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El sabor de la tierruca

José Mª de Pereda

 

- I -

El escenario

La cajiga aquella era un soberbio ejemplar de su especie: gruesoduro y sanocomo una peña el troncode retorcida vetacomo la filástica de un cable;ramas horizontalesrígidas y potentescon abundantes y entretejidos ramos;bien picadas y casi negras las espesas hojas; luego otras ramasy más arribaotrasy cuanto más altas más cortashasta concluir en débil horquillaqueera la clave de aquella rumorosa y oscilante bóveda.

Ordinariamentela cajiga (roble) es el personaje bravío de la selvamontañesaindómito y desaliñado. Nace donde menos se le espera: entrezarzalesen la grieta de un peñascoa la orilla del ríoen la sierra calvaen la loma del cerroen el fondo de la cañada... en cualquier parte.

Crece con mucha lentitud; y como si la inacción le aburrieraestira yretuerce los brazosbosteza y se esparrancay llega a viejo dislocado y conjorobas; y entonces se echa el ropaje a un lado y deja el otro medio desnudo.Jamás se acicala ni se peina; y sólo se muda el vestido viejocuando laprimavera se le arranca en harapos para adornarle con el nuevo; le nacen zarzasen los piessupuraciones corrosivas en el troncomusgo y yesca en los brazos;y se deja invadir por la yedraque le oprime y le chupa la savia. Esta incuriale cuesta la enfermedad de algún miembroqueal finse le cae seco a pedazoso se le amputa con el hacha el leñador; y en las cicatricesdonde la madera seconvierte en húmedo polvoqueda un seno profundoy allí crecen el muérdagoy el helechosi no le eligen las abejas por morada para elaborar ricos panalesde miel que nadie saborea. Esen sumala cajigaun verdadero salvaje entre elhaya ostentosael argentino abedulatildado y geométricoy el rozagantealisocon su cohorte de rizados acebosfinas y olorosas retamasyespléndidos algortos.

Pero el ejemplar de mi cuento era de lo mejorcito de la casta; y como sihubiera pasado la vida mirándose en el espejo de su pariente la encinaparecíase mucho a ella en lo fornido del cuerpo y en el corte del ropaje.

Alzábase majestuoso en la falda de una suavísima laderaal Mediodíayservíale de cortejo espesa legión de sus congéneresenanos y contrahechosque se extendían por uno y otro ladocomo cenefa de la faldaasomando susjorobas mal vestidas y sus miembros sarmentososentre marañas de escajos yzarzamora.

Más fino lo gastaba el gigantepues asentaba los pies en verde y floridocéspedy aun los refrescaba en el caudalsiempre abundante y cristalinodeuna fuente que a su sombra nacíay que el ingenio campesino había encajonadoen tres grandes lastrasdejando abierto el lado opuesto al que formaba lanatural inclinación del terrenopara que saliera el agua sobrante y entraranlos cacharros a llenarse de la que necesitaban.

Al otro lado del troncono más distante de él que la fuentehabíasecavado ancho y cómodo peldañocapaz de seis personasque la fertilidadnatural del suelo revistió bien pronto de verde y mullido tapiz. Desde aquelasientolo mismo que desde la fuentepodía la vista recrearse en lacontemplación de un hermoso panorama; puescomo si de propio intento fuesehechola faja de arbustos se interrumpía en aquel sitioes decirfrente dela cajigade la fuente y del asientoun gran espacio.

En primer términouna extensa vega de praderas y maizalessurcada deregatos y senderos; aquéllos arrastrándose escondidos por las húmedashondonadas; éstos buscando siempre lo firme en los secos altozanos. Por límitede la vegade Este a Oesteuna ancha zona de oteros y sierras calvas; másalláaltos y silvosos montes con grandes manchas verdes y sombrías barrancas;después montañas azuladas; y todavía más lejosy allá arribapicos ydientes plomizos recortando el fondo diáfano del horizonte.

Subiendo sin fatiga por la laderay a poco más de cincuenta varas de lafuentede la cajiga y del asientose llega al borde de una amplísima mesetasobre la cual se desparrama un puebloentre grupos de frutalescercas defragante seto vivoredes de camberonesparedes y callejas; pueblo delabradores montañesescon sus casitas bajasde anchos aleros y hondo soportal;la iglesia en lo más altoy tal cual casonade gente acomodada o de abolengode larga solanarecia portalada y huerta de altos muros.

A su tiempo sabrá el lector cuanto le importe saber de este puebloque sellama Cumbrales. Entre tantohágame el obsequio de subir conmigo alcampanarioen la seguridad de que no ha de pesarle la subida. Y pues acepta lainvitaciónvamos andando.

Ya estamos en el porche de la iglesia. ¿Te llama la atención el pórtico?Es bizantino: hay muchos como él en la Montaña. Lo restante del templo es trasmeranopuroy a retazos y por obra de misericordia. Entremos en él. Pobreza comoafueray el mal gusto propio de la rustiquez de estas gentes. La Virgen conbatalazos y papalina; un Santo Cristono mala esculturacon zaragüelles;los soldados de la pasióncon botas y gregüescos; junto al Sagrarioramos depapel dorado; y en las columnas de los altaresno malos ciertamentelitografías colgadas. (La intención ve Dios más que las obras). Un coropostizolabrado a hachazosy una mala escalera para subir a él; desde elcorootrade dos tramos y al airepara subir al campanario. Valor... ¡yarriba! Ya llegamos.

La altura del observatorio nos permite examinar el paisaje en todasdirecciones. ¡Hermoso cuadroen verdad! La meseta llegapor el Oestea lazona de sierrasy con ellas se funde cerrando la vega por este lado. En elrecodo mismo que forman la meseta y la sierra al unirsehay otro pueblorecostado en la vertiente y estribando con los pies en aquel extremo de la vega.

El nombre le cae a maravilla: Rinconeda.

Le envuelven por los flancos y la espalda espesos cajigales y castañerasque hacia la parte de Cumbrales se desvanecen en la faja de arbustos ya descrita.Al Estemengua la mesetadeclina suavemente; y cargada de caseríoshuertos ysolaresse agazapa y desaparece en el llano de la vegala cual continúa enrápida curva hacia el Noroestecon su barrera de montañasbajas y redondasdesde Oriente a Norte. Entre las barriadas de Cumbralesllosasabrigadas; en el suave declive occidental de la mesetabrañasturbas yjunqueras; y en la llanuraotra vez prados y maizalesy el ríoquecorriendo de Poniente a Levantelos recorta y hace en el valle un caprichosotijereteomientras se bebe en un solo caño los varios regatos que vimosdeslizarse al otro lado de la vega. Más allá del río y de las miesessierrasy bosques; entre ellos y sobre los cerros cultivadospueblecillos medio ocultosen alegre anfiteatroy caseríos dispersos; y por límite de este conjuntopintoresco y risueñolas montañas que vuelven a crecer y cierran la vastacircunferencia al Oestedonde se alzanen último términogigantes degranito coronados de nieve eternacomo diamante colosal de este inmenso anillo.

A la parte de allá de la sierra que domina y asombra a Rinconedaestá lavillade la cual se surten los pueblos que vemosde lo que no sacan del propioterruño. En frentees decira este otro lado y allende las montañasestála ciudad. Hay más de seis leguas entre ésta y la villa. Por últimodetrásde esa gran muralla del Norte se estrecha el Cantábricocamino de la desdichapara la mitad de la juventud de esos pueblostocada de la manía del oroquese imagina a montones al otro lado de los mares.

En la aldea en que nos hallamos abundan los viejosanochece más tarde yamanece más temprano que en el resto de la comarca. Hay alguna razón físicaque explica lo primero por las mismas causas de lo segundo; es decirpor loelevado de la situación del pueblo. Pero es el caso que los naturales de élhan querido hacer de estas ventajas un título preeminenteasí como de ser susmozas excelentes cantadorasy sus mozosamén de apuestosincansablesbailadoresy diestrossobre toda ponderaciónen tocar las tarrañuelas;y como acontece que en el pueblo que está situado en el rincón de la vegaentre éstala sierra y la vertiente de la mesetaanochece a media tardemenudean las tercianascantan las mozas como jilgueros y son los mozos grandesjugadores de bolos y muy capaces de alumbrar una paliza al lucero del albacátate que las dos aldeas vecinas viven siempre como el gato y el perroenperpetuo desafíoen constante provocación y en continua burla. Porqueparacolmo de contrariedadeslas campanas de arriba son grandes y sonorasal pasoque las de abajo son chicas y están rajadas; en el pueblo en que nos hallamoshay dos casas de señores pudientes; en el otro no hay una siquiera; las miesesde Cumbrales son extensasricas y bien soleadas; las de Rinconeda frías ypequeñas; Cumbrales se administra por sí mismoy tiene su alcaldesusregidoressu juez municipal y su escuela públicaen toda regla; Rinconeda notiene más que un pedáneoporque es pobre fracción de un municipio cuyacapital está dos leguas de lejos; su cabañasi no ha de salir en verano deltérmino propiova cuando la llaman y adonde la llevan los que mandan en laconfederación: al paso que la de arriba tiene su puertosus pastoressu toroy sus perrosy va y vuelve en días y horas fijos. ¡Y cómo va y cómo vuelve!Rozando casi las barbas de los vecinos de abajosilbando los pastoreslatiendolos perros y cencerreando el ganadode intento voceado y apaleado entonces paraque las reses corran y se atropelleny de este modo sacudan de lo lindo loscencerros. Tómanlo a provocación los de Rinconeday vénganse propalando laespecie de que ese lujo y otros tales hacen gastar al pueblo autónomo lo que notieney vivir en perpetua trampacomo señor de pocas rentas y mucha fantasía.

Como Cumbrales está tan altono bien el ábrego (viento del Sur)arreciaandan las tejas por las nubes y las chimeneas por los suelosmientraslos vecinos de Rinconedaamparados del viento por la sierradicen (según lafama) sobándose las manos y pensando en los de arriba: -«¡Hoy sí que vuelan aquéllos!»Pero cesa el Sury comienza a llover a maresy son verdaderas cascadas lasladeras de la meseta y de la sierracon lo cual cada calleja del otro pueblo esun torrentey una isla cada casa; y dice la gente de arribaacordándose deldicho tradicional y malicioso de los de abajo: -¡«Esta vez los barre elaguapor peces que sean».

Así anda todo encontrado y a testerazos en estas dos aldeas vecinasllenaspor lo demásde gentes honradísimastrabajadoras y apreciables. Pero sientre los inquilinos de una misma casa hay puntillos y rivalidades que enciendena menudo las iras y los odios¿qué mucho que suceda esto mismo y algo másentre dos pueblos montañeses que vivencomo quien diceen la misma escaleray son de un mismo oficio y de la propia castay sólo se diferencian en que eluno tiene un palmo más de tela que el otro en el faldón de la camisa?

Y con estodescendamos del campanariopues he dicho bastante más de lo quepensaba y hace falta en el presente capítuloy volvamos a la cajigaque no ahumo de pajas comencé por ella el relato; mas no sin advertir que se la llamaen Cumbrales la Cajigonalo mismo que al sitio que ocupaque ala fuente y que al asiento a ella cercanos; es decirque «agua de la Cajigona»se llama a la de aquel manantial; «vamos a la Cajigona» dicen los que seencaminan a sentarse a la sombra de ellay «prados de la Cajigona» sedenominan los que la circundan.

- II -

A modo de sinfonía

Comenzaba el mes de octubre; parecía el fresco retoño de la vega tapiz deterciopeloy las ya amarillas panojas se oreaban en los maíces despuntadosdentro de la seca envolturaque chasqueaba y crujíacomo estrujado papelalsecar sobre ella el calor del sol el rocío de la noche. Andaba rayano elmediodía; inmóvil estaba el follaje mustiomal adherido a las ramas; podíancontarse los árboles en el montepor lo cercanos que los fingía la vistayel ciclocomo barrido de nubes en lo altolas tenía amontonadas hacia elhorizonterevueltas las blancas con las negraslas nacaradas y las rojas.

Las témporas de san Mateo habían quedado de sur; y según elalmanaque montañésasí debía seguir el tiempo hasta las de Navidad; lo cualvendría de perlas para secar el maíz y las castañasy asegurar una excelentepación a los ganados al derrotarse las mieses. Y el pronósticose iba cumpliendo hasta entonces. Estabapuesel día como de sur en calma:bochornoso y pesado. No es de extrañar que a aquellas horas gustara la sombracomo en el mes de agosto.

Tomábanla con notoria complacenciasentados en el banco de la Cajigonadossujetos: mozo el unoen la flor de la juventud; sombreado el rostro lozano porun bigotillo negro y brillantecon el pelo de su cabezaa la sazóndescubiertatambién negro y recio y corto; la frente angosta y no maldelineada; la boca fresca y no grande; los dientes blanquísimos y apretados;los ojos un tanto asombradizos y curiososcomo de persona impresionable que seestima en poco. Correspondía a la cabeza el cuerpo gallardoy había soltura ygracia en todos sus ademanes y movimientos. Vestía un traje holgadono cortadoseguramente por el sastre de la aldea; y como el calor le molestabahabíadeshecho el leve nudo de la corbata y soltado el botón del cuello de la camisapor cuya abertura se entreveía su rollizo y blanco pescuezosin barruntos denuez ni asomo de costurones.

El otro personaje no se le parecía en nada. Estaba marchito y ajadomásque por la edadpor la incuria y el desaseoque se echaban de ver en su barbamal afeitadaen su ropa suciaen sus uñas negrasen su camisa deshilada y ensus dedos chamuscados por el cigarro. No era su rostro desagradable; pero sereflejaba en él un espíritu dormilón y perezoso.

Este talquedándose con la apagada colilla del cigarro entre los labiosllegó a decir al jovenque recorría con los ojos cielomontes y campiña:

-¿Conqueal finahorcaste los libros?

-Sospecho que sí-respondió el mozorecostándose en el campestrerespaldo sobre el lado izquierdoy poniéndose a arrancar con la diestra yerbasy flores maquinalmente.

-Has obrado como un verdadero sabio-añadió el otro.

-¿Por qué?

-Porque nada hay que estorbe tanto como el saber.

-¡Caramba! me parece mucho decir eso.

-Pues es la verdad pura. No concibo el ansia de saber por mera curiosidad.

-¡Oh! pues yo sí.

-¡Mucho!... ¡y has arrojado los libros por la ventana!

-No tantoseñor don Baldomero.

-¡Cosa que más se le parezca!...

-Dejar los estudiosno es tomarlos en aborrecimiento.

-Tampoco en estimaciónamigo Pablo.

-Pero como dice usted que el saber estorba...

-Y lo repitoy aun te añado que el deseo de saber no es otra cosaen miconceptoque un afán que hay en las gentes de meterse en lo que no lesimporta.

Asombróse el joven; miró al nombrado don Baldomeroy atrevióse aresponderleno muy seguro de tener razónpero sí de decir lo que sentía:

-No creo yoni creeré nuncaque el saber sea un estorbo: antes admiro yreverencio a los hombres que saben; pero me conozco ¿está usted? Y porque meconozcosé que no he nacido para sabio ni para mucho menos.

-Luego te estorban los libros.

-Noseñor: me estorban los que me daban en la Universidad; me estorba laUniversidad mismaporque cada hombre nace con sus inclinacionesy las mías novan hacia ese lado. Por lo demásyo he estudiado muchocréame usteddonBaldomero¡muchísimo! Me he pasado noches en claro y semanas en viloporqueal cabotiene uno amor propio; ygracias a estas faenasno he perdido eltiempoes decirhe ganado todos los cursos; pero esto no es estudiar niaprenderni siquiera aprovechar el tiempo.

-Ergo la borrica tiene sabañones.

-Ni asomo de ellosseñor don Baldomero... digocréolo yo así; y veráusted por qué. Yo tenía condiscípulos que parecían cortados para aquellacarrera: sueltos de palabrafinos de entendimiento... ¡me embobabaescuchándolosy me aturdía viéndolos bullir y revolverse y cautivar losánimos! Serán grandes jurisconsultos; brillarán en el foro; escribiránlibros; irán a las Cortes... Y hasta serán ministrossíseñorporque lovalen y lo merecen; pero estas prendas las da Diosy a mí no me alcanzóninguna de ellas en el reparto; y no alcanzándomeme gusta que las luzca elque las tiene; yaunque las admirono las envidiopor lo mismo que me conozco...Mire ustedhombreno es vanidad; pero creo que no se me altera el pulso si mehallo cara a cara con el lobo en un callejo del monte; y entro en cátedraytiemblo delante del profesor; colgado de la última rama con una manoy con elhacha en la otradesmocho una cajigasi es precisosin que me asuste laaltura ni el trabajo me fatigue; y entre mis compañeros de clase soy torpeencogido y flojo; en las calles tropiezo con los transeúntes y los cochesy elruido y el movimiento me mareany las casas enfiladas me entristecen; en elteatro me duermo y en la posada me ahogo; y en la posaday en la calley en elteatroy en la cátedrayo no pienso en otra cosa que en Cumbralesy encuanto hay en Cumbralesy en esta cajigay en este bancoy en esta sombrayen esta fuente...

-Justo: en la vita bona.

-¡Le digo a usted que no! Lo que sucede es que esta cajigay este bancoyesta fuente y cuanto los ojos ven desde aquí y pueden abarcar desde lo alto delcampanariolo tengo yo metido en el almacon la rara condición de que cuantomás me alejo de ellomás hermoso lo veo... En finhombrehasta oigo lascampanas de la iglesiay huelo el hinojo de estas regatadas. ¿Quiere ustedmás?

-¡Coplascoplashojarasca... poesía huera!

-¡Si parece mentira lo que se ve desde lejosmirando hacia la tierruca conlos ojos del corazón! Si es en abril y mayojurara que veo a mis convecinosarando en la vegao moliendo los terrones con los cuños del rastroocubriendo los surcos después de la siembra; si es en juniocuando ya verdegueael maíz sobre el fondo negro de la heredadque oigo los cantares de lassalladorasy que las veo en largas filascon el sombrero de pajala saya decolor y en mangas de camisa. ¡Pues dígote en agosto! Los maíces con pendonesya; y entre maizal y maizallos segadores tendiendo la yerba del pradocon suscolodras a la cinturay las obreras deshaciendo el lombío con el mangode la rastrillao atropando con ella la yerba oreaday amontonándola enhacinas... Y luego entrar el carro con sus horcas y dobles teleras; y horconadava y horconada viene; la moza de arribaacalda que te acalda; y otrasdesdeabajopeina que te peina la carga con la rastrilla; y la cargasube que sube ycrece que crecehasta que debajo de ella no se ven ni el carro ni los bueyes; yeche usted las tres cordadasy arrímese al testuz de las bestiasahijada enmanoy lléveme a pulso aquella balumba por cuestas y callejones sin entornarla;y empáyemela usted con aquella porfía entre el que descarga la yerba yel hormiguero de gente que la toma al boquerón del pajary la lleva haciadentro y la acaldasin que pelo quede de una horconada al boquerón cuando otranueva viene del carro; porque ignominia fuera para los que empayanno darabasto al descargador. Pues que avanza octubre y se coge el maíz; y déme ustedlas deshojasy tómate la siega del retoñoy el derrotar las mieses... ¡comosi lo tuviera delantedon Baldomero; lo mismo que si lo tocara con las manosveo yo todo esto y mucho más en cuanto me alejo de aquí! lo veolo palpo... Ylo huelo; porque no me negará usted queen punto a oloreséstos del campo deCumbrales parece que vienen de la gloria.

-¡Echahijoechaque ya te vas enmendando! Túvete antes por poetayahora me pareces locosi es que ambas cosas no andan siempre en una pieza.

-¡Poeta y loco por lo que le cuento a usted!

-¿Y qué es lo que me cuentas ¡oh Pablo amigo! sino lo que se lee en copiasy romances de gentes desocupadas y soñadoras?

-Será que no me he explicado yo bien. ¡Si uno supiera decir todo lo quesiente y del modo que lo siente!

-¡Para el demonio que te escuchara entonces! DesengáñatePablo: pormuchas vueltas que des a esas pinturasno pasan de hojarascayen substanciaharaganería pura.

-¡Cáspita! eso sí que no... digoparéceme a mí. Andaría usted cerca dela verdadsi todas esas cosas me entusiasmaran a ratoso en los librosovistas desde mi casamuy arrellanado en el sillón; pero usted sabe muy bienque no hay faena de labranza ni entretenimiento honrado aquíen que yo no tomeparte como lo pueda remediary que tengo cinco dedos en cada mano como ellabrador más guapo de Cumbrales; y ha de saber desde ahorasi antes no lo hapresumidoque quisiera perder el poco respeto que tengo a la levita de lacastapara hacer muchas cosas que hoy no hago por el qué dirán las gentes. Siesto es afán de holganzaholgazán soy sin propósito de enmienda; pero sea loque fuereesto es lo que me gusta y para ello me creo nacido; con lo cualvuelvo al tema de antes: que no me estoban los sabios. Ni ellos sirven para lavida del camponi yo para la del estudio; porque Dios no ha querido que todossirvamos para todo. Cada cual a su oficiopues no le hay quesiendo honradono sea útil; y útiles y honrados podemos serellos en el mundo con la pluma yla palabray yo en Cumbrales con mis tierras y ganados... Y en Cumbrales mequedo; porque mi padreque nunca quiso hacerme sabio a la fuerzapiensa comoyotiene amor a sus haciendasy no le pesa que otro se encargue deadministrarlas bien cuando él no pueda atenderlas... Y aquí tiene usted todolo que hay acerca del particular.

Calló el jovendicho esto; y cuando ya no había al alcance de su manoderecha flores ni yerbas que arrancarcambió de postura en el asiento;recogió vega y horizontes con la vistay comenzó a golpear con las rodillasestiradas las piernaslas manos y el sombrero que metió entre ellas. No habíahablado para porfiar ni para convencersino para decir lo que sentíay letenía sin cuidado lo que pudiera replicarle don Baldomero.

El cualdespués de rascarse la cabeza por debajo del sombreroque quedóladeadolanzó de un soplido la colilla que saboreaba rato hacía entre suslabiostendióse sobre la nuca después de envolverla en sus manos entrelazadasy exclamó:

-¡Música celestial!

Pablo se encogió de hombrosy continuó devorando con los ojos cielomontes y llanuras.

-Y nada más que música -continuó el otro;- porque si admito que te animanpropósitos de trabajo y no de holganzay te cambio el apodo de poeta por el deguapo chicolejos de probarmeen cuanto has dichoque el saber vale para algohas demostrado lo contrario con lo que has hecho.

-Pues no sé explicarme mejor-dijo Pablo.

-No lo haces del todo mal para los años que tienes -replicó don Baldomero.-La dificultad está en la cosa mismaque por sí es indefendible. Y si nodime¿qué demonios de tajada saca el mundo con que un sabio le digadespués deestarse despistojando veinte añosencorvado detrás de un telescopio: «Yo veoen el cielo una estrellita más que ustedes?...» Pues a mí me sobran más dela mitad de las que hay en él a la vista... Y a ti tambiénPablo. Que va aaparecer un cometa el mes que viene... Pues ya le veremos cuando aparezca; y sino hemos de verle¿de qué sirve el anuncio? Que el sol pesa tantos millonesde quintales... Pues dele usted memorias. Que si Aristóteles dijo o Platónsostuvoo que si el pensamiento antes o si la palabra despuéso viceversa; yallá van pareceresy disputas... Y linternazos... ¿No es esto sandioyridículo y estúpido? Pues vengamos a lo prácticoa lo que se llama cienciasde primera necesidad: la físicala químicala mecánica...¡afáncomo te dije al principiode meternos en todo lo que no nos importa!Que se acostumbre el hombre a vivir con lo que tiene a sus alcancesy veráscómo no se le da una higa por toda esa batahola de conquistas científicas conque tanto se pavonea el presente siglo.

-¿De manera que usted está por el tapa-rabo? -dijo Pablo.

-Lo que estoy es cada día más satisfecho de no conocer el tormento de lacuriosidad; y bien sabes que predico con la fe de la experiencia. Mi padrequetodo lo funda en la ley del progreso porque estuvo en Luchana con Esparterotuvo el mal acuerdo de gastar su paga de retirado y las rentas de su haciendaen darme la carrera de abogadoporque tenía gran empeño en hacerme hombre depluma y de palabra para luchar por la causa de la libertad en el campo de lasideasdespués de haber vencido él a la tiranía en el de la batalla; pues nohay quien le saque de que entre el Duque y élsolitosvencieron al «perjuro».En vano le dije lo mismo que te he dicho a tiy hasta le rogué que no mesacara de estos andurriales para meterme en aventuras que no cuadraban con micarácter. Tuve que obedecerle; y a rempujones y de mala ganallegué a tenerel título de abogado: como si me hubieran dado una copla a dos cuartos. Si lascausas eran feasno me encargaba de ellas por repugnancia; si eran dudosasporque no quería calentarme los cascos buscando una razón que no me importabados cominos; y si el derecho estaba claroproponía un arreglo entre las partespara ahorrarnos tiempodesveloshonorarios y disgustos. Con este sistema medesacredité en un año: borréme de la matrícula por falta de negociosydiéronmea ruegos de mi padrela secretaría de este ayuntamiento. Tampocodebí de hacerlo muy bien en este cargoporque a los diez y ocho meses me lequitaronso pretextono mal fundadode que no había en los librosmunicipales una sola acta escrita desde que estas cosas corrían de mi cuenta.¡Si vierasPabloqué feliz soy desde entonceses decirdesde quelibre detodo cuidadocomo el ollón patrimonialy visto y fumo con lo poco que lesobra en su bolsa verde al héroe de Luchana! y como éste se ha convencido deque yo no nací para otra cosay le acompaño sin serle muy gravosodéjamevivir así«ni envidioso ni envidiado»como dicen que dijo un fraile poeta.

-Corriente; pero usted se halla bien así porque ese es su genioy otrosporque le tienen distintono podrían con la vida que usted trae.

-Pues eso esPablo amigolo que yo no comprendo; es decirque el no hacernada ni pensar en nada ni apurarse por nadapueda ser incómodo a ningunapersona que tenga sentido común. Ahí tenemos ahoraa dos pasos de nosotroslas partidas carlistas: gentes hay en este pueblo que aseguran haber oído lostiros a la parte de allá del montey acaso tengan razón. Que vienenque novienen; que pasarán o que no pasarán por aquí; que son muchosque son pocos;que cobardesque valientes; que buenosque malos; que si triunfanque sicorren; y todo se vuelve indagar y preguntar; y aquí temoresy alláesperanzasy acullá porfíasy en todas partes la curiosidad y el ansia. ¿Ypara quéseñor? Españoles somos todosy a quien Dios se la dieresan Pedrose la bendiga. Que gane Juan o que gane Diegode mí no se ha de acordar nadiepara sentarme a la mesa. Pues dejemos rodar la bola; y cuando pareellapor lacuenta que le tienenos dirá en dónde. ¿A quién aprovecha la saliva que segasta en disputas y el sueño que roban miedos y desazones? ¡Pues dígote mipadre! ¡Qué vida la suyaDios eternodesde que se armó de nuevo la guerracivil! ¡Qué invocar al Duque y a los manes de Riego y del Empecinado! ¡Québruñir el espadón de Luchanay soñar con tajos y mandobles al perjuroyrenegar de los años que le amarran al hogar cuando la patria peligra y elfaccioso bravea! ¡Y qué de ponerme a mí de mal hijo y de mal patriota porqueme río de sus afanes y me duermo tan tranquilo al son de los cañonazos! Ahorale ha dado por revolver el pueblo para ponerle en armaspor si el caso llega.Hoy anda hecho una pólvora con las bolas que han corrido. ¡El demonio es elentusiasmo de la curiosidad!

En esto se oyó la campana mayor de la iglesia.

-Al mediodía tocan ya-dijo Pablo levantándose.

-Pues cata a mi padre volcando la puchera-respondió don Baldomerosacudiendo su pereza y poniéndose de pie.

Y ambosjugueteando Pablo con el sombrero y dándose aire con ély donBaldomerocon el suyo echado sobre una oreja y las dos manos hundidas hastacerca de los codos en los rasgados bolsillos del pantalóntomaron el senderocuesta arriba. A la mitad de ella se dividía éste en dosformando una Y.

En el vértice del ángulo dijo Pabloque iba delantevolviendo un poco lacara hacia don Baldomero:

-Que aproveche.

-Lo mismo digo-respondió el otro.

Y Pablo tomó por el lado derechoy don Baldomero por el izquierdoporquesus respectivas casas estaban en opuestos extremos de un mismo barrio del lugar.

- III -

Algo del asunto

Alzábase la iglesia de Cumbrales sobre un tumor del terrenoo montículo deroca vivamal cubierto de menuda y fragante vegetaciónquea modo de mantade pobreroída y desgarrada a trechospor los agujeros y desgarraduras dejabaasomar las que pudieran llamarse coyunturas del peñasco. Era éste de suave ybien entendido acceso por todas partesy ocupaba el centro de una llanuraespecie de plaza circundantecruzada de camberas y senderos que partían elrústico suelo en caprichosas porciones geométricas. De éstasunas estabanpobladas de árbolesno muy corpulentospero de ancha copa; otraslas demayor relieveadornadas de espesas cenefas de zarzas y saúcoy todas ellastapizadas de fino y apretado céspedsobre el cual descollabanaquí y allála menta silvestreel enano poleola malva bienhechora y el desabrido cardo.Hubiera sido este pintoresco espacio algo como lo que hoy se llama un parquea la inglesacon caminos menos ásperos y pedregososy sin las ortigas yjaramagos que hacían ingrato y peligroso al tacto lo que seducía y enamoraba alos ojos.

Ocupaba parte de uno de los lados menores de esta plazaque tendía a laforma rectangular y se llamaba en Cumbrales Campo de la Iglesialatabernacon su corro de bolos a la traseraencajado entre cuatro paradillasque se saltaban de un brincoy éstas y el corro encerrados en sendas hilerasde añosos álamos que amparaban del sol en verano a los jugadoresy no losprivaban de su dulce calor en las breves tardes del invierno. Otro ladode losmayoresal mediodíale formabanaunque con muchas sobras de terrenolascasas consistoriales y la escuela públicay los dos restantesal Saliente yal Nortehuertos y corrales de la barriada principalque tenía tres salidas ala plaza por este último lado.

Por una de estas callejasla de en medioentró Pablo. Anduvo muy buentrecho entre muros y valladosaquéllos entretejidos de yedray éstoserizados de bardalesy llegó a desembocar en un campucoa modo deplazoletacuyos dos frentes estaban ocupados por sendas portaladas queparecían gemelas: tan idénticas eran entre sí. Cada una de estas portaladasdaba ingreso a un corral espaciosoen el que se alzaba una casa grandedelarga solana y amplísimo soportal de grueso poste en el centro; cuadrasadyacentescobertizos inmediatoshuerta al costadoy todo lo de rigor ycarácter en estas viviendas de ricos de aldeatantas veces descritaspor esta pluma pecadora.

Pablo se acercó a la portalada de la derechacerca de la cual desembocabala calleja que había seguido; y antes de poner la mano en el contrahecho barrildel picaporteabrióse el postigo y apareció en el hueco una muchacha comounas perlas. Negros eran sus ojosdulces e insinuantes; la tez morena; elrostro oval y un tanto aguileño; la frente sin flequillos ni otrospingajos de la modatersa y bien delineadaperdíase en lo más alto entreflotantes ondas lustrosas de una cabellera tan negra como los ojos y las pulidascejas; los labioshúmedosun poco gruesos y no tan apretados que no dejasenentrever dos filas de dientes blanquísimos y menudos. Sobre los hombrosredondos llevaba una pañoleta rojade largos flecosprendida sobre el curvoseno con un broche que a la vez aprisionaba un manojito de malvas de olor ypencas de albahaca. Una sencillísima bata de percal de largos pliegues laenvolvía el gallardo cuerpo sin oprimirle ni desfigurarle.

Asombróse Pablo al verlay exclamómirándola de hito en hito:

-¡Ana!... ¿qué milagro es éste?

-¿Dónde está el milagro? -respondió Ana mirando a Pablo también yremedando su asombro con un expresivo gesto entre risueño y burlón.

-En andar tú por aquí -repuso el mozo con la sinceridad inocentona que leera peculiar; y añadió con la misma:- ¡Si te viera tu padre!...

-¡Pues atúrdetePablo! -exclamó Ana con picaresca solemnidad:- de suparte vine.

-¿De su parte?

-Como te lo digo.

-Pero ¿a qué viniste?

-¿A qué venía otras veces? A ver a mi padrinoa ver a tu madrea ver aMaría... y a verte a tisimplón-añadió Anatirándole a la cara una hojade malvaque había tenido entre sus labiosdespués de quitarle el rabillocon los dientes.

Pablo no hizo más caso de la hoja que de los mosquitos que zumbaban en elaire. Verdad es que tampoco Ana tomó a pechos la indolencia de Pablo.

-No te creo -insistió éste.- Cuando ha habido monos entre tu padre y elmíojamás han acabado de repente.

-Y ¿quién ha dicho que hayan acabado así esta vez?

-Túcuando vienes a vernos de parte de tu padre.

-Es verdad que vengo; pero con su cuenta y razónhijo.

-Eso es otra cosa.

-¡Vaya si lo es!... Y en prueba de elloescucha. Esta mañana me dijo mipadrepaseándose a lo largo de la sala: «¡Estos geniosAnaestosgenios!...» y como yo sépor experienciaque por ahí comienza él siempre areconocer las flaquezas del suyo y a buscar la paz... ¿Sabes túPabloporqué había guerra ahora entre tu padre y el mío?

-No por ciertoAna.

-Pues tampoco yo. ¡Como estos nublados vienen tan a menudotan de repente ytan sin motivo!... Siempre que trata de explicármelosme dice lo mismo: que tupadre es duro de fraseque le contraríaque le acosa y quepor conclusiónle injuria... ¡a élque va siempre con el compás en la lengua y el corazónen la mano!... No te diré que en lo primero no yerre; pero puedo jurar que enlo segundo dice la pura verdad. Ello es que el buen señor toma estos lancescomo cuestión de honra; que los toma cada quince díasy que siendo capaz dedejarse desollar vivo por el bien de todos y cada uno de vosotrosse aíslaseencierrano comeno duermey hasta la sombra de esta casa le estorba como elmayor enemigo... Y lo peor del caso es que yo tengo que seguirle el humor.Fortuna que ya todos nos conocemosporque la maña es tan vieja como tu padre yel mío... ¿En qué estábamos antesPablo?

-En que mi padrino te dijo esta mañana...

-Es verdad. Me dijo: «¡Estos geniosAnaestos genios!...» Hay queadvertir quetres días hacetuvo carta del marqués de la Cuérnigael cualseñor no suele escribirle sino cuando le necesita; y es también de saberse quedespués de recibir la carta ha hablado dos veces con Asadurasseñales todasPablode nuevas borrascaspero también de que a mi padre le conveníaintentar una reconciliación con el tuyo. Ello es que con esta sospecha y laspalabras que le oíapretandoapretandoobliguéle a declarar que estabadispuesto a hacer las paces de cualquier maneray que quería verse con tupadresi éste se prestaba a recibirle. Tomé el asunto a mi cargovine aquíhablé con tu padreabracé a María y a tu madrecharlé con ellas hastaquedarme sin saliva en la boca... en finhombreviví en una hora lo quehabía penado en quince días.

-¿Y mi padre?

-Tu padrediciéndome: «pues por mí no ha de quedar»tomó el sombrero yse fue a mi casa.

-¿Y en qué paró la entrevista?

-Eso es lo que yo no séporque mi padrino no ha vuelto todavíay hacemás de dos horas que está con el tuyo.

-¡Siempre lo habrán puesto peor que estaba!

-Me lo voy temiendo; y por eso me largo a enmendarlo en lo que pueda. ¡Ayqué geniosPablo! Nopues yo te aseguro que de hoy en adelante no he de pagarculpas ajenas. ¿Riñen? Que riñan. Vosotros y yo tan amigos como siempre. ¿Noes cierto? A buena cuentaya tengo el desahogo que acabo de darme. ¡AyPablo!no me cabía ya más en el corazón... Porque yo le doy esta cruz al másvalientey a ver cómo la lleva.

-La verdad esAnaque no se creerían esas cosas a no verlas. ¡Dosfamilias que tanto se quierenvivir en perpetua enemistad por un quítame esaspajas! Malo por lo que a uno le duelemalo por el bien que no se hacey peorpor el escándalo que se da.

-¡Los geniosPablolos genios!

-Dí el genioAna... porque el de tu padre es insufrible por quisquilloso yaprensivo.

-¡Ingrato! ¡Bien haya lo que te quiere!

-Y bien sabe Dios cómo se lo pago. Por eso me duelen tanto estas cosasAna.

-¡Pues qué diré yo de míPablo? Túal fincuando vienen estasborrascasesparces al aire libre la parte que te toca de ellasy dentro de tucasa tienes con quién hablarcon quién reír... Yo no tengo nada de eso; nisiquiera el recurso de disculparosporque se toman las disculpas a parcialidady lo pongo peor. Hay que dejar la tormenta que se desahogue por sí o por obrade una casualidad que a veces tarda un mes en presentarse; yen tantosoledady cárcel... Y paciencia; porqueal caboél es quien esy bueno y cariñosohasta tal extremoque yo no sé qué le atormenta más en sus arrechuchossiel dolor de la supuesta ofensao la pesadumbre de vivir sin trato con los quele han ofendido. ¿No te parecePabloque debiéramos conjurarnos todos contraesa mala costumbre?... Que se alborotan ellos... Pues nosotros como si tal cosa:yo a vuestra casay vosotros a la mía.

-Ya se ha intentado ese medio alguna vez.

-Pero sin artePabloy sin resolución: al primer bufido de mi padreno seos ha vuelto a ver por allá.

-Ni a ti por acáAna.

-Porque me dejáis sola enfrente del enemigo¡caramba! Pero ayudadme unpoco y veréis cómo le venzo y hasta hago imposibles esas guerras que meacaban... ¡me acabanPablo! Por eso quiero que ésta sea la última; y loseráo perezco en ella... Conque hazme el favor de no entretenermey déjamepasarque estoy perdiendo un tiempo precioso.

-Pues rato haceAnaque tienes despejado el camino; y por donde te agarroyoel diablo me lleve.

Miróle Ana por debajo de las cejasfruncidas por efecto de una sonrisaburlona en que envolvió toda su hermosa y picaresca fazy le tiró con otrahoja de malva que había arrancado poco antes del ramillete del pecho.

-Hijo¡qué peste eres también... a tu modo! -dijo al mismo tiempo.

Y recogió los pliegues delanteros de su falda con ambas manos; y ágil yesbeltapartió hacia su casaatravesando el campuco como diz que se deslizanlas ninfas sobre las ondas del lago.

Pablosin darse por entendido de este hecho ni de aquel dichoentró en elcorral y cerró la portalada. De modo que cuando Ana llegó a la suya no tuvo enqué satisfacer la curiosidad que le hizo volver la cabeza hacia la portalada deenfrentey quedaron allí perdidaspor falta de recibouna mirada y unasonrisa que se hubieran disputado a estocadas los galanes de Lope y Calderón.

Como su padre andaba aún fuera de casaPabloantes de subir a ellaquisodarse una vuelta por las cuadrasa la sazón punto menos que vacías. Sólo dosparejas de bueyes y algunos ternerillos había al pesebre. El resto del ganadopocos días antes llegado del puertoandaba al pasto en el monte al cuidado delpastor del lugarque lo recogía por la mañana y lo entregaba al anochecer. Ladisposición de aquellas cuadras era obra del magín de Pabloy acuerdo suyotambién el régimen a que estaba sometido el ganado. Natural era lasatisfacción que el mozo sentíaviéndole tan gordo y lozanoen pasarle lamano por el lomoen llamar a cada bestia por su nombreen increpar duramente ala que no comía hasta limpiar el pesebrey en confundirla con el ejemplo de laque no dejaba en el fondo ni la grana. Pues¿y los becerrillos? Horas sepasaba con ellos rascándoles el testuz y dándoles palmaditas en la cara. ¡Ycómo se arrimaban ellos a ély le miraban con sus ojazos bonachonesy seiban adormeciendo poco a poco con el cosquilleo y presentando la cerviz para quetambién se la rascara; y después las orejasy luego el pescuezoy vuelta altestuz y a la cara! y cuando se cansaba Pablola mimosa bestezuela le golpeabasuavemente con la cabezale lamía las manos y tornaba a presentarle la cerviz.Lo cierto es quefuera del corderillono hay otro animal de faz más atractivani que más se haga querer

Mientras nuestro mozo se entregaba a estos entretenimientosarribaaguardaban su madre y su hermanacon la mesa puesta y haciendo labor cerca deellael resultado de la entrevista de los dos compadres; lance que las teníasumidas en graves aprensionesbien reflejadas en el desasosiego de que ambasestaban poseídas.

Sentábale a maravilla esta inquietud a la jovencuyo nombre ya conocemospor boca de Ana; pues daba viveza y grande expresión a su fisonomíadeordinarioaunque bella por lo correcta y frescachonamansa y serenacomo esasnoches de verano sin rumoressin frío ni calorque se contemplan con gustopero en perfecto reposo del espíritu y del cuerpo. Sus ojos negrosmásmeditabundos que habladoresbrillando a la sazón con vivo fuego sobre elrosado cutisy sus labios húmedosgraciosamente contraídospregonabaninteriores batallasseñal de que en aquel lago apacible también cabíanagitaciones y tempestades. Representaba la edad de Anay con la sencillez deésta vestíaaunque no con tanto donaireporque éste no es obra de lasperfecciones plásticas y esculturales que abundaban en María acaso más que enAnasino de un misterioso equilibrio de proporciones y de sensibilidad entre elalma y el cuerpodon de la naturaleza que no se adquiere por conquista.

Cuanto puede parecerse una rama al tronco de que procedese parecía nuestrajoven a su madreseñora de aldeasana y bien conservadasin afeites ni aliños exagerados; antes bienpeinada y vestida con talsencillez y modestiaque sólo en lo pulido de su cutisseñal de que ésteandaba lejos de las injurias del trabajo al aire librerevelaba la jerarquía.Verdad es ésta de la sencillez y modestia en el ordinario arreopropia nosólo de las señoras de labradores ricos montañesessino también de lasdamas empingorotadas y linajudassi son muy apegadas al terruño solar.Digámoslo en honra de la Montaña y de las montañesas.

Poco hablaban madre e hijay eso poco en frases breves entre largos espaciosde silenciopara apuntar una sospecha o fundar una esperanza. El tema erasiempre el mismo: lo que tardaba el ausente y lo que podía significar latardanza.

Al cabose oyeron pasos en la escalera y apareció Pablo en la salay pocodespuéssu padre. Representaba éstey yo sé que los teníamás decincuenta años; no era muy altopero fornido y sano; de rostro abierto ynoble; limpio y frescote y bien afeitada la espesa y recia barba; cortoásperoy muy apretado aún el pelo gris de su cabeza; lento y bien aplomado en elandar; los brazos un tanto arqueados; las manos anchasmusculosas yentreabiertas; la voz sonoravaronil y bien entonada; el traje holgadode buengéneropero de modesto corte.

-Vamos a comerque harto habéis aguardado-dijo al entrarmientras sumujer y su hija se levantaban a recibirle. Y no dijo más por entoncesni en susemblante pudieron leer nada las curiosas miradas de su familia.

Se sirvió la sopa; sentóse el patriarca a la mesa; bendíjolasegúncostumbredespués de ocupar cada cual su puesto; y andábase muy cerca ya delclásico estofadocuando aquél refirió en compendio lo que el curioso lectorhallará más adelante con los debidos pormenores.

- IV -

Pelos y señales

Pedro Mortera y Juan de Prezanesvástagos de las dos familias más ricas yantiguas de Cumbralesligadas siempre por amistoso vínculo ¡caso raro en estepaís de quisquillas y reconcomios! Juan de Prezanesrepitoy Pedro Morteraeran inseparables camaradas. Pero Juan era suspicazimpetuoso y avinagrado degenioy Pedro cachazudo y reflexivo. Ésteen sus juegos infantilesgustabade lo seguro y fuerte; aquél de lo más fácilsiempre que fuera nuevobrevey vario; el uno era muy inclinado a los trabajos rústicos y a losesparcimientos campestres; el otro a fisgonear murmuraciones y a comentar dichosde las gentes: Pedro era todo observación y método; Juan sentimientonerviosy palabra. Sólo se parecían ambos muchachos en la bondad del corazón y enestar siempre dispuestos a dar la pelleja el uno por el otro; así es que jamáshubo avenio entre ellos en cuestiones de gustoy se pasaron lo mejor de lainfancia refunfuñandocuando no a la greñapero queriéndose mucho.

Juntos fueron después a estudiar a la ciudad; juntos vivieron en ellay almismo estudio se dedicaron. Pedro se cansó de los libros a los dos añosy sevolvió a su pueblo. Juan continuó los estudiosy fue a la Universidad yllegó a ser abogado. Pedroen Cumbralesse consagró a la labranza converdadera aficióny mejoró mucho la hacienda queya mozoheredó de supadre.

Juanhuérfano también poco después de volver de la Universidady sin lasaficiones de su amigopuso en renta las tierras que cultivaba su padrey enaparcería los ganados que halló en las cuadras (parte mínima de los bienesque heredó)y abrió en Cumbrales su estudiopor no aburrirse.

Fuera de los de la villano había otro abogado que él en toda la comarca;de manera que bien pronto le sobraron los negocios y las desazones. Lasdesazonesporque cada contrariedad le producía una mayúscula; y lascontrariedadesverdaderos gajes de su oficiomenudeaban a maravillay sucarácterlejos de mejorar con los añoscada día era más vidrioso yquebradizo.

Por la índole misma de su profesiónse puso en contacto con nuevas gentesy nuevas cosas; y como sus ímpetus geniales le llevaban siempre mucho másallá de sus propósitosnecesitando ancho terreno y fuertes aliados paravencer en los grandes apuros de sus batallasdejóse arrastrar fácilmente delos que le brindaron con aquellas ventajasy queen rigoriban buscando sulegítimo influjo en la comarcaal precio de unas cuantas lisonjas bienaderezadas.

De este modo llegó a ser don Juan de Prezanes un cacique de gran empuje enel distritoy un enredador de dos mil demonios; puesconocido el flaco de sucarácterno solamente lograron los seductores interesarle con alma y vida entodo linaje de intrigassino hacerle creer que era capitán y bandera a la vezcuandoen substanciano pasaba de ser la mano del gatomenos que soldado defilas en aquella tropa de polillas del bien público.

Que estas cosas y otras de parecido jaez sacaban de quicio a su verdadero yúnico amigono hay para qué decirlo; ni son de mencionar tampoco lastempestades que las cuerdas advertencias de don Pedro Mortera producían en elánimo del impetuoso don Juan de Prezanes. Era éstecomo todos los hombresirreflexivos y apasionadosenemigo mortal de la verdad cuando la hallabaenfrente de sus flaquezas; no por ser la verdadsino por ser obstáculo. Lostemperamentos como el del abogado de Cumbralesdesbordados torrentesembravecidos huracanesno se detienen con frenos ni con barreras. El halago ylas contemplaciones los calman alguna vez; la resistencia los espolea siempre.Son una enfermedad que tiene sus manifestaciones en esa forma necesaria y fatal;y esa enfermedad no ha de curarla el enfermosino los que le tratan. En elordinario comercio de la vida creen poner una pica en Flandes los que hallan unafórmulaa modo de la ley socialpor la que deben regirse los hombres quequieran tener derecho al pomposo título de gentes de buena educación.¡Qué sandez tan triste! ¡Como si todos los hombres hubiéramos sido moldeadosen una misma turquesa y con el barro en iguales dosis y calidades! ¡Como si elalfilerazo que apenas ensangrienta la epidermis de unono fuera en otropuñalada que penetra hasta el corazón!

Métome sin permiso del lector en estas honduras fisiológicasporque enellas andaba muy a menudo don Juan de Prezanes buscando la razón y la justiciaocuando menosla disculpa de sus arrebatos genialesy al mismo tiempo lasinrazóny hasta la falta de caridad con que su amigo don Pedro Mortera lecontrariaba; en lo cual don Juan de Prezanes se equivocaba en más de la mitadporque su amigo nunca le contrarió sin grave causa ni por el vano afán de quevaliera la suya a todo trance; pero era demasiado crudo en sus verdadestercoen sostenerlassocarrón aliquando y mordaz en ocasiones; y en esto noeran infundadas las quejas del irascible jurisconsulto.

Con notorios intentos de asegurarle mejor y de chupar sus caudaleslograronsus conmilitones de allende hacerle el favor (¡el único que lo fue de veras!)de una señorita pobreque por casualidad salió buena y honrada y hacendosayhasta supodurante dos años de matrimoniodulcificar las acritudes ingénitasde su maridoy hacerle placentera la vida del hogar. No duró más su dichaporque Dios se llevó a mejor destino la causa de elladejando en cambio altriste viudo una niñaque recibió el nombre de Ana de su padrino don PedroMortera. Dos meses antes se había bautizado un hijo de éste (cuyas bodasanduvieron muy cercanas a las de su amigo) con el nombre de Pablosiendopadrino don Juan de Prezanes.

Tan diversa como sus genios fue la suerte de ambos amigos en el matrimoniopues cuando el del abogado se deshacía con la muerte del único ser capaz deregir y dominar aquel carácter desdichadoel de don Pedro Mortera erabendecido con un nuevo fruto. Pero Diosque da la llagada también lamedicina; y Anala niña huérfanatuvo una madre cariñosa en la madre dePablo y de Maríay en estos niños dos hermanos con quienes vivía más quecon su padre. Cuanto a ésteconfundió en un solo amorpues había para todosen su corazón de fuegoa Ana y a la familia de su amigo. Pero sus tempestadesnerviosas menudeaban a medida que se dilataba el radio de sus afectos íntimos;porquecomo él decía«cada punto de contacto me produce una desolladura; ycuanto más cordiales son los unosmás dolorosas son las otras».

Años andandofueron Ana y María a un colegioy Pabloa quien don Juanamaba como a un hijocomenzó a estudiar también; con lo cual el nerviosojurisconsulto se vio tan contrariadosolo y aburridoque cerró el bufete parano abrirle más. ¡Ni el demonio podía aguantarle entonces! puespara ayuda demalessu alianza con los trapisondistas de marras fue estrecha como nuncay elcampo de sus batallas vasto y revuelto a maravillaporque los públicosacontecimientos así lo dispusieron.

Pesaba la influencia de don Pedro Morterapor hacienda y méritos personalesde éstesobre media comarcaes decirtanto como la de don Juan de Prezanes ysus auxiliares juntos; perohombre sesudo y de buen templeveía con hondapesadumbre el uso que hacía su amigo de las huestes que por necesidad leseguían al combatey a qué móviles obedecíay ociosos fueron cuantosesfuerzos se tantearon para obligarle a él a que tomara parte en las batallasque iban poco a poco desorganizando y corrompiendo la comarca.

-Contigo -decía el testarudo labrador a don Juan de Prezanes- contigo ypara hacer el bien de este pueblocuando quieras y adonde quieras. Con esosvividores intrigantesque te están chupando hasta la honrajamás.

Entre los llamados «vividores intrigantes» contaba don Pedro Mortera a unseñor de la villaque había sido siempre muy amigo suyo; el cual señorporhinchazones de vanidadno tuvo reparo en ser allí delegado perpetuo de todoslos poderes para sostenerde cualquier modola causa de los que leservían en tres leguas a la redondapor lo que don Pedro Mortera no quiso mástratos con élpues creíay con fundamentoque son peores que los tunos suscómplices y encubridores.

Pues hasta este señordon Rodrigo Calderetas (por lo demásgranpersona y muy caballero)descendió de su Olimpo en la críticaocasión atrás citaday cuando nada habían podido conseguir ruegos nihuracanes del jurisconsulto para tratar de sacar a don Pedro Mortera de sudesesperante retraimiento«del cual podía depender hasta la suerte de lapatria». ¡A buena parte iba la «gran persona» con sensiblerías cursis! DonPedro no cambió de actitud. Don Juan de Prezanes tocó el cielo con las manosy el caballero de la villa le sopló al oído que su amigo y compadre era undesafecto a la situaciónretrógradoobscurantista... y sospechoso. Yapor entonces era moda en España tener por sospechoso a todo hombre formalapegado a la tranquilidad y al sosiego. Apoyó el dictamen de la «granpersona» todo su estado mayory don Juan de Prezanesque en su sano juicio sepagaba muy poco de matices políticosen la fiebre del despecho tragó lainsinuación maliciosay no negó la posibilidad del pecado. En honor de laverdadno por ello dejó de querer entrañablemente a su amigoni volvió ahablarle más del asunto de la alianza; pero la actitud impasible de don Pedroy la repulsa consabidacausa fueronaunque sorda y disimuladade muchas y muyrepetidas desavenencias entre los dos amigosprovocadas por las vidriosidadesdel jurisconsulto.

Pasó así mucho tiempoy al cabo de él volvieron a Cumbrales Ana y Maríahechas dos señoritas primorosas. Desde entoncesel genio abierto y animoso dela primera fue el bálsamo que calmóya que no llegara a curarlosdesabrimientos y esquiveces de su padrey el mejor lazo de unión entre las dosfamiliastan a menudo aflojado por las intemperancias nerviosas de don Juan dePrezanes. Pablocuando se hallaba en el pueblocontribuía en gran parte aaquellas reconciliaciones; pues con su sencilla bondadsabía llegar al alma desu padrino sin lastimarleen lo cual consiste el secreto resorte con que serigen y gobiernan esos temperamentos desdichados.

Y ahora tenga el lector la bondad de pasar al capítulo siguienteen el cualacabará de conocertratándolos de cercaa estos dos personajesy sabrá loque ocurrió en la entrevista queen compendiorefirió en la mesa don PedroMortera

- V -

Entre compadres

Altoenjutolargo de brazosafilados los dedospequeña la cabezaelpelo escaso y rubiolos ojos azules y sombreados por largas cejasnarizpuntiagudalabios delgados y pálidosy sobre el superior un bigote cerdosoentrecano y sin guíaspor estar escrupulosamente recortado encima de aquelcontorno de la boca. Tal eraen lo físicodon Juan de Prezanes. Pulquérrimoen el vestirjamás se hallaba una mancha en su trajesiempre negro y finoescotado el chalecoblanquísima y tersa la pechera de la camisade cuelloderecho y cerrado bajo la barbillay de largos faldones la desceñida levita;traje que se ponía al levantarse de la cama y no se quitaba hasta el momento deacostarse.

