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Novela de las dos doncellas

Miguel de Cervantes Saavedra


CINCO leguas de la ciudad de Sevillaestá un lugar que se llama Castiblanco;yen uno de muchos mesones que tienea la hora que anochecíaentró uncaminante sobre un hermoso cuartagoestranjero. No traía criado algunoysinesperar que le tuviesen el estribose arrojó de la silla con gran ligereza.

Acudió luego el huéspedque era hombre diligente y de recado; mas no fuetan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que en el portalhabíadesabrochándose muy apriesa los botones del pechoy luego dejó caerlos brazos a una y a otra partedando manifiesto indicio de desmayarse. Lahuéspedaque era caritativase llegó a élyrociándole con agua elrostrole hizo volver en su acuerdoy éldando muestras que le había pesadode que así le hubiesen vistose volvió a abrocharpidiendo que le diesenluego un aposento donde se recogiesey quesi fuese posiblefuese solo.

Díjole la huéspeda que no había más de uno en toda la casay que teníados camasy que era forzososi algún huésped acudieseacomodarle en la una.A lo cual respondió el caminante que él pagaría los dos lechosviniese o nohuésped alguno; ysacando un escudo de orose le dio a la huéspedaconcondición que a nadie diese el lecho vacío.

No se descontentó la huéspeda de la paga; antesse ofreció de hacer loque le pedíaaunque el mismo deán de Sevilla llegase aquella noche a su casa.Preguntóle si quería cenary respondió que no; mas que sólo quería que setuviese gran cuidado con su cuartago. Pidió la llave del aposentoyllevandoconsigo unas bolsas grandes de cuerose entró en él y cerró tras sí lapuerta con llavey auna lo que después parecióarrimó a ella dos sillas.

Apenas se hubo encerradocuando se juntaron a consejo el huésped y lahuéspeday el mozo que daba la cebaday otros dos vecinos que acaso allí sehallaron; y todos trataron de la grande hermosura y gallarda disposición delnuevo huéspedconcluyendo que jamás tal belleza habían visto.

Tanteáronle la edad y se resolvieron que tendría de diez y seis a diez ysiete años. Fueron y vinieron y dieron y tomaroncomo suele decirsesobrequé podía haber sido la causa del desmayo que le dio; perocomo no laalcanzaronquedáronse con la admiración de su gentileza.

Fuéronse los vecinos a sus casasy el huésped a pensar el cuartagoy lahuéspeda a aderezar algo de cenar por si otros huéspedes viniesen. Y no tardómucho cuando entró otro de poca más edad que el primero y no de menosgallardía; yapenas le hubo visto la huéspedacuando dijo:

-¡Válame Dios!¿y qué es esto? ¿Vienenpor venturaesta noche a posarángeles a mi casa?

-¿Por qué dice eso la señora huéspeda? -dijo el caballero.

-No lo digo por nadaseñor -respondió la mesonera-; sólo digo que vuesamerced no se apeeporque no tengo cama que darleque dos que tenía las hatomado un caballero que está en aquel aposentoy me las ha pagado entrambasaunque no había menester más de la una solaporque nadie le entre en elaposento; yes que debe de gustar de la soledad; yen Dios y en mi ánima queno sé yo por quéque no tiene él cara ni disposición para escondersesinopara que todo el mundo le vea y le bendiga.

-¿Tan lindo esseñora huéspeda? -replicó el caballero.

-¡Y cómo si es lindo! -dijo ella-; y aun más que relindo.

-Ten aquímozo -dijo a esta sazón el caballero-; queaunque duerma en elsuelo tengo de ver hombre tan alabado.

Ydando el estribo a un mozo de mulas que con él veníase apeó y hizoque le diesen luego de cenary así fue hecho. Yestando cenandoentró unalguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se usa) ysentóse a conversación con el caballero en tanto que cenaba; y no dejóentrerazón y razónde echar abajo tres cubiletes de vinoy de roer una pechuga yuna cadera de perdiz que le dio el caballero. Y todo se lo pagó el alguacil conpreguntarle nuevas de la Corte y de las guerras de Flandes y bajada del Turcono olvidándose de los sucesos del Trasilvanoque Nuestro Señor guarde.

El caballero cenaba y callabaporque no venía de parte que le pudiesesatisfacer a sus preguntas. Ya en estohabía acabado el mesonero de dar recadoal cuartagoy sentóse a hacer tercio en la conversación y a probar de sumismo vino no menos tragos que el alguacil; y a cada trago que envasaba volvíay derribaba la cabeza sobre el hombro izquierdoy alababa el vinoque leponía en las nubesaunque no se atrevía a dejarle mucho en ellas por que nose aguase. De lance en lancevolvieron a las alabanzas del huésped encerradoy contaron de su desmayo y encerramientoy de que no había querido cenar cosaalguna. Ponderaron el aparato de las bolsasy la bondad del cuartago y delvestido vistoso que de camino traía: todo lo cual requería no venir sin mozoque le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo de verleyrogó al mesonero hiciese de modo como él entrase a dormir en la otra cama y ledaría un escudo de oro. Ypuesto que la codicia del dinero acabó con lavoluntad del mesonero de dárselahalló ser imposiblea causa que estabacerrado por de dentro y no se atrevía a despertar al que dentro dormíay quetambién tenía pagados los dos lechos. Todo lo cual facilitó el alguacildiciendo:

-Lo que se podrá hacer es que yo llamaré a la puertadiciendo que soy lajusticiaque por mandado del señor alcalde traigo a aposentar a este caballeroa este mesóny queno habiendo otra camase le manda dar aquélla. A lo cualha de replicar el huésped que se le hace agravioporque ya está alquilada yno es razón quitarla al que la tiene. Con esto quedará el mesonero desculpadoy vuesa merced consiguirá su intento.

A todos les pareció bien la traza del alguacily por ella le dio el deseosocuatro reales.

Púsose luego por obra; yen resoluciónmostrando gran sentimientoelprimer huésped abrió a la justiciay el segundopidiéndole perdón delagravio que al parecer se le había hechose fue acostar en el lecho desocupado.Pero ni el otro le respondió palabrani menos se dejó ver el rostroporqueapenas hubo abierto cuando se fue a su camayvuelta la cara a la paredporno responderhizo que dormía. El otro se acostóesperando cumplir por lamañana su deseocuando se levantasen.

Eran las noches de las perezosas y largas de diciembrey el frío y elcansancio del camino forzaba a procurar pasarlas con reposo; perocomo no letenía el huésped primeroa poco más de la media nochecomenzó a suspirartan amargamente que con cada suspiro parecía despedírsele el alma; y fue detal manera queaunque el segundo dormíahubo de despertar al lastimero sondel que se quejaba. Yadmirado de los sollozos con que acompañaba los suspirosatentamente se puso a escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba lasala escura y las camas bien desviadas; pero no por esto dejó de oírentreotras razoneséstasquecon voz debilitada y flacael lastimado huéspedprimero decía:

-¡Ay sin ventura! ¿Adónde me lleva la fuerza incontrastable de mis hados?¿Qué camino es el míoo qué salida espero tener del intricado laberintodonde me hallo? ¡Ay pocos y mal experimentados añosincapaces de toda buenaconsideración y consejo! ¿Qué fin ha de tener esta no sabida peregrinaciónmía? ¡Ay honra menospreciada; ay amor mal agradecido; ay respectos de honradospadres y parientes atropelladosy ay de mí una y mil vecesque tan a riendasuelta me dejé llevar de mi deseos! ¡Oh palabras fingidasque tan de veras meobligastes a que con obras os respondiese! Pero¿de quién me quejocuitada?¿Yo no soy la que quise engañarme? ¿No soy yo la que tomó el cuchillo consus misma manoscon que corté y eché por tierra mi créditocon el que de mivalor tenían mis ancianos padres? ¡Oh fementido Marco Antonio! ¿Cómo esposible que en las dulces palabras que me decías viniese mezclada la hiel detus descortesías y desdenes? ¿Adónde estásingrato; adónde te fuistedesconocido? Respóndemeque te hablo; espérameque te sigo; susténtamequedescaezco; págameque me debes; socórremepues por tantas vías te tengoobligado.

Callóen diciendo estodando muestra en los ayes y suspiros que no dejabanlos ojos de derramar tiernas lágrimas. Todo lo cualcon sosegado silencioestuvo escuchando el segundo huéspedcoligiendo por las razones que habíaoído quesin duda algunaera mujer la que se quejaba: cosa que le avivó másel deseo de conocellay estuvo muchas veces determinado de irse a la cama de laque creía ser mujer; y hubiéralo hecho si en aquella sazón no le sintieralevantar: yabriendo la puerta de la saladio voces al huésped de casa que leensillase el cuartagoporque quería partirse. A lo cualal cabo de un buenrato que el mesonero se dejó llamarle respondió que se sosegaseporque aúnno era pasada la media nochey que la escuridad era tantaque sería temeridadponerse en camino. Quietóse con estoyvolviendo a cerrar la puertasearrojó en la cama de golpedando un recio suspiro.

Parecióle al que escuchaba que sería bien hablarle y ofrecerle para suremedio lo que de su parte podíapor obligarle con esto a que se descubriese ysu lastimera historia le contase; y así le dijo:

-Por ciertoseñor gentilhombreque si los suspiros que habéis dado y laspalabras que habéis dicho no me hubieran movido a condolerme del mal de que osquejáisentendiera que carecía de natural sentimientoo que mi alma era depiedra y mi pecho de bronce duro; y si esta compasión que os tengo y elpresupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida por vuestro remediosi es quevuestro mal le tienemerece alguna cortesía en recompensaruégoos que lauséis conmigo declarándomesin encubrirme cosala causa de vuestro dolor.

