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El hampón

Joaquín Dicenta



 

 

- I -

EN las oficinasacodado contra la saliente de un ventanillosobre el cualpintaron con negro la palabra JORNALESrecoge los suyos un hombre de piernasrecias y ancha espalda. Bajo la chaquetase dibujan poderosos los músculos delbíceps; los de la pantorrilla se apelotonan tras el remendado pantalónponiéndole a punto de estallarcuando las piernas hacen firme. La cabeza delmineroembutida en el semicírculo que traza el ventanillo apenas descubreásperos remolinos de la barba azabache; un sombrero anchocon repujadura demugrecae a ras de su nuca; por ella se desparraman mechones rebeldes que seretuercen hacia arribapara componer tufos encima de la oreja.

Cuatro manos vienen y van por una tabla queinteriormenteangula elventanillo. Dos de estas manoslas que se mueven más adentropálidasblanduchasapilan en la tabla monedas; las otras dos manosdeshechuradas ycallosascuentan las monedas y las hacen rebotar sobre el mostradoruna a una.Cuando rebota la últimala mano izquierda del minero sale del ventanillo ydesaparece en los repliegues de la faja; vuelve a aparecerextendiendo unpañuelo de hierbas; va el pañuelo a la fajarepleto de medias pesetaspesetas y durosy el hombreapoyándose en los codosendereza el busto dandofrente a una puertapor cuya vidrieraalambrada y suciase ciernen los rayossolares en átomos plomizos.

Aquella media luz recorta fantásticamente la imagen del minero. Su cuerpoerguidoapoyado en las piernasdeja ver por la camiseta desabrochada un pechovelludo y un cuello de cíclope; sobre él posa con arrogancia la cabezamostrandoentre las marañas de la barba y del pelodos grandes ojos verdesque relampaguean bajo unos cejales endrinosuna corva nariz; y unos labios quese contraendescubriendo los dientes blancospuntiagudos y cabales.

Fuera expuesto a equivocaciones al precisar el color de la piel del hombro;cubierta se halla por el polvillo cenizoso que el mineralal caer derribado porel picodesprende; juntándose el polvillo al sudorforma sobre el cutis delos mineros una pasta grisáceadonde los churretes toman apariencias de surco.

En la indumentariachaquetónpantalones y camisetapugnan a cuál es másharapo; el sombrero perdió la primitiva hechurapermitiendo a las alas caercon languidez senil y a la copa abollarse sobre la coronilla; unos borceguíesde piel de vaca acorrean el pantalón contra las espinillasy una faja negra deestambre da vuelta y más vueltas a la cinturaascendiendo hasta el costillar;por entre la faja asoma la culata empavonada de un Smith; rozando la solapaizquierda del chaquetón y sacando por ella la tosca contera de cobre dorea unafaca de catorce perrillas.

El minero hoscotaciturnosin dirigir la palabra a nadiese abre paso porlos trabajadores que aguardan la cobranza; abre la vidriera de un embiteguiñalos ojos al poner los pies en la calle como si la luz solar lo estorbarayentrando en una tabernaque hay junto a la oficinadice al medidorque enreverencia le saluda:

-Larga un latigazo de lo fuertea ver si barro con él este maldecíopolvillo.

-Pa barrelo tó -responde el medidor- necesitarás el barril. Debes tenerahí dentro un depósito. ¡Como que doblas y sales de quincena a quincena!...

-Y eso-responde el cortador- porque algún día sa menester descansar unasmiajas y ajumarse a concencia.

-Hoy vas a las dos cosas.

-¡A vertúque vida!... ¿Pa qué trajino como un mulo? Pa ganar másdinero que otros y pa gastarme ese dinero más pronto y mejor que tós losdemás juntos. Ya me estorba este puñao de pesetas y duros que llevotintineando en el pañolote de hierbas. ¡Y miá si seré bruto yoque hagoñuos en el pañuelo! Ni que lo fuese a ahorrar. ¡Lo que es la costumbre!... Love uno añudar desde chico; lo añudó de grande algunas veces. ¡Y velay! ¡Eaea! ¡Fuera trompiezos!... Medio cuartillo¿sabes? Después detó cuandogüerva a mi alcoba hecho un zoqueni estorbaré a denguno ni tendré que pagarla puerta. Las galerías abandonás son anchas y están solas; allí no hayquien cobre el pupilajeni los chinos; como no hay hombres que los sacuan conel picopues se están quietos y no caen. Echa medio cuartillo. Pa empezar lalimpieza del tubo me paece que es lo propio.

Mientras el medidor llena de aguardiente un vasohasta los bordesel minerosaca el pañuelo de hierbas de la fajalo desanudalo extiende encima de -unamesa y va repartiendo a puñadossin contarlospor sus bolsillos pesetas ymedias pesetas y duros.

-Es así más cómodo-dice.- Mete uno los deos en cualquiera de estosboquetesy por entre los doos va sangrando más de prisa la pasta que en loshornos de fundición.

-No durará mucho ese dinero entre los tuyos- interrumpe un hombre deveinticinco a veintiséis añosque juntamente con algunos sujetos apura vasosde montilla.

Distínguese el hombre por su más esmerado trajeo entro los concurrentes altabernucho aquel. Minero fue; pero al presente es jugador de oficio y pone suempello en que lo cedulen de aliñado y buen mozo.

Aguardando la hora de su «talla» va puro en boca y bastón en diestra;entróse por el despacho tabernario hecho un brazo de mar para tormento deenvidiosos y respeto de bravucones.

Porque Román el Zurdoa más de buen mozo y bien vestidoes capaz de tenera raya al más guapo. Por lo menoshasta la fechaninguno le echó el píodelante sin que él se lo pisaray fuerte.

-¿Qué decías? -pregunta el minero astroso a Románlimpiándose con eldorso de la mano izquierda el bigote.

-Decía -contesta el valentón- que poco te durará la plata. Ya seencargarán de liquidártela en un amén las zurripamplas de La BuenaSombra; y añado que no te fuera mal del tó reservar algunas pesetas pacambio de ropa y rapao de pelo. En güena forma hablo lo que habloy poramistá y por mor de darte un consejo. No vale la pena de estar aperreao mediomes pa tirarlo tó en dos horas y metérselo en el bolsillo a palomas viajerasque hoy vuelan aquí y mañana arremontany me alegro de haberte visto. ¡Mozo!...Toma en nuestra mesa una copa.

-No es mi hora del vino. Esta es pa mí la hora del aguardiente. Con élempiezo y con él acabocuando acabo; vamoscuando la plata anda en lasúltimas. Pues oyeRomán -sigueluego de dejar mediado el segundo vaso dealcohol.- Cá uno vive como quierey en el vivir de otrosdenguno se tié quemeter. Esto también lo digo en amistáy al respectivo de la tuya. Con la malavestimenta que traigome parezco yo un rey mesmamentey ni por el rey deEspaña me cambio en tan y mientras que los duros me golpeen en los bolsillos yesta faca asome por acá y este culatín me reluzca entro los pliegues de lafaja y estas dos manos sepan cómo se deja sin balas un revólver y sin vaina uncuchillo.

-¡Jorge!- interrumpe el otro.

-Es un deciry a nadie vaque vaya por derecho. Mal harás en tomarlo aenvite; yo nunca los juegoy si los admito alguna vez es porque me los echan.Respective a las del cafévayaque sin que el sastre me reformeni elbarbero me pelealguna hay que... por mis pesetas será; pero cuando llego yo asu turnome prefieren a los güenos mozos que a diario les tienen encantaos. Yesto sí que va dicho sin segundaporque a mi las mujeres... por quincenas yhasta otracomo el ventanillo de Jornales. ¿Qué te debo muchacho?Señoresbuena noche y salud.

El minerogirando sobre los talones y recogiendo de su bigote con la lengualas últimas gotas de aguardienteabandona el local.

Marcialmente camina.

Más que un obrero sin afectos ni hogarparece un duque satisfecho.

Al despedirse puso en su gesto y en su voz un aire retador; había habladocomo diciendo: «Que salga y me siga el que se atreva.»

-Ese-dice Román-está buscándole los tres pies al gato. Pa mí que se losencuentra una noche o una mañanaque los trompiezos no tienen hora fija.

-Mal harás en meterte con ese hombreRomán -murmura el tabernero al oídodel Zurdo.

-¿Por qué?...

-Porque te lo digo yo que voy a viejo y he visto en el mundo munchasperomunchas presonas.

-Y con eso¿qué quiés significarme?

-Que dejes a cá mosca con su vuelo. CréemeloRománpa cualsiquier hombrees mucho hombre ese hampón

- II -

¡Un hampón! Así llaman los mineros a los bohemios de la minaa lospródigos haraposos que gastan en breves horas de embriaguez y lujuria el jornalque en horas ímprobas de faena recogen.