En tal guisa se paseabacuando fue su amigo a verledesde su gabinete(dormitorio y despacho a la vezcomo lo demostraban una cama y avíos delimpieza en el fondo de la alcobay afuera una regular libreríamesa deescribirsillonesetc.) hasta el extremo opuesto del contiguo salónespaciosolimpio y decorosamente amueblado.

No esperaba a su amigoy se inmutó al verle allí. Don Pedrocomo si nadahubiese pasado entre los dosdíjole con su aire campechano:

-Te agradezco en el alma tu deseo de vermey aquí estoy para servirteJuan.

Estesin dejar de pasearserespondió con voz poco segura:

-Acto esPedroque me obliga y te honra; perola verdad ante todo: yo note he llamado a mi casa: te pedí una entrevista donde tú quisieras.

-¿Te pesa que haya venido?

Detúvose en su paseo el hombre que era un manojo de nerviosmiró a suamigo y compadre con ojos que echaban chispasy dijoronco y temblorosodándose una manotada sobre el angosto pecho:

-¡Te juro que no!

-Pues entoncessobran los reparosJuanysi un poco me apurastodaexplicación entre nosotros; porque donde habla el corazóncalle la boca.

Y en estodon Pedrocon los brazos entreabiertoscortaba el camino yseguía con la vista a su amigoque había vuelto a sus agitados paseos.

-Entiendo tu deseo y ardo en el mismo -repuso éste desviándose y esquivandolas miradas y los brazos de su compadre; pero no es tiempo todavía.

-Pues si el corazón lo pide y Dios lo manda¿qué te detiene? -respondiódon Pedrodejando caer los brazosdesalentado y triste. Luego añadió conhonda amargura:- ¡Parece mentiraJuanque cosas tan leves nos conduzcan asituaciones tan graves!

-Nada es leve para el amor propio ofendido... Somos de esa hechuray no porculpa nuestra.

-Pero tenemos una razón para domar las demasías del carácter.

-Prueba es de ello que te he propuesto una reconciliación... Y por ciertoque no se te ha ocurrido a ti otro tanto.

-De mi casa huíste sin haberte ofendido nadie en ella; te encerraste en latuya y te negaste a toda comunicación con nosotrosque te queremos... que osqueremos más que a la propia sangre.

-Toda la vida hemos andado asíPedro.

-Pues esa triste experiencia me ha enseñado que el mejor remedio contra tusarrechuchos es dejar que se te pasen. Por pasado di el último cuando mellamastey a tu lado vine con los brazos abiertos. ¿Por qué me niegas lostuyos?

-Porque los reservo para después que hablemos y nos entendamos.

-¿Dudas de la lealtad de mi corazón?

-Dudara antes de la del míoPedro; mas entra en mis intentos que estaavenencia que hoy deseo y te propongose afirme en algo más que en el olvidode las pequeñeces pasadas... Veny sentémonos.

Entraron los dos compadres en el gabinete; sentáronse frente a frente con lamesa entre ambosy dijo así don Juanmanoseando al mismo tiempo una plegaderade boj que halló a sus alcances:

-Sin ciertas diferencias que nos dividen y nos separan a cada momentotú yyoen perfecta y cabal armoníapudiéramos hacer grandes beneficios aCumbrales.

-Ese es el tema de mi eterno pleito contigoJuan.

-Sí; pero no se trata ahora de puntillos del carácterde la cual dolenciatodos padecemos algoPedro amigoaunque no lo creamos asísino de puntos demayor alcance y entidad; puntos en los que pudiéramos ir tú y yo muy acordesaun dentro de nuestras continuas desavenenciasverdaderas nubes de verano.

-Sospecho adónde vas a parar con ese preámbulo; y si las sospechas nomientenel asunto es ya viejo entre los dos. De todas manerasdéjate derodeos y dime en crudo qué es lo que pretendes de mí.

-Viejo esen efectoentre nosotros dos el asunto de que voy a hablarteydel cual no te he hablado años hace por respetos que te son notorios; pero depoco tiempo acáofrece el caso aspectos de gravedad que antes no ofrecíayesto me obliga a quebrantar mis propósitos. A la vista está que de día endía crece el encono entre los bandos en que están divididos este pueblo y loslimítrofes.

-Lo que a la vista saltaJuanes que se detestan y se persiguen a muertelos capitanes de esos bandos. Los pobres soldados no hacen otra cosa que lo quese les manda o les exige el deber... o la triste necesidad.

-Lo mismo da lo uno que lo otro.

-Precisamente es todo lo contrariopuesto que el día en que los jefes dejende ser enemigosvolverán los subalternos a ser hermanos.

-A ese fin quiero yo ir a pararPedro.

-¿Por qué caminoJuan?

-Por el más breve y llano. Ayúdame con todas tus fuerzas en la batallaelectoral que se preparay el triunfo es nuestro en todo el distrito.

-¿Y después?

-¡Después!... ¿Quién ignora lo que sucede después de un triunfo en talescondiciones?

-Tú lo ignorasJuanpese a tu larga experiencia.

-Gracias por la lisonja.

-Pues es el mejor piropo que puedo echarte en este momento. Si te dijera yoque el verdadero botín de esas batallas era el cebo que te llevaba a ellasnocreyeracomo creoque en estocual en otras muchas cosasla pasión te ciegay el corazón te engaña.

-¿A mí?

-Síy además te vende. Y en prueba de que no me equivocovoy a decirte loque verdaderamente hoy te apura y acongoja. Desde que candorosamente te pusisteal servicio de ciertos amigotes de campanillastomando sus adulaciones yembustes por sinceridadeshas luchado a su favor en esta comarca con variafortunasegún que los intrigantes de por acá te han ayudado o te hancombatido. Las últimas campañas han sido terminadas muy a tu gustoporque note han faltado auxiliares de fama y de empujefuera y dentro de este municipio.No conozco al pormenor la actitud en que hoy se hallan tus aliados forasteros;pero me consta que tu vecino Asadurasel enredador electoral más sinvergüenza de la comarcase ha pasado al enemigo con armas y bagajes; y te hasdichocomo en parecidas ocasiones: «Si Pedro me ayudara con todas sus fuerzasmi triunfo era infalible; y triunfando yono solamente conseguiría el objetivoprincipal de la batallasino que ponía el pie en el pescuezo a ese pícarodesleal»

-Y ¿qué mal habría en ello? -exclamó aquí con voz airada don Juandoblando como un espadín la plegadera entre sus dedos convulsos.

-Ningunociertamente -replicó don Pedro con entereza.- El mal está en quelas cosas hayan venido a parar ahí; en que túhombre honradoindependientebueno y generosopactaras alianzas con esa canallay que entre todos hayáisconvertido a Cumbrales en feudo desdichado de dos aventureros.

-¡Pedro!... ¡Pedro! -gritó aquí don Juan de Prezanesincorporándoselívido en el sillón y haciendo crujir la plegadera.- ¡No empecemos ya! ¡Deesos a quienes llamas aventurerosel uno siquierapor amigo míomerece turespeto!

-¡Amigo tuyo!... ¡Merecedor de mi respeto! ¡El marqués de la Cuérnigaayer traficante en reses de mataderoconcursado cien vecesmarrullero ytramposoy de la noche a la mañanay Dios sabe por quétítulo de Castillay diputado a Cortes!...

-¡Pedro!... ¡Pedro!...

-¡Amigo tuyo... Porque te escribe y te adula cuando te necesitacomo teescribía y te adulaba también el otro personaje de alquimiael barón deSiete-Suelassu digno competidor en el distritohoy amparado por el pillastreAsaduras!... ¡Amigo tuyo!... ¿En qué lo ha demostrado? ¿Qué favores te hahecho?

-Cuantos le he pedido¡vive Dios!

-Es verdad: obra de su poder y de tu deseo son las crueles venganzasconsumadas aquí en infelices campesinos queal seros desleales en la luchaacaso les iba en ello el pan de sus familias; favores suyos son también lasratas que habéis metido en la administración municipaly los esfuerzos queaún se hacen para echar a presidio lo único honrado que en ella nos queda.

-¡Voto a tal -rugió aquí don Juan de Prezanes (y le echó redondo)haciendo crujir la plegadera- que esto ya pasa la raya de todas lasconveniencias!

-A los hombres como túJuan -añadió don Pedro imperturbable- y a losniñoshay que decirles la verdad desnuda; y tú eres un niño tesonudo yobcecadoporque la sensibilidad te roba el entendimientoy la pasión tedeslumbra. Tú no harías el daño que hacespues eres bueno y honradosi notuvieras quien te azuzara y pusiera las armas en tus manos. Ni siquiera teexcusa la ignorancia o la perversidad de los caciques del otro tiranueloque asu vez hacen lo mismo. ¡Lo mismoJuan! Porque en estos desdichados lugareslas venganzas y las tropelías se cometen por riguroso turno; y éste es elfavor que debe Cumbrales a sus representantes. Ellos son los toros de lafábula; el distritoel charco de pelea; y nuestros pobres convecinoslasranas despachurradas. Y ¿para qué esos sacrificios incesantes? Para provecho yregalo de dos farsantes vividorescaídos aquí como en tierra de conquista.¿Cuáles son sus títulos para representarnos en Cortes? ¿Quién los hallamado? ¿Quién los conoce en el distrito sino por la huella desastrosa quedejan a su paso por él? ¡Y quieres que yo te ayude en esta obra de iniquidad!¡Y eso lo pretendes cuando la nación entera arde en guerras y escisionesyhay un campo de batalla a las puertas de nuestros pobres hogares! ¡NuncaJuannunca!

Ya comprenderá el lector que con mucho menos que esta andanadasoltada aquema-ropa y en mitad del pechohabía sobrado para que echara chispas elhombre más cachazudocuanto más el irritable y eléctrico don Juan dePrezanes. El cualtrémulo y desencajadoantes que su amigo dijera la últimapalabraya había convertido en hilachas la plegadera entre sus manos. Sudabahieles y parecía una pila de rescoldo. No le cabía en la estancia; alrevolverse en ella nervioso y desatentado como fiera enjauladatumbaba sillas apuntapiésy con el aire de sus faldones agitadosvolaban los papeles sueltosde la mesa. Rugiógolpeóse las caderas con los puños cerradosmesóse elralo cabello con las uñasamagó apóstrofes fulminantesinjurias... hastablasfemiasy ¡caso inaudito en él! ni a una sola palabrade la tempestad defrases iracundas que bramaba en su pechodieron salida sus labios. Devorábalasa medida que a borbotones acudían a su boca; y aquella plenitud de furiacomprimida denunciábanla sus ojos inyectados de sangre y el temblor de todassus fibras. Causaba espanto el bueno don Juan de Prezanes. Felizmente no durómucho tiempo la peligrosa crisis; porque también obra milagros la voluntad; yla del letrado de Cumbrales fue en aquella ocasión heroica sobremanera.

Cuandodespués de este triunfologró algún dominio sobre sus nerviosdesconcertados en la batallaarrojó por la ventana la plegadera hecha unapelota; se enjugó el sudor con el pañuelo; dio algunas vueltasrelativamentesosegadasen el gabineteypor últimose dejó caer en el sillónapoyandolos codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos. Momentos después seencaró con su amigoque no apartaba los ojos de ély le dijo con vozenronquecidapero no destemplada:

-Has venido a esta casa en busca de una reconciliación intentada por míyjuro a Dios que no he de darte hoy motivos de nuevas desavenenciascomo tú nolos busques. Pero constey muy recioque si las antiguas quedan en pieno espor culpa de tu irascibleirreconciliable y rencoroso amigosino por la tuyamansorazonable y dulcísimo Pedro.

-Por mi culpa noJuanpuesto que no me niego ni me he negado jamás a unaestrecha alianza contigo.

-¡Si pensarás que han pecado de turbias tus recientes palabras?

-El que yo me niegue a ser instrumento de cuatro intrigantesno esresistirme a ayudarte con alma y vida a hacer algo bueno por el pueblo en quenacimos. Mas para esto es indispensable queen lugar de ir yo a tu terrenovengas tú al mío.

-¡Y cata ahí el puntillo montañés! -replicó don Juan con nerviosasonrisa.- ¡AyPedroqué ciego es quien no ve por tela de cedazo!

-Juzga lo que quierasJuande mis intenciones: a mí me basta saber que sonhonradas; pero entiende que no lucharé jamás a tu ladosino para exterminarde Cumbrales a esos intrusos tiranuelos; empresa tan fácil como necesaria ybenéfica. Cien veces te lo he dicho: unámonos para arrancar la administraciónde este pueblo de las manos en que anda años hace; entreguémosla a los hombresde bien; hagamos por que no lleguen a pleito las cuestiones del lugaryfállense en terreno adonde no alcance la mano del Estado ni se dejen sentirinflujos de la política; guerra a muerte a los caciquessi alguno quedarezagado entre nosotros; y cuando por este camino llegue Cumbrales a ser dueñoabsoluto de lo que en justicia le perteneceyo mismo abriré sus puertas a losmerodeadores. La posesión de sí mismos hace cautos a los hombres; y si algunoes tan inocente que aun con los ojos abiertos cae en las redes tendidasquéjese de su torpezapero no de su desamparo. Muy necio tiene que ser el quedesconozca que le engaña quien se le brinda con el remedio de todos sus malescomo charlatán de feriapara desempeñar un cargo queejercido a concienciamás es cruz de suplicio que ocasión de prosperidades. ¿CreesJuanquepensando asípuedo rechazar tus planes por la pueril satisfacción de que túaceptes los míos?

-Puedo creer... creoque te ciega una pasióncomo tú crees que otra meciega a mí. ¡Vaya usted a saber quién de los dos es el más apasionado!

-Aunque así sea y no valgan nada las razones que me has oídomi ceguedadno daña a nadie.

-Lo cual quiere decir que la mía es muy nociva.

-Te he demostrado que sí.

-¡MiraPedroque no se dispone dos veces de la paciencia!

-No he sacado yo a relucir este asunto malhadado. Tú me has impuesto micomplicidad en vuestros planescomo condición de nuestras paces alteradas poruna chapucería. Yo no he hecho otra cosa que responderte.

-¡Hiriéndome en lo más vivo!

-Así se receta contra las malas costumbresJuan; y ésa en que estásencenagado por una aberración de tu buen sentidoes causa perenne de grandesdesdichas para cuantos te rodean. Mi deber es decirte la verdady te la digo.

Por algo decía don Juan de Prezanes que no se dispone de la paciencia dosveces seguidas. Yo soy de su parecery además creo que a los hombres deltemperamento del abogado de Cumbralesno les conviene tragar la ira cuando estamala pasión forcejea en sus pechos y busca las válvulas de escape; porque nohay ejemplo de que esta metralla haya llegado a digerirse en ningún estómagopor recio que sea; y puesto que es de necesidad el desahogopreferible es queéste ocurra a tiempo y sazóna que acontezca fuera de toda oportunidadcomoen el presente caso. El irascible jurisconsultoque había conseguido dominarla furia de su temperamento irritado cuando su compadre le puso a bajar de unburroperdió los estribos y dio en los mayores extremos de insensatezpor unabagatela; por aquello de las «malas costumbres».

Oyólo el desdichadoclavando las uñas en el tablero de la mesa y los ojoschispeantes en los impávidos de su compadreque bien pudiera no haber pegadotan fuerte.

-¡Malas costumbres!... ¡encenagado en ellas! -repetía don Juan con vozcavernosalos pelos de punta y la faz desencajada.- ¡Ysin embargoyo soy eldíscoloy el procazy el quisquillosoy el descomedido!... ¡y tú el varónjusto y prudente y sabio... el caballero sin tacha! ¡Ira de Dios! ¡Malascostumbres! ¡Encenagado en ellas! -tornó a repetirentre roncos bramidosmientras se incorporaba derribando el sillóny se hacía pedazos en el suelouna salvadera de vidrio.- ¡Y eso me lo vienes a decir a mi casacuando tebrindo en ella con la paz!... Y ¿quién eres tú? ¿qué títulosqué poderesson los que tienes para atreverte a tantohipócritamal amigo? Si lo que tepropongo no te agradaconfórmate con no aceptarlo; ¡pero no me injuriesnome hieras! ¿o tienen razón los que me dicen que eres de la cepa de lostiranos?... ¡Sívive Dios! Cuando late en el pecho un corazón honrado y sesienten en él los dolores ajenosno se dan las puñaladasno se ultraja anadie a sangre fríacomo tú me has herido y ultrajado hoy... Y ayerysiempre... ¡bárbaro! ¡Y quieres paz y buscas la armonía! ¿Cómo han de serduraderas entre nosotrossi los más nobles impulsos de mi corazón seestrellan siempre contra tu intolerancia brutal? Porque me odiasporque medetestas. Y me odias y detestas porque soy mejor que túporque valgo más quetú; y valgo más que tú¡porque en una sola fibra de mi corazón hay másnobleza que en todo tu serhenchido de soberbiade vanidad y de hipocresía!

Ni una palabra dura respondió don Pedro Mortera a esta primera explosión deira de su compadre; pero éste nunca se colocaba en tales alturas sindespeñarse despuésciego y locoentre torbellinos de improperios ydesvergüenzas. ¡Qué cosas dijo a su impasible amigo! Porqueuna vez enredadoen aquella infernal batallaya no reñía sólo por el punto en cuestión: enla mente volcánica del jurisconsulto fueron eslabonándose recuerdos desupuestos agravioshasta los más remotos del tiempo de su niñez; y caldeadosal fuego de su ira diabólicaarrojábalos en palabrascomo lava de uncrátery en testimonio de una vida de abnegaciones y martirios.

Trazas llevaba de no cesar la erupción en todo el díacuando se presentóAna despavorida y presurosa porque había oído las voces desde el corral.¡Empresa peliaguda fue para la joven hacerse oír de su padredesconcertadolloroso y balbuciente! Pero lo consiguió al fin. Dueña de aquella brechaminó con el arte de su larga y triste experienciay supo llegar hasta elcorazón del pobre hombreque acabó de rendir todos sus bríos a los halagosde su hija.

Entonces volvió don Pedro a ofrecerle sus brazos.

-Si te ofendieron -le dijo- algunas de mis palabrassin tal intento salidasde mis labiosharto te han vengado las que después me has dirigido. De todassuertesyo te las perdono con todo mi corazón. Jamás de él te he arrojado;en él vives; lee en el tuyoJuany acábense de una vez para siempre estasreyertas que nos matan.

Don Juan de Prezanesdesfogadas ya sus irasestaba más para sentir quepara hablar; y tal vez a esta excusa se agarró su genio quisquilloso para nodar el brazo a torcer todavíaaunque Dios sabe si en el fondo del alma lodeseaba.

Así lo comprendió Ana; y mientras su padre se sentaba desfallecido ypálidohizo una seña a su padrinoy díjole al mismo tiempo en voz alta:

-Este asunto corre ya de mi cuenta; y bien sabe mi padre que yo nunca dejolas cosas a medio hacer.

Con estose volvió a consolar al atribuladoy salió don Pedro Morteraharto más pesaroso que complacido.

- VI -

Don Valentín

La casa a que llegó don Baldomero después de separarse de Pabloestabasituada en lo más desabrigadoal vendaval de la barriada de la Iglesia. Eragrande y viejasin portalada; con una accesoriaque en mejores tiempos habíacumplido altos destinosa un costado; al opuestoun nogal medio podridoy enla trasera un huerto lóbrego.

¡Qué tristes son en una aldea esos viejos testimonios de fenecidasprosperidades campestres! Tristesporque al contemplarlos los ojos delsentimientomás que las piezas herrumbrosas y dislocadas que tienen delanteven la máquina activa que ya no existe. ¡Cuánto más alegre la miserablechoza entre laureles y zarzascon el becerrillo atado al tosco pesebre y unapollada picoteando en las goteras del corralque el silencioso palación deabolengocon las cuadras enjutas y encanecidas por desusoy el pajar enesqueleto! La primera es la vida risueñaque no está reñida con la pobreza;el segundo es la muerteocuando menosla decrepitud con todos sus achaquestristezas y desalientos.

Tal aspecto ofrecía la casa de que vamos hablando.

Abrió don Baldomero el entornado portón del estragaly tomó escaleraarriba por una de peldaños que yesca parecían por lo carcomidos y esponjosos.Ya en el pisoentró en un salón de negro tillo de viejísimo castañoabarquillado y con jibas; el techo era de viguetería pintada de barro amarilloy de las no muy blancas paredes pendían un retrato de Esparteroen lugarpreferentey en los secundarios una Virgen de las Caldas y un plano deJerusalén; todas estas estampas en marcos con chapa de caobadeslucida por elpolvo de los años y la incuria de sus dueños.

A lo largo de aquel salóngesticulando y hablando solo al mismo tiempopaseábase un hombre no muy altosecomorenoverdoso y algo encorvado; peroágil todavíaa pesar de sus muchos años. Comenzando a describirle por lacúspidepues no había un punto en todo él de desperdicio para el dibujantedigo que la tenía coronada por un sombrero de copa altacon funda de hulenegro; seguía al sombrero una cara pequeñita y rugosacuyos detalles másnotables eran los ojos verdes y chispeantescomo los del gato; las cejasblancas y erizadas; la nariz un poco remangada y gruesay debajoa plomo delas ventanillassobre una boca desdentadados mechas cerdosasseparadas entresíformando lo que se llamavulgar y gráficamentebigote de pábilos.Las quijadas y la barbilla sustentábanse en las duras láminas de un corbatínmilitar de terciopelo raídodentro de las que se movía el flácido pescuezocomo el del grillo entre su coraza. Vestía el singular personaje pantalón decolor de hoja secacorto y angosto de perneras y con pretina de trampa;chaleco azulcerradopor una fila de botones de metal amarillohasta lagargantaypor últimocasaquín de cuello derechocon narices en losarranques de las aletas traseraso faldones rudimentariosprenda que fue muyusadahasta no ha mucho tiempoen la Montañapor los señores de aldea. Elde quien vamos hablando no se la quitaba de encima jamásacaso por losvislumbres marciales que despedíacombinada con estudio con el chalecocerradoel corbatín de terciopelo y el sombrero con funda.

Ya habrá adivinado el lector que se trata del héroe de LuchanadonValentín Gutiérrez de la Perníade quien nos ha dado algunas noticias suhijo don Baldomeroen el banco de la Cajigona.

No se cruzó un triste saludoy estoy por asegurar que ni una miradaentreuno y otro personaje; pero movidos ambos de un mismo pensamientoacercáronse auna mesa que estaba arrimada a la pared y con una de sus alas levantada. Sobreel menguado y no limpio manteltendido encimahabía una botellados vasosotros tantos platos con los correspondientes cubiertos (de peltresi nomentían las apariencias)una escudilla sobre cada platoun cuchillo de mangonegroy como dos libras de pan en media hogazano de flor ni del día. Ni donValentín se quitó el sombrero forrado de huleni su hijo el hongo roñoso; yno había cesado aún el clamoroso crujir de las sillas arrastradas sobre eláspero suelocuando se llegó a la mesaa mucho andaruna mocetonadesgreñada y en soletoscon una tartera de barro entre las manosy enla tartera la olla humeante y lacrimosa.

Arrimándose la moza a don Valentínacomodó la cobertera de modo que noquedara más que un resquicio en la boca del ollón; entornóle sobre laescudillay la llenó de caldosoplando al mismo tiempo y sin cesar laescanciadorapara que torcieran su rumbo los cálidos vapores que subían enespesa columna vertical. Cuando hubo hecho lo mismo al lado de don Baldomeropuso la olla sobre la tartera en el centro de la mesay se largó a buen pasohacia la cocinacomo diciendo: -Ahí queda esoy allá os las compongáis.

Y no se las compusieron del todo mal los dos comensales. Por de prontopartieron sendas rebanadas de pan; luego las subdividieron en transparenteslonjas que remojaron en el caldo de las escudillasypor últimose tomaronla sopa resultanteque a néctar debió saberlespor lo que la pulsearon antesde paladearla. Tras este refuerzo al desmayado estómagoun trago de vino y doscastañeteos de lenguadon Valentín volcó la olla en la tarteraqueencogollada quedó de potajesobre el cual cayeronen las tres últimas yacompasadas sacudidas que al cacharro dio el héroesabedor de lo que dentrohabía y no acababa de salirdos piltrafas de carne y una buena ración detocino. Sirviéronse y engulleron abundosa cantidad de bazofiaytras ellacasi todo el tocino. De carne no quedó hebra.

Ni una palabra se había cruzado todavía entre el padre y el hijohastaquelimpios los respectivos platos y apurados por tercera vez los vasosdijodon Valentíntras un par de chupetones a los pábilos del bigotey arrojandosobre la mesa una llave que guardaba en el bolsillo de su chaleco:

-Sácalo tú.

Y con ella en la manofuese don Baldomero a una alacena que en el mismosalón habíaembutida en la paredy tomó de sus negras entrañas un platodesportillado que contenía como hasta tres cuarterones de queso pasiegoduro ycon ojosseñal de que ni era fresco ni era bueno.

Antes de hincar en él las mandíbulas (pues es averiguado quedesde muchoatrásno quedaban en ella ni raigones)exclamó el veteranoentre iracundo yPlañideroy como si continuara una serie no interrumpida de gravesmeditaciones:

-En verdad te digo que el hombre degenera de día en díay que se acabanpor instantes aquellas virtudes que hicieron del españolen otros tiemposelmodelo de los caballeros sin tacha. Ya no hay fe en los principiosni verdaderoamor a la patriani entusiasmo por la libertad.

Don Baldomero tragaba y sorbíay nada respondió a su padre. ¡Estaba tanhecho a oírle cantar aquella sonata!

Don Valentínmientras paladeaba el primer trozo de queso que se habíallevado a la boca en la punta del cuchillocontinuó así:

-Digo y sostengo que no es de liberales de buena casta regalarse el cuerpocomo nosotrosni comer pan a mantelesmientras el faccioso tremola en el campoel negro pendón de la tiranía. ¿No es esto el evangelio?

-Bien podrá ser -respondió el otromascando a dos carrillos;- peroparéceme a mí que tendría más fuerza de verdad predicado antes de comer.

-¿Quieres decirme -saltó don Valentín- que también yo me duermo en lasdelicias de Capua? ¿Quieres darme a entenderhombre sin vigor ni patriotismoque no sé predicar con el ejemplo? Pues chasco te llevasqueaunque viejotodavía arde en mis venas la sangre que triunfó en Luchana; y bien sabes túque si esta mano rugosa no esgrime el hierro centelleante en el campo del honorno es culpa míasino de la raza afeminada y cobarde que me rodea y me oyeyse encoge de hombrosy se ríe de mi ardimientoy se burla de los ayes de lapatria roída por el cáncer del absolutismo.

Aquí don Valentíndevorando el último de los pedazos en que habíadividido su ración de quesoarrastró hacia el centro de la mesa el plato quetenía delante; y después de beber de un sorbotemblándole una mano y labarbillael tinto que en su vaso quedabay de plantarle vacío y con estruendosobre el mantelcontinuó de este modollevando la diestra al bolsillointerior del casaquín:

-Pero yo no he de faltar a mi deberaunque el mundo entero prevarique y todacarne corrompa su camino; yo he de insistirmientras aliento tengaen que cadacual ocupe su puesto y lleve su ofrenda al templo de la libertad. Soy hijo delsiglo; he bebido su esencia; me he amamantado en sus progresos (al hablar asíreapareció su diestra empuñando una petaca de sucia y un rollo de hojas demaíz); y si hay hombres a quienes ofende la luz de nuestras conquistas y seducela parsimonia estúpida de los viejos procedimientosyo no soy de esos hombres.

No afirmaré que lo hiciera en demostración de su aserto; pero es la verdadquemientras tales cosas decíaraspaba con su cortaplumas una de las hojas demaíz por ambas carasy la recortaba cuidadosamente hasta dejarla reducida altamaño de un papel de cigarro. Púsose a liar unoy en tantoseguíadeclamando de esta suerte:

-No hay modo de convencer a estos zafios destripaterronesde que la ley delprogreso impone debereslo mismo que la ley de Dios... Y el progreso es frutonatural de la libertady la libertad padece persecuciones en el presentemomento histórico... Y el honor de los padres es el honor de los hijos; y dondepadece la libertadsufre el progreso; y si muere la unaacábase el otro...Pero la libertad es inmortalporque Dios puso el sentimiento de ella en elcorazón de los hombres; y siendo la libertad inmortalel progreso no puedemorir; pero pueden padecer... padecen ¡vive Dios! padecen; y padecen desdoroporque el perjuroel vencido en Luchanalos combate otra vez; y por el solohecho de combatirloslos afrenta... Y el campo de batalla está a las puertasde nuestros hogares indefensos; indefensosporque no hay patriotismo en ellos;y porque no le hayse desoye mi voz que le invoca a cada instantey sin cesarllama a la lid contra el pérfido... Pero yo no cejaré en mi empresa; yolevantaré el honor de Cumbrales peleando solo contra el tiranosi solo medejan al frente de élcuando profane este suelo con su planta inmunda. Lamuerte de un hombre libre lava la ignominia de un pueblo de esclavos.¡infelices! Ignoran queen las corrientes del progresoquien no va con ellases arrollado y deshecho. Por eso mi voz es desoída aquí... por esoen cuantoa los máscostra grosera del pobre terruño; y en cuanto a los menos¿quéexcusa podrá salvarlos cuando la patria les pida cuenta de su conductasospechosa? Sospechosasíporque no todo es trigo limpio en Cumbrales¡viveel invicto Duque! Aquí también hay fósiles de los tiempos bárbaros; seresincomprensibles para quienes el tiempo no pasani instruyeni reformaniinventani demuele. ¿En qué se conocería que vivimos en el siglo de la luz ydel progresosi ellos fueran los llamados a dirigir las corrientes de lasideas; si junto a esa raza obscurantista y retrógradano se alzara la de loshombres como yo?

Cuando hubo dicho esto y liado el cigarropúsole en la bocarestregóselas palmas de las manos para sacudir el polvillo del tabaco adherido a ellasygritó con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Sidora!... ¡la chofeta!

Y Sidora acudió con la única que debía quedar en el siglo; venerable joyade metal de velonescon sus dos mangos torneadostintos en almazarrón.

Dejó la moza el braserillo clásico sobre la mesay marchósellevándosela olla vacía y la tartera con las sobras del potaje; y como ya no había quécomer ni qué beber a sus alcancesdon Baldomero cogió la petaca de su padretomó de ella el tabaco necesarioy sin replicar ni siquiera prestar atencióna lo que el veterano iba diciendohizo un cigarro con papel de su propiolibrilloencendióle en las ascuas mortecinas de la chofetay comenzó afumarle muy sosegadamenteentre eructos y carraspeos.

Don Valentín continuó un buen rato todavía declamando contra la poca feliberal de los tiemposhasta que reparó en su hijode quien se habíaolvidado en el calor de su fiebre patriótica; y al verle dormilento ydistraídoalzóse de la sillay díjole en tono admirativo y corajudo:

-¡Hombreparece mentira que seas sangre de mi sangrey que no se tedespierte ese espíritu holgazán... por respeto siquiera al nombre que llevas yqueen mal horate pusieron en la pilaen memoria del héroe ilustre conquien vencí en Luchana! ¡Sorda y ciega sea esta imagen de él que nos preside;que a trueque de que no vea lo que eres ni oiga lo que te digoconsiento en queignore la fe que le guardo y el altar que tiene en mi corazón!

Por toda réplicay mientras don Valentín miraba al retratodescubriéndose la cabeza calvasu hijo hundió los brazos en los bolsillos delpantalónestiró las piernas debajo de la mesacargó el tronco sobre elrespaldo hasta dar con éste y con la nuca en la paredy así se quedóarrojando por las narices el humo de la colilla que tenía entre los labios.

El veterano le miró con ira despreciativa; volvió a cubrirse la cabezaysalió a cumplir con lo que él llamaba su deberdespués de empuñar un gruesorotenque estaba arrimado a la pared en un rincón de la sala.

Momentos después roncaba don Baldomero con la apagada punta del cigarropegada al labio inferior.

- VII -

Más actores

De una persona que tiene estrabismodicen las gentes aldeanas de por acáque enguirla los ojoso simplemente que enguirla; y se llama la accióny efecto de enguilarenguirle. Ahora bien: Juan Garojoshombre bienacomodadotrabajadorde sanas y honradas costumbresalegre de genio y con suspuntas de socarrónera un poco bizco; y como en esta tierralo mismo que enotras muchasno bien se columbra el defecto en una personaya tiene ésta elmote encimaa Juandesde que andaba a la escueladieron en llamarle Juan Enguirla:algunosJuan Enguirley todosal cabo de los añosJuanguirlecon el cual nombre se quedó por todos los días de su vida. Pues esteJuanguirleun poco bizcobien acomodadohonradotechancero y socarrónmáscercano a los sesenta que al medio sigloy alcalde de Cumbrales al ocurrir lossucesos que vamos relatandohallábase en el portal de su casade las mejoresdel lugar entre las de labranzacon cercado solar enfrentepara lo tocante aforrajes y legumbres en las correspondientes estacionessin perjuicio de lacosecha del maíz a su tiempo (pues a todo se presta la tierra bienadministradamáxime si amparan sus frutos contra las injurias y demasías delprocomúncercados firmes y el ojo del amoalerta y vigilante); bien provistoel corral de rozo y junco para las camasy de matas y tueros para elhogar la socarreña accesoriacapaz también del carro y su armadura de quita yponla sarzuela y los adralesun tosco banco de carpínteríael rastro y elariegoy muchos trastos más del oficioque no quiero apuntar porque no diganque peco de minuciosoaunque tengo para mí queen esto de pintar con verdadypor endecon arteno debe omitirse detalle que no huelguepor lo cual hede añadiraunque añadiéndolo quebrante aquel propósitoque debajo de la pértigadormitaba un perrazo de los llamados de pastorblanco con grandesmanchas negrasy que en el corral andaba desparramado un copioso averíobuscándose la vida a picotazos sobre el terreno que escarbaba.

Volviendo a Juanguirleañado que estaba en mangas de camisacanturriandounas seguidillas a media vozpero desentonadamientras pulía el asta queacababa de echar a un dalle; obra de prueba que pocos labradores son capaces deejecutar debidamente. Raspaba el hombre con su navaja donde quiera que sus ojosveían una veta sobresaliendoy luego aproximaba a sus ojos la más cercanaextremidad del asta; y tocando el pie del dalle en el sueloenfilaba unavisual por los dos puntos extremos; y vuelta después a raspary vuelta a lasvisualesy vuelta también a probar su obraempuñando las manillas yhaciendo que segaba.

Cuando se convenció de que el asta no tenía peroechó una seguidilla casipor todo lo alto; y acabándola estaba en un calderón mal sostenidocuando elperro comenzó a gruñir sin levantarsey se le presentó delante don ValentínGutiérrez de la Pernía. Saludó al alcalde en pocas palabrasy en otrastantaspero regocijadas y en solfafue respondido.

-Le esperaba a usted hoyseñor don Valentín-díjole en seguidaJuanguirlevolviendo a retocar el asta aquí y allá con la navaja.

-Eso quiere decir que llego a tiempo -contestó el otro.- Y ¿por qué meesperabas hoy?

-Porquesalva la comparanzaes usted como el rayo; tan aína truenayaestá él encima.

-Luego¿ha tronado hoya tu entender?

-Y recio¡voto al chápiro verde! y muy recioseñor don Valentín; ¡tanrecio como no ha tronado en todo el año! Desde que me levantéy fue antes queel solno he oído otra cosa en todo el santo día... Como que si uno fuera acreerlo según suenacosa era de encomendarse a Dios. El menistro (conperdón de usted) que fue con un oficio mío a Praducospor lo resultante delos ultrajes de ellos en el monte de acáentendió que le cortaban el andar;ypor venirse por atajos y despeñaderosllegó sin resuello y aticuenta quepidiendo la unción. De la pasiega no se digaque hasta el cuévano trajo estamañana encogollado de supuestos al respetive; y entre ésta y el otroy el deaquí y el de alláque lo corren y avientany que dale y que tumba y que asíha de serhasta los pájaros delaire cantan hoy la mesma solfa. De modo ymanera que yo me dije: o don Valentín es sordoo no tarda en darse una vueltapor acáal auto de lo de costumbre.

-En efecto -respondió don Valentín:- en día estamos de grandes noticias; yesto me hace creer que no te hallarécomo otras vecesmano sobre mano.

-¡Mano sobre manovoto a briosbaco y balillo!... Y ¿esto que tengo entreellas? ¿Parécele a usted muestra de gandulería? Antayer era castaño de pieque se curaba en el sarzo del desván: hoy está donde usted le vecon elpulimento del caso. ¡Y que vengan los más amañantes del lugar y le ponganperos! Esto no es echar cambasseñor don Valentína golpe de mazo y corteusted por donde quiera: esto es obra finade espiga y mortaja... Y punto menosque sin herramientaporque de un clavijón hice un vedano a fuerza de puño.

-Ya sé que te pintas solo para lo tocante al oficio; pero yo no vengo hoy avisitar a Juan Garojossino al señor alcalde de Cumbralespara preguntarlequé medidas ha tomado en vista de las noticias que corren.

-Pues el alcalde de Cumbralesseñor don Valentíncumple con su deber.

-¿De qué modo?

-Dejando esas cosas como Dios las disponey no metiéndose en andaduras quepueden costarle al pueblo muchos coscorrones. Ya sabe usted que es viejo mipensar al respective.

-Pues para ese viaje no necesitábamos alforjasmira.

-En las que yo le he pedido a usted me ajoguenseñor don Valentín. Y porúltimoustedque no piensa en otra cosadebe de saber lo que hay que hacerlo que puede hacersey hasta cómo se hace.

-¡Eso pidoJuaneso pido! Pero ¿quién me oye? ¿quién me ayuda?¿quién me sigue?

-Pare ustedy vamos por partes¿qué es lo que teme?

-¡Que vengan!... ¡que entren!

-¡Que vengan!... ¡que entren! Pues tal día hará un año. ¡Vea usted queajogo! Por aquí entrarán y por allí saldrán... o viste-berza.

-¡Bravoseñor alcalde! ¿Y el honor? ¿y el deber?

-El honor y el deber a salvo quedanseñor don Valentín; que nadie estáobligado a imposibles que rayan en locuras; y locura fueray hasta tentar aDioslo que usted pretende. Dejándolos venircuestión será de quitarles elhambre y abrirles el pajar para que se tiendan y maten el cansancio; perocerrarles el paso es abrirnos todos la sepultura en los escombros del lugar.Conque tonto será quien al escoger se engañe.

-¡Que así se exprese la primera autoridad del pueblo!... ¡el representantedel gobierno constituido!

-La primera autoridad del pueblo ha cumplido con la ley dando los hombres quese le han pedido. Allá está la flor y nata de Cumbrales; parte de ella novolverá. Al rey serví en su día; y si hoy tengo el hijo en casabuen porquéme cuesta. ¿Qué más quieren? ¿qué más debo? ¿Mandopor si acasoenalguna plaza fuerte? ¿Son quiénes cuatro viejos y un puñado de mozos que losamparan por deber naturaly sin más armas que el horcón y las trentesparahacer cara a quien tiene la guerra por oficio?

-Cuando la libertad peligraseñor alcaldeno se cuentan los enemigos...¡Numancia!... ¡Zaragoza!

-Mire usteddon Valentínno entiendo mayormente de historias; pero en lotocante a tener o no cada uno el alma en su lugarque venga el moro o quevuelva el francés... Y hablaremos. Hoy por hoyen saldo y finiquitohermanossomos todos; la mesma lengua hablamos; a un mesmo Dios tememos...

-Juanno están tus entendederas en armonía con la gravedad de losacontecimientos ni con el valor de mis advertencias patrióticas; perohablándote en el único lenguaje que penetraste diré que al son que metoquen he de bailar; como os portéis conmigo ahorahe de portarme con vosotrosmañana. No tardará en presentarse una ocasión en que el parecer de uno solovalga más que la conformidad de todos los restantes del pueblo. Ese parecerpuede ser el mío: acuérdate del año pasado. Asaduras fue el causante delconflictoqueal cabose conjuró; pero yo no soy Asadurasni estoycomoélsuspendido a nadie que me obligue a desdecirme cuando una vez empeño mipalabra.

-¿Lo dice usted por el caso de la derrota?

-Por eso mismo.

-¡Bah! señor don Valentínusted no tiene punto de comparanza conAsadurasy no se meterá usted donde él se metió sin qué ni para qué.Ademásusted no es labrador ni ganadero.

-Pero lo son mis aparceros y colonos.

-No es igual; pero aunque lo fueraya nos entenderíamosque usted no eshombre que intente el daño del vecino sólo por el aquél de hacerle.

-¡Verás qué chasco te llevasJuan!

-Que no me le llevoseñor don Valentín. ¡Si le conoceré yo a usted!Ademásen lo tocante a lo solicitado por ustedtodo lo respondido por mí espura chanza y fantesía de palabra... Si esa libertad llega a verse aquí entrance de muerteya sabremos sacarla avante. Para eso nos bastamos usted y yoya todo tirarAsaduras y Resquemín. Uno en este portillodos en el de másallá y el otro en el campanario... ¡pin! ¡pan! ¡pun! cuatro tiros haciaaquícuatro hacia allíboca abajo el faccioso... Y se acabó la guerra.

Como si le hubiera picado un tábanosalió corralada afuera don Valentínal oír estas palabras de Juanguirle. Celebró éste con fuertes risotadas elefecto de su chanzay continuó raspando el asta del dalle.

En esto salió del cuarto del portalpieza de carácter en las casasmontañesasun mozo como un trinquete: recién peinadobien vestidoaunque node galay con los zapatossobre medias de colorajustados al empeine concordones verdes. No tenía tacha el manceboen lo tocante a lo físico: buenaestaturahermosa cabeza y artística corrección en las demás partes de sucuerpo; pero en el modo de llevar el sombreroen lo artificioso del peinado yen la forzada rigidez de sus miembros al moverse dentro del vestidodel cualparecía esclavo más que dueñomuestras daba de sercon excesopresumido yfachendoso.

-No hay como túNisco -díjole Juanguirle.- Hoy domingomañana fiesta:¡buena vida es ésta!

-Gana de hablar espadrecuando sabe usté que a la hora presente tengobien cumplida mi obligación. La ceba dejo en el pesebrey las camas listaspara cuando venga del monte el ganao. De leña picáestá el rincón de boteen bote.

-No lo dije por tantohombre; sino quecomo te veo tan dao al zapato nuevoy al pelo reluciente de un tiempo acáen días de entre semana...

-Voy con Pablo al cierro del monte.

-Por eso creía yo que sobraba la fantesía del vestir. ¡Para los tábanosque han de mirarte allá!...

-Pero entro antes en su casa... Y ya ve usté...

-Antes y despuésNisco. Lléveme el diablo si no vives más en ella que enla tuya. Peroen finsi aprendes de lo que no sabes y ensalza el valer de lapersona... ¡Mira qué alhajahombre!

Dijoy al mismo tiempo puso el dalle en manos del mancebo. Este echó sobreel asta varias visualeshizo también como que segabaypor últimoarrimóel trasto a la paredcon la guadaña en lo alto. Marcó un punto con el callosin mover el astay haciendo centro con el extremo inferior de éstadescribió un arco hacia la derecha. La punta del dalle pasó entonces por lamarca hecha con el callo.

-¡En lo justoNiscoen lo justo! Bien visto lo tengo.

-Ni menos ni más-respondió solemnemente Niscoentregando el dalle a supadre con todos los honores debidos al mérito de la obra.

-Ahora -añadió el alcalde-voy a picarley luego a segar un garrote deverde; y si no me le siega el dalle de por sí solote digo que no vale misudor dos anfileres.

Con lo cual se marchó Nisco a casa de Pablo; y momentos despuésmediotendido en el suelosobre las melenas de uncir los bueyes; apoyado el troncosobre el codo del brazo izquierdo; el extremo del asta sobre la rodillalevantaday el filo del dalle deslizándoseal suave empuje de la manoizquierdapor encima del yunque clavado en tierracanturriaba una copla elbueno de Juanguirleal compás del ticticde su martillosin acordarse másdel cargo que ejercía en el pueblo ni de la visita de don Valentínque deldía en que le llevaron a bautizar.

- VIII -

Égloga

Caminando Nisco de su casa a la de Pablocomo las callejas eran angostas ysombrías y convidaban a meditarandandoandandomeditaba y acicalábase elmozopues a ambas cosas era dadocomo soñador y presumido que era; y ¡vayausted a saber por dónde volaba su imaginación mientras se atusaba el pelo conla mano y observaba la caída de las perneras sobre los zapatosy estudiabaaires y posturassonrisas y ademanes!

A lo más angosto de la calleja llegabapunto extremo de la parte recta deellapaso a pasomira que te mira el propio andar y soba que te soba el pelocuando topó cara a cara con Catalinala moza más apuesta y codiciada deCumbrales. Pareja tan gallarda como aquéllano podía hallarse en diez leguasa la redonda. Si él era el tipo de la gentileza varonil y rústicaella era elmodelo correcto de la zagala ideal de la égloga realista. Ysin embargoaNisco no le gustó el encuentroy hasta le salió a la cara el desagrado engestos que devoraron los negros y punzantes ojos de Catalina.

Con voz no tan firme como la miradadijo al mozocuando le vio delante deella vacilando entre echarse a un lado para dejar el paso libreo detenersepara cumplir con la ley de cortesía:

-Si fuera la calleja tan ancha como el tu deseobien sé que los mis ojos teperdieran de vista ahora.

-Supuestos son esosCatalina -respondió Nisco de mala gana- que puedenvenir... o no venir al caso.

-Hijolo que a la cara saltade corrido se lee.

-Si a ese libro vamosde ti pudiera yo decir lo mesmoCatalina.

-Abierto le llevoes verdadpero no leerás en él cosa que me afrente.

-Ninguna ventaja me sacas al auto.

-Eso va en conciencias.

-La mía está como los ampos de la nieve.

-Entonces ¡Virgen santa! -exclamó Catalina llevándose hasta la boca lasmanos entrelazadas- ¿qué color tienen los corazones falsos y traidores?

-Si por el mío lo preguntascuenta que te equivocas-respondió Niscofingiendo mal el aplomo que le faltaba.

-¿Conque me equivoco? ¿Conque tu corazón no es falso? ¿Conque no seapartó del mío de la noche a la mañana?

-Ninguna escritura habíamos firmao tú y yo.

-¿De cuándo acá necesita escrituras el querer con alma y vidatrapacero yengañoso? ¿Qué más escritura que el sentir de la persona? Desde que sépensarpara ti ha sido día y noche el mi pensamiento; cortejantes me rondaronsin punto de sosiego... bien sabes tú que ninguno fue capaz de quebrantar la mifirmeza; y si la cara me lavaron a menudo por vistosapor ser yo prenda tuya notomé a embuste las alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser míos: nodirás que por cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste de mi voluntad;y con serlo y todonunca en mi querer vistes obra que no fuera honrada y en leyde Dios... ¿Qué mejor escritura de mi parte? Y si no me engañabas cuandotanta firmeza me prometías¿por qué hace tiempo que de mí te escondes?ysi para mirarme a mí te puso Dios los ojos en la caracomo tantas veces medijistes¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si para mí eras en elporte la gala de Cumbrales¿para quién son ahora las prendas con que teemperejilas hasta para ir al monte?

Agobiado parecía Nisco bajo este capítulo de cargos; ysin duda por notener su causa buena defensasólo pudo contestaratarugado y de muy malaganaestas palabras:

-Hay mucho que hablar al autoCatalina.

-¡Mucho que hablar! -repuso Catalina entre admirada y afligida.- ¿Paracuándo lo dejasfalso? ¿Qué menos consuelo has de darme que la razón de loque has hecho?

-Ahora voy muy de prisa... Mañana o el otro...

-Sívetefachendoso; vete a tomar aires de señoríoque han de caertecomo arracada en oreja de mulo. ¡AyNisco! no le pido a Dios más sino que seaverdad lo que se corre.

-¿Qué se corre? -preguntó Nisco más colorado que un tomate.

-No quiero decírteloporque no te acabe de sofocar el sonrojoque ya cercate anda.

-¡Yo no tengo nada que me abichornesepástelo!

-Si tienes o noel tiempo lo diráy allá te espero.

-Pues vete asentándote ya.

-¡Subesubeque chimeneas más altas han caído!

-Valiérate más mirar por lo tuyoCatalinaque meterte en la hacienda delexcusao... Y ya que me haces hablardiréte que bien poco había que fiar detus quererescuandopor volver yo la espaldaestás dando cara a otro... Y deRinconedapara mayor inominia.

-Es verdad; uno de allá me pretende desde que tú me dejastey hasta séque va a pedirme.

-Pues dile que síy con eso tendrás todo lo que necesitas. Yo no he deponerte paraque fenecida eres por lo que me toca.

Este brutal alarde de desdén produjo en Catalina el efecto de una puñalada.

-Lo que yo necesitoNiscopara mi venganza -contestócon los ojosarrasados en lágrimas- son dos corazoneso no haber querido nunca con el quetengo.

Y comoal hablar asíla ahogaran los sollozosse llevó el delantal a lacara y apoyó el hermoso busto contra la pared.

Nisco intentó decir algunas palabras en disculpa de lo que tan mal efectoprodujo en Catalina; pero no acertando a coordinar una mala frase de consuelocortó por lo sano largándose a buen andar.

No se sabea punto fijoadónde iba Catalina cuando se encontró con Nisco;pero está fuera de duda queno bien le perdió de vista en la solemne ocasiónmencionadaretrocedió presurosayandandoandandollegó a una casitapunto más que chozabajamuy bajapobremuy pobrearrimadacomo demisericordiaal paredón más alto de unas ruinas antiquísimassin dueñoconocidoque poco a poco se iban desmoronandohacia el extremo occidental deCumbrales.

Fuera de la casucajunto a su puerta entreabiertay sentada en un cantoarrimado a la paredestaba una viejaflaca y apergaminadaacabando deremendara duras penaspor falta de vista y de pulsoun refajo negro con hiloblanco teñido en el sarro de una sartén que en el suelo yacía boca abajo.

En uno de mis libro he dicho yo que no hay en la Montaña una aldea sin sucorrespondiente bruja. Pues la vieja de quien voy hablando era la bruja deCumbrales. Temida de los más y aborrecida de muchosraro era el día sinquebranto para la pobre mujer: unas veces porque con sus artes no hacía losimposibles que se le pedían; otras porque se la creía causante de todo lo maloque acontecía en el lugar. Así es que vivía de milagroporque lo eraygrandevivircomo ellade limosnacon semejante famatantos años encima ytales tratamientos. ¡Qué diferente vida la que pasó con su marido! Entoncestrabajaban unas tierrastenían una vaca y moraban en buena casa en el mejor delos barrios. Alternaban en todo trato lícito y honrado con sus convecinosyhasta eranél por lo diestro en encambar carrosy ella por lo famosaen preparar el linomuy solicitados y bien retribuidos de las gentes. Peroalo mejor de la vidaacabóse la del hombrede la noche a la mañana; y ya bienentrada en años la mujersola y sin valimientotuvo que dejar la pocalabranza que trabajaba y buscar un agujero en qué albergar el achacoso cuerpohasta que la última enfermedad le abriera la sepultura. Halló la casucasolitaria que la muerte de otro pobretan pobre y desvalido como ellahabíadejado abandonada; y allí se metió con el mísero ajuar que le quedaba.Mientras pudo trabajarcomo obrera ganaba la borona que comía; peroagobiáronla los achaquesy tuvo que vivir de limosna. En la Montaña no semuere nadie de hambre: esto es sabido y probadoporque el más miserable parteun mendrugo con el vecino que carece de él; pero ni en la Montaña ni enregión alguna del mundoengorda la limosna a quien de ella vivepor abundanteque sea. Hay siempre en el corazón humano fibras indómitas a prueba devirtudesy raro es el bollo regalado que no produce un coscorrón alhambriento.

Como según el tiempo iba pasando íbase la buena mujer enflaqueciendoysólo se la veía en el lugar para pedir limosna en casa de don Pedro Mortera oen la de don Juan Prezanespara ir a misa cada día de fiestao de paso parala villaadonde hacía también sus excursiones a menudoy como no se concibeentre las gentes campesinas una mujer viejaflaca y encorvadasolapobre ytaciturnasin tratos con el demoniocata a la de mi cuentode la noche a lamañanabruja cIon todas sus consecuenciassin lo que elsupuesto no tendría maldita la gracia. Dieron en morirse muchas gallinas enaquel entonces y en faltar otras del gallinero; alguien vio plumas junto a lachoza de la pobre mujer; y esto bastó para quecreyendo a la bruja aficionadaal averíola llamaran las gentes de Cumbrales la Rámila; el cual motele quedo por nombre... también con todas sus consecuencias.

No era Catalina de las más supersticiosas del lugarnien su opinióntanmala la bruja como las gentes creían: sobraba entendimiento a la buena mozapara no tragar los absurdos vulgares como pan bendito; pero faltábaleinstrucción y era aldeanaypor endellegaba hasta dejar las cosas en«veremos»lo cual era rayar muy alto en la materia. Quiero decir con esto queal acercarse a la Rámilaimpávida y resueltaiba tan lejos de tenerla porsantacomo por confidente del demonio.

Llevábala a casa de la bruja no la reflexiónsino un vértigo delespírituobra del reciente choque de su pasión generosa con el desdén brutalde Nisco. Sentía el dolor de la herida en lo más hondo del corazóny buscabaalgo que debía de haber para calmarleaunque fuera el triste placer de lavenganza. Sospechabapero no conocíala verdadera causa del desvío de sunovioe ignoraba qué le dolía mássi el recelo de que otra mujer se lellevarao el temor de perderle ella; qué era lo que con mayor urgencianecesitabasi reconquistar el bien perdidoo hacer que la otrano le adquiriera para sí. En cualquiera de estos casos¿cómocuándo y porqué caminosi no tenía otra luz para orientarse en el abismo en que sehallaba que el notorio desvío del ingrato? Filtrosadivinacionessortilegioshechicerías por arte del diablonoticias ciertasconsejos sanos por modolícito y naturalyen último extremoocasión de desahogo del pechoacongojadocasi en el secreto de la confesión... Todo estoo mucho o algo deellopodía encontrarse en la choza de la Rámila; y por eso iba Catalina alantro de la bruja; y por esocuando se halló delante de ellano supo explicarlo que quería. Al últimorefirió la historia de sus desventurasque es pordonde debió de haber empezado. Lloró muchoy la Rámila la dejó llorar hastaque ya no hubo lágrimas en sus ojos ni quejidos en su pecho.

