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La casa quemada

Joaquín Dicenta Benedicto

 

 

 

- I -

En Elche la orientalque triunfa de Efraim con sus palmasy evocapor supaisaje y sus costumbresel Hedjaz de Mahomahay un campodonde los granadosarraigan y abren las higueras sus hojas y reprietan los naranjos sus ramas. EnAbril se cubren los árboles de flor. Una esmeralda es cada botón en lashigueras; una gota de sangrecada capullo en los granados; cada brote de azaharun copo de nieve. El aire huele a incienso música de amor tañen las ondas dela acequianupciales himnos cantanentre matas y arbustoslos verderones yjilgueros; las hierbas cuchichean lascivamente en los bancales. La luz del solcae sobre la tierra como una lluvia de oro; la de la luna como un polvo denácar. Cinturonean los frutales una planicie. De ella arrancan los muros de unacasería que el incendio arruinó. Mordisqueados por la llamalos muros negrean.De un boqueteque fué ventanadescuelgan astillas a medio calcinar. Entreellas se retuerce un clavo. Diríase que este clavo interroga.

Macizos de tierraextendidos por la planicie y cubiertos de vegetacionessalvajeshablan de algo que era jardín. Entre des macizos blanquea la fábricade un pozo. Una cadena pende de un soportecariado por la herrumbre. junto alpozo se yergue una palmera. Su troncofrontero a la casase doblababruscamente hacia atráscorno estremecido por una trágica visión. En lasnoches obscuraslos ojos del búho relampaguean tras las palmeras. Las lechuzasvan y vienen chirriando por cima de las ruinas.

-¿Mira usted La casa quemada?-me dijo un labrador.

-Sí-le contesté.-Serán fantasíasperocuanto más la contemplomásimagino que esta casa ha de tener leyenda.

-No es leyenda. Es historia.

***

Eran los macizos del jardín canastillas de flores. Como plata brillabanelsoporte que ascendía desde el aljibela cadena de anchos eslabones y el cubo alos eslabones sujetolos azulejos del brocaldespedían reflejos metálicos alchoque de la luz. La casitaenjabelgada con esmeroparecía un cubo gigantescode sal. Sobre su blancura se abrían una ventana y una puerta de color verdeclaro. De la azotea a la ventana se extendía una enredadera bordada de azulescampanillas.En lo alto de la puerta campeaba una parra. Por entre sus hojassaltaban los gorriones.

En la casa vivían un matrimonio y un niño de seis años.

El maridoaltocetrinoenjutode negros y celadores ojoscontaríaveinticinco años; veinte la mujer.

Era blancapálida; con esa palidez de pasión que caracteriza a lasvalencianas. Sus ojos verdestenían pérfidas transparencias de ola. Su peloera azuloso; flores de granado sus labios; sus dientes pétalos de azahar: aazahares transcendía su aliento. El talle teníalo juncal; el seno alto; lacadera potente; áurea y calzada la nuca.

Hijo de los dosel chicuelo de los seis añosalegraba el hogar con susvocesel jardín con sus juegosla acequia con el chapoteo de sus pies. Cuandoreíalos pájaros asomaban por el ramaje sus cabezas curiosas y quedabaninmóvilesen planta de escuchar al chiquillo

El padre se llamaba Nelo; la madre Roseta; el chiquillo Tonet.

Además estaba el abueloel padre de Roseta. No habitaba con el matrimoniopero casi todas las tardes iba al domicilio de su nietopara recrearse con lasdiabluras de ésteechar un párrafo con Nelo a propósito de las campesinaslabores y embobarse mirando a su hijala moza más guapa quesegún su decirtopaban los ojos desde Santa Pola a Alicante.

El señor Chimo-nombre del abuelo-residía dos kilómetros a distancia de laheredad sin otra compañía que una sirvienta y un entre criado y jornalero-tanancianos como él -en una barracapintarrajeada de azul.

Inútil fué que Nelo y Roseta le suplicaran una vez y otra y otra que sefuera a vivir con ellos. No quiso. Ni el nieto torció su negativa

-Cada pájaro en su nidal-replicaba el octogenario.

Y en su nidal seguíano obstante la parálisis que le agarrotaba las manosy los piesdejándole apenas movimiento. Apoyándose en un cayado y arrastrandolas piernaspodía caminar. Sus ojos permanecían jóvenesreluciendoenérgicamente en su rostro de bereberecoronado de albos mechones.

Algunas veces paraba en la casería de Neloa echar un trago de agua o aencender un cigarroChaumepatrón de la más brava lancha que pescaba al bouen las aguas de Santa Pola.

