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Lamuerte de un justo

El cura Peñaloza se consideraba completamente feliz con la posiciónadquirida por su sobrino. No había podido educarlo como él deseaba nilogrado hacerle tomar la carrera eclesiásticapero en cambio veía conplacer que Peñalozasu sobrinoera un joven de conciencia y de corazónpiadoso como pocosy honrado como el que más.
-En todas partes puede servirse a Dios -le decía-ayudando al desvalidoy protegiendo al desamparado. No hagas mal a nadie ni te prestes a hacerlopor cuenta ajenay Dios te ha de ayudar y te ha de amparar en tusmomentos desesperados.
El Chacho y los milicianos de Huaja habían sido recibidos en el pueblocon muestras del mayor regocijo. Los bombos y los triángulos sonaban portodas partesen señal de alegríay la casa del cura Peñaloza estabade reunión perenne. Allí se invitaba a todo el mundo con el rico anisadoy la exquisita mazamorra que ha hecho célebre a Huaja y el baile parecíano terminar nuncasiguiendo la zamba a la chacarera y la chacarera a lazamba.
-Estoy orgulloso de ver a mi sobrino en la posición que ha alcanzadomereciendo la confianza del gobierno -decía el buen cura-pero me sientomás orgulloso de verlo que es un buen cristiano y hombre de corazón.Esto me consuela profundamente ya que no he podido cumplir mi deseoy sóloaspiro antes de morir a verlo casado y con un par de hijos. Tal vez deentre ellos salga algún curita; ¡quién sabe!
Estas palabras del buen cura engendraban graciosísimas bromas que dirigíanal Chacho señalándole novia entre las muchachas más lindas. Y el Chachose ponía colorado como un tomatey se disparaba afuera cuando la lluviade bromas arreciabaporque a este respecto no sólo era sumamentevergonzososino que no le gustaba que lo embromaran con mujeres delantedel tíopor quien tenía un gran respeto. Y por esto mismo sus amigoshacían subir las bromas de punto tomando parte en ellas el mismo curaque le decía que antes de morir quería casarlo él mismo.
-Es que yo no quiero casarme -decía el Chacho-porque un hombre no sedebe casar sino para hacer feliz a su mujery un militarpor su génerode vidano puede dar a su mujer sino disgustos de todo género por lavida expuesta y vagabunda que lleva. -Y concluía pidiendo que se hablarade otra cosa.
Quiroga consiguió que se nombrase al Chacho comandante de las milicias dela Costa Altalo que llenó de orgullo a Peñalozaa su tío el cura y atodos los habitantes de Huajaque ya hemos dicho cómo querían al Chacho.Aquél era un honor que nunca habían esperado y el principio de unacarrera brillantepues siguiendo asíel Chacho podía llegar a sercoronelgeneral y hasta gobernador de La Rioja. El cura estaba tanentusiasmadoque hasta se hizo partidario de Quirogaa quien antesdetestaba cordialmente.
Quiroga vino a Buenos Aires a conferenciar con Rosasy quedó el Chachorepresentando su poder. Fue entonces cuando los habitantes de Costa Altaapreciaron todo lo que valía el Chacho. Nadie fue molestado por éldurante el tiempo que faltó Quirogapuso en libertad a los que estabanpresos y no hubo soldado que diera motivo para ser preso o castigado.
Nadie se hizo justicia por su mano porque el Chacho atendía todas lasquejas y arreglaba amigablemente todas las cuestiones. Se puede decir quela justicia civil había caducadopues ninguno acudía a los jueces depaz ni alcaldessino al Chachocomo antes acudían a Quiroga. Estefallaba todas las cuestiones del mal lado siemprepor la tendencia quetenía siempre por hacer dañoy el Chachoíntegro como pocosseinclinaba siempre del lado de la justicia y de la razón.
Huaja parecía siempre un campamentopues aunque los guardias nacionalesno estaban en piela mayor parte de los soldados querían estar a su ladoporque de todos modos no tenían nada que hacer. El trabajo era entoncesmuy escaso en las provincias del Nortecomo lo es hoy mismoy lospaisanos se aburrían no teniendo nada mejor en que emplear el tiempo.
Y allí vivían a su lado de una manera miserablepues el Chacho no teníanada que darles y el dinero escaseaba mucho. Quiroga volvió a representarde hecho la política y las aspiraciones de Rosas. Ellos se habíanentendidovolviendo con un poder ilimitado y facultades plenas para hacerlo que les diera la gana.
Traía dinero en abundanciaarmamento para sus tropas y sueldos para elChachoa quien traía una rica lanza y un quepis de comandante. Quirogavestía un lujosísimo uniforme de coronellleno de galones y bordados deorocomo jamás se había visto en la provincia de La Rioja.
Rosasque conocía a la gente con quien tratabapenetrando al momentosus gustos e inclinacioneshabía regalado a Quiroga todo aquel lujo deentorchadospara entrársele más en el corazónpues había comprendidoque Quiroga era sumamente vanidoso y amigo de los relumbrones y bordados.
Si solamente el quepis del Chacho hacía abrir la boca a los buenoshabitantes de Huajaincluyendo al curaya se calculará la impresiónque causaría el vistoso y rico uniforme de Quirogacuyas prendas éste sólose sacaba para dormiry eso las que más podían incomodarle. Rosas lehabía regalado además una montura llena de adornos de plata y un par deespuelas de plata que le tomaban todo el pie. Las poblaciones salíanasombradas a su paso para verle el uniformeante el cual se extasiabanlos milicos.
Con el armamento traídocompuesto de lanzas y sablesvenía unacantidad de gorras de manga coloradalas que se apresuró a repartirentre la tropa para darle un aspecto más militar. Los buenos soldadosque hasta entonces no habían tenido ningún distintivo militardabanvuelta la cabeza mirándose la manga de la gorray se hamacaban llenos deorgullo. Así es que con sus gorros y sus lanzas o sables se creíanllenos de magnificencia. El Chacho con su quepis y la espada que le regalóQuiroga parecía un general europeo; y éste con su flamante uniforme decoronelera algo como un emperador o como un rey.
El dinero que trajo Quiroga para el Chachocomo 200 pesos plata que allíera una suma nunca vistalos partió el Chacho generosamente entre losmilicianos de Huajaviniendo a tocarles unos dos pesos por cabezasumaque muchos de ellos no habían visto junta en toda su vida.
Con este rasgo de generosidad el prestigio del Chacho no tuvo límitessehubieran dejado hacer picadillo por el Chacho. Los que habían recibido eldineroporque lo recibierany los demás al saber la generosidad de sujefe y por estar en iguales condiciones en un próximo repartoadorabanal Chacho como a un ser supremo.
Quirogaque había probado ya lo que era la vida en Buenos Aires y lo quese podía hacer teniendo dinerono se desprendió de un solo peso. Lossoldadossegún élno necesitaban dinero para naday el que loquisieraque se lo proporcionara. Esto disgustó mucho a las tropasdisgusto que nadie se atrevió a manifestarpues podía costarle caro.
-¿Tienes el valor de haber repartido todo tu dinero? -preguntaba el curaa su sobrino-. ¿Y con qué te has quedado tú ?
-Con nada tío; ¿para qué necesito yo plata? Nada me hace falta y cuandotenga necesidad de algo ellos me lo darán.
-Es bueno ser generosopero hasta cierto puntoporque la caridad empiezapor casa y tú andas tan necesitado como ellos.