- IX -

Las primeras chispas

Quien haya visto el mar después de un temporal deshechotenderse en laplayarumoroso y ondulantelamiendo manso lo que antes azotó iracundoytrocados en arrullos sus bramidostendrá una idea del estado de don Juan dePrezaneshoras después de la borrasca que el lector presenció. En el fondo deaquella almatransparente como el más limpio cristalno se descubría un solorencor. Remordimientos y heridassí. Remordimientosporque su buen sentidolibre de las cadenas de la pasióndecíale que para defender su derecho nohabía necesidad de enfurecerse como él se enfurecíadando con ellomonstruosas proporciones a lo que de suyo eraen sus comienzospequeño ybaladíy rebajando lastimosamente el nivel de su propia dignidad. Hastaconcedía cierto derecho a su amigo para desaprobar sus viejas alianzas condeterminadas gentespor que a la vista estaban los muchos males que habíanproducido al puebloy los grandes disgustos que a él le habían acarreadosinun solo beneficio; pero nada más que cierto derecho: no en laamplitud en que su compadre se le tomaba y comprendía. Y por aquí andaba elpunto doloroso. Grabadas estaban en su memoria palabras de acero queen elcalor de la disputase le habían lanzado al corazónsin respeto alguno a lahonradez de sus intenciones ni a la enfIermedad de su temperamentocausaeficiente de los arrebatos a que de continuo se entregabacontra sus deseos ypropósitos.

Apenábale el dolor de estas heridashechas sobre frescas cicatricesyporlo mismodoblemente dolorosas; pero curábalas con la reflexión de que otrastales había causado él en la batalla: con el bálsamo del perdón imploradopor su contendientey con la esperanza de que la reciente reyerta sería laúltima entre él y el amigo a quien más quería en el mundo. Perohecha entrelos dos la definitiva liquidación de agraviosy vuelto cada cual a su tiendaque no se le obligara a él a dar el primer paso en la nueva y edificante vidaque ambos habían de hacer en adelante. Era él el más desgraciadoel mássolo y el más ofendido de los dosy no podía arraigar la reconciliación enel fondo del almasi se cimentaba en tan palmaria injusticia. En cambiosilibre y espontáneamentesu amigoo cualquiera de la familia de su amigodiera ese paso decisivo¡con qué ansia le saldría al encuentro y lerecibiría en sus brazosy firmaría entre elloscon el olvido de todos losagravioseternas y venturosas paces!

Así pensabaarrimado a la mesa de su despachoy en la palma de la manoreclinada la descolorida frentemientras Anasentada a su lado y leyéndolelos pensamientos (porque los hombres como don Juan de Prezanesno solamente sonniños toda la vida por su afición a las cosas pequeñassino por supropensión a meditar a voces)le prometía lo que él deseabay mucho más.

-Por si te equivocas -llegó a responder su padre- bueno será que hagas elsacrificio de acompañarme esta tarde. La soledad es mala consejerahija mía.

Lo que en rigor buscaba don Juan al tener a Ana toda la tarde a su ladoerael convencimiento de que si alguno de la otra casa iba a visitarlelo haríapor iniciativa propiano por sugestionesy quizá ruegosde su hijaquienhablando en rigor de verdaden lo tocante a que se cumplieran sus promesasnolas tenía todas consigo.

En eso apareció Pablo en el corraly a don Juan de Prezanesal verlesele escapó del pecho un rugido de gozo.

-¿Lo ve usted? -le dijo Ana sin disimular el grandísimo que ella sintió almismo tiempo.

No podíaen aquella ocasiónenviarse al abogado de Cumbrales emisariomás de su gusto. Sin embargorecibió al mozo con estudiada seriedad. ¡Hastaen los menores detalles son niños los hombres quisquillosos!

-¡Ya es hora de que le veamos a usted por acáseñor don Pablo! -dijorespondiendo al saludo cordial del joven.

-¡Comoa vecesno sabe uno en qué peca más!... -replicó éste.

-Como andaban ustedes de monos -añadió Ana- habrá creído Pablo que noestaba el horno para rosquillas.

-Cabalmente-dijo Pablo con la mayor sinceridad.

-¿Es decir -repuso don Juan con mal disimulada vehemencia- quepor tugustome hubieras visitado alguna vez?

-Pues como de costumbre: todos los días.

-¿De manera que al verte hoy a mi ladosin miedo de que este ogro tedevoredebo suponer queen tu conceptoesos monos ya no existen?

-Justo y cabal.

-Y ¿quién se lo ha dicho a ustedcaballerito? -preguntó aquí don Juan dePrezanesdejando trasluciren la mal fingida dureza de la preguntaelpropósito que ésta envolvía.

-¿Quién podía decírmelo sino mi padre? -contestó Pablo sencillamentemientras Ana iba con anhelante mirada del uno al otro interlocutor.

-¿Luego su señor padre de usted -continuó don Juan- no se opone a que seme haga esta visita?

-Como que traigo el encargo de brindarle a usted a tomar chocolate con él...digosi no le queda a usted algún resentimiento...

-¡Qué cosas tiene tu padrehombre! -exclamó el nervioso abogadollenandotodo su pecho de aquella especie de aura bienhechora que esparcía en laestancia el recado de su amigo.- Yo no tengo resentimientos con nadiey muchomenos con vosotros... ¡Vayan al diablosi es precisoesas cosasque no me interesan dos cominos y tan malos ratos me dan! Armonía con todos ysosiego en el hogarPablo: esto es vivir; que no está uno contento de símismo mientras se halle en guerra con los demás. Conque raya por debajoy novolvamos a hablar del asunto.

Así comenzó a entregarse don Juan de Prezanes a la pasión de regocijo quele solicitaba rato hacíacreyendo a salvo ya todos los fueros de su amorpropio. ¡Cuántas veces se había hallado en idéntica situación!

Preguntó a Pablo muchísimas cosassin orden ni conciertomientras sepaseaba a lo largo de la estancia; y su ahijadomuy cerquita de Anatan prontocontemplaba la labor que ésta tenía entre manoscomo miraba las nubes por laventana abierta. Llegando a preguntarle por la vida que traíarespondió elmozo en breves palabrasporque era escasa la materia y a la vista estaba entodo el lugar. A lo que dijo don Juan de Prezanes:

-Pues mirahombre: si he de decirte lo que sientotratándose de unmuchacho de tus condicionesno me gusta ese modo de vivir. Bueno que tomesapego a las faenas del campo; buenoen finque trates de ser un labrador hechoy derechopues que en eso has de venir a pararsegún las trazas; pero en lodemás... en lo demásPablodeseara yo que anduvieras con mucho tiento.Quiero decir que guardaras las distancias un poco más de lo que las guardas.Estás llamado a serpor tu posiciónla persona principal de Cumbralesyesta circunstancia te impone ciertos deberes. Conviene que estas gentes te veanpero a tiempo y no a todas horas y en todas partes; que te tratenpero que note manoseensi mañana han de tenerte en algo y ha de aprovecharles tuimportancia; que los aventajes en todo lo buenopero que no intentes igualarlosen lo que pueda desautorizarte a sus ojos. Natural es que juegues a los boloscada día de fiesta con los mozos de tu edad; pero no lo es tanto que bailes asu lado con las mozas en las romeríasy mucho menos que te agregues de noche asus rondas y parranderas. Bien sé yo que a los años hay que darles lo que essuyoy que aquí no se halla otra cosa mejor que eso para lo que pide lamocedad; pero considera que hay que estar a las duras y a las madurasy que lasduras de esos pasatiempos pueden ser muy graves para tisobre todo si tratas debuscar el desquite. Cuando menosesas costumbres tienen de malo el que sucentro natural es la taberna; y en la tabernaPablosiempre hace un desdichadopapel la levita.

Ana atajó aquí a su padretemerosa de que el mozo se resintiera de lahomilía que le estaban enderezandoy dijo a ésteen el tono zumbón que tanbien sentaba a la traviesa joven:

-No dirásPabloquepara improvisadoes malo el sermón de tu padrino.

-¡Sermón no! -saltó don Juanapresurado. -¡Líbreme Dios de meterme enesas honduras!... ¡y cuando aún me rasco los coscorrones de uno muy amargo!Nohijo mío; no te predico ni trato de molestarte: digo sencillamente lo quesientoporque te quiero mucho y ha venido a pelo. Y con esta advertenciay yaque lo tengo entre los labioshe de decirtepara concluirque no me disgustaNiscoel hijo del alcalde: es mozo de juicioaunque pudiera ser menospresumido y valdría más; pero ¿por qué es tan amigo tuyo? De un tiempo acáno os separáis. Ya sé que sois camaradas de la infancia; pero me parecedemasiada intimidad la que os une para lo diversas que son vuestras educaciones.Lo probable es que se te pegue a ti su tosquedady no a él tu cultura.

-Pues ¡vea usted lo que son los juicios humanos! -respondió Pablo mientrasAna atendía al diálogo con vivísima curiosidadparticularmente desde que supadre había nombrado al hijo de Juanguirle.- Precisamente porque se le pegueeso que usted ha llamado mi culturaanda Nisco tan cerca de mí un tiempo hace.

-Asegúranlo por ahí -dijo Ana con malicia;- y es raro el caso.

-Pues yo lo encuentro lo más natural del mundo -replicó Pablo.- Nisco es unmozo trabajador y muy despierto; harto más inteligente en su oficio que lacáfila de zopencos que le critican. Acompañábame al cierro del monte; meenseñaba lo que yo no sabíay me ayudabay me ayudacon su inteligencia yhasta con sus brazosen aquellas faenas que están a mi cuidado exclusivo desdeque el cierro se roturó. Escribía mal y leía peorporque no le enseñaronotra cosa. Andando en mi casa y descansando en mi cuarto muy a menudoviolibros sobre la mesa y quiso que le leyera algunos. Eran cuentos agradables;gustáronle y deseó saber leerlos como yo se los leíapara penetrarlos mejor;después deseó también soltarse en la escrituray comencé a darle leccionesde uno y de otro con mucho gustoporque yo observaba el muy grande con que éllas recibía. Y así estamos. No llegará a ser nunca gran pendolista ni unlector de notaporque el oficio que trae es incompatible con esos primores;pero adelantase sujeta muchodespiértanse en él aficiones y gustossuperiores a su condicióny esto es muy recomendable; ysobre todopadrinoNisco es lo mejor del pueblo para los fines que usted me predicay a Nisco meagarro.

-¡Bien vueltamuchacho! -contestó don Juan hecho unas castañuelas;- locual no quita que el pobre mozopor el camino que vase queda tan lejos de serhombre cultocomo de las labranzas de su padre; y ¡entonces sí que le tocóla lotería! De modo que tampoco es Nisco lo que te conviene para mucho tiempo.

-Pues usted dirá-repuso Pablocon una formalidad tan noblotaque hizoreír a don Juan y a su hija.

-¿Es cosa resuelta -preguntó el primero- que abandones la carrera queseguías en la Universidad?

-Resuelta.

-Pues entonces ¿qué demonio te diré yohombre? Si has de vivirperpetuamente en Cumbrales; si a la edad que tienes no sacas de ti mismorecursos para hacer la vida entretenida y llevaderasin necesidad de tocar losextremos peligrosos de que antes te hablé; y sia pesar de estosinconvenienteshas de ocupar con el decoro debido el puesto que aquí tecorrespondesólo veo un medio de conseguirlo: cásate.

¡Cosa rara! Anaque seguía con la vista a su padre mientras hablaba asíno bien oyó su última palabrase puso roja como una amapolabajó la cabezasobre la labory no encontraba postura cómoda en la silla. Cuanto a Pablosinduda porque no había otra mujer que Ana allívolvió los ojos hacia ella... Yrojo se puso también al choque de su mirada curiosa con la turbada y eléctricade la hermosa joven. ¡Singular efecto de una palabra vulgar y prosaica! Nisiquiera tuvo el color de la maliciapuesto que don Juan de Prezanescuando lapronuncióestaba arrimado a la ventana y mirando maquinalmente las nubes delhorizonte.

Al volverse luego hacia Pablo en demanda de su respuestaya era éste dueñode sí.

-Con ¿qué te parece mi proposición? -dijo al mozo.

-Que tiene mucho que estudiar... y que se estudiarápadrino-respondió Pablo con singular firmeza.

-Así me gustasahijado; y de tal modoque si te decides por la afirmativame brindo a ser tu padrino de boda... Entre tantobastasi os parecedeconversacióny vamos a tomar ese chocolate que me ofrecen en tu casa. Créemeque tengo grandísimos deseos de ver a tu madre y a tu hermanapobres víctimasinocentes de nuestras majaderías.

Dispúsose Ana a complacer a su padre; y con tal apresuramiento y tan debuena ganapor lo vistoque al recoger los avíos de costura en su primorosacanastillapor cada cosa que guardaba ¡ella a quien jamás igualaronprestidigitadores en destreza y agilidad! dejaba caer media docena. Mas allíestaba Pabloque se desvivía con desusado afán por recogerlas en el aire yponerlas en las blancas y finaspero desatinadas manos de la azorada joven.

- X -

Los humos de Nisco

Nisco llegó a casa de Pablo después que éste había entrado en la de donJuan de Prezanes. Subió el hijo de Juanguirle sin llamarcomo era sucostumbrederecho al cuarto de su amigo. Al pasar por delante de la puerta dela salaoyó que le decían desde el fondo de ella:

-Pablo ha salido.

Era la voz de María. Conocióla el mozoretrocedió dos pasos y se colocóen el hueco de la puertasombrero en manoenfrente de la joven que cosíasentada cerca del balcón.

-En ese caso -dijo Nisco algo atarugado y después de hacer una exageradareverencia- me marcharé.

-Si no quieres esperarle... -añadió Maríarespondiendo a la reverenciacon una sonrisa.

-Pues le esperaréya que usted se empeña-replicó Nisco. Y sesentócon mucho tiento y grave parsimoniaen la silla más cercana.

María volvió a sonreírsey continuó cosiendo.

Niscocon el sombrero en la diestra y ésta sobre la rodillaatusándose elpelo con la otra mano... no tuvo por entonces más que decir; peroen cambioclavó la vista de sus ojos negrosun tanto dormilonesen María; y largo ratoestuvo como hechizadoviendo aquellas manosblancas y rollizaspasar yrepasar la agujay estirar la seda para afirmar la puntada; el brillo de aquelabundoso pelo negro; la transparencia de aquel cutis de rosa; la luz de aquellosojos húmedosyen sumael palpitarapenas perceptiblede toda aquellariqueza esculturala cada movimiento del ágil brazo.

Digo yo que todas estas cosas contemplaría Niscoporquesegún laexpresión que brillaba en sus ojosmás bien parecía sorber con ellos a lajoven que mirarla. De vez en cuando echaba ésta una ojeada firme y serena almozo; y entonces el hijo del alcalde de Cumbrales no cabía en la silla.

Iban así corriendo los minutosy Pablo no venía ni se marchaba Nisconientre éste y María se cruzaba una palabra. Don Pedro estaba en el portal enplática con don Valentínque había ido a visitarle «por un motivo muyurgente»al decir del veterano; y su señora andaba disponiendo el agasajo conque habían de celebrarse las paces consabidassi don Juan aceptaba lainvitación que se le había hecho. De manera que los actores de la sala nopodían esperar de afuera incidentes que rompieran la monotonía de la escena:tenían que romperla ellos mismossi no la hallaban muy divertida.

Quizá pensando asídijoal caboMaría mientras examinaba el largopespunte que acababa de hacerdeslizando la tela entre los dedos de sus manos:

-Y ¿cómo vamos de leccionesNisco? ¿Adelantas mucho?

Ya ve el lector que no podía decirse menos que esto tras un espacio tanlargo de silencio.

-No tanto como yo quisiera-respondió Nisco mal y a trompiconespor lomismo que tenía empeño en responder al caso y con voz bien afinada. Faltábaleel hábito de hablar con señoras y bajo cielo-rasoy esto ofrece gravísimasdificultades cuando se trata de soltar de pronto la vozuna voz ajustada aldiapasón de la naturaleza agresteen un centro reducido y sonoro y delante deuna dama a quien se desea agradar.

Maríasin fijarse gran cosa en los desentonos de Niscovolvió a decirle:

-Es algo rara esa afición que te ha entrando de pronto a esas cosas.

-Rara ¿eh? -contestó el mozomás atrevido ya y menos desplomado.- ¿Creeusted que es rara? Pues quizaes lo seasi bien se mira... Y quizaes noporotra parte.

-Ahora sí que no lo entiendoNisco-díjole María riéndose muy de veras.

-Pues yo le diré a usted -añadió el mozo muy animado con la regocijadaactitud de su interlocutora.- Para el oficio que traigono es mayormente alauto el pulimento que deseo en el porte y genial de la personasi uno ha deestar de sol a lunafijo en la brega del camposin más aquél de cubicia quelo que tiene a la vera; pero sipinto el casoal hombrepor su luz natural oroce con quien la tengano le basta eso solo... y quierees un decirquiere... vamosvaler algo más de lo que valebien séase por la fantesíadel valer o por tomar alas con qué volar un poco... porque sienta alládentro... vamosquien se lo mandecomo el otro que dice... en finseñoritael saber no ocupa lugar; y yo quisierasi no ofendosaber algo más de lo quesépor valer algo más de lo que valgo.

-Bien pensado está todo eso -replicó María muy afable;- pero algún motivoespecial habrá para que tan de repente te haya entrado ese deseo.

-Pues ya se lo he dicho a usted; y si es cierto el refrán de «no con quiennacessino con quien paces...»

-¿Luegotu frecuente trato con Pablo es la causa de todo?

-Puede que lo sea-respondió Niscocontoneándose en la silla yatusándose mucho el pelo.

-Pero ¿cómo ese deseo no te ha asaltado hasta ahorasiendo así que a mihermano le tratas desde niño?

Con esta pregunta le entró al mozo tal hormigueoque en un buen rato no ledejó sosegar.

-Consiste esoseñorita -logró responder al finaunque a tropezones- enque los tiemposal respetive que correnvan cambeando... ypor otra partelos ojos de la cara no lo ven todo de un golpe.

-¿Es decir que los tuyos han vistode poco acáalgo que no habían vistoantes?

-¡Cátalo ahí! -exclamó Niscosudando de congoja y medio turulato.

-Pues a eso quería yo venir a parar -añadió la jovencomo si se gozara enla angustia del aldeano.- Es decir que porque ahora ves algo que antes no hasvistodeseas valer más de lo que valías?

-¡Esoeso! -grito aquí el mocetónrojocárdeno y amarillotodo a lavez.

-Pues mira tú cómo la gente se equivoca en la mitad de lo que piensa-añadió Maríaesgrimiendo ya con verdadera sañacontra el acorraladogalánlas armas de su travesuraque aunque no eran muchasen eldesapercibido e inerme muchachón causaban heridas tremendas:- yo te creía elmozo más feliz de Cumbralescon una novia tan hermosa como Catalina; tanconveniente para ti...

Estas palabras fueron para Nisco un golpe en mitad de la nuca. Tardó envolver del atolondramiento en que cayó; pero volvió al finremilgóse y dijo:

-Relative a este puntocrea usted que hay sus mases y sus menos.

-Ya lo supongo por lo que has hecho; pero precisamente en eso que has hechoestá lo que no se comprende. Catalina es la mejor moza de la comarca.

-Esa fama tiene-respondió Nisco con desdén.

-Y bien merecida. Cuéntanla muy enamorada de ti.

-Bien pudiera ser-dijo el rústico galáncon una sonrisilla vanidosa enque se pintaba la alta idea que de su propio valer tenía el hijo de Juanguirle.

Sonrióse también Maríay continuó:

-Es rica entre las de su clase.

-No diré que no lo sea.

-Tiénenla por hacendosa.

-Pshe...

-Y es lista y de mucho juicio.

-Podrá ser.

-Pues si todo eso es Catalina¿dónde puedes haber visto tú cosa que másvalga ni que más te convenga?

Otro golpe en la nuca para Nisco.

-Onde está quien más vale que Catalina -logró decir el mozo- bien lo séyo. Si me conviene o no me conviene más que la otratambién losé... Si se me dirá que sí o se me dirá que no... ahí está el ite de lacosa; porquehablando en verdási la merezco o no la merezcocaso es depleitearse mucho.

-Eso pruebaNiscoque has puesto los ojos muy en alto.

-Confieso que sí; pero sin culpa míaporque los ojos se van detrás de loque apetecensin pedirle al hombre su parecer. Lo que decir puedo es quedesdeque vi eso tan altoando buscando el modo de subir allásiquiera para decir«aquí estoy»en la solfa en que debe decirse; cosa que al presente no sé...¡que si lo supiera!...

Interesábale tanto a la joven la conversación en que se había empeñadocon el bueno de Niscoque ya no cosía. Apoyando sus brazos en la almohadillaque sobre sus rodillas teníajugueteaba con la tijera y mordía una hebrita desedacuyo extremo suelto asomaba húmedo entre sus labios frescos y rojos;miraba al mozo con no disimulada curiosidady estudiaba en él las impresionesque iba causándole el interrogatorio a que le tenía sometido; interrogatorioque acaso no hallen del todo verosímil las damas del mundo elegante(si entre ellas las hay con el mal gusto de leerme)la crítica superficialycuantos desconocen el modo de ser de estas gentes montañesas. En pueblos comoCumbralesse sabe en cada casa lo que ocurre en las demás; y en salones comoel de don Pedro Morteradonde la familia cose y habla y rezamuy a menudo seoyen relatos harto más insubstanciales y pesados que la amorosa cuita del hijodel alcalde; porque allí van los pobres a llorar las suyas; los atropellados apedir consejos... y más de una vecina a remendar la saya o a que le corten unachaqueta o le escriban una carta para el hijo ausente. Ademáslos unos soncolonos de la casaotros han servido en ellay todos se codean en la iglesiaen la calle o en el concejo. De esta mancomunidad de intereses y de afectosnace la íntima cohesiónalgo patriarcalque existe entre todas lasjerarquías de un mismo pueblo; cohesión queno por ser fecunda eningratitudesrencillas y disgustosdeja de existir en lo principalafirmadaen el inquebrantable respeto de los de abajo a los de arribay en la cordialestimación de éstos a los de abajo. Así se explica que Maríacon su genio paradopoco expansivay corta y desconfiada en su trato con gentes extrañas y de suesferaaún sin el estímulo de la segunda intención que algúnmalicioso pudiera suponer en ellase mostrase tan animosa y confiada con Niscoa quienademásestaba viendo en su casa desde que éste era muchacho.

Volviendo ahora al interrumpido diálogosépase que a la vehementeapasionada y casi dramática exclamación del romántico hijo de Juanguirlecontestó Maríamirándole de hito en hito:

-También ese propósito es juicioso y no deja de favorecerte mucho; y tantopodías estirarte túque a poco que ella se bajara...

-¿Cree usted que se bajaría? -preguntó Nisco anhelosocorriéndose unasilla más hacia la joven.

-Hombrede todo se ha visto en el mundo -contestó Maríaparándole con elfulgor de sus ojos rasgados.- Pero se me figura a mí que para que ella se bajetodo lo que es necesarioy por mucho que lo deseehay un inconveniente muygrande y muy difícil de vencer para ti. Puede creer esa personaque te llevan hacia ella miras interesadas. Estopor de pronto. Después... yaquí está lo graveNisco: si dejaste de la noche a la mañana a Catalinaquetanto vale y tanto te quería¿cómo haces creer a... esa otra personaque la quieres más que a Catalina?

Aplanó al mozo este argumento. Meditó unos instantesy replicó:

-La verdá es que si no se me cree por mi palabra o no se me mandan losimposiblespara quehaciéndolos yose vea la buena ley del querer...

Sonrióse María y atajó al mozo de esta manera:

-Te adviertoNiscoque nos hemos colocado en el peor de los casosimaginables. Bien pudiera ella no reparar en tales tropiezos; y eso nadie losabrá mejor que tú que la conoces. Todo depende del carácter y de los humosque tenga esa señora... porque yo creo que es una señorapor la altura en quela has puesto.

-¡Vaya si lo escaramba! -exclamó Niscocon una delectaciónindescriptible.

-Y... ¿la has hablado alguna vez? -preguntó María con un poquillo decortedad.

Aquí le entró a Nisco el hormigueo de otras veces; volvió a ponersetricolorvolteó el sombrero entre las manosse atusó luego el pelocarraspeó muchoy dijo al fincon voz ronquilla y destempladaporque elcorazón le daba en el pecho cada porrazo que le aturdía:

-¿Que si la he hablado?... Muchas veces... miento: ninguna... es decirparaque el diablo no se ría de la mentira: hablarla de verasunasola.

-Pues miraya es algo eso. Y ¿qué cara te puso cuando la hablaste deveras?

-¡Como el sol de los cielosporque así es la suya!

-¿Dijístele algo de lo que deseabas?

-Yo creo que sí... o puede que noaunque pretenderpretendílo; pero leentran a uno en esos trances tales congojas y malenconíasy unos trasudoresysiéntense unas ansias en el pechoy pónense unas telas en los ojosque poraquí va el hombre con la palabray por allá va el su pensamiento.

-Con tal que ella te entendiera... ¿sabes tú si te ha entendido?

Trocóse en fuego la timidez de Niscoy respondió impetuoso:

-Diera este brazo por saber que sí; que tal me miraron sus ojos y tal mehabló con su bocaque luceros de la noche y sinfonías de la gloria meparecieron. ¡Qué señales fueran mejores de que lo alto se abajaba!

-¿Conózcola yoNisco?

-¡Como al mesmo personal de usted!

-Pueshombrepara lo poco que falta ya dime quién es.

Quedóse aquí Nisco como quien ve visionescon los ojos encandiladoslaboca abiertacárdeno el semblante y creo que hasta sin pulsos.

En esto se oyó ruido en el corredory Ana y Pablo entraron en la sala uninstante después. Ana llegó a ver la escena tal como quedó a la últimapalabra de María. Pabloal reparar en su amigole preguntó:

-¿Me esperabaseh?

-No... sí... digocreo que no... es decirpuede que sí-respondióNisco.

-¡Hombreparece que estás atolondrado! Pues mira -añadió Pablo mientrasAna y María se abrazaban y salían juntas al balcón- perdona por esta tardeque estoy muy ocupadoy vuélvete a la noche un ratocomo de costumbre... siquieres.

Niscoque necesitaba aire frescodespidióse y salió de la sala hecho unpalomino. Junto a la escalera halló a don Juan de Prezanes que subía con sucompadreel cual llamaba a su mujer a voces para avisarle la llegada del amigo.Cerca de la portalada alcanzó el mozo a don Valentínque iba a salirtambién. El veteranomientras zarandeaba el casaquín y se sonaba las naricescon ímpetugruñía y murmuraba. Nisco le oyó decir con iramientraslevantaba el picaporte del postigo:

-¡Sabandijas!... ¡Servilones!...

No fue Nisco en derechura a su casa: estuvo oreándose la cabeza y lospensamientos largo rato por brañas y callejos. Pasando por una encrucijadaviovenir a Catalina. Irguióse altivo al emparejar con ellay observó que traíala cara más risueña y el andar más resuelto que horas antes.

Y díjole la moza al cruzarse con él:

-¡Híspete; pavoque ya te pelarán!

A lo que respondió Niscomirándola por encima del hombro:

-Taday... ¡probeza!...

- XI -

Apuntes para un cuadro

Bien corrida era ya la media tarde cuando despertó don Baldomeroporque fueSidora a levantar la mesa y le dio en la cara con el mantel al echársele debajodel brazo. Incorporóse el hombre lentamentebostezando mucho y con grandeclamoreo; se desperezó a sus anchaslió un cigarro y le encendió sin dejarde estremecerse ni de bostezar entre chupada y chupada. Salió después delcasarónypaso a pasollegó a la tabernacafé de los holgazanesdesidiosos de aldea.

Junto a la enrejada ventanapor donde el tabernero despachaba a losparroquianos vergonzososhabía una mesa de basto tableroy alrededor de ellasentadoshasta tres personajes que voy a presentar al lectorporque debeconocerlos. Vestía el uno un traje entre andaluz y de la tierra (ancha faja deestambre negro a la cinturacalañéschaleco desceñidoy en mangas decamisa); andaría rayando con los treinta y cinco años; y como aún era mozosolteropresumía de apuesto sin serlo cosa mayor; ostentaba en la caraanchas patillas negras; miraba gacho y hablaba ceceoso y lentomás por alardeque por natural disposición. Había estadode mozoen Andalucíacomo tantosotros conterráneos suyos; y era casi el único resto del antiguo jándalode los que volvían a caballoentre rumbo y alamaresescupiendo por elcolmillo ya creer lo que ellos mismos asegurabansembrando el camino real depañuelos de seda y onzas de oro.

No le dio a éste gran cosa la vanidad por ese lado: en cambiosu boca erauna carniceríahablandomientras acariciaba con la mano el cabo de una navajaque siempre llevaba asomando por el ceñidorde la gente que él habíadespachado al otro mundono más que por tocarle con el codo al pasaro por nodejarle la acera libreo por mirar dos veces seguidas a la mujer que por él semoría. Con estocon no trabajar nadacon frecuentar demasiado la taberna ycon amenazar en voz sordamarcando mucho la sonrisaal lucero del alba a cadapasollegó a hacerse temible en Cumbralesaunque no hay memoria de que nadiele viera cumplir una pizca de lo mucho que ofreció en su vidani siquieratomar parte en las serias contiendas de que fueron causa sus baladronadasimpertinentesen corros y romerías. Pretendió a todas las buenas mozas deCumbralesy de todas recibió calabazas; apechugó después con lo que quedabay ocurrióle lo mismo. Desde entonces se hizo protector de las mozas deRinconeday esto acabó de desacreditarle en su pueblo. Llamábanle el Sevillanoy nadie le podía ver en Cumbralespero ninguno se atrevía a decírselo a lacara.

El personaje que estaba enfrente de él en la mesa era un mocetón hercúleode mucha y enmarañada greñay sobre ellatirado de cualquier modounsombrero negro de anchas alas. Estaba despechugado y dejaba ver un cuellorobustounido al abovedado pecho por un istmo de pelos cerdososentremúsculos como cables. No era fea su carapero tampoco atractivaaunquerisueña. Pecaba algo de suciay no eran sus ojos garzos todo lo grandes nitodo lo pulcros que fuera de desear. La barbano muy bien afeitaday el pelotenían un color mal determinadoentre rubio y negro; matiz que daba unafeísima entonación al rostro; el cualsin haber en él reflejo alguno demaldadacusaba cierta grosería de instintos que repugnaba. Pues este mocetóntambién en mangas de camisa y con la chaqueta al hombroera el famoso Chiscónel de Rinconedagran amigo del Sevillano de Cumbralesy pretendiente deCatalina desde que Nisco la había dejado. Tenía algunos bienesy eratrabajador cuando quería; pero mucho más dado a zambras y bureosy unapaleador de gran fama.

El tercer personaje era un pobre hombrede edad incalculable a la simplevistaanguloso y acartonadoencogido y bisunto.

Aunque cargado de familiatenía horror al trabajo duro del campoy sehabía propuesto hacerse rico de sopetón; para lo cual contaba con doselementos importantísimos: su ingenio y la manía de las herencias gordas dela otra banda. De su ingenio eran producto multitud de artefactospara losque había pedidocon mal éxitoprivilegio de invención o cincuenta milduros al Estado. El más ingenioso de sus inventosy por el que revolvió laprovincia entera hasta conseguir que el ministro de Fomento examinara elprodigiofue un cepo para cazar topos en el instante en que estos minadoressempiternos arrojan la tierra sobre el prado; pero se tocó el inconveniente deque era preciso adivinar dónde iba a formarse la topera para colocar allí elaparato y juzgar de su utilidady no hubo ocasión de tratar del punto secundarioque se mencionaba en la breve memoria del autoro sea el millón y medioque éste pedía por el inventoaunque con la obligación de construir uno asus expensas para las necesidades del Gobierno de la nación. En estos ensayosempleaba la mayor parte del tiempo que pasaba en casaserrando listones ytabletería que atrapaba aquí y allíaviniendo y combinando pedazosfuerzasy resistencias. Diéronlepor estoel nombre de Tablucasy con él sele llamaba y a él respondíacasi olvidado ya del verdadero.

No por estas atenciones descuidaba el asunto de las herenciasque todos losdías le daba no poco que hacer. Siempre tenía una o dos entre manos. Referíanlos periódicos que un archimillonario había muerto en el Japónsupongamos;contábanselo a él los que ya le conocían el flacoo lo inventabano llegabaun pobre a la puerta y le decía: -Y ello ¿habrá algo de cierto en eso que secorre al auto de unos treinta millones que están depositaos en el Gubierno dearribapor no conocerse a los herederos del montañés que los dejó al moriren el Pirulde Padre Santorey... o cosa así?» En cualquiera de los casospreguntaba Tablucas: -¿Está ese pueblo en la otra banda?».Contestábanle siempre que sí; y ya no necesitaba saber más.

Hubo en su familia un individuo que sobre el año 20 pasó a las Américas yde cuyo paradero no volvió a saberse nunca; y en todos los ricosmuertosabintestato en la otra bandaes deciren Américaen la China... encualquier punto remoto de la tierrallamárase aquél como se llamaraveíaTablucas a su parienterebuscando su genealogíacotejando fechas y acumulandosupuestos e imaginaciones. Colocado ya sobre el rastro del asuntocomo éldecíaconsultábale con los licurgos callejeros de Cumbrales; después con losabogados de veras; luego con el cónsul de la nación en que había muerto elparienteypor últimotrataba de entenderse con el ministro de Estado. Atodo estollenándose los bolsillos de papelucos con nombres de personajesrespuestas vagas de este agente o del otro alcaldey de fes de bautismosinque faltara la del ignorado parientey arreglando en su imaginación lahistoria de tal modoque el más sutil se quedaba perplejo al oírla. Todo estole costaba dineroviajes y molestias sin número; pero vendía gustoso elmendrugo de su familiay jamás le cansaban las idas y venidasni ledesalentaban desengaños ni malas razones. Asíhasta que se moría otromillonarioy dejabapor seguir a ésteel rastro del anteriorexclamando alemprender la nueva campañaalegre y regocijado: -¡Bien dije yo siempre quepor este lado había de venir la herencia!»

Por lo demásaunque frecuentaba mucho la tabernano era gran bebedoryrara vez se emborrachaba. Hablar de sus maquinas y enseñar los papelesreferentes a la millonada que estaba para caerleera su pasión predominantefuera de casa.

Detrás del mostrador estaballenándole de cuentas con tizaResquemíneltabernerohombre bien engrasadoalgo viejo y de áspero y avinagrado humor.

Sobre la mesaentre los tres personajes descritoshabíaademás de unjarro con su correspondiente vasouna ociosa barajaalgo parecidapor loresobada y maltrechaa aquélla con que Pedro Rincón y Diego Cortado ganaronal arriero de la venta del Molinillo doce reales y veintidós maravedíssi nome engaña la memoria.

Ociosacomo he dichoestaba la barajaacaso porque faltaba un pie para unpartido a la flor de cuarenta; pero no lo estaba tanto el vasoque a menudoandaba de mano en mano y de boca en bocacolmado del tinto que oportunamenteescanciaba Chiscónquienpor las trazasera el que convidaba allí.

Andaba éste en tentaciones de pedir a Catalina a la hora menos pensada;visitábala por las noches en presencia de toda la familiapues este favor nose niega jamás en ninguna cocina montañesay gustábale mostrarse rumbosoante la gente de Cumbralespor lo que esto pudiera servirle de recomendación alos ojos de su noviaquedicho sea de pasono se los ponía de resistenciaaunque sólo con el disculpable propósito de encender resquemores en el pechode Nisco. Tomaba Chiscón la buena acogida por donde más le halagabayproponíase abreviar los procedimientospor lo que pudiera ocurrir. De esto sehabía hablado algo aquella tarde entre él y el Sevillanoque con sus consejosy protección le ayudabay hasta acababa de brindarse al de Rinconeda para limpiarlede estorbos el caminosi por estorbo tenía a Nisco todavía. Cabalmente habíasido el hijo de Juanguirle el causante de que Catalina no le diera cara cuandoél la pretendió. Y bien sabe Dios que si Nisco le hizo desalojar la callejamás que a pasofue porque él no llevaba encima la herramientay elotro comenzó a ventear el garrote. ¡Si le tendría ganas el Sevillano!Agradecióle el brindis Chiscónpero desechó el servicio por innecesario.

En esto llegó Tablucasque no habló de sus máquinas ni sacó los papelesde su pleito. Traíale últimamente muy preocupado y absorto otro asunto hartoexcepcional y perentorio; y por esta herida respiraba solamentey de estohablaba en todas partesy de esto habló allí entonces tan pronto como sesentó y le pellizcaron la lengua Resquemín y el Sevillanoque ya conocían elconflicto.

-De lejos todos somos valientes- decía el hombre de los inventos y de lasherenciasrespondiendo a las chanzas de los otros;- pero allí vos quisiera yover¡corcia! allíen la soledá de la nocheclamando la familia aterecíade espanto; y tamborilazo va y tamborilazo viene a la puerta. ¡Vos digo queaquello levanta en vilo!...

Aquí estaba el asunto cuando entró en la taberna don Baldomero. Arrimóseal lado libre de la mesasentóse perezosamentey dijodespués de dar entredientes las buenas tardes:

-Resquemín... la sosiega.

El tabernero tiró de pronto la tiza contra la paredpúsose en jarrasymoviendo a uno y otro lado la cabezasin apartar de don Baldomero los ojos degato irritadocomenzó a decir con su voz atiplada:

-Me paece a mí ¡jinojo! que el día menos pensao le va a resquemar aalguno el mote en la asadura; porque ¡jinojo! si piensan que yo soy guitarrapara dejarme tocar de todo chafandín que a bien lo tengaya estáis aviaos...¡Porque ¡jinojo! cuando a mí se me sube el tufo a la cabezasoy tan hombrecomo el que más!... ¡Y no digo más!... ¡Y ésta y no más!... ¡Pues nofaltaba más!... ¡Jinojo!

-¡Ingrato! ¡mal tabernero!... ¿Después que te lo digo para adulartemeriñes todavía?

A esta chanza socarrona del impasible don Baldomeroreplicó Resquemínhecho una lumbre:

-¡Yo no necesito las adulaciones de usté ni de nadiejinojo!... Yo mefutro en ellas ahora y siempre; y en usted... y en todos los presentes... y enel mundo entero ¡jinojo! que no estoy aquí para recreo de nadiesino por elmío ¡jinojo!... Y el día que me dé la ganadejo el oficio ¡andando! quepara eso tengo posibles... y si me da el real antojoecho todos estos trastos ala calleja¡rejinojo!... Y si me apuran un pocolo hago ahora mismo... ¿Veusted este vaso? ¿le ve usted bien? Pues éste es el caso que hago yo de estevaso... -(Y no le rompió).- ¿Ve usted esta botella? ¿la ve usted bien? Pueséste es el caso que hago yo de esta botella. -(Y la dejó donde estaba).- ¡Amí con esasjinojo! ¡Si soy yo más hombre!... ¡Con burlas a mí!...Valiérales más a algunos pagar a menudo las cuentas; que a fe que la hay conmás renglones que la letanía de los Santos¡jinojo! y no digo de quiénporque no me da la gana: por eso... ¡Y no hay más que eso!... ¡Y sobra coneso!... ¡Jinojo!...

Después abrió los bastidores de un armarilloy volvió a cerrarlosytornó a abrirlosy al cabo cogió un vaso pequeñole llenó de aguardiente yse lo llevó a don Baldomero.

-Aquí está la sosiega -dijo plantando el cortadillo en la mesa.- ¡jinojo!-continuó- nadie se extrañe de que el hombre se remonte un poco a lo mejor...porque no es uno de peña¡jinojo!... Y buenas son las chanzas; pero no tantoque ofendan. Tanto me estimastanto te aprecio. ¿No está esto en ley?...¡Pues vívase en ley!... ¡Esa es la ley... jinojo!

Así era aquel hombre.

Chiscón y el Sevillanosin hacerle maldito el casoseguían comentandomedio en serio y medio en bromalos relatos de Tablucas.

-La primera vez -dijo éstecuando calló Resquemínpensé que era algúnvecino que llamaba con apuro. Salí corriendoabrí la puerta... Y nápormás que miré aquí y allí. Pregunté a la viuda... desde aquí se veenfilácon el esconce de la iglesia: tal como aquí está éllay pegante por laderecha la de la viuda de Pedro Jelechos; en un mesmo portal... puerta conpuertavamos. Pregunté a la viuday díjome que ni ella había llamado nihabía oído porrazo alguno. Un bardalón tremendo rodea por detrás las doscasas... por allí no puede saltar nadie a los huertosni tiempo tuvo deesconderse en ellos después de llamarporque yo abrí tan aína como oí losgolpesy el corral no tiene más salida que la portalada; las tapias son muyaltasy en el corral no se vio alma viviente¡y eso que la luna alumbraba defirme! Bueno. A la otra nocheestábamos cenandoy ¡plun! de repente¡zas!a la puerta. ¡Cristo míoqué tamborilazos! ¡Nadie probó más bocao allí!En esto se oye una vozcomo de alma en penaque dice por el ojo mesmo de lallave: -«¡El que salga a fuera en toda la nocheo quiera saber quién llamaperece!...» Quedéme patifusoy entendí que la mujer y los hijos fenecían detemblor. ¡Cómo no saliéramoscórcia!...

-Y ¿a la otra noche? -preguntó el Sevillanoque no apartaba la vista delos ojos de Tablucas.

-A la otra noche -continuó éste- náporque arreció el ábrego... ¡yesto me da a mí mucho que cavilar! ¿Hay juriacán o negrura? Ni un soplo seoye allí. ¿Hay sosiego y luna clara? Pus ¡leña a la puerta! De modo y maneraquepor unas o por otrasde mi casa no sale una mosca tan aína comoanochece... Y esta vida traigo dos semanas hace... ¡Decíme vusotroscórciasi tal vida se puede aguantar!

Don Baldomeroen tantofumabasorbía alguna que otra vezy parecía nodar la menor importancia al relato de Tablucas.

Preguntóle Chiscón si sospechaba de alguieny respondió el atribuladopersonaje:

-¡Córciasi sospecho!... Y no lo digo por la viudaaunque mujer es delaberientos y tapujos y de un vivir como es público y notorio desde que lefaltó el marido y paece que le cayeron las Indias en casasegún lo que seperipone y redondeacuandoen pura equidá debiera andar a la limosnasola ysin bienes como se ve... Más poder tiene que ella y que todo hombre nacidoquien la mi puerta aporrea sin fegura corporal como nusotros. Lo que con eseultraje se busca en mi casano lo sé a la presente; pero tocante a quién mele hace... ¡córcia si lo sé! y lo séporque lo he visto... ¡lo he vistocon estos mesmos ojos!... Y al auto de ellovos diré que en una de las nochesde los tamborilazosno teniendo pecho para abrir la puertasubíme al sobraoy por un ujero de la ventana miré hacia el Campo de la Iglesiapor sidescubría a alguno que corriera hacia acácuando veo encima de ese muro viejoque pega con el mi corraly mira que mira hacia míun perrazo blanco y negroque no miento si digo que era tan grande como el toro de la cabaña. A la otranocheel mesmo perro en el mesmo sitio... Y siempre que hay garrotazos en la mipuertael perro en el murio. ¿Qué hace allí ese perrocórcia? ¿Qué perropuede ser ese? ¿Qué ha de ser ese perro sino ella mesma?

-Y ¿quién es ella mesma? -preguntáronle.

-¡Pus la Rámilacórcia... la Rámila! Pondría las dos orejas a que esella. Y si miento o no mientoha de saberse prontoporque tengo en el magínuna idea... que se verá en su día... Y no digo más ¡córcia!

Apuró don Baldomero el último trago de la sosiegay dijo a Tablucas:

-Pues yo te daría un consejo... si estás en tus cabales cuando oyes loslinternazos a la puerta y ves el perro en el murio.

-Lo oigo y lo veo como a usted a la presente; y lo oyen y lo ven la mujer ylos hijos. ¡Ojalá no lo viéramos ni lo oyéramos pizca!

-Pues mi consejo es que hables poco de ello y que sigáis cerrando la puertaal anochecer... por si acaso te baldan de un garrotazo. Por de pronto -añadiódon Baldomero cogiendo la baraja que estaba sobre la mesa- vamos tú y yo ameter mano a estos dos valientesen un partido a la flor; y eso te distraeráun poco.

-Hasta el anochecer y no más¡córcia! -replicó Tablucas;- porque encerrando la nocheno será el hijo de mi padre quien pase junto al murio.

-Yo te aseguro que estando conmigo -díjole don Baldomero- nada malo han dehacerte las brujas: soy un puro amuleto de los pies a la cabeza.

Aceptóse de buena gana el desafío por el Sevillano y Chiscóna quienestenía muy suspensos el relato de Tablucasy se dio comienzo a la partida.

Es cosa averiguada que aquella nochepor indicación del jándaloen lugarde ir el de Rinconeda a casa de Catalina por la calleja contigua al muriocomode costumbrese dieron ambos un pasopara tomar el airepor labarriada opuesta; y desde allírodeando muchollegó a su casa el Sevillanoadmiradopor primera vez en su vidade lo que ladraban los perros en Cumbralesen cuanto anochecíay siguió Chiscónsolo y relinchandoen busca del nortede sus pensamientos.

- XII -

Medias tintas

¡Bueno estuvo el agasajo aquel!... ¡bueno de veras!... Primeramenteconservas de guindas y ciruelas claudiasqueso de Flandes y miel de abejas;despuéschocolate con sobadas de mantecay bollos de Mallorca; y paraendulzar el aguaazucarillos de color de rosa. De todo había en la despensagracias a Dios. De lo unoporque abundaban los frutales y los dujos(1)<notas.htm> en la huertay las vacas de leche en losestablos de don Pedro Mortera; y las manos de su señora (y aprovecho estaocasión para decir que se llamaba doña Teresa Coteroscepa de lustre en laMontaña)así como las de su hijase pintaban solas para entender en ese ramode golosinas. De lo demás y otro tantocomo la villa estaba cercanuncafaltaba en casa la necesaria provisión.

Repito que estuvo bueno¡bueno de veras! el agasajoservido en ampliamesaen mitad de la sala. Pero ¡bien le hizo los honores y le ponderó elcomplacidísimo don Juan de Prezanes!

-¡Buen punto de dulce! -decía al probar el de guinda.- En este ramoAnatienes que bajar la cabeza delante de tu madrina: no llegas a ella... ¡y esoque lo haces bien! En cambiono hay repostero que entienda las compotas comotú.

-Pues mira cómo te equivocas -respondió su comadre:- ese dulce es obra deMaría

-¿Sí? Pues es señal de que la discípula va a dar quince y raya a lamaestra. Sea enhorabuenamuchacha.

Al tomar luego chocolateexclamódespués de olerlo y de probarlo:

-¡Soberbio!... Esto es de tres hervidascomo mandan losinteligentes: el chocolate ha de subir tres veces en la chocolatera;luego un poquito de reposoy a la jícara en seguida... Dame un par derebanadas de ese pan tostadoPedro... Y esa mantequilla fresca para untarlas...¡Cosa exquisita!

-El apetito que tú tienesJuan -díjole su compadre- y los buenos ojos conque lo miras todo. ¡Eso sí que es exquisito!

-No te diré que noPedro; que con el ánimo atribuladosuelen losestómagos ser melindrosos. Pero no por eso deja de ser bueno lo que escomoesto que yo alabo... Arrima hacia acá esos bollos de MallorcaTeresaqueesponjas de miel deben ser para el chocolate... ¡Bien a mano los teníasmujerpara regalarme hoy con ellos!

-Ayer se hicieronJuan -respondió doña Teresa arrimando la canastillallena de bollos a su compadre.

-¡Mira qué a tiempo!

-¡Esta sí que es obra de María! -exclamó don Juan de Prezanes saboreandoparte de unomojado en chocolate.

-Pues cabalmente los hizo mi madre -respondióriéndoseMaría:- lo mismoque las sobadas.

-¡Superior estaba también la que he comido!

-Torpe andas hoyJuanen tus presunciones -díjole don Pedro Mortera consocarronería;- y esa torpeza no es disculpable en un jurisconsulto viejoquedebe tener buena nariz para todo.

-Cierto es esoPedro amigo; pero ¡hace tanto tiempo que dejé el oficio!...Sin embargono he olvidado el principio fundamental de la recta justicia: Suumcuique tribuere; en virtud del cualdoy a tu mujer la enhorabuena quepensaba dar a María. Conste que te felicitoTeresa.

Y así por el estilo. A todo lo cual callaba Pablo y no decía Ana mucho másque su amigaque también callaba. Verdad es que don Juan de Prezanes no dejabameter baza a nadieporque hablaba por todos.

Media hora después de anochecidoAna y María estaban en unrincón de la solanaembutida entre los dos cortafuegosmuy salientesde lafachada. El aire continuaba siendo seco y pesadoy no había que temer dañosdel retente. Ana se mecía sobre los pies traseros de una sillaapoyando laspuntas de los suyos diminutos en los gruesos y torneados balaustres del balcónpara guardar el equilibriocuando no descansaba reclinando la silla contra lapared. Maríasentada a su ladocontemplaba la lunaredonda y resplandecientecomo un disco de oro bruñidoen el no muy ancho lugar que los nubarrones ledejaban libre en el cielo; y aun allí no imperaba a su antojo sobre lastinieblas de la nochepues de vez en cuando empañaban sus fulgores pardoscrespones que el viento llevaba por delante de la senda que recorría en elespacio. Estaban envueltas en sombra las montañasy sólo las del Surperfilaban sus crestas gallardamente sobre un fondo diáfano y luminoso.

Rato hacía que las dos jóvenes callaban. De pronto Anacuyo carácteralegre y travieso no la permitía hacer largas amistades con el silencioexclamó contemplando también la luna:

-Míralamujerqué rechonchaza y papujona sale ahora. ¡De qué buena ganala daba un par de carrilladas en aquellos mofletes! Asomando entre las nubesmerecuerda la cara de tía Pepa Tortas cuando se quita la muselina.

María se echó a reíry preguntó a su amiga:

-¿De veras hallas en la luna cosa que se parezca a un rostro humano?

-Yo no he visto eso en otras lunas que las pintadas en el calendarioMaría;peroforzando un poco la imaginaciónse distingue algo como nariz...

-Pues yo no veo sino un rimero de manchas...

-Justolo que ven los muchachos de Cumbrales: una vieja sentada encima de uncoloño de espinos. Estaba robándolos de nocheyen castigola sorbió laluna.

-Así dicen.

-Por bien poco se atufó esa señora... ¡Si el robo hubiera sido de unbolsillo de onzas siquiera!...

-¡Esta sí que no es ilusiónAna!... Mira aquella nube amarillenta y solaa la derecha de la luna. ¿Has visto cosa más parecida a un león agazapado?

-Algo tiene de esoefectivamente... Perosi a ver vamosmira estas pardasde la izquierda: yo veo en ellas un caballo a escapey otro a su ladomordiéndole las crines; y detrásun rebaño... no sé de qué; y hasta lospastores con sus palos...

-¡Ave María purísima! Yo no veo señal de esas cosas.

-Pues yo síy no me asombranqueaun sin subir tan arribase ven otrasmucho más raras. Aquí abajoen Cumbrales mismohay mujer que a su amiga¡qué digo amiga! a su hermanale oculta el sentir de su corazón:

-¿Volvemos a lo de antesAna?

-Síseñora... ¡y mucho que vuelvo! porque eso no se hace. ¡Tener yaenvejecidocomo quien diceun amor en el pechoy necesitar yosu amiga yconfidentesacarle con tenazas lo poco que he llegado a saber!...

-Y ¿qué adelantaríamosAnacon que yo te hubiera dado cuenta de todo?

-Lo que se adelanta siempre en esos casos: por lo menoshablar de ello amenudo.

-Un imposible. ¡Buen asunto para nuestras conversaciones!

-Se habla sobre el mejor modo de vencerle.

--Como yo sé que no lo he de vencer...

-Pues se la riñe a usted por haberse metido en tales honduras a tontas y alocas.

-Cuanto más se manosea una heridamás duele: es preferible hacer lo que yohagoconsiderando la mía incurable: tratar de olvidarla en silencio.

-PeroMaría -dijo aquí Ana acercando más su silla a la de su amiga-hablando con toda formalidad- ¿será posible que los síntomas que vengoobservando en ti algún tiempo hacey las pocas palabras que he podidoarrancarteacusen real y verdaderamente una enfermedad de tal naturaleza?

-¿De qué naturaleza? -preguntó María sorprendida.

-Me has asegurado que jamás tu padre aprobaría esa elección que hashecho...

-Y es verdad.

-Porque hay entre él y esa persona poco menos que un abismo.

-Cabal.

-Pues en ese abismo es donde se pierde mi curiosidadMaría; que aunquetodos los abismos convienen en ser «negros e insondables»según la fama (yono he visto ninguno todavía)debe haberlos más y menos espantosos... y hastamás y menos necesarios; y tales riesgos pueden existir para ti al otro lado deltuyoque mi padrino haya obrado como un sabio al ponértele delante.

-Muchas gracias por el consueloAna.

-No te lo dije por mortificarteMaríay perdóname... pero escucha. Haymatrimoniosllamados imposiblespor discordancias de caracteres entre las dosfamilias interesadas; por diversidad de ideas religiosas o políticas; pornotable desequilibrio en los bienes de fortuna o en la honra personal; pordiferencia de alcurnias; y por últimolos hay queademásson ridículosysi me apurasgrotescospor no concordar los novios ni en caudalesni enjerarquíani en educación. Con franquezaMaría¿cuál de estos casos esel tuyo?

A lo cual dijo María con calor:

-¿Me prometessi te lo confiesoresponderme con la misma franqueza a laspreguntas que yo te haga después?

-¿Sobre asunto parecido? -preguntó Ana.

-Idéntico-respondió María.

Sonrióse aquélla y dijo:

-¡Qué más quisiera yohija míaque tener algo de eso quecontarte!

-No trates de curarte en sana salud.

-Te contaré hasta mis aprensiones: ¿quieres más?

-Eso me basta. Trato hechoy empiezo a cumplir mi compromiso... es deciraresponder a tu pregunta.

En esto se oyó vocear a don Juan de Prezanesque con sus compadres y Pablocontinuaba charlandoa oscurasen la sala. Sobresaltóse Anamás por loespecial del sonido que por la fuerza de la vozy dijo a Maríainterrumpiéndola:

-Se me antoja que no ha de ser muy duradera esta reconciliación si se dejanlos genios a su albedrío. No va a haber otro remedioMaríaque armar unpronunciamiento entre nosotras.

