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Novela del casamiento engañoso

Miguel de Cervantes Saavedra


SALÍA del Hospital de la Resurrecciónque está en Valladolidfuera de laPuerta del Campoun soldado quepor servirle su espada de báculo y por laflaqueza de sus piernas y amarillez de su rostromostraba bien claro queaunque no era el tiempo muy calurosodebía de haber sudado en veinte díastodo el humor que quizá granjeó en una hora. Iba haciendo pinitos y dandotraspiéscomo convaleciente; yal entrar por la puerta de la ciudadvio quehacia él venía un su amigoa quien no había visto en más de seis meses; elcualsantiguándose como si viera alguna mala visiónllegándose a élledijo:

-¿Qué es estoseñor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesamerced en esta tierra? ¡Como quien soy que le hacía en Flandesantesterciando allá la pica que arrastrando aquí la espada! ¿Qué colorquéflaqueza es ésa?

A lo cual respondió Campuzano:

-A lo si estoy en esta tierra o noseñor licenciado Peraltael verme enella le responde; a las demás preguntas no tengo qué decirsino que salgo deaquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó a cuestas una mujerque escogí por míaque non debiera.

-¿Luego casóse vuesa merced? -replicó Peralta.

-Síseñor -respondió Campuzano.

-Sería por amores -dijo Peralta-y tales casamientos traen consigoaparejada la ejecución del arrepentimiento.

-No sabré decir si fue por amores -respondió el alférez-aunque sabréafirmar que fue por dolorespues de mi casamientoo cansamientosaqué tantosen el cuerpo y en el almaque los del cuerpopara entretenerlosme cuestancuarenta sudoresy los del alma no hallo remedio para aliviarlos siquiera.Peroporque no estoy para tener largas pláticas en la callevuesa merced meperdone; que otro día con más comodidad le daré cuenta de mis sucesosqueson los más nuevos y peregrinos que vuesa merced habrá oído en todos losdías de su vida.

-No ha de ser así -dijo el licenciado-sino que quiero que venga conmigo ami posaday allí haremos penitencia juntos; que la olla es muy de enfermoyaunque está tasada para dosun pastel suplirá con mi criado; y si laconvalecencia lo sufreunas lonjas de jamón de Rute nos harán la salvaysobre todola buena voluntad con que lo ofrezcono sólo esta vezsino todaslas que vuesa merced quisiere.

Agradecióselo Campuzano y aceptó el convite y los ofrecimientos.

Fueron a San Llorenteoyeron misallevóle Peralta a su casadiole loprometido y ofrecióselo de nuevoy pidióleen acabando de comerle contaselos sucesos que tanto le había encarecido. No se hizo de rogar Campuzano; antescomenzó a decir desta manera:

-«Bien se acordará vuesa mercedseñor licenciado Peraltacomo yo hacíaen esta ciudad camarada con el capitán Pedro de Herreraque ahora está enFlandes.»

-Bien me acuerdo -respondió Peralta.

-«Pues un día -prosiguió Campuzano- que acabábamos de comer en aquellaposada de la Solanadonde vivíamosentraron dos mujeres de gentil parecer condos criadas: la una se puso a hablar con el capitán en piearrimados a unaventana; y la otra se sentó en una silla junto a míderribado el manto hastala barbasin dejar ver el rostro más de aquello que concedía la raridad delmanto; yaunque le supliqué que por cortesía me hiciese merced de descubrirseno fue posible acabarlo con ellacosa que me encendió más el deseo de verla.Ypara acrecentarle máso ya fuese de industria [o] acasosacó la señorauna muy blanca mano con muy buenas sortijas. Estaba yo entonces bizarrísimocon aquella gran cadena que vuesa merced debió de conocermeel sombrero conplumas y cintilloel vestido de coloresa fuer de soldadoy tan gallardoalos ojos de mi locuraque me daba a entender que las podía matar en el aire.Con todo estole rogué que se descubriesea lo que ella me respondió: ''Noseáis importuno: casa tengohaced a un paje que me siga; queaunque yo soymás honrada de lo que promete esta respuestatodavíaa trueco de ver siresponde vuestra discreción a vuestra gallardíaholgaré de que me veáis''.Beséle las manos por la grande merced que me hacíaen pago de la cual leprometí montes de oro. Acabó el capitán su plática; ellas se fueronsiguiólas un criado mío. Díjome el capitán que lo que la dama le quería eraque le llevase unas cartas a Flandes a otro capitánque decía ser su primoaunque él sabía que no era sino su galán.