Todos ignoran en la mina la procedencia de estos hombres. Lleganmejor dichosurgen un día o una noche en cualquier taberna con la misma indumentaria quehan usado tal vez desde muchos años antes de su arribo y que seguiránostentando después; con el mismo aspecto sucio y feroz; el mismo puñal en lachaqueta y la misma pistola en la faja.

¿Salen del montehuyendo persecuciones de la guardia civil? ¿Del presidioburlando en su vigilancia a los carceleros? ¿De un burdel donde su faca les dioacero para matar y su astucia o el amor de una prostituta ocasión do evadirse?

Nadie lo sabe. Nadie tampoco lo pregunta. En la mina no se pregunta estojamás. Si se anduviera con tan ridículos reparosfaltaría obreros. Conquienes desafían la muerte a diario hay que tener un poco ancha la manga.

En las propias oficinas mineras apenas saben el nombre de los trabajadores;basta saber el del jornalero que hace en las cuadrillas cabeza.

Para lo que interesa a los propietarios y directores del negociono estorbanla calidad moral y la procedencia del minero. Sea éste quien fuerevenga dedonde vengani comete delitosni provoca reyertas en el interior de la mina.En ella es un soldado que a otros se une para la conquista del mineral. Uninstrumento más durante la faena; en los trances de peligro un hermano más.Los mineros disputanriñense desafían y se matan lejos de los pozos ytalleresvalga la fraseextrafronteras. Esto a los directores de la mina lesimporta muy poco; a los accionistasclaro que los importa menos.

El hampón aparece en cualquier tabernapido trabajo a un «destajista»aun jefe de cuadrilla; entra en el pozoempuña el-pico y ¡a cortar mineral!

A las pocas semanas su valorsu total desprecio a todo peligroleconquistan puesto de honor entre los suyos.

¿Dónde come? En una cantinala más próxima al pozo. ¿Dónde duerme?Acaso en el fondode una galería abandonada. Sus compañeros no le ven másque en la tarea; sus jefesal reflejo lívido de los candiles; los empleados dela administracióncuando va a. cobrar los jornales.

Ese díael de la quincenael hampónel cortador incansable delplomoreaparece en la ciudad ennegrecido y harapientofosca la barbaluengala cabelleraalegre el gesto y vacilante el viaje de sus pieshechos a tantearabismos.

En la primera taberna apura el primer vaso y cambia el primer duro de losrecibidos en la caja. Luego de recorrer tabernas se dirige al cantante; allícorea las coplasconvida a los artistas y alterna con las bailaoras. Delcantante pasa al café de camareras; reúne a las mujeres en torno de su mesa;les paga espléndidamente sus carantoñas y arrumacosgasta en Jerez su platasatisface su prodigalidadlogra su ansia brutal de gocesla hartura de elloscon las pesetas últimas en un burdel cualquieray de aquella horrible cámaranupcial salecuando el alba despuntapara dirigirse a la boca del pozo y bajara él tambaleándose en la plataforma del ascensory perfora la piedray cargael cartucho y sube la escala de esparto tarareando una taranta mientras a susespaldas cruje el bloque y revienta la dinamita.

Así vive este hombre que acaso no tiene familiani amigosni derechossocialesni nombre que pueda pronunciarse en voz alta.

Así vive en la mina donde trabajasilenciosohurañoenigmáticoaguardando que un «chino» le aplaste los sesos o que el ácido carbónicotraiga a sus pulmones la asfixia. Si los bloques le respetan y el ácidocarbónico no lo quiere matar de golpemuerto aparecerá un día cualquiera ensu dormitorio de rocaen la abandonada galería con la bolsa pañuelo apretadaentre la camisa y la punta de la faca asomando por una solapa del remendadochaquetón.

- III -

Jorgeasí aseguraba llamarse y nadie vino a desmentirle ni nadie tampoco seocupó en contrastar la veracidad de su dichoera un minero hampón. Como todoslos de su castasurgió cierta noche en una taberna de la ciudad minera. Echótasca adentro con las manos ocultas entre los pliegues de la fajala camisetadesabrochada sobre el pecho desnudolas alas del sombrero sirviendo de toldo asus ojos ceñudosy las barbas y cabellera de matorral emboscador al resto desu cara. Asentó frente a una mesa libre de parroquianos; paseó las verdespupilas por todos los rinconespidió un cuartillo de aguardientey despuésde apurarlo a tragos anchoscon unción y recogimiento de místico que ante laimagen do culto consagraencaróse con el Moreno el taberneroun antiguocortador de mineral y de carne de prójimo si se terciaba el casoy lepreguntó hundiendo la barba entre los puños y mordiendo con sus dientespuntiagudos la interrogación:

-Usté perdone la pregunta. ¿Habrá en este pueblo trabajo pa un hombre queno se asusta de los barrenosde la piqueta y del arsénico?

-Pa esos hombres siempre hay trabajo aquí.

-Entonces ponga otro vaso de lo mismo y dígame a quién tengo queencaminarme pa escomenzar pronto la faena. No es que me apure. Aun traigo algunaplata -e hizo sonar en su bolsillo un puñado de duros;- pero vayaque uno seentiendey a la cuenta el trabajo quita otros trabajos que la cabeza por susadrentos se pué traer que traer.

-Jefe de cuadrilla necesitao de un obrero pa la suya lo tiés: Bastián. Ayerun «chino» entortilló los sesos al más fornío de sus hombres.

-Aquí hay otro pa rellenar el hueco.

-¿No te asusta el peligro?

--He pasao la edá de los sustos.

--¿Eres del oficio?

-Pa mover un pico solo hacen falta brazos y voluntá. Voluntá la tengo.Brazos... Me paece a mí que estos sirven pa tóamigo.

Y el desconocidoenderezando el cuerpotendió al aire sus dos brazos deatleta.

-El trabajo de la mina es muy perro.

-Peores los hay... Y se sufren.

-¿Peores?

-Mu peores.

-Peores-contestó el preguntadoengarñando los dedos contra los bordes dela mesa y velando con un frunce de párpados el brillo sombrío que adquirieronsus ojos verde mar.

El tabernerotras un gesto enigmáticodijo:

-Tienes razónpeores los hay. Bastián -agregó poniendo sobre la mesa doscopas llenas de Cazalla y sentándose frente al huésped- Bastián es sujeto deconfianza. Con tal que sus obreros cumplanno se mete en averiguarles la vía.No tardará en venir. Si es que no tiés prisa tú...

-Denguna.

-Y hospedería¿tié?

-Me ocurre lo mesmo que con la prisa.

-Si hablas con Bastián y te ajustasque te ajustas con élsu hermanaalquila camas y hace de comer a los mineros sin familia. Es limpia y no ponecaro la vieja. Aquí está Bastián.

El trato quedó hecho con media docena de palabras o igual número de copasde aguardiente bebidas con fruición. Aquella noche se hospedó Jorgeasí dijollamarseen casa de la tía Indaleciala hermana de Bastián.

Antes de caer en el camastroya colgada la ropa exterior en un clavoelhombre desabrochó de un tironazo su camiseta de franelay sacando por laabertura una como reliquia presa a un cordón azulestuvo contemplándola a laluz pálida del candil. Fueron alzando poco a poco sus brazos el tosco medallónhasta muy cerca de los labios; apuntóse en ellos el beso; poro no llegó a ser.Abriéronse los dedos; golpeó la reliquia contra el pectoral musculosoy eldesconocidodando un soplo al candilse desvaneció en la obscuridad de laalcoba.

- IV -

El primer viaje al fondo de la mina produjo en los nervios del neófito unaruda impresiónen la que el miedobravamente disimuladohubo también suparte. Al atravesar el recinto mineroalumbrado por la luz violeta de laaurorafue la curiosidad del nuevo cortador atraída por el espectáculo de lacolmena jornaleraque zumbando y arremolinándose a la entrada del cotolasalvaba en montón para dividirse después en grupos que tomaban direccionesvariassegún el lugar y faena a ellos correspondientes.