-Si él no me hubiera sacado de sentido -respondió el que se quejaba-biendebiera yo de acordarme que no estaba solo en este aposentoy así hubierapuesto más freno a mi lengua y más tregua a mis suspiros; peroen pago dehaberme faltado la memoria en parte donde tanto me importaba tenerlaquierohacer lo que me pedísporquerenovando la amarga historia de mis desgraciaspodría ser que el nuevo sentimiento me acabase. Massi queréis que haga loque me pedíshabéisme de prometerpor la fe que me habéis mostrado en elofrecimiento que me habéis hecho y por quien vos sois (quea lo que envuestras palabras mostráisprometéis mucho)quepor cosas que de mí oyáisen lo que os dijereno os habéis de mover de vuestro lecho ni venir al míoni preguntarme más de aquello que yo quisiere deciros; porque si al contrariodesto hiciéredesen el punto que os sienta movercon una espada que a lacabecera tengome pasaré el pecho.

Esotroque mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseabalerespondió que no saldría un punto de lo que le había pedidoafirmándoselocon mil juramentos.

-Con ese seguropues -dijo el primero-yo haré lo que hasta ahora no hehechoque es dar cuenta de mi vida a nadie; y asíescuchad: «Habéis desaberseñorque yoque en esta posada entrécomo sin duda os habrán dichoen traje de varónsoy una desdichada doncella: a lo menos una que lo fue no haocho días y lo dejó de ser por inadvertida y locay por creerse de palabrascompuestas y afeitadas de fementidos hombres. Mi nombre es Teodosia; mi patriaun principal lugar desta Andalucíacuyo nombre callo (porque no os importa avos tanto el saberlo como a mí el encubrirlo); mis padres son nobles y más quemedianamente ricoslos cuales tuvieron un hijo y una hija: él para descanso yhonra suyay ella para todo lo contrario. A él enviaron a estudiar aSalamanca; a mí me tenían en su casaadonde me criaban con el recogimiento yrecato que su virtud y nobleza pedían; y yosin pesadumbre algunasiempre lesfui obedienteajustando mi voluntad a la suya sin discrepar un solo puntohasta que mi suerte menguadao mi mucha demasíame ofreció a los ojos unhijo de un vecino nuestromás rico que mis padres y tan noble como ellos.

»La primera vez que le miré no sentí otra cosa que fuese más de unacomplacencia de haberle visto; y no fue muchoporque su galagentilezarostroy costumbres eran de los alabados y estimados del pueblocon su raradiscreción y cortesía. Pero¿de qué me sirve alabar a mi enemigo ni iralargando con razones el suceso tan desgraciado míoopor mejor decirelprincipio de mi locura? Digoen finque él me vio una y muchas veces desdeuna ventana que frontero de otra mía estaba. Desde allía lo que me parecióme envió el alma por los ojos; y los míoscon otra manera de contento que elprimerogustaron de miralley aun me forzaron a que creyese que eran purasverdades cuanto en sus ademanes y en su rostro leía. Fue la vista laintercesora y medianera de la hablala habla de declarar su deseosu deseo deencender el mío y de dar fe al suyo. Llegóse a todo esto las promesaslosjuramentoslas lágrimaslos suspiros y todo aquello quea mi parecerpuedehacer un firme amador para dar a entender la entereza de su voluntad y lafirmeza de su pecho. Y en mídesdichada (que jamás en semejantes ocasiones ytrances me había visto)cada palabra era un tiro de artillería que derribabaparte de la fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego en que se abrasabami honestidad; cada suspiroun furioso viento que el incendio aumentabade talsuerte que acabó de consumir la virtud que hasta entonces aún no había sidotocada; yfinalmentecon la promesa de ser mi esposoa pesar de sus padresque para otra le guardabandi con todo mi recogimiento en tierra; ysin sabercómome entregué en su poder a hurto de mis padressin tener otro testigo demi desatino que un paje de Marco Antonioque éste es el nombre del inquietadorde mi sosiego. Yapenas hubo tomado de mí la posesión que quisocuando deallí a dos días desapareció del pueblosin que sus padres ni otra personaalguna supiesen decir ni imaginar dónde había ido.

»Cual yo quedédígalo quien tuviere poder para decirloque yo no sé nisupe más de sentillo. Castigué mis cabelloscomo si ellos tuvieran la culpade mi yerro; martiricé mi rostropor parecerme que él había dado toda laocasión a mi desventura; maldije mi suerteacusé mi presta determinaciónderramé muchas e infinitas lágrimasvime casi ahogada entre ellas y entre lossuspiros que de mi lastimado pecho salían; quejéme en silencio al cielodiscurrí con la imaginaciónpor ver si descubría algún camino o senda a miremedioy la que hallé fue vestirme en hábito de hombre y ausentarme de lacasa de mis padresy irme a buscar a este segundo engañador Eneasa estecruel y fementido Virenoa este defraudador de mis buenos pensamientos ylegítimas y bien fundadas esperanzas.

»Y asísin ahondar mucho en mis discursosofreciéndome la ocasión unvestido de camino de mi hermano y un cuartago de mi padreque yo ensilléunanoche escurísima me salí de casa con intención de ir a Salamancadondesegún después se dijocreían que Marco Antonio podía haber venidoporquetambién es estudiante y camarada del hermano mío que os he dicho. No dejéasimismo de sacar cantidad de dineros en oro para todo aquello que en miimpensado viaje pueda sucederme. Y lo que más me fatiga es que mis padres mehan de seguir y hallar por las señas del vestido y del cuartago que traigo; ycuando esto no tematemo a mi hermanoque está en Salamancadel cualsi soyconocidaya se puede entender el peligro en que está puesta mi vida; porqueaunque él escuche mis disculpasel menor punto de su honor pasa a cuantas yopudiere darle.

»Con todo estomi principal determinación esaunque pierda la vidabuscar al desalmado de mi esposo: que no puede negar el serlo sin que ledesmientan las prendas que dejó en mi poderque son una sortija de diamantescon unas cifras que dicen: ES MARCO ANTONIO ESPOSO DE TEODOSIA. Si le hallosabré dél qué halló en mí que tan presto le movió a dejarme; yenresoluciónharé que me cumpla la palabra y fe prometidao le quitaré lavidamostrándome tan presta a la venganza como fui fácil al dejar agraviarme;porque la nobleza de la sangre que mis padres me han dado va despertando en míbríos que me prometen o ya remedioo ya venganza de mi agravio.» Esta esseñor caballerola verdadera y desdichada historia que deseábades saberlacual será bastante disculpa de los suspiros y palabras que os despertaron. Loque os ruego y suplico es queya que no podáis darme remedioa lo menos medeis consejo con que pueda huir los peligros que me contrastany templar eltemor que tengo de ser halladay facilitar los modos que he de usar paraconseguir lo que tanto deseo y he menester.

Un gran espacio de tiempo estuvo sin responder palabra el que había estadoescuchando la historia de la enamorada Teodosia; y tantoque ella pensó queestaba dormido y que ninguna cosa le había oído; ypara certificarse de loque sospechabale dijo:

-¿Dormísseñor? Y no sería malo que durmiésedesporque el apasionadoque cuenta sus desdichas a quien no las sientebien es que causen en quien lasescucha más sueño que lástima.

-No duermo -respondió el caballero-; antesestoy tan despierto y sientotanto vuestra desventuraque no sé si diga que en el mismo grado me aprieta yduele que a vos misma; y por esta causa el consejo que me pedísno sólo ha deparar en aconsejarossino en ayudaros con todo aquello que mis fuerzasalcanzaren; quepuesto que en el modo que habéis tenido en contarme vuestrosuceso se ha mostrado el raro entendimiento de que sois dotaday que conforme aesto os debió de engañar más vuestra voluntad rendida que las persuasiones deMarco Antoniotodavía quiero tomar por disculpa de vuestro yerro vuestrospocos añosen los cuales no cabe tener experiencia de los muchos engaños delos hombres. Sosegadseñoray dormidsi podéislo poco que debe de quedarde la noche; queen viniendo el díanos aconsejaremos los dos y veremos quésalida se podrá dar a vuestro remedio.

Agradecióselo Teodosia lo mejor que supoy procuró reposar un rato por darlugar a que el caballero durmieseel cual no fue posible sosegar un punto;antescomenzó a volcarse por la cama y a suspirar de manera que le fue forzosoa Teodosia preguntarle qué era lo que sentíaque si era alguna pasión aquien ella pudiese remediarlo haría con la voluntad misma que él a ella sele había ofrecido. A esto respondió el caballero:

-Puesto que sois vosseñorala que causa el desasosiego que en mí habéissentidono sois vos la que podáis remedialle; quea serlono tuviera yo penaalguna.

No pudo entender Teodosia adónde se encaminaban aquellas confusas razones;pero todavía sospechó que alguna pasión amorosa le fatigabay aun pensó serella la causa; y era de sospechar y de pensarpues la comodidad del aposentola soledad y la escuridady el saber que era mujerno fuera mucho haberdespertado en él algún mal pensamiento. Ytemerosa destose vistió congrande priesa y con mucho silencioy se ciñó su espada y daga; yde aquellamanerasentada sobre la camaestuvo esperando el díaque de allí a pocoespacio dio señal de su venidacon la luz que entraba por los muchos lugares yentradas que tienen los aposentos de los mesones y ventas. Y lo mismo queTeodosia había hecho el caballero; yapenas vio estrellado el aposento con laluz del díacuando se levantó de la cama diciendo:

-Levantaosseñora Teodosiaque yo quiero acompañaros en esta jornadayno dejaros de mi lado hasta que como legítimo esposo tengáis en el vuestro aMarco Antonioo que él o yo perdamos las vidas; y aquí veréis la obligacióny voluntad en que me ha puesto vuestra desgracia.

Ydiciendo estoabrió las ventanas y puertas del aposento.