»Yo quedé abrasado con las manos de nieve que había vistoy muerto por elrostro que deseaba ver; y asíotro díaguiándome mi criadodióseme libreentrada. Hallé una casa muy bien aderezada y una mujer de hasta treinta añosa quien conocí por las manos. No era hermosa en estremopero éralo de suerteque podía enamorar comunicadaporque tenía un tono de habla tan suave que seentraba por los oídos en el alma. Pasé con ella luengos y amorosos coloquiosblasonéhendírajéofrecíprometí y hice todas las demonstraciones queme pareció ser necesarias para hacerme bienquisto con ella. Perocomo ellaestaba hecha a oír semejantes o mayores ofrecimientos y razonesparecía queles daba atento oído antes que crédito alguno. Finalmentenuestra plática sepasó en flores cuatro días que continué en visitallasin que llegase a cogerel fruto que deseaba.

»En el tiempo que la visitésiempre hallé la casa desembarazadasin queviese visiones en ella de parientes fingidos ni de amigos verdaderos; servíalauna moza más taimada que simple. Finalmentetratando mis amores como soldadoque está en víspera de mudarapuré a mi señora doña Estefanía de Caicedo(que éste es el nombre de la que así me tiene) y respondíome: ''Señoralférez Campuzanosimplicidad sería si yo quisiese venderme a vuesa mercedpor santa: pecadora he sidoy aún ahora lo soypero no de manera que losvecinos me murmuren ni los apartados me noten. Ni de mis padres ni de otropariente heredé hacienda algunay con todo esto vale el menaje de mi casabien validosdos mil y quinientos escudos; y éstos en cosas quepuestas enalmonedalo que se tardare en ponellas se tardará en convertirse en dineros.Con esta hacienda busco marido a quien entregarme y a quien tener obediencia; aquienjuntamente con la enmienda de mi vidale entregaré una increíblesolicitud de regalarle y servirle; porque no tiene príncipe cocinero másgoloso ni que mejor sepa dar el punto a los guisados que le sé dar yocuandomostrando ser caserame quiero poner a ello. Sé ser mayordomo en casamoza enla cocina y señora en la sala; en efetosé mandar y sé hacer que meobedezcan. No desperdicio nada y allego mucho; mi real no vale menossino muchomás cuando se gasta por mi orden. La ropa blanca que tengoque es mucha y muybuenano se sacó de tiendas ni lenceros; estos pulgares y los de mis criadasla hilaron; y si pudiera tejerse en casase tejiera. Digo estas alabanzas míasporque no acarrean vituperio cuando es forzosa la necesidad de decirlas.Finalmentequiero decir que yo busco marido que me ampareme mande y me honrey no galán que me sirva y me vitupere. Si vuesa merced gustare de aceptar laprenda que se le ofreceaquí estoy moliente y corrientesujeta a todo aquelloque vuesa merced ordenaresin andar en ventaque es lo mismo andar en lenguasde casamenterosy no hay ninguno tan bueno para concertar el todo como lasmismas partes''.

»Yoque tenía entonces el juiciono en la cabezasino en los carcañareshaciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de lo que en la imaginación lepintabay ofreciéndoseme tan a la vista la cantidad de haciendaque ya lacontemplaba en dineros convertidasin hacer otros discursos de aquellos a quedaba lugar el gustoque me tenía echados grillos al entendimientole dije queyo era el venturoso y bien afortunado en haberme dado el cielocasi por milagrotal compañerapara hacerla señora de mi voluntad y de mi haciendaque no eratan poca que no valiesecon aquella cadena que traía al cuello y con otrasjoyuelas que tenía en casay con deshacerme de algunas galas de soldadomásde dos mil ducadosque juntos con los dos mil y quinientos suyoserasuficiente cantidad para retirarnos a vivir a una aldea de donde yo era naturaly adonde tenía algunas raíces; hacienda tal quesobrellevada con el dinerovendiendo los frutos a su tiemponos podía dar una vida alegre y descansada.

