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Todo un pueblo

Novela

Miguel Eduardo Pardo


[Nota preliminar: Obra cedida por la Biblioteca Nacional de laRepública Argentina. Digitalización realizada por Verónica Zumárraga.]


- I -

Al asomarse a la ventana de su casaIsabelita Espinosa queda absortadeslumbradacasi ciega.

¡Todo ardetodo brillatodo es luz! Todo parece que palpita y gime bajolos rayos de un sol fogoso y casi bravío queabriéndose paso a través de lasnubesseñorea por los espacios su deslumbradora fiereza. Nada detiene suinvasión: después de incendiar la atmósfera llega a la cumbre de la montañay la montaña adquiere cárdenos resplandores de volcán; hace de la llanura unocéano de fuego; espanta las sombras de la campiñaque van despavoridas aesconderse no se sabe dónde; entra en los patiosen los jardinesen loscorredores mismos de las casas; relampaguea en los tejadosinflama las paredes;arranca vivossangrientos centelleos de las piedras del arroyoy al revolcarsedespiadado y frenéticosobre la tierra desnudala tierra se estremeceabresu seno voluptuoso y exhala un tibio y prolongado soplo de lujuria... [8]

Herida de súbito por tan violentos resplandoresla señorita que acababa deasomarse a la ventana pestañea con precipitación dos o tres veces: se llevainstintivamente una mano a los ojosa guisa de pantallay explora con ansiedadla calle.

La calle está desiertaa pesar de ser una de las más céntricas de lapoblación y de formar su más ancha y renombrada víaentre la vieja catedraly la Plaza Nuevaque acaba de inaugurarse.

A esta plazueladestinada a la venta de flores y de pájarosmiran tres delas cinco ventanas que cuenta la casa de don Anselmo Espinosa; las otras doscaen sobre un callejón sucioestrecho y mal empedradoque sirve generalmentede refugio a los pilluelosy donde resuena a la sazónentre mil zumbidos deinvisibles insectosun lejano canto de mujerque trae de los corrales vecinosuna que otra ráfaga de aire.

El calor es cada vez más sofocante y la luz del sol cada vez más intensa.Pero la señorita resiste aún a pie firme la intensidad del medio día. Sinembargodijérase que va cansándose de su larga investigaciónque empieza aceder. Por lo menos ya no oculta su inquietud; se mueve incesantemente de este ode aquel lado; dirige la vista a todas partes: hacia la plazoletahacia laesquinay calle arribacalle abajopasea su inspectora e impaciente mirada.[9]

Por finesta impaciencia tórnase en disgustoyno encontrando lo quebusca en la incendiada travesíase retira de la ventanadejándolaentreabierta.

Momentos después un joven asoma por el fondo de la plaza; la atraviesa apasos rápidoscruza la calle de igual modo y se acercadecididoa la casa deEspinosa. Allí se detiene o lo detiene un tropel de notas mágicas quedesprendidas de un pianosalen violentamente por la ventana. Son los preludiosrarosfantásticos a ratos y a ratos insurrectosdel Lohengrinquevienen a buscar espacio a su grandeza en sitio más amplio del que pretendenencerrarle. La música wagneriana no debe hacer muy buen efecto en el espíritudel parado caballeroa juzgar por la cara que pone.

No obstantepermanece inmóvilatento al ruido de la vibrante partitura. Elsol cae de plano sobre su cabezapero tampoco se da por entendido. La enfadosacreación le paraliza todos los movimientos.

Después de un rato de audición... y de solse acerca más a la ventanaintroduce resueltamente un brazo a través de los espaciados balaustres y golpeacon los nudillos dos veces repetidas sobre las entornadas hojas.

Inmediatamente cesa el preludio y aparece de nuevo Isabelposeídano ya deanhelante curiosidadsino de extraña y visible turbación. [10]

-¡Julián! -exclama al reconocer al joven-creí que no venías. Te esperémucho tiempoy viendo que pasaba la horaentré y me puse a estudiar.

El nombrado Juliánen vez de contestar a estas sencillas palabrasclava enel rostro de la muchacha una intensa mirada de reproche.

Es un mozo de regular estaturadelgadopero recio y fuerte; trigueñopronunciadamente trigueñocasi cetrino. Viste de negro y no del todo malaunque podía vestir mejorcon traje menos amplio y más adaptable a su edad.Unos ojos escudriñadoresinsistentescomo los ojos de los miopesjuntamentecon un pelo negro indómitoy un bigote también negro y un poco alborotadocompletan su fisonomía física.

Hay algo másalgo que caracteriza y ensombrece a esa cara alegremente fea;y ese algoque surge violento y duro del entrecejoes una herida viejayacuradauna herida quevista de perfilcreyérase una marca hecha con unhierro encendido.

La turbación de la muchacha crece ante la silenciosa persistencia del joveny agrega como si contestara a una pregunta:

-Pero¿qué quieres túJulián; si papá se empeña en que yo figure enesa fiesta de caridad? Él es uno de los miembros de la juntay ya sabes con elcalor que toma papá las fiestas benéficas. [11]

-Síya lo sé -responde el jovenesforzándose en suavizar la entonaciónde su vozalgo alterada por la contrariedad que estas palabras le producen-; yalo sé. Con demasiado calor. Por eso cree él que es un deber tuyo contribuir asus éxitos tocando trocitos de ópera.

-Cosa quedespués de todono tiene nada de particular.

-Sí tiene. Por lo menos es una ridiculez andar a todas horas cantando en loscoros de las iglesias y saliendo a los escenarios a divertir al público.

-Pero yo no lo hago por mí gusto.

-A disgusto tuyo o nolo haces.

-Me lo imponen.

-De modo que si a ti te imponen que te vistas de mamarracho¿te vistes?

-¡Ahnoeso no! -contestamuy decidida y con mucha ingenuidadlaseñorita.

-¡Pues es lo mismomujerlo mismo! ¿Crees tú que honra y enaltece muchoeso de figurar en las crónicas de los periódicosdespués de cada fiestasiempre bajo el mismo cliché? «La bella y espiritual Isabella hija denuestro amigo el acaudalado banquero don Anselmo Espinosaarrancó al piano pormanera magistral la partitura del Caballero del Cisne.» Esto quisiera tupadre: ¡ser el Caballero del Cisne!

-¡Qué cosas tienesJuliánqué exagerado eres! [12]

-Me calificas de exagerado porque te rezo el Evangelio; buenono me importa.Lo que me importa es otra cosa: que no tomes parte en esa velada. Anoche meofreciste obedecermey ahora sales con que si papá se enoja... ¡Qué se enoje!No irás. Puedes decírselo.

-¡Dios mío! ¡Y cómo le digo yo eso a papá! -exclama la muchachaconangustia-. Se va a poner furioso; eso no puede ser.

-¿Qué no puede ser? -pregunta éstefrunciendo el ceño-. ¿Es que noquieres?

-Síquiero; pero no puedo.

-Podrásya lo creo que podrás. Busca un pretexto.

-¿Cuál?

-Cualquiera. ¡Qué sé yo! Te duele la cabezael corazón... En últimocaso te resistes. Cueste lo que cueste y suceda lo que sucedafaltarás ¿Quedamosen esosí o no? Responde.

Isabel no responde. Acometida de súbita tristezainclina la cabeza sobre elpecho y deja caer los brazos con desalientoen actitud resignada MientrasJuliáncon su ceño habitual más profundamente pronunciadoahora permaneceimpasible.

La pausa es larga y embarazosa.

Al cabo de un rato la muchacha balbucea una súplicay esta súplicaque notiene bastante vigor para salir clara y robusta de sus labiosse le asoma a losojos transformada en lágrimas. [13]

Juliánque la espíalevanta a su vez la mirada sorprendida hacia elrostro de la joven.

-¿Cómolloras? ¿Por qué lloras? ¿Es que te ofendo pidiéndote que mecumplas lo ofrecido?

-Nono es eso. Bien sabes que quiero lo mismo que tú quieres. Te digo queno es eso...

-Y ¿qué es entonces?

Isabel vacila un instante; despuéscon voz entrecortadadice:

-¡Es que mamála pobreestá tan enferma! ¿Qué me importa a mí elsacrificio tratándose de ti? Pero ellaella es la que sufre todas lasintemperancias de mi padre...

Y luegorevelando en el acentoen la misma frase que pronunciatoda unahistoria de dolorañade:

-¡AhJuliánsi tú supieras!

Quédase éste un tanto suspenso al oír las melancólicas frases de la hijaque evoca las tribulaciones de la madre ysintiendo que alláen el fondo desu almase despierta de pronto el dormido recuerdo de la suyatiene un rasgode noblezaque se traduce de este modo:

-Miratienes razón; soy un terco insoportable. No había pensado en lapobre Juanaque tanto nos quiere... Pero me indigna¿sabes? me subleva donAnselmo. ¡Ojalá pudiera decirle!...

-¡No le dirás nadarebelde! -le interrumpe[14] ya repuesta de su penaIsabelitahaciendo ademán de taparle la boca-. ¡Rebelde!

El exaltado joven se sonríe; arrepiéntese de lo que va a deciry cambiandode entonación deja escapar una interminable serie de incoherenciasentremezcladas de ternezas.

-PerdónameIsabel... No séa vecesni lo que hablo. Y es que me vuelvoloco cuando me acuerdo de las intransigencias de tu padre. Me enfurezcono lopuedo remediar. Ya ves tú: ahora mismo te iba a dar un gran disgustoporcontrariarlo a él... Pero tú me perdonarás; ¿es verdad que me perdonarás?¡Tú que eres la más buenala más bonita de las mujeres!

En vano ha querido imprimir el caballero apasionado acento a sus palabras:resultan frías en sus labios y hasta impropias.

Isabel es algo más que buena; es algo más que bonita: un verdadero prodigiode hermosura. Tiene diez y ocho años y tiene ademáspara realce de surozagante y espléndida juventuduna infinidad de admirables y sugestivosencantos físicostales como sus grandes ojos garzosvelados por largaspestañas; su pelo ondeado y rubiocomo el oro; sus mejillas frescasy su bocapequeña y húmedaque es un verdadero nido de sonrisas.

Y para complemento de hermosuraun cuello hecho a tornoun seno arrogantedecididode firmes y punzadores atractivosy un talle esbelto [15] y muy bienformadode donde arrancan en fugitivas y magníficas curvas unas opulentas yredondas caderas de estatua griega.

Isabel y Juliánsobre ser noviosson parientes muy cercanos: élhijo deJosé Andrés Hidalgo -malamente asesinado hace dos añosa la vuelta de unaesquina-y ellahija de don Anselmo Espinosa y Juana Méndez Hidalgoprimadel difunto José Andrés.

Los jóvenes negaban que el vínculo de la sangre hubiese alcanzado entreellos el excelso grado de la jerarquía amorosa. Más recio de convencer elintransigente padre; creyó siempre en un enigmático y no muy disimuladocariñoque encubría mal la parentela y que a menudo lo ponía fuera de sídándole margen a acaloradísimas disputas con su mujer sobre los fatalesenlaces y funestísimos cruzamientos de familia. Juanano obstante las reyertasy enfermedades que el noviazgo de la hija y el pariente le proporcionaban casi adiariolo consentía y lo alentabaen lucha con la hostilidad de su marido.

De aquella fiera persecución paternal se desprendían los furtivos coloquioslas citas azarosaslos apretones de manos al pasoa las salidas de los teatrosde los bailesde las reuniones en que por casualidad se veían.

En Isabel el cariño fue como una espontánea y natural eflorescencia; brotóde su corazón bello y hermoso; tomó cuerpocreció y creció cada día [16]más; amó en Julián el contrastela energía de carácterla rebeliónlafuerza.

En Julián puede decirse que el amor estaba sostenido por la contrariedad deun padre arisco: el señuelo más eficaz para los cariños que vacilan.

Y aun así y todo se veía que luchaba a brazo partido con un sentimientoextrañoinexplicable; y que por ende su amorno estando completamentedefinidomás bien que pasión de enamorado parecía satisfacción de rebeldeque triunfaba.

De aquí que las frases brotaran de sus labios ahora bruscas y tiernasjuntamentemezcladas de imposiciones y de afectos.

Isabel se ruboriza oyéndose llamar por él buena y bonita. Esto te bastapara juzgarse feliz. Una sola expresión de su afecto la sugestiona; unllamamiento suyo la atraey confusatemblorosa de dichase inclina sobre elalféizar.

Élolvidando su disgustoolvidado del sitio en que se hallaviendo que laalegría se refleja en la cara de su noviase apodera de una de sus manosymano sobre mano comienza entre los dos un diálogo suavediscretoque flotacomo un vago y desmayado murmullo en aquel ambiente cargado de luz y de bochorno.

Mas cuando ya se entregan por entero a su deliquiocuando Julián empieza aser amante e Isabel a ser dichosase oyen dentroen la sala[17] los pasosprecipitados y enérgicos de un hombre que se acerca a la ventana.

Isabel apenas tiene tiempo para incorporarse y decirle con angustiosa voz asu novio:

-¡Vetevete!... Es papá.

Aún no lo acaba de decir cuando aparece detrás de ella la terribleenormey apoplética figura de don Anselmo Espinosa. Isabelita se vuelveaterradamuda de miedo y de vergüenza. A Julián la sorpresa lo deja clavado en la acera.

El irritado y cejijunto padre ni siquiera pronuncia una palabra; pero agarrabrutalmente a la hija por un brazo y la sacude con tal fuerzacon tal ferocidadque la muchacha vacilada un traspiés y tiene que apoyarse en la ventana parano caer.

Vuelto entonces de su estuporindignado de aquella acción inicualoco depena y de iracon las mejillas inflamadascon los ojos fulgurantes de odiocon las manos crispadas y cogidas rabiosamente a los balaustresJulián Hidalgose levanta sobre la punta de los pies y vomitamás que profiereestaspalabras:

-¡Cobarde!... ¡Es usted un cobardeseñor Espinosa!...

A este estentóreo grito de furor contesta don Anselmo cerrando de un golpazoformidable la ventana. Y el solaquel sol fogoso y bravío que señorea por lasespacios su deslumbradora fiereza[18] que incendia la atmósfera y relampagueaen los tejados y arranca vahos de inmensa lujuria al seno hinchado de la tierradijérase que se revuelve también y se enrojece aún más y golpea furiosodespiadadofrenéticocon sus sangrientos rayosla ventana que acaba decerrarse.



 

- II -

De herencia le venía a Julián Hidalgo el ser levantisco: de los abuelosrebeldesde aquellos viejos épicoscaudillos de tribus vencidasa quienes lahistoria de la conquista negó el valor y regateó el heroísmo porque noquisieron admitir la civilización a latigazos.

Insurrectos de esa tallabravíos guardianes de sus mujeres y sus tierrasfueron los predecesores del primer indio anónimo que apellidó «Hidalgo» elinvasor.

El indio sometidopero no domadoescondió el odio en no se sabe quérincón del alma y lo transmitió a sus hijos.

José Andrés lo extrajo íntegroy el sombrío rencor de José Andrésperegrinó por la ciudad conquistada hasta hacer nido caliente en el seno hartojoven de Susana Pintocriolla de pasiones prematurasimprevistasinvoluntariasvolcánicas todas.

De aquel rencor de hombre y de esta fiereza [20] de hembra de juventud precoznació Juliány nació rebelde como nació feopor atavismo de razarompiendo bruscamente las entrañas de una madre casi niña que no podía darloal mundo.

Los primeros años de Juliánrevoltosos y terriblesofrecen algunosmenudos y variados lances a la claridad de esta historia.

Por una multitud de crímenes infantiles encerraron a nuestro héroe en uncolegio dondea vuelta de dos o tres semanas de lloriqueos y protestasencontrópara consuelo de sus penasun amiguito ten travieso como ély queatendía a la lista de los réprobos del severo instituto por el nombre de LuisAcosta.

Luis era inteligentemuchacho audazsimpáticopero díscolo y pendencierohasta dejarlo de sobra.

Decíase que era un expósitohijo de nadiey que el director del institutole había hecho el favor de prestarle su apellido para igualarlo a los otroscondiscípulos. Esto lo decían sotto voceen las tertulias de asuetoen el fondo del corralcuando él estaba ausente; porque Luis «se mataba concualquiera»y gastaba cuerpo de gigantey los tenía a todos metidos en unpuno; sobre todos ellos a un tal Teodorito Cuevasniño elegantesi los haytan ufano de su persona y de su nombre que solía firmarse al pie de las planas:«Teodoro César de las Cuevas y del Milagro de la Concha.» [21]

Este aristocrático feto pagaba a menudo las rabietas de Luis Acosta; cuandono le llenaba las botas de carbónle rompía las narices de una bofetada.

El natural fogoso y emprendedor de Julián halló cumplido molde en elcarácter de Luisy de esta guisaunidos y estrechadosmarcharon de bracetepor la senda de las diabluras infantiles: estas diabluras le proporcionaban confrecuencia muy tremendos y rigurosísimos castigos; pero los castigos quehacían reír a Luis enfurecían a Juliánenardeciéndolo hasta el punto dehacerlo airado y atrevido con sus maestros.

Una tarde se armó una gran pedrea en el jardín del colegioy TeodoritoCuevasque no pensaba más que en vengarse de los maltratos de Luis Acostaparapetose detrás de un árbol y le arrojó brutalmente un cascote lleno declavos y otras materias «criminales»; y lo hizo con tan mala fortuna queenvez de partirle la cabeza a su verdugocomo él queríaencontró blanco en lafrente de Juliánque andaba cerca.

De aquella frente brotó sangre en abundanciay hubo alaridos de espanto ycarreras en tropel y lavatorios furiosos en el agua de la pila; yparacompletaruna cura maravillosa de telas de arañaaceite y otros menjurjes queresultaron providencialmente eficacesvolviendo de esta suerte el alma alcuerpo de los desasosegados colegiales[22] temerososy con razónde que elsuceso llegara a oídos del inflexible director.

Y el director al fin y al cabo se enteróes claroy llamó a capítulo atodo el mundo y prometió un castigo ejemplar para el autor de la hazaña.

Pero en cuanto supo que la agresión fue involuntariay que había partidode Teodoroa cuyos padres rendía él consideraciones casi serviles por lomucho que le sonaba el apellidolimitó la terrible reprimenda a un profundo yfilosófico sermón sobre la influencia de las pedreas en los destinos de losjóvenes.

Aquello exaltóen vez de calmarla cólera de Juliánque esperaba vercolgado de las vigas del techo al elegante caballerito; y la cólera recogida eimpotente se convirtió luego en una lágrimaen una de esas lágrimas quedejan huella invisiblepero eternaen las mejillas de los niños.

Y tan hondao más honda aún que la herida de la frente hecha por la manode un compañero de colegiofue la otrala hecha por la injusticia de loshombresla que llevó a partir de aquel día en el fondo del alma el levantiscoJulián.

La raza indómita de los Hidalgosprovocada y hostilizada en un espírituinfantilempezaba a revelarse.

Y en esta situación de ánimo sorprendió al muchacho la época de exámenesy el reparto de premiosque él esperaba con ansiasatisfecho de [23] haberganado muchos. Bien poco le duró la satisfacción. Los maestrosque le habíantomado ojeriza por los muchos sobresaltos que les dabarepartieron sus trespremiosbrillantemente ganados en las clases de MatemáticasFilosofía yLetrasentre otros condiscípulos.

Así creyó morirse de coraje cuando oyóen plena fiesta y delante de supadreque aún vivíay de su pariente don Anselmoaquel continuo llamar alos demás alumnos.

A un desconocido Mengánez le dieron los de Matemáticasy a un Fulanotambién desconocidoel primero de Filosofía.

Oír aquellos nombres indeterminados y sentirse poseído de santísimo furorde protestatodo fue uno. Se levantó súbito del asientoy sin respetar ni lapresencia de sus parientesni lo selecto del concursoexclamóenseñando lospuños:

-¡Eso nocaramba! ¡Esos premios son míos... míos! ¿Por qué se los dana esos jumentosa esos...

El asombro de los allí presentes no era para descripto: el director tomó ungran berrenchín; el tíodon Anselmodijo que aquella incalificable rebeldíaestaba pidiendo algo así como el tormento de la Inquisicióny José Andrésque en el fondo se regocijaba de la salida del muchachoaunque otra cosa dijeradecidió separarlo del colegio para meterlono en la cárcelcomo pretendíaEspinosasino en la Universidadque era más liberal que el Instituto. De laUniversidad [24] saliósin completar sus estudiosa ponerse al frente de lasecular posesión que su padre conservabacomo reliquia santaallá en losmismos augustos montes donde fueron degollados sus abuelos.



 

- III -

Al poner el pie en aquella selva vigorosa y patenteentregada a la ciegaenergía de la procreación cargada de luz de solnutrida de aguas fecundantesinfatigable en su lujuria y magnífica en su salvajismo y en su fuerzadelpecho de Julián brotó un grito de admiración súbita.

El bosque sorprendido contestó rugiendo al saludo juvenil... Diríase que elaugusto recintoel inmenso refugio de sus mayoresreconocía en él alvástago de la vieja tribuporque hubo como rumores de torrentes en lasquebradas hondas y estremecimientos de árboles añosostaciturnos testigos deinjurias no olvidadas; y hubo también como diálogos de pájaros en huelga ypalmas gigantescas que batieron sus lánguidos brazos en señal de regocijoyun águila caudal extendió sus alas enormes y fue a cantarle en su idiomaestridente de granizados al abierto espaciola llegada del último Hidalgo a lamontaña inaccesible.

Jamás un alma joven y aturdida se abrió tan [26] rápida y espontáneamentea la regeneración como la de Julián. Salió desgarrado y triste de la ciudady la sola influenciael hálito fecundo de la tierra generosa que pisabalevolvió la vida.

Libre de la vulgaridadde la pequeñezde la rutina del medio ambiente querespiró su maleada juventuduna segunda juventudsanabellafloreciente ynueva se desprendió de la primera; recuperó su sercasi perdido para todacosa de provecho; se alegró de pronto su imaginacióny sus ojos adquirieronesa gozosa mirada de felicidad que puso la poesía en la pupila de AdáncuandoAdán despertó para asistir a la aurora del mundo.

Decididamente el espíritu de aquel mozo había sido hecho para la grandeza.Se asimiló el bosque como se asimilan ciertas personassin saberlolascostumbres y las cosasel idioma y el estilo del país extranjero quefrecuentan; y el frecuente roce con la selva le comunicó a Julián toda suexistencia: algo de su podermucho de su serenidad y un poco de su fierezahermosa.

Acabó por amar todo aquello que era suyo. Abismos y vertientes y picachosmerced a sus fantásticas creacionesse despojaban a veces de su materialidadde cosas y adquiríansegún sus sueñosfiguras vivientes de personas que loamaban. Los criados de la fincaque lo vieron nacer y lo querían como a unhijoconstituyeron su hogary a vuelta de dos o tres años recordaba [27]apenas de una manera vagaa modo de confusa pesadillacasi con horrorlaficticia alegría de su pasado.

¡Qué feliz se consideró entonces! Faltábaleno obstanteuna persona aquien comunicarle aquella rudasemibárbara felicidady cometió la torpeza demanifestársela en extensa carta a su imprescindible amigo Luis Acosta.

Aquella carta fue su perdición.

Luis había llegado a gozar en la sociedad de los mismos privilegios quegozó de niño en el colegio. Vivía de una cuantiosa pensión que «elmaestro» le fijósin decirle su procedenciay vivía biengastaba a manosllenasentrando porque síporque le daba la ganaa todas partescomoPedro por su casay tratando a todo el mundo con un desenfado inauditocomo sitodo el mundo estuviera obligado a rendirle homenaje a su valor y al gruesobastón con que a veces ayudaba por modo elocuente sus habituales descaros.

Luis le contestó a Julián extensamente y le narró historias y le habló detodas aquellas rencillas y mezquindades de pueblo que él había olvidado. Lacorrespondencia desde aquel momento fue asiduasemanalindispensable; cuandoLuis escribía sobre esta o aquella atrocidadJuliánindignadopedíaregeneraciones inmediatashombres nuevoscosas imposibles.

Y en aquel ir y venir de informaciones y juicios [28] y protestasacabó porformarse en su alma una prevención sorda y tenaz: no sabía contra quién; peroaquella prevenciónque no halló en la selva donde posarsetomó cuerpo alcaboy se fijó en una parte de la Humanidadque no trataba precisamentecuandourgido y solicitado por Susanatuvo que regresarnada menos que aenterarse del asesinato cometido en la persona de su padre.

Fue un crimen misteriosoextrañohorriblerealizado a la vuelta de unaesquina. Nadie vionadie supo nada hasta el día siguienteque se encontró elcadáver tirado sobre el arroyoy junto a él un bastón roto y un puñalcuyomangode plata oxidadatenía adheridocomo muestra trágica del hechounmechón de cabellos ensangrentados.

Primero se habló de un crimen políticodespués de una venganzayporfinde un «acto pasional»por lo que salieron a relucir sus facultadesanalíticas todos los LombrososTardes y Ferés de la gentil ciudad. Todo elmundo habló del crimen como si lo hubiera presenciadoysin embargoelcrimen quedó impune.

Dijérase que por uno de esos raros sports de los pueblos pocosocorridos de sucesos espeluznantesquién más quién menos quería ser allícómplice del asesinato de José Andrés.

El golpea pesar de la cólera de león que se traía Julián del bosqueloanonadó; lo anonadó [29] de tal suerteque no se dio cuenta de que algo mássiniestrosi cabeque la muerte de su padre empezaba a flotar con temblores dedeshonra sobre su desolado hogar... ¡Ignoraba todo! No sabía nadanocomprendíano sospechaba siquiera que la por muchos títulos virtuosa SusanaPintola madre queridísimala viuda infelizsufría en silencio unas tanbrutales proposiciones amorosas de don Anselmo Espinosaque tocaban loslímites del cinismo.

Aquel hombre impúdicocodiciososensualturbado por las involuntariasvoluptuosidades de la viudaen plena sazón de bellezaaguijoneadoen finpor un repentino deseo que se le agarró a la sangrequiso violar el respetoque debía al cercano parentesco; y Susanatemerosa del disgusto que tal relatopudiese ocasionar a su hijono se atrevía a decírselo.

Julián presentíano obstantealgo inexplicable; presintió la luchaadivinó la catástrofe de lejosy todo ello fue en él instinto de razadeaquella raza indómitavencidapero no domadaa latigazos en los laberintosmismos de su selva.

Adiestrado ya para el combatese preparó inconscientemente y se declaró deuna vez para siempre aquel carácter impetuosovehementeque no conoció nuncael perdón. Al primer rozamiento del colegioa aquella injusticia manifiesta seañadió la antipatía anticipada de la gentey a [30] ésta la desgracia de supadrejunto con el presagio de su deshonra.

De ahí que todo mal procedercualquiera cosanadale lastimaba la heriday la herida tuvo siempre una boca abiertapor donde manaba a veces sangre enabundancia.

Ni el tiemponi la alegríani el amor mismo de Isabeltriunfaron de larebeldía insólita que se irguió desde entonces en la airada memoria deJulián Hidalgo.



 

- IV -

Para festejar debidamente la entrada del nuevo año se ha embellecidoporespléndida maneracon banderolasarcoslazosgallardetesjuegos de luz ehileras maravillosas de farolillos de mil coloresla Plaza Central deVillabrava.

Aquello está que arde.

La alegría estrecha las distancias y anuncia y despierta en todas las almasidénticas sensaciones de placerporque aristocracia y pueblo se confundenseamontonanse estrujan y desfilanfuriosamente apiñadosbajo una granizada detropicales notas que impunemente les dispara desde su doble trinchera de atrilesla atronadora banda municipal.

El vocerío es extraordinario; los fuegos artificiales no cesan; lamuchedumbre crece... Numerosas y respetables familias se autorizan el mágicoplacer de admirar desde sus asientoscolocados a derecha e izquierda del paseoaquel compacto desfile; y apuestoselegantísimos mancebos[32] que con elsombrero ladeado y el bastón empuñado al revésen señal de distincióncruzan de punta a punta la revuelta plazase arrancan de vez en cuando elsupradicho sombrero para saludar heroicamente a las damas que encuentran alpaso.

Uno de estos heroicos saludantes es Teodorito Cuevasmás conocido porTeodoro de las Cuevas y del Milagro de la Conchacondiscípulo de Julián ayery hoy figurín inmarcesibleterror de casadas y solterasorgullo de la Plaza ypasmo de la arrebatadora cursilería villabravense quien a fuerza de imitar laflamante indumentaria al «elegante» jovenporque había llegado de París enesos díasacabó por plagiarle definitivamenteno sólo las corbataslospantaloneslos sombreros y los zapatos de punta afilada y primorosay sobretodo esto un idioma especialexclusivamente de Teodoroy el cual idiomaconsistía en intercalar en toda conversación palabras exóticas y malaprendidas en el trote del boulevard.

Teodoro saluda en este momento a una enmarañadadeliciosísima selva deplumassombrerosencajescintas e inverosímiles volantes que se destacan enprimera fila y que pertenecen a las esposas e hijas respectivas del doctorPérez Linaza y del general León Tasajofamosos caballeros éstos por suinquebrantable amistad y por el prodigioso número de muchachas casaderas queofrecían a la juventud villabravense. [33]

No se concebía en Villabrava a una Pérez Linaza sin una Tasajo al ladocomo no era posible ver al general sin su inseparable amigo; de tal suerte quela maliciatan diestra en averiguar vidas ajenasprincipió por saber cosasmuy feas entre las señoras y señoritas mencionadasterminando por colgarotras más feas aún al ardoroso afecto del valiente general y del perínclitodoctor Linaza.

Las hijas de Tasajo eran tres; cuatro las de Pérezdistinguiéndose entreéstas la menor de edadpero la mayor y más robusta de cuerpo. La llamabanProvidenciay eraen efectouna providencia monstruosacolosalabundante depechossobrada de espaldarrolliza de cinturacon unas caderas tan abultadasy violentasquevista por detrásProvidencia parecía una de esas poderosasyeguas normandascuyo trote reposado y lento semeja a veces el pensativo andarde una persona.

Y esta yeguadecíamosesta mujer inconmensurableamaba; y el amorno locreerán ustedesel amor la había hecho románticahasta el punto deproducirle los ardoresinquietudes y ansias propias de las grandes pasionesunos tan architerribles ataques de nerviosque la dejaban desmayada y tontapara muchos días.

El privilegiado mortal causa y objeto de esta fogosa pasiónera FlorindoÁlvarezpoeta acreditado de pindárico y «protorrayo»no sólo por [34] susrobustas estrofassino por la extraordinaria delgadez y altura corporales conque el cielo premiara al ennoblecido vatepara completar su fachada de enteoriginal. Pasaba como hombre bueno a los ojos de todo el mundo y era el mozo demás mala índole que había en la población.

Es él quien hace el gasto a la sazón en la enmarañada tertuliaderramandosobre ella las más frescas flores de su numen.

Pero «las niñitas»como las calificaban sus padresson harto alegres yrevoltosas para sostener más de una hora la almibarada conversación del bardogloriosoy cogen por los cabellos lo primero que pasavariando así de tema yarmando un zipizape por la menor majadería. Todo en aquel ardiente circulitomerece un aplausouna carcajadaun moteun chillido argentino...

Y a medida que van ocurriendo asuntos dignos de sus vibrantes regocijoslaslenguas de aquellos angelitos no descansan y van soltando chistes a granelyentreverando frasesy zurciendo epigramasy narrando cuentos a propósito detal cual sucesomotivo de escandaloso comentario.

-Pero¿tú no sabías nadacriatura? -dijo Providencia.

(Entiéndase por criatura a Florindo.)

¡Qué iba él a saber! Su cabeza era una olla de grillos por aquellos días.Estaba escribiendo un poema para el aniversario poético-musical de la [35]Academiaque debía celebrarse próximamente con un certamen despampanante.Enloquecido por los tropos y los consonantesno se había dado cuenta de lo quepasaba en la casa de don Anselmocomidilla actual de aquella encantadorareunión.

-¡Un verdadero escándaloFlorindoun horror! Hubo gritosprotestas ydesmayos. Después que el osado Julián se fuedon Anselmo montó en cólera yde la cólera desbordada resultó un torrente de injurias para la esposa «consentidora»para la hija «imbécil»para el mozo «estrafalario». Juana saliócomosiempreen defensa de los noviosy el desbarajuste llegó al colmo. ¡Quéinterjecciones más gruesas! ¡Qué ferocidad de ultrajes! No te puedes figurar.¡Acabó aquel hombre por tirarle una botella a la cabeza!...

-¿A quién?

-¡A su mujerFlorindopareces tonto!