Situada la fincaa medio caminoentre Elche y Santa Polaservía deapeadero a Chaume. Amarraba éste su caballejo a un árbolechábase a ojos lagorra de seda con botones de nácar yremetiendo sus manos en la faja deestambrerebasaba la puerta. Si era apetecible la frescuraasentaba con elmatrimonio bajo el ancho parral.

Hacía punta Chaume entre los buenos mozos de la marinería y era hábil entañer la guitarramaestro en cantares y conversador ingenioso para las gentescampesinasfáciles a cualquier retórica. Murmurábase queantes de Nelofué novio de Roseta. En ley de verdadnuncapor lo menos a vista de personashizo cosa o dijo palabra que permitieran sospechar en él resquemoresdelfallido noviazgo o restos de amor por la ex-novia. Tampoco en ella daba muestrael pasado de revivir. Hasta alguien paró mientes en que cuando Chaume iba acasa de Nelo y Nelo no estabase volvía desde la puertasin entablar conRoseta diálogo.

Veces habíaello no obstantecuando Chaume parlaba con la elcheraenque Nelocuidando no ser vistoponía sus pupilasrecogiéndolas contra lospárpadosen el rostro del mozo; luego las giraba escudriñadoras paracontemplar a Roseta .Fuera esto ni con palabras ni con obras dióseñal de molestia por las visitas del patrón; menos hizo a su mujerrequerimientos o advertencias a propósito del asunto.

Muchas tardestras acompañar al joven hasta el árbol donde amarraba sucaballole veía Nelo partir e iba siguiéndole con ojos tercos carreteraadelante. Luego tornaba hacia el jardínrepeinaba con sus dedos la cabellerade Tonetatraíale con fuerza a su pecho yal cabo de una pausaabría sunavajilla podadora y limpiaba de ramas muertas los macizos.

Entre corte y cortesolía quedar pensativopasando y repasando el dorso dela mano siniestra por el filo de la navaja.

- II -

El negocio era provechoso y merecía la pena de emprenderloaunque ellosignificara un año de separación. Al cabo del año estaría bien vendido elespartoa que obligaba la contrata y Nelo podría abandonar Orán volviendo aElche con algunos billetes de a mil.

Bienestar presente y futuro le significaba el negocio. Mejor vida para suRoseta y más seguro porvenir para Tonet y para los hijos que cariño y tiempoaportaran. De suerte que Nelo aceptó las proposiciones. Aquella noche era lafijada para tomar la carretera de Alicante y embarcarse a bordo de un vapor queal amanecer haría rumbo a Orán.

Mientras Rosetaquecon Tonetacompañaría a Nelo en la tartanaarreglaba el equipaje del maridoésteinclinándose hacia el señor Chimomurmuró:

-Véngase junto al pozoque hemos de hablar a solas sin que nadiemás quelas estrellasnos escuche.

-¿Qué es?

-Allí lo sabrá.

-Andando.

Arrastrando los pies y apoyándose en la recia cayada llegó el ancianoseguido por su yerno hasta el brocal del pozo. Sentóse con auxilio de Neloaguardó a que éste asentara junto a él y le dijo concisamente:

-Habla.

-Me voy; y me voy por un año. Grande fuera mi pena siempre; pero nunca tantocomo ahora. Al irme llevo una sospecha engarfiada en el corazón.

-¿Cómo?... ¿Qué sospecha es la tuya?

-A nadie acusoporque nada sé. de fijo. Oigame lo que quiero decirle. Ustedes el padre de Rosetapero es el abuelo de mi hijode Tonet. La honra deestehijo no es la mía sóloes la de ustedla de toda la sangre de usted y todaslas mías revueltasque revueltas van las dos sangres por las venas del niño.Yo no estaré aquíabuelopara guardar esa honra. A usted le confío suguarda.

-Vé tranquilo -respondió el viejo que se había ido deslizando por lafábrica del aljibehasta ponerse en pie. Vé tranquilo. Yo quedo.

En la nochebajo el fulgor de las estrellasla figura del señor Chimoparecía más alta; en su cabeza destocadarelucían los ojos desafiadoresenérgicos.

***

Era cierto. Tras múltiples acechosrealizados con la terquedad del árabeel viejo tuvo segura prueba de la traición de su hija.

Grandes fueron los disimulos y las artes empleadas por los amantes paraocultar su culpa. Celebraban sus entrevistas a las horas altas de la nochecuando los seres y las cosas dormíancuando las tinieblas desdibujaban lasimágenes y Tonetrendido por las travesuras diurnasdormía con profundo yreparador sueño.