-Es que por ahora nada necesitotíoy cuando necesite no me ha defaltar quien me dé. Usted mismo me ha dicho que quien siembra recoge.
Derrotado así por sus propias palabrasel cura no insistíapero decíaal Chacho que era necesario no fuese tan desprendido y que dejara algopara él. Pero el Chacho se sonreía bondadosamentemostrando el ningúnapego que tenía por las grandezas de la vida.
Con la nueva posición adquirida y árbitro de los destinos de aquellasprovinciascon su magnífico uniforme y la representación que le habíadado RosasQuiroga no podía estar oscurecido en un departamento y decidiótrasladarse a la capitaldonde la vida era más agradable y más cómoda.Y efectuó la traslación en el actodejando al Chacho representando allísu poder tremendo. El Chacho extendió entonces su benéfica influenciapor todas partessiendo su casadesde entoncesen movimiento yconcurrencialo que había sido antes la casa de Quiroga.
Facundo Quirogaque empezaba ya a ser conocido bajo el apodo de"Tigre de los Llanos"se instaló en La Riojacon ciertodescontento del gobernadorque miraba en Quiroga un control en todos susactos y una amenaza a su poder.
Quiroga era un hombre de Rosasmás caprichoso y autoritario que Rosasmismode una astucia incuestionable y a quien sería muy difícil si noimposible engañar. Quiroga era allí un peligro para el gobernadorperoera necesario mostrarse satisfecho y contentopues peor sería que aquélse apercibiera del disgusto que causaba su presencia y empezara ahostilizarlo sin más trámites.
Quiroga se había trasladado a La Rioja con una escolta que había vestidoy armado con algunos uniformes completos que le dio Rosasde modo queparecía todo un general en jefe de ejército en campaña. Inmediatamentese entregó a la vida licenciosa y calavera que había probado en BuenosAires y que era tan de su agrado. No había fiestapor ínfima que fueseque no lo contara en el número de sus invitados más alegres. Si no habíasido invitado se entraba nomásporque nadie se habría de atrever arechazarlounos por temor y otros por respeto a aquel lujosísimouniforme.
Con todos los vicios y sin ninguna de las virtudeslas muchachas máslindas de La Rioja empezaron a ser festejadas y solicitadas por elterrible caudilloque en su insolencia y poderío había llegado afigurarse que las mujerescomo la fortuna de los demásera propiedadsuya y que haría honor a sus dueños apoderándose de ellas.
La Rioja es una provincia de mujeres hermosasestupendamente hermosas. Labelleza riojana es una belleza apacible y calma: tienen sus mujeres ojosmagníficosde expresión cariñosaque irradian toda la tranquilidad deun espíritu inocente y puro. Hay algo del corte de la fisonomía romanacon toda la molicie y pereza de la napolitana y la gracia chispeante queilumina la fisonomía de la andaluza. Hay en ellas la pureza de unajuventud exuberante que se prolonga hasta la edad madurasin alteraraquellos semblantes virginales y de cutis espléndido. La tez de lasmujeres de La Rioja es especial; parecen semblantes sobre los cuales sehubiera extendido una hoja de rosa más suavecon más vida en el color ycon la frescura humana que deslumbra y conmueve.
Hay en Buenos Aires algunas damas de La Rioja que pueden dar una idea delo que son las mujeres de aquella provincia encantadapor el carácter desus habitantessu naturaleza poderosa y sus mujeres preciosas. Inocentesy sin idea de malcon el espíritu abierto a todas las impresiones purasellas brindan la amistaduna amistad leal y pura al viajero que golpeasus puertas; tienen la religión de la hospitalidadque llevan hastaprivarse ellas mismas de lo más necesario para atender a las necesidadesde su huésped.
La mujer de La Riojabondadosa sobre toda exageración y con el caráctermás dulce y generoso que pueda idearsecontrasta poderosamente con sushombresesencialmente valientes y de carácter firme y caballeresco. Allíel hombre es el compañero cariñoso y protector de la mujercuya misiónestá en el hogarsantificado por el amor de la familia y la abnegaciónprofunda que guarda para los padres como para los hijos.
La mujer de La Riojaque es el bello ideal de la mujer del hogarcaritativa y buenaconsidera un deber ineludible el alivio de ladesgracia ajenallevando su abnegación hasta el sacrificio propio.
Así el alma negra de Quiroga fue deslumbrada por aquellas mujeres cuyabelleza era incomparable. Jugador consumadono faltaba a ninguna reuniónde tahúres por pobre que fuerajugando en todas ellas según lo que habíasobre la mesa.
Quiroga se enamoró de una dama que vivía frente a su casapero aquelladama era casada y por más brillante que fuera el uniforme del caudillo noestaba dispuesta a faltar a sus deberes ni al cariño que tenía por sumarido. Quiroga la visitaba diariamentepasando larguísimas horas en sucontemplaciónsin atreverse a decirle una palabra. Aquella joven eraespléndidamente bellaera una especie de María Elía con toda laexuberante frescura de María Luisa Ocampo.
El caudillo se sintió deslumbradodominado por la belleza de aquellamujery pasaba las horas muertas a su ladono encontrando una frasedigna de ella para manifestarle el amor que lo devoraba. Y cuando seencontraban las dos miradasella sonreía y él bajaba la suyacomoquien huye la vista de algo que le inspira miedo. En su suprema inocenciala joven concluía por reírno conociendo el peligro que corríaypreguntar a Quiroga:
-¿Por qué no me quiere mirartengo algo en la cara que le causaespanto?
-No es que no quiera -contestaba Facundo trémulo y agitado-es que nopuedo.
-¿Y por qué no puede?
-Yo no séquiero pero no puedo; me sucedeal encontrar sus ojoslomismo que me sucede al mirar al sol... me encandilo.
Es que la belleza magnífica de la joven deslumbraba a Quiroga de unamanera fabulosatratando él de explicar en su lenguaje rudo la fuerza deaquella impresión. Quiroga no había encontrado una mujer que seimpusiera a su espíritu como aquella jovenal extremo de dominarlo porcompleto.
-Yo siento en mí que soy capaz de algo tremendo -le decía-pero de algoque no podría explicar bien aunque lo sientoporque pasa por mi corazóncomo la ráfaga de una tormenta.
-¡Quémi amigo! -decía ellariendo siempre en su inocencia-. ¡Siempreestá de guasa y de juguete!
-Yo no juego -contestaba Quiroga-yo no juego porque no tengo alientospara tantousted es la que juega conmigo porque me ha ganado la voluntad.Hay algo que me empuja hasta usted con la fuerza del deseopero hay algotambién que me contiene con el temor de disgustarlaporque usted para míes algo como un Dios.
Y ella volvía a reír en su suprema inocenciadesconociendo el peligroque corría. Porque para la jovenQuiroga era un hombre simpático aquien profesaba el cariño de la amistad leal.
Cuando Quiroga llegaba a su casadespués de su larga visitaseenrostraba amargamente su cobardía y hacía la resolución de declarar aldía siguiente su amor a Angela.
"Es una estupidez -pensaba- que yo me deje dominar así por unamocosa y no me atreva a decirle que la quiero con toda mi alma. Mañ anase lo digomañana le pido todo su cariño para calmar esta inmensa yrara sed que me devoray si no quiere¡oh! ¡Si no quiere la haréquerer a la fuerza!