-¿Qué temes ahora? -preguntó María.

-Escucha a mi padre.

La voz de éste era recia y destemplada entonces.

-Ya que el diablo ha metido aquí la pata -decía- echando sobre la mesa laenvenenada manzana de la sempiterna cuestión de los genios dulces o amargosdéjese a cada cual defender el suyo en buena lidque hablando se entiende lagentey no metiéndose los dedos por los ojos¡caramba! Yo no pretendo sermejor que nadie; pero tampoco me conformo con que otros presuman de ser mejoresque yo. La forma no importa dos cominos: el fondo es lo que hay que mirar;justamente lo que menos se mira y se respeta en el mundo. Estoy cansado de oír:«don Fulano... ¡gran sujeto!... persona muy atentamuy finaincapaz defaltar a nadie»; y todo porque don Fulano jamás dijo una palabra más alta queotray tiene siempre una sonrisa en los labios... hasta cuando despluma a suvecinoo vende la amistad jurada por un puñado de dinero o por cosa que novalga. Pues al contrario: «¡don Perengano!... ¡no se le puede aguantar; es ungrosero; una fiera!»porque don Perengano se tasa en lo que vale y no engañaal mundo con sonrisas falsas.

-Te sales ya del carrilJuan -dijo entonces don Pedro.- Bueno es que elhombre lleve el corazón en la mano; pero en lo puramente genialhay que irsecon mucho tino; hay que contenerseque dominarse un poco...

-JustamentePedro. Pero que no se eche toda la carga al irascible; queempiecen por contemplarle algo los que saben de qué enfermedad padece; que nole irriten; que no le puncen; que le concedan siquiera lo que en justicia se ledebe... Y esto me trae a la memoria un ejemplo de todos los días. Cuatropersonas se ponen a jugarpor pasar el tiempo. Tres de ellas son de lasllamadas de mucha correa. Pierdeny permanecen serenasinalterablesatentasfinas y comedidas en todo: lo mismo que cuando ganan. Laotra persona es un hombre de los míos: nerviosoirritablesulfúrico. Tócale perder a ély comienza a descomponersey acaba por serreal y verdaderamenteinaguantable... Pero ¿por qué? Por la falta deconsideración de los demás. Lo que pierde es insignificante; y no es esto loque le irrita. Acaso sea él el más desinteresado de todos; quizáfuera deallísea un manirroto para el dineroal paso que los otros tres den primeroun diente que un ochavo. Pero a las primeras señales de su inquietudcomenzaron los señores «de mucha correa» a dejar de tenerla para él; airritarle con gestos de desagradocon sonrisas de burla o con palabras acres;hasta queen fuerza de avivarse el fuegollegó éste a la pólvora y voló lasantabárbara.

-Pero ¿por qué el irascible no se contiene antes de dar ocasión a que suscompañeroscon razón sobradacomiencen a renegar de él?

-Porque no puede: lisa y llanamente porque no puede. Cuando «los hombres decorrea» pierdenno ven más sino que no gananque se les niega el naipey que se levantarán de la mesa con unos reales menos de los que tenían en elbolsillo cuando se sentaron. Esto es todo lo que ven y esto es todo loque sienten: nada de lo que siente y ve el otro.

-¿Qué puede ver y sentir ese otroque más valga en el juegoaunque seaéste por mero pasatiempo?

-¿Qué puede ver y sentir? Un infierno de cosas y de impresiones. Vepor deprontoconvertirse para él en leyes infalibles lo que para otros soncoincidencias insignificantes. Por ejemplo: que las cartas sin valor que recibey le hacen perder las bazasson del palo de oros cuando da Fulanoo del decopas cuando da Mengano; que siempre que éste enciende un cigarro o el otroenreda con las fichasle ganan a él un restoo le dan codilloo le acusanlas cuarenta; que cada vez que Zutano se sonríe mirándolele sacan uno a unoy arrastrados ignominiosamentelos pocos triunfos que había podido adquirir...en sumacada peripecia del juego parece fatalmente subordinada a un plan de laenemiga suerte. Jurara entonces que las figuras de la barajatendidas sobre lamesaadquieren vida y movimientoy que se burlan de él con sus carasridículas y contrahechas. Pero hay algo más irritante aún que todo esto; y esuna especie de diablillo que lo va señalando con el dedo para que nada paseinadvertido; diablo sin color ni formaspero perfectamente visible a los ojosdel espíritu excitado y vibrante. Toda esta infernal conjuración asedia sindescanso al jugador de mi ejemplo; y esto es lo que le incomoda y le saca dequicio; esto es lo que le ensoberbece y descomponeno los tres míseros ochavosque pierde en la partida; esto esen finlo que no toman en consideración loshombres de «mucha correa» que le acosan en vez de ayudarleno a ganarqueabsurdo fuera entre contrariossino a vencer a los conjuradoscon un poco detolerancia y de afabilidad. ¡Valiente hazaña consuman los que de nada sequejan porque nada les duele! En cambioquien tiene por naturaleza un manojo decuerdas sonoras¿qué mucho quecuando se le hierevibre alguna de ellas? Loasombroso fuera lo contrario. Luego no se ha de buscar en él sólo el remediocontra ciertas desafinaciones de su temperamentosino también en la prudenciade quienes se le acerquen y le traten.

-No me parece del todo mal esa teoría -dijo don Pedro- aunque algunosreparos se me ocurren en favor de las gentes cachazudas que juegan paradivertirse y no para ejercitarse en la faena espinosa de conjurar las demasíasde un compañero atrabiliario; pero ¿a qué viene toda esa cuestión aquí?

-¡Pues me gusta la pregunta! -repuso don Juan de Prezanes.- ¿He sido yopor venturaquien la ha traído?... ¿o piensas que me mamo el dedo... que nopenetro lo que se me quiere decir?

-Por el amor de DiosJuan¡no empecemos!

-¿Lo ve usted?... Ya voy yo a pagar los vidrios rotos.

-¡Te digo que no!

-¡Te digo que sí!

En este punto el altercadoentró Ana en la sala.

-Tiene razón mi padre -dijo muy formal y resuelta:- parece que se complacetodo el mundo en llevarle la contraria. No es él quien ha sacado a relucir esaendiablada cuestión.

-Síhija míasí -añadió don Juan con nerviosa ironía:- si he sido yoel insufribleel energúmeno de tu padre. Aquí todos son buenosmansos einofensivos... Ya lo ves: hasta tu madrina calla como una muertaseñal de quetambién ella me quiere endosar el mochuelo... Y es natural¡como yo tengo laculpa!... De todo¡de todo lo malo la tengo yohija mía! Aquí no oirásotra cosa.

-Pero ¿qué quieres que haga yoJuan -dijo doña Teresa muy apenada- si encuanto comenzáis a hablar de eso ya me tiemblan las carnes? Lo que de buenagana haríasi pudieraes poneros una mordaza algunas vecescomo ahora.

-Con dar la razón al que la tieneno se agravia a nadie y se evita que lascuestiones se caldeen-observó don Juan de Prezanes.

-Pues figúrate que fue Pedro quien sacó la conversación...

-Yo no me he acordado de semejante cosa¡caramba! -saltó con presteza elaludido.

-Pues ni fue usted ni fue mi padre -dijo Ana.- Sépase de una vez la verdad:quien la sacó fue Pablo.

-¡Si no he despegado los labios hace media hora! -respondió el mozo desdeun rincón de la sala.

-Pues sería yo... o el diabloque es lo más seguro -añadió Anaincomodada de veras.- ¡Vea usted qué delito tan grave para que tanto nosempeñemos en sacudirnos de él! Tengan todos un poco de toleranciay veráncómo no pasan de lo justo las porfías.

-Por ese lado iban precisamente mis quejasexclamó don Juan.

-Pues se quejaba usted con muchísima razón-repuso su hija.

-Lo cierto es -dijo Pablotal vez respondiendo más a sus recónditospensamientos que a las palabras que oía- que no bien comienza a sonreírle auno un poco el corazónya tiene el nublado encima.

-Pues por esta vez al menos -contestó Ana- no han de faltarte brisas que leesparzan... Y le esparcerán... Ea¡ya le esparcieron!

Y como al decir esto se iluminara repentinamente la sala con los rayos de lalunaque reaparecía sin estorbos enfrente de las puertas del balcónañadiócon suma graciaseñalando al astro refulgente de la nochemientras fijaba susojos picarescos en su padrino:

-¿Quién es el guapo que se atreve a desmentirme?

Celebró don Pedro con recias carcajadas la felicísima coincidenciayaplaudiéronla los demásexcepto don Juan de Prezanesque tuvo que morderselos labios porque no le desautorizara la risa que le retozaba en ellos.

-Y ahora -prosiguió Ana- sepan ustedessi es que mi padre no lo ha dichocomo lo temoque este santo que hoy se celebra aquítiene octava; en virtudde lo cual el señor don Juan Prezanes invita a ustedes a tomar chocolatemañana en su casadonde espera demostrarles que si en rumbo y en despensa hayquien le aventajea nadie cede en cariño y buen deseo. ¿No es esto lo queusted pensaba decirpadre?

-Cabalmente -respondió de muy buena gana don Juanque no había pensado ensemejante cosa.- Sólo que con la conversación...

-Se le fue a usted el santo al cielo -concluyó Ana.- Eso sucede siempre quese habla de lo que no viene al caso. Y con estosi ustedes no disponen otracosanos retiramos mi padre y yoque ya es hora.

Marcháronseen efectotras una cordial despedida; y con marcharse estospersonajesse acabó el asunto del presente capítulo.

- XIII -

Las alas de cera

Cuando Pablo y Nisco iban al cierrosu paso por las mieses de la vega erauna continua observación y un incesante comentario.

¡Lo que puede la desidia! -exclamabapor ejemploel primerodelante de unprado con matorros y mimbreras.- Tres años hace no más que nació el primerescajo aquí. Con la punta de la navaja pudo arrancarse entonces: hoy da querozar para medio día lo que se vey en una semana no desencasta los raigonesel azadón. ¡Coja usted buena yerba así! Ni más ni menos que el que le sigue.¿Te acuerdas de lo que era ese prado cuando le compró su dueño? La palma dela mano daba tanta yerba como él. Mírale hoy hecho una hermosura porbeneficiársele mucho y a tiempo. Está visto que no hay tierra mala bienadministradani buena dejada en abandono... Después (yo no sé si tú hasreparado en ello alguna vez): tal es la fincatal es su dueño; según ellaestá de cultivoasí anda él de calzones.

-Lo que yo no acabo de entender -decía Nisco un poco más adelante;- es porqué esta tierraque es buena de por síha de perderse por la charca quetiene en mediocuando con una sangríapor la parte de abajosaldría lo quedaña sin llevarse la frescura que beneficia.

-¿Sabes de quién es la finca? -preguntábale Pablo.

-¿No he de saberlo?

-Pues sabiéndolo¿de qué te admirashombre? Su dueño es de los queciegan de buena gana porque otros no vean. Esa sangría tiene que hacerse en elprado que le sigue y que peca de secano. Con las aguas que aquí sobranganabamucho el otroy hasta los de más abajo; y este hombre prefiere segarespadañasjuncos y rabos de zorra en agostoen vez de yerba superiora queel vecino la obtenga mediana por la virtud del riego regalado... Pues ¿quédiremos de esta heredad que hoy no da un garrote de panojasen maícestísicoscuando antes era un granero de punta a cabo? Aprendió una vez eltestarudo de su dueño que la cal es buena para las tierrasysin averiguarotra cosacuanta cal adquiere desde entoncesa la heredad con ella. Así laestá abrasandoel pedazo de bárbarocon lo mismo quemezclado en lasdebidas proporcionesle produciría buenas cosechas.

-¡Qué quieres tú! No saben más.

-Pero saben reírse de quien les dice que se equivocancomo éste se rió demí cuando le dije cómo debía hacerse uso de la caly en qué clase detierras... ¡Buena va este año la heredad grande de tu padre!... ¡Vaya unbosque de maíces!... ¡Y qué muestra de faisanes!

-Milagros del abonoPablo.

-Poca calabaza: así me gusta. Es fruto sin substanciay roba mucha a latierra.

-Pero campa en la heredad.

-Eso sí: gusta ver la plantacargada de hojas como paraguasarrastrarselargalargadejando enredado acá un miembro y allá el otrohasta poner alsol la cabeza sobre el retoño de la linde. Pero decía un médico viejoaquien yo conocíque de todas las calabazas del mundo no sacaría el mejorquímico un adarme de substancia; y a esto me atengo. Fruto que no alimenta¿de qué sirve en la heredadsino de estorbo?

Así llegaban al cierroverdadero muestrario de cultivos; vasta extensiónde terrenolabrado en la sierra inmediata al montebien soleado y circuído deun vallado con hondo fosoy erizado de una espinera blancarecia y tupidaqueen la primaveracargada de floresparecía un muro de nieve. Allí ensayabaPablo sus atrevimientos de cultivador cuando estaba en el pueblo; y desde queera mozo y tan pronto como se acentuaron en él estas aficionesnunca dejó dehacer una escapada desde la Universidadcon mucha complacencia de su padreenla estación conveniente a sus propósitos; pues no era imposibledurante elcurso universitarioacomodar las exigencias de las principales laboresagrícolasa los días de vacaciones.

Cómo volaba el tiempo para Pablo mientras estaba allí metido con Niscoexaminando el cierro planta a planta y yerba a yerbaponderando esto ylamentándose de aquellolo uno porque respondía fielmente a susimaginacionesy lo otro porque le había producido un desengañolocomprenderá el lector sin que yo se lo explique en largas consideracionesquehabrían de fatigarley a mí también. Y ahora le advierto que si digo todo loque dicho queda en el presente capítulode los entusiasmos campestres dePablono es porque yo me imagine que le sientan bien a un mozo de su edad estasformalidades precocespues bien sabe Dios que con ellas solas y sin lasmuchachadas por que le reprendió su padrinoy la sencillez y nobledespreocupación de que nos ha dado muestrasmás apto le juzgara para zagal deun idilio cursique para personaje de una novela realista; dígolo para queteniéndolo en cuenta el que leyeredé toda la significación que lecorresponde a la actitud en queal día siguiente de haber refrescado lafamilia de don Pedro Mortera en casa de don Juan de Prezanessin detrimento debuena armoníaPablo y su amigoque no se habían visto desde la antevísperacaminaban hacia el cierro del monte.

Iban el uno en pos del otrolentamente y pensativos: Pablo tronchando yerbasy flores con una varita que llevaba en la manoy Niscocon la chaqueta alhombro y el sombrero sobre las cejasarrollando y desarrollando maquinalmentecon sus índices una hoja de maíz. Pasaron junto a un maizal en que habíanhozado puercos muy recientementey ni una palabra arrancó a los caminantes elsuceso; más adelante hallaron a una familia cogiendo una heredadcosaque nadie pensaba hacer todavía en la vegay ni siquiera se cansaron enpreguntar si el maíz aquél se cogía por tempraniego o para secarlo enel horno... Aunque vieran cuervos picoteando las panojasy maíces tronzados oseturas entornadasseñales de haber entrado bestias en la miesy tal cualprado todavía con el pelo de agostosecopodrido ya y sin jugos... nadanadales ofrecía motivo para una sola preguntani los sacaba de sus tenacesmeditaciones.

Databan éstasque no eran tristes por ciertode la misma fecha. Las dePablo nacieron del consejo que le dio su padrino delante de Ana; las de Niscode su conversación con María. Desde entonces andaban los dos camaradas comopareja de palominos atolondrados. Pablocomo quien despierta de un sueñoagradable y se deleita en armonizar ideas no muy acordesy en grabar en lamente imágenes fugaces y confusas; Niscoviendo y palpando cuadros de bultocon luz de colores y auras de tomillo y malva-rosa.

Entraron en el cierro sin hablar palabray con el mismo silencio llegaron alpunto más alto de él... Y allí se sentaron subter viridi frondequedando ante su vista el panorama de Cumbrales y lo mejor de su vega. LlenósePablo los ojos de aquel hermoso espectáculoy el pecho de aquellos aires purosy fragantesy no dejó Nisco de dar pruebas de que también sabía sentir lahermosura de la naturaleza. Diólas primero mirando con avidez aquí y alláapesar de sus cavilaciones; ypor últimorompiendo a hablar de esta manera.

-Lo que se recrea el hombre con visualidades como éstaes mucho de todoPablo.

Nada respondió éstey añadió el otro:

-Pues cuando uno tiene en sus adentros algo enternecida la entrañaporestimación a otra persona que le quita el sueñodígote que cosa es que pasmacómo la ves onde quiera que pones los ojosni más ni menos que si la llevarasen ellos. Así es que resulta que esa personasin estar delante de ti en cuerpoy almaes a modo de luz que te lo alumbra todo... Entiéndolo yo talsólo conlas feguraciones de un bien querer... porque no cabe en lenguas ni en papeles loque uno vieraen salva la ocasión presentesi en manos de uno estuvieraaquello que apetece o que puede apetecerpor convenirle.

Calló Nisco porque se enmarañaba y perdía entre estas metafísicasyacaso también porque Pablo parecía estar más atento que a escucharleacontar los varazos que se daba en sus piernas estiradas sobre el campo.

Tras otro rato de silenciosoltó Niscode repente y a quema ropaestapregunta a su amigo:

-¿Por qué no te casas con AnaPablo?

Con la cual pregunta sintióse el mozo tocado en lo más profundo del alma;sacudió el letargo en que yacíaenrojeciósele el semblantey respondióentre contrariado y satisfecho:

-¡También túNisco?

-No pensé que naide me hubiera cogido en el dicho la delantera -replicóéste.- Siempre entendí que eso debía de ser; vino a cuento ahoray te lodije. Por las trazasotros más que yo te han cantado la mesma solfa.

-¡Muchos! -respondió Pablo con la mayor sinceridad.

Sólo a Nisco se lo había oído en el mundo; pero hacía cuarenta y ochohoras que se lo estaba aconsejando el corazóny el pobre mozo pensaba que nole hablaban las gentes de otra cosa.

-Y ¿qué es lo que te para -volvió a preguntarle Nisco- siendo cosa tanhacedera y conveniente?

-Ya trataremos de eso en tiempo y sazón-respondió Pablomostrándosepoco dispuesto a continuar hablando del mismo asunto.

Pasado otro ratito de silenciodijo Nisco tímidamente:

-Pueshombre... ya que de eso nobien pudiéramos tratar de algo que se leamejarespetive... a otra persona. ¿PaécetePablo?

-Tú dirás-respondió éste con escaso interés.

Se le bajó el color a Nisco entonces; empañósele la voz un tanticoseñales de que iba a acometer arriesgada empresay habló así:

-Amigo eres míoo no le tengo en el mundo; un sentir me enternece de untiempo acáy contigo le quiero tratar como corresponde. Sillegado el casoel sentir te ofendierecuenta que no te le dijey perdona... pero consideraque si de él te hablo ahoraes porque ya no me cabe en la entraña.

Con este exordio se despertó un poquillo la curiosidad de Pablo. Miró éstea su amigoy díjole para animarle:

-Veamos qué es elloseñor enamorado.

-Bien sabes tú -prosiguió Nisco- que hay un decir que dice que la primeravez que se quiere es cuando se quiere de veras... Pues yo te puedo asegurar queese decir es una mentira muy gorda. Quise yo a... esa probe muchacha que estáloca por míy antojóseme que aquello y no más era lo que había que ver enel mundo. Paecíanme de mieles sus palabras; soles sus ojosel mesmo cielo sucaray su cuerpoestampa de la gracia andando; perohablando con verdadaunque todo esto me paecíani me quebrantaba el apetito ni me quitaba eldormir... como ahora me pasa con esto otroPablo; que tal esque no puedo conello. Yo nunca tuve este desgano que me añuda el pasapán; ni este temblor deallá dentroque me engurruña y apoca; ni este acabarme en sospiros día ynoche; ni esta congoja del arcacomo tengo de antayer acásin hora desosiego.

-¿Desde anteayer lo tienesNisco? -preguntóle su amigo.

-¡Desde antayerPablo; desde antayer lo tengo!

-¡Malos vientos corrieron ese día! -dijo Pablo sonriendo.- ¡Ni aunquehechizos los trajeran! -respondió Nisco sin penetrar la intención de suamigo.- Desde entonces es cuando ni el sueño me buscani el pan me sabeni eltrabajo me rejunde... Tal me pasaPablo; tal te cuentoy el porquésabrás tambiénsi no te ofende.

-Vamos por partes -dijo Pabloconteniendo a su amigo que iba animándose porinstantes.- Supongo que esa mujer que tales impresiones te causavaldrá másque Catalina.

-¡Qué tiene que ver!...

-Será más guapa...

-¡Qué tiene que ver!...

-Más rica...

-¡Qué tiene que ver!...

-Vamosuna medio-señora.

-Medio ¿eh?... ¡Tan señora como la que más!

-Y ¿quiérete como tú la quieres?

-Eso es lo que yo no sé a punto fijoPablo.

-Pero ¿lo sospechas?

-Barruntos y feguraciones tengoque bien pudieran engañarme. Por eso quierohablar contigo y oír tu parecer.

-Pues voy a dártele en seguida.

-¡Si no te he relatado el caso!

-No lo necesito... ni lo deseo-dijo el mozomuy formal.

Si receló algo que no le hizo graciajamás se supo; pero es averiguado quehabló al hijo de Juanguirle de este modo:

-Nunca te preguntéNiscopor qué dejaste a Catalina; pues nunca mehablaste de ese asuntoy a mí no me gusta meterme donde no me llaman. Ahora mellamasy te lo pregunto. ¿Por qué la dejaste?

-Porque me gustó la otra más que ella-respondió Nisco sintitubear.

-Pues eso es una mala partidayademásun mal negocio para ti. Así loentiendo y así te lo digo. Túcon tu chaquetatus rizos y tus labranzasconel hacha en la mano o bailando en el corro en mangas de camisaeres un mozocomo no hay otro en estos lugares; pero échate encima de repente una levita yarrímate a una señoray hasta los muchachos te correrán; porque todo eso quehas aprendido y antes no sabíassi te levanta mucho sobre los de tucondiciónte deja todavía a cien leguas de lo que pretendes. Doy por hechoque una dama como la que sueñas te elevara a su altura de la noche a lamañanaporque hay gustos para todo: ¿qué ibas ganando en ellovaliendodonde te poníanmucho menos que tu mujer? Y yo creoNiscoque el matrimonioen que el marido no sabe guardar su puestoes mal matrimonio; y el puesto seguarda valiendo el marido más que la mujeres decirsiendo rey y señor de sucasano sólo por más fuertesino por más entendido en cuanto les rodee enla esfera que ocupen ambos. Cuanto más tenga la una que aprender del otromásse ufanará con él y más alta se pondrá en la consideración de las gentes.Pues dame el caso a la inversay verás a los dos en la picota de la zumba;porque esa es la ley... y así debe de ser. Y si esto sucede aun siendo la mujery el marido de una misma alcurnia y de idéntica educación¿qué no sucederácuandoademás de ignoranteél es tosco destripaterronesy ella una damaculta y discreta? Y ¿cómo la mujer que comienza por avergonzarse en públicode las groserías de su maridono ha de concluir por perderle la estimaciónyhasta por aborrecerle en secreto? Pues a todo esto se exponea mi entenderquien intenta lo que túde golpe y porrazo y sin limpiarse antes las costrasdel oficiorodando mucho por el mundo y calándose los hábitos de señor porsus pasos contados. Este esNiscomi parecer.

Con las alas del corazón lacias y caídas le recibió el presuntuoso hijodel alcaldeque mayores alientos aguardaba de su amigo. ¡Y eso que Pablo sóloconocía hasta entonces el pecado! ¡Qué no se le ocurriera si también lefuera conocido el nombre de la pecadora!

Guardóle Nisco en lo más recóndito de su memoriay callóse como unmuerto.

No por verle mudo y abatido se ablandó Pabloque era la misma sinceridad.Antes bientomó el punto donde le había dejadoy añadióle estas palabras:

-Por supuestoque tú no estás enamorado.

-¿Qué no? -exclamó Nisco casi haciendo pucheros.

-No -insistió Pablo.- El amor necesita algo en que fundarsey aquí no haymás base que el viento de tu cabeza. Eres presumido; eres ambicioso;antojósete que venían las cosas por el camino de tus deseos... y eso es lo quehoy te atolondra: la hinchazón de tu vanidadpor una ganga entre cejas. Nimás ni menos. ¡Y por esa majaderíaque no pasa de un sueño tontodejas aCatalina!

-¡Dale con esa... miseria! -gruñó Nisco despechado y nervioso.

Cargóse Pablo de verasy le enderezó estas razones:

-¡Miseria Catalina!... ¡la mejor moza del pueblo! ¡tan rica como tú!¡honrada como la que más!... ¿En qué la aventajasmeleno? ¿Dónde habríamatrimonio más igual y más lucido? ¿Dónde te vieras tú más honradomásen tu puestomás rey y señor de tu casaque siendo marido de Catalinaquese miraría en tus ojos y te adivinaría los pensamientos? Y ¿qué otra cosanecesitas túcon la cuna en que nacistela educación que tienes y el oficioque traespara no envidiar ni al rey en su trono?... Yo no sé adularNisco.

-¡Bien se te conocepaño! -respondió éstede muy mal humor.

-Tú lo has querido.

-Es verdad; pero no lo conté tan amargo.

-Por tu bien lo dije como a mí me sabe.

-Se agradece el deseoPablo; pero... cada uno es cada uno... y yo meentiendo.

-Pues buen provecho te haga lo que te esperasi oyes más a tu vanidad que amis consejos.

Y con esto se acabó la conversación. Levantóse Pabloimitóle Nisco; yambosdespués de dar una vuelta maquinal por el cierrosin hablarse palabravolviéronse a Cumbralesmudos también: pensativopero no tristeel uno;acongojadolacio y gemebundo el otro.

- XIV -

Por lo fino

Pablo contaba uno a uno los días que iban corriendo sin que desapareciera laextraña impresión que le había causado aquella palabra prosaica y vulgardicha por su padrino delante de Anay observabacon asombroque cuanto mástiempo corríamás honda se le grababa dentro de su corazón. Arrastrábanlefuerzas invencibles y desconocidas hacia el objeto de sus nuevas ansias; yalhallarse a su ladoantes crecía que se calmaba la singular anhelación de suespíritu. Porque Ana no era entonces la traviesa y desengañada amiga de otrasvecesque le entreteníasin cautivarlecon donaires y zumbas en casto yfraternal abandono. Parecía haber perdido el atrevimientoocuando menoslaconfianza; y a menudo encomendaba a sus ojos tímidas empresas que debíanacometer los labios. Estas miradasal hallarse en el camino con las de Pabloproducían choques magnéticosque repercutían en el corazón del sencillomozo y se revelaban en Ana enrojeciendo sus tersas mejillas; y aquel color erapara Pablo algo como fuego en que iba fundiéndose poco a poco el hielo de suspasadas frialdades.

Cuando transcurrió una semana y vio el hijo de don Pedro Mortera que estosfenómenos continuaban en progresión crecientedeclaró de gravedad el caso.El cual tenía para él dos aspectos muy distintos: risueño el unoydesagradable el otro. Risueñoporquedesde la altura a que se había elevadosu espíritudescubría espacios y horizontes que jamás había contemplado conlos ojos del sentimiento. Encantábale el espectáculo por nuevo y por belloyde aquel mundo quería hacery hacía desde luegola patria y el paraíso desu alma. Pero este mismo arrobamientotan dulce y sabrosole alejaba del mundode la realidad y de sus viejas tendencias y aficiones; de activofuerte ydespreocupadotransformábale en muelle débil y caviloso; extrañábanle laspersonas de su tratoy él mismo se consideraba desarraigado y sin apego dentrodel hogar y en el seno de la familia. Este era el aspecto desagradable del caso.

Pero el mozo se arreglaba mal con las situaciones complejas y con los caminosenmarañados; queríaaunque fuera escabrososuelo firme y luz para caminar;considerábase a oscuras y en una senda erizada de obstáculos inextricables; nopodía retrocederporque la vehemencia misma de sus deseos le había cortado laretirada; y entróse por derechoresuelto a llegar pronto adonde se viera claroy se pisara en firme.

Buscó a Anay la dijo en cuanto estuvo a su lado y sin testigos:

-¿Qué es esto que me sucede desde el día en que tu padredelante de time aconsejó que me casara?

Siempre sobresaltan a las jóvenes preguntas de esta claseaunque lasesperen; y Anacon ser tan animosa y resueltade ordinariono solamente sesobresaltó al oír la de su amigosino que se vio en grandes apuros paracontestarentre latidos del corazón y desmayos del espírituestas pocaspalabras:

-Pues ¿qué te sucedePablo?

-Sucédeme -añadió Pablo- que desde aquel instante parece que me hetransformado de pies a cabeza; que no soy lo que antes era; que miro y veo deotro modoy siento en otra forma... en finAnaque me desconozco. ¿Quépasó allí?... Yo recuerdo que te miréy jurara que lo hice sólo porcuriosidad; que tú me miraste tambiény que las dos miradas se encontraron;que tus ojosque nunca fueron cobardeshuyeron entoncesy huyendo siguendelos míos; que de aquel choque repentino resultó algoa modo de luzcon laque yo vi acá dentroen lo más hondo y oscuro de mí mismocosas que jamáshabía visto ni pensadoy sentí lo que nunca había sentido. Al propio tiempoaquella luzy túy mis ojosy los tuyosy mi corazóny mispensamientos... Y el aire que nos rodeabay el cielo que se distinguía... todoera una misma cosa; cosa que yo no podía explicarporque era más de sentircon el alma que de ver con el entendimiento. Apartéme de tiy el encanto no sedeshizo; pero noté que viéndote como erespintada en mi memoriadaba elmayor regalo a mis deseos. Desde entonces acáen cuanto miran mis ojos sólo ati ven; y si el campo y el aire y el sol me recreanes porque todo lo contemplocon el ansia que sientosin cesar de sentirlade verte y de oírte. Esto no mepasaba a mí antes; yo te conocía y te tratabacomo te conozco y te tratoahoray tú eras la misma que eres. ¿En qué consiste esta mudanza?

Se deja comprender que Ana oyó toda esta parrafadaruborosa y un tantoconmoviday quellegado el caso de responder a la ociosa pregunta finallohizo del modo más sencillonatural y elocuente: clavando los ojos tímidos enPablo y callándose la boca.

-¿No lo sabes? -añadió el impetuoso y sencillote galán.- Pues lo mismoque ahorame miraste aquel díay la misma luz había en tu mirada. ¿Sientesal mirarmelo que siento yoAna?... ¿o es que tus ojos quemansin abrasarte?

Sonrióse la joven y preguntóa su vez:

-¿Nunca habías pensado en mí hasta ahoraPablo?

-Sí que he pensadoAna; pero sin ser esclavo de esos pensamientos.Cavilando hoy en lo que he sidoen fuerza de asombrarme de lo que soyacuérdome de queen mis ausenciasera tu pensamiento el que más asaltaba enciertos actos de la vida: por ejemplosi me ponderaban una mujer por aguda opor hermosacontigo la comparaba para calcular lo mucho que le faltaba paravaler lo que decían; si algo me robaba la atención por nuevo o por divertidolamentábame de que tú no lo vieras también; si un trapo de moda caía congracia en el cuerpo de una elegante de famapensaba yo lo mucho más queluciría en el tuyo... y así por este orden. Pero después se borraba elrecuerdo con otros bien distintos. En finquesin dejar de quererte muchopensaba yo que te quería... como quiero a mi hermanasupongamos. ¡Pero estootro es muy distinto!

-Y si estuviera en tu mano la elección -preguntóle Ana- ¿con qué tequedaríasPablo? ¿con esto que hoy te asombra y desasosiegao con lo queayer sentías muy tranquilo?

-¿Quién deseará cegarAna?

-¿Y dices eso y lo sientesy no sabes lo que es?

-Sílo séAnalo sé... es decirsé como lo llaman las gentes en elmundo: lo que ignoro es por qué lo siento ahora y no lo sentía antes; por quebastó una palabra casual para que del encuentro de dos miradas que tantas vecesse habían encontrado sin conmoversese produjera en mí cambio tan raro ypronto.

-¿Y eso te asombraPablo?

-¿No ha de asombrarme?

-Oye un ejemplo. Sobre un hogar frío hay un montón de ceniza; pasas delantede él una y cien vecesy nada ves allí que la atención te llame. De prontohace la casualidad que las cenizas se remuevany aparece el fuego queocultaban... ¿Lo entiendes?

-¿Luego tú crees que yo llevaba conmigo el fuegoy que la palabra de tupadre aventó las cenizas que le cubrían?

-Eso mismo.

-Pero el que brilló después en tus ojos¿dónde estuvo primero?

-¡Qué más te dasi le había?

-Pero no te sorprende el hallazgo.

-Porque tenía que suceder... porque le esperaba.

-Y ¿por qué le esperabas?

-Porque... porque Dios es justo y bueno.

-Mira -dijo aquí el mozoechando el resto:- hablemos ya para entendernos deuna vez: esto que yo sientoes amorno tiene duda; y empiezo a comprender quees verdad lo que de él cuentan los enamorados: bien correspondidoda la vida;pero también es puñal que mata si no halla esa correspondencia... ¿Siénteslatú en el pechoAna?.

Cruda fue la preguntay harto excusadapor cierto; pero ya se habrá notadoque a Pablo le gustaba mucho que le pusieran los puntos sobre las iiyAna no tuvo otro remedio que responder claraprecisa y terminantementesegúnel sentir de su corazón; sentir tan viejo en ellapor las trazascomo las yafenecidas indiferencias de Pablo; con lo que éste se encalabrinó hasta elpunto de que quiso hacer público el suceso y llevar las tramitaciones por laposta.

-No tantoPablo-díjole Ana entre chanzas y veras- que no por andar deprisa se llega primero. Nadie nos corre ahora; y no te vendrá mal un noviciadoaunque sea breve. No siempre se logra el fuego de que antes hablábamos: muchasveces se muere a poco de haberse descubierto. Cuida mucho el tuyoy cuandoestemos seguros de que no ha de apagarseyo te avisaré. Reparte el tiempoentre ese cuidado y tus quehaceres y diversioneslícitasse entiende;mucho juicio... y apártate allá ahora y haz que te paseasque llega tupadrino.

Desde aquel día ya supo a que atenerse Pablo; penetró en los laberintos quele obstruían la senda y halló la luz que echaba de menos; y sin descender conla fantasía del Olimpo a que le habían elevado sus nuevas impresionesvolvióa ser en Cumbrales el amigo de Niscoel jugador de bolosel cultivador delcierroel amante incansable de la naturaleza y de las costumbres de su país...todomenos el concurrente a zambras y bureoscomo alguna vez lo fuesegúnnos dijo su padrinoen ocasión bien señalada para esta parejita de nuestrospersonajes. Es decirque la pasión de Pablo dejó de ser impetuoso torrenteeiba transformándose en mansorumoroso y cristalino arroyo (como dicen lospoetas)con harto gusto y complacencia de Anaque fundaba en el amor firme yarraigado de aquel noble mancebo todas las aspiraciones de su vida.

- XV -

Verdades amargas

Qué distintas de las de Pablo corrían las horas para Nisco! Aquellospensamientosdulces como las mielesaltos y relucientes como el sol y la lunaque saboreaba y entreveía el hijo de Juanguirlesus dejos tenían ya de laruda amarga en que el desengañado amigo los había empapado al hundirlos en lacharca terrena y prosaica de sus consejos sesudos. Ya no arrullaban los sueñosdel presumido mozo dulces sinfoníasni visiones de palacios de orodondereinas y emperatrices le vestían y le calzabanduques eran sus mayordomosymarqueses sus criados. Muy de continuo sentía el cencerreo del ganado en lavecina cuadray en sus espaldas los duros bodoques del mal tundido colchón desu pobre lecho; realidades de la vida más poderosas ya que las encantadasimaginaciones de otros días bien cercanos.

No se entienda por esto que daba Nisco por perdidas sus esperanzas; pues biensabe Dios que aún las mimaba y las consentíaporque el esencial fundamento deellas no había padecidoque él supieramenoscabo alguno. Pero era indudableque en la senda de flores que recorría había topado con un tropiezo de muchacuenta. Las palabras de Pablo fueron claras y terminantes; y esto era muy graveno tanto por ser de quien erancuanto por estar muy puestas en razón. Así ledolían a él en lo mas hondo de su vanidad; así las recordaba y exprimía acada instantey muy especialmente cuando se miraba al espejillo colgado debajodel cuarterón de su ventana; como si no comprendiera entoncesaunque lotemiera muchoque aquellos sus rizos pegados a las sienesel mirar blando deaquellos sus ojos negrosaquella su belleza todaen fincon el saberadquiridopor su voluntady el buen querer de su corazónno eran alasbastantes para volar hasta el sol que había contemplado cara a cara sindeslumbrarse. Desde el suceso del cierro (más de ocho días) tres veces nadamás había estado en casa de Pabloy otras tantas se habían visto y habladolos dos en la calle; pero en la calle y en casaPablo no era el amigo íntimo yafectuoso de antes: hallábale Nisco fríoreservado y lacónico hasta lasequedad; y como ignoraba los verdaderos motivos de este cambioachacábale alo que más temía; y esta aprensión le abrumaba el espírituporqueparaayuda de sus males¡se conjuraban contra él tantos elementos!...

Saliendo la última vez de casa de Pablomustio y compungidoporquecomoen las dos anterioreshalló a su amigo reservado y seriocerrada la puerta dela sala y los pasadizos desiertostopócerca de la portaladacon la Rámilaque iba a entrar por ella.

-¡Holaguapo mozo! -díjole la viejaal notar que no le gustaba elencuentro.- No pensé que eras tú de los que temen.

-¡Temer yo! -respondió Nisco de mala gana.- ¿Por qué había de temer cosaalguna?

-Eso es señal de que no la has hecho. Ya sabes: quien no la hace...

-¡Ya se ve que no la he hecho!

-¿Estás muy seguro de elloNisco?

-No recuerdo haberla ofendido a usted.

-¡Otrabobo!... si no se habla de mí. Si de mí se hablaraigual fuera demás que de menos. Me han hecho tantasque ya no reparo. Pero bien pudierashabérsela hecho a otros.

-¡A nadie!

-¿Ni siquiera a Catalinasantuco de Dios?

-¡Dale otra más!... ¡Mire usted que es temapuño! -dijo Niscomachacándose con los suyos cerrados en las caderas.- Y a usted ¿qué leimporta? Y por últimousted ¿qué sabe?

-¿Pues no he de saberlo? ¿No ves que soy brujatocho?... El que me importeo noya es distintoy sobre esto no reñiríamos en ningún caso; pero teimporta a tiyporque te importate voy a contar un cuento.

Nisco no sabía a qué santo encomendarse en aquel tranceni sobre qué pieechar el cuerpo para descansar mejoren el desasosiego que le consumía. Delargarse tratópara cortar por lo sano; pero la vieja se le atravesó delanteya mayor abundamientole agarró por las solapas de la chaqueta y le dijo muyseria:

-¡Escúchame... o te muerdo!

Tembló Nisco al oír aquella amenaza en tal bocay respondióresignándose a la fuerza:

-¡Pero acabe pronto!

-En dos palabras te despacho -dijo sonriéndose la vieja; y añadió enseguida:- Amigo de Dioséste era un mozo solterocon pocos bienes de fortunapero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día en el montecortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos y adralesque vendíaen ferias y mercados; trabajaba además un poco de tierra prestaday tenía unavacuca en aparcería. Así iba tirando el hombre de Dioscon los calzonesremendados y no muy llena la barrigapero en buena salud y muy contentoporqueno había conocido cosa mejor. Puesseñorque estando un día en el monte yen lo más espeso de élporque en lo más espeso se jallan siempre los buenosavellanoscorta esta vara y corta la otracátate que oye tocar el bígaru(2)<notas.htm> ajunto a sí mesmoy de un modo que gloria de Diosdaba el oírle. Y oyendo tocar el bígaru tan cercay no viendo por allípastor que pudiera hacerlofuese detrás del son; y yéndose detrás del sonapartaba las malezas; y apartando y apartandollegó a un campuco muy majodonde vio el bígaru solo arrimado a una topera grande y sonando sin parar.Puesseñorqué seráqué no seráacercóse a la toperay vio que en elborde mesmo de ella y con las patucas metías en el ujeroestaba sentao unenanucomenor que este puño cerraoy que este enanuco era el que tocaba elbígaru. Viendo el enanuco al mozodeja de tocar y dícele: -«¿Qué haybuenamigo? -Pues aquí vengo»respondió el otro«por saber quién tocaba tanfinamente; pero si es que estorbome volveré por donde vine». A lo quevolvió a decirle el enanuco: -¡Qué estorbar ni que ocho cuartoshombre!...sépaste que para que tú vinieras he tocado yo». Puesamigo de Diosque enéstas y otrasmétense en conversación el enanuco y el mozoy cuéntale elmozo al enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajosde su vidadícele el enanuco al mozo: -«Pues amigode todo eso era yosabedor y noticioso; y porque lo erate llamé para preguntarte qué deseas enpremio de tu hombría de bien». A lo que respondió el mozo: -«Con que fueramío lo que a renta y en aparcería llevoy dos tantos más para vivir sin estafatiga del monteque es la que me quebrantacreyérame el más rico del lugary no envidiara al rey de las Indias. -Pues tendrás lo que deseassi eso tebasta»dijo el enanuco. Y volvió a responder el mozo: -«Me bastay hasta mesobrasi bien se mira lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría decosa mejorpor desconocerla». Conqueamigo de Dioscátate que le dice enesto el enanuco: -«Coge de esta tierra que ves junto a míy échatela en elpañuelo». Asombróse el mozoporque pensó que el enanuco se burlaba de ély tornó a decirle el enanuco: -«Cógelohombresin receloque de ello tengoyo llenos mis palaciosa los que se va por este ujero en que estoy». Por siera o por si no erael hombre sacó del seno el moqueroy echó en él unabuena mozá de aquella tierray añudó luego los picos. Y díjoleentonces el enanuco: -«Ahoravete a casay cuando te acuestespon debajo dela almohada esa tierrasegún está en el pañuelo. Al despertar mañanaverás si te he engañado». Puesseñorque lo hizo como se lo mandaron; y¡quién te dice a ti queal despertar al otro día con el solabre elpañueloy ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!...¡más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensóenloquecer su alegría. Puesseñorqueentrando en su quicio poco a poco elmozoempezó a echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao;tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa decuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unosganados que tenían que ver: bien comido y bien trajeadoy con buenas onzassobrantes al pico del arca; motivao a lo que las mejores mozas le persiguieronechándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecíaqueno por ser buenmozo y ricodejaba de ser trabajador y honradocomo cuando era pobre. Peroamigo de Dioscátate que un día se le antoja ver un poco de mundocosa quejamás había vistoy plántase en la ciudadde golpe y porrazo. ¡Él queallí se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas síque eran mozascon sus vestidos de seda y sus abanicos y sus lazos de crespóny sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran mozoscon sus casacas depaño finosus borlajes de oro y sus botas relucientes! ¡Y qué vida la suya!Éste a caballoaquél en coche; el otro de brazalete con la señora; paseoabajopaseo arriba; comedia aquívalseo allá; buena mesamuchos sirvientesy gran palacio... vamosque vivir así y vivir en la gloriapata. De modo ymaneraque volvió el mozo a su pueblo pensando ser la criatura másdesgraciada del mundo. Volviendo así a su pueblocogió duda a la boronadioen aborrecer el trabajoy los días enteros se pasaba pensando en aquello quehabía vistoy en ser un caballero de los más regalones; y pensando de estamaneraquería una dama por mujery no había que mentarle las mozas de sulugarque todas le parecían poco para un personaje como él. Puesamigo deDiosque abandonó las labranzas por enteroy tuvo que comer de lo agorraomientras le andaba cierta idea en el magínque no se atrevía a poner porobra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerlaporque lo agorrao iba aacabarsey él no estaba por volver a trabajar las tierras que tenía enabandono. Un día unció los bueyes al carropuso en él media docena de sacosvacíosy arreó hacia el monte; y arreando hacia el montellegó al sitio quebuscaba; y llegando a aquel sitiooyó sonar el caracol del enanuco; yoyéndole sonarse acerca al enanueo y le dice:

-«Holabuen amigo: pues yo venía a darle a usted las gracias por el favorque me hizo tiempo atrásy a pedirle otro nuevosi no ofende. -¡Qué ha deofenderhombre!» respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo puedapidecon libertad». Alegrósele el corazón al mozoy tornó a decir al enanuco:-«Pues yo deseara llenar estos sacos que traigo aquíde la misma tierra queusted me dio la otra vez. -Todo este campo es de ella»respondió el enanuco;«conque asícava donde quieras y llénalos a tu gusto. No te olvides deponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto despiertes alamanecer». Y con estometióse el enanuco por el ujero a los sus palacios; conlo cual quedóse solo el mozo; y cavacavaen un periquete llenó de tierralos sacosy se volvió a casa con ellos más contento que unas pascuas. Llególa nocheacostósedurmió poco con la brega que traía en el magíny alamanecer ya estaba el mozo más listo que las liebres; y estando más listo quelas liebrespensaba en abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas comoiban a salir de aquellos sacos; y pensando en estolos abrió; yabriéndolos... ¡hijo de mi alma!... no encontró en ellos más que la tierraque había cavao en el monte. Quedóse en la agonía el pobre hombre; yquedándose asíllegó a consolarse cavilando quemirando bien las cosasconlo que ya tenía de antes le bastaba; y cavilando estofue al cajón dondeguardaba las pocas monedas sobrantes... ¡y tierra eran tambiéncomo la de lossacos!... ¡y tierra los papeles de sus compras! Fue a la cuadra... ¡y montonesde tierra los bueyes!... ¡y montones de tierra el ganado que pagó con eldinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia que la vaca en aparcería.Reparó entonces en la casay vio que era la misma en que él vivía cuando erapobre zonchero: a la puerta había un coloño de varas y unos adrales a mediohacer. Gimió y golpeóseel venturao; y al monte fue a contar su desgracia alenanuco; pero el enanuco le dijo: -«Eso que te pasano puedo remediarlo yo:quien por mi mano te dio la riqueza que has menospreciadote dice ahora por mislabios que la miseria en que vuelves a verte es el castigo que da Dios a loscubiciosos que quieren pasar de un saltoy sin merecerlode zoncheros bienacomodadosa caballeros poderosos». Y colorín colorao... ¿Qué te paece delcuentoNisco?

-Pues no me paece cosa mayor -respondió Niscoque había estadoescuchándole con la boca abierta.- Perovalga o no valga¿por qué me lecuenta usted aquí?

-Cuéntotele aquíporquecomo dijo el otroaquí te cojo y aquí te mato;y cuéntotele tambiénpor si conociste tú al zoncheroo a persona que se leameje siquiera en los humos de la chimenea.

-¡Yo no conozco ni he conocido a nadie de esas señas!

-Pues yo síNisco- Yo conozco a unoamejao al zonchero en las infladurasde la vanidá; un mozo quepor tener de todotuvo una novia como unas perlasque por él se moría y por él se muere.

-¡Bahbah! -dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la vieja.- ¡Nome venga con coplas!

-No son coplas éstas-replicó la Rámila impertérrita:- son verdades comopuñosque te importan más que a mí. Hace ya mucho que andas caminando haciael monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo al encuentro para decirteque te vuelvasporque sé lo que te aguarda si los llenas como el zonchero.Aquellos tesoros no son para tipobre tontoque guardados están para quienmejor los merece. Buenos los tienes en tu casa; vuélvete a cuidarlosquetierra será para ti el mejor de todos ellossi la cubicia llega adescubrírsete como al otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes tequiso: pero también sé que no te querrá así el día en que tú seas larechifla de Cumbrales. Y ahoravete con Dios y perdona el poste; pero noolvides el cuento de el zonchero cubiciosoque has de agradecérmele.

Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Morteray Niscotomó el camino de su casamustio y contrariado... y voy a lo que decíamos delos elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó alestragalencaróse con él Juanguirleque iba a salir a picar leña enla accesoriay le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo:

-¡Por vida del chápiro verdeque no sé qué te hiciera para quitarte esehipo de monja en viernes!... Pues mira que si con guantadas se curarayatenías un par de ellas encima. ¡Dígote con los hombres de ahoravoto abriosbaco y balillo! Si tienes un pesardile o revienta... Si son chapuceríasde desjuiciadoacuérdate de que eres hijo de un hombre de bienEl demonio melleve si yo sabía la menor cosa hasta que tu madre me lo dijo esta tardeporhaberlo aprendido ella en el río. Contábatecomo yocon los cinco sentidospuestos en la muchachaqueen ley de verdadvale más que tú; cuando salimoscon que... ¡por vida del chápiro verde! resulta que no hay nada de lo dichoporque el fachendoso del hijo mío hace una eternidad que volvió las espaldas.El porquétú lo sabrás: yo no le sé ni le sabe tu madre; y en la muchachano consisteque así lo juró cuando tu madre topó con ella al volver de lavary la hablo del casoporque debía hacerlo. De nada te acusa más que deausencia; por leal se afirma y con llorar se venga. Esto la ensalzasi juróverdady a ti te honra pocoNisco... Y a mí no muchoque tu padre soy. Si elserlo te encoge para hablar conmigo de esos particularesno se los calles a tumadre cuando venga de la mies y te busque la lengua... porque ha de buscártelay con mucha razón. Lo que yo te digo es queinocente o culpadovuelvas a tuscabales y cumplas con tu deberque no tienes rentas para hacer vida de señormanido entre cristales... ¡Y en qué tiempovoto al chápiro! cuando asoma la cogederay más brazos se necesitan en casay cuando me veo con una zancadilla a cadavuelta que doy en el ayuntamiento. Porque has de saberte que hasta de laslocuras de don Valentín se quiere sacar partido por la gente que allí me hanpuesto para que tu padre caiga en la trampaya que no quiere cerrar los ojos asus fechorías... porque aquellohablando en claridáes una ladroneraconsentida... Pero ¡voto a briosbaco y balillo! ¡yo les juro que a la sombramía no las han de urdir allí mientras tu padre sea alcalde!

Y se fue a su quehacer el bueno de Juanguirlede muy mal humorcosa que leacontecía rarísimas veces en la vida. Pero Nisco era testarudo; y por más queel mundo entero pareciera empeñado en meterle por los ojos lo que sus ojos noquerían verlo que tenía entre cejas allí había de estarse mientras no selo arrancara quien allí se lo había puesto.

- XVI -

Una deshoja

Con la securaque no cesaba por seguir el tiempo al Surlas miesesse pusieron hechas una bendición de Diosy en la última semana de octubre noquedaba una caña de alubias sin pelar en las heredadesy las panojasbien granadas y bien secasiban a desprenderse ellas solas de los maícessimuy pronto no las amontonaban sus dueños en el desván. Pero ¡con poco mimolas observaban éstos uno y otro díapara dejar las expuestas a la voracidadde los cuervoso a los riesgos del temporal que podía presentarse a la horamenos pensada! ¡El fruto de tantas fatigas; el pan de todo el año!

Aún no había expirado el mescuando comenzaron a invadir la vegaportodas sus portillascarros con altos adrales; y cada familia en suheredadpela aquípela allí; panojas al garrote y garrotados depanojas a los carros; de vez en cuandosube que sube los adralessegún ibanllenándose las teleras; despuéslos calabazos encima de las panojas yen el payuelo de la pértigay hala para casaa campo traviesoprimerotirando los bueyes dentelladas furtivas al retoño ajeno; y despuéspor la camberacanta que canta el ejeuntado con tocino; y ya en el portal elcarroallá va la carga de panojas arrastrada con las trentes sobre losgarrotestan pronto llenos como subidos al desvánal hombro del mocetón osobre la cabeza de su hermana: en una pila el maízy aparte los calabazos; deéstoslos duros y berrugones a un ladopara la olla; y a otrolosblandos y aguachonespara los cerdos.

En poco más de una semana se cogieron todas las miesesy aún sobrarondías para dar una pasada con el dalle a los prados viciososy para sacudirmuchos castaños y recoger los entreabiertos erizospues los muchachosempezaban a derribarlos del árbol a pedradasy más de una magostahabían hecho ya con las castañas cosechadas así.

Todas estas faenas eran de ver en una casa como la de don Pedro Morteradonde los frutos entraban en grandes cantidades. ¡Qué ir y venir de carros yde obreros! ¡Qué cantar en aquel corral los ejesy vocear los carreterosysonar las panojas como fuelles de papel al deslizarse unas sobre otras entre losadralesy después como truenos lejanosal caer por la rabera en elgarrote; y el acompasado pisarescalera arriba y abajode los que las llevabanal desván! ¡Y qué pilas se iban formando en élclase por clase; porque elmaíz de unas heredades era de grano redondoy el de otras de diente deperro! y cuando el desván se llenabala misma actividad y el propio ruidoen el vasto granero de la accesoria del corraldonde ya estaba la cosecha dealubias oreándose.

Para deshojar tanta panojase necesitaban muchos días y mucha gentey estatarea la inauguraba don Pedro con una deshoja públicadigámoslo asíen el desván de la casapor seguir una costumbre jamás interrumpida en ellani en otras muchas del lugar. De esta costumbre clásica de la vida campestremontañesa he hablado yo en otro libro; mas no ha de impedirme estaconsideraciónque no deja de ser atendiblededicar unas cuantas pinceladas aaquella deshoja de don Pedro Morterasiquiera por el enlace que tuvo con losdescosidos acontecimientos de este insubstancial relato.

No se tasaba el número ni la calidad de las personas para entrar allí; y enla noche de que habloantes de las ochopasaban de cincuentajóvenes lasmás y de buen humorlas que estaban sentadas en el suelo alrededor de unamontaña de panojas. Para alumbrar este cuadro no bastaba un faroly habíahasta trescolgados en otros tantos postes; y aun así no se lograba más quebarrer un poco las tinieblas hacia los fondos interminables del desvándondese veíanapretadas y negrasdebajo de las deprimidas vertientes deltejado.