»En resoluciónaquella vez se concertó nuestro desposorioy se dio trazacómo los dos hiciésemos información de solterosy en los tres días defiesta que vinieron luego juntos en una Pascua se hicieron las amonestacionesyal cuarto día nos desposamoshallándose presentes al desposorio dos amigosmíos y un mancebo que ella dijo ser primo suyoa quien yo me ofrecí porpariente con palabras de mucho comedimientocomo lo habían sido todas las quehasta entonces a mi nueva esposa había dadocon intención tan torcida ytraidora que la quiero callar; porqueaunque estoy diciendo verdadesno sonverdades de confesiónque no pueden dejar de decirse.

»Mudó mi criado el baúl de la posada a casa de mi mujer; encerré en éldelante dellami magnífica cadena; mostréle otras tres o cuatrosi no tangrandesde mejor hechuracon otros tres o cuatro cintillos de diversas suertes;hícele patentes mis galas y mis plumasy entreguéle para el gasto de casahasta cuatrocientos reales que tenía. Seis días gocé del pan de la bodaespaciándome en casa como el yerno ruin en la del suegro rico. Pisé ricasalhombrasahajé sábanas de holandaalumbréme con candeleros de plata;almorzaba en la camalevantábame a las oncecomía a las doce y a las dossesteaba en el estrado; bailábanme doña Estefanía y la moza el agua delante.Mi mozoque hasta allí le había conocido perezoso y lerdose había vueltoun corzo. El rato que doña Estefanía faltaba de mi ladola habían de hallaren la cocinatoda solícita en ordenar guisados que me despertasen el gusto yme avivasen el apetito. Mis camisascuellos y pañuelos eran un nuevo Aranjuezde floressegún olíanbañados en la agua de ángeles y de azahar que sobreellos se derramaba.

»Pasáronse estos días volandocomo se pasan los añosque están debajode la jurisdición del tiempo; en los cuales díaspor verme tan regalado y tanbien servidoiba mudando en buena la mala intención con que aquel negociohabía comenzado. Al cabo de los cualesuna mañanaque aún estaba con doñaEstefanía en la camallamaron con grandes golpes a la puerta de la calle.Asomóse la moza a la ventana yquitándose al momentodijo: ''¡Ohque seaella la bien venida! ¿Han vistoy cómo ha venido más presto de lo queescribió el otro día?'' ''¿Quién es la que ha venidomoza?''le pregunté.''¿Quién?''respondió ella.'' Es mi señora doña Clementa Buesoy vienecon ella el señor don Lope Meléndez de Almendárezcon otros dos criadosyHortigosala dueña que llevó consigo''. ''¡Corremozabien haya yoyábrelos!''dijo a este punto doña Estefanía; ''y vosseñorpor mi amorque no os alborotéis ni respondáis por mí a ninguna cosa que contra míoyéredes''. ''Pues ¿quién ha de deciros cosa que os ofenday más estando yodelante? Decidme: ¿qué gente es ésta?que me parece que os ha alborotado suvenida''. ''No tengo lugar de responderos''dijo doña Estefanía: ''sólosabed que todo lo que aquí pasare es fingido y que tira a cierto designio yefeto que después sabréis''.

»Yaunque quisiera replicarle a estono me dio lugar la señora doñaClementa Buesoque se entró en la salavestida de raso verde prensadoconmuchos pasamanos de orocapotillo de lo mismo y con la misma guarniciónsombrero con plumas verdesblancas y encarnadasy con rico cintillo de oroycon un delgado velo cubierta la mitad del rostro. Entró con ella el señor donLope Meléndez de Almendárezno menos bizarro que ricamente vestido de camino.La dueña Hortigosa fue la primera que hablódiciendo: ''¡Jesús! ¿Qué esesto? ¿Ocupado el lecho de mi señora doña Clementay más con ocupación dehombre? ¡Milagros veo hoy en esta casa! ¡A fe que se ha ido bien del pie a lamano la señora doña Estefaníafiada en la amistad de mi señora!'' ''Yo telo prometoHortigosa''replicó doña Clementa; ''pero yo me tengo la culpa.¡Que jamás escarmiente yo en tomar amigas que no lo saben ser si no es cuandoles viene a cuento!'' A todo lo cual respondió doña Estefanía: ''No recibavuesa merced pesadumbremi señora doña Clementa Buesoy entienda que no sinmisterio vee lo que vee en esta su casa: quecuando lo sepayo sé quequedaré desculpada y vuesa merced sin ninguna queja''.

