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El sochantre de mi pueblo

Ginés Alberola

- I -

Limpia como los chorros del agua y madrugadora como las alondras del campoIsabelde antiguo había puesto singular empeño en que la escuela regentadapor su padre apareciese a diariodesde el amanecercon el bruñido brillo quelos almirecesvelonescalderassartenesperolasollasplatosaparecíancolocados por los testeros de la cocina y sobre el pretil de la chimeneaen laparte de casa reservada a la familia.

La escuelacomo el hospitalcomo la cárcelcomo el cementeriocomo todoslos establecimientos públicos por las regiones meridionalescarece en absolutono ya de esplendorsino hasta de condiciones higiénicas. Se cuidan más losedilescon su alcalde a la cabezaen las horas del reparto territorial defavorecer los intereses propios que los del amigo; y mas los intereses del amigoque los del pueblo. Se atiende allí con mayor solicitud a los gastos decualquier fiesta religiosa que a los gastos de cualquier mejora pública.

Pocos espectáculos tan tristes como los ofrecidos por los ayuntamientos delos pueblosaun en sus mis solemnes sesiones. No se discute allí por el biencomúnsino por el medro y la granjería particular. No libran los ediles unoscon otros altas polémicas que tengan por fin mejorar el estado de unapoblación más o menos populosapero al fin y al cabo de una población enterase pelean como lobeznos hambrientos por repartirse el botín municipal. Losnombramientos de este alguacilde aquel serenode tal escribientede cualsepulturerointeresan másmucho más que el medio y manera de allegarrecursos para cosa tan innecesariaa su juiciocomo un establecimiento deeducación intelectual.

Así no podéis imaginaros lo que es una escuela en tales regiones de naturaldescuidado e indolente. La gloriosa revolución nuestraqueentre otras variasventajastrajera un relativo culto a la enseñanzabarrió inveteradassupersticiones e hizo que tales públicos establecimientos cobrasenen partesi no esplendorosodecente aspecto. Por la época en que nosotros colocamos laacción de esta novelay en el villorrio donde pensamos desarrollar las escenasmás interesantessus moradoressalvas honrosas excepcionesimaginabanpecaminosa y de nocivas resultas la enseñanza para la mujer. Educados en lasmás burdas supersticiones por el egoísmo de un clero ultramontanoquienpretendiera lucrarse a costa de la ignorancialos pobres aldeanos tomaban comosinónimos instrucción y prostitucióntal vez por la natural consonancia queguardan entre sí ambos vocablos. Y si había quienes transigiesen con lalecturano había quienes transigiesen con la escritura. Aun se podíaconsentir que la mujer leyerapero no se podía consentir que la mujerescribiese. La posesión de tales rudimentos en la soltera equivalía a undiploma de perdición segura; mientras en la casada equivalía a tener patentemanifiesta de infidelidad conyugal. Quien evita las ocasionesevita lospeligros. Y peligros innumerablesen sentir de aquel vulgoignaroencerrabanlos signos convencionales de la escritura. La casta doncellaquerecluida enel interior de su hogarcelada por sus padresvive seguracomo perlapreciosísima en su concha de nácarhasta donde no pueden ni los ojos máscodiciosos llegarcae rendida a veces a la lectura de cualquier billeteamorosolleno de dulces promesasde tiernos conceptosde amantísimas frases.La fiel esposaaun aquella que rodeada de sus hijos cifra en estos retoños desu corazón su venturapuede con facilidad rendirse en una mala hora y aimpulsos de una mala tentaciónfrecuentes hasta en los santosa las palabrasescritas en un trozo de papel por este afortunado y diestro libertino. Lo mejorpuespara evitar contingencias de todo en todo nefastas al bello sexoazardifícil de guardarel mejor expediente resultaba negarles todo medio decomunicación secreta con sus semejantes. Asípara evitar una desventuraproblemáticasumían por aquel entonces las mujeres en la ignorancia máscompletaque es la mayor desventura posible aquí en el mundo.

No asaltaban a los padres tales escrúpulos respecto de los varones; pero nopor esto cuidaban mejor de su enseñanza. Fuera de lo que podríamos llamarporción relativamente aristocrática del puebloantes que a la escuelamandaban las clases pobres y aun las clases medias a sus hijos a ejercer engrado más o menos superior sus respectivas industrias. La escarda del cebollinoen las bancalesla requisa de las espigas en los rastrojosel apacentamientode las ovejas por los camposla recolección de las aceitunas en los olivarescoger boñigos en la vía públicavelar por las hortalizas al rasoparecíales a los aldeanos aquellos cosa bastante más útil para sus hijos queholgar y recrearse en la escuela. Metidos a peoncillos de albañila aprendicesde zapatero o otro cualquier oficioganaban más los muchachos que metidos adeletrear palabrasa declinar artículosa conjugar verbosa trazar más omenos diestramente palotesque luegoandando el tiempopara maldita la cosahablan de servirles. Es tan cierto este horror a la enseñanzao por lo menoseste desprecio por la educaciónque los chiquillos instintivamente sedividían en aquel lugar en dos claseslos llamados estudianteso en términosvulgares cachuchas y los llamados arrabaleroso entérminos gráficos zotes o zopencos: dos bandos quienes sentían entre síodios y rencores irreconciliables que se traducían con frecuencia en bárbaraspedreascasi siempre terminadas por tremendos descalabros.

Imaginaos a tales pésimos antecedentesla serie desastrosa de consiguientesa seguir. En mezquina rinconada que dos caserones viejos y semiderruidos formanálzase el frontispicio de la escuelacuyos dos únicos balcones ostentanenlugar de expresivo rótulo o de conveniente insigniatostada por el sol y porla lluvia y el polvo ennegrecidarizada palma con su natural adorno de brotesde olivo al centrolos cualesdicho sea con todo respetodanle al edificioairesmás bien que de noble santuariode ruin taberna. Amplísimo perodestartalado zaguánen cuyo recintoa veces se amontonan los productos delcampo o las herramientas agrícolassirve de atrio o vestíbulo al que podremosllamar irrisorio templo de las letras; en tanto que reducida porción deterrenomitad corral y mitad huertodonde a un tiempo mismo se oyen loschasquidos de la palmeraen un ángulo erguidael rechinar de la poleapuestaen movimiento por los chiquillosque un pozo en este rincón mantieneelcacarear de las gallinas que pululan a sus anchas por doquierel gruñir de uncerdonombrado seapor no perder la costumbrecon perdón de tos lectoresmetido en la pocilgay a quien disputan su brebaje de salvado y patatas cocidaslas palomas que bajan del terrado y los conejos que salen de sus madrigueras;tal porción de terreno sirve de desahogo a la casa escuela y de sitio para susexpansiones a los revoltosos alumnos.

Y si la planta baja del edificio destinado a la primera educación ofrece talaspecto de solariega viviendala parte superior no lo desmiente. Subid laestrecha escaleracuya barandilla de pino aparece desgastada por el doble rocede los que a ella se asen incesantemente y de la greda y del cloruro y de losestropajos con que a diario la friega Isabelen su afán de limpiezay veréiscómo alternan las cámaras donde se amontona el trigolos porches tapizadospor los frailes del maíz o por las horcas de ajos y cebollaslasdespensas repletas de orzas con arropede rastras de longanizade uvas decuelgade granadasde melonesde productos agrícolascon el aula donde seenseña latín a los adultoscon el salón donde se enseña a deletrear a lospárvulosy con el cepo donde se castiga a los desaplicados y rebeldes. Uncuarto muy pequeño a la derecha del rellanoen el piso principalhace oficiosde aulay su mobiliario consiste en dos bancos y una mesa de maderaunapizarra que fue negra en otros tiemposy varios mapas donde estuvieron lascinco partes en que se divide el globopero de cuyos dibujos apenas quedahuella. Frente por frente de habitación tan pobre con vistas al corralsi unencerado cubierto de papel no lo impidieravese la entrada a la escuela.

Espacioso el localpero de irregulares proporcionessu techumbre en declivedescansaa manera de vasta buhardillasobre rústicas vigas horadadas por lacarcoma. Una docena escasa de bancos-mesas en pésimo uso lo amueblanymultitud de carteles llenos de máximasde alfabetos mayúsculos y minúsculosde pizarrasde mapascubren sus paredes. A un ladodescansando en las tablasde ruin tarimase alza el sillón del maestro con su mesa de escritorio alfrente y su crucifijo de escayola en lo alto. Por toda bibliotecano hay allímás que unos estantes repletos de libros viejos; por todo mueble domésticovarias perchas donde cuelgan los niños sus sombreros o sus gorras. Un punto demaderanegro por un lado y blanco por otroen la pared y al alcance de todospuestoindica a los alumnos el instante hábil para ircon la venia delprofesora los sitios excusados. He ahía grandes rasgos hechaladescripción de una escuela de pueblo perteneciente a las provincias de Levantede la quesi hoy no resta vestigiofue un tiempo modelo clásico en sugéneroasí por la rareza de su aspecto como por el método especial de suenseñanza.

En punto de las ocho serían cierta mañana de Abrilcuando terminada lalimpieza de lo que podríamos llamar parte oficial de la casaIsabel puso manoa los quehaceres domésticos. Los muchachosávidos de holganzahasta aquelentonces diseminados en todas direcciones por las calles vecinas a la escuelacon la última campanada de la para ellos hora funestaabandonaron susinfantiles juegosy en grupos más o menos numerososo persiguiéndose ycorreteando para no perder ni un minuto de recreocomenzaron a verificar suentrada. A la cabeza de los mayores en edad y más diligentes por inclinacióniba un mancebofornido de cuerpomoreno de colorde rasgados ojosde miradatristeimberbe por sus cortos añospero con apariencias y hasta señales dehombre razonador y reflexivo. Era el pasante de la escuelaa quien la hermosurade Isabel lo tenía como trastornado y fuera de sí. Alguna orden debiócomunicar a sus acompañantes Andréspues apenas traspuesto el zaguán y alpie de la escalera llegadosmientras aquéllos desfilaron sumisos condirección a la escolar estanciaél se internó tropezando en los objetos comoquien huye y dándole vuelcos el corazón como quien temede la planta bajaenla cocinadonde se hallaba Isabel preparando el chocolate para su padre.

¡Hermosísimo cuadro de género seguramente hubiera podido un hábil pintortrazar si tiene por modelos figuras tan singulares como las de estos dosenamorados y pone por fondo el interior pintoresco de una cocina campestre. Elhogar donde chisporrotearan por otras estaciones menos dulces que ésta lascepasmuéstrase apagadomás triste que la trípode fría de cualquier vestala quienpor descuidono alimentándolose le extinguiera el fuego sacropuesto bajo su custodia e inspección. Ennegrecida por el humo y materialmentecubierta de hollínla campana de la chimenea aparece brillantísima como laquilla de un barco recién embadurnado de alquitrán. A la derecha el sartenerodondeademás de las sartenesvarias en tamañovense los candiles dehierro con sus garabatos deformes. Y mientras por las paredes lucen sus toquesmetálicos los enseres culinariosy por los escudilleros se alzanfrágiles castillos formados con platostazasjícarashueveras y demásvasijasde sus correspondientes clavos penden las parrillas y las trébedes. Elgatoese tigre doméstico que pagaen su salvajismo ingénitolas cariciascon arañazosjunto a la chimenea se yergue como centinela vigilante del hogarsobre cuyo fondo oscuro se destacan su blanquísima o leopardada piel; sumovible cabezaque sigue los movimientos del circunstante; sus ojosquecompiten en brillo con el ascua roja de los tizones ardientes en la hornilla. Ypara que nada faltela hermosa aldeanavestida con el traje pintorescousualpor aquella comarca entre las gentes labradorascuyas prendas principales loforman una saya de percal o un zagalejo de coloresun pañuelo de melónunas alpargatas blanquísimasun delantal caprichosojunto al fogón veseiluminado fantásticamente el rostro por las llamas de los sarmientosdandovueltas sin cesar con ambas manos al molinillo para desleír el chocolatey asus espaldas el enamorado galánquiende puntillasse acerca ansioso desorprender en tal coyuntura a su prometida y cuyo regodeo interior muestran susojos chispeantessu boca entreabiertaque dibuja la más dulcepero tambiénla más burlona de las sonrisas. Tal era el conjunto ofrecido a la vista poreste compartimiento en el minuto de penetrar en sus espacios con cautela elenamoradizo pasante.

Isabelabstraída por completo en hacer el chocolateno se dio cuenta de lapresencia del mancebo hasta que a sus espaldas éste la saludó diciendo:

-Buenos díasIsabel.

-¡Oh! ¿Eres tú? -dijo ésta volviendo hacia su inesperado interlocutor elrostro.

-Yo soy -tornó a decir Andrés.

-¡Cómo se te han pegado las sábanas!

-No tantoIsabelno tanto. A la hora que correy son las ochohe oído yacon el fervor natural en quien de buen cristiano se preciados misasuna porel alma de mi madreque Dios tenga en la gloriaotra porque nuestros amoressean eternos Y nuestra felicidad imperecedera.

Y a estas frasespronunciadas por Andrés con mezcla de sabor dulce y amargosiguió un suspiro tan hondo y tan triste que se hubiera tomado por el resuellode cualquier moribundo.

Isabelquien ya había apartado de la lumbre la chocolatera y puéstola paraque no perdiese su calor a un lado sobre el rescoldomirando fijamente algalánle respondió con cariño:

-Me agrada sobremanera verte hecho todo un hombre juicioso; pero no me agradaverte tristecuando sólo tienes motivos de alegría y de júbilo.

-¿Y por qué no de duelo?

-Porque no.

-Tal fraseIsabelmás que una razón convincente es una afirmacióngratuita.

-¡Si lo sabré yo!

-Pues no lo sabes.

-¿Luego guardas en el pecho secretos para mí?

-No es secreto lo que advierte una simple mirada hacia el porvenir.

-¿Hacia el porvenir? ¡Qué cosas dices! ¿Si tendremos que llamarte desdehoy el rigor de las desdichas?

-¿Siquejumbroso de naturalsólo por vicio me lamentaré yo? -dijoAndrésuniendo a la interrogación de Isabel la suya propia.

-Por vicio; justamente. Esa es la palabra. Y si noveamos. Paso por alto unapágina de tu historiala referente a la pérdida de tu madredespués de todono más sensible queen mi vidala referente a la pérdida de la mía. Perofuera de esto¿hay alguna nube que pueda empañar el brillo de tu existencia?¿No se mira como en el cristal de un espejo mágico en tus ojos tu padre? ¿Nohas llegadomercedeso síal natural laborioso de tu complexióna ganartela voluntad de mi padreque te quiere como a verdadero hijo? Y a esta mujer quete hablaingratode reina que en su casa era¿no la has trocado en esclavade tus amores? ¡Si no me quieressi es mentira tu amor!

E Isabeldoblando sobre el pecho la hermosa cabezacomo pudiera una florcargada de rocío doblar la brillante corola sobre su tallocomenzó a verterraudales de lágrimas.

-¡Qué niña eres! -exclamó Andrésestrechando en un acceso de febrilentusiasmo contra el pecho a su amada.

-Muy niña; cierto. Por eso te burlas de mí -añadió con voz entrecortadapor los sollozos Isabel.

-Pero sino has dejado que te explicara...

-¿Por ventura tiene explicación satisfactoria lo dicho por ti?

-Vaya si la tiene.

-Veamos entonces.

-Serénate y escucha.

-Habla.

-La tristeza que notas en mi rostro de poco tiempo acá no puede provenircual tú misma has dichode contrariedades o desventuras pasadas; proviene depresentimientos Y recelos del porvenir.

-¿Y qué presientes? ¿Y qué recelas?

-Cosas muy tristes.

-¿No te amo con todo mi corazón?

-Sí.

-¿No eres por completo dueño de mi albedrío?

-Ciertamente.

-Pues entonces¿qué pena con su sombraes capaz de ennegrecer el cielo denuestra dicha yentristeciéndote a tisumirme a mí en los abismos de ladesesperación?

-Dentro de breves díaspor desgraciaIsabelse celebrará el sorteo paracubrir el cupo de soldados correspondiente al pueblo.

-¿Y tú entras en la quinta de este año? -observó Isabel-. ¡Cuánto mealegro! Así como asípara casarse un hombrelo primero y principal es quehaya salido de quintas. ¿Y eso te desazona? Pues si debieras bailar de gusto.

-O debiera llorar de penaque no es lo mismo.

-Dale con los vaticinios siniestros. ¡Ni que te hubiese algún abejorrodeesos que anuncian tristes nuevasvisitado de buena mañana!

-Ya sabes que no doy crédito a esas supersticiones. Ademásla primerapersona con quien topé de manos a boca hoy al salir de casaaunque vestido denegro como el animalejo que acabas de mentarno lo juzgo de mal agüeroporquefue nuestro buen sochantre el padre Francisco. Pero volviendo al tema de laconversación¿no puede muy bien tocarme en suerte una bola negra?

-Y aun cuando así fuerala ley te exime del servicio.

-Mucho aventurar es eso.

-No tanto como tú crees. Tu padre essexagenario. Y si yo no estoy malinformadate libras por esta causa de ser soldado.

-Pues aun así no me las prometo muy felices. ¡Se comete tanta arbitrariedad!...

-¡Oh! Yo espero que la Virgen Santísima de las Nievesoyendo mis súplicasintervenga en el sorteo y reserve para ti uno de los números más altos.

-¿Y si no sucediera tal? -preguntó vivamente Andrés.

-¡Ay! No me hagasni en calidad de suposiciónesa pregunta -dijo Isabelcon voz trémula.

-Pues precisa ponerse en el peor casopara no sufrir tristes desilusiones enla vida.

-Pues biensi tú cayeses soldadoyo me moriría de pena.

-No es ésanoIsabella contestación que yo apetezco. Las penasproducidas por la ausencia entre los amantes no matancual tú suponespuescontra ellasy para combatir sus estragoshay un benéfico antídoto que sedenomina la esperanza de volverse a ver. Lo que acaba con el cuerpo y con elespíritu es otra enfermedad cien veces más temible.

-¿Otra enfermedad?

-Sí; otra enfermedad que produce la muerte por desesperación; otraenfermedad quea manera de gangrenoso cáncerva poco a poco cortando el hilode la existencia.

-¿Y se llama?...

-No aprendas ni siquiera su nombre. Isabel míase llama el olvido.

-¿Y tan poca fe te inspira mi amorque me juzgas capaz de olvidarte?

-Eso quieroque no me olvidesque si por desventura llega el casocomotantas otras frívolas mujeresno des al viento tus promesas de amor y defidelidad.

Y mientras a las expansiones propias del amor se entregaba sin recelo estalinda parejalos muchachos congregados en la escuelasin persona de autoridadque los dirigieraentregábansepor su partea los excesos de una infantilpero desenfrenada anarquía. Los de índole menos perversa tomaban por campo deoperaciones para sus juegos las pizarrassobre cuyo fondo negro se entreteníanen trazar figuras grotescas. Los más fuertes apoderábanse de los más débilesyllenando sus rostros de tiznajoslos transformaban en diminutos clownsde circo. Éste vertía sobre la plana del compañero la tintadestinada en lospropósitos del maestro para otros más útiles oficios. Aquél cargaba contodos los punteros de las clases yhaciendo un haz con elloslos escondía ensitio excusado. Parecía aquello un concurso de travesuras infantilesen dondecada cual se propusiera lucir su índole perversa.

Tornaba de su cotidiano paseo matinal el bueno del maestrocuando se lesocurrió a los revoltosos discípulos una de esas diabluras quecual sueledecirsesólo son capaces de inventar los muchachos.

De prontovariosentre los más crecidosconciben la idea de hacer blancosobre cualquier objetocolocado a cierta distanciacon granzones de yeso odiminutas piedras. Y aun no han concebido tal ideacuando ya la han puesto enprácticaporque ellos no inventarán cosa buenapero su instantáneaejecución es infalible. Como a los fogonazos en las escopetas sigue el disparoen los chiquillos al pensamiento sigue la acción. Cosa o objeto que haga vecesde blanco: pues lo más inserviblelo menos útillas antiparras del maestrohalladas casualmente sobre su mesa. Sitio donde ha de colocarse tal fragilísimaprenda: sobre la barandilla del balcóna fin de no ensuciar el pavimentoaunque con sus chinitas entuerten al infeliz que pase por la calle. Distanciapara hacer los disparos o lanzar los granzones: aquí no cabe discusióndepared a pared; después de todo el espacio es reducido. Yapercibido lonecesario al endiablado juegolos chiquillospuestos en filacomenzaron aarrojar furiosamente granzones sobre las antiparras.

Sicual acontece con frecuencia por aquella regiónuna de esas nubes queparecen montañas de granitosegún su facilidad en verter a mares las piedraspasa por allíse desabrocha su seno de alabastro y arroja sobre la tierra sucarga de granizoblanqueara tantopero no blanqueara más la rinconada dondecaían los balcones de la escuela como los muchachos la blanquearon con sulluvia de piedrecillas. Ysin embargoen su natural aturdimientoninguno deellos lograhasta entoncesdisparando con aciertodarle a las gafas. Trasporfiadísimo empeñoun muchachopor finacierta a hacer blancopero conmala fortuna. A la violencia del golpe asestado por él con la piedracaen a lacalle. Todos se disputan ser los primeros en asomar sus cabecitas por la ventanaen averiguación de lo sucedido; mas todos retroceden espantadosviendo juntoal cuerpo de su delitoo sea junto a las antiparras del maestroal maestromismoen personaquiensobre el quicio de la puerta recostadoaguardabasereno el finmás o menos cómicode tan triste incidente.

Inútil decir el alboroto que armarían los escolares comentando laocurrenciacomo inútil enumerar las disculpaslas excusaslas evasivas quecada uno de ellos aduciría para esquivarse a todo género de responsabilidad.Por fin se convino en recabar a toda costa el objeto voluntaria oinvoluntariamente arrojado al arroyo. ¿Mas quién sería osado a ponerle elcascabel al gato? Si por fortuna para ellos nada había observado el maestrouna reprimenda más o menos agria daría fin a aquella casi en sus comienzosaguada fiesta. Sial contrarioavisado por sus propios gritoséste acechabacauteloso la ocasión de conocer al verdadero culpableni la Caridad en personalograría redimirlo.

Quien la hace la paga: decían los muchachos relativamente exentos de culpaa fin de obligar con esta máxima al notable lapidador de anteojos a queenmendara en lo posible el yerro. Y en efectono tuvo más remedio el infelizque la hizo que pagarla. Para disimular mejor su escapatoriay encubrir dealguna manera a los ojos del maestro su objetoarrojó a la calle una hoja deun libro. Ni tan ingeniosa treta le valió. El maestrocon las disciplinasescondidas bajo su levitasereno el rostrovaga la miradafingió dejarseengañar por el díscolo muchachoa quien permitió representar su papel segúnéste lo concibiera. «Al que hace un yerroy pudiendono hace máspor buenolo tendrás». Esto dice un refrán español. Pero el severo maestrojuzgandosin duda capaz de reincidir a su discípuloen cuanto éste traspuso losumbrales de la puertaen vez de tal sabia máximale aplicó las disciplinasy le hizo saltar como cabrito retozón en fresca y verde pradera metido. Alespoleoo mejor dichoal escozor de los zurriagazos en cierta parte mollar desu cuerpo sentidoéste corrió que se las pelaba a refugiarse en la escuela;mas como en su velocísima fuga el dómine le siguiesetomando el camino máscortointernóse en la cocinadonde a la sazón se hallabanbien ajenos decuanto acontecíacual hemos vistoel pasante de la escuela y la hija delmaestroal amparo de cuyas faldas libró su salvación el infeliz fugitivo.

Un mal mayor se sobrepone a un mal menor en todas las ocasiones de la vida yen todas las partes del mundo. A esta teoría obedienteel vulgo inventósindudala expresión proverbial que dice: como un clavo saca otro clavo. Locierto es que el maestrohasta aquel entonces sañudo e iracundo contra eldiscípuloquedóse como viendo visiones en presencia de la inesperada escenaque le ofrecíancon su tierno coloquiolos enamorados; y suspendiendo supersecuciónparóse en redondocual pudiera hacerlo un caballo desbocado alborde oscuro de cualquier sima insondabledejando escapar al chiquillodequien para maldita la cosa volvió a acordarse.

Imagínese el lector la transición brusca que se operaría en los personajestodos de tal interesantísima escena. Como débil hojuelade puro mustia yaamarillentaque el cierzo otoñal agitaseIsabel temblaba. Como torpe ladróndomésticoen el minuto de cometer sus fechorías cazado y cogidocaíase alsuelo materialmente de vergüenza Andrés. Ambos a dos los amantes aparecían ental situación ante el maestrocuyos ojos destellabanen vez de ráfagas deluzrayos de cólera; cuyo rostroora encendido a impulsos de la indignaciónora lívido a impulsos de la iraque agolpaba toda su sangre en el corazónsiempre desencajadosiempre trémulosemejaba un barómetro psicológicoindicando con certeza las tempestades rugientes en su alma; aparecíaníbamosdiciendocual viles reos en presencia de inexorable juez.

Ninguno de los tres personajes quería ser el primero en romper el silenciotemerosos unos de echarle con sus palabras leña al fuegono al quebulliciosamente ardía en el fogónsino al que en silencio ardía en el Pechodel anciano; y temeroso éste de que sus furores lo condujeran allende loconveniente. Pero la situación aparecía harto premiosa para sostenida pormucho tiempo. Comprendiéndolo así el pasantehizo de tripas corazónydirigiéndose al padre de su amadamás que pronunciarbalbuceó estas frases:

-Perdonadseñor maestroyo os lo suplicomi atrevimiento.

-Sísí; perdónenos ustedpadre -añadió con humilde y reconcentradoacento Isabel.

Don Vicente puso oídos de mercader a tales súplicasy señalando lapuerta de la calledíjole con imperio a Andrés:

-Vetevete de mi casa y no tornes a ella jamás.

-¡Padre! -atrevióse todavía a murmurar Isabeltratando de interceder porsu amante.

-Lo he decidido asíy han de cumplirse mis órdenes. Vetevete.

-Comprendo vuestro enojoy a daros satisfacción cumplida estoy dispuesto-replicó sin mover el pie del sitio en donde parecía como enclavado Andrés.

-Si no las necesito; si no las quiero -contestó lleno de febril impacienciael bueno del maestro.

-Sin embargoyo creo de necesidad presentaros mis disculpas

-Quien con premura y con insistencia trata inoportunamente de darsatisfacciones no pedidasmuestra bien a las claras exceso de malicia.

-¡Don Vicente!

-Basta. Sal sin demora.

-Yo amo a Isabel.

-¿Intentasdesdichadoapurar hasta su último límite mi paciencia?

-Intento sólo justificar mi conductaextraña a vuestros ojos.

-Está bienhabla; pero sé breveporque no respondo del tiempo que encalma podré escucharte.

-Yo amo a Isabely en alas del amor a este sitio he venido.

-¿Y creesinsensatoque tal pasión ha de lograr rehabilitarte en laopinión mía?

-Nunca nos hemos atrevido a revelaros estos amorespor miedo a incurrir envuestro enojo. Mas ya que la casualidad propicia o infeliz nos obligue a ellovoy a confesároslo todo. Como os iba diciendoyo amo a Isabel ypor fortunasoy en mi amor correspondido. ¿Queréis concedérmela para esposa? He aquíformulada mi pregunta. Sólo ahora vuestra contestación espero.

-¿Y creesnecio en tu atrevimientomi respuesta en consonancia con tupregunta? ¿Tan mentecato me imaginas que así de rondóny como la cosa máslógica y más natural del mundode buenas a primeras ceda a tusdescabelladísimas pretensiones? Andréshas errado el golpe. Noy mil vecesno. He ahí en pocas palabras expresada mi voluntad.

-Y sin que toméis por irreverente o por irrespetuosa mi observación¿podríais decirme algunas razones que abonasen tan rotunda como tristenegativa?

-Porque no quiero; porque no me place. ¿Te parecen razones de poco pesoéstas?

-¡Oh! Noseñor; al contrario. Me parecen abrumadorasaunque injustísimasy crueles.

-¡Dale con el mozo! ¿A qué porfiar tanto? He dicho que tus pretensionesademás de descabelladasson ridículasy nadie me apeará de mi burro. Hemosconcluido. Vete.

-Don Vicentepor lo que más ame usted en el mundono desatienda mis ruegosni me dejeprocediendo asímás huérfano de lo que soy -dijo Andrésposeído de intenso dolor.

-¡Padre! -añadióacongojada por las tristes emociones que las respuestasde su padre le causasenIsabel.

Pero ni por esas. Hombre de voluntad y de energía sumasD. Vicentecomo nohubiera cedido a las amenazasno cedió tampoco a los ruegos. Andrés no tuvomás remedio que partirse de aquella mansióndonde tantas horas felices habíapasado y de donde lo arrojaba en mal hora su aciaga suerte.

¿Qué motivaba tal extrema resolución por parte del maestrodispuestosiempre a complacerhasta en los más fútiles caprichosa su hija? Quien porevitar una lágrima a los ojos hermosísimos de la doncella le hubiese dadocual suele decirseuna vuelta al mundo¿cómo ahoray a virtud de sunegativa terminantelos trocaba en verdaderos manantiales? Veámoslo.

- II -

La superstición popularno satisfecha con atribuir sobrenaturalesprestigiosnefastos unas vecesinfaustos otraslo mismo a la nubetransparente o oscura que el horizonte asombracomo al ave caudalosa quedirigepor capricho o por necesidadsu vuelo hacia este o hacia el otro puntocardinal del espacio; la superstición popularque ha visto en el pábilo de labujíaen el tizón del hogaren el matiz del insecto que visita la casaenel ladrido del perro que guarda la haciendaen las hierbas del campoen lasconstelaciones del cieloen el detalle más mínimoen el ruido másimperceptibleen la cosa más insignificanteanuncios felices o desgraciadosde hechos por venira un cúmulo tal de erróneas creenciasjunta una serieinterminable de aprensionesen acto de suyo tan transcendente a la vida como elmatrimonio.

