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Elfin de un tigre

Concluido aquel banqueteel Chacho empezó a dictar sus órdenes para lamarchaque no debía retardarse ya. Dispuso un magnífico servicio deguardias avanzadas para que no se moviera una paja en aquellos alrededoressin que él la sintieray previno a los cuerpos que podían entregarse alreposo hasta el mediodíahora en que se rompería la marcha.
Y era curioso ver al Chacho repartir todas aquellas órdenes y tomar todasaquellas medidasen la más absoluta inmovilidadpara no turbar el sueñode su compañeraque seguía durmiendo sobre su hombro.
"En cuanto a los jefes y oficiales prisionerosellos eranperfectamente libreshabía dichoy dueños de salir de este campamentoa la hora y en la dirección que quieran." En aquellos tiempos debarbarie y de sangreun vencedor semejante era digno de la más absolutaadmiración.
Cuando los jefes federales mandaban sus prisioneros a ser degollados enSantos Lugarescomo los de Quebrachoy esto después de haber degolladoellos hasta cansarsesemejante proceder les parecía un sueño. Creíanque era un engaño cruelpara degollarlos cuando fueran a hacer uso de sulibertady no se atrevían a moverse del campamento. Fue sólo cuandovieron que aquel ejército se entregaba al repososin notar ningúnsemblante que acusara una mala intenciónque se atrevieron a acercarseal Chacho para agradecerle su generosidad y pedirle permiso para ponerseen camino.
-Ustedes nada me deben -dijo el caudillo-; han sido arrastrados tal vez aeste combate porque les era imposible desobedecer las órdenes de sussuperioresy yo no tengo entonces derecho ni razón para proceder de otramanera. Y aunque fueran mis enemigosno lo haríaporque no está en miscostumbresy porque quiero que cuando un oficial o un jefe mío caiganprisioneros tengan el derecho de reclamar para ellos el respeto que yo leshago observar con los demás.
-Para nosotros un prisionero suyo será sagrado desde hoy en adelante-dijeron-; queremos ser dignos del beneficio que hemos recibido.
-Yo nada exijopara míni para nadie -observó aquel caudilloextraordinario-sólo les pido respeto por los prisioneros que puedanhacerse entre los míos. Ustedes están perfectamente libres y sinecesitan que alguien los acompañepueden pedirlo nomás.
-Desearíamos que hasta las avanzadas nos acompañase alguno -dijo uno deellos- para evitar que nos hagan volver hasta aquí.
El Chacho llamó a uno de sus ayudantes y le pidió que acompañara aaquellos señores hasta la guardia avanzaday que no les pusieran elmenor obstáculo en su marchaen cualquiera dirección que laemprendieran. Y si algún soldado prisionero quiere seguirlos o salir delcampamento en cualquier otro rumboque se le dé franca salida.
Los prisioneros no volvían en sí de su asombro ante la noble e hidalgaconducta de aquel hombrea quien habían tenido siempre por un caudillovulgar y sanguinariouna especie de Quirogapero sin los méritosmilitares del Tigre de los Llanos. Y se despidieron por fin de Peñalozadeseándole todas las felicidades posibles para la hermosa compañera queseguía reposando en su hombro.
Algunos de aquellos jefeslos más crueles y menos susceptibles de unaacción generosano creían todavía en la buena fe de Peñaloza. Y oprimíanlas culatas de sus pistolas como si quisieran tenerlas prontas para elindudable momento de la matanzasegún ellos. Y salieron del campamentopor entre los cuerpos de guardiasin que una sola palabra descomedida oagria pudiera autorizarlos a un mal pensamiento. Se veían libresgalopaban en dirección a Mendozabuscando la incorporación a los que sehabían salvado con Aldao y Mazay no volvían aún de su asombro. Si elChacho hubiera procedido de una manera calculadano lo hubiera hechomejor. Aquellos hombres salían de su campamentosiendo más chachistasque cualquier riojano.