»En estoya me había puesto yo en calzas y en jubón; ytomándome doñaEstefanía por la manome llevó a otro aposentoy allí me dijo que aquellasu amiga quería hacer una burla a aquel don Lope que venía con ellacon quienpretendía casarse; y que la burla era darle a entender que aquella casa ycuanto estaba en ella era todo suyode lo cual pensaba hacerle carta de dote; yque hecho el casamiento se le daba poco que se descubriese el engañofiada enel grande amor que el don Lope la tenía. ''Y luego se me volverá lo que esmíoy no se le tendrá a mal a ellani a otra mujer algunade que procurebuscar marido honradoaunque sea por medio de cualquier embuste''.

»Yo le respondí que era grande estremo de amistad el que quería haceryque primero se mirase bien en elloporque después podría ser tener necesidadde valerse de la justicia para cobrar su hacienda. Pero ella me respondió contantas razonesrepresentando tantas obligaciones que la obligaban a servir adoña Clementaaun en cosas de más importanciaquemal de mi grado y conremordimiento de mi juiciohube de condecender con el gusto de doña Estefaníaasegurándome ella que solos ocho días podía durar el embustelos cualesestaríamos en casa de otra amiga suya. Acabámonos de vestir ella y yoy luegoentrándose a despedir de la señora doña Clementa Bueso y del señor don LopeMeléndez de Almendárezhizo a mi criado que se cargase el baúl y que lasiguiesea quien yo también seguísin despedirme de nadie.

»Paró doña Estefanía en casa de una amiga suyayantes que entrásemosdentroestuvo un buen espacio hablando con ellaal cabo del cual salió unamoza y dijo que entrásemos yo y mi criado. Llevónos a un aposento estrechoenel cual había dos camas tan juntas que parecían unaa causa que no habíaespacio que las dividiesey las sábanas de entrambas se besaban. En efetoallí estuvimos seis díasy en todos ellos no se pasó hora que no tuviésemospendenciadiciéndole la necedad que había hecho en haber dejado su casa y suhaciendaaunque fuera a su misma madre.

»En estoiba yo y venía por momentos; tantoque la huéspeda de casaundía que doña Estefanía dijo que iba a ver en qué término estaba su negocioquiso saber de mí qué era la causa que me movía a reñir tanto con ellayqué cosa había hecho que tanto se la afeabadiciéndole que había sidonecedad notoria más que amistad perfeta. Contéle todo el cuentoy cuandollegué a decir que me había casado con doña Estefaníay la dote que trujo yla simplicidad que había hecho en dejar su casa y hacienda a doña Clementaaunque fuese con tan sana intención como era alcanzar tan principal marido comodon Lopese comenzó a santiguar y a hacerse cruces con tanta priesay contanto ''¡JesúsJesúsde la mala hembra!''que me puso en gran turbación;y al fin me dijo: ''Señor alférezno sé si voy contra mi conciencia endescubriros lo que me parece que también la cargaría si lo callase; peroaDios y a venturasea lo que fuere¡viva la verdad y muera la mentira! Laverdad es que doña Clementa Bueso es la verdadera señora de la casa y de lahacienda de que os hicieron la dote; la mentira es todo cuanto os ha dicho doñaEstefanía: que ni ella tiene casani haciendani otro vestido del que traepuesto. Y el haber tenido lugar y espacio para hacer este embuste fue que doñaClementa fue a visitar unos parientes suyos a la ciudad de Plasenciay de allífue a tener novenas en Nuestra Señora de Guadalupey en este entretanto dejóen su casa a doña Estefaníaque mirase por ellaporqueen efetosongrandes amigas; aunquebien miradono hay que culpar a la pobre señorapuesha sabido granjear a una tal persona como la del señor alférez por marido''.