A Florindo le pareció imposible aquello. ¡Como él era asítan cándido!

-¿Imposible? -apuntóenfurecidauna Tasajo que parecía una flauta- ¿yun día de fiesta que pensábamos hacerle una visita a esa gente tuvimos quevolvernos desde la puerta?

-¿Cómo?

-¡Cómo que había un escándalo dentro!

-Síes verdad -añadió la mayor de las Pérez Linazainterrumpiendo a laque tenía la palabra-; [36] don Anselmo le gritaba a Juana que era esto y lootro; Juana decía que se iba a marchar de aquella casa; Isabel se echó allorardesesperada...

-Y los sirvientes -terminó Providencia- se asomaronriéndosepor detrásde los visillos del comedorpara gozar a sus anchas de la pelotera.

-Eso sería una frívola discusión de familia.

-No seas majaderoFlorindo. ¿Qué discusión ni qué ocho cuartos? Undesbarajuste. Parecía aquélla una perrera. Mira tú si fue grande elescándaloque los vecinos salieron a las ventanas. ¡Y eso que el vecindarioes aristocrático!...

-Si no hubiera sido en la casa de don Anselmo -concluyó por decir otra-deseguro que interviene la Policía.

-¡Ohoh! -exclamó el inocente poetaque no se atrevía a censurardefinitivamente a su ilustre amigo Espinosaporque te prestaba dinero cuando lehacía faltacosa que ocurría con frecuencia-. ¡Ohoh!

Y aquel ¡oh! emitido tan patéticamente que conmovió a la hirvientetertuliafue precursor de un saludo gloriosísimoinesperadoestentóreo.

Arturito Canelónel periodista que con Florindo Álvarez compartía en elpaís los dictados de «eminente joven»escritor «ígneo» y «criolloluminoso»apareció allí de repenteradiante de felicidadrebosandosatisfacción inmensa.

¡Arturito por allíCanelón por allá! [37]

-¡Ingrato!

Todas querían hablar a un tiempo.

-¡Perdido!

-¡Qué no se le veía a usted!

-¿Dónde estaba usted metidohombre de Dios?

-Nos tenía usted muy enfadadasmucho.

-Si merecía que no lo quisiéramos...

-¡Inconsecuenteinconsecuente!

Hijo natural de un notable hombre público y de una lavanderaque muriópara su dichasiendo él niñoArturito Canelón le cayó en gracia a lafamilia legítima de su padrey allí obtuvo todo y más de lo que necesitaba:mesaeducación y apellido. Al apellido le agregó la maldad un apodo: el de Longinosilustradoporque en una Jerusalén caserael famoso Arturito representóel triste papel de ciego bíblicono sólo para darle una lanzada a Jesucristosino para darse la satisfacción de pronunciar un discurso antes del hecho.Era el lado débil del flamígero joven. Y no perdía ocasión de demostrarlo endistribuciones de premiosen todas las fiestas benéficas y en todos los actosmás o menos públicos que se celebraban con harta frecuenciacasi semanalmenteen Villabrava.

El públicoal principiose rió del aturdido y petulante jovenzuelo; peroésteadivinando de qué pie cojeaba aquel público reacioacabó por adularledesde la tribuna con tales y tan deslumbradoras [38] frasescon tan patéticosy bizarros ademanesque la sociedad entera se rindió; la fiera estaba domada.¿Cómo no? Canelón tenía en cada discurso frases hipnóticasbellasépicasdelirantes para los poetaspara los periodistas para los sabiospara lospintores y para los héroes de la gentil ciudad.

Una turba de imágenes radiosas fluía siempre de sus labiosy aquellasimágenes tenían el color de las flores de Villabravael brillo de su cielola frescura de su brisa y el reflejo de su sol. Las mujeressobre todosevolvían locas oyéndolo: oyendo aquellas cosas tan seductorastan lilialestan estupendasque les decía Canelón. Ya no eran frasessino sinfonías defrasesaquéllas de sus discursos repujados de «fulgores de ojos negros»de «mejillas tempranas»de «senos ebúrneos»de cabelleras «clásicas»de talles «aéreos»...

Y las damastemblando de emoción y de placeragitaban desde sus asientoslos pañuelos y los pintados abanicossacrificando los quilates más o menossubidos de su emperifollada nobleza en aras de la fraseología estrepitosa deaquel Canelón.

Empingorotado de esta guisa y bañado por la protectora luz que irradiaavecesla improvisada gente de buen tonose presentaba el joven Canelón entodo sitio público con aire de conquistador favorecido y luminosocomopodemos [39] ver por el recibimiento que acaban de hacerle las Pérez y lasTasajo juntamente.

El radiante joven no salía de su apoteosisy aceptó con admirablevalentía aquel chaparrón de simpáticas injuriasrepartiendoen cambiosendos aterciopeladosblanquísimos jazminesque traía ocultos debajo de lalevitaentre sus adorables detractoras. Después se acercó a Florindo y lesopló al oído un secretodel cual secreto pescó parte de la reunión elnombre de Julián Hidalgo.

-¡Hemos oído!... ¡Hemos oído!... -gritaronaplaudiendoentusiasmadas desu propia perspicaciados de las siete señoritas.

-¡A verque se diga! -prorrumpieron las otras-. ¡Que se digainmediatamente!

-¡Aquí no se permiten secretos!

Canelónacosadoabrió la boca. Pero al instante se la cerró unformidable disparoseguido de atronador voceríoy de un gran estrépito decampanas echadas a vuelo.

El nuevo añoprecursor de dichas imaginariasanunciaba ruidosamente supresencia a los humanos. Por lo cuallas señoritas Pérez Linaza y Tasajo selanzaron frenéticas sobre sus dos amigos para estrechar contra sus respectivospechos las manos que ellostambién emocionadosse apresuraron a ofrecerles.

Cuando cesó aquel ruido espantosoFlorindo lanzó al espacio un grito deinspiración intraducible[40] y Arturo lamentó no tener a mano un puñado decuartillas para pintar con relampagueantes y milagrosas frasesaquellaexplosión de vítores y abrazosde besosde risas «sonoras»de músicasvibrantes y de vibrantes repiques de campanaqueen medio de un tributo deluces de púrpura y de oroofrendaba la heroica Villabrava al Bienvenido.



 

- V -

Todo cuanto hablaron y dijeron las alegres y revoltosas susodichas señoritassobre el villano proceder de Anselmo Espinosa en su casaabsolutamente todo eraverdad. Pero el odioso proceder de este energúmeno tenía una explicación: suorigen.

Anselmo Espinosa nació brutalmente sobre los trapos podridos de una tiendade inmigrados; de esos inmigrados que llegan a todas partes suciosandrajososmaltrechos de cuerpo y de espíritupidiendo hospitalidad a veces y a vecestrabajoacabando por llenar de injurias y de hijos el país donde se instalan.

Los padres del muchachonacido por casualidadpor sorpresaen Villabravafueron a labrar tierras fecundasno muy lejos de la ciudady a poco andar eltiempo se hicieron dueños de las tierras fecundadas.

Repentinamente murió la mujersegún los vecinosde una tremenda patadaque le dio el hombre [42] en plena preñez. Y el hombreentoncesse instalócon el producto de sus economíasque no eran pocasen un populoso barrio dela capital. El muchachoya crecidofue al colegioy el padre al comercio demenudeos y rapiñas: el comercio progresó por modo rápidoy muy pronto fuecomercio «al por mayor»; luegoen el corazón de la ciudad«alto comercio»casa grandecasa de importación y exportacióncasa de banca al fin...

Muerto el laborioso y activo señor Espinosael afortunado Anselmoqueflorecía en los treinta añosquedó dueño de aquella firma respetabilísimade aquel crédito ilimitadode aquel verdadero prestigio bursátilcuyas solasoperaciones producían desbarajustes y pánicos continuos en la Bolsa.

Cayó por manera furiosa sobre la banca codiciada y se aventuró en milnegocios de préstamoshipotecas y contratoslos cuales contratoshipotecas ypréstamossin aumentarle el capital poco ni muchoprodujéronlea vuelta dealgunos mesesvaliosas influencias entre los gobiernos de Villabravaa quienessabía dar dinero oportunamente.

Merced a su oroa su juventud y a su audaciallegó a un hermoso reinado deaventurasde escándalosde banquetesde ganancias y pérdidas inverosímilesen los clubs y en las carreras; de líos de mujeres y de desórdenesquela misma [43] posición monetaria cubría de gloria. Y no obstante esaenvidiable posición monetariaAnselmo Espinosacon su lujo y sus derrochesse manteníao lo mantenían distanciado de la sociedad escogida. Franqueabasíalgunas puertas y era tolerado a veces en las grandes reuniones; pero enninguna casa de familia podía decirse que lo aceptaban con verdadero regocijo.

Inútiles fueron sus esfuerzos para mostrarse insinuanteflexible ydistinguido: siempre había en él algo del padre burdodel labrador giboso;algo de su vulgar procedencia de inmigrado.

Aquel cuerpazoaquella cara redonda y coloradaaquel pelo siempre erizadocomo el de un jabalíaquellas manos regordetas y aquellos pies enormes nohabían sido hechos para seducirni menos para conquistar voluntades en lasbizarras lides del salón. Y esto lo sabía él y le ponía fuera de síporquesu orgullo ferozsu desmentido orgullo de hombre acaudalado y soberbiono lepermitía el rechazo de una sociedad que se consideraba superior a él.

Ese orgulloes verdadconcluyó por imponerse en los casinosen la calleen las altas esferas gubernamentales; pero no logró dominar la arrogancia deciertas damas de Villabrava que se creían descendientes directas de los másaltos soberanos de la tierra. Listoy sobre listo astutono se alejó de ellas.Por el contrariose acercó aún más a las aludidas damas por todos loscaminos [44] que encontró fáciles; las halagaba a todas y a todas lasdefendía cuando los malos nacidos del país las herían con sus habitualesinventivas.

Y lo raro del caso era que Espinosa sentía lo que decía. Atormentado por sunacimiento humildehubiera dado la mitad de su hacienda en cambio de un nombresonorode un segundo apellido que le diera visos de nobleza. ¡Ahlo quesufría Espinosa recordando a su padre! Nunca se vio hombre más apenado de suorigen ni con más afán de borrar para siempre de su vida el recuerdo de suhumilde procedencia.

Se casó con Juana Méndez Hidalgo por despechoporque las otras no loaceptaban y porque Juana llevaba al matrimoniojuntamente con sus atractivosuna gran dote. Pero al cabo de un mesa raíz de la llamada luna de mielsintió por ella toda la antipatía que un hombre acostumbrado al desenfrenopuede sentir por una mujer a quien no amó de soltera.

Por otro ladola alianza desigual y anómala del atlético banquero y de lamujer ricapero modestaretraída siempre y siempre quitada de los ruidossocialesno podía dar buenos y equitativos resultados: él tenía suspretensiones de linajesu obsesiónsu deseo de bullirde ser traído yllevado en reuniones y casinos; su orgulloque se alzaba cada vez con másbrillo sobre la realidad de su pasadoy su gran cruz de caballeroque leconcedió un Gobierno débil en [45] cambio de un «chanchullo financista».Aquella cruz se le subió a la cabeza y le hizo concebir la esperanzanoporciertomuy difícil en aquella tierrade alcanzar el mejor día el disparatadohonor de la cartera de Hacienda.

A estas desaforadas aspiraciones de Espinosaa quien la gente le habíacolgado ya un «don» tan campanudo y sonante como el grueso dije de su relojopuso su buena esposa una mansedumbre casi evangélica que la hizo mártirdesgraciada y persona inútil en menos de cinco años. Y el hogar de don Anselmofue lo que debía ser: un infierno; pero de este infierno surgió un ángel:Isabel.

Don Anselmo empieza a actuar de hecho en esta historia a los cuarenta y cincoaños. Se conserva aún robustofuerte; y sigue viviendo para «el gran mundo»consagrándole su existencia toda entera: sus ideas en los salones y sus alardesde hombre generoso en los bazares de caridad. Opina con arreglo a las opinionesde las personas distinguidasviste como ellasimita sus gustossus costumbressus aburrimientos mismossus modales y hasta sus gestos dondequiera que loshalla.



 

- VI -

Casi absurdopero cierto y con vistas al escándalotransformado ensensacional noticia periodísticacayó de plano en el Club Criollo el secretoque el esplendoroso Arturito sopló al oído de Florindo Álvarez la noche deAño Nuevo en la Plaza Central.

Y como a las cinco de aquella tardeque calificó de «delirante» elpindárico poetarebosara de socios tertulianos el bullicioso Círculovolóde labio en labiosin tropezar siquiera en una duda confortanteel pavorososecreto.

Julián Hidalgoel rebeldeel osadoel criminal Julián se atrevía aanunciarsin la aquiescencia de los sabios de Villabravauna serie deconferencias quesobrepujando al socialismo reinanteiban enderezadas aproclamar la anarquía ravacholesca en todas las esferas.

A suceso de tan extraordinaria especie y magnitud correspondía el prejuicioterminante del Club entero. Mas sólo hubo allíentre los comentaristas [47]al usoun solo grupo patriótico que tomara a pechos y con verdadero calor elespeluznante proyecto. Este grupoes clarolo formabanjunto con elindispensable Arturoel sublime Florindoel perfumado Teodoro y el eminenteFrancisquitoprodigio de saberpozo de cienciaque empleaba en lasconversaciones más corrientes toda la espantosa erudición que extraía de lasenciclopedias baratas y de las revistas europeas.

Este insigne Berza no había podido ir a Europapor más que solicitó unConsulado que le permitiese vivir en ParísLondres o Berlínleyendo a Hegel;pero hablaba de aquellos países como si hubiese nacido en ellosgracias a lasguíasmapas y catálogos que constantemente se hacía mandar por sus amigos.

La gentesin embargoacabó por creer en la erudición de Francisco elsabioy rodandorodandoaquella fama creció como una bola de nievey sellegaron a respetar sus juicios y conceptos como se respetaban los puños deLuis Acosta en todas partes.

Bien es verdad que de las cosas de Berza nadie sacó nadamientras que delos terribles puños de Luis ofrecían muestras harto ostensibles algunasnarices rotas y muchas bocas que cometieron la imprudencia de provocarlos.

Así se explica que en el Círculodonde acabamos de entrarse tropiecenustedesno ya con los puñossino con los impúdicos pies de Luis [48] Acostatendidos sobre una mesahaciendo alardecon esta desfachatada posturade undesprecio sin ejemplo por toda aquella respetable concurrencia de jóvenesdistinguidosque solicitaban y encontraban allí la manera de aburrirse lo máscómodamente posible.

No muy lejos del sitio en que se encuentra Luis tirado a la bartola yhaciendo furiosos molinetes con su nudoso garrote de bandido elegantereñíansu habitual partida de ajedrez el doctor Pérez Linaza y el general Tasajo.

Dadas sus excepcionales condiciones de valeroso militarel perínclitoTasajo no permitía que nadie le interrumpiera con charlas y disputas sustranscendentales combinaciones de tablero; y cuando esto ocurría empezaba adirigir iracundas miradas a los irrespetuosos charlatanesacabando éstas porunos tan horribles resoplidos de cóleraque ponían en verdaderaconsternación a los quejunto a élse atrevían a levantar una voz más altaque otra.

Las fulgurantes miradas del general caían en el presente instante sobre elcorro donde manoteabangesticulaban y aullaban más de la cuenta nuestros yaconocidos y mencionados comentaristas.

-Yo creo con Florindo -exclamó Arturoadoptando actitudes de tribuno pararebatir una opinión científica de Berza-yo creo que el hecho esirritantey sobre irritanteantipatriótico. [49]

-Esa es la palabra: antipatriótico -dijo Teodoro Cuevas.

-Sobre todo -añadió el oradordespués de una gran pausa-tratándose deun país que jamásy por mucho que se diga nunca se repetirá bastantejamásfue reacio a las irrupciones del progreso y de la civilización.

-Y luego que el tal Julián es un pretencioso.

-Un loco: para mí es un loco -apuntó Florindo-. ¡Cuándo el mismo donAnselmo dice que no tiene la cabeza buena! Élque es su parientesabrá porqué lo dice.

El ilustre Berza hacía en tanto signos negativos; él no estaba conforme nicon las elocuentes frases de Canelón ni con las familiares expresiones deFlorindo.

-Julián no es un loco -observóal cabo de una larga y honda reflexión-.No es un loco en el sentido que generalmente se da a este vocablo en desuso.

-Y ¿qué es entonces?

-Un enfermo.

-¡Llámalo hache!

-No lo llamo hacheFlorindo. Lo llamo enfermocaso clínico; porque lo mirobajo el aspecto científico-moderno: caso patológicosi se me permite. Casoque la Antropología denomina con el nombre de influencia morbífica: resultantede un fenómeno remoto... tal vez genésico...

(Movimiento de asombro de Luis Acostaque [50] empieza a incorporarse en elsillón donde le dejamos tirado a la bartola.)

-Y al decir genésico -continuó el joven sabio- digo herencia de exaltaciónhisterismo rabiosoque suelen transmitir los padres a los hijosy que terminaen esa ferocidad mental que algunos alienistas célebres estudian sobre elcráneo de los odiadores de impulsión.

Un aristocrático gruñido de Teodoro corroboró por manera decisiva tanprofunda afirmación. Y los demás estaban ya con tamaña boca abiertaesperando los nuevos raudales de ciencia que debían brotar de aquellosprivilegiados labioscuando se incorporó del todobruscamenteelestrafalario Acostay dirigiéndose de un modo irrespetuoso a Berzale dijo:

-Ya tú no eres un antropólogoPaquitosino un antropófago disparatador.

-¡Hombre! -contesta el acometido alienista-¡se trata de un caso!

-¿Qué caso ni qué ocho cuartos? Ustedes todo lo embrollan y lo tuercen consus dislates fisiológicoso como les llamen. En cuanto un hombre piensa ysiente una cosay comete la tontería de decirla al públicoya le estánaplicando ustedes malos nombres.

-Entendámonosentendámonosseñor Acosta. No puede haber discusiónposible cuando a los dictados de la razón se oponen las divagaciones de laignorancia. (Berza hablaba sin mirar la [51] cara a su interlocutor.) La cienciaclasifica de enfermos a los hombres exaltados. ManouvrierSpencer y Lapouge loconfirman...

-MiraFranciscono me enredes ni me aturdas con tus nombres impronunciables.Yo no creo en ellos ni en «ellas».

-Ellos existen como la luz; ellas son la Biologíael más vasto ramo delsaber humano; la Antropologíala Sociología...

-¿Y cómo esas cienciaso sus propagadores -interrumpió Acosta-no se hanatrevido todavía a declarar enfermo a Jesúsque fue el más osado de losrevolucionarios?

Berza le dirige una mirada de lástima al contrincante.

-Porque Jesús era un hombre sanoun hombre pacíficoun hombre...

Y allí empezó Cristo a padecer. Aquella gentesin darse cuentasedistanciaba del asunto y se metía en un laberinto de consecuencias ydeducciones atrevidas. Siempre ocurría lo mismo: empezaban por flores yacababan por legumbrescomo si con esto quisieran confirmar que en aquellatierra fecundísima la flora se daba a dos pasos de la patata.

En consecuenciaBerza disertó largamente a su modoy Acosta replicó queJesús no fue sólo demagogosino el primer apóstol del anarquismo. Algunossociosque se habían ido acercando al fragor de la disputaprotestaron; entreellos[52] con su habitual aristocrático gruñidoTeodoro Cuevas. Luis sevolvió furioso y lo llamó «mameluco perfumado».

El perfumado mameluco no se dignó contestar.

Pero Canelón se encaró con el defensor.

-Según esas teorías tuyasRavacholVaillant y Pallás eran unos santosque llevaban un Jesucristo colgado al pecho.

-No lo llevaban colgadolo llevaban dentro.

Un escalofrío de espanto recorrió los elegantes corredores del ClubyLeón Tasajo lanzó su segundo resoplido.

-Ravachol- continuó Acosta- no fue un asesino vulgar que profanaba loscadáverescomo dicen; fue un ser extraordinarioacaso más grande que Jesús:éste predicó el repartomientras él lo practicaba arrancando a un cadáverlas alhajas para dar de comer a los pobres.

-¡Eso es atroz!

-¡Eso es una barbaridad!

-¡La apología del crimen! -decía Berzapaseando su mirada de sabio portodo el largo del corredor.

La disputacomo se veiba tomando giros peligrosos. Florindo Álvarez ladetuvo con raro buen aciertohaciendo notar que se iban por los cerros deÚbeda.

-Eso es lo que yo digo -repuso Luiscalmándose-. Estamos aquí hablando deCristo y [53] de Ravachol para discutir a un romántico como Julián Hidalgoque no tiene nada del primeroni mucho menos del segundo.

-Pero que hará mucho daño al país con sus doctrinas.

-¿Y cuáles son esas doctrinas? ¿Las conocen ustedes acaso? ¿Sabenustedes las que piensa desarrollar ese mozo en sus conferencias?

-¡Doctrinas anarquistas!

-¡Mentira! ¡Quién haya dicho eso es un embustero y un sinvergüenza! (Luisno se mordía la lengua para decir estas y otras muchas atrocidades.) Julián noes un anarquistaporque no sabe serlo; porque no se atreverá ni siquiera aponer una ni cien bombas de dinamitaque hacen mucha falta en Villabrava...(Nuevos escalofríos en los corredores y entrada solemne de don AnselmoEspinosa.) Y Julián -continuó- no es más que un alucinadoun revolucionarioinocenteun visionario romántico. Un abismo lo separa de la realidad. Porqueno se puede ni se debe pensar en regeneracionesni en rejuvenecimientosni encosas bellas e imposibles en un país como ésteque se lo está llevando eldemonio... ¡Moralpolítica y socialmente hablando!

Con estocon una fulgurante mirada del general Tasajo y con tal cualtérmino científico de Francisco el sabiose creyó conjurado el peligro deaquella ardiente polémicaque amenazaba degenerar en escándalo. [54]

Pero no fue asípor desgracia. Faltaba el diluvio.

El diluvio era don Anselmo Espinosaquecomo ya se ha vistoentró depronto al Cluben el período álgido de la disputa(1) <notas.htm>.

En cuanto él oyó el nombre de Julián Hidalgo le dio un vuelco el corazón:¡aquel corazón de padre ofendidoque necesitabapor cualquier mediodesalojarse de su justa corajina!... Mientras hablaban los otrossusencarnizados ojos le rodaban con pavorosa velocidad dentro de las órbitasyhacía esfuerzos prodigiosos para no soltar la lengua.

Pero ésta se soltó al fin.

Porque ya se sabe: en tocándole a don Anselmo el registro sociológicosevolvía loco: dejaba de ser banquero para ser tribuno.

Aunque esto no es cosa del otro jueves en Villabrava. Así como losanarquistassegún Luis Acostallevan un Cristo dentrotodo villabravense quese estime lleva dentro un Demóstenes. Don Anselmo Espinosa iba a probarlo.

-Peorpeor -exclamó de repenteahuecando la vozhinchando las naricesponiendo a contribución todas sus energías de varón adinerado en aquelfrenético «peor» que dejó atónito a todo el mundo-. Mucho peor es todo esoque pretende el señor Hidalgoquerido Acosta. Pedir reformas sociales enVillabrava¡qué disparate! Implantar aquí las doctrinas de Kropotkine y deTolstoï. [55] (Don Anselmo no conocía más que de oídas a Kropotkine y aTolstoï; pero allí pudo soltarlos impunemente; a los demás les ocurría otrotanto de lo mismo.) ¡La conquista del pan y la conquista de la sangre! ¡Ahseñores! Yo tiemblo con sólo pensar en el desbarajuste que surgirá desemejantes perturbadoras reformas. ¡El desenfreno a las puertas de lanación!... Volveríamos a los siglos de tinieblasa los siglos bochornososalos siglos lúgubresa los siglos depravados en que las clases desapoderadas ybrutales se codeaban con las clases distinguidas. Ello sería la resultanteinmediata de la igualdad... Y ¿qué es la igualdad?

A esta preguntaque puso en creciente anhelo a los congregadoscontestóLeón Tasajono con un resoplidosino con un grito:

-¡Si por su discurso me comen la reinale pego a usted un tiroseñorEspinosa!

Pero don Anselmoa quien no asustaban ni tiros ni cargas de fusileríacuando emprendía la defensa de la sociedadapenas si se dio por notificado.

-La igualdadseñoreses un crimen. La igualdad es la desmoralización; laigualdad es el desprestigioel hundimientola pesadumbre eterna y el eternoenemigo de la sociedadsobre todo de la sociedad villabravensequepor suheráldicapor su historia y por otra multitud de razonesgoza del orgullo desu estirpe indiscutiblea pesar [56] de los que protestan. Aquí no necesitamosde reformas socialesni políticasni literariasni siquiera materiales.Tenemos carreteras y academias (contando con los dedos)ferrocarriles yateneosrestaurants y colegiostiro al blanco y cervecería nacionalhipódromo y Prensa periódicateatros y matadero alemáncatedrales romanas ytranvías modelos...

¡Quién sabe adónde habría ido a parar la prodigiosa enumeración delcaballero entusiasmado si en aquel punto y hora de su discurso no se levantarafurioso y vomitando ternos el general Tasajo!

-¡Por usted he perdido la reinapor su discurso de catedrales y tranvías!De los tranvías debía usted tirar -añadió el generalacercándose con nomuy buenas intenciones al congresito de protestantes donde se movía Espinosa.

Aquella brusca salida dejó inmóvily con los cinco dedos de la manoestiradosal elocuente Demóstenesque retrocedió un paso ante la actitud desu colérico interruptor.

Hubo un silencio expectante y harto enojoso para todos. Pero don Anselmocomo hombre de grandes resolucionesrecobró el terreno perdido; levantó lamano de los dedos contantes y ¡zas!se la echó cariñosamente por encima dela espalda al enfurecido ajedrecista.

-¡Qué cosas tiene ustedgeneral!

Los demás contertulios sonrieron asombrados[57] pero satisfechosdeldesenlace: sonrió Arturo luminosamentesonrió por manera poéticaFlorindo; por modo circunspecto Francisco Berzay hasta el mismo general dejóasomar por entre sus desmayados bigotes unos dientes horribles de largos yamarillos.

Sólo el descarado Luis Acosta soltó una de sus irreverentes carcajadassobre aquellas hermosas sonrisas de paz y de amistad. Don Anselmo Espinosa ledirigióa través del abrazouna mirada preñada de rayos olímpicos.



 

- VII -

Si gran día de regocijo fue aquel para los glosadores y charlatanes delmentiderohorrible día de tristeza fueen cambiopara la desolada madre deJulián.

Susana no entendíano quería entender nada de reformasni de credosnide religiones nuevas. ¿Qué sabía ella de algaradas democráticasdereivindicaciones popularesde ideales que se titulan bellosde apostolados quese llaman hermosos? ¿Qué le importaban semejantes propagandassi jamássiguió a través de la historia de Villabrava el largodoloroso proceso de sussociales transformaciones? Ella no era más que una viuda honrada y una madre...«furiosamente» madre.

De aquí quepresa de mortal congojaloca de dolorsollozara entre losbrazos del descarriado mancebo la sola frase que su insoluble pena le permitíaarticular:

-¡Hijohijo mío! ¡Cuánto me haces sufrir! [59]

Juliánconmovido igualmente y dominado por un momentáneo abatimientoquedó cabizbajosilenciosotriste...

Pero no cedió. Retuvo largo rato sobre su pecho la bella y juvenil cabeza deSusanay luegoinclinándosele dio un prolongado y tierno beso en la frente.

Ya sabía ella lo que significaba aquel beso; a través de la cariciaadivinó la resolución inquebrantable de su hijoy le dirigió una intensamiradallena de lágrimas; en aquel instante veía en élen su cara abierta yexpresivahasta en su cicatriz y en su ceñoal indio rebelde y orgulloso quelo engendró.

Contribuyó en no pequeña parte al desasosiego del mozo la lectura de unacariñosa y melancólica carta que le escribió con súplicas de verdadero amorla inconsolable Isabel.

Arpegio de ave heridaabandonada y tristeque solicita el arrullo delcompañero ausente: «¡Ven! Si no vienes me muero... ¡He sufrido tantome handicho tantas cosas! ¡No sabesno puedes saberlo!... ¡Un martirio! Y todoporque dice la gente que si vas o no vas a hablar de cosas santas... Y ¿quétienen que ver esas cosas con mi cariñocon el tuyocon nuestro amorquevale más que todo eso?... Papá dijo a gritosen el patioesta mañanaquesi tú das esas conferencias se rompe definitivamente el parentesco; dijo más:que si vuelvo a hablar contigo me mata; y si no [60] me mata me lleva lejos deVillabravamuy lejosdonde no sepas de míporque él no puede tener un yernoque confiese públicamente sus ideas... ¡Ves túJuliánlo que has hecho!»

Aún le faltaba a Julián la última prueba. Y de esta prueba se encargó suimprudente amigo Acostaquiensintiéndose mentoraquel día se levantó mástemprano que de costumbreenderezó los pasos hacia la casa de Susanayentrándose en ella de rondónfue sin parar hasta la misma alcoba dondedormía el cuitado un no muy tranquilo sueño de criminal en capillay lodespertó a grandes vocesno sin derribar antes una mecedora que encontró alpaso y hacer añicos un vaso que tropezó sobre una mesa.

El ruido que hizoel rayo de luz que se coló vivamente por la puerta de lahabitación y los gritos de: «¡Levántatelevántate haragánque son lasocho de la mañana»fueron bastantes y sobrados para que Julián se sentara deun salto en la cama.

-¿Quién esquién es? -exclamótodo asustadorestregándose los ojoscon singular encarnizamiento.

-¡Soy yohombreno te asustes!

-Debía figurármelo. ¡Caramba!y ¿qué te trae por aquí a estas horas?Nada buenode seguro. A verecha lo que llevas dentro antes que te ahogues.

Las intenciones de Luis no podían seraquella [61] mañanamejores ni mássantas. Venia a decirle a su amigo que era un grandísimo majadero.

-Síun grandísimo majadero. No me mires con esos ojazos de espanto. Cuandome leíste tus cuatro conferencias no me participaste que las ibas a hacerpúblicas.

-Y ¿para qué las escribí entonces?

-¡Hombrepara ti solo!

-No seas tontoLuis.

-Por tonto no arreglo yo el mundo como tú. ¿Sabes que eso tiene la mar degracia?... ¡Arreglar el mundo! Yo no sé dónde demonio has sacado queVillabrava se regenera con palabras y buenos deseos. ¿Qué piensas tú que vana hacer los villabravenses en cuanto les vayas con tus clamores sociológicos?¿Reírte la gracia? Nochicono. Te matanya lo veráste matan... Y bienmiradotienen razón -agregóadoptando su magnífica actitud de mentorun sies no es despatarrado-. Si Dios hizo a los villabravenses de esta o de aquellamanera¿a ti qué te importa? Le vas a decir a Dios: «Eaamigoaquí seequivocó usted; no es de ese modo sino del otroque debe hacerse esto.» Dejaa Villabrava que se la lleve el diablo y que se arregle como pueda. ¿Te parecebien la vida asíen constante zozobratrayendo la intranquilidad a tu hogar yarrancando a diario el llanto a los ojos de tu novia; sufriendo el insulto delos periódicos y el comentario del Club; provocando la risa de la calle y elodio de [62] una sociedad que se encoleriza contigocuando ni siquiera suporuborizarse el día que la mano de hierro de un hombre que la conocía mucho laabofeteó despiadadamente? ¿Crees tú que predicando se corrige? ¡Pues creesmal! Villabrava seguirá lo mismo que la hicieron... los que tuvieron el malgusto de hacerla: con sus calles torcidas como sus conciencias; con sus orgullosestúpidoscon sus dolencias públicascon sus chismescon sus infamiasconsus apodos soecescon sus delitos sin castigocon sus mismos hombres y con susmismas vergüenzas. Yo no estoy por las amenazassino por el cumplimientoinmediato de esas amenazas. Hechos y no palabras. Cárcelesguillotinasfusilamientos... Eso es; muchos fusilamientos. Y cuando haga faltatú yaconoces mi manera de pensar: muchas bombas de dinamita. ¡Fabricar pueblosnuevos sobre montañas de cadáveres y escombros!...

Después de esta incoherente y espantosa parrafadacapaz de poner los pelosde punta al más feroz enemigo de la HumanidadLuis Acosta se reclinóseacostó casi a lo largo de la mecedoratan tranquilotan satisfechoque noparecía el mismo que un momento antes soltara aquel montón de frasesestrafalariascon las cuales creyó él no sólo aturdir sino anonadar de unavez para siempre a su callado amigo.