Todos sabemos quefundadas en el fanatismo e ignorancia de nuestrosantepasadostal orden de supersticiosas especiesno alcanza más prestigio quelo remoto de su antigüedad; pero todos las aceptamos consciente oinconscientemente; todosdesde el pobre campesinohecho a labrar las tierraspara que produzcanbuenos alimentoshasta el sabio catedráticohecho alabrar las inteligencias para que den de sí luminosas ideastodos lasaceptamos la cosa más natural y más corriente. Nos pasa con las supersticionespopulareslo que nos pasa con la liturgia católica. Nadie que de medianamenteilustrado se precie vepor ejemploen el ayunoen la vigiliaen la huelgadominicalen la abstinencia de comer carne durante la Cuaresmaen lapromiscuación y demás preceptos por el estilootra cosa que meras reglas dehigiene; pero todos o casi todos cumplimos con la Iglesia en estomás que pordevociónpor costumbre; más que por miedo a pecarpor miedo a incurrir en elpesagrado de la familiasobre todo de las mujeres de la familiaen quienesadoramos y a cuyas puerilidades voluntariamente nos sometemos. ¿Quiénporindependientepor voluntariosopor librese atreve a desoír las advertenciasde su madre o de su mujerdos seres¿qué dos seres? dos ángeles encargadosde velar por nuestra vida y de llorarnos después de la muertecuando envísperas de viaje nos anuncian cómo de ninguna manera debemos emprenderlo enmartesuno de los días más aciagos con que cuenta la semana? ¿Quiénpordespreocupado que parezcaen día de conviteecha en saco roto y desatiende ydesoye la observación pueril de su esposala cual dícele al oídosin que seaperciban los comensalescómollegando al número trece éstosprecisainvitar a uno nuevo o desinvitar al de más confianzapara huir de esa nefastacifracuyas breves sílabas constituyen toda una sentencia de muerte?

Nos reímos que nos las pelamos de la pobre mujerquienpor lo generalpoco instruidasobre todo en Españadonde apenas el bello sexo leeapartelos periódicos de moda y alguna que otra novela de enrevesado argumentolibroninguno instructivocuando en la limpieza cotidiana casualmente rompe uno delos espejos que adornan la casay al ver saltar en pedazos los cristales augurapronta e infalible desgracia; y luego nosotroslos hombresqueechándonoslasde ilustradoscalificamoslo menosde necias estas supersticionesni alcomprar décimos de la Loteríani al señalar fecha para la inauguración decualquier empresa¿qué diablos? ni al trazar estas cuartillas queremosterminar un párrafoun capítulo y mucho menos la obraen página que termineforzosa y necesariamente con el número trece: pues parece como que lassupersticiones se hallan diluidas en el airey que cual del aire participantodos los pulmonesparticipan de ellas todas las inteligencias. Hoy esy aunel vulgo estima sobre todo animal doméstico los gatos negrosquienes por unprivilegio verdaderollevan a las casas abundancia y riqueza; hoy esy aunnuestras mujeres hieren con sus exclamaciones de indignación los aires cuandopor descuidocualquiera de los individuos asentados a su mesa vierte el salero;y se regodea placentera y se frota las manos jubilosa y dice satisfecha alindividuo quetodo azoradole presenta sus excusas por haber sobre el blanco ylimpio mantel vertido su coparebosante de vinocómo no debe contrariarle talincidenciaya que en la superstición popularesto augura alegría; hoy esyaun existen personas de las cuales se apodera mal humor y hastío y nostalgiaque no pueden a veces en toda una semana desechar de síporquea causa de unamala digestiónde una postura incómodade una atmósfera viciadasoñaroncon agua claraes decircon algo equivalente a las lágrimas amargas que losdolores futuros han de hacerles verter a sus ojos; mientras se aperciben confruición otras veces a recoger los bienes por su buena estrella deparadosyque anticipadamente les anunciara los cuernos o las inmundicias vistos soñando.

Pues todas estas y otras muchas absurdas creenciastenían para D. Vicentea pesar de su oficio o ministerio intelectualvalor idéntico al que entre losfísicospor ejemplotienen las leyes inmutables de la Naturaleza. Y comoauguraba pestes y guerras viendo en aborrachado crepúsculo acarminarse y aunencenderse las nubes vagantes por el espacioo aparecer en noche clarapor loscielosalgún brillantísimo cometay se hacia eco de cuantos mitosfábulasconsejassupersticionespatrañas de boca en boca el vulgo repetíaaugurabatriste porvenir a quien por su desventura y por su mal contrajese nupcias condoncella o mozo que contase en su familiahasta la cuarta generaciónalgúncarnicero.

Merced a las ideas democráticasarraigadísimas entre nosotros hoyapenasparamos mientes en estas onerosas divisiones de castas que el régimen feudalnos legara y que durante muchos siglos los reyes absolutos mantuvieran; pero sicon el pensamiento nos trasladásemos a épocas anteriores a la Revoluciónfrancesahabíamos de vercon respecto a los oficios mecánicos y puramenteindustrialescosas en verdad que maravillan. Los esfuerzos más beneficiososdel pobre trabajadoraquellos que mayor recompensa merecíanveíansepremiados ¡horror! no con un diploma de los usuales en los certámenesmodernoscon un verdadero estigma de perpetua infamia y deshonra. Para aquellassociedades bárbaraslos oficios se dividíancomo los individuos en siervos yseñoresen viles y nobles. Asíla profesión de las armaspor ejemploauncuando los ejércitos se componíanen su mayor partede aventureros o demercenariosconsideróse siempre noble o aristocrática; mientras la profesiónde industrialsobre todo la profesión de zapaterose consideró siemprevil o plebeyaquizás porque en las costumbres de la Edad Media entraba la deobligarlesbien o malesto essupieran o no supierana los infelices siervosrecién casados a hacer un par de zapatos la noche de bodamientras en lacámara de los placeres el señor de horca y cuchillo disfrutaba de lasprimicias de su esposaen justo cumplimiento de su derechollamado vulgarmentede pernadao de muslada. Por análogas razonesel oficio de pescador de cañaperteneció también a la categoría de los bajos oficiospuescuando no unpar de zapatosmandaban los señores feudalesmientras le soplaban la castamujeral infeliz esposo a que espantase con una caña las ranas de su estanque.

Pero ¿qué decimos los zapateros y los pescadores? El actor mismoa pesarde lo mucho que necesita de la inspiración artísticano se exceptuaba detales ignominiasy si en los tiempos antiguos se les denominaba farsantesennuestros mismos tiempostan elevada profesión se tuvo en mengua y se la juzgópor todo extremo despreciable. Hay que confesarlo con ruborpero hay queconfesarlo con franqueza. Ha sido necesario que los siglos se sucedieran a lossiglos en el tiempoque las generaciones se sucedieran unas a otras en latierraque la civilización moderna disipara por completo las tinieblas de laignorancia en que se hallaba como envuelta la humanidadpara desvanecer ydestruir la degradante opinión que tenían formada nuestros antepasados decuantos acogían y tomaban la profesión de actorescuyos principios capitalesson la imaginación y la sensibilidad.

¡Qué diferencia entre los tiempos pasados y los tiempos presentes! Antes elactor era considerado como una especie de payaso o de clownquien nopodía ejercer su oficio sin previa autorización realen la que muchas vecesse usaban fórmulas tan humillantes como ésta de Fernando VII: «Autorizo atales o cuales comediantes para que diviertan en tal o cual punto a misvasallos». Hoy el actor aparece a nuestros ojos como el sacerdote de lo bellode lo imitativodel arte dificilísimo de la declamaciónpor medio del cualse reproduce en nuestra mentey se pone como de relievela imagendesconsoladora de los seres humanosde uno o otro modo pugnando siempre poranticiparse al término de la vida.

Para nosotroslos grandes actores son como los sublimes heraldos con quecuenta la poesíaen sus manifestaciones más bellasen la comedia o en eldramapara difundir y aun perpetuar los productos del ingenio. Sin los grandesactoresel Hamleto de Shakespeare; la Lucrecia deVíctor Hugo; el Guillermo Tellde Schiller; El Alcalde deZalamea de Calderón; El caféde Moratín

las joyas más preciadas de la literaturaasí nacional como extranjerayacerían olvidadas en todo el mundo en los rincones de las bibliotecascubiertas de polvo y envueltas en telarañas.

Pues con todos estos y otros muchos oficios denominados viles en laclasificación antiguasumábase el oficio de carnicero. En Francia esta clasede industriales tuvo prerrogativas y privilegios sin número; pero en Españael odio y la repulsión universal acompañóles siempre. Para nuestro dóminequiencomo elloscomo los carnicerostienen por hábito la matanza cotidianade inocentes animales; han debido en la carniceríaa fuerza de oír sinestremecerse quejidos lastimerosde ver sin conmoverse las lágrimas que ahilos destilan los ojospor ejemplodel cervatillosensible cornígeroquienllora en cuanto se le acorrala y se le hiere cual un pequeñuelo; de lavarse sinrepugnancia las manos en sangrey de oler sin escrúpulo la carne muertahandebido perder los afectos que más ennoblecen al hombrelos afectos decompasiónde ternura y de humanidad. Un carniceroen concepto del maestroera algo así como el verdugoa quien diz que en casos de enfermedad o demuerte solía en otros tiempos reemplazar. Pues bienAndrésel pasante de laescuelaera hijo de un carniceroy D. Vicente no queríano podía consentirdados sus escrúpulosque su hija Isabel emparentase poco menos que con unauxiliar del siniestro ejecutor de la justicia.

Pero divagando por estos espacios de las supersticiones popularesnocortemos el hilo de nuestra narración.

Aquella nocheAndrés no pudo conciliar el sueño. Fuerte excitaciónnerviosa habíase apoderado de su cuerpoy a virtud y por obra de semejanteexcepcional estadobregaba con las sábanas en su lecho de dolorcomo bregacon las olas en su lecho de muerte el náufragovíctima de las tempestadesmarinas. Varias veces apagómás que de un soplode un resuello la bujíasobre artística pero modesta palmatoria en cercana mesilla de noche alzadayotras tantas veces tornó a encenderla. Luz para desvanecer la ilusoria imagende Isabelfluctuante cual entre vaporosos tules por las impalpables tinieblasanhelaba a veces el infeliz enamoradoy a veces anhelaba espesas sombras paraconciliar mejor el sueñoy con el sueño ahuyentar la falange de extrañasideas que pesaban sobre su cerebro como losa de plomo. ¡Vana pretensión! Quienpiensa que no quiere pensar en algoya piensa en ello. Cuantas tentativashiciera para atraer sobre sus párpados el sueño reparador de las fuerzas asímorales como físicasotras tantas resultaron baldías e inútiles. Entre lasespirales del humo de su cigarro aparecíasele Isabelmás bella que nunca ymás que nunca enamorada; por las páginas y entre los renglones de sus librosque hojeaba y hojeaba con afáncreyendo borrar unos pensamientos con otrospensamientosa Isabel veíadotada con todos los encantos de su virginalpureza y todos los atractivos de su cándida inocencia; y si yadesesperado yfuera de síalguna palabra incoherente balbuceaban sus labiosera el nombrede Isabelquienbien a su pesarapoderándose de su almase había hechodueña de todo su ser. Y ora entre gemidos de dolorora entre sollozos amargosora entre angustias de muertemurmurabaelevando los ojos al cielo raso de suhabitaciónque no veíao por lo menos que imaginaba en su delirio un cielorealde fondo azulcon nubes rosadasresplandeciente de coloressembrado deestrellasa través de cuyas constelaciones brillabacircuida por una aureolade luz espiritualla cabeza de su madre muertaferviente plegaria; ya exaltadoy como locoprofería interminable sarta de maldicionespor su enormidadcapaces de levantar pánico en el corazón más duro y poner horror en la mentemás deshechamaldiciones que ibancomo los resoplidos del huracánacompañadas por gestos y movimientos de verdadero condenado; yapor últimocual héroe que viesea pesar de sus inauditos esfuerzoscercana la derrotacaía desfallecido en una inercia semejante a la inmovilidad de los cadáveres.Y como los dolores del alma resulten siempre más intensos y más permanentes ymás invencibles que los dolores del cuerpotras simulada y brevísima treguavolvía de nuevo el cuitado a batallar furioso consigo mismo.

Por fin se produjo en Andrés ese fenómeno cotidiano que nuestrosfisiólogos no han podido averiguar aún si reconoce por causa la ineptitud delcerebro para recibir las impresiones transmitidas por los nervioso laineptitud de los nervios para transmitir las impresiones al cerebro; por fin seprodujo en Andrés el sueño. El fluido nerviosodiscurriente por todo su serfue poco a poco aminorando su vital acción sobre los órganos harto cansadosdel infeliz; la circulaciónla calorificacióntodas las funciones de suorganismo fueron disminuyendo su actividad; los párpados se le cerraronlosmúsculos cayeron en una especie de desmadejamientocomenzaron a borrárselelas ideas y los estímulos exteriores a perder la fuerza necesaria pararenovarseel horno candente del cerebrodonde se elabora el pensamientoalanguidecery todo él fue presa de la insensibilidad momentánea que confundelos seres vivos con los seres muertos.

Parecía natural que tras tantos esfuerzos Andrés cayese en sueño profundo;que ya en reposo el órgano que mayor cantidad de fluido dispendíala vistayen razón directa de su actividad los demás órganos de su serunos antesotros despuésadormeciéndose nuestro héroesi alguna pesadilla había detenersólo cobrase ésta las proporciones de esas fugacísimas y vagas quesuelen surgir poco antes de conciliarse el primer sueño. Pues no sucedió así.Repuesto por la nutriciónque no se suspende jamásde fluidos nerviosos elcerebropronto cobró éste una parte considerable de su actividadycomenzaron revueltas y en confusión a sucederse las ideas. Eran éstas algoasí como sombras apenas dibujadas cuando ya extintas; como esos pensamientosqueaun despiertoscruzan por la menteintentamos recogerlos y han voladoDios sabe dónde; algo así tan rápido cual oscurotan fugaz como imperfecto.Pero la nutrición seguía acumulando fluidos al cerebroy el cerebroa fuerzade combustiónreviviéndose y cobrando mayor actividad. Merced a tal fenómenolas ideas empiezan a moversea coordinarsea asociarsey el ensueño no sólobrota casi espontáneamentesino que toma una forma determinada. Breves horasde reposo habían bastado para que los órganos cerebrales de Andrés serepusieran y cobraran el vigor necesario para llegar en sueños progresivamenteno sólo a darse conocimiento de sía distinguir las personas y los objetosque en sueños se le aparecieron. Su estado de excitación nerviosa por unapartela posición más o menos violenta que para dormir tomaratal vez loviciado de la atmósfera por el humo del cigarroo otra de las causas a queatribuyen los fisiólogos este fenómenoprodújole a Andrés una pesadilladela cual guardó siempre triste memoria.

Formando parte de alegre tertulia establecida al aire libresegún costumbremeridional en las noches calurosas de veranoimaginó en sueños hallarseAndréscuando de prontoa sus espaldasuna turba de muchachoslos cuales nolejos se divertíangrito en coro:

-Ya vieneya viene la loca.

A tal clamoreolos allí reunidos volvieronse rápidos a mirar el objetocausa de tamaño alboroto.

Andrés se quedó absortosin atreverse a dar crédito a cuanto veía.

Ceñida de blanco ropaje; desnudos los pies ligeros; suelta y en desorden lanegra y larga cabellera; plegadas las manos sobre el pecho; incierta la miradade sus rasgados ojos; la más dulce de las expresiones retratada en el semblantebello; rígida como una estatua y majestuosísima como una reinaapareció cualsúbita visión fantásticapor una de las avenidas de la plazahermosísimadoncella.

Sus contertuliosal divisar la escultórica figura de aquella singularbellezaquiénse echó a reír a carcajada tendidaquiéna lanzar de suboca soeces dicharachosquiénfinalmentea dolerse en palabras sincerasdelestado excepcional a que la suerte la había reducido y llevado.

Para Andréstodo aquello se mostraba circuido de gran misterio.

Sin embargola belleza extraordinaria de aquella mujerla afabilidad de surostroel estado tristísimo de su mente perturbada sin duda a los aguijones deuna gran penale habían interesado mucho.

Abstraído en bien luctuosas reflexiones hallábase Andréscuando seaproximó al grupo la joven loca.

-¿No le habéis visto pasar? -preguntó dirigiéndose a todos loscircunstantes.

-¿A quién? -replicó uno de ellos.

-A Andrés. Me dijo que volvería y no ha vuelto aún. Pero no se haráesperar mucho tiempo. ¡Es tan bueno!

-¿Tú no le conoces? -añadió dirigiéndose a Andrés mismoquien noquitaba lleno de curiosidad de su faz risueña los ojos anhelantes.

-Es alto y fornido; de negros cabellos y de mirar dulcísimo; arrogante comoun león cuando le incitan a la peleapero sumiso y dócil como un corderocuando por boca de su amada le habla el amor. Una noche¡noche horrible!junto a la reja conmigo se hallaba departiendo sobre la dicha suprema que elamor reserva a los amantes. Yo escuchabasuspenso el ánimosu vozcon elencanto con que los amadores de la Naturaleza escuchan por las enramadas lostrinos de las avecillas. Él me miraba atónito como si mis ojos fuesen elcentro de atracción de sus ojosen estos diversos sistemas planetarios de losseres en la tierra que cuentanpor estrellas fúlgidasmiradasrelampagueantes. Todo en torno nuestro era silencio y reposo. El diálogoemprendido a la luz de la luna en su plenitud y al eco sempiterno de la vecinafuente cayendo en su albercatomaba los tópicos suaves de un verdadero poemalírico. Nuncajamásme he sentido tan feliz. De prontoAndrésmi amadoAndréslanza de su garganta terrible rugido de rabia. Dos hombres le sujetanfuertemente los brazosmientras un tercero intenta en vano amordazarle lalenguaa fin de impedir que grite demandando socorro. Tras larga y desiguallucha vese constreñido a sucumbir.

-Nos volveremos a verIsabel; nos volveremos a ver -gritó en tan apuradotrance mi Andrésdirigiendo hacia la reja sus profundos ojos.

Ya no pudo decir más. Aquellos hombres lo habían maniatado y tapádole labocacual si se tratara de un horrible secuestro. En tal instante un carruajeapercibido sin duda al efectose aproximó al lugar del crimen. Cogido miAndrés por los pies y por los brazosle transportaron al interior delvehículoel cualuna vez dueño de la preciosa cargadesapareció en rápidacarrera por las calles solitarias del pueblo. Desde aquella noche tristísima nohe vuelto a ver a mi Andrés. Lo arrancaron cruelmente de mi ladoloarrebataron a mi amorquizás para siempre.

Y la infeliz locacomo poseída de espantosa desesperaciónse retorcíalos brazoscrispaba los puños y se tiraba fuertemente de los cabellos.

Andrés no perdía ni el menor de los detalles de su conversaciónni lamás mínima de las gesticulaciones de su rostro. Al llegar a este punto delrelatoen verdadel semblante de la loca habla perdido toda su naturalafabilidad y dulzuray transformádose en airado y fiero.

-Pero volverá -continuó diciendo-volverá; ¡él me dijo que volvería!

Nadie se atrevió a interrumpir a la loca durante el relato de su historiani nadie tampocouna vez terminadose atrevió a romper el silencio sugeridopor la reflexión quizás de tales desventuras entre los circunstantes. La pobreIsabel continuaba de pie inmóvil como una estatua. De prontodoce campanadasanunciaron llegada la medianoche. Cual si el sonido penetrante de aquella lenguade bronce hiriese sus oídos con mortal heridala loca dio un salto y partióvelozgritando:

-Éstaésta es la hora maldecida por la fortuna.

Los camaradas todos abandonaron sus asientos y se despidieron tranquiloshasta la próxima noche.

Partióse Andrés tambiénpero desasosegado e inquietocon el pensamientopuesto en la pobre loca y el alma oprimida de dolor al considerar su desgracia.En tal momentose despertó nuestro protagonista.

Poco o nada de extravaganteen verdadtenía este ensueño; pero lacircunstancia de haberse producido en Andrés aquella nochehízole pensar sisería uno de tantos proféticos como suelen preceder a veceslo mismo a losacontecimientos faustos que a los acontecimientos desgraciados.

Como supiera que cuando los ensueños se muestran lúcidoses decircontodas las apariencias de la realidadevidentemente el cerebro se halla enestado propicio para reconcentraraún más que despiertosu accióneficacísima sobre estas o sobre aquellas facultades intelectualesy merced asemejante fenómeno llegar dormido no solo a resolver problemas difícilesacomponer obras maestrassino lo que es más raro todavíaa penetrar en loporvenirimaginó agorera y fatídica su terrible pesadilla.

Joven estudiosohabía leído varios casos de ensueños proféticos: quizásel que tuvo Calpurnia la noche precedente al día en que asesinaran losrepublicanos a su marido César; quizás el que tuvo Olimpiaquien antes deconcebir en sus entrañas al gran Alejandrosoñó llevar en su vientre unniño armado de pies a cabeza; quizás el que tuvo Anníbal cuando en el sitiode Siracusala víspera de su entrada triunfal en la ciudadsoñó hallarse enuno de los palacios comiendo con los oficiales de su estado mayor; quizás elque tuvo Brutoquien vio en sueños un fantasma que le anunciaba su próximofin; quizáspor últimoel que tuvieran respectivamente la mujer de EnriqueII y de Enrique IV noches antes de morir el primero en los encuentros de untorneoy de morir el segundo a manos de un fanático; había leído varioscasos de ensueños proféticosdecíamosy temió el infeliz que el suyotambién lo fuese.

¡Pobre Andrés! Cuando por su complexiónpor su saludpor su edadcircunstancias que influyen poderosamente en la forma de los ensueñosdebíahaber visto dormidoentre nubes transparentescomo van envueltos los ángelesa su amada; con una guirnalda de frescas y olorosas flores sobre la cabeza y uncanastillo de frutas en las manoscomo simbolizando las unas el amor y lasotras simbolizando el premio que el amor reserva a los buenos amantes; o haberlavisto si no al pie de los altaresen traje de bodacon el manto nupcial a lacabeza y el ramo de azahar al pechomirándole de hito en hitocon esearrobamiento que sólo una verdadera pasión presta a los ojos¡ay! la veimpasible el rostrovaga la miradadesnudos los piessuelto el cabelloenlos labios la frase incoherente o la sonrisa estúpidaen la imaginación lasideas más extravagantes y más dispares; hermosa y romántica como una Ofeliaeso sípero también como una Ofelia demente y tal vez suicida.

Según los fisiólogosentre otras circunstanciasinfluyen poderosamente enla forma de los ensueñosla edadel sexoel temperamentola zona donde sehabitala posición social que se ocupael estado mismo de salud que se tiene.Sucedepuesque una mujer no sueña jamás ser hombreni un hombre llevar ensus entrañas el fruto de la fecundación; que un árabe nacido en los desiertosde Áfricano sueña con los ventisqueros eternos de las regiones polaresniun hijo de la Groenlandiani un lapónni un normandonacidos y criados porsu parte casi materialmente entre la nievecon el simoun abrasadorcon eldesierto inmensocon la alta temperatura reinante por la zona tórrida.

¿En qué han de parecerse los ensueños de los reyes a los ensueños de losmendigos? ¿En qué los ensueños de los sabios a los ensueños de los idiotas?¿En quéfinalmentelos ensueños de la juventud a los ensueños de la vejez?¿Cómo han de ser tan dulces los ensueños del sañudo e iracundo pornaturalezacual los ensueños del por naturaleza jovial y alegre? ¿Cómo hande provocarse ensueños eróticos en gentes frías de temperamento? Nuestro granCalderón lo ha dicho:


 

Sueña el rico en su riqueza

 

que más cuidados le ofrece;

 

sueña el pobre que padece

 

su miseria y su pobreza;

 

sueña el que a medrar empieza;

 

sueña el que afana y pretende;

 

sueña el que agravia y ofende

 

y en el mundoen conclusión

 

todos sueñan lo que son

 

aunque ninguno lo entiende.


Si cuando soñamosla sensibilidad física cobra en nosotros talesintensidadesque el escozor producido por el picotazo de una pulga loconfundimos con el dolor producido por la punta de un puñal; el repique decualquier campanillacon los toques a rebato o con el doblar a muertocaídosde las altas torres de la iglesia; los rumores de la brisa con los bramidos delhuracány todos estos y otros muchos ruidospor la asociación de ideastoman en la fantasía las proporciones de un gran incendiode un horribleterremotode una espantosa catástrofe; si comprimido el cuello por unaposición violentasoñamos que nos estrangulan; si caída al suelo la mantaque nos cubreimaginamos estar a la intemperie; si con un brazo al descubiertoen noche fríacreemos haberle perdido; si aquejados de hambre o muertos desedvemossoñandoricos manjares y cristalinas fuentes; si causas físicascual éstasproducen pesadillas tan atrocescausas morales como la vivaimpresión experimentada por Andrésdebían por necesidad producir el exaltadoensueño que ya conocemosy ésteponerlo de un humor de mil diablos. A lastristezas de una gran contrariedadhabían seguido los augurios de un funestoporveniry Andrés imaginó poco menos que definitivamente perdida la causa desus amores.

Como el día anterioral volver triste a su casadespués de haberloignominiosamente el maestro plantado en la callecontara a su padre losucedidoy éste en el deseo natural de mitigar su pena le ofreciera eficazconcurso yendo en persona a pedir explicaciones sobre lo sucedido y a demandarsolemnemente la mano de Isabelaun en lo íntimo de su ser guardaba el joven unasomo de esperanza. Asíapenas se hubo levantadofuese derecho en busca de suanciano padrea quien instó recordándole su promesaque se apresurara acumplirla. Pronto el pobre viejo satisfizo los deseos del joven enamorado; perono con la fortuna que hubiera querido. Si Andrés sabe con anticipación lastristes nuevas que había de traerle su cariñoso mensajeromás que apresurarfijamente dilata la hora de su partida. Mas la esperanza es a los enamorados loque la farola del puerto a los náufragosquienesviéndola de lejosluchan yreluchan sin medir sus fuerzascreyendo hasta el último instante poder llegara ella. Le contrariaría mucho a Andrés el proceder durísimo de D. Vicente;tornaría por avisos de futuras desgracias los ensueños sugeridos en su mentepor vivas emociones; pero élni estaba dispuesto a cejar un paso en suempresani a perdonar medio lícito que le diese la palma de la victoria.Prontosin embargoun nuevo desencanto hirió en lo más vivo su sensiblecorazón.

Desasosegado Andrés mientras evacuaba esta diligencia su padremil veces seasomó a la calle por ver si descubría la venerable figura del ancianoy en sumarcha tan apresuradísima como lo permitieran sus añosy en lo animado de susojosy en lo contraído de sus labiosy en ese aire de satisfacción querebosa siempre el semblante de los triunfadoresadivinabaaun antes que se locontaseel resultado feliz de la conferencia. Pero ¡ay! que al cabo de doshorasen verdad mortalessu padre volviópero jadeantepero irritadoperorabiosísimo.

Andrés quisoapenas hubo puesto el pie en el portal de la casa el viejomensajeropreguntarlepero éste anticipóse a él diciendo:

-Nunca lo hubiese creídohijo mío.

-¿Continúa D. Vicente negándome la mano de Isabel? Me lo figuraba. Pero noos incomodéis por eso. En los empeños de amorse premia sobre todas lasdemás virtudes la constancia. Si en verdad Isabel me amaserá mi esposa.

-¡Oh! No lo creas. Su padre asegura que antes que en tus brazos quisieraverla muerta.

-Pero ¡Dios mío! ¿qué daño le hice yo nunca a D. Vicentepara que meaborrezca así?

-No; si no es aborrecimiento. Ésta es precisamente la peor y más negra: quete quiere como si fueses hijo suyopero que no quiere de ninguna maneraemparentar con nuestra familia.

-Padreme confunde usted.

-No me extraña. ¡Si yo al pronto también me confundía! ¡Si no dabaoídos a las palabras de tu maestro! ¡Si me parecía una verdadera burla!

-Peroveamos; resuelva usted de una vez y para siempre este jeroglífico.¿En qué se funda D. Vicente para negarmeestimándome muchola mano deIsabel?

-Pues sencillamente en que eres hijo mío.

-¿Y el ser hijo de usted es alguna deshonra?

-Poco menosen concepto de ese viejo chochoen cuya mollera lassupersticiones han hecho grandes estragos. Después de una viva discusiónporque se negaba a darme razones justificantes de su negativa¿sabes lo que meha manifestado? Que no consiente tu enlace con Isabel porque yo soy carnicero.¡Te parece la salida de tono que ha tenido el maestro!

-¿Y esa puerilpor no llamarla necia razónaduce?

-Esa. No hay otra. Lo que yo le he dichoharto ya de oírle despotricarcontra los de mi oficio. Usted renegará de los carnicerospero a buen seguroque no reniegani mucho menosde las chuletas. ¿Te pareceAndrésque estono clama al cielo?

El hijo del carnicerooyendo a su padreestuvo tentado de soltar el trapo areíry por tal modo mofarse de los escrúpulos del maestro. Si no lo hizofueporque le pareció harto grave el caso para echado a tan mala parte. No pudosin embargoevitaraunque leveuna sonrisala cual reprimió al dibujarse ensus labios el buen viejodiciendo:

-Nono tomes a broma lo que yo juzgo en sí una ofensa.

-Y bien¿qué hacer? -replicó Andrés.

-¿Qué? Renunciar para siempre a este matrimonio. Después de todono hande faltar en el pueblo mozas que penen por tus pedazos.

-Como si nopadrecomo si no; yo amo a Isabely fuera de ellaestán desobra en el mundo para mí todas las mujeres.

-Considera que vas derecho a estrellarte en lo imposibley véncete a timismopracticando una de las virtudes que más ennoblecen al hombre.

-La palabra imposible no existepadreen el diccionario que los enamoradostienen para su uso particular.

-¿Qué pretendes entonces hacer?

-Esperarque es otra virtud humana tan superior como la que usted ha mentadoahora mismo.

No satisfizo al padre de Andrés mucho esta respuesta; pero la aceptóseguro de que el tiempo y la ausencia harían cambiar de resolución a su hijo.¡Cómo se engañaba en sus apreciaciones el buen viejo!

Varios días transcurrieron sin que Andrésni por casualidadviese aIsabely en este tiempo no se curó de otra cosa que de allegar un medio que leprocurara entrevistarse con ella. Concurrir a casa del maestro después de losucedidoparecíaleademás de inútilindigno; darse a buscar confidentesmás o menos discretospero al fin y al cabo terceras personasno lesatisfacía; ponerse en connivencia con su novia y por las tapias del corralennoche oscura hablarlaera un medio reprobablemás que todopor eldesprestigio que podía acarrear a entrambos amantes. Al cabocruzóle por elmagín una idea salvadorala cual puesta en prácticapodía darle elresultado apetecido sin mengua suya y sin desdoro de su noviaya que en elpueblo había de tomarse como un acto de galantería propio de enamorados; nosreferimos a laentre nosotros los españolespopularísima serenata. Conformelo pensaraasí lo hizo. Con sigilocon misterioentre las sombrasdeslizáronse por las calles más excusadas una nocheAndrés y varios amigosde su confianzaoportunamente avisadosprovistos unos de instrumentosmúsicosprovistos otros de ramajes y floresy otros provistos de recios yfortísimos garrotes.