Estaba Teodosia deseando ver la claridadpara ver con la luz qué talle yparecer tenía aquel con quien había estado hablando toda la noche. Mascuandole miró y le conocióquisiera que jamás hubiera amanecidosino que allí enperpetua noche se le hubieran cerrado los ojos; porqueapenas hubo el caballerovuelto los ojos a mirarla (que también deseaba verla)cuando ella conoció queera su hermanode quien tanto se temíaa cuya vista casi perdió la de susojosy quedó suspensa y muda y sin color en el rostro; perosacando del temoresfuerzo y del peligro discreciónechando mano a la dagala tomó por lapunta y se fue a hincar de rodillas delante de su hermanodiciendo con vozturbada y temerosa:

-Tomaseñor y querido hermano míoy haz con este hierro el castigo delque he cometidosatisfaciendo tu enojoque para tan grande culpa como la míano es bien que ninguna misericordia me valga. Yo confieso mi pecadoy no quieroque me sirva de disculpa mi arrepentimiento: sólo te suplico que la pena sea desuerte que se estienda a quitarme la vida y no la honra; quepuesto que yo lahe puesto en manifiesto peligroausentándome de casa de mis padrestodavíaquedará en opinión si el castigo que me dieres fuere secreto.

Mirábala su hermanoyaunque la soltura de su atrevimiento le incitaba ala venganzalas palabras tan tiernas y tan eficaces con que manifestaba suculpa le ablandaron de tal suerte las entrañasquecon rostro agradable ysemblante pacíficola levantó del suelo y la consoló lo mejor que pudo ysupodiciéndoleentre otras razonesque por no hallar castigo igual a sulocura le suspendía por entonces; yasí por esto como por parecerle que aúnno había cerrado la fortuna de todo en todo las puertas a su remedioqueríaantes procurársele por todas las vías posiblesque no tomar venganza delagravio que de su mucha liviandad en él redundaba.

Con estas razones volvió Teodosia a cobrar los perdidos espíritus; tornóla color a su rostro y revivieron sus casi muertas esperanzas. No quiso más donRafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su suceso: sólo le dijo quemudase el nombre de Teodosia en Teodoro y que diesen luego la vuelta a Salamancalos dos juntos a buscar a Marco Antoniopuesto que él imaginaba que no estabaen ellaporque siendo su camarada le hubiera hablado; aunque podía ser que elagravio que le había hecho le enmudeciese y le quitase la gana de verle.Remitióse el nuevo Teodoro a lo que su hermano quiso. Entró en esto elhuéspedal cual ordenaron que les diese algo de almorzarporque queríanpartirse luego.

Entre tanto que el mozo de mulas ensillaba y el almuerzo veníaentró en elmesón un hidalgo que venía de caminoque de don Rafael fue conocido luego.Conocíale también Teodoroy no osó salir del aposento por no ser visto.Abrazáronse los dosy preguntó don Rafael al recién venido qué nuevashabía en su lugar. A lo cual respondió que él venía del Puerto de SantaMaríaadonde dejaba cuatro galeras de partida para Nápolesy que en ellashabía visto embarcado a Marco Antonio Adornoel hijo de don Leonardo Adorno;con las cuales nuevas se holgó don Rafaelpareciéndole quepues tan sinpensar había sabido nuevas de lo que tanto le importabaera señal quetendría buen fin su suceso. Rogóle a su amigo que trocase con el cuartago desu padre (que él muy bien conocía) la mula que él traíano diciéndole queveníasino que iba a Salamancay que no quería llevar tan buen cuartago entan largo camino. El otroque era comedido y amigo suyose contentó deltrueco y se encargó de dar el cuartago a su padre. Almorzaron juntosy Teodorosolo; yllegado el punto de partirseel amigo tomó el camino de Cazalladonde tenía una rica heredad.

No partió don Rafael con élque por hurtarle el cuerpo le dijo que leconvenía volver aquel día a Sevilla; yasí como le vio idoestando en ordenlas cabalgadurashecha la cuenta y pagado al huéspeddiciendo adióssesalieron de la posadadejando admirados a cuantos en ella quedaban de suhermosura y gentil disposiciónque no tenía para hombre menor graciabrío ycompostura don Rafael que su hermana belleza y donaire.

Luego en saliendocontó don Rafael a su hermana las nuevas que de MarcoAntonio le habían dadoy que le parecía que con la diligencia posiblecaminasen la vuelta de Barcelonadonde de ordinario suelen parar algún díalas galeras que pasan a Italia o vienen a Españay que si no hubiesen llegadopodían esperarlasy allí sin duda hallarían a Marco Antonio. Su hermana ledijo que hiciese todo aquello que mejor le parecieseporque ella no tenía másvoluntad que la suya.

Dijo don Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba que tuviese pacienciaporque le convenía pasar a Barcelonaasegurándole la paga a todo su contentodel tiempo que con él anduviese. El mozoque era de los alegres del oficio yque conocía que don Rafael era liberalrespondió que hasta el cabo del mundole acompañaría y serviría. Preguntó don Rafael a su hermana qué dinerosllevaba. Respondió que no los tenía contadosy que no sabía más de que enel escritorio de su padre había metido la mano siete o ocho veces y sacádolallena de escudos de oro; ysegún aquelloimaginó don Rafael que podíallevar hasta quinientos escudosque con otros docientos que él tenía y unacadena de oro que llevabale pareció no ir muy desacomodado; y máspersuadiéndose que había de hallar en Barcelona a Marco Antonio.

Con estose dieron priesa a caminar sin perder jornadaysin acaescerlesdesmán o impedimento algunollegaron a dos leguas de un lugar que está nuevede Barcelonaque se llama Igualada. Habían sabido en el camino cómo uncaballeroque pasaba por embajador a Romaestaba en Barcelona esperando lasgalerasque aún no habían llegadonueva que les dio mucho contento. Con estegusto caminaron hasta entrar en un bosquecillo que en el camino estabadel cualvieron salir un hombre corriendo y mirando atráscomo espantado. Púsosele donRafael delantediciéndole:

-¿Por qué huísbuen hombreo qué cosa os ha acontecidoque conmuestras de tanto miedo os hace parecer tan ligero?

-¿No queréis que corra apriesa y con miedo -respondió el hombre-si pormilagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en ese bosque?

-¡Malo! -dijo el mozo de mulas-. ¡Malovive Dios! ¿Bandoleritos a estashoras? Para mi santiguadaque ellos nos pongan como nuevos.

-No os congojéishermano -replicó el del bosque-que ya los bandoleros sehan ido y han dejado atados a los árboles deste bosque más de treintapasajerosdejándolos en camisa; a sólo un hombre dejaron libre para quedesatase a los demás después que ellos hubiesen traspuesto una montañuela quele dieron por señal.

-Si eso es -dijo Calveteque así se llamaba el mozo de mulas-segurospodemos pasara causa que al lugar donde los bandoleros hacen el salto novuelven por algunos díasy puedo asegurar esto como aquel que ha dado dosveces en sus manos y sabe de molde su usanza y costumbres.

-Así es -dijo el hombre.

Lo cual oído por don Rafaeldeterminó pasar adelante; y no anduvieronmucho cuando dieron en los atadosque pasaban de cuarentaque los estabadesatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo el verlos: unosdesnudos del todootros vestidos con los vestidos astrosos de los bandoleros;unos llorando de verse robadosotros riendo de ver los estraños trajes de losotros; éste contaba por menudo lo que le llevabanaquél decía que le pesabamás de una caja de agnus que de Roma traía que de otras infinitas cosasque llevaban. En fintodo cuanto allí pasaba eran llantos y gemidos de losmiserables despojados. Todo lo cual mirabanno sin mucho dolorlos doshermanosdando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro loshabía librado. Pero lo que más compasión les pusoespecialmente a Teodorofue ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad al parecer de diez yseis añoscon sola la camisa y unos calzones de lienzopero tan hermoso derostro que forzaba y movía a todos que le mirasen.

Apeóse Teodoro a desatarley él le agradeció con muy corteses razones elbeneficio; ypor hacérsele mayorpidió a Calveteel mozo de mulasleprestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para aquel gentilmancebo. Diola Calvetey Teodoro cubrió con ella al mozopreguntándole dedónde erade dónde venía y adónde caminaba.

A todo esto estaba presente don Rafaely el mozo respondió que era delAndalucía y de un lugar queen nombrándolevieron que no distaba del suyosino dos leguas. Dijo que venía de Sevillay que su designio era pasar aItalia a probar ventura en el ejercicio de las armascomo otros muchosespañoles acostumbraban; pero que la suerte suya había salido azar con el malencuentro de los bandolerosque le llevaban una buena cantidad de dinerosytales vestidosque no se compraran tan buenos con trecientos escudos; pero quecon todo esopensaba proseguir su caminoporque no venía de casta que se lehabía de helar al primer mal suceso el calor de su fervoroso deseo.

Las buenas razones del mozojunto con haber oído que era tan cerca de sulugary más con la carta de recomendación que en su hermosura traíapusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto pudiesen. Yrepartiendo entre los que más necesidada su parecertenían algunos dinerosespecialmente entre frailes y clérigosque había más de ochohicieron quesubiese el mancebo en la mula de Calvete; ysin detenerse másen poco espaciose pusieron en Igualadadonde supieron que las galeras el día antes habíanllegado a Barcelonay que de allí a dos días se partiríansi antes no lesforzaba la poca seguridad de la playa.

Estas nuevas hicieron que la mañana siguiente madrugasen antes que el solpuesto que aquella noche no la durmieron todasino con más sobresalto de losdos hermanos que ellos se pensaroncausado de queestando a la mesay conellos el mancebo que habían desatadoTeodoro puso ahincadamente los ojos en surostroymirándole algo curiosamentele pareció que tenía las orejashoradadas; yen esto y en un mirar vergonzoso que teníasospechó que debíade ser mujery deseaba acabar de cenar para certificarse a solas de susospecha. Y entre la cena le preguntó don Rafael que cúyo hijo eraporque élconocía toda la gente principal de su lugarsi era aquel que había dicho. Alo cual respondió el mancebo que era hijo de don Enrique de Cárdenascaballero bien conocido. A esto dijo don Rafael que él conocía bien a donEnrique de Cárdenaspero que sabía y tenía por cierto que no tenía hijoalguno; mas que si lo había dicho por no descubrir sus padresque no importabay que nunca más se lo preguntaría.

-Verdad es -replicó el mozo- que don Enrique no tiene hijospero tiénelosun hermano suyo que se llama don Sancho.