»Aquí dio fin a su plática y yo di principio a desesperarmey sin duda lohiciera si tantico se descuidara el ángel de mi guarda en socorrermeacudiendoa decirme en el corazón que mirase que era cristiano y que el mayor pecado delos hombres era el de la desesperaciónpor ser pecado de demonios. Estaconsideración o buena inspiración me conhortó algo; pero no tanto que dejasede tomar mi capa y espada y salir a buscar a doña Estefaníacon prosupuestode hacer en ella un ejemplar castigo; pero la suerteque no sabré decir si miscosas empeoraba o mejorabaordenó que en ninguna parte donde pensé hallar adoña Estefanía la hallase. Fuime a San Llorenteencomendéme a NuestraSeñorasentéme sobre un escañoy con la pesadumbre me tomó un sueño tanpesadoque no despertara tan presto si no me despertaran.

»Fui lleno de pensamientos y congojas a casa de doña Clementay hallélacon tanto reposo como señora de su casa; no le osé decir nadaporque estabael señor don Lope delante. Volví en casa de mi huéspedaque me dijo habercontado a doña Estefanía como yo sabía toda su maraña y embuste; y que ellale preguntó qué semblante había yo mostrado con tal nuevay que le habíarespondido que muy maloy quea su parecerhabía salido yo con malaintención y con peor determinación a buscarla. Díjomefinalmenteque doñaEstefanía se había llevado cuanto en el baúl teníasin dejarme en él sinoun solo vestido de camino. ¡Aquí fue ello! ¡Aquí me tuvo de nuevo Dios de sumano! Fui a ver mi baúly halléle abierto y como sepultura que esperabacuerpo difuntoy a buena razón había de ser el míosi yo tuvieraentendimiento para saber sentir y ponderar tamaña desgracia.»

-Bien grande fue -dijo a esta sazón el licenciado Peralta- haberse llevadodoña Estefanía tanta cadena y tanto cintillo; quecomo suele decirsetodoslos duelos...etc.

-Ninguna pena me dio esa falta -respondió el alférez-pues también podrédecir: ''Pensóse don Simueque que me engañaba con su hija la tuertay por elDíocontrecho soy de un lado''.

-No sé a qué propósito puede vuesa merced decir eso -respondió Peralta.

-El propósito es -respondió el alférez- de que toda aquella balumba yaparato de cadenascintillos y brincos podía valer hasta diez o doce escudos.

-Eso no es posible -replicó el licenciado-; porque la que el señor alféreztraía al cuello mostraba pesar más de docientos ducados.

-Así fuera -respondió el alférez- si la verdad respondiera al parecer;pero como no es todo oro lo que relucelas cadenascintillosjoyas y brincoscon sólo ser de alquimia se contentaron; pero estaban tan bien hechasquesólo el toque o el fuego podía descubrir su malicia.

-Desa manera -dijo el licenciado-entre vuesa merced y la señora doñaEstefaníapata es la traviesa.

-Y tan pata -respondió el alférez-que podemos volver a barajar; pero eldaño estáseñor licenciadoen que ella se podrá deshacer de mis cadenas yyo no de la falsía de su término; y en efetomal que me pesees prenda mía.

-Dad gracias a Diosseñor Campuzano -dijo Peralta-que fue prenda con piesy que se os ha idoy que no estáis obligado a buscarla.

-Así es -respondió el alférez-; perocon todo esosin que la busquelahallo siempre en la imaginaciónyadondequiera que estoytengo mi afrentapresente.

-No sé qué responderos -dijo Peralta-si no es traeros a la memoria dosversos de Petrarcaque dicen:

 

Chéqui prende dicleto di far fiode;

 

Non si de lamentar si altri l'ingana.

Que responden en nuestro castellano: «Que el que tiene costumbre y gusto deengañar a otro no se debe quejar cuando es engañado».