Y al día siguiente iba a la casa de Angela resuelto a cumplir su propósitopero una vez en su presencia volvía a sentirse cobarde y no se atrevía adecir una palabra. En el corazón de Quiroga se daba una batalla; batallaterrible que lo había de hacer estallar de alguna manera. Cuando Quirogaestaba en casa de Angelacambiaban así todas sus resolucionescontentándosecon decir alguna galantería a su modoque ningún resultado podía darleen su propósito.
Un día fue tal la lucha que sostuvo en su corazón en presencia de lajovenque aquel hombre cuyo corazón jamás se había conmovido ante lamayor desventurasintió los ojos húmedos por primera vez en su vidaydos gruesas lágrimas rodaron por sus pómulos morenos y varoniles.
-¿Por qué eso? -preguntó la joven ligeramente turbada y conmovida-. ¿Porqué lloraamigo mío? ¿He hecho yo algo que haya podido causarle pena?
-Yo no llorocontestó Quirogaes que el dolor del almacomo el cariñodebe asomar a los ojos bajo alguna formalo mismo entre dos rayos queentre dos lágrimas.
-¿Y usted tiene algún dolorQuiroga?
-Sítengo el dolor de este cariño terrible que me roe las entrañas. Yola quiero a ustedAngelacomo jamás se ha querido a nadiecomo no esposible querer en este mundo.
-Pero en eso no hay nada de maloamigo mío; yo también lo quiero austedlo quiero y lo aprecio como puede quererme y apreciarme usted.
La mirada de Quiroga se había iluminado con un brillo fabulosoestaba trémuloy su bocacompletamente secaapenas podía pronunciar las palabras.
-Es que yo la quiero como sólo se quiere una vez en la vidayo la quierocon el poder de la pasión más violenta; hay algo que me empuja entre susbrazospero como usted no los abresiento que esa misma fuerza me hacecaer a sus piesque besaría como se besa la mano de Dios.
Y Quirogael terrible Quirogadobló la rodillay buscó con el labiotrémulo los pies de Angela. La joven estaba asombrada y sorprendida alextremo de que no tuvo tino de moverse de allí ni retirar sus piesquebesaban apasionadamente los labios de Quiroga.
Embellecido por la suprema pasión que lo dominabaQuiroga seguíapronunciando palabras de amor casi poéticoque llegaban al corazón dela joven como la revelación de un mundo desconocidolleno de atractivosencantados. Aquella palabra cargada de pasión y de sentimientollegaba asu alma de una manera sumamente agradablehaciéndole caer en un éxtasisextraño. Quiroga se alzó en una especie de vértigooprimió a la jovenentre sus brazos y la besó en la boca con violencia frenética. Aquelbeso volvió a Angela a la realidad de la vida y de su situación.
-¡Por DiosQuiroga -dijo-mi cariño no puede pasar de la amistadfranca que hemos tenido siempre! ¡Recuerde por Dios que yo no mepertenezcoque tengo mi marido y que esto está mal hecho!
-Yo no pienso en nada -exclamó frenético el caudillo-; sólo pienso enque mi cariño no reconoce límites y en que usted es necesaria a miexistencia.
La palabra ardiente de Quiroga había conmovido a la joven de una manerapoderosaporque ella le había hablado un lenguaje de pasión que nuncahabía escuchado. Ella se había casado porque todos se casabansinaveriguar si amaba o no a su marido. Así su corazón adormecidodespertaba violentamente a la vida del amorde ese amor que todo loavasalla y lo subleva. Angela creía poder amar a Quiroga sin faltar a sumarido; por eso aceptaba su palabra de amorrechazando su ademán queconsideraba grave e inaceptable.
Quiroga quiso abrazar de nuevo a Angelapero ella lo contuvosuplicándoleque la dejara.
¡Angela! ¡Angela! ¡NoAngela! -dijo Quiroga-. ¡Porque eres un ángel.¡Mi vida entera por una palabra de amor!
-Yo no puedo dejar de quererlo -dijo ella entrecerrando los ojos-pero déjemehoyestoy postrada; después hablaremos más largo.
Quiroga la tomó entre sus brazos crotonianos y la oprimió contra supecho de bronce.
-¡Por DiosQuiroga! -dijo ella sollozando y bañando con sus lágrimasel semblante de Facundo-; ¡yo le pido que me deje y se vaya! ¿Me negaráesta súplica?
Y Quirogaa quien no bastaban todos los ruegos y lágrimas de este mundopara disuadir de un propósitosoltó a Angela y se retiró dominado porsu palabra melodiosa y suplicante. Y con el semblante lívido ydescompuesto salió de aquella casa.
¿Qué secreto mantenía la palabra de Angela para hacerse obedecer por elindómito caudillo? Y ella quedó llorando y conmovidamientras Quirogasalía con toda la violencia de su genio terriblemurmurando:
-¡Y es preciso obedecer o hacer una atrocidadesa mujer puede más queyo!
Si Quiroga se hubiera quedado y cometido un acto violento como era deesperarse de élhubiera muerto toda ilusión en el corazón de la joven.Pero sin saberlosin quererloseguía precisamente el camino más segurode cautivar el corazón de la joven.
Y ellaante aquella misma docilidadse sintió más inclinada al amor deQuirogaen quien veía un hombre bondadoso y noble. Amar a Quiroga paraella no era faltar a sus deberes de esposa y amó a Quiroga con toda lavirginidad y fuerza de su alma. Y extasiada en el recuerdo de sus últimaspalabrassólo pensó en el momento de volverlo a ver.
Aquella misma rusticidad del ademán virilaquel sonido imperativo de lavozaquel semblante feo si se quierepero poderosamente simpáticoyaquellos ojos negros de mirada imponente y severa la seducían con unafuerza desconocida.
Angela comparó y de la comparación saltó la superioridad de Quirogaque estaba rodeadoademásdel prestigio de su valor inmenso y de suposición brillante. El marido fue hallado inferior al amantey Angela seentregó por completo al sueño de aquel amor que ella idealizaba a sumanera.
Quirogauna vez en su casase recriminó el haber sido tan débil conAngela.
-¡Quién sabe! -exclamó-. Tal vez tenga razón el Chacho al decir quetambién se domina por el cariño. ¡Pero de un modo o de otro esa mujertiene que ser mía o dejo de llamarme Quiroga!
Poco delicado y obediente a cierta grosería de su espíritu incultoquiso obsequiar a Angela y no encontró mejor manera de hacerlo que mandara Angela una bandejita llena de onzas de oro. Aquel era un regalo espléndidodel que no se tenía idea en La Riojapero un regalo que comprometíaante los demásla honradez de Angela. El marido de ésta no habíamirado siempre con ojos complacientes las frecuentes visitas de Quirogapero no se atrevía a decir nada. No hubiera tenido otro recurso quedespedir de su casa a Quirogapero esto hubiera sido provocar al Tigre dela manera más violenta. El empezó a demostrar a Angela los peligros deaquellas visitas y lo necesario que era alejarlo de su casapero yasabemos de qué clase de sentimientos estaba ella poseída y la pocavoluntad que tenía en seguir los consejos del marido.
-Sin embargo -decía éste- es preciso que lo despidas porque su presenciacompromete nuestra tranquilidad.
-¿Y cómo hago para despedirlo? Despídelo tú que eres el dueño decasayo no tengo valor para hacerlo y él probablemente no me hará caso.
Esta misma resistencia cobarde y pasiva del marido empujaba a Angela haciaQuirogapues encontraba en él una superioridad incuestionable.
El amor de Quiroga por Angela era ya conocido en toda La Riojaporque élno hacía ningún misterio de su pasióndesde que cuando no estaba encasa de Angelaestaba mirándola desde la puerta de la suya. Yaconsejaban a Pintos que despidiese a Quiroga de su casa si no quería quele sucediera una desgracia.