Menudeaban los cantares de las mozas; respondían los mozos con sus baladaslentas y cadenciosasrelinchabanentre balada y cantarlos que sabíanhacerlo con recio pulmón y adecuado gaznate; reíase acámurmurábase allá;yen tantolas panojas deshojadas caían en los garrotes como lento pedrisco;y la montaña del centro descendíasocavada poco a pocomientras crecía sincesar la cordillera de hojas que iba formándose por detrás de la gente;desocupábanse a menudo los garrotes llenosen un espacio despejado enconveniente lugar; y el ruido que aquellas cascadas de panojas producían alcaer sobre el sonoro tabladoruido semejante al de un tren de artillería encalles mal empedradasera como el bajo del incesante e infernaldesconcierto... Y cuentalector filarmónicoque esto del desconcierto lo digoacordándome de lo fino de tu oreja; quepor lo que toca a las de aquellarústica gentepor muy grata y sabrosa reputaban la baraúnda.

De nuestros conocidosveíanse (lenguaje de revistero de salones) en ladeshojaa CatalinaNiscoel Sevillano y Chiscón. Pablo entraba y salía amenudoporque su padrino y Ana estaban de tertulia en la sala con motivo de lasolemnidad de la nochesolemnidad tormentosaperoal cabosolemnidaden quelos buenos amigos debían tomar parte para tener por un lado aquellas largashoras de barullo y desgobierno. Repito que Pablo hacía frecuentes visitas a ladeshojaporque aquella noche le solicitaban dos impaciencias a cual máspoderosa: al lado de Anala de ver lo que pasaba en el desván; y en eldesvánla de volverse al lado de Ana.

Yo no sé si fue la malicia o la casualidad o el diablo quien lo dispuso;pero es lo cierto que Catalina y Nisco estaban sentados hombro con hombroyenfrente de ellosChiscón y el Sevillano. Niscoque no soltaba la murria quele partíahabía ido a la deshoja «por ser cosa de Pablo»y porque nohubiera tenido racional disculpa su ausencia de allí aquella noche. Entró enel desván con su amigodisimulando el gusanillo que le roía; tomó puesto ala casualidad en medio del barullo revuelto al comenzar la deshojay ¡cuálesno serían su asombro y su despechoviendo que cuando él posaba lasasentaderas en el suelohacía otro tanto a su lado Catalina con las suyas(orondas y no de mal añociertamente). Cambiar de puestoera escandalizar;pretender que la moza cambiarauna impertinencia insostenible. Resignóse ypropusóse tapar con máscara risueña y jubilosala corajina que le hervía enel pecho.

Al principio todo fue biensalvo algún codazo que otro que Catalina ledabalo cual era inevitableporque los brazos de la moza eran argadillossegún lo que se movíancogiendodeshojando y despidiendo panojas sin cesarcon las manosy el terreno no sobraba alrededor de la pila; pero se fueencrespando la bulla; sonaron los primeros relinchos; comenzaron los cantaresyya se podía echar un párrafo a media voz con un adyacentesin ser oído delos demás.

Esta ocasión aprovechó Catalina para decir a Niscocon la cara y el acentode la misma sátira en persona:

-Vayaque estarásen el punto en que te hallas y pegante a esta probezacomo si las tablas te quemaran el detrasero... Pues ¡cómo ha de serhijo! yono tengo la culpa.

Nisco respondiócon la risa del conejo:

-Se está uno aquíporque le da la ganaque estar se sabe en lugar másalto cuando al caso viene.

-Y porque no mientesahora -replicó Catalina- dije yo lo dicho... ¡nofaltaba más! Basta mirartehijosin saber lo que se sabepara ver que estepuesto no es el tuyo. La probeza aquícomo san Pedro en Roma; pero la gentefinacomo túa la sala con los señores.

-¡No sería la primera vez!

-¡Ya se ve que no!... ¡Y como que a la presente te estarán echando demenos! Tonto serásNiscoen perder la ganga por este cumplido que nadie teagradece.

-¡Cada uno a su haciendaCatalina!

-Vamosque con lo grandona que va a ser la que te esperano te vendrá malun mayordomo... ¡Vayaque fue estrella la tuyahombre!

-¡No escomencemos!

-¡El diantre tiene cara de condenao!... ¡Mira que tendrás que verdelbrazalete de una señora tan pudiente y tan finacoleando la casaca por esascallejas!... Oiréis la misa ajunto el altar mayor... ¡Jesús y los santos delcielo no me falten en mis últimas!... Otra lotería como ella nunca cayó enCumbrales.

Amoscóse más Niscoy respondió a esta burla:

-¡Te digo que no escomencemos... y que no traigas en boca a quien de ti nose alcuerda!...

-¡Ni de ti tampocofanfarrias! -saltó Catalina con reconcentrado venenoaunque bien disfrazado con sonrisas falsas para que los circunstantes no leconocieran.- Como no comas otro pan que el que por ahí te vengabuenas tripasvas a echar ogaño. Toma surbia con solimán de lo finoy maja terrones porrecreoque eso es regalo para un descastao y fachendoso baldragas como tú...¿No te dije yo que cuanto más subieras mayor sería la costalada? Pues ya tela estás arrascando días acá... Aunque piensas que no mirobien te veo conel moco laciocontando los morrillos de las callejas. ¿Diéronte portazo?¡Bien lo merecías! ¡Toma estudios ahora y date vientos de señoríomondregoteque más arriba está quien mandapara hacer josticia seca!

Nisco recibió todo este metrallazo a la orejasin poder contestarle a sugustoporque la ira le cegaba ya y temía dejarse arrastrar de ella en aquelsitio. Dominóse como pudoy remató el altercado amenazando a Catalina con undesaire en públicosi no enfrenaba la lengua. Temió la moza y callóse... porentoncesporque su boca fue un alfiler para Nisco mientras duró la bulla en eldesván.

Y aconteció también quecomo la una y el otro siempre que hablaban sesonreíanaunque de muy mala ganaChiscónque no los perdía de vista uninstantetomó al pie de la letra aquel falso regocijo; creyóle señal de unareconciliacióny viopor endesu pleito en riesgo grave. Así lo entendiótambién el Sevillano; por lo que se brindó de nuevo a despachar elestorbosi al de Rinconeda le convenía este atajo para llegar más pronto alfin de su jornada.

-Me dio a mí ya que cavilar -dijo Chiscón- lo que paso al respetive delsitio. Con ella vinea mi vera estaba aquípresentóse allá él; y cuandopensé que me sentaba arrimado a ellaya la vi onde la ves ahora. Pues lapuerta me abrió; que nonunca me dijo... pero esto no lo entiendo.

-¡Zi no hubiera tú largao tanta zoga!... -replicóle el Sevillano.

-Verdá es -dijo el otro- que por ansia de asegurarla muchobien puedehaberse escapao la ocasión. Eso ha de verse luego; que tal está el particularque no deja más espera.

Era Chiscón hombre poco palabrero en cosas que le llegaban a lo vivo; ydespués de decir estono quiso que allí se hablara más del asunto; perocontinuó viendo y observando.

Cuando cesó lo más recio de la bullaporque los gaznates se cansaron degritarcomenzaron los dichos y los relatos a entretener a la gente. Se apuntóalgo sobre si entraría o no entraría el facioso en Cumbrales;pero la mitad de los oyentes no creían en la existencia de ély la otra mitaddaba el riesgo por fraguado en la imaginación del ocioso don Valentín; por locual este asunto dio poco entretenimiento. Pero salió a relucir la tribulaciónde Tablucas¡y esta materia sí que absorbió los sesos a la gente!

Por lo que allí se dijodesde que nosotros vimos a Tablucas en la tabernade Resquemínel asunto del perro no había mejorado un puntosi es que noandaba peor: los mismos garrotazos a la puerta en anocheciendoy el propioanimal en el murio en cuanto alumbraba la luna; la viuda asegurando que nada seoía ni veía de ello a tales horas; la familia embrujada llenando decruces puertas y ventanas de díay tiritando de miedo por la noche; algunosvecinos de la barriada encerrándose en casa al ponerse el solpor si acaso;muchos otros del lugarrecelosos de todo perro desconocidoylo que másimportabael pobre Tablucas sin hora de sosiego para trabajar la herencia quetraía entre manosy dar en el quid de una dificultad que no podía vencer enla máquina que imaginaba para pinchar lumiacos.

Uno de la deshoja aseguró quepasando una noche a su casa por delante de lade Tablucasoyó los tamborilazos; quemirando por una rendija de laportaladacreyó ver una persona que se metió corriendo en casa de la viuda;pero que de perro en el murio no vio pizca. Un viejo que esto oyódijo mal deaquella mujery mezcló en los supuestos al hijo de don Valentín.

-¡Jos! -exclamó otro de los oyentes- esoya pa con tocinotíoPamplingue... Por ahí no va el agua de los tamborilazos.

-No vos diré que vaya -repuso el viejo.- Dicho es que vos dije por lo quedicen; que yoni entro ni salgo. Porque también se dijo si en cá de Tablucasse fisgoneaba mucho lo que pasaba en cá de la su vecina; y bien pudieranamodo de escarmientoy pa cerrar los ojos a éste y al otro... Pero tocante a lodel murio¡eso pasma de too!

Sobre lo del muriono faltó quien dijo que podría consistir (segúnparecer del señor cura) en unos cantos gordos que había a medio caer en ellomo del paredón; los cuales cantosvistos desde casa de Tablucas y alumbradospor la lunaa poco que el miedo hiciera de por síbien pudieran parecerse aun perro muy grande. Respondióse a esto que el tal perro se veía a unas horasy a otras no; a lo que replicó el sustentante (también por boca ajena) que esoconsistía en que la luna no siempre alumbraba por el mismo ladoy que «segúnera el punto de alumbreasí resultaba la fegura».

Se desechó este supuesto y cuantos se apuntaron allí fundados en lohacedero y acomodables a las leyes del sentido común; y cátatepío lectorcon éstas y con otras talesa la pobre tía Rámila sobre el tapete. Yapara entonces había descendido la montaña de panojas lo suficiente para quetodos los deshojadores pudieran verse las carasaunque algo turbias y de lejos;y una sola conversación entretenía a todos los circunstantes... esforzándosemucho la voz. ¡Horrores se contaron allí de la bruja! Apenas hubo persona enel desván que no la debiera algún agravio y que no la hubiera vistoental o cual forma extrañadespués de cometida la fechoría; y unánime estuvola gente aquélla en declarar que era punto menos que herejía el mimo con quese la trataba en casa de don Pedro Mortera (aquí se bajó mucho la voz)dondese le daba entrada francay tentar a Dios manosearla como la manoseaba laseñorita Maríaque tanta hermosura tenía que perder. Hablóse después deotras brujasy de las maldades de las brujasy de todos los remedios conocidoscontra todas las brujas del mundoy se fue a pararpor fin y rematea que lode los tamborilazos a la puerta de Tablucasy lo del perro del murio contiguo asu corralera obra de la Rámila... porque no podía ser otra cosa.

En estoladró el mastín de don Pedro Mortera en la garita de la corraladaycasi al mismo tiempose oyó en el desván un grito de espanto:

-¡Ayyy!

Y un segundo después:

-¡Ahí... le tenéis! ¡Que vos come!

-Estos gritos los daba el Sevillano. El primero se le escapó del pechoporquedesde que tanto se hablaba en Cumbrales de lo del muriole levantaba envilo el inesperado latir de los perros. El segundo le dio para borrar el malcolor del otro; y como todo se concebía en aquel valiente menos el miedocelebróse la ocurrencia por los circunstantes (saturados de relatos y comentosde brujas en figura de canes) después de haberse estremecido de horroraunqueno tanto como el Sevillano quedel primer respingose alzó dos jemes sobre lagreña de Chiscónel cualpuesto de piele sacaba un palmo.

No pasó de aquí el incidenteporquedeshojada la última panoja de lapilay siendo a la sazón muy corrida la media nochesubierondetrás dePablolos sirvientes de la casacon sendos garrotes repletos de castañascocidashumeando todavíamás una gran botijacapaz de seis azumbresllena de aguardiente. Repartió Pablo las castañas con una calderetay tresveces anduvo la rueda sin un tropiezo. No así el que escanciaba el aguardientepuesto que halló uno en cada moza solterasabe Dios si por aborrecerlo todas;con lo que tocó a más a las casadas y a los hombrespuesto que no quedó gotaen la botija.

Y vuelta entonces a los cantaresmientras comenzaba el desfile; cantaresalusivos a todos y cada uno de los señores de la casapresentes junto alarranque de la escalera del desvánpagandoaunque soñolientos y decaídoscon sonrisas y ademanespues las palabras no se hubieran oídolos saludos dela gente que se marchaba con estruendo y temblor de todo el edificio.

¡Y en el corral cantaresy en la calleja relinchos y más cantares!

Nisco salió solo; Catalinacon la gente de su barriada; y como en todasellas se armó ruidoalborotándose los perros queaun sin que nadie loshurgueno cierran boca en toda la noche; muchos valientes volvieron a pensar enlo del murioy el Sevillano se agarró a Chiscón y no le soltó hasta lapuerta de su casapues todo aquel trayecto hubo de necesitarpor las trazaspara convencerle de que no debía de acompañar en público a Catalinadespuésde lo vistohasta hablar con ella en debida forma.

Cuando el de Rinconeda tomó por la vega el camino de su lugarsolo y casi atientasporque no había luna aquella nocheaún llegaban a sus oídos losmoribundos ecos de alguna baladael cansado latir de los perros alborotadosyhasta el alegre cantar de más de un gallo madrugador.

Chiscón entonces soltó un relincho que repitieron todos los ecos de lavega; y ningún otro ruido turbó ya la negra soledad de su caminosino eltristelento y remoto gemir del cárabo en el montey el bufar de una lechuzaque pasó volando hacia el campanario de Cumbrales.

- XVII -

La derrota

El domingo siguientedespués de misahubo en el local de la escueladebajo de la sala consistorialuna concejada como no se había visto entodo el año. Sabíase de qué se iba a tratar en el concejo de aquel díayfaltaron contadísimos vecinos. Don Valentín llegó de los primerosapenas seoyó el trantrantran de las campanas. Juanguirlerodeado de sus concejalesocupó la presidencia en el sitial del maestro; manifestó el objeto de lareunióny hasta aventuró un discursillo encareciendo las ventajas de las derrotasmientras las gentescomo sucedía en Cumbralesno supieran dar a las miesesdestino mejordesde noviembre a marzo; invocóen apoyo de su parecerla leyde la costumbretan vieja allí como el mundo (pues no había prueba de locontrario)y sometió el caso al acuerdoque había de ser unánimede susadministradospara dar así debido cumplimiento a lo mandado «arriba».

El discurso alcanzó la aprobación del concejoexceptuando a don Valentínque se levantó airado de su asiento para llorar los males de la patria y lospeligros de la libertad. Puso todo este lacrimoso cuadro enfrente de la criminalindolencia de sus convecinos«amenazados día y noche por el azote afrentosodel perjuro»y concluyó diciendo:

-Do ut des. ¿Queréis derrota? Dadme ayuda; prestadme recursos pararechazar la invasión del déspota o morir con gloria en la batalla. A esteprecio tendréis mi votosin el cual no se pueden abrir las mieses deCumbrales.

Tomóse esta actitud de don Valentín en muy diversos sentidos. Quien laaplaudía entre burlas y cháchara; quienmenos pacientedenostaba al veteranoy al concejo que hacía caso de semejantes chapucerías. Los que así seexpresaban eran los más; y ya el debate iba tomando mal aspecto para donValentíncuando Juanguirlehaciendo valer su autoridadrestableció el ordeny el silencioy dijo así:

-No hay que acelerarse¡voto al chápiro verde! ni sacar las cosas de suquicio naturalpara entenderse las personas. El señor don Valentín se quejadel poco aprecio que aquí se hace de esos amenículos de política que lequitan a él el sueño de un tiempo acá; pero hay sus más y sus menosrespetive al casoy se tocará el punto en su díacon su cuenta y razón depulso y patriotismo. Lo que ahora importa y aquí nos reúnees lo de la derrota;y sobre este particularestamosgracias a Diosen la mejor conformidad todoslos presentes.

-¡Menos yo! -gritó don Valentín.

-Así se ha entendido aquí¿no es cierto? -dijo el alcaldepaseando unamirada maliciosa por todo el concejo.

-Cierto-respondió éste a una voz.

-¡Repito que no! -volvió a gritar don Valentínestrujando entre sus manosel enfundado sombrero.- ¡Yo me opongo a que se abran las mieses este año!

-En vista de tal conformidad -dijo el impasible alcalde- se acuerda laderrota y se levanta la sesión.

-¡Protesto contra esta infracción de la ley! -vociferaba el veterano.-¡Invoco mis derechos de vecino libre... de ciudadano español! ¡Viva lalibertad!... ¡Exijo que mi protesta conste en el acta para acudir en quejaadonde deba acudir!

¡Como si callara! La algarabía de la desordenada muchedumbre ahogó su voztemblorosa y descompuesta; ya mayor abundamientolas campanas comenzaron atocar a derrota.

Aún no había cesado la sonata en el campanariocuando se oyó otra másrecia y atronadora en todas las callejas del lugar: mezcla de bramidoscencerradassilbidos y jujeos. Nadie había soltado aquella mañana susganadosen espera del acuerdo concejil que las campanas publicaban ya con sussonoras lenguas por todos los ámbitos de Cumbrales.

Desaparecieron como por encanto los portillos y seturas de las mieses; y cadauna de las brechas resultantes fue vomitando en la vega el ganado a borbotonesen abigarrada y pintoresca mezcla de especiessexosedades y tamaños: lamansa oveja y el retozón becerro; la cabra arisca y el perezoso buey; la dócilburra y la gentil novilla; la sosegada vacael inquieto potro de recría y eltoro rozagante. Tras el ganado y por el lado de la Cajigonaque vuelve a sernuestro observatorioapareció la gente que lo había conducidoy mucha másque se le fue agregando; pero la parte juiciosa de ella no pasó de los bordesde la meseta. Los muchachosarmados de sendos palos terminados en gruesa ycurva cachiporrase lanzaron mies abajosilbando al vacunoapaleando a lasburrasladrando a las ovejas y espantando los potros con gritos y aspavientos.Pero no era necesaria tan ruidosa excitación para que las inofensivas bestiasdieran al traste con la formalidad; pues no bien sus pezuñas hollaron el blandosuelo de la miestoda la extensión de la vega les pareció poco para campo desu regocijo.

¡Válgame Diosqué triscar el suyo y dar corcovos y sacudir el rabo!¡Qué mugir los unosy relinchar los otrosy balar aquestosy rebuznar porallíy bramar por el otro lado! ¡Qué embestir los chicos a los grandesyhacerse éstos los temerosos y los débiles por chanza y pasatiempo! ¡Quérevolcarse los burrosy galopar los potros sin punto de sosiegocomo si ellobo los persiguiera! ¡Qué derramarse por la cuesta abajo el compacto rebañoy entrar en la cañadalargoangosto y serpeanteverdadero río de lanatomando la forma de su lecho! ¡Qué gallardearse a lo mejor el becerrillo negrocon humos de torojunto a la apuesta novillay escarbar el sueloy bajar lacabezay mirar en derredor con fiera vistay hacer la rosca con el rabosinqué ni para quépuesto que ningún rival le disputaba el campo! ¡Qué perderel tiempo en estos alardes que no eran agradecidos ni siquiera observados! Hastael manso y trabajado buey olvidaba su esclava condiciónsus años y susfatigaspara tomar parte en el general holgorio con tal cual amago de corcovomal hecho y aun ciertos asomos de galanteo a la vaca de su vecino.

A todo estoni pensar en pacer seria y formalmente. Se tiraba un bocado alfresco retoño de la hondonadapasando de largo; y otromás lejosa la paulinade la heredad; y luego otrode refilónal verde de una regatada; y así seandaba y se probaba todo sin fijarse en nadacreyendo acaso que lo desconocidoera más sabroso que lo ya probado. Faltaba el tiempo para recorrer la blanda yfragante alfombra de la vega; y el loco y desacorde vocerío y el sonarincesante de esquilas y cencerrosenardecía las bestiasy túvolas sin juicioni sosiego cerca de una hora.

Calmados los ímpetus poco a pocolos sesudos bueyes humillaron la cabezasobre el elegido terreno para pacer de veras y a qué quieres estómago;trocóse en manso lagosobre este prado o aquella heredadcada rebaño queantes fue torrente de ovejas; enderezóse el burroharto de revolcarse; y sinsacudirse la basuraahogó los últimos suspirosroncos y desconcertadosentre cogollos de helechos arrancados a la sombra de una mimbrera terminal; lospotrosdejando de corrercruzaron de dos en dos los enjutos cuellosseexpulgaron a dentelladas y por largo rato... y todo movimiento fue cesando en lavegahasta que no se oyó en ella otro ruido que el sonoro y acompasado de lasesquilas y los cencerrillos de las bestiasque los movían al pacer blanda ysosegadamente.

Entonces se retiró a paso lentocon los brazos cruzados y la pipa en labocael último de los espectadores que habían contemplado el descrito cuadrodesde lo alto de la meseta por el lado de la Cajigonaseguro de quealanochecersu ganadosin otro conductor que el natural instintoestaría a piefirme y rumiando a la puerta del establo o a la del corralesperando a que sela abrieran.

En tantolos muchachos dispersos por la vega fueron reuniéndose enpandillas; una de las cualesla más numerosa y apta para el lance de que vamosa hablarse posesionó de la vasta y limpia pradera que comenzaba pocas varasabajo de la Cajigona.

Pasaban de veinte los muchachoscada cual con su cachurra (el palo deque antes se habló); todos descalzoslos más de ellos en mangas de camisayno eran los menos que llevaban al aire la cabezatrasquilada de medio atráshasta el pescuezo. A esta sección pertenecíancomo cabos de ellaBirriagaslargochupado y pálidomuy reñidor y no cobarde; Cabraincomparablesalteador de huertas y robador de manzanas; tan ducho y hábilque distinguíade nochey sin catarlaslas carretonas de las piqueras; Bodoquescorto de resuello y gordopero fuerte; seco de palabra y de muy respetadoconsejo; Lergato (lagarto)sutil y marrullero para escaparse sin unadesolladura de donde sus camaradas dejaban tiras del pellejo; Lambietagoloso y desdentado; ypor últimoCerojasasí llamado por doslobanillos negros que tenía en la cara y comenzaron a asomarle poco tiempodespués de haberse dado una panzada de las llamadas bruneras; en elhuerto de Asaduras.

Tratábase de un desafío a la cachurrao a la brillacomo tambiénse dice; juego que se inaugura y cesa con las derrotasporque sólo en laspraderas de la mies puede jugarsey vociferaban y se revolvían los muchachosde la pandilla sobre quién debía de arrimarse a quién para equilibrarcon el posible acierto las fuerzas beligerantes. Hízose al cabo lo que propusoBodoquesy quedó la tropa dividida en dos bandosfigurando en el unoBirriagasLergato y Cabray en el opuesto BodoquesCerojas y Lambietaconsus respectivos soldados de fila. Se echaron pajucas entre Bodoques yCabray tocóle la mano al primero; el cualcomo tontoeligió para brillarla cabecera alta del prado en que se hallaba la patulea.

Sacó luego del bolsillo una bola de maderadel tamaño de una pelota;requirió su cachurraque era de acebo con porro macizo y a la vetayse fue a ocupar su puesto. Los demás muchachos se escalonaron prado abajo endos filas paralelascara a caraa la distancia de dos cachurras próximamente.Los últimosen el último tercio del prado y bastante lejos de sus camaradasrespectivosse situaronfrente a frenteCabra y Cerojas. Entonces pusoBodoques la bola de maderao sea la catuna o la brilla (que deambos modos se llama)encima de una toperapreviamente amañada; seescupió las palmas de las manos; empuñó con las dos el extremo de lacachurray gritó con toda su vozsin dejar de hacer la puntería a la catuna:

-¡Brilla va!

A lo que respondió Cabrasu contrarioponiéndose en guardia:

-¡Brilla venga!

Y replicó Bodoques:

-¡Al que rompa una pataque la mantengay si noque la venda!

Dicho lo cualhizo unas rúbricas en el aire con la cachurray ¡plaf!...allá fue la brillarápida y zumbandopor encima de los dos ejércitos enexpectativa.

Corrieron debajo de ella siguiéndolay Cerojas se dispuso a socorrerla consu cachurra para pasarla sin que tocara suelo; pero erró el golpe por irmuy alta; y Cabramás serenodejándola perder fuerza y alturala recogióen el aire y a su gustoy la volvió de un cachiporrazo hasta muy cerca de latopera de donde había partido. Dos varas másy pierden el juego los deBodoques. Pero andaba éste muy alerta; la tomó con su cachurra apenas tocó elsueloy la volvió al medio del prado. Como iba rastrera entoncescayeronsobre ella las cachurras a manojos; y entre ruidoso machaqueo y discordantevoceríotan pronto subía la catuna como bajaba. Hubo un instante en que másde diez cachurras la sujetaron contra el suelono queriendo nadie que suenemigo la arrastrara a su terreno. Entonces Bodoquesque era forzudotirócon bríoy un poco al sesgoun cachurrazo al montón; y mientras la brillasalió rápida del atolladerolas cachurras saltaron como si las volara unamina; y cuál de ellas machacó la nariz del propietario; cuál la espinilla delcolateral; otra levantó en la frente chichones como el puñoy alguien sequedótras de contusodesarmado. Hubopor endeayes y por vidas de doloramenazas y protestas; y lo de soldado en tierra no hace guerrafueinvocado por ambos ejércitos en apoyo de sus conveniencias respectivas. Mascomo en la porfía no se lograba siquiera el armisticioy entre tanto el juegocontinuaba más abajo con varia suertepoco a pocomitigándose los dolores delos contusosfueron los ánimos entrando en caja; y aunque renqueando unos ypalpándose otros los coscorronescada cual se arrimó a su bandoy continuócon nuevo empeño la partidaqueal caboganó la gente de Bodoquesmetiendola catuna en la heredad con que lindaba la cabecera baja del prado.

Como el que gana es el que tiene derecho a brillary brilla desde el mismositio en que ha ganadolas dos hileras de combatientes cambiaron de terreno albrillar Bodoques; es decirque jugaba prado arriba la que antes había jugadoprado abajoy vice-versa.

Tal es el juego de la cachurrao brillaque dura en la Montaña tanto comola derrota. El lector ha visto que se reduce a pasar la catuna de un lado a otrodel terreno elegido. Para impedir que el contrario lo consiga antes por subandahay mil ardides con que los muchachos prueban su destreza; engañoslícitosalgo parecidos a los de que se valen los jugadores de pelota. Todo espermitido allí menos la intrusión de un jugador en el terreno del contrario.Cuando tal acontecese le apercibe con estas palabras: a tu tierraque tepego un palo; advirtiendo que el terreno de cada cual está bien determinadosiempre por las cachurras mismas en ejerciciofrente a frente y porro conporro. Peropor lo comúnsi la partida está muy empeñadase prescinde delapercibimiento ya buena cuentase larga el palo en la espinilla o en losnudillos del pie desnudo.

Juegoen finde lo más higiénico y entretenidosi no fuera por lasquiebras que lleva aparejadasde piernasdientes y otras no menos integrantesy estimadas porciones del jugador.

- XVIII -

El secreto de María

Los mejores mercados de la villa (porque en la villa se celebra uno cadasemana) son los del maíz nuevo. En ese tiempo no hay pobres en el paísy cada cual acude a aquel concurridísimo centro de riquezaa proveerse de loque no tiene con un poco de lo que menos necesita. Al calorcillo de estaanimaciónhormiguean los tratantes y las mercancías de mil especies; y unidostodos estos estímulos a la suavidad de la temperaturala belleza del lugar yla abundancia de las vías de comunicaciónacontece que cada mercado esentonces una fiesta en que toman mucha parte las gentes desocupadas delcontorno.

En Cumbrales no abundan las distracciones para personas de la condiciónsocial de Ana y María; por lo cual aprovechaban éstas la del mercadomuy amenudoespecialmente en otoño. Y no se crea que iban a la villa entonces conel único fin de recrearse: llevaban los bolsillos bien repletosamén de unainterminable lista de cosasen un papel o en la memoria; en la cuallista había de tododesde el manojo de chiribíashasta la vara de raso;desde la palangana de lozahasta la resmilla de papel de cartas; desde lamadeja de seda para bordarhasta el bombasí para un refajo; desde la libra ymedia de queso pasiegoy el molinillo del chocolatey el paquete deazucarillosy las zapatillas de alfombray las tres libras de arrozy lacerraja para el armarioy el vidrio para el cuarterón de tal ventanaetcetchasta el lienzo para los calzoncillos de don Juan o de don Pedroo eltartán para el vestido de invierno de doña Teresa. Para conducir esterevoltijo de especies inconexasacompañaban a las jovenes sus respectivasfámulas de mayor empujecon sendas cestas de mimbre peladode dos asasa lacabezasobre el rueño de coloresbien guarnecido de picospespunteados. Las leyes del bien parecer no exigían otro acompañamiento queéste a dos señoritas que iban al mercado; peroa mayor abundamientoAna yMaría solían llevar el amparo de doña Teresao el de don Pedroo el de donJuany vez hubo de ir los tres juntos; pero unanada más. Y vamos al caso.

Después de los sucesos referidos en los últimos capítulos; cogidas yderrotadas las mieses y comenzadas las deshojas donde había mucho que deshojary hasta desgranado el maíz donde éste era el pan y la moneda de la casa;hechos dos tórtolas Ana y Pabloy no tan regocijadapero sí muy animosaMaríaacordaron los tres ir juntos al mercado el primer día que le hubiera enla villasi el tiempo no se entornaba; y como el tiempo no se entornóelacuerdo llegó a cumplirse.

El camino derecho para ir a la villa desde Cumbraleses por encima deRinconeda; pero es mucho más blando y placentero el del valley éste usan lasgentes de Cumbrales mientras las lluvias del invierno no reblandecen el suelo delas praderas y le hacen intransitable en algunos sitios las pozas y lospantanos. Este camino tomaronen la susodicha ocasiónpor la Cajigona abajoAnaMaría y Pablocon dos mozas de cargabien trajeadasrozagantes yfrescotasantes que el sol llegara al fin del primer cuarto de su diariacarrera. Caminaban los cinco en ringleporque el sendero era angosto y en losprados sentían los pies la frescura y humedad del rocíoaún no seco por elsol que aquel día andaba a la greña con las nubes. Como los bajos de Ana y deMaría se mojaban al rozarse con la yerbay para que esto no sucediera erapreciso levantarlosy levantándolos se descubrían los altos delparlanchín y menudo zapatoy algo más que los arranques de la fina y estiradamediaPabloque iba detrás de Anacon un pretexto mal urdido por éstapasó a la cabeza de la fila.

Mientras así caminabanpor todos los senderos que desde el pueblo iban aparar al que nuestros amigos seguíanbajaban gentes con el mismo rumbo queellos. Por lo comúnmujerucas con la cestilla al brazo o el saco lleno sobrela cabeza. Unas pasaban de largo después de saludar muy atentasy otras seagregaban al grupo de las señoras: charlatanas insufriblesaduladoras sinmedidao torpes y encogidas hasta la tartamudez. De las primeras era la Cotorronaaltaseca y acartonada; alegre sin ser risueñay relatora incansable de losuyode lo ajeno y de otro tanto más. Nunca perdió un mercadoy jamás sesupo a qué iba a elloscon una cesta colgada del brazo izquierdo y cubiertacon un refajo tirado sobre el hombro. Nada compraba ni vendíaaunque todo losobaba y ponía en precio; pero dejar de tomar a la salidaen una taberna de sudevociónel pucherete de potaje y dos cuartos de queso... antes faltaría elpedazo de borona para «el su hombre».

Esta mujer se puso detrás de Anay comenzó a despotricar sin que nadie secuidara de ayudarla ni de contradecirla. En ocasiones dejaba la tareano paradescansarsino para meterse donde no la llamaban; como verbigracia:

-Alevante un poco másdoña Anaque le arrastra entovía la randa por laherba... ¡Jos! no me mirara yo tanto en su casoque por ciertovida míabien tiene que locir... ¡Vayaque quien ve esa cinturucatan fina que sepuede abarcar con la llave de la manoy esos pies de cañamón en dulcenopensara que tan rollizas las teníahija!... Dígote que onde menos sepiensa... Bendito Dios¡cómo rejunde el buen sustento!... Y no me dejarádoña María por mentirosaaunque esa más a la vista lleva la rebustez. ¡ElSeñor las conserve tan majas y locías para salú propia y bien de loscaballeros que tengan la suerte de merecerlas!

Sonreíase Anabajaba María las faldas hasta los piesy carraspeaba Pablo.Tornaba luego la Cotorrona a rajar con la lengua famas y caudales; terciaba devez en cuando en el empeño algunas de las mujeres pegadizas; y de este modo sehabló allí de cuantas gentes pasaban al mercado; de lo que llevabande lo quetraeríande lo que dejaban en casade la cosechadel ganadodelayuntamientode lo del perroypor últimode las «malas almas» deRinconedacuyas mieses comenzaban a pisar a la sazón las murmuradoras y sustaciturnos y aburridos oyentes. Pabloen tantoespantaba las mansas bestiasque pastaban cerca del caminopara que nada temieran las dos jóveneso lasayudaba a saltar esta zanja o aquel vallado; tareas en que el mozo disimulabamal el gusto con que oprimía la mano o ceñía la cintura de la hija de supadrino.

Acabáronse las praderas y comenzaron los callejosmuy ásperos aunquecortos; pero no calló un punto la Cotorronapor más que Ana lo intentómuchas veces. Después de los callejosla sierradonde el camino se arrastraentre brezos y matorros. Allí necesitaron Ana y María abrir las sombrillasporque comenzaba el sol a calentar. Breve fue la subidapues la sierra no esmuy larga; y estar en lo alto de ella es estar en la villaporque ya se la veabajocon la cabeza reclinada en la falda del montetendida en la linde delvalle de que es dueña y señora; valle quizá el más hermoso de toda laMontañaregado por el mismo río que hemos visto pasar al Norte de Cumbrales.

Ana y Maríaen un impulso que es instintivo en las mujeres en semejantescasosantes de comenzar a bajar la sierraque espeso monte es por aquellavertientese arreglaron el cabello y los pliegues de la faldacomo dama quellega a la puerta de un salón de bailey se detuvieron un buen ratono tantopara orearse y descansarcomo para deshacerse de la molesta compañía de laCotorrona.

Quedáronse al fin solas con Pablo y las dos fámulasy así entraron en lavilla por aquel arrabalhasta donde llegaba el reflujo del hervor que se oíamás adentro; refugio de gentes dispersas y errabundas que iban y venían sinderrotero fijoentre casas desperdigadas y medio campesinas todavía.

Andandoandandolas casas iban uniéndose y enfilándose unas con otraselgentío espesaba y los rumores crecíanhasta que se llegaba al foco de laebulliciónverdadero mar de cosas y de gentescon sus bramidos sordos y suagitación incesante. Este mar estaba en la plazavastísimo espacio circuídode grandes edificios con espaciosos soportales de arcos de sillería. ¡Lo quehabía sobre aquel encachado suelo! El cestuco de patatas; el taleguillo deharina; los nabos de Reinosa; los limones de Cóbreces; las calladas del Puente;la triguera de chiribías; la banasta de manzanas; el queso de las Cabeceras; elcelemín de fisanes; las tres parejas de pollos; las dos docenas dehuevos... Todas estas menudencias y otras infinitasdelante de los vendedoresacurrucados en el suelo en apretadas hileras. Despuésen espacios más anchoslos zapatos de Novales; las abarcas de Carmona; los yugos y prisionesde Cieza; los montes de pan en roscosen cruz y en tortas; los calderos ytrébedes de Balmaseda; los puestos de baratijascomo dedales de aceroalfileteros de latónnavajas de poco más o menoscordones de estambre ygargantillas de cristal; las montañas de pimientos morrones y choriceros;los corderos en capillaquiero deciratados de pies y manosjadeantesconlos ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la bocaora en el sueloora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas y cazuelas debarro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera; la vasija valenciana;amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de Asturias... y demonioscolorados; y entre todo ellolos compradores curiosos yendo y viniendooprimidoscasi prensadosguardando el equilibriobregando sin cesar yayudándose unos a otros para avanzar un paso en el continuo atolladero decontrarios oleajesmás irresistibles que por su fuerzapor su ruidoensordecedor y mordicante.

Publicábase a gritos la mercancía; a gritos se regateabay a gritos se laofrecían más barata desde otro puesto al comprador indeciso; a gritos sepedía paso dondecontra toda leyno le había; a gritos se quejaba quien nopodía apartarse a un lado por falta de terreno para moverse; a gritos sesaludaban las gentes y a gritos se citaban y a gritos se entendían; elferretero tocaba con el martillo una palillera sin fin sobre la mayor desus sartenes; cacareaban los gallos; gemían los cabritos amontonados; gruñíanlos cerdos que pasabana rempujonesdel mercado de los de su especiedesdichada; resonaban las panderetas probadas por mozas de buena manoy losdalles heridos contra las piedras; roznaba el paciente burro del pasiegoatadoa un pilar de los soportaleslibres sus lomos por entonces de la carga que sudueño publicaba a voces un poco más allá; sonaban las campanillas de unpuesto de ellassacudidas una a una por el aldeano que buscaba un par bienacordadocuando no zarandeaba con toda su fuerza un collar cargado deesquilones... ¡que es lo que hay que oír!; chirriaba el eje del carro quepasaba cargado de maíz; aullaba el perro perseguido a puntapiés por el quesorobado o el pan mordido; cantaba el ciego al son de la ronca gaitay ellazarillo al de su panderetaherida a puñetazo seco; sonaba el martillo delherradory el mazo del hojalatero... yen finla campana del reloj cuandocallaban las de la iglesia.

En los soportales alzábansesobre improvisados mostradorescordilleras depaños y bayetas de todos los imaginables coloresy había detrás de losmostradores tiendas atestadas de los mismos géneros y otros sin número; y encada calle de las que partían de la plazatiendas y más tiendasy hasta enlos rincones de los edificios mal alineados; y más lejosotro mercado dondelos granos y frutos de muchas especies entraban por miles de fanegas y dearrobas; y más lejos todavía y en adecuado lugarotro mercado de bestias decerda; y lo mismo que en la plaza principalen los soportalesen las tiendasen las calles y en los otros mercadosgente y más gentey ruido y más ruido.

Quisiera yo que el lector de ultrapuertos no tomara a broma esta pintura quele borrajeo de un pueblo montañésque esen Españaquizá el primero entrelos de su modesta categoría. Esto por lo que hace a su rápido crecimiento;pues si se mira su belleza externa y la del paisaje que le circundaes aúnmás difícil hallarle competidor.

Volviendo al asuntodigo que muy buen rato antes de mediodíacomenzaron averse en el mercado las damas de la villaen elegante arreohusmeando lospuestos de la plazacon su cortejo de galanes de punta en blanco. Mirábanlosde reojo y con recelosa curiosidad los caballeretes de los pueblosquebraceaban en aquel marun tanto desaliñados y polvorientosa causa de lafatiga y estrago del caminoy dejábanse mirar los de la villa con piadosacomplacenciaseguros de su importancia incomparable.

A Maríacorta de genio y muy desconfiada de su valerla acoquinaban lasactitudes de aquel encopetado señoríoante el cuala pesar de su lozanafrescura y de su intachable atavíose creía feadesgarbada y mal vestida.Anapor el contrariodejándose llevar de su natural franco y abiertoparecía complacerse en excitar la curiosidad por el gusto de vencerla con sumirar valienteque sabía hacer burlón y desdeñoso sin esfuerzo y muy alcaso. Cuanto a Pablono hay para qué decir lo que se aburría y mareaba entreel barullosin curarse más de lo que pasaba ante sus ojosque de las copiasde Calaínos.

Yapara entoncesestaban las cestas repletasy hasta colgaban de las asaspor fueramuchas cosas que dentro no cabían; pero no había que pensar aún envolverse a Cumbrales. Necesitaban antes dar una vuelta por la villa y un vistazoa los otros mercados; porque cuando de ellos se vuelve a casalos que no hanestado allá hacen muchísimas preguntas; y es bueno saber entonces a cómo ibanlas alubiasy el maízy las patatasy los cerdos de cría y los de matanzapara responder a todos.

Y brujuleando así entre callesvio Ana que por la acera de enfrente veníaun mozo muy guapo y apuesto; que este mozo miraba mucho a María; que María sepuso encendida como la granay que el mozono muy dueño de síanduvoalcruzarse con ellaatarugado y confusoamagando palabras que no pronunció ysaludos que no hizo. Siguieron los de Cumbrales calle adelantey el mozo losacompañó con la vista; y como Maríaal doblar la esquinamiraba haciaatrás con el rabillo del ojoclavóse el hombre en aquella especie de anzueloy siguió desde lejos a María. Al cabo se arriesgó; y en la primera parada quehicieron los de Cumbralesacercóseal amparo del barullo; saludó muy cortésy habló a María sin misterios ni dengues y como si fuera la cosa más naturaldel mundo; por lo que Pablo no paró mientes en ello. Pero Ana síy hastadistrajo a Pablo y logró quedurante el paseo por la villaMaría y el galánapuesto se despacharan a su gusto.

Al salir para Cumbralespreguntó Pablo a Maríadespués de contestar alreverente saludo con que el mozo se despidió:

-¿Quién es ese?

A lo que contestó María con mucha serenidad:

-Pues uno de aquíque me conoce.

Y no se habló más del caso. Pero andando monte arribaquedóse Ana muyroncerahasta arrimarse a María que iba detrás de todos; y mientras Pablotrepaba a largos pasos y le seguían jadeando las dos mozascon las cestassobre la cabezadijo aquélla a su amiga:

-¿Tiene algo que ver... ese que te conoce con el abismo de quehablábamos tú y yo en cierta ocasión?

-¿Por qué me lo preguntas? -preguntóa su vezMaría.

-Porque lo sospecho. ¿Quién es?

-Hijo de don Rodrigo Calderetas.

-Pues cata el abismoy no me digas más.

-¿Abismo te parece a ti tambiénAna?

-Hablo por tu boca... pero mayores los hay en el mundo: como uno que yo metemí. ¡Qué barbaridad! ¿Dónde tenía yo el entendimiento?

-¿Pues qué pensasteAna? -preguntó María con viva sorpresa.

-Nadahijanada; sino quea vecestal se ensartan las casualidades ytales visos toman de verdadque llega uno a ver hasta bueyes que van volando.

-Cierto -dijo Maríasonriéndose:- por una sarta asíllegué yoen unaocasióna sospechar de ti algo parecido; sólo que a mí me duró menos lasospechaaunque no me la quitaste con razones como la que tú acabas dedescubrir: bastóme un poco de reflexión.

-Pues entonces estamos en paz en ese extravagante pensamiento... ¡que tieneque ver! y ahoradime ¿dónde conociste a ese que te conoce?

-En la villa.

-Ya; pero ¿cuándo?

-Cuando vine con mi madredos años hacea pasar unos días en casa deaquellos parientes suyos que se volvieron a Asturias poco después.

-Y ¿cómo os habéis arreglado para continuar lo comenzado entonces?

-Por cartas.

-¡Hola!... ¿por el correo?

-¡Virgen María!... ¡Quién me lo mandara! A la mano.

-Y ¿por qué manoinocente de Dios?

-Por la de la Rámila.

-¡Miren la cordera que no teme las brujas!... ¡Vaya si supo poner elsecreto en lugar seguro! y no pensastecriatura sin maliciaque a negocio enque anda la mano del diablo no puede ayudarle Dios?

-¿Créesle desesperadoAna? Dime la verdadsin zumbas.

-¿Estás segura tú de que... ese que te conoce te quiere como sedebe?

-Síporque yo he impedido que se acerque a mi padre.

-¿Por qué lo has impedido?

-Por la guerra en que está el suyo con él. ¡No se pueden verAna!

-¡Bah! Cosas de tu padre.

-Pero ¿qué piensas tú del caso?

-Que le dejes de mi cuenta.

-¡Mira que está muy oscuro!

-Yo le sacaré a la luz.

-¿Con quéAna?

--Con otro caso menos difícil. Verás cómo se enredan los dos; y hastapuede llegar el tuyo a ser causa de grandes bienes para todos.

-¿Qué caso es ese?

-Delante de los ojos le has tenido y no le has visto. Peroen finya te loexplicaré cuando debaAhorachitónque nos esperan Pablo y las muchachasallá arriba.

Acabaron de subir la cuesta; descansaron todos un rato en la loma; y sinotros sucesos que dignos de narrar seanllegaron media hora después aCumbralessanos y contentoscada cual a su modoaunque un tanto despeadas ycorreosas las fámulasy algo polvorientas y rendidaspero muy guapaslasseñoras.

 

- XIX -

Retazos

En estodon Rodrigo Calderetas escribió una carta a don Juan de Prezanesen la cual carta decíaentre otras cosasla gran persona:

«Menester será que redoble usted la vigilancia y active los trabajos en eseterrenoporque no hay momento que perder. El Barón no sosiega un punto yrevuelve los imposibles. El Marqués confía en sus buenos amigosentre losquecon justiciale cuenta a ustedy así me lo dice. Para mantener las filasapretadas y reclutar soldados nuevosno le duelan a usted larguezas del géneroconsabido: aquí estoy yo para cuanto ocurray detrás de mílo que ustedsabeque puede y manda y no deja mal a sus amigospor nada ni por nadie. Loverá quien dude y le sirvasicomo otras veceses precisopor el bien deEstadosaltar por encima de ciertas consideraciones y respetos. En estasbatallas no hay otro remedio que ser un poco duro de corazón con el enemigotenaz. Dígame qué exigencias presentan esos auxiliarespara ir formando pocoa poco el expedientellamémosle asíque he de elevar adonde ha de serdespachado con las debidas recompensas y los necesarios escarmientos.

»Nos está haciendo mucho daño el diablejo de Asaduras. Hábleleoígaley cómprelepida lo que pidiere. No habría necesidad de recurrir aestos extremosque parecen un tanto reñidos con la sana moralsi ese amigo deusted y que tanto lo fue mío cuando yo no me había resuelto aún a sacrificarmi reposo y mi hacienda al bien de este país desventuradoque va hundiéndoseen el abismo por las ruindades y atrevimientos injustificados de cuatroambiciosos intrigantes; si ese amigorepitono llevara tan lejos su tesón ysus escrúpulos. Él se entenderá... y yo también le entiendo. Síamigomíole entiendo; y aunque me duela decírselo a ustedme constacon nuevosdatosque no solamente es desafecto a las instituciones que todos veneramossino que también trabaja sordamente contra ellas y contra los que las apoyansin exceptuar a los amigos y compadres... Téngalo usted muy en cuentapues leinteresa mucho; que a no interesarle tantono se detendría en estos enojosospormenores un caballero como yo.

»Traigo entre manos el asunto del alcaldeúnica persona que no es nuestraen ese ayuntamiento; mas para quitarle se necesita envolverle en una marañacualquieraque sirva de pretexto a la causa que se le forme. El secretario seha comprometido a desempeñar satisfactoriamente ese ligero preliminarcon la insignificante condición de que se aprueben ciertas partidas de lascuentas municipales que aún andan por allá en tela de juicio. Cuento con laaprobación solicitadaypor tantodoy por destituído al alcaldepues nocabe dudar de la destreza y buenas agallas del secretario. No se olvide que estealcalde es obra de don Pedro Morteraque no tuvo reparo en librar una verdaderabatalla contra ustedque guerreaba por Asaduras. Recuérdoselo a fin de que nose pare en cualquier escrúpulo de amistad que pudiera asaltarle la concienciacuando se resuelvacomo lo deseoa ayudar al secretario en sus propósitos. Enla penuria en que se nos quiere ponerno debemos desperdiciar ni las migajas.

»Por eso le recomiendo mucho también la pretensión del amigo donValentíncon cuya falange no podemos contar con seguridad a la hora presente.Ya sabrá usted que ese respetable veterano tiene empeño en que se apruebe y seejecute ahí su plan de defensa contra el enemigoen el caso probable de queéste intentara entrar en Cumbrales. El tal don Valentín vino a verme estamañana y me explicó minuciosamente el proyecto. Parecióme complicadocostosoy de éxito infalible; pero se queja el valiente veterano de que nadie le prestaatención ahíy teme no hallar los elementos que necesita para realizar suspatrióticos fines. Atribuye él en gran parte esta frialdad de sus convecinos ala influencia reaccionaria de cierta persona que no quiero nombrar porque nocrea usted que me complazco en indisponerle con ellacomplacencia que no cabeen el corazón de un caballero como yo; pero muy bien pudiera no equivocarse donValentín. Lo cierto es que éste no votará a otro candidato que al de lasgentes que le ayuden en la empresao no votará a nadie si nadie le ayuda aél. Por demás comprendo que no es grano de anís lo que desea y necesitayque hasta tiene sus puntas de locura la ocurrencia; pero no hallo inconvenienteen que se te preste atención y se haga algo en muestra del buen deseo. Locierto es que nosotroslos liberales de orden y de arraigono estamos bien conlas manos cruzadas delante de los criminales acontecimientos que son causa delos desvelos de don Valentíny juzgo que un alarde bélico de Cumbrales contrael obscurantista rebeldesería el mejor efecto en el país; sobre todosilográramos eslabonar con ese noble y patriótico sacudimientola candidaturade nuestro amigo el marqués de la Cuérniga.

»Como usted comprenderáseñor don Juanyo no hago otra cosa que dar lavoz de alerta y aconsejar lo queen mi pobre juiciodebe hacerse: a ustedestoca lo restantepuesto que les interesa más que a mí el buen éxito de labatalla. Así cumplo con mi deber; y crea usted que no es leve esa cruz quearrastro. ¡De qué buena gana se la cediera a los que envidian mi legítimaimportancia en el país! Porquedespués de todolos pueblos son ingratosyme pagan con perfidias y deslealtades los sacrificios que hago por ellos».

Horas después que la cartallegó Asaduras a casa de don Juan de Prezanes.

No describo a este personajeporque no me le tachen de parecido a ciertoPatricio Rigüeltapariente suyo muy cercanopor parte de padre; la cualsemejanzadespués de todono tendría nada de particularpues la da eloficio de ambosopor mejor decirla naturalezaque produce ciertos hombresformados ya para ejercerle con fruto y lucimiento.

Y hablando el tal Asaduras con don Juan de Prezanesllegó a decir de estasuerte:

-Mucho me alegro de que se resuelva usté a abrir la mano (cosa que hasta elpresente no ha querido hacerpor lo cual el asunto no ha pasado entre ambos amayores) para que se vea y se cuente lo que hay en ella; puesa mi modo de veréste es el camino único por donde las gentes de bien llegan a entenderse...Pues yoseñor don Juanvoy a decirle a usté en lo que estimo la ayuda quecon tanto empeño me busca para el marqués de la Cuérnigay mucho me alegrarade que el precio no le pareciera subidoporqueen rigor de verdad y tanto portantomejor quisiera servirle a ustéque escomo quien dicede casaque aningún otro forastero de los que trabajan la partida al barón deSiete-Sucias... Son corazonás de la nobleza de unoque no se pueden remediar.La tierra jala siempre a los suyos... y vamos al caso. No es usted ignoranteseñor don Juande que yo pretendíen tiempo legallos terrenos que cercójunto al monte el señor don Pedro Mortera. Era más pudiente que yo; subiólosen remate hasta donde él solo era capaz de alcanzarlosy quedóse con ellos...hemos de ser justosen buena ley. Pero yo no los perdí nunca la que les tuveni se la perderé en los días de mi vidaporque los ojos me llevan al mirarloshechos un jardín. ¡Qué cierroseñor don Juan!... Pues ese cierro es lo queyo pido por servirle a usted en esta ocasión... Ya veo que usted se asombrayes natural si se mira el caso por derecho; pero déjeme acabar. Están en reglalos documentos del remate; todo se hizo como la ley manda; pero yo le aseguroque si usté me ayuda a mover a estos concejales que son de ustéantes de ochodías no conoce aquel expediente la madre que le parió; se hace una denuncia atiempo; la apoya don Rodrigoque ya está en autos; se manda abrir el cierro;se encausa al ayuntamiento que engañó a la Administración con documentos falsos;se vuelve a sacar a remate del modo que yo diréysin que pasen tres semanasel cierro es mío.

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-¡No se enfadepor Diosseñor don Juan! queen postre y finiquitoéstaes una proposición como otra cualquiera. Si no gustatan amigos como siempre;pero no se olvide que yo no me comprometí a decir cosa que a usté le agradaracuando usté me brindó a proponer lo que me pareciera más conveniente. Y ahoraoiga otra condición que tengo que poner todavía; y esoporque soy muy leal yjuego siempre limpio: he de estar en posesión buena y bastante de ese cierroquince días antes de las elecciones. Si usted me sirve al tenor de lo expuestode usted seré con todas mis fuerzas; si nocumpliré honradamente miscompromisos con el señor Barónquesi no me da el cierroporque no puedecómo otros podríansabe corresponder rumbosamente con los amigos con aquelloque está a sus alcances.

-¡Perohombreno se alborote usté así por cosas de tan poco momento!

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-¡Andahijoanda! ¿Conque en lugar de ponerme por mote Asadurasdebieronhaberme sacado las mías?... Pues mire usté: olvido de buen aquél esa ofensapor la gracia que me hace lo otro de que si guerrea contra don Pedroes sólopor tesón de que no valga la suya; y que tan aína como él le conceda unapizca de razón en lo que usted hacecon él se irá adonde él quierallevarle.

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-¡Nono!... ¡ya veo que le pone usted cerca de los santos del cielo; ymucho deben valer esas alabanzas en boca de un enemigo!

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-Hombreenemigo dije por lo que a la vista está en la ocasión presente ylo que ha estado en otras tales. La verdad es quesi vamos a hilarlo muydelgadobien pudiera quebrarse entre los dedos. ¿En qué manifiestacorresponder a la buena amistad que usted le guarda? En casos como el presenteno le ayuda: en otros parecidosle combate a muerte; si usted dice que blancoallí está él para sostener que es negrohasta en los puntos de menorcuantía; y si a creer vamos lo que rutan las gentesno tienen ustés día depaz completapor oponerse a todo su genio mandón y riguroso. Yo no diré queesto sea tirria y mal querer hacia ustécomo algunos lo aseguranporque entales adentros no debo meterme; pero el demonio me lleve si tiene trazas desentir cariñoso ni de buena intención.

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-No fue tal mi ánimoseñor don Juan: he respondido a un reparo que se meha hechoy nada más.

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-Cierto; pero don Rodrigo me dice que se lo proponga a usté; usté me llamaa su casa; vengo y se lo propongo... De modo y manera queapurando las cosaslo feo de la propuesta no está en ella ni en mísino en el oficio que ustedtrae y de sí lo da.

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-¡No es insolenciaseñor don Juansino la verdad pura!