Muchos soldadosque los vieron salir del campamentoquisieron venir conellos y para ninguno hubo el menor inconveniente. Y la fama del Chachollevada por aquellos hombres agradecidosse extendió por todas partesaumentando la que ya tenía. Y llegaron a Mendoza con la relación de loque les había sucedidohecha de una manera tan apasionada que el fraileAldao prohibió bajo las más severas penas que se hablara una solapalabra en elogio de Peñalozapues aquello importaba una traición a lapatria de la que era enemigo. Es que Aldao comprendía que mientras másse realzaba la personalidad de Peñalozamás se deprimía la suyaindirectamentey esto no le convenía en manera algunaporque se traducíaen simpatías ganadas para el caudillo riojanoque tan vergonzosamente lohabía sorprendido y despedazado.
Su descrédito con Rosas iba a ser grandeporque Maza relataría conexactitud la manera en que había sucedido aquella catástrofe y laconducta de Peñaloza con los prisioneros de guerra. Y trató entonces deganarse a Mazapermitiéndole hacer todo género de atropellos einiquidades durante el tiempo que allí permaneció. Como Maza estaba alas órdenes del fraileno podía salir de Mendoza hasta que aquél no lodespachase.
Y el fraile que lo que quería era captarse la amistad del jefele dijodesde un principioque paseara hasta que se aburriese y que le dijera cuándoquisiera que lo despachara. Con semejante autorización y fuerzas a sus órdenesno quedó iniquidad que aquel bandido no cometierallegando hastaeclipsar al mismo fraile Aldaoque es cuanto pueda decirse. Cuando yaestuvo harto de borracherasrobos y todo género de crueldadesreciénpidió al fraile que lo despachara para volver al ejército de Oribe.
Aldao le entregó entonces un parte falso para Rosasdesfigurando loshechosy lo leyó a Maza para que hablara él de una manera acorde. Ypara adquirir completamente la complicidad de éstele regaló aldespedirse una buena suma de dinero y algunas de las muchas y ricasalhajas que tenía en su colección de robos. El fraile estaba seriamenteempeñado en desfigurar los hechospues la verdad de lo sucedido lohubiera desacreditado completamente con el tirano mostrándole la inmensasuperioridad de Peñaloza. Así terminó aquella desastrosa tentativa parael fraileúltima que debía emprender contra el Chachoporque ya se habíaconvencido de que ni solo ni ayudado por fuertes elementos podría nuncacon el caudillo riojano.
Estedespués que dejó reposar tranquilamente a su valiente ejército ya su noble compañerase dispuso a regresar a La Rioja. Su campaña nopodía haber sido más feliz y provechosa. Había tomado gran cantidad dearmas y municionesdos piezas de artillería con sus armonescorrespondientes y una buena cantidad de mulas y caballos. Además deaquellas dos carretas llenas de víveres; habían tomadoen la poblacióndonde durmió el fraileuna galera que contenía dineroropas finísimasy todo cuanto pueda necesitar el viajero más exigente. Aquella galeravista su comodidadla destinó desde el primer momento para que su compañerahiciera la travesía de regreso. Pero ésta no quiso aceptardiciendo quevolvería como había venidoen su caballo y al lado de su marido.
-Que quede la galera -dijo- para aquellos heridos de mayor gravedad.
Los heridos gravesque eran pocosfueron acomodados en la galera y lascarretasdonde se encontraron vendas y una cantidad de medicamentos consus indicacionesque les vinieron de perilla. Con las armas tomadas sehicieron tantos cargueros que la noche se vino encima sin que hubieranterminado. Y para que todo fuera completodesnudaron los cadáveres desus ropas exterioresque les hacían gran faltamientras que ellos nolas precisaban para nada. Y se emprendió una marcha triunfal de regresocomo nunca se había vistopor la cantidad de cosas tomadas al enemigo.