-Es que tal vez la provoque despidiéndolo -decía él- pues ya ven quecon Quiroga ni el mismo gobierno puede.
Es que Pintosque conocía todas las atrocidades de Quirogateníarecelo de que si lo despedía fuese a cometer con él alguna enormidadycreía que la mejor manera de despedirlo sería que Angela lo hiciera yadirectamenteya por medio de una indiferencia glacial y estudiada.
Estos eran los trabajos de Pintos cuando tuvo lugar la escena amorosa quehemos narrado y el regalo de la bandejita de onzas enviada a Angela por unasistente de confianza. Ya aquello era más de lo que Pintos podíaaguantarpor más temor que le inspirara Quiroga. Aquel dinero era unregalo vergonzoso que no podía aceptar de ninguna manerapues habríasido como aceptar el escarnio público.
Y Pintos aconsejó a Angela que devolviera el obsequiohaciéndolecomprender la significación terrible que tenía.
-Pero devolvérselo tal vez lo tome como un insulto -decía la joven-ycreo que esto no lo merece quien manda un regalotal vez con la mejorintención. ¿Por qué han de tomarse las cosas por el lado ofensivo?
Pintos se resolvió a devolver el obsequioaunque el mundo se le vinieraencima. Aceptarlo era aceptar una vergüenza y provocar que se le hicieraotra mayor.
Pintosque era un joven santiagueñoresolvió devolver las onzas aQuiroga y ausentarse con su esposa a Santiago si Quiroga empezaba aperseguirlo o pretendía hacerles mal. Así es que remitió la bandejitacon una carta atentaen la que hacía presente a Quiroga en términoscomedidosque no era posible que una mujer aceptara dinero de una personaque no era su marido o su padre. Que no tomara a mal aquelloporque comomarido no podía hacer otra cosa.
Quiroga recibió carta y bandeja de una manera tremendasintiendo quetoda la sangre se le subía a la cabeza en un vértigo de muerte.
-Voy a enseñarle a esa porquería -dijo- quién es el coronel FacundoQuiroga.
Y llamando a su asistentele entregó la bandeja y la cartacon elsiguiente recado:
-Llevas esto y se lo entregas de mi parte a Pintospara que se lo pase asu mujerdiciéndole que no sea zonzoy si no la quiere recibirse lasacudís por la cabeza sin decir una palabra y venís a darme cuenta.
Cuando llegó el asistentePintos estaba esperando lo que contestaraQuiroga para saber a qué atenerse.
Angela se había quedado en su cuartosumamente disgustadaporque preveíael desquite que tomaría Quiroga y el violento estallido de su cólera.
-Aquí manda el coronel esto -dijo el asistente presentando a Pintos labandeja sin siquiera saludarlo-. Dice que no sea zonzo y que la reciba.
-Dígale al coronel que no puedo complacerlo por los motivos que ya le heexpuestoque perdonepero que no puedo.
El asistente retiró la bandeja y dijo:
-¿Quiere decir que usted no quiere recibir este obsequio de mi coronel yse niega a obedecer sus órdenes de recibirlo nomás?
-Ya he manifestado al coronel las razones que tengoamigo; lleve nomásla bandeja y dígale lo que yo le he contestado.
El asistente levantó entonces la bandeja y la estrelló en la cabeza dePintos. El golpe fue terribleno sólo por el vigor del que lo daba comopor el peso de la bandeja. Pintos quedó aturdido y bañ ado en sangrepues cada onza le había hecho una herida o lastimadura en la cabeza y lacaraque se habían convertidopuede decirseen una sangrienta flor deregadera.
Al desparramo de las monedas y al grito que lanzó al recibir el golpePintosacudió Angela asustadísimapreguntando lo que había sucedido.Y se encontró con el cuerpo de su marido estirado entre la bandeja y lasonzas.
-¡Pobre de mí! -exclamó la joven-. ¡Qué habrá sucedido aquí! ¡Quéhabrá habido entre mi marido y Quiroga!
Y afligidísima con lo que veíallamó a grandes voces acudiendo en suauxilio las gentes de la casa. Pronto fue recogido y llevado a su casadonde se le prodigaron todos los cuidados que se creyeron necesarios.
A falta de médicosque no los había entonces en La Riojavino elcuranderoque estancó prolijamente la sangre y vendó la herida causadapor la bandeja. Las demás eran contusiones y lastimaduras que ningún malpodían causarfuera del dolor del golpe.
Angela se había apresurado a recoger y hacer recoger las onzasdesparramadasque venían a ser el cuerpo del delito y la prueba de quetodo aquello sucedía por causa suya. Desde el principio interpretó queaquello no podía haber sido sino una grosería de su maridocontestadade aquella manera terrible por Quiroga. Cuando Pintos volvió en sí no sedio cuenta inmediatamente de su situación; pero poco a poco fuerecordandohasta que pronto se dio cuenta de todo lo sucedido.
-¿Pero qué es eso? -preguntaron los extraños o parientes que lorodeaban-. ¿Qué le ha sucedido?
-No es nada -contestó Pintos que se apercibió del mal que podía hacerlela narración de la verdad-; me he caído con una bandeja llena de cosaspesadasy todo se me ha caído sobre la frente.
Y miró a Angela de una manera dolorosa. Con la desesperación de loscelossu amor por su esposa había aumentado inmensamentey al pensarque podían arrebatarle su cariñosu desesperación era poderosa. AhoraQuiroga lo perseguiría a muerte para arrebatarle su esposay sabe Diossi no se le ocurriría hacerle matar por el mismo asistente que había idoa maltratarlo con la bandeja de onzas.
Cuando quedaron solospara lo cual Pintos tuvo que valerse del pretextode que se sentía con deseo de dormirlos dos esposos tuvieron unaexplicación sobre aquel suceso.
-Lo que ha sucedido -dijo Pintos- es que Quiroga me ha mandado nuevamentela maldecida bandeja de onzasy el asistente que la traía me la hasacudido por la cabeza. Esto va a acabar malporque va a concluir por unagran desgracia en mi contra. Ese hombreque es un bandidome ha tomadoentre ojosy ya que ha empezado no concluirá hasta no hacer conmigo unainiquidad. Es preciso que salgamos de La Rioja cuanto antes y nos vayamosa Santiago con mi familia.
Angela estaba aturdida con lo que le decía su marido y con aquel viajerepentino que rompía todas sus ilusiones. Se había enamorado de Quirogacon toda su inocencia y buena fesu marido se le había hecho antipáticopero este amor y esta antipatía no podían arrastrarle al extremo deolvidar sus deberes y caer en la perdición más vergonzosa.
-Si él ha ofendido a Quiroga -pensaba-es justo que Quiroga se hayadejado llevar por su genio militar y haya hecho esta maldad. Pero yo nopuedo sublevarme contra mi maridoal extremo de abandonarlo al odio de surival.
-Lo que sucede es vergonzoso -añadió Pintos-. Vas a quedar afrentadaante toda La Riojaporque lo que hay aquí en plata es que Quiroga se haenamorado de tiy quiere arrancarte de mi lado para lo cual no se detendráni ante mi muerte misma. No hay más remedio que huir de La Riojaa noser que tú quieras verme muerto el día menos pensado.
-¡Dios me libre! -exclamó Angela llorosa-. Yo haré lo que tú me mandesy nada másporque no quiero que tengas nada que reprocharme.