Pero las dichas estrafalarias frases produjeron en Julián un efectocontrarioafianzándole aún [63] más en sus extraviadas ideas de reformadorlírico... Para saber hasta qué punto tenía derecho al sacrificio de aquelmozo el pueblo en cuestiónvamos a abrir al lector sus puertas de par en par.



 

- VIII -

Desigualempinadalocamente retorcida sobre la falda de un cerrorota atrechos por espontáneos borbotones de frondapudiendo apenas sostenerse en losestribos de sus puentes; caldeada por un irritante y eterno sol de verano;sacudida a temporadas por espantosos temblores de tierra; castigada por lluviastorrencialespor inundaciones inclementes; bullanguerarevolucionaria yengreídaera Villabrava una ciudad originalcon puntas y ribetes de puebloeuropeoa pesar de sus calles estrechas y de sus casas rechonchasllenas deflores y de moho.

El modernismo le suprimió lo mejor de sus primitivas costumbrespara darleen cambiomuchos otros usosde esos que la civilización decreta en todaspartes.

De aquí queposeídos de un sagradorespetabilísimo orgulloque nadie-que nosotros sepamos- se ha atrevido aún a contrariarlos villabravensescreyeran a pies juntillas quemerced a estos [65] adelantossu capital podíaestablecer comparaciones de belleza con las más hermosas del mundoaunquealgunos espíritus incrédulos lo negaban sotto vocecomo si temiesenser oídos de ciertos periódicos que elogiaban los méritos de la gloriosapoblacióncomo los diarios portugueses a Lisboa: O terror de París.

Esta inexorable opinión robustecíanla con frecuencia los incontablesexcelsos escritores que esgrimían en ocasiones solemnes sus «bien tajadas»plumas en honor de la patriaunas veces defendiendo su dignidad cuando algúnmal nacido la ultrajaba; otrascuando precisaba festejar con su literaturapirotécnicauno de los muchos onomásticos de héroessabios y artistasilustres con quienes se enorgullecía la fecunda villa.

A más de estos sabios artistas y héroes muertospara quienes la palabrael recitado y la canción de los oradores y los vates inflamables fueron siempreofrendas pálidas hechas a sus excelsitudes y renombrestenía la privilegiadarepública aquel centenar de maravillas que enumeró con sus rubiosaristocráticos dedos don Anselmo Espinosa en el Club Criollo: carreteras yacademiasferrocarriles y ateneosrestaurantes y colegiostiro al blanco ycerveza nacionalhipódromo y Prensa periódicacatedrales romanas y tranvíasmodelos.

La mayor parte de estas citadas maravillas -dicho sea sin la punzante ironíaque la malicia [66] querrá de fijo descubrir en nuestro sencillo lenguaje-fueron obras de un famoso caudillo a quien llamaban «el tremendo nivelador»ycuya mano vigorosaal par que progresistasupo construirlas a despecho de losfanáticossobre los escombros de una secular hilera de conventos.

Bajo sus cesáreaspero oportunísimas órdenesen aquel pueblo habituadoal desbarajustemarcharon siempre temblando y sin chistaradministradoresdiputadosjuecesministrospresidentes y secretarioscónsulesagentesalcaides de cárcelprefectosgobernadores y hasta comisarios de Policía.

A los jefes levantiscos que se la pasaban dando carreras del club conspiradoral monte vecinopara armar revoluciones y comerse las terneras y las gallinasque encontraban al pasoporque no les dejaban la presidencia o cosa asíaquelinexorable reformador los sometió bajo su mano de hierroy llevó de estamanera la tranquilidad a los pueblos quedistanciados de la capitalvivíancon el alma en un hiloen espera del general recién «alzado».

Ni un solo día dejó de sentirse su poder en Villabrava. Hombre políticosagazdiplomáticoenérgicoactivogran señoralgo teatral y algojactancioso en su porte y en sus mismas costumbrespero conocedor profundo delcarácter de la gente que mandabaera el único jefe capaz de someter y hacertemblar a aquel pueblo pendenciero [67] y alborotadorincorregible y medioloco.

Villabrava enaltecida era él; la ciudady con la ciudad la nación enterale pertenecían. Los más pequeños detalles de la vida del país pasaronfrecuentemente en notas y apuntes curiosísimos por su despacho presidencialycomo se metía en todotodo lo cambió; acabó y arrasó con una multitud decosas feas.

Entre ellassuprimió unas tradicionalesdesaforadas carreras de novillosen la vía públicaque aún echan de menos las damas y caballeros apegados alsalvajismo de su época.

Para las dichas famosas carreraslas calles más céntricas se colgaban decintaspapeles y banderolas; las muchachas se ponían a la ventanalos galanesemocionados pasaban y repasaban sobre fogosos corceles por delante de ellasdirigiéndoles miradas incendiarias. Luego rompía la orquestacolocada adhoc sobre un templete; se disparaban cien cohetes a la vezse abría elencierro y salía el toro mugiendo...

Los jinetesque lo esperaban a la salidacorrían en tropel detrás delinfeliz; le echaban mano a la cola por medio de un movimiento heroicoalgalopar del caballoy de pronto ¡zas!desnucaban al novillo frente a la damade sus pensamientos. Y éstasatisfechaorgullosaentusiasmada por tan épicaprueba de valentía y de amoradornaba y coronaba al medioeval y medio-bruto[68] caballeroque salía dando saltos por todo el largo de la calleentre losfuriosos aplausos de la multitud.

Con lo que no pudo acabar el tremendo nivelador fue con las feroces riñas degallos. Aún subsisten y ejercen en ellas de galleros eminentes muchos altospersonajes de la política. Dicho sea esto en honor de la levantisca raza.Porque es hora de advertir que no siempre estaban los villabravenses dispuestosa acatar las órdenes del ilustre dictador.

A veces soplaba el viento de la rebelión y encrespaba el espíritu de lagente mozaque no quería reconocer el origen divino de aquella supremaautoridad. Pero entonces ardía Troya. El «tremendo» se estremecía de furorenarcaba las cejasdaba una patada formidabley con un solo gritocon unasola interjección a tiempoen las cuales interjecciones fue él siempre algoolímpicoponía término y fin a las más temibles y populacherasdesobediencias.

Los que protestaban del grito olímpico iban sin más contemplaciones nidistingos a la cárcel. Y mientras tantoel encolerizado jefe no perdíaminutoporque así como era violento de carácterera emprendedor y genial.Sobre una ruina fabricaba un palaciosobre un basurero levantaba un paseosobre el embovedado de un río una avenida. Fundó colegiosbancoshospitalesuniversidades... y exterminó al caciquismo. [69]

Así marchó la república villabravenseregenerada en partehalagadarespetadaprometiendo un gran porvenir a los amantes del verdadero progreso yde la civilización sólidapermanente y bella.

Pero el autor de todo estomuy superior a su tiempo y a los suyosharto yade lidiar con aquel paísde quien otro grande hombre dijo que era ingobernabley que por ende lo mejor que allí podía hacerse era emigraroptópor la expatriación voluntaria e indefinidaprecisamente cuando el país másnecesitado andaba de su dictatorial inteligencia.

Desde aquel punto y hora puede decirse que los villabravenses no resolvieronningún problema. Y merced a esta inesperada situaciónse declaró allí unaespantosa enfermedad moralque los alienistas del espíritu diagnosticaron de«fiebre de libertad desaforada»; fiebre que se agarró a la sangre y produjolos más raros fenómenos de alegría y tristeza a la vez.

Les ocurrió a los hombres de Villabravaen esta ocasiónlo mismo que aesos muchachos que pasan rápidamente del colegio a la universidad en solicitudde un bachillerato prematuro; el bachillerato se les sube a la cabezalosemborracha y cometen cada barbaridad que tiembla el misterio.

Unida esta libertad al valor característico del pueblo bravucónlosánimos se enardecían allí [70] con harta frecuencia. Cuando había queelegirpor ejemploal presidente de la Repúblicase fundaban periódicosterriblesen los que se propinaban los electores de ambos bandos insultosferoceszarandeando de paso las respectivas existencias de los candidatos.

El jefe del partido colorado -escribía un periódico azul- es un pillo querobó el año 70 tres millones de duros.

¡Miente! -argüía el contrario- miente tres veces el papel rojo al asentaren su edición de ayer que nuestro esclarecido candidato es un pillo. ¡El pilloes el vuestromiserables!

Y en empezandoya se sabe: armábase en Villabrava de tal modo y manera larefriegaque tocaba Dios a juicio. Se lanzaban a la calle hojas inmensasmonumentalesextraordinariasdel color del partido que defendíancon grandestítulos y menudas firmas de vivos y de muertosde vagabundos y de hombreshonrados juntamente. De las redacciones se salía en pandillaje pavorosoen sonde desafío y de combatepidiendo víctimasclamando venganzaolfateandosangre. Pero jamás se dio el caso de que llegara la sangre de los exaltadosfuertes y valerosos paladinesa ninguna partea pesar del cúmulo de ultrajesque de ambos bandos se dispensaban sus respectivos directores.

Había directores de pasta-floraa quienes no les agradaba la bullangayhabía otros muy nerviosos[71] dispuestos siempre al duelo a muerte: a espadaal sable¡a lo que quiera el adversario! -exclamabanairadosechando fuegopor los ojos-y por ende venían al punto las tremendas gestiones de honor quepara tales casos se ponen en práctica.

Mas lo corriente era arreglar el asunto en pleno arroyo. Donde losendiablados matones se encontrabanallí se saludaban a tiros. Porque losvillabravensescomo erano sonasítan valerososandan siempre armadoshasta los dientes.

A ponerse un revólver sobre los riñones es lo primero que aprenden esosmuchachos; y creciditos yaaunque imberbescon su arma en el bolsillo traserodel pantalónse creen unos entes sobrenaturales a quienes Dios envía al mundopara terror de sus semejantes.

De aquí quehechos hombreslos villabravenses adquieran cierto modo deandar fanfarronescotirado el pecho hacia adelante y la cabeza muy alta; elceño fruncidola expresión desdeñosa y el mirar descaradofijoinquisitorialcasi hostilcomo si fueran a pegarle a la persona que miran.

No obstanteera en ocasiones muy buena y muy unida aquella gente. Subía alPoderverbigraciauno de los sujetos zarandeados en las eleccionespresidencialesy los mismos terribles bandos políticos que meses antes lopusieron y se pusieron unos a otros de vuelta y mediaolvidaban [72] susagraviosse confundían en fraternal abrazo y salían juntos y felices a pedirgolleríases decirministeriosaduanasdireccionesarzobispadossecretarías de legación y consulados y agencias especialesen premio de suscorrespondientes méritos y sacrificios.

Y ocurría con frecuencia que los premiados eranpor exigencias de altapolítica -según la frase usual-los enemigos y contrarios del que mandaba. Yestos contrarios y enemigosque en su elección habían puesto todo el odio desus almasponían luego todo su cariño patriótico a los pies del elegido y leformaban escolta y te hacían reverencias y lo mareaban a pedidos y basta setiraban escaleras abajo si él quería un cigarroun vaso de agua u otracosa cualquiera.

Sujeto huboallá por las épocas del «tremendo nivelador» de marrasqueen perspectiva de un empleo salió loco y trajo la jofaina de un lavabo parasatisfacer la sed presidencial; y hubo ministro quea trueque de ser aplastadopor su cochese salía de él primero que los demáspara tener el honor deabrirle la portezuela antes que lo hiciera el lacayo.

Lo cual no era obstáculo para que si el presidente se caía del sillóngubernamentalpor no sentarse en él como Dios mandabalo llamasen pícaro ysinvergüenzaa las veinticuatro horas de caído.

En Villabravacuando las cuestiones no se arreglaban [73] a patatazosarevoluciones y a tirosse terminaban por medio de certámenesmedallaspremios y diplomas. De las juergas políticasmotines y carreritas conla Policía por las callesse pasaba a las serenatasa las ovaciones y a losvítores con la mayor facilidad.

Un poeta cualquierasupongamos un poeta frenéticode los muchos que seusan en la gentil ciudadjuraba en clamoroso verso que Villabrava era la patriade:

 

Los flamantes triunfos legendarios;

 

la patria bendecida;

 

la que fue a despertar a los cóndores

 

en la montaña ungida...

Organizábase al punto una apoteosis despampananteen la cual apoteosisdespués de coronar y amedallar al homérico poetaotros poetas más o menos«homeros» y esforzadoscogían la ocasión por los cabellos para rendirse así mismos tributos de admiración y agradecimientoen una ristra de décimaspletóricas de «ripios patrios»que dejaban conmovida a la nación por muchotiempo.

Y esta nación tan sensible a la literatura pirotécnicaapenas si sentíaun ligero estremecimiento de horror cuandoal leer sus periódicosseencontraba con una sarta de crímenes monstruososde esos crímenes quepormás que los atenúen [74] algunos píos y benévolos antropólogosrepresentarán a todas horas el verdadero estado psicológico de un país.

Apenaba el desdénel mismo estilo guasón y casi impúdico que usaba laPrensa para hablar de un «descabezamiento»de una mujer acribillada a tirosde un hombre cosido a puñaladasde un estupro bizantino y de undegüello... Eran dignos de estudio los comentarios periodísticosy sobre todolos títulos que aplicaban a semejantes horrores: «¡Caracolescarambitaatizachicodemonio!» ¡Anda con ese!

Esto que resulta trivialfrívolo y hasta estúpidoesescudriñado yahondadola más dolorosa prueba de la descomposición social de un puebloentero. ¡Si por algo dijo uno de los pocos autorizados diarios de Villabrava!:«Aquí no hay justicia. Pero aun habiéndolalas leyes son impotentes cuandoel corazón de un país está corrompido como el nuestro¡corrompido hasta lamédula!»

Por otra partetenemos ya como cosa averiguada -aunque otra suposición vivay se anide en más de un espíritu intransigente-que en Villabrava empezaba aluchar la juventud por el triunfo de las reformas que los modernos tiemposexigían.

Tan bien fundada es esta creencia quepor mor de sus levantadas ideasy de sus constantes viajes a Europade donde venían hablando un idioma [75]delicioso que no había por donde cogerlo de puro babilónicoempezaron aescasear las cívicas revueltas que periódicamente fomentaban los eternosvalerosos e incorregibles enemigos de todo Gobierno que surgía.

Por iniciativa de esa previsora juventud se reformaron algunos edificiosdeteriorados de antiguose construyeron cloacasquioscos y urinariospúblicos; se sembraron árboles en las mejores callespara el sostenimiento dela higiene descuidaday entre las muchas cosas buenas que se reformaron allíla Marina y el Ejército obtuvieron inusitados privilegios.

La Marina recibió un refuerzo de siete «lanchas» cañoneras que eran elterror de los acorazados inglesesy se nombró almirante de la escuadra a unseñor que se mareaba. Se levantaron en los más importantes puertos fortalezasde sacos de arena quevistas de lejosinfundían pavor al enemigo.

Y se organizó el Ejército de tal modoque los soldadoscapitanestenientes coroneles y jefes de más alta graduaciónvestían como les daba laganaimprovisando cada quisque su equipo militar como le vino en gana. Y loscomponentes de un batallón se armaban a la diabla: éstos de puñalesaquéllos de fusiles de chispalos otros de rémingtony los de más allá deescopeta de caza. En cuanto a limpiezano había por qué quejarse. [76]

Ya no se levantaban aquellas nubes de polvo queavanzando en todasdireccionesponían en libre circulación por las aceras las inmundicias delarroyoconvirtiendo a la Florencia indianacomo llamaban a Villabravaen unverdadero Tánger criollo. El Municipio trajo mangas de riego y escobasmecánicas de Europa. Los cocheros se vestían de limpio; la Policíade lujo.Se suprimieron los burros de cargaque eran algo así como un padrón deignominia para la capitaly con muy buen acierto el gobernador prohibió a lasmujeres públicas que anduviesen desgreñadas y en chancletas por losalrededores de la Plaza Centralen las noches de retreta.

En este ramo de la civilizaciónsobre todo la capital progresórápidamente. Porque ciertas almas caritativasde esas que ofician en losaltares del amor libreiniciaron hartas munificentes reformas en toda lalíneaa saber: la introducción de diez o doce rozagantes vestales robadas albullicio del Bowery en Nueva Yorky el refuerzo de unas cuantas másescapadasde los laberintos de Montmartreque esen Parísel barrio por excelenciapara esta clase de conquistas.

Las rozagantes heroínas fueron presentadas en determinados lugares públicoscomo la flor y nata del elemento perfumado y liviano de las antedichas ciudades.

Desde entonces hubo en Villabrava restaurantes [77] de lujo donde se pagabasegún la cara del consumidorde cincuenta a cien francos por cena. Menudearonlos bailes de máscaras en los teatroslas propinas de à louislasbroncas nocturnas y las quiebras inesperadas de algunas casas de comercio.


Relacionados con estos equitativos placeres se podían contarsobre pocomás o menosquince o veinte sitios de recreodonde los villabravensesencontraban motivo para holgar. Entre ellos se distinguíapor su democráticoconcursoel Club Criolloque el lector conocey el Club Villabrava por locontrarioes decirporque en éste sólo entraban los magnateslos linajudoslos seres escogidossublimesdivinos e intocables de la nobleza.

Para esa precisamente se fundó el aristocrático circulitoparadistanciarse del Círculo Criollodonde los socios eranpor lo regularpolíticoscomercianteshacendadosescritoresperiodistasmédicos ygenerales en abundancia.

Bajando unos peldaños más en la escala socialse encontraban los caféscon salones para señoras; en los salones de «hombres solos» la asambleaesclaroera híbridadeliciosaigual a todas horasigual el barullo de copasde carcajadasde rodar de dados de pokerigual las conversacionesigual todo... [78]

En un grupo de políticos se mataban por si un general tenía o no tenía elbigote a lo Víctor Manuel; y en una reunión de escritores de al ladolos queno se despellejaban se hacían la barbapor no hacerse otra cosa menos digna.¡Oh!la nueva generacióndecían: un prodigiouna verdadera cosecha deartistasde pensadoresde vates laureados; un arca de Noé tripulada de geniosde toda especie.

Allá más lejosen tal cual mesase hablaba de alfileres de corbatadeperfumes inglesesde guantesde calcetines de sedade pomada húngaradecamisas bordadasde brillantinade polvos de arroz y de jaboncillo de uñas.Como ustedes pueden verestas conversaciones son tan adorablestaninteresantes y las manejan con tales gestos de elegancia y primor los smartsportsmen y dandys villabravensesque nosotroshumildísimosignorantes en indumentarias y toilettes arrebatadorasnos resistimos avaciarlas en las cuartillaspor temor de empalidecer su brillante colorido.

Allí teníana su vezcabida los Cúchares modernosy era de ver yoír cómo los jóvenes entendidos en achaques de tauromaquiaadoptabangraciosas actitudes de torerossegún el diálogo de arranquespasesarrastresquites y verónicas que caía sobre la mesa.

Así como el Café Indiano era el refugio obligado de toda aquella doradaafeitada y empolvada [79] juventudla Plaza Central fuepor muchos añoselbaluarte inexpugnable de todo lo desocupado e inútil de la indolente capital. Yde la misma guisa que fueron arrojadas ignominiosamente las recusadas de laSociedadfueron saliendo de allí los sablistas de oficiolos músicosambulanteslos periodistas inserviblesetc.quedando posesionados de lainvicta plaza los políticos influyenteslos banquerosla falange adinerada(2) <notas.htm> del comercio que no conocía otro idioma que eldel«alza y baja del bacalao»y a quien Luis Acosta bautizó con el apodo de«Mantecaja adinerado»; los escritoresjóvenes aspirantes a cónsulesy loscónsules aspirantes a ministrosalgunas criadas de servir de casas ricas y lossiete sabios de Villabravavenerados y venerables sujetos que formaban corroaparte para «deliberar»arreglar el país y cebarse ferozmente en el goce deuna charla augustapatriarcal... y académica.

Había una asociación de padres de familia como las de Madrid; unJockey-Club como el de Londres; un Bazar de Caridad como el de París; una Nochede moda como en la Habana y un teatro curiosísimo que no tenía rival niprecedenteal cual teatro llamaban Coliseo y no tenía más que una fila depalcosun piso de butacas y una cosa que sabe Dios por qué apellidabanparaíso; donde el humanísimo rebaño villabravenseen lo mejor y más seriode una representacióndejando [80] paso franco a sus instintoschillabasilbabarelinchaba y coceaba indistintamentepara aplaudir o protestar segúnsu leal saber y entender.

Dijérase que en Villabrava el bufante populacho tomaba a empeño vengarse desu triste condición de rebaño pateando desde arriba a la aristocraciapseudo-ilustre que ostentaba en los antepechos de los palcos sus riquezas y susnombres. Mascomo decía Julián Hidalgosi la titulada aristocraciavillabravense era una aristocracia de guardarropía sin génesis conocidoelpopulacho era digno del análisis de un sociólogo despiadado.

El Municipio aunaba al pueblo honrado con la plebe descamisaday apenas siponía los ojos en los barrios apartadossiempre menesterosos de limpieza.

Porque en cada arrabal había cien cloacas inmundasy en cada cloaca unhervidero de microbiosy por los culebreantes alrededores de barrio una legiónde perrosde perdidas y de granujas pululaban impunementede tal suertequehubieran asombrado al mismo Zolasi Zola se hubiese atrevido a cruzar porsemejante mundo de canalladasamarillento de viciohinchado de alcoholrepleto de carcajadas impúdicas.

Pero estos pormenores de vergüenza y de higiene públicas¿qué importan?si ya hemos registrado[81] para satisfacción del lectorlos muchos yhermosos adelantos de la famosa Villa. Además caían allí unos aguaceros tanextraordinariostan fenomenalestan estupendosque las calles se convertíanen ríosy estos ríosal arrastrar la basura del arroyodijérase quearrastraban también otras basuras impalpables que empezaban a flotar en elespacio.

Había otra clase de basurasno despreciables ciertamenteen el país; perode su eficaz y gloriosísimo barrido se encargabansin hacer ascos nimelindresunos activoslaboriosos y aventajados caballeros a quienespomposamente apellidaban «financistas»¡ministros de finanzas!

Y este precisamente era uno de los pecados villabravensesel pecado decalificar con desmesurados epítetos los hombres y las cosas que lespertenecían.

Todo lo miraban a través de poderosos vidrios de aumento. Y así comollamaban con aparatoso lenguaje a las calles más céntricasbulevares oavenidasy a las iglesias basílicasy a los teatroscoliseosy a los tranvías desvencijadoscarros de ferrocarrily a las casas decartón pintarrajeadas de blancopalaciosasí también se daban a la tristetarea de calificar a sus hombres más o menos notables de «ilustres»deesclarecidosegregiosbeneméritosbizarrosetcéteraetc.

Apenas un hombre que no le había hecho mal [82] a nadie subía a lapresidenciaya los terribles villabravenses empezaban a ponerle motes: «elamado de los pueblos»el «invicto»el «genio de la política»el «padrede sus comilitones»y le abrumaban a títulosa condecoracionesa honores ya padrinazgos impíos.

Y para que todo fuera completo y la balanza no pesara de un lado más que deotrocuando alguno de esos egregiosbeneméritosesclarecidosilustres einsignes y privilegiados seres cometía un desliz o una falta leveo seequivocaba en políticao en literaturao no estaba de acuerdo con lacomunidadla más grave falta que podía cometer un villabravés rebelde¡santo Dios!¡qué algarabía! ¡Con que usted se permite disentir!... Puesno faltaba más. Y es usted clarividentees usted providencial; ¿esusted genio sibilítico?

Y era tal y tan menuda la tempestad de apóstrofes y protestas que le caíansobre la cabeza al desgraciadoque ya tenía para encomendarse a todos lossantos del cieloporque los mismos que el día anterior le dispensaronalabanzas a destajoa destajo también le prodigaban luego los más ferocesinsultos.

No podían negar los villabravenses que surgían de una tierra calientevolcánicadonde la sangre siempre estaba en ebulliciónel espíritu siempreinflamado y la lengua pronta a todas las hipérboles y a todos los dicterios.[83]

Finalmentey sin incurrir en falta de ponderativo abultamientopuedeasegurarse de una vez por todas que en Villabrava la gente se dedicaba alcultivo de la políticade las letrasde la abogacía y del generalazgoconel mismo ardor y patriotismo que en otros países menos prácticos al dela remolacha y otros frutos más vulgares.

Allí no se hacían máquinaspero se fabricaban doctores en un año; nohabía quien barriese las callespero sí quien barriesecomo se ha vistolasarcas nacionales; no había una escuela militarpero se encontraban losmilitares en las calles por turbascomo los perros en Constantinopla. De talsuerte es verdad todo lo escritoque a este respecto podía elaborarse una muycuriosa estadística en los 100.000 habitantes que tiene Villabrava; porquehabía muchos centenares de políticos transformistasmuchos poetas«arrendajos»muchas eminencias de papel de estrazay sobre todo muchosgenerales napoleónicos. De éstos había que decir como de las armas deRoldán: ¡Nadie las mueva! Pero donde había que ver a los villabravenses eraen París... Ya encontrarán ustedes a algunos de nuestros personajes en lacapital del mundo civilizadomagníficosestupendosmilagrososdignos de laepopeyaúnicos en su especie y en su historiatodos smartstodos lyonestodos dandystodos sportsmenestetasdecadentesrubiosarrebatadores[84] haciendo de aristócratas y de fatuosy provocandola sonrisa irónica de las mujeres cuando éstas los veían pasarchupándosepor único alimento intelectualel puño de sus bastones a la moda.



 

- IX -

En un viejo y vasto local quea pesar de ser vasto y viejoresultóestrecho para la gente que acudiócuriosa de lo que allí iba a decirsedecidió al fin Julián Hidalgo celebrar su primera conferencia.

Componíase el mueblaje de un centenar de sillas para los asistentes y de unamesacolocada a cierta altura en el fondo del salónpara el conferenciante.

Los rezagados no encontraron asientoy más de cincuenta personas quedaronen pieobstruyendo las puertas. Hasta las señoritas Pérez Linaza y lagenerala Tasajoque andaban siempre buscando dónde había escándalosparatener oportunidad de desmayarsesolicitaron entrary no les fue posiblesatisfacer su deseo.

Y excepción hecha de don Anselmo Espinosaa quien un violento ataque debilis postró en camahonraban con su presencia el acto todos nuestros másconocidos personajesa saber: Florindo [86] Álvarezen calidad de poetaépico; Arturo Canelóncon su carácter de periodistaorador y revisteroluminoso; el general León Tasajoacompañado de tres militares más; Jorge dela Cuevacuyo traje arrebatador anonadaba al concurso; Francisco Berzacomomonopolizador de la sabiduríay Luis Acostaque fue a sentarse muy cerca dela mesaen el fondo del salón.

Mientraspara matar el tiempolos mencionados caballeros entablaban desilla a silla diálogos vivísimosy algunos graciosos -que nunca faltaban enesas reuniones-empezaron a dar muestras de mal reprimida impacienciagolpeando las sillas con los bastones.

En este caldeado momento entró Julián Hidalgoy a su entrada sucedió unsilencio repentinoluego un murmullo indefiniblecasi hostil.

Sin los aparatosos exordios que usan los oradores castelarinos para decircuatro majaderías en un discurso de mil páginasel joven conferenciantedespués de un reposado «Señores»que vibró en sus labios como promesa dealgo nuevoentró con inesperada valentía por caminos no trilladosy asícomo repartió elogios señaló defectosesbozó horizontesnutrió de citassu doctrinay puesta a censurarsu crítica sangró al contacto de la realidady fue cruelpesimistadespiadadano hallando medio más eficaz para extirpartantos males arraigados en su patriaque algo así como una terriblegigantesca segadoraque cortando a [87] través de los extensos camposvillabravensespreparase sobre el lecho rasurado los gérmenes sedientos deaire y de luz de una nueva vegetación.

Mas como no queremos ser cómplices de tan descabellada pretensióndejamosal audaz conferenciante toda la responsabilidad de sus ideascediéndole enabsoluto la palabra.



 

- X -

Habla Julián Hidalgo:

-Lo que yo voy a decirbien o mal dichoestá en la conciencia de todosvosotros. Todo es vuestro; todo me lo dais hecho: ideas e impresionessofismasy verdadesfrases dolorosas y coléricas protestas... Almavidacorazón ynervios que se os escapan de los labios a todas horas y en todas partes;palabras y comentarios que se oyen igualmente en los alfombrados salones delpoderoso y en los desolados cuartuchos del pobre; en los revueltos pasillos delos teatros y en las hirvientes reuniones del café; en los despachos y en lasredacciones donde ponéis vehemencias y corajes que no os atrevéis luego averter con la misma fe y con el mismo vigor sobre un puñado de cuartillas.

No es raro ni nuevo vuestro caso.

«La Verdad» en familiala verdad entre amigos; la verdad envilecida por elmontón anónimo o vulgarizada por la muchedumbre en cuadrilla [89] grandecomosi necesitara de muchos valedores juntos para ser creídano levantará jamásrumores de indignación ni de protesta. Es irresponsable y es impune.

Pero la verdadproclamada en nombre de eternos y sagrados derechos en unperiódicoos asusta; y la verdad austeravalerosapujanteinexorabledepieen la tribuna«saliendo del espíritu humano rápida y seguracomo elproyectil de la entrada del cañón»os espanta.

No la queréis íntegrasino a retazos; no la queréis sobriasino conperplejidades y tanteos de frases lisonjeras; no la queréis desnudahermosainmutablecomo es ellasino disfrazadadiluida en los convencionalismossociales.

Por eso la practicáis a diario en la tertulia sin consecuenciaslamentandocon monjiles aspavientos nuestro espantoso estado sociológico. ¡Moralidad decascarilla y de buen tonopero moralidad incapaz de una abnegación ni de unsacrificio a tiempo! ¡Pactartransigircerrar los ojoshablar mucho y nohacer nada: ese es vuestro lema!

Faltaba en Villabrava un hombre osado que repitiera en público lo quevosotros comentáis en privado. Yo sé que esto os indigna: no importa. Asícomo toda religión tuvo sus mártirestoda revolución debe tener susvíctimas. Yo sé que al repetirlo en el mismo desenfadado lenguaje que vosotrosusáisgozando de inaudita inmunidad[90] caeré abrumado por vuestraintolerancia. Sabré caer como el titán de la fábula que cantó el poeta:«estremeciendo al mundo con el estrépito de mi caída».

En consecuenciavengo a deciros: Señores: Villabrava ofrece hoy a los ojosdel mundo el espectáculo más doloroso de los tiempos presentes. Villabrava esun pueblo enfermoy la enfermedad es tan crueltan impenitentetan tenazqueestá pidiendo el experimento y el diagnóstico inmediatos de los másdespiadados alienistas del espíritu.

El mal tuvo su génesis allá en las brumosas lejanías de un gran crimen.Naciendo del pecadonatural era que a su desarrollo se incluyeran otros muchospara dar una sombría y desconsoladora resultante.

Y así fue. La Naturaleza contribuyó a su engrandecimiento agregando susdisturbios; la incuria propagó la infección; el vicio dejó caer su gota devirus; la maldadsu grano de odio; la ambición vino y clavó sus dientes; laenvidiasus garras; los hombres políticos pusieron sus enconos; losengreimientos de clasesus injusticias irritantes; el fanatismosus sombras;la miseriasu dolor; el dolorsus lágrimas; la infamiasus calumnias; elalcoholsu venenoy hasta el aire mismo que se respira su anarquía.

¡Ah!sí; el mal viene de atrásde muy atrás[91] de la Historiaarribay vosotros conocéis la Historia.

¡Villabrava era colonia!...

Perezosaletárgicaentregada a la holganza en medio de una fondagigantesca; gozando del amor al arrullo de los pájarosal olfateo casilujurioso de sus flores; sesteando a la hora en que la tierraencendida por elsolfluía de sus entrañas hálitos de caliente bochorno; extática ante laquimera azul de un cielo siempre limpioo aletargada siempre por el fuego delos trópicos; Villabrava revelaba a todas horas la honda y profundísimatristeza de las «razas vencidas». Colonia sin aspiracionessin entusiasmossin fe; colonia olvidada de la alegría universalhumillada por la opresióninjuriada por tres siglos de látigo... Eso era Villabrava.

Unos cuantos hombres que la Historia llama «patricios»avergonzadosentonces de tanta menguase lanzaron a la guerracolgaron a la cola de suscaballos la victoria y firmaron con la punta de sus espadas tinta en sangre lalibertad villabravense.