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-Eso es muy distinto: en su casausté es el amoy en su derecho está alplantarme en el corral; pero entiéndase que si usté no me hubiera llamadoyono hubiera venido. Y con esto me largoque también yo tengo casadonde soyamo y señor... y no debo nada a naide.

Por últimollegó don Valentín; y tras un largo discursoenderezado a probar el deber en que se hallaban los hombres libres de resistir atodas horas y en todos terrenos «al perjuroque de nuevo manchaba el suelo dela patria con su planta inmunda»se expresó así:

-Hay más relación de la que usted se figura entre servir yo al candidato deustedesy ayudarme ustedes en la empresa que me quita el sueño. Yo soy esclavode mis principios políticosy a ellos ajusto los actos de mi vida civil. Entraen mi conciencia política la ejecución del plan que traigo entre manos; yayudando a los hombres que me ayudencumplo con mi deberporque sirvo a micausaa la causa de la libertadque es la causa de la patria; yporconsiguienteobro con arreglo a mi conciencia. Yo bien séseñor don Juanque la empresa es peliaguda y de riesgos; pero se intenta siquiera; se ponen losmedios; yal últimosi no se vence en ellase muere con honra. Y espeliaguda la empresaporque no es fácil despertar en estas gentes embrutecidasciertos sentimientos delicadoscon los cuales hacen proezas otros pueblosyhasta vencen los imposibles; pero también sé quién tiene la culpa de eseembrutecimiento ignominioso en que vegetan nuestros desdichados convecinos...¡vaya si lo sé! Aquíseñor don Juantiene más arraigo de lo que a ustedse le figura la causa del perjuro; aquí conozco yo a un pudiente queso capade no querer meterse en barullos de políticasirve en grande a la de sudevocióny quizá conspira en la obscuridad de sus escondrijos misteriosos;quizá él y los esbirros negros que le ayudanafilan hoy el puñal con que austed y a mí ha de herirnos mañana el brazo del tirano que se guarece ahora unpoco más allá de esos montes. No tengo necesidad de decir a usted quien es esepudienterémora de todo progreso liberal en Cumbrales.

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-No me ciega la pasión ni me engañan los ojos que han envejecido mirando dequé pie cojean los hombres; y ciegos deben ser los de la malicia de usted si nohan visto mucho de lo que yo digo.

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-Eso que usted me responde honra mucho a su corazón; pero deja los supuestoscomo estaban. El señor don Pedro Mortera no es trigo limpionihablando enplatatan leal amigo de usted como usted lo es suyo.

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-¿En qué me fundo?... Y ¿quién mejor que usted puede saberlo? ¿En quéle ha servido? ¿De qué apuro serio le ha sacado a usted cuando se ha visto conel agua al pescuezo en sus peleas electorales? ¿Qué testimonio público hadado jamás de que es capaz de hacer por usted... lo que por él está ustedhaciendo ahora: defenderle?

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--Cierto: nunca vi que delante de él le ofendiera a usted nadie; pero igualhubiera sidoporque casos se han dadosegún cuentan... y yo me entiendo.

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-Repitoseñor don Juanque obra usted como un caballero al expresarseasí; y me callopuesto que lo deseaaunque con el sentimiento de no quedarconvencido; pero otra vez será. Por de prontoconsteen abono de mi conductaquehablando de la enfermedadno podía yo menos de investigar las causas deella. Para concluirseñor don Juan: ¿qué hay de mi pleito?

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-Eso no es decir nada.

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-Bien conozco que usted solo muy poca cosa puede hacer; pero si no se da elprimer paso siquiera...

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-Pues una cosa parecida respondo yo: veremosseñor don Juanveremos; ysegún sea el amparo que usted me preste hoyasí será el auxilio que le déyo mañana. Ya sabe usted dónde vivo; perdonar el mal rato... y hasta cuandousted quiera.

El mismo demonio no dispusiera mejor un plan para sacar dequicio a don Juan de Prezanesque saboreaba con avidez las relativas dulzurasde las nuevas paces hechas con su compadre y amigo. Don RodrigoCalderetasAsadurasdon Valentínpersonajes inconexos entre síporeducaciónpor ideaspor aficiones; ysin embargounánimes los tres enconsiderar a don Pedro Mortera enemigo solapado del quisquilloso jurisconsulto.¡Y se lo contaban a éste sin reparo! ¡Qué de cosas no sabrían cuando talesinsinuaciones se les escapaban de los labios!

Así es que al bueno de don Juan le chisporroteaba el cerebro en cuanto sequedó solo y se puso a meditar.

-¡Y sea usted dócil -exclamó de pronto dando un puñetazo sobre la mesa yapartandode un puntapiéla silla en que estuvo sentado;- y humíllese ustedyen bien de la pazolvide heridas y agraviosy bese la mano que ha de darlela puñalada en el corazón! ¡Y todavía seré yo el lobo indomesticabley élel apacible y manso cordero!... ¡Hipócrita!... ¡Bribón! Pedro yo te aseguroque no has de salirte con la tuya. Lucharé sin punto de sosiegopor lo mismoque estas luchas te incomodan; y vencerépara que veas que ni te temo ni tenecesito... ¡Si yo no voy a tener otro remedio que hacer al fin una barbaridad!

En esta tensión estaban sus nervios cuando topó con don Pedro Morteraenuno de los paseos vertiginosos a que se había entregado en la sala.

 

- XX -

Emociones fuertes

-A tiempo llegas¡vive Dios! -bramó el jurisconsultotrémulo y erizado.

-¿Ya estás con la moscahombre? -respondió don Pedroparándose junto alhueco de la puerta.- ¿Dónde demonios la cogiste? ¿Por qué te pica ahora?

-¡Y tienes el candor de preguntármelo!

-¿Es decir que yo debo saberlo?

-Debieras presumirlocuando menos.

-¿De manera que estamos como estábamos?

-Así lo quieres tú y así sucede... ¡y así sucederámientras loshombres no llevencomo yola conciencia en la palma de la manoy escritos enla frente sus pensamientos!

-Todo eso me hueleJuana que has dado suelta a los tuyosy te andan acalabazadas en la mollera. ¡Que nada te aprovechen los escarmientos y nada teenseñe la experiencia...!

-Tienes razónPedro: nada me enseña la experiencia... tanto me cuestacreer en la falsedad de los hombres ¡Y cuánto disgusto me ahorrara si másescarmentado fuera; si de una vez para siempre cortara por lo sano e hiciera undeslinde en el campo de ciertas intimidades!

-Como la nuestra¿no es eso? MiraJuan: el pensar a vocescomo túpiensas y quieres que piensen los demástiene la contraamén de otrasmuchasde que se hacen públicos los pensamientos ruínescomo esos queporlas trazasme consagras ahora. Por fortunate conozco muy a fondo; yporquete conozco asíte los perdonosin usar el derecho que me daspensando mal demípara preguntarte por la causa de ello. ¡Qué hermoso manicomio fuera elmundotan lleno de hombres aprensivossi todos pensáramos a vocescomo túlo deseas!... Pero dejemos esto ahora.

-No he de dejarlo¡vive Dios! Que me interesa mucho ponerlo en claro.

-CorrienteJuan; pero como yo no he venido a tratar de ese puntoaplázalosiquiera hasta que yo te diga a qué vine; yentre tantopiensa de mí cuantasmaldades quieras.

Esto dicho por don Pedro Morteradetuvo a su amigo que por delante de élpasabamuy agitado; asióle el brazo y le introdujo en el gabinete; a todo locual se prestó el jurisconsulto como una máquinapero una máquina cargada depólvora y erizada de mechas encendidas entre espinas de acero. Cuandoestuvieron encerrados los dos compadresdijo de muy mala gana don Juan dePrezanescontinuando allí sus paseos:

-¿A qué tantos misterios? ¿Qué es lo que tienes que decirme?

-Que merecías que no te lo dijerapor obcecado ycascarrabias-respondiódon Pedro Mortera.

-¿Puedes decirme a qué has venidosin provocar nuevos altercados? -repusodon Juandesentendiéndose de la chanza de su amigo.

-He venido -respondió don Pedro- a pedirte la mano de Ana para mi hijoPablo.

No es dado a la rudeza de mis pinceles pintar con exacto parecido laimpresión que estas palabras causaron en el jurisconsulto de Cumbrales. Elcorazónel cerebrolos nervioscuanto en su ser había de inteligente ysensiblese conmovió al mismo tiempo por muchos y diversos modos. Loinesperado del caso; la vehemencia de su amor a Ana; las prendas de Pabloaquien quería como a un hijo; la alegría reflejada en el noble rostro de sucompadre; las ruínes sospechas con que él le ultrajaba un momento antes; elinmenso beneficio con que le brindaba el enemigo supuestoy la mal probadalealtad de los amigos que con tan negros colores se le pintabanlainquebrantable entereza del uno; las sospechosas veleidades de los otros; lo queestaba pasando entonces; lo que le había pasado toda su vida; su soledad desiempre; el abrigo y el amor de una familia para en adelantecuando el frío dela vejez le amenazaba con sus rigores y sus tristezas... ¿quién sabe lo queaquel hombre vio en un solo instantea la luz de un relámpago de su cerebrotempestuoso!

Tembló de pies a cabeza; pensó que le faltaba suelo donde pisaro que eltecho se le desplomaba encima; trocóse la fiereza de su semblante en mansadulzuray apenas halló voz en su garganta para decir a su amigovolviéndosehacia él rápidamente:

-A verhombre... a ver... Hazme el favor de repetirme las... eso¡eso que me has dicho!

Sonrióse don Pedroque estudiaba grado a grado la transformación de sucompadrey le complació así:

-Que te pido la mano de tu hija Ana para mi hijo Pablo.

-¡JesúsMaría y José!

-¿Tanto te asombra la pretensiónJuan?... ¿Es posible que jamás te hayapasado esa idea por las mientes?

-Jurara que noPedro... y no porque el caso esté fuera de lo natural yhacederoy no seaademásbueno y conveniente para todos... quizási meapurassea Pablo el único hombre que yo juzgue digno de ser el marido de Ana;pero está mi vida tan empapada de disgustos y contrariedades; estoy tan avezadoa la oscuridad de las penas y a los quebrantos del espírituque ni soñandoven mis ojos cuadros de color de rosa. Así es que ahoracon eso que me dicestan de improvisotan de repentetan inesperado y en tan especial ocasiónparece que salgo de una pesadilla horrenda y entro en la vida regular de loshombres libres y de los padres venturosos... ¡AyPedro!... ¡Dios os lo pague!

Y aquel desdichadosiervo del más tirano de los temperamentosy condenadoal suplicio de arrastrar su corazón por todas las asperezas de la vidallorabacomo un niño.

-¡Qué demoncheshombre! -decíaentre puchero y pucheroa su amigoquele contemplaba con cariñoso interés: ¡mire usted que es raro este efecto queme ha causado la noticia!... Te extrañará mucho¿no es verdadPedro?...Nadasomos asíy perdona la debilidad... Pues mirahombre; me hace muchobien acá dentro esta sacudida. Y dime¿qué piensan ellos del proyecto?...¿están de acuerdo?

-¿No han de estarlo?

-¡Picaronazos!... Pero ¿de cuándo acáhombre?

-Sospecho que desde que eran así de chiquitines.

-¿Y no se han acordado hasta ahora de decirlo?

-Por las trazasno han caído en ello hasta ahora. Hoy me lo ha declaradoPabloy hoy te lo cuento a ti.

-Y ¿qué dice tu mujer a eso?... ¿Qué dice María?

-Lo que digo yo; lo que piensas tú: que si a ellos no se les hubieraocurridodebiera ocurrírsenos a nosotros.

-¿Se te ocurrió alguna vez a tiPedro?

-¡Ya lo creoJuan!

-Y ¿por qué no lo dijiste?

-Porque prefería que se anticiparan elloscomo se han anticipado.

-¿Y si no se anticipaban?

-Están en la flor de la juventudy había mucho tiempo por delante.

-¡Para tique eres feliz; no para míque corre siempre lleno depesadumbres!

-¿Esperas que este suceso te libre de ellas?

-De muchas síPedro. La soledad fue siempre el mayor de mis malesno lodudes. Yo hubiera sido otro hombre con la casa llena de familia y la concienciacargada de obligaciones. La de no hacer desgraciada a mi mujerfue freno quedomó los ímpetus de mi temperamento; y el amor y la abnegación con que ellapagaba el sacrificiollegaron a hacerme hasta venturoso. La muerte me arrebatóeste bien cuando empezaba a saborearle... y solo volví a verme.

-¡Solo!... ¿Y tu hijahombre de Dios?

-Precisamente nace el mayor de mis tormentos del celo heroico con que estáconsagrada a mí; porque ¿qué derecho tengo yo para echar sobre sus hombros lamisma cruz que le tocó en suerte a su madre? ¡Vivir por ella; mirarse en susojosy hacerla desgraciada! ¿Habrá tortura mayor para el corazón de unpadre? Y si hoy en la noticia que me traes columbro yo la dicha de Ana para elresto de sus días¿qué mucho que en esa visión se deslumbre mi almay lopubliquen sin reparo mis ojos y mi lengua?

-¿Te parece bien que hables del caso a tu hija estando yo delante?

-¡Vaya si me parece!... y va a ser ahora mismo.

Saliódiciendo estoy llamó a Ana desde la puerta. No debía andar lejosla jovenni muy ajena a lo que se trataba en el gabinete de su padre; porquellegó a él en seguida y muy turbada. La enteró éste de lo que ocurríay seturbó más; pero se repuso prontoporque no era su turbación hija de loinesperado ni de lo desagradable. Respondió serena al obligado interrogatorio aque se la sometióy aun traspuso los ordinarios límitesdando un poco desuelta a su corazónalentada por el regocijo que leía en la cara de su padre.Después dijo asívolviendo a ser dueña de su genio alegre y travieso:

-Bien está todo; pero le falta la salsa que ha de hacerlo más sabroso; yesta salsa -añadió encarándose con su padrino- va a ser de cuenta de usted.

-Pues tenla por segura -respondió don Pedro muy risueño- si es cosahacedera en mi cocina.

-¡Vaya si lo es! -repuso Ana.- Pero así y todomírese usted mucho antesde comprometerse.

-Hija mía -dijo don Pedro fingiéndose más preocupado de lo que estaba:- mevas metiendo en cuidado. ¿Qué demonio de salsa puede ser esa?

-Oiga usted la receta... pero a condición de que sicomo usted dijoeshacederano ha de faltar en mi boda. ¿Se acepta la condición?

-¿Y si no la acepto? -preguntóa su vezdon Pedro.

-Si usted no lo acepta -respondió Ana muy seria- no hay boda.

-¡Demonio! -exclamaron aquí los dos compadres; y añadió don Pedro:- Atales amenazashija míano hay otro remedio que ceder. Con que venga lareceta.

-Pues la salsa de mi boda -dijo entonces Ana- ha de ser la boda de María.

Esta vez fue don Pedro Mortera quien se quedó hecho una estatuamientrasdon Juan de Prezanesentre curioso y admiradole contemplaba con las cejas muylevantadasla boca entreabierta y las manos cruzadas atrás.

-¡La boda de María! -repitió don Pedro sin salir de su sorpresa.- Pero¿cómo?... ¿con quién?

-Con un novio que tiene... ¡y muy apuesto y muy guapo!

-¡María un novio! ¿Desde cuándomujer?

-Hace más de dos añospadrino.

-¡Y sin saber yo una palabra!... ¡Imposible!

Soltó aquí la carcajada don Juan de Prezanesy dijo a su compadre:

-A la zorracandilazo... ¿Pensabas ser en tu casa más lince que yo en lamía? Pues chúpate esa.

-¡Qué lince ni qué demoniohombre! si todo esto es una broma de tu hija.¿No es verdadAna?

-Noseñorque es la pura verdad-respondió ésta muy seria; y acontinuación refirió cuanto el lector sabe del casopero sin decir quién erael padre del mancebo de la villa.

Asombrábase cada vez más don Pedro Morteray dijo al terminar Ana surelato:

-Pues si tan honradotan bello y tan rico es el pretendiente¿por quétiene mi hija por imposible mi consentimiento?

-Pues ahí verá usted... ¡Como si el reparo fuera cosa del otro jueves!

-Pero ¿qué reparo es eseAna?... ¡Acabapor Diosde una vez!

-Las pocas simpatías que hay entre usted y el padre del novio... ¡Como silos hijos tuvieran la culpa de las flaquezas de los padres!

-Apostamos algo a que... ¿Quién es ese padreAna?

Al oír estose santiguó don Juan de Prezanesy volvió la cara para quesu compadre no le viera reírse.

-¡Justo!... ¡lo que yo iba sospechando! -exclamó don Pedro Morteraapretando los puños.- Pero ¿qué demonio ha hilado esta madeja en que meestáis enredando? ysobre todoy aun suponiendo que yo fuera capaz de serconsuegro de un hombre semejante; que yo olvidara lo que olvidar no puedo; queyo no viera lo que tengo delante de los ojos¿qué hay aquí hasta ahora sinoel antojo de dos mozuelos? ¿qué pasos se han dado ante mí para que yosindesautorizarmepueda... ni siquiera darme por entendido de lo que ocurre?...¿o se trata de humillarme hasta el punto de que yo vaya a ofrecer a mi hija almequetrefe que la galanteaquizá por pasatiempo?

-En todo eso se ha pensadopadrino -respondió Ana con la más hechiceragravedad- y todo está de manera que solo falta el consentimiento de usted.

-Y ¿quién lo ha arreglado asíseñora medianera? -preguntó don Pedroque a duras penas contenía la risa a que le incitaba la cómica seriedad de suahijada.

-Yo-respondió ésta.

-¡Ave María purísima!

Don Juan de Prezanes no pudo más aquíy soltó una carcajada que duró unbuen rato.

-¡Te digo -exclamó después- que es el mismo demonio esta muchacha!

-Pues el asunto es más serio de lo que parece¡caramba! -dijo don Pedroverdaderamente alarmado.- A verAnaa ver... ¡Dimecon toda formalidadloque has hecho; qué lío es ese en que me habéis metido!

-No hay tal líopadrinosino la cosa más natural del mundo. Previendo yolo que sucedey compadecida de la situación de Maríala aconsejé queaceptara la oferta que su novio la había hecho de hablar del caso a su padre.Si en éste hallaba oposición¿a qué seguir adelante? Y sipor elcontrariole parecía bien¿por qué ocultárselo a usted? Pues habló elpretendiente; y como halló buena acogida en su padreque no se atreve a darese paso que usted echa de menosporque teme ser mal recibido; y como yo sétodo esto porque debía saberloa usted se lo cuento ahora. ¿Hay nadamás natural... ni mejor conducidoaunque no debiera decirlo yo? Además-añadió Anaviendo que su padrino se paseaba inquieto y cabizbajosinreplicar una palabray que la incitaba su padre con los ojos a continuar elasedio:- no es sólo el bien de María lo que me ha movido a echar sobre mí elempeño de arreglar este asunto. Tiene él más alcance de lo que parece.Usted y mi padre andan siempre a la greña porque mi padre se mete más de loque debiera en esos enredos que arman el barón de Siete-Suelasel marqués dela Cuérniga y otros tales que de eso viveny está a matar con don RodrigoCalderetasporque don Rodrigo Calderetas también se mete en esto mismo... y enotro tanto más. Es de creer que cuando usted y mi padrino sean todos unospor... por eso que se ha arreglado hoymi padre tire más para los suyosque para los ajenosy se acabe entre usted y él ese motivo tan viejo dediscordias y desazones.. Pues que se casa María con el hijo de don RodrigoCalderetasbuen señorpor lo demásy amigo de usted en otro tiempo: cáteleusted ya de la familia y poniendo sus muchas influencias en el fondo comúnpara bien de estas pobres gentesy a los barones y marquesesen manos deAsadurasque es lo mismo que decir que no volverá a saberse de ellos en diezleguas a la redonda de Cumbrales. ¿Le parece a ustedpadrinode pocaimportancia el casamiento de Maríaaunque sólo se le mire por este lado?

Continuaba paseando don Pedromirábale anheloso don Juany tambiénquedaron sin respuesta estos razonamientos de Anaque estaba muy lejos dechancearse al exponerlos. ¿Labraron algo en el ánimo de Pedro Mortera? No pudosaberse por entoncesporque Ana no consiguió arrancar a su padrino otraspalabras que éstasdichas al despedirse poco después:

-Hija míala salsa que te he ofrecido lleva demasiada sal y pimienta paracomprometerme yo desde ahora a preparártela; pero con esa salsa o sin ellanofaltará Dios de tus bodasni María dejará de ser tan feliz como merezcaserlo.

-Envíame a Pablo en seguida-díjole don Juan de Prezanesdespidiéndolecon un abrazo en la puerta de la escalera.

Cuando volvió a la saladio otro más apretado a su hija que le esperabaallí. ¡Cuánto la dijo en aquella cariciacon las lágrimas de sus ojos y loslatidos de su corazón!

-¿Cree usted que va vencido? -le preguntó Anasecándose las mejillascuando la emoción la permitió hablar.

-¡Y cómo nohija míaen una causa tan injusta como la suya y con unenemigo como tú?

Tres días después de estas ocurrenciasrecibió don Juan dePrezanes la visita de don Rodrigo Calderetas.

Era este personaje no muy altobien contorneadoaparatoso de traje yaposturade blanca tezteñido bigotemuy afeitado el resto de la barbatersaspulcras y cerradas tirillasy gran cadena de reloj.

Iba de casa de don Pedro Morteray le pregunto su amigo don Juanapenas lehubo saludado:

-¿Y el asunto?

-Como era de esperarse -respondió la «gran persona»;- porque no vine yo aofrecer ninguna puñalada al señor don Pedro Morteraamigo mío.

-Lo sé muy bienseñor don Rodrigo; pero como no andaban ustedes en lamejor armoníabien pudiera haber surgido alguna dificultad...

-Efectivamente; pero cuando se trata del bien de los hijos... ¡Mostró elmío tal empeño en que se diera este paso!... Cierto que don Pedro es unapersona apreciabilísimarespetable y de gran posición; que su hija es bella ydignaen todos conceptosde un esposo como el que yo la he ofrecido y ella haaceptadocon regocijo de toda su familia; regocijo que yo juzgo sincero ycordialno menos que la cortés acogida que me ha hecho mi antiguo amigo...aunque hubiera querido yo verle un poco más expansivomás... en fincomo enotro tiempo; pero ¡ya se ve! hay que aparentar cierto... pues; porque elpuntillo... Esto no obsta para que yo me prometa grandes ventajas para todos deesta alianza entre dos familias tan importanteso mejor dichoentre trespuesto quesegún acaba de decírseme allíel joven Pablohermano de Maríase casa con su hija de usted... por lo que te felicito con toda cordialidad; demanera que este doble enlace nos une a usteda don Pedro y a mííntima yestrechamente... Ya propósito: ¿conserva usted cierta carta que le escribípocos días hace?

Sonrióse don Juan de Prezanesy respondió:

-No le apene ese cuidadoque yo nunca archivo documentos de esa especie...por lo que pueda suceder.

-Aplaudo la previsión -repuso don Rodrigo;- pero no entienda usted por mipregunta que estuviera yo alarmado ni mucho menos; aunque creo recordar queapunté en esa carta ciertas sospechas que yo tenía del señor don Pedro... yase ve: ¡se ensartan a veces de tal manera los sucesos! ¡parecen tanfehacientes los informes! ¡apremian de tal modo las circunstancias! ¡llegan atan alto mis conexiones políticas! ¡solicitan mi cooperación fuerzas tanegregias y tan invenciblesy soy yo tan caballeroseñor don Juantancaballero!... Por otra parteeste don Pedro Mortera ¡tiene un carácter taninflexibletan apegado a sus conviccionestan refractario a los procedimientosusuales en estas manifestaciones del nuevo sistema político que gloriosamentenos rige!... En finél se entenderá. A usted ¿qué le parece?

-Parécemeseñor don Rodrigo -respondió don Juan sin ambajes- que le hasobrado la razón a mi compadre siempre que se ha resistido a aliarse a nosotrospara luchar en el poco limpio terreno a que le hemos llamado; porqueseancuales fueren las ventajas del sistema nuevosistema que ni usted ni yo hemostenido en cuenta para maldita de Dios la cosa al lanzarnos a las luchas de quese tratani él discute ni ha discutido jamáses lo cierto que el papel quehacemos nosotros agitando estos pueblos y ensañándonospor satisfacermíseras venganzasen infelices desvalidossólo porque triunfe (digámosloaquí donde nadie nos oye) un aventurero farsante y desagradecidocomo elmarqués de la Cuérniga o el barón de Siete-Suelases mucho menos honroso queel de mi compadre metido en su concha y resistiéndose a ayudarnos en estaobra... verdaderamente inicua; creoen finseñor don Rodrigoquepor esteladola cuenta que haya de dar a Dios nuestro amigoserá mucho más corta quela nuestra.

-Pshe... mirada la cuestión desde ese punto de vista... pero considerandoque son males corrientesmás diréindispensablesy quesinosotros no los causamosalguien los ha de causarla cosa cambia mucho deaspecto.

-El malseñor don Rodrigomal es siempre y donde quiera; y causarlejamás será obrar bien. Nosotros le causamos muy a menudoergo...

-Y pensando así¿cómo está usted siempre a mi lado y enfrente de suamigo?

-Por el condenado amor propio; por el tesón; la soberbiaque ofuscan yenloquecen; por lo que se llama sostener la bandera... por estardemasiado hecho a esa moral de sofismas y acomodamientos. Pero esto no impidequecuando pasa la fiebreluzca la verdad en mi razón y diga yo lo quesientocomo lo digo ahora. ¡Aydon Rodrigocuánto ganaríamos usted y yo enla opinión pública y en reposo y en tranquilidad de concienciasi desde ahoranos resolviéramos a dar un puntapié a las aspiraciones de algunos caballeroscomo el que fue causa de ciertos párrafos de esa carta de usted; de latempestad que éstos levantaron en mi corazóny del riesgo a que meexpusieronyunidos los tresnos consagráramos a hacer el bien de estasgentes mientras se presentaba un hombre honrado que tomaraa la fuerzael cargo penoso que tantos vividores solicitan! No creo que éste hicierapor sí solo grandes cosas allá arriba pero tampoco haría dañoque esbastante hacer; viviríamos aquí en pazysobre todonosotros habríamoscumplido con nuestra obligación. Habloseñor don Rodrigocon la autoridad demis desengañosycomo quien dicecon el pensamiento de nuestro ya más queamigodon Pedro Mortera. ¡Dichoso él que ha tenido fuerza de voluntadbastante para no poner nunca en contradicción sus obras con sus ideas!

-A la cuentaseñor don Juanestá usted muy dispuesto a pasarse a losreales de su amigo y consuegro... si es que no se ha pasado ya.

-Cosa esdon Rodrigoa que no puedo responder en este instante; perovistolo que ocurreni a usted ni a mí nos estará ya muy bien reñir con él yacariciar a Asadurasque pretende...

-Sísí... ya recuerdo. La pretensión es graveciertamentey pareceríamal... pero se me ha puesto en el caso de luchar a todo trance... ¡y como soytan caballero!... Por eso se lo indiqué a usted para que le sirviera degobierno; quepor lo demás... ¡Esta influencia desdichada de que estoyrevestido!... Créame ustedseñor don Juanque daría lo que no es deciblepor ser un personaje obscuro... En finel asunto es de meditarsey veremos deconducirle de manera que yo no falte a lo que debo a mis compromisos ni a lo queexigende un caballero como yolas nuevas circunstancias que me rodean entreustedes.

Poco más se habló entonces entre don Rodrigo Calderetas y don Juan dePrezanes. Despidiéronse con más cortesía que afecto; montó la gran personaen el caballejo que le había traídoflaco y peludopero con mucha placa ymajos pespuntes en los arreos; agachó la cabeza al salir de la portaladaaunque ni con vara y media llegaba su reluciente sombrero a la viga que servíade dintely arreó hacia la villa por la calleja inmediata.

Al día siguiente dijo Pablo a Nisco:

-Me caso con Ana.

-Es de razón -contestó Nisco- y para bien sea por muchos años. ¡Buenpersonal te llevas!... y de tu comenencia escomo en su día te dije.

-También se casa María.

-¿Tu hermana?

-Mi hermana.

-Conque... ¡tu hermana María!... ¿Y asítan de porrazo?

-Tan de porrazo nopuesto que son amores viejos.

.¡Amores viejos!... ¡Nadie lo diría! y ¿con quién se casasi se puedesaber?

-Con un hijo de don Rodrigo Calderetas.

-¿El de la villa?

-El de la villa.

-Vamoscon un caballero fino y pudiente... Tal para cualcomo el otro quedijo... El oro con la seda. Eso debe de serpor lo visto... Pues por muchosañosPablo; y si otra cosa no mandas por ahora...

-Vete con DiosNiscoy anímete el ejemplo.

-¿A quéPablo?

-A casarte con Catalina.

-Es verdad; tal para cual: esa es la ley. ¡Ojalá no se faltara nunca aella... ni con el pensamiento!

-Bien te la prediqué un díay te atufaste.

-Era hablar por hablar... ¿Y nosotrospor esotan amigos comosiempre?

-Y ¿cuál es eso.?

-Eso esPabloel casarte tú ahora.

-¡Qué bolonio ereshombre!: más amigos que nunca; y a cuenta de ellodémonos un abrazo... ¡AprietaNisco!... ¡Qué demonches! tienes la manofría y la cara algo pálida.

-Pshe... pamplinas del arcamotivao a que estoy en ayunas...

-Por lo demásNiscoigual que antes... en todo lo que no esté reñido conel nuevo estadose entiende. Si quieres continuar las lecciones...

-¡Lecciones!... para lo que valgo y soycreo que ya he aprendido en tucasa... todo lo que es menester. ConqueadiósPablo.

-AdiosNisco.

- XXI -

Prólogo de un drama

Chiscónporque le corrían costas en el pleitono se descuidó enrematarle cuanto antes.

Volvió a Cumbrales al otro díacerca ya del anochecer; y después dereforzar el ánimo con unos tragos en la taberna de Resquemíndonde le dijeronque Tablucas acababa de marcharse para meterse en casa antes de que llegara lanochefuése a la de Catalina. Cabalmenteal entrar élestaba toda lafamilia reunidaporque acababa de cenar.

Sin exordios ni tanteosno bien se acomodó en el taburete cerca de la perezosacargada aún con los cacharros vacíos y los codos de la gente de casadeclarósus honradas intenciones y expuso el inventario de sus caudales. La respuestafue breve y terminante: se agradeció mucho la voluntad; pero se desestimó elpropósito.

Chiscónque no podía llamarse a engañoporque a nada obliga en laMontaña a una moza soltera el abrir de noche la puerta al mozo que así lodesea para hablarla delante de la familia al amor de la lumbrede los cualestérminos él no había pasado allítragóse las calabazas sin meterse en másindagaciones; se despidió como pudoy volvió a la taberna donde le esperabael Sevillano. Llegó el hombreque ahumabay pidió a Resquemín una azumbrede lo blanco para apagar el incendio.

Conoció el Sevillano dónde le dolían a su amigo las quemaduras; Puso eldedo sobre las llagas; bramó el doliente; y hablandohablandoy bebiendobebiendodesfogóse el de Rinconeda a sus anchaspero sin decir pizca deverdad. Puso a Catalina y a toda su casta para pelar; fingió haber sido en élchanza y pasatiempo lo que a tales injusticias le arrastraba; supuso que sehabía negado a ser paño de las lágrimas vertidas por los desdenes de Nisco;pintó en la moza los deseos y en él el desaire; y creyendo que por esta sendaarriba se encaramaba muy altodio en despotricar por el estilo a medida quebebía y entraban gentes en la taberna.

Al otro día todo el pueblo era sabedor de lo charlado allí por Chiscónquedespués de dormir la mona y las pesadumbresverdaderas lenguas de susdescomedimientosapenas se acordaba de otra cosa que de las calabazasrecibidas.

El domingo siguiente se presentó en el corro de Cumbrales; y como lovaliente no quita lo cortésalgo también por vía de memorial indirectoymucho por alarde para desautorizar dichos y murmuracionesinvitó a bailar aCatalinapero éstaque tenía buena memoria y muchos agravios que vengar delmocetón de Rinconedale soltó a la cara un no redondoseco y frío...y gracias que no le soltó además una desvergüenza.

Pareciéronle a Chiscónpor ser públicasestas segundas calabazas másduras de tragar que las primeras; pero tragólas mal de su gradoaunque no sinbascas y trasudores; y fingiendo una serenidad que no teníaapartóse deCatalina y acudió a otra moza con la pretensión. Como había sido tan mirado yvisto el desairey en casos tales a nadie le gusta recoger lo que otro desechala moza invitada desairó también a Chiscón; dirigióse éste en seguida a lade más allá... y lo mismo; y asíde moza en mozarecorrió toda la fila elde Rinconedallevando tal carga de calabazasque le abrumaron; con lo queperdió la poca serenidad que le quedaba y se largó del corro como perro conmaza; mas no sin decir antescon su voz de truenovuelto el airado rostrohacia la gente:

-¡Yo vos aseguro que he de bailar aquí mesmohasta que me digáis que lodeje!

Para el siguiente domingo tenía dispuesta la juventud de Cumbrales una magostaprecisamente en una castañera que lindaba con el término de Rinconeda

Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonadoy era de lapertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozosautorizósea éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo a toda la gente joven con lascastañas que se sacudieran de los árbolesen vez de hacer la magostacon las compradas a escotecomo ordinariamente acontece. De este modo tendríala fiesta un aliciente más en los lances de la sacudiday una ventaja deconsideración el ser la fruta regalada.

Aquel díadespués del rosariono quedaron en el corro de Cumbrales másque las viejas jugando a la briscay unos pocos hombres en la bolera: todo lodemás se fue en alegre romeríadespués de hacer los mozos el necesarioacopio de vinoy de proveerse también de un par de recias y larguísimasvarascamino de la castañera.

Una vez allí la gentevarazo a esta ramavarazo a la otradesde el suelosi la vara alcanzaba al frutoo desde la cruz del castaño si los erizosestaban muy altos; apañando esta moza las castañas sueltas; descachizandola otra los erizos con los tacones de los zapatos y con mucho tiento para noreventar lo que guardaba la espinosa envoltura; acopiando escajos secos unosmozos; avivando en lugar conveniente dos mozas de las más amañadas lamortecina lumbre; templando otras a su calor los flojos parches de laspanderetasy mordiendo todos y todaspor un ladolas acopiadas castañas paraque no reventaran en el fuegocon peligro de los cercanos ojos; canturriandounas aquírelinchando otros allálocuaces los más y risueños todoselcampo de la castañeraabrigado del aire y del sol por las anchasespesas ybajas copas de los árbolesparecía un hormiguero en el ir y venir de lagentey una pajarera en lo ruidoso y pintoresco del conjunto.

Acabóse el vareo y el acopio; trocóse la lumbre tímida en voraz hoguerayéstaa su vezen descomunal brasero; hízose en él con una estaca hondasima; llenóse de castañas; volvieron a unirse los bordes candentes; y mientrasse dejo al cuidado de personas de juicio e inteligencia la delicada tarea derevolver las ascuas y de sacar las castañas que fueran asándosepero sinquemarseen lo que estriba toda la dificultad del casola gente de sobra hizocorro más abajo; sonaron las panderetasy comenzó el baileque es la salsade todas las fiestas aquí... «y en Valladolid»anden en ellas el percal de apeseta y el paño burdotriunfen la seda turgente y el frac diplomático. Lamisma raza con diferente librea; la propia carne con distinto pelo.

Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron enrueda mozos y mozasy comenzó a circular la bota para remojar las castañasque se repartieron a sombrerada por concurrente. Amenizábase el regodeo condichos y risotadasy se tiznaba la cara con pellejos quemados al que sedistraía un instante; en el cual empeñocondición especial de las magostaseran las mujeres las más tercas.

Así se andaba allítan pronto sorbiendo como mascandocomo limpiándosela cara con el delantal o la manga de la camisacuando apareció Chiscón en lamagostapor el lado de Rinconeda. No se supo nunca si fue casual o de intentola llegada del calabaceado mocetóny a nadie agradó verle allí tan deimproviso; pero como saludó muy atentose le brindó con lo que había. Tomópor no desairar la ofertauna castañay se llevó a los labios la bota devino; y debió infundirle ánimos la cortés acogidaporqueen vez de seguirsu caminosentóse con los de Cumbrales.

Terminado el refrigeriose enterró la bruja entre lasya tibias cenizas de la lumbrey volvió a comenzar el baile. Cada moza fuesacada por un mozoy el de Rinconeda se quedó entre los pocosdesparejados que miraban; pero se tocó a lo altoyentoncesal amparo de la costumbreque es ley en muchos casosy en tales comoaquélindiscutibleechó fuera al mozo que bailaba con Catalinacreyendo el testarudo que así no eran posibles las calabazas; pero seequivocó. La esquiva moza se plantó en firme en cuanto le tuvo delantey enseguida le volvió la espalda. Sintió Chiscón el golpe en lo más vivoy paradisimular sus efectosechó fuera al mozo que le seguía por la izquierda.También entonces se le plantó la moza. Atolondrado ya por la ira y eldespechosiguió fila abajo empeñado en hallar pareja; pero sólo hallódesaires en todas partes.

Reventóle al fin la corajina del pechoy dijodispuesto a todo:

-¡Quisiera conocer al que tiene la culpa de esto!

A lo que respondió Catalina con gran serenidad:

-Pues arráncate la lengua con que me agraviastes.

-¡Arrancara yo -repuso el otrolívido de rabia- la que te fue con laimpostura!

-Muchas son entonces las imposturas.

-¡Pues todas las arrancara yosi las conociera!

-Con arrancar la tuya se acababa la peste.

-¿Hay quién se atreva a hacerlo entre los presentes?... ¡Pues venga aecharla mano! -dijo Chiscónirguiendo su colosal escultura y sacando luegofuera de la boca un palmo de lenguaanchagruesa y roja como la de un caballo.

Acercósele un mozo de Cumbralesy respondióle:

-De lo que te pasaa nadie culpes en ley de justicia; que seas valientenose te ha negado; pero quecon sólo decirlollegues a campar aquínolo sueñes nunca. Por el corazón se mide a los hombres y no por la estampaycorazón no falta al más ruín de los presentes. De fiesta estamos y en nuestracasa; en ella entrastes y se te brindó con lo que había; de lo demástuya esla culpa por no escarmentar cuando debistes. Si buscas guerramal hacesquesobre no ser justa ahoraa ti te conviene menos que a nosotros.

-Y eso que me cuentas -preguntó Chiscón al templado mozocon burlonasonrisa- ¿es amenaza o caridá?

-Esto que te cuento -respondió el otro- es riflisión de hombre de bien yde enemigo leal.

En tanto platicaban los dos asíCatalina reunió el cotarro y consiguió encuatro palabras ponerle en marcha hacia Cumbrales.

-VámonosBraulio -dijo con resped al pasar junto al mozo que hablaba conChiscón:- deja esa peste que te mancha.

Obedeció Braulio; y tan a puntoque quedaron sin respuesta las últimaspalabras que enderezó el de Rinconeda.

En un instante se vio éste solo en la castañera. Irritóle más aquel nuevodesaire que recibíay gritó mirando a los que se marchaban:

-Vos prometí el domingo bailar en el corro de Cumbrales hasta cansarvos...¡Pos hoy vos lo juro por la luz que me alumbra!

Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de laspanderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la magostaque selargaba hacia su pueblomientras el sol trasponía el horizonte entre celajesde púrpura.

Desde el siguiente día comenzó a circular por Cumbrales el rumor de que losde Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus sempiternosenemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el jueves se dijo que setrataba de una invasión de los mozos de abajopara dar una batalla a los dearriba en el mismo Cumbrales; el viernes se contó que vendrían mozos y mozasen son de romería a bailar en el campo de la Iglesiaypor últimoelsábado pudo asegurarse que al día siguiente habría de todo en el pueblo; esdecirbaile en competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpaChiscónaconsejado por su amigo el Sevillano.

Bajo estas impresiones desagradablesy al arrullo del Surque bufabasordamente en las rendijas de las puertas y ventanasse durmió aquella nocheel vecindario de Cumbrales.

- XXII -

Entreacto ruidoso

Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta al albala gente) vieron quemientras el sol salía embozado en crespones de escarlatasobre las lomas del Sur relucíafulguraba el celajecomo si fuera lago decristal fundido; lago con islotes de nácar y grumos de oro; a trechosondaspurpúreasblancas vedijas inalterablesy rabos de gallo másefímerossobrenadando; y por riberas y marco en toda la redondez de esteespaciomoles de negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra moledensas brumas cenicientasvalles fantásticos de aquellas raras montañas quese prolongabanen contrapuestos sentidosen forma de ásperas cordilleras. Enlo más alto del cielotenues veladuras rotas; luego el éter purísimo hastael horizonte del Nortedonde el celaje era cárdenomate y estiradocomo unainmensa lámina de acero sin bruñir.

El aire era tibio y pesaba tanto sobre el ánimo como sobre el cuerpo; ni unahoja se movía en los árbolesni una yerba en los campos; la vista y el oídoadquirían un alcance prodigioso; las tintas de las montañasmás quecalientesparecían caldeadas; los contornos y relieves flotaban en un ambienteseco y carminoso queacortando las distanciasengrandecía las moles; y elsilbido del pastor y el sonar de las esquilas del ganadollegaban claros yperceptibles al oído desde los cerros del Mediodía.

Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturalezatodomontañés sabe qué viento va a reinar aquel día; y entonces se llama alespacio brillante rodeado de nubarronesel agujero del ábrego.

Y por allí salió este caballeroen la ocasión de que se tratados horasdespués de amanecer.

Salió blandososegado y apacibley como de recreo por el campo de sushazañasjugueteando con el humo de las chimeneaslas mustias y ya escasashojas de los árboleslas yerbecillas solitarias de los muros y las sueltas yerrabundas pajas de la vega... Lo que haría cualquier cefirillo de tres alcuarto. En Cumbrales no levantaba el polvo de las callejasni movía laspuertas entornadasni siquiera los pliegues de un refajo ni los picos de unamuselina.

Así es que el señor cura toco muy tranquilo a misa mayory luego las trescampanadas para los perezosos; y la iglesia se fue llenando de gente que nadatemía y sólo se quejaba del «bichornopoco al consonante de la bajura delmes que iba corriendo».

Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la naturalezacomenzó la misagorjeada y solemne.

Pero no había llegado el Credo a la mitadcuando las chanzascomenzaron a enardecer a la fiera; y la tramó con las ramas tenaceslosmatorrales espesos y las ventanas cerradasquesiquierale ofrecían algunaresistencia. Mas si doblegaba a las unas y bamboleaba a los otroslas ventanasno cedían ni le franqueaban el paso.

Tanteóle por las buhardillasdonde las había; y se encontró con que lasmás de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí; quisotambién entrar en la iglesiay hasta logro apagar los cirios de los primeros tajos;pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con estas contrariedades se fueembraveciendo poco a pocoy tornó a las ventanas con propósito dedesquiciarlasmetiéndose por las rendijas. Metióseforcejeó y se hartó dedar bufidos de coraje; pero no logró su intento. En venganzacon las ramas delos frutales de los huertosazotó las viviendas de sus dueños. Entoncesconocieron éstos que la cosa iba de veras; y los que no lo habían hechotodavíase trancaron por dentro a llave y palanca. Esta actitud equivalía aun reto; y el enemigorugiendo amenazasse retiro a sus antroscomo paraacabar de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron a reinar en lanaturaleza; pero por pocos momentos.

Cuando reapareció el monstruotemblaron hasta los más valientes. Sordosmugidos le precedían; ya su pasohumillaban los árboles las erguidas copas;alzábase el polvo en remolinos; las puertas se estremecían en sus quicialesyel día se quedó a media luz parda y traidora. Comenzó la batalla. ¡Quéestruendo!... ¡qué empuje!... ¡qué acometidas aquellas! Algunas chimeneasvacilarony más de un alero crujiósoltando la carcoma de la vejez al choquede la furia; las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridasramas de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanostremolaba el muérdago desarraigadocomo triste gallardete con que demandaauxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes socarreñas sobresus regazos de ortigasy chasqueaban y se conmovían los empingorotadostejadillos de las altivas portaladas.

En medio de su ferocidad imponenteel viento tenía caprichos verdaderamentepueriles: recogía las hojas dispersas en solares y callejosy las arrinconabadonde mejor le parecíaen un solo montón: encrespábalerevolvíalealzábale del sueloy en rápido y sonoro remolino subíale muy alto; allí lecerníale ensanchabale encogíale alargabadejábale descendernuevamente; y cuando le tenía en el suelodispersaba de un soplo todas lashojasque desaparecían detrás de los valladosen los fosos y entre losbardales; volvía a reunirlas al instante sacándolas de sus escondrijosytornaba a amontonarlas y a cernerlasa subirlas y a bajarlasy a darleslibertad otra vezy otra vez a recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubesespesasdiáfanas neblinasmangas y espirales. Desconchaba los lomos de losmuros revocadosy desnudaba a los viejos de sus vestiduras de yedra.

Tras estos juegos y aquellas violenciasque no eran más que un tanteo defuerzas y un ensayo de batallalas tablas dejaron de estremecerse y lasrendijas de silbar; callaron los gemidos de los árbolesy sólo se oyó unrumora modo de jadeohacia la vegacomo si sobre ella y los montes vecinosse hubiera tendido el monstruo a descansar. De vez en cuando se agitaban un pocolas ramasy el polvo y las esparcidas hojas se revolvían en el suelo. Diríaseentonces que tenían cara las viviendas y los muros y los árbolesy que enellas se pintaba el dolor de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba.¡Qué acongojado aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerradosyaquellos árboles contraídos y tiritando!

La tregua fue brevey la embestida que le siguiócon el estruendo de cienbatallasespantosa.

En algunos embates parecía el viento macizoy entonces resonaban sus golpescomo cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo firmeoscilabalo vacilante caía; las tejas se encrespabanhervían en los tejadoscomo si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la casa donde la puertasaltaba de sus pernosbarría el huracán muebles y vasares; y al buscar salidapor la cumbreremovía las tablas del desván y derrengaba los cabrios. ¡Conqué astucia rastreaba los suelos y husmeaba los hogaresbuscando una chispaque llevarse al pajar para regalarse con el espectáculo de un incendio!

No había punto en el lugar donde la furia no metiera su cabezay con lacabeza las garrasy con las garras el azote. Por eso todo era estrago y fragoren torno suyo. Silbaba furioso en huecos y rendijas; bufaba en los arbustos;bramaba en los callejonesy en las arboledas rugía; yen ocasioneshasta lascampanas lanzaban solas desacordes sonidoscon pavor de los fieles que seguarecían en la iglesia.

A lo lejosun rumor incesantecomo el del mar cercano en noche tormentosa;aquíel crujir de la rama desgajada o del tronco que se quiebra; allíelestruendo de la pared que se derrumbao el zumbido del bardal que se agitadesesperado y extiende sus greñas espinosasbuscando de qué asirse para queno le arranquen de la tierra que le nutre; y como complemento del cuadrounaluz tétrica y sulfúrea iluminándole; la atmósferasofocante y enrarecidasin sus alegres y naturales pobladoresocultos a la sazón Dios sabe dóndellena de objetos raros e inconexos: tallos de maízhojas maceradaspolvoastillas... y guijarros.

Con frecuencia terminan estos huracanes con una virazón rápida al Noroesteo galerna: remedio mucho peor que la enfermedad; pues si no llega a éstala fuerza del empujela aventaja en estragospor el agua demoledora que traeconsigo; pero cuando el Sur es estacionalcomo en el caso de que se trataaquíconcluyen sus furores por cansancioy el silencio y la inmovilidadreemplazan al fragoso desconcierto.

Tal sucedió en Cumbrales al rayar el mediodía. ¡Qué triste cuadrocontemplaron entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas estabancubiertos de menudo escombroramascascos y hojarasca. No había árbol en elpueblo sin quebraduras o cicatrices; algunos arrancados de cuajo; otroshendidos; los arbustoslaciosdesgreñados y con el follaje en esqueleto...Pero cuando la gente fue abriendo poco a poco las puertas de sus hogaresysalió de la iglesia la que en ella había estado encerrada¡válgame Diosqué aspavientos los suyos y qué puestos en razón eran! Por de prontocadauno se echó a examinar los propios quebrantosy luego a compararlos con losdel vecino. Y aconteció lo que siempre que se reparten desventuras: cayeron lasmayores sobre los que podían menos; por lo que se llevó don Valentín elpremio gordo de esta desastrosa lotería. Ninguna casa fue tan castigada como lasuya: perdió la chimeneamedio alerouna ventana y la cerradura del estragalamén de alcanzarle su partey no pequeñadel común revoltijo de lostejados.

Es sabido que la mitad del vecindario de Rinconeda estuvo contemplando eldesastre de Cumbralesdurante la furia del huracánagazapado al socaire delcerro adyacentey aún se afirma que palmoteaba aquella gente levantisca cadavez que un árbol se tronchaba o caía una chimenea. Esto se corrió porCumbrales a la hora de calmarse el viento; y fortuna fue que se tomara porcierta la noticiapues con la indignación que produjo en el lugarse mató lapesadumbre que cada cual sentía por los recientes descalabros.

-¡No les faltaba más -decían todas las bocas de Cumbrales;- que venir estatarde a provocarnos! Pues ¡como vengan!...

Y jurando echar hasta las asaduras en el trancevolcaron todos la pucheramal sazonada; y con el último bocado entre los dientessubióse cada cual a sutejado a reparar lo más perentoriopor si la turbonada que se iba formandohacia el Salienteacababa en aguaceros antes de la noche.

- XXIII -

Griegos y troyanos

Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascoscon unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Suren tejados y cerrajasiban poco a poco reparándosey hasta se consolaban lasgentesunas a la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto laanunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda mirabantodos los ojos de Cumbrales desde huertascallejas y tejadosy a voces deRinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosaera siempre una provocación semejante... ¡pero en aquel día!... ¡después delas devastaciones del huracánapenas encalmado!...

-¡Pues como vengan!

Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.

Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que lotenían por costumbre; hartáronse de repicar a vísperas... y nada. Tocáronseluego las tres campanadas al rosario; acudió la gente; llegó el señor cura;rezóle y hasta echó su poco de plática sobre la paz y concordia entrelos pueblos cristianos; acabóse la piadosa tareaque duró tres cuartos dehora... y nada. Desocupóse la iglesia; quedáronse en el porchemurmurandolas mujerucas a ese manjar aficionadas; agrupáronse de cuatro en cuatroa lasombra de las tapias fronteras al corro del bailelas viejasacurrucadas en elsueloa jugar el ochavo a la brisca o al mayor punto; avanzó lagente moza; resonaron las panderetas recién templadas; arrimáronse alcalorcillo del baile muchos de los mozos aficionadosy los restantesentre losque estaban Pablo y Niscoentraron en la bolera; sentáronse los viejos mironesen las paredillas; oyóse la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea conla tradicional y obligada copla


Para espenzar a cantar.

Licencia tengo pedida

Al señor curaprimero.

Y a la señora Josticia


Dio principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vio o nose viosi se hizo o no se hizo la prohibida seña del as o del tres del palodel triunfo; alzóse regocijada gritería en el corro de bolos por haber hechoNisco un emboque a la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquíLergatopor allí y Lambieta por el otro ladoreclutando muchachos para jugar a lacachurra en la miessilbando unas vecesvoceando otras y estorbando siempre...en finque el corrollenocomo quien dicede bote en botese habíanormalizado ya... y nada. Los de Rinconeda no veníany los de Cumbralesllegaron a no pensar en ellos: como que el cura se fue a rezar vísperasy elalcalde a dormir un rato.

Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra a todo correr por elcamino alto de Rinconeda.

-¡Ahí vienen! -gritó cerca del corro de bolos.

Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tantaque losjuegos cesaron y el baile se suspendió.

-¡Eso es una cobardía! -gritó un mozo encaramándose en la pared de labolera y dirigiéndose a los dos corros.- ¡Si vienenque vengan! ¿Pensáisque vos van a comer? Pus lo que hagan haremos... yopor mi parte.

Gustó la arengaaprobóseserenáronse los espíritus y continuaron losjuegos y el baileinterrumpidos más por curiosidad que por miedoa mientender.

En estoapareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venidoCabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que setrasladara de un punto a otro. Provocación como ella no se conocía en lahistoria del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno a unotres a tresochoa ochohasta doce a docese había pegado infinidad de veces los de Rinconedacon los de Cumbralesallí en Rinconeda y en todas las romerías en que sehabían encontradoporque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo enteroal otro pueblocon premeditación y a sangre fríapasaba con mucho la raya detodas las previsiones.

Venían delante una ringlera de mozasdos de ellas con panderetasy traíanen medio a Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaquetayun gran lazo de cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey destinado alsacrificio en el ara de un dios pagano. Esto ya era un dato para creer que lafunción era de desagravioy en honor del Hércules de Rinconeda. El cualtraía un palode los de pegardebajo del brazo: otro dato; y tambiénlo era el verse algunos garrotes más entre la turbatoda de gente mozaqueseguía a la primera fila. Si esto no era venir en son de guerradijéralo elmás lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropayque no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corrode bolos y al Campo de la Iglesiay se vio quellegado elcasopodíalibrarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las mozas de Cumbralesalver la actitud provocativa de las de Rinconedano acababan de hacerse crucescon los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...» ¡Cómo las poníanentrecruz y cruz! Pero lo que acabó de elevar la indignación a su colmofue ver alSevillano entre los invasores... ¡Con ellos venía el Opasel donJulián de Cumbrales!

Pasó la procesión por delante de la boleracantando las mozas y con una encada brazo Chiscóny llegó al Campo de la Iglesiadonde hizo alto yrelinchó de firme. Pablo dejó entonces de jugar y se encaramó en laparedillamirando hacia allá. Estaba algo pálido y muy nervioso. Nisco noapartaba de él la vistay la gente de la bolera miraba tan pronto a Nisco comoa Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos iban hechosni a quién le tocababirlar. En estocesó también el baileporque Chiscón se empeñó en quehabían de sentarse las cantadoras de Rinconeda donde estaban las de Cumbrales.Oyéronse voces de riña. Chiscóndespués de dejar sentadas a sus cantadorasjunto a las del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió ladescortesía de obligarlas a hacerlo)volvióse a colocar a los suyos en elmismo terreno en que acababan de bailary aún estabanlos de Cumbrales. Conesto creció el voceríoy Pablo bajó de la paredilla; llegóse a lascantadoras de Rinconeda y las pregunto secamente:

-¿Venís de guerra?