-Ése tampoco -respondió don Rafael- tiene hijossino una hija solay aundicen que es de las más hermosas doncellas que hay en la Andalucíay esto nolo sé más de por fama; queaunque muchas veces he estado en su lugarjamásla he visto.

-Todo lo queseñordecís es verdad -respondió el mancebo-que donSancho no tiene más de una hijapero no tan hermosa como su fama dice; y si yodije que era hijo de don Enriquefue porque me tuviésedesseñoresen algopues no lo soy sino de un mayordomo de don Sanchoque ha muchos años que lesirvey yo nací en su casa; ypor cierto enojo que di a mi padrehabiéndoletomado buena cantidad de dinerosquise venirme a Italiacomo os he dichoyseguir el camino de la guerrapor quien vienensegún he vistoa hacerseilustres aun los de escuro linaje.

Todas estas razones y el modo con que las decía notaba atentamente Teodoroy siempre se iba confirmando en su sospecha.

Acabóse la cenaalzaron los manteles; yen tanto que don Rafael sedesnudabahabiéndole dicho lo que del mancebo sospechabacon su parecer ylicencia se apartó con el mancebo a un balcón de una ancha ventana que a lacalle salíayen él puestos los dos de pechosTeodoro así comenzó ahablar con el mozo:

-Quisieraseñor Francisco -que así había dicho él que se llamaba-haberos hecho tantas buenas obrasque os obligaran a no negarme cualquiera cosaque pudiera o quisiera pediros; pero el poco tiempo que ha que os conozco no hadado lugar a ello. Podría ser que en el que está por venir conociésedes loque merece mi deseoy si al que ahora tengo no gustáredes de satisfacernopor eso dejaré de ser vuestro servidorcomo lo soy tambiénque antes que osle descubra sepáis queaunque tengo tan pocos años como los vuestrostengomás experiencia de las cosas del mundo que ellos prometenpues con ella hevenido a sospechar que vos no sois varóncomo vuestro traje lo muestrasinomujery tan bien nacida como vuestra hermosura publicay quizá tan desdichadacomo lo da a entender la mudanza del trajepues jamás tales mudanzas son porbien de quien las hace. Si es verdad lo que sospechodecídmeloque os juropor la fe de caballero que profesode ayudaros y serviros en todo aquello quepudiere. De que no seáis mujer no me lo podéis negarpues por las ventanas devuestras orejas se vee esta verdad bien clara; y habéis andado descuidada en nocerrar y disimular esos agujeros con alguna cera encarnadaque pudiera ser queotro tan curioso como yoy no tan honradosacara a luz lo que vos tan malhabéis sabido encubrir. Digo que no dudéis de decirme quién soisconpresupuesto que os ofrezco mi ayuda; yo os aseguro el secreto que quisiéredesque tenga.

Con grande atención estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le decía;yviendo que ya callabaantes que le respondiese palabrale tomó las manosyllegándoselas a la bocase las besó por fuerzay aun se las bañó congran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos derramaba; cuyo estrañosentimiento le causó en Teodoro de manera que no pudo dejar de acompañarle enellas (propia y natural condición de mujeres principalesenternecerse de lossentimientos y trabajos ajenos); perodespués que con dificultad retiró susmanos de la boca del manceboestuvo atenta a ver lo que le respondía; el cualdando un profundo gemidoacompañado de muchos suspirosdijo:

-No quiero ni puedo negarosseñorque vuestra sospecha no haya sidoverdadera: mujer soyy la más desdichada que echaron al mundo las mujeresypues las obras que me habéis hecho y los ofrecimientos que me hacéis meobligan a obedeceros en cuanto me mandáredesescuchadque yo os diré quiénsoysi ya no os cansa oír ajenas desventuras.

-En ellas viva yo siempre -replicó Teodoro- si no llegue el gusto desaberlas a la pena que me darán el ser vuestrasque ya las voy sintiendo comopropias mías.

Ytornándole a abrazar y a hacer nuevos y verdaderos ofrecimientoselmanceboalgo más sosegadocomenzó a decir estas razones:

-«En lo que toca a mi patriala verdad he dicho; en lo que toca a mispadresno la dijeporque don Enrique no lo essino mi tíoy su hermano donSancho mi padre: que yo soy la hija desventurada que vuestro hermano dice quedon Sancho tiene tan celebrada de hermosacuyo engaño y desengaño se echa dever en la ninguna hermosura que tengo. Mi nombre es Leocadia; la ocasión de lamudanza de mi traje oiréis ahora.

»Dos leguas de mi lugar está otro de los más ricos y nobles de laAndalucíaen el cual vive un principal caballero que trae su origen de losnobles y antiguos Adornos de Génova. Éste tiene un hijo quesi no es que lafama se adelanta en sus alabanzascomo en las míases de los gentiles hombresque desearse pueden. Éstepuesasí por la vecindad de los lugares como porser aficionado al ejercicio de la cazacomo mi padrealgunas veces venía a micasa y en ella se estaba cinco o seis días; que todosy aun parte de lasnochesél y mi padre las pasaban en el campo. Desta ocasión tomó la fortunao el amoro mi poca advertenciala que fue bastante para derribarme de laalteza de mis buenos pensamientos a la bajeza del estado en que me veopueshabiendo miradomás de aquello que fuera lícito a una recatada doncellalagentileza y discreción de Marco Antonioy considerado la calidad de su linajey la mucha cantidad de los bienes que llaman de fortuna que su padre teníamepareció que si le alcanzaba por esposoera toda la felicidad que podía caberen mi deseo. Con este pensamiento le comencé a mirar con más cuidadoy debióde ser sin duda con más descuidopues él vino a caer en que yo le mirabayno quiso ni le fue menester al traidor otra entrada para entrarse en el secretode mi pecho y robarme las mejores prendas de mi alma.

»Mas no sé para qué me pongo a contarosseñorpunto por punto lasmenudencias de mis amorespues hacen tan poco al casosino deciros de una vezlo que él con muchas de solicitud granjeó conmigo: que fue quehabiéndomedado su fe y palabradebajo de grandes ya mi parecerfirmes y cristianosjuramentos de ser mi esposome ofrecí a que hiciese de mí todo lo quequisiese. Peroaún no bien satisfecha de sus juramentos y palabrasporque nose las llevase el vientohice que las escribiese en una cédulaque él me diofirmada de su nombrecon tantas circunstancias y fuerzas escrita que mesatisfizo. Recebida la céduladi traza cómo una noche viniese de su lugar almío y entrase por las paredes de un jardín a mi aposentodonde sin sobresaltoalguno podía coger el fruto que para él solo estaba destinado. Llegóseenfinla noche por mí tan deseada...»

Hasta este punto había estado callando Teodoroteniendo pendiente el almade las palabras de Leocadiaque con cada una dellas le traspasaba el almaespecialmente cuando oyó el nombre de Marco Antonio y vio la peregrinahermosura de Leocadiay consideró la grandeza de su valor con la de su raradiscreción: que bien lo mostraba en el modo de contar su historia. Mascuandollegó a decir: ''Llegó la noche por mí deseada''estuvo por perder lapacienciaysin poder hacer otra cosale salteó la razóndiciendo:

-Y bien; así como llegó esa felicísima noche¿qué hizo? ¿Entrópordicha? ¿Gozástele? ¿Confirmó de nuevo la cédula? ¿Quedó contento en haberalcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿Súpolo vuestro padreo en quépararon tan honestos y sabios principios?

-Pararon -dijo Leocadia- en ponerme de la manera que veisporque no legocéni me gozóni vino al concierto señalado.

Respiró con estas razones Teodosia y detuvo los espíritusque poco a pocola iban dejandoestimulados y apretados de la rabiosa pestilencia de los celosque a más andar se le iban entrando por los huesos y médulaspara tomarentera posesión de su paciencia; mas no la dejó tan libre que no volviese aescuchar con sobresalto lo que Leocadia prosiguió diciendo:

-«No solamente no vinopero de allí a ocho días supe por nueva cierta quese había ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres a una doncellade su lugarhija de un principal caballerollamada Teodosia: doncella deestremada hermosura y de rara discreción; y por ser de tan nobles padres sesupo en mi pueblo el roboy luego llegó a mis oídosy con él la fría ytemida lanza de los celosque me pasó el corazón y me abrasó el alma enfuego talque en él se hizo ceniza mi honra y se consumió mi créditosesecó mi paciencia y se acabó mi cordura. ¡Ay de mídesdichada!que luegose me figuró en la imaginación Teodosia más hermosa que el sol y másdiscreta que la discreción mismaysobre todomás venturosa que yosinventura. Leí luego las razones de la cédulavilas firmes y valederas y que nopodían faltar en la fe que publicaban; yaunque a ellascomo a cosa sagradase acogiera mi esperanzaen cayendo en la cuenta de la sospechosa compañíaque Marco Antonio llevaba consigodaba con todas ellas en el suelo. Maltratémi rostroarranqué mis cabellosmaldije mi suerte; y lo que más sentía erano poder hacer estos sacrificios a todas horaspor la forzosa presencia de mipadre.

»En finpor acabar de quejarme sin impedimentoo por acabar la vidaquees lo más ciertodeterminé dejar la casa de mi padre. Ycomo para poner porobra un mal pensamiento parece que la ocasión facilita y allana todos losinconvenientessin temer algunohurté a un paje de mi padre sus vestidos y ami padre mucha cantidad de dineros; y una nochecubierta con su negra capasalí de casa y a pie caminé algunas leguas y llegué a un lugar que se llamaOsunayacomodándome en un carrode allí a dos días entré en Sevilla: quefue haber entrado en la seguridad posible para no ser halladaaunque mebuscasen. Allí compré otros vestidos y una mulaycon unos caballeros quevenían a Barcelona con priesapor no perder la comodidad de unas galeras quepasaban a Italiacaminé hasta ayerque me sucedió lo que ya habréis sabidode los bandolerosque me quitaron cuanto traíay entre otras cosas la joyaque sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajosque fue la cédulade Marco Antonioque pensaba con ella pasar a Italiayhallando a MarcoAntoniopresentársela por testigo de su poca fey a mí por abono de mi muchafirmezay hacer de suerte que me cumpliese la promesa. Perojuntamente conestohe considerado que con facilidad negará las palabras que en un papelestán escritas el que niega las obligaciones que debían estar grabadas en elalmaque claro está que si él tiene en su compañía a la sin par Teodosiano ha de querer mirar a la desdichada Leocadia; aunque con todo esto piensomoriro ponerme en la presencia de los dospara que mi vista les turbe susosiego. No piense aquella enemiga de mi descanso gozar tan a poca costa lo quees mío; yo la buscaréyo la hallaréy yo la quitaré la vida si puedo.»