Asíentre los dos esposos quedó concertado el viaje a Santiagoque loslibraría de la persecución de Quiroga. Angela estaba vencida por eldolorsentía lo que pasaba a su maridopero sentía tener que abandonara Quiroga en quien había fundado tanta ilusión feliz. Con el cuerpodolorido por los golpes y el espíritu tranquilo por la promesa de AngelaPintos cayó en un sueño reparador y profundo.
Al oscurecer se presentó Qúirogaque conocía perfectamente bien losdetalles de lo que había pasado. Hasta el proyecto de viaje lo conocíapues antes del suceso él mismo lo había puesto en conocimiento de amigosque lo trasmitieron a Quiroga.
El amor de Facundo no era un misterio para la sociedad riojana puesto queél mismo era el encargado de propalarlo y dejarlo traslucir a todos. Asíes que todos presagiaban a Pintos un mal finsi pretendía disputarle laposesión de su mujer. Tampoco era un misterio que Angela amase a Quirogaporque ellano creyendo que aquella amistad fuera un delitono lo habíatratado de disminuir con aquel misterio impenetrable con que muchas veceslas mujeres ocultan las pasiones más íntimas de su corazón.
¿Qué oposición podía Pintos hacer al tremendo caudillo? No tenía másremedio que huir de La Rioja abandonando a su esposao quedarse con ellaaceptando la vergüenza que venía ligada a la aceptación de una situacióntan terrible.
Aquella misma noche Quiroga fue a visitar a Angela a quien encontróllorandovencida por los más tristes pensamientos.
-¿Por qué llora la virgen de La Rioja? -preguntó Quiroga con voz tandulceque él mismo la extrañó-. ¿Quién ha podido hacer llorar a lavida de Quiroga?
-A mí no me ha hecho llorar nadie -contestó ella embalsamando con sualiento purísimo el espíritu del caudillo-. Lloro por lo que ha sucedidoporque Pintos está lastimado y quiere que nos vayamos de La Rioja paraevitar que le suceda alguna desgracia.
-Pintos es un imbécilél ha cometido conmigo una insolencia que yo nopodía tolerary me he visto obligado a castigarla para no dar lugar aotra mayor. Pintos puede irse de La Rioja cuando quieraen la seguridadque nada he de hacerlepero que no me toque el corazónque no quieraprivarme de la luz de tus ojosporque entonces yo me defendería con todala fuerza de que soy capaz.
Es que él quiere llevarme por lo mismo que usted está enamorado de mí ytiene miedo de defendersepor eso quiere que nos vayamos para Santiagodonde está su familia.
Y Angela en su inocenciahablaba de esto como de la cosa más natural delmundo.
-¡Ni en Santiagoni en Córdobani en la lunaquedaría fuera delalcance de mi brazo! -exclamó Quirogacon la mirada brillante de pasión-.Donde tú fueras ahí iría Facundoporque te ama sobre todas las cosasde la vida.
Y tomó una mano de Angelaque ésta le abandonó sin la menorresistencia.
-Sí -exclamaba-pero yo no quiero que por mí le suceda a Pintos unadesgraciayo siento que no lo quieroque me es un ser indiferente comocualquier extrañopero por lo mismo y ya que le quito mi cariñonoquiero que le suceda nada.
-Y nada le sucederá -contestó Quiroga-porque Angela me lo pideporquenada le puedo negar desde que le he dado mi alma.
-Entonces iremos a Santiagoy allí podré tener noticias y esperar quealgún día nos volvamos a ver.
Es que Angela estaba penetrada del amor de Quirogapero creía tambiénquesin perjuicio de amarlodebía obedecer la voluntad de su maridovoluntad incontrastable para ella.
-¡Por todos los infiernos! -exclamó Quirogamostrando en su mirada unode aquellos relámpagos que la iluminaban en sus momentos de ira-. Ni unmomentoni un minuto me separo yo de tiaunque así lo quieran todos losPintos del mundo.
-Y si él me manda que lo siga¿qué vamos a hacer? ¿Cómo podréresistirme a su voluntad?
-Donde está el coronel Quirogaél sólo es el que manda. Pintos podráirse solo donde quiera¡pero contigojamás!
-Yo tampoco quiero irmepero ¿cómo hago si él manda seguirlo?
-No te opongasacepta el viajepero mándame avisar en el acto. Lo demáscorre por mi cuenta.
-Pero ¿nada malo sucederá? ¿No le harán daño alguno?
-Ningunote lo juro por mi fe; yo impediré tu viaje sin tocarle a él niun pelo de la ropa.
Desde aquel momento Angela se entregó por completo al amor de Quirogasin que su conciencia le hiciera el menor reproche. Desde que su amor nopodía acarrear ningún perjuicio físico a su maridocreía que nocometería ninguna acción mala. Quiroga salió de la casa más tarde quenuncaverdaderamente enloquecido por el amor de Angela. Estaba dominadopor aquel cariño de una manera asombrosaal extremo de que no vivíasino pensando en ella y en la manera de serle agradable.
Poco tiempo tuvo Pintos que guardar camapues los golpes recibidosconun poco de reposo quedarían casi curados. No había más que el tajo dela cabezay éste no era bastante grave para tenerlo en cama. Dos díasdespués estaba perfectamente sano y preparando su viaje a Santiago.Durante aquellos dos días Quiroga había estado en constante contacto conAngelahablando de su amor y diciéndole palabras como arrullos. El amorde Angela había modificado el carácter del caudilloque se habíavuelto delicado y suave.
Pintos preparó sus mulas y armó su viaje para el día siguientearreglando sus petacas y las de Angelaque mandó prevenir a Quiroga loque sucedía. Facundo mandó llamar a Pintosque acudió en el actonosin algún temorpues no podía sospechar lo que Quiroga quería de él.
-Me han dicho que ustedes se van de La Riojausted es libre de hacer loque más le dé la ganasin que yo me tenga que meter en ello. Pero mehan dicho que usted se lleva a su mujery esto no puede ser porque a míno me conviene. Yo no quiero que Angela salga de La Riojaporque no ynada másy para notificarle esto es que lo he llamado. Queda despachadousted.
Aunque aturdido por semejante declaraciónPintos protestó contra laorden que le daban.
-Yo soy el dueño de mi hogar y de mi mujer -dijo con cierta energía- yhago lo que quiero sin que nadie tenga el derecho de mezclarse en lo queyo haga. No sé con qué derecho usted se mete en estas cosasni por quérazón yo deba obedecerle.
-Si usted manda en su casaamiguitoyo mando en La Rioja y ya he habladomás de lo que debía.
Aquello era humillante en último gradoy Pintos no tenía más remedioque hacerse matar por su decoro y su honoratropellado de aquella manera.Y salió de casa de Quiroga sin replicar una palabrapero firmementeresuelto a cumplir su propósito. Comprendiendo que por la fuerza no podríahacer nadaresolvió esperar la noche para realizar su viaje. Y así loprevino a Angeladiciéndole que la conducta de Quiroga era infamantepara ellay que para evitar un cataclismo era necesario salir de La Riojaesa misma noche.
Aquélla mandó prevenirle a Quiroga lo que sucedía y éste se preparó aimpedir el viaje de Angelasin hacer el menor daño a Pintoscomo lo habíaprometidode la siguiente manera:
-Yo no quieroAngelaque mi amor te cueste una sola lágrimaconfía enmí y no tengas cuidado.