Pronto llegaron todos al lugar consabido para la celebración de esta fiestanocturnaideada en sus arrebatos amorosos por Andrés. Los amigos y camaradasde éstemúsicos de aficiónpero no por tal circunstancia ineptos para elcasocomenzaron quedamente a templar las cuerdas de sus violinesde susbandurrias y de sus guitarras. El flautistaempalmó en un dos por tres loscanutos de su instrumentotan melodioso como penetrantey una vez armadohizoescalas y dio tonos que sirvieron a armonizarlos unos con otros. El bajoesdecirel individuo encargado de arrancar voces a este instrumento de metaltras de desenfundarloregistró sus pistonesy para tomar la embocaduradejóescapar varias notas que retumbaron en medio de aquel silencio huecamente. Ymientras por este lado algunos rondadores extraños al pintoresco grupoatraídos por la curiosidad unosy atraídos otros por su invencible afición ala músicamurmuraban sin escrúpulo; mientras D. Vicente dormía descuidado apierna sueltao como la madre de la célebre fábula del ruiseñorpresentíaen sueños que un galán atrevido escalaba las tapias de su huerto y se acostabacon su hija; mientras algún vecino en su lecho se desperezaba y proferíamaldiciones contra los importunos que iban a perturbar sus horas de reposo;mientras Isabelde seguro desveladavolvía hacia Andrés su pensamientosinpresentirni siquiera por la simpatía natural de fluidossegún quieren losfisiólogosentre verdaderos amantessobre todo entre amantes en quienespredomina un temperamento nerviososin presentirdecíamosque lo tuviera tancercaésteayudado por varios amigossembraba de ramajes olientes el sueloy de rosas y capullos de rosasde azucenas o varas de San Joséde geraniosde albahacas y otras flores del tiempolas ventanas y las puertas de la casa desu novia.

De improvisoun torrente de armonías inundó el espacio. Cual si losinstrumentos de cuerda tuvieran vida y fuesen capaces de sentir afeccionescadauno en su lengua particularísima comenzó a expresar sus respectivos profundossentimientos. Y los violines prorrumpieron quejas amargassuspiros amorososfrases tiernísimascapaces todas ellaspor su melancolíade conmover elcorazón más insensible y más duro; y las bandurrias a silabear verdaderosdiálogos queora por lo sentimentales parecían fúnebres elegíasora por loalegres báquicas composiciones; y la flauta a deshacerse en endechascomo si alos reyes de la música entre los pájarosa los ruiseñoresles hubieserobadono sólo sus flexibles gargantassino hasta su divino arte; y los bajosa proferir huecas voceslas cuales lo mismo se podían tomar por resuellos detristeza que por bostezos de hastíocombinación de ideasexpresadas de lamanera más armoniosa que han inventado los hombresresultó lo que no podíamenos de resultaruna sinfonía de mágicos acentoslos cualesademás deregalar los oídosprocuraban al alma gratísimos consuelos.

Mientras ejecutaban los músicos con habilidad suma las piezas más escogidasde su repertorioy aprovechando la ocasión que se le ofrecíapues a lospocos compases de la primera tocata Isabel se asomó a la rejaavisado ydiligente Andréspúsose al habla con ella. Los rayos de la luna caían sobrela enamorada parejacual si en éstacomo en tantas otras coyunturasanálogasel astro por excelencia de los amantes no quisiese renunciar a supapel de mudo confidentey merced a sus resplandoreslas figuras de Andrés eIsabel se destacaban en el marco de la ventana clara y distintamente. Ningúntoque poético faltaba a la escena. Las estrellas fijas lucían en el cielo sudisco de platay en la tierra los objetos proyectaban fantásticas sombras; elleveche soplaba frescopero cargado con las esencias de las flores; losgrillosdesde sus esconditesaprovechando los intermedios o entreactos de laserenatachirriaban de lo lindo; y si de intervalo en intervalo se oía a lolejos la ronca voz del sereno pregonando la hora de la noche y el estado de laatmósferaoíase de continuo más cerca el rumor de una viva fuente cayendo ensu vaso de piedra.

Un grito de alegría se escapó a las gargantas de entrambos enamorados alverse frente a frentetras una ausencia no sólo en demasía largasino ya desuyo insoportable. Tal involuntaria manifestación de júbiloantes de llegar alas orejas de los circunstantesconfundióse entre los acentos de la música.

Andrés fue el primero en abrir el diálogodiciendo:

-Por fin te vuelvo a ver.

-Por fin -replicó la doncella-gracias a la intercesión directa de laVirgena quien noche y día he pedido este momento de felicidadnos vemos denuevoAndrés.

-A la intercesión directa de la Virgen en parte puede serpero también enparte a la industria mía.

-¿Qué más da?

-¡Oh! Sí que da más. Todo acto mío que a tu juicio pueda resultarmeritoriono quieroIsabelcompartirlo con nadie.

-¿Ni con la Virgen?

-Ni con ella; te lo aseguroaunque de blasfemo me tildes.

-¡Loco!

-Locosítienes razón; locoy de atarestoy por ti.

-¿De veras me amas mucho?

-¡Y me lo preguntas! Tu amor es para mí lo que el calor a la luzlo que elaroma a las flores. Yo no concibo la felicidadsino pareando con la tuyaenamoradami alma de fuego.

-Pues no desconfíes de mi amor. Aunque la fatalidad separe nuestros cuerposnuestras almas vivirán siempre juntas.

-No me has entendidoIsabel. Amar a una mujer sólo por la esperanza deposeerlano es pasiónes apetitoqueuna vez satisfechodespierta hastío.Amar a una mujer sólo por el placer de amarlatampoco es verdadero amores unplatonismo que no conduce a ninguna parte. Yo creo que como nuestro cuerpo nopuede vivir sin el almaque es su esenciani el alma puede mostrarse y darseñales de vida sin el cuerpoque esdigámoslo asísu envolturael amornecesita de ambas cosasde la materia y del espíritu. Yo te adorofrenéticamenteIsabely por lo mismo que te adoro frenéticamentequiero atoda costa unirme a ti.

-Pero eso es imposible. Mi padre se opone a ello.

-Pues hay que vencer todos los obstáculos.

-¿Y cómo?

-Desobedeciendosi es precisoa tu padre.

-Eso nunca. Le debo la viday lo menos que puedo hacer es sacrificarla enaras de la obediencia.

-Mas advierteIsabelque no sacrificas sólo tu vidaque sacrificastambién la mía.

-Pero ¡Dios mío! ¿qué hacer entonces para cumplir con los deberes debuena hija y no faltar a los compromisos de fiel amante?

-Hay varios caminos que conducen al término de nuestras esperanzas.

-A verindícalos.

-¿Tú estás dispuestaIsabela sacrificarlo todo por mí?

-Todosí.

-Pues bien: yoque soy la impaciencia mismadesde este momento tendré lacalma y la serenidad propia de los viejospara aguardar el día venturoso denuestra unión. Dispuesta como te hallas a secundar mis planespodríaproponerte un matrimonio secretouna fuga temerariaun rapto fingidoalgoaventureropero prácticoalgo parecido a una calaverada. Pero no te propongonada de estoaunque bien lo merecían las sinrazones y las voluntariedades detu padre. Sencillamente lo que te propongo es queal llegar la edad indicadapor las leyes para disponer de tu personaaccedas a ser esposa mía. Nadieentonces podrá oponerse.

-¿Y falta para hallarme en esas condiciones mucho tiempo?

-Según mis cuentasunos cuantos meses.

-¿Pero tendré que abandonar a mi padre?

-Si él se obstina en negarte su consentimientoclaro que sí.

-Eso es una iniquidad.

-Si fuese una iniquidad el acto de casarte con el elegido de tu corazónlaley no te ampararía.

-¡AyAndrés! Me azoras con tus argumentosque tendrán gran fuerza delógicapero que son fríos como ellos solos. Te contestaré otro día.

-NoIsabelha de ser ahora.

-Si no puedo... Me falta valor.

-Mejor dijeras que te falta cariñoingrata.

-¿Quieres que sea mala hija?

-Desobedecer a tu padre en asuntos de esta naturalezano es ningún pecadomortal -observó con insistencia Andrés.

-¿Tú lo quieres? Pues sea -dijo al fin cediendo Isabel-. Cuando llegue lafecha que me has indicadocuenta en absoluto con mi autorización para llevar acabo tus proyectos.

A este punto llegaba la conversación de nuestros enamoradoscuando en malhora vinieron a aguarles la fiesta dos incidentes casi previstos: fue unoeldespertar del maestroquienviendo abiertas de par en par las ventanas de sucasay en ella a su hija hablando con un galántodo azoradosin encomendarsea Dios ni a su santoprorrumpió en gritos de alarma que escandalizaron a lavecindad; fue otrola acalorada disputa primeroy luego la sañuda reyerta quepromovieran los amigos y acompañantes de Andréscon otros mozos extraños ala serenataquienes pretendían nada menos que llevarlos a buenas o a malashasta la casa de sus respectivas noviascuyos oídos pensaban regalar con notasdulcísimasarrancadas a los instrumentos más melodiosospor músicossecuestrados a garrotazo limpio.

No faltópuessu nota más característica a la popular fiesta nocturna.En cuanto desde el balcón de la escuelaD. Vicenteen mangas de camisacalado el gorro de dormirabiertos como aspas los brazosse asomara a la callegritando a voz herida«¡socorrosocorroque me roban a mi hija!» todoallí fue confusiónestruendoalgazara. Estos mozosenarbolaron ciegos susgarrotesque caían sobre las costillas de aquellos otros mozosmaterialmentedeslomándolos. Se defendían los músicos con sus instrumentoso acometíancon ellos al adversario; pero a los pocos minutosde los violines y de lasguitarras no quedaban más que los rabos para contarlo. Cada tres pasossosteníase un combate singular entre jóvenes de uno y otro bandoy despuésde zurrarse la badana a sus anchasdábanse por todo reposo a auxiliar en susapuros al compañero ya medio cachifollado. Parecía que no iba a acabarse nuncaaquella riña semi-salvajecuando apareció en la plazoletaseguido dealguacilesserenos y guardas de campoel alcalde del puebloquien intimóprimero a los alborotadores y después arremetió contra ellos a trancazolimpiocual sien vez de autoridadfuese una nueva ronda de mozos tandíscolos como los que allí se peleaban. Una parte de los festeadores sedesbandó y otra parte se la llevó el alcalde a pasar la noche en la cárcel.Para que todo fuesen desdichasa Andrés tocóle ser de los des tinados ahabitar este húmedo compartimento de la Casa de la Villa.

- III -

Arrellanado en amplio sillón de cuero; descubierta la cabezala cual lucíaesa especie de trasquilón redondo que los eclesiásticos llaman tonsuray quenosotros los laicos llamamos coronilla; los brazos cruzados sobre el pecho; enlos gruesos labios cierta sonrisa de satisfacciónen los vivos ojos ciertomalicioso mirarhallábase el padre Francisco aguardando a que su ama de llavesle sirviera el desayuno. Gastrónomo de naturalcual la mayor parte de losclérigosfrente a síveíase una mesa de pinomaterialmente cubierta deriquísimas pastasque ya eran manojos de biscotelasya pirámides demantecadosya haces de sequillosyaen fintrozos o fragmentos de tortada.La estación de las frutas estaba aún por veniry todos estos apetitososmanjaresno podían alternarcomo alternaran más adelantecon losalbaricoques cargados de aromascon las brevas y los higos destilando mielescon las ciruelas y las uvas despidiendo frescor.

No tardó mucho en aparecer por la puerta del fondolindante con la cocinaen esta pieza de la casaque bien podríamos llamar refectorioel ama dellaves del padre Franciscocon el pocillo de chocolate humeante en la una manoy en la otra el limpio vaso de cristal lleno de agua clara.

-Buenos díasseñor cura -dijo al penetrar en la estancia aquella mujer.

-Buenos días -respondió alegre el Sochantreacercándose a la mesa paratomar cómodamente el desayuno que le presentaban.

-Hoy ha de dispensarme usted -prosiguió diciendo el ama de llaves- sicontra mi voluntadhe tardado en volver de la compra y prepararle el chocolate.

-Cuestión de minutos. Eso no vale la pena. Ojalá todas las contrariedadesde mi vida se redujesen a esperar como ahora un rato.

-Y perdone la preguntapero la curiosidad me anima a hacerla: ¿usted sufrecontrariedades?

-¡Quién lo duda! Todos en el mundo tienen algún lado por donde les tienteel demonio.

-Todossí. Pero yo creía que los señores sacerdotes eran invulnerables ala tentación.

-¡Andaandaanda! Como cada hijo de vecino -observó acompañando suspalabras de cierta maliciosa sonrisa el Sochantre.

-Pues si yo fuese hombrea nadie envidiaría como a los curas.

-Ahí tienes tú lo que es no saber de la misa la media. La vida de lossacerdotes es cómoda hasta cierto puntopero llena de privaciones.

-No lo dirá usted porque a diario sus feligreses dejen de enviarle presentesriquísimos.

-No me refiero a las necesidades materiales de la alimentaciónMagdalena;me refiero a otro género de privaciones tan imperiosas o más imperiosas queéstas.

-¡Ah!... -exclamó abriendo un palmo de boca la buena ama del Sochantre.

-¿Me has entendidopicaruela?

-Si le he de decir a usted la verdadno señor.

-Voy a explicártelo por medio de una anécdotapues el tema es escabroso yno quierohablando en plataescandalizarte.

-Hable ustedseñor curahable usted.

-¿Tú sabes lo que es una anécdota?

-El otro día lo oí decirno recuerdo a quién. Anécdota es algo así comouna relación breve pero pintorescadonde se determinan rasgos o sucesosparticulares de alguna notoriedad.

-Justamente. Eso es. Pues biente voy a contar una anécdota que encaja ennuestra conversación como el anillo en el dedo.

Y sentándosecon la veniapor supuestodel señor curaen la primerasilla que encontró a manoMagdalena se dispuso a oír el picarescochascarrillo.

-«Deseoso de conocer en general las costumbres de Europa -dijo el padreFrancisco-y particularmente las costumbres de Parísemprendió en ciertaocasión un viajedesde Persia a Franciael heredero de rica familiaasiática. Recomendado eficazmente al representante de su nacióncostóle pocotrabajo hallar quien le sirviera en tal sociológica correría de cicerone.

Por saber el árabe a la perfección y conocer los boulevares de lacapital al dedilloeligió entre otros el persapara acompañante suyoa unjoven diplomático francésalegrecomo cumplía a su edad y como cumplía asu educaciónpor extremo atento y cortés. Dados nuestros jóvenes a recorrerlas calles de París y a estudiar la topografíala etnografíala etnologíade todos sus barriosapenas si hablaban palabraconcretándose sencillamente aver y observarsin que ningún detalle se escapase a su escrupulosainvestigación. Prontosin embargollegaron a inspirarse el joven persa y eljoven francés mutua confianzay prontopor endea emprender íntimasconversaciones. Como acontece siempre entre mozosen estos diálogosle cupo ala mujer la parte del leóny a todas cuantas vieranpasándoles revistahacían acerca de ellas sus correspondientes comentarios. Pero ¡oh desventura!el joven persa no hallaba mujer ninguna que le conmoviera lo bastante parahacerle prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo. Pasaban a su lado las viejasy las feascausándole repulsión invencibley pasaban las jóvenes y esbeltasy hermosascausándole tedio y hastío. Sólo cuando columbraron a lo largo delas calles sus ojos una mujer gruesase animó su semblantey hasta dijonopudiendo contener su alborozo.

-He ahí una hembra soberbia.

-Una mujer gorda. Es verdad -contestóle el francés con sorna.

-¿A qué clase de la sociedad pertenece? -preguntó el joven persa.

-A todo el mundo -volvió a responder el diplomático.

-¡Ah! -concluyó diciendo un tanto sorprendido el asiáticoperoregodeándose interiormente con la idea de quecomo a todo el mundotambién aél le podía pertenecer aquella hembra.

Pero el entusiasmo del viajero persa subió de punto cuandoal volver unaesquinadio de manos a boca con una figura humana voluminosísimavestida denegrocon ancho sombrero de felpa a la cabeza y lucientes zapatos con hebillasa los piesla afabilidad retratada en el rostro y en el continente cierto airemajestuoso y venerable; entoncesloco de alegríapreguntó con misterioperocon vehemenciaa su cicerone señalando al informe bulto:

-¿Quién es?

-Un sacerdote -le respondió el diplomático.

-¿Hombre o mujer? -continuó preguntando afanoso el persa.

-Ni lo uno ni lo otro -replicó el francés.

-¡Aaaah!!! Ya comprendo.

Y se echó a reír como un descosido.

-Lo que me llama sobre todo la atención -continuó diciendo- es que losvisten ustedes de una manera muy original.

El diplomático entonces le replicó:

-Amigo míono me ha entendido ustedpuesto que confunde un cura con uneunuco. La operación que hacen ustedes a los guardianes de los serrallosesharto dolorosa para practicada en estas tierras de civilización. Aquí son losvotos prestados en el altarquienes los inhabilitan para ejercer la primera ymás principal función del individuola perpetuidad de su especie sobre latierra por medio de las procreaciones.

Cuando acabó el Sochantre de referir su cuentoMagdalenacon los ojos casifuera de las órbitaslos carrillos encarnados como amapolastoda confundida yazoradasólo se atrevió a replicarhasta cierto punto con acento dereconvenciónestas palabras:

-Vamosseñor cura¡tiene usted unas cosas!...

-No te asusteshijano te asustes. Quiero con todo esto decirque no estan envidiable como a primera vista parece el estado clericalestadoen sentirmíoverdaderamente irregularísimo y anómalo.

-Me deja usted atónitaestupefacta y confundida. Yo nunca esperaba oírhablar de esta manera a clérigo ninguno.

-Porque nadie tiene el valor de confesar el fondo de su pensamiento. Peroimagínate que yo estuviera perdidamente enamorado.

-¡JesúsMaría y José! -exclamó Magdalena santiguándose.

-Vayapues no te lo imagines; piensa que lo estoy de fijo.

-Pero ¿será verdad eso?

-Vaya si lo es. Ya sabes que para ti no tengo yo secretos. Estoy enamoradoyenamorado locamente de Isabelya sabesla hija del maestro de escuela.

-¡Virgen Santísima! Pero usted ha llegado al último grado de lachifladura.

-Lo que tú quieras serápero ciertamente yo bebo los vientos por esamuchacha.

-¿Pero no tiene usted en cuentapadre curaque la enunciación tan sólode esa idea constituye en sí ya un sacrilegio?

-¿Y qué quieres que le haga? La culpa no es mía; la culpa es de quien meha hecho prestar un voto contrario por todo extremo

a la naturaleza humanay contrario también a las leyes divinas.

-Pero que usted de grado prestó -arguyóle Magdalena con acento de firmeza.

-¡Oh! Es que no sabíaen el momento de ordenarmelo pesado y atroz deeste calvario. ¡Y cómo saberlo! -continuó diciendo el Sochantre.

Mi madre me había infundido ese exagerado espíritu religioso que lleva alos niñosy aun a los mayoresa ser fanáticos. Yo veía en sueñosmaterialmentesi dormidoora las figuras de las Vírgenes y de los Santosceñidos de luminosas aureolasprovistos de invisibles alasascendermajestuosos al Empíreoy ora con horror vela en forma de gigantescosmurciélagosdespidiendo bocanadas de fuegobajar los diablos a lo profundo; ysi despiertomis distracciones mayores eran remedar las ceremonias de laIglesia en mi altarcillo de cartóndonde se alzabanreproducidasgrotescamente en barrovarias santísimas imágenes.

Por asistir a una fiesta religiosayo deliraba; por tomar parte siquieracomo acólito en una procesión mística¡ay! volvíame loco. ConsideraMagdalenaen tal disposición de ánimocuánta mella no harían en mipensamiento y qué eco no encontrarían en mi corazón las palabras de mifamiliatoda ella empeñada en que cantase misacuando con vivos colores mepintaban el esplendor y grandeza de la carrera eclesiástica.

¿Puede nada en el mundo halagar más a un hombre -decíanme mis parientes-que tener a sus piessuspenso de sus labiostodo un gran auditorio? ¿Y quétribuna guarda comparación con el púlpitosobre cuyo dosel bate sus alas elEspíritu Santo? ¿Y qué orador puede medirse con el cura de la parroquiasobre cuya cabezacomo sobre la cabeza de los apóstolesflamean lasinspiradoras lenguas de fuego?

Sobre los pavimentos de mármol donde se hallan enterradas generacionesenterasla multitudpuesta de hinojosque mueve sus cabezas a impulsos de lasemociones despiertas en su ánimo por la voz del predicadorcomo se balancean ymueven las espigas doradas por el sol de estíoa impulsos de la brisa. En elaltar mayorresplandeciente de coloresiluminado por lámparas de oro y platapor arañas de cristalpor candelabros de bronceel tabernáculo que guarda ensu artística custodia la sagrada hostiade todos los fieles contemplada nosólo con respetosino con éxtasis. Por aquí un rayo de solquebrado en losvidrios de tal gótica ventanabajay por allá una columna de olorísimoinciensoquemado ante el altarsube. Una penumbra espesísima envolviendo lasfiguras y los objetos del temploy un silencio casi sepulcral por doquierimperante. Y en medio de tantos misteriosos atractivosla clara y argentina vozdel sacerdote repercutiéndose en las bóvedas con la majestad que los gritosdel marino se repercuten en la soledad del maro los gritos del pastor en laconcavidad de la montañadespués de haber herido las orejas de los fieles yhaber penetrado como un eco de la eternidad en sus piadosos corazones. Sinagregar lo sublime de los temas que naturalmente pueden desarrollarse en unsermónlas citas que se pueden traerverídicas o falacespero provenientesde tradiciones piadosasen las cuales se han abrevado nuestras inteligencias yhan dado de sí la fe y la esperanza religiosa que a todos nos mantiene; losmodelos de elocuencia que como San Pablo o como Bossuet pueden citarse; sinagregar todo estohay que convenir que no existe en el mundo tribuna ningunacomparable al púlpito de nuestras iglesias católicas. Pues como si tantosprestigios no fuesen bastante a fascinar una inteligencia jovenaún mi madreme impelía al sacerdocio con razonamientos de gran peso y con halagos por todoextremo tentadores. ¿Qué rey de la tierra puede compararse con un míserosacerdote? A sus plantas se arrodillan los mayores potentadosdemandándoles laabsolución para sus culpas; sobre su cabeza bate continuamente sus alas elEspíritu Santo; ellos tienen el don de convertir el pan en cuerpo y el vino ensangre de Cristotodos los días a la celebración de la misa; sus plegariasmás eficaces que las plegarias de los profanosalcanzan el privilegio deabrirles de par en par a las almas de los justos las puertas del cielo; ellosal borde mismo de la tumbaungen con el santo óleo los cuerpos más inmundos ylos limpian de toda moral podredumbre; ellospor medio del bautismorescatanal hombre de ese inveteradísimo pecado que pesa como losa de plomo sobre lahumanidad desde el principio del mundo y que se denomina original; ellos anudanel lazo indisoluble del matrimonioque tantas venturas nos procura; ellosdesatancuando por la depravación de las costumbrespor la falta de fe o porotra cualquier causa lo estiman convenientesobre la cabeza de los réprobosel rayo de la excomuniónque acaba a veces con el individuoo por sus buenasobrasconceden a los píos y beatíficos plenarias indulgencias. Yo no concibohijo mío -acababa diciéndome mi madre-ministerio superior al ministerioeclesiástico. Siguepueslos consejos que te doydedícate a la Iglesiayestá seguro de hallar respeto y consideración en este mundoy en el otro lagloria eterna.

-Y tenía razón su madre de usted -dijo Magdalena interrumpiendo en sudiscurso al Sochantre.

-También creí yo eso -exclamó éste- cuando más que con los ojos delpensamientolo veía todo con los ojos de la fantasía; pero luego me heconvencido de lo contrario.

Conozco que a todas las ventajas espirituales referidas anteriormentejuntala carrera eclesiástica bienes materiales sin cuento. El primer lugar en todoslos sitios donde se presenta un sacerdotecorrespondepor consentimientouniversala su persona. Ninguna puerta se les cierra y ningún saludo se lesregatea a los ministros del altar. Lluevenque es una bendiciónsobre elloslas dádivasy caenque es un placera sus plantas rendidos los penitentes. Asu paso por las callestodas las cabezas se descubrentodas las frentes seinclinany mientras los labios de los mayores prorrumpen en frases de cariñosorespetolos labios de los niños se posan en las manos que solícitos lestienden. En las desavenencias conyugalesel sacerdote es eficacísimo mediadory en las públicas algaradasiris de concordia y de paz. En sumay para nocansarte más con tales digresioneste diréMagdalenaque un cura aparececon su sotanacon su manteocon su sombrero de canalcomo un serextraordinario venido a la tierra con la santa misión de regenerar y redimir elhumano linaje.

-Está usted hablando como un libro -volvió de nuevo a interrumpirMagdalenaquien oía toda embelesada la peroración del padre Francisco.

-Pero todo esto no son más que puras. idealidades que se desvanecencualsucede siemprecuando a ellas se sobrepone con imperio la viviente realidad.Deslumbra nuestros ojos en los años de la juventud cualquier vistoso objetoya mi me deslumbraba el uniforme eclesiásticosobre todo el usual en los díassolemnes para la Iglesia. Por vestir la nívea albade encajes primorosísimosorlada; los cíngulos de seda rematados por borlas de oro; la estola multicolordonde resaltan artísticos bordados; la casulla riquísimasembrada de floresque compiten en hermosura con las estrellas; la capa pluviala un manto regiosemejante y que a su valor intrínseco une su altísima y sagradasignificaciónpor vestir todas estas prendas perdía yo el seso. Pero ¡ay!que viendo a través de un prisma idealcompletamente ideal la carreraeclesiásticame metí en ellay ahora lucho en vano por desasirme de losvotos prestados y por eximirme de los compromisos contraídos.

En los alucinamientos de mi fantasíaengendrados en parte por voluntadpropia y en parte por sugestión ajenacreí hallar un cielo de venturasy heencontrado ¡oh suerte aciaga! un infierno de calamidades.

-¡Jesúsqué de cosas tan atroces está usted diciendo! -prorrumpió todaasustada Magdalena.

-Y un díano sé si decir venturoso o desgraciadoporque a todo obliga elamory aun las penas nos placen cuando provienen de aquellos seres a quienesadoramos y de cuya vida vivimos; y un díaiba diciendose arrodilló a lospies de mí confesonario cierta joven capazcon su hermosurade causarle almismo sol enojos. Estaba yo recién ordenado y era la primera vez que a mis piesse arrodillara un penitente. No necesito decirte que aquello fue... confesiónpara ellaconfusión para mí. Nunca supe las palabras que pronuncióy esoque yo tenía fijos mis ojos anhelantes en sus labios de rosa. No sé más sinoquedesconfiando de mi fuerza de voluntaddándome vuelcos el corazón cual siquisiera salirse del pechola frente ardorosamás aúncalenturientatemblorosobalbucientesin atreverme a pronunciar palabra por no decir unainconvenienciade prisa y corriendo como para huir de la mala tentación que measaltabaabsolvíla maquinalmente y la despedí presuroso. Desde aquel momentoMagdalenano he podido hallar calma ni sosiego en ninguna parte. Una granpasión amorosa ha surgido en mi pechola cual cobra mayores proporcionesamedida que pasa el tiempo y me voy convenciendo de lo imposible que es susatisfacción. CreepuesMagdalenaque no hay tormento comparable al que yosufroviéndome entre las espesas redes de un amor sin esperanza cogido. Casipor sorpresa le hacen a uno curapuesto que entrados en el seminario cuandoapenas tenemos conciencia de nuestros actosy al arrullo de las monsergasteológicasy al amor de las prácticas eclesiásticasy al eco sempiterno delas leyendas místicasen un medio ambiente propio para atrofiar hasta lasinteligencias más claraseducadoscuando salimos al mundoni siquieratenemos de él la idea más remota; luego se exige de nosotros el mayor y máscruel de los sacrificiosla continencia absoluta y perdurable. Creced ymultiplicaosdijo Dios a todos los hombresy los primates de la Iglesia lesdicen a los sacerdotes: ahogad en el pecho vuestras pasionesvencedporardorosa que seavuestra naturalezay sacrificad con vuestra vida mil vidasmásen aras de una religión quepor este solo hechoaún puede compararsecon las bárbaras religiones antiguaslas cuales no sólo inmolaban seresirracionalessino también seres humanos.

-¿Y la moza a quien se refiere usted es Isabel? -preguntó el ama de llaves.

-Ya te lo he dicho al principio de nuestra conversación: Isabelpor quiendaríaa ser posibleuna y mil veces mi existencia.

-Pues le aconsejo a usted que desista de su empeñoy entre otras cosaspiense que puede la muchacha estar enamorada de otro añadió con ciertoretintín Magdalena.

-¿Esto más? -exclamó el Sochantre-.Era todo lo que me faltaba. Aún puedohasta cierto puntoir conllevando mis contrariedades amorosas mientras Isabelno sea de hombre ninguno; pero pensar que puede serlo¡oh! me desespera.

-Pues lo natural es que joven tan guapa se case el día menos pensado.

-No será mientras yo aliente -replicó desconcertado y fuera de sí elSochantre.

-¿Y cómo va usted a impedirlo?

-¿Cómo? Ya lo verás.

En este momento llamaron a la puerta de la calley Magdalena se levantó aabrir. Antes de que se alejarasiempre prevenido el Sochantredíjole casi aloído:

-Por supuesto que no necesito recomendarte la mayor discreción.

-¿Quiere usted callarseseñor cura? Soy mujerpero no gusto de lasmurmuraciones. Ademásle quiero como a un hijoy si algo me conduelees nopoder mitigar de algún modo sus penas. Mi fidelidad para con usted supera a lafidelidad que guardan los perros a sus amos.

-No esperaba otra cosa de ti. Ahora ve a ver quién es y hazle que pase. Yacontinuaremos otro día nuestra conversaciónpues la confianza que en ti hedepositado no imagines que ha sido a humo de pajas.

Y Magdalenasin detenerse un puntofuese con dirección a la puerta de lacalle.

Por la anterior conversación puede colegirseapenas presentadolos puntosque calzaría el Sochantre. Hijo de una de esas pobres familias labradorasquienes en parte por supersticioso culto al catolicismo y en parte por interésy por cálculo dan a la clerecía numeroso contingentelos primeros años deestudio fueron acompañados de innumerables privaciones. Más de una vez estuvotentado de colgar los hábitos y agarrarse al legónhuyendo así a loscontinuos vejámenes que sus compañeros de Seminario le infirieran y a lasforzosas vigilias impuestas en su tristísimo estado económico por lanecesidad. Una de esas becasinventadas por la Iglesia en la penuria natural desacerdotesque forzosamente ha de traerleentre otras prácticas harto severaspara observadas con escrupulosidadel mismo celibatollegada en hora felizlosacó de apuros y le procuró medios de terminar su carrera. De colegialfuetorpe al extremo de tenerle que meter los dómines a macha martillo el latín enla cabeza; de clérigotan negado para el púlpitoque una vezdisertandosobre la muerte y pasión de Jesúslo tuvo en la calle de Amargura toda latardesin poderlo llevar a la cima del Calvarioy otras varias vecesmohínoy cabizbajoviose obligadosin concluir el sermóna descender de la sagradacátedray entre las risas mal reprimidas del auditoriorefugiarse en lasacristía.