Y la libertadque debió ser origen de bienes incalculablesde ordendepazde igualdadde liberalismo y democraciaempezó a trocarse a lo mejor eninesperado desorden.

¡Mudanzas singulares de los tiempos! A poco andar aquellos mismosiniciadores de la cruzada redentora hicieron traición a su historia y opusieron[92] a las rehabilitaciones del pueblo la vanidad insensata de las clases.

De aquella raza híbridaterriblemente amasada con lágrimas y sangre deaventureros y de indios resultóa partir de aquel funesto díauna sociedadrisible y deliciosamente dividida en castas; una sociedad sin génesis bienesclarecidoque tuvocomo las sociedades europeassu aristocraciasu clasemedia y su plebe.

La primeramás anémica y por ende menos copiosa que la abundante clasemediaengendró seres degenerados y enclenqueslos cuales serescreyendo apie juntillas en su alcurniada descendenciase proclamaron de la noche a lamañana raícesramasflores y capullos de aquellos árboles egregios quefueron orgullo genealógico del pueblo que por casualidad hizo nido en lasmontañas de la engreída Villabrava.

Insoportablesfrívolosinútiles hasta dejarlo de sobrano sabiendosiquiera lucir su frac y su apellido en los saraoslos nobles improvisadosapesar de sus parentescos y enlaces con el primer monteje adinerado del paíssiguieron juzgándose de origen divinomilagros de la merced celesteconcepciones supremas del rancio feudalismo.

Allá en las inconscientes profundidades de la candidez villabravense latióla idea equívoca y maleante de la tradición.

Por esopor arrancar de aquellas lejanías[93] se aceptó la farsa comoartículo de fey echópor desgraciahondas raíces en la conciencianacional.

Con todos los viciospero con ninguna de sus virtudesla clase recusada secrió ferozmente entre un remolino de pasiones y partidos: la prole fue fecundaheterogéneamestizafatal... Temerariaindómita y perversaa causa de lashumillaciones recibidasquiso que la pseudo-aristocracia bajase hasta ellapretendiendo por descabellada manera que la promiscuidad abajo y no el enlacearribaen la cimaeran la noción más humana y más lógica de la quimera quelos hombres llaman igualdad.

De ahí vienen todas nuestras grandes desgracias.

Jamás se ha visto en parte alguna rencor más reconcentrado y perdurable queel rencor que existe en Villabrava de clase a clase. ¡La democracia es mentira;la fraternidadmentira; mentira el patriotismomentira! La única verdad es elrencor: el rencor disimulado y sonriente que se tropieza a todas horas a travésde las demostraciones del cariño falso.

Y así es como yernos y suegrosy primos y cuñadosy hermanos y sobrinosy todo lo que es parentesco de familia y cruzamientos sagrados de amistadtodoestá a merced de ese rencor y de esa farsa.

En el vértigo de nuestra existencia compleja y [94] trabajosaen luchafiera con instintoscon ambiciones y con clasesnos parecemos a los náufragosque en esos grandes siniestros marítimos olvidan lo que fue un momento antesgalanteríadistinción y culturapara reñir en el fondo del mar su derechode vivir.

Así como suben a la superficie esos náufragos con las manos «llenas desangre y de lodo»así también acabaremos nosotros por subir con nuestrosfurores y nuestros resentimientos escondidos en lo más recóndito del alma.

El destino se ha encargado de hacer lo demás. Rota la leyviolado elrespetoentronizada la impudiciairritada la envidiaperdida laconsideración socialprostituido el sentimientohumillados los caracteresentendiendo la civilización por el descaro del arroyo y el progreso por elaspecto exterior de las ciudadesVillabrava es un pueblo perdido para «elideal».

La enfermedadya lo veises intensa; enfermedad de influencia trágicadehondos y devastadores contagios. La enfermedad es moralmaterial e intelectual;porque el cuerpo humano en Villabrava carece de alimentoel espíritu dealegría y la conciencia pública de articulaciones.

El mal existe -aunque no lo crean los optimistas voceadores de nuestracivilización-existe y «toca a las entrañas de la Patriadesgarrándolas»existe arribaabajoen todas partes: en [95] el sueloen la atmósferaen lamasa de la sangre villabravense.

Cuando se la esperaba erguida y magníficacon la frente altacon los ojosllenos de fulgores de triunfoávida de conquistas nobles en la Cienciaen elArte y en la Industria; útil y vigorosa en el trabajosublime en el deberabnegada en el derechoinsólita en el honorla encuentra uno abajoen elabismohundiéndose hasta las rodillas en el fango; mezcladaconfundidahechamontón juntamente con los otroscon sus mismos odioscon igualesmezquindadescon sus idénticos y torpes procederes.

Esa clase media que ha podido salvarseque ha podido vencerque pudoregenerar el paísno tiene ni tendrá jamás perdón en la historia de suépoca.

En vez de luchar varonilmente «contra los vicios y la corrupción de sutiempo»ha utilizado ambas cosas en beneficio suyo.

¡Otra sería Villabrava si la clase media hubiera querido!

Menesterosa de ordennecesitada de consejossedienta de justiciahorrorizada por las turbulencias políticas y espantada de su triste estadosocialesta pobre tierra apenas si pedía un esfuerzoun solo esfuerzo impulsorde su renacimiento.

Peronoseñores; la clase media no quería: ¡qué iba a querer! Simédicos y abogadosartistas [96] y literatosbanqueros y negociantesjóvenes holgazanes y viejos achacososindustriales y artesanostodos sinexcepción casi y casi todos sin derechos justificableshan abandonadoprofesioneshan hollado amistadeshan violado debereshan pateado hasta lomás santo para entrar tumultuosa y desaforadamente en el desorden político;para meter los brazos hasta el hombro en las arcas nacionales; para pelearsecomo lobos a la vista de la presa de un cargo público cualquiera.

Así vemos cómo por una posición efímera corre el escándalo por el caminode la envidia; y se ensartan enredosy se zurcen chismes en las altas esferasdel Gobierno; y se fabrican anécdotas sobre reputaciones inholladasy esnegocio lucrativo el denuncio falso; y se atrinchera la infamia en los reductosinexpugnables del anónimo; y se traiciona al amigo y se asesina al compañeroy hace la emulación oficio de calumnia criminal; y para solaz de la opiniónbastardeadaa título de venganza políticavenciendo todo escrúpulova la imputación alevosa a sorprender la tranquilidad de los hogares: lo únicoinviolablesagradoaun en las más atrasadas naciones del globo...

Alláen medio del horrible naufragioresueltas a no dejar en el furiosooleaje la pureza de sus almasformando un mundo aparte de silenciodeselección y de honorluchan todavía heroicas[97] denodadasnuestrasmadresnuestras esposasnuestras hijas. ¡Quién sabe la suerte que mañanalas espera! Cuando ese mundo buenoamurallado de virtudesacabe de servioladoVillabrava habrá perdido su único pudor y su última dignidad...

A un cuadro tan sombrío como el que acabo de trazar correspondesin dudauna protesta solemne de parte vuestra. Ya os lo he dicho: me tiene sin cuidadovuestro enojo. Bien sabe Dios cuán duro oficio es éste de predicar la verdad alos que no quieren oírla; y bien sé yo cuán mala y recia de sufrir es ella silleva trazas de intolerante y ruda; pero no he traído yo aquí la adulaciónsino la obligación: obligación que se ha considerado lícita en todas lasedades y a todos los profundos analizadores de la Humanidadcuando de maleshondos y dolorosos se trata. Si en vez de conferenciante fuera yo novelistasería como Balzaccruel con la sociedad de su época; como Flaubert severo conlas costumbres de su época; como Tolstoïpesimista y despiadado con lasarbitrariedades de su época; como Zolacensor viril y en cierto modo sublimetransformador gigante de su época; y si fuera hombre de acciónfrancamenteseñoressería inexorable como lo fue aquel hombre a cuya expatriaciónnuncabien sentidacontribuimos los jóvenes con nuestra retórica estrafalariaconnuestros alborotos y con nuestra demagogia infantiljuzgándonos salvadores[98] de todo un pueblocuando éramos sencillamente cómplices de un grancrimen.

(No se necesitó más para el escándalo. ¿Para qué se necesitaba más?)



 

- XI -

La sala enteracomo sacudida por una descarga eléctricaestalló enformidable protesta de patriotismo agudo.

Y era lógico. Hallándose allí reunidos los más nobles y bizarrosvaledores de los fueros nacionalesaquella protesta se formuló en nombre desus santísimos principios y por manera enérgicaes decirpor medio de golpesde bastón sobre las sillasy por el más elocuente aún del insulto y delchillido. -¡Ha ultrajado a la Historia! -vociferabanestremecidos deirresistible pujanza. -¡La sociedad pide reparo inmediato! -¡Matemos alinfame! -¡Es un miserable! -¡Un impío! -¡Sacrilegio! -¡Bribón!-¡Canalla!...

Y se alzaban puños amenazadores y crispadosy había bocas llenas de espumay en cada uno de los calificativos enderezados al audaz detractor ponían losvengadores de la patria una cantidad tal de impudiciastal cúmulo dedesvergüenzasjuramentos... y cebollasque había para [100] salircorriendo con los oídos tapados. ¡Dijéranse las Furias del Olimpodesencadenadas y metidas a villabravenses... belicosos! Porque ya se sabecuando los dioses querían castigar a un mal nacidodesencadenaban sobre éllas Furias inexorables; y éstasa fuerza de chillidos y juramentossembrabanel espanto en el corazón del impío y lo precipitaban luego de cabeza por unabismo insondable.

Así se explica que los villabravenses de procedencia casi mitológica ydivinaparientes del dios del rayo y hermanos del dios de la guerravalerososy sublimes guardianes de aquella sociedad que se juzgaba propietaria de lamerced celesteno se contentaran esa tarde con jurar y «repartir»desvergüenzassino en poner en práctica el bárbaro proceder de susascendientestirando a Julián Hidalgo de cabeza por la tribuna abajo.

Para el caso había allí dioses de la talla de Arturo Canciónque hacia deMercurio; de Francisco Berzarepresentante de Minerva; de Teodoro Cuevasquepretendiendo ser Plutónresultó Vésperolucero de la tarde; un Vésperofrancés de polainascorbata azul y gardenia en el ojal de la jaquette.

Al general León Tasajo le venía de perlas el papel de Júpiter Tonante;pero Júpiter desapareció¡oh mengua del militarismo villabravense!alempezar la refriega. [101]

Entre tantos dioses mayoresamén de los secundarios que formaban montonerano podía faltar el rubio Apoloy Florindo Álvarez hizo sus veces.

Pero este Apolo furioso dijo cosas tan brutales y de tal modo las dijoquese oyeron perfectamente en la calledando lugar a que muchos transeúntesajenos al sucesose detuvieran a la puerta del local y tomaran parte en elescándalo.

Excitada por este súbito refuerzoaquella denodada juventud sintiócircular por sus venas la hirviente sangre de los héroespróceres y mártiresde su gloriosa independenciay se preparó a cobrar de una vez la afrentarecibida.

Los revólveresdagasestoquespuñales y otros alfileres de muerte quecompletan y resumen a todo villabravense de corajesalieron de sus respectivasbolsasvainasfundas y bolsillosconvirtiendo el salón en un verdaderoparque «criollo»cuyo número de instrumentos cortantes y explosivoscontribuyeron a encender en todos los pechos el ardor de que ya estabanposeídos. Quién másquién menosrespiró allí exterminio y mostrótrémula y vibrátil la nariz al olfateo casi voluptuoso de la sangre que se ibaa derramar.

Julián Hidalgo no tenía por qué hacerse ilusiones; su muerte estabadecretada.

En vano apareció sereno queriendo crecerse [102] ante el peligro; en vanoLuis Acosta hacia furiosos molinetes con aquel terrible y nudoso garrotetan conocido en Villabrava por las palizas que oportunamente administró; envano unos cuantos amigos generosos protegían con sus débiles cuerpos alinsolente mozo. No había nadie capaz de detener el empuje de losintrépidos vengadores de la patria.

Pero estábale reservado a un señor menos patriotay por ende máspráctico que todos aquellos señoresponer cese al alboroto. Y fue él JuanCoriolanoel coronel Coriolano Bravojefe de la furiosa cuanto calumniadaPolicía villabravensequien los metió en cintura. Detrás de la Policíavenía Júpiteres decirLeón Tasajoqueno pudiendo disponer del rayodispuso de sus piernas al comienzo del motíncomo hemos vistoaunque con elplausible y magnánimo propósito de evitar un conflictodicho sea en su honorde militarque nuestra ligereza le había regateado.

Ni el primer Coriolano produjo entre sus asustados conciudadanos el efectoque este otro Coriolano tropical a la puerta del hirviente salón.

No venía al frente de un ejército invasorpero sí a la cabeza de unpiquete de gendarmes de muy mala catadura. Por lo cual se explica que a laalgarabía de un minuto antes sucediera allí de repente uno de esos súbitosprofundos e inverosímiles [103] silencios que las reuniones de hombres heroicosadoptan para dar pruebas inequívocas de su presencia de ánimo.

No obstante esta actituddigna de consideración y de respetoel coronelque tenía ojos de lincevio cómo algunos muchachos azorados se guardaban enlos bolsillos precipitadamente las armas «mortíferas» de marrasyquitándose de ruidosdando una formidable arremetidacogió por el cuello alprimer patrioteroy le gritó:

-¡Marche pa lante!

-¡Pa lantepa lante! -repitieron los oficialessuperando a su jefey atropellando a todo patriota que encontraban.

-«Pa lante» le he dichoamigo. ¿Usted no entiende lo que es «palante»? -y se cimbrabanhaciendo vibrar en sus manos la justiciera maceta queportabansímbolo de su tremenda e inflexible autoridad.

Los villabravenses sí entendían aquel elocuentísimo «pa lante»aqueldelicioso idioma de su no menos deliciosa Policía; pero como eran tanvalientestan capaces de resistencias hazañosassemejantes a las muchas quehabían cometido sus padres en muchos gloriosos campos de batallasearremolinaban aquíse detenían más alláe iban saliendo poco a pocoamontonándose en la puertano sin lanzar centelleantes miradas de odio y devenganza a los miserables quesin respeto [104] alguno a sus nombres yprosapiaslos empujaban de aquella suerte.

Y prueba de esto fue queya en la callecuando vieron que Juliánprotegido por el coronel y sus «esbirros»entraba en un coche y partía aescapevolvió el indómito coraje a sus inflamados pechospor lo cualpartieron tambiénfrenéticosdetrás del vehículogritando:

-¡Para! ¡Parasinvergüenzapara! Pero el «sinvergüenza» noparó; los caballos iban como desbocados; el auriga sonaba y repiqueteabaterriblemente la fusta; el coche desaparecía entre una nube de polvoy losbelicosos perseguidoresirritados por no haber podido «beberse» la sangre deaquel rebeldelanzaron unas cuantas piedrasacompañadas de otros cuantostirossobre el coche escapado. Al oír los disparoslos gritos y las amenazasen medio de aquella desatentada carrerala gente corría despavorida. Secerraron con estrépito algunas tiendas de comercioy un señor que no lastenía todas consigo entrópálido y sin sombreroa una casa de familiapidiendo que lo escondieran en cualquier sitioporque acababa de entrar a laciudad el general Comejéncon su ejército de lanceros. (Un general muytremendo que andaba por aquellos días con sus bravos de a caballo por lasafueras de la poblaciónlanceando y degollando ternerasporque le habíanquitado el ministerio de la Guerra.) [105]

Huelga decir que la villa enteraignorando lo que en realidad ocurríaestuvo rezando y poniéndole velas a la virgen de los Desamparadosen espera dela entrada de Comején; hasta que El Temporalperiódico de grancirculaciónvolvió la calina a las sobresaltadas familiasnarrando el sucesocon todos sus pelos y señalesno sin elogiar de paso el acto heroico y «sinsegundo» realizado por la juventud. ¡Hermosanoble y hazañosa proeza!-añadía el periódico que en su página más bella había de registrar mañanala historia de este puebloungido para las magnas luchas.

No le fue en zaga a El Temporal el periódico tenido en la localidadpor moderado: El Augustodonde colaboraban ÁlvarezBerza y Canelón.Después de un valiente artículo de fondoredactado por el mismo directorvenía un «rondel» de Florindo Álvareztitulado: ¡Maldito seas!alque servía de epígrafe el último verso del famoso soneto «A Voltaire»deNúñez de Arce; luego seguía un estudio antropológico de Berzayporúltimoun ¡Epopéyico! de Canelóndonde se hablaba de proezas deluchadores medievales y otras archipujantes tonteríastodo ello enderezado acondenar la conferencia de Hidalgo. Y no contento Arturo con este desahogometafóricosaliéndose de sus casillas y tal vez mal aconsejado por Florindoque era de los que tiraban la piedra y escondían la manofue y «se metió»con [106] Luis Acostadispensándole una sangrienta alusión a propósito de su«valiente actitud».

Esta imprudencia del luminoso articulista dio más tarde motivo a muyinesperados y trágicos acontecimientos.



 

- XII -

Mientras se desarrollaban estos y otros menudos sucesos en la noble ydestartalada villaJulián Hidalgoen vez de salir a la calle resuelto aromperse el bautismo con el primero que encontrara -como era de suponersedadosu temperamento borrascoso-decidió encerrarsesepultarse entre las cuatroparedes de su cuarto.

Fue la única vez que procedió con acierto aquel mozo falto de juicioaunque sobrado de buenas intenciones.

Alrededor de su silencio voceó la ignorancia lo único que la ignoranciasabe vocear: injurias. Él creía oírlasa vecesdesde la altura de sucuartosuspendido como un palomar sobre los anchos corredores de la casaquedominaba todo el Norte de la ciudad.

Entonces se asomaba al balcón y tendía la mirada colérica sobre aquelenmarañamiento de tejados sucios y azoteas mohosasy calles estrechas que seretorcían locamente sobre la falda de [108] la montaña. Los lejanos rumores demuchedumbre que el viento le traía a ratos se le antojaban amenazasprotestasrugidos de la encanallada poblacióny acababa por exasperarse y apretar lospuños y responder a la inmensa y anónima injuria que le golpeaba los oídos:«¡Esperaespera... que aún me falta que decirte algo!»

Imprudencialocuraosadíao lo que fueseJulián Hidalgo llevó a latribuna sus ideas como el escultor lleva sus audacias al mármoly el pintor allienzoy el poeta a la estrofay el novelista al relato; por necesidadporconvicciónporque se lo pedía el almay el alma de Julián era joven ycreyentecreyente y joven en medio del indiferentismo y de la vejezuniversales.

Aquello y estoes decirla juventud y la creenciaambas cosas necesita unhombre para no palidecer ante semejantes apostolados; pero a la vez se necesitahaber vivido un medo ambiente como ese en que él se movíapara comprenderlosy justificarlos. Porque así como fue Julián tribunohabría sido guerrero enuna hora de subjetivismo revolucionario.

En esa hora fatal se hallabaaspirando al ideal bajo la perspectivaengañosa de la victoria. En la misma negrura que veían sus ojos de iluminadoencontraba arte y poesíay su corazón y su musa se entregaron por completo enlos brazos de una causa dolorosa y quiméricacuyo triunfo era poco menos queimposible. [109]

Toda su existenciasin embargose cifró en ella. Iba en solicitud de latortura y del martirio con la misma alegría que se va en busca de lavoluptuosidad y del amor. Por eso Isabel ocupaba un sitio secundario en supensamiento. La lucha entre el amante y el apóstol fue ruda; peroen aquellaocasión triunfó el apóstol.

Él mismo no sabía si era amor lo que sentía por la mujer que le ofrendabatoda su ternuratodo su espíritu débilaunque ardiente. La queríalaquería muchopero sin esos encarnizamientosardores y caricias frenéticasque acaso hubiera puesto en su pasión de enamorado a no entregarse todo enteroal utopismo que le absorbía el pensamientoel corazón y hasta el ser físico.

Todo se desvanecía frente a su «idea regeneradora»como ante una mujer dearrogante hermosura se empequeñecen los contornos de las bellezas másperfectas.

Su idea anonadabadevastabaarrollaba lo que al paso se le oponía: lacaricia del amor maternola conveniencia individual y el amor entrañable de lanovia encantadora quedaron vencidos por aquella idea omnipotente.

Y en aquella omnipotente idea erano obstantedonde se estrellaba supersona y donde dejó pedazos de su alma de artista rebelde y de poetalevantisco. A veces la visión sonrienteluminosa y magnética de Isabelita sepresentaba de [110] súbito ante sus ojos fascinadosle embelesaba y loenvolvía en un ambiente de felicidad inefable.

Era un instanteno más. Por uno de esos esfuerzos heroicos a que estabaavezado su pensamientodestruía la visión consoladora; y la otralaomnipotente visiónsímbolo de su ardiente apostoladotomada de nuevo cuerpoen su cerebrocrecíaapagaba con sus violentos resplandores la vaga ymelancólica sombra del primer ensueño y se enseñoreaba de su espíritu.

Cuando su pensamiento y su corazón entraban de lleno en estas batallasespantosassalían de ellas desgarradoschorreando sangrecomo los atletasqueno pudiendo matarse de una vez en un solo encuentrose emplazan parareanudar más tarde la lucha interrumpida.



 

- XIII -

Al par que Julián se entregaba a estas desoladoras luchassu atronado amigoy compañero Luis Acostaallá en el estrafalario entresuelo de su fondasostenía otras batallasde muy distinta índole por cierto.

Debía de ser algo muy serio lo que removía en el telar de su cerebro elatrevido mozoporquede codos sobre la mesa que le servía de escritorio ybiblioteca al mismo tiempocon la cabeza apoyada en ambas manosestabaembebido en la contemplación de un gran tintero de bronce que representaba unmono cabalgando sobre una rana.

Cuando aquella cabeza a pájaros meditabamalo: ya podía darse por seguroun alumbramiento monstruosouna barbaridaduna diablura.

Por de prontoaquellas hondas reflexionesmás hondas aún que las decualquier Paquito Berza sobre la solución de un problema antropológico[112]tendían hacia la radiante y magnífica persona de Arturo Canelón.

Él necesitaba cobrar aquella personalísima alusión que le dirigió desdelas columnas de El Augustoy a raíz de la conferencia de Juliánelimprudente Arturito.

Lo primero que se le ocurrió a Luis fue salirbuscar a Arturo y donde loencontrara «romperle cualquier cosa» de un trastazo; pero esto era confesarque «el valiente» aludido en el artículo era élpor lo cual se dio a pensaren una venganza horrible y sin consecuencias.

Tres noches llevaba en claro el desazonado mozo aguzando el ingenio en talsentidoy tanto lo aguzóque en vez de encontrar una horrible venganzacomoél queríaencontró una burla deliciosaque lo hizo desternillarse de risa.Para llevarla a caboy felizmentenecesitaba esperar una oportunidadyesperó tranquilo y convencido de que ella se le presentaría sin poner mucho desu parte.

Así fue.

Por aquellos días decidió la flamante Academia villabravense repartir en elTeatro Nacional las cintascoronasplumas de oro y demás mencioneshonoríficas ofrecidas a los genios y geniazos triunfadores en su últimocertamen.

Porque en Villabravaya se sabecuando un asunto más o menos serioo máso menos trivial[113] no merecía los honores del escándalode los tiros derevólverde las pedreas y de las carreritas de la Policía por las callesse solucionabacon un bailecon una serenata o con un certamen artístico-literario.

Lo más indicado era el certamen. El proyectadosonado y repiqueteado por laAcademiase efectuó en esta ocasión sin motivo justificable; por lo menoslos apuntes históricos que a este respecto hemos recogido no esclarecen deltodo tan importante acontecimiento.

Si se tiene por averiguado que para esta fiesta célebre la asendereadacorporación echó la casa por la ventanaresultando una verdadera solemnidadliterariaa juzgar por el kilométrico programa en que figuraban como notas deatracción una «oda» de Florindocuya lectura duró tres horas de relojy eldiscurso finaltornasolado y flamígeroque pertenecía por derecho propio alno menos flamígero y tornasolado joven don Arturo Canelón.

Esto no obstantela fiesta fue estupenda y rica y abundante en gorjeos detiples adorablesen florituras de pianistas insignes; en clamores depoetas en delirio.

Cada número se premió con aplausos nutridos y algo estrepitosos. Pero dondelos aplausos adquirieron carácter de ovaciónfue en los períodos máspujantes del discurso. Un triunfo quea juicio de El Temporaldejó«muy [114] señalados derroteros en la tribuna villabravense».

Canelón surgió del fondo del escenarioradiantecomo siempre¡magnífico! Le atravesó a pasos lentoscon la fatua seguridad del que estáconvencido de la influencia que ejerce sobre el público.

Lo acompañaron hasta la mesa que debía servirle de tribuna varios señoresmuy satisfechos de servir de marco a la eleganciaa la juventud y al aire un sies no es petulante del oradorel cual fue acogido por el concurso con palmadasrepetidas.

En este instante solemneun fotógrafo espontáneo sacó una vistadondeaparecieronluegolos acompañantes de Canelón azoradosbuscando susasientos respectivos. Después hubo crujir de sedas en los palcosanhelocreciente en las butacasya raíz de un prolongado silenciola voz robustadel máximo tribuno resonócomo una nota mágicapor los ámbitos de la salaelectrizada...

Aquel mozo no tenía precio.

Nada ni nadie se escapó a su elocuencia; mujereshombrescosaspoesíaartetodo fluía de sus labios en una serie de palabras sonoras; aquí unritmoallí un apóstrofe; acá una sentencia grave y allá un períodoatronador. Castelar y Moret se daban las manos; Silvela y Salmerón seconfundían. [115]

Lanzado de esta suerte en el camino luminoso el egregio Arturito -sin queviniera a cuento-hizo un prolongado viaje por la «aurora del mundo»por laedad floreciente «del espíritu humano»por la «juventud» de Greciapor la«vejez» de Roma y por «ese milagro de la Historia» que se llamóRenacimiento.

Para terminar esforzó el dantoniano acento y hablóhabló aún más;habló por los codoslo que le vino en gana; arrancando bravos estentóreos ala sugestionada concurrencia aquello de «la sangre de César»«el puñal deBruto»y «el casco del corcel de Atila» con que robustecen los tribunos deVillabrava sus grandilocuentes improvisaciones.

Al redondearse este magistral último párrafola genteenloquecidasepuso en pie. En la galería hubo vítores; de las plateas salieron palomasencintadasde las butacas ramos de floresde los palcos brotaron suspirossollozoslágrimas de niñas nerviosas y «vibrantes»; y a través de todoeste cúmulo de «ofrendas»lanzada de no se sabe dóndepasó «silbando»una gran corona de ajos y fue a caer brutalmente a los pies del relampagueanteorador.

Un alarido horribleunánimeinsólitointraducible e incomprensible entantos y tan distintos aparatos eufónicos allí reunidoscirculó por todaspartes; cien miradas investigadoras y ansiosas se dirigieron al paraísoa los[116] pasillos; y algunos caballeros salieron en busca del «aguafiestas» deaquella noche memorable.

Pero fallida la esperanza de encontrarloel público se vengó de élhaciendo una nueva ovación a su tribuno.

Más tardecuando todo el mundo salía comentando a su manera la villanaacciónya se susurraba en el vestíbulo un nombre odiado; ya se sospechabaquién era el autor. En un grupo donde peroraban Florindo Álvarez y PaquitoBerzadándole visos de misterio a lo que decíansalió el Cristo a relucirolo que es lo mismo: Julián Hidalgo.

La muchedumbresugestionada por la noticiala echó a volarsin que nadiepor caridad siquierase aventurase a poner en duda tan gratuita suposición.

Al día siguiente del sucesoel esclarecido y joven tribunoapoyado por«la opinión pública»escribió un artículo que ardía en un candil. Deeste artículo se desprendían los más viles calificativos contra el sospechadoy sospechoso Julián Hidalgo.

Aunque ésteencerrado en su habitacióndistanciado de todo y de todossumido en sus hondos pesaresno se enteró de aquella infamia. Y todoVillabrava supo que no élsino el entrometido Luis Acostahabiendo encontradoen la Plaza Central al «ígneo» orador y articulista procaz[117] fuey sindecirle oxte ni moxtele cruzó la cara con un látigo.

Inevitable resultante de estos imprevistos latigazos fue un duelo original ycomplicadoúnico y sin precedentes en la heroica Villabrava.



 

- XIV -

Pequeñametida en carnespero garridaaun en medio de esa adorablepequeñez y de esas carnes admirablemente distribuidas en curvas y ondulacionesde tornátil suavidadSusana Pinto era el prototipo de la criolla en plena yseductora florescencia.

Se hallaba en la edad de esas mujeres de hermosuras triunfantes que con lasola esplendidez de sus formas eclipsan la belleza de sus hijas.

Más que madre parecía hermana de Julián.

Acaso su infecundidadresultante inmediato de aquel heroico alumbramientoque desgarró sus entrañas siendo niñacontribuyó a conservar la bizarríade su juventud.

Y así como la juventud se desprendía espontánea de las ondas de suscabellos y del color de sus mejillas salpicadas de lunares y de hoyuelosasíla lujuriauna lujuria involuntariapero violenta y tentadorase asomaba sinquererentre relámpagos de pasióna sus grandes ojos negros; [119] sedeslizaba a través de sus pestañastenía temblorespalpitaciones y olfateosen su narizvagaba como un soplo tibio y alentador en sus labios siempreentreabiertossiempre húmedos; y surgíaen una palabrade su andarelásticoque bastaba para incendiar los sentidos de los hombres.

Y no obstante estas manifestaciones de voluptuosidad inconscienteSusana fuerespetadamejor dicho aúnsagrada para toda aquella sociedad dispuesta a caera todas horascon la velocidad de un rayosobre toda sospecha. Tal respetoano dudarvino a ser la prueba irrebatible de su honradezexcitantesíperohonradez que tenía todo el orgullo de una conciencia bien puestay todo elvalortoda la fuerzatoda la energía de una fe...

De aquí que siendo propicia a las pasiones impetuosas y capaz de irritarlascon su sonrisa inocentemente «diabólica»Susana fueraen la más completaacepción de la palabrauna hembra irresponsable.

Esta irresponsabilidad de hembra que fluía de su ser violentamentese puedeapreciar ahora en la actitud que acaba de adoptar para arrellanarse en una delas mecedoras de su gabinete.

Son las cinco de la tarde. Una ligera cortina de encajesextendida sobre lapuerta de la estanciadesvanece en parte la discreta luz del día; pero susresplandores bastan para alumbrarla. [120]

Y así se ven esclarecidos todos los objetosresaltando entre ellos por elbruñido de su grueso y sólido marco el retrato de José Andrés Hidalgo.Debajo del retrato hay un sofáy junto al sofála mecedora dondearrellanada y envuelta en una amplia bata de percalestá Susana.

Tiene las mejillas encendidasla respiración nerviosa y fuerteesa fuertey nerviosa respiración que sucede con frecuencia a las discusiones violentas;en sus ojossombreados por círculos violáceosbrilla como un relámpago decóleray por sus labios húmedos y entreabiertos vaga aún el resto dolorosode la frase que acababa de pronunciar. Enfrente de ellainquietopálidodonAnselmo Espinosa pasea con torpeza las manos por los anchos regazos del asientodonde se halla.

Por esta silenciosapero tirante actitudes fácil adivinar la escena quese desarrolla entre ambos personajes: una escena que debe haberse repetidomuchas veces.

En don Anselmo no había muerto el deseo vehementísimo de poseer a Susana.La contrariedady sobre la contrariedad la virtud irreductible de aquellamujerhabían excitado su apetito. Un suceso inesperado -la prisión de JuliánHidalgo a causa del duelo de Acosta y Canelónque conocerá el lector en sudebida oportunidad- lo arrastró de nuevo hacia la madre. Nunca [121] gozo másinfernal se alojó en el alma de un ser humanoque el gozo recibido por la dedon Anselmo cuando supo que a su pariente lo llevaban a la cárcel.

Vio el cielo abiertoes decirvio su senil aspiración alboreada deesperanzasporque siendo Julián un estorbo para sus planes de conquistasuprimido el estorboaquellosegún él y según los medios escogidos para suinmediata realizaciónera «cosa hecha».

Desde este instanteel deseo transformado en pasión le llenó la vida todaal enorme señor. Y turbado por ellaposeía mentalmente a Susanao creíaposeerla; la poseía con furiacon frenesí de bestiaa través de saciedadessilenciosas imaginadas hasta en los diálogos con ellaen que siempre se veíarechazado. Cuanto más lo rechazabanmás se aferraba a su delirio aquelhombreconsagrándole todas las humillaciones de que él era capaz.

