido su museo heroico con dos hermosísimasbanderasazul la una y la otra amarillacogidas en el real del príncipeMuley-el-Abbas.

Pero nada de esto es lo que yo quería deciros. Lo que yo quisiera que osimaginarais es la impresión que nos produjo esta tarde el aspecto general delos campamentos. Desearíasíhaceros ver el pintoresco cuadro quepresentaban las tiendas entre los floridos árboles; los cañaverales dondeestaban atados los asnos y los camellos; las vistosas ropas y raros mueblesesparcidos por tierra; las pilas de naranjas y los cajones ingleses llenos depólvora; la regia hermosura de la tardey las flores silvestres que ya decoranalgunos parajes de estas antiguas huertas; y desearía además quecomprendieseis el encanto que nos causaba el pensar que todo aquello habíapertenecido a los moros hasta pocos minutos antes; que cada objeto acreditabanuestra victoriala documentabala materializabapor decirlo así; quepodríamos mandar a España aquellos trofeos como testimonio de nuestro completotriunfo; que lo habíamos ganadoen final glorioso juego de las armasy quenada semejante habían conseguido de nosotros los africanos cuando atacabannuestros campamentos del Serrallode la Concepcióndel RíoAzmir y de Guad-el-Jelú.

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Pero¡ay!aún nos estaba reservada hoy una impresión de tristezadignade mención por sus especialísimas circunstancias.

Hallábase parado O'Donnell con su cuartel general en medio del campamento deMuley-Ahmeddictando medidas para guarnecer las posiciones que rodean estashuertas y las muchas casas de labor que se ven por todos lados.

Ya no se oía ni un solo tiro... Todos los individuos y agregados del cuartelgeneral estábamos en torno del conde de Lucenallenos de júbilo y entusiasmodándonos el parabién como españoles antes que como militares.

Allí se encontraban también los periodistas extranjerosque hablan llegadoa cumplimentar a O'Donnell; los corresponsales de La Época y de LaIberiaSres. D. Carlos Navarro y Rodrigo y D. Gaspar Núñez de Arcequenos habían acompañado todo el día y asaltado la trincheracomo todo elmundo; el Sr. D. Jorge Díez Martínezdistinguidísimo caballeroque no se haseparado un instante del general en jefe durante toda la campaña; el conded'Eu; los oficiales extranjeros; todo el cuartel generalen finverdaderatertulia amistosaen que el continuo trato y la comunidad de penas y alegríashan unido con inextinguibles afectos todos los corazones.

De pronto óyese un tiro próximoy percibese el silbido de una balaquepasa por entre nuestras apiñadas cabezasy al mismo tiempo siéntese un golpesecocomo el de una aldabaseguido de un ¡ay! entrecortado por la muerte...

Miramos y vemos a un respetable ancianocorreo de gabineteque ha hechotoda la campañadoblarse pausadamente sobre la silla... De su cerebro cae uncaño de sangre sobre la grupa del caballoy la barba blanca de la infortunadavíctima levántase lentamentea medida que su cabezaatravesada de parte aparteva inclinándose hacia atrás...

-Muerto... Está muerto... -murmurael general O'Donnell- Quitémonos deaquí.

Ymientras pronuncia estas palabraspasa otra bala por en medio denosotros; pero sin tocar a nadie... Indudablementeun marroquí se habíaquedado escondido en alguna tiendadecidido a asesinar al general O'Donnell.

En tanto que se le buscaba (y por cierto que no se le encontró)nosalejamos de aquel sitiotristemente afectados por una desgracia tan estéril ypor la consideración de que aquellas balas habían podido matardespués de sugran victoriaal que ya denominábamos todos EL DUQUE DE TETUÁN; bajamos a latrinchera moraprudentes y egoístas por la primera vezcomo si el triunfohubiese despertado en nuestro corazón cierta codicia de vivir.

En aquel lugar nos aguardaba otro espectáculo mucho más espantosopero queno por eso nos conmovió en manera alguna. Veíase allí el efecto producido pornuestra artillería en el campamento de Muley-Ahmed. Tiendas incendiadasarmasrotascentenares de cadáveres destrozados; aquí una manoallá una cabeza;en este lado un cuerpo hecho carbónen el otro charcos de sangre; huellas depólvora inflamadajirones de ropas berberiscascaballos muertosvituallas ymuniciones esparcidas al acaso... ¡Oh! Era una cosa horrible; pero era tambiénuna patente de gloria y de fortuna para nuestra artillería. Sobre los parapetosy las trincheras veíanse también los muertos por la bayoneta o la carabina denuestros infantesy muchos heridos que se quejaban lastimosamente. A estos seles curó; pero ninguno tenía remedio.

En cuanto a nuestros muertos y heridoshabían sido ya retirados a las casasde campo inmediatas. No nos amargópueslas alegres horas de esta tarde elcuadro de nuestras lamentables pérdidasque (según acaban de decirme) hanconsistido en mil ciento quince hombres.

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Voy a concluir.

En este momento son las nueve de la noche.

Nuestras tiendas han sido levantadas entre las de los moros; pero muchosdormiremos en las de ellos...más por ufanía que por comodidad.

Nuestros caballos están atados con los mismos cordeles y en las mismasestacas que les servían a los agarenos para amarrar los suyosy se comen elpienso que tenían preparado para esta noche.

En finlas reses recién muertas (vacas y ovejas) con que pensabanrefocilarse los marroquíes después de la batallahan sido condimentadas yconsumidas por nuestros soldados...

¡Ah! ¿Qué será entretanto de nuestros desgraciados enemigos? ¿Cómopasarán la noche? ¿Qué comerán? ¿Dónde encontrarán amparo?

Infelices! ¡Allá se fueronpor lo más áspero de esas montañasdesprovistos de todosolamente cargados de vergüenza y de infortunio! ¡Quéfrío pasaránqué hambrequé desesperación!

Pero a todo esto no os he dicho lo más importante que está ocurriendomientras dejo correr la pluma sobre el papel. ¡Admiraos de nuestro valory vedsi somos o no somos ya soldados aguerridos!... ¡Es el caso que los cañones dela Alcazaba de Tetuán no dejan de lanzar balas rasas a este campamento!¡Cuatro horas hace que terminó la lidy desde entoncesde minuto en minutocaen entre nuestras tiendas pesados proyectilesque afortunadamente nonos han causado todavía daño algunopero que bien pudieran más tardeconvertir nuestro reposo temporal en sueño eterno!...

Creemossin embargoque estos disparos cesarán muy pronto... Loshabitantes de la ciudad se habrán reunido en consejo al vernos acampados a suspuertasy no podrán menos de resolver la rendición de la plazacon lo cualdejará de hostilizarnos la vigilante fortaleza.

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Son las diez de la noche y los cañones de Tetuán siguen haciendofuego...

Que yo sepahasta ahora no nos lla causado ninguna baja; peromoralmenteesos cañonazos nos incomodan muchopues nos revelan que los marroquíes sontan tercos que van a obligarnos a reducir a cenizasen cuanto amanezcalaciudad que idolatran tanto...

Yosin embargoespero todavía en su prudencia... ¡Ah! ¡Fuera horribleque entrásemos en Tetuán a sangre y fuego!

Y seré franco... No es solo la piedad o miedo lo que me mueve a pensar así.Es curiosidad artística. ¡Yo tiemblo a la idea de que todos sus habitantestomen el camino de la montaña! Yo quiero ver la poblaciónlas costumbreslostrajeslos ritoslas fisonomías de los moros. Quiero hablarles; ser amigo deellos; penetrar el fondo de su alma; sorprender el misterio de su extraña vida.

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¡Las diez y mediay todo sigue lo mismo!

Voy a apagar la luzno sea que el lienzo de la tienda deje paso a laclaridady esta sirva de blanco a los cañones moros...

¡Adiós...amigos míos; y adióscuatro de febrero! ¡Oh! ¡Quédía tan largo! ¡Qué día tan grande! ¡Él sera eterno en nuestra historia!

A estas horas sabrá ya toda España el triunfo que han alcanzado hoy sushijos. ¡Quién estuviera ahí! ¡De placer y entusiasmo se me eriza el cabellocuando me imagino la alegría que va a experimentar nuestra bendita patria!...

¡Ahnoble madre; viuda de ínclitos reyes y capitanes! ¡Arroja tuscrespones de luto; rejuvenécetey haz alarde de la antigua fiereza! ¡Teníashijos...y estos han mirado por tu honra y alegrado su triste ancianidad!¡Tenías hijosy ellos te vuelven a hacer soberana! ¡Gloria a tique no aellos! ¡Gloria a tique fuiste el modelo de sus virtudes y de su gloria!

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Vuelvo a encender la luz. ¡El cañón ha dejado de sonar! Son las onceyhace ya más de un cuarto de hora que no dispara.

Es cosa hecha: el titán ha muerto... Tetuán se rinde... La guerra haconcluido. Mañana lucirá la paz en orientetraída de la mano por la dulce ysonrosada Aurora.



 

- II - Primeros parlamentarios moros. -Intimación a la plazaTetuán capitula.-Losrenegados.

Día 5 de febreroantes de amanecer.

¡Qué grato ha sido esta noche el sueño de los que algo hemos dormido!Diríase que nuestra almalibre ya de todo recelo acerca de los enemigos queacabábamos de aniquilarha aprovechado las horas del reposo para volver aEspaña y tomar parte en su alegría. Hemos dormidoen fincomo patriarcasdebajo de estas tiendas imperialesy aún dormiríamos si no nos hubiesedespertado el ya extemporáneo toque de diana.

Al escuchar los primeros sones hemos abierto los ojos con cierta penacreyendo que la total victoria de ayer había sido muy un sueñoy que losclarines matutinos nos avisabancomo otras vecesla hora del combate; peroprontoel mismo júbilo que respira hoy la conocidísima tocata nos harecordado a todos la brillante realidad de nuestra fortunay de aquí el largoaplauso y gozoso vocerío con que saludan en este momento las tropas (ni más nimenos que al principio de la campaña) los madrugadores acentos de tamboresmúsicas y cornetas.

Por lo demásaún no lucen en el oriente señales del amanecer. Son lascincoy la más densa obscuridad reina en el campamento. Solo se ve alguna leveclaridad al través del lienzo de tal o cual tiendacuyos moradores acaban deencender luzmientras que muchos soldados soplan a los mal apagados tizones delas hogueras en que anoche guisarona fin de reanimarlos y hacer el café.Cesapor últimola diana: pasa un cuarto de horay principia aclarear el día sobre las olas del remoto mar...

Suena entonces una nueva dianaque no habíamos oído hasta ahora enlos inhospitalarios parajes que hemos habitado. Hablo del canto de los pájaros.Ni los montes bravíos ni los estériles arenales son sitios a propósito paraque los ruiseñores y las alondras entonen su matutina música; pero en estealegre campamentopoblado de tantos árboles como tiendas; en este jardín deMarte; en este verdadero oasislleno de flores y de verduralos cantores delaire saludan el primer albor de la mañanasin sospechar que los guerrerosaquí acampados que oyen hoy sus gorjeos no son ya africanossino españoles;como a nosotros nos parece oír los mismos suaves conciertos que escuchábamosalgún día en las alamedas del país nativo.

Amanece al fin. El cielo está azul y transparente. Ni una nubeempaña sulucidez. Tornapor últimoa nuestro horizonte el padre Solgloria y alegríade los mundosy con él renace en todos los pechos el ansia de nuevasemociones.

Ni los cañones de la alcazaba ni los de las puertas de Tetuán hanvuelto a hacer disparo alguno en toda la noche ni en lo que va de mañana. Espuesseguro que la ciudad se rinde.

Sin embargonuestros artilleros lo disponen todo para un bombardeoinmediatomientras que en la tienda del general en jefe se determina algunacosa de gran importancia que yo necesito averiguar inmediatamente.

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¡Ya lo sé todo! ¡Se trata de enviar a Tetuán un mensaje intimandola rendición!

Los comisionados elegidos son el preceptor de Aníbal Rinaldyo seaelcosmopolita Mustafá Abderramán (quecomo sabéishabita en la misma tiendaque yo)y un moro de cierta categoríahecho prisionero en la batalla de ayery llamado Sidi Mahommad. Mustafá Abderramán va vestido a la europeayusa hoy su primitivo nombreque es Pedro Dejean; lo cual indica que estehombrehoy universalfue francés en sus primeros años.

La intimación a la plaza está redactada de una manera sencilla y solemnepropia del capitán que la suscribede las circunstancias que la ocasionan ydel mísero pueblo que ha de leerla.

Dice así:

«Al Gobernador de la plaza de Tetuán.

»Habéis visto a vuestro ejército (mandado por los hermanos del Emperador)batidoy su campamentocon la artilleríamunicionestiendas y cuantoconteníaocupado por el ejercito españolque está a vuestras puertas contodos los medios para destruir esa ciudad en cortas horas.

»No obstanteun sentimiento de humanidad me hace dirigirme a vos.

»Entregad la plazapara la que obtendréis condiciones razonablesentrelas que estarán el respeto a las personasa vuestras mujeresa laspropiedades y a vuestras leyes y costumbres.

»Debéis conocer los horrores de una plaza bombardeada y tomada por asalto:evitadlos a Tetuánode otro modocargad con la responsabilidad de verlaconvertida en ruinas y desaparecer la población rica y laboriosa que la ocupa.

»Os doy veinticuatro horas para resolver: después de ellasno esperéisotras condiciones que las que imponen la fuerza y la victoria.

»El capitán general y en jefe del ejército español

»LEOPOLDO O'DONNELL.

»Campamento junto a la plaza5 de febrero de 1860.»

Al mismo tiempo se ha leído a nuestras tropas la siguiente orden del díadocumento no menos notable que el anterior:

«Soldados: En el día de ayer habéis conseguido una completa victoriatomando al enemigo sus reductos y atrincheramientossu artillería y sus cuatrocampamentos con todas sus tiendas y bagajes. Habéis correspondido dignamente alo que la Reina y la Patria esperaban de vosotrosy habéis elevado a unagrande altura la gloria y el nombre del Ejército Español.

»Soldados: Continuad con la misma constancia con que habéis luchado durantetres meses contra los elementos de un clima duro y en un país inhospitalariohasta que obliguemos al enemigo a pedir graciadando a España satisfaccióncumplida de sus agravios e indemnización de los sacrificios que ha hecho.

»Vuestro general en jefe

»O'DONNELL.»

Volviendo a la intimaciónhabéis de saber que Iriarte y yo hemosresuelto seguir extraoficialmente a nuestros mensajerossaliendo antes queellos por una senda que nos han indicado. Una vez fuera de las avanzadas denuestro ejércitonos uniremos a la embajaday mi amigo Pedro Dejean nos harápenetrar con él y con el moro en la Ciudad Santa de los marroquíes...¡Figuraospuesnuestra alegría! ¡En este momento no nos cambiaríamos porningún monarca de la tierra!

-¡Que lleves tu álbum de dibujo! -le digo yo a Iriarte.

-¡Que lleves tu libro de memorias! -me dice él a mí.

Y apenas nos acordamos de almorzarni de que esta expedición nos puedecostar la vida. ¡Para el uno como para el otrolo primero de todo es el arte;es ver a Tetuánes verlo habitado; es contemplar sus secularesmisterios...antes de que los profanen nuestros cañones!

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Son las nueve de la mañanay Mustafá Abderramány Sidi Mahommad estánya listos...

Van a pie... ¡Tanto mejor! Nosotros dejamos también nuestros caballosypenetramos en unos cañaverales muy intrincadosque no recorreríamos con tantacalma a no respirarse paz y amistad en el ambiente de esta mañana inolvidable.Sin embargovamos armados de revólverspor lo que pueda acontecer.

Sidi Mahommad nos ha dicho que los aguardemos donde terminan estoscañaverales. El general O'Donnell ignora nuestra determinaciónpara la cualno le hemos pedido permisoadivinando que nos lo hubiera negadocomo a todospues dicho se está que el ejército entero querría formar parte de laembajada.

Acompañan a nuestros parlamentarios cuatro guardias civilesmás bien conobjeto de evitar que les siga nadieque como escolta de seguridad contra elenemigo. Así es queno bien se encuentran ambos comisionados fuera de nuestrasavanzadas y en la estrecha senda empedrada que conduce a la ciudadlos guardiashacen alto para contener a los curiososmientras que Mustafá y Mahommadsiguenya solospor el camino.

Nosotros damos entonces un gran rodeo hacia la izquierday nos unimos aellos.

El moro lleva un pañuelo blanco izado en una baquetacomo señal deparlamento...

De nuestro campo a la plaza habrá poco más de un cuarto de legua. Todo esteespacio es un laberinto de árbolesacequiaspuentecilloscasas de camposetos y bardalesvestidos ya de gala por una primavera precoz.

Descubrirnosal fincompletamente a Tetuán. Sobre sus murallasaparecen algunas cabezas adornadas de blancos turbanteslas cuales se ocultan amedida que nos ven avanzar. Ya percibimos distintamente los cañonesla banderaverde del Profeta levantada en la alcazabalos arcos de herradura de dospuertas de la ciudadlos alicatados de colores que revisten los alminareslasagujas que los coronanlas blancas azoteasa que dan acceso estrechos y bajospostigos; mil y mil accidentes de arquitecturaimpregnados del más genuinoorientalismodel más característico gusto árabe... ¡Ah! ¡Nos parece unsueño!

¡Y qué silencio! ¡Qué calma en derredor! ¡Qué mañana tan apacible!Solo las flores de los árboles frutales y los pájaros que saludan la vuelta dela estación amorosa parecen habitar en estas comarcas. Respírase un ambientecargado de balsámicos aromas. El sol hermosea con sus cariciaspiedrasaguastroncospraderasedificiosmontañascuanto su luz cariñosa alumbra... ¡Yel corazóncon su fiel instinto late alborozado dentro del pechocomoadivinando largos días de felicidad y reposode gloria y bienandanza!...

-¡Escribe! -me dice Iriarte.

-¡Dibuja! -le digo yo a él.

Yal par que andamosvamos tomando apuntes de cuanto vemos...

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Mas ¿qué gente es aquella que viene hacia acá por entre unos cañaverales?¡Forzosamenteha salido de Tetuán al mismo tiempo que nosotros denuestro campo!... ¡Ah! ¡Traen también bandera blanca! ¡Bendigamos aDios! ¡La ciudad capitulaanticipándose a nuestra intimación...! ¿Qué otracosa pudiera significar ese mensaje?

Nuestros enviados se paran y dejan avanzar a los del enemigo.

Estos son cinco. De elloscuatro vienen a piey el otro encaramadoque nomontadoen una mulaenjaezada vistosamente.

Tan raro caballero constituye la retaguardia. A vanguardia camina el de labanderaque es un tosco morazovestido con jaique blanquecino.

De los otros tresuno viste con lujoy más bien al estilo de Argel que alde Marruecos. Los dos restantes parecen moros de reyo sea soldadosregulares.

Sin embargolos cinco vienen sin armas.

No bien divisa esta comitiva a la nuestralos cuatro de a pie empiezan aagitar sus arremangados jaiques y a tremolar la bandera blanca...

-¿Qué significa eso? -preguntamos a Mahommad.

-Significa paz y buena intención -responde el moro.

-Pues guardemos nuestra cartay recibamos la que indudablemente traeránellos -responde el sabio cosmopolita Pedro Dejean.

Y se mete en el pecho el mensaje de O'Donnell.

Mahommad responde entretanto a las señas de los marroquíes con otrassemejantes; hecho lo cualnos adelantamos los unos hacia los otros y se entablaen árabe el siguiente diálogo entre Pedro Dejean y el moro de la mula.

-¡Alá te guarde! -dice este último.

-¡El te conserve! -responde nuestro enviado-. ¿Qué mensaje es el tuyo?

-De paz.

-Bien venido seas.

-Busco al Gran Cristiano...

(Así designan los moros al general O'Donnell.)

-¿De parte de quién?

-De parte de los vecinos de Tetuán. ¿Quieres llevarme a la tienda detu emir?

(Emir significa General en Jefe.)

-Vamos andando -responde Dejean.

Y todos nos dirigimos hacia el cuartel general de O'Donnell.

Los moros vienen tristespálidoscon el sello de un profundo terror en elsemblante. Durante el caminotrábase naturalmente conversación entre ambasembajadasy de todo elloy de mis indagatorias y observacionesresulta lo quesigue:

El parlamentario principal de los moros (el de la mula) es un anciano desevera y trabajada fisonomíaaltoflaco y duro como una palma combatidamuchos años por los vientos. Viste ancho calzón azulmedia blanca europeababucha amarillajubón de merino negro bordado de sedalargo caftán de pañode color de café y gran turbante blancocomo la faja redoblada que envuelve sucintura. Llámase el Hach-Ben-Amet.

Este ilustre moro desempeña en el imperio el cargo de cónsul de Austria. Haviajado muchoy habla algo el español. Acompáñale un niño de poca edadqueparece ser su hijoel cual se quedó atrás cuando nos descubrierony no hatardado en agregársenos al ver que también nosotros veníamos de buenas.

De los otros cuatro personajesel único digno de mención es el que viste ala argelina. (El traje argelino recuerdamás que ningún otroal morotradicional de Españao sea al que sale todavía en nuestras mascaradas yteatros. Las prendas que lo componen son: calzón anchuroso de color muy vivoalbornoz ondulantevistoso chalecolujosa faja y muchos alamares y bordados entoda la ropa.) Este enviadoviejo tambiénhabla el español a las milmaravillassegún nos dice con expresivas señas el de la bandera blancay aunparéceme entender que es tan español como yoopor mejor decirque lo hasido... Sin duda se trata de algún ex presidiario andaluzrenegado o sinrenegar. EntretantoDejean habla con el cónsul de Austriael cual le cuentalas grandes cosas que ocurren en Tetuán. He aquí la traducción librede su relato:

«La ciudad se halla en la mayor tribulación. Muley-el-Abbas y Muley-Ahmedentraron en ella ayer tardedespués de la pérdida de los campamentosa todoel escape de sus corceles y seguidos de algunos jefes principales.

»-¡El cristiano está a las puertas! -dijo Muley-Abbas-. ¡El que mequierael que sea fiel al Emperadorque me siga! Nosotros no podemos defendera Tetuán. ¡Dios ha abandonado nuestras huestes! Dejemos a Tetuáncomo una isla (11) <notas.htm>.¡Que el cristiano no encuentre nada en ella!... Pero el que quiera quedarseque se quede. ¡Dios Todopoderoso lo juzgará en su día!

»Después de pronunciar estas palabras en medio de la plazael Emir entróen casa del gobernador. Cargáronse de dinero y alhajas hasta treinta mulas;sacó de la cárcelpara que no quedasen impunesalgunos presos políticoscasi todos alcaides que habían sido; proveyose de una tienda y dealgunos víveresy partió por la puerta que da al camino de Tánger. ¡Segúnsu cuentaanoche mismo debíais dormir dentro de nuestros muros!...

»Muchas familias de Tetuán han seguido hoy en su fuga a lospríncipes y jefes militares del imperiosobre todo las mujeres y la genterica. El camino de Tánger esta cubierto por una larga caravana de camelloscaballosmulas y asnoscargados de mueblesropas y víveres. La emigraciónes espantosa...

»Los príncipes y los pocos servidores que aún les permanecen fielesacamparon anoche en otra llanura que hay del lado allá de Tetuán. Conellos van los susodichos presos. En cuanto al ejército derrotadovivaqueóanoche en la Sierra; pero a las dos de la madrugada el hambre y el frío leshicieron acercarse a Tetuán.

»Vieron entonces las ferocesy desesperadas cabilas que los cristianos noocupaban todavía la ciudady acordaron aprovechar la noche saqueando el barriode los judíos...

»-Todo lo hemos perdido esta tarde -dijeron-; pero la Judería nosofrece abundante desquite. ¡A la Judería! ¡A la Judería!

»Asaltaronpueslas murallas del nortehacia donde cae el barrio de losjudíos...¡y yo no podría explicaros lo que ha pasado allí esta noche!Sólo sé que hemos oído tristes lamentosconfundidos con el golpe del hachasobre las puertas... Por las azoteas de las casas vagaban doloridas sombrasqueelevaban los brazos al cielo... El incendio alumbraba a veces aquel cuadro...¡La sangre ha debido correr como un desatado torrente! ¡El saqueo y laviolencia habrán sido espantosos! Nosotroslos pacíficos habitantes de Tetuánque no podemos abandonarla porque la amamos demasiado y tenemos en ella grandesinteresesestábamos entretanto reunidos en consejo... ¡Ah...ninguno hadormido! ¿Qué hacer en tamaña tribulación? ¡Si estuviéramos solososentregaríamos la plaza; pero las cabilas nos observan; Muley-el-Abbas acechanuestros movimientos desde la otra llanuray no bien comprendan que nosrendimosantes que vosotros hayáis penetrado por una puertanuestroscadáveres habrán salido arrastrando por otra! Al finesta mañana nos hemosresuelto los que aquí ves a demandaros consejo y protección... Tetuánquiere entregarsepero no puede. Nosotros hemos venido sin que nos vea lagente de guerra; pero la gente de paz lo sabey nos bendice. Sivosotros nos hicierais el favor de acometer hoy nuevamente a Muley-el-Abbas y alas cabilastodos se irían mucho más lejosy la ciudad os abriría suspuertasporque nosotros sabemos que los cristianos no quemanni robannimatan al moro desarmadoni hacen llorar a las mujeres... Pero a lo que no nosatrevemosen el actual estado de cosases a seguir entre dos fuegos.»

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Por aquí va en su discurso el Hach-Ben-Amet cuando llegamos anuestras avanzadas.

Por consiguienteya no nos es posible entendernos con ellosni pensar másque en la propia conservación...

Innumerable multitud de soldados nuestros se apiña al paso de losmarroquíes...

Tetuán se rinde! -gritan mil y mil gozosas vocesal ver labandera blanca de los enviados de la ciudad.

Y la alegríala curiosidadla sorpresamil afectos que podéis figurarosagitan nuestros campamentoshaciendo salir de sus tiendas a generales ysoldados.

Los parlamentarios moros miran con terror y admiración esta muchedumbrevencedoratantos y tantos pabellones de fusilestantas largas hileras deartilleríatodo este cúmulo de poder y de fuerza amontonado a las puertas desu ciudad amada... Cruzanpuestristes y pensativos uno y otro campamento.¡Las tiendas moras se levantan aún entre las nuestras! ¡Qué espectáculopara los míseros islamitas!...

«Este... (dirán)este ha sido el teatro de la batalla que ayer ensordecíalos vientos... Estos son los vencedores de nuestros príncipes... Estos son losindomables guerreros de que hemos oído contar tantas hazañas... Estos son losque nuestros Santones y Derviches nos dieron tantas veces porderrotados... ¡Estos son los que luchaban allá abajo con las tormentascon laepidemiacon el Levante y con las privaciones! ¡Y aquíaquí mismohan aniquilado hace pocas horas a nuestro soberbio ejército! Este sueloestáhúmedo todavía de sangre de nuestros hermanos... ¡Nuestro ha sido cuanto nosrodea! ¡La marea creciente que se desbordó de Ceuta hace dos meses y medio hasubido hasta el Boquete de Angheraha devorado después seis leguas de costaha invadido una llanura de dos leguaspenetrado en las huertas de Tetuáninundado los campamentos musulmanesy hoy amenaza tragarse a nuestra ciudadsantaa nuestra ciudad querida!...»

Y solo ahora comprenderán los tetuaníes toda la extensión del infortunioque ha militado bajo el estandarte del Profetay las derrotas sucesivas que haexperimentado Muley-el-Abbas desde el principio de la guerra.

Pero henos junto a la tienda de O'Donnell.

El general en jefe no se encuentra en ella. Dícese que montó a caballo haceuna horay que recorre todas las posiciones ganadas ayer al enemigo desde laorilla del Guad-el-Jelú a la Torre de Jeleli.

Búscaselepuespor todas partesa fin de que reciba a los enviados de laplaza; pero no se le encuentra en ningún lado...

Esta circunstancia da tiempo a que se ordene y solemnice en cierto modo laentrevista de nuestro caudillo y de los embajadores africanos. La gran callequecomo en todos nuestros anteriores campamentostrazan las tiendas delcuartel general del general en jefe ha sido despejaday está cubierta por dosfilas de carabineros. A la puerta de la tienda del general O'Donnell hállansealineados los cinco parlamentariosen actitud humildepero digna. Cerca deellos forman un grupo todos nuestros generales. La habitual comitiva deO'Donnell y una infinidad de jefes y oficiales de todas armas componen otrogrupo más a la derecha; ya los dos lados de esta explanadavense oscilarmillares de cabezasagitadas por vivísima curiosidad... ¡Son los soldados...los beneméritos soldadosa quienes interesa tanto o más que a nadie elresultado de la entrevista que se prepara!

Así pasan algunos minutos de inmovilidad y silencio. Solo se escucha de vezen cuando alguna orden para que se busque al general en jefe por este o poraquel camino.

Al fin resuenan de pronto las majestuosas armonías de la marcha real; loscentuplicados centinelas presentan las armasy el general O'Donnell aparece acaballo por un lado de la extensa víaseguido de un solo ayudante.

Apéase el victorioso caudillo delante de su tienda; saluda con grave ycortés ademán a los enviadosy penetra en ella el primeroindicando al pasoa los embajadorescon otra acción llena de exquisita superioridadque puedenpenetrar en pos de él.

Hácenlo así los morosno sin clavar antes a la puerta de la tienda la banderablancay un nuevo silencioque deja adivinar la preocupación de todosreina en nuestros dilatados campamentos durante los breves minutosa que sereduce aquella conferencia tan solemne.

Los que estamos más cerca de la tienda percibimos algunas palabras deO'Donnell y de los parlamentarios. Todos hablan en español. El general en jefese produce con sentido enojocon severa fortalezacon cierta mezcla de rigor ylástima. Las palabras crueldadinhumanidadbarbariesalen de sus labios. (Alude sin duda a la sana feroz con que los moros hantratado a nuestros prisionerosdegollándolos despiadadamente.) Luego habla de generosidadde perdónde tolerancia con los vencidosde Tetuán reducidoa escombrosde bombardeode plazo improrrogable...

Los marroquíes tartamudean excusas; hablan en voz bajase quejanrepitenmucho las palabras Cristiano...piedad...protección... y protestande su buena fede la verdad de sus palabrasde la lealtad de su mensaje.

Al fin el general en jefe llama a un ayudantey le pide el pliego que Dejeany Mahommad se habían encargado de llevar a la plaza.

Vuelve el pliego a poder de O'Donnelly al cabo de un momento losmarroquíes salentrayéndolo en la mano.

Es decirque ellos mismos harán en nuestro nombre la intimación a Tetuán.

-Mañana a las diez tiraré el primer cañonazo -dice O'Donnell al cónsul deAustria cuando este le saluda para marcharse.

-Antes de las diez tendrás la contestación... -responde el moro-; perodesde el amanecer debes mirar a la alcazaba. ¡Si no ves en ella nuestrabanderaes señal de que Tetuán se rinde!

-Pues hasta mañana -concluye el general en jefe.

Partenfinalmentelos marroquíes escoltados por algunos caballos nuestrosmientras que mil y mil voces preguntan en nuestro campo:

-¿Qué hay? ¿Qué dicen? ¿Qué se ha resuelto?

Entonces corre de boca en boca el siguiente resumen auténtico de laconferencia:

-La ciudad quiere entregarsepero no se atreve a hacerlo por miedo a lascabilas. Los tetuaníes nos ruegan que vayamos a ayudarles contra su mismoejército. Nosotros hemos contestado que si mañana a las diez no ha abierto laciudad sus puertasa las once será un montón de escombros. ¡Allá arreglenlos marroquíes sus desavenencias domésticas! ¡El ejército y el vecindario deTetuán veránpueslo que más les conviene! Por nuestra partenoestamos dispuestos a fiar la vida de un solo soldado a la lealtad de cuatromoros oficiosos...

Reprodúcensepueslas cavilaciones y las conjeturas. La rendición de Tetuán(pensamos todos)aún dado caso de que se verifiqueno traeráforzosamente consigocomo creíamos antesla terminación de la guerrapuestoque el ejército marroquíopor decir mejorMuley-el-Abbasrepresentantedel imperioprotesta contra la entrega de la plazalejos de capitular conella... Es decirque quien demanda paz no es el enemigo quecombatíamos; no es el Emperadorno son sus tropassino los habitantes inermesde una ciudad desguarnecida. ¡Es decirque tantas derrotas no han quebrantadoaún el fiero orgullo de nuestros adversarios; los cualeso esperan todavía ensu valoro están resueltos a perecer desde el primero hasta el últimosinconfesarse vencidos!...

Ciertamentenada peor podía sucedernos... Las guerras de desesperaciónopor mejor decirlas guerras a la desesperada (como la de la Independenciaque sostuvimos nosotros contra los franceses hace cincuenta años)no tienentérmino ni límitey si llegan a concluir es por consunción de los ejércitosque comienzan triunfando. Cuando un pueblo se resuelve a no capitular con elinvasorlas victorias son vanas quimerasmáxime si se trata de una nacióndesorganizadasobriaque carece de industria y de grandes interesescolectivoscomo el imperio de Marruecos.

Aquídonde casi no existe unidad social; donde cada individuo se rige ysostiene por su propia cuenta; donde apenas se reconocen otras necesidades queel comery el comer se limita a tragar un poco de maíz triturado; aquídigocasi no tendría trascendencia nacional la pérdida de una plazade unaprovincia o de la mitad del imperio. La poblaciónarrojada de sus hogaressereplegaría al suryprovista de pólvora y de balasvolvería todos losdías sobre nosotrosy lucharía años y años sin debilitarsemientras quenosotros empobreceríamos lentamente nuestra hacienda y aniquilaríamos nuestroejército.

Aquí no hay ejército ni hacienda: todos son soldados voluntariosy todosviven de recursos propios...

Para herirpuesde muerte al Estado tendríamos que extirpar toda la raza;que hacerla desaparecer; que matar diez millones de hombresy ocupar veinte milleguas cuadradas de territorio... ¡Yo me estremezcopor consiguientea laidea de que el enemigo no se dé ya por dominado; de que no se alarme por lapérdida de Tetuán; de que se resuelvaen fina hacer la guerraindefinidamente!

Pero ¿adónde vamos a parar? Volvamos a nuestra relacióny esperemos lossucesos. ¡Quién sabe si todas estas reflexiones serán anticipadas yprematuras! ¡Muley-el-Abbas y su hermano el Emperador podrían muy bien abrirlos oídos a los consejos de la prudencia!...

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Decía que acaban de marcharse los parlamentarios de Tetuán.Nosotrosaunque poco satisfechos de su mensajeno estamossin embargotanserios y preocupados como pudierais deducir de las precedentes reflexiones; pueslo cierto es quea lo menos por ahorase acabó la sangre; que el ejércitoenemigo está deshecho; que hemos coronado felizmente la campaña; que noshallamos vivos en el momento dichoso de la victoria; que el cólera hadesaparecido casi completamente; que Tetuán nos abrirá sus puertas deun modo o de otro dentro de veinticuatro horasy que allí nos aguardancuriosísimos espectáculos... Si más adelante es menester volver a pelear¡pelearemos!

Por otra parteel regocijo que ahora mismo conmoverá a toda España pareceque vibra ya en el ambiente que respiramos... ¡Fuera puesmelancólicospensamientos! ¡Abandonémonos al placer de nuestra fortuna; bendigamos a Diosque nos ha sacado salvos y con honra de tan multiplicados peligrosy creamos yesperemos en mayores felicidades!

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A cosa de las doce vienen a visitarnos otros cuatro vecinos de Tetuán.Este segundo parlamento no tiene ningún carácter oficial ni oficiosoguerreroni municipal. La curiosidad solamente trae a nuestras tiendas a los cuatroafricanos.

Dos de ellos son argelinosy todos parecen gente pacífica y de medianaposición. Nos agasajan muchoy ponderan el deseo que tenían de que ganásemosla ciudad. Describen los malos tratos que han recibido de las autoridadesimperiales; nos ponderan la oposición de los tetuaníes a la continuación dela guerray nos hablan de futuras concordiasde alianzas entre moros yespañolesdel odio que sienten hacia los ingleses y de otra porción defalsedades...

«¡Los ingleses nos han engañado! ¡Nos han vendido! (dicen). Primero nosaseguraron que erais muy pocos y muy cobardes; que no teníais cañones nicomiday que al cabo de ocho días de penasos veríais obligados a volver aEspañao quedaríais todos aquí muertos y prisioneroscomo el antiguoejército del rey D. Sebastián. ¡Después nos prometieron ayuda y proteccióncontra vosotrosy ya veis que nos han abandonado! Español...bueno yvaliente... (concluye unoque medio habla castellano). Moro...tambiénvaliente y bueno. Inglés...falsoy tú y yo cortar cabeza de inglés.»

En esta segunda diputación viene también un renegadoel cual hatenido la franqueza de confesarnos que lo es. Llámase Robles; fuerelojero en Cádizy vive en el imperio hace más de veinte años. Cualquierale hubiera tomadopor un árabe puro y neto... ¡Tan mora es su fisonomía!

En lo demásla aparición de cada uno de estos desenterrados o resucitadosque van surgiendo a nuestra vista a medida que turbamos el largo silencio en queha yacido el imperio de Marruecosquiero decirla contemplación de cada renegadoque encontramos en estas tierras no pertenecientes al mundo conocidonosproduce una emoción extraordinaria muy digna de análisis.

En efectoexperiméntase no sé qué asombro parecido al que os causaríahallar vivo al tiempo de derribar una casa a un hombre que hubiese sido emparedadomuchos años atráso a la impresión que os produciría descubrirrepentinamente una ciudad subterráneaignorada de los geógrafos yarqueólogosy habitada por gentes incomunicadas siglos y siglos con elresto de los humanos.

Digo másal encontrar en esta inexplorada región semejantes personasolvidadas del mundo en que se agitaron algún díamuertas civilmentemuertastambién para sus parientes y amigosperdidas en el tiempo como fantasmasdisipados en el espacioy al encontrarlas vivascon memoria de lo que fueronhablando la lengua patria con cierto ruborcual si creyesen ofender elvenerable idioma de sus padres (aquel idioma que abandonaronque procuraronolvidarque no ha resonado en sus oídos durante tanto tiempopero que dormíaen su almavívidoinalterableincorruptiblecomo un remordimiento en laconciencia); al oír a estos miserables decir: «Yo soyo (más bien) YOERA Fulano»; al oírlos citar su nombreque ya no es su nombre; hablar desu puebloque ya no es su pueblo; referirse a una esposaque han reemplazadocon varias; aludir a sus hijos o a sus padresde los que ignoran (¡vilesinicuosdesalmados como fieras!) ¡hasta si existen todavía!...; aloír todo estodigoacuden a mi mente mil maravillosas escenas ideadas por lafantasía de los yates...

Y ya recuerdo la bajada de Eneas a las regiones plutónicasy sus encuentroscon los pasados griegos y los futuros romanos; ya el paseo de Dante porlos tres Reinos de la Muerte; ya el prodigioso descubrimiento de Pompeya yHerculano; ya la exhumación de las seculares momias egipcias; o bien presientolas supremas entrevistas del Valle de Josaphatel día de la gran cita de lospecadoresy los diálogos que luego tendrán lugaren la gloriaen elinfierno o en el purgatorioentre los hijos de todas las edades...

Pero veo que estoy por demás hablador. Reservemos para mañana tan felicesdisposiciones; pues mañana no han de faltarme interesantísimos asuntos en queemplearlas sicomo creose verifica nuestra entrada en Tetuán.



 

- III - Entrada del ejército español en Tetuán.

TETUÁN6 de febrero.

¡Al fin llegamos! ¡Al fin puedo fechar estas cartas en Tetuándespués de haberlas fechado en tantos puntos del áspero camino! Ceutael Serrallola ConcepciónCastillejos Río AzmirCabo NegroGuad-el-Jelúlas tiendas enemigas...todosestos nombresteñidos de sangrecon que he encabezado tantas veces mi DIARIOme parecen ya ensueños de la imaginación. Aquellas móviles ciudades de lonahan desaparecido como vanas quimeras. Nuestros campamentos solo viven ya en lahistoria. Tantas noches pasadas bajo la tienda o al amor de la lumbreen lacima de las agrias montañasen ignorados bosquesen solitarias llanurasa lamargen de olvidados ríos; el triste invierno en que hemos vividoa laintemperiecomo las fierasen parajes despoblados y melancólicos; esos dosmeses de peregrinaciónde lucha con los elementosde incomodidades yprivaciones. ¡todo ha concluido! Mi dura penitencia ha terminado. Mialejamiento de la sociedad y del mundo entero; mi vida sin hogar; aquellasoledad y desamparo en que pasé la Nochebuenael Año Nuevoel día de Reyesel de San Antónel de la Candelariatodo queda relegado a la región de losrecuerdos inmortales; todo huyó para no volver... ¡Ya me cobija un techo; yame alberga una ciudad; ya estoy otra vez en el mundo!

Pero ¡en qué mundo! ¡En un mundo no civilizado! ¡En el mundo islamita!¡En el inundo de los misterios! ¡En una ciudad musulmana!

¡Tetuán! ¡Estoy en Tetuán! La poética aspiración de toda mijuventud se ha convertido en un hechoy mi ardiente deseo de toda la campañaen viva y palpable realidad... Pero ¿qué importo yo? Ni ¿qué es mi júbiloen comparación del de la madre Patria?

«¡Tetuán por España!» He aquí lo que debemos exclamar todos. Sigloshace que no han resonado en oídos españoles palabras semejantes. ¡La banderaamarilla y roja ondea sobre una ciudad extranjera! ¡Feliz la generación queasiste a esta vuelta de nuestras antiguas glorias! El día de hoypara sumarseo hallar consonanciabusca otros días análogos en apartados tiemposy a suvivo fulgor se divisan los muros de Nápolesde Orande Bruselasde Pavíade San Quintínde Méjicode Romade Breda y de otras mil y mil ciudadestomadas por nuestros ilustres antepasados. ¡Venturosos los que presenciamosesta magnífica resurrección!... Las horas de hoy serán eternamente las másgrandes y luminosas de nuestra vida. ¡Nada tan digno y noble tendremos querecordar en los días de nuestra vejezpor larga y gloriosa que Dios haganuestra existencia! Siempresiempre diremosllenos de orgullo y de entusiasmoy como una prueba de que nuestro destino no se ha deslizado inútil yobscuramente: «¡Yo fui uno de los que entraron en Tetuán

Y ahora séame lícito volver a hablar de mis emociones personales. ¡Quédía el de hoy! Aun prescindiendo de lo que he gozado en él como español ycomo cristianotodavía es el más sublime de mi existencia si lo considero porel lado artístico y poéticoy atiendo a los maravillosos cuadros que hevistoy a las sorprendentes escenas que han herido mi imaginación. ¡Hoy síque desconfío de tener fuerzas para describir los múltiples y solemnesespectáculos a que he asistido! ¡Hoy sí que desearía la pluma de Jenofonteel arpa de Virgilio o el pincel de Rubensa fin de poder fijar ciertasimpresiones y eternizar ciertos instantes!... Peroaunque no sea mas quereseñados en mi humilde prosapaso a referir todos los pormenores y accidentesde nuestra feliz entrada en Tetuán y de cuantos objetos extraordinariosllevo vistos en este inolvidable día.

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Cuando al amanecer resonó el toque de dianacasi todo el ejército estabaya de pie.

Dos razones justificaban tanta diligencia: primeramentetodos ansiábamosver si ondeaba la bandera marroquí sobre las almenas de la alcazaba; y ensegundo lugarqueríamos tener dispuesto nuestro equipaje para el momento enque el general en jefe diese la orden de marchar a Tetuán.

La mañana se presentó al principio fría y nublada; pero a eso de las sietesalió el soly sus primeros rayos disiparon la bruma que empañaba laatmósfera...

Todos fijamos los ojos en la alcazaba de Tetuán...

¡Ohdicha!... ¡La bandera mora no estaba izada! Con anteojos y sin ellospercibíase claramente el astadesnudalisaescuetatrazando una delgadalínea sobre el azul del cielo...

¡Tetuán se rendíapor consiguiente!... ¡Los emisarios de la plazano podían tardar!...

Almorzópuesrápidamente todo el mundoy diose prisa a liar su equipajemientras que los que ya estábamos libres de estos quehaceres montábamos acaballo y nos dirigíamos a escape a nuestras avanzadasa fin de ver llegar ala indefectible diputación mora.

Una vez allípreguntamos a diferentes oficialesque habían pasado lanoche en la trincherasi había ocurrido algo de particular mientras nosotrosdormíamos...

-Creo -díjome uno-y lo mismo cree toda mi compañíahaber escuchadoalgunos tiros dentro de Tetuán y al otro lado de sus muros. También nosha parecido oír (pero esto puede ser una preocupaciónnacida de lo que noscontó ayer mañana el Hach) lejanos lamentos y lúgubres ruidos queturbaban el silencio de la alta noche. No sé qué había en la atmósfera o enmi corazón...pero yo he respirado con dificultad en medio de las tinieblas;he sentido vago terror y secreta angustiay cuando esta mañana rayó el díavi a Tetuán en su sitiotan blanco y tan inmóvil como cuando anoche loperdí de vistame sorprendió extraordinariamentepues me habría parecidomucho más natural no encontrar piedra sobre piedra o hallarme con que la ciudadse había desvanecido como por arte de magia...

-¡Lo de los tipos es seguromi capitán! -exclamó un soldado-. Yo estabade escucha allábien lejosy he oído más de veinte en toda la noche.¡Y debían de ser en las calles de Tetuánpues retumbaban muchoy lostiros en campo abierto retumban poco!

