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El cojito

Joaquín Dicenta

 



     EL transeúnte paró frente al chiquilloquehecho tres dobleces contra el quicio del portalónse dibujaba bajo un rayo deluna.

     La escarcha esmaltaba los adoquines; de la atmósferadiáfanaplenamente azul descendían frialdades crueles. Un chorrillo de aguavuelta hielo al tropezarse con el airecolgaba del caño de la fuentecomo uncairel de azúcar cande.

     En la noche glacialsobre el escalónfestoneado por la escarchadormía el chiquillo con la gorra embutida hasta lasnariceslas manos ocultas bajo las solapas de su desgarrada chaqueta y una delas piernas doblándose hacia la cruz de los pantalones para encubrir el piedesnudo.

     La otra pierna se extendíamejor dichoseretorcía contra una muleta que resbalaba desde el borde del escalón al ras delas baldosas.

     El transeúnte era piadoso y dio al chiquillocon el piemientras murmuraba por entre las pieles del gabán: «¡Estacriatura va a helarse!»

     Al puntapié benéfico el montoncillo deharapos y de carne hizo un movimientoacompañado de un ronquido. A seguidatornó a su quietud. Se hizo menester que el transeúntesacando de losbolsillos del gabán las enguantadas manossacudiera con fuerza al durmientepara que éste se desdoblara.

     Fueron primeras en el desdoble dos manoshuesudasque subieron hasta la visera de la gorra para alzarla y dejar al libreuna carilla pícaradonde relucían dos ojuelos y un hocico de mono. Los ojosguiñaronel hocico se abrió con estrepitoso bostezoa cuyos sones el bustose irguiólas piernas se estiraron y la criatura toda concluyó por quedar enpieapoyándose en la muleta.

     -Creí que era un guardia -dijoluego de mirarde arriba a abajo al transeúnte. -Vayamenos males un cabayero. ¿Qué deseael señor?...

     -Y tú ¿qué haces aquí en noche tan crudamuchacho?

     -Ya lo vió ustédormía. Cá uno duerme andepué dormir. Bien miraoeste escalón y este quicio no son pa despreciar. Pocoshabrá tan anchos. A más que la calle es angosta y las casas son altas; de móque el aire no pega muy de firme.

     -De todas suertes debes estar helado.

     -Sólo unas miajascabayero.

     -¿No tienes familia?

     -Mi madre.

     -¿Y tu madre te deja así...?

     -No es que me deje. Es que no me pué recojer.Gracias que la recojan a ella en el lavaero ande lleva y trae los carretones

     -¿No trabajas?

     -¿En qué? estoy inútil -contesta el cojitobalanceando su muleta-. Algún recao si los señoritos me lo encargan; algunalimosnasi hay persona caritativa que la déy se acabó el carbón. De móque cuando no alcanza pa dormir a cubiertome arrimo a este quicioy hasta queme despierta el sol con su luz o los guardias con las punteras de sus botas. Elsereno es de confianza; hace la vista gorda. Un amigocréalo usté.

     El transeúnte siente su alma sacudida por lacaridadal oír el relato del muchachuelo. Tan fuerte es el sacudimientopiadosoque toda la cara del filántropo sale de entre las pieles ymientrascon una de sus manos acaricia el rostro simiesco del cojitodesabrocha el gabáncon la otrala introduce en el bolsillo del chalecosaca del bolsillo un parde pesetas y dándoselas al chicole dice:

     -Toma. Ahí tienes para dormir y para cenaresta noche. Mañana avisas a tu madre y vienes a mi casa con ella. En estatarjeta va mi dirección. No la pierdas; guárdala y no olvides que te espero alas once. Ya veremos de remediar tus penaschiquillo. Dios no abandona a suscriaturas.

     El caballero se aparta del cojito. Ésteapenas su protector vuelve la esquinasuena contra el escalón las pesetas ymurmura:

     -¡Plata de ley!... El cabayero es un buenhombre. Vamos al tupi a calentarnos el estómagoy endespués a dormir bajotecho. Mañana Dios dirá.

     Da un salto sobre su muleta; rompecuando pasajunto a la fuenteel cairel de hielo suspendido del cañoy echa calle arribasilbando el alirón.

     Libres de pieles la cara y el cuerpo delbondadoso transeúnterecogen el calor de una estufa en amplio gabinetedondecampea el bienestar.

     Rodean al bienhechor del cojohombre de edadmadurauna simpática dama de cabellos canosossu esposa a no dudarlouna señorajovenhija de los dosy un caballero de veintiocho a treinta añosmarido dela señora joven.

     -Pues sí-dice el padre terminando el relatode su aventura-el pobre cojito estará ya en una camacon el estómago llenoy el cuerpo caliente. Falta le hacían ambas cosas. ¡Y luego tan enclenque!Tuve tiempo de examinarle mientras conversaba con él. Una víctima delraquitismo. Solamente su carade ojos inquietos y alegre sonreírhabla de lavida. Lo demás... Es un esqueleto. Su pierna derecha pende al largo de lamuletainútilinsignificante; un huesecillo rodeado de piel...

     -Tuberculosisvamos -exclama el más joven delos dos hombres.

     -Así será puesto que túmédicolo dices.

     -¡Pobrecillo!... -murmura la esposa del médico.

     -Síes desgracia -añade la dama de lacabellera canosa.