Iban unos grupos hacia los lavaderosdonde el vapor o la fuerza eléctricaayudan a los trabajadores en el cernimiento y distribución del mineral; otrosa los lavaderos de brazodonde el músculo es sola fuerza y la humana sangreúnico combustible; otrospegándose a las vagonetas con apegamiento moluscularlas empujan por carriles angostos hasta engancharlas a las locomotoras quepitaban y recrujíandespidiendo chorros de vaporcoronándose de humo. Estosgrupos penetraban en los talleres donde se funde el plomo y quema el airey laescoria líquida se arrastra por los quemantes canalillos en arroyos rubí;aquéllosconvirtiendo en bozal sus pañuelosentraban en las cámarascondensadoras para recibir los besos mortales del arsénico; cuáles marchabanal desplatea la purificación última del metal; quiénesa las fábricasconstructoras de balaspara moldear el plomopara ponerlo a disposición de lamuerte. Grupos borrosos se perdían en los desmontesen las hondonadasproyectando vagas e indecisas siluetas. El sol nacientebrillando como horno desalud bajo un cielo sin nubescalentabavivificaba los seres y las cosasproclamandoratificando con el polen áureo de su luz la eternidad del mundo.

Aquel espectáculonuevo para el obrerole obligó a detenerse. Quedóabsorto en su contemplaciónsiguiendo con ojos y oídosde par en parabiertosel zumbido y la dispersión de la colmena. Un recio manotazo le sacóde sus contemplaciones.

-Aquí no venimos a ver; a trabajar venimos y a no desperdiciar minuto. Conque echa pa alanteaprendizque nos aguarda el pozo.

Era Bastián quien así hablaba. Jorge echó a andar tras él en direccióndel cuarto inmediato a la boca del pozodonde los mineros toman los candilesencendidos de manos del guardián y cubren sus cabezas para preservarse en loposible de los pedruscos que desprenden las bóvedas y las paredes subterráneasel duro sombrerote de cuero.

Jorgeal dirigir sus pupilas a la boca negra del pozoen cuyos bordes sedetenía como acobardada la luz tibia del solsintió que el miedo le empujabahacia atrás. Retrocedió manifestando claramente en su gesto el temor quesentía.

-Cierto -murmuró a su oído con tono de burla Bastián- cierto que algunasveces el cable se rompe y ¡cataplún! Tó envejecehasta los cablesyya essabidolos viejos no hacen cosa buena. Pero tú estás de suerteal menos eneste primer viaje; pués bajar en lo que hace hoy sin «canguis»; los cablesson nuevos; los han renovao anteayer.

Y Bastián entró en la jaula de un brincoriendo a carcajadas; los otroshombres de la cuadrillalos antiguossiguieron a Bastián; Jorge dio un pasoapretó el candil con sus dedos temblones y se enjauló como los otros.

-¡Anda ndo! -gritó el jefe.

Chirriaron los cableshundióse poco a poco la jaula en el sombríoboquerón; poco a poco fue la luz solar extinguiéndose. El agua rezumaba de lospeñascoscaía sobre los hombres en gotas anchas y golpeaba contra losalambres con siniestro rumor.

La luz de los candiles permitió a Jorge ir viendoa franjas indecisas ylúgubresel enorme tubo de 550 metros que conduela al taller subterráneo.

Sobre las paredes rezumosas extendíanse los deslizadores de la jaula.Brotaba de aquéllas el agua en múltiples hilillos; la luz de los candiles losconvertía en brotes de sangreen supuraciones bermejas.

De vez en cuando vela el novicio extenderse hacia el murocomo en acción deimpedirle caer contra la jaula y pulverizarla manos y brazos esqueletoideos...Eran traviesas de maderaarmazones de hierrofábricas de apoyo y contención.Más de tarde en tarde descubría boquetes enormesaberturas negras de límitesimprecisables. Por aquellas aberturas salían ruidos temerososrumores detormenta lejanavoces confusasreflejos mortecinos.

Estos boquetes marcaban los pisos de la mina; por frente a ellos resbalaba lajaula. Eran los rumores do tempestadtrajín de máquinas perforadoras; losecos gimientesgritos de mineros acompañando la maniobra de las vagonetas y elvaivén de los picos; los reflejos lívidososcilación de candiles en lastinieblas.

Este paisaje dantesco se dibujaba ante las pupilas de Jorge como un sueñoespectral. Aquella bajada entre sombrasaquella lenta caída de 500 metros dealturaaquel golpear incesante del aguaaquellos brazos extendidos paracontener el desplome del pozoaquellas bocas negras que vomitaban ruidos sordosy reflejos de fuego fatuoproducían en el trabajador las angustias horriblesdel mareo. Su estómago sentía dolorosos espasmos; su corazón palpitaba sinritmo.

Agarrado a la barandillaabriendo los ojos desmesuradamente estaba cuandolos cables se estiraron con tironazo brusco; una mano alzó la barandilla. AnteJorge se abría un túnel iluminado por un braserón de hulla y entrecruzado porcarriles. Lejos brillaron luces. Oíase el ruido metálico do los picosgolpeando en el mineralel agrio crujir de las vagonetasel gruñido de losperforadores.

Bastiánempujando por los hombros a su aprendizle forzó a abandonar lajaula.

-Tira alante -gritó.- Aún falta un paseo diquiá que lleguemos al «tajo».

Jorgecon marcha de sonámbulosiguió a sus compañeros hacia el interiorde la mina.

A cada segundo tropezaba en obstáculos imprevistos. Sus pies se hundían entapices de fango líquido; el aire frío de los ventiladores helaba sus pulmonestremantes; sus pupilas se dilataban con angustia para ver en la sombra. La luzde su candilreflejando contra las paredesconvertía en petrificadosarroyuelos de plata las vetas de plomo; en joyeríalas sales que cristalizabanentre las murallas del túnel. La bóveda de éste se perdía en tinieblas; comoapariciones pasaban y repasaban las vagonetas al empujo de hombres semidesnudoscubiertos de sudor.

Iban y venían aquellos hombres de las «torbas» a la boca del pozo y de laboca del pozo a las «torbas»sin descansopataleando sobre el cienocontrayendo los músculosaferrándose a las vagonetas para no resbalarechando hacia atrás las cabezas para absorber el airemezclando sus jadeos debestia al chirriar de los ejesel trepidar de los vehículos al choque de laspiedras en viaje.

-Es el paseo -contestó Bastián a la pregunta que le hizo su aprendiz.

¡El paseo! Acaso la ironíametiéndose de contrabando bajo el cráneo deun minerode un empujador de vagonetasle hizo tropezar con tal nombre y ponerdentro de él todos sus odiostodas sus angustiastodas sus miserias decriatura humana convertida en bestia por mandato del hambre y codicia de lospatronos.

¡El paseo! Así llaman los mineros a su ir y venir empujando vagonetascasi a cuatro patasa sus choques contra las piedrasa sus resbalones en loscarrilesa su marcha a ciegas entre peligrosas negrurasa su faena delocomotoras vivientesque tienen por ejes músculos y nervios; por combustiblesangre; por engrasela transpiración de sus cuerpos; por motorla miseria;por estación de descansouna zahurda; por taller de reparacionesun hospital;por depósito de arrumbamientola fosa común.

A dimitir de hombres y trocarse en caballerías llaman pasear los mineros.Convengamos en que estos paseos no son precisamente los que se dan por el Retiroy por la Castellana.

Sin embargoa poco tiempo de aprendizaje pudo el cortador convencerse de quecomparada con otras faenas minerasde paseode dulce y plácido paseo puedecalificarse la marcha fatigosa de los vagoneteros por las sombras del túnel.

Como un esparcimientocomo un apacible solaz consideraba el paseo Jorgecuandoya maestro en el oficiooficiaba de perforador en fondos casi noexploradosa los que descendía por escalas de esparto. En ellas resultabamilagro apoyar la punta de los pies y la falange superior de las manos.

Él bajaba diariamente por estas escalas al fondo de la mina a respirardurante horas y horas atmósferas de cuarenta y seis gradosa trabajar desnudode medio cuerpo arribatendidoen escorzo violentoel que permite la alturade la bóveda; a hundir la barrena en la piedraa colocar dentro del agujero elcartucho de dinamitaa encender la mechacon el tiempo justo para agarrarse ala escala de esparto y trepar por ellay oír desde el peldaño último elestallido del explosivo destructor.

A este trabajoa otros como él rudos y peligrosos se hizo pronto el mineroy pronto superó a los antiguos en destrezaen resistencia y en audacia paraarrostrar la muerte.

Pronto ganó el primor puesto entro sus compañeros de cuadrillay si noganó su amistaddebido fue a la huraña condición de su genioque le hacíaestar alejado de todossin tomar parte en las conversacionesviviendo yemborrachándose solitariamente.

Mientras sus compañeros durante el trabajo lo alegraban entonando tarantas obromeando entre golpe y golpe de picoJorge callabaatento a su obligaciónnada más. Según pasaba el tiempoiba compenetrándose con la minahaciéndose un pedazo de ellahasta que un día tomó obra por su cuenta en lasoficinasse apartó de Bastián y se hizo destajista. Doblando las horas defaena vivía en la minatrabajando de sol a sol. Salía de ellano por lajaulapor las escaleras de espartoy no iba a la población sino de quince enquince días a cobrar su quincenaa derrocharla en vinoa consumirla en elcantante con las cantaorasen el café con las camarerasen los burdeles conlas jornaleras del viciocon las que a altas horas de la noche «hacen» paseostan horribles como los que hacen los mineros por el túnel fangoso a la luz delos mal olientes candiles.