-De paz venimos-respondieron las mozas.

-Pues no toquéis entoncesque tocando están quienes debeny corro hayaquí para que bailen todossi de divertirse en paz se trata.

-¡A tocar se va! -dijo en estoun mozo de Rinconedamirando airado a lasdos mozas increpadas por Pablo.

Las dos mozas se dispusieron de nuevo a tocar.

-¡Pues no se toca! -dijo Pabloblanco de ira.

Y hablando asíarrancó las dos panderetas de las manos en que estabanyrompió los parches sobre sus rodillas.

¡Cristo míola que en seguida se armó allí! Pero Pabloque ya laesperabaporque de un modo o de otro tenía que venircon las rotas panderetasen las manosla cabeza erguidala boca entreabiertael pecho anhelante ylívida la tezexaminó el campo con una mirada rápiday la clavó firmesobre Chiscón que corría hacia élapartando la gentecomo el oso losmatorrales. Estremecióse el joven un momentoarrojó los arosdio dos pasoshacia el gigante que podía desbaratarle entre sus brazos de robley lerecibió con una puñada en la jetay tal puntapié en la barrigaque el osolanzó un bramido y necesitó todas sus fuerzas bestiales para no desplomarsecomo torre socavada. Niscoque no había perdido de vista a Pabloen cuanto levio enfrente de Chiscón saltó como un corzo desde la bolera al camposintocar la paredillay voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro unvalentón del otro puebloy fuéronse a las manos. Creció con esto la bulla;saltaron detrás de Nisco los jugadores de bolos; salieron los hombres queestaban en la taberna; encontráronse con otros del bando enemigoy la lucha setrabó en todas partes con la prontitud con que se inflama un reguero depólvora. Acudieron al vocerío las mujerucas del portal de la iglesiay lasviejas que jugaban a la briscay los muchachos que correteaban por lasinmediacionesy se llenó de gente el campodesde el corro de bolos hasta elextremo opuesto.

Toda aquella masaal principio inquietanerviosa y movedizafueenrareciéndose poco a pocoaquietándose y buscando los puntos más elevados ymenos peligrososmientras los combatientesen grupos enmarañadosforcejeabanibanveníanse bamboleabanalzábanse y se agachaban; de maneraque todo este conjunto de actores y espectadores parecía embravecido torrenteencajonado de pronto entre recios e insuperables muros.

Ya no se oían voces allíni amenazasni se veía el garrote describiendorápidas curvas en el aireporque (justo es declararlo) los de Rinconedaarrojaron los suyos cuando vieron inermes a los de Cumbrales; no brillabanibrilló antesel acero homicidaporque esta arma vil no se conoce en loshonrados campos montañesessi algún descastado no la usa a traiciónmuyraras veces. Sólo se percibían sordos ronquidosjadeos de la respiracióndesgarraduras de camisas yde vez en cuandoun cuajjj despatarradocomo odre henchido que revienta de pronto: era que un luchador caía de espaldasen el suelodebajo de su adversario; el cual no abusaba de la ventajaadquirida: no hería a su enemigoni siquiera le golpeaba en sitio peligroso;conformábase con tenerle allí como crucificadoy con responder a susronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios; alguna vez se oíatambién el estampido ronco de un puñetazo sobre un esternón de acero... ypoco o nada más se oía; porquecuanto a los espectadoresni se movían nichistaban: allí se estaban todos con los ojos encandilados y el color de lamuerte en el semblante; los muchachosroyéndose las yemas de los dedos; lasmujerescon la boca abiertay los viejosdando mandíbula con mandíbula.

Harto claro se vio que las mozas de Rinconeda no contaron con todo lo queestaba pasandoal ir a Cumbrales como fueron; y por verse tan claro en lasorpresa y dolor que mostrabanno cayeron sobre ellas las hembras de Cumbralesy se libró de ser un verdadero campo de Agramante aquel Campo de la Iglesia.

Si un luchadoral levantar la cabezamostraba la faz ensangrentadaalzábase en los contornos un rumor de espanto y de indignación al mismotiempo; y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia! ¡A buenapuerta se llamaba! Tres concejalesel pedáneo y el alguacil estaban enredadosen lo más recio de la peleabrega que bregano para poner pazsino porqueeran ellos de Cumbrales y los otros de Rinconeda; el juez municipalque alempezar la batalla se hallaba en la taberna (cuya puerta trancó por dentroResquemíndicho sea de pasoen cuanto quedó desocupada)se escondió en elpajar... con el sobrante de la jarra que tenía entre manos; ycuanto alalcalde Juanguirleya sabemos que se fue a dormir la siesta poco después desalir del rosario.

A todo estolos plúmbeos nubarrones se iban desmoronando en el cieloyextendían su zona tormentosacárdena y fulgurantehasta la misma senda querecorría el sol en su descenso; y cuando un rayo de él lograba rasgar losapretados celajes y caía sobre los entrelazados grupos de combatientesrelucía el sudor en los tostados rostros manchados de sangre y medio ocultosbajo las greñas desgajadas de la cabeza; y cual si aquel rayocalcinante ydurofuera aguijón que les desgarrara las carnesembravecíanse más losluchadores allí donde el cansancio parecía rendirlosy volvía la batalla acomenzarlentatenaz y quejumbrosa.

Ya sabemos dónde luchaban Pablo y Chiscón; que éste era grande y forzudoy cómo recibió su primera embestida el valeroso mozo de Cumbralesque si noera tan fuerte como su enemigoteníaen cambiola agilidad de la corza y eltemple del acero. Así saltabahería y se cimbreaba. Eran los dos luchadoresel ariete poderoso y la espada toledana. Huir de los brazos hercúleos deChiscónera todo el cuidado de Pablo; y entre tantogolpe y más golpe sobreel gigante. Reponíase éste apenas del aturdimiento que le causaba un puñetazoen la bocay ya tenía otro más recio en las narices; con lo que el salvajepoco acostumbrado a aquel género de luchabramaba de ira; y bramandoesgrimía las aspas de su cuerpoy cuanto más las agitabamás se perdíansus derrotes en el espaciomás se quebrantaban sus bríos y más espesoscaían sobre su carallena ya de flemonesensangrentada y biliosalos golpesde su ágil adversario. Pero necesitaba éste terminar de algún modo aquellalucha desigual y expuestay tras ese fin andaba rato hacía. No bastaba aturdiral atleta; era preciso derribarlevencerle. Al cabologró plantarle un par depuñetazos entre mejilla y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómagoal humillar el bruto la cervizquedóse éste como Polifemo cuando Ulises lemetió por el ojo el estacón ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo a su cuellode toro; hizo allí presa con las manosque tenazas parecían; sacudióle dosvecesy a la terceracombinada con un hábil empuje de la rodillaacaldóen el suelo al valentón de Rinconeda. Fragor produjo esta caída; pero no porel choque de las armascomo cuando caían los héroes de la Iliadasinopor el peso de la mole y el crujir de los pulmones y costillas. Cayó el gigantecon el rostro amoratado y medio palmo de lengua fuera de la bocaporque Pablosin aflojar la tenaza de sus dedosse encaramó a su gusto sobre el derribadocoloso.

No muy lejos de Pablo andaba Niscoque tampoco peleaba al uso de la tierracomo su adversario quería; es decirpecho a pecho y brazo a brazoconvariantes de zarpada y mordiscosino a puñetazo seco y a rempujón pelado; masno procedía así porque su contrario fuera más fuerte que élpues allá seandaban en brío y en tamañosino porque en el hijo de Juanguirle obraban lavanidad y la presunción lo que en Pablo la necesidad aquel día. Es de saberseque hasta para luchar a muerte era vanidoso y presumido el demonio del muchachoaquél. Así se le veía rechazar a su enemigo con un golpe seguro y meditadoyaprovechar la breve tregua para atusarse el pelo y acomodar el sombrero en lacabeza. Sus brazosantes de herir con el puñodescribían en el aireelegantes rúbricasy no tomó actitud su cuerpo que no fuera estudiada.Parecía un gladiador romano. Estaba un poco pálido y se sonreía mirando a lasmuchachas que le contemplaban. Otras veces recibía con las manos la embestidadel enemigo; le sujetaba por los brazosle zarandeaba un pocoy después ledespedía seis pasos atrás; y vuelta a componerse el vestidoa colocarse elsombreroa sacudirse el polvo de las pernerasy a sonreír a las muchachasentre las que estaba Catalina a tres varas de élanhelosaconmovida ysiguiendo con la vistay en la vista el almatodos sus ademanes y valentías.

Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ellaparecía decirle lagallarda moza con los ojos: «¡Ánimovaliente! que en cuanto las fuerzas y laserenidad te faltenaquí estoy yo para morir a tu lado defendiendo tu vida».¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueñaymientras se acicalabaentre embestida y sopapose leían claramente estospensamientos:

-«No quiero mal a este enemigo; no tengo empeño en causarle daño; peleocon él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeday para que vea que ni letemo ni es capaz de vencerme...pero que no me toque en el pelo de la ropa.¡Eso sí que no lo tolero yo!»

Al fin apareció por el lado de la Iglesia el bueno de Juanguirlea quienhabía ido a despertar Cerojas. Subió a lo más alto de la peñarecorrió conla vista azorada el campo de batallay se llevó ambas manos a al cabeza; luegopateó y se lamentó y se mesó las greñas. Algunos espectadores se leacercaron encareciéndole la necesidad de que la lucha terminase; y la dignaautoridadsin hacer caso de consejos que no necesitabaalzo el sombrero hastadonde alcanzaba su diestrabien estirado el brazo después de ponerse sobre laspuntas de los piesy grito asícon toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Alto!... ¡a la Josticia!... ¡a la Ley!... ¡a la Costitución!... ¡almesmo Diossi a mano viene; quea falta de otro mejora la presente suvicario soy en este lugar!... ¡Téngansedigolos de Cumbrales!... ¡Respetenmi autoridad los de Rinconeda!... o si no... ¡voto al chápiro verde!...

Como si callara. Volvió a patear el digno alcaldey cambió de sitioytornó a mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconedaque no habían hallado conquien pelearo no lo habían intentado con gran empeñole miraban de hito enhito.

-¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡A la Josticia! -volvió a gritarJuanguirle.

-¡A la Josticia!. ¡A la Costitucióni... ¡A la Ley! -repitieron algunaspersonas consternadasrecomendando así a los combatientes las amonestacionesde la autoridad.

La misma desobediencia.

-¡A mí los de josticia! -insistió el alcaldegritando:- ¡A mí los queestén por el sosiego!... ¡Déjalo yaBastián!... ¡suelta tu parteBraulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡sin camisa y machucado está!... ¿Quémás quieres?... ¿Qué más queréis los de Cumbrales por esta vez?... ¿No meoís?... ¿No vos entregáis?... ¡Voto a briosbaco y balilloque se han deacordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos son los rebeldes a laautoridad!... ¡a la Ley!... ¡a la Costitución!... ¡Viva Cumbrales!

Oído esto por los dos de Rinconedadijo uno de ellos al alcaldeencarándose a él y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que teníaechada sobre el hombro izquierdo:

-¡Pus nos futramos en Cumbralesen la ley y en usted que la representa!

-¡Holachafandín pomposo! -replicóle Juanguirlevolviéndose al atrevidoy echando el sombrero hacia el cogotecon un movimiento rápido de su cabeza.-¿Conque todo eso sois capaces de hacer?... Pues mírate túhombre: paso lo demi personay no riñamos por lo de la ley; ¡pero relative a lo de Cumbralesmereciera ser yo de Rinconeda si no me pagaras el agravio!

Y con esto se fue sobre el mozoy le alumbró dos sopapos.

Contestó el de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba; impidióseloun espectador de Cumbralesy agarráronse también los dos; con lo que seanimó bastante por aquel lado el campo de batalla.

Al mismo tiempo llegó don Valentín a todo corrercon los pábiloserizadosla gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele en la cabeza.Acometió valeroso al primer grupoy no pudo desenredarle; acometió alsegundoy lo mismo; buscó de varios modos el cabo de aquella enmarañadamadejay no dio con él. Al últimosubióse a la altura donde habíapredicado el alcaldey desde allí gritó:

-¡Nacionales!... digo ¡convecinos!... ¡Es una mala vergüenza que mientrasel perjuro amenaza vuestros hogaresmalgastéis las fuerzas que la patria y lalibertad os reclamanen destrozaros como bestias enfurecidas!...¡Convecinos!... basta de saña inútil... de valor estéril... ¡guardadlo envuestros corazones para el enemigo común!... ¡daos el fraternal abrazo... yseguidme después!... ¡Yo os llevaré a la victoria!... ¡yo os devolveré avuestros hogarescoronados de laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡yoquevencí en Luchana!

Mientras así hablaba don Valentínllegó por el extremo opuesto don PedroMortera buscando a su hijo.

-¡Pablo! -gritó con voz de truenocuando estuvo junto a él.- ¡Quéhaces!

Y Pablocomo movido por un resorteincorporóse de un brinco al oír la vozque le llamabay dócil acudió a ella; pero sin perder de vista a Chiscónqueal librarse del suplicio en que le había tenido como clavado el valientejovense alzaba a duras penasderrengado y maltrechocon la faz cárdena ymonstruosa. Sentía el vencimiento como una afrentay más pensaba en metersedonde no le viera nadieque en buscar un desquite en buena ley; en buena leyporque es de advertir que el coloso de Rinconeda no era traidor ni capaz de unavillaníaaunquepor efecto de su rudezano se ahogara con escrúpulos deotro género; eraen sumade los que queríanllegado el caso.


«Jugar en injusto juego:

pero jugar lealmente».


Esta noticia fue la única fidedigna; y se la traslado al lectorcon elmayor gustoporque sé que en ella le ha de recibir muy señalado.

- XXV -

Miel sobre hojuelas

EL temporal siguió reinando hasta cerca de media noche. A esa hora secorrió el viento al Norte; cesó el aguarasgáronse los nubladosfuéronseadelgazando por momentos; y cuando apareció el sol del nuevo díadesplegó ellujo de sus rayos en un cielo serenoazul y limpio como el cristal de unespejo. Pero la brisa terral era fría y húmeda; los tejados de Cumbralesrelucían; los hardales goteaban; las callejas eran charcos; las praderasbrillaban como sartas de rica pedreríay comenzaba a oirse por las barriadasdel pueblo el clanclende las herradas almadreñas de los transeúntesentrelos que apenas se veía uno sin negros cardenales o arañazos en la caramuestras dolorosas de la refriega del día anterior.

A media mañana salió Pablo de su casa en dirección a la de Niscoa cuyolado había permanecido la noche antes con Catalinaque no se apartaba un puntode allíhasta que el mozo se despejó y pudo conocerse la importancia de laherida.

Este sucesodesde el momento de su ocurrenciaasí como el recuerdo de losque le habían precedidotraíanle caviloso e indignado por todo extremo; peroaún le mortificaba más la cola que trajo para él su intervención personal enla batalla.

No hubo modo de ocultárselo a don Juan de Prezanes; y no bien lo supofuesea casa de don Pedro Morteradonde ya se hallaba éste con su hijotranquilizando a su madrea María y a Anaque también estaba allí: las tresle contemplaban y le oían acongojadas y suspensas. La entrada del jurisconsultofue airada y sombríacomo celaje de tormenta. Increpó duramente al joven porhaberse mezclado en un revoltijo tan indigno de un hombre de sus condicionesyen ocasión tan reñida con calaveradas de

semejante jaez. ¿Qué idea tenía de la seriedad del trance en que estabaempeñado con élcon Ana y con su propia familia? ¿Pensaba entrar conaquellos resabios de una fatal educaciónpor una tolerancia mal entendidaenel nuevo hogardonde su hija debía ser reina y no mártir? Y así por elestilo.

Respondió Pablo como pudo y como lo sentía; replicó don Juan irreflexivo ycáustico; intervino don Pedroherido por las intemperancias de su compadretras de apenado más que él por el suceso; enfurecióse el otro... Y se armóla gorda. El resultado fue que don Juan de Prezanes salióechando chispasdecasa de su compadrellevándose a Ana consigo y quedándose los demásatribulados y mustios.

Así estaban las cosas cuando iba Pablo a casa de Niscomaldiciendo lacasualidad que le había hecho intervenir en la batallay prometiéndoseparaen adelantehuir como de la peste de toda ocasión que pudiera acarrearledisgustos semejantes.

Y andando asíal revolver un recodo de la callejaenfrente de la barriadaen que vivía Juanguirlese encontró tope a tope con el Sevillano. Toda lasangre del corazón sintió Pablo que le subía de un salto al cerebro cuando sevio tan cerca del traidor quesegún se afirmaba ya por todoshabía herido aNisco y quizá provocadocon sus consejos a Chiscónel conflicto del díaantes. La ira le hervía en el pechoy la indignación le impelía y letentaba; pero el propósito que había formado le contuvoy quiso seguir sucamino sin darse por enterado del encuentro. Creíase el Sevillanocomo todoslos bravucones de su raleaen el imprescindible deber de medir con los ojoscon aire de perdonavidasa todo hombre que a su lado pasaraen paz y en graciade Diosse entiende. Con doble motivo debía de hacerlo con Pabloa quiendetestaba por su valentía del día antes y por otras razones más; y eso hizoen aquella ocasión el matasiete de Cumbrales en cuanto notó que el joven seinmutaba y volvía la cabeza por no verleseñales de timidez y apocamientoajuicio del jandalete; por lo queno contento con mirarle burlón y desdeñosose puso en jarras delante de él y le dijo contoneándose:

-¿Tenía osté algo que ecirmecamará?

Se necesitaba ser de hielo para que una actituduna mirada y unas palabrascomo aquéllasse quedaran sin respuesta. Pablotemblando de pies a cabezanode miedosino de irapero con la voluntad refrenadase detuvo también yrespondió:

-En verdad que no es poco lo que te dijerasi de decir lo que sientotratáramos ahora.

-Po miate tú: yo me peresco por platicá con loj amigo. Conque vtnga deahíque pa ezo e la lengua e la boca.

-Callala tuya y aparta a un ladoque voy de prisa.

-En el moco e abrirze caminoze conozc el temple e la prezona. Pero ya ze ve¡como no tenemoj ahora quien nos guarde la eparda como teníamoj ayénogayeamo tanto!...

-Y tú ¿qué sabes lo que pasó ayer?... ¿Dónde estuvistes?

-Librando a Cumbrales de una banduyácon no meter en zambra lajerramienta... ¡Ayí eztuve!

-¡Como las liebresdebajo de los posarmosi

-Carnará¿ezo e china tirá a la jeta?

-Esto es advertirte que te conviene menos que a mí alargar la plática.Conque déjala donde estáy sigue tu camino para que yo siga el mío.

-Y ¿quién te le cierra?

-Tú.

-¿Y pa cuándo e la voluntá e F hombre?

-Para cuando se necesitacomo yo la necesito ahora; no para pasarsino paradejar de hacerlo. ¿Quieres más?

-¿No lo eztá viendonene?

-¿Buscas quimera?

-iZi de ezo vivo!

-Pues yo no la quiero.

Todas estas respuestas de Pablo las tomaba el Sevillano por encogimientos delespíritu; y en tal creenciaenvalentonábasey a una provocación añadíaotra más irritante. Como llegó a alzar mucho la vozlos pocos transeúntesque asomaban por las callejas inmediatas deteníanw con la azada o el rozón alhombroa ver y Qir; y también salieron al portal o a la ventana gentescuriosas de las casas más próximas. Por fortuna para el Sevillanotodos estostestigos eran mujeresviejos y muchachosentre quienes el recuerdo de lavíspera no había de producir un acto vengativo. Seguro de estocomplacíalela presencia de todosporque iban a ser testigos de la humillación de Pablo ypor endede su bravura sin rivalpuesto que Pablo había vencido el día antesal hombre más fuerte de la comarca. Redoblópuessus provocacionesy llegóa decir a Pablocuadrándose delante de él:

-¡No ze paza po aquí!

-Por última vez te pido -respondió Pabloverde y convulso-que me dejespasar.

A lo que respondió el Sevillano con burlona sonrisa y fuerte voz:

-Jindama ze llama ezo en la tierra e lo valientej 'oride yo juí el amo.

Pablo no apartaba un punto de su memoria la pasada desazón con su padrinoel disgusto y las reprimendas de su padresus compromisossus propósitos...Todo lo tenía presente y todo pesaba sobre su razónhasta entonces dueña ysoberana de él; pero aquella provocacióndispuesta sin duda por el mismodiabloen el punto en que había llegado a ponerla el atrevidoera mucho másde lo que se podía sufrir con paciencia y delante de testigos. Cególe laindignación; crujieron sus puños y sus dientes apretados; olvidóse de todomenos del miserable que le provocabay clíjoleen una actitud que le hizo darun salto atrás:

-¡Fuera de ahí!

El Sevillano no contaba seguramente con aquella rápida mutación que lecausó tan descomunal efecto. ¡Quién sabe el partido que hubiera tomadoentonces el valiente al hallarse a solas con Pablo! Pero el duelo era públicoy había que sostener la fama de cualquier modopor vil que fuera.

Al saltar hacia atrásllevó las manos al ceñidor; ysin perder de vistaa Pablotiró de la navajala abrió rápidamente y se puso en actitud dedefensa. Entonces fue Pablo quien retrocedió a su vez al brillo repulsivo deaquella arma innobleque le hirió la vista como la luz de una centella. Almismo tiempo lanzaron un grito las mujeres que presenciaban la escena. Esobuscaba el valentón: imponerse por el espanto.

En cuanto se vio dueño del terrenoparecía que con manosojos y bocadeshacía y devoraba el mundo entero. ¡Qué ademanes! ¡qué gestos! ¡quémiradas!

-¡Aquí ze ven lo guapozeñó futraque! ¿Pa qué jue el ¡mpetu?... Otroarrempujonsiyo; y aunque zea poco a pocoayégate acá... ¿u quierej' uncalezín pa vení ma repozao?

Así hablaba el jandaletemientras Pablo luchaba entre el deseo que teníade acogotarley el horror que le infundía el arma de los presidiarios.

-¡Arrójalatraidor! -dijosin apartar la vista de la navaja.

-¡Po zi e un arfeñiquetonto! Ven a chumpale... ¿u penzaba que te iba avalé conmigo la sancaiyacomo con el otro de ayé?

Y Pablomordiéndose los nudillos de corajedetestando a aquel hombreprovocativoy con fuerzas y valor para luchar con élno se atrevía aacercárseleporque... porque tenía miedoasí como suena; pero miedo a sunavajacuyo aspecto le repugnaba como el de un bicho venenoso.

-¿Vienej'... o voy? -dijo el bravo dando un paso hacia

Pablo. Este dio otro también... hacia atrás.

-¡Cobarde! -gritóal notarloel Sevillano.

Aquella palabra penetró como un bisturí en todas las fibras del mozo...pero no le hizo moverse del sitio que ocupaba. Un sudor frío le bañaba elrostroy el corazón le aporreaba las paredes del pechocomo si protestaracontra la cordura de la cabeza.

Los espectadores de la escena estaban aterrados y gritaban a Pablo quehuyeraporque no era igual la lucha; con lo que

iban subiendo de punto los atrevimientos del matónque llegó a hablarasídando otro paso hacia el ofuscado jovenel cual también dio otro...hacia atrás:

-No quiero tu vidaque ya veo la mala calidá que tiene; pero te voy apintá un muñeco en la jeta pa que le llevej' a la boa

el día que te cazej'y tenga la moza argo güeno que mira en ti. ¿Hanvisto ustedes saltar un tigre?... digo¡qué han de ver

ni Dios lo quieral pero lo habrán oído o lo habrán visto pintado. Puescomo salta un tigrerápidofiero y gallardo sobre su presa

así saltó Pablo sobre el atrevido jaque tan pronto como le oyó mezclar ensus bravatas lo que él guardaba en el relicario de su

pecho. Cañones que te hubieran puesto delante no habrían conseguidodetenerle en su ímpetu sublime.

Al ver al uno en brazos del otroy la navaja aparecer y desaparecer entreambosalborot-óse la gente espantada; acudieron nuevos curiosos de lavecindady entre ellos Juanguirleque se abalanzó a los combatientes. Pero noera necesaria su ayuda.

En pocos momentos desarmó Pablo a su enemigo; le sopapeó; le revolcó en elfango; volvió a levantarle asido por las greñas; le dio dos puntapiésyarrojó el arma vil a una pozamientras el valientehuyendo del alcalde que seempeñaba en prenderley de la rechilla del públicocorría que se laspelabaescupiendo -1882: reptil basura y chocleándole` los zapatos llenos deagua sucia de la charca.

Pablosalpicado de barrodesaliñado y convulsodejóse de comentariosociososy fuese apresurado a casa de Juanguirledeplorando que el suceso nohubiera ocurrido a siete estados debajo de tierra.

Nisco estaba mejor y ya sentado en la cama. Asombróse al ver a su amigo entan desastroso aspecto; refirió éste el casoy le abrazó el hijo deJuanguirlelamentándose de no haberle ayudadosiquiera con la presenciay deque hubiera salido vivo del empeño el traidor de la navaja. Preguntóle si lehabía herido con ella.

-Nada absolutamente -respondió Pablo. -Ni un arañazo me ha costado pisotearla fama de ese bribón. Un dolorcillo siento hacia esta costilla del ladoizquierdo; pero no es de golpe algunosino de un esfuerzo que hice allevantarle de la poza.

Después se lavó las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió asentarse a la cabecera de la camay mudó de conversación; hasta que entróJuanguirleque se había quedado charlando con los vecinos.

Pablomientras oía al alcalde lamentarse de no haber preso al bribóncuando pudo y debió hacerlopalpábase con la diestra el punto dolorido y serevolvía mucho en la silla.

-¿Qué tienes? -le preguntó Nisco. A lo que respondió el joven:

-Que me anda aquí algo tibio y pegajoso... nada; pero me causa unaimpresión muy desagradable.

Por consejo de Juanguirlemuy alarmadose descubrió la parte donde Pablosentía lo que tanto le molestaba. Las ropas estaban allí empapadas en sangrey ésta continuaba fluyendoaunque no en abundanciade una herida en elcostado. Nisco y su padre palidecieron.

-¡Y yo que dejé escapar a ese villano! -exclamó Juanguirle mesándose elpelo.

-¿Qué es lo que tengo? -preguntó Pablo.

-¡Una herida que hay que cuidarhijo! -respondió el alcalde.

-¡Una herida!... ¿Cuándo me la hizosi yo no sentí nada?

-¡Bueno estabas tú para sentiraunque te hubieran abierto en canal!... ¡Yestamos sin médico hace cuatro meses! ¡Voto a briosbaco y balillo!...

-Ande usted -repuso Pablo sonriendomás por disimulo que por ganas-quecomo se curó Nisco me curaré yo. Lo que importa es que en mi casa no se sepaesto.

-No estoyPablo-dijo Nisco-porque esas cosas se oculten. Bueno es quepor de prontose ponga un reparo para que llegues a tu casa sin asustar a lagente con la vista de la sangre; pero después... Cierre la puertapadreycurémosle con lo mismo que el suyo me curó ayer a mí. Dicen que dijo donPedro que el agua fresca es el mejor remedio para las heridas. DesnúdatePablode medio arriba.

-Es cierto -añadió Juanguirleazorado y presuroso. -Desnúdatehijoentanto voy yo por el agua y unos trapos.

Saliócerrando la puerta por fueray descubrió Pablo su troncoblancocomo el alabastrofornido y esbelto como el de un Apolo de Fidias.

-Tiéndete en la cama-le dijo Niscoarrimándose él a la pared.

Hízolo así Pablo; entró Juanguirle con una jofaina Heria de agua y mediasábana vieja al hombroy diose comienzo al lavatorio. La herida estaba sobreuna costilla. No se metieron los improvisados cirujanos en otrasinvestigaciones; pero vieron que tenía medio palmo de largay esto losasustó. Hecha esta primera operaciónpusieron unos paños empapados en elmismo menjurje con que se curaba Nisco la descalabradura; sujetáronlos con unaancha venda; vistióse Pabloy le dijo Juanguirleque le quería de veras:

-Ahoraa casahijo mío; cuéntalo del mejor modo que te parezca; ¡perocuéntalopor el amor de Dios! y llama a un médico en seguidaporque esosboquetes¿suelen tener la salida por donde menos se piensa... ¡Ahcomo yollegue a echar mano al traidor!... Y ¡voto al chápiro verde que he deechárselago no seré más alcalde de este pueblo!

Salió Pablo poco despuéshallando en el portalmuy afligidaa laalcaldesaquepor ciertos respetillos pudorososno había asistido a la cura;chanceóse con ella para tranquilizarlay se encaminó a su casapensandomás que en la heridaen el efecto que iba a producir en las dos familias lanoticia del sucesosi es

que no había llegado yaen alas de la oficiosidad de ciertas gentcsentrometidas.

¡Vaya si había llegado! y salía ya don Pedro portalada afuera; y seasomaban al balcón madre e hija desoladas y sin color en el rostro; y acudíaAna con el alma en un hiloy quedaba don Juan en su casa echando chispas porlos pelos erizados y tempcstades por la boca.

Nada dijo Pablo de la herida; pero refirió el encuentro tal como habíasido.

-Esta es la verdad -añadió. -Yo no lo he buscado; ello se vino sólo... otraído por Satanás. Sé que es llover sobre mojado; barrunto cómo estará mipadrino; conozco lo que a ustedes les aflige el caso por el color que tiene;pero no le pude evitar... PerdónameAna: otra vez me dejaré poner la mano enla carasi te gusto másbien abofeteado y huyendoque mal vestido ytriunfante.

-¡Pero dicen que te hirió con una navaja! -exclamó su madre palpándoledesatinada todo el cuerpo.

-¿En dónde'? -dijo Pablo con fingido asombropero cuidando mucho de que sumadre no le tocara donde le dolía ya más de lo que él esperó. -No haganustedes caso de charlatanes... ¡y por el amor de Diosno hablemos más deestas cosas!

-Y... ¿ese hombre'? -preguntóle don Pedroque hasta en- tonces no habíadesplegado los labiosaunque se los había mordido muchas veces.

Huyó corrido como una liebre -respondió Pablo; -y dudo que vuelva avérsele por Cumbrales en mucho tiempo.

Anaen tantodescolorida y angustiadano apartaba sus ojos del mancebocuyo aspecto le daba mucho que pensar.

-¡Tendrá que oir tu padre ahora! -la dijo Pablo.

-La verdad es -interrumpió don Pedroque se pascaba cabizbajo y sombrío-que se combinan de tal modo las cosasque sin el genio irascible de Juanhaypara darse a Barrabás con ellas.

-¿Qué dijo al aprenderloAna'? -preguntó Pablo. -Cuéntalo todo sinreparosporque conviene saber a que atenerse.

-Pocopero bueno -respondió Anaesforzándose por echar a broma lacuestión. -Ya con la noticia sola de la agarradase había puesto que tocabalas vigas con la cabeza; pero al saber que había andado la navaja por medioentendí que le daba

algo. Entonces me dijo: «mírate bienAna; que por el camino de esasaventuras se va a presidio».

-Y tú ¿qué le respondiste'?

-Yo... corrí hacia acáporque eso de la navaja me helO la sangre en lasvenas.

Acabóse pronto esta conversación; llegó el mediodíay Pablo comió muypoco. Después se encerró en su cuarto y se pasó la mayor parte de la tardecon la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa. La herida no sangrabaya; pero le dolía mucho. Al anochecer sintióse destemplado y sediento;ardíale la cabezay tuvo necesidad de acostarse. Su madre y su hermana habíanentrado a verle varias veces; pero él había conseguidosi no tranquilizarlaspor lo menos convencerlas de que nada grave tenía. Don Pedroque todo loobservaballamó a un criado y le dijo:

-Ensilla el caballo y prepárate tú para ir adonde yo te envíe.

En seguida se fue al cuarto de Pablo. Acababa éste de acostarse. Le pulsóle tocó la frente... Y se nubló la suya.

-¡Tú estás heridoPablo! -díjole angustiadopero enérgico: -horas haceque lo estoy sospechando.

-Es cierto -respondió el mozo. -No me he atrevido a decirlo delante de lasmujerespor no alarmarlas.

-¿Y yo?... ¿soy por ventura una de ellas'? ¿No sabesinsen- satoque enestas ocasiones no deben desperdiciarse ni los instantes?

Dióle cuenta el enfermo de la precaución que se había torna do en casa deJuanguirley quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntadque era muchanecesitó para no lanzar una exclamación de espanto al ver aquelancho boquete con los bordes inflamados y sanguinolentos. Volvió a cubrirlecomo se lo permitió su aturdimiento; dejó a Pablo y voló al por taldondeesperaba el criado con las espuelas calzadas y el caba llo listo.

-¡A escape a la villa! -le dijo. -Avisa al médico de casaadviértele quese trata de una heridapara que traiga a prevención siquiera lo másindispensable; que monte en este mismo caballosi no tiene otro más velozyque venga en el aireporque el herido está muy grave.

Este recado le oyeron doña Teresa y Maríaque andaban con oídos de lincedetrás de la verdad. Al descubrirla se espanta.

- XXVI -

De varios colores

QUÉ noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuabaagravándosey nadie se atrevía allí a aventurar un remedioporque elaspecto de la enfermedad ataba las manos indoctasque bien podían dar venenopor triaca. Se entraba y se salía a cada instantey se andaba de puntillas enla estancia a media luz; se aplicaba el oído a la-agitada y seca respiracióny la palma de la mano a la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstosproducía una pregunta muda y anhelosa en los ojos contristados de los demás.Del cuarto de Pablo se iba a todas las puertas y ventanas que daban al corral; ypor cada rendija se escuchaban los ruidos de afuerahasta los más levesrumores... el latir de algún perrolos golpes del pesado rodal' las esquilasde la yuntalas almadreñas del carreteroalgún cantar lejano... todo muy detarde en tarde. Despuésel silencio absolutoimpenetrable como la oscuridadque le envolvía... ¡ni un sonido que se pareciera al de las herraduras delbrioso cáballo de don Pedro sobre los resbaladizos cantos de la calleja!

Nada se le había dicho a Ana de la alarmante gravedad en que se hallabaPablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malasnoticias; y ésta no tardó en llegar a casa de don Juan de Prezanes.

Cenando estaban ya padre e hija; ésta triste y sobresaltada

rony corrieron hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.

-Pero ¿se moriráDios mío? -exclarnaba la dolorida madremientras suhija lloraba amargamente.

-¡Silenciopor la Virgen! -les decía don Pedro por lo bajo. -¡Que no osoiga; que nada conozca! Entrad allávecileacompañadle; pero como si nadagrave sucediera.

-¡Hijo de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro de muerte?

-¡No lo permita Dios! -dijo don Pedrodescubriendo en lo trémulo de la vozy en las lágrimas que asomaban a sus ojosel dardo que tenía clavado en elalma.

Luego entraron todos en el cuarto del enfermoque yacía postradoen elsopor de la fiebre.

por los sucesos deldíay aquél sombríomudo y desazonado por la mismacausapero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos lanoticia como la guadaña de la muerte; yyertos y despavoridosalzáronse alpunto de la mesa; abrigáronse mal y de prisay volaron al lado del enfermo.

Se adivinansin que yo las describalas impresiones de Ana junto a aquellecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle a lainfeliz las lágrimas por las mejillasy ahogaba los sollozos en su pecho y laspalabras en su boca- pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas ycodiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.

-¡Se abrasa el desdichado! -tuvo que decir entoncesporque la pena y elsobresalto de que se vio acometidala impusieron aquel desahogo.

Abrió los ojos Pablo al oir aquella vozy dijoqueriendo sonreírse:

-Esto pasará pronto...

-¿Cómo te encuentrashijo mío'? -le preguntó su madreanhelosa yacongojadaaprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar elestado del enfermo.

-Bastante bien -respondió éstevolviendo a cerrar los ojos. -El calor meincomoda mucho... ¡Más agua!

Sobre la mesita cercana al lecho había una botellacasi vacía yay unacopa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acerco a los labiosardientes de Pablo. Éste cogió con su manoque abrasabala copay con lacopa la mano de Ana; y así bebiósorbo a sorbocomo si le refrescaramásque el agua que bebíael contacto de aquella piel fina y rosadamisteriosocentro en que a la sazón convergían los anhelos de dos almas y la esencia dedos vidas.

Mientras esto pasabadon Juan de Prezanes (que ya se había quejadoamargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba a todos ya cada uno cómo había sido aquello; qué trámites había seguido laagravación; a qué hora se había ido a buscar al médico; por qué no veníaya... Y todo cuanto podía preguntarse y mucho másespeluznadonerviosoinquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablabay tan pronto Anavolvió a poner la copa sobre la mesano pudo contenerse y avanzó hasta lacabecera del lecho. Pulso al enfermo; le palpó la frente; le arropó cuidadoso;le subió el embozo de las sábanas y volvió a bajársele; tornó a subírsele;quiso hablarley

se contuvo; le arreglo la almohaday otra vez las ropas; volvió al intentode preguntar algo... Y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba larespiración del enfermo y miraba a los circunstantes; y a todo esto letemblaban los labios y la barbillay los ojos se humedecían; sacaba elpañuelo del bolsillo; llevábale rápido a las narices; daba con ellas untrompetazo seco; volvía a guardarle... en finmarcaba.

Al últimoestalló así:

-¡Pablo... hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije puedehaber contribuido a la desazón en que te hallas. Si es así¡perdónameporel amor de Dios!... Yo no podía presumir... no era fácil adivinar... Creíatener mis razonesestar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo comoyoen determinados casos de la vidareprenda a un mozo como túque se hallaen salud cabalcomo tú te hallabas cuando yo te reprendí... quizá con mayordureza que la debidaporque a la lengua más la mueve el temperamento que lavoluntad. Pero aquello pasa... pasó como pasan las tempestades; y ahora measusta el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en elestado en que te ves... Por supuestoque no le doy importancia malditay creoque eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Peroaunque pasajerote postra en la cama y te hace padecer... ¡Si supiera yodónde hallar al infame que te hirió!... ¡Y ese médico que no llega!... ¡Yal bestia que fue a traerle no se te habrá ocurrido buscar otro a faltas deél!... Hay gentes que entienden algo de remedios caseros para estos lancesperentorios. Aquí todos somos unos burros que no sabemos jota de ello. Nada senos ocurre para aliviar a este infeliz que se abrasaDios sabe por qué... ¡Yesto es precisamente lo que hay que averiguar cuanto antes; y sólo puedeaveriguarlo un médicoy el médico no viene!... ¡Si estos bestias deCumbrales no hubieran despedido al suyo hace cuatro meses!... Hombre¿nosería bueno mandar otro propio con el caballo del cura'? No soy gran jinetepero me atrevo a ir hasta é[fin del mundo en busca de un médico ahora mismo.

Hablaba y hablaba sin cesar don Juan de Prezanesal tenor de lo apuntadomientras se paseaba inquieto y taciturno su compadre por delante de la puerta dela estanciay permanecían las

. 1882: en detecto de él!...

tres mujeres junto al lecho de Pablocomo otras tantas estatuas de lamelancolía.

Notábase demasiado calor allí; lo advirtió el enfermo y se desalojó elcuartoquedando en él solamente doña Teresasentada junto a los pies de lacama.

Pasó otra hora; y ya don Pedro había dado las órdenes para que se fuera enbusca de otro médicocuando se oyeron en el corral las herraduras del caballoque debía traer lo que con ansia mortal se esperaba...

Y lo traía el noble bruto sobre sus lomos empapados de sudor.

Digo que llegó el doctorforradopor ciertode pies a cabeza en altaspolainasrecio capote y descomunal bufanda.

Cómo fue recibidono hay que contarlopues ya se sabe con qué ansiedad sele esperaba.

Siempre sucede lo mismo en idénticos casos; lo cual no nos impidecuandoestamos en cabal saludponer a los médicos a bajar de un burropor ignorantesy matasanos. Así somoscon la gracia de que en otros muchos.lances de la vidaaún somos peores y más injustos y más ingratos. Pero vamos al asunto.

Tardó el médicoporque se hallaba ausente de la villa cuando fueron abuscarle. Llegado a su casale enteró de lo ocurrido el criado de don Pedro;después salió a encargar a un farmacéutico los medicamentos que juzgónecesariosoperación nada breve... Peroen finya estaba allíaunque unpoco retrasadocon un frasco en cada bolsillo y llena de emplastos la cartera.Aunque entradillo en añosera chancero y alegre; por lo que sus palabras(después de oír de piey mientras se despojaba de los pesados abrigos quellevaba encimala relación hecha por don Pedro) fueron a modo de brisa quesino barrióadelgazó mucho los negros celajes que abrumaban el ánimo deaquellas buenas gentes.

Entró luego en el cuarto del enfermoseguido de don Pedro Mortera y de donJuan de Prezanes. Salió doña Teresa; cerróse la puerta y comenzó elreconocimientoque fue largo y escrupu¡oso.

La heridapor estar muy inflamados sus bordesno pudo examinarse como eldoctor quería; pero era indudablepor lo que estaba al alcance de la sonda ylo que respondía el enfermoque no era profundasino a lo largo de lacostilla sobre la cual estaba.

Hízose la cura como debía de hacerse; se le dio a Pablo una bebida al caso;se recomendó el silencio y el desahogo en la esnciay volvieron a salir deella los hombres. Las tres mujeres s esperaban en el carrejo` con la ansiedadque es de suponere. El médico habló así entoncessin cuidarse maldita lacosa de ajar la voz:

-Es más el ruido que las nueces. La calenturaque es muy ltatendría granimportancia si la herida fuera penetrante; pero elizmente no lo esy de ello hede convencerme más tan pronto omo disminuya la inflamación a beneficio de lodispuesto ahora. ablo es nervioso y vehemente; han pasado muchas horas perdiasdesde que fue herido; precedió al lance una escena violentaegún me handichoy parece ser que vino tras otra por el estilo currida ayer. Todo estocontribuyeindudablementea poner a ablo en el estado de exacerbación en quese halla; estado que o juzgo graveni mucho menosaunque a los ojos profanoslo parenta... Conque a cenarsi no lo han hecho ustedes ya; a la ama despuéslos que no veleny a dormir sin penas ni cuidados; lueo yo me engaño muchoo esto ha de ser obra de pocos días.

¡Bendita boca! ¡Bendita ciencia que por ella habló! ¡Bendias palabras querompieron en un instante las férreas y candentes igaduras que oprimían yabrasaban tantos corazones henchidos de amor al valiente mozo!

Una hora antes habían llegado Juanguirleel padre de Cataina y media docenamás de vecinos de las inmediacionesa saber noticias del enfermode cuyoestado gravísimo comenzaba a hablarse en el puebloy a ofrecerse a todo cuantoellos pudieran hacer en servicio y descanso de la casa. Todos estaban en lacocina aguardando el resultado de la visita del médicoy a todos les diocuenta don Pedro Morteramuy regocijadodel fallo del doctor.

Éste consistió en quedarse allí aquella noche; y era muy corrida ya lamitad de ellacuando Ana y su padredespués de haber visto que Pablo dormíacon relativo sosiegose retiraron a su casa.

A la mañana siguiente la calentura había cedido mucho; tenía poca sed elenfermoy la herida presentaba mejor aspecto; con lo que el médicoconfirmándose en su primer dictamense volvió a la villa.

No entra en mis propósitosni vendría muy al casoescribir

Carrejo. -Pasillot) corredor estrecho en el interior de las casas-.(García-Lomas).

la historia detallada de la- enfermedad de Pablo. Lo que importa conoceraquí es el resultado de ellay a este propósitodigo que tres días despuésde lo narradoel enfermo estaba completamente limpio de calenturay su heridanueva y cómodamente examinada por el doctoren las mejores condicionesapetecibles.

Como ya se le permitía hablarNiscoque había saltado de la cama encuanto supo lo que a su amigo le ocurría (aunquepor acuerdo de Juanguirleloignoró hasta que hubo pasado lo más grave)le acompañaba algunos ratos.

No era ya el mozo aparatoso y remilgado de antes. Presentabase en la nuevaetapa de su vidasencillomodesto y bondadoso. ¡Cuánto había ganado en elcambio! Atribuíase éste en casa de don Pedro Mortera al reciente percance queaún le tenía con la frente vendaday a su pena por lo acontecido a Pablo;pero yo sé que el descalabro que principalmente había dado origen a tannotable transformaciónera bien diferente del que le produjo la pedrada delSevillano. El resto fue obra de la abnegación de Catalinaejemplo admirableque acabó de abrir los ojos al iluso.

Estando una tarde sentado a la cabecera de la cama de Pablollegó Chiscónal portalhallándose en él don Pedro Mortera. Descubrióse con respeto elhercúleo mozoy habló así al caballeroque le miraba con repugnancia:

-Tiénenme por amigo del hombre que ha puesto a Pablo en peligro de muerte.Nunca lo fuiseñor don Pedroaunque dejé que me lo llamara y que a mi ladose le viera muchas veces. De saber acabo la maldad del alevoso; habrá quienpiense que consejos míos le movieron la mano traidoracomo a mí los suyos meacabaron de mover la voluntad a preparar la guerra del domingo... Y aquí vengoseñora lavarmecon la verdaddelamancha de esa duda. Yo no soy santo; laira me tienta muy a menudo; ypor verme fuertegústame que valga la mía másde lo que debiera gustarme; pero guerreo en buena leycara a cara y con armasiguales. A Pablo busqué así- pudo más la su maña que la mi fuerzayvencióme... Usted lo vio. Dolióme la afrentaes verdad; pero juzguélacastigo por mano de un valiente; y de allí no pasaron mis rencoresaunque lapena fue grande. Sin ser visto de nadievolvírne a mi casa... ¡Por el Santonombre de Diosjuro quedesde mucho antes de enredarme con Pablo aquellatardeno he vuelto a ver al traidor que al otro día le dio la puñalada!

Cayó mucho hacia la benevolencia la antipatía con que miraba don Pedro aChiscóncuando éste acabó su apasionado razonamiento; y clíjole el graveseñorpero sin dureza:

-Nadie ha sospechado aquí semejante cosa: puedes estar tranquilo.

-De justicia sonseñor don Pedro; pero con no ser más que de justiciaestimo mucho esas palabras. Y ahora -añadió el mocetónmanoseando elsombrero-si en ello no ofendiera...

Y aquí se paró-pero don Pedroleyéndole el pensamientonoblote ygenerosoal través de aquella rudeza medio salvajeclíjoleseñalando haciala puerta del estragal:

-Sube a ver a Pablo si quieres.

-Ese favor iba a pedirseñor don Pedro-respondió Chiscón agradecido.

Un momento después crujían las tablas de los peldañosholladas por losherrados zapatones del gigante.

Llamó arriba con un deogracias que retumbó en toda la casa; salió doñaTeresa; y después de oir al mocetónle condujo a la estancia de Pablo.

Por entrarhabló en términos parecidos a los que empleó delante de donPedro Mortera. Pablopor toda respuestadesde la cama en que estaba sentado lealargó su mano pálidafina y un tanto descarnada; mano que desapareció alpunto entre las

dos de Chiscónenormesatezadascallosas y peludas.

-Dicen -añadió el de Rinconeda un poco conmovidoque anda oculto por temora la justicia. ¡Que Dios le libre de caer en la de mis manos!

Después soltó la de Pablo y tendió una de las suyas a Niscodiciéndole:

-La misma culpa que en la herida de Pablotengo en la pedrada que tealcanzó a tiobra de un mismo traidor. Por lo demássi prenda tuya quisetomarfue porque abandonada la vi. Confieso que el no me sacó de quicios; perono todo lo que después vino fue sólo intento míoque lances y consejos lofueron arreglando así. A lo tuyo te has vuelto ahoray has hecho bienque laprenda lo vale y la merecías más que yo.

También Nisco le alargó la diestraen señall de amistad sinresentimientos. Después se enteró Chiscón muy ¿ti pormenor del estado dePabloy celebró cordialmente la mejoría. Luego se despidió cortésa sumaneray salió del cuartocarrejo adelantedejando aquí un pastel dearcilla blanday allá un chinarrode

lo agarrado en las callejas por sus zapatonesy haciendo temblar los suciosen cada zancada.

En tantohabía llegado Juanguirle muy apuradoy estaba con don PedroMortera en el cuarto del portal. Tratábase de un oficio del alcalde de Praducosal alcalde de Cumbralesrecibido por éste en aquel momento.

-Ya usted lo ve -decía Juanguirle: -esas gentes se han desbandadopor estarmuy perseguidasy andan en pandillas cortasde merodeo por acá y por allá.Han entrado en Praducos y en Sopando... Y en Coloñosque está a dos pasos deeste pueblo. Verdad que ha sido entrada por salidaa lo que parecey que sehan conformado con unas cuantas raciones. De todas suertes¿qué le parece austedseñor don Pedroque hagamos en Cumbralesen virtud de este aviso queme dan?

-Hablar poco de ello y tener mucho juicio -respondió don Pedro; -y sobretodocuidar de que nada sepa don Valentínque puede hacer una majadería quenos cueste muy cara a todos.

-Eso mismo creo yo... porqueseñoruna aldea abiertade poco vecindariosin otra arma que el sable de ese loco...

-Y tan loco será como él quien llegue a escucharle con paciencia; y muchomás locoquien se pare a considerar lo que podrá creerse de los que no lehagan caso.

-¿Quiere decirse que este oficio... como si hubiera caído en un pozo?

-No tantoporque debe servirte el aviso para estar alerta y prevenidoa finde evitar al pueblo cuantas vejaciones puedan evitarsesi tenemos la malasuerte de recibir esta visita.

-Pues alerta estáseñor don Pedro; y Dios sobre todo.

-Esa es la fija... ¡y cuidado con don Valentín!

- XXVII -

Genio y figura...

LA rápida y feliz convalecencia de Pablo volvió a normalizar la vida enambas casas; con lo que reaparecieron en el salón de don Pedro Mortera losrollos de holandas y los paquetes de batistas que días antes anduvieron porallí entre manos de Anade María y de doña Teresa; preparativos de boda ymínima parte de lo que se había encargado con igual destino a las modistas ycostureras de la ciudad.

Habíapuestertulia constante en casa de don Pedroa la que no faltabanPablomuy animoso aunque algo dolorido y débil todavía; su cuñadito enciernespor las tardesy don Juan de Prezanes cuando menos se le esperaba. Yapara entonces y desde antes de los trágicos sucesos referidoslas familias dedon Pedro Mortera y de don Rodrigo Calderetas se habían hecho sendas visitas;por lo que también se vio más de tres veces al caballero de la villacon suseñora y su otro vástago (una jovenzuela pálida y muy peripuestaque sellamaba Niquiscontracción elegante delvulgar Nicasio que le arrimó en lapila su padrinoun pañero acaudaladopero de poco gusto)en la apaciblereunión aquella.

Antes la enfriaban que la divertían los ceremoniosos continentes de estostres personajes; pero eran sus visitas actos de cortesíay había queagradecerlas. En cambio-cuando se hallaban solos los de Cumbrales y el noviode la villaque era suelto y ocurrentese cobraban con usura los ratos tan malempleados; porque hasta el mismo don Juan de Prezanes andaba hecho unascastañuelasy solamente en cinco o séis ocasiones se había ido del segurocon su compadre por cosas de poco más o menos.

En finque todo era paz y alegría entre aquellas gentesy hásta sehabían fijado las bodas para el día en que Pablo se viera completamenterestablecido (restablecimiento que ya daba el convaleciente por alcanzado)cuando olió don Valentín lo de allende los montespor más empeño que pusoJuanguirle en que ignorara lo que de oficio le había dicho su colega dePraducos. Pero ¿dónde se movería el perjuro que no lo advirtiera el oídosutil del veterano de Luchanaque sólo vivía para odiarle y para combatirle?

No bien averiguó lo de Coloñosvoló a casa de Juanguirle. Le preguntóle increpó y hasta le excomulgó; pero sólo burlas y malas razones pudoobtener del alcalde de Cumbrales. Entonces corrió a la villay asaltó eldespacho de don Rodrigo Calderetas.

-Ahora -le dijo sin preámbulos ociosos-todos ustedes son unos; don PedroMortera no podrá negarse a tomar en cuenta las indicaciones patrióticas queusted le hagani usted a dejar de hacérselas en vista de la gravedad de lossucesos que tenemos encima.

-Cierto es -dijo el caballero-que ustedes y nosotros estarnos amenazados deuna invasión a la hora menos pensada; pero es también un hecho que las fuerzasse han subdividido...

-Tanto mejor para vencerlasseñor don Rodrigo.

-No hay necesidaddon Valentínde tomarlo tan por lo seriopuesto quesiendo grupos insignificantes los que merodean por ahíno son de temerextorsiones de gravedadPiden unas cuantas racionesse les dan... Y se van tancontentos. Esto es mucho mas sencillo y conveniente que una resistencia armadaque puede costar perturbaciones y sangre. Ya ve usted cuántos más elementoshay aquí que en Cumbrales para resistiry cuánta mayor responsabilidadadquirimos ante la historia nosotros que ustedesysin embargoa nadie se leha ocurrido aquí apelar a medidas extremas que...

-Yoseñor don Rodrigo -expuso don Valentíncomprimiendo la ira que ardíaen su pecho-no tengo nada que ver con lo que en esta villa se haga en el casode que se trata. ImpOrtame sólo la honra del pueblo en que nacíy esa es laque quiero salvar... porque debo salvarla. Don Pedro Mortera es el único hombreque en Cumbrales puede llevar a buen término mis propósitos; usted puede hoymover el ánimo de mi convecinoy al mismo tiempo hacer que don Juan dePrezanes acabe de ponerse a mi ladoporque lo uno ha de venir como consecuenciade lo

otro. Del pie que cojea el don Pedrono lo ignora ustedy aquí mismo hemoshablado de ello los dosno hace mucho tiempocon leal franqueza...

-Se hablan muchas cosasseñor don Valentíncon sobrada ligerezaaunquela lealtad mueva los labios y esté el corazón henchido de los más hidalgossentimientos. Verdad que hablamos algo de lo que usted dice; verdad que apoyéentonceshasta cierto puntolas nobles miras de usted; cierto que se lasrecomendédigámoslo asíal señor don Juan de Prezanes... pero haycircunstancias en la vida... Y no siempre los informes son exactos; la lealtadse engaña muchas vecesy los caballeroscomo yoestamos expuestos a padeceralucinaciones...

-Es decirque don Pedro Morterapara ustedes hoy muy distinto de lo quefue ayer... En plataque ya es liberal y trigo limpio.

-Quizáquizáseñor don Valentín.