Sin embargocual los castellanos viejossegún lo correcta y castizamenteque hablanparecen traer cuando nacen una gramática española debajo delbrazoel Sochantrepor su parteparecía haber traído al mundo cuando nacióuna gramática tambiénpero no castellanasino pardacuyas reglas empleabacon habilidad para el mejor logro de sus casi siempre utilitarias empresas. Porsu oficio místicoél cantaría en el coro; mas cualquiera que de susañagazas para extraer a beatos y beatas hasta el pringue de los bolsillosestuviese enteradoa fe de quien soydijera que cantaba en la mano. Paracaptar herenciasni con una luzde entre clérigos o seglareslo halláismás listo. Aquella maldición célebre del Nazareno contra los escribas yfariseosa quienes decía: «¡Ay de vosotroshipócritas! Porque coméis lascasas de las viudasy luego por pretextooráis»cogíale al padre Franciscode medio a medio. Y no sólo entrabacomo si dijéramosa saco en el hogardesamparado de las pobres viudas ajenas a su familiasino que hasta depredabaen el cercado mismo de sus parientes más próximos. Él atrajo para sípormedio de verdadero abuso de confianzaque el Código civil no castigapero quelas conciencias honradas repruebangrandes cantidades en sus manos depositadaspor un colega suyoque murieracual suelen muchos de la claseporreblandecimiento de la médulaloco. Élen su calidad de sacerdotenombradomuchas veces albacea testamentariono correspondiendo a la confianza que en susacratísima persona depositaran los moribundosmetió en sus arcas el oro quedebió repartir entre los pobres. Él ¡cobarde! amenazó a la propia mujer desu hermano muertoy le hizo firmar tratos y contratos que le granjearon a supaternidad pingües rentas. Élen finconsentía en su sórdida codicianadando en riquezas como estabaque sus parientes vivieran poco menos que en laúltima miseria.

En aquel hombre de alma tan negra como su sotanalos siete pecados capitaleshablan echado hondas raíces. Aunque de continuo cubierto su rostro con unaespecie de antifazdonde se reproducía a las mil maravillas la mansedumbreencuanto por cualquier motivoen conversaciones más o menos acaloradaslehurgabais un pococaíasele éste y se mostraba tal cual era de rabioso eiracundo. Le sucedía en esto al Sochantrey valga la comparaciónlo que alas malas maderas pintadaslas cualescon apariencias de inapreciablespierden completamente su mérito ficticio en cuanto con la uña descascarilláisel sobrepuesto baño de barniz que las cubre. Pero sobre todos los viciossobrepujaba y sobresalía en el padre Francisco unoel más feodada sucondición de clérigola lujuria. No podéis imaginaros hombre más prosaico ymás sensual. Confesarse con élno era confesarseera convertirse eninterlocutor forzoso de diálogos por todo extremo escandalosísimos. Todo sugozo estribaba en ver arrebolarse y encendersea sus impúdicaspor nollamarlas groseras preguntasel semblante sereno de las doncellas. Todo sudeleiteescudriñar en las casadas hasta el detalle más mínimo de lossecretos de alcoba. Y como si el confesonario no fuese bastante a procurarleocasiones múltiples donde saciar a mansalva sus instintos eróticoscreó¡hipócrita! un centro de enseñanza denominado «Escuela dominical»dondesi algunas pobres aldeanas aprendieron a mal leerfue a costa de su pudor y desu vergüenza. Pertenecíaacortando razonesaquel padre de almasa laestirpe de esos curas de misa y ollaquienesen mengua de nuestra sacratísimareligiónconvierten los cepillos de iglesia en cajas de giro para su usoparticular; dicen del purgatorioen sus expansiones íntimasque es el secretoal cual debe mayores rendimientos la clerecía; perturban la inteligenciapopular con milagros de pacotillaque podríamos consentirsin riesgo ningunoque nos los clavaran en la frente; a esos sacerdotes sacrílegosquienes hacencomo los antiguos fariseosdel templomercadoy como elloscomercian con lascosas santas; a esa maldecida estirpe de clérigoslos cualesfaltos deconciencia y de fetras una noche de orgíacon el vapor del mosto dentro desu cabezalos ecos de la canción báquica zumbando en sus oídoslasinmundicias del sensual coloquio aún desparramadas por su cuerpovansecínicosa consagrar la hostia y el vinoque luego consumen con respetoidéntico al que suelen los profanos cuando toman la mañanasegún solemosdecircon un par de buñuelos y media copa de aguardiente.

Por fortuna abundan poco en nuestro clero estos energúmenos. Frente a untipo tan repulsivo como el que acabamos de presentarpodríamos poner muchoscuras de aldea a lo Escrichlos cualespor su continenciapor su mansedumbrepor su caridadpor la práctica rigorosa de todos los principios evangélicosmerecerían el calificativo de santos. Hacemos adrede esta aclaraciónporquesi nuestro objeto es combatir en bien de la moral pública el celibatoeclesiásticono lo es declararle guerra sistemática al sacerdocioempleandoarmas tan cortas para esgrimidas por quienes de nobles en sus sentimientos sepreciancomo la injuria y la calumnia. Sálvensepueslos buenos sacerdotesy caiga únicamente sobre la cabeza de los malos todo el rigor de nuestrasrecriminaciones.

El caso es que nuestro Sochantre pertenecíacual hemos afirmado en unprincipioa esta última clasey que con sólo ver su boca desgarrada quetorcía al cantar en el corocual suelen los sastres cuando la tijera muerde elpaño hecho dobleceslo estrecho de su frentelo abultado de sus nariceslomayúsculo de sus orejaslo torvo de su mirarel conjuntoen finde suovalado rostro que tiraba de puro moreno a verde aceitunaveíais en él unhombre por todo extremo antipático. Pues consejero auricular de tal fustebuscó en sus apuros el maestro de escuela para que le auxiliase en la empresade hacerle desistir a Isabel de sus amores con Andrés.

¡Quién había de decirle al maestro que huyendo del lobo iba derecho ameterse en su propia madriguera!

Pero continuemos nuestra narración.

A los pocos minutosguiado por el ama del curapenetró en la habitaciónD. Vicente. Al verlo el Sochantredemudósele la faz y se le atragantaron laspalabras. Élque para todos los actos de su vidaaun los más reprobablesencontraba excusa siempreno pudo ahoraviendo de improviso aparecer ante síla veneranda figura del ancianocuyas canas pensaba mancillarcontener suturbación. Pero D. Vicenteque en su fanatismo religioso todo podía creerlomenos que un sacerdote fuera capaz de cometer acción baja de ninguna especieno paró mientes en estos detalles. Por finmal repuesto de las emociones quele causara la inesperada visitael Sochantreacertando a formular un saludodijo:

-Bien venido sea mi amigo D. Vicente.

-Séalo muy bien hallado el padre Francisco -respondió el maestro deescuela.

-¿A qué debo la honra de verle a usted por mi casa? -volvió a preguntar elSochantre.

-¡Cosas bien tristes a ella me traen! -replicó de nuevo el maestro.

-Pues ¿qué ocurre?

-Ya sabe usted que tengo una hija en la cualmuerta mi mujerhereconcentrado todos los afectos de mi alma.

-¿Isabel? -exclamó el padre Francisco.

-JustoIsabel; la criatura más angelical que existe bajo la capa del cieloa quienpara desdicha míale ha dado ahora la ventolera de casarse.

Semejante noticia le produjo al padre Francisco el efecto que un escopetazodisparado sin previo aviso a sus espaldas. Sin embargofingiendo calma yserenidad imperturbablesobservále con dulzura al maestro:

-Ninguna pretensión tan justaa mi vercomo esa de casarsesobre todo sise considera que su hija de usted se halla en la época feliz de laflorescenciao sea en la edad de los amores.

-Nosi a mí tampocono vaya usted a creer que soy egoístame parecedescabellada tal idea.

-Pues entonces...

-Lo que me parece inaceptable de todo punto es el hombre con quien se haenjotadoy al cual a toda costa quiere unirse.

-¿Le conozco yopor supuesto?

-¡Ya lo creo! Si es Andrésel hijo del tío Félixel carnicero.

Mordióse los labios el Sochantre al oír el nombre de su afortunado rivalpero fingiendo siemprereplicóle al maestro:

-Pues no harían mala pareja.

-Calle ustedseñor curacalle ustedporque pierdo los estribos cuandoconsidero que esa perla de muchacha puede ir a parar a los brazos de undestripa-carneros semejante.

-De todos modosIsabel ha de casarse algún díay que digamosen elpueblo no abundan los marqueses -observó con cierto humorismo que desdecía desu estado interior de ánimo el Sochantre.

-¡Oh! Si yo tampoco quiero para marido de mi hija ningún título deCastilla; me basta y me sobra con un industrial honrado; maspor Diosque nopertenezca al gremio de carniceros.

-¡Jajajajaja! ¿Y son esos los inconvenientes que ofrece elmatrimonio de Isabel con Andrés?

-¿Y le parecen a usted pocos?

-Pero si el muchacho no ejerce profesión semejante.

-Bien. Estamos al cabo de la calle. La ejerce su padreque es lo mismo.¿Ustedeslos sacerdotesno nos han enseñado que las faltas de los padrescaen sobre los hijos hasta la cuarta generación?

-Desde luego. Así lo afirman las Santas Escrituras.

-Pues entonces no son tan necios como a primera vista parecen misescrúpulos.

-Pchs... ¿Qué quiere usted que yo le diga? Cada cual en el mundo aprecialas cosas a su manera.

-Por Diosseñor curanada de ambigüedades. ¿Aprueba ustedsí o nolaresolución tomada por mí de no autorizar semejante matrimonio?

El Sochantreque trataba de ganarse a toda costa la voluntad de D. Vicentecreyendo a este fin hábil no contrariar sus propósitosreplicóle sinvacilación:

-Lo apruebo en absoluto.

-En tal casoy aquí entra el objeto de mi visitaprésteme usted suvaliosísimo concurso.

-¡Mi concurso! ¡Diantre! ¿Para qué?

-Para convencer a Isabel de lo descabellados que resultan a todas luces susamorosos empeños.

-¡Oh! Esa es una empresa de gigantes.

¿Arrancar del corazón amores que quizás tengan echadas hondas raíces?¡Bahbahbah!... imposible.

-¿Cómo imposible? Pues y los conventospara qué están ahí?

¡Los conventos! Por Diosmi amigono desbarre usted. En esos santos asilossólo tienen cabida las almas apacibles de aquellas mujeres que arden en amorsípero en amor al Eterno.

-¿Qué hacemos entonces? ¿A qué medio recurrimos? Porque ella estáresuelta a casarse con Andrésy yo por mi parte¡Dios me perdone! estoydecidido a matarla antes que tal suceda.

-Vayavayavayano se exalte usted. Yo intervendré en el asuntoy opuedo pocoo deshacemos el noviajo. Isabel es buenaes dócily yo creo quesi en lugar de exasperarla procuramos convencerla cederá al fin.

-Dios lo quiera.

-Al caer la tardecuando vuelva de mi paseo vespertinopasaré por su casade usted; procure dejarme solo con ella.

-Usted espera lograr...

-Allá veremos.

-En sus manoscomo quien diceencomiendo la tranquilidad de mi vejezseñor cura.

Y tras una despedida por extremo afectuosísimapartióse a su casa D.Vicente.

La impresión que en el ánimo del Sochantre produciría esta inesperadaentrevistapuede colegirse por las exclamaciones de júbilo escapadas a sugarganta en cuanto el maestro hubo desaparecido de su presenciapuesdirigiéndose a su amaquien desde la puerta oyera el anterior diálogogritó:

-AlbriciasMagdalenaalbricias. La cosa marcha a pedir de boca. El diabloha tentado a este buen hombrey sin presentirlo viene a poner en mis manos elobjetivo de mis ansiasla prenda de mis amores.

- IV -

Sobre un tablero de piedra berroqueñapor el continuo roce de losestropajoscon que asaz limpias las muchachas a diario lo fregoteanbruñidocasivense inmóviles varios cántaros de arcillalos cualesrezumando porsus poros considerable porción de aguamantiénenlos a la par siempre frescosy brillantes. Apoyados en las bocas de estas vasijasque nos recuerdan por suartística configuración las antiguas ánforas griegashaciendo veces deremate y de tapaderaadornadas sus asas con flores del tiempolos búcaros ylas jarras lucen cuantos primores ha puesto en ellos la mano del alfarero. Alpie de este poyo de fábrica o armazón de maderacomo dirían los académicosel lebrillo moruno de toques metálicosdonde caen a hilosdespués de habercorrido por las regatas o surcos labrados en la piedralimpios escurrimbres deaguahase trocado en móvil fragilísima alberca. Por las paredesa vecesencaladasa veces enlucidasa veces ornadas con brillantes azulejosvarios encolor y caprichosos en dibujoinfinidad de alcarrazas vacíaslas cuales hande reemplazar a cuantas se rompieran a fuerza de traerlas y llevarlas a lafuentecuelgan de sus correspondientes clavos y dan a la estancia visos decacharrería. En uno de los rinconesapoyada en fuerte aro de hierrolajofainadonde se lavan las manos antes de sentarse a la mesasegún costumbreinveteradalos meridionalescompite en blancura con el lienzo que cuelga deltoallero. Limpio como una patenaoliente a flores como un jardínfresquísimocomo la nieveaparece este sitio de la casa en aquellas provincias nuestrasdonde tanto queman los rayos del sol y tanto soplan los vientos de Áfricaenverdad como un sitio no sólo poéticosino privilegiado.

Con el nombre de cantarero se distingue entre los naturalesmas cualquieraal verlo diría que era algo así como un santuario levantado al agua poraquellos pueblosverdaderamente hidrópicos a causa de sus largas y continuassequías.

¡Y con qué primor arreglan las mozas la cantarera! ¡Con qué aseo cuidanellasque de puro limpias lavan el aguano sólo de que nunca las vasijasestén a medio llenary mucho menos vacíassino de que aparezcan lucientescomo la platatersas como el cristal! Cuantos nacidos en las provincias deLevante recordamossobre todo por las épocas del calorsitio de nuestrascasas tan frescotan atractivotan delicioso como la cantareracasi siemprelevantada en el amplio zaguán cerca de la puerta de la callesentimos ennosotros avivarse una sed verdaderamente rabiosa. Y es natural que así sucedahechos como estamos a las rústicas costumbres del campo. Cuando el sol deAgosto dejaba caer perpendiculares sus rayos de fuego sobre nuestras cabezasenlos promedios del díaa nosotroshijos de la campiñagustábanos ir amitigar la sed en el remanso del bullicioso arroyueloo en la linfa de la clarafuentey tendidos por el césped todo lo largo que éramoscoger afanosos enel hueco de la mano el agua recién manante y viva. Cuando el siroco corríacaliente por nuestra zonaagostando los vegetales y secando las gargantas anosotroshijos de la aldeaplacíanos irantes que a otro cualquier sitiofresco de la casaa la cantareray beberantes que en ningún otro vasoenbúcaros o jarras el inodoroincoloro y transparente líquido.

Los pobladores de una gran ciudad no pueden comprender la poesía que guardanen si estas al parecer fútiles nonadasporque sus ojos no han visto bajo elhorizonte azul que limita una crestería de montañas caprichosasdesde la basehasta la cima cubiertas de olorosísimos vegetalespaisajes tan espléndidoscomo aquéllos; porque en sus oídos no ha penetrado el eco de aquellascampanasque si repican os hacen saltar de alegríay si doblan os hacen morirde tristeza; el eco de aquellas campanasa la hora misteriosa de loscrepúsculoscuando tornan del tajo o van al tajo madrugadorescomo lasavecillas que revolotean en torno suyolos jornalerosy en medio de unsilencio sepulcral todas las rodillas se posan en tierratodas las cabezas sedescubrentodos los labios profieren místicas oraciones; porque sus paladaresno se han humedecido bebiendo a gañote en el botijo el agua resfriada a lasombra de los árboles por el fresquísimo leveche; porque sus pechos no se hanconmovido viendo en la plaza públicaalrededor de la fuentelas muchachas delpueblo fregar sus cántaros en el vacíollenarlos al chorro y transportarlosen sus costados a la cantarerasobre cuyo mármol los jazmines envueltos enhojas de parralas alábegas hacinadas en manojos artísticosy mil floresmásaguardan como un rocío del cielo las chispas de agua al ser trasegada deunos cántaros a otros cántaros.

Pues en este ameno lugar de la casa hallábase Isabelescanciando un porrónde agua clarísima recién traído de la fuente sobre la cantareracuando trasun Ave Maríadicho a voz en cuello desde la puertaapareció ante sus ojos elSochantre.

La hija del maestroen cuyo rostro brillaba esa luz espiritual que iluminalas cabezas de las vírgenes por los pintores místicos en los arrebatos de suinspiración trazadaso ese atractivo misterioso con que nacen algunos seres yde los cualesno sabiendo cómo expresar las corrientes de simpatía que haciaellos nos arrastranel vulgo dice que tienen ángelbien ajena en su candornativo a los voluptuosos deseos que sin pensarlo podía despertar en el pechodel inesperado huéspedmostrábase en aquel momentocon los brazos remangadoshasta los hombros; el pañuelobajo el cual se rebujabasin alfiler que loprendieramedio caído sobre su seno; envuelta en su zagalejo de coloresaltérmino de cuya franja o remate inferior se descubríanno sólo sus diminutospiessino hasta el nacimiento de sus esculturales pantorrillas; caído elcabello en dos trenzas por la espalda; en los rasgados ojos una mirada tristeen los purpúreos labios una sonrisa amargamostrábaseíbamos diciendomáshermosa que nunca y más que nunca tentadora. Así el padre Franciscoal verlaquedóse plantado como una estatua en medio del zaguánsin atreverse a dar unpaso hacia adelante.

El desaliño en que sorprendiera a la hermosa aldeanahabía avivado en supecho la honda pasión que ésta le inspirara; mas el temor natural a echar portierra sus proyectos con una imprudenciacontúvolo en los límites de lacircunspección y del respeto más rigorosos. Como viera a la moza completamenteturbadapara infundirle ánimosle dijo:

-No te avergüencesmujerno te avergüences. Ve a tu cuartoalíñate unpocoy torna a este sitioporque deseo hablar contigo un rato sobre cosasinteresantes.

Isabelquien se había replegado en sí misma al ver al Sochantrecualrepliega sus tallos y encoge sus hojas la púdica sensitiva al roce más ligeroy cubiértose con ambas manos el rostroque una ola de rubor encendieraparaocultarlo a las miradas insistentes y lascivas del señor curaobedeció sinreplicar la orden. Mientras la hija del maestro cambiaba su destartalado trajecasero por otro modestopero decorosoel padre Franciscosuspicaz como élsoloentretúvose en pasar revista a cuantos objetos a su alrededor viera.Entre éstos halló el costurero de Isabel y se puso a escudriñarlo con lamayor detención posible. Agujasdedalespinzaspunzóntijerasbotones detodas claseshebillas de varios tamañoscarretes de hilomadejas de sedapiezas de cintasmuestrarios de telasremiendos variostodo cuanto guardabaen su fondo aquel mueble femenillo extrajo revuelto en un dos por tres elseñor curasin encontrar algo que al parecer buscaba. Ya iba a darse porvencido y a declarar inútil tamaña investigacióncuando tropezaron sus dedoscon una flor secaal extremo de que algunos de sus pétalos se hicieran polvoal frotarlos para examinar por el tacto lo que podría ser aquello.

-¡Holahola! ¡Flores en este rincón del costurero! Pues aquí debeguardar Isabel alguna otra prenda de amor que quizás me convenga conocer -dijoel Sochantre hablando consigo mismoy se puso a registrar hasta el fondo delcajoncillo. En seguidacomo diera con un papel hecho varios doblecesexclamópara sí de nuevo:

-¡Una carta! Veamos lo que dice. Y se puso con avidez a leerla.

Aunque ya industriado en los amores de Isabel con Andrésal terminar lalectura de la cartael padre Francisco había perdido por completo el colorsupulso hablase alteradosu pecho se había oprimidouna angustia horriblehéchole poco menos que caer sin fuerzas sobre la silla más próxima.

Y habla para eso y para mucho más. La carta extraída del costurero por elpadre Franciscoera de Andrésy en ella conjuraba éste a su novia a queperseverase en los propósitos de verificar al amparo de la leylo antesposiblesu anhelado matrimonio.

A pesar de su maliciael Sochantre no había imaginado que Isabel y Andrésllevaran tan adelantados los oficiosy el descubrimiento del amoroso complotle hizo el efecto que una bomba explosible caída repentinamente a sus pies.Pronto se repuso de la fuertísima emoción que la lectura de la epístolaamorosa le causara el bueno del señor curay pronto concertó un planmaquiavélico de obstrucción y de impedimentoal cual libraba grandesesperanzas.

Consagrado a estas maquinaciones se hallabacuando compareció de nuevoyaaliñada y compuestaante su presencia Isabel. Si dejándose llevar de suscelos el padre Francisco en aquel instante le da gusto a la lengualo desbaratatodo y todo lo echa por tierra; pero tal procederademás de insensatoresultara contraproducente para el fin que se proponíay haciendo de tripascorazón y revistiéndose de paciencia sumay fingiendo una templanza incapazde sentirobservóle a la hija del maestro con voz tan dulce como lo podíapermitir su estado de exaltación nerviosa y lo áspero y bronco de su pésimagarganta:

-Ya sabeshija míaque la Pascua se acercay por consiguiente la horapropicia de cumplir como buena cristiana con nuestra santa madre la Iglesiacatólica.

-Es verdadpadre cura. La semana mayor con sus oficios convida a todos losfieles a que frecuentemos el templo y bajo sus ámbitos ofrezcamos a quien pornosotros sacrificó su vidamil benditas oraciones -dijo Isabel sin vacilar unpunto en su contestación.

-Ya sé que erescual pocas mozas del pueblocatólicaapostólica yromana de pies a cabezay en ello me complazco mucho. Mas ahora no me refieroyo a que asistas con grande asiduidad a las ceremonias que celebran la Pasión yMuerte de Nuestro Señor Jesucristosino a que cumplas uno de nuestrosprimordiales mandamientosel que dice cómo todos los católicos debenconfesarse a lo menos una vez dentro del añoe indefectiblemente por PascuaFlorida.

-Agradezco a usted en el alma la advertencia que me haceseñor curamas yaen mis propósitos habla entrado éste de cumplir con la Iglesia.

-Tanto mejor -contestóle el Sochantre-. ¿Y cuándocuándo piensas ir aconfesar tus pecadillos? -dijo añadiendo a una respuesta una pregunta el padrede almas.

-¿Cuándo le parece a usted? -exclamó sonriente Isabel.

-¡Oh! En asuntos cual ésterelacionados con la salud del almanunca esmaloa fuer de prevenidopagar con anticipación las deudas espirituales.

-Pues entonces mañanade buena mañaname tiene usted a los pies de suconfesonario.

-¿Tendrás tiempo suficiente para hacer el indispensable examen deconciencia en tan pocas horas?

-Si le tengo hecho y rehecho desde Dios sabe cuándoseñor cura. ¿No veusted quedespués de todono son tantos mis pecados?

-Bienbien. Pues hasta mañanahija mía.

-¿No quiere usted tomar cualquier bocadillo antes de marcharse? Le haré unajícara de chocolate si usted quiere.

-Nomuchas gracias. Me esperan en casa. Ademásno cenaría con apetito siahora aceptase los obsequios que me ofreces de tan buena voluntad.

-Ya sabe usted que sí. Aun en ausencia de mi padrele ofrezco a usted todocuanto hay en la casasegura de interpretar el deseo suyo.

-¡Zalamera! -dijo acompañando su frase de cariño con una palmadita en elhombro de la mozael padre Franciscoy se despidió satisfecho hasta el díasiguiente.

Al transponer la puerta de aquella bendita casa donde se albergaba tantahermosuratanta virtudtanto amordio de manos a boca con el maestro deescuelanuestro clérigoy en pocas palabrasle explicó éste el resultadode su entrevista con Isabel. Tal diálogoque durara contados minutoscerróloel Sochantre diciendo:

-Nadanada. El asunto corre por cuenta mía. Déjeme usted obrar y no seapene por cosa ninguna. Isabel no se casará con Andrés. Acuérdese mi amigo D.Vicente del día en que se lo digo.

¿Acertaría en sus augurios el padre Francisco? Ya lo sabrá a su horadebida el curioso lector.

Con la primera campanada del albalas puertas de la iglesia se abrieronyalgunas beatasarremolinadas en torno del sacristánpenetraron en ella. Aúnreinaba la noche en el piadoso recinto y aúnbrillante como una estrellasedestacaba en medio de tanta oscuridad la perenne luz del Sagrariocuando Isabelcaía de hinojos a los pies del padre Francisco.

Aquí vienen como de molde algunas observaciones sobre tema tan discutible ydiscutido cual éste de la confesiónuno de los dogmasen sentir nuestromás absurdos con que cuenta la Iglesia católica. No discutamos su origendivino ya quebasados en las palabras puestas por San Mateo en labios deCristocuando en el capítulo XVIIIversículo 18 dice a sus discípulos:«Todo lo que ligareis en la tierraserá ligado en el cieloy todo lo quedesatareis en la tierra será desatado en el cielo»; y basados en las palabraspuestas por San Juan en boca de su excelso Maestrolas cualessegún elversículo 23capitulo XXfueron: «A los que remitiereis los pecadosles sonremitidos; a quienes los retuviereisserán retenidos»; y basados en estafrase del apóstol Santiago: «Confesad vuestras culpas los unos con losotros»los Santos Padresa tan alto rango elevan el tribunal de lapenitenciasiquier en los primeros siglos del cristianismo las confesionesfueran actos públicosseguidos de públicas sentenciasen justainterpretación de los citados textos evangélicos. La prueba más evidente deque las confesiones fueron públicasla encontramos nosotros en la etimologíamisma de la palabra confesor.

En tres categorías o estirpes suele dividir la Iglesia católica a lossantossegún su vida y los incidentes a que su vida estuvo sujeta. Aquellospropagadores incansables de las ideas evangélicasquienes murieron en su fede muerte naturalsin haber experimentado los horrores de la persecuciónengendrada por la intoleranciadenominólos sencillamente apóstoles; aquellosotros menos afortunadoslos cuales pagaron a precio de sangre su creencia enCristollamólos mártires; y por últimodistinguió con el nombre deconfesores a aquellos quesin temor a la persecución y con riesgo de la vidadijéronse siempre partidarios fieles de la religión cristiana. De aquíprovienesi nuestras investigaciones no marranla palabra confesor. Pero comotodo en el mundo se maleaeste hermoso títuloque denotaba arraigadasconviccionesvoluntad firmísimaresolución inquebrantable en quienes para sugloria lo llevasenuna vez instituida la confesiónpasó a ornar la frente deprivilegiados sacerdoteslos cuales a costa de él se lucraban y engrandecían.

¿Quién es capaz de enumerar las ventajas que al sacerdocio procuró deantiguo este sagrado oficio? Con una moneda de orode plata o de cobreavoluntady según sus recursosremuneraban los primeros penitentes a losclérigos su trabajo místico de confesarlos y absolverlos; generosa costumbrela cualdegenerando en viciosa corruptelainventó esas mandas eclesiásticasa cuya virtud la mezquina barquilla de los pescadores que seguían a Jesústrocóse en vasto emporio de riquezas. Pero si estos abusos desaparecieron pocoa pocoprincipalmente a causa de las guerras interiores entre el clero regulary el clero secularlas cuales despertaron las conciencias y amortiguaron la feen cambio otro género de ventajas vino a sustituirlas. Por medio de laconfesiónlos sacerdotespenetrando en el sagrado del hogarse industriaronen los secretos de la familiay recabaron desmedida influencia en lassociedades. Por medio de la confesiónlos padres de almas franquearon ladistancia que media entre la pobre cabaña del supersticioso campesino y elsuntuoso palacio del noble endiosadoimperando por igual en todas lasvoluntades. Por medio de la confesiónlos humildes pastores espiritualesascendieron hasta las gradas mismas del tronoy apoderándose de la concienciade los reyesgobernaron a su antojo los Estadoscual lo testificansin salirde Españael padre Nithardconfesor de Mariana de Austria; el padre Aubentonconfesor de Felipe V; el padre Claretconfesor de Isabel II.

Pero sin nada de esto¿no os parece que el sacramento de la penitenciavisto al trasluz de la criticaresulta una institución inmoralabsurdaodiosa? Es inmoral la confesión porque tiende a conocer secretoslos cuales aveces el individuo que los poseequisiera arrancarlos de su pensamiento para niaun con su recuerdo avergonzarse; es inmoral la confesiónporque tiende aescudriñar la vida íntima de la mujerlos ensueños eróticos que surgeninconscientemente en su vivaz imaginaciónlas impresiones experimentadas a lapresencia del noviodel marido o del amante

y sus audacias o atrevimientoslas interrogaciones que les dirigen cuando lafiebre del amor les asalta cada uno de estos tres personajesy otras milvoluptuosas interioridades a cuya sola enunciaciónhasta la faz de la mujerpúblicacurtida en el escándalose tiñe con el carmín del rubor y lavergüenza; es inmoral la confesiónpor el mismo rigorosísimo secreto de quese halla investidaya que puede darse el caso de ver criminales confesospasearse por las callessin que tribunal ninguno los tenga a raya ni policíade ninguna clase les vaya a la mano.

Y no hablemos de la incompetencia de este tribunal sacratísimo. Sinjurisdicción por las leyes para condenar al reo que de hinojos a sus plantasconfiesa el asesinato o el robo cometidosel sacerdote aparece como un juezrecusable al interponerse entre nuestra conciencia y Dios. Y no hablemos de suinutilidad. Por medio de este sacramentose proponen los sacratísimos oidoresmísticos conocer y medir la gravedad de las faltas cometidas por lospenitentes; se proponen aplicarle a cada uno su indispensable severo correctivoy luego sólo cuentana todo contarcon advertencias más o menos oportunasyconsejos más o menos sabios. ¿Qué institución es ésala cualfiando elperdón al arrepentimientodeja a merced del penitente su propia sentencia?¿Qué tribunal es éseante el cual un reo se acusa a sí mismose juzga así mismo y a sí mismo se condena o se absuelveconstreñido como se halla elconfesor a creer a cierra ojos cuanto se le antoje decirle? Por estas y otrasrazonesla confesión queda reducida a una especie de consejo auriculardelcualsi alguien en los pueblos católicos gustason únicamente las mujeres ylos niños.

En desprestigio de tal sacramentose han dicho frases verdaderamentesanguinarias y se han inventado anécdotas socarrones como ellos solos.

El más gracioso que de estos últimos conocemos es el que vais a oír:

En cierta ocasión diole a San Pablo la ocurrencia de descender del cielo ala tierra para averiguar qué progresos había alcanzado la religión cristianapor la cuallleno de ardiente feél ofreciera en holocausto su cabeza.