Un día desapareció Jorge de la habitación (llamémosla así) que learrendara la hermana de Bastián. No volvió más por ella.

Cuando al término de la quincena se presentó en la taberna del Morenoconel traje más roto y el pelo más crecido que nuncale dijo aquél:

-¿De manera que te has metido a hampón?

-Así parece.

Hampón le llamaron desde entonces los de la minaolvidando su antiguonombre. De minero hampón llevaba existenciapegado al plomofaenandosolitariamente en los más apartados y más peligrosos boquetesdesde el albahasta más tarde del ocaso; durmiendo sueño de alimaña salvaje en una galeríaabandonada por el trabajo y por la codicia. En ellasobre un cacho de mantateniendo un «chino» por almohadadormía el hampón.

Alguna vez ardía el candil en la alcoba de piedra.

Era que el hampón lo encendía para contemplar la reliquia pendientede su cuello. Tambiéncomo en la alcoba de la ciudadlevantaban sus brazos lareliquia hasta la altura de la boca; también apuntaba ésta el beso; perotambién antes de que este beso fueracaía el medallón sobre el pechomoríala luz del candil y en la obscuridad vibraban quejumbrosos los alentares del hampón.

- V -

Iba para dos años que Irene desempeñaba oficios de camarera en La BuenaSombraun café modernista (así le llamaba su fundador y dueño)que paracompetir con el cantante antiguo y alcanzar victoria sobre élbrindaba a losparroquianos la voz escasa de unas cupletistascon más el atractivo de lafemenil servidumbrenada huraña en su trato y fácil al reclamo de los varonessiempre que éstos lo acompañaran de buenas propinas al abonar el gasto y debuenos duros si al cerrarse el café querían ultimar el convite.

Ponía gran cuidado el dueño del café en remudar camareras y cantatrices.No era el paladar de sus parroquianos meticuloso en punto a la belleza y a ladonosura de las tales; pero en cambio se hartaba de ellas pronto. A falta doexquisitez en la mercancíapedía variación. El cafeteroatento al mejorprovecho de su industriano se atrasaba en los cambios y recambios de personal.Cada tres mesesa lo sumoplantábase el hombre en la Corte y de ellaregresaba con mujerío nuevovamos al decirporque casi todas sus novedadesde puro averiadassólo en gente mineraque ni de la muerte se asustapodíanencontrar recibo.

En La Buena Sombra lo hallabancon tal de no ser viejas. Aquelloshombres rudos gustaban de la carne pintada. Aunaun los más jóvenestomabanel colorete por rubor y por apasionada sombra el corcho ahumador de lospárpados. Al amanecer era su desengaño; pero al advenir éste ya estabasatisfecho todo. Sobre que al amanecer comienzan los trabajos minerosy no haytiempo para distingos cuando pico y candil aguardan en la boca del pozo.

Irene constituía la excepción en el trasiego de camareras y de tiples. Porsu bellezaaun no totalmente marchitapor su gracia y por su habilidad enagradarentretener y llevar el humor a los parroquianosera ídolo de ellos einsustituible para el amo del cafetínque veía en Irene un filón productivoun espejuelo a cuya deslumbre acudían prontos los incautos y se dejabandesplumar sin protesta.

Tan embobada traía a su parroquia Ireneque si el cafetero -torpeza noimaginable en él- hubiese intentado despedirlacontra él se revolvieran todossus parroquianosy no ya su industriasu persona sufriera máximo porjuicio.

La Cañas (mote que la moza debía a su decir siempre que la invitabaalguno: «Convidame a unas cañas»)era una institución en La Buena Sombra.Los concurrentes al café se disputaban las mesas de su turno; pujábanse amayor obsequio y a propina mayor el derecho a dar conversación y convite a la Cañas;pujaban también sus favores extracafetilesy si llegaba la ocasión de unajuerga en el «camarote» de arribacon guitarrascantobailemanzanilla yJerezera voz y acuerdo unánime en los juerguistasque la Cañashabía de servirles ocuando noestar a la verita de ellos en tanto que lajuerga durase. Bien es cierto que la preferidaa más de su destreza en elserviciode su gracejo en la conversaciónde su no presumir con ningunonidar públicamente preferencia a ninguno«se bailaba un tango sobre una cuartade terreno y se cantaba» una copla con voz ronquilla de tan dulces entonacionesque almas adentro ibacuando apasionada era la copla; cuando pícara ponía losnervios en punta y el deseo en trajín.

¡Bien se aprovechaba la moza de estos sus encantos y seduccionesnaturalesunosotros adquiridos en la existencia que desde muy niña hubo de hacer pormandato de su nativa condición o de su mala suerte!

Flaca de carnemiserable de vestimenta llegó a la minera ciudad. Alpresenterepretada estaba su carney trajeada con elegancia charra y rebosanteel negro moño en agujones y peinetas; en sus orejas resplandecían orlas dediamantesy en sus dedos campeaban lanzaderastresillosserpientes de esmalte.De oro bajo eran las monturas; a lo peorcito del surtido pertenecían losesmaltes y piedraspero de lujo y comodidades hablabanal igual de losmantones de espumillade las blusas de terciopelode las medias de sedadelos zapatos de charol y de la habitación que próxima al café alquilara. Elbaulillo de los comienzos arrinconado fue para dar sitio a un armario de luna;un sofá de reps y dos sillones de lo propiosustituyeron a las viejas sillasde Vitoria; una cama de dorados barrotesadamascada colcha y blandos colchonesal duro catre que fue durante los primeros meses martirio del cuerpo de la moza.

Todo aquel boato salía de la parroquia del café. No significaba esto que laCañas descuidase por los propios los intereses del dueño de La BuenaSombra. Tanto o más cuidaba que de los suyosde éstosdándose trazapara que los concurrentes a su turno pidieseny en abundanciade lo caro;haciendosiempre que ello le era posibleextensiva la convidada a todas lasdemás camareras y aun al propio industrial.

Pues¿y cuando había jolgorio en el « camarote de arriba»?... Era deadmirar entonces la Cañas. Las botellasservidas por su manosevaciaban en un amén: tal maña se daba en derramar el vino por mitades cabalesentre la bandeja y los vasos.

Cañas -gritaba un comensal. -Báilanos un tanguito!...

--Hijo de mi almapa bailar necesito yo beber unas miajas. Conque arráncatepor un par de botellas.

Cañascanta unas coplas!...

-Estoy muy débilcomparito. No vais a oírme si no me relleno antes elestómago de jamón y si no empujo el jamón con tinos chatos de Agustín.

Cañasdame un beso!

-Los besos en público los cobro caros. Si quieres uno te cuesta una ronda deN. P. U.

Así iba de uno en otroalegrándolos con sus chistesenardeciéndolos conel mirar gachón de sus grandes ojos endrinosmetiendo por los ojos de elloslas redondeces de su carne morenarozándoles el cutis con sus labiosembadurnados de carmínsentándose sobre sus rodillas para entonar la coplaquitándolos de las cabezas los anchos cordobeses y encajándolos sobre su moñopara bailar el tango.

Cuando la embriaguez del vino y las embriagueces del deseo enardecían a loshombres; cuando era crecido el número de botellas vacíasen un rincónamontonadasy las cabezas no estaban en punto de reparossubía la Cañasocultamente a cada uno de los viajes que hacía al mostradorcascos y máscascosque aumentaban en mucho la cantidad de los consumidos y el coste de lajuerga. Sabía tambiéncuando a tal situación llegaban los juerguistasdarles esquinazo e irse a dormir sola en la cama de dorados barrotesno sindarse antes la enhorabuena por aquella noche de libertadfrente al espejo delarmario.

Su cuerpo morenoen casi completa desnudezse dibujaba sobre el limpiocristal envuelto por la lluvia luminosa que se desprendía de la lámparaeléctricacomo una estatua de nogal tallada por un escultor lúbrico parapresidir bacanales.

- VI -

Entre los asiduos al turno de la Cañas contábase Románelencargado de la timbael exminero jaquetón que abandonara la barrena y el picopara vivir holgado y libre por pragmática de su guapeza.

Quién másquién menosrehuía choques con tal hombreno tanto por miedocomo por evitar pendencias con sujeto que no había nada a perder y que porsometerse incondicionalmentesea ella cual fuerea la voluntad de potentados ycaciquestenía siempre cubiertas las espaldas y segura la impunidad en susmalas acciones.