-Pues ¿qué culpa tiene Teodosia -dijo Teodoro-si ella quizá también fueengañada de Marco Antoniocomo vosseñora Leocadialo habéis sido?

-¿Puede ser eso así -dijo Leocadia-si se la llevó consigo? Yestandojuntos los que bien se quieren¿qué engaño puede haber? Ningunopor cierto:ellos están contentospues están juntosora esténcomo suele decirseenlos remotos y abrasados desiertos de Libia o en los solos y apartados de lahelada Scitia. Ella le gozasin dudasea donde fuerey ella sola ha de pagarlo que he sentido hasta que le halle.

-Podía ser que os engañásedes -replico Teodosia-; que yo conozco muy biena esa enemiga vuestra que decís y sé de su condición y recogimiento: quenunca ella se aventuraría a dejar la casa de sus padresni acudir a lavoluntad de Marco Antonio; ycuando lo hubiese hechono conociéndoos nisabiendo cosa alguna de lo que con él teníadesno os agravió en nadaydonde no hay agravio no viene bien la venganza.

-Del recogimiento -dijo Leocadia- no hay que tratarme; que tan recogida y tanhonesta era yo como cuantas doncellas hallarse pudierany con todo eso hice loque habéis oído. De que él la llevase no hay duday de que ella no me hayaagraviadomirándolo sin pasiónyo lo confieso. Mas el dolor que siento delos celos me la representa en la memoria bien así como espada que atravesadatengo por mitad de las entrañasy no es mucho quecomo a instrumento quetanto me lastimale procure arrancar dellas y hacerle pedazos; cuanto másqueprudencia es apartar de nosotros las cosas que nos dañany es natural cosaaborrecer las que nos hacen mal y aquellas que nos estorban el bien.

-Sea como vos decísseñora Leocadia -respondió Teodosia-; queasí comoveo que la pasión que sentís no os deja hacer más acertados discursosveoque no estáis en tiempo de admitir consejos saludables. De mí os sé decir loque ya os he dichoque os he de ayudar y favorecer en todo aquello que fuerejusto y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi hermanoque su naturalcondición y nobleza no le dejarán hacer otra cosa. Nuestro camino es a Italia;si gustáredes venir con nosotrosya poco más a menos sabéis el trato denuestra compañía. Lo que os ruego es me deis licencia que diga a mi hermano loque sé de vuestra haciendapara que os trate con el comedimiento y respectoque se os debey para que se obligue a mirar por vos como es razón. Junto conestome parece no ser bien que mudéis de traje; y si en este pueblo haycomodidad de vestirospor la mañana os compraré los vestidos mejores quehubiere y que más os convenganyen lo demás de vuestras pretensionesdejadel cuidado al tiempoque es gran maestro de dar y hallar remedio a los casosmás desesperados.

Agradeció Leocadia a Teodosiaque ella pensaba ser Teodorosus muchosofrecimientosy diole licencia de decir a su hermano todo lo que quisiesesuplicándole que no la desamparasepues veía a cuántos peligros estabapuesta si por mujer fuese conocida. Con estose despidieron y se fueron aacostar: Teodosia al aposento de su hermano y Leocadia a otro que junto délestaba.

No se había aún dormido don Rafaelesperando a su hermanapor saber loque le había pasado con el que pensaba ser mujer; yen entrandoantes que seacostasese lo preguntó; la cualpunto por puntole contó todo cuantoLeocadia le había dicho: cúya hija erasus amoresla cédula de MarcoAntonio y la intención que llevaba. Admiróse don Rafael y dijo a su hermana:

-Si ella es la que diceséos decirhermanaque es de las más principalesde su lugary una de las más nobles señoras de toda la Andalucía. Su padrees bien conocido del nuestroy la fama que ella tenía de hermosa correspondemuy bien a lo que ahora vemos en su rostro. Y lo que desto me parece es quedebemos andar con recatode manera que ella no hable primero con Marco Antonioque nosotros; que me da algún cuidado la cédula que dice que le hizopuestoque la haya perdido; pero sosegaos y acostaoshermanaque para todo sebuscará remedio.

Hizo Teodosia lo que su hermano la mandaba en cuanto al acostarsemas en lode sosegarse no fue en su manoque ya tenía tomada posesión de su alma larabiosa enfermedad de los celos. ¡Ohcuánto más de lo que ella era se lerepresentaba en la imaginación la hermosura de Leocadia y la deslealtad deMarco Antonio! ¡Ohcuántas veces leía o fingía leer la cédula que lahabía dado! ¡Qué de palabras y razones la añadíaque la hacían cierta yde mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le había perdidoy cuántasimaginó que sin ella Marco Antonio no dejara de cumplir su promesasinacordarse de lo que a ella estaba obligado!

Pasósele en esto la mayor parte de la noche sin dormir sueño. Y no la pasócon más descanso don Rafaelsu hermano; porqueasí como oyó decir quiénera Leocadiaasí se le abrasó el corazón en su amorescomo si de muchoantes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta fuerza tiene lahermosuraque en un puntoen un momentolleva tras sí el deseo de quien lamira [y] la conoce; ycuando descubre o promete alguna vía de alcanzarse ygozarseenciende con poderosa vehemencia el alma de quien la contempla: bienasí del modo y facilidad con que se enciende la seca y dispuesta pólvora concualquiera centella que la toca.

No la imaginaba atada al árbolni vestida en el roto traje de varónsinoen el suyo de mujer y en casa de sus padresricos y de tan principal y ricolinaje como ellos eran. No detenía ni quería detener el pensamiento en lacausa que la había traído a que la conociese. Deseaba que el día llegase paraproseguir su jornada y buscar a Marco Antoniono tanto para hacerle su cuñadocomo para estorbar que no fuese marido de Leocadia; y ya le tenían el amor y elcelo de manera que tomara por buen partido ver a su hermana sin el remedio quele procurabay a Marco Antonio sin vidaa trueco de no verse sin esperanza dealcanzar a Leocadia; la cual esperanza ya le iba prometiendo felice suceso en sudeseoo ya por el camino de la fuerzao por el de los regalos y buenas obraspues para todo le daba lugar el tiempo y la ocasión.

Con esto que él a sí mismo se prometíase sosegó algún tanto; y deallí a poco se dejó venir el díay ellos dejaron las camas; yllamando donRafael al huéspedle preguntó si había comodidad en aquel pueblo para vestira un paje a quien los bandoleros habían desnudado. El huésped dijo que éltenía un vestido razonable que vender; trújole y vínole bien a Leocadia;pagóle don Rafaely ella se le vistió y se ciñó una espada y una dagacontanto donaire y brío queen aquel mismo trajesuspendió los sentidos de donRafael y dobló los celos en Teodosia. Ensilló Calvetey a las ocho del díapartieron para Barcelonasin querer subir por entonces al famoso monasterio deMonserratdejándolo para cuando Dios fuese servido de volverlos con mássosiego a su patria.

No se podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanosllevabanni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando a Leocadiadeseándola Teodosia la muerte y don Rafael la vidaentrambos celosos yapasionados. Teodosia buscando tachas que ponerlapor no desmayar en suesperanza; don Rafael hallándole perfeccionesque de punto en punto leobligaban a más amarla. Con todo estono se descuidaron de darse priesademodo que llegaron a Barcelona poco antes que el sol se pusiese.

Admiróles el hermoso sitio de la ciudad y la estimaron por flor de lasbellas ciudades del mundohonra de Españatemor y espanto de loscircunvecinos y apartados enemigosregalo y delicia de sus moradoresamparo delos estranjerosescuela de la caballeríaejemplo de lealtad y satisfación detodo aquello que de una grandefamosarica y bien fundada ciudad puede pedirun discreto y curioso deseo.

En entrando en ellaoyeron grandísimo ruidoy vieron correr gran tropel degente con grande alboroto; ypreguntando la causa de aquel ruido y movimientoles respondieron que la gente de las galeras que estaban en la playa se habíarevuelto y trabado con la de la ciudad. Oyendo lo cualdon Rafael quiso ir aver lo que pasabaaunque Calvete le dijo que no lo hiciesepor no ser cordurairse a meter en un manifiesto peligro; que él sabía bien cuán mal librabanlos que en tales pendencias se metíanque eran ordinarias en aquella ciudadcuando a ella llegaban galeras. No fue bastante el buen consejo de Calvete paraestorbar a don Rafael la ida; y asíle siguieron todos. Yen llegando a lamarinavieron muchas espadas fuera de las vainas y mucha gente acuchillándosesin piedad alguna. Con todo estosin apearsellegaron tan cercaquedistintamente veían los rostros de los que peleabanporque aún no era puestoel sol.

Era infinita la gente que de la ciudad acudíay mucha la que de las galerasse desembarcabapuesto que el que las traía a cargoque era un caballerovalenciano llamado don Pedro Viquédesde la popa de la galera capitanaamenazaba a los que se habían embarcado en los esquifes para ir a socorrer alos suyos. Masviendo que no aprovechaban sus voces ni sus amenazashizovolver las proas de las galeras a la ciudad y disparar una pieza sin bala(señal de que si no se apartasenotra no iría sin ella).

En estoestaba don Rafael atentamente mirando la cruel y bien trabada riñay vio y notó que de parte de los que más se señalaban de las galeras lohacía gallardamente un mancebo de hasta veinte y dos o pocos más añosvestido de verdecon un sombrero de la misma color adornado con un ricotrencilloal parecer de diamantes; la destreza con que el mozo se combatía yla bizarría del vestido hacía que volviesen a mirarle todos cuantos lapendencia miraban; y de tal manera le miraron los ojos de Teodosia y deLeocadiaque ambas a un mismo punto y tiempo dijeron:

-¡Válame Dios: o yo no tengo ojoso aquel de lo verde es Marco Antonio!