Como nuestros santosen esto de viajarles dan quince y raya a losinglesespronto el buen apóstol preparó lo indispensable a su largo viaje; yen montura vaporosa sin dudapor vías tan ampliasde fijocomo la VíaLácteadeteniéndose en estaciones de tránsito tan pintorescas como laprimaverael otoñoel estío y el inviernoingresó alegre en nuestrapatria. Inmediatamente que puso pie en tierradiose a visitar iglesiasmuchasde las cuales podían por su magnificencia competir con el famoso templo deSalomón. San Pabloaunque poco ducho en artes plásticasse entusiasmó alver tales monumentosy se deshizo en justísimos elogios.

Ya se disponíatras este repasoa entrar en una de las iglesiascuandodivisaron sus ojos sobre la puerta un cartel que decía: «Hoy se saca ánima».Despertóle tan extraño rótulo su curiosidady dirigiéndose a uno de lossacristanes que por la iglesia pululabanle preguntó qué significaba aquello.Cuando éste le hubo explicado cómo por medio del santo sacrificio de la misaen ciertos días del añolos clérigos sacan a voluntad del Purgatoriodondeyacen revueltas entre las llamaslas ánimas en penaSan Pablo creyó morirsede risay con cierto amargo dejo de incredulidad pronunció estas irónicaspalabras:

-¿Conque ésas tenemos? Ya sabía por referencias de otros santoscompañeros míos que el cristianismo estaba en verdadero augeperofrancamentenunca imaginé progresos tamaños.

Traspuesto el pórtico y ya en el templolo primero que descubrió el granorador místico fue una caja de regulares proporcionesespecie de hucha dondealgunos fieles depositaban monedas de todas clasessegún lo más o menosardiente de su fe y lo más o menos repleto de sus bolsillos.

Y esto ¿qué es? -preguntó el santo.

-Pues estoseñor -repuso el sacristán-es un cepillo donde se recaudanlas limosnas para sostener el culto y clero.

Frunció el ceño San Pablo al oír al sacristány dijosiempre conretintín:

-No me parece mal. Aquí se conoce que se curan en salud los representantesdel Cristo. Ellos tendrán fe en sus doctrinas y confianza en sus promesasperose conoce que prefierental vez por ahorrarle trabajo al Eternoalimentar yvestir sus cuerpos por cuenta propiasin acordarse de que podría alimentarlosy vestirlos quien viste a los lirios del valle y nutre a las aves del cielo.

De las pilas bautismales llenas de agua lustralSan Pablo no se acordó paramaldita la cosa. De las sacrasde los candelerosde los cálicesde laspatenasde las custodiasde los incensariosde las cruces magistralmentetalladas en oro y platadel lujo con que atavía sus personas con toda clase deprendas costosísimas el clerodijo sencillamente que le parecía exageradoyde todos los demás objetos que vierahizo observacionesni bien laudatoriasni bien difamantes.

Terminada la visita e inspeccionada la iglesiael gran apóstol se dispusopoco satisfecho de sus investigacionesa abandonarlacuando en lo másescondido de una capilla columbró una mujer hablando con un sacerdote. SanPabloal ver a estos personajes en tan recatado lugar del templocomotórtolas pareadasembelesados el uno con el otropreguntó con la naturalidadmás sencilla del mundo:

-¿Es su mujer?

-¡Quiá! Noseñor -respondió reprimiendo como pudo la risa que fluía aborbotones en sus labios el sacristán-. Si entre nosotroslos Curas no secasan.

-¿Que no se casan? Pero buen hombre¿qué me cuenta usted? ¿Pues no lesprediqué yo en mis tiempos que sólo tuvieran una mujer?

Vayavaya; esto lo ha han revueltoal punto de que ni yo mismo lo conozco-prorrumpió amostazado e incomodadísimo el gran converso.

Despuéscomo junto a la singular pareja aquella viera algo así parecido auna jaula con sus celosías y todopreguntó:

-Y ese armatoste ¿qué es?

-Un confesonario.

-¿Y para qué sirve?

El sacristán satisfizo como pudo la curiosidad extrema de su interlocutor.

Entonces San Pablosoltando el trapo a reírexclamó:

-Ahora me explico yo el celibato eclesiástico. ¡Qué han de casarsesitienen aquí millares de mujeres donde poder a sus anchas elegir!

-No sea usted maliciososeñor -interrumpióle vivamente el sacristán.

-¡Qué he de ser malicioso! -siguió diciendo el apóstol-. ¿Para quésirve la confesión? ¿Vienenpor venturaa confesar sus crímenes losladrones y los asesinos? Y aun cuando vengan¿qué castigo puede imponerles unsacerdote?

-Perdone ustedmas no vaya a creerse que sólo constituyen pecado esosmonstruosos delitos. Nuestras mujerespor lo generalson honradaslos hombressiempre libertinosni con la confesión ni sin la confesión llegan jamás aenmendarse; pero haysin los mentados por usted antes ni los que yo acabo decitar ahoraotros muchos pecadillos. A lo mejorpor descuidoeste penitenteenseta el pan que ha de llevarse a la boca en día de abstinenciacon elcuchillo con que acaba de destrozar la carne; aquel otro penitente se olvida alpasar por las puertas de la iglesia de santiguarse; este otro penitentedesmemoriado hasta lo increíbledeja de santificar la fiestay no solamentedeja de concurrir al templosino que trabaja como un negro todo el día; yotras muchas faltasleves si a usted le placepero faltas al finde lascuales necesitan limpiarse para vivir en gracia de Dios los buenos católicos.

San Pabloque había oído la defensa que de la confesión hacía elsacristán como quien oye llover y está bajo techadono quiso saber más y sedespidió diciendo:

-La naturaleza humana no puede contrariarse: los clérigospor lo generalson jóvenes; la sangre les arde en las venas con tanto o más ardor que a loslaicospor lo mismo que su abstención es más absoluta; no pueden casarseporque el voto de castidad se lo impide; pues bien¿sabe ustedseñorsacristánlo que le aconsejo para que usted a su vez se lo aconseje a loscuras? Que guarden las disciplinassi es que las tienenpor el rincón másoscuropues si a Cristo le da como a mí la idea de bajar a la tierra y visitarlas iglesias católicasesté seguro de que a zurriagazos los echa a todosustedes a la callecomo echó lleno de ira a los mercaderes del templo.

Pero no vale hacer caso de chascarrilloslos cualessi el chusco inventorde ellos narró con graciano tienensegún los ultramontanosfilosofía deningún género. Mientras los racionalistas y demás escuelas avanzadas combatenel santo tribunal de la penitencia con toda suerte de sutilísimos argumentosreniegan de él los clérigospor la tristeza que les procura oír contar adiario miserias de la humanidady por las náuseas que experimentanal bebersesin quererlo el aliento de los penitentes postrados a sus plantas.

Un sacerdoteabierto de carácter hasta la temeridaddecíanos en ciertaocasión que las horas más malas que pasaba en el desempeño de sus funcioneseclesiásticaseran las horas destinadas a confesar a los feligreses de suparroquia. «No haydecíatormento comparable a éste de verse constreñidodurante horas y horas a oír sartas y más sartas de sandios disparatesempotrados como las tinajas en un cuchitril de madera donde no os podéis apenasrevolvery donde por lo incómodo de la posturaentumecidos los miembroscreéis haberlos perdido. Y todavía la posición violentísima que habéis deadoptar dentro del confesonario puede tolerarse. Pero ¿y el olor de lospenitentesalgunos de los cuales apestan? ¿Y el aliento de sus bocasforzosamente obligados a aspirary algunas de las cuales hieden?» Nosotros nodiremos que el confesor no sufra éstas y otras molestias análogaspero sídiremos que el padre Francisco no experimentó ninguna de ellas. Es verdad quepocas penitentes tan hermosas como Isabel habíansedesde que se ordenarapostrado ante su confesonario.

La mirada harto viva del Sochantre despidió casi materialmente lumbre al verjunto a sí a la hija del maestroquien rebozada en su mantilla de felpaconlos ojos que sombreaban unas pestañas larguísimas medio entornadosenrojecidoel semblantevelada la vozen conmoción el pechohubiera sido capazno yade tentarlo a élsino al mismo San Antonio en persona.

Aunque el padre Francisco aguardaba con impaciencia a Isabelemocionóseprofundamente al verla de rodillas a sus plantas. Y no podía acontecerle menosa quiencomo su paternidaddurante muchos años viviera recluido en unseminariosin que su vista ni casualmente topaseal cruzar por los corredoressombríosal tomar asiento en los refectorios destartaladosal meterse en lasceldas estrechasal divagaren finpor cualquiera de los sitios en que sedividen y subdividen estos verdaderos sementales de la clerecíacon ningunamujer.

Isabelen cambioajena por completo a cuantas voluptuosas emocionesagitaran los nervios del exaltado capellánpersignóse devotamentemurmuróaún más que con los labios con el alma una de esas oraciones que encarecen elarrepentimientoy se dispuso a decirle todos sus pecados al confesor.

-¿Amas a Dios sobre todas las cosas en el mundo? -comenzó preguntando elpadre Franciscodispuesto a confesar a Isabel por medio de los santosmandamientos.

-Sípadre -respondió sin vacilar la doncella.

-Pero amar a Dios no creas que es tan sólo vivir en continuo éxtasiselevando a las alturas oraciones fervientes y depositando a diario sobre lasaras benditas de nuestras iglesias católicasungidas con el óleo de la femísticas ofrendas; amar a Dios es másmucho más que todo eso.

-Por supuestoseñor cura. La condición principal de todo amor verdaderosegún mis cuentasconsiste en respetar al ser a quien amamosy honrando sunombrehonrarnos a nosotros mismos.

-Muy bienhija míamuy bien. Satisfecho de tu contestaciónpaso adirigirte una nueva pregunta. Aquí sí que me parece haber dado con algo endonde vassin quererloa tropezar. ¿No hasen los días de tu vidajuradonunca vanamente?

-Nunca -replicólista como ella solaIsabelcomplaciéndose en echar portierra con una sola frase los augurios del Sochantre.

-¿Nunca? -interrogó éste de nuevo.

-Como usted lo oye. El único juramento prestado desde que me reconozcohícelo tan de corazón que no pienso faltar a él por nada ni por nadie.

-¿Luego tú has jurado?

-Síseñor. ¿No se lo he dicho a usted? Una vezsólo una vez en mi vidamas no en vano.

-A vera verexplícate.

-¡Señor cura!... -balbuceó la hija del maestroponiéndose colorada comouna amapolay bajando llena de rubor los ojos al suelo.

-Vayano seas niña y háblale con entera franqueza a tu confesor. ¿Noconocestontuelaque cuanto a mi me digas en modo ninguno ha de traslucirlonadie?

Isabelni aun a tales dulcísimas instancias pareció dispuesta a cederypara vencerla en sus escrúpulostuvo el padre Francisco que apelarde estesuave recursoa las reconvenciones primerodespués a las amenazas con elcastigo eterno.

-¿No podría ustedque es tan buenoseñorexcusarme de contestar a esapregunta?

-¡Oh! De ninguna manera.

-Pues en tal casole diré que sípadre curahe jurado amor eterno a unhombre.

-¡Cáspita! ¿Conque esas tenemos? -exclamó un tanto exasperado elSochantre.

-¿Hice mal? -preguntó Isabelabriendo llena de ansiedad desmesuradamentelos ojos.

-¡Y tan mal como hiciste! ¿Pero no sabesdesdichadaque ése es uno delos pecados más graves que has podido cometer? Aún puede tolerarse que ames aun hombreya que resulte para las humanas criaturas de suyo imposiblecontrastar las inclinaciones de su corazón; pero ¡jurarle amor eterno!¡Vamosserás loca!

-¿Y usted cree que estoy por cosa al parecer tan leve en pecado mortal?-interrogó cándidamente Isabel.

-¿Que si lo estás? De fijo. Y da gracias a que aun me tienes a mí aquídispuestosi desistes de tu propósitoa absolvertelimpiando por tal modo tualma de pecado.

-Tendrá usted mucha razónpero es el caso que no puedosin cometer otronuevoborrar de mi alma éste que usted me reprocha.

-¿Cómo que no? -preguntó maravillado el padre Francisco.

-Está claro. Sin cometer perjurio no puedo deshacer el juramento.

En otras circunstanciasy tratándose de otra penitenteel confesor seriera de tal sutileza jesuítica; pero en aquel momento no estaba el horno pararosquillasy el Sochantre salió al encuentro de la moza diciéndole:

-Nono temas; nosotros los sacerdotes tenemos facultades para perdonar anuestro sabor toda faltapor enorme que seay absolver a los contritos de todopecadopor grave que parezca.

-Sípero es el caso... -observó Isabeldeseando defender hasta el últimoinstante su amoroso juramento.

-El caso es -interrumpióle el Sochantre- que persistes en mantenerte en tustrece.

-Yopadre...

-Basta. Dime de una vez si te arrepientes o no de ese enorme pecado.

-¡Por Diospadre cura! Me arrepiento de haber jurado amor eternomas novaya usted a creer por eso que voy a dejar de amarle.

-Está bienesta bien -exclamó frunciendo su entrecejo el padre Francisco.

Pudo en tal oportunidad éste investigar hasta lo más recóndito delpensamiento de la candorosa doncellamas no lo hizo por temor a cometer unagran imprudenciay con ellaen vez de inspirar confianzaque era lo quehabía menesterdespertar recelos y avivar sospechas en la hermosa penitente.Asídoblando la hojase limitó el confesor a decir cuán bien hicierarevocando un juramento prestado de seguro impremeditada e inconscientemente.

Nada tuvo que reprochar a la moza con respecto al tercer mandamientoy pasósin detenerse apenas al cuarto.

-Honrar a nuestros padres nos mandaIsabella ley de Dios: ¿tú creescumplir con este divino precepto?

-Sípadre -respondió éstaya del todo desconcertada y confundida.

-¿Estás segura?

-Me parece que síseñor -volvió a decircon voz trémulaIsabel.

-Acuérdate de que a tal precepto va unida la condición precisa de respetary obedecer en todo los mandatos paternos. ¿No has desobedecido tú nunca a tupadre?

Isabel quedóse parada un momentosin saber qué respondery al cabo dijotoda compungida y llorosa:

-Señor curame arguye la concienciaen efectode haber en esto faltado amis deberes filiales.

-PeroIsabel¿cómo es eso?

-Según le he dicho a usted hace pocoyo amo ciegamente a un hombrey mipadre se opone con tenacidad a estos amores.

-¿No es digno de tipor ventura?

-¡Oh! Sí¿no ha de serlo?

-¿Pretende acaso algo que por lo temerarioresulte ilícito?

-De ninguna manera. Sencillamente lo que pretende es casarse conmigo.

-¿Y tu padre se niega a daros su consentimiento?

-Justoeso es.

-¿Y túen cambio?...

-Yo estoy resuelta a contrariar en esto sus escrúpulospor no decir suterquedad y sinrazón.

-Pues haces mal.

-¿Usted lo cree así?

-Desde luego. Mirahija mía. El más rudimentario de nuestros deberessociales consiste en amarrespetándolosa nuestros mayoressobre todo aaquellos que nos han dado el ser. ¿Quién como un padre desea la ventura de sushijos? Nadie. Desechapuesde ti esos pensamientos verdaderamente pecaminososy procuraaun sacrificando tus inclinaciones y venciendo tus deseosnodisgustar en lo más mínimo a tu anciano padrequien esperaen justacompensación a sus afanosos desvelos durante los días de tu infanciaque seassu amparo.

-¡Pero si yo no anhelobien lo sabe Diosotra cosaseñor cura!

-Pues entonces has de complacerlerenunciando a un matrimonio que él juzgaen extremo detestable.

-¡Renunciar para siempre a mi casamiento con Andrés! Imposibleseñorcuraimposible. Dígame usted que sacrifique en aras del amor filial la vidaylo haré; pero no me proponga que mate para siempre las ilusiones mas atractivasde mi alma.

-¿SabesIsabelque te vas enmendando? ¿Y con tales muestras decontrición creesdesdichadaque puedo absolverte?

La infeliz hija del maestrobajo el peso de estas y otras muchasamarguísimas reconvencioneshallábase anonadadasin atreverse a aducir en sudefensa ningún argumento válido.

Por su parteel Sochantredesesperado al ver cómo iba poco a pocodesmoronándose la fortaleza mística tras la cual se parapetara con el finliviano de atacar a mansalva y vencer sin remedio a la pobre lugareñalevantócomo quien dicesus reales y se dispuso a desandar lo andado.Decidido a abreviar cuanto le fuese posible la confesiónpasó de lejos elquinto mandamiento y ni siquiera llegó a mentar el sexto; hizo del séptimovarias preguntas vulgaresa las cuales diole Isabel respuestas categóricas;sacó del octavoa fuerza de machacaralguna que otra astilla; omitió adredepor inaplicablesel noveno y décimodado el sexo y edad de la penitentey sedispusoviendo a ésta contrita y llorosa a sus plantassin más rodeosaotorgarle la absolución.

Aquí hubiera acabado su faena mística el Sochantresi de improviso nolevanta Isabel sus ojos del suelo y con dulce y candoroso acento no le interrogade esta manera:

-Padre¿ha amado usted alguna vez?

A tal preguntaen verdad intempestivael beatísimo confesor quedóse comoviendo visionesy todo desconcertado respondió entre dientes:

-¿Por qué me lo preguntas?

-¡Oh! Porque si usted ha amadosiquiera una sola vez en su vidacomprenderá perfectamente lo embarazoso y difícil de la situación en que meencuentro.

-¡Amar! -dijo con lastimero acento el padre Francisco-. He ahí uno de losactos más trascendentales de la vidaen absoluto vedadocon notoriainjusticiapor los príncipes de nuestra religión a los sacerdotes. Puedenvivir felices amándose entre sí los peces en el marlas aves en el bosquelos brutos en la cavernalos minerales en las entrañas de la tierralos serestodostanto racionales como irracionalesdoquier que se hallen; y a esta leyuniversaldictada en sus inescrutables designios por Diossólo debenexentarse ¡oh escarnio de la suerte! los pobres clérigos; especie de pariasobligados a tenerentre otras facultades excepcionalesmás fuerza de voluntadque el resto de los humanos. Si yo hubiera sabido en conciencia a lo querenunciaba renunciando para siempre al amorcreeIsabelque no logra nadie demí tal sacrificio. Pero ¿qué sabe de estas cosas un mozuelo recién salidocomo quien dicedel cascarón? Qué valor puede dar a la mujer y a los amoresque la mujer más tarde ha de despertar en su pecho un hombre de veintiúnaños? ¡Ohdesdichado del que con entero conocimiento de causa incurre en talerrory sintiéndose capaz de amar sin escrúpulo se mete a cura! Quien asíprocedao tiene el corazón empedernidoo es un idiotao es un fanático. Yocargué acuestas con el haz de leñay me dirigí paciente al lugar delsacrificiociertomas fue porquecomo Isaacignoraba quién fuera ni dóndeestuviese la inocente víctima ofrecida a Dios por su padre.

Isabelque había oído con atención suma las observaciones hechas por elpadre Franciscosin comprender su trascendencia ni mucho menos imaginarseadónde iba a parar tras un vuelo en demasía caudaloso para atisbado por unainteligencia despiertacomo casi todas las inteligencias meridionalesperoincipienteinterrumpióle diciendo:

-Masa todo estoaún no ha contestado usted a mi preguntaseñor cura.

-¿A tu pregunta? Precisamente a ella estoy contestando; no creasIsabelque se me ha ido el santo al cielo. Fiado en que la divina gracia me asistiríarenuncié a cuantos atractivos ofrece el mundo a la juventud; procuré borrar dela mente hasta el recuerdo de mis ensueños amorosos; deshice entre los dedos laflor de mis ilusiones y de mis esperanzasy cuandoamortajado el cuerpo en lanegra sotana sobre el ataúd del celibatome apercibía a conciliar el sueñode la muertesurge de improviso en mímás potente que nuncala naturaleza aquien me propusiera sojuzgar y vencerdiciéndome como Jesús a Lázaro:«Levántate y anda». Yen efectome levanté y anduve. Y hoy no es amor yalo que sientoes delirioes frenesíes locura. Quise sublevarme contra lanaturalezay la naturaleza me ha castigado infundiéndome sangre ardorosa enlas venasdeseo vivo en el pechofuego intenso en el almaapetito desordenadoen todo mi ser. Mi amor no se parece en nada al dulce y tranquilo que sientenlos seglares aptos para unirse legalmente cuando bien les plazca a su medianaranja; mi amor es como el agua aprisionada por diquescomo el incendiorehogado entre combustiblescomo todo aquello que cuanto más se contienemayores proporciones toma. A fuerza de mil trabajos he logrado durante muchosaños sacar a puerto mi voto de castidad. En los comienzos de mi vidaeclesiásticael roce ligero de un vestidoel suave contacto de una manolamirada fija de una mujerconmovíanme al extremo de subirse toda la sangre a lacabezamostrándose mi faz teñida con el carmín del rubor y de la vergüenza.Entonces aún pudeparapetado tras la religióndominar los aguijones deldeseo y librarme a las tentaciones de la carne. Ahora es distinto. El amor queadormecido completamentese cobijara un tiempo en lo más recóndito de mialmatomando cuerpoha dado de sí sus frutos y reclama para su nutrición lasavia circulante por mis venas.

Las visiones sensuales que turbaban con su aparición súbita mis sueñosnoson ya meras sombrassino seres humanos como nosotrosde carne y hueso. Esaespecie de crisálida que todo hombre lleva dentro de su corazón haseconvertido en mícual no podía menos de sucederen mariposa de mil coloresquien ciega de amor corre loca a consumirse en las ardientes llamas de su fuegointerno: que puede ahogar en su pecho el hombre pasiones o apetitoslos cualespor responder a una necesidad personal resultan bajos o mezquinos; pero nopuedeni por virtuosoni por heroiconi por sublimeresistir al deseoingénito en él de vivir mucho y de amar incesantemente. Y cierta mujerhermosa como una Venuspurísima como una virgencándida como una palomasecruzó en mi camino y me hizocon su sola presenciaestremecer de gozo. Eranestas conmociones algo así como los primeros vagidos de una sacrílegasi sequierepero de una pasión tempestuosaa impulsos de la cual rompí lascadenas que me tenían sujeto al potro del celibato; di al olvido mis votos decastidad; contuve en el pecho los gritos de mi concienciay saltando por todole consagré mi pensamiento y le entregué mi alma. Ligado por vínculos santosa la Iglesia católicaya sé que no puedo en modo alguno pero esto desposarmecon la mujer que adoro; no me hará retroceder en mi empeño decidido deposeerla. Si cuandolejos de míla contemplome considero capaz por susamores de revolver cien veces el mundoimaginaIsabelcontemplándola cercaasícomo tú y yo estamos ahorade qué no me consideraría capaz. ¡Oh! Porconsumirme en el fuego de sus ojospor beber en sus labios el néctar de losplacerespor sentir el calor de su senopor considerarla completamente mía; ya la hora suprema del deleitoso coloquiocuando enardecida la sangrefatigosala respiraciónsuspirante el pechotrastornado el sentidonuestros cuerpos ynuestras almas material y espiritualmente se trasfundieranoír de sus labiosuna frase de amorpor todo esto daríano ya la vida materialla salvaciónentera.

Y el Sochantrequien al pronunciar estas últimas palabras tenía fijos susojosunas veces en el rostro encendidofijos otras en el pecho turgente de laaldeanahizo un esfuerzo para acercarse a la celosía del confesonariolanzóun suspiroy doblando la cabeza sobre el pechocayó de espaldaspresa defuerte convulsiónsobre su asiento.

Cuando a los gritos desaforados de Isabel acudió la gente al pie delconfesonariometido en él encontró al padre Franciscolívidoconvulsoojerosísimoseca la bocavidriosa la miradajadeante de fatiga. Una porciónde los circunstantes atribuyó el caso a desfallecimiento del estómagoenfermopor largos ayunos y por continuas vigilas; otra porción de los circunstantesvio sólo en esto un incidente casual; pero los más salieron de la iglesiapreguntándose entre sí: ¿qué causas habrán determinado en el Sochantre unsíncope tan raro como el que acaba de experimentar?

Isabelmenos cavilosa que el vulgocreyó de buena fe que el padreFrancisco se había puesto en realidad enfermo; sin embargono quiso revelar anadie las declaraciones que en confianza le había hechoni referir con todossus pelos y señales la escena pintoresca de la cualen último términoellafuera uno de los principales protagonistas.

 

 

 

 

- V -

Habían pasado muchos díasy Andréspor una de esas alcaldadas frecuentesen los pueblos recluido en la cárcelestaba ya en libertad. Sin ocupaciónforzosa al presente que le obligara a las sujeciones propias de cualquieroficio; sin otros dolores de cabeza que sus amoríos con la hija del dómine niotras contrariedades en su vida que las negativas opuestas por éste a sumatrimonio; poco regañado en casa por su padreque le adorabay fuera de ellatenido en gran estima por amigos y camaradascuyo afecto se congraciasefácilmente; andando ahoracomo quien dicea la bribaya se le veía jugandoa las damas con el médico del pueblo en el zaguán de la boticaya concertandocon otros compañeros partidos de pelota enmediode la plazaya formando partede tertulia tan chusca como la congregada alrededor de su mesa de trabajo encasa de Perico el zapaterohombre bolocomo diríamos familiarmenteen todala extensión de la palabraquien teniendo entre otras la cualidad dedestemplar los nervios harto excitables de su costilla en cuanto por zancas opor barrancas echaba su cuarto a espadas en las discusionesincomodábase de lolindo si en la conyugal trifulcamedio cantuseado le recordaba proverbio taninjurioso para éldadas sus ínfulascomo éste: «Zapatero remendónpuntolargo y buen tirón»; y en su incomodidad la emprendía a zurriagazos con sumujerque se iba refunfuñando a la cocinay a gritos con los parroquianosque tomaban el portante y se iban por su lado riendo a la calle.

Inútilmente Andrés procuró por aquellos días de holganza completaentrevistarse con su novia. El maestroconstituido en centinela de vista de suhijaa quien no dejaba ni a sol ni a sombraimpedíaselo en absoluto. Sinembargouna ocasión quiso depararle la suertey aprovechóla el galán conventaja.

Era el anochecer de un día festivoy en estas regiones meridionaleshartomísticasse acostumbraba por aquel entoncescomo se acostumbra aun hoyarecitar en coro por todo el pueblo el rosario. Parecía natural que las campanascon sus tañidoscon sus repiquescon sus bamboleosfuesen las encargadas deconvocar para tal manifestación religiosa los fieles en la puerta de laiglesia; pues era el bombo con su voz retumbantecomo la voz del trueno o comola voz del cañónquien desempeñaba a maravilla estos oficios. Y aún elprimer golpe dado con furia sobre la curtida piel de este ruidoso instrumento nohabía hendido los airescuando ya una turba de chicuelosdesempedrando lascallesingresaba en la plazatrasponía el pórtico de la iglesiatomaba comopor asalto la sacristíay apoderándose de campanillasestandartesfarolas ydemás adminículos litúrgicosíbase resuelta a ocupar los puestos que abrenen toda procesión la acompasada marcha. Y no paraba todo en esto. La grescainfantil crecía de punto conforme iban nuevas tandas de rapaces llegando a losalrededores del templo donde la fiesta se organizara. Aquí éstos se disputabanel derecho de llevar a prevención las horquillas que sirven en los descansospara aliviarles a los mayordomos del peso de las andas; allí aquélloscompraban a su compañero por un ochavo morunoen juntoel honor de conducirlas alforjas destinadas a guardar cuantos donativos u ofrendas hicieran losdevotos; acullá estotrorapacescon la camisa fuera del calzónlas mediasarrolladas en el tobillosueltas las alpargatasenmarañado el pelountosa yllena de tiznajos la carapuestos en cuclillasaparaban con una mano lachorrada de cera vertida adrede sobre ella por su compañeroo rebañaban losmocos del cirio puesto a su alcancemientras con el revés de la otra selimpiaban los verdioscuros mocos que a hilos les caían de las narices; portodas partes escenas pintorescasincidentes cómicosunas y otros dignos dellibro o del cuadro.

Por finreunidos los cofradesdescendida del altar y puesta sobre las andasla imagenataviado con la capa pluvial el curaapercibidas las muchedumbresordénase y sale la procesión de la iglesia. Dos hileras de devotossustentando en sus manos farolas de cristalhachas de vientocirios enormesla forman; vistosísimo estandarte en cuyo centro aparecen estampadas lasinsignias de la cofradía o hermandad la precede; una murga con honores deorquestaa quien está encomendado el acompañamiento de los villancicoslaameniza; la Virgencon su manto de raso blanco sembrado de lentejuelasalcuerposuelto el cabello por la espaldala corona real de latón a la cabezael niño Jesús en brazosel rosario de gruesas cuentas en la manolos ojos decristal fijos en el cielo; la Virgencolocada sobre su peana que simulan nubesazules donde baten sus alitas de madera los ángelesla encabeza; y la cierrael párroco y los monaguillos que recitan misterios y letaníasy las mujeresque en voz alta les contestan.

Verdaderamente artista la liturgia católicano sólo conmemora con fiestascomo la de San Juan el solsticio de veranocon fiestas como la Natividad elsolsticio de inviernosino que conmemora tambiéncon el toque de alba elcrepúsculo matutinocon el toque de oraciones el crepúsculo vespertinocualsien cierto modo panteístaa la par que a Diosquisiera nuestra religiónrendir culto externo a la Naturaleza. Pues con los crepúsculos coinciden estasprocesiones que salen de la iglesia todos los domingos primeros de cada mesbien a la madrugadabien a la tardesegún lo áspero o dulce de la estación;y de los crepúsculos toman sus denominaciones poéticas de Rosario Vespertino oRosario de la Aurora. Nada tan motivado a irreverenciasdicho sea con perdónde los clericalescomo esta vieja costumbre de llevar en procesión a horadescompasada por calles y plazas las imágenesante cuya fazsin que nadiepueda evitarlono sólo juran y perjuran los devotos ebrios con el aguardientede la mañanasino que en reyertas por todo extremo escandalosísimas laemprenden a farolazos con las rondas de trasnochadores halladas en su carrera.El vulgo nuestromuy fanáticopero a quien a pesar de su fanatismo no leduelen prendasresume lo que son tales manifestaciones religiosas cuandoalencarecer el desenlace tumultuario de cualquier reunióndice en volterianoaforismo que «acabó como el Rosario de la Aurora».