De ahí quesi entrando en La Buena Sombra asentaba junto a la Cañasen su «turno»o si fuera de élpor no haber en él sitio librellamaba ala camarera a su mesarespetaran todos el diálogo y no pusieran reparo alllamamiento.

La Cañas gustaba también de platicar con el tahúr; no en balde erahembra ycomo talufana de pavonearse con los galanteos de un macho corajudo.Aumentaban la satisfacción y el gusto de la camareraser el macho buen mozo ypronto a derrochar la platasiquiera con la plata lo ocurriese lo que con elvalor; la lucía donde era conveniente a su crédito de generosoy muchas vecesmáspara enseñarlos que paracambiarloshacia brincar en los veladores susdurosy asomabacomo al descuidopor la boca de su cartera los billetes deBanco.

No es esto decir quellegado un trance de peleahuyera el hombre el bulto.Daba rostro al lancesi ello era menesterpero cuidaba de hacerlo con ventajay tanteando al adversario.

Con sus antiguos compañeroscon los que en la mina arrostraban a cadaminuto la muerte y fuera de la mina ponían mano a sus facas y pistolones por unquitame allá esas pajasevitaba toda cuestión. No había en tal juegoprovecho y era peligroso arriesgarlo. Si llegaba caso inevitable de venir amayores con los del plomo y el candildábase trazasin demérito de suhombríapara que los amigos terciaran en el trance supremo y lo ahogaran enchorros de Montilla y Jerez.

De todas suertesno era grato malquistarse con aquel mozo que ya llevaba doshombres por delantey que no se detenía en mirar si el enemigo le daba elfrente o las espaldas a la hora de esgrimir la faca o de piñonear en el gatillodel revólver. Así es que los parroquianos de La Buena Sombra leotorgaban la primacía en los favores de la Cañasy ella le otorgabatambién sobre los otros preferenciasin que esto significarapor parte de lacamarera y de Románcompromiso serio o titulo oficial de queridos.

Cierta nocheJorgeque ya llevaba la existencia propia al minero hampónluego de cobrar su quincena y de enjuagarse con aguardiente el tragadero en lataberna del Morenoentró en la chirlata regentada por el buen mozo; jugófuerteel azar se puso de su partey Jorge abandonó el tapete con buen golpede billetes y duros.

Dos cortadores de su antigua cuadrillaa quienes tropezó en una tascaleinvitaron a ir al cantante. Allíentro coplas patibulariastaconeos debailarinas y sones de guitarraapuraron unas cuantas botellas. Medio borrachosyaocurriósele a uno de los mineros hablar de la Cañas y hacer elogiocumplido de su hermosura y su donaire.

-Nunca estuve en ese café de camareras -dijo el hampón mientrascontemplaba al trasluz la manzanilla que mediaba su copa. ¿Dices que es guapa yque tié chiste esa moza?

-¡De plata fundía es!... ¡Y tocante a otros méritos!... Denguna de aquíse baila un tango tal como ella. En lo que hace cantarmesmamente es unacalandria. Ahora que pa oírla y pa verlasa menester subirse al «camarote»grandeal de arriba; allí hay que beber de lo caro y dar al tocaor tres durosy no reparar en propinas. Eso sique en allegandoque allega uno al café puépedir pa servirle en el «camarote» la que sea más de su gusto; y sube y alservicio de quien la pidió estádiquiá el que la pidió acabe de echar vinoy de gastar parné.

-Pues vamos -interrumpióel hampón-. al «camarote» grandepa quenos llenen la mesa de «N. P. U.» y nos toque el que sea; y nos sirva esa Cañasde tus elogios; y nos cante y nos baile y haga cuanto nos sea menester. Estanoche es mi chaquetón la oficina de pagos. Con que ¡arza! vamos a rematar lajuerga tal que si fuéramos señorones. Se m'ha calentao el gaznate y ya no parode beber hasta que me tumbe el vino ande sea. La Cañas¿vive muy lejosdel café?

-A la verita -respondió uno de los dos cortadores.

Riendo y haciendo esosentraron en La Buena Sombra los mineros.

A los cortadores ya se les conocía en la casa. El hampón eradesconocido para las camareraspara el amo y para la mayor parte de lostertulios. Sólo algunos mineros le saludaron al entrar. En tanto que él y susacompañantes se acercaban al mostradorhicieron los otros comentarios apropósito de aquel salvaje de la minade aquel topo que vivía bajo tierraquincenas y quincenas; de aquel incansable bestiazo que de sol a soldurantehoras y horas de faena dejaba sangre y músculos en su pelea con el plomoparaal término de la quincenaen una sola nochegastarse con hembras y tasqueroslos jornales tan costosamente ganados.

Respetuosos y amigables eran los comentarios; el hampónno obstantesu hurañezera buen compañero; en un hundimientoocurrido pocos días atráslo había demostrado. Esto explicaba la afectuosidad de los comentadores. Lerespetaron al saber que en dos ocasionesy contestando a rotos que su actitudno provocarahabía demostrado tener recios los puños y firme el corazón.

El dueño de La Buena Sombraal oír la petición del camarote grandehecha por un sujeto desconocidotodo andrajos y tiznesonrió enigmáticamentee hizo un ademán de hombros como si quisiera decir: «Bueno está para bromapero no me hagan perder tiempoque es hora de trajíny mis camareras aguardanque les despache sus servicios.»

-Mireamigo-dijo el hampón deteniendo al industrialque hacíaademán de alejarse. Ni tó el borracho sueñani es prudente juzgar por lasotana al cura. Yo pido el camarote porque pueo pagarlopagarlo y llenar lamesa de botellas y de blancas el piso. Oiga el son -añadió sacudiendo la viejachaqueta de pana. -¡Pa mí que no suena a hojalata! Y pa usté dos noticias:que estas manos no se agarran mucho al dinero y que este gaznate está hecho amedir vinos de toas las calañas. Con que mande que dispongan el camarote y noolvíepuesto que en tierra minera tié su tráficode que los mineros sontalmente como el mineral que cortan con sus picos: escoria y platató junto.

A un gesto afirmativo de los cortadoresrepuso el cafetero:

-Buen amigoperdone. ¿Quién no se equivoca en el mundo? El camarotesiempre está pronto pa los parroquianos que le honran. Manitasanda conla sonanta arriba. ¿Qué camarera les hace a ustedes el avío?

-La Cañas.

-¿Sí?

-Sí.

--Tras ustedes subeseñores.

-Que se suba dos botellas de N. P. U. pa darnos tiempo de pensar en lo quevamos a beber.

Subió la Cañaspor obligación del servicioy subieron tras ellaa la husma de manjares y de propinascamareras y cantatrices. Rasgueó suguitarra el Manitascantó a media voz una taranta el cortador másjoveny mientras se hacía el pedido de la cena y se remudaban las botellasvacíasdijo el hampón golpeando con su mano recia y nervuda las manosensortijadas de la Irene:

-Me han dicho a mí que usté se canta pa dar alegría a un difunto; y¡velay!por eso de que alegra usté a los difuntosla quisiera yo oír.

-Hijomi obligación en esta casa no es cantar.

--Yalo sé. Es un favor el que la pido. Por enjuagatorios no lo deje. Siquié aclararse con Champán la gargantapídalo con toa la boca.

La Cañas miró de hito en hito a aquel mocetón desastrado que tanrumbosa y cortésmente le solicitaba una coplay en ley de verdadvale decirque no malamente la impresionaron la figura atlética del minerosus bravosojos verde marsus negros cabellos y los blancos dientes que la sonrisacompañera de la solicitudponía al descubierto.

Casi interés llegó a inspirarle cuando los cortadores refirieron lasproezas mineras del hampónsu vivir solitario en la galería abandonadasu ningún trato con la gente durante la quincenasus despilfarros en la nochedel cobroel misterio y la hosquedad con que amortajaba su persona.

-Pero ¡vaya! -exclamó en uno de los intermedios la Cañasque suapaño no le faltará al hombre.

-¿Apaño?-murmuró el hampón.

-Mujer fijahe querido decir.

-¡Fija!...

-Siempre se tié voluntá por alguna.

El hampón puso los ojos en la copayabarcándola con la manolasubió hasta sus labios; los dedos temblaban encima del cristal; los párpadosse guiñaban sobre las pupilasocultándolas. Al dejar la copa en la mesalamano quedó inmóvil; las pupilas verdes se fijaron con indiferencia en la Cañas.

-A ninguna prefiero. ¿Pa qué? A ellas y a mí nos conviene más juntarnospor horas.