Por eso Angela no se afligía en lo más mínimoaunque Pintos sepreparaba a hacerse matar cien veces antes que ceder a la orden infamantedel caudillo. Desde que había sido amenazado del peligro de perderlaPintos amaba a su esposa de una manera entrañable. Le parecía cada díamas bellamás hermosay creía que sin su amor no había para él vidaposible.
Lo que sucedía entre Pintos y Quiroga era del dominio público. En unpueblo tan chicodonde los habitantes no tienen en qué distraerselavida privada es conocida de todosal extremo de que no hay medio deocultar los actos más íntimos. Asídesde que vieron a Pintos prepararel viajesospecharon que Quiroga no lo consentiríae ignorando elcompromiso que había entre éste y Angela se prepararon a asistir a unatragedia.
Apenas había la noche oscurecido por completocuando Pintos y Angelasubieron en sus mulas y salieron de sus casas por los fondos. Quiroga noestaba en la suya y Pintos creía poder salir sin que aquél se losospechara siquiera. Estaba firmemente resuelto a defenderse de cualquieravance y a acometer al mismo Quiroga en caso de una agresión.
Quirogaacompañado de dos asistenteshabía salido tempranoapostándoseen el caminoa unas dos leguas de distanciaesperándolo en compañíade sus asistentes. De modo que Pintos anduvo aquellas dos leguas creyendoque todo peligro había desaparecidopues Quiroga no sospecharíasiquiera de su viaje.
No llevaba más compañía que el arriero que conducía las mulas y un peónde toda su confianza. Sus armas se reducían a un gran cuchillopero conéste tenía lo bastante para defenderse de todo avance. La misma Angelahabía extrañado andar tanto sin que nada hubiera sucedidopero teníaconfianza en su amante y esperaba verlo aparecer en el momento menospensado.
Pintosmás inocente e ignorante también de las relaciones de su mujer yQuirogalo suponía entretenido en alguna jugada o parranda.
-Buen chasco se va a dar mañana cuando sepa lo sucedido -decía-.Entonces va a querer darnos alcancepero inútil será: habiendo marchadonosotros toda la nocheno nos alcanza con el mejor caballoa pesar desus iras.
Y Angela al escucharlo sonreía y exclamaba entre sí: "¡Si supieras!"Y esperaba que el momento menos pensado saldría Quiroga a detenerlo.
Cuando menos lo esperaba Pintoscuando su espíritu empezaba adesprenderse de todo temorel mulo que montaba pegó una gran tendidaasustado de un bulto que se le había puesto delante. Era Quirogaeltremendo Facundo Quiroga que los atajaba cerrándoles el paso.
-A su serviciocaballero Pintos -dijo-a su servicio; ya velos buenosamigos salen cuando uno menos piensa. ¿En qué puedo serle ú til?
Pintos pegó un grito a sus peones y acudió al lado de su mujerpuesQuiroga allí no podía pretender otra cosa que robarla.
Los asistentes de Quiroga entre tanto habían detenido al arriero y al peóndiciéndoles: "De orden del coronel Quirogaque ustedes no se muevande aquí." Aquella era una orden que nadie se hubiera resistido acumplir; y los peonespara que vieran mejor su acatamientoecharon pie atierra y se sentaron en el suelo.
La noche estaba tan clara que se percibía hasta el juego de las fisonomías.Angela había bajado los ojos tímidamentehuyendo el encontrarse con lamirada de Pintos. Estepasada un poco su primer sorpresapreguntó aQuiroga qué quería y con qué objeto lo atajaba en medio del camino comoun bandido. La desesperación de los celos había puesto temerario aPintosque lo provocaba resueltamente sin el menor temor.
-Hombrelo que yo quiero -contestó éste lanzando en la miradallamaradas de cólera-es impedir que prive usted a La Rioja de la luz deesa estrellaporque no tiene ningún derecho para hacerlo.
-Soy su marido -contestó Pintos-y tengo para llevarla conmigo todos losderechos que me da este título.
Las estrellas no tienen maridoseñor Pintostodos tenemos derecho agozar de su luz y a contemplar su esplendorporque para eso las puso Diosen el mundo y sobre la bóveda de los cielos.
El amor de Angela hacía en el espíritu oscuro del caudillo unatransformación completa. Hablaba con todo el encanto que le prestaba supasiónusando un lenguaje belloque extasiaba a Angela y lo sorprendíaa él mismo.
Este lenguaje galante y enamorado irritaba a Pintosa quien la angustiaempezaba ya a sofocar. El no tenía miedopues estaba en una situaciónque hace arrostrar todo peligropero el temor de que le arrancara aAngela de su lado empezaba a turbar su razón. En aquel momento sentíaque la amaba más que nunca y se estrechaba a ella como si así fuese aprotegerla mejor.
-Señor Quiroga -dijo por fin mascando las palabras-a mí no me convienevivir en La Rioja y me voy a otra partey como es natural me llevo a mimujer; nadie tiene el derecho de meterse en esto ni de impedirme hacer loque yo quiero; basta pues de estupideces que estoy apurado y nadie tienepor qué detenerme.
-Si a usted no le conviene La Rioja -replicó Quirogaconteniéndose aduras penas por no asustar a Angela-puede usted irse a Santiago o alsanto infiernoque para mí es indiferente. Pero usted no puede llevarsea Angela que no es propiedad suya y cuya luzya lo he dichopertenece atodos. Lárguese usted cuanto antesque ya empieza a fastidiarmeperosolosin llevarse a esa estrella.
-Ella me sigue voluntariamentey si hay en todo esto alguna violencia esla que usted quiere cometeryo no sé en qué nombre.
-En nombre de mi amor -rugió Quirogaabriendo una válvula a su cólera-en nombre de mi amor que vale sobre todos los derechos de mi voluntad quees superior a todo. Buen viajepuesamigoy usted señ ora puederegresar cuando quieraque la acompañaré.
Una agonía inmensa cruzó el semblante de Pintos que buscó su puñ al enla cintura.
-Si usted es más fuerte coronelporque trae gente que lo acompañayotraigo en mí la fuerza de mi derecho y de mi corazón. Usted puedehacerla regresar porque el que tiene la fuerza todo lo puedepero en esecaso su compañía está de más porque con la mía sobra.
Quiroga soltó una prolongada carcajada ante la pretensión de Pintosymirándolo con el más profundo despreciole dijo:
-¿Y se figura el zonzo que para hacerlo regresar me he incomodado yo? ¿Quéme importa a mí de semejante jumento? Usted va a Santiago voluntariamentepues así le ha dado la gana; en cuanto a Angelaque es lo que meinteresase volverá a La Rioja sola. Conquebuenas noches y buen viajeamigo Pintosserá hasta un día de estos. Vamosseñora -dijo a Angelaponiéndosele al lado.
La joven no había pronunciado una palabra mientras los dos hombreshablabanpero aceptaba lo que decía Quirogadesde que no se trataba dehacer a su marido mal alguno.
-¡Angela! -gritó Pintosviendo que su esposa se disponía a hacer loque Quiroga decía-. ¡Angelano te muevas!
-Vamosseñora -volvió a decir Facundo-; adiósamigoy buen viaje.
Pintos ya no pudo resistir más y avanzó sobre Quiroga blandiendo su puñal.Herido en su amor y en la desesperación de ver que Angela lo abandonabase había resuelto a todoa matar a Quiroga o a morir a sus manos.Quirogacon el rebenqueevitó aquella primer puñaladalevantándoloen seguida para descargárselo sobre la cabeza.
-¡Por DiosFacundo! -gritó Angela tomándole el brazo-. No lo vayas alastimar.