Yen diciendo estocon gran ligereza saltaron de las mulasyponiendomano a sus dagas y espadassin temor alguno se entraron por mitad de la turba yse pusieron la una a un lado y la otra al otro de Marco Antonio (que él era elmancebo de lo verde que se ha dicho).

-No temáis -dijo así como llegó Leocadia-señor Marco Antonioque avuestro lado tenéis quien os hará escudo con su propia vida por defender lavuestra.

-¿Quién lo duda? -replicó Teodosia-estando yo aquí?

Don Rafaelque vio y oyó lo que pasabalas siguió asimismo y se puso desu parte. Marco Antonioocupado en ofender y defenderseno advirtió en lasrazones que las dos le dijeron; antescebado en la peleahacía cosas alparecer increíbles. Perocomo la gente de la ciudad por momentos crecíafueles forzoso a los de las galeras retirarse hasta meterse en el agua.Retirábase Marco Antonio de mala ganay a su mismo compás se iban retirando asus lados las dos valientes y nuevas Bradamante y Marfisao Hipólita yPantasilea.

En estovino un caballero catalán de la famosa familia de los Cardonassobre un poderoso caballoyponiéndose en medio de las dos parteshacíaretirar los de la ciudadlos cuales le tuvieron respecto en conociéndole. Peroalgunos desde lejos tiraban piedras a los que ya se iban acogiendo al agua; yquiso la mala suerte que una acertase en la sien a Marco Antoniocon tantafuria que dio con él en el aguaque ya le daba a la rodilla; yapenasLeocadia le vio caídocuando se abrazó con él y le sostuvo en sus brazosylo mismo hizo Teodosia. Estaba don Rafael un poco desviadodefendiéndose delas infinitas piedras que sobre él llovíanyqueriendo acudir al remedio desu alma y al de su hermana y cuñadoel caballero catalán se le puso delantediciéndole:

-Sosegaosseñorpor lo que debéis a buen soldadoy hacedme merced deponeros a mi ladoque yo os libraré de la insolencia y demasía destedesmandado vulgo.

-¡Ahseñor! -respondió don Rafael-; ¡dejadme pasarque veo en granpeligro puestas las cosas que en esta vida más quiero!

Dejóle pasar el caballeromas no llegó tan a tiempo que ya no hubiesenrecogido en el esquife de la galera capitana a Marco Antonio y a Leocadiaquejamás le dejó de los brazos; yqueriéndose embarcar con ellos Teodosiao yafuese por estar cansadao por la pena de haber visto herido a Marco Antonioopor ver que se iba con él su mayor enemigano tuvo fuerzas para subir en elesquife; y sin duda cayera desmayada en el agua si su hermano no llegara atiempo de socorrerlael cual no sintió menor penade ver que con MarcoAntonio se iba Leocadiaque su hermana había sentido (que ya también élhabía conocido a Marco Antonio). El caballero catalánaficionado de la gentilpresencia de don Rafael y de su hermana (que por hombre tenía)los llamódesde la orilla y les rogó que con él se viniesen; y ellosforzados de lanecesidad y temerosos de que la genteque aún no estaba pacíficales hiciesealgún agraviohubieron de aceptar la oferta que se les hacía.

El caballero se apeóytomándolos a su ladocon la espada desnuda pasópor medio de la turba alborotadarogándoles que se retirasen; y así lohicieron. Miró don Rafael a todas partes por ver si vería a Calvete con lasmulas y no le vioa causa que élasí como ellos se apearonlas antecogió yse fue a un mesón donde solía posar otras veces.

Llegó el caballero a su casaque era una de las principales de la ciudadypreguntando a don Rafael en cuál galera veníale respondió que en ningunapues había llegado a la ciudad al mismo punto que se comenzaba la pendenciayquepor haber conocido en ella al caballero que llevaron herido de la pedradaen el esquifese había puesto en aquel peligroy que le suplicaba diese ordencomo sacasen a tierra al heridoque en ello le importaba el contento y la vida.

-Eso haré yo de buena gana -dijo el caballero-y sé que me le daráseguramente el generalque es principal caballero y pariente mío.

Ysin detenerse másvolvió a la galera y halló que estaban curando aMarco Antonioy la herida que tenía era peligrosapor ser en la sienizquierda y decir el cirujano ser de peligro; alcanzó con el general se lediese para curarle en tierraypuesto con gran tiento en el esquifelesacaronsin quererle dejar Leocadiaque se embarcó con él como enseguimiento del norte de su esperanza. En llegando a tierrahizo el caballerotraer de su casa una silla de manos donde le llevasen. En tanto que esto pasabahabía enviado don Rafael a buscar a Calveteque en el mesón estaba concuidado de saber lo que la suerte había hecho de sus amos; y cuando supo queestaban buenosse alegró en estremo y vino adonde don Rafael estaba.

En estollegaron el señor de la casaMarco Antonio y Leocadiay a todosalojó en ella con mucho amor y magnificiencia. Ordenó luego como se llamase uncirujano famoso de la ciudad para que de nuevo curase a Marco Antonio. Vinopero no quiso curarle hasta otro díadiciendo que siempre los cirujanos de losejércitos y armadas eran muy experimentadospor los muchos heridos que a cadapaso tenían entre las manosy asíno convenía curarle hasta otro día. Loque ordenó fue le pusiesen en un aposento abrigadodonde le dejasen sosegar.

Llegó en aquel instante el cirujano de las galeras y dio cuenta al de laciudad de la heriday de cómo la había curado y del peligro que de la vidaasu parecertenía el heridocon lo cual se acabó de enterar el de la ciudadque estaba bien curado; y ansimismosegún la relación que se le había hechoexageró el peligro de Marco Antonio.

Oyeron esto Leocadia y Teodosia con aquel sentimiento que si oyeran lasentencia de su muerte; maspor no dar muestras de su dolorle reprimieron ycallarony Leocadia determinó de hacer lo que le pareció convenir parasatisfación de su honra. Y fue queasí como se fueron los cirujanosseentró en el aposento de Marco Antonioydelante del señor de la casade donRafaelTeodosia y de otras personasse llegó a la cabecera del heridoyasiéndole de la manole dijo estas razones:

-No estáis en tiemposeñor Marco Antonio Adornoen que se puedan ni debangastar con vos muchas palabras; y asísólo querría que me oyésedes algunasque convienensi no para la salud de vuestro cuerpoconvendrán para la devuestra alma; y para decíroslas es menester que me deis licencia y meadvirtáis si estáis con sujeto de escucharme; que no sería razón quehabiendo yo procurado desde el punto que os conocí no salir de vuestro gustoen este instanteque le tengo por el postreroseros causa de pesadumbre.

A estas razones abrió Marco Antonio los ojos y los puso atentamente en elrostro de Leocadiayhabiéndola casi conocidomás por el órgano de la vozque por la vistacon voz debilitada y doliente le dijo:

-Decidseñorlo que quisiéredesque no estoy tan al cabo que no puedaescucharosni esa voz me es tan desagradable que me cause fastidio el oírla.

Atentísima estaba a todo este coloquio Teodosiay cada palabra que Leocadiadecía era una aguda saeta que le atravesaba el corazóny aun el alma de donRafaelque asimismo la escuchaba. Yprosiguiendo Leocadiadijo:

-Si el golpe de la cabezaopor mejor decirel que a mí me han dado en elalmano os ha llevadoseñor Marco Antoniode la memoria la imagen de aquellaque poco tiempo ha que vos decíades ser vuestra gloria y vuestro cielobien osdebéis acordar quién fue Leocadiay cuál fue la palabra que le distesfirmada en una cédula de vuestra mano y letra; ni se os habrá olvidado elvalor de sus padresla entereza de su recato y honestidad y la obligación enque le estáispor haber acudido a vuestro gusto en todo lo que quisistes. Siesto no se os ha olvidadoaunque me veáis en este traje tan diferenteconoceréis con facilidad que yo soy Leocadiaquetemerosa que nuevosaccidentes y nuevas ocasiones no me quitasen lo que tan justamente es míoasícomo supe que de vuestro lugar os habíades partidoatropellando por infinitosinconvenientesdeterminé seguiros en este hábitocon intención de buscarospor todas las partes de la tierra hasta hallaros. De lo cual no os debéismaravillarsi es que alguna vez habéis sentido hasta dónde llegan las fuerzasde un amor verdadero y la rabia de una mujer engañada. Algunos trabajos hepasado en esta mi demandatodos los cuales los juzgo y tengo por descansoconel descuento que han traído de veros; quepuesto que estéis de la manera queestáissi fuere Dios servido de llevaros désta a mejor vidacon hacer lo quedebéis a quien sois antes de la partidame juzgaré por más que dichosaprometiéndooscomo os prometode darme tal vida después de vuestra muerteque bien poco tiempo se pase sin que os siga en esta última y forzosa jornada.Y asíos ruego primeramente por Diosa quien mis deseos y intentos vanencaminadosluego por vosque debéis mucho a ser quien soisúltimamente pormía quien debéis más que a otra persona del mundoque aquí luego merecibáis por vuestra legítima esposano permitiendo haga la justicia lo quecon tantas veras y obligaciones la razón os persuade.