Así no hay lugar al cansancioni necesidá de engañarse. ¡Llena las copascriaturaque andas retrasá y va a quejarse el del mostraor! ¡Lo que hace laropa! ¡Casi casi nos da una limosna el chavó!... Andaniñaandasúbetemás Champány en cuanto que lo subasprepárate a bailar un tanguito. No tepesará manque esta noche nos dediques a los tiznaos tó el repertorio que pa elseñorío te guardas.

-Pueseaa escape vuelvoy así que subabailo el tango; lo bailaréponiéndome encima del moño ese sombrero que te traes; talmente paece unsarnacho de los de secar higos.

Ya punteaba el Manitas el tango y daba la Cañas vueltas entresus dedos al sombrero del hampóncuando entró en el «camarote» laAntoniay le dijo a su compañera:

-Románque está abajoy que tié gusto en que le sirvas una de lasmedallas.

-Si queréis esperarme... -dijo la Cañas- dirigiéndose a los treshombres.

-¿Es preciso que bajes? -le preguntó el hampón.

-Como preciso... Ahoraque se trata de un parroquiano...

-Al tomar y pagar este cuarto¿no te tomé y no pagué también al cafeteropa que tú nos sirvieras en tan y mientras que estuviésemos haciendo gastoaquí?

-Natural.

-¡Entonces!... Si es de tu gustobaja; pero si es que bajasno vuelvas. Sino es de tu gustoquédatey que sirva otra al parroquiano; por una noche nose va a morir ese señor.

-Yalo has oídoAntonia. Le dices que estoy de servicio y que no puedocomplacerle.

-En tal caso-exclamó el hampón; sigue con el tangoManitasy tú no me enciendas la sangre con ese par de aceitunas que Dios te ha dao porojosy báilate el tangoy ¡vaya por ti!y mal fin tenga el que nos quieramal.

Puesto en la cabeza el deshechurado sombrerocomenzó su baile la Cañas.Al comienzo lo hubo de interrumpirporque Antonia entró nuevamente ycuchicheó con acento medroso:

-Dice quesi no bajas a servirletendrá que subir a tomarse una copa.Viene un poco...

-Que suba-repuso el hampón con voz tranquila.- Ésta ya no baja. Dilea ese señor que yo obsequio de buena manera a tó el mundoy que esta copaestá aguardando quien la apure.

Al abrir la puerta Román y reconocer al hampóncambió en amistosala actitud desafiadora de su gesto. Conocía a Jorgehabía apurado con élmás de un vasoy sabía a qué extremos era capaz de llegar el hampónsi alguien le buscaba quimera.

-De saber -murmuró- que eran amigos como tú a quienes servía esta mozaono hubiera mandao el recao o hubiera subido antes pa convidar y aceptar unconvite.

Ahí te va la copa -contestó Jorgellenando una de Champán hasta elborde.- En lo que toca a esta chiquillano es que me importeen el sentío deque tenga pretensiones por ella; perovamosya que escomenzó a servirnosquesiga. Como el recao venía así de un mó...pues si bajase ahora podríansuponer en ti lo que no haygana de humillar a tres hombres; en nosotrosloque no hay tampocomieo a un hombre. De manera quecon tu permisoyrespetándote como tú te merecesque siga sirviéndonos la Cañas. ¿Note parece que es justo? ¿No harías talmente que yo mismo si te encontrases enmi puesto?

-A la salud de tós-dijo Pepillosin contestar directamente a la pregunta yapurando de un trago el vaso. No es cuestión de que hombres buenos anden a lagreña por quien no lo merece.

-A más -interrumpió la Cañasque tú no tiés dengún derechosobre mí.

-Porque no lo tengono lo uso.

-Más vale que ná haiga entre ustés pa que no haiga disgusto. Siéntate siquiés ver cómo se baila un tango.

-Gracias; tengo en el café dos o tres amigosy no es cosa de hacerlesesperar. Divertirse.

Román volvió la espalda e hizo al ganar la puerta un gesto rencoroso.

A punto del albacuando el Manitasluego de enfundar su instrumentodejó el camarotey los dos cortadoreshaciendo cabezal de sus brazosroncaban su embriaguezel hampónapoyando un codo en la mesa y labarba en el puñodijo a la Cañassacando del chaquetón un billete deveinte duros:

-Está lejos la mina y mis pies no se tién firmes. Si quiés hospedarme estanocheahí te va por la caminata que me ahorras. ¿Hace?

-Hace.

Al quitarse la chaqueta el hampón se abrieron los botones de su camisa yquedó al aire el medallón de su cuello pendiente.

La Cañaspor un impulso de curiosidadextendió las manos haciaaquel objeto brillante.

-Quietaniña -dijo el hampón.- Esto no se toca. Es sagrao

- VII -

Desde aquella nochey por caminos de curiosidadfue a la Cañas elenamoramiento. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué llegó a la mina? ¿Porqué ocultaba en el más profundo misterio su existencia anterior? ¿A quévivía al presente lejos de todo tratohaciendo alcoba de una galeríaabandonada? ¿Por qué la primera noche la dijo y le demostró después con suconducta que las mujeres sólo eran para él un remate del vino; que nuncanuncapondría en la posesión de una hembra el interés de su alma?

Lo último tenía que verse. Se le metió a la Cañas en el caletreser algo más que el remate del vino para el desdelloso mineroyo pocovalíao salía avante con la suya. ¡Faltaba que a ellaa ellapor quien sepirraban los parroquianos de La Buena Sombra y todos los galanes que conella entraban en diálogo una vezla tomara y dejara a su gusto un haraposocon más pelos que una zalea y más churretes de polvillo mineral en la cara queuna vagoneta en su fondo!...

Claro queaun así y todocuando en los días de cobranzapasaba elhampón por casa del barberodejando que éste le cortara las greñas y queagua y jabón libraran de suciedades a su pielera todo un buen mozo con susojos verdes y sus rizos del color de las moras. Como dos corales relucían suslabios entre las negruras del bigote y la barba: sus dientescomo cuadradillosde nieve al sonreír la boca. ¡Y no se diga si el hampónenderezando elcuerpo y tirando contra el respaldo de un diván su chaquetase ponía en pie ygallardeaba su herculiana figurasus anchos hombrossu pecho en curvadibujadosu esbelta cintura prisionera en la faja y sus piernas duraspotentesque hacía restallar con la pana del ajustado pantalón! Arrogante erala figura de Jorgesi para con testar un reto se adelantaba hacia el contrario;seductorasi con rendimiento varonil se inclinaba hacia las mujeres en demandade una caricia.

Esto no había que negarlo; pero tampoco era para despreciada ellaparatomada como función de títeresdonde se pagay al salir si te vi no meacuerdo. La mano derecha se dejaba cortar la Cañas si a poco andar noestaba el hampón perdidito por su personay si no estaba su persona altanto de la vida y milagros de aquel murciélago revoloteador de pozos. Suesclavo sería; así como asíotros de más valer y más «postines» lofueron.

Mientras llegaba la hora de la esclavitud del hampónera la Cañasquien por él se iba esclavizando; ellaquien el día correspondiente al cobrode quincenase emperejilaba como para una boda y se pasaba las horas muertasenfrente del espejo; ella quien desfloraba los tiestos para adornarse el moñoy contaba minuto a minuto los que faltaban para ir al turno del café y ceñirseel delantal de picos y lustrar cucharillas y tazas y dar comienzo a su faena.Distraídamente servía su turnodescuidando la conversación con la parroquiacontestando a medias palabras los requiebros y hasta desdeñando invitacionescon grave disgusto del amo del café.

Al sonar las doce iba y venía inquietadirigiendo al reloj nerviosasojeadassacudiendo con el pie las maderas del pisorestregándose fuertementelas manos sin temor al daño que le causaban las sortijas.

Al entrar el hampónque siempre venía a medios pelosun gran suspirodilataba el pecho de la Cañaspalidecía unas miajas su cutis bajo elcoloretesus ojos relampaguean; con la boca hecha sonrisallegaba a la mesadel aguardado parroquianoy lleno el acento de temblor le preguntaba: «¿Quéva a ser?»

Poco importaban a la Cañas desde aquel momento La Buena Sombray la parroquia y el propio amo.

Sentada junto a Jorgesirviéndole una y otra y otra botelladejabatranscurrir las horas; ¡ya vendría la de irse con élla de tenerle en sucuartitola de apurar soloal lado de ellael vaso de Cazalla con que elminero ponía prólogo al deleite!