Y la palabra de la joven detuvo el brazo de Quiroga como una mano atlética.
-¡Infame! -le gritó entonces Pintoscon la razón trastornada por loscelos-. Tú eres la pérfida y la miserable que has hecho todo eso. ¡Peroalgún día caerás también entre mis manos!
Y acometió de nuevo a Quirogadecidido a matarlo.
-¡Aquí! -gritó Quirogay sus dos asistentes se lanzaron sobre Pintossujetándolo fuertemente-. No le toquen ni un pelo de la ropa ni leaprieten las manos siquiera -les dijo Quiroga-. Desármenlo nomás y átenlelas manos a la espalda.
Aquella orden fue ejecutada con increíble rapidezquedando Pintosperfectamente amarrado.
-¡Cobarde! ¡Cobarde! -gritaba éste llorando-. Algún día yo te agarrarécomo quiero y te sacaré el corazón a pedazos. Y túmalditamalamujerautora de este crimenya llevarás tu merecido.
Y furioso y no pudiendo hacer otra cosales escupió en la cara. Quirogasaltó como un verdadero tigre ante la injuriasacó su sable y cayósobre Pintos con ánimo de hacerlo pedazos.
-¡Quiroga! -gritó nuevamente Angela-. ¡Quiroga! -Y Facundo al sonido deaquella voz volvió a contener el brazo como si éste hubiera sidosujetado por otro más vigoroso.
-Es la segunda vez que te salva la vida -dijo- por lo que en vez deamenazarladebes estarle agradecido. Tené cuidado de no irritarme otravezporque quién sabe si su palabra sonará a tiempo.
A verustedes -dijo a los asistentes-a ese hombre me lo montan sobre sumulaasícon los brazos atados y me lo llevan hasta Santiagodonderecién lo desatan y lo dejan ir para donde quierano siendo volver a LaRiojaporque si quiere hacerlome lo atan en el primer árbol queencuentren y lo dejan allí no másvolviendo a buscarme en seguida.Vamosvida -dijo a Angela poniéndose a su lado-ya nada tenemos quehacer aquí.
-¿Respondes de que nada podrá sucederle a Pintos? -preguntó con la vozligeramente conmovida.
-Respondo que no se le hará más que lo que he mandadopuedes estarperfectamente segura de ello.
Angela bajó la cabezay al lado de Quiroga se puso en camino de regresoa La Rioja. Pintos quedó lanzando toda especie de gritos y maldicionesmientras los soldados lo amarraban sobre la mulatomándola del cabestro.
Quiroga iba radiante de alegríala felicidad se desbordaba en sus ojosexpresivos y sonreía de una manera suprema ante la belleza purísima deAngela.
-¡En esa mula vas mal! -dijo Facundo-sube aquí a mi caballo queandaremos con más rapidez.
Y Angela pasó a las ancas de Facundoque puso su caballo al galope. Bienprontoal perderse entre el monte del caminodejaron de escuchar lapalabra dura e injuriosa de Pintosque no había cesado de gritarles todogénero de injurias y amenazas.
Cuando Quiroga llegó a La Rioja era más de media nochede modo quenadie lo vio entrary al otro día fue la sorpresa de todos al ver queAngela había regresado solasin saberse lo que había sido de Pintossuponiendo muchos que lo habían asesinado. Quiroga se había instalado encasa de Pintosde donde no salía ni para asistir a las jugadas quesiempre lo habían tenido presente.
A los diez días regresaron los asistentes con el parte de lo que habíasucedido. Pintoscomprendiendo que si lo ataban a un árbol moriría dehambre o comido por algún animal ferozno opuso la menor resistenciayapenas llegó a Santiago y lo desataronse internó en la provinciafingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de tener.
"Para lograr mi venganza es preciso fingir -pensó-para que medejen librelo demás corre por cuenta míay veremos si Quiroga esinvulnerable para mi puñal."
Cuando los asistentes vieron que Pintos se internaba en Santiago esperaronperderlo de vistay recién entonces emprendieron el viaje de regreso. Yrecién se supo en La Riojacon todos los detalleslo que habíasucedido.
Los amores de Quiroga y de Angela eran públicos y harto conocidos detodos como era naturalpuesto que Quiroga se había trasladado a casa dePintos hasta con sus asistentes que no salían de allíuna vez que allíestaba el jefe.
Las damas de La Rioja se habían alejado del trato de Angelalo que noimpedía la invitaran a sus reuniones y fiestasporque era precisoinvitar a Quiroga y era peligroso hacer desaire a Angelaque de rechazoiba sobre Quiroga. Y la pasión de éste por Angela aumentabapoderosamente por la frecuencia de estar con ellaal extremo de ser la únicainfluencia que sobre el caudillo riojano se conocía.
Angela vino a ser así el amparo de aquellos que caían en desgracia conQuiroga. Cuando alguno iba a avisarle que tal o cual individuo había sidocondenado a recibir azotes o algún otro castigointercedía con Facundoy conseguía muy pronto su perdón.
-Si yo fuera a hacerle caso -le decía el caudillo-concluirían porperderme todo respetosabiendo que no los puedo castigar. Estos canallasson hijos del rigormi querida -decía-; en cuanto les levantan elrebenque no hay Cristo que los aguante.
Angela callabacallabapero cuando volvía a pedirle intercediese enfavor de alguna nueva víctimalo hacía siempre con el mismo buen éxito.No pudiendo negarle nada y convencido de que sería imposible castigar anadieQuirogacuando quería hacer pegar algunos azotes o aplicar algúncastigo violentohacía sacar la víctima fuera de La Rioja. Y habíaprohibido terminantemente que nadie fuera a pedir gracia a Angelabajolas más severas penas. Así pasó cerca de un año sin que Pintos dieraseñales de vida y sin que variara en nada la vida que llevaban los dosamantes.
Quiroga había vuelto a asistir a las jugadaspero no con la frecuenciade antes. Sin embargocuando había mucho dinero que ganarpasaba lanoche en la reunióndominado por el vértigo del juego.
Una de tantas noches salía Quiroga de una reunión de jugadoresdespuésde haberles ganado cuanto medio había apuntado. Quiroga llevaba en lasmanos dos bolsitas llenas con las monedas que había ganadomonedas deoro y plata bolivianaque por lo menos pesarían seis libras. Preocupadocon los incidentes del juego y con el disgusto que tendría Angela al verque tardaba tantoFacundo no sintió los pasos de un hombre que se habíadesprendido del hueco de una puerta y se ponía en su seguimiento. Quirogamarchaba un poco de prisa para llegar más prontoy aquel hombreavanzabaestrechando la distancia que había entre los doshastareducirla a uno o dos pasos.
Al volver una esquinaalgo brilló en la mano de aquel hombre y su manocruzó sobre la espalda de Facundo. Le había dado una puñ alada. Alcontacto del acero y al pinchazo del puñalgiró Facundo rápidamentesobre sus talonesy con toda la fuerza de sus brazos poderososestrellóuna después de otralas dos talegas sobre la cabeza de quien lo habíaherido. Los dos golpes fueron tremendos y violentos. El primero aturdióal asesino misterioso y el segundo lo postró en el sueloexánime; lehabía roto la cabeza.
Rápido y enérgicodespués de pasear su mirada a todos lados por si habíaotro hombreQuiroga arrancó el puñal que brillaba aún en la mano delcaídoy se lo hundió en el cuello. Y dejándolo enterrado allí y sinpreocuparse de averiguar quién erarecogió sus dos talegas y siguió endirección a su casa.