La entrada a La Rioja fue un acontecimiento como nunca se había visto.Conociendo ya por chasques el resultado de aquella brillante y corta campañael puebloverdaderamente entusiasmadohabía salido al camino a esperara su caudillopara saludarlo y acompañarlo hasta la ciudad con todo génerode alegres manifestaciones.
Después que se hubieron depositado las armas en la casa de gobiernosepusieron los cañones en exposición en la plaza públicapara que elpueblo pudiera darse cuenta de la importancia de la presaque venía adarles una preponderación guerrera sobre sus vecinos. Y el puebloentusiasmado hasta el deliriose reunió alrededor de las piezasdondeproclamó y vitorió frenéticamente al Chacho y a la Victoria. La Riojaacababa de probar una vez más que sus hijos eran invenciblesaunque seaglomeraran sobre ellos todo género de elementos.
En seguidaPeñaloza hizo repartir entre los más necesitadosel dineroy la ropa tomada al enemigocon lo que el entusiasmo popular no reconociólímites; el dinero era bastantede modo que en pequeñas cantidades habíaalcanzado para hacer la momentánea felicidad de muchos.
Aquellas fiestas duraron más de quince días en que no se oía por todaLa Rioja más que el alegre sonido de los bombos y triángulostocandolas zambas más saladas y las más alegres chacareras.
El Chacho había enviado un hombre de toda su confianza para que dieracuenta a Benavídezcon la mayor minuciosidadde lo que había sucedido.El general sanjuanino sabía ya que había tenido lugar un choque entrefuerzas de Aldao y Peñalozapero no conocía el menor detalle. Así esque cuando llegó el chasque de Peñalozaya había enviado comisionespor todos lados para conocer la verdad de los hechos. En vista de losucedidoPeñaloza le mandaba avisar que iba a abrir una campaña sobreMendozapara librarla de la dominación de aquel bandido y para librar aLa Rioja de un eterno peligroporque mientras Aldao estuviese allíélse vería obligado a mantener un ejército sobre las armaslo que no eraposible.
Por las armas y municiones tomadas al fraileel Chacho tenía cómo poneren pie de guerra un respetable ejércitocon los elementos que de todo elNorte iba a requerir. Volvía a hacerse el Chacho un enemigo sumamentetemible para él mismo en caso de que se rebelara contra su amistad. Erapreciso complacerlo en todo lo posibleque hasta razón tenía para estarenojado.
Peñaloza debía estar rabiandocon mucha razónpuesto que no habíadado el menor motivo para autorizar el proceder del frailepero a Benavídezno se le ocultaba que Rosas había tenido mucha parte en esto. Así es quemandó decir a Peñaloza que no emprendiera ningún movimiento ni hicierala menor cosa hasta no hablar con élque así convenía a los interesesde ambosy sobre todo al de La Rioja.
Las comisiones de Benavídez regresaron trayéndole los datos exactos delo que había sucedido. El triunfo de Peñaloza tenía más importanciaque la que él mismo le dabapues había quitado al fraile todos loselementos de guerra de que podía disponer Mendoza y aumentado suprestigio de una manera fabulosa. Si el Chacho volvía a emprender unacampaña como la que concluyó en Manantialestodo el interior caeríairremediablemente en sus manospues Santa Fe misma nada podría contra élsi se presentara allí con un ejército de 5000 ó 6000 hombres.
Pero Benavídez se equivocaba por completo respecto a los propósitos delChacho. Leal antes que nadael gran caudillo no había pensado un momentoen faltar a la amistad que lo ligaba con Benavídez. El esperaríahastaoír la opinión de su amigo y estaría de acuerdo con él según lo que aambos conviniera. En vano sus amigos políticos empezaron a tentarlo denuevo poderosamentelas condiciones excepcionales en que se hallaba paraemprender una campaña en toda regla y volver a apoderarse de todo elNorte.
-No tenemos al frente más enemigos serios que Benavídezy con loselementos que hoy tenemosBenavídez no nos podría resistir. Rosas puedemandar un ejército poderosoy entonces será muy difícil hasta elsostenernos en La Rioja.