Entoncesa campo traviesaevitando el paso por otros caseríosllegaba ala de NeloChaume. Arrastrándose por entre los macizosacercábase a laventanaabríase éstala saltaba el galán; volvía la ventana a cerrarse yantes de clarear la auroramostrábase en Santa Pola el gallardo patrónarreglando los aparejos de su lancha.

El viejo lo supo. Escondido en un cañaveral vió deslizarse a Chaume por elcauce fangoso de la acequia. No quedan huellas en el agua. Desde el cañaveralle vió; pegado al muroponiendo su oído en la ventanarecogió cuchicheosque rubricaban la perfidia. Acasomezclada con estos cuchicheosllegó hastael anciano la respiración tranquila de Tonet.

***

-Míra-decía el señor Chimoconversando con su hija al pie del parralenun mediodía de los fines de Agosto; -en cuanto caiga unas miajas el solmellevo a Tonet. Hay en la higuera que enfrenta mi barracabrevas maduras ya:¡Algunascomiste de chicuela!.. Quiero que este año las primeras sean para Tonet. Desuerte que viene conmigo y esta noche se queda a dormir en mi casa. Mañanadeque sean las nuevete le traigo con un cesto de brevas que te van a saber agloria.

-Tonetoyes al «yayo»?- preguntó Roseta al chiquillo que jugaba cerca deella.

-Y quiero irme con él. Las brevas de «yayo» son las más dulces y las másgordas que hay.

-No quede por mí. Vete.

A media tarde se despidieron el anciano y el niño. Una hora despuéspasabaa caballo por frente a la casaen dirección a Santa PolaChaume. Se detuvosin apearsesaludando a Roseta que estaba al borde del camino. Ella dijo muyquedo:

-Esta noche puedes venir antes y marcharte después. El chico no vuelve hastamañana. Estaremos solos. Adiós.

- III -

Era noche de obscuridad. Nubes anchas cubrían las estrellas; el aire callaba;las aguas de las acequiascorrían en silencio.

A las doce entró Chaume por la ventana. Dieron las dos en los relojes deElche. Por entre las cañas se deslizó una sombra altarígidafantasmal;llegó a la ventana y pegó el oído a sus rendijas. Un gran silencio reinaba enla vivienda. La sombra fué alejándose hasta llegar a un bosque de naranjos.Ocultos en él estaban una mula y un niño. El animal traía a lomos haces deleña sarmentosa; el chiquillo asentaba encima del latón.

Aguarda y no hables-dijo el que llegabaal muchacho. -Aún no es tu hora.

Su voz sonaba húmeda como si la mojase el llanto. Descargó la mula de loshaces y uno a uno fué transportándolos al pie de la casa. Rodeó con ellos losmuros; tapiando la ventana cegando la puerta hasta el dintel. Después amontonósarmientos contra las vigas que sustentaban el parral.

Todo lo hizo sin ruídosin que un sarmiento restallasesin que una astillarozase la pared.

Terminada la faenaretornó al bosque de naranjos.

-Ven conmigodijo al muchacho.-Procura ir de puntillassin dar tropezones.

Y llegaron a la casa.

Alzando con sus dos brazos el latóndió vuelta al edificio deteniéndosede trecho en trecho. Hizo altos más largos en la puerta y en la ventana.

-¡A lo que falta!-dijo por fin a la criatura. Y llevándola hasta la puertacubriendo con su ancho sombrero una tea impregnada de alcoholque ardiósúbitamenteordenó con voz perentoria:

-¡Arrima eso a la leña!

Primero fué una llama azul; después una chispeante neblinapronto hogueraque ardió por iguala lo largo de la pareden el hueco de la ventanaen elquicio amurallado de la puerta. Dentro se oyeron gritos. La ventana se abrió.Las llamas entraron por ella. A su lumbre se recortaron dos imágenesangustiosas. Tendían sus brazos al incendio. Pronto se borraron entre espiralesde humo.

El viejo en pieerguidosujetando al niño con sus manos convulsas ypuestos los ojos en las llamasseguía el viaje del incendio.

-¡Hecho!-gritó al desplomarse la techumbre.

***

Del vapor saltó un hombre vestido de luto. Un viejo y un niñoenlutadocomo élle aguardaban junto a la plancha.

-¡Ni casani mujer!-sollozó el viajero echándose en brazos del anciano.

-Queda el hijo.-repuso el viejo con voz firme.-Y queda mi barraca-añadió.-Allícabemos todos!




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