La herida recibida le causaba un dolor agudísimo. En cuanto sintió lapunta del puñal en la espaldahabía girado con una rapidez vertiginosacomo para no darle tiempo a que entrarapero asimismo la herida habíasido bastante profundaaunque inferida de arriba abajopor lo que eramenos peligrosa. Si la herida hubiera sido rectaprobablemente Quirogahubiese quedado muerto en el sitio.
Angela fue la primera en aterrarse ante el semblante algo desencajado deQuiroga. Cuando éste se hubo despojado de la ropa y vio la sangre queempapaba su espaldaAngela no pudo ahogar un grito de espanto y principióa llamar llorando desconsoladamente.
-¡Te han asesinado! -decía-. ¡Y te vas a morir! Yo también quieromorirmequiero hacerme heridas iguales para que muramos juntos.
Extasiado ante estas demostraciones de amorFacundo no sentía ya elescozor de su heriday trataba sólo de tranquilizar a Angela que le pedíacon desesperación que la hiriese a ella del mismo modo que él lo estaba.
A los gritos de Angela acudieron los asistentesprimeroy algunosvecinos más tardelos que fueron aumentando poco a poco hasta llenar lacasa.
El rumor de que habían asesinado a Quiroga corría por todos ladosllevando la alarma al espíritu de sus parciales y la alegría másprofunda al de aquellos que lo temían y tenían con él algúnresentimiento. Y todos se preguntaban quién podía haberse atrevido aasesinar a Quirogasin poder darse una respuesta satisfactoriapues elúnico que tenía motivos y entrañas para hacerloque era Pintosnoestaba en La Rioja. A no ser que fuese algún otro que tenía igualesmotivos de venganza y que ellos no conocían.
El gobernador de La Rioja no tardó en llegaravisado en la cama de loque sucedíay fue tal el escándaloque poco tiempo después toda lacuadra estaba llena de genteque se preguntaba lo que había sucedido.
Asombrosamente sufridoQuiroga no demostraba el dolor que podía causarlesu heridapero la pérdida de sangre le había hecho palidecerintensamente y debilitado un poco. En vano le pedían que se pusiera encama para curarloél no quería.
-La vida de Quiroga no se arranca con una puñalada -les decía con unasonrisa altiva-. Hay mucho que hacer para matarmey eso no lo sabía elimbécil que creyó que con un pinchazo se me sacaba de en medio.
La pérdida de sangre había sido enormetoda su ropa estaba empapadayal abrirle la camisaun gran coágulo cayó al suelo. Angelaque nuncahabía visto sangre en aquella cantidadcreía que Quiroga se iba a morirsin remedioy lloraba de una manera desconsolada.
-No te aflijas -decía Facundo-; esto que tú crees una enormidadno es másque un pinchazo de alfiler que con un poco de agua fría se cura. No teaflijasmi almaen cuanto me limpien un poco verás como ella sola secura.
La herida era bárbara; ya sus labios se habían inflamado muchísimo y sólocon una naturaleza como la de Quiroga se podía estar sereno y tranquiloen aquel estado. Por complacer a Angela se dejó lavar la herida y curarlaen seguida como mejor se pudoy siempre bajo su dirección.
Los soldados de Quiroga estaban desesperados por salir a buscar alasesinoy matarsi no lo encontrabana media poblaciónpero Quirogalos conteníadiciendo que ya hablarían de eso.
-Pero ¿quién ha sido el autor de semejante crimen? -preguntó elgobernador-. Es preciso que usted nos dé alguna luz para que la policíapueda proceder.
-No hay tal necesidad -contestaba Facundo-porque ya le he procedido yo.El que intente matarme estén ustedes seguros que no ha de caminar unacuadra.
-¿Pero no tiene usted idea de quién puede ser el autor de este crimenhorrible?
-Yo no sé quién espero él lo podrá decir.
Todos sonrieron creyendo que eso fuese una simpleza de QuirogaperoFacundo explicó en seguida todo el alcance de sus palabras.
-Al que me ha herido lo encontrarán ustedes en el mismo paraje donde medio la puñalada. Apenas tuvo tiempo para retirar el puñal cuando recibiósu merecido. Vayan a buscarlo y llévenlo al cuartel para que en seguidalo entierren.
-¿Quéestá muerto? -preguntaron algunos.
-¿Quélo habían dudado ustedes? Lo que es ése no volverá a atentarcontra la vida de nadie.
Cuatro soldados fueron al sitio que indicaba Quirogahallando el cadáverdel asesinocon el puñal clavado aún en el cuello. No había pasadonadie por allí ypor consiguientenadie lo había visto.
Entonces no se conocía en La Rioja ni angarillas ni otro modo detransportar un cadáver que tomándolo de los pies y arrastrándolo hastael sitio de su destino. Si era en la campañase ataba un lazo de laspiernas del difunto y se llevaba a la cincha hasta el sitio de su destino.Si era en la ciudadla arrastrada se hacía a manode la misma manera.El cadáver fue llevado hasta la casa de Quirogaque era lo que éstellamaba el cuartely reconocido allí por las personas quellenas decuriosidadlo esperaban.
Este cadáver era el de Pintosque había vuelto a La Rioja con el mayormisteriodispuesto a vengarse de Quirogamatándoloy a llevarse a sumujer adonde no se conociera su vergüenza. El les había seguido lospasos durante dos díashasta que se convenció de que era imposiblellegar a su mujer sin que lo supiese Quiroga. Buscar a éste y pelearloera un desatinoporque Quiroga era un hombre tremendosuperior a él físicamentey aun moralmente también. Irlo a matar a su casahaciendo uso de todossus derechosera expuesto tambiénpues allí estaban día y noche losasistentes del coronel.
No es que Pintos tuviera miedo a la muertepuesto que en su situacióntremenda la vida se le había hecho odiosa. Es que no quería morir sinhaberse vengadoy dejando a su mujer y a Quiroga gozando de todas lasfelicidades de la vida. Pintos se decidió entonces a matarlo por laespalda y entre las sombras de la nochepara regresar a Santiago sin quenadie lo viera. Y como Quiroga andaba siempre sololo espió aquellanoche a la salida de la jugadaseguro de realizar su venganza.
Quiroga salió solocomo siemprellevando la ganancia en las dosbolsitasy completamente ajeno del peligro que corría. Y Pintos siguiósus pasos con el largo cuchillo en la manoespiando el momento oportunode herirlo. Tan seguro estaba de matarloque iba pensando mentalmente elsitio donde le había de pegar.
El gozo de la seguridad turbó su criterioy ya se ha visto el tristeresultado que tuvo. Si la puñalada hubiera sido recta y de afueraadentroindudablemente Quiroga habría muerto pues le hubiera bandeado elcorazón. Pero la puñalada fue de arriba abajometiéndose entre lacarne y rozando apenas las costillas.
-¡Maldición! -gritó Pintos cuando sintió el primer bolsazo y comprendióque había errado el golpe-. Y no pudo decir más porque el segundobolsazo le rompió los huesos de la cabeza y en seguida vino la puñaladaque le dio muerte instantánea.
Reconocido su cadáverresultó que tenía los huesos de la cabeza hechospedazosy que el puñal que entraba por el cuello iba a asomar su puntapor la nuca.
Sólo el brazo de Quiroga podía haber dado semejante puñalada. El golperevelaba una verdadera fuerza hercúlea y una seguridad pasmosa; era unamano práctica.



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