El Chacho resistió todas esas tentaciones y no quiso escucharlas.
-Antes que todo está mi fe empeñada -decía-mi fe empeñada con Benavídezque no ha desmentido la suya y a la que no puedo faltar como cualquiermaula. Nuestros elementos serían siempre los mismos y nada habremosperdido con esperar un poco. Siempre valdremos lo mismo y nuestraperioridad será indiscutible.
Y convencido de que a su primer llamado acudiría toda La Riojalicenciósus fuerzasno dejando en pie de guerra más que dos regimientos con loque pensaba establecer una severa vigilancia del lado de las provinciasvecinasde manera de tener conocimiento del menor amago de invasión. Yesperó tranquilamente la venida de Benavídezquien lo mandó llamarpara tener con él una conferencia a mitad del camino.
-No vaya coronel -dijeron sus amigos-; los federales juegan el todo por eltodo y serán capaces de hacer cualquier infamia por verse libre de usted.
-El general Benavídez no es capaz de cometer una infamia -respondía-. Esmi amigo y yo lo conozcomucho mejor que ustedes. ¿Por qué había decometer conmigo un acto de deslealtad?
-Entonces no vaya sololleve por lo menos un regimiento que lo ponga acubierto de una traición.
-¿Y por qué voy a hacer semejante injuria a un hombre como aquél? ¿Conqué cara voy a escuchar el reproche que éste tendría el derecho dehacerme? Iré solo con mi secretarioque es como debo de iry ya veránustedes que nada me sucede.
Viendo que el Chacho no les hacía casoy temiendo realmente sus amigosque fuera a sucederle una desgraciavieron a Victoria para que ésta nole permitiera ir solohaciéndole entender que tal vez se trataba de unatraición.
-¿Por qué no viene aquí Benavídez? -decía en apoyo de sus sospechas-.Es claro que es porque intenta algo en contra del Chacho.
Victoria habló con el Chachopidiéndole que llevara un regimiento deescoltapero éste le contestó en el mismo sentido que conocemosañadiendo:
-¿Es posible que seas tú quien me aconseja una acción cobarde? Sólo uncobarde es capaz de precaverse de un amigoy gracias a Dios yo no lo soyni quiero dar a nadie el derecho de que lo presuma.
-Está bien -respondió Victoria perfectamente convencida-pero yo voy aacompañarte; yo no represento ni siquiera la fuerza de un hombrey porir yo a tu lado nadie va a tratarte de cobarde.
Y como el Chacho consintió en el actoVictoria no sólo quedó tranquilasino que tranquilizó a sus amigos con la siguiente cuerda reflexión:
-Si el Chacho consiente en que yo lo acompañees porque está seguro deque no hay ningún peligro que correry cuando el Chacho está tan seguroque me lleva a míes claro que no hay ni la menor sospecha de peligro.
El Chachoacompañado de su esposa y de su secretario Alvarezuna de laspersonas más distinguidas de La Riojamarchó al encuentro de Benavídezcon la tranquilidad del que nada temepero el gobierno tomó en el actotodas las medidas para estar a cubierto de cualquier desgracia.
"Peñaloza puede tener toda la confianza que quieradijopero elgobierno está en la obligación de temerlo todo de aquella gentey detomar sus medidas para poder proteger en un caso dado a su gran caudillo ycon él a su provincia. Y movilizó en el acto cuatro regimientos con loque se puso en marcha lenta hacia el punto donde se dirigiera el Chachobastante despacio para que el caudillo no lo notarapero no tanto que nopudiera protegerlo en un momento de peligro.
Benavídez quedó sorprendido ante la escolta con que se le presentaba elChachosu esposa y su secretario.
-¿Y a qué debo -preguntó- el placer y el honor de semejante visita?
-Es que ésta es así -respondió Peñaloza-; no quiere dejarme solo porninguna parteporque tiene miedo que me coman los tigres.