No suele acontecer lo propio con el Rosario Vespertino. Compuestaen laforma que hemos dichola procesión dentro de la iglesiapónese al punto enmarcha por todo el pueblo. El vago rumor de los rezos contrasta con elpenetrante sonido de las campanillas; el bullir de las muchedumbres aglomeradasen torno de la imagencon la soledad y el silencio de las calles. A las hilerasde cirios que alumbran la procesión se juntan las hileras de candiles con queorna cada habitante el quicio de su respectiva vivienda. Todo es allí realysin embargotodo parece fantástico según las proporciones poéticas que tomanen vuestra imaginación hasta los más nimios detalles. El murmullo de la fuenteque os regocija; el graznido de la lechuza que os amedrenta; el soplo del auraque os anima; el brillo de los astros que os deslumbra; el mismo caos detinieblas que os envuelvetodo en aquel ambiente se os aparece rodeado deirresistibles atractivos y de sumas bellezas. Y esto consiste en quesi por unaparte la penumbra del día que se aleja tiñe de colores sombríos los objetospor otra partela penumbra de la noche que se avecina los esclarece con su albaluz y les presta relieve y realce.

Lástima que destruya estas gratísimas impresiones la murga que acompaña ala procesión entonando villancicoscuyas macarrónicas estrofas sólo sirvenpara excitar la hilaridad de las gentes. Vease si no de ellos una muestraauténtica. Sobre las espaldas de los zapaterosa quienes no sabemos por quéles tiene allí todo el mundo tirriadescargaban los cofrades sus furiasypara ellos compusieron esta desaliñadísima copla:


 

Zapatero que estás remendando

 

De día y de noche a la luz del candil

 

Cuando sientes tocar al Rosario

 

Cierras tu tienda y te vas a dormir.


A los pobres zapateros maldito el cuidado que pueden darles estos exabruptospoéticos lanzados a quemarropacomo quien dicecontra ellosy dejan a losmayordomos que se desgañiten cantando a la puerta misma de su casa villancicostan chabacanos en la forma y en el fondo tan injuriosos. Pues a este patrón ymedida están cortadas todas las estrofas que en honor a la Virgen Santísimadel Rosario entonan en coro los devotosmientras la nocturna manifestaciónreligiosa recorre las calles postulando: que el móvil principal de esta fiestaorganizada por las cofradíases verdadpero con el consentimiento expreso delcleroes ante todo lucrarse y divertirse a costa de los tontos.

Cuando el Rosario llegó frente a la casa del dóminequizás por respeto asu personao quizásy es lo más probablepor complacencias de los cofradescon Andrésasistente desde sus comienzos a la mística ceremoniael coro selimitó a cantar la copla que sigue:


 

Un devotopor ir al Rosario

 

Desde la ventana se quiso arrojar

 

Y la Virgen María le dijo:

 

Detentedevotopor la puerta sal.


Isabelque se hallaba completamente sola en su casaa los preludios delvillancico salió corriendocomo cada vecinocon su candil encendido en lamano a la puerta de la calle. La ocasión no podía presentarse más propiciayAndrés la aprovechó sin vacilar. Oculto en el hueco de la ventana máspróximaesperó a que el Rosario pasase y toda aquella rinconada quedaraenvuelta en las tinieblas. La hija del maestroadvertida de la presencia deAndrés y de los propósitos que allí le llevabanapagó por precaución laluz y se quedó recostada sobre la puertaaguardando a que se acercase. Ajuicio de los enamoradosnadie podía conocer por lo impremeditada talentrevistay nadiepor endellegar a sorprenderlos. La única personainteresadísima en contrariar sus amores era D. Vicentey por fortunaencontrábase a la sazón fuera de la casaadondesegún los cálculos de suhijatardaría bastante tiempo en volver. Sin embargoeste exceso de confianzano tenía fundamento sólido. Cerca de allí alguien los espiabacon talcuidado que ni siquiera perdía el más leve de sus movimientos. Si Andrés secuida de volver la cara atrás antes de dirigirse al sitio donde le aguardaba sunoviaa pesar de la oscuridadde seguro distingueacurrucado casi en elguardacantónun bulto informe. Pero ¡bueno estaba él para andarse conrodeosteniendo a dos pasos de allí a la mujer que con sus hechizos habíaacabado por sorberle el seso!

Lo que hablarían en esta nueva entrevista Andrés e Isabelpuedeperfectamente suponérselo el lector. Primeroexclamaciones de júbilo;despuésfrases tiernas; luegoprotestas amorosas; por últimojuramentos defidelidad: tal fue la síntesis de la conversación que sostuvieran aquellos dosbuenos amantes. Un beso de despedida cerró este dulce coloquio. El rumordulcísimo de semejante cariciaantes de extinguirse en los airesdebióllegar hasta los oídos del fantasmaque a pocos pasos de allí seguíainmóvilpues apretando los dientes lleno de rabiamurmuró para sí:

-¿Y aún vacilaba?

Después sólo se oyeronla puerta de la calle que se cerraba y los pasos deAndrésque se dirigía confiado y satisfecho a su casa. A los cortos instantesse oyó algo más: un golpeun gritoun cuerpo que se cae en tierraun hombreque huye desalado a ponerse pronto en salvo; luego nada: el silencio y laoscuridad de la noche envolviendo en sus misterios un crimen.

A los pocos minutos de haber acaecido el trágico incidenteapareció en lacalle el padre de Isabel. Caminaba en medio de la oscuridad a tientasy alpronto no advirtió nada de cuanto sucediese. De improviso tropezaron sus piescon un objeto blando y se bajó a recogerlo. Era un sombrero de fieltro en buenusopertenecientesin dudaal infeliz que a pocos pasos de aquel sitio yacíacasi exánime. Continuó su camino el maestrosin maravillarse del hallazgohasta queal doblar la esquinadio de manos a boca con un hombre tendido entierra todo lo largo que era. Pretendió ver si estaba borrachoherido omuertoy al pretenderlo cayó de bruces sobre él y se inundó de sangre.Creyendodesde luegohabérselas con un cadáverD. Vicenteposeído dehorrible pánicohizo esfuerzos inauditos por incorporarse y demandar a vocessocorro. No había para qué ya necesidad de alarmar al vecindario. Variosaldeanos que por allí pasabanpudieron simultáneamente ejerceruna obra decaridad auxiliando al herido y una obra de justicia deteniendo al que elloscreían presunto matador.

Al alboroto armado por la gente que se arremolinaba en torno de la víctimatodos los vecinos acudieron al lugar de la ocurrencia.

También acudióen averiguación de lo que había sucedidoIsabelquiencomo viera a la mortecina luz de la lámpara de un sereno el cuerpo de Andrésrígido y las manos de su padre ensangrentadasprofirió estas acusadorasfrasesde las cuales pudieron a su tiempo todos los presentes dar fe ante lostribunales de justicia:

-¡Jesús! ¡Qué monstruosidad! ¡Lo ha asesinado!

Todas estas fatales circunstancias sirvieron para incoar contra el padre deIsabel un proceso verdaderamente grave. La herida abierta por el asesino en lascarnes de Andrés era de las llamadas en términos quirúrgicos de pronósticoreservado. Su desvanecimientosin embargono provino de hemorragia ningunainterior o exteriorprovino del tremendo golpe recibido en la sien al caer entierra. Con diligenciapoco usual en los pueblos para tales casoshízosele laprimera cura al herido y se le trasladó a su domicilio. De las investigacionesjudicialesresultaba complicado en el crimen D. Vicente; pero el juezdeseosode adquirirantes de prenderloalgún dato positivo y ciertoresolviótomarle declaración a Andrés. De tal interrogatorio sólo sacó en limpio lajusticia dos cosas: primeroque Andrés no sabía quién pudo herirle; segundoque la única persona enemistada con élera el maestro de escuela. No hubopuesmás remedio que trasladar a este infelizbien custodiadoa la cárcel.

Mientras por el pueblo corría como cierta la noticia de que el dóminehabía tendido una emboscada a su antiguo pasante para asesinarlo; mientrasIsabel se desesperaba viendo a su novio herido y a su padre preso; mientras esteancianoincapazno ya de intentar dar muerte al galanteador de su hijaincapaz de hacerle dañó a un mosquitoprotestaba de su inocencia sinconseguir que diese nadie crédito a sus veraces afirmaciones; mientras el tíoFélixdeshecho en llantounas veces pedía a la Virgen que le devolviera lasalud a su hijoy otras vecesencendido en irapedía a la justicia quecastigase con mano fuerte al asesino; mientras Andréspresa de doloreshorriblesluchaba a brazo partido con la muerte; mientras por trances tanamargos pasaban todos estos personajes de nuestra novelael padre Franciscoencerrado en una de las habitaciones interiores de su casasostenía con su amade llaves el rapidísimo diálogo que vais a oír:

-¿Has encendido la lumbreMagdalena?

-Síseñor.

-¿Pero con bastantes sarmientos?

-Ya lo creo. Cuatro haces nada menos.

-Pues toma estas prendas y échalas sin perder tiempo sobre las llamas. Tencuidado de que ni la hilacha más pequeña deje de hacerse cenizas.

-Está bien.

-¡Ah! Pero oyeantes dame otra ropa con que vestirme.

Magdalena abrió un armarlo viejosacó de él un traje de paño negro y selo entregó al señor cura.

-Ahoramientras yo me vistocuida tú de borrar para siempre esas malditasmanchas de sangre.

- VI -

Dígase lo que se quieraninguna liturgia deslumbra y conmueve tanto como laliturgia católica. Para apreciarla en todo su valorprecisa asistir a una deesas misas cantadas con que la Iglesia celebra sus fiestas principales. Nosotroshemos asistido a varias y podríamos dar fe de las emocionesestético-religiosas que el asistente al templo en días tan señaladosexperimenta. Sin ir más lejosahora mismo recordamos haber oído con singularrecogimiento dos magníficasuna celebrada en la catedral de Bayonaadondeacudimosmás que deseososdicho sea en honor a la verdadde cumplir con elprecepto eclesiástico que recomienda a los fieles oír misa entera todos losdomingos y días de fiesta que son de guardardeseosos de admirar latrompetería de su órganocuyas notasmetálicas por lo resonantesparecendescendidas del cielo; otra en la iglesia de Santo Tomé de Avilaadondehicimos un viaje ex profeso desde Madridpara presenciar las fiestas quenosotros denominaríamos sacramentalessi el vulgo abulense no tuviera empeñoen denominarlas gordas o mayores. Entrambas ceremonias hallábanse presididaspor los prelados de las respectivas diócesis; pero no nos satisfizo tantolamisa dicha por curas francesescomo la misa dicha por curas españoles.Idénticas en el fondo ambas ceremoniasla mímica empleada por éstos aventajaen seriedad a la mímica empleada por aquéllosy la compostura que observanlos fieles en nuestras iglesias a la compostura que observan los fieles en lasiglesias de Francia. Muy artistaspero muy enfáticosdesde las reverenciashasta las bendicionestodos los movimientos del celebrante pecan allí deamanerados. Los diáconos que ayudan la misa no parecen humanas criaturasparecen por lo gravespor lo rígidospor lo parsimoniososenvueltos en suscapas de oropreciosísimos ídolos chinos. El incensario en manos delsacristán se mueve con la precisión matemática que el péndulo en losrelojesy los ciriales en manos de los monaguillos se alzan o se bajansegúnconviene a la ceremoniacomo a impulsos de un resorte. Vagan los clérigos deuno a otro lado del altar mayorcon la parsimonia que usan los tenores pararecorrer al compás de la orquesta las distancias en el escenario. Y para quetodo resulte allí aparatosoteatraldigno más que de una fiesta religiosa deun espectáculo profanomientras el cura consume la hostia consagrada y losdiáconos se aperciben a recitar a voz en grito por segunda y última vez elEvangeliode las trompetas del órgano salen trozos escogidos de ópera.

Más natural la mímica y el aparato con que aderezan las ceremoniaseclesiásticas nuestros sacerdotesque la empleada con igual motivo por loscuras francesesen la iglesia de Santo Tomé de Ávila experimentamos otraclase de emociones. Al trasponer el pórtico de este sagrado recinto y ver losclérigos vestidos con sus casullas de tisúcon sus albas de encajecon sussobrepellices de finísimo hilocon sus bonetes de sedacon las prendasmulticolores que forman su inmenso vestuariono pudimos remediar que pornuestra imaginaciónsiquiera como un relámpagocruzase la idea de lo paganay oriental que es la liturgia católica; pero esta especie de mala tentaciónen cuantodescorridas las cortinillas del tabernáculoa través de las nubesde incienso con que fumigaban el altarpusieroncon grande pompademanifiesto al Santísimoborróse súbitamente y nos dispusimos conrecogimiento a oír la misa mayor. Para que ningún atractivo faltase a losmísticos oficiosdespués de cantada por uno de los diáconos la Epístolatuvimos sermón. Al provisor de la diócesis en personade cuyas cualidadesoratorias las gentes con justicia se hacen lenguasestaba encomendado talnúmero del programa en la popularísima fiesta religiosa. A su simpáticafigura reúne este clérigo un metal de vozsegún se dice en el hablacorrienteno sabemos por quépreciosísimo; unos ademanes elegantesdignosde todo encarecimiento; gran facilidad de palabra; arte para construir períodosgrandilocuentes; método en la distribución de las ideas; lógica en lasargumentaciones. Si el Sr. Provisor de la diócesis de Ávila no tuviera lacostumbre de empuñar mientras predica el bonetedel cual parece que haceabanico o balancín; si no se enamorara tanto de algunas frasesy enamorado deellas no las repitiera con tal asiduidad¡oh! entonces de seguro este buenpredicador no dejaría nada que desear. Muy joven Y con mucho talentoy coninvencibles inclinaciones al estudiobien puedesin embargola oratoriasagrada cifrar en él grandes esperanzas.

Terminado el sermónreanudóse la ceremonia; apareció brillante a los ojosde todos el áureo cáliz; tendiéronse sobre el ara los corporalesla palia ylos manteles; y tras la ablución de los dedossiguiendo a la letra lasprácticas del ritual romanoel oficiante consagró primerofraccionódespués ypor últimoconsumió la sagrada hostiaese diminuto disco quecontemplado por los fieles con los ojos de la feparece destellarsobrenaturales resplandores. Por findicho desde el altar con voz solemne el itemmisa estsalimos satisfechos del templono sólo por habercumplido en aquel día de fiesta con los preceptos de la Iglesiasino tambiénpor haber recibidocomo todos los concurrentesentre otras bendiciones derúbricala bendición episcopal.

Pues a una de estas misas mayores asistía en su calidad de sochantre elpadre Franciscocuando le avisaron que fuesea ruegos del maestro de escuelalo antes posible a la cárcel. Hasta aquel momento nuestro clérigocolocadodelante del facistol sobre cuyos atriles aparecían abiertas las partituras demúsica sagradasustentando en la mano una especie de puntero o batuta con quea veces señalaba las notas y a veces llevaba el compásaún pudo lucir sushabilidades en el prefacio o sinfonía de la misaentonando a voz en cuellofragmentos de canto llano o trozos de gregorianas composiciones. Mas desde elminuto en que recibiera este urgentísimo recado no volvió a dar pie con bola.El kirieel credoel sanctusaquellas partes que debían ser cantadas paradarle mayor realce y solemnidad a la misasaliéronle al padre Francisco comonunca detestables. Su impaciencia crecía tanto máscuanto que por estar elSeñor de manifiestonecesitaba quedarse hasta última hora en el coro paradirigir personalmente el Pange linguauna de las composiciones másinspiradas que se han escrito en música religiosa. Por una verdadera excepciónen élque si de algo se pagaba era de no perder nunca la serenidaden surostro aparecieron marcas indelebles de nerviosa inquietud. Cínico en demasíapensaba el buen Sochantre sojuzgarse al remordimientocomo en cierta ocasióncélebre de su vida en quetras una agresión brutal digna de cualquiersalvajese marchó tranquilo a la iglesiano a confesar el pecado cometidoadecir con grande flema una misa a sus feligreses. Pero tales alardesincomprensibles de sangre fríapor no decir de descaro y sinvergüenzapropios de un idiota o de un beduínono le sirvieron a la sazón para nada alpadre Franciscoquien acusado a gritos por su conciencia de homicidaal menormovimiento de los circunstantes volvía atrás la cabezacual si temiese quefuera alguien allí mismo a delatarle y prenderlo. Por su cerebro pasaban lasideas en confuso torbellinohaciéndole concebir unas veces gratas esperanzas yotras veces sumiéndolo en los abismos de la desesperación. Mucho temía que elrecado de D. Vicente fuera una añagazaun cebo para atraerle sin resistencia ala cárcelsuponiendo descubierto su crimen; pero temía mucho más queAndréspor torpeza suya aun vivorecobrara la salud y de nuevo volviera a susamores con Isabel. Resmugando estos y otros pensamientos por igual ingratosestuvo el Sochantre mientras duró la misa; y cuandoacabada éstaresonaroncon estrépito las campanillas del salterio que giraba sobre su eje convertiginosa rapidezy los diáconos quemaron de nuevo incienso ante el altaryel oficiante guardóal eco de los himnos litúrgicosla custodia en elsagrarioy el clero parroquial en masa abandonó el coronuestro padreFranciscorecobrada la calmafuese sin perder tiempo a visitar al maestro deescuela en la cárcel.

En cuanto los cerrojos de la prisión se abrieron y en medio de la oscuridadD. Vicente pudo distinguir al Sochantreabrazóse a él gritando:

-¿Ha visto usted en su vida desgracia mayor que la mía?

-¿Pero cómo ha sido eso? -interrogó maquinalmente el padre Franciscoquese había quedado hecho una estatua al sentir el frío y la humedad delcalabozo.

-¿Cómo quiere usted que haya sido?

Y D. Vicente hizo al Sochantre una lacónica pero detallada reseña de cuantole acaeciese la noche anteriorterminando su discurso con estas sentenciosasfrases:

-Practicar obras de misericordia será muy bueno; mas crea usted que nadie enel mundo puede meterse a redentorsin resultar por este o por otro caminocrucificado.

El padre Francisco sudaba la gota gorda oyendo las justas lamentaciones delpresoy durante algún tiempo ni siquiera se atrevió a pestañear. Argüidopor su concienciaasí que la mirada del maestro se posaba en élun color sele iba y otro se le venía. Llegó a tal extremo algunas veces su turbaciónque reinar allí sobre las lobregueces de la noche la claridad del díaelpadre Francisco hubiérase visto muy comprometido. Prontosin embargoserehizo y se dominóy fue dueñode todas sus facultadesy pudo seguirpreguntando de nuevo a su interlocutor:

-¿Y de qué se le acusa a usted?

-Pues sencillamentede asesino.

-¿De asesino?

-Como usted lo oye. Y con circunstancias agravantes.

-No creo que la cosa tenga la malicia que usted suponemáxime sicomo esnaturalpuede probarse la coartada.

-Buena coartada nos dé Dios. ¿Y de dónde saco yo los testigos para probareso?

-Pues cómo¿nadie le ha visto a usted a la hora misma en que se suponecometido el crimen?

-Muchosen verdadme vieron; pero a buen seguro que abran la boca paraconfesar mi inocencia.

-¿Están mudos?

-Yalo creo. Y tan mudos. Como que son estatuas.

-No le entiendo a usted.

-Pues no se necesita haber estudiado en Salamanca para entenderme.

El padre Francisco quedóse un momento suspenso y al poco exclamó:

-¡Torpe de mí! Ya caigo. Estaba usted rezando en la iglesia.

-Precisamente. Y aunque Dios desde el cielo y desde sus capillas los santosa una todos me han vistono espero que ninguno de ellos concurra a declarar enmi favor ante el tribunal de los hombres. Para mí no haycréalo ustedseñorcurasalvación posible. Las apariencias me condenany comotocado en elcorazónel verdadero culpable no se presenteno tendré más remedio que ir apresidio.

-Tales presentimientosestoy seguroson infundados; mas de realizarse ycumplirsesírvale de consueloamigo míosaber que si en la tierra y entrelos hombres suelen sobre los buenos a veces triunfar los malosen el reino deDios reciben por igual todos su merecido: Cristo lo dijoy sus palabras nomarran: «Bienaventurados los que han hambre y sed de justiciaporque ellosserán hartos».

-Ya comprenderá usted quedadas mis creenciasen trances tan angustiososno ha de faltarme la resignación. Si de mi persona

únicamente se trataracruzárame de brazos y nada hiciese por defenderme.Pero ¿y mi hija? Señor cura¿qué va a ser de mi hija? -preguntó con vozahogada por los sollozos D. Vicente.

A tal luctuosa exclamacióndibujóse en los labios del Sochantresin queél mismo pudiera evitarlouna sonrisa diabólica. En su imaginación habíaentrevisto la hermosa figura de Isabel rendida a sus plantas. Sin embargosúbitamente repuso:

-Por su hija no pase usted penas. Ya encontraremos en el pueblo algunafamilia que la recoja.

-Pero es el caso que nadie me inspira confianza.

-¿Nadie?

-Nadiemenos usteda pesar de cuantas calumnias ha divulgado por todaspartes la malicia de unosel poco respeto religioso de otros y la inquinacontra el clero de los más.

-¿Y usted desearla que fuese yo el encargado de velar por Isabel mientrasdurase este anómalo estado de cosas? ¿No es eso? -preguntó sin podersecontener el Sochantre.

-Y desearía algo más: que fuese desde hoy la casa de usted el lugar dondeviviera y morara -añadió D. Vicente.

-Pues si esto ha de contribuir a mitigar en parte sus penas y a procurarle asu espíritu alguna tranquilidaddisponga de mí como mejor le plazca.

-Graciasseñor curagracias -dijo el maestro de escuelaal mismo tiempoque asía entre las suyas las manos del Sochantre y se las inundaba de besos yde lágrimas.

Terminada esta conferenciael padre Francisco fuese volando a su casa adisponer lo necesario para recibir en ella dignamente a Isabel. Eran las doce enpunto de la mañana y la mesa estaba puesta. Ni las contrariedades pasadasnilas satisfacciones presenteshabían hecho mella en el estómago del Sochantrequien comió a dos carrillos los gazpachos valencianos que le sirviera solícitaMagdalenacon apetito vorazo si queréis con ansia de avestruz.Verdaderamente hijo de su padredel cual se contaba en la aldea haber muerto deun atracón de albaricoquestras los gazpachos valencianosque maldito si separecen en nada a los gazpachos andalucesmuy sanosmuy frescosmuyagradablespero poco nutritivosla buena ama de llaves sirvió al señor curauna fritada de pollo con pimientos y tomates al uso de la tierra. El Sochantrequeentre otras buenas costumbrestenía la de no hablar mientras manducabaafin de no perder bocadoconsumidos los postresdicho el rezo de rúbrica y yade sobremesatrabó con su ama la siguiente conversación:

-No quepo en mí de alegría al pensar cuán prontocomo te he dichovamosa tener en casa y a nuestro cuidado a Isabel.

-¿Pero cree usted de veras que vendrá?

-¿Quién lo duda? Antes de que anochezca. Así me lo ha prometido su padre.

-¿Sabe ustedseñor curaque pienso una cosa? -dijo reflexionando uninstante Magdalena.

-¿Qué? -preguntó lleno de ansiedad el Sochantre.

-Que al fin y al cabo va usted a salirse con la suya.

-Tomatoma¿y ahora me vienes con esas? ¿Crees por ventura que iba yo arepartircomo los ciegospalos a tontas y a locas?

-Ya sé que no es usted de aquellos que suelen dar una en el clavo y cien enla herradura.

-Entonces...

-Pero se me figurasin haberla tratadoque no es Isabel mujer fácil derendir.

-Sin embargoel león nunca es tan fiero como la gente lo pinta. Quítame amí de encima las sotanasy verás cuánto tiempo necesito para hacerme dueñodel corazón de esa buena moza.

El Sochantre suspendió la conversación el tiempo necesario paratomar un polvo de rapéhecho lo cual reanudóla con más calordiciendo:

-¡Malditos hábitos! El que los inventó merecía que lo hubiesenahorcado.

-No parece sino que las pobres sotanas tienen la culpa de cuanto a usted lesucede.

-Tú lo has dicho. A las sotanas atribuyo justamente mis desventuras.

-¿Va usted ahora a renegar de las prendas quesegún mil veces le he oídodecirglorificarondesde San Vicente de Paul hasta Bossuetuna falangenumerosa de virtuosísimos sacerdotes? -observó Magdalena con cierto énfasisechándoselas de sabihonda.

-Pero tú no sabes contar las cosas nada mas que a medias. En mis expansionesíntimasciertome he hecho lenguas en muchas ocasiones de la caridad delprimero y de la sabiduría del segundo de los personajes que citas; perosiempresiempre renegandoyo por mi partebien lo sabesde esta vestimenta.

-Si su madre de usted se levantara de la sepultura y lo oyese¡válgameDiosqué disgusto tan grande se había de llevar! -dijo Magdalenaacompañando la frase con un ligero movimiento de cabeza.

-¡Mi madre! Aunque ella y no otra persona fue quien me metió por estosandurrialesdeja a la pobre que duerma en paz su sueño eterno. Las mujeressois asímuy dadas a la novedady por verme ella desceñido de la ropa depaisano y envuelto en el manteose hubiera dejado cortar el dedo índice de lamano derecha.

-Y con qué alegría exclamabacuando por primera vezdurante lasvacacionesvino usted al pueblo vestido de cura: «¡Chicopero qué bien tesientan las sotanas! Estás más guapo... ¿VerdadMagdalena?» me preguntaballena de gozo.

-Y no vayas a creer. Tampoco me disgustaban a mí al principio.

¡Ay! Pero luegoluego me parecieron un suplicio. No lo digopor ganas dedecirlo. Sé perfectamente que el hábito no hace al monjecomo dice unrefránpero sé también que por el traje se distingue la posición de losindividuos en las sociedades modernas. Doy de barato que a nosotroslosclérigosse nos obligue a vestir de uniformepero siquiera que sea menosincómodo y menos ridículo. Ni al tonto de capirote empeñado en meter acapazos el sol dentro de la iglesia se le ocurre envolvernos dentro de unasotana y de un manteoque se pegan como lapas a las piernasimpidiendo lamarcha; encasquetarnos a la cabeza una especie de tricornioel cual a cadatriquitraque vuela por los aires al más leve soplo; calzar nuestros pies conunos zapatos que para andar por las calles en días de lluvia no tienen precio;y luegoen vía de complementoafeitarnos la barba y raparnos la cabeza al usode comediantes y de toreros. Vamossi te digo que no me explicosino por unaaberración digna de ser estudiada por buenos alienistaslas vocaciones en lajuventud a la carrera eclesiástica.

-Vayausted dirá lo que quieraseñor curapero aunque palurdayo meprecio de conocer algo el mundoy sé muy bien que ese uniformecual ningúnotroconmueve y deslumbra a las gentes.

-¡Ah! Claroeso sí. Como que indica en quien lo viste un ministerioespiritual sublime.

-¿Y le parece a usted poco eso?

-Vamos me desesperas a lo mejor con tus salidas de pie de banco. ¿Cuántasveces quieres que te lo diga? Yo vestiría con más gusto el pantalón rojo y lalevita azul de los militares que la negra sotana que llevo. ¿Sabes por qué?Aparte de lo dichopor otra razón capitalísima: porque para honrar eluniforme de soldadosólo hacen falta virtudes humanasmientras que parahonrar el uniforme eclesiásticose necesita despojarse de todos lossentimientos afectivosy de buenas a primeras convertirse en momia.

-Pues con todo y con esoen la ocasión presente bien que le han servido austed los hábitos.

-¿Los hábitos a mí? No sé para qué.

-¿Cree usteden verdadque sin ellos don Vicente le hubiera confiado a suhija? Quienno conozca a los clérigosque los compre. Envueltos en su largomanteocon sus ademanes místicos y su carita de santostodos ustedes son elmismísimo demonio.

El padre Francisco se echó a reírviendo el desparpajo que para deciratrocidades tenía su amay ésta continuó:

-Síríase ustedríase usted; mas ya sabe que ésta es la verdad. Cuandose contempla a los curas en el altar mayorrezando solemnemente la misa oechando a diestro y siniestro bendicioneso se les oye pronunciar desde elpúlpito beatíficos sermonesparecen una cosa; mas parecen otra muy distintacuando se les trata y se les conoce tan íntimamente como yopongo por casoletrato y le conozco a usted.

-Pchis... -dijo el Sochantre con menosprecio-. Eso consistirá en quecualno hay ningún hombre grande para su ayuda de cámaratampoco hay ningún curabueno para su ama de gobierno.

-Puede que sea eso -exclamó algo picada en su amor propio Magdalena-. Perola miga de la frase está en que unos y otras conocen al dedillode losseñores a quienes sirventodas sus picardíasy se hallan al tanto de todossus secretos.

La conversación iba poco a poco agriándosey el padre Franciscomuyprevisorcortóla oportunamente diciendo:

-¿Vamosdespués de haber vivido juntos y en paz tanto tiempoa echarnosahora los trastos a la cabeza? Disponle una de nuestras mejores habitaciones alhuésped que esperamosy déjate de romances.

 

- VII -

Con su pañuelo de pita en guisa de turbante arrollado a la cabezasu fajaazul liada a la cinturael chaleco de felpa desabotonado al cuerpola chaquetaal hombroel pantalón de dril a las piernasun lío de papeles bajo el brazoy otro lío de chiquillos en su tornorecorre a tambor batiente las calles delpueblo Juan el pregonero. Aunque de él se burlan a su sabor las mujeres porqueallí donde todos se afeitan gasta bigotes muy largos y muy retorcidosno dejasu presencia de infundir cierto respeto cuandopor su bocala autoridadconstituida pide con amenazas de apremio al vecindario las contribuciones. Perode semejante femenil desahogo Juan no hace casoe impasiblecalle abajo vacalle abajo vienese para en las esquinasrecitasin añadir ni quitar unacomael bando que a prevención lleva escritoy hecha su faenatan campantecomo salió de su casa vuelve a entrar en elladejando a los mayores queresmuguen las frases por él dichas en avenidas y plazoletas y les saquen lapuntay a los pequeñuelos que al son del plamplamplamrataplampordoquier le siguen sin soltarlo ni a sol ni a sombradejándolos a su vez a laparte afuera con tres palmos de narices.

Estaba que no cabía en el pellejo de satisfacción el tío Félixviendocómo las heridas de Andrés por momentos se cicatrizaban y la convalecenciarápidamente veníasentado a la puerta de su casacuando a lo largo de lacalle columbraron sus ojos la singular figura de este personaje. No conocía niuna letra del bando que se pregonabay a pesar de ellosegún iban por laproximidad aclarándose los redobles del tamboriba en él cierta inquietud ycierta angustia tomando cuerpo. De buena gana hubiera renunciado a conocer lasdisposiciones de las autoridades localesmas por lo mismo que las imaginaseingratasse despertó en el buen viejo mayor curiosidad. Al efectono pudiendoreprimirsedesocupó la silla y se adhirió al grupo que formaban en la esquinalos vecinos de su calle. Tras un redoble fortísimode pronto deja de sonar eltambor; las muchedumbres cierran la boca y abren los oídosy con las gafas alos ojosel papel a la caralos palillos bajo el brazoel pregonero lee enmedio de un silencio sepulcralsobre un poco más o menosel siguiente bando:«De orden del señor alcaldehago saber a los vecinos de esta villa que eldomingo próximoa las ocho de su mañanase procederáen el sitiodenominado Lonja de la plazaal sorteo de los mozos que han de cubrir el cupocorrespondiente al año actual».