No dijo más Leocadiay todos los que en la sala estaban guardaron unmaravilloso silencio en tanto que estuvo hablandoy con el mismo silencioesperaban la respuesta de Marco Antonioque fue ésta:

-No puedo negarseñorael conocerosque vuestra voz y vuestro rostro noconsentirán que lo niegue. Tampoco puedo negar lo mucho que os debo ni el granvalor de vuestros padresjunto con vuestra incomparable honestidad yrecogimiento. Ni os tengo ni os tendré en menos por lo que habéis hecho envenirme a buscar en traje tan diferente del vuestro; antespor esto os estimo yestimaré en el mayor grado que ser pueda; peropues mi corta suerte me hatraído a términocomo vos decísque creo que será el postrero de mi viday son los semejantes trances los apurados de las verdadesquiero deciros unaverdad quesi no os fuere ahora de gustopodría ser que después os fuese deprovecho. Confiesohermosa Leocadiaque os quise bien y me quisistesyjuntamente con esto confieso que la cédula que os hice fue más por cumplir convuestro deseo que con el mío; porqueantes que la firmasecon muchos díastenía entregada mi voluntad y mi alma a otra doncella de mi mismo lugarquevos bien conocéisllamada Teodosiahija de tan nobles padres como losvuestros; y si a vos os di cédula firmada de mi manoa ella le di la manofirmada y acreditada con tales obras y testigosque quedé imposibilitado dedar mi libertad a otra persona en el mundo. Los amores que con vos tuve fueronde pasatiemposin que dellos alcanzase otra cosa sino las flores que vossabéislas cuales no os ofendieron ni pueden ofender en cosa alguna. Lo quecon Teodosia me pasó fue alcanzar el fruto que ella pudo darme y yo quise queme diesecon fe y seguro de ser su esposocomo lo soy. Y si a ella y a vos osdejé en un mismo tiempoa vos suspensa y engañaday a ella temerosa ya suparecersin honrahícelo con poco discurso y con juicio de mozocomo lo soycreyendo que todas aquellas cosas eran de poca importanciay que las podíahacer sin escrúpulo algunocon otros pensamientos que entonces me vinieron ysolicitaron lo que quería hacerque fue venirme a Italia y emplear en ellaalgunos de los años de mi juventudy después volver a ver lo que Dios habíahecho de vos y de mi verdadera esposa. Masdoliéndose de mí el cielosinduda creo que ha permitido ponerme de la manera que me veispara queconfesando estas verdadesnacidas de mis muchas culpaspague en esta vida loque deboy vos quedéis desengañada y libre para hacer lo que mejor ospareciere. Y si en algún tiempo Teodosia supiere mi muertesabrá de vos y delos que están presentes cómo en la muerte le cumplí la palabra que le di enla vida. Y si en el poco tiempo que de ella me quedaseñora Leocadiaos puedoservir en algodecídmelo; quecomo no sea recebiros por esposapues nopuedoninguna otra cosa dejaré de hacer que a mí sea posible por daros gusto.

En tanto que Marco Antonio decía estas razonestenía la cabeza sobre elcodoy en acabándolas dejó caer el brazodando muestras que se desmayaba.Acudió luego don Rafael yabrazándole estrechamentele dijo:

-Volved en vosseñor míoy abrazad a vuestro amigo y a vuestro hermanopues vos queréis que lo sea. Conoced a don Rafaelvuestro camaradaque seráel verdadero testigo de vuestra voluntad y de la merced que a su hermanaqueréis hacer con admitirla por vuestra.

Volvió en sí Marco Antonio y al momento conoció a don Rafaelyabrazándole estrechamente y besándole en el rostrole dijo:

-Ahora digohermano y señor míoque la suma alegría que he recebido enveros no puede traer menos descuento que un pesar grandísimo; pues se dice quetras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien empleada cualquieraque me vinierea trueco de haber gustado del contento de veros.

-Pues yo os le quiero hacer más cumplido -replicó don Rafael- conpresentaros esta joyaque es vuestra amada esposa.

Ybuscando a Teodosiala halló llorando detrás de toda la gentesuspensay atónita entre el pesar y la alegría por lo que veía y por lo que habíaoído decir. Asióla su hermano de la manoy ellasin hacer resistenciasedejó llevar donde él quiso; que fue ante Marco Antonioque la conoció y seabrazó con ellallorando los dos tiernas y amorosas lágrimas.

Admirados quedaron cuantos en la sala estabanviendo tan estrañoacontecimiento. Mirábanse unos a otros sin hablar palabraesperando en quéhabían de parar aquellas cosas. Mas la desengañada y sin ventura Leocadiaquevio por sus ojos lo que Marco Antonio hacíay vio al que pensaba ser hermanode don Rafael en brazos del que tenía por su esposoviendo junto con estoburlados sus deseos y perdidas sus esperanzasse hurtó de los ojos de todos(que atentos estaban mirando lo que el enfermo hacía con el paje que abrazadotenía) y se salió de la sala o aposentoy en un instante se puso en la callecon intención de irse desesperada por el mundo o adonde gentes no la viesen;masapenas había llegado a la callecuando don Rafael la echó menosycomosi le faltara el almapreguntó por ellay nadie le supo dar razón dónde sehabía ido. Y asísin esperar másdesesperado salió a buscarlay acudióadonde le dijeron que posaba Calvetepor si había ido allá a procurar algunacabalgadura en que irse; yno hallándola allíandaba como loco por lascalles buscándola y de unas partes a otras; ypensando si por ventura sehabía vuelto a las galerasllegó a la marinay un poco antes que llegaseoyó que a grandes voces llamaban desde tierra el esquife de la capitanayconoció que quien las daba era la hermosa Leocadiala cualrecelosa de algúndesmánsintiendo pasos a sus espaldasempuñó la espada y esperó apercebidaque llegase don Rafaela quien ella luego conocióy le pesó de que lahubiese halladoy más en parte tan sola; que ya ella había entendidopormás de una muestra que don Rafael le había dadoque no la quería malsinotan bien que tomara por buen partido que Marco Antonio la quisiera otro tanto.

¿Con qué razones podré yo decir ahora las que don Rafael dijo a Leocadiadeclarándole su almaque fueron tantas y tales que no me atrevo a escribirlas?Maspues es forzoso decir algunaslas que entre otras le dijo fueron éstas:

-Si con la ventura que me falta me faltase ahora¡oh hermosa Leocadia!elatrevimiento de descubriros los secretos de mi almaquedaría enterrada en lossenos del perpetuo olvido la más enamorada y honesta voluntad que ha nacido nipuede nacer en un enamorado pecho. Peropor no hacer este agravio a mi justodeseo (véngame lo que viniere)quieroseñoraque advirtáissi es que osda lugar vuestro arrebatado pensamientoque en ninguna cosa se me aventajaMarco Antoniosi no es en el bien de ser de vos querido. Mi linaje es tan buenocomo el suyoy en los bienes que llaman de fortuna no me hace mucha ventaja; enlos de naturaleza no conviene que me alabey más si a los ojos vuestros no sonde estima. Todo esto digoapasionada señoraporque toméis el remedio y elmedio que la suerte os ofrece en el estremo de vuestra desgracia. Ya veis queMarco Antonio no puede ser vuestro porque el cielo le hizo de mi hermanay elmismo cieloque hoy os ha quitado a Marco Antonioos quiere hacer recompensaconmigoque no deseo otro bien en esta vida que entregarme por esposo vuestro.Mirad que el buen suceso está llamando a las puertas del malo que hasta ahorahabéis tenidoy no penséis que el atrevimiento que habéis mostrado en buscara Marco Antonio ha de ser parte para que no os estime y tenga en lo quemereciéradessi nunca le hubiérades tenidoque en la hora que quiero ydetermino igualarme con voseligiéndoos por perpetua señora míaen aquellamisma se me ha de olvidary ya se me ha olvidadotodo cuanto en esto he sabidoy visto; que bien sé que las fuerzas que a mí me han forzado a que tan derondón y a rienda suelta me disponga a adoraros y a entregarme por vuestroesas mismas os han traído a vos al estado en que estáisy así no habránecesidad de buscar disculpa donde no ha habido yerro alguno.

Callando estuvo Leocadia a todo cuanto don Rafael le dijosino que de cuandoen cuando daba unos profundos suspirossalidos de lo íntimo de sus entrañas.Tuvo atrevimiento don Rafael de tomarle una manoy ella no tuvo esfuerzo paraestorbárselo; y asíbesándosela muchas vecesle decía:

-Acabadseñora de mi almade serlo del todo a vista destos estrelladoscielos que nos cubreny deste sosegado mar que nos escuchay destas bañadasarenas que nos sustentan. Dadme ya el síque sin duda conviene tanto a vuestrahonra como a mi contento. Vuélvoos a decir que soy caballerocomo vos sabéisy ricoy que os quiero bien (que es lo que más habéis de estimar)y que encambio de hallaros sola y en traje que desdice mucho del de vuestra honralejosde la casa de vuestros padres y parientessin persona que os acuda a lo quemenester hubiéredes y sin esperanza de alcanzar lo que buscábadespodéisvolver a vuestra patria en vuestro propiohonrado y verdadero trajeacompañada de tan buen esposo como el que vos supistes escogeros; ricacontentaestimada y serviday aun loada de todos aquellos a cuya noticiallegaren los sucesos de vuestra historia. Si esto es asícomo lo esno sé enqué estáis dudando; acabad (que otra vez os lo digo) de levantarme del suelode mi miseria al cielo de merecerosque en ello haréis por vos mismaycumpliréis con las leyes de la cortesía y del buen conocimientomostrándoosen un mismo punto agradecida y discreta.

-Eapues -dijo a esta sazón la dudosa Leocadia-pues así lo ha ordenadoel cieloy no es en mi mano ni en la de viviente alguno oponerse a lo que Éldeterminado tienehágase lo que Él quiere y vos queréisseñor mío; y sabeel mismo cielo con la vergüenza que vengo a condecender con vuestra voluntadno porque no entienda lo mucho que en obedeceros ganosino porque temo queencumpliendo vuestro gustome habéis de mirar con otros ojos de los que quizáhasta agoramirándomeos han engañado. Mas sea como fuerequeen finelnombre de ser mujer legítima de don Rafael de Villavicencio no se podíaperdery con este título solo viviré contenta. Y si las costumbres que en míviéredesdespués de ser vuestrafueren parte para que me estiméis en algodaré al cielo las gracias de haberme traído por tan estraños rodeos y portantos males a los bienes de ser vuestra. Dadmeseñor don Rafaella mano deser míoy veis aquí os la doy de ser vuestray sirvan de testigos los quevos decís: el cielola marlas arenas y este silenciosólo interrumpido demis suspiros y de vuestros ruegos.