-La verdad ante todo -respondió Victoria sonriendo bondadosamente. Yrefirió al general Benavídez la causa de que ella hubiera ido acompañandoa su maridopara tranquilizar a los que querían que se viniera con un ejército.
El general dio un abrazo a Peñaloza y tendió sus manos a Victoria.
-Nunca me hubiera creído que Peñaloza sospechara de mí -dijo- y me creacapaz de una infamia como ésta. El me ha hecho justicia y me ha mostradosu espíritu en toda su noblezaporque generalmente el hombre piensa delos demás por sí mismo. Aquí está todo lo que he traído para asistira esta conferenciay estoporque tengo muchos enemigos que podríanquererse aprovechar de hallarme solo en el campo.
Y Benavídez hizo formar toda su escoltaque se componía de algunosjefes y oficiales y un escuadrón de caballería.
-Yo no he ido hasta La Rioja para ahorrarme camino -dijo-pues haciendola mitad cada uno nos encontraríamos más pronto. Pero si yo hubierasabido que esto iba a dar lugar a semejante dudahubiera hecho toda lajornada.
-Es que a usted no lo conocen biengeneral -decía el Chacho-. Pero yo meencargo de hacerlo conocer. En La Rioja ha de ser usted tan estimado comoyo mismo.
-Buenoeso vendrá cuando me conozcan más; pero hablemos ahora de lo quenos interesa y urge. Creo que es necesario que usted permanezca tranquilocon los elementos que ha conquistado últimamente.
-Es que esto se ha repetido dos veces yacon el amparo y fuerzas deBuenos Airesy esto no puede permitirse. Yo creo que estoy en mi derechode hacer una campaña hasta Mendoza y no sólo derrotar al frailesinotraérmelo prisionero a La Rioja para que responda ante la justicia detodo el daño que ha causado.
-La situación no es buena; es preciso que el gobernador Rosas se convenzade que el fraile Aldao es un pillo que no mira por la Federación sino porél mismo. Si usted cae sobre Mendozapuede creer que yo me he dadovuelta y he protegido un movimiento que puede costarle la pérdida delInterior. Yo le garantí que usted no se movería de La Rioja en contra delos gobiernos que a él respondían. Entonces creo que tengo la obligaciónde avisarle que en vista de los avances del fraile Aldao yo no puedoresponder de usted más tiempoy que son esos avances e invasiones losque lo han hecho salir de su propósito. En seguida yo no me empeño másy usted puede hacer lo que mejor le parezca. Entoncesconvenimos en quepor ahora usted no hará nada.
Arreglado así todolos dos caudillos se quedaron allí dos díashablando amistosamente.
-Yo creo que el poder de Rosas vacila -decía Benavídez -precipitado a unfin trágico por sus muchos horrores. Los elementos que se levantan en sucontra son muchossegún mis noticiasy día va a llegar en que no podrácon todos. Entonces nos hemos de entender aquí Peñalozay sus amigos notendrán nada que reprocharle por haberme atendido y guardado consecuencia.Marchando de acuerdo podemos hacer muchoy mucho será que el Interior dela República nos deba la paz y el bienestar.
-Yo estoy muy contento que mi secretario Alvarez lo oiga expresarse así-decía Peñaloza-pues él podrá entonces convencer a los que aúnvacilan y desconfían de usted.
Don Francisco Alvarez era una persona de respetopor su conducta recta yla firmeza asombrosa de su carácter. Era un joven entonces deinteligencia clarísimalo que le había dado cierta influencia entre loschachistas. Peñaloza escuchaba atentamente su palabra razonada y rectaymás de una vez había seguido sus consejos prudentes; por esto Peñalozaestaba contento de que Alvarez mismo escuchara las palabras de Benavídezpara que pudiera formarse una idea exacta de aquel general e inculcarlas alos partidarios más incrédulos.