No hay para qué decir cómo recibiría el tío Félixy con el tío Félixel vecindario en masatal notificación. Las madres se deshacían enimproperios contra el gobierno quesin cuidarse para nada de su dolordisponía a su antojo de sus hijos como si él los hubiera engendrado o parido;las muchachas a hurtadillas suspiraban y mentalmente hacían promesas al santode su devoción para queintercediendo por sus noviosles reservase uno de losnúmeros más altos en el próximo sorteo; los hombresmenos sensibles peromás prácticosconcertaban unos con otros el medio de librarpor poco dinerode la quinta a sus hijos; mientras éstos en su lozanía y juventuddecididos aque se cumpliese por negra que fuera su suerteponían el grito en el cielocuando les hablaban sus padres de redimirlos del servicio metálicamente.

Entre murmullos de desagrado como vinobatiendo marcha alejóse elpregoneroy las gentescansadas de discutir y comentar el bandofueron poco apoco desalojando la calle e internándose en sus casas. También el tío Félixse retirópero lacio y mustiocomo si le hubieran dado una paliza.

Al verlo entrar Andrés en su cuartotan alicaídopreguntóle con viveza:

-¿Qué tiene ustedpadre? ¿Se encuentra malo?

-Nohijo mío. Gracias a Dios me siento biensino que el maldito bando eseme ha destemplado un poco los nervios.

-¿Ha habido un bando?

-Toma¿y ahora sales con esas? Pues sin bulla que ha metido el pregonerotocando a generala.

-Sin embargoyo no he oído nada. Pasé la noche anterior casi toda elladesveladoy en cuanto usted se marchó me quedé aquí hecho un ceporro. Perodiga usted¿qué es lo que anuncia el bando?

-Para nosotros una desgracia inmensa. Que el domingo próximo se celebraráen los bajos de la Lonja el sorteo de quintos.

-¿Y a eso llama usted una desgracia? ¡Ay de otros infelices que sin poderalegar exención ninguna tendrán que ir a servir al rey!

-¿Luego crees que mis sesenta años cumplidos te excusarán de cargar con elfusil?

-¿Quién lo duda?

-Pues ¿cómo entonces a tu amigo Tadeo no le valió que su padre fuerasexagenario?

-¡Miren qué cosa! Porque ya un hermano suyoaún solterose había por lamisma circunstancia librado un año antes.

-Ahora me acuerdo. Es verdad.

-¿A qué vienen en tal caso esos abatimientos y esas tristezas que a lomejor a usted le asaltan?

-Porque temo perdertehijo mío. ¡Te quiero tanto!

Y diciendo estocogió entre sus manos la cabeza de Andrés y le estampó unbeso en la frente. A tal caricia correspondió el enfermo sacando los brazos delas sábanas y estrechando en ellos con efusión a su padre.

Al sentir en sus labios el contacto de las carnes de su hijoel tío Félixvarió la conversación de pronto diciendo:

-¿Sabes que no tienes ni pizca de calentura?

-Ya lo sé -contestó sonriendo Andrés-.

Como quesegún me ha anunciado el médicomañana sin falta me levantarálos apósitos.

-Pero con ciertas precauciones¿eh? No vayas a tener una recaída.

-¡Quiá! Noseñor. Me siento con fuerzas hasta para tirar a la barra.

-Has debido sufrir mucho. ¿Verdadhijo mío?

-Lo que usted no puede imaginarse.

-¡Pobre Andrés! -exclamó el tío Félix suspirando-. Como que la heridaque te abrieron fue de las de marca mayor.

-Dígamelo usted a míque sentía cuál se me iba por su cisura aborbotones la vida.

-¿Y no pudistedimelo con franquezareconocer a tu agresor?

-Imposible. Ni que yo tuviera como los gatos el privilegio de ver en laoscuridad.

Quedóse el tío Félix reflexionando un instante y al poco replicó:

-Pues a mí nadie me saca de la cabeza que fue D. Vicente quienharto deoponer vanas resistencias a los devaneos de su hijacerró contra ti apuñaladas.

-Usted le tiene tirria a mi antiguo maestro por los aspavientos con que lerecibió cuando fue a su casa a pedirle para mí la mano de Isabely no puedejuzgarle sin pasión; mas yo aseguro que de brazo tan débil no pudieron partirgolpes tan recios cual los asestados por el asesino.

-Pues ello es que D. Vicente sigue en la cárcel.

-Injustamentecréame usted.

-Y que el juezpara decretar este arrestose ha fundadoentre otrasen ladeclaración de Isabel.

-Pero ¿cómo ha podido ella acusar de asesino a su padre?

-No te alteresAndrésno te alteres. Isabel precisamente no ha declaradoeso. Pero los vecinos aseguran que dijo al ver a D. Vicente cerca del sitio endonde tú yacías tendido: «Lo ha asesinado». La cosa me parece que estáclara como la luz. Porquevamos a ver¿a quién sino a su padre podíanreferirse estas palabras?

Andrés sudaba el quilo oyendo tal serie de monstruosas coincidencias.Anhelaba saber másmucho másy temiendo alguna otra complicaciónno seatrevía a preguntar. Por fin el tío Félix sacólo de su incertidumbrediciendo:

-Yo esperosin embargoquecon la ayuda de Diosla justicia deshará elenredoy si. como tú afirmasD. Vicente no es culpablelo echarán a lacalle. Mientras tanto a Isabelpuesta a buen recaudo en casa del padreFranciscono ha de faltarle nada.

Algo debió contrariar a Andrés esta noticiapues pretextando que le dolíaun poco la cabezapidió a su padre que le dejara reposar un rato.

Una semana pasa prontosobre todo cuando a su término entrevemos algúndesagradable suceso; y la semana precedente al día del sorteo pasó con lavelocidad del relámpago. Madrugadora de suyo la gente campesinaen cuantoamaneció Dios el domingo púsose todo el mundo en pie. Frescas como una lechugay alegres como unas castañuelasaparecieron so el quicio de las puertas lasmozascon los brazos al desnudoel porrón de arcilla a la caderaen la manola escobaen la cabeza las flores y en los labios una canción popular llenacomo todas las canciones nuestrasde gracia y de sentimiento; y sombrías ytristes y llorosas como las Verónicasarrebujadas en sus mantillasviéronsea las madres cruzar el atrio de la iglesiay se les oyópuestas de hinojosante el altarpedir a la Virgen que intercediera por la suerte de sus hijos. Enlas rinconadas los rapacesprovistos de escopetas de caña y de gorras depapeljugaban a los soldadossin comprender la tristeza que su juego debíadespertar en el ánimo de los mayores. Por las callesreunidos en pandillasalson de la guitarradiscurrían los quintos postulando. Y mientras en laplazuela atronaba los aires la voz del vendedor encareciendo sus productosenla Lonja hería los corazones el golpe seco del martillomanejado diestramentepor los carpinterosquienesdesde el amanecerse consagraran a erigir untablado tan siniestro como el de la horcadonde había de decidirse a la suertedel porvenir de muchos individuos.

Por fin el reloj de solpuesto sobre la fachada de la casa consistorialseñaló las ocho. Seguido de los regidoresel alcalde subió al tablado yocupó la presidencia. A la derecha de la primera autoridad estaba el secretariodel Ayuntamientoquien debía leer los nombres y apellidos de los mozossorteables y el número que fueran obteniendo; a la izquierda el pregoneroquien por su parte debía repetir al público en voz alta todo cuanto secretarioy alcalde le dijesen. Sobre la mesahaciendo veces de urnase alzaban doscántaros de barroy junto a los cántaros veíanse dos parvulillosencargadosambos de sacar boletas y boletines. Las ventanas de los edificios circundantesaparecieron llenas de curiosos. En la plazadepuro apiñadas las muchedumbresno cabía ni un alfiler.

Mientrasen cumplimiento de su deberlas autoridades evacuaban lasdiligencias de rúbricaun rumor sordo atronó el espacio; pero así queencarándose con el públicoel alguacil gritó a voz en cuello: «Fulano deTal y Talhijo de Zutana y de Mengano»las lenguas enmudecieron al extremo dehaberse podido oír durante algunos minutos hasta el vuelo de una mosca. Encambiopasado el intervalo que mediara entre el nombre del mozo y el númeroobtenido en el sorteosi la cifra era altadeshacíase la multitud en aplausosy aclamacionesy si la cifra era bajaquedamentecon tristuratodo el mundolamentaba el caso.

¡Qué cara de Pascuas ponían los padres satisfechos de la suerte de sushijos! ¡Qué cara de vinagre los padres descorazonados viendo para los suyosextraer de los cántaros una bola negra! ¡Con cuánto entusiasmo echaba elsombrero a los airesse abría calle por entre la multitud y loco y frenéticoy radiante de júbilomás que corriendovolando iba este mozo a su casa aabrazar a su madrey decirle que no llorasepues ya nunca se separaría de sulado! ¡Cuán triste salía de la plaza en cambio aquel por su mala estrelladestinado sin apelación a la miliciay cómo retardaba su vuelta al hogar afin de evitarle a la mujer que lo llevara en sus entrañas algún dolor! Lasnovias de los quintos muy recatadasno podían cual los demás dar salida a susexpansiones íntimaspero no por eso dejaba de traslucirse en ellasora lasatisfacciónora la contrariedad que las poseíasegún lo favorable oadversa que para sus amadores se mostrase en tan crítica coyuntura la suerte.Mas en quienes hacía verdaderos estragos el espectáculo del sorteo era en lasmadreslas cualesde sensible y tierno corazóncuando no tenían desventuraspropias que llorarlloraban las desventuras ajenas.

El tío Félix no pudo resistir a la tentación de presenciar por sí mismola quintay paso tras pasoa las ocho en puntose encaminó a la plaza. Másde la mitad de los mozos se habían sorteado en dos horas largassin quepareciese por ninguna parte el nombre de su hijo. Interiormente alegrábase dela tardanzacreyéndolo eliminado de las listas; pero bien pronto se convencióde lo contrario.

Departiendo con un amigo suyo estaba el tío Felix sobre las quintas ycomparándolas con los «matrimonios forzados»uno de los juegos másbárbaros de la Edad Mediacuando oyó que desde el tablado requerían yllamaban a Andrés. Pálidolívidotembloroso volvió rápidamente la carase puso de puntillascontuvo cuanto le fue posible la respiración y con losojos espantados y los pelos de puntacontempló cómo extraían del cántaro labola correspondiente al mozo que acababan de nombrar. Tras una breve pausa elpregonero anunció el númeroy al oírlo el tío Félix sintió algo así comoque se le venía el cielo encima o como que se le caía a los pies el alma. Elcaso no era para menos. Andrés había obtenido en el sorteo el número 13.

Al día siguiente de verificadas la quintascabizbajo y pensativoel padreFrancisco fue se a la iglesia a rezar su misa y departir un rato con Felipe. Eraéste un pobre hombrequien sin oficio ni beneficiopor ganarse una peseta sehabía metido a sacristán. Como los santos de las capillascon los que afuerza de sacudirles el polvo tuviera gran confianzani conocía los viciosnisabía lo que eran malas tentacionesno contando entre los primerosporsupuestosu invencible inclinación al rapéni contando entre las segundassus aficiones a rebañar los ciriosa bautizar el vinoa sisarles algún queotro ochavo a las ánimas benditas y otras menudencias por el estilo. Pudoroso ycasto al extremo de ruborizarse siempre que en el desempeño de sus funciones seveía obligado a dejar las vírgenes en camisa; mas en su castidadno exento decuidados paternosteniendo como tenía una mujer que todos los años leregalaba un cachorropara Felipe no había más mundo que la sacristía ni mássociedad que su familia.

En paz y en gracia de Diosresignado con su suertehubiera vivido muchotiemposi de buenas a primeras no se cuela de rondón la desgracia por lapuertas de su casa. Entre sus hijosuno de ellosel mayorhabía aquel añoentrado en quinta y obtenido en juntoel número 24. De no presentar ninguno delos mozos exenciónel suyo se librabapuesto que para cubrir el cupo desoldados correspondiente al pueblosólo hacían falta diez y ocho. Pero habíaentre ellos un paralíticoun ciegoun cojoun mancoel hijo de una viudael hijo de un sexagenarioy sicomo era de rigorla numeración se corríano le quedaba más remedio al sacristán que ver a su Alejo camino del cuartelcon el chopo acuestas. Devanándose los sesos a fin de encontrarle a estedifícil problema una solución estaba Felipecuando levantando con estrépitoel picaporteentró en la sacristía el Sochantre.

-Buenos díaspadre Francisco -dijo Felipe al verlo.

-Buenos días -contestó sin levantar los ojos del suelo el Sochantre.

-¿Va usted a decir misa en seguida?

-Hombreen seguidaen seguidano. Quiero antes descansar un rato.

-Sea enhorabuena- volvió a decir el sacristán.

Ambos se callaron unos instantespasados los cuales rompió el silencio elpadre Franciscoexclamando:

-¿Y qué tal vamos de quintasFelipe?

-Malseñor curamuy mal.

-¿Pues no ha sacado su hijo de usted el 24?

-Para lo que le sirvetanto daba que hubiera sido el 1.

-No lo entiendo.

-Figúrese usted que a estas horas van presentados cinco expedientes deexención indiscutiblesy de buena mañana ya han venido a reclamarme unapartida de bautismo para presentar otro nuevo. Mi hijo tienees verdadel 24pero descuente usted esos seis y se queda en el 18justamente el número demozos que piden.

-¿Y quiénes son los individuos que asípor arte de birlibirloqueselibran del serviciohaciéndole a su Alejo tan mala obra?- preguntó con muchointerés el Sochantre.

Cuando entre los mozos enumerados por el sacristán oyó el padre Franciscoel nombre de Andréscerró los puñosapretó los dientes y pronunció conmarcado acento de ironía estas palabras:

-¡Valiente tonto será usted si se deja pisotear!

-¿Me resta otra cosa que conformarme con mi suerte?- respondió Felipe.

-Pero hombre de Diossi tiene usted la sartén por el mango. Retírela haciaun lado si quiere que a su salud nadie se engulla las tajadas.

-Francamenteno comprendo una jota de cuanto usted me dice -exclamó denuevo el sacristánque se había quedado al oír esto como quien ve visiones.

-Vayapues se lo diré más claro. ¿Usted tiene interés en redimir delservicio militar a su hijo?

-Póngase en mi lugarseñor curay lo sabrá. Lo mismo su madre que yo novemos más que por sus ojos. Conque ayúdeme a sentir.

-Pues si usted quiereAlejo no será soldado.

-¿Cómo?

-Todo es cuestión de sustituir en el libro de nacimientosque se encuentrabajo su custodia en los archivos de esta iglesiauna partida de bautismo porotra partida de bautismo. Y aun estoy por decirle que menospues si las fechasse prestancon enmendar los números es bastante.

-¡Cáspita! ¿Pero quién acomete una empresa de tanto arriesgo?

-¿Arriesgo dice? Vamosno sea usted babieca.

-Y aun prescindiendo de la responsabilidad criminal que pudiese cabermemoralmente considerada la cosa no es muy correcta.

-¡Andaanda! Pues si nos paráramos en pelillosno comeríamos nuncatocino.

-Hablemos con franquezaseñor cura -dijo Felipequien poco a poco ibacayendo en la cuenta d e que los consejos del Sochantre obedecían a algo-.Usted tiene interés en alejar del pueblo al hijo del tío Félix¿no es eso?

-Porque deseo hacer una buena obra conjurando de este modo las furias de sufamilia contra el pobre maestro de escuela.

-Yo no me meto en averiguar el móvil que le impulsa.

-Pues biensíésa es mi idea.

-En tal caso obremos de común acuerdo y partamos por igualsi es que lashaylas responsabilidades. Para que usted me ayude a hacer esas raspadurasesas enmiendas o lo que seahoy mismode una a dos de la tarde sin faltaleespero aquí.

Ocho días después del sorteo procedíase a la declaración de soldados.Cuantos mozos se creyeron con derecho para ellopresentaron expedientes deexenciónalgunos de los cuales allí mismo en el acto se aprobaronmientrasotros se remitieron a la Diputación provincial para quemejor informadaajustándose a la leydecidiera. Ni entre unos ni entre otros apareció paranada el expediente de exención de Andrésy las autoridades lo declararonsoldado. Lloró si tuvo que llorar la pobre Isabel cuando le dieron la noticia;se arrancó los pelos de desesperación el tío Félix hasta hacerse sangre;pero al cabo y al fincomo no había otro remedioambos se conformaron con sudesgracia. Y al declinar una tarde de estío oyóse primero un toque de cornetay se vio después una columna de polvo que a la salida del pueblo levantaba granpelotón de gentes que se iban. Eran los quintosquienes con su mochila alhombro y su gorra de cuartelse despedían quizás para siempre de su tierracantándoles a las mozas para consolarlas:


 

Aunque me ausente cien leguas

 

contigo me he de casar

 

que te quiero con el alma

 

y no te podré olvidar.

 

- VIII -

A vida en los pueblos resulta de suyo monótona y triste para quienesacostumbrados al bullicio de las grandes poblacionesentre otros atractivosechan de menos teatros y caféspaseos e hipódromoscorridas de torosinauguración de tiendasbailes públicossoirées domésticas y unaserie interminable más de diversionesdonde a su sabor y a sus anchas seexplaya el espíritu. Sin embargoasí que a la modestísima existencia aldeanallega uno a acomodarsepor inclinación naturalse detesta el movimientoexcesivo y la rapidez pasmosa en el curso de los hechos reinantes en la ciudad;y por propia conveniencia se prefiere el dulce reposola paz octavianael gocetranquilolas suaves emociones asequibles en los villorriosen las aldehuelaso en los campos.

Cual hace ley en las sociedades la costumbrehace por su lado la costumbreley entre los hombres. Por algo asegura un refrán español cómo «al que noestá hecho a bragaslas costuras le hacen llagas». Quiennacido y criado alarrullo de las fuentes que corren desatadas en trenzas por las campiñas; a lasombra de los vegetales queagitados por el céfiromurmuran monótonos peromelodiosísimos cánticos; al abrigo de los montes cuyas faldas repercuten yremedan los sonidos y las vocesno habiendo percibido en toda su vida másmúsica sonora que el pío de las alondras al amanecerel chacharrear de losgorriones en los promedios del día o la serenata del ruiseñor en las altashoras de la nocheni escuchado otros ruidos estridentes que el golpe seco delazadón sobre el terruñoel chirriar de las carretas atestadas de productosagrícolasel crujir del látigo o el silbar de la honda; quienpor nacido ycriado en el amplio valle o en la encumbrada sierradesde su niñez se ha hechoa la vida campestre y a sus naturales resonanciasen cuanto a Madridporejemplollegaen verdad le parece haber llegado a los senos de una inmensaBabeldondecomo en la Babel antediluvianareinase la más caóticaconfusión de lenguas.

Al revésacontece lo propio a los cortesanos en cuanto por gusto o pornecesidad vanse a vivir al campocuyo perenne y semisepulcral mutismo confundencon el reinante por los espacios de cualquier vastísimo cementerio. Y sinembargolos pueblosaun aquellos más ignorados e insignificantesofrecénnosa la continua muchas y muy variadas diversiones. Entre otrassin ir más lejosaquí tenéis unael juego de pelota.

¿No habéis visto un juego de pelota en las regiones meridionales? Nada detrinquetesnada de cestas. La calle más largael brazo al desnudola manoliada en el guante de vaquetabastan y sobran a los jugadores para lucir susdotes extraordinarias en este gran ejercicio de habilidad y de fuerza.

Como en los antiguos juegos públicos de Grecia y de Roma se congregaba lamuchedumbre en torno de los atletas o de los gladiadorescuyas proezas unamodestísima guirnalda de laurel o de olivo premiabanen torno de nuestrosjugadores de pelota se congrega el pueblo enteroque paga con clamoreosentusiastas y aplausos ruidosísimoslos triunfos alcanzados sobre eladversariopor los más diestrospor los más ágiles y por los más fuertes.

Asíanunciado un partido de pelotase hace casi cuestión de ordenpúblico deshacerlo o desbaratarlo: tanto interés despierta y tal cúmulo desensaciones ofrece.

Sencillo como todos los primitivos juegos helenospero con muchas variantesal que más afición muestran los pelotaris en las regiones mediterráneasesal conocido en su jerga con el nombre de sacar. En sumatiene este juegocincuenta tantos divididos en fracciones que van ganando de quince en quinceprimero y de diez en diez despuésaquellos que logransin que se la restenmandar hasta uno cualquiera de los dos extremos cuatro veces seguidas la pelota.Mas esto acontece con dificultadpuespor topos que sean los jugadoressiempre hay uno entre ellos lo bastante listo para devolvérsela al contrarioycuando no en la parte arribahacer una raya en la parte abajo de la faltaosea en el limite menor que han por fuerza de tener al ser sacadas las pelotascortas. Seguir sin perder ninguna las evoluciones de los jugadoreslos botes yrebotes de la pelotala ansiedad del públicoresultaría cosa difícilypreferimosya que varios mozos del pueblo van a comenzar una partidasuplicarle al lector que honre con su presencia el espectáculo.

En ella figuran como adalides contrarios Alejolibre del servicio militarmerced al gatuperio diestramente apañado por su padrey Valentínuno de losamigos más íntimos de Andréscon quien desde que se ausentara sosteníaasidua correspondencia.

Cuando los pelotaris ingresaron en la plazahallábase todo dispuesto parael juego. Al tercio próximamente del vasto cuadrilongo se había trazado la falta;en uno de los extremoscolocádose dos mesasalgo inclinada la una para losque quisieran sacar de boteperpendicular la otra para los que quisieran sacarde brazo; los jueces y los chazadores o sean los individuosencargados de resolver las querellas entre los pelotaris y los encargados devocear los tantos y señalar las rayasocupado sus sitios; la multitud hechosus apuestas; las ventanas y los balcones llenádose de mujeresávidas comolos hombres de presenciar el popular espectáculo.

En un dos por tres quitáronse las chaquetas los pelotarisinspeccionaroncon minuciosidad el improvisado trinquete para ver si todo estaba en orden y sedispusieron a comenzar el juego. Por un capricho de la suertecúpole aValentín la ventaja de ser el primero en jugar la pelotay cogiéndolanerviosoentre sus manosfuese corriendo al saque a dispararla.Las miradas de los contrarios volviéronse hacia él y al oír cómo gritabapara prevenirlos «juego»contestaron al punto «venga».

La pelota salió de manos de Valentín con el ímpetu que salen las balas delcañón de los fusilesy dando en la pared de enfrentevolvió rebotadasinque se la pudieran restarhasta el sitio mismo de donde había partido. Unasalva estrepitosa de aplausos ahogó casi en su garganta la voz de los chazadoresque de trecho en trecho iban gritando:

-Quince por nada.

Tales muestras de entusiasmo no envanecieron a Valentíny recogiendo sinalardeos del suelo la pelotalanzóla con fuerza por vez segunda a suscontrariosquienesmás avisados y más diligentespudieron cogerla al airey tras una brega en que se disputaran palmo a palmo unos a otros el terrenodonde había de quedarsehacer una buena raya.

Mucha confianza en su brazo debía tener Valentíncuando al ver estomurmuró a la oreja de uno de sus camaradaslo bastante alto para que elpúblico lo oyese:

-Apuesto doble contra sencillo a que no me vuelven ésta.

Y sin aguardar la contestaciónbotó la pelota varias veces sobre eltablero de la mesadio unos pasos hacia atrásgiró de arriba abajo en mediopunto el brazo y la tiró terrera por entre los huecos que dejaran libres suscontrarioscon tal habilidad que éstos no pudieronni detenerla en suvertiginosa carrerani aprovechar el rebote para restarla.

La muchedumbre se deshizo las manos aplaudiendo y los chazadores pregonaronel estado del juego exclamando:

-Treinta por nada y raya.

Estaba vistoValentín se llevaba de calle a sus contrarios. Como el primeroy el terceroganó el cuarto saque y se puso a cuarenta; despuésganando laraya que había en descubiertocerró el juego en cincuenta tantos. Alejo y suscamaradas bufaron de coraje al ver cómoni sacando ni restandopodíancompetir en agilidad y fuerza con Valentín.

Breve de suyo este juegono constituye partida uno solosino varios enconjuntoy aquí eran seis los convenidos y señalados anticipadamente. Con lafortuna que el primero ganó Valentín el segundotercerocuarto y quintojuegoe iba a comenzar el sexto cuandopicado en su amor propioAlejo cruzócon él estas palabras:

-Si tanta confianza tienes en ganar la partidadoblemos las apuestas.

-No hay en ello inconvenientemas con una condición -repuso Valentín.

-¿Cuál? -preguntó Alejo.

-Que has de aceptar por parte mía alguna ventaja.

-¿Quierestras de vencermehumillarme? -observó con retintín el hijo delsacristán.

-En cuanto te enfunfurruñas por cualquier cosatodo lo echas a barato. Loque quiero es equilibrar en lo posible nuestras fuerzas.

-¿Y qué ventaja es la que te propones darnos?

-Poca cosa. Todas cuantas rayas hagáis.

-¿Lo has pensado bien?

-Por supuesto.

-¿Y no temes perder?

-¿Quién dijo perder a estas alturas?

-Pues andando se quita el frío.

Y aceptadas las nuevas condiciones del juegoreanudóse el partido.

Del primer voleoAlejoa quien le tocaba sacarcoló la pelota en una delas ventanas de la casa de enfrente.

-Vengan de éstas dos o tres más y se acabó la partida -exclamó con sornaValentín.

-Pues si tanto te placeallá va la repetición -repuso Alejoya del todocorrido y quemado.

Y al tomar carrera para darle impulso a la pelotaresbaláronse sus pies ycayó de bruces en el suelo.

Movidos a compasiónalgunos espectadores le ayudaron a levantarseperomovidos a risalos más se burlaron de él. Para unosla caída había sidocasual; para otrosintencionada. Lo cierto es que Alejopretextando habersedescoyuntado un brazose negó en redondo a terminar el partido.

La tremolina que armó el público al saber esto fue de las de padre y muyseñor míoy aunque a fin de calmar los ánimos se pagaron a prorrateo lasapuestassi un nuevo incidente de improviso no surgeAlejo y sus compañeroshubieran tenido que sentir.

A punto estaban unos mozos de caer sobre otros mozos y mutuamente molerse apalos las costillascuando de tales santas intenciones les distrajeron variosgritos de «socorro» lanzados desde una ventana de la casa del Sochantre. Comoalma que lleva el diablo salió escapado Valentín hacia el lugar de laocurrencia. Una parte del público instintivamente corrió tras élotra partele siguió con la vistapero todos quedaron igualespues ni los unos lograronsatisfacer su curiosidadni prestar los otros el demandado auxilio. Así laspuertas como las ventanas de la casa del Sochantre estaban literalmentecerradas. Valentínquienvivo de geniojamás se anduvo en chiquitaspidióa sus compañeros que lo auparanhasta tocar con los dedos el borde de laventana.

Así lo hicieron éstosy con agilidad digna de cualquier acróbataenmenos que canta un gallose encaramó en lo alto. Ya estaba dispuesto a hacerrodar a puñetazos por los suelos las maderas cuandocon gran sorpresa detodosse abrieron de par en par éstas y apareció debajo de su quicio elSochantre.

-No es mala manera de entrar en las casas la que tú tienesperillán -dijoel padre Francisco al ver a Valentín.

-Disimule ustedseñor curamas al oír las voces de socorro que desdeaquí han partido y ver las puertas de la calle cerradasno se me ha ocurridootra.

-Pues has perdido el viajeporque no necesitamos de ti para nada. Gracias aDiosno ocurre novedad ninguna en casa.

-¿Que no ocurre novedad? ¿Pero y los gritos que todos hemos oído?

-Los ha lanzado Isabel quenerviosa como una ardillay perdone lacomparaciónse ha asustado¿a que no sabéis de qué? -preguntóesforzándose por reír el padre Francisco.

-¿De qué? -exclamaron varias voces.

-De una rata hallada a su paso al entrar en su habitación.

Y la gente aglomerada a la puerta de la casa del señor cura soltó el trapoa reír.

-Ven aquíIsabelven aquípues en justo castigo a tus puerilidades ypara que no repitas la escenadeseamos todos que por tu propia boca nos cuentesel lance -dijo el padre Francisco con ironía.

Isabel ni siquiera se asomó a la ventanapero Valentínque la viera alláen el fondo del cuarto inmóvilgravebasta llorosamurmuró entre dientes:«No eres tú hipócrita que digamos. Conque sustos por ratas tenemos¿eh? Meescamo».

Al día siguiente escribíale Valentín a Andrés estos renglones: «Si Diosno hace un milagropresumo que te van a birlar la novia».

Mas a todo estopreguntarán los lectores¿qué había sucedido en casadel Sochantre?

- IX -

Con el pensamiento puesto en Andrés y los ojos en la labor estabasin quenada la distrajesesola en su cuartocose que te cosela hermosa hija delmaestrocuando acertó a entrar en él de rondónsin pedir ni siquiera porcortesía permisoel Sochantre. Al verlo Isabel se estremeció de pies acabezay levantando al nivel de los del cura los ojosdijo con desabrimiento:

¡Jesús! ¡Qué susto me ha dado usted!

-Pueschicano eres tú nerviosilla que digamos. Ni que en vez de un hombrevivo fuera yo un ánima en pena -respondió el padre Franciscoun tantoamargado por este frío recibimiento de su pupila.

-Entró usted con tal sigilo quefrancamenteal pronto no he podido evitarun estremecimiento de sorpresa.

-No quierasIsabelcon excusas mal apañadasjustificarte a mis ojos. Sien mil ocasiones he observado lo mismo.

-Y usted lo atribuye sin duda...

-A que mi presenciasi no te horrorizapor lo menos te inspira miedo.

Isabel no se atrevió a objetar palabrapero se pusoal oír estorojacomo una amapola.

-¿Y por qué es todo ello? A ver -continuó diciendo el Sochantresin pararmientes en la turbación de la doncella-. Porque te quieroporque aun faltandoa mis deberes para con la Iglesiate he levantado un altar en lo másrecóndito de mi alma; porque desde el día en que te conocíni descansonisosiegoni vivopensando siempre en tu hermosura; porque a pesar de losesfuerzos que he hecho para evadirme a las tentaciones de la carneestoycomoel diablo a los pies de San Miguelsojuzgado y rendido a tus plantas. ¿Sonéstosen sumadilos motivos que tienes para odiarme?

-Es que yo desearíaseñor curaque usted no me quisiera tanto -atreviósea decir Isabelsin apartar un punto de la labor los ojos.