En medio de una de estas crisis espantosas lo hallamos: implorando lasatisfacción de su carnal codiciay ofreciendo en cambio de ella la libertadde Juliánque él podía alcanzar con sus influenciashablando con elgobernadorcon el ministrocon el presidente si hacía falta.

Irá a todas partesadonde Susana quiera.

Lo suplicalo repite conmovido cien vecescien veces lo jura. Susanapermanece inflexible; prefiere sufrir ella y saber el sufrimiento de su [122]hijo antes de permitir que le toquen la punta de los dedos. ¡Esonunca!

Ella sabe también que las súplicas de don Anselmo envuelven una amenaza: elrompimiento de las relaciones de familiaque la gente comentaría en detrimentosuyo.

Todo eso lo comprende Susanapor desgraciay todo eso la encolerizaladesesperala pone en un estado de exaltación próximo a la locura. ¡Ahnono! ¡Eso es inicuoabominableespantoso; el dolor mismo de Julián no tienederecho a su deshonra! ¡No!

En vano solicita don Anselmo compasión; en vano se arrastrase revuelve ensu asiento como un condenadose arrodilla casi a los pies de Susanaen vanopromete terminar las desavenencias con Julián y darlesi quierela mano deIsabel. Aquel hombre que no permitía a Julián un diálogo inocente con suhijaa través de la ventana de la callellega hasta ofrecer su existenciaentera en cambio de un abominable y oprobioso deseo.

A Susana le produce asco todo esto; hace un esfuerzo para reprimirsey nopuede; se indignase sublevase levanta del sillón violentamente; peroabrumada por el exceso de tantas agudas sensaciones sufridas en tan poco tiempoopérase de repente una revolución en todo su organismoy se deja caer denuevo en el asientodondevencida por la penase pone a llorarocultando elrostro entre las manos. [123]

Sollozando de esta suerteen medio de una gran desesperación en que ocupasitio doloroso el recuerdo de Juliánla pobre mujer no se da ya ni cuenta dela presencia de Espinosa. Y ésteaprovechando aquel instante de supremaangustiase le acerca tímidamente para prodigarle consuelosque ella no oye.

Sólo cuando élengañado por el silencio de la viudase atreve aacariciar su cabeza con mano trémuladiciéndole en voz baja y llena de temor:«VamosSusanano te desesperes»ésta se levanta de nuevoda un saltocomo una fiera mal heriday con la osadía de la mujer ultrajada por el tuteoprecozofendida en su orgullole arroja un mundo de insultos a la cara.

- XV -

Canelónnaturalmentese indignó muchísimo y trató de devolver la ofensaen el acto; allí mismo donde la recibió. Pero intervinieron varios amigos yes claroel agresor se fue tranquilamenteriéndosecomo si hubiera hecho unagracia. Esto era lo que más le indignabay tantoque salió por la nochearmado hasta los dientesde café en café y de plaza en plazabuscabuscandopor todas partes a Luis Acostaque no aparecía por ninguna.

La resolución y la ira se pintaban con tales muestras de seguridad en suacardenalado rostroque muchos de sus admiradoresa quienes comunicó elsanguinario pensamiento de matar a Luis aquella nochepreviendo una espantosacatástrofedecidieronpara evitarlaarreglar el asunto con un duelocosaque no le había pasado por las mientes al mantecoso Arturo.

Alguien creeen consecuenciaque no le cayó bien la idea del desafío;pero Teodoro Cuevas[125] que era del grupo y que no cabía de gozo ante laperspectiva de un duelo... visto de lejoshabló de «lavatorios de honra»yno hubo más remedio que batirsetanto más cuanto que muchos engomados yperfumados jóvenes de la buena sociedad habían presenciado la escena de lostremendos latigazos.

La noticia tuvo pronta divulgación y dio vuelta en redondo a la famosaciudaddonde era cosa poco menos que imposible ocultar ni verificar un desafíoformalmente.

Los desafíos en Villabrava resultan portentosos de puro ridículos; o severifican a medias después de cien idas y venidasde conferencias y padrinoso se realizan a noventa pases de distanciacon revólver y sinconsecuencias.

Nadie sabe allí por dónde van tablas en punto a lances de honorni faltaque hacepues lo corriente es «batirse» en la callea través de las puertasde las confiteríaso escudados por los árboles de la Plaza principal y biencerca del cuartel de Policíapara que la autoridad llegue a tiempo. Por logeneral no salen muertos ni heridos de estos lancesen plena calle loscombatientessino algún inofensivo transeúnte.

Mas Canelóncumpliendo con sus sagrados deberes de caballeronombrórepresentantes suyos a Teodoro de la Cueva y a Florindo Álvarezque noconocían el código de honor ni a tuertas ni a derechas. Luis Acostasiempreexpeditivo [126] y violentoquería arreglar aquello en seguidaal machete oal cañón; pero los padrinos de éste se negaron a aceptar tan bárbaroprocedimientomanifestando que sólo a los testigos les tocaba elegir las armasde combate; y en consecuenciaLuis se vio obligado a salir en busca del generalTasajo y del abogado Jorge Sucre; éstos aceptaron con júbilo el delicadoencargo.

Se convino en guardar la mayor reserva sobre la hora y el sitio donde debíarealizarse la espeluznante escena; pero Luisque no podía hacer nada sindecírselo a Juliánle faltó tiempo para ir a contárselo todocon sus másmenudos pormenoreslo que provocó entre ambos una acaloradísima disputaporquesegún Juliánsiendo él el ofendido en el artículo publicadoeraél y no Luis quien debía romperse el bautismo con Canelón.

Para la protesta ya era tardeno obstante la contundente lógica expuestapor Julián. El duelo se realizaría al día siguiente a las seis de la mañanaen el valle de los Aparecidos: un valle cercano a la ciudad y no muy lejos de unproyecto de ríocélebre por las melancólicas endechas con que lo habíancalumniado todas las generaciones de poetas villabravenses.

Y a las seis menos cuartodando no pocos rodeos y tras infinitos saltos ytropiezossubía Julián Hidalgoapoyado en un grueso bastónla colina quecerraba por aquella parte el vallecito [127] mencionado. Al ganar la cumbre deltortuoso cerrose detuvo un instante y cobró los alientos perdidos en latrabajosa ascensión...

Minutos después percibió confuso murmullode voces al pie de la colinayapenas sí tuvo tiempo de bajar precipitadamente hacia el valledondeconsiguió ocultarse detrás de una espesa arboleda. El murmullo se fue haciendocada vez más intensoy muy pronto llegaron a sus oídosclaras y vibranteslas voces del general Tasajode Florindo y del abogado Sucre.

Venían empeñados en acalorada polémica sobre cuestión de «revólveres».Juliánatisbando por entre las ramas de los árbolesvio a Luis que sealejaba de ellos para dejarlos con entera libertady un poco más atrásaCanelón y Teodoroque llegaban de bracetecon sendas gardenias en los ojalesde la americanaaparentando gran serenidad. Dijéraseno obstantequeCanelón no las llevaba todas consigo: se apoyaba demasiado en el brazo de suamigo.

Más que por miedocreemos que este apoyo obedecía a la falta de alimentoporque Arturo llevaba en el estómagoen vez de desayunouna respetable dosisde bromuro.

Decidido el asunto de las armasque se llevó un buen rato de disputas ymanoteosse preparóel terreno. Sucre y Tasajo colocaron a Luis en el sitioque le correspondíaentregándole un revólver atestado de cápsulas. Florindoy Teodoro [128] hicieron lo mismo con Arturollevándole lo más lejos posiblede su adversario; pero con tan mala suerteque fueron a colocarlo casi alfrente del grupo de árboles donde se ocultaba Julián.

Acto continuolos cuatro testigos se retiraron a honesta y respetabilísimadistancia.

A estas alturas había llegado el solemnísimo actoy ya se disponía a darel general las señales de combatecuando salióinopinadamenteJulián de suescondite.

Lo que entonces pasó no debería ni mencionarse. Es un punto negro en lahistoria de nuestro héroeque ofrecerá de fijo a los criminalistas anchocampo para muchas transcendentales investigaciones.

El solo hecho de relatarlo fiel y cumplidamente como ocurrió estremece lapluma en las manos del novelista y le pone los cabellos de punta. Porque fueaquel un instante de verdadera consternación: de consternación y sorpresa paracombatientes y testigos.

La inesperada salida de Juliánsu actitud amenazadorahostilysobretodo estolo insólito del casoinfundieron allí tal pavorque en algúntiempo nadie se atrevió a moverse. Julián se dirigió sin vacilarcon pasofirmeal sitio donde permanecíapálido e inmóvilCanelón.

-Oyetú. No es con ése -le dijoseñalando a Acostay revelando en sutembloroso acento [129] la ira que lo embargaba- sino conmigo con quien te vas abatir.

-¿Ahora? -exclamó Arturoretrocediendo un paso.

-¡Ahora mismoahora!

-¡JuliánJulián! -le gritó desde su puestoagitando los brazosLuisAcosta-. No seas loco. ¡Apártate!...

El ofuscado joven no oía. Debió de perder la razón en aquel momentoporque de un salto furioso salvó la distancia que lo separaba de Canelón yrugiendo más que diciendo: «¡Es conmigo... conmigoque te vas a matar!»ledescargó un tremendo garrotazo en la cabeza.

El desprevenido duelista trató de rehuir el primer golpe; pero detrás delprimero vino el segundoy el terceroy la acometida fue entonces tan violentatan reciatan brutalpara decirlo de una vezque el atropellado Arturo dejócaer el revólvercuyo gatillolevantado yase disparó al chocar contra elsueloyendo a aplastarse la bala en una piedra que estaba cerca.

En vano corrieron voceandoprecipitadamentelos testigospara evitar elfuribundo ataque. Hasta el mismo Acosta intentó detener al impetuoso agresor.Todo fue en vano: el muchacho acababa de satisfacer su cólera sobre elensangrentado cuerpo de Arturoquien rodó por el césped sin sentido.

León Tasajoque andaba reñido con todo [130] aquello que no fuese correctoen punto a cuestiones de honorse indignó mucho y dijo que era la primera vezque en la ya larga serie de duelos villabravenses acontecía semejanteiniquidad. Florindo derramó dos lágrimas como avellanas sobre el pálidorostro de su amigoy es de justicia consignar que Luis Acosta se conmovió yestuvo a punto de reñir a Julián por aquel acto incalificable.

El único que no tomó parte en la desastrosa escena fue Teodoroporqueasustado al oír el tiroy sobre el tiro los gritos que resonaban por todosladosse dio a correr de tan prodigiosa y desatentada maneraque muy prontollegó al ríoy queriendo salvarlo de un saltocayó entre un pozoproduciendo su caída un estrépito «terrorífico».

Unas lavanderas que acertaron a pasarcompadecidas de su desgracialeayudaron a salir de allíhecho una lástima. La gran flor que llevabaTeodorito en el ojal de la americana quedó flotando entre los remolinos delagua.

En tantoArturo Canelónbañado en su gloriosísima sangrefue trasladadoen brazos de sus amigos a Villabravadonde no se sabe cómo ni por quémisteriosa vía telefónica se tuvo conocimiento del hecho antes que el heridollegase.

El padre de Arturitoque gozaba de grandes y decisivas influencias en lasesferas oficialesdio parte a la autoridad competentey Julián Hidalgo [131]fue reducido a prisión antes de entrar a la ciudad. Los periódicos callejerosque aún recordaban su famosa conferenciase agarraron del suceso para echarlos pies por el airey lo que en un principio pudo pasar como caso de violenciadisculpablese elevó muy pronto a la categoría de «crimen».

De tal suerte se explotó tan pérfida «insinuación»que extraviado ya elpúblico criteriohasta el distraído jefe del Gobierno tomó cartas en elasunto. A él le tenían muy sin cuidado los horrores villabravensespor locual andaba allí todo a manga por hombro; pero en tratándose del hijo de unseñor que era el más firme sostén de su políticaya era harina de otrocostal. Ofreció a Canelón padre tener al joven Hidalgo en la cárcel mientrasél presidiese la República; y fue inflexible en aquel asunto trivialcomo fuedébilfatalmenteen otros de suma transcendencia. Ni la misma madre deJulián Hidalgo consiguió doblegar su voluntad.



 

- XVI -

A través de los numerosos grupos de hombres que charlaban en el vestíbulode la residencia presidencialun edecán condujo a Susana hasta el «salón deespera».

En este salón espaciososin alfombrasmal decorado y peor dispuestoconpocos muebles y muchos cuadros de un gusto artístico verdaderamente detestableaguardaban también algunos otros hombres pegados a las paredeshumildestaciturnoscomo avergonzados de encontrarse en aquel sitio; firmes en susasientosespiando el instante en que el oficial de guardia dijera: «¡Elgeneral!»para ponerse de pie y echarse a temblar en su presencia.

Los privilegiadoscomo si dijéramos los de casalos que entraban y salíanallí con sus sombreros puestos y con aire desenfadado y de confianzamiraban alos infelices del salón de espera por encima del hombro.

En su mayoría eran los favorecidos pretendientes[133] empleadosmilitarescomerciantesalgunos clérigos aspirantes a obisposamigosparticularesdiputadosmagnatesmuchos lumbreras de la política aluso y muchos «salvadores del país» que en Villabrava abundan de maneraprodigiosa. Estos representantes de la politiquería villabraveñaque teníanla dignidad por apariencia y el servilismo por cultoy cuyo único oficio erael de mentirse y engañarse a todas horasformaban frecuentemente corros en elcomedor y en el patio: hablaban mil majaderías y se dispensaban mildemostraciones de afectoodiándoseen el fondotodos ellos.

Si a la casualidad pasaba «el general» y les repartía unos cuantosapretones de manosy les preguntaba por la familiase volvían locos decontentoy dándose por satisfechosdesfilaban hinchadosradiantesmirandocon orgullo a los demáscomo diciéndoles: «¡Ehqué os parece! ¿Habéisvisto cómo me apretó la mano el general?»

El espectáculo era desconsoladorpero ciertorigurosamente cierto.

Hacía poco menos de diez minutos que Susana esperabay ya se sentíahumilladaen términos que le costó hacer un grande esfuerzo para nolevantarse y salir sin ver al presidente. Pero en este momento llegaronobstruyendo las puertasvarios generales: ¡como veinte! Entre ellos venia unoa quien llamaban «Maquiavelo»porque [134] era hombre de mucha trastienda ymucha mano izquierdacomo dicen los españoles de los toreros prácticos.

Al ver a Susana este Maquiavelo tropicalcuya finura y melosidad con lasdamas no se compadecía de sus trasteos políticosse ofreció espontáneamentea anunciar su visita al jefe del Estadono sin condolerse en alta vozy concierto énfasisde que a señora tan distinguida y tan hermosa no la hubieranhecho pasar al salón que le correspondía.

Así fue como al poco ratoacompañado del invicto Maquiaveloapareció elgeneral a la puerta de su estancia e invitó a Susana a entrar a su despacho.

El general era un hombre morenorollizode recio aspectode gigantescoporte. Se encontraba en toda la fuerza de su edad y descubríase a primeravistaen su cara fresca y lustrosaredondeada por una barba negra y abundanteal hombre sano de cuerpoquitado de placeres y agitaciones mundanas.

Tenía fama de reservado y receloso; y no era bien querido en Villabravaporquehabiendo llegado al Poder con gran prestigiogracias a su legendariovalor y a sus triunfos de militar afortunadofue harto débil y complacientecon una chusma de amigos quemanejando el Tesoro público a la diablaentreeste fraude y aquel contrato leoninoen tal combinación y en cual negocio[135] fraudulentola dejaron limpia y maltrecha en menos de dos años. Pero enpunto a política ruralsabía el presidente más que todos sus colaboradoresjuntos.

Tenía un profundo conocimiento de los hombres que lo rodeabany aprovechabade ellos lo que mejor le parecíadejándoles luego todas las responsabilidadesa cuestas.

Necesitando un día redondear un importantísimo negocionombróadministrador de Aduanas a don Anselmo Espinosacuyo prestigio de banquero lefacilitó llegar al fin que se proponía.

Le interesabapor ejemplodesarrollar una intriga: pues nadie mejor que«Maquiavelo»sujeto hábil en enredosflexibledúctiljesuita y gitano enuna sola piezahombre necesario a casi todos los gobiernos.

Poseía un don absolutamente felino: cual era el caerse al suelo del alero deun tejado y caer siempre de pie.

Por aquellos días el viejo Canelón era el personaje en alza. Sinconvicción ni creencia algunasy aunque era emprendedor y animosono sabíacomo Maquiavelo cuándo debía arrodillarse ni cuándo debía levantarse de tantriste postura.

Una combinación arriesgada le dio acceso en el Gobiernoy por ende gozaba ala sazón de grandes «facultades» y extensos privilegios. [136]

De aquí que las súplicas de Susana no hicieran mella en el corazón delgeneralque no quería disgustarpor ningún respectoal viejo Canelón.

La pobre mujer habló como hablan las mujeres que abogan por sus hijos: conesos acentos tiernos impregnados de amor y de lágrimasque ablandaban laspiedras; con esa expresión única y sublime que pone Dios en los labios de lasmadres que suplican.

El general le negó de manera terminantey sin réplicasin excusalalibertad del hijo.

Precisamente cuando formulaba tan rotunda negativa asomó por entre el espesocortinaje de la puerta principal del despacho la desgreñada cabeza de unchalán:

-Generalahí traen el caballo negro que usted encargó.

Y el generalque se olvidaba de los más transcendentales problemaspolíticos y de los asuntos más urgentes en cuanto le hablaban de un animalocosa asídejó a la madre con la sollozante súplica en los labios y se fuecon el chalán a ver el caballo.

Susana se inmutó primerose puso luego roja de vergüenza y estuvo a puntode desmayarse.

Mas por un movimiento de reacción súbitade la cual ella misma no se dabacuentase levantó sin pronunciar una palabra y salió dignamajestuosa[137]con paso firmepero con los ojos llenos de lágrimaspor entre los grupos dehombres quetaciturnos y encorvadosesperaban en el vestíbulo la hora deecharse a temblar en presencia del general.



 

- XVII -

A consecuencia de esta desgraciada entrevistaunida a las muchas otrasdesazones que embargaban su ánimo apocadoSusana enfermó y estuvo algunashoras como atontada y pasó muchas noches sin dormir.

Días negrosdías tristesdías espantososdías pródigos ensufrimientos fueron aquellos de la prisión de Julián para la infeliz madre.Bien sabía ella que en Villabrava ocurrían cosas muy originales en punto aprisiones.

Que hasta un criminal digno de los más negros castigospor estas o poraquellas combinaciones políticassaldría de la cárcel hecho jefereivindicado y respetado por todo el mundoantes que su hijoa quien sesacrificaba en cambio de un beneficio momentáneoa quien la sociedad señalabay distanciaba de su seno como a un apestado; a quien un hombre negaba el derechode amar y un pueblo entero el derecho de vivir.

Para una madre como Susanala prisión indefinida [139] del hijo era pocomenos que la muerte. Su desesperación no tenía límites: era inmensa.Contribuían a aumentar esta desesperación la soledad espantosa de su casa y lavista constante de la habitación de Juliánadonde ella iba con frecuencia ameditar y a llorar su desgracia.

Allí se sentaba frente al escritorio donde un montón de pequeñecesdedetallesde cosas íntimas adquirían dolorosas proporciones a sus ojos. Cadacosa adquiría para ella algún significado tristeporque en cada sitio deaquel escritorioque heredó Julián de José Andréshabía algo de éste yalgo de ella y alguno que otro regalo de Isabel; la pluma y la carpetaeltintero y el selloel lacre y las papeleras y los libros; todotodo laacongojabala martirizabale traía a la memoria el amor inmenso de su hijo...

Aguijoneada y acosada por su recuerdose sentía desfallecer y salía deallí a llenar toda la casa de quejasacusando a todo el mundo de su desgraciahasta que caía de brucesrendida sobre la camabañando las almohadas decopioso llantocomo si Julián se hubiese muerto.

Mientras los días corrían unos tras otros y ni una esperanza remota veníaa calmar sus ansias.

Una tarde salió desesperadacomo una locade ministerio en ministeriodela Gobernación a la Prefecturade la Prefectura a todas partes donde creíahallar un personajeuna influenciaun hombre que la ayudase a conseguir lalibertad[140] con tanta vehemencia y con tanto dolor solicitada. Regresó acasa desfallecidasin alientosllorando casi a gritos. El desengaño leprodujocomo siempre que alcanzaba el grado máximo su penaun desgarradorestrago físico y moral.

Sin despojarse de la mantilla ni quitarse los guantesretorciendo elpañuelo entre las manosse sentó en el sofá del gabinetede espaldas alretrato de José Andrés.

El agudo dolorreviviendo en ellala anonadó nuevamentey sus angustiasaumentaron a medida que la tarde avanzaba hacia esa hora inapreciablemelancólicaen que el espíritu se entrega sin defensa a sus preocupacionesmás siniestras. No pidió luz ni llamó a nadiey allí se estuvo sin sabercuánto tiempopostradacasi sin vidasin más voluntad que para sufrir.

De tal suerteque no le impresionó la entrada de Espinosa al gabinete.Dijérase que lo esperabaque se resignaba a oírlo. Y en aquel prolongadosilencioen aquel recogimiento dolorosoen aquella inmovilidad de estatuaSusana no tuvo ni valor para el enojo; la protesta no subía ya a sus labios.

Don Anselmo le dio la mano sin hablarlese sentó y la dejó tranquila; ladejó que meditaseque sufrieseque llorase mucho... Peroal sentarseretenía aún la mano de Susana entre las suyas.

Susana continuó inmóvily después de un largo [141] ratoun ligeroestremecimiento circuló por todo su cuerpo: desfallecía... Se abandonabasindarse cuentaa una de esas somnolencias tan habituales en ellasemejantes auno de esos minutos horribles en que la vida todaempujada por la fatalidadvadócilmente al sacrificiocansada de la lucha.

Y en medio de su aniquilamientode su postración y de su penacreyó quela fatalidad era un abismo donde debía hundirse al finy adondeapenasasomadasintió el alma temblorosasuspendida en el aire como en un vértigoqueriendo caer y sustrayéndose al mismo tiempo a la caída.



 

- XVIII -

Pero la caída de Susanaen esta ocasiónfue violentaignominiosaestúpida.

Se entregó sin batallarpor manera débil y cobardedeshonrando sus veinteaños de virtud en un segundo de inconsecuenciarodandorodando hasta el fondode aquel abismo que presintió momentos antessin detenersefatalmente.

Tuvono obstanteun momento de miedomiedo horrible al silencio de lacasaa los muebles (3) <notas.htm>alas paredesal sofáque crujió bajo su peso de hembray sobre todo esemiedo un pavor espantoso que le acometió al fijarse en el retrato de JoséAndrésque la miraba. La figura severa del marido parecía desprenderse dellienzo en el instante de aquella suprema faltay Susana sintió flotar como unamaldiciónsobre su cabezael espíritu indignado de aquel hombre.

Desasiéndose entonces bruscamente de los brazos de Espinosase incorporóquedando inmóvil en medio de la semiobscuridad de la habitación[143]dominada por el pánicoclavada allísin poder dar un paso ni proferir unapalabra... La vulgarla innoble frase de Espinosa: «Esto es un hecho»aquella fraseque en sus labios fue una injuria lanzada a través de unaesperanzase había convertido al fin en realidad y en sacrilegio.



 

- XIX -

Las puertas de la inmunda cárcel de Villabrava se abrieron al fin paraJulián Hidalgo.

Portadora de la inesperada orden de libertadfue la misma Isabel en cochecon su padre hasta «la penitenciaría». Juliánen el primer momentono supolo que le pasaba; no se atrevió a creer aquello. Lo palpabalo veía; era unhecho y aún se le antojaba un sueño.

Nono era un sueño. Isabel se lo explicó todo. EllaIsabelitase moríade pena; Susana se moría de dolor; Juanasu mamáse moría también: todo elmundo se moría... Y su papaítoque no era tan malo -¿verdad que no?-tanmalo como él se figurabafue quien se empeñó con el viejo Canelóncon elgeneral... con todo el mundo.

Lo que había hecho papaíto por ellapor élpor los dosno había conqué pagárselo. ¡El pobre era tan bueno a vecestan bueno! Además él [145]deseaba más que nadie que se terminasen los disgustos: al fin eran parientes. Yno estaba bien vista en la sociedad aquella desavenencia. «Ya que os queréistanto -le había dicho esta misma mañana-yo no me opongo». Luegoen vozbaja y acercándose mucho a Julián. «Verás tú qué felices vamos a ser; túverás».

Y decía todo esto Isabelita en términos tan conmovedorestan tiernosyestaba tan hermosatan insinuantetan lindaque Juliándesconcertadonisiquiera se dio cuenta de la presencia de don Anselmoque un poco lejos delsitio en que los dos jóvenes formaban el interesante grupoesperabavisiblemente inquietosu inmediato resultado.

Julián no tenía ojos ni oídos más que para Isabel: viéndolaseembelesaba como un tontoy oyéndolaoyéndolala alegría se le subió de ungolpe al corazón y le llenó la boca de frases sin sentido.

Y es que estos hombres irrefrenablesheridos por el fracasoo asustados porla felicidad que se les entra de repente en el almasin pedirles permisonoven nadaabsolutamente nada más allá del mundo que se forma a su alrededor.

Por otra parteJuliána pesar de sus ímpetus y a pesar de su altivezposeía un espíritu infantilalgo incauto.

Y lo más lamentable era quecon su aspecto [146] de observador profundofue a todas horas un hombre distraídosin penetración y sin malicia. Unamirada escrutadora lo ponía fuera de sí; una pequeñez lo alteraba hasta loindecible.

Un asunto graveemperopasaba por su lado rozándole y pasaba sin que élse diese cuenta de su gravedad. Aquello que debió causarle una profundaimpresiónapenas le causó asombro. Y así se explica que a su libertadalcanzada bajo la fianza de don Anselmono le diese verdadera importancia: alfin don Anselmo era el padre de la mujer que él amaba y que tanto sufría porél.

En cambio le alteróle ofuscóle indignó saber que el viejo Canelónhabía exigido al generalen «pago» de su libertadel nombramiento decónsul de Villabrava en París para su hijo Arturo. ¡Oh! «Aquello era inicuoestúpidovergonzoso. A un país así tenía que llevárselo el demonio...»

Mas no fue a él solo a quien «ofuscó» el nombramiento de Arturo Canelón.A los amigos de éstea Florindo Álvarez y a Paquito Berzaque andaban locosdetrás de aquel Consuladolos puso furiosos la distinción dispensada alcompañero.

¿Cómo no? Todos los Paquitos y Florindos literatos y poéticos deVillabrava se creían merecedores de un cargo diplomáticopor el solo [147]hecho de dar a luz cada nueve meses unos cuantos folletos de versos áureos yartículos dislocantes.

Era lo que élel pindárico poeta decía: «Hasta Angelito Marmelado quiereser cónsul». Lo cual fue una inaudita irreverencia de Florindo. PorqueAngelito Marmeladoimpecablegenial y azucarado prosistaespecie de JuanValera en el decir y de Gabriel d'Annunzio en el crearera acreedor como éstea la admiración y al respeto de sus compatriotasy dignoa su vezcomo donJuande ser llevado entre ángeles y mariposas y perfumes al quinto cielo de ladiplomacia villabraveña.

Un sentimiento parecido al de la envidia llevaba al irritado poeta a nopermitir o a no querer que Canelónsu «hermanito» en letrasse fuese solo aviajar por esos mundos sin su amorosa compañía.

Pero Florindo no tenía el padre alcaldey por más que intrigó y supo enjuego los ardides y artimañas del casomaleando de paso en el Ministerio lareputación antropológica de Berzaque aspiraba a una Legacióno cosa asíno pudo conseguir su deseo.

Y entonces era de oírlo en la Plaza Central poniendo de vuelta y media alpresidenteal ministroal Gobierno todo entero. Sin embargofue a despedirmuy compungido a su adorado compañero al puerto vecino; le dio un beso en la[148] frente «luminosa»derramó una lagrimita y le ofreció ir a París enaquella misma primaveraacompañando a las Pérez Linazaque partían muy enbreve para la «capital del mundo civilizado».

Por la noche se leían en letras tamañas como puñoslos siguientes sueltosen un periódico importante de la localidad:

«Cumbres altas. -Nuestro insigne y aurórico tribuno don ArturoCanelón partió hoy para Europahonrado con el nombramiento de cónsul generalde la República en París.

Demás está decir que la literaturala cienciael artela política ytodo cuanto encierra nuestra sociedad de culturabelleza y eleganciaacudió ala estación a despedir al joven oradorcuya voz robusta y milagrosa parece queaún resuena en nuestros coliseos. Los amigos casi no lo dejaban subir al coche.

Todos estaban conmovidostrémulosemocionados... al par que llenos desatisfacción al ver cómo se premia al mérito intrínseco en esta tierra degenios. Baste decir que las damas bañaron de copioso llanto las ventanillas delos carros y que fueron tantas y tan espontáneas las lágrimas derramadas queformaron arroyosríos y torrentes que se llevaban los corazoneslos railsel andén y la marquesina de nuestra estación».


Y a renglón seguidoel otro sueltecito: [149]

«Ayer noche fue puesto en libertad el señor Julián Hidalgobajo lafianza del honorable banquero don Anselmo Espinosa. Deseamos que el señorHidalgo sepa corresponder a tan hermoso rasgo de nobleza».



 

- XX -

Hace ya bastantes días que Isabelita Espinosa es felizmuy feliz. Esafelicidad la pregonan el extrañorisueño fulgor que irradian sus ojoselencendido color de sus mejillasla risa que retoza en sus labios y ciertodelicioso e inocente coqueteo que ha adquirido ya su esbelta y bellísimapersona.

Mirad con qué presteza ha convertido Isabel el elegante comedor de su casaen gabinete de costura: la mesa está totalmente cubierta de cestilloshilosagujasdedales y alfileteros de todos tamaños y colores.

No muy lejos de estos enseresapoyado en un almohadónhay un bastidorencuya prensada tela de raso azul se ve a medio hacer un complicado ycaprichosísimo bordado.

Se disponede fijoa trabajar mucho aquella tarde Isabelita; mas antes deemprender su tareahace algunos viajes a las habitaciones interioresy de pasose detiene frente a una gran pajarera [151] erguida en todo el centro deljardín contiguopara enviar a través de los alambres de la jaula sendos besosa dos de sus predilectos canarios.

Cumplido este último imprescindible deber de cariñola joven regresa alsitio donde la esperan los enseres de bordar; coge una sillaecha mano albastidor y se pone a la obra con inusitado brío.

Gracias a la destreza de sus manos van surgiendocomo por vía deencantamientodel fondo de la tela multitud de relieves tan delicados yartísticosque la vuelven loca de alegría; y aquella alegría se traduce encancionesen palabras de satisfacción y en esos movimientosdesembarazos ydonaires que se permiten generalmente las mujeres cuando se sienten solas.

Mas no está sola yacomo cree la gentil bordadora.

Detrás de su sillaen pieobservándola y sonriéndose maliciosamenteestá Juliánque ha entrado allí furtivamenteaprovechando su distraccióntomando las necesarias precauciones para no ser vistoni oídoes decirandando a tientas y de puntillas hasta colocarse junto a ella. Y en aquellaactitud permanece largo ratoacariciando y madurandotal vez con regocijolafechoría que va a poner en práctica.

Juzgandoal finllegada la hora de llevarla a [152] caboJulián seinclina sobre la desprevenida jovenla aprisiona por ambos brazos... y le da unbeso en el cuello.

La sorpresa de Isabelita es grandeextraordinaria; pero no tanextraordinaria ni tan grande que le impida adivinar quién es el autor de lainconcebible audaciaporqueen vez de lanzar un grito terrorífico como lorequiere el sustoo como lo hubiera improvisado cualquier otro novelista demás trágicos empujesla muchacha se contenta con volver la cabeza; y luegomostrando un enfado mayor aún que la sorpresaexclama:

-¡Traidor!

El traidor quiere hacer un mohín gracioso y le resulta una mueca.

Por más esfuerzos que hace la muchachano consigue librarse de sus manos.

-¡AyJuliánpor Diosque me haces daño!

-No te hago más daño si me dejas que te bese otra vez.

-¡Ah!noeso sí que no.

-¿Por qué no?

-¡Porque novamos!... porque no quiero...

Mas élimpasiblecomo si no oyesetrata de besarle no sólo el cuellosino toda la espléndida cabelleraque a la muchacha se le ha desbordado por laespaldaentre las últimas sacudidas.