Benavídez vio en Alvarez una persona ilustrada y de clara razónencontrando un placer verdadero en conversar con él y cambiar ideas sobretodas aquellas cuestiones. Y Alvarez a su vez encontró en Benavídez unhombre de una viveza natural soberbiaaunque de escasa ilustración. Yambos simpatizaron íntimamentecon gran placer del Chacho que tenía porAlvarez un cariño exagerado.
Se convinopuesen que el Chacho suspendería su campaña a Mendoza y sequedaría en La Rioja prevenidopero sin provocar a nadieal menos hastano ver por donde resollaba Rosas después de la derrota del fraile.
Pero ya sabemos que Rosas apurado ya de todas partespoco o nada teníaque hacer. El tirano no halló más amparo que Benavídezy a él leescribió para que arreglara amistosamente al fraile y al caudillo.
"Sé que Aldao es así como Dios lo ha hechodecía Rosasque haido a buscar a Peñalozapero es preciso que todos sepan también queahora más que nunca necesito la unión de todos mis elementos. Losenemigos de la Federación y de la América se alían con el inmundoextranjero para venir a saquear la patria y someterla a la más negradegradación. Es preciso olvidar todo resentimiento de provincia y pensaren la patria y la Federación."
Benavídez volvió a escribir entonces al Chachodiciéndole que prontose verían nuevamente para comunicarle noticias graves. Y empezó apreparar un fuerte ejército echando mano de todos los elementos que teníano para defender a Rosas en un caso de apurosino para defenderse él yla provincia de San Juan de cualquier avance federal y unitario mismo.Porque Benavídez quería conservar una importancia y valorque loimpusieran a cualquier partido que lo necesitara.
Benavídez empezaba a comprender que Urquiza jugaba sucio a Rosasy entreuno y otrose quedaba con el primerono sólo por ciertas simpatíaspersonalescuanto por las más claras conveniencias políticas. San Juantenía entonces mucho comercio con Buenos Airesy por los negociantes queiban y veníanBenavídez tenía conocimientoaunque con algún retardode los acontecimientos más graves de la política federal. Y veía queRosas estaba sobre un volcán que haría erupción tarde o tempranoabrasando la infame tiranía. Y se entendió con el Chacho para sostenersemutuamenteen previsión de todono estando dispuesto a someterse anadiesino a obrar por su sola y exclusiva cuenta de la manera que másconviniese a los intereses políticos.
Lo que se venía previendo hacía tiemposucedió por fin. Urquizaelprestigioso y poderoso caudillo de Entre Ríosse sublevó contra elpoder de Rosas y le declaró la guerra decididamente. Y mientras Rosasimpartía sus órdenes a sus jefes y caudillosdeclarando traidor a lapatria y a la América al loco Justo José de Urquizaéste enviaba suscomisiones para entenderse con los gobernadoressolicitando alianza parala gran campaña que habría apoyado con Entre RíosCorrientesy todoel partido unitario de la República.
Los gobernadores de Rosas vieron en aquella propuesta una verdadera locurade Urquizaporque creían que el poder de Rosas era insuperable. Y comodefendiendo al tirano defendían la dominación y el robo ejercido porellos mismosnegaron al caudillo entrerriano su cooperaciónaunqueespeculativa y solapadamente prometieron no hacerle daño y prescindir dela lucha hasta no ver claro en ella. Así creían quedar bien con Urquizasin ponerse mal con Rosasexponiéndose a que éste les diera en lacabeza una vez que sofocara al temerario caudillo.
Sólo Benavídez y el Chacho respondieron a Urquiza de una manera leal ydecididacomprometiéndose a sostenerlo en el Interior y ayudarloeficazmente en el triunfo de su noble ideadando en tierra con aquellaborrascosa y degradante tiranía. Ambos mandaron ofrecer a Urquiza elcontingente de su ejército con ellos a la cabeza pero haciéndole ver queentonces las provincias quedarían entregadas a la Federación sin lamenor defensasiendo más difícil dominarlas después.