-¡Ingrata! -exclamó el padre Francisco suspirando-. ¿Es ése el premio quereservas a mi amor?

Y al proferir estas palabrasel padre Franciscoque había ido poco a pocoadelantándose hacia Isabelle cogiósin que ella lo pudiera evitarlasmanos y se las cubrió de besos.

-Déjeme usted en pazo grito -dijo toda indignada la aldeana.

-Era lo único que faltaba para coronar la fiestael escándalo.

Y como el Sochantre ni a tres tirones soltase las manos de su pupilaéstale intimó de nuevo diciendo:

-Suélteme usted; suélteme ustedporque me repugna su contacto.

Ni por esas. El cura había hecho presa en su víctimay primero quesoltarla hubiera preferidocomo vulgarmente se dicedejarse los dientes en latajada.

Comprendiendo entonces Isabel lo inútil e infructuosa que debía resultaruna lucha cuerpo a cuerpodobló las rodillas en tierralevantó los ojos alcielo y con voz ahogada por los sollozos se deshizo en súplicasexclamando:

-¡Por la Virgen Santísimaseñor curatenga usted compasión!

-¡Compasión! ¿Cuándo la has tenido tú de mí? -repuso con acritud elSochantre.

-¿Qué quería usted que hiciera para complacerle sirotos los lazos coneste mundo por sus sagradas promesasnos separa a los dos un abismo?

-¿Qué? Ya lo sabesconcederme tu amor.

-¡Oh! Eso es tan imposibleseñor curacomo arrancar del cielo estrellascon los dedos.

-Porque estás enamorada.

-Y porque además conozco cuánto me debo a mí misma.

-¿Y no cederás nunca?

-¿Y lo duda usted? ¡Nunca!

-Me estás desesperando con tus negativasIsabel.

-Es ustedseñorquien a sí mismo se desespera.

-Que estás en mi poder te advierto.

-Y si me negare en absoluto a complaceros...

-Recurriría a la fuerza.

-¡Digna hazaña para emprendida por un sacerdote!

-¡Qué sacerdote ni qué cuernos! Aquí donde tú me vesno hay más que unhombre.

-Nopadre Franciscohable usted con propiedaduna fiera.

-Fiera u hombrelo que te plazca; mas de todos modosun ser apto para elamor: pues así como no tengo derecho a mutilarme ni atentar contra mi vidanotengo derecho tampoco a renunciar al amor. ¿Y el voto de castidad? mepreguntas. Eso es una verdadera pamema. Que lo testifiquen sino las barraganasde los curas en la Edad Media.

-Pero en suma¿qué es lo que usted pretende de mí?

-Ya te lo he repetido una y mil veces.

-¿Que le ame? Imposible. De mi corazónes dueño absoluto otro hombre.

-No importa.

-He jurado ante la Virgen desposarme con él.

-Tampoco eso importa nada.

-¿Y mi reputación y mi honra?

-En mi calidad de clérigoyo sé callar como los muertos.

-¿Y mis deberes para con Diospara con mi familiapara con el mundo?

-¡Oh! No te apures. Tengocomo confesorpotestad para absolverte de todostus pecados.

-Además de infamees usted cínico.

-MiraIsabelno me insultesy de grado y sin resistencia apercíbete a sermía.

-¿Pero no considera usted que es un crimen lo que pretende?

-Nada considero.

-Quien se ofrececual usted ha hechoen holocausto a la religiónno debejamás volver a la tierra los ojos.

-No me convencen tus observacionesno me convencen. Yo sé muy bien laimposibilidad material que hay de unirme a ti en santo matrimonio; pero sé aciencia cierta la posibilidaden cambioque hay de poseersi no tu corazónporque éseya me lo has dichopertenece a Andréstu hermoso cuerpotentación continua de mis sentidos y aliciente principal de mis deseosErrasteen tus apreciaciones si me has juzgado un santo. La negra sotana que cubre miscarnesla vida contemplativa que llevolas rigurosas prácticas del institutoa que pertenezcoen vez de reprimiravivan con sus privaciones mis eróticosinstintos. Pretender amortiguar en mí esta propensión a los goces de lamateriaequivale a pretender un cambio súbito en mi temperamento. Quien hadotado a las fieras selváticas de instintos carnicerosy puéstole a las avesde rapiña sus garrasy a las víboras su venenoy a la serpiente sus anillosy a las lagunas sus miasmas ponzoñososy a ciertos vegetales sus corrosivosnefastosy por doquier diluido el germen de la destrucción y de la muertehaencendido en mi pecho este volcán de pasiones en que me consumo y abraso. Y nosirve de nada argüir que para sojuzgarse a las tentaciones de la materia hadotado Dios al hombre de raciocinio. Cuando las pasiones surgen tormentosas enel pechoel raciocinio resulta más frágil que la barca de un pescadorvíctima de pavoroso naufragio. En vano intentaráspuesacriminarme desensual y torpecuando por dementado y loco a fuerza de sentirno soyresponsable de mis actos; y en vanosecos de llorar tus ojosjadeante desuspirar tu pechoronca de pedir auxilio tu gargantafatigados de zaherirmecon improperiosanatemas y maldiciones tus labiosintentarás escudarte en tuvirginal pureza y en tu cándida inocencia. En guisa de cruel gavilángustoyoantes que de otra cualquier presade la blanca e inocente palomasobrecuyos albos plumajes se destacan mejor los vivos matices de la sangre. Venturosocomo nadie en la tierra consideraríame de haber obtenido por tu propia voluntadlo que en este minuto supremo has de concederme por fuerza. Pero misrequerimientos amorosos no hallaron en tu corazón ninguna resonancia. A mi amorexaltado y frenético opusiste siempre la más glacial indiferenciasi no elodio más inextinguible; a mis súplicasel desprecio; a mis lamentosla burlay la befa. Y tantas contrariedades no me hicieron desmayarIsabelen mispropósitosantes bien resultaron otros tantos estimulantes o aperitivospropios para abrir mis apetitos carnales.

La pobre lugareñaque había oído estupefacta el largo parlamento delSochantrecomprendiendo lo grave y crítico de su situaciónpara en el casode una acometidapúsose en guardia.

-Es inútil que te defiendasIsabel -exclamó el padre Franciscoal notareste brusco movimiento de su pupila-. Estamos solos. Nadie puede acudir en tuauxilio. Ademásel tumulto levantado por los jugadores en la plaza ahogaríatus gritos.

Y como el Sochantre hiciese ademán de sujetar por la cintura a Isabeléstalo separó con ambas manosdiciendo:

-Me inspira usted horror.

-Has repetido esa frase tantas vecesque ya me la sé de memoria. Pero turepugnancia no obsta para que yo pose sobre tu seno virginal mis ardienteslabios.

-Es usted el hombre más miserable que se guarece bajo la capa del cielo.

-Tanto peor para ti.

-¿Es ésta la manera que tiene de corresponder a la confianza que en ustedha depositado mi padre?

-¡Bah... bah... bah!... En cuestiones de amor no debe unoni pararse enbarrasni andarse en chiquitas.

-Por no tener sentido moral ningunousando de la perfidia y de la fuerza conuna débil mujerhasta desconoce usted lo que un hombre honrado se debe a símismo.

-Tu destemplanza en el hablar ha ido poco a poco dando al traste con mipaciencia. Ya séporque hartas veces me lo has dichoque no te inspiro amor.Mas esocréeloIsabeleso no es obstáculo a que yo sacie en ti mi deseo. Nome ames en buen horaya que no pudecomo el afortunado Andrésinspirarteesta pasión; pero ábreme pronto tus brazossi no quieres que sobre ti ejerzaviolencia.

-Eso jamás. Yo no he de pertenecer sino al hombre que me haga su esposa.

-Ya veremos si es verdad lo que dices.

-¿Cómosi me niego?

-¿Cómo? Así.

Y harto ya de porfiararrojóse el padre Francisco como un tigre sobre suvíctimaresuelto a llevárselaquisiera o no quisieraa viva fuerza a laalcoba. Breve pero desesperada la luchaIsabel de seguro sucumbe si en trancetan amargo la Providencia no llega a socorrerla.

Ya estaba a punto de consumar su atentado sacrílego el Sochantrecuandoquizás a impulsos de un pelotazo o quizás a impulsos de una fuerte ráfaga deairese abrieron de par en par las ventanas de la habitación.

Isabelque se consideraba ya perdidahizo entonces un esfuerzo supremo paradesasirse de las manos del curay asomándose a la plazapidió con toda lafuerza de sus pulmonesa las gentes que bien ajenas a esta escena sedivertíanauxilio.

La mutaciónademas de rápidahabía sido completa. Ya no era Isabel quiensuplicaba; era el Sochantre quienviendo condensarse sobre su cabeza unaborrascosa tempestadpedía gracia. A fin de ganar tiempoveloz como el rayocerró la ventanay dirigiéndose de nuevo a Isabelle dijo:

-Has procedido insensatamentealarmando con tus voces al vecindario. Elpueblo acude en tropel a averiguar lo sucedido. Si no asientes a cuanto yo digapara explicarles de alguna manera el lancea pesar de su inocenciatu padreirá a presidio. Yosolo yo puedo salvarle de esta afrenta delatando ante lostribunales de justicia al verdadero culpable.

Al llegar aquí el Sochantredio comienzo la breve pero gráfica escena quehemos reproducido en el capítulo anterior.

- X -

Fue objeto de todas las conversaciones en el pueblo durante muchos días talperipeciay de ella dedujeron los maliciosos que la honra de Isabelsi nohabía corrido ya borrascaestaba por lo menos en un tris. Contribuyeronenprimer términoa divulgar especies tan atroces los propios amigos de Andrésquienesreunidos en el zaguán de la boticase pasaban allí las horas muertasmurmurando a roso y belloso de todo bicho viviente. Las trifulcas continuas queel albéitar armaba con su mujer por celos más o menos fundados; elengreimiento que de poco tiempo acá mostraba D. Ceferinoun abogadillo de tresal cuarto a quien el diablo no hubiera tenido por qué desechar; los enjuaguesque traían entre manos el síndico y el alcalde para repartirse como panbendito los fondos depositados en el arca de propiostodas las flaquezashumanas vistas por el lado más grotesco sacábanlas a reluciry de todashacían su correspondiente acerba crítica.

En su apego invencible a la murmuraciónno dejaban estos vagos de pueblotítere con cabeza. De su lengua viperina salíandestilando por todas partesvenenoanécdotas socarronescuentos epigramáticospasajes cómicoshistorias pornográficasque el mismo Bocaccio hubiera envidiado.

Pues a este verdadero antro de chismes y de enredos concurría Valentíndeseosocomo cada hijo de vecinode holgarse y divertirse a costa delprójimounos tres meses después de la fecha en que acaecieran las escenasanteriormente narradas. En un extremo de la habitación estaban el boticario yel escribano jugando a las damasen la trastienda el practicante machacandodrogasrecostado sobre el mostrador el médico del pueblo leyendo losperiódicos de Madridy dándose con el bastón en las canillaspor haceralgoel secretario del Ayuntamiento. Valentín estaba de mirónaguardando sinduda a que le dedicaran algún juego terminado en tablas.

Ocupados todos en sus faenas nadie chistabaysin embargotodos sentíancomezón de hablar. Los verdaderos murmuradores son así; jamás inician ellosla conversación. Su prurito consiste en morderse la lengua cuando los demáscallanaunque a las primeras de cambioquiero decirhostigados por lasgenteshablen luego hasta por los codos.

1. En una de las jugadas se le fue el santo al cielo al boticario y dejó decomer un peón. Valentínsin poder contenerseal mismo tiempo que con el suyole daba un golpecito en el piemurmuró por lo bajo:

-Que le van a usted a soplar la dama.

La advertencia no debió sentarle muy bien al boticariopues encarándosecon él todo incomodadole dijo:

-Hombreno sea usted posma. Ya me tiene hecho un tablero de damas en lacabeza con sus advertencias de «coma usted»«que le van a hacer ungorrino»«que le van a hacer saltar de la calle de enmedio«que no vausted a poder hacer la forzosa«que le van a soplar el peón»«que le vana soplar la dama». Una de doso juega ustedo juego yo.

Vayahombretiene gracia. A quien le van a soplar la damasi es que no sela han soplado yaes a su amigo Andrés. Esa sí que corre peligro. ¿Creeusted que soy tan bobalicón que no puedo tenérmelas a tiesas cori elescribano?

Estas frasesdichas con cierto retintín por el boticariofueron como lavoz de alarma dada a los murmuradores para que empezasen a soltar de su gargantasapos y culebras.

-Y es verdad -interrogó el médicoechando a un lado el periódico yadhiriéndose al grupo de los jugadores.-No me acordaba. ¿Qué se sabe de labuena moza de marras?

-Pues se sabe que no se sabe nada -contestó secamente Valentín.

-No sucedería lo mismo si las paredes de casa del Sochantre fueran decristal -añadió el escribanoal par que movía una de las fichas del tablero.

-No sea usted pécora -replicó el boticario-y juegue y hable como Diosmanda.

-Ya tenemos sobre el tapete la eterna cuestión de siempre. Peroseñormío¿dejarán de ser los clérigos hombres de carne y hueso como nosotros?-observó con gran desenfado el matasanos.

-¡Voto al chápiro verde! Me ha hecho usted perder esta jugada -dijollevándose las manos a la cabezael boticario.

Luego añadió:

-Ya lo creo que lo son; pero eso no quita para que nosotros los respetemoscual se merecen.

-¡Buenos maulas están los tales curitas para que los respetemos! -volvió adecir el médico.

-Un exceso de malicia en usted le lleva a pensar mal de todo el mundo-observó con sorna Valentín.

-¿Sí? Pues que diga el padre Francisco si miento.

-Y sin el padre Francisco. Valentín mismoque está presentesi no fuesetan meticulosopodría industriarnos en algunos secretos de importancia -dijointerviniendo de nuevo en la conversaciónel escribano.

-¿Yo? Yo no sé nada -apresuróse a contestar el aludido.

-Pues lo sabrá el Nuncio -volvió a decir el médico.-Ustedencaramado enla ventanavio cosas quevamossegún se murmurano son para referidasy sise calla es sólo por respeto y consideración a Andrés.

-¡Bah! Esos son chismes que promueven los desocupados -contestó Valentín.

-Por mucho que usted jure y perjureno le hemos de creerentre otrosmotivosporque sabemos a ciencia cierta lo que pueden dar de sí losclerizontes. Y a propósito de estoy para que vean el juicio que me merecen amí los curas y los frailesvoysi ustedes me dan su veniaa referirles uncuento.

-Desde luego -exclamaron a una todos.

-Pues empiezo. Era un año de gran sequía en toda esta región. Las miesesdoblaban sus espigasaún no granadassobre los tallos; de las vides se caíanmustios los pámpanos al suelo; los árboles más frondosos comenzaban aamarilleartodas las plantas a secarsey la tierrafalta de lluviaadespedir caliginosas evaporaciones. En tan aflictiva situacióna nuestroscampesinos ocurrióseles lo que era lógico que se les ocurriera: sacar enrogativa por las calles la Virgen y en su honor hacer una función de iglesia.La primera parte de este programa no ofrecía ninguna dificultadpues consolicitar del señor cura permisoestaba todo arreglado; pero ofrecíadificultad la segunda parteno habiendocomo no había en el puebloun buenpredicador. No sé por dónde ni cómo supieron los buenos labradores que en elcercano convento existía un orador sagrado de muchísimo renombrey pian pianoallá se fueron en su busca. Accedió éstecomo era naturala sus deseosyconvenido el día en que se había de celebrar la fiestavolviéronse a suscasas los labriegosalegres y satisfechos.

No le aconteció lo mismo al hermano Jacintoque así se llamaba elpredicadorentre otras cosasporque el plazo era breve y apenas le quedabatiempo para preparar su arenga. Devanándose los sesos estaba en su celda mihombre a ver si podía enjaretarlacuando se coló de rondón en ella elhermano Antonioun fraile con más conchas que un peregrinoquien ahíto decarne encarecía ahora el ayunoy como lo viera tan preocupadole preguntócon interés qué le sucedía. Explicado el casoel hermano Antonio le dijo:

-¿Quiere usted obtener un éxito verdaderamente ruidoso cuando vaya apredicar a ese pueblo?

-¡No he de quererlohombre de Dios! ¿Acaso es otro mi afán?

-Pues diga usted que mañana sin falta lloverá.

-¿Que lloverá mañana? -replicó el hermano Jacintoasombrado-. ¡Pero sino hay en el cielo señal de lluvia ninguna!

-No le hace. Usted diga que lloveráy no se meta en más honduras.

-¿Y si no cae gota?

-Cuando yo se lo aseguromis razones tendré.

Tras esta conversación los dos monjes se retiraron a descansar a susrespectivas celdas.

Al día siguientede buena mañanael hermano Jacintoen cumplimiento delo ofrecido a los labradorestomó el portante y se vino al pueblo. En elcielodespejado y sin nubeslucía su cara de fuego el astro diurno másrefulgente que nunca; y el pobre frailehablando consigo mismotodo erapreguntarse: «Pues señor¿cómo voy yo a decir que va a llover hoysi nocolumbro en lo lejos del horizonte ni el más tenue celaje? Ni los insectos seguarecen en las matasni las golondrinas remontan su vueloni hay resquicioninguno por donde yo pueda venir en conocimiento do ese gran chubasco con tantaseguridad predicho por el hermano Antonio. Y que él no ha tratado de hacermeuna jugarretaeso no me cabe duda. De su formalidadde su honradezrespondería yo con la cabeza».

Haciéndose estas y otras muchas reflexionesllegó el hermano Jacinto alpueblo. Los labriegos le estaban esperando con el ansia que los justos en elLimbo el santo Advenimiento.

Se hizo inmediatamente la rogativay el agua no pareció por ninguna parte;comenzó la misa mayory el tiempo seco que seco; pero ocupó la cátedra delEspíritu Santo el hermano Jacintoy conforme iba adelantando en su sermónelcielo iba cubriéndose de pardas nubes. El hombreentusiasmado al ver estodesde una vidriera cercana al púlpitoles dijo ahuecando la voz a susfeligreses: «En castigo a vuestros pecados estaba dispuesto Dios a agostar todaesta feracísima comarcacomo en castigo a los pecados de los sodomitasconsumió con fuego del cielo las cinco villas de la Pentápolis. No había enlo humano medio ninguno de aplacar las justas iras del Eterno. Pero os habéisdirigido a la Virgen Santísimala habéis tomado por intercesora vuestra y aella deberéis el que prontomuy pronto se abran las cataratas del cielo ycaigan sobre la tierra calcinada por el solsobre las plantas ya mustiasyapálidasya secastorrentes de agua bienhechora. Amados hijos míosde hoymás vuestro camposcomo aquellos en donde estuviera enclavado el Paraísoserán fértiles y de ellos podréis extraer seguras y abundantes cosechas. Yahora elevad conmigo los ojos al cielohincaos de rodillas ante el altary enacción de gracias a esa divina imagen que se yergue majestuosa sobre su peana yen cuyo torno baten sus alas los ángeles Y los serafinesrezad con devociónuna salve».

Cuando el hermano Jacinto acabó de predicar su sermón -continuó diciendoel médico-las gentesque habían oído algunos truenos desgarrados y vistola luz de algunos relámpagos siniestrosprecipitáronse fuera de la iglesia.En aquel instante caía del cielo el agua a cántaros. Atónitosdesconcertadossin saber lo que les pasabaingresaron de nuevo en el templosubieron como locos al púlpitocogieronradiantes de júbilopor las piernasal fraile y lo llevaron en volandillas hasta la sacristíagritando con toda lafuerza de sus pulmones: «¡Este hombre es un santo! ¡Milagromilagromilagro!»

Así que hubo cesado de llovercabizbajo y pensativo volvióse el fraile alconvento. Por el camino todo era decir: «Pues señorque ha habido milagro esevidente. Y que yo no he tenido arte ni parte en éleso es claro como la luzdel día. ¿A quién hay que atribuírselo entonces? ¡Oh! No me cabe dudaninguna. Al hermano Antonioquienpor las trazasestá en olor de santidad».

Bajo tales impresionesen cuanto llegó al monasteriolo primero que hizofue dirigirse a la celda del beatísimo fraile Antonioy sin pronunciar palabracogióle las manos y se las inundó de besos.

-¿Pero qué le pasa a usted? ¿Se ha vuelto loco? -dijo el hermano Antonioquien a tales extremos no salía de su asombro.

-Hágase de nuevas ahora. ¡Como si yo mismo no pudiera dar fe del milagro!

-¿Del milagro? Vamoscuando yo digo que a usted se le ha aflojado algúntornillo de la cabeza.

-Síseñordel milagro operadopor su intervención directa con Diosenel pueblo donde he ido a predicar.

-¡Ah! Vamos. Ya caigo. ¿Lloviósegún le pronostiqué? ¿No es eso?

-¿Que si llovió? Aún no había acabado de decir desde el púlpito quetendrían agua en abundanciacuando las nubes abrieron de par en par suscompuertas y cayó sobre la tierra un diluvio.

-¿Y usted lo atribuye...

-¡Toma! ¿A qué quiere usted que lo atribuya?

-¿A que yo tengo vara alta en la corte celestiallo menos? ¡Ja... ja...ja!...

Y el hermano Antonio estuvo a punto de caerse al suelo de risa.

Luego continuó:

-No sea usted cándido en su vida. Antes de encerrarme en estas cuatroparedesaquídonde usted me veyo la he corrido de lo lindo.

-¡Ave María purísima! -exclamó el hermano Jacinto santiguándose.

-Y en esas correríasclaro -siguió diciendo el fraile Antonio-he llevadoalgún que otro trompicón. Pues biencuarenta y ocho horas antes de iniciarseuna tormentasiento en todos los huesos de mi cuerpo unos dolores que ni almás pintado se los daría a pasar. Y el pronóstico no marra. Lo tengoexperimentado. ¿Dolores dijiste? Pues lluvia segura -dijo terminando su cuentoel doctor.

En este instante penetró en la botica una mujery dirigiéndose almostradordijo:

-¿No hay quien despache?

-Allá voy -contestóle desde la trastienda el manceboque seguía repicandolos almireces.

-Que tengo prisa -insistió de nuevo la mujerviendo que nadie parecía.

-¡Vaya por Dios! Aquí me tiene usted en cuerpo y almadispuesto a servirle-profirió el practicante apareciendo en la tienda-. Veamos qué es lo que se leofrece.

-Poca cosa. Que me dé usted la medicina que expresa este papel.

-¿A ver? Traiga.

Y cogiendo de las manos de la mujer la recetael practicante leyóla parasí.

Luego añadió:

-O mucho me equivocoo va a ser imposible.

-¿Imposible? ¿Por qué causa?

-Porque me huele a chamusquina -murmuró entre dientes-. Sin embargoaguardeun minuto. Lo consultaré con el principal. A poco salió el practicante con elpapel en la manodiciendo:

-Esta receta no puede despacharse porque es clandestinao para que usted loentienda mejorporque no viene autorizada por el médicoy nosotros noqueremos cargar con responsabilidades.

-¿Pero es algún veneno? ¡AyJesúsen qué líos la meten a una! Puesmireasí como usted la veme la ha entregado el ama de llaves del Sochantre.

-Está bienestá bien -respondió con acritud el mancebovolviéndole laespalda.

De todo este diálogo pudieron enterarse perfectamente desde el próximozaguán los contertulios del boticarioy en cuanto la mujer hubo ganado lacallele faltó tiempo al médico para decir:

-¿Qué talseñores? ¿Van ustedes al fin descubriendo la tosca hilaza?¡Ergotinaergotina!... ¡Malomalomalo!

-¿Y para qué sirve eso? -preguntó lleno de ansiedad Valentín.

-Hombredepende de la dosis en que se suministra -contestó el médico.

-Me refiero concretamente a la fórmula que usted acaba de leer.

-Pues sirve para...

Y el médico le dijo a Valentín una frase al oído.

-¿Qué me cuenta usted? ¿Luego no eran infundadas mis sospechas? ¡PobreAndrés!

- XI -

Al verse cogido en sus propias redesel padre Francisco puso el grito en elcielo y sin consideración ninguna la emprendió a denuestos e insultos contrasu ama de gobiernoquien al finen tan delicado asuntopor una insignetorpeza había metido la pata.

-Necio de mí -le dijo a Magdalenaen cuanto se enteró de las dificultadesopuestas por el boticario para despachar la ergotina-que me he fiado de unamala alcahueta.

Has hechobribonaun pan como unas hostias. De esto a darle un cuarto alpregonero para que divulgue por todo el pueblo mi deshonra¿hay más que unpaso? Permita Dios que te dé un dolor de tripas ahora mismo que te llevePateta.

-Poco a poco con los improperios y con las maldicionesseñor curaque siusted no ha encontrado todavía la horma de su zapatopudiera ocurrir que laencontrase ahora -contestófuera de síMagdalena.

-¿Qué? ¿También me amenazas? -interrogó de nuevo el padre Francisco.

-Yo no sé si le amenazo o no; mas le advierto que siguiendo por este caminole va a usted a costar la torta un pan.

-Eso sería bueno si yo no tuviese manos para arrancarte la lengua.

-¿A ver? Pruebe usted a hacerloy de un silletazo le rompo lo único quetiene de clérigola coronilla.

-Si no mirara que eres una vieja chocha...

-Y usted un pillo de siete suelasa quien debían escopetear en castigo atodas las malas acciones que ha hecho.

-¡Magdalena! -exclamó el Sochantre apretando los puños.

-Si se me da un ardite que usted se enfurezca. Con lealtad y sumisión deperro le he servido hasta hoy; mas yo le juro que en lo sucesivo no ha deacontecer lo mismo.

-¿Esto más?

-Y lo que vendrá después. Si ha de pagármelas usted todas juntas.

-Ya estás tomando el tolesi no quieres que contigo haga una judiada.

Y como Magdalena continuara erre que erre en sus treceel padre Franciscociego de irasin meditar lo que haciale soltó un soplamocos.

Aquí fue Troya. Los muebles rodaron por el suelolos objetos manuablesvolaron por los airesy la habitación toda se convirtió en un campo deAgramante.

Restablecida un tanto la calma con la presencia de Isabelque acudiera en elmomento más crítico de la refriegael padre Francisco comprendió que habíahecho una de pópulo bárbaro. Amoratadas como lirios las orejasrojos comoababoles los carrillosdesgreñado el pelohecho jirones el vestidola fazdesencajadalos ojos sanguinolentossalió Magdalena a la calle en cuanto pudodesasirse de las manos del padre Franciscoquien porfiaba por retenerla a todacosta en su casa. Ni los ruegos de Isabelque la sacaban de sus casillasnilas promesas del Sochantrea quien por el mero hecho de haberle puesto lasmanos encima odiabapudieron contenerla. Y no fue lo peor que abandonaraaquella casa donde tantos años había vividolo peor fue la resoluciónextrema que en desquite a sus agravios sin vacilar tomó.

El mismo padre Francisco lo dijo en cuantocerrada la puerta de la calleasolas con Isabelésta le objetó exclamando:

-¡Qué escena tan repugnante! Un hombre agarrado a brazo partido con unamujer. Si no lo vierano lo creyera.

-Sítienes razón. Se me subió la sangre a la cabeza y no supe lo quehice. CréemeIsabel. Conozco a esa arpía más que la madre que la parió. Porvengarse será capaz de todo. Soy hombre al agua; quiero decirestoy perdido.

Isabel no pudo al pronto darles a aquellas palabras todo el alcance que ensí tenían; pero se lo dio algunas horas despuéscuando delatado porMagdalena el padre Franciscofue puesto a buen recaudo en la cárcel.

No se supo de qué medios se valdría para evadirse de su prisiónmas es locierto que pudo conseguirlo a bien poca costa.

Vagaba en aquella sazón por los alrededores del pueblo una partida carlistay claroa nuestro hombre le vino de perilla tal favorable circunstancia.¿Dónde mejor que en las filas del Pretendientecompuestas en su mayor partede desalmadospodía el padre Francisco encontrar refugio seguro? Pues en ellasformó y a la cabeza de una de sus facciones se puso en cuantorota laclausurahallóse sano y salvo en el campo.

En persecución de esta verdadera banda de facinerosos iba una columna detropas regulares a la cual estaba adherido casualmente Andrés. Quizás por amora la hija del maestro o quizás por odio a Magdalenade quien a toda costadeseaba vengarse el Sochantreconcibió la idea de entrar con toda su partidauna noche en el puebloy hacer en él una que fuera sonada. Si no llevó a cabosu propósito fue porquemás avisadas las tropas liberalesle cogieron ladelantera. Aunque a regañadientes nuestro clérigo se retiró con su facción ala sierrapero con ánimo decidido de volver más tarde. Inútil esperanza. Ala mañana siguiente eran batidos y dispersos en su totalidad por las tropasleales estos ilusos. Tal encuentro sólo tuvo de particular una cosael dueloque sostuvieron desde sus respectivas posiciones dos hombrestonsurado ymachucho el unolaico y barbilampiño el otro. Parapetados tras las matasloscarlistas hacían sobre el grueso de la columna cada descarga cerrada quetemblaba el misterioy sin embargoni Andrésdesde los comienzos de larefriega encaramado en lo alto del monte con peligro seguro de su vidani elSochantrepuesto en cuclillas detrás de un peñasco desde donde podía ver sinser visto y hacer a mansalva disparos tras disparosse conmovían. Empeñadosambos en aniquilarse por mano propiamaldito si se curaban de cuanto sucedieraen derredor suyo. Ya llevaban hechos varios disparos y ningunoa pesar de lofino de su punteríapudo ni siquiera tocarle al otro el pelo de la ropa. Envano Andrésaprovechando el instante que empleaba para cargar su trabuco elcurahizo los imposibles por acercarse a él; y en vano éste procuró conengaños atraerle fuera de la piedra que le servía de barricada. Y el tiempopasabay los soldados a más andar iban posesionándose del montey al padreFrancisco le urgía terminar de una vez aquel encuentro singularísimo. Porfortuna para éla Andrés sólo le quedaban en la cartuchera un par decápsulas y no quería de ningún modo desperdiciarlas. En tal apurocon arrojode verdadero héroe se lanza fuera de su esconditepresenta a su enemigo elcuerpo y le dice:

-No quiero que mis compañeros suban y le rematen. Tome usted bien lapuntería y dispare; mas por quien soy que si no da en el blancoesta noche vausted a cenar con Lucifer.

Antes de que Andrés acabara de hablarel Sochantre disparó su arma contrael indefensopero con mala fortunapues sólo pudo hacerle saltar en milpedazosno el cráneocual fuera su deseoel vistoso kepis de soldado. Con laceleridad del relámpagoAndréssin darle tiempo al Sochantre para quehuyeraavanzó un pasose echó el fusil a la cara y le descerrajó un tiro enmitad del corazón. El padre Francisco no pudo ni decir Jesús. Se irguió unmomentoestiró los brazos y cayó al fondo de un gran precipicio.




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