-No quiero... no quiero -añadedando unas [153] cuantas furiosas pataditasen el suelo-. ¡Mire usted qué demonio... a que grito!...

-¡A que no!

La respuesta no se hace esperar. Un par de «horribles» y oportunoschillidos que suelta la vengativa jovenbastan para que Juliánasustadoabandone su presaquedándose por un instante confusosin saber qué decir nidónde poner la vista.

Mientrasella emprendeo finge emprenderde nuevosu labormirando ahurtadillas una que otra vez al azorado mancebo. Al fin y a la postre los ojosde ambos se encuentran y se ríen.

¡Desgraciado reformador! ¡Quién te había de decir que todas aquellasrebeldías tuyas iban a caer como por encantamiento en estas redestejidas porlas manos de un ángel! ¡Qué desprestigio para ti! ¡Tontorománticoembustero! ¿Adónde han ido a esconderse tus energías? ¿Dónde fue a parar tufortaleza? ¿Tu valorde indómitodónde está? ¡Ahconque todo eramentiraconque al fin venimos a saber que posees un corazón tan tierno y tanendeble que se estremece al halago de una mano menuda y cariñosa!...

-¡Tú tienes la culpa!

-¡Notú!

-¡Eres tú!

-¡Pues bienlos dos! [154]

-Ahorasiéntate y seamos formalesporque estoy atareadísima y deseoconcluir este dibujo para una colcha de papaíto. Mirame falta seda y tengoque devanar en seguida. Pero no estés de pieshombresiéntate y dame esamadeja... Esa nola verde... Las tijeras nogracioso... NoJuliánpor Diosque me estás revolviendo todo... ¡Parece que estás en el limbo!

En el limbono; noel cielo era donde estaba Juliáncontemplando losmagníficos humanos encantos de su novia. Su fervorosa admiración es más quenaturallógicade una lógica tal y tan abrumadoraque no da motivo alguno ala censura.

Porque Isabelita sin corsédejando adivinar a través de su vaporoso trajelas más gloriosas líneas de su cuerpolas más juveniles tentaciones de suseno firme y redondoque palpita y tiembla al menor de sus movimientostieneque producirpor fuerzaextraordinario efecto en la imaginación menosexaltada.

¿Qué mucho que Julián se embelese contemplándola? Así es como en estamuda contemplación de curvas y contornosel infeliz va; y ¿qué hace?

Volcar con el brazosin advertirloni quererloun canastillo de hilos queestá cercaproduciendo en la labor un verdadero e irreparable desastre.

La bordadoraenfurecidarecoge entonces el [155] canastillo desgraciadoloenarbola y amenaza dejarlo caer sobre la cabeza del criminal ayudante; peroéste atrapa en el aire aquella mano menudadispuesta a castigarloy la cubrede apasionados besos.

Tal vezy sin tal vezcompadecida de tanta humildada usanza de las diosasde fantásticas leyendas que templaban sus rigores y sus cóleras al ver a loshéroes que habían incurrido en su enojoarrodillados ante ellasla joven sesiente sin fuerzas para rechazar estas nuevas vehementes pruebas de adoraciónirresistibley las corresponde también con la misma vehemencia.

Minutos después la rubia y adorable cabecita de Isabel reposa sobre el pechode Juliány las agujaslos alfileres y las revueltas madejas son allí mudosimpasibles testigos del más hermosomelancólico y encantador idilio quecerca de una mesa de laborse ha desarrollado entre dos enamorados que seadoran y están solos...

Y para complementoaquellos dos canarios predilectos de Isabelquecontemplan la sugestiva escena desde el patioaturdidosgozosos y un tantoindiscretosse posan de un salto sobre el último palillo de la jaulaseyerguense sacuden el dorado plumajevuelven a uno y otro lado sus blondas ypicarescas cabecitas y comienzan un rítmico y atolondrado diálogo de [156]gorjeoscomo si quisieran publicar por medio de su armonioso lenguajeel poemaque una pareja dichosa murmuraba allá en el comedorentre suspiros y ósculosy juramentos de amor.



 

- XXI -

Formando lúbrico contraste con este legítimo goce de la vidacon esta granternura de dos almas jóvenessonrientes y dichosasun amor malditoun amorsúbitoinexplicableamor de zozobrade iniquidad y de dolorentraba como unhuracánarrollándolo todo -virtudabnegación y honestidad- en aquel quehasta entonces fue inexpugnable y sagrado hogar de los Hidalgo.

Aquello que en Susana pudo pasar por vez primera como una debilidado mejoraúncomo una falta hasta cierto punto disculpable tratándose de su hijoacuya libertad sacrificó toda una existencia egregiaacabó desgraciadamentepor ser una cobardía.

Para ludibrio de su naturaleza humanael acto que rechazó indignada en unprincipiolo aceptó muy luegohorrorizada acaso; mas lo aceptó al fin porcostumbre. Y la costumbre se hizo ley. [158]

A vecesen medio de sus horas de inmensa soledadtenía sublevacionesbruscas de honradez; su antigua virtud reaparecía y formaba a su alrededor unocomo baluarte de orgullo y de vergüenza. El recuerdo de su hijo amante y lamemoria dolorosa de su marido muerto se levantaban ante ellay entoncesdesesperadase increpaba a sí mismacon crueldadcon sañaaunque en vozbajacomo si temiera oír su propio acento:

-¡Esto es infame!... ¡Esto es inicuo! ¡Dios míoque hice! ¡Dios míoperdóname!

Y se dejaba caer de rodillas frente a la imagen de Jesúscolocada sobre lacabecera de su cama. Allí permanecía muchas horasllena de terrorsollozandoprofiriendo frases incoherentes en medio del rezo tembloroso;pidiendo siempre perdón para el pecado cometidosin pensar en el pecado quecometería al día siguiente...

Porquea no dudaren Susana se produjodesde su primera faltaun tristecaso fisiológico. Luchabase indignabale producía asco «aquello»;aborrecía en el fondo a don Anselmopero no se sentía con bastante valor pararechazar al hombre.

En don Anselmoel deseo y el goce y todo era distinto. Antes de poseer aSusanala había desflorado con el pensamiento. Adivinócomo todo libertinoa través del amplio vestir de la mujera la hembra de formas portentosas; y la[159] hembra superó a todo cuanto su depravada imaginación soñara. Sobre losojos lánguidos y las mejillas encendidas y la boca jugosa e incitante que élhabía vistotriunfaron los ocultos y juveniles contornos de la viuda:palidecieron ante la criatura ideal de seno todavía sólidoque el tiempojamás ultrajó; ante la criolla de talle ondulante y hechicerode caderasopulentasmagníficastornátiles; caderas de belleza absolutade atraccióncasi diabólica...

El apetito de Espinosacomo el de la fiera a quien dan a probar una solagota de sangrese excitó al primer saborcreció hasta lo indecibley comofiera humana al finfue insaciableencarnizadobrutalsalvaje... Desde aquelpunto y hora le entregó a Susanajuntamente con sus sentidossu alma entera.No sólo la libertad de Juliánla honra de su hija Isabel hubiera consagradoaquel hombre en aras de su frenética pasión. Pero en Espinosa la lujuriatenía atenuaciones.

En Susanano. Su caídaes verdadtuvo una excusa: el hijo. Lareincidencia tuvo su castigo inmediato: la sociedad. La sociedad de Villabravaque se vengó de haberla respetado tanto tiempopregonando ahora por todaspartes su deshonra. [160]

Porque faltos de esos consoladores placeres que en otras ciudades constituyenla alegría del vivir y distancian de la maldad y de la calumnialos moradoresde aquel pueblón sin alicientes para el espíritu y sin sanos regocijos para lainteligenciavivían en un continuo tejer y destejer enredoschismes yanécdotasponiendo en cada reputación una sospecha y en cada sospecha unainjuria.

Se olfateaban mutuamente las existencias; se sabían al dedillo suscostumbres; se echaban unos a otros en cara sus viciosno para corregírselossino para aumentárselos; las mujeres se atisbaban a través de las celosíasylos hombres se escudriñabanse abofeteabanse herían de muerte a través dela indumentaria.

Había señora que se lanzaba a la calle por la mañanano regresando a sucasa hasta muy entrada la nochedespués de haber recorrido todas susrelacionesalmorzando aquícomiendo más allásiempre en busca del hilo deuna intrigapara forjar dramas que chorrearan sangre...

Y lo que no descubríanlo adivinaban.

No de otra suerte adivinóo descubrióuna de esas almas caritativaslas relaciones de Susana y Espinosa.

Las husmeó a distanciasiguió la pista a la pareja y publicó el hallazgo.Desde aquel mismo instantetodas las narices se hincharontodos los ojos seabrieron llenos de espantotodos los [161] labios se prepararon para verterespecies y todas las orejas para recogerlas.

Descubierto el pecadolas más castas y pudorosas familias de la villapusieron el grito en el cieloy entonces se viorojocomo nunca se habíavisto en la ciudadel color de la vergüenza subir a las mejillas de cien damasque se alborotaron en nombre de la moral.

Y en nombre de aquella moral excitada hasta la rabia se pusieron también lasPérez Linaza en movimientoaunque en movimiento inusitado se encontrabanpreparando el equipaje para irse a Parísdos días después de tanextraordinario suceso.

Mas no fue obstáculo este para impedir una larga y fogosa deliberación enla sala de lo criminaldonde hicieron de comentaristasacusadoresfiscalesjuececillos y juradojuntamente con las Pérezlas Tasajo y otra multitud deseñoras en cuyos pechos ardía de igual modo el santo fuego de la indignación.

Las representantes más o menos legítimas de la oratoria chismográficadesplegaron allí sus mujeriles derechosy en arrebatado vuelo fue la fantasíahasta las apartadas regiones de la inventiva a forjar de la debilidad de unainfeliz la historia más atroz y canallesca que haya elaborado la infamianosólo a costa de una viuda indefensasino en descrédito de su hijo Juliánseñalado por la villanía de complicidad insólita; en agravio [162] de Isabelvilmente sospechada de consentimientos impúdicosy en mengua de la reputacióndel mismo don Anselmoodiado y destrozado por la envidia de los que no podíanalcanzar los favores de la mujer que él tan indebidamente poseía.



 

- XXII -

Y era de ver cómo al día siguiente de aquella sesión abominable volaba condirección a la casa de Espinosa la intrépida y ajamonada Providencia Pérez.

Nunca ocasión más propicia encontró ella para visitar y despedirse deIsabelde su querida Isabel.

¡Qué manera de entrar! ¡Qué torbellino! ¡Qué mujer!

No dio tiempo a nada; ni siquiera a salirle al encuentro. Ella no iba másque un minutouno soloa darle un millón de besos a su adorada amiguita...

No quería molestias; que la recibiesen sin cumplidossin ninguno. Como erade confianzaen la misma alcoba podían hablar.

Porque la esperaban en su casa sus hermanos y otras muchachaspara terminarel equipaje: doce baúles que llevaban entre las tres. ¡Y eso [164] que laspelmas de las Tasajo no las dejaban ni beber un vaso de agua!...

-Allá siempre metidashija¿qué quieres tú? Hay que dejarlaspara queluego no hablen. Son unas envidiosas. Lo mismo que las Mendes. En cuantosupieron que nos íbamos a Parísya estaban inventando viaje; y eso que notienen en qué caerse muertas... Deben cinco meses de casafigúrate... Ayerfueron a hacernos una visita las Gonzalito; unas tísicas locaschicaunas marisabidillas embusteras. ¡Lo que dijeron!

Y sin saber cómosin quererla atropellada Providenciadando riendasuelta a la lenguade noticia en noticiade expansión en expansióndeenredo en enredofue y soltó todo aquel cúmulo de infamias que se hablaron ensus salones la noche anterior.

-¡Mentira! ¡Eso es una mentira! -gritó Isabelsofocada yapálidatemblando de iracreyendo que no se acababa nunca la historia vergonzosa que lecontaba aquella desaforada-. Repito que es una mentirauna infamiaunacalumnia.

-¡Si era lo que yo decía!

-¡También mentira! ¡Tú decías lo contrario. Te conozco!

-¡Isabel!

-Síte conozco: eres una hipócrita -repuso la airada jovenponiéndose enpie. Y luegocon voz bruscaimpropia de ellaen la que [165] delataba unacólera largo rato contenidaañadió-: Tú lo has dichopero no lo repitas¿oyes? No lo repitasporque sería capaz de matarte.

Inmutose Providencia ante la resucita actitud de aquella niñaa quienjuzgó siempre tímida y resignada doncella.

Más diestra en el arte de fingir asombros y sorpresasdijo muy alarmada ycon esa vocecita (4) <notas.htm>indefinible que usan las actrices para salir bien de las situaciones difíciles:

-Parece imposibleIsabelque a mía tu mejor amigala trates de esemodo. ¿Me crees tú capaz de semejantes habladurías? Si me hubieras oídoanocheno pensaras hoy esas cosas tan malas. ¡Si saqué la cara por timujer;y por ti hubiera puesto la mano en el fuego! Figúrate que me volví un Canelónde elocuente. A cierta señora que tiene la lengua muy larga... ¡muy larga!laaturdí a insultos; y a Teodorito Cuevasque hacía muchos aspavientoslo puseverde.

-¡Infames! -decía la desesperada Isabelretorciéndose las manospaseandodesatentada y furiosa por la ancha galería-. ¡Infames!... ¡Infames!...

Mientras la habladora Providencia continuaba malurdiendo protestasy excusasy defensasescandalizadaindignada a la par que Isabelno comprendiendo aúncómo tuvo el suficiente valor para oír con calma tantos horrores juntos.¡Horrores! [166] Porque nada más que horrores se dijeron allí.

En su vida escuchó ella una sarta de dislates semejantes. -¡Mire usted quedecir asíbrutalmentesin rodeos ni atenciones de ningún géneroqueJulián negociaba con la honra de Susana; que éstaen perspectiva de unaposición monetaria que le permitiese sacar los pies del barrose entregaba adon Anselmo como una cualquiera; y que don Anselmoechando a un lado todoescrúpulopor satisfacer un capricho libidinososacrificaba a Julián laencantadora existencia de su hija!... ¡Que monstruosidad!... ¡Si es que no lecabía en la cabeza que pudiera haber gentes tan malas!- ¡Y qué bravuramostró Providencia en la defensa de Isabelita! Buenabuena era ella para dejarque pusieran en tela de juicio el honor de su amiga más querida.

Y ensanchando aún más su hidrópica personamuy regocijada y satisfecha deeste pérfido desahogose reclinó en el divántapándose media cara con elabanicopero con el rabillo del ojo alertatemiendo algún nuevo exabrupto dela cuitada.

Ya podía estar tranquila Providencia Pérez.

Aquel primer «rugido» que puso la indignación en la garganta de Isabelyano tenía fuerzas para brotar de nuevo bruscamente de sus labios. La pobremuchacha reconcentró en él de una sola vez todo el empuje de su almay ahorase sentía [167] abatidainsensible casi a las mañosas frases de laintrigante.

La cólera cedió a la penay la pena le doblegó la voluntad.

Cuanto le quedaba de resoluciónde energíade corajefue desapareciendomuriendo en ella bajo la dolorosa convicción de su desgraciade su impotenciapara acallar todos los precoces labios que hacían del honor de Susanadelnombre de su padrede la dignidad de Julián y de su amortoda una tragedia deescarnio.

Sólo la realidadla horrible realidad de un presente sombríose ofrecióde pronto a sus ojos acrecida por la sospecha; y de alláde lo más hondo desus entrañasse le escapó una queja inmensa -signo inequívoco de sudebilidad para la lucha- y cayó casi desvanecidapresa de mortal congojaenlos brazos de la Perfidiaes decirde Providencia.

Cuando ésta regresó a su casacon la faz encendidalos ojos echandochispassudorosa y jadeantemoviendo sus enormes caderas de yegua normanda alcompás de su inmenso abanico japonésno dio abasto a todas las preguntashechas a un tiempo.

Las Tasajolas Mendeslas Gonzalitotodas interrogabanmanoteabansereíanhasta que Providencia se desatóechó y vomitó lo que llevaba dentrodel cuerpo: [168]

-Hase visto la hipócritay decirme a mí que no sabía nada. ¡Con sus ojosde histérica!... Si la hubierais visto... ¡Qué convulsionesqué lamentos!¡Qué modo de tirarse encima de una! ¡Mira«niña» mira cómo me ha puestoel traje la muy sinvergüenza!...



 

- XXIII -

¡Qué bellaqué trágicamente bella es la figura de Isabel de Espinosa!Bajo su linda y doble envoltura de ángel y mujeraquella niña ocultaba uncarácterun alma de raras y sorprendentes energíasalma de heroína ymártir a un tiempo mismo.

Para su inmenso dolor no buscó apoyo en nadieni acudió al consuelo de laslágrimas. Fue un dolor secosilenciosoreconcentradoaltivo.

La noche que siguió al cínico relato de Providenciala valerosa Isabelitaentró a la alcoba de su madrele dio un prolongado beso en la frente y se fuea su cuarto sin proferir una palabra.

El cuarto estaba a obscuras. Isabel buscó los fósforosdio luz a unalamparilla y se tendió a medias en el lechovestidaapoyándoseenérgicamente con un brazo sobre las almohadas y reclinando [170] en la palmade la mano su rubiaadorable cabecitaagobiada de pensamientos lúgubres.

¿Cuánto tiempo permaneció en aquella postura? No lo sabeno lo supojamás. Al melancólico azulado reflejo de la lámpara -que apenas teníafuerzas para esclarecer la estancia- se estuvo muchas horas... ¡muchas!contemplando fijamente una fotografía de Espinosa que se destapaba(5) <notas.htm> sobre un trípode de plata en medio de laspequeñeces artísticas de su tocador. Su misma intensa dolorosa contemplaciónle comunicó una como lucidez extranatural.

Ante sus ojos extáticos pasaron en aciago desfile los personajes de aqueldrama de familiacuyo protagonista era su padrey en su cerebro estallóentonces un gran ir y venir de pensamientosde recuerdosde cosas y escenasque antes no se explicaba.

Comprendió por qué su padre se había interesado tanto en la libertad deJulián y por qué permitía que éste la amasesin oponersecomo antestenazmente a su deseo. Su padre la canjeabay así como la canjeabaquiénsabe si hubiera sido capaz de venderla.

Al hacerse cargo de esta monstruosidadun sentimiento parecido al del odiose agitó dentro del pecho de Isabel. Tuvo una idea ingratahorribleespantosa: la de decirle a Julián todo lo que pasabatodo... [171]

Pero¿cómo y con qué derecho amargaba ella para siempre la existencia desu novio? ¿Qué frases usaría para decirle que Susanasu madre -¡su madreaquien él juzgaba santa!- era la querida de Espinosa?... Nonono podía ser.No se necesitaba más que una víctima. ¡Qué le importaba a ella el sacrificiode su juventud si su felicidad estaba ya rota y su esperanza perdida parasiempre!...

Y sus ideas tumultuosasesparcidaslocasvolando en distintas direccionesempezaron a flotar como puntos negros en medio de una bruma que se alejabalentamente. Su agobiada cabeza se reclinó por completo sobre la almohada; elbrazo en que se apoyaba descolgose lánguido sobre su apretado seno ydespuésde un ligero temblorse abatieron sus párpados y se quedó dormida...

Se despertó asustadacomo si la hubieran llamado a gritos; pero no seextrañó de encontrarse allívestida sobre la camacon el cuarto medioalumbrado todavía por la moribunda luz de la lámpara.

Un segundo le bastó para coordinar sus ideas: reconstituyó los hechospensó en ellos de nuevo con fija obstinaciónvolvió a clavar la miradainsistente en la fotografía de su padre; se levantó y abrió la ventanaporcuyas rendijas se filtraba la clara luz de la mañana.

Cuando aquella luz la bañó violentamente[172] su rostro resplandeciócomo el rostro de los mártires.

De su gran sufrimiento tío quedó más que esa palidez lívida que delata losupremo del espanto o las supremas resoluciones de la vida.



 

- XXIV -

La ruptura fue violentainesperadaatrozcasi brutal. La inició Isabel;la aceptó Juliánentre asombrado y coléricodespués de pedir explicacionesterminantesclarasprecisas.

Ni clarasni terminantesni precisas quiso ella darlas. «No podían seguiramándose.» «¿Por qué?» «que no... porque el amor era un crimen.»

¿Un crimen el amor? ¡Si estaría loca! ¿Qué quería decirle con aquellafrase enigmática de novela sentimental? Él necesitaba saber el motivo desemejante «terquedad»: lo exigíalo imponía.

Todo inútil. Isabelita fue inflexibleimpenetrable. Estabacomo en lanoche anteriormuy seria y muy páliday tenía un poco ronca y un muchotrémula la voz cuando le manifestó su resolución. Y ante esta resolucióncediendo a su temperamento levantiscoen uno de sus habitualesirreflexivosarrebatosJulián la insultó despiadadamentela llamó «coqueta»«pérfida»[174] «mujeral fin». ¡Sabe Dios con qué Teodoro Cuevas loiba a sustituir!

Esta cobarde suposición del hombre a quien adoraba le hizo daño; sintióuna angustia horrible; se le saltaron las lágrimas y estuvo a punto deconfesarlo todo. Vaciló un segundoquiso detenerlepero ya él se habíalevantado del asiento; se iba... Se fueal finfuriosoahogándose de iraresuelto a no volver. «¡Ohsí... no volverá!» Isabel lo conocía; pero laatormentaba la idea de que se llevase en el alma aquella disparatada sospecha.

Julián salió medio aturdido. Ya en la calle vaciló entre tomar la derechao la izquierda de la Plaza; no sabía adónde iba ni qué iba a hacer.Irresoluto aúnechó a andar precipitadamente por la Vía Ancha.

Después volvió una esquina y otrasiempre de prisaacometido de crecienteimpacienciaimpulsado por una imperiosa necesidad de huirde no ver a nadiede hablar a solas con el espaciocomo si el espacio fuera a darleinmediatamente solución a sus dudasrespuesta definitiva a sus terrores. Ymientras andaba de esta suertesu pensamiento andaba tambiénmejor dichovolaba exasperadolocopor el campo abierto de los recuerdos.

La hora era propicia para las tristes remembranzas.

El último rayo de una tarde cálidasuciapolvorienta[175] se hundía enel horizonte. Alláen el fondo de la víaalzábase en esbozo fantásticosurgiendo de una grotesca masa de techumbres desigualesla vieja catedralencuya cúpula el sol había dejado un retazo de luz rojiza que parecía unamancha de sangre; algunos raquíticos mecheros de gas empezaban a pestañear enla penumbray sobre un cielo grisennegrecido casidestacábansevigorosamentesemejando las protuberancias de un dromedario monstruosoloscerros deformes y retorcidos donde se apoyaba la ciudad confusabruscamenteensanchada a los ojos de Julián.

Continuó andandoandandotropezando con los transeúntescruzandotorpemente de una acera a otra con el corazón apretado... Hubo un minuto en quetoda su desesperación se le subió a la bocay sin darse cuentacon un acentoen que había lágrimas de despecho y de furorllenó el inmenso espacio deblasfemias.

¡Ah!en el oleaje tumultuoso de su existenciala melancólica mirada deIsabel proyectó un reflejo de dicha. Fue aquello como un paréntesis de luz enla negrura de su viday esa vida tuvo un mes de ruboresde sonrisas y deéxtasis.

El día que se entregó al idiliocomo un poeta en los brazos de su musaseolvidó momentáneamente de todo.

Acariciando con mano trémula la rubia cabellera de su amadaoyendo su vozque le entraba [176] en el alma como una música del cielobebiendo en suslabios el deleite hasta embriagarseel mundo se le antojó nuevocomoalumbrado por un sol de rayos de oro; las ventanas de su espíritu se abrieron ydejaron paso a aquel intenso resplandor que le parecía mezclado de perfume defloresde gorjeos de pájarosde ráfagas de aire puro...

Pero esta felicidadapenas comenzada se ensombreció de repentese llenóde temblores súbitosde miedos inexplicablesde presentimientosdesobresaltosde dudasque tuvieron al cabo y al fin dolorosa y cumplidaconfirmación aquel nefasto día.

Ya se le ha visto tropezando aquívacilando más alláandando siempre sinrumbo fijo. En la desatentada excursión se llevó más de cinco horascallejeando y maldiciendo lo existente. Entró a un café y bebió; tenía sed;bebió mucho... Pagóse marchó yotra vez fueravolvió a quedarse atónitoen el medio de la calle.

Era ya muy tarde. No se había dado cuenta del tiempo transcurrido. Sesorprendió al oír las once de la noche que daba un reloj lejano. La ciudad sedisponía a dormir. Sólo algunos cafetuchos poco concurridos arrojabanresplandores de amarillenta luz sobre las sombras del arroyo; los últimostranvíasal trote de sus escuálidos y cansados caballejosse cruzaban en losdesvíoschirriando ásperamente sobre los rieles; los pasos [177] precipitadosde tal cual transeúnte se iban perdiendoperdiéndose a lo lejos. Y de entreun montón de nubes grises empezó a surgir la luna lentamente.

A su tenue claridad se iluminó a medias el espacio. Julián alzó la vista yvio negrear alláen el fondodetrás de la vieja catedralcasi tocando lasnubeslos contornos de la montañaque a sus ojos volvían a adquirir lasfantásticas deformidades de un monstruo que se le echaba encima.

Un estremecimiento singular recorrió todo su cuerpo; mil ideas encontradas yangustiosas se acumularon de nuevo en su imaginación. Y diez minutos despuéssin saber por qué calles había caminadose encontró en su casaarribaensu habitación; frente al escritoriocon la pluma suspendida sobre un blancopliego de papeldondea guisa de comienzo de cartasólo había escritoconrasgos acentuados y violentosel nombre de ISABEL...



 

- XXV -

Tras la primera excitación vino para Julián un período de profundoabatimiento. Al arrebato breve y terrible sucedió la calma sombría y dolorosa.Luego ésta sufrió una transformación violentaa la cual siguieronsininterrupcióndía por díamuchos altibajos y alternativas de carácter.

Un sucesoal parecer de poca montapero digno de especialísima menciónpor sus inesperadas consecuenciasseñaló una nueva etapa a su angustiosaexistencia.

Ocurrió el tercer día de Carnaval.

Las más gentiles damas y los más apuestos caballeros de la high-life villabravenseinauguran el Carnaval por modo solemne en todos los fiacresvictoriascarrozaslandós y otros vehículos de más o menos lujoo más o menosdesvencijados con que cuenta el servicio diario de la ciudad.

Ésta se engalana lo mejor que puede con sus [179] mismos farolillos ybanderolascintas y lazosarcos y gallardetes que usa para los onomásticos desus héroes.

Durante los tres díaslas señoras y señoritas se vuelven locas decontentoarmando encantadoras algarabías en las ventanas. Por frente a ellaspasan los coches cargados de jóvenes quea puñadosles arrojan confettisflores y dulcesacompañados de los gestossignos y sonrisas propios detan reñidas y galanas batallas.

Pero allá el último día degenera la batalla civilizadora en batalla desalvajesporque en la llamada calle Real se amontonan los jóvenes másgraciosos de la población yconfundiéndose con la astrosa golferíaformandofilas y murallas inexpugnables y gozando de la inmunidad del númeroempiezan atiraren medio de relinchoscarcajadas y pateospelotas de almidónfrutascascos y hasta piedrasa los que se atreven a desafiar las populares irasatravesando por el revuelto sitio en coche descubierto.

De esta guisa salieron Julián Hidalgo y Luis Acosta aquella tardey no unasino dos veces cometieron la imprudencia de pasar por la alborotada calle Real.La primera vezuna tímida bolita de papel cayó a los pies de Luis; pero lasegundaya preparados los grupos«por si volvían»como volvieronno unainofensiva pelota de papelsino mil pelotas de fangolluvias de arenade caly de tierragranizadasen finde [180] piedras y cascotescayeron sobre losdos jóvenes.

Luisindignadotapándose como podía con las manospara evitar el golpede los inmundos proyectilesquiso arrojarse del coche. Julián lo detuvo; Luisforcejeaba. En este instantedel emborrascado grupo de la calle salió una vozcanallescaportadora de una injuria horrible en que iba envuelto el nombre deSusana.

Entonces Julián perdió el juicio: él no entendió bien lo que dijo aquellavoz de infamiapero oyó el nombre de Susana y soltó a Luis; pasó por encimade su cuerpo de un salto y cayó ciegodesesperadosobre el gruporugiendo ydando locas puñadas. Detrás de él saltó su violento compañero y se armónaturalmenteuna bronca fenomenal.

Un guardián del público llegó a tiempoy ayudado de otros mássujetó alos dos locosa quienes la multitud hubiera hecho trizasencorajinada comoestaba.

De este vulgar incidente se enteró Susana y fue presa de extrañossíncopesque a la larga se hicieron crónicosdegenerandocon todos sushorrores convulsivos y con todos sus morales desgarramientosen un verdaderocasó de histerismo.

Julián atribuyó estos últimos ataques de su madreno sólo a la gran yfatal impresión que el suceso le ocasionarasinoentre otros muchos [181]disgustos íntimosa la muerte repentina de Juana Méndezla mujer de donAnselmo Espinosa.

Jamás se atrevió Julián a manchar la existencia de Susana con una duda.¿Con qué derecho? Susana era su madre¡impecableinmaculadasanta! Unasola vez pasó una idea horriblerozándole con sus alas negras la concienciay se quedó aterrado.

Mas al puntosu inmenso amor de hijo se irguió sobre la ingrata sospecha yla aventó de un golpe. Al día siguientepor vía de expiacióncorrióanhelante y casi lloroso al lecho donde Susana dormía y le cubrió el rostro debesos.

Él médico consultado sobre el mal de la enferma no le dio gran importanciay opinó por el cambio de aires. No había por qué alarmarse: desórdenes delorganismocuestión de nerviosneurasteniacasi nada. Bastarían los bañosfríosmucha tranquilidadbuena alimentación.

Y ya vería él cómo terminaban los síncopeslos llantos sin motivo y lasrepentinas angustias de la señora. Estaba él por el cambio de aires: airesnuevosaires de montaña...

-¡Aires de montaña! -exclamóresueltamenteJulián.

Se agarró a esto como un náufrago a una tabla.

¡Ya era tiempo!

Ya empezaba él a presentir que algo extraordinario y fatal iba a ocurrirtrastornando de nuevo [182] su existencia. Al sufrimiento del amor de Isabel seunía el mal de su madre; y a estos dos grandes pesaresla hostilidad crecientede todos. Aquella hostilidadmayor cada díala vio en el rostro de lasgentesen las miradasen las sonrisas enigmáticasen la actitud de losgrupos queapostados en las esquinasse abrían en dos alas para dejarle pasoy luego señalarle con el dedo.

¡Ah! sí; él sentía que a sus espaldas flotaba siempre el insulto; elinsulto silencioso de los cobardes. Y sentía además un grande escozorungrandeinexplicabledesasosiego; él estaba allí estorbandoy estaba solo.Hasta Luis Acosta lo abandonaba para irse a formar parte de una revolución regeneradoraque había estalladono se sabía dóndeen el interior de la República.

Necesitaba salir de allíy se marchó al fin con Susana.

Hicieron el viajehasta el puerto vecino de La Guaitaen un tren cuyosrieles van tendidos por sobre abismosy de allí hasta el balneario de Amacutoen un tranvía de vapor que goza de honores de sud-express en toda la comarca.


Amacuto es una parodia ridícula de los grandes balnearios europeos. Losperiodistas tontos de Villabrava lo comparan a BiarritzOstendeNew-Portetc.A vecesjuzgando harto pobre la [183] comparaciónexclaman muy frescamente:¡De Amacutoal cielo!es decira Villabrava. Y Amacuto es sencillamente unaplaya en semicírculocon una especie de malecón que barre el mar atemporadas.

Visto de lejosdesde la cubierta de un buquepor ejemplocon sus casuchasblancasrojasazulesamarillasdispersas unas y amontonadas otras sobre loscerrosagarradas a los peñascospara no caerse ladera abajoAmacuto es de unaspecto desconsolador. Peroya en tierraes otra cosa.

Ofrecepara solaz de viajeros aburridosun parque nutrido de árboleshermososuna iglesia morescatres hotelesvarios baños de tablasun cerropedregoso y un río muy simpático y bullanguerocuyos estratégicos recodosestanques y caídasmedio ocultos por las peñasaprovechaban en sus buenostiemposcuando Amacuto no era Biarritzlas antiguas familias villabravensespara bañarse animosamente al aire libre.

Ahora aquello ha cambiado completamente y sirve de refugio a lo más granadode la sociedad mencionada.