En esto ya eran las ocho menos cuartoy empezamos a notar cierta agitaciónen nuestro campamentocomo si desde alguna altura y con ayuda de anteojoshubiese visto alguien salir por las puertas de Tetuán a la ansiadacomitiva.

Entonces nosotros (una docena de curiosos que teníamos libertad para ello)metimos espuelas a los caballos y avanzamos hacia la ciudad...

Pocos pasos habíamos andadocuandoal revolver de unos cañaverales muyespesosdistinguimos como a medio cuarto de legua un jinete con traje blancoque avanzaba al trote hacia nuestro campamento.

-¡Trae bandera blanca! -exclamó uno de mis compañeros de descubierta.

-No viene a caballo... Viene en mula... -añadió otro al cabo de un momento.

-¡No viene solole acompaña otro moro a pie! -dijo un tercerocuandohubieron pasado algunos instantes.

-¡Es Robles! ¡Es el renegado de ayer! -repuso al fin el que primerohabía divisado al tetuaní de la mula.

Entretantoel tal jinete había llegado ya a pocos pasos de nosotros. Enefectoera Robles.

Respondimos con los pañuelos a las señales que él nos hizo con su banderablancay entonces se acercó sonriendo.

-Buenos díascaballeros -nos dijo en intachable español.

-Buenos díaspaisano... -le respondimos-. ¿Qué hay de nuevo?

La pregunta era excusada. El semblante de Roblespálido y demudado; sujaique manchado de sangrey su mirada torva y afligidanos revelaron loshorrores que habían ocurrido en Tetuán la noche última.

-¡Mucho malo para los moros! ¡Mucho bueno para España! -respondió Roblescon indefinible expresión.

A todo esto íbamos marchando hacia el cuartel general de O'Donnellyrodeaba ya al enviado copiosísima muchedumbre.

-Pero ¡bien! ¿Se entrega la plaza o no se entrega? -le preguntamos enconfianza.

-¡Se entrega! -contestó el renegado en voz bajallevándose una mano alpechocomo indicando que entre sus ropas traía un importantísimo documento.

¡Figuraos nuestro regocijo!

-Hace bien Tetuán en entregarse -observó un soldado de artillería-pues nuestro general tiene puestos ya en bateríadoce morteros como docerosascon abundante dotación de municiones...

-¡No quiera Dios que hagáis uso de vuestra fuerza contra la infortunadaciudad! -replicó Robles-. Tetuán es a estas horas un mar de sangre yllanto. ¡Qué noche! Si la de anteayer fue horriblela de ayer ha sidodesastrosa... Y aun en el momento que os habloahora mismo...¡Dios sabe loque estará sucediendo dentro de aquellos muros!... Cuando yo salía por unapuertalas cabilas volvían a la carga por otra... El robo y la matanza de dosnoches no les han bastado... Buscan nuevo botín y nuevas víctimas... ¡Estánlocos de furor!... ¡Ya no son hombres!... ¡Son perros rabiosos! ¡Después dehaberse ensañado con los hebreosahora atacan también las casas de los morospacíficos! ¡Ah! ¡Por humanidad solamenteno debéis tardar ni un momento enocupar a Tetuán!

Al llegar a este puntohizo alto la cabalgata.

Estábamos en el cuartel general de O'Donnell.

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El general en jefeque se paseaba en aquel sitioentró en su tiendaseguido de Roblesquien ya había sacado una carta de su jubón...

La conferencia duró breves instantes.

El conde de Lucena volvió a aparecervisiblemente afectado por el espantosorelato que acababa de oír.

-¡A caballo! -dijo-. ¡Que formen todas las fuerzas para marchar!

No había acabado de pronunciar estas palabrascuando todas las tiendashabían desaparecido... Y ¡qué júbiloqué entusiasmo demostraba elejército!... «¡A Tetuán!» «¡A Tetuán!»decían treinta milsoldados.

O'Donnell dabaentretantovarias órdenes... Primque estaba acampado enlas alturas de Sierra Bermejafaldearía la montaña con sus batallonesy ocuparía la alcazabasituada al norte de la ciudaden una altura. Ríosmarcharía por el camino que había traído Roblesy entraría en la plaza poruna puerta que encontraría abiertaal decir del pobre mensajero. En posde él iría el mismo general en jefecon el TERCER CUERPOmandado este porRos de Olano.

Emprendiosepuesel movimiento en tal forma.

Eran las nueve de la mañana.

-¿Qué dice el pliego que ha traído Robles? -nos preguntábamos unos aotros.

-Lo que ya saben ustedes -respondió uno que se había enterado de todo-: queTetuán gime bajo la violencia y el saqueoy que la escasa poblaciónpacífica que allí ha quedado nos pide auxilio con la mayor angustia. Nosotrospuesvamos a entrar en la plaza de grado o por fuerzaes decira todo riesgo.¡Un deber de humanidad nos impone semejante conductapor imprudente que puedaparecer!

Hablando asíavanzamos lentamente hasta la ciudad.

Yo tenía formado propósito de no separarme del cuartel general de O'Donnellen tan solemnes momentos. El conde de Lucena era la representación delejército y la personificación de Españay solo aquellos que entrasen a sulado en la ciudad marroquí presenciarían la verdadera toma de posesión yverían los episodios más importantes de tan supremo acto. Renunciépuesalgustomuy peligroso por otra partede ser de los primeros que penetrasen en laplazay caminé siempre lo más cerca posible de nuestro afortunado caudillo.

Delante de nosotros iba un batallón de la infantería mandada por el generalRíos; ycomo las sendas eran muy estrechasnos veíamos obligados a llevarnuestros caballos muy lentamente y a pararlos a cada instantedetenidos poraquella gente de a pie.

La mañanaaunque frescaestaba deliciosa. El sol brillaba más alegrementeque nuncay parecía sentirse la palpitación de la tierraansiosa dedesarrollar los tesoros de floresde hojas y de frutosque ya germinaban en suseno...

En cuanto a nosotros...¡imaginaos el alborozo que sentiríamosel placerque inundaría nuestra alma! La misma inquietudel mismo sobresalto que aúnnos agitaban respecto de la sinceridad de los emisarios moros o renegadoseranparte a conmover y exaltar todos los corazonesy la febril impaciencia queexperimentamos hacía locuaces a los más taciturnosy convertía en alegres ydecidores a los más graves y circunspectos.

¿Cómo olvidar nunca este paseo matinal tan interesante? ¡Yo creofirmemente que será uno de los recuerdos que conservaremos todos en la memoriadurante el resto de nuestra vida!

El general O'Donnellexcitado como el que más por tan varios y poderososafectosabandonábase a una expansión franca y cordialy nos referíaepisodios de la Guerra Civil de los Siete Añosen que también mandó en jefe.La mariana de hoy le recordaba otras semejantes... Él lo decía del modo mássencillofijándose solamente en la lentitud de nuestra marcha y en lacircunstancia de ir detenido el cuartel general por una columna de infantería;pero todos los que lo escuchábamos comprendíamos que el general O'Donnellsindarse cuenta de ellose veía a sí mismo esta mañana a la fulgente claridadde su propia gloriay coordinaba instintivamente los más célebres días de suvida de soldadouniendo por primera vez a sus pasados hechos de armas lasgrandiosas jornadas de esta guerraya coronadas por una brillante y definitivavictoria.

Entretantoveíamos cómo iban ganando las alturas de la próxima sierra lastropas del general Primcon dirección a la Alcazaba. Los voluntarioscatalanes se distinguían por sus gorros encarnados... ¡Iban en la vanguardiacomo anteayery trepaban y corrían por las escarpadas peñas con la agilidadpropia de todos los hijos de montaña!...

En cuanto a los batallones que nosotros seguíamossu cabeza debía deencontrarse ya muy cerca de Tetuány cada vez que se paraba la columnaobligándonos a detener nuestros caballosexperimentábamos cierta emoción deplacercomo si aquello nos indicase que habíamos llegado ya al pie de losmuros de la ciudad...

Prontoemperovolvía a moverse dicha columnay nosotros seguíamos en posde elladevorados de curiosidad acerca de lo que sucedería allá delante y delo que ya verían los que marchaban en la vanguardia...

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Por lo demásel camino que recorríamos no podía ser más pintoresco. Aveces pasábamos bajo bóvedas de naranjos; otras teníamos que ir a ladeshilada a lo largo de estrechos y sombríos callejones formados por altos yverdes setos o espesos y sonantes cañaveralesy en todas partes veíamosyarecientes fosasde las que salía un pieuna mano o la cabeza de un cadávermal enterrado por los moros durante la batalla del 4; ya caballos o camellosmuertos; ya instrumentos de laborya casas de campo abandonadas; aquí pozosallá acequias; en un lado prados de floresen otro crecidos sembrados; orapuentecillos rústicosora chozas y cuevas de tan gracioso como miserableaspecto...: ¡mil señalesen finde la antigua paz y de la reciente guerra!

Era aquel un espectáculo tan alegre como melancólicoque predispusonuestro ánimo a la piedad para con los vencidos musulmanespor lo mismo que atodos nos recordaba los alrededores de nuestro pueblo natal... En cuanto a mídeclaro que hallaba maravilloso parecido entre aquellos lugares y los callejonesde Graciapor donde se entra en Granada yendo del Norte; o bien creíarecorrercomo en tiempos inolvidableslas afueras de aquella otra ciudadmorisca en que rodó mi cuna y florecieron todas mis esperanzas...


Eran las nueve y media cuando salimos al fin de tales laberintos y volvimos adescubrir a Tetuán. Ya sólo distaba de nosotros unos cuatrocientosmetros... ¡Su blancura nos deslumbraba enteramente! En aquel momento habíamoshecho alto para dejar avanzar a los que nos cortaban el pasoy todos mirábamosa los altos de las mezquitas y a los muros de la Alcazabaesperando acada instante ver ondear encima de ellos la nobilísima bandera española...

¡Qué momentos tan largos y tan solemnes! ¡Qué emoción la nuestra! ¡Quéhora para España!... ¡Para Españaque nada sabía de lo que estabasucediéndonos!

Reinaba un silencio religioso. ¡Era el instante crítico!... ¿Habíanencontrado nuestras tropas algún obstáculo? ¿Las aguardaba una traición?¿Íbamos a ver volar la ciudad?... Nada se oía tampoco en nuestra remotavanguardia... Sólo algún tiro (o a veces dos o tres) se escuchaba a grandesintervalos. Todos aquellos tiros eran de espingardassegún lo ronco de ladetonación... Sin embargono podían significar resistenciasinoprotestas aisladas o emboscadas individualescomo las que siempre abundan enlos alrededores de Melilla... Aquellos disparos nos arrullabanpuescomolamentos de un enemigo moribundo.

-¡Veo gente en la Alcazaba! -exclamó en esto uno de nuestracomitiva.

-¡Son los Catalanes! -dijo otro.

-¡Tratan de izar una bandera!... -añadió un tercero.

-¡Sí!... ¡Sí!... ¡La Alcazaba está en nuestro poder!...

-También se ve gente en las murallas de Tetuán... ¡Y otrabandera!... Ved... ¡Es la española!...

-¿Dónde?

-¡Sobre la puerta de la ciudad! ¡Ya estamos dentro! ¡Tetuánpor España!

Era ciertolejanos vivas y los ecos de la Marcha Realque allá tocabanmúsicastambores y cornetasno nos dejaron lugar a duda... ¡Ypara colmo dedichaun momento después ondeaba ya la misma enseña vencedora sobre el astabandera de la Alcazabasobre los murossobre las azoteassobre lastorres de la ciudad!...

Entonces hubo una gran explosión de júbilo en los batallones que nosprecedíany aun en el cuartel general...

-¡Viva España! ¡VivaO'Donnell! -se oyó gritar por todas partes.

Eran las diez.

En tal instante sonó a lo lejos un cañonazo...

Todos nos miramos sorprendidos...

Un sombrío recelo anubló el rostro de O'Donnell...

Cesaron las músicasy un nuevo cañonazoy luego otroy hasta cinco oseisresonaron dentro de la ciudad...

¿Qué era aquello? Mil confusos temores nos asaltaron en tropel... Sinembargonadie hablaba.

-¡Adelante! -gritópor últimoel conde de Lucena.

Yponiendo su caballo al galopese dirigió a Tetuánpasando pormedio de la columna de infantería.

Todos echamos detrás de él.

El trozo de camino que recorrimos a escape era una carretera empedradaquepasaba luego por una calzada o puente y terminaba bajo los propios muros de laciudad. Los caballos producían un estrépito formidable sobre las gruesas ydesnudas piedrasy este marcial ruido inflamó de nuevo en el corazón de todosel espíritu bélicoamortiguado hacía ya dos días...

-¡Si se resistentanto peor para ellos! -nos dijimos unos a otros-.¡Tendremos dramay venceremos como siempre!

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Llegamospor últimoa la puerta.

Era esta un arco de herraduracon dos ajimeces encimapor los que asomabandos cañones.

El arco formaba el principio de una calle embovedada y retorcidaque nadanos permitía ver del interior de la ciudad.

En el dintel había centinelas españoles y un oficial de estado mayor.

-¿Qué cañonazos son esos? -le preguntó a este el general O'Donnell.

-Son los voluntarios catalanesque disparan los cañones de la Alcazabacontra fuerzas rezagadas del fugitivo ejército marroquí...

-Pues ¿dónde está ese ejército?

-Estaba en un nuevo llano que hay al otro lado de Tetuány amenazabaentrar de nuevo a saco en la ciudad por la puerta de Tánger. Pero ya han salidoa rechazarlo y perseguirlo algunos batallones nuestros con piezas de montaña...

-¿Dónde está el general Ríos?

-En el Zoco o plaza principal.

-¿Y el conde de Reus?

-En la Alcazaba. Tengo orden de decir a V. E. que nuestras tropas vanrecorriendo toda la ciudad sin encontrar resistencia alguna.

Y entonces el oficial le refirió a O'Donnellcon más pormenorestodocuanto había sucedido en aquellos minutosque era lo siguiente:

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Los generales Ríos y Mackenna llegaron los primeros al pie de las murallasseguidos de algunos batallones y acompañados de Roblesel parlamentario de laciudad.

Contra lo prometidola puerta estaba cerrada y no se veía a nadie porningún lado.

-¿Qué significa esto? -preguntó Ríos al mensajeroque se hallaba pálidocomo la muerte.

-Señor...¡no sé! Quizá habrán vuelto los moros...

-¡Tanto mejor! -replicó Ríos-. ¡A ver! ¡Que avancen dos cañones yderriben esa puerta!

En esto se vio aparecer la cabeza de un moro sobre un cañón de los queguarnecían los altos ajimeces...

Mackenna y Ríos se miraron con asombro. Aquello tenía todos los aires de lamás negra traición.

-Descuidaseñor... -dijo Robles-. Ese moro no va a hacer fuego... Es unamigo mío.

-¡Dile que abra la puertao teme por tu vida! -exclamaron nuestrosgenerales.

El moromontado en el cañóndaba entretantoen árabeunas voces quenadie entendía...

-Dice ese moro -balbuceó Robles- que el gobernador acaba de huirllevándose todas las llaves de la ciudad.

-¡Que abra la puerta...o ponemos fuego a Tetuán! -respondió el generalRíos.

Nuestros artilleros llegaban ya con dos cañones y los cargaban con balarasa.

Al mismo tiempo se asomaron algunos judíos por lo alto de las almenasgritando desaforadamente:

-¡Entrad pronto! ¡Entrad pronto!... ¡Los moros están penetrando por laotra puerta! ¡Vienen a matarnos!... ¡Viva la reina de España!

Mientras tenían lugar estas conversacionesalgunos soldados del Regimientode Zaragoza pugnaban por forzar con sus bayonetas y a pedradas la cerradurade la puertaa lo cual conocieron que les ayudaban por la parte de adentro...

-¿Quién anda ahí? -preguntaban nuestros soldados.

-¡Somos judíos! ¡Somos amigos! -respondían algunas voces en españolatravés de las ferradas tablas.

Y los golpes de adentro y los de fuera se respondían como ecos.

Saltaronal finlas cerradurasy la puerta se abrió de par en par...

Al otro lado de ella no había nadie. Los judíos habían desaparecido llenosde miedo.

Pero los de la murallamás audaces porque tenían asegurada la fuga caso deque nuestras tropas se hubiesen manifestado hostilesexclamaron con grandesvoces:

-¡Tocad la música! ¡Tocad los tambores! ¡Tocad las trompetaspara quehuyan los Morios!

(Así nombran los hebreos a los moros.)

-¡Adelante! -gritó Ríos a sus tropas.

Y las músicas entonaron la Marcha Real; yacompañado de Mackennaavanzóresueltamente por las tortuosas calles de la ciudadseguido del Regimientode Zaragozaque fue el primero a quien cupo la gloria de pisar las callesde la ciudad musulmana.

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Diez minutos habrían transcurrido después de todo estocuando nosotrosllegamos a la misma puerta.

O'Donnell hizo allí alto.

-Nadie me siga -dijo.

Yacompañado de un solo ayudantepasó bajo el profundo arco o torcidabóveda de la puerta. Y entró en Tetuánsin que nadie pudiera seguirlecon la vistapor la cautelosa configuración de tal entrada.

Veinte minutos después estaba de vuelta.

Aquello habla sido una mera fórmula oficial de toma de posesión; yuna vez realizadatornó el caudillo a colocarse a nuestro frentepronunciandoestas palabras:

-¡Es un espectáculo horrible! Vamos ahora por aquí...

Yapeándose del caballoempezó a subir una empinada cuesta en que seapoya la muralla por aquella parte. Cauto y previsor como siemprequeríaantes de penetrar en la ciudad con nuevas tropasestudiar la estructura de estay las posiciones que la rodeaban.

La cuesta susodicha hallábase cubierta de escombrosde menudos cimientos yde algunas diminutas construcciones. Todo esto nos hizo creera primera vistaque allí había habido un barrio extramuros; peroconsiderando aquel parajemás de cerca y con más detenida atenciónconocimos que era un antiguo Cementerio.

Y en verdad que nadie habrá visto campo santo tan primoroso y alegre comoaquel. Su posición en anfiteatroy vasta extensión sobre la montañamerecordaron el Enterramiento del Padre La Chaissede Parísaunque laforma oriental de las sepulturassus arcos árabessus filigranados doseletesy todo el ornamento de recintos y panteonessemejantes en cierta manera agrandes muebles góticosle dan un carácter monumentalreligiosoexquisitamente artísticoque no se nota en ningún cementerio de nuestraEuropa. Entre los sepulcrosde una blancura deslumbrantecrecen el jazmín yla hiedrafestoneándolos con gracia. Flores silvestreshigueraspitasalgarrobos y otros árboles sombrean los panteones más lujosos. En cambionovimos sobre ninguno de ellos ni un nombreni una fechani una inscripción...La muerte es allí tan muda y elocuente como en la imaginación del hombre...

Por lugar tan sagrado subíamos nosotrosindiferentes y sacrílegossaltando de tumba en tumbaescalándolas materialmentey haciendo resonarsobre sus losas el regatón nuestras espadas. A este rumor de armas extranjerasde aceros cristianosdebieron de estremecerse en su eterno lecho las pasadasgeneraciones tetuaníeslos nobles moros que nacieron en Granada y vinieron amorir en esta tierralos antiguos guerreroslos fanáticos santoneslosdifuntos alcaides de esta ciudad hoy conquistadaque nunca imaginaron llegaseun día de tanta mengua y tribulación para los descendientes y adoradores delProfeta...

-¡Oh! ¡Si despertaran!... -pensaba yo con cierta mezcla de cruel orgullo yde respeto religioso-. ¡Si levantaran la cabeza y nos viesencon la cruz alpecho y ociosa al cinto la vencedora espadacansada ya de triunfos sobreejércitos marroquíes!... ¡Si supiesen hasta dónde ha llegado el infortuniode sus hijos!...

Trepamosal fina la cumbre del cementerioa lo alto de la montaña... Elvasto panorama que desde allí se descubría nos dejó completamente absortos.Todo Tetuán se desarrollaba a nuestros pies. A un lado veíamos enterala llanura del Guad-el-Jelúteatro de los últimos combatesycomotérmino de ellael mar. Al opuesto lado de la ciudad se nos presentaba unanueva planicieno tan ancha pero más larga que la anteriory muy más verdegraciosa y pintoresca. Es decirque la ciudadengarzada entre las dosmontañas que forman el lecho del Martínes la divisoria de dos llanos;los domina; se enseñorea sobre ellosy presenta a los que vienen de Tánger ode Fez una perspectiva semejante (siquier invertida) a la que nos habíaofrecido a nosotros hasta entonces por la parte del Mediterráneo.

Tetuáncontemplado asía vista de pájaroera todavíainteresantísimo. Su planta tiene la forma de una estrella. Las calles son tanangostasy el caserío tan apiñadoque toda la población parece componersede un solo edificio. Una vastísima azoteadividida en pequeños cuadrosmásaltos o más bajosla cubre por completo. El piso de esta azoteao de estasmil azoteas yuxtapuestashállase escrupulosamente bañado de caly sublancura es tan deslumbradoraque daña a los ojos y hace que Tetuán parezcarevestido de una chapa de plata acabada de cincelar por primoroso artífice.Nada más monótono que semejante aspecto de ciudad; pero nada tampoco másmisterioso y característico. Solo interrumpen de acá o allá la uniformidad deaquella enorme colmena de marfil (donde no hay balcones ni casi ventanas) losaltos alminares de las mezquitascubiertos por lo regular de alicatados devivísimos colores. El de la Mezquita Mayor es elegante a sumo gradoyrecuerda la Giralda de Sevilla. Todos los demás lucen por su esbeltez yartísticas proporciones.

De buena gana me hubiera pasado horas y horas contemplando a Tetuán desdeaquella altura. Ciertamentenada habría visto que no hubiese observado a laprimera ojeada... Pero ¿era acaso la materialidad de un conjunto de edificioslo que yo consideraba con tal avidezcon tal emocióncon tal recogimiento.¡Oh...no! ¡La ciudad que yo miraba no era aquella que se extendía bajo mispiessino la ciudad de mis recuerdosla de mi soñadora fantasíala de misamores de poeta! ¡Era la ciudad orientalla ciudad árabecualquiera que ellafuesellamárase de este o de aquel modo; era el secreto albergue de una razaapartada del mundo; era el misterio de una olvidada historia; era la Granada delsiglo XIV; era Damasco; era Medina; era Ispahan...; era la díscolacivilización mahometanaque no va ya nunca a visitarnos a Europaque quierepasar por muertaque vive escondida y solitaria!... Suelen los vates llamar la desposadadel conquistador a cualquiera ciudad que abre sus puertas al extranjero...¡Imagen exactísima! ¡Ella traduce perfectamente lo que he sentido hoy altocar con la mano la verdadla presenciael ser del orientalismo!

En tanto que mi imaginación viajaba de este modo mis ojos se entretenían enseguir un bando de palomas blancas que revolaba sobre la ciudad. Estrepitosasmúsicasvivas y otras voces resonaban allá abajo en las invisiblescalles; las tímidas aves vagaban en el espaciono sabiendo en dóndeguarecerse. Al fin hicieron lo que suelen hacer los humanos en sus grandestribulaciones: se refugiaron en un templo. El alto alminar de la MezquitaMayor las albergó a todasy allísin recelo de ningún peligroy ajenasal gran tumulto que las había asustadodescansaron de sus temores y de suvuelo.

Al mismo tiempo (y hasta quizá por idéntico motivo) aparecieron en variasazoteas algunas personasque así podían ser hombres como mujeres; pues comounos y otras llevan aquí faldasno era fácil determinar desde tan lejos elsexo de cada figura... Solo puedo decir que todas aquellas personas vestíanjaiques blancos.

Ni una ráfaga de humo empañaba la transparencia del aire azuldonde sedestacaba la limpia silueta de los muros que ciñen a Tetuán conestrechísimo abrazo. Del lado afuera de ellos veíanse huertas y jardinescubiertos ya de verdor y de flores. El Martín corría a poca distanciade la ciudad por la parte del surponiendo en comunicación los dos llanos quehe dicho. Pasado el ríoempezaban a escalonarsehasta perderse en las altasquiebras de arbusta montañamil caseríos medio ocultos en la arboledagraciosos aduares y algunos sembrados. En finla mañana era hermosa; el airesano y ligeroel sol estaba alegre como nosotros; los campos esperaban vestidosde gala la llegada de la primavera; los montes proyectaban largas sombras queconvidaban a la siesta y al placer... ¡Todotodo sonreía en la comarcamenossus antiguos moradores!

La mayor parte de estos huían en tropel por el llano de ponienteo seahacia el Camino de Tángercuya descripción he reservado para loúltimopor lo mismo que sospecho que es la que esperáis con más curiosidad.

¿Cómo no? Tetuánla llanura del Guad-el-Jelúel Serralloel Boquete de Angheralos Castillejos; todo el terreno quehabíamos recorrido hasta hoy se descubre a lo lejos desde los mares; lo ve todoel que pasa por este litoral; está mirando a Europa; espor decirlo asíla fachadapública del Áfricay todo el mundo sabe que de nada se cuidan menos losmoros que de las fachadas. El aliño de todos sus goces es el misterio; la mejorhabitación de sus casasla más oculta; su mujer más preciadala que nadiehaya visto; su más profunda convicción o puro sentimientoel que nuncamanifestaron a nadie. Yo sabía esto de antemanoy de aquí deducía que laverdadera patria de los moros debía de empezar allí donde nunca hubierenpenetrado Miradas infieleso sea en la llanura que principia detrás de Tetuán;llanura que no se descubre desde el Mediterráneoy dondepor consiguientepuede ya gozar el africano de su querida soledadconsiderarse libre y vivirmás en contacto con su almamás cerca de su Dios...

Yen efectoaquella comarca aparecía más poblada y mejor cultivada que elllano de Guad-el-Jelú. Muchas casas de campo (algunas de ellasvistosísimas)aduaresmorabitos y aldeasveíanse esparcidos en los plieguesde las montañas. El Martínserpeaba en medio de huertas y campiñashasta desaparecer por el sur en busca de su origen. Una faja amarilla señalabaen finsobre los verdes pradosel ancho camino del Fondakcamino quese perdía de vista al noroeste por entre dos elevados montes...

Marchando en esta direccióny en confusa y numerosa caravanaalcanzamos avercon ayuda de los anteojosla emigración tetuaní; los restos delejército de Muley-el-Abbas; las ferocescabilas enriquecidas por el saqueo;¡todo aquel mundo que huía espantado ante nosotros!...

Las fuerzas que el general Ríos había enviado en seguimiento de losfugitivos acababan de recibir orden de volverdejando en paz a aquellainfortunada genteen la cual figuraban casi todos los ancianosmujeres yniños de la población mora de Tetuán...; y específico lo de moraporque la población judía ha considerado más prudente quedarse connosotroslos vencedoresque marcharse con los vencidos...

¡Ah! ¡Pobres moros! ¡Cuán interesante y conmovedor era el lejano aspectode aquel puebloreducido de nuevo a la vida nómadaque fue su origen! Lasmujerescon sus pequeñuelos en los brazos; los viejosllevando de la mano losniños; los heridosatados sobre camellos o mulas; los guerrerosconfundidoscon los paisanos desarmados; los caballos de batallacargados de mueblesropasy dineroy los príncipes y los generalescabalgando en medio de sus máshumildes súbditostraían a mi imaginación mil recuerdos de escenassemejantesconsagradas por la historia o por la poesíasiendo de todas ellasla que más vivamente representada veía allíel desamparo de moriscos yjudíos cuando fueron expulsados de España.

No se niegue que hay dignidad y grandeza en este modo de abrazarse a suinfortunio. Los moros han sido vencidosy saben que somos generosos en lavictoria: en nuestra intimación a la plaza les prometíamos respetar sureligiónsus costumbressus mujeressus propiedades...ysin embargoprefieren todo género de trabajosprivaciones y miseriasa la humillación deaceptar su derrota y declararse dominados. Esto es heroicoantiguoclásicopropio de la vieja Roma y de la inmortal Esparta. Hacer ilusorios los triunfosde la fuerza denota gran virtudde que ya se ven raros ejemplos. Para ello espreciso poseer el temple de almaque aún conservan los africanos: es necesariasu profunda y sincera fe religiosa y su sencillez de costumbres. Sólo el pueblorusoretirándose hacia el nortesegún avanzaba Napoleón el Grande por aqueldilatado imperioy quemando sus ciudades para que el conquistador no dominasesino sobre cenizasha dado modernamente en Europa pruebas de un patriotismo tanexaltado como Sagunto y Numancia las dieron en la antigüedad.

En tanto que yo me entregaba a estas fantasmagoríasel general en jefehabía terminado sus observaciones militares cerca de Tetuán. Bajamospuesatravesando de nuevo el cementeriohasta donde nos esperaban loscaballos; montamos con el apresuramiento y el gusto que podéis suponery nosdirigimospor últimoa la ciudadesperando que aún encontraríamos en ellaalgunos moros con quienes trabar amistad y adquirir confianza.



 

- IV - Dentro de Tetuán.

Desde que penetramos por la almenada y artillada puerta de Tetuánofreciéronse a nuestra vista lúgubres señales de los pasados horrores yclaros indicios del tremendo espectáculo que nos aguardaba en el Zoco oplaza principal. La primera calle en que entramos era largadesigual ysombría. Cubríanla espesos emparrados y zarzos de cañasque impedían que elsol bajase a ellay estaba muda y solitariacomo uno de aquellos barriosmalditos de nuestras ciudades del siglo XIVen que no habitaba nadie por miedoa duendes o a los demonios.

Era evidente que aquella calle había sido asiento del comercioa juzgar porlos miles de armariosescaparates y cajones destrozados que se veían por elsueloentre destruidos restos de mercancías. Vajilla rotacristalesquebradosraíces de hierbassemillasmuebles deshechosropas desgarradascofres descerrajadospedazos de alfombrade estera y de pintadas pieles;herramientas de varios oficios; multituden finde objetos inutilizadoscomose ven en el Rastro de Madridformaban altos montonesopor mejordecirobstruían la callehaciendosumamente difícil la marcha de nuestroscaballosque cada vez que sentaban un pie rompían o trillaban con melancólicoestrépito aquellos despojos del saqueoaquellos desperdicios del completobotín que se habían llevado las cabilas...

Por lo demásla estructura de la tal calle y de cada uno de sus edificiosrespondía exactamente a la idea que yo me había forjado de los pueblosárabes.

Las casas no tenían ventanas ni balconessinocuando másalgunasestrechas hendedurascomo aspillerascubiertas de seculares telarañas. A cadapasola vía pública se convertía en amigable cobertizo que ponía por arribaen comunicación las casas de una acera con las de la otra. Todas las puertas sehallaban cerradasy no se veía alma viviente por ninguna parte. Lasdestrozadas tiendas no pertenecían al cuerpo de los edificios adyacentessinoque eran adherencias exteriores por el estilo de nuestros puestos callejeros delibrosy habían sido como arrancadas de cuajo.

Al penetrar en la segunda calletambién llena de tiendas destruidasencontramos al fin un ser humano. Érase un moro viejísimode luenga barbablanca como la nieveadornado con recio turbante y vestido con ancho jaique delana. Estaba sentado a la puerta de una tiendecitaque indudablemente habíasido suyay cuya puerta y armarios veíanse también por el suelo...

Aquel ancianode rostro patriarcaltenía cruzadas las manos sobre lasrodillasy los ojos clavados en tierracomo sumido en la consideración detantos desastres. Nuestra ruidosa marcha no le hizo levantar la cabeza paramirarnosni moverse a fin de evitar que los caballos lo pisasen. Todos locompadecimos al pasar; todos lo contemplamos en silenciomostrándonoslo unos aotros con la manoy él siguió inmóvilindiferenteyerto como una estatuaaguardando yo no sé qué...¡tal vez una muerte que apetecíay que por lomismo no llegaba!...

Más adelante empezaron a aparecérsenos flacas y pálidas mujeres o endeblesy afeminados mancebosvestidos con raros trajes de vivísimos colores. Eranjudíosapostados en los huecos de las puertas y en las esquinas de las callespara saludarnos al paso...

-¡Bien venidos! ¡Viva la Reina de España! ¡Vivan los señores! -gritabanen castellano aquellas gentes; pero con un acento especialenteramente distintodel de todas nuestras provincias.

Ydiciendo asílas mujeres agitaban sus delantalesy los mancebos echabanal aire unos gorrillos negros como solideosque apenas les tapaban lacoronillay unas y otros se metían entre los pies de los caballos parabesarnos las manos o las piernastodo ello con falsa y aduladora sonrisa¡cuando sus ojos estaban marchitos de tanto llorar!...

Lo mismo sus figuras que su actitudy que aquel estudiado alarde de hablarel españolme repugnaron desde luego profundamente... Yo les comparé con elanciano moro que más atrás habíamos encontradoy conocí en seguida laprofunda diferencia que hay entre raza y raza. ¡Cuánta dignidad en el agareno!¡Qué miserable abyección en el israelita!

Al principio creí que aquellas palabras españolas las habían aprendidoayer para lisonjearnos; pero luego recordé que el castellano es elidioma habitual de todos los judíos establecidos en ÁfricaItaliaAlemania yotros países. De cualquier modola alegría que siempre causa oír la lenguapatria en suelo extranjerose eclipsaba hoy al reparar en la vileza de laspersonas extrañas que así se producían... ¡Ycon todoaquello halagabanuestro orgullo de españoles y de cristianosya que no nos ufanase por elmomento! ¡Sin duda recordábamos glorias de nuestra raza y supremacías sobrela hebrea mayores que la toma de Tetuán!

-¡Viva! ¡Viva! -seguían gritando con desentonadas voces aquellaspobres gentes sin patria.

Su número crecía por momentosy la variedad de sus trajes (que yadescribiré) era cada vez más rara y sorprendente...

Las hembras llamabansobre todonuestra atención... ¡Ya veíamos mujeres!Habíalas muy bellas...y chocábanos en particular la precoz pubertad dealgunas muchachasasí como el quetanto estas como otras mozas más formalesy hasta las mujeres hechas y derechasestuviesen casi desnudasespecialmentede la cintura para arriba...

Según he sabido luegotamaña desvergüenza es vicio inveterado de lashebreasllevado hoy a la exageración por las de Tetuánpara afectarsuma pobrezaen virtud de un miedo ruin a que las creyéramos ricas yacabásemos de robarles lo poco quesegún aseguranles han dejado los Morios...Como quieratodas aquellas singularidades eran parte a aumentar el interésartístico y la ardiente curiosidad con que yo había entrado en la ciudadmusulmana...¡yde consiguientemi entusiasmo político no teníalímites!...

Por de prontola raza judía resultaba tal como yo me la había figurado...¡tal como me la habían o negroscruzaban a veces de una casa a otra; lo cualquería decir que la ciudad no estaba completamente vacía de musulmanes.¡Todopuesme ofrecía una larga temporada de observacionesestudios yaventuras!

Entretantoseguíamos marchando hacia el Zoco o plaza principalcuyadistante rumor me hacía comprender que allí nos esperaba el verdadero cuadrode la Toma de Tetuándel que no eran sino episodios las cosas que ibaviendo al paso. Ysin embargo¡qué multitud de escenas interesantísimasdeespectáculos extraordinarios dejábamos atrás!... En cualquiera otra ocasiónellos hubieran bastado a detenerme horas y horas.

Porque todavía no os he dicho quesobre los escombroshallábamos a vecesel cadáver de un moro o de un judíovíctima de la tremenda pasada noche;todavía no os he hablado de los charcos de sangre que veíamos en las puertasde algunas casas; de las huellas de manos ensangrentadas que descubríamos enlas paredesni del rescoldo de recientes incendios que había por doquier.Tampoco he hecho mención de las fuentes públicas que murmuraban bajo losemparradoscomo en los días de paz y bienandanza; de las fachadaselegantísimas por ciertode algunas mezquitasen que apenas teníamos tiempode fijar los ojosy de algunos preciosos patios que distinguíamos al travésde las rotas puertas... Pero ya lo describiré todo en mejor ocasión.

Cerca de la plaza hízome reír y diome que pensar el siguiente diálogoqueacabó de revelarme la historia entera y el carácter de los judíos.

-¡Viva la Reina... inglesa! -exclamó un hebreo de diez o doce añosfingiendo un entusiasmo loco al vernos pasar.

-¡No digas eso! -le advirtió una muchachaopor mejor decirunamujer de su misma edad.

-¡Viva la Reina... francesa! -rectificó entonces el chico conredoblada energía.

-¡Hombreno!... -repuso la jovenllena de miedo.

-¡Viva la Reina... española! -exclamópor últimoel israelitatemblandocomo un azogado.

Pero en esto llegábamos ya a la plaza.

Un ayudante se había adelantado a anunciar la llegada del general en jefeyuna corneta había lanzado dentro del Zoco (12)<notas.htm> el agudo toque de atención. Al tumulto yvocerío que poco antes escuchábamosempezaba a suceder una tregua desilencio... Solo las sonoras pisadas de nuestros caballos se oían ya bajo losarcos de la Calle de la Meca.

Mi corazón latía aceleradamente... En aquel momento no pensaba ya tanto enlo que iba a vercomo en lo que verían los moros y judíos reunidos en el Zoco.Mi imaginación se transportó de nuevo a los antiguos tiemposyconvirtiéndome de actor en espectadorcreía encontrarme en Romael día queentraron en ella las tropas de Carlos V; en Granadacuando la tomaron los ReyesCatólicoso más bien en Jerusaléncuando llegó Tito a cumplir laprofecía...

Penetramospor últimodentro del Zoco.

El general O'Donnell iba delante. A su apariciónprorrumpen las músicas ensolemnes armoníasy mil y mil vivas se unen a los acordes de la Marcha Real.

Algunos batallones del general Ríos están formados en medio de la extensaplaza. Todas las azoteas que la circuyen se ven coronadas de israelitas. Lasaclamaciones de las mujeres resaltan sobre el universal estruendo. Las quejaslos lloroslas súplicaslos discursos de niños y viejosde ancianosmiserables y de jóvenes doncellasforman en torno nuestro una infernalalgarabía que nos aturde y vuelve locos... ¡Qué espectáculo! ¡Qué momento!¡Qué confusión! ¡Qué desorden! ¿Por dónde principiar a pintarlo?

Declaro desde luego que yo no he visto ni espero ver en toda mi vida cuadrotan grandetan imponentetan lleno de animación y poesíacomo el quepretendo copiar en este instante. El género artístico y literario a queperteneceno es ya el clásico que entreví en la carga de caballería del 31de enero; tampoco es el moderno con que Horacio Vernet ha pintado la epopeyanapoleónica; menos aún recuerda el estilo románticoel fantástico o elrealista...¡no!... El espectáculo que tenemos enfrente pertenece a aquellagran pintura mural en que solemos ver representados asuntos como la Degollaciónde los Inocentesel Paso del mar Rojo o el Escándalo deBabilonia; a la pintura de los tapices célebres; a la familia de losfrescos más famosos.

Empezad por imaginaros las masas del pueblono a la manera que hasta ahoralas conocéissino como fueron en la antigüedadcomo se reunían enJerusalén o en la plaza de Atenas. Fingíos a los hombresno con nuestrostrajesrefractarios a la estatuariasino todos con la ropa talar que tantoennoblece a las figuras; no con sombreros de esta o de aquella formasino conla frente descubiertacomo los PericlesAlcibíades y Escipiones; no con lavulgar patilla o el prosaico bigote de nuestros tiempossino con toda la barbaal modomonumental y mitológico; noen finvestidos de negro o de griscomoestamos acostumbrados a ver a nuestras muchedumbressino ostentando los coloresmás vistosos: el amarilloel verdeel rojoel azulel blanco y el violado.Figuraos venerables cabezas de ancianos israelitas verdaderas cabezas depatriarcasllenas de una majestad en que no se descubre la vileza de lospensamientos; rostros de mujeresenvueltos en cándidas tocascomo nos pintana las DalilasRebecas y Saras; decrépitas abuelasmostrando su desnudez entrelos harapos; mancebos esbeltosciñendo luengas túnicas; impúdicas doncellascuyos ligeros y escasos vestidos marcan todas las formas del cuerpoel senolos hombroslos brazoslas caderas y las piernascomo vemos en las antiguasestatuas... Imaginaos todo estodigo; ycuando os lo hayáis imaginadoaunadtodos esos personajesinflamad todas esas cabezasagitad todos esos rostrosdadles la expresión del terrorde la alegríade la admiracióndelsobresalto; las lágrimas falsas o la sonrisa mentidael gesto hipócritalaactitud del ruegoel ademán de la oración o la compostura del verdaderosentimiento... Aquí la virgen ultrajadapálida aún y llorosa; allí la madreque estrecha a un hijo contra su corazónmientras que otros dos o trespequeñuelos se asen a sus faldas; acá el adolescente acobardadoallá laesposa de rostro dulce y enamorados ojosherida en la frente por el bárbaromontañés; en este lado el viejo rabino que reza los salmos del AntiguoTestamento meciéndose como una caña batida por el aire; en aquel otro algúnmahometano sombrío y taciturnoque pasa sin mirar a nadie por entre lasoleadas de la multitud... ¡Formad un grupo inmenso con todas estas figurasydecidme si puede darse cuadro de más vidade mayor interésde tanmaravillosa grandilocuencia!

Pero donde la perspectiva se presenta con caracteres verdaderamenteindescriptibleses desde el arco que da entrada a la Judería... Porallí se descubre una larga calle cuajada de cabezasque se asoman unas sobreotras... Miles de ojos ávidos se fijan en la plaza... Hace siglos que loshebreos viven encerrados en aquel barriode donde les estaba vedado salir engran número y sin formal licencia... Todavía dudan muchos de ellos si loscristianos serán mas tolerantes... Todavía no se atreven a invadir el Zocolugar de honor en que jamás se les permitió esparcirse... ¡Qué espectáculoaquél! ¡Qué gritería en árabeen español y en hebreo! ¡Qué río degente! ¡Qué variedad de colores en los trajes! ¡Qué movimiento! ¡Quédrama! ¡Qué gestos! ¡Qué delirio!

Poco a poco va desembocando en la plaza aquella detenida corrientey lasprimeras escenas habidas con las tropas de Ríos se reproducen con el cuartelgeneral...

-¡Todoseñor! ¡Todo nos lo ha robado el Morio!... -exclamanlastimosamente los hijos de Israel.

-!Mireseñor! ¡Nos han dejado en cueros!...

-¿Por qué no vinisteis ayer mañana?

-¡Nos han saqueado los baúles!...

-¡Nos han matado los padres!...

-¡Nos han maltratado las mujeres!...

-¡Nos han quemado las casas!...

-¡Saúl ha muertoseñor!... ¡El virtuoso Saúlque no hizo daño anadie!...

Y hablando asíhombres y mujeresviejos y niñosnos mostraban susheridaso sus cuerpos desnudoso sus trajes rotosmientras que algunas madreslevantaban a sus hijos sobre la cabezadiciendo con desgarradores gemidos:

-¡Mireseñoral hijo de mis entrañas! ¡Tiene hambre!... ¡No ha comidoen tres días!

Vierais entonces a nuestros oficiales vaciar sus bolsillos en las manos delos judíos; vierais a los judíos pelearse como furias del infierno porarrebatarse las monedas; vierais a los soldados entregar sus fusiles a lasmujeres para abrir el morral y repartir todo su pantoda su galleta¡surancho de dos o tres días!...entre los quejumbrosos hebreos...; vieraisaquella santa y bendita escenaen que los ángeles del cielo debieron de llorarde gozo; en que la caridad cristiana bañó de una alegría divina el semblantede los vencedores; en que los afanados y adustos morosque en escasísimonúmero por allí pasaban en virtud de urgentes asuntosy que aún no sehabían dignado mirarnoslevantaron la frente por primera vez y fijaron lavista en nuestras tropasasombradas de tan noble comportamiento; y en que losjudíoscomparando nuestra benignidadcon la inhumana fiereza de losmusulmanesnos abrazaban y besabangritando medio sinceramediointeresadamente:

-¡Dios os ha traído! ¡Ya era tiempo! ¡Vivan los españoles! ¡Viva laReina del mundo! ¡Viva el general O'Donnell!...

Vierais luego a nuestros noblejones soldadoscrédulos y llorososconsolando a los judíos y a las judíasofreciendo no hacerles daño algunoycobrando tales ofrecimientos con alguna mirada codiciosa dirigida a la desnudezde las doncellas... Vierais a los jefes contemplar extasiados la generosidad delas tropasque se indemnizaban de tantas privaciones y sufrimientos socorriendolas necesidades del prójimo... Vierais tremolar pañuelos y tocas sobre lasazoteashervir la muchedumbre en la plazacombinarse artísticamente millaresde grupos episódicosdignos de los más sabios pinceles; grupos en queformaban primoroso contraste los conquistadores y los conquistados; aquéllosrelucientespardosarmadoscaballeros en briosos trotonesciñendo el durocascoembrazando la robusta lanzallenos de galonescruces y otras insigniasy adornos que entonaban fuertemente sus figurasy éstoshumildesdescubiertala cabezainermesa piecon sus pacíficos trajes talares... Vieraisen fineste lienzo inconmensurablede contornos bíblicospalpitante de realidadalumbrado incesantemente por el soly animado por la gritería y por lasmúsicasy confesaríaiscomo yo confiesoque no hay palabrasque no hayimágenesque no hay elocuencia suficiente en geniohumano para poder dar niremota idea de tan múltiple acciónde tan variada tragediade epopeya tandescomunal y grandiosa.