¿Que la murmuraban? ¿Y qué? Ella hacía su gusto. El que no estuvieseconforme que buscase otra camarera y otra mesa; demás las había. ¿Que ya noeran tan abundantes los regalos y los convites? Paciencia. Sarna a gusto nopica. ¿Que Román se hacía el desdeñoso desde la noche que se negara aservirle y aun la amenazaba a la encubiertaanunciando un desquito próximo?Allá él con sus acciones. No era Jorge de los que hincan ante el matón.Tampoco ella era de las cobardes. Si el Román llegaba a las malasya veríaquien envidaba el resto.

Y la Cañas pensaba en el hampón cada vez con más cariño.

Vivir juntosser el uno del otro sin reservas y sin egoísmosera en losdías aquellos toda su ambición. En la camarera-cupletistamujer pronta aservir a todos si la paga corría tan abundante como el deseoaquello era unasensación nueva; algo que nacía imponiéndosevenciéndolasin que fuesearbitrio de su voluntad evitarlo: deseos de regeneraciónanhelos de una vidanueva que ni de referencia conociera.

. ¿Lograría sus intentos? No era fácil tarea la de hallar una cabalrespuesta. ¿Qué sabía ella de afectos? Entregada desde rapaza a quien dierabuen precio por su carnela eramás que difícilimposible medir el alcancecon llaneza o dificultad de su propósito.

 

- VIIII -

El hampón casi nunca entraba solo en La Buena Sombra. Como desde elanochecer emprendía su ronda tabernaria y su derrame de pesetaslo dabanpronto escolta tres o cuatro gorrones al husmo de los cigarros y las copas.Cuandoya tardellegaban al caféhacíanlo borrachos; siquiera sea deadvertir que el hampónbebiendo más que todosno daba a notar su embriaguezni en la vacilación del cuerpo ni en los desconciertos del juicio.

Una nochey por excepciónentró solo y tambaleándose.

Era muy tarde ya; el café casi estaba desiertolas camareras arreglaban suscuentas con el amojunto al mostrador. La Cañas no había ido aún aarreglar las suyas. Sentada en el divánfrente a una mesa de su turnoteníapuestos en el reloj los ojos endrinos; sobre el cristal de aquellos ojos secuajaban dos lágrimas.

Al sonar la puertalas miradas de Irene se encaminaron a ella. Por ellaentró el hampóny las lágrimas de la Cañasentre los párpadossujetasrodaron a lo largo de los carrillos para morir en los pliegues de unasonrisa. Se abrió esta sonrisa sobre los dientes piñoneros y hecha frunce debeso fue en busca del hampón.

No entró tal que otras vecesbromeando con sus amigossonando su plata enlos bolsillospidiendo a vocesapenas sentado«una» de Jerez o Montilla.

Sombrío entrócon el entrecejo fruncidolos labios contraídos hacia losextremos de la boca; el paso vacilante y las manos cerradas en puño sobre lospliegues de la faja.

Se dejó caer contra el asientoy al preguntarle la Cañas: «¿Quéva a ser?»- respondió con voz sorda:

-Aguardiente.

-¿Aguardiente?... No bebas aguardiente.

-Tú tráelo y no te metas en consejos.

-PeroescúchameJorge-murmuró Ireneluego de sentarse junto al hampónque puesto de codos en la mesaapoyada en los puños la barbacontemplabafijamente los reflejos producidos por la eléctrica luz en los cristales de lacopa; escúchame y no pongas esa cara de entierro. ¿Por qué bebes y bebes?¿Por qué llevas esa vida tan mala?

-¿Por qué?... Porque la llevo. Cuando la llevo será de mi gusto -repuso elhampónvaciando y volviendo a llenar su copa.

¿De tu gusto? ¡No comprendes que siguiendo así vas a matarte!

¡Matarme!... Hay mucha vía por delante en este cuerpohermosa.

-¿No te sería mejor proceder de otro modo? -interrumpió la camareradeteniendo con su mano ensortijada la botella que empuñaba el hampón parallenar por tercera vez su copa.- A que viene trabajar días y días talmente queuna bestia en ese pozo condenao? ¿A qué hacer vivienda de una galeríaabandonada? ¿A qué tirar en una noche el dinero de la quincena atiborrándotede alcohol y llenando la andorga al hato de chupones y chuponas que estánsiempre contigo?

-A eso; a que pa mí esa vía es la vía mejor de toas.

-¡La mejor! ¡la mejor!... No mientas. MiraJorge: sin cariño no hay quienviva bien en este recocío mundo; por mí propia lo sé -añadió enjugando elllanto que nuevamente brotaba de sus ojos.- Eres jovensabes trabajar; en tucasa el pan no faltaría nunca. A la vera de una mujerde una que te quisierabienque fuese algo más pa tu presona que el remate del vinopodríaspasártelo en pazcomo los otros...

-¡Los otros!... ¡Los otros!... ¡Una mujer que que quisiera!... Acaso tú¿verdá?

-Quita esas manos y déjame llenar la copa y escucha una historia; es la deun amigosabes túun amigo que era como mi hermanootro yo¿comprendes? Asu salú. Bebe tú tamién. El probe fue mu infeliz y bien merece que ledediquemos un trago.

El minero hundió entre sus manos el rostro; veíanse por entre los dedosrelucir los ojos verde mar; el remate de aquellos dedos hundido en la cabelleraprofusa agitaba sus ondas. Ireneacodada también en la mesatambiéntemblorosa de manosaguardaba la historia.

-Fue allá -dijo el hampón- allá... ¿Qué importa ande fue? En una ciudámás grande o más pequeña que éstano recuerdo ahora. Lo cierto es quehabía hombres y mujeres en la ciudá; llenallena la copaque el cuento es delos que atragantan.

En esa ciudá de mujeres y de hombres- siguió el hampónapurando elaguardiente a sorbos- había un hombre muy buenomás bueno que el filón de laplata. ¡Ya ves tú si sería bueno! Aquel hombre se tropezó en la calle conuna mujeruna jornalera como él; se enamoraron y se fueron a vivir juntos auna casa honráde esas dondecomo antes decías túse vive tan ricamente ytan en paz.

-¡Jorge!

-Aguarda. Mi amigoporque era mi amigo el de la historiaganaba un jornalde primera; de suerte que no quiso que trabajara su mujer. La dejaba sola encasitacuidando de su hijoporque tuvieron un hijo como un solaviando lostrastosarreglando la cenalo de la casavaya; pero ningún trabajo más. Elhombresíel hombre trabajaba como un negroa destajoy era duro el trajínen aquella fragua; sólo que al herrero se lo daba esto poco. Él sólo queríauna cosa: ganar mucho pa que su hijo y la madre de su hijo vivieran talmente queunos príncipes. Llénametúla copa; el aguardiente me pone muy temblón elpulso y sería lástima derramar una cosa tan buena.

-Pues síel herrero trabajaba sin asustarse de fatigasy el jornal enteroiba a los suyos; ni jugaba un céntimoni bebía una copani era capaz deponer ojos en otra mujer que la suya. Una tarde...

-¿Qué?-preguntó la Cañas.

-Una tarde -balbuceó roncamente el minerocerrando los párpados yhundiendo en su cabellera las uñas- una tardeporque ello fue preciso oporque así estaba en la suerte¡vaya usted a averiguar!dejó el herrero sutaller y llegó a su casade la que tenía una llave; la había forjado élmesmamente pa que su mujer no se tomara la molestia de abrirle. Lo vio desde elpasillo. El muñeco estaba encima del sofátirao como un guiñapo; dentroenla alcobaacariciándosesu mujer y otro hombre¡otro!... Claro que fue desegundos la cosa: dos gritosdos cuerpos medio desnudos rodando muertos por laesteray el mataor en piemirando con los ojos fijosmuy fijosla hoja delcuchilloque goteaba sangre. El mamón dormíasonriendo a un rayito de solque jugueteaba en su boca.

-¡Pobre Jorge!

-Pobre amigo de Jorgequerrás decirCañas. Fue a presidio elhombre. No estaba casao¿sabes?por eso fue a presidio. Por muchos años fue.

-¿Y el niño?

-Pues murió. Muerta la madreel padre preso... ¡En los hospicios mueren apuñaos los muchachos!

El hampón ocultó su cara entre los puños. Bajo su cara descansaba la copa.Poco a poco fue tomando matices de ópalo el aguardiente.

-Jorgelevanta esa cabeza; anda. vamos; vámonos juntos.

-¡Juntos! Pero¿estás llorandoCañitas? ¡Pobre amigo! ¿Verdad?De su historia aprendí a no tomar sino como las tomo a las mujeres de estemundo.

-Algunas hay buenas.

-¡Túquizá!... Andaandallena otra copaniña.

-No.

-Símujersí.

-No; más bebidano. Vamos.

-¿Dónde?

-A mi casa.