-¡Cómo había de resultar otra cosa! -exclamó el héroecon la sonrisamás burlona que puede imaginarsey un brío impropio de sus muchos años.-¡Cómo había de salir cosa mala un consuegro ricachón!

-¡Señor Gutiérrez!

-¡De la Perníaseñor de Caldcretas! -corrigió don Valentínalzándosesobre las enjutas piernas. -Y entienda usted que para cantar ahora esos laudesno había para qué entonar el otro día tantos vituperios... Fortuna que sé yodemasiado a qué atenerme.

Y con esto salió don Valentín de casa de don Rodrigo Calderetassintomarse el trabajo de despedirse de él.

Husmeando en la villa luegofue llenando de pormenores el saco de susnoticias; y tan atacado le puso y tal se convenció de que elpeligro no dabaya instante de esperaque se vio a punto de que le faltara el resuello a mediocamino de su casa.

¡En qué estado llegó! Jadeanteamarillo y desencajado; con el sombrero enel cogoteel bastón al hombrolos ojos encandilados y los pábilos conespuma. Era media tardeno había comido aúny se negó a probar las sobrasde la comida de su hijoque Sidora le había guardado. Se encerró en sucuartoarrojó el sombrero y el bastón sobre la camay se sento a descansaren una silla viej'a. No había otra mejor allí. 1

A los pies de la cama había una percha de castaño negro y apolillado ya;sobre la perchaun guardapolvo muy anchoy so

bre el guardapolvoentre dos viejas sombrereras de cartónuna caja depinomás alta que anchacon tapadera sujeta con un cordel. En aquella cajaclavó la vista don Valentín en cuanto se sentó a descansary de aquella cajase apoderóempinándose sobre la sillatan pronto como no le fue necesariapara reposo de su cuerpo fatigado.

Desatado el cordel y alzada la tapaderasacó a pulso el héroe un morrióndescomunalenvuelto en Gacetas arranciadas. El morrión era de herradamásancho de arriba que de abajode felpa algo raída y marchita de colory congrandes chapas y carrilleras de metal. Después de colocar con mucho mimo sobrela cama el morrióndon Valentín abrió un cofre que había en otro rincón dela estancia. En aquel cofre estaba el resto del uniforme: una casaca azul defaldones muy largos y talle muy cortovueltas amarillas (el veterano habíaservido en fusileros) y acribillada de botones en las picudas solapas-unpantalón de dril blanco; dos charreteras con flecos de cordoncillo de plataennegrecidosmohosos y de un palmo de largos; un sable envainadocon sucorrespondiente tahalíy un pompónamarillo tambiéncomo de media vara dealtoenvuelto en dos bulas de la Cruzada.

Todo lo fue colocando en el orden debido sobre la camay para cada piezatuvo un requiebro de amor y de entusiasmo su boca baibuciente. ¡Cuántos añoshacía que su cuerpo no se envolvía en aquellos arreos marciales! ¡Quién lediría a él que aquellas reliquias del tiempo de sus glorias habían de volvera salir a la luz del solprecisamente para ahuyentar al «monstruo de latiranía-a quien él mismo había enterrado en Vergara!

En finque se quitó el casaquín y los calzonesy se encasquetó eluniforme sobre la escasa ropa que le quedaba encima del rugoso pellejo. Pero-¡cuánta sobra veía por todas partes! ¡Cómo se le hundía el chacó y lehacían alforjas la casaca y los pantalones! Todo había mermado en el héroe;todo menos el corazónque le tenía tan grande y tan lleno de amor a la causade la libertadcomo en los albores de su juventud.

-No hay remedio -discurría mientras atacaba de papeles la badana interiordel morriónañadía la ropa vieja al pelo de la casaca y colgaba las pr endasde la paz en la percha de castaño:

-me declaro a mí mismo en estado de guerray publico yo solo y para mísolo la ley marcial... Haré el último esfuerzo para adquirir auxiliares; y sino los halloyo seré generaly ejército y

hasta plaza fuerte; y después... ¡a vencer o morir!... ¿De qué ladovendrá el enemigo? No lo sé. ¿Qué fuerza será la suya? No debe importarme.Sé que anda cerca y que puede estar aquí a la hora menos pensada; y esto metraza la senda. A ello me atengoporque ese es mi deber. Sabré cumplirle.

Iba anocheciendo ya. Sidora había salido de casay don Baldomero no habíavuelto a ella. Apareció don Valentín en la sala armado de pies a cabeza. Secuadró delante del retrato de Espartero; desenvainó el sable; presentóle comocuando pasa el rey; después saludó marcialmentedescribiendo en el aire unaancha curva con la bruñida hoja; giró hacia la derecha sobre sus talones;envainó... Yfuese.

Media hora después aparecía en el despacho de don Pedro Morterael cualpersonaje se creyó bajo el imperio de una pesadilla al contemplar la extrañacatadura del que se puso delante.

Don Valentín habló asítemblando de emoción y de fatiga:

-Mi ansiedad y este equipo en que vengole dicen a ustedseñor don Pedroque no hay tiempo que perder y que es llegada la hora de hacer un esfuerzosiha de hacerse. El enemigo puede venirvendráde un momento a otroy no hayque contar con que la autoridad de Cumbrales se aperciba a la defensa... A ustedacudopor última veza pedirle una partepor mínima que seade sulegítimo influjo sobre estas gentes pacíficaspara que me ayuden en laempresa que estoy resuelto a acometer. Con ese auxilioy con el que obtendréseguramente del señor don Juan de Prezanes...

-¡El auxilio de don Juan de Prezanes! -exclamó don Pedro Mortera mirandocon asombro a don Valentín. -¿En qué se funda usted para creer que loobtendrá?

-En que no se resistió a concedérmele cuando otra vez se le pedí.

-Mentira.

-¡Señor don Pedro!... ¡Yo no miento nunca!

-Pues vaya usted a pedírseley déjeme en paz.

-Síseñorque iré... Y me le concederápor lo mismo que

usted me le niega. Cuento con élporque me le ha ofrecido y es

caballero... Y muy liberal. i

-Pues será tan mentecato como usted si le ha oído con paciencia; y locorematado si le aplaude.

-¡Ira de Dios! Si eso es ser loco ¿dónde está la cordura?

-En quienteniendo atribuciones para ellose apoderara de usted ahora y leencerrara en una jaulaantes de que con sus majaderías produzca una ociosaalarma en el pueblo.

-Esa es la justicia de los tiranos: amarrado el mastíny suelto el loboentre las ovejas.

-Todo lo que usted quieracon tal que me deje en paz inmediatamente.

-Eso es echarme de casa.

-Figúrese usted que síy buenas noches.

-¡Yo no hago eso con nadieseñor don Pedro!

-Yo con todos los que vengan a molestarme con locuras como la de usted.

El pobre don Valentín ya no supo qué replicar a estoporque no se leocurrían sino improperiosy no se atrevía a soltarlosni estaba su bocabalbuciente ni su pecho jadeante para meterse en recias disputas. Conformósecon apretar los puños y mirar fiero y torcido a don Pedro Morteray se largóponiéndole entre mandíbulas (pues ya se ha dicho que ni raigones tenía enellas) de tiranoservilón y mal patriotaque no había por dónde cogerle.

¿Quién sabe lo que anduvo despuésde puerta en puertapredicando aquíamenazando allá: al unoporque era joven y debía toda su sangre a la patria;al otroporque tenía hijos a quienes dar ejemplo de independencia y valor; aésteporque estaba amenazado su hogar de un atropello; a aquélporque sunovia y su hija podían ser presa de los «inmundos chacales»!... Pero nadaconsiguió sino servir de espectáculo a las atónitas gentescon su pompóncimbreantesu morrión descomunalsus charreteras laciassus faldonesinmensos y su pantalón blanco salpicado del lodo de las callejas¡en tal mesa tales horas y con la helada que estaba dejándose sentir!

Eran cerca de las nueve de la noche cuando llegó a casa de don Juan dePrezanesúltimo refugio de sus mortecinas esperanzas.

Hay que advertirquea la sazónse disponía el bueno del jurisconsulto air a buscar a su hijaque aún estaba en casa de don Pedro Morteraentregada alos sabidos afanes de costura. Don Juan se había despedido de allí aquellatarde algo amostazadoporque su compadre le hizo la contra en no sé quépequeñecescon no se que palabras y qué gestos; gestos y palabras que letraían marcado desde que se había encerrado en su casadándolos vueltas enel magín; y claro es que cuanto más los revolvía

en aquel hornomás le caldeaba y más burlón y más dominante

iba pareciéndole don Pedro Mortera. De modo que volvía a casa de éste demuy mala ganay sólo porque se lo había prometido a su hija que le esperabaallí. En este propósito y con un humor

endemoniadole halló don Valentín. No fue menor el asombro que le produjola rara silueta del héroeque el causado en cuantas personas le habían tenidodelante aquella ncohe. Dijo el pobre hombre qué pensamientos le sacaban de casaa tales horas y en aquella guisay se asombró más don Juan y le tuvolástima.

-¿Es posibledon Valentín -exclamó-que hasta ese punto le enardezca austed su manía?

Precisamente -lo que no comprendía don Valentín era que

se llamara manía a su ardimiento patrióticoy que se asombrara nadie de subélica actitud enfrente del enemigo. Respondió en este sentido aljurisconsultoy añadió:No hay para qué hablar en demostración de estaverdad palmariano hace mucho tiempo aceptada por sus amigos de usted... Y aúnpor usted mismo.

-¿Por mí?

-Por usted no fue negada al menoscuando le pedí su apoyo con larecomendación del señor don Rodrigo Calderetas; apoyo que tampoco le parecióentonces cosa del otro jueves... Verdad que estaba de por medio el señor donPedro Morteraa

quien tratábamos de combatir. Hoy han variado las circunstanciasbien loveoy con ellas el fondo de ciertas personas a los

ojos de otras.

-Señor don Valentínhoycomo ayerdon Pedro Mortera es un caballeromimejor amigocasi mi hermano. Si tiene sus

debilidadesyo tengo las mías también; pero ésta es cuenta para

ajustada entre él y yo solossi lo tenemos por conveniente.

-No entiendoseñor don Juan...

-Pues esto quiere decir que hoy le prohibo a ustedcomo se lo prohibí en laocasión que citatraer a cuento el nombre de esa personasi no es parahonrarle como merece.

-Pues a eso respondo hoyseñor don Juan de Prezaneslo mismo que respondíentonces a usted por una observación idéntica y con razones que en aquellaocasión no tenía: que don Pedro Mortera corresponde muy mal a las ausenciasque hace usted de él.

-¿Quién se lo ha dicho a usted?

-Nadieporque lo he oído yo mismo.

-¿A quién?... ¿en dónde?... ¿cuándo?

-A don Pedro Morteraen su casados horas hace.

-¡Falso!

-Mentecato le llamó a ustedcon todas sus letrasy por tan digno lereputó como a mí de ser encerrado en una jaula.

-¡Falso!... ¡falso!

-Tan cierto como estamos aquí los dosfrente a frente.

-Repito que es falsoseñor don Valentín... Y si no lo esquiero que losea. ¿Me entiende usted? ¿Me entiende ustedespíritu diabólico y tentador?

-¡Peroseñor don Juan!...

-¡Vaya usted al demonio! Lárguese usted de aquí cuanto antesy déjeme enpaz¡si esto es ya posible!

Y salió don Valentínque no podía con el peso de tantas contrafiedades nicon el del morrión que le abrumaba.

Quedóse solo otra vez don Juan de Prezanes; y quedándose solocomenzó porquitarse el sombreroque ya se había puesto para ir a buscar a su hija cuandoentró don Valentíny por arrojarle sobre la mesa. Despuéscon las manos enlos bolsillosechó a andara andar por el cuartode aquí para allíyporúltimose enredó en la siguiente maraña de reflexionessin dejar de moversecomo un azogado:

-Que vengan a decirme ahora que esto es una ofuscación de mi genioimpresionable y feroz. Que venga el hombre de más paciencia... que venga Job enpersona; que se coloque en mi lugary a ver cómo se las arregla; a ver quécara pone cuando ¡e larguen por la espalda una puñalada así. Que no se paseun día sin que el mejor de sus amigos... ¡amigo!...le dé un alfilerazoycelebren y aplaudan la gracia hasta sus propios hijos; que responda a esasprovocaciones y a esas burlas ahogando su dolor y su pesadumbre con unaprudencia heróica; que gentes de todas cataduras le digan una y otra vez: «eseamigo no es cosa buena y te quiere mal»; que se indisponga con todas esasgentes por defender el honor del falso amigoes decirque pague con cariciassus bofetones; que los vínculos de amistad lleguen a ser de parentesco; quebusquen al santo Job y le mimen y le halaguen; que cuando más confiado seentregue a los halagos y a los mimossienta otra vez en sus carnes las heridasalevosas y vea el arma

sutil en la mano que le acaricia; que se resigne y calle todavíaaunquetras de ofendidooiga que le murmuran por violento e intolerable; que tengaenfinla evidencia de que el amigoa sangre fríacon premeditación y en mediode la plaza públicacomo quien dicele llama a boca llena mentecatoy lejuzga digno de ser encerrado en una jaula de locos... Y a ver si Job no acabapor darse a todos los demonios y por buscar al falso amigo y armar un escándaloque sirva de ejemplo a todos los oprimidosy de escarmiento a todos loshipócritas... Pues yoel irascibleel insoportabletengo más paciencia queJobporque devoro acá dentroen este pecho donde no cabe la nobleza de micorazónesas provocaciones alevosas.

Sentíase don Juan sofocado en la estrechez del gabinetey abrió laventana. La noche no estaba tan serena y estrellada como antes. Reaparecía elSur; amontonábanse nubarrones en el cieloy la luna sólo a intervalos lucía.Algunas bocanadas de aire llegaban a la ventanatrayendo consigo rumor delejanas voces; rumor de que don Juan no se dio cuentaporque no estaba entoncesni para oir ni para ver sino lo que tenía dentro y le hervía en la mollera.

-¿Qué móviles son los que guían a ese hombre -se decía el jurisconsultovolviendo a pasear intranquilo y vertiginoso-para conducirse como se conduceconmigo? Su altaneríasu soberbia... el empeño de imponerme sus ideas y susgustos hasta en las cosas más nimias. como se los impone a cuantos le rodean ole deben algo. Pero yo no le debo nada¡voto a Lucifer!... nadasi no sondisgustos como éste que ahora me enciende la sangre. No soy tampoco un zafiocampesino que necesite pedirle permiso para discurrir. Tengo mi criterio propiomis luces en la inteligencia; tantas luces... más luces que élsíseñor;¡muchas más! porque he visto más mundohe estudiado más libros y heejercitado más el entendimiento¡muchísimo más! ¡Tengocuando menosiguales derechos que los suyos a ser oído y respetado; a hablar donde élhablea pensar donde él piensea vivir donde él viva!...

Aquí ya don Juan de Prezanessin percatarse de ellodecía a voces todo loque iba pensando; y como si su amigo estuviera provocándole en el hueco de laventanadelante de ella era donde más aspavientos hacía y más levantaba lavoz.

Entre tantolos rumores de afuera continuaban acercándosey llegaron aoirse próximos a la pared del corralpor la parte de la calleja.

Tampoco entonces reparó en ellos.

Volviendo a sus paseos y a su monólogollegó a decirenardeciéndose porinstantes:

-¿Me quieres idiota?... ¿me quieres esclavo?... pues chasco te llevas¡tirano! Tengo una razón... a Dios se la deboy por ella soy libre... ¡librecomo el pájaro y el aire!

En estoy mientras la luna se escondía detrás de espesos nubarronesy seoía ruido cercanocomo de gentes en tropeldon Juan de Prezanes temblabayse arrimó a la ventanay sintió dentro de sí una cosa que le exigía unesfuerzo supremo; algo que necesitaba salir de su pecho y de su gargantavelozy bullicioso; algo que le oprimía el corazón y le golpeaba el cerebro... Nopudo contenerse más. Echó todo el busto fuera de la ventana; yapretando lospuñosgritólocodesaforado:

-¡Viva la libertad!

En aquel instante crecieron los rumores de la calleja y se agitaron unosbultos en la oscuridad; brillaron dos fogonazos; se oyeron dos tirosy lanzóun grito don Juan de Prezanesdesapareciendo de la ventana mientras saltabanlas maderas hechas astillasy en polvo los cristales.

Casi al mismo tiempo sonó hacia la iglesia otro tiro que pareció un eco delos primeros.

XXVIII -

Sicut vita..

M¡entras caminaba don Valentíndespués de salir de casa de don Juan dePrezanescalleja arribapor donde vino el tropel de que se hace mención en elcapítulo antecedenteresbalando en este morrillo y metiéndose en aquellapozatropezando aquí y estando a pique de caer alládespechado y febrilreflexionaba de este modo:

-Nada esperonada temonada quiero; en nadie confío sino en Dios y en elodio que tengo al perjuro. Tristeza en mí; tristeza y soledad en mi casa;menosprecio y burlas en la ajena; viejomoribundo ya; envuelto en los hábitosde mis glorias- con la espada de Luchana al costado... ¿qué mejor ocasión queésta para dar el último grito de libertaddelante del sempiterno enemigo deella? ¿Qué muerte más señalada para un hombre como yo?... ¡Ahsi toparacon ellos esta noche!

Pensando asíandabaandabay corría el sudor por los surcos de su cararugosaporque la gimnasia que iba haciendoel peso deluniforme y la brega quetraía desde media mañanano eran para menos; y andaba maquinalmente y sinrumbo determi- nadoaunque a veces creía oir en sus adentros una voz que leaconsejaba seguir adelante y apercibidoporque por allí se iba.

Y andandoandandollegó a un recodo que formaba la callejay oyó unruido de voces y de pasos inseguros al otro lado. Le latió el corazón condesusada fuerza. Llevó la diestra a la empuñadura delsabley detúvose. Losrumores se acercaron más. Don Valentín aguzó entonces el oídola vistahasta el olfa to. Parecía un sabueso delante de la barda." Cierto queteníapor don misterioso de la naturalezauna nariz para conocer al perjuropor el rastrocomo el perro la tiene para el jabalí.

-¡Él es! -dijo balbuciente y conmovido.

Sin otras averiguacionesdesenvainó el sable y plantóse en mitad de lacallejabien alumbrada entonces por la luna.

Y no se equivocaba don Valentín: era élopor lo menos algo que loaparentaba. A la vuelta del recodoa pocas varas de distanciaapareció ungrupo armado y vestido como el héroe suponía. El grupo no llegaba a una docenade hombres; pero era un ejército para don Valentínsolo y viejo y casiinerme. Nada le importó esta reflexión que no pudo menos de hacerse: antes leinfundió mayores bríos en medio de aquella fiebre que le estaba devorandohoras hacía. Se afirmó sobre los piesenderezó cuanto pudo el encorvadocuerpecillo; y temblando de entusiasmo desde la coronilla hasta los talonesgritóresuelto a todopresentando el jadeante pecho al enemigo:

-¡Alto ahí!

Y el enemigo se detuvo; y aún hizo máspara gloria de don Valentín:retrocedióacaso porque creyera que había fuerzas militares detrás deaquellos arreosen cuya vetusta e inusitada conformación no pudo reparar depronto y a tan escasa luz como la intermitente de la luna; pero es lo cierto queretrocedióy a esto se atuvo el héroe.

-¡Cobardes! -gritó en seguidaebrio de entusiasmopartiendo hacia losocultos invasores. -¡Huís de un hombre soloviejo y desarmado!... ¡Dadme lacarabandidos!

Esta baladronadaque puso en evidencia su pequeñez y su soledadperdió adon Valentín. Sin ellaacaso hubiera corrido aquella noche detrás del enemigoalucinado. Pero éste se rehizo con la advertenciay se encaró con el extrañoretador.

-¡Matadle -dijo el que mandaba allí-si no se entrega callando!

-¡Entregarme yo! -exclamó don Valentín-¡y a vosotrosinfames!...¡Muertosí; pero rendidonunca!... ¡Viva el Duque!

Y se lanzóblandiendo el sableal enemigo quea su vezle embestía.

-¡Viva la lib!...

El infeliz no acabó de dar este segundo grito de su heroico ardimientoporque se sintió oprimido y atropellado por aquellos hombres; los cualesalverle -un momento despuésen el paroxismo de su rabiacaer de espaldas en lacalleja y quedar inmóvilcreyéronle muerto o poco menosy allí le dejaroncontinuando ellos el camino que antes llevaban.

Ya sabemos cómo respondieron dos de los más irrefleXIVos de la partidaalgrito casual de don Juan de Prezanes; y es de saberse ahora que el lance nohubiera concluido asía juzgar por las trazassin el otro tiro que sonóhacia la iglesia y puso en precipitada fuga a los invasoresseñal de queandaban con poca tranquilidad y perseguidos de cerca por enemigos más seriosque el pobre don Valentín.

El cual permaneció muy cerca de una hora tendido sobre el fango de lacalleja; y allí se hubiera muerto de fríoya que no de los golpes o de lacorajina que tal le habían puestosin la llegada de Juanguirle y de algunasotras personas que le acompañabanentre ellas Niscoarmadas de sendosgarrotesexcepto el montanero y el alguacilque llevabanpara estorbo ycompromisocomo ellos decíandos fusilones de chispa.

Comenzaba a moverse un poco y a balbucir palabras inconcxas en el momento detopar con él la ronda.

-¡Siempre me temí yo algo de estovoto al chápiro verde! -dijo el alcaldeal levantar a don Valentíncogiéndole por debajo de los brazos; -aunque nuncapensé que llegara a tanto. El diablo me lleve si no está a punto de entregarel alma... ¡Agarray vusotrospor las patasmuchachos!... ¡Uf!... ¡cómo estáde barroel infelizhasta el cogote! Vamosseñor don Valentínun poco deánimoque la cosa no es tanto como aparenta. Dígote que fue suerte para todosque al demonio de Lambieta le moviera la curiosidad de los tiros y saliera atiempo de ver correr a los causantes vega abajoy me diera parte y saliera yotambiény se viera lo visto y se discurriera lo discurrido-que si noaquífenece esta noche el venturao del hombresin tus ni mus. ¡Voto a bríoshaco ybalilloque hubiera sido caso de andar en copias!... ¿Estáis ya? Pues hágaseahora la silla con los brazos... ¡Ajá!... Túpor aquíNisco... Sostenletú la cabeza por atrásOgenio... ¡Jum! mucho la zarandea para cosa buena...Apanay vusotros

esa espada y ese murrión... ¡Mil demonios si no hace media fanega larga elsandifesio! y a todo estoel su hijo... ¡por vida delchápiro verde! pondríalas orejas a que anda por onde no debe. ¡Cuando no espante yo de una vez a esapingolondonaafrenta dellugar y acabación de las casas honradas... voto abriosbaco y balillo!... ¿Qué tal vamosseñor don Valentín?

-Mal-respondió el pobre hombrecon apagada vozmientras con todo sucuerpo inertemovido arriba y abajo y de un lado a otromarcaba el andardesconcertado de los mozos que le conducían.

Así llegó a casadonde le recibió Sidora entre aspavientos ydeclamacionesy se trató de desnudarle para meterle en la cama.

-¡Eso no! -dijo don Valentín. -Nadie me despoje de lo que llevo encima. Yaque no me ha valido para banderaquiero que me sirva de mortaja. Con eso no loprofanará nadievendiéndolo por un vaso de aguardiente.

-¿Quién piensa en mortajas ahorapor vida del chápiro verde?

-Yohijoyo... yoque me muero sin remedio... ¡Siento un frío... Y unadebilidad!...

-¡Algo calientey un vaso de buen vino! -gritó Juanguirle encarándose conSidora; -y si no lo hay en casaa la mía volando por elloque guardadas tengocuatro botellas de la Nava ranciopara estas ocasiones.

Corrió Sidora a la cocina por una taza de caldo del que reservaba todos losdías para comienzo de la cena de don Valentín; y descerrajando la alacena dela salapor no parecer la llavese sacó una botella de vino blanco quedenunció la fámula.

Probó con dificultad uno y otro el extenuado y yerto veterano; reanimóse uninstantey dijomieltras le envolvían en mantas sobre la camapero sindesnudarle:

-Estos fríos no se curan a la lumbre... Son los de la muerte. Por tantoquevenga el curay a escape... que cristiano soy ante todo... Y como cristianodebo y quiero morir.

Fueron en busca del cura dos mozos de los allí presentespues uno sólo nose atrevía en noche de tales peripecias; y en tantopreguntó don Valentín:

-¿Y el perjuro?

-Ajuyó al monte tan aína como pisó a Cumbrales -res- pondió Juanguirle.-Y ello ¿tropezóle ustéo qué fue lo que así le puso?

-Topé con élJuan... por la misericordia divina... Acometíle comodebía... solofrente a frente... Arrollómeporque eran muchos... sentímegolpeado... caí... acabórne de aturdir un golpe en la cabeza... Y no sémás... Pero si huye el inicuo... ¡bendito sea Dios!... ¿quien piensa en otracosa?... De todas manerasyo bien conozco ahora que ciertos asuntos... nodebieran tomarse tan a pechos... pero no lo puedo remediar... Muriendo asímuero a mi gusto... Esa es mi ley... Obscura fue la hazaña y no servirá deejemplo... ni el Duque la conocerá... pero Dios la ha visto... ¡Viva elDuque!... ¡Viva la!...

No pudo más el pobre hombre. Quedóse inerte y amarilloy todos pensaronque allí acababa; pero volvió a reviviry diéronle otro sorbo de vino.

En esto entró don Baldomeroque nada ignoraba yaporque se lo habíandicho los mozos que iban por el curaal encontrarle en el Campo de la Iglesia.Presentóse más encogidotorvo y desaliñado que de costumbre; y con esto solopintó la pena que le causaba el sucesosi es que alguna sentíareal yverdaderamente. Así se acercó a la camasin desplegar sus labios ni sacar lasmanos de los bolsillos.

Vióle don Valentíny clíjole:

-Solo te quedasBaldomero... porque yo me voy... la verdad sea dichasingran pena de no volver a verte... aunque un poco mayor que la tuya... porperderme de vista... Eres un adány no espero que te enmiendes... peroya quepor ti no lo hagas... por el honor de tu padre... no acabes de perder lavergüenza al acabar con lo que te dejo... Conserva a Sidoraque ha sido muyfiel y cuidadosa... págala en seguida la manda que le hago en el testamento...que hallarás entre mis papeles... aléjate de ciertas compañías... acércatemás a Dios... Y aparta allá un poco ahorapara que yo piense en Él mientrasllega el señor cura.

Fuese a la sala don BaJdomeroy allí se dejó caer en una sillacon laspiernas estiradas y la cabeza caída sobre el pecho. Juanguirle mandó despejarpor completo el cuartoy él mismo dio el ejemplo; pero sin perder de vista almoribundo hasta que llegó el señor cura.

Se confesó don Valentín despacio y biencomo hombre que era de muchacuenta y razónaunque las de su conciencia las

saldaba cada añoy no eran complicadassegún el lector habrá idocomprendiendo; recibió después el Viáticoy luego la Unción; hasta queapoco más de la media nocheapagándose el último soplo de su vidaentregó aDios el almalimpia y candorosa como la de un niño.

Quedóse Juanguirle con algunos de su ronda velando el cadávery se acostódon Baldomero.

Amanecía apenascuando llego a la puerta del estragal una mujer. Conociólaen la voz Juanguirlesalió a su encuentro y la apostrofó asíatravesadodelante de ella:

-¿Aónde vas'? ¿Qué buscas'? ¿Ouién te llama aquí'?

-¿A usted que le importa'? -respondió con desgarro la mujer.

-¡Voto a brioshaco y halillo -exclamó Juanguirle-quesi un poco meapurasharé que valga mi autoridad y te lleven aoride no te de el sol en muchotiempo!... ¡Tadaymoscalindrona!`

-Sepa usted que vengo aoride puedoy en busca de lo que es mío.

-Tadayzarramplinga!` Si algo te deben y de algo vos re muerde laconcenciabien que lo cobres y la pongáis en gracia de Dios... Y aticuenta quepoco se pierdeporque tal para cual; pero a su tiempo: no ahora ni aquí...¡Aguarda siquiera a que saquen de casa al quevivonunca te hubiera dejadoentrar en ella!

-¡No es usté quién para mandar en este sitio!

-Para cerrarte la puerta a ti y a cuantos jedores como tú la quierenapestartodas las casas de Cumbrales son mías. ¿Lo entiendescárabo -?92Pues vuélvete al monteo te escurro yo a guantás... ¡Y mira que a mí no mela dáis con la pamema de lo del muriocomo al simplón de tu vecino!

Con esto se volvió Juanguirle arribaporque la mujer aquélla se largóhecha un veneno.

- XXIX -

Lo del murio

A1 grito de don Juan de Prezanes y al fragor de las ventanas hechas trizasacudieron las criadas que estaban al otro extremo de la casa. Halláronletendido en el suelojuzgaronle asesinadoaturdiéronse; ysin otrasaveriguacionescorrieron despavoridas a casa de don Pedro Mortera.

Aunque no dijeron cuanto pensaban y sentíansus palabrasy más que suspalabrasel modo de decirlasprodujo el efecto que es de presumir; y entreaspavientos y gritostrasladóse en un verbo la familia enteracon sirvientesy adherentesa casa de don Juan de Prezanes.

Ya estaba éste de pie- pero aturdido y medio alelado. Entro don Pedrodelante; y al oirle hablar con su amigolos que detrás ibanllevando medioacongojada a Anaavanzaron en tropel. Todo lo que antes era angustiase trocóen curiosidad al ver el aspecto que ofrecía el cuarto sembrado de astillas y decascos de vidrioy en medio don Juanque no acababa de romper a hablar. Ana secolgó de su cuello; y aunque le colmaba de cariciasanhelante y llorosaelhombre parecía una estatua.

Al finrespondió al torbellino de preguntas con que le acosaban por todaspartes:

-¡Yo no sé que demonios puede haber sido!... Estaba poniéndome elsombrero... es decirme te había puesto yapara salir en busca tuyahijamía... De prontooí ruido hacia la callejaabrí un poco esa ventanay...ipin! ¡pan!... todo fue estruendo a mi alrededorcomo si la casa sedesplomara. No sé si alguna astilla... o el sobresalto; pero es lo cierto queaquí me viun momento hacetendido en el suelosin poder darme cuenta denacia... luego entrastéis vosotrosy he recordado esto poco quc os refiero.Nada en substanciacomo véis... Pero ¿quién demonios soltó los tiros cuandoyo... es decircuando abrí la ventana'.'... ¿Habéis oído algo vosotrosPedro?

-Nosotros -respondió éste-oímos esos tiros de que hablasy otro máshacia la iglesia; y precisamente estábamos disputando sobre si habían sidotres o dos y el eco de elloscuando llegaron tus criadas que te vieron aquítendido al acudir al grito que diste.

-¿A qué gritohombre? -saltó don Juan apresuradamente. -¡Si yo no dijeuna palabra!

-Por lo que refirieron las muchachas -añadió don Pedro con socarroncría-lanzaste un ¡ay! terriblesin duda ai caer...

-¡Vamos!... al caer. Síporque lo que es antes de los tiros...

Al decir esto don Juan se estremeció de pies a cabezaen una convulsiónnerviosa.

-Lo esencial es que hayas salido fleso de la catástrofe -prosiguió donPedro mientras los demás no apartaban los ojos de don Juanquepoco a pocoiba serenándose. -¿Quieres tomar algo?

-Nadanada... una taza de salviasi acasoporque estoy algo nervioso.

Voló Ana a preparar el antiespasmódicoy tornó a preguntar don Pedro a sucompadre:

-¿Estás seguro de no haber recibido herida ni golpe?

-Ya lo véis... nada sientonada me duele... digo malun coscorrón debotener aquí...

Teníaen efectodon Juan un chichón en la cabeza; pero cosainsignificante.

-Sin duda contribuyó este golpe -dijo don Pedro-a que perdieras el sentidocuando caíste.

Y añadió por lo bajoal oído de su mujer:

-Apostaría las orejas a que tu compadre hizo una barbaridad. Aquella voz queyo oí antes de los tirosfue la suyano me cabe duda.

-Peroa todo esto -insistió don Juan de Prezanes-¿de dónde salieronaquellos dos tiros cuando yo grité... es decircuando abrí la ventana?

Y se estremeció de nuevocomo si le asaltara un escalofrío.

-Pues nadie lo sabe -respondiéronle-como no se sabe quién soltó el dehacia la iglesia.

-¡El demonio ha andado suelto aquí esta noche!

-Días hace que no huelga en Cumbrales.

-En finde buena te has librado.

-Sísí... Y hablemos de otra cosasi queréis-concluyó don Juanvolviendo a estremecerse.

-Es que el asunto es gravey hay que averiguar...

-¡Vaya si lo es! Pero dejad siquiera que me tranquilice antes un poco.

Llegó luego Ana con la infusión de salvia; tomóla el sobrexcitado señory se entonó mucho; pero no dejó de temblar cada vez que salía a colación elcaso de los tiroscaso que no cesaba de salir.

Media hora después apareció Juanguirle en la sala con la gente de que lehemos visto acompañado en el capítulo anterior. Iba desaladog porque lehabían referido horrores de lo ocurrido en aquella casa.

-¡Pícaros! -dijo cuando se enteró de la verdad. -¡Si la intención es loque valeen garrote vil acabéis!

-Pero ¿quién fue? ¿Llegaremos a saberlo al fin? -preguntaron a Juanguirle.

-¡Quién había de servoto a briosbaco y balillo! El faicioso mesmo-respondió el alcalde.

-¡Demonio! -exclamó don Pedromientras don Juan se estremecía y lasmujeres se miraban sobresaltadas.

-Pero ¿dónde está ahora? -preguntó Pablo.

-Caminodel montesegún mis noticias.

-Así me lo explico yo todo -decíaen tantodon Juan: -siendo ellosnaturalmente habían de responder... es decirtenían que hacer una de lassuyas. Vieron luzvendrían acosados...

-¡Vea usted si don Valentín estaba en lo cierto!

-¡Don Valentín! -gritó don Juan de Prezanes. -Ahora recuerdo quepocoantes del sucesoestuvo aquíde gran uniforme. ¡Desdichado de él si le hanvisto con aquella arboladura!

-Pues a rondar vamosseñor don Juan -dijo el alcalde: -y si no se lellevaronque lo dudocon él hemos de dar. Conqueya que no hacemos faltaaquídespués de dar el parabién por lo poco que ha sido en comparanza de loque pudo ser...

-Pero ¿quién los ahuyentóJuan? -preguntó don Pedro.

-Se cree que un tiro que oyeron hacia la iglesiao que creyeron oír: talvenían ellos de recelosos y perseguidos. El in- tento erasegún vocesllegara mi casa y pedir racioneso cosa que lo valiera... Conque lo dichoy a la pazde Diosque varnos a recorrer el pueblo para ver el rastro que han dejado.

Salió Juanguirle con su gentey ya sabemos que halló a don Valentín;cómo le halló y lo que aconteció en su casahasta que amaneció el nuevodía.

Una hora despuésmientras las campanas doblaban a muertoel alcaldeacompañado solamente de Nisco y del alguacilcontinuó la rondainterrumpidadurante la noche por los narrados sucesos; pero la mayor parte de los vecinos nisiquiera tenían noticia de lo acontecido. Felicitábase de ello el alcalde; yya iba a dar por concluída su exploracióncuando se le ocurrió detenersedelante de la choza de la Rámila. Digo que se le ocurrióporque su primeraintenciónpor consejo de sus acompañantesfue pasar de largo. ¿Oué habíade buscar allí nadiey mucho menos gente hambrienta y fugitiva? Y aunquehubiera ido alguien... Y aunque hubiera matado a la bruja¿qué? Estareflexión no se la hizo Juanguirlepero se la hicieron sus acompañantesypor eso le aconsejaron tan inhumanamente.

-Criatura es de Dios como nosotros -dijo el alcalde después de vacilar unmomento-y derecho tiene a mi amparo como la que más.

Y entró resuelto en la choza; cosa que le costó bien poco trabajoporquela puerta estaba entreabierta y desquiciada.

En el rincón de la izquierda había una mísera cama sobre un zarzo` viejosostenido por cuatro estacas; y en aquella cama yacía la Rámilaquejándose ycon la cabeza entrapajada. A las preguntas de Juanguirle respondió:

-Yo no sé qué decirtehijo de Dios. En la cama estaba y oí golpes a lapuerta y el hablar de mucha gente. Pedían agua para bebery pareciómeentenderles que querían saber por dónde se iba a casa del alcalde. Levantéme;los porrazos iban a más; y al ir a correr la llavesaltó la puertadióme enla cabezacaídescalabréme de esta otra partey medio me descoyunté estebrazo. Atontecióme el golpe... Y ahí me estuve en el suelolo

más de la nochesin saber lo que hicieron aquellos hombresque meparecieron armadosaunque no lo juraraporque con el golpe de la puerta sobrópara que yo no viera más por entonces... Creo que esto no sea cosa de muerte;pero me resquema y me duele mucho. Sola me veo y sin más amparo que el de Dios.Ya que Él te trae acáhazme la misericordia de decir en casa del señor donPedro cómo me hallo... Y de enquiciar esa puertasiquiera para que las bestiasno entren aquí mientras yo no pueda salir de la cama... si está de Dios que hede salirpara jalar otro poco de la cruz que arrastro por el mundo.

El bueno del alcaldepor de prontoy al saber que la pobre vieja estaba enayunasmandó a su hijo y al alguacil a buscar a las casas más próximas loque con mayor urgencia reclamaba el estado de la infeliz; le reconociómientras aquéllos volvíanlas heridas de la cabezaque eran varias aunque nograves; las lavó cuidadosamente y las cubrió de nuevoúnico bálsamo de quepodía disponer allí donde no había gota de aceite en la alcuzani casco querevelara que había contenido jamás un sorbo de vino; y cuandopasado un ratoestuvo más consolado el estómago de la Rámila con lo que trajeron el alguacily Niscofuéronse los tresno sin enquiciar antes la puertabien seguroJuanguirle de quetan pronto como relatara aquella gran necesidad en casa dedon Pedro Morterade nada carecería ya la infeliz menesterosa.

Cerca de la iglesiade vuelta para su casaencontró Juanguirle a Tablucas.Preguntóle éste por el resultado de su exploracióny contóle el alcalde elpercance de la Rámiladándole por remate y en chanza la enhorabuena. Tablucasse puso pálido.

-¿Onde tiene las heridas? -preguntó al alcalde.

-En la cabeza-respondió éste.

-¿Muchas?

-Varias.

-¿No muy grandes?

-Asíasí... regulares.

--Conqueregulares... Y ¿no se queja de más?

-Un brazo del mismo lado tiene también de mala manera. -¡Del mismo lado!...¡y puede que sea el derecho!

-El derecho es.

-¡Córcia!... ¡el derecho! ¡Conque el derecho!... ¡Y puede que diga quetodo ello resultó de una caída!...

-Eso afirmay verdad será; no porque lo que yo he visto

no pudiera ser lo mismo de arma de fuegoy de refilónsegún está elpellejo como una criba.

-¡De arma de fuego!... ¡de refilón! ¡Maríamadre de gracia!...¡Córcia!... ¡córcia!... ¡córcia!...

-¿Qué mil demonios de piojera te roeque no parasalma de Dios?

-¡No es cosano es cosa!... Es que ando yo así tiempo hace; y luego¡tanto se corre hoy de unos y otros!... Y ¿no barrunta ella cómo fue?

-¿Pues no te relato punto por punto? ¿A que acabas por llorarla después dehaberla plagado de maldiciones? ¡Por vida delchápiro verdeque si te entiendome atenacen!

-¡Córcia!... ¡y luego dirán de uno que si tornaque si vira!... ¡La luzmesma no es más clara que ello! ¡María Santísima de la Encarnación y elSursui--ncorda Paráclito y Unigénito!...

Esto dijo Tablucas santiguándose aturrullado y tembloroso; se volvió haciasu casay apretó a andarsin despedirse del alcalde que le vio alejarsesantiguándose del asombroa su vez.

¡Era muy singular aquel Tablucas!

Ya nos dijo en una ocasión que tenía en el magín un proyecto para acabarcon el mal demonio que le perseguía. Desde entoncescomo también sabemossuvida fue una incesante agonía: cada nochelos tamborilazos a la puerta; cadalunael perro en el murio. A todo estosolo con una familia y entregado conella a los horrores de su tribulación; porque pensar que nadie entrara enaquella corralada después de anochecerera pensar los imposibles. ¿Quién erael guapo que a tanto se atrevía? Alguienbien acompañadopor supuestoseaventuró a pasar por la callejamuy cerca del muriomientras brillaba la lunaa más y mejor; pero nada vio encima del ruinoso paredónsino los mencionadoscantosque se bamboleaban cuando apretaba el vientoy un ramajo tisico delaurel que asomaba entre ellosde medio lado. De aquello no resultaba forma deperro ni de cosa que se le parecieray esto convenció al valiente explorador ya las gentes que le oyeron despuésde que lo que veían Tablucas y su familialo veían ellos solosporque para ellos solos se mostraba allípor arte deldemonio.

Lo cierto es que Tablucas no pudo másy que un día le pidió la escopeta aResquemín. Díjoleen confianzapara qué la quería; y el taberneroque erasupersticiosono solamente se la diosino que le aplaudió el intento.

-Apunta bien y a cañón posao -le dijo al entregarle el arma: -de oreja apeletilla; que en estos casos no está el mal en tirar al enemigosino endejarle vida para vengarse... ¡Jinojo!

El mismo Resquemín cargó la escopeta con un puñado de pólvora y mediomaquilero de metralla. Un palmo asomaba la baqueta fuera del cañón después deapretado el último taco. Puso también la cápsula en la chimeneaypor sifallabadio a Tablucas media docena de ellas.

Puesseñorque se fue Tablucas a casa al anochecerprecisamente cuando elpobre don Valentín salía de la suya a la del alcalde. Reunió la familia en lacocina; declaró ante ella su pensamientoy terminó el discurso con estaspalabras:

-Porquehijos míosesta vida no es para llevada mucho tiempo; y aquítraigo la muerte o la salvación de todos. Si retingla` muchotaparvos lasorejas... lo peor será para mí; pero lo que es tiraricórcia! lo que estirartiro aunque se me venga la casa encima.

Después se trató de cenar: ¡para cenar estaba la familia de Tablucas! Asícomo asíno había quésino un poco de borona fría y unos cascos decebolla. De modo que cuando salió la luna y se oyeron los tamborilazos a lapuertayentre la consternación de su mujer y sus hijosempuñó la escopetay subió al desván Tablucascasi podía éste comulgar. ¡Y bien le hubieravenido al pobresegún lo trasudadoamarillo y congojoso que iba!

Por últimose acercó a la ventanase tumbó en el suelo boca abajoy poruna rendija muy ancha miró... ¡Allí estaba el perrazomitad blancomitadnegrocon la boca abierta y los ojos saltonesfijos en la ventana; de medioadelanteechado sobre las manos tendidas; de medio atrásempinado y con elrabo tiesoen actitud de lanzarse sobre la presa a la menor provocación!Tablucas cerró los ojos y pensó desmayarse. Luego se reanimo un poco.

-Veamos -se dijo-qué cara me ponehaciendo que tiro.

Y sacó con mucho pulso el extremo del cañón por la rendija; le apoyó enla misma tabla; hizo la puntería... Y nada: el perro inmóvil como un canto.Alentó aquello al hombre; resolvióse; apuntó donde le dijo Resquemíny¡Virgen de los Milagrosqué estruendo bajo aquel techo carcomido! ¡quéllover cascotes el

tejadoy qué rodar Tablucas por el suelo con una astilla de la culata en lamanoúnica porción que a la vista quedaba de la escopetatan bestialmentecargada por el tabernero!

Aquel tiro fue el que se oyó casi al mismo tiempo que los otros dosenderezados a don Juan de Prezanes.

Pero el perro no estaba ya en el murio.

-¡Ya lleva lo que necesitacorcia! -exclamó Tablucas cuando se cercioróde elloy no le vieron tampoco su mujer y sus hijosque subieron al desváninmediatamente. -Lo peor es que de la escopeta no queda más que esta pizca;pero él se empeño en cargarla tantoy con su pan se lo coma.

Un muchacho tropezó luego con el resto del arma en un rincón del desván.No había reventado el cañón; solamente se había partido la cajay estoafirmó a Tablucas en la idea de que el tiro no se había extraviado en elcamino que llevaba.

Que el suceso causó verdadero regocijo en la familiano hay que decirlo.Hasta se atrevió Tablucas a salir fuera de la portaladapensando hallar elperro descuartizado al pie del murio.

-Aquí hay unos cantos que antes no había-pero no hay señal de perromuerto ni vivo -dijo la mujerque le acompañaba. -¡Toma!... ¡y son los dearriba que ya no están allí!

-Habrán caído con el perro -contestó Tablucas con el mayor convencimiento-Y el que él no esté aquíno te pasme ¡córcia! que esas gentes no fenecencomo nusotrosy suelen convertirse en jumera hidionda... Pus mira que algo deella me da en la narizo yo no sé agoler ya... De toas suertesmañanaamanecerá Dios y se verá lo cierto. ¡Ahcórcialo que va a verse!

Ahora comprenderá el lector por qué a Tablucas le causaron tan hondaimpresión las noticias que de la Rámila le dio el alcalde.

Llevólas a casa y después a la tabernamuy en confianza; y como aquellanocheaunque alumbró la lunani hubo tamborilazos a la puerta ni perro en elmurioafirmóse más Tablucas en sus trece; y fue rodando la bolay todoCumbrales lo supo al día siguiente; y muy pocos dejaban de creer que lo que ala Rámila le dolía era el metrallazo de Tablucas.

Mas el triunfo de este pobre hombre no fue completo. Había logrado demostrarque la bruja no era invulnerable; quizá dejar descubierto un camino por dondeotros podían llegar hasta matarlao matar a otras tan brujas como ella; perola Rámila vivía; y aunque en el murio no se la vio más ni en la puerta seoyeron sus garrotazosla bruja no podía dejar de vengarse; y el temor deaquella venganza fue el espadón que tuvo sobre su cabeza el pobre Tablucas;temor tan insufrible como las apariciones del perrohasta que Dios dispuso dela infeliz anciana y se la llevó a mejor vida que la que le cupo en suerteentre los crédulos campesinos de Cumbralesque no se han curado todavíanise curarán jamásde esas flaquezascomo tantas otras gentes que no son deCumbralesni montañesasni campesinas.

- XXX -

Rebanaduras

Esto se acabalectory ¡ojalá te pese de ello! Por mi gustohubierasoltado la pluma después de escrito el capítulo que antecedepuesen rigorde verdadtodo lo que a decir voy no vale dos cominosy ya no ha de salvarmesi lo que atrás queda tira de mi pobre fama hacia lo hondo. Pero allá vaporqueal finsoy hombre de cuenta y razóny hay lectores que no perdonan nilos maravedís delpico.

Enterrado don Valentín-exterminado el perro del murio; hartos los vecinostodos de Cumbrales de hablar de los sucesos de aquella nocheque hicieronpalidecer el recuerdo de los del domingo de marrasy atreviéndose ya Tablucasa volver solo a su casa a todas horasacabó el pueblo de normalizarse con lanoticiaoficial y auténticade que no quedaba rastro de facioso en muchasleguas a la redonday con la no menos grata y comprobada de queal marcharsese había llevado por delante al Sevillanoquedesde la felonía hecha aPabloandaba fugitivo de pueblo en pueblo y de encrucijada en encrucijadaenuna de las que fue atrapado y metido en filas; lance que deploró Chiscón engran maneraporque pensaba resarcirse de todas sus pesadumbres descoyuntandolos huesos al pícaro matasiete que tanto le había comprometido y desacreditadoa él.

Estando así las cosas y reinando otra vez el Suraunque con intermitenciasde chubascosporqueal caboasomaba diciembre; restablecido Pablo porcompleto y terminados los pertrechos de bodadon Juan de Prezanes...

¡Era muy raro lo que le acontecía a este señor desde los tiros aquéllos!Se había convertido en una malva. Tan suave y

tan dócil era. Por de prontole dijo a don Rodrigo Calderetasdespués deponerse de acuerdo con don Pedro Mortera:

-Que no cuente conmigo el marqués de la Cuérnigani ahora ni nunca. Por lodemásaquí le queda el campo para que le explote a su gusto; pero será mejorque no se acuerde de ellopor si acaso. Lo mismo digo por el barón deSiete-Suelas y por cuantos personajes de su calaña traten de merodear por estatierra bajo el amparo de usted o de cualquier otro en quien recaiga elvirreinato cuando usted le deje o le pierda. Yo me permito aconsejarle otra vezmás que le dejeen alivio de todos y especialmente de usted mismo. ¡Qué biense está asícomo yo estoy ahoraen paz y en gracia de Dios y con los nerviosen reposo perfecto!

No era perfectosin embargoel reposopuesto que a menudo le acometíanaquellos estremecimientos momentáneosque ya observamos en él en la noche delos tiros. De tarde en cuando le decía el temperamento: «aquí estoy»yquería el jurisconsulto como emberrinchinarse; pero en seguida recordaba laúltima corajina que había tenido; asaltábale el temblor de arriba a abajo;pedía por Dios que se cambiara de conversación; complacíanle todos de buenaganay se quedaba hecho unas dulzuras.

Pues digo que estando así don Juan de PrezanesPablo restablecido y lospreparativos terminadostal ansia mostró porque las bodas se celebraranprontoy tan de acuerdo estuvieron con él los cuatro noviosque no hubomanera de contrariarle... Y se celebraron las bodas antes que mediara diciembreen un día de sof esplendorosoaunque muy frío de crepúsculos. Pero ¿quéimportaban estas leves crudezas a los que llevaban la primavera en la mente y elestío en el corazón?

CasáronsepuesAna y Maríay casóse tambiénal mismo tiempoNiscocon Catalinaa quien llenaron de regalos las dos venturosas jóvenescomoPablo llenó a Nisco de otros no menos valiosos y adecuados. Fue aquél un díade fiesta para Cumbrales; pues entre deudosamigos y curiososse llevaron decalle todo el vecindario. ¡Bien le fue entonces a la Rámila! ¡Bien les fue atodos los pobres! ¡Bien le fue al curaysobre todoa los muchachos que leayudaron! Entre ellos-andaban Cabra y Lambieta. A más de cinco realespartieron¡que ya es partir! pues nunca llegó

a séis cuartos lo que sacó en los casorios y bautizos más solemnes cadamuchacho de los arrimados allá.

A propósito de la Rámila. Don Pedro Mortera le habilitó -una casita conhuerto que tenía cerca de la suyay allí pasó los poquísimos anos quevivió todavíarelativamente feliz y descuidada. Resquemín la surtía de panno de muy buena gana. aunque por cuenta de don Pedroy Tablucas lo censurabaaltamente. María no se cansó nunca de mirar por ellaaunque la Cotorrona sele arrimó muchas veces al salir de misa para aconsejarla que llevara suscaridades hacia otro ladoporque hacer bien al demonio era ofender a Dios yperder la limosna.

Ya ve el lector cómo va acabando esto no del todo mal que digamospor loque toca al paradero de cada personaje. Casi resulta un cuento ejemplar de lomás edificanteporque hay que añadir a lo dicho que la mujer aquélla quedespabiló Juanguirle desde la escalera de don Valentínvolvió a insistir aldía siguiente; y como no estaba allí el alcalde entoncesentróy no volvióa salir; porque don Baldomerodespués de pagar a Sidora la manda de su amolaplantó en la calle y dejó en su lugar a la otraque era la viuda de marras. Yquedándose allí la viudacomenzó a mandar en casa más que su dueño; ymandando asímandóle un día que se casara con ella; y casóse don Baldomeroque a aquellas fechas (dos semanas después de la muerte de su padre) dio entomar cada curda' de aguardienteque ardía. Pero las tomaba en casaa cuentay mitad con su mujer; y esto siempre era una circunstancia atenuante.

Excuso decir a ustedes que a Juanguirle no pudo hincarte el diente elsecretario; antes fue éste quien estuvo a pique de ir a presidioporque elalcalde le rebuscó los pliegues y le halló el contrabando. ¡Qué cosasdescubrió! Pero tuvo lástima del pícaroque era padre de familiay seconformó con quitarle el destinoa ruego de don Rodrigo Calderetasque secomprometióen cambioa no volver a amparar a ningún tunante; y lo cumplióentonces uniéndose a sus amigos de Cumbrales para perseguir a Asaduras y a suprotegido el de Siete-Suelas; por lo que aquel año no hubo elecciones allí porfalta de candidato.

Y en estoavanzaba diciembre; desapareció por completo el Sur; y aunque laalfombra de verduracon todos los imaginables

tonos de este colorcubría la vegala sierra y los montesporque estasgalas no las pierde jamás el incomparable paisaje montañéslos desnudosárboles lloraban gota a gota por las mañanas el rocío o la lluvia de lanoche; relucía el barro de las callejasporque el sol que alumbraba en losdescansos de los aguaceros no calentaba bastante para secarle; andaba errabunday quejumbrosa de bardal en bardalarisca y azoradala negra miruellaque enmayo alegra las enramadas con armoniosos cantos; picoteaba ya el nevero' en lascorraladasy acercábase el colorín al calorcillo de los hogares;derramábanse por las mieses nubes de tordipollos` y otras aves de costaarrojadas por los fríos y los temporales de sus playas del Norte; blanqueabanlos altos picos lejanos cargados de nieve; cortaban las brisas; reinaba lasoledad en los campos y la quietud en las barriadas; iba la pación de capacaída; y mientras al anochecer se arrimaban las gentes al calor de la zaramadaardiendo sobre la borona que se cocía en el llary se estrellaba contra lasparedes del vendaval la fría celliscala aguantaba el ganadode vuelta de lasencharcadas y raídas miesesrumiando a la puerta del corralcon el lomoencorvadoerizado el pelola cabeza gachael cuello retorcido y el rabo entrelas patas; señaleséstas y aquéllasde que se estaba en el corazón delinviernonunca tan triste ni tan crudo como la fama le pintani tan malo comomuchos de ultrapuertosque la gozan de buenos sin merecerla. Pero otrasinjusticias mayores comete todavía esa señora con la Montaña.

¡Qué suerte la mía si con este librejoya que no lo haya logrado contantos otros informados del mismo sentimientoconsiguiera yolector extraño ypíodarte siquiera una ideapero exactade las gentesde las costumbres yde las cosas; del país y sus celajes; en findel sabor de la tierruca!

POLANCOoctubre de 1881.




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