"Allí es donde los necesito yorespondió Urquiza viendo en aquellamanifestación el triunfo de su causaporque para luchar aquí con Rosastengo elementos sobrados. Quedándose allíustedes podrán respondermedel Interior y sofocar allí los últimos restos de la Federación."El convenio no podía ser más ventajoso para elloscomprometiéndose acumplir toda instrucción que en aquel sentido recibieran.
Si la empresa de Urquiza fracasabaellos nada habían hechoy entoncesRosaspor conveniencia propiaseguiría teniéndolos a su lado. Y siUrquiza triunfaba de Rosas¿quién podría meterles dientes en elInterior? Asípara responder a toda situación difícil que pudierapresentarseambos en sus respectivas provincias empezaron a preparar susejércitosde modo que aun licenciados pudieran estar prontos al primerllamamiento.
Los gobiernos vecinos empezaron a alarmarse con aquellos preparativos y apasarse la voz de "¡alerta!" no atreviéndose a preguntarlesdirectamente por qué se armabanaunque ya suponían que sería conmotivo del pronunciamiento de Urquizaconocido ya en toda la repúblicapor las mismas comunicaciones en que Rosas lo declaraba locotraidorsalvajeunitario.
El general Urquiza se había puesto en campaña con todo el esfuerzo de sugran carácter y la gran actividad que hacía su condición másremarcable. Ya Entre Ríos y Corrientes se habían levantado en masa alsonido de su palabra prestigiosa y lo simpático de la causa que abrazaba.Y los unitarios acudían de todas partes a engrosar sus filasdeseando deuna vez lanzarse sobre Buenos Aires y aplastar la tiranía. La BandaOriental concurría al movimiento con sus mejores tropasy el Brasil poníaa disposición del caudillosoldados y armamentosque era lo que másnecesitaba.
Rosas estaba fuerte como nuncatenía inmensas tropas y jefescaracterizados; tenía en su favor la creencia general de que Urquiza nolo derrocaríapero asimismo el caudillo entrerriano no vaciló ni unmomento. Y con mayor entusiasmo mientras mayores eran las dificultadespara vencerse preparó a marchar sobre Buenos Airesa buscar al tiranoen su propia guarida.
Urquiza tenía todas las condiciones necesarias para dirigir una empresade aquella magnituddisponía de grandes elementos bélicosy entoncesel éxito más completo debía coronar todas sus esperanzas.
Todos conocen el resultado de aquella campaña grande y salvadoraynosotros mismos lo hemos narrado con sus mayores detalles en nuestra Historiade Rosas.
La batalla de Caseros se produjo y la tiranía de Rosas se hundió para novolver a alzarse más. Los gobiernos federales del interioraquelloscaudillos bárbaros y sanguinarios no podían sostenerse másy una erade paz y felicidad empezó a sonreír a la República.
La noticia del triunfo de Caseros tomó a las provincias en lo mejor desus preparativos bélicoscon excepción de San Juan y La Riojacuyoscaudillos las habían levantado respectivamente a una condición temiblepor la suma de fuerzas y armamentos de que ambos disponían quedando ensituación de imponer la ley a las demás el día que fuera necesario.
Viéndose perdidos los tenientes de Rosasen el Interior se someten aUrquiza. El poder de Rosas había caducadoy ellos no podían lucharcontra Benavídez y el Chachoque se habían puesto por completo de partede la organización nacional.
El general Gutiérrez en Tucumán estaba con Urquiza tambiénpero suprovincia nada había ganado con estopues aquel federalote seguíatiranizándola como anteslo que había sublevado al partido unitario tanperseguido allíhasta asesinar a sus hombres más culminantes.
El fraile Aldaoa quien parecía un sueño aquel cataclismo federalfuehecho prisionero al finmuriendo de la manera tremenda que narramos ennuestra Historia de Rosas. Así Mendoza fue librada de aquel fraileferozque debía morir entre los tormentos horribles que causaron en élel alcoholel remordimiento de sus bárbaros crímenesy las úlcerastremendas que devoraban su cuerpo podrido en vida por la crápula y lavida formidable que había llevado hasta su caída.