-Yo no me quejo -respondió el alférez-sino lastímome: que el culpado nopor conocer su culpa deja de sentir la pena del castigo. Bien veo que quiseengañar y fui engañadoporque me hirieron por mis propios filos; pero nopuedo tener tan a raya el sentimiento que no me queje de mí mismo.«Finalmentepor venir a lo que hace más al caso a mi historia (que estenombre se le puede dar al cuento de mis sucesos)digo que supe que se habíallevado a doña Estefanía el primo que dije que se halló a nuestrosdesposoriosel cual de luengos tiempos atrás era su amigo a todo ruedo. Noquise buscarlapor no hallar el mal que me faltaba. Mudé posada y mudé elpelo dentro de pocos díasporque comenzaron a pelárseme las cejas y laspestañasy poco a poco me dejaron los cabellosy antes de edad me hice calvodándome una enfermedad que llaman lupiciay por otro nombre más clarola pelarela. Halléme verdaderamente hecho pelónporque ni teníabarbas que peinar ni dineros que gastar. Fue la enfermedad caminando al paso demi necesidadycomo la pobreza atropella a la honray a unos lleva a la horcay a otros al hospitaly a otros les hace entrar por las puertas de sus enemigoscon ruegos y sumisiones (que es una de las mayores miserias que puede suceder aun desdichado)por no gastar en curarme los vestidos que me habían de cubrir yhonrar en saludllegado el tiempo en que se dan los sudores en el Hospital dela Resurrecciónme entré en éldonde he tomado cuarenta sudores. Dicen quequedaré sano si me guardo: espada tengolo demás Dios lo remedie.»

Ofreciósele de nuevo el licenciadoadmirándose de las cosas que le habíacontado.

-Pues de poco se maravilla vuesa mercedseñor Peralta -dijo el alférez-;que otros sucesos me quedan por decir que exceden a toda imaginaciónpues vanfuera de todos los términos de naturaleza: no quiera vuesa merced saber mássino que son de suerte que doy por bien empleadas todas mis desgraciasporhaber sido parte de haberme puesto en el hospitaldonde vi lo que ahora diréque es lo que ahora ni nunca vuesa merced podrá creerni habrá persona en elmundo que lo crea.

Todos estos preámbulos y encarecimientos que el alférez hacíaantes decontar lo que había vistoencendían el deseo de Peralta de manera quecon nomenores encarecimientosle pidió que luego luego le dijese las maravillas quele quedaban por decir.

-Ya vuesa merced habrá visto -dijo el alférez- dos perros que con doslanternas andan de noche con los hermanos de la Capachaalumbrándoles cuandopiden limosna.

-Sí he visto -respondió Peralta.

-También habrá visto o oído vuesa merced -dijo el alférez- lo que dellosse cuenta: que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae en el sueloellos acuden luego a alumbrar y a buscar lo que se caey se paran delante delas ventanas donde saben que tienen costumbre de darles limosna; ycon ir allícon tanta mansedumbre que más parecen corderos que perrosen el hospital sonunos leonesguardando la casa con grande cuidado y vigilancia.

-Yo he oído decir -dijo Peralta- que todo es asípero eso no me puede nidebe causar maravilla.

-Pues lo que ahora diré dellos es razón que la causey quesin hacersecrucesni alegar imposibles ni dificultadesvuesa merced se acomode a creerlo;y es que yo oí y casi vi con mis ojos a estos dos perrosque el uno se llamaCipión y el otro Berganzaestar una nocheque fue la penúltima que acabé desudarechados detrás de mi cama en unas esteras viejas; ya la mitad deaquella nocheestando a escuras y desveladopensando en mis pasados sucesos ypresentes desgraciasoí hablar allí juntoy estuve con atento oídoescuchandopor ver si podía venir en conocimiento de los que hablaban y de loque hablaban; y a poco rato vine a conocerpor lo que hablabanlos quehablabany eran los dos perrosCipión y Berganza.

Apenas acabó de decir esto Campuzanocuandolevantándose el licenciadodijo:

-Vuesa merced quede mucho en buen horaseñor Campuzanoque hasta aquíestaba en duda si creería o no lo que de su casamiento me había contado; yesto que ahora me cuenta de que oyó hablar los perros me ha hecho declarar porla parte de no creelle ninguna cosa. Por amor de Diosseñor alférezque nocuente estos disparates a persona algunasi ya no fuere a quien sea tan suamigo como yo.