Cuando Susana y Julián llegaron a Amacutoéste se hallaba lleno debañistas. Julián quería permanecer allí dos díaspero la madre seresistió. Al entrar en el Nuevo Hotelamplio y hermoso edificio de maderadonde las damas y los clubmen elegantespara distraer sus ociosbailan[184] cantanríen y se descuartizan de lo lindomoviendo la lengua con sinigual destreza alrededor de sus respectivas reputaciones. Susana comprendió alpunto que caía mal. Hubo rumores y cuchicheos y conciliábulos secretosy sedecretó «cordón sanitario» para los recién llegadoscomo si apestasen.

Susana insistía para que continuasen inmediatamente el viaje. Juliánatascadose opuso. La ascensión de la montaña era fatigosa: tenían quehacerla a caballoen los caballos que ya había traído el viejo Mateo de lafincadesde la víspera; pero eran siete horas de camino cuesta arriba por elribazo peligrosoy luego cinco horas más a través de malezas espesísimasdemurallas de juncosmuy difíciles de atravesar.

Lo que hubiera que pasar lo pasaría; no le arredraba nada. ¡VamosJuliánvamos pronto! Y lo dijo con tanto anhelo y tan resueltamenteque Juliáncedió.

Así emprendieron la marchasin descansaraprisa y corriendoconatropellamiento de gente perseguida...

Al obscurecer se les viodesde la playaascendiendoascendiendo por laabrupta cordilleraencorvados sobre sus jadeantes cabalgadurascomo si losagobiase aún el odio de la sociedad que los arrojaba de su seno. Y ellostambién se detuvieron arribaa mirar al pueblo retorcido [185] como un caracolen el fondo y en los áridos regazos del cerro.

Y más alláel pueblón de Villabrava negreando entre las siluetas de sustorres; y luegoluego más brumamás bruma aún: la bruma del marlalejaníay en la grisácea lejanía destacándose la espesa columna de humo deun vapor que se acercaba al puerto.



 

- XXVI -

Por un lado despedía el rencor villabravense a Julián Hidalgo y a su madrey por otro ladoese mismo rencortransformado de pronto en regocijosedispuso a recibir en La Guaita a las afrancesadas y semidesquiciadas hijas deldoctor Pérez Linazaque regresaban a la patria después de tres meses deausenciaprecedidas de veinte baúles monstruos y otros tantos paniersmaletassombreros y paquetes que espantaron por su volumenpeso y contenidoa losmismos empleados de la Aduana.

¡Lo que derrocharonlo que hicieron aquellas locas en París! ¡SantoCristo de Villabravaqué alboroto de mujeres: qué furia de paseosdeexcursionesde idas y venidas al Bosquea Versaillesa Saint-Germain y aFontainebleau! ¡Qué desbordamiento de cintasencajes y enaguas de seda; quéabrigos de pielesqué colas más «ruidosas» para los bailes de la granópera; qué arremetidas a las joyerías de la calle de la Paix[187] a losalmacenes del Louvrey qué noches¡ay!¡qué noches aquellas del boulevardy de los Campos Elíseos en verano!

A la sazón asombraba a París con sus excesossus desnudecessu hermosuray su histerismola ex ilustre y ex princesa de Caraman Chimay. ProvidenciaPérez empezócomo todo el mundopor admirar a la descocada señora y acabópor calcarle los trajes hasta el punto de presentarse a la Renaissance a ver ala Duse con los pezones de sus redondos pechos montados sobre los bordes delescote.

Esta inaudita desfachatez de Providencia se comentó mucho en los alborotadoscírculos de la coloniaporque había allí por entonces muchas empingorotadasfamilias villabravensesde esas que hacen por temporadas su habitualperegrinación a Paríssegún la altura a que se encuentran en sus pródigospaísesel caféel bacalao... y la política.

Representaban unas el elemento snob ysi se quierearistocráticoyotras el rastacuerismo incurable; pero lamentando casi todas conanticipación el regreso a la polvorienta y desdichada patriadonde la tierragenerosa cosechaba en un año lo que habían de consumir sus vanidades en unmes.

A su vez representaban en Europa a Villabrava algunos eminentesegregios yanonadantes jóvenes a la modaentre los que se contaban Teodoro [188] Cuevas;dos o tres personajes políticos al usoque se vestían de máscara para hacerconquistas de hembras fáciles en las revueltas del bulevar; varios comerciantesricosde los que gastan más dinero del que consumen en los restaurantes delujoy donde los camareros de diez años de práctica adivinan sus procedenciasa través de sus billetes de mil francosy media docena de cónsules escapadosde sus puestos que iban con harta frecuencia a compartir sus ímprobas laboresal patio del Gran Hotelcon el nunca bien ponderado y luminoso cónsul generaldon Arturito Canelón.

En el susodicho patio discutían a vocestodas las tardesestos señoressobre los destinos de Villabrava. Y cuando los concurrentes al Hotel los mirabanformando grupitos deliciososgesticulandomanoteandodesgañitándosemoviéndose entre sus enormes fenomenales levitas de color quellegándoles alos talonesles daban un no lejano aspecto de cocheros de casa grandecondecoradosse sonreían con sonrisa indefinible o los señalaban con el dedomurmurando por lo bajo: Ce sont des rastas... a veceslas discusionessubían de punto y tomaban aspecto de furiosos altercadosy la gentecreyendoque iban a matarse los del corollamaban al concierge y salía éstetodo sobresaltado a poner pazdiciendo con ciertaironíano exenta dedesprecio: Ne prenez pas toute la placemonsieur le décoré... [189]

Una tardela consabida disputa degeneró en contiendaporque un periodistaamericano fue de guapo y dijo que casi todos los villabravenses que visitabanParís eran unos «títeres».

-Más títere será usted -respondió Arturodándole un empujónsin poderreprimir su patriótico coraje.

El periodista disidenteal verse agredidotiró un manotazo al azar y seencontró con la cara de Teodoro Cuevasadonde iban a parar casi todas lasbofetadas que se perdían en París.

A este manotazo contestó por el elegante joven un doctor de los del grupo. Ysintiéndose héroe un generalsacó un revólver como un trabuco; otrodesnudó un estoque que parecía una lanza y se armó una bronca descomunal.

Al día siguiente dijo Rochefort en L'Intransigeant que del Gran Hotelhabían sido arrojados por escandalosos unos salvajes de levitasin recordarque él es el más escandaloso y salvaje de los periodistas europeos.

También escribió sobre este asuntoy sobre otros no menos curiososelflamante Arturitouna despampanante misiva para una revista de su pueblo. Unmes después de publicada se recibió en Villabrava la noticia de su muertedebida a un ataque de apoplejía fulminante.

Su poético amigo Florindo Álvarezque era muy mala personaal saberlofue y dijo en el Club que el fallecimiento del esplendoroso cónsul [190] tuvopor verdadera causa aquel flamante y retórico parto de su numen fecundísimo.

La muerte del inofensivo orador villabravense produjo -¿por qué noconfesarlo?- silenciosa alegría entre sus queridos compañeros: dejaba un huecocerúleo en la literatura excelsa del paísun hueco que todoso casitodosquerían llenarempezando por Florindo queen el fondoenvidiaba susglorias y hacía mofa de su desaparición inesperada.

La risa de Florindo saludaba de lejos aquel cadáverporque FlorindoÁlvarez no eracomo decíanun poeta de sentimientos nobles: era un poeta quehabía nacido asesino; omejor dichoun asesino que nació poeta porcasualidad.



 

- XXVII -

Una vez instaladas en la caliente tierrucalas Pérez Linaza acabaron porperder el poco juicio que tenían.

Se mudaban de traje a todas horas y se echaban a la calledeseosas de lucirlos deslumbrantes trajes que llevaronsintiendo muy de veras que en Villabravano se pudieracomo en Parísrecoger y ceñir bien las faldas sobre lascaderaspara enseñar mejor los encajes de las historiadas enaguas.

Providenciasobre todose puso insoportable. Ella hubiera querido enseñarmuchas cosas másentre ellasel desnudo Caraman-Chimaycon el cual daríagolpeconcitando la envidia de las Mendes y dejando bizcos a muchos hombres.

A fuerza de darle vueltas a la imaginaciónencontró un pretextouna idea.La ideaen realidadfue de su novio; porque eso sípara ideas sugestionablesy estupendasel fértil y despreocupado Florindo. ¡Pues no se le ocurriósolemnizar [192] o hacer que solemnizase ruidosamente el doctor Linaza su«feliz arribo»aunque fuera al mes de su llegadasatisfaciendo de este modoel ardiente deseo de Providencia!

Aquello de solemnizar «ruidosamente» su vuelta a la patria no le cayó muyen gracia al jefe de la atolondrada familia.

-No está la Magdalena para tafetanes -decía-. Las niñitas han gastadomuchísimo en este pavoroso viaje a París.

Pero entre Florindolas Tasajo y otra multitud de denodadas e intrépidasdamasque contribuyeron con sus luces y prestigios al éxito de la empresaproyectadaconvencieron al arruinado viejoy quedó desde aquel momentodecidida la fiesta.

Y puestas a inventar aquellas gentesa vuelta de mil disputas y opinionesencontradasy otras tantas interminables conferenciasarreglaron un programamagnooriginal y raro de festejos. Comenzaron los preparativosy en seguidalos ensayos de cuadrillasminuésrigodonestrozos de ópera y tarantelas alpianoamén de un poema simbólico-representableque para el caso escribió elfecundo Florindo.

Los ensayos de este poema dieron margen a nuevas disputasporque losapuestos mancebos y distinguidas damas que se prestaron a desempeñarloquerían hacerse los trajes a capricho. Por fortunaFlorindocomo jefedictatorial que [193] era y creador que era de la obrase negó a tan locaspretensiones e impuso la indumentaria; por lo cual los mejores sastres y lasmás renombradas modistas de Villabrava trabajaron desesperadamente sobre losterciopelosrasoscintas y lentejuelas que la elegante juventud debía luciraquella memorable noche.

También sirvieron de pretexto los ruidosos nocturnos ensayos para que lacasa del magnánimo doctor se convirtiera en un Cabaret du Ciel donde siel sacrilegio no tenía cabidaen cambio el amorla coquetería y la confianzadesplegaron todos sus derechos de miradassonrisastuteosapreturas ytiroteos de frases equívocasque daban una no lejana idea de las grandesfacultades que para todo género de combates poseía aquella muchedumbredistinguida. Algunas escrupulosas señoras se enfadarony dijeron que se ibany fueronsin embargolas primeras que se presentaron el día de la fiesta.

Jamás una gran solemnidad despampanante entre las muchas que realizó laesplendorosa burguesía villabravenseobtuvo más ruidoso y extraordinarioéxito. Sólo el numen delirante de un Monte-Cristo literario seríacapaz de salir victorioso de aquel torbellino de floresde aquelladeslumbradora iluminaciónde aquel oleaje de volantescolascintas ycorpiñoscuya aglomeración producía vértigos.

¡Ah!si el pobre Arturo Canelón se hubiese [194] encontrado allínadiecomo él para describir el aspecto de los corredores hechos prodigios de arte;del jardínque era una maravillaun panoramaun bosque de estrellas decoloresdonde se levantó un esbelto teatrito para representar el simbólicopoema.

Con motivo de la representaciónellas y ellos circulaban atolondradamentepor toda la casa; entraban y salían por las habitaciones interioresy llegaronmuchas veces a invadir en tumulto los cuartos de las criadassiempre ensolicitud de los enseres indispensables que sus respectivas indumentariasrequerían.

Y merced a estas alegres excursionesse armaban en los dichos cuartos unoslíos de jóvenes desenfadados y de aturdidas cuanto pudorosas doncellasque atener de ellos conocimiento las mamás¡sabe Dios qué habría pasado!

Concluido y aplaudido convenientemente el monumental poemadonde todos seexcedieron en trajes ligeros de ninfas y ninfos adorablescomenzó elconcierto wagneriano y mágico de PattisTetrazzinisMassinisTamagnos yMarconis criollos.

Y luegoallá a las onceen medio de un barullo infernalse abrieron lossalones de baile y apareció radiante en todo su esplendorese mundovillabravense que bulle y brilla en las grandes fiestas: la espumala high-lifelo más bellodorado y engomado de la sociedadconfundido con [195] una noescasa multitud de personas sin nombre y sin prestigio.

Porque en Villabravaa pesar de sus rangos aristocráticos y sus divinasprocedenciascasi todas las familias andan emparentadas o liadas con muchasgentes sin puesto determinado; y aunque sospechadascomentadas y despellejadasa diario en todas las tertuliaslo mismo las Linaza que otras de su jaeznopodían dejar de invitarlas a sus fiestas rumbosasya por su posiciónmonetariaya por sus ocasionales influencias políticas; yaen sumapormultitud de circunstancias extraordinarias a que se veía esclavizada la espumao lo que allí calificaban de espuma por mal nombre.

Apenas apareció este híbrido resplandeciente mundo a las puertas delsalónel revuelto y curioso público de afuera que llenaba las ocho grandesventanas de la casa estalló en un ¡ah! inmensodonde iba mezclada laadmiración con la envidia.

En los primeros momentos todo fue muy bien. Hubo paseo solemne de hombrosdesnudos y de fracs que se rozaban con los hombros por todo el largo de la sala;las damas ondeando las colas de los trajes por la aterciopelada alfombra y losengomados caballeros inclinándose mucho sobre los escotes de ellaspara quelos demás creyesen que gozaban de privilegios envidiables.

Al cruzar Providencia por el medio del salón llevando a Florindo casi arastrasuna segunda [196] exclamaciónmás atronadora e incivil que laprimerabrotó de la muchedumbre de las ventanas. La monumental señoritalucía su escote audacísimosin importarle un bledo la opinión de sus amigas;estaba completamente desnuda de los senoscomo en Paríscon los pezonesapenas ocultos por un ligero volante de encajes.

Desde aquel instantela concurrencia que sudabase estrujaba y pateaba enla calledejó como siempre paso franco a sus instintos y empezó por ponermotes a las parejasacabando por gritar y dar golpes furiosos sobre losbalaustres. Un verdadero escándaloen que señoras dignas de respeto fueroninjuriadas por el anónimo montóny caballeros de reputación intachablecastigados con las más horribles frases de la canallería andante. Y lo que esmás triste aún: a medida que degeneraba en insolencia la algarabía de afuerael señorío de adentro perdía también algunas de esas fórmulas que exige entodo baile la cultura.

Por ejemplo: cuando se abrió el buffetallá después de medianochedeclarose entre los hombres la grosería sin rodeos. A codazos yempujones se abrían paso en el comedor. Daba vergüenza aquella desaforadaacometida a los sandwichspastelestrozos de pollo y rajas desalchichónsin contar los dulcesvinosfrutas y sorbetes que abundaban enlos aparadores.

Cien brazos se extendíancien mangas se engrasaban [197] al pasar por sobrelos manjarescien manos arañaban otras ciento para coger una tajada. Un jovenelegante que no había hecho más que pasearse por los corredores en toda lanochela emprendió con una pierna de pavoarrancándola fiera y denodadamentesin trinchetey otro señor se robó una botella de vino Borgogne.

Las señoras que llegaban del brazo de hombres un poco más correctosfueroncasi atropelladas por media docena de barbilindos que traían los chalecosatestados de comestibles.

Francisco Berzael sabiono quiso comer sino después de obsequiar a unamultitud de damas; pero apenas las sirvió se lanzó él tambiéncomo losdemása la invasióny arrasó con todas las fuentes de pepinosrábanos yaceitunas que había escondido detrás de una vajilla.

Y Florindoel insigne Florindono pudiendo resistir al entusiasmo que lafiesta aquella le producíatomó la determinación de beberse íntegra unabotella de Champagne.

Media hora después se daba en los corredores de bofetadas con TeodoroCuevasporque encontró a éste comiéndose con Providencia unos sandwichsenuno de los bosquecillos más retirados del jardín.

Los apaciguadores espontáneosque nunca faltan en esta clase de reyertastrataron de separar a los encorajinados rivales. Y es claro: aumentose [198] elescándalo en vez de calmarse. A los apagados rumores de la lucha se mezclaronlas voces de los intermediariosy con aire de borrasca y de tumulto llegó elruido de la inoportuna bronca hasta el salóndonde la juventuddescuidada yfelizondulaba al compás de un vals de Strauss. Cesó inmediatamente el bailey salió la gente muy alborotada a ver lo que ocurría.

Cuando el doctor Pérez Linaza se enteró del suceso llevose con trágicoademán las manos a la cabeza y pidió que se lo tragara la tierra. En sucarácter de heroínaprotagonista y causa del desastreProvidencia sedesmayóy una hija del general Tasajoque andaba en dares y tomares con elperfumado Teodoritoal tener conocimiento de la escena del jardín se creyótambién en el deber de caer privada de sentidoal par de Providencia.

Y asícon este ridículo espectáculoy con aquel escándalo inauditoterminó esa rumbosa y resonante fiestaque dio por inmediatos resultados laruina de un padre de familia y el rompimiento de los amores de una tonta y de unpoeta majadero.



 

- XXVIII -

Apoyadaerguida sobre dos altos peñascosformando un atrevido puente en elcorazón mismo de la selvase veía desde lo más hondo del valle Guajirallavetusta casa de los Hidalgo.

Allíen las épocas de la conquistadebió de ser algún monstruosobarracón de paja y barro que sirviera de guarida inexpugnable a toda aquellaraza de levantiscos guaicaipurosque preferían su salvaje independencia a losestrépitos de una civilización arrolladora. Aún quedaba como señal delpoderío de los Hidalgocuando los Hidalgo se llamaban MarañonesPeoníasTaupolicanes y Atahualpasalgunos troncos de árboles gigantescosvestigios ybaluarte de una gran terraza que precedía al reedificado barracón. Troncosmisteriososviejoscasi secos; seculares nudostestigos de luchas épicas querepresentaban para Julián toda la historia del heroísmo de sus mayores. JoséAndrés los veneraba; se los enseñó a venerar a él; y aquella veneraciónaun entre los Hidalgo [200] civilizadosse transmitía religiosamente de padresa hijosjunto con el honor y la dignidad que llevaban en la masa de la sangre.

Daba acceso al hermoso recinto una empinada y tosca escalinatapor cuyosextremosapoyándose en las grietas y en los desnudos peldañostrepabanvigorosasy enredándoselas plantashasta formar nutridos y pintorescosencajes de verdura sobre los barandales del vestíbulo. Con su atmósfera detradición seguía la casaampliaseverasilenciosa. A sus espaldas se veíaun jardín con salida a la montañay surgiendo del fondo de éstaun torrenteque atronaba la finca entera con el estrépito de sus caídas.

Julián no pudo contener un sentimiento de orgullo al entrar de nuevo enaquel refugio santo donde los esperaban a él y a Susanaamontonados al pie dela escalinatalos viejos y leales criados que tanto le querían: aquellasbravas y rudas gentescuyos acentuados rasgos de indios le hacían recordar ala bravaa la heroica tribu vencida en los laberintos mismos de la selva...


¡Soloal fin solo!

Volvía a respirar con ansia el hálito fecundo que brotaba de las entrañasdel bosque: de aquel bosque inmensosoberano y suyo; donde todo eragrande y poderoso: poderoso y grandecomo la aspiración inmensa de su vida.[201]

No se abrió de súbito su alma a la regeneracióncomo la vez primera quefue a la selva. El mal había ahondado mucho y era difícil hacer desaparecertan pronto la huella de su devastadora invasión.

Al principiola solemnidad del bosque le produjo miedo. Y comenzó otralucha en las profundidades de su cerebro: la lucha ferozla épica lucha delatropellado de la vida contra los temores imaginarios; la lucha a brazo con eldesalientocon el disgustocon las penas del pasadocon las angustias delinsomnio; con las tribulaciones físicas y morales de la enfermedad de su madreque acabó por triunfar de sus males en pocas semanas de sosiego.

También él necesitaba vencery venció al fin en aquella riña encarnizadade su imaginación y de su alma. La fe y el vigor renacieron juntos en suespíritu; se sintió otro hombre y hasta adquirió su aspectosu ademánytodo élen sumaun brío inesperado que arrollaba sus angustiassustormentas y sus dudas.

Tormentasdudas y angustias fueron sepultadas por multitud de aspiraciones yproyectos que se complacía en combinar a solas y juntamente. Con ellos invadiósu alma un vehementísimo deseo: el deseo de escribir una obra colosal«tiránica»eminentemente revolucionaria y nuevaexenta de pasioneslimpiade rutinacon gallardías hermosas de lenguajecon altivez de miras[202] conpuntos de vista culminantes. ¡El ideal encarnado en un libro!... Comenzó atrabajarlleno de entusiasmo.

Se cansó pronto; abandonó el trabajo intelectual y se dedicó a losejercicios gimnásticos y a las grandes excursiones a piepor los másintrincados laberintos de la montañacon su magnífica escopeta de caza alhombro y su gran cuchillo al cintoadiestrándose en el tiro y ganando enfuerzas lo que había perdido en luchas inútiles.

Volvió a asimilarse al bosque. Ya podía tender los brazos y decirle:«¡Soy el mismoaquel que respiró tu ambiente y adquirió tu fuerza y tuvomucho de tu selvático poder!»

Pero aquella selva hermosa y deformecruzada de torrentesllena debarrancos hondosde sendas retorcidas sobre rocas gigantescasguardianestaciturnos de la casa secularen medio de su frondosidad que se derramabatriunfalmente por llanuras inmensas y por regazos de montañas atrevidasdijérase que esperaba alguna nueva prueba de la fidelidad de Juliánantes decontestarrugiendo de gozocomo la primera veza sus promesas.



 

- XXIX -

También ejerció su rápida y decisiva influencia en el alterado organismode Susana el hálito fecundo que brotaba sin cesar de las entrañas del bosque.

La naturaleza triunfaba solasin ayuda del régimen facultativosin elapoyomás o menos eficazde los farmacéuticos menjurjes con que pretendieroncombatiren la ciudadlos terribles achaques de la enferma.

La salud acudió prontoy con la salud del cuerpo vino la animación delespíritu; y a la habitual pereza de Susanasucedió una actividadextraordinariadesbordanteruidosa... La finca entera se estremecía cuandoella entonaba como un pájaro alegre sus cantos de felicidad reconquistada.

Levantábase tempranoal rayar el albay en vistiéndose íbase al establocon el muchacho que cuidaba las vacasa darse trazas de ordeñadora[204]soltando las críasrecogiéndolasluchando con ellas para arrancarlas de lasubres de la madre y obtener al fincon no poco trabajoalgún jarro deespumosa lecheque bebía con ansia.

Luegoregaba el jardínque era poco menos que un bosque en pequeño;surtía de agua el abrevadero de las aves; arreglaba los tiestos de las plantasdel vestíbuloy terminada esta faenase salía al campo a corretearcomo unachiquillapor los cercanos pradoshasta caer rendida de gozoso cansancio sobreel musgo.

Regresaba a las diezcargada de montones de florecillas húmedasde manojosde olientes hierbasde frutas maduras; y en seguida volvía al trabajoayudando a la limpieza de la casa o metiendo mano diligente en los preparativosdel almuerzo de Julián.

Y como éste se fuera de caza ella aprovechaba la soledad durmiendoreparadoras siestas en su hamacatendida a lo largo del corredor. Despuéssalía al camino a esperarloy esperándolomuchas veces la sorprendía lahora del crepúsculoy se sentaba en un ribazo a contemplar con deleitosafruición el sugestivomelancólico espectáculo que ofrece toda selva a lacaída de la tarde. Por la nocheayudada del viejo Mateodesencadenaba los dosgrandes y fieros mastines que guardaban la finca. Llamaba a Julián para jugar alos naipesy con Julián solía acercarse la servidumbre a formar corroamirar lo que hacían los [205] señoresa entablar franca y regocijada pláticacon elloscomo en familia.

Dos meses llevaban en esta vida apacibledos meses de regaladadulcísimaexistenciasin que una zozobra viniese a turbar la encantadora paz de quegozaban. Pero estaba de Dios que esta encantadora paz se interrumpiese.

Cierta tardeechándose ya la noche encimael formidable ladrido de losperros anunció la presencia de un extraño en la terraza. Era un posta quevenía de Villabrava. Sin saber por quéSusana se echó a temblar. El postatraía una cartay la carta era de don Anselmo Espinosa.

Madre e hijo se miraron con extrañeza. ¡Una carta de Espinosa! Ninguno delos dos se atrevía a abrirla. Le dieron vueltas y más vueltas; la examinaronuna y otra vezcomo si bajo su endeble envoltura se ocultara la próximaignorada desgracia.

Al fin Julián rasgó el sobre.

Noticiaba Espinosa una gran pena suyaun gran dolor... Su pobrecita hijaIsabel estaba anémicay la anemia amenazaba degenerar en tisis. Y a vuelta dela triste noticiavenía una reseña quejosa de sus zozobras de padreamantísimode padre solitario; sin saber qué partido tomarvacilaba enenviarles la muchacha a ver si se curaba. Él no podía atenderla ni dejarla alcuidado de una familia extraña.

Al fin ellos eran parientesy a ellos acudía; sobre [206] todo necesitandola anemia de Isabel atmósfera sanahálitos de montañas confortantes como lasdel Guajiral. La pobre chicaignorando el mal que la destruíase empeñaba enquedarse en la ciudad; pero élantes que todoera padrey considerabaaquello como caso de conciencia. De suerte quesin pensarlo mássin darlevueltasdecidía llevarla a la finca... ¿Le negarían ellos un rincónunrefugio a su querida enfermita?...

Susana y Julián se quedaron perplejosno sabiendo qué contestar al prontomirándoseinterrogándose en silencio. Diríase que algo muy extraordinario ypenosoalgo que tenían miedo de saber o de explicarseles paralizaba elpensamiento y la expresión.

Tres días después del repentino avisodon Anselmo se presentó con Isabelen la posesión de los Hidalgo.



 

- XXX -

La enfermedad de aquella muchacha era una insigne mentirauna arguciadelas muchas burdas argucias que venía poniendo en práctica Espinosa paraacercarse a Susana. Exasperado por su repentina ausenciacreyendo tener sobreella inalienables derechos de maridocon miedo al olvidoy con el sinsabor dela sospechaporque preveíaadivinaba de lejos el arrepentimiento de Susanadon Anselmo no se paró en pequeñecesy convirtiendo la inmensa tristeza de lahija en enfermedad angustiosase sirvió de ella para llegar más pronto alregazo de la amante.

Mas advertida de la infamiaIsabel se resistió a obedecer. No iría a lafinca. ¡Nunca! ¡Aunque la mataranno iría! ¿Que no iba? Pues no faltabamás. Él era su padre. Allí todo el mundo tenía que marchar sumisoo severía en el caso de mostrar su carácter enérgicamentecomo él sabía.

-¡No voy!... -gritó Isabelresueltamente.

Entonces élenfurecido por la respuestay [208] viendo cómo la rebelde«chiquilla» le trastornaba todos sus planesse desató en injurias devillanoy a la villanía de las injurias añadió la vileza aún máshumillante de los golpes... Le pegó brutalmentecomo pegan los padres canallasa sus hijas de veinte años: con las manoscon los pieshasta saciarse.

Peroen esta ocasiónla acometida de don Anselmo fue harto bárbara. Seechó encima de Isabel rugiendo como una fiera. A su empujela muchacha cayóal suelo aturdiday en el suelo le descargó nuevos golpeshasta el punto deensangrentarle la cara. Al fin se desahogó toda su cóleray la atropelladajoven pudo levantarse a duras penastambaleándosecon el traje hecho jironescon la vista extraviadacon los cabellos sueltoscon la cara roja de ira y devergüenza.

Su orgullo de mujer ofendida pudo entonces más que su resignación de hijacastigada. El hecho de ser su padre no le autorizaba a ser un verdugo. ¡Loodiaba!... Se lo dijo al fin. ¡Lo odiaba con toda su alma!... Como no tengomadreporque me la ha matado usted -añadióllorando-cedo a su voluntad. Nopuedo hacer otra cosa. Iré. ¡Pero tenga usted cuidadopapáque ya estoyharta!...


Cuando llegaron a la fincael primero en verlos desde la escalinata fueJulián. [209]

Es verdad que el sufrimiento había puesto en Isabel esa palidez mate que seconfunde con la anemiay que había adelgazado un poco; pero era la mismamuchacha admirablemente bien formadaacaso más gentilmás airosacon sutalle esbeltocon sus caderas pronunciadasredondascon su seno firme y alto.Sólo en sus grandes ojos garzos se podía notar algo extrañoalgo así comoun fulgor siniestro que despedían las pupilasalgo de esos reflejos queguardan los rencores errantes.

Julián se adelantó a recibir a los viajerosbajando hasta el anchoterraplénapresurado y solícito. Saludó con aparente alegría a don Anselmoy luego ofreció galante apoyo a Isabel para que desmontase. Y aunque ambosdemostraban grande aplomosus manos se estremecieron simultáneamente alestrecharse.

Al lado de Espinosa volvió Juliándisimulando la emoción que elinvoluntario temblor de la mano de Isabel le produjeramientras ésta ascendíapor la empinada escalinata que daba acceso al vestíbulo de la casa. Arriba larecibió Susanay le tendió los brazos; peroantes de abrazarselas dosmujeres se miraron fija y detenidamente. Con esta mirada se escudriñaron elalma. Y holgaron las palabras: Susana comprendió al instante que Isabel sehabía enterado al fin de lo que ella juzgaba «su secreto»y sintió que lacara se le encendía de vergüenza. [210]

Don Anselmo entró precedido de Julián; pero en él nadie notó el menorembarazo: entró como siemprehablando muchocon el sombrero puestodemostrando su «tradicional» vulgarísima confianza de pariente adinerado. Noquiso quedarse aquella tarde en la fincani a comer siquiera.

Solicitado por sus grandes negociaciones bursátilestenía que regresarinmediatamente a Villabrava. Julián le dijo que era peligroso repasar lamontaña después de las seis; pero él no hizo caso. Llevaba su revólver.Ofreció volver en una de las próximas semanas. El mejor día se presentabaallí.

Y les dijo adiósllamándoles a todos juntos muy cariñosamente: «Queridoshijos; hijos míosadiós» -repitiómontando a caballocon más arrojo quegarbo de práctico jinete.

Y se alejó al trote largoa través del bosqueapareciendo y reapareciendoen los claros y revueltas del caminohasta que se perdió bruscamente en unrecodoen medio de una espesa masa de sombras.



 

- XXXI -

Si bien entre Susana e Isabel las relaciones fuerondurante los primerosdíasun tanto desabridas y tocadas de reservaacabaron al fin porsuavizarlastemerosas ambas de despertar las sospechas de Julián.

Tal maña y habilidad se dierony de tal guisa extremaron la prudencia parahacer mejor y más llevadera la vida en familiaque sus hondos y silenciososdesasosiegos pasaron en absoluto inadvertidos a las observaciones del mozo.

La actitud de éste eraa su vezbastante falsa. Condenado por la fatalidada vivir temporalmente cerca de la mujer que fue su noviaexperimentó en unprincipio grandes desazones. Se sentía cohibido y apenas la dirigía lapalabra; usaba en la mesa una corrección que movía a risasin regatearle poresto las atenciones y galanterías [212] que creyó lícito y decoroso emplearcon ellaa título de amigo.

Pero a veces su temperamento bravío se soliviantabaoriginándose en suespíritu bruscas tempestades de indignaciónrecuerdos coléricos de amantedesdeñadoreminiscencias penosas de aquella inaudita despedida que trastornóen parte su existencia.

Y sintiendo que cólerasy recuerdosy amarguras juntamente se le subían alos labios a modo de brutal protestasalíase impaciente de la casay a campotraviesapor dédalos de sendas retorcidas y de incultos parajesse iba lejosen lo más hondo o intrincado de la serranía.

Allí se pasaba las horas muertasechado sobre la hierbamirando al cieloinmóvilsin osar nada contra su pensamientoviajero de alas temblorosas queiba tras la lejanía de aquel amor que fue un idiliopor entre las nieblasimpenetrables de aquella rupturaque era un misterio.

Al súbito despertar de sus mal dormidas sensacionesevocando días bellos ysonrientes noches voluptuosastibiasimpregnadas de tentadores deleitesporsu imaginación soñadora pasaba en esbozo fantástico la pálida y suspirantefigura de Isabelque le envolvía de nuevo en un ambiente de felicidadinefabley a fuerza de soñarla figura intangible se iba transformando a susojos lentamentematerializándoseadquiriendo forma humanahaciéndose carne.[213]

El espíritu de Julián se turbaba entoncessu corazón latía con inusitadaviolencia; sentía como alientos tibios de mujer flotando sobre sus labios; sufrente se bañaba de sudory al llamamiento poderoso del deseo vibraban todossus nerviosvacilando su cabeza como en un vértigo.