-¿A tu casa?... Esta nocheno. Cuando cuento la historia tengo el vinomalo. Pué que te diera un disgusto gordo. ¡Solo! ¡Solo! -añadióapartandoa la camarera.- ¡Solo! Esta noche solo a la galeríadonde no estorba nadie.

En la galería entrótambaleándosesin encender luzensudariado por lastinieblas que cayeron en anchos pliegues húmedos sobre la esteradondesollozaba el hampón.

 

- IX -

El primer día de feria ganó Román una crecida suma. Llamado al casino paraun asuntodel máximo caciquetomó café con él en la sala de juego;recibió órdenesy cuando yasombrero en manose despedía del ricacho einfluyente señoréste hubo de decirle:

-Está prohibido a los no socios apuntar una carta; pero en los ojos terelumbra el deseo de probar fortuna. Si quieresy por una vezpuedes hacerlocon permiso de estos señores. Yo lo pido en tu nombre. ¿Hay dificultadcaballeros?

Nadie contestóy fue el silencio muestra precisa de quesi no aplaudíantoleraban aquel capricho del cacique. No era cuestión de ponerse a malas conél por cosa de tan poca importancia.

Román jugaba de prisa el dineroy si el azar venía en su ayudaa pocoslances realizaba una buena ganancia. Esto le ocurrió en el casino; cinco o seiscartas acertadas le bastaron para alzarse con unos miles de pesetas.

Era de justicia mojar aquel dinero. El Zurdocuando en su partidamenguaron «los puntos» y la media noche sonódio por seguro que no vendríagente de refresco en gran númeroy menos con sumas de cuantía a arriesgardejó a cargo de su alter ego la vigilancia del salóny fuese convarios amigos a «Los Montañeses»colmado famoso donde había a toda horaseguridad de tener excelentes manjares. De vinos no se digaporque las mejoresmarcas presidían los estantes de roble o tomaban fuerza y aroma en botas de muyrespetable vejez.

Fue abundante la cenay las libaciones copiosas. A los postres se descorchóel Champagne; al cosquilleo de su espuma se desataron intenciones ylenguasno faltando quien hablase a Román de la Cañas y del desvíoque por Román mostraba de algún tiempo a entonces la que antes le servía enesclava y estaba pronta a todos sus deseosmandatos y caprichos.

-¡Dejarla! -respondió Román- ¿a qué mentar esa escoria aquí? No esprenda de mérito; si lo fuese hubiera puesto los medios pa que no tendiese lasalas hacia otro palomar.

-Hacia el palomar del hampón echó el vuelo y de allí no hay fuerza que laarranque.

-¡No me dieran más trabajo! -exclamó Román.- Vaya -siguió diciendo-¿queréis que os lo pruebe? Así como asíaún tengo cuentas a arreglar conella y con ese haraposo. Precisamente día es hoy de quincena; quizá el hampónvaya por el café. Aquella noche porque la Cañas estaba en suobligación y porque la Cañas no se me importa el canto de una perrachicano armó la de Dios en el camarote de arriba. Eacaballerosahí va uncigarro y a tomar café aquí -el de La Buena Sombra está colao porborras- tomaremos con el café una copa de «Tres Estrellas»; luego a lascamarerasy que verán cómo esta noche torna la moza a su redil sin necesidadde echarle los perros.

Rebosaba en gente el café. Las mesas del turno de la Cañas noofrecían lugar vacío; en una de ellasy platicando con Ireneestaban el hampóny tres o cuatro cortadores. Preciso les fue a Román y sus acompañantes tomarasiento en un velador próximo a la mesa de los mineros.

-Ni siquiera te ha hecho así con la mano -dijo a Román uno de sus amigos.

-Ya haráya hará-respondió el jugador. -¡Amo!

-¿Qué se ofrece?-preguntó desde el mostrador el amo del café.

-¿Está el camarote disponible?

-Pa usté siempreRomán.

-Gracias. Pues que nos suban allá arriba una caja de vino y que desenfundela sonanta el Manitas. ¡Ah! Quiero que nos sirva la Cañas.

-Como lo mande usted.

-¿Has oídoprenda?-dijo Román encarándose con Irene. -Y esta noche nopués negarteni pué nadie impedirloporque esta nochecomo aquella demarrashas de cumplir tu obligación.

-Anda -murmuró el hampón por lo bajo.- Otra noche será conmigo; esta nochecon él.

-Ni esta ni ninguna. Viene con mala entraña y no se lo cuajará el gusto.

-¿Has oído?-volvió a decir Román.

-Síseñor. Pero el caso es que no voy a ser yo quien le sirva.

Obligación tuya es.

-Mientras llevo el delantal puesto -contestó fieramente la Cañas-sólo que miraRománya está quitaoy no soy más que una parroquianaylos parroquianos no sirven al público. Alternan con quien los parecey en paz.

-Eso sí que no te lo aguanto -exclamó Román sordamente.- Esomalapersonaes hacerme de menos en presencia del públicoy tal acciónni a tini a nadie.

Alzándose de la sillael Zurdo enderezó hacia donde estaba la Cañas.

-Mire lo que hace -habló el hampónmedio incorporándose en el diván;-antesbien; la mujer era una camarera; ahora es una mujer y tié más gusto deestar con nosotros que de ir con usté allá arribay sa menester respetarla ensu gusto.

-¡Respetarla! Ni a ella ni a ti.

Y Románcogiendo a la Cañas por un brazola sacó bruscamente deldiván y la hizo ir rodando a cuatro pasos de distancia.

No tuvo tiempo para más; de un salto el hampón cayó sobre el Zurdolo sujetó por las solapas de la americanalo agarró con la mano libre por lapretina del campanudo pantalóny alzándolo en el aire lo dejó caer con golpesordo contra el piso.

El caído trató de incorporarseesgrimiendo un cuchillo; la faca relumbróen la diestra de Jorgepero la gente se interpuso y los amigos de Románsacaron a empujones al aporreado del cafémientras los cortadores llevaban al hampónhacia el cuarto de arriba.

-Nos veremos -barboteó con rabia Román.

-Cuando quieras. Ya sabes donde vivo -respondió con feroz sonrisa elminero.- Y que yendo a mi casa en mi busca no hay cuidiaocomo aquíde quepuea estorbar la gente.

- X -

Un capricho es -decía dos horas después al hampón la Cañas en «elcamarote»donde habían quedado solos.

-¿Un capricho? ¿Cuál?

-¿Dices que esta noche tampoco quieres ir a casa?

-Son ya muchas nochesy no soy yo hombre pa entrar muchas noches en alcobasande otros hombres puen dormir también.

-Conformes; no entres más en mi alcoba; pero déjame ir a la tuya.Permíteme dormir una noche en la galería abandonáencima del cacho de esteraandesegún dicesduermes tan ricamente.

-Sí que eres raracriatura.

-No es que soy rara; es que te vasJorgey es que no pueo estarsin ti.Déjame ir siquiera por esta nochedéjame.

-¡Vaya! No te aflijasvendrásya que tan gran empeño tiés. Sólo poresta noche¿estamos? No te arregostesporque sería inútil.

-Sólo por esta noche.




Rodeándole con un brazo el cuerpocaída la cabeza sobre el hombro deJorgeva Irene; sus ojos miran al cielo.

Ninguno habla. Ella camina como en éxtasis; élcontemplando el contornodesigual de lamina.

A una gran llamarada que brota de la chimenea centralcreo entrever la Cañassombras moviéndose tras una tapia.

-Serán árboles-exclama en voz alta.

-¿Qué?-pregunta Jorge.

Dos fogonazos iluminan la obscuridady el hampónllevándose la mano alpechovacilay exclama con acento de ira:

-¡El asesino! ¡Me ha matao!

Hace un esfuerzo para sostenerse en piey cae.

-¡No grites!... ¡No llames!-murmura oprimiendo con sus manos las de lajoven.- Cuando no hay remedioestá tó demás.

-Jorge!...

-Miá túquizás que hayan hecho un favor matándome. Te iba tomando leyy... Ya dimuerte a una mujer que me engañó. Fuera desdicha queandando lostiempostambién te hubiera tenío que matar.

-¡Jorge!...

-No te muevas. Mete la mano aquícerca de esta hería que mana sangre.¿Tientas? Es el medallón. Tráelo. Ábrelo apretando el resorte. Yo no pueomoverme. Es un niñoel retrato de un niño... Aquel niño¿sabes?...Pónmelo delante de los ojos.

Fijas quedaron las grandes pupilas verde mar en la cabecita infantil querecortaba el medallón. Poco a poco cuajaron sobre las pupilas dos lágrimas.

Fueron las últimas lágrimas de una vida;. temblando quedaron en lospárpados.

La Cañascerrando con sus labios los ojos del hampónbebióaquellas dos lágrimas.

FIN




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