-No me tenga vuesa merced por tan ignorante -replicó Campuzano- que noentienda quesi no es por milagrono pueden hablar los animales; que bien séque si los tordospicazas y papagayos hablanno son sino las palabras queaprenden y toman de memoriay por tener la lengua estos animales cómoda parapoder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discursoconcertadocomo estos perros hablaron; y asímuchas vecesdespués que losoíyo mismo no he querido dar crédito a mí mismoy he querido tener porcosa soñada lo que realmente estando despiertocon todos mis cinco sentidostales cuales nuestro Señor fue servido dármelosoíescuchénoté yfinalmenteescribísin faltar palabrapor su concierto; de donde se puedetomar indicio bastante que mueva y persuada a creer esta verdad que digo. Lascosas de que trataron fueron grandes y diferentesy más para ser tratadas porvarones sabios que para ser dichas por bocas de perros. Así quepues yo no laspude inventar de míoa mi pesar y contra mi opiniónvengo a creer que nosoñaba y que los perros hablaban.

-¡Cuerpo de mí! -replicó el licenciado-. ¡Si se nos ha vuelto el tiempode Maricastañacuando hablaban las calabazaso el de Isopocuando departíael gallo con la zorra y unos animales con otros!

-Uno dellos sería yoy el mayor -replicó el alférez-si creyese que esetiempo ha vuelto; y aun también lo sería si dejase de creer lo que oí y loque viy lo que me atreveré a jurar con juramento que obligue y aun fuerceaque lo crea la misma incredulidad. Peropuesto caso que me haya engañadoyque mi verdad sea sueñoy el porfiarla disparate¿no se holgará vuesamercedseñor Peraltade ver escritas en un coloquio las cosas que estosperroso sean quien fuerenhablaron?

-Como vuesa merced -replicó el licenciado- no se canse más en persuadirmeque oyó hablar a los perrosde muy buena gana oiré ese coloquioque por serescrito y notado del buen ingenio del señor alférezya le juzgo por bueno.

-Pues hay en esto otra cosa -dijo el alférez-: quecomo yo estaba tanatento y tenía delicado el juiciodelicadasotil y desocupada la memoria(merced a las muchas pasas y almendras que había comido)todo lo tomé decoro; ycasi por las mismas palabras que había oídolo escribí otro díasin buscar colores retóricas para adornarloni qué añadir ni quitar parahacerle gustoso. No fue una noche sola la pláticaque fueron dosconsecutivamenteaunque yo no tengo escrita más de unaque es la vida deBerganza; y la del compañero Cipión pienso escribir (que fue la que se contóla noche segunda) cuando viereo que ésta se creaoa lo menosno sedesprecie. El coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio porahorrar de dijo Cipiónrespondió Berganzaque suele alargar laescritura.

Yen diciendo estosacó del pecho un cartapacio y le puso en las manos dellicenciadoel cual le tomó riyéndosey como haciendo burla de todo lo quehabía oído y de lo que pensaba leer.

-Yo me recuesto -dijo el alférez- en esta silla en tanto que vuesa mercedleesi quiereesos sueños o disparatesque no tienen otra cosa de bueno sino es el poderlos dejar cuando enfaden.

-Haga vuesa merced su gusto -dijo Peralta-que yo con brevedad me despedirédesta letura.

Recostóse el alférezabrió el licenciado el cartapacioy en el principiovio que estaba puesto este título:



 

 

[Novela del coloquio de los perros]

El acabar el Coloquio el licenciado y el despertar el alférez fuetodo a un tiempo; y el licenciado dijo:

-Aunque este coloquio sea fingido y nunca haya pasadoparéceme que estátan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo.

-Con ese parecer -respondió el alférez- me animaré y disporné aescribirlesin ponerme más en disputas con vuesa merced si hablaron los perroso no.

A lo que dijo el licenciado:

-Señor alférezno volvamos más a esa disputa. Yo alcanzo el artificio delColoquio y la invencióny basta. Vámonos al Espolón a recrear losojos del cuerpopues ya he recreado los del entendimiento.

-Vamos -dijo el alférez.

Ycon estose fuero




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