Para ocultar tal vez estos impetuosos llamamientos se dedicó con más ardorque nunca a la caceríay apenas salía de la cama ya estaba calzándose laspolainasponiéndose el sombrero de alas anchasciñéndose al cinto laspistolas y el cuchillo de monte y echándose la escopeta al hombro.

Si en una de esas furiosas salidasantes de salvar los linderos de la fincase le ocurriese volver la cabezaquedárase de fijo suspensoindecisoenseguir o tornar a casa. Porque desde alládesde lo alto del miradoraltravés de las copas de los árbolesalguien le veía y le llamabaentresúplicas y congojas y rítmicos arrobos de alondra abandonada.

Y cual si fuese ley la afinidad entre amantes separados y señuelo poderosola distancia no acortada estando juntosmientras allá en un rincón delbosquecon el pensamiento incendiado de deseosél rehacía su melancólicafigura hasta el extremo de sentirla junto a sí hecha hembra de turbadorescontornosella también fantaseaba alrededor del nostálgico deliquioentornando [214] los párpadospara imaginarse mejor aún el tipo varonil ysemibruscopero fascinadorde Julián.

Y pensando en su orfandadpensando en que estaba solasola en el mundosinmás familia que la de un padre brutal que la ultrajaba de palabra y de hechoya cuyas indignas relaciones venía a servir en la finca de pretextosin poderprotestar ante la triste evidencia de los hechostendía Isabelita los brazostemblorosos de angustia hacia el espacio radiantehacia el punto donde acaba dedesaparecer la silueta de Juliánsintiendo desesperante necesidad de gritarlode llamarlode decirle que volviera; y le espiabale seguía con la vistaansiosahasta ver cómo se perdía su silueta allá en el fondo azulado de loscampos lejanos.

Él lo ignorabaignoraba que allí hubiera un ser que también sufríaacaso másmucho más que ély quecomo élsentía humanosestremecimientospalpitaciones de dichas incompletassoplos de felicidadremota. Pues turbada por la aproximación del hombretuvo Isabelal igual deJuliánsus transportes voluptuosos; imaginábase reclinada sobre su pechoacariciada por sus manos ardientesbesada por sus labios trémulos.

Hubo instantes queen medio de su pasión exasperadadeseó que Julián sela llevara lejosmuy lejosdonde nadie supiera de ellosdonde [215] nadiefuera a pedirles cuenta de sus accionesdonde nadie estorbara sus goces deamorde aquel amor silenciosomás silencioso cada díacada día mástristecada día más grande y más intenso.



 

- XXXII -

Fue una verdadera sorpresa para los descuidados moradores de la finca lavuelta de don Anselmo Espinosa. No lo esperabanlo habían olvidado tal vez;tal vez se habían forjado la peregrina idea de vivir los tres muy soloseternamente solosen aquel inmenso selvático refugio. Extrañaban mucho lainopinada visitayen medio de la contrariedad que ésta les produjonoacertaban a formular bien sus exclamaciones y preguntas: -¿Cómo él allí? Deveras que no lo esperaban. Y ¿por qué no avisó antes?

-¡Qué iba a avisarsi en Villabrava no le dieron tiempo para nada! ¿Nosabían ellos lo que pasaba allá abajo? Pues él traía noticias muy graves dela emborrascada ciudad. Venía un poco mal y un mucho fatigado con sus pesares acuestas y con vivísimos deseos de ver a su adorada Isabelita. Por de prontonecesitaba descansarsacudirse el polvo del caminolavarse. Despuéshablarían. [217]

A pesar de su mal disimulada inquietudIsabel y Susana empezaron porpreparar alojamiento al inesperado huésped.

Era sábadoy don Anselmo quería pasar el domingo en familia. Para el casocomo hombre prevenido al finse trajo una maleta de viaje con ropa suficiente.

La habitación que le destinaron miraba al jardíncomunicándose con la deJulián por un largo pasillo. Para dirigirse a ella tuvo Espinosa que pasar porfrente a la alcoba de Susanaatravesando luego una obscura galeríasobrecuyas amarillentas y desconchadas paredes se veíanentre retratos antiguosunas cuantas panoplias cruzadas de armas rarascasi todas primitivastodasevocando memorias de aquella numerosa raza de indios bravosde los cuales sóloquedaban escasospero enérgicos vestigiosen la figura de Julián. CuandoEspinosa entró en esta galería experimentó un miedo inexplicable y pueril yapresuró el pasovolviendo dos o tres veces la cabeza.

Una hora despuésradiantesatisfechoremozado casimerced a unregenerador y oportuno lavatoriose presentó en el comedor.

La mesa estaba ya listaengalanada como para una fiestacon muchosrequiloriosramos de floresgran diversidad de frutas de la huertapastas yvinos de varias clasesde los vinos añejos de la gran bodega de la finca.[218]

Antes de sentarsedon Anselmo propuso el aperitivo de ley -costumbre muyarraigadaentre villabravenses de buenas tragaderas-algo fuertewhiskeyo cosa asílo que bebían los hombres para sentarse a la mesa; porque él erade los que se echabanuno tras de otrocuatro o cinco coktailes y sequedaba tan fresco.

Así fue cómo en el curso de la comidacon la mezcla de vinos y la charlase puso un poco alegre; su misma vulgar y ruidosa franqueza dio margen aexpansiones que no solían allí reinar durante las comidas.

Ésta se prolongó y hubo que traer lámparas; el vivo resplandor de lasluces contribuyó a la animaciónyde plática en pláticallegaron a lospostrescayendo de pronto la conversación en Villabrava.

Juliánque parecía distraídocon la vista algo extraviada y elpensamiento no sabía dóndevolvió la cabeza vivamente. Susana e Isabel noocultaron su disgusto. Les hacía daño el recuerdo de la ciudad. No queríanoír hablar de ella.

-¡Cómo no! Si era precisamente punto de transcendencia a la sazón. Ya élEspinosalo había dicho. Allá abajo estaban ocurriendo cosas intolerablesgrandes y terribles acontecimientos. La patria se iba a ahogar en sangreoporlo menosla iban a arrojar a pedazos por la ventana sus malos hijos; unosbribones disfrazados de apóstoles [219] redentores queso pretexto delprofundo malestar en que se hallaba el paísse erigieron por su cuenta yriesgo en juecesárbitros y dueños de la conciencia públicay fundaron unCongreso aparte con pujos de Asamblea demagógica. Querían repetir la etapasangrienta del 93. Y al pronunciar con terrorífico acento la pavorosa fraseadon Anselmo se le erizaban los cabellos.

Quedose atónito Juliáncon los ojos muy abiertoscostándole gran trabajocreer en las noticias que les daba Espinosa.

-Y ahí es nada -continuó éstehaciendo un sinnúmero de horrorososvisajes-: la Asamblea redentora organizó comitésjuntascircunscripcionesjefaturas en los Estadosinaugurándose solemnemente en nombre de la Moralbajo la presidencia del general Sablete. Sablete¡chico!ese vagabundo quecomo ha dicho alguienestá más abajo del vilipendio.

-¡Qué barbaridad! -exclamó Juliánsonriéndose y recordando con ciertoregocijo que cuando Sablete fue gobernador de Villabravale pidió más de unavez grandes sumas de dinero a Espinosadejando burlado al fin al hábilcapitalista. Pero no queriéndolo distraer de su relatoel impaciente mozo lotrajo de nuevo al punto de partida. ¡A vera veren sumaqué era lo quepasaba allá abajo!

-Figúrate -continuó don Anselmoa vuelta [220] de mil rodeos- que en susdiscursos inaugurales los titulados redentores creían poner una pica en Flandesseñalandoentre gritos de semitrágico terrorespantosas crisis económicasdesventuras de puebloabominables tiraníasescándalos monumentalespeculadosmonopolios... ¡Patrañasmentiras todas! Hablaron de medianías quereinaban; que con las medianías había venido el desbarajustesiendo éstetanto más extraordinario cuanto mayor era la nulidad de los hombres. ¡Qué teparece! Y que como no había gobiernoni ordenni leyesy que hasta el mismo patrio-honor-palabras que él había oído al más elocuente diputado de la acaloradaAsamblea- era a la razón presa de las garras de la imbecilidad entronizadatraído y llevadocon sello de ludibriopor el medio de la calle... ¡Queellos arreglarían el país!

-Tendrán que quemarlo entonces por los cuatro costados -interrumpióJulián-. Es la única manera de arreglar aquello.

-¡Ahí fueron a parar! Los tales redentores fomentaroncon sus furibundosprogramasel desorden; desencadenáronse los odios; todo el mundo se armóhasta los dientes; no se veían más que revólveres y trabucos por todaspartes; hasta los pacíficos y elegantes smarts hacían alardes de gastarpuñales como facas y bastones como viguetas. La ciudad parecía un campamento;menudearon las broncas de cantina; recrudecieron [221] los asesinatos; lacalumnia fue idioma de caballeros en políticay el anónimocanallesca ydiaria correspondencia entre gentes que hablaban de honorentre literatos queparecían personas decentes. ¡Los literatos también metiéndose en estoslíos! FlorindoGarcía Fernández...

-No los nombre usted. Los conozco; los conozco a todos. ¡Pobres gentes! Envez de hacerse necesariosse inutilizanpasándose el tiempo y la vida enmorderse en privado y en elogiarse públicamente sin tasa ni recatollamándoseunos a otros maestros: maestros áureosmaestros ígneosliliálicosneuróticosrítmicospirotécnicosnostálgicos. Montones de fuerzasjóvenesde inteligencias nuevaspropicias a todas las reivindicacionesmozosen finque abandonan labores y profesiones honrosas para cruzarse debrazos en la plaza públicaa esperar ministeriosa esperar diputacionespresidencias y títulos académicos¡porque saben llenar cuatro cuartillas!...

¡Y el resto de la República que pague!

-Eso mismo querían los redentoresy por quererlo todo de una vez han hechofiasco. Tiró el diablo de la mantay se tiraron ellos los trastos a la cabezadividiéndose en dos bandos; y mientras unos empezaron por pedir enmiendas ytrazar líneas de luz y marcar declivescomo los ingenierospara encauzar elrío de la moralidad[222] los otroslos expeditivosse echaron a la calle. Yasí fue cómo unidos a los descamisadosconvertidos ya en vociferantes turbaslos redentores incendiaron el Bancodestruyeron ferrocarrilesinvadieronvarias casas respetables y dejaron en las fachadas del Palacio de Gobierno lasseñales del motín. ¡Pero lo que más me indigna -decía Espinosaalzando lavoz a medida que narraba- es que semejantes bandoleros se hayan atrevido a hacerllamamientos a las puertas de los hombres honradospara que los ayudemosa destruira incendiara demoler todo lo grandetodo lo santo que existe enVillabrava!

Y moviose tanto y de tal modo don Anselmo para decir estoque en uno de susbruscos ademanes se salió del bolsillo trasero y cayó de piano al suelo elrevólver que había olvidado dejar en su cuartoy el cual revólver usaba atodas horasesclavo él también de las malas costumbres de su pendencieropueblo.

La calda del mortífero aditamento asustó mucho a las dos mujeres y produjotan expresivo gesto de desagrado en Juliánque don Anselmo se turbó un poco yse apresuró a recogerlo.

A partir de este instante (6) <notas.htm>la sobremesa se hizo penosa y la conversación quedó por completo cortada.

Julián hizo ademán de levantarsee Isabelcomo obedeciendo a un deseolargo tiempo contenido[223] tomó de pronto una mano de Julián y le dijo casien voz baja y rápidamente:

-VenJuliánvámonos fuera.

Y él se dejó arrastrarsin voluntad y sin fuerzas para negarse alcariñoso llamamiento.



 

- XXXIII -

De bruces sobre el rústico barandaje del vestíbulo permanecieron juntospensativos largo ratocon las manos fuertemente entrelazadascomo si quisierenprotegerse de un peligro cercanocon las miradas sumergidas en la obscuridad dela noche augusta del bosquetan sólo turbada por el impetuoso rugir deltorrente que se rompía entre su cauce de peñascosdetrás de los jardines dela casa.

Isabel y Julián continuaban absortos en la muda solemne poesía que brotabadel fondo de la selva. En medio de este gran silencio podía oírse elsimultáneo y violento latir de sus corazones asustados. Tenían los labioscargados de frasesde congojasde suspirosde interrogaciones y respuestastumultuosas. Se iban a decir tantas cosastantasque la emoción misma quesentían les embargaba la voz... ¡Y nada se dijeron! [225]

Se miraron entonces de hito en hitoanhelantestrémuloscon honda ypenetrante fijezacon ansia de leerse a través de las pupilas sus másescondidos pensamientosadivinándose al finen la palidez de sus semblantestodas sus tristezastodas sus esperanzastodos los nostálgicos deseos de supasadotodas las carnales melancolías de un presente lleno de vehemencias ydesesperaciones invencibles.

De pronto Julián se incorporó yretirando el brazo con que se apoyaba enel barandalrodeó la cintura de Isabelatrayéndola dulcemente. Y ellatrémulapalpitante de dichase acercóse abandonóse volvió con todo elbustoirguiéndose a su vezy quedáronse ambos de esta guisa frente a frenteen pie sin hablarse.

Y sin tomar precaucionessin que ella sintiese una ola de rubor subirle alas mejillas ni él juzgase pecado imperdonable la reconciliación en aquellaformacomo si obedeciese a un mandato divinocomo si ejercieran legítimoderecho de desposadosse abrazaron con un abrazo inmensoallíen plenovestíbulofundiéndose sus vidas en un solo besoen un beso prolongadoen unbeso ardienteen un beso profundo...

Aquello debió ser largomuy largo y muy hermoso. No se dieron cuenta deltiempo transcurrido.

La voz de Susanaque parecía venir de muy lejoslos sacó de su éxtasis.«Ya es tardeIsabel; [226] nos vamos a acostar.» Lo dijo desde un ángulo delextenso vestíbulodondearrellanada y lánguidacomo siempreen un sillónsostenía discreta y al parecer indiferente plática con Espinosa.

Sin perder su reposado continentedon Anselmo retiró su silla al veracercarse a los jóvenes. Pero éstos no se fijaron en la rápida maniobra.¡Qué sabían ellos lo que a su alrededor pasaba! ¡Eran demasiado felices paraocuparse de la existencia de los demás!

Cuando Julián se dirigió a su habitaciónserían sobre poco más o menoslas once de la noche. Marchaba a pasos lentoscasi vacilantescomo siestuviese aún agobiado por el peso de la felicidad.

A tientas cogió la vela que solía colocar sobre el velador junto a lacabecera de su cama; y cerca de ésta puso luego el relojun libroloscigarros y una pistola de dos cañonesque sacó de un armario.

Después dio unas cuantas vueltas por el cuartocerró la ventana que dabaal jardíndescorrió una cortinaarregló las ropas del lecho y empezó adesvestirse con gran pereza. De la misma suerte entró en la camamató la luzde un soplo y se dispuso a dormir.

Los ruidosos detalles de los que se disponían a hacer lo mismo en las otrashabitacionesembargaron no obstante su atencióny oyó a su [227] madrequeantes de acostarsecruzó varias veces de un lado a otro en zapatillas; oyósucesivamente el rodar de un muebleel golpe brusco de unas botas que cayeronal sueloel roce áspero de un pasador que aseguraba una puerta.

También oyó un lavatorio feroz en el cuarto de Espinosa; voces apagadas ymal reprimidas en el de las criadas ypor últimoallá en la alcoba deIsabelpercibió un rumor de ropas. Despuésnada: un gran silencio reinó entoda la casa.

Pero Julián sentía un vagoinexplicable malestar: el reposo no acudía asu espíritu tan pronto como él deseabay empezó a revolcarseintranquilo yfebrilcomo un condenadoentre las sábanas.

Ya no pudo conciliar el sueño. Sonaban roncastristeslas horasunas trasotrasen el viejo reloj del comedory el angustiado mozovíctima delinsomniohacía esfuerzos inauditos por refrenar su imaginación queincorregible y al azarerrante y locase empeñaba en perderse por un dédalode reflexiones inquietantes.

De súbitocual si despertase de un sueño profundocomo si lo hubiesensacudido bruscamente en medio de ese sueñoJulián se sentó repentinamente enla cama. Acababa de oír un ruido extrañoun rumor levísimo de pasos y elroce de una mano que iba a tientas a lo largo de las paredes. [228]

Conteniendo el alientoqueriendo ahogar hasta los latidos de su corazóncon el oído alertase mantuvo en aquella actitud más de un cuarto de hora.

El ruido había cesado. Por un instante creyó que en realidad se habíadormido y que aún era presa de una extraña alucinación de sus sentidos. Y enesta persuasión iba a reclinar de nuevo la turbada cabeza sobre las almohadascuando percibióclaro y distintoel gemir de una puerta que se abría.¡Ahora sí estaba bien despierto!

Separó de un tirón las sábanassaltó impetuosamente de la cama yechando mano de la pistolasalió del cuartodescalzo. Avanzó por el pasillosin luzcon los brazos extendidoscon los ojos muy abiertoscomo si a travésde la obscuridad fuera a descubrir y a encontrar lo que buscaba.

Llegó hasta el comedor como un locosin saber adónde iba. En el extravíode su marcha a obscurasimpelido por la imperiosa necesidad de descubrirdesaber el motivo de aquel ruido que la sobresaltaratropezó con varios mueblesproduciéndose un estrépito infernal en toda la casa. A este estrépito siguióel ladrido hostilrepetidofuriosoatronadorde los perrosque despertaronfuera.

Julián se detuvo entoncesasustado de lo que acababa de hacer. Por uninstante perdió la serenidad[229] vacilósintiose el alma sobrecogida deangustia y estuvo a punto de retroceder de nuevo hacia su cuarto.

No se moviósin embargo.

Resignado y resuelto a averiguar lo que ocurría a aquellas horas en su casase mantuvo a pie firme suspensoahogando su jadeante respiraciónapretandocon mano convulsa el arma que llevaba.

Pero los perros continuaron en el vestíbuloaporreando furiosamente laspuertas de la salacomo si quisieran franquearlasdesgarrando el silencio dela noche con sus feroces ladridosconmoviendo y alarmando la finca. Julián seimpacientó; el que iba a sorprender exponíase a ser sorprendido como unladrón si la servidumbre se despertaba y salía; y justamente en el cuarto delos criados había ya grande agitaciónmovimientos de personas que selevantaran en desorden; en medio de este desorden resonó una voz ásperasecavoz de mandola voz del viejo Mateoque metía prisalanzando interjeccionesenérgicas.

Desorientado aúnpero siempre a tientas y de puntillasJulián seapresuró a ganar la galeríao lo que a élenvuelto en aquella obscuridadse le figuró la galería. Casi al mismo tiempodejando escapar un agudochirridoidéntico al que él oyera un momento antes desde su camaabrioseviolentamente una puertay la trémula luz de una [230] palmatoriasostenidapor una mano que temblaba al par de la luzproyectó sus vacilantesresplandores sobre las paredesiluminando de plano a Julián. En seguida de lamano salió un brazo desnudoluego un hombro cubierto por una mantay por finla figura de una mujer: la de Susana.

Salía de su aposentosípero salía con la faz desencajada horriblementepálidacomo si acabara de cometer un delito. Parecía una muerta.

¡Su madre! Él no la esperaba. Perdió por completo el aplomo; se quedóinmóvilpegado a la paredcon los brazos caídoscon la boca entreabierta:iba a hacer una pregunta atrozhorribleespantosa... Pero no pudo; se leanudó la voz en la gargantabalbuceó una excusa... Y confundidolleno devergüenzapor la situación singularísima en que se hallaba allíen ropasmenoresatolondradotropezando otra vez con los mueblesa pesar de laclaridad que arrojaba la palmatoriase volvió a su habitación.

Y apenas salió Julián del comedorapareció Isabel a la puerta de sucuarto.

Al reconocerlaSusana no pudo reprimir una exclamación que se acercaba alespanto mucho más que a la sorpresay por un movimiento instintivo retrocediódos pasos hasta el umbral y entró rápidamente en su alcobaperseguida siemprepor la anonadante y colérica mirada de la [231] joven. Isabel lo había oídotodolo había sospechado todo.

Aquellos pasos cautelosos que sobresaltaron a Julián no podían ser otrosque los de su padreque se dirigía al cuarto de Susana.



 

- XXXIV -

Azuleó la mañana en el Orientey el bosque despertódespertó deimprovisorompiendo con su enérgico y vigoroso desperezo de monstruo la nieblaque como inmensa sábana de encajes lo envolvía.

Entre la vaga claridad del alba destacaron los perfiles de sus crestas lasmontañasy detrás de éstas asomó su radiante disco el sol y comenzó sumarcha victoriosa hacia la tierra. De la tierra brotó entonces uno como rumorde vida nuevael rumor de la vida de los camposque ascendía en prolongadosestremecimientos de júbilo al espacioy de todos los escondrijos de la selvasalieron en tropel los pájarosentonando himnos de alegría.

En tanto el solque alumbraba ya por todos sus flancos la montañaenvolvía en fulgurante luz las cabeceras del torrentey el torrente parecíaun espléndido penacho de oro y púrpuraque [233] azotaba furiosamente lasrocas en su fantástica caída.

No obstante estas alegres irrupciones de la Naturaleza despertadaen elviejo caserón todo era triste. Hasta los pasos de la gente que dentro semovíalevantándose y aliñándose sin prisarevelaban ese rumor deabrumadora pena que se adivina a través del recinto donde acaba de ocurrir ungran disgusto.

Y así fue cómocontrariadasmohínasreflejando en sus rostros lastristezas del insomniosalieron de sus respectivas habitaciones Susana eIsabel. Un poco más tarde salió también Espinosay esquivando el encuentrocon ellasse fue directamente a la terrazadonde se entregó a la lectura delos periódicos que trajo de la ciudad.

El único que permaneció en su cuarto fue Julián; no quiso salir de él entoda la mañana. Allá a las docecuando lo llamaron a almorzardijo que notenía apetitoque se había desayunado tardeacabando por pedir algo defiambre para llevarse al campoporque se iba de caza y pasaría la tarde fuera.

Y con efectoal cabo de una hora apareció a la puerta de su cuartolistode un todocomo para una gran batida; con sus botas altas hasta las rodillasel pañuelo de seda al cuellola amplia blusa sujeta a la cintura por una fajade cueroen la faja un gran cuchillo de monte; y al [234] hombroya cargadalimpia y relucientesu magnífica escopeta.

Huyendo del contacto de los demástrató de ganar el bosque por el jardín;pero Isabel estaba al cuidado; lo viocorrió tras éllo alcanzóse agarrósilenciosamente a su brazo y lo acompañó hasta el comienzo de la montaña.

Aunque el trayecto era brevecomo marcharon aprisaacosados por un sol queincendiaba la praderase detuvieron jadeantes bajo uno de los frondosos yamenos bosquecillos que daban acceso a la selvay en él permanecieron largoratovacilando mucho antes de dirigirse la palabra: tal era el estado de susalmas.

Al fin habló Isabel; habló con aquella voz trémula que salía medioenvuelta en lágrimas de su gargantacuando pretendía ocultar alguna pena muyhonda. No tardaría¿verdad que no tardaría? Lo esperaba... Esperaba queregresase prontoantes de obscurecer.

Mientras más prontomejor. Porque ella sentía una angustia horrible que nosabía explicarse; y además una tristeza tan grandetan grande... que hubierapreferido que se quedase en casa. Si es cierto que me quieres -agregó-no tealejes muchoJuliánno te alejes. Vuelve pronto. Y lo decía de tal modocontal súplica en la miradacon tales balbuceos en la expresiónque suspalabrastemblorosas y torpesprodujeron en el mozo el efecto de unarevelación. [235]

La oyósin contestary mientras la oyó no apartó de ella los ojosescrutadores y profundos. Ante la insistencia de estos ojosen donde brillabacomo una preguntael reflejo de su desesperaciónIsabel se turbó y bajó lavistaa arrepentida de haber dicho demasiado.

Hubo un nuevo silencioque rompió Juliáncomo si temiera adivinar más delo que sabíadespidiéndoseal fincon un «adiós» breve y doloroso. Y selanzó en carrera desatentada a través de la selva imponenteenmarañada ybravíacuyas oleadas de levantisco follajederramándose por las faldas delos cerros e invadiendo la praderaformaban en todas(7) <notas.htm> partes bóvedaspirámidestúneles yverdaderas catedrales de verdurapor donde apenas podía filtrarseavergonzadode su impotenciauno que otro rayo del sol que incendiaba la llanura.

Al ruido de los pasos de Juliánlos pájaros volaban asustadosy algunosinmundos reptiles corrían a armarse para el ataque y la traición en susobscuras guaridas; pero élembebido en su indefinible angustiasin cuidadosin miedo a los peligrosse internabase internaba en el augusto bosquesiempre a la venturapenetrando por laberintos de juncos y retorcidoschaparralessalvando barrancos que producían vértigosvenciendo repechostrepando por altos ribazospor sendas trazadas en peligrosos zig-zagssobrelos mismos peñascos. [236]

Después de mil revueltas y rodeos llegó a cierta altura de la montañadonde las rocasaglomeradas al borde de un abismoservían de nido a laságuilas soberanas del espacio.

Al borde de este abismomenos insondable que su inmenso dolorlloróJulián Hidalgo su deshonra...

Fue aquella una agonía silenciosade muchas horas largas: una agonía mudauna agonía desesperanteque se prolongó toda la tarde. Cuando se levantósucumbiendo a la desgraciasangrando el corazónaturdido por las lágrimasaturdido por el recuerdoaturdido por el pensamientoen poco estuvo qua nocayese rodando de cabeza por el profundo barranco.

Declinaba la tarde. Por encima de los blancuzcos cerros de Cocuyoenviaba elsol sus últimos adioses a la selvay la selva parecía que se ensanchaba y seerguíavigorosa y triunfantepara contestar con su misterioso lenguaje derumores al adiós del luminoso viajero.

Juliánen pie sobre el peñascocontempló asombrado el fulguranteespectáculo que ofrecía la Naturalezay envuelto en su inmenso esplendor elcaserón de sus mayoresempequeñecido por la distancia; pero siempre con suaspecto patriarcalseverosilencioso.

A la vista de la finca experimentó una nueva extraña turbacióny violentasacudida estremeció todo su ser. Sintió como si una mano inexorable [237] loarrastrase hacia ellay asaltado de súbita sospechaacometido de irresistibledeseoatormentado aún por el tropel de reflexiones que lo turbabansedecidió a regresar.

Bajó aprisa y corriendoespoleado por la impacienciael estrecho caminejoque en peligrosos culebreos conducía al comienzo del valle. Bajóatropellándolo todocasi rodando: parecía que lo empujaban. En menos de mediahora venció el descensolos despeñaderoslos zarzalesdonde dejaba el trajea jirones y se arañaba las manos y se rompía los pies.

En un remolino de juncos estuvo a punto de perder la escopeta. Al entrar porfin en el túnel que daba comienzo a la pradera recibió en pleno rostro lashúmedas emanaciones que de su fondo surgíany juntamente con esta caricia defrescuracuando de allí salíaencorvándose y apartando las ramas que lehacían dañollegó hasta él un susurro de voces.

Al principio no supo de dónde partían éstasalgo confusas y apagadas: maspúsose al punto en acechoy merced al aire que entró en ráfagas violentaspor la boca del túnellas percibió cada vez más claras.

Entre ellas venía mezclado uno como rumor de lucha. Se acercó entoncescautelosamenteescudándose con la maleza crecida a su antojo en aquel sitio; ycomo aún estaba distante y no podía ver biendio un rodeo al matorral que[238] le estorbaba y adelantó otros cuantos pasos. Crujieron bajo sus pies lashojas secasproduciendo inoportuno ruidoy se detuvo. El corazón le latíacon violencialo ahogabaquería salírsele del pecho al escuchar mejor y conmás precisión lo que cerca se hablaba.

-¡Nopor Diosaquí no!

Fue la voz de Susanaque rasgótrémulaangustiadael silencio de laselva.

Aquellas palabras atronaron los oídos de Julián. No esperó más. Abrioseuna brecha con los brazoscon las piernascon todo el cuerpoa través delfollaje que le cerraba el pasoy se quedó helado de espantosin fuerzas paragritarsin voluntad para tomar una resolución instantánea.

¡Eran ellos! Síellos: Susana y Espinosa forcejeando; protestando ellasuplicando élriéndose los dos en medio de las protestas y súplicas. Susanaluchaba débilmentey Espinosaadivinándolano se dio por vencido: laabrazó y la besó.

Temblando de lujuriasus manos impacientes le tentaron el senobuscando atientas los botones de la chambra: ésta se abrió al finy brotaron por entrelos encajes de la camisa los opulentos pechos de la viudaque no supodefenderse.

En el primer momentoJulián quiso huir por donde mismo había venido; perolos pies le echaron raíces y se quedó como petrificadorígido. [239]Después se tambaleó como un ebrio y se agarró a un árbol para no caer. Fuesólo un minuto. Iba a rodar al suelo como herido por un rayo. En aquel instantemismo Susana volvió la cabeza...extendió los brazosy un gemidodesgarradorcomo el gemido de una persona estranguladase escapó de sugarganta. Espinosa se volvió a su vez rápidamentey quedaron los dos hombresmirándose cara a cara.

En los ojos de Julián brilló un relámpago de irase estremeció todo sucuerpoy palideció intensamentecon esa palidez que pone el odio en elsemblante de los indios de raza.

Don Anselmo comprendió al punto que aquel muchacho era capaz de todo enaquel instantey por un movimiento instintivoquedesgraciadamentenoadvirtió la espantada Susanasacó del bolsillo aquel revólver compañeroinseparable de su vida.

Pero mudo y resueltocon increíble rapidezJulián se echó la escopeta ala caraysin darle tiempo al miserableapuntóoprimió el gatillo delarmasonó un disparo en la inmensa selvauna explosión de humo quedóflotando entre los árbolesy cayó en tierra Espinosa: cayó de rodillasbuscando apoyo.

Por encima de éllocadesmelenadapasó Susana de un saltoy corriódespavorida bosque adentro.

Mientras tantoayudándose con las manosen [240] las angustias de lamuerteel herido hizo un esfuerzo; se incorporó a medias en el musgo ydisparó dos veces seguidas sobre Julián.

La fiera despertó entonces. Se tanteó el cuerpo. No había herida nisangre; pero la sangre de sus levantiscos abuelos subió a su rostroleinvadió el alma. Se sintió salvaje como ellos. Recogió su vida entera en unsolo minuto: la primera injusticia del colegio y el primer dolor de su juventudla muerte misteriosa de su padre y la caída ignominiosa de Susana; elsacrificio de su novia y la actitud agresiva de aquel pueblo que celebraba coninsolentes risotadas su deshonra -lo que él llamaba su deshonra-yciego ydesatentadose lanzó sobre Espinosa blandiendo el cuchillo de montecuyalimpia hoja relampagueó por modo siniestro en el espacio.

Un grito trágicouno de esos gritos que erizan los cabellos y ponen miedoen el corazón de los hombres más osadoslo retuvo. Aquel grito partía delalma de Isabel que llegaba desatentadapero magnífica y engrandecida por eldolortendiéndole los brazos.

Julián hizo ademán de detenerla a distanciacomo si quisiera decirle conel ademáncon el gesto: «¡Nono te acerques! ¿No ves que he sido yo quienlo ha matado?»

Pero Isabel no hizo caso; continuó marchando decidida en la misma actitudtrágicasublime; y cerca yaprotegiendo con su cuerpo el cuerpo [241] delmoribundo que se retorcía sobre la hierba ensangrentadaechó los tendidosbrazos al cuello del indio coléricoy se colgó a él y le vertió en loslabios toda su alma empapada en lágrimas.

Y en tanto que el último rayo del crepúsculofiltrándose por el tupidofollajecaía sobre la limpia hoja del cuchillosobre el lívido rostro deEspinosa y sobre el grupo amantedijérase que rugía de satisfacción elbosque entero; y quecomo la vez primera en que Julián entró en élhuboextraños rumores en los hondos barrancosestremecimientos de árbolesseculares testigos de horrores no olvidados; y águilas gigantescas queextendiendo sus alas enormescruzaron con poderoso vuelo por las cabeceras deltorrente y fueron a cantarle en su épico idioma de graznidos al abiertoespaciola hazaña de un Hidalgo que acababa de cobrarse en sangre la injuriahecha a su tribu por el representante de aquella sociedad infatuada que lehabía arrojado de su seno.

FIN




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