Peñaloza se retiró a La Rioja después de haber concluido con ladominación federalrecibiendo allí los despachos de coronel de la Naciónque le mandó entregar el general Urquizaen prueba de su estimación yen premio de sus buenos e infatigables servicios.
El Chacho no quiso tomar parte en las cuestiones políticas; abandonó elgobierno a los hombres que el pueblo había designado y se retiró a lavida privadafelizen medio de su mujer y de su hija que se habíacasado con un comandante Fernández. En la pacificación del InteriorelChacho se había hecho conocer en la mayor parte de las provinciasdejando en todas ellas numerosas simpatías tanto por su modo de sercuanto por lo que él debía al partido unitario. A pesar del prestigioque tenía Benavídez entre los federales y la poca resistencia que le hacíanlos unitarios allí en el mismo San Juanel Chacho era más prestigioso ymás querido que él. Aquel pueblo tenía idolatría por el caudilloriojanoen quien había siempre hallado un protector después de labatalla.
Las provincias se hallaban divididas por los múltiples caudillos quebrotaban de todas partescaudillos de ambiciones desmedidas y que queríanbuscar a toda costa como habían buscado los federales bajo el poderfraternal de Rosas. Y se disputaban el poder a toda costatratando cadacual por su lado de captarse para sí el apoyo del general Urquizaqueestaba en el apogeo de su poder y simpatía como vencedor de Caseros.
"Que hagan lo que quieran...pensó el Chachono tocando mi Rioja."Y se retiró a Jachatranquilo y felizesperando los acontecimientos quelo habían de arrojar más tarde a la más brillante escena.
El general Urquizahombre de una rara penetracióna quien era difícilengañar con aparienciasse fijó en este gran caudillovio que era elhombre más imponente en las provincias del Nortey trató de atraerlo asu lado. Y lo llamó al Paraná para hacerlo tomar parte en el memorableacuerdo de San Nicolás. Allí se entendieron los dos grandes caudilloscomprometiéndose Peñaloza a sostener las ideas y política de Urquizaque la creía santacon toda la leal voluntad de que era susceptible. Fueentonces cuando Urquiza le regaló aquel célebre puñal de orode quehemos hecho mención al principio de este romancey que conservó hastael día de su trágica muerte.
Urquiza entonces era una bella figura política. Acababa de derrocar la másinfame tiranía de que haya memoriay se había hecho acreedor a lasimpatía del país entero. Por eso el Chachoque procedía sin cálculosin malicia y sin estudiose comprometió con Urquizahaciendo una deaquellas alianzas de corazón que no se quiebran nunca.
Urquiza hizo remitir a Peñaloza sus despachos de generalacordado por elprimer Congreso del Paranácon lo que Peñaloza concluyó por entregarsepor completo al astuto general Urquizaque sabía que teniéndolo alChacho en el Interiorno se movería allí nadie en contra de su política.
Siguiendo su noble costumbre de amparar y proteger a sus lealesa costade lo poco que poseíaPeñaloza repartió entre los suyos todo el dineroy prendas que los últimos acontecimientos habían hecho venir a sus manos.Lo tomado a Aldaolo regalado en la mayor parte de las provincias y loenviado por el mismo Urquizafue repartido entre los más infelicesreservando para sí la más pequeña parte.
Auny en esta época de reorganización y descalabroentra la parte máslucida e interesante de este hombre extraordinarioque con sólo loselementos que podía sacar de la pobre y desamparada Riojatuvo en apurospor años enterosa la nacióncon todo su ejército y sus mejores jefes.
Los Montoneros segunda parte del Chachoofrece un interés dramáticode primera fuerzaque será una de las más asombrosas páginas denuestra historia nacional. Aún no se ha hecho al general Peñaloza lajusticia debidapues aún permanecen desconocidos los hechos másnotables de su vida.



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