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Pues aún había de punto el interés de esta escena; aún podía rayar másalto una situación tan culminante... Faltaba la catástrofe final.

Fue el caso que mientras algunos nos hallábamos en la puerta de la juderíaen medio de aquellas masasque no nos cansábamos de mirarrodeados nuestroscaballos por una multitud de desarrapados hebreos que nos referían tremendosepisodios de la pasada nocheel conde de Lucena y su cuartel general habíanpenetrado en la casa del gobernadorsituada al otro extremo de la plaza...

Este edificio es a la vez palacio y castilloy sobre su plataforma habíacañones y pertrechos de guerra. De prontoy cuando más ajenos estábamos ya aciertos temores de que varias veces os he habladoóyese allí una espantosadetonación que estremece a todo Tetuán... Veinte mil alaridos deespanto resuenan al misma tiempo... Una dilatada y espesa humareda tapa la casadel gobernador... La muchedumbre se repliegahuyendo hacia la Judería...Los batallones se precipitan también sobre ella... Los caballos atropellan alos infantes... Los lamentos ensordecen el espacio...

-¡Pólvora! ¡Pólvora! -exclama todo el mundo.

Una segunda detonación y una segunda humareda aumentan la consternacióngeneral...

Yo me acuerdo de mi fatídico sueño... -¡Tetuán va a volar hechocenizas! ¡Nuestras victorias terminarán al fin por un desastre!...

Ni es este el único peligro que nos amenaza. Hay otro más inmediato... ¡Elatropello; la confusión; el tumulto; los caballos que se meten espantados entrelas olas de la muchedumbre; el peligroen finde ser aplastados o ahogados enaquel infierno!...

Yo creo perecer... Pero ¡ah! ¡Bien sabe Dios que no pienso en mí! ¡Sólopienso en que el general en jefe se halla dentro del pavoroso edificio en quesuenan aquellas horribles explosiones!... ¿Qué vale mi vidaqué valen milvidascomparadas con la de nuestro caudillocon la del vencedor de África?

En estopor un claro del humo que rodea la casa del gobernadorveo algeneral O'Donnell atravesar corriendo la plataformacomo quien huye deincontrastable riesgo... Otros generales y jefes del cuartel general correntambién en varias direcciones por las azoteas inmediatas...

El terror obscurece mi vista... Y ya creo ver vacilar la casa... ya creo verhundirse sus paredessepultando a nuestro general y a su comitiva... ¡Morir!¡Morir tantos héroes en el momento del triunfo! ¡Ahbárbaros marroquíes!¡Desventurada España!...

-¡No es nada! ¡No es nada! ¡No correr! -gritan en este momento muchasvoces desde el lugar de la catástrofe.

Y vemos aparecer en la puerta de la casa del gobernador al general O'Donnellseguido de su cuartel general.

La explicación de aquel pánico cunde entonces rapidísimamente. Ha ardidouna cantidad insignificante de pólvora. El conflicto ha sido casual. Los morosno han tenido parte alguna en él. En la casa del gobernador había habidodurante la guerra un almacén de municiones. Ayeral escapar Muley-el-Abbasselas llevó consigo; pero la operación se hizo tan de prisaque el suelo quedóregado de pólvora. Un soldado nuestro tiró sobre ella inadvertidamente uncigarro encendidoy he aquí el origen de tan alarmante acontecimiento.

De él han resultado gravemente quemadas dos o tres personasy muchas otrasheridas y contusasa causa del tropel que se movió en la plaza. Pero ¿qué esesto en comparación de lo que hemos temido?

Pasado aquel momento de angustiaprocediose al alojamiento de la guarniciónde Tetuány nosotroslos poetas de oficionos desparramamos por las callesen busca de nuevas emociones y extraordinarias aventuras.



 

- V - Primer paseo por Tetuán. -Cristianosmoros y judíos. -Elnegro de mi sueño. -Hospitalidad hebrea.

Antes de entrar a referir los mil curiosos datos que he recogido y lasperegrinas escenas que he presenciado durante mi primer paseo por esta rarísimaciudadjuzgo conveniente y hasta necesario dar una ligera idea de su conjuntoempezando por advertir que mi opinión acerca de Tetuán no es la de lamayoría de mis compañeros de armas. La generalidad de los individuos delejércitoincluso jefes y oficialesestán desencantados desde que han vistode cerca a la odalisca que tanto habían adorado desde lejos... ¡Yoencambioestoy más enamorado de ella que nunca!

A todos nos sobra la razóny la diferencia de nuestras opiniones en queconsideramos la ciudad por diferente prisma.

Sus detractorescomparándola con los pueblos europeosechan de menos enella una porción de cosas que real y verdaderamente no tiene. «Tetuán(dicen) es peor que la última ciudad de España. Sus calles son suciasirregularestortuosas y estrechas; están completamente desempedradasy notienen acerasalcantarillasnombre ni numeración. El aspecto de sus casastotalmente desprovistas de balconeses pobrísimo y miserable. Apenas se veentre ellas un edificio que merezca llamarse tal. Aquí no hay monumentosnipaseos públicosni teatrosni fondasni cafésni casinosni mercados. Lapolicía urbana no se ha imaginado siquiera. De noche no hay alumbrado niserenos. ¡Esto es horrible! ¡Esto es detestable! ¡Aquí no se puede vivir!¡Un pueblo de la Mancha ofrece más comodidades y recursos!...»

Todo esto es verdad; ypor lo mismo que lo esencuentro yo a Tetuándeliciosocuriosísimoinmejorable... ¡Si poseyera todos los encantoseuropeos que le faltansería para mí una de tantas ciudades como he visto eneste mundo y como habría podido versin necesidad de venir a África! ¡Paracalles tiradas a cordelsoberbios edificiossuntuosos teatroslindos paseosbuenas fondas y excelente policíaahí están París y LondresMarsella yBurdeosCádiz y SevillaMálagaBilbao y Barcelonay mil y mil otrascapitales! El mérito de Tetuán consiste precisamente en no parecerse aninguna de ellas. ¡Desgraciado de mí si me las recordase en cualquier modo!¡Adiósentoncesmis ensueños africanos! ¡Adiós arte! !Adiós poesía!¡Adiós originalidad! ¡Adiós orientalismo! ¡Adiós todo lo que he venido abuscar en esta tierra!

Comprenderéispor lo ya dichoque yo no considero a Tetuán utilitariamentesino con ojos de poeta o de artista. Tetuánes lo que debía serloque yo deseaba que fuera: una ciudad completamente árabe; un pueblo diferenteen todo de los de Europa; un nido de moros; una resurrección de la antiguaGranada. La forma de sus callesla disposición de sus casastodo lo queencierra y aquello mismo de que carecerevelan la índolela historia y lascostumbres de sus moradores. Solamente los islamitas pudieran hallarse bienavenidos en una ciudad semejante: las preocupaciones de su espíritu y losafectos de su corazón se ven retratados en los menores accidentes de cadabarriode cada viviendade cada aposentoasí como en el aspecto general dela población en conjunto.

El moro desconoce o desprecia todos los goces sociales; es individualista;ama la soledad del campo y la del hogary pasa su vida entregado a sus propiospensamientossin cuidarse para nada de los del vecino. Por eso no decora conbalcones buenos ni malos la fachada de su querido albergue; por eso hacepequeña la puerta y la sitúa en el lugar más escondido; por eso no repara enel estado de las calles ni se afana en construir puntos de reunióntales comoteatros y paseosni tan siquiera boulevards en que perder el tiempoconversando con sus amigos. Para él la calle es el camino de su casay nuncasale a ella sino para trasladarse de un lugar a otro. Procura que esta calle seaestrecha y retorcidaa fin de que esté fresca y llena de sombra durante losperdurables días de veranoy con este mismo objeto prodiga en ellas lasbóvedas y los cobertizos. Las autoridadespor su parteno piensan tampoco enel interés comúnni se les ha ocurrido que exista tal comunidad.Preocúpansesíde los actos de este o de aquel individuo; mézclanse en susnegocios (acaso más de lo justo); fiscalizan sus operacionesy hastaintervienen su particular hacienda; pero jamás les pasa por la imaginación laidea de adoptar ninguna medida de utilidad públicaya higiénicaya deornatoya de vigilancia general. De aquí el que no haya alumbrado ni otrasmuchas cosas. El que necesita luz de nochela llevay el que no la tienemarcha a obscuras: ni más ni menos que hace veinte años acontecía en muchasilustres ciudades españolas. En cuanto a seguridad personalcada uno cuida dela suyay Dios de la de todos. Resumiendo: la calle no tiene existenciaoficial; el vivir unos cerca de otros no causa estado; la vecindad noimprime carácter; la población no es una sociedades una muchedumbrey todo ellomás que una ciudades un Campamento donde losacampados viven mutuamente de incógnito.

Los únicos sitios públicos de Tetuánson las mezquitasyconsecuencia de esto es que sus fachadas sean ostentosas y que sus grandes ylabradas puertas estén en lugar visible y despejado. Peroen cuanto a lascasasfuera imposible discernir dónde concluye una ni principia otra. Elexterior de cada manzana forma una pared desigual y tortuosaque se prolongacomo una muralla. De trecho en trechoy siempre a bastante alturavense unasrendijas muy parecidas a las aspilleras de un fuerte. Son las únicas ventanasque miran a la calle. Apenas cabe una mano por ellasymás que para dar aireo luz a las habitacionessirven de acechaderoa los recelosos marroquíes.Cuanto más lujosa y bella es una casa por dentrotanto más pobre es suentrada y más deforme e insignificante su frente. Asípuesnunca sabe uno siel edificio que tiene delante es un miserable tugurioo un magnífico palaciocuyas labradas estanciasfrescos patios y sombríos cenadores constituyanverdaderas maravillas del arte.

De todo esto se deduce que los moros hacen amable únicamente la remotaperspectiva de su ciudad y el interior de sus hogareslo cual explica tambiénsu carácter y sus inclinaciones. Amantes de los placeres domésticosde lasfelicidades solitarias y silenciosassitúan sus pueblos en distintos parajes ylos blanquean cuidadosamentea fin de que les sonrían desde lejosde que losatraigande que les recuerden las dulzuras de su harén o de su baño; y unavez dentro de la ciudadno encuentran en ella nada que les halagueque losentretengaque les ofrezca comodidad ni repososino el interior de sualberguesu mansión ocultasu blanco y amoroso nido.

Haysin embargodentro de Tetuán una excepción que hacer en todolo enunciado. Aludo al Fondakpequeñísima plazoleta cubierta por unagran parray en la que ciertos Argelinos han establecido la moda de los caféstan renombrados de su tierra... Ya iré yo por allí a hacerles compañíaydescribiré minuciosamente ciertas escenas (interrumpidas hoy)cuyos pormenoresme ha hecho entrever el judío que me sirve a la vez de cicerone y deintérpretey de quien también hablaremos a su debido tiempo.

En toda la ciudad (que es bastante grande y muy apiñaday quesegún medicenha llegado a contener hasta cincuenta mil habitantes) solo hay dosplazas: la Mayor o el Zocode que ya hemos habladola cual es unextenso y no muy perfecto cuadrilongoy la plaza Viejade formairregularque da entrada a la Alcaicería.

La Alcaicería (bien lo dice su nombre) es un barrio cerrado en queestáopor mejor decirestaba el comercio principal de la población.Cúbrela un espeso toldo de zarzos de cañasy comprende más de trescientastiendasdestrozadas y saqueadas todasprimero por las cabilasy después porlos judíos. Estas tiendascomo todas las de Tetuánson una especie dealacenas embutidas en la pareddentro de las cuales se sentaba el mercadersobre las piernas cruzadasteniendo al alcance de la mano todas susmercancías... ¡Y yo no los he visto así!... Pero el judío me asegura quellegaré a verlos.

En muchos parajes de la ciudad hay fuentes públicasnada monumentalesqueconsisten en caños de agua cayendo en pilones de piedra. Con todofin blando ymonótono murmullo presta un encanto particular a las silenciosas y entoldadascalles...

En resumenTetuán tiene sobre otras muchas capitales que le excedenen lujo y en bellezael privilegio de hablar al alma del viajerode contarlesu historiade hacerle comprender a primera vista el genio y naturaleza de susmoradores. Cierto es que carece de grandiosos monumentos por el estilo delAcueducto de Segovia o del Coliseo de Romaque inspiren al alma la gravemelancolía de lo pasadohaciéndole ver la huella del hombre antiguosobreviviendo a imperiosrazas y civilizaciones... Peroen cambiomuestra laobra del tiempo: no lo que el tiempo destruyósino lo que ha creado; no edadesdesvanecidassino edades condensadassuperpuestasfósilescomo vemos; enlos cortes geológicos que se hacen en las montañas...

Y es que en estos pueblos islamitastan indiferentes al progresotanenemigos de toda variaciónnada cambia de formanada se altera ni modifica.Un siglo no corrige a otro; jamás se derriba lo construido: nunca se atreve lamano del hombre a la fatalidad consumada de las cosas. Amontónansepueshechos sobre hechosvidas sobre vidaspavesas sobre pavesaspolvo sobrepolvo. Es decirque lo muerto no se entierra; que la mugre no se barre; que loque nace vive adherido a lo que ya pereció; quelevantando una y otra capa decenizase encontrarían aún las raíces del primitivo Tetuán; que lahumanidad aquí no debe ser representada por aquella vívida y simbólicaserpiente que muda su piel de tiempo en tiemposino una especie de banco demoluscoscuyas partículas están todas animadaspero cuya suma es un póliposin vida.

Ahí tenéis la ciudad de Tetuán considerada en globo y por fuera. Siahora fijamos rápidamente la vista en lo interior de sus casasencontraréisalgunas comprobaciones de todo lo que llevo asentado.

Las casas de Tetuán recuerdan en su mayor parte las de Andalucía. Suplanta y disposición son completamente idénticas. El centro del edificio loocupa el patiodando luz a casi todas las habitaciones. En medio de él hay unafuentey en torno de esta cuatro cenadoresformados por arcos o por columnas.Largas cortinas aíslan aveces uno o dos de estos cenadoresconvirtiéndolos endormitorios de verano. En el piso superior hay cuatro corredorestambiéndescubiertosy con barandas que dan al mismo patio. El lujo de las casasprincipales consistesobre todoen las puertasen las ventanas interiores yen los techoslabrados exquisitamente con madera de varios coloresasí comoen los alicatados y mosaicos de que están revestidos los suelosel tercio bajode las paredes y los peldaños de las escaleras. Es muy frecuente que lasgrandes estanciassobre todo las destinadas a las mujeresreciban la luz porel techo y se dividan en dos partesmediante una arcada o rompimiento degraciosos arcos de herradura. La parte anterioro más próxima a la entradatiene pocos muebles. Desde los arcos para allá el piso forma un estradoal quese sube por un escalón o dosy allí está el diváncompuesto de millujosos colchoncilloscojinesmantas y almohadonesque constituyen unvastísimo lecho. Desde la mitad de la pared hasta el suelo pendealrededor dela habitaciónuna cortina de seda de coloresmientras que finísimas esterasde junco o ricos tapices de lana cubren el reluciente pavimento.

La mayor parte de las casas (aquí como en todo el universo) son pobres;quiero decirque la gente acomodada está en minoría. Ya haremos detenidamentevisitas especialesy entraremos en pormenores más prolijos. Ahoraparaconcluir con las interioridades de Tetuán que he podido ver en mi primerpaseodiré que sus viviendas tampoco han defraudado mis esperanzas. Losmuebleslas cortinaslas alfombraslas alacenasla vajillatodo lo que heexaminadoes auténtico y artístico; tiene un carácter oriental sumamentemarcado; está lleno de inscripciones y alegóricas figuras geométricasycorresponde perfectamente a todos los objetos moriscos que se conservan ennuestra Españacomo restos de la prolongada dominación agarena. El artepueslos oficioslas costumbrestodo lo que se refiere a la vida de losmorossigue en aquel statu quo que constituye la esencia de sucivilización. ¡Nada ha variado! ¡Nada ha progresado! ¡Nada ha cambiadonien la materia ni en la forma! Visitar a Tetuán equivale a ver a Córdobaen el siglo XIII.

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Paso ahora a hablaros de algunas observaciones episódicas que hehecho hoy en la ciudadademás de las generales que acabáis de leer.

Empiezo consolándoos hasta cierto punto acerca de la suerte que ha cabido alos judíos con motivo del saqueo de Tetuán. Dígoloporque al ver estatarde entrar en la Judería un cordón interminable de hebreostodoscargados de ropasmueblesmaderossacos de harinavidriadopuertasverjasde hierro y otras mil cosasmientras que salía del mismo barrio otro cordónde hebreos con las manos vacías y al oír a unos y a otros gritar con monótonoacentocomo quien repite maquinalmente un estribillo: «¡Todotodo nos lohan robado los Morios! Señordéjeme pasar... ¡Todo nos lo han robado!»no hemos podido menos de preguntarnos: «¿De dónde procederán todos estosefectos que entran en la Judería? ¿Poseían algo los hebreos fuera desu barrio?» Y hemos caído en la cuenta de que los judíos están robando desdeanoche a los moros ausentes de Tetuány completando el destrozo de lastiendas de la Alcaicería y de la calle de la Mecacomo desquite de loque las cabilas robaron ayer en la Judería.

Por lo demása poco que se medite en la actitud respectiva de las tresfamilias históricas que acaban de reunirse en esta ciudadresultará que loscristianos tienen por qué enorgullecerse y dar gracias a Diosque tan grandeslos ha hecho en comparación de los musulmanes e israelitas. Aquí se haverificado hoy una solemne entrevista de los tres pueblos bíblicoscual si sehubiesen citado a través de los tiempos para darse cuenta de la eficacia de susprincipios religiosos y de la dignidad que cada uno ha alcanzado sobre latierra. Aquí se ve hoy a la Religión madre y a sus dos descendientes; alpueblo testador y a sus dos herederos; al viejo Abraham y a sus hijos Isaac eIsmael...y el resultado de la comparación es el siguiente:

El decrépito hebraísmo arrastra una vida nulaparásitamiserable;adheridopor decirlo asíal más réprobovicioso de sus hijosal que másse ha apartado del espíritu y la letra del Antiguo Testamentoal mahometismoen finque parte con él la inhabilitación socialy quecomo élestáproscrito de la historiaen cuya marcha ni el uno ni el otro tendrán yainfluencia alguna.

Esto lo sabe el musulmány en la rabia de su impotenciaen sumisantrópico aburrimientovuelve su ira y su desprecio contra el judíomásabyecto aún que élmás inútil y menguado. No de otro modoel hijopervertido por una mala educación hace responsables a sus indignos padres detodas las desgracias que sufree iniquidades que comete.

Ahora bienal hallarse de nuevo los israelitas enfrente de su otro hijodelbuenodel nobledel amigo de Diosdel Joséque tanto ha trabajadopor la verdad y la virtudno pueden menos de ufanarse de haber engendrado tanilustre vástago; cuéntanle las amarguras que han padecido bajo la tutela deaquel monstruo parricida que en mal hora concibieron las entrañas de Agarydemandan al justo protección y amparoinvocando sórdida y cínicamente ellazo de consanguinidad que unía a los apóstoles con los deicidas.

El cristianopor su parteavergüénzase al ver el grado de vileza a que hadescendido el que le dio vida y cuna; respétaloa pesar de todo; cumple susdeberes filialesbien que sin entusiasmo; castiga severamente al pérfidohermanastroal bárbaro agareno; ypor resultas de tanta desdicha como hallaen uno y en otro pueblosiente fortificarse dentro de su corazón la fe deCristo.

¡Ohsí! El espectáculo que ofrecen mahometanos y hebreos es la pruebamás evidente que pudiera alegarse de las excelencias de nuestra religióndelos grandes bienes que ha reportado a la humanidadde la obra de redención quecumple hace diecinueve siglos. La dignidad humanaya se considere en elindividuoya en la sociedadsolo puede alcanzarse bajo los auspicios delEvangelio. Por desconocer sus doctrinasvive el moro sometido a la tiranía dela fuerza brutaentregado al capricho de poderes arbitrariossin noción desus derechosen el solitario abandono de un individualismo salvaje. Por habercerrado sus ojos a la misma Luzvive el judío proscrito y desheredadosinpatria ni banderaen grupos accidentales que nunca constituirán un puebloenaquella perpetua menor edad que relegan nuestras leyes al decrépitoincapacitadoal criminal infameal pródigo y al demente.

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Conque vamos a otra observación episódica.

Al pasar esta tarde por una calle próxima al Zocome llamó laatención un agitado grupo de soldados y judíos que había cerca de una puertay lleguéme a averiguar qué sucedía...

El centro de todas las miradas era un negro enorme (casi un gigante)de unostreinta años de edadobscurorecio y fornido como una encina carbonizadavestido de blancono sin cierto lujoy ornada la cabeza con una corona deconchas amarillasde la cual le caía por cada lado de la cara una sarta de lamisma materia.

Hallábase sentado en el tranco de la puertainmóvil y calladomirandofijamente al concurso con unos ojos de leónen que no sé yo todavía qué eramás horriblesi las pupilasbañadas de siniestra y rutilante luzo loblanco del globoinyectado de un tinte sanguinolento.

Aquella puerta daba entrada a cierta casilla de una sola estanciaobscuracomo la cueva de un demonio.

El negro tenía apoyada la cara en ambas manosy sus brazosadornados conpulseras de orodescansaban indolentemente sobre sus robustas rodillas.

Nuestros soldados le lanzaban miradas amenazadoras; le enseñaban el puñoyle dirigían enérgicos apóstrofes.

Él permanecía indiferentemirandolos de hito en hitocon la boca cerradade la manera que la cierran los negrosesto escomo si sus gruesos y salienteslabios estuviesen pegados o cosidos el uno al otro.

Finalmentedos centinelas nuestros custodiaban al corpulento africanocuyatranquilidad desdeñosa imponía no sé qué terror o superstición.

-¿Qué casta de animal es este? -le pregunté a un soldado.

-¡Cómo! ¿No sabe usted? -me respondió aquel compañero-. ¡Este bribónpensaba pegarle fuego a Tetuán y hacernos saltar a todos por el aire!Ahora poco íbamos con el general Ríos reconociendo todos los sitios en que losjudíos nos indicaban que podía haber pólvoracuandoal llegar a esta cama(que ahídonde usted la vees un polvorín)encontramos la puerta cerradapor dentro... Llamamosy ni respondía nadieni nos abrían. Entonces forzamosla puerta a culatazose íbamos a entrarcuando se nos pone delante esteLuciferarmado de una gran pistola y de una gumíay decidido a estorbarnos elpaso. La pistola le dio falta; peroantes de que pudiéramos apoderarnos deélya había herido levemente con la gumía a dos de mis amigos. Al fin loatrapamosy vimos que vivía aquí en amable compañía de algunos quintales depólvora. Sin duda tenía encargo de incendiarla cuando nosotros entráramos enla ciudadyo no se ha atrevido a hacerloo no había creído llegado elmomento oportuno!...

-¿Qué dijo cuando le prendisteis?

-¡Nada! ¡Sentarse como usted le ve y mirarnos a la cara con la mayorfrescura!

-¿Y se sabe quién es?

-A este negro -respondió un judío- lo he visto yo muchas veces en Tetuáncuando venían comisiones de Fez. Era esclavo del difunto Emperador...

Miré entonces con mayor atención a aquel ser espantosocuya existenciahabía yo adivinadosegún sabéiscuando temía que los moros volasen a Tetuánel día de nuestra entrada...y causome verdadero espanto su fisonomía.Tenía la frente aplastada como las panteras. Dos rayasque yo había tomado alprincipio por arrugasatravesaban sus mejillas: eran dos largas cicatricessimétricamente trazadas; lo cual quería decir que habían sido causadas adredey por vía de adorno. Su nariz deprimidaque aquellas dos señales hacíanaparecer mucho más anchatapaba casi completamente unos bigotes colgantes deun negro tan intenso que rayaba en azul. Llevaba un gran anillo de plata con unainscripcióny debajo del jaiqueque era de lana blanquecinavestía unropaje de seda verde con bordados de oro y de colores. ¡Estaba horrible hastarayar en la sublimidad!

Por graduar el temple de su espíritumirelo mucho rato con expresión demofa y de furor...

Él sostuvo al principio aquella mirada sin pestañear; pero luego volviólos ojos a otra parte con soberano desdén.

Entoncesdeseando irritarlollevé una mano a la empuñadura de mi espaday con la otra hice la demostración de cortarle la cabeza.

Sus cárdenos labios palidecieronponiéndose de color de lila; luego losdespegó lentamenteanimados por una sonrisa bárbaray dejome ver unosdientes blancos y apretados que relucieron como el marfil bruñido.

-¡Dile -apunté a un judío- que dentro de una hora le habremos cortado lacabeza!

Pero el negro entendía sin duda el español pues antes de que el hebreorepitiese en árabe mis palabrasya había cerrado el puño y descargado conél un fuerte golpe sobre la pared más inmediata.

Aquel movimiento y el gesto con que lo acompañósolo podían traducirse deeste modo.

«-¡Mi corazón es tan duro como esta pared!... ¡Conque no pretendasasustarme!»

O bien:

«-Cuando me estéis cortando la cabezamis labios no revelarán palabras nise quejaránsino que permanecerán tan mudos como esta pared.»

Luego se tranquilizótornó a su posturay ya no conseguí que volviera amirarme.

Inútil creo decir que aquel hombremás bien que odiome causabaadmiracióny queal tiempo de abandonarlolo adoraba como a un verdaderohéroe.

Por lo demássu vida no corre peligro alguno; y si he tenido la crueldad dehacerle temer otra cosa¡peor hizo élapareciéndoseme en sueñoscon lamecha en la manocuando no tenía yo aún la honra de conocerle!...

A estas horas está ya en libertad.

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A propósito de pólvorapasan de setenta quintales los que hasta ahora sehan encontrado en Tetuánasí como unos dos mil proyectiles dediferentes calibres y setenta y ocho cañones y morteroscasi todosantiquísimos... Cada una de estas piezas tiene una inscripción que indica suprocedencia. Las hay regaladas a los emperadores de Marruecos por variossoberanos de Europaasí del mediodía como del apartado norte. Las haytambién apresadas en las famosas piraterías de los antiguos tetuaníes. Lashaypor último (y estas han sido las que más me han interesado)tomadas alos portugueses en el llano de Alcazarkibir el día de la rota del heroico D.Sebastián.

Ninguna historia más elocuente pudiera escribirse del pasado poder de esteimperio y del terror que ha infundido a todos los pueblos marítimosquesemejante crónica de broncetributo rendido a los sultanes moros (ora degradoora por fuerza; ya para derramar su iraya siendo víctimas de ella) porlas primeras potencias del mundo. Entre los cañones que hemos cogido los hayespañolesfrancesesinglesesaustriacosgriegosdinamarqueses y belgas.

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Son las cuatro y media de la tardey estoy fatigadísimo de tanto como heandadovisto y sentidoy también de tanto borronear papelen esteinolvidable 6 de febrero. Me voy en busca de mi alojamientosituado enla Judería. Allí descansarési me lo permiten (que no me lopermitirán) las muchas cosas nuevas que hallaré también en aquel barrio.

Hasta luegopues... Pero antes de marcharmequiero daros idea de las callesmoras en que he escrito estos últimos apuntesora sentándome en el tranco detal o cual puertaora apoyando contra la pared mi libro de memorias...

Hállome en un apartado barrio de la ciudadal cual no llega el estruendomilitar de los conquistadores. Mi cicerone judío me ha conducido hastaaquíy él me sacará de este laberintopor la cuenta que le tiene... Estebarrio escomo si dijéramosel Faubourg Saint-German de la poblaciónmoradonde viven los tetuaníes; más acomodados. Ni un alma transita por lascalles... Todas las casas están cerradas... Me encuentropuesenteramentesolodado que el vil judío no me serviría de nada en caso de apuro.

A veces oigo sordos pasos detrás de algunas puertasy lamentos de niñosunidos al rumor del agua que fluye en ocultas fuentesy voces ahogadas por elterroro por la prudenciao por la asechanza... Indudablementeen casi todasestas viviendas hay moros ocultos... ¡Quizá me espían muchas miradas altravés de las aspilleras que dan luz a sus apartadas habitaciones! ¡Quizáhago mal en permanecer tanto tiempo en este solitario paraje!

El saqueo no ha llegado hasta aquí. Los tímidos judíos no se hubieranatrevido así como quiera a penetrar en calles tan intrincadascuyo sosiegoparece la máscara de mil peligros...

Aunquecomo he dichosolo son las cuatro y media de la tardelos pasadizosembovedados empiezan a llenarse de sombra... Jacob (así se llama mi cicerone)está pálido y trémulo en medio de la callecon el oído al vientocomociervo asustado en un monte lleno de cazadores. No se atreve a decirme quedebemos marcharnos; pero su inquietudsu angustiosa miradafija en mi revólvery el sudor que le baña el rostrohablan con mayor elocuencia que pudieranhacerlo sus descoloridos labios.

Decidopuesmarcharmeprometiéndome volver por aquí mañana mismo.¡Esos niños que lloran detrás de las puertas me han llenado de interés y decuriosidad!

Nuestros pasos turban de nuevo el silencio de estos melancólicos sitiosyapenas hemos andado un pocosentimos abrirse cautelosamente algunas puertas anuestra espalda...

Jacob anda cada vez más de prisapegado a la paredy arrastra sus babuchasamarillas con tal arteque casi no suenan... ¡Y lo peor de todo es que esteinfame judío me ha pegado el miedoy que yo tampoco vuelvo la cabeza para verquién se asoma a aquellas puertas que se abren después que pasamosnosotros!...

Empezamos al fin a encontrar algunas comparsas de soldados nuestrosacompañados de judíosque vienen a recorrer otros barrios de la ciudad...Jacob respiray yo me avergüenzo de mi debilidad.

Llegamospor últimoal Zocodonde aún es día claro y hierveparte de la muchedumbre que dejé en él... Jacob recobra la sonrisa y lapalabra.

-¿Adónde va el señor? -me preguntapuesresplandeciente de felicidadalver que se ha ganado la propina sin detrimento de sus espaldas...

Yo le respondo con cierto énfasis:

-A mi alojamiento; a la Judería; a casa de Abraham.

Jacob (¡qué grandes nombres para tan pequeños seres!) emprende gustoso elcamino de la Juderíaen la cual entra delante de mísaludandoufanamente a sus correligionarioscomo si les dijera:

-¡Ya veis que me ha caído un gran negocio! En el bolsillo de esta personaque acompaño haypor lo menosuna moneda de plata que va a pasar a mi poderdentro de un instante. ¡Yo os la enseñaré esta nochepara que envidiéis mifortuna!...

Yvolviéndose hacia míexclama:

-¡Aquí no hay ya nada que temer!... Por la Judería se puede andar atodas horas sin peligro alguno... Los hebreos son una buena gente que no se metecon nadie.

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A las diez de la noche.

La Judería se diferencia de la ciudad mora en que sus calles sonrectas y en que las casas tienen ventanas y hasta balcones. Por lo demássuconjunto es tan pobre y desaseado como el resto de la población.

Haysin embargomuchas casas perfectamente construidas... por dentroyadornadas con bastante lujo. El mueblaje esgeneralmentea la antiguaespañola; pero refleja en varios accidentes los usos y costumbres de losmoros. En las viviendas más principales se ven muebles modernostraídos deGibraltarcomo butacasmesas de juegocamas doradassofás de muellesetcéteraetc. Los judíosa fuer de avarosson pródigos consigo mismosyno se escatiman las ropas de gran precioni las joyasni nada de lo que tengavalor seguro en venta. Es indudable que las cabilas han hecho grandes estragosen las más lujosas casas (cuyas puertas están destrozadasy cuyos muebles yropas se ven aún revueltos en patios y portales); pero ¿creéis vosotros quelos judíos habrían dejado en sitio donde pudieran ser halladassus arcasllenas de dinerosus alhajas y los trajes de gala de sus mujerestansuntuososque (al decir de ellos mismos) no habrían dado algunas sayas por20.000 realesni algunas tocas por 2.000 duros? ¿Se puede concebir en loshebreos tamaña imprevisión cuando el enemigo llamaba a las puertas de Tetuány la población morisca se amotinaba en calles y plazas? ¡De ninguna manera!

Sin embargodesde que entré en la Judería no he dejado de oír lasquejas y lamentaciones que nos recibieron por la mañana en el Zoco. Lasmujereslos ancianoshasta los niñosme cogían de la ropa y me metían ensus casas para que viera «los destrozos causados por los Morios»...

Yo me dejaba llevar...no porque dejase de ofenderme aquella estratégicaconfianza de que me daban muestras a fin de que yo no los robase también...sino por estudiar la raza y la familia israelitaspor enterarme de suscostumbres privadasy (seré completamente franco) por solazarme en lacontemplación de gentiles talles y de lánguidos ojos negros. Es decirque siyo no era un ladrón de la especie que temían los judíoslo era de otra nomenos gravebien que a aquellos viles no les doliese en tal momento el quemientras ellos me referían sus penasmi hambrienta mirada pirateasecínicamente en la hermosura de sus mujeres y de sus hijas.

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Allá va ahoracomo muestrala copia fiel de uno de los cuadros domésticosque he contemplado a mi sabor esta tarde...

Érase una casa de buen porte. En la puerta había un ancho boquete abierto ahachazos (por las cabilaso por el propio dueño de la casa)hacia la parte dela cerradura. Pasado un estrecho corredorhallábase el patiocubierto porarriba con fortísima reja de hierro. Sólidas pilastras revestidas de losetasblancas y azules sostenían ocho arcos estalactíticosen que se apoyaba elcorredor del piso alto. El suelo y la escalera eran también de losetas decoloresbrillantes a la sazón como espejospor estar recién lavadas. De dosgrifos de bronce caían sobre pilones de mármol recios caños de aguacuyoalegre rumor esparcía deleitosos ecos por los solitarios cenadores. En el fondodel patiouna larga cortina de seda negra y rojarecogida por una puntadejaba ver un arcoigual en todo a los de la sinagoga de Santa María laBlanca de Toledoel cual servía de jambas y de dintel a una enorme y bienlabrada puertacuyos pequeñísimos tableros estaban pintados de vivos colores.De esta puerta sólo había abierto un postigoy por él se entraba en una salamuy ampliaque recibía la luz a través de un rosetón arábigocalado sobreel recio muroallá cerca del rico techo de madera.

Acompañábame el amo de la casahombre de unos cuarenta añosgruesolimpiohermosocuanto puede serlo un israelitay de modales sumamentecorteses.

-¡Entre ustedseñor; y verá espantos!... -me había dichoal verme pasarpor delante de su casa.

Yuna vez en presencia de su familiaque se encontraba reunida en aquellasala bajadoblando ropas y metiéndolas en unos grandes baúles descerrajadosañadió políticamente:

-Aquí tiene usted a mis padresa los padres de mi mujera mi esposaa misdiez hijosa mis dos yernosy a mis tres nietos.

-¡Bien venidoseñorbien venido! -exclamó toda aquella tribu conplañidero acentofingiendo varias especies de sonrisas y mirando fijamente aldueño de la casacomo preguntándole qué clase de visita era yo; si teníanalgo que temer por sus personaso sien fuerza de lo anormal de lascircunstanciasiba a costarles mi presencia algún dispendioaunque no fuesemás que una onzapalabra con que designan ellos cierta moneda de cobremás pequeña que un ochavo.

Los ojos del interrogado (que se llamaba nada menos que Moisés) debieron detranquilizarles completamente... ¡Tal vez aquel hombre deseaba tener algún alojadopara que su vivienda fuera respetada por el resto de los invasores!

Ello es que toda la familia volvió a decirme.:

-¡Bien venido! ¡Viva la reina de España!

Yo les supliqué que no se movieran; pretexté hallarme muy cansadoy mesenté en una silla que tenía por adorno una lámina del Quijote pintadaen el respaldo.

La mujer de Moisés empezó entonces a hacerme prolijas descripcionesdel saqueo de la noche pasaday yofingiendo que la oía y que la creíameentregué a mis propios estudios.

La señora de Moisés frisaría en los treinta y ocho años; habríasido bellapero hallábase ya marchita al modo de las flores que crecen enparajes húmedos. Sus ojos mustios y carnes deslavazadas revelaban unaexistencia pasada a la sombraen aquel patiomojado continuamente. Como todaslas hebreas casadasllevaba sobre el pelo una especie de peluca de seda negraque caía en pabellón muy alisado por los dos lados de su cara. Larga tocaceleste rodeaba su cabezaluego su cuelloypor últimosu cintura. Vestíauna saya morada muy angosta y un corpiño encarnado que dejaba descubrir susbrazossus hombros y casi todo su ajado seno. Estaba descalza de pie y piernacomo sus cuatro hijasycomo las citadashallábase sentada sobre unaalfombraque habría sido de gran precio cuando nueva.

Los hombres vestían pantalonesopor mejor decircalzoncillos blancos.Tampoco llevaban medias; pero siquiera ellos calzaban babuchas rojas oamarillas. Dos túnicas cubrían su cuerpo: la de debajo blancamuy bordada ycerrada por el pechoy la de encima de merino castañoo pajizoabierta pordelante y recamada de labores de seda negracomo los dormanes andaluces. Estasdos túnicas les llegarían poco más abajo de la rodillay las llevabanceñidas a la cintura con fajas de vivos colores. Los ancianos (los padres delos amos de la casa) se diferenciaban de los demás en que usaban medias de hiloblancozapatos de cordobán negro y una tercera túnica suelta con grandesmangas perdidas y más larga que las de los otros. Los niños vestíanexactamente lo mismo que sus padres...

Pero hablemos ya de las hijas de Moisés.

Como he dichoeran cuatro. La mayor tenía veinte añosy la menor once.Las dos de en medio eran casadasypor tantoocultaban cuidadosamente suscabellos bajo una peluca de seda como la de su madre.

La mayor de las casadas dormía a un pequeñuelohijo suyocantándole convoz dulcísima no sé qué estribillo monótono que se parecía a nuestra caña.Era altafuerte y bella como una Judith. Vestía saya y chal de paro negro conbordados de seda azuly cubría su cabeza con toca de la misma telapor elestilo de las que usaban nuestras damas del siglo XV.

Sus facciones eran más perfectas que lindasmás esculturales queseductoras.

La otra casadapequeña y gruesano llamaba la atención sino por susgrandes y expresivos ojosnegros y lucientes como el azabachey quecontrastaban con el quebrado y plácido color de sus mejillas; ojosen finvoluptuosísimosllenos de recuerdos y de promesas de placer.

La mayor era la más fea; peroen cambiotenía unos hombrosunos brazosunas caderas y unas piernas de tan clásicos y opulentos contornosque losgriegos la hubieran tomado por modelo de Juno.

En cuanto a la menoreclipsaba completamente a sus hermanas. Ya habíadejado de ser niñaaunquesegún he dichosolo tenía once años. Losdelgados miembrosharto a la vistaempezaban a redondearse. Su virgíneo senobrotaba ya al impulso de la pubertady una melancólica dulzura mitigaba laviva luz de sus ojos. Llamábase Lía.

Hallábase de rodillastrasteando en el fondo de un cofre muy grande yantiguoclaveteado con innumerables tachuelas de metal. Vestía solamente unaangostísima chilaba de color de rosasumamente limpia. Conocíase quela usaba hacía tiempopues se le había quedado muy cortay el pobre jubónhabía tenido que estallar por todas las costurascediendo al impulso de lasgracias primaverales de la jovenque ya se mostraban por todos lados.

Doblada como un junco sobre aquel baúl monumentalpresentaba Lía unasilueta tan pura y tan castaen su misma desnudezque halagaba más al almaque a los sentidos. Su negra cabelleralarga y abundantepartida en dostrenzascaía sobre sus hombros y descansaba en el suelo cada vez queintroducía los brazos en el cofre. Sus pies desnudos y blanquísimosquecomolos de las náyadessiempre habían estado metidos en el aguarematabangraciosamente aquel gracioso dibujo. Su cinturaen finque se hubiera podidoabarcar con las manosse cimbraba a cada movimientohaciendo más correctas yartísticas las ondulaciones de su talle.

Y no era aún nada de esto lo que yo admiraba más en Lía. Admirabasíextáticamente el noble perfil de su peregrino rostro; el exquisito pliegue desu bocaque parecía un clavel entreabierto; sus negros y adormecidos ojosenque la pasión y la inocencia unían sus diversos encantos; su limpia y noblefrente; sus cejassuavemente dibujadas; su largo cuelloadelantado sobre loshombros con cierta osadía; su redonda cabezaque parecía abrumada porpensamientos gravesimpropios de semejante edad; su menuda orejasemejante auna hoja de rosa medio plegada; su aguda barbaque prolongaba el óvalo delsemblantecomo vemos en las Vírgenes de Rafael; su blancura mateenfinesclarecida o sombreada por indefinibles tintas (según que transparentabael rubor de la sangre o el azul de las venas)con la diafanidad propia de uncutis que nunca doró el sol ni orearon los vientos del campo...

Tal era Lía. Si me he complacido demasiado en su descripcióntened encuenta mi empecatada edad y que llevaba ya mucho tiempo de no ver más queferoces guerreroscadáveres y heridosenfermos y moribundos. ¡Mi almaestabapuessedienta de emociones dulces suavesy nada más suave ni dulceque Líaen quien se juntan todos los encantos de la debilidadpues que a unpropio tiempo tiene mucho de mujerde niñade pájaro y de flor!

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Abandonemossin embargola casa de Moisésy vengamos a la míaosea a la de Abrahamdonde atropelladamente escribo estas últimaslíneaspues estoy rendido de tanto como he trabajado hoy.

Abraham es antiguo ainigo de aquel Santiago a quien conocimos en RíoMartínel cual (dicho sea de paso) encuéntrase ya en posesión de losbienes que dejó en Tetuán y sus cercaníasmenos de su casaporhaberla saqueado e incendiado...no se sabe si los judíos o las cabilas. AhorabienSantiago ha conseguido mi admisión en casa de Abraham como alojadoo más bien como huéspeden tanto que aquel habilita una fonda que va aabrir en el antiguo Zocollamado ya hoy Plaza de España.

Y aquí debo decir que el CUARTO CUERPO de ejército ha quedado guarneciendo Tetuána las órdenes del general Ríos; que el general en jefe ha preferido la vida dela tienda y establecido el

cuartel general en una huerta situada entre esta ciudad y los campamentostomados a los moros el dia 4y que allí ha levantado también sus tiendas elTERCER CUERPO con Ros de Olanoen tanto que Prim y el SEGUNDO CUERPO han ido asituarse al otro lado de Tetuánsobre el camino de Tánger.

Yo he optado por quedarme dentro de estos murosarrostrando las epidemiasque se anunciancon tal de dedicarme más asiduamente a mis estudios yobservaciones. He hechono obstanteplantar también mi tienda en el cuartelgenerala fin de tener allí una especie de casa de campo y pasar entre miscamaradas todo el tiempo que me dejen libre los trabajos literarios.

Conque digamos cuatro palabras acerca de mi alojamientoantes de entregar alsueño lo que resta del día de hoy.

Abraham vive solo con su mujer; mujerpor ciertode edad respetable. Sucasa es una de las mejores de la Juderíay está adornada medio a laorientalmedio a la inglesa. En cuanto a mi camanecesito entrar enpormenorespues verdaderamente merece particular atención.

Constitúyela un altísimo tablado de nogalempotrado en recia paredbajoelegante arco de herradura... Todo esto forma una especie de alcoba en el fondode la sala principal. Amplias y largas cortinas ocultan a la vez el lecho y laalcoba. Gruesas alfombras dobladas sirven de colchón (por cierto muy blando)mientras que una soberbia y extensísinia colcha blanca de rico estambre suple aun mismo tiempo por las dos sábanas. Otras cuantas alfombrasdobladas oextendidashacenen finlas veces de almohadas y de abrigo. ¡Tan peregrinolecho podría contener holgadamente... seis personas; pero lo ocuparé yo soloopor mejor decirlo ocupo ya!

En él acabo mis larguísimos apuntes de hoydespués de las doce de lanoche; a la luz de una vela morisca bajo precioso artesonado; viendo elestrellado cielo y la blanca luna por un lindo ajimez abierto cerca del techo;oyendo el murmullo de dos fuentes que fluyen en el patio; respirando penetrantesesencias (entre las que a veces creo percibir el aroma de la rosa); satisfecho ytriste como nunca: satisfechoporque veo cumplidas mis más doradas ilusiones;porque recuerdo a Diego Marsillaa Don Quijote de la Manchaa los príncipesde las Mil y una noches y a cuantos caballeros han dormido en palaciosencantados; triste...quizá por lo nusmo que estoy satisfechoo acaso másbien porqueen este continente extrañoen esta ciudad moraen esta casajudíaecho de menos mi dulce sociedad cristianalas amantes sombras quevagaron por el edén de mi adolescencia y todas aquellas constelaciones queveía brillar en el cielo de la vidao sea en el techo de mi alcobacuando elsueño misericordioso bajaba a besar mis párpados entornados.

¡Estoy tan solo!... ¡Ah! No... Las piadosasmanos de mi madre y otras manosqueridas colgaron de mi cuello hace tres meses dos santas medallas con la imagende la Madre de los afligidos... ¡He aquí tan sagradas prendas! Y he aquítambién quepor la primera vez después de muchos años... (reparen en estaconfesión los jóvenes que hayan renegado de toda feembriagados por lasoberbia de imaginarios dolores); por la primera vezdigodespués de muchosaños de jactanciosa emancipación y sacrílega libertadsientoreanimarse en mi alma inefables afectosvolver a mi memoria santas oracionesydespertarse en mi corazón plácidas esperanzas... ¡Dios sea bendito en elmomento en que acerco a mis labios la celestial imagen de Maríay bendita seala madre que me llevó en sus entrañas y me enseñó a pronunciar el dulcenombre de la Reina de los Ángeles!

¿Significará todo esto que la guerra me ha hecho neocatólico?

¡Nada me importa lo que digan de mícon tal que se crea en la sinceridadde estas emociones!

 

- VI - En que se ve por el revés la presente historia. -Planes de los moros;sus ejércitos; sus proclamas y pregones; sus pérdidas. -Nuestros prisioneros.-Situación de Tetuán durante las últimas acciones. -Muley-el-Abbas.-Muley-Ahmed. -Las cabilas. -Con lo demás que verá el curioso lector.

Tetuán7 de febrero.

Una de las infinitas razones que tenía yo para desear comunicarme con morosy judíosera la viva curiosidad que me excitaba a romper el encanto ydescifrar el misterio que han rodeado al ejército enemigo durante toda lacampaña.

El número de sus legiones y de sus pérdidas; la procedencia de las hordasque hemos batido; el nombre de sus generales y jefes; lo que decían la vísperay al día siguiente de cada acción; la idea que tenían de nosotros; laexplicación de sus maniobras; lo que hacían de sus heridos; el juicio queformaban los habitantes de Tetuán acerca del curso de la guerra: todoesto y otras muchas cosasque solo hemos sabido por cálculoso conjeturaspor adivinación o por el relato de falaces prisioneroseran datos muypreciosos para la inteligencia de la presente historiasin los cualescarecería de realidad y verosimilitud.

¡Pues todo esto lo he averiguado hoy!

Para ello he sometido a Abraham (mi huésped o patrón) a un prolijointerrogatorioy escrito al paso todas sus respuestas. Después he salido a lacalle y trabado conversación con cuantos moros y judíos he vistollegando aconvencerme de que el primero no me había engañado en cosa alguna.

Mi diálogo con Abraham acerca de la guerraprincipió del siguiente modo:

-¡Puesseñorme has dado un gran almuerzo! -exclamésaboreando un ricochocolatecomo no lo había tomado hace mucho tiempo-. En verdad te digomiquerido Abrahamque no esperaba encontrar tan bien provista tu despensa...

-¡Gracias a Dioslos moros han respetado mi casa! -respondió el viejojudíopaladeando una taza de café.

-Eso habrá consistido en que tú serías amigo de algún moro...

-¡Amigo!... ¡Noseñor! ¡Yo los detesto a todos!... Peroen finme hantratado regular...por recomendación de unos comerciantes ingleses. ¡De quienyo soy muy amigo es de ustedque tan cariñosamente se ha portado con el pobre Santiago!...

-Pues si eres mi amigohazme un favor que no te costará nada. Cuéntametodo lo que sepas de la guerra que acaba de pasarempezando por referirme todaslas habladurías de los moros...

«-La verdadseñores que esos perros no se han mordido la lengua parahablar mal de España. Odiábanla más que a ninguna otra naciónydespreciábanla al mismo tiempocreyéndola incapaz de hacerles la guerra.

»A Francia la respetaban por resultas de la toma de Mogador y del bombardeode Tánger en 1844así como por las noticias que tenían de su crecientedominación en Argelia. Ademásnadie había olvidado la gran derrota sufridaen Isly por Sidi-Mahommed (primogénito del emperador difuntoyemperador actual)y el recuerdo de aquel pavoroso día les hacía acatar yreverenciar el nombre francés de la manera que esta gente reverencia y acatatodo lo que es fuerte y afortunado.

»Con Inglaterra sucedía otra coma muy diferente. También la aborrecíancomo a todo el mundo; pero creían necesitarla y poder contar con su ayuda parael día que se viesen metidos en guerra con cualquiera otra nación. ¡YciertamenteInglaterra se cuidaba tanto de los asuntos marroquíes como de lossuyos propios! Daba instrucciones a los artilleros musulmanes; proporcionabacañones a las principales plazas del Imperio; surtía de pólvora lo mismo alas cabilas que a las tropas de rey; defendía en los consejos de Europa laintegridad del territorio de Marruecosyen cambio de todo estono habíaexigido nunca a Abderramán un tributouna reforma civil o religiosani unpalmo de terreno; nadaen finque pudiera excitar su desconfianza.

»Pero hay mássi por acaso algún receloso santón echábase a investigarla causa de que la egoísta Inglaterra fuese tan desinteresada y gratuitamenteamiga de los morosno faltaba quien le saliera al encuentro con esta aduladoramanifestación: "Nuestro interés es uno mismo: musulmanes e inglesestodos somos enemigos de María; todos aborrecentos la misatodos deseamos elexterminio del Papa"; y unido esto al espectáculo de fuerza que losingleses presentaban en Gibraltary al poder marítimo que desplegabanfrecuentemente en la bahía de Tángerhacía que los marroquíes másdíscolos y fanáticos llamasen a la Gran Bretaña su aliadasu amiga y suprotectora. Gibraltar los consolaba de Ceuta.

»¡Ceuta! Aquí tiene usted la explicación del odio preferente queprofesaban a España. ¡España era la única nación cristiana que ocupaba elterritorio marroquí! CeutaMelilla y los demás presidiosespañoles de esta costa quitaban el sueño a los musulmanes hacía muchosaños. Los Dervichespara hacerse popularesempezaban siempre porprofetizar que estaba cercano el día en que ardería la Misa en todaslas plazas españolas de Marruecos. Las gentes de armas no soñaban con mejorempresa que con reconquistar estas ciudadesy las cabilas fronterizas eranexcitadas continuamente a hostilizar allí a los perros cristianos.

»¡Cómo se cumplía este encargousted lo sabe! Así las hordas rifeñascomo las tribus de Anghera y de Benzú violaban todos los días la ley de lostratadosinsultaban la bandera españoladisparaban sus espingardas y suscañones contra los muros de vuestras playasy rara vez transcurría un añosin que alguna cabeza de soldado español fuese llevada como el más estimablepresente a las gradas del trono de Abderramán. Vosotros reclamabais; este seexcusaba; los moros fronterizos hacían falsas promesas; repetíase la agresiónpor orden del mismo Sultán; volvíais a quejaros diplomáticamente; Alcaidesy generales reíanse de vuestras quejas; fingían castigar a los agresoresbienque dándoles premios secretamente...y vosotros no os atrevíais nunca atomaros la justicia por vuestra manoa salir de Ceuta o de Melillay escarmentar a vuestros desleales vecinos; a hacerfinalmentelo que hubieranhecho en vuestro caso Francia o Inglaterrao vuestros ilustres progenitoreslos castellanos de otros tiempos.

»-¡No salen porque no pueden! -decían los moros-. Los españolesson cobardes como gallinas. Sus centinelas se esconden cuando nos acercamos alas murallasy huyen despavoridos cuando les hacemos fuego. Los españolestienen guerra en su casa sobre si ha de mandarlos una mujer o un hombre; carecende barcos y de caballeríay son muy pocosmuy débiles y muy pequeñosmientras que los moros somos muchosmuy fuertes y muy grandes... La hora seaproxima en que los echemos de nuestra tierra para siempre. Después nosmeteremos en naves inglesase iremos a desembarcar en el reino de Granadaqueha sido nuestroy conquistaremos otra vez la Alhambray tomaremos a CórdobaSevilla y Toledodonde duermen nuestros padresy acabaremos con Isabel II ycon los españolescomo acabamos en otro tiempo con D. Sebastián y con losportugueses.»

-¡Magnífico programa! -exclamé yo con tanta risacomo vergüenza mehubieran causado aquellas mismas palabras hace tres meses-. ¡Vive Dios que esosbárbaros tenían sobrada razón para juzgarnos de tal manera! ¡Pero no diránahora otro tanto!

-¡Ah! Ya lo creo... -replicó Abraham con su delicada sonrisa.

-Continúa. Veamos cómo se recibió en Tetuán la primera noticia de que losespañoles queríamos guerra.

-Me acuerdo como de lo que hice ayer... Fue de la manera siguiente:

«Hará cosa de seis mesesun día de muchísimo calorpresentáronse en Tetuáncomo unos veinte morospertenecientes a la grande y belicosa cabila de Angheray participaron al gobernador Ben-el-Hach (alcaide a la sazón de estaplaza) que se preparasepues iba a haber guerra con los españoles.

»-¿Quién os ha dicho eso? -les preguntó Ben-el-Hachlleno a lavez de susto y alegría.

»-Nosotros que la hemos buscadoderribando la piedra divisoria delotero y pisoteando las armas españolas -respondieron los montaraces.

»-¡Eso es demasiadoy el Sultán os cortará la cabeza! -dijo un tal Fragíadministrador de la aduana de Río Martína quien le iba muy bien coneste destino.

»-¡Hemos cumplido con nuestro deber! -replicaron los montañeses-. Elcristiano se ha empeñado en edificar un cuerpo de guardia en terreno que no essuyoy contra lo escrito en el tratado. Nosotros hemos derribado dos o tresveces la obra comenzadasin lograr atraer a un campo neutral a nuestrosenemigosa fin de que las armas decidiesen quién tenía razónhasta quecansados ya de esperarlos y de que no acudan a nuestro desafíohemos echado arodar aquella piedra aborrecidacolocada en mal hora sobre el otero por ladebilidad de nuestros padres y que es un monumento de ignominia para las ribusde Anghera y un desacato a las sagradas leyes de Mahoma.

»-¡Tenéis razón... -exclamaron el gobernador y otros cuantos moros queasistían a esta conferencia.

»-¡No tenéis razóny el Sultán os degollará cuando lo sepa! -replicóel susodicho Fragí.

»-¡Pues hará mal! -respondieron los de Anghera-. ¡Si el Sultán nos mataesos soldados menos tendrá para la inevitable lucha! Ceuta arde en estemomento en furor y en indignación... Por Gibraltar sabemos que la noticia denuestro insulto ha conmovido a toda Españay que los cristianos piden a vocesla guerra contra el moro... Ademásnuestros amigos de Sierra-Bullonesestán decididos a morir antes que ceder en la demanda; y si el Emperador noquiere guerrear por la razón y la justicianosotros guerrearemos por cuentapropia y tomaremos a Ceutay quemaremos la misa el día de la Pascua delos cristianos.

»Así diciendosaludaron al gobernador los veinte fronterizosyesparciéronse por la ciudadque ya había comprendido algo de lo que sucedíay empezaba a agitarse sordamente... Fueronpuesde casa en casaarengaron alos tímidoscomprometieron a los prudentesarrebataron en pos suyo a losaudacesatrajeron fácilmente a los Santones y Dervichesdirigiéronse a las mezquitashablaron largamente sobre el particularleyeroncon tremebundo acento todos los versos del Corán que hablan de labienaventuranza de los que mueren en guerra con infielesy sobre todo concristianos; y cuandoya anochecidoabandonaron a Tetuánla fiebrepatriótica y el fanatismo religioso enloquecían a tres cuartas partes de susmoradores. Ni los angherinos se contentaron con estosino que se desparramaronpor esas montañas y llegaron hasta el Rifcomprometiendo en su empresa a todaslas cabilas que encontraron y haciéndoles jurar "que si el Emperador nohacía la guerrala harían ellas contra los cristianos y contra elEmperador".

»Después de estos sucesos transcurrieron algunas semanasdurante lascuales no se supo en Tetuán nada de fijo. Por una parte oíamos hablarde que el Sultán daba satisfaccionesy por otra veíamos hacer grandesarmamentos. La gente del Gobierno (14)<notas.htm> hablaba mucho de paz; pero las cabilas seguíancreyendo en la guerray los Santos y Santones la daban como cosasegura.

»En esto se recibió la noticia de la muerte del emperador Abderramán y dela subida al trono de su hijo primogénitoSidi-Mahommed el de la malaestrella. ¡Nadie dudó ya entonces de que la guerra se llevaría a cabo! ¡Sidi-Mahommedera el más tremendo enemigo que tenían los cristianos en el Imperio!Cuando perdió la batalla de Islysu padre le prohibió montar a caballolarguísimo tiempopenitencia que soportó sin murmurar el príncipe vencidobien que jurando por su parte no cortarse la barba ni el cabello hasta querecobrase su crédito de general ganando una gran batalla a los cristianos.

»Yo lo vi casualmente el año pasado en un viaje que hice a Mequínez. Labarbanegra como las alas de un cuervole llegaba ya a la cinturay lacabelleracrespa y erizada como la melena de un leónle caía sobre laespalda en broncos rizos. Su padre lo trataba todavía con desdény élhablaba a todas horas de tomar a Ceutay de lavar con sangre españolala mancha que los franceses echaron sobre su honor quince años antes. Calculeustedpuessi nos quedarían esperanzas de paz después que supimos que aquelpríncipe había sido proclamado emperador de Marruecos.

»Por otra parteaunque Sidi-Mahommed no hubiese deseado la guerra (como ladeseabadijera lo que quisiese su ministro Sidi-Mohammed-el-Jetibresidente en Tánger)habríase visto precisado a hacerla o a abandonar eltrono; pues un tío suyoun tal Solimánque se cree con derecho alImperioempezaba a crearse partidarios entre las gentes más belicosasdiciéndoles que su sobrino era un cobarde; que le hicieran a él emperadoryprincipiaría su reinado declarando la guerra a los españoles.

»En tal estadovino a Tetuán un propio con una orden destituyendo aFragíel administrador de la aduana de Río Martínquiencomole he dicho a ustedhablaba en contra de la guerra. Este hecho no dejó yalugar a duda. Todo el mundo empezó a comprar armas; estas subieron a un preciofabuloso; los jóvenes se ejercitaban mañana y tarde en el manejo de la gumíay en tirar al blanco con las espingardas; las mujeres cosían y bordaban bolsaspara la pólvora; hacíanse provisiones en grande escala; celebrábanse juntasen casa del gobernador; iban y venían correos de aquí a Sierra-Bullones;exhortaban los santones a los creyentes siempre que se reunían en lasmezquitas; construíanse baterías de tierra y ramaje en la playa del RíoMartíny guarnecíanse de cañones por ingleses disfrazados de moros...

»Sin embargohabía órdenes terminantes del Emperador de no disparar ni unsolo tiro ni intentar cosa alguna contra los cristianos hasta que él avisaraoficialmente. Peroal finun domingoa mediados de octubrey como a cosa delas tres de la tardesalió un moro de casa del gobernadoracompañado dealgunas tropas de reyy dio un pregón en medio de la plazadiciendode ordendel Sultánque había guerra con el cristiano; que todo el mundo sepusiese sobre las armas; que el que no tuviese espingarda la adquirieseinmediatamentey que a los pobres se la daría el Gobierno.

»Imposible me fuera describirle a usted el entusiasmo con que se recibióesta noticia. Aquella tarde hubo salvascarreras de caballos y grandes fiestasen las mezquitas; ayunose al día siguiente; los santones declararon que laguerra era santay ya en adelante todas las mañanasa eso de las docese daba un largo pregón en medio del Zococontando al pueblo lospreparativos que se hacían; las órdenes y consejos del Sultán; la maneracómo se debía pelear con los cristianos; lo que se sabía de España; el puntodonde se reunía vuestro ejércitoy los lugares en que se creía que ibais adesembarcar...

»Estas últimas noticias eran siempre contrarias a las del día anterior...Tan pronto se hablaba de que ibais a empezar por atacar a Tángercomo que osdirigíais contra Tetuán. ¡Unas veces se os esperaba por Ceuta; otraspor la bahía de Jeremíasy hasta se dijo que pensabais desembarcar enMogadorpara encaminaros desde allí a Mequínez en busca del Tesoro!

»Todas estas cosas las oían los musulmanes con grandes risotadas.Lisonjeábanse desde luego con la esperanza de exterminaros en el primer choque;ridiculizaban vuestro modo de pelear; decían queal veros tan pocoshabíaispedido auxilio a los francesesquienes os lo habían negado; que los italianosos proporcionarían embarcacionesy los ingleses os prestarían galleta y latasde carne; pero que unos y otros dejarían de socorreros cuando ya estuvieseis enÁfricaa fin de que os murieseis aquí de hambre... En finseñorestabantan orgullosos y soberbios estos bárbarosque a mí se me quemaba la sangre deoírlos...»

-Muchas gracias. Prosigue.

«-Por entonces mandaba todas las tropas (lo mismo las de Anghera que las deaquí y las que acudían de muchos puntos del Imperio) el gobernador de Tetuánquien envió a Sierra-Bullonespara que se pusiese a la cabeza de lascabilasa un kadeb o comandantellamado El-Crasíensustitución del que las había capitaneado los primeros díasque era un tal Ben-Yagiadmoro de reycriado del cónsul de Inglaterrasir Drumen Haydede quien ustedtendrá noticias...

»En esto principió la guerra. Los judíos estábamos muy vigiladospues sedesconfiaba de nosotroscreyéndosenos afectos a España. Así es que hasta senos prohibió salir de Tetuán y de nuestro barrio; pero desde aquísabíamos sobre poco más o menos todo lo que pasaba...»

-¡Llegaban aquí los heridos de las primeras acciones? -interrumpí yo sobreeste punto.

-Noseñor. Como casi todos eran de aquel paíslos curaban en Anghera y enotros aduares de Sierra-Bullones... Pero de aquí les enviaban municionesy víveres...

-¿Qué clase de víveres?

-Panmantecapasashigosgalletadátiles y naranjas.

-¿Y cómo les llevaban todo eso?

-En camellos y mulas del país. Después trajo consigo Muley-el-Abbas milquinientas caballerías para transportar heridos... Pero este príncipe nohabía venido todavía...

-¿Y qué decían los moros acerca de los primeros encuentros?

-Que siempre ganaban; que no sabíais tirarque no apuntabaisy que oshabíais tenido que encerrar en Ceuta.

-¿Cuántos moros nos combatirían por entonces?

-Unos quince mil...todos voluntarios y de cabilasmandados ya por el bajáde Tánger. Porque las primeras tropas de Rey las trajo el Santo deGuazán...

-Hazme el favor de decirme qué clase de santo era ese.

-El Santo de Guazán era (y digo eraporque lo matasteisdetrás del Serrallo) un hermosísimo moro de Rabatque no habría cumplidotodavía los treinta añosy un prodigio de valor y ciencia. Llamábase Hach-el-Arbiy su categoría venía a ser la de Patriarca de todo el Imperio. Vestía conmucho lujoy mandaba mil quinientos caballos de lo mejor del ejércitoimperial. Entró en Tetuán al mediodíay permaneció en él unas doshorasque empleó en visitar las mezquitas y conferenciar con el gobernador. Altiempo de irsedijo a los moros: «Hoy es viernes... ¡Acordaos!... ¡Cuandollegue otro viernes habrá ardido la misa en Ceutao yo habré dejado deexistir!»

-¡Buen profetaera ese santo!

-¡Ya ve usted si lo era! ¡Al viernes siguiente lo enterraron en estaciudad! Marchose por la puerta del cementerioy era tanta la gente que acudíaa verlo y a besarle las rodillas y hasta el caballoque no lo dejaban caminar.Entonces fue cuando dijo quea ruegos suyosAlá había enviado el cóleranosin revelarle también el propio Dios que una tercera parte del ejércitocristiano moriría de la pesteotra tercera en el mary la restante por fuegode las armas.

-¡Demonio! ¿Hacia cuándo pasó por Tetuán ese hombre?

-Le diré a usted. La primera acción a que asistió el Santo de Guazán (yen que quedó muerto con muchos de los jinetes que mandaba) fue una que hubo enel camino de Casa Blancaun jueves por más señas...mucho antes de labatalla de los Castillejos... Y recuerdo que era juevesporque cuandoal siguiente díaentró en Tetuán el cadáver del Santolosmoros estaban celebrando su Sábadoquecomo usted sabees enviernes...

-¡Un jueves!... -reflexioné y-. Esa debió de ser la acción del 15 dediciembre; la primera en que se encontró el TERCER CUERPO. Yen verdadrecuerdo haber oído que aquel combate fue también el primero en que sepresentó caballería marroquí... Nuestras granadas derribaron a la tardemuchos jinetesentre los cuales había algunos con banderas verdes yamarillas...

-¡Justo! Aquel día tuvieron tanta pérdida los morosque se vieronobligados a transportar a Tetuán doscientos heridosademás de los quese quedaron en Anghera y de los que murieron en la travesía por esos montes...

-Me has hablado de Muley-el-Abbas... -proseguídespués de un intervalo desilencio-. ¿Podrás tú calcular hacia cuándo se puso al frente de sus tropas?

-Voy a echar la cuenta. A los pocos días de morir el Santo de Guazánsupimos aquí que Muley-el-Abbas se encontraba en el Fondak con muchasfuerzas del Magreuo sea de Magacenis...

-¿Y qué es eso?

-Es lo que vosotros llamáis Moros de Rey especie de ejércitovitaliciomixto de milicia nacional y de cuerpo de policíacompuesto de unos25.000 hombresordinariamente desparramados por todo el Imperioen el cualestos desempeñan muchos destinos y prestan grandes servicios administrativos yde todo géneroteniendo como recompensa el usufructo de terrenos que les cedeel Sultán por toda su vida. Los Magacenis o Moros de Rey llevanespingardagumía y pistolasy son casi todos de infantería.

-Continúa.

-Muley-el-Abbas hizo alto con unos 12.000 hombres de esta gente en laencrucijada de los caminos de TángerFezTetuán yAngherano atreviéndose a echar por ninguno de ellos hasta saber ladirección que tomaba el ejército cristianoa fin de salirle al encuentroinmediatamente. Así permaneció cerca de una semana. Por últimodíjose depúblico que vuestro proyecto era venir sobre Tetuány que para elloconstruíais un camino a todo lo largo de las playas del Tarajar y de losCastillejos... ¿Es así?

-Efectivamente.

-¡Pues entonces fue cuando pasó por Tetuán Muley-el-Abbas!

-¿No recuerdas el día?

-Usted lo adivinará. ¿Cuándo celebran su Pascua los cristianos?

-El 25 de diciembre.

-¿Tuvisteis un gran combate al amanecer de ese día?

-Sí que lo tuvimos...

-¿Sería domingo?...

-Justamente.

-PuesentoncesMuley-el-Abbas estuvo en Tetuán el 22 de diciembre. Veráusted cómo saco la cuenta. Al tiempo de despedirse el Príncipe del gobernadorle dijo estas o semejantes palabras: «Llevo prisapasado mañana sábadocelebran los españoles la víspera de su Pascuay velarán toda la nochecantando y bebiendo como tienen de costumbre; por lo cual he pensado sorprendersu campamento al amanecer del domingocuando estén más ebrios y fatigadosyno dejar un cristiano con cabeza.»

-Así lo hizo; sólo que no estábamos ebriosy los degollados fueron losmoros. Peroen finprosigue. Háblame de Muley-el-Abbas. Nuestro ejército loestima mucho sin conocerle y sin darse cuenta del motivo... Quizá consiste enque sabemos que es de los príncipes que se baten. Cuéntamecon algunospormenoressu entrada en Tetuán.

«-Fue muy sencillo. Cuando se supo que llegabaestaba ya a las puertas dela ciudad. Las autoridades y el pueblo salieron a recibirlo. La Alcazabalo saludó con veintiún cañonazos como a príncipe imperialy nosotroslosjudíosfuimos encerrados en nuestro barrio para que no le viésemos...

»Yo le visin embargodesde una azotea que da a la plaza. Delante de élentraron veinte músicos tocando tambores y trompetas. (Estas trompetas son decuernoy no suenan tanto como las que traéis vosotros.) Después venía elPríncipemontado en un caballo alazánricamente enjaezadoy seguido de trescaballos de manoque conducían del diestro tres esclavos negros. Dos jóvenesjinetes cabalgaban cerca de élcada uno a un ladoquitándole las moscas conpañuelos de sedamientras que las gentes del pueblo (así los pequeños comolos grandes) le besaban las rodillas con veneración y respeto. Era la primeravez que el Emir entraba en Tetuán y todo el mundo lo miraba con avidez;pues goza de mucho más partido que su hermano el Emperadorpor sus virtudessu arrojo y su modestia.

»Muley-el-Abbas (omás bien dichoMuley-el-Abbés) tendrá treinta ycinco años; es altoun poco gruesosumamente elegante y de color pálido muyobscuro. A diferencia de su hermano Sidi-Mahommedtiene la barba finacorta y suave. Vestía un jaique verde muy ricobonete coloradoturbanteblanco y botas amarillas. No llevaba armas sobre su cuerpo.

»Acompañábanlecomo escoltahasta mil caballosque llenaron toda laplazamientras que el resto del nuevo ejércitoconsistente en diez milinfantes y otros mil caballospasó por fuera de la ciudad y estuvo acampadocerca de Cabo Negro las pocas horas que el Príncipe permaneció entre nosotros.

»Este conferenció largamente con el gobernadorreconoció las bateríasdel Martín y los fuertes de la ciudad; visitó las mezquitas una porunaorando devotamente en todas ellasy se marchó al fin entre los aplausos yaclamaciones de los pacificos habitantes de Tetuán.

«La primera noticia que después hubo de él la trajeron trescientos heridosque llegaron a las tres nochesen medio de un espantoso temporal. Por aquellosheridos se supo (aunque los vecinos de Tetuán trataron de ocultarlo) queal amanecer del día de la Pascua cristiana había intentadoefectivamenteMuley-el-Abbas sorprender el campamento españolpero que vosotros estabaisvigilantes y lo sorprendisteis a élcortándole y matándole parte de susfuerzas y rechazando las demásdespués de hacer en ellas una espantosacarnicería con vuestros cañones de trampa... Usted sabrá si hay algode verdad en lo que digo; pero yo lo cuento como me lo contaron los moros...»

-Abraham... ¡Estos ojos lo vieron! Fue una mañana horrible para losmahometanos. Continúa.

«-Pocos días después pasó por Tetuán un Alcaide muypoderosode tierra de Fezllamado Ben-Audacon otros mil quinientoshombres de infantería y de caballería. Eran cabilas.

»Luego pasaron muchas gentes del Riftan corpulentas y ferocesque dabamiedo verlas. Estas no se detuvieron en Tetuán sino para comery mecontaron que habían degollado al Alcaide de Gumarapueblo que distaráde aquí unas cuatro leguaspor no haber querido el pobre hombre reforzarloscon su cabilaqueentre paréntesises la mas pacífica y trabajadora deestas comarcas.

»Entonces emprendisteis vuestra marcha hacia Tetuán; yal mismotiempo que esta noticiallegaron aquí otros setecientos heridos moros...»

-¡Eso fue el día de Año Nuevo!...

-Síseñor; el día de la batalla de los Castillejos.

-¡Cuéntame! ¡Cuéntame!

-¿Veis cómo avanzan los cristianos? -preguntaban los tetuaníespacíficos a los de armas tomar-. ¿Diréis todavía que vais ganando en laguerra? ¿Confesáisal caboque no podéis con los españoles?

-¿Y qué contestaban a eso?

-Decían que os dejaban avanzar a fin de queperdiendo vuestra comunicacióncon Ceutano pudieseis recibir socorro alguno sino por medio de losvapores. «Entonces (añadían) el Levante hará lo demás. Los barcostendrán que irsey esos perros perecerán de hambre.»

-¡Cerca anduvimos de que nos sucediera así!...

-Ya nos lo dijeron.

-¿Qué decían?

-Que llevabais tres días de estar incomunicados por mar y tierra; que se oshabían acabado los víveresy que os manteníais con hierba o con bichos delos que arrojaban las olas...

-¡Algo de verdad hay en eso! Dime... ¿Y prisioneros nuestros? ¿No veníana Tetuán?

-Vinieron después de la batalla de los Castillejos. Antes solohabían llegado... sus cabezas...

-¿Muchas?

-Diez o doce.

-¿Y qué hacían con ellas?

-Las salaban y se las mandaban al Emperador... Sin embargolos muchachos delpueblo se apoderaron de unay la estuvieron arrastrando todo un día por esascalles...

-¡Monstruos! -exclamé furiosamente.

-También ellos han padecido mucho... -se apresuró a decir Abraham porconsolarme-. Sus heridos se morían casi todoscomidos de gangrenapor faltade cuidado. En Sierra-Bullones y en Río Azmir han pasadohambres espantosasy hubo un día en que desertó una cabila enteradiciendoque no se podía con los españoles; que sonaba la corneta y salían los hombresde la tierra como gusanos; que por aquí bayonetaspor allí tirospor estelado piedrasen aquél cañones...en todas partes encontraban la muerte; queera inútil huirpuesto que las balas de trampa llegaban a todas partesy queúltimamente habíais inventado unos rayos que culebreaban por el suelocomolas exhalaciones por la atmósfera...

-¡Ah! Sílos cohetes a la Congréve...

-¡Eso sería! Cuando estabais en las lagunas le matasteis el caballo aMuley-el-Abbasy este se halló a punto de caer prisionero. En Cabo Negro leincendiasteis la tienda con una granadaen ocasión que él estaba dentrotomando café. Habéis matado una infinidad de jefesdervichesalcaides ysantones... ¡En finseñorse han cobrado los españoles con usura del dañoque les hayan hecho los marroquíes!

-Dime¿y por qué no tienen artillería de campaña los moros?

-La tienen en Mequínezcompuesta de veinte piezas; pero no hay caminos paratransportarla hasta aquí. Solo dos cañoncillos de montaña pudieron traer alprincipiocon los cuales hicieron fuego en los Castillejos; pero seinutilizaron en seguida. En lo que sí son ricos es en artillería de posición.Todas sus plazas terrestres y marítimas están defendidas por enormes cañones;muy antiguosque manejan los renegadosprocedentes de vuestra tierra.De unos dos mil hombres se compone este cuerpo de artilleríadiseminado portodo el imperioy que forma parte del Nizam.

-¿Qué es el Nizam?

-El Nizam es una fuerza de infantería a la europeaomejor dichoala turcaque hay en Fezcompuesta de unos dos mil hombres.

-Y ¿cómo no ha venido a esta guerra?

-Porque es lo más flojo del ejército marroquí. ¡Los moros no han nacidopara pelear ordenadamente y en formación como vosotros! ¿Qué otra cosa quiereusted saber?

-Háblame más de nuestros prisioneros. ¿Cuántos habréis visto en Tetuán?

-Unos diez y ocho o veinte. Los primeros tratan chaquetas blancas...

-!Ah! Sí... ¡El día 1.º de enero!... Esos eran húsares...

-Trajeron tres... ¡Todos ellos heridos de gravedad! A los pocos díasmurierony sus chaquetas se vendieron en la judería. Pero el que me hizo reírfue un soldado vuestro muy jovena quien oí tomar declaración en la plaza lamisma tarde que le cogieron...

«-¿Cuántos sois? -le preguntó un jefe de caballeríagrande amigo deMuley-el-Abbas.

»-Setenta mil -respondió muy formal el soldado-y otros setenta mil quevan a llegar de un momento a otro.

»-¿Y tenéis muchos cañones? -replicó el morofrunciendo el ceño.

»-¡Quinientos nada más! Pero se esperan los principales.

»-¿Cuánto alcanzarán los mejores?

»-Cuatro leguas.

»Los moros se miraron llenos de asombro.

»-¿Y qué hacéis parados tanto tiempo en Río Martínteniendo tanbuenos cañones? -insistió el jefe de caballeríalleno de furia.

»-Estamos construyendo casas -contestó el soldado sin alterarse.

«-¡Todo eso es mentira! -exclamó un guerrero viejo-. Pero sirves bien a turey y eres un valiente. No temas por tu vida... Yo cuidaré de ti.»

-¿Y vive ese soldado? -le pregunté a Abraham con verdadero interés.

-Síseñor; se lo llevaron a Fez con los demás prisionerosy sabemos queallí no han matado a ninguno.

-¿Cómo los trataban aquí?

-Mal...sobre todo en comida.

-Y ellos...¿qué tal estaban de humor?

-Al principiomuy apenados; pero después reían y bromeaban con los moros.

-Según eso¿los dejaban andar por la ciudad?...

-Sólo por el Zocoy eso con testigos de vista. A la nochelosencerraban en los calabozos de la casa del gobernador.

-Volvamos a la historia. Íbamos por la batalla de los Castillejos.¿Qué supisteis después?

«-Ya no supimos nadasino que avanzabais siempre. Los heridos no cabían enlas casasy la ciudad era un puro lamento. Pasaron dos o tres días sin que seoyera hablar de vosotros ni del ejército de Muley-el-Abbas. Al cabo de ellosvimos llegar una infinidad de moros por las alturas de Sierra Bermejalos cuales descendieron a la llanura de Guad-el-Jelú. Al principio creímos queeran nuevos refuerzos enviados del interior; pero pronto cundió la voz de queno eran sino las tropas de Muley-el-Abbasrechazadas y vencidas en unainfinidad de combatesque venían a tentar el último esfuerzo en Cabo Negropor donde debíais asomar los españoles de un momento a otro...

»Con efectoal día siguiente empezamos a oír desde el amanecer unvivísimo fuego hacia aquel ladoy vimos el humo del combate sobre todas lascimas del promontorio.

»-¡Los cristianos! ¡Los cristianos! -gritaron las mujeres y losniñosescondiéndose en los últimos rincones de sus casas.

»-¡Estamos perdidos! -exclamaronpor últimolos tetuaníes menosbelicosos.

»-¡Nos queda nuestra caballería! -dijeron los más arrojados.

»-Muley-Ahmedel hermano mayor del Sultándebe de llegar con refuerzosdentro de pocos días -añadiópor últimoel gobernador-. Entoncesvengaremos en una hora toda la sangre marroquí derramada por los españoles endosmeses. ¡Ahora principia la verdadera guerra!...

»Sin embargoaquella noche entraron en Tetuán otros ochocientos morosheridos. La población estaba consternada. Nosotroslos hebreoslocos dealegría.

»EntretantoMuley-el-Abbas escribía al Emperador diciéndole que yaocupabais la aduana del Río Martíny quesi no le enviaba fuerzasnorespondía de Tetuán.

»Dentro de esta plaza cundía la misma desanimación. Todas las obrasconstruidas en la playa después que vuestros buques bombardearon el FuerteMartínhabían sido completamente inútiles. Un nuevo ejército españolacababa de desembarcar a la vista de los morossin que estos pudiesenimpedirlomerced a vuestro feliz pensamiento de apoderaros antes de la llanura.La numerosa caballería que os atacó el día 16 fue rechazaday vuestroscañonazos la obligaron a refugiarse bajo los muros de Tetuán o en lasmontañas vecinas... ¡Proyectil hubo que llegó a las huertasmientras queotros muchos causaron incendios y destrozos en las tiendas que circundaban la Torrede Jeleli! ¡Todotodo era inútil contra vosotros!... La numerosa yflamante caballería en que tanto confiaba Muley-el-Abbasno se había atrevidoa atacar vuestros batallones. ¿A qué esperaban ya los pertinaces musulmanespara declararse vencidos?

»¡Puessin embargoseguían obstinados en su empeño; yen tanto quellegaban los refuerzos que habían pedidoconsagráronse en cuerpo y alma aconstruir los parapetos y trincheras que tomasteis en la última batalla!...¡En cambiolos pacíficos vecinos de Tetuán miraban con terror ydesesperación aquel sinnúmero de tiendas que establecisteis desde el mar hastala aduana! ¡Vistos desde aquívuestro campamento y vuestros barcos semejabanuna gran ciudad mucho más grande y poderosa que la que veníais a combatir! Yome pasaba los días en mi azotea con los ojos fijos en aquel maravillosoespectáculoy desde allí he divisadocon auxilio de un buen anteojolostres últimos combates; vuestros reconocimientos: los cañonazos que os lostiraban los moros; vuestros ejercicios en días de pazyen fintodo lo queha pasado desde el 14 de enero hasta el día de ayer.»

-¿Vistepuesla acción del 23 de enero...

«-¡Completamente! Al amanecer empezasteis a disparar cañonazos. Los morosno podían explicarse qué significaba aquello. Al finun prisionero que oshabían cogido la tarde anterior en el río Jelú (donde estabalavando)dijo que celebrabais los días del hijo de la reina de España...

»-¡Ayudémosles a celebrarlo! -exclamaron los morosy se lanzaron a lallanura de la manera que usted recordará.

»Yodesde mi azoteavi aquella reñida lucha... El vivo fuego de losfusileslas cargas de vuestros caballosypor últimoel tremendo avance dela artilleríatodo lo divisé perfectamente!...

»Ya estabais al pie de los campamentos moros... El cañón resonaba cada vezmás cerca... Enormes masas de bayonetas relucientes ocupaban toda la llanura...Los mejores guerreros mahometanos corrían llenos de miedo por las cumbres de SierraBermejay el viento nos traía el son de vuestras músicasunido alestruendo del combate y a los ardientes vivas a la reina de España...

«¡Que entran! ¡Que entran! ¡Los cristianos han vencido! -exclamabanlos habitantes de esta plazadisponiéndose también a la fuga.

»Yo mismo creí que os apoderabais aquella tarde de Tetuán...

»Luego fue alejándose poco a poco aquel estrépito... Ya solo se oían losecos de las músicas y el redoblar de los tambores... El peligro había pasadopor aquel día...

»A la noche entraron en Tetuán doscientos cincuenta heridosloscuales olvidaban su propia desventura al considerar los muchos y bravoscompañeros que habían sido enterrados en el mismo campo de batalla...

«-¡Muley-Ahmed! ¡Muley-Ahmed! -decían-. Tú sólo puedessalvarnos. ¡Ven prontoMuley-Ahmedo encontrarás a Tetuán en poder de losinfieles!

»Pasaron algunos días de abatimiento y de tristeza... Pero el valor delárabe se rehace con facilidady la llegada de cinco mil Bojaris procedentesde Mequínezque entraron en Tetuán el día 26 por la mañanabastó areanimar el espíritu de las tropas de Muley-el-Abbas.

»Los Bojaris son los que vosotros soléis llamar la Guardia Negra.En efectose compone en su mayor parte de negrosy está encargada de lacustodia de la sagrada persona del Emperador. Compónese de unos quincemil hombrescasi todos de caballería; están dotados también con terrenos quedisfrutan vitaliciamentey usan espingarda con bayonetasable-gumíapuñal ypistolas.

»Por esta nueva gente (que venía llena de furor y de entusiasmo) se supoque el príncipe Ahmed estaba de camino con otros seis mil Bojarisy quedebía de llegar de un momento a otro... Festejaronpueslos Magacenisy las cabilas con salvas y grandes voces a la primera división de GuardiaNegray se dispusieron a recibir con mayores demostraciones de respeto yalegría al hermano de Muley-el-Abbas.

»El día 29 anunciose al fin que Muley-Ahmed asomaba por Wad-Rás. Todo elmundo subió a las azoteasy muchos personajes de Tetuán salieron hastael puente de Buceja a recibir al ansiado príncipe.

»Este penetró en Tetuán como a las once de la mañana. La alcazabay las puertas de la ciudad lo saludaron con cuarenta cañonazos. Las mezquitasadornadas con arcos de verduras; la muchedumbrecorriendo por las callesausiosa de verlo y de besar sus rodillas; los espingardazos disparados al aire;los gritos; las músicas; todas las señales del más frenético entusiasmoindicaron a Muley-Ahmed la oportunidad con que llegabahaciéndole imaginarseque él estaba llamado a salvar la honra del ejército y la integridad delterritorio marroquí.

»Ufanopuesy orgulloso (lo cual es propio de su carácter superficial yligero) pasó por Tetuún sin detenerse un puntoy se dirigió alcampamento de su hermano Abbasseguido de sus peones y jinetesqueen verdaderan las mejores tropas del Imperiolas cuales no habían tomado aún parte enla guerra.

»Muley-Ahmed es mulatoy de los más obscuros. Tiene la misma edad queMuley-el-Abbaspues creo que solo se llevan días; pero no se le parece ni enel caráeter ni en el rostro. Pasa por hombre atolondrado y de mala vidamuydado a las zambrasal lujoa la fantasía y a la mujer ajena.Hace inoportunos alardes de valory habla y miente tantocomo sus hermanos sonformales y taciturnos.

»El día que cruzó por aquí iba muy bien vestidotodo de blancomontadoen una hermosísima yeguablanca tambiény seguido de tres caballos de manopara cuando quisiese o necesitase variar de cabalgadura. Acompañábanle once Alcaidesmuy poderososla mayor parte de avanzada edadhombres unos acreditados enel consejoy avezados los otros a largas luchas con las feroces cabilas dellado allá del Atlas. Entre ellos merecen ser nombrados Ben-Almda yMahomed-Ben-Alíque tantas proezas han hecho en los dos últimos combates.

»A eso de las dos de la tarde llegó esta lucida comitiva al campamento deJelelidonde la recibieron nuevas salvas y aclamaciones...»

-¡Las oímos desde Fuerte Martín!... -exclamé yoque encontrabasingular placer en mirar cómo tomaban cuerpo y realidad aquellas remotasapariencias que tanto me habían preocupado durante nuestra estancia en lallanura de levante.

»-Los dos muleyes -prosiguió Abraham- se abrazaron con efusión y cariñoy de la conferencia que tuvieron en seguida resultó que dos días despuésatacarían juntos vuestras posicionescon el firme propósito (fueron suspalabras) "de morir todos en vuestras trincheraso arrojaros de cabeza almar y abrasaros con vuestros mismos cañones".

-¡Ah! Síahora comprendo el terrible combate del día 31...

«-Figúrese usted que eran ya treinta y ocho mil hombres entre todos; quehabían recibido gran cantidad de municiones y víveresy que estabandesesperados por lo ocurrido hasta entoncescuanto envalentonados por lasjactanciosas arengas de Muley-Ahmed. Nosotros mismoslos que másdesconfiábamos de la causa de los morosempezamos a creer que conseguiríanaquel día alguna ventaja... Tantos miles de caballos y peones eran capaces decualquiera cosasobre todo cuando los mandaban sus príncipes; cuando jugabanel todo por el todo; cuando su amor propio estaba excitado por la emulación queya mediaba entre los dos hermanos del Sultán; cuando tenían a la espalda unaciudad que los observaba; cuando habíaen finmás lejos un pretendiente alImperioque se prevaldría de las derrotas de Sidi-Mahommedel de la malaestrellapara allegar partidarios a su causa. ¡Por eso aquella lucha fuetremendaformidableencarnizada como pocas!

»Yo la vi tambiénaunque a gran distancia. Mas ¿qué digo yo?... ¡Todoel vecindario de Tetuánsabiendo lo que se jugaba en la contiendahallábase asomado a las murallasdespués de haber dispuesto sus familias ysus equipajes para una posible fuga!...

»Al principiocuando se vio que la caballería árabe rebasaba vuestrocampamento por la izquierda y se adelantaba casi hasta el mar; cuando sedivisaron aquellas blancas nubes de infantes y jinetes que os acosaban por todaspartes; cuando se os miró atascados en los pantanos y lagunasy vimos avuestra caballería correr valle abajo rechazada y casi dispersacundió por laciudad la noticia de que estabais derrotadosde que la victoria era de lospríncipesde que ya levantabais vuestro campo...¡y no sé cuántasfalsedades más! Pero¡ah!de pronto pueblan el aire mil gritos de terror...Los cañonazos retumban como un continuado trueno... Esos cohetes queusted dicecruzan como rayos de una parte a otra... Vuestras cornetas se oyentan cercaque parece que están debajo de estas murallas... Los moros huyen entodas direcciones... Los heridos que van entrando en la ciudad dan la voz de ¡Sálveseel que pueda!... Otros llegan despuésdiciendo que no hay cuidadoque nopensáis venir a la plaza todavíapero que Muley-Ahmed y Muley-el-Abbas hansido derrotados... ¡Quién añade que han muerto! Las mujeres y los niñoslloran y gimencomo yo no había visto nunca a la gente mora... Los vecinos de Tetuánse dirigen a orar a las mezquitas... Las mejores tropas del Imperio pasan atodo escape por los dos lados de Tetuán... Sus jefes las persiguengritándoles: "¡Cobardesa la trinchera; que van a robarnos elcampamento!" Y esta voz detiene a algunosque vuelven al campo debatalladonde sucumben miserablementedestrozados por vuestros huecosproyectiles... ¡La verdad es que todos creímos que aquel día os apoderabaiscuando menosde las tiendas enemigas!...»

-No era tiempo.

«-Vuestras bayonetas se veían relucir en todas las alturas de SierraBermeja. La Torre de Jeleli estaba materialmente cercada. Vuestrasgranadas llegaban a Tetuán...tantoque una de ellas mató a un moroen el mismo cementerio... ¡Qué consternación! ¡Qué agonía dentro de laplaza!... ¡Y qué secreto júbilo en nuestro cerrado barrio!

»En fin... ¿Qué más quiere usted que le diga? ¡Trescientos muertosenterraron los moros aquella tardey novecientos heridos entraron aquella nocheen Tetuán!...»

-Pero ¿qué se ha hecho de tanto herido? -pregunté yo entonces al hebreo.

-Los de esa acción salieron para Tánger al día siguientepues aquí nohabía ya dónde tenerlos ni quién los asistiera. Los de la batalla última selos llevaron ayer los moros al evacuar a Tetuán...

-Síeso lo vi yo mismo...

-Pues bienlos demáso se han muerto (que es lo que ha pasado a lamayoría)o están dentro de la ciudad...

-¿Dónde?

-¡En las casas de los moros! Pues ¿qué? ¿Cree usted que no hay moros en Tetuán?¡Lo menos hay ocho mil encerrados en sus casas...yuno sí y otro notodostendrán sus armas escondidas!

-¡Mal quieres a los mahometanos!

-Medianamente.

-Pues hablemos de la batalla del 4.

-¡Ah! ¡Esa!... ¿Quién la podrá contar?

-¿También la viste?

-También; y desde que noté que erais vosotros los que atacabais sinprovocación algunacomprendí que ya no había remedio para los moros. ¡Porsupuestoque todo el mundo lo conoció aquí de la misma manera!... ¡Laacción del 31 había acabado con todas las ilusiones!

-¿Qué decía Muley-el-Abbas después de esa acción?

-¿De cuál?

-De la del 31.

«-Ni él ni su hermano volvieron a poner los pies en Tetuán: lesdaba vergüenza; pero aquí supimos que Muley-Ahmed estaba desesperadoy queentonces era ya Muley-el-Abbas quien le infundía valordiciéndole que no sehabía perdido todo; que sus trincheras artilladas y las posiciones de suscampamentos se podían calificar de inconquistablesy que antes de apoderarsede ellas os estrellaríais al pie de sus cañones y de los tiradores emboscadosque defenderían el camino de Tetuán...

»Ya la verdadlas obras construidas en aquellos parajes... (usted lashabrá visto) eran imponentes. Fososlagunascañaveralesparapetosla Torrede Jeleliel río Jelúárbolesmalezascaseríostodocontribuía a dificultaros el paso. Vuestra artillería sería impotente una vezinternados en tales laberintos... Habíaen finmuchos motivossi no paraconfiar en que no penetraríais en la plazapara suponer que el conseguirlo oscostaría aún varios combates y muchos miles de hombres...

»¡Cuál seríapuesel asombro de todo el mundo al ver entrar en Tetuána los dos príncipes a las cuatro y media de aquella tremenda tardepálidoscomo la muertea todo el escape de sus caballosgritando con descompuestasvoces: "¡Huid...huid!... ¡El que nos ameque nos siga!... ¡Todo seha perdido!... ¡Tetuán es de los cristianos!"»

-¿Quién decía eso? ¿Muley-el-Abbas?

-Noseñor¡Muley-Ahmed! ¡Muley-el-Abbasreposado y tristese lamentabade la cobardía de sus tropasque habían abandonado todas las posiciones nobien perdieron las primerasy daba órdenes de coger y degollar a los jefes decabila que habían huido...

-¡Degollarlos!

-Así se hizo con algunos. Entretantola judería era asaltada por aquellasenfurecidas hordas... Nosotros...

-Sé lo demás... (le dije al hebreointerrumpiéndole). Hemos concluido porhoyamigo Abraham. Mañana podrás contarme las desventuras particulares de losjudíos.

Y me despedí de él políticamente.



 

- VII - Actitud del pueblo vencido y del ejército vencedor. -El palacio de Erzini.-La Mezquita Grande.

El mismo día.

Estoy en el palacio de Erzini; pero antes de deciros quién es Erziniy de describiros su palaciovoy a apuntar algunas de las cosas que más hanllamado hoy mi atención al venir desde la alborotada judería a este sosegadobarrio moro.

Primeramentecerca de la casa de Abraham encontreme una multitud de soldadosnuestros a la puerta de otra casa hebreadonde sonaban descompasados gritos dehombres y mujeres.

-Chicos¿qué es eso? -pregunté a los soldadosprocurando hacerme lugarpara ver lo que pasaba.

-¡Calle ustedhombre! -me respondió un granadero andaluz-. ¡Si es la cosamás particular que ha visto uno! ¿Oye usted ese jaleo y esas voces? ¡Pues esun dueloo funeralpor un tal Saúl que anteayer mataron los moros!

-¡Mucho lo sientensegún veo!...

-¡Ca! Noseñor. ¡Todo eso es pura ceremonia! Figúrese usted queahora poco han entrado ahí más de cuarenta judíostan alegres y satisfechoscomo si tal cosa; se han sentado todos en el patioy han empezado a gritar y agemir de la manera que usted oye... ¡Mire usted!... ¡Mire usted cómo searañan!

Hízome lado el granaderoy vi efectivamente a una porción de hebreos deambos sexoscon el rostro chorreando lágrimas y sangrey sollozando en corosin darse apenas tiempo para respirar.

-Dice aquí un judío -añadió el soldado-que el luto dura tanto como losarañazos que se hacen en la caraa lo que digo yo que algunas de esasmuchachas se habrán cortado las uñas antes de venir al duelo...

-¡Saúl ha muertoseñor! ¡El virtuoso Saúlque nunca hizo daño anadie! -Estas palabrasque oí ayeracudieron entonces a mi memoriay memarché pensando en la rara índole del ser humanoque se afecta a medida desus propias invencionesy llora o se regocijasegún la moda de cada país.Esto es obscuropero yo me entiendo. ¿No bailan las gitanas cuando se lesmuere un hijo de pocos años? ¿No mataban los hijos a sus padres (creo que enla antigua Lacedemonia) para librarlos de los achaques de la vejez?

Más adelante presencié escenas de otra naturalezaque me distrajeron detales reflexiones.

Por ejemploera graciosísimo oír a algunos soldados nuestrosplantados enmedio de la callehablar con tal o cual judíaasomada a la azotea de su casa.Las descendientes de Caifás estaban más honestas que ayerora por haberdesechado el temor de que les robemos sus ropas y alhajasora en obediencia deórdenes terminantes de nuestro general en jefe.

Por lo demásen estas conversaciones amorosas al aire libreoíanse a cadamomentocomo tema obligadolas palabras «mi ley» y «tu ley»...¡Era la polémica religiosa de siempre entre la cautiva y el vencedor!

-Mi ley no me lo permite...

-Hazte cristiana...

-Reconoce a mi Dios...

-Mi religión me manda aborrecerte...

Las mismas o muy semejantes palabras había yo leído en el Gonzalo deCórdoba de Floriánen Matilde o Las CruzadasenChateaubrianden lord Byronen Calderónen Zorrilla... ¡Oh! ¡Cuántosdramas y novelascuántos poemas y romances he visto realizadosanimadosvivosdesde que pisé esta tierra de África!... Y ¡qué gruposqué cuadrostan cómicos ofrece Tetuán en este momento!...

El trío de moroespañol y hebreoconversando en el hueco de una puerta;los ajustesventascompras y cambios; la relación que hace cada cual de suspeculiares usos y costumbres; el fiero musulmánque pregunta mansamente sise le permitirá usar armas; el otro quecon un pase escrito encastellano por algún sargentoanda buscando al general Ríos para que se lofirmey quecuando lo encuentrale tira de la levitay le dice tuteándole: Oyegeneral. Yomoro buenoquerer entrar y salir por puertas de la ciudad...;el noble guerrero que vuelve a la plaza sin mirar a nadiepenetra en su casacoge sus ahorrosy nos indica que le dejemos salirpues quiere marcharse parano volver; el moro de paz que llega a pedir justiciatrayendo a un judíocogido por el cuello; el judío que por la primera vez de su vidase atreve ainsultar a un morocontando con el apoyo de nuestros soldadosque a veces seponen de parte del que les habla en español; las explicaciones que se dan unossoldados a otros acerca de las peregrinas cosas que encuentran en la ciudad...;todo estodigoconstituye otros tantos asuntos dignos del pinceldel romanceo del sainetee imposibles de describir en mi ya larguísima historia.

Fijémonossi noen cualquier cuadro: en el cambio de monedaspor ejemplo.

-¿Qué me das aquí? -pregunta un soldado nuestrorechazando la vuelta deun duroque le entrega un judío en cierto género de ochavos y de chapitas deplata que parecen cualquier cosa menos dinero.

-¡Todo eso es muy bueno! -dice el judío.

-¡Miratúven acá!... ¿Cuánto vale esto? -replica el soldadocogiendoa un moro por el jaique y mostrándole aquel raro numerario.

El moro responde en árabe cualquier cosacomo si pudiese ser entendido porel español.

-¿Lo ves? -exclama el Judío-. ¡Dice lo mismo que yo decía!...

-¡No dice eso! ¿No es verdad que no dices eso? le pregunta de nuevo elsoldado al moro.

Este mira al judío con desprecioy por señas le dice al cristiano quetenga mucho cuidado con aquella gente.

-¡Dame mi duro! -grita entonces nuestro compatriota.

-Ya no lo tengo... Se lo debía a uno que pasó por aquíy se lo he dado.Pero tomasi quieresmás ochavos morunos -añade el hebreosacando delbolsillo otro puñado de cobre.

El soldadoharto ya de aquella disputacalcula a ojo el valor del metal ydel que llena sus manosy dice por último:

-¡Vaya! ¡Échame otros pocosy sea lo que Dios quiera!

-Toma¡para que veas que no te engaño!... -concluye el judíodándoledos ochavos másy se escabulle ligeramenteaprovechándose de que el soldadotiene las manos ocupadas y no puede correr...

La verdad es que el hebreo no ha estafado al cristiano. Aquella infinidad demedallas de plata y cobre valen acaso más que el duro que representan. Sinembargoel judío ha hecho un gran negocio. Diré por qué.

Nuestras monedas se cotizan en Marruecos como el papel del Estado entrenosotros. Los durosv. gr.están hoy a veinticinco reales; mañana estarán adieciochoy pasado mañana a treintasegún su abundancia o escasez... Ahorabienel judío acapara todos los duros que puedey cuando ha subido su precioempieza a ponerlos en circulacióndesplegando para ello una actividad y hastaun valor que solo se conciben en su carácter y tratándose de dinero.

Abrahampor ejemplocuando fue esta mañana a verme almorzar venía devender duros a los pastores de la sierra de Samsaque se los habíanpagado nada menos que a treinta y cinco reales en cobre. Para ello había tenidoque salir de Tetuánantes del amanecer; atravesar nuestros campamentosa riesgo de que lo creyésemos un traidorllegar a terreno vigilado por losmorosque lo tomaron por un espía; sufrir vejámenes de unos y otrosyexponerse a morirolo que es peora ser robado. ¡Ohsí!... ¡Nada hay tanheroico como la avariciamáxime si se tiene en cuenta que todos los avaros soncobardes!

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Una vez en los barrios moroshe notado que los tetuaníes principian a salirde sus casas. Hasta ahora no han pasado de la puertadonde toman el solacurrucados sobre el duro suelo. Peropor más que las calles seanestrechísimasy queconsiguientementese hallen unos muy cerca de otroslosvencidos no se dirigen todavía la palabra...

Otra observación he hecho. Cuando pasan nuestras vistosas cabalgatas(generales con su estado mayor y escoltao cualquiera de las lucientescomitivas que cruzan a cada momento las calles de Tetuán)lostaciturnos musulmanes recogen un poco las piernas a fin de que no los pisennuestros caballosy ni por casualidad siquiera alzan la cabeza para mirar aaquellos lucidos jinetes que tanto ruido van haciendo con sus bridones y susarmas... La única preocupación de los moros en tal momento parece ser evitarque les afecte materialmente aquel accidente fatal y mecánico que pasacerca de ellos. Por eso encogen las piernas... ¡Pero levantar los ojos paramirarlosería reconocerlo en cierto modo; sería saberlodarle cabidaen la memoriaaceptarlo con la curiosidadimposibilitarse para negarlo el díade mañana!...

Cuando ya ha pasado la cabalgata y se quedan solos (yo los espío condisimulo desde lejos)ni tan siquiera se miran. Mirarseequivaldría a tratarde aquel asunto...y el desprecio de los moros hacia el vencedor llega hasta elextremo de fingirse los unos a los otros que ignoran todo lo acontecidoúltimamente.

Por lo demás¿a qué mirarseni qué podrían decirse? ¿Acaso no tienecada uno la seguridad de que todos están pensando en una misma cosa? ¿Pudieranrevelarse algo que no fuese pálida y deficiente expresión del comúnsentimiento. ¡Hablar es explicary la explicación del dolor patriodada porcualquier lloroofendería la delicadeza de los restantes!

La elocuencia es platael silencio es orosuelen decir los árabes.¡Cuán justificado veo ahora este proverbio! ¡Silencio grandeorgullo dignoindiferencia majestuosadesprecio heroico! ¡Ah! La actitud de estos salvajeses sublime. ¡Yo no he visto nunca llevar con tanta nobleza la desgracia!Sufreny no lloran. Están indignadosy no se encolerizan. Se hallan resueltosa morir todos antes que transigir con nuestras leyesnuestros ritos y nuestroshábitosy no manifiestan su decisión con estériles alardes de patriotismo.Ni nos temenni nos provocan... ¡Bástales con su propia convicción de quejamás serán nuestros esclavos!

De todo esto se deduce que los moros son inconquistables por la fuerzaquesu libertad de espíritu en el vencimiento los hace y los hará siempre independentesy que ni aun a la vívida y expansiva cultura cristiana le sería dadoasimilárselosmodificando en poco ni en mucho tan reconcentrados sentimientospatrióticos y religiosos.

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Entregado a tales cavilacionesllegué por último a este palacio (famoso enTetuán)y aquíen los cenadores de un soberbio patiome he pasadohora y media escribiendo al fresco (pues hoy hace muchísimo calor). Ahora voy adar una vuelta por el edificio con el cancerbero moro que lo guarda y con elhebreo que me sirve de cicerone.

Erzini el dueño de esta moradaes un banquero morono tan ricocomo otro hermano suyode quien hablaremos alguna vez. Sin embargoel queaquí nos ocupa lo es tantoqueal decir del judíomide el oro por fanegasy queal marcharse ayer de Tetuáncargó de dinero nueve mulastrescamellos y ocho esclavos.

El palacio da claras señales de la creciente opulencia de su señor; puescon ser tan extenso y grandiosotodavía le había parecido pequeñoyconstruíase a espaldas de él un segundo y más suntuoso edificiocuyas obrasparalizó la guerra. Los arcos ya levantadoslas maderas reunidaslos montonesde azulejoscoleccionados por tamaños y coloresy el trazado del vastojardín que había de constituir el tercer patiodejan comprender lo quehubiera sido esta mansión después de terminada.

En cuanto a la parte antigua en que nos encontramosbasta por sí propiapara dar idea de la vida del potentado que aquí habitaba. Las estancias sonespaciosasy los techosaltísimosostentan ricos artesonados. Todos lospavimentos y paredes están cubiertos de gracioso mosaico. Las arcadas ycolumnatas de los cenadores bajos y corredores altos lucen su grandiosidad yesbeltez en el mejor estilo de arquitectura árabeo sea en el que Alhamar empleópara adornar la Alhambra.

Aquíen este primer patioque es el que más me gustahay una luzun aireuna cosa sin nombretan llena de calmasoledad y deleiteque entrauno en ganas de sentarse en el suelo (como yo me he sentado) y callar durantemuchas horas... Y es que en las amplias y lisas paredes se provectan con gentilelegancia las sombras de los delgados fustes de las columnas; es que el solacaricia suavemente los arabescosllenos de leyendasque cubren cada cornisa;es que el rumor del agua parece la lengua del alto silencio que reina en estoslugares; es que los naranjos plantados entre las losas del patio perfuman elambiente con el rico olor de su azahar; es que las aves gorjean al revolar bajoblanquísimos arcos que parecen de encaje o de filigrana; esen finque elgran cuadrado de cielo que sirve de techo a este asilo de paz y de poesíacontrasta con las blancas líneas que lo limitany aparece más azullimpio ycariñoso que los ojos de cierta rubiaal sonreír de amor después de haberllorado de celos...

Y ved lo que son las cosas cuando se las deja llegar naturalmente... Aún nohemos pasado de los patios de esta mansión morunay ya pensamos en mujeres.¿Cómo nosi la arquitectura árabe es hija del amor; si esta manera dedisponer y adornar las casas ha sido inspirada por el deseo; si este aire estátodavía impregnado de los perfumes del harény sia veinte pasos de míhayun gran arco tapado por amplia cortina de sedaque oculta un cenadordondeacaban de resonar suavísimos cantos de mujerunidos al llanto de unpequeñuelo?...

El guardián de palacio (viejo moromuy adicto a Erzinisegún dice Jacobmi guía de siempre) pónese pálido al escuchar aquel canto y aquel lamento.Sin duda recela una profanación de nuestra parte; quizá teme que pretendamospenetrar en el cenador habitado...

Y hablo en pluralporque Mr. Iriartecon quien me había citado para estepalacio a las doce de la mañanallegó hace un momentoycomo yosienteinvencible curiosidad por ver (nada más que por ver) el cuadroque se oculta detrás de aquel velo de seda...

-¡Aquí hay mujeresJacob! -advierto yo en voz baja a mi judío.

-¡Eso se dice en Tetuán! - responde el infame.

-¿Qué se dice?

-Que Erzini ha dejado aquí sus esclavassobre todo a las que tienen hijospor miedo a las cabilas.

-¡Como hombre de mundoconocería que nada tenía que temer de loscristianosen lo cual ha acertado de medio a medio!...

El lloro y el canto continúan... Por últimocesa el lloro y no se oye másque el canto. Su melodía es tan sencilla y monótonaque parece la prolongadavibración de una cuerda de arpa. El agualos pájaros y algún suspiro delviento en los altos cinamomos del segundo patiosirven de acompañamiento a lacautiva...

El anciano moro (que tiene orden del general Ríos de enseñar el palacio alos que traigan ciertos pases que nos han repartido a los artistasbien queencargando en ellos el respeto a las habitaciones cerradasysobre todoa lasocupadas por mujeres); el anciano mororepitosacude con impaciencia un manojode llavescomo diciéndonos: «Aquí no hay nada raro que ver... ¡Vamosadelante!»

Yo no me muevo; yo me hago el sordo. La bondad de mis intenciones me impeleal desacato; la curiosidad artística y poética me prensa el corazón... ¿Quéme importa la orden? ¡El general no sabrá nunca que la he infringido; puesaunque el moro me acuseno podrá decir cómo me llamo!... AdemásRíos mehonra con su amistadya muy antigua... ¡Y la falta es tan leve! ¡Tan naturalen un poeta!...

Iriartemás fuerte que yodomina su curiosidady me dice:

-Vámonos arriba: dejemos eso. ¡Estará escrito que no veamos un harén habitado!

-¡Vamosarriba! -repito va maquinalmente.

Y empezamos a subir la escalera: yo detrás de todos.

El moro va muy contento con el triunfo que su fidelidad ha obtenido sobrenuestra irreverencia...

De prontome detengo; quédome atrás; deslízome otra vez por la escaleraabajoprocurando no ser visto ni oído (pero observadosin embargoporIriarteque no se atreve a seguirmey que se apresura a distraer al moro);llego al patio; tuerzo a la izquierda; me acerco al cenador famoso; levanto lacortina...y encuéntrome en medio de la misteriosa estancia...

La primera impresión que siento es la de una atmósfera tibia y tan cargadade perfumesque me trastorna materialmente...

Luego percibo una mujermedio vestida con chilaba blanca y turbantedel mismo colorsentada en grandes almohadonesal lado de una alta cunaen lacual duerme un niño desnudo que parece vaciado en cobre...

¡Oh desencanto! ¡La Odalisca es negra! ¡No podía darse mayor desgracia!Mírolasin embargocon atencióny hallo quedada la costumbrepuedeagradar aquella mujer. Sus facciones son regulares y finas; su cuerpoel de unaVenus de azabache; su tocadosumamente artístico; su actitudla de unavoluptuosa... pereza.

Yo creía queal vermedaría un gritoecharía a correroa lo menosse llenaría de terror... ¡Nada de eso! Mírame a la cara con la tenacidad quemiran los negrosy sonríese con dulzuramostrando sus blanquísimos dientesquesobre la sombra de su caraparecen una doble sarta de perlas.

Aquella sonrisamedio salvajemedio cariñosame revela estos pensamientosde la Nubia:

«La mora es negra; el moro se ha ido; el niño duerme; tú deseabas mirarme;yo estaba aquí; has entrado. Yo no había visto nunca a ningún español: eldel palacio dice que no hacéis daño a nadie. Yo no tengo la culpa de que hayaslevantado esa cortina; también soy curiosa; ¡gracias por haberte comprometidoen beneficio de los dos! Tú sabrás cuándo has de irte: yo sé bien que a loscristianos no les gustan las moras negras; pero ¡si supiera Erzini que estásaquí!...»

O yo no entiendo de fisonomíasy no sé leer en los ojosni estoy dotadode un átomo de intuicióno la esclava me dice todo esto con su larga mirada ysu continuada sonrisa.

En la habitación hay un lechoverdaderamente regiocubierto de almohadonesde damasco rojo y de cortinas de lana y seda. Súbese a él por unos peldañosalfombradoscomo toda la habitacióncon riquísimos y blandos tapices. Muchasotomanasmuchos cojinesmuchas vistosas mantas forman un diván alrededor delaposento. Un pebetero doradocolocado en medio de éllo perfumaincesantemente. Cerca de la negra hay dos o tres de esas tacitas semiovales enque los moros toman el caféy a las que sirve como de peana un a modo dehuevero de metal. Sobre cierto mueble que carece de equivalente entre nosotros;sobre una especie de tarima alta y pequeña (que a esto se asemeja más que aotra cosa)arquitectónicamente construiday pintada luego de varios coloresvense más tazas como las que he descritouna lámpara de metal de formaeuropeaalgunos pedazos de una galleta negra que aman mucho los morosdos otres naranjas y un plato de cristal lleno de azúcar.

Mientras mis ojos aprecian tales pormenores y otros más nimiosmiaventurera imaginación abarca el conjunto de la estancia y fórjase a su antojolas escenas que en ella habrán tenido lugar. ¡Al final fin entreveo elmisterio de la vida agarena! Esta es la mujer de Oriente; este el innoble cuadrode la familia musulmana. Una joven prisionera y ociosa; su niñoque le aseguracierto respeto en el corazón de su esposo y amo; silenciosoledadperfumessueñoplaceres y tristezas confundidos; suspiroscantos y sollozos que nadieoye ni compadece... Así había yo adivinado esta vida; así la había leído enpoetas y viajeros; y así la canta lord Byron. ¡Nada tengo ya que desear!

Salgopuesde tal cenadory subo a escape la escalera en busca de lasotras gentes.

El viejo moro no me ha echado de menos. Iriarte me mira con envidia. Eljudío sonríecomo diciendo: «Guardaré el secreto si me aumenta usted hoyla propina...» Y yo pregunto a Iriarte qué objetos curiosos ha vistodurante mi breve ausencia...

Él me responde: ¡Nada! Hemos pasado cerca de una puerta que el viejo morono ha querido abrir. A la parte de adentro se oía hablar en voz baja... Jacobdice que allí estarán todas las mujeres y esclavas de Erzini. ¡Parece ser quela de abajola que tú acabas de visitarera la favorita en estos últimostiempos!

-¡Demonio! -le contesto yo en son equívocopara atormentarle con su propiaenvidia.

Poquísimas cosas dignas de especial mención vemos después en esta casa. Elmoro no quiere enseñarnos los bañosy nos contentamos con ver losestanques del jardín. Este jardín no tiene nada de particularni lo tendráhasta que terminen las obras que hoy se construyen en torno de él.

En muy escondida habitación hallamos una cama europea (esto esuna cama debronce doradocon sábanascolchonesetc.)cuyas ropas desarregladas indicanhaber dormido en ella alguna persona. Cerca de la cabecera hay una taza que aúnconserva un poco de caféuna lamparilla de cobre derribaday un reloj antiguode sobremesaque anda todavía...

-¡Aquí durmió Erzini la última noche! -exclamamos a un tiempo Iriarte yyo.

Por lo demásen todas las habitaciones hay muebles europeos y africanosque fuera interminable enumerar. Apuntarésin embargocomo muestraciertasgrandes arcas labradasaltas como nuestras cómodas; unas tarimasbajas comolas de nuestros braserosy que son las mesas de comer de los moros elegantes;otomanas y cojines hasta la profusión; alacenas henchidas de todo género decomestiblesmuchos de ellos reprobados por el Corán; cajas llenas de botellasde vino; vajilla oriental e inglesa; grandes espejos modernos; ni una silla;ricas alfombras; esteras de junco y de palma; cortinajes de gran mérito;arañas de cristal; otras dos magníficas camas de broncedispuestas a nuestrausanzae infinidad de objetos argelinosfrancesesmarroquíesingleses yespañolesque revelan la despreocupación y el cosmopolitismo del diplomáticomoroqueal decir de Jacobha viajado mucho y pasa por uno de los hombresmás civilizados de este imperio (15) <notas.htm>.

Conque marchémonos a otra parte. Tiempo es ya de que visitemos una mezquitaantes de que los moros logrencomo pretendendel general Ríos que no lasvisite ningún cristiano (ni tan siquiera los cronistas).

Vamos a la Mezquita Grandeo sea la Djama-el-Kebirque dicenlos creyentes.

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Para ir al templo mahometano atravesamos algunas calles solitariasembovedadas todasy llenas de sombra y de silencio.

Desde que Abraham me dijo que aún había miles de heridos dentro de Tetuánsaludo con el más profundo respeto a las cerradas casas de los barrios moros...Sin embargocuando encuentro una puerta entornadamiroy a través de ellaveo ondear algún jaique blanco que cruza por el estrecho pasillo que sirve deantepatio...

En otras ocasionesasómase a la calle tal o cual niño; pero pronto se vesalir un brazo blanco o negro; coger de la chilaba al imprudentetirar de ély cerrar la puerta...

Únense entonces al ruido de la llave las palabras de reprensión que murmuraen árabe una voz femenil. Los gritos del niño se alejan poco a poco por elinterior de la casay yo siento hondo pesar al considerarme tan enemistado porlas circunstancias con una gente que admiro y compadezco de todas verasy a laque me liga desde mis primeros años la más ardiente devoción... literaria.

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Pero hemos llegado a la Gran Mezquita.

Un centinela nuestro guarda la puerta.

Mostramos el pasey se nos deja entrar.

La puerta es un bello arco de herraduraabierto en una amplia paredtodabordada o labrada de hermosas inscripciones. Aún decoran este arco algunossecos festones del ramaje con que fue adornado el día que Muley-Ahmed llegó a Tetuán.

Penétrase luego en un gran patio lleno de luzrumor de agua y cantos depájaros. En éla mano izquierdahay una extensa pila de mármoldonde losmahometanos se lavan los pies siempre que vienen a oraryno lejosforma elsuelo un pequeño estradoen que dejan las babuchas para entrar descalzos en lacasa de Dios. En finen medio del patio hay otra gran fuenteque es la quellena de blandos murmullos estos lugares.

A cada lado del patio vese un rompimiento de arcos elegantísimos que dan ados anchos cenadoresa los cuales se sube por un doble escalón revestido demosaicocomo todo el pavimento; y en el fondoo sea de frente a la calleencuéntrase el verdadero templo.

Penétrase allí por una gran puerta primorosamente labraday desde luegoimpresionan el ánimo la gran capacidad de la navela altura del techolascien lámparas que penden de éllos atrevidos arcos y frágiles columnas quelos sostieneny la ausencia de todo ídolode toda figurade todo símbolomaterial de la fe en Alá y su Profeta.

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De vuelta en el pationos sentamos Iriarte y yo en uno de los cenadoresyél saca sus carteras y sus lápicesy yo mi recado de escribir...

Él trata de fijar sobre la vitela los ángulos de luz y sombra que proyectael sol del mediodía en las paredes y en el suelo; la perspectiva aérea dearcos y columnasla silueta del alto cornisamento sobre el azul del espacio; elarmonioso contorno de las arcadasy su combinación con los planos obscuros oluminosos en que se destacan elegantísimamente...

Yo me esfuerzo en reflejar en el papel estos fugitivos instantes; por pasarel tiempo; por condensar la vaga meditación en que aquí se solaza el alma; pordarme cuenta de mis indeterminadas emociones; por haceros sentir y comprender laextrañezael orgullola rara lástimael cruel sarcasmola puerilcomplacencia y la involuntaria melancolía que experimenta el cristiano en eltemplo del Dios de Mahoma.

Es la vez primera que un pie calzado huella estas losas de colores; laprimera vez que los ecos del techo repiten el rumor de armas y de espuelas...¿Dónde está ese Alá (me pregunto)que no hunde sobre mí su profanada casa?

¡Ay! ¡Alá sólo vive en el corazón de los mahometanos; ycuando ellossalen de este temploaquí no queda nadie!

Pero ¡silencio! Un moro acaba de penetrar en la mezquitay nos mira aIriarte y a mí de tal maneraque nos conturba profundamente... La cólera delDios de Mahoma puede no ser temible...pero la religiosidad de un mahometano esmuy digna de consideración y respeto...

El moro recién llegado tendrá unos cuarenta años. Su púlido y austerosemblante luce una hermosa barba negra. Viste jaique blancoy cubre su cabezaun enorme turbinte liado en un casquete rojo.

Primero se para y nos mira. Viendo luego que no nos marchamoscolócasecerca de la fuente; mide con la vista la sombra que su cuerpo traza sobre elsueloyvolviéndose hacia nosotrosnos muestraextendidosdos dedos de sumano derechacomo diciendo:

-Son las dos... la hora de la segunda oración de los islamitas...

Al mismo tiempo oímos allásobre el altísimo minaretela voz de otromoro que canta una salmodia lentavibrante y melodiosa como las notasinterminables de nuestras canciones andaluzas...

-¡Alah!... ¡Alah!... -repite muchas veces el almuédanoentre otraspalabras que no comprendemospero que significansegún Jacobalgo parecido alo siguiente:

-Bendigamos a Dios: es la hora de la oración; acudidcreyentesa bendecira Dios.

-Vamos nosotros -le digo a Iriarteque recogía ya sus dibujos-. Desde queesos hombres han penetrado aquí tan llenos de fe y de indignacióneste lugardebe de ser sagrado para todo corazón generoso.

Cuando ponemos el pie en la calleson ya muchos los moros que salen de suscasas o asoman por las esquinas con dirección al templo...

-¡Paz! -les decimos nosotros con el ademán que ya sabéis.

-¡Paz! -responden ellos del mismo modo.

Y el almuédanodesde lo alto de la torresigue llenando el espacio con elnombre de Diosmil veces bendito...

Entretantoya habrán comenzado a tocar vísperas los esquilones detodas las catedrales del mundo católico.



 

- VIII - Mercaderes argelinos. -Moras tapadas. -El Job mahometano.

Día 8 de febrero.

Hoy se ha practicado un largo reconocimiento por el camino de Tánger. Segúnhemos vistoMuley-el-Abbas y los exiguos restos de su ejército (seis u ochomil hombres) están acampados a dos leguas de aquío sea a la mitad del caminodel Fondak. Casi todos los moradores de los aduares que hemos hallado alpaso han huido al vernos... Pero despuésobservando que no íbamos en ademánde guerraalgunos se nos han acercado a vendernos huevos y gallinas.

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El general Ríos ha sido nombrado capitán general de Tetuán ygobernador de la plaza.

Por ahora solo se piensa en habilitar hospitales; rotular las callesa finde que sea fácil entenderse en su anónimo laberinto; sacar escombros; garantirlas propiedades de los moros ausentesy arbitrar medios de hacer menosincómoda a la guarnición de estancia en la ciudad.

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Yo he visitado esta tarde las tiendas de comercio de los argelinosqueporestar situadas en habitaciones interioresse han librado del saqueo.

El Moro argelino se diferencia del marroquí en que conoce más lavida europeasiquier no acepte sus goces ni sus hábitos. Explótalasinembargopara sus negociosy es más trabajador y comerciante que sucorreligionario de Occidente. Todos los que hoy he visto hablaban francésy nopodían ocultar su júbilo al ver avasallados a los marroquíesque tanto ytanto se habían engreído ante ellosdiciéndose inconquistables... Maspenetremos en sus bazares o casas de comercio.

En el piso principal hay grandes mostradoressobre los cuales se venextendidas las más ricas telas de Orientedesde el damasco hasta el tisúdesde la lana tan suave como la sedahasta el brocado y el terciopelo cubiertosde piedras preciosas. Riquísimos velosexquisitas esenciasrosarios deámbarcucharas de concha y orobabuchas guarnecidas de perlasolorosaspastillasprimorosas fajas bordadas de coloresy otros mil objetos tan lujososcomo raroshan pasado ante mi asombrada vista y dádome idea del fausto de losmusulmanesasí como de lo preciosas que estarán las blancas hijas de loscaballeros árabes cuando luzcan tan suntuosos atavíos.

Con los moros no se puede regatear. Venden severísimamentey su formalidadcontrasta en alto grado con la charla gitana del codicioso y artero judío.

-¿Cuánto vale esto? -se le pregunta a un moro.

-Veinte duros. Llevar o dejar.

-¿Quieres quince?

-No: déjalo... Otro me dará veinte.

-¿Quieres diecinueve?

-¡Mirano! Compra cosas que valgan diecinueve. Pero esta vale veinte.

Y no hay quien los apee de aquí.

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A fuerza de dar vueltas por los barrios árabes he conseguido ver tres morasopor mejor decirtres fantasmasquesegún me ha dicho Jacoberan tresmujeres.

Llevaban la cara tapada con una especie de tocarasgada horizontalmente a laaltura de los ojos. Vestían de blancoy se parecían a aquellos penitentes queaún salen en nuestras procesiones de Semana Santa.

A una me la encontré parada debajo de mi arcoacompañada de tres moros.Comprendí que se marchaba de Tetuánpues no lejos había dos buenoscaballos enjaezados. Era alta y de porte elegante. Un alquicel finísimo yonduloso la envolvía de pies a cabeza. Por la hendedura ardiente la máscararelucían unos ojos negrosardientesjuvenilescuya mirada se cruzó con lamía al tiempo que pasé rozando con su falda por el angosto arco...

En cambiono me atreví a mirar a los moros que la acompañaban; ypor noparecer espíame fui de aquella calledejándolos en libertad de despedir ala encubierta viajera según que tuvieran por conveniente.

Las otras moras las divisé a lo lejosen ocasión que pasaban corriendo deuna casa a otra...

-Irán a bañarse... -me dijo mi cicerone-. En la casa donde han entrado hayunos baños muy buenos...

-¿Públicos?

-Noseñor: de familia.

Por mucho que apresuré el paso sólo llegué a tiempo de oír el portazo conque se encerraban y las risasentrecortadas por el cansanciocon quefestejaban la desaparición del peligro que creían haber corrido...

En la puerta había cinco agujeros muy pequeñosque hacían las veces del ventanillode Madrid. Acerqueme a mirar por ellosy lo único que vi fue dos ojos negros ylucientesque me espiaban a su vez desde el otro lado de la tabla...

-¿Será el moro? -pensédando un paso atrás. Pero nuevas risas femenilesque resonaron y se fueron alejandounidas al leve rumor de pasos y de ropasmeconvencieron de que aquellas donne belle bianco vestite campaban hoy porsu respeto.

¡No interpretéis mal mis intenciones! No veáis en estos hechos puerilesque tengo la sinceridad de confesaroscosa alguna que signifique torpe afán oconcupiscencia... Únicamente son resabios de antiguas lecturascuriosidadesartísticasansia de entrever aquellos lances maravillososidealizados por elpeligroquesegún lord Byronacontecieron en Grecia y en Turquía al pícarohijo de Doña Inés... ¡Y nada más!

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Concluirépor hoydándoos a conocer un raro personaje que completará envuestra mente la idea que ya iréis formando del misticismo musulmán.

A cualquier hora del día o de la noche que atravieso las obscuras yretorcidas callejuelas que desde la Plaza Vieja conducen al palacio deErzinioigoal pasar bajo un aplanado y retorcido arcoque sirve como de codoa dos callesun triste y prolongado lamentonunca interrumpidoy que es elúnico rumor que turba la quietud medrosa de aquel lóbrego y al parecerdeshabitado barrio.

Este lamento sale de un arruinado poyo de cal y canto que se alza en la partemás obscura del solitario pasadizo; y lo lanza un pobre moro que vive hacemuchos años tendido en aquel mismo lugary de quien sólo he podido saber quees uno de los Derviches más respetados del Imperio.

Cuando el sol luce en el mediodíay penetra alguna claridad en aquelángulo del embovedado recodocolúmbrase vagamente la figura del hombre que sequeja; masaun entoncessolo por su voz se viene en conocimiento de que aqueles un ser humano... Los ojos no perciben más que un puñado de mugre.

Y es que el Dervicheflaco como un esqueletosucio como toda unavida de incuriaacurrucadoopor mejor decirhecho un ovillo bajo sus milveces desgarradas y remendadas vestidurasoculta la cabeza entre las rodillasabárcase las piernascon los brazosy permanece inmóvil horas y horasllorando siempre desde lo profundo de su miseria.

Allí pasa el día y la noche; allí come lo que la piedad de algúntranseúnte pone al alcance de su mano; allí duermesi es que duerme; allí loencuentran uno y otro estíoun invierno y otro invierno; allí parece quenació; allí morirá...¡si aquello puede llamarse vivir! Nadie recuerdahaberlo visto en otra parte; nadie pasó bajo aquel arco a ninguna hora sin oírsu acento plañidero; muy pocas personas lo han sorprendido en otra actitud...

Yopor desdichalo vi incorporarse esta nochea eso de las diez (que pasépor aquella rinconadaprovisto naturalmente de una linterna). Mirome concalenturientos ojos... Estaba delirando... Habíase desarropado del todoaunquehacía mucho frío. Su lamento era más lúgubre que nunca... ¡Tuve miedo!

El Dervich no pasa de los cuarenta añosa lo que todos aseguran;pero representa ochenta. Está locoverdaderamente loco y su locuracomo la detodos los musulmanesconsiste en hablar con Dios o de Dios...

Hacepuesmuchos años que solo sale de su boca esta palabra: ¡Alah!

-¡Alah! ¡Alah! (¡Dios! ¡Dios!) He aquí la ideael acentola chispade vidael rayo de luz que brota de aquella basurade aquella escoriadeaquella podredumbre humana...

Recuérdame a Job. Solo así concibo un espíritu tan lucienteunido a unamateria tan miserable. ¡Debajo de aquel estiércol hay escondida un almay eneste alma reside el Autor de mundos y soles; mora el gran Diosel ÚnicoelEternoel Omnipotente; albérganse la eternidad y el infinito; alienta la Fesonríe la Esperanzaarde la Caridad!

¡OhMisericordia divina! ¡Tú no te desdeñas de habitar en tan inmundoseno! ¡Ohespíritu inmortalrayo del cieloalma del hombre! ¡Tú eresincorruptible! ¡Tú fulguras lo mismo en el corazón del leproso que en lafrente de Constantino! ¡Tú saliste tan inmaculada y pura del gangrenado pechode Lázaro y de Jobcomo del casto corazón de los santos niños calcinados enel horno! ¡Tú eres como amianto!



 

- IX - Noticia del entusiasmo de España. -Parlamentarios de Muley-el-Abbas.-El Sábado de los judíos. -Tamo.

Día 11de febrero.

Después de tres díasdurante los cuales (lo confieso ingenuamente) hepensado en todomenos en la guerra que aquí nos ha traído y en la patria quenos ha enviado días de romancescas y artísticas emociones llenos decontemplaciones filosóficas y delirios poéticosde prolijos estudios acercadel carácter y las costumbres de moros y judíosde raros encuentrosdeextrañas aventuras y de inocentes placeres; díasen finde poeta viajeroycon esto lo digo todoamaneció el de hoyquepor los singularesacontecimientos que en él se han verificadome ha sustraído de mis éxtasismoriscosdesatinado amor a los africanospara volver a inflamar en mi corazónel recuerdo de Españade nuestra banderade la causa que hemos venido asostener en este imperio y de la nobilísima sangre que nos ha costado llegar alas puertas de Tetuán...

La primera cosa que me hizo pensar esta mañana en que era español ysoldadofue la llegada del correoel cual nos traía ya noticias de laimpresión producida en la madre patria por la batalla del 4 y por la toma deesta ciudad...

Al leer las cartas particulares en que familia y amigos me describía elentusiasmo de Españaun escalofrío de inefable júbilo circuló por micuerpo... Los regocijoslas fiestaslas aclamaciones populareslascolgaduraslos himnoslas iluminaciones... ¡Todo lo vio mi imaginación!¡Todo lo agradeció mi alma! La Patria entera ha respondido a nuestros gritosde triunfo... Madrid hierve en orgullo y alborozo... El nombre del ejército esrepetido en todas partes con adoración... La noblela grandela heroicaEspaña nos considera dignos de ella...nos proclama sus beneméritos hijos...¡Ah! ¡Era demasiado para nuestra ambición! ¡La largueza del premiolaesplendidez de la recompensaenternecía mis entrañas!... ¡Aquellas suavescariciasdespués de tan rudas penalidadesarrasaban de lágrimas mis ojos!

En estoocurriome una idea. El correo seguía repartiéndose en medio del Zocoen el mismolugar donde yo lo había recibido de los primeros... Porconsiguiente¡cuantos se hallaban en la plaza estarían experimentandoemociones iguales a la mía!

Alzo la vista... Yen efectoveo que paisanossoldadosoficialesjefes¡todos!tienen cartas en una mano y el pañuelo en la otra... ¡Oh!... Sí...Todos los semblantes están conmovidos... El llanto del reconocimiento bañatodas las mejillas... «¡España! ¡España!» murmuran innumerables voces confilial ternura.

Ypara todosaquel es el verdadero momento de la victoria... Ysoloentonceslevantan la cabeza con arroganciacual si el voto patrio fuese laansiada confirmación del triunfo... ¡Solo entonces se convencen de la grandezade la obra que han llevado a feliz término! ¡Solo entonces prueban el soberanojúbilo de la gloria!

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Arrobado estaba en esta contemplacióncuando notose en la misma plaza ungran movimiento de más activo júbilomezclado de sorpresa y curiosidad...

-¡Parlamento! ¡Parlamento! -exclamaron al par muchas voces-. ¡Por elcamino de Tánger llegan emisarios de Muley-el-Abbas!... ¡Ya están en latienda del general Prim! ¡Nos piden la paz!... ¡Marruecos reconoceal propiotiempo que Españanuestras definitivas victorias!...

Estos acentos de alegría no deben extrañaros...

¡La paz es siempre grata después del triunfosi el triunfo ha bastado a lasatisfacción de las ofensas! Nosotros hemos venido a África a cobrar unaantigua deuda de honra; a hacer comprender a los marroquíes que no se insultaimpunemente el nombre español; a demostrar al mundo que aún sabemos morir pornuestro decoroy a hacer ostentación de nuestra fuerzaprimero a nuestrospropios ojos (pues nosotros nos desconocíamos ya a nosotros mismos); segundoalos ojos de los procaces mahometanosque nos creían débiles y abyectos; yúltimamentea los ojos de toda Europadonde hace largos años se nos habíarezado la oración fúnebre y se nos contaba en el número de los pueblosmuertoscomo a la heroica Grecia y a la cesárea Roma. Pues bientodo esto lohemos conseguido ya: España ha despertado de su postración; Europa nos saluday aclama como a dignos herederos de nuestros antepasadosy Marruecos viene apedirnos paz y amistadproclamando el poderío y la fortuna de nuestrasarmas...

No necesitamos otra cosa; a eso venimos... ¡Dios ilumine al hombre de estadocomo ha asistido al general! ¡Dios tenga a raya la soñadora fantasía denuestros compatriotas! ¡Quiera Dios que el engreimiento del triunfo no leslleve a empeñarse en conquistar todo el África! ¡Ay! ¡España se ha hundidomuchas veces por sobra de aliento y de heroísmo!

Así pensaba yoen tanto que me dirigía al cuartel general del conde deLucena (ya duque de Tetuánpor real decreto)a fin de presenciar la llegadade los emisarios moros. Y sugeríame estas ideas el haber leídoen losperiódicos que acabábamos de recibirpalabras tan fascinadoras comoimprudenteshijas quizá de un entusiasmo generosoo tal vez fruto demiserables cálculosformado por el odio de los partidos...

Aquellas palabras hablaban de conquistade colonizaciónde que debíamosir a Tángera Fez y hasta a Tafilete; de extirpar el islamismo en África; deimprovisar una nueva España a este lado del Estrecho; de plantar la Cruz sobreel Atlas y convertir al cristianismo a diez millones de fanáticos musulmanes;de despoblar una vez más la Península Ibérica para poblar esteinconmensurable continente; de reproduciren finla política austriacatanbrillantetan poéticatan heroica¡pero tan fatal a Españatan temerariaen su origentan devastadora en su desarrollotan nula en sus resultados!

Lleguéal final cuartel general de O'Donnell en ocasión que losparlamentarios de Muley-el-Abbas penetraban en él por el opuesto ladoprecedidos de un corpulento Rifeño que llevaba en alto una bandera blanca.

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Los emisarios marroquíes eran cuatrotodos ellos señaladísimos generalesdel vencido ejército del Emperador.

Vestían nobles trajeso sean largos caftanes obscurosbotas de tafileteamarilloy turbantes y albornoces blancos. Los arneses de sus caballos eran detanto gusto como valory lo mismo las pistolas enormes que llevaban los cuatro Morosde Rey de su escoltacuyos altos gorros encarnadosferoz fisonomía ycolosal estatura les daba un aire imponente por todo extremo...

De los cuatro ilustres generales ninguno contaría cuarenta años; ysegúnme ha dicho Rinaldyllamábanse el-Alcaid el-Yas el-Mahchardel-Yuisel-Charquíel-Alcaid Ahmet-el-Batín y Aben-Abu.

Este último hablaba españoly venía en calidad de intérprete. Los de laescoltaque eran Rifeñosentendían también el castellano; pero no lohablaban...sin duda por encargo de sus señores.

Sin embargoa Rinaldy le dijeron (en árabe) que el-Mahchard esgobernador del Rif; el-Charquísegundo gobernador de Fez; Ahmet-el-Batíngobernador de Tánger y lugarteniente o segundo de Muley-el-Abbasy que Aben-Abuhermano de este últimoha mandado la caballería mora en casi todos loscombates de la presente guerra.

El semblante de estos guerrerosque tanto han sufrido y trabajado en eltranscurso de la campañarevelaba profundo quebrantobien que llevado contanta resignación conto dignidad. Así fue queal ver pasar a nuestro lado atan insignes caudilloscuyo desesperado valor hemos podido apreciar cien vecessentimos todosen vez de odio o compasiónel más generoso respeto. Ellospor su partenos saludaban ligeramente con la manoadivinandosin dudalajusticia que les hacíamos en lo profundo del corazón.

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La conferencia de los cuatro moros con nuestro general fue muy breve.

Preguntáronle ellos a qué había venido a África; qué quería; quédemandabay bajo qué condiciones haría la paz...

-Muley-el-Abbas la quiere... -añadieronpor último-y nuestra patria lanecesita.

-Yo he venido aquí -contestó el general O'Donnell- enviado por la reina deEspaña con autorización para hacer la guerra; pero no para hacer la paz. Hoymarchará a Madrid uno de sus generalesy comunicará vuestra pregunta a SuMajestad. El jueves próximo podéis volver por su respuesta.

-El jueves próximo estaremos aquí sin falta -respondieron los marroquíes.

Después de esto mediaron entre los caudillos algunas explicaciones acercadel modo cómo se ha sostenido la guerra por una y otra partey los generalesmoros se apresuraron a demostrar reconocimiento por el clemente y caritativoempleo que hemos hecho de la victoria...

O'Donnell volvió a quejarse de la bárbara crueldad con que ellos hantratado a los españoles que han caído en su poder.

-¡No es culpa nuestrasino de las feroces cabilas! -contestaron losmusulmanes-. Por lo demásnosotros no os conocíamos. ¡Se nos habíaengañadohaciéndonos creer que erais tan débiles en la lucha como inhumanosen la victoria! Hoy sabemos que tenéis tanto de generosos como de valientesyMuley-el-Abbas quiere ser vuestro amigo.

-¡En su mano está el serlo! -replicó O'Donnell-. ¡Yo admiro también suvalorrespetando la desgracia que ha militado bajo vuestras banderas!...

-¡Es verdad!... ¡Dios no quiere que venzamos!... -dijo Aben-Abu.

-Eso os dirá de parte de quién está la razón y la justicia...

-¡Nuestra pobre nación es barco que naufraga! -respondió el-Charquí conhonda melancolía-. ¡Nos han engañado! ¡Nos han vendido!

-España no os engañará nunca. España tiene interés en vuestra felicidady también en vuestra independencia.

-El español y el moro estar llamados a hacer compañía -dijeronporúltimolos africanoslevantándose para marchar.

No lo hicieroncon todotan pronto como deseaban. De la tienda de O'Donnellfueron conducidos a la del general Ustárizdonde se les obsequió con café ycigarrosque aceptaron de muy buena voluntad.

Allí repitieron sus frases de admiración y simpatía por los españoles;elogiaron nuestra clemencia con los habitantes de Tetuán;manifestáronse resignados con la voluntad de Diosque les había negado eltriunfoy partieronal finseguidos de una lucida escolta de coracerosespañoles.

Al pasar nuevamente por el campamento del SEGUNDO CUERPOentraron en latienda del general Prima fin de despedirse de ély este correspondió a sucortesía acompañándoles a caballocon todo su cuartel generalhasta muchomás allá de nuestras avanzadas.

En el caminoPrim regaló un revólver a uno de los parlamentariosquemiraba con suma curiosidad aquel armanueva para ellos. El moro rogó entoncesal conde de Reus que aceptase una de las magníficas pistolas que llevabaocultasprimorosamente incrustada de plata.

En seguida se despidieron muy afablemente hasta dentro de cinco días.

Al mismo tiempo se embarcaba para España el general Ustáriza fin de saberla voluntad de la Reina y de su gobierno acerca de las condiciones de paz.

Esto será muy cancillerescomuy constitucionalmuy delicado de parte denuestro victorioso caudillo... Pero yo dudo que allá en Madrid hagan prudenteuso del podersiendo así que desconocen de todo punto lo que sólo visto decerca puede conocerse. Y no digo más por hoy.

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Conque vamos a nuestras observaciones de artista y de viajero.

Hoy ha sido sábadodía solemne para los judíoscomo el de ayervierneslo fue para los morosy como el de mañanadomingolo sera para nosotros loscristianos.

La fiesta religiosa de los moros se celebró en las mezquitasa puertacerrada y bajo la protección de centinelas nuestrosencargados de evitar quela curiosidad de las tropas turbase las ceremonias mahometanas.

Esta tolerancia de un caudillo español victorioso no puede menos derecordarme otros tiempos y otros héroesy las atrocidades cometidas en nombrede Dios contra judíoscontra moriscos y contra hugonotes... ¡Abominable serádesde el punto de vista de la devociónde la poesía y del artenuestracivilización despreocupada; massi se la considera por el lado de la equidadfuerza será reconocer que la historia del género humano no registra períodode tanto respeto a la conciencia ajena como el presente siglo!

Solo es de lamentar que hoy se dé tan desmedida importancia a los interesesmaterialesy queal dejar de hacer la guerra en nombre de las religionesse olviden los gobiernos de predicar la paz en nombre de Dios... Peroesto llegará con la segunda revolución; con la revolución económica que nosamenaza. ¡Las hordas populares pedirán un día los bienes de la tierracomoindemnización de los bienes del cielo que los modernos filósofos les hanarrebatado (16) <notas.htm>yentonces el fuego de la caridad derretirá el becerro de oroso pena de que lasociedad se disuelva inmediatamente!

Conque sigamos hablando del sábado judío. Pensaba deciros que lasfiestas religiosas de los hebreos no se celebran a puerta cerradacomo las delos morossino públicamentepermitiendo entrar a mahometanos y católicos enlas sinagogaslas cualessegún ya hemos vistoestán aquí establecidas enel piso bajo de la casa de los rabinos o sabios.

Allílos hombres solos... (los judíos no permiten entrar a sus mujeres enel temploen lo cual les imitan los musulmanes); los hombres solosdigodepie unas vecesy otras sentados en bancos de tosca maderapero siempremeciéndose de atrás para adelanteleen o cantan los salmos durante muchashorasmientras que el sacerdotesubido en una especie de cátedradirige laceremonia con la faz vuelta al oriente.

El sábado judío se celebra también con varias abstinencias: v. gr.los israelitas no pueden trabajar este díani encender lumbreni comer cosacalienteni tocar dineroni pasar por puertas de ciudadni hacer otrasoperaciones que son lícitas el resto de la semana...

Pero lo que sí pueden hacer (las judías) es ataviarse con sus mejores galasy reunirse de tertulia en el piso superior de las sinagogasdesde donde oyen elcanto de abajosin tomar parte en él... Con este motivohe visto hoy a lasmás hermosas hebreas de Tetuán; puescomo ya supondréisme he hechopresentar a algunas de estas tertuliasacompañado siempre de Iriartequien haretratado a dos o tres de las más interesantes israelitascon grancontentamiento de ellasy previa la venia y licencia marital...

La aristocracia tetuaní del bello sexo del antiguo pueblo elegidohallábase reunida en casa de un tal BenjamínSabio centenario parecidoa matusalén. Aquellas nobles damas lucían magníficas sayas recamadas de oroplata y pedrería; petis de tisú; grandes arracadas o zarcillos de oro yperlasque les llegaban hasta los hombros; unas tiarastambién de oro yplataque les daban cierto aire salomónico o pontifical; encajes finísimos(bordados asimismo de oro y menudas piedras preciosas)que encubrían mal sugarganta y su levantado seno; chapines de terciopelono menos recargados delmetal precioso; brazaletes; collares; cinturones; sortijas por docenas;centenaresen finde valiosas joyas... ¡Y eso que todo se lo habíanrobado los Morios!

Peregrina y fascinadora resultabaen verdadla hermosura de algunas deaquellas mujeres tan suntuosamente ataviadas. SaraEstrella y Mesodao Fortunataeran de las más lindas. A mí me recordaban las reinas delAntiguo Testamento que Rubens y Veronés han retratado en sus cuadros... Perosobre todas ellas resaltabacomo la luna sobre los lucerosTamolanoblela dulcela pálida esposa de Samuel.

Este Samuel es comerciante de joyasy se hallaba allícasualmente oimpulsado por sus celosa costa de su religiosidad. Tiene sesenta años; esriquísimoy viste con algún lujo; pero su incalificable avaricia lo hallevado hasta el extremo de cuidar los caballos a algunos jefes nuestros por unapeseta diaria. El trato se hizo ayer en mi presenciaen medio del Zoco...¿Quién había de decirme que aquel inmundo viejo estaba casado con la reina dela judería?

Tamo no pasa de los diecisiete añosy tiene ya dos hijos (Jacob yJosué)según me dijo la pícara mujer de Benjamín. Hoy vestía algo mássencillamente que las otraspero con mayor gusto y eleganciatantoquemirada de perfilparecía una estatua egipcia hecha por un griego. Su saya depaño verdesu chal blanco bordado de orosu tiara adornada de esmeraldassusarracadas de corales y topaciossu cabellera de sedatodo conspiraba aengrandecer e idealizar tan voluptuosa figura. Su delicada carne contrastabagraciosamente con la dureza de los ribetes del corpiño. Aquella suave garganta;aquel seno medio desnudo; aquellos brazos blancos como dos rayos de luna(que diría el poeta inglés)y aquel rostro de plácido colorcercado depiedras y metalesparecían formados de leche y hojas de rosay podíantambién ser comparados a miel del Himeto servida en amplia taza de oro... Perohay mássus negros ojos atraen cuanto mirany piensan y presienten acerca decuanto ven; su boca tiene la forma del besosiempre que no se ríe; ycuando Tamose ríedesfallece su ardiente mirada y márcanse dos hoyos en sus mejillas.¡Solo que Tamo ríe pocas veces!...

Si fuese españolayo atribuiría aquel aire soñador y dolorido a penassufridas en el orgulloen sus ensueños de adolescente o en su dignidad demujeral verse enlazada con un ser tan despreciable como Samuel... Pero Tamoes hebrea...y su mirada melancólicasu aire lánguido y majestuosoy eltimbre de su acentodulce como los trinos más graves del ruiseñorno pasande ser fenómenos físicospuramente materialesdebidos quizá a lacircunstancia de estar criandoo a vulgarísimas desgracias ocurridas en susintereses domésticos... Con todono puedo menos de confesar que Tamoconsiderada como estatua o como pinturaes una mujer admirablebellísimaencantadora.

-Dime tu nombre -le supliqué yo maravilladoen tanto que Iriarte hacía elretrato de su peregrina beldad.

Ruborizosey miró a su marido.

-¿Para qué quieres saberlo? -me pregunto este con una tristeza que suplíapor la cólera incompatible con las circunstancias y con su carácter.

-Para recordarlo -le respondíafectando crueldad.

-Díselo... -murmuró el hebreomirando a su mujer con ojos de serpiente.

-Tamo -exclamó la hermosa judíabajando los aterciopelados ojosysus largas pestañas negras sombrearon casi las enrojecidas mejillas.

Yo me ruboricé a mi vezsin explicarme lo que acababa de oír...

-Tamoen italianosignifica te amocomo todo el mundo sabe.¡La bella israelita teníapuespor nombrela más tierna frase del másdulce idioma!

-¿Te llamas Tamo? -repliqué yo maquinalmenteo por repetir elequívoco.

-SíTamo.

-¡Tanto mejor! -murmuré al cabo con triste ironía.

Y aquella otra apariencia engañadoraquecomo la de su hermosuranadaencerraba que fuese hijo del sentimientoacabó por disgustarme de la hechicerajovencuyo grotesco esposo y sucios hijos se aparecieron a mi imaginación enridículo grupo... Y al fin y al cabo hube de suspirar por mis ausentesvírgenes cristianasquecomo no esperan ser madres del Mesíasseengríen en ostentar durante los años de la juventudy aun algo despuéslaaureola de la pureza.

- X - Primera misa en Tetuán. -Nuestra Señora de las Victorias.-La nueva primavera. -Un domingo por la tarde. -Mi nueva casa.

Día 12 de febrero.

Quiero que el sublime cuadro que hoy ha contemplado la ciudad de Tetuán serefleje y perpetúe en esta humilde crónica con todos sus accidentes ypormenores; quiero que no se extinga nunca la luz de este día; quiero que lasemociones que agitaron esta mañana al ejército cristianocuando se celebrabapor primera vez el Sacrificio de la misapública y victoriosamentedentro delos muros de la ciudad agarenase graben en la historia de mi patria; durenmás que nuestros mortales corazones; conmuevan en lo futuro a los hijos denuestros hijosy eternicen la alegría del más señalado triunfo que hemosalcanzado en África; cual ha sido proclamar en alta voz los nombres de Jesús yde María sobre las piedras regadas tantas veces con sangre de nuestrosmártires y en presencia de los ya vencidos verdugos.

Desde que hoydomingoDios echó sus lucesconociose en los campamentosespañoles de uno y otro lado de la ciudady en las casas de la misma donde hayalojadosque se preparaba alguna gran función. Todos los soldados arreglabande la mejor manera posible sus rotos y descoloridos uniformes; lavábansecuidadosamente; limpiaban sus fusiles (no ya por dentropara que funcionasenbiensino por fueraa fin de que brillasen al sol); peinaban sus crecidoscabellosy hasta algunos se afeitaban la luenga barba con que tenían pensadollegar a su país en testimonio de la áspera vida que aquí habían llevado.

A eso de las diezya formaban en la Plaza de España diez o docebatallonesalguna caballería y mucha parte de la oficialidad del resto delejército. Entretantoacabábase de disponer un altar a la puerta de ciertapequeña mezquitahabilitada para templo católicoque debía de bendecirse einaugurarse hoy.

¡Aquel altar estaba adornado con algunas floridas macetasdos velasmoriscas (puntiagudas y pintadas de colores)un crucifijo de cobrey unaestampa que representaba a la Virgen María! Nada más poseíamos con queglorificar a nuestro Dios; pero aquellos tiernos y sencillos homenajes nopodrían menos de serle tan gratos como la magnificencia del templo deJerusalén.

El interior del templo no era mucho más notable. Una alfombra turca; otrascuantas macetas; una fuente con el agua que había de bendecirley algunoschales y pañuelos morunoscon que formar pabellones en torno al sagrariohabían sido afanosamente buscados por todo Tetuán y encontradosalfinen la Judería. Por cierto que yoa fuer de antiguo seminaristaheayudado más que nadie al Padre Sabatel a erigir el altar y adornar la nuevaiglesia.

El Padre Sabatel es un modelo de sacerdotes cristianos. Fue fraile franciscode la Orden de Descalzosy hoy pertenece a esas beneméritas misiones deFilipinas que tantos servicios prestan al cristianismo y a la civilización.Nació en Cataluña; aún no tendrá cuarenta añosy es altofuerte y hermosocomo un San Pablo. Su acendrada piedadsu modestiasu toleranciala pureza ysencillez de sus costumbres y su ardiente caridad con los desgraciadoslo hacenverdaderamente adorable. Ha recorrido todo el litoral de África y mucha partedel interior del imperio de Marruecospredicando la doctrina de Jesúsy haestado también en Américaen Asia y en Oceanía. Ha sufrido todas laspenalidades que los hombres y los elementoslos climas rigurosos y lasnecesidades humanas pueden acumular sobre una criatura. ¡Ysin embargoes tanfeliz! Su rostro ostenta continuamente la más pura alegría; es afabledecidorcariñosoy no comprende las felicidades que se dice van unidas alpoder y al dinero. Todo su caudal consiste en un hábito de lanaun Cristo decobre y un breviario. Con ellos acudió a Ceutano bien supo que suscompatriotas estábamos en guerra contra infielesy allíen los hospitales deapestadosa la cabecera de los moribundosha pasado todo el tiempo de lacampañadando tales muestras de fe en Dios y de amor al hombreque sonmuchosinnumerableslos hermanos nuestros que le han debido una muerte suavedulcetranquilaregocijada por la expectación de las alegrías eternas. Tales el hombre que estiba destinado a consagrar la nueva iglesia bajo laadvocación de Nuestra Señora de las Victoriasnombre que llevótambién el primer templo cristiano erigido en Orán por el cardenal Cisneros.

A las oncecuando ya estaba dispuesto el altar y completamente llena laplazano solo de tropas y gentes nuestrassino también de moros y judíosunagudo punto de corneta avisó la llegada del general en jefe.

Presentaron las armas los batallonesreinó un instante de silencioy porel arco de la Meca apareció el que ya era por real nombramiento DUQUE DETETUÁN. Todas las músicas entonaron la Marcha Realy miles de vivasensordecieron el espacio.

Por la primera vez desde que llegó a Áfricael vencedor vestía de granuniforme. Acompañábanlo todos los generalescada uno con su brillante estadomayory cercáronle muy luego cariñosamentepara felicitarlotodos lospaisanos agregados al ejército...corresponsalespintorescomerciantescuriososgente marinera de los buques mercantescantinerosetc.etc.

O'Donnellcon su comitivay seguido del inmenso grupo que acabo de decirse colocó cerca del altaren un alto que forma allí el suelo desigual de laplaza.

Todas las azoteas estaban coronadas de judíoscuyas figuras bíblicasvestidas de azulblanco y rojose destacaban en el cielo. Allálejosveíase la gigantesca mole de la próxima Sierra de Samsacuya enorme cimasemejaba una pirámide apoyadasobre las casas mismas de Tetuán. Yenfinsobre la ciudad y sobre el monte dilatábase una apacible y despejadaatmósferaen que irradiaba el sol sus más alegres y cariñosas llamas...¡Era un cuadro espléndido y graciosoque mas parecía imaginado por el arteque obra de la casualidad!

Después de bendecida la nueva iglesiael Padre Sabatel se revistió otrosornamentos sagradosy principió la misa.

La tropa estaba firme sobre las armas. Todos los que ceñían espadahallábanse asimismo de piecon el acero desnudo. Los paisanos se habíanpuesto de rodillasy los judíos también...por adularnos. En cuanto a lospocos moros que aún permanecían en la plazaseguían apoyados en los quiciosde las puertasobservando la ceremonia con más curiosidad de la que suelensentir con relación a nuestros actos...

Después del Evangelioel padre Sabatel predicó una sencilla e inspiradapláticaque arrancó muchas lágrimas del corazón de nuestros soldadospuesles habló de todo lo que podía alegrar y mejorar su espírituconcluyendo porvitorear a Diosa la Virgena la patriaa la reina y al general en jefe...

Llegó la Consagración. Todo el ejército rindió las armasdobló larodilla y abatió la frente... Las bandas de música batieron Marcha Real... Losgolpes de pecho producían un largo y sordo rumor que parecía el sollozo delánimo contrito...

En aquel instantedos o tres morosúnicos que ya quedaban en la plaza(pues los demás se habían ido marchando poco a poco)sintieron no sé quéextraña emociónno sé qué respeto a aquel Dios a cuyas plantas veíanhumillarse tan poderosas legionesno sé qué miedono sé qué ira... Ellofue quesúbitamenteen medio de la inmovilidad y el recogimiento de todo elconcursoecharon a correratravesando la extensa plazay desaparecieron porel ancho arco de la calle de la Mecacomo si los persiguiera un fantasmaaterrador...

-Fugitedoemones!... -murmuraron algunas voces en torno mío.

Yen efectoparecían demonios huyendo delante de la cruz.

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Después de la misa desfilaron las tropas por delante del duque de Tetuán.

¡Qué aire tan marcial el de aquellos aguerridos batallones! ¡Y con quéamorcon qué entusiasmocon qué gratitud los veíamos pasarfieros ytranquilos como en los recientes días de gloria y de matanza! Los judíospálidos y trémulosse estrechaban unos contra otroscomo diciéndose:«¡Estos son los que no temen a los Morios

Terminado el desfileel general O'Donnell dio libertad a los prisionerosMoros que teníamos en nuestro poder. ¡Nada mejor que este acto demisericordia pudo excogitar nuestro caudillo para hacer sentir a los mahometanosel espíritu de aquella religióncuyo más alto misterio acabábamos decelebrar por vez primera en la rendida ciudad musulmana!

Las restantes horas del solemne día de hoy han sido de asuetode inocentesdistracciones y de cierta melancólica alegría.

Los soldados están con la nueva iglesia como con una novia. Toda la tarde seles ha visto al pie del altarya arrodillados y en cruzcumpliendo promesasque habrían hecho tal o cual día de acción; ya rezando por sus camaradasmuertos; ora dirigiendo a la Virgen verdaderas letanías de requiebros y floresa medida de la imaginación de cada cual; ora hablando de teología a sumanera...

-¡Ya se ven los santos de España! -decía un artillero a otro al salir dela antigua mezquita-. ¡Ya se ve la gracia de Dios!

-¡MorenaDios te lo pague por habernos sacado con bien! -exclamaba unhúsardirigiéndose a la Virgen de las Victorias.

-¡Vamos a buscar flores para obsequiar a esta prenda! -añadía un cazadorenviando un beso con la mano a la Madre de Jesús.

¡Oh nobles soldados; piadosos cuanto fuertes; tan humildes y misericordiososen la paz como arrogantes y terribles en la guerra! ¡Qué orgullosa debe estarde vosotros la patria que representáis tan dignamente!

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Yo he acabado de festejar el domingo pasando toda la tarde en el llamado Jardíndel Gobernadorsituado en la plazay perteneciente al palacio del mismonombredonde se aloja nuestro general en jefe los días que viene a la ciudad.

Allíaspirando efluvios de vida y aromas de flores de la primavera de 1860que ya sonríe en África; sentado a la sombra de corpulentos naranjos ylimoneros; oyendo cantos de pájaros que me recordaban los cármenes granadinosy las arboledas de Aranjuez; viendo correr alegres chorros de agua que iban areunirse en un gran estanque de alabastro; mirando en torno mío hiedras yjazminesque vestían con su verde pompa los muros del vecino harén; allídigohe pensado (por la primera vez desde que vine a la guerra) en el díaacaso muy próximode mi regreso a España; me he visto sololibrelleno devidajuventud y esperanza; me he transportado a otros domingosya de mipasadoya de mi porvenir; he contemplado toda mi existencia a la luz de unapasión inextinguiblede una fe inagotableque vaga de cosa en cosaquesobrevive a los objetos en que se cifray que triunfó ya muchas veces de lamuerte de seres adorados; he sondeadoen fincon la imaginaciónlos díasfuturosy creído divisar deliciosos fantasmas que me sonreían con ternura yme llamaban a la bienaventuranza de la tierraal hogar del amora la escondiday consagrada fuente de una nueva familia...

¡Oh! Yo no pudiera explicar todas las emociones que he sentidotoda lafelicidad que he experimentado en aquella hora de melancolía... Los secretoslatidos de la naturalezaque despertaba también al amor y a la reproducción;los blandos conciertos de las aguasde las aves y de las hojas; la fragancia delas nuevas flores; las desmayadas luces del sol ponientedando el últimoadiós a las caladas torres de próxima mezquita...¡todo me hablaba ellenguaje dulcísimo de aquella pacífica tristeza que precede siempre a laresurrección de perdidas esperanzasal retorno de afecciones por mucho tiempono sentidasa cada nuevo florecer del corazóna cada nuevo nombre de mujerque se graba en nuestra alma!...

¡Por Dios benditono vayáis a creer que toda esta música celestial quieredecir que me he enamorado de Tamo o de cualquiera otra judía o agarena!¡Ay! ¡Justo es decirlo! No hay más mujer que la cristianaque laredimidaque la regenerada por el Evangelio...

Pero os hago gracia por hoy de una disertación sobre el particular. El hechoes que en el Jardín del Gobernador hay ya gran cosecha de violetas yjazmines; que me he pasado allí las horas muertas haciendo ramilletesy que notengo a quién regalárselos... He aquí explicada toda mi sublime melancolía.

¿Qué hacer con esas flores? Darlas a una hebrea o a una moraseríadesperdiciarlas. La hebrea preferiría un puñado de plata; la mora quedaríamás contenta con un abrazo. Las guardarépuesaunque se marchiteny lasllevaré conmigo a Europa...

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Post escriptum. Los moros aman extraordinariamente las flores. Las amantantoqueasí como nosotroslos españoles pedimos en la calle a cualquierdesconocido la lumbre del cigarroo tal como los italianos toman un polvo derapé en la abierta caja de cualquier transeúntesin necesidad de conocerleasí ellos se acercan al que lleva floresse apoderan de su manolas huelenyse alejan sin decir palabra.

Esto me ha pasado esta tarde con tres o cuatro adustos musulmanes.

Por cierto que yo ofrecí parte de mis flores al primer moro que se meacercó para olerlas... Pero él se desentendió de mi ofrecimientomientrasque Jacob me advertía que no volviera a hacer tal cosapues la cortesíasemítica consiste en conservar las flores en la mano y permitir a todo el mundoque disfrute de su aromasin aparentar uno mismo reparar en ello...

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El Palacio del Gobernador no merece ser escritodespués de haberoshecho ya admirar el del opulento moro Erzini. Prescindopuesde ély paso apintar el interesantísimo cuadro que tengo ante los ojos mientras escribo estasúltimas líneas de la historia de hoy...

Desde el Jardín del Gobernador me he venido al Fondakquecomo llevo dichoes una plazoleta donde concluyen tres calleslo mismo que elpueblo llamado de igual modo es la encrucijada de tres caminos de herradura.

Casi todas las tardes suelo sentarme aquíen una tienda de mercaderes deTúnezcon quienes me entiendo en francés.

En esta plaza hay dos cafés argelinoses decirdos portales rodeados de unpoyo de cal y cantocubierto de estera de palmadonde siempre se ven tendidosa la largao sentados con las piernas recogidasseis u ocho marroquíestaciturnosque ya fumanya toman polvoya alargan la tacita del café paraque se la llenen de nuevo...

Los musulmanes toman el café asadomás bien que cocido. Digo estoporquele hacen hervir en un cazo de hierro metido entre brasashasta que se forma unaespecie de barro tostadosumamente oloroso y de un sabor exquisito paralos inteligentes en la materia.

Yocomo muy aficionado al buen caféhago un verdadero abuso de estaspócimasquelejos de quitarme el sueñocomo suele el café hervido a laeuropeame produce una somnolencia deleitosa parecida a la del opio.

A lo que no me propaso es a sentarme en semejantes establecimientosdesaseados en grado superlativosino que mando traer la taza a la tienda de lostunecinos (donde se calla también más que se habla)y me abandono a miscontemplaciones filosófico-poéticas y melancólicos desvaríos...o me pongoa escribir como en este momento.

Aquí veo apagarse hoy las luces de la tarde en los claros de cielo que sedivisan al través del alto emparrado que cubre esta plaza; examino atentamentetodo lo que me rodeaprocurando que se graben en mi memoria hasta sus últimosperfiles; pienso otra vez en los díasque no sé cuándo llegaránni si hande llegar siquieraen quehabiendo regresado a España y tornado a misantiguas costumbresrecordaré estas horas de meditaciónpasadas a la vistade tan extraños espectáculos; me esfuerzo por adivinar lo que piensa y sientecada uno de los musulmanesque me miran también en silencioy lo que harán ydirán cuando nos hayamos ido todos los españoles y recobren ellos la plenaposesión de su ciudad amada; oigoen finel monótono murmullo de un caño deagua que brota de cercana pared sobre una pila de tosca peñayentre sucontinuado rumor percibo el lejano lamento del Dervich del arco...aqueleco fatalincesantemisteriosoquecomo todo lo que me cercahabla de lainmutabilidad de los destinos humanosde la repetición de las cosas y de losseresde la lentitud de la vidade la falacidad de las esperanzas cifradas eneste mundoy de esperanzas inefables en otro mundo superioren otra vidaeterna...

Como todas las nochesal regresar hoy desde la tienda tunecina a mi nuevacasahe tenido que venir a tientas por unas calles emparradas o embovedadasobscuras como boca de lobo.

No hay noche en que no pase aquí algún susto; puesa vecesen lugar de laparedpalpo el burdo jaique de tal o cual moro que se halla de pie en el huecode una puertay queal sentirse tocadopronuncia ininteligibles palabras...Entonces yomás muerto que vivome paso a la otra aceradeplorando mitemeridad de quedarme solo de noche en unos barrios tan apartados.

Mi encuentro de esta noche ha sido de otro género. Iba yo por el quellamaré mi caminocuando descubrí dos figuras con la capucha caladade las cuales la que iba delante alumbraba con un farol a la de atrásmientrasque esta llamaba desde luego la atención por su elevada estatura y larguísimojaique negro.

Híceme a un lado para dejar paso libre a aquel personajesin acertar adarme cuenta de quién podría ser; pero figuraos mi sorpresa cuando vi queextendía una manohasta entonces oculta en la ancha manga de su jaiquey ladejaba caer sobre mi hombroexclamando regocijadamente:

-¡Holaamigo! ¿Qué hace usted aquí?

Era el padre Sabatel.

Su hábito de franciscano me había hecho confundirlo con un moro. Pero elque lo acompañabaalumbrándoleera efectivamente musulmán...

El virtuoso sacerdote venía de ayudar a bien morir a un pobre soldadonuestroalojado en casa del marroquí del farol. Dicho soldado acababa deexpirarvíctima del cólera... (¡Porque sabréis que en Tetuán estáel cólera desde hace tres días!)

Después de un minuto de conversaciónel padre Sabatel siguió hacia laiglesia...

Yo permanecí inmóvilcontemplando de nuevo aquellos dos seres tan igualesen la forma y tan desemejantes en el fondo; ysolo cuando desaparecieron losdos encapuchadoscontinué mi marcha entre las tinieblashasta queporúltimologré dar con mi nueva casa.

Y a propósitomi nueva casa no es ya la del judío Abrahamsino la Fondaque ha puesto Santiago en el Zocohoy Plaza de España. Encuanto al edificiodebo decir que es la antigua casa de un tal Achasgobernador que fue de Tetuán hasta el año 1850 de la era cristiana(1238 de la hégira)en que el difunto emperador Abderramán dispuso de lapersona y dinero de aquel ilustre personaje¡cuya sombra suele aparecérsemeen sueños...muy airada de que me atreva a dormir en su misma alcoba!...

Aquí doy punto por hoya las nueve de la nochey métome en la cama a todaprisaa fin de madrugar mañanaque probablemente no os escribirépor estarinvitado a jugar al tresillo en el campamento del general Prim...



 

- XI - Banquete moro. -Vuelven los parlamentarios. Soirée musulmana.

16 de febrero.

Han pasado cuatro días insignificantes; pero el de hoy dejará en miimaginación indelebles recuerdos. ¿Cómo nosi desde su primera hasta suúltima hora ha sido para mí un verdadero día mahometanoque he pasadoentre moroshaciendo su vidacomiendo en su mesa y hablando amigablemente conellos?

Es el caso que esta mañana fui invitado por el conde d'Eu a una comidaárabe (así me lo anunció) que le daba un rico moro de Argelllamado Abd-el-Kadersobrino de aquel famoso general del mismo nombre que tanto figura en el reinadode Luis Felipe.

El aristócrata argelino (que también tiene casa en Tetuán y enotros puntos) obsequiabapor tantoal conde d'Eu como a nieto de aquel granmonarcaque tan generoso fue con el vencido héroe de la Argelia.

Los convidadosademás del joven príncipeéramos seis: un moroamigo deAbd-el-Kader; D. José María Pachecohermano del famoso orador y ex ministro;D. Carlos Coig y O'Donnellsobrino del general en jefe; el Sr. Velardeayudante del Duque de Montpensier; Mr. Chevarrierel periodista francés queconocimos en Ceutay vuestro humilde servidor. Total de comensales:ocho.

La cita era después de la oración del mediodía. A esta hora nosreunimos en la Plaza de Españayprecedidos del anfitriónquellevaba en la mano (cosa muy común en los moros) la llave de su casanosdirigimos alláposeídos todos de la ardiente curiosidad que podéisfiguraros.

Después de muchas vueltas y revueltas por angostísimas callesparosealfinAbd-el-Kader frente a una puertecilla; abriolay penetró delante detodoshaciéndonos seña de que lo siguiéramos.

Atravesamos un estrecho pasadizo obscuro; franqueósenos otra puerta (sin queviéramos quién la franqueaba)y el sol volvió a brillar ante nuestros ojos.

Estábamos en un gran patiofrescolimpiososegadoy de lujosa y elegantearquitectura. Sólo el rumor del agua interrumpía el silencio de aquel lugar.Parecía que nos hallábamos ya a muchas leguas del mundanal ruido.

Abd-el-Kader sonrió de placer al verse dentro de su casa. Todos sabíamosque tenía en ella mujeres y esclavasy aun creímos escuchar leves pasos ymisteriosos cuchicheos detrás de algunas puertas... Pero nadie se dio porentendido de ello. La casa estaba sola en apariencia... ¡Deber nuestroera considerarla sola en realidad!

Subimos una escalera muy pinacomo todas las de Tetuán; atravesamos uncorredor cubierto de primorosos artesonadosy llegamospor últimoa un lindocamaríndonde estaba preparado el banquete.

Antes de penetrar en él nos despojamos de las armas y de las espuelaspidiendo al huésped que nos perdonara si no nos descalzábamos tambiéncomoél había hecho.

El sobrino del último héroe númida nos dispensó con una fina sonrisa.

El camarín estaba lujosamente alfombrado. En medio de él se hallaba lamesaquepor lo baja y redondarecordaba las tarimas de nuestros braseros; yen torno de ella había gran cantidad de almohadones y otomanas de riquísimodamasco o de otras telas de seda entretejidas de plata y oro...

El techo era estalactíticoy las dos puertas de la habitación consistíanen dos graciosos arcosde herradura artísticamente calados.

La mesa estaba ya servida. Cubríala primeramente un mantel de lana. Sobreél se veían tres fuentes de cristal de Triesteuna de ellas colmada de higoschumbosy las otras dos llenas de alcuzcuz de dos diferentes clases. Porúltimouna especie de compotera de cristalcon arabescos de orocontenía elagua... Y he aquí todo lo que el sobrino de un príncipe daba de comer al nietode un rey.

En cambiolas cucharas que nos presentó eran de extraordinario mérito.Componíanse de muchas piezas: el mango de cada una de ellas tenía un trozo decoralotro de plataotro de cornalinaotro de ámbar y otro de marfilmientras que la parte cóncava era de carey.

-¡Magníficas en cucharas! -exclamamos todos.

-Son de Constantinopla -respondió nuestro huésped.

Y se puso a servirnos.

Abd-el-Kader tendrá veintidós añosy es de pequeña estaturarubio ysumamente elegante. Cada día ve le ve con un traje distinto. Sus fajas y susturbantes volverían loca a una sultana. Tiene pies y manos de mujermiradasoñadorala boca tristey corva nariz de orgulloso. Vive dedicado alcomercio; pero no interviene directamente en élsino que se conforma con elempleo que varios amigos dan a sus intereses.

El que hoy le acompañabajoven de dieciocho añosimberbepálidoligeramente gruesoblanco y rubio como un alemánno tiene de moro sino eltrajela seriedad y las pocas palabras. No recuerdo su nombrepero sí quehabla el francés y el italiano admirablementeasí como Abd-el-Kader.

Ambos jóvenes han viajado por toda Europa y por Oriente; conocen a fondo lasgrandes cuestiones políticas que hoy conmueven el mundoy confiesan que elislamismo es ya un cadáver; pero lo dicen en el tono de quien piensa serenterrado con él.

La admiración de Abd-el-Kader por su ilustre y desventurado tío raya enadoración fanática. Cuando oyó al conde d'Eu elogiar el valor y lamagnanimidad de aquel héroea quien la Francia debió primero tanto luto ydespués tanto agradecimientolos ojos del mancebo argelino me nublaron delágrimas.

-¡Abd-el-Kader no ha muerto todavía! -murmuró por último.

-¿Dónde está ahora? -le preguntamos nosotros.

-En Damascodonde es querido y respetado como un ser superior al hombre.¡Ahora duerme! ¡Yo espero que despertará algún díay que su gran figuramerecerá nuevos aplausos de toda la Europa civilizada!

El alcuzcuz es un alimento tan agradable como nutritivo. Lo había dedos clases: el que los moros nos aconsejaron que tomáramos primero resultabamás substancioso y más pesadoy componíase de harinaazúcarmanteca yotros ingredientesque le hacían tan agradable al paladar como al olfato. Elsegundomucho más ligeroequivalía a un postre. Yo lo hallé demasiado dulcey aromático. Olía a celindas.

Después del alcuzcuz (que nos dejó tan satisfechos como pudiera elmás opíparo banquete)probamos los higos chumbostambién exquisitosysacamos cigarroscomo era de rigor entre españoles y moros.

Entonces se abrió una puertay apareció un negromedio desnudomediovestido de blancocon una mecha encendida en la mano derecha y la pipa de suseñor en la izquierda...

-¿Queréis pipas? -nos preguntó Abd-el-Kader.

-Nopreferimos los cigarros -le respondimos.

-Ya lo sabíay por eso no las he hecho preparar -replicó el amigo delhuésped.

Con gran extrañeza míano nos dieron café.

-El café no tiene nada que ver con la comida. Es un placer de otranaturaleza -me explicó en español Mr. Chevarrier.

-El café escomo si dijéramosel alimento del alma... -añadí yoentonces por vía de comentario.

-Justamentecomo para nosotros la lectura -replicó el ingenioso francés.

-Yo diría mejor la música... -repliqué por mi parte.

-La música celestial... -insistió Mr. Chevarrier con suma gracia.

-Después de esta discusiónfuerza será tomar café en alguna parte-interrumpió el conde d'Eu.

-En el café de mi amigo Ben-el-Sus... -exclamé yo.

-Es cosa convenida -respondieron todos.

En esto nos habíamos ya levantado con ánimo de ir al cuartel general delduque de Tetuánpues recordábamos que hoy era el día en que losparlamentarios de Muley-el-Abbas habían prometido venir en busca de nuestrascondiciones de paz.

Nos despedimospor tantode los argelinos; tomamos café apresuradamente enel Fondaken casa de Ben-el-Sus; montamos a caballoy nos dirigimos alcampamento de levante.

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Los enviados marroquíes llegaron efectivamente a eso de las tres.

Las avanzadas del SECUNDO CUERPO los condujeron a la tienda del general Prim.

Eran los mismos que vinieron el día 11y acompañábalos un criado másmontado en un caballo negrosobre dos pequeños capachos de tejido de palma. Deestos capachos sacaron un cajón de dátilesque regalaron al conde de Reusysiguieron su camino hacia el cuartel general de O'Donnellacompañados delteniente coronel Gaminde y de una escolta de lanceros.

Recibida la noticia de su aproximaciónhubo en el campamento del general enjefe un movimiento de vivísima curiosidad y de patriótico interés; formó laguardia a la puerta de la tienda de nuestro caudilloquien penetró en ellaseguido del jefe del estado mayor general y del intérprete Rinaldyy unamuchedumbre inmensa de oficiales y soldados abrió paso a los embajadores delpríncipe vencido.

Estos avanzaron con aquella gravedad que nunca pierden los morosy queunida a sus trajes talareshace que aparezcan respetables y dignos aun en lassituaciones más adversas.

Una vez dentro de la tienda del duque de Tetuán los generales morosreinóprofundo silencio en el ejército. ¡A nadie se le ocultaba la solemnidad deaquel instante! ¡Y era que todos sabíamos que O'Donnell recibió ayer deMadrid las condiciones con que nuestro gobierno accedería afirmar la paz con Marruecos...y que entre ellas figuraba una en que se pedíala incorporación perpetua del Bajalato y de la ciudad de Tetuán a lanación española!

«¡Qué imprudencia!»fue ayer la exclamación de todo el ejército alsaber esta noticia. «¡Qué imprudencia!» decía también la cara del generalO'Donnell; lo cual no ha impedido que después se calle todo el mundo comoprescribe la ordenanzaresignándose a batallar (con utilidad o sin ella) todoel tiempo que deseen los políticos de Madrid.

Pero yo no soy tan militaropor mejor decirno estoy tan acostumbrado aserloque pueda guardar silencio al ver que mi patriaarrebatada por unafantasía poéticase lanza de ese modo a un abismoy voy a decir mi opiniónsobre el asunto.

Pedir a Tetuán es pedir la continuación indefinida de lashostilidades con Marruecosya nos ceda su emperador esta plazaya nos laniegue.

Si nos la niega (que nos la negará de seguro)la guerra será como hastaaquíde potencia a potenciafranca y oficial; es deciruna guerra que noscueste 100.000.000 de reales y cuatro mil soldados por mes. En ella alcanzaremosmucha gloria; pero nos arruinaremos miserablementey no lograremos otroresultado que dar un paseo por el interior de Áfricapara volvernos después aEspaña cargados de laureles y de deudas.

Y si el emperador de Marruecos nos concede a Tetuánla guerracontinuará tambiénpero mucho más desastrosaporque será menos franca. Esdecirque estaremos oficialmente en pazyentretantotodas lascabilas del imperio rodearán a Tetuán mal que le pese a S. M.Sheriffiana (si es que antes no le arrojan del trono)y nos hostilizarán dedía y de noche; nos bloquearán completamentey con más facilidad que a Ceutay a Melilla; nos obligarán a tener veinte mil hombres establecidos enreductos por las sierras de estos contornos; gastaremos los mismos 100.000.000de reales y los mismos cuatro mil hombres por mes: ¡situación poco lisonjeraque no tendrá fin hasta que consigamos exterminar o convertir al cristianismo alos diez millones de habitantes quesegún dicencomprende el imperio deMarruecos!

Pues supongamos que nada de esto sucede: supongamos que desde el Emperadorhasta el último de sus vasallos se conforman hoymañana y siemprecon que elBajalato de Tetuán sea nuestro... ¿Qué habremos con seguido? Tener unacolonia más en África. ¿Y de qué nos servirá esa colonia? ¿Será comercial?Con Marruecos no se comercia por la vía de las armas; ¡ysi nodígasemequé comercio hemos sostenido hasta ahora desde Melilla y Ceutacon el interior del Imperio! ¿Será agrícola la colonia? ¡Más quelejanos terrenos que cultivarnecesita España brazos que roturen los desiertosque dejaron en ella los que se marcharon a conquistar el mundo desde el sigloXVI en adelante!

Espor tantouna insigne locura empeñarse en la conservación de Tetuán...y así lo comprende hasta el último de nuestros soldados. Dicho lo cualsigomi relaciónrepitiendo que en nuestro campo reinaba el más profundo silencioen tanto el general O'Donnell leía a los enviados de Muley-el-Abbas las Condicionesde paz remitidas de Madrid.

Según luego he sabidolos marroquíes oyeron sin pestañear una y otracláusula. España les pedía una fuerte indemnización de guerra; ensanche deterritorio hacia el Serralloun tratado de comercio; tolerancia para elculto cristiano y protección a nuestros misioneros; permiso a nuestro embajadorpara residir en Fez; la ratificación del ensanche del campo de Melillayfinalmentela plaza de Tetuánsu territorio y las leguas de playarecorridas por nuestro ejército...

Todo lo oyeron sin dar muestras de pesar ni de sorpresa; pero al llegar a lacesión de la ciudadmiráronse con muda desesperacióncomo diciendo: «¡Lástimaque no pueda hacerse una paz tan necesaria!»

Terminada la lecturadióseles el pliego de condiciones; guardáronlo elloscuidadosamentey pidieron los caballos a uno de los rifeños que había quedadoa la puerta de la tienda.

En seguida mandaron descargar varios cajones de dátilessuplicando algeneral O'Donnell que los aceptaseno sin advertirle que eran de las huertasdel Emperadory que se los remitía Muley-el-Abbas en testimonio de respeto yde cariño...

Por nuestra partelos obsequiamos con cafédulces y cigarros; y habiendosabido que los príncipes carecían de muchas cosas en su campamento del Fondakpreguntose a los parlamentarios si les sería grato recibir azúcar y cafédeque son tan amantes los morosa lo que contestaron afirmativamente.

En seguida pidieron permiso al general O'Donnell para pasar la noche en Tetuánalegando que estaban muy cansados. O'Donnell accedió a ello con el mayor gustoy los confió a la galantería del general Ríosal lado del cualy seguidosde una gran escoltatomaron el camino de su ciudad amada.

Creo inútil decir que yo me arrimé a mi bondadoso amigo el general Ríosresuelto a no separarme de él hasta que los caudillos moros hubiesen abandonadoa Tetuán. ¡Y era que adivinaba el vasto campo quedurante esta tarde yesta nochehabían de ofrecer a mis observaciones y estudios aquellos insignespersonajes!

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No me he engañadociertamente. Esta es la hora en que llamo ya mis amigos alos cuatro graves generalesmientras que mi libro de memorias está lleno depreciosísimos apuntes...

Pero vamos por partes.

La entrada de los parlamentarios en la plaza se verificó con todasolemnidad; pues excusado es decir que se les hicieron los honores que previenela ordenanzasin contar los correspondientes al general Ríos. Batiéronlesmarcha las músicas desde que penetraron por la Puerta de la Reina; lastropas agrupadas a su paso los saludaron rigurosamentecuadrándose comoautómatas; formáronse las guardias donde las habíay todoen finpudo daridea a los moros de la severa disciplina de nuestro ejército.

Esta vez los mahometanos de Tetuán se dignaron fijar la vista ennuestra cabalgatasin duda para leer en el semblante de los jefes marroquíesla sentencia que acababa de pronunciarse. «¿Qué tenemos que hacer? ¿Quéhabéis hecho? (parecían preguntarles). ¿Habéis vendido la patria?¿Sabéis cuánto sufrimos? ¿Deberemos sublevarnos contra el invasor? ¿Hayesperanza para este desgraciado pueblo?»

Los generales moros caminaban con inalterable continente. Nada contestabansus ojos ni sus labios a aquellas mil tácitas preguntas. Pero yo me atrevo acreer que este digno silencio pareció de buen agüero a los tetuaníes...

«Cuando el moro habla muchoestá mintiendo» -dice un adagio árabe.

El general Ríos paseó a los parlamentarios por todo Tetuántal vezcon el fin de que formasen idea de los medios de ataque y defensa que poseemosasí como de nuestra cultura...

Llevolospor ejemploa la oficina del telégrafo eléctrico que hemosestablecido aquí para comunicarnos rápidamente con nuestra escuadray lesexplicó detenidamente el mecanismo y la teoría del aparato.

Ellos asintieron con la cabezaaunque estoy seguro de que no habíancomprendido ni una palabra. Verdad es que tampoco prestaron grande atención almaravilloso invento... ¿Qué les importaba la prontitud de las comunicacionessi lo que desean es vivir incomunicadosno solo con el resto del mundosinoentre sí mismosysobre todocon su temido emperador?

-¡Vamos!... Preguntad algo a la Aduanay veréis qué pronto tenéiscontestación. -les dijo el general Ríos.

-Nada deseamos saber -respondieron los musulmanes.

-Cualquier cosa... ¡Aunque no os importe saberla! -insistió el primero.

-Pregunta tú si sale algún buque para Gibraltar -exclamó el gobernador deTánger.

Al oír estas palabrastodos nos miramoscomo interrogándonos si habríansido dichas con ánimo de humillar nuestro amor propio. Yo no puedo dudarlo:¡el morode paso hoy en su ciudad perdidano tiene para su orgullo otroconsuelo que pensar en que los vencedores vemos también ondear un pabellónextranjero sobre los muros de una ciudad española! Ademásera recordarnos quelos marroquíes no están solos en el mundosino que cuentan con la diplomaciay con la marina inglesa para un caso de suprema necesidad...

La contestación telegráfica fue rapidísima.

Esto les admiró ya un poco... Pero no tanto como habían de sorprenderlesnuestros magníficos hornos de campaña.

Con la más viva curiosidad oyeron la descripción que les hizo el generalRíos de la prontitud con que se provee al ejército de exquisito pan por mediode aquellos hornos. Y fuesin dudaque recordaron las hambres que sus tropashabían pasado durante la guerra... Hubopuesque explicárselo todoprolijamente; examinaron los hornos de todas manerasfríoscaldeados yfuncionando; y vieron cocer unos panes destinados a ellosa fin de que lessirviesen para el camino de mañanay hasta comiéronse uno en probaturas...

-Ya veis queen inedia horala masa se ha vuelto pan...-dijo Ríos.

-En mi huerta -le contestó el gobernador del Rif- tengo yo un horno que asagallinas en menos tiempo.

-¡Mucho es que este hombre se atreva a revelarnos lo que tiene dentro de suhuerta!... -reflexioné yotrasladándome con la imaginación a aquellaignorada casa de aquel ignorado pueblo donde aquel raro personaje asaba gallinascuando no tenía cristianos que degollar.

Acercábase con esto la nochey los parlamentariosinvitados por el generalRíos a tomar café en su casale prometieron ir a las ochopidiéndolepermiso para llegarse antes a su alojamiento...o sea a la casa de Erziniquedescribí el otro día.

-Idpero no faltéisque hemos de ser buenos amigos -les dijo nuestrogeneral.

-Descuidano faltaremos -contestaron los embajadores.

Ysaludándonos con un grave movimiento de cabezapartieron sin escoltapues así lo desearony se fueron a buscarpor entre aquellas calles que tantoconocíanalgún rincón en que entenderse con los moros ocultos en Tetuán.

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Dos horas después hallábame en casa del general Ríoso sea en el palaciodel otro Erziniesperando a los generales marroquíes. Los españolesconvidados a esta fiesta éramos ocho.

La habitaciónde lujosa arquitectura arábigaestaba adornada con espejosde Venecia de la época del Renacimiento... (¿Cómo habían llegado a Tetuánaquellas antiquísimas lunas? Todos pensamos en los famosos piratas que hacetres siglos arrojaba el África sobre las costas de Europa.) Veíanse además enaquel aposento magníficos divanes y otoinanas de sedalámparas turcascortinajes de gran méritoenormes arcas labradas con exquisito primoralfombraspebeterosmesas-tarimas y otros enseres del más riguroso estilooriental.

Al mismo tiempo (y para uso de los españoles) veíanse allí muebleseuropeosllevados de la judería: mesas altassillas y sillones de pajacandelabros con bujías de espermavajilla de porcelana y de cristaly otrosutensilios para el refresco o caféque se preparaba.

Completaban aquel singularísimo cuadro ciertos perfiles guerreros (delmenaje de campaña del general Ríos): espadasgumíasrevólveresespingardascarabinaspuñalesaltas botas armadas de espuelasgrandesanteojosla cama de hierro que sirvió en la tiendaetc.; todo ellodisemiliado por los rinconeso sobre el diváno colgado de las altas paredes.

Hacía fríoy se había preparado un brasero.

Dulcesbizcochosfrutas secascigarrosvinos y licorescomponían elrefrescoque esperaba sobre una mesa la hora del festín. A ellos se agregarlaa su tiempo el café... et voilà tout.

Sin embargonosotrosy el mismo Ríosacostumbrados ya a tantasprivacionesestábamos entusiasmados con la magnificencia que habíamosconseguido desplegar. ¡El agua estaba en botellas! ¡Se podía hacer ponche!¡El café se tomaría en tazas! ¡El vino se bebería en copas de cristal! Nopodía darse mayor lujo.

A eso de las ocho y mediauna banda de músicapreparada al efecto en elpationos dio la señal de la llegada de los marroquíes.

Pocos momentos despuésun niño morode ocho o diez años de edadgraciosamente vestido (y que no era sino aquel hijo del cónsul de Austriaquefue al campamento de Jeleli cuando la rendición de Tetuán)penetró resueltamente en la habitacióndiciendo un ¡Hola! en perfectocastellano que nos hizo reír a todos.

Detrás entró su padrequecomo recordaréisse llama el HACH-Ben-Amety el cual es hoy Alcalde de los Moros de Tetuánnombrado por el generalRíos... Esta noche venía además con el carácter de intérprete.

Por últimoaparecieron los cuatro embajadoresacompañados de otro moroque yo no conocía sino de nombre. Era Erzini el menor; el más rico delos dos hermanos de este nombre; el dueño de la casa en que a la sazón nosencontrábamos.

Los cuatro enviados dejaron sus babuchas en la puerta de la salay entrarondescalzos completamentesin que bastasen a impedirlo todas las instancias delgeneral. Erzinino sólo no se quitó las babuchassino que llevaba medias. Alalcalde lo tenía ya dispensado Ríos de aquella ceremonia.

Después de decirnos adiós cuando salimos a los hornos de campañalosparlamentarios habían ido a orar a la mezquita mayordonde se habían lavadopies y cabezano por mundano aseosino por obligación religiosa. De cualquiermodoresultaba que iban muy limpiosque fue indudablemente lo que se propusoel ingeniosísimo Mahoma al prescribirles con tanto cuidado las abluciones.

Los siete musulmanes nos dieron la mano a todos los allí presentesydespués hubo una larga discusión en pantomima acerca del asiento que debíaocupar cada unoresultando de ella lo que resulta siempre de los cumplidos: quetodos hicimos lo contrario de lo que deseábamoses decirque los moros sesentaron en sillaa la europeay que los cristianos nos sentamos en el sueloo sea sobre cojinesa la oriental...

Sin embargolos agarenos buscaron pronto su habitual posturaencaramándosepoco a poco por los palos de las sillashasta cogerse los pies con las manos.El Kabo o gobernador de Fezhombre serio si los hayno encontró sinduda bastante digna esta actitudy acabó por echarse al suelo y sentarse sobrelas piernas.

Entretantola banda militar tocaba en el patio la jota aragonesaatronándonos los oídos; y yo estudiaba minuciosamente a los cuatro generales yal rico banqueromientras que una conversación superficialentorpecida por lalentitud de duplicadas traduccionesprocuraba llegar a ser interesante.

Ahntet-el-Batín (el segundo de Muley-el-Abbas) era quien mássostenía el diálogo. Jovenfinonerviosoimpresionable como un aristócrataandaluzmás parece hombre de ideas o de papelesque guerrero tan esforzadocomo lo califica la fama. Su palabra es vibrantesu gesticulación vivasusréplicas calurosasy su movilidad extraordinaria...sobre todo para unsarraceno.

El gobernador del Rif es el reverso de la medalla. Graveatentocircunspectohabla con cierta solemnidadsonríe levemente cuando se le dirigela palabray piensa largo rato sus respuestasque siempre vienen a interrumpiruna nueva conversación. Su fisonomíapoco favorecida por la naturalezarevelasin embargomucho talento. Tiene fama de gran diplomático y hábilgeneral. Por mi partehe notado desde el primer día que sus compañeros lotratan con marcadas deferenciascual si fuese el principal enviado.

Su hermanoel general de la caballeríade quien ya he dicho que hablaespañoles un soldado vulgarfranco y sencillo; de fisonomía rudaperoagradable; alegreen cuanto lo permiten estas circunstancias; expansivocomorara vez lo son los moros; hablador sempiterno cuando su ilustre hermano no leoyey tímido y respetuoso como un párvulono bien éste le mira. Sinembargose profesan mucho cariño...

-¡Somos de una misma madre! -nos dijo con voz baja el general de lacaballeríamirando con ternura al gobernador del Rif-. ¿No le he de querer?¡Entre nosotros hay muy pocos hermanos nacidos de un mismo seno! Ademáseseque veis ahí es tan sabio y tan valerosoque yo le temo como a mi padre y loquiero como a mi madre...

El cuarto enviado era el más interesante de todosa lo menos para mí.Hablo del segundo gobernador de Fez. Este singular personaje no despegó suslabios en toda la noche. Parecía hallarse entre nosotros como un acusadoimpenitente en la barra del tribunal. La poca o mucha violencia que se hiciesensus compañeros permaneciendo en nuestra compañía y sirviéndonos deespectáculoera para él un verdadero tormentouna secreta rabiauna mudadesesperaciónque se revelaba en su actituden su gestoen su mirada.

Nada comió ni bebió de cuanto le ofrecimos; ni por un instante cambió depostura luego que se echó al suelo; ni por casualidad dejó oír el acento desu voz inmóviladustoerguido sobre el almohadón en que estaba sentado a laoriental; con los brazos cruzados bajo su albornoz negro; con la mirada fija yaen unoya en otro de aquellos locuaces infieles (vulgo cristianos) quetantas cosas hacían y decían sin proponerse nada importante; indiferente a lasdiscusiones que se entablaban; insensible a los raptos de entusiasmo afectuoso(fingido o verdadero) que dio de sí la conversación; refractario a la alegríaque reinó en algunos momentosel poderoso Kabo protestaba con susilencio contra todo lo que allí sucedíao formaba siniestros planes devenganza para cuando se reprodujese la guerra. ¡Y cuenta que parece el másjoven de los parlamentarios!...

Por lo demássu tétrica figura contribuía a hacerle sombrío y pavoroso.Es mulato pálido; tiene los labios gruesos y pensativos; los ojos de un negroaterciopelado; la barba muy bronca; torva la mirada; lúgubre el gestoyvestía un traje obscurode severos plieguesque contrastaba con losalbornoces de sus compañeros. Parecía la imagen del dolorla personificacióndel crimenuna alegoría de la nocheel genio del malel príncipe de losinfiernos. Lord Byronen sus más tenebrosos poemasno imaginó figura tanromántica ni tan espantosa.

Réstanos pintar a Erzinitipo físico y moral diametralmenteopuesto; a Erziniel acaudalado sibarita; el carácter deprimido bajo el pesodel oro; el hombre galanteflexiblelisonjeroel espíritu conciliadoracomodaticioutilitario a todas horas. Tendrá cuarenta y cinco años; es rubiocomo un irlandés; tiene ojos azules; gran nariz; flacas mejillaspero muyencarnadas; barba prominente; alta y encorvada estatura; algún diente de menosy un aire marcadísimo de astucia y penetración. Se parece a Francisco I deFrancia.

Erzini hablaba y reía como un descosido. Estaba sumamente alegrey susmotivos tenía para ello. ¡El general Ríos acababa de entregarle una carteraque el opulento comerciante había olvidado el día 5 en la precipitación de lafugay que el coronel Vargas se había encontrado sobre una mesa en la mismahabitación que ocupábamos en aquel momento! La tal cartera conteníatreintao cuarenta mil duros en letras al portador sobre Gibraltar.

Pasada medía horay para excitar la confianzase había principiado aservir el café...

Los moros (exceptuando siempre al taciturno Kabo) hicieron los honoresa todo lo que se les ofreciócomiendo bizcochos a dos carrillosfumando comotudescosy tomando repetidas tazas de moca.

El Alcaldeviejo ladinoqueso color de simpatizar con la causa deEspañaestá favoreciendo cuanto puede a los míseros habitantes de Tetuán(en lo cual hace perfectísimamente)formulópor vía de brindisun granelogio del carácter y proceder de los españolesexponiendo a los generalesmarroquíes las grandes ventajas que reportaría su emperador de una franca yestrecha amistad con España...

El general Ríos insistió sobre estoy con mucho tacto mezcló en sudiscurso una descripción de los grandes medios de que aún podemos disponer enel caso de continuarse la guerra...

Los musulmanes asentían a todo con la cabezay repetían una y otra vez«que Muley-elAbbas y su ejército querían la paz a toda costa y la amistad conEspaña; pero que había gentes en el Imperio que se aprovecharían de cualquiercosa para conmover el trono del nuevo sultánmal asegurado todavíay quepor ello se vería tal vez S. M. Sheriffiana en el caso de seguirno lapolítica de sus deseossino la que le impusieran las circunstancias»...

Era evidente que aludían a la continuación de la guerra con tal de no cedera Tetuán.

Entonces el alcalde fue más explícito.

-Si el Emperador -dijo- pierde a Tetuánlos partidos derriban alEmperadory si derriban al Emperadorhabrá guerra civil en Marruecosydesorden y anarquía de muchos añosvosotros no tendréis con quién tratar; yaunque tratéis con unosotros dejarán de cumpliry os veréis obligados aestar guerreando aquí toda la vidasin resultado alguno para España.

-Querer a Tetuán es no querer la paz -añadió sentenciosamente elgobernador del Rif.

-¡Es que nosotros no le tememos a la guerra! -insistió el general Ríos-.Nosotros podemos...

-¡No sueñesgeneral! -dijo textualmente y con su acostumbrada llaneza eljefe de la caballería marroquí-. Vosotros no poder hacernos la guerra tresaños seguidosy nosotros poder hacérosla a vosotros durante cuarenta años.Moro estar en su casay español en la ajena. La guerra costar a España muchodinero...mucho dinero...y el dinero tener fincomo la vida y todo lo delmundo. Lo que no tener fin es los moros... ¡Morir unosy venir otros!...Muchos moros...muchos...muchos!

La tremenda verdad que encerraban estas palabras nos hizo mirarnosasombrados de que un salvaje discurriera con tanto acierto.

-¡Todo eso se lo han enseñado los ingleses -murmuró uno de nosotros.

Aben-Abu comprendió la frasey se sonrió con malicia.

Después se habló de la pasada campaña; del sistema de combate de uno yotro ejército; de las pérdidas sufridas por ellos y por nosotros...

Los marroquíes confesaron que las suyas habían sido inmensas.

-La bayoneta y la artillería -dijeron- son vuestras grandes ventajas.

Ríos hizo el elogio de Isabel II y de O'Donnell.

Ellos manifestaron gran respeto hacia nuestro caudillocuya periciaen unaguerra que le era nuevadijeron haber sorprendido mucho a Muley-el-Abbas.

Nosotros creíamos que era más viejo -dijo el gobernador del Rif.

-¿Y por qué?

-Por la prudencia.

Con este motivo recayó la conversación en Muley-el-Abbas.

-Es muy valiente y muy generoso -dijeron-; pero tiene mala tropa.

-Yo mismo -añadió su segundo- tuve que matar por mi mano muchosjefes de cabila el día de la batalla del campamento...

-¿Y por qué?

-¡Por embusteros y cobardes! ¡Por haber huido más lejos de lonecesario!...

El Kabo de Fez estaba cada vez más sombrío.

Los otros moros habían llegado a entusiasmarse. La expansión era general;la franqueza animaba todas las fisonomías; cada cual había tomado la posturamás de su gusto; casi todos estábamos sentados o medio tendidos en los divanesy otomanas; el humo de los cigarros envolvía por momentos algunas figuras...

¡Qué cuadro! Yo no me había atrevido nunca a soñar una escena tanpoética y solemne... Aquellos siete magnates moroscon sus albornoces y susturbantes blancoscon sus rostros graves y austeroscon su habla guturalconsus clásicas actitudes; aquellos muebles orientalesaquellas alfombras ycortinasaquella arquitectura; la ciudad en que nos encontrábamos; nuestraposición de soldados en campañade extranjerosde vencedores; el sernosotros los únicosno solo de nuestro ejércitosino de nuestra naciónquehabían asistido a una tertulia semejante; la hora; el asunto de lasconversaciones; la idea de que aquellos generales habían estado enfrente denosotros en los montes y en la llanurauno y otro día de pelea; laconsideración de que acababan de llegar del campa enemigo y de que mañanaregresarían a ély de que acaso jamás volveríamos ya a verloscomo nofuese tendidos en el campo de batalla; todo estodigo¿no era mucho más delo que pudo sonreír a mi imaginación cuandonuevo Don Quijoteabandoné elseminario eclesiástico y salí de mi pueblo en busca de aventuras?

¡Ah! ¡Qué pocos poetas de nuestros tiempos habrían encontrado realidadestan maravillosas! ¡Qué pocos habrán gozado tan a sus anchas de lofantásticode lo extraordinariode lo romancesco! ¡Afortunado yo mil veces!Pero ¡cuántocuanto hubieran ganado nuestras letras si Zorrilla o Fernándezy González hubieran venido a África con sus liras de oroen vez de venir yoque sólo poseo una mal cortada pluma!

Por lo demáscasi todos los españoles que estábamos allí éramosandalucesy nuestro carácter habladorexpansivoentusiastaexaltado poralguna libación y por la misma novedad de aquella escenabastó para aturdir alos marroquíespara marearlospara derretir su máscara de hielohacerlesreírhablar alto y entrar en dudas acerca de si los europeos valdríamosefectivamente más que los africanos...

Alegrespuesaunque cavilosos; con la faz encendida y los ojos ardiendo;desconcertadosllenos acaso de envidiapero también de admiración hacia unosseres tan variostan complejostan móviles y fecundosdespidiéronsecordialmente de nosotros a eso de las oncealegando que tenían que madrugarpara hacer antes de partir largas oracionesen atención a ser mañana Viernes...

De todo lo dicho con respecto a animación y júbilohay que seguirexceptuando al Kabo de Fezel cual siguió callado y tétricoy sedespidió del general Ríos de una maneramuy singular. Diole primero la manonaturalmentecomo se usa entre nosotros; después cogiósela violentamentecual si fuese a echar el pulso con ély apretósela con una fuerzaextraordinariamirándole fijamente y en silencio...

¡Era la primera señal de vida que daba en toda la noche; y aquellapantomima trágica lo mismo parecía un arranque de cariño largo tiemporefrenadoque un reto para el primer combateque una misteriosa maldición!Ello es que se envolvió en su larguísimo albornoz negro y se marchó con elsecreto de su idea...

¡Magnífico personaje! Shakespeare lo adivinó completamente cuandoescribió su Otelo.

Comentando estábamos nosotros este y otros lances de la nochecuandoalcabo de una media horase nos presentó de pronto el general de la caballeríatrayendo debajo del brazo un saco de dátiles.

-¡Toma! -le dijo al general Ríos-. Al llegar a casa hemos visto que nosquedaban estos dátiles. Cómetelos en nuestro nombre.

-¡Extraña gente! -nos dijimos todos con una mirada.

E hicimos sentarse a Aben-Abuquienviéndose libre de su hermanoseabandonó a su natural llanezay nos dio un rato delicioso.

El bravo general habla el presidiario más bien que el españolporhaberlo aprendido de nuestros renegadosy yo no podría transcribir aquí susdiscursos sin faltar a todas las reglas de la sintaxis y del decoro...

Entre las cosas que nos refirió acerca de las interioridades de suejércitofue sumamente notable el retrato del príncipe Muley-Ahmed.

-Hace como uno -dijo-y cuenta como veinte. Corre mucho a caballoy habla yríe más de lo regular. ¡Es muy sevillano!

Figuraos el efecto que nos haría esta fraseteniendo presente que entrenosotroshabía dos o tres hijos de Sevilla. Las carcajadas duraron un cuartode horay Aben-Abu se reía con más ganas que ninguno.

Por él supimos pormenores interesantísimos acerca del estado actual delejército moro que nos aguarda en el Fondak.

-Ahora tiene poca gentepero se aguarda mucha. El Emperador desde su casano puede comprender lo que sucede; pero ya lo comprenderá cuando reciba unalarga carta de Muley-el-Abbasen que le dice que todos los moros de Marruecosno pueden con las bayonetas y los cañones españoles... Habrá pazporquetodos la necesitamos -concluyó el moro-; pero no debéis pedir a Tetuánni esto os servirá de nada.

-Lo piden de Madrid -le contestamos.

-En Madrid pasará lo que en Mequínez -observó el musulmán-; como no venlas cosas de cercase figuran que todo es muy fácil.

Esta conversación se prolongó hasta las doce. Aben-Abu se despidió denosotros muy cariñosamentediciéndonos quesi había guerra y alguno denosotros caía prisioneronos trataría perfectamente; y que si había pazfuéramos a visitarle a Fezdonde seríamos los dueños de su casa.

Repetímosle iguales ofrecimientosy se alejó muy satisfecho de nosotros yde sí mismo.

No lo estoy yo tanto de la presente relaciónal tiempo de daros las buenasnochesopor mejor decirlos buenos días.

Dígoloporque está amaneciendo cuando suelto la pluma.



 

- XII - Expectativa. -Conferencia de O'Donnell y de Muley-el-Abbas. -Retratode este.

Día 17 de febrero.

Los parlamentarios se marcharon esta mañana a las diez.

Llevan un plazo de ocho días para contestar a las Condiciones de pazque se les han entregado.

Ellos han prometido estar aquí el jueves próximo.

Entretantoel general O'Donnell sigue preparándolo todo para emprenderencaso necesariouna segunda campañaque consistiráen la toma de Tánger.

Hácensepuesgrandes aprestos de víveres y municiones; espéranselos tercios vascongadosque ya deben de llegar de un momento a otro; danseórdenes para que aceleren su embarque los nuevos batallones que se hallandispuestos en el litoral de Andalucía; repáranse las fortificaciones de Tetuán;practícanse reconocimientos por las llanuras y los montes de ponienteyarréglanse algunos pasos del nuevo caminoa fin de que pueda atravesarlos laartillería; hase mandado a Orán por camellosy a la Península por mulasafin de aumentar extraordinariamente el número de acémilas que se necesitanpara tan importante marcha; todoen finse prepara como al principio de laguerra...

¿Y para qué? ¿Pelearemoscomo hasta ahorapor el desagravio de nuestrasofensaspor la gloria de nuestras armaspor el crédito de nuestra naciónpor humillar el orgullo sarraceno?

¿Seráen finuna guerra por el honor de España?

¡No! ¡Será una guerra por la posesión de Tetuán!

¡Valiente vellocino de oro!

Día 18.

Viene la duquesa de Tetuán a saludar a su invicto esposoy se aloja en elpalacio de Erzini el mayor.

Acompañan a la animosa viajera el general Ustáriz y algunos hombrespolíticos.

El ejército recibe a su ilustre huéspeda con tanto respeto y agasajo comoadmiración y cariño profesa al victorioso capitán que ha coronado de glorianuestros estandartes.

Día 20.

El simpático Aben-Abuel general de caballería morase ha presentado estatarde en nuestro campamentocaballero en una magnífica mulaensillada conrica montura de terciopelo carmesíy seguido de cuatro moros de rey.

Esta inesperada visita nos ha sorprendido mucho.

Viene a pedir que se prorrogue el plazo de ocho días que se le concedió aMuley-el-Abbas para aceptar o desechar nuestras condiciones de paz; pues elPríncipe las ha encontrado tan gravesque no se ha atrevido a resolver nadapor sí mismoy las ha trasladado al Emperador. Es decirque la prórroga quesolicita es el tiempo necesario para que pueda ir y volver un correo aMequínez.

O'Donnell la ha negado rotundamente.

Sin duda temeo le han inducido a temerque estas idas y venidas de losmoros no sean más que pretextos para ganar tiempo y reorganizar sus fuerzas...

El recelo no parece fundadopero O'Donnell ha hecho bien.

Por lo demás. Aben-Abual tiempo de irseha indicadosi bienextraoficialmentey no al general O'Donnellsino al general RíosqueMuley-el-Abbas tendría sumo placer en hablar con el Gran Cristiano enalgún sitio que no fuese Tetuán.

-¿Crees tú -le ha preguntado Ríos- que eso sería de alguna utilidad paralas dos naciones?

-Sílo creo; pues Muley-el-Abbas no acudirá a esa conferencia movido poruna vana curiosidadsino para ver de transigir este pleitoque ya no consisteen naday quesin embargonos va a costar todavía mares de sangre.

-Pues si Muley-el-Abbas pide esa conferenciayo no dudo que el generalO'Donnell se la concederá con mucho gusto.

-Yo lo arreglaré todo -ha dicho el africanoencaramándose en su mula ytomando el camino del Fondak.

Día 23.

Hoy se ha verificado la anunciada entrevista de O'Donnell y Muley-el-Abbas.

El pintoresco y grandioso cuadro que ha presentado tan solemne escenatermina dignamente la galería de los que constituyen la historia de nuestraromántica campaña; galería en que ocupan lugares preferentes el embarco deltercer cuerpo de ejército en el puerto de Málaga; la batalla de los Castillejos;la gran parada después del combate del día del príncipe Alfonso; las cargasde caballería del 31 de enero; la misa solemne del día de la Candelariaseguida del consejo de generales; la batalla de Tetuán y toma de loscampamentosy la entrada de nuestro ejército en la ciudad rendida.

La novedad del espectáculo de hoy; la desconocida llanura en que estábamos;la trascendencia de lo que allí sucedía; la hermosura de la naturaleza; elpoético aspecto del ejército moro; la noble figura del príncipe vencido; lasbrillantes escoltas de ambos generales en jefe; la solitaria tienda en que laentrevista se verificabatodo ha contribuido a realzar y embellecer estesupremo actoque la historia recordará eternamente.

He aquí ahora su detallada descripción.

Esta mañanaa eso de las docellegó Aben-Abuy manifestó al generalO'Donnell que el príncipe Muley-el-Abbas deseaba tener una conferencia con élpero queno creyendo decoroso penetrar en una ciudad que había perdidoloestaba esperando en el Puente de Bucejaa menos de una legua de estaplazadonde había hecho plantar una tiendaque le suplicaba honrase por unahora.

El Puente de Buceja se halla situado legua y media más acá delcampamento moro; por consiguienteMuley-el-Abbas había tenido que hacer unamarcha casi doble de la que pedía a nuestro caudillo. Accediópueseste a sudemanday montó a caballo inmediatamenteseguido de los generales GarcíaRíosPrimUstáriz y Quesaday de un numeroso estado mayor. Preguntole aAben-Abu cuántas fuerzas acompañaban al Emir; y sabedor de que había traídomil moros entre infantes y jinetestomóal pasar por el campamento decaballeríaun escuadrón de Coraceros del Príncipeesto esmenos decien hombres. El cuartel general y la escolta de los generales compondríanotros cien jinetes.

Así emprendimos la marcha.

El camino era muy dificultoso; pueslimitado de una parte por el Guad-el-Jelúy de la otra por los montes de Samsase deslizaba trabajosamentede barrancosobre hondos lodazales o peladas guijas.

Anoche había llovidopero a la hora de nuestra caminata hacía un tiempoinmejorable. El sol bañaba de pura luz un despejado cielosin producir por esoexcesivo calor. La verde alfombra de los pradosasí como los árbolesqueempiezan ya a cubrirse de hojaslavados por la reciente lluviabrillaban comoesmeraldas. Las montañas más remotas se destacaban en el azul del firmamentocon perfiles tan limpios y purosque hacían entrever a la imaginación loshorizontes que se escondían detrás de ellas. Eraen finuna mañana defebrero tan hermosa como la mejor mañana de mayo de nuestras provinciasseptentrionales.

Desembocamosal finen el valle fecundado por el Bucejayuna vezen élofreciose a nuestros ojos el más interesante espectáculo que hemoscontemplado en esta campaña.

Érase una redonda y dilatada llanuraperfectamente lisatapizada de verdestrigoscerrada en todas direcciones por colinas y montesuno de los cualestapado por cierto número de arboles frondosísimosse levantaba al cielo tansúbita y atrevidamenteque parecía una gran pirámide.

Al pie de ella se veía una tienda solaaisladablanca como la nieveyadornada con algunas labores de color azul turquí. Asemejábase a enorme palomaque descansaba de su vuelo.

Como a quinientos pasosy por el lado de ponientepercibíase un apretadocordón de tropas árabescoronando o festoneando los visos u oteros de lassuaves colinas que limitaban allí el horizonte. Destacábansepuesen elcielo con limpios perfiles las bellas figuras de infantes y jinetesmientrasque el sol hacía relucir las armas y resaltar los vivos colores de tantos ytantos estandartes y banderinesunos azulesotros blancosotros encarnadosotros verdes y otros amarilloscomo ondeaban sobre aquella vistosísima hueste.

Con ayuda de los anteojos apreciábamos muchos pormenores. La primera fila secomponía de peonessentados en el suelo; los abanderados estaban de pie; porencima de estos aparecían algunos caballeros enhiestos en las sillas; yenotro ladose distinguía la gallarda silueta de varios caballos sin jinetesujetos de la brida por esclavostendidos boca abajo sobre la hierba.¡Soberana composición! ¡El más inspirado artista no hubiera colocado mejoraquella gente en un teatro!

Dicho sea en verdadno pasarían de mil hombres los que allí había; peroal ver tantas banderas entre ellostan varias vestimentas y tan diferentestipos y actitudesaquella inmóvil muchedumbreasomada (nada más que asomada)a la llanuraparecía la cabeza y estado mayor de numerosísimo ejército quese dilatara al lado allá de aquellos visospoblando el llano de Wad-Ras y laseminencias sucesivas...

Nuestra reducida escolta de coraceros formó una densa y reducida columna enmedio de la despejada planiciequedando en orden de batallafrente por frentede la línea marroquíy a igual distancia que esta de la solitaria tienda deMuley-el-Abbas.

Al hacer alto los nuestrosdestacáronse de las filas mahometanas seisjinetesviniendo rápidamente hacia nosotros...

Al mismo tiempo avanzaron hacia ellos otros seis caballeros nuestrosdelestado mayor de O'Donnellyendo a su frente el general Ustáriz.

Conferenciaron brevemente ambas comisionesy volvieron a sus respectivoscampos.

Un momento después dirigiose a la tiendaa todo el correr de sus caballostrazando una línea diagonal sobre la llanurauna lucida cabalgatacompuestade treinta arrogantes moros.

Adelantado un poco a ellos iba uno de imponente figurablanquísimas ropas yvoluminoso turbante...

Sin duda era el Príncipe...

¡Él era!

O'Donnell corrió también en la misma direcciónseguido solamente de loscinco generales que lo acompañabandel alcalde de Tetuándelintérprete Aníbal Rinaldy y de mi pobre persona.

Cerca ya uno de otrolos dos caudillos se saludaroncorriendo como iban...

Luego echaron pie a tierra y se dieron las manos.

En seguida se dirigieron a la tiendaque estaba abierta hacia nuestro campoy penetraron en ellaentre mutuas señales de respeto y cortesía.

Con Muley-el-Abbas entraron tres morosque eran nuestro amigo Aben-Abua quien ya conocéis; el famoso Sidi-Mahomed-el-Jetibprimer ministrodel Sultány un tal Ezzebbíhombre de gran travesura y mucho talentomuy malosegún la opinión de algunos marroquíes que nos han hablado de élpero gran amigo del Emperadora cuyo Diván también pertenece y a quienacompaña oficialmente en todos sus viajes. Tanto el Jetib como Ezzebbíson de avanzada edad.

Con O'Donnellsólo entró en la tienda el intérprete Rinaldy.

(Tened pacienciaque ya os describiré a Muley-el-Abbas antes de que semarche.)

A la puerta de la tiendapero fuera de ellaestaba aquel joven Lugartenienteo Segundo del Emirque ya conocemos...

¡Nuestros generales se habían sentado algo más lejosen sillas decampañao sea de tijerallevadascomo las que había dentro de la tiendadel campamento del general Prim.

Los demás acompañantes del Príncipe eran dieciséis jefesde categoríaanáloga a la nuestra de coronel. Aquellos dieciséis señores coronelesse habían sentado en el suelo detrás de la tiendaformando fila. Casi todoseran hombres de cincuenta a sesenta añosde fisonomía dura y continenteferoz. Los había blancosnegros y mulatos. Cada cual vestía a su maneraperotodos con lujo y severidad.

Nuestros caballos y los de esta gente eran tenidos del diestro por variosnegrosque confesaron ser esclavoslos cualesacurrucados en el sueloy empuñando cada uno muchas bridas españolas o africanasmiraban de hito enhitofrente a frenteopor mejor decirde abajo arribaa los sosegadosanimalesquea semejanza de sus dueñosse veían juntos y en santa paz porprimera vezdespués de haberse perseguido y hostilizado muchas otras en lasbatallas...

Nada más pintoresco desde el punto de vista artísticoni nada másinteresante mirado por el lado históricoque aquellos caprichosos grupos degentes de tan apartados países; que aquella tiendaen que se decidía lasuerte de dos pueblos; que aquellas masas de soldadosque tantas veces sehabían combatido y que ahora se contemplaban sin susto ni recelo.

El silencio era profundísimo. La naturaleza y los hombres parecían atentosa la grave conversación que ya había principiado.

La verdad es que yo la oí toda. Hallábame a tres pasos de la tiendayatravés del indiscreto lienzollegaban a mis oídosfinos de suyolas severaspalabras de nuestro general y las contestaciones de los morostraducidas porAníbal Rinaldy. Todo lo referiré a su tiempo; sigamos describiendo ahora.

O'Donnellel hombre prosaico y fríodesconfiado de las imaginacionescalurosasinsensible a todo arte que no sea el de la guerray enemigo de lasbellas fraseshallábase hoy tan poseído de la solemnidad del momentoquehablaba con elevacióncon retóricacon cierto énfasis del mejor gusto; a logeneral antiguo; como Napoleón en las pirámides. Obligado a valerse deintérpretecomprendió desde luego que sus discursos serían pálidos ydesmayados si se reducía a explicar fríamente a Rinaldy lo que este había dedecir a los marroquíes... ¡Era menester que su palabra estuviese animada porla actitudpor el ademánpor la miradapor el gesto...a fin de queexpresase bien sus afectos e intenciones; ypara ellodecidió hablardirectamente con los moroscomo si estos entendiesen el español! Interpelolespuescon energía; peroró y declamó con elocuencia; ora los apostrofóoralos halagó bondadosamente; y cada vez que terminaba un períodole decía aljoven Aníbal: ¡Explícales todo esto!

Los moroscon su viva imaginaciónhabían ya leído en el semblante y tonodel general los sentimientos que lo animaban y el grado de verdad o de astuciade cálculo o de pasión que envolvía cada frase. Las palabras del intérpreteservíanpuescomo de luz o una estatua que ellos habían ya palpado en lastinieblas... Y de tal modo comprendieron la ventaja de aquel sistema dediálogoque lo adoptaron en seguiday se dirigían en árabe al generalO'Donnella quienya Rinaldyya el general de la caballeríadaba luego latraducción literal de los discursos.

Pero lo más asombroso de todo era Aníbalel políglota de quince añosquienhaciendo suya sucesivamente la causa de España y de Marruecosrepetíacon pasmosa exactitudy con tanto calor y brío como los oradores originalestodas las frasestodos los tonostodos los accidentes de sus peroraciones.¡Ni Máiquez ni Talma hubieran podido ir más allá! Sobre todo cuando hablabaen nombre del general españolcuyo interés le era más simpáticosus ojossus ademanessu acentoel fuego de sus mejillastodo su serdaba color yvida al razonamiento; todo en él era persuasivoelocuenteconmovedor...

Entretantoyopor más vueltas que dabano conseguía ver al Príncipeque se había sentado de espaldas a la puerta... Perodichosamentehubo unmomento en que el general O'Donnell se levantó para marcharsey en queMuley-el-Abbas le detuvo; con cuyo motivo cambiaron todos de posición...quedando el duque de Tetuán sentado en otra sillade espaldas a la entradayel Emir a la vista de todo el mundo.

Pasépuesentonces media hora contemplando a mi sabor al quinto de lostrece hijos del difunto Abderramánal cuarto hermano del actual emperadorSidi-Mahommedal insigne vástago de aquellos famosos jarifesjerifes ocherifsdescendientes del mismo Mahomaque conquistaron hace trescientoscuarenta y tres años el imperio de Marruecos.

Muley-el-Abbas (omejor dichoMuley-el-Abbés) es un hombre de medianaestaturaalgo gruesode noble ademán y majestuoso continente. Parece casinegroporquesiendo ya muy moreno de suyolleva rodeado el semblante conabultada toca de extraordinaria blancura. Sus grandes ojosnegros y tristesmiran con calma y lentitud. Su narizlarga y rectaaunque muy poco prominentetiene el corte europeomientras que su boca es africana purade abultadoslabios (sobre todo el inferior)y de una expresión bondadosa y dignísima.Lleva toda la barbala cual es negra y brillantecon dos claros bajo la boca ylevemente rizadabien que más corta de lo que suelen tenerla los árabes. Enella blanquea ya alguna que otra canano obstante que el Príncipe tendráapenas treinta y cinco años. El conjunto de su fisonomía tiene un caráctermás religioso que guerrero.

Hoy vestía S. A. ropaje amarillo encimauna especie de túnica de azul muyclaro y sobre ellaun magnífico albornozcon capucha de suave merino blancocuyos dóciles pliegues delineaban la forma de la toca o turbanterodeandocompletamente la caramarcaban todas las líneas del cuerpoy flotabanenfincasi rodando por la tierrano sin dejar ver unas ricas botas de tafileteamarillo bordadas de sedasin suela ni tacón. Ancha cinta de seda verdesujetaba sobre su cabeza la capucha del albornozindicando aquel color sagradoque por las venas del Emir circula la sangre de Mahoma. Llevaba liado a lamuñeca derecha un rosario de ámbar; diminuto arete de oro en una orejay unanillo blancoegipcioen el dedo meñique de la siniestra mano. Frecuentementese sacaba el rosario del brazo y aspiraba su rica fragancia.

En lo demásMuley-el-Abbas estaba abatidopero circunspecto; tristeperorespetable; vencidopero no domado. Inspirabapuescompasiónpero nolástima. Yopor lo menossentía... hasta inclinación y afecto hacia aquelenemigo de mi bandera... Y tal vez sería que lo miraba con ojos de artistaypersonifiqué en él al desgraciado y valeroso Muzaa quien amamos todavía enel antiguo reino granadino los vigésimos nietos de los conquistadores oconquistados de la Alhambra.

Conocidos los personajesel sitiola horalas comitivas y todas lascircunstancias exteriores del grandioso acto que describotiempo es ya de quepenetremos bajo la tiendaopor decir mejorde que prestemos atento oído alo que en ella se habla.

La conferencia principió por recíprocas declaraciones del buen deseo queanimaba a ambas partes de llegar a una transacción que evitase nuevossacrificios a los dos pueblos contendientes.

Muley-el-Abbas se apresuró a declarar que había sido vencido en todosterrenosy que su ejército estaba desmoralizado y rotomientras que elnuestro se hallaba en un estado brillantísimoque nadie en Marruecoshubiera podido imaginar.

-¡Alá no quiere que venzamos -dijo por último-; pero tampoco querría queabandonásemos nuestra causa! Grandes males ocasionaría esta guerra a una yotra nación si nos empeñásemos en continuarla... ¡Cortémoslapuesderaíz!

O'Donnell elogió entonces noblemente el valor y la prudencia del Príncipey manifestó con cuánto gusto se llegaba a élno como vencedorsino comoamigodispuesto a hacer todas las concesiones compatibles con las bases de pazque le había marcado su reinay de las que no podría separarse ni un punto...

-Por lo demás -añadió-yo me alegro de que no se hayan ocultado a tu altapenetración los grandes recursos con que cuenta Españapues solo asípodremos llegar a una avenencia.

-Veamos en qué términos... -dijo el ministro del Emperador.

-Ya debéis conocerlos... -respondió O'Donnellentregando al intérprete unpliego en que estaban las Condiciones de paz traídas por Ustáriz deMadridy presentadas a los moros el día 16-. Pero pueden leerse otra vez...

El intérprete empezó a traducir al árabe aquel documentoparándose alfinal de cada artículo.

-¡Bien!... ¡Buena!... -murmuraba entonces en español el Jetib-.El Sultán quiere... El Sultán admite...

Muley-el-Abbas no decía ni una palabray escuchaba las famosas condicionesfijos los ojos en el suelo y acariciándose la barba con lentitud.

Cuando se leyó aquello de que Tetuán pasaría a formar parte de lamonarquía españolael Príncipe suspirócomo diciendo: No vamos aconseguir nada.

El Jetib fue más lejosy exclamó con extraordinaria energía:

-¡Eso no! ¡Antes que ceder a Tetuánmorirán todos los marroquíes!

-¡Pues morirán! -replicó O'Donnellherido por tan altanero tono.

Y se levantó con aire resuelto.

-Hemos concluido... -añadiótendiendo la mano al generalísimo de losmoros.

El Príncipe alargó la suyano para estrechar la del Duquesino paracogerle suavemente de la ropa y retenerleo hacerle volver la cabeza.

En seguidacon un gesto bondadoso y tristemurmuródirigiéndose aRinaldy:

-Dile que se siente.

-¡Morirán! -repetía O'Donnelldirigiéndose al viejo ministro-. Pero túno morirás por esopues tú no te bates; ¡tú no sientes en esta guerra sinola mala pasión que te han inspirado tus amigos y consejeros!...

Aludía a los cónsules de Inglaterra en TángerMogadorRabat y otrospuntos de Marruecos.

-¡Siéntate! -suplicó de nuevo Muley-el-Abbas.

O'Donnell se volvió a sentar.

-Tú lo deseas -añadiódirigiéndose al Califa-y yo me entenderégustoso contigoporque tú sabes lo que es la guerralo que son tus soldadosy lo que son los de España. ¡Ah! -exclamóencarándose de nuevo con el Jetib-.Si tú hubieras sufridoy peleado como este heroico príncipe; si tú lohubieras vistocomo yoabandonado de sus tropas tener que ensangrentarse enellas para impedir su completa deserción; si tú lo admirarascomo yo loadmirolo mismo que a todos sus generalesque se han batido muchas veces en ellugar de los soldadossin conseguir por eso ni una pasajera ventajaseríastan prudente como ély no comprometerías tu nación en una nueva campañaque os será mucho más fatal que la primera...

-¿Y qué conseguiréis vosotros? -replicó el Jetib-. ¿Tomar aTánger? ¡Europa no lo consentiría!...

-¡Europa! -contestó O'Donnell-. ¡Llamémosla así! Pero sea de la Europa osea de una determinada potencia de la que tú hablesten entendido que mañanano os prestará más ayuda que hasta hoy. ¡Los pueblos de Europa no puedenluchar entre sí tan fácilmente como tú creesy un solo paso dado en contrade los designios de Españasería quizá el principio de una lucha en todo elcontinente europeo! Irépuesa Tángercomo he venido a Tetuán...

-De cualquier modo -repuso el Ministro-el Emperador no accederá nunca aquedarse sin la plaza que demandáis.

-Hará malpues la reina de España la desea; sus tropas la han ganadoy yoestoy resuelto a todo... Para ello cuento con el ejército que conocéis y congrandes refuerzos que aguardo. El entusiasmo es cada vez mayor en España; sushijos darán toda su hacienda y toda su sangre por someteros a la ley de lavictoriay yo no haré más que aumentar mi fama y la de mi bravo ejército eldía que lo lleve (como lo llevaré si os empeñáis) a Tángera Fez y hasta aMequínez. ¡Pues qué! ¿Juzgáis acaso que yo ignoro lo que sucede en vuestracasa? ¿Creéis que habré estado tres meses entre vosotros sin enterarme de lasituación del Imperiode los riesgos que lo amenazande los partidos que lodividende los enemigos que cercan al Emperador? ¿Pensáis que no sé que eneste momento apenas hay en el Fondak seis u ocho mil soldados; que latoma de Tetuán ha hecho vacilar el trono de Su Majestad Sheriffianayque el día en que mis banderas victoriosas ondeen sobre los muros de Tánger sehundirá con estrépito el poder del Sultán; se declarará la más espantosaanarquía en Marruecos; no pedirán auxilio los partidos... (acaso nos lo hanpedido ya); nosotros se lo daremos; pondremos en el trono a ese que tanto seagitao a cualquiera otro pretendientey obtendremosen cambiomás de loque os exigimos ahora?

-Tienes razón -contestó Muley-el-Abbas-y así comprendo yo este asunto.Pero el Emperadormi hermanolo ve desde lejos de otra manera... Dame unaprórroga de algunos díasy yo le escribiré diciéndole todas esas cosas...

-¡No puedo prorrogar el plazo que cumple hoy! -replicó O'Donnell-. Yosería un mal general si te dejara ganar días en que reorganizar tu ejército.Yo debo aprovecharme de las ventajas que me ha proporcionado la fortuna de laguerray desde ahora mismosi no suscribís a las condiciones de mi reinaquedo en libertad de emprender las operaciones sobre Tánger.

-¡Dame siquiera dos días! -insistió el Príncipe-. La contestación delEmperador al pliego que le remití la semana pasada tardará ese tiempo enllegar a mis manos. ¿Quién sabe si habrá reflexionado bien y accederá avuestros deseos? ¡Dos días nada más te pidoy después...sea lo que Diosdisponga!

-¡Príncipeno puedo! Túen mi casoobrarías como yo. Hace quince díaste quedaban cuatro mil hombresy hoy tienes ya ocho mil. Cada día que pasaaumentan tus fuerzas. Yo no deseo ni necesito tanto la pazque comprometa porconseguirla la vida de uno solo de mis soldados... Pero si mañanasi cualquierotro díatienes algo nuevo que decirmeyo recibiré tus parlamentosdondequiera que me hallelo mismo en medio de una marcha que en mitad de lalucha... En el Fondaken Tángerdondequiera que vea venir una banderablancasuspenderé el fuego y escucharé a tus embajadores. Ahora...¡adiós!Siempre consideraré una grande honra haber combatido y hablado con un generaltan valiente y príncipe tan ilustre como tú. Desde este momento volvemos a serenemigospero no por eso disminuirá mi consideración a tu persona.

-Lo mismo te digo en todo... -respondió Muley-el-Abbas sumamente conmovido-.¡Dios lo quiere!... ¡Dios ilumine la razón del Emperador! Yo no soy más queun ciego instrumento de ambos.

-No me separaré de ti -añadió el duque de Tetuán- sin tener el gustodado que lo consientasde presentarte a alguno de mis generales...

-Mucho deseo conocerlos -respondió el Califa.

O'Donnell llamó entonces a los cinco generales que lo acompañabany losfue presentando al Príncipe uno por uno.

Esta escena fue sumamente rápida y ceremoniosa.

Por últimodiéronse la mano los dos caudillos...¡y un nuevo abismo desangre los separó desde aquel momento!

Quedáronse los moros en la tienda. Nosotros montamos a caballoy nosdirigimos a escape adonde aguardaban el cuartel general y la escolta.

La vuelta a Tetuán fue muy animada.

-¿Guerra? -nos preguntaron los que de nada se habían enterado.

-¡Guerra! -les respondimos.

-Pues ¡Guerra! -exclamó todo el mundo.

Y aquellas esperanzas de paz concebidas el día de la toma del campamentomoroy que nos habían halagado durante tres semanasremontaron el vuelo ydesaparecieroo de nuestra vistadejando en su lugaren nuestro corazóncierta renaciente y despechada furiaque acabó por ahogar las severas vocescon que la razón nos gritaba que habíamos hecho una locura en provocar nuevoscombates después de cumplido el objeto que nos sacó de España.

Peroen finya no hay que pensar en esto. La patria vuelve a llamarnos a laguerra... ¡Guerrapues!... ¡Soldados somos!... ¡Aquí están nuestras vidas!



 

- XIII - Relámpagos de nuevas hostilidades. -Asesinatos. -Llegada de lostercios vascongados. -Bombardeo de Larache y Arzilla.

Tetuán29 de febrero.

Cerca de una semana hace que no os escriboyal cabo de este tiempofechotodavía mis cartas en Tetuáncuando acaso esperabais ya recibirlas delFondakde Tángerde Fezde Mequínez o de Tafilete...

Peroamigoel hombre propone y Dios dispone. ¡Un pícaro Levante quese declaró al mismo tiempo que la nueva guerracomo si fuesen compañerosinseparablesha impedido seis días el desembarco de víveres y municionesasí como ha retardado la llegada de los Tercios Vascongados y demástropas que han de reforzar nuestro ejército! ¡No hemospuesconquistadoninguna otra provincia del África!

Sin embargola última semana ha sido fecunda en acontecimientos.

No bien llegó a su tienda el general en jefedespués de su entrevista conMuley-el-Abbashabló largamente con el general Bustillocomandante general dela escuadraquien partió inmediatamente para el marcon orden de pasar alOcéano y bombardear los puertos que allí tiene el imperio marroquí.

Entretantolos moros residentes en Tetuán se enterabancomo todo elmundodel nuevo rompimiento de hostilidadesy corrían a encerrarse en suscasasno ya con aquel aire melancólico que lo hicieron cuando tomamos laciudadsino con el rostro iluminado por la alegríacomo si la esperanzarenaciese en sus corazones y respirasen ya el olor a pólvora sarracena y asangre cristiana...

Desde entonces ha principiado una serie de asesinatosrobospérdidas desoldados y emboscadas en los caminosque fuera interminable enumerar.Muley-el-Abbas ha mandado a decir a las cabilas que cercan esta plazaqueconsiderará traidores (y autoriza a todo el mundo para que les corte la cabeza)a los moros que se acerquen a Tetuán con víveres u otro cualquierobjeto de comercio o de socorro; pues lo que se debe hacer es bloquearnos dentrode estas murallasno permitirnos apartarnos de ellaserizar de dificultadesnuestra comunicación con la aduanay esperar un momento oportuno en que caertodos juntos sobre Tetuány pasarnos a cuchillo.

Consecuencia de esta orden es que volvemos a vernos reducidos a los víveresque nos traen de España; que no podemos bajar a la aduana después de lascuatro de la tarde sin sufrir las descargas que nos hacen invisibles enemigosdesde la orilla derecha del Guad-el-Jelú; que los soldados que salen alavar y se alejan un poco de la plaza son hechos prisioneros o alevosamenteasesinadosy que de nochedentro de la misma ciudadse repiten estos horrorescon los centinelascon los soldados alojados en casas de moros o con los quemeramente pasan por la callesin excluir a los guardias civiles que van deronda...

¡Y contra esto no hay defensa! Todavía no se ha podido coger ni a un soloagresor. Nunca se sabe de dónde viene el golpe; y el castigo se impone aciegasmás bien con ánimo de prevenir nuevos delitosque de vengar los yaperpetrados.

De cualquier maneray como dato de lo que nos costará la conservación de Tetuáncontra la voluntad de los morosbueno es que os fijéis en el hecho de quecuarenta mil soldadosestablecidos dentro y fuera de la plazano bastan agarantir la vida ni la hacienda de nadie. ¡Tanta es la perfidia (¡o tanto elpatriotismo!) de los musulmanes!... ¿Qué sucederápuescuando quede aquíuna exigua guarnicióny salgan nuestros futuros colonos a cultivar esoshermosos camposnuestros futuros pastores a llevar sus ganados por esassierrasy nuestros futuros arrieros a trajinar por esos caminos?

¡Porque debemos confesar que la actitud de los moros ante la invasiónespañola es la misma que adoptamos nosotros con la invasión francesa!... ¡Ytodo el mundo sabe lo que sucedió entonces en la península!... ¡Mediomillón de franceses se tragó nuestra tierra en el espacio de seisaños!...

A propósito de tropas: los tercios vascongados llegaronal finanteayer27.

Ya sabréis que los manda el general D. Carlos María Latorre. Compónense degente hermosaalta y robustacomo lo es siempre esta raza privilegiada. Delclásico traje de su país solo han conservado la boinala cual hasta paradarles no sé qué aire antiguo y romancesco que predispone el ánimo en sufavor. Por últimocada Tercio lleva el nombre y se compone de gente decada una de las tres provincias hermanas...

El general en jefe los revistó ayer 28y hallándolosnaturalmentefaltosde instrucciónha mandado quepor ahoraguarnezcan la aduana y hagan elejercicio en la llanura de Guad-el-Jelú...

Conque pasemos a otra cosa.

Por consecuencia de la conversación que el 23en la tardetuvieron elduque de Tetuán y el general Bustillohoy hemos recibido la noticia delbombardeo de Larache y Arzilla por nuestros buques de guerraverificado en los días 25 y 26 del actual.

Esta importante operaciónque por sus especiales circunstancias tanto honraa nuestra Marinadebe quedar consignada en mi DIARIOpor si algún día sirvede libro de consulta para una Historia de la Guerra de África. Hehabladopueslargamente con algunos marinos que han tomado parte en larefriegay he aquí la relación de todo lo ocurrido.

Después de conferenciar con el general O'Donnell la repetida famosa tarde dela entrevista con Muley-el-Abbasel general de Marinadon José MaríaBustillobajó a la mary al amanecer del día siguiente puso en la fragatacapitana (Princesa de Asturias) la señal de «dar a la vela».

En su consecuenciatanto los buques que se hallaban fondeados en la bahíade Algecirascomo los que había en puente Mayorgaestuvieron en movimiento almediodíaes decira las pocas horas de haberse hecho la señal desde Tetuán.

En Algeciras se encontraban los buques siguientes: navío Reina Isabel II;vapor Isabel IIfragata Cortéscorbeta Villa de Bilbao yvapor Colón; y en Puente Mayorga: fragata Blancavapor VascoNúñez de Balboavapor Vulcanogoleta Ceresgoleta Edetanay goleta Buenaventura.

Según estaba prevenido de antemanoy previas las señales de banderas conque se ordenan los movimientos de los buquestodos levaron anclaspasandoinmediatamente los vapores Isabel IIColón y Vasco Núñeza tomar a remolquerespectivamenteal navío Reinaa la fragata Cortésy a la corbeta Villa de Bilbaoqueen su calidadde barcos puramentede velano podían por sí solos seguir la marcha y movimientos de los devapor.

Esta escuadra tan heterogéneacompuesta de embarcaciones de todasclases (de hélice y de ruedasnavíosfragatas y goletas)hizo rumbo aloestea las tres de la tardecon viento en popa; pasó al Estrecho con marbonanza (sigo el lenguaje técnico del parte oficial); a la una de la noche sehallaba sobre el cabo Espartely a las ocho de la mañana (día 25) avistó lapoblación de Larachea cuyo fondeadero se dirigió.

Larache es la segunda plaza fuerte que el imperio marroquí tiene en elOcéano. Hállase situada en anfiteatro sobre la misma costaen la orillaizquierda de un pequeño río que le sirve de puertobien que solo para buquesde escaso caladopor el poco fondo que hay en su barray está amurallada ydefendida por siete baterías con unos sesenta cañones de grueso calibre.

Una de estas baterías se halla sobre una colinaa la izquierda de lapoblacióny las demás distribuidas en la costa por el frente de ellacubiertas con tierra y matorrales; de suerte que nuestros marinos no las vieronhasta que principiaron a romper el fuego.

A las diez de la mañana empezaron a jugar las banderas de señales en lafragata Princesaconcluyendo con la de zafarrancho de combate. Aldistinguirse estalos tambores y cornetas de todos los buques tocaron generalay cada uno corrió a ocupar su puesto.

A las once y media los buques empezaron a encontrarse dentro de tiro decañón. La plaza rompió entonces el fuego con todas sus bateríascontinuandoaquellos en silencio hasta después de fondeados y acoderados.

Un cielo despejado y un sol radiante contribuían a engrandecer el magníficoespectáculo que ofrecía a nuestra escuadraalineada al frente de las costasberberiscas y presentando sus costados a los invisibles cañones enemigos.

Al fin se adelantó la Princesatomando posición en las ocho brazas;ytan luego como estuvo acoderadarompió el fuego contra las dos bateríasdel oeste de la poblacióny hasta las doce estuvo batiéndolas sola.

En todo este tiempo había ido entrando mucha mar de levaque aumentabaprogresivamente.

Al mediodía tomaron sus puestos el Isabel II y el Reina verificándolopoco después la Blancala Cortés y la Bilbaocon susremolcadores y los buques sueltosrompiendo todos el fuego según iban ocupandosus posiciones.

El espacio reducido en que se movíanla mar gruesa de travésy lo largode los remolcadoreshacían sumamente difícil la operación de acoderarse losbuques; pero sus comandantes maniobraban con aciertoocupando sus puestosdenodadamente bajo el fuego de las baterías enemigas y a distancia de unoscuatro cables de ellashasta que lograron acallarlas.

Aunque flojose llamó el viento al sudoeste a las doce y cuartoy por elcariz y por la opinión de los prácticoscomprendió el general Bustillo laurgente necesidad de ponerse al abrigo del temporal que podía sobreveniry enel cual los buques remolcadossobre todose verían en extremo comprometidoscon el viento de travesía. Sin embargoduró el combate hasta la una y veinteen queaumentando la mar por momentosy siendopor tantomás frecuentes yterribles los balanceshizo el general la señal de levar anclas y dar la vela.

Aquí debemos consignar un hecho en extremo notable. Dada la orden de levaranclaslo hicieron al mismo tiempo el vapor Isabel II y el navío delmismo nombreque aquél remolcaba; pero faltaron los remolques o cuerdas quelos unían (rotos sin duda por alguna bala enemiga)y el navíodando la popaa tierrase fue sobre la Blancaque continuaba en su línea de combate.

-¡Que se nos echa encima! -gritó el equipaje de estaviendo lainminencia del peligro.

-¡Dejadlo venir! -contestó D. Tomás Alvearcomandante de la Blanca-.¡Aunque nos destroce el costadose librará de varar en la playa y del fuegode los moros!...

Y respondiendo bizarramente con sus baterías al fuego que empezó a hacer laplaza (animada por la retirada que estaban ejecutando todos los demás buques)se mantuvo firmesosteniendo el combate por largo ratoen tanto que el navíopasó casi rozándole por la proadesrizando sus velas poco a pocohasta queya pudo maniobrar y salirse fuera de tiro...

Entonces la Blancacumplida ya su generosa misiónlevó un ancla;picó la otra en el actoycon un movimiento recto y precisose deslizó sinembarazar la lenta marcha del perezoso navíouniéndose los dosa pocoalresto de la escuadraque gobernó al noroeste.

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Al amanecer del siguiente día (26) se halló la escuadra sobre el caboEspartele hizo rumbo al surcon objeto de batir los fuertes de la poblaciónde Arzillacuya operación se verificó por contramarchaformando unasola línea las dos columnasy dejando para flanquear las tres goletas dehélice y el vapor Vulcano.

Arzillatristemente famosa por haber desembarcado en ella la expedicióndel rey D. Sebastiánse halla asentada tambiéncomo Laracheen forma deanfiteatro sobre la costa y rodeada de pequeñas colinas. Sus fortificaciones sereducen a cuatro baterías con veinte cañonessobre una muralla que ladefiende del mar.

Toda la población se hallaba en las azoteas de sus blancas casas al darse ala vista las primeras velas españolas. Aquellas pobres gentes sabíansindudalo ocurrido en Larache el día anterior.

Al sonar los primeros disparos huyeron despavoridas a las colinas másremotasdesde donde contemplaron tristemente la demolición de unas casaselincendio de otrasy las anchas brechas que nuestros proyectiles abrían en lasmurallas de la ciudad.

A las doce del día se formó la línea de combatequedando a barlovento loscuatro buques menores flanqueadores.

A las doce y cincuenta y cinco se oyeron los primeros disparos del enemigoya la una y dos rompió el fuego la Princesasiguiéndole la Blancael Isabel II con el navío Reinael Colón con la Cortésy el Vasco Núñez con la Villa de Bilbaocolocándose al nortelos flanqueadoresque hicieron durante dos horas y media un vivo fuego degranada.

Repetido dos veces más este movimiento por todos los buquescesó el fuegoa las tres y cincodespués de haber causado mucho daño a la población.

A una legua de Arzillael general llamó a bordo a los comandantesafin de coordinar el ataque de Salé y Rabatdándoles lasinstrucciones convenientes para maniobrar en caso de cambio de tiempoyenviando a las cinco de la tarde a Cádiz la Buenaventurapara quellevara noticias y remediase las averías de sus colisasasí como el Vulcanoque tenía partidos el bauprés y el mastelero de velacho.

Al anochecer estaba el viento al nordeste flojocon mar del noroeste; sinembargola escuadra siguió su rumbo al suraunque convencido el generalBustillo de quepor poca que fuese la mar en el paralelo de Esparteldebíaser muy grande en Rabat.

A eso de las nueve aumentó extraordinariamente la mar de levay saltó elviento al noroeste fresquito... Era cosa de volverse. Con todoaún no queríael general desistir de la expedición a Rabat. Pero viendo quea eso delas oncecontinuaba la mar siempre tendida y el viento de afueray temiéndoseque llegara el caso de que los remolcadores no pudieran sacar a barlovento a losremolcadoshizo señal de rumbo al nortey se dirigió a Algecirasdondefondeó con todos los buques a las seis de la tarde siguiente.

Nuestras pérdidas en esta expedición consistieron en un muertoochoheridos y tres contusos. Las del enemigo se ven ya pintadas con dolorosas cifrasen el rostro de los habitantes de Tetuánquienes esta tarde se decíanlúgubres palabras en el caféalzando los ojos al cielocomo demandándolevenganza... Mr. Chevarrierquesegún sabéisentiende el árabeme dijo quese contaba lo ocurrido en Arzilla y Larachelamentando la muertede muchos amigos y el incendio de bastantes casas.

Para los inteligenteslo notable de estos bombardeos consiste en habersellevado a feliz término en medio de un verdadero temporalsobre una de lasmás peligrosas costas del Océano... Pero ¿qué remedio? ¡El general Bustillohabía prometido al general O'Donnell que España se anticiparía a Marruecos eninaugurar el segundo período de la guerray lo ha cumplido aun a riesgo deperecer con toda la Escuadra!

Es decirque tres días después de romperse las negociaciones de paz bajola tienda de Muley-el-Abbasdos nuevas ciudades del imperio han sufrido elrigor de las armas españolas... ¿Querían guerra? Pues ¡guerra!



 

- XIV -

La cabila de Busemeler. -EL ECO DE TETUÁN.

Día 1.º de marzo.

Hace dos días que estamos en lucha con un pueblecillo de la inmediatasierrallamado Busemelerde donde son en su mayor parte los moros queocultos en los cañaverales y en la malezaasesinan a mansalva a los soldadosque bajan a lavar al río.

La posición de este pueblo no puede ser más pintoresca ni más formidable.Colgadospor decirlo asíen la áspera ladera de una montaña muy próximadivísase desde todo Tetuán como un nido de golondrinas adherido agigantesca torreen tanto que su vecindad a los inaccesibles picos de la Sierrade Samsa proporciona a sus moradores un impenetrable refugio.

Animadapuespor la seguridad de no ser nunca habida ni castigadalacabila de Busemelerque se nos había sometido espontáneamente pocosdías después de nuestra entrada en Tetuánnos hostiliza de milmaneras desde que se interrumpieron las negociaciones de pazhabiendo llegadoel caso de matarnos tres soldados solo en un díacomo aconteció el 27 por latarde.

En su consecuenciael 28 por la mañana se dirigió un batallón a dichopuebloa fin de intimar a los fieros montañeses quesi continuaban en sustropelíasse pondría fuego a sus casas y serían tratados con todo rigorcuantos moros fuesen habidos pertenecientes a su cabila.

Pero los de Busemeler no se dejaron hacer la intimaciónsino quedespreciando la imponente fuerza que se dirigía a sus aduaresla recibieron atirosy batiéronse durante más de una hora en lenta retirada por lasempinadas cumbresen las cuales se sentaron tranquilamente y se pusieron afumar.

Intimóseles por medio de un prisionero que se rindieseno quede locontrarioperderían sus viviendasa lo que contestaron con salvajes aullidosy carcajadas y dispararon de nuevo algunos tiros; visto lo cual por nuestragentepuso fuego a cuarenta casas de las más grandes del puebloy mandó adecir a los moros quesi repetían sus atentados en el ríovolveríannuestros soldados con hachas y no dejarían de pie ni un solo frutal en todo Busemeler.Pues ¿lo creeréis? Los feroces montañeseslejos de escarmentarnos mataronayer un soldado y secuestraron otroy esta mañana han bajado en gran número eintentado robarnos algunas vacas de la administración militar.

En vista de estosalió inmediatamente para la sierra un batallónprovistode trescientas hachascon ánimo de arrasar todo lo que encontrase a su paso;pero algún tetuanísin duda les avisóy los vecinos de Busemeler hansalido al encuentro de nuestra gentellorosos y arrepentidospidiendo piedadpara sus queridos árboles... ¡Ellosque no la pidieron el día anterior parasus casas ni para sus hijos!

Creo inútil decir que los árboles fueron perdonados.

En cuanto al jefe de la cabilase me asegurapor persona que presenció laescenaque prometió volver a someterse al general O'Donnell de una maneraoficiala cuyo fin dijo que bajaría mañana a visitarlo con algunos de suscompañeros.

Supongo que esta paz durará veinticuatro horas.

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Vamos a otro asunto.

Hoy (1.º de marzo de 1860) es un día muy solemne para el imperio deMarruecospor más que los marroquíes no tengan noticia alguna de semejantesolemnidad.

Hoy ha empezado a funcionar en esta tierra la bienhechora maquina deGutenberg... Hoy ha aparecido aquí el primer número de un periódicotitulado EL ECO DE TETUÁN.

Cabepuesa España la gloria de haber sido la primera que ha traído aMarruecossiquier en tímido y pasajero ensayootro de los mayores inventos dela civilización. Mañanaacasose habrán borrado sus huellas; pero el hechomoral subsistirá eternamente.

No me he propuesto yo otra cosa al fundar dicho periódico. Quiero que enfuturos tiemposcuando este país despierte de su mortal letargo; cuando entreen la comunión de los puebloscuando aprecie y ame ya todo lo que hoy aborreceo desconoce; cuando seaen finuna nación cultacivilizadacristianaamigade la humanidadse diga por la raza que lo habite que en el año de 1860 pasópor aquí un ejército de españolesy que este ejércitono sólo tendió loshilos eléctricos y las vías férreas sobre las llanuras de Guad-el-Jelúy surcó las olas de este río con barcos de vaporsino que imprimió un periódicodentro de los muros de Tetuán.

Por lo demásy a fin de que duren siquiera tanto como haya de durar estelibrocreo que estoy en el deber de insertar aquípor vía de muestralosdos primeros artículos del primer numero de EL ECO DE TETUÁN.

Dicen así:

«INTRODUCCIÓN

»No lo ocultaremos. Al coger hoy la pluma para redactar las primeras líneasde este humilde periódicola más dulce emoción embarga nuestro ánimoy uninefable sentimiento de orgullo y de alegría nos hace derramar lágrimas deentusiasmo y regocijo.

»¡Sea; sea en el nombre de Dios y en el de nuestra cara España; sea en elinsigne idioma castellano; sea bajo la bandera triunfante de Jesucristocomonazca a la luz pública el primer periódico del imperio de Marruecosyrecocíjese en su tumba el inmortal Gutenberg al ver volar por estos horizontesla palabra impresapálida estrella hoycomo nacida de nuestro pobreentendimientopero que algún día llegará a ser claro sol de verdadqueesparza resplandores de amor y de justicia en la tenebrosa mente de losafricanos!

»Mas no somos nosotros agentes ciegos fatales del espíritu sublime que hoyanima a nuestra madre Patria; no somos nosotros los que debemos envanecernos dela nueva conquista que realiza la civilización de Europa al plantar su cátedra(la imprenta) sobre el territorio que ayer era marroquí; ¡es España entera laque debe ceñir a su frente tan inmarcesible lauro; Españaque en brevísimosdías ha hecho pasar el estrecho de Gibraltaren medio de sus legiones armadasy avanzar de campamento en campamentosiempre en pos de la victorialasgrandes maravillas del siglo XIXlos más opimos frutos del progresolas obrasmás portentosas de la libertad (el telégrafo eléctricoel vapor y elferrocarril)y que hoy establece la imprenta sobre los viejos manuscritos delas bibliotecas de Tetuán; Españaque entre lagos de sangrenubes depólvora inflamadamontones de cadáveres apilados por la pestey tormentas ynaufragios horrorososha dado al pueblo marroquí ejemplos de caridad y dehidalguíade generosidad y larguezade tolerancia a todoslos ritos yreligionesde respeto a la propiedad y a las costumbresde piedad con elvencidode amor al desgraciadode admiración al heroísmo sin fortunay queaprovechando los cortos intervalos en que calla la voz de los cañoneslevantala voz persuasiva de la prensaypasando la espada de la una a la otra manoesgrime las armas de la razón bajo la bandera de parlamento que tremolan losderrotados islamitas!

»Por lo demásbien puede morir o suspenderse mañana este periódicocuando el clarín de guerra vuelva a resonar llamándonos a nuevas lides;también puede ser que un segundo número se publique lejos de Tetuánbajo unatienda de lonaen el aduar de un pastor morisco o en otras ciudades deMarruecos perode cualquier modoel hecho quedara consignado: nuestropropósito servirá de guía a los que nos sucedan; la prensa renacerá de suscenizasen estas comarcas; y poetaspublicistassabiosfilósofospuedenhonrar a Tetuán en tiempos más o menos remotosque nos den con sus recuerdosy con su estimación el único premio a que aspiramos al ofrecer al públicoeste pobre testimonio de nuestro amor a España. -PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN.»

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«ADMINISTRACIÓN LOCAL

»Hace poco más de tres semanas (desde el inolvidable 6 de febrero) que laciudad de Tetuán forma parte de la monarquía españolay causa ya asombroconsiderar los trabajos concluídos para atender a sus más urgentesnecesidades.

»Vamos a relatarlos sumariamentey nuestros lectores podrán juzgar por símismos de la provechosa eficacia de nuestra dominación en este país.

»Una vez tomada posesión de la ciudadel general en jefe confió el mandode la misma al general D. Diego de los Ríosquien la ocupó con ochobatalloneshospedándose en ellay nombrando un gobernadorun mayor y tresayudantes de plaza.

»Mandose una compañía a cada puertay otra a los fortines y polvorinesen tanto que se nombraba un batallón de ronday se estableció el principal enla Plaza Mayorque se denominó de Españay casa de los antiguosgobernadores.

»Procediéndose luego a la organización civilnombrose alcalde de losmoros a El-Hach-Ben-Amety alcalde de los hebreos a Leví Casesasí como unconcejo municipal de seis hebreos y seis morosa los que se repartierondistintas atribuciones.

»Enterráronse setenta cadáveres que había en las calles y casasderesultas del motín que precedió a la entrada de los españoles; y atendido aque los judíos pedían panseñalose a cada uno de los indigentes una pesetadiariaquedando a su cargo limpiar la poblaciónpara lo que se lesfacilitaron camelloscarros y acémilas.

»Al mismo tiempo el estado mayor trazaba desde la alcazaba el plano de laciudaddividiéndola en cuatro cantones o distritos militares; púsose nombre alas callespuertas y castillosdando a los fuertes los nombres de la FamiliaReala las calles los de los batallones hechos de armas de esta campañaydenominando a las puertasde Tángerel Cidla Victoriala Reinalos ReyesCatólicos y Alfonso XII.

»Organizose policía política y de seguridadla que procedió en seguida atomar un padrón por barriosdesignando las casas vacías y las ocupadasnumerándolas todasy expresando el número de sus habitantescon sus nombresy los datos posibles acerca de los ausentes.

»El alumbrado público corrió primero por cuenta del ejército; después semandó a cada diez vecinos que costeasen un farol hasta las diez de la nocheesperándose hoy una gran remesa de faroles antiguos de nuestras ciudades deEspañaque envía el Ministro de la Gobernación.

»Se han publicado bandos para el respeto de la propiedad; se han nombrado serenosmoros con patrullas de soldados nuestros; puesto guardias en las casasabandonadas y en las mezquitas; recogido las armas a la población marroquí;invitado a los moros de las cercanías a que traigan al mercado comestiblesgarantizándoles la seguridad y el provechoy llamado por edictos a los quehabían abandonado sus casas y demás propiedadesconminándoles con quede nohacerlo en un plazo que se ha prorrogado dos vecesel Estado se incautaría detodo.

»Al mismo tiempo se establecían hospitales para cristianosmoros yjudíos; se situaba el mercado en la calle de la Albueracerca de una puerta dela ciudada fin de que pudiesen acudir cómodamente a comprar los soldados detodos los campamentos; abríanse fondas y cafés; componíanse los caños dedesagüetrasladábase el matadero a un lugar higiénico; dábase alojamiento alas tropas en la judería y barrios de los moros; nombrábanse varias juntascompuestas de las tres razas susodichas: una para nivelar el valor de lasmonedasla cual expuso al público un cuadro comparativo en tres idiomasy conmuestras de toda clase de monedases españolas y moriscas; otra para hacer unatarifa de comestiblesa fin de evitar abusos; otra para investigar los bienesreligiosos de eremitas y patronatosy otra para estudiar el sistema arancelariode los moros en los voluminosos libros que se encontraron en la aduana. Buscosela Oficina de Hipotecasa fin de saber a qué atenerse en punto a laspropiedadesy se halló queen este país no existíapues las traslacionesde dominio se verificaban en una forma judicial.

»Por últimose designó para templo cristiano una mezquita situada en laplazahiciéronse en ella algunas obrasy se bendijo y abrió al público eldomingo 11 de febrerocelebrándose una solemne misa con Tedéum ysermón por el padre Sabatelcon asistencia de todos los capellanes delejércitoa cuyo templo se dio el nombre de Nuestra Señora de las Victorias.

»Tales han sido los trabajos hechos hasta ahora para el mejoramiento de laciudad. Hoy se piensa en la construcción de cuartelesfortificacionesbañosmedicinales y de placer y otras empresas importantísimas.

»Cuanto se diga en elogio del general Ríos y del coronel Artaza serásiempre pocoen comparación de la actividad e inteligencia que han desplegadoen el desempeño de sus difíciles y apremiantes cometidos.»

 

- XV - La campana y el judío. -El poeta Chorby. -El amor de una mora.

Día 4 de marzo.

Como últimos cuadros de nuestra vida en Tetuánvoy a contaros misaventuras de hoylo cual os proporcionará la ventaja de conocerá tresinsignes personajescon quienes estoy en la mejor inteligencia hace algunosdíasy que soncomo quien no dice nadalos dos moros más notables y la moramás hermosa que viven actualmente dentro de estos muros.

Pero empecemos por el principio.

Esta mañanaa cosa de las seisturbó mi sueño una diana de nuevoestiloque resonaba sobre mi cabezay que no era ya el canto de lasgolondrinas que habitan en mi mismo cuartoni menos el cotidiano estrépitomatutino de cornetas y tambores... Era otra clase de dianaqueresucitaba en mi corazón ecos dulcísimos; quedormido y lodo como meencontrabaproducía en mi ánimo un inefable bienestar; que me halagaba comola fresca brisa al peregrino que duerme la siesta bajo una palma del desierto;que me hizo despertaren finlleno de aquel gozo que experimenté en Ceutala primera mañana que salió el sol después de muchos días de vendaval...

¿Dónde he oído yo esta melodía? (me preguntaba hoy). ¡Yo conozco esosvibrantes y plácidos sones...aunque no los he oído hace mucho tiempo!

En esto acabé de despabilarmey comprendí que lo que oía era una campanaque tocaba a misa en la torre de la nueva iglesia.

Aquella campana había llegado de España ayer tardey esta mañana ejercíapor la primera vez su santo ministerioentonces recordé también que hoy era domingosegundo de Cuaresma... Y todas estas cosasy el ocioy el temporalque retrasa nuestra marcha hacia Tángery él no saber qué hacerme durantetodo el díame pusieron de malditísimo humor...lo cual es de muy buenagüero... cuando acontece por la mañana temprano.

Así ha sucedido hoy. Pocos minutos hacía que me hallaba despiertocuandopenetró en mi cuarto Jacobmi criado judíoel cual traía la cara debienaventurado que tiene siempre los domingosa consecuencia de no haberseservido de nada el día de sábado...

-Nuestro diálogo merece contarsepor lo característico.

-Buenos días... -exclamóal entrarel descendiente de los quecrucificaron a Jesús.

-Dios te los dé muy buenos. ¿Dónde estuviste ayer?

-Señor... Ayer era día de sábado...

-¡Eso es! ¡Y porque era sábadomi caballo no comió en todo el día!...

-¡Señoryo no comí tampoco! Yo ayunécomo todos los hebreos...

-¡Y te quieres tú comparar con mi caballo!

-Noseñorporque él es irracional...

-¡Y tú eres judío!

-Bienyo soy judío; pero también soy racional.

-¡Demasiado! En fin...el caballo ha comido perfectamente toda la nocheapesar de tu devoción. ¿Qué tal día hace hoy?

-Llueve.

-¿Y qué se dijo ayer en la judería?

-Que los españoles van a irse de Tetuán...

-¿Y qué te parece eso?

-Me parece mal; porque cuando se vayan los españoleslos moros nos van aabrasar vivos a los hebreos.

-Harán bien.

-Diga más bien que harán mal.

-¡Qué sabes tú! Vamos a ver: ¿por cuánto dinero te dejarías abrasarvivo?

-Según y conforme.

-¿Qué quiere decir eso?

-Si me lo daban antes...¡por un millón! Pero si me lo daban despuésporningún dinero del mundo.

Y se echó a reír.

-Mas ¿para qué querías ese millónsi en seguida habían de abrasarte?

-¡Toma! Yo procuraría huir...

-¿Y si no podías?

-Lloraría hasta que me perdonaran...

-¿Y si no lograbas el perdón?

-Devolvería el millón de realesdespués de haber tenido el gusto deposeerlos durante una hora.

-¡Efectivamenteeres más racional que un caballo!

En esto se oyó el segundo toque de misa.

-Dígameseñor¿qué es eso que suena? -preguntó el judío lleno deasombro.

-Una campana.

-¿Y para qué la tocan?

-¿Para qué? ¡Voy a decírtelo! Cuando mejore el tiempo emprenderemos lamarcha a Tángery volverán otra vez los grandes días de Castillejos yGuad-el-Jelú... ¡Esa campana tocapuesa muerto por moros y judíos;a gloria por los cristianos! ¡Dobla por las pérdidas que hemos de tener en lasegunda campaña! ¡Repica por los triunfos! ¡Es un eco patrio! ¡Tiene el sonpuro y alegre de una voz infantil! ¡Es el primer acento de la iglesiahispano-africana que nace; el primer sollozo de Jesús en el pesebre; el primerbalido del cordero de Dios! ¿Te has enterado yafiero deicida?

-¿El señor quiere alguna cosa? -preguntó temblando el miserable hebreoque nada había comprendido de mi enfática peroración.

-Quiero que preguntes abajoen la iglesiasi me han traído el correo.

Jacob volvió al poco rato con mis cartas de España y con una esquelaprocedente del mismo Tetuánque decía así:

«Amigo mío: Hoy lluevey hemos decidido pasar también el día en elcampo. El poeta Chorby y el dandy Hamet-Fucay son de lapartida. La Mora de la azotea no ha comido dulces hace tres soles. Vencon las provisiones que haya a tu alcancey proporcionarás gran placer a tuafectísimo amigoM. (17) <notas.htm>

»P. D. Hay tresilloy se dará de dormir.»

Esta carta necesita una ligera explicación.

La M que la suscribe representa a un bizarrísimo brigadierquecon otrosdistinguidos jefestodos muy conocidos y famosos en Madridhabita la casa deun tal Chorbyopulento moro dedicado a las bellas letras (!!) desde susprimeros añosy uno de los hombres más cultos de este imperioal decir desus compatriotas.

Dicha casa está situada en un extremo de Tetuánen el barrio mástranquilososegado y pavoroso; y cuando yo voy a ellaque es muyfrecuentementeme quedo siempre a dormir con mis amigosen atención a quesería una temeridadcasi un suicidiorecorrer de noche y en estado de guerrael largo laberinto de tenebrosas calles que median hasta la Plaza de Españaen que yo habito.

El mismo Chorby me aconseja tanta prudencia; ¡Chorbyelárabe clásicoel huésped generosoel mahometanosegún el Corán!

Este admirable hombrecuando vio llegar a su casacomo alojadosalbrigadier y a su amigosles pidió permiso para evacuarla por su partea finde que estuviesen con más libertadyefectivamentese marchódejando enella todos sus muebles y tapicesy reservándose una sola habitaciónen queencerró las cosas de su uso personalcomo ropasvívereslibros y muchísimodinero en cobre.

-Yo -dijo Chorby- comer y dormir en casa de unos amigos; pero venirtodos los días y encerrarme en este cuarto a leer o escribir o hacer cuentas...

Nuestros jefesen vista de tan noble y delicado comportamientoquisierondejarle la casa y buscar otrao volver a las tiendas; pero Chorby seopuso obstinadamentelevantó las manos al cielose las llevó al corazónselas besó repetidas vecesy juró y perjuró que se creería ofendido siaquellos no correspondían a su franqueza.

Fuepuesindispensable aceptar un favor tan extraordinarioy los cuatroespañoles se instalaron en unas grandes salasdonde había colchonesmantasalmohadasotomanas y cojines para un regimiento.

Ahora biena pasar un día entero sin salir de esta casa le llaman misamigos un día de camposobre todo si es jugando al tresillo.

Otra advertencia: Chorby no tiene mujer alguna.

Dijérase que hace la vida de un clérigo católico.

En cuanto a la Mora y al dandyya hablaremos de ellos dentrode un instante.

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Cuando llegué a casa de Chorby mis amigos me esperaban ya con elalmuerzo en la mesay también con aquel buen humor que me detiene allíalgunas veces dos o tres días seguidos.

Casi al fin del almuerzo llegó Chorby. Saludonos de lejosdesde elcorredorcon afabilísima sonrisay penetró en su cuarto.

Al cabo de un momento volvió a salir con una bandeja llena de naranjasquedejó sobre nuestra mesaa fin de que nos sirvieran de postre.

¡Todos los días hacía lo mismo!

-Chorbyven; siéntate y almuerza -le dijo el brigadier M.

-Graciasgracias; he almorzado -respondió Chorbymás bien porseñas que de palabrapues habla muy poco español.

Igual contestación daba todos los días; pero hoy se sentó a nuestro lado.Había prometido... pasar el domingo con nosotros.

Chorby no es bello; frisará en los cuarenta añosy tiene la faztristela risa bondadosalos ojos grandes y expresivosla barba escasa. Vistealbornoz negro sobre jaique blanco; parece un fraile dominico.

Él sabía que yo era escritorcomo yo sabía que él lo era también; peroaún no habíamos tenido tiempo de hablar a fondoni esto era muyfácil...

Pero ¡qué no consigue la voluntad!... Valiéndonos de las poquísimasfrases españolas y francesas que él comprendehemos logrado sostener hoydurante más de dos horasuna profunda y divertida conferencia sobre artespolíticaliteraturaetc.¡y la verdad es que nos hemos entendido!

¡Oídsi nolas cosas que he averiguado!

Chorby sabe de memoria el Corán; sabe la historia de ladominación árabe en Españabien que confusamente; sabe mucha geografíaysobre todoestá al corriente de la política universal...

-Moros -dice Chorby- no tener estampa (imprenta)porque nonecesitar. Tenerla moros turcosmoros persasmoros indiosmoros chinos...¡y estos inventar! Pero moro de Marruecos ser de campocomer y dormir en casacon mujeres; salir a cazarpescar y pelear y volver cansado... ¡Nonecesitar estampa!

¡Qué gráfica pintura!

Chorbylo mismo que todos los marroquíesescribe con cañas cortadascomo nuestras plumas de ave. Las moja en tintas de varios coloresy algunasveces adorna las letras con plata y oro.

La mayor parte de los libros de que Chorby tiene noticias son dereligióno sea de Majomé... (Así suena en sus labios el nombre deMahoma.)

También ha leído libros de andar y ver (es decirde viajes) porMarsellapor Gibraltarpor la Mecapor Jerusalénpor Londres y por otrasmuchas partes.

Entiende algo de Astronomía; pero desde el punto de vista astrológico...

En Medicina conoce algunos específicos (todos vegetales); ypor supuestodefiende el famoso sistema de cáusticos africanosque consiste en aplicarsobre la espalda un hierro ardiendo a todo aquel que necesita un sacudimiento devida hacia la piel o un descarte de malos humores.

Las obras escritas por Chorby se reducen a tres: la Vida de unSanto muy famoso que hubo en Fez; un Libro de Leyesy unComentario sobre el Corán; aparte de algunas alabanzas en verso a DiosalProfeta y al difunto Emperadorpadre del que hoy reina.

Por lo demáscreo excusado decir que mi hermano en Apolo no vive de lo quele producen las bellas letras. Es comerciante en lanas y banqueroy nadamilitar por naturalezacomo se deduce del siguiente hecho:

Hace hoy un mes precisamente cogió en sus manos una espingardapor laprimera vez de su vida. Es decirque asistió a la batalla de Tetuán. Pero nose batiósino queobligado por las autoridadescomo todos los habitantes deesta plazaa coger un chopo (que solemos decir ahí) y salir a defenderel suelo patriopasó el día sentado en lo alto de un cerro con la espingardadescargaday a la tardecuando ya hubo concluido todocargó el armacon pólvora sola y la volvió a descargara fin de que olieseconvenientementey regresó a Tetuán sin el remordimiento (dice) dehaber matado a nadie.

Por aquí íbamos de nuestra conversacióncuando apareció en la estancia Hamet-Fucayel dandy de Tetuán.

Tendrá este unos veintidós años. Sus blancas y delicadas manos revelanclaramente su condición de aristócratade ciudadano pacífico... con loshombresy de hijo mimado de la fortuna.

Yo no he visto moro más bello y elegante que él. Nadie lleva el jaique contanta elegancia; nadie anda con tanto donaire; nadie va siempre tan compuestotan limpiotan perfumado. Es altodelgadopálido. Tiene los ojos y la barbanegros como el ébanolos dientes más hermosos del mundola frente y la narizde un Antinooy la sonrisa franca y constante.

Es un verdadero liónno solo de figurasino por sus pensamientos yacciones. Todas sus ideas son de este siglo; sus costumbresbastante disipadas;sus escrúpulos religiososcompletamente negativos... Baste decir que comejamón y bebe jerez.... aunque rogándonos que no se lo digamos a ningún moroy que se burla de sus compatriotas y ama la civilización cristiana. Esen finen su tierrauna excepción...nada honrosapor cierto... Y hablo asíporque de todo lo dicho se deduce que Hamet no ama a su patria ni se habatido por ellani respeta la religión de sus padres. No es más que un hombreencantadorcomo se dice en Franciadonde hay tantos Cristianos porel estilo de este Moro.

Con él y con Chorby pasé el resto de la mañana de hoy.

Al mediodía dejó de llovery salió el sol...

Cogí entonces un puñado de dulcesy me dirigí a la azotea...

¡Iba a ver a mi noviaa mi odaliscaa la hermosísima moraque os he anunciado!

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Pero seamos formales.

No digo «seamos verídicos»porque siempre lo soy.

Es el caso que yo me cuento entre los pocosentre los poquísimos españolesque han visto en Tetuán una mora bonita y trabado amistad con ella...aunque a respetable distancia.

La cosa ha sucedido del siguiente modo:

El primer día que subí a la azotea de esta casa (desde donde se distinguenotras muchasy además un magnífico paisaje)vi aparecer una blanca figura enla azotea de otra casa muy próximabien que (¡oh dolor!) separada de la de Chorbypor una calle...y cubierto el rostro con un tupido velo.

Pero la circunstancia de estar aquel velo hendido horizontalmente hacia laparte de los ojosme demostró que la figura aparecida era una mujer.

Escondime detrás de un muroy me puse a observarla por una aspillera.

La mora se acercó cautelosamente a las almenas de su terradoy se asomó ala calle.

En esto se oyó abajo el ruido de una puerta y de una llave...

Me asomé yo también rápidamentey vi que un moro se alejaba de aquellacasano sin asegurarse antes de que la puerta estaba cerrada en firme.

-¡Sin duda es su señor! -pensé-. La mora esperará a que se vaya su maridopara asomarse a la azotea... ¡Esto promete!

En efectono bien desapareció aquel moro por la esquina próximadio latapada un salto de alegría y se levantó el velo.

El interés dramático y el rigor novelesco exigen aquí que mi vecina sea unportento de hermosura... ¡No me vais a creerpor tantosi os digo que lo era!

Lo era¡sí! Y si no lo hubiera sido¿a qué tantas precauciones de partedel esposoy a qué tanto afán en ella por descubrirse la cara?

¡Ohsí; lo era! ¿Y cómo no ha de serlo una arrogante mora de catorce oquince añosblanca y descoloridacon dos ojos negros grandes y relucientescon boca de niñoy envuelta de los pies a la cabeza en un alquicel definísima lanaque la hace parecerse a una escultura griega?

¡Por mi alma os juro que era y sigue siendo muy hermosa!... ¡Y debéiscreermesupuesto que no estoy enamorado de ella!

Ni ¿cómo estarlo? ¡Ay! Si su semblante no me lo hubiese reveladoen susinfantiles movimientosen su pueril júbiloen su loca curiosidad y en lascoqueterías que hacía creyéndose sola hubiera conocido que aquella joven eratan inocenteopor mejor decirestaba tan desprovista de alma como unpájarocomo una flor o como la gata que subió detrás de ella a la azotea.

Pero ¿y la mora? ¿A qué subía? ¡Pronto lo conocí!... En otros muchosterrados de Tetuán se veían oficiales y soldados españoles que poníanropa a secaro tomaban el solo contemplaban el magnífico paisaje que sedescubre por todas partes...y la mora tenía gana de ver a los conquistadoresque tanto ruido metían en la ciudad.

Verdaderamenteella espiaba a los demás con muchas precaucionesa fin