Diciendo estose dejó abrazar y le dio la manoy don Rafael le dio lasuyacelebrando el noturno y nuevo desposorio solas las lágrimas que elcontentoa pesar de la pasada tristezasacaba de sus ojos. Luego se volvierona casa del caballeroque estaba con grandísima pena de su falta; y lo mismotenían Marco Antonio y Teodosialos cuales ya por mano de clérigo estabandesposadosque a persuasión de Teodosia (temerosa que algún contrarioacidente no le turbase el bien que había hallado)el caballero envió luegopor quien los desposase; de modo quecuando don Rafael y Leocadia entraron ydon Rafael contó lo que con Leocadia le había sucedidoasí les aumentó elgozo como si ellos fueran sus cercanos parientesque es condición natural ypropia de la nobleza catalana saber ser amigos y favorecer a los estranjeros quedellos tienen necesidad alguna.

El sacerdoteque presente estabaordenó que Leocadia mudase el hábito yse vistiese en el suyo; y el caballero acudió a ello con prestezavistiendo alas dos de dos ricos vestidos de su mujerque era una principal señoradellinaje de los Granollequesfamoso y antiguo en aquel reino. Avisó al cirujanoquien por caridad se dolía del heridocomo hablaba mucho y no le dejaban soloel cual vino y ordenó lo que primero: que fue que le dejasen en silencio. PeroDiosque así lo tenía ordenadotomando por medio e instrumento de sus obras(cuando a nuestros ojos quiere hacer alguna maravilla) lo que la mismanaturaleza no alcanzaordenó que el alegría y poco silencio que Marco Antoniohabía guardado fuese parte para mejorarlede manera que otro díacuando lecuraronle hallaron fuera de peligro; y de allí a catorce se levantó tan sanoquesin temor algunose pudo poner en camino.

Es de saber que en el tiempo que Marco Antonio estuvo en el lecho hizo votosi Dios le sanasede ir en romería a pie a Santiago de Galiciaen cuyapromesa le acompañaron don RafaelLeocadia y Teodosiay aun Calveteel mozode mulas (obra pocas veces usada de los de oficios semejantes). Pero la bondad yllaneza que había conocido en don Rafael le obligó a no dejarle hasta quevolviese a su tierra; yviendo que habían de ir a pie como peregrinosenviólas mulas a Salamancacon la que era de don Rafaelque no faltó con quienenviarlas.

Llegósepuesel día de la partidayacomodados de sus esclavinas y detodo lo necesariose despidieron del liberal caballero que tanto les habíafavorecido y agasajadocuyo nombre era don Sancho de Cardonailustrísimo porsangre y famoso por su persona. Ofreciéronsele todos de guardar perpetuamenteellos y sus decendientes (a quien se lo dejarían mandado)la memoria de lasmercedes tan singulares dél recebidaspara agradecelles siquieraya que nopudiesen servirlas. Don Sancho los abrazó a todosdiciéndoles que de sunatural condición nacía hacer aquellas obraso otras que fuesen buenasatodos los que conocía o imaginaba ser hidalgos castellanos.

Reiteráronse dos veces los abrazosy con alegría mezclada con algúnsentimiento triste se despidieron; ycaminando con la comodidad que permitíala delicadeza de las dos nuevas peregrinasen tres días llegaron a Monserrat;yestando allí otros tantoshaciendo lo que a buenos y católicos cristianosdebíancon el mismo espacio volvieron a su caminoy sin sucederles revés nidesmán alguno llegaron a Santiago. Ydespués de cumplir su voto con la mayordevoción que pudieronno quisieron dejar el hábito de peregrinos hasta entraren sus casasa las cuales llegaron poco a pocodescansados y contentos; masantes que llegasenestando a vista del lugar de Leocadia (quecomo se hadichoera una legua del de Teodosia)desde encima de un recuesto losdescubrieron a entrambossin poder encubrir las lágrimas que el contento deverlos les trujo a los ojosa lo menos a las dos desposadasque con su vistarenovaron la memoria de los pasados sucesos.

Descubríase desde la parte donde estaban un ancho valle que los dos pueblosdividíaen el cual vierona la sombra de un olivoun dispuesto caballerosobre un poderoso caballocon una blanquísima adarga en el brazo izquierdo yuna gruesa y larga lanza terciada en el derecho; ymirándole con atenciónvieron que asimismo por entre unos olivares venían otros dos caballeros con lasmismas armas y con el mismo donaire y aposturay de allí a poco vieron que sejuntaron todos tres; yhabiendo estado un pequeño espacio juntosseapartarony uno de los que a lo último habían venidose apartó con el queestaba primero debajo del olivo; los cualesponiendo las espuelas a loscaballosarremetieron el uno al otro con muestras de ser mortales enemigoscomenzando a tirarse bravos y diestros botes de lanzaya hurtando los golpesya recogiéndolos en las adargas con tanta destreza que daban bien a entenderser maestros en aquel ejercicio. El tercero los estaba mirando sin moverse de unlugar; masno pudiendo don Rafael sufrir estar tan lejosmirando aquella tanreñida y singular batallaa todo correr bajó del recuestosiguiéndole suhermana y su esposay en poco espacio se puso junto a los dos combatientesatiempo que ya los dos caballeros andaban algo heridos; yhabiéndosele caídoal uno el sombrero y con él un casco de aceroal volver el rostro conoció donRafael ser su padrey Marco Antonio conoció que el otro era el suyo. Leocadiaque con atención había mirado al que no se combatíaconoció que era elpadre que la había engendradode cuya vista todos cuatro suspensosatónitosy fuera de sí quedaron; perodando el sobresalto lugar al discurso de larazónlos dos cuñadossin detenersese pusieron en medio de los quepeleabandiciendo a voces:

-No máscaballerosno másque los que esto os piden y suplican sonvuestros propios hijos. Yo soy Marco Antoniopadre y señor mío -decía MarcoAntonio-; yo soy aquel por quiena lo que imaginoestán vuestras canasvenerables puestas en este riguroso trance. Templad la furia y arrojad la lanzao volvedla contra otro enemigoque el que tenéis delante ya de hoy más ha deser vuestro hermano.

Casi estas mismas razones decía don Rafael a su padrea las cuales sedetuvieron los caballerosy atentamente se pusieron a mirar a los que se lasdecían; y volviendo la cabeza vieron que don Enriqueel padre de Leocadiasehabía apeado y estaba abrazado con el que pensaban ser peregrino; y era queLeocadia se había llegado a élydándosele a conocerle rogó que pusieseen paz a los que se combatíancontándole en breves razones cómo don Rafaelera su esposo y Marco Antonio lo era de Teodosia.

Oyendo esto su padrese apeóy la tenía abrazadacomo se ha dicho; perodejándolaacudió a ponerlos en pazaunque no fue menesterpues ya los doshabían conocido a sus hijos y estaban en el sueloteniéndolos abrazadosllorando todos lágrimas de amor y de contento nacidas. Juntáronse todos yvolvieron a mirar a sus hijosy no sabían qué decirse. Atentábanles loscuerpospor ver si eran fantásticosque su improvisa llegada esta y otrassospechas engendraba; perodesengañados algún tantovolvieron a laslágrimas y a los abrazos.

Y en estoasomó por el mismo valle gran cantidad de gente armadade a piey de a caballolos cuales venían a defender al caballero de su lugar; perocomo llegaron y los vieron abrazados de aquellos peregrinosy preñados losojos de lágrimasse apearon y admiraronestando suspensoshasta tanto quedon Enrique les dijo brevemente lo que Leocadia su hija le había contado.

Todos fueron a abrazar a los peregrinoscon muestras de contento tales queno se pueden encarecer. Don Rafael de nuevo contó a todoscon la brevedad queel tiempo requeríatodo el suceso de sus amoresy de cómo venía casado conLeocadiay su hermana Teodosia con Marco Antonio: nuevas que de nuevo causaronnueva alegría. Luegode los mismos caballos de la gente que llegó al socorrotomaron los que hubieron menester para los cinco peregrinosy acordaron de irseal lugar de Marco Antonioofreciéndoles su padre de hacer allí las bodas detodos; y con este parecer se partierony algunos de los que se habían halladopresentes se adelantaron a pedir albricias a los parientes y amigos de losdesposados.

En el camino supieron don Rafael y Marco Antonio la causa de aquellapendenciaque fue que el padre de Teodosia y el de Leocadia habían desafiadoal padre de Marco Antonioen razón de que él había sido sabidor de losengaños de su hijo; yhabiendo venido los dos y hallándole solono quisieroncombatirse con alguna ventajasino uno a unocomo caballeroscuya pendenciaparara en la muerte de uno o en la de entrambos si ellos no hubieran llegado.

Dieron gracias a Dios los cuatro peregrinos del suceso felice. Y otro díadespués que llegaroncon real y espléndida magnificencia y sumptuoso gastohizo celebrar el padre de Marco Antonio las bodas de su hijo y Teodosia y las dedon Rafael y de Leocadia. Los cuales luengos y felices años vivieron encompañía de sus esposasdejando de sí ilustre generación y decendenciaquehasta hoy dura en estos dos lugaresque son de los mejores de la Andalucíaysi no se nombran es por guardar el decoro a las dos doncellasa quienquizá las lenguas maldicienteso neciamente escrupulosasles harán cargo dela ligereza de sus deseos y del súbito mudar de trajes; a los cuales ruego queno se arrojen a vituperar semejantes libertadeshasta que miren en sísialguna vez han sido tocados destas que llaman flechas de Cupido; que en efeto esuna fuerzasi así se puede llamarincontrastableque hace el apetito a larazón.

Calveteel mozo de mulasse quedó con la que don Rafael había enviado aSalamancay con otras muchas dádivas que los dos desposados le dieron; y lospoetas de aquel tiempo tuvieron ocasión donde emplear sus plumasexagerando lahermosura y los sucesos de las dos tan atrevidas cuanto honestas doncellassujeto principal deste estraño suceso.




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