     -Ya que hemos tropezado con tal desgracia-prosigue el bienhechor- procuraremos endulzarla. En primer lugar... En primerlugarhay que buscarle ropa viejaomejor aúncomprársela nueva...

     -¡Hombrenueva...!

     -Símujernuevapero baratano tesobresaltes.

     -Claromamá; hay ropa barata de abrigo y alchiquillo le parecerá de primera. Más había de costarnos arreglarle la usada.

     -Eso sí.

     -Puesnadamañana temprano salís mamá y túy le compráis un equipo completo. Además... Si pudiéramos meter al cojito enalgún asilo...

     -Hay un inconveniente. Sicomo dice ustedsetrata de un tuberculosoen los asilos de criaturas sanas no le admitiránportemor al contagio.

     -Entonces... ¿Y un hospital de niños?...

     -Eso resultará menos difícildado caso queno haya enfermos más urgentes.

     -En finya se verá. Por el pronto vosotrascompráis el equipoy cuando el cojito venga aquí con su madrese les entrega.Dios nos pagará la buena obra.

     Cuando estaba a medio examen el equipoque lasdos caritativas señoras habían depositado sobre un diván del comedorexclamóla esposa del médico:

     -¡Aymamá!... Mira que habernos olvidadotodos...

     -¿De qué?

     -De que mañana es el santo de mi hijode tunieto. Hay que solemnizarlo. Y lo vamos a solemnizar haciendo entregano hoymañanaal cojito de todo esto y de otras cosas que yo misma saldré acomprarle en nombre de Arturín para que éste se las dé en propias manos.Proporcionaremos un día venturoso mañana al cojo y a su madre. Así Diosbendecirá a mi hijo desde el cielo yotro niñomenos feliz que élle viviráagradecido encima de la tierra.

     -¡Admirable! ¡Admirable! -gritó el abuelohaciendo saltar al nieto entre sus brazos.- Hoycuando venganse les da unremedio para que distraigan el día; y mañana... mañana túArturínmuyseriomuy formal y muy cariñososobre todoentregarás esto al cojito y conestodulcesjuguetes y dinero para su madre. Modo alguno mejor de celebrar tusanto no es posible que lo haya.

     -¡Ahla Caridad! -añadió abriendo susbrazosde los cuales había saltado ya el nieto para echarse en los de laabuela.- ¡Santa virtud! Ella purifica las almas. Ella redime. Ella une a los dearriba con los de abajo por dos luminosas escalas: la beneficencia y la gratitud.

     Con la última palabra de este semi-discursosonó el timbre y entraron por la puerta del comedor el cojito y su madreunaviejecita sarmentosaencorvada por los añospor el trabajo y por la miseria.

     -Ahí van esas pesetas -dijo el abuelo de Arturínentregándolas a la mujer.- Esto es hoy. Mañana a la hora de hoy poco más omenosvuelvan a esta casa. Les reservamos una sorpresa que ha de satisfacerles.

     No a las docecomo el día anteriora lasdiez sonaba el timbre del domicilio del protector del cojoy entraba por elgabinete el muchachuelo apoyándose en la muleta y con el rostro compungido.

     ¿Cómo tan pronto? -preguntó la madre deArturitoque daba los toques últimos al tocado de su criatura gentil.

     -Porque mi madre -repuso el cojitocontrayendoangustiosamente su cara y restregándose los ojos- no puede venir y yo tengo queir ande estápa cuando venga el médico por si hace falta algo de la botica.

     -¡De la botica!...

     -Síseñores. Ayerapenas salimos de aquími pobre madre empezó a quejarse de dolor de costao... Casi arrastras llegóhasta el lavaero. Pa mí que es polmonía; sa pasao la noche en un ¡ay! De móque ma dicho: Vete ande esos señores y háblales lo que pasa y si te dan algúnsocorrocomo nos ofrecierontráeloque tó va a ser poco como siga este mal.

     -¡Pobre mujer! -murmuró la mamá de Arturosecándose los ojos de los que caía noble y sincero llanto. -Toma-añadiódirigiéndose hacia el cojito- toma; en ese lío hay ropa para ti. Mi hijo teguardaba unos dulces; tómalos también y toma estos dos duros y vuelve mañanadiciéndonos cómo está tu madre y lo que podemos hacer por ella. -¡Gracias!-sollozó el cojitocontrayendo su cara con el más doloroso gesto que puedaimaginarse. -Gracias y ustedes perdonen que me vaya a todo correrpero laviejecilla espera.

     A todo correr de su pierna útil y a todo sonarde su muletaganó el cojito los pasillos; aún más deprisa bajó lasescaleras y aún no doblaba la esquina de la callecuando tornó a sonar eltimbre en la casa de sus bienhechores y se presentó ante ellos la viejalavandera.

     -¡Usted! -gritaron a una voz.

     No precisaron explicaciones. La presencia de lamujer las hacía inútiles.

     Y mientras ella sollozaba en un sillón delgabinete y la caritativa señora se daba a todos los demoniosel cojitocon elmismo traje con que le hallara el caritativo señordurmiendo a la intemperiellegaba a un solarhecho casino por la muchachil golferíay acercándose a uncorrodonde una docena de hamponcillos jugaban a las cartasgritabatriunfalmente:

     -Esta tarde soy yo el banquero. Talloveinticinco pesetas.

     Asentó junto a sus mugrientos cofrades; barajólas cuarenta con parsimonia señoril y señalando los naipes al golfoque estaba a su izquierdadijo:

     -¡